Testo digitale

testo digitale di Santa Catalina Virgen, la rosa de Alejandría, y la disputa que tuvo con los doctores

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

Metadati dell'opera

Attribuzione tradizionale
Attribuzione stilometrica
Non indica alcun autore Inconcludente
Genere
Comedia
Stato del testo
Transcripción automática de manuscrito
Origine
El texto procede de la transcripción automática del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/17288.

Avvertimento

Può includere errori o omissioni. Se disponi di un'edizione migliore, contattaci con noi per gli aggiornamenti.

Licenza

Questo contenuto è offerto sotto la licenza Creative Commons CC BY-NC 4.0. Riutilizzo consentito su appuntamento; usi commerciali non consentiti.

Licenza Creative Commons CC BY-NC 4.0

Citazione suggerita

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Santa Catalina Virgen, la rosa de Alejandría, y la disputa que tuvo con los doctores. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/santa-catalina-virgen-la-rosa-de-alejandria-y-la-disputa-que-tuvo.

Prima pagina dell'opera
Prima pagina dell'opera
Ultima pagina dell'opera
Ultima pagina dell'opera

SANTA CATALINA VIRGEN, LA ROSA DE ALEJANDRÍA, Y LA DISPUTA QUE TUVO CON LOS DOCTORES

Pag. 1

TRAGICOMEDIA, de Santa Catalina Virgen y Mártir, y de la disputa que tuvo con los Filósofos. PERSONAS. Maxencio Emperador. Porfirio. Nicandro. Ctonio. Sacerdos. Dúo sacrificuli. Santa Catalina. Custos carceris. Tres Ángeles. Evandro. Tebano. Aristipo. Plotino. Filósofos. Faustina Emperatriz. Delia su dama. Dos guardas de la cárcel.

Sello: Biblioteca Nacional de España

Pag. 2

Prólogo. El rojo Apolo, y las hermanas nueves, que en el sagrado monte de dos cumbres en torno la divina frente cercan; y bañando los labios en sus ondas, con voces, e instrumentos acordados, hace del monte cielo su armonía. Terpsícone que mueve los afectos, que causa el blando toque de las liras: Euterpe, que con mano artificiosa, entona regalados instrumentos: déjenlos para el fin de nuestra historia: cuando vieren salir la blanca leche del blanco cuello, de la tierna Virgen, y vieren recibir el alma santa, en las palmas de Espíritus con alas de color, variadas de sus nubes y ponerla en el tálamo divino, en el alcázar de su tierno esposo. A ti llamo Melpómene admirable que con el verso, y trágico ornamento autorizado en hábito, y palabras diste espíritu, a Sófocles, y a Séneca, ambos gloria de Griegos, y Latinos. Y a ti Talía que ha de ser forzoso tomar alguna parte de tu estilo porque aquel gozo, que las almas mueve, a mostrar por de fuera sus afectos; De 107 110 De manera ha de ser que nos obligue, a usar de algunos cómicos discursos; vuestra virtud socorra mis conceptos. Escúsase el autor desta Comedia si no es traje de Comedia la que viéredes, usar del argumento separado, como en puras Comedias se acostumbra. que la Tragedia antigua era un sujeto no desconforme a la verdad heroica, adonde se introducen grandes príncipes, famosos, y guerreros Capitanes, Ciudades, y Castillos arruinados, desmantelados muros, fuego, y sangre, muertes, y parricidios, y destierros, incendios, epitafios, y funestas exequias, llantos, mensajeros tristes. Pues en gentilidad supersticiosa con representación grave, y calzado, bajaban de los Cielos estrellados a sus fingidos Dioses, y salían de los cuatro elementos las Deidades y a los más escondidos semideos sacan de los árboles, y montes, hasta hacer salir otra vez de los abismos a gozar otra vez del aire claro a los Héroes, e ilustres que en el mundo fueron por sus virtudes adorados. A los principios siempre que la Tragedia muy grave en el estilo, culto, y fasto,

Pag. 3

y lleno de palabras escogidas reducidas a verso numeroso del popular lenguaje retirada, nada vulgar, sujeta en todo a leyes, historia de verdad, do se retienen los verdaderos nombres de personas en ella introducidas, porque todo lo que en ella se trata es muy creíble. Y si estas son las leyes de Tragedia, ¿qué nos puede faltar en nuestra obra? ¿Qué ejemplo podrá haber para la vida de los que caminan para el Cielo, como la que veréis representada de Catalina célebre en la Iglesia Católica, Romana cuya fiesta este Colegio con razón celebra? ¿Qué más alto sujeto que esta Virgen, descendiente de Reyes cuya mano no quiso dar de esposo al Rey del suelo, por no negársela a su esposo Cristo, en quien los ojos de su cuerpo, y alma puso, sin los quitar de tal objeto? En esta se introduce el verdadero Dios inmortal, criador del Cielo, y tierra Jesucristo su Hijo, y Catalina Virgen, su esposa. Cuyo amor fue tanto, su fortaleza, y varonil constancia que no la puso miedo el cruel Tirano, las amenazas dél, ni los tormentos, ni las ruedas con fierro barreadas, con 105 111 con sierras, y cuchillos guarnecidas, las unas en las otras encontrándose echando mil centellas, e infernales heridas en los duros corazones, o pedernales de sus inventores. Destrozada esta machina por mano del que arrojó los ángeles del Cielo, y con ellos los ásperos verdugos que todo se acabó con fuego, y sangre. ¿Pero quién ha de ser tan observante que por guardar las leyes de Tragedia, que acaba con un suceso desastrado deje de rematar tan alta historia con el premio que Dios omnipotente recompensó a la Virgen Catalina, sacando de su muerte vida nueva, y dando a sus tormentos nueva gloria, y a su virginidad segura palma, con júbilos, y cantos celestiales? La Tragedia es en todo semejante a la buena pintura que aunque imita a las buenas figuras naturales, los pintores las sacan más curiosas, no pudo el escritor con su cuidado (aunque de señalarse deseoso) significar con arte, y con estudio desta sagrada Virgen sus primores. De dotes soberanos ilustrada, solo el que la pintó tan pura, y bella, y le dio perfección en cuerpo, y alma,

Jornada primera

Pag. 4

matices, y colores de virtudes imitando a su madre gloriosa podrá pintar al vivo a Catalina. Quisiera yo para alegrar su fiesta tener aquel donaire de Laberio que con sola pureza, y elegancia vencida tuvo a Italia, o la de Publio, que con sola su gracia incomparable, a Grecia despojó de su alabanza. Cisnes de Betis caudaloso río que en esta gran Ciudad merecéis las plumas volando al firmamento, y en el canto grave, y artificioso dais al mundo muestras de aquellos dones, que os dio el Cielo, derramad vuestros versos soberanos mezclados con elogios inmortales, en honra de esta Virgen Catalina defensa, y protección de los estudios, Patrona de las artes, y de las ciencias, que en este su Colegio se ejercitan y estad atentos a su sacra historia.

ACTUS. I. SCE. I.

Maxen., Porphy., Nicandro., Estronio.

Maxencio.

Ergo agite, o Proceres! rite urbibusque omnia nostris

Sunt optata Diis, Martique adolentur honores,

Numinibusque Superum.

Porfirio.

Cuncta sic altaria multo

Thure calent, centumque boves ad templa appinquant,

Vittis, et secta redemiti cornua fronde,

Infula, et in morem felici comptus oliva,

Pro templis castus, puraque in veste sacerdos

Expectat, dum sacra piis altaria donis

Ornant, tepidum iam bibitura cruorem.

Estronio.

Sponte sua coeunt urbes, populique frequentes

Muneribus, sertisque sacris delubra coronant.

Maxencio.

Sacra Diis fiant, quae iuste incepta parantur,

Atque sacerdotes pateris altaria libent,

Et pecudes sacro profuso flumine, castos

Sanguine perfundent, quos rite sacravimus ignes;

Nos ante ora Deûm pingues venerabimur aras,

Atque diem faustis saepe instaurabimus extis.

Porfirio.

Non posthac divina modo immortalia vivent,

Perpetuis signata notis, monumenta Deorum

Sed tua; quae his tremulis mactantur victima flammis,

Immortale tuum facient tibi Numina nomen

Et cui flammosas conflagrant thura per auras,

Huius in accenso gliscenti pectore flamma

Vivit amor verus, sacroque cremabitur igni.

Nicandro.

Qualis ubi tenuis spatiosa per aethera sursum

It fumus, gratique procul spirantur odores,

Haud secus auratis fertur tua gloria pennis

In coelum: terraeque bono complentur odore

Numinis, et coepti pro religione laboris.

Estronio.

