귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
작품 메타데이터
경고
오류나 누락이 있을 수 있습니다. 더 나은 버전이 있으면 문의해 주세요. 업데이트를 반영할 수 있도록 연락해 주세요.
특허
이 콘텐츠는 Cre귀속 대상:tive Commons CC BY-NC 4.0 라이선스로 제공됩니다. 재사용은 인용 표시 후 사용 가능; 상업적 사용은 허용되지 않습니다.
<귀속 대상: cl귀속 대상:ss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" t귀속 대상:rget="_bl귀속 대상:nk" rel="noopener noreferrer" 귀속 대상:ri귀속 대상:-l귀속 대상:bel="크리에이티브 커먼즈 CC BY-NC 4.0 라이선스에 대한 자세한 내용을 확인하세요.">추천 인용
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La navegación de Ulises. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-navegacion-de-ulises.
Cubierta. En el lomo se lee: "J. RUIZ ALCEO. LA NAVEGACION DE ULISES". Etiqueta con la signatura: "Mss / 15356".
Vv 292
Mss. 15356
Biblioteca Nacional de España
Vv-292
1
Auto Sacramental de la nauegacion de Vlises representado en los carros en la villa de Madrid
En el margen superior derecho:
I
En el centro de la página:
MS. A. O Auto Sacramental dela Navegacion de Vlises Ruiz Alceo (Ju.o) Hermitaño de S.ta Quiteria de la villa de Ajofrin
II
no. 5o nabega Cion Autor Juan Ruiz alceo
Auto sacramental de la navegación de Ulises, compuesto por Juan Ruiz Alceo, ermitaño de Santa Quiteria, de la villa de Azafrán.
Fingen dentro ruido de fuegos, y dice la Vista.
¡Fuego, fuego, que se abrasa
el mundo, y por el pecado
los montes más altos pasa!
¡Fuego, fuego!
Enamorado
perdió su razón humana
el hombre.
De su sosiego
tiene mortal recelo.
Afectos ciegos
del humo que mi ignorancia
levantó.
Brava arrogancia.
¡Fuego, fuego, fuego, fuego!
Van saliendo todos por una puerta y saliendo por otra, con espadas desnudas y dagas encendidas, y quédase el hombre solo, y dice.
¿Qué fuego es el que arrojas,
amados compañeros?
que me seguís, tan propietarios míos,
al mundo abrasa y llora
de suerte que los fieros
Olimpos y los Rodopes, sus bríos
son profundos bajíos,
los ríos y las fuentes
volcán con negros velos
y oscuros Mongibelos
llevan por el cristal de sus corrientes,
y al cegar mi lamento
los montes corren y se para el viento.
Sale corriendo con la espada desnuda.
¿Qué haces, descuidado,
si a Dios has ofendido?
Hombre infelice, teme su justicia,
repara en que has pecado
y, desagradecido,
advierte el verdugo tu malicia,
llora, y vivir codicia,
con un ruego a Dios llama,
aplaca estos enojos
con llanto de tus ojos,
y mata, pues que puedes, la llama
que a tierra la resuelve,
en negra, oscura, y en cenizas vuelve.
Sale.
Que pagues, hombre ingrato,
en cobro pon tu vida,
pues que la tienes ofendiendo al cielo,
mira tu aleve trato
y que eres homicida
al supremo hacedor, y que en el suelo
es justo que el recelo
el sosiego te quite,
te oprima, turbe y inquiete,
te abata y te sujete,
y el rigor, que es bien que te solicite,
perdón de tu pecado.
Sale.
Hombre, que tiene a Dios tan enojado,
nunca nacido hubieras
para obra tan atroz;
con tu paladión, Ulises ciego,
nunca pasaras en tu andanza
que te costó la amarga Troya,
mejor que tienes, y quedas ciego,
nunca encendieras fuego,
que el efecto tocando
dejara el mundo ardiendo,
y tú, la causa siendo,
vivas en él, y del temor temblando;
pues el que a Dios ofende
el fuego enfría, y el temor enciende.
Sale.
Si hallas por ventura,
aunque ya la has perdido,
ocasión de librarte, hombre, que aguardas,
huye, y vivir procura
con llanto arrepentido,
sino es que ya confuso te acobardas;
¿qué me miras?, ¿qué tardas?
Dale vuelo al viento,
saca de estos rigores
suspiros y dolores.
Sale al mar el bajel del sentimiento
al norte de la gracia.
Lloroso mira, sin sumar tu ignorancia,
Hombre, que conoces
que has sido delincuente,
que yaces, como vives, descuidado.
¿Cómo no te cansas
mirar que inobediente
le fuiste a Dios? Conoce tu pecado.
Alcázar no ha quedado
que el fuego no consuma
de la desobediencia.
Coge a la penitencia
por tu sagrado, tu favor, y en suma
aplaca con el llanto
tanto lamento, atrevimiento tanto.
Amigos, que me queréis,
pues ya el arrepentimiento
en mí, del pecado, veis;
lloro el mal, la causa, culpa siento,
bueno está, no me afrentéis.
Ya está bueno, amigo Vista,
mi sentido principal.
¿Quién dirá que en tal conquista,
teniendo a la vista el mal,
no se resista, y os embista?
¿Quién habrá, en tan necia porfía,
del apetito se fía,
pues, de mi sentido lleno,
veis que tomaba veneno
y que su muerte comía?
Como teniéndome a mí,
pues ves que el oído soy,
tan sordo estuviste, y allí,
¿viene que culpado estoy?
Pues como el oído no fui.
Si en mí el olfato tuviste,
ingrato, ¿cómo no oliste
la corrupción de la fruta
que comiste, y la que enluta
todo el candor que tuviste?
Como responder no puedo,
estoy, amigos, corrido.
