数字文本: La alameda de Valencia y confusión de un paseo
发布日期: 2026年6月25日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La alameda de Valencia y confusión de un paseo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-alameda-de-valencia-y-confusion-de-un-paseo.
LA ALAMEDA DE VALENCIA Y CONFUSIÓN DE UN PASEO
Pag. 1
2 jornada de la comedia de la Alameda de Valencia y confusión de un paseo
Legajo 2 R.
Nº 23
Tea 1-4-5
Jornada primera
Pag. 2
Laurencio
Alexandro
Don Vicente
Diana: hermana de Alexandro
Tisbe: su criada
Violante
Leonor: criada
Limón: gracioso
Sancho: criado
Músicos: y acompañamiento
Salen Diana y Tisbe con mantos de embozo; don Laurencio y Limón siguiéndolas.
Qué donaire tan honesto.
Qué resolución tan firme.
Señora, ya que hoy la estrella
Pag. 3
favorable, me permites
de tu soberana planta
seguir el término libre;
pues la Alameda del Turia
hoy con tus rayos repite,
entre vulgos vegetables,
admiraciones sensibles;
pues la república bella
de azucenas y jazmines,
tesoro divina Flora,
humana Venus te admite.
Si es verdad que al verte el Turia
equívocamente dice
que de tu cristal el suyo
es desvanecido eclipse;
si sobre verdes espacios
los ruiseñores deciden
de tu oculto lucimiento
los imaginados timbres;
pues deidad, aves y flores
unidamente compiten,
Pag. 4
por merecerte piadosa,
bien que con medios humildes,
que me concedas te ruego,
te pido que no me prives
de tus apacibles rayos
las suavidades felices.
Sea ésta vez el hechizo,
paréntesis defectible,
que a la persuasión del alma
dulces afectos confirme;
merezca ver.
Caballero,
la nobleza es bien que mire,
no términos que la empañen,
sí acciones que la acrediten.
Sea esta vez el respeto
centro donde líneas tire
el compás proporcionado
de la atención que os asiste.
Mas cielos, no sé qué efecto
en mi corazón se imprime,
que si no es amor, parece
que tiene de amor origen.
Pag. 5
Señora, mira que es tarde
y tu hermano.
Vamos, Tisbe.
Señora, que así mis ruegos
desestimas. ¿Es posible
que aun rendido no le valen
los motivos de rendirse,
que mis amorosas ansias,
al paso que se repiten,
por acreditarse finas,
se acrediten infelices?
Oh contradicción dudosa,
que poderosos ardides
te persuaden constante,
te desvanecen vencible;
pero yo inclinarle, cielos,
cuando la razón persuade
que es delito en los peligros
conocerlos y admitirlos.
Yo he de vencerme.
Señora,
oye, escuchadme.
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No he de oírte,
que no es resistencia noble
la que al riesgo no resiste.
Pues que arriesgas con ser vista.
Mucho, pues cuando me mires,
o has de avivar tu fineza,
o hacer que tu amor se entibie;
sucediendo lo primero,
dos abismos temer quieren,
uno la pensión de amada,
otro el riesgo que me impide;
ya que no el agradecerte,
al menos el divertirte.
Eso segundo sucede,
dos penas la acción distingue,
una a ti de haberme visto
y otra a mí porque me viste;
y así, por cualquier cara
se me cayó.
Al sacar el lienzo cáesele a Diana una cara donde lleva su retrato; al caer se abre y Laurencio la toma.
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Tate, detuve
mi obligación; mas espera,
que si la dicha no traje,
un retrato.
¡Ay tal arrojo!
Detente.
Cómo es posible,
sin que imprima en la corriente
mis cuidados al perenne.
Diana se le quiere quitar y él se resiste.
Mira.
En vano forcejeas.
Advierte.
No hay que advertirme.
Que es atrevimiento.
Sólo
el atrevido es felice.
Mira que Alejandro.
¡Ay cielos!
Caballero.
No reprimen
tus persuasiones mi intento.
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Pues si no he de persuadirte,
yo me voy para que veas
que el quedarme consiste
más que en desprecio común
en respetos enfáticos.
Cuando esa copia veneras
sin mentirosos perfiles,
verás el original,
que aunque el alma no la asiste,
no fue porque parece,
parece porque no fue;
tú la aprehensión con ella puedes
hacer se singularice,
o falta con lo que encuentras,
única con lo que eliges.
Oye, atiende; mas en tanto
seguirla intento, pues sigue
de las huellas de Atalanta
el impulso imperceptible.
Sigámosla, Limón.
Bueno.
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El retrato, que te confieso,
yo soy, Limón; si las penas
con que puedes persuadirte,
que el hallarle ha de ser
lo mismo que ver pedirme.
Ya el numeroso concurso,
nube es viviente que ciñe,
de la tormenta
el no examinado iris.
Vase detrás entre la gente.
Limón acaso, viste
qué rumbo siguieron?
Cierto
que te confieso temblé
entre tantas gentes bobas
y entre tantos mantos simples,
que mil abriles componen;
sé que es entre los veriles.
¿Quieres que mi corta vista
alcance, advierta, examine
lo que tú no has alcanzado?
Pag. 10
Sin duda cuidadoso quise el retrato.
Mas cielos, si mi fe obligado
sólo esta copia me alivia,
¡ay perfección más honesta!,
¡ay más Dios carmesí!
Si comprendo lo que codicio,
si advierto lo comprehensible,
no, porque produce el cielo
que quiere que esta hermosura ofrezca,
se admire, sin que se alcance
la causa porque se admire;
pues siendo sus perfecciones
vivos violentos matices
que el original retratan,
que sus luces distinguen,
me niegan las propiedades
de la especie que tienen.
Todo esto es, Limón.
Señor,
no puedo contradecirte,
porque de tener vuesa
de las persuasiones de un chiste.
Pag. 11
don fantástico donaire,
que de un ayroso melindre,
sin ver lo que el llanto induce,
sabiendo que el llanto finge
muchas veces quien suspira,
cuando son tres veces quince,
temo es locura y es temor
en que tropiecen los simples.
Calla, necio, y no me hagas
que tus locuras castigue.
La perfección del retrato
puede engañarme?
Eso diré,
primero me santiguo;
¿esto dices? Que es posible,
ser espejo este retrato,
porque con estas actitudes
logra afectos de Diana,
la que tapada es un tigre,
y aun supuesto que la suyo
puede mentir, no te irrites;
pues no hay pincel tan diestro
Pag. 12
que propiamente olvide,
en los que pisa lo bajo,
es lo muerto los carmesíes,
y más cuando en estos ojos
hay líneas que sólo pueden
la imitación en el nombre,
mas no que el pincel la imite.
Otra vez tus verdades
me afligen.
¡Ay infelice!
Mas qué voz es ésta, cielos?
Salen Violante y Leonor, asustadas.
La carroza inunda el río.
Vase.
Siempre la nobleza sigue
los extremos de piadosa.
Señor, oye, espera; dime
qué intentas. No escarmentamos,
supuesto que aunque fuerza al títere
se arrojare, hechos el agua.
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que juega cual esquife
con la corriente infortunada.
¡Vive Dios, que está terrible!
Con otra mujer ha dado,
dio en ella, y debo a Carlos.
Sale Laurencio desmojado, a socorrerle.
Discorde monstruo de plata,
que ocasionaste rústico
el desmayo lisonjero,
que a esta hermosura maltrata;
de hoy más tu margen ingrata,
reboque su timidez, pues
siendo interés de escarceos
el que tanta nieve enfría,
el mismo desmayo admira
lo esquivo de tu interés.
Vuelve del desmayo Violante.
¡Ay de mí!
El susto deja,
señora, pues ya os perdona
el peligro en que blasona
la fuerza de la queja.
El quedar ausente de salud.
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a vuestra acción piadosa
es alma de la elección,
y obligación de mi vida;
que gallardo saber, cielos,
que peligrosa cortés.
Calificando intereses
de generosos desvelos,
expliciones penas
a una dama, y siendo alta
no es merced en mí
pues fue obligación.
Ahora,
confirmando este dictamen,
mi agradecer feliz
ve que va mi nombre en él.
Dale un diamante.
¿Quién? ¿De quién?
De doña Violante.
Por ser favor que venero
vuestro nombre soberano,
a recibirle me allano.
De sus razones infiero
que venís sin darte prenda alguna.
Pag. 15
La diferencia declara
que es caballero el que espera
en tan confusa fortuna.
La estimación que me causa
es hija de la nobleza;
pues favorecida es fuerza,
porque más tendrá achaque.
Sale Leonor.
Asustada y cuidadosa
vengo a buscarte.
Leonor,
ese cuidado mi honor
te estima.
De hacer honora.
A Dios.
Señoras, yo intento.
Yo, que infundida queda,
esperando en la Alameda,
quedarás.
Que es precepto, siento
el que me impones, y tal
le recibo.
Yo la estimo.
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Angustia en que amante confieso
la luz de tu original.
Detente, lance importuno,
con ser un capricho raro;
estoy ayuno y lejano
en los modos del ayuno.
Apenas feliz llegamos
a Valencia, cuando se ven
más cabos entre la gente
que enredos entre esos ramos.
Dentro ruido de cuchilladas y dice Alejandro.
La muerte será castigo
de tu infame deshonra.
La inocencia me defiende.
Sígueme, Limón, aprisa,
que quien nocturna los riesgos
es con luces en las desdichas.
Yo llego, mas, ay, Limón,
esta noche te confían.
Salen Alejandro y don Vicente riñendo.
Traidor, que así profanaste
mi honor.
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Advierte que injurias
la fidelidad del alma
con tan infieles mentiras.
Tu muerte verá mi vengativo.
Sabe defender mi vida.
Sale Laurencio y Limón y Laurencio se pone entre los dos.
Caballeros, cuya saña
aún el menor conocida,
por parte de vuestros nombres,
que por razón de las finas
tenéis, y entre las templadas,
que la noche determina,
anteponed el acuerdo
a cierta causa enemiga.
Caballero, siendo agravio
que empeña el honor, sería
dejar muerta la venganza,
sin que pueda la vida.
Caballeros, las razones
que sin pasiones se miran
quedan más justificadas
cuando nombre adquiridas.
Pag. 18
y pues uno de vosotros
dice que este ejercicio estrena
en fantástica apariencia,
y en una cifra fingida,
suspéndase la venganza,
que es temeraria osadía
imaginar el agravio,
y hacer la ofensa precisa,
que será discurso incierto;
pues cuando el honor peligra,
conviene continua templanza,
y en tormenta tan continua,
aunque el cuidado le ampare,
el crimen le precipita.
Y es cierto deber seguir
esta opinión, no por mía,
porque siendo forastero,
ninguna razón me inclina,
mas a ver que a otro sujeto
por ser más cierto y más digno
le admiráreis que al intento
que estas ofensas complican.
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No hay fe que la examine,
si por mí no examina.
Yo sin ultrajar de mi aliento
las cualidades precisas,
confío que palabra de noble
quiero dejar vencida
la imaginada sospecha
con evidencia cumplida,
que aun las dudas no la emiten
por parte de la malicia.
Esa palabra os admito.
Cesar aquí determina
mi cuidado, pues según
la ley de singularidad,
éste es mi amigo Laurencio,
cuya importante venida,
para obsequiar sus materias,
aun de mi asunto penda;
pero el senador, después,
sin esperar más noticias,
de término venía antes
no me conoció, y publica
mi honor desde esta noche
todo en silencio me arrima.
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Él me buscará, dondequiera;
aguardarle voy, apurando,
antes que me siga así,
honor mío, sus heridas.
Y si la venganza más acertada
es la sospecha más lícita,
tendré cuidado a seguir,
ser bien que conmigo siga
el que entre dudas me ruega,
y el que entre abismos me cuida.
Caballeros, a Dios.
A Dios.
La que me mandas, que os sirva?
Lo os estimo el agrado.
