디지털 텍스트 Bien haya quien a los suyos parece
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Bien haya quien a los suyos parece. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/bien-haya-quien-a-los-suyos-parece.
BIEN HAYA QUIEN A LOS SUYOS PARECE
Hacia esta parte cayó. Hacía aquí vino a caer. Tened. Tened. Ya ha de ser fuerza a detenerme yo, que, si por desadvertido llegué tan desalumbrado, dos soles me han alumbrado para dejarme advertido. Tras esta perdiz llegué que maté al vuelo y recelo que hay también quien masa al vuelo en el monte. Yo tiré a la perdiz y sé cierto que no yerro cuando tiro. De que presumáis me admiro que vuestro tiro la ha muerto. Al golpe de mí abracado plomo atribuir quería su muerte, mas no sabía que vos la hubieseis tirado. Llevalda, que es caso llano que, si también la tirasteis, vos fuisteis quien la matasteis. Querer negarlo es en vano y, aunque la lengua negar lo que confiesa intentara, el alma, al fin, confesara lo bien que sabéis tirar. De dos tiros los despojos gozad que os han prevenido plomo del fuego expelido y el sacro ardor de esos ojos, pues para gloria mayor veis que a ofreceros acierta el plomo una perdiz muerta y un alma viva el ardor, que a no ser esta inmortal cuando sintió vuestro fuego sin duda muriera luego, pues fue la herida mortal, pero, aunque mortal la herida, son sus efectos de suerte que, envuelta en la misma muerte, le están ofreciendo vida. Viva, pues, para que muera por quien espera vivir, que mal temerá morir quien vida en la muerte espera. Retórico cazador que con ingeniosa traza sucesos mezcláis de caza con accidentes de amor, yo no os entiendo ni sé de otras muertes ni otros tiros. A esta perdiz sé deciros que tiré acerté y maté, y que con solo cazar libres aves me entretengo. Por eso a este monte vengo, cuyo término a pisar nunca he llegado hasta ahora que otros tengo más cercanos. Cielos serán soberanos con tan bella cazadora y, aunque ignorante os hacéis de tiros de amor perfeto, no es posible que el efecto de los vuestros ignoréis. Retórico me llamáis y son vuestros ojos bellos los retóricos, pues ellos están, cuando me miráis, persuadiéndome que sea su esclavo, aunque sé decir que ya para persuadir al alma lo que desea poca retórica basta. (Si tan bien saben decirlo todos los hombres y a oírlo llega la mujer más casta, no me espanto que la agraden los conceptos que amor cría, que un buen talle y cortesía dulcemente persuaden.) Ya deseo conocer a quien me obliga a escuchar sus razones. Ya dejar podéis la caza y hacer que se recoja esa gente, que quiero al punto partir. ¿Tan presto te quieres ir? Cuando del sol excelente de Cintia los rayos bellos he visto que a ver venía, ¿qué he de esperar?, pues el día acabó escondiéndose ellos. El duque es este y recelo su vista, pero no es bien que tema otra vista quien la suya tiene en el cielo de estos ojos. ¿Cómo os va de caza, hermana? ¡Ay de mí, que en un punto al través di con mi esperanza, pues ya ven que es del duque hermana la divina cazadora!, pero no tema el que adora, pues amor montes allana de imposibles. Yo he cazado media perdiz. ¿Media? ¿Cómo? Como el abrasado plomo salió del cañón rayado al punto que disparó otro cazador, de suerte que por dos partes la muerte dos golpes ejecutó y, así, fue la parte mía media perdiz en rigor, aunque me dio el cazador la otra media en cortesía. ¡Notable tiro! ¿Y quién es el cazador? Él lo diga por mí. La ocasión me obliga. Es quien humilde a tus pies el deseo que ha heredado de siempre servirte ofrece, aunque tenerle parece con la desgracia mezclado de vivir en tu desgracia después que por casos graves mi buen padre, como sabes, perdió del tuyo la gracia. En este monte ha vivido casi veinte años, tratando solo de ocultarse y dando su culpa y nombre al olvido. Yo con efectos iguales aquí vivo en compañía suya y de sura hermana mía y aquí las veces que sales a cazar hacia esta parte ocultarme he procurado de tu vista con cuidado, receloso de enojarte. Ahora que la ocasión es forzosa a tus pies vengo y, aunque en esto no la tengo, pido, sin culpa, perdón. Ya por las señas, Enrico, os conozco. Alzad y sé por ellas también que fue vuestro padre Federico, quien atrevido sacó del palacio de mi padre a Rosela, vuestra madre, que en vuestro parto murió. Sintió mi padre el suceso porque deuda suya era Rosela y quiso que fuera la pena igual al exceso. Determinó que muriese Federico, mas templó después su enojo y mandó que de Ferrara saliese para siempre desterrado. Esta la ocasión ha ido que con él os ha tenido de mi corte retirado porque a delitos tan graves tan gran castigo conviene. (Mas, ¡ay de mí!, que, si tiene de mi libertad las llaves la que de este exceso fue fruto hermoso, mal podrá del justo castigo ya estar el efecto en pie.) (Huélgome de haber sabido que es Enrico el cazador.) Hermana, ya del rigor los términos ha excedido justos el castigo grave que en esta casa se ha hecho y no es magnánimo pecho el que perdonar no sabe. Ruégame, por vida mía, que los perdone. (Esto llega a buen tiempo, pues me ruega lo mismo que yo quería.) En fin, Enrico, ¿no habéis visto a Ferrara jamás? Ni del mundo he visto más que esta montaña que veis, no porque no lo deseo, sino por seguir el gusto de mi padre —como es justo— y porque, como me veo de la gracia desterrado de mi natural señor, vivir tengo por mejor escondido y retirado adonde nadie me vea. De vuestra nobleza claros indicios dais y pagaros mi pensamiento desea esa lealtad que tenéis y en la caza de este día la gallarda cortesía con que obligado me habéis. Hermano, si Federico a nuestro padre enojó, el yerro que él cometió pretende abonar Enrico; él está bien castigado de su culpa y no es razón que pase la ejecución del castigo dilatado a los hijos inocentes, y más cuando sangre tienen nuestra y a merecer vienen el título de parientes. Hoy, por mi ruego, señor, los habéis de perdonar. Si merecen alcanzar tal padrino de su error, el perdón merecerán; ténganle por vuestro ruego y en mi gracia desde luego irse a Ferrara podrán a vivir. Otra entre tantas mercedes he de gozar: que me permitas besar el suelo que honran tus plantas. Y vos, hermosa señora, por quien os puedo decir que empiezo a ser y a vivir, pues nada he sido hasta ahora, no por desagradecido me juzguéis si mis razones con cortas demostraciones del favor que he recibido, mas, pues nuevo ser y vida desde ahora me ofrecéis, dueño de todo seréis y yo, quien con fe crecida borrar del paterno error la mancha sabré, de suerte que a mostrarme digno acierte del recibido favor. (Teneos, alma, que ya veo que morís por declararos. ¡Ay, divinos ojos claros!, cuyo color al deseo de glorias adorna y viste, no me miréis más, dejadme..., pero mirad y matadme, que en esto mi bien consiste.) (¿Posible es que la aspereza de este monte haya criado hombre que me dé cuidado?) (Hoy a mejorar empieza mi esperanza, pues llevando Enrico a su hermana bella a Ferrara tendré en ella el bien que vivo esperando.) Todo, en fin, ha sucedido a medida del deseo. Ya los cazadores creo se acercan, porque el ruido nos lo muentra Vamos, pues, y vos, Enrico, dejad el monte y a la ciudad iréis de asiento después, que ya es tiempo de ocuparos en algo que me sirváis. Iré, al paso que me honráis, Enrco. mejorándome en mostraros mi lealtad y mi deseo. No diréis que no os pagué bien la perdiz... No diré sino que en la paga veo que a obligaros me obligáis y que me voy animando a estaros siempre obligando por ver lo bien que pagáis. Enrico, advertid, que ya sabéis que es la cazadora señora vuestra. Y señora que aun del alma lo será. No entendéis. Antes creo que entiendo más que queréis, pues entiendo que entendéis lo mismo que yo deseo. (Prevención y con cuidado, buena señal.) (Él porfía en su intención y a fe mía que acierta en ser porfiado.) Atrevido rapaz, cazador ciego, que el calor de tus flechas acreditas contra libres intentos y ejercitas asaltos de inmortal desasosiego, ¿dónde lugar seguro de tu fuego tendrá la libertad si el monte habitas? ¿Qué sagrado hallará si solicitas en soledad peligros al sosiego? Tocada en lo suave de unos ojos, punta suave para dulce herida pusiste al arco, por mi mal, valiente; tuyo es el tiro y suyos los despojos, dueños son unos ojos de mi vida, vida voy a buscar, pues muero ausente. Ya del duque la porfía me causa cuidado y temo algún peligroso extremo de su intento. Desde el día primero que, fatigando fieras, te halló de tal suerte cursa este monte por verte que solo vive cazando, y aun hoy imagino yo que tan presto no se fuera si primero no te viera. Por eso y porque mostró mi padre tanto cuidado viéndole llegar aquí dudosa estoy si de mí algún recelo ha formado indigno de la opinión que procura conservar mi honestidad, a pesar del duque y de su afición. ¿Tú le viste? Sí, señor, yo propio le he visto hablar al duque. No hay que esperar prueba en mi ofensa mayor. ¿Con el duque Enrico? ¡Ay, cielos! Tu pecho en vano se altera, pues no le habló de manera que pueda darte recelos, y no es pecado en Ferrara, para que el mundo se asombre, el estar hablando un hombre con otro hombre cara a cara. ¿Quién, señor, os ha causado tanto enojo? Ese rapaz, ese Enriquillo la paz de mi sosiego ha turbado y con libre atrevimiento se ha osado poner delante del duque. Alguna importante ocasión por fundamento tendrá. ¿Qué ocasión si ya tan prevenido le tiene mi eterno cuidado? Él viene y la cauta te dirá. Las manos, padre y señor, dadme y con ellas... Con ellas, cuando mi gusto atropellas, darte castigo es mejor. Dime, rapaz atrevido, ¿sabes quién es este viejo? Sé que es del honor espejo y que de lealtad lo ha sido. Pues, si claro espejo soy, ¿por qué en mi luna procuras eclipsar las bien seguras luces de honor que te doy? ¿Cómo, mirándote en mí, no aciertas a componer tus acciones para ser retrato de lo que fui? Sabes que por mi lealtad, que norte del alma ha sido, tantos años he vivido solo en esta soledad, del duque tan obediente al castigo y al intento que aun en su memoria siento tal vez hallarme presente y, cuando en parte consigo el fin que voy procurando, en olvido sepultando aquí mi nombre conmigo, ¿tú a mi afrenta te dispones con temeraria insolencia y atrevido en la presencia del duque mismo te pones? Loco, rapaz. Ten, señor, la rienda al enojo injusto, que, siendo mi ley tu gusto, toca en exceso el rigor. Si culpa ha sido la mía será solo de ignorancia, pues del monte la distancia con libres pasos medía cuando ilustrar todo el monte vi una bella cazadora, sacro esplendor, nueva aurora del cielo de este horizonte. Hablela sin conocella, mas luego el duque llegó y ser su hermana mostró, turbome el suceso y ella, teniendo de mi noticia, en la diestra ejecutiva puso al duque paz y oliva en vez de espada y justicia. Templole la intercesión de un ángel, por tales modos que en gracia nos deja a todos —¡tan divina protección!