归于> 发布日期: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La alameda de Valencia y confusión de un paseo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-alameda-de-valencia-y-confusion-de-un-paseo.
Legº 45 N.º 8 [tachado]
2.ª jornada de la comedia
de la Alameda de Valencia
y confusión de un paseo.
Legº 2.º L.
N. 23
Tea 1-4-5
Página en blanco o con reverso de tinta.
Legº 2º A Comedia N 39 1
La Alameda de Valencia y confusión de un paseo.
De don Manuel Vidal Salvador.
Personas que hablan en ella 1-4-5
Laurencio.
Diana, hermana de Alejandro.
Alejandro.
Tisbe, su criada.
Don Vicente.
Violante, Leonor, criada.
Limón, gracioso.
Sancho, criado.
Músicos y acompañamiento.
Salen Diana y Tisbe con mantos de embozo, don Laurencio y Limón siguiéndolas.
¡Qué donaire tan honesto!
¡Qué resolución tan firme!
Señora, ya que hoy la estrella
favorable, me permite,
de tu soberana planta
seguir el término libre.
Pues la Alameda del Turia,
hoy con tus rayos repite,
entre vulgos vegetales
admiraciones sensibles.
Pues la república bella
de azucenas, y jazmines,
te jura divina flora,
humana Venus te admite.
Si es verdad, que al verte, el Turia
equívocamente dice
que de tu cristal, el suyo
es desvanecido eclipse.
Si sobre verdes, espacios
los ruiseñores deciden
de tu oculto lucimiento
los imaginados timbres.
Pues deidad, aves y flores
unidamente compiten,
por merecerte piadosa,
bien que son medios humildes.
Que me concedas te ruego,
te pido que no me prives
de tus apacibles rayos
las suavidades felices.
Sea esta vez el embozo
paréntesis defectible
que a la persuasión del alma
dulces afectos confirme.
Merezca ver.
Va a desembozarla.
Aparte.
Caballero,
la nobleza es bien que mires,
no términos que la empañen,
sí acciones que la acrediten.
Sea esta vez el perfecto
centro, donde líneas tire,
el compás proporcionado,
de la atención que os asiste.
Mas, cielos, no sé qué efecto,
en mi corazón se imprime,
que si no es amor, parece
que tiene de amor origen.
Señora, mira que es tarde,
y tu hermano...
Vamos, Tisbe.
Hace que se van.
Señora, ¡que así mis ruegos
desestimas! ¿Es posible
que aun rendido no te valgan
los motivos de rendirse?,
¡que mis amorosas ansias,
al paso que se repiten,
por acreditarse finas,
se acrediten infelices!
Aparte.
¡Oh contradicción dudosa,
que poderosos ardides
te persuaden constantes,
te desvanecen vencibles!
Pero yo inclinada, ¡cielos!,
cuando la razón prescinde,
que es delito en los peligros
conocerlos y admitirlos.
Yo he de vencerme.
Hace que se va.
Señora,
oye, escucha.
No he de oírte;
que no es resistencia noble
la que al riesgo no resiste.
Pues, ¿qué arriesgas con ser vista?
Mucho: pues cuando me mires,
o has de afirmar tu fineza,
o hacer que tu amor se entibie.
Sucediendo lo primero,
dos abismos se me siguen.
Uno la pensión de amada;
otro el riesgo que me impides,
ya que no el agradecerte,
al menos el disuadirte.
Si lo segundo sucede,
dos penas la acción distingue,
una a ti de haberme visto,
y otra a mí porque me vistes.
Y así, pero esta caja
se me cayó.
Al sacar el lienzo cáesele a Diana una caja donde lleva su retrato, al caer se abre y Laurencio la toma.
Ya te sirve
mi obligación, mas espera,
que si la vista no finge,
un retrato...
¡Ay, tal acaso!
Dámele.
Cómo es posible,
sin que primero en la suerte
mis cuidados averigüe.
Diana se le quiere quitar y él se resiste.
Mira.
En vano persuades.
Advierte.
No hay que advertirme.
Que es atrevimiento.
Solo
el atrevido es felice.
Mira que Alejandro...
¡Ay, cielos!
Caballero...
No reprimen
tus persuasiones mi intento.
Pues si no he de persuadirte,
yo me voy para que veas
que el recatarme consiste
más que en desprecio común,
en respectos infalibles.
Guarda esa copia, y en ella
sin mentirosos perfiles,
verás el original,
que aunque el alma no la asiste,
no vive porque parece,
parece porque no vive.
Tu aprehensión con ella puedes
hacer te singularice,
o falsa con lo que encuentras,
única con lo que eliges.
Vanse las dos.
Oye, atiende, mas en vano
seguirla intento, pues sigue
de las huellas de Atalanta
el impulso imperceptible.
Sigámoslas, Limón.
Bueno.
El diablo que las confite.
Yo soy Limón, ellas agrias,
conque puedes persuadirte,
que el hablarlas ha de ser
lo mismo que despedirme.
Ya el numeroso concurso
nube es luciente que ciñe
de la tormenta...
el no examinado Iris:
ya se ocultó entre la gente.
Di, Limón, ¿acaso viste
qué rumbos eligieron?
Cierto
que te confieso terrible
que entre tantas puntas bobas
y entre tantos mantos simples,
que mil abriles componen,
que hay entre los abriles,
¿quieres que mi corta vista
alcance, advierta, examine
lo que tú no has alcanzado?
Siendo cuidadoso lince,
Mirando el retrato.
Mas, Cielos, si me habéis dado
sola esta copia me alivia,
¿hay perfección más honesta?
¿hay más vivos carmesíes?
Si comprehendo lo que advierto,
si advierto lo comprehensible,
no; porque próvido el Cielo
quiere que esta hermosa efigie
se admire, sin que se alcance
la causa por que se admire.
Pues siendo sus perfecciones
vivos, valientes matices,
que el original retratan,
y que sus luces distinguen,
me niegan las propiedades
a la especie que reúnen.
Loco estoy, Limón.
Señor,
no puedo contradecirte,
porque dejarse llevar
de la persuasión de un chiste
de un fantástico donaire,
y de un airoso melindre,
sin ver lo que el manto encubre,
sabiendo que el manto finge
muchas veces quince mayos,
cuando son tres veces quince.
Si no es locura, es error
en que tropiezan los simples.
Calla, necio, y no me hagas
que tus locuras castigue.
¿La perfección del retrato
puede engañarme?
¿Eso dices?
Primeramente supongo
(no lo dudes) que es posible
ser ajeno ese retrato;
porque con estos ardides,
logra aplausos de Diana,
la que tapada es un tigre.
Y aun supuesto que sea suyo,
puede mentir, no te irrites;
pues no hay pincel tan Homero
que groseramente olvides
en la tibieza lo vivo,
en lo muerto los carmines;
y más, cuando en estos tiempos
hay mujer que solo pide
la imitación en el nombre,
mas no que el pincel la imite.
Otra vez tus necedades
me apuran.
¡Ay infelice!
Mas ¿qué voz es esta, Cielos?
Fabio, Leonor, asistidme.
La carroza inunda el agua.
Siempre la nobleza huye
los extremos de piadosa.
Vase.
Señor, oye, espera, dime,
¿qué intentas? No escucha nada.
Juzgo que aunque fuera al Tíber
se arrojara, echose al agua.
cuál forceja, cuál esgrime
con la corriente importuna.
¡Vive Dios que está terrible!
Con otra mujer ha dado;
dio en Cila, y dejó a Caribdis.
Saca Laurencio desmayada a Violante.
Descortés monstruo de plata,
que ocasionaste severo
el desmayo lisonjero
que a esta hermosura maltrata.
De hoy más tu margen ingrata
rehúso, que su impiedad, pues
siendo interés descortés
el que a tanta nieve aspira,
el mismo desmayo admira
lo esquivo de tu interés.
Vuelve del desmayo Violante.
¡Ay de mí!
El susto dejad,
señora, pues ya os perdona
el peligro en que blasona
la fuerza de la piedad.
El quedar agradecida
Aparte.
a vuestra acción piadosa
es alma de la elección,
y obligación de mi vida.
¡Qué gallardo joven, Cielos!
¡Qué resolución cortés!
Calificando intereses
de generosos desvelos,
el socorrer, señora,
a una dama, y siendo amada,
no es merecimiento en mí,
pues fue obligación.
Ahora,
conformando este diamante
mi agradecimiento fiel,
ved que va mi nombre en él.
Dale un diamante.
¿De quién?
De doña Violante.
Por ser favor que venero,
vuestro nombre soberano
a servirle me allano.
De sus razones infiero
que erré en darle prenda alguna.
La experiencia declara
que es caballero el que ampara
en tan contraria fortuna.
¿La estimación que me cabe
es hija de la nobleza,
pues favorecida empieza
porque más rendida acabe?
Sale Leonor.
Asustada y cuidadosa
vengo a buscarte.
Leonor,
ese cuidado un señor
te estima.
¡Qué hacer dichosa!
Adiós.
Serviros intento.
No, que mi familia queda
esperando en la Alameda;
quedaos.
Que es precepto siento
el que me imponéis, y tal
le recibo.
Yo lo estimo.
Vanse.
¡Ay copia, en que amante imprimo
la luz de tu original!
De tanto lance importuno,
con ser mi capricho raro,
estoy ayuno, y reparo
en los modos del ayuno.
Apenas, señor, llegamos
a Valencia, cuando siento
más casos entre las gentes
que enredos entre estos ramos.
Dentro ruido de cuchilladas y dice Alejandro dentro.
La muerte será castigo
de tu infame alevosía.
La inocencia me defiende.
Sígueme, Limón, aprisa,
que quien no estorba los riesgos,
es cómplice en las desdichas.
Vase.
Yo llego, mas ¡ay de mí, Limón!,
esta noche te confitan.
Vase.
Salen Alejandro y don Vicente riñendo.
Traidor, que así profanaste
mi honor.
Advierte que tratas
la fidelidad del alma
con tan infieles mentiras.
Tu muerte verás sangrienta.
Sabré defender mi vida.
Sale Laurencio y Limón, y Laurencio se pone entre los dos.
Caballeros, cuya saña
aun es menos conocida
por parte de vuestros nombres
que por razón de las iras,
tened; y entre las tinieblas,
que la noche desestima,
anteponed el acuerdo
a vuestra causa enemiga.
Caballero, siendo agravio
que empeña el honor, sería
dejar muerta la venganza
impropiedad a la vida.
Caballeros, las razones
que sin pasiones se miran,
quedan más justificadas
cuando no más aplaudidas.
Y pues uno de vosotros
dijo que este agravio estaba
en fantástica apariencia,
y en una culpa fingida,
suspéndase la venganza;
que es temeraria osadía
imaginar el agravio
y hacer la ofensa precisa.
Que será ilusión es cierto,
pues cuando el honor peligra
corre continua tormenta,
y en tormenta tan continua
aunque el cuidado le ampare
el examen le precipita.
Y es cierto debéis seguir
esta opinión, no por mía,
porque siendo forastero
ninguna pasión me inclina
más a uno que a otro, sí solo
por ser más cierta y más digna
de admitirse; pues advierto
que en las ofensas impías,
no hay fe que las examine,
y porque no se examinan.
Yo, sin culpar de mi aliento
las calidades precisas,
con fe y palabra de noble
ofrezco dejar vencida
la imaginada sospecha
con evidencia tan fija,
que aun las dudas no la encuentren
por parte de la malicia.
Aparte.
Esa palabra os admito.
Callar aquí determina
mi cuidado, que según
la voz se singulariza,
este es mi amigo Laurencio,
cuya importante venida,
para abreviar sus materias,
aun de mi aviso pendía.
Pero él sin duda después
sin esperar más noticias
determinó venir antes.
No me conoció, y pues fía
mi honor dudar a la noche,
todo un silencio me asista.
Vase.
él me buscará sin duda,
aguardarle voy aprisa,
antes que me digas, así,
honor mío, facilitas
o la venganza más cierta
o la sospecha más tibia.
Vamos, cuidado, a vivir,
no es bien que conmigo viva
el que entre auras me briega
y el que entre abismos me anida.
Caballeros, a Dios.
A Dios.
Decidme, ¿mandáis que os sirva?
Yo os estimo el agasajo.
