帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La fama es la mejor dama. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-fama-es-la-mejor-dama.
F 19
M - 181 8
La fama es la mejor dama.
Jornada primera
De don Gerónimo de Cifuentes.
Jesús, María, José.
Comedia de la fama, es la mejor dama. Hablan en ella las personas siguientes: Scipión, cónsul romano. Sidomira, dama española. Luceyo, capitán español. Policena, dama romana. Cayo Lelio, capitán romano. Capirote, gracioso. Emiliano, viejo senador. Teodora, graciosa. Sempronio, viejo capitán español. Damas españolas. Vitelio, tribuno del pueblo. Dos senadores romanos. Jornada primera.
Óyese dentro como alboroto popular, y dicen Vitelio y otros:
Perecieron de Roma las legiones
a la furia de bárbaras naciones,
y con mortal estrago
triunfa de Roma España por Cartago.
Por Aníbal Sagunto destruida
nos da ya nuestras esperanzas por perdidas.
Muertos sus Scipiones,
despojos de Aníbal son sus pendones.
Paz queremos.
Dentro
¡Oh, dioses soberanos!
Trátese paz con Aníbal, romanos.
Córrese una cortina y vese la ciudad de Roma con sus muros y torreones, y en medio el Capitolio, que tendrá sus puertas cerradas; y sale Scipión en cuerpo, y
Yo os prometo, si cesa el alboroto,
Depuso la oblación, cumplió el voto,
que a Júpiter sagrado
trató por sus sibilas el senado
de fabricarle templo esclarecido,
eterno desde hoy contra el olvido,
adonde en felicísimas memorias,
Roma gracias le dé por sus victorias.
Este, ¡oh, patria!, es tu excelso Capitolio,
dentro de cuyo reverente solio
los viejos senadores (que antes reyes
a todo el orbe repartieron leyes)
están amedrentados y escondidos
a las voces de un vulgo suspendidos,
que entre civiles menguas
monstruo fatal de ojos y de lenguas,
ya helado, ya de fuego,
crece mudo tal vez y tal vez ciego
y sin cabeza indómito a preceptos;
todo es manos sin causa y con efectos.
A un lado, donde se vea la fábrica de un templo, dicen como que están dentro las mujeres.
Si el oráculo calla,
perece Roma en la primer batalla.
Vírgenes sacras cuyo culto sigo,
cantad todas conmigo.
Júpiter soberano,
ciérrese el templo a que está verde Jano
y gocen nuestros padres con sus hijos
del elíseo en la paz descansos fijos.
Salve, Vesta sagrada,
y de atentos votivos invocada.
Por nuestros ruegos fieles
trueque en olivas Roma sus laureles.
Ya el mal se manifiesta
mayor, pues en el templo allí de Vesta
vírgenes y matronas que la imploran
muertos sus padres y sus hijos lloran,
y al templo de la paz piden auxilios
que cerrado le vio solo Pompilio
hasta este infausto día.
Una virgen se sacrifique en ara pía,
la que más venturosa
víctima (con suerte) muera religiosa,
y por padres, por hijos, por hermanos,
hágase paz con ambos romanos.
Misericordia.
Dioses auxiliares,
Que de Roma sois siempre tutelares,
y en el zafir pisáis altas estrellas,
desatended a fáciles querellas;
que aunque el gran Scipión se eche en sí mismo
para alentar abismos
la religión se inquieta,
a quien el vulgo tiene por cometa
o astro que señala
buena fortuna a este, a aquel la mala.
Dictóle numen sacro
con alta inspiración al simulacro.
Sale del templo adonde suena la música Policena, vestida ricamente a lo romano, los cabellos sueltos y sobre ellos un velo de plata blanco; y pendiente dél collares y convenientes lazos de lo mismo; y una guirnalda en la cabeza.
No puede ser divino
Lloraron todas juntas.
profetizase tal desasosiego
al orbe, dando espanto
de sus Vestales vírgenes el llanto.
Y el oráculo mudo a sus preguntas
las puso tristes en mortal contienda,
sin admitir el humo de la ofrenda,
que por diversas partes esparcido,
de repente se vio desvanecido.
Y quisieron repetirle al simulacro
el rito; y apagado el fuego sacro,
segunda vez a confusión más loca
el repetido agüero las provoca.
Pues habiendo llegado
manso al altar de Júpiter sagrado,
el toro que tenían prevenido
para sacrificar, enardecido
desbarató las aras,
sin respetar los cetros ni tiaras.
La estatua de Minerva,
a quien de Roma el hado se reserva,
se cayó de su trono soberano.
En el templo de Jano
que (si no es cuando hay paz nunca se cierra),
como en señal de la temida guerra,
alaridos se oyeron
que el ámbito del aire estremecieron.
Y el águila sagrada,
saliendo de él, huyendo amedrentada,
cayó muerta en el suelo
del pueblo a vista, en la mitad del vuelo.
En esto introducido,
(consejo y atención ahora te pido)
en semejante aprieto,
de las vírgenes seis de más respeto
entrar en suertes; y una,
renunciando del siglo la fortuna,
dedicarse a los dioses soberanos
sin poderlo estorbar padres ni hermanos;
sino es ya que, por ella,
haya en esta purísima doncella
que a fuerza de su espíritu le pida
que le cambie su suerte a la elegida:
que entonces (mas, ¿por qué cuando me alargo
hago el trance más duro y más amargo?)
rehúyo, ¡oh, mi desvelo!,
dicen: la sacra veste, o blanco velo,
de quien penden (por castas ceremonias)
los remates de cándidas colonias,
y de varias colores
la guirnalda de flores
que en virginal divisa
me puso ya la gran sacerdotisa.
¡Ay de mí, que estoy muerta!
¡Y ay de mi amor, si la experiencia es cierta
de agüeros y señales,
que solo en ti y en mí serán fatales;
que las que contra Roma se previenen
fácil remedio en mi defensa tienen!
Pero ¿no es uso el renunciar la suerte
tal vez en otra?
Síguese; pero advierte
que ha de ser de otra virgen pretendida
y no buscada, no, de la elegida.
Para lo cual, echado el velo ando
los templos visitando
hoy y el día siguiente,
después que el gran senado haga patente
(como ahora lo intento)
de la deidad sagrada el pensamiento:
y él entonces publica
lo que oirás; que por ley me notifica.
Pero no lo refiero,
porque amándote, en fin, de pena muero.
Que yo oírlo quisiera,
en ocasión tan trágica y severa.
Solo en tanto cuidado,
bien que a pesar de mi afición callado,
hallo un medio:
¿Y cuál ha sido?
Que nos demos entrambos al olvido.
¿Así pagas un amor con tal desdoro?
A los dioses, que por observancia del decoro.
Que es mudanza, advierte.
Así yo hallara en quien trocar la suerte.
Pues en el templo espera.
¡Paz, y el senado; si lo estorba, muera!
A este ruido último del pueblo se apartan los dos; y representando aparte por los dos lados, se llegan a las puertas del Capitolio.
Cada uno aparte.
Mas si el hado de Roma
por instrumento mi clausura toma,
de por sí se asegura
los dioses aplacar, en su clausura.
¿Qué dudo?
¿En qué reparo?
La patria es más;
La religión es antes.
Pues a olvidar espíritus amantes.
Que mi espíritu atento está corrido,
que rindes a Marte feudos de a Cupido.
Llaman los dos a las puertas del Capitolio.
A vosotros, de Roma augusto amparo,
a padres de la patria, que os aplaca.
Dentro.
Abrid, si es Scipión el que nos llama.
Llaman dentro. Ábrense las puertas del Capitolio y están todos los senadores debajo de un dosel que tenga pintada un águila, que son las armas de Roma, con las cuatro S. P. Q. R., y en un bufete con su cubierta algunos, y recado de escribir; y alrededor los senadores todos de pie; en medio Emiliano, y Policena y Scipión a un lado. (Cuando empiezan a representar).
Yo soy, ¡oh, gran senado!, el que a tus plantas
me opongo al vulgo.
Y yo la que, a las sacras
leyes del templo unida,
voto piedad.
Ya queda entendida.
Por aplacar los dioses.
Calla, Policena, en paz reposa,
porque si el hado que amenaza es cierto,
víctima ya de nuevo altar te advierto.
Levántanse todos y quedan enfrente el uno del otro.
El pueblo con sus votos
pide remedio.
Y atención yo pido.
Que enseñado, perfecto,
lo primero es cumplir con el precepto,
y antes deben los reyes
con los dioses cumplir que con las leyes;
y ya por las señas, fija,
tu muerte conocí: nada te aflija,
que a ser divino anhela
quien por el bien de todos se desvela.
La obligación que tienes,
y que al senado por saberla vienes,
te la quiero decir: Júpiter sea
quien transforme en mi espíritu su idea.
Es usada costumbre,
después que, sobre inmensa pesadumbre,
de siete montes por mayor defensa,
la población fundó Rómulo inmensa:
en semejante aprieto de fortuna
sortear de seis vírgenes la una,
que de Vesta en el templo
misericordia implore con su ejemplo.
Vestal, si pasados
de su elección seis meses, mejorados
no se vieren del hado los sucesos,
ha de morir.
Aparte.
¡Qué bárbaros excesos!
Aparte.
¡Qué ciega tiranía!
Sacrificada a Marte el mismo día.
Aparte.
Sin miedo, a crueldad, a rigor fuerte.
Y pues que ha caído en ti la suerte,
sabe que, aunque pudieras
trocarla, si con mácula te vieras
de lascivo, interior, fácil deseo,
es caso horrible y feo,
que ninguna lo intente
sino es en cierto lance contingente.
Ofrécese duda
al acto heroico.
Mi obediencia es muda.
Pues el honesto velo
cubra tu rostro.
(Cúbrese el rostro con el velo)
(Aparte)
Y me consuele el cielo.
¡Ay, mi Scipión! ¡Ay, dueño idolatrado!
(Dentro)
Entremos al senado.
Sal, Policena, y porque el pueblo crea,
pasa a los templos por donde él te vea,
que hay virgen, y a que ore
porque el mal de la patria se mejore.
(Éntrase)
Que a Júpiter purifica
un honesto amante, su poder explica
en infundir (si a Roma le importare)
más pronta voluntad que la repare.
Y cuando su divo
Marte con pecho altivo
contra Aníbal me incita,
que el pueblo amedrentado precipita,
que porque Policena libre quede,
pararé a la fortuna aunque a horas ruede.
Pero sin que se mueva
al pueblo, la deidad que mira nueva
se acerca ya.
¿Qué haremos?
¿En qué dudamos si a Scipión tenemos?
(Dentro)
Si a la paz que se espera
se opusiere el senado...
¡Muera!
¡Muera!
Por la parte que se entró Policena, salen todos los que pueden a guisa de pelear, capitaneándolos Vitelio, y en viendo Scipión que saca la espada para oponérseles, hace Vitelio una seña con que se detienen, y los senadores se están sentados.
Aquí del valor mío.
Plebe, romanos, la razón, no el brío.
¿Cómo os movéis contra el senado aleves,
sin temer de mi cólera, que en leves
cenizas este acero por castigo
vuestro orgullo convierta, que es testigo
ha de ser de mis hechos y blasones?
¿Quién eres tú, que a tal facción te opones?
(Suenan cajas dentro)
Pues que ignoráis las señas de mi brío,
escuchad, plebe ciega, el valor mío.
Yo soy aquel que en la opinión que llevo
de que paz no se firme con Cartago,
todo el honor que a mis blasones debo
defendiendo a la patria satisfago.
Y de mi honor hidrópico, me velo
vuestros perdidos ánimos, que estrago
del África han de ser; cuantos en mí juntos
del orbe a los anales den asuntos.
Nací con vaticinio soberano,
criéme con espíritu divino,
y aun niño, nuevo Hércules romano,
la muerte de algún áspid me previno.
Deidad oculta se infundió en mi mano
cuando a las luces del primer destino
empecé a fabricar desde la cuna
los templos de mi fama y mi fortuna.
Pues si Italia no ignora que esto es cierto,
¿de qué teméis, romanos valerosos,
cuando me prometió vivo y muerto
dentro de Roma estatuas y colosos?
Yo haré que por el ámbito desierto
del orbe suene en ecos sonorosos
el romano clarín; pero, ¿qué es esto?
Que tambores anuncian el son funesto.
Si otra vez Aníbal nos ha vencido,
paz queremos con él.
Desamparemos
la patria, si el Senado, inadvertido,
no nos saca del riesgo en que nos vemos.
¿Qué es paz con Aníbal? ¿Solo el sonido
de un parche destemplado a estos extremos,
tan contra vuestro honor y fe os obliga?
Salgámonos de Roma.
Quieren irse, y a la amenaza de Scipión se detienen.
Tocan adentro.
No prosigas,
vuestra cobarde voz; que ya ha cesado
el trágico clamor que os alborota,
o por la punta de esta espada, a nado
saldrá en su sangre el que a su honor des-
acuérdese. Del vulgo amedrentado
que fui yo quien, después de la gran rota
de Canas, te detuve, cuando triste
desamparar a Roma propusiste.
Lo mismo intento ahora; y te prometo,
voto haciendo a los dioses soberanos,
que he de sacarte del fatal aprieto,
a pesar de españoles y africanos.
No al Senado, perdiéndole el respeto,
se indicien más temores tan villanos;
que los ecos que al aire titubean,
de Aníbal, por la muerte, clamorean.
Yo vengaré de Emilios y Scipiones
solo las muertes, que desciendo de ellos;
haré que por mis triunfos me corones
de oro, grama y laurel, con ramos bellos.
Y al asombro de bárbaros pendones,
en Capitolio sacro, y aun los cuellos
de los reyes que mi esfuerzo doma,
clavaré en las pirámides de Roma.
