귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los amores del príncipe de Tiro y duquesa de Cantabria. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-amores-del-principe-de-tiro-y-duquesa-de-cantabria.
COMEDIA DE LOS AMORES DEL PRÍNCIPE DE TIRO Y DUQUESA DE CANTABRIA
El Príncipe de Tiro
La duquesa de Cantabria
Sabina, su criada
El conde Ludovico
Delio, paje
El duque de Cantabria
Dos embajadores
Tres cazadores
Un cazador herido
Dos pastores
Dos criados
Don Diego de Quincoces
Lope Mejía
El Príncipe de Fenicia
Tres criados suyos
Tres pastores
La princesa de Fenicia
Dos pajes
Otros cuatro pajes
La princesa de Tiro
Faustina, su criada
1450
Primera Jornada. Sale el Príncipe de Tiro.
¿Es posible que he llegado,
vivo, al estado en que estoy,
y que haya entrado hoy
de Cantabria en el ducado?
Casi no puedo creer
que he llegado a tan buen puerto,
un hombre que estaba muerto,
sin alma, vida ni ser.
Sin alma, porque sin ella
he vivido todo el tiempo,
y sin vida, pues a tiento
he vivido sin mi estrella.
Y bien se deja entender
que relumbra más que estrella,
pues solo al resplandor della,
siendo ciego, pude ver.
Mucho trabajo he tenido
con camino tan molesto,
mas, como dicen, al gesto
todo este mal me ha sabido.
Mas no es trabajo mi mal,
mi mal trabajo no es,
pues tengo puestos los pies
en el palacio real.
Y todo el trabajo pasado
no es trabajo, sino bien,
bien es, pues se sirve quien
tiene mi pecho abrasado.
De oídas vengo rendido,
duquesa, de vuestro amor,
y por vos dejo mi honor,
estado y reino perdido.
Mira, duquesa querida,
a un caballero de fama,
cuál le trae tu fuego y llama,
que al fin sin duda que viva.
¿Es posible que este es
de la duquesa el palacio?
Entendí venía despacio,
pero volaron mis pies.
Dichoso yo, y muy dichoso,
pues dentro en palacio estoy,
que gozaré desde hoy
de mi contento y reposo.
¡Oh, vidrieras transparentes!
Dichosas, adonde mora
la estrella que el mundo adora
y el sol que alumbra a las gentes.
Mi bien, mi amparo, mi guía,
mi norte, mi luz, mi esfera,
mira que el príncipe espera
ver tu rostro en este día.
De Tiro príncipe soy,
del rey de Tiro soy hijo,
que con grande regocijo
me recibirán si voy,
porque no saben de mí,
que vine solo por vos.
Huyendo, gracias a Dios,
que he llegado vivo aquí,
y de aquí no he de salir
mientras que mis tristes ojos
no gocen bellos despojos
para que pueda vivir,
que tengo por cierta cosa
que si vuestros ojos ven,
no habrá en todo el mundo bien
que les sea más gustosa,
mas creo que he de morir
antes que se pueda ver.
Sale la Duquesa de Tiro y Sabina.
Puedes, Sabina, creer
que hubo mucho que reír.
Quiérome aquí retirar,
que mi estrella es la que veo.
¿No viste al conde Valdeo
con un vistoso almaizar?
En lo que más reparé
fue en la caída que dio.
¿Quién?
Florencio,
y aun también miré
la librea que sacó,
que fue extremada,
aunque la llevó enramada
como en el suelo cayó.
Yo también oí decir
que se había hecho mal
con una daga o puñal.
Pues muy bien volvió a subir,
y aun cierto, si no me engaño,
volvió a correr.
Y muy bien.
¿Y sabes acaso quién
es la que sintió su daño?
De cierto yo no lo sé,
mas he tenido noticia,
y aun sin temor de justicia,
lo podré decir a fe,
que es aquella bermejita
que estaba puesta al balcón
dorado.
Tienes razón,
que es en extremo bonita,
y aquel precio que ganó
diósele.
Pues, ¿no lo viste?
Y aun casi se puso triste
cuando el segundo perdió.
Los precios fueron muy buenos,
pero diéronse muy pocos.
Eran los padrinos locos,
si no locos, poco menos.
Muchas libreas salieron
en esta fiesta.
Y vistosas.
Pues hubo damas hermosas,
muy bien empleados fueron.
Y también el que bien ama
procura salir bien puesto,
muy bizarro y muy compuesto
para que le vea su dama.
Mas el que se aventajó
en invención, letra y traje,
fue un gallardo abencerraje
que muy bien conozco yo.
Y este es un conde que ama
Una dama y eres tú.
¿Qué es lo que oigo, buen Jesús?
Sin duda es de un conde dama,
mas quiero con atención
escuchar.
Y quiérete de tal suerte
que tendrá a muy buena suerte
poner en ti su afición.
No me muevas más a ira
baste que te lo he rogado
no me traigas más recado
especial del conde, mira
que me cogerás de suerte
que en lugar de galardón
lleves algún torniscón
o por ventura la muerte.
No quieras ya más probarme,
déjame y al conde di
que jamás me nombre a mí
porque sabré dél vengarme.
Perdona, señora mía,
que no pensé de ofenderte,
dame si gustas la muerte
pues te quité el alegría,
y yo te ruego si tú quieres
me atormentes en prisión,
pues he sido la ocasión
de ese disgusto que tienes.
No dilates más mi muerte,
que si de tu mano viene
bien podré decir que tiene
mi vida dichosa suerte,
y pues te tengo ofendida
mátame, señora, aquí,
muera yo pues te ofendí,
véngate aquí de mi vida.
¡Oh, cielo!, ¿en qué han de parar
estas burlas o estas veras?
¿Cómo, Sabina, que quieras
hablar mal y porfiar,
y ya te he dicho y avisado
que del conde no me trates
porque cada vez me partes
el corazón lastimado,
y basta una vez decirte
que aun de mirallo no gusto
para que tú, como es justo,
puedas a la mano irte;
y si gustas que seamos
tan amigas como antes,
huye cosas semejantes
para que nunca riñamos.
Lo pasado te perdono,
mas con una condición,
dejes la conversación
del conde.
Tu mano tomo,
y por tan grande merced
humildemente te la beso.
No permita Dios aquesto.
Dámela.
Eso no.
Besar el pie.
Mira que me das la mano
que al conde no has de mentar
ni con él jamás hablar.
Digo que a todo me allano,
y pues tú gustas de aquesto
lo juro a ley de quien soy
y prometo dende hoy
de no le mirar al gesto,
que si yo de antes supiera
que tú al conde aborrecías
nunca con palabras mías
este disgusto te diera,
y aunque supiera morir
y pasar crudo tormento
no tuviera atrevimiento
para tal cosa decir,
que solo mi intento es
querer lo que a ti te toca
y poner siempre la boca
donde tú pones los pies.
Cesen ya tus cumplimientos,
que ya tengo conocida
tu voluntad
por mi vida
que son buenos mis intentos
y ahora de nuevo te ruego
me quieras mandar que haga
algo con que satisfaga
este grande sasosiego
no tienes más que ofrecerte
sino vete a mi aposento
dentro de mi alma siento
mi fortuna y buena suerte
y harto más dichoso fuera
si lo que en mi pecho mora
pudiera decille agora
y hablar siquiera pudiera
mas tiéneme su hermosura
rendido y enamorado
que ya el corazón le he dado
con voluntad limpia y pura
y paréceme que es cierto
el suelo que toca y pisa
éntrate adentro de prisa
señora de qué has recelo
parece que suena gente
y temo que el duque sea
y que aquí nos halle y vea
huyas del inconveniente
mira no nos halle aquí
huye no nos detengamos
porque si mucho aquí estamos
ay de mí duquesa más ay de mí
Vanse y queda solo el príncipe
no huyas estrella mía
que si te apartas de aquí
no podrá vivir sin ti
el que con verte vivía
que la ausencia que tú haces
del corazón que te adora
hará que dentro de un hora
en vivo fuego me abrase
no escondáis vuestra hermosura
estrella y señora mía
no me mezcléis mi alegría
tan presto con la tristura
volved duquesa ese rostro
mira duquesa que os amo
mirad que sola a vos amo
y que a vuestros pies me postro
mirad que queda eclisado
el sol y también el día
pues se eclisa el norte y guía
de todo cuanto hay criado
dejad señora salir
los rayos de vuestros ojos
pues bastan vuestros despojos
para que pueda vivir
y no solo mi vida y alma
mas todos cuantos hay muertos
si os ven los ojos abiertos
revivirán con tal palma
y pues que sois resplandor
dad resplandor a mi pecho
baste señora que has hecho
cautivo un libre señor
no des mi estrella ocasión
para que su muerte vea
el que en amarte se emplea
y en ti pone su afición
y porque sepas cuán firme
estoy en servirte juro
hacer mi firmeza muro
porque mi amor se confirme
y prometo procurar
con diligencia y cuidado
si puedo como criado
a servirte en casa entrar,
y no habrá gozo mayor
para mí ni más ventura
que verme de tu hermosura
siervo y esclavo menor,
y en todo sería dichoso
si de tu mano pusieres
en mi rostro sendas eses
para que quedase hermoso;
mas, ¡ay!, que es grande cordura
alabarte con callar,
pues dicen que el mucho hablar
es necedad y locura.
Y con aquesto me voy
solo a procurar servirte,
y en particular decirte
el mal de que muerto soy.
Éntrase el príncipe y sale el conde Ludovico.
¿Cuándo, fiera, has de acabar
de matarme y perseguirme?
No quieras más destruirme,
déjame ya descansar,
y no me des ya más tormento,
sierpe llena de ponzoña,
cesen ya, fiera leona,
desdén y aborrecimiento,
y mira que pagas mal
mi voluntad y deseo,
pues en servirte me empleo
con un ánimo leal,
y pues que sola tú puedes
darme vida y libertad,
ten ya de mí piedad,
comienza a hacerme mercedes;
y no pases más adelante
con tu desdén y rigor,
dame un poco de favor
para que victoria cante.
Porque, aunque más me desdenes,
en amarte he de estar firme,
y por momentos rendirme
porque en mí a tu gusto ordenes.
Mas tiéneme tu hermosura
ya tan acabado el ser
que vendré presto a poner
mi cuerpo en la sepultura;
no des ocasión, ingrata,
de que muera quien te adora,
sé para conmigo una hora
siquiera agradable y grata,
y no des, fiera, ocasión,
que el que en servirte se emplea
tan desdeñado se vea,
tan sin causa ni razón;
que aborrecimiento tal
no parece bien en ti,
especial no habiendo en mí
culpa para tanto mal.
Mas yo espero que has de dar
de mano a tanto disgusto,
y que mirarás que es justo
tanto desdén olvidar,
que si esto tú consideras
no dejarás de pagarme
como es razón, y obligarme
de nuevo y con nuevas veras.
Y dende aquí te prometo
si un solo favor me das,
darte un alma donde estás
pintada con ser perfeto;
acuérdate que padece
el que te quiere adorar,
por su diosa y venerar
como tu beldad merece,
y no me acabes de matar,
pues para ello falta poco,
bástame tengas tan loco
que temo que me han de atar.
Baste ya tu tiranía,
tanto tormento y desdén,
mira que en ti está mi bien,
y que verte es mi alegría.
no quieras más sujetarme
con más tormento y dolor,
o acábese tu rigor,
o acaba ya de matarme.
Muera el conde, el conde muera,
pues ansí lo quiere y manda
la que es para todos blanda
y para mí solo fiera.
Acábese ya mi vida,
pues lo quieres de esta suerte,
que será vida la muerte
siendo por tu amor perdida.
Entra un paje llamado Delio.
¡Oh vida al fin de palacio,
al fin de palacio vida,
que siquiera una comida
no hemos de comer despacio!
¡Maldígala Dios amén,
y a quien dijere bien de ella!
pues no hay pajes ni doncella
que con ella bien estén.
Porque os diré lo que pasa,
y el pago que suelen dar,
que al que procura aguardar,
por nada le echan de casa.
Y a la primer falta que hace
le dicen palabras que
casi decirlas no sé:
la primera es: ¡ite in pace!
la segunda: anda, señor,
y no me entréis por las puertas,
sin otras cosillas ciertas
que os dirán de este tenor.
Y si acaso no estáis tal
que bien los podáis servir,
sin que os puedan más sufrir
os echan a un hospital.
Pero si salud tenéis
y de casa os queréis ir,
viendo que os queréis salir
y por obra lo ponéis,
por vida vuestra no os vayáis,
que haréis como hasta aquí,
prometo os que halléis en mí
el remedio que buscáis.
¡Mal pagáis la voluntad
mía y de vuestra señora!
¿Pues os queréis ir agora?
Cielos, paciencia me dad.
¿No es Ludovico el que veo?
El conde sin duda es.
Gran señor, dame tus pies,
pues servirte es mi deseo.
Álzate, Delio, del suelo,
si gusto deseas darme.
Aquesto es más levantarme,
para que de mayor vuelo...
Déjate ya de quimeras
y dime, mi Delio amado,
si algo en palacio ha pasado.
Harélo con muchas veras.
Mas de importancia no hay cosa,
solo te podré decir
que acaban de recibir...
¿A quién, Delio, alguna hermosa?
Hombre, y aun de muchas prendas,
garbo, talle y parecer.
¿Y es bueno su proceder?
Hombre es de pocas contiendas,
y agora en este momento
le reciben con placer,
y el oficio empezó a hacer
de secretario.
¿Y hay tal cuento?
Es hombre muy sosegado
y caballero en sus cosas.
Luego a las damas hermosas
ya les habrá contentado.
Tú piensas, conde, que son
todos como tú, huidos?
Si dijeras aburridos,
tuvieras, Delio, razón.
Por disimular lo haces,
ya te entiendo.
Mal lo entiendes,
pues lo contrario defiendes.
Gran señor...
Ya te deshaces.
Álzate, Delio.
Conde, perdona
que no entendí yo ofenderte,
dame donde estoy la muerte
pues ofendí tu persona.
Levántate, que no puede
entre nos haber discordia.
Tanta es tu misericordia
que a mi mucha culpa excede.
Óyeme, y dime si es cierto
lo que se trató a la mesa
de casar a la duquesa.
Fue burla todo y concierto
que el duque quiso probar
a su hermana la duquesa,
pues al momento confiesa
lo había hecho por burlar.
¿Y no se ha vuelto a decir
después acá?
No, señor,
porque mostró gran dolor
la duquesa.
Cosa es cierto de reír.