Aparte.
No es sino obligación mía.
¡Que un acaso haya inducido
tanto abismo! ¡Oh, estrella impía!,
si la excepción reconoces,
¿por qué el delito confirmas?
Satisfacer a Alejandro
quiero, que es sospecha indigna
del recato de Diana
y de mi sangre, pues miran
esta mis obligaciones,
y aquel su soberanía.
Tal vez, no sin causa, el cielo
en sus esferas lucidas
previene a los acasos
la contingencia venida,
porque, en tanto que la suerte
o se arriesga o se averigua,
ajeno brazo la estorbe,
si propio impulso la incita.
Quién son, ignoro; que en fin,
si la acción se moraliza,
no favorece curioso
quien solo al favor aspira;
pues, siendo el favor piedad
y lo curioso osadía,
piadosamente el que es noble
su curiosidad castiga,
pues beneficia, y no quiere
saber a quién beneficia.
Señor, si las aventuras
prosiguen, es bobería
hacer cuenta de los mon-
¿La segunda vez deliras?
No es delirio, porque, en fin,
según buena medicina,
delirium est ab sumpto;
y estando ayunas mis tripas,
¿quieres se empañe el cerebro
por tan limpias oficinas?
¿Erré yo favoreciendo?
Aquí viene de tablilla
la excepción. ¿La caridad
bien fundada y admitida
no ha de empezar por sí propio?
¿Pues bien?
Luego no tenías
que buscar necesidades,
cuando hay otras más propincuas.
No las alcanzo.
Ello es,
pensión de un lacayo antigua,
alcanzarle la miseria
sin que la ración le siga.
Extrema necesidad
es la muestra, pues el día
llegó a su extremo y no hallamos
medio para la comida.
No culpes estos descuidos,
porque quien con ellos lidia
solo lo animal aprecia
y lo racional olvida.
Señores, ¿hay tan extraño
modo de filosofía,
querer acciones vivientes
sin substancia nutritiva?
Vamos, y cuando la noche
pacíficamente admita
la quietud imaginaria
de sus negras ofuscas,
inquiriremos la casa
de Alejandro. ¡Ay, pena mía,
que por un retrato mueras
y por ver su dueño vivas!
Vanse.
¡Ay, hombre; ay, pena; ay, lacayo!
(que son una cosa misma)
¡Cuándo dejaréis el orden
de la obediencia mendiga!
Salen Diana y Tisbe.
¡Cielos! ¡Qué tan inhumano
astro he de experimentar,
por poder, ¡ay, Dios!, templar
los rigores de un hermano!
¡Que aun mi inocencia fiel
ultraje una sinrazón!
¡Oh, tirana opresión!
¡Oh, barbaridad cruel!
Con engañosa cautela
me trajo a ver el jardín.
Dejome encerrada, en fin,
que es lo que más me desvela;
porque aunque un pecho inocente
pueda estar asegurado,
tal vez le encuentra el cuidado
y le anuncia el accidente.
En fortuna tan siniestra
me alivia Violante, pues
paso a su cuarto después
que halle esta llave maestra.
¡Ay, penas!
Señora, aguarda
tus males, que esta clausura
no es convento de apretura,
pues hallamos la salida.
No es esta mi mayor pena,
estar retraída aquí.
Otra me tiene, ¡ay de mí!,
casi de mí misma ajena.
Aquel forastero, ¡ay cielos!,
que en la Alameda encontré,
me da cuidado, y no sé
cómo borrar mis desvelos.
Como desde esta alquería
de Violante, con embozo,
salí fiando al rebozo
la fuerza de la osadía,
solo permitió el recato,
evitado de sus querellas,
desvanecerle mis huellas
por las líneas del retrato.
Este dolor es más grave
de lo que parece, pues
ni puedo saber quién es
ni él dónde yo vivo de aver.
La Violante esperará,
señora.
Dices muy bien.
Abre pues la puerta, ven.
Hace Tisbe que abre una puerta.
Ya abierta, señora, está.
Vase.
Sale Alejandro por una puerta haciendo rumor de abrirla.
Ya llegué a la misma pieza
en donde queda mi hermana,
hasta que la verdad misma
deje sin duda su causa.
La primera noche, ¡ay, triste!,
que salimos de esta casa
de campo por aliviar
la estación de julio, halla
mi desvelo en el jardín
a don Vicente: ¡Ah, tiranas
pensiones de honor, que pocos
tan enteramente os pagan,
que aun por parte del recelo
os dejen asegurada!
¡Que si Laurencio pudiera,
por casualidad tan rara,
suspender de mis alientos
la prevenida amenaza!
Que fue Laurencio no dudes,
mi amistad; que quien repara
en la voz que oyó, conoce
la especie del que le habla;
pues, si no es alma la voz,
es operación del alma;
y la causa y el efecto
tienen una semejanza.
Disimulé por entonces,
sin querer que declarara
mi voz la temida ofensa;
que, oídas las circunstancias
del agravio, se disculpan
solamente el que las calla.
Por otra parte, conoces
que siempre observó Diana
de las leyes más ilustres
las condiciones más altas.
Su recato, sumo desvío,
su virtud tan celebrada,
¡no la veneran prodigio
y milagro no la aclaman!
Pues, ¿qué temo? ¿Qué recelo?
Dejadme, ilusiones varias.
Sale por la puerta que se fueron Diana y sale Violante.
A hablar a Diana; pero
la puerta hallé abierta.
¿Hermana?
Este es, ¡cielos!, Alejandro.
¿No me respondes? ¿No hablas?
¿Qué puedo decirle, ¡ay, triste!,
cuando Alejandro me llama
y por Diana me tiene?
No temas, que disculpada
estás ya, pues ha vencido
en tormentas tan contrarias,
en virtud del desacierto,
en atención a la ignorancia.
Desenojarla pretendo,
en tanto que se afianza
de la verdad infalible
la evidencia necesaria.
Perdona, hermana, que, ¡en fin!,
es resolución honrada
desarraigar la sospecha
para no temer la infamia.
Tú eres noble, y como noble
estarás asegurada
de que un fantástico acaso
no puede culparte. Basta
que tu respeto lo afirme.
¿Nada me dices? ¿Extrañas
mis persuasiones? En fin,
es fuerza que esté enojada.
A sentarse a Violante pase;
pase; a Dios, Diana.
Vase por la puerta. Dentro haciendo rumor de cerrada.
Extraña confusión,
sin duda cuando
Paso por la verde estancia
del jardín. Diana y Tisbe
a la Alameda en su cuarto
entraron; aquí me valga
la presteza, antes que llegue
Alejandro a verlas.
Vase por la puerta que entró y por otra sale don Vicente de noche.
Tardas,
confusas sombras, si acierto
que vuestro horror acompaña
de tanto traidor insulto
las lastimosas desgracias.
¡Oh noche, cuya diadema
los mismos temores labran!
De incierta si se presume,
de confusa si se alcanza.
Errantes ojos del cielo,
que las negras cataratas
de las nubes, ahuyentáis,
con apacibles mudanzas.
Lucía galán primoroso,
cuyas márgenes gallardas,
canoras flores celebran
y floridos cisnes cantan.
Alameda, cuyos olmos
corona el mayo de galas,
ya troncos se humillan rudos,
ya se ensoberbecían plantas.
Todos me asistid, en tanto
que mi inocencia culpada
borra el escrúpulo vil,
que una ceguedad le infama.
A la vera de la huerta
saldrá Leonor; por si aguarda
abrevio el paso.
Vase.
Salen Diana y Tisbe, por la puerta que entraron. Tisbe con la luz.
Señora,
él nos vio.
¡Ay mayor desgracia!
Y más si ha entrado en el cuarto
y ha hallado la puerta falsa
abierta.
Cierra otra vez.
Hace Tisbe, y cierra la puerta por donde salieron.
Ya está como tú lo mandas.
¡Que a estas horas me buscase
mi hermano!
¿De eso te espantas,
cuando un hermano con celos
es perro con calavera
que corre hasta que la deja?
¡Qué he de hacer! ¡Ah fieras sañudas!
Y no encuentras otro remedio
que confesarle a la clara,
para no engendrar sospechas,
la verdad de lo que pasa.
¡Ay más confusiones, cielos!
¡Ay estrellas más contrarias!
Si le niego la verdad,
su ceguedad indignada
sombras fingirá de riesgos
sobre el cielo de mi fama.
Si confieso el hecho, entonces
su cólera arrebatada
nos ha de ultrajar corridas,
y con opresión más larga.
¿Dejará que la violencia
nos prive de la esperanza?
No sé lo que digo, ¡ay triste!
Ningún discurso me ampara.
¡Ay, que el hermano es un loco!
y si ha sentido la trampa,
nos ha de enjaular, que en fin,
siendo loco, hallará jaulas.
Vanse, y a una reja se asoma Leonor, y por otra parte sale Alejandro de noche.
A don Vicente avisé;
pero ya, según repara
mi advertencia, llega.
¡Cielos,
qué presto un hombre se engaña!
De dos mujeres que vi,
pasando la primer cuadra,
la una por Diana tuve,
¡oh imaginaciones vanas!
Ce.
Según he percibido,
en esta reja me llaman.
Don Vicente, ce.
¿Qué escucho?
Leonor es. Esta vez salga
de la opresión mi cuidado.
Don Vicente al paso y Alejandro va llegando a la reja.
Ya aquí; mas si bien repara
la vista, un hombre en la reja,
con Leonor, sin duda habla.
Leonor.
La voz de Alejandro
es esta, aunque él la recata.
Escucharé lo que dicen.
Señor, ya yo te esperaba,
por saber las controversias,
que a Diana y a ti os pasaran,
que como Alejandro ignora,
que tú pasabas la tapia
del jardín, en cuyo sitio
tiene su cuarto Diana,
para tratar más despacio
los medios, y circunstancias
que podrán obligar
a Violante.
¡Cielos, bastan
mis pesares! ¡Mas, ay triste!
¿Qué consientan mis desgracias
que de un abismo de dudas
pase a otro de ansias varias?
Juzgo lo más inmediato
a su honor.
¡Ah infiel criada,
que así tercera dispones
los peligros a una dama!
Silencias, cuidado mío,
pues hoy Leonor te recata,
pensando hablar con mi pena.
¡Oh, qué dichosa ignorancia!
Vase.
Mas, pues tan tarde has venido,
que ya se corona el Sol
en los reinos del Oriente,
para otra noche, cuidada
estoy; a Dios, que sin duda
debe esperarme mi alma.
¡Ah celosas inquietudes!
Vase.
En cuya ardiente batalla
se precipita el juicio,
y la razón se arrebata:
don Vicente ama a Violante,
y aunque ignoro si ella paga
su fineza, o ya es peligro
la gloria de verse amada.
Y aunque yo también la adoro,
quizás con más vivas ansias,
por lo mismo se me sigue
la mayor desconfianza:
que el que intenta ser querido
de una belleza, se engaña,
haciendo ejemplar su amor
de la fineza más alta;
porque la hermosura tiene
condiciones tan extrañas,
que el mismo amor que la obliga,
si se pondera la agravia.
¡Oh presagios infelices!
¡Oh influencias indignadas!
Sale don Vicente.
Fuese Alejandro; Leonor
de tanto abismo me saca.
Y aunque le ha dicho, que amo
a Violante, no embaraza,
que amor que obligar intenta
ni se corre, ni se ultraja.
Y en lance tan importuno
es fortuna declarada
dar a entender un cuidado,
por borrar otros que agravian.
Y más, que en esta propuesta
ningún honor se abalanza,
pues de que obligar intente
mi obligación a una dama,
ni mi intención se desluce,
ni su opinión se maltrata.
Pero allá en el otro extremo,
Alejandro a dos culpaba,
primero a mí de traidor
y de alevosa a su hermana.
Satisfecho está el recelo.
y la duda averiguada.
Vase.
Salen Diana, Alejandro, y Tisbe.
Hermano, yo, anoche, cuando,
por ver a Violante...
Deja
las turbaciones, hermana;
pues ya murió mi sospecha,
de tu virtud al ejemplo,
y a vista de tu inocencia.