Nuevas coronas, o me prevén triunfales,
con el aliento mío se compensen,
porque aun juzgo a mi fama desiguales
las cívicas, murales y castrenses.
Y aunque joven me ves, con inmortales
hechos verás que, cuando menos pienses,
le permita el Senado a mi decoro
sacrificar a Júpiter el toro.
Yo, aunque lo explique más voz agorera,
de la superstición osada a hacer caso,
una ciencia capaz y verdadera
la providencia hace del acaso.
En mi valor consiste que, por si muera,
Policena, a quien idolatro y abraso,
de que, pues, ¿quién podrá culpar mi fama,
yendo a librar la vida de una dama?
Tocan cajas.
Y en fin, este tambor que destemplado
vuelve a alterar tu ánimo valiente,
provocará tu valor, que ya el Senado
te concede ser cónsul preeminente.
Y te elige por sagrado
de su patria afligida.
Pues que cuente
desde hoy Cartago su fatal derrota,
ya en campaña naval, ya en naval flota.
¡Viva Scipión!
¡Demuela los castillos!
De Cartago; y de España.
Ciérrase el Capitolio quedando dentro los senadores; y un [ilegible] con todo el pueblo se va entrando, y prosigue Scipión.
Cual temblando
huyendo pequeñuelos pajarillos
del águila que el ala está abriendo:
así del pueblo tropas, y caudillos,
al vibrar de mi espada van huyendo.
Mas no en vano su corte los desvela,
si alas desperezos: que siempre vuela.
Envaina Scipión la espada: vuelven a tocar las cajas lejos; y sale Cayo Lelio de campaña con plumas, ungarina negra, y detrás del Capirote: con una bandera (y otro de negro vestido de pieles).
Ea, valientes soldados,
las trompas sañudas cesen
que a elección del nuevo Cónsul
vuestras glorias se prometen.
Solo tú, español soldado,
ven conmigo.
Seguiréte
solo; y tan solo, que digas
que es parangón de valiente.
En hora buena, Cayo Lelio.
Su voz Scipión suspende
hasta ver, qué es de mi hermano
Cayo Flaminio a la muerte.
¿Qué nueva causa adorna
el alborozo presente?
Vivo yo: ¿qué es lo que dudas?
Vives tú: ¿qué es lo que temes?
No temiera a estar yo vivo:
porque de este nuevo accidente
de Policena me acuerdo.
¿Luego tú, Cayo, la quieres?
Dos años ha, que interiores
adoraciones me debe:
sin que aun a dar las premisas
de mi pasión me atreviere:
hasta tanto que por premio
de alguna hazaña valiente
a nuestro tío Emiliano
vencedor se la pidiere.
Nunca supe que la amabas.
No, amigo.
¿Pues cómo puede
con mi pasión quejarse?
¿Qué dices?
Que ahora dejes
pensamientos imposibles:
que esta novedad frecuente
se pide otro remedio pronto.
Y si pide...
Prosigue.
Atiende.
Aparte
Ay, diablo, eres desgraciado
que cuando a España se vuelven
victoriosos mis amigos
yo prisionero me quede.
El encargo de mi hermano
Cayo Flaminio, pariente
que ordenó ayer el senado
el cual con toda su gente
estaba en Toscana: a vista
de Aníbal cartaginense:
junto al lago Trasimeno
con la de Roma enfrente:
que de los dos pretendida
solo aguardaba a quien fuese
vencedor, para entregarse.
No ignoro lo que refieres,
pasa adelante.
Marchando
y en orden puestos mil gentes
y bagaje. Cuando los ecos
que hoy al Senado suspenden
(a quien ya fue a dar noticia
el tribuno de la plebe)
avisan: como temiendo
Aníbal, que le viniese
socorro al cónsul Flaminio:
siguiendo los pareceres
del fuerte español Luceyo
que es quien hoy más nos ofende:
Aparte
Si saben que el soldado
soy yo, y que de mí todo viene
a parar en mis costillas.
Le dio una rota tan fuerte
que muerto quedó en su campo
con quince mil combatientes.
Veinte mil que yo llevaba
se han vuelto a Roma: presente,
oh Scipión, a la venganza
y a amor en burla de ese
rayo español, que hoy ha sido
ruina de nuestras gentes.
En busca de este Luceyo
que en Cartagena mantiene
la mayor fuerza de España
por Cartago a quien defiende.
Él fue el que mató a mi hermano
cuerpo a cuerpo; y a quien teme
el mundo por sus hazañas
y por cuanto de él se engrandece.
Este español prisionero
he pedido que me entreguen
para saber los designios
que España y África tienen;
y así, Scipión, por si acaso
sernos de importancia puede,
al instante se examine.
¿Ha de haber examen? Denme
una fanega y media de pasas
para que mejor me acuerde
de lo que me preguntaren.
Dinos, español, quién eres.
Soy un valiente menguado.
No hay, Scipión, que creerle;
que esa bandera que trae
nos da indicios evidentes
de que es principal soldado.
Aparte
Nunca tomádola hubiese
para volverla a Luceyo
al mirar muerto su alférez.
Mas del Senado Emiliano
con Vitelio hacia acá viene.
Aparte
Yo he menester industriarme,
antes que me degüellen,
de alguna gran patarata;
y porque mejor la acierte,
quiero estudiarla acá a mis solas.
Salen Vitelio con dos bastones, y da a cada uno el suyo; y Emiliano entra, y el soldado también con bastón.
[Entrase Cayo Lelio]
Y en tanto que a Policena
(si antes que en el templo entre
verla puedo) con la vista
mil honras la ofrezco ardiente;
manda a este español soldado
que esa bandera te muestre:
verás en ella si el timbre
de nombre ordinario ser puede.
[Aparte]
No hay remedio, ellos han dado
en que soy hombre eminente,
y estoy casi por decirles
que soy biznieto de Jerjes,
y tío del Gran Alejandro,
y sobrino de Olofernes.
Ea, encubierto soldado,
dime al instante quién eres,
sin temer que te rompan
los fueros que se te deben.
[Aparte]
Los quiebros de aquestos fueros
los diera agora a comerme,
porque vengo muerto de hambre;
solos para poder volverme
a España, y dar las noticias
de lo que Roma pretende
contra una y otra fábrica.
Sin excusa, para satisfacerme,
despliega aquesa bandera,
a ver el blasón que tiene.
Despliego, aunque a un pliego ahora
no igualan mis zaragüelles.
Descoge Capirote la bandera y en medio este retrato de Sidomira en el traje que salió de púrpura: y alrededor escrito con letras grandes («Por mi patria y por mi dama») y quedan suspensos al mirarla. Va a salir por detrás del lienzo en el mismo traje que entró: con el velo por el rostro (Y quédase al paño en reparando en la bandera).
Repara ahora
En la salida de Sidomira
Torpe espíritu, ¿hasta cuándo
huirás de lo que apeteces?
Recoge al alma la idea,
que solo hacia el cielo vuele.
Crédito, honor y defensa
de la patria; más te apremien
antes memorias que olvidos,
que no hay olvidos que te acuerden.
Si es destino el que obedezco,
mueve ya, voluntad, mueve;
y en ti, fe, logren piedades
obras supereminentes.
Mas, ¿de quién es el retrato
que tanto a Escipión suspende?
«Por mi patria y por mi dama»,
dice el timbre que advierte
por la orla del retrato:
en cuyo círculo breve
todo el cielo se redujo
a una idea solamente.
¿Qué escucho? ¡El cielo me valga!
Hombre, si dominio tienes
sobre deidad que te guía,
¿qué rústico traje es este?
De mi padre el llanto, menos
me inmutó al irse sin verme,
que aquí empieza a violentarme
lo que pienso que se puede.
Aparte
Responde a lo valiente
Comience aquí la maraña:
este traje que en mí adviertes
es librea de los tigres
que produce España fértil
y desanima dos leones;
y todos de aquesta suerte
nos vestimos: que las galas
se hicieron para mujeres.
Cielos, ¿qué nuevo prodigio
o qué nuevo encanto es este,
que irme quiero y de confuso
no acierta el paso a moverse?
Marte vive, que aun el hielo
bosquejo no me parece
de su mujer. ¿Diría acaso...?
Hace que va
Voyme para no perderme.
De su divina hermosura
eres dueño, o pretendiente.
El recato me llevaba
y ya el recelo me vuelve.
Aparte
Párase muy tieso
Lo pretendiente dejando,
si algo que comer hubiere
por echármelo fuera ahora
a un modo de punta en diente.
Pero en fin, para fingirme
lo que mejor me estuviere,
átome a la lengua un sable
que es familiar de quien miente.
Yo soy valiente romano.
Prosigue, di, no receles.
Aparte
Aparte
Del gran capitán Luceyo
en Cartagena, teniente;
de quien la gran Sidomira
(cuyo retrato es aqueste)
es señora propietaria,
tan exenta, tan valiente,
que aquella parte de España
por su reina la obedece.
Luceyo y yo a un tiempo somos
de su beldad pretendientes;
(bueno va: finge, enreda)
bien que a él le favorece
más que a mí; pues su retrato
le ha permitido que lleve
esta su bandera rota:
por lo cual, muerto su alférez,
la cogí y quedé cautivo:
pero si tú me quisieres
dar ocasión, con tu ayuda
que de Luceyo me vengue,
yo te serviré de espía:
ya verás, que si le quieres,
que algún daño te he notado
en lo absorto y boquimuelle:
resbalóseme la chanza.
Acaba.
Solo por verme
vengado, como procuro,
te la entregaré.
Pues vente
conmigo, y dame noticias
de todo cuanto supieres.
Ciégame, cielo, o ensangra
el corazón; linces advierte,
que si aun se quedan humanos,
no escaparán de inocentes.
¿Cómo te llamas?
Aparte
Muy grave
Si digo,
que Capirote, es ponerme
a que me dé capirotes:
llámome Esculino el fuerte.
Conmigo, Esculino, quedas,
y quédome muy alegre.
Quiere echarle a los pies la bandera, y Escipión la levanta
Que el bufón a italiano
me agrada a mí sumamente
por su llaneza, si no
tuviera algunos reveses.
Mas ya que queda por tuya
esta ingrata, tus pies bese.
Éntrase Scipión llevándose la bandera
Asiento que ha de ser lauro
de mis victorias; tienes
que a Policena en el templo
mudanzas ya no la ofenden,
y más, cuando de obligado,
más que no de amante, siempre
debió a mi fe su cariño
correspondencias corteses.
Tragóla el señor romano,
con que en adelante puede
ser que a Luceyo le importe.
tú con perdón asirme.
Entrase Capirote y sale Policena al tablado.
Si la suerte que me cupo
así te ha mudado aleve,
¿quién vio nunca tan mezclada
una desdicha con su suerte?
¿Quién vio en amantes empeños
tal contrariedad de leyes,
yo por ti opuesta en la sacra,
tú por mí en la humana débil?
Casi apóstata al decoro
yo de soberanos entes
por amarte, y tú violando
templo de amor que pareces.
No fuera el alma visible,
porque al ver lo que me debes,
nunca pudieras mudarte
aunque imposible me vieres.
Afeé a mi pundonor
y mi ingratitud apese:
¿que haya inconstancia en los hombres
y firmeza en las mujeres?
Pero ya, y es lo más fino,
cuando se pasa el término breve
del tiempo que se acostumbra
para ver si hay quien me trueque
la suerte, a Scipión ingrato...
Va a entrarse y sale Cayo Lelio, que la detiene.
Tente, Policena, tente,
que aunque al oír a quien nombras
he caído en quién ser puede
aquel que tu suerte triste
tanto como siento, siente,
y por libertar tu vida
me compita y se desvele;
a lo menos me has debido
más que a él, pues que atienes
quien por ti en el templo asiste.
¿Qué dices?
Mi hermana Irene
por la muerte de mi hermano
se sacrifica a sus leyes,
y su sentimiento pudo
tanto, que el voto te absuelve
y a pedírtelo me envía;
con que, aunque tú no quisieres,
era el renunciar forzoso.
Ese, el caso contingente
es que previno mi padre,
por quien renunciarse puede.
Que de él está fuera de abonos.
Tocan dentro como a marchar, y dicen todos, saliendo Vitelio.
¡Vivan los dos que prometen
vengar la patria!
Ya, Cayo,
te aguarda Scipión valiente
para marchar.
Policena,
dos años ha que mis verdes
esperanzas, en sus propios
se cifran por merecerte.
Con silencio sea querido:
si a otro tú más que a mí quieres,
700
mira si le debes tanto,
y habla con mi hermana Irene.
Vase Cayo Lelio, y al seguirle Vitelio, Policena le detiene.
Cayo, espera. Oye, Vitelio.
Fuese Cayo, y dice:
Fuese.
¿Conócesme?
De tu casa
he sido criado siempre;
mas el santo velo estorba
que te hable más.
Ya no tiene
ley en mí, que otra le goza.
Tocan.
El campo marcha. ¿Qué quieres?
y mi obligación lo debe.
Oye, y silencio promete.
Celosa estoy y confusa:
mi padre de Roma ausente,
a Scipión rendida vivo,
Cayo me obliga a quererle;
mudanza temo en el uno,
veo en otro afectos fieles.
Mas, pues Irene en secreto
por mí en el templo entrar quiere,
ley usada por decoro
de la que trujo la suerte,
yo he de seguir los a entrambos,
porque amor experimente
al crisol de las verdades
cuál de los dos más merece.
Entranse.