— y que vamos a vivir, manda, a su corte. ¿Qué dices? Verdades que solemnices con el alma. A recibir sale ella misma en los ojos de esta nueva el regocijo. Llega, Enrique, llega, hijo, dulce paz de mis enojos, que ya no solo las manos brazos y alma te daré. ¿Es posible que llegué a ver —¡cielos soberanos! este deseado día? Bien merecido lo tiene tu obediencia. (Que previene el duque por causa mía esta traza he sospechado para llevarme a la corte, mas mi honor llevo por norte, nada me ha de dar cuidado.) Por vosotros, hijos míos, me alegro más que por mí, que ya, mi Enrico, ni aquí caben tus bizarros bríos ni a tu hermosa gallardía, que cortes puede ilustrar esta sierra, Cintia mía. Vamos adonde hallarán méritos que en los dos veo la estimación que deseo. Por ti, señor, la tendrán y, así, a Ferrara contento voy, por ver que ese valor vuelve al centro de su honor, cesando el estar violento fuera de él. Violento no, antes estoy de manera gustoso, que, si no fuera por vosotros, nunca yo pusiera en Ferrara el pie, que esta soledad preciosa donde la verdad hermosa tan sin máscara se ve, donde vive la inocencia de la malicia triunfando, la segura paz gozando de su efecto la excelencia, donde la honesta quietud tiene casa de aposento, patria feliz el contento, centro firme la salud, pocos saben lo que vale, mas quien lo llega a saber también echará de ver que no hay corte que le iguale Yo he visto cortes y sé lo que son porque salí de ellas y sus faltas vi, que dentro nadie las ve. Quien siguiere mis consejos huya si quietud procura, que la corte y la pintura se han de mirar desde lejos. Si tienes tan poco gusto de ir a Ferrara, señor, volvernos aquí es mejor en habiendo, como es justo, besado al duque la mano por la merced recibida. Quietud fuera de mi vida, pero ya lo espero en vano. Yo he vivido para mí tanto tiempo y quiere Dios que para vosotros dos viva, hijos, desde aquí, porque ya es tiempo que tenga Italia noticia clara de quién sois. ¿Y yo a Ferrara he de ir? ¿Que me prevenga primero no será bien? ¿Qué has de prevenir? Mil cosas para el adorno forzosas de mi persona y también porque primero quería saber ciertos cumplimientos en que allá los fundamentos poner de la cortesía. Estudiar he menester la cautela del vivir, no hacer lo que he de decir ni decir lo que he de hacer. Usar con semblante igual las dos caras del engaño en sencilleces extraño y en malicias natural. Lisonjear en presencia por siempre afectados modos y buscar faltas de todos que murmurar en ausencia. Prometer, pero no dar ni cumplir palabra dada, hacer gala declarada del mentir y el trampear. Hablar a un hombre de modo que en las entrañas parezca meterle y, cuando se ofrezca la prueba, ser aire todo. Dar muestras de confiado, apariencias de animoso y con punta de enfadoso ser crítico declarado. Y, en fin, proceder con tanta solicitud por oficio que sea todo artificio desde el cabello a la planta, que, si en esto no me ven diestro, despejado y pronto, me arrimarán para tonto por siempre jamás amén. ¿Qué quieres más aprender, Merlín, si en lo referido nos muestras que has aprendido más de lo que es menester? Tal cual soy, allá en efeto iré. Mañana querría partir, hijos, que buen día será para mí os prometo, pues en su gracia os espero ver admitidos y honrados del duque. Ya en sus cuidados el desengaño postrero le prevengo. Celestial beldad, yo parto a buscarte; quiera amor que el desearte no haya sido por mi mal. Suspenda vuesa merced un breve rato por mí, señora doña Clavela, ese paso doncellil y, pues a la corte vamos, dígame antes de partir con qué altura de esperanzas navega su amor Merlín. Sepa que su pensamiento desentrañar de raíz y salir de dudas quiero para en descanso vivir, que, si en mudanzas la corte tiene efecto bailarín, sus peligros criminales temor me causan civil. Yo apostaré, mi señora, que apenas llegó sutil de este nombre cortesano a tu oído el retintín cuando empezó su discurso a tantear y medir el modo de hacer su agosto en el verdor de su abril. Ya por mejorar de punto querrá descartarme a mí, que hasta ahora fui su rey, pero soy figura, en fin. Perder un pobre peón será cauteloso ardid para ganar, ya muy dama, un caballo o un arfil. Para escudero arrimado se quedara Gandalín, triunfando de su esperanza el señor don Belianís. Ya me contemplo retrato de aquel signo en que a lucir entra por abril el claro esplendor de nuestro cenit. Salga, pues, de dudas tantas mi confusión lacayil y del santo desengaño me alumbre el sol desde aquí, que tan penoso cuidado descansará con oír para mi duda corneta, una respuesta clarín. Parece, Merlín, que tienes —aunque con forma infeliz— parao ocultos pensamientos asomos de zahorí, pues, cuando mi fantasía comenzaba a discurrir, tu lince sospecha todo lo ha penetrado sutil. Yo te confieso que al punto que el nombre de corte oí me dio en el pecho mil saltos el corazón volatín. Tú, Merlín, acá en la sierra entre el oso y jabalí para galán eras bueno de una zagala cerril, pero en la corte excelente, donde para más lucir la gala a la cortesía sirve de hermoso matiz, hay mil gallardos Narcisos que entre holanda y ámbar gris del cielo de amor parece cada cual un serafín. El procurar mejorarme no es acción culpable en mí y el hablarte con cautela fuera trato infame y vil. Confiésote que en mi pecho se puede apenas decir por tu amor, aquí fue Troya, que aun memoria no hay aquí. Galán quiero, gentil hombre, y que sepa a lo gentil al ídolo de mi pecho dar adoración feliz. Un Adonis por lo airoso y por lo gallardo un Cid, que gala sin valentía tiene estimación ruin. Un Midas en Alejandro convertido para mí, que no hay perfección lucida sin el adorno de Ofir. Discreción, fundo en donaire, quiero que tenga y, en fin, que sea un amable en todo compuesto de gracias mil. Tal ha de ser el que fuere mi galán. Mira si a ti te querré cuando aun no puedes pasar plaza de aprendiz en la escuela de la gala. No lo pudiera decir un papagayo más claro. ¿Qué te parece Merlín? ¿No he dado en tener buen gusto? De los más lindos que vi, pero tendrale muy malo cuando quisiera abatir el vuelo de gracias tales a una serrana perdiz el que remontadas garzas mira bizarro neblí, porque en la corte hay bellezas de nácar y de jazmín tantas que por un doblón puede comprarte un cahiz, mas, ya que de confiada se pierde por presumir y me vuelve a cara vista la libertad que le di, quédese para doncella y séalo un siglo, y mil, siempre a falta de hombres buenos. Aunque lo diga un ruin. Adiós, cortesana en jerga. Adiós, jerjén baladí, galán en sombra. Adiós, dama en borrón, ninfa en tapiz. Allá va un lacayo, damas las del gremio fregonil. Lacayos, aquí hay vacante, que se descarta Merlín. Para mejor servirte, mi cuidado nuestra Italia no solo ha discurrido, pero de Espuña y Flandes procurado lo más perfecto de lo más lucido. Doce extremos de espíritu animado trajo, en doce caballos, que ha querido darnos la mano en perfección maestra de su excelente obrar por alta muestra. Dos que en su margen fueron española del Betis honra y de su padre el viento, con castaño color, crin negra y cola, un rayo cada cual, un pensamiento, en la frente una blanca estrella sola muestran, iguales en fogoso aliento, pareciendo uno de otro retratado pintado original, rico traslado. Cuatro que en saltos por el aire leve levantan a compás el cuerpo airoso Nápoles dio y en pies y manos nieve dan los dos por extremos al vistoso luciente pelo, con que no se atreve a competir el ébano lustroso; no menos son los otros dos galanes cabos negros, melados alazanes. Solicitando con lucirlo adorno a tu carroza majestuoso tiro, Trifia te ofrece seis que en su contorno raro celebro y únicos admiro, partidas ancas de espacioso torno y en breves cuellos dilatado tiro forman perfeta anchura que remata copete, cola y crin de undosa plata. Campo de nieve su lustroso pelo a tantas ruedas en distancia ofrece cuantos pedazos de sereno cielo dan enguerados en marfil parece; cuando su tardo cuello oprime el suelo fatigada la tierra se estremece de seis vistosos montes, cuya cumbre campea con movible pesadumbre. Tales los doce son y en ellos quiero conozcas mi deseo de servirte. Está bien. Cuanto más lo considero, menos, Celio, de mí cabré decirte, que en vano espero vida si no espero gozar el bien que adoro. Persuadirte puedo que no hay mujer que pretendida al menos no agradezca el ser querida. Sin respuesta me deja el duque cuando creí que mi cuidado se estimara y divertido está con Celio hablando, tanto que en otra cosa no repara. No acabo de entenderle. Deseando servirte, cual mandaste, de Ferrara partí a Florencia y luego de camino di la vuelta por Manta y por Urbino. Tres bellezas hallé que, divididas, tres nuevos orbes ilustrar pudieran y que —duda mayor—, estando unidas, al más discreto Paris ofrecieran, pues, habiendo de ser