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testo digitale di Teatros de Diana

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Teatros de Diana. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/teatros-de-diana.

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TEATROS DE DIANA

Pag. 1

Cubierta del manuscrito. Encuadernación con una etiqueta que indica la signatura Mss 15068. Biblioteca Nacional de España.

Pag. 2

Vv 472

Mss. 15068

Pag. 3

[Página en blanco]

Pag. 4

37

[Página en blanco]

Pag. 5

[Portada del manuscrito] 30 LOS TEATROS DE DIANA POR Don Sebastián Montero Calvete Dedicados Al Excelentísimo Señor Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares. [Sello de la Biblioteca Nacional]

Pag. 6

V-412

30

1

LOS

TEATROS DE

DIANA.

POR

Don Sebastián Muñoz Suárez.

Dedicados

al Excelentísimo señor don Gaspar de Guzmán, conde duque de Olivares.

[Sello: Librería del Excelentísimo Señor... Adquirida por el Gobierno en 1869]

[Marca de agua: Biblioteca Nacional de España]

Pag. 7

Página izquierda en blanco con un sello de la Biblioteca Nacional y el texto de la portada visible al trasluz.

Sello de la Biblioteca Nacional.

AL CONDE DUQUE Don Gaspar de Guzmán, mi Señor. FORMA PRIMERA Excelentísimo Señor. Si a los cuidados de Vuestra Excelencia, en quien descansan los de la Monarquía, da lugar algún ocio; y si a mi deseo de divertirle un rato acompaña buena dicha; lograrase mi afecto; y Vuestra Excelencia, divertido de sus atenciones, verá a Diana a sus pies; donde conseguirá mayorías, que en las tres partes, en que fue conocida por Deidad. Suplico a Vuestra Excelencia mande, que se la lean; será el más aventajado premio de este papel, si no merecido por tan grande, no desmerecido alguno por no pequeño el afecto de poner con mis deseos mi persona, y accio- nes donde pongo a Diana; lugar de mi elección, y deuda común. Guarde Dios a Vuestra Excelencia como hemos menester sus criados. Don Sebastián Muñoz y Suárez

Pag. 8

Página izquierda en blanco con sello de biblioteca y texto invertido traspasado.

3

Teatro primero. Forma primera. La diosa en Luna.

Personas. Júpiter. Luna. Pan. Endimión. Mercurio. Deucalión. Siringa. Juno. Pirra. Temis en oráculo. Y toda variedad de música.

Jornada primera

Pag. 9

3

Suena antes de correrse el paño que cubre el teatro, ruido de mar, inundando la tierra, y dicen dentro Pirra y Deucalión, naufragando.

Pirra.

Piedad, Júpiter sagrado.

Deucalión.

Piedad, cese tal destino,

si atributos de divino

vencen rigores de airado.

Repítese el rumor dicho.

Pirra.

A todos el mal alcanza.

Deucalión.

Cese, o dirá la malicia

que ha pasado la justicia

su término, y es venganza.

Cesa.

Pirra.

Ya a un escollo el barco toca.

Deucalión.

¡Más siento el estar penando!

que un infeliz naufragando

Pag. 10

Deucalión.

halla por puerto una roca!

Deja el mar: sube esta sierra

(infausta Pirra) que el mar

para mayor fluctuar

nos ha querido dar tierra.

Y como cierta la muerte

sin dilatar el tormento

nos arroja ese elemento

a morir de nuestra suerte.

Pirra.

Oye, que música siento

dulce, que en el monte suena.

Deucalión.

A mí tan solo mi pena

me sirve ya de instrumento.

Pirra.

Atiende al mar, qué rumor

de aves, que ya escucho, o veo,

Deucalión.

¿Cuándo no pasó el deseo

(Pirra) plaza de favor?

Mas esta no es fantasía;

ya veo claros albores;

y como faltan las flores

se ríe consigo el día.

Córrese la cortina, que cubre el teatro con diferencias de instrumentos músicos: y aparece un monte: y arriba de él un globo de buena proporción; y Deucalión, y Pirra subiendo por este monte, que es el Parnaso.

Deucalión.

Ya el Ábrego, y Bóreas son

escándalo solamente;

ya del horror lo eminente

huye al Reino de Plutón.

Pirra.

Ya el mar cede no triunfante

al límite de su seno:

ya el día en jardín ameno

el cetro empuña brillante.

Prosiguen subiendo el monte.

Deucalión.

Según veo en la eminencia

de este promontorio, siento

que o es escala al firmamento,

o es el monte de la ciencia.

Pirra.

Este es el Parnaso, en quien

se libran nuestros consuelos;

donde estriba de los cielos

el repetido vaivén.

Deucalión.

A Temis aquí ofrecida

sin ceremonias daré

Pag. 11

Deucalión.

en agasajo una fe,

en sacrificio una vida.

Pirra.

Temis, la diosa bella

(oráculo por el sol)

sirviéndome de farol,

también me sirve de estrella.

Descúbrese un templo de la diosa Temis.

Deucalión.

Salve, templo de la paz;

adonde contra el destino

este bajel peregrino

su diente puso tenaz.

Salve, oh tú, corona viva

del orbe, que entre fulgores

de rayos abrasadores

sacaste libre una oliva.

Pirra.

Salve, oh Temis, que a este roto

leño (entre fluctuantes

ondas) luces das brillantes

en vez de diestro piloto;

y celestes por tan bellas

le ayudan; para que asombres,

que el mar salió a buscar hombres,

y no a conquistar estrellas.

Deucalión.

A ti (oráculo profundo,

que nada te dificulta)

Deucalión te consulta

¿cómo restaurará el mundo?

Oráculo de Temis responde.

Temis.

Ha de ser obedeciendo.

Deucalión.

¿A quién? que no he replicado.

Temis.

Será a Júpiter sagrado.

Deucalión.

Bella diosa, aun no te entiendo.

Temis.

Eso es solo replicar

el quererlo conocer;

que tuyo es obedecer,

y de Júpiter mandar.

Deucalión.

Di el modo; que en soberanos

acuerdos hacer intento,

que ignore mi entendimiento

lo que obrando estén mis manos.

Temis.

Así lo quiere el gran padre:

piedras tú, y Pirra coged;

pero luego las volved

por el hombro a la gran madre.

Pag. 12

Temis.

Mas parece, que replica

en mi deidad superior;

y que aplacado el rigor

Júpiter se comunica.

Suena la música, y ábrese el globo en modo de nube; y aparece en lo más alto Júpiter sobre una águila de oro: y a un lado (algo más bajos). Mercurio con dos alas en los pies, al uno: y Juno con un Iris a los pies, al otro.

Júpiter.

Ya aquel ardor inclemente

se ha mostrado satisfecho,

sí, porque de un Dios el pecho

se conduele fácilmente.

Oráculo de Temis le responde.

Temis.

Pirra aquí, y Deucalión

(que ver tu deidad merecen)

en sacrificio te ofrecen

abrasado el corazón.

Ya que Juno puso en medio

el Iris, su arco triunfal;

hallen alivio a su mal.

Júpiter.

Pues ¿qué pretendéis?

Pirra y Deucalión responden ambos a un tiempo.

Pirra y Deucalión.

Remedio.

Júpiter.

Aplacose mi pasión;

ya me tenéis condolido;

ya a vuestro mal doy oído,

decid, pues, Deucalión.

Deucalión.

Bien satisfaces mi fe

mostrando tanta clemencia;

y así con la reverencia

debida obedeceré.

Desde la primera edad

del mundo, a quien más ilustra,

que el Dios, que la gobernó

el metal, que la dibuja

hasta la cuarta, en que andaba

la malicia en tanta altura,

que no hallando más posible

ella se hizo su tumba.

Cuando montes sobre montes

juntando aleves, robustas

Pag. 13

Deucalión.

fuerzas de aquellos Gigantes

guerra hacían, sino injuria

a los Dioses; que a los Dioses

se atreve la infausta cuna

del nacer; si ya el que nace

su propia maldad fluctúa.

Allí de Júpiter sacro

tronó la voz; y se argüya

temblar la tierra, y que en ella

hizo Gigantes roturas.

Y del fuego fulminante

usando, y dando las puntas

en los rebeldes; sus peñas

les sirvieron sepulturas.

(Cuando el ejemplo no basta,

tampoco sobra la furia,

si al obrar de una piedad

un escarmiento se excusa.)

No cesó pues la malicia;

la virtud sí; que se impugna;

y en el piélago del mundo

el bien se anega, el mal surca.

Velas corre a la esperanza

la ambición, y más se ofuscan

la envidia, y la ociosidad,

que a la omnipotencia acusan.

Que el orbe se anegue en agua

de la celestial consulta

salió; y apenas lo quiere

Júpiter, y se ejecuta.

En esferas se desata

la esfera; y entre las lluvias

los resplandores del día

la sombra o aja, o enturbia.

el mar al cielo se encrespa;

el orbe se dificulta;

la Águila Imperial naufraga;

el Bruto real se espeluza;

Ladra tristemente el can;

gime el Oso; el Lobo aúlla;

el Tigre, y el Elefante

uno se encoge, otro bufa.

Inunda la tierra el mar,

Neptuno el tridente impulsa;

los montes se abren; Nereo

entra por sus aberturas.

Todo se intenta la muerte;

brame el eje; el Ponto cruja:

Pag. 14

Deucalión.

todo a su caos primero

parece que se apresura.

¿Tan hermoso es el no ser?

¡Violencias, que se confunda

todo, y que al horror la luz

parece que le tributa!

¿O es ya que la noche al día

con servidumbres le opugna?

(¡fiero asombro!) el mal ofende

aun antes que se consuma.

Último ocaso da el mundo;

pues que los cielos se enlutan,

y lo que en Pontos se llora

orbes de rayos enjugan.

Al brillar del sol cadáver

siente el cielo, no se frustra;

y con repetidos fuegos

ciega en lo mismo que alumbra.

Quien por guarecer la vida

se da a un bajel, que ave surca,

aunque el Austro briosamente

le arranca todas las plumas.

Quien entre el miedo y la vida

uno teme, y otro duda;

y en su pensamiento se halla

el ocaso que le busca.

Quien de una torre se ampara;

quien una sima le oculta,

y uno se fulmina en agua;

cuando otro en fuego se inunda.

Éste hace remo a la vida;

de la muerte aquél se ayuda;

a éste lo que se anima;

al otro lo que se ocupa:

a unos por su arrogancia,

cuando a otros por su excusa;

el mar, el fuego, la tierra,

y el cielo les apresuran.

Ninguno el límite huye;

la piedad a nadie excusa;

todo es horrores el día;

el hado nada exceptúa.

Todo se intenta su fin,

y todo al fin se repugna;

que todo es mar, nada tierra,

todos mueren, nadie triunfa.

Entre mortales sorteos

con qué lástima se anuncia,

Pag. 15

Deucalión.

que al parasismo del día

nocturnas aves saludan.

Ya al naufragante vagel,

(que sepulcro en las espumas

se apercibe) le arrebatan

del Euro, y Noto las turbas;

Ya el mar le sorbe en su seno;

ya una onda le sepulta;

ya otra al cielo le erice;

¡cuánto un infelice dura!

Ya Tritones, y Delfines

navegan las espesuras;

y ya las proas naufragan

cuanto los arados surcan.

Ya fue un escollo al Piloto

puerto, pero no ventura;

¡que de un infeliz la estrella

se transforma, y no se muda!

Piélagos de montes de agua

suben con violencia suma;

si a escalar no el firmamento,

a apagar las luces puras.

Brama el Aquilón airado;

el Áfrico guerra anuncia;

Júpiter truena; los Dioses

ardientes llamas divulgan.

¡Y de las partes opuestas

los vientos cómo se cruzan!

la primer vez, que los males

para matar no se aúnan.

Mas ya en el piélago grande

nadie con la muerte lucha,

ningún nadador parece

que nada al morir se oculta.

Solo a mí, y Pirra nos deja

el mar para más fortuna;

que solo un Júpiter hace

se olvide la desventura.

Y cuando no está del cielo,

¿qué importa que el daño se huya,

si al fin ha de suceder

lo que los Dioses consultan?

Ni el que se quiebren los remos,

ni el timón, cuando se turba,

ni el que a las ondas del lado

la quilla si se trabuca;

ni el que gima; y ambas palmas

(en que se lee la figura

Pag. 16

Deucalión.

de mi suerte) vuelva al cielo

a que de nuevo se fundan.

Nada a matar es bastante;

ni aun todo cuanto se junta;

que nadie muere del daño

como de la estrella suya.

O fue como ya mi pecho

no mostró altivez alguna,

ni quiso oponerse fuerte

a la inclemencia robusta.

Y así (oh Júpiter sagrado),

si la más firme columna

de tu solio es la piedad,

¿sin hombres cómo la usas?

A ardores casi aplacados

el amor les sustituya:

flores dé otra vez la tierra

pues con ellas te perfuma.

Vuelvan otra vez las aves

a adornar con su hermosura

el aire, porque te sirva

el Águila siempre augusta.

Aquel farol luminoso

(que da vida en lo que lustra)

contigo a vivificar

el mundo otra vez concurra.

¿La soledad de los Dioses,

de los ríos no la escuchas?

¿Quién te ha de ofrecer incienso

en aclamaciones mudas?

Si tu Deidad no castiga,

y premia, ¿cómo vinculas

el ser Júpiter? Así

¿haces tu Deidad confusa?

Poder, y no ejercitar

es hacer la virtud duda;

y aunque prudencia parece,

falta si se disimula.

Y pues influyen los Astros,

haz también en quien influyan,

que más depende que el mar

de los cercos de la Luna.

Júpiter.

Piadoso Deucalión,

bien en tus ojos se mira

lo que tu pecho suspira,

lo que ama tu corazón.

Solo en ti el hado cruel

pudo mostrar su desmayo;

Pag. 17

Folio 12

Júpiter.

y tú solo fuiste al rayo

el venturoso laurel.

Mas yo, que de tu piedad

estoy tan agradecido,

lo mismo te he concedido,

que pretende tu amistad.

Y así, pues que por ti el mundo

se ha de volver a poblar,

le puedas acompañar

todo este siglo segundo.

Y en el ínterin, que el Sol

da vuelta al otro horizonte

la Luna desde este monte

muestre su casto farol.

Suene música; ciérrase el globo; desaparece; y el templo se cierra de la Diosa Temis: y luego se vea la Luna, que va dando vuelta por encima de la punta del monte; y mientras se dicen los versos siguientes tarde el movimiento.

Deucalión.

Oh tu esplendor, si segundo;

en cuya Majestad bella

es cada brillante estrella

limitada luz al mundo.

Luzca tu hermosa porfía

disipando los horrores.

Éntrase Deucalión por el un lado del monte.

Pirra.

Brilla tú en castos albores

opuesta a la sombra fría;

la que en rumbos paralelos

de segunda luz obtienes

el nombre, y en ti contienes

la influencia de los cielos.

Desaparece aquí la Luna: y Pirra se entra por la otra parte del monte: y salen al Teatro la Luna con una media luna de plata en la cabeza, y un arco en la mano; y Pan Dios rústico vestido de pieles con barbas rubias.

Pan.

Escucha Deidad luciente,

tu aspereza no me ultraje;

si eres Deidad, como al traje

miras, y no a la fe ardiente.