Cae una cortina que cubría la ciudad de Roma, y en ella está pintada Cartagena; y a un mismo tiempo salen al son de chirimías Teodora y las mujeres que pudieren con guitarras. Sidomira debajo con el vestido que se hubiere retratado en su bandera, con una corona en la mano, y las demás mujeres con ramos de diferentes árboles en las manos. Y por otra parte, al son de clarines, salen Luceyo con bastón de general, y desnudos de pieles el medio cuerpo armado, y soldados vestidos también de pieles arrastrando banderas romanas; y en cesando los instrumentos bélicos, cantan las mujeres, y sale con ellos Sempronio de barba larga, parándose enfrente unos de otros.
Cantan:
A la hermosa Sidomira
y a Luceyo victorioso
con esta unión los enlace
como a la yedra y el olmo.
Deidad de que la arena
de ese mar florecéis de Cartagena.
Soldados españoles
que de vuestro valor sois los crisoles.
No aplaudáis mi beldad con vana gloria,
si es del gran Luceyo la victoria.
No celebréis mis triunfos victoriosos,
sino es mis vencimientos amorosos.
Diciendo al aire que sus ecos gira.
Cantan dos de las mujeres, y representan dos los hombres.
Viva Luceyo, y viva Sidomira.
Tended esas banderas,
que a Sidomira sirvan lisonjeras
de alfombras soberanas
cuando pise sus águilas romanas.
Esparcid por la parte
que ha de sudar a España el nuevo Marte,
los ramos consagrados
con que corona Roma a sus soldados.
Los soldados tienden los estandartes y las mujeres los pisan.
Píselos quien los vence.
Y de los dos la majestad consiente,
de España restaurada,
Luceyo, por los filos de tu espada.
Hincando la rodilla Luceyo a Sidomira.
Y yo a tus pies rendido,
del mundo vencedor, de ti vencido,
a tus hermosas plantas,
rindo el trofeo de victorias tantas,
si bien que cuando pisas
las águilas de Roma en sus divisas,
de tus pies coronadas
y animadas también, temo que osadas,
de sus alas prendiéndote en las redes,
te roben por hermoso Ganimedes.
Quítale la corona que trae de laurel y pónele la que ella tiene.
Si en ti, español altivo,
de Júpiter está el retrato vivo,
y ¿para qué han de robarme
aquí, teniendo en ti a quien consagrarme?
Levanta, y a mi lado
de palma, cedro y murta coronado
diadema que yo hice
cuando de tu valor me satisfice;
goza el triunfo glorioso
que merece tu esfuerzo valeroso,
y arroja ese laurel, esa corona
que por blasón de Roma me apasiona.
Arroja el laurel.
En tu aplauso la admito,
y de Roma el laurel quede marchito,
siendo ya desde hoy nuestros soldados
de palma, cedro y murta coronados.
Dime ahora el suceso
desta victoria.
Con mayor exceso
en ocasión ninguna
me ayudó más que en esta la fortuna.
Pues dándole la muerte
al gran Cayo Flaminio por mis manos,
al campo vencedor, que ya lo advierte,
dijo Aníbal a voces: "¡Africanos,
dese a España la gloria
como de la de hoy, de esta victoria!".
Con que Aníbal triunfante,
y yo con sus empresas adelante,
y a la vuelta de España
marché yo; enriqueces por esta hazaña
tu mano generosa,
pues al ir prometiste ser mi esposa
si vencedor volvía:
ya a ejecutarte viene el alma mía:
para volver a mejorar valiente,
después de ser tu esposo, un accidente
que me da empresa pesada
y pudo dejar mi gloria limitada.
¿Y fue?
Que la bandera
en que te retraté, que en la primera
escuadra enarbolaba
un valiente español que la llevaba,
como mi alférez que era,
sin duda muerto él, por prisionera
quedó de los romanos
que de la lid salieron
cuando perdida su esperanza vieron;
mas juro por los dioses soberanos
de volver a buscarlas
y a Roma conquistar por restaurarlas,
si bien pienso que al bello...
orlada del retrato que va en ella
ya la habrán colocado
por deidad de algún templo venerado.
Pues españoles valientes,
descendientes generosos
de Gerión y de Osiris,
de Hércules y de Argantonio,
ya que os halláis aquí juntos
los más principales todos
de aquesta ciudad ilustre
de quien señora me nombro:
escuchadme, que hoy pretendo
(con la acción de que os informo)
daros para vuestra fama
motivos pundonorosos.
Mis padres, que de la ilustre
Cartagena y su contorno
señores hereditarios
fueron por blasones propios,
muertos casi a un mismo tiempo
prudentes cuanto amorosos,
debajo de la tutela
me dejaron de Sempronio,
mi tío, que aquí os escucha;
el cual tuvo cuidadoso
mi heredado señorío
prudentemente en sus hombros.
Varias veces me propuso,
después que en floridos ocios
y en pronta edad, mi cuidado
de amor ciego libre gozo:
que ya que está dividida
nuestra España en belicosos
bandos, que a Cartago unos
y a Roma siguen los otros;
y ya que sois los que hoy siguen
de Roma la voz, tan pocos,
pues los más ya declarados
por Aníbal los supongo,
apetecía a su hermano Asdrúbal
por mi dueño y por mi esposo:
porque ya que a Cartagena
hicieron los rigurosos
cielos tributaria suya,
fortuna que siempre lloro,
tenga con tan gran caudillo
defensa, amparo y socorro.
Yo, pues (aunque interesada
en tan conveniente modo
de asegurar mis estados,
si bien sus consejos oigo,
suspendo el ejecutarlos
por lograr en mí, reconozco,
de ingratitud en mi pecho
opuesto de amor al logro),
acá en mi idea decía
a mi esfuerzo altivo: «¿Cómo
yo, para gozar seguro
lo que heredé por tan propio,
al yugo he de sujetarme
del amor que tanto ignoro?»
Eso no, oigan los cielos:
que he de ver si en sus ahogos
pueden obrar las mujeres
hechos también asombrosos.
Y ensayando desde entonces
mi inclinación en asombros,
mi valentía en desdenes
y en ímpetus mis enojos,
en el bélico ejercicio
me he divertido de modo
que de española bizarra
con escuadrón numeroso
salgo al campo, y la industria
con tanto aliento y arrojo
que a los marciales ecos
del parche y clarín sonoro
no amedrentan sus oídos
antes bien les son gustosos.
Tanto, que aquel que las viere
marchar en alarde airoso:
podrá dudar si es acaso
de ninfas sagrado coro,
o de amazonas valientes
ejército numeroso.
Yo, pues, entre todas,
de amor retirado en odio,
usurpándole a su imperio
triunfos con grave decoro:
montar en un fuerte bruto
que en el Betis caudaloso
fue, por parto de su espuma,
de cuatro vientos aborto.
Y en particular un día,
que en seguimiento de un corzo
iba rompiendo las nubes
que levantaba del polvo;
en medio de la carrera,
desbocándose furioso,
rompió la rienda, y entonces,
asido al penacho tosco
de la crin, y a un mismo tiempo
cargando el cuerpo en el lomo,
de tal manera le oprimo,
le sofreno, y le reporto,
que, al último impulso mío,
fijo en dos pies por un poco,
al parar, temí, según
le temblaron los codos,
que helado el sudor le había,
que le salió por los poros.
Y en fin, para no cansaros
con prolijos episodios,
por no ponerme a peligro
de ser del amor despojo:
ya echando la aljaba al hombro,
ya vistiendo arnés luciente,
ya jugando alfanje corvo,
ya blandiendo lanza en ristre,
ya domando inquieto potro,
pájaro altivo en el aire,
tórtola dulce en el chopo,
medrosa liebre en la viña,
vividor ciervo en el soto,
celoso toro en el campo,
en el monte espín cerdoso,
oso en el risco encumbrado,
pez sumergido en el fondo,
no había aún tiempo que estuviese
seguro de mis destrozos.
Y porque contra el Amor nunca
hubo en mí ímpetu ocioso.
Y tanto, que sola una mañana,
de las que el blando Favonio
de las flores del abril
el rocío enjuga a soplos,
saliendo a un jardín acaso,
viendo una yedra, que en torno
de un olmo, en un lazo cifra,
dio al alma ver de sus pimpollos
uniones, y traté de verla
abrazada al árbol bronco
que por sus mismas raíces
la arranco, si no la corto.
Reparé luego al instante
y aun arrancada del todo
la yedra al olmo enlazados,
no hubo impulso poderoso
que pudiese desasirlos:
bien como diciendo el olmo
si no me arrancas primero
a mí: ¿no ves que es forzoso
que pare en mí esta yedra
y halle su amparo en mi tronco?
Noté aquesto apenas, cuando
volví a mi desdén sordo,
y dije: si un firme árbol
toma en defensa, y soborno
de la planta que le abraza
espíritus amorosos:
en defensa de su dama,
¿qué hará un hombre valeroso,
como olmo de la yedra
de quien es festivo adorno?
Determinéme con esto
a rendir mis desdenes todos,
pensamientos siempre altivos
al yugo del matrimonio.
Y discurriendo entre tantos
como quiso Sempronio,
varias veces me ha propuesto
que amantes o codiciosos
de alcanzar mi mano intentan
de unirme en el consorcio,
no hallé ninguno en quien tantas
prendas juntas estén: como
en el gallardo Luceyo,
de España Aquiles heroico.
Haciendo de mis potencias
dueño absoluto de todo,
el reino de su albedrío
le eligieron por mi esposo.
Al tiempo que contra Roma
nos intimó a pedir socorro
Aníbal: con que este intento
fue el suspenderle forzoso,
hasta que de la jornada
dando de treguas al ocio
volviese como habéis visto
coronado de despojos.
Pues ya españoles fuertes,
señor y caudillo propio
tenéis; que él a Cartago
os defienda valeroso;
unánimes procurad
sacudir de vuestros hombros
desta servidumbre infame
el dominio ignominioso.
Que yo seré la primera
que salga: cuando os exhorto
a capitanear las huestes
de vuestro ejército todo.
Y mi valiente Luceyo
no dudes, cuando te nombro
mi dueño, que ese accidente
pueda servirte de estorbo
para que logres el premio
de mis abrazos amorosos.
Que yo juro a las deidades
que en ese supremo solio
de entre globos de zafir
pisan perlas y piropos:
que hasta volver a cobrarte
(aunque en el gran Capitolio
te tuvieran colocado)
me ha de ver por más asombro
Roma: armada en la campaña
no solo que asedio y pongo
a sus fuertes baluartes:
mas sobre su muro propio
poner los pies: derribando
sus estatuas y colosos.
Segunda vez a tus hermosas plantas
rindo el trofeo de victorias tantas.
Levanta y en mis brazos
goza el aplauso entre amorosos lazos.
Y advierte al mirar que eres mi esposo
la música en acento numeroso.
A la hermosa Sidomira y a Luceyo valeroso
en esta unión los enlace como a la yedra y al olmo.
(Tocan dentro un clarín)
Mas, ¿qué clarín los senos
del aire con sonora voz altera?
Risa de ellos os dé a los belicosos,
que entran en Cartagena victoriosos.
[Tocan]
Segunda vez el ámbito ha alterado
del clarín uno y otro eco alternado;
¿qué novedad es la que causa a que os altere?
Yo os lo diré si lo ignoráis, y si engreído
ese clarín que herido,
segunda vez del aire habéis oído,
es del campo y exército romano;
que detrás de aquel llano
que cubre esa colina,
viene en orden marchando a la sordina
con treinta mil soldados,
expertos en la guerra y bien pagados,
para ocupar (¡qué pena!)
los puertos y isletas a Cartagena;
habiendo dado fondo con su armada
cuatro millas de aquí en una ensenada;
y a quien acaudilla
el romano Scipión, cuya cuchilla
asegura a su Roma tal victoria,
que pueden numerarle las historias.
¿Y de quién, dime, lo has sabido?
Lo que agora verás, que he traído
a un prisionero soldado,
que del campo apartado
llegó a encontrarse conmigo:
con quien, fingiendo yo que era su amigo,
pude sin su malicia
llegarme a hacer capaz desta noticia.
Pues, Luceyo valiente,
vuelve a poner en orden nuestra gente
en escuadrón formado,
y antes que, de su susto rechazado,
se ampare el enemigo,
examine en su daño su castigo;
que yo de las primeras
seré que al fiero asalto a sus trincheras,
desque de gloria tanta
oprima sus cervices con mis plantas.
[Sácalas]
Pues veníos conmigo.
Semíramis es otra, esto digo,
si todo el orbe entero
no se rinde a los filos deste acero.
Con triunfos soberanos
toca a marchar; conozcan los romanos,
Sidomira, el valor que en ti se encierra.
Guerra contra el romano.
Guerra.
[64]
Guerra.
Fin de la Primera Jornada que tiene mil y setenta y cuatro versos.
La fama es la mejor dama
Jornada segunda
Salen Luceyo y Sidomira
Bellísima Sidomira,
dueño hermoso, a quien el alma
como a deidad que venera
culto y obsequio consagra.
Sol, en cuyo albor presumen,
de quien mendiga el alba
candor puro el azucena,
la rosa púrpura y nácar;
y que sus cultos reciben
del contacto de tus plantas,
te juraron por su reina
las flores de esta campaña.
Valiente y galán Luceyo,
no de hipérboles te valgas
para pintar mi hermosura,
cuando, tan acreditada,
sin retóricos pinceles
retratada está en el alma.
Que suele ser sospechoso
el amor que se afianza,
para explicar sus afectos,
de lisonjas cortesanas.
Mucho errará Sidomira
si cree que pasen plaza
de corteses cumplimientos
las que son verdades claras.
Por lo bien que le está siempre
creerlo a mi confianza,
digo que soy venturosa
Yo el más feliz que en la playa
del amor, surto bajel,
se halló, sin correr borrasca.
Pero dejando a una parte
finezas que amor consagra
en recíprocos cariños
de dos amantes que enlaza
con la apacible coyunda
de Himeneo ya en sus aras,
solo un cuidado me tiene
todo mi discurso en calma.
