Hombre
Figura central de la acción alegórica; representa a la humanidad caída, desterrada del paraíso, que busca recuperar el tesoro de la gracia por medio de la Iglesia y los sacramentos.
Sebastián Antonio Gadea y Oviedo
Data di pubblicazione del riassunto: 18 giugno 2026
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Citazione suggerita
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En una Granada alegorizada como ciudad santa, la Iglesia recuerda la caída del hombre y le promete que podrá recobrar el tesoro de la gracia perdido desde el paraíso. Guiado por la Iglesia, la Fe, la Verdad y el Bien, el Hombre entra por las aguas del Genil y recorre los sacramentos como etapas necesarias de su restauración espiritual. El tesoro buscado se identifica finalmente con la gracia de Cristo presente en la Iglesia, de modo culminante en la Comunión, mientras el Mal y la Mentira son vencidos y encadenados.
La obra se abre con un diálogo alegórico en el que la Iglesia, presentada como dama triunfante y militante, expone la caída del ser humano. El hombre perdió por su culpa el «tesoro de la gracia», pero conserva el deseo de recuperarlo; de ahí nace el conflicto central del auto. La Iglesia sitúa la acción en Granada, ciudad contemplada como imagen sagrada y marco de la celebración del día, probablemente vinculado a una solemnidad eucarística. A partir de esa introducción se recuerda la expulsión del paraíso y la nueva condición del hombre en el mundo: desterrado, sujeto al trabajo, perseguido por el Mal y sostenido todavía por el Bien, la Verdad y la Esperanza. El hombre lamenta su estado con cantos de dolor, mientras las fuerzas contrarias discuten sobre su ruina: el Mal lo mantiene sujeto a una cadena nacida de su culpa y de su deseo desordenado, mientras el Bien insiste en que su llanto y su memoria del bien perdido anuncian la posibilidad de restauración futura.
En la parte central, la Iglesia llama al Hombre y le ordena entrar en la ciudad misteriosa para hallar el tesoro que busca. Para ello debe recorrer sus calles como si atravesara un itinerario espiritual. El acceso se realiza por el Genil, cuyas aguas representan el Bautismo: allí el Hombre es desatado de sus prisiones iniciales y renace a una vida nueva. Después, guiado por la Iglesia y auxiliado por figuras alegóricas como la Verdad, el Bien y la Fe, avanza por los distintos estados o ámbitos de la ciudad, que corresponden a los sacramentos. El texto conservado permite identificar con bastante claridad el Bautismo, la Confirmación, la Penitencia, la Comunión, el Matrimonio, el Orden sacerdotal y la Extremaunción, aunque algunos pasajes se hallan deturpados. Cada sacramento cumple una función concreta en la restauración del hombre: lavar, fortalecer, curar, alimentar, ordenar la vida cristiana y preparar el trance final. Paralelamente, el Mal y la Mentira intentan seguirle e infiltrarse en la Iglesia, disfrazando su engaño bajo apariencias de bien, pero encuentran resistencia en los ministros y defensas espirituales del recinto sagrado.
En el desenlace, el recorrido sacramental conduce al centro mismo del misterio celebrado. La Fe y la Iglesia explican que el tesoro no es una riqueza material, sino el don de Cristo presente y operante en la Iglesia, especialmente en la Comunión, donde se restituyen al hombre los méritos de la sangre del Hombre-Dios. Ante este tribunal simbólico comparecen el Mal y la Mentira, acusados de alterar y combatir a la Iglesia; sus objeciones quedan refutadas cuando se afirma que aquello que se perdió por un bocado en el paraíso puede ser restaurado por otro alimento de naturaleza superior, el sacramento eucarístico. Finalmente, las potencias enemigas son reducidas, encadenadas y convertidas en trofeo del carro sacramental, mientras el Hombre alcanza, o al menos vislumbra con claridad, la recuperación del tesoro que anhelaba. El auto concluye exaltando la eficacia de los sacramentos y la victoria de la Iglesia, en la que el mal llega a ser desmentido y el bien recobra su verdad para el ser humano redimido.
Figura central de la acción alegórica; representa a la humanidad caída, desterrada del paraíso, que busca recuperar el tesoro de la gracia por medio de la Iglesia y los sacramentos.
Protagonista alegórica principal junto al Hombre; guía el recorrido, explica el sentido de la ciudad sagrada y custodia el tesoro espiritual que la obra celebra.
Fuerza antagonista que mantiene al Hombre en culpa, servidumbre y error, y procura perseguirlo incluso dentro del ámbito eclesial.
Figura alegórica opuesta al Mal; recuerda al Hombre el bien perdido y lo orienta hacia su restauración.
Personificación que desenmascara el engaño inicial del pecado y acompaña el proceso por el que el bien vuelve a reconocerse como verdadero.
Figura adversa vinculada al engaño demoníaco y a la inversión del orden moral, por la cual el hombre tomó el mal por verdad y el bien por mentira.
Impulso ambivalente que permanece en el Hombre tras la caída; primero lo ata a su falta y después puede orientarse hacia la búsqueda del bien perdido.
Guía decisiva en el interior de la ciudad eclesial; con su «luz oscura» conduce al Hombre hasta el conocimiento del misterio sacramental.
Sacramento personificado que recibe al Hombre en la puerta de la ciudad, lo lava y lo desata de sus primeras cadenas.
Sacramento que se infiere como remedio contra las recaídas y culpas posteriores; el texto conservado no permite precisar todos sus parlamentos con plena seguridad.
Sacramento central del auto, donde culmina la revelación del tesoro al presentarse a Cristo como comida y precio de la redención.
Ciudad principal de la alegoría; se presenta como espacio histórico y simbólico en el que se encarna la Jerusalén espiritual y donde se representa la búsqueda del tesoro.
Espacio alegórico interior en el que el Hombre recorre las etapas sacramentales; funciona como imagen de la comunidad eclesial y de la economía de la gracia.
Río situado a la entrada de la ciudad; sus aguas sirven de puerta bautismal y marcan el paso del destierro a la restauración espiritual.
Umbral decisivo donde el Hombre es admitido y donde también se controla o excluye la entrada del Mal y la Mentira.
Lugar amplio del interior urbano donde se expone la culminación del concepto alegórico y se sitúa la fase final del descubrimiento del tesoro.
Espacio recordado, no plenamente presente en escena, que sirve como origen del conflicto al representar el estado de gracia del que el Hombre fue expulsado.
Marco general de la condición humana tras la caída; es el ámbito de trabajo, pena y transitoriedad desde el que se inicia la búsqueda de redención.
La acción gira en torno al tesoro espiritual perdido por el pecado original y recuperable gracias a la intervención de Cristo en la Iglesia.
La Iglesia aparece como guía, madre y espacio de acogida donde el Hombre encuentra doctrina, auxilio y acceso a los medios de redención.
El auto organiza la acción alrededor de los sacramentos, entendidos como etapas eficaces que lavan, fortalecen, curan, alimentan y preparan al ser humano.
El conflicto moral se expresa como una lucha entre el reconocimiento verdadero del bien y el engaño que hace parecer bueno lo malo.
Las figuras alegóricas del Bien y del Mal encarnan el combate espiritual que atraviesa toda la existencia humana.
El deseo permanece en el Hombre como señal del bien perdido; puede convertirse en cadena de pecado o en impulso hacia la restauración.
La obra culmina en la afirmación de que Cristo, como precio y alimento, restituye al Hombre lo que había perdido, especialmente en la Comunión.
La vida humana se presenta como exilio y trabajo, pero no como abandono absoluto, pues subsisten la promesa, la esperanza y la posibilidad de regreso espiritual.