Un hermoso vellocino

te ofrecí, ya se le he dado;

si Deidad te hice del prado,

Pag. 18

Pan.

¿que huye tu rostro divino?

Y si te parezco mal,

(bien en el engaño estoy)

como rústico te doy

mi persona, y mi caudal.

Y así midiendo a compás

mi rusticidad en pago

de una Luna, satisfago

dándolo de más a más.

Si Júpiter me quisieras

(Deidad bella) si tonante;

en ser tu Luna mi amante

más ganaras, que perdieras.

Y así, pues que te has mostrado

esquiva a este amante fino,

vuélveme mi vellocino,

y demás lo que te he amado:

Y suple el atrevimiento,

que como rústico soy,

y en esta aspereza estoy,

me falta el conocimiento.

Luna.

No está bien a una Deidad

en tal caso dar contienda,

ni que en el cielo se entienda,

que se paga una amistad;

Ni a ti; porque en ese intento

culpas tu solicitud,

mostrando, que no hay virtud

en ti de merecimiento.

Y así puedes entender

tú, Pan, que en este camino

pierde más, que un vellocino

el que pierde un merecer.

Pan.

Todo lo que me has contado

(oh, Luna) bien me parece;

pero como ya merece

más el más acaudalado.

Y ese solo es el hermoso,

el que tiene, que más mande;

y aun Jove es el Dios más grande

por ser el más poderoso.

Que en este del mundo mar

allí se adquiere el amor,

y no conoce el favor

sino al que tiene que dar.

Que no es ya solicitud

quererte, sino escarmiento,

pues que tú al merecimiento

Pag. 19

Pan.

que es tan vil le haces virtud.

Y así yo, que aquesa ciencia

como tan rústico ignoro,

tan solo por Dios adoro

(¡oh, Luna!) a mi conveniencia.

Luna.

Qué mal sabes granjear

en aquese proceder;

nada suyo ha de tener

el que quiere bien amar,

porque con tanto vil trato

su amor se imposibilita,

y aquello que solicita

es solo el nombre de ingrato.

Pan.

No es amor correspondencia,

ni llega de agradecido;

porque aquel le ha merecido,

que tiene tal influencia.

Mi razón no se limita

buscando la causa bella,

porque más puede una estrella,

que una industria solícita.

Y aun hablando yo en tu intento

amor (¡oh, Luna!) no ves,

que tan solamente es

fuerza del entendimiento?

Por eso es tan sin razón

cuando bien se llega a amar;

porque al discurso no obrar

deja, sino a la aprehensión.

Y volviéndolo a mi modo

la consecuencia fiel saco,

que si él sin Ceres y Baco

es cierto se yela todo:

conocer así podrás

lo poderoso que obtiene;

porque solo el que mantiene

qué dar, ese quiere más.

Y de aqueso yo he inferido

(pues no se vee lo que se ama

por estar dentro la llama)

que pintan ciego a Cupido.

Y así conozco en rigor,

que nada en el obrar sobra,

porque solo lo que se obra

son los ojos de el amor.

Luna.

Antes no; pues si constara

amor de demostración,

al que tuviera razón

Pag. 20

Luna.

a ese tan solo se amara.

No es amar agradecer,

que sin eso el amor crece;

amar a quien lo merece

viene a ser corresponder.

No era estrella, era tributo

el corresponderse dos;

tú niegas al amor Dios,

pues no le das absoluto.

Y si es Dios, y amor se ve

en su templo, juntas son

abatida la razón,

cuanto ensalzada la fe.

Porque si sin fe se amara,

tan poderoso no fuera;

¿ni a quien amor suspendiera

sino al que antes le dudara?

Ni riesgo hubiera en rigor

en amar; y en semejante

caso no fuera gigante,

sino niño siempre amor.

Y así mal le has granjeado,

temerle desde aquí puedes,

pues ser Dios no le concedes

y gigante le has negado.

Pan.

Pues ya miro que en tu intento

se muestra (aunque con rigores)

el negarte a los amores

por darte al merecimiento.

Quiero no lisonjearte,

porque a mí me lisonjeo,

sino hallar en mi deseo

ocasión de granjearte.

Al mayo no brota flor,

al año no nace fruto,

que no se me dé en tributo;

Dios soy, aunque soy pastor.

Todo aqueste valle umbrío

por su rey me ha coronado;

mi palacio es este prado,

todo es tuyo, nada es mío.

Luna.

En el modo de obligarme

mucho más te he aborrecido,

que en tu trato he conocido

lo doble del engañarme.

Y así no es mucho en rigor,

que me juzgue más amante

a un Endimión constante,

Pag. 21

Foliación manuscrita: 16

Luna.

que a un Pan rústico y traidor.

Vase.

Pan.

Pues así, Luna, me ofendes,

culpándome de este engaño,

daréte por desengaño

lo mismo que tú pretendes.

Dios y rústico me veo,

y en estas distancias dos

ya te halago como Dios,

ya cual pastor te granjeo.

Y pues que tú así has querido

(¡oh, Luna!) injuriar mi amor,

ni seré Dios ni pastor,

sino solo un ofendido.

Y cuando tú en tu fortuna

me has dejado por un hombre,

yo dejaré (y no te asombre)

por una ninfa una Luna.

Luna.

Aunque te lleva tu estrella

a Siringa (por quien mueres),

solo porque tú la quieres

no tienes de gozar de ella.

Mas ya que el divertimiento

de Pan me tenía privado

de mi sentir a lo amado,

volvamos el pensamiento:

Y mientras ausente esté,

(pues que su amor me enajena

de su ausencia y de mi pena),

¿qué agradecida diré?

Diré cómo me sirvió

treinta años, y cómo luego

pudo templarse mi fuego,

y que al fin Luna le amó.

Diré que cuando le vi

todo el vivir le entregué;

que forzoso amarle fue,

que agradada me sentí:

a Endimión me rendí,

vivo de haberle mirado;

mas también muerte me ha dado;

y en tan confuso sentido,

ni muero de lo que olvido,

ni vivo de lo que he amado.

Querer aliviar mi mal

con el ya pasado bien

es ser ingrata, es desdén

de la pena; y estoy tal

en esta ausencia mortal,

Pag. 22

Luna.

que más deseo tener

penas para más vencer,

que son gloria del sentir;

porque comienza a vivir

quien empieza a merecer.

No es muy grande, no, la calma

cuando por controvertida

viene a padecer la vida

los sentimientos del alma:

¿cuándo llevaré la palma

deste dolor impaciente?

Teniendo a mi amante ausente,

procurando no vencella;

conque no obrará una estrella

lo que obra un inconveniente.

El celestial movimiento

no es preciso, pero alienta,

mueve; mas en mi tormenta

solo el vencerme no siento:

el consuelo más le aumento

no venciéndome yo a mí;

y es dificultoso, sí;

porque en tan raro desvelo

quien viene a vencer al cielo,

no viene a vencerse a sí.

Pero es gloria el no triunfar,

cuando le importa a la vida

querer mostrarse vencida

de quien la viene a matar:

pues así llega a causar

en una pena tan fuerte

hacer gloriosa la muerte;

pues con rara inteligencia

se debe a su diligencia,

y no se debe a su suerte.

Y así, mientras no le veo

dará voces mi pasión:

¿dónde estás, Endimión?

Este último verso se diga en voz alta, y sale Endimión.

Endimión.

Tocando lo que deseo.

Luna.

Según a tiempo llegaste,

dudo si fue prevención.

Endimión.

No dudes, mi Luna, que

si soy eco de tu voz,

si soy imán de tu norte,

reflejo de tu candor

Pag. 23

18

Endimión.

no es mucho, que donde estabas

(oh, Luna) estuviese yo.

Luna.

¿Adónde sin verme estabas?

Endimión.

Siempre te miró mi amor.

Luna.

¿Cómo, no estando presente?

Endimión.

Como hace aquella flor,

que de su hermoso planeta

jamás el rostro apartó;

pues no es mucho, no, que haya

en uno y otro farol:

si un amor para una Luna,

una rosa para un Sol.

Luna.

Parece a lo que es consuelo,

que haces obligación.

Endimión.

Antes, escándalo de otras,

causas mi dicha mayor,

pues me concedes el premio

aun sin merecerle yo.

Y tú, en virtud de ti misma,

fabricas mi galardón;

y así más grande es el premio

que no la deuda.

Luna.

Eso no;

que quien en amarme solo

tiempo tan largo gastó,

sin temer que le faltase

para el logro de su amor,

siempre en fe de su constancia

el premio viene menor.

Endimión.

Por eso, mi Luna amada,

naturaleza ordenó

que en el ver la libertad

tenga olvido la prisión;

aunque falte al escarmiento,

el que en la arena se vio

a los naufragios del mar

debe tan poca atención;

pues no fuera bien feliz

quien, siéndolo, zozobró,

porque no le hacen los ojos

al bien sino el corazón.

Y aunque juzgas mi tormento

como la llama interior,

mas en la esperanza ardía;

y ella es de tal condición,

que a la vista (aunque otro tenga)

la da del premio el color;

conque, entreteniendo el tiempo,

Pag. 24

Endimión.

llega a su consecución.

Así no es mucho (mi Luna)

tenga alivio mi fervor

opuestamente contrario

del tiempo a la indignación.

Luna.

¿Cómo llegaste a quererme

(dime), oh causa de mi amor?

Endimión.

Deste modo, escucha, Luna,

si en eso gusto te doy.

Vi tu luz; quísete bella:

que es natural más forzoso

el inclinarse a lo hermoso,

que el sujetarse a la estrella:

una, y otra causa en ella

pretenden con más instancia

ser el medio a mi ganancia;

y yo me doy la excelencia,

que hace el cielo la influencia,

mas no la perseverancia.

Que propicia pueda arder

la estrella causa el destino;

pero como ese camino

también le puedo torcer;

de aquí viene a proceder,

que en aquese mismo instante

para ser más fino amante,

y gobernar la pasión,

la estrella da la elección,

pero yo me hago constante.

Quererte yo de inclinado

después, Luna, que te vi,

era no deberme a mí

lo que estoy debiendo al hado:

tanto en amarte he acertado,

que me debo esta excelencia

a mí, y no a la influencia

del cielo a mi bien sucinto,

porque lo que es solo instinto

no puede ser providencia.

Y como todo en amarte

son aciertos del quererte,

puedo deber a mi suerte

las fortunas del hallarte:

treinta años pude adorarte

desde tu ocaso a tu cuna;

de donde infiero, mi Luna,

que las victorias son mías,

que era durar muchos días.

Pag. 25

Endimión.

para buena una fortuna.

Luna.

El llegarte a conocer

ese tiempo tan constante,

si no fuera ser tu amante,

¿qué otra cosa podía hacer?

No llego a satisfacer

con tal reconocimiento

tu amoroso pensamiento;

y en duda tan primorosa

lo que no puede una diosa,

queda un agradecimiento.

A nadie el ejemplo asombre

(si conociere al amor

en su piedad y rigor)

que una deidad quiera a un hombre:

y más si ella mesma el nombre

de agradecida ha admitido;

que entonces delito ha sido

el no usar de las piedades,

porque para las deidades

se hizo lo agradecido.

Si tal no llegara a ser,

viendo que algo ha de costar,

¿quién procurara alcanzar

la gloria del merecer?

Lo ingrato viniera a ser

poderoso, es claro indicio;

el mal no hallara suplicio,

ni hubiera solicitud,

pues quien niega una virtud

por adelantar un vicio.

Demás, que saber desea

mi agradado pensamiento

cuál pueda más en su intento,

y cuál de los dos más sea:

tu amor constante desea,

yo, deidad, te busco amante;

cuánto es más en semejante

caso, y en este amar tal,

que una deidad a un mortal

o el ser un mortal constante.

Endimión.

Luego, admitiéndome esposo,

¿premias, Luna, mi fervor?

Luna.

Sí, que pagarte no puedo

sino solo en esta acción.

Endimión.

Brilla hermosa en orbes bellos,

luciente hermana del sol.

Luna.

Vive en abriles floridos,

Pag. 26

El primer verso carece de atribución expresa por salto de página. Se asigna provisionalmente a Luna por el contexto alternante, aunque podría ser el final de un parlamento de Endimión.

Luna.

Objeto de mi pasión.

Endimión.

¿Quién ha sido más feliz?

Luna.

¿Quién más dichosa que yo?

Endimión.

Pues alcancé deseoso.

Luna.

Pues mi voluntad triunfó.

Endimión.

¿Quién me paga agradecida?

Luna.

¿Quién llega a lograr mi amor?

Voces dentro Pan y Siringa.

Pan.

Espera, Siringa hermosa.

Siringa.

Diana, tu virgen soy.

Luna.

Ocúltate entre esa niebla,

mientras hace mi rigor

un agasajo a Siringa,

y una venganza a este Dios.

Cubre una niebla a Endimión ocultándole a la vista de todos; y salen Siringa huyendo, y Pan tras ella; y cogen en medio a la Luna, Siringa a la parte del lado izquierdo, donde ha de tener el arco; y Pan al otro.

Siringa.

Presta, Diana, a una virgen

contra un rústico favor.

Pan.

Déjame (¡oh, Luna!) que pueda

dar un logro a mi afición.

Siringa.

Diana hermosa, al oficio

de tu templo se acogió

una ninfa.

Pan.

Luna bella,

¿aún dura tu indignación?

Siringa.

Diana, escucha.

Pan.

Luna, atiende.

Siringa.

Segura en tu coro estoy.

Pan.

Algo merezca contigo

quien el verte mereció,

¡oh, mi Luna!

Siringa.

¡Diana mía!

Pero, ¿cómo te llamo

Luna?

Pan.

Pues, ¿cómo Diana

te pronuncia aquella voz?

Volviendo el rostro a Siringa.

Volviendo a Pan.

Luna.

Porque en mi esencia conviene

el que una y entrambas soy;

y así, Diana, prometo,

que guardarás tu candor;

y como Luna te ofrezco,

Pag. 27

A él.

A ella.

A él.

A ella.

A él.

A ella.

Luna.

algún alivio a tu ardor.

Llega amante a festejarla.

Huye, ninfa, deste dios.

¿Qué tardas? ¿Qué te rebelas?

¿Cómo no huyes veloz?

Llega, Pan.

Huye, Siringa.

Pan.

¿Pues qué amante rebeló

si es pronóstico una luna?

A él.

A ella.

Luna.

Quien es rústico pastor...

No temas, ¿qué te acobarda?

Siringa.

¿Quién con Diana temió?

Va a abrazar.

Pan.

Deste modo haré a mi pena:

Siringa.

¡El cielo!

Transfórmase Siringa en un cañaveral.

Pan.

En caña la convirtió:

¿cómo, Luna, me engañaste?

Luna.

Verdad trata mi esplendor.

Pan.

¿Cuál viene a ser el alivio?

Luna.

El que nadie la gozó.

Arranca una caña Pan imaginativo, y dice.

33

Pan.

Vive a quejarte (oh, rústico instrumento),

y yo sin esperanza a ser amado,

pues con quejar se alivia tu cuidado,

y yo sin ellas duro al sufrimiento.

