디지털 텍스트 Pico y Canente
공개일: 2026년 10월 21일
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Pico y Canente. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/pico-y-canente.
PICO Y CANENTE
Jornada primera
Alcanzarasle si igualas a su temor tu destreza. A encubrirse en la maleza vuela del miedo en las alas. Fue maravilloso acierto, quedó sin que se moviese. Y es mucho que no pudiese moverse después de muerto. Apenas pude apuntar, iba a emboscarse la fiera tan lejos y tan ligera que fue yerro el acertar. Con emulación de humano del jabalí la obediencia olvidó la resistencia por morir a vuestra mano. Y, consagrando la vida, no con bruta presunción, parece que el corazón salió a recibir la herida o la fiereza deshecha, con suceso extraordinario, quiso mostrar voluntario que muriera sin la flecha. Y viene a ser por demás el huir hados forzosos, que los que han de ser dichosos en la muerte lo son más. Él andaba entre las fieras y cortesano murió porque también como yo habrá bestias lisonjeras. ¿A qué parte tan remota he llegado divertido con la caza? ¡Oh, soberano y generoso ejercicio que de los cuidados graves solicitas el alivio y en el ingenio dispones el discurrir prevenido! No ha habido príncipe grande que se niegue al patrocinio de esta imagen militar por voluntario destino. Ella agilita las fuerzas, da resolución al brío, acostumbrando el denuedo a despreciar los peligros. Muy bien merece la caza todos estos laberintos y este lisonjero emplea sin mentir el artificio, pero yo tengo a la pesca algo de mayor cariño, que mi cólera se inclina siempre a lo menos prolijo. Aquello de estar al fresco de la fiesta en el estío, tomando una bermejuela a precio de un tabardillo, siempre la vista en el corcho, sin moverse de entumido, los médicos lo aconsejan por saludable ejercicio. Quien no gusta de la caza ni valiente ni entendido ni hombre de bien puede ser, y digan que yo lo digo. Si acaso sabe que tiene gusto el príncipe de oírlo, este, entre todas las frutas, alabará los pepinos. Ya se parece la tierra, tiro la rienda, no vaya el coraje de estos brutos precipitado a tomarla. No hemos errado el viaje y es mucho que se tomara tan puntualmente la altura; ¡tal piloto nos guiaba! Si por su destreza puedes estar tan asegurada con mayores experiencias, ¿de qué temerosa bajas? ¡Qué ruido tan desusado! Todo el aire se embaraza con tal rumor que parece que alguna esfera se rasga. Pues yo pienso que el estruendo viene de parte más baja, que en el cielo no hay dragones. ¡Prodigiosa es la montaña! Ya llegamos felizmente al fin de nuestra jornada. No ignoras mis pensamientos, pues eres mi confianza. Ya sabes que hemos venido de aquel príncipe de Italia en seguimiento y que aquí forzoso retiro guarda; también sabes el suceso de la novedad tan rara con que, no viéndome, pudo su vista robarme el alma; sabes el tiempo y la parte de mi cautiverio y cuánta inquietud he padecido, pues todo lo sabes. Basta este recuerdo tan breve porque mi pasión aguarda, ya que le tienes presente, que acredites su alabanza. En muy distante región se comenzó esta embajada. Así lo muestra el viaje en la forma extraordinaria. ¿No te dije la verdad? ¿Has visto, Clavela hermana, jamás tan bizarro el brío ni tan airosa la gala? ¡Qué fácilmente se lleva la voluntad inclinada de lo gustoso! ¡Y qué breve si el destino se lo manda! Ello dicen que no es fuerza, debe de ser mucha maña la que tienen las estrellas para concertar las almas. Caballero, aunque no tengo dominio en tan gran estancia y soy también forastera, ¿podré ofreceros posada segura en que descanséis? (Esta sin duda es Dïana, y viene desconocida sin que se sepa la causa.) Primer lumbrera del cielo —perdone el sol, si en desgracia— de mí nunca conocida, muchas veces invocada, dejad que ponga los labios en vuestros pies. Trasladada esa sumisión deseo en mejor parte del alma. Un donaire sin cuidado en belleza descuidada a lo prolijo del arte con grande exceso aventaja. Llegándose a ella. Señora, de este desierto maravillas muy estrañas la soledad deposita. Por afición de la caza mi prima y yo hemos venido a este monte. ¿Y esa dama tiene por ventura muchas primas de tan buena cara? ¡Qué llaneza tan casera! ¿Y vos tenéis por desgracia muchos primos tan discretos? La imaginación turbada no discurre sutilezas. Ni fuera bueno gastarlas inútilmente conmigo. Esta gente me embaraza, hablarle a solas quisiera, y ya lo dispongo. Hazaña es esta de mi poder, aquí mis conjuros valgan. Para estar en este sitio haber ganado la gracia de la diosa ha sido dicha. Nunca pude yo dudarla. La que hablaba con Fileno debe de ser la criada y, aunque yo merezco mucho, para con otras no es mala. ¡El cielo se viene abajo! Juno. Diana. ¿No hay socorro que nos libre? ¿No hay abrigo que nos valga? Los temblores de la tierra muestran que por asolarla los ejes del firmamento se rompen o se desatan. De la turbación del cielo y de esta serenidad con tan breve novedad algún encanto recelo. Vos debéis a mi atención, caballero retirado, un reparo sin cuidado y un gusto con presunción, que el breve conocimiento de un sujeto singular es parte para dejar ufano al entendimiento y veo en mi estimación de las prendas que mostráis que hay algo que me debáis antes de la inclinación, porque aquel afecto vario a que me habéis reducido es poco para eligido y mucho para ordinario. En este mi proceder hay unos lances dudosos que no son dificultosos ni fáciles de entender porque, si hablamos los dos, quedo después descuidada sin acordarme de nada, mas no me olvido de vos. Mucho Diana modera en mi favor su dureza y estraño tanta llaneza en condición tan severa. Sin algún riesgo se fía de mí tu divinidad, término que a la deidad es deuda, no cortesía. Bien sé que por forastero, de mis sucesos dudosa, te deberé de piadosa algún reparo ligero, que será cuando tendrás mis pesares como ajenos de cuidado mucho menos y lástima cuando más y, aunque pudiera engañado lisonjearme más gustoso, no quisiera ser dichoso a riesgo de confiado, que quien quiso de Acteón castigar con crueldad tanto la curiosidad, ¿qué hiciera la presunción? De lo que dices infiero que por otra me has juzgado y no te quiero engañado, bien informado te quiero. Hija soy, mancebo ilustre, de aquel planeta que sale restituyendo a las cosas las formas y los esmaltes, de aquella estampa de luz cuyo resplandor flamante deja al libro universal impreso de variedades y, aunque puede tanto origen el valor asegurarme, se aumentan en lo adquirido infinito los quilates. En esto exterior que ves de ti puedes informarte y juzgar si tiene el alma deslucido el hospedaje. Cómo estará cultivada también lo sabrás, si sabes que, siendo dios de la ciencia, fue mi maestro mi padre. No vivifican sus rayos venenosa o saludable planta en que no me revele las ocultas calidades, las virtudes más secretas penetro en los minerales, mudos entiendo, y parleras a los peces y a las aves. De las cavernas oscuras los ministros principales llama mi dominio siervos y mi agrado familiares. A mi arbitrio se dispensa todo lo más estimable de lo precioso en las piedras, de lo rico en los metales. Triunfos, vitorias, riquezas y fortuna puedo darte, que es a quien nada se niega y la que por todo vale. Esto si correspondieres, ya que es fuerza declararme, a la razón de quererte, al deseo de obligarte, pero, si dejas ingrato mi vanidad con desaire, mira lo que puede hacer provocado mi coraje. Ser sabio, valiente, rico, liberal, bienquisto, amable, invencible, vencedor y en todas acciones grande, y lo que más es, dichoso, o infeliz y miserable está en tu resolución, elige ahora si sabes. (Esta es la mágica Circe, y este el peligro más grave con que amenazan mi vida los hados inevitables.) Con el príncipe hemos dado. ¡Y ha sido dicha notable! Aquí está Circe. ¡Qué suerte! Señora. Señor. Dejadme. Apártate tú, Clavela, que está aventurado el lance en que va toda mi vida. ¡Qué resolución tan grande! Circe, de la suerte mía es tu intento tan distante que ni en la imaginación el corresponderte cabe. Hay decreto de los hados a que no puedo negarme, que en su ejecución están empeñadas las deidades. Por su cuenta corro yo y tú no es bien que te bajes, descendiendo de los dioses a pensamientos mortales. Emperador poderoso de legiones infernales, oye invocado, que a ti también te toca mi ultraje. Clementísima Diana, diosa de estas soledades, defiende al que más profesa el culto de tus altares. Horribles ministros míos, salid de la oscura cárcel a derramar de un ingrato la más fementida sangre. Llegue mi voz a tu templo, y tu deidad favorable permita que a mi peligro el pronóstico le baste. Conténtense las estrellas con saber amenazarle, de mi razón es huirle, de tu poder evitarle. Del enojo, de la ira con que tengo de vengarme te guarde el cielo, si puede, mas no podrá aunque te guarde. En el rigor de la furia no la voy acompañando, que crecerá más llevando el testigo de su injuria. Cuidadoso va mi dueño. Habémosle de seguir. Yo no, que pienso acudir a lo que llaman empeño. A ella me quiero llegar. Reventará de corrida. ¿Y es aquella, por tu vida, a la que has de enamorar, que a ti te parezca bien como si fueras persona? ¡Oh, si