Texto digital de Teatros de Diana
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Teatros de Diana. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/teatros-de-diana.
TEATROS DE DIANA
Pag. 1
Cubierta del manuscrito. Encuadernación con una etiqueta que indica la signatura Mss 15068. Biblioteca Nacional de España.
Pag. 2
Vv 472
Mss. 15068
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Pag. 4
37
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[Portada del manuscrito] 30 LOS TEATROS DE DIANA POR Don Sebastián Montero Calvete Dedicados Al Excelentísimo Señor Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares. [Sello de la Biblioteca Nacional]
Pag. 6
V-412
30
1
LOS
TEATROS DE
DIANA.
POR
Don Sebastián Muñoz Suárez.
Dedicados
al Excelentísimo señor don Gaspar de Guzmán, conde duque de Olivares.
[Sello: Librería del Excelentísimo Señor... Adquirida por el Gobierno en 1869]
[Marca de agua: Biblioteca Nacional de España]
Pag. 7
Página izquierda en blanco con un sello de la Biblioteca Nacional y el texto de la portada visible al trasluz.
Sello de la Biblioteca Nacional.
AL CONDE DUQUE Don Gaspar de Guzmán, mi Señor. FORMA PRIMERA Excelentísimo Señor. Si a los cuidados de Vuestra Excelencia, en quien descansan los de la Monarquía, da lugar algún ocio; y si a mi deseo de divertirle un rato acompaña buena dicha; lograrase mi afecto; y Vuestra Excelencia, divertido de sus atenciones, verá a Diana a sus pies; donde conseguirá mayorías, que en las tres partes, en que fue conocida por Deidad. Suplico a Vuestra Excelencia mande, que se la lean; será el más aventajado premio de este papel, si no merecido por tan grande, no desmerecido alguno por no pequeño el afecto de poner con mis deseos mi persona, y accio- nes donde pongo a Diana; lugar de mi elección, y deuda común. Guarde Dios a Vuestra Excelencia como hemos menester sus criados. Don Sebastián Muñoz y Suárez
Pag. 8
Página izquierda en blanco con sello de biblioteca y texto invertido traspasado.
3
Teatro primero. Forma primera. La diosa en Luna.
Personas. Júpiter. Luna. Pan. Endimión. Mercurio. Deucalión. Siringa. Juno. Pirra. Temis en oráculo. Y toda variedad de música.
Jornada primera
Pag. 9
3
Suena antes de correrse el paño que cubre el teatro, ruido de mar, inundando la tierra, y dicen dentro Pirra y Deucalión, naufragando.
Piedad, Júpiter sagrado.
Piedad, cese tal destino,
si atributos de divino
vencen rigores de airado.
Repítese el rumor dicho.
A todos el mal alcanza.
Cese, o dirá la malicia
que ha pasado la justicia
su término, y es venganza.
Cesa.
Ya a un escollo el barco toca.
¡Más siento el estar penando!
que un infeliz naufragando
Pag. 10
halla por puerto una roca!
Deja el mar: sube esta sierra
(infausta Pirra) que el mar
para mayor fluctuar
nos ha querido dar tierra.
Y como cierta la muerte
sin dilatar el tormento
nos arroja ese elemento
a morir de nuestra suerte.
Oye, que música siento
dulce, que en el monte suena.
A mí tan solo mi pena
me sirve ya de instrumento.
Atiende al mar, qué rumor
de aves, que ya escucho, o veo,
¿Cuándo no pasó el deseo
(Pirra) plaza de favor?
Mas esta no es fantasía;
ya veo claros albores;
y como faltan las flores
se ríe consigo el día.
Córrese la cortina, que cubre el teatro con diferencias de instrumentos músicos: y aparece un monte: y arriba de él un globo de buena proporción; y Deucalión, y Pirra subiendo por este monte, que es el Parnaso.
Ya el Ábrego, y Bóreas son
escándalo solamente;
ya del horror lo eminente
huye al Reino de Plutón.
Ya el mar cede no triunfante
al límite de su seno:
ya el día en jardín ameno
el cetro empuña brillante.
Prosiguen subiendo el monte.
Según veo en la eminencia
de este promontorio, siento
que o es escala al firmamento,
o es el monte de la ciencia.
Este es el Parnaso, en quien
se libran nuestros consuelos;
donde estriba de los cielos
el repetido vaivén.
A Temis aquí ofrecida
sin ceremonias daré
Pag. 11
en agasajo una fe,
en sacrificio una vida.
Temis, la diosa bella
(oráculo por el sol)
sirviéndome de farol,
también me sirve de estrella.
Descúbrese un templo de la diosa Temis.
Salve, templo de la paz;
adonde contra el destino
este bajel peregrino
su diente puso tenaz.
Salve, oh tú, corona viva
del orbe, que entre fulgores
de rayos abrasadores
sacaste libre una oliva.
Salve, oh Temis, que a este roto
leño (entre fluctuantes
ondas) luces das brillantes
en vez de diestro piloto;
y celestes por tan bellas
le ayudan; para que asombres,
que el mar salió a buscar hombres,
y no a conquistar estrellas.
A ti (oráculo profundo,
que nada te dificulta)
Deucalión te consulta
¿cómo restaurará el mundo?
Oráculo de Temis responde.
Ha de ser obedeciendo.
¿A quién? que no he replicado.
Será a Júpiter sagrado.
Bella diosa, aun no te entiendo.
Eso es solo replicar
el quererlo conocer;
que tuyo es obedecer,
y de Júpiter mandar.
Di el modo; que en soberanos
acuerdos hacer intento,
que ignore mi entendimiento
lo que obrando estén mis manos.
Así lo quiere el gran padre:
piedras tú, y Pirra coged;
pero luego las volved
por el hombro a la gran madre.
Pag. 12
Mas parece, que replica
en mi deidad superior;
y que aplacado el rigor
Júpiter se comunica.
Suena la música, y ábrese el globo en modo de nube; y aparece en lo más alto Júpiter sobre una águila de oro: y a un lado (algo más bajos). Mercurio con dos alas en los pies, al uno: y Juno con un Iris a los pies, al otro.
Ya aquel ardor inclemente
se ha mostrado satisfecho,
sí, porque de un Dios el pecho
se conduele fácilmente.
Oráculo de Temis le responde.
Pirra aquí, y Deucalión
(que ver tu deidad merecen)
en sacrificio te ofrecen
abrasado el corazón.
Ya que Juno puso en medio
el Iris, su arco triunfal;
hallen alivio a su mal.
Pues ¿qué pretendéis?
Pirra y Deucalión responden ambos a un tiempo.
Remedio.
Aplacose mi pasión;
ya me tenéis condolido;
ya a vuestro mal doy oído,
decid, pues, Deucalión.
Bien satisfaces mi fe
mostrando tanta clemencia;
y así con la reverencia
debida obedeceré.
Desde la primera edad
del mundo, a quien más ilustra,
que el Dios, que la gobernó
el metal, que la dibuja
hasta la cuarta, en que andaba
la malicia en tanta altura,
que no hallando más posible
ella se hizo su tumba.
Cuando montes sobre montes
juntando aleves, robustas
Pag. 13
fuerzas de aquellos Gigantes
guerra hacían, sino injuria
a los Dioses; que a los Dioses
se atreve la infausta cuna
del nacer; si ya el que nace
su propia maldad fluctúa.
Allí de Júpiter sacro
tronó la voz; y se argüya
temblar la tierra, y que en ella
hizo Gigantes roturas.
Y del fuego fulminante
usando, y dando las puntas
en los rebeldes; sus peñas
les sirvieron sepulturas.
(Cuando el ejemplo no basta,
tampoco sobra la furia,
si al obrar de una piedad
un escarmiento se excusa.)
No cesó pues la malicia;
la virtud sí; que se impugna;
y en el piélago del mundo
el bien se anega, el mal surca.
Velas corre a la esperanza
la ambición, y más se ofuscan
la envidia, y la ociosidad,
que a la omnipotencia acusan.
Que el orbe se anegue en agua
de la celestial consulta
salió; y apenas lo quiere
Júpiter, y se ejecuta.
En esferas se desata
la esfera; y entre las lluvias
los resplandores del día
la sombra o aja, o enturbia.
el mar al cielo se encrespa;
el orbe se dificulta;
la Águila Imperial naufraga;
el Bruto real se espeluza;
Ladra tristemente el can;
gime el Oso; el Lobo aúlla;
el Tigre, y el Elefante
uno se encoge, otro bufa.
Inunda la tierra el mar,
Neptuno el tridente impulsa;
los montes se abren; Nereo
entra por sus aberturas.
Todo se intenta la muerte;
brame el eje; el Ponto cruja:
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todo a su caos primero
parece que se apresura.
¿Tan hermoso es el no ser?
¡Violencias, que se confunda
todo, y que al horror la luz
parece que le tributa!
¿O es ya que la noche al día
con servidumbres le opugna?
(¡fiero asombro!) el mal ofende
aun antes que se consuma.
Último ocaso da el mundo;
pues que los cielos se enlutan,
y lo que en Pontos se llora
orbes de rayos enjugan.
Al brillar del sol cadáver
siente el cielo, no se frustra;
y con repetidos fuegos
ciega en lo mismo que alumbra.
Quien por guarecer la vida
se da a un bajel, que ave surca,
aunque el Austro briosamente
le arranca todas las plumas.
Quien entre el miedo y la vida
uno teme, y otro duda;
y en su pensamiento se halla
el ocaso que le busca.
Quien de una torre se ampara;
quien una sima le oculta,
y uno se fulmina en agua;
cuando otro en fuego se inunda.
Éste hace remo a la vida;
de la muerte aquél se ayuda;
a éste lo que se anima;
al otro lo que se ocupa:
a unos por su arrogancia,
cuando a otros por su excusa;
el mar, el fuego, la tierra,
y el cielo les apresuran.
Ninguno el límite huye;
la piedad a nadie excusa;
todo es horrores el día;
el hado nada exceptúa.
Todo se intenta su fin,
y todo al fin se repugna;
que todo es mar, nada tierra,
todos mueren, nadie triunfa.
Entre mortales sorteos
con qué lástima se anuncia,
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que al parasismo del día
nocturnas aves saludan.
Ya al naufragante vagel,
(que sepulcro en las espumas
se apercibe) le arrebatan
del Euro, y Noto las turbas;
Ya el mar le sorbe en su seno;
ya una onda le sepulta;
ya otra al cielo le erice;
¡cuánto un infelice dura!
Ya Tritones, y Delfines
navegan las espesuras;
y ya las proas naufragan
cuanto los arados surcan.
Ya fue un escollo al Piloto
puerto, pero no ventura;
¡que de un infeliz la estrella
se transforma, y no se muda!
Piélagos de montes de agua
suben con violencia suma;
si a escalar no el firmamento,
a apagar las luces puras.
Brama el Aquilón airado;
el Áfrico guerra anuncia;
Júpiter truena; los Dioses
ardientes llamas divulgan.
¡Y de las partes opuestas
los vientos cómo se cruzan!
la primer vez, que los males
para matar no se aúnan.
Mas ya en el piélago grande
nadie con la muerte lucha,
ningún nadador parece
que nada al morir se oculta.
Solo a mí, y Pirra nos deja
el mar para más fortuna;
que solo un Júpiter hace
se olvide la desventura.
Y cuando no está del cielo,
¿qué importa que el daño se huya,
si al fin ha de suceder
lo que los Dioses consultan?
Ni el que se quiebren los remos,
ni el timón, cuando se turba,
ni el que a las ondas del lado
la quilla si se trabuca;
ni el que gima; y ambas palmas
(en que se lee la figura
Pag. 16
de mi suerte) vuelva al cielo
a que de nuevo se fundan.
Nada a matar es bastante;
ni aun todo cuanto se junta;
que nadie muere del daño
como de la estrella suya.
O fue como ya mi pecho
no mostró altivez alguna,
ni quiso oponerse fuerte
a la inclemencia robusta.
Y así (oh Júpiter sagrado),
si la más firme columna
de tu solio es la piedad,
¿sin hombres cómo la usas?
A ardores casi aplacados
el amor les sustituya:
flores dé otra vez la tierra
pues con ellas te perfuma.
Vuelvan otra vez las aves
a adornar con su hermosura
el aire, porque te sirva
el Águila siempre augusta.
Aquel farol luminoso
(que da vida en lo que lustra)
contigo a vivificar
el mundo otra vez concurra.
¿La soledad de los Dioses,
de los ríos no la escuchas?
¿Quién te ha de ofrecer incienso
en aclamaciones mudas?
Si tu Deidad no castiga,
y premia, ¿cómo vinculas
el ser Júpiter? Así
¿haces tu Deidad confusa?
Poder, y no ejercitar
es hacer la virtud duda;
y aunque prudencia parece,
falta si se disimula.
Y pues influyen los Astros,
haz también en quien influyan,
que más depende que el mar
de los cercos de la Luna.
Piadoso Deucalión,
bien en tus ojos se mira
lo que tu pecho suspira,
lo que ama tu corazón.
Solo en ti el hado cruel
pudo mostrar su desmayo;
Pag. 17
Folio 12
y tú solo fuiste al rayo
el venturoso laurel.
Mas yo, que de tu piedad
estoy tan agradecido,
lo mismo te he concedido,
que pretende tu amistad.
Y así, pues que por ti el mundo
se ha de volver a poblar,
le puedas acompañar
todo este siglo segundo.
Y en el ínterin, que el Sol
da vuelta al otro horizonte
la Luna desde este monte
muestre su casto farol.
Suene música; ciérrase el globo; desaparece; y el templo se cierra de la Diosa Temis: y luego se vea la Luna, que va dando vuelta por encima de la punta del monte; y mientras se dicen los versos siguientes tarde el movimiento.
Oh tu esplendor, si segundo;
en cuya Majestad bella
es cada brillante estrella
limitada luz al mundo.
Luzca tu hermosa porfía
disipando los horrores.
Éntrase Deucalión por el un lado del monte.
Brilla tú en castos albores
opuesta a la sombra fría;
la que en rumbos paralelos
de segunda luz obtienes
el nombre, y en ti contienes
la influencia de los cielos.
Desaparece aquí la Luna: y Pirra se entra por la otra parte del monte: y salen al Teatro la Luna con una media luna de plata en la cabeza, y un arco en la mano; y Pan Dios rústico vestido de pieles con barbas rubias.