No es sino obligación mía,
que un acaso aventurado
tanto obligó. Oh estrella impía,
si la escasa reconoces
porque el delito confirmas,
satisfacer a Alexandro
quiero, que es sospecha indigna
del retrato de Diana,
y de mi suerte fue mira.
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Estas mis obligaciones,
y aquel saber cuánto.
Tú ves, no sin causa, el cielo,
en sus esferas lúcidas,
previene de los raros
la contingencia temida,
porque en tanto que tu suerte,
o se arriesga, o se averigua,
bueno brazo la estoque,
si propio impulso la incita;
quién son ignoró, que en fin,
si la acción de moralidad
no favorece curioso,
quién sólo al favor aspira;
pues siendo el tuyo piedad,
y lo curioso osadía,
piadosamente el que es noble
su curiosidad castiga,
pues beneficia, y no quiere
saber a quién beneficia.
Señor, si las aventuras
prosiguen, es bobería
hacer cuenta de limosna .
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Ya segunda vez decías?
No es delito, porque en fin,
según buena medicina,
relinquitur ab sumo,
y estando ayunas mis tripas,
quiere se empiece el deleite
por tan hembras oficinas;
pero yo sólo atiendo.
Si quieres, de taberna.
Aquí viene de tapada
la Inés y la Caridad;
bien fundadas y admitidas,
no ha de empezar por mi viejo?
Pues bien.
Tus noblezas
que buscan necesidades,
cuando hay otras más propincuas.
No las alcanza.
Ello es, que pensión
de un lacayo antiguo
alcanza la miseria,
sin que la razón le diga
extrema necesidad.
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Es la miseria, pues ellas
llegó al extremo y no hallamos
medio para la comida.
No cultives esos descuidos,
porque quien con ellos lidia
sólo lo animal aprecia
y lo racional olvida.
Señores, hay quien llame
modo de filosofía
querer acciones honestas
sin substancia nutritiva?
Vamos, y cuando la noche
pacíficamente admita
la quietud imaginaria
de sus negras oficinas,
inquiriremos la casa
de Alexandro; hay pesadilla,
que por un retrato mueras
y por ver su dueño vivas.
¡Ay hambre, ay penas, ay lacayo!
Que son una cosa misma,
cuando dejan el orden
de la obediencia y la morfía.
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Salen Diana y Tisbe.
Cielos, qué tan impaciente
antes he de experimentar
sin poderlos disimular
los rigores de mi accidente;
que así mi inocencia fiel
extraje una sin razón,
dejando por prisión
o por baibilonia cruel,
con engañosa cautela
me trajo a ver el jardín.
Déjome envidiada, en fin,
qué es lo que más me desvela?
Porque aunque mi pecho inocente
pueda estar asegurado,
tal vez le encuentra el cuidado
y le anuncia el accidente.
En fortuna tan violenta,
irme a Julia vigilante, pues
puso a su guardo, después
que halle esta llave maestra.
Ay pena!
Señora...
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Tus males que esta circunstancia
no es contento de apetitos,
pues fatiguemos cuidado.
No es tarde mi mayor pena
estar perseguida aquí.
Otra me tiene, ay de mí,
casi de mí misma ajena.
Aquel forastero, ay cielos,
que en la Alameda encontré,
medio cuidado, yo no sé
cómo borrar mis desvelos;
como desde esta alborada
de Violante, con embozo,
satisfaciendo al recelo
la fuerza de la posada,
sólo permitió el manto,
entrado de sus querellas,
desvanecerme mis huellas,
por las líneas del retrato.
Este dolor es más grave
de lo que parece, pues
mi pundonor a quien sabe.
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Ni es donde ya vivo, debes.
La Violante espérame, señora.
Dices muy bien;
abre, pues, la puerta, ven.
Hace Tisbe que abre una puerta.
Ya abierta, señora, está.
Sale Alejandro por una puerta haciendo rumor de abrirla.
Alégrese a Diana llega,
en donde queda mi permiso
hasta que la pérdida misma
dese fundar su causa;
la primera noche ausente
que salimos de esta casa
de campo, por divertirme,
la estación de santos hasta
mis desvelos en el jardín
a don Vicente; ha de llamar
personas de honor que poco
tan interesan os pagas.
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que aun por parte del recelo
os deja esperanzada,
que Laurencio, fiado
por caballero tan raro,
suspender de mis aciertos
la prevenida amenaza;
que fue Laurencio no dude,
ni amistad que quien repara
en la voz, que oye, conoce
la especie del que le habla;
pues si no es alma la voz,
es operación del alma,
y la causa y el efecto
tienen una semejanza.
Disimulé por entonces,
sin querer que declarara
mi voz la temida ofensa,
que todas las circunstancias
del agravio se disculpan
solamente; el que tan calla.
Por otra parte conozco
que éste obsequió Diana.
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de las leyes más nuestras
tus condiciones más altas;
si el retrato, pues muestra
su virtud bien celebrada,
no la veneran por digno,
y mi traje no aclama,
pues que temiese, que puedo
dejarme tantas trazas.
Salen por la puerta que se hicieron Diana, Violante y Tisbe.
Al hablar a Diana, pero
la puerta hallé abierta.
Hermana?
Estos tres, Alexandro.
No me respondes, no hablas?
Que pueda decirte, agravia,
cuando Alejandró me llama,
y por Diana me tiene.
No temas, que desocupada
está ya, pues ha vencido
enteramente tan contrarias.
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En natural al desatiento,
su atención al agravado,
desengañado pretendo,
en tanto que se alcance
de la verdad infalible
la evidencia necesaria.
Perdona, hermana, que en fin
es punción honrada
desarraigar la sospecha
para no tener la infamia.
Tan heredable y como noble
estará asegurada,
de que infortunio diario
no puede culparte Diana,
que tu respeto lo afame,
nada menos. Extrañas
mis persuasiones, en fin,
la fuerza que este enfado
a nuestra Violante pase.
Vase por la puerta dentro haciendo rumor de cerrarla.
Extraña confusión,
sin duda, cuando
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junto por la puerta extraña
del jardín Diana y Tisbe
a la Alameda, en un cuarto,
entraron; aquí me valga
la presteza antes que llegue
Alexandro. Cuidadlas .
Vase por la puerta que entró y por otra sale don Vicente de noche.
¡Oh Dios santo!
Confundir sombras, si es cierto
que vuestro horror acompaña
de tanto traidor insulto
las lastimosas desgracias.
¡Oh noche, cuya diadema
los mismos temores labran
de incierta si se presenta,
de confusa si se alcanza!
Errantes ojos del cielo,
que las negras cataratas
velar supisteis a hidropentas ,
con apacibles mudanzas;
tierna galán primoroso,
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cuyas vírgenes gallardas,
canoras flores celebran,
si gloriosos cisnes cantan;
Alameda, cuyos olmos
corona el rayo de tantas,
ya troncos se humillen todos,
ya se ensoberbezcan plantas;
todos me asistid, en tanto
que mi inocencia culpada
borra el escrúpulo vil,
que una ceguedad le infama.
a la vera de la huerta,
saldrá Leonor; por si aguarda,
abrevio el paso.
Sale Diana y Tisbe por la puerta que entraron; Tisbe con la luz.
Señora.
Él no . Pero...
Hay mayor desgracia,
y más si ha entrado en el cuarto
y ha hallado la puerta falsa
abierta.
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Cierra otra vez.
Ya está como tú lo mandas.
¿Qué querrá? ¿Sola me buscará
mi hermano?
De eso te espantas,
cuando un hermano con celos
es perro con calabaza,
que corre hasta que la deja.
¿Qué he de hacer? Ay, fieras ansias.
Yo no encuentro otro remedio
si confesarle a la clara,
para no engendrar sospechas,
la verdad de lo que pasa.
Ay, más confusiones, cielos,
ay, estrellas más contrarias.
Si le niego la verdad,
su ceguedad indignada
sombras fingirá de riesgo
sobre el cielo de mi fama;
si confieso el hecho, entonces
su cólera arrebatada
nos ha de vengar con iras,
y con opresión más larga
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dejará que la violencia
nos prive de la esperanza.
No sé lo que elija, ay triste;
ningún discurso me ampara.
Ay, que el hermano es un loco,
y si ha sabido la trampa,
nos ha de enjaular, que en fin,
siendo loco, hallará salida.
Vanse y a una reja se asoma Leonor, y por otra parte sale Alexandro de noche.
Si don Vicente quieres;
pero ya sé que en vano
mi advertencia. Llegas.
Cielos,
qué presto un hombre se engaña.
De dos mujeres que vi,
pasando la primer cuadra,
la una por Diana tuve;
oh imaginaciones vanas.
Ce .
Según he percibido,
en esta reja me llaman.
Pag. 34
Don Vicente, ce .
¿Qué escucho?
Leonor es esta vez; salga
a la opresión mi cuidado.
Don Vicente al paño y Alexandro va llegando a la reja.
Ya aquí; mas si bien repara
la vista, un hombre en la reja
con Leonor, sin duda habla.
¿Leonor?
La voz de Alexandro
es esta, aunque se recata;
escucharé lo que dicen.
Señor, ya yo te esperaba,
por saber las controversias
que a Diana y a ti os pasan,
y que como Alexandro ignora
que tú pasabas la tapia
del jardín, en cuyo sitio
tiene su cuarto Diana,
para tratar más despacio
los medios y circunstancias
que podrán obligar
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a Violante.
Cielos, bastan
mis pesares; mas ay, triste,
que consientan mis desgracias
que de un abismo de dudas
pase a otro de pasiones varias.
Juzgo tomas inmediato
a su honor.
Ah, infiel criada,
que así tercera dispones
los peligros de una dama.
Albricias, cuidado mío,
pues hoy Leonor te rescata,
pensando hablar con mi pena.
Oh, qué dichosa ignorancia.
Pues tan tarde has venido,
que ya se corona el alba
en los reinos del oriente,
para otra noche aguarda.
Estoy a Dios, que sin duda
debe esperarme mi ama.
Vase.
A celosas inquietudes
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en cuya ardiente batalla
se precipita el juicio,
y la razón se arrebata.
Don Vicente ama a Violante,
y aunque ignoro si ella paga
su fineza, ya es peligro
la gloria de verse amada;
y aunque yo también la adoro,
quizás con más vivas ansias,
por lo mismo se me sigue
la mayor desconfianza:
que el que intenta ser querido
de una belleza se engaña,
haciendo por ejemplar su amor
de la fineza más alta,
porque la hermosura tiene
condiciones tan extrañas,
que el mismo amor que la obliga,
si se pondera, la agravia.
Oh, próceres infelices,
oh, influencias indignadas.
Vase.
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Sale don Vicente.
Se fue Alexandro; Leonor
de tanto abismo me saca,
y aunque le ha dicho que ama
a Violante, no embaraza,
que amor que obligar intenta
ni se corre ni se ultraja.
Y en lance tan importuno
es fortuna declarada
dar a entender un cuidado,
por borrar otros que agravian;
y más que en esta propuesta
ningún honor se abalanza,
pues de que obligar intente
mi obligación a una dama,
ni mi intención se desluce,
ni su opinión se maltrata.
Pero allá en el otro extremo
Alexandro a dos culpaba:
primero a mí de traidor
y de aleve a su hermana.
Satisfecho está el recelo,
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y la duda averiguada.
Vase.
Salen Diana, Alexandro y Tisbe.
Hermano, yo anoche, cuando
por ver a Violante...
Deja
las turbaciones, hermana,
pues ya murió mi sospecha
de tu virtud al ejemplo
y a vista de tu inocencia.
Tú, en fin, cortésmente airada,
tú, enojadamente atenta,
no me respondiste anoche
cuando te hablé en esa fiera,
donde quedas retirada;
efecto de tu prudencia,
que en los lances de la ira,
cuando los ojos vendan,
el no resistirles es
la más cuerda resistencia.
Albricias, cuidados míos,
pues su razón manifiesta
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que no conoció a Violante
ni encontró abierta la puerta.
Milagro ha sido, señora,
que se porte grosera
se haya vencido, sendero,
bastó a las impertinencias.