Conde Ludo, si con ira
ves al duque y la duquesa...
No hables más palabra que esa,
y a esta parte te retira.
Vase, y sale el duque y la duquesa.
En conclusión, ¿no queréis
decir qué os ha parecido
el secretario?
Ha sido
grillos que a mi honor ponéis.
Duquesa, ¿en qué estáis pensando
que no queréis responder?
Nada pudisteis hacer
mejor.
Ya estáis burlando.
Ya me burlara.
Yo os juro
que estoy contento con él.
Pues que me muero por él
tened por cierto y seguro.
¿Qué decís?
Que es cual conviene
a vuestro real servicio.
Como hace tan bien su oficio,
muy satisfecho me tiene;
y demás desto es bien criado,
de buen talle y mejor gesto,
y un hombre que tiene aquesto
merece ser respetado,
y aun sospecho que es...
Piedra imán
sin duda debe de ser,
pues sujeta a su poder
cosas más libres están.
Y ¿qué me queréis encubrir,
que de callarlo gustáis?
Dirélo porque sepáis
lo que era.
Empieza a decir.
Habéis de saber, señora,
que todo el reino de Francia
pretende con grande instancia
darnos fin, y luego a la hora...
¿Cuándo intentó tal torpeza?
Hoy a decírmelo envía;
pero volverá algún día
las manos en la cabeza.
Entra Delio, paje.
Invictísimo señor,
de Tiro dos mensajeros
vienen con pasos ligeros
a hablarte con gran fervor,
y piden a tu excelencia,
para poderte hablar,
licencia para entrar,
y para hablar la licencia.
Mándales al punto entrar.
Ya voy.
Deseo saber lo que es.
Entran dos embajadores.
Danos, gran señor, tus pies,
y licencia para hablar.
Alzaos y al punto decí.
Esta carta trae en sí
lo que podrás presto ver.
¡Cielos! ¿Qué podrá esto ser?
Llama al secretario aquí.
Viendo su disposición
se alegra mi corazón,
y dichosa me llamara
si su hermosura gozara
y él supiera mi afición.
Pensando estoy qué será
venir de aquesta manera
dos mensajeros de Tiro.
Entra el príncipe de Tiro.
De ver su beldad me admiro,
a mi duquesa y mi esfera.
Gran señor, a tu mandado
vengo como fiel criado,
manda en qué servirte pueda.
Esa voluntad me queda
por pagar, Valerio amado,
toma y al momento lee
esta carta.
Yo lo haré
con las veras que verás,
que ya seguro estarás
que te tengo amor y fe.
Carta.
¡Oh pérdida cruel, oh grave daño!
¡Oh mundo causador de tanto engaño!
¡Oh mísera duquesa y sin consuelo,
séate favorable el alto cielo
para que alegre goces a tu hermano!
¡Ah, princesa amada y bella!
¡Ah, hermana mía!
¡Ah, mi estrella,
no lloréis tan triste suerte!
Más quisiera ver mi muerte
que verme sola como ella.
Toma el duque el retrato en la mano y dice:
Por cierto, retrato hermoso,
qué bizarro está y curioso.
¡Ay, príncipe y señor mío,
ya nuestro gozo y el vuestro
es vuelto en llanto rabioso!
Señores, no tengáis pena,
que no estáis en tierra ajena.
Tenemos la compasión
no sabiendo la ocasión
que él ya nos encadena.
Este es un suceso fiero.
En solo pensarlo muero.
Vámonos adentro luego,
procurando sin sosiego
buscarle, que hallarle espero.
Dichoso, duque, serías
si cesar las ansias mías
hicieses, hallando a aquel
que nos da pena cruel
buscándole tantos días,
que sin vuestro bien y reposo,
y de hallarle envidioso,
andamos con gran cuidado.
¡Oh, príncipe desdichado,
más sin dicha que dichoso!
Muy mucho, señor, nos cuestas,
pues por llanos y por cuestas
andamos ambos a dos
buscándoos, señor, a vos,
las manos siempre a Dios puestas.
Pero es trabajar en vano,
que como sois soberano
debéis de estar en el cielo,
pues no ha quedado en el suelo
buscándoos remedio humano.
Cese, amigos, vuestro llanto,
alegraos siquiera un tanto,
no queráis ya más llorar.
Cese tanto lamentar,
cese ya vuestro quebranto.
Pues para que descanséis
de la pena que tenéis
os podéis adentro entrar.
vos Valerio habéis de dar
recado como soléis
que entretanto con cuidado
haré en todo mi ducado
se busque con diligencia.
Mal lo hallará su excelencia
si lo tienes a tu lado.
Éntranse todos y queda la Duquesa.
Cómo te vas y me dejas,
bien parece que mis quejas
no sientes, amor tirano,
que al fin doy voces en vano
pues me huyes las orejas.
Ay de mí, que sea eclipsado
el sol que me daba vida,
verme, Valerio, rendida,
que tu amor me ha sujetado;
solo me pesa que estás
inocente de mi pena,
y que mi honor me refrena
a que calle y sufra amar.
Aunque si yo te dijese
el dolor que por ti paso,
y que por tu amor me abraso,
no es posible que en ti hubiese
tanto desdén y rigor,
y que tanto ingrato fueses
que darme muerte quisieses
negándome tu favor.
No es posible que serías
tan cruel para conmigo,
que no me dieses tu abrigo
entre las querellas mías,
que eres al fin generoso
y tengo de tanto amor
que si no hubiera temor
te pidiera por esposo;
mas es la desigualdad
de nuestro amor de tal suerte
que gozaré de mi muerte
primero que tu beldad,
que aunque descubra mi pecho
a aquel que más amo y quiero,
dirá que no es verdadero
y que no le amo de hecho.
Burlas hará de mis veras
con que me hará más penar,
y al fin me habré de quedar
sola llorando entre fieras.
Y es trabajar todo en vano,
que si publico mi muerte,
que hará mi fortuna y suerte
lo venga a saber mi hermano,
y temo el cruel castigo
de mi hermano riguroso,
ardo en un fuego amoroso,
lidio yo misma conmigo.
Mas vaya fuera el temor,
quiérole enviar a llamar,
que ya no puede esperar
tanta tardanza mi amor.
Llamaréle. Sí. Mas no,
que no me conviene hablar,
mejor me será callar,
callarme será más sano.
Pero ya llamarle quiero.
¡Sabina!
Señora.
Llégate aquí.
Ay desdichada de mí,
sin duda desta vez muero.
¿A quién tengo de llamar?
¿Dónde mi hermano quedó?
En el escritorio entró
con Valerio a negociar.
Pues Sabina, hasme de hacer
un placer con los demás
con el cual me obligarás
que tu esclava venga a ser.
Pero hasme de jurar
con solemne juramento
no descubrirás mi intento.
¿Qué querrá aquesta intentar?
Corrida estoy, te prometo,
me tengas en opinión
que falte en mi discreción.
para encubrir tu secreto,
que por la tierra y el cielo
te juro de no decir
palabra ni descubrir
cosa tuya acá en el suelo.
Dime, estrella, lo que pasa,
pues que servirte deseo.
Entre dos fuegos me veo
arder como arde una brasa,
amor de tu mano espero
favor para descubrillo,
que no me atrevo a decillo
aunque por decillo muero,
pues, confiada de ti,
te diré lo que has de hacer.
Recibiré gran placer
en que te sirvas de mí.
Pues, mi Sabina, sabrás
que he cobrado grande amor
a Valerio...
No tengas, falsa, temor,
que en tal gozo te verás.
Yo ruégote que le digas,
entrando en conversación,
mi deseo, mi afición,
mis ansias y mis fatigas,
declárale mi dolor
y dile mi pena fuerte.
Yo le enredaré de suerte
que suceda en mi favor,
que es Valerio a quien adoro,
aunque secreto lo tengo.
Mira, Sabina, a qué vengo,
pues que por Valerio lloro,
harás lo que te he rogado.
Harélo de buena gana.
¡Oh, hermosura soberana!
Mal cierto lo has negociado,
buena tercera has hallado,
Duquesa, para tu mal.
Por tu servicio leal
toma este collar dorado.
Beso tus pies, mi señora,
por merced tan singular,
pues quieres en mí mostrar
el gran valor que en ti mora;
mas yo lo satisfaré
en la presente ocasión,
que por quitar tu pasión
lo que es imposible haré,
y en esto echarás de ver
mi voluntad y deseo.
¡Ay, Sabina! Cuál me veo.
Toma, señora, placer
y espera y confía en mí,
que te he de sacar de gusto.
Todo mi contento y gusto
está en Valerio y en ti.
Mira, Bina, yo me voy,
mira que tengas cuidado
de hacer lo que te he rogado.
Tu menor esclava soy,
déjame, Duquesa, hacer,
y puedes segura estar
que tu mal se ha de trocar
en gozo, en bien y en placer,
que hoy a Valerio diré
lo que te da tanta pena,
y quebraré la cadena
que te enlaza, o moriré.
Pues porque quiero escribir
para Valerio un billete,
me retiro a mi retrete.
Sin cuidado puedes ir.
Vase la Duquesa, y queda Sabina.
¿Que tal la Duquesa intente?
¿Que intente tal la Duquesa?
¡Ah, cielo! Y cuánto me pesa,
que muera de mi accidente.
Pésame que no podré,
mi Duquesa, hacer tu gusto,
ni tampoco será justo
que a mi Valerio te dé.
si yo acaso no le amara,
pudieras fiar de mí,
hasta que él te amara a ti,
un punto no sosegara;
mas es Valerio mi amor,
mi alegría y mi consuelo,
mi gloria, mi bien, mi cielo
y de mi alma el señor.
Que en el punto que le vi
me sujetó de tal suerte
que estoy en amarle fuerte,
pues que el corazón le di.
Mas, ¡ay!, que callo aunque muero,
y no me oso descubrir,
a trueco de no sufrir
un desdén y un rigor fiero.
Ahora bien, quiero probar
a hablarle por la duquesa,
porque quiero en esta empresa
a Valerio le quitar,
y aunque él me responda bien
la responderé a ella mal,
que es negocio principal
para entablar su desdén;
y aquesto será ocasión
para que ella al conde quiera,
y veré a Valerio fuera
de su gran persecución,
y estando libre podré
declararle bien mi amor,
mi grave pena y dolor,
mi buen querer y mi fe.
No me quiero detener,
que importa la brevedad.
Sale el Príncipe de Tiro.
¡Ah, soberana deidad!
Aquí me quiero esconder.
Que por mi gusto y contento
haya yo a mi hermana dado
tanta pena, ¡oh, cielo airado!,
¡oh, amor ingrato y violento!
Esperar quiero hasta ver
en lo que para.
¡Ay de mí!,
que al fin me aparté de ti
por mi gusto y mi placer.
¡Oh, qué mal pago el amor
que me tienes, pues te dejo!
¡Qué mal tomé tu consejo
y qué mal miré mi honor!
Mas yo te serviré,
si en esta empresa no muero.
Bien en extremo le quiero.
Mas temo que moriré,
que temo me han conocido
los que a buscarme vinieron,
porque no sé qué dijeron
a la duquesa al oído,
y el duque mucho me mira
después que vio mi retrato.
¿Qué pecho habrá tan ingrato
que por velle no suspira?
Plega a Dios suceda en bien
y que no sea descubierto,
que, si se sabe, soy muerto.
Si tú mueres, yo también.
¡Ay, Dios!, ¿qué es esto que dice?
Quiero escuchar.
¡Ah, princesa!
¡Ah, hermana, y cuánto me pesa
de la pena que te aflige!
Sin duda que aqueste es
el gran Príncipe de Tiro.
Por mi duquesa suspiro
y por mi hermana después.
Hablarle quiero. Mas, ¡ay!,
que será atreverme a mucho.
Con mi pensamiento lucho.
¡Ah, mi Valerio!, ¿qué hay?
¿Qué es lo que hablabas contigo?
es algo que te da pena
siento que está el alma llena
de enojos
pues conmigo
no por cierto
pues con quien
dímelo que es por tu vida
tengo por callar perdida
mi esperanza mi honra y bien
dime si acaso soy parte
para darte algún contento
declararé mi intento
acaba de declararte
dímelo no hayas recelo
pues que nadie como es justo
procurará darte gusto
tanto como yo en el suelo
dadme amor de vuestra fuerza
porque me atreva a decir
el mal que me hace morir
y el bien que tanto me esfuerza
si tú sabina quisieses
hacerme un bien y un placer
obligaríasme a ser
tu esclavo mientras vivieses
aquesa seré yo tuya
porque deseo servirte
tú me obligas a decirte
mi amor y así que el temor vaya
sin duda que me ama a mí
dilo que no hayas temor
ya quiero poner mi honor
entre mi amor y entre ti
sabina habrás de saber
que amo
no hayas temor
al fin declaro el dolor
que me hace padecer
a quién amas
a mi estrella
a quién
a la duquesa
de haberlo oído me pesa
dice mi dolor a ella
que es mi amor ya de tal suerte
que vengo a perder la vida
por ella y es bien perdida
pues da vida con tal muerte
ruégale amiga por mí
dile mi amor verdadero
y mira amiga que espero
ser remediado por ti
pierde de aqueso cuidado
y puedes fiar de mí
que he de hacer te ame a ti
y que seas de ella amado
y vete porque no venga
alguno y nos vea aquí
que yo le diré de ti
lo que a ti y a mí convenga
pues mira que se lo digas
prométote de decillo
pues toma de mí este anillo
mucho a servirte me obligas
queda sabina con dios
y el silencio te suplico
vase el príncipe
adiós yo multiplico
hacienda con estos dos
que ella me dio la cadena
y él me dio agora el anillo
yo llenaré el cofrecillo
muy presto y a costa ajena
y no parará en aquesto
que los tengo de enredar
de suerte que han de quedar
hechos entrambos un cesto
que es valerio mi contento
y le tengo en mis entrañas
y con aquestas marañas
vendré a salir con mi intento,
porque si Valerio sabe
que la duquesa le quiere
bien, deste gusto se infiere
su pena y dolor se acabe,
y si se entiende el amor
que el uno al otro se tiene,
harán lo que les conviene
gozándose a su sabor,
y quedaré yo penada
viendo su amor y contento;
pero yo trama invento
cómo quedar mejorada.
Vase, y sale la duquesa, y el conde tras della.
Oye, duquesa.
Déjame.
Señora.
Déjate de porfiar.
No me hagas desesperar,
duquesa, remédiame.
Óyeme, señora mía,
no me quieras ser ingrata.