Tú, en fin, cortésmente airada,
tú enfadadamente atenta,
no me respondiste anoche,
cuando te hablé en esta pieza
donde quedas retirada;
efecto de tu prudencia;
que en los lances de las iras,
cuando los enojos reinan,
el no resistirles es,
la más cuerda resistencia.
Aparte.
Silencio, cuidados míos,
pues su razón manifiesta,
que no conoció a Violante,
ni encontró abierta la puerta.
Milagro ha sido, señora,
que su porfía grosera
se haya vencido, sin dar
pasto a las impertinencias.
Sale Sancho.
Don Laurencio de Toledo,
pide, señor, tu licencia
para hablarte.
No mintió su voz;
mi aprehensión fue cierta.
Di que entre.
Vase el criado.
Diana, al punto te retira.
Lo que ordenas admito.
Un amigo mío de ciertas materias
viene a hablarme.
Aparte.
Alejandro,
es muy justa la advertencia.
Yo he de ver ocultamente
desde esta puerta primera.
¿Quién es este forastero?
Vive con cuidado, acecha.
Quédanse las dos al paño y salen Laurencio y Limón.
¡Hola, don Laurencio, amigo,
tan bien venido a Valencia,
que te reconozca patria
la que te recibe ajena!
Presagio de mis fortunas
son tus brazos, cuya esfera
sirvióme por el camino,
que nuestra amistad
profesa.
¿Este es, Tisbe, el caballero
que tan galán me desvela?
¡Qué cortés! ¡Qué atento!
Amigo,
no honrarme esta casa fuera
creer mi inutilidad
por líneas de la extrañeza.
Antes, pues me favoreces,
he de revivir en ella.
... que yo no la siguiera.
agasajos que me ilustren
ni acciones que me defiendan?
Yo estoy loca. ¡Hay más fortuna!
Amor, tus arpones templa.
Yo apostaré que ninguno,
entre tantas diligencias,
se acuerda, de lo que a solas
mis pobres quejas se acuerdan.
¿Y cuándo llegaste?
Ayer;
porque aunque por la estafeta
te previne que mi viaje
no haría hasta que me dieras
noticia del pleito en que
tanto mi casa interesa;
pero viendo lo que importa
abreviar estas materias,
y viéndome en Barcelona
libre de la dependencia
militares, en que funda
sus ascensos mi nobleza,
determiné venir antes,
y porque mi mal entiendas,
Sabrás que al venir, pasando,
acaso, por la Alameda,
vi (y, ¡oh, nunca hubiera visto!)
entre la gran concurrencia,
una mujer... ¡Qué mal dije!
Pues mucho mejor dijera,
que solo vi una deidad,
pues se miraban en ella
unidos los atributos
de cuantas fingió la idea
de los idólatras, diosas:
tal me pareció que era,
y esto; no obstante que el manto,
quizá, Argos de su belleza,
discernir no permitía
aquellas graciosas prendas,
con que siempre a la hermosura
distingue naturaleza.
De su talle enamorado
la seguí, y aunque ella cuerda,
temiendo quizá otros riesgos,
procuró con diligencia
desparecerse a mi vista,
no bastó a que desistiera
yo de mi intento su astucia,
hasta que advirtiendo ella
cuanto mayor era ya
mi empeño que su cautela,
volviéndose a mí, me dijo:
Que el que yo no la siguiera
a su honor la convenía.
Fue para mí esta sentencia
triste y favorable a un tiempo:
triste, pues en su obediencia
su muerte mi amor hallaba;
favorable, pues por ella
logré escuchar de sus ecos
las prodigiosas cadencias.
Repliqué; pero fue en vano,
y viéndola ya resuelta
en no dejarse seguir,
la supliqué que siquiera
dejarse ver permitiese,
para que con esto, al verla,
deslumbrasen a mis ojos
los suyos, porque pudieran,
quedando al verla sin vista,
ciegamente obedecerla.
A esto me respondió
tan gallarda, tan honesta,
con tan discretas palabras,
con expresiones tan nuevas,
que otro que yo cedería;
pero de sus voces mismas
con el aliento, aumentaba
de mi fuego la materia.
Me culparás, Alejandro,
de que mi pasión rindiera
con tanto extremo, ignorando
si quizás era, o no era
objeto digno de amor;
y a esto no sé otra respuesta,
sino que fuera imposible
que en aquel talle cupiera
imperfección, y más cuando
de su donaire a las prendas
se llegaba lo sutil,
lo ingeniosa y lo modesta
que intentaba detener
de mi osadía las huellas,
y en fin no vi en ella cosa,
que a mi parecer no fuera
gracia, con que más y más
se acreditase perfecta,
que siempre tiene lo hermoso
no sé qué industria halagüeña
que se niega, y se conoce
por lo mismo que se niega.
Estando ambos porfiando
ella a encubrirse resuelta,
yo a verla determinado;
(bien que siempre, con aquella
atención, que a las mujeres
manda guardar la nobleza)
Por acaso pues...
Al paño.
¡Ay triste!
y más, si a mi hermano enseña
mi retrato.
Merecí...
Tisbe mía, yo estoy muerta.
Acechando desde aquí,
veré si entiende mis señas.
Desde el paño hace Tisbe señas a Laurencio de que calle.
Aparte.
¿Qué misterio será, cielos,
el que una mujer me advierta
que calle? Mas por si acaso
en el retrato se arriesga
algún secreto, el diamante
mi suceso desempeña,
pues de dos informaciones
viene a ser la menos cierta
la de el diamante, pues una
dice, y otra representa,
y entre un nombre y un retrato
hay notable diferencia,
pues el nombre incluye a muchas,
y a una sola el pincel muestra.
En esto me resuelvo.
Habla, pues, no te suspendas.
Si él es lerdo, aquí fue Troya.
El pecho se desalienta.
Diome, en fin, este diamante.
Dale el anillo a Alejandro, y mientras le mira dice Limón.
Aparte.
Para él solo son las fiestas,
y para mí la fregona
no tuvo que dar siquiera
un troncho de la cocina.
¡Abrase mi pecho un Etna!
Cielos, ¿hay más confusiones?
de Violante es, ¿qué me queda
para vivir, cuando el alma
en tanto abismo tropieza?
Y así, amigo, cuando acaso
(por fortuna, o diligencia)
de esta deidad peregrina
alguna noticia tengas,
te suplico, con las ansias,
que mi fino amor ostenta,
me alientes con el aviso.
Al paño.
Otra vez mi vida alienta,
pues enmendó su discurso
la comenzada propuesta.
Hablando entre sí.
¿Quién se vio en tal laberinto?
¿Quién practicó tal estrella?
¿Que me empeñe la amistad,
cuando los celos me empeñan?
Si favorezco a un amigo,
falto al amor que me impera,
si acudo a mi amor, no acudo
de mi amistad a la deuda...
Venza un medio, con que amor,
y amistad iguales sean.
Callaré quién es la dama
por cumplir con mi fineza,
no impidiendo que Laurencio
por otra parte lo sepa,
y así a la amistad no falto
por medio de esta cautela,
ni tampoco al amor, pues
cuando la obligación fuerza,
si vive en la voluntad,
más que en el silencio muera.
A Limón.
Paréceme que Alejandro
con curiosidad expresa
de alguna noticia oculta...
Sí, señor, a él sin duda
se le pone en la cabeza
que la sortija mejor
a sus dedos le viniera.
Calla, ignorante.
Yo digo
lo que en su lugar me hiciera.
El nombre de aquella dama
según el diamante enseña
es Violante.
Ya lo he visto.
Al paño.
¡Qué suspensión!
¡Qué violencia!
¿Que esto le pase a mi amor?
Al paño.
¡Cielos, que esto me suceda!
Tisbe, este es el caballero
de tan superiores prendas
como celebró Violante,
y quién duda (yo soy muerta)
que su razón por mi parte
fue principio de novela,
que introdujo mi cuidado
para hallar otra belleza.
Noticias de esta dama
no tengo, pero en Valencia
saberlo es fácil.
Al paño.
Mi hermano
también se suspende. ¡Ah, fiera!
¡influencia de los astros!
¡que por una causa misma
mi hermano y yo el mar surquemos
de tan celosas tormentas!
Llega, Laurencio, a tu cuarto.
El obedecerte aprueba
mi obligación.
Yo estimara
mejor, el que nos dijera
al refectorio.
¡Ay de mí!
¡que tal pesar me suceda!
¡Que tal dolor me examine!
¡Que tal aprensión me venza!
¡Oh, ansia!
¡Oh, rigor!
¡Oh, duda!
No me atormentes severa.
Al paño.
No me maltrates injusto.
No me arrebates incierta.
Vase.
Vamos a vivir desvelos.
Vase.
Vamos a morir sospechas.
Vase.
Vamos a sentir amor,
pues consientes que me pierda
quejoso entre mis desdichas,
desdichado entre mis quejas.
Vase.
Vamos, hambre, a padecer,
pues permites que padezca
miserable entre servicios,
servicial entre miserias.
Lectura transmitida en la transcripción: Primera jornada.
Salen Laurencio y Limón
Las seis horas son, señor,
ya el paseo empieza, y creo
que aunque es hora de paseo
no se exime de calor.
Ya el ruido impertinente
de las carrozas despierta,
y desde la real puerta
se encaminan a la puente.
Ya oigo en el trecho que queda
desde la Escola hasta el llano
con señas de alguna mano,
oyes Juan, a la Alameda.
¡Qué de lacayos y pajes!
¡Qué de cocheros erguidos!
¡Qué salvajes bien vestidos!
¡Qué mal vestidos salvajes!
¡Qué compuestas que van todas
las que caminan sentadas,
en lo bien que van tocadas,
sin duda tocan a todas!
Las de a pie, que airosas van,
y qué vestidas al uso;
de la gala hacen abuso,
según rozándola van.
¡Qué tapadas! Ya comienza
mi musa su triste canto
que haya de ser siempre el manto
tercero de la vergüenza.
¡Ay cielos, si mi ventura
correspondiera al deseo!
¡Oh, si me diera el paseo
señas de aquella hermosura!
Mas ya que el original
no halla mi fineza propia,
sírvame esta muerta copia
de consuelo en tanto mal.
Saca el retrato
Retrato cuya belleza
si de perfecciones trata
deja de ser retrato,
y ya pasa a naturaleza;
no con tan muda extrañeza
me hables siempre en mi pasión,
si tus perfecciones son
imitación de una diosa,
no me consienta penosa
la luz de tu imitación.
Por ti a un tiempo muero y vivo,
por ti me alegro y me quejo,
en ti mis alientos dejo
y en ti la vida recibo.
En tormento tan esquivo
mi amor su esperanza advierte,
tú callas, y de esta suerte
me cobras y me desmayas,
si a darte vida te ensayas,
¿cómo quieres darme muerte?
El pincel que te dio ser
con forma tan peregrina,
o imitó a mujer divina
o no ha imitado a mujer;
excepción vienes a ser
de la regla natural,
pues cuando lo artificial
las reglas propias observa,
solo en ti especies conserva
de divino original.
La estrella que permitió
te encontrase mi cuidado,
me dio el tósigo airado
en lo mismo que me dio.
De ti, oh copia, se valió,
y no de instrumento ajeno,
mi suerte infeliz condeno,
a mi muerte satisfago,
pues donde busco el halago
vengo a encontrar el veneno.
Señor.
¿Qué dices, Limón?
Perdidos dos mantos llegan,
si, como otras veces, juegan
no perdamos la ocasión.
¡Si ella fuera, cielo santo!
Y ¡cómo, señor, que es ella!
¿Pues tú puedes conocella?
Sí, señor.
¿En qué?
En el manto.
Salen Violante y Leonor con mantos de embozo
¡Ay, fortuna semejante!
Él es, sin mí llego, ¡ay Dios!
Dos llegan y somos dos:
uno loco y otro amante.
Que es ella el modo me dice,
y mi turbación lo infiere.
Señora, quien por vos muere
no deja de ser felice
al veros, y al encontraros
la vida de amor espero;
y no diréis que me muero
con la gloria de adoraros.
Sin duda me conoció.
Aunque más os recatéis,
bella información haréis
a mi despierto sentido.
Pues el prado que merece
vuestra soberana planta,
floreciendo se adelanta
y por mereceros crece.
Vuestra copia merecí
por acaso, bien que vos
rigurosamente (¡ay Dios!)
os ocultasteis de mí.