Sale Sancho.
Don Laurencio de Toledo
pide, señor, tu licencia
para hablarte.
Al momento la voz,
mi aprehensión fue cierta.
Di que entre.
¿De que entre?
Diana, al punto te retira.
Lo que ordenas admito.
Un amigo mío de ciertas materias
viene a hablarme.
Alexandro,
es muy justa la advertencia;
yo he de ver ocultamente
desde esta puerta primera.
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Quién es este forastero,
Tisbe, con cuidado acecha.
Quédanse las dos al paño y salen Laurencio y Limón.
Sea don Laurencio amigo,
también venido a Valencia,
que te reconozca patria
la que te recibe apenas.
Presagio de mis fortunas
son tus brazos, cuya esfera
se mide por el cariño
que nuestra amistad profesa.
Y este es, Tisbe, el caballero
que tan galán me decreta.
Qué cortés, qué atento.
Amigo,
no por máxima esta casa
creer mi inutilidad
por líneas de la extrañeza.
Antes, pues me favoreces,
he de recibir en ella
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agasajos que me ilustren,
acciones que me defiendan.
Ya estoy loca; amor, fortuna,
amor, tus arpones templa.
La fortuna que veloces
entre tantas diligencias
se acuerdan de los que a solas
mis pobres tripas se acuerdan.
Y ¿cuándo llegaste?
Ayer;
porque, aunque por la estafeta
te escribí que mi viaje
no haría hasta que me dieras
noticia del pleito en que
tanto mi casa interesa;
pero viendo lo que importa
abreviar estas materias
y viéndome en Barcelona
libre de las dependencias
militares, en que funda
sus ascensos mi nobleza,
determiné venir antes,
y porque mi mala estrella,
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sabrás que, al venir, pasando
acaso por la Alameda,
vi, y oh, nunca hubiera visto,
entre la gran concurrencia,
una mujer. ¡Qué mal dije!
Pues mucho mejor dijera
que solo vi una deidad,
pues se miraban en ella
unidos los atributos
cuantos fingió la idea
de los idólatras, diosas.
Tal me pareció que era,
y esto, no obstante que el manto,
quizá Argos de su belleza,
discernir no permitía
aquellas graciosas prendas,
con que siempre a la hermosura
distingue Naturaleza.
De su talle enamorado
la seguí, y aunque ella cuerda,
temiendo quizá otros riesgos,
procuró con diligencia
desparecerse a mi vista,
no bastó a que desistiera
yo de mi intento su astucia,
hasta que advirtiendo ella
cuanto mayor era ya
mi empeño que su cautela,
volviéndose a mí me dijo:
que el que yo no la siguiera
Pag. 43
a su honor la convenía.
Fue para mí esta sentencia
triste, y favorable a un tiempo;
triste, pues en su obediencia
su muerte mi amor hallaba,
favorable, pues por ella
logré escuchar de sus ecos
las prodigiosas cadencias.
Repliqué; pero fue en vano,
y viéndola ya resuelta
en no dejarse seguir,
la supliqué que siquiera
dejarse ver permitiese,
para que con esto, al verla,
deslumbrasen a mis ojos
los suyos, por que pudieran,
quedando al verla sin vista,
ciegamente obedecerla.
A aquesto me respondió
tan gallarda, tan honesta,
con tan discretas palabras,
con expresiones tan nuevas,
que otro, que yo, cediera;
pero de sus voces mismas,
con el aliento, aumentaba
de mi fuego la materia.
Me culparás, Alexandro,
de que mi pasión rindiera
con tanto extremo, ignorando
si quizás era, o no era
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objeto digno de amor.
Y a esto no se obra respuesta,
sino que fuera imposible
que en aquel talle cupiera
imperfección, y más cuando
de su donaire a las prendas
se llegaba lo sutil,
lo ingeniosa y lo modesta,
que intentaba detener
de mi osadía las huellas;
y en fin no vi en ella cosa
que a mi parecer no fuera
gracia, con que más y más
se acreditase perfecta,
que siempre tiene lo hermoso
no sé qué industria alagueña,
que se niega y se conoce
por lo mismo que se niega.
Estando ambos porfiando,
ella a encubrirse resuelta,
yo a verla determinado
(bien que siempre con aquella
atención que a las mujeres
manda guardar la nobleza),
por acaso pues...
Ah, triste,
y más, si a mi hermano enseña
mi retrato.
Merecí...
Tisbe mía, yo estoy muerta.
Acechando desde aquí,
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veré si entiende mis señas.
Desde el paño hace Tisbe señas a Laurencio de que calle.
Qué misterio sería, cielos,
el que una mujer me advierta
que calle; mas por si acaso
en el retrato se arriesga
algún secreto, el diamante
mi suceso desempeña,
pues de dos informaciones
viene a ser la menos cierta
la del diamante, pues una
dice, y otra representa,
y entre un nombre y un retrato
hay notable diferencia,
pues el nombre incluye a muchas,
y a una sola el pincel muestra.
En aquesto me resuelvo.
Habla, pues, no te suspendas.
Si él es lerdo, aquí fue Troya.
El pecho se desalienta.
Diome, en fin, este diamante.
Dale el anillo a Alexandro y mientras le mira dice Limón.
Para él solo son las fiestas,
y para mí la fregona
no tuvo qué dar, siquiera
un troncho de la cocina.
Ábrase mi pecho un Etna.
Cielos, hay más confusiones.
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de Violante es, que me queda
para vivir, cuando el alma
en tanto abismo tropieza.
Y así, amigo, cuando acaso
(por fortuna o diligencia)
de esta deidad peregrina
alguna noticia tengas,
te suplico, con las ansias
que mi fino amor ostenta,
me alientes con el aviso.
Otra vez mi vida alienta,
pues enmendó su discurso
la comenzada propuesta.
Quién se vio en tal laberinto;
quién practicó tal estrella;
que me empeñe la amistad
cuando los celos me empeñan.
Si favorezco a un amigo,
falto al amor que me impera;
si acudo a mi amor, no acudo
de mi amistad a la deuda.
Venza un medio con que amor
y amistad iguales sean.
Callaré quién es la dama,
por cumplir con mi fineza,
no impidiendo que Laurencio
por otra parte lo sepa;
y así a la amistad no falto
por medio de esta cautela,
ni tampoco al amor, pues
cuando la obligación fuerza,
si vive en la voluntad,
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más que en el silencio muera.
Paréceme que Alexandro
con curiosidad expresa
alguna noticia oculta.
A Limón.
Sí, señor, a él sin duda
se le pone en la cabeza,
que la sortija mejor
a sus dedos le viniera.
Calla, ignorante.
Yo digo
lo que en su lugar me hiciera.
El nombre de aquella dama,
según el diamante enseña,
es Violante.
Ya lo he visto.
Qué suspensión.
Qué violencia,
que esto le pase a mi amor.
Cielos, que esto me suceda.
Tisbe, este es el caballero
de tan superiores prendas
como celebró Violante,
y quién duda (yo soy muerta)
que su razón, por mi parte,
fue principio de novela,
que introdujo mi cuidado
para hallar otra belleza.
Noticias de aquesta dama
no tengo, pero en Valencia
saberlo es fácil.
Mi hermano
también se suspende.
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influencias de los astros,
que por una causa mesma
mi hermano, y yo el más surgimos
de tan celosos tormentos.
Llega, Laurencio, a tu cuarto.
El obedecerte aprueba
mi obligación.
Yo estimara
mejor el que nos dijera
al refectorio.
Ay de mí,
qué tal pesar me suceda.
Qué tal dolor me encamine.
Qué tal aprehensión me venza.
Oh, ansia.
Oh, rigor.
Oh, duda.
No me atormentes severa.
No me maltrates injusto.
No me arrebates incierta.
Al paño.
Vamos a vivir desvelos.
Vase.
Vamos a morir sospechas.
Vase.
Vamos a sentir amor,
pues consientes que me pierda,
quedado entre mis desdichas,
desdichado entre mis quejas.
Vase.
Vamos, hambre, a padecer,
pues permites que padezca,
miserable entre servicios,
servicial entre miserias.
Vase.
Jornada segunda
Pag. 49
Salen Laurencio y Limón.
Las seis horas son, señor,
ya el paseo empieza, y creo
que aunque es hora de paseo
no se exime de calor.
Ya el ruido impertinente
de las carrozas despierta,
y desde la real puerta
se encaminan a la puente.
Ya oyó en el trecho que queda
desde la escala hasta el llano,
con señas de alguna mano,
o ya es Juan, a la Alameda.
Qué de lacayos y pajes,
qué de cocheros escuderos,
qué salvajes bien vestidos,
qué mal vestidos salvajes.
Qué compuestas que van todas
las que caminan sentadas,
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en lo bien que van tocadas,
sin duda provocan a bodas.
Las de a pie qué ayrosas van,
y qué vestidas al uso,
de lo gala hacen abuso,
según rozándolo van.
Qué tapadas; la comienza
mi musa su triste canto,
que haya de ser siempre el manto
tercero de la vergüenza.
Ay, cielos, si mi ventura
correspondiera al deseo,
si me diera el paseo
señas de aquella hermosura.
Mas ya que el original
no halla mi fineza propia,
sírvame esta muerta copia
de consuelo en tanto mal.
Saca el retrato.
Retrato cuya belleza
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si de perfecciones trato,
deja de ser retrato
y ya pasa a naturaleza.
No con tan muda extrañeza
me hables siempre en mi pasión;
si tus perfecciones son
imitación de una diosa,
no me consienta penosa
la luz de tu imitación.
Por ti a un tiempo muero y vivo,
por ti me alegro y me quejo,
en ti mis alientos dejo,
y en ti la vida recibo.
Es tormento tan esquivo
mi amor su esperanza advierte,
tú callas, y de esta suerte
me cobras y me desmayas;
si a darte vida te ensayas,
con qué es darme muerte.
El pincel que te dio ser,
con forma tan peregrina,
o imitó a mujer divina,
o no ha imitado a mujer.
Pag. 52
excepción vienes a ser
de la regla natural,
pues cuando lo artificial
las reglas propias observa,
solo en tu copia conserva
de divino original.
La estrella que permitió
te encontrase mi cuidado,
me dio el testigo copiado
en lo mismo que me dio.
De ti, oh copia, se valió,
y no de instrumento ajeno;
mi suerte infeliz condeno
a mi muerte satisfago,
pues donde busco el halago,
vengo a encontrar el veneno.
Señor.
¿Qué dices, Limón?
Perdidos dos mantos llegan,
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sí, como otras veces suelen;
no perdamos la ocasión.
Si ella fuera, cielo santo.
Y cómo, señor, que es ella.
Pues tú puedes conocerla.
Sí, señor.
¿En qué?
En el manto.
Salen Violante y Leonor con mantos de embozo.
Ay, fortuna semejante,
él es, si no me llego; ay, Dios.
Dos llegan, y somos dos:
uno loco, y otro amante.
Qué es ella, el modo me dice,
y mi turbación lo infiere;
señora, quien por vos muere
Pag. 54
no desdesea infelice
al veros, y al encontraros
la vida de amor espero,
y no dificultéis que me muero
con la gloria de adoraros.
Sin duda me conoció.
Aunque más os recatéis,
bella información haréis
a mi despierto sentido,
pues el prado que merece
vuestra soberana planta,
floreciendo se adelanta,
y por mereceros crece.
Vuestra copia merecí
por acaso, bien que vos,
rigurosamente, ay Dios,
os ocultasteis de mí.
Cielos, sin vida respiro,
de Diana es el retrato,
solo de mi muerte trato,
cuando el desengaño miro.
Pag. 55
Pues merezco tener
la información de ese cielo,
córrase esta vez el velo
de tan soberano ser,
y si es que veros no puedo,
dejad, señora, que os pida,
que no hay esperanza cierta
cuando tan loco me quedo.
Ay, hado tirano, ay, infiel,
que quiera mi desventura
que se venza una hermosura
por acciones de un pincel.