Yo sirvo, mas tú no, de un escarmiento,

que tú un ejemplo te has solicitado,

y lo que a ti gloriosa te ha causado,

en mí aviva la llama a mi tormento.

Yo no pido consuelo ya a mi vida,

que solo el mucho mal me es ya consuelo;

y en ti, y en mí con providencia estraña

se ve duda en mi bien; mas en ti unida

una felicidad, que te da el cielo,

pues por no verte ingrata, te ves caña.

Luna.

Refieres, Pan, en tu pena,

porque se aplaque tu ardor.

Pan.

Y tú en tu venganza, Luna,

por dar premio a tu pasión.

Luna.

Las deidades no se vengan,

sino castigan.

Pan.

Rigor

muestras en todo conmigo.

Luna.

Mirando tú sin razón.

Pan.

Soy escándalo a tu nombre.

Pag. 28

Júpiter.

Y yo injuria de tu voz:

mas porque seguiste virgen

yo te daré con que no

jamás puedas seguir otra.

Hállase el Dios Pan con un árbol como que le nace de la cabeza, y del medio cuerpo abajo en figura de cabra.

Pan.

¡Válgame el Dios tronador!,

estaré oculto en las selvas

por no ver al que me vio.

La misma tramoya con que se transforma le oculta a la vista, y sale Endimión de la niebla.

Hace que llora Luna.

Endimión.

Yo siempre te estaré dando

(¡oh, mi Luna!) adoración.

Bien (hermoso dueño mío)

alcanza quien te sirvió,

pues al que le mira es premio

de tu vista algún arpón.

Dame esos brazos, y en ellos

ya que Himeneo se vio

contra el tiempo y el olvido

fabrique su duración.

¿Qué te rebelas? ¿Qué tardas?

¡Cuánto me dice el fervor!

¿No eres mía? ¿Ya te mudas?

acusaré tu baldón,

poblaré a voces el viento,

regaré el prado de humor

de sangre, que por los ojos

me destile la aflicción.

mis suspiros arrojados

a la esfera superior,

a las fieras, a las peñas

moverán a compasión.

Suspéndete al llanto, Luna;

aunque en tu rostro se vio

al derramar ese aljófar

lo que fue perla, ser flor.

No ocultes con ese llanto

del día la emulación;

vuelve a dar vida a esas flores,

porque digan desde hoy,

que como sol las enjuga,

quien como alba las mojó.

Luna.

Ojos, cese vuestro llanto,

Pag. 29

Endimión.

lo que ha de hacer el dolor.

Luna.

Si no cabe en todo el pecho,

¿cómo le dirá la voz?

Endimión.

Sí hará; que ese desahogo

el cielo le concedió,

para que el que es infeliz

no muera al primer rigor.

Luna.

Pues Júpiter te ha privado

del lugar, que amor te dio:

mira si para mi pena

hay más bastante razón.

Endimión.

Pues si es ansí, ¿cómo él mismo

con fuego fulminador

no me ha quitado la vida,

dispartiendo aquesta unión?

mas ¿cuándo la quitó el rayo

a quien no le embarazó?

Aparte.

Luna.

¿Qué nueva deidad me impele

a aborrecerte? (¡oh, qué ardor!)

Endimión.

Muera a manos de un poder,

pero de un desprecio, no:

¡Oh, mi Luna!

Luna.

¡Oh, mi enemigo!

Endimión.

¿Qué dices? que tuyo soy.

Pag. 30

Luna.

Así (porque no te atrevas)

responderé a tu razón.

Vuela la Luna por medio del teatro.

Endimión.

Espera, brillante luz,

que Deidad tan superior

si a mi vista te concedes

es para más confusión.

Dónde por orbes lucientes

vas surcando tan veloz,

que negada al mortal velo

aun no te alcanza un amor?

Ya amante, ya tan esquiva;

ya afecta, ya con rigor;

ya favores concediendo;

ya negando el galardón;

ya cariñosa a mis ruegos;

y ya con tal disfavor;

ya en un lazo indisoluble;

ya separada su unión;

ya a la congoja sudando;

y ya templado el calor:

quién será más que mi pena

para consolarme?

Sale Deucalión con barba larga cana, que hace al tiempo.

Deucalión.

Yo.

Endimión.

Quién eres, ilusión de alma vestida,

si el parasismo no eres de la vida?

Tú quién eres? en quien naturaleza

los años te ha sellado en la corteza:

quién? sino en última congoja,

en quien es más, que la raíz, la hoja!

Deucalión.

No dudo, que quién soy no has ignorado,

pues tan al vivo me has delineado:

yo soy la solución del argumento

de la vida.

Endimión.

Y en mí, cuál es tu intento?

Deucalión.

Es el mío, y tu intento en este abismo

hecho de dos mitades uno mismo;

y aunque en tu vista solo en ti se encierra,

porque ella se escarmienta, y ella yerra.

El naufragio tuyo es, mío es el puerto;

uno eres al errar, dos al acierto;

el tiempo (oh joven) soy.

Pag. 31

26

Endimión.

Gracias muchas te doy;

porque el ceño eras luego

(juzgaba yo) adonde no arde el fuego,

por estar la virtud ya consumida,

y la culpa la achacan a la vida;

ya conozco mi engaño.

Deucalión.

Procura no escusar tu desengaño,

atendiendo a lo heroico de mi oficio;

y de ello te dé indicio

el ver, que aquello (en que alguien me ha burlado)

yo le pago en lo bien aconsejado.

Esa luz, que enamoras,

esa mujer, que adoras,

si del cielo esplendor es el segundo,

primer entendimiento es ya del mundo;

y con su hermano tuvo competencia

por dejarla más luz, coger más ciencia;

y si su curso sabes, nada ignoras

del común accidente de las horas.

Esa a quien sirven luminarias bellas

a su manto de ornato, no de estrellas,

es (oh, joven) la Luna:

si su ocaso treinta años, y su cuna

atento has estudiado,

o galán esa luz enamorado:

si lo uno, no aspires a su templo,

que treinta años bastan para ejemplo:

y si lo otro, amante y rebeloso,

y si no como amante, como esposo

miras, que te ha burlado,

y tu afición así desamparado,

y ya te olvida; mas no has merecido;

pues todo lo que amaste no has vivido;

y solo has de vivir, cuanto te olvida;

por un amor, no pierdas una vida:

que yo, que en mi desvelo

con lo que te amedrento, te consuelo;

también te alivio en lo desconsolado,

pues quien hizo la ciencia, la ha ignorado:

y así por no causarme tan molesto

(porque el que desengaña llega presto)

quédate; pero júzgame tu amigo.

Endimión.

De tu luz soy testigo.

Deucalión.

Yo tu pérdida lloro.

Endimión.

Yo tu verdad adoro.

Deucalión.

¿Quedas ya satisfecho?

Endimión.

Ya se venció mi pecho.

Deucalión.

Vencióse en la razón.

Pag. 32

Endimión.

Conocí mi pasión.

Deucalión.

Procura ser más que ella.

Endimión.

Si me guías, estrella.

Deucalión.

Pues sigue mi farol.

Endimión.

No perderé tu sol.

Deucalión.

Ya es fuerza, joven, ya desampararte.

Endimión.

Eso no, que jamás he de dejarte.

Vuelan ambos por el teatro arriba en diferente vuelo que la Luna, y se da fin al primer teatro.

TEATRO SEGUNDO.

LA DIOSA EN DIANA.

DIANA.

PERSONAS.

[A continuación figura el reparto, escrito de forma muy desvaída y casi ilegible. Columna izquierda: Diana, Erotis (?), Aretusa, Liríope (?), Virgen 1, Virgen 2, Alfeo. Columna derecha: Flora, Aura, Cintia, Polintia, Virgen 3, Virgen 4, Músicos.]

Pag. 33

[En el folio izquierdo se aprecia la tinta traspasada de la palabra "DIANA" del recto, así como un borrador lavado de los versos finales de la jornada primera, que carece de dos versos respecto a la versión definitiva del folio anterior: "[En.] Conocí mi [pasión]. / Deu. Procura ser más que ella. / En. Si me guías, estrella. / Deu. Ya es fuerza, joven, ya desampararte. / En. Eso no, que jamás he de dejarte."]

[Folio derecho: página de título de la segunda jornada]

TEATRO SEGUNDO.

FORMA SEGUNDA.

LA DIOSA EN DIANA.

PERSONAS: Diana, Estrella, Aretusa, Lotos, Virgen 1, Virgen 2, Alfeo, Floro, Acteón, Cadmo, Polintia, Virgen 3, Virgen 4, Músicos.

[Bajo el texto del título se aprecia un borrador lavado del comienzo de la jornada segunda, cuyo texto en limpio se copia en el folio siguiente.]

Jornada segunda

Pag. 34

[La página izquierda contiene texto invertido translúcido desde el recto anterior, indicando el inicio del TEATRO SEGUNDO, JORNADA SEGUNDA y su reparto.]

Sin correrse la cortina del segundo teatro salen Acteón vestido de caza, y Floro.

Acteón.

¿Tienes hecha prevención

para que luego salgamos?

Floro.

Para que al punto nos vamos

todo está puesto en razón.

Ruego a Hércules no lo fuera,

pues hiciera mi porfía,

que tan solamente un día

de tu afán te suspendiera.

¿Qué te han hecho las mujeres?

¿Polintia ninfa es tu amante,

que blasonas arrogante?

Príncipe de Tebas eres.

Mas ¿Polintia no es del prado

ninfa, y aun la más hermosa?

Pag. 35

Floro.

con ella es blanca la rosa,

y su aliento no es en fin

en esa floresta amena,

quien ámbar da a la azucena,

y da fragancia al jazmín?

¿No es de Apolo esperanza?

sí es, que por ella muere:

¿pues un príncipe no quiere

aquello que un dios alcanza?

Acteón.

No puedo tenerla amor;

y aun aqueso es lo que lloro;

porque en el que ama, Floro,

no es divisible el fervor.

Floro.

Como Acteón no has gustado

del amor, viene a causar

que no sepas estimar

el rato de enamorado.

¿De una mujer el rigor

no pudo hacer el tesoro

de la hermosa lluvia de oro?

¿no le hizo a Apolo pastor?

¿Hay en el mundo que ver

más que hermosura divina

de una ninfa peregrina?

Acteón.

Sí, mucho más puede ser.

¿No es más, ver coronado aquese monte

de mi caza? ¿y el ver que se estremece

de las voces el bosque; y que Flegonte,

viendo soles lucir, se desvanece?

¿niega el curso, ignorando el horizonte;

niégase el sol también, si el valor crece,

dando llamas adusta la agonía,

por no abrasar con tanto fuego el día?

¿Pues qué, cuando tal vez yo me he apartado

de mi gente? y, como opuesta roca,

al encuentro me sale espín animado,

y en coral inundándole la boca

con el acero duro, que agitado

de mi valor todo abre lo que toca,

y sujetada más la cerviz ruda,

también es coral rojo lo que suda.

¿Qué es ver los perros, cuando velozmente

el animal alcanzan, que sediento

procuraba reparo en una fuente

por mitigar en ella otro elemento?

¿Y qué es mirar la oposición ardiente,

y al bruto ya del can sanguinolento,

Pag. 36

Acteón.

cuando a alcanzarle llega alguna tropa

al animal, que fue bajel de Europa?

¿Que el ver en un arroyo el paso incierto?

¿Y al oso abalanzarse congojado,

llevando el pecho de la asta abierto,

y del humor sangriento el valle ajado?

Pues ¿qué, si de una peña juzga puerto

el animal de lustros coronado,

y feroz se despeña, de tal suerte

como si el despeñarse es menos muerte?

Floro.

Digo, que tu afán merece

todo aquese galardón;

tú puedes tener razón,

pero no me lo parece.

Mas oye, que te ha escuchado

tu abuelo Cadmo, y que viene.

Acteón.

En mi obediencia previene

su agasajo mi cuidado.

Sale Cadmo.

Aparte.

Cadmo.

Acteón, ¿cómo te va?

Bien el afecto entretienes,

mientras delante no tienes

lo que tal placer te da.

¡Oh, cómo Acteón ignora

el mal que le está esperando,

y yo disimulo amando

lo que mi pecho atesora!

El natural pertinaz

o le suspende, o destierra;

deja ese modo de guerra

que es muy hermosa la paz.

Acteón.

Divierto así mi deseo,

y mi pena es desigual.

Aparte.

Cadmo.

No lo sea por tu mal,

que aunque lo dudo, lo creo.

Galán estás; ricamente,

amado Acteón, compuesto;

mas ¿quién sabe qué ha dispuesto

la estrella suya inclemente?

Acteón.

Dime, señor, ¿qué te aflige?,

¿qué tienes imaginado?

Cadmo.

¡Oh, cómo tú has ignorado

el mal que mi pecho rige!

Acteón.

Pues dile, vaya a la parte

yo también en tu dolor.

Cadmo.

Porque conozcas mi amor

Pag. 37

Apártase Floro a un lado, y prosigue Cadmo.

Cadmo.

atiende segundo Marte.

Mi padre, y vuestro mayor

fue Agenor: Rey de Sidonia;

y mi hermana por bien mío

la hermosa Virgen Europa.

Como Júpiter tonante

la quiso (nadie lo ignora)

y que su amor le obligó

mudarse en aquella forma.

Bajel racional, Dios bruto

navegaba por las ondas

quieto Neptuno, y Favonio

como en los brazos de Flora;

que aun en aquel traje todo

le servía de lisonja.

Sin saber el feliz robo,

la ausencia tan solo llora,

ya pausas el alma obrando

respiraciones le acorta.

gime el fuego, que le ofende;

el volcán, que le apasiona;

el Etna, que le atormenta,

y el amor, que le congoja.

Muerta (dice) en mi presencia

te quisiera; que la osa

al reciente cachorruelo,

(que muerto del vientre arroja)

imprimiéndole su aliento

el dulce vivir le informa.

Nada a su ardor es bastante;

el alivio más le ahoga;

el consuelo más le oprime;

ni aun el llanto le aficiona;

porque es rémora a la vida,

y es ella la que le enoja!

¿Quién morir viera (repite)

mi amada Virgen hermosa?

siendo nada de mí mismo,

y todo de mi congoja,

por si al alma, que la huye

la hallara en su hermosa boca!

Y viendo, que de una hoguera

si a ardientes llamas undosas

para cebar la materia

la llegasen una antorcha,

Pag. 38

Cadmo.

la consumiera al instante,

pues en su grado era poca

la luz, que aquesta tenía,

para igualar con la otra.

Y que a falta de mi hermana

mi llama en su pecho no obra;

y que su vehemente ardor

no hay incendio, que no sorba,

por el mundo me destierra

como cosa, que no importa.

Mas yo náufrago en la tierra,

cuanto errante por las olas

del mar: y aun más combatido

de las de mi pecho propias.

Triste, afligido, confuso,

revolviendo en mi memoria

una llama, que me oprime,

un desprecio, que la sopla;

vagando andaba hasta que

de Febo a la llama heroica

hallé un templo dedicado,

y cuya voz misteriosa

para que esta ciudad funde

me anima, y aun me provoca.

Guiado del animal

de huella más perezosa

dejé el Castalio; y al sitio

donde mi estrella se logra

llegué la palestra, en que

fue mi campo de victoria;

adonde hallé una serpiente

horrible tan escamosa,

que los dardos, que las astas

en su piel dura se embotan,

siendo al hierro arrojadizo

un escollo cada concha.