Mira que tu amor me mata,
acaba, dame alegría,
baste ya el tormento fiero
que tu desdén me ha causado.
¿Aún replicas?
Soy porfiado
porque con tu desdén muero.
Tu desamor, tu rigor
es el que me da la muerte.
Conde Ludovico, advierte
que será callar mejor.
Ya te he dicho lo que importa,
baste, y no des ocasión
que pierdas de tu opinión,
tú a ti mismo te reporta,
y no me repliques más
porque no puedo sufrillo.
Mira que vendré a decillo
a mi hermano.
¿Y en eso das?
Y esta me fuerza a callar,
porque si el duque lo sabe
hará de una vez que acabe
con la duquesa de hablar,
y aun me quitará cabida.
Voime, no me halle aquí.
Oh amor, ¿y quién fuera ansí
de mi Valerio querida?
Ah fiera duquesa, ah fiera,
ansí pagas mi deseo.
Véate yo cual me veo
y al que amares no te quiera,
que entonces conocerás
el dolor que me atormenta,
y sentirás esta afrenta,
y lo que paso verás.
Vete, no me des enojos,
que es ya mucho atrevimiento.
Voyme, aunque descontento,
de apartarme de tus ojos.
Entrase el conde Ludovico.
Oh, si quisieses, amor,
acabar ya de matarme,
pues favor no quieres darme
en mi fatiga y dolor.
Oh, si viese ya la hora
venturosa en que yo viese
a Sabina y me dijese
que ya Valerio me adora.
Oh, si me viese querida
de aquel que tanto quiero,
y esta pena de que muero
fuese en gozo convertida.
Mas según soy desdichada
no se cumplirá mi intento,
que quiere el hado violento
sea en todo desgraciada.
Pero todavía espero
que Sabina ha de hacer
mi contento y mi placer
y remediar mi mal fiero.
Mas, ¡ay!, que ya su tardanza
me da gran pena y dolor,
que el peso del firme amor
echa a fondo la esperanza.
Entra Sabina y dice.
Aquí es menester tu ayuda,
Amor, y tu gran poder,
para que pueda poner
a la duquesa hecha muda,
porque sin ti no podré
lo que es verdad encubrir,
y si lo vengo a decir
haré mal y moriré.
Mas la duquesa está allí,
quiérola llegar a hablar.
¿Posible es que no he de hallar
quien se apiade de mí?
¿Qué haces tan pensativa,
mi duquesa?
Estoy aquí
solo aguardándote a ti,
y es mucho que me halles viva
según la pena que tengo
de saber qué respondió
mi Valerio.
Que dudo yo.
Quiero hablar, que me detengo.
¿En qué dudas? Habla, amiga,
sácame ya de dolor.
Duquesa, tengo temor
de doblarte la fatiga,
suplícote no me mandes
que su respuesta te diga.
Aquesto a muerte me obliga.
Yo haré que no te ablandes,
pensabas ya que en la mano
a mi Valerio tenías.
Yo haré que tus alegrías
todas te salgan en vano.
Acaba ya de decillo,
aunque sea contra mí.
Temo de enojarte a ti,
que te ha de pesar de oíllo.
¿Burlaste, amiga, conmigo,
o gustas de darme la muerte?
Fueme contraria la suerte,
y por tanto no lo digo,
que Valerio respondió
muy fuera de nuestro gusto,
y todo paró en disgusto
con la respuesta que dio.
¿Cómo así? ¿Que se atrevió
a darte mala respuesta?
Fue la más triste y molesta
que a mujer jamás se dio.
Pues, ¿qué dijo?
Que callase,
y no le dijese tal,
que sería por mi mal
si en decillo porfiare,
que él era un hombre apartado
de vicios y de traiciones,
y que no busca ocasiones
para ser traidor llamado,
que le mandes otra cosa,
cualquiera que él la hará,
pero que en esto estará
pertinaz.
¡Ah, mentirosa!
Dime luego la verdad,
y no te burles conmigo.
Sin ser verdad lo que digo,
goce poco tu amistad.
No puedo, amiga, creer
que tal respuesta te dio.
A más que esto se atrevió.
Pues ¿qué dijo?
Que ha de hacer,
y sea tu hermano el remedio,
y que se lo ha de decir.
O esta gusta de mentir,
o disimula Valerio,
y que no es posible que sea
tan riguroso y cruel.
Reniega, Duquesa, de él
y del que bien le desea.
Perpleja y confusa estoy
y en gran confusión metida,
viendo que soy aborrecida
de aquel por quien muerta soy.
Y más no puedo persuadirme
a creer que esto es verdad,
que es del cielo su bondad
y su amor constante y firme.
¿En qué dudas?
Yo sabré
de cierto si esto es verdad,
y veré su voluntad,
y en secreto le hablaré.
Esta imagina mi engaño.
Vase la Duquesa y queda Sabina.
Yo le quiero ir a buscar
y acabarme he de enterar
de mi bien o de mi daño.
Y si es aquesto verdad,
rogarle he que no lo diga
a mi hermano, pues que obliga
su hermosura a más bondad.
Y yo voy, no quiero esperar
a que lo sepa mi hermano.
Entra Valerio, príncipe de Tiro.
Mis enredos son en vano
si esta se viene a informar.
Y pero yo hablaré a Valerio
antes que aquesta le vea,
que importa que no le hablase
para mi bien y remedio;
y direle que hace aquello
con él por saber su intento,
y que luego en el momento
el duque vendrá a sabello,
y que ella tiene jurado
que se lo ha de contar todo,
y al duque, y de aqueste modo
saldré con lo que he intentado.
Sabina es la que allí veo;
quiero la llegar a hablar,
pues de ella ha de resultar
el bien que tanto deseo.
¿Qué haces, mi Valerio, aquí?
¿Vive al fin tu descontento?
Vive y vivirá el tormento,
mas muere viéndote a ti.
Eso diré yo mejor,
pues mi amor empleo en ti.
O tú te burlas de mí,
o me engañas, que es peor.
Yo muera si no te adoro
por verte tan bien criado.
Yo me vea de otra amado,
y a ti en los cuernos de un toro;
y tienesme tan obligado
que a responder no me atrevo,
y aunque pague como debo
quedaré siempre deudado.
Y más, dejemos esto agora.
¿Has hablado a la Duquesa?
De haberla hablado me pesa.
Mi mal sin duda empeora.
pues dime qué respondió
mostróseme muy airada
y con cólera turbada
esta respuesta me dio:
«vete y a Valerio di
que calle y cierre la boca»
¡ah, duquesa bella y loca!
por mi mal reconocí
que si sabe que es verdad
que en la boca la has tomado
morirás despedazado
por su hermano
¡ay, tal maldad!
y ella se viene a informar
de ti mismo
¿de mí?
sí
que ella me lo ha dicho a mí
que te ha de venir a hablar
y que si sabe que intentas
a quererla, qué ha de hacer
lo venga el duque a saber
pues que a ella y a él afrentas
conviene disimular
y negar a cuanto intente
y de que estás inocente
y que yo debía burlar
y que tú no me mandaste
que por ti dijese nada
que será burla extremada
decir que tal no intentaste
y queda a Dios, mi Valerio
que adentro me quiero entrar
ya no hay más mal que esperar
ya la muerte es el remedio
Vase Sabina.
desta vez sin duda espero
de salir con la victoria
ya doy fin a aquesta historia
pues desesperado muero
ya estoy bien desengañado
y el amor es contra mí
¡ah, cielos!, hundidme aquí
muera, muera un desdichado
¡oh, tirano, oh, desleal!
¡oh, fiero y crudo desdén!
¡oh, bien de todo mi bien!
¡oh, mal de todo mi mal!
ahora bien, yo determino
de ir a hablar a la duquesa
porque de mí en esta empresa
no intente algún desatino
quiero pedirle perdón
de mi loco atrevimiento
y viviré muy contento
si me concede este don
porque si el duque lo entiende
sin duda me ha de matar
mas, ¡ay, Dios!, ¿cómo he de hablar
delante de quien me ofende?
no me desampares, cielo
amor, ayúdame aquí
tierra, duélete de mí
mi estrella, dame consuelo
yo me voy a ver si puedo
hablar a quien me atormenta
sácame, amor, desta afrenta
pues sin ti afrentado quedo
Jornada segunda.
Sale el Duque y la Duquesa.
al fin ¿vos queréis quedar
y a caza no queréis ir?
gana me da de reír
una gana de cazar
porque yo vine enfadada
de la caza estotro día
porque de una ni otra vía
no se pudo cazar nada.
¿Aquesto solo os da pena?
¿Tanto deseáis cazar?
Tengo ya por mal azar
que ver lo que un ave ordena.
Vos, señor, podéis partir
a gozar de vuestro gusto.
Si el partirme os da disgusto,
decildo.
Bien podéis ir,
que yo no recibo pena
de que sola me dejéis,
que presto volver podéis
con muy mucha caza y buena.
Muy presto daré la vuelta,
y llevando vuestra ayuda,
bien puedo decir sin duda
que traeré gran caza muerta.
Y ansí os suplico me deis
un abrazo porque acierte
a dar con mi brazo muerte
a las fieras que aborrecéis.
Uno me parece poco,
dos no bastan.
Pues sean tres.
Tres es justo que me des.
De gozo me vuelvo loco,
y llevo tal confianza
con este tan gran favor,
que no temeré el furor
de un león ni aun de una lanza,
porque llevo armado el pecho
de tu valerosa mano.
¿Son estas burlas, hermano,
o menosprecias lo hecho?
Yo no burlo de tus cosas,
antes las estimo en mucho.
Tus arrogancias escucho,
que son falsas y engañosas.
Al fin, ¿qué favor habéis?
¿El abrazo que yo os di?
En acordaros de mí
de nuevo me enriquecéis,
y basta solo un abrazo
para darme nueva vida.
Dadme otro por despedida,
ponedme de nuevo un lazo.
Entra Delio, paje.
Ya está todo aderezado,
y la carroza a la puerta.
Ya voy.
Ya veo muerta
mucha perdiz y venado,
porque te finges que estás
de favor enriquecido.
Solo un abrazo te pido
por despedida y no más.
Uno y dos mil te daré,
que eres mi hermano mayor,
y como hermana menor
en todo te serviré.
Ya que este abrazo te doy
en señal que te obedezco.
De volver presto me ofrezco,
y queda a Dios, que me voy.
Dios te acompañe y te guíe,
y vaya, señor, con vos.
Adiós, mi duquesa, adiós.
Él todo mal te desvíe.
Entrase el Duque, y queda la Duquesa sola.
¿Es posible que te atreves,
Valerio, a responder tal?
Mi voluntad pagas mal,
mucho a mi voluntad debes.
que te tengo tanto amor
desde el día que te vi,
que si pudiera de mí
te hiciera esposo y señor;
mas yo para qué me canso
en dar suspiros al viento,
pues me robaste el contento,
la libertad y el descanso.
Mas, pues que el duque es ya ido
y hay ocasión y lugar,
a Valerio quiero hablar,
aunque tan cruel me ha sido,
y acabaré de entender
su voluntad y deseo,
pues que yo a punto me veo
de acabarme de perder,
que si mi hermano lo entiende,
sin duda me ha de matar,
que esto suele resultar
del amor que se defiende.
Yo determino rogalle
que al duque no me descubra,
y que mis faltas encubra,
y que mi secreto calle.
Entra Valerio, príncipe de Tiro, y híncase de rodillas, y dice:
Duquesa y señora mía,
perdona mi atrevimiento,
dame fin crudo y violento,
muera quien tu bien desvía,
y intenta de mil maneras
tormentos para acabarme,
manda, señora, matarme,
ábreme el pecho, ¿qué esperas?
Que bien merezco la muerte
pues amarte se atreví,
toma venganza de mí,
muera yo, muera mi suerte;
suplícote no dilates
el castigo que merezco,
que ya la vida aborrezco
a trueco que tú me mates.
Que si me mata tu mano,
a vivir mucho me obligas;
mas ruégote no lo digas
a mi señor y tu hermano,
que si él lo viene a saber,
ha de matarme y matarte,
echa mi vida a una parte,
dame este gusto y placer;
mas vale que pague yo
y que tú vivas segura.
Sabina mi mal procura,
pues la verdad encubrió.
No estés, Valerio, en el suelo,
álzate.
Beso tus pies.
Tan bello y hermoso es
como el sol que alumbra el cielo.
Álzate.
Bien estoy.
Álzate.
Como criado
obedezco tu mandado,
y como esclavo que soy.
Muy espantada me tiene,
Valerio, lo que has hablado.
Tan alto me has levantado
que callar ya me conviene.
No me tengas más suspensa,
ni de hablar tengas temor.
No mandes rede dolor,
repitiendo más mi ofensa.
Y más, pues tanto bien me has hecho,
perdona mi atrevimiento
y dame nuevo contento
con rasgarme aqueste pecho.
Acaba de declararte.
Señora, habrás de saber
que he deseado ser
tu criado por hablarte;
y que vine lejos de aquí,
rendido de tu hermosura,
y al fin quiso mi ventura
que te sirvieses de mí;
y al cabo de muchos días
que te servía y amaba,
respetaba y adoraba,
intenté mis alegrías;
y a Sabina, tu criada,
di un recado para ti,
y diome en respuesta a mí
que te mostraste enojada,
y que hiciste juramento
que lo habías de decir
al duque, y quise venir
agora a saber su intento.
¡Ay engaño semejante!
A entrambos nos ha burlado.
Buena traza he buscado.
Yo haré que de mí se espante.
¿Y que eso es cierto?
Es la verdad.
¿De dónde eres?
Extranjero.
¿De qué parte?
Yo que espero,
quiero hablar con libertad.
Dímelo, no tengas pena
que de mí seas descubierto.
Este camino me ha abierto,
y mi bien o mal ordena,
y yo me quiero descubrir.
¿A qué espero?
¡Ay de mí!,
que el amor que he puesto en ti
ya no lo puedo encubrir.
Y no tengas de mí recelo,
dilo, no seas importuno,
que no lo sabrá ninguno
sino los dos en el suelo.
Pues la palabra me has dado
de callar, te lo diré,
y quién soy descubriré
si cumples lo que has jurado.
Ruego a Dios omnipotente
que él me sea mi enemigo
si esto que a callar me obligo
alguno hiciere patente;
y que el secreto guardaré
dentro de mi mismo pecho,
y lo que mujer no ha hecho,
encubriré y callaré.
Sabrás, duquesa y señora,
que soy el original
de un retrato natural
que el Reino de Tiro adora.
