El Género Humano o el Hombre
Peregrino alegórico que representa a la humanidad: es engañado y despojado por los vicios, pero recibe finalmente la curación de Cristo y de los sacramentos.
Pedro Calderón de la Barca
Data di pubblicazione del riassunto: 21 settembre 2026
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Citazione suggerita
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
La Culpa reúne al Mundo, al Demonio y a la Lascivia como bandoleros para asaltar al Género Humano durante su viaje alegórico de Jerusalén a Jericó. El Hombre se deja apartar del camino por el Deseo, pierde memoria, entendimiento, voluntad y sentidos, y queda herido sin que la ley natural ni la ley escrita puedan sanarlo plenamente. Cristo, verdadero Samaritano y Sol de justicia, lo conduce a la Iglesia, donde los sacramentos restituyen sus bienes y confirman el mandato de amar a Dios y al prójimo.
La Culpa convoca al Mundo, al Demonio y a la Lascivia en lo alto de cuatro montes y les ordena vestirse como bandoleros. Su propósito es reproducir alegóricamente la parábola del hombre que descendía de Jerusalén a Jericó: el camino representa la vida humana y el viajero será el Género Humano, a quien pretenden despojar de los bienes espirituales que todavía conserva. El Hombre aparece como peregrino, acompañado por el Deseo, y trata de orientarse entre los distintos caminos de la existencia. Aunque recibe avisos que le recuerdan el amor debido a Dios y al prójimo, el Deseo se deja atraer por las apariencias del Mundo y facilita que el protagonista se aparte de la senda segura. La Culpa distribuye entonces las funciones del asalto: el Mundo, el Demonio y la Lascivia atacarán respectivamente la memoria, el entendimiento, la voluntad y los sentidos del Hombre.
Consumada la emboscada, los falsos bienes mundanos se revelan como instrumentos de expolio. El Hombre queda herido y privado de sus joyas interiores, mientras los bandoleros celebran haberlo reducido a una imagen de la humanidad caída. Por el camino comparecen un Levita y un Sacerdote, figuras de la ley natural y de la ley escrita. Ambos reconocen la desgracia del viajero y aportan signos que anuncian la salvación, pero no poseen por sí solos el remedio definitivo. La Noche, el Lucero y la Aurora ordenan simbólicamente el paso desde las sombras de las antiguas leyes hacia la llegada de una luz nueva. La Gracia dispone la aparición del verdadero Samaritano, identificado con Cristo y representado finalmente por el Sol de justicia, que se acerca al caído, carga con él y lo conduce al hospedaje donde puede ser curado.
En la casa del Huésped, figuración de la Iglesia y de su ministro Pedro, la curación del Género Humano se desarrolla mediante los sacramentos. El Bautismo limpia las heridas de la primera culpa; la Confirmación fortalece su corazón; la Penitencia restaura sus potencias; la Eucaristía, la Extremaunción y los restantes auxilios sacramentales le devuelven lo que los enemigos habían robado. La Culpa, el Mundo, el Demonio y la Lascivia comprueban que sus despojos han sido anulados. La acción concluye cuando las antiguas figuras del pan, el vino y el maná se cumplen en la hostia consagrada: el Sol ofrece el precio infinito de la redención y todos proclaman que Cristo ha dado el ejemplo supremo de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
Peregrino alegórico que representa a la humanidad: es engañado y despojado por los vicios, pero recibe finalmente la curación de Cristo y de los sacramentos.
Directora del asalto alegórico; convoca a los enemigos del Hombre y organiza el robo de sus potencias y sentidos.
Bandolero alegórico que atrae al Deseo con sus apariencias y participa en el despojo espiritual del Hombre.
Enemigo espiritual del Hombre y aliado de la Culpa, vinculado al engaño del entendimiento y de los sentidos.
Figura del apetito sensual que cautiva la voluntad y coopera con los demás bandoleros en la caída del protagonista.
Compañero inestable del Hombre; puede dirigirlo hacia el bien, pero se distrae con el Mundo y contribuye a su extravío.
Potencia salvadora que prepara la llegada del verdadero Samaritano y se opone al dominio de la Culpa.
Representación de Cristo, Sol de justicia y redentor; socorre al caído y paga con su propio cuerpo el precio infinito de su curación.
Figura de la autoridad de la Iglesia que recibe al herido y administra los remedios sacramentales encargados por Cristo.
Representantes de la ley natural y de la ley escrita; anuncian mediante figuras la salvación, aunque no pueden consumarla por sí mismos.
Espacio escénico inicial desde el que la Culpa, el Mundo, el Demonio y la Lascivia descienden para preparar la emboscada.
Camino alegórico de la vida humana, tomado de la parábola del buen samaritano, en el que se decide la caída o salvación del peregrino.
Punto elevado de procedencia que simboliza la patria original, la gracia y la cercanía de Dios.
Término inferior del viaje, asociado al mundo mudable y a los riesgos de la condición humana.
Lugar del camino donde los enemigos, disfrazados de bandoleros, atacan al Hombre y le arrebatan sus bienes interiores.
Figuración de la Iglesia donde el viajero herido recibe la cura sacramental encargada por Cristo.
Espacios revelados en los carros donde el pan y el vino de Melquisedec, el maná y la Eucaristía manifiestan la continuidad de las figuras y su cumplimiento.
El mandamiento que da título al auto se presenta como síntesis de la ley y como ejemplo cumplido por Cristo al socorrer al Hombre.
La acción convierte el relato evangélico en una alegoría completa de la caída, redención y restauración sacramental de la humanidad.
La memoria, el entendimiento, la voluntad y los sentidos aparecen como joyas que los vicios roban al ser humano.
La ley natural y la escrita reconocen y prefiguran el remedio, pero solo Cristo puede realizar la curación definitiva.
El hospedaje eclesial y la sucesión de sacramentos constituyen el medio visible por el que se restituyen los bienes perdidos.
El pan y el vino, el maná y las figuras veterotestamentarias culminan en el sacramento que paga el precio infinito de la redención.
El Hombre recorre un camino expuesto a elecciones, engaños y auxilios, imagen de la libertad y fragilidad de la existencia.