las dos vencidas, no por menores méritos lo fueran, sino porque también en la hermosura predominan efectos de ventura. Libia, hija del duque de Florencia, compuesto bello de jazmín y rosa, si hermosa muestra ser con excelencia, excelencias publica de graciosa, con su cabello el oro en competencia y con sus ojos la esmeralda hermosa despojos de su triunfo cada día se ofrecen a su airosa gallardía. Leonora, honor de Mantua, peregrina en discreción, donaire y gentileza, cuyo color trigueño, con divina perfección admiró naturaleza en conchas de coral muestra una mina de nectas perlas, celestial belleza, que vigilantes guardan dos hermosos rayos, más bellos cuanto más celosos. De Urbino muestra la princesa Elena con intenso candor del alma velo en rostro grave y majestad serena lleno de glorias un hermoso cielo, con ojos negros a morir condena cuantas almas enlaza en cada pelo su lustrosa madeja ensortijada y en ondas de azabache dilatada. Estas son las bellezas en que esperas digna esposa elegir y estos sus bellos retratos, que, si bien lo consideras, vislumbres de almas hallarás en ellos. Después, después. ¡Ay, Celio! Mil quimeras traza para arrastrar por los cabellos a la hermosa razón la pasión ciega, mas en ninguna el corazón sosiega. Cuando en tu corte la hermosura tengas de ti con sal extremo deseada y, como esperas, a obligarla vengas, verás en ella efecto de obligada; y en tanto quiere amor que te entretengas con esperanzas. Bien de mi jornada pagado quedo, pues aun no he tenido respuesta grata cuando premio pido. Lo mismo que extrañáis eso, Ricardo, a mí me ha sucedido. ¿De qué suerte? Honrar al viejo padre y al gallardo hermano hacer favores cuando a verte lleguen importará, que presto aguardo rendido ver el homenaje fuerte de su rebelde intento si le dejas dispuesto así. Bien, Celio, me aconsejas. Yo quiero apadrinaros Ya, por cierto, el puerto de la gracia deseado puedo tener. Bien es que goce puerto el que tantos naufragios ha pasado. Señor, luces del sol he descubierto que deseas. ¿Qué dices? Ha llegado Cintia. Y su ardor me inflama soberano. Ya del duque podéis besar la mano. Si pensamientos altivos, invicto señor, me dieron para estar en tu desgracia ocasión y atrevimiento, ya la humilde lealtad mía, acrisolada del tiempo, me restituye a su gracia menos brioso y más cuerdo. Yerros me han tenido ausente amorosos que no fueron dignos de perdón entonces por ser tan graves mis yerros. Traerlos a la memoria no es para blasonar de ellos, que son caros los blasones que se compran a tal precio, sino por que al absolverme conozcas que los confieso para encarecer tu gracia cuanto mi culpa encarezco. Veinte años ha que tu padre me desterró y, al fin, vengo a tus ojos, tan piadosos cuanto los suyos severos. En cuanto dure el vivir no desespere el discreto de hallar fin a sus desgracias, pues todo lo acaba el tiempo, pero, aunque de tiempo largo, más breves cuentas quiero contigo ajustar que bien en la memoria las tengo. El cargo que quiero hacerte propondré en lugar primero, que, pues me entras perdonando, quiero que me entres debiendo. Desde que tuve quince años hasta que cumplí perfetos ocho lustros serví siempre al duque que goza el cielo. En sus guerras fui soldado, en su paz fui consejero y en todo tiempo fiel archivo de sus secretos. Tres victorias le gané de sus contrarios soberbios con que di honor a Ferrara y al resto de Italia miedo. Estos servicios leales jamás alcanzaron premio, mas no quedarán sin él pues vivo yo y le merezco. Que me le darás no dudo pues el que yo estimo y quiero después de estar en tu gracia con la opinión que pretendo es que volver me permitas a mi soledad de asiento, adonde en quietud amable pase de mi vida el resto. Que quien con tormenta el golfo surcó de corte soberbio, si otra vez busca sus ondas, arguye falta de seo. La otra cuenta que me falta no la excuso, aunque la temo, antes confesando el cargo que satisfacer deseo: digo que saqué atrevido del palacio de Manfredo, señor mío y padre tuyo, aunque para fin honesto, a mi querida Rosela —perdona si me enternezco en su memoria piadosa, que con el alma venero—. Grande es el cargo, no hay duda, mas entren para descuento veinte años de privación en la pena de un destierro mi obediencia en el castigo, mi lealtad en el silencio y un vigilante cuidado en la guarda del precepto, y, cuando esto no bastare, baste el mismo fruto bello de mis yerros amorosos para pagar con exceso. Llega, Cintia, llega, Enrico, y, pues fuisteis herederos de mis deudas, ayudadme para el descargo que ofrecen. Este es, señor, el caudal que para pagarte tengo; si no le juzgas bastante, supla tu piedad el resto. Alzad, Federico noble, honor de Ferrara excelso y ajustad ese valor a mis brazos y a mi pecho. Levantad, gallardo Enrico, Cintia, no humilléis el cielo. (Fuerza es, amor, que me abrase si el sol en mis brazos tengo. ¡Ay, peregrina hermosura!) (Cortésmente, grave y cuerdo miro al duque y de este modo mejor me va pareciendo.) Federico, si mi padre se preció de justiciero, convino así, mas yo ahora de ser piadoso me precio. A mi gracia os restituyo porque ni han de ser eternos en el mundo los castigos ni ha sido pequeño el vuestro. Las cuentas que me habéis dado por verdaderas apruebo y en lo que pedís por paga de vuestro alcance primero respondo que no ha lugar, que dejaros ir no puedo cuando espero que me alumbre la luz de vuestros consejos, pero en vez de esta que excuso daros otra paga quiero para Enrico, vuestro hijo, que a servirme desde luego quede en mi cámara, adonde abonando los sucesos antiguos, con su lealtad merezca favores nuevos. Con tan gran merced, señor, pagado y honrado quedo. Y yo a tus pies, confesando que hoy me levantas del suelo con el nuevo ser y vida que en tu servicio deseo emplear, siendo en Ferrara de agradecidos ejemplo. Si acertar queréis, Enrico, pues hoy dio tan buen espejo el cielo, miraos en él y ajustad en el paterno cristal las acciones vuestras por que yo os honre diciendo que bien haya el que a los suyos parece. Hacerlo prometo. Hermana, a la intercesión vuestra estos efectos debo. (A Cintia, diré mejor, primer móvil de mi pecho.) Proseguid lo que empezaste y, pues a Enrico me ofrezco a honrar, honrad a su hermana. (Trocados van los efectos de estas honras, que en los ojos del duque voy descubriendo vislumbres del sol de Cintia como en su hermano un eterno inclinarte con la vista a los míos.) (¡Santos cielos! ¿Este severo mirar es cuidado o es desprecio?) Llegad a mis brazos. Cintia, que en extremo conoceros deseaba y ya conozco que sois de gracias extremo. De humildad para serviros lo he de ser. Alzad, que quiero vengaros hoy de un agravio que la fortuna os ha hecho. Poco poder la fortuna tendrá contra mí si llego a tener tal protectora. Agravio fue manifiesto teneros en una sierra tanto tiempo, mas yo vengo a deshacerle en palacio, donde gustaré teneros muy cerca de mi persona. (Eso es lo que yo deseo excusar, pues no conviene que poderoso y resuelto me tenga el duque tan cerca.) Paréceme que os he puesto en confusión. Es verdad y, así, vos misma deseo que de ella me saquéis. ¿Cómo? Dando en mis dudas un medio: considerad mi interés grande en estaros sirviendo y de otra parte poned el amor de un padre viejo, que su gusto y su regalo pierde en mí si de él me ausento y veréis si estar confusa con dudas tan grandes puedo. Cintia, muy discreta sois. No parece que os ha hecho falta, en la sierra, la corte, quedaos con el padre vuestro, a quien sirváis muchos años de regalo y de consuelo, y venid a verme a mí muchas veces, que con esto quedaréis vos estimada, yo servida y él contento. La merced venera el alma y el gusto admite el remedio. (Aunque más de mí te alejes, he de seguirte, sol bello.) Oíd, Enrico. No poco de esta novedad me alegro porque tan hermosa dama y tan gallardo mancebo era lástima encerrarlos en una sierra, mas, Celio, no me diréis qué ocasión tuvo para respondernos con tal sequedad el duque. Divertido el pensamiento, le hallasteis con la memoria de cierto amoroso empleo que le tiene en tal estado. Cese, pues el sentimiento, que donde amor es la causa no hay que culpar los efectos Pobre vendréis de la tierra, para una librea quiero daros cuatro mil escudos. Todos son de honor excesos. Conocer a vuestros hijos me ha dado mucho contento. Venid, Federico, a verme cada día. Con deseo de acertar siempre vendré a servirte. (A Cintia quiero hablar solo con los ojos, pues con la lengua no acierto.) (Por señas me muestra el duque que estas mercedes que ha hecho han sido por causa mía. Mostraré que le agradezco.) (Toda el alma por los ojos le estoy a Enrico leyendo. Hace amor letra muy clara.) (Luceros que adoro y temo, o me miréis apacibles, o me deis muerte severos, vuestro he de ser mientras viva, pues me va la vida en serlo.) En el cuarto ha entrado ahora de Hipólita mi señora. Y más hermosa entraría que la rosada del día siempre bella precursora. Envidiar quiero a mi hermana, que un cielo consigo tiene cuando Cintia soberana a verla viene, aunque viene para mí siempre inhumana. Estimación de su honor será todo. Y de mi amor poca estimación parece, pues en mí el deseo crece y en ella crece el rigor. Aquí está el duque. Inhumano su rigor con su hermosura competir quiere. Su hermano viene. Reportar procura efectos de amor tirano. Por fuerza lo habré de hacer. Mucho, Ricardo, de ver los retrasos he gustado, cada cual por extremado puede el mejor parecer, mas Helena es la que tiene más alma, que en negro pelo tanta blancura hacer viene junta de extremos que el cielo para perfección previene. (Por lo que a Cintia parece mi lengua así la encarece.) Discreta elección has hecho y, si ella tiene en tu pecho la ventura que merece, duquesa tendrá muy presto Ferrara. No estoy ahora resuelto. Su manifiesto valor la ha de hacer señora nuestra. El deseo dispuesto a