Hablan todos.
Esto es el picaro muy necio.
Esto es la famula muy boba.
Qué bigotes para escoba.
Qué cara para un desprecio.
Tomando el retrato que intento
Pag. 56
y averiguas mi sospecha,
suelta, ingrato.
Vanse las dos.
Satisfecha
vas, con llevarme la copia,
en que aseguró mi vida
la guirnalda bello homicida.
Que el alma me robas propia
fue la industria de mujer,
y el descuido de un rendido.
Suspenso sigo.
Perdido
voy por buscar y correr.
Sale Alexandro, Diana y Tisbe.
Diana, preciso ha sido
admitir a don Laurencio
en casa, mientras concluye
las dependencias de un pleito.
Es caballero muy noble,
y sobre ser caballero,
es amigo en cualquier lance,
Pag. 57
que no espero en este lance tiempo.
De antemano le tenía
hecho el mismo ofrecimiento,
y el siguiendo la amistad
se conforma con mis ruegos.
Él ignora que yo tengo
hermana alguna, y por esto
proseguiréis el retiro,
asististe en el breve tiempo
que terminan sus negocios.
Qué es esto, divinos cielos,
qué tal desdicha me alcance.
Buenas quedamos por cierto.
Pues como, Alexandro...
Hermana,
no te ofendas.
No me ofendo
de ver que delicencioso
te pasas hasta queriendo.
Pag. 58
Eso es mirar por ti mesma.
Mira, hermano, por ti mesmo,
que es arriesgar la constancia
el presuponer los riesgos.
Esto me toca.
No tal,
porque el paternal imperio
si aconseja como propio,
no violenta los consejos.
Esto ha de ser, no repliques.
No replico, que es superfluo
buscar medios al discurso,
que no ha de aprobar los medios.
Di, Alexandro, por ventura
conozco a este caballero
más que por tu información.
Mentó amor, pero no miento.
Aparte.
Sin prevenir el sentido
la excepción de mis afectos.
Por motivo nuevo acaso
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está en casa, pues que puedo
haber cooperado.
Nada,
que tienes razón confieso,
mas también por otra parte
te he de hacer este argumento:
de verte Laurencio, o no,
qué útil se me sigue nuevo,
o qué te importa.
A mí nada.
Miento otra vez, ay desvelos,
que me atormentáis y hacéis
lisonja de mi tormento.
Luego satisfecha estás,
pues halla averiguo, y creo,
que no importando el ser vistas,
el retiro es de el intento.
A Dios, ah infelices penas,
que me halle entre dos extremos
de celos, y de amistad.
Que Violante, ay triste, siendo
Pag. 60
la que alienta mi fortuna,
me consienta sin alientos.
Dejadme, tristes congojas,
pues a mí mismo me dejo.
Vase.
Posible es, fortuna ingrata,
posible es, divinos cielos,
que tanto pesar unido
pruebe mi infelice pecho;
que viviendo muera un alma,
y cuando vive muriendo,
solo sienta los halagos
del último sentimiento.
Dejad que muera, que en fin,
si tan finamente muero,
será lisonja del susto
la gravedad del empeño.
Celosamente mis ansias,
ansiosamente mis celos,
si aquellas me atemorizan,
me melancolizan estos.
Privada mi libertad,
Pag. 61
mi amor cercado de yerros;
aquella ayrada me culpa,
este me atormenta preso.
De Violante no confío,
menos de Alexandro espero,
de aquella opuesta a mi amor,
de este a mi cuidado opuesto.
Sonoramente de un monte
se despide un arroyuelo,
ya se entretenga llorando,
ya se divida corriendo
la deliciosa floresta.
Por conductos de lo bello,
si presuroso lo atrae,
le desestima a lo ajeno;
al reino florido corre,
y antes de escarchar el reino
entre céspedes con plata,
entre flores con espejos,
encuentra al diciembre esquivo,
y en tan nuevo deso encuentro,
Pag. 62
el que hilo empezó de plata
se trocó cinta de yelo.
En fin, a tanta inclemencia,
su movimiento sujeto,
o entre lágrimas se pierde,
o llora sus escarmientos.
Desde el monte del verano
salí al florido paseo,
si aun Narciso, si a un Adonis,
todo flor, todo respetos.
Pensé en fin lograr su vista
con menos impedimento,
pensé ser correspondida,
y a este paso, al mismo tiempo,
de el diciembre más airado
la contradicción encuentro.
Quién es mi hermano, que pone
muros a mis pensamientos;
viento es Violante, que mueve
desde su favor mis celos.
Pag. 63
Y así, entre tantos rigores,
qué puedo hacer; solo puedo
morir, pues pierdo la vida
cuando mi esperanza pierdo.
Señora, alivia tus males,
no sientas.
Y es fácil eso,
cuando tantas desventuras
me siguen.
Ya hay fundamento
para algún alivio.
¿Cómo?
Como de noche saliendo
a la reja grande, que es
de los jardines medio,
podrás hablarle.
Bien dices.
Confieso, Tisbe, tu ingenio
y el aviso.
Yo al lacayo
Pag. 64
podré desde el mismo puesto
avisar.
Tu industria aguardo.
Mi solicitud te ofrezco.
Vanse.
Sale Laurencio y Limón.
Muerto soy, Limón.
Señor,
no he de creer que estás muerto,
hasta que te vea libre
de tan vivos embelecos.
Que me tomase el retrato
una mujer (pierdo el seso)
sin saber quién es, y al punto
burlando mi pensamiento,
se ocultase de mi vista.
Mejor dio eras de un ciego,
pues quieres y no conoces
lo mismo que estás queriendo.
Si en el alma amor la imprime
ya la conozco, y es cierto
Pag. 65
pues la voluntad supone
primero el conocimiento.
Ay enemiga hermosura,
ay mal parecido objeto,
por qué venciéndome quieres
recatar el vencimiento.
Ya llega la noche, ya
entre el confuso silencio
de esta aura donde se admira
el entretenido empleo.
Sale don Vicente.
Este si viento examino
es el mismo forastero,
que anoche supo impedir
lo ofendido de mi aliento.
Quiero ignorar esa evasión;
Dios os guarde, caballero.
Mas que esta noche empezamos
nuevo género de enredos.
Quién sois, pregunto.
Pag. 66
Yo soy, el que anoche...
Ya me acuerdo
de lo que vais a decir,
proseguid pues.
Suponiendo
que sabéis lo que pasó,
en parte de nuestro empeño,
sabed que ya mi palabra
cumplí, y disculpado quedo
esto os digo por si acaso
quiero proseguir el duelo
la otra parte, aunque yo juzgo
quedará del todo muerto,
pues la verdad misma ha sido
acción de mi desempeño.
Porque siempre la malicia,
por providencia del cielo,
aunque el veneno disfrace,
se reconoce veneno.
Siendo así, que la otra parte
satisfecha está, no creo
que el duelo tenga lugar.
Pag. 67
Pues de este no es ley ni esfuerzo,
siendo fingido el agravio,
dar alma a su fingimiento.
Esto es lo que siento, amigo.
Y lo que más agradezco,
pues desvanecer la duda
es nobleza del ingenio.
Ved si me mandáis que os sirva.
Obedecer pretendo.
Mi obligación es precisa.
A Dios.
Vase.
A Dios, vamos luego,
que ya esperará Alexandro.
También a mí un figonero,
que desde anoche a día somos
amigos de compro y vendo.
Vanse, y salen Diana y Tisbe con luz y recado de escribir.
Ya tienes luz y recado
de escribir.
Oh, si mi amor
dictase el medio mejor.
Pag. 68
para salir de un cuidado.
Cuida Tisbe de la puerta mientras escribo el papel. Hace que escribe.
Centinela seré fiel,
que a cualquier rumor despierta.
Desde hoy estafeta soy,
con que quedo asegurada,
que hoy empiezo a ser criada,
pues empiezo a avisar hoy.
Ay, celos, si el mal esquivo
mi advertencia remediara.
Si como propia me ampara
feliz yo que la escribo.
Dentro ruido como de tocar una puerta.
Tisbe, ¿quién es?
No te espante,
que en esta otra parte dieron,
y según los golpes fueron,
sin duda será Violante.
Pregunta y abre si es ella.
Pag. 69
Tisbe, yo soy.
Al instante
cierro el papel como amante,
pues el alma es quien le sella.
Dale el papel.
Oye, toma, pero advierte
que al criado has de entregarle
cuanto antes.
Saldré a acecharle
a la reja.
Hace que abre una puerta, y sale por ella Violante, y por la misma se va Tisbe.
Pena fuerte.
Amiga Diana, aquí
me importa propia.
¿Amiga?
No sé cómo te lo diga;
mas perdóname.
Di.
¿Este retrato conoces?
¡Marro! Soy yo.
Aparte.
Pag. 70
Ninguna voz se acomoda
al imperio de mi voz.
Cómo podré yo encubrirte
lo que el retrato señala,
que pesar al mío iguala.
Aparte.
Como tuya he de decirte
lo que en la materia siento.
Un caballero me dio
este retrato, aquí no
me embaraza el fingimiento.
Tuyo es, en fin, mas no arguyo
que él intentase ofender
a su original, por ser
de una dama, y en fin tuyo.
Supongo primeramente
que tú no se le habrás dado.
Ay, mas celoso cuidado.
Aparte.
Ay, rigor más inclemente.
Supongo que por acaso
él le halló y tú le perdiste.
Qué he de responderla, hay aire,
entre mil celos me abraso.
Lo que advierte procura
Pag. 71
mi amor, en causa tan propia,
es que guardes más tu copia,
si es que estimas tu hermosura.
Retratarse es hurtarse
una deidad, y es verdad,
pues no admite una deidad
medios para celebrarse.
Extremos de una belleza
jamás imitarse pueden,
pues siempre al pincel exceden
reglas de naturaleza.
Que el que en parte la imite
ya se le concede al arte,
mas no ha de mentir en parte
cuanto a la hermosura quite.
Dale el retrato.
Toma el retrato, y estima
la advertencia de mi amor.
Ay, más tirano rigor.
Dentro ruido de entrar, y sale Tisbe por la misma puerta que entró.
Pag. 72
Ay Dios, reprima
el cielo tan duros males.
A Dios.
Después sabrás que [ilegible]
yo...
Todo, todo lo sé.
Vase.
¿Quién vio desdichas iguales?
Cierra la puerta al momento,
Tisbe.
Ya lo hago, señora, y creo que queda
cierto, parezco priora,
o abadesa de un convento.
¿Qué es esto, fortuna aleve?
¿Qué es esto, acaso impío?
¿Lo ultrajado de Violante?
¿Mi esperanza sin alivio?
¿Mi amor burlado? Ay de mí.
No malogres tus suspiros.
Pag. 73
que son poéticos desperdicios
que son azares, y son
poéticos desperdicios.
Darte el papel.
Al instante.
La diligencia te riño.
¿Cómo, si te obedecí?
Porque después he sabido
la falsedad de Laurencio;
mas no importa, ven conmigo,
porque mis celos no piden
en el examen arbitrio.
Vase.
Salen Laurencio y Limón.
A imaginación confusa,
apetecido delirio,
humilde para alentarme,
para atormentarme altivo.
No consientas que un amante
desesperado y perdido
labre a su aliento sepulcro,
Pag. 74
una fabrique a sus bríos.
Y tú, deidad fementida,
que con licencias de niño
tiras flechas suas suavizadas
y haces venenosos tiros.
¿Por qué en tu templo no admites,
si no han de ser admitidos,
mis ruegos por oblaciones,
mis ansias por sacrificios?
Esta, señor, es la reja.
Y este el término en que fío
salir de tan graves ahogos,
pues desde el instante mismo
que hablando a Alejandro pude
reparar en los avisos
de una mujer, y después
que este papel he leído,
ni alcanzo lo que me pasa,
ni lo que leí ya distingo.
En él me avisan que venga
Pag. 75
a examinar un cariño;
si a examen de amor me llaman,
mi turbación certifico,
porque solo sé que adoro;
pero no sé lo que estimo.