Vix hominum capit stipata frequentia templis.

Porfirio.

Personat hinc surdum spatiosa per atria murmur,

Hinc mittunt duplices demissi ad sydera palmas.

Supplicat haec Veneri pars, et pars altera Baccho,

Pag. 5

Porfirio.

Extollunt alii Martem, Divumque parentem

Elato clamore Jovem, turbamque Deorum.

Estronio.

Stat gladiis cincta cohors feritura iuvencos,

Dumque ensem vibrat, ferrumque in viscera condit,

Vacca ruens moribunda suum bibitura cruorem,

Purpureamque animam moriens per vulnera fundit.

Nicandro.

Confusi reboant stagnantes sanguine Campi,

Mugitus tauri tollunt, nemusque omne resultat,

Flagrant thura focis, crepitantque altaribus ignes,

It fumus, celerique fuga glomeratur in altum,

Et qua fulgenti radiabant Sydera Coelo,

Prorsus odoratis conduntur tecta tenebris.

Maxencio.

O, felix, faustumque piis mortalibus omen!

Ergo? quas valet pia mens persolvere grates,

O, Juvenes? mecum divinas dicite laudes:

Nec fas est tacito sepeliri pectore, tantum

Munus, et immerito mutam compescere linguam?

Te pater omnipotens, summi moderator Olympi

Obtestor, sanctumque tuum nunc invoco numen:

Te quoque Phoebe parens, et te Saturnia Juno,

Vos gemini fratres, clarissima Sydera Coeli,

Sacra Jovis proles, te pharetrata Minerva,

Te Bellona potens, te Mars, pater inclyte Belli,

Saturnum, Veneremque voco, sacramque Dianam,

Cesserit usque piis, si sors mihi prospera votis:

Mox ego dum monear stare Sic ad templa ministros,

Ter denos, centumque, simul mactabo iuvencos.

Scen. 2. Sacerdos. Sacrificuli duo.

Sacerdote.

Salve princeps optime, en tibi iussu tuo

Sacerdote.

Parantur plurimi Diis mactandi boves.

Adsunt ministri, imperium qui praestent tuum.

Sacrificulus 1.

Parata sunt omnia, nudusque ensis micat.

Sacrificulus 2.

Heu quoties segetes pascebant alacres

Ore comas famelico tondente arborum,

Luent piacula suo iam sanguine,

Et quae voravit sata, aperto vomet vulnere.

Maxencio.

Quas possum referam gratias vobis Diis

Has ego vobis immortales semper agam.

Sacrificulus 1.

Nostra item res agitur Princeps inclyte,

Quare age, quae praestanda cupis nobis dicito.

Sacerdote.

Scias oportet, quas tibi velint Dii

Mactari victimas, et quae petunt sacra:

Aegyptii vaccam, Cypri mactant Deae

Immanibusque placantur porcis sacri lares

Eumenidum matri Volucris Tytania placet,

Equis exultat Phoebus, tauris Cynthia,

Agna Juno, columba candenti Venus.

Maxencio.

Audisse gaudeo, quas velint victimas

Dii immortales, complete dicta modo opere

Pro viribus, ego curabo, ut semper animis

Nostris vigeat, integra Deorum religio.

Sacerdote.

Scio quibus magis gaudent Hostiis,

Non sue, non capris, non tauris, non aliis

Quae numeravimus donis, humani sibi volunt

Mactari sanguinem.

Maxencio.

Factum pulcherrimum.

Sacrificulus 1.

Heu cuiusnam, nunquid erit iste meus?

Pag. 6

Sacrificulus 1.

Immo aliud.

Sacrificulus 2.

O Dii quid aliud summe? Restat aliud!

Dii boni cohibete iram, cedam vobis taurum modo.

Porfirio.

Siste, puer.

Sacerdote.

Christianusne es?

Sacrificulus 1.

Apage malum.

Sacerdote.

Gaudent cristiano superi sanguine.

Maxencio.

Mortalis exulet hinc religio Dei,

et procul amandetur infame caput.

Nunquamne qua luant poenas fulget dies,

Christicolae? Nunquam qua Christi Dii exterminent?

Porfirio.

Haud foret hoc nunquam victa dextera tua,

nostris procul finibus iste exulet Deus!

Plectantur capite tale qui volunt caput.

Maxencio.

Ita fiet: modo mactemque Numini boves,

nostris ut iterum coeptis Dii annuant:

vos sacrum properate templum alacres. Eo.

Scena 3ª

Santa Catalina virgen entra, saliéndole al encuentro.

Catalina.

Detente, Emperador, enfrena el paso

con que a tu perdición ligero vuelas,

en medio de la luz, de luz escaso.

Amaina, amaina las hinchadas velas

que al ciego pueblo engolfan en su daño,

¿no ves su riesgo, ni su mal recelas?

Abre los ojos, mira el desengaño,

¿por qué en tan ciego horror los apacientas?

¿por qué los abres a tan claro engaño?

Catalina.

Suspende el sacrificio en que hoy presentas

por sacra ofrenda ciento y treinta bueyes

sobre las aras con tu don sangrientas.

Que no permite el Cielo que los Reyes

que autores deben ser de la justicia

establezcan al mundo nuevas leyes.

Maxencio.

Bellísima doncella, pues malicia

reinar no puede en corazón divino,

si eres diosa inmortal, sé nos propicia.

Que el resplandor del rostro cristalino

descubre en el semblante soberano

no sé qué de deidad que en ti imagino.

Que no puede caber en pecho humano

tan gran valor, ni presumir defensa

contra el poder de aqueste cetro, y mano.

Y si en ti cabe la deidad inmensa

de alguna diosa a quien la tierra adora

de tu grandeza injusta recompensa.

El velo corre, y luego al punto, y hora

pondré a tus huellas mi real corona

seré tu esclavo, y tú serás señora.

Sacerdote.

El ánimo invencible es de Belona,

de la Reina de Chipre la belleza,

de Cloris la frescura, o, de Pomona.

Catalina.

Un solo Dios, una suprema alteza,

una sola deidad, una hermosura,

un bien del Cielo y tierra, una grandeza.

Pag. 7

Catalina.

Si en dicha igual, y celestial ventura

cupiese vuestra, que una muestra diese

de un claro rayo, de una lumbre pura.

Ay Dios, y cómo, aunque pequeña fuese

los ojos luz, cobrase el alma vida,

y mil bienes, si bienes mil quisiese.

Porfirio.

Así es verdad, mas quien la esclarecida

luz tuya viere, la estrellada frente,

y en el marfil la púrpura extendida.

Quien de tus labios el coral luciente,

quien la columna de alabastro pura,

quien de tu faz el rostro transparente.

Catalina.

No digas más, que tenebrosa, y dura

cárcel del alma es todo y aun infierno

hay quien la llame, y triste sepultura.

Nicandro.

Mas quien puede negar que del interno

divino resplandor, se muestra afuera

tan claro rayo, y claro rayo eterno.

Maxencio.

De alguna más que humana primavera

tan rico mayo y tan vistoso prado

de flores lleno se descubre afuera.

Catalina.

Al mayo abrasa un solo viento airado,

y en tierna edad las olorosas flores

el tiempo gasta, y el color rosado.

Tanta belleza, y tantos resplandores

un día los enciende, y los apaga,

un día ofrece, y roba los colores.

Estronio.

Cuán poco, y mal de tanto bien se paga.

Catalina.

El verdadero bien es el del alma,

mas el del cuerpo, cuerpo y alma estraga.

Porfirio.

Fue cuando la hermosa, e ilustre palma

las diosas, y aunque diosas pretendieron

teniendo todas hermosura en calma.

Sacerdote.

Pues siendo diosas ignorar pudieron

de su valor al justo los cabales,

o el justo precio de ella no tuvieron.

Catalina.

Contáronla los sabios en los males

que más ofenden con dorado engaño,

con muestra igual, con obras desiguales.

Es un bien frágil que en su mismo daño

crece para acabarse, y cuando tarde

ofrece a mayor costa el desengaño.

Apágase la luz cuando más arde,

y se amortaja el campo seco, y cano

que ayer de su hermosura hizo alarde.

El vicio, lustre, y fuerza del verano

despoja, y roba el riguroso hielo,

y el árbol se carcome más lozano.

Las nubes teme el más abierto cielo

el sol se eclipsa cuando más hermoso,

y en sus cenizas se sepulta el fuego.

Porfirio.

Supremo Emperador muy sospechoso

es este razonar de esta doncella

de extraña secta, y parecer dañoso.

Pag. 8

Estronio.

Libre, atrevida, sí discreta y bella

se muestra al parecer en sus razones.

Maxencio.