siempre agradarme, Alberto, se conoce en vuestro acierto y, cuando entre los caballos —que puede el sol envidiallos— no hubiera valor tan cierto, solo el de los dos valientes rayos de España bastara para suplir excelentes cuanto en el resto faltara de méritos convenientes. Ponerme en el uno espero esta tarde. Es verdadero indicio de estimación con que premias mi intención. Debajo de Enrico quiero ver el otro por que bien me parezca. Nuevos modos de honrarme. Es muy justo a quien parece en los actos todos de caballero, tan bien que no sé en cuál de ellos pueda decir que gallardo exceda. En un eterno deseo de servirte. Así lo creo, mas, en cuanto al resto, queda en pie mi duda, naciendo de ella otra mayor que ver averiguada pretendo y la habéis de resolver entre los cuatro, diciendo en qué acto caballeroso, más bizarro, más airoso un caballero se muestra, Celio. Un gallardo y brioso caballero muchas tiene ocasiones de mostrarse bizarro y serlo conviene, pero en la que a señalarse con más eminencia viene es en correr un caballo y hacerle mal, porque hallo que este es el acto primero del nombre de caballero si en razón he de fundallo. ¿Qué os parece a vos, Ricardo? De una costumbre española cortar mi opinión aguardo, pues en esta nación sola se ve, por eso, gallardo, en público alancear bravos foros y quebrar un rejón y otro en su cuello, llegando el ánimo en ello a tener tan buen lugar que muestra ser esta acción donde la destreza y brío luce sin más perfección y a esta, en fin, el gusto mío redice en estimación. ¿Y vos qué decís, Alberto? Que donde más descubierto el ánimo resplandece y airosas muestras ofrece de valor seguro y cierto es en los actos adonde publica la gallardía el brío que el pecho esconde y aquel que en la opinión mía a este fin más corresponde es un bizarro justar, un airoso tornear que no hay en el mundo acciones donde con más perfecciones puede el brío campear. Vuestro parecer espero, Enrico. Mi parecer en todo será el postrero, pero, aunque lo haya de ser, darle, pues lo mandas, quiero: si cualquier acción que viene a imitar las veras tiene estimación en rigor, y mayor la que mayor imitación les previene, ¿cuánta más estimación en todo a las mismas veras se les deberá en razón? Consecuencias verdaderas de claro argumento son y, así, en la acción que más tenga de veras es bien que venga a señalarse más bien cualquier caballero a quien este nombre le convenga, con lo cual viene a probarse que el que más airoso fuere en reñir y acuchillarse, bizarro en cuanto hiciere y airoso puede llamarse, y más, si el rostro excelente que adora tiene presente, que entre damas de brioso gusto no parece airoso jamás el que no es valiente. Alabo el discurso, Enrico,... (Mucho tiene de arrogante la opinión) ...y os certifico que a tener de aquí adelante vuestro parecer me aplico y a creer que el corazón quiere hacer demostración en la lengua de sus bríos. No estimo tanto los míos, aunque bien nacidos son, que pretenda blasonar de ellos, mas en tu servicio sé que los sabré mostrar cuando importe. Celio, indicio me da este modo de hablar que se precia de alentado Enrico. Así lo ha mostrado en su opinión y en el modo de explicártela, que todo va en lo que dices fundado. Holgárame de saber si conforma su decir con su hacer. Yo sabré hacer que lo llegues presto a oír. No, Celio, eso no ha de ser previniendo la ocasión ni poniendo en condición que por mi gusto suceda desgracia alguna. Eso queda por mi cuenta. Esta pasión que me atormenta tirana no me permite sosiego. Quiero al cuarto de mi hermana pasar. Mariposa, al fuego vas de Cintia soberana. Fénix dirás, cuando muero donde renacer espero para morir cada instante. Una facción importante, Ricardo, encargarte quiero. Decidme lo que es Sí haré. ¡Gracias a Dios que acerté a salir! ¿Adónde vas, Merlín? Señor, ¿aquí estás? ¿No lo ves? Contigo entré cuando a Cintia acompañaste, mas no vi cuándo saliste, que en las manos me dejaste de una fea visión triste con un monjil por engaste, y yo digo que pudiera ser dueña de Satanás. Pues ¿qué hay más? ¿Qué ha de haber más? Heme estado un hora entera con una dueña, ¿y aun quieres que haya más? Vete otra hora, si tan animoso eres, y como yo salgo ahora sabrás cómo tú salieres. ¿Tan malas te han parecido? Tan malas que no ha podido la malicia inventar cosa más cansada y enfadosa para el humano sentido. Sin duda el diablo inventor de estas tumbas aguileñas fue, porque Dios en rigor no crio mulas ni dueñas, y no sé cual es peor. Bien lo vas encareciendo. Juro a Cristo que voy viendo que es el diablo un majadero y del suceso lo infiero de Job. ¿Cómo? Porque entiendo que si al lado le pusiera una dueñaza ochentona, cansadamente severa pedigüeña y preguntona, no sé yo si Job tuviera paciencia en su muladar para poderla esperar. Mucho te deben, a fe. Mucho enfado, mas yo sé que hoy me podré desquitar. ¿Hoy? Sí, que Hipólita bella sale y cuando en bendiciones paguen el gozo de vella cuantos con admiraciones juzgan sol, honran estrella, desde la dama divina hanta la menor menina, verás que, en viendo las señas de cualquier coche de dueñas, de suerte el gusto declina que cual si peste trujera, aun no hay quien mirarle quiera. Bueno, a fe. Lo bueno ha sido haber ocasión tenido para escapar de esta fiera, sirena injerta en arpía que, a no haberse de esconder porque Hipólita salía, condenado estaba a ser u estafermo todo el día. ¿Ya salió Hipólita? Ya salió de su cuarto y va a entrar en el coche. Amor, sin mirar su resplandor soberano, mal podrá reposar el alma. Voy a seguirla Y yo a esconderme de la dueñaza, que estoy temiendo que vuelva a verme, según desgraciado soy, pues tal miedo la cobré que de hoy más no cesaré, como el temor me lo enseña, de decir. «Ab omni dueña libera nos, Dominé». No os admiréis que no quiera el duque dar a Ferrara, señora, como la espera, cuando en su amor con tan clara resolución persevera, pues quiere a Cintia de suerte que fuera imposible acierte otro blanco su intención, puesto que ya su afición casi en tema te convierte, que ella con recato honesto —efectos de privación causando en tu amor— le ha puesto en tal punto de afición que hasta rendirla dispuesto vive a obligarla penando. Mal puede obligarse cuando consulta espejos de honor mujer noble a injusto amor. El duque vive aumentando deseos con esperar, mas no me diréis, Ricardo, qué venimos a buscar aquí. El suceso que aguardo la respuesta os ha de dar. Celio, para cierto efeto que dispone por respeto del duque, me encomendó que con vos viniese yo a este sitio y en secreto. El duque a su quinta viene y Enrico ha de acompañarle; este es el paso y conviene en esta vega esperarle para el fin que se previene. Advertido está un criado que con secreto y cuidado le diga cómo le espero. De la prevención infiero algún suceso pesado, mas, si da Celio a entender que el duque lo ordena así, forzoso es obedecer. Parece que por allí vienen ya, pues llego a ver la guarda y coches. Y ya la hermosa Hipólita va en el suyo, dando nueva luz al sol. Consigo lleva a Cintia. Honrarla querrá. En el español fogoso va el duque, al estribo hablando con Cintia. Al otro, brioso andaluz, va Enrico dando grave movimiento airoso. Ya llega el criado a él. Ya se aparta del tropel. Ya se apea y viene aquí. Apartaos, Alberto, allí y dejadme hablar con él. La pretensión de Ricardo en gran confusión me ha puesto, pero con hablarle aguardo que de ella saldré muy presto. Seáis, Enrico gallardo, bienvenido. Y vos estéis en buen hora. Aquí me habéis por un criado avisado que viniese y con cuidado vengo a ver lo que queréis. Sabreislo con brevedad. Yo vengo a reñir con vos, y no por enemistad, que no siento entre los dos causa de esta calidad, sino porque en arrogante modo dijisteis delante del duque, que en un brioso caballero, el más airoso acto y el más importante sería el acuchillarse, y más si estaba pretense su dama. Esto a publicarse de palacio entre la gente llegó y a calificarse entre las damas, que dan en aprobarlo y están resueltas que el que no hiciere valientes actos no espere nombre o favor de galán. Yo, pues, que alguna hermosura que hoy entre esas damas viene, solicito con fe pura, quiero mostrar que en mí tiene lo que conocer procura y, para gloria mayor, con vos, que fuisteis actor de esta opinión bien fundada, tengo de abonar mi espada y examinar mi valor. Siempre he sido de opinión, Ricardo, que un caballero ni ha de buscar la ocasión ni rehusar el acero en las que forzosas son. ¿Vos por ventura tenéis más causa de la que habéis dicho? Esa sola se ofrece. Pues ella no me parece bastante. Si lo podéis excusar y de razones os dejáis aconsejar, ved que de honor los blasones nunca se han de aventurar por pequeñas ocasiones. Mirad que, aunque el duque va tan lejos, alcanzará bien a ver nuestra pendencia y reñir en su presencia poco respeto será. Que habéis de perder os digo su gracia si tal hacéis y, ganando un enemigo en mí, a mí me perderéis, que soy bueno para amigo. No os fieis, pues no es razón, en ser leve la ocasión, que del acero desnudo jamás el efecto pudo reducirse a proporción. Mirad, pues, lo que os agrada, libre la elección os dejo, que en mi intención bien fundada hay lengua para el consejo y hay mano para la espada. La resolución no admite concejo que la limite. Tened, Ricardo, esperad: ¿y a qué fin —me declarad— traer aquí de permite a Alberto cuando conmigo solo venís a reñir? Que fue muy acaso os digo y, así, cuando os vio venir se apartó, que, aunque es mi amigo, es caballero y sabrá lo que ha de hacer. Sacad ya la espada. Es lance forzoso. Este trance peligroso temo y, aunque indicios da Ricardo que lo ha mandado el duque, como no entiendo el fin en que va fundado, llegar a estorbar pretendo peligro tan declarado, pues lo ha menester Ricardo, que es el contrario gallardo. Basta, basta, caballeros, que por casos tan