A una reja Diana y Tisbe.
Ya llegaron.
El ceceo
lleva cierto melindrillo,
que me pareció de dama.
Ay, Limón, yo me revisto
de turbación, sin saber
por qué causa, o qué principio.
Ay Tisbe, qué poco aliento
cobro, aunque solicito.
Oculta, ignorada causa,
de quien el papel recibo,
sin sentido para el alma,
con alma para el sentido.
Pag. 76
si es que pueden mis cuidados
oficiosamente dignos,
compañera merecerte
género alguno de alivio,
si es que de tantos presagios
confusamente remisos,
puede pisar mi humildad
los umbrales del indicio.
No permitas que mis dudas,
naufragios de mi destino,
tormenta desecha corran
en piélago tan esquivo.
Di quién eres, no consientas,
que en tan vario laberinto
se pierda la confianza
sin luces del beneficio.
Caballero, bien diréis
que es atrevimiento mío
llamaros sin conoceros,
y no estaré, pues solo aspiro
Pag. 77
de un desvelo voluntario,
a un desengaño preciso.
Una dama, que es muy mía,
me habló esta tarde, y me dijo
la habíais dado un retrato.
¿Qué es esto, cielos divinos?
De cuya acción, con vos tiene
dos quejas; que mal me anima:
de descortés la primera,
la segunda de atrevido.
Porque dándola el retrato,
me concederéis vos mismo,
la enojasteis, pues querer
que un retrato muerto, y tibio,
que una perfección humilde,
que un bosquejo, un artificio,
y en fin que un borrón...
Señora,
perdonareis el estilo
de corregir, y esta vez,
permitidme el corregiros.
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No pasa mi obligación,
no permiten mis oídos,
de aquella copia con alma
el ultraje menos vivo.
No es borrón, no es solo sombra,
porque si bien lo examino,
la sombra es una apariencia,
y ella es divino prodigio,
y así no ultrajéis la copia.
Ved cómo he de concluiros,
pues si la estimáis tanto
¿por qué la disteis remiso?
Yo la di.
Pues ¿cómo pudo
llegar a mis manos?
Digo
que pensando ser el dueño
que busco, y solicito,
a una embozada el retrato
enseñé, y al punto mismo
Pag. 79
llevándome en él el alma
se ausentó, sin haber sido
tan feliz que la encontrasen
mis ansias, y mis suspiros.
Aparte.
Cielos, mi vida se cobre.
Ay Amor, ya otra vez vivo.
Volver el retrato intento,
pues de su razón colijo
que se le tomó Violante
con algún medio fingido,
pues decir por vida vuestra,
acaso sin haber visto
al original, le amáis.
Ese es mi mayor martirio,
pues amo sin esperanza
de lograrse mi cariño.
Pues caballero, el retrato
os daré, y os certifico
que me admiro de ese amor.
Aparte.
Yo de mi dicha me admiro.
¿Si esto es ilusión o encanto?
Pag. 80
feliz mi amor pronostico.
O estoy loco, o estas cosas
tienen por locas caminos.
Válgate Dios por retrato,
sin duda el pincel te hizo
para retratar embustes
sobre el lienzo del capricho.
Pues tanta fortuna alcanzo,
señora, solo os suplico
que os merezca saber quién
soy.
Ya lo habéis merecido.
Mayor confusión es esa.
Pues no quiero confundiros,
yo soy quien quiero que améis
lo que me habéis referido.
Ay más dudas? No lo entiendo.
Ni yo tampoco atino.
Dentro don Vicente.
Esperadme, y a la margen
de estos apacibles mirtos
Pag. 81
podréis cantar.
Don Vicente
es este, y siento ruido
dentro en mi casa, y así
yo voy luego a preveniros
el retrato; la criada
saldrá, porque yo imagino
que me pueden echar menos;
y aunque antes os propuse indigno
de dárosle, ahora ya
a la persuasión me rindo
de la verdad que evidente
proponéis.
Vase.
Lo determino
dar vuelta por esta esquina,
y dejar seguro el sitio;
hasta volver por la copia,
Limón, queda aquí divertido
esperando.
Vase.
Que me place,
póngome de veinte y cinco
Pag. 82
sale el sombrero a lo guapo,
la espada a lo de ya embisto,
la capa a lo temerón,
la planta a lo vizcaíno;
mas ya según oigo quieren
ser los músicos oídos.
Oye, divina Violante,
a un zagal a quien ha visto
seguir el gallardo Turia
sus soberanos desvíos.
Sale Alejandro por la puerta de en medio.
Estas voces que percibo
como lisonjas mortales
de mis celosos oídos
me dicen que don Vicente
felizmente atrevido
se opone a mi amor.
Por Dios,
que llega un bulto.
Ya he visto
un hombre junto a la reja.
Pag. 83
reconocerle es preciso.
Va llegando a la reja Alejandro, y Limón se retira; Tisbe a la reja y da el retrato a Alejandro.
Este es Laurencio, tomad
el retrato.
Aquesto es lindo;
no ha estado malo el embuste.
Eh, sin más, ni más, vecino,
a tomar lo que me daban.
¿Quién se vio, cielos divinos,
a un mismo tiempo, entre dos
tan confusos laberintos?
En la reja de Violante
oigo dulces sostenidos;
en esta otra reja que es
de los jardines floridos
diviso un hombre, encuentro,
y aunque no haya comprendido
la voz de la que me dio
este papel, abrigo
un género de recelo
que es especie de martirio.
Vase llevando a Limón.
Pag. 84
Que ya llega, ay mis costillas.
Quién es saber quiero. Digo,
¿quién va allá?
Réquiem eternam.
¿No responde?
Es que el oficio
de difuntos empecé,
y tengo poco de vivo.
Que es Limón entiendo; pero
¿qué alboroto es el que oído?
Ahora descarga.
Sale don Vicente retirándose de don Laurencio.
Ya en vano,
a tanto valor resisto.
Suspender tan fuerte enojo
intento.
Alejandro se pone al lado de don Vicente y Laurencio retira a los dos.
Nunca mi brío
desmaya, aunque los acasos
Pag. 85
multipliquen los peligros.
Vanse retirando de don Laurencio y queda solo Limón.
A buen hijo, seas quien fueres,
eso sí pléguete Cristo,
cien mil perdones te ganas
por haberme concedido
tan plenarias indulgencias;
mas ay copia, ay amo mío,
si he de recibir cien palos,
yo los doy por recibidos.
Sale Laurencio.
¿Limón?
En esta ocasión
Limón perdió la virtud.
¿Qué dices?
Que la salud
te ha de quitar el limón .
Habla, necio.
Bien se entiende.
Pag. 86
el juego para el desprecio,
perdóname que soy necio
y he perdido toda el habla.
¿Qué ibas a decir?
Señor,
si lo he de decir después
ya lo digo.
Acaba pues.
El retrato, en fin...
Traidor,
¿qué es del retrato?
San Dimas.
A mi mano has de morir.
Dale.
Qué arrojo está; no hay decir
que hoy se comiera cien limas.
Ea, acaba, ¿qué dijiste
del retrato?
Qué sé yo.
Un hombre se le llevó.
¿Cuándo?
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Después que te fuiste,
llegó el quedán , y al oír
en la reja un habla,
tomó sin réplica, y ya
estuve para reñir.
Plantéme muy cabizbajo,
eché dos tufos, y a fe
que no le embestí, porque
quise dar por el atajo.
Dije entre mí: es indecencia
reñir con conciencia tal,
pues es fuerza riña mal
quien tiene mala conciencia.
Pero en fin, a no haberte
dejado el puesto sin gente,
yo le embisto en continente
y le lleva Bercebú.
¿Conócesle?
Testimonio
de quién es, no puedo hacer,
mas dudo que pueda ser
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hombre, sino algún demonio.
Ay tormento más infiel,
ay ansia más importuna.
Y sin duda la fortuna
labra a mi cuello el cordel.
En ti he de vengarme.
Dale de puntapiés.
Ay Dios,
que parece mal, te advierto,
pegar un vivo, y un muerto.
¿Qué dices?
Que somos dos.
Que así mi esperanza muera.
Que así peligre un lacayo.
Abrase mi vida un rayo.
Válgame una dispenssera.
Vanse.
Salen Violante y Leonor.
Señora, este forastero,
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de Alejandro en casa habita.
Esa noticia acredita
las razones con que muero,
pues aunque está retirada
Diana, en amor tan fiel,
ni le faltará papel,
ni el medio de una criada.
Que en las amorosas lides,
que oprimen a una mujer,
no tanto anima el poder,
cuanto obligan los ardides;
y al ver la dificultad,
que el medio menor encierra,
tal vez el discurso yerra,
y acierta la voluntad.
Salen Diana y Tisbe ahora.
¿Violante?
Aparte.
Diana es esta.
Salirá a su vista. Crece.
Cuando mi amistad merece
tu amor, viendo la floresta
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del jardín, que el alba dora,
de mi cuarto paso al tuyo.
Aparte.
Ciertos mis celos arguyo.
El jardín por ti hoy mejora
las flores que te hacen salva,
pues en la distancia breve,
bebiendo tu aliento, bebe
los desperdicios del alba.
Lisonjearme convida
Violante; es fuerza que pierda
con la estimación de cuerda
las razones de entendida;
mas la lisonja te estimo,
aunque la respuesta ignoro.
Aparte.
Qué bien el veneno doro.
Qué mal la queja reprimo.
Salíos las dos, y avisad
si acaso a Alejandro oyereis.
Lleve el diablo si nos vieres,
hasta venir la hermandad.
Vanse las dos criadas.
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Violante, yo vengo a darte
satisfacción de lo que
anoche...
Yo sé. Créeme,
y dejemos eso aparte.
Eso es querer que yo apruebe
lo que no he de conceder.
Esto es, Diana, querer
que pues el amor te debe
una fineza, tan una
de la voluntad mayor,
logres mil siglos de amor,
sin variedad de fortuna.
¿Lo amante?
No se adelante
tu voz, con la turbación,
mas las turbaciones son
siempre propias de un amante.
Que así persuadirme intentes
engaño tan conocido.
No consientes que has querido,
pero que quieres consientes.
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Aparte.
También yo adoro; aquí intento
dar a entender, que tal vez
es la humildad altivez,
y es amor el fingimiento.
Y aunque estoy correspondida
del que me dio tu retrato,
solo de olvidarle trato,
porque un forastero olvida
con menos causa, pues hace
de sus ausencias violencia,
ya una mujer en ausencia,
mas miente, el que satisface.
Aparte.
Aunque la juzgo engañosa,
cualquier duda me suspende.
Aparte.
Así mi pasión pretende
hacer que muera celosa.
Sale Tisbe.
Señora, a tu hermano vi
en el corredor primero.
A Dios, Violante.
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Yo quiero
acompañarte hasta allí.
Vase.
Sale Alejandro.
Ay más continuos tormentos,
ay más confusos presagios.
Pensando sea de Violante
algún papel, vi el retrato
de Diana; y aunque ignoro
los especiales arcanos
de este, que celebrado objeto,
el ya celebrado acaso,
con todo inquieto el discurso
por medios imaginarios,
sin conocer la sospecha
se roza con el cuidado.
Cielos, si Diana fuese
el objeto soberano
que busca Laurencio; no,
no puede ser, pues reparo
que desde que está en Valencia,
no ha visto a mi hermana el prado,
ni pudo salir, pues yo
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tengo la llave del cuarto.
Que anoche no conociese
la voz de la reja, cuando
me avisaron. Mas Laurencio
llega. Atento, en este caso
haré una experiencia. Amigo.
Sale Laurencio.
Solo ese nombre, Alejandro,
se acomoda a mi fineza,
y aun por eso dijo un sabio
que las mayores fortunas
que experimenta el estado,
son poder oír el nombre
de amigo; pues si los varios
infortunios de la vida
infelizmente airados,
temen al más poderoso
sin amigos, el que en tantos
aspectos de la fortuna,
y asechanzas de los hados,
queda con algún amigo
no es infelice, pues halla
que un amigo hace dichoso
al que es, sin él, desdichado.