Si capaz soy de saberle,
esposo, quejosa se halla
mi fe que no me le digas.
Mal puedo negarte nada
cuando eres de mis potencias
el móvil que las arrastra.
Pues explícame tus penas
para que de dudas salga.
Es que envié a Sempronio
que a reconocer la entrada
que el campo del enemigo
hace, salió esta mañana,
y ya tarda en venir.
Querrá
primero su vigilancia
tomar algunas noticias
de los designios que traza
para traerte el aviso.
Serán muy de importancia;
porque antes que a Cartagena
del romano la arrogancia
llegue con soberbia altiva
a dar vista a sus murallas,
con mis escuadras pretendo
presentarle la batalla.
Luceyo, si en alta empresa
ves que llegas a lograrla,
de tus heroicos blasones
será la mayor hazaña.
tocan una caja
Solo alcanzarla deseo
para ponerla a tus plantas.
Pero ya este parche rudo
me avisa de su llegada.
Pues vamos a recibirle.
Diligencia es excusada
cuando llega a tu presencia.
sale Sempronio
Basta el valor en sus canas.
Gran Sempronio, ¿qué hay de nuevo?
Que con toda vigilancia
del enemigo la línea
abriendo va a zapa y pala
casi en toda esa campaña,
porque en llegando a dar vista
a Cartagena la armada
que soberbia y victoriosa
trae Emiliano de Francia,
con ataques tiene intento
de dar asalto a la plaza.
Eso será si primero
no salgo yo a derrotarla
con la armada que me avisan
de algunos puertos de España
que ya prevenida tienen
con bien lucidas escuadras.
Pues el no perder el tiempo
es obrar en constancia.
porque mañana pretendo
antes que el alba risueña
las flores desta campaña
borde de aljófar y perlas
darles el primer asalto;
por si de aquesta manera
pudiere sin ser sentidos
tomarla por enterpresa.
Será acierto como tuyo
que es todo ardides la guerra.
Pero por si no se logran
mis discursos y él intenta
hacer alguna salida,
tenga Cayo Lelio puesta
la caballería en orden
para salir en defensa
en oyendo tocar arma,
a cualquier parte que sea,
haciendo a los batidores
que toda la noche entera
corran batiendo la estrada.
Ya los ayudantes llevan
el orden de ejecutarlo.
Y dese a los centinelas
que de posta en los fortines
están, nombre y contraseña.
De todo quedo encargado
y así, seguro advirtiendo,
puedes retirarte un rato
a darle al cansancio treguas
de las fatigas del día;
pues que ya con sombras negras
la noche en nuestro cenit
cubre de horrores la tierra.
Seguro de tu cuidado.
Daré al sueño licencia
que embargue con su letargo
mis sentidos y potencias,
que de la pensión de humano
ningún mortal se reserva.
Y yo con estos soldados,
en tanto que tú sosiegas,
iré a recorrer de ronda
cuarteles y centinelas.
Entranse Scipión por una parte y Vitelio y los soldados por otra, y sale Policena vestida de hombre con espada al lado.
Amor lince, rapaz ciego,
¿dónde me llevas de
tras una pasión que así
me da tal desasosiego?
Yo de Roma desterrada
y en traje de hombre vestida,
de recelos combatida
y de mi honor olvidada.
Solo por averiguar,
a pesar de mi decoro,
de Scipión a quien adoro,
por quien me llego a olvidar.
Pero ¿qué dificultosa
empresa no intentará
una mujer si es que está
enamorada y celosa?
¿Quién será esta Sidomira
que tanto así le enajena,
que se olvida de mi pena
y en su retrato suspira?
¿Qué imperiosa, qué deidad
tanto su espíritu mueve,
que águila caudal le bebe
las luces a mi verdad?
Pero, de tan inhumano
digo, y tan ciego ha sido,
solo la culpa ha tenido
aquel español villano
que así le llegó a alabar
su peregrina hermosura,
que es causa de su locura,
y ocasión de mi penar.
Y pues de tantos desvelos
el instrumento cruel
ando ofendida, en él
hoy he de vengar mis celos,
aunque aventure la vida,
y arriesgue mi pundonor,
fama, crédito y honor,
si llego a ser conocida.
Pues fingiendo que, molesto,
un grande gusto me ha dado,
a este sitio señalado
que a retar salga dispuesto.
Que segunda acción le infama,
que tener no puede imperio,
valor, el que de vil tercero
se ofrece a ser de su amo.
Pero conmigo mismo, allí,
Cayo Lelio hablando viene,
y así apartarme conviene
hasta verlos desde aquí.
Retírase a un lado y salen de rondar Cayo Lelio y Capirote armado con peto, espaldar y gola y una rodela.
¿Adónde con contino paso,
de esa suerte y con tal brío?
A un cierto desafío,
pero después lo sabrás.
Espera.
No puedo agora.
Porque inquieto he de decillo.
Sí.
A matar a un picarillo,
porque ha llegado su hora.
Aparte
Que le estorbo, salir quiero.
Pues, ¿quién te desafió?
Lucidorio me tiró
un guante a lo caballero.
¿Quién es Lucidorio?
Andallo,
pues no le conoces, Lelio:
un criado de Vitelio,
medio simple y medio gallo.
Y no tanto lo sintiera
si dos guantes me tirara.
¿Por qué?
Ve a Policena
Porque los alzara
y al punto me los pusiera.
Y en batalla singular,
he de salvar mi opinión,
que el duelo de un guante non
hace un agravio sin par.
Mas ya pienso que está allí.
No será bien que yo intente
desafío tan valiente
estorbar; yo aguardo aquí
el fin de aquesta questión.
No te alejes, por si acaso
yo a el escudero le paso
o él me da a mí un trasquilón:
tengamos quien nos ataje
la cólera.
Retírese Cayo Lelio a un lado
Estaré atento.
Aparte
Pues solo que esto yo intento,
vengar desta vez mi ultraje.
Herculino.
Cuando embrazo
una rodela, y me amotino,
no solo soy Herculino
sino también Herculazo.
¿Vienes solo? Que ya he notado
que traes padrino.
Eso no,
que no me callo ahora yo,
ni vengo a ser bautizado.
Aparte
Ahora que en Lucidorio
del alba a la luz reparo,
noto que es espejo claro
de aquella deidad que adoro.
Después de haber quebrantado
la hora del desafío
que fue a las cuatro, sin brío
sales a reñir azorado.
A esto un hombre singular
respondió: que, para cosas
muchísimo más gustosas,
no solía él madrugar.
Desármate, y la rodela
abaja.
¡Qué grosería!
¡Grandísima soberbia!
¿Desarmarme?
Esa es cautela.
Desármate.
Menos prisa.
algún desafío violento
no es cosa de casamiento
que ha de lograrse encubierto.
Aparte
La voz que oigo no disimulo
ya he conocido.
Ea, pues.
Vase y otro
Alguacil de usted grave,
venir a reñir con gulas.
Y a mi sufrimiento apuras.
Hombre de trecientas bragas,
eres de casta de gatos
que quieres reñir a escuras.
Deja que el sol en la orilla
del mar dé, o en estos ramos
porque siquiera veamos
a darnos por la tetilla.
Mide el campo, pues ya aclara
la aurora que va a salir.
Saca y ceba
Pues si el campo he de medir,
lo mido por una vara.
Pero sobre qué se labra
este tu duelo severo,
que aunque asomado no quiero
reñir sobre mi palabra?
Por qué me has desafiado?
Porque eres en conclusión
alcahuete de Scipión.
Aparte
Ya aquesto se ha declarado.
Celos tienes dél?
Me inclina
su amor algo a estos extremos.
Desabróchase a toda priesa
Aparte
De lo cual sacado habemos
que usted huele a chamusquina.
Pues por esto solamente,
he de reñir. (Ojo, he de ver,
si este peinado es mujer
como pienso; y juntamente
no dar de mi miedo nota).
Ea, ya me desabrocho.
Desnúdate.
Para qué?
Reñiremos en pelota.
Porque no digas que vino
con ventajas; acaba ya.
Medio cuerpo bastará.
Todo ha de estar lampiño.
Que pues las armas escojo,
habemos de echar agora
al rocío del aurora
nuestros cuerpos en remojo.
Hablen solos los aceros
y calla, aleve soez.
Eso no, que aquesta vez
hemos de reñir encueros.
Mataréte, aunque asombre
el cauteloso capricho
engaño.
Lo dicho, dicho:
desnúdate, si eres hombre.
Embiste Policena a cuchilladas con Capirote, él se va retirando della y sale Cayo Lelio a estorbarla.
Olvida ese tema ingrato,
deja esa pasión celosa
que ciegamente se avanza
de tu designio en contra.
Pues Cayo Lelio, qué dices?
¿Qué he de decir cuando notan
en tu ingratitud mis celos,
los desaires que te afean
de aquí a quien a quererte asiste?
A Cayo, aparte
¡Ay de mí! Calla y no pongas
Cayo, si nos han oído,
con demostraciones locas
mi decoro en contingencias.
Aparte
Hombres son y se enamoran.
Mi pastora Herculina,
a los dos nos deja a solas.
Aparte
Esto más: luego lo dije
que vi sus carantoñas
malas.
Hablando aparte con Capiro
Y pues has conocido
con quien saliste agora,
que ha de ser es mujer.
Aparte
Bueno.
Este secreto no rompas.
¿Qué es romper? Pues si no hubiera
conocídola en las calzas,
no la hubiera acuchillado
con un punteado de boda.
Ya Scipión, que cansado
de la nocturna congoja
de la vela, hacia su tienda
se retiró. A las dos horas
despertará; haz que me avisen;
y vete.
Entrase Capiro
Con linda sorna
me voy, y a ver lo que dices:
Damisela es la señora,
no es trabajo en querer
venir con ella envuelta.
Policena, Lucidoro,
que aun con el nombre que apropia
a mi disfraz me he dado,
pues a la luz que me asombra,
en el resplandor oculto
del sol que a tu cielo adorna,
Lucidoro soy, que adoro
en mi afecto una corona,
que os ofrezco.
Tocan dentro
Inclinación
de amor, que confieso absorta,
que a mi perdición me lleva
ciega, sin discurso, y loca;
violentando mi albedrío,
salió mi padre de Roma
a pacificar de Francia
las provincias belicosas.
El mismo día que a España
Scipión vino, y recelosa
de su amor, determinéme,
no habiendo quien me oponga
con la ausencia de mi padre,
a resolución tan sola
de mi honor: pero ¿qué es esto?
Arma en Cartagena tocan.
No es posible el detenerme,
con quien estoy.
Con mi propia
desdicha.
¿De quién te quejas?
De mi desdicha y a solas.
¿Quién te acompaña en tu pena?
Mi desdicha, y mi congoja.
Pues aunque tantos...
sean las que te congojan,
sé que una ventura tienes.
¿Y cuál es?
Que quien te adora
lo mira para ampararte
los celos que le apasionan.
Entranse cada uno por su parte
Confesaré que deseo,
Cayo, olvidar esta loca
pasión, para reducirla
al olvido de tu amor.
Nadie al verme desagrado
culpe mi fe, sino ignora
del amor en los afectos
cuántos esfuerza imperiosa.
Descúbrese una tienda de campaña y dentro de ella Escipión, durmiendo en una silla, sentado y colgando la mano por encima del brazo, y tiene en ella una bola de metal y debajo una plancha de lo mismo; con diversidad de armas colgadas por los lados y en medio la bandera del senado, y sale a ver a Escipión, abriendo, Policena.
He llegado penosa
imaginando y siguiendo,
divertida en mis congojas.
Sentado allí en una silla,
durmiendo está, de la forma
que Alejandro descansaba.
Parece que quiere en todo
sus acciones imitarle;
y advierto, ¡qué engaño, ay Dios!
entre sueños está hablando.
Hablando entre sueños
¿Cómo así, amor, me provocas
contra mi fama adquirida?
Pero, ¿qué escucho? A la hermosa
Sidomira en su retrato,
que es del pabellón corona,
con descuidos que de esta
pende varias cuidadoras,
cuando de celos que envidia
ardo en las llamas rabiosas.
Soñando
Suspende, deidad alada,
de tu vista rigurosa
el ceño con que me miras,
el horror con que me asombras.
Ya son mil y mil trofeos
de tus plantas vencedoras,
los laureles que me ciñen,
los triunfos que me coronan.
¿Qué quieres más? ¿Qué pretendes
de mí? Detente, reporta
de tu majestad severa.
Vuelven a tocar dentro. Cae la bola que dará en la plancha, despierta y levántase asustado y salen Vitelio y Capirote.
¡Válgame Júpiter! ¿Qué
son dentro de Cartagena
estas cajas que me asombran?
Ya es el segundo rebato
el que dentro de ella tocan.
Que salir a hablarte intentan
de paz se presume ahora,
según por otra parte
del muro acaso te informan.
Salgan, que esta noche intento,
si no rinden su orgullosa
cerviz, asaltar su fuerza.
¿De noche?
Sí, que de día
se está defendiendo el muro
esa gallarda española
por su hermosura y valor
con fuerzas muy ventajosas.
Aparte
¡Que esto escuche de un ingrato!
¡y pese a mis pasiones locas!
Que mucha gente han perdido
de su infantería y tropas
en las salidas que han hecho;
y pues cerrada está toda
la línea con estacadas,
fortines y plataformas,
y en el socorro que esperan
su esperanza se malogra,
no dudo que la ciudad
se rinda a distancia corta,
y más, si llega la armada
que de Francia victoriosa
trae mi tío Emiliano,
que ya la espero por horas.
Aparte
¡Que a Cartago viene mi padre!