ligeros justa suspensión aguardo ver en vuestro enojo injusto. Apartad. Cuando lugar dio a palabras el disgusto, quererle, Alberto, atajar fuera entonces caso justo, mas, cuando luce brillante el acero penetrante, ni la acción admite pausa ni se ha de ajustar la causa si es bastante o no es bastante Apartaos o ¡vive Dios que os hago a los dos pedazos!, mas, si es traza de los dos, llegad, que aceros y brazos habrá también para vos. Yo creí que en vos tenía más lugar la cortesía, pero con respuesta igual haréis que os pida por mal lo que por bien os pedía. Si tan deseoso estáis de reñir, venid, conmigo podréis. ¿Qué es lo que intentáis, Alberto? Ricardo amigo, perdonad. Ved que agraviáis mi opinión. A defenderos probad los dos. Caballeros, con ventaja no es valor reñir, pero, si al honor rompe el enojo los fueros, Enrico a su lado tiene, aunque no lo ha menester, quien esta ventaja viene a igualar y a deshacer a quien su ofensa previene. Dos a dos somos, llegad y los aceros probad. Templad, señora, el rigor, que a tan divino valor, a tan heroica beldad quien no se rinda os ofende. Ya cesa en mí la pasión que a Enrico enojar pretende, pues ofender no es razón a quien tal ángel defiende. Venid, Alberto. A extremado tiempo llegó. Más quisiera que no te hubieras mostrado tan cortés. Y mejor fuera que tú no hubieras llegado. El duque viene y no es justo le esperes. Su enojo injusto recelo, aunque más temiera ni este suceso pudiera darle a Hipólita disgusto. Habeisme dado, Celio, gran disgusto. Culpa de mi desgracia es evidente, mas, conociendo que mostrabas gusto de examinar un ánimo valiente, a Ricardo entregué, de cuya espada glorias canta la fama diligente, que con Alberto hiciese la esperada prueba a tus ojos del valor de Enrico en forma comedida y limitada. A tan costosos términos no aplico mi gusto, ya os previne con cuidado, mas Alberto y Ricardo os certifico que el enojo me paguen que me han dado. Al capitán, vosotros, al momento de mi guarda llamad, que castigado con prenderlos veré su atrevimiento. Poca pena los dos han merecido, pues yo fui de su culpa el fundamento, que este deseo había conocido en ti dije a Ricardo y verle luego quiso el cuidado de los dos cumplido. Si erraron fue por mí y, así, te ruego que ellos perdón y yo castigo tenga, pues en mi culpa su inocencia alego. No es justo que un vasallo se prevenga a injusta acción por solo que un privado a persuadirle de palabra venga, el que blasona de fiel y honrado, si una firma no ve con que obligarle su natural señor tenga ordenado, entre al mismo señor y con hablarle tome la orden de su boca, y sea con ella puntual en agradarle, que el que así no lo hiciere, aunque se crea del privado mayor, tal vez podría errar lo mismo que acertar desea Ricardo en el suceso de este día y Alberto lo verán a costa suya. (Con una traza divertir querría su enojo.) Nadie es justo que se arguya que de malicia erró y, si en esto el grave yerro fue causa de la ofensa suya, no hay mal que importe como en bien acabe ni yerro que por grave se condene cuando en acierto terminarse sabe. Esto en su abono nuestra culpa tiene cuando la misma acción que te ha ofendido de agrado nuevas causas te previene, que a no haber de esta suerte sucedido no hubieras visto en Cintia la gallarda acción que nueva gloria te ha ofrecido: el llegar a un soldado de la guarda con brío varonil, presteza airosa, quitarle de las manos la alabarda y volar al socorro presurosa de tu hermano, mostrándose a su lado Venus guerrera, Palas valerosa. Dulcemente el rigor has moderado de mi enojo, si bien al alma ofreces nuevo deseo en su mortal cuidado. ¡Ay, belleza divina!, que engrandeces tu excelente valor en tus acciones cuando en rigor mis glorias obscureces. Quien mendiga en su amor aun ocasiones para poderte hablar y para verte no pierda las que lícitas dispones. A verte iré y a dilatar mi muerte un breve espacio en esos ojos bellos. (Bien mi traza salió.) Dichosa suerte. A tu sagrado acogerme pretendo en esta ocasión, pues tu piedad es razón que se digne de valerme Para negocio más grave te ofreciste protectora, sepa defenderme ahora la que siempre honrarme sabe, que, aunque saqué provocado de Ricardo el limpio acero, temo del duque severo el enojo bien fundado hasta que de mi inocencia la misma verdad le informe. Respecto al valor, conforme publica vuestra prudencia, aseguraros podéis que ya mi hermano estará de todo informado y ya sé que culpa no tenéis. Brío sí heroico, y de modo que con la ocasión pasada vuestra opinión confirmada queda en gracia y vos en todo amable en vuestras acciones al gusto de las más bellas damas, y aun alguna de ellas confiesa que en los balcones de sus ojos se asomó el alma, harto cuidadosa, a mirar la acción airosa que el cuidado le pagó. Efectos son de ventura cuando los méritos son humildes dar opinión, mas, si una sola hermosura en cuantas me califican no me honró en su gusto más, no estimo de las demás cuanto en mi favor publican. Si ella es discreta, es forzoso que estime fe tan perfeta. Si cuanto ella de discreta tuviera yo de dichoso, igual fuera mi ventura con su hermosura y valor, mas solo iguala mi amor su valor y su hermosura. ¿Tanto es su valor? Es tanto que acobarda a mi osadía. Que confiese cobardía vuestro corazón me espanto. Injusto nombre de di a lo que llamar respeto debía, mas, en efeto, si os admiráis de que en mí llegue el amor a tener sombra de temor cobarde, por mi opinión, aunque tarde, quiero mi intento volver, que, si acciones animosas alabáis, mostrar sabrán las mías que no serán cobardes por amorosas. (Lengua atrevida, teneos, que os vais despeñando ya.) (Si es discreto, él quitará la máscara a sus deseos.) No consiste en valentía de amor el atrevimiento, que, siendo su fundamento el respeto y cortesía, mayor fineza de amor arguye un silencio mudo, que es de artificio desnudo, por señas grande hablador: un querer y no atreverse, un hablar y no explirarse, un pedir sin declararse, un osar sin resolverse y, en fin, un tierno mirar, por comedido agradable, suele ser más estimable, más amor suele mostrar que el arrojado decir tiernos afectos de amor, pues quien los dice mejor mejor los suele sentir. Confieso que así lo entiendo, pero cuanto ha muchos días que las graves ansias mías por señas estoy diciendo, si unos ojos que han de ser premio de mi pretensión, aunque entienden mi afición, no la quieren entender para excusar un morir en silencio dilatado, tengo por más acertado lo que padezco decir, que cuanto más su crueldad culpe mi resuelto intento dirá que fue atrevimiento, mas no que fue necedad. Si no aciertan a entenderos los ojos a quien habláis, o no quieren que entendáis el modo de responderos, que lo acertaréis entiendo en decírselo más claro. Harto, por Dios, me declaro, que ya se lo estoy diciendo. ¿A quién? A los ojos bellos a quien el alma rendí declaro mi amor así y digo hablando con ellos: Ojos, cuyo valor en adoraros confiesa humilde un alma que abrasastes cuando en vuestro color calificastes el que el cielo tomó para imitaros. Si ojos de estrellas ocupó en miraros, con esplendor divino le ilustrastes, y de la luz intensa que mostrastes rayos, Apolo, recibió más claros. Vestir quieren las flores azul velo, azul piden el sol, una y estrellas por nuevo adorno al hemisferio muestro; de todo triunfa vuestro azul, que el cielo es de quien tienen ser las cosas bellas y es él bello por ser del color vuestro. ¿Ojos azules os dan cuidado? De mi tormento son el divino instrumento. Por ese color podrán en palacio aficionaros muchos, porque muchos bellos he visto. Entre todos ellos por más hermosos, más claros, más perfectos y más diestros en matar, con verdad clara puedo jurar que en Ferrara no he visto más que los vuestros. ¡Bueno está! Enrico, enfrenad intentos desvanecidos si no queréis que atrevidos ocasionen mi crueldad. Quién soy advertid y sea para vos cuerdo escarmiento el paterno atrevimiento o haréis que el rigor se vea, que su castigo contemplo presto renovado en vos. Buen ejemplo es, mas, ¡por Dios!, que antes me anima su ejemplo, pues por lo menos, si fue gravemente castigado, divinamente premiado se vio en amorosa fe, y el cielo sabe que yo por dichoso me juzgara cuando culpa igual comprara al precio que él la compró. La culpa yo la he tenido en sacar de entre las fieras un hombre que tan de veras me haya el respeto perdido, mas, si mi piedad parece culpa, que la enmiende es bien con el castigo de quien tan mal el bien agradece. Volveos, Enrico, a la sierra, que bríos tan mal fundados mejor están empleados entre las fieras que encierra que en la corte y entre damas, cuyo valor ofendéis Justo es que así le cortéis a mi esperanza las ramas, pues fruto me prometieron del divinamente hermoso cielo que jamás piadoso experimentar pudieron. A la sierra volveré a vivir y entre sus fieras —menos que ese pecho fieras— piedad mayor hallaré, que no quiero eternizar con mis penas mi dolor adonde matan de amor y castigan por amar. (En vano afecta crueldad la lengua, si el corazón entre fingida pasión le está dictando piedad.) Volved, Enrico, no os vais. ¿Fáltale a vuestro rigor qué disponer? De mi honor la opinión, si os ausentáis, puedo con razón temer, que, si en vuestra ausencia sabe Ferrara causa tan grave, bien a mi costa será, pues harán claro argumento que a no daros yo ocasión jamás en vuestra intención cupiera este atrevimiento. Quedaos, que solo os destierra de mi gracia mi rigor. Enrico. De esa suerte, por mejor tengo volverme a la sierra. Esperad. ¿Qué he de esperar si de vivir desespero? (¡Ay, leyes de honor severo!, pues me impedís declarar, permitidme agradecer.) Bien por mi opinión miráis, pues en riesgo la dejáis notorio después de haber por tan atrevido modo su respeto atropellado. Que propio es de un desdichado tener la culpa de todo. Apartad. ¿También tendré culpa de que