Después, que a mis compañeros

mató o la venenosa

luz, que su vista despide,

o el azote de su cola.

Ya cuando incendios vomita,

sino ya cuando se enrosca,

pues la una el agua infesta,

y el aire daña la otra.

Pero yo (en quien ya la vida

no es lo más, que se blasona)

orgulloso la acometo;

ella se ofrece sañosa:

Pag. 39

Cadmo.

yo mi lanza vibro, ella

los cuchillos de su boca;

yo la acometo, ella aguarda;

yo me advierto, ella se arroja;

yo el golpe espero constante,

ella le yerra y se asombra;

la cola esgrime, yo el asta;

cuando en ambos la congoja,

si exhalar hace a mis poros

sangre, a los suyos ponzoña.

Valeroso, pues, me ofrezco;

repárase cavilosa;

tira, y al golpe indeciso

hace que el pecho la rompa,

inundando todo el prado

en púrpura ardiente roja.

Ya del ardor inclemente

incendios sus ojos brotan,

y la voz, rompiendo el silbo,

como se articula ronca,

hace estremecer la selva,

y, al temblar la tierra toda,

titubear de su asiento

la peña, que no fue sorda.

Diréte en breve que, muerta

esta fiera poderosa,

y cuyos dientes sembrados

produjo la tierra sombras,

que ya hombres convertidas

con saña bien pavorosa

unos con otros se matan;

y que la guerrera Diosa

(a quien el bélico ardor,

que escudo brillante adorna,

siendo en el duro ejercicio

compañera de Belona),

animándome, me advierte;

advirtiéndome, me exhorta

a que de los vitoriosos

aquesta ciudad componga.

Esta (cuyas puertas ciento

aun no son su mayor gloria),

de tan continuos trabajos

ya sabrás que fue la autora

Juno, la deidad luciente,

de Jove hermana y esposa;

aquella de las delicias

sacras tan perseguidora;

Pag. 40

Foliación: 35

Cadmo.

como mujer, y ofendida,

y más como poderosa;

pues ni mi humildad la agrada

cuando Deidad la blasona,

ni las víctimas que ofrezco

en su templo y a su honra,

ni el blasón del que ejercita

piedades en que se goza.

Ni el que en ánimos celestes

aun menos rigores sobran;

ni el que ya de mi fortuna

el cadáver no baldona;

ni el mirar que las venganzas

en los sepulcros reposan;

nada en su pecho la aplaude,

todo su enojo convoca;

nada incendio de ser deja

en que ella está ardiendo toda.

Y así (¡oh bizarro joven!)

te advierto, porque conozcas,

que a esta Deidad le serán

de escándalo tus lisonjas.

Y para que te mitigues

en acciones tan dudosas

como tu ejercicio adquiere

con capa de vanaglorias:

ya siguiendo el can latrante,

y ya la fiera espumosa;

que bien conozco que todo

fuerza con lo que enamora.

Y así, pues huir no puedes

tu naturaleza propia,

y que faltarte a ti mismo

es imposible; corona

de la prudencia tus bríos

con que tus acciones todas

(en lo previsto) el remedio

tengan, que mi luz te nota.

Pues que si mejor lo adviertes,

todo en acción tan costosa

para remedio es bastante,

y para escarmiento sobra.

Acteón.

Mas en aquesa advertencia,

cuando no venzo mi engaño

se causa mayor el daño

si es posible en la experiencia.

Porque el que conoce culpa

tan notable en sus acciones,

Pag. 41

Acteón.

y no enfrena sus pasiones,

ese yerra sin disculpa.

Y yo, infeliz, llego a verme

en la causa de culparme,

puesto que ella ha de inclinarme,

y yo no puedo vencerme.

Vase.

Cadmo.

Por eso tu inadvertencia

culpo, no tu inclinación;

porque puede la razón

aun más que no la influencia:

Júpiter vaya contigo.

Acteón.

Aquese mismo te guarde;

vamos, Floro, que ya es tarde.

Vase.

Floro.

Vamos, que leal te sigo.

Levántase con música el paño que cubre este segundo teatro; y aparece un jardín compuesto de ramilletes, y en parte de árboles, de modo que un laurel venga a caer en medio del teatro: y más adentro ha de haber un bosque, de donde se han de dividir dos ramos de un monte que caigan sobre el bosque: y aparezcan en él todas las vírgenes de Diana con arcos y flechas repartidas por el bosque, y que estén flechando diferencias de animales: y Diana también con su arco, y a sus pies algunos animales muertos: Las vírgenes son Estrella, Loto, Aretusa, y cuatro vírgenes 1.ª, 2.ª, 3.ª, 4.ª.

Diana.

No quede en el campo fiera,

que a vuestro valor rendida

no os sacrifique la vida.

Estrella.

¿Cómo el arco huyes, ligera?

Mas acreditas tu muerte

si, después de ser hermosa,

alcanzas el ser dichosa

de mi brazo al golpe fuerte.

Diana.

¡Oh, cómo dais claro indicio,

Estrella y Loto, que hacéis,

cuando el campo suspendéis,

vistoso el fiero ejercicio!

Aretusa.

¿Qué huyes, que no te sigo,

fuerte animal enramado?

Del volumen coronado

de tus días, que atestigo

Pag. 42

Aretusa.

tan cano desta maleza

no le alborote el espanto,

pues quien llega a vivir tanto

honra la naturaleza.

Diana.

La fiera que a Adonis fue

escándalo, y fatal hora,

si tanto aliento atesora,

¿por qué me huye? ¿por qué?

Loto.

Ya el bruto, que al Euro imita,

y Noto en el despeñarse,

aquel no precipitarse

es quien más le precipita.

Virgen 1.

¿No ves del tigre valiente

la manchada piel teñida?

Virgen 2.

¿No ves del ciervo la herida,

que le abrió el hierro en la frente?

Virgen 3.

¿Oyes del hijuelo el robo?

Virgen 4.

Del toro escucha el bramido.

Virgen 3.

¿No ves del león el rugido?

Virgen 2.

¿Y el funesto eco del lobo?

Diana.

Suspended tanto sudor,

dejad la maleza ruda

(si es que ya el vencedor suda),

salid del prado al verdor.

67

Estrella.

Siempre a tu obediencia estamos.

Van saliendo del monte al jardín, donde ha de haber hechos de yerba unos asientos.

Loto.

Y en esa misma se ve,

que se acredita la fe

con que siguiéndote vamos.

Aretusa.

¡Qué amable está por lo umbrío,

y qué alegre este lugar!

Diana.

La fragancia del azahar,

sino del alba el rocío,

hacen la estación más bella;

y, sirviendo el botón cuna,

la rosa aquí nace Luna,

y cada flor nace estrella.

Con tan notable primor

el prado está al Sol sujeto,

que aunque conoce el efeto

está dudando el calor.

Y aunque el tiempo solicite

su curso, aquí ha de causar,

que haya sol para engendrar,

mas no para que marchite.

Pag. 43

Foliación manuscrita: 38

Loto.

Es que, supliendo su ausencia

en rayos más superiores,

dura la vida en las flores

en virtud de tu presencia.

(Siéntanse.)

Diana.

Mientras me servís el baño

en el cristal de esa fuente,

divertid mi ardor valiente

contando algún caso extraño.

Y pues que son mis memorias

lo que en esto más os llama,

para lisonjear mi fama

relatad mis vanaglorias.

Loto.

Todas te hemos de servir;

mas tú puedes señalar

la que hubiere de empezar.

Diana.

Estrella podrá decir,

que se ha de privilegiar

sin causar admiración,

pues que sola en mi afición

alcanza el primer lugar;

que no era ley de estimarla,

y aun era menos valerme

ser ella más al quererme,

que no yo al privilegiarla.

Primera, di.

Estrella.

Escucha atenta.

Náufrago el griego piloto,

el errante leño roto

en una y otra tormenta

andará; y el dios del mar

al ardor que Grecia encierra

hará ver troyana tierra

sin dejársela tocar;

mientras que tu indignación

no se mostrare aplacada,

y sea sacrificada

la hija de Agamenón.

Pero tu rostro propicio,

(que a Ifigenia no desea

ver muerta) hará que sea

una cierva el sacrificio.

Y bien tu deidad acierta;

porque mal obra piedad

el que deja a la crueldad

alguna rotura abierta:

piedad fuera tan incierta,

que aun el nombre no consiente,

y ella misma se desmiente.

Pag. 44

Estrella.

haciendo su pecho impuro;

¿ni quién por el bien futuro

quiso obrar el mal presente?

Aquel que a excusar un daño

va, mal le acierta el remedio,

si viene a poner por medio

la ejecución de otro daño:

en el hombre no lo extraño;

porque obra con la equidad,

y ha de haber desigualdad

en la obra, porque asombre,

pues una es como de hombre,

y otra como de deidad.

Si allí al griego hacer favor,

porque le quieres matar

la hija; y en tal obrar

¿qué dejas para el rigor?

Pero más bien su fervor

premias, pues del tu doliente

apagas el leño ardiente

haciendo las amistades,

porque no aplacan deidades

la sangre de un inocente.

Loto.

¿Quién, viendo tal discurrir

en Estrella, ha de querer

su discurso interponer,

ni quién ha de proseguir?

Diana.

Prosigue tú, Loto bella.

Loto.

Sí haré, si de aquese sol

admitiéndome arrebol,

no me desprecias, centella.

Quiso a una virgen gozar

haciendo sabrosos lazos

con sus cristalinos brazos

Neptuno, ese dios del mar.

En lloroso desconsuelo,

viendo que ya la alcanzaba,

a Diana voces daba,

quejas esparcía al cielo.

En lance tan oportuno,

por satisfacer su ardor

y dar un logro a su amor,

más la apremiaba Neptuno.

Pero tú, que te apiadaste,

y la tuviste amistad

por guardar su honestidad,

en ave la transformaste.

Árbol la pudiste hacer;

Pag. 45

Loto.

pero atenta no quisiste,

y en ave la convertiste;

pues si la llegara a ver

así el Dios, pudiera ser,

que el pie en labor la besara,

que galán la paseara

con quejas su cristal ronco,

y ella dejara el ser tronco

si agradecida le amara.

A la rama florecida,

y a la más lozana yerba,

si la tierra la conserva,

Neptuno es, quien la da vida:

mírala ya agradecida;

de donde se ha de admirar,

y la atención reparar,

que aquella, que en aquel ser

modo halló de agradecer,

hallarle tiene de amar.

Entre un pecho agradecido,

y entre un Dios firme, y amante

ablandárese el diamante,

y olvidárese el olvido;

y así bien has prevenido

en ave la convertir;

porque se ha de presumir,

que a aqueste arte del amar

sin alas para volar

no le podrá nadie huir.

Y es amor tan poderoso,

que viendo el engaño, luego

en Neptuno vibra fuego

como a amante, y como a esposo:

y que al centro luminoso

cuando se sube exhalado

en el aire la ha encontrado;

que aun no basta en tal intento

ponerla en otro elemento

para un pecho enamorado.

Diana.

Bien has dado los colores

(Loto) a tu narración,

el primor en mi opinión

de ti aprenderá primores.

Loto.

Tantos blasones excusa.

Diana.

Más llegas a merecer,

y adelantado el placer

proseguir puede Aretusa.

Aretusa.

Recorriendo mi memoria,

Pag. 46

Aretusa.

diré, pues me das licencia;

y por lograr tu obediencia

arriesgo mi vana gloria.

Calisto, Virgen hermosa,

también nuestra compañera,

que hoy al orbe reverbera,

y que llamada virtuosa.

Estando en Arcadia un día

de su valor dando indicio,

siguiendo el duro ejercicio

mientras que fieras hería,

Júpiter la halló, sagrado;

y viendo, que era perderla

amante en su traje verla,

en tu forma se ha mudado.

De donde se considera,

que él alcanzó; y no es vana

sospecha como Diana

lo que Júpiter no hiciera:

posible entonces te fuera

convertirla en transparente

linfa de alguna corriente;

y el mirar, que no lo mande

tu Deidad, fue, que a acción grande

no importa un inconveniente.

Si tú allí la transformaras,

Arcas della no naciera,

y aun al mundo pareciera,

que tú en eso te vengaras:

y así en acciones tan raras

nada en tu atención limito

en aqueste nuevo rito;

pues tu Deidad sola alcanza,

que se arriesgue una venganza

aun a costa de un delito.

De Juno allí la malicia

mostrando su enemistad

quiso obrar una impiedad

con sombra de una justicia:

mas tu Deidad no codicia

mover acción semejante,

mostrar su enojo pujante;

pues es menos en rigor

el que se pierda un furor,

que el no lograrse un Infante.

Virgen 1.

Después que dijo Aretusa

quien ha de saber hallar

el que poderte contar?

Pag. 47

Virgen 2.

Así mi afecto se escusa.

Virgen 3.

¿Quién a tu auxilio llegó,

que en el refugio no hallase;

y antes que te saludase

quien sus consuelos no vio?

Virgen 4.

Entre las Diosas propicio

tu rostro muestra quietud,

tú ejerces una virtud,

y las otras un oficio.

Levántase Diana, y con ella las Ninfas.

Señala al laurel.

Diana.

Vírgenes, ¿cómo olvidáis

entre tanta narración,

mi más heroico blasón?

¿Cómo a mi Dafne os negáis?

De Apolo el curso radiante,

que amoroso la siguió;

pero en ella bien halló

un pecho heroico, y constante.

Mas daréla nueva vida

por ella, como por él

en este verde laurel

aun estando convertida.

Diana.

Árbol sacro del Júpiter hermoso

de las luces; tú solo triunfa atento;

y pues coronaste al merecimiento

no se te atreva el tiempo riguroso.

Tanta altivez, tanto verdor frondoso

al Griego, y al Romano vencimiento

trofeo ha de servir; y al escarmiento

por el premio has de ser más poderoso.

Dafne lisonja fuiste dulce al Mayo;

libre estás del elemento ardiente;

el resplandor por ti se mostró ciego.

La segur no haga lo que no hace el rayo;

Dafne fuiste; y a tronco floreciente;

árbol, que tanto fue, perdone el fuego.

Estrella.

Antes que la luz del sol

(Diana hermosa) tu hermano

por bañarse en el océano

muestre su último arrebol,

ven, y el baño serviremos.

Diana.

Bien Estrella has reparado.

Loto.

Si en eso te ha lisonjeado

todas te lisonjearemos.

Entrase Diana con sus Vírgenes; y queda Aretusa la última, y al ir a entrarse con las demás sale Alfeo, y detiénela.

Pag. 48

Alfeo.

Detente: ¿cómo así olvida

tu ingratitud de tal suerte

para causarme la muerte

sacrificada mi vida?

Aretusa.

¿Pues cómo te has atrevido

Alfeo en esta ocasión

a decirme tu pasión?

Alfeo.

¿Cuándo amor ha discurrido?

Aretusa.

¿No miras que puede ser

el que menos me haya echado

Diana?

Alfeo.

Mi triste hado

aun no me lo dio a entender.

Aretusa.

Camina, déjame luego.

Alfeo.

¿Y quién podrá obedecerte,

cuando de mi dulce muerte

templo (mirándote) el fuego?