Si razón, o fuerza al fin podrán vencella.

Sacerdote.

No venda por razón sus sinrazones.

Estronio.

Más que mármol no ablandan en un pecho

ruegos, amenazas, halagos, dones.

Catalina.

Un corazón en sacro amor deshecho,

escudo firme forjará en su fuego

para cualquier glorioso, heroico hecho.

Nicandro.

Al fuego de oro cualquier otro es fuego.

Catalina.

No el del Señor a quien humilde adoro,

si bien lo es el rapaz desnudo, y ciego.

Para adorar el mármol, plata, y oro,

con título de Dioses levantado,

no hay huir gasto, ni excusar tesoro.

Maxencio.

Al alto templo, y al lugar sagrado,

al ara sacra y simulacro santo

con justas ceremonias dedicado,

justamente se ofrece, y debe cuanto

la aurora coge, y la oriental ribera

para el adorno de su ropa, y manto.

Y si mi ofrenda fuere la primera,

la tuya escoge, adorna, ciñe, enrama,

que no has de ser en la ofrecer postrera.

Sacerdote.

Las aras ceñiré de casta grama,

y tú con pura mano el don sabeo,

ofrece, y quema en la piadosa llama.

Catalina.

Donosa ofrenda, ¡qué gentil empleo

de un alma ilustre, y pecho generoso,

postrarse a piedras que las toco, y veo!

A Cristo eterno, y celestial esposo

de mí le hago humilde sacrificio,

don que en sus ojos es el más precioso.

Maxencio.

Si perseveras en tan loco intento,

tu vida mal lograda será al mundo

ejemplo nuevo, a todos escarmiento.

Catalina.

Escucha, y examina en qué me fundo.

Maxencio.

Será de bueyes en la sacra ofrenda

el don primero, y tú serás segundo.

Y porque mi intención mejor se entienda

harase aqueste examen más de espacio,

y porque el error tuyo no se enmienda

aquí me espera dentro en mi palacio.

Vanse todos. Queda la Santa sola.

Escena 4.

Catalina.

Rex deum, divumque pater, quo príncipe mundi

Stat moles, medioque gravior iacet aere tellus,

Salve dive parens, salve Rex inclyte Regum

Alme deus, Jesu dulcis, spes unica vitae:

Salve meis gratum rebus solamen, in arctis,

Tu clypeus, tu tela mihi, tu certa salutis

Anchora, securi tu spes placidissima portus,

Ancipiti fer opem pugnanti, praelia Marte:

Tu mihi munus eris, sine te mihi cuncta nocebunt,

Te sine dulce nihil, tecum mihi cuncta voluptas,

Pag. 9

Catalina.

Una salus, ac unus amor, spes una tuorum,

Ergo age propitiusque meis nunc annue cœptis.

Escena 5.

Tres Ángeles.

Ángel 1º.

Ilustrísima doncella,

a quien tanto Dios previno

que en tu rostro cristalino

los ardientes rayos sella

de su resplandor divino.

El mismo Dios nos envía

a estar en tu compañía

para que el mundo no ofenda

aquella preciosa prenda

que de otras manos no fía.

Ángel 2º.

Ya el mundo como envidioso

y enemigo de lo bueno

enturbia el cielo sereno

turbando el nuevo reposo

de este noble, y casto seno.

Mas doncella generosa

para salir victoriosa,

de nuevo espíritu armaos

y con denuedo aprestaos

a guerra tan peligrosa.

Que ya el mundo toca al arma,

ya tremola su bandera,

ya se apresta, y acelera,

ya todo el infierno se arma

para batalla tan fiera.

Ángel 3º.

No permitáis ser vencida

del engaño que os convida,

mirad que es guerra dudosa,

y tanto más peligrosa

cuanto menos conocida.

Catalina pues tenéis

de Dios tan segura prenda

de que en cualquiera contienda

la victoria alcanzaréis

sin que el tirano os ofenda.

Desechad el temor vano

del brazo, y poder tirano

que pues se encarga de vos

el brazo del mismo Dios

él os terna de su mano.

Catalina.

Fuerte brazo, y poderoso

de amigo dulce, y fiel

quien jamás se valió dél

que en el trance más dudoso

no saliese bien con él.

En él pondré mi esperanza

sin jamás temer mudanza

en su socorro, y favor,

que en prendas de tanto amor

bien fío mi confianza.

Ángel 1º.

Prenda de esposo os daré

porque en virtud de tal prenda,

si os vieren en sacra ofrenda

Pag. 10

Dale un anillo.

Ángel 1º.

morir por amores del

ser vuestro esposo se entienda.

Él este anillo os presenta

y con él os representa

su abrasado y tierno amor.

Bésale.

Catalina.

Este divino favor

lo asentaré por mi cuenta.

Y pues que así su clemencia

me ofrece seguridad

de dulce fidelidad,

hallará correspondencia

en mí de igual lealtad.

Reverénciolo y adoro

como al más rico tesoro

de mayor precio y valor,

pues no es menos que su amor

el que se muestra en el oro.

Ángel 1º.

Así no habrá torbellino,

viento, ni furor que baste

dar con tu firmeza al traste,

porque el corazón divino

es la piedra de su engaste.

Así que con gran razón,

poniendo en él tu afición,

de este anillo que hoy te da,

el propio asiento será

el dedo del corazón.

Catalina.

Soberano y dulce esposo,

con tal don, cual hoy me has fecho,

mi corazón satisfecho

arde en tu pecho amoroso,

y el tuyo arderá en mi pecho.

Divino esposo del alma,

pon el turbio mar en calma;

o, no me dejes a solas

en medio de tantas olas,

porque no se pierda esta alma.

A ti, buen Jesús, consagro

cuanto puedo consagrarte;

de mí no reservo parte

y seré al mundo milagro

cuando yo de ti me aparte.

Y pues yo me entrego así,

quede el cargo solo a ti,

y en esta fe de virgo

que si yo amare otro esposo

no vea gozo de mí.

Ángel 1º.

A su eterno amor se debe

este amor, y mucho más,

y así no permitirás

que otro alguno parte lleve

de la prenda y fe que hoy das.

Esta sola pide en ti,

y pues dicen, y es ansí,

que es piedra imán el amor,

del amor el que es mayor

se lleve el menor tras sí.

Pag. 11

Híncase de rodillas la Santa.

Ángel 2º.

Hoy tu valor tanto crece

que el alto Dios te mejora

en la ciencia que atesora,

y así esta borla te ofrece

con el grado de Doctora.

Cuyo color, por ser blanco,

denota que será el blanco

de mil tiros de mil sabios,

a quien cerrarás los labios

dejándoles siempre en blanco.

Su precio y valor excede

al mayor merecimiento,

que es su divisa su ornamento

del que ab eterno procede

del divino entendimiento.

Hinca en tierra las rodillas.

Dios, ante quien te arrodillas,

hoy honra así tu cabeza,

y tanto más la endereza

cuanto más bajo la humillas.

Catalina.

En sus hilos blandos, tiernos

hallo mil lazos de amor,

mas en el blanco color

contemplo rayos eternos

del divino resplandor.

Ya sin temor ni recelo

podré entrar en el duelo

de humana sabiduría,

pues me hallo aqueste día

graduada por el cielo.

Ángel 1º.

¿Queréis, sabia Catalina,

militar como guerrera

debajo de la bandera

de la milicia divina?

Catalina.

Sí quiero, y es bien que quiera.

Ángel 1º.

¿Proponéis de pelear,

y con valor conquistar

por la fe de Jesucristo?

Catalina.

Sí propongo, y no resisto,

a elección tan singular.

Ángel 1º.

¿Para cualquier conquista

os disponéis?

Catalina.

Sí dispongo.

Ángel 1º.

¿Ponéis el hombro?

Catalina.

Sí pongo.

Ángel 1º.

¿Como escrita en esta lista,

lo proponéis?

Catalina.

Sí propongo.

Abraza la espada.

Ángel 1º.

Pues esta espada os entrego

templada en divino fuego,

que es la palabra de Dios,

y si della os valéis vos

venceréis todo error ciego.

Que la palabra divina

es espada aguda y fuerte,

que en todo sabe ser fuerte,

sobre todo predomina,

aun sobre la misma muerte.

Hagaos Dios feliz guerrera

en la lucha que os espera,

y recebid este abrazo,

Pag. 12

Ángel 1º.

de aquel poderoso brazo

que vuestro esfuerzo prospera.

Catalina.

A ti, grande Dios, consagro

con devoción animosa

esta diestra valerosa,

que para trance tan agro

armo la tuya gloriosa.

Y cuando en guerra trabada

esgrima esta ardiente espada,

saltarán tales centellas,

que quede a la lumbre de ellas

toda luz vana eclipsada.