Mi desdicha se empeora;
¿qué he de hacer, airado cielo?
¡Valedme en tantas congojas!
Tocan un clarín
Mas ¿qué clarín nuevamente
el ejército alborota?
Sale Cayo Lelio
No sé, pero Cayo Lelio,
tu primo, que sale agora,
te informará del suceso.
Pues oye, asombro de Europa:
agora, cuando del alba
el rico esplendor corona
los soberbios capiteles
de esa ciudad belicosa,
que por instantes espera
que humilde a tus pies se ponga,
un centinela que estaba
de trecho a trecho de posta,
oyendo tocar al arma
dentro en Cartagena, exploran
la causa; y desde los muros
una mujer valerosa
licencia pidió de hablarte;
concediósela; y a poca
dilación, abrió luego
las puertas; diversas tropas
de armadas, fuertes cuadrillas
salen de ella; a las que todas
haciendo cuerpo de guardia
avisaron; y así tocan
al arma, para que salga
tu gente, y las reconozca.
Ellas no sé con qué intento
unidas unas con otras
dando vuelta a nuestro campo,
el salvo conducto gozan
que tú les has concedido.
Ven, y verás cómo en forma
de media luna, y del arco
celestial, a quien le roban
para las bandas, y plumas,
las colores que le adornan,
lucida suerte de estrellas,
pues si de estrellas, de diosas,
marchando al son de los parches,
y clarines, que retumban
heridos en esa peña,
casi tu ejército embocan
con ocupar tanto sitio
sus escuadras numerosas.
Ya tu caballo te espera
bañando con la fogosa
cólera, de espuma el freno,
que impaciente al alfombra...
Pues a pedir saldrán honrosas
condiciones; en la entrega
es evidencia que te rinda.
Ya que mi esposo Luceyo,
que en las marítimas costas
fue a prevenir el armada,
tanto se tarda, que ahora
que dél nuevas no tenemos,
temiendo alguna derrota,
salgo a esta empresa, porque
la guerra entretengades todos.
Y la mayor que se ha visto
ésta ha de ser, si te alegras.
Sidomira, me has ordenado
que entre las almenas ponga
de estas armas que aparezcan
hombres que el muro coronan.
¿Diste el orden que te dije
a nuestra gente?
Ya todos quedan prevenidos para
la acción más grande, heroica,
que en historias se celebra.
Que con iros y veniros,
si en fe del falso conducto
los Celtíberos se admiran,
los Romanos
prevenidos...
Tendrán también, porque importa
el trigo; que a las puertas
los soldados se dispongan
para salir a su tiempo.
Hallando este rato a solas
conmigo como lacayo,
pintar quiero a esta señora.
que en mi idea me parecen
propiamente cuatro solas.
Esta que viene delante
con un bastón y unas pámpanas,
es la de bastos; aquella
que en un escudo, por orla,
trae un sol, es la de oros;
esotra, que en la manopla
trae una taza de hechura
estraordinaria, es de copas;
y la postrera, que trae
en la mano aquella corva
cuchilla, es la de espada
primera y más revoltona,
porque a lo que muestra el brío,
todas cuatro son muy mozas.
Mientras dice esto, suben al tablado y se ponen todas a un lado.
Le dice a Scipión.
Gran cónsul de los romanos,
salve una vez, salve otra.
¿Quién eres, deidad oculta,
a cuya fuerza imperiosa
han concedido los cielos
que mi reposo interrumpas?
¿Quién eres, que cuando estaba
descansando mi persona
en esta silla, que es lecho
y empresa de mi victoria;
y en la mano (a imitación
de aquella ave voladora
que para el vuelo) esta esfera
de metal, a que una bola
de bronce, con cuyo peso
mido del tiempo las horas;
porque cuando más me rinde
Del retrato que te agravia,
pues menos de ella se informa
de lo que es, en mi pecho,
corte y metrópoli heroica
del reino de mis hazañas,
de tal manera se ahoga
el imperio de mi vida,
que, a pesar de mi ambiciosa
condición, por soberana
emperatriz te coronas.
Llégase Cayo a Policena
¿Quiere a Scipión Policena?
Y que su atención amorosa
se lo merece en tu ausencia.
Aparte
Mas con eso me ocasionas
a cruel, mas disimule
mi decoro por agora.
Valeroso Scipión,
pensarás que animosa
Cartagena, y yo por ella,
que soy su dueño y señora,
a capitular contigo
(como es uso y ceremonia
de las ciudades cercadas)
salgo los fueros agora
que han de guardarse en la entrega.
Pues engáñase tu loca
presunción, que lastimada
de que a tanto riesgo pongas
el aplauso de tu fama
con descréditos de Roma,
e intentando juntamente
ir valiente a hacer escolta
a la armada de Luceyo,
de quien soy querida esposa.
¿Qué dices, mujer? Espera,
que cual esfinge engañosa
me dan muerte tus palabras
entre celos y congojas.
¿Quién es tu esposo?
Luceyo
os he dicho; ¿de qué te asombras?
Aparte
Yo sí pruebo el veneno
de estas ansias que me ahogan.
Mas vamos al caso, escucha,
y elige lo que te importa.
El móvil son de las personas
la ambición de la honra,
en cuyo deseo el mundo
ceba la sed de sus glorias,
y a cuyo invencible hechizo
no hay atención cuidadosa
tanto, que no se embriague
de su halagüeña ponzoña;
en particular vosotros
los romanos, nunca ociosas
las potencias de este anhelo,
con voluntad, con memoria
y entendimiento llenando
vais las futuras historias
de orientada tiranía
y de injuria imperiosa;
y pues por ti, así el extremo
de la ambición te provoca
a esta empresa, y nuestra España
tan rica está y abundosa,
y en particular aquesta
ciudad, que aunque yo sola
para vencer tus alientos
a mi valor se te oponga,
de mi patria enamorada
tanto estoy, que generosa
porque un soldado siquiera
no arriesgue de su custodia;
si aqueste cerco levantas
por bien te prometo agora
y en rescate del retrato
con que tu tienda coronas:
cargar de tus elefantes
las espaldas guarnecedoras
de plata: en macizas barras
de oro: en pajizas doblas
tanto: que se admire queda
si del peso no se agobian.
luego: que al segundo paso
echen sangre por las trompas.
Si acaso este partido
no admites: porque conozcas
que honor ninguno en la empresa
has de ganar: sino te informa
mi valor como lo has visto:
que las mujeres briosas
de Cartagena bastamos
a defenderla: pues todas
vistiendo acero por seda,
guantes trocando a manoplas,
plumas peinando por bicos,
y galas cambiando a cotas,
y a la lid te incitamos:
y si esto hace en nosotras
qué harán los generosos muros
casi oprimiendo las olas
con su vista atemorizan
su campaña: vuelve y nota
coronada a Cartagena
Vuelven todos a mirar a los muros donde se tocan al arma.
de armados hombres que orlan
entre una y otra almena
su muralla a la redonda.
Y si por dicha imaginas
que puede ser poderosa
la hambre a vencernos: sabe
que tanta opulencia gozan
nuestros almacenes llenos
de varias, y de sabrosas
viandas, que se pudiera
de ver sus continuas sobras
fastidiar el apetito
y aun asquear la gula propia;
y en particular del fruto
que Ceres nos da, y Pomona
nuestras trojes siempre llenas
tan ricamente se colman
como agora lo ves. Manda
Arrojan trigo de la muralla.
a tus soldados recojan
el trigo que por encima
de las murallas rebosa.
Y supuesto lo que escuchas:
entre escudo, y adarga
un sol: la luz te presento
que te alumbre: y te dispongas
a la paz que te aconsejo:
porque, cuando ciego corras
a tu perdición, no culpes
de tu ignorancia las sombras.
Las riquezas prometidas
te ofrezco en aquesta copa
de oro, llena de diamantes,
de perlas, y celidonia,
en cuyo mar de riquezas
ríos que tu sed te provocan
puedas por densos cristales
beber congelado aljófar.
Y si a la guerra te inclinas,
también hoy te la pregona
mi valor en este alfanje,
cuya lengua cortadora
es sin la forma disparo
blandida al viento que azora,
lisa culebra de acero
que silba al aire que cortas.
Pero porque no se turbe
a mi vista valerosa
tu denuedo, y te aconsejes
con tu prudencia a tus solas:
yo me vuelvo a Cartagena,
y a la mañana a estas horas,
solo de término fijo
te he de dar, para que escojas
muerte, o vida, paz, o guerra.
Guárdete Júpiter: toca
el clarín de esta reseña,
Aparte
que aguardan mis españoles.
Vase por la misma puerta por que entraron Sidomira y Luceyo al son del clarín que se toca en tanto
Aguarda, Pantasilea
de estas nuevas amazonas,
o Semíramis segunda
de esa España Babilonia;
espera, o no con tu vista
vayas sembrando discordia
en el campo de mis celos,
por ese español que adoras.
Ve a Cartagena: rinde
su muro altivo; señora
serás de él, cuando yo el mundo
ponga a tus plantas coronas.
Vuelve a mirar Policena,
por quien tu amor se apasiona.
Empuña la espada contra Scipión
¿A qué aguardo el sufrimiento
que no arroja la ponzoña
que abrasa el alma? Este acero,
aun ingrato...
Ten, reporta,
tanto adoro, que es perderte.
Vuelve Scipión la cara
¿Qué es esto?
ver qué quiso agora...
Este soldado impaciente,
de ver la arrogancia loca
con que hablaron, vengar
el ultraje que te enoja.
Por abalanzarse honrado
del celo que le apasiona,
perdono su atrevimiento.
Pues cualquiera que se arroja,
rompiendo el salvoconducto
de que el enemigo goza
contra el derecho, es traición
más que hazaña valerosa.
Aparte
Precipitome el agravio;
dicha es que no me conozca.
Mal resistiendo a mis afectos,
que son quien más me apasionan,
ciego estoy: osado mira.
¡Cómo! ¿Scipión en contra
de su valor y temido?
Arrojose amor osado
en el traje de soldado
que dio a tu prudencia Roma.
Pues, ¿cómo rapaz se atreve,
con razones afrentosas,
a hablar así a Scipión?
en desprecio de sus glorias,
prendedle.
Primo, repara.
Tocan cajas y ruido de batalla y dicen desde adentro.
¡Que matan los españoles,
nuestros soldados romanos,
y nuestros cuarteles roban!
¿Qué escucho?
Sobre el seguro
que nos pidieron, traidores,
descuidando los cuarteles,
el mayor intento logran
que pudo en rigor hallarse.
La guerra me desespera.
¡A su defensa acudamos!
¡Viva España!
Y mueran todos,
al ímpetu de mis celos.
Entranse sacando las espadas.
Han vuelto en sí unas leonas.
Si os venzo, haré que os admire
en su anfiteatro Roma.
Entranse todos, sino es Capirote, que se queda mirando a un lado al ruido de la batalla.
Ya de la ciudad valientes
salen a hacerles escolta,
soldados que en su defensa
osadamente se arrojan.
En la miel de Sidomira
pienso, Scipión, que la mosca
de aquesta vez se le ha
caído; pero, ¡más mosca!
pues de haber visto a sus ninfas
los romanos que se emboban
en la miel de su hermosura
han caído como moscas.
Pero aquí salen dos de ellas,
cuánto va que me dan soga,
rigor de manos me tienen;
que habré que escurrir la bola,
mas no es fácil que conmigo
dieron de manos a boca.
Salen Sidomira y Teodora con las espadas desnudas.
Pues que de Scipión la tienda
sola está, dale, Teodora,
tú con aquese romano,
porque yo el retrato coja.
Muera el romano gallina.
Acuchillándole y él huyendo.
¿Qué haces, mujer? ¿Estás loca?
¿No es aqueste Capirote?
No es mucho me desconozcas,
que después que de alcahuete
a Scipión, que se enamora
de Sidomira, he tocado
a Capirote en corozas.
Os habéis de morir.
¿Por qué?
Porque habiendo yo, graciosa,
en la primera jornada
no me has dicho ni una sola
palabra de amor o chanzas.
Yo te la diré en esotra
si la historia lo pidiere
o al poeta se le antoja.
Saca esa espada.
No quiero.
¿Por qué?
Pues, ¿aqueso ignoras?
Porque mi espada es doncella,
y corrida y vergonzosa
quedará al verse desnuda;
demás que un hombre de do...
su opinión sienta campaña
con una mujer se topa.
mátale y ven.
Ya te sigo,
que este hombrecillo no importa.
Al irse a entrar Sidomira, llevándose el retrato, sale por la misma parte Policena con la espada desnuda y rodela.
¿Dónde, con tanta osadía,
vas, arrogante española,
que, sin temer de mi furia
los celos que me provocan,
de Scipión a las tiendas
así atrevida te arrojas?
¿Quién eres que lo preguntas?
Soy una mujer, que sobra,
(aunque el traje lo desmiente)
que ofendida está y celosa
de ti, y a estorbarte viene
el triunfo de esta victoria.
Aunque de ofensas ni celos
nunca he entendido el idioma,
ya que al paso te me pones,
satisfacerte me importa.
Conóceme.
Lo que basta, para aborrecer tu sombra.
Sabes que soy Sidomira,
de esta marítima costa
reina, en quien vive el valor
de todas las españolas,
y que de oír solamente
mi nombre, no solo Europa
tiembla, sino el orbe entero.
Yo, por si acaso lo ignoras,
soy Policena, romana,
en quien de cuantas naciones
ha celebrado la fama
se cifran todas las glorias.
Pues di, ¿qué intentas?
Quitarte
esa bandera que ahora
en tus manos por trofeo
está; no porque me importa,
que aun me ofendo de verla,
mas porque vanagloriosa
no blasones que tu brío
bastó a restaurar las dos.
