Nabucodonosor
Rey de los asirios y señor de Babilonia, eje de toda la acción; pasa de la inquietud y la soberbia extrema a la locura bestial, el arrepentimiento y la conversión.
Antonio Mira de Amescua
Data di pubblicazione del riassunto: 18 giugno 2026
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Citazione suggerita
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En la Babilonia de Nabucodonosor, probablemente en el tiempo del cautiverio de Judá, el rey sueña con una estatua de varios metales y el hebreo Daniel le revela que simboliza la sucesión de los imperios y el futuro reino eterno del Mesías. Engreído por esta revelación, el monarca se proclama casi dios, manda adorar su estatua en la corte y en sus dominios y castiga a los hebreos fieles, aunque Azarías, Ananías y Misael salen milagrosamente indemnes del horno encendido. Tras un segundo sueño y su cumplimiento en forma de degradación bestial por los campos, Nabucodonosor se arrepiente, reconoce al Dios de Israel, practica la limosna y convierte su soberbia en confesión y penitencia pública.
La acción se abre en la corte de Babilonia, donde Nabucodonosor, rey de los asirios, no puede dormir por la inquietud que le produce la duración de su imperio. Finalmente sueña con una estatua gigantesca compuesta de varios metales, pero al despertar no recuerda con claridad el contenido del sueño y exige a sus sabios que le digan no solo su significado, sino también lo que ha soñado. Como los caldeos no pueden satisfacer una demanda tan imposible, el rey se irrita y ordena castigarlos. En medio de esta crisis aparece un personaje cómico que finge ser sabio, pero su intervención solo sirve para subrayar la impotencia de la falsa ciencia cortesana. Entonces se propone llamar a Daniel, joven hebreo cautivo, a quien se reconoce un saber superior. Daniel, invocando al Dios de Israel, reconstruye el sueño y explica que la estatua representa la sucesión de cuatro grandes monarquías —asirios, persas y medos, griegos y romanos—, mientras que la piedra caída sin intervención humana anuncia el reino eterno del Mesías. Admirado por la exactitud de la revelación, Nabucodonosor eleva a Daniel desde su condición de esclavo hasta una altísima dignidad en Babilonia, aunque el propio Daniel mantiene una conciencia humilde de lo precario de la gloria humana.
Tras esta exaltación, el rey interpreta su condición de cabeza de oro como prueba de su superioridad absoluta y cae en una soberbia cada vez más desmedida. No se contenta con ser monarca universal, sino que desea ser tenido por dios y manda levantar en Babilonia una estatua para que todos sus vasallos la adoren como imagen de su propia majestad. En paralelo, la obra muestra el dolor de los cautivos de Judá, especialmente el de su rey, que lamenta la ruina de Jerusalén, la destrucción del templo y la contradicción de llevar al mismo tiempo corona y cadena. Nabucodonosor se vuelve tiránico, desprecia a los pobres, exige culto, humilla a los reyes cautivos y presenta sus conquistas de Palestina como prueba de una falsa divinidad. Cuando los hebreos Azarías, Ananías y Misael rehúsan adorar la estatua y mantienen su fidelidad exclusiva al Dios de Israel, el rey ordena arrojarlos a un horno encendido. Sin embargo, el fuego no los consume: dentro del horno cantan himnos de alabanza y una presencia angélica o milagrosa, inferida claramente por la acción, transforma las llamas en ámbito de protección. El prodigio demuestra públicamente que el poder del rey no alcanza a vencer al verdadero Dios, aunque Nabucodonosor persiste todavía en su ceguera espiritual.