se usara fregona entre las ninfas también! Señora, si un animal, porque no sabe otra cosa, os dice que sois hermosa, ¿será que os parezca mal? ¡Qué dispárate! ¡Tan frío! Para ti sí lo será. Porque mi seso podrá envidiar tu desvarío. Pues para mí también son tus pundonores molestos. Tú eres gracioso de gestos, yo soy loco con razón. Guárdala, no se te pierda cosa de tanta sustancia, que es alhaja de importancia una sabandija cuerda. Este puede entretener; pero el otro ponderado qué necio y qué desairado me dijo su parecer. Ello es desdicha fatal, que con impulso contrario se me inclinan de ordinario los que me parecen mal. ¿En qué piensas, tu figura, estarás en tu lenguaje ensayando algún visaje? Como tú alguna mesura, ¿piensas hacer muy honrado alguna paga puntual? ¿Eso te parece mal? En ti el honor es hurtado. Pues ¿en mí no hacer vileza es ser ladrón? Y peor, tener honra y buen humor es contra naturaleza. Quien tiempo pierde contigo poco tiene en qué entender. ¿Qué paz puedo pretender si traigo guerra conmigo? Aunque mi alma es tan fiel que ya por sí lo sabía, todo el campo me decía que estábades vos en él. Hacen respectiva salva a vuestra vista las aves con acentos más suaves que a la venida del alba. Muéstrase en todas las flores con algún nuevo primor más agradable el olor y más vivas las colores. De las fuentes la precisa armonía que las mueve forma el murmurar más leve y más alegre la risa; así, con tan diferentes aplausos, en competencia celebran vuestra asistencia las aves, flores y fuentes. Fileno, la voluntad la lleva la inclinación y obedece a la razón con mucha dificultad, y yo he llegado a tener por cierto que mi albedrío no debe de ser muy mío, pues no le puedo vencer y, cuando la causa no, alcanzo que las estrellas hacen lo que quieren ellas y no lo que quiero yo porque, si de vuestro mal quiero mostrarme piadosa, lo resiste una forzosa contradicción natural. Si suspendo los enojos y pongo en vos con sosiego la vista, se cae luego, ¿qué puedo hacer a mis ojos? El hablaros sin engaño bien lo podéis estimar y más cuando a mi pesar os doy este desengaño. Si la luz de vuestro cielo por mi culpa la perdiera, nunca mi pena tuviera remedio para el consuelo, mas si por desgracia os pierdo hasta ver si lo revoco porfiaré como loco y sufriré como cuerdo. Parece que viene gente, no puedo estar más aquí. Allá me llevas a mí para no morir ausente. Fileno, ¿adónde has dejado al príncipe mi señor? En todas partes mi amor que ha sabido le ha buscado y ni dónde le he de hallar sé ni cómo se detiene. Aquí parece que viene a quien poder preguntar. Ninfas de Diana son que salen al monte a caza. Ningún afán embaraza si guía la inclinación. Manipes, ¿un forastero en el templo retirado le viste? Y me dio cuidado, Celia, por ser el primero de quien he visto asistencia en tan sagrado lugar. Sin duda debió de entrar de Diana con licencia. Aquí no puede faltar quien nos dé alguna razón. Cuando parezca ocasión, yo llegaré a preguntar. Cuando Canente cantaba tan suspendido la oía que no solo se movía, pienso que no respiraba. Ella, o fue que no le vio, o que se le daba nada, porque cantó descuidada. Eso lo jurara yo en la amistad que tenemos: jamás he podido ver algo que quiera querer. ¿Sus descuidos son estremos? Solo puede su estrañeza servir de comparación a la rara perfección de su voz y su belleza. Señoras, ¿un caballero que a estos montes ha venido y puede ser atendido por galán y forastero habeisle encontrado acaso? En el templo de Diana le vimos esta mañana, y no estaba muy de paso. Cuando cantaba Canente tan elevado le vi que quizá no ha vuelto en sí. ¡Oh, cómo el cielo no miente! Vamos, pues que repetido aquel humo ha señalado al jabalí concertado. El camino más seguido por esta parte se ve, por otra es menos molesta la subida de la cuesta. Seguidme que yo la sé. ¡Oh, qué maravilla estraña! El pronóstico fue cierto: armonía en el desierto y música en la campaña. Este monte de Diana, porque en todas partes vence el imperio del amor, selva de Venus parece. No está seguro en el templo cuando a retirarse viene de las flechas de Cupido el corazón más valiente. Este hechizo del oído, este halago lisonjero del corazón más severo es el peligro temido, con que el cielo amenazaba en la forma que tenía cuando el príncipe nacía y lo que yo recelaba que no lo llegase a oír era todo mi desvelo. Lo decretado del cielo mal se puede resistir. Para estorbar su influencia, opuesto a la astronomía, use la nigromancía, cuya rara inteligencia es tan superior en mí que, obrando lo que desea, vence a Circe y a Medea. Seso y libertad perdí. Señor, ¿adónde has estado?, que ya en mi desconfianza era temor la esperanza y confusión el cuidado. Sosegar es por demás. Pues ¿qué te falta? El sentido. Di lo que te ha sucedido. Escúchame y lo sabrás: después que nos dividieron con el susto acelerado del cielo las contingencias o de Circe los engaños y, después que descubiertos sus intentos, mi recato huyó de sus amenazas menos que de sus halagos, agradecido a la diosa que invoqué para mi amparo, queriendo ofrecer votiva insignia de sus milagros, por extraña maravilla, de alguna deidad guiado sin que les debiese nada a mis ojos ni a mis pasos, llegué al altar de Diana en la ocasión que del año se celebraba en su templo el más solemne holocausto y en un trono de carbunclos que con los flamantes rayos de las águilas dudosas excluyera los bastardos. Del altar en la eminencia, vivaz sincel animado, ostentaba de Diana el celestial simulacro. Servían al sacrificio, si no ministros alados, maravillosos prodigios de serafines humanos. Entre ellos resplandecía un peligro del cuidado, un riesgo de los sentidos, de la razón un encanto. O pintar o referir lo hermoso de este milagro no se concede al pincel ni se permite a los labios. Baste decir que excedía las demás bellezas tanto como en su aumento la luna a los inferiores astros. Al formar sus perfecciones aquel autor soberano quitó a la naturaleza la fábrica de las manos, que por sacar parecido de su beldad un traslado no le fio los buriles al escultor ordinario. Mirando esta maravilla estaba yo tan turbado que el exceso del asombro pudo parecer espanto y de que el alma tenía lo demás desamparado, por estar toda en los ojos, los oídos se quejaron y porque los dos sentidos compitiesen admirados y quedase indiferente la victoria por entrambos. Fue que al son de un instrumento de mi noticia ignorado juntó la voz y al oírla las esferas se pararon. Las demás ninfas atentas suspendieron lo animado y en lo insensible se vían ademanes de admirarlo, que las estatuas del templo, mostrando sentido el mármol, sin salir de su silencio atenciones figuraron. Aquí fue Troya en mi pecho, aquí del incendio blando las potencias de mi alma ningún despojo libraron. Entró sin sentir en ella una llama que ha llegado a ser ardiente tormento y comenzó por agrado. Ahora, sí, Archimidonte, que necesita mi amparo del valor de tu juicio, del juicio de tus años, mira en las ondas de amor este Ulises derrotado a la voz de esta sirena, sea tu prudencia el árbol. Ea, piloto sagaz, redime de este naufragio al bajel que combatido embiste con los peñascos. Mira la lealtad que debes del homenaje jurado al rey —que a tu fe me fía—, a mí —que de ti me valgo—, da consuelos a mis penas, claridad a mis engaños, medicina a mi dolencia y a mis fatigas descanso. Señor, en vuestra crianza se puso mi amor tan alto que está inferior, aunque es mucha, la obligación de vasallo. Del rey de Nápoles hijo y sucesor, habéis dado a otros príncipes envidia y a vuestro padre descanso. Cuidé de vuestra niñez y nunca me sobornaron en el tiempo de advertiros los premios de lisonjearos, juzgué vuestro nacimiento, por el estudio que alcanzo del curso de los planetas —ciencia de muchos contrarios—, descubrí en vuestro ascendente un peligro señalado por la música —no es nuevo ministro de amor el canto—, consultado con el rey, mandó que para estorbarlo os trajese divertido a la variedad del campo, venimos a estas montañas por lo inculto y por lo extraño tan negadas al recelo de los músicos halagos y parece que de intento hemos venido a buscarlos, en que se ve que no hay para el destino sagrado. Ya os halláis en la batalla, Amor es dios soberano, si no se puede rendir, vencer será retiraros. Aquí de vuestro valor. No valgo yo para tanto ni quiero remedio ya si he de morir de tomarlo. Viva con su hidropesía este pecho destemplado, apuren mis ansias todo el ponzoñoso letargo. No le quites a mi sed el veneno de los labios, que tiene muy buen sabor esto que parece amargo. No señor, no ha de quedar por vuestra pasión el campo, sacad de ajenos ejemplos el escarmiento barato. No triunfe una vez el gusto, no siempre esté desairado lo mejor, no siempre tenga la razón cortos los brazos. Pruebe a no pensar en ello vuestro entendimiento. Estraño que ocasiones mi despecho queriendo mi desengaño. Está reciente la herida, no la encones hasta cuando sienta menos el dolor. Déjame a solas un rato. Ya que a la selva sagrada os acercáis, mi cuidado va a disponer vuestro alivio por otro medio más alto. ¡Qué fácil me obedeció! No hay discreto porfiado, pero ¿qué riesgo