Yo más afrentado quedo,
pues el gusto en mí has tenido,
que pudieras ver sacado
en el propio paladar,
sin acabar de tragar,
el bocado que el precepto
de Dios rompió.
Yo os prometo...
¿Qué importará el llorar,
ya que la fruta tocaste,
y el tacto en mí le tenías?
Como en todo te engañaste
y a rienda suelta comías,
con lo que respondes...
¡Baste,
baste, amigos! Yo confieso
que el precepto quebranté
y mi atrevimiento y exceso...
con Dios más asiese,
que tierno llanto profeso;
si Dios por Ezequiel
dice que a cualquier hora
hallará piedad en él,
pues que ahora me ampare
con llanto y lágrimas dél.
Si como en gracia y perdí
cuanto para mí crió,
pues pecando le ofendí,
si el imperio que me dio
y ingrato no conocí.
Si como los elementos,
si esféricos pavimentos,
los signos y los planetas,
todas a mis pies sujetas
con raptos y movimientos,
las aves y los animales,
y plantas me obedecían,
el oro, perlas, corales,
mar y tierra me ofrecían
en ocultos minerales.
Cinco sentidos me ha dado,
amigos con que coliga
a lo que nací obligado,
y un alma con que me rija
si fuere precipitado.
Si como abreviado mundo,
su virrey y su heredero,
en los bienes sin segundo,
Dios firme y verdadero
que en el Génesis lo fundó.
y prosigue.
Sentidos, soldados míos,
si en todo a gusto quedé,
¡Ay de mí,
cobra tus bríos,
sombras levanta!
¿Qué haré,
que como en desgracia estoy
de Dios, todo me admira y espanta?
Y por consejo te doy,
viendo que tu culpa el alma,
ya que tu soldado soy,
que vuelvas con tu mujer,
Gracia, o Penélope casta,
que estando tú en su poder,
sola Penélope, basta
a que vuelvas a tener
perdón de Dios; dale al mar
las velas del buen deseo;
Ulises, vuelve a buscar
tu esposa, que en tal empleo
no te podemos faltar;
que pues somos tus soldados
sujetos como sentidos,
por ti seremos mandados.
Seréis de mí más queridos
si hasta aquí mal gobernados.
Ea, Ulises, dale al viento,
la vela, vuelve a tu gracia,
crezca el llanto, el lamento,
que a bien, que por tal desgracia,
llorando vaya en aumento,
no pierdas esta ocasión.
embarcate.
Bien decís,
mi vida es vuestra intención.
Quiero hacer lo que sentís,
que ofende la dilación.
Virtud es la diligencia,
cuando el acto a la potencia
llega.
¿Qué voces de mar
soldados hemos de dar?
¡Penitencia, penitencia!
Vanse y salen la Envidia y el Engaño vestidos de demonios galanes.
Aunque parezca imposible,
fiestas el infierno por juego,
dentro de su estancia horrible...
Bien lo ha mostrado tu fuego
con regocijo visible.
Como yo la Envidia soy,
me pesa del bien ajeno,
y así comiendo me estoy
el corazón del veneno
con que sustento me doy.
Vi al hombre en prosperidad
y quejome de su bien,
mas ya por su libertad
desnudo y pobre le ven
en tanta necesidad.
Yo fui causa del daño.
Como no me conoció,
mira la muestra del paño.
No más.
En mi red cayó.
Cogíle en fin por engaño.
Mandole Dios no comiese
de aquel árbol de la ciencia,
aunque delante le viese,
y no mostró resistencia
ni materia de interese.
Mas como libre dejó
su albedrío, consintió
el pensamiento ignorante,
y en aquel mismo instante
el hombre a Dios ofendió.
Piensa que su bien goza,
y perdió la mejor joya,
que fue su esposa la Gracia,
e intentada esta desgracia,
engendró ley y pecado.
Y si acaso no comiera,
¿pudiera el hombre pecar?
Sí, que ya pecado era
no más del imaginar
que comiera si pudiera;
un mal pensamiento consentido,
no castiga la justicia
a uno que quiso dar
veneno a otro.
Es malicia
muy digna de castigar.
Así el hombre acodicia
ser Dios, y con el intento
se queda, y su pensamiento
el ser del pecado cobra,
que ponerle por la obra
es un exterior contento.
De manera que en un carro
entra triunfando y bizarro
nuestro príncipe atrevido.
Aunque la victoria ha sido
de un poco de polvo o barro,
por el daño que reciben
sus hijos pecando en él,
mil fiestas se le aperciben;
porque triunfando Luzbel,
todos en sus usos viven.
Ya la trompa da señal
de su victoria y venida;
la corona obsidional
tiene su frente ceñida.
Hermoso carro triunfal.
Tocan un clarín y suene, entrando Luzbel de galán en un carro triunfal, y si no, como quisieren.
Danos tus pies a besar.
Oh, Envidia, oh, Engaño, amigos,
mis brazos os quiero dar,
para que seáis testigos
de mi bien.
¿Quieres contar
de qué suerte has alcanzado
tal victoria y tal blasón?
Si aquese es vuestro cuidado,
prestadme un rato atención,
os diré lo que ha pasado.
Con mi ejército famoso
de siete escuadras soberbias,
águilas del mundo altivas,
quise arbolar mis banderas;
sitié el alcázar dorado
donde habitaba la ciencia
infusa, y, en fin, el hombre,
que es de Dios la imagen mesma,
puse mi cuerpo de guardias
y postas y centinelas,
y reparto para saber
dónde está el fin de la empresa.
Ambición, soldado viejo,
me dice que me prevenga
para el asalto, que ya
ha conocido la fuerza;
voyme cercando a la muralla,
y luego Presunción llega
de capitán bizarro,
pues tanto en todo atropella.