hayáis caído? Claro es que la habéis tenido si en vuestro pie tropecé, mas en no darme la mano la tenéis mayor. Bien presto lo remediaré. ¿Qué es esto, cielo, que entenderlo en vano pretende mi confusión? Apenas el chapín puedo hallar. No lo halles, pues quedo dichoso en la dilación. Ya le hallé. Apartad ¡Ay, Dios, si más tarde hubiera sido! Por vos, Enrico, he caído, caed en la cuenta vos. Ya lo comienzo a entender y yo os volveré a enojar muy presto si han de parar los enojos en caer. ¿Vos en mi casa, señor? ¿Qué excesos de honor intenta vuestra alteza, cuando busca esta humildad vuestra alteza? Justa causa, Federico, me trae a la casa vuestra. ¿Dónde está Enrico? Ya sé que por su poca advertencia su mocedad mal regida te habrá disgustado necia con el suceso pasado. Buscalde y a mi presencia le traed. (Bien de este modo le echaré de aquí.) Quisiera yo, señor, haberle visto por que del modo supieras que mi sentimiento daba justo castigo a la ofensa, pero yo parto a buscarle y entretanto a tu clemencia suplicaré. Prevenciones excusad, Enrico venga, que yo sé lo que he de hacer. ¡Ah, rapaz, qué bien se emplean en tu culpa estos rigores! Cuidado con esa puerta, Celio. Seré de tu gusto vigilante centinela. Si la culpa de mi hermano tanto a disgustarte llega, comience por mí el castigo, pues yo fui cómplice en ella. ¿Fue culpa haber afrentado con rayos a las estrellas, a Marte con el valor, a Venus con la belleza y a Palas con bizarría cuando airosamente diestra, divinamente gallarda, terminaste la pendencia? Culpa fue, si os disgustastes de mi acción, que no pudiera ser culpable de otro modo. Esta no, pero en las vuestras muchas culpables acciones hallo. Mi poca advertencia será la causa y querría, para enmendarlas, saberlas. ¿Los efectos por ventura ignoráis que esa belleza causa en mi alma? Esa culpa podrá servirme de pena, pues haber vuestros deseos conocido por las señas y hacer mi honor imposible cuanto la piedad desea pena bastante es en mí para castigarla, cierta culpa de no remediar lo amable de vuestras penas. Si con nombre de recato disfrazáis crueldad inmensa, ¿qué fin tendrá mi esperanza? ¿Qué piedad mis justas quejas? Cintia, la crueldad no es gala en mujer de vuestras prendas ni hay para hombre de las mías disculpa en vuestras tibiezas. Vuestro señor natural nací y el amor me ordena que pida humilde favores que puedo tomar por fuerza. Yo no he de morir penando, dadme esperanzas siquiera de esperanzas, que deseos con dulce efecto entretengan. Mirad que el amor es fuego y en la mayor resistencia de la mina del rigor con más violencia revienta. Los cielos saben, señor, que en esta ocasión quisiera tener méritos mayores o tener menores prendas; méritos grandes podían, siendo igual en todo vuestra, dándome a quien más estimo hacer mi ventura eterna; prendas humildes no dudo que atropellarlas pudiera mi intención por agradaros pagando de amor finezas; mas, cuando mi estado en medio de estos extremos me niega arrojamientos de humilde, presunciones de soberbia, ved cómo podrá ofreceros piedad, aunque gusto tenga, quien graves leyes de honor por obligación profesa. ¿Es posible que aun fingidos, para divertir mis penas, favores en vuestra boca no quiere el rigor que vea? La razón gobierna al gusto y no es razón que la lengua sin que se los dicte el alma favores falsos ofrezca, porque ni yo he de engañar a quien estimo ni fuera justo animar esperanzas que injustos fines desean. Cintia, mi amor en razones, por sofísticas, discretas no ha de hallar impedimentos que el curso veloz detengan, resolveos a no dejarme morir en penas tan ciertas o haréis que a buscar remedio para vivir me resuelva. Dadme siquiera una mano. Duque, señor, considera que ni el honor sinrazones ni el amor admite fuerza; detente, aguarda. Es en vano. Enrico y su padre llegan. ¡Mal haya, amén, su venida! Muy en hora buena vengan. Ya, señor, tienes a Enrico a tus pies. Y ya confiera su culpa él mismo y humilde la ley de tu gusto espera. Alzad, que de todo el caso tengo ya noticia cierta y, aunque vos queréis culparos, conozco vuestra inocencia. Mucho de Alberto y Ricardo he sentido que se atrevan a un hombre que estimo yo, pero, ya que presos quedan, sabré castigarlos cuando el valor que en vos campea de capitán general os da título en mis tierras. ¿Este es, señor, el castigo que amenazó tu severa vista? Merécelo Enrico. Señor, entre tan excelsas mercedes otra has de hacerme. Decid. Que perdón merezcan por mí Ricardo y Alberto y a estar en tu gracia vuelvan. Hágase lo que pedís. El que en servirte se emplea no espere premios menores. Huélgome que este fin tenga suceso que temí tanto. ¿El duque a mi casa mesma venir y en vez de castigo a Enrico hacer honras nuevas? No sé lo que de esto diga.) (Más el duque me avergüenza cuanto más honra a mi hermano. ¡Ay, honor, con cuánta fuerza, cuando os combaten deseos, obligaciones os cercan!) (Con premios pago rigores, mercedes doy por ofensas. ¡Ay, amor, a lo que obligas!, mas como a Cintia me ofrezcas, infinito es lo que vale poco juzgo lo que cuesta. Si mis ojos parleros los secretos del alma te han contado, con reflejos de luz que les han dado de Cintia los luceros, ¿cómo podré negarte lo que el amor pretende revelarte? Cintia, desde la sierra donde emboscada su belleza puso el niño dios que mi prisión dispuso en ardides de guerra, con rayos celestiales, glorias al alma fulminó inmortales. Vila —¡ay, tiernas memorias de libertad perdida dulcemente!— al tiempo que la risa de una fuente de dos juntas victorias el parabién le daba y ella en honrar su margen la pagaba. En su falda florida la sierra le guardaba, un ciervo herido a sus flechas, rindiendo agradecido felizmente la vida y yo a flechas más bellas toda el alma ofrecí por merecellas. Obligarla obediente mi gusto desde entonces pretendiendo, idólatra de amor le está ofreciendo adoración decente cuando ella más procura vincular su rigor en su hermosura. Honor y amor contrarios, freno a su intento, espuela a mi deseo, dilatando las glorias de mi empleo, porfían temerarios, opuestos inmortales en los efectos de mi muerte iguales; mas, aunque honor en ella eterna resistencia solicite, desistir el amor no me permite de aspirar a vencella porque es mayor la gloria cuanto fue más dudosa la victoria. El alma deseosa, que de su dulce vista se alimenta, fuera del centro suyo está violenta sin su presencia hermosa. Hermana, adiós, que quiero buscar el centro donde vivo y muero. ¡Ay, hermano!, que iguales causas a mi cuidado y a tu pena previno amor, que en suerte igual ordena efectos desiguales: a ti un rigor te mata y a mí un recato honroso me maltrata. Vete, amante y quejoso, a contrastar la resistencia inmensa de la que armar procura su defensa con desdén riguroso, que yo en mí misma veo resistencia mayor a mi deseo; mas, ¡ay!, que en tanta pena te concede fortuna mejor suerte, pues descubrir la causa de tu muerte puedes a quien la ordena, mas yo en silencio muero encubriendo y negando lo que quiero. Siguiendo a mi cuidado, despertador eterno del sentido, a pesar de temores atrevido, hasta el jardín he entrado por ver si entre sus flores un áspid celestial mata de amores; mas ya las mismas bellas florecillas me envían con el viento nuevas que deben a su dulce aliento lo que es fragancia en ellas. ¡Ay, flores milagrosas!, mostradme el bien que os hace venturosas. A Enrico he visto y parece que se acerca adonde estoy; cuando más viéndole voy más mi gusto en verle crece. En él mi retrato copia de gallarda cortesía; Amor, para gloria mía, miedo me tengo a mí propia. ¿Qué he de hacer para mostrarle sin ofender mi recato piedad justa, pecho grato deseoso de premiarle?, pero ya el amor piadoso me da una traza excelente y la margen de esta fuente sitio me ofrece dichoso. Fingirme quiero dormida en esta cama de flores matizada de colores que apacible me convida, que, cuando Enrico me vea, podrá él mismo de su mano tomar favores que en vano negarle el alma desea, y yo, que solo pretendo disculpa en tanto arrojarme podré, para disculparme, decir que estaba durmiendo. Él viene y mis ojos son Argos de su pensamiento. Dale, amor, atrevimiento, pues yo le doy ocasión. Flores, ¿por qué me ocultáis la gloria de mi deseo?, mas ya no os culpo, pues veo que alegres me la mostráis, que no me ha visto imagino y en el modo que te ofrece un sueño blando parece ocaso a su sol divino. Dormida está. ¡Ay, dulce dueño! Que aun así matáis de amores, dormid, y vosotras, flores, guardalde conmigo el sueño. En cuanto esté de esta suerte notad extremos perfectos de mi amor, cuyos efectos le digáis cuando dispierte. Las violetas, de amor llenas, le digan en su color mi amor, y que es casto amor publiquen las azucenas, confiesen las maravillas, que es ella la mayor de ellas. Las rosas, que las más bellas desprecio por sus mejillas, digan los claveles rojos que en sus labios los mejoro, el azul lilio, que adoro su color en estos ojos. El jazmín diga que asiento en este cuello le doy cuando más fragancia voy buscando en su dulce aliento. La flor que al rojo arrebol mira del sol todo el día diga que con más porfía busco yo mi bello sol. Las avecillas, trinando afectos de amor nacidos, enternezcan sus oídos mis penan representando. Hasta el céfiro suave lenguas forme en leves hojas con que mis dulces congojas publique en acento grave, pero ¿qué intento divierte mi deseo cuando veo que el dueño de mi deseo me ofrece amor de esta suerte? El sueño en dulce prisión todos los sentidos tiene, oculto el sitio previene segura disposición. ¿Qué intentáis, locos deseos? Pensamientos, ¿qué intentáis?, pero muy tarde llegáis, consideración, volveos, que ya es fuerza examinar mi valor, pues me convida una hermosura dormida, dándome tiempo y lugar de enlazar su hermoso cuello y desquitar mis agravios en el nácar de sus labios, aunque me mate por ello, mas —¡ay de mí!