amenaza este nuevo sobresalto? Ya estamos en el peligro; oídos, a recelaros. En tanto que el amor dura toda locura es fineza, luego que el olvido empieza toda fineza es locura. Destruye lo racional amor cuando el seso apura. Antes su error asegura y perficiona el caudal, que nada parece mal en tanto que el amor dura. Lo que tanto satisface, ¿por qué se ha de aborrecer? Porque este violento arder con tales extremos nace que no mengua, se deshace en dejando de crecer. ¿Por qué será aborrecido lo que pudo ser amado? Porque luego que el cuidado se da por desentendido no se contenta el olvido sin entrar en el enfado. Templar un instrumento, por lo que tiene de atención lo siento. (La causa de mi penar su luz os vuelve a ofrecer; ojos, si la queréis ver, no os será caro el cegar.) Dejadme solo. ¿Podría en esta ocasión lograr algo que baste a templar esta sedienta agonía? Detente, hermosa deidad. ¡Qué osadía tan villana! ¿En las ninfas de Diana presumís facilidad? Aun más que grosero estáis. Aquí me valgo del velo. Para ¿que cubres al cielo? Por que vos no le veáis. Cuantas veces se recata a mis ojos la luz pura de tan divina hermosura se muestra a su autor ingrata porque, viendo que retrata su ser vuestra perfección, le venera mi atención cuando distinta la mira y siempre que se retira le quita una adoración. No tengo de responder como me pueda enfadar por no hacerme este pesar, y no darte ese placer, que así llegaré a tener más airosa la vitoria si no consigues la gloria de que me hayas enojado, que hay olvido sin cuidado y no hay ira sin memoria. Fuerza de un dolor muy fiel fue mi delito mayor. Y visto por mi rigor manda que mueras por él. Si a sentencia tan cruel ninguna disculpa digo y al riguroso castigo ofrezco el cuello obediente, muera como delincuente, no muera como enemigo. Nunca me vuelvas a ver y muere como quisieres. Adondequiera que fueres la sombra tengo de ser, que se ha de desvanecer o estar de tu luz asida, porque, el alma dividida del cuerpo, mal viviré, por fuerza te seguiré o me costará la vida. Todo confusiones es en el imperio del alma. ¿A quién pediré socorro o quién habrá que me valga? A ti, hermosísima estrella, la más luciente entre tantas, precursora de la noche y mensajera del alba; a ti, celestial espejo de que enmiendan y trasladan admiraciones las musas y maravillas las gracias. ¡Oh, tú, que sacaste el fuego de la espuma de las aguas, madre feliz del amor y del olvido madrastra!, solicita un desperdicio en tu hijo, de su aljaba. De poco precio le quiero, pero no sin eficacia; flecha de plomo aperciba su destreza con que abra sangrienta herida en mi pecho por donde el engaño salga. No pido correspondida en la voluntad ingrata la memoria de mi amor, que yo le olvide me basta. Circe, si tu invocación ha sido de mi cuidado, queda bien acreditado con esta demostración. Las damas pueden tener la vitoria más segura, no ha menester la hermosura al cielo para vencer. Y así de tus prendas fío lo que pides a los dos. No es obra de ningún dios violentar el albedrío. Lo que puedo decir yo, si Cupido no me miente, es que el príncipe Laurente ama después que te vio. Feliz oráculo ha sido para mi desconfianza. ¿Adónde estás, que retiras la compasión a mis ansias? Maravilloso prodigio, ¿con qué fuerza soberana tu imperio de mi albedrío la libertad avasalla? ¿Qué violencia superior rinde la parte más alta de mi ser que sus potencias te tributan voluntarias? ¿Eres el dios del amor que la inmunidad sagrada de este misterioso monte quieren violar las hazañas? ¿Qué novedad en mis venas influye la destemplanza con que el hervor de la sangre parece que las abrasa? El fuego del corazón quieren templarle sus alas y, moviéndose veloces, aumenta el aire la llama. ¿Circe aquí? ¡Qué pesadumbre! Forzoso ha de ser hablarla, pues ya no puedo esconderme. Señora, ¿tan retirada? Con demasiado rigor vuestra belleza se trata, la soledad a los tristes menos alivia que cansa. Rompe todo el corazón y no me cierres los labios, pues te dejo hacerme agravios, déjame tener razón. ¡Que con tanta libertad osases desengañarme! Usaré para vengarme de la mayor crueldad, que el más terrible rigor y el enojo más sangriento causa el aborrecimiento que procede del amor. Yo conformaré tu suerte con tu vano desvarío, que es para el agravio mío corta venganza tu muerte. Esta libertad aquí por despreciarla porfío, pero no es enfado mío, celo de este sitio sí. ¿En la selva sagrada de Diana, que tanto a la de Venus diferencia, con esta demasía se profana y se ofende a su culto la decencia? No ya el respeto en la razón humana de tanta libertad toma licencia aquí ni a las rudezas que no sienten afectos amorosos se consienten. La rosa en sus candores primitivos no conoce la púrpura encarnada por escusar recuerdos compasivos de la muerte de Adonis desgraciada. Defiéndense a los olmos los lascivos abrazos de la vid enamorada, niéganse a la dureza de las piedras los inútiles lazos de las hiedras. Estos ejemplos basten a que sea vuestra desatención reprehendida, ya que confuso el desengaño vea que a mi silencio deberéis la vida. El que quisiere de vosotros lea su culpa en esos troncos, prevenida la pena de quebrar sus institutos es convertirse en mármoles o en brutos. ¡Qué grosero proceder y qué arrojado juzgar después es el sentenciar y primero el conocer! Vuestro desenfado necio mayor desquite pedía, pero la modestia mía le toma con el desprecio. Mirad lo que temeré. (Cuando soy hija de Apolo mal hago en dejarle solo, mas yo lo remediaré: para sacarle de aquí buen medio se me ha ofrecido.) Estoy turbado y corrido de que me hallases así. Circe aquí me detenía muy contra mi voluntad, que no tienen libertad los lances de cortesía. Hablaba su presunción de un gran enojo que tiene. ¿A qué propósito viene el darme satisfación? Bien sé que no ha menester mi disculpa tu deidad ni referir la verdad se llama satisfacer, que quien reconoce fiel y siente el error que hace al cielo no satisface por lo que le importa a él. Y así a la ignorancia mía quiere vuestra falsedad pasar mucha humanidad envuelta en idolatría. El extremo a que llegó el tormento en que porfío muestra que el dolor es mío, pero el sufrimiento no. No puedo yo lo que quiero, que, si mi vida me diera libertad, morir quisiera sin que supieras que muero. ¿Este modo de penar en qué te puede ofender? Da licencia al padecer, no la des al esperar. Si con estremos de loco de padecer avariento aumenta más mi tormento temer que durará poco. Cuando dejan los enojos la continua obscuridad, salir a la claridad ofende mucho a los ojos y, como mi pensamiento está tan hecho al retiro, desabridamente miro las luces de vuestro intento y, aunque quiera perdonaros por el respeto, el engaño, si no me ofenden, estraño esos términos tan claros. De un desenfado animoso poco se puede inferir y da mucho que decir un silencio misterioso, que, viviendo retirado muy dentro de mi respeto, el demasiado secreto hará grosero al cuidado. ¡Oh, milagros no entendidos! Aun de la misma razón sustentarse una pasión sin llegar a los sentidos. Bástele a vuestro cuidado saber que no le condeno y lo que parece bueno no está lejos del agrado. Poco a poco, inclinación, que suspenderme un instante es más que en otro semblante muchos años de atención. Cielos, ¿qué tengo de hacer? ¿Adónde estaré escondida? Mientras yo tuviere vida, poco tienes que temer. Guarda tu furia mortal, que ya se viene acercando. De turbada estoy temblando. No he visto fiereza igual. No tengas ningún temor, que yo le salgo a encontrar porque te quiero escusar el peligro y el horror. Defiéndete, bruto, más de la fuerza de mis brazos, que siento hacerte pedazos por la ocasión que me das de tan generoso empleo. No he visto tan gran valor. El cielo te dé favor. (Ya me debes un deseo. No es contra la gravedad este sobresalto mío ni el reconocer su brío luego ha de ser voluntad. Ya la fiera se rendía y ya las espaldas vuelve, no sé por qué se resuelve a seguirla su porfía. Venus mi madre ha querido, porque nunca se le olvida de la enemistad reñida que con Diana ha tenido, que una de sus ninfas sienta mi ardiente desasosiego y que lo ejecute luego sin hacer de Circe cuenta. Obedezco lo que ordena: para el pecho más esquivo la mejor flecha apercibo. Ya no parecen. ¡Qué pena! Por el riesgo en que le vi quisiera y por mi temor saber de él. Detente, amor, que quise decir de mí. Hermosa ninfa, el rigor que siempre sueles tener nunca se podrá entender con la ley de embajador. Dejarte bien informada es toda mi pretensión, baste por sí la razón sin que yo suponga nada. Un príncipe has desdeñado que no mira el sol sujeto, por valiente y por discreto tan digno de ser amado. De Italia la mejor parte y la de más opulencia es de su padre la herencia. ¿Para qué quieres cansarte? Que están sus reinos dirás de mucha riqueza llenos. Eso en él es lo de menos, el ser él es lo de más. ¡Qué prolija relación y necio escuchar el mío! Pues de este veneno fío que te llegue al corazón. No te podrás alabar, villano, de tu osadía. ¡Muere, aleve! Ya eres mía. Apercíbete a penar. Nunca de tu fuego siento viva la llama, tirano, y para encenderla en vano te quieres valer del viento.