¡Ay Dios!, ¿si es esto verdad?
¿Que el rey de Tiro eres cierto?
Solía ser, que ya soy muerto.
¿Quién te mató?
Tu crueldad.
Pues, ¿cómo has venido aquí?
Rendido de tu hermosura,
me ha traído mi ventura
a que te sirvas de mí.
Y todo lo he por ti olvidado,
todo lo olvido por ti,
que aun no me acuerdo de mí,
ni de mi hermana me acuerdo.
Pues, príncipe, has de saber
que eres de mí muy amado.
que Sabina te ha burlado,
trocando en pena el placer;
porque le dije el secreto
te declarase mi amor,
y al fin lo trocó en dolor
mi gozo y tu buen conceto,
y tan bien me respondió
lo que te respondió a ti.
¿Burlas, señora, de mí?
No burlo, Valerio, yo,
sino que de veras digo
que te amo y que te quiero.
Como esclavo verdadero
de hacer tu gusto me obligo;
mas temo, como es razón,
que te debes de burlar.
No tengo yo de engañar
a quien doy mi corazón;
y porque entiendas que es cierto,
y que yo no hablo en vano,
te doy de esposa la mano,
y este abrazo por concierto.
¡Oh, palabra nunca oída,
que ser mi esposa queréis!
Por la merced que me hacéis
os doy mi alma y mi vida,
y de llevaros prometo
a Tiro para mi hermana.
Eso tratarse ha mañana
en el jardín con secreto.
Tanto me dais de favor
que casi hablaros no sé;
pero con callar podré
satisfaceros mejor,
que mi lengua no sabrá
decir el bien que me hacéis,
ni lo que vos merecéis,
sin quedar corta dirá.
Vamos adentro a tratar
de qué forma nos veremos,
y cómo hablarnos podremos
sin que haya que murmurar;
y sin que entienda ninguno
que entre entrambos hay amor,
y no tendremos temor
si lo entiende o sabe alguno.
Tienes, duquesa, razón,
como quisieres lo ordena.
No tengas de cosa pena,
que tuyo es mi corazón.
Vamos, y ten esperanza
que cumplirás tu deseo.
Vamos, que en tu rostro veo
que tendré siempre bonanza.
Vanse, y sale el Duque que viene de caza.
Mucho me hubiera pesado
si el ciervo no hubierais muerto,
que a la bajada del puerto
pensé se hubiera escapado.
Los perros lo han hecho bien,
tened gran cuenta con ellos
y procurad de ponellos
donde seguros estén.
El Manchado es extremado.
El Negrillo es el mejor.
No es Bocanegra el peor,
sino que es algo cargado.
El jabalí que matasteis
entre todos repartí,
que el ciervo me basta a mí;
y las aves que cazasteis
que es justo también gocéis
de lo que habéis trabajado.
y que comáis un bocado
de lo que cazado habéis;
y los que conmigo fueron
vendrán como yo cansados.
Siendo como son pagados,
no es nada lo que hicieron;
y que estamos todos contentos
con tu contento y tu gusto.
Yo pagaré, como es justo,
vuestros honrados intentos,
y que estoy en obligación
a tan leales vasallos,
y espero gratificallos
y pagar bien su afición.
Besamos todos tus pies,
señor, por tan gran favor
que muestras de tu valor,
de quien tu persona es.
Cesen los ofrecimientos,
que de nuevo me obligáis
y no habrá con qué pagar
a vuestros merecimientos.
A todos nos ha pesado
de que no fue la duquesa
contigo, que en esta empresa
se hubiera muy mucho holgado.
Harto la rogué al partir
se fuese conmigo a holgar
y más quiso acá quedar
que a caza conmigo ir,
y que dijo estaba enfadada
de ver un ave volar,
que no se quería cansar,
y al cabo no cazar nada.
Quiérelo ansí nuestro hado,
que en tres veces que allá ha ido
hemos tan dichosos sido
que un ave no hemos cazado,
y ahora holgarse pudiera
se quiso en casa quedar.
Si supiera adivinar
yo aseguro que ella fuera,
y pero como ella entendió
fuera nuestra ida en vano,
fuele consejo más sano
que darse caza mal escogió,
aunque estaba descansada
cuanto cansados nosotros.
Bien os podéis ir vosotros
todos a vuestra posada,
y porque yo me quiero entrar
adentro a ver a mi hermana,
que ya hasta la mañana
no tenéis a qué tornar.
Sale un cazador de los del duque, todo herido, y dice:
Gracias doy a mi Dios que me he librado
de las uñas feroces en que estaba.
A pastores, pastores, ¡cuántos debo!
pues me distes la vida que perdida
tenía en manos de las bestias fieras.
Mas, ¡ay de mí!, que mi desdicha quiere
que muera sin poder hablar al duque.
¡Ay, duque mi señor! ¡Ay, duque mío!
¿qué harás cuando herido así me veas?
Voyle a buscar, que ya mi muerte siento.
Mas, ¡ay Dios!, ¿qué es aquesto? ¿Este es el duque?
Quiérole hablar.
¿Qué ruido es el que suena?
No tengas, no, temor, gran duque, mira
que soy criado tuyo que he quedado
en el campo acosado de unas fieras,
y a las voces que daba temeroso
de ver mi muerte sin remedio alguno,
llegaron dos pastores con sus perros,
y yo viéndolos, dije a buenos hombres:
«¡Libradme destas fieras que me matan!»
Y ellos oyendo esto más furiosos
que las crueles fieras, arremeten,
y danles muerte y a mí dan la vida.
Extraño caso, ¡oh cruel suceso!
Porque entiendas, señor, que es verdad esto,
te traen a enseñar mis enemigos,
si gustas que entren, dales la licencia.
Mandaldes luego entrar.
Entrad, pastores.
Entran dos pastores con una o dos fieras muertas.
Beso las manos a vuestra señoría.
Cubrid, hermanos, las canas.
Fieras bestias e inhumanas,
contrarias de mi alegría.
Aquestas fieras, señor,
a este mancebo herían,
que comérsele querían
y dalle muerte y dolor,
y como nosotros vimos
que le querían comer,
quiriéndole socorrer
todos la muerte las dimos,
y traémoslas aquí
solo porque tú las vieses,
y porque cierto supieses
haber pasado esto ansí.
Por la hazaña que habéis hecho
os doy estos cien ducados.
Goces, duque, tus estados,
como desea mi pecho.
Tú, rústico, hace curar
a este triste las heridas,
y estas fieras atrevidas
echad fuera del lugar,
y aunque si gusta mi hermana
de verlas, no las llevéis,
entrarlas dentro podréis,
veralas de su ventana.
Vase el Duque.
A Vuestra Señoría, duque y señor,
lo que mandas con presteza.
¡Qué fieras y qué braveza!
Muertas las tengo temor.
Allá dentro las entremos,
que el duque lo mandó ansí.
Ayúdame tú de ahí,
vayan dentro, caminemos.
Pues llevo ya los dineros,
quiérome ir para el ganado.
Entra acá dentro, hombre honrado.
Vanse.
Vamos ver los caballeros,
mas témome desta gente
no sea como la pasada.
Temor no haya, ¡pescozada!
Hanme ahuchado la frente.
¿Adónde?
En la villa,
que me dieron más sopapos
que tienen barbas seis gatos,
yendo a ver a mi hermanilla,
y después que me dejaron
di muy aprisa a correr.
A mí me quisieron moler,
cerca del soto bajaron,
pero bien me defendí
con mi honda, que a pedradas
hice llevasen quebradas
las cabezas.
Eso sí.
Por aquesta puerta entran;
haz como yo muchas cruces,
que habrá muchos repeluces
si los pajes nos encuentran.
Vanse y sale el conde Ludovico.
Extraño mal y grande desventura
al duque a lo que hoy se le apareja,
¡oh conde desdichado y sin ventura,
que tu daño escuchaste con tu oreja!
De mí huye el contento y la ventura,
y en lugar de placer, pesar me deja.
mas yo procuraré mi buena suerte
haciendo al duque que le dé la muerte.
¡Ah, Valerio dichoso, pues mereces
hablar y contemplar a quien adora!
Y yo, sin dicha, pues en tantas veces
apenas escuchó mi triste lloro,
¿por qué, duquesa mía, me aborreces
y de mi escondes tus cabellos de oro?
¿Cómo pagas tan mal a quien te adora
por diosa suya y principal señora?
¡Ay, que me muero sin ningún remedio
si el concierto que oí pasa adelante!
Conviéneme buscar algún buen medio
y que esto al duque a voces se lo cante,
que no es justo se goce con Valerio
quitándome mi bien en un instante.
Mas yo le diré al duque lo que pasa,
volviendo por la honra de su casa.
¡Ah, duquesa cruel, ah cruel duquesa!
¿No más de para mí tienes tus manos?
Pues siempre me negaste en esta empresa
la vista de tus ojos soberanos.
¿Cómo, duquesa mía, no te pesa
de ver ya mis tormentos inhumanos?
Mas en vano me quejo, que mis bienes
goza Valerio, pues que amor le tienes.
Estando en un balcón, bien descuidado,
mirando del jardín la gran frescura,
oí decir: "De hoy más, Valerio amado,
no podremos gozar en la verdura;
aquí vendrás después que, sosegado,
dejares a mi hermano, que segura
hallarás la duquesa que te espera
sin que falte su fe, que es verdadera".
Y apenas esto oí, cuando en el suelo
desmayado quedé, pero volviendo
algún tanto en mi ser, tomé consuelo,
y volviendo a escuchar, vi que diciendo
estaba la duquesa: "Pues que el cielo
tantas mercedes en recibo me va haciendo,
te doy palabra y fe de ser tu esposa,
que solo en verme tuya estoy gozosa.
A Valerio adoro, a ti te quiero,
solo tú eres de mi alma vida;
y a media noche aquí hablarte espero,
si no hay forzosa causa que lo impida.
Con tu presencia vivo, sin ti muero;
quedad con Dios, y toma en despedida
este abrazo de quien tu bien desea,
y voyme porque alguno no nos vea".
Acabadas de oír estas razones,
quedé turbado y casi sin aliento,
viendo trazar tan pérfidas traiciones,
ordenando mi fin, crudo y violento.
Tu desdén, tu rigor, tus sinrazones
me privan del regalo y del contento,
pero yo espero en Dios que de este engaño
me he de vengar a costa de tu daño.
Ya no hay más que aguardar, buena respuesta,
pues que a Valerio adora por su cielo,
y en él su vida y alma tiene puesta,
y espera ser su esposa sin recelo;
ya a que verle bien está dispuesta,
que es todo su descanso y su consuelo;
solo a mí me aborrece de tal suerte
que es gloria suya ver mi pena y muerte.
¿Soy menos que Valerio, di, enemiga,
que por amarle a él, a mí me dejas?
Dime, ¿qué has visto en él o qué te obliga
a desdeñarme a mí? ¿Por qué a mis quejas
te muestras siempre airada? ¿O quién te instiga,
tu gusto solo, siendo mías ovejas
testigos de mi triste desventura,
que declara mi daño y mi tristura?
A contar voy al duque aqueste cuento,
y a declararle todo cuanto pasa;
muera luego Valerio, que estoy intento,
pues espera mi alma más que brasa,
mézclese mi dolor con su contento,
vaya Valerio fuera de esta casa.
Muera Valerio, muera, pues su muerte
trocará mi dolor en buena suerte.
Vase y sale la duquesa y el príncipe de Tiro.
Estoy, Valerio, contenta,
pues que pudo libremente
gozar Castor de la gente
y a él, que en belleza le afrenta.
Eso diré yo mejor,
pues que, indino de mirarte,
pues me dio tanto favor...
No queráis tanto humillaros,
que encubriros no podéis,
y si obligarme queréis,
no hay premio para pagaros;
porque a mí ya me tenéis
tan rendida y granjeada,
que ya no me falta nada
sino que un clavo me echéis.
Paso, paso, mi señora,
que de lo que habláis me río;
que el clavo del rostro mío
declara al fin que te adora
el corazón, que sangriento
tengo escondido en el pecho.
Al fin que esclavo estáis hecho.
Y aun de serlo estoy contento,
porque me muero no viendo
tu belleza y hermosura;
no hay en el mundo criatura
que por ti no esté muriendo.
Todos tu donaire miran
y tu belleza bendicen,
y todos los que esto dicen
por ver tu rostro suspiran;
y aunque más y más te alaben,
queda corto el que más dice,
porque mi amor les desdice,
que en loarte poco saben;
que no hay en el mundo lengua
que declare tu valor.
Mira qué hablas, señor,
será quedar en gran mengua.
Al fin que queréis subir
mi hermosura en alto vuelo.
Digo que no hay en el suelo
quien te pueda preferir.
No pase más adelante
mi hermosura, pues sabéis
que es agravio que me hacéis.
¿Tanto la verdad amarga?
Quiero hacer tu voluntad
y callar, pues me lo mandas.
Con esa humildad ablandas
y rindes mi libertad.
Dime cuanto tú quisieres,
y ordena de mí a tu gusto,
a trueco de mi disgusto;
goza uno y mil placeres.
Solo este favor faltaba
para obligarme de nuevo.
Este y muchos más te debo,
mas quedan donde este estaba;
pero dejemos aquesto,
¿en qué entendistes ayer?
Harto tuve en qué entender
en contemplar vuestro gesto.
Por cierto, gracioso estáis,
yo solo un cuidado tengo.
Yo en lo dicho me entretengo.
Antes creo que burláis.
Yo muera si en esto miento.
De eso me quiero reír.
¿Es mi costumbre mentir,
o deciros lo que siento?
Vive Dios, que es la verdad,
que no se pasa momento
que no tenga el pensamiento
puesto siempre en tu beldad.
Pues yo te juro y prometo
que me empleo todo el día
en ti, que eres mi alegría
y llave de mi secreto;
porque es un año la hora
que estoy sin ver su hermosura.
Grande ha sido mi ventura,
pues que me dio tal señora.
Ya es hora de recoger,
dadme un abrazo, señor.
Daréte ciento, mi amor,
y habrá bien en qué escoger.
¡Qué hiciera agora mi hermano
si de aquesta suerte nos viera!
¡Quién duda que no nos diera
muerte con su propia mano!
Queda a Dios, señora mía,
que a la noche nos veremos
y hablar más largo podremos,
porque agora es muy de día.
Mucho tus brazos me esfuerzan.
Mucho este abrazo me anima.
Los engaños de Sabina
a despedirme me fuerzan,
que temo que ha de decir
alguna cosa a mi hermano.
Ese temor es en vano.