Ángel 2º.

Graves golpes os dispensa

la divina providencia

por la tirana inclemencia,

mas tendréis fuerte defensa

si el escudo es de paciencia.

Ángel 3º.

Y así embrazad este escudo

en cuyo temple no dudo

que la más furiosa espada

se quiebre, o quede mellada

si tira a herir de agudo.

Catalina.

Trueque dichoso será

y de mi inestimable precio,

pues si mi vida desprecio

mi sangre a Dios comprará

por menos del justo precio.

Rompa pues la dura espada

mi carne a Dios dedicada,

que si en ella hace presa

romperá también la presa

que el amor tiene cercada.

Ángel 3º.

Bien podéis darme este escudo.

Ángel 1º.

Yo aunque el pecho no revoque,

también os pido el estoque.

Ángel 3º.

Yo os seré paje de escudo.

Ángel 1º.

Yo también paje de estoque.

Ángel 2º.

Vamos, que el rey obstinado

viene en su mal acordado.

Vanse los ángeles.

Catalina.

Teniendo a Dios en el alma,

yo me llevaré la palma,

y él quedará despojado.

Escena VI.

Maximiliano, Porfirio, Nicomedes, Sacerdote, Centurión, Catalina.

Maxencio.

¡Cuán desdeñosa y esquiva

es la frágil hermosura,

cuán atrevida, cuán dura,

cuán temeraria y altiva

es la mujer sin cordura!

Volvamos a ver a aquella

honestísima doncella

tan sabia cuanto elocuente,

tan bella cuanto prudente,

tan altiva cuanto bella.

Pag. 13

Nicandro.

Sin duda que persevera

en error tan obstinado,

pues como fuerte soldado

con tanto denuedo espera

firme en el puesto aplazado.

Porfirio.

¡Qué empresa tan generosa,

qué suerte tan venturosa

será, si alcanzo victoria

desta, que hará la historia

de tus hechos más gloriosa!

Maxencio.

Doncella noble, y cortés,

no estimes por favor vano,

el que hago pues me allano

a oírte.

Catalina.

Beso los pies

de quien me da tanta mano.

Maxencio.

Levanta, que no es razón

que tan rara perfección

digna de estar en el cielo

se humille, y postre en el suelo

con tan grande sumisión.

Y pues tu sabio lenguaje,

y semblante muestra que eres

gloria, y precio de mujeres

bien será que en tu linaje,

patria, y nombre nos enteres.

Catalina.

Cuanto a mi ser natural,

mujer soy flaca, y mortal,

y mi nombre Caterina,

mi nación Alejandrina,

y mi linaje real.

Yo desciendo de los reyes

que en Egipcia monarquía

sin fuerza de tiranía

establecieron las leyes

que hoy conserva Alejandría.

Soy hija, y no la menor

del gran Costo, Emperador

que, gobernando este imperio,

fue en el real ministerio

tu postrero antecesor.

Mi ejercicio es estudiar

lógica, y filosofía,

retórica, geometría

con deseo de alcanzar

perfecta sabiduría.

Mi religión no es profana,

ni mi fe, ni mi ley vana,

pues como he dicho, y has visto,

soy sierva de Jesu Cristo,

y así en profesión cristiana.

Esta divisa gloriosa

es mi gloria, y mi tesoro,

a solo este Dios adoro

que me eligió por esposo

dándome este anillo de oro.

Maxencio.

Apolo te dé su luz.

Pag. 14

Catalina.

a ti la de el buen Jesús.

Maxencio.

No seas tan necia y loca

que oses tomar en la boca

aquese que murió en cruz.

Catalina.

Si murió por mí y por vos,

pero, señor, no os asombre

que tenga inmortal renombre

quien murió no en cuanto Dios,

sino solo en cuanto hombre.

No voy por ciego camino,

ni penséis que desatino,

porque sé que es hombre y Dios

con naturalezas dos

en un supuesto divino.

Maxencio.

No lo entiendo.

Catalina.

Ni me espanto,

porque a tal punto no llega

la razón que al fin es ciega

cuando el Espíritu Santo

su luz y favor le niega.

Maxencio.

Qué vanamente te ciegas,

pues de mis dioses reniegas

teniendo ser inmortal

por un Dios que fue mortal,

como tú misma no niegas.

No sirvas, doncella hermosa,

a ese Dios que es de palo,

pues que por injusto y malo

le dieron muerte afrentosa

colgado de un tosco palo.

Ni el ciego error se desmande

a enseñar que rija y mande

en el mundo un solo Dios,

que son muy poco, uno y dos

para un mundo eso tan grande.

Porque como se divide

en aire, mar, cielo y tierra,

cada cual su imperio cierra

en la parte que preside

sin hacerle a otro Dios guerra.

Júpiter tiene en el cielo

su cristalino escabelo;

al aire preside Juno,

las aguas rige Neptuno,

Plutón los senos del suelo.

Mira el hijo de Latona

que, rigiendo el carro de oro

desde el estrellado coro,

dora, alegra y perfecciona

al mundo con su decoro.

Con los influjos vitales

de sus rayos celestiales

todo lo cría y sustenta,

y con su calor fomenta

aves, plantas y animales.

En sola su bella hermana

verás un sagrado terno,

pues que en este cielo eterno

Pag. 15

Maxencio.

es luna, en montes Diana,

Proserpina en el infierno.

Y con su virtud quilata

las venas de fina plata

y el néctar lúcida acendra

las netas perlas que engendra

en que el oriental contrata.

Mira el fortísimo Marte,

cuyo valor nos defiende

del furor que nos ofende,

y con su rojo estandarte

mi imperio y reinos extiende.

Mercurio el ingenio aviva,

Pallas nos da verde oliva,

la gran Ceres rubio trigo,

y Baco vital abrigo

con las vides que cultiva.

Mira este claro Lucero

de Venus.

Catalina.

No digas más,

que vas fuera de compás

al ciego despeñadero

donde ciegamente das.

Que estos dioses que has nombrado

no merecen este grado

pues hombres mortales fueron,

y como tales murieron

sujetos al duro hado.

Maxencio.

¿Y tu Cristo no murió?

Catalina.

Sí murió, y pagó de hecho

este voluntario pecho,

mas luego resucitó,

lo cual tus dioses no han hecho.

Enclavado estaba en cruz

mi dulce esposo Jesús,

y el sol en señal de lloro

enlutaba el carro de oro

negando al suelo su luz.

El mundo se quedó a oscuras,

los elementos temblaron,

las piedras se quebrantaron,

y abriendo sus sepulturas

los muertos resucitaron.

Dime ahora si en la muerte

del más poderoso y fuerte

de estos tus dioses se ha visto

como en la muerte de Cristo

sentimiento de esta suerte.

Responde, rey, ¿estás mudo,

o te falta la ciencia?

Maxencio.

Yo pido al cielo paciencia

que me sea arnés y escudo,

para sufrir tu insolencia.

Sacerdote.

¿No ves, doncella, que sales

al encuentro de tus males?

Mira las obras perfectas

que escribieron los poetas

de los dioses inmortales.

Pag. 16

Catalina.

Mi fe en esto no se empacha,

yo admito aquellos testigos,

que aunque son vuestros amigos

no quiero ponerles tacha

por ser de mi fe enemigos.

Que el dicho de ellos condena

el error, que os encadena,

y así contra el barbarismo

de tan ciego paganismo,

tengo probanza bien llena.

Porque el gran poeta Homero

de ese Júpiter famoso

a quien llamáis poderoso

dice que fue un lisonjero,

engañador, mentiroso.

Este sus vicios pregona,

blasfema, acusa, y baldona,

mil vituperios le dice,

y a cada paso maldice

su poder, cetro, y corona.

Y con la dorada hebra

de versos tan bien compuestos

canta sus torpes incestos,

sus adulterios celebra,

y sus tratos deshonestos.

Por cierto muy grande gloria

le resulta de la historia,

que con tan infames nombres

hoy conserva entre los hombres

larga, y perpetua memoria.

En vuestros poetas fundo

vuestro error, y mi derecho,

pues mil veces con despecho

llaman a Marte iracundo,

vengativo, de mal pecho.

Y aun Plutarco considera,

haber sido gran ceguera

y error del ciego vulgacho

tener por Dios a un borracho,

y por diosa una ramera.

¿Qué dices, Rey, que enmudeces?

tú mismo serás testigo

de la verdad que te digo.

Maxencio.

¡Ah, loca! Y, ¿cómo te ofreces

al riguroso castigo?

No seas tan atrevida,

tan necia, y desconocida,

deja esas bachillerías,

no quieras en pocos días

malograr tu edad florida.