Jornada segunda
En todo el sitio se entiende, por lo que yo he publicado, que Laurente está casado y la boda se suspende porque la quieren lucir con grandes galas. Clavela para esforzar mi cautela un príncipe ha de fingir. En traje de hombre su brío, su talle, su entendimiento, esforzarán el intento que lleva el engaño mío. Pero lo más conveniente será lo que te ofrecí, de inventar que a solas vi con un galán a Canente y no estoy arrepentido de que tenga en mí el amor entre muchos un traidor que por su causa lo han sido. Si cumples lo concertado, harás el mejor empleo depositando un deseo a logro de mi cuidado. De Clavela te daré... ¿Qué ha de hacer tu diligencia que tenga premio mi fe toda la correspondencia? Sin linaje de recelo de mí te puedes fiar. ¿Y que no me has de faltar? Primero faltará el cielo. Pues verás lo que te vale mi engaño. A su falsedad no ha de llegar la verdad. (Voyme, que el príncipe sale y cualquiera que lo acierte, entrando en desconfianza los amantes, su mudanza ha de mejorar mi suerte. Así lo espero y, si no, usando de lo que sé, de los dos me vengaré o no seré Circe yo. Forzado del pundonor, como te dije, salí sin que entonces para mí obrase nada el amor y, al encontrar al león empeñado en la conquista, hizo un horror a la vista que no llegó al corazón. Con recato y con aliento llegué osado y prevenido, colérico y advertido, precipitado y atento. El que acometer se vio al sobresalto primero, como si fuera cordero, mi resolución temió. A veces se detenía y otras tanto se alargaba que al parecer no volaba si no se desvanecía. Yo sin poder detenerme y muy sin saber de mí hasta el monte le seguí no sin riesgo de perderme y cuando ni temerario ni con furor indiscreto algún impulso secreto me llevaba involuntario. Sin que lo entendiese yo ni costarme resistencia otra contraria violencia a este sitio me volvió. Señor, lo que te ha pasado por mi ciencia lo sabía y la diligencia mía ha sido quien te ha librado. Circe te quiso prender con ese león fingido y solo te ha redimido la fuerza de mi poder y, porque siempre está obrando con su mágica insolente por los celos de Canente y yo lo estoy estorbando, me voy, señor, a estudiar: sabré lo que imaginare y todo lo que intentare se lo tengo de borrar. Un fiel criado, señor, a su dueño ha de advertir lo que puede deslucir la parte del pundonor, pero también, como sabes, licencia no ha de tomar sin dársela para entrar en las materias muy graves. Dilo, que fatiga mucho un aviso ponderado y ya me tienes turbado y con agüero te escucho. De mi buena ley bien sé que siempre ha de disculparme. Acaba ya de matarme. Pues lo mandas, lo diré. De un ídolo fabuloso adoras vanas quimeras, pides nada y poco esperas respectivo y temeroso. Cuando con soberbia necia, o te ignora, o no te atiende, por no verte se suspende, o te mira y te desprecia. Y lo que peor está —perdona el atrevimiento— es algún divertimiento a que a todo el gusto da, que yo sé que en otro empeño esta ninfa soberana con inclinación humana se muestra con menos ceño. En este sitio —¡qué mengua!— a un mancebo dio la mano, yo lo vi. Calla, villano, que te sacaré la lengua. Hame dejado de suerte el odio de tu mentira, que estoy templando la ira para no darte la muerte. (A lance tan apretado que se oye y no se ve ni se le debe dar fe ni negársele el cuidado.) Voy a buscar a Canente, que ya sé dónde estará y, cuando no, se vendrá a este jardín brevemente, adonde volveré luego para espiarla escondido. ¡Ay, recelos, con qué ruido os entráis en el sosiego! Está de mi obligación este infame proceder para poderse creer tan fuera de la razón, que, si mi culpa se viera en la traza introducida de una fábula fingida, en propiedad pareciera. Muchas horas estoy triste y algunas paso riendo del mundo porque le entiendo. ¡Oh, filósofo del chiste! ¿Ya vuelves a lo que sueles? No hay otra cosa que hacer. Dejémonos de morder o llamémonos Manueles. Vamos, que las ninfas salen, mas no pudiera faltar algo que poder parlar. Poco mis esfuerzos valen, basta para mi desvelo este que traigo conmigo. Amor, si yo me persigo, ¿para qué bajas del cielo? Si llevarme por el viento quisiste y volverme aquí, para dejarme sin mí saliste con el intento. Canente, ¿siempre ha de ser este nuestro porfiar, yo por quererte aliviar, y tú por no lo querer? Ya toda tu lozanía a otro estremo se pasó, que accidente marchitó el verdor que te asistía? Merézcate mi amistad que la descubras tu aprieto, y fiarás el secreto de tu alma a la mitad. ¡Ay, Mánipes de mi vida!, ¿cómo de mí te diré lo que yo misma no sé? Deja que señas te pida, pues tu semblante mirando, la tristeza con que estás me deja informada más con lo que dices callando. De eso nace la estrañeza con que quiero padecer retirada por no hacer sospechosa mi tristeza y a tan peligroso estado con mis penas he venido que aun estando enmudecido se publica mi cuidado y, si el pundonor ordena que no salga de mi pecho, lo dicen a mi despecho los golpes que da la pena y la soledad mayor elijo para vivir por que nadie pueda oír el ruido de mi dolor. En la amorosa fatiga no puede el decoro usar de más rigor que ordenar que se sienta y no se diga, que cuando más fino esté podrá su ley obligar a padecer y callar., mas a no sentir, ¿por qué? Descubre el pecho conmigo, fía el corazón de mí, no te cuentes más de a ti cuando estoy sola contigo. Tengo en memorias ajenas un prolijo imaginar y en las ansias del penar un agrado de las penas, una rebelde porfía de invisible vanidad, culpa de la voluntad, pena de la fantasía. Vivo en fatiga dudosa, con dulce desasosiego, en el apacible fuego de una llama fabulosa. Tengo en un dolor cruel un alivio que me alienta y un mal que, aunque me atormenta, no quisiera estar sin él. Que viene a ser en rigor lo que te aflige y te agrada cada parte por sí nada y todas juntas amor. ¿Y no quedas asustada de nombrar ese tirano con un estilo tan llano en esta selva sagrada? Aunque con medio muy fuerte y muy de mi estimación ha intentado mi prisión, primero verá mi muerte. Amiga, esas valentías exceden a lo mortal y te ha de suceder mal si con el amor porfías. No son los votos seguros a deidades fabulosas, que en materias amorosas se burlan de los perjuros. Calla, hermana, que me aprieta demasiado tu saber. Yo me voy para volver y te hallaré más discreta. y ahora también te dejo para llegarme hacia el templo. Ve en buen hora, que tu ejemplo es mejor que tu consejo y yo al jardín pasaré, donde, si no entretenida, por lo menos divertida con la música estaré. Con medio tan eficaz intento un breve tratado de treguas con mi cuidado que no puede ser de paz porque el ánimo afligido de tanta contradición, pensando en la suspensión, no se acuerda del olvido. Cansada imaginación, ¿qué me quieres?, que bien sé que tus placeres fingidos son. ¿Cómo puedes pretender que crea tus falsedades si siempre me persuades lo que menos puede ser? No embaraces mi razón, ¿qué me quieres?, que bien sé que tus placeres fingidos son. Siempre inventa tu osadía alguna dificultad que inquiete la voluntad y turbe la fantasía. Con tan ciega confusión, ¿qué me quieres?, que bien sé que tus placeres fingidos son. ¡Oh, celestial armonía! Agora digo que creo que los árboles Orfeo y los brutos atraía. No es menos admiración, que con músico concento diese oído y movimiento a las piedras Anfïón. Tú puedes llegar primero, que yo quedo a discurrir lo que tengo de fingir que parezca verdadero. Voy, y traza que se emplea en los celos que ha de dar no es menester disputar si muy verisímil sea, mas no dejes de advertir que el conjuro que he de hacer al príncipe ha de traer adonde te pueda oír. En este jardín, señora, entro con vuestra licencia. ¿Puedo en vuestra conveniencia algo, gentil labradora? Quiero coger unas flores, que las tengo de llevar para poder adornar las mesas y aparadores en una boda famosa, que en el villaje vecino con un príncipe latino celebra una fe, mi diosa. Muy galán al novio vio al entrar esta mañana en este sitio, Dïana le permite estar aquí. (¡Y que en este sitio está! ¡Oh, qué nueva tan pesada! Aunque no se me da nada, parece que se me da.) ¿Y sabes acaso el nombre del príncipe?Le sabía, y en la lengua le tenía. ¡Válgate Dios por el hombre! Sus nombres, reina, son dos, uno, Pico, y el siguiente, si bien me acuerdo, Laurente. Malos años te dé Dios. Ahora Circe ha de ver lo que el disfraz obrará. Airosa y lucida está, no la podrá conocer, y más no habiéndola visto Canente.¡Qué confusión! Apenas la turbación y el sobresalto resisto. ¿Qué hombre es este, santo cielo? ¿Cómo pudo entrar aquí? Presto lo sabrás de mí: atiende y deja el recelo. Del padre del gran Laurente, señora, y del padre mío divide el estado un río y, como ordinariamente se ofrecen las comperencias en los reinos confinantes, han sido sangrientas antes las guerras y diferencias y estos encuentros prolijos que tanto tiempo han durado agora se han ajustado, casando a trueco sus hijos, y porque está detenido sin poder salir de aquí el uno, me tocó a mí la parte de haber venido acompañando a mi hermana, que viene a su casamiento, y absolver un juramento que ha de dispensar Dïana, a quien se ofreció imprudente llevada de cierta ira. Todo parece mentira. ¡Oh, cómo tarda Laurente! Y como yo llego ahora y él vive tan retirado, nunca he visto a mi cuñado ni él me conoce, señora. Cielos, ¿qué es esto que veo? ¿Hombre aquí? ¡Gran novedad! Podéis decir la verdad, ojos, pero no lo creo. Mas ya debió de llegar, que allí se mueve una rama. Estrañaréis que una dama se quisiese aventurar a lo que alguna juzgara por falta de pundonor. (No puede fingir mejor.) (¡Oh, quién más cerca llegara!, que muchas palabras pierdo.) Ya Laurente nos escucha, fue su resistencia mucha. Demasiado estoy de cuerdo. Abreviad, por vida mía, que nada puede importarme lo que me decís.Llegarme algo más cerca querría. Más mi padre la obligó y mis razones no poco. Estoy de cólera loco. «Señora», la dije yo, «con el que es vuestro marido no puede haber indecencia». Ya es cobarde la paciencia y afrentoso lo sufrido. Aunque no tenga razón que pueda justificar ese empeño, he de tomar... No digas satisfación porque nada que parezca que la doy he de decir. Pues habremos de reñir. (¡Que este susto se me ofrezca!) ¿Quién, como yo, lo desea? Salgámonos del jardín. Más glorioso será el fin donde la causa le vea y en quererlo dilatar parece que tenéis miedo. Lástima, diréis, y puedo, que os la tengo asegurar, que tenéis muy delicadas fuerzas, a mi parecer. (¡Gran daño llego a temer!) Yo respondo a cuchilladas. Pues de mi furia crüel verás los efectos presto. (En gran peligro la he puesto, mas yo la sacaré de él.) ¡Hoy morirás a mis manos! (¿Si la faltara mi ciencia?) ¡Oh, milagrosa clemencia de los dioses soberanos! ¡Que tanto misterio envuelva este distrito encantado! Ya he salido de cuidado. Toda es prodigios la selva. Aquí me quiero quedar a quejarme de una diosa. ¡Oh, hermosura fabulosa, quién te pudiera olvidar! ¡Con qué recato y decoro se burlaba de mi amor! (¿Qué intentará este traidor?) Tarde mis engaños lloro. Príncipe, ¿qué me queréis? ¿En cuántas partes estoy?, si dondequiera que voy es para que me dejéis y es tan prolijo y estraño el continuo porfïar que ha de venir a llegar a desaire el desengaño. El haberos admitido Diana a su devoción baste por obligación de haceros más advertido. Gozad en buen hora aquí muy a vuestra voluntad de toda la libertad como me dejéis a mí y, pues sabéis también vos que en este sitio sagrado aun no se admite un cuidado, ¿cómo se llevarán dos? Esto no es quereros dar licencia de presumir que yo lo puedo sentir. Ya me comienzo a vengar. Hame traído el deseo de daros el parabién y muestra vuestro desdén la verdad del nuevo empleo y ya que la culpa no de lo que la suerte ordena, ¿tengo de tener la pena de vuestra mudanza yo? ¿Qué quiere decir mudanza? ¿Así habláis con las deidades? Gastad las vulgaridades donde se usa la esperanza y llegad a ser grosero adonde licencia os dan, que ni habláis como galán ni hacéis como caballero. (Esto sí: vaya llegando el veneno al corazón.) ¿Hay tan grande sinrazón? Mueran como yo rabiando. Mucho tormento es ya para sufrido y mucho agravio para tolerado. Ninfa, presumes mal: no se ha privado el alma de razón, se ha suspendido. Si verme entre las llamas encendido te asegura de eterno mi cuidado, en las penas de amor el condenado no padece incapaz de arrepentido. Yo tiraré con ánimo tan fuerte del lazo en que mi cuello se cautiva que me ahogue o le rompa la violencia. Esto también por ti, que es ofenderte ser tuyo y ser tan vil que torpe viva infamando al amor con la paciencia. ¡Ah, señor!, no se maltrare por quien tanto le desprecia. Déjame, villana necia, si no quieres que te mate. ¡Oh, tú, planeta tercero!, Venus, digo, celestial, accidente de mi mal, si no motivo primero. ¿Así con tus falsedades introduces el contento para mayor sentimiento y así burlan las deidades? Si mi padre te ofendió cuando la prisión de Marte, ¿es buen modo de vengarte querer que lo pague yo?, que con malicioso engaño me aseguraste querida por que después ofendida sienta más el desengaño. Circe, muy sin fundamento tienes de mi madre quejas, fórmalas de tus orejas, si no de tu entendimiento. Después que te vio Laurente dijo que amaba, no a quién. Si lo quieres saber bien, allí lo tienes presente; y en esa ilusión verás lo que después ha de ser y quererlo defender contra el cielo es por demás. Contra decretos forzosos de los dioses soberanos esfuerzos de los humanos son muy poco poderosos. Como se figura en esa apariencia imaginado, lo verás ejecutado. De que te pese me pesa, que no es de mi profesión venir con nuevas de enfado y te las traigo forzado de tanta importunación. ¿Cómo se atreven los cielos a darme tan gran pesar y no me dejan dudar el agravio de mis celos? ¿Cómo a tanta claridad han querido que me afrente? ¿No saben que está pendiente su luz de mi voluntad, que el sol me pide primero licencia para salir y que no puede lucir al mundo si yo no quiero? ¿No saben los elementos que los puedo revolver y que no están en su ser de mis conjuros esentos? ¿Quieren que arrojen mis penas las estrellas en el mar y que ponga en su lugar los peces y las arenas? ¿Quieren que arranque del suelo los árboles más ancianos y sin ocupar las manos pase los montes al cielo? ¿Quieren, en resolución, que, irritada mi fiereza, vuelva a la naturaleza a la primer confusión? Mas ¿cómo lleva algún dios mi cólera tan despacio y no, deshecho el palacio, le arrojo sobre los dos? Desde el jardín de Canente, midiendo el valle y el monte, a avisar a Arquimidonte del peligro de Laurente he venido y, procurando hablarle, he llegado ya a su estudio, pero está en más retiro estudiando y ha sido tanto el dolor de verme a mi honor faltar que intentar mi error borrar me ha suspendido el amor, mas parece que abrir quiere su retrete y, retirado, solicita mi cuidado ver lo que su ciencia adquiere. Cuanto más de las esferas la colocación consulto tanto menos de su aspecto averiguo los influjos, pues, volviendo a ver agora en mi judiciario estudio de la vida de Laurente el progreso mal seguro, con nuevas contrariedades me embarazo y me confundo. Venus en oposición de la luna es infortunio, felicidades predicen el sol y Júpiter juntos, crüel rüina amenazan de sestil Marte y Saturno, con propias exaltaciones favorable está Mercurio. De los trinos y cuadrados la influencia dificulto, las casas son infelices y el horóscopo es seguro; juntos planetas y signos, son dignidades en unos y en otros son detrimentos. ¡Oh, vana ciencia!, renuncio tu estilo, pues con él solo, mareando mis discursos, me haces temer no acertar los contingentes futuros. Vuelvo a la magia mis pasos y, pues del cielo no induzgo segura alguna noticia, a los abismos profundos mi fervoroso coraje intime el fuerte conjuro. Deje el infernal barquero a la orilla el batel surto y de las aguas leteas pare el corriente sulfúreo. Cese el tríplice ladrido del can Cerbero iracundo, detenga en su precipicio Sísifo el peso robusto, el deseo del manjar refrene Tántalo ayuno, de Ixión a la jactancia falte de la rueda el curso, el buitre de Ticio aparte las garras y el pico aduncos, dejen las cincuenta hermanas el eterno afán y juntos vaquen ya de su tormento Minos, Radamanto y Pluto. ¿No me obedecéis? ¿Qué es esto? ¡Ea, espíritus impuros, numen del báratro ciego!, ¿no me escuchas?Ya te escucho. Pues, si me escuchas y sabes que del príncipe procuro oponerme al hado impío, revélame, pues, el punto del inminente peligro y del remedio oportuno. Arquimidonte, tu prudencia cana debe esperar la operación divina, que no puede alterar la ciencia humana ni la felicidad ni la rüina; mas cuanto el celo fervoroso gana, cuando alto numen a invocar se inclina, esperimentas hoy, pues persuades al rey de la impiedad a usar piedades. Del príncipe y la ninfa la amorosa llama fiel proseguirá a su aumento y escrúpulos del templo y de la diosa purgarán, siendo Circe el instrumento; la humana diligencia es virtuosa si la adornan constancia y sufrimiento; prevén, avisa y ora fervoroso, de infeliz medio harás el fin dichoso. Obedeciendo a Plutón, rindo el temor al discurso porque el del hombre es mudable y el del cielo siempre es uno, mas Laurente...Archimidonte. Príncipe.De mis disgustos siempre a tu refugio vengo. Buen hermano del refugio. Pues el príncipe ha venido, de su presencia me escuso, que, puesto que favorable fue de Plutón el anuncio, cuando sus dichas se logren podré gozar del indulto. Maestro y tutelar mío, de tus consejos maduros ya es mi albedrío incapaz porque he enajenado el uso de las potencias de modo que solamente discurro en seguir aquel precepto que un fino adorar me impuso. Ya en el piélago de amor bajel engolfado surco y entre ráfagas de celos, viendo el norte, ignoro el rumbo. Ya emboscado peregrino en espeso monte inculto, entre la tiniebla fría la senda pérdida busco. Tú, pues, próvido, advirtiendo que en ambos riesgos incurro, pues, piloto y peregrino, yerro en monte, en mar fluctúo, serás para socorrerme camino y bonanza juntos. Sabrás que a mi amor se opone... Poco debiera a mi estudio si, pasados, ignorara todos los sucesos tuyos. Cierto príncipe sabino a competirte se opuso, cuyo engaño hoy te reservo. Pues cese, Pico, el disgusto, que a ti y a Canente el cielo destina al decente yugo de amor y ya no es mi intento que se refrene tu impulso porque son irrevocables del cielo los estatutos. Ama, sirve, galantea fino, solícito y culto sin admitir la sospecha de competidor alguno ni temer a Circe mientras en tu asistencia me ocupo y, por que veas que ya a tus intentos ocurro, con la fuerza de mi ciencia en un instante, en un punto de tu palacio al jardín de Dïana te reduzgo. Traza tiene de graduarse de volatín el caduco. Barato podrá ganarte Archimidonte por suyo. ¿Por qué?Porque al que murmuras le alabas por un escudo. De un golpe nos ha traído, del médico está seguro este viejo.Di, ¿por qué? Porque tiene muy buen pulso. En la palestra te dejo, ama fino y obra astuto, que, aunque apartados estemos, para todo estamos juntos. De Circe ordenan los celos que mil disfraces me vista. Como yo a Canente asista, no quiero más dicha, cielos, si propicios me miráis. Acercarme al jardín quiero por ver si en él...Caballero, escuchadme.¿Qué mandáis? Hablaros.Pues descubríos, que es razón.Vuestros enojos han menester tener ojos, pero no agora los míos. ¿Hablaste a la labradora? Y fue mi divertimiento. ¿Dijo algo del casamiento de Laurente?Sí, señora. Contra mí el hado examino. Si te fatiga el cuidado, a muy buen tiempo ha llegado ese príncipe sabino, mas el príncipe está allí. (Todo el pecho ocupa un hielo.) Cubierto el rostro de un velo le habla una dama.¡Ay de mí! Esta noche, como digo, tienen el sitio aplazado. ¿Y en qué parte?Disfrazado podréis venir y me obligo que averigüéis que es verdad. Un poco más nos lleguemos. ¿Quieres que los escuchemos? No es más que curiosidad. Sola mi afición me obliga. Si a ver lo que decís llego, en vos está mi sosiego. ¿Escuchaste aquello, amiga? Mal tu amor negarse intenta. No es amor, pundonor sí, que lo que me dice a mí que a otra se lo diga sienta. En la parte prevenida, como os digo, esperaré. Pues yo a buscaros iré para deberos la vida. Aunque se pueda dudar este que engaño imagino de que al príncipe sabino dé ya Canente lugar, que de noche pueda verla y más cuando mi ventura Arquimidonte asegura, como es amarla, temerla. Hoy gobiernan mis desvelos, más que razones delirios; ¿por qué no os llamáis martirios, pues que siempre lo sois, celos?, mas Canente ha estado aquí y sin duda me vería hablar con aquella dama. Príncipe, ya es cosa indigna que de este sitio el respeto segunda vez os repita. ¿Por qué lo decís, señora? ¿Queréis que más claro os diga que os he visto hablar en él con la que el rostro encubría? Señora, la que me hablaba era una duda, un enigma que aqueste sitio no ofende. Sí, porque ella no diría, después de hablar en secreto, «solo mi afición me obliga». Es verdad.Nunca lo fuera, y a esto no respondería quien la escuchaba que en ella todo su sosiego cifía y luego que irá a buscarla para deberla la vida. Cuanto decís es verdad. (Ni aun a negarlo se anima.) No entiendo lo que decís, (ni aun yo me entiendo a mí misma) declaraos.No quisiera que mis atenciones finas las juzguéis atrevimientos. No lo sean, y decidlas. Polinio, ¿no decís algo a la ninfa?¿Yo a la ninfa? No sé hablar en palacio, allá me entiendo en la villa. Pues yo sé hablar, atiende. Vuestra hermosa ninfería, señora, a las atenciones que el respeto significan les dé en su desconfianza, con que el crédito se explica, decorosa la etiquera y cobarde la osadía, que con esto y con salud no me moriré en mi vida. ¿Qué es lo que decís?Señora, palaciega algarabía. Laurente, de que el sabino por el motivo me elija de sus cuidados no sé qué culpa alguna me asista, y más viniendo por vos, a quien la entereza mía no dio causa para que hablar grosero os permita, y más cuando estar debéis en ocasiones distintas ocupado, pues en todo este sitio se publican vuestras bodas y también vuestra libertad se indica, pues de libres desahogos ni este sagrado se libra, donde disfraces os buscan y empeños os solicitan. Señora, bien sé que a vos, en vuestra oblervancia esquiva, de permisiones no os debo ni aun la seña más sencilla, pero será de mi fe fineza de más estima que, siendo solos desdenes los que me dan vuestras iras, sienta que aun esos desdenes haya quién me los compita, y más si a otras esperanzas... Tened la lengua atrevida: ¿Qué esperanzas? ¿Qué desdenes? Unas ni aunque fignifican no saben mis enterezas y otros tampoco se estilan donde, ignorando cuidados, nada se acuerda o se olvida, pero vos solo sabéis proponer dudas indignas, mas de vuestros propios cargos nada os escusa ni os libra. Mis cargos, si son que tomo estado, es falsa noticia. ¿Qué decís?Que mi elección en mudanzas no peligra y las dichas que deseo son muy grandes para dichas. (Disimulo mi contento.) Vuestra respuesta me admira. ¿De que os caséis o no quién hay aquí que cuenta os pida?, que lo que toca a indecencias de este sitio se corrija es lo que yo os he propuesto. Nada mi respeto olvida y de que así me hablasen podéis culparos vos misma. Pues ¿de mí hablaba con vos? Pudo ser.¡Qué grosería! A tanta desconfianza, ¿qué causas así os obligan cuando todo soy decoros? Que os falten.¿Cómo podrían teneros grata mis penas? Como yo no llegue a oírlas. ¿Vuestra caricia no tiene medio humano?¿Qué es caricia? Pues ¿qué esperaré de vos? No esperar en vuestra vida. ¿Ausentareme?No es justo quien no llama que despida. Pues ¿me admitís?No hay en vos que desprecie ni que admita. ¿Qué alivio tendrán mis ansias? Quien no maltrata no alivia. ¿Y mis quejas?No tenerlas. ¿Y mis dudas?Reprimirlas. ¿Siempre ha de estar de mi fe vuestra aspereza enemiga? ¿Se cifra en mí vuestro enfado? Por que veáis que no le cifran en vos todos mis desdenes y que las que llamáis dichas solo pueden deshacerlas acciones de vos indignas, os digo, por que llevéis alguna seña propicia, que no se obligue de otro la que de vos no se obliga. ¿No hace alguna reverencia al partir, señora mía? A Manipes. Reverencias de palacio no son para sabandijas. Ya algún alivio te debo, amor, mas las dudas mías averiguaré, que es necio quien sospecha y no averigua. Bato, aguarda.¿Qué me quieres? Este papel a la ninfa Canente des al instante. Señor, tal mandadería Polinio la hará mejor. Es verdad, sin difererirla, que yo sé que al menorete me ha de dar una sortija. Yo lo decía de burlas. Engañole la codicia. Como partas el provecho... Esa es muy buena partida. Pues, Bato, a llevarle luego. (En él mi ciencia le avisa para que el riesgo prevenga cuanto mañana peligra.) Adiós, pero mira que me has de dar de las albricias. Voy volando.Tente un poco. No puedo, que voy deprisa. Yo llevaré este papel y porque es tan exquisita tu ligereza y porque del cuidado te redimas aguarda aquí la respuesta con aquesta peña encima. Siempre mi dotor me dijo que de piedra moriría. No han de contrastar mi ciencia ni el mago con sus noticias ni el cielo con sus influjos ni amor con sus tiranías, que donde Circe pelea no hay poder que la resista.
Jornada tercera
¡Ay de mí!, que mi codicia me trajo a este encerramiento a ser huésped de aposento de esta peña a la malicia y, aunque de fuerte me precio, no hay fuerza que me redima; tener una peña encima pesa casi como un necio. Ya que de Fileno ha sido manifiesta la traición, pues huye la indignación de mi respeto ofendido y, ya que de la cautela de Circe, desengañado, la afición se ha comprobado del embozo de Clavela, pues —sin quedar satisfecho de que Arquimidonte sabio me asegurase el agravio sin asegurarme el pecho— salí al lugar, prevenido con celos y con enojos, a satisfacer los ojos de las dudas del oído y, en fin, allí pudo tanto de Arquimidonte la ciencia que toqué con evidencia ser todo de Circe encanto y, así, no habiendo sabido si el papel Bato entregó que a Canente le llevó porque más no ha parecido, no me permitió que aguarde mi cuidado en mi sosiego porque donde asiste el fuego, o ha de lucir, o no arde. Y más mi deseo empeña irse ya el alba acercando. ¡Que pueda un hombre tan blando ser corazón de una peña! Humano rumor infiero entre la sombra funesta. Ya puedo asomar la testa, que he topado un agujero, mas, si no puedo —¡qué pena!— salir, porque aquí me atasco, pareceré del peñasco lobanillo con melena. En tristes ecos envuelta se esconde la voz.¿Si hubiese quien una mano me diese aunque me cueste una vuelta?, pero, por más que suspire, voces en desierto he dado. Sin duda soy despegado, pues no hay nadie que me tire. ¿Quién es el que sin ventura tan triste aquí se ha quejado? Un hombre soy empanado en masa sin levadura. Tu voz que eres Bato enseña. Sí, y ya tengo sobrenombre: antes Bato era mi nombre, ya soy Bato de la Peña. ¿Qué es esto?Nada que importe. Cogió el papel la hechicera, yo aguardaba que me diera alguna cosa de porte y, queriendo de damasco un vestido que me honrase, ella por que me durase me le volvió de peñasco. Ya es mayor y más preciso mi cuidado, pues advierto que es el riesgo pronto y cierto y difícil el aviso, mas un fino corazón no da en el afán licencia que cese la diligencia por la desesperación. Cuando el sol los campos de oro le rinde a la blanca hermana, a saludar a Dïana de las ninfas sale el coro y también cuando el tranquilo rostro —nocturno farol— rinde la campaña al sol, por ceremonia y estilo salen a su mirador con música sonorosa a despedir a la diosa y en esta ocasión mi amor quiere, si puedo acercarme, buscar al riesgo remedio. Señor, ¿no buscas un medio de poder desempeñarme? Dime ya si lo has hallado. Sin un mago es imposible. Sí, ¡qué encanto tan terrible! Fuerza es que yo esté encantado. Yo avisaré a Arquimidonte que a darte remedio venga. (Luna hermosa, no detenga tu carrera al horizonte su curso veloz ni intente ocultarme a la que adoro, pues iguala mi decoro al recato de Canente porque, aunque más me enamore de su pureza el candor, no desea más mi amor que ella viva y yo la adore. ¡Que de esta suerte me dejes! ¿Si habrá sierpes venenosas que quiten sin aguafuerte las verrugas de las rocas? Voy al príncipe buscando. Cielos, ¿no hay quién me socorra? A mí no se me da nada de que las paredes oigan, pero por Dios que me cansa que las peñas tengan boca y mucho más que me hablen. ¿No habrá alguna alma devota que como del purgatorio almas saque de las rocas? De Bato es aquella voz... ¿Oyes, Bato?¿Quién me nombra? Polinio.Pues llégate. Cielos, ¡qué horrenda cosa! ¿Quién así te tiene?Circe. ¿Por qué?Porque se le antoja. ¿Y quién fue la causa?El Baccio. ¿Cómo?Por hacer tramoyas. ¿De ayuda de costa Circe te dio esta piedra preciosa? Muy bien pagó tu codicia. Si no es ayuda de costa, es ayuda de costilla, porque ya tengo una rota. ¿Y pesa mucho?Así, así, pesará algunas dos onzas, cien arrobas más o menos. Diote como gran señora. Como me vio huerfanito y se emplea en buenas obras, me quiso echar a la piedra; de este provecho te toca la mitad.Yo no soy hombre de provecho.Ni de honra. Bien se te luce el contento, Bato, porque estás de gorja. Para la última experiencia en que me ciño de todas las armas de mis encantos, aunque las de mujer sobran, infausto teatro elijo, en oprobio de la diosa de hipócrita castidad. Esta selva, pues, se nombra suya, que, a ver mi venganza, servirán de ojos sus hojas y, así, quiero a este villano volver a su antigua forma, que también que sea testigo a mi vanidad le importa. Polinio, ponme la mano sobre esta cerrada cholla y di «Circe» con la lengua si no puedes con la boca, que, pues tú de estos trabajos sabes librar la persona, sin duda eres grande magro. Cualquiera lo es si no engorda. Digo, pues, «Circe» y te pongo la mano.Maravillosa virtud, mágico del cielo, a tus pies bato se arroja y he de colgarte a la puerta todo un peñasco de alcorza. Ahora digo que un hombre tiene mil gracias que ignora. ¡Qué fácil un necio cree que es la ajena virtud propia! Bato, ya de aquí adelante a mi gusto no te opongas, ya te saqué de una peña. Pues ¿qué harás?Meterte en otra. Violento a este sitio vuelve, por la fuerza misteriosa de mi encanto, este tirano y, aunque se acerca la aurora, vestiré toda la selva con el capuz de las sombras por que sin ver a Clavela, cuyo acento le transforma mi ciencia en el de Canente, su voz y sus celos oiga por ver si su fuego apaga oír su ofensa en su boca. Entre la tiniebla fría, que contra razón se nota más escura, estoy contando eternidades de una hora y casi sin mi albedrío a este sitio me revocan sentidos enajenados que contra el dictamen obran. Clavela, la ocasión llega. A tu obediencia estoy pronta. Escondámonos, Polinio, quizá importará a la historia. Deidades de aqueste bosque, que ostentáis cortezas toscas y encerráis almas amantes, a mis ansias amorosas enterneced la dureza y la más fausta responda alguna leve esperanza a mis dolores.Agora. Agora mi voluntad claro explique su dolor, que las verdades de amor son para la soledad. Yo imploraba, deidades, vuestras voces, pero es mayor deidad la que responde. ¿Cómo, Amor, darás vitoria a quien le da tu influencia, uno para la asistencia y otro para la memoria? Esta oposición notoria hace ocultar mi verdad, siendo la pena mayor, que las verdades de amor son para la soledad. Canente, cielos, mi dolor renueva, aun muriendo me falta, mas ¡que muera y la obscura tiniebla me ocasiona que no vea su beldad y su voz oiga! A riesgo está mi decoro, nada logro y amo mucho, embarázame el que escucho y ocúltaseme el que adoro, y entre aquestas dudas lloro que ocasione indignidad si se explica mi temor, que las verdades de amor son para la soledad. Noche, escucho mi mal, mi bien no miro, dame la vista o quítame el oído. Ya su dolor celebra mi venganza, muera con celos quien con celos mata. Armónica sirena cuya voz engañosa a muerte induce cuando a halago suena, detén la sonorosa cicuta que envenena mis sentidos, buscando soledad y hallando oídos. Por ellos triunfo el alma confiesa a tus despojos, pero tuvieron, al rendir la palma, igual gloria los ojos y un sentido no anula una vitoria cuando de dos sentidos fue la gloria. A tu decoro atento mi respeto es tan mucho que creo más de ti lo que yo siento que lo que a ti te escucho, que contra tu opinión para conmigo ni aun tú misma te bastas por testigo. De la noche te vales y contra tu decencia, viendo que sola antes que el alba sales, permites la licencia de creer eclipses en tu lumbre pura, mas ni aun la noche basta a hacerte oscura. Generoso Laurente, ya oíste el desengaño. Todo cuanto a tu obsequio es indecente no lo creo o lo estraño. Solo pasa los límites de esquiva quien arde en uno y otro fuego aviva y no siempre al más digno dio el destino el trofeo. Amor es Dios esento del destino. Busca más justo empleo. Aun cuando de tu aliento me disgusto, no te concedo que haya otro más justo. De obligar desconfía. Desconfíe quien piensa conseguir.Es porfía. Es decoro.Es ofensa. Teme mis iras.Nada me acobarda. Dejarte intento.Y yo seguirte.Aguarda. ¿Quién me detiene?Quien puede. Mi libertad no conoce el poder de quien no veo. Pues por que me veas y por que reconozcas mi poder de la escuridad del bosque será mi beldad lucero, seré aurora de su noche. Hija del sol, ¿cómo el sol vistes de luz y colores? Pues ¿cómo a mis claridades tus ceguedades se oponen? Porque la luz material los sentidos exteriores alumbra, no las potencias, que a mayor luz se componen. Pues, si a tus potencias dices que alumbran luces mayores y su poder sustituyen para que por ellas obre a sola tu voluntad, ¿cómo en tales sinrazones tu elección desacredita su conocimiento noble? Si a origen augusto atienden tus reales presunciones, porque ha de ser la corona del metal de mayor toque, como a la hija de aquel que es única luz del orbe, por quien lucen de alimentos los demás astros menores, cuando la adviertes benigna, ¿no la pretendes consorte? Y en su oposición la hija de Jano, viejo bifronte dios de dos caras y tiempos, contra tu decoro escoges; y, si los del alma tienes por más generosos dotes, ¿cuál se igualará a mi ciencia, cuyo imperio reconoce la tierra, que me tributa cuanto oculta, cuanto expone el mar, que rinde a mi diestra todo el tridente salobre? El cielo, que de sus astros me deja alterar el orden con que mi dominio tiene en su obediencia conformes el mar, la tierra y el cielo, sujeto, obediente y dócil. Si beldad exterior buscas, hoy mi vanidad depone competencias, que son entre desigualdades baldones porque tú solo a ese hechizo del aire, ese encanto acorde de los sentidos que excede los Orfeos y Anfïones, que mi noble competencia no niega lo que conoce, con tal estremo te rindes sin que su inconstancia notes, pues un viento leve abrazas, una aura inconstante coges, con que serán aura y viento tus deseos y sus voces. Si de fino amor te obligas, ¿cómo es posible que ignores que allí ingratitudes miras, que aquí gratitudes oyes, que aquí te obligan lealtades, que allí te ofenden traiciones? Y, en fin, más heroico origen, virtudes más superiores, belleza de más quilates y amor más fiel y conformes, justa corona me ofrecen, digno laurel me componen. Príncipe Pico Laurente, como sabio, como noble, como obligado y, en fin, como tú —que es más— escoge. O que mi diestra y mis brazos tu mano, tu cuello logren, o que mi poder y agravio de ti la venganza tomen. Circe, princesa, señora, mis firmes resoluciones escucha porque al valor no hay amenazas que estorben. En la estimación no admito que así a Canente desdores, pues tener más rostros Jano es valer por muchos dioses. En dotes del alma advierte que es ciencia de mayor porte las enterezas sencillas que las falsedades dobles y que méritos no añaden mágicas supersticiones. No ofender tu beldad quiero y, así, a mi razón le sobre para adorar a Canente ser suyas sus perfecciones. A dar fe a tu amor no es justo mi crédito se acomode, que es más en tu honor creer de ti burlas que no amores. Pues, si entre Circe y Canente contrariedad se conoce, mi justa atención advierte, que es más a razón conforme creer que haya en Circe engaños que en Canente imperfecciones, pues, si tu amante me eliges y ella a amor no corresponde tus simulaciones hacen lucir más sus pundonores y, así, Circe, cuanto fueren tus venganzas más atroces tendrá mi amor, mi firmeza gloria mayor, mayor nombre y por su belleza juro... Tu obstinación se reporte. No malogres tanto ruego. No tu juventud malogres. Amar quiero y padecer. Amar y lograr escoge. ¡Fuera traición!¡Fuera dicha! No la quiero.Teme el golpe de mi poder.Ya le temo. ¿Qué intentas?Medir el monte y el llano, huyendo tu encanto. No bastará si te esconde en su eminencia el Olimpo o en su abismo el Flegetonte a librarte.Ya parece que con sus troncos el bosque mi fuga embaraza. Cielos, ¡socorredme!No te oyen. ¡Qué gran desdicha!Polinio, los cielos están muy pobres. ¡Qué disparate! Di en qué lo ves.En que no socorren. ¿Que ni aun huïr tus encantos me permites?Cuando toque mi vara tu espalda aleve volarás lo que no corres. Agora, agora verás, ¡oh, mal engañado joven!, mi venganza. Tú, Clavela, queda a observar las acciones de Canente por que de ellas y de su efecto me informes, que yo me ausento temiendo que mi rigor no revoquen con lástimas indebidas de amor conmiseraciones. ¿Dónde están, cielos divinos, vuestras deidades? ¿Adónde asisten de los humanos los justos moderadores?, mas ya mis plantas inciertas tal mudanza reconocen que ni en la más leve arena se miran sus impresiones. Ya mis brazos, ya mis manos punas semejan veloces y para huir de mí mismo a nuevo ser me disponen. Ya en el aire me suspenden los movimientos menores. ¿Qué es esto, señor?Polinio, Bato, sepa Arquimidonte mi mal y sepa Canente que de Circe los rigores despecharon mis lealtades y que yo firme y conforme compadecer, observando mis justas adoraciones, esos páramos del viento a la vista de sus torres asistiré siempre, siendo fijo imán de tanto norte y en esos sauces que al Tíber guirnalda verde componen repetiré rudas quejas a los celestiales orbes y espero que sus deidades se han de mover a mis voces. Ya vuela.Siempre yo dije que era muy ligero el hombre. Y yo que había de perder toda la salud el pobre. ¿Por qué?Por ser esta Italia y haber muchas mutaciones. Voy a dar cuenta a Canente. Yo a dar cuenta a Archimidonte. Y yo a ver cuánto le duele a la pobrecilla el golpe. A despedir a Dïana de las ninfas sale el coro y en mí una pena que ignoro toda la quietud profana, pero asistiré a esta acción, que en triste o alegre estado es bien que deje el cuidado lugar a la obligación. Entre el coro numeroso de ninfas fuerza ha de ser mezclarme para saber de Canente el fin dudoso. Ninfas hermosas, cantad. Ya la ceremonia puedes comenzar, pues nos excedes en voz y en autoridad. Tus ninfas devotas, hermosa Diana, al viaje feliz de tu luz celestial le dedican himnos sonoros por ceremonia de verte ausentar. Si luces solares fenecen el día, nuestro deseo consiga leal te reciban las horas nocturnas que ilustra y preside tu luz eficaz. Y el coro repite suave y acorde al despedir tu casta deidad. Vete en paz, vete en paz, vete en paz. Y grata los ruegos humildes aceta de las que en tus aras sirviéndote están. Vete en paz, vete en paz, vete en paz. Bella hija de Latona, sepa tu hermano Titán que ha de asistir en tu ausencia a las ninfas de tu altar. Vete en paz, vete en paz, vete en paz y grata los ruegos humildes aceta de las que en tus aras sirviéndote están. La voz última ofrecemos porque ya llegando vas a hemisferio en que otro templo la bienvenida te da. Vete en paz, vete en paz, vete en paz y gratos los ruegos humildes aceta de las que en tus aras sirviéndote están. Vete en paz, vete en paz, vete en paz. ¿Quieres que más te asistamos? Prevenid el grato oficio del frecuente sacrificio. Pues a obedecerte vamos. ¡Qué presto la encontré agora! ¡Ay, Dios!, ¿si vendrá Laurente? Ya está Bato con Canente. Princesa, ninfa, señora. ¿Tú solo, Bato?Has notado bien, Canente, pues se prueba que cualquiera mala nueva viene siempre en duplicado, mas yo agora...¿Qué te mueve a turbación?Ya renuncio la que tengo y, pues soy nuncio, quisiera despachar breve. Antes un pequeño espacio del alba tu voz oyó Laurente.¿Cómo si yo salgo agora del palacio? Decía tu voz allí que amor oculto tenía. Calla necio.No sería, digo, más de que lo oí. De todo cuenta le da. Del encanto es ese exceso. ¿Del encanto y no más de eso?, pues escuche y lo verá. Circe salió y que la amara a Pico le persuadió, él se resistió y huyó y ella tras él con su vara, como era ella la corrida, siguió con plantas más sueltas y su vara, a espaldas vueltas, tomó a Pico la medida y, para decirlo en suma y escusar el darte cómo, el que corría de plomo comenzó a volar de pluma y de alas veloces rico midió del aire la esfera sin que de lo que antes era le quedase más que el Pico, y dijo al despedir, lacio del espíritu el tesoro: «Bato, dile a la que adoro que, a vista de su palacio, sobre algún sauce eminente asistiré sin mudanza, siendo de Circe venganza, siendo triunfo de Canente». Basta, deja que a matarme... Faltó aliento a su querella. Si no se desmaya ella, ya yo iba a desmayarme. Esto, Amor, llegué a temer y tu venganza creí, que no se conoce así quien burla de tu poder. La vida en llanto resuelve. Al oído le diré ciertas palabras que sé, mas ya parece que vuelve. Agora, agora, pesares, son cuerdos los desvaríos. Ojos míos, verted lágrimas a mares llorando vuestros desvíos. Durar mucho en el sentir no es el perfecto dolor ni es amor, que apresurar el morir es la fineza mayor y en mi agonía Laurente es bien, de fina y constante, que yo cante por que obre en mí lo que siente la parte que se hizo amante y también porque, si el hado que muera cantando ordena de mí ajena lo que me sirvió al agrado, hoy me conduzga a la pena. Ser elijo mi homicida tristes ecos respirando, imitando al pájaro que a su vida pone término cantando. Oír su dolor espanta. Casi por morir porfía. Yo dijera que moría, pero parece que canta. Crédito es de mi decoro este mi dolor postrero, pues espero morir ya con lo que lloro cantando de lo que muero. ¡Ay!, ejemplo de firmeza, pues estás sin ti por mí, también yo así imitaré tu fineza y, quedando sin ti por ti, ¡ay!, el alma a verte sube exhalada en dulce canto porque cuanto vapor condensa esta nube es rocío de mi llanto. ¡Ay!, la postrera agonía se acerca en dulces gemidos y suspendidos anhelan tu compañía mi fe, mi ser, mis sentidos. ¡Ay, ay!, apenas respiro, que mi voz intercadente su fin siente y da el último suspiro diciendo «amor y Laurente». De esta fortuna inhumana diré los tristes estremos a las ninfas y obraremos lo que ordenare Diana. Diré a Circe cómo en breve nube transformó su ser. Esta es la primer mujer que, siendo firme, fue leve. No sé cómo me permito vivir en tanto dolor. El príncipe, en fin, señor, quedó como un pajarito, Bato lo vio y desde allí a Canente fue a avisar y por aquí ha de esperar, pero ya llega.¡Ay de mí! ¿Qué hay?Gran mal.¿Supo el hechizo Canente en que está su amante? Súpolo, pero al instante en el aire se deshizo. ¿Tampoco sabe sentir del príncipe la mancilla? Poco, aquella nubecilla no me dejará mentir. ¿Cómo?Yo presente estuve. Pues ¿cómo fue su pesar? Dio en cantar y dio en llorar y se le hizo una nube. A aplacar tu indignación, Archemidonte, rendido vengo, porque arrepentido borra mi amante traición y porque en aqueste empeño que Circe cruel ha causado me halles a tus pies postrado para asistir a mi dueño. Todo el coro de Dïana hoy se pone en tu presencia, Arquemidonte, y tu ciencia en desdicha tan tirana invoca rendidamente por remedio a su dolor. Vuelve por tu rey, señor. Vuelve, señor, por Canente. ¡Oh, fina, oh, firme lealtad! Los dioses piadosos son, esta es mi resolución, cielos, mi voz escuchad. Influencia mayor, deidad primera, cuyo gobierno, cuya luz tonante premió piadosa y castigó severa, lució al humilde y fulminó al gigante, enmienda justa de tu mano espera con el recuerdo de que fuiste amante un fino amor, que tu poder divino defender debe el logro del destino. Casta deidad, a cuya reverente triforme luz mi confianza invoca porque de tu decoro es dependente deshacer cuerda una venganza loca, así Endimión sea Clicie de tu frente —y esto te acuerdo porque en amor toca—, que te dignes al ruego de mi labio, pues te llamo a la enmienda de tu agravio. Hermoso parto de la blanca espuma, divino origen del amante fuego, obsequio es tuyo que mi fe presuma que a deidad tanta solo mueve el ruego; contigo al hijo, que ligera pluma y blanca venda por veloz y ciego acreditan, mi fe rendida exclama y en amoroso auxilio a los dos llama. Y a todo el resto del concilio eterno rendidamente mi deseo implora porque a toda deidad en su gobierno toca ser de lo injusto vengadora; ya vivamente en mi favor disciernes, que, como del sol es nuncio la aurora, son luces precursoras las señales de franquearse las puertas celestiales. Arquimidonte, Júpiter te ha oído. También Saturno a tu querer se humana. Marte viene piadoso y condolido. Febo su luz dispensa soberana. A tus voces Mercurio se ha movido. A Venus tienes grata.Y a Dïana. También a amor conducen tus estremos. Todos en tu favor a amor traemos. Sublimes y eternos astros de las esferas lucientes, no es mía, vuestra es la causa que a convocaros me mueve. Supremo padre Saturno, bien sabes tú que deciende de ti, heredero en la Ausonia, príncipe Pico Laurente. Bien sabes, casta Diana, que del dios Jano progenie se ha criado en tu palacio la hermosa ninfa Canente y, aunque de amor son las causas cuyos efectos padece su decoroso recato, aun más aplaude tus leyes, pues no vence su violencia quien pasiones no aprende, que solo quien las resiste puede decir que las vence y tú, Venus soberana, sabes que estos accidentes ocasiona el ciego lince a quien el mundo obedece. Vos, Apolo, cuya luz luce a la justicia siempre, por Circe vuestra hija no es bien permitáis que intente con venganzas indebidas coronar sus altiveces, que el poder del mayor numen solo cuanto es justo puede. Tanto como todos Marte amparar a Pico debes, pues militando en tu circo tranzó bruñidos arneses. También debéis, ¡oh, Mercurio!, ser su tutelar, pues debe a vuestros estudios nobles tantas ciencias diferentes. Júpiter, supremo numen, astro benévolo siempre, de todas las siete esferas soberano presidente, aunque nada se os esconde, mi voz repetiros puede lo que os pide, que el que ruega, aunque repita, no ofende. El espíritu de Pico suspende el incendio ardiente de su fe, mas no ha pasado las ondas del mortal Lete, que así fuera irrevocable el decreto de su muerte. Circe cruel y vengativa con mágicos caracteres su cuerpo transformó en ave, y esto fantásticamente. Canente, a quien obligaron tantas finezas corteses, exhalada en blanda nube ocupa los aires leves por esfera en que su amante las infaustas alas tiende. A deshacer tanto agravio os convocó humildemente Archimidonte y tan justos amor y piedad le mueven que es de vuestro ser divino lisonja lo que pretende. En el dios de amor los dioses sostituyen sus poderes y, pues la música fue causa de tanto accidente y música es el amor, cantando mande y ordene. Ya obedezco, que el amor sigue del cielo las leyes y mis ministros, que ocupan el aire invisiblemente, me acompañarán cantando lo que yo les influyere. Obedeciendo mis voces, parezca Circe presente, que no hay ciencia que al delito pueda del cielo esconderle. Siendo cómplice y juez amor, espere que castigue su error piadosamente, pues sabe, pues entiende a lo que obligan celos y desdenes. ¡Oh, pese al poder que aquí me arrastra violentamente! ¡Pese a mi ciencia y a mi amor! ¡Y a mí más que a todos pese! Amor, presente está Circe y nunca podré correrme de mis delitos, pues todas las deidades que me atienden cuando vivieron humanas fueron por ti delincuentes. En la forma que al ingrato le guardas, Circe le vuelve, porque tenerle y no amante es peor que no tenerle, que las venganzas, cuanto más crueles, hacen durables los agravios siempre, y así busca, pretende con que se olviden, no con que se acuerden. Porque estando en mi palacio su imagen ingrata fuese padrón durable en mis triunfos, de mi magia los cinceles formaron este retrato en todo tan propiamente que por rebelde a mi amor mármol le forma rebelde. Ese es el príncipe Pico y el ave que le compete, y, puesto que yo a los dioses no soy bastante a oponerme, me ausentaré despechada de sus rigores crueles, pues basta saber mi agravio sin que le mire presente. Clavela, ¿premio no tengo en ti?Sí y no: digo yo «sí», pues quedas libre, y «no» porque con quien vengo vengo. Deje su firmeza el mármol y el ave al aire se entregue, que también veloz y firme queda en lo amante Laurente. Con alas de su fe sus dichas vuelen y firme a ser de mármol persevere y su amor y su suerte breve se alcance, eterna se celebre. No me vuelves a mi ser, amor, pues sin mí me vuelves, que la vida de un amante no está en durar solamente, pues sin alma la vida no le adquiere si no para sentir lo que padece. Sin mi amor, sin mi suerte no quiero vida, que es morir dos veces. La nube que condensaron lloro y canto tristemente, vuelva ya restituida en consonancias alegres. Estas piedades conseguir espere quien de amor los afectos obedece, pues justos, pues decentes viven felices con morir fieles. Fineza resuelta en llanto otra vez a su ser vuelve, que es hacerse más amor por el amor deshacerse. Viviendo vive quien amando muere para que mi fortuna manifieste, que en mi vida, en mi muerte mi incendio fue mi canto y yo soy fénix. Diana y Venus conformes que viváis esposos quieren por que una premie finezas, por que otra decoros premie y ya en feliz unión Pico y Canente repetirán los coros más alegres que se gocen, que reinen coronados de mirtos y laureles. Dichosos son ya los males que ocasionan tantos bienes. Tan decentes atenciones tan dignos premios merecen. Celebre el mundo este insigne triunfo del amor.¿No es este triunfo el que ha de celebrarse? Pues ¿cuál, si es tanta mi suerte? Yo lo diré, escuchad, atended, que me vuelvo a ser Canente del asunto que empecé. Pues para ese grande asunto callen los dos obedientes, que a tanta celebridad humilde víctima ofrecen.