Pero dime:

Aretusa.

Estás cobarde.

Alfeo.

¿Quién en tu vista se vio,

y el perderla no temió?

Escúchame, pues.

Aretusa.

Ya es tarde.

Alfeo.

Como me rescate amor,

y te muestres obligada,

dejará de estar penada

mi voluntad en su ardor.

Aretusa.

No me detengas.

Alfeo.

No sé

si sabré desampararte;

¿dasme licencia de amarte?

Aretusa.

Sí, bien se logra tu fe:

¡toda estoy de temor llena!

Alfeo.

¿Pues si Diana te hallara?

Aretusa.

Sí, bien dices, ¿qué causara?

Sale Diana medio desnuda como que va a bañarse.

Diana.

Hacerte llorar tu pena.

¿Cómo, virgen, te atreviste

poner mancha en tu candor?

¿Cómo el claro resplandor

de la castidad venciste?

Ya estás de naturaleza

de no poder penetrar

mi coro, que este lugar

es negado a tal torpeza.

Pag. 49

Diana.

Ya tu afición te convida,

a el que río la busques fuente.

Aretusa eternamente

llore tu culpa tu vida.

Dicho esto se convierten en dos arroyos; y Diana se entra; y por la otra puerta salen Acteón con arco y flecha, y Floro con él, y cazadores con pájaros.

Acteón.

Ea, cazadores míos,

seguid, seguid ese vuelo;

y las aves en el cielo

sientan los heroicos bríos.

Estremézcase en su asiento

la selva, que vuestro Marte

antes que Apolo se aparte

puebla de plumas el viento.

Éntranse los cazadores por la otra puerta.

Floro.

Yo no te entiendo, señor;

si buscas con esas galas

alguna Deidad con alas,

¿cómo no hallas al amor?

Divierte un rato esa pena;

de amor el lazo fiel

siente, y sé más cruel

a quien así te enajena.

De tu estrella desconfío,

pues hace que, sin razón,

sigas a la inclinación,

y dejes al albedrío.

Aunque en tan grande extrañeza

remedio a tu mal no espero

porque del haces (infiero)

segunda naturaleza.

Y así yo he determinado

el no tratar de tu mal,

pues no obrando el natural,

¿qué ha de hacer lo aconsejado?

Acteón.

No me hables en mi pasión,

que no ha de hallar experiencia,

pues me rinde tu advertencia

aun más que mi sinrazón.

Siempre ha de ser vano el medio,

que para mi bien esperas;

¿para qué le consideras,

si es imposible el remedio?

Pag. 50

Arma el arco.

Vase.

Acteón.

Mas repara en aquella ave

mirando el mayor farol,

pues no la fulmina el sol,

yo haré lo que el sol no sabe.

Con qué majestad quieta

peina el aire, surca el viento,

vano de pluma elemento

castigo halla en mi saeta.

Floro.

Si no quiere limitarse

el afecto, que te destina,

en el que busca su ruina

no es mucho precipitarse.

Éntrase Floro, y al salir Acteón por la otra puerta vuele por el teatro arriba una águila pasada con una flecha.

Acteón.

Cometa de pluma, espera;

rayo con alas, ¿adónde

surcas bajel animado

de la trina Diosa al monte?

Si el pecho llevas herido

cesen ya tus presunciones;

y antes niégate a tus remos,

que austro fatal los destroce.

¿Qué importa, que mariposa

al sol aspires más noble,

si el vapor también se atreve

para perder sus vigores,

y muere resuelto en agua?

porque a quien mal se conoce,

y un elemento ser quiso,

otro elemento le borre.

La material llama crece,

y luces da superiores

para morir: no tú así

el valiente esfuerzo logres.

Mas ¡ay de mí! que he flechado

la imperial ave de Jove;

la que sus hijos al sol

los admite, y reconoce.

¡Oh, suerte adversa, que reinas

en los previstos temores!

¿que de un mentido accidente

los mortales pechos consten?

¿Qué es presagio, es ley del cielo,

por dicha el recelo torpe;

qué importa el ladrar del can,

Pag. 51

Mira hacia el laurel, y ve un Oso como que quiere echar en el suelo el Laurel.

Va a dar al oso, y huye; y da el golpe en el árbol, y corre sangre el laurel.

Acteón.

¿y de las aves las voces?

Mas ¡ay!, que ya la ave Reina

naufraga el aire, y las flores

en púrpura real teñidas

las oculta los candores.

Ya de aquella encina al pie

o parece que se acoge,

o que ya al sagrado tronco

se queja de sus baldones.

Muerta el Águila rapante,

¿qué importa que el árbol moje

tuyo también, si la culpa

en la intención se conoce?

Perdona, ¡oh Júpiter grande!,

y aun es fuerza que perdones,

que eso es ser omnipotente

en ti, y es en mí ser hombre.

Tú que asistes al gobierno

de tantos volubles orbes

desde hoy más, en vez de un ave,

una piedad te corone.

Mas ¿qué animal es aqueste,

que da sus indignaciones

contra el Laurel? Y a mi acero

la bruta cerviz le dome,

morirás.

¡Válgame el cielo!

Sangre su corteza corre,

¡qué novedad tan violenta!

¡Oh qué susto tan disforme!

¿Que por fuerza han de triunfar

de mí las supersticiones?

Viviente estatua me juzgo,

y la congoja sudores

da, cuando quiero que el alma

a los sentidos no informe.

¿No fuera mejor que un rayo

de la vida me despoje,

y que tus aras sangrientas

te dieran aclamaciones?

Mas no, porque fuera menos:

Pag. 52

Acteón.

y en la Diosa tu consorte

faltando cebo a su llama

fuera apagar sus ardores.

Pero aquí viene Polintia

siguiendo el eco a mis voces,

que lastimosas se esparcen.

Sale Polintia.

Acteón.

¿Polintia?

Polintia.

¡Oh, bizarro joven!

feliz soy, pues te he encontrado

si ya venzo tus rigores,

y haces, que mi fiera pena

en su dulce fin se logre.

Como amado dueño mío

objeto de mis fervores

estás, ¿es tu voluntad

con la mía ya conforme?

Acteón.

¡Ay, Polintia!, que es mi mal

de casta bien poco noble,

pues faltó a lo agradecido,

y sobró a mis aprehensiones.

Polintia.

Quien agradece no falta

al amoroso renombre,

por no poder ser ingrato

aquel que bien corresponde.

Acteón.

¡Grande es mi mal!

Polintia.

Di, ¿qué tal?

Acteón.

Tal, que alivio no conoce.

Polintia.

¿Podrásmele referir?

Acteón.

No sé.

Polintia.

Dile, Acteón.

Acteón.

Oye.

Estoy tal en lo que siento

del mal (toda el alma llena)

que lisonjeo el tormento;

porque quitarme la pena

es doblarme el sentimiento.

Cuando yo morir me veo,

es gozo el estar mortal,

y es gozo lo que poseo;

porque aunque se arriesgue el mal,

en fin se logra el deseo.

Hoy me está llamando el trato

infiel, pero no lo sé;

y de allí a bien poco rato

aun cuando siembro una fe

Pag. 53

Acteón.

Un nombre cojo de ingrato.

Pero no lo llego a ser,

aunque muestras dello doy:

¿mi mal quieres conocer?

¿qué más, si ingrato no soy,

y lo vengo a parecer?

Es tan feo este renombre,

que aun torpe se considera;

y alcanzando aquese nombre

el no ser más le valiera,

que no serlo a cualquier hombre.

No hay menos, que no haber sido;

mas tampoco se ve grato

el no ser agradecido,

que aun es menos ser ingrato

de lo que ser no ha podido.

Y mira si me enajena

el dolor, pues por disculpa

al más malo me condena;

y sin tener yo la culpa

vengo a padecer la pena.

Que aunque soy agradecido,

es mi hado tan siniestro,

que este nombre das al olvido;

porque si yo no lo muestro,

¿qué importa el haberlo sido?

Y tal así me estoy viendo,

o si no, desesperando,

tan afortunado siendo,

que cuando estoy más penando,

había de estar mereciendo.

Polintia.

Si de solo agradecido

te pretendiera yo el nombre,

bien dijeras; pero a más

aspiran mis pretensiones.

Acteón.

¿Quién es más, que agradecido?

Polintia.

Es más el que amante oye.

Acteón.

Todo lo que en mi ser cabe

te doy, ¿y no lo conoces?

Polintia.

¿Qué importa si ese lugar

no es capaz de mis fervores?

Acteón.

Si es tal mi naturaleza

en mí la culpa no asombre.

Polintia.

Que agradecido no quieras,

y yo te ame, ¿otro mal viose?

Acteón.

Más es el que te agradece

mi fe, y no te corresponde.

Polintia.

¡Grave mal!

Pag. 54

Acteón.

¡Fiero dolor!

Polintia.

¡Raro asombro!

Acteón.

¡Pena enorme!

Polintia.

¿No te suspende mirar

que se conservan los hombres

en la unión, y si no la hay,

que se peligran discordes?

¿No causa crecer las plantas

amor, en que las acoge

la tierra, y su vida es

aquella amistad conforme?

Amor es el que sustenta

de aquesos cielos el orden

en su unión; y si esa falta,

¿qué hará, di, quien de ellos conste?

Todo en amor se conserva

cuanto a su sombra se pone;

si el natural puede en todo,

en ti pueda él y mis voces.

Aparte.

Acteón.

¡Ay, Polintia, ninfa bella!

Quítame aquesas prisiones

de mi alma; y de los ojos

aparta esa niebla torpe.

Desvanézcala tu pecho

si ciertos son los ardores;

y si no pudieren, ella

se halle resuelta a tus soles.

Mas ¿cómo divertimiento

admito de mis pasiones?

Perdónala, que mi vida

harás que en esto se goce.

¿Hay hermosura que iguale,

ni merezca admiraciones,

como el repetido vuelo

de aves que surcan veloces?

¿Qué es mirar aquesa esfera

del aire, cuando el borní,

el aleto y baharí

la vuelven en primavera?

Ya su presunción ligera

(que en más altanero vuelo

de las aves el recelo)

hace con bien noble guerra

una libre acá en la tierra,

otra presa allá en el cielo.

El neblí desde mi mano

cuando se desmiente nube,

al cielo no en vano sube,

Pag. 55

Acteón.

al sol aspira no en vano:

si Júpiter soberano

(dando para nuestra calma

por el estoque la palma)

vibra (su piedad vencida)

al orbe un rayo con vida;

yo al cielo un rayo con alma.

Del indio neblí el intento

tiene gloria desigual;

porque él en lo natural

vence al otro en lo violento:

vuelve, y surca el elemento

el neblí con galas bellas;

Jove, y yo dando centellas

guerra hacemos (no te asombres)

él con muchas a los hombres,

yo con una a las estrellas.

¿Qué será cuando al milano

llega al alcance? ¿No ves,

que con el pico, y los pies

se está defendiendo en vano:

el pecho saca en la mano

otro del sacre; y a él

el gerifalte cruel

es de su muerte testigo;

y aqueste venga al amigo,

si al hermano vengó aquel.

Polintia.

¡Oh, qué mal logras mi amor!

¡Oh, qué mal pagas mi fe!

Pues que vencida se ve

sin tener competidor.

Suben por un lado del monte.

Acteón.

No conoces la razón,

que poderosa en mí es;

y como tú no la ves

lo achacas a mi pasión.

Pero quiérote enseñar

la causa de mi cuidado,

suspéndete un rato al prado,

ve mis pájaros volar.

Sube este monte conmigo,

y mirarán tus desvelos

de mis halcones los vuelos.

Polintia.

Por verte solo te sigo;

o por seguirte, si así

tu rigor se ha de aplacar

para poderte culpar

de que aun esto hago por ti.

Pag. 56

Ocúltanse a la vista y descúbrese el baño de Diana, donde han de estar ella y sus ninfas sirviéndola el baño.

Estrella.

¡Qué dichoso que nació

el cristal de aquesta fuente,

pues que su bella corriente

el bañarte mereció!

No te adulo, que es preciso

fuente al llamarte nacida,

¿que en quien llega a tener vida

esmerarse el cielo quiso?

Loto.

Corre feliz, sin que asombre,

(¡oh, venturoso cristal!),

y en otro mayor raudal

jamás se pierda tu nombre.

Diana.

¡Oh, ninfas! ¿Cómo pagáis

la voluntad que en mí veis?

Y en lo mismo que debéis

aún más consiguiendo estáis.

Estrella.

Sobrado premio es tenerte;

mi suerte es tu adoración.

Loto.

Ni puede haber galardón

mayor que llegar a verte.

Baja por la otra parte del monte Acteón, como huyendo de Polintia.

Acteón.

¡Qué vanas solicitudes

en mi busca tu fervor!

A mi afecto das color

de locas ingratitudes.

Sale tras él Polintia; él baja apriesa a ponerse en el teatro, y ella a las pausas de estos versos.

Polintia.

¿Qué huyes de quien te quiere?

Acteón.

Deja ese forzado intento,

que siempre en mi pensamiento

otra atención se prefiere.

Aparte.

Polintia.

Temo una infelicidad,

porque recelo en mi daño,

que ha encontrado con el baño,

templo de la castidad.

Acteón.

¡Que sea tal mi inclinación,

sin bastar consejo alguno!

¡Oh, cómo conozco, Juno,

aún dura tu indignación!

Pero si Venus y Marte

Pag. 57

Acteón.

propicios vienen a estar,

dime, Diosa, ¿qué has de obrar

teniéndolos de mi parte?

Da voces.

Polintia.

¡Espera, Acteón querido!

Llega adonde está el baño.

Acteón.

¡Huiré tus voces fatales!

Diana.

Parece que de mortales

pasos escucho el ruido.

Mira Acteón a Diana.

Acteón.

¡Oh belleza soberana,

sola tú a mi amor excedes!

Échale con la mano un poco de agua en la cara.

Diana.

Corre, Acteón, di si puedes:

¿viste bañar a Diana?

Y para que tu atrevida

huella se castigue así,

y tomen ejemplo en ti,

te daré larga la vida.

Conviértese Acteón en ciervo; cúbrese el baño, y a este tiempo Polintia ha de estar ya en el teatro.

Polintia.

Ya suerte avara venciste;

(¡ay infeliz!) transformado

en ciervo a Acteón he hallado.

¿Bella Diosa qué adquiriste?

La tramoya del ciervo poco a poco se irá entrando adentro.

Dentro en las ramas Cadmo hace ruido.

Polintia.

¿Pero habiéndolo yo visto,

y hallándome tan mortal,

cómo al duro golpe tal

con la vida me resisto?

Muere ya, esperanza mía,

tengan ya fin tus amores,

pues del cielo los rigores

te están venciendo a porfía.

¿Cómo en tan grande tormento

(viendo mi gloria perdida)

me está faltando la vida,

sin faltarme el sentimiento?

¿Pero qué voz es aquesta,

que más me viene a turbar?

Sale Cadmo.

Cadmo.

¿Dónde, Acteón, te he de hallar?

¡Cuánto esa altivez me cuesta!

Deja, deja aquese afán,

por senda más sabia guía,

pues tu estrella y mi porfía

aqueso obligando están.

Toda tu casa has perdido;

¿dónde te llegas a ver?