— ya parece que despierta, pero son miedos de mi turbación sombras que el temor me ofrece. Amor, dame atrevimiento, que esta vez por vos me animo. (La resolución estimo, pero estorbaré el intento.) ¿Qué es esto? Perdido soy. A un hombre tan atrevido, aunque más ha merecido, este castigo le doy. Si así tu enojo mitigas, gloria el castigo ha de ser, pues dejas en mi poder la mano con que castigas. Suelta. A dejar no me atrevo del castigo el instrumento por que no vuelva violento a castigarme de nuevo, que, si es ofensa el rigor, satisfacción ha de haber, y para esto en mi poder pues el cielo al agresor. Suelta, atrevido. Es en vano, que esta mano me ofendió y ¡vive el cielo que yo me he de quedar con la mano! ¿Viose atrevimiento igual? Harete matar. Bien puedes si a tu rigor le concedes ejecución criminal, mas, aunque mi muerte traces con rigor o con acero, dejar la mano no quiero. (¡Ay, Enrico, qué bien haces!) Si no la quieres dejar por rigor, por cortesía la pido. Mal te podría por ese modo negar nada quien tan tuyo es, mas, ya que obediente estoy, ¿qué has de hacer si te la doy? Volvértela a dar después, que, si amor determinado tu resolución esfuerza, pues la has de tomar por fuerza, más quiero darla de grado. Venturoso quien merece oír tal. La mano quiero dejar, pues por ella espero la gloria que amor me ofrece, mas mucho tarda el volver a mi poder. ¿Mucho es esto? Un siglo es. Dámela presto. Ahora no puede ser. Pues ¿cuándo? Esta noche entrar por este jardín podéis hasta mi cuarto y sabréis cuándo os la tengo de dar. Dichosa resolución. Dulce amor, feliz porfía. ¡Ah, venturosa osadía, tuyas estas glorias son! Muchas honras de tu mano mi casa se prometió, mi padre las mereció y las merece mi hermano. Si a los dos se las has hecho, alcance yo justa parte, que en servirte y estimarte no os menos leal mi pecho, mas no con baja intención su valor noble aniquiles, que honras por respetos viles principio de afrenta son Advierte, señor... En vano persuades con razones a quien ofender dispones con rigor tan inhumano, mas ya, Cintia, ni podrá tu persuasión divertirme ni tu rigor impedirme glorias que el amor me da. Resuelto viene mi intento, ni padre ni hermano veo que me impidan ni el deseo repara en impedimento. Venganza de tu rigor mi resolución será, si a tema reduces ya respetos justos de amor. Tema también en mi pecho será la defensa mía, pues la humilde cortesía no me ha de ser de provecho, que padre y hermano ausente no han de acobardarme, no, pues para guardarme yo basta que esté yo presente. Necia presunción te esfuerza. Y a si injusta pretensión. Contra una ciega pasión, contra una resuelta fuerza, ¿qué valor podrá valerte? El mío. Cintia, perdona, que hoy veré cómo blasona tu presunción. De esta suerte. ¿Daga para mí? ¿Qué intentas? No es la daga para ti, que, aunque la modestia en mí por modo injusto violentas, conozco bien que te debo, como a señor natural, respeto a mi honor igual y en los efectos lo pruebo, mas también sé que a mi honor debo estimación inmensa y que pondrá en su defensa todo el resto mi valor. En este bruñido acero mi honor su intención abona y no contra tu persona, que por señor te venero, sino contra mí, que en mí tu intento determinado castigo bien empleado tendrá, pues la culpa fui. Mira, pues, bien lo que intentas, que, si a mi deshonra aspiras, para esta daga que miras apelo de tus afrentas. Oye, advierte... Es sin provecho y ¡vive Dios!, si las plantas para mi afrenta adelantas, que me he de pasar el pecho. Terrible resolución. Más terrible es tu porfía. Efectos son, Cintia mía, de una insufrible pasión. Perdona mi atrevimiento, cese el enojo cruel, pues has dejado con él bien castigado mi intento. Conozco que eres divina cifra de honesto valor y a respetarte mi amor por nuevo modo me inclina. Dame la daga. Bien puedo darla, pues defensa tiene mi honor, que mi padre viene. (Casi avergonzado quedo que de esta suerte me vea.) (¿Con Cintia el duque y desnuda daga en la mano? ¿Ella muda? ¿Suspenso él? No sé qué crea, pero, aunque casi sospecho la causa, fuerza ha de ser que disimule. (A entender da el recelo de su pecho con su grave suspensión, quiérole a solas dejar con el duque.) (Sin hablar se va Cintia. Ciertas son mis sospechas, mas ya intento hablar al duque de suerte que cortésmente le acierte a explicar mi sentimiento.) Perdonad si diligente, señor, al punto que os vi a vuestros pies no rendí la boca y alma obediente, que, como tan de repente vi la ocasión venturosa que hace mi casa dichosa, el alma se detenía a celebrar su alegría con suspensión misteriosa. Muy en buen hora vengáis, señor, a esta casa vuestra, donde el alma el dueño os muestra por que de todo os sirváis. Bien sé, pues en ella entráis, que aumentaréis tu valor porque el prudente señor —vos mismo podéis juzgallo—, si entra en casa del vasallo, solo es para darle honor, mas, ¡ay de mí!, que no había con el gozo reparado en lo que mayor cuidado darme, con razón, debía. ¿Vos daga en la casa mía desnuda? ¡Triste ocasión! Sepa yo, pues es razón, quién estos efectos causa, que grande ha de ser la causa, pues lo es la demostración Si amenazando castigo el rigor vuestro se ofrece, mostrarme claro parece que está enojado conmigo, mas, aunque el discurso sigo que el fin penetrar aguarda, no sé qué intención bastarda aquí ofenderla pretenda, si no es que el honor le ofenda que en esta casa se guarda, mas ¿qué es esto? ¿Así queréis dejarme sin responderme? ¿El rostro vais a esconderme y la espalda me ofrecéis? ¡Gran rigor!, mas bien hacéis, porque, cuando en forma clara la culpa que se declara a descubrirse comienza, engendra honrosa vergüenza si me escucha cara a cara. Idos, pues, si en ausentaros claro me queréis mostrar que razón de sospechar tuve y la tengo en culparos, de mi ofensa indicios claros vuestro silencio acredita. Justo es que se me permita de tanto agravio quejarme, pues quien más había de honrarme es quien el honor me quita. Dame esa capa, Merlín. Trae un broquel. Aquí está. ¿He de ir contigo? Quien va al cielo de un serafín no ha menester compañía. Quédate. De buena gana Cubre tus luces, Diana, no vuelvas la noche día, basta que el sol excelente, cuya esfera es mi afición, me alumbre. A buena ocasión se ofrece Enrico presente. Hablarle me importa, Enrico. Este es mi padre. Haz, amor, que no me impida. Señor, ¿qué me mandas? (Hoy publico mi cuidado.) Ven acá. (Cualquier dilación me ofende.) Bien sabes lo que pretende honrarte el duque. ¡Ay, que ya recelo que ha sospechado mi amor! Bien lo sé y sabrelo estimar. Pluguiera al cielo que nunca te hubiera honrado, que, si reducirlo intentas al fin que esperan tener, afrentas vienen a ser honras que engendran afrentas. No te entiendo. Pues entiende que a descubrir he venido un intento mal nacido que aun imaginado ofende. (¿Qué más claridad espero? Todo lo sabe, ¡ay de mi!, pero en detenerme aquí riesgo mayor considero. Lo mejor es confesar para excusar dilaciones.) Freno fueran tus razones para mi amor, a no estar tan adelante. Confieso que ingrato al duque le he sido, pero, si culpa he tenido, tenga en su abono mi exceso la hermosura de su hermana. ¿Qué dices? Que de mi vida es alma en mi amor nacida Hipólita soberana. Pues sabes lo que es amor y el mío sabes también, que me detengas no es bien. Escucha, aguarda. Señor, perdona y dame licencia, que mi bien me está esperando. Cielos, ¿tanto vais cargando de ocasiones mi paciencia? ¿Qué puedo hacer cuanto veo que en un mismo punto ha sido el ofensor ofendido para hacer actor al reo?, mas oponerme conviene luego al riesgo de mi honor porque es el daño menor si con tiempo se previene. ¿Está aquí Enrico? ¿Qué quieres? Mi señora le llamaba. Ahora de salir acaba. Adiós. Bien será que esperes un brevo rato, pues sabes que hablarte a solas deseo. Créolo, mas también creo que no quiero. ¿Enojos graves? Ea. ¿Qué es ea? ¿Qué ha de ser? Dos letras vocales son. Pues yo con resolución consonante responder sabré a tus atrevimientos que ni me hables ni veas ni te nombres ni lo seas mío en obras ni en intentos ni engaños nuevos entables ni me des disculpas vanas. Ni mires a mis ventanas ni con mis cautivos hables. La carta de excomunión de Zaide en campo de celos. Si tengo celos, tendrelos con muy bastante ocasión. ¿Qué ocasión? Pues ¿no bastaba, porque tu amor me obligó, haberme humanado yo y escucharte cuando estaba tan lejos de imaginar con voluntad responderte sin que ahora por quererte celos me pretendas dar? ¿Yo celos? ¿Cómo o con quién?, que ni lo sé ni lo entiendo. ¿No está en palacio sirviendo a quien él sabe? Bien, bien, a fe, que te los doy con una dueña imaginas. Si tan presto lo adivinas, verdad será. ¡Bueno estoy! Yo nací con mala estrella. ¿Qué es esto, suerte enemiga? ¿Que una dueña me persiga y que me celen por ella? Luego ¿no la quieres? ¿Cómo querer? Primero sufriera que ternezas me dijera un cochero zurdo y romo, y primero hasta el profundo infierno entrara derecho, aunque no hay cosa —sospecho— más fácil en todo el mundo que mi buen gusto endueñara. Bien a encarecerlo vienes, mas ¿ir al infierno tienes por tan fácil? Cosa es clara, que lo dirán imagino muy mejor los condenados, pues todos a ojos cerrados van sin errar el camino En fin, ¿de ti no es querida la tal dueña? No me mates, Clavela, con disparates. Tengo de echar un por vida Créolo, mas mucho tarda mi respuesta. ¿Ya te vas? Después hablarme podrás, que mi señora me aguarda. Ya que a solas he quedado y estos celos tan sin causa me han traído a la memoria sucesos de mi dueñaza, se me acuerda de un favor que me ofreció esta mañana entre los velos oculto de este papel y esta caja. Quiero abrirla y verla quiero por si fuese mi desgracia tal que en diamantes traídos cifrase el favor su gala. Corro el primer blanco velo a tan gran reliquia y salga la tal caja, y más, ¡por Cristo!, que es de