A cada instante más, Laurencio,
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Aquí le engaño.
vas mi amistad empeñando,
con obligación tan clara,
y con tan hidalgos lazos,
que un agasajo es principio
de otro mayor agasajo.
Y porque nada te oculte
mi amistad,
quiero que veas la copia
de una mujer, a quien amo,
por obligación precisa,
pues me corresponde tanto,
que obedece mis preceptos
por modo de venerarlos.
Enséñale el retrato de Diana.
Aparte.
Cielos, murió mi esperanza.
¿Para qué labras, Vulcano,
rayos, en tu infausta gruta,
si no me encuentran tus rayos?
Aparte.
Suspendiose al parecer.
¿Qué miras?
Sin mí estoy. Aparte.
He reparado
que esta copia
se parece.
¿A quién?
No acabo.
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de conocerla, mas pienso,
que algún tiempo, extraño caso,
la vi.
¿Cuándo?
Aparte.
De este susto
me cobre, por no dar paso
género de sospecha.
Amigo, ya el desengaño
tengo, y según examino,
es cierto me he equivocado.
Que me desengañes quiero;
di, ¿tengo buen gusto, o malo
en querer a esta hermosura?
Aparte.
Vive Dios que estoy turbado.
Quién se halló, cielos impíos,
en tal lance, pues al paso
que la pregunta me obliga
queda enmudecido el labio.
Si miento, y por entendido,
el blasón de amor infamo;
si este retrato no cobro,
y el mío también si callo
con tal desaire. Posibles
ninguno medio aguardo.
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entre mi dama, y mi amigo,
al duelo medio no alcanzo,
que ella de ingrato me culpa,
y él me acusará de falso;
mas el honor de la dama
es primero, a quien consagro
el respeto del silencio,
por no motivar su agravio.
Que no faltará ocasión
para volver a cobrarlo.
Esto ha de ser.
¿Qué respondes?
Responde, amigo Alejandro,
que aunque suspendas el pecho,
corre celoso naufragio,
merecen que te coronen
empleos tan soberanos;
no es enemiga fortuna
verte así favorecido
de un bellísimo milagro;
pues confieso que no he visto
en cuantos países varios
registro la atención otra
Pag. 98
Aparte.
copia en tan perfecto grado.
Disimulemos amor.
Lisonjeas mi cuidado.
Ay ignorada belleza,
que presto, en qué breve espacio,
para perderte, tan solo
mis suspiros te cobraron.
Aparte.
No dudaré que Laurencio
está en parte apasionado,
según vi su turbación;
mas no puede ser, que es claro
que no conoce a Diana,
y más cuando sin resguardo
logra el favor, que Violante
le dio, con lo cual alcanzo,
que el turbarse fue artificio,
mas no verdad de turbado.
Oh, qué ilusiones tan fuertes.
Oh, qué duros sobresaltos.
A Dios, Laurencio.
Tu vida
guarde el cielo.
Pag. 99
Ya animado
voy, con que apruebas mi dicha.
Vase.
Ay rigores más tiranos,
ay tormentos más crueles,
ay amor más desgraciado.
Poblaré el viento de quejas,
oirán mis ecos infaustos,
de este jardín floreciente
los verdes troncos y ramas.
Qué espero a nuevas desdichas,
qué aguardo a nuevos cuidados,
a buscar de mis alientos
el fatal último estrago.
Fin de la segunda jornada.
Jornada tercera
Pag. 100
Salen Laurencio y Limón.
Que Alejandro fue, señor,
el que me hurtó el retrato.
Sí, Limón, mas oye sin rato
si prodigio del amor.
Ya el lúcido régimen
de los honores castiga el crimen,
confusos desterrados negros bultos,
de la noche falaz ciertos insultos.
Ya el bullicioso Turia
la valla corona de su furia,
con las que ansiosas flores,
a su margen cristal, se ven mayores,
y entre uno, y otro puente
alma de plata era su corriente,
de cuanta pompa en la umbrosa estancia
halla la vida, y bebe la fragancia.
Ya la Alameda con dulzura cierta,
canora de la luz se oyó palestra.
Pag. 101
en cuya acorde singular batalla
la suspensión más libre se avasalla,
y en fin ya del jardín la estancia amena,
de una, y otra, asistida, Filomena,
era hechizo gustoso, por quien hizo
de dulce emulación florido hechizo.
Cuando a una y a otra parte
del jardín, el acento, con el arte
dos términos me inspira.
Uno el favor ingratamente mira,
otro, un desvelo amante me propone,
y en estas dudas la atención dispone,
que de los dos acentos
siga neutral entre ambos fundamentos,
con que ni al uno desee, ni a otro olvide,
y como nadie la intención me impide,
trepando mirtos, ramas dividiendo,
de un herido cristal oigo el estruendo,
que como tanto ardor su nieve pisa,
reduce a llanto su ultrajada risa.
Paso el cristal, y con ansioso paso,
los ojos de los céspedes repaso,
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por si miraban de mi errante estrella
la fugitiva huella,
mas viendo que ninguno,
descortés, impedido, o importuno
quiso la menor seña proponerme,
pasé amante a deberme
todo lo diligente; y en un punto
lo diligente con lo amante junto.
Flores, nevando azahares, floreciendo
ve, Limón, huyendo,
a la deidad que adoro, a la que sigo,
mas pues de tanta luz soy fiel testigo,
a breve de su sol verás reflejo
de la hermosura el más bello bosquejo,
que a cada estampa, que su planta mueve,
muere un clavel, en túmulo de nieve.
El jardín divagando
unas veces oyendo, otras mirando,
se oculta vergonzosa
ya entre las ramas ánima rosa,
ya entre mármoles ninfa se acredita,
ya la aljaba al amor, y flechas quita,
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entre celosas hojas
cómplices de mis míseras congojas
la deidad soberana se escondía,
bien como suele en mal dispuesto día,
correr el sol a sus dorados muros
de luz oscuro entre los dos coluros.
Prisiones de oro el pecho al viento ofrece,
con que mi incendio, y su hermosura crece;
el viento lo movía,
y a sus impulsos su ambición crecía,
y cualquiera flor, que feliz toca
las dos purpúreas líneas de su boca,
se rasga ufana, y tantas nacen vidas
cuantos rasgos numeran sus heridas.
Vilo, Limón, dudoso reparando
en lo mismo que estaba examinando,
que amor es ciego, y quien amante mira
finge certezas, y halla una mentira.
La del retrato veo,
júzgolo por lisonja del deseo,
mas después comparada su hermosura,
hallo sea relación de la pintura.
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Bien que al formar su copia, el pincel quiso,
o ser grosero, o parecer remiso
en este de amor dulce desvarío
oh influjo riguroso, oh astro impío.
Llego turbado a hablarla,
o por más merecerla, o venerarla,
que en tales ocasiones
bien pueden merecer las turbaciones;
y apenas de mi aliento
el primero la informa movimiento,
cuando burla mi amor, y huyendo deja
muerta la persuasión, viva la queja.
Presurosa se esconde,
llámola, y otra dama me responde
que con piedad atenta
el iris quiere ser de mi tormenta;
pero no lo consigue,
porque la pena que mi pecho sigue
no permite que encuentre mi desvelo
en ausencias de un sol, luces del cielo.
Esto es lo que me pasa.
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este el ardor, que el corazón abraza.
Mi amigo es Alejandro, y yo no puedo
oponerme a su amor, por lo cual quedo
celoso, enamorado, amigo, loco,
rindo la vida, y a la muerte invoco.
Mis suspiros, mis ansias, mis desvelos,
mis quejas, mis pesares, y mis celos,
sabiendo que Alejandro la enamora,
son tantos, que si ahora
a número quisiera reducirlos,
cierto fuera olvidarlos, no decirlos,
que no hay explicación para una pena,
que a tan sensibles males me condena.
Señor, confieso que estás
muy mal, con tu pretensión,
pues todos los lances son
como fueron los de atrás.
Tu amor no espere buen fin,
porque si más lo adelanto
o esta mujer es encanto,
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o hay encanto en el jardín.
Tu pleito obtuvo sentencia
favorable, que es fortuna,
y así no quieras que una
mujer te pierda en Valencia.
Volvamos a Barcelona,
que en los saraos, señor,
te olvidarás de ese amor.
Esa persuasión no abona
mi afición, pues haber llego,
que si de fuego me aparto
de la llama me desato,
mas conmigo llevo el fuego.
Qué importa mude lugar
quien no muda condición,
y lleva su corazón
sin que lo pueda dejar.
El que ausente olvida, siente
poco, olvidar el objeto;
luego no fue amor perfecto.
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pues pudo olvidar ausente,
que el que entre olvidos tropieza
su amor fundó en la inconstancia,
no apaga a amor la distancia,
sino solo la tibieza,
y así no me he de ausentar,
que si ausente he de morir,
más quiero verla y vivir
que no morir y olvidar.
Dentro voces.
Para, para.
Aquí llegó
una carroza.
Si vienen
Dianas, nuevos chistes temo.
Alejandro es.
¿Qué resuelves?
Vamos, ven, y ocultémonos.
Vamos.
Con una mujer parece
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que viene bajando. Escuchemos,
si es que el céfiro consiente
con sus descuidadas voces
algún sentido a mi suerte .
Retíranse en una parte y salen Diana y Alejandro.
El caso no admite duda.
Si tan injustamente
paras, Alejandro, a darme
motivos para ofenderme,
no el que me quiere me culpe,
sino el que más no me quiere.
En qué han de parar, fortuna,
tus acechanzas infieles.
A mi hermano dio el retrato
Tisbe, pensando que fuese
el dueño de mi albedrío.
Qué medio encontrar puedes,
si dices que no me diste
tu retrato, y me concedes
que pudo haberle tenido
por ajena mano.
Templemos
los cielos mis ansias graves.
A espacio, celos crueles.
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Este es el prodigio bello
que mis desventuras pierden,
y a Alejandro satisface.
Cielos, qué he de responderle.
Alejandro, no imagines
que mi obligación apruebe
medios, que tan desviados
a la nobleza oscurecen.
Si esta lámina, por causas
que no alcanzo, llegó a verse
escrúpulo de la vista,
que es un color aparente,
advierte que yo no puedo
estimar que los pinceles
ayudados del cuidado
de que alguna vez me viste
aposenten los colores,
y el tiempo reaprehenden
dando con el tiento al aire,
y sin mis sombras al temple
no el milagro me acrimines
del que esa lisonja leve
quiso hacerme, aun sin la costa
de que yo dejase verme.
Y si esto no te hace fuerza,
y si mi verdad no crees.
Pag. 110
bate el que mi amor.
Y baten
mis celos, mujer detente,
que a cada voz que pronuncias
me articulas muchas muertes.
Así es confusión, cielos.
Dentro voces.
En la Alameda se apeen.
Para, para, hacia esta parte.
Deja, Diana, que llegue
a ver si alguien nos escucha.
Violante es. Oh, si pudiese
decirla mi pensamiento.
Vase.
Pues el cielo me concede
la ocasión, he de lograrla
para morir de esta suerte.
¡Alejandro!
Sale ahora Laurencio.
Nunca han sido
los ecos menos crueles
cuando el elegido huye
y el que no es llamado viene.
Mal socorre a nuestras ansias
quien a nuestras voces teme.
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ofreciéndose por sombra
de la imagen de un ausente.
Pues como osado, atrevido
nuevo delito cometes
ofreciéndote a mi vista
con los engaños que ofreces?
Vete, o me iré.
Poco importa
que me vaya, o que me quede,
si un desengaño me basta
para morir muchas veces,
y si he de cumplir amante
lo que prometí presente,
en irme, o quedarme, no hallo
condición que me liberte.
Ha falso!
Ha ingrata!
Qué dices?
Nada, pues tú lo resuelves
y mucho, que yo lo cumplo.