Pag. 58

58

Polintia.

Todo lo podrás saber

si me das atento oído.

Esa alameda un bello prado oculta,

que de enramada al sol se dificulta:

ese arroyuelo en lazos la rodea,

o amante de su pompa la pasea:

ese (que de aquel río allí se parte

queriendo imperio aparte)

habita este lugar la casta Diosa;

cédela en él la rosa

púrpura a su mejilla;

al clavel (que del vulgo es maravilla,

y reino de las flores)

el rubí de su boca da colores;

y aun a algunas su vista en su pimpollo

las abre (como es sol ella) el cogollo;

y sol con tanto brío,

que muchas se rebelan el estío.

Si una flor corta a la raíz unida,

(que del prado es lisonja con la vida,

y del aire fragrancia)

duda la admiración en su arrogancia

si es favor, o si es queja;

pues quitándola al sol, que la bosqueja

viene a causar su muerte;

mas es feliz su suerte;

porque Diana con su hermoso anhelo

no la da vida, cuando la da el cielo,

ni su sol se limita,

pues antes se la da, cuando él la quita;

y la atención quedando indiferente

vida, y muerte la da tan neutralmente,

que luego sus colores

viviendo de su sol, mueren de amores.

Pisar vi aqueste prado su pie breve,

que primavera errante jazmín llueve;

y hermoseando las flores

al tocarlas no ajaba sus colores;

pues como en un clavel ponerse suele

o plata, u oro, con que luce, y huele:

así muy bien pudiera sin ajarse

su pie en cualquiera flor encadenarse.

Si el cabello tal vez esparce al aire,

el viento bebe el viento en su donaire.

Si la mano le peina con decoro,

galera es de marfil en ondas de oro:

y si la llega al labio

es un clavel injerto en azucena,

Pag. 59

Polintia.

donde mira su agravio

tanta floresta amena,

dudando en ella amor cómo se atreve

herir pechos de fuego, arpón de nieve.

Si del baño se arroja a los raudales,

se contienden cristales con cristales;

el de plata bruñida transparente,

y el músico rumor de la corriente,

con el mayor desvelo,

el cristal al cristal, el yelo al yelo:

y mientras el raudal Diana mora,

por la Venus tenida, o por la Aurora,

en tantas luces bellas

forma del yelo amor vivas centellas:

y a quien las mira ciego

no templa el agua, lo que abrasa el fuego.

Mezcla el amor a fin de su cautela

en campos de Neptuno

dos extremos, que el uno

el agua enciende; el otro el fuego yela;

y a quien verlos pretende

no yela el uno, cuanto el otro enciende.

Si salpicada ya de los raudales

dúdanse cristales a cristales,

sale en grado excesivo,

si el líquido cristal, si el cristal vivo.

Mas saliendo tan bella,

siempre imaginó él, que es la Aurora ella,

que en tan hermosa cisma

en perlas se desata de sí misma.

A este tiempo, estándose bañando,

huyendo, ingrato, quien le estaba amando

(¡cómo el alma en sus llamas no se arroja,

pues incendios vomita la congoja!),

tu nieto Acteón (¡oh, infelice suerte!)

ella, enfada, en ciervo le convierte.

Maltrátanle los mismos que le siguen;

sus canes le persiguen,

y los miembros heridos

rompe el aire a bramidos:

yo la llamo cruel; ella lo ignora;

la una le castiga; otra le llora;

él la muerte se intenta:

y en aquesta de amor fiera tormenta

quedé ciego piloto

a quien libró piadoso leño roto,

que se le niega el mar, mas no el espanto

porque se anegue en ondas de su llanto.

Pag. 60

56

Cadmo.

¡Ah, fiera enemiga mía!

¿Hasta cuándo, rigurosa,

más puede, más, que el ser Diosa

en ti mi fortuna impía?

Deja, deja los rigores

aunque no te hayas vengado,

pues te ha la suerte quitado

en que libres tus ardores.

Ya pues tu altivo desdén,

que a Acteón llega a matar,

¿contra quién se ha de vengar,

(dime, Juno) contra quién?

Y tú, infeliz, transformado,

aquésto es lo que esperaste

de la caza, pues te hallaste

por ella precipitado.

¡Diosa, dime, en qué razón

cabe (o es la injuria vana)

que la culpa de una hermana

pague una generación!

Pero yo en quejas veloces

por la afrenta recibida,

mientras me dure la vida

te llamaré injusta a voces.

Vase.

Polintia.

¡Qué modo de padecer

tiene de hallar la agonía

en mi amorosa porfía

cuando tal me llego a ver!

Es tan alto mi dolor

(oídle, prados amenos),

que la vida es mucho menos,

que la pena del rigor.

Dame, honor del firmamento

(en tan robusto penar),

modo en que pueda explicar

con mi llanto mi tormento.

Mas ya en mis venas parece

el que me ha escuchado el cielo,

pues toda me ocupa un hielo,

¡y el pecho se me endurece!

Conviértese en fuente con tal arte, que el agua de sus caños salga bien alta: y se da fin al segundo teatro.

Jornada tercera

Pag. 61

[Folio vuelto en blanco]

TEATRO TERCERO. FORMA TERCERA. LA DIOSA EN PROSERPINA. DIANA. Plutón. Júpiter. Cupido. Carón. Proserpina. Ceres. Venus. Zilana. Orfeo.

Pag. 62

[Página izquierda en blanco]

THEATRO TERCERO. FORMA TERCERA. LA DIOSA EN PROSERPINA.

[Línea ornamental]

PERSONAS. Plutón. Proserpina. Júpiter. Ceres. Cupido. Venus. Mercurio. Aretusa. Carón. Ziane. Orfeo en voz.

[Línea ornamental]

Pag. 63

La página izquierda (verso del folio anterior) está en blanco, viéndose únicamente la tinta traspasada.

Cenefa decorativa.

Descúbrese sin música el paño, que cubre el tercer teatro y aparece una barca negra sin remos por un río de aguas negras: y en ella Plutón, y Carón con barbas de viejo malformadas: y ha de estar todo en grande obscuridad.

Cenefa decorativa.

Plutón.

Ya surca el bajel sin remos

del Leteo el negro Ponto;

ya le festejan las aves

nocturnas con ecos roncos.

Naufragando estos raudales

ardientes, como espumosos,

las propriedades se truecan

río el fuego, el cristal rojo.

Este Leteo de olvido,

(adonde se pierde el gozo

ya de vista a la memoria,

Pag. 64

Plutón.

y ya de albergue a los dos)

qué quietamente que corre:

porque a ecos lastimosos

del sentir su propia pena

nada les sirva de estorbo,

aunque sea al despeñarse

de aquestos cerros breñosos,

porque del natural orden

se altera aquí el curso todo.

Ea, Caronte, ministro

de mi afecto, impele el golfo,

porque de aquestos raudales

me arroja un destino heroico.

Caronte.

Ya, Plutón, dueño absoluto

de todo el imperio umbroso,

te obedezco; mas advierto

que nos vamos poco a poco,

y no me dejes; que entiendo,

como el resplandor ignoro,

perderme en la claridad.

Plutón.

La luz jamás causó asombros:

mis pasos sigue, o mi aliento,

pues sube caliginoso,

si a turbar no, el aire en sombras,

a ocultar el sol en soplo:

mas ¿quién en la luz se pierde?

Caronte.

Del sol el pájaro hermoso

se pierde en la noche, y della

los naturales abortos

en la luz, que la costumbre

es ley soberana en todo.

Plutón.

No dices bien, que la luz

es el natural más proprio

a quien las cosas respetan

por ser de todas adorno;

y contra naturaleza

el tiempo no es poderoso.

Y pues sabes que la sombra

se introdujo de otro modo

menos noble; y que a una antorcha

se cala el pájaro; como

a quejarse del horror

del oscuro calabozo

de la noche; aunque ya en ella

mire convertirse en polvo;

o por usar del valor,

que hace al riesgo muy hermoso;

o por ser como el que nada

Pag. 65

Plutón.

huyendo el fatal destrozo

en medio del mar, que tierra

busca en el piélago undoso;

y así naufragio en la luz

no esperes.

Caronte.

Yo bien te oigo:

mas sin ese inconveniente

¿cómo se ha de salvar otro?

¿cómo han de pasar las almas

(mientras faltamos nosotros)

al infierno?

Plutón.

Que se esperen.

Caronte.

Por imposible lo noto;

pues para ir uno al infierno

nadie se va poco a poco;

que el venir acá despacio

es condenarse a lo sordo.

Plutón.

Deja esas vanas quimeras:

¿no miras los negros troncos

que el Peloponeso encierra?

¿y que este sitio da abrojos

en vez de flores, y que ellas

son áspides venenosos?

¿No miras entre esos montes

tantos formidables monstruos,

que solo se escuchan quejas,

que solo atiendes sollozos?

¿siendo naufragios horribles

lo que estás sintiendo solo?

¿y que el ambiente del aire

(denso con el humo, y rojo

con el fuego) se acredita

también de mar proceloso?

Mas ya (gracias al afán)

penetro rumbos ignotos;

ya en vez de lúgubres voces

acentos oigo sonoros;

y en vez de vientos horribles

me lisonjean Favonios:

o ya naufrago la luz,

o ya el horror no conozco,

que al desmentirme deidad

no es mucho se mude todo.

La barca (que está a la vista, negra y sin remos) se volverá apareciendo con remos, y en el modo ordinario. El teatro quedará claro: y los tornos (que por el un lado con el velillo negro harán al Leteo) se volverán por el otro, y le harán cristalino. Prosigue.

Pag. 66

Plutón.

En fragancias de azucenas

se mira el céfiro undoso,

y el ámbar de los claveles

el aura respira a soplos.

Ya campos Elíseos huello,

ya objetos amables toco:

¡feliz lugar del descanso,

salve, oh templo del reposo!

Mas o me engaño, o ya surco

del Erídano los golfos;

que estos bosques afortunados

siempre los cruza en arroyos.

¿Qué dices, Carón amigo?

Carón.

Plutón es lo que yo noto:

que no quiero el ser barquero

deste río por del otro:

pues los que a este sitio vienen

siguen un camino solo,

que es obrar bien; y a mi oficio

lo vario le hace vistoso;

pues lo nunca imaginado

siempre están viendo los ojos.

Plutón.

Arriba el barco a la arena.

Carón.

Tus pensamientos ignoro:

Folio 61

Desembárcanse y dicen desde arriba.

Plutón.

Pues en tierra estamos, sigue

mis pasos no temeroso,

porque has de guiar un carro,

que en aquel florido soto

está; por señas, que tira

dél un dragón espumoso.

Carón.

Mi rey eres; mas ¿por qué

me haces cochero y piloto?

Déjame un rato siquiera,

que no parezca demonio.

Cesan, ocultándose a la vista; y salen al teatro Cupido de bandolero, y Venus de cazadora, con arco y flechas, cada uno por su puerta.

Cupido.

Bandolero de la vida

soy, pues robar intento sus fervores;

y aunque fiero homicida

el corazón no hiero con rigores;

porque en él se ve luego,

que ignora la ruina, y siente el fuego.

Todo su rey me admira;

Pag. 67

Cupido.

el ardor más indómito obediente;

todo a mi gusto aspira,

el que raciona, anima, y el que siente

con amor verdadero,

o en afecto obligado, o desdén fiero.

Venus.

¿Quién vive sin recelo?

De cuando mi deidad no le sujeta,

siente el hombre el desvelo;

y al hombre y bruto le hace en mi saeta

guerra en un laberinto,

a uno la razón, a otro el instinto.

Cuanto surca los mares,

cuanto con plumas gallardea el viento,

Dioses me dan altares,

todos recelan el arpón violento

para que más asombre

el bruto, el pez, el ave, el Dios, el hombre.

Van saliendo al teatro.

Cupido.

De Proserpina bella

el desdén solicito cuidadoso;

haga pues mi centella

de que al intacto lecho admita esposo;

pues de días nupciales

la castidad enferma a los umbrales.

Conseguiré mi intento,

o serán nubes mis suspiros tantos,

que hagan otro elemento

y parezcan enigmas, sino encantos;

o que la noche fría

haya querido alzarse con el día.

Venus.

Plutón estará libre

en el opaco albergue, ni seguro

de cuando el arco vibre;

aunque se ampare del horrible muro,

pues mi fuerza invencida

más allá va del orbe de la vida.

¿Este acero perdona

al que veloz excusa mis amores?

¿al que fuerte blasona?

¿ni al que es adulación de los rigores?

No: que hiere se arguye

al que blasona, adula, y al que huye.

Cupido.

Proserpina mal entiende.

Venus.

Plutón mi gran poder no considera.

Cupido.

Y cuando esta me ofende,

Venus.

Y cuando mi deidad a aquel no altera,

Cupido.

ni conoce mi fuego.

Venus.

Ni del poder se vence, ni del ruego.

Pag. 68

Ya están en medio del theatro, y se conocen mirándose

Venus.

Aquí, deidad alada,

¿qué pretendes en estos horizontes?

Cupido.

Así (oh, madre amada)

penetro sendas, y discurro montes

por saltear la divina,

extremada beldad de Proserpina.

Tú en Sicilia, ¿qué quieres,

oh, más hermosa que la blanca Aurora?

Venus.

Quiero que consideres

cuántos mi pecho afanes atesora;

pues Plutón menosprecia

lo que venera Roma, adora Grecia;

nuestra deidad ofende.

Cupido.

¿Tu culto (Venus bella) es profanado?

¿Y Plutón lo pretende?

¿Aquese dios nos ha menospreciado?

Venus.

Examine su ruina.

Cupido.

¡Ya me ofenden Plutón y Proserpina!

Venus.

Ella cogiendo flores,

al viento los cabellos esparcidos,

vuelan lisonjeadores.

Cupido.

Introducirme quiero en sus sentidos.

Vase.

Venus.

Estorbarte no intento.

Cupido.

Rendiraste, altanero pensamiento.

Veré si constante eres.

Corre una cortina, y véase en un prado con los cabellos sueltos al aire Proserpina haciendo un ramillete.

Cupido.

¡Oh hermosura peregrina!

¡Válgasme tú, Proserpina!

Levántase.

Va saliendo al theatro.

Proserpina.

¡Y a mí Júpiter y Ceres!

¿Quién eres, el que así intentas

conmigo usar de rigores?

¿Y alentándome fervores

mis dudas más acrecientas?

Cupido.

¿Quién juzgarás que haya sido

bastante a causar tal calma?

¿Ni quién a llevar tal palma,

sino un alado Cupido?

Yo soy yo; que quiere el hado

(más feliz en esta parte)

que viniendo a enamorarte,

salga yo el enamorado.

Aparecen en lo alto del monte Plutón y Carón, y dicen.

Pag. 69

Ocúltase a la vista Plutón.

Plutón.

Esta (Carón) es Trinacria

de aquesos tres Promontorios

llamada; del Lilibeo,

del Paquino, y del Peloro.

Prisión sirven a Tifeo,

el que a Jove poderoso

contra su escudo esgrimía

en vez de rayos sus ojos.

el que, si tal vez suspira

(centellas dando sus poros)

del fuego, del viento, y humo

tres veces es proceloso.