Escucha Deidad luciente,
tu aspereza no me ultraje;
si eres Deidad, como al traje
miras, y no a la fe ardiente.
Un hermoso vellocino
te ofrecí, ya se le he dado;
si Deidad te hice del prado,
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¿que huye tu rostro divino?
Y si te parezco mal,
(bien en el engaño estoy)
como rústico te doy
mi persona, y mi caudal.
Y así midiendo a compás
mi rusticidad en pago
de una Luna, satisfago
dándolo de más a más.
Si Júpiter me quisieras
(Deidad bella) si tonante;
en ser tu Luna mi amante
más ganaras, que perdieras.
Y así, pues que te has mostrado
esquiva a este amante fino,
vuélveme mi vellocino,
y demás lo que te he amado:
Y suple el atrevimiento,
que como rústico soy,
y en esta aspereza estoy,
me falta el conocimiento.
No está bien a una Deidad
en tal caso dar contienda,
ni que en el cielo se entienda,
que se paga una amistad;
Ni a ti; porque en ese intento
culpas tu solicitud,
mostrando, que no hay virtud
en ti de merecimiento.
Y así puedes entender
tú, Pan, que en este camino
pierde más, que un vellocino
el que pierde un merecer.
Todo lo que me has contado
(oh, Luna) bien me parece;
pero como ya merece
más el más acaudalado.
Y ese solo es el hermoso,
el que tiene, que más mande;
y aun Jove es el Dios más grande
por ser el más poderoso.
Que en este del mundo mar
allí se adquiere el amor,
y no conoce el favor
sino al que tiene que dar.
Que no es ya solicitud
quererte, sino escarmiento,
pues que tú al merecimiento
Pag. 19
que es tan vil le haces virtud.
Y así yo, que aquesa ciencia
como tan rústico ignoro,
tan solo por Dios adoro
(¡oh, Luna!) a mi conveniencia.
Qué mal sabes granjear
en aquese proceder;
nada suyo ha de tener
el que quiere bien amar,
porque con tanto vil trato
su amor se imposibilita,
y aquello que solicita
es solo el nombre de ingrato.
No es amor correspondencia,
ni llega de agradecido;
porque aquel le ha merecido,
que tiene tal influencia.
Mi razón no se limita
buscando la causa bella,
porque más puede una estrella,
que una industria solícita.
Y aun hablando yo en tu intento
amor (¡oh, Luna!) no ves,
que tan solamente es
fuerza del entendimiento?
Por eso es tan sin razón
cuando bien se llega a amar;
porque al discurso no obrar
deja, sino a la aprehensión.
Y volviéndolo a mi modo
la consecuencia fiel saco,
que si él sin Ceres y Baco
es cierto se yela todo:
conocer así podrás
lo poderoso que obtiene;
porque solo el que mantiene
qué dar, ese quiere más.
Y de aqueso yo he inferido
(pues no se vee lo que se ama
por estar dentro la llama)
que pintan ciego a Cupido.
Y así conozco en rigor,
que nada en el obrar sobra,
porque solo lo que se obra
son los ojos de el amor.
Antes no; pues si constara
amor de demostración,
al que tuviera razón
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a ese tan solo se amara.
No es amar agradecer,
que sin eso el amor crece;
amar a quien lo merece
viene a ser corresponder.
No era estrella, era tributo
el corresponderse dos;
tú niegas al amor Dios,
pues no le das absoluto.
Y si es Dios, y amor se ve
en su templo, juntas son
abatida la razón,
cuanto ensalzada la fe.
Porque si sin fe se amara,
tan poderoso no fuera;
¿ni a quien amor suspendiera
sino al que antes le dudara?
Ni riesgo hubiera en rigor
en amar; y en semejante
caso no fuera gigante,
sino niño siempre amor.
Y así mal le has granjeado,
temerle desde aquí puedes,
pues ser Dios no le concedes
y gigante le has negado.
Pues ya miro que en tu intento
se muestra (aunque con rigores)
el negarte a los amores
por darte al merecimiento.
Quiero no lisonjearte,
porque a mí me lisonjeo,
sino hallar en mi deseo
ocasión de granjearte.
Al mayo no brota flor,
al año no nace fruto,
que no se me dé en tributo;
Dios soy, aunque soy pastor.
Todo aqueste valle umbrío
por su rey me ha coronado;
mi palacio es este prado,
todo es tuyo, nada es mío.
En el modo de obligarme
mucho más te he aborrecido,
que en tu trato he conocido
lo doble del engañarme.
Y así no es mucho en rigor,
que me juzgue más amante
a un Endimión constante,
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Foliación manuscrita: 16
que a un Pan rústico y traidor.
Vase.
Pues así, Luna, me ofendes,
culpándome de este engaño,
daréte por desengaño
lo mismo que tú pretendes.
Dios y rústico me veo,
y en estas distancias dos
ya te halago como Dios,
ya cual pastor te granjeo.
Y pues que tú así has querido
(¡oh, Luna!) injuriar mi amor,
ni seré Dios ni pastor,
sino solo un ofendido.
Y cuando tú en tu fortuna
me has dejado por un hombre,
yo dejaré (y no te asombre)
por una ninfa una Luna.
Aunque te lleva tu estrella
a Siringa (por quien mueres),
solo porque tú la quieres
no tienes de gozar de ella.
Mas ya que el divertimiento
de Pan me tenía privado
de mi sentir a lo amado,
volvamos el pensamiento:
Y mientras ausente esté,
(pues que su amor me enajena
de su ausencia y de mi pena),
¿qué agradecida diré?
Diré cómo me sirvió
treinta años, y cómo luego
pudo templarse mi fuego,
y que al fin Luna le amó.
Diré que cuando le vi
todo el vivir le entregué;
que forzoso amarle fue,
que agradada me sentí:
a Endimión me rendí,
vivo de haberle mirado;
mas también muerte me ha dado;
y en tan confuso sentido,
ni muero de lo que olvido,
ni vivo de lo que he amado.
Querer aliviar mi mal
con el ya pasado bien
es ser ingrata, es desdén
de la pena; y estoy tal
en esta ausencia mortal,
Pag. 22
que más deseo tener
penas para más vencer,
que son gloria del sentir;
porque comienza a vivir
quien empieza a merecer.
No es muy grande, no, la calma
cuando por controvertida
viene a padecer la vida
los sentimientos del alma:
¿cuándo llevaré la palma
deste dolor impaciente?
Teniendo a mi amante ausente,
procurando no vencella;
conque no obrará una estrella
lo que obra un inconveniente.
El celestial movimiento
no es preciso, pero alienta,
mueve; mas en mi tormenta
solo el vencerme no siento:
el consuelo más le aumento
no venciéndome yo a mí;
y es dificultoso, sí;
porque en tan raro desvelo
quien viene a vencer al cielo,
no viene a vencerse a sí.
Pero es gloria el no triunfar,
cuando le importa a la vida
querer mostrarse vencida
de quien la viene a matar:
pues así llega a causar
en una pena tan fuerte
hacer gloriosa la muerte;
pues con rara inteligencia
se debe a su diligencia,
y no se debe a su suerte.
Y así, mientras no le veo
dará voces mi pasión:
¿dónde estás, Endimión?
Este último verso se diga en voz alta, y sale Endimión.
Tocando lo que deseo.
Según a tiempo llegaste,
dudo si fue prevención.
No dudes, mi Luna, que
si soy eco de tu voz,
si soy imán de tu norte,
reflejo de tu candor
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18
no es mucho, que donde estabas
(oh, Luna) estuviese yo.
¿Adónde sin verme estabas?
Siempre te miró mi amor.
¿Cómo, no estando presente?
Como hace aquella flor,
que de su hermoso planeta
jamás el rostro apartó;
pues no es mucho, no, que haya
en uno y otro farol:
si un amor para una Luna,
una rosa para un Sol.
Parece a lo que es consuelo,
que haces obligación.
Antes, escándalo de otras,
causas mi dicha mayor,
pues me concedes el premio
aun sin merecerle yo.
Y tú, en virtud de ti misma,
fabricas mi galardón;
y así más grande es el premio
que no la deuda.
Eso no;
que quien en amarme solo
tiempo tan largo gastó,
sin temer que le faltase
para el logro de su amor,
siempre en fe de su constancia
el premio viene menor.
Por eso, mi Luna amada,
naturaleza ordenó
que en el ver la libertad
tenga olvido la prisión;
aunque falte al escarmiento,
el que en la arena se vio
a los naufragios del mar
debe tan poca atención;
pues no fuera bien feliz
quien, siéndolo, zozobró,
porque no le hacen los ojos
al bien sino el corazón.
Y aunque juzgas mi tormento
como la llama interior,
mas en la esperanza ardía;
y ella es de tal condición,
que a la vista (aunque otro tenga)
la da del premio el color;
conque, entreteniendo el tiempo,
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llega a su consecución.
Así no es mucho (mi Luna)
tenga alivio mi fervor
opuestamente contrario
del tiempo a la indignación.
¿Cómo llegaste a quererme
(dime), oh causa de mi amor?
Deste modo, escucha, Luna,
si en eso gusto te doy.
Vi tu luz; quísete bella:
que es natural más forzoso
el inclinarse a lo hermoso,
que el sujetarse a la estrella:
una, y otra causa en ella
pretenden con más instancia
ser el medio a mi ganancia;
y yo me doy la excelencia,
que hace el cielo la influencia,
mas no la perseverancia.
Que propicia pueda arder
la estrella causa el destino;
pero como ese camino
también le puedo torcer;
de aquí viene a proceder,
que en aquese mismo instante
para ser más fino amante,
y gobernar la pasión,
la estrella da la elección,
pero yo me hago constante.
Quererte yo de inclinado
después, Luna, que te vi,
era no deberme a mí
lo que estoy debiendo al hado:
tanto en amarte he acertado,
que me debo esta excelencia
a mí, y no a la influencia
del cielo a mi bien sucinto,
porque lo que es solo instinto
no puede ser providencia.
Y como todo en amarte
son aciertos del quererte,
puedo deber a mi suerte
las fortunas del hallarte:
treinta años pude adorarte
desde tu ocaso a tu cuna;
de donde infiero, mi Luna,
que las victorias son mías,
que era durar muchos días.
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para buena una fortuna.
El llegarte a conocer
ese tiempo tan constante,
si no fuera ser tu amante,
¿qué otra cosa podía hacer?
No llego a satisfacer
con tal reconocimiento
tu amoroso pensamiento;
y en duda tan primorosa
lo que no puede una diosa,
queda un agradecimiento.
A nadie el ejemplo asombre
(si conociere al amor
en su piedad y rigor)
que una deidad quiera a un hombre:
y más si ella mesma el nombre
de agradecida ha admitido;
que entonces delito ha sido
el no usar de las piedades,
porque para las deidades
se hizo lo agradecido.
Si tal no llegara a ser,
viendo que algo ha de costar,
¿quién procurara alcanzar
la gloria del merecer?
Lo ingrato viniera a ser
poderoso, es claro indicio;
el mal no hallara suplicio,
ni hubiera solicitud,
pues quien niega una virtud
por adelantar un vicio.
Demás, que saber desea
mi agradado pensamiento
cuál pueda más en su intento,
y cuál de los dos más sea:
tu amor constante desea,
yo, deidad, te busco amante;
cuánto es más en semejante
caso, y en este amar tal,
que una deidad a un mortal
o el ser un mortal constante.
Luego, admitiéndome esposo,
¿premias, Luna, mi fervor?
Sí, que pagarte no puedo
sino solo en esta acción.
Brilla hermosa en orbes bellos,
luciente hermana del sol.
Vive en abriles floridos,
Pag. 26
El primer verso carece de atribución expresa por salto de página. Se asigna provisionalmente a Luna por el contexto alternante, aunque podría ser el final de un parlamento de Endimión.
Objeto de mi pasión.
¿Quién ha sido más feliz?
¿Quién más dichosa que yo?
Pues alcancé deseoso.
Pues mi voluntad triunfó.
¿Quién me paga agradecida?
¿Quién llega a lograr mi amor?
Voces dentro Pan y Siringa.
Espera, Siringa hermosa.
Diana, tu virgen soy.
Ocúltate entre esa niebla,
mientras hace mi rigor
un agasajo a Siringa,
y una venganza a este Dios.
Cubre una niebla a Endimión ocultándole a la vista de todos; y salen Siringa huyendo, y Pan tras ella; y cogen en medio a la Luna, Siringa a la parte del lado izquierdo, donde ha de tener el arco; y Pan al otro.
Presta, Diana, a una virgen
contra un rústico favor.
Déjame (¡oh, Luna!) que pueda
dar un logro a mi afición.
Diana hermosa, al oficio
de tu templo se acogió
una ninfa.
Luna bella,
¿aún dura tu indignación?
Diana, escucha.
Luna, atiende.
Segura en tu coro estoy.
Algo merezca contigo
quien el verte mereció,
¡oh, mi Luna!
¡Diana mía!
Pero, ¿cómo te llamo
Luna?
Pues, ¿cómo Diana
te pronuncia aquella voz?
Volviendo el rostro a Siringa.
Volviendo a Pan.
Porque en mi esencia conviene
el que una y entrambas soy;
y así, Diana, prometo,
que guardarás tu candor;
y como Luna te ofrezco,
Pag. 27
A él.
A ella.
A él.
A ella.
A él.
A ella.
algún alivio a tu ardor.
Llega amante a festejarla.
Huye, ninfa, deste dios.
¿Qué tardas? ¿Qué te rebelas?
¿Cómo no huyes veloz?
Llega, Pan.
Huye, Siringa.
¿Pues qué amante rebeló
si es pronóstico una luna?
A él.
A ella.
Quien es rústico pastor...
No temas, ¿qué te acobarda?
¿Quién con Diana temió?
Va a abrazar.
Deste modo haré a mi pena:
¡El cielo!
Transfórmase Siringa en un cañaveral.
En caña la convirtió:
¿cómo, Luna, me engañaste?
Verdad trata mi esplendor.
¿Cuál viene a ser el alivio?
El que nadie la gozó.
Arranca una caña Pan imaginativo, y dice.
33
Vive a quejarte (oh, rústico instrumento),
y yo sin esperanza a ser amado,
pues con quejar se alivia tu cuidado,
y yo sin ellas duro al sufrimiento.