Aparte
Cielos, sin vida respiro;
de Diana es el retrato,
solo de mi muerte trato
cuando el desengaño miro.
Pues merezco tener
la información de ese cielo,
córrase esta vez el velo
de tan soberano ser,
y si es que veros no puedo,
dejad, señora, que os pierda,
que no hay esperanza cuerda
cuando tan loco me quedo.
¡Ay hado tirano! ¡Ah infiel,
que quiera mi desventura
que se venza una hermosura
por acciones de un pincel!
Hablan los dos
¿No es el pícaro muy recio?
¿No es la fámula muy boba?
¡Qué bigotes para escoba!
¡Qué cara para un desprecio!
Tomarle el retrato intento
y averiguar mi sospecha.
Suelta, ingrato.
Vanse las dos
Satisfecha
vas, con llevarme la copia
en que aseguró mi vida,
aguarda, bello homicida,
que el alma me robas; propia
fue la industria de mujer
y el descuido de un rendido.
Suspensos sigo.
Perdido
voy por buscar y correr.
Salen Alejandro, Diana y Tisbe
Diana, preciso ha sido
admitir a don Laurencio
en casa, mientras concluye
las dependencias de un pleito.
Es caballero muy noble,
y sobre ser caballero,
es amigo en cualquier lance,
que no es poco en este tiempo.
De antemano le tenía
hecho el mismo ofrecimiento,
y él siguiendo la amistad
se conforma con mis ruegos.
Él ignora que yo tenga
hermana alguna, y por esto
proseguiréis el retiro
en un lugar triste, en el breve tiempo
que terminan sus negocios.
Aparte
¿Qué es esto, divinos cielos?
Que tal desdicha me alcance.
Buenas quedamos, por cierto.
Pues, ¿cómo, Alejandro?
Hermana.
No te ofendas.
Yo me ofendo
de ver que de licencioso
te pasas a ser grosero.
Esto es mirar por ti misma.
Mira, hermano, por ti mismo,
que es arriesgar la constancia
el presuponer los riesgos.
Esto me toca.
No tal,
porque el fraternal imperio
si aconseja como propio,
no violenta los consejos.
Esto ha de ser, no repliques.
Aparte
No replico, que es superfluo
buscar medios al discurso,
que no ha de aprobar los medios.
Di, Alejandro, ¿por ventura
conozco a este caballero,
más que por tu información?
Miento, Amor, pero no miento,
sin prevenir el sentido
la excepción de mis afectos.
Por motivo mío, ¿acaso
¿está en casa? Pues, ¿qué puedo
haber cooperado?
Nada.
Que tienes razón confieso,
mas también por otra parte
te he de hacer este argumento.
De verte Laurencio, o no,
¿qué útil se me sigue nuevo,
o qué te importa?
(Aparte.)
A mí, nada;
miento otra vez. ¡Ay, desvelos!
¡Que me atormentáis, y hacéis
lisonja de mi tormento!
(Aparte.)
¡Luego satisfecha estás!
Pues hallo, averiguo, y creo,
que no importando el ser vista,
el retiro es del intento.
¡Adiós, oh infelices penas!
¡Que me halle entre dos extremos
de celos, y de amistad!
Que Violante (¡ay triste!) siendo
la que alienta mi fortuna,
me consienta sin alientos?
¡Dejadme, tristes congojas,
pues a mí mismo me dejo!
(Vase.)
¿Posible es, fortuna ingrata,
posible es, divinos cielos,
que tanto pesar unido
pruebe mi infelice pecho?
¡Que viviendo muera un alma,
y cuando vive muriendo,
solo sienta los halagos
del último sentimiento!
Dejad que muera, que en fin
si tan finamente muero,
será lisonja del susto
la gravedad del empeño.
Celosamente mis ansias,
ansiosamente mis celos,
si aquellas me atemorizan,
me melancolizan estos.
Privada mi libertad,
mi amor cercado de yerros,
aquella airada me culpa,
este me atormenta preso.
De Violante no confío,
menos de Alejandro espero;
de aquella opuesta a mi amor,
de este a mi cuidado opuesto.
Sonoramente de un monte
se despide un arroyuelo,
ya se entretenga llorando,
ya se divida corriendo.
La deliciosa floresta,
por conductos de lo bello,
si presuroso lo abahe,
le desestima halagüeño;
al reino florido corre,
y antes de escarchar el reino,
entre céspedes con plata,
entre flores con espejos,
encuentra al Diciembre esquivo,
y en tan riguroso encuentro,
el que hilo empezó de plata,
se teje cinta de hielo.
En fin, a tanta inclemencia,
su movimiento sujeto,
o entre lágrimas se pierde,
o llora sus escarmientos.
Desde el monte del Retiro
salí al florido paseo,
vi a un Narciso, vi a un Adonis,
todo flor, todo respetos;
pensé en fin lograr su vista
con menos impedimento,
pensé ser correspondida;
y a este paso, al mismo tiempo,
del Diciembre más airado
la contradicción encuentro.
Nieve es mi hermano, que pone
muros a mis pensamientos;
viento es Violante, que mueve
desde su favor mis celos;
y así entre tantos rigores,
¿qué puedo hacer? Solo puedo
morir, pues pierdo la vida
cuando mi esperanza pierdo.
Señora, alivia tus males,
no sientas...
¿Y es fácil eso,
cuando tantas desventuras
me siguen?
Ya hay fundamento
para algún alivio.
¿Cómo?
Como de noche saliendo
a la reja grande, que es
de los jardines medio,
podrás hablarle.
Bien dices.
¡Confieso, Tisbe, tu ingenio
y el aviso!
Yo al lacayo
podré desde el mismo puesto
avisar.
Tu industria aguardo.
Mi solicitud te ofrezco.
(Vanse.)
(Salen Laurencio y Limón.)
Muerto soy, Limón.
Señor,
no he de creer que estés muerto,
hasta que te vea libre
de tan vivos embelecos.
¡Que me tomase el retrato
una mujer (pierdo el seso),
sin saber quién es, y al punto
burlando mi pensamiento
se ocultase de mi vista!
Mejor dijeras de un ciego,
pues quieres, y no conoces
lo mismo que estás queriendo.
Si en el alma Amor la imprime,
ya la conozco, y es cierto
pues la voluntad supone
primero el conocimiento.
¡Ay, enemiga hermosura,
ay, mal percibido objeto,
por qué venciéndome quieres
recatar el vencimiento?
Ya llega la noche, ya
entre el confuso silencio
del Turia ondoso se admira
el entretenido empleo.
(Sale don Vicente.)
Éste, si bien lo examino,
es el mismo forastero,
que anoche supo impedir
lo ofendido de mi aliento.
Quiero agradecer su acción:
Dios os guarde, caballero.
¿Mas que esta noche empezamos
nuevo género de enredos?
¿Quién sois, pregunto?
Yo soy el que anoche...
Ya me acuerdo
de lo que vais a decir,
proseguid pues.
Suponiendo
que sabéis lo que pasó,
en parte, de nuestro empeño,
sabed que ya mi palabra
cumplí, y disculpado quedo;
esto os digo por si acaso
quiere proseguir el duelo
la otra parte, aunque yo juzgo
quedará del todo muerto,
pues la verdad misma ha sido
acción de mi desempeño.
Porque siempre la malicia,
por providencia del cielo,
aunque el veneno disfrace,
se reconoce veneno.
Siendo así, que la otra parte
satisfecha está, no creo
que el duelo tenga lugar,
pues de este no es ley ni es fuero
siendo fingido el agravio,
dar alma a su fingimiento.
Esto es lo que siento, amigo.
Y lo que más agradezco,
pues desvanecer la duda
es nobleza del ingenio.
Ved si me mandáis que os sirva.
Obedeceros pretendo.
Mi obligación es precisa.
Adiós.
(Vase.)
Adiós. Vamos luego,
que ya esperará Alejandro.
También a mí un figonero,
que desde anoche acá somos
amigos de compro y vendo.
(Vanse, y salen Diana y Tisbe con luz y recado de escribir.)
Ya tienes luz, y recado
de escribir.
¡Oh, si mi amor
dictase el medio mejor,
para salir de un cuidado!
Cuida, Tisbe, de la puerta,
mientras escribo el papel.
(Hace que escribe.)
Centinela seré fiel,
que a cualquier rumor despierta.
Desde hoy estafeta soy,
con que quedo asegurada,
que hoy empiezo a ser criada,
pues empiezo a avisar hoy.
¡Ay cielos, si el mal esquivo
mi advertencia remediara!
¡Si como propia me ampara!
¡Felice yo que la escribo!
(Dentro ruido como de tocar a una puerta.)
Tisbe, ¿quién es?
No te espante,
que en esta otra parte dieron,
y según los golpes fueron,
sin duda será Violante.
Pregunta, y abre si es ella.
Tisbe, yo voy.
Dale el papel.
Al instante
cierro el papel, como amante,
pues el alma es quien le sella.
Oyes, toma, pero advierte
que al criado has de entregarle
cuanto antes.
Saldré a acecharle
a la reja.
Hace que abre una puerta, y sale por ella Violante, y por la misma se va Tisbe.
Aparte.
Aparte.
¡Pena fuerte!
¡Amiga Diana! Aquí,
me importa fingir.
¿Amiga?
No sé cómo te lo diga;
mas perdóname.
Di.
¿Este retrato conoces?
Aparte.
Mármol soy, hielo soy toda;
Aparte.
ninguna voz se acomoda
al imperio de mis voces.
¿Cómo podré yo encubrirte
lo que el retrato señala?
¿Qué pesar al mío iguala?
Aparte.
Aparte.
Como amiga he de decirte
lo que en la materia siento.
Un caballero me dio
este retrato, aquí no
me embaraza el fingimiento.
Tuyo es, en fin, mas no arguyo
que él intentase ofender
a su original, por ser
de una dama, y en fin tuyo.
Supongo primeramente
que tú no se le habrás dado.
¿Hay más celoso cuidado?
Aparte.
¿Hay rigor más inclemente?
Supongo que por acaso
él le halló, y tú le perdiste.
¿Qué he de responderla? ¡Ay, triste!
Entre mil celos me abraso.
Lo que advertirte procura
Dale el retrato.
mi amor, en causa tan propia,
es que guardes más tu copia,
si es que estimas tu hermosura.
Retratarse es humanarse
una deidad, y es verdad,
pues no admite una deidad
medios para celebrarse.
Extremos de una belleza
jamás imitarse pueden,
pues siempre al pincel exceden
reglas de naturaleza.
Que el arte en parte la imite
ya se le concede al arte,
mas no ha de mentir en parte
cuanto a la hermosura quite.
Toma el retrato y estima
la advertencia de mi amor.
¿Hay más tirano rigor?
Dentro ruido de entrar, y sale Tisbe por la misma puerta que entró.
Alejandro...
¡Ay Dios! ¡Reprima
el cielo tan duros males!
A Dios.
Después sabrás que...
yo...
Vase.
Todo, todo lo sé.
¿Quién vio desdichas iguales?
Cierra la puerta al momento,
Tisbe.
Hace que cierra.
Ya lo hago, señora.
Cierto, parezco priora,
o abadesa de un convento.
¿Qué es esto, fortuna aleve?
¿Qué es esto, acasos impíos?
¿Yo ultrajada de Violante?
¿Mi esperanza sin alivios?
¿Mi amor burlado? ¡Ay de mí!
No malogres tus suspiros,
que son ámbares, y son
poéticos desperdicios.
¿Diste el papel?
Al instante.
La diligencia te riño.
¿Cómo, si te obedecí?
Porque después he sabido
la falsedad de Laurencio;
mas no importa, ven conmigo,
porque mis celos no piden
en el examen alivio.
Vanse. Salen Laurencio y Limón.
Imaginación confusa,
apetecido delirio,
humilde para alentarme,
para atormentarme altivo.
No consientas que un amante
desesperado y perdido
labre a su aliento sepulcro,
urna fabrique a sus bríos.
Y tú, deidad fementida,
que con licencias de niño
tiras flechas suavizadas
y haces venenosos tiros.
¿Por qué en tu templo me admites,
si no han de ser admitidos
mis ruegos por oblaciones,
mis ansias por sacrificios?