Hace que se va.
Con efecto me obedeces?
Que en fin de tu luz me apartas.
Pag. 112
tantos desengaños pueden
dejar de sentirse?
No
a tu sol hermoso ofende
mi desgracia, y la penitencia
puede satisfacer .
No la tienes,
que la finges. Y el retrato
que has arriesgado dos veces,
y quiso Alejandro?
Calla
mis celos.
No los despiertes
en mí, que vivos caminan,
y en ti, que sin alma duermen.
Di, y el nombre de Violante
que sobre un diamante fuerte
imite a tu corazón?
Que poca firmeza tienen
las máximas que caminan
a disimular corteses.
Luego disimular?
Pag. 113
Sí.
Por qué no?
Por el que se quiere.
Menos te entiendo.
Pues digo que...
Dentro ruido de cuchilladas.
Dentro.
Alejandro, don Vicente,
tened, esperad.
Ay triste!
Nuevas desdichas suceden.
Yo con tu licencia voy
a remediar; pero cesen
vuestro enojo, ved que aquí
una dama
Salen riñendo Alejandro y don Vicente. Pónese en medio de ellos.
Sale Violante y también se pone de por medio.
nadie intente
proseguir con el enojo,
sin que mis rigores pruebe.
Ya te obedezco.
Ya atiendo
de tu precepto a las leyes.
Sabré buscarle después.
Vase.
Después procuraré verte.
Vase.
Pag. 114
Voy a escribir un papel
para que Leonor le entregue
a Limón, y de Laurencio
la última verdad espere
esta noche.
Vase.
Cuidadosa
seguiré a mi hermano siempre
hasta dejarle en su cuarto;
adiós, Laurencio: que tienes
que con suspensiones mudas
me afliges, y me suspendes.
No me respondes? No hablas?
Nada acierto a responderte
más que soy muy desdichado.
Pues para que te consueles
sabe que mi fe te paga
aun más de lo que te debe.
Mi amor no admite igualdades;
el mío a tu idea excede.
Quiera el cielo.
El cielo quiera.
Pag. 115
Que mi estrella.
Que mi suerte.
Proporcione sus influjos.
Venga a asegurar mis bienes.
Y Alejandro?
Con amor
cualquier distancia se vence.
Y Violante?
Ese descuido
por cuidado se debe.
Yo te espero aquesta noche.
En qué sitio?
En el que vieres
por el papel que habrá dado
Tisbe a Limón.
O quién fuese
alma del tiempo, y sus plumas
sombras a la tarde diesen.
Serás firme?
Ni las rocas
tan constantes se establecen.
Serás siempre el mismo?
Es corta
la única forma del Fénix.
Pag. 116
Adiós, que voy a esperarte.
Vase.
Adiós, mi bien, basta verte.
Vase.
Sale Limón.
Lacayos que mal pagados
y siempre bien asistidos
de suspiros repetidos
y de afectos lubricados ,
vaya, como yo voy
dando vueltas al destino,
de si vino o, si no vino
lo que pago, o lo que doy.
Vosotros cuya verdad
hasta hoy no ha tenido asiento
lejos del entendimiento
cerca de la voluntad.
Oíd los tristes reclamos
del que algún tiempo antiguo,
ejemplo de lo que amaba ,
la carrera de dos amos.
Aprended flores de mí
pudiera decir mejor
Pag. 117
entre tanta honrada flor
como en la Alameda vi.
Desde ayer sin Tisbe voy
comiendo muchos desmayos
con harta hambre; ved, lacayos,
lo que va de ayer a hoy.
Festejado en fin me vi
de su engañoso interés,
y ya me deja después
que ayer maravilla fui.
Ejemplo, a los hombres doy
que soles son del metal,
ayer fui luz muy real
y yo sombra mía no soy,
triste sirviente.
Pónese muy pensativo.
Sale Tisbe.
Allí está,
corrida vengo, y cobarde
no sé si llegará tarde
mi aviso.
Sí llegara.
Limón, aqueste papel
busca en tu mano su estrella.
Dale un papel.
Vaya en hora mala, ella.
Pag. 118
Y venga en buena hora, él,
si es memorial singular
con algunas pretensiones
con poquísimas razones,
respondo: que no ha lugar.
Limón, el seso has perdido?
Ojalá verdad fuera,
pues entonces no sintiera
achaques de arrepentido.
Qué dices?
Qué mal ensancho
mi corazón pendenciero;
yo soy Limón sin dinero
y tienes indiano a un Sancho.
Pícaro, pues tú te atreves
a mi honor?
Es cosa mucha;
mira si alguien nos escucha
para que a solas lo lleves.
Qué he de llevar!
Bofetadas.
Qué frescura.
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Es cosa fuerte.
Cómo ha de ser!
De esta suerte
con mis manos mal lavadas.
Dale una bofetada.
Ay, ay, vil, que te reprenden
de infame tus propias manos;
ya saben los cortesanos
que manos blancas no ofenden.
Venganza pido a los cielos.
Perdóname, Tisbe mía,
que es cierto que no creía
tener tan pesados celos.
Ya llega tarde.
Tus paces
solicito muchas veces;
perdona lo que padeces
por lo que otras veces haces.
Llegaste a quebrar de vicio,
mas yo sabré hacerme piedra.
Escollo armado de yedra
ya te conocí edificio.
Mira que des el papel
a tu amo, que estando ya
Luego al punto lo verá.
Pag. 120
Si es que lo dice con él
vas enfadada?
Ofendida.
Darote satisfacción.
Qué acerbísimo es el limón.
Vase.
Dulcísima es Tisbe herida.
Vase.
Salen Violante y Leonor.
Que en fin el papel le diste?
Sí, señora. Aquí me valga
de criada la disculpa,
porque solo una criada
tiene en trocar los recados
el cuidado de su maña.
El papel de don Laurencio
le di a don Vicente; basta
que sea o galante, y luego
que en estas postas galanas
el pliego debo entregar
a quien el porte me paga.
Mas pasos siento, él sin duda
será.
Sale Laurencio.
La confusa estancia
Pag. 121
voy mirando; pero allí
las desautorizo ; si tan alta
fortuna a mi amor corona,
con razón podré admirarla,
pues merezco que tus rayos
me apadrinen y me valgan.
Felice mil veces yo que,
pues entre finezas tantas,
ningún desmayo me ausenta,
ningún susto me desmaya.
Que en fin con verdad me estimas!
Tan sin engaños el alma
te adora, que solo aprecia
la acción con que te idolatra.
Hablando los dos se retiran a una parte, y por otra salen don Vicente, Diana y Tisbe.
Quien llega a oírte tan fina,
quien ya te practica humana,
ninguna esquivez recelo.
Pag. 122
ningún recelo contraiga.
La dichosa, ay celos, veo
que mis enemigas ansias
cesaron, que en fin no finges?
Mal puede fingir quien guarda
del objeto que venera
la cualidad soberana.
Sígueme, que pasos siento.
Tu luz sigo.
Vanse Violante, Leonor y don Laurencio.
En nuevas llamas
mi amor queda acrisolado.
Sale Alejandro.
Cuando don Laurencio falta
de su cuarto, y oigo voces
en esta frondosa estancia,
sin duda corren mis celos
o tormentas, o borrascas.
Ven siguiendo, que parece
que entre esas espesas ramas
sentí rumor.
Pag. 123
Vanse Diana, don Vicente y Tisbe.
Ay penas más declaradas,
Violante y Laurencio son;
yo he de ver en lo que paran
mis presunciones, ay triste,
que corazones me sobresaltan.
Vase.
Vuelven a salir don Vicente, Diana y Tisbe con luz.
Ya en mi cuarto, pero cielo,
si es ilusión que me engaña
mármol soy.
Qué es lo que miro!
Señora.
Vuestra arrogancia,
atrevidamente necia,
y neciamente arrojada
haré castigar, pues vos,
engañoso.
Que me falta
para perder el juicio!
Ved que yo...
Ruido dentro de abrir una puerta.
Pag. 124
No habléis palabra,
pues ya Alejandro, ay de mí,
la puerta abre. Ay tal desgracia!
Idos.
La salida ignoro.
Ven conmigo.
La luz mata.
Vase Tisbe la luz y lleva a don Vicente por la puerta que entraron, y por otra puerta sale Alejandro.
Cielos, qué tirano asombro,
qué confusión tan extraña!
Tres bultos vi, que giraron
hacia el cuarto de mi hermana,
y otros tres en el jardín
de Violante, quedan; salga
el alma de un laberinto.
Dentro ruido de cuchilladas.
Mas otro abismo me llama,
para cuyo examen, quiero
dejar la puerta cerrada.
Vase por la puerta que entró.
Pag. 125
Quien se halló en tales ahogos,
quien entre pensiones tantas?
Si volviese Tisbe, pero
ya este rumor me señala
que vuelve Tisbe.
Sale Tisbe por la puerta que guio a don Vicente.
Señora?
Cierra otra vez.
Y tu hermano.
Sintió
el ruido de las armas,
y salió al jardín apriesa,
mas dime, sabes la causa
de tales contradicciones?
Lo que mi advertencia alcanza
es que al salir don Vicente,
con presteza arrebatada
saca el acero resuelto.
Yo soy muerta, Tisbe, que haya
dado un engaño principio
a penas tan inhumanas.
Pag. 126
que Laurencio, ay de mí triste!
burle mis finezas, hasta
empeñarme en el peligro
de esta honorosa amenaza!
Mas no le culpe mi amor,
que de sus prendas gallardas
ningún desacierto juzgo;
sí que todo ha sido traza
de Violante, mas ay Tisbe,
Alejandro vuelve.
Ruido de abrir.
Calla
y no te asustes, señora.
Dice Alejandro dentro el primer verso, y después sale con la espada desnuda y un criado con luz.
Presto, Sancho, esa luz saca.
Qué es esto, Alejandro!
Ha infiel,
quién entró en tu cuarto? Habla.
Aparte.
Él nos vio entrar, ay de mí.
En lo que dices repara;
Pag. 127
y ve que yo
qué reparo,
si a pesar de la noche vi
que hacia esa puerta cerrada
de azahares y de mirtos
llegaron tres.
Aparte.
Ya esto pasa
de información.
Y aunque atenta
les siguió mi vigilancia,
no pude ver dónde entraron,
y es imposible que hallaran
otra puerta.
Hermano, advierte
que es ilusión temeraria,
y para más desengaño,
tú mismo te desengaña,
si está cerrada esa puerta.
Reconoce la puerta, y la halla cerrada.
Cielos, qué es lo que me pasa!
Cerrada la puerta encuentro,
Pag. 128
y más con la circunstancia
de que yo tengo la llave.
Aun a creer no te allanas
que fue engaño!
Solo creo
que estas pensiones, Diana,
solo un hermano pudiera
padecerlas, y dudarlas.
Alejandro, los recelos,
cuando padecen instancias
de mal fundados, no pueden
asegurarse, pues cargan
sobre su misma violencia
la operación voluntaria.
Noble soy, y sé también
la obligación que me llama;
sé que me recatas mucho,
y aunque tanto me recatas,
nunca podré persuadirme
que el sagrado de mi fama
te haya dado algún motivo
para licencias tan vanas.
Ya ves quien hay en mi cuarto
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ya has visto lo que en él hallas,
yo siempre he de obedecerte,
preceptos de mi prosapia,
no oponerme a los extremos
en que mi nobleza raya,
mas también es ley del cielo
que no siempre las hermanas
oprimidas han de estar
sin libertad; que no labran
al recato las paredes
sino los muros del alma,
y cualquier mujer que tiene
obligación que la manda,
por estar más oprimida,
no está más asegurada.
Digo, Diana, que estoy
convencido y quedo hoy más,
o no me conocerás
pues otro paso a ser hoy.
Tu razón me persuade,
tu fundamento me obliga,
y sin que te contradiga
nuevos discursos me añade.
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Aparte.