Dice que al hombre adornan,
y traígole a cuenta bellas
que Dios en su amparo puso
por su adorno y excelencia.
Los campos se están mirando,
hacen de embestir la seña;
de allá instrumentos sonoros,
de acá sordinas, trompetas.
Trabóse la escaramuza
casi a las manos y fuerzas.
Llegué del hombre, y entonces
vi dentro de su trinchera
a quien un árbol bizarro
hace sombra y hermosura,
la sombra al prado, y de adonde
hermosas manzanas cuelgan.
Disparéle siete balas,
mas él puso a la defensa
siete bizarros escudos
con que atrevido me espera:
con la humildad me repara
el golpe de la soberbia,
y con el de largueza
al de la avaricia atropella,
a la fogosa lujuria
con la castidad supera,
y a la desenfrenada ira
repara con la paciencia,
a la carcomida envidia
con la caridad se muestra,
y a la pereza indecente
con notable diligencia.
Porfía que la porfía
vence de la mayor empresa,
el fin que el perseverar
no es de viles atropella.
Toco a recoger mi campo,
mirando que no aprovechan
las fuerzas mías, y luegos,
con una extraña cautela
me llego solo y dejo
con otro disfraz sujeta,
a mis razones fingidas,
con su amada compañera,
y después de haber tratado
de la incomprensible esencia
de Dios, y que ver podría
el misterio si quisiera,
vi entonces de las armas
mal guarnecida una pieza
por donde ofenderle pude,
y en fin no hallé resistencia.
Saco una boca de fuego,
llegando a la pieza, en ella,
por munición y por balas,
una manzana que cuelga
de una rama le disparo;
y por tener el acierto,
la gula con la manzana
dio, y con el son del entierro
un ruido levantó.
porque se vio de vergüenza,
cubrió sus carnes con hojas;
de mirarse se afrenta.
La mina reventó entonces,
ardieron montes y sierras.
Troya entre vivas llamas,
en humo y cenizas queda.
Los vientos se le atrevían,
espantábanle las fieras,
huían las fieras de él;
las claras aguas se hielan.
Ha de su trabajo comer,
todo su sudor le cuesta.
Que quien a Dios ha ofendido
no le queda cosa buena;
cual toro en el coso herido,
que mirando al sombrerico
que se le escapa, y la capa
entre los cuernos le deja,
la rompe en mil pedazos,
reparando en que no venga
en el dueño su rigor,
he sido yo, que mi deshonra
fue ofender a Dios; no pude,
que estaba muy alto y lejos,
y el hombre como es igual,
véngome de él en su ofensa.
Ya quedan por ofendidos
todos, nadie se reserva,
que fue general el daño.
Y así quiero, por él, veas,
en adúltero David,
al bravo Sansón sin fuerzas,
en lascivo Salomón,
Amón con su hermana mesma,
y al fin, y a el hombre en su nada,
pues sus privilegios quedan
por tierra, pues siempre industria
vence donde faltan fuerzas.
Eterno este triunfo sea,
gran príncipe de tinieblas,
que a tu objeto generoso
ninguno iguala ni llega.
Gracias a questa que sale.
Baja la voz y saberlo
quiero. Llégate hacia aquí,
qué bizarra está y qué honesta.
Sale Gracia de dama.
Madre de la ingratitud
fue siempre la liviandad,
como de la ociosidad
el pecado, y la inquietud
persiguen a la virtud
como dicen comúnmente,
los vicios, y yo al presente
confieso ser esto así.
Pues por odios y despegos,
tengo mi Ulises ausente.
El bien que entre nos tenía
le pudo de mí apartar,
y así es forzoso llorar
mi agradable compañía.
cuanto el mar y tierra cría, y miro a sus pies ofrecido. Y ahora en el mar perdido anda con pena y rigor, que es justo pase dolor quien tiene a Dios ofendido. Luzbel. Hermosa Gracia, ¿qué pena ofrece al llanto los ojos? ¿Quién puede causarte enojos? ¿Quién tristes pulsos ordena? ¿Qué pensamiento enajena tu alegría y tu contento? ¿Quién le da a tu sentimiento ocasión? ¿Quién puede ser bastante a que tu placer no vaya siempre en aumento? Envidia. ¿Quién, animada hermosura, Gracia, oscurece tu esplendor? ¿Quién tu admirable color tiranizarle procura? ¿Quién a tu gran compostura descompone de manera que así tu quietud altera, y quién en invierno helado, hermosa Gracia, ha tornado tu agradable primavera? Engaño. ¿Quién tu natural belleza descompone, Gracia hermosa? ¿Quién con mano rigurosa puede mostrarte aspereza? ¿Quién a tu entera grandeza no respeta y te obedece? ¿Quién a tus plantas no ofrece su vida, si fuere digno? Mas a ninguno imagino que ser tu esclavo merece. Gracia. ¡Oh, príncipe! ¿Qué dirías? En que el tiempo se pasaba, solamente se trataba de la ingrata villanía del hombre. Por vida mía, que aunque esa conversación se deje, que la afición que le tengo al hombre es tanta... Envidia. Como a mí más me espanta tu ciega resolución. Si no estimó tu hermosura y te perdió por comer, no puede dejar de ser que es más que afición, locura. Engaño. Olvidarle procura, que pues fue contigo ingrato, no tengas con él buen trato. Deja ya solicitud, que siempre una ingratitud toca en el punto al retrato. Luzbel. Olvida a un desconocido que sin causa te dejó. Olvida a quien te olvidó, y pon su olvido en olvido. Y advierte que a lo que pido no me obliga la afición, sino ver la sinrazón, que es no poder tener tus amores, ni querer con cosas de Dios unión.
Gracia, si tiene por dueño
a Dios, al hombre le olvida.
Si está al mayor unida
olvida al mundo pequeño.