Es corto valor el tuyo
para hazaña tan heroica.
Pues hable solo el acero
de las lenguas cortadoras.
Riñen las dos.
Eso intento, aunque en matarte
consigas gloria tan corta.
Aunque no he visto en las tablas
el foso puesto hasta ahora,
por nuevo, a los mosqueteros
noto, y cómo lo toman
el ver reñir a dos damas,
no nieguen que es linda cosa.
Aparte.
Valerosa es la romana.
Aparte.
Qué bizarra es la española.
Riñe conmigo siquiera
de cumplimiento.
Teodora,
calla y déjalas a ellas
que la cabeza se rompan.
Dice desde adentro Sempronio.
Españoles, retiraos,
no perdamos la victoria.
Que ya habemos conseguido;
corrida estoy de que sola
una mujer se defienda
tanto de mujeres ahora;
pues se retira mi gente,
seguirla solo me importa.
[Entrase Sidomira]
No huyas, española, espera,
mira que el timbre desdoras
de la hazaña que emprendiste;
pero aunque más veloz corras,
hasta hacerte prisionera
he de seguir tu persona.
[Entrase tras ella]
Quédese ahí el muy gallina.
[Entrase Teodora]
Vaya de ahí la muy polla.
[Salen Scipión, Cayo Lelio y soldados]
Pues, escudero, ¿qué es esto?
¿Qué ha de ser? Que con gran sorna,
mientras tú contra Vitelio
en la guerra te empelotas,
Sidomira hasta tu tienda
se ha entrado, y al verla sola,
su retrato se ha llevado.
¿Qué me dices?
Lo que ignoras.
¿Y pues cómo no lo impediste?
Porque era acción vergonzosa
el reñir con una dama
en los hombres de mi estofa.
¡Sin mí estoy! ¡Cielos, valedme!
¡Sidomira, que me robas
el alma con tu retrato!
[Dice desde adentro Sidomira]
Entra por él, que te asombras.
Ya voy: seguidme.
Es en vano,
porque retirados todos
a la ciudad, han echado
el rastrillo.
¡Oh, valerosa
mujer! Sola tú has podido
vencerme hasta hoy; y a la gloria
perdió Roma, pues España
la ultraja tanta deshonra.
Fin de la segunda Jornada que tiene 1024 versos
Scipión. Y yo no vengo por ella contigo, aunque me enoja, sino a matar a Luceyo, a quien confiesa que adora, y empezar por la mujer fuera, en mí, acción afrentosa. Muera Luceyo, que luego habrá para la señora.
Página en blanco
Página en blanco
La fama es la mejor dama
En el folio izquierdo se lee: Jesús, María, Joseph. Y tachado: Jornada tercera.
Sale Luceyo solo, como que baja por unas peñas, y vendrá armado
Detrás de aquellos riscos
que sirven a la tierra de obeliscos,
rendido mi caballo
perdió el fogoso aliento: mas ya me hallo
cerca de Cartagena,
donde el rumor, que belicoso suena,
valiente me apresura
a saber la ocasión. Poco le dura
la suerte a un desdichado:
no hay hombre libre del poder del hado.
De Emiliano la armada,
peleando con la mía, desastrada
de suerte la dejó, que solo he sido
yo, el que escapar de tantos he podido.
Mas prevenido de una industria, intento
lograr hoy el mayor atrevimiento
que cuentan las naciones,
de Ulises, Palamedes y Sinones;
si bien me sucediere
socorreré a mi patria; y si muriere
en la empresa gloriosa,
será mi muerte por la acción gloriosa.
Ya voy reconociendo
el enemigo campo:
Dentro
Id previniendo
escalas para dar...
Injusta pena
si como hasta aquí llegaste.
Dijiste solo que a mi bien nombraste.
De lo cual considera
si ofendieras mi honor, de ti qué fuera.
Pero dejando aparte sentimientos
romanos, y Scipión, estadme atentos
que antes que a ofender llegue esos aceros
con la razón pretendo convenceros.
Pues vuestro intento, y pues el del bando
del África: de quien ya aun menos fío
para que en la injusticia que os adiestra
de vuestra lid a España hagáis palestra.
Que yo que restáurola, agora (entablo
y con Aníbal, y con vosotros hablo)
de todo este argumento
árbitro a la campaña hacer intento.
Y a España ha costado
que si tuviera su poder unido:
de sus propios reyes
obedeciera las amables leyes.
Dominios extranjeros
no la rompieran los antiguos fueros.
(De sus glorias, teniéndola en ultraje
vuestro injusto y tirano vasallaje.)
Lo cual se conjetura
de ver que cada cual solo procura
Roma, como Cartago,
nuestra amistad del otro por el pago.
O diga la experiencia
de vuestras fuerzas, dos en competencia
qué triunfos ha tenido
Roma, que a nuestros pueblos no ha debido.
Ni Cartago, a la gloria
que de España no deba, a la victoria.
Pues a aquel que en la guerra gran parte tiene,
honor español, se tiene,
a que, vencedor del otro sale.
Luego de este argumento aquí, bien vale
la consecuencia mía
de asegurar lo firme que sería
nuestro español imperio, si se uniera
y el ajeno dominio sacudiera
y oro que tributara a nuestros hechos
Roma, y Cartago, feudatarios pechos
pues que a vernos en descuidos tales
todos, nuestros amigos, y parciales
os fingís, y a el intento se conoce
pues es, por más que la amistad se emboce
con paliado decoro,
robar de nuestras minas el tesoro,
para en los fosos de ellas
dejar entre lamentos, y querellas
nuestro esfuerzo enterrado
de la plata, y del oro desangrado.
Pues es decir si en opresión alguna
nos pone la fortuna
que halláis vosotros, su socorro en nada
el pueblo, o la ciudad confederada.
Dígalo Sagunto
que era colonia vuestra, y en un punto
la destruyó Aníbal, sin que debiese
que Roma en su favor se le opusiese.
Y Cartagena ahora que en la fiera
en aquesta ocasión decid qué hiciera
si el socorro esperara
de Cartago, a quien sigo, y a ella amparo.
Que en mí no hallará, para vuestro estrago
quien se opusiera a Roma, y a Cartago,
con valientes reparos.
Y así vengo Romanos, a avisaros
que España tiene dueño
y que pretende volverla, de aquel sueño
que la tuvo oprimida
los años ha: que anduvo dividida
entre extrañas naciones:
este soy yo: que alzando los pendones
por Sidomira hermosa
de quien esclavo soy, aunque es mi esposa:
desbarata la armada de Emiliano
que a nuestro socorro navegaba en vano
de la mar de Barcelona:
vengo a darte estas nuevas, en persona
porque con ellas veas
que en vano lograrás, lo que deseas
pues juntos en campaña
traigo las fuerzas ya de toda España
para meter socorro en Cartagena.
Aparte
Todo es ficción, por desmentir mi pena
cuanto aquí he referido
mas por desalentarles, lo he fingido.
Pero soy tan osado
que habiendo mi gente atrás quedado
a tu campo he venido
solo a desafiar al fementido
español, de mal trato
que de mi esposa te entregó el retrato.
Contigo habla este indino.
Aparte
Y con él a pelear me determino
si tú me das licencia.
(Que a solas quiere hablarme es evidencia).
(Aparte)
Con esta industria creo,
puesto que a Capirote allí veo,
que aquí mi suerte se encara
informarme de todo lo que pasa.
Pues fue a los infiernos
a quien le entregó al hallarse prisión.
Yo licencia te diera
si para mí tal gloria no quisiera,
dándole a aquel la muerte.
Eso sería
quitarme la venganza que tenía,
cuando a Júpiter siempre soberano
juré vengar la muerte de mi hermano.
Este es solo un dolor, un sentimiento,
que a la sangre no más mueve violento;
a mí celos y amor hoy me provocan,
que no a la sangre, solos al alma tocan;
y es agravio mayor en fiera calma
que el de la sangre, aquel que hiere al alma.
La sangre es más.
Primero son los celos.
Ajustad vuestros duelos,
elija de los dos el que gustare
que después daré muerte al que quedare.
La arrogancia notable en él se advierte.
(Aparte)
(Hablando con ellos)
Mi industria ha de librarle de esta suerte,
y pues que de valiente mi persona
hacía plaza, he de darles tragantona.
No en porfías dilatadas
vuestro valor os detenga,
que a mí es a quien toca solo
el duelo de aquesta ofensa;
y así a lo que hace Luceyo,
aunque matarse pudiera
el menor de todos cuantos
cercamos a Cartagena,
no ha de permitir ninguno
pase vanidad que deba
morir riñendo con tres,
y así mi valor se reta;
y para que no lo excuses
cesen las competencias,
puesto que ya duelo es
desta ocasión, y no guerra.
Yo soy el que de tu esposa
para tu mayor ofensa
te entregó el retrato; Cayo,
porque diste muerte fiera
al gran Flaminio en campaña
te desafía; y entabla
darte muerte Escipión,
celoso de ver que tal
esposo de sí lo mira
cuando adora su belleza;
con Cayo es un duelo solo,
con los dos son dos ofensas,
uno solo ha de reñir,
las tres causas son aquestas,
elige pues de los tres
reñir con quien te parezca.
(Aparte)
Lo que Capirote ha dicho,
si su intento no entendiera
bueno me hubiera dejado;
pero dice aquí la cautela
que elijirle a él me importa
para saber lo que intenta
en este sitio Escipión,
porque no fuera prudencia
arriesgar por vanos celos
de mi gente la defensa.
Pudiendo lograr la gloria
no quiero a la contingencia
dejarlo de su elección,
solo hoy a mis manos muera.
vase él, y detiénele Cayo Lelio
Siendo vos el que ha de matarle,
por duelo, sin competencia
a mí me toca; que a ti,
por general de la guerra,
los duelos particulares
por toda ley se te niegan.
Pues yo depongo el bastón,
y a Luceyo doy licencia
que elija de los tres uno.
Aunque mi valor quisiera
y el agravio que en el alma
abortando esta centella
mataros a todos juntos,
viendo en vuestra competencia
que no os permite el valor
que con tal ventaja sea.
Discurriendo en los tres duelos
a cuál primero prefiera,
digo que elijo a Erculino,
porque entre las dos ofensas
la de Scipión a ser
ejecutada no llega,
pues decir que ama a mi esposa
no es decir que le ama ella;
y el entregar su retrato
ya es ejecutada afrenta.
¿Y cómo, siendo tres las causas,
la mía al silencio dejas?
A vengar vengo la muerte
de mi hermano, y bien nos queda,
si cuando te desafío
a la batalla te niegas.
Haberle dado la muerte
a tu hermano en la refriega
de mi ejército en campaña
cuerpo a cuerpo, no es ofensa
que pide satisfacción
de duelo, porque en la guerra
la gloria del vencedor
no es en el vencido afrenta.
Y pues concede la fortuna
a uno, lo que al otro niega,
no es la a cuenta del valor
sino la de la dicha a cuenta.
A manos de mi fortuna
murió tu hermano en la guerra
honrando su patria; y puesto
que hoy se mira tan sangrienta
tu espada, paso a un encuentro,
si tú su venganza intentas,
pues yo no falto en ninguno.
Bien puedes buscarme en ella.
Yo procuraré encontrarte.
Hallarásme como quieras.
Aparte
Por Júpiter soberano
que estoy corrido en que sea
Erculino el elegido;
pero ya el cumplir es fuerza
mi palabra, pues la he dado,
y a Erculino la licencia
tienes para el desafío.
Y con vanidad lo aceta
mi valor.
Pues, ¿a qué aguardas,
cuando indecisos nos dejas?
Aparte
A que el sitio elija; que,
sin ser duque de Baviera,
le quiero hacer elector.
¡Mal haya mi infame lengua,
que, por írseme a la chanza,
a cada paso tropieza!
Vase Luceyo
A orillas del mar te aguardo.
Aparte
Ya te sigo.
(Que me crean
los romanos, no entiendo
que fuesen tan grandes bestias).
Valiente es el español.
Son todos de gran soberbia,
mas por sí solos, de muerte.
Ya a orillas del mar se acercan.
Y ya a los dos los encubre
el cuerpo de aquellas peñas.
Sale Policena muy alborotada
De la armada de Emiliano
siento la infelice nueva,
mas hasta saber la de otro,
no la aseguro por cierta.
¡Dame, oh Scipión, albricias!
¿De qué son?
Aparte
De que ahora llega
un correo a nuestro campo
por la posta, que trae nuevas
que la armada de Luceyo
toda derrotada queda
por Emiliano...
(Mi padre,
iba a decir, con la fuerza
de la sangre).
Prosigue, ¿de qué recelas?
Pero si mejor reparo,
pienso, si no es de la idea
engaño, que en tu voz oigo
el eco de Policena,
y en tu rostro su retrato;
y a no saber que de Vesta
quedó en el templo consagrada,
te tuviera aquí por ella.
Aparte
Sin mí estoy. ¡A qué forzoso
deslumbrarle esta sospecha!
¿Has visto, Cayo, en tu vida
quien tanto se le parezca?
Digo que tienes razón,
mas tal vez naturaleza
suele obrar milagros tales.
Dentro
¡Muerto soy!
Dentro
Luceyo, en esa
tumba del mar, se sepulte
tu faena.
¿Qué voz fue aquella?
Que ha dado muerte Esculino
a Luceyo.
Más quisiera
haber logrado la hazaña
que la dignidad suprema
de Cónsul de Roma.
A todos
con igual envidia deja.
Llega Cayo a Policena y la dice
¿Que en estos riesgos te pongas?
¿Qué he de hacer, si me atormenta
mi dolor?
¿Qué es esto, Cayo?
Que ya a tu presencia llega
Esculino victorioso.
Aunque la pasión me ciega
por no ver a aqueste ingrato,
me voy.