anteojos y remata el rico favor en estos de larga vista. En el alma los traigas muy presto, siendo con ellos dueña fantasma. ¡Lindos diamantes, a fe!, pero ya me ha dado gana de ponérmelos y ver cómo a la vista me encajan, mas ¿qué es esto? Algún demonio debió de formar tan claras lunas porque todo el orbe descubro en breve distancia. ¡Válame el cielo! ¡Qué cosas miro tan extraordinarias, confusamente distintas y distintamente varias! Cadenas y grillos veo en manos de hermosas damas, con que va su dulce vista aprisionando las almas. Con fuelles de viento llenos va la soberbia arrogancia, dando aliento a vanidades, que es cuanto mayor más vana. Hacia unos árboles de oro que al cielo tocan sus ramas muchas aves codiciosas ligero vuelo levantan, pero pocas en la cumbre de sus riquezas descansan, que no llegan si fortuna no presta aliento a sus alas ¡Qué de lazos peligrosos entre flores y guirnaldas la adulación forma y de ellos nadie que es algo se escapa! Entre diestros ruiseñores unas incultas cigarras aplauso común en verso ofrecen a héroes de fama; ellos y ellas forman juntos poéticas consonancias, pero, aunque juntos modulan, cantan ellos y ellas cansan. En forma de rotos vidrios están allí las privanzas, que aire de culpas derriba, viento de envidia contrasta Los servicios veo con ellos que justo premio no alcanzan, que privanzas y servicios al punto que caen acaban. Notable pesca hacia allí miro que en una gran balsa de agua de colores pescan con anzuelos de oro y plata los pretendientes, que al cebo remitiendo su ganancia, ya la dignidad, ya el cargo asido el anzuelo sacan. Pavones con plumas bellas, con picos de águila y garras cuando el favor los adorna, cuando la ambición los arma miro allí los que en oficios codiciosamente infaman con la fealdad de sus uñas la hermosura de sus alas Allí en trajes de monteros en gran tropa te señalan escribanos y alguaciles que a caza de culpas anda; por perros de muestra llevan los buscaculpas que sacan la caza más escondida, dando soplo de la caza. ¡Oh, qué bien cualquiera de ellos con mis anteojos te hallara! Quiero ponerles en precio que buen interés me aguarda, mas no quiera Dios que nadie por mí sepa ajenas faltas; basta que las sepa yo, que también sabré callarlas. A descubrir tierra vuelvo y allí entre albayalde y nácar miro una vieja pintora hecha Zeuxis de su cara, allí una niña que apenas ayer supo decir «taita» pide diamantes y brincos; ella irá bien despachada. Allá muy lejos, muy lejos, que apenas la vista alcanza, una doncella descubro y tan lejos no me espanta que lo sea, yo la fío, si de la ocasión se aparta, que acercándose podría sucederle una desgracia. Pensamientos carmesíes en edad verde y lozana miro que encubrir procuran monjil negro y tocas blancas. Viudez dolorosa ostentan, mas, entre apariencias falsas, ¿qué importa que enviude el cuerpo si no ha de enviudar el alma? ¡Qué venerable apariencia descubro! ¿Quién no juzgara, dando crédito a las señas, una matrona romana? ¡Oh, engaños ciegos del mundo! Abrid los ojos, miralda hecha cigüeña, que en hombros enseña a volar muchachas. ¿Qué mujeres son aquellas que van volando sin alas entre conjuros y suertes, rombos, círculos y rayas? El demonio las entienda, que yo por solo mirarlas recelo que me transforman en ganso o en alcarraza. Treinta mil dueñas asoman por allí. ¡Gentil escuadra de langostas!, que tan solo de comer y enfadar tratan. La que me persigue entre ellas asoma y por no mirarla me quitaré los anteojos, y aun los ojos me quitara ¡Oh, cómo llegó a mal tiempo!, que mil cosas me faltaban por descubrir, pero siempre llega a mal tiempo quien cansa. Quédese para otro día —si las visiones con tantas— el resto, que ya por hoy hemos visto lo que basta. No quiera el cielo que la lengua calle lo que justa lealtad publicar manda. Conmigo estaba Alberto en el terrero cuando un hombre sentimos que venía, no pudo vernos porque el velo obscuro de la noche, a quien ya la blanca luna quitó los rayos que le había prestado, de capa nos sirvió, si bien la misma obscuridad se opuso al conocerle, aunque lo deseamos, pero luego sentimos que al jardín daba la vuelta y que por una puerta que le abrieron en él entró. ¿Qué dices? Lo que vimos Alberto y yo. Señor, todo ha pasado como dice Ricardo, no lo dudes, y yo le aconsejé que a darte cuenta juntos los dos viniésemos al punto. ¿En mi palacio tal atrevimiento? Id, Celio, con la guarda y nada quede que no miréis, aun hasta el cuarto mismo de mi hermana, que ya el enojo incita mis deseos por ver a quién profana tanto sagrado. Si él entró, yo espero que le descubrirá mi diligencia. Venga a mis ojos el traidor villano, que Ferrara tendrá con su castigo cruel ejemplo, mas ¿qué gente es esta? Federico y su hija me parecen. ¿Tan a deshora? ¿Qué será la causa de su venida, que me da cuidado? Ni sufre dilaciones mi paciencia ni el caso lo requiere, mas ¿no es este el duque? ¿Cómo está tan a deshora levantado?, mas ya me ha visto y quiero llegarle a hablar. Mayor cuidado ofrece cuando una confusión con otra crece. Si de tu enojo el principio recelé sin entenderle cuando una daga en tu diestra miré poderoso y fuerte, ya que mi lince cuidado parte de la causa entiende, a temer más tu rigor me conduce, aunque inocente. Dos hijos me ha dado el cielo, yo creí para que fuesen arrimo a mi vejez flaca, gloria al honor que me deben, mas ya veo que no son sino mi afrenta y mi muerte, que dichas de un desdichado tales fines tienen siempre. De los dos te hallo ofendido, sabe el cielo si lo siente mi alma, y tú lo sabrás por los efectos que vieres, pues ya que en mi casa propia no ayudé, por no entenderte, al castigo, cuyas señas hallé en tu diestra evidentes. Aquí vengo a ser fiscal de mis hijos que te ofenden, y aun verdugo, si sus culpas tan honrado le merecen. Amor paternal, perdona, que, aunque tanta fuerza tiene tu ley, para mí primero nacieron de honor las leyes. Cintia la primera ha sido causa de estos accidentes y al castigo es por mi causa la que primero se ofrece. Que te ha disgustado es llano, el cómo tú solo puedes decirlo, que mi malicia no es justo que lo penetre. Solo sé que estar del modo que en mi casa llegué a verte graves enojos arguye, grandes ofensas promete. Enrico ha sido el segundo culpado, si bien merece la gravedad de su culpa que el primer lugar le deje. No le he traído conmigo porque huyó para esconderse a sagrado, aunque el sagrado donde salvarse pretende ni es posible que le valga ni la razón lo consiente, que a sacrilegios notorios ningún asilo se debe. Tu palacio es el sagrado donde se oculta y comete el sacrilegio que digo, mándale buscar y advierte que de honor y de lealtad dar muestra mayor no puede quien a tan cierto castigo sus mismos hijos ofrece. (¿Enrico en palacio? Cielos, ¿qué escucho? ¡Ay de mí si fuese el que Ricardo y Alberto vieron entrar a ofenderme!) A buscar, señor, un hombre entré por obedecerte y a ver mi muerte quisiera entrar primero que a verle. ¿Qué es lo que dices? Que Enrico... Calla, que ya los crueles indicios van confirmando lo que más el alma teme. (¿Qué he de hacer, si en tan terrible caso no hay medio decente?, que todo ha de ser extremos: premio o pena, vida o muerte; pero ¿qué piedad consulto? Muera Enrico si me ofende, mas de su muerte en mi vida temo que Cintia se vengue.) Traed al momento a Eurico. Ya con él tu hermana viene. Esto va malo, Clavela. Ya temo el fin que promete. Ni puedo negar mi culpa ni ella permite que espere piedad un pecho que ha sido ingrato a tantas mercedes. La pena de mi delito aguardo tan obediente como culpado. ¿Acordaisos, Enrico, que cuando a verme desde la sierra llegasteis os aconsejé que siempre consultaseis las acciones vuestras en el excelente espejo de vuestro padre? Bien me acuerdo. ¿Y de esta suerte lo habéis cumplido? Señor, sabe Dios que, cuanto puede darme de bienes el mundo, la vida y honra ponerse desean por gusto tuyo al riesgo más evidente. Sola una culpa desdora mi lealtad y de esta tiene la culpa amor, que en mi pecho se entró sin que conociese a tu hermana por hermana, si bien después vino a hacerse culpa en la continuación hasta el estado presente; es decir, que degenero de mi padre. No parece te acuerdas de sus acciones, pues en una tierra ausente estuvo por un delito veinte años y a mí otros veinte me faltan para imitarle bien en todo. (Razón tiene. ¿Qué haré, cuando el pensamiento dudoso no se revuelve a la piedad ni al castigo?, pero, si los ojos vuelven a ver a Cintia, ya el alma sabrá lo que hacer conviene.) Federico, en vuestra casa vuestras razones prudentes escuché y, si la respuesta negué allí, dárosla quiere aquí mi resolución, si ha de ser la que prometen los delitos que contemplo. Mi paciencia se previene para esperarla. Será la que ese pecho merece y la que merece Cintia. Dádnosla, pues. De esta suerte: con dar a Cintia la mano, la daré, que su excelente valor no merece menos. Si así le estimáis, bien puede presumir méritos grandes, mas tú sabes si los tiene. Ellos te han hecho duquesa de Ferrara. Apenas creen los ojos tanta ventura. Federico, así se deben honrar deudos tan honrados. Enrico, pues de esta suerte mi concejo aprovechaste, no es bien que de vos me queje. Dale la mano a mi hermana, que el consejo se convierte en bendición y bien haya quien a los suyos parece. También esa diligencia está hecha. Diligente sois en extremo. Ya, hermano, mil parabienes os quiere dar el alma, y a vos, Cintia. Honras son que me promete mi fortuna. Al valor vuestro por justa razón se deben. Clavela, todos se casan y en mi dilación se pierde la casta de los Merlines, que línea recta descienden de Adán mi señor. No hay duda. Ni la ha de haber en que quieres darme la mano. En buen hora. Pues encaja. De esta suerte, Celauro os pide le honréis con la nobleza que os viene de herencia porque Bien haya quien a los suyos parece.