Después del milagro del horno, Nabucodonosor vuelve a dormirse y tiene un segundo sueño, esta vez sobre un árbol inmenso que cobija a aves y animales y que luego es talado por mandato divino. Daniel interpreta que el árbol es el propio rey y le anuncia un castigo inmediato: por su soberbia y falta de caridad será reducido a condición bestial durante un tiempo señalado, hasta que reconozca la soberanía de Dios. La profecía se cumple y el monarca pierde su figura y comportamiento humanos, vaga entre animales, pace hierba y gime sin poder hablar, convertido en espectáculo de espanto y escarmiento. En ese estado recibe la compasión de los cautivos hebreos, que, lejos de vengarse, lo exhortan a la penitencia; Daniel insiste en que solo la humildad, la limosna y el reconocimiento del Dios verdadero podrán restaurarlo. Cuando el rey da señales de arrepentimiento, recupera su forma y emprende una completa conversión: confiesa sus idolatrías, sus crueldades contra Jerusalén, la destrucción del templo y su deseo blasfemo de competir con Dios. Desde entonces renuncia a su antigua soberbia, se declara servidor de los pobres, ordena liberar a los presos por deudas, devuelve los vasos sagrados del templo y acepta la verdad de la religión de Israel. La obra concluye con una visión alegórica explicada por Daniel, en la que dos altares representan la muerte ligada a la idolatría y la vida otorgada por el verdadero sacrificio, cerrando así el auto con una lección de humillación del poder humano y triunfo de la divinidad única.
Rey de los asirios y señor de Babilonia, eje de toda la acción; pasa de la inquietud y la soberbia extrema a la locura bestial, el arrepentimiento y la conversión.
Joven hebreo cautivo dotado de sabiduría profética; interpreta los sueños del rey, anuncia el castigo divino y orienta finalmente su restitución espiritual.
Rey cautivo de Judá, figura del dolor de Jerusalén destruida; su presencia permite mostrar el sufrimiento del pueblo hebreo y la humillación de los vencidos.
Uno de los jóvenes hebreos que rehúsan adorar la estatua; participa en el milagro del horno y representa la fidelidad constante al Dios de Israel.
Compañero hebreo de Azarías y Misael, también condenado al horno por negarse a idolatrar la imagen regia; su resistencia confirma la fuerza de la fe.
Tercer joven hebreo vinculado al episodio del horno; comparte la prueba milagrosa y el testimonio colectivo contra la idolatría.
Personaje cómico cuyo nombre no se identifica con plena seguridad en el texto conservado; parodia a los sabios cortesanos y alivia momentáneamente la tensión dramática.
Marco dominante de la obra; en su corte se desarrollan los sueños, las interpretaciones, la exaltación del rey y su posterior caída y penitencia.
Espacio de poder donde Nabucodonosor duerme, dicta castigos, recompensa a Daniel y formula sus pretensiones de divinidad.
Ámbito ceremonial levantado por orden del rey para imponer la adoración de su imagen y poner a prueba la obediencia religiosa de sus súbditos.
Espacio del milagro central de los tres hebreos, donde el fuego se convierte en prueba de la impotencia del tirano frente al Dios verdadero.
Paraje exterior al ámbito cortesano en el que se cumple su degradación en bestia y se hace visible la humillación de su soberbia.
Espacio recordado y evocado en los relatos de conquista y en el lamento de los cautivos; funciona como contrapunto sagrado frente a la Babilonia idólatra.
Espacio alegórico mostrado al final, donde se representa la oposición entre idolatría y verdadero sacrificio, entre muerte y vida.
La obra muestra cómo la exaltación de Nabucodonosor, que quiere ser adorado como dios, provoca su ruina y su reducción a condición bestial.
Frente a los ídolos y al poder político, el auto afirma que solo el Dios verdadero conoce los misterios, salva a los fieles y decide sobre los reinos.
El sueño de la estatua enseña que las grandes monarquías son sucesivas y perecederas, mientras que solo el reino del Mesías permanece eternamente.
Los jóvenes hebreos se niegan a adorar la estatua aun a riesgo de morir, convirtiéndose en ejemplo de constancia religiosa frente a la tiranía.
La restauración del rey depende no solo de reconocer su culpa, sino también de practicar la misericordia con los pobres y reparar en lo posible sus daños.
Los lamentos de Joaquín y las referencias a Jerusalén destruida subrayan el dolor histórico de los hebreos deportados y el sentido providencial de esa prueba.
Los sabios caldeos quedan desacreditados, mientras que Daniel aparece como portavoz de una sabiduría recibida de Dios y no del artificio humano.