Esta, señor, es la teja.
Y este el término, en que fío
salir de tan grave caos,
pues desde el instante mismo
que hablando a Alejandro, pude
reparar en los avisos
de una mujer, y después
que este papel he leído,
ni alcanzo lo que me pasa,
ni lo que habla distingo.
En él me avisan que venga
a examinar un cariño,
si a examen de amor me llaman,
mi turbación certifico,
porque solo sé que adoro;
pero no sé lo que estimo.
A una reja Diana y Tisbe.
Ya llegaron, ce.
El ceceo
lleva cierto melindrillo
que me pareció de dama.
¡Ay, Limón! Yo me revisto
de turbación, sin saber
por qué causa o qué principio.
¡Ay, Tisbe, qué poco aliento
cobro, aunque lo solicito!
¡Oh culta, ignorada causa,
de quien el papel recibo,
sin sentido para el alma,
con alma para el sentido!
Si es que pueden mis cuidados
oficiosamente dignos,
compasiva, merecerte
género alguno de alivio;
si es que de tantos presagios
confusamente remisos,
puede pisar mi humildad
los umbrales del indicio...
No permitas que mis dudas,
naufragios de mi destino,
tormenta deshecha corran
en piélago tan esquivo.
Di, quién eres, no consientas
que en tan vario laberinto
se pierda la confianza
sin luces del beneficio.
Caballero, bien decís
que es atrevimiento mío
llamaros sin conoceros;
y no es tal, pues solo aspiro
de un desvelo voluntario
a un desengaño preciso.
Una dama, que es muy mía,
me habló esta tarde y me dijo
la habíais dado un retrato.
¿Qué es esto, cielos divinos?
De cuya acción con vos tiene
dos quejas; ¡qué mal me animo!
De descortés la primera,
la segunda de atrevido.
Porque, dándola el retrato,
me concederéis vos mismo
la enojasteis, pues querer
que un retrato muerto y tibio,
que una perfección humilde,
que un bosquejo, un artificio,
y, en fin, que un borrón...
Señora,
perdonaréis el estilo
de corregir, y esta vez,
permitirme el corregiros,
no pasa mi obligación,
no permiten mis oídos,
de aquella copia con alma
el ultraje menos vivo.
No es borrón, no es solo sombra,
porque si bien lo examino,
la sombra es vana apariencia,
y ella es divino prodigio.
Y así no ultrajéis la copia.
Ved cómo he de concluiros,
pues si la estimáis tanto,
¿por qué la disteis, remiso?
¿Yo la di?
Pues ¿cómo pudo
llegar a mis manos?
Digo
que, pensando ser el dueño
que busco y que solicito,
a una embozada el retrato
enseñé, y al punto mismo
llevándome en él el alma
se ausentó, sin haber sido
tan feliz que la encontrasen
mis ansias y mis suspiros.
Aparte.
¡Cielos, mi vida se cobre!
¡Ay, amor, ya otra vez vivo!
Volver el retrato intento,
pues de su razón colijo
que se le tomó Violante
con algún medio fingido.
Pues decid, por vida vuestra,
¿acaso sin haber visto
al original le amáis?
Ese es mi mayor martirio,
pues amo sin esperanza
de lograrse mi cariño.
Pues, caballero, el retrato
os daré, y os certifico
que me admiro de ese amor.
Aparte.
Yo de mi dicha me admiro.
¿Si esto es ilusión o encanto?
¡Feliz mi amor pronostico!
O estoy loco, o estas cosas
vienen por locos caminos.
¡Válgate Dios por retrato,
sin duda el pincel te hizo
para retratar embustes
sobre el lienzo del capricho!
Pues tanta fortuna alcanzo,
señora, solo os suplico
que os merezca saber quién
sois.
Ya lo habéis merecido.
Mayor confusión es esa.
Pues no quiero confundiros,
yo soy quien quiero que améis
lo que me habéis referido.
¿Hay más dudas? No lo entiendo.
Ni yo tampoco lo atino.
Dentro don Vicente.
Esperadme, y a la margen
de estos apacibles mirtos
podréis cantar.
Don Vicente
es este, y siento ruido
dentro en mi casa; y así
yo voy luego a preveniros
el retrato. La criada
saldría, porque yo imagino
que me pueden echar menos;
y aunque antes os juzgué indigno
de darosle, ahora ya
a la persuasión me rindo
de la verdad que evidente
proponéis.
Vase.
Yo determino
dar vuelta por esta esquina,
y dejar seguro el sitio;
hasta volver por la copia,
Limón queda aquí advertido
esperando.
Vase.
Que me place.
Póngome de veinticinco,
Ruido de música.
calo el sombrero a lo guapo,
la espada a lo de ya embisto,
la capa a lo temerón,
la planta a lo vizcaíno;
mas ya, según oigo, quieren
ser los músicos oídos.
Música.
Oye, divina Violante,
a un zagal a quien ha visto
seguir el gallardo Turia
tus soberanos desvíos.
Sale Alejandro por la puerta de enmedio.
Estas voces que percibo
como lisonjas mortales
de mis celosos oídos,
me dicen que don Vicente
felizmente atrevido
se opone a mi amor.
¡Por Dios,
que llega un bulto!
Ya he visto
un hombre junto a la reja.
reconocerle es preciso.
Va llegando a la reja Alejandro, y Limón se retira. Tisbe a la reja y da el retrato a Alejandro.
Este es Laurencio, tomad
el retrato.
¡Esto es lindo!
¡No ha estado malo el embuste!
Él, sin más ni más, se vino
a tomar lo que me daban.
¿Quién se vio, cielos divinos,
a un mismo tiempo, entre dos
tan confusos laberintos?
En la reja de Violante
oigo dulces sostenidos;
en esta otra reja, que es
de los jardines floridos
división, a un hombre encuentro,
y, aunque no haya comprendido
la voz de la que me dio
este papel, averiguo
un género de recelo
que es especie de martirio.
Vase llegando a Limón.
¡Que ya llega, ay mis costillas!
Quién es saber quiero. Digo,
¿quién va allá?
Réquiem aeternam.
¿No responde?
Es que el oficio
de difuntos empecé,
y tengo poco de vivo.
Que es Limón entiendo; pero
¿qué alboroto es el que he oído?
Ahora descarga.
Sale don Vicente retirándose de don Laurencio.
Ya en vano
a tanto valor resisto.
Suspender tan fuerte enojo
intento.
Alejandro se pone al lado de don Vicente y Laurencio retira a los dos.
Nunca mi brío
desmaya, aunque los acasos
multipliquen los peligros.
Vanse retirando de don Laurencio y queda solo Limón.
¡Ah, buen hijo, seas quien fueres,
eso sí, plúguete Cristo,
cien mil perdones te ganarías
por haberme concedido
tan plenarias indulgencias!
Mas ¡ay copia! ¡Ay, amo mío!
Si he de recibir cien palos,
yo los doy por recibidos.
Sale Laurencio.
¡Limón!
En esta ocasión,
Limón perdió la virtud.
¿Qué dices?
Que la salud
te ha de quitar el Limón.
¡Habla, necio!
Bien se entabla
el fuego para el desprecio;
perdóname, que soy necio
y he perdido todo el habla.
¿Qué ibas a decir?
Señor,
si lo he de decir después,
¡ya lo digo!
¿Acaba, pues?
El retrato, en fin...
¡Traidor!
¿Qué es del retrato?
¡San Dimas!
A mi mano has de morir.
Dale.
¡Qué agrio está! No hay decir
que hoy se comiera cien limas.
Ea, acaba, ¿qué dijiste
del retrato?
¿Qué sé yo?
Un hombre se le llevó.
¿Cuándo?
Después que te fuiste
llegó el quídam, y al oír
en la hora un ¡allá va!,
tomó sin réplica, y ya
estuve para reñir,
plantéme muy cabizbajo,
eché dos tufos, y a fe
que no le embestí, porque
quise dar por el atajo;
dije entre mí: es indecencia
reñir con concurrencia tal,
pues esfuerza riña mal
quien tiene mala conciencia;
pero, en fin, a no haber tú
dejado el puesto sin gente,
yo le embisto en continente,
y le lleva Belcebú.
¿Conociste?
Testimonio
de quién es, no puedo hacer,
mas dudo que pueda ser
hombre, si no algún demonio.
¡Ay, tormento más infiel!
¡Ay, ansia más importuna!
Y sin duda la fortuna
labra a mi cuello el cordel.
En ti he de vengarme.
Dale de palazos.
¡Ay, Dios!
Que parece mal, te advierto,
jugar un vivo y un muerto.
¿Qué dices?
Que somos dos.
¡Que así mi esperanza muera!
¡Que así peligre un lacayo!
Abráse mi vida un rayo.
Válgame una despensera.
Vanse.
Salen Violante y Leonor.
Señora, este forastero,
de Alejandro en casa habita.
Esa noticia acredita
las razones con que muero,
pues aunque está retirada
Diana, en amor tan fiel,
ni le faltará papel,
ni el medio de una criada.
Que en las amorosas lides,
que oprimen a una mujer,
no tanto anima el poder
cuanto obligan los ardides;
y al ver la dificultad
que el medio menor encierra,
tal vez el discurso yerra,
y acierta la voluntad.
Salen Diana y Tisbe ahora.
¿Violante?
Diana es esta,
la ira a su vista crece.
Aparte.
Cuando mi amistad merece
tu amor, viendo la floresta
del jardín, que el alba dora,
de mi cuarto paso al tuyo.
Ciertos mis celos arguyo.
Aparte.
El jardín por ti hoy mejora
las flores que te hacen salva,
pues en la distancia breve,
bebiendo tu aliento, bebe
los desperdicios del alba.
Lisonjearme, corrida,
Violante, es querer que pierda
con la estimación de cuerda
las razones de entendida;
mas la lisonja te estimo,
aunque la respuesta ignoro.
¡Qué bien el veneno doro!
Aparte.
¡Qué mal la queja reprimo!
Saliros las dos, y avisad
si acaso a Alejandro oyereis.
Lleve el diablo si nos viereis,
hasta venir la hermandad.
Vanse las dos criadas.
Violante, yo vengo a darte
satisfacción de lo que
anoche...
Oyes, créeme
y dejemos eso aparte.
Eso es querer que yo apruebe
lo que no he de conceder.
Esto es, Diana, querer
que, pues el amor te debe
una fineza, tan una
de la voluntad mayor,
logres mil siglos de amor,
sin variedad de fortuna.
¡Yo amante!
No se adelante
tu voz con la turbación,
mas las turbaciones son
siempre propias de un amante.
¡Que así persuadirme intentes
engaño tan conocido!
No consientes que has querido,
pero que quieres consientes.
Aparte.
También yo adoro. Aquí intento
dar a entender, que tal vez
es la humildad altivez
y es amor el fingimiento.
Y aunque estoy correspondida
del que me dio tu retrato,
solo de olvidarle trato,
porque un forastero olvida
con menos causa; pues hace
de sus ausencias violencia,
y a una mujer en ausencia
más miente el que satisface.
Aparte.
Aunque la juzgo engañosa,
cualquier duda me suspende.
Aparte.
Así mi pasión pretende
hacer que muera celosa.
Sale Tisbe.
Señora, a tu hermano oí
en el corredor primero.
Adiós, Violante.
Yo quiero
acompañarte hasta allí.
Vase.
Sale Alejandro.
¡Hay más continuos tormentos!
¡Hay más confusos presagios!
Pensando ser de Violante
algún papel, vi el retrato
de Diana; y aunque ignoro
los especiales arcanos
del ya celebrado acaso,
con todo incierto el discurso
por medios imaginarios,
si encuentra la sospecha
se roza con el cuidado.
¡Cielos! Si Diana fuese
el objeto soberano
que busca Laurencio, no,
no puede ser; pues reparo
que desde que está en Valencia,
no ha visto a mi hermana el prado,
ni pudo salir, pues yo
tengo la llave del cuarto.
¡Qué anoche no conociese
la voz de la reja, cuando
me avisaron! Mas Laurencio
llega. Atento, en este caso
haré una experiencia. ¡Amigo!
Sale Laurencio.