Que te echaré cien mordazas

en esa blasfema lengua,

que tan libre se deslengua.

Catalina.

La fe no teme amenazas,

ni con tormentos se mengua.

Maxencio.

¿Cómo no te pone horror

mi poder, saña, y rigor

para que en algo te ablande?

Catalina.

No habrá tormento tan grande,

Pag. 17

Catalina.

que yo no sufra mayor.

Maxencio.

Que ni razón te convence,

ni amor, ni favor te allana,

ni amenaza te amilana.

Catalina.

Con ningún ardid se vence

ni rinde la fe cristiana.

Maxencio.

Dime, ¿en qué fuerzas confías

cuando así me desafías?

¿Quién te ha dado tanto brío?

Catalina.

Aqueste valor no es mío,

ni aquestas fuerzas son mías.

Maxencio.

¿Pues cuyas son?

Catalina.

Son de Cristo,

que es mi verdadero esposo.

Maxencio.

¿Que osas nombrarlo?

Catalina.

Sí oso,

pues con la gracia resisto

a tu orgullo riguroso.

Maxencio.

¿Habrá potencia tan rara

que así resista a la vara

de un rey airado y sañudo?

Catalina.

La paciencia es el escudo

que tales golpes repara.

Maxencio.

Aunque tu pecho se esfuerza

a padecer y sufrir,

fuerza te habrá de rendir.

Catalina.

A quien puede rendir fuerza

aún no sabe qué es morir.

Maxencio.

Echarte he por estos lodos,

y buscaré nuevos modos

con que temas mi poder.

Catalina.

Gran fortaleza es vencer

aquellos que temen todos.

Maxencio.

Alta soberbia, rapaza,

cesen razones, y a la obra

que ya la paciencia sobra,

cuando ni amor, ni amenaza,

vergüenza, ni temor obra.

Atárese con fuertes cuerdas

para que de nuevo pierdas,

con que mi celo provocas,

porque semejantes locas

por la pena han de ser cuerdas.

Ponedle duras esposas

en las manos.

Catalina.

No resisto,

porque sé que quiere Cristo

maniatadas sus esposas,

y maniatada conquisto.

Maxencio.

¿Oyes, Estronio?

Estronio.

Señor.

Maxencio.

Para que purgue su error

esta rebelde doncella

ponla en la cárcel, que vella

le cause grima y horror.

Su guarda y prisión te encargo,

y esto tendrás por indicio

de que me tienes propicio.

Y así quedará a mi cargo

galardonar tu servicio.

Estronio.

Acepto, rey, el partido

con ánimo agradecido,

Pag. 18

Estronio.

y en nuestros dioses confío

que el deseo tuyo, y mío

tendrá el suceso debido.

Llévala Estronio presa. quédanse los

demás. y buelve Estronio.

Scan. 7.

Maximo. Porfirio. Nicomedes. Sacerdote. Estronio.

Porfirio.

Aethereos liquisse lares fulgentis Olympi

In nostras remeasse putem iam Pallada sedes.

Nicandro.

Hanc ego, qui vicit Troiano iudice credam

Esse Deam, niveo tantum decus emicat ore.

Porfirio.

Non Tritonaea Virgo, sacri ingenii parentis

Doctaque coniunctos anteiret voce Minerva

Tam dulces fudere modos, tam dulcia verba

Non qui dulciloquo fertur modulamine cantus

Indomitos quondam sensus movisse ferarum

Ipse Didimaeus Catherinae cedit Apollo.

Nicandro.

Aspice quam placido prodat se gratia vultu,

Aurati ut ludunt per candida colla capilli,

Spicula contorquent quoquo vaga lumina flectit

Mollia et Sarmatis fixit praecordia telis.

Maxencio.

Qualis ubi incertus qua sit, sibi nescit eundum

Ancipiti lassus cum substat corde viator,

Prospectat hinc inde viam, campumque parentem,

Fluctuat, et dubius nec se committit aperto

Ille viae; Variis sic stant mihi pectora curis.

Attrahet inde decus, retrahet mox gloria vires,

Et pia Relligio aequo certamine pugnat.

Dumque amor, et pietas aequo se Marte lacessunt,

In dubio ancipites volvuntur pectore fluctus.

Sacerdote.

Quid dubitas afferre Diis pia sacra puellam?

Polluis atque tuam exitiali crimine dextram?

Siccine, ut immerita potiatur faemina vita

Coelicolas merito iniuste frauderis honore?

Esto, divinum referat Catherina decorem,

Lacteque exsurgat tenero de corpore candor,

Stringat et auratos stellata corona capillos

Grata minus superis; ideo pia victima divis

Mactetur; praeciosa Diis sunt munera cordi.

Maxencio.

Ergo age fulmineo subsit Catherina mucroni,

Et iugulata sacras virgo procumbat ad aras.

Nicandro.

Siste, quid infensis pia mens hoc arrogat armis.

Porfirio.

Haud fas est mentem moderari legibus hisce,

Intima mortifero rumpantur viscera ferro.

Sacerdote.

Et meritas sceleris virgo luat impia poenas.

Porfirio.

Inspice coelicolis referat si faemina laudes,

Solemnesque Iovi succedant thura per auras

Ultima, ni faciat, subeat discrimina vitae.

Maxencio.

Circumspecta placet cunctis prudentia rebus

Est mihi; sic iubes vestra sacra sententia cordi.

Nicandro.

Blandis saepe solent mulceri pectora verbis:

Si lubeat verbis animum blandire puellae

Mollibus, illa tuis poterit concedere dictis.

Sin gravis accenso scintillat pectore vultus

Pag. 19

Porfirio.

Victa manus dederit, peraget mandata iubentis.

Corde tenax nunquam succumbet femina verbis

sævis, nec dulces debellant pectora voces,

quæ facundo suo armavit thorace Minerva,

Undique si placet coetus huc siste Sophorum,

Cunctarum, quos clara armet sapientia rerum,

Mox ubi consertis nunc hinc, nunc vocibus illinc

Æra crepent, doctæque sonent sacra Pallados arma,

Belligera devicta dabit sua corda Minervæ.

Maxencio.

Ergo age tu cunctas fac nostri edicta per urbes

Imperii, nostraque manu signata ferantur.

Ut quos Palladia decorant sacra munera Divæ

Et Sophia quicunque vigent insignibus, omnes

Acciti huc properent, doctis atque artibus istam

Frangant elata sedentem mente puellam.

Chr.

Exequar, extemploque tuis quæ ingentia terris

Regna patent, mandata dabo, cunctasque per urbes

Dimittentur, erit fidis mora nulla ministris.

Jornada segunda

Pag. 20

ACTUS 2us

Scæn. 1.

Evand. Theba. Aristi. Ploti. cæteri phili.

Evandro.

Dii faveant nobis, ut bene siet

Semperque fausto huc incedamus pede

Alexandriam appulsi iam feliciter.

Tebano.

Cæcubi insigni urbe non læta redeat

Fortuna.

Aristi.

Nobis hinc si augurari licet,

Prospera cuncta fluent, læta omnia evenient.

Plotino.

Certe ego admiror urbis magnitudinem,

Mænia, domus, turres, atque palatia,

Immo quæ solo erecta minatur polo.

Aris.

Architecto si credamus Dynocrato

Miro, qui illam mensus est ingenio,

Millium extendit passuum quindecim

Una urbis per quam magnifica laxitas

Ad Macedonicæ clamydis confecta effigiem,

Orbe gyrato liciniosam suo

Procursu anguloso, læva, atque dextera.

Evandro.

Mareotis lacus aspiciens meridiem

Euripio, qui se ostio immittit canopæo

Illam fructuum reddit feracissimam,

Scatet vernante solo inclytis fontibus,

Benigno semper fæcundata sydere.

Plotino.

Nec solum amænitate viget illa fructuum

Acerrimis pollet, floretque ingeniis.

Tebano.

Scholas habet artium liberalium

Ubique olim terrarum celeberrimas,

Frequenti nobilitatas concursu gentium.

Arist.

Vestrum licet videar sermonem abrumpere,

Vobis ego prodigiosum omen proferam,

Quod ad urbis huius laudem pertinet.

Evandro.

Gratas dabimus aures, si lubet, dicito.

Arist.

Huic cum mænia propter gypsi inopiam

Pinguis frumenti farina describeret.

Pag. 21

Arist.

Aves hinc, inde volitantes omnigenae

Vicinis protendere horreum gentibus

Futuram urbem rebus subvenientem omnibus.

Plotino.

Saepe solent huiusmodi auspicarier aves,

Infausta licet illae quandoque nuncient.