Pues mi palabra te empeño
que no quiero para mí
la belleza que has en ti,
que tienes la claridad;
antes busco oscuridad
desde el día en que nací.
Sin tu afable compañía
el hombre se pulsa y pasa,
si el rayo del sol le abrasa
Dios una nube le envía.
En la noche oscura y fría
le ofrece un farol hermoso
de resplandor luminoso;
a pie enjuto pasa el mar,
su gusto del paladar
le ofrece el maná sabroso.
Deja este engañoso Ulises,
Penélope noble y casta,
que sin fin le olvidas, basta
a que muchos cuellos pises;
solo queremos que avises
si al hombre ignorante olvidas,
para que tu gusto midas
el nuestro, y así verás
lo que eres, y tú ternás
cuanto por lauro pidas
que ofrezcamos a tus pies
cuanto el cielo y tierra abarca,
pues de todo eres monarca
y esto a tus plantas lo ves.
Yo complaceré a los tres
en daros el no, o el sí
en breve tiempo.
Pues
de qué tu pecho recela,
en acabando la tela
tendréis respuesta de mí.
Pues ya queremos partir
seguros que en acabando
la tela nos irás dando
respuesta.
Importa fingir,
satisfechos podéis ir.
Vamos.
Vamos.
Vanse los tres.
¡Qué ignorantes
son todos estos amantes!
Sale el desengaño de galán, que es Cristo, y dice.
Gracia mía.
¡Oh, mi señor!
Mira un bravo rigor;
si hubieras llegado antes,
bien sabe mi Dios que ha sido
entretenerlos no más.
¿Y qué satisfacción me das,
Gracia? Todo lo he entendido.
Porque pongan en olvido
al hombre, y no anden tras él.
Bien haces; las partes de él
muy bien tu fe lo miró.
Gracia mía, pues que yo
muero de amores por él,
Entreténlos de manera
que del hombre no se acuerden,
que contigo el tiempo pierden
cuando el tiempo les valiera.
Señor, la tela que jura
no acabar la sanguijuela,
me dad el orden, mi Dios,
pues en el concierto queda.
Yo daré un modo que pueda
estarnos bien a los dos.
Ven conmigo, que yo haré
que por ti vuelva a mis ojos
quien sus gustos enojó.
Señor, que yo le tendré
tan reducido que esté
anegado en tierno llanto
y de su amor no me espanto
si el más alto querubín
te dice, sin tener fin,
tantas veces Santo, Santo.
Vanse, y sale Luzbel y Circe, de dama, que es la Lascivia.
Dame tus brazos, príncipe famoso,
que de tan alta empresa laureado
saliste, y contra Dios tan victorioso,
pues a su imagen propia aprisionado.
Lascivia amiga, en llanto lastimoso
se anegó arrepentido, y ha llorado
de suerte que a Penélope, la Gracia,
con llanto busca y en su mar se espacia.
A la isla llegó del sentimiento,
la nave del pesar toda fletada
de amargas quejas y divinos intentos,
mercadería de que Dios se agrada;
de los suspiros el fogoso viento
lleva la borda, y morabunda, anegada,
de tristes ansias la cubrió de brea,
y de interior dolor calafetea.
Mas no salió tan próspero el viaje,
que de pecados nuevos y de ultraje
dio en la isla Ignorancia por ultraje
fundada de deleites Lotófagos;
allí pagó su gente el hospedaje
con tristes sueños y fieros tragos,
pues que con la cicuta la memoria
perdieron, olvidados de la gloria.
Llegaron a la cueva donde estaba
Avaricia, gigante Polifemo,
cíclope airado que a sus gentes daba
sino la muerte, la cadena y remo.
Mas en un ojo solo que mostraba
en la frente, midió de extremo a extremo,
con la riqueza, y de la queja sale
con la hiel de un metal que a tantos vale.
Aunque de sus trabajos o aventuras
he temido, Lascivia, que le tienes
durmiendo en tu regazo con blanduras,
e impíos descansos le previenes.
Si al peregrino Ulises ver procuras
encantado en mis brazos, si acaso vienes,
sin gente le verás, que a sus sentidos
todos los tengo en bestias convertidos.
Sale el Hombre confuso.
Vele aquí, donde sale tan sujeto,
cuanto un hombre sin gracia quedar puede,
eres lascivia, Circe, y te prometo,
que estoy contento y gusto de mirarlo.
Confuso y triste está, notable efeto,
volvió a hacer el pecado.
Apártase Luzbel.
A hablarlo quiero de nuevo, vete.
Luego vengo.
De nuevo pienso que hechizarle tengo.
Hermosa Circe, aquí estabas,
como perdido vengo,
no había visto tu hermosura,
aunque el amor detuvo el paso
atrae como imán el mío.
Siendo Ulises, que no ves
y mis quejas has cansado
de mi amor.
Hermosa, ¿qué intentas?
No digas tal, por tus ojos,
que cada vez que te veo
más me enciendes en tu amor,
y más cautivo me siento.
Siéntase.
Llégate un poco en mi falda.
Llégase.
Sí haré, que pienso que sueño
me viene, y quiero dormir.
Luego.
Pues yo guardártele quiero,
príncipe, dormido está.
Tocan dentro al arma.
Pues córtale al Sansón
el cabello, voluntad,
pues pasa tan mal el tiempo.
¡Ay de mí! ¿Quién toca al arma?
¿Quién me ha inquietado de aquesto?
Soldados, vamos de aquí,
que a Dios ofendido tengo.
Sentidos, ¿adónde estáis?
Acaba, mi bien, que necio
estás, y no escuchas nada.
¿De qué haces esos extremos?
Vuelve, vuélvete a mis faldas,
no estés ingrato a mi ruego,
mi amado y querido Ulises.