Vase Policena y sale Capirote con las armas de Luceyo en la mano.
Aparte
Si se logra esta treta
de montante, y a Luceyo,
recogiendo unos barrenos
que traía prevenidos,
echo al mar, no sé qué intenta,
pero dirálo el suceso.
Lo que me importa es que crean
que yo le he dado la muerte.
¿Qué hay, Erculino?
Que lleva
para peras lo bastante,
y no ha de comer más peras.
¿Qué dices?
Que de mi brazo,
al orgullo y la destreza,
rindió Luceyo la vida.
Mucho me huelgo que vuelvas
por tu opinión, que ya iban
todos creyendo que no eras
el mismo que tu valor
da a entender; vamos, que vean
cómo a Luceyo...
Aparte
Esto es malo.
diste muerte.
Aparte
Mucho aprietan,
y si en mentira me cogen
me han de dar soga con cuerda.
Es el caso que reñimos
en lo alto de una peña,
y al caer de una estocada
va rodando por ella
hasta el mar, donde, en llegando,
se lo tragó una ballena.
¿Ballena?
Sería besugo,
que yo no he de daros cuenta
de qué pez le pescó el bulto;
basta que traiga por seña
los despojos de sus armas.
Pues si las tenía puestas
cuando fue rodando al mar,
¿cómo pudiste cogerlas?
Aparte
Aparte
Pescáronme; mas salga
ya a valor, ¡hay linda flema!
Porque al ver que yo salía
a la campaña sin ellas,
por no pelear con ventaja,
se las quitó y puso en tierra.
Lo que alcanza un buen discurso.
Dice bien; mas ya, funesta,
vestida de sombras pardas,
tétrico manto despliega.
Y así, Erculino, esta parte
del muro te encomiendo,
de quien hasta medianoche
has de ser su centinela.
Que a soldados del valor
tuyo, en ocasiones como esta,
se encomiendan tales puestos.
No es segura la encomienda.
Y tú, Vitelio, también
puedes encargarte de esa
otra parte del monte, y harás
que todos estén alerta
por si el enemigo envía
alguna espía encubierta.
a reconocer el campo.
Harase, como lo ordenas.
Aparte
No se va poniendo malo
el cuento, si no se enreda.
Pues Luceyo y yo quedamos
en que a media noche venga
a buscarme a aqueste sitio
para poder darle cuenta
de lo que acá hace Scipión,
y la misma diligencia
he hecho con Sidomira
y no dudo de que venga.
Pues, Cayo Lelio, los dos
vamos por partes diversas:
vos a prevenir que esté
la caballería dispuesta
por si nos da algún rebato
el enemigo por esa
parte, y yo iré por la otra
reconociendo las trincheras.
Vamos, Scipión valeroso.
Oh invencible Cartagena,
aunque has de ser la primer
plaza en que mi valor se estrena,
o me has de costar la vida
o he de sujetar tu fuerza.
Éntranse Cayo y Scipión por partes diferentes
Aunque celos y temores
son los que el alma atormentan,
lo que más siento es el ver
los riesgos de Policena.
De mejor gana a estas horas
que a hacer posta me tendiera
a dormir en cualquier parte
según el sueño me aprieta.
Sin que lo sientan
Noté que mi imaginación
batallando me hace fuerza
a que este puesto que ocupa
Herculino, bien no queda
guardado dél, por ser parte
por donde a las trincheras
nuestra, puede el enemigo
entrarse con gran cautela,
y el pensar que es español
me obliga llamar a sospecha,
y así el puesto he de rondarle.
Señor sueño, que me tienta,
déjese burlas un rato
que me importa estar en vela.
Herculino.
Quién me llama.
Yo soy, llégate más cerca.
Aparte
Que ya Luceyo creí,
según tengo la cabeza
aturdida, y doy al traste
con todo, pues que me ordena.
Que los dos troquemos puestos.
Aparte
Por Dios que ha sido la treta
de Vitelio, que la adivina,
y si es así la he hecho buena.
Cómo puedo si Scipión
me manda el que aquí estuviera.
No importa que el orden rompas
que esto corre por mi cuenta.
Ya yo voy, y aun voy mudo.
Esto es forzoso que sea.
Aparte
Truecan los dos de puestos, y sale Sidomira por la parte que se puso Vitelio
De aquesta vez la maroma
se descubre si se encuentra
con Luceyo o Sidomira,
mas qué puedo hacer, paciencia.
Para saber los designios
de Scipión, y tomar lengua
de lo que intenta, he salido
yo, por espía encubierta.
no está el conoceros bien.
En otra ocasión mejor
podré, si al honrarme os muevo
sin faltar a lo que debo,
estimar vuestro favor.
Retiraos, aunque amigo
seáis, que de centinela
de noche en campo en vela
a cualquiera tiene enemigo.
Tenéis razón, perdonad
si os he cansado molesto,
que con vos está ese puesto
con toda seguridad.
(Aparte)
Cuando no fuera forzosa
obligación, ser quien soy
me asegura donde estoy.
(La industria anduvo ingeniosa).
Entrase Emiliano.
Quedad con Dios. A cumplir
con lo que debe el soldado,
y de él quedo más pagado
que estuviera agradecido,
si entrar me hubiera dejado.
¡Ah, de la milicia leyes,
cuánto le deben los reyes
a la lealtad de un soldado!
Ya se fue, gran dicha ha sido
poderme disimular;
a Cayo quiero avisar
del gran riesgo que he tenido,
para que con su favor
de mi padre me asegure,
que quiere amor se conjure
contra mí tanto rigor.
Entrase, y salen por otra parte Vitelio con Sidomira, puesta la banda por el rostro, y sale por otra parte Scipión.
ni de Alejandro se cuenta.
Pues, arrojándome al mar,
entre las oscuras nieblas
de la noche, pude osado,
antes que nadie me sienta,
barrenar toda la armada
de Emiliano, que a la vela
quedó: acaba de dar fondo
en el puerto; de manera
que espero que ha de irse a pique
antes que el alba amanezca.
Y ahora, porque en portarme
goce de aquesta diligencia,
vuelvo, a saber, a buscar
a Capirote, que en esta
parte díjome esperaba;
y si no mienten las señas,
el que veo es:
¿Es Luceyo?
Sí, yo soy. ¿Qué hay?
Malas nuevas.
¿Cómo?
Como a Sidomira
en aqueste punto llevan
prisionera los romanos.
¿Qué dices?
Que es cosa cierta,
pues lo he visto por mis ojos,
y que ya estaba en la tienda
de Scipión.
Calla, villano, que me has muerto.
¡Ay, pobres muelas!
Y cual me has muerto tú a mí,
pues las escupo por fuerza.
Dioses, ¿cómo permitís
aqueste agravio en mi ofensa,
sin temer que de mi enojo
el volcán que ya revienta
suba hasta el supremo solio
a deshacerle en pavesas?
Deja las exclamaciones,
que no es bien que el tiempo pierdas,
y vamos solo al remedio.
Di cómo.
Juntando apriesa
tus batallones, y dando
sobre sus cuarteles esta
noche, que están descuidados,
y verás.
Bien me aconsejas.
Como logras la victoria.
Y ahora, antes que nos sientan, vete.
Tiranos romanos,
que la más hermosa prenda
del alma me habéis robado
con cautelosa violencia,
temed de mi ardiente furia
el castigo que os espera
en este acero que empuño,
que es encendido cometa.
Entrase Luceyo y Capirote, y sale por otra parte Emiliano con bastón de general.
¿A quién habrá sucedido
infortunio tan cruel,
que no escarmienta aquel
que infeliz cual yo ha nacido.
¿Hay hado más importuno,
cielos, que el mío? No;
sin duda que ofendió
de nuestra armada a Neptuno.
Pues no ha quedado bajel
a quien del mar la violenta
ira, sin correr tormenta,
no diere sepulcro en él.
Solo yo, en tal confusión,
al ver mi buque anegado,
pude, arrojándome a nado,
huir de su indignación.
Para que sea testigo
de tan lamentable historia
que ha de esculpir por memoria
en bronces el enemigo.
Ya del laurel soberano
no es digna mi altiva frente,
ni es justo que Roma cuente
por su cónsul a Emiliano.
Habiendo una vez perdido
el crédito y opinión,
que es el todo en un varón
el nombre de esclarecido.
Mas, ¿dónde voy a parar
tan ciego y desalumbrado,
sin que encuentre ni un soldado
a quien poder preguntar
si están muy cerca de aquí
del ejército romano
los cuarteles? Pero en vano
lo solicito, ¡ay de mí!
Sale por otra parte Policena con una fístula en la mano
Temerosa de un pesar
que imagino y no comprendo,
vengo de mí misma huyendo
a Cayo Lelio a buscar,
que no sé lo que adivina
mi loca imaginación
de un temor, de una ilusión
que a más riesgos me destina.
Y en pensar si le obligase
algún suceso de guerra,
mi padre a saltar en tierra
y que conmigo encontrase.
Porque después que he sabido
que con su armada ha llegado
al puerto, no ha sosegado
mi corazón afligido.
Pero entre la luz funesta,
un bulto diviso allí.
¿Quién va?
Amigos.
Aparte
¡Ay de mí!
La voz de mi padre es esta,
si no me han engañado cielos.
Amigo, ¿eres soldado
de Scipión?
Aparte
Muerta he quedado,
¡ay, mis confusos desvelos!
¿Están muy cerca de aquí
sus cuarteles? Guíame,
que yo te satisfaré
cuanto hoy hicieres por mí.
Aparte
No sé en pena tan atroz,
cielos, lo que deba hacer,
porque él me ha de conocer
si le respondo, en la voz.
¿Qué haré en ansia tan crecida?
Pero el huir es mejor,
antes que de su rigor
logre el enojo en mi vida.
Mas no, que podrá seguirme,
ingenio me dé el valor.
¿No me responde?
Aparte
Muda la voz y habla con el capote
Mejor será de posta fingirme,
y pues él el nombre ignora,
no pudiéndomele dar,
le obligaré a retirar.
Mas dando la voz, no es dar
de responderos, ni daros
cuenta de quién soy, que aquí
estoy de posta, y así
tratad de retiraros,
o dadme el nombre si acaso
sois de ronda; si no, escala
de fuego, os harán dos balas
retirar más que de paso.
Gallarda resolución
tenéis, soldado, y no es bien
que yo porfíe con quien
cumple con su obligación.
Mas, porque de vos infiero
que sois de valor, quisiera
saber quién sois si pudiera.
Eso es lo que yo no quiero.
¿Cómo con tanto desdén
respondéis, cuando os obligo?
Porque aquí para conmigo
no está el conoceros bien;
en otra ocasión mejor
podré, si al honrarme os muevo,
sin faltar a lo que debo,
estimar vuestro favor.
Retiraos, aunque amigo
seáis; que de centinela
de noche en campo en vela
es cualquiera un enemigo.
Tenéis razón, perdonad
si os he cansado, molesto,
que con vos está ese puesto
con toda seguridad.
Aparte
Cuando no fuera forzosa
obligación, ser quien soy
me asegura donde estoy.
(La industria ando ingeniosa).
Entrase Emiliano
Quedad con Dios, a cumplir
con lo que debe el soldado;
y de él quedo más pagado
que estuviera agradecido,
si entrar me hubiera dejado.
¡Ah de la milicia leyes!
¡Cuánto le deben los reyes
a la lealtad de un soldado!
Entrase y sale por otra parte Vitelio, con Sidomira puesta la venda por el rostro, y sale por otra parte Scipión.
Ya se fue, grandiosa ha sido.
Poderme disimular,
a Cayo quiero avisar
del gran riesgo que he tenido.
Para que con su favor
de mi padre me asegure,
pues quiere amor se conjure
contra mí tanto rigor.
Vase Vitelio
Ahora, invicto Scipión,
entre las sombras confusas
de la noche que, en truecos,
todas las cosas oculta,
a la parte en que yo estaba
de centinela a una punta,
llegó esta espía perdida
a informarse, con astuta
cautela, de alguna que
en nuestro campo se oculta.
De los pretextos que tiene,
y juzgando esta figura,
la pude hacer prisionera
antes de ponerse en fugas.
Mujer es; de ella podrás
saber, si lo dificulta,
lo que el enemigo intenta.
Y pues ya en presencia tuya
está, y el alba risueña
da indicios de que madruga,
quiero volverme a mi puesto
por si el enemigo junta
su gente y nos toca al arma.
Quítale la banda
De tu vigilancia mucha
acciones tales, Vitelio,
su gran valor me aseguran.
Esta espía a quien la banda
del rostro la vista ocupa,
¿quién será? Válgame el cielo,
que dentro del pecho oculta
mi pasión me da a entender
indicios de una ventura.
Mas ¿para qué me detengo
si puede salir de dudas
de esta suerte mi esperanza,
y ver lo que le insinúas,
el corazón que alterado
volante del pecho pulsa?
Mas cielos, ¿qué es lo que veo?
Que absorta el alma y confusa
lo mismo que está mirando
es lo que más dificulta.
¿De qué al verme en tu presencia,
romano Scipión, tan mudas
han quedado tus potencias?
Porque no he pensado nunca
aun idea de entre sueños
ser tan feliz mi ventura.
No lo dudes, si conoces
vaivenes de la fortuna.
Es verdad, mas de esta dicha
tan obligada se juzga
mi fe, que erigirle altares
desde hoy a su deidad jura.
Solo la guerra ha podido
triunfar de mí con su astucia
y hacerme tu prisionera.
Dichoso y felice una
y mil veces mi deseo
que a lograr gloria tan suma
llegó; aunque de mis potencias
eres tú sola quien triunfas,
y pues de ellos, que de un alma
que en adorar la luz pura
de tus dos soles se emplea,
eres la reina absoluta,
no con rigores me trates
no ha sido blasón nunca
de honor, ni crédito, aquel
que en el rendido se ejecuta.