Yo holgaría de mentir.
Con este al fin me despido,
oye sola una razón.
¿Qué quieres, mi corazón?
Lléganse como que hablan paso, y entra el Duque y el Conde Ludovico.
¿Dónde está el falso atrevido,
que por Dios en quien adoro
juro de darle un castigo
como a un traidor enemigo
causador del mal que lloro?
Paso, Duque, que os oirán
las grandes voces que dais.
Por cierto gracioso estáis.
Duque, mira que dirán.
Calla la boca y no seas
principio de mi venganza.
¡Qué poco juicio alcanza!
Pues ¡plégue a Dios que no lo veas!
Vamos callando, señor.
¿Callando dices? Callando
vive Dios que he de ir hablando
por aplacar mi dolor,
que reviento de coraje
de que vive aquel villano
y de que a aquesta mano
su triste vida no ataje;
y cuando quisiere el cielo
guardarle de mi furor,
hará guerra mi dolor
al cielo, que es poco el suelo.
Y al infierno bajaré
por matar a quien me mata,
y pues mi deshonra trata,
su deshonra trataré.
Que aunque se esconda en el mar,
del fondo le sacaré,
que la mar me tragaré,
y al mundo pienso tragar.
¡Ay, Dios! ¿Quién da tantas voces?
Tu hermano suena, señora,
huyamos luego a la hora.
Conde, muy mal me conoces.
Veslos que están escondidos
debajo de aquel laurel.
Este acusador cruel...
Seamos perdidos,
mira, señora, por ti,
y déjame a mí con ellos.
Tu vida en las manos dellos
quedará perdida aquí,
ya, príncipe, en esta vida
ya no nos veremos más.
Huye la duquesa.
Facinoroso, ¿aquí estás?
¿Aquí estás, falso homicida?
¡Ah, conde, conde! Tú eres
al fin quien traza mi muerte.
Aquí cesarán, advierte,
tus gozos y tus placeres.
Parécete bien, traidor,
la deshonra que me has hecho,
con la sangre de tu pecho
se ha de lavar mi dolor,
y pues eres mi enemigo
como a tal pagarte quiero.
Cae el conde Ludovico herido.
¡Ay, duque y señor, que muero!
Tente allá, duque, te digo.
¡Oh, perro, que al conde has muerto,
a mis manos no huirás!
Mira que te herirás,
gran duque, ten más concierto.
¿Tanto te dueles de mí?
Temo, duque, de perder
el respeto, duque, que has de hacer,
quitarte la vida aquí.
Aguarda, espera, traidor,
al fin huyes y me dejas
porque no sean tus orejas
de ti el pedazo mayor.
Entrase el duque tras Valerio acuchillándose y queda el conde Ludovico solo.
¡Quién, mi duquesa, entendiera
que a aquesto hubiera llegado,
y, por te haber tanto amado,
gozara la muerte fiera!
La firmeza de mi pecho
me hizo que esto intentase,
y que a Valerio matase
para salir con mi hecho.
Pero él me ha muerto a mí;
muy bien hizo en darme muerte,
pues que quitó desta suerte
a un enemigo de sí.
Y pues que he sido inventor
de tanto daño y disgusto,
muera, así muera, que es justo,
pague, pues soy malhechor.
¡Ah, duque, duque! ¿Do estás?
¿Por qué, duque, me has dejado?
Cielo, si no estás vengado,
bien puedes vengarte más.
Entra el duque solo.
Muy bien lo has hecho, villano,
en dar tan presto a huir,
pues no puedes resistir
la fiereza de mi mano.
Mas no pienses escaparte
aunque subas al cielo.
¡Ay, quién de mí tenga duelo
viendo que muero de esta arte!
¡Oh, conde!
¡Ay, duque y señor!
Muy mucho huelgo de verte,
porque entiendas en mi muerte
lo que importa a tu valor.
¿Qué quieres, conde?
¡Ay de mí!
Ordena como quisieres,
que todo cuanto pidieres
se cumplirá.
Créolo ansí.
Mas no tengo ya cuidado
de hacienda, que ya me muero;
que solo advertirte quiero
lo que en palacio ha pasado.
Oye, que importa el secreto.
Vesme aquí, conde, llégate más.
Entra Sabina y gente, al ruido.
¡Ah, duque! ¡Ah, señor! ¿Do estás?
De cumplillo te prometo.
Allí están hablando dos;
¿quieres que callando lleguemos?
Mejor será que escuchemos.
Quédate, duque, con Dios.
Pésame, conde, en el alma,
de verte como te veo.
Cumpla Dios mi buen deseo,
dándome corona y palma.
Señor, aunque te ofendí,
perdona mi gran pecado,
pues fuiste crucificado
por mi pecado y por mí.
Y vos, Virgen singular,
rogad a Cristo por mí,
alcance este don de ti,
no me quieras condenar.
Dios vaya, conde, en tu guía.
Virgen, mira mi dolor,
mi Dios y mi Redentor,
¡doleos del alma mía!
Quédase muerto el conde Ludovico.
Lleguemos, que el conde es muerto.
Señor, ¿qué es esto?
¿No veis
que al conde muerto tenéis?
¿Quién hizo tal desconcierto?
Él, que ya no le veréis.
¿Es Valerio?
No le nombres.
Ya no hay que fiar en hombres.
Llevalde dentro, ¿qué hacéis?
¿Por qué se mató, señor?
Porque quiso. Caminad.
¡Qué extraña riguridad!
Por cierto, extraño rigor.
Éntranse los dos pajes y otros con el conde, y quedan Sabina y el duque.
¿No me dirás lo que ha sido?
Yo me vengaré, traidor.
¿No me respondes, señor?
¡Ah, cruel, falso, atrevido!
A buscarte voy, aleve;
aleve, a buscarte voy,
y mira que duque soy,
y que ha de pagar quien debe.
Aplaca, señor, tu ira,
oye en paz una razón.
Tengo tal mi corazón,
que por vengarse suspira.
¿Qué es lo que quieres saber?
Que quiero saber dónde vas.
En busca de Barrabás;
¿qué me quieres, di, mujer?
Dime: ¿a qué esto sucedió?,
¿por causa de la duquesa?
Ésa es causa de la empresa
donde este triste murió.
¿Y qué se ha hecho, señor?
Aquí estaba en este punto
con Valerio, el que al difunto
hirió, siendo en mi favor,
y, por acudir al muerto,
no me vengué de los dos;
pero yo confío en Dios
vengar tan gran desconcierto.
No tengas pena, señor,
que todo parará en bien,
pues que murió ya por quien
te vino tanto dolor.
Pues ¿sabes tú dónde están?
No, señor, mas sé decirte
que es ya en vano el afligirte,
que ya muy lejos irán.
Pues conoces a Valerio,
yo sé muy bien quién él es.
Dímelo, Sabina, pues,
no dilates mi remedio.
Si de hablar me das licencia,
yo te dije sin mentir
lo que he oído decir
a Valerio en mi presencia.
Mas primero me has de dar
palabra de perdonarme.
No quieras atormentarme,
Sabina, comienza a hablar,
que digo de perdonarte
y a todo el mundo por ti.
Sin que me aparte de aquí,
quiero, señor, contentarte.
Habrás, señor, de saber
que el conde a tu hermana amaba,
y ella al conde desamaba,
que jamás le pudo ver.
Y como vio que a Valerio
quería más que no a él,
procuró serle cruel
por procurar su remedio;
y determinó matar
a Valerio por quitalle
su alegría y estorballe
lo que él no podía alcanzar.
Pero hágote saber
que este que llama Valerio
es señor del grande imperio
de Tiro.
¿Tal puede ser?
Yo te cuento la verdad,
y ansí lo puedes creer,
que yo lo vine a saber
del mismo a mi voluntad,
porque en el jardín un día
le oí esto y otras cosas.
¡Oh, nuevas al fin dichosas!
pues cobro nueva alegría.
Sabina, mira si es
lo que me dices ansí.
Si verdad no digo aquí,
se hagan pedazos mis pies.
Pues, Sabina, a Dios, que voy
a Tiro por ver si veo
al príncipe que deseo,
mostrar que su amigo soy;
porque si intenté matalle
fue por ocasión del conde;
mas ya mi furia se esconde,
ya procuro respetalle,
que gano mucho en que quiera
ser marido de mi hermana.
Yo soy la que menos gana,
y la que menos espera.
Sabina, éntrate conmigo,
que quiero hablarte despacio,
pues ya no tengo en palacio
sino es a ti por amigo.
Yo cumpliré como es justo
lo que mandas con presteza.
Ya parte de mi tristeza
se vuelve en placer y en gusto.
Vanse, y sale la duquesa en hábitos de hombre.
¡Ay, mísera duquesa y sin ventura!
desdichada de ti, ¿do has de esconderte,
por do has de caminar, que es noche oscura?
¿Quién te ha de acompañar y defenderte?
ya no hay bien para mí, todo es tristura,
todo es dolor, tormentos, ansia, muerte,
que el gozo que tenía en este suelo
de envidia de mi bien se subió al cielo.
Príncipe de mi alma, ¿no te pesa
de ver cuánto tormento sufro y paso?
¿no miras a tu esposa la Duquesa,
y el crudo y fiero fuego en que me abraso?
Mas ¡ay, Dios! ¡ay de mí! que en esta empresa
he tenido el contento siempre escaso,
siempre fui desdichada y sin ventura,
que siempre me siguió mi desventura.
Quédate, hermano cruel, quédate fiero,
pues has sido la causa de mi muerte,
quédate, conde infame, mas yo espero
de vengarme de ti con brazo fuerte.
Adiós, príncipe mío, que yo muero,
que no tengo esperanza más de verte,
pues quedas tú entre manos rigurosas
que de tu honra y bien son envidiosas.
Y no es posible que la vida goces,
quedando entre sus manos, mas la muerte
mas buscándote a ti, dando mil voces,
iré por tierra extraña de esta suerte,
por ver si acaso vives y conoces
a la que siempre fue en amarte fuerte,
y fuerte estaré siempre hasta que vea
lo que mi corazón tanto desea.
¿Qué vía tomaré que sea más cierta?
¿por qué camino iré triste segura,
sin ser de aquel mi hermano descubierta,
sufriendo más dolor y más tristura?
Mas ¿qué mucho que muera, pues es muerta
mi esperanza, mi bien y mi ventura?
¡Oh, cielo, tú me guía en esta hora,
pues tan triste se ve la que te adora!
¿Quién me ha de acompañar si tú me dejas,
adonde presumí que eres mi gloria?
¿Quién ha de remediar mis tristes quejas,
si contra mí el dolor canta victoria?
Abrid, duras montañas, las orejas,
y atentas escuchad la triste historia
de la mujer más triste y afligida
que en todo, todo el universo fue nacida.
Montes, collados, sierras y desiertos,
escuchad mi dolor y triste llanto;
mueva os a compasión los desconciertos
de mi grave dolor y mi quebranto.
Mas, pues que mis contentos son ya muertos,
muera mi vida, muera, que me espanto,
mas viva, porque quiero en esta empresa
mostrar la firme fe de la Duquesa.
Guíame, cielo santo... Mas ¿qué digo?
¿Favor pido yo a quien mi mal procura?
Muerte le pido yo como a enemigo,
y que ataje mi vida sin ventura.
Muéstrate, cielo, ya en esto mi amigo,
y dame aquí al momento muerte dura.
Mas viva, porque quiero en esta empresa
mostrar la firme fe de la Duquesa.
Amor, tu ayuda pido, pues has sido
inventor de mi pena y mi tormento;
no seas más cruel, pues que he perdido
con mi honor, mi honra y mi contento.
Dame al príncipe, Amor, y esto te pido,
pues fuiste causa de mi fin violento,
quita la venda y mira con tus ojos
la pena que me causan sus despojos.
Ya va la noche huyendo, ya amanece,
quiero meterme aquí en esta espesura
donde el grave dolor que me entristece
lloraré pues lo quiere mi ventura.
Al cielo santo pido que enderece
mi camino con bien, porque segura
ande de este arte, sin que nadie ofenda
del príncipe la más querida prenda.
Que en esta soledad vivir pretendo,
mientras el tiempo lo contrario ordena,
unas veces llorando, otras plañendo.
mis dolores, mis ansias y mi pena,
y ya tomar placer jamás entiendo,
pues un fiero dolor mi alma encadena
hasta ver a Valerio entre mis manos
gozando de sus ojos soberanos.
¡Oh, Amor maldito seas! pues trocaste
mi contento y mi placer en pena fuerte.
Fortuna avara, di, ¿por qué robaste
la joya más preciada de tal suerte?
¿Por qué, hermano cruel, de mí apartaste
el contento y el bien, dándome muerte?
¿Por qué me das, ingrato, más tormento,
pues voy sin mí, sin bien y sin contento?
Éntrase la duquesa y sale el príncipe todo herido.
Espera, espera, estrella, pues te aguardo,
no huyas, mi duquesa, pues que vivo,
mas como en darme muerte tan tardo
como para ir tras ti no me apercibo,
como para buscarte me acobardo,
como por ver tu rostro no recibo
no una muerte, mas doscientas muertes,
a trueco de gozar tan buenas suertes.
¡Ah, duque, duque! tú la causa fuiste
desta pérdida mía y de mi daño,
y tú, brazo cruel, pues que no diste
la muerte a aquel que causa tanto engaño,
y tú, espada cobarde, ¿qué hiciste?
¿por qué, di, no vengaste un mal tamaño?
¿por qué no diste muerte al duque fiero?
pues por mi poca dicha y por él muero.
Mas, pues cobarde fuiste en la ocasión,
ya no quiero llevarte más conmigo,
que basta solamente mi pasión
sin que lleve conmigo a mi enemigo;
y pues no te moviste a compasión
cuando me viste herir, como testigo,
quédate agora aquí, que lo mereces,
pues que has sido cobarde tantas veces.
Y tú, vestido infame, que cubriste
hasta agora mi cuerpo, ve en buen hora,
que no quiero vestido ya tan triste;
blanco le quiero porque en blanco adora
una blanca esperanza que resiste
las negras lágrimas que mi alma llora;
desnudo quiero ir por mi contento,
comiendo piedras y bebiendo el viento.
Ansí podré buscar a la que adoro,
desta suerte andaré libre del fuego
que mi alma abrasa con continuo lloro,
con grave pena y grande sasosiego,
mas no es posible que halle tal tesoro,
que ya mi gran dolor me tiene ciego;
pero a buscarte voy, estrella mía,
porque vivo sin ti sin alegría.