Circe, a tus brazos me vuelvo.
Príncipe, ora bien está,
a los deleites sujeto.
Tocan.
Y en presa fueran estables,
si fuera un letargo eterno.
Otra vez al arma tocan,
otra vez turban mi sueño,
los tambores de mis oídos,
que estoy, si bien me acuerdo,
no veo, sin vista estoy,
no escucho, sordo me siento,
no huelo, qué confusión,
no hablo, ni cosa entiendo,
por el tacto no conozco
nada, amigos compañeros.
Alto, dejemos la isla,
dejo esos locos extremos.
¿Qué te falta en mi poder,
si quieres entretenimientos?
Pondré los que imaginares,
verás a tus plantas puestos.
¿Riquezas, galas te faltan,
cuanto encierra el universo?
Circe, a tus brazos me vuelvo.
Si cayeron
en tus redes tantos profetas,
patriarcas y reyes, siendo
bestias de tu carro altivo,
de qué te admira este extremo?
Qué Césares, qué Alejandros,
qué Aníbales, qué Pompeyos,
qué Daríos, qué Mitrídates,
qué Antonios, Galbas y Neros
en tus brazos no han caído?
Tus lazos no conocieron,
tu arsénico no tomaron,
ni probaron tu veneno.
Tocan.
Arriba, arriba, soldados,
arriba, bravos del mundo.
Estaba, no sé qué diga,
qué inquietud es la que siento
tan grande, si es que aquejarme
voy, de nada no me acuerdo.
No siento, y sentir quisiera,
no me alegro ni entristezco.
Lascivia, ya me enojo.
No te enojes.
Si me quieres.
Sí quiero.
Cómo, con muestras tan pocas,
pues dices que lo muestro?
Este regalo no estimas?
Circe, a tus brazos me vuelvo.
Llega.
No, déjame un rato
solo.
Ya de tu amor siento
que quieres dejarme.
Circe, aquestas mudanzas temo,
que la inquietud de un amante
o mudanzas o recelos.
Vanse Luzbel y Circe.
Con vivir tan regalado
me parece que el contento
no me satisface cosa.
Dentro.
Hombre.
Qué es esto?
Quién me ha nombrado? Esta voz
me aflige, escucharla temo.
Dentro.
Hombre.
Ay de mí, quién me llama?
Como condenado tiemblo.
Sale el Entendimiento.
Hombre, qué haces descuidado?
Quién eres, honrado viejo,
que así me alegra tu vista,
aunque tal temor me ha puesto?
Bien pareces que sin mí
has vivido, pues has hecho
tantas ofensas a Dios,
tantos agravios al cielo.
que si me hubieras temido
anduvieras más compuesto,
mas el que vive ciego
ni teme a Dios ni huye del infierno.
El Entendimiento soy,
¿qué me miras?
¡Ay, mi lucero!
Como eslabón diste el golpe,
y el pedernal brotó fuego,
y en la yesca del olvido
tocó una centella, y siento
que me abrasa, ¡ay, caro amigo!
Abrázame, que ya ves
que he pecado contra Dios,
que a Dios ofendido tengo,
sin ti he vivido hasta aquí,
y así conozco y advierto,
que aquel que vive ciego
ni teme a Dios ni huye del infierno.
Conoce quién te tenía
en su mesa y en su lecho,
comiendo dulce ponzoña
y por ambrosía veneno;
esta encantadora Circe
que tus sentidos ha vuelto
en bestias, y tú has estado
por ella sumido en ellos;
esta hermosura a la vista,
esta fealdad por de dentro,
esta prisión del sentido,
aqueste escondido fuego,
aquesta agradable llaga,
este sabroso tormento,
aquesta dolencia amable,
aquesta muerte que contenta,
a lascivias, mira ahora
en qué brazos diste al sueño
tus perdidas esperanzas.
¡Ay de mí, señor, ya veo
que os he tornado a ofender,
y que en este cautiverio
los cinco sentidos tuve,
y dentro del golfo veo
la tabla del desengaño,
que es mi amado Entendimiento,
por quien conozco, señor,
la merced que me habéis hecho.
Busca a Penélope, Ulises;
busca a Gracia.
¡Ay, compañero!
Ven, y no me desampares,
pues eres ya mi gobierno,
o diré como el que más,
en el peligro más recio:
Señor, responded por mí,
porque yo solo no puedo,
que aquel que vive ciego
ni teme a Dios ni huye del infierno.
Vanse y salen los tres príncipes.
En fin, ¿qué dice Gracia?
Que engañados
nos tiene con su tela deslumbrados.
¿De qué manera?
Diole el desengaño
para aumentar su bien y nuestro daño,
en consejo a Penélope la casta,
con que tu amor el tiempo en balde gasta.
Pues ya que mis engaños no han podido
hacer que olvide al hombre la que tiene
a Dios, que a aconsejarla en todo viene,
perseguiré al hombre de manera
que a su pesar en su desgracia muera;
a la divina Ítaca, su patria,
camina por el mar y así, de suerte
que vea la tormenta de su muerte,
en esta isla a quien crespas aguas
cercan, quiero quedarme, porque al caso
importa mucho que le tome el paso;
aquí le aguardaré con las sirenas
y bajará hasta el reino del espanto
si se divierte en escuchar su canto.
Envidia, ponte en Cila, escollo altivo,
y zozobra su nave prometiéndole
oficios, pasatiempos, dignidades,
honras, banquetes, cargos, majestades,
y tú en Caribdis te pondrás, Engaño,
escollo junto, inestable donde,
prometiéndole cetros, mil amparos,
coronas ricas, púrpuras extrañas;
veamos, lindo Engaño, si le engañas.
Fuerza es, famoso príncipe, si en Cila
no topa, que en Caribdis se deshaga,
y lleve el hombre merecida paga.