El Tirreno mar la baña;

y dividido en dos golfos

dos puntas de aquestas ciñe

una el Caspio, y otra el Jonio.

Allí se descubre el Etna

entre abrasados escollos,

horrible pompa del aire,

templo de la noche bronco.

Sicilia un tiempo fue Italia;

pero Nereo orgulloso

rompiendo el freno de arena

lo que era tierra hizo Ponto.

ese es el mar de Leandro:

mas en aquel prado hermoso

miro; sígueme Carón,

que luego lo sabrás todo.

Ocúltase también Carón.

Carón.

¿Qué novedad te apasiona?

estos afectos ignoro:

de tal suerte estás Plutón,

que dudo si te conozco.

Cupido.

Deidad, oh amor, bien se ve

en tu casto resplandor,

que se te debe en rigor

lo que a mí se me da en fe:

solo en tal caso no sé

cuánto el pecho determina;

tu amor al amor inclina:

luego se ve entre los dos,

que pues tú le vences Dios,

más eres tú Proserpina.

Con ese claro arrebol,

con esa hermosura bella

si al amor le haces estrella

es estrella de tu sol:

yo te sigo girasol,

que estoy viviendo a tu ruego;

Pag. 70

Cupido.

tus luces usurpo; luego

si ellas faltaran en ti

se viera el efecto en mí

como causa de tu fuego.

Brille ese lucido albor,

densa niebla no le estorbe;

porque si no, todo el orbe

se ha de quedar sin amor:

crecerá luego el rigor;

aunque aquese es fin segundo;

que bien Proserpina fundo

admitas con Majestad

lo que se hace a ti Deidad,

y hace beneficio al mundo.

Proserpina.

¡Oh cómo siente mi vida,

que a hacerla vienes penar,

pues la llegas a matar

con una tan suave herida!

Amor, eres homicida,

bien tu trato es el testigo;

y yo a probarlo me obligo,

pues dulce llegas a herir,

porque nadie sabe huir

del que mata en fe de amigo.

65

Estando así Proserpina, y Cupido a un lado del teatro; salen por la otra puerta Plutón, y Venus; ella como apuntándole con el arco; y él como asombrado de ella.

Plutón.

Deidad, asombro, o quien seas

suspende el arco al flechar,

que si vienes a matar

ya tienes lo que deseas.

¿Quién eres tú, o instrumento

del más altivo poder?

que natural viene a ser,

aunque obra como violento.

¿Quién eres fiero enemigo

del bien, y de la razón?

pues al infernal Plutón

le haces la guerra contigo.

Ya que un Dios llega a penar,

mitígale los enojos,

pene de mirar tus ojos,

y no de verte flechar.

Aparte.

Cupido.

¡Oh cómo Venus me entiende!

Venus.

Plutón, si deseas saber,

quién te ha llegado a vencer

Pag. 71

Venus.

con este disfraz, atiende.

La Diosa yo soy, en quien

más se acrisola el fervor,

adonde todo es amor,

donde se ignora el desdén.

De quien se ha vencido hoy

tu altivez jamás presuma;

Venus, hija de la espuma

rizada del mar, yo soy.

Cupido aquel niño en sí

también este oficio tiene;

la materia me previene,

pero yo la cebo en mí.

Él con voces dulces llama;

mas yo con desasosiego:

él comienza a dar el fuego,

y yo levanto la llama.

Advierte pues la destreza

cómo llegamos a ser:

él se conmuta en mi ser,

y yo en su naturaleza.

Uno pues somos los dos,

en él yo, cuando fiel

estamos; pero en mí él

absoluto como Dios.

De ambos en uno el intento

conocerás con verdad;

suyo es lo que es suavidad,

y mío lo que es tormento.

Y así, pues que ya has sabido

nuestro oficio, nuestro ser;

pues me llegas aquí a ver

sabrás ya a lo que he venido.

Plutón.

Ya conoce Venus bella

mi pecho vuestro blasón;

ya lo dice el corazón

abrasado en tal centella.

Ya no pronuncia el acento

cuanto se llega a sentir;

ya no puede persuadir

la voz, como el pensamiento.

Ya en el conseguir me tardo

lo que se llega a querer;

y en viniéndome así a ver,

ya me aliento, y me acobardo.

Ya el deleite me enajena

el pecho, ya en él se abrasa;

y ya me ignoro, pues pasa

Pag. 72

Plutón.

tiempo de gozo la pena.

Míranse Cupido, y Venus.

Proserpina.

¿Hasme de tornar a ver?

A Venus.

Cupido.

Sí haré: ya sobra el afán.

Venus.

Sí, que pues juntos están

no somos ya menester.

Éntranse Cupido, y Venus cada uno por su puerta, y quedan solos mirándose Plutón, y Proserpina.

Plutón.

¡Qué tan extraña belleza!

Proserpina.

¡Este es humanado horror!

Plutón.

¡Trofeo es tuyo, niño amor!

Proserpina.

¡Pasmo es de naturaleza!

Plutón.

¡Cómo da vida a las flores!

Proserpina.

¡En lo inculto proporción

tiene!

Plutón.

¡Venza mi pasión!

Proserpina.

¡Mitíguense mis ardores!

Plutón.

Hablarla he determinado.

Proserpina.

El huir dél aun no advierto,

aunque en aguardar no acierto.

Plutón.

Escucha, deidad del prado.

Esa admiración no estorbes;

(¡siempre es bien la admiración!)

y más al ver a Plutón,

a Plutón, dios de otros orbes.

Y la atención prevenida

diré yo con tu licencia,

que es bien corta la obediencia

mientras que dura una vida.

Reino te espera inmortal

si es que mi afecto te inclina;

que estrecho es a Proserpina

un imperio temporal.

Deja a Sicilia, que moras,

por este nuevo hemisferio;

adquirirás un imperio

sin que conste de las horas.

Serás reina, cual ninguna,

y lucirá tu farol

sin que dependa del sol,

ni del curso de la luna.

Más poder (y bien lo arguyo)

entre el gemir, y el llorar,

que entre el regir, y mandar

será, Proserpina, el tuyo.

Aquí en diversos intentos

Pag. 73

Plutón.

el mandar de un Rey se advierte

mayor, en poder dar muerte,

y allá en aliviar tormentos.

Y si estos puntos se ven,

la distancia es desigual;

pues uno se inclina al mal,

y otro se endereza al bien.

El bien se mira en mi Reino;

en la tierra la aflicción:

mira tú pues sin pasión

cuál es tierra, o cuál infierno.

Y si es donde es el penar,

donde aqueste llega a ser;

bien podrás ya conocer

en cuál parte viene a estar.

Y si el infierno se entiende

con tormentos infinitos

donde se pagan delitos;

aqueste discurso atiende.

Bien es evidente indicio,

que lo que uno mal obró,

cuanto en cometello erró,

que lo paga en el suplicio.

Virtud es el padecer;

pues llega a considerar,

si es menos mal el penar

el mal, que el llegarle a hacer.

No la tierra se disculpa,

ni mi Reino se condena;

uno padece la pena,

y otro comete la culpa.

El que es mejor del indicio

juzgue tu solicitud,

donde se obra una virtud,

o donde se ejerce un vicio.

Y así admite con piedad

(pues que tu afecto merezco)

este Reino, que te ofrezco

de tan buena calidad.

Proserpina.

Si vengo a considerar

próvida tu ofrecimiento,

miro, que cumple tu intento,

pues no tienes más que dar.

Si los quilates de amor

me detengo a conocer,

llego entonces a entender,

que me das todo el fervor.

No a dejar el sol me inclino;

Pag. 74

Proserpina.

ni resuelta estoy a amarte;

y en el seguirte, o dejarte

a nada me determino.

Quiere la deidad alada

en tal modo sujetarme,

que sin llegar a inclinarme

me tiene ya enamorada.

Plutón.

No parece verosímil.

Proserpina.

¿Por imposible lo ves?

pues porque veas si es

posible, mira este símil.

Canta con dulzura suma

el cisne suave al rigor;

y si clarín es de amor,

también es Orfeo de pluma.

Disfraz halla su agonía

para mejor aplaudir;

quédase con su sentir,

y muestra la melodía.

Tal usa por huir su mal

en modos tan cortesanos,

que ¿harán los pechos humanos,

si esto hace lo irracional?

Festeja el bello arrebol

del cielo en tantas porfías;

y aunque le matan sus días

aqueso es matarle el sol.

Ese luminar, que dora,

fuera ingrato a ser posible;

mas le hace un imposible

dar muerte a quien le enamora.

De la voz aficionado,

y del modo del penar

si se llega a enamorar

no se da por inclinado.

Hay en sentido perfecto

diferencias (bien lo ajusto)

en lisonjear el gusto,

y en conmover el afecto.

Llegan dos tiempos a ser

en el discurso, que sigo;

uno de cumplir consigo,

y el otro de no poder.

Deidad mira a su respeto

el sol, que es mejor razón

el callarse una pasión,

que el descubrirse un defecto.

El ejemplo hallas visible

Pag. 75

Proserpina.

procurando enamorarme,

que yo no llego a inclinarme

por si no hallo otro imposible.

Plutón.

Miro Proserpina hermosa

que el juzgarte enamorada

sin darte por inclinada

es prueba dificultosa.

Porque de la misma acción

(supuesto, que es verdadera)

atenta se considera

de estos tiempos la razón.

Lisonjeada verdad

es el pecho de la vista,

primero allí se conquista

inclinar la voluntad.

De la razón desconfío

con que me quieres vencer;

porque amor no puede haber

sin moverse el albedrío.

Si él no se mueve en rigor

¿cómo podrá enamorarse?

luego sin el inclinarse

¿quién dirá que tiene amor?

Pero alientos, que me animan

de tu esposo, y de tu amante

dame un favor semejante,

los Astros lo determinan.

Proserpina.

No puede excusarse el hado;

pero luego en muda fe

Plutón yo te le daré,

que en él se haya decretado.

Plutón.

El favor es sospechoso

en la misma voluntad,

parece necesidad

el concederle al esposo.

Y en mi amorosa pasión

juzgaré por más bien mío

el gozar de tu albedrío

que no de tu posesión.

No te parezca violento

esto en el mismo querer;

y si lo quieres saber

dígalo este pensamiento.

A un merecer infinito

querer privarle es error;

mejor se logra un amor,

que se comete un delito:

no la fortuna limito

Pag. 76

Plutón.

del escusar el tormento;

cierto es del hado el intento;

y quien le pretende grato

no empiece a llamar ingrato

al que gusta ver contento.

Y ya el propio confiar

es el que hace agradecer,

y la duda de un placer

aún hace cierto un pesar:

siempre más se ha de estimar

la fe de correspondido;

ni quien tan ingrato ha sido

viendo templado un desdén,

que no proceda más bien

obligado, que ofendido?

Proserpina.

Bien sé en tu conocimiento,

que eso fácil no ha de ser;

y así he de satisfacer

a tan sutil pensamiento.

Quien con rara presunción

el favor ha anticipado,

ignora, que aún es gozado,

cuando llega su baldón:

Siempre más es la opinión,

que ha de guardarse, y temerse;

demás, que no ha de ponerse

en cómputo de estimarse

la duda del arriesgarse,

con la gloria del vencerse.

El favor no se limita

por no hacer común el trato;

pues que le quita de ingrato

la ocasión, que solicita:

en fin, quien se precipita

de esperanza, que al perderla

verá, si debe temerla;

porque se arriesga el honor:

que nadie ajada una flor

llegó jamás a cogerla.

Plutón.

Luego pretendes luego

dudando mi afición,

moderar mi pasión,

y templar tanto fuego.

Muestras de mi pena doy;

y pues tal me presumí,

ya de lo mismo, que fui

aún el retrato no soy.

Que me falte mi bosquejo

Pag. 77

Plutón.

¿cómo puede suceder?

ser lo que dejé de ser

no es dejar de ser mi espejo.

Ya mirarme así he llegado

en esta confusión tal,

que ni soy mi original,

ni parezco mi traslado.

Brote pues la indignación,

pues son tantos sus afanes;

y en repetidos volcanes

esté ardiendo la pasión.

Y pues que volcán consiento

llamar lo que el pecho ama;

mi vista te dé la llama,

y mis suspiros el viento.

Tanto exhalado vapor,

que vomitan mis enojos

enciéndase ya a mis ojos,

y no al Planeta mayor.

Conque esta región, o seno

cause (en más fatal desmayo)

con cada mirar un rayo,

con cada gemir un trueno.

Y pues que Plutón se ve

airado, nada le estorbe;

y sea el terrestre orbe

la duda de lo que fue.

Aparte.

Proserpina.

¡Cómo recelo algún mal!

Aparte.

Plutón.

¡Cómo estoy viendo mi daño!

Aparte.

Proserpina.

¿Si procura algún engaño?

Aparte.

A ella.

Plutón.

¡Ya mi pena es desigual!

En fin, ¿que no has de quererme?

Proserpina.

Ya no podrás agradarme.

Plutón.

¡Oh, cómo piensas burlarme!

Aparte.

Proserpina.

¡Qué admirada llego a verme!

Plutón.

¿Que no hay medio entre los dos?

Proserpina.

¿Para qué, Plutón, le esperas?

Plutón.

Pues si no le consideras,

esto es usar del ser Dios.

Arrebátala en brazos, y éntrase con ella; y van diciendo desde adentro.

Alza la voz.

Proserpina.

¡Plutón! (que atrevido adquieres)

suspende el loco furor,

que no se fuerza al amor;

¡piedad, Jove, favor, Ceres!

Dentro.

Plutón.

No mi acción, mi afecto acusa.

Pag. 78

Alza la voz.

Proserpina.

¿Cómo en bárbaros intentos

no te apiadan mis acentos?

¡Favor, Ciane, Aretusa!

Plutón.

El carro prevén, Carón.

Salen Ciane y Aretusa, ninfas de dos ríos, admiradas, cada una por su puerta, y Carón responde dentro.

Carón.

Ya a tu obediencia le tienes.

Aretusa.

Quejas, Diana, previenes.

Ciane.

Voces de la ninfa son.

Aretusa.

¿Qué es lo que habrá sucedido,

pues Diana se lastima?

Dentro.

Carón.

Dejemos aqueste clima.

Ciane.

¿Qué novedad habrá sido?

¡De quejas se puebla el viento!

Aretusa.

Rásgase el aire a suspiros,

y entre el horror de luz, giros

asombran más que el acento.

Ciane.

Mi sospecha no es muy vana.

Aretusa.

Recelo alguna ruina.

Ciane.

La que llora es Proserpina.

Aretusa.

La que se queja es Diana.

Ciane.

¿Quién conociera el rigor,

Folio 73r

Aretusa.

quién advirtiera el fracaso,

Ciane.

para ayudarla en tal caso,

Aretusa.

¿para mostrarla favor?

Descúbrese arriba, al son de clarines, por encima del monte un carro triunfal de negro y oro, de quien tira un dragón, y Carón como cochero a caballo sobre el dragón; y en el carro dos sillas en modo de trono, y en ellas sentados Plutón y Proserpina.

Proserpina.

Ninfas de aquesos raudales,

¿no miráis el robo atroz?

Del carro el curso veloz

estorben vuestros cristales.

Plutón.

¡Ea, valiente Carón,

da rienda al bruto fogoso!

Carón.

Ya el animal espumoso

conoce mi agitación.

Aretusa.

¡A Ciane!

Ciane.

¡A Aretusa!

Ambas de los dos lados del teatro.

Pag. 79

Aretusa.

¿Ves a Proserpina hermosa?

Ciane.

¿Y tú a Diana, tu Diosa?

Aretusa.

Nuestro favor no se excusa.

Van las dos subiendo por dos tramoyas poco a poco: y han de estar las tramoyas a los dos lados del teatro enfrente una de otra.

Ciane.

Ya inundo con mis cristales

el prado.

Aretusa.

Ya su ligera,

infame, altiva carrera

estorbo con mis raudales.

Sale Ceres por el teatro confusa.

Ceres.

¿Qué dios nocturno, infernal

a tal acción se ha atrevido?

¿Qué ninfa robada ha sido?

¿Quién pensó escándalo tal?

Mas si advierto la atención,

que el robo saber desea,

la ninfa no sé quién sea,

mas aquel dios es Plutón.

Ciane.

Carón ya se mira errante.

Aretusa.

Ya aquestas sendas ignora.

Plutón.

¿Qué te detienes ahora?

Carón.

Que me veo naufragante,

temo, Plutón, nuestra ruina.

Levántase.

Plutón.

Tiémblese mi indignación.

Levántase.

Proserpina.

¿Qué es lo que intentas, Plutón?

Plutón.

Ya lo verás, Proserpina.

Da Plutón con un tridente (que ha de traer en la mano) en el monte; y ábrese, y húndese el carro con Carón: y Ciane, y Aretusa (que estaban en las tramoyas) se hunden al mismo tiempo, que el carro.

Espantada.

Ceres.

¿Qué es lo que escuchando estoy?

¿Qué es lo que a Plutón he oído?

Proserpina es la robada,

¡valedme, influjos divinos!

Donde se afija lo errante,

y es dócil todo lo fijo;

Proserpina, el claro espejo

(en que afectuosa me miro),

aliento infernal le empaña;

Pag. 80

Ceres.

¡venza un abismo a otro abismo,

si como es capaz la pena,

lo es también el pecho mío!

A suceder la desdicha,

a dar la nave en el risco,

a vedar la nube al sol,

y a la flor el hielo frío:

¡ay, para un daño un remedio,

para una pena un olvido,

para un ahogo un consuelo,

para un pesar un suspiro;

y para todos los males

el haber ya sucedido;

y solo para mi mal

es no tener albedrío!

¡Y así es tanto mi tormento,

mi dolor tan excesivo,

que de mi pena no sé,

porque de mí aún no he sabido!

Desde que la oí robada

(con qué pesar lo publico;

con qué aflicción lo pronuncio,

y con qué afecto lo digo!),

admirada me confundo,

desatinada me aflijo;

y entre la vida y la muerte

ni sé si muero, o si vivo;

¡y me desmiento deidad

en lo mismo que imagino!

La congoja es la que mata,

y ahogando el dolor indigno,

si la causa me consiente,

¿por qué el efecto no admito?

Todo pues aquesto junto

hallo en un sujeto mismo;

pues muerta estoy a la vida,

y viva estoy al martirio.

Y así sin vida y sin muerte,

solo sin algún alivio

entre el vivir y el morir

¡me quedan los parasismos!

¡Plutón atrevido ultraja

de mis ojos el aliño;

y Ceres se enoja! ¿Cómo

no se falsean los riscos?

Ceda al enojo el consejo

en la parte del arbitrio;

pero en la de la venganza

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Ceres.

sea ella lo que respiro.

En indignaciones ardo,

del furor nada remito,

porque el usar de piedad

no es oficio del vencido.

Por culpa de un hombre airada

Palas no fue, la que hizo

ocaso de tanta armada,

de tanto esplendor argivo,

dando lisonjas del viento

en sepulturas de vidrio.

¿A las reliquias de Troya

Juno con ardor impío

en huracanes opuesta

no hizo chasquear los pinos?

Pues yo (reina de los frutos,

que hallé en Sicilia el opimo

grano dorado, y es mía

por tan grande beneficio),

¿yo, hermana y mujer de Jove,

tal consiento, tal admito?

¡Bajaré al oscuro reino

de funestos laberintos,

que las llamas de mis ojos

me enseñarán el camino;

y de sus cavernas toscas

(a pesar de su rey mismo,

y aunque todo se conjure

contra mi amor excesivo)

traeré libre a Proserpina

de lóbregos precipicios,

para que viva feliz

edades largas conmigo!

¡Mas no, que al padre supremo

(que truena desde el Olimpo)

me quejaré, y él hará

de su justicia el oficio!

Entrase Ceres, y luego se volverá el teatro del modo que al principio desta jornada; y por la otra puerta (que por la que se entró Ceres) saldrán Plutón y Proserpina, él con una hacha negra encendida.

Plutón.

Aqueste, ninfa, el eterno

albergue de sombras es;

estas cavernas, que ves,

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Plutón.

palacios son del infierno.

Aquesa maleza bruta

(bien el horror nos enseña)

mi alcázar es esa peña,

mi tribunal esa gruta.

No juzgues, no, tu ruina,

suspende la admiración;

que ha dividido Plutón

su imperio con Proserpina.

Proserpina.

Bien el amor agradezco,

que tan grande en ti se ve;

lisonjas, que son en fe

de lo que no te merezco.

Pero como el resplandor

mi vista aun no desperdicia;

dame, Plutón, la noticia

deste lugar del horror.

Plutón.

Mi voz a decir se apreste

lo que adquiere en tu obediencia;

y pues que me das licencia

oye, que tu reino es este.

Este imperio de términos fatales

el sueño es de la vida, no el incierto;

que siendo dulce alivio de los males

se la recibe el hombre de estar muerto:

el centro más posible a los mortales

adonde las delicias toman puerto,

sí, que es este lugar; y a más porfía

parasismo del sol, ansia del día.

Entre ese horror, que congeló el espanto,

entre esa niebla, que engendró el Leteo

con mayor confusión, con ardor tanto

vislumbres repetirse a veces veo:

sin dejar de sentir se veda el llanto

de los Manes impuros al deseo,

por si es luz, que sus ojos examina,

y luz es, que no dora, y que fulmina.

Ya has hollado soberanamente

las sendas ignoradas del contento,

adonde es el cuidado indiligente,

y adonde el padecer no es escarmiento:

la pena solo no es indiferente

aquí, ni es vanagloria el sufrimiento;

todo es el todo al mal, causa desmayos

sin vapores, y sol forjarse rayos.

Al verme sin esposa yo entretanto

vencido estaba de mi afecto altivo;

y en tan alto sentir, y en tal encanto

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Plutón.

solo vivía mi dolor activo;

ardía el corazón, y con mi llanto

procuraba aplacarle, y el más vivo

ardía con el agua, en que me anego,

que hasta en mí son las lágrimas de fuego.

Si quieres ver el que es quien te enamora,

deste Dios infernal el ser profundo

mira en el sol, que engendra en lo que dora,

y que es la causa de aumentarse el mundo:

pues todo lo que cría, y que atesora

lo goza apenas; ya este seno inmundo

se remite después, que a tal cosario

el Planeta mayor le es tributario.

Si mi valor el móvil de los cielos

no arrastró introduciendo mis centellas;

negar el sol sus rumbos paralelos;

a la noche faltar sus luces bellas;

romper del cielo los azules velos,

desquiciar de su sitio las estrellas

con estrépito grande, ni he causado

por no hacer mi poder tan limitado.

Si doy un desahogo al sentimiento

con la profunda causa de un gemido,

naufraga de alquitrán ese elemento

el bajel de mis ecos sumergido:

inquietarse el raudal, turbarse el viento;

y si verlo pretendes reducido

todo a no más de un límite; es de modo,

que un cadáver haré del orbe todo.

Esa montaña, que ese mar combate,

y rienda es a sus ímpetus, no poca;

haré que en tantos flegras se desate,

que sea esfera de fuego, más que roca:

esa (que espadas de cristal rebate,

y de un cristal, que abrasa lo que toca)

haré, que exhale horrores; y que luego

los piélagos del mar se sorba el fuego.

Proserpina.

O se engaña mi sentido,

o de un acorde instrumento

la armonía dulce siento,

voz sonora es la que he oído.

Plutón.

Qué voz será, que en destreza

llevada tan superior

aun duda si hace el primor

aparte naturaleza.

No se frustra mi deseo,

que la melodía tanta

es de Orfeo; y pues que canta

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oye Proserpina a Orfeo.

Canta dentro Orfeo.

Orfeo.

La primer vez, que en el prado

se vio teñido el jazmín,

y de fragrancia de nieve

pasó a prestado rubí:

fue con sangre de tus venas;

yo (bella esposa) lo vi,

la respiración a pausas,

los rigores mil a mil.

El áspid (que ya pavesa,

si pavesa de marfil

tu cuerpo hermoso causó,

también lo llegó a sentir.)

Muerto de rigores bellos

a ti, y a él os presumí;

a él feliz de desgraciado,

y a ti de hermosa infeliz.

Cesa de cantar Orfeo: y prosigue Proserpina.

Proserpina.

Ya no se oye, o ya no sigue

a la harmonía el acento;

y así Plutón en tu intento,

y en tu descripción prosigue.

Plutón.

Mira de las tres Furias infernales

el pórtico adornado del Averno;

cuya hermosura, y perfecciones tales

aun de horror sirven hasta al propio infierno:

vibrando está su vista a los mortales

con repetido fuego, ardor eterno;

cuyos cabellos son en tortuosas

culebras, ondas de oro procelosas.

Cuanto este centro de la tierra abarca;

que es bien le tenga en sí la propia tierra;

porque el estambre advierta de la Parca,

y de atención la sirva en lo que yerra:

Todo me está aclamando su Monarca;

ya en la paz (que aquí es paz la poca guerra)

desde el Cerbero en el trifauce estruendo,

hasta de Radamanto al juicio horrendo.

Mira la Estigia en orbes procelosos

conocidos raudales de Caronte:

mira por otra parte en los undosos

piélagos despeñado ya Flegonte:

no ves allí los mares tenebrosos

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Plutón.

en que ardiendo se arroja el Aqueronte;

el Aqueronte, cuyas fuertes manos

contra Jove ayudaron los Titanes.

De la noche el lugar determinado

caliginoso centro mira aparte;

de donde el manto negro, si estrellado,

a los humanos ojos se reparte:

esta es aquella que introdujo el hado;

el hombre feliz fuera al ignorarte;

pues si faltara tu presencia fuerte

no naciera de ti luego la muerte.

Si el cóncavo pretendes ver umbrío,

donde la muerte yace, no al espanto

atiendas del lugar, no al muerto frío,

ni al que es sin el sentir causa del llanto;

no a la guerra incesable, al ardor frío,

no al vale postrimero; sino en tanto,

míralo todo pues; que es el eterno

de la muerte lugar todo el infierno.

Con sombra de piedad ya te convida

el sueño, mas no entiendes sus rigores:

ese pirata de la media vida,

basilisco fatal de los verdores,

mas que no de agasajo, de homicida

sirve en tantos vedados resplandores:

pero no; que aunque en traje adusto y fuerte

rémora de la vida es en la muerte.

La rueda de Ixión mira volante

sin cesar, mientras Febo de la cuna

se sumerge en sepulcro de diamante;

rueda del hado, pero sin fortuna:

ya Sísifo te espera allá delante,

que en su mal no halla providencia alguna;

que hay males sucedidos con tal ciencia

donde estrecha se vee la providencia.

Ticio es aquel ligado eternamente,

que manjar sirve de un buitre fiero:

Tántalo el otro aquel, que diligente

no aprovecha su mal, ni consejero;

pues un árbol se huye de su frente;

y un raudal por dejarle es más ligero;

porque a su hijo en avarientos brazos

se le trinchó a los Dioses a pedazos.

Mira allí:

Sale Carón apresurado.

Carón.

Plutón, advierte.

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Plutón.

¿Qué novedad te ha traído?

Proserpina.

Carón, di, ¿qué ha sucedido?

A él.

Carón.

Ya se mitiga tu suerte.

Mientras Ceres de ti dice,

de su hija el robo atroz,

Mercurio (en curso veloz)

por ti viene.

Plutón.

Ya predice

al verme desconsolado

dentro del pecho la pena,

a que altiva se condena.

Proserpina.

Ir tengo siempre a tu lado.

Plutón.

Si tú has de ser el testigo

mío de cualquier tormento,

sígueme, que no le siento.

Proserpina.

Pues vamos, que ya te sigo.

Éntranse; y vuélvese el teatro como estaba de antes: y suena toda la música: y aparécense en tramoyas: primero un trono, y en él Júpiter; y en una tramoya Ceres algo más baja: y a los lados de Júpiter Cupido, y Venus; y dice Ceres.

Ceres.

Pues ¿cómo (oh Jove) permites,

cuando justicia repartes,

sea robada Proserpina

a la patria de los manes?

Proserpina, ninfa bella,

que en flores la erige altares

Sicilia; la que en un tiempo

bajel de arena fue errante.

Júpiter, ¿y favoreces

de la impiedad a la parte?

¿Qué se le reserva al daño

si la justicia tal hace?

Vuelva, vuelva Proserpina

de Alfeo al florido margen,

deidad del prado luciente,

de la perfección examen.

Pues si no se restituye,

Diana en el monte yace;

y vencedoras las fieras

harán triunfo las crueldades.

Ese planeta de avisos,

que rayos blancos reparte

por sus orbes transparentes,

negará el curso brillante.

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Suenan clarines.

Ceres.

Proserpina, Diana, Luna

todas tres en un dictamen

con pérdida de una sola

todas verán tal ultraje.

Mas ya me dice el estruendo,

que de centros infernales

Proserpina, y Plutón llegan.

Júpiter.

Ceres, tu afecto me aplaude.

Ábrese el teatro, y por bajo de él van saliendo; primero Mercurio; y luego Plutón, y Proserpina y Caronte, todos en tramoyas después de haberse tocado los clarines.

Mercurio.

Presentes a Proserpina,

y Plutón tienes delante.

Júpiter.

¿Cómo tuviste, Plutón,

atrevimientos tan grandes?

Venus.

No fue Plutón, sino amor

el que causó efectos tales.

Plutón.

Pues, señor, si Proserpina

ya de mi reino gustase,

que en femenil pecho el nombre

de emperatriz mucho vale,

y aunque sea en reino oscuro,

bueno es tener vasallaje.

Júpiter.

Pues, ¿cómo puede ser eso?

Cupido.

Porque es amor quien lo hace.

Proserpina.

Sí, que al pecho humano incauto

entre aplausos muerde áspid.

Ceres.

¿Y mi llanto, y mi congoja

se ha de quedar en tan grave

angustia?

Júpiter.

Ceres, no hará,

que este medio ha de tomarse;

para que ni a Ceres niegue,

ni tampoco a Plutón falte;

ya este respete marido,

ya aquella venere madre

Proserpina, mientras fuere

creciente; y llena se halle

en el cielo; y en el centro

infernal mientras menguante.

Suenan los clarines, y a un tiempo toda la demás música; y con toda ella suban en las tramoyas a lo alto Júpiter, y Ceres, Proserpina, Mercurio,