Tu libertad tenga efecto,
no me lastime tu vida,
yo te respeto rendido
y me rindo a tu respeto.
La libertad que te doy
es por más asegurar
la verdad, y averiguar
este cuidado en que estoy.
Ay Violante, y ay de mí,
que en el jardín encontrase
la oposición que noté,
la contradicción que hoy.
Vase.
Piadosos cielos, ya creo
vuestra piedad, pues después
de tan graves sustos, es
más premiado mi deseo.
Ay Laurencio, ay dueño amado,
si otros brazos solicitas,
por qué engaños facilitas
a costa de mi cuidado.
Vase.
Sale Laurencio y Limón con luz que ha de ponerla a una parte sobre un bufete.
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No extrañes ya mi locura,
Limón.
Por qué?
Porque siendo
más allá del fingimiento
el logro de mi ventura,
con Diana pensé hablar,
ya Violante enamorada.
Si el manjar se barajaba,
no conociste el manjar!
No es esta mi mayor pena.
Pues qué otra puedes sentir!
Sí, ay de mí, un hombre salir
del cuarto de esta sirena,
y acometiéndole fuerte
mi valor; al primer lance
presumo que le di alcance
con los pasos de la muerte.
Pues cayó entre una arboleda
rindiéndose a mi poder,
aunque no puedo saber,
si herido, o si muerto queda.
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Pues retirándome luego
a mi cuarto, por no dar
principio a mayor pesar,
quedé mudo, absorto y ciego.
Que es Alejandro averiguo
el que salió, pues Diana
le corresponde.
Su hermana?
Qué dices, necio!
Yo digo,
que siendo hermanos los dos
no me parecieron bien
tus voces.
Pues que de quien
hablo yo!
Válgame Dios
de Alejandro, y de Diana.
Pues qué, hermanos son, Limón?
Pues no? Así como lo son
la camuesa, y la manzana.
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Olvida esa necedad.
No tengo más que decirte,
pues no puedo persuadirte
la dicha paternidad.
Mas que verdad, cielos, fuera!
Mi sorprende de tu aliento
disimulo es fingimiento!
Señor, de la mensajera
Tisbe, lo sé.
Qué me dices?
Si esto, cielos, es así,
y muerte a Alejandro di,
hados fueron infelices
los que con tal eficacia
mi felicidad desmienten,
pues un gozo me consienten
por medio de una desgracia.
Al paño Alejandro dice.
No darme por entendido
de estos rigurosos lances
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será prudencia, pues juzgo
que la amistad se contrae,
por los actos más ilustres
al hábito más constante.
Don Laurencio, y don Vicente
fueron sin duda, los que antes
perturbaron del jardín
las mudas serenidades.
Laurencio, sin que le culpe
mi amistad, ama a Violante
y sin salir de mi casa
logra favores tan grandes.
Don Vicente, a quien Leonor
la puerta del jardín abre,
nuevo género de celos
a mis cuidados añade,
con que viéndose mi amor
entre oposiciones tales,
teme el riesgo de perderse,
antes de verificarse.
Laurencio!
Sale ahora.
Alejandro, amigo!
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Aparte.
otras sospechas me caben
pues otro fue, según veo,
el que vi salir cobarde
del cuarto en que está Diana,
y el que entre angustias mortales
queda en el jardín, haré los
que respetosos pesares.
Yo estimo hallarte gustoso
en tu cuarto.
Aparte.
No lo extrañes
porque mi gusto consiste
en el modo de agradarte.
No darse por entendido
de lo que pasó, es mostrarme
que todo lo alcanza, pues
quien entre dudas tan grandes
algo ignora, lo pregunta
por no dudar ignorante.
Aparte.
Yo no sé qué medio elija
útil, para tantos males.
Adiós, Laurencio, que ya
es hora de retirarme.
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y solo he venido a verte.
Vase.
El cielo, amigo, te guarde.
Déjame, Limón, un rato
porque ya el sueño combate
de mis cansadas potencias
al discurso vigilante.
Replico que en efecto
un lacayo siempre trae
por los precisos ayunos
las vigilias casuales.
Vase.
Ahora llego a entender,
según me informan los lances,
que Diana, y Alejandro
son hermanos, y es bien fácil
de inferir, después que sé
que el cuarto que habita, es parte
de esta casa, si bien tiene
puerta al jardín de Violante,
y en fin ya distingo ahora
los motivos especiales
de las señas, que me dio Tisbe
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cuando quise adelantarme
a enseñar la copia, en que
quedó convencido el arte:
que le dé de su dama, dijo
Alejandro, aquella imagen
que su engaño mereció,
con lo cual me persuade
que no merece mi amor
en el recíproco enlace
por celestial resistencia
lograr la mano de un ángel;
pero mi mayor tormento
ay de mí! El dolor me mate!
es haber visto salir
de su cuarto, ha duro examen!
aquel hombre, cuando veo
que no es Alejandro, basten
tantas inclemencias, cielos,
cuantas me confunden graves.
Quédase dormido en una silla con un lienzo cubierto sobre el rostro, y sale don Vicente al paño.
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Cerradas todas las puertas
del jardín hallo, sin darme
lugar, para su salida,
fuerza alguna, industria, o arte:
yo entré ultrajado, y ciego
con la opresión del ultraje,
llego a este cuarto, que sé
que es de Alejandro, vengo a un
intento, pues sé sin duda
que he de hallarle solo.
Diana al paño.
Amante,
y celosa vengo a ver
si las penas que me causen
se acobardan desmentidas
o se desmienten cobardes:
los celos, y amor me obligan,
a que sin violencia asalte
de mi propio encogimiento
la siempre cerrada cárcel.
Pero ya el corto reflejo
Pero ya el desmayo pague
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De aquel ardor casi muerto:::
De aquella luz muerta casi:::
A mi enemigo descubro:::
Veo a mi Adonis amante:::
Acabe una vez mi enojo:::
Mi pena una vez se acabe:::
Despertadle primero,
pues fuera venganza infame
satisfacer con ventaja.
Mi voz ha de despertarle.
Dando pues sobre el bufete
con esta espada brillante
despertara.
Va don Vicente hacia el bufete con la espada desnuda, y sale por el otro lado Diana que le detiene.
Aguarda, fiera,
detente, engañoso áspid.
Ay, más impensado acaso!
Déjame.
No he de dejarte.
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Así he de lograr mi intento
para que no pueda nadie
conocerme.
Advierte, mira,
que oímos voces:::
Despierta.
Fuerte trance!
Voces oí y la pavesa
a mi duda satisface,
pues la luz mataron.
Deja:::
Llega a desasirse don Vicente de Diana, levántase Laurencio, y don Vicente se retira con la espada desnuda.
Aparte.
Tu intento ha de ser en balde.
Id, cuidados, aprisa
sacad luces. Aunque extrañe
mi hermano el hallarme aquí
mas quiero en tan fuerte lance
dar a entender mi pasión;
que no que muera mi amante.
El despertar me el cielo.
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Sin duda viene a buscarme.
Yo soy muerta, a dos cielos.
Sale Alejandro con la espada desnuda.
Confuso aquí qué miraré,
la voz de Diana.
Sale Violante por otra puerta.
Oyendo
tanto ruido, voces tales,
llego al cuarto de un ingrato.
Salen criados con luces.
Un Etna en mi pecho arde.
Mármol quedo.
Yelo soy.
De yelo me cubre un Alpe.
Cielos, aquí, don Vicente,
aquí Diana, y Violante,
los dos con semblante airado,
las dos con muerto semblante!
Aquí Laurencio? Qué es esto?
Aquí mi adorada Diana ?
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todos contra mi rigores,
todas contra mi desaires!
Decid cómo profanáis,
locos, ciegos, y arrogantes,
del sagrado de esta casa
las nobles seguridades?
Hablad presto, o este acero:::
Tente, Alejandro.
No pases
a impedir mi indignación.
Yo.
Habla.
Aparte.
No sé qué hable
en tal ocasión. Ay triste!
No puedo determinarme
sobre cuál de los dos sea
el que atrozmente cobarde
quiso que mi sueño fuera
tercero de sus crueldades.
Ha, acaba.
Prosigue.
Di
lo que intentas.
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Qué mal hace
en no declararse, pues
es fuerza que se declare!
O vosotros, que asistidos
de dos aceros marciales
me amenazáis con el ceño
de esquivas fatalidades:
vosotras, cuyas voces
tiernamente favorables
defendiendo mi inocencia
os certifican deidades:
decid unos, decid otras,
qué fin, qué motivo os hace
dar, a la imaginación
sus pensiones tan neutrales?
Aparte.
Sabiendo que en este caso
he de ser el más culpable,
en confesar la verdad
será fuerza adelantarme,
pues esta violencia es que tuve
por Alejandro. Escuchadme:
dos años hace que adoro
a Violante sin que en ellos
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la merezca mi cuidado
un favor de cumplimiento.
Todas las noches oyó
la Alameda mis lamentos
dando al aire los suspiros
que me sepultaba el mesmo.
Merecí, en fin, la asistencia
de Leonor, y en aquel tiempo
pude entrar en el jardín
de Violante, con intento
de poner mi adoración
más próxima a sus desprecios;
de entrar, pues, en el jardín
nació el abismo primero,
a que Leonor satisfice,
cuando conmigo entendiendo
que hablaba, a Alejandro habló,
y por último, nacieron
los de esta noche, pues cuando
pensé encontrar el objeto
del alma, encontré a Diana,
y el equívoco siguiendo,
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entré en su cuarto, y apenas
me ve Diana, y lo veo,
cuando turbada, me dice
me salgo, yo la obedezco,
y apenas dejo la puerta,
cuando con un hombre encuentro,
que furioso me acomete,
yo arrestado, me defiendo,
reñimos un largo rato,
en que tropecé cayendo,
con las sombras de la noche:
dejar el jardín intento,
hallo las puertas cerradas
y en tan intratables medios
confuso y desesperado
me llegué a esta pieza, y oyendo
a Alejandro, que según
examiné, es don Laurencio,
y tocado del furor, quise
satisfacerme resuelto,
intenté, pues, despertarle.
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y entonces dispuso el cielo
el que viniese Diana.
Aparte.
Con esta voz cobro aliento.
La ejecución suspendiera:
mis iras, en fin, confieso
de que en parte disculparme
pueden mi amor, y mis celos,
pero si Violante elige
esposo, desde aquí cedo,
a cuantas resoluciones
pudiere empeñarme el duelo.
Yo también, dejando aparte
los mal fundados pretextos
que por parte de Alejandro
a mis dudas concurrieron,
si merece la mano
de Diana, hermoso dueño
de mis sentidos, y a quien
desde aquel instante mesmo
que vi su copia, rendí,
alma, potencias, afecto,
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publicaré mi fortuna,
dándome por satisfecho.
Luego tú a Diana adoras?
Es la vida, por quien muero.
Aparte.
Feliz soy pues a mi amor
no se opone don Laurencio.
Aparte.
Y a mi amor es imposible
y por evitar empeños
elijo esposo. Alejandro,
mi mano es esta.
Trofeo
seré, de cuantas fortunas
pudo ver el niño ciego.
Da tú, Diana, la mano
a Laurencio.
Ese precepto
más por imperio del alma
que por tuyo le obedezco:
no hay amor que al mío iguale.
Aparte.
Turbado quedo, y confieso
que aunque premiado me miro
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No ha cierto a creer el premio.
Sacrificio de mi vida
vuelvo hacerte, y pues merezco
tus brazos, violentas aras
serán siempre, porque en ellos
los más dulces holocaustos
logre el más casto himeneo.
Danse las manos.
Tisbe en dos bodas bien cabe,
que se casen los terceros.
Soy más firme que una suegra.
Yo más galán que un camello.
Aquesta es mi mano entera.
Esta es de alabache, y medio.
Cesando la oposición
reconozco mi sosiego
que es quietud del albedrío
lo imposible del deseo.
Y aquí tiene fin dichoso
nobilísimos ingenios,
La Alameda de Valencia
y confusión de un paseo.