Yo le haré, señor, que sus soldados
queden, aunque constantes, engañados;
cómo ha de hacer la vista y asistencia
a tantas majestades y apariencia,
el oído a las músicas sonoras
que yo le pienso dar todas las horas,
a los aromas el olfato, cómo
podrá olvidar las suaves composturas,
y cómo ha de excusar agradar al gusto
a los manjares que le pongo al punto,
el tacto a tanta plata, si en las manos
della le ofreces aquestos montes canos.
Corred, amigos, donde os mando luego,
que no admiten mis penas más sosiego.
Ya me parece que la nave veo,
si no la forma, príncipe, el deseo.
Viento en popa camina y mar tranquilo.
Cisne parece que nadando viene
encrespando la espuma que el mar tiene;
y a como han visto tierra han disparado,
y hagan salva a la tierra y a los vientos
con piezas y sonoros instrumentos.
Disparan arcabuces y tocan la música, y viene entrando la nave con Ulises y sus soldados y el Entendimiento en el timón.
Mi piloto Entendimiento,
tomaremos tierra.
No,
que grandes peligros siento
en aquesta isla.
Yo,
yo prometo alojamiento
donde, piloto ignorante,
llevas al hombre adelante;
no pasará a fondo aquí,
adonde tendréis ruina.
Todo el regalo importante,
Ulises, fiel piloto,
que llevas, se ha de perder
por el piélago remoto,
sin nave que con poder
revuelva montes a costa,
y rigiendo yo el timón,
no puede el hombre perderse,
sino es que por afición
el propio quiera ponerse
en su eterna perdición.
Entendimiento, tomemos
tierra en esta isla hermosa.
Hombre, mira que perdemos
la derrota más gloriosa
que hay, y a ruinas quedaremos.
Soldados, fondo podéis
dar en la tierra que veis,
pues que no le falta cosa
de abundante y deleitosa.
¿Qué dudáis? ¿De qué teméis?
Aquí tendréis cuanto encierra
la redondez de la tierra,
sin guardar ningún precepto.
Estad firmes, que os prometo
que quien no me sigue yerra.
Ledesma os dará empanadas
tostadas, de vino cocidas,
que aquí las tengo sobradas,
y para el postre escogidas
manzanas privilegiadas.
Y porque el pasto sutil
este, y todo sepa bien,
aquí traéis sainetes mil:
mostaza os dará Sigüenza,
y Ocaña el perejil.
Oíd la música mía,
y veréis cómo a su acento
y agradable melodía
corre el mar, se para el viento,
que suspende su armonía.
Salen las sirenas cantando por lo alto, en dos bufetes, vestidas como las pintan, y estas sean dos músicos.
Tocan la música.
Hombre, que al deleite fue,
y así le pone en olvido,
del dador, por desagradecido,
pues el bien no conoce y le ve.
¡Ay, entendimiento mío!
¡Qué música tan suave!
Saltar quiero de la nave,
que en mis soldados me fío.
Advierte que es desvarío,
y que está tu eterna pena
en escuchar la sirena,
que es el deleite engañoso,
que con voz y talle hermoso,
cantando, tu muerte ordena.
Deleite, bien has cantado,
pues ya está el hombre vencido,
y le tiene divertido,
mirando el mar sosegado.
Ulises, que te has quedado...
Si vienes de aquesa suerte,
mira que escusas tu muerte.
Prosigue tu adulación,
canta que ya a mi prisión
viene este soldado fuerte.
Canta.
Hombre que al deleite fía
y así se pone en olvido,
pagador por desagradecido,
pues el bien no conoce, y aleve.
Arrojémonos al mar,
que esta música me encanta
y a quien deja gloria tanta.
Al mar me quiero arrojar
y no me quiero apartar
de música tan suave.
Donde tanta gloria cabe
quiero hacer mi habitación.
Y yo de ínclita canción
jamás escuché en la nave.
¿Qué haremos, Entendimiento,
que se quedan mis sentidos?
Tapa, Ulises, los oídos
a todos.
¿Con qué?
Al momento,
con cera que un sacramento
en ello, Ulises, tendrán;
pues aguardar dándole están,
¡ay, amigo, quién creyera
que el tapón, como la cera,
no ha de ser sino en el pan!
Toma desta blanca forma
y los oídos les tapa.
Muy bien.
Que con esta capa
en Dios en el pan se trasforma;
toma atrevido, conforma
ahora a los tus soldados,
que aunque están amotinados
yo sé que te seguirán,
en comiendo aqueste pan
que ha de matar los pecados.
Vaya partiendo el Hombre una forma y tapando a todos los oídos con ella.
Entendimiento, ya voy
abriendo en todo tu pecho,
que reconozco el provecho
del consejo que me das.
Sirenas, perdiendo voy,
pues para que vuestro canto
no escuchen, y en tierno llanto
quede, tapa a los sentidos
con blancos panes los oídos
de Dios, relicario santo.
Cuando en este pan, Señor,
trasustanciado se ve,
cuando en el pan os tendré
por mayor prenda de amor,
cuando el sumo hacedor
De aquesta especie amasada
por medicina acertada,
que, alcanzando esta conquista,
aunque soy la propia Vista,
sin vos no quiero ver nada.
Cuando Dios escuchare
la música angelical,
cuando en el pan celestial
vuestro cuerpo y sangre revele,
cuando me suspendiere
con la armonía sagrada,
tan suave y concertada,
deleitándome el sentido,
pues que aunque soy el Oído,
sin vos no escuche nada.
Cuando, con subida,
os oleré en pan divino,
el cuerpo y la sangre en vino,
pues profetizado está;
y cuando el alma os tendrá
por triaca en su comer
contra el infernal poder,
con fe aguardando ver,
pues aunque el Olfato soy,
sin vos no tengo que oler.