Suspende al arco la cuerda
con que al ciego dios le avispas
la ejecución de sus flechas,
pues lince en ti las vincula.
Porque si para matarme
de tu perfecta hermosura
bastó ver solo el retrato,
al ver su original, juzga
cuál quedaría la fe
de un alma que era antes tuya.
Y así, hermosa Sidomira,
cuya deidad absoluta
gloriosa afrenta es de cuantas
hasta hoy la fama divulga.
Si a premiar mi amor te allanas,
de cuanto el orbe circunda,
desde la Libia arenosa
hasta la Noruega adusta,
has de ser absoluto dueño;
mi valor en hoy lo jura.
Tanto, que en todo su espacio
no haya ave que el aire surca,
pez que el piélago navega,
ni fiera que el monte emboca,
que no rindan, obedientes,
a tus plantas la coyunda.
Y yo, más que todas ellas,
pues de manera le usurpas
a mi ser el albedrío,
que el corazón dificulta
si vive de lo que quiere
o muere de lo que buscas.
No con hipérboles vanos,
que son lisonjas caducas,
con que suelen los amantes
engañar a los que adulan,
desvanecido en las alas
de tu osadía, presumas
que puedan tus rendimientos
vencer mi constancia dura.
Porque cuando yo tuviera
con libertad absoluta
exenta el alma a las leyes
que imperioso amor promulga,
y en fin no reconociera
mi albedrío en su coyunda
dueño que le sujetara.
Solo en pensar que regulas
conquistar con el poder
el triunfo de mi hermosura,
esta aprehensión solamente
que en su altivez articula
mi voz para aborrecerte
bastaba entre peñas mudas.
Mira si teniendo esposo
en quien tantas partes juntas
se hallan, como es en Luceyo,
a quien el alma tributa
en recíprocos afectos
la libertad que era suya,
podrá a tus ciegas pasiones
templar la osada locura.
No ingratísima deidad
su rigor vencer presuma
mi firmeza, que está armada
de paciencia ante injurias.
te estás sufriendo esta infamia
en que honor y fama pierdes.
¿Qué dices?
Aparte
Esto que escuchas.
Mas, cielos, ¿qué estoy mirando?
¿no es mi enemiga la fortuna,
lo que con él está? ¡Oh, celos,
del amor fiera cicuta,
al veros averiguados,
quién podrá tener cordura!
Parte, y di a Cayo y Vitelio
que, antes que se ponga en fuga
nuestra gente, en batallones
al enemigo hagan punta,
en tanto que a sorberlos
monto a caballo.
Sin duda,
que los míos por librarme
las vidas así aventuran.
Aparte
¡Oh, cómo celos y agravios,
dentro de mi pecho luchan!
Sidomira, hermoso dueño,
templa el rigor de tu furia.
En vano, aunque más porfíes,
podrás obligarme nunca,
que soy roca inaccesible
a quien del mar las espumas
no ofenden si la combaten,
y salamandra que busca
en la llama que apetece
la pira o la sepultura.
Ten piedad.
Nunca la esperes,
aunque el fuego te consuma.
Aparte
Eso sí, muera al veneno
de lo mismo que ejecuta.
[Tocan dentro]
¿No marchas? ¿Qué te detienes?
Mas, según de ver acusan
los clarines mi tardanza,
y así, por si la fortuna
hoy de mis huestes triunfase,
tenerte importa segura.
Ya desengañada quedo,
venza el amor tu locura;
a Cayo debo finezas
cuando a Scipión injurias;
muera este amor, resuciten
aquellas ansias difuntas;
a Cayo premie mi amor,
para que en los dos reluzca
premios de un amor constante,
venganzas de una fe injusta.
Pero ¡ay de mí!, que es mi padre
el que viene: suerte dura,
pero antes que me conozca
denme los cielos su ayuda.
Entrase, y sale por la otra parte Emiliano, y tocan dentro
¿Qué es esto, Scipión, qué es esto?
Cuando el enemigo ocupa
vuestras fortificaciones
y, sin valerse de industrias,
a fuerza de armas las gana,
tú, ocupado en las caducas
delicias del amor ciego,
así el crédito aventuras
de Roma, que ha afianzado
en ti su corona augusta.
¿Dónde está el valor antiguo
que tu gran prosapia ilustra,
de tanto claro ascendiente,
para que así le desluzcas?
Vuelve en ti, y mira el desdoro
en que tu honor se sepulta.
Que yo, pues, en la vertida
sangre, los nuestros se inundan,
más quiero morir con honra
que vivir de infame fuga.
[Entrase con la espada desnuda]
¡Vive Júpiter sagrado,
que estoy corrida y confusa
de haber escuchado el alma
los baldones que me imputan!
Aguarda, gran Emiliano,
que, aunque mi valor injurias
de cobarde, hoy verá el orbe,
si de mi espíritu duda,
al ver que en púrpura ardiente
toda su esfera fluctúa,
quién es Scipión Romano.
Ya, fuera pasiones mudas,
que ya os dejo; y pues venciendo
mi crédito se asegura,
la fama es la mejor dama.
Entrase sacando la espada; tocan, y dice desde adentro:
Templó el honor su locura.
Esperad, fuertes Romanos,
que Scipión va en vuestra ayuda,
no huyáis, deteneos.
[Toma una espada y un escudo]
Como su aliento el mío estimula
para socorrer mi gente,
que derrotando la suya
va a toda prisa; y pues nadie
hay que embarace mi fuga,
con estas armas que agora
me ofrece aquí la fortuna,
iré a ayudarlos; ea, fuertes
escuadrones, en quien nunca
cupo el vil temor; a ellos,
que ya parte en vuestra ayuda
Sidomira, vuestra Reina,
muevan todos a mi furia.
Entrase, y hay ruido de batalla. Salen peleando unos con otros y adentro voces, luego sale Capirote.
¡Viva España! ¡Roma muera!
Por Baco, dios de las uvas,
que a los Romanos los nuestros
les van dando gentil tunda,
y ellos vuelven las espaldas
como hallan quien se las mulla.
Pero no será muy malo
buscar dónde esté segura
la persona; desto cuida,
mientras pasa la tal bulla,
no sea que conmigo encuentre
alguno, y se le suba
a las narices el humo.
Para darme en caperuza
más dicho y hecho, lo que él viene.
Sale Teodora con la espada desnuda.
Si no encuentro alguna figura
Romano, destos peinados
Narcisos que agora se usan,
muy compuestos de bigotes
y ajustados de cintura,
en quien, por lo que me enfadan,
poder asentar su locura.
Pero uno está aquí escondido; y es Capirote.
¿Quién duda si soy yo? Pero no soy,
Teodora, de los que buscas.
Sí eres; aunque mudó casaca
por gozar plaza de bufa.
Tú lo eres.
Saca esa espada.
Riña el gallina o huyas, Teodora,
lo segundo escojo.
Así su opinión ilustras.
¿Qué opinión, ni patarata?
¿Que hay en el mundo alguna
cosa que al vivir se iguale?
Mátenle, si se excusa.
Tente, mujer de los diablos.
¿Qué tiras, necia? Apunta.
Defiéndete.
Déjese vos,
soy mujercilla de burlas.
Pues ahí quedan las llaves.
Gallina, espera, no huyas.
Entranse, y salen Policena y Cayo Lelio por otra parte.
Oye, Cayo.
¿Qué me quieres?
Que mi vida (estoy difunta)
ampares contra el rigor
de un padre que me busca
para darme muerte airado.
¿Qué dices?
Lo que escuchas.
Si no me matan primero,
no lo temas ni presumas;
mas por apresura el ver
deste rigor, mientras dura
la batalla; de mi tienda,
prima, no te apartes nunca,
que de tu honor yo me encargo.
Será mi obediencia muda.
Entranse, y dicen desde adentro Escipión y Luceyo, habiendo ruido de batalla.
¡A ellos, que el enemigo,
Romano, se pone en fuga!
¡Volved, volved, españoles,
ved, que Luceyo os ayuda!
No así volváis las espaldas.
Avanzad antes que suban
a ocupar esa colina.
Perdimos la cortadura,
y el enemigo cargando
nos va con sus tropas juntas.
Victoria por los romanos.
A de ese valor injusto,
de esta aclamación villana,
esperad, infame turba,
no así huyáis.
Vuelve a trabar a salir la batalla y salen acuchillando Cayo, que se va retirando de Scipión, Cayo Lelio y soldados.
Rinde las armas, español.
No esperes nunca
que se rinda mi valor
mientras la vida me dura.
Pero, cielos, ¿no es Luceyo?
Sí, Luceyo soy, ¿qué duda?
¿Pues en la undosa,
cristalina sepultura,
no dio a tu vida Esculino...?
No; a los hados mis ardides,
para acabar con tu amor.
Deja que logre mi furor,
vengue la muerte justa
de mi hermano con sangre.
Será acobardada tuya.
Ríndete, español altivo.
Mi aliento no lo acostumbra.
Pues muera a quien arrogancia.
Envueltos todos y sale Sidomira que se pone a su lado.
Como si estoy yo en tu ayuda,
lograrlo, fieros romanos,
podrá vuestra ardiente furia.
No le ofendáis; suspended
todos las airadas puntas
al ver que otra nueva Palas
viene a la defensa suya.
Huye...
Sí, Cayo, que asombro de la luz deja,
no cobarde en el rendido,
las armas a aquel que triunfa.
Sale Vitelio.
Ya, valiente Scipión.
Cartagena está por tuya
y todos los principales
de ella en esta escaramuza
han quedado prisioneros o muertos.
Mi pena es mucha.
Más que el ser cónsul de Roma,
esta victoria me ilustra.
Rinde, Luceyo, las armas
a quien su amistad procura por Roma.
Ya, a mi pesar, las rindo.
Híncase de rodillas.
Y pues la fortuna
hacerme tu prisionera
quiere, señor, a ver, no rehúsa
tus decretos mi obediencia.
Levántala.
El triunfo y gloria más suma
que hay de vencerse a vencer
lograba hoy mi fama augusta.
Y venciendo de mi amor
la llama que el pecho apura,
puesta mi fama por dama
en peso igual, porque nunca
se diga de mi valor
que el amor de mí es quien triunfa.
Si la fama es lo mejor,
y es el amor quien me acusa,
la fama es la mejor dama,
coronando de lirios plumas.
Alzad, señora, del suelo,
que a esta vuestra hermosura
le viene así; y de vuestro esposo
gozad en quietud segura
la edad del ave fénix.
Viva entre aromas y cuna,
que yo, entre tantos aplausos,
solo envidio su ventura,
y por amigo le quiero,
para que a Roma presuma
conseguir con tal soldado.
de Aníbal victorias muchas.
Y así, antes que en Cartagena
entre, y mi suerte conduzca,
la hago Colonia Romana
si primero lo fue suya,
dándole las preeminencias
que con las ciudades usa
obedientes a su imperio.
Y ya su alcaide riguroso
para entregarte las llaves
de sus puertas, se apresura.
Venga en buen hora.
Sale Sempronio con las llaves en un azafate.
Aquí, Aníbal o Scipión, se las traigo juntas,
y mi obediencia con ellas.
Ya en tu lealtad se aseguran.
Sale Capirote con Teodora, que la trae como prisionera.
Yo esta cautiva te entrego.
Conmigo tal traición usas.
Paciencia, Teodora, que estos
son vaivenes de fortuna.
De tu valor excelso
satisfecho estoy.
¿Qué escucho, mi Dios? ¿Quién es Escipión?
Y el otro yo, ¿de qué te asustas?
Pues tú no eres Capirote.
Fuylo un tiempo, mas ya se usa
el mudar los hombres grandes su nombre.
Gentil figura.
¿Que Capirote te llamas?
Solo soy, pero si gustas,
seré desde aquí adelante
Capirote y Caperuza.
No te había conocido.
Pues que soy hombre de burlas.
Loco eres; esto del gracioso...
¿Quién a usted se lo pregunta?
Dice desde adentro Policena, y sale huyendo, y su padre con la daga desnuda.
Nadie, pero yo lo digo.
Con este acero riguroso, y justa,
he de vengar en tu sangre
mi afrenta, por más que huyas.
Ampara, Cayo, mi vida.
Mi valor te lo asegura.
¿Qué es esto, Cayo? ¿Consientes?
Señor, contra quien empuña,
ten cordura y baja el acero.
Contra una aleve que infama
su honor.
Ved que se ha amparado
de mí, y que en defensa suya
os debe la vida.
Luego, ¿a Policena es a quien buscas?
¿A quién, si no es a ella, pudiera
borrar timbres que me ilustran?
Pues en el templo de Vesta no quedó.
Sí, mas ¿qué es dudar, al verla aquí, que violaron
el sagrado, y su locura, mas desta suerte?
Señor, deteneos.
No me repugnes la venganza.
Sí, Emiliano.
Pues, ¿en qué ciego lo fundas, siendo su padre?
En que ya es mi esposa, y de ello gustas.
Dale a su primo la mano.
Mas mi honor se restaura,
venir en ello es cordura.
Rara ha de ser mi fortuna.
Así se pagan afectos
y finezas se regulan.
A los dos la norabuena
doy, aunque el alma confusa
está al verte en este traje, Policena.
Solo dudo ignorabas las pasiones
que un amante pecho oculta.
Teodora, ¿oyes esto? De todos
son esquiveces.
Y hoy, tuyas.
Y aquí, discreto y ilustre
senado, fin tiene en suma
La fama es la mejor dama.
Si algo de lo escrito os gusta,
por paga os pide el poeta
perdón de sus faltas muchas.