Yo sirvo, mas tú no, de un escarmiento,
que tú un ejemplo te has solicitado,
y lo que a ti gloriosa te ha causado,
en mí aviva la llama a mi tormento.
Yo no pido consuelo ya a mi vida,
que solo el mucho mal me es ya consuelo;
y en ti, y en mí con providencia estraña
se ve duda en mi bien; mas en ti unida
una felicidad, que te da el cielo,
pues por no verte ingrata, te ves caña.
Refieres, Pan, en tu pena,
porque se aplaque tu ardor.
Y tú en tu venganza, Luna,
por dar premio a tu pasión.
Las deidades no se vengan,
sino castigan.
Rigor
muestras en todo conmigo.
Mirando tú sin razón.
Soy escándalo a tu nombre.
Pag. 28
Y yo injuria de tu voz:
mas porque seguiste virgen
yo te daré con que no
jamás puedas seguir otra.
Hállase el Dios Pan con un árbol como que le nace de la cabeza, y del medio cuerpo abajo en figura de cabra.
¡Válgame el Dios tronador!,
estaré oculto en las selvas
por no ver al que me vio.
La misma tramoya con que se transforma le oculta a la vista, y sale Endimión de la niebla.
Hace que llora Luna.
Yo siempre te estaré dando
(¡oh, mi Luna!) adoración.
Bien (hermoso dueño mío)
alcanza quien te sirvió,
pues al que le mira es premio
de tu vista algún arpón.
Dame esos brazos, y en ellos
ya que Himeneo se vio
contra el tiempo y el olvido
fabrique su duración.
¿Qué te rebelas? ¿Qué tardas?
¡Cuánto me dice el fervor!
¿No eres mía? ¿Ya te mudas?
acusaré tu baldón,
poblaré a voces el viento,
regaré el prado de humor
de sangre, que por los ojos
me destile la aflicción.
mis suspiros arrojados
a la esfera superior,
a las fieras, a las peñas
moverán a compasión.
Suspéndete al llanto, Luna;
aunque en tu rostro se vio
al derramar ese aljófar
lo que fue perla, ser flor.
No ocultes con ese llanto
del día la emulación;
vuelve a dar vida a esas flores,
porque digan desde hoy,
que como sol las enjuga,
quien como alba las mojó.
Ojos, cese vuestro llanto,
Pag. 29
lo que ha de hacer el dolor.
Si no cabe en todo el pecho,
¿cómo le dirá la voz?
Sí hará; que ese desahogo
el cielo le concedió,
para que el que es infeliz
no muera al primer rigor.
Pues Júpiter te ha privado
del lugar, que amor te dio:
mira si para mi pena
hay más bastante razón.
Pues si es ansí, ¿cómo él mismo
con fuego fulminador
no me ha quitado la vida,
dispartiendo aquesta unión?
mas ¿cuándo la quitó el rayo
a quien no le embarazó?
Aparte.
¿Qué nueva deidad me impele
a aborrecerte? (¡oh, qué ardor!)
Muera a manos de un poder,
pero de un desprecio, no:
¡Oh, mi Luna!
¡Oh, mi enemigo!
¿Qué dices? que tuyo soy.
Pag. 30
Así (porque no te atrevas)
responderé a tu razón.
Vuela la Luna por medio del teatro.
Espera, brillante luz,
que Deidad tan superior
si a mi vista te concedes
es para más confusión.
Dónde por orbes lucientes
vas surcando tan veloz,
que negada al mortal velo
aun no te alcanza un amor?
Ya amante, ya tan esquiva;
ya afecta, ya con rigor;
ya favores concediendo;
ya negando el galardón;
ya cariñosa a mis ruegos;
y ya con tal disfavor;
ya en un lazo indisoluble;
ya separada su unión;
ya a la congoja sudando;
y ya templado el calor:
quién será más que mi pena
para consolarme?
Sale Deucalión con barba larga cana, que hace al tiempo.
Yo.
Quién eres, ilusión de alma vestida,
si el parasismo no eres de la vida?
Tú quién eres? en quien naturaleza
los años te ha sellado en la corteza:
quién? sino en última congoja,
en quien es más, que la raíz, la hoja!
No dudo, que quién soy no has ignorado,
pues tan al vivo me has delineado:
yo soy la solución del argumento
de la vida.
Y en mí, cuál es tu intento?
Es el mío, y tu intento en este abismo
hecho de dos mitades uno mismo;
y aunque en tu vista solo en ti se encierra,
porque ella se escarmienta, y ella yerra.
El naufragio tuyo es, mío es el puerto;
uno eres al errar, dos al acierto;
el tiempo (oh joven) soy.
Pag. 31
26
Gracias muchas te doy;
porque el ceño eras luego
(juzgaba yo) adonde no arde el fuego,
por estar la virtud ya consumida,
y la culpa la achacan a la vida;
ya conozco mi engaño.
Procura no escusar tu desengaño,
atendiendo a lo heroico de mi oficio;
y de ello te dé indicio
el ver, que aquello (en que alguien me ha burlado)
yo le pago en lo bien aconsejado.
Esa luz, que enamoras,
esa mujer, que adoras,
si del cielo esplendor es el segundo,
primer entendimiento es ya del mundo;
y con su hermano tuvo competencia
por dejarla más luz, coger más ciencia;
y si su curso sabes, nada ignoras
del común accidente de las horas.
Esa a quien sirven luminarias bellas
a su manto de ornato, no de estrellas,
es (oh, joven) la Luna:
si su ocaso treinta años, y su cuna
atento has estudiado,
o galán esa luz enamorado:
si lo uno, no aspires a su templo,
que treinta años bastan para ejemplo:
y si lo otro, amante y rebeloso,
y si no como amante, como esposo
miras, que te ha burlado,
y tu afición así desamparado,
y ya te olvida; mas no has merecido;
pues todo lo que amaste no has vivido;
y solo has de vivir, cuanto te olvida;
por un amor, no pierdas una vida:
que yo, que en mi desvelo
con lo que te amedrento, te consuelo;
también te alivio en lo desconsolado,
pues quien hizo la ciencia, la ha ignorado:
y así por no causarme tan molesto
(porque el que desengaña llega presto)
quédate; pero júzgame tu amigo.
De tu luz soy testigo.
Yo tu pérdida lloro.
Yo tu verdad adoro.
¿Quedas ya satisfecho?
Ya se venció mi pecho.
Vencióse en la razón.
Pag. 32
Conocí mi pasión.
Procura ser más que ella.
Si me guías, estrella.
Pues sigue mi farol.
No perderé tu sol.
Ya es fuerza, joven, ya desampararte.
Eso no, que jamás he de dejarte.
Vuelan ambos por el teatro arriba en diferente vuelo que la Luna, y se da fin al primer teatro.
TEATRO SEGUNDO.
LA DIOSA EN DIANA.
DIANA.
PERSONAS.
[A continuación figura el reparto, escrito de forma muy desvaída y casi ilegible. Columna izquierda: Diana, Erotis (?), Aretusa, Liríope (?), Virgen 1, Virgen 2, Alfeo. Columna derecha: Flora, Aura, Cintia, Polintia, Virgen 3, Virgen 4, Músicos.]
Pag. 33
[En el folio izquierdo se aprecia la tinta traspasada de la palabra "DIANA" del recto, así como un borrador lavado de los versos finales de la jornada primera, que carece de dos versos respecto a la versión definitiva del folio anterior: "[En.] Conocí mi [pasión]. / Deu. Procura ser más que ella. / En. Si me guías, estrella. / Deu. Ya es fuerza, joven, ya desampararte. / En. Eso no, que jamás he de dejarte."]
[Folio derecho: página de título de la segunda jornada]
TEATRO SEGUNDO.
FORMA SEGUNDA.
LA DIOSA EN DIANA.
PERSONAS: Diana, Estrella, Aretusa, Lotos, Virgen 1, Virgen 2, Alfeo, Floro, Acteón, Cadmo, Polintia, Virgen 3, Virgen 4, Músicos.
[Bajo el texto del título se aprecia un borrador lavado del comienzo de la jornada segunda, cuyo texto en limpio se copia en el folio siguiente.]
Jornada segunda
Pag. 34
[La página izquierda contiene texto invertido translúcido desde el recto anterior, indicando el inicio del TEATRO SEGUNDO, JORNADA SEGUNDA y su reparto.]
Sin correrse la cortina del segundo teatro salen Acteón vestido de caza, y Floro.
¿Tienes hecha prevención
para que luego salgamos?
Para que al punto nos vamos
todo está puesto en razón.
Ruego a Hércules no lo fuera,
pues hiciera mi porfía,
que tan solamente un día
de tu afán te suspendiera.
¿Qué te han hecho las mujeres?
¿Polintia ninfa es tu amante,
que blasonas arrogante?
Príncipe de Tebas eres.
Mas ¿Polintia no es del prado
ninfa, y aun la más hermosa?
Pag. 35
con ella es blanca la rosa,
y su aliento no es en fin
en esa floresta amena,
quien ámbar da a la azucena,
y da fragancia al jazmín?
¿No es de Apolo esperanza?
sí es, que por ella muere:
¿pues un príncipe no quiere
aquello que un dios alcanza?
No puedo tenerla amor;
y aun aqueso es lo que lloro;
porque en el que ama, Floro,
no es divisible el fervor.
Como Acteón no has gustado
del amor, viene a causar
que no sepas estimar
el rato de enamorado.
¿De una mujer el rigor
no pudo hacer el tesoro
de la hermosa lluvia de oro?
¿no le hizo a Apolo pastor?
¿Hay en el mundo que ver
más que hermosura divina
de una ninfa peregrina?
Sí, mucho más puede ser.
¿No es más, ver coronado aquese monte
de mi caza? ¿y el ver que se estremece
de las voces el bosque; y que Flegonte,
viendo soles lucir, se desvanece?
¿niega el curso, ignorando el horizonte;
niégase el sol también, si el valor crece,
dando llamas adusta la agonía,
por no abrasar con tanto fuego el día?
¿Pues qué, cuando tal vez yo me he apartado
de mi gente? y, como opuesta roca,
al encuentro me sale espín animado,
y en coral inundándole la boca
con el acero duro, que agitado
de mi valor todo abre lo que toca,
y sujetada más la cerviz ruda,
también es coral rojo lo que suda.
¿Qué es ver los perros, cuando velozmente
el animal alcanzan, que sediento
procuraba reparo en una fuente
por mitigar en ella otro elemento?
¿Y qué es mirar la oposición ardiente,
y al bruto ya del can sanguinolento,
Pag. 36
cuando a alcanzarle llega alguna tropa
al animal, que fue bajel de Europa?
¿Que el ver en un arroyo el paso incierto?
¿Y al oso abalanzarse congojado,
llevando el pecho de la asta abierto,
y del humor sangriento el valle ajado?
Pues ¿qué, si de una peña juzga puerto
el animal de lustros coronado,
y feroz se despeña, de tal suerte
como si el despeñarse es menos muerte?
Digo, que tu afán merece
todo aquese galardón;
tú puedes tener razón,
pero no me lo parece.
Mas oye, que te ha escuchado
tu abuelo Cadmo, y que viene.
En mi obediencia previene
su agasajo mi cuidado.
Sale Cadmo.
Aparte.
Acteón, ¿cómo te va?
Bien el afecto entretienes,
mientras delante no tienes
lo que tal placer te da.
¡Oh, cómo Acteón ignora
el mal que le está esperando,
y yo disimulo amando
lo que mi pecho atesora!
El natural pertinaz
o le suspende, o destierra;
deja ese modo de guerra
que es muy hermosa la paz.
Divierto así mi deseo,
y mi pena es desigual.
Aparte.
No lo sea por tu mal,
que aunque lo dudo, lo creo.
Galán estás; ricamente,
amado Acteón, compuesto;
mas ¿quién sabe qué ha dispuesto
la estrella suya inclemente?
Dime, señor, ¿qué te aflige?,
¿qué tienes imaginado?
¡Oh, cómo tú has ignorado
el mal que mi pecho rige!
Pues dile, vaya a la parte
yo también en tu dolor.
Porque conozcas mi amor
Pag. 37
Apártase Floro a un lado, y prosigue Cadmo.
atiende segundo Marte.
Mi padre, y vuestro mayor
fue Agenor: Rey de Sidonia;
y mi hermana por bien mío
la hermosa Virgen Europa.
Como Júpiter tonante
la quiso (nadie lo ignora)
y que su amor le obligó
mudarse en aquella forma.
Bajel racional, Dios bruto
navegaba por las ondas
quieto Neptuno, y Favonio
como en los brazos de Flora;
que aun en aquel traje todo
le servía de lisonja.
Sin saber el feliz robo,
la ausencia tan solo llora,
ya pausas el alma obrando
respiraciones le acorta.
gime el fuego, que le ofende;
el volcán, que le apasiona;
el Etna, que le atormenta,
y el amor, que le congoja.
Muerta (dice) en mi presencia
te quisiera; que la osa
al reciente cachorruelo,
(que muerto del vientre arroja)
imprimiéndole su aliento
el dulce vivir le informa.
Nada a su ardor es bastante;
el alivio más le ahoga;
el consuelo más le oprime;
ni aun el llanto le aficiona;
porque es rémora a la vida,
y es ella la que le enoja!
¿Quién morir viera (repite)
mi amada Virgen hermosa?
siendo nada de mí mismo,
y todo de mi congoja,
por si al alma, que la huye
la hallara en su hermosa boca!
Y viendo, que de una hoguera
si a ardientes llamas undosas
para cebar la materia
la llegasen una antorcha,
Pag. 38
la consumiera al instante,
pues en su grado era poca
la luz, que aquesta tenía,
para igualar con la otra.
Y que a falta de mi hermana
mi llama en su pecho no obra;
y que su vehemente ardor
no hay incendio, que no sorba,
por el mundo me destierra
como cosa, que no importa.
Mas yo náufrago en la tierra,
cuanto errante por las olas
del mar: y aun más combatido
de las de mi pecho propias.
Triste, afligido, confuso,
revolviendo en mi memoria
una llama, que me oprime,
un desprecio, que la sopla;
vagando andaba hasta que
de Febo a la llama heroica
hallé un templo dedicado,
y cuya voz misteriosa
para que esta ciudad funde
me anima, y aun me provoca.
Guiado del animal
de huella más perezosa
dejé el Castalio; y al sitio
donde mi estrella se logra
llegué la palestra, en que
fue mi campo de victoria;
adonde hallé una serpiente
horrible tan escamosa,
que los dardos, que las astas
en su piel dura se embotan,
siendo al hierro arrojadizo
un escollo cada concha.
Después, que a mis compañeros
mató o la venenosa
luz, que su vista despide,
o el azote de su cola.
Ya cuando incendios vomita,
sino ya cuando se enrosca,
pues la una el agua infesta,
y el aire daña la otra.
Pero yo (en quien ya la vida
no es lo más, que se blasona)
orgulloso la acometo;
ella se ofrece sañosa:
Pag. 39
yo mi lanza vibro, ella
los cuchillos de su boca;
yo la acometo, ella aguarda;
yo me advierto, ella se arroja;
yo el golpe espero constante,
ella le yerra y se asombra;
la cola esgrime, yo el asta;
cuando en ambos la congoja,
si exhalar hace a mis poros
sangre, a los suyos ponzoña.
Valeroso, pues, me ofrezco;
repárase cavilosa;
tira, y al golpe indeciso
hace que el pecho la rompa,
inundando todo el prado
en púrpura ardiente roja.
Ya del ardor inclemente
incendios sus ojos brotan,
y la voz, rompiendo el silbo,
como se articula ronca,
hace estremecer la selva,
y, al temblar la tierra toda,
titubear de su asiento
la peña, que no fue sorda.
Diréte en breve que, muerta
esta fiera poderosa,
y cuyos dientes sembrados
produjo la tierra sombras,
que ya hombres convertidas
con saña bien pavorosa
unos con otros se matan;
y que la guerrera Diosa
(a quien el bélico ardor,
que escudo brillante adorna,
siendo en el duro ejercicio
compañera de Belona),
animándome, me advierte;
advirtiéndome, me exhorta
a que de los vitoriosos
aquesta ciudad componga.
Esta (cuyas puertas ciento
aun no son su mayor gloria),
de tan continuos trabajos
ya sabrás que fue la autora
Juno, la deidad luciente,
de Jove hermana y esposa;
aquella de las delicias
sacras tan perseguidora;
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Foliación: 35
como mujer, y ofendida,
y más como poderosa;
pues ni mi humildad la agrada
cuando Deidad la blasona,
ni las víctimas que ofrezco
en su templo y a su honra,
ni el blasón del que ejercita
piedades en que se goza.
Ni el que en ánimos celestes
aun menos rigores sobran;
ni el que ya de mi fortuna
el cadáver no baldona;
ni el mirar que las venganzas
en los sepulcros reposan;
nada en su pecho la aplaude,
todo su enojo convoca;
nada incendio de ser deja
en que ella está ardiendo toda.
Y así (¡oh bizarro joven!)
te advierto, porque conozcas,
que a esta Deidad le serán
de escándalo tus lisonjas.
Y para que te mitigues
en acciones tan dudosas
como tu ejercicio adquiere
con capa de vanaglorias:
ya siguiendo el can latrante,
y ya la fiera espumosa;
que bien conozco que todo
fuerza con lo que enamora.
Y así, pues huir no puedes
tu naturaleza propia,
y que faltarte a ti mismo
es imposible; corona
de la prudencia tus bríos
con que tus acciones todas
(en lo previsto) el remedio
tengan, que mi luz te nota.
Pues que si mejor lo adviertes,
todo en acción tan costosa
para remedio es bastante,
y para escarmiento sobra.
Mas en aquesa advertencia,
cuando no venzo mi engaño
se causa mayor el daño
si es posible en la experiencia.
Porque el que conoce culpa
tan notable en sus acciones,
Pag. 41
y no enfrena sus pasiones,
ese yerra sin disculpa.
Y yo, infeliz, llego a verme
en la causa de culparme,
puesto que ella ha de inclinarme,
y yo no puedo vencerme.
Vase.
Por eso tu inadvertencia
culpo, no tu inclinación;
porque puede la razón
aun más que no la influencia:
Júpiter vaya contigo.
Aquese mismo te guarde;
vamos, Floro, que ya es tarde.
Vase.
Vamos, que leal te sigo.
Levántase con música el paño que cubre este segundo teatro; y aparece un jardín compuesto de ramilletes, y en parte de árboles, de modo que un laurel venga a caer en medio del teatro: y más adentro ha de haber un bosque, de donde se han de dividir dos ramos de un monte que caigan sobre el bosque: y aparezcan en él todas las vírgenes de Diana con arcos y flechas repartidas por el bosque, y que estén flechando diferencias de animales: y Diana también con su arco, y a sus pies algunos animales muertos: Las vírgenes son Estrella, Loto, Aretusa, y cuatro vírgenes 1.ª, 2.ª, 3.ª, 4.ª.
No quede en el campo fiera,
que a vuestro valor rendida
no os sacrifique la vida.
¿Cómo el arco huyes, ligera?
Mas acreditas tu muerte
si, después de ser hermosa,
alcanzas el ser dichosa
de mi brazo al golpe fuerte.
¡Oh, cómo dais claro indicio,
Estrella y Loto, que hacéis,
cuando el campo suspendéis,
vistoso el fiero ejercicio!
¿Qué huyes, que no te sigo,
fuerte animal enramado?
Del volumen coronado
de tus días, que atestigo
Pag. 42
tan cano desta maleza
no le alborote el espanto,
pues quien llega a vivir tanto
honra la naturaleza.
La fiera que a Adonis fue
escándalo, y fatal hora,
si tanto aliento atesora,
¿por qué me huye? ¿por qué?
Ya el bruto, que al Euro imita,
y Noto en el despeñarse,
aquel no precipitarse
es quien más le precipita.
¿No ves del tigre valiente
la manchada piel teñida?
¿No ves del ciervo la herida,
que le abrió el hierro en la frente?
¿Oyes del hijuelo el robo?
Del toro escucha el bramido.
¿No ves del león el rugido?
¿Y el funesto eco del lobo?
Suspended tanto sudor,
dejad la maleza ruda
(si es que ya el vencedor suda),
salid del prado al verdor.
67
Siempre a tu obediencia estamos.
Van saliendo del monte al jardín, donde ha de haber hechos de yerba unos asientos.
Y en esa misma se ve,
que se acredita la fe
con que siguiéndote vamos.
¡Qué amable está por lo umbrío,
y qué alegre este lugar!
La fragancia del azahar,
sino del alba el rocío,
hacen la estación más bella;
y, sirviendo el botón cuna,
la rosa aquí nace Luna,
y cada flor nace estrella.
Con tan notable primor
el prado está al Sol sujeto,
que aunque conoce el efeto
está dudando el calor.
Y aunque el tiempo solicite
su curso, aquí ha de causar,
que haya sol para engendrar,
mas no para que marchite.
Pag. 43
Foliación manuscrita: 38
Es que, supliendo su ausencia
en rayos más superiores,
dura la vida en las flores
en virtud de tu presencia.
(Siéntanse.)
Mientras me servís el baño
en el cristal de esa fuente,
divertid mi ardor valiente
contando algún caso extraño.
Y pues que son mis memorias
lo que en esto más os llama,
para lisonjear mi fama
relatad mis vanaglorias.
Todas te hemos de servir;
mas tú puedes señalar
la que hubiere de empezar.
Estrella podrá decir,
que se ha de privilegiar
sin causar admiración,
pues que sola en mi afición
alcanza el primer lugar;
que no era ley de estimarla,
y aun era menos valerme
ser ella más al quererme,
que no yo al privilegiarla.
Primera, di.
Escucha atenta.
Náufrago el griego piloto,
el errante leño roto
en una y otra tormenta
andará; y el dios del mar
al ardor que Grecia encierra
hará ver troyana tierra
sin dejársela tocar;
mientras que tu indignación
no se mostrare aplacada,
y sea sacrificada
la hija de Agamenón.
Pero tu rostro propicio,
(que a Ifigenia no desea
ver muerta) hará que sea
una cierva el sacrificio.
Y bien tu deidad acierta;
porque mal obra piedad
el que deja a la crueldad
alguna rotura abierta:
piedad fuera tan incierta,
que aun el nombre no consiente,
y ella misma se desmiente.
Pag. 44
haciendo su pecho impuro;
¿ni quién por el bien futuro
quiso obrar el mal presente?
Aquel que a excusar un daño
va, mal le acierta el remedio,
si viene a poner por medio
la ejecución de otro daño:
en el hombre no lo extraño;
porque obra con la equidad,
y ha de haber desigualdad
en la obra, porque asombre,
pues una es como de hombre,
y otra como de deidad.
Si allí al griego hacer favor,
porque le quieres matar
la hija; y en tal obrar
¿qué dejas para el rigor?
Pero más bien su fervor
premias, pues del tu doliente
apagas el leño ardiente
haciendo las amistades,
porque no aplacan deidades
la sangre de un inocente.
¿Quién, viendo tal discurrir
en Estrella, ha de querer
su discurso interponer,
ni quién ha de proseguir?
Prosigue tú, Loto bella.
Sí haré, si de aquese sol
admitiéndome arrebol,
no me desprecias, centella.
Quiso a una virgen gozar
haciendo sabrosos lazos
con sus cristalinos brazos
Neptuno, ese dios del mar.
En lloroso desconsuelo,
viendo que ya la alcanzaba,
a Diana voces daba,
quejas esparcía al cielo.
En lance tan oportuno,
por satisfacer su ardor
y dar un logro a su amor,
más la apremiaba Neptuno.
Pero tú, que te apiadaste,
y la tuviste amistad
por guardar su honestidad,
en ave la transformaste.
Árbol la pudiste hacer;
Pag. 45
pero atenta no quisiste,
y en ave la convertiste;
pues si la llegara a ver
así el Dios, pudiera ser,
que el pie en labor la besara,
que galán la paseara
con quejas su cristal ronco,
y ella dejara el ser tronco
si agradecida le amara.
A la rama florecida,
y a la más lozana yerba,
si la tierra la conserva,
Neptuno es, quien la da vida:
mírala ya agradecida;
de donde se ha de admirar,
y la atención reparar,
que aquella, que en aquel ser
modo halló de agradecer,
hallarle tiene de amar.
Entre un pecho agradecido,
y entre un Dios firme, y amante
ablandárese el diamante,
y olvidárese el olvido;
y así bien has prevenido
en ave la convertir;
porque se ha de presumir,
que a aqueste arte del amar
sin alas para volar
no le podrá nadie huir.
Y es amor tan poderoso,
que viendo el engaño, luego
en Neptuno vibra fuego
como a amante, y como a esposo:
y que al centro luminoso
cuando se sube exhalado
en el aire la ha encontrado;
que aun no basta en tal intento
ponerla en otro elemento
para un pecho enamorado.
Bien has dado los colores
(Loto) a tu narración,
el primor en mi opinión
de ti aprenderá primores.
Tantos blasones excusa.
Más llegas a merecer,
y adelantado el placer
proseguir puede Aretusa.
Recorriendo mi memoria,
Pag. 46
diré, pues me das licencia;
y por lograr tu obediencia
arriesgo mi vana gloria.
Calisto, Virgen hermosa,
también nuestra compañera,
que hoy al orbe reverbera,
y que llamada virtuosa.
Estando en Arcadia un día
de su valor dando indicio,
siguiendo el duro ejercicio
mientras que fieras hería,
Júpiter la halló, sagrado;
y viendo, que era perderla
amante en su traje verla,
en tu forma se ha mudado.
De donde se considera,
que él alcanzó; y no es vana
sospecha como Diana
lo que Júpiter no hiciera:
posible entonces te fuera
convertirla en transparente
linfa de alguna corriente;
y el mirar, que no lo mande
tu Deidad, fue, que a acción grande
no importa un inconveniente.
Si tú allí la transformaras,
Arcas della no naciera,
y aun al mundo pareciera,
que tú en eso te vengaras:
y así en acciones tan raras
nada en tu atención limito
en aqueste nuevo rito;
pues tu Deidad sola alcanza,
que se arriesgue una venganza
aun a costa de un delito.
De Juno allí la malicia
mostrando su enemistad
quiso obrar una impiedad
con sombra de una justicia:
mas tu Deidad no codicia
mover acción semejante,
mostrar su enojo pujante;
pues es menos en rigor
el que se pierda un furor,
que el no lograrse un Infante.
Después que dijo Aretusa
quien ha de saber hallar
el que poderte contar?
Pag. 47
Así mi afecto se escusa.
¿Quién a tu auxilio llegó,
que en el refugio no hallase;
y antes que te saludase
quien sus consuelos no vio?
Entre las Diosas propicio
tu rostro muestra quietud,
tú ejerces una virtud,
y las otras un oficio.
Levántase Diana, y con ella las Ninfas.
Señala al laurel.
Vírgenes, ¿cómo olvidáis
entre tanta narración,
mi más heroico blasón?
¿Cómo a mi Dafne os negáis?
De Apolo el curso radiante,
que amoroso la siguió;
pero en ella bien halló
un pecho heroico, y constante.
Mas daréla nueva vida
por ella, como por él
en este verde laurel
aun estando convertida.
Árbol sacro del Júpiter hermoso
de las luces; tú solo triunfa atento;
y pues coronaste al merecimiento
no se te atreva el tiempo riguroso.
Tanta altivez, tanto verdor frondoso
al Griego, y al Romano vencimiento
trofeo ha de servir; y al escarmiento
por el premio has de ser más poderoso.
Dafne lisonja fuiste dulce al Mayo;
libre estás del elemento ardiente;
el resplandor por ti se mostró ciego.
La segur no haga lo que no hace el rayo;
Dafne fuiste; y a tronco floreciente;
árbol, que tanto fue, perdone el fuego.
Antes que la luz del sol
(Diana hermosa) tu hermano
por bañarse en el océano
muestre su último arrebol,
ven, y el baño serviremos.
Bien Estrella has reparado.
Si en eso te ha lisonjeado
todas te lisonjearemos.
Entrase Diana con sus Vírgenes; y queda Aretusa la última, y al ir a entrarse con las demás sale Alfeo, y detiénela.
Pag. 48
Detente: ¿cómo así olvida
tu ingratitud de tal suerte
para causarme la muerte
sacrificada mi vida?
¿Pues cómo te has atrevido
Alfeo en esta ocasión
a decirme tu pasión?
¿Cuándo amor ha discurrido?
¿No miras que puede ser
el que menos me haya echado
Diana?
Mi triste hado
aun no me lo dio a entender.
Camina, déjame luego.
¿Y quién podrá obedecerte,
cuando de mi dulce muerte
templo (mirándote) el fuego?
Pero dime:
Estás cobarde.
¿Quién en tu vista se vio,
y el perderla no temió?
Escúchame, pues.
Ya es tarde.
Como me rescate amor,
y te muestres obligada,
dejará de estar penada
mi voluntad en su ardor.
No me detengas.
No sé
si sabré desampararte;
¿dasme licencia de amarte?
Sí, bien se logra tu fe:
¡toda estoy de temor llena!
¿Pues si Diana te hallara?
Sí, bien dices, ¿qué causara?
Sale Diana medio desnuda como que va a bañarse.
Hacerte llorar tu pena.
¿Cómo, virgen, te atreviste
poner mancha en tu candor?
¿Cómo el claro resplandor
de la castidad venciste?
Ya estás de naturaleza
de no poder penetrar
mi coro, que este lugar
es negado a tal torpeza.
Pag. 49
Ya tu afición te convida,
a el que río la busques fuente.
Aretusa eternamente
llore tu culpa tu vida.
Dicho esto se convierten en dos arroyos; y Diana se entra; y por la otra puerta salen Acteón con arco y flecha, y Floro con él, y cazadores con pájaros.
Ea, cazadores míos,
seguid, seguid ese vuelo;
y las aves en el cielo
sientan los heroicos bríos.
Estremézcase en su asiento
la selva, que vuestro Marte
antes que Apolo se aparte
puebla de plumas el viento.
Éntranse los cazadores por la otra puerta.
Yo no te entiendo, señor;
si buscas con esas galas
alguna Deidad con alas,
¿cómo no hallas al amor?
Divierte un rato esa pena;
de amor el lazo fiel
siente, y sé más cruel
a quien así te enajena.
De tu estrella desconfío,
pues hace que, sin razón,
sigas a la inclinación,
y dejes al albedrío.
Aunque en tan grande extrañeza
remedio a tu mal no espero
porque del haces (infiero)
segunda naturaleza.
Y así yo he determinado
el no tratar de tu mal,
pues no obrando el natural,
¿qué ha de hacer lo aconsejado?
No me hables en mi pasión,
que no ha de hallar experiencia,
pues me rinde tu advertencia
aun más que mi sinrazón.
Siempre ha de ser vano el medio,
que para mi bien esperas;
¿para qué le consideras,
si es imposible el remedio?
Pag. 50
Arma el arco.
Vase.
Mas repara en aquella ave
mirando el mayor farol,
pues no la fulmina el sol,
yo haré lo que el sol no sabe.
Con qué majestad quieta
peina el aire, surca el viento,
vano de pluma elemento
castigo halla en mi saeta.
Si no quiere limitarse
el afecto, que te destina,
en el que busca su ruina
no es mucho precipitarse.
Éntrase Floro, y al salir Acteón por la otra puerta vuele por el teatro arriba una águila pasada con una flecha.
Cometa de pluma, espera;
rayo con alas, ¿adónde
surcas bajel animado
de la trina Diosa al monte?
Si el pecho llevas herido
cesen ya tus presunciones;
y antes niégate a tus remos,
que austro fatal los destroce.
¿Qué importa, que mariposa
al sol aspires más noble,
si el vapor también se atreve
para perder sus vigores,
y muere resuelto en agua?
porque a quien mal se conoce,
y un elemento ser quiso,
otro elemento le borre.
La material llama crece,
y luces da superiores
para morir: no tú así
el valiente esfuerzo logres.
Mas ¡ay de mí! que he flechado
la imperial ave de Jove;
la que sus hijos al sol
los admite, y reconoce.
¡Oh, suerte adversa, que reinas
en los previstos temores!
¿que de un mentido accidente
los mortales pechos consten?
¿Qué es presagio, es ley del cielo,
por dicha el recelo torpe;
qué importa el ladrar del can,
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Mira hacia el laurel, y ve un Oso como que quiere echar en el suelo el Laurel.
Va a dar al oso, y huye; y da el golpe en el árbol, y corre sangre el laurel.
¿y de las aves las voces?
Mas ¡ay!, que ya la ave Reina
naufraga el aire, y las flores
en púrpura real teñidas
las oculta los candores.
Ya de aquella encina al pie
o parece que se acoge,
o que ya al sagrado tronco
se queja de sus baldones.
Muerta el Águila rapante,
¿qué importa que el árbol moje
tuyo también, si la culpa
en la intención se conoce?
Perdona, ¡oh Júpiter grande!,
y aun es fuerza que perdones,
que eso es ser omnipotente
en ti, y es en mí ser hombre.
Tú que asistes al gobierno
de tantos volubles orbes
desde hoy más, en vez de un ave,
una piedad te corone.
Mas ¿qué animal es aqueste,
que da sus indignaciones
contra el Laurel? Y a mi acero
la bruta cerviz le dome,
morirás.
¡Válgame el cielo!
Sangre su corteza corre,
¡qué novedad tan violenta!
¡Oh qué susto tan disforme!
¿Que por fuerza han de triunfar
de mí las supersticiones?
Viviente estatua me juzgo,
y la congoja sudores
da, cuando quiero que el alma
a los sentidos no informe.
¿No fuera mejor que un rayo
de la vida me despoje,
y que tus aras sangrientas
te dieran aclamaciones?
Mas no, porque fuera menos:
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y en la Diosa tu consorte
faltando cebo a su llama
fuera apagar sus ardores.
Pero aquí viene Polintia
siguiendo el eco a mis voces,
que lastimosas se esparcen.
Sale Polintia.
¿Polintia?
¡Oh, bizarro joven!
feliz soy, pues te he encontrado
si ya venzo tus rigores,
y haces, que mi fiera pena
en su dulce fin se logre.
Como amado dueño mío
objeto de mis fervores
estás, ¿es tu voluntad
con la mía ya conforme?
¡Ay, Polintia!, que es mi mal
de casta bien poco noble,
pues faltó a lo agradecido,
y sobró a mis aprehensiones.
Quien agradece no falta
al amoroso renombre,
por no poder ser ingrato
aquel que bien corresponde.
¡Grande es mi mal!
Di, ¿qué tal?
Tal, que alivio no conoce.
¿Podrásmele referir?
No sé.
Dile, Acteón.
Oye.
Estoy tal en lo que siento
del mal (toda el alma llena)
que lisonjeo el tormento;
porque quitarme la pena
es doblarme el sentimiento.
Cuando yo morir me veo,
es gozo el estar mortal,
y es gozo lo que poseo;
porque aunque se arriesgue el mal,
en fin se logra el deseo.
Hoy me está llamando el trato
infiel, pero no lo sé;
y de allí a bien poco rato
aun cuando siembro una fe
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Un nombre cojo de ingrato.
Pero no lo llego a ser,
aunque muestras dello doy:
¿mi mal quieres conocer?
¿qué más, si ingrato no soy,
y lo vengo a parecer?
Es tan feo este renombre,
que aun torpe se considera;
y alcanzando aquese nombre
el no ser más le valiera,
que no serlo a cualquier hombre.
No hay menos, que no haber sido;
mas tampoco se ve grato
el no ser agradecido,
que aun es menos ser ingrato
de lo que ser no ha podido.
Y mira si me enajena
el dolor, pues por disculpa
al más malo me condena;
y sin tener yo la culpa
vengo a padecer la pena.
Que aunque soy agradecido,
es mi hado tan siniestro,
que este nombre das al olvido;
porque si yo no lo muestro,
¿qué importa el haberlo sido?
Y tal así me estoy viendo,
o si no, desesperando,
tan afortunado siendo,
que cuando estoy más penando,
había de estar mereciendo.
Si de solo agradecido
te pretendiera yo el nombre,
bien dijeras; pero a más
aspiran mis pretensiones.
¿Quién es más, que agradecido?
Es más el que amante oye.
Todo lo que en mi ser cabe
te doy, ¿y no lo conoces?
¿Qué importa si ese lugar
no es capaz de mis fervores?
Si es tal mi naturaleza
en mí la culpa no asombre.
Que agradecido no quieras,
y yo te ame, ¿otro mal viose?
Más es el que te agradece
mi fe, y no te corresponde.
¡Grave mal!
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¡Fiero dolor!
¡Raro asombro!
¡Pena enorme!
¿No te suspende mirar
que se conservan los hombres
en la unión, y si no la hay,
que se peligran discordes?
¿No causa crecer las plantas
amor, en que las acoge
la tierra, y su vida es
aquella amistad conforme?
Amor es el que sustenta
de aquesos cielos el orden
en su unión; y si esa falta,
¿qué hará, di, quien de ellos conste?
Todo en amor se conserva
cuanto a su sombra se pone;
si el natural puede en todo,
en ti pueda él y mis voces.
Aparte.
¡Ay, Polintia, ninfa bella!
Quítame aquesas prisiones
de mi alma; y de los ojos
aparta esa niebla torpe.
Desvanézcala tu pecho
si ciertos son los ardores;
y si no pudieren, ella
se halle resuelta a tus soles.
Mas ¿cómo divertimiento
admito de mis pasiones?
Perdónala, que mi vida
harás que en esto se goce.
¿Hay hermosura que iguale,
ni merezca admiraciones,
como el repetido vuelo
de aves que surcan veloces?
¿Qué es mirar aquesa esfera
del aire, cuando el borní,
el aleto y baharí
la vuelven en primavera?
Ya su presunción ligera
(que en más altanero vuelo
de las aves el recelo)
hace con bien noble guerra
una libre acá en la tierra,
otra presa allá en el cielo.
El neblí desde mi mano
cuando se desmiente nube,
al cielo no en vano sube,
Pag. 55
al sol aspira no en vano:
si Júpiter soberano
(dando para nuestra calma
por el estoque la palma)
vibra (su piedad vencida)
al orbe un rayo con vida;
yo al cielo un rayo con alma.
Del indio neblí el intento
tiene gloria desigual;
porque él en lo natural
vence al otro en lo violento:
vuelve, y surca el elemento
el neblí con galas bellas;
Jove, y yo dando centellas
guerra hacemos (no te asombres)
él con muchas a los hombres,
yo con una a las estrellas.
¿Qué será cuando al milano
llega al alcance? ¿No ves,
que con el pico, y los pies
se está defendiendo en vano:
el pecho saca en la mano
otro del sacre; y a él
el gerifalte cruel
es de su muerte testigo;
y aqueste venga al amigo,
si al hermano vengó aquel.
¡Oh, qué mal logras mi amor!
¡Oh, qué mal pagas mi fe!
Pues que vencida se ve
sin tener competidor.
Suben por un lado del monte.
No conoces la razón,
que poderosa en mí es;
y como tú no la ves
lo achacas a mi pasión.
Pero quiérote enseñar
la causa de mi cuidado,
suspéndete un rato al prado,
ve mis pájaros volar.
Sube este monte conmigo,
y mirarán tus desvelos
de mis halcones los vuelos.
Por verte solo te sigo;
o por seguirte, si así
tu rigor se ha de aplacar
para poderte culpar
de que aun esto hago por ti.
Pag. 56
Ocúltanse a la vista y descúbrese el baño de Diana, donde han de estar ella y sus ninfas sirviéndola el baño.
¡Qué dichoso que nació
el cristal de aquesta fuente,
pues que su bella corriente
el bañarte mereció!
No te adulo, que es preciso
fuente al llamarte nacida,
¿que en quien llega a tener vida
esmerarse el cielo quiso?
Corre feliz, sin que asombre,
(¡oh, venturoso cristal!),
y en otro mayor raudal
jamás se pierda tu nombre.
¡Oh, ninfas! ¿Cómo pagáis
la voluntad que en mí veis?
Y en lo mismo que debéis
aún más consiguiendo estáis.
Sobrado premio es tenerte;
mi suerte es tu adoración.
Ni puede haber galardón
mayor que llegar a verte.
Baja por la otra parte del monte Acteón, como huyendo de Polintia.
¡Qué vanas solicitudes
en mi busca tu fervor!
A mi afecto das color
de locas ingratitudes.
Sale tras él Polintia; él baja apriesa a ponerse en el teatro, y ella a las pausas de estos versos.
¿Qué huyes de quien te quiere?
Deja ese forzado intento,
que siempre en mi pensamiento
otra atención se prefiere.
Aparte.
Temo una infelicidad,
porque recelo en mi daño,
que ha encontrado con el baño,
templo de la castidad.
¡Que sea tal mi inclinación,
sin bastar consejo alguno!
¡Oh, cómo conozco, Juno,
aún dura tu indignación!
Pero si Venus y Marte
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propicios vienen a estar,
dime, Diosa, ¿qué has de obrar
teniéndolos de mi parte?
Da voces.
¡Espera, Acteón querido!
Llega adonde está el baño.
¡Huiré tus voces fatales!
Parece que de mortales
pasos escucho el ruido.
Mira Acteón a Diana.
¡Oh belleza soberana,
sola tú a mi amor excedes!
Échale con la mano un poco de agua en la cara.
Corre, Acteón, di si puedes:
¿viste bañar a Diana?
Y para que tu atrevida
huella se castigue así,
y tomen ejemplo en ti,
te daré larga la vida.
Conviértese Acteón en ciervo; cúbrese el baño, y a este tiempo Polintia ha de estar ya en el teatro.
Ya suerte avara venciste;
(¡ay infeliz!) transformado
en ciervo a Acteón he hallado.
¿Bella Diosa qué adquiriste?
La tramoya del ciervo poco a poco se irá entrando adentro.
Dentro en las ramas Cadmo hace ruido.
¿Pero habiéndolo yo visto,
y hallándome tan mortal,
cómo al duro golpe tal
con la vida me resisto?
Muere ya, esperanza mía,
tengan ya fin tus amores,
pues del cielo los rigores
te están venciendo a porfía.
¿Cómo en tan grande tormento
(viendo mi gloria perdida)
me está faltando la vida,
sin faltarme el sentimiento?
¿Pero qué voz es aquesta,
que más me viene a turbar?
Sale Cadmo.
¿Dónde, Acteón, te he de hallar?
¡Cuánto esa altivez me cuesta!
Deja, deja aquese afán,
por senda más sabia guía,
pues tu estrella y mi porfía
aqueso obligando están.
Toda tu casa has perdido;
¿dónde te llegas a ver?
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58
Todo lo podrás saber
si me das atento oído.
Esa alameda un bello prado oculta,
que de enramada al sol se dificulta:
ese arroyuelo en lazos la rodea,
o amante de su pompa la pasea:
ese (que de aquel río allí se parte
queriendo imperio aparte)
habita este lugar la casta Diosa;
cédela en él la rosa
púrpura a su mejilla;
al clavel (que del vulgo es maravilla,
y reino de las flores)
el rubí de su boca da colores;
y aun a algunas su vista en su pimpollo
las abre (como es sol ella) el cogollo;
y sol con tanto brío,
que muchas se rebelan el estío.
Si una flor corta a la raíz unida,
(que del prado es lisonja con la vida,
y del aire fragrancia)
duda la admiración en su arrogancia
si es favor, o si es queja;
pues quitándola al sol, que la bosqueja
viene a causar su muerte;
mas es feliz su suerte;
porque Diana con su hermoso anhelo
no la da vida, cuando la da el cielo,
ni su sol se limita,
pues antes se la da, cuando él la quita;
y la atención quedando indiferente
vida, y muerte la da tan neutralmente,
que luego sus colores
viviendo de su sol, mueren de amores.
Pisar vi aqueste prado su pie breve,
que primavera errante jazmín llueve;
y hermoseando las flores
al tocarlas no ajaba sus colores;
pues como en un clavel ponerse suele
o plata, u oro, con que luce, y huele:
así muy bien pudiera sin ajarse
su pie en cualquiera flor encadenarse.
Si el cabello tal vez esparce al aire,
el viento bebe el viento en su donaire.
Si la mano le peina con decoro,
galera es de marfil en ondas de oro:
y si la llega al labio
es un clavel injerto en azucena,
Pag. 59
donde mira su agravio
tanta floresta amena,
dudando en ella amor cómo se atreve
herir pechos de fuego, arpón de nieve.
Si del baño se arroja a los raudales,
se contienden cristales con cristales;
el de plata bruñida transparente,
y el músico rumor de la corriente,
con el mayor desvelo,
el cristal al cristal, el yelo al yelo:
y mientras el raudal Diana mora,
por la Venus tenida, o por la Aurora,
en tantas luces bellas
forma del yelo amor vivas centellas:
y a quien las mira ciego
no templa el agua, lo que abrasa el fuego.
Mezcla el amor a fin de su cautela
en campos de Neptuno
dos extremos, que el uno
el agua enciende; el otro el fuego yela;
y a quien verlos pretende
no yela el uno, cuanto el otro enciende.
Si salpicada ya de los raudales
dúdanse cristales a cristales,
sale en grado excesivo,
si el líquido cristal, si el cristal vivo.
Mas saliendo tan bella,
siempre imaginó él, que es la Aurora ella,
que en tan hermosa cisma
en perlas se desata de sí misma.
A este tiempo, estándose bañando,
huyendo, ingrato, quien le estaba amando
(¡cómo el alma en sus llamas no se arroja,
pues incendios vomita la congoja!),
tu nieto Acteón (¡oh, infelice suerte!)
ella, enfada, en ciervo le convierte.
Maltrátanle los mismos que le siguen;
sus canes le persiguen,
y los miembros heridos
rompe el aire a bramidos:
yo la llamo cruel; ella lo ignora;
la una le castiga; otra le llora;
él la muerte se intenta:
y en aquesta de amor fiera tormenta
quedé ciego piloto
a quien libró piadoso leño roto,
que se le niega el mar, mas no el espanto
porque se anegue en ondas de su llanto.
Pag. 60
56
¡Ah, fiera enemiga mía!
¿Hasta cuándo, rigurosa,
más puede, más, que el ser Diosa
en ti mi fortuna impía?
Deja, deja los rigores
aunque no te hayas vengado,
pues te ha la suerte quitado
en que libres tus ardores.
Ya pues tu altivo desdén,
que a Acteón llega a matar,
¿contra quién se ha de vengar,
(dime, Juno) contra quién?
Y tú, infeliz, transformado,
aquésto es lo que esperaste
de la caza, pues te hallaste
por ella precipitado.
¡Diosa, dime, en qué razón
cabe (o es la injuria vana)
que la culpa de una hermana
pague una generación!
Pero yo en quejas veloces
por la afrenta recibida,
mientras me dure la vida
te llamaré injusta a voces.
Vase.
¡Qué modo de padecer
tiene de hallar la agonía
en mi amorosa porfía
cuando tal me llego a ver!
Es tan alto mi dolor
(oídle, prados amenos),
que la vida es mucho menos,
que la pena del rigor.
Dame, honor del firmamento
(en tan robusto penar),
modo en que pueda explicar
con mi llanto mi tormento.
Mas ya en mis venas parece
el que me ha escuchado el cielo,
pues toda me ocupa un hielo,
¡y el pecho se me endurece!
Conviértese en fuente con tal arte, que el agua de sus caños salga bien alta: y se da fin al segundo teatro.
Jornada tercera
Pag. 61
[Folio vuelto en blanco]
TEATRO TERCERO. FORMA TERCERA. LA DIOSA EN PROSERPINA. DIANA. Plutón. Júpiter. Cupido. Carón. Proserpina. Ceres. Venus. Zilana. Orfeo.
Pag. 62
[Página izquierda en blanco]
THEATRO TERCERO. FORMA TERCERA. LA DIOSA EN PROSERPINA.
[Línea ornamental]
PERSONAS. Plutón. Proserpina. Júpiter. Ceres. Cupido. Venus. Mercurio. Aretusa. Carón. Ziane. Orfeo en voz.
[Línea ornamental]
Pag. 63
La página izquierda (verso del folio anterior) está en blanco, viéndose únicamente la tinta traspasada.
Cenefa decorativa.
Descúbrese sin música el paño, que cubre el tercer teatro y aparece una barca negra sin remos por un río de aguas negras: y en ella Plutón, y Carón con barbas de viejo malformadas: y ha de estar todo en grande obscuridad.
Cenefa decorativa.
Ya surca el bajel sin remos
del Leteo el negro Ponto;
ya le festejan las aves
nocturnas con ecos roncos.
Naufragando estos raudales
ardientes, como espumosos,
las propriedades se truecan
río el fuego, el cristal rojo.
Este Leteo de olvido,
(adonde se pierde el gozo
ya de vista a la memoria,
Pag. 64
y ya de albergue a los dos)
qué quietamente que corre:
porque a ecos lastimosos
del sentir su propia pena
nada les sirva de estorbo,
aunque sea al despeñarse
de aquestos cerros breñosos,
porque del natural orden
se altera aquí el curso todo.
Ea, Caronte, ministro
de mi afecto, impele el golfo,
porque de aquestos raudales
me arroja un destino heroico.
Ya, Plutón, dueño absoluto
de todo el imperio umbroso,
te obedezco; mas advierto
que nos vamos poco a poco,
y no me dejes; que entiendo,
como el resplandor ignoro,
perderme en la claridad.
La luz jamás causó asombros:
mis pasos sigue, o mi aliento,
pues sube caliginoso,
si a turbar no, el aire en sombras,
a ocultar el sol en soplo:
mas ¿quién en la luz se pierde?
Del sol el pájaro hermoso
se pierde en la noche, y della
los naturales abortos
en la luz, que la costumbre
es ley soberana en todo.
No dices bien, que la luz
es el natural más proprio
a quien las cosas respetan
por ser de todas adorno;
y contra naturaleza
el tiempo no es poderoso.
Y pues sabes que la sombra
se introdujo de otro modo
menos noble; y que a una antorcha
se cala el pájaro; como
a quejarse del horror
del oscuro calabozo
de la noche; aunque ya en ella
mire convertirse en polvo;
o por usar del valor,
que hace al riesgo muy hermoso;
o por ser como el que nada
Pag. 65
huyendo el fatal destrozo
en medio del mar, que tierra
busca en el piélago undoso;
y así naufragio en la luz
no esperes.
Yo bien te oigo:
mas sin ese inconveniente
¿cómo se ha de salvar otro?
¿cómo han de pasar las almas
(mientras faltamos nosotros)
al infierno?
Que se esperen.
Por imposible lo noto;
pues para ir uno al infierno
nadie se va poco a poco;
que el venir acá despacio
es condenarse a lo sordo.
Deja esas vanas quimeras:
¿no miras los negros troncos
que el Peloponeso encierra?
¿y que este sitio da abrojos
en vez de flores, y que ellas
son áspides venenosos?
¿No miras entre esos montes
tantos formidables monstruos,
que solo se escuchan quejas,
que solo atiendes sollozos?
¿siendo naufragios horribles
lo que estás sintiendo solo?
¿y que el ambiente del aire
(denso con el humo, y rojo
con el fuego) se acredita
también de mar proceloso?
Mas ya (gracias al afán)
penetro rumbos ignotos;
ya en vez de lúgubres voces
acentos oigo sonoros;
y en vez de vientos horribles
me lisonjean Favonios:
o ya naufrago la luz,
o ya el horror no conozco,
que al desmentirme deidad
no es mucho se mude todo.
La barca (que está a la vista, negra y sin remos) se volverá apareciendo con remos, y en el modo ordinario. El teatro quedará claro: y los tornos (que por el un lado con el velillo negro harán al Leteo) se volverán por el otro, y le harán cristalino. Prosigue.
Pag. 66
En fragancias de azucenas
se mira el céfiro undoso,
y el ámbar de los claveles
el aura respira a soplos.
Ya campos Elíseos huello,
ya objetos amables toco:
¡feliz lugar del descanso,
salve, oh templo del reposo!
Mas o me engaño, o ya surco
del Erídano los golfos;
que estos bosques afortunados
siempre los cruza en arroyos.
¿Qué dices, Carón amigo?
Plutón es lo que yo noto:
que no quiero el ser barquero
deste río por del otro:
pues los que a este sitio vienen
siguen un camino solo,
que es obrar bien; y a mi oficio
lo vario le hace vistoso;
pues lo nunca imaginado
siempre están viendo los ojos.
Arriba el barco a la arena.
Tus pensamientos ignoro:
Folio 61
Desembárcanse y dicen desde arriba.
Pues en tierra estamos, sigue
mis pasos no temeroso,
porque has de guiar un carro,
que en aquel florido soto
está; por señas, que tira
dél un dragón espumoso.
Mi rey eres; mas ¿por qué
me haces cochero y piloto?
Déjame un rato siquiera,
que no parezca demonio.
Cesan, ocultándose a la vista; y salen al teatro Cupido de bandolero, y Venus de cazadora, con arco y flechas, cada uno por su puerta.
Bandolero de la vida
soy, pues robar intento sus fervores;
y aunque fiero homicida
el corazón no hiero con rigores;
porque en él se ve luego,
que ignora la ruina, y siente el fuego.
Todo su rey me admira;
Pag. 67
el ardor más indómito obediente;
todo a mi gusto aspira,
el que raciona, anima, y el que siente
con amor verdadero,
o en afecto obligado, o desdén fiero.
¿Quién vive sin recelo?
De cuando mi deidad no le sujeta,
siente el hombre el desvelo;
y al hombre y bruto le hace en mi saeta
guerra en un laberinto,
a uno la razón, a otro el instinto.
Cuanto surca los mares,
cuanto con plumas gallardea el viento,
Dioses me dan altares,
todos recelan el arpón violento
para que más asombre
el bruto, el pez, el ave, el Dios, el hombre.
Van saliendo al teatro.
De Proserpina bella
el desdén solicito cuidadoso;
haga pues mi centella
de que al intacto lecho admita esposo;
pues de días nupciales
la castidad enferma a los umbrales.
Conseguiré mi intento,
o serán nubes mis suspiros tantos,
que hagan otro elemento
y parezcan enigmas, sino encantos;
o que la noche fría
haya querido alzarse con el día.
Plutón estará libre
en el opaco albergue, ni seguro
de cuando el arco vibre;
aunque se ampare del horrible muro,
pues mi fuerza invencida
más allá va del orbe de la vida.
¿Este acero perdona
al que veloz excusa mis amores?
¿al que fuerte blasona?
¿ni al que es adulación de los rigores?
No: que hiere se arguye
al que blasona, adula, y al que huye.
Proserpina mal entiende.
Plutón mi gran poder no considera.
Y cuando esta me ofende,
Y cuando mi deidad a aquel no altera,
ni conoce mi fuego.
Ni del poder se vence, ni del ruego.
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Ya están en medio del theatro, y se conocen mirándose
Aquí, deidad alada,
¿qué pretendes en estos horizontes?
Así (oh, madre amada)
penetro sendas, y discurro montes
por saltear la divina,
extremada beldad de Proserpina.
Tú en Sicilia, ¿qué quieres,
oh, más hermosa que la blanca Aurora?
Quiero que consideres
cuántos mi pecho afanes atesora;
pues Plutón menosprecia
lo que venera Roma, adora Grecia;
nuestra deidad ofende.
¿Tu culto (Venus bella) es profanado?
¿Y Plutón lo pretende?
¿Aquese dios nos ha menospreciado?
Examine su ruina.
¡Ya me ofenden Plutón y Proserpina!
Ella cogiendo flores,
al viento los cabellos esparcidos,
vuelan lisonjeadores.
Introducirme quiero en sus sentidos.
Vase.
Estorbarte no intento.
Rendiraste, altanero pensamiento.
Veré si constante eres.
Corre una cortina, y véase en un prado con los cabellos sueltos al aire Proserpina haciendo un ramillete.
¡Oh hermosura peregrina!
¡Válgasme tú, Proserpina!
Levántase.
Va saliendo al theatro.
¡Y a mí Júpiter y Ceres!
¿Quién eres, el que así intentas
conmigo usar de rigores?
¿Y alentándome fervores
mis dudas más acrecientas?
¿Quién juzgarás que haya sido
bastante a causar tal calma?
¿Ni quién a llevar tal palma,
sino un alado Cupido?
Yo soy yo; que quiere el hado
(más feliz en esta parte)
que viniendo a enamorarte,
salga yo el enamorado.
Aparecen en lo alto del monte Plutón y Carón, y dicen.
Pag. 69
Ocúltase a la vista Plutón.
Esta (Carón) es Trinacria
de aquesos tres Promontorios
llamada; del Lilibeo,
del Paquino, y del Peloro.
Prisión sirven a Tifeo,
el que a Jove poderoso
contra su escudo esgrimía
en vez de rayos sus ojos.
el que, si tal vez suspira
(centellas dando sus poros)
del fuego, del viento, y humo
tres veces es proceloso.
El Tirreno mar la baña;
y dividido en dos golfos
dos puntas de aquestas ciñe
una el Caspio, y otra el Jonio.
Allí se descubre el Etna
entre abrasados escollos,
horrible pompa del aire,
templo de la noche bronco.
Sicilia un tiempo fue Italia;
pero Nereo orgulloso
rompiendo el freno de arena
lo que era tierra hizo Ponto.
ese es el mar de Leandro:
mas en aquel prado hermoso
miro; sígueme Carón,
que luego lo sabrás todo.
Ocúltase también Carón.
¿Qué novedad te apasiona?
estos afectos ignoro:
de tal suerte estás Plutón,
que dudo si te conozco.
Deidad, oh amor, bien se ve
en tu casto resplandor,
que se te debe en rigor
lo que a mí se me da en fe:
solo en tal caso no sé
cuánto el pecho determina;
tu amor al amor inclina:
luego se ve entre los dos,
que pues tú le vences Dios,
más eres tú Proserpina.
Con ese claro arrebol,
con esa hermosura bella
si al amor le haces estrella
es estrella de tu sol:
yo te sigo girasol,
que estoy viviendo a tu ruego;
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tus luces usurpo; luego
si ellas faltaran en ti
se viera el efecto en mí
como causa de tu fuego.
Brille ese lucido albor,
densa niebla no le estorbe;
porque si no, todo el orbe
se ha de quedar sin amor:
crecerá luego el rigor;
aunque aquese es fin segundo;
que bien Proserpina fundo
admitas con Majestad
lo que se hace a ti Deidad,
y hace beneficio al mundo.
¡Oh cómo siente mi vida,
que a hacerla vienes penar,
pues la llegas a matar
con una tan suave herida!
Amor, eres homicida,
bien tu trato es el testigo;
y yo a probarlo me obligo,
pues dulce llegas a herir,
porque nadie sabe huir
del que mata en fe de amigo.
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Estando así Proserpina, y Cupido a un lado del teatro; salen por la otra puerta Plutón, y Venus; ella como apuntándole con el arco; y él como asombrado de ella.
Deidad, asombro, o quien seas
suspende el arco al flechar,
que si vienes a matar
ya tienes lo que deseas.
¿Quién eres tú, o instrumento
del más altivo poder?
que natural viene a ser,
aunque obra como violento.
¿Quién eres fiero enemigo
del bien, y de la razón?
pues al infernal Plutón
le haces la guerra contigo.
Ya que un Dios llega a penar,
mitígale los enojos,
pene de mirar tus ojos,
y no de verte flechar.
Aparte.
¡Oh cómo Venus me entiende!
Plutón, si deseas saber,
quién te ha llegado a vencer
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con este disfraz, atiende.
La Diosa yo soy, en quien
más se acrisola el fervor,
adonde todo es amor,
donde se ignora el desdén.
De quien se ha vencido hoy
tu altivez jamás presuma;
Venus, hija de la espuma
rizada del mar, yo soy.
Cupido aquel niño en sí
también este oficio tiene;
la materia me previene,
pero yo la cebo en mí.
Él con voces dulces llama;
mas yo con desasosiego:
él comienza a dar el fuego,
y yo levanto la llama.
Advierte pues la destreza
cómo llegamos a ser:
él se conmuta en mi ser,
y yo en su naturaleza.
Uno pues somos los dos,
en él yo, cuando fiel
estamos; pero en mí él
absoluto como Dios.
De ambos en uno el intento
conocerás con verdad;
suyo es lo que es suavidad,
y mío lo que es tormento.
Y así, pues que ya has sabido
nuestro oficio, nuestro ser;
pues me llegas aquí a ver
sabrás ya a lo que he venido.
Ya conoce Venus bella
mi pecho vuestro blasón;
ya lo dice el corazón
abrasado en tal centella.
Ya no pronuncia el acento
cuanto se llega a sentir;
ya no puede persuadir
la voz, como el pensamiento.
Ya en el conseguir me tardo
lo que se llega a querer;
y en viniéndome así a ver,
ya me aliento, y me acobardo.
Ya el deleite me enajena
el pecho, ya en él se abrasa;
y ya me ignoro, pues pasa
Pag. 72
tiempo de gozo la pena.
Míranse Cupido, y Venus.
¿Hasme de tornar a ver?
A Venus.
Sí haré: ya sobra el afán.
Sí, que pues juntos están
no somos ya menester.
Éntranse Cupido, y Venus cada uno por su puerta, y quedan solos mirándose Plutón, y Proserpina.
¡Qué tan extraña belleza!
¡Este es humanado horror!
¡Trofeo es tuyo, niño amor!
¡Pasmo es de naturaleza!
¡Cómo da vida a las flores!
¡En lo inculto proporción
tiene!
¡Venza mi pasión!
¡Mitíguense mis ardores!
Hablarla he determinado.
El huir dél aun no advierto,
aunque en aguardar no acierto.
Escucha, deidad del prado.
Esa admiración no estorbes;
(¡siempre es bien la admiración!)
y más al ver a Plutón,
a Plutón, dios de otros orbes.
Y la atención prevenida
diré yo con tu licencia,
que es bien corta la obediencia
mientras que dura una vida.
Reino te espera inmortal
si es que mi afecto te inclina;
que estrecho es a Proserpina
un imperio temporal.
Deja a Sicilia, que moras,
por este nuevo hemisferio;
adquirirás un imperio
sin que conste de las horas.
Serás reina, cual ninguna,
y lucirá tu farol
sin que dependa del sol,
ni del curso de la luna.
Más poder (y bien lo arguyo)
entre el gemir, y el llorar,
que entre el regir, y mandar
será, Proserpina, el tuyo.
Aquí en diversos intentos
Pag. 73
el mandar de un Rey se advierte
mayor, en poder dar muerte,
y allá en aliviar tormentos.
Y si estos puntos se ven,
la distancia es desigual;
pues uno se inclina al mal,
y otro se endereza al bien.
El bien se mira en mi Reino;
en la tierra la aflicción:
mira tú pues sin pasión
cuál es tierra, o cuál infierno.
Y si es donde es el penar,
donde aqueste llega a ser;
bien podrás ya conocer
en cuál parte viene a estar.
Y si el infierno se entiende
con tormentos infinitos
donde se pagan delitos;
aqueste discurso atiende.
Bien es evidente indicio,
que lo que uno mal obró,
cuanto en cometello erró,
que lo paga en el suplicio.
Virtud es el padecer;
pues llega a considerar,
si es menos mal el penar
el mal, que el llegarle a hacer.
No la tierra se disculpa,
ni mi Reino se condena;
uno padece la pena,
y otro comete la culpa.
El que es mejor del indicio
juzgue tu solicitud,
donde se obra una virtud,
o donde se ejerce un vicio.
Y así admite con piedad
(pues que tu afecto merezco)
este Reino, que te ofrezco
de tan buena calidad.
Si vengo a considerar
próvida tu ofrecimiento,
miro, que cumple tu intento,
pues no tienes más que dar.
Si los quilates de amor
me detengo a conocer,
llego entonces a entender,
que me das todo el fervor.
No a dejar el sol me inclino;
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ni resuelta estoy a amarte;
y en el seguirte, o dejarte
a nada me determino.
Quiere la deidad alada
en tal modo sujetarme,
que sin llegar a inclinarme
me tiene ya enamorada.
No parece verosímil.
¿Por imposible lo ves?
pues porque veas si es
posible, mira este símil.
Canta con dulzura suma
el cisne suave al rigor;
y si clarín es de amor,
también es Orfeo de pluma.
Disfraz halla su agonía
para mejor aplaudir;
quédase con su sentir,
y muestra la melodía.
Tal usa por huir su mal
en modos tan cortesanos,
que ¿harán los pechos humanos,
si esto hace lo irracional?
Festeja el bello arrebol
del cielo en tantas porfías;
y aunque le matan sus días
aqueso es matarle el sol.
Ese luminar, que dora,
fuera ingrato a ser posible;
mas le hace un imposible
dar muerte a quien le enamora.
De la voz aficionado,
y del modo del penar
si se llega a enamorar
no se da por inclinado.
Hay en sentido perfecto
diferencias (bien lo ajusto)
en lisonjear el gusto,
y en conmover el afecto.
Llegan dos tiempos a ser
en el discurso, que sigo;
uno de cumplir consigo,
y el otro de no poder.
Deidad mira a su respeto
el sol, que es mejor razón
el callarse una pasión,
que el descubrirse un defecto.
El ejemplo hallas visible
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procurando enamorarme,
que yo no llego a inclinarme
por si no hallo otro imposible.
Miro Proserpina hermosa
que el juzgarte enamorada
sin darte por inclinada
es prueba dificultosa.
Porque de la misma acción
(supuesto, que es verdadera)
atenta se considera
de estos tiempos la razón.
Lisonjeada verdad
es el pecho de la vista,
primero allí se conquista
inclinar la voluntad.
De la razón desconfío
con que me quieres vencer;
porque amor no puede haber
sin moverse el albedrío.
Si él no se mueve en rigor
¿cómo podrá enamorarse?
luego sin el inclinarse
¿quién dirá que tiene amor?
Pero alientos, que me animan
de tu esposo, y de tu amante
dame un favor semejante,
los Astros lo determinan.
No puede excusarse el hado;
pero luego en muda fe
Plutón yo te le daré,
que en él se haya decretado.
El favor es sospechoso
en la misma voluntad,
parece necesidad
el concederle al esposo.
Y en mi amorosa pasión
juzgaré por más bien mío
el gozar de tu albedrío
que no de tu posesión.
No te parezca violento
esto en el mismo querer;
y si lo quieres saber
dígalo este pensamiento.
A un merecer infinito
querer privarle es error;
mejor se logra un amor,
que se comete un delito:
no la fortuna limito
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del escusar el tormento;
cierto es del hado el intento;
y quien le pretende grato
no empiece a llamar ingrato
al que gusta ver contento.
Y ya el propio confiar
es el que hace agradecer,
y la duda de un placer
aún hace cierto un pesar:
siempre más se ha de estimar
la fe de correspondido;
ni quien tan ingrato ha sido
viendo templado un desdén,
que no proceda más bien
obligado, que ofendido?
Bien sé en tu conocimiento,
que eso fácil no ha de ser;
y así he de satisfacer
a tan sutil pensamiento.
Quien con rara presunción
el favor ha anticipado,
ignora, que aún es gozado,
cuando llega su baldón:
Siempre más es la opinión,
que ha de guardarse, y temerse;
demás, que no ha de ponerse
en cómputo de estimarse
la duda del arriesgarse,
con la gloria del vencerse.
El favor no se limita
por no hacer común el trato;
pues que le quita de ingrato
la ocasión, que solicita:
en fin, quien se precipita
de esperanza, que al perderla
verá, si debe temerla;
porque se arriesga el honor:
que nadie ajada una flor
llegó jamás a cogerla.
Luego pretendes luego
dudando mi afición,
moderar mi pasión,
y templar tanto fuego.
Muestras de mi pena doy;
y pues tal me presumí,
ya de lo mismo, que fui
aún el retrato no soy.
Que me falte mi bosquejo
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¿cómo puede suceder?
ser lo que dejé de ser
no es dejar de ser mi espejo.
Ya mirarme así he llegado
en esta confusión tal,
que ni soy mi original,
ni parezco mi traslado.
Brote pues la indignación,
pues son tantos sus afanes;
y en repetidos volcanes
esté ardiendo la pasión.
Y pues que volcán consiento
llamar lo que el pecho ama;
mi vista te dé la llama,
y mis suspiros el viento.
Tanto exhalado vapor,
que vomitan mis enojos
enciéndase ya a mis ojos,
y no al Planeta mayor.
Conque esta región, o seno
cause (en más fatal desmayo)
con cada mirar un rayo,
con cada gemir un trueno.
Y pues que Plutón se ve
airado, nada le estorbe;
y sea el terrestre orbe
la duda de lo que fue.
Aparte.
¡Cómo recelo algún mal!
Aparte.
¡Cómo estoy viendo mi daño!
Aparte.
¿Si procura algún engaño?
Aparte.
A ella.
¡Ya mi pena es desigual!
En fin, ¿que no has de quererme?
Ya no podrás agradarme.
¡Oh, cómo piensas burlarme!
Aparte.
¡Qué admirada llego a verme!
¿Que no hay medio entre los dos?
¿Para qué, Plutón, le esperas?
Pues si no le consideras,
esto es usar del ser Dios.
Arrebátala en brazos, y éntrase con ella; y van diciendo desde adentro.
Alza la voz.
¡Plutón! (que atrevido adquieres)
suspende el loco furor,
que no se fuerza al amor;
¡piedad, Jove, favor, Ceres!
Dentro.
No mi acción, mi afecto acusa.
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Alza la voz.
¿Cómo en bárbaros intentos
no te apiadan mis acentos?
¡Favor, Ciane, Aretusa!
El carro prevén, Carón.
Salen Ciane y Aretusa, ninfas de dos ríos, admiradas, cada una por su puerta, y Carón responde dentro.
Ya a tu obediencia le tienes.
Quejas, Diana, previenes.
Voces de la ninfa son.
¿Qué es lo que habrá sucedido,
pues Diana se lastima?
Dentro.
Dejemos aqueste clima.
¿Qué novedad habrá sido?
¡De quejas se puebla el viento!
Rásgase el aire a suspiros,
y entre el horror de luz, giros
asombran más que el acento.
Mi sospecha no es muy vana.
Recelo alguna ruina.
La que llora es Proserpina.
La que se queja es Diana.
¿Quién conociera el rigor,
Folio 73r
quién advirtiera el fracaso,
para ayudarla en tal caso,
¿para mostrarla favor?
Descúbrese arriba, al son de clarines, por encima del monte un carro triunfal de negro y oro, de quien tira un dragón, y Carón como cochero a caballo sobre el dragón; y en el carro dos sillas en modo de trono, y en ellas sentados Plutón y Proserpina.
Ninfas de aquesos raudales,
¿no miráis el robo atroz?
Del carro el curso veloz
estorben vuestros cristales.
¡Ea, valiente Carón,
da rienda al bruto fogoso!
Ya el animal espumoso
conoce mi agitación.
¡A Ciane!
¡A Aretusa!
Ambas de los dos lados del teatro.
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¿Ves a Proserpina hermosa?
¿Y tú a Diana, tu Diosa?
Nuestro favor no se excusa.
Van las dos subiendo por dos tramoyas poco a poco: y han de estar las tramoyas a los dos lados del teatro enfrente una de otra.
Ya inundo con mis cristales
el prado.
Ya su ligera,
infame, altiva carrera
estorbo con mis raudales.
Sale Ceres por el teatro confusa.
¿Qué dios nocturno, infernal
a tal acción se ha atrevido?
¿Qué ninfa robada ha sido?
¿Quién pensó escándalo tal?
Mas si advierto la atención,
que el robo saber desea,
la ninfa no sé quién sea,
mas aquel dios es Plutón.
Carón ya se mira errante.
Ya aquestas sendas ignora.
¿Qué te detienes ahora?
Que me veo naufragante,
temo, Plutón, nuestra ruina.
Levántase.
Tiémblese mi indignación.
Levántase.
¿Qué es lo que intentas, Plutón?
Ya lo verás, Proserpina.
Da Plutón con un tridente (que ha de traer en la mano) en el monte; y ábrese, y húndese el carro con Carón: y Ciane, y Aretusa (que estaban en las tramoyas) se hunden al mismo tiempo, que el carro.
Espantada.
¿Qué es lo que escuchando estoy?
¿Qué es lo que a Plutón he oído?
Proserpina es la robada,
¡valedme, influjos divinos!
Donde se afija lo errante,
y es dócil todo lo fijo;
Proserpina, el claro espejo
(en que afectuosa me miro),
aliento infernal le empaña;
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¡venza un abismo a otro abismo,
si como es capaz la pena,
lo es también el pecho mío!
A suceder la desdicha,
a dar la nave en el risco,
a vedar la nube al sol,
y a la flor el hielo frío:
¡ay, para un daño un remedio,
para una pena un olvido,
para un ahogo un consuelo,
para un pesar un suspiro;
y para todos los males
el haber ya sucedido;
y solo para mi mal
es no tener albedrío!
¡Y así es tanto mi tormento,
mi dolor tan excesivo,
que de mi pena no sé,
porque de mí aún no he sabido!
Desde que la oí robada
(con qué pesar lo publico;
con qué aflicción lo pronuncio,
y con qué afecto lo digo!),
admirada me confundo,
desatinada me aflijo;
y entre la vida y la muerte
ni sé si muero, o si vivo;
¡y me desmiento deidad
en lo mismo que imagino!
La congoja es la que mata,
y ahogando el dolor indigno,
si la causa me consiente,
¿por qué el efecto no admito?
Todo pues aquesto junto
hallo en un sujeto mismo;
pues muerta estoy a la vida,
y viva estoy al martirio.
Y así sin vida y sin muerte,
solo sin algún alivio
entre el vivir y el morir
¡me quedan los parasismos!
¡Plutón atrevido ultraja
de mis ojos el aliño;
y Ceres se enoja! ¿Cómo
no se falsean los riscos?
Ceda al enojo el consejo
en la parte del arbitrio;
pero en la de la venganza
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sea ella lo que respiro.
En indignaciones ardo,
del furor nada remito,
porque el usar de piedad
no es oficio del vencido.
Por culpa de un hombre airada
Palas no fue, la que hizo
ocaso de tanta armada,
de tanto esplendor argivo,
dando lisonjas del viento
en sepulturas de vidrio.
¿A las reliquias de Troya
Juno con ardor impío
en huracanes opuesta
no hizo chasquear los pinos?
Pues yo (reina de los frutos,
que hallé en Sicilia el opimo
grano dorado, y es mía
por tan grande beneficio),
¿yo, hermana y mujer de Jove,
tal consiento, tal admito?
¡Bajaré al oscuro reino
de funestos laberintos,
que las llamas de mis ojos
me enseñarán el camino;
y de sus cavernas toscas
(a pesar de su rey mismo,
y aunque todo se conjure
contra mi amor excesivo)
traeré libre a Proserpina
de lóbregos precipicios,
para que viva feliz
edades largas conmigo!
¡Mas no, que al padre supremo
(que truena desde el Olimpo)
me quejaré, y él hará
de su justicia el oficio!
Entrase Ceres, y luego se volverá el teatro del modo que al principio desta jornada; y por la otra puerta (que por la que se entró Ceres) saldrán Plutón y Proserpina, él con una hacha negra encendida.
Aqueste, ninfa, el eterno
albergue de sombras es;
estas cavernas, que ves,
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palacios son del infierno.
Aquesa maleza bruta
(bien el horror nos enseña)
mi alcázar es esa peña,
mi tribunal esa gruta.
No juzgues, no, tu ruina,
suspende la admiración;
que ha dividido Plutón
su imperio con Proserpina.
Bien el amor agradezco,
que tan grande en ti se ve;
lisonjas, que son en fe
de lo que no te merezco.
Pero como el resplandor
mi vista aun no desperdicia;
dame, Plutón, la noticia
deste lugar del horror.
Mi voz a decir se apreste
lo que adquiere en tu obediencia;
y pues que me das licencia
oye, que tu reino es este.
Este imperio de términos fatales
el sueño es de la vida, no el incierto;
que siendo dulce alivio de los males
se la recibe el hombre de estar muerto:
el centro más posible a los mortales
adonde las delicias toman puerto,
sí, que es este lugar; y a más porfía
parasismo del sol, ansia del día.
Entre ese horror, que congeló el espanto,
entre esa niebla, que engendró el Leteo
con mayor confusión, con ardor tanto
vislumbres repetirse a veces veo:
sin dejar de sentir se veda el llanto
de los Manes impuros al deseo,
por si es luz, que sus ojos examina,
y luz es, que no dora, y que fulmina.
Ya has hollado soberanamente
las sendas ignoradas del contento,
adonde es el cuidado indiligente,
y adonde el padecer no es escarmiento:
la pena solo no es indiferente
aquí, ni es vanagloria el sufrimiento;
todo es el todo al mal, causa desmayos
sin vapores, y sol forjarse rayos.
Al verme sin esposa yo entretanto
vencido estaba de mi afecto altivo;
y en tan alto sentir, y en tal encanto
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solo vivía mi dolor activo;
ardía el corazón, y con mi llanto
procuraba aplacarle, y el más vivo
ardía con el agua, en que me anego,
que hasta en mí son las lágrimas de fuego.
Si quieres ver el que es quien te enamora,
deste Dios infernal el ser profundo
mira en el sol, que engendra en lo que dora,
y que es la causa de aumentarse el mundo:
pues todo lo que cría, y que atesora
lo goza apenas; ya este seno inmundo
se remite después, que a tal cosario
el Planeta mayor le es tributario.
Si mi valor el móvil de los cielos
no arrastró introduciendo mis centellas;
negar el sol sus rumbos paralelos;
a la noche faltar sus luces bellas;
romper del cielo los azules velos,
desquiciar de su sitio las estrellas
con estrépito grande, ni he causado
por no hacer mi poder tan limitado.
Si doy un desahogo al sentimiento
con la profunda causa de un gemido,
naufraga de alquitrán ese elemento
el bajel de mis ecos sumergido:
inquietarse el raudal, turbarse el viento;
y si verlo pretendes reducido
todo a no más de un límite; es de modo,
que un cadáver haré del orbe todo.
Esa montaña, que ese mar combate,
y rienda es a sus ímpetus, no poca;
haré que en tantos flegras se desate,
que sea esfera de fuego, más que roca:
esa (que espadas de cristal rebate,
y de un cristal, que abrasa lo que toca)
haré, que exhale horrores; y que luego
los piélagos del mar se sorba el fuego.
O se engaña mi sentido,
o de un acorde instrumento
la armonía dulce siento,
voz sonora es la que he oído.
Qué voz será, que en destreza
llevada tan superior
aun duda si hace el primor
aparte naturaleza.
No se frustra mi deseo,
que la melodía tanta
es de Orfeo; y pues que canta
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oye Proserpina a Orfeo.
Canta dentro Orfeo.
La primer vez, que en el prado
se vio teñido el jazmín,
y de fragrancia de nieve
pasó a prestado rubí:
fue con sangre de tus venas;
yo (bella esposa) lo vi,
la respiración a pausas,
los rigores mil a mil.
El áspid (que ya pavesa,
si pavesa de marfil
tu cuerpo hermoso causó,
también lo llegó a sentir.)
Muerto de rigores bellos
a ti, y a él os presumí;
a él feliz de desgraciado,
y a ti de hermosa infeliz.
Cesa de cantar Orfeo: y prosigue Proserpina.
Ya no se oye, o ya no sigue
a la harmonía el acento;
y así Plutón en tu intento,
y en tu descripción prosigue.
Mira de las tres Furias infernales
el pórtico adornado del Averno;
cuya hermosura, y perfecciones tales
aun de horror sirven hasta al propio infierno:
vibrando está su vista a los mortales
con repetido fuego, ardor eterno;
cuyos cabellos son en tortuosas
culebras, ondas de oro procelosas.
Cuanto este centro de la tierra abarca;
que es bien le tenga en sí la propia tierra;
porque el estambre advierta de la Parca,
y de atención la sirva en lo que yerra:
Todo me está aclamando su Monarca;
ya en la paz (que aquí es paz la poca guerra)
desde el Cerbero en el trifauce estruendo,
hasta de Radamanto al juicio horrendo.
Mira la Estigia en orbes procelosos
conocidos raudales de Caronte:
mira por otra parte en los undosos
piélagos despeñado ya Flegonte:
no ves allí los mares tenebrosos
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en que ardiendo se arroja el Aqueronte;
el Aqueronte, cuyas fuertes manos
contra Jove ayudaron los Titanes.
De la noche el lugar determinado
caliginoso centro mira aparte;
de donde el manto negro, si estrellado,
a los humanos ojos se reparte:
esta es aquella que introdujo el hado;
el hombre feliz fuera al ignorarte;
pues si faltara tu presencia fuerte
no naciera de ti luego la muerte.
Si el cóncavo pretendes ver umbrío,
donde la muerte yace, no al espanto
atiendas del lugar, no al muerto frío,
ni al que es sin el sentir causa del llanto;
no a la guerra incesable, al ardor frío,
no al vale postrimero; sino en tanto,
míralo todo pues; que es el eterno
de la muerte lugar todo el infierno.
Con sombra de piedad ya te convida
el sueño, mas no entiendes sus rigores:
ese pirata de la media vida,
basilisco fatal de los verdores,
mas que no de agasajo, de homicida
sirve en tantos vedados resplandores:
pero no; que aunque en traje adusto y fuerte
rémora de la vida es en la muerte.
La rueda de Ixión mira volante
sin cesar, mientras Febo de la cuna
se sumerge en sepulcro de diamante;
rueda del hado, pero sin fortuna:
ya Sísifo te espera allá delante,
que en su mal no halla providencia alguna;
que hay males sucedidos con tal ciencia
donde estrecha se vee la providencia.
Ticio es aquel ligado eternamente,
que manjar sirve de un buitre fiero:
Tántalo el otro aquel, que diligente
no aprovecha su mal, ni consejero;
pues un árbol se huye de su frente;
y un raudal por dejarle es más ligero;
porque a su hijo en avarientos brazos
se le trinchó a los Dioses a pedazos.
Mira allí:
Sale Carón apresurado.
Plutón, advierte.
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¿Qué novedad te ha traído?
Carón, di, ¿qué ha sucedido?
A él.
Ya se mitiga tu suerte.
Mientras Ceres de ti dice,
de su hija el robo atroz,
Mercurio (en curso veloz)
por ti viene.
Ya predice
al verme desconsolado
dentro del pecho la pena,
a que altiva se condena.
Ir tengo siempre a tu lado.
Si tú has de ser el testigo
mío de cualquier tormento,
sígueme, que no le siento.
Pues vamos, que ya te sigo.
Éntranse; y vuélvese el teatro como estaba de antes: y suena toda la música: y aparécense en tramoyas: primero un trono, y en él Júpiter; y en una tramoya Ceres algo más baja: y a los lados de Júpiter Cupido, y Venus; y dice Ceres.
Pues ¿cómo (oh Jove) permites,
cuando justicia repartes,
sea robada Proserpina
a la patria de los manes?
Proserpina, ninfa bella,
que en flores la erige altares
Sicilia; la que en un tiempo
bajel de arena fue errante.
Júpiter, ¿y favoreces
de la impiedad a la parte?
¿Qué se le reserva al daño
si la justicia tal hace?
Vuelva, vuelva Proserpina
de Alfeo al florido margen,
deidad del prado luciente,
de la perfección examen.
Pues si no se restituye,
Diana en el monte yace;
y vencedoras las fieras
harán triunfo las crueldades.
Ese planeta de avisos,
que rayos blancos reparte
por sus orbes transparentes,
negará el curso brillante.
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Suenan clarines.
Proserpina, Diana, Luna
todas tres en un dictamen
con pérdida de una sola
todas verán tal ultraje.
Mas ya me dice el estruendo,
que de centros infernales
Proserpina, y Plutón llegan.
Ceres, tu afecto me aplaude.
Ábrese el teatro, y por bajo de él van saliendo; primero Mercurio; y luego Plutón, y Proserpina y Caronte, todos en tramoyas después de haberse tocado los clarines.
Presentes a Proserpina,
y Plutón tienes delante.
¿Cómo tuviste, Plutón,
atrevimientos tan grandes?
No fue Plutón, sino amor
el que causó efectos tales.
Pues, señor, si Proserpina
ya de mi reino gustase,
que en femenil pecho el nombre
de emperatriz mucho vale,
y aunque sea en reino oscuro,
bueno es tener vasallaje.
Pues, ¿cómo puede ser eso?
Porque es amor quien lo hace.
Sí, que al pecho humano incauto
entre aplausos muerde áspid.
¿Y mi llanto, y mi congoja
se ha de quedar en tan grave
angustia?
Ceres, no hará,
que este medio ha de tomarse;
para que ni a Ceres niegue,
ni tampoco a Plutón falte;
ya este respete marido,
ya aquella venere madre
Proserpina, mientras fuere
creciente; y llena se halle
en el cielo; y en el centro
infernal mientras menguante.
Suenan los clarines, y a un tiempo toda la demás música; y con toda ella suban en las tramoyas a lo alto Júpiter, y Ceres, Proserpina, Mercurio,