Vase a entrar y vuelve como que le llama la duquesa.
¿Qué quieres, duquesa mía?
Señora, ¿llamasme a mí?
¿no estabas agora aquí?
¿por qué huyes, mi alegría?
No me respondes, señora,
abrázame si te place,
aquesto sin duda hace,
por lo mucho que me adora.
Allá voy, espera, amiga;
mas mejor será volverme,
que aquestos quieren prenderme;
quiero darles una higa.
¡Ah, duque! ¿aquí estás agora?
Ya no hay perdonarte más.
¡Ah, mi princesa! ¿aquí estás?
¿has venido acaso ahora?
¿No ves qué galán estoy?
ya me visto nuevo traje.
que a veces sirvo de paje
y otras mayordomo soy
quédate con Dios, hermana,
que me llama la Duquesa,
y no puedo en esta empresa
verte más hasta mañana.
Estrella, ¿por qué no aguardas?
¿por qué te escondes de mí?
¿quién te ha llevado de aquí?
ven, Duquesa, ¿qué tardas?
¡Ay, traidores! ¿quién me lleva?
Más que gallardo que estoy,
por este camino voy
a dar a una oscura cueva.
Jesús, qué fiera tan brava,
ésta debió de comer
la Duquesa, no hay qué hacer,
esto agora me faltaba.
Valerio, ¿en qué maravillas
estáis pensando ora vos?
señores, ¿qué pasa? adiós,
pongámonos de rodillas.
Voy tras esta procesión
antes que suelten el toro;
qué bravo talle de moro,
qué gentil disposición.
Jornada Tercera Sale el Duque y dos caballeros y acompañamiento
aquesto en conclusión os pido y ruego
que hagáis por mí en esta larga ausencia
tus tierras restarán en gran sosiego
aunque esté allá mil años tu excelencia
castigad con rigor y furor ciego
al que fuere malquisto y con violencia
le daréis cruda muerte porque quiero
que muestre mi valor ser justiciero
bien puedes descuidar que en lo que fuere
hacer justicia se hará muy rectamente
y si alguno a ser malo se atreviere
se castigará públicamente
y en todo lo demás que conviniere
te serviremos todos humildemente
y como si estuvieres en presencia
serviremos en todo a tu excelencia
y en lo de mis estados y mi renta
ya quedáis con recados y papeles
ruegoos que tengáis en esto cuenta
siéndome en lo demás y en esto fieles
cada uno de nos servirte intenta
y no serte traidores ni crueles
y en todo cumpliremos tu mandado
teniendo en paz tus rentas y tu estado
bien puedes ir seguro y sin cuidado
que aquí defenderemos tus vasallos
ya me parto contento y confiado
haced luego volver esos caballos
primero quedará el Duque embarcado
si otra cosa no mandas que tornallos
que queremos tenerte compañía
mientras te estás aquí sin hacer vía
suena ruido como de mar
ya los navíos llegan, ya dan voces
los roncos marineros a porfía
adiós, quedad don Diego de Quincoces
quede Cristo con vos Lope Mejía
Dios te lleve con bien Duque y te goces
por largos años tú y tu compañía
adiós amigos míos que ya tiempo
de echar las velas al furioso viento
Dios te lleve con bien Duque y te guíe
y que halles la Duquesa te rogamos
y que de los peligros te desvíe
Es razón que a mi Dios siempre pidamos;
humilmente a Jesús pido me envíe
su favor y su gracia, porque vamos
siempre con bien y cumpla mi deseo,
y vea en paz el fin deste trofeo.
Entrase el Duque y quedan los dos caballeros solos.
Ya se ha partido el Duque, y ya camina,
que el buen viento lo lleva casi a vuelo.
Tan fácilmente el Duque determina
pasar a Tiro sin tener recelo
de la furia del mar y su mohína,
y sin mirar que el mar no es como el suelo;
pues sepa que hay peligros y mudanzas
que acortarán sus largas esperanzas.
Harto me pesa a mí de su partida,
que temo le suceda algún gran daño.
Yo sospecho que aquesta despedida
ha sido para siempre, aunque en un año
puede volver no habiendo quien lo impida;
pero él quedará allá, si no me engaño,
porque es camino largo y trabajoso,
y un puerto de pasar muy peligroso.
Ello es al fin su gusto, y ha cumplido,
pues que van navegando con buen viento,
y pues el Duque aquesto así ha querido,
lleve la pena y goce del tormento.
La Duquesa le tiene sin sentido,
que por buscarla va, el triste, contento;
pero él quedará allá con la Duquesa,
y esto resultará de aquesta empresa.
Tratemos de volvernos, si os parece,
y demos orden en lo que conviene.
Mucho la ausencia suya me entristece.
Aquesto ya ningún remedio tiene,
y el afligirnos más no pertenece,
que cualquier mal merece si le viene,
pues le fue aconsejado lo más sano
por todos, y fue todo hablar en vano.
Vamos a la ciudad luego, al momento,
pues queda ya el gobierno a nuestro cargo;
visitemos estado con contento.
Partamos luego y demos el descargo
a toda la ciudad de nuestro intento.
Comencemos andar, que es algo largo
el camino que falta, que son peñas,
montes desiertos y empinadas breñas.
Vanse y sale la Duquesa.
Fortuna, contenta estás
de mi perezosa muerte,
y de que quiere mi suerte
que viva y que sufra más.
Que es la muerte mi enemiga,
y huye de mí de manera
que porque viviendo muera
nunca quiere ser mi amiga.
Quiere que muera y que viva,
por doblarme mi dolor,
y ayúdale el ciego amor
porque no viva y reviva.
Mi poca dicha me incita
también a que calle y muera,
e incítame de manera
que el bien y el placer me quita.
De aquesta perdición mía
ha sido la causa amor,
y el amor trocó en dolor
mi contento y alegría.
Por él ando desta suerte,
mudadas las vestiduras,
entre peñas y espesuras,
padeciendo en vida muerte.
¿Qué haré, triste, que apenas
siento los pies del camino,
y del dolor desatino,
y pierdo el seso con penas?
Mas, ¡triste de mí! ¿Do voy?
¡Virgen, qué espesura es esta!
Entra el Príncipe de Fenicia y su gente, todos de caza, y topan a la Duquesa.
aquí entro en esta floresta
gente suena muerta soy
tened cuenta no os perdáis
en esta grande espesura
acabad ya desventura
de acabarme a qué esperáis
pero al fin te llamo en vano
pues huyes de adonde estoy
seguidme por donde voy
que es el camino más llano
paso veis do está la fiera
tiradle luego una flecha
bien tirada y bien derecha
por que no huya aunque quiera
infórmate si lo es
llégate a verlo mejor
mira que es hombre señor
hombre es digo no le ves
dejadme llegar a mí
que quiero saber quién es
sujeto estoy a tus pies
mátame señor aquí
aqueso podéis hacer
vos de mí mancebo honrado
pues que me tiene obligado
vuestro noble proceder
pero decidme a do vais
o a qué habéis venido aquí
y no os receléis de mí
que os quiero más que pensáis
y si queréis ir conmigo
yo os llevaré donde estéis
servido cual merecéis
y esto cumpliré cual digo
dadme pues aqueste gusto
que si alguno os ha agraviado
vos seréis de mí vengado
y él quedará cual es justo
páguele Dios mi señor
esta merced que me haces
pues con tu vista deshaces
mis penas y mi dolor
y pues que saber deseas
quién soy y a qué vine aquí
escucha y sabrás de mí
el dolor de mis preseas
yo te contaré verdad
y ansí lo puedes creer
que hijo soy de un mercader
de Cantabria esa ciudad
que viniendo navegando
yo y mi hermano por el mar
nos hubimos de anegar
y al fin me escapé nadando
perdí allí toda mi hacienda
y aun más que perdí a mi hermano
y ando le buscando en vano
en esta floresta y senda
por ver si acaso nadando
a esta floresta salió
mas hallarle dudo yo
aunque más le voy buscando
socorredme gran señor
pues muestras de valor dais
decidme cómo os llamáis
señor llámome Melchor
pues Melchor veníos conmigo
que yo os tendré como a hijo
con gran gozo y regocijo
a servirte voy contigo
mucho me huelgo que vais
en mi compañía Melchor
yo me huelgo más señor
en que vos de mí os sirváis
porque de mí hayáis noticia
sin que me quite do estoy
os quiero decir que soy
el Príncipe de Fenicia
Aquesto es cierto y verdad,
y ansí creerlo podéis;
yo os llevaré donde estéis
servido con voluntad.
Yo os tengo a vos de servir,
pues tengo la obligación.
Vuestra grande discreción
empezáis a descubrir.
Ahora bien, vamos de aquí,
que me espera allí mi gente.
Vamos, rayo del oriente,
que al profundo te retrasti.
¿Qué os parece de la fiera?
¿Es acaso este mocito?
Por mi vida, que es bonito.
Mas si la muerte le diera...
Por el tanto fue mejor
fuese allá Vuestra Excelencia.
¡Qué humildad y qué paciencia!
¿Cómo se llama, señor?
Melchor dice que se llama.
Melchor, buen amo lleváis.
Príncipe, si en esto dais,
cobraréis muy buena fama.
Hagamos alto, que es hora.
Dadme la mano, Melchor.
Ya yo la he dado, señor.
¿A quién?
A ti agora.
Pensé que eras ya casado.
Desposado podría ser.
¿Con quién?
Con una mujer.
Por cierto, bien has hablado.
¿Y es verdad eso que dices?
Era burlando, señor,
que nunca he tenido amor.
¿Ya tan presto te desdices?
¿Qué ciervo llevamos muerto?
Más que venado llevamos.
Por Melchor nos ocupamos,
y no pasamos el puerto.
Pues colgalde de la cinta,
y parecerá conejo.
Aquese no es buen consejo,
que es rapaz de presa y pinta.
No hay burlar con Melchorito,
que tiene al príncipe al lado.
Uno y otro esté colgado
de los pies como cabrito.
Partamos luego, que es noche.
Partamos sin más tardar.
Albanio, comienza a hablar,
y avisa que traigan un coche.
Vanse y sale el Príncipe de Tiro loco, tras unos pastores.
¡Espera, espera, villanos,
que os quiero despedazar!
En este quiero empezar,
que tiene blancas las manos.
Duquesa, ¿quieres comer?
Toma aquí, bebe, ¿qué aguardas?
¿No ves que mucho tardas?
Lo beberá mi mujer.
Cuzquillo, toma del pan.
¡Qué bonito es este perro!
¡Qué bien repico un cencerro
después que soy sacristán!
Abra, conde, abra la boca,
que quiero sacarte el alma.
y ponérmelo en la palma
de esa mano que me toca.
Pastores, acudí aquí,
que me mata este poltrón
y me ha dado un encontrón.
¡Hola, pastores, vení!
El diablo podrá allá ir.
¿Quiere ver también que nos mate
y que veamos rescate
de tu vida y tu vivir?
Por Dios, no vaya yo allá.
Desnúdate, duquesa infiel.
Señor, ¿dice a mí o a aquel?
Diga, señor, ¿con quién...?
Calla.
Si el rey, mi primo, acá viene,
yo le daré para el gasto.
Ese gasto yo le lasto.
¿Cómo tanto se detiene?
Duquesa, ¿quieres que te toque?
Quiero el copete te hacer.
¿A Pablos soy o mujer?
¿Quieres que la vida te apoque?
Perro falso, malnacido,
no huyas, que aquí te espero.
Mas, ¡ay, duquesa, que muero
por te haber ansí ofendido!
Este nos ha de matar.
Antón, llamemos al cura,
que, si su locura dura,
bien podemos confesar.
Duquesa, ¿quieres escribir
la respuesta de la carta?
Pues escribe antes que parta,
que quiero al cielo subir.
Al cielo quiere ahora ir.
¿No miráis en lo que ha dado?
Sois hermano muy pesado,
no os podrá el cielo sufrir.
Huyamos todos, huyamos,
¿no veis cuál viene la muerte?
Esa será nuestra suerte
si aquí mucho nos estamos.
¿No veis los gestos que hace
con la boca y con los ojos?
Muy bien veo, sin antojos,
que ya mi bien se deshace.
Ladrones, ¿qué es del anillo
que me quitastes del dedo?
No he estado, no sé el enredo.
¿Que tembláis? ¿No osáis decillo?
Tú solo me le has de dar.
¡Ah, pastores, que me ahoga!
Si tuviera aquí una soga,
yo te había de ahorcar.
¡Que me ahoga aquí, pastores!
El diablo se llegue a él,
que os pondrá como un pastel;
huyamos todos.
Amores,
¿quieres que te dé un espejo?
Señor, quiéreme dejar.
Fuera, que quiero volar.
Vamos a llamar al concejo.
Vamos, no esperemos más,
y después que estemos todos,
harémonos todos godos
contra aqueste Fierabrás.
Duquesa, espera, no huyas,
toma esta mano, mi estrella,
que quiero que veas en ella
lo que veo yo en las tuyas.
No suelte el palo, señor,
que me dejará sin vida.
Vuestra señoría pida,
pues soy alcalde mayor.
¿No ve que tengo la vara?
Un árbol dirá mejor.
favor pastores favor
que me machuca la cara
pajes hola. donde estais
llegaos aquí que hacéis
ah señor no nos matéis
y haremos lo que mandáis
a este son podéis bailar
no entendemos ese son
pues no llevaréis ración
esta vez no hay que dudar
y pues pone luego las manos
y comenzad a rezar
que quiero martirizar
dos docenas de villanos
el puto que más aguarde
subíos todos acá arriba
duquesa quieres que escriba
vamos llamar un alcalde
corred todos tras mí
guardaos de aquese loco
corramos que él corre poco
salgámonos por aquí
y de presto que está mirando
al cielo y haciendo gestos
san Tantón socorre a questos
que están gimiendo y llorando
Vanse huyendo y queda solo.
no estaba yo bien vestido
quien me llevó la cadena
quítenme de aquí esta avena
no quieran conmigo ruido
y quieren que caiga el caballo
quien me pica por aquí
todos se burlan de mí
pues yo me comeré el gallo
y la duquesa han escondido
mi duquesa dónde estás
ya no puedo esperar más
señores el coche pido
y quieren lo pida en la plaza
no me amenaces traidor
tú tienes la culpa amor
de que yo no vaya a casa
y suéltame no aprietes tanto
déjame por qué me tienes
suéltame luego desdenes
u daros he con un canto
y al fin que queréis que muera
no os veréis en ese gozo
sáquenme de aqueste pozo
señores afuera afuera
Vase el Príncipe de Tiro y sale el Duque en camisa y zaragüelles de lienzo todo mojado como que hay tormenta en la mar.
de las olas soberbias y furiosas
salgo libre y con victoria
y aun desnudo por memoria
de mis desdichas forzosas
y triste duque qué has de hacer
desnudo y en tierra ajena
oh playa hermosa y serena
que al fin hallo en ti placer
y tú sola me has dado a mí
lo que la mar me negó
que al fin lo que ves me dio
dejándome triste ansí
y más no me quejo de ti
mar más de mi dicha poca
pues lo llano que el pie toca
es peñasco para mí
de mi fortuna me quejo,
y de mí pues fui ocasión
de mi misma perdición,
siguiendo un necio consejo;
¿cuándo, Duquesa, ha de ser
cumplido mi buen intento,
mi fe, mi buen pensamiento,
teniendo un poco placer?