Sed exprime nobis, quid hac de re sentias,

Audiemus omnes libenter te modo.

Tebano.

Fallunt haec nempe, et sapientes decent.

Arist.

Ex avibus quasdam scimus augures,

Quasdam vero notant itidem praepetes,

Cantu illae, volatu istae, cuncta nuntiant.

Aquila aut si ex parte volitet dextera,

Felix omen facit, et laeta plurima

Protendit alis, si volet stridentibus.

Evandro.

Non sic Tarquinio superbo, cui exilium

Fuit, atque regni praedicta amissio,

Implumes cum foetus Vultur occiderit,

Privaverit esca nidos, atque everterit.

Plotino.

Simile quid audivi de Dionisio,

Cuius cum iaculum extorsisset de manibus

Aquila satellitum, mersissetque pelago,

Exilium, regnumque, simul abrogari

Et alias praedixit calamitates miseriarum.

Arist.

Felix Tarquinius Priscus, cuius pileum

Sublatum rostro, cum abstulisset Aquila,

Posuissetque suo deinceps capiti

Regnum illi perpetuum ominata ferunt.

Tebano.

Haud malis reor Alexandria conditam

Tebano.

Avibus, quae tot felix affluit copiis

Ingeniorum, divitiarum, atque fructuum

Quos plena parturit manu ferax ager.

Arist.

Sed heus vos; quis ille est qui ad nos properat?

Salutatum obviam eamus, si lubet.

ACT. 2. SCA. 2.

Estronius, et iidem Philosophi.

Evandro.

Salvere te omnes optamus, optime vir.

Estronio.

Quis huc vos appulit ventus, ante oculis

Urbis perlustretis magnificentiam

Eiusque praeclaras perscrutemini opes.

Tebano.

Quinimo, ut Regis sequamur imperium,

Modo qui nos ad se huc venire iubet.

Arist.

Ecquid causam adventus nostri esse putas,

Rumor ne quisque ad aures pervenit tuas?

Estronio.

Ut certa liceat coniectura hoc assequi,

Me fieri a vobis oportet conscium,

Quam profiteamini artem, cui et muneri

Vestram vos de more navetis operam.

Plotino.

Sapientiae toto incumbimus pectore,

Omniumque artium procreatrici Philosophiae

Nostrique ingenii lumine Eloquentiae

Omnibus nos inservimus conatibus.

Estronio.

Ni fallor magna vos expectat provincia,

Rem magni momenti vestris imponet humeris,

Qui vos ad se de longissimis oris vocat,

Pag. 22

Estronio.

Et tam difficiles peragere iubet vias.

Omni disciplinarum excultos genere,

Ipse ni fallor Imperator advenit.

Ut ista quae vos agitat cura liberet,

Ipse est, eamus omnes ocyus obviam.

Sca. 3. Maxe. Porph. Nican.

Sacer. Theb. Philo. Evan.

Evandro.

Salutem peroptamus tibi maximam

Obsequio nos addicti semper tuo.

Maxencio.

Tandem ego precor inmortales Deos,

Vobis inpertiri, ut velint liberaliter.

Tebano.

En tua quo nos maiestas venire iubet,

Adsumus parati, quod velis, exequi.

Arist.

Ecquid tibi a nobis faciendum cupis?

Plotino.

Impera Rex inclyte, faciemus quod velis

Gratissimo quod fieri poterit animo.

Maxencio.

Vestra, meo dum pareatis imperio,

Res item agitur, ingenio nunc est opus,

Arte, religione, et sapientia.

Evandro.

Arte si velis uti nostra, arte excellimus.

Tebano.

Sapientia quoque, si sapientiam cupis.

Arist.

Nostra nec est cur de religione dubites,

Fundemus, si lubeat, pro Diis animam.

Sacerdote.

Ita facto est opus, decet hoc arbitror

Tanta exornatos sapientia viros.

Maxencio.

Ego mea quo sese clarius pietas

Effundat, animo quae compressa diu,

Nec se prodiderat in inmortales Deos,

Christicolas extirpare volui inpios,

Religionem sane evertere funditus,

Amandare procul crucifixum Deum.

Sed adest inter omnes furore percita

Ore quae polluebat victimas sacrilego

Ira scandescens Alexandrina faemina.

Plotino.

Age vero Imperator invictissime,

Ecquid sapientia est opus, et ingenio,

Et quid arte nobis, ut Herbam porrigat?

Maxencio.

Sapientia illa praestat, ne dicam Magica

Arte, nisi inpiis credam agitari furiis.

Tebano.

Talibus est opus disciplinis imbui

Nobiscum, ut in campum audeat conscendere.

Porfirio.

Vix toto reperies orbe, huic quem compares.

Nicandro.

Platonem vinces divinum, sane si viceris.

Tebano.

Ruborem, ista dum faris, nobis iniicis,

Mitte isthaec, nostram ne temne sapientiam.

Maxencio.

Praestat magna sperantem in parva incidere

Quam parva negligentem in magna incurrere.

Sacerdote.

Pulchram reportabis palmam in victoria:

Porro si victus a puella fueris

Infames tibi inures notas ignominiae.

Maxencio.

Doctiori cedere viro sapientia est,

Indocto superari turpe creditur,

Puellae autem succumbere turpissimum.

Arist.

Mittamus verba, ad vera veniamus cito

Sciet, quid haec sapiat dextera suo malo.

Pag. 23

Maxencio.

Sapientis est vincere consilio,

Non armis, non lacertis, non vi corporis.

Floro.

Ita est. iube ergo ad nos venire foeminam

Nobiscum, ut te stante, in certamen veniat.

Abeunt Nicander, Porphyrius et Cithon. iussa

Regis praestaturi.

Maxencio.

Placet, sit ita. Huc illam vos adducite,

Faustinam quoque vocate quae huic certamini

Intersit. Abite, subsellia ponite:

Nos autem hic interim expectabimus.

Maxencio.

Exacuite iam vos linguae gladios,

Vibrate iam eloquentiae spicula.

Peracutam intendite mentis aciem,

Telis petatur eisdem mortiferis,

Bellum nobis quibus indicet impium.

Hoccine ferendum? regnare impium Deum

Sceptrum, Crucifixum, tractare manibus,

Prostratam iacere Religionem Superum,

Triumphare impiae mulieris audaciam?

O Dii immortales! quid coelites imperii,

quid scelerum dexteram omnium vindicem

Divum valeat, o vim, pietas valeat

Aetherei decus poli rectoris Iovis

Sapientis, valeat honor Mercurii,

Numinis atque vestri valeat gloria.

Procul sic amandetur mortalis Deus,

Deisque vigeat decus immortalium.

Entra Faustina Emperatriz a hallarse en

la disputa: dale cuenta el Emperador Maxencio

de la pena que le había causado un sueño, en

el cual había visto una águila que le quita-

ba a Faustina su corona real, y con ella

se subía al Cielo (que denota a Catalina que

ganó a la Emperatriz para Dios), y danle

los grandes, y el Sacerdote algunas inter-

pretaciones del sueño, la última verdadera.

Faustina. Maxencio. Nicander. Porphyrio. Sacerdote.

Faustina.

Soberano Emperador,

si la Majestad divina

a humanos ruegos se inclina,

le pido que dé su favor.

Maxencio.

Oh, clara esposa Faustina,

vengáis muy en hora buena

para alivio de mi pena,

que el corazón adivina.

Porque esta bella figura

tan alegre se me ofrece

como la luna parece

detrás de la nube obscura.

Cuando corrido aquel velo

del negro y denso nublado

Pag. 24

Maxencio.

con el mayo sosegado

derrama plata en el suelo.

Faustina.

¿Qué pena tenéis, señor,

que por más que la escondáis

en verdad que la mostráis

en los ojos, y el color?

Dadme, os pido, alguna parte

del mal que el alma rehúye,

porque al fin se disminuye

si en dos pechos se reparte.

Y si el amor es fiel,

jamás sabe encubrir nada;

la pena comunicada

se hace menos cruel.

Maxencio.

Faustina, ¿cómo diré

sin riesgo de grande error

la causa de mi dolor,

si yo mismo no la sé?

Que estoy reducido a extremo

de tan secreta postema,

que sin ver cosa que tema,

mil males recelo, y temo.

El corazón adivino

muestra dando un triste asalto,

con no sé qué sobresalto

de no sé qué, que imagino.

Que aunque tempestad no vea,

el que es sagaz marinero

reconoce un triste agüero

cuando el mar sin viento ondea.

Al fin ni en el alto muro

del artesonado techo,

ni en el más dorado lecho

se duerme sueño seguro.