Solo ese nombre, Alejandro,
se acomoda a mi fineza;
y aun por eso dijo un sabio,
que las mayores fortunas
que experimenta el estado,
son poder oír el nombre
de amigo; pues si los varios
infortunios de la vida,
infelizmente airados,
dejan al más poderoso
sin amigos, el que en tantos
aspectos de la fortuna,
y asechanzas de los hados,
queda con algún amigo,
no es infeliz; pues hallo
que un amigo hace dichoso
al que es, sin él, desdichado.
Cada instante más, Laurencio,
Aparte.
vas mi amistad empeñando
con obligación tan cierta,
y con tan hidalgos lazos,
que un agasajo es principio
de otro mayor agasajo;
y porque nada te oculte
mi amistad (así le engaño),
quiero que veas la copia
de una mujer, a quien amo,
por obligación precisa,
pues me corresponde tanto,
que obedece mis preceptos
por modo de venerarlos.
Enséñale el retrato de Diana.
Aparte.
¡Cielos, murió mi esperanza!
¿Para qué labras, Vulcano,
rayos, en tu infausta gruta,
si no me encuentran tus rayos?
Aparte.
Suspendiose, al parecer.
¿Qué miras?
Aparte.
He reparado
que esta copia (¡sin mí estoy!)
se parece...
¿A quién?
No acabo
de conocerla, mas pienso,
que algún tiempo (¡extraño caso!)
la vi...
¿Cuándo?
Aparte.
De este susto
me cobre, por no dar paso
a género de sospecha.
Amigo, ya el desengaño
tengo, y según examino,
es cierto, me he equivocado.
Que me desengañes quiero;
di, ¿tengo buen gusto, o malo,
en querer a esta hermosura?
Aparte.
¡Vive Dios que estoy turbado!
¡Quién se halló, Cielos impíos,
en tal lance! Pues al paso
que la pregunta me obliga,
queda enmudecido el labio.
Si me doy por entendido,
el blasón de amor infamo
si este retrato no cobro;
y el mío también si callo
con tal desaire. Posibles
ningunos medios aguardo.
Entre mi dama y mi amigo,
al duelo medio no alcanzo,
que ella de ingrato me culpa,
y él me acusará de falso.
Mas el honor de la dama
es primero, a quien consagro
el respeto del silencio,
por no motivar su agravio,
que no faltará ocasión
para volver a cobrarlo;
esto ha de ser.
¿Qué respondes?
Respondo, amigo Alejandro,
que aunque tus prendas (el pecho
corre celoso naufragio)
merecen que te coronen
empleos tan soberanos,
no es enemiga fortuna
verte así favorecido
de un bellísimo milagro;
pues confieso que no he visto,
en cuantos países varios
registró la atención, otra
copia en tan perfecto grado.
Disimulemos amor.
Aparte.
Lisonjeas mi cuidado.
¡Ay ignorada belleza!
¡Que presto, en qué breve espacio,
para perderte, tan solo
mis suspiros te cobraron!
Aparte.
No dudaré que Laurencio
está en parte apasionado,
según vi su turbación;
mas no puede ser, que es claro
que no conoce a Diana,
y más cuando sin resguardo
logra el favor que Violante
le dio, con lo cual alcanzo
que el turbarse fue artificio,
mas no verdad de turbado.
¡Oh, qué ilusiones tan fuertes!
¡Oh, qué duros sobresaltos!
Adiós, Laurencio.
Tu vida
guarde el Cielo.
Ya animado
voy, conque apruebas mi dicha.
Vase.
¡Ay, rigores más tiranos!
¡Ay, tormentos más crueles!
¡Ay, amor más desgraciado!
Poblaré el viento de quejas,
oirán mis ecos infaustos,
de este jardín floreciente
los verdes troncos y ramos,
que espero a morir desdichas,
que aguardo a morir cuidados,
a buscar de mis alientos
el fatal último estrago.
Fin de la segunda jornada.
Salen Laurencio y Limón.
¡Que Alejandro fue, señor,
el que me burló el retrato!
Sí, Limón, mas oye un rato
un prodigio del amor.
Ya el lúcido régimen,
de los horrores castigaba el numen,
confusos desterrados negros bultos,
de la noche falaz cientos insultos.
Ya el bullicioso Turia
la valla coronaba de su furia,
con las que ansiosas flores,
a su margen cristal, se ven mayores,
y entre uno y otro puente,
alma de plata era su corriente
de cuanta pompa, en la olorosa estancia,
halla la vida y bebe la fragancia;
ya la Alameda con dulzura diestra,
canora de la luz se oyó palestra,
en cuya acorde singular batalla
la suspensión más libre se avasalla,
y en fin, la del jardín la estancia amena,
de una y otra asistida filomena,
era hechizo gustoso, por quien hizo
de dulce emulación florido hechizo,
cuando a una y a otra parte
del jardín, el acento con el arte
dos términos me inspira.
Uno el favor ingratamente mira,
otro, un desvelo amante me propone,
y en estas dudas la atención dispone,
que de los dos acentos
siga neutral entrambos fundamentos,
con que ni al uno deje ni al otro olvide,
y como nadie la intención me impide,
trepando mirtos, ramas dividiendo,
de un herido cristal oigo el estruendo,
que como tanto ardor su nieve pisa,
reduce a llanto su ultrajada risa,
paso el cristal, y con ansioso paso
las hojas de los céspedes repaso,
por si miraban de mi errante estrella
la fugitiva huella,
mas viendo que ninguno,
descortés, envidioso, o importuno,
quiso la menor seña proponerme,
pasé amante a dolerme
toda la diligente, y en un punto
lo diligente con lo amante junto.
Flores nevando, arroyos floreciendo
veo, Limón, huyendo
a la deidad que adoro, a la que sigo;
mas pues de tanta luz soy fiel testigo,
a breve de su sol, verás reflejo
de la hermosura el más bello bosquejo,
que a cada estampa, que su planta mueve,
muere un clavel, en túmulo de nieve,
el jardín divagando
unas veces oyendo, otras mirando
se oculta vergonzosa,
ya entre las ramas anima rosa,
ya entre mármoles ninfa se acredita,
ya la aljaba al amor, y flechas quita,
entre celosas hojas
cómplices de mis míseras congojas,
la deidad soberana se escondía,
bien como suele en mal dispuesto día,
correr el sol a sus dorados muros
telliz oscuro entre los dos coluros,
prisiones de oro el pecho al viento ofrece,
con que mi incendio y su hermosura crece,
el viento le movía,
y a sus impulsos su ambición crecía,
y cualquiera rosa, que felice toca
las dos purpúreas líneas de su boca,
se rasga ufana, y tantas nacen vidas
cuantos rasgos numeran sus heridas.
Vila, Limón, dudoso reparando,
en lo mismo que estaba examinando,
que amor es ciego, y quien amante mira
finge certezas, y halla una mentira.
La del retrato veo,
júzgolo por lisonja del deseo,
mas después comparada su hermosura,
hallo ser relación de la pintura,
Bien que al formar su copia, el pincel quiso,
o ser grosero, o parecer remiso
en este de amor dulce desvarío
(¡o influjo riguroso, o astro impío!)
llego turbado a hablarla,
o por más merecerla, o venerarla,
que en tales ocasiones
bien pueden merecer las turbaciones,
y apenas de mi aliento
el primero la informa movimiento,
cuando burla mi amor, y huyendo deja
muerta la persuasión, viva la queja.
Presurosa se esconde,
llámola, y otra dama me responde
que con piedad atenta
el Iris quiere ser de mi tormento,
pero no lo consigue,
porque la pena que mi pecho sigue
no permite que encuentre mi desvelo
en ausencias de un sol, luces del cielo.
Esto es lo que me pasa,
este el ardor, que el corazón abrasa.
Mi amigo es Alejandro, y yo no puedo
oponerme a su amor, por lo cual quedo
celoso, enamorado, amigo, loco,
rindo la vida, y a la muerte invoco.
Mis suspiros, mis ansias, mis desvelos,
mis quejas, mis pesares y mis celos,
(sabiendo que Alejandro la enamora)
son tantos, que si ahora
a número quisiera reducirlos,
cierto fuera olvidarlos, no decirlos,
que no hay explicación para una pena,
que a tan sensibles males me condena.
Señor, confieso que estás
muy mal con tu pretensión,
pues todos los lances son
como fueron los de atrás.
Tu amor no espere buen fin,
porque si más lo adelanto,
o esta mujer es encanto,
O, hay encanto en el jardín.
Tu pleito obtuvo sentencia
favorable (que es fortuna)
y así no quieras que una
mujer, te pierda en Valencia.
Volvamos a Barcelona,
que en los saraos, señor,
te olvidarás de ese amor.
Esa persuasión no abona
mi afición, pues a ver llego,
que si de fuego me aparto
de la llama me descarto,
mas conmigo llevo el fuego.
¿Qué importa mude lugar
quien no muda condición
y lleva a su corazón
sin que lo pueda dejar?
El que ausente olvida, siente
poco, olvidar el objeto
luego no fue amor perfecto,
pues pudo olvidar ausente;
que el que entre olvidos tropieza
su amor fundó en la inconstancia;
no apaga a amor la distancia,
sino sola la tibieza.
Y así no me he de ausentar,
que si ausente he de morir
más quiero verla y vivir
que no morir y olvidar.
Dentro voces: Para, para.
Aquí llegó
una carroza.
Si vienen
damas, nuevos chistes temo.
Alejandro es.
¿Qué resuelves?
Ven, y ocultémonos.
Vamos.
Con una mujer parece.
Que viene hablando, escuchemos,
si es que el céfiro consiente
que sus descuidadas voces
próximo cuidado encuentren.
Dios me haga bien con Tisbilla
y venga lo que viniere.
Retíranse a una parte y salen Diana y Alejandro.
El caso no admite dudas.
Si tan injuriosamente
pasas, Alejandro, a darme
motivos para ofenderme,
no el que me queje, me culpes,
sino el que más no me queje.
¿En qué han de parar, fortuna,
tus asechanzas infieles?
A mi hermano dio el retrato
Tisbe, pensando que fuese
el dueño de mi albedrío.
¿Pues qué medio encontrar puedes?
Tú dices que no me diste
tu retrato, y me concedes
que puedo haberle tenido
por ajena mano.
Templen
los cielos mis ansias graves.
A espacio, celos crueles.
Este es el prodigio bello
que mis desventuras pierden,
y a Alejandro satisface.
¡Cielos, qué he de responderle!
Alejandro, no imagines
que mi obligación apruebe
medios, que tan desusados
a la nobleza oscurecen.
Si esa lámina, por causas
que no alcanzo, llegó a verse
escrúpulo de la vista
que es un color aparente,
advierte que yo no puedo
estorbar que los pinceles
ayudados del cuidado
del que alguna vez me viere
aprovechen los colores
y el tiempo desaprovechen
dando con el tiento al aire
y sin mis sombras al temple.
No el malquisto me acrimines
del que esa lisonja leve
quiso hacerme, aun sin la costa
de que yo dejase verme.
Y si esto no te hace fuerza
y si mi verdad no crees,
Baste el que mi amor...
Y basten
mis celos; mujer, detente,
que a cada voz que pronuncias
me articulas muchas muertes.
Todo es confusiones, cielos.
Dentro voces: En la Alameda se apeen. Otras voces: Para, para, hacia esta parte.
Deja, Diana, que llegue
a ver si alguien nos escucha.
Violante es; ¡oh, si pudiese
decirla mi pensamiento!
Vase Alejandro.
Pues el cielo me concede
la ocasión, he de lograrla
para morir de esta suerte.
¿Alejandro?
Sale ahora Laurencio.
Nunca han sido
los ecos menos crueles,
cuando el elegido huye
y el que no es llamado viene.
Mal socorre a vuestras ansias
quien a vuestras voces teme,
ofreciéndose por sombra
de la imagen de un ausente.
¿Pues cómo osado, atrevido,
nuevo delito cometes,
ofreciéndote a mi vista
con los engaños que ofreces?
Vete, o me iré.
Poco importa
que me vaya o que me quede,
si un desengaño me basta
para morir muchas veces;
y si he de cumplir, amante,
lo que prometí presente
en irme o quedarme, no hallo
condición que me liberte.
¡Ah, falso!
¡Ah, ingrata!
¿Qué dices?
Nada, pues tú lo resuelves,
y mucho, pues yo lo cumplo.
Hace que se va.
¿Con efecto me obedeces?
¿Que en fin de tu luz me apartas?
¿Tantos desengaños pueden
dejar de sentirse?
No.
A tu sol hermoso ofende
mi desgracia, y la evidencia
puede faltar.
No la tienes,
que la finges, ¿y el retrato
que has arriesgado dos veces,
y quiso Alejandro?
Calla
mis celos.
No los despiertes
en mí, que vivos caminan,
y en ti, que sin alma duermen.
Di, ¿y el nombre de Violante
que sobre un diamante fuerte
imita a tu corazón?
¡Qué poca firmeza tienen
las máximas que caminan
a disimular corteses!
¿Luego disimulas?
Sí.
¿Por quién?
Por el que se quiere.
Menos te entiendo.
Pues digo, que...
Dentro ruido de cuchilladas.
Alejandro, don Vicente,
tened, esperad.
¡Ay triste!
nuevas desdichas suceden.
Salen riñendo Alejandro y don Vicente.
Pónese en medio de ellos.
Yo con tu licencia voy
a remediar;
pero cese
vuestro enojo; ved que aquí
una dama.
Sale Violante y también se pone de por medio.
¡Nadie intente
proseguir con el enojo,
sin que mis rigores pruebe!
Ya te obedezco.
Ya atiendo
de tu precepto a las leyes.
Sabré buscarle después.
Vase.
Después procuraré verle.
Vase.
Voy a escribir un papel
para que Leonor le entregue
a Simón, y de Laurencio
la última verdad espere
esta noche.
Vase.
Cuidadosa
seguiré a mi hermano siempre
hasta dejarle en su cuarto;
adiós, Laurencio. ¿Qué tienes,
que con suspensiones mudas
me afliges, y me suspendes?
¿No me respondes? ¿No hablas?
Nada acierto a responderte
más, que soy muy desdichado.
Pues para que te consueles,
sabe que mi fe te paga
aun más de lo que se debe.
Mi amor no admite igualdades.
El mío a tu idea excede.
Quisiera el cielo...
El cielo quisiera...
Que mi estrella...
Que mi suerte...
Proporcione sus influjos.
Venga a asegurar mis bienes.
¿Y Alejandro?
Con amor
cualquier distancia se vence.
¿Y Violante?
Ese descuido
por olvidado se deje.
Yo te espero esta noche.
¿En qué sitio?
En el que vieres
por el papel que habrá dado
Tisbe a Limón.
¡Oh, quién fuese
alma del tiempo, y sus plumas
sombras a la tarde diesen!
¿Serás firme?
Ni las rocas
tan constantes se establecen.
¿Serás siempre el mismo?
Es corta
la única forma del Fénix.
Adiós, que voy a esperarte.
Vase.
Adiós, mi bien, basta verte.
Vase.
Sale Limón.
Lacayos que mal pagados
y siempre bien asistidos
de suspiros repetidos
y de afectos duplicados,
vais, como yo voy
dando vueltas al destino,
de si vino, o si no vino
lo que pago, o lo que doy.
Vosotros cuya verdad
hasta hoy no ha tenido asiento
lejos del entendimiento,
cerca de la voluntad,
oíd los tristes reclamos
del que algún tiempo cantaba,
ejemplo de lo que acaba
la carrera de los amos.
Aprehended flores de mí,
pudiera decir mejor,
entre tanta honrada flor
como en la Alameda vi.
Desde ayer sin Tisbe voy,
comiendo muchos desmayos
con harta hambre; ved, lacayos,
lo que va de ayer a hoy.
Festejado, en fin, me vi
de su engañoso interés,
y ya me dejó, después
que ayer maravilla fui.
Ejemplo a los hombres doy,
que soles son del metal;
ayer fui luz muy real,
y yo sombra mía no soy,
triste sirviente.
(Pónese muy pensativo. Sale Tisbe.)
Allí está;
corrida vengo y cobarde,
no sé si llegará tarde
mi aviso.
Sí llegará.
(Dale un papel.)
Limón, este papel
busca en tu mano su estrella.
Vaya enhoramala ella,
y venga en buenahora él.
Si es memorial singular
con algunas pretensiones,
con poquísimas razones,
respondo: que no ha lugar.
Limón, ¿el seso has perdido?
Ojalá verdad fuera,
pues entonces no sintiera
achaques de arrepentido.
¿Qué dices?
Que mal ensancho
mi corazón perulero;
yo soy Limón sin dinero
y tienes indiano a un Sancho.
¡Pícaro, pues tú te atreves
a mi honor!
Es cosa mucha;
mira si alguien nos escucha
para que a solas las lleves.
¿Qué he de llevar?
Bofetadas.
¡Qué frescura!
Es cosa fuerte.
¡Cómo ha de ser!
(Dale una bofetada.)
De esta suerte,
con mis manos mal lavadas.
¡Ay, ay! Vil, que te reprenden
de infame tus propias manos;
ya saben los cortesanos
que manos blancas no ofenden.
Venganza pido a los cielos.
Perdóname, Tisbe mía,
que es cierto que no creía
tener tan pesados celos.
Ya llega tarde.
Tus paces
solicito muchas veces,
perdona lo que padeces
por lo que otras veces haces.
Llegaste a quejar de vicio,
mas yo sabré hacerme piedra.
Escollo armado de yedra.
Yo te conocí edificio.
Mira que des el papel
a tu amo, que es tarde ya.
Luego al punto le verá,
si es que lo diere con él.
¿Vas enojada?
Ofendida.
Darete satisfacción.
(Vase.)
¡Qué agriísimo es el limón!
(Vase.)
Dulcísima es Tisbe herida.
(Salen Violante y Leonor.)
¿Que en fin el papel le diste?
Sí, señora. Aquí me valga
de criada la disculpa,
porque solo una criada
tiene en trocar los recados
el cuidado de su maña:
el papel de don Laurencio
le di a don Vicente; basta
que sea galante, y luego
que en estas postas galanas
el pliego debo entregar
a quien el porte me paga.
Mas pasos siento, él sin duda
será.
(Sale Laurencio.)
La confusa estancia
voy midiendo; pero allí
las descubro; si tan alta
fortuna a mi amor corona,
con razón podré admirarla,
pues merezco que tus rayos
me apadrinen y me valgan.
(Aparte.)
¡Felice mil veces yo,
pues entre finezas tantas
ningún desmayo me asusta,
ningún susto me desmaya!
¡Que en fin con verdad me estimas!
Tan sin engaños el alma
te adora, que solo aprecia
la acción con que te idolatra.
(Hablando los dos se retiran a una parte, y por otra salen don Vicente, Diana y Tisbe.)
Quien llega a oírte tan fina,
quien ya te platica humana,
ninguna esquivez recele,
ningún recelo contraiga.
(Aparte.)
Ya dichosa, ¡ay cielos!, veo,
que mis enemigas ansias
cesaron. ¿Que en fin no finges?
Mal puede fingir quien guarda
del objeto que venera
la cualidad soberana.
Sígueme, que pasos siento.
Tu luz sigo.
(Vanse Violante, Leonor y don Laurencio.)
En nuevas llamas
mi amor queda acrisolado.
(Sale Alejandro.)
Cuando don Laurencio falta
de su cuarto, y oigo voces
en esta frondosa estancia,
sin duda corren mis celos
o tormentas, o borrascas.
Ven siguiendo, que parece
que entre esas espesas ramas
sentí rumor.
(Vanse Diana, don Vicente y Tisbe.)
¿Hay penas más declaradas?
Violante y Laurencio son;
yo he de ver en lo que paran
mis presunciones, ¡ay, triste!,
¡qué horrores me sobresaltan!
(Vase.)
(Vuelven a salir don Vicente, Diana y Tisbe con luz.)
Ya en mi cuarto. Pero, cielo,
si es ilusión que me engaña,
mármol soy.
¿Qué es lo que miro?
Señora...
Vuestra arrogancia
atrevidamente necia,
y neciamente arrojada
haré castigar, pues vos
engañoso...
(Ruido dentro de abrir una puerta.)
¡Qué me falta
para perder el juicio!
Ved que yo...
No habléis palabra,
pues ya Alejandro, ¡ay de mí!,
la puerta abre. ¡Ay tal desgracia!
Idos.
La salida ignoro.
Ven conmigo.
La luz mata.
(Mata Tisbe la luz y lleva a don Vicente por la puerta que entraron, y por otra puerta sale Alejandro.)
(Dentro ruido de cuchilladas.)
¡Cielos, qué tirano asombro,
qué confusión tan extraña!
Tres bultos vi que guiaron
hacia el cuarto de mi hermana,
y otros tres en el jardín
de Violante quedan. Salga
el alma de un laberinto,
mas otro abismo me llama,
para cuyo examen quiero
dejar la puerta cerrada.
(Vase por la puerta que entró.)
quien se halló en tales ahogos,
quien entre pensiones tantas...
Si volviese Tisbe... Pero
ya este rumor me señala
que vuelve. ¿Tisbe?
(Sale Tisbe por la puerta que guió a don Vicente.)
¿Señora?
Cierra otra vez.
Y tu hermano...
Sintió
el ruido de las armas
y salió al jardín aprisa,
mas dime, ¿sabes la causa
de tales contradicciones?
Lo que mi advertencia alcanza
es que al salir don Vicente,
con presteza arrebatada
sacó el acero resuelto.
¡Yo soy muerta, Tisbe, que haya
dado un engaño principio
a penas tan inhumanas,
(Ruido de abrir.)
que Laurencio, ¡ay de mí triste!,
burle mis finezas hasta
empeñarme en el peligro
de esta horrorosa amenaza!
Mas no le culpe mi amor,
que de sus prendas gallardas
ningún desacierto juzgo;
sí que todo ha sido traza
de Violante. Mas, ¡ay triste!,
Alejandro vuelve.
Calla
y no te asustes, señora.
(Dice Alejandro dentro el primer verso, y después sale con la espada desnuda, y un criado con luz.)
¡Presto, Sancho, esa luz saca!
¿Qué es esto, Alejandro?
¡Ah, infiel!
¿Quién entró en tu cuarto? Habla.
(Aparte.)
Él nos vio entrar, ¡ay de mí!
En lo que dices repara,
Y ve que yo
qué reparo,
si, a pesar de la noche, vi
que hacia esa puerta cercada
de arrayanes y de mirtos,
llegaron tres?
Aparte.
Ya esto pasa
de información.
Y aunque atenta
les siguió mi vigilancia,
no pude ver dónde entraron,
y es imposible que hallaran
otra puerta.
Hermano, advierte
que es ilusión temeraria,
y para más desengaño,
tú mismo te desengaña
si está cerrada esa puerta.
Reconoce la puerta y la halla cerrada.
¡Cielos!, ¿qué es lo que me pasa?
Cerrada la puerta encuentro.
y más con la circunstancia
de que yo tengo la llave.
¿Aún a creer no te allanas
que fue engaño?
Solo creo
que estas pensiones, Diana,
solo un hermano pudiera
padecerlas y dudarlas.
Alejandro, los recelos,
cuando padecen instancias
de mal fundados, no pueden
asegurarse, pues cargan
sobre su misma violencia
la operación voluntaria.
Noble soy, y sé también
la obligación que me llama;
sé que me recatas mucho,
y aunque tanto me recatas,
nunca podré persuadirme
que el sagrado de mi fama
te haya dado algún motivo
para licencias tan vanas.
Ya ves quién hay en mi cuarto.
ya has visto lo que en él hallas,
yo siempre he de obedecerte,
preceptos de mi prosapia,
no oponerme a los extremos
en que mi nobleza raya;
mas también es ley del cielo
que no siempre las hermanas
oprimidas han de estar
sin libertad; que no labran
al recato las paredes
sino los muros del alma,
y cualquier mujer que tiene
obligación que la manda,
por estar más oprimida,
no está más asegurada.
Digo, Diana, que estoy
convencido y que de hoy más,
otro me conocerás,
pues otro paso a ser hoy.
Tu razón me persuade,
tu fundamento me obliga
y, sin que te contradiga,
nuevos discursos me añade.
Aparte.
tu libertad tenga efecto,
no me lastime tu vida,
yo te respeto rendido
y me rindo a tu respeto.
La libertad que le doy
es por más asegurar
la verdad, y averiguar
este cuidado en que estoy.
¡Ay, Violante!, y ¡ay de mí!,
que en el jardín encontrase
la oposición que noté,
la contradicción que oí.
Vase.
Piadosos cielos, ya creo
vuestra piedad, pues, después
de tan graves sustos, es
más premiado mi deseo.
¡Ay, Laurencio!, ¡ay, dueño amado!,
si otros brazos solicitas,
¿por qué engaños facilitas
a costa de mi cuidado?
Vase.
Sale Laurencio y Limón con luz, que ha de ponerla a una parte sobre un bufete.
No extrañes ya mi locura,
Limón.
¿Por qué?
Porque siendo
más allá del fingimiento
el logro de mi ventura,
con Diana pensé hablar
y a Violante enamoraba.
¡Si el manjar se barajaba,
no conociste el manjar!
No es esta mi mayor pena.
Pues, ¿qué otra puedes sentir?
Vi, ¡ay de mí!, un hombre salir
del cuarto de esta sirena,
y acometiéndole fuerte
mi valor, al primer lance
presumo que le dio alcance
con los pasos de la muerte,
pues cayó entre una arboleda
rindiéndose a mi poder,
aunque no puedo saber
si herido o si muerto queda.
Pues retirándome luego
a mi cuarto, por no dar
principio a mayor pesar,
quedé mudo, absorto y ciego.
Que es Alejandro averiguo
el que salió, pues Diana
le corresponde.
¿Su hermana?
¡Qué dices, necio!
Yo digo
que siendo hermanos los dos,
no me parecieron bien
tus voces.
Pues, ¿de quién
hablo yo?
¡Válgame Dios!
De Alejandro y de Diana.
Pues, ¿que hermanos son, Limón?
¿Pues no? Así como lo son
la camuesa y la manzana.
Olvida esa necedad.
No tengo más que decirte,
pues no puedo persuadirte
la dicha fraternidad.
¡Mas que verdad, cielos, fuera!
Mi ser pende de tu aliento,
di, Limón, ¿es fingimiento?
Señor, de la mensajera
Tisbe lo sé.
¿Qué me dices?
Si esto, cielos, es así,
y muerte a Alejandro di,
hados fueron infelices
los que con tal eficacia
mi felicidad desmienten,
pues un gozo me consienten
por medio de una desgracia.
Al paño Alejandro dice:
No darme por entendido
de estos rigurosos lances
será prudencia, pues juzgo
que la amistad se contrae,
por los actos más ilustres,
al hábito más constante.
Don Laurencio y don Vicente
fueron, sin duda, los que antes
perturbaron del jardín
las mudas serenidades.
Laurencio, sin que le culpe
mi amistad, ama a Violante,
y sin salir de mi casa
logra favores tan grandes;
don Vicente, a quien Leonor
la puerta del jardín abre,
nuevo género de celos
a mis cuidados añade.
Conque, viéndose mi amor
entre oposiciones tales,
teme el riesgo de perderse
antes de verificarse.
Sale ahora Laurencio.
¿Alejandro, amigo?
Aparte.
Otras sospechas me caben,
pues otro fue, según veo,
el que vi salir cobarde
del cuarto en que está Diana,
y el que entre angustias mortales
queda en el jardín; ¡ah, celos,
qué respetosos pesares!
Yo estimo hallarte gustoso
en tu cuarto.
Aparte.
No lo extrañes,
porque mi gusto consiste
en el modo de agradarte.
No darse por entendido
de lo que pasó, es mostrarme
que todo lo alcanza, pues
quien entre dudas tan grandes
algo ignora, lo pregunta
por no dudar ignorante.
Aparte.
Yo no sé qué medio elija
útil, para tantos males.
Adiós, Laurencio, que ya
es hora de retirarme.
y solo he venido a verte.
Vase.
El cielo, amigo, te guarde.
Déjame, Limón, un rato,
porque ya el sueño combate
de mis cansadas potencias
al discurso vigilante.
Te replico que, en efecto,
un lacayo siempre trae,
por los precisos ayunos,
las vigilias casuales.
Vase.
Ahora llego a entender,
según me informan los lances,
que Diana y Alejandro
son hermanos, y es bien fácil
de inferir, después que sé
que el cuarto que habita, es parte
de esta casa, si bien tiene
puerta al jardín de Violante;
y en fin, ya distingo ahora
los motivos especiales
de las señas que vi a Tisbe.
Quédase dormido en una silla, con un lienzo cubierto el rostro, y sale doña Inés al paño y su criada Dafne.
cuando quise adelantarme
a enseñar la copia, en que
quedó convencido el arte,
que le era de su dama, dijo
Alejandro, aquella imagen,
que su engaño mereció;
con lo cual se persuade
que no merece mi amor
en el recíproco enlace,
por celestial resistencia
lograr la mano de un ángel;
pero mi mayor tormento
(¡ay de mí!, el dolor me mate)
es haber visto salir
de su cuarto (¡ah, duro examen!)
aquel hombre, cuando veo
que no es Alejandro, basten
tantas inclemencias, cielos,
cuantas me confunden graves.
Cerradas todas las puertas
del jardín hallo, sin darme
lugar para su salida,
fuerza alguna, industria o arte;
yo, en fin, ultrajado y ciego
con la opresión del ultraje,
llego a este cuarto, que sé
que es de Alejandro, vengarme
intento, pues sé sin duda
que he de hallarle solo.
Al paño.
Amante,
y celosa vengo a ver
si las penas que me caben
se acobardan desmentidas
o se desmienten cobardes:
los celos y amor me obligan
a que sin violencia asaltes
de mi propio encogimiento
la siempre cerrada cárcel.
Pero ya el corto reflejo...
Pero ya el desmayo frágil...
De aquel ardor casi muerto...
De aquella luz muerta casi...
A mi enemigo descubro...
Veo a mi Adonis amante...
Acabe de una vez mi enojo...
Mi pena de una vez acabo...
Despertaréle primero,
pues fuera venganza infame
satisfacer con ventaja.
Mi voz ha de despertarle.
Dando, pues, sobre el bufete
con esta espada brillante,
despertará.
Va don Vicente hacia el bufete con la espada desnuda, y sale por el otro lado Diana, que le detiene.
¡Aguarda, fiera!
¡Detente, engañoso áspid!
¡Hay más impensado acaso!
Déjame.
No he de dejarte,
por mi adorada, Dafne.
Mata la luz.
Así he de lograr mi intento
para que no pueda nadie
conocerme.
¡Advierte, mira,
que hay voces!
Despierta.
¡Fuerte trance!
Voces oí, y la prueba
a mi duda satisface,
pues la luz mataron.
Deja...
Llega a desasirse don Vicente de Diana, levántase Laurencio y don Vicente se retira con la espada desnuda.
Aparte.
Tu intento ha de ser en balde.
¡Hola, criados, aprisa,
sacad luces! Aunque extrañe
mi hermano el hallarme aquí,
más quiero en tan fuerte lance
dar a entender mi pasión,
que no que muera mi amante.
Él despertó, vive el cielo.
Sin duda viene a buscarme.
Yo soy muerta, a dos crueles.
Sale Alejandro con la espada desnuda.
Confuso hacia aquí me trae
la voz de Diana.
Sale Violante por otra puerta.
Oyendo
tanto ruido, voces tales,
llego al cuarto de un ingrato.
Salen criados con luces.
Un Etna en mi pecho arde.
Mármol quedo.
Hielo soy.
De hielo me cubre un Alpe.
¡Cielos! ¿Aquí don Vicente?
¿Aquí Diana y Violante?
¿Los dos con semblante airado,
las dos con muerto semblante?
¿Aquí Laurencio? ¿Qué es esto?
¿Aquí mi adorada Dafne?
¿Todos contra mí rigores,
todas contra mí desaires?
Decid, ¿cómo profanáis,
locos, ciegos y arrogantes,
del sagrado de esta casa
las nobles seguridades?
Hablad presto, o este acero...
Tente, Alejandro.
No pases
a impedir mi indignación.
Yo...
Habla.
Aparte.
No sé qué hable
en tal ocasión. (¡Ay triste!)
No puedo determinarme
sobre cuál de los dos sea
el que, atrozmente cobarde,
quiso que mi sueño fuera
tercero de sus crueldades.
Acaba.
Prosigue.
Di
lo que intentas.
¿Qué mal hace
en no declararse, pues
es fuerza que se declare?
¡Oh vosotros, que asistidos
de dos aceros marciales,
me amenazáis con el ceño
de esquivas fatalidades!
¡Oh vosotras, cuyas voces,
tiernamente favorables,
defendiendo mi inocencia,
os certifican deidades!
Decid unos, decid otras:
¿Qué fin, qué motivo os hace
dar a la imaginación
suspensiones tan neutrales?
Aparte.
Sabiendo que en este caso
he de ser el más culpable,
en confesar la verdad
será fuerza adelantarme,
pues es Laurencio el que tuve
por Alejandro. Escuchadme:
Dos años hace que adoro
a Violante, sin que en ellos
la merezca ni cuidado,
un favor de cumplimiento.
Todas las noches oyó
la Alameda mis lamentos,
dando al aire los suspiros
que me sepultaba él mismo.
Merecí, en fin, la asistencia
de Leonor, y en aquel tiempo
pude entrar en el jardín
de Violante, con intento
de poner mi adoración
más próxima a sus desprecios;
de entrar, pues, en el jardín
nació el abismo primero,
a que Leonor satisfizo,
cuando, conmigo entendiendo
que hablaba, a Alejandro habló;
y por último, nacieron
los de esta noche, pues cuando
pensé encontrar el objeto
del alma, encontré a Diana,
y el equívoco siguiendo,
entré en su cuarto, y apenas
me ve Diana, y la veo,
cuando turbada me dice
me salga, yo la obedezco;
y apenas dejo la puerta,
cuando con un hombre encuentro,
que furioso me acomete;
yo, arrestado, me defiendo,
reñimos un largo rato,
en que tropecé, cayendo,
con las sombras de la noche;
dejar el jardín intento,
hallo las puertas cerradas
y en tan intratables medios,
confuso y desesperado,
me llegué a esta pieza, y viendo
a Alejandro (que según
examino, es don Laurencio),
instado del furor, quise
satisfacerme resuelto;
intenté, pues, despertarle
y entonces dispuso el cielo
el que viniese Diana.
Aparte.
Con esta voz cobro aliento.
La ejecución suspendiera;
mis iras, en fin, confieso
de que en parte disculparme
pueden mi amor y mis celos,
pero si Violante elige
esposo, desde aquí cedo
a cuantas resoluciones
pudiere empeñarme el duelo.
Yo también, dejando aparte
los mal fundados pretextos
que por parte de Alejandro
a mis dudas concurrieron,
si mereciere la mano
de Diana, hermoso dueño
de mis sentidos, y a quien
desde aquel instante mismo
que vi su copia, rendí
alma, potencias y afecto,
publicaré mi fortuna,
dándome por satisfecho.
Luego tú a Diana adoras.
Es la vida por quien muero.
(Aparte)
Feliz soy, pues a mi amor
no se opone don Laurencio.
(Aparte)
Y a mi amor es imposible,
y por evitar empeños
elijo esposo. Alejandro,
mi mano es esta.
Trofeo
seré de cuantas fortunas
pudo ver el niño ciego.
Da tú, Diana, la mano
a Laurencio.
Ese precepto,
más por imperio del alma
que por tuyo le obedezco:
no hay amor que al mío iguale.
(Aparte)
Turbado quedo y confieso
que, aunque premiado me miro,
(Danse las manos.)
no acierto a creer el premio.
Sacrificio de mi vida
vuelvo a hacerte, y pues merezco
tus brazos, vivientes aras
serán siempre, porque en ellos
los más dulces holocaustos
logre el más casto himeneo.
Tisbe en dos bodas bien cabe,
que se casen los terceros.
Soy más firme que una suegra.
Yo más galán que un camello.
Esta es mi mano entera.
Esta es de azabache y medio.
Cesando la oposición
reconozco mi sosiego,
que es quietud del albedrío
lo imposible del deseo.
Y aquí tiene fin dichoso,
nobilísimos ingenios,
la Alameda de Valencia
y confusión de un paseo.