Cuando os gustare, Señor,
en pan, maná verdadero,
cuando os veremos cordero
asado en fuego de amor;
cuando en el blanco candor
del pan os habéis de dar,
y en un bocado cifrar
manjar tan alto y tan justo,
pues que yo, aunque soy el Gusto,
sin vos no quiero gustar.
Cuando en mi Dios os tendré,
cuando, Señor, tocaré
misterios tan soberanos,
cuando amistad como hermanos
profesaremos, y dar
vos os querréis en manjar,
y cuando os tendré ya a vos,
que aunque el Tacto soy, mi Dios,
sin vos no quiero tocar.
Toca la música.
Mira el efeto que hace
este pan.
Piloto mío,
llegaréme del navío,
que la música sosiega,
que me ha enternecido el pecho.
Átame al árbol de suerte
que no me arroje al envite,
que la música convida;
atado al árbol de vida
te libraré de la muerte;
con aquesta cinta quiero,
que el conocimiento es,
atarte.
El peligro ve,
en que su cabida veo:
El hombre se ata al madero
que, mis puertas quebrantando,
sacó los padres cantando
y al carcelero rindió.
del regocijo y estruendo
quede confuso y temblando.
Guía, Entendimiento mío,
que ya te quiero seguir.
Hombre, ¿dónde quieres ir?
Mejor es estar conmigo.
Solo a mi piloto sigo.
Aquí tendrás hospedaje.
Seguir al Entendimiento
quiero; da el clarín al viento.
¡Buen viaje, buen viaje!
Tocan el clarín, y pasa la nave, y éntranse los príncipes y las sirenas, y sale Cristo y la Gracia.
Gracia, no me quiere el hombre;
pues desvanecido y necio,
surca el mar de los peligros,
llevando por proa al viento.
Confuso y arrepentido
salió del primer encanto,
y a mí me costó la vida
querer aplacar el fuego.
Libréle del Lotófago,
aunque su fruta comieron
sus compañeros, quedando
en mi ofensa soñolientos.
Quebró de un espejo la vista
Avaricia; Polifemo,
gigante cíclope, y tuvo
en sus naufragios remedio;
del canto de las sirenas
música, cuyos acentos
deleite y adulación
son, aunque tormento eterno.
Le he librado, Gracia mía,
y, desconocido y necio,
va a dar en Scila y Caribdis,
dos escollos del infierno,
si no me costara tanto.
Gracia mía, te prometo
le dejara, mas no puede
el grande amor que le tengo.
Señor, si con un pecado
tuvo perdón vuestro abuelo,
y Magdalena con llanto
tanto ablandó vuestro pecho,
y un Dimas, puesto en la cruz,
os dijo, cuando en tu reino
te veas, de mí te acuerda,
y logró su pensamiento,
¿para qué estáis, señor mío,
enojado ahora?
Vengo
a estar con causa enojado;
algo han de valer mis ruegos.
Yo, ¿no le hice de nada?
¿No le hice el universo,
y de los cielos pincel?
¿Le hice hijo y heredero?
¿No le libré de un diluvio,
que a los montes más soberbios
cubrió general castigo,
aunque falta otro de fuego?
¿No le rompí las prisiones...?
del Egipto, y por el desierto
le di el maná regalado,
aunque él siempre mal contento.
¿No abrí para que pasase
las aguas del mar Bermejo,
y a los que su alcance
van airados siguiendo,
no le dio de noche luz
una columna de fuego,
y de día por que el sol
no le ofendiese su aliento,
no mandé le obedeciesen
los discordes elementos,
y los animales y aves
los puse a sus pies sujetos?
¿Por él no he bajado al mundo?
¿Por él no he nacido al hielo?
¿Por él no me he bautizado?
¿Por él no he sentido el hierro
que en mi sangre se vio rojo?
¿Cómo me ofende? ¿Qué es esto?
Ea, Señor, bueno está,
que yo soy tregua en los pleitos
puestos entre Dios y el hombre.
Vase.
Justa Gracia, estás en medio,
yo no te puedo faltar.
Enojado se va, quiero
llamar a la Penitencia,
mas ella sale al encuentro,
que todos por bien del hombre
andan con desasosiego.
Sale la Penitencia de dama.
Gracia hermosa, ¿triste estás,
aunque es imposible en ti
caber tristeza?
¡Ay de mí,
qué mal en mis penas das!
¿Qué tienes?
Está enojado,
Penitencia, contra el hombre,
Dios.
No es justo te asombre
ahora, o que sea cuidado,
que a Dios muchas veces yo
las manos le suelo atar
cuando quiere castigar
al necio que le ofendió.
Y así, cuando solicito
que bien con el hombre esté,
le tiro a Dios un pique
con que las fuerzas le quito,
y no hace resistencia
con su potencia, aunque es tanta,
que las fuerzas le quebranta
un golpe de Penitencia.
Pues ve, ya amiga de Ulises,
en Scila, Caribdis ingrata,
y el mar con rigor le trata,
y ya entre sus olas le ves.
Todo en Scila, dignidades,
majestades y grandezas,
y en casi deidades gentílicas
y profanas majestades.
El piloto y los soldados
dejó, y al mar se arrojó.
Espera, Gracia, que ya...
Seré el fin de tus cuidados,
déjale, que ya le veo,
y sé que voces me da
en el peligro en que está.
Pues acude a su deseo,
protectora Penitencia.
Vete con Dios, que ya iré.
Vase.
Con Dios las paces haré,
estando tú en su presencia.
En mí puede hallar dulce puerto
el perdido caminante,
cuando sus desdichas cante
dentro del piélago incierto.
Estos los príncipes son,
y de gracia pretendientes,
locos, cuantos impertinentes,
por su altiva pretensión.