Ni en el precioso tesoro

halla el corazón contento,

que cuanto está más sediento,

más ponzoña bebe en oro.

Faustina.

No entiendo lo que decís,

pero de vuestro temor

nace en mi pecho el dolor

que vos mismo no sentís.

Acabad ese triste ceño

y referidme de cierto

si es mal que soñáis despierto,

o agüero de algún mal sueño.

Maxencio.

Sueño ha sido, a lo que creo,

mas hame puesto en extremo

que estando despierto temo

lo que velando no veo.

Y vi una águila caudal

que con generosas alas

volando daba en las salas

de este palacio real.

Adonde dejado el vuelo

sin respetar mi persona

me arrebató la corona

Pag. 25

Maxencio.

y voló con ella al Cielo.

Mi pecho no se asegura,

porque es dolor no pequeño

tener memoria del sueño,

y no saber la soltura.

Sacerdote.

Rey poderoso confía

que esta visión celestial

ha sido prenda, y señal

de grande bien, y alegría.

Que a mi ver cosa es notoria

que el Águila con tal presa

es una gloriosa empresa,

que nos declara tu gloria.

Porque el Águila es una ave

que hace divino oficio,

y a Júpiter su servicio

es agradable, y suave.

Y pues Júpiter se paga

de tan justos sacrificios

señal es que a tus servicios

quiere dar eterna paga.

Y así el sagrado misterio

que esconde con este velo

es que asienta allá en el cielo

la corona del Imperio.

Maxencio.

Aquesta declaración

sin duda me asegurara

si otro mal no recelara,

el presago corazón.

Nicandro.

Por bien diverso camino

me enderezaba mi Idea,

y plega a Dios no sea

el suceso que imagino.

Maxencio.

Dilo pues Nicandro amigo

¿qué recelo te refrena?

Nicandro.

Temo Señor daros pena

si lo que imagino, digo.

Maxencio.

De mi pena, y sentimiento

no tengas algún temor

que no puede ser mayor

mi pena de la que siento.

Nicandro.

La divisa Imperial

con que la soberbia Roma

al mundo sojuzga, y doma

es una águila real.

Y tu Majestad bien sabe

que el gran César Constantino

te hace guerra de contino

porque contigo no cabe.

Temo que nos abandona

la vez de la suerte humana,

y que el Águila Romana

te ha de quitar la Corona.

Maxencio.

Con mi temor, y recelo

tu parecer bien viniera

si mi corona no tuviera

colocado allá en el cielo.

Pag. 26

Maxencio.

que bien podrá Constantino

por fuerza de esquiva guerra

poner mi corona en tierra,

mas no mi asiento divino.

Porfirio.

Emperador poderoso,

si me concedes licencia

podré decir mi sentencia,

aunque es del todo dudosa.

Maxencio.

Decid muy enhorabuena,

Porfirio amigo fiel,

que el pronóstico cruel

no puede aliviar mi pena.

Porfirio.

Acuérdome haber leído

una sentencia excelente,

que la mujer que es prudente

es corona del marido.

Cual águila generosa

ha de dar tan alto vuelo

que pueda dar en el cielo

con mi señora y tu esposa.

Maxencio.

¿Qué decís, Faustina mía,

de pronósticos tan fieros?

Faustina.

Que os dejéis, señor, de agüeros,

que causan melancolía.

Maxencio.

Con veros huye mi pena,

sin temor de alguna ofensa,

porque la esposa es defensa

de su esposo cuando es buena.

Y si es la mujer corona

de cabeza del marido,

jamás ningún rey ha habido

que tuviese tal corona.

Act. 2. Sca. V.

Entra Ctesifonio con Santa Catalina, acompañándola dos ángeles. 1.ª disputa.

Ángel 1º.

Catalina, en Dios confía,

que la providencia eterna

que nos rige y nos gobierna

nos tiene en tu compañía.

Ángel 2º.

Para tan gloriosa empresa

te anima, porque a los sabios

les has de cerrar los labios

y tenerlos por tu presa.

Ni serán tus fines vanos,

porque, ganando sus almas,

les pondrás gloriosas palmas

en sus ya rendidas manos.

Catalina.

Segura al encuentro salgo;

en vos confío, mi Dios,

que nada temo con vos,

como sin vos nada valgo.

Maxencio.

Decid, Ctesifonio, ¿traéis

esa rebelde doncella?

Ctes.

Aquí está la que atropella

las leyes que vos ponéis.

Pag. 27

Catalina.

La fe que tengo me adiestra

a que parezca ante vos,

mas como presa de Dios,

que como captiva vuestra.

Porfirio.

De tu mal eres captiva

y fueras más venturosa,

si como fuiste hermosa

no fueras también altiva.

Maxencio.

Quitalde las ligaduras

porque al salir de su enredo

no allegue la fuerza, o miedo

de tan fuertes ataduras.

Que estos gravísimos sabios

te rendirán convencida,

y si fueres resabida

te dejarán sin resabios.

Con argumentos no vanos

te harán que no blasones,

y con fuerza de razones

te atarán de pies, y manos.

Catalina.

Mi corazón no recela

mantener en esta justa

porque sé que mi Dios gusta

de verme en tan justa tela.

Maxencio.

Faustina hermana sentaos

en esta silla real.

Faustina.

Gozar deste tribunal

para mí serán saraos.

Maxencio.

Los cuatro os sentad también,

que yo os hago este favor

porque así estaréis mejor,

aunque en pie estuvierais bien.

Evandro.

Soberana Majestad

besamos tus pies, y manos.

Aristóteles.

A tus fines soberanos

favorezca la verdad.

Maxencio.

Catalina siéntate

pues eres mantenedora

desta tela, donde agora

no conviene estar en pie.

ACTO 2. ESCENA VI. Tócanse chirimías antes de comenzar. Ídem que supra.

Maxencio.

Sabia doncella en quien derrama el cielo

con franca mano el colmo de sus bienes,

y a quien corona el gran Señor de Delo

con verde lauro las hermosas sienes;

de mi justo furor, y santo celo

no doy satisfacción pues ya la tienes,

bien sabe el cielo que a tan nuevo hecho

pasión, ni crueldad no mueve el pecho.

Que si a mi indignación tanto inquieta

la falsa religión de los cristianos

no es porque mi potencia esté sujeta

Pag. 28

Maxencio.

a la inclemencia de tiranas manos,

sino porque dejéis la vana secta

que ofende a nuestros dioses soberanos

por quien tenemos el real decoro

del cetro ilustre, y de corona de oro.

Y porque sea a todos manifiesto

nuestro pecho sincero, y sano intento,

y para más convencerte habemos puesto

en concurso de sabios tu argumento.

Y así, noble doncella, en este puesto

propón luego tu falso fundamento,

porque hoy se vea con gloriosa muestra

tu grande sinrazón, y razón nuestra.

Catalina.

Claro señor, yo salgo a la batalla

no rendida al temor del vano miedo,

que el corazón fiel se muestra, y halla

con claro aliento, y celestial denuedo,

armado el pecho con la fuerte malla

de aquel valor divino con que puedo

resistir al encuentro peligroso,

sacando el brazo sano, y victorioso.

Evandro.

Temeraria doncella, empresa es nueva

que a un valor mujeril tanto atribuyas,

y confusión es nuestra hacer hoy prueba

de nuestro ingenio, y letras con las tuyas.

¿Qué error, qué furor ciego ansí te lleva,

contra los dioses, y las leyes suyas,

donde se sufre que despreciar oses

al sacro consistorio de los dioses?

Ari.

Deja esa dura, y obstinada tema,

y pues tiempo te damos oportuno

de ese tu vano error propón el tema.

Catalina.

Niego ser dioses Júpiter, Neptuno,

Mercurio, Palas, Marte, Baco, Apolo,

solo confieso un Dios que es trino, y uno.

Tebano.

¿Que solo un Dios confiesas?

cuyo inmenso poder crió, y sustenta

cuanto contiene el uno, y otro Polo.

Evandro.

Espera, Catalina, estame atenta,

vamos a sus profetas, y escrituras,

veamos lo que dicen.

Catalina.

Soy contenta.

Evandro.

No dijo con palabras nada oscuras

tu Dios, a su Moisés: saber te quiero

¿un Dios de Faraón?

Catalina.

Pues ¿qué procuras

inferir del asunto?

Evandro.

Lo que infiero

es haber un Dios más, un Dios segundo,

si lo que dijo es cierto, y verdadero.

Pues probando tu Dios ser mentiroso,

tu error condeno, y mi drecho fundo.

Ptol.

He aquí estás en trance bien dudoso,

reducida a un fortísimo dilema,

que por entrambas partes es forzoso.

Evandro.

¿Qué respondes?