¿Cuándo, príncipe, veré
esto que tanto deseo?
Mas, ¡ay, cielos!, que me veo
tal que dudo si vive;
mas pues que del mar salí
con vida, bien pienso verte,
que ya no temo la muerte
pues vivo me veo aquí;
mas no sé qué tierra es esta,
ni por donde ir a poblado,
mas viéndome en este estado,
bien estoy en esta floresta;
que pues la mar me quitó
las riquezas que traía,
y todo el bien y alegría
con su furor marchitó,
ya no hay para qué intentar
salir con mi buen intento,
ya no hay buscar más contento
sino dolor y pesar;
mas pues desnudo me veo
en este desierto tal,
aliviar quiero mi mal
dando contento al deseo;
quiero en aquesta espesura
mirar si hay camino o senda
por donde ir sin que me ofenda
más mi triste desventura;
procurar quiero vestirme
lo mejor que yo pudiere,
que si esto el cielo lo quiere
no es posible resistirme;
y pues que mi desventura
llega a tanto, serviré
a un señor, y allí estaré
mientras llega mi ventura;
que entonces podré buscar
a mi hermana la duquesa,
que agora es mi suerte aviesa
y es en vano trabajar.
Yo voy, cielo, tú me guía;
triste duque, ten paciencia
y obedece la sentencia
que el fiero hado te envía.
Vase y sale la Princesa de Fenicia y Melchor.
¿A cuál queréis más, Melchor,
al príncipe o a mí? No habláis.
En esto, señora, dais;
a entrambos tengo yo amor.
Con particular amor
le tendréis a el marqués, creo.
Y tan grande yo creo
que no puede ser mayor.
Y mi amor es tan constante
como el que a señor tenéis.
Princesa, agravio me hacéis,
que lo fío para adelante;
que el amor que os tengo es mucho,
y muy mucho, como dices.
Yo sé que a boca y narices,
conmigo y con su amor lucho,
que muevo porque me quiera
esta pintura del cielo.
mas tengo grande recelo
del príncipe y mano fiera.
Di, Melchor, ¿harás por mí
una cosa?
Haré trescientas.
Con una a mí me contentas;
¿haráslo, Melchor?
Yo sí.
¡Ay, cielo, que me declaro!
¡Cuál amor me incita a ello!
Diga, pues.
¿Quieres sabello?
Sí.
¿En qué reparo?
Dime lo que es, mi señora,
que por ti haré cualquier cosa;
no temas ni estés medrosa,
dilo, princesa, a la hora,
que deseo que me mandes
y ocupes en tu servicio,
que tengo y tendré por vicio
servirte en cosas muy grandes.
Pues hasme de prometer
el secreto, porque importa.
¿Tanto Melchor se corta?
¿Tanto suele revolver?
No os corráis, Melchor, por esto,
que porque importa lo digo,
que no es menester testigo
sino los dos en aquesto.
Que me queráis como os quiero
os quiero rogar, Melchor,
y que sea vuestro amor
como el mío, verdadero;
y que paguéis mi deseo
y mi amor de tal manera
que no consintáis que muera,
pues en amaros me empleo.
¿De qué os burláis, ángel mío?
¿Por qué no habláis, mi Melchor?
Temo, princesa, al señor,
no haga algún desvarío,
de esto se tome recelo,
y de que no será justo
que le dé Melchor disgusto,
pues por él vivo en el suelo,
que de otra suerte yo hiciera
en este caso mi gusto.
¡Oh, amor fiero! ¡Oh, ciego injusto!
que al fin permites que muera.
¿Tanto rigor hay en ti,
Melchor, y tanto desdén?
¿Este es el amor y el bien
que me tenías a mí?
El príncipe es el que viene;
muda plática al momento.
Estoy, señora, contento
por el amor que me tiene.
Pues sabes tú que mi hermano
te quiere tanto...
Yo sé,
me quiere mucho, pues que
me besa y toma la mano.
Entra el Príncipe de Fenicia con sus criados y dos pastores detrás que llevan al Príncipe de Tiro como loco.
Mirad el loco, señora,
¿qué os parece del vestido?
Aquí dentro me han metido,
yo estaré bueno a la hora.
¡Ay, Dios! ¿No es este mi amor?
Él es Príncipe de Tiro. ¡A qué suerte! Es mi hermano.
Aquese es negocio llano.
Este es mi hermano, señor,
que debió de enloquecer
de verse pobre y perdido,
y pues él me ha conocido...
misterio debe de haber.
Conóceslo bien, Duquesa, y os
digo, Príncipe, que es él.
Señora, deme el joyel
que me ha quitado de aquí.
Nadie haga burla del loco
y denle luego un vestido,
que es hombre muy bien nacido,
aunque lo parece poco.
Señores, que daré voces
si no me dan de comer.
¡Ah, hermano, pues no hay que hacer,
demos a aquestos de coces,
y decí al Duque mi señor
que ya no como su pan!
Esta es la tema en que dan
los locos de este furor.
Señora, dame la mano,
que me quiero ir a acostar.
Gracia tiene en el hablar.
Vámonos adentro, hermano.
¿Quién este loco ha traído?
Señora, a aquestos pastores.
¡Afuera, afuera, señores,
que me voy tras mi marido!
Tened recio, no se os vaya,
y entradle luego a vestir.
Suelten, que me quiero ir
antes que el cielo se caiga.
¡Ay, hermano, y quál estás,
tan fuera de quien tú eres!
Sin duda que las mujeres
me vuelven el seso a más.
¿Tu hermano es este, Melchor?
Sí, señora, mi hermano es,
que aquí le traen los pies
para doblar mi dolor,
y porque me pesa de velle
tan fuera de su sentido.
Hermano, un vestido pido,
mira que quiero ponello.
El Príncipe, mi señor,
te dará cuanto quisieres
y cuanto tú le pidieres,
porque es grande su valor,
y conócelme acaso.
¿Sí?
¿Quién soy?
Mi hermano,
que estoy alegre y ufano
de haberte hallado aquí.
Melchor, entrale allá dentro
y hace que le vistan bien,
y harás también que le den
el vestido a su contento.
Dios nos dé con qué sirvamos
algún día esta merced.
Vámonos a priesa, corred,
que viene el toro, huyamos.
Entranse todos con Melchor y quedan el Príncipe y la Princesa.
Muy triste está Melchorito
de ver a su hermano ansí.
Él me quiere mucho a mí,
y yo a él, que es muy bonito.
Es extremo gracioso,
bien hablado y comedido,
vergonzoso y bien nacido,
de lindo talle y hermoso.
Si su hermano vuelve en sí,
luego tomará contento.
Entra Delio, paje.
Señor, en este momento
pide allí un hombre por ti.
viene todo desgarbado
que de verle es compasión
y quiere darte razón
de todo cuanto ha pasado
entre luego
entra señor
entra el duque desnudo
señor si me das licencia
contaré aquí a tu excelencia
mi grave pena y dolor
bien podéis hablar decí
señor habrás de saber
que el mar me vino a poner
del modo que ves aquí
yo iba navegando apriesa
en busca de una mi hermana
mas salió mi suerte vana
y es todo cual ves aviesa
que con una gran tormenta
me lo quitó todo el mar
y ansí me vine a quedar
para verme con afrenta
suplícote me proveas
siquiera con un vestido
esto príncipe te pido
por lo que tú más deseas
y pues eres sublimado
quiero con tu sombra honrarme
y con tu gusto quedarme
en tu casa por criado
todo cuanto me has pedido
haré por ti y mucho más
entra el príncipe de Tiro y la duquesa
¡oh mi Melchor! ¿dónde vas?
a que veas el vestido
galán le ha puesto Melchor
y aun tiene agora más seso
que no anda ya tan travieso
ni con tan grande furor
pues Melchor viste tan bien
a aqueste mancebo honrado
¡ay cielo santo y sagrado!
y espada y daga le den
que quiero que me acompañe
este debe de ser loco
a lo menos falta poco
tañe las campanas tañe
anda Melchor a vestir
al que está desnudo anda
lo que vuestra alteza manda
quiero al momento cumplir
vase el duque y la duquesa
aquí me quiero quedar
hasta que pase el verano
frío siento en esta mano
quiéromela calentar
Valerio llégate aquí
que te quiero dar un real
no dará
sí daré tal
toma
acorro ri
señor ¿quiéreme dar más?
sí si me besas la mano
pues no lo diga a mi hermano
gracioso Valerio estás
ven acá ¿cómo me llamo?
él llámase mi señor
porque mi hermano Melchor
le llama siempre su amo
¿quiéresme bien?
en extremo
¿y a mí?
más que a todo el mundo
yo me voy
¿dónde?
al profundo
¿por qué?
porque al turco temo
no te vayas por tu vida
voy a buscar a mi hermano
que pues me niega la mano
negaráme la comida
llégate aquí
no haré tal
¿por qué?
eso yo lo sé
por mi vida y por mi fe
que nadie te haga mal
pues que me dará si llego
daros he un lindo vestido
muy galán y muy pulido
dárame lo luego
luego
no se confíe de mí
mire que me lo ha de dar
y si no la he de azotar
azotaréte yo a ti
déjenos acá a los dos
y no se burle conmigo
que no quiero ser su amigo
camine vaya con Dios
ea seamos amigos
pues qué me dará
la empanada
ah señores sean testigos
pues entra que quiero darte
cuanto quisieres comer
desta vez hemos de ser
amigos quiero abrazarte
y a ella también señora
que ha de merendar conmigo
y qué me has de dar
un higo
y un querer en mala hora
a mí me decís agro
pues no os tengo de dar nada
si se ríe y desenfada
la tengo de dar un beso
bellaco desvergonzado
tal habéis vos de decir
Vase.
y eso a mí me ha de decir
Vanse y sale el Duque de Cantabria ya vestido.
ven acá fuese enojado
vamos adentro tras él
y haremos las amistades
que aunque dice necedades
no estaré un punto sin él
Sin duda que este Melchor
es mi hermana que está ansí
por encubrirse de mí
y por huir mi furor
porque yo la he conocido
y sé muy cierto que es ella
y ella se agravia y querella
y a gritos me ha desmentido
y al fin dice que no es
ella mi hermana que es hombre
y que Melchor es su nombre
y fuese me por los pies
y no esperó a más razón
pero con gran desenfado
se fue dejando en cuidado
mi afligido corazón
que sus grandes invenciones
casi me hacen devanear
y ella me quiere engañar
con mentiras y traiciones
mas yo la conozco cierto
y ella sin duda es mi hermana
y aun tengo por cosa llana
que es este loco encubierto
que imagino que Valerio
que andarán bien de este modo
por engañarme del todo
y darme este vituperio
que yo los he visto hablar
a los dos muy en secreto
pero si yo soy discreto
no me dejaré engañar
yo tendré cuenta con ellos
y escuche lo que hablan
y sabré qué es lo que entablan
andando a la mira dellos
y acaso los cogeré
como mi pecho desea
y mientras esto no sea
punto no descansaré
mas juntos vienen hablando
quierome esconder aqui
bere si tratan de mi
o que bienen razonando
desta bes pienso salir
desta sospecha que tengo
y con esta pena bengo
a acabar me de morir
escondese el duque y sale la duquesa y el príncipe de tiro
a mi duquesa es posible
que delante de mi estas
no entendi berte jamas
ni tenerte mas bisible
y aunque estas en mi presencia
no lo acabo de creer
porque el mucho padecer
me hace pensar en tu ausencia
ya no tienes que temer
sino recibe contento
y ordena de mi a tu yntento
y a tu gusto y placer
llebame a tiro si quieres
o a donde a tu gusto estemos
aunque aqui cual bes tenemos
mil bienes y mil placeres
porque el alma este bien sienta
dame un abrazo mi amor
darete yo dos señor
y aun no quedare contenta
mira que algien no nos bea
no ay nadie de quien temamos
y pues solos aqui estamos
te contare una pelea
la cual tube con mi hermano
cuando le daba el bestido
y bien que te a sucedido
que me conocio de plano
y luego me llamo hermana
en el punto que me bio
mas luego le dije yo
que era su pretension bana
porque yo no hera mujer
sino honbre como el que mas
y el dijo en aquesto das
duquesa por me ofender
que yo se cierto que heres
de cantabria la duquesa
yo dije si no te pesa
llebame a ser lo si quieres
cumpliras con tu deseo
haciendo un honbre duquesa
y saldras en esta ynpresa
con un honrrado trofeo
no bes que es gran necedad
pensar que soy yo mujer
tu loco debes de ser
pues das en tal ceguedad
no me llame mas su hermana
mire que le are moler
y el hubo de obedecer
aunque de muy mala gana
que tubiste atrebimiento
para tanto e ynposible
con un animo terrible
le dije todo mi yntento
y a mi si me a conocido
quien duda
pues que aremos
porque seguros estemos
con negar es fenecido
ansi tan presto le temes
no quien tema a mi enemigo
sale el duque de donde estaba escondido
no te encubras de tu amigo
príncipe ni te receles
que si en tu busca he venido
ha sido para servirte
no quieras más encubrirte
ni verme yo más perdido
perdón te pido señor
si algún yerro cometí
y puedes fiarme a mí
que te soy muy servidor
que si entonces yo entendiera
quien eras con obediencia
delante de mi presencia
me postrara y me rindiera
pero el que causó mi daño
era el conde que mataste
y aquel que tan bien pagaste
fue el inventor de este engaño
no tardes más
en aliviar tu dolor
bien te conozco señor
aunque tan trocado estás
baste ya duquesa baste
tanta burla que es pesada
no estés conmigo enojada
pues ves que tú lo causaste
duque en extremo me pesa
de ver que por mi ocasión
andes con tanta pasión
en busca de la duquesa
ella y yo estamos aquí
a tu servicio y mandado
hermano pues te he agraviado
toma venganza de mí
acaba duque querido
que ya la vida aborrezco
dame fin pues lo merezco
por te haber desconocido
dame aquí luego la muerte
pues que inobediente he sido
tus brazos solo te pido
pues gozo tan buena suerte
de gozo el sentido pierdo
pues se cumplió mi deseo
dichosa yo pues que os veo
bueno y vivo y a ti cuerdo
duquesa abrázame a mí
pues servirte es mi opinión
yo tengo esa obligación
señor de servirte a ti
ahora cobro nueva vida
pues me das tanto favor
con este abrazo señor
siento el alma enriquecida
posible es que aquestos veo
posible es duque querido
hermano perdón te pido
que ya servirte deseo
que si de antes entendiera
que era tan bueno tu intento
no te diera descontento
ni engañarte pretendiera
ese perdón yo le pido
y que le pida es razón
pues yo solo fui ocasión
de lo que has padecido
pues yo de rodillas pido
el perdón de tanta culpa
no es menester la disculpa
pues que tan culpante he sido
y a entrambos pido perdón
pues perdonados estáis
duque pues me lo mandáis
yo os perdono que es razón
hermano traza y ordena
lo que quieres que se haga
porque el gozo satisfaga
los dolores de tu pena
vamos a do quisieres
y cuando fuere tu gusto
que aquí estamos como es justo
humildes a lo que hicieres
pues yo digo que obedezco
todo cuanto el duque hiciere
y quiero lo que él quisiere
y a obedecerle me ofrezco
príncipe adentro nos vamos
a tratar lo que conviene
sospecho que gente viene
entra delio paje y otro paje con él
por cierto buenos estamos
entra melchor que te llama
la princesa mi señora
y a más de una grande hora
que te da voces nuestra ama
nosotros también andamos
buscándote con trabajo
cuando arriba cuando abajo
pero nunca te hallamos
ve corriendo que te espera
señor en el corredor
diciendo a voces melchor
melchor ven antes que muera
vamos adentro melchor
pues te llama la princesa
ordenemos nuestra empresa
hermano y será mejor
entremos a ver qué manda
ya sé lo que puede ser
pero soy también mujer
y en vano trabaja y anda
éntranse y quedan los dos pajes
terrible amor ha cobrado
la princesa a este melchor
y el príncipe mi señor
le tiene siempre a su lado
mucho el príncipe le quiere
mas la princesa le adora
que si está sin verle un hora
parece que ya se muere
y aun está en dispusición
creo que el amor la causa
porque en viéndole hacen pausa
las bascas y la cesión
y el príncipe si lo sabe
yo tengo por mí que no
eso creo muy bien yo
que temprano le acabe
pero tanto a melchor quiere
adórale como a Dios
y sabéislo cierto vos
yo sé que por él se muere
de adónde es este melchor
es hijo de un mercader
de Cantabria que aun ayer
vino a casa y ya es señor
él es el que agora priva
entre todos los de casa
mientras la fortuna escasa
de aqueste bien lo depriva
el que quita y pone es él
y el que en casa manda y veda
y no hay en casa quien pueda
averiguarse con él
él si mucho nos persigue
ha de llevar y no pan
que a los que en aquesto dan
tal galardón se les sigue
hagámosle echar de casa
porque en paz todos estemos
y al príncipe aviso demos
de todo aquesto que pasa
vanse y sale el príncipe de tiro y la duquesa y el prínci- pe de fenicia y el duque de canta- bria ya de camino
Dios vaya con vos, Melchor,
y a vos, Valerio, también
os lleve mi Dios con bien,
y os aparte de dolor;
que yo no quiero quitaros
lo que vuestro gusto es,
ni por ningún interés
de vuestro gusto apartaros.
Págate Dios el amor,
príncipe, que me has tenido.
Yo que me perdones pido
por tu grandeza y valor,
y la merced recibida
que a entrambos a dos has hecho
está guardada en el pecho
como merced tan crecida.
No sé qué paga te demos,
príncipe, por tanto bien,
y a la princesa también
no sé con qué la paguemos.
Yo, príncipe, dondequiera
tu esclavo tengo de ser,
y ansí me puedes tener
por tu esclavo hasta que muera.
Ponme, príncipe, en el rostro
tu sello, pues tuyo soy,
y publíquese dende hoy
como ante tus pies me postro,
para que aquí y a doquiera
por esclavo te obedezca,
y ansí es justo que te ofrezca
mi fe limpia y verdadera;
y aun apenas pagaremos
siendo esclavos tanto bien.
¿Ansí, Melchor, que también
os vais?
Señor, volveremos
a servirte, como es justo.
Anda con Dios, mi Melchor.
Queda con Dios, mi señor.
Y vaya con vos, que es justo,
y no tenéis que obligaros,
más, vuestro hermano, ni vos,
sino rogad siempre a Dios
quiera contino guiaros;
que es muy poco lo que he hecho
para lo que merecéis,
que obligado me tenéis
tanto que os daré mi pecho,
y al fin las obras dirán
si os tengo amor y afición,
y pues sabéis mi intención,
sabréis do estos dichos van;
y ansí, doquiera que estéis,
os podéis valer de mí.
Vámonos, Melchor, de aquí,
no tan descuidado estéis.
Ah, Melchor, dame un abrazo
siquiera por despedida.
Daréte mi misma vida
y la sangre de mi brazo;
aqueste abrazo darás
a mi princesa y señora.
Daréle luego a la hora.
De nuevo me obligarás.
Por despedida y no más,
Valerio, tus brazos pido,
y aunque besar mano lo impido,
pésame porque te vas;
mas pues que tú gustas dello,
no quiero ir contra tu gusto,
antes gusto como es justo
dello, pues te importa en ello.
Pésame, señor, de ver
que está mala la princesa.
Y a mí mucho más me pesa.
no hay en su mal que temer
que mañana estará buena
porque su mal casi es nada
nada aquel dolor me agrada
no dejo de llevar pena
Melchor, a Dios, que me voy
adentro a ver la princesa
que si el dolor no le cesa
sin duda perdido soy
Vase el príncipe de Fenicia
príncipe, vamos andando
que los navíos aguardan
aguarden que si ellos tardan
no hemos de estar esperando
¿vais, mi duquesa, contenta?
como a vuestra tierra voy
alegre y contenta estoy
al fin saldremos de afrenta
y tened, mi bien, confianza
de que antes de muchos días
os veréis en tierras mías
cumplida vuestra esperanza
de nada tengáis recelo
mi duquesa, en la jornada
que allá seréis regalada
con cuanto cubre hoy el cielo
y al duque pienso casar
en llegando con mi hermana
que aunque en ello poco gana
sé cierto que se ha de holgar
muy mucho gano, señor
en que tal mujer me des
y beso humilde tus pies
por tal merced y favor
yo, príncipe, os agradezco
la merced que me ofrecéis
y por el bien que me hacéis
el alma misma os ofrezco
Suena ruido de mar
los navíos han llegado
vámonos luego a embarcar
antes que ande en el mar
el viento desenfrenado
tomemos luego la vía
que aquí la presteza es buena
duquesa, no llevéis pena
tomad gozo y alegría
basta señor ir con vos
para que pena no sienta
muy presto os veréis contenta
con el ayuda de Dios
ya por tus tierras suspiro
vámonos no nos detengamos
que si este espacio llevamos
tarde veremos a Tiro
Vanse y salen 4 pajes como que acaban de levantar la mesa todos comiendo y con cosas de comer en las manos
yo solo cogí un capón
mas no faltó quien me vio
y en penitencia me dio
un terrible bofetón
yo media perdiz cogí
sin que me echaren de ver
que en cosillas de comer
nadie me aventaja a mí
pues yo no he tomado nada
sino es este panecillo
que quiero andar limpiecillo
y no ensuciar la atacada
yo tres camuesas tomé
y esta poca de tortada
ya dentro comí ensalada
que estaba muy buena a fe
pues no tengo que comer
quiero me ir a rondar
quien quiere un poco jugar
yo pues no tengo que hacer
todos queremos jugar
pues yo por jugar me muero
alzar por el naipe quiero
alto empiecen a entablar
este escudo es del Rey godo
ya que este real segoviano
un siete tengo en la mano
yo una sota
pinta en todo
todo pinta y todo vale
yo con un real me contento
ya lo alcé
cumplió su intento
ya no hay gozo que le iguale
yo perdí
el naipe es mío
un real y cinco
son seis
va fuera
ya me teméis
ahora miro con más brío
presa y pinta
qué he de haber
un real y doce
son trece
gané esta si te parece
esta suerte he de perder
no valen sotas conmigo
ni encuentros ni trascartones
y paro estos dos doblones
a estos dos doblones digo
aquesta es galana suerte
va por mí
todo lo gano
ventura tuve esta mano
de vida soy
yo de muerte
esta vez le alzo y le paro
uno y parte
digo y hago
que con otro tanto pago
encuentro es
a cielo avaro
y todas las suertes ha hecho
vive Dios que es cosa extraña
o con hechizos engaña
o tiene granos de helecho
esta suerte he de tomar
que quiero ver si la gana
ésta diré con más gana
sabed que la ha de tirar
el naipe lo puede todo
alce y pare el que quisiere
el que más gracia tuviere
siempre alzáis de aquese modo
y alce bien que a todos digo
y paro un real y cincuenta
y yo le paro uno y cuarenta
va fuera aquesta conmigo
presa y pinta la ganamos
noventa y dos reales son
yo gano con trascartón
eso es bueno, no riñamos
páguenme luego esta suerte
nosotros dos la ganamos
y pague pues le pagamos
páguenme o daréles muerte
no haga fieros por su vida
sino denos el dinero
hable menos majadero
mire no se descomida
esto se sufre entre amigos
no haya más
¡ay que me ha muerto!
media cabeza le ha abierto
de esto me sean testigos
ha de llevar uno un casco de ace ro en la cabeza y debajo san gre encubierta y el del casco ha de dar un bofetón al otro y el otro le ha de dar al del casco con una daga en la cabeza sobre el casco y ha de apretar de suerte que salga la sangre y dando voces se van.
Sale la princesa de Tiro y una criada llamada Faustina a un corredor solas las dos.
Muy buenas nuevas tenemos,
Faustina.
¿De qué, señora?
De que dentro de una hora
aquí a mi hermano veremos,
que él me lo ha enviado a decir,
y salgo por ver si viene,
que el gozo que mi alma tiene
me hace a este puesto salir.
Contenta estarás, señora,
con esa nueva tan buena.
Su tardanza me da pena,
tanto mi alma le adora.
Y yo por mi parte también
deseo que presto venga.
Temo que no se detenga.
Ruego a Dios venga con bien.
Suena ruido como que desembarca el príncipe y el duque y la duquesa.
Ruido parece que suena,
sin duda él debe de ser,
bajemos lo presto a ver.
Bajemos en norabuena.
Vanse y sale el príncipe y el duque y la duquesa, vestida de mujer como antes.
Gracias a mi Dios que vemos
mi palacio y mi ciudad,
sin tener temeridad
al mar que tanto tememos.
Ya estaréis, mi bien, contenta,
y a mi amor no hay que temer,
tomad, duquesa, placer,
pues ya no hay mar ni tormenta,
y venís cansada, mi amor.
Antes con mucha alegría,
porque vuestra compañía
me vuelve en gozo el temor.
Mi duque, ¿cómo venís?
Príncipe, muy bueno vengo,
con la esperanza que tengo
de verme como decís.
Presto se verá cumplido
lo que os prometí y mandé,
presto cumpliré mi fe.
Yo ansí lo suplico y pido.
Hoy de todo el contento
se acabará de cumplir,
la princesa veo salir
corriendo de su aposento,
y acaso nos ha sentido
cuando por palacio entramos,
todos a abrazarla vamos.
Sale la princesa de Tiro.
Seas, príncipe, bienvenido,
y ¿cómo venís, mi señor?
Muy bueno vengo, señora,
dadme un abrazo a la hora.
Ese será gran favor.
Perdóname, mi princesa,
pues me fui sin avisarte,
que a ti no te di parte,
ya de lo hecho me pesa.
Y ya estoy delante de ti,
con el contento que ves,
que aquesta mi mujer es
que por verte vino aquí,
y este es el duque y señor
de Cantabria, y es su her[mano].
igual edad, o tamaño
de juntarse a tu valor.
Dadme, señora, las manos
pues vuestra criada soy.
Por mi señora os las doy
y por hermanas y hermanos.
Hermano, llega a besar
las manos a la princesa.
Pues me abraza la duquesa,
llegadme vos a abrazar.
Duque, ¿de qué os receláis?
¿Cómo estáis de allí apartado?
Como obediente criado
haré lo que me mandáis;
quiero besarte los pies,
princesa, con tu licencia.
Los brazos de tu excelencia
pido y es justo me des.
Abrázanse todos.
Mis brazos os doy, señor,
que mucho más merecéis;
que echarme un yerro podéis,
pues me dais tanto favor.
Ruego a Dios que aqueste abrazo
no sea el postrero, señor,
sino que el yugo de amor
nos enlace con su lazo.
¿Sois, mi princesa, contenta
de tomalle por marido?
Eso, mi príncipe, os pido,
pues vuestro pecho lo intenta.
Y vos, mi duque, ¿queréis
a mi hermana por mujer?
Gano cuanto puede ser
en que por tal me la deis.
Pues porque lugar tengamos
de hablar todos despacio,
entrémonos en palacio
a hacer lo que aquí tratamos.
Estoy contenta, señor,
que tal marido me des.
Beso, señora, tus pies
por tal merced y favor.
Pues yo también me contento
con mi princesa y señor,
porque es grande su valor
y me quita el descontento.
Y yo con él muy mucho gano,
pues por mujer me ha querido.
Yo gano con tal marido,
y vos, pues es vuestro hermano.
Pues antes que adentro entremos,
démonos aquí las manos
los dos con los dos hermanos.
Nosotros dos concedemos.
Yo digo que se la doy
por esposo y por marido.
Y yo por mujer la pido,
que al fin vuestra esposa soy.
Yo doy mi palabra y mano
de serlo de la duquesa.
Yo gano en aquesta empresa
aun más que gana mi hermano.
Yo, mi príncipe, os la doy
por vuestra mujer y esposa.
Y que yo soy la dichosa
y dello contenta soy.
Pues porque con mayor gloria
nuestras bodas celebremos
será muy justo que demos
con esto fin a la historia
FINIS