Salen los tres príncipes.
En mis promesas tocó
la quilla de su navío.
Y en mi caribdis, bajío,
tocó, donde se encalló;
sin soldados ni piloto
fluctúa con la tormenta.
Y en balde librarse intenta,
pues velas y mástil roto
la nave lleva, y es cierto
que en balde es la diligencia.
Aquí está la Penitencia.
Solo en ella ha de hallar puerto,
que es Leucótoe, ninfa hermosa
que en estos mares habita,
y al hombre salva y evita
de su tormenta espantosa;
qué buscáis en la ribera,
Hamadríada divina,
conocer la peregrina,
aunque el fiero mar se altera.
No parecéis Penitencia,
que el roto bajel amarra.
Porque venís muy bizarra
y hermosa, y en apariencia
y agradable compostura,
más del deleite parece,
por la gala que os ofrece,
y singular hermosura,
que en vos mejor estaría
el saco, soga y cilicio,
por ordinario ejercicio,
siempre de noche y de día.
A los ojos del temor
siempre parezco espantosa,
mas yo siempre soy hermosa,
tanto que mi resplandor
lleva al hombre a la presencia
de Dios.
Yo sé que en el mar
está, y no te ha de buscar.
Dentro el Hombre.
¡Penitencia, Penitencia!
Estas voces son del hombre.
Mira si me busca
en el peligro en que está;
no me espanto, que el hombre,
que cuando se ve afligido,
te busca, te quiere y ama,
y en el placer no te llama;
pues siempre pone en olvido
tu amor, y la diligencia
nace de necesidad
más que no de voluntad.
¡Penitencia, penitencia,
que me ahogo! ¡Dame ayuda!
Yo no le puedo faltar
a quien propósito muda;
en esta tabla, y podrás
Llégale una cruz.
salir, hombre, el ruego aplica;
en ella te crucifica,
Si tú el remedio le das
siempre que te ha menester,
nunca vendrá a mi poder.
Ásete bien a los brazos,
no la sueltes, que la vida
te importa.
Y al homicida
le da la tabla de abrazos.
Sale el hombre abrazado a una cruz.
¡Ay de mí, Jesús, mil veces!
Si a la tabla abrazos da
Ulises, seguro está,
pues ya en mi poder te ofreces;
donde el mar del delito
y en la ribera de amor
le da gracias al Señor.
Solamente solicito,
hermosa ninfa, con llanto,
formar de nuevo otro mar
en que me venga a anegar,
pues ya todo lo es espanto.
La tabla al hombro te pon,
y al auxilio del desengaño,
ya que has conocido el daño,
salva con contrición.
Penélope aquí está, Ulises,
ven, verás tu amado esposo.
¡Por ti, ninfa, venturoso
he sido! Y vi bien que avises
a Gracia, que estando en ella,
nada me puede faltar.
¿Que a anegado en el mar
el hombre, esta ninfa bella
le dio tabla en que salir
pudiera del golfo airado,
y, a ella abrazado,
tenga seguro el vivir?
¡Quietos, amigos! ¿Qué haré,
que nuevo fuego me abrasa?
¿Cómo, que en su propia casa
mi amado Ulises esté?
Sale corriendo.
¡Albricias! No me ha perdido
mi querida Penitencia.
De verme ya en tu presencia,
esposa, estoy que el sentido
de contento le he perdido,
cuando te tuviera aquí.
¿Ya qué hacemos? ¡Ay de mí!
Vámonos.
Sale.
Espera.
No te vayas, que consiente
Dios, Luzbel, que estés aquí
al bien del hombre, y a ti
a ver su gloria te atormente;
aunque os ha muerto la gracia,
triaca contra el veneno
vuestro.
Que de nuevo peno,
sin fin miro mi desgracia.
¡Oh, mi amado Entendimiento,
abrázame!
Tus soldados,
por tu contrición llamados,
vienen en tu seguimiento.
Entran los soldados.
Los pies, capitán, nos da,
pues te vemos en presencia
de la amada Penitencia.
Alzad, amigos, que ya
estoy con Gracia, mi esposa,
y mi Penélope casta.
Para tu bien eso basta,
que con prenda tan dichosa
quién te puede contrastar.
No te apartes jamás de ella,
pues es tan bella y tan bella
que a Dios puede enamorar
mediante la Penitencia.
A ver tu esposa has tornado,
con el llanto has alcanzado
mirar su hermosa presencia.
Tocan la música y aparece un altar con el Santísimo Sacramento, y Cristo detrás de gloria.
Peregrino Ulises, llega,
come a mi mesa y descansa,
pues en tu navegación
tomaste puerto de gracia;
que ya la tabla en mi templo
salvó de la tormenta airada,
sale libre de entre las olas,
la tiene aquel que la llama;
y pues que tan fatigado
de sus rigores escapas,
descansa, y llega a comer
de aqueste pan que te aguarda.
Gózalo como tu vianda,
con este pan te regala,
que es pan del alta mesa,
que en mi cuerpo soy sustancia,
no es el maná de Israel,
ni de Moisés son las tablas,
el panal que vio Sansón,
del sacerdocio la vara,
que aquellas fueron figuras,
y hoy en esta forma blanca
mi propio cuerpo te do
en que en el pan se transustancia.
Los ángeles te den gracia.
Los cielos te reverencien.
Tórnense lengua las aguas.
Sin ver a Dios, que a Dios miro,
que a Dios oigo, es cosa clara;
con decir que huelo a Dios;
yo, que con aquella blanca
capa que está Dios, le gusto;
yo, que le toca y le baja
el sacerdote a sus manos,
diciendo cinco palabras.
¿Qué dices de este misterio?
Que me admiro.
Y aquí acaba
la navegación del hombre,
tomando puerto en la gracia.