Catalina.

Que quien con dura tema

se opone a la verdad sincera, y pura,

contra el viento ese tal forceja, y rema.

No puede Dios hacer que una criatura

llegue a tan alto ser que Dios sea.

Pag. 29

Catalina.

ni tal jamás ha dicho la Escritura.

El sentido del texto bien se vea

que el decirle a Moisés, quiero hacerte

un Dios de Faraón, es porque crea

que sus veces le da, y poder de fuerte

que puede obrar prodigios, y señales

que descubran de Dios el brazo fuerte.

Viendo pues Faraón prodigios tales

que tiembla de Moisés, como temblara

de las divinas fuerzas inmortales.

Tebano.

No concluyes con esto, ten, repara,

vuelve esos ciegos ojos a nosotros

que te convenceremos a la clara.

Fuera de este lugar también hay otros,

que allá dice tu Dios por un Profeta:

yo dije así: que Dioses sois vosotros.

Luego ya hay muchos dioses.

Piro.

Aprieta

veremos qué respondes.

Catalina.

Claramente

mostraré cómo el texto se interpreta.

Allí pretende Dios abiertamente

a los justos honrar, y engrandecellos

con renombre tan alto, y excelente.

Que la gracia de Dios bien puede hacellos

participar de la naturaleza

del mismo Dios que quiere ennoblecellos.

Evandro.

Extraño ingenio tiene, y agudeza.

Plotino.

Esperad que se ofrece otra sentencia

con que sin duda ha de mostrar flaqueza.

Plotino.

Acá noble doncella, dame audiencia,

mirad David de qué palabras usa

cuando alaba a tu Dios, y su potencia.

Aquí no has de tener ninguna excusa.

Catalina.

Segura estoy que el Dios que me guarece

jamás me dejará quedar confusa.

Plotino.

Grande es dice el Señor, y bien merece

sobre todos los Dioses ser loado,

luego si sobre Dioses engrandece

El poder de Dios, y principado

con evidencia ves cuán bien concluyo

haber más Dioses que este que has nombrado.

Catalina.

Tu réplica aunque fuerte no rehuyo,

lee bien este salmo todo entero

porque con este mismo redarguyo.

No corras por el teatro tan ligero

mira más adelante, yo te ruego,

y verás se condena tu error fiero.

Porque Demonios son añado luego

estos Dioses que adoran los gentiles

llevados de su engaño torpe, y ciego.

Todos son Dioses falsos, flacos, viles,

y solo es Dios quien fabricó este cielo.

Aristóteles.

¿Qué respuestas tan vivas, y sutiles?

Levantemos más alto nuestro vuelo

que como fingen estos su escritura

la declaran a pelo, y a pospelo.

Con razón filosófica no oscura

Pag. 30

Aristóteles.

aquí se ha de probar con evidencia,

la verdad cuya luz nos asegura.

La mayor, y menor, y consecuencia

confirmaré con una instancia rara

que respuesta no tenga, o resistencia.

Dios es un bien perfecto.

Catalina.

Cosa es clara.

Arist.

Cosa propia es del bien comunicarse.

Catalina.

La perfección del bien nunca es avara.

Arist.

Luego forzoso es Dios multiplicarse.

Catalina.

Aquesta consecuencia es la que niego.

Arist.

Es evidente, y fácil de probarse.

Catalina.

Vamos más poco a poco, ten sosiego,

y entenderás cuán bien se desimplica

ese que te parece nudo ciego.

Tú arguyes, todo bien se comunica,

y luego añades, Dios es bien perfecto,

infieres, luego Dios se multiplica.

¿No ves que el falso silogismo es imperfecto?

Di, ¿qué tiene que ver comunicarse,

con multiplicación que es otro efecto?

Que la virtud divina derramarse

bien puede dando el ser a las criaturas,

mas no el divino ser comunicarse.

Arist.

Si enciendes una hacha estando a oscuras,

¿las tinieblas en parte no ahuyentas

volviendo a todas las cosas sus figuras?

Catalina.

Así es.

Arist.

Si enciendes dos no acrecientas

aquella misma lumbre de manera

que cuantas más enciendes más se aumenta?

Catalina.

Eso todo es verdad.

Arist.

Pues considera

cuán conveniente fuera, y necesario

que de lo bueno el número creciera,

y que un Dios no estuviera solitario,

sino que varios Dioses ilustraran

el vario mundo, con influjo vario.

Catalina.

Por cierto tus razones me eclipsarán

si hubiera muchos soles en el mundo

que con diversas luces lo alumbraran.

Arist.

¿Hay ingenio en el mundo tan profundo?

Ptol.

¿Hase visto tan claro entendimiento?

Plotino.

¿Hay razonar tan dulce, y tan facundo?

Catalina.

Yo también pues propongo mi argumento

para que la verdad del todo quede

asentada en su basa, y fundamento.

Si ser muchos los Dioses se concede,

pregunto yo si todos son iguales,

y lo que el uno puede el otro puede?

Evandro.

Respondo que los Dioses inmortales

iguales son, que siendo omnipotentes

no pueden ser sus fuerzas desiguales.

Catalina.

Si me concedes esto, si esto sientes,

luego solo el un Dios es necesario,

y todos los demás impertinentes.

Evandro.

Niego la consecuencia.

Catalina.

Temerario

Pag. 31

Catalina.

es negarla, mas probarla puedo,

porque formes juicio más plenario.

¿Los Dioses son iguales?

Evandro.

Sí, concedo.

Catalina.

¿Y cualquier Dios es todopoderoso?

Evandro.

Digo que sí.

Catalina.

Está bien, basta, ten quedo.

¿Luego en nada será defectuoso?

Evandro.

Concedida está ya la consecuencia,

deste paralogismo cauteloso.

Catalina.

Luego ya cualquier Dios terná potencia

bastante para el mundo, y en regiros

tendrá también bastante providencia.

Pues los demás, ¿de qué podrán serviros?

¿Hay más que un solo sol que alumbra al mundo,

que puede aquí faltar, sino rendiros?

Evandro.

¡Oh, eterno Dios, qué ingenio tan profundo!

Catalina.

¿Qué me respondes?

Evandro.

No sé qué responda:

que con esto que dices me confundo.

El juicio me trae a la redonda,

que en fondo de tan alto entendimiento

no puede el bajo mío echarle sonda.

Catalina.

Adelante, escuchad otro argumento,

porque he de convenceros uno a uno,

y hacer que sintáis lo que yo siento.

Sabios varones, respondedme alguno:

¿Si hay o no entre los Dioses diferencia?

Si me decís que no, eso es ser uno.

Tebano.

Oye, sabia doncella, mi sentencia.

Tebano.

también es Dios sin duda.

Evandro.

Paso, quedo.

¿Y el Espíritu Santo?

Catalina.

No resisto

de confesar que es Dios.

Evandro.

Espera, luego

ya confiesas tres Dioses.

Catalina.

Bien has visto

que tres dioses distintos saber niego,

un solo Dios confieso en tres personas.

Evandro.

No lo entiendo.

Catalina.

¿Qué puede ver un ciego?

Con esos argumentos no abandonas

la verdadera fe de un Dios que tiene

con un poder y cetro tres coronas.

Escudriñar más esto no conviene,

por ser este el misterio más profundo

que nuestra fe Católica contiene.

No puede haber principio en este mundo

que esta cierta verdad demuestre y pruebe,

y ansí en razón humana no lo fundo.

Que en tan alto misterio el hombre debe

rendir y captivar su entendimiento

si no quiere que el ciego error le lleve.

Aquí tiene la fe merecimiento

pues razón natural o humana ciencia

no pueden apear el fundamento.

Tres personas divinas y una esencia

reconoce la fe con luz obscura

donde lugar no tiene la evidencia.

Negar este misterio es gran locura.

Pag. 32

Catalina.

creerlo es piedad, mas vida eterna

será el gozarlo, y verlo con luz pura.

Evandro.

Pues cómo tan a ciegas os gobierna

vuestro Dios, que no os da principio alguno,

para ver cómo aquesto se encuaderna.

Y que estando de toda luz ayuno

en tal caso el humano entendimiento

os obligue a creer que es trino, y uno?

Catalina.

Aquesta sujeción, y rendimiento

se debe a Dios como tributo, y pecho

debido a su inmortal, y eterno asiento.

Cuántos secretos guarda el cauto pecho

de un Rey mortal, que a sus vasallos pide

una fe ciega, procediendo al hecho.

Y aunque la alteza del mysterio pide

entender claramente un ser inmenso

a quien ningún espacio, y tiempo impide.

Pero con todo declararlo pienso

al modo que podemos en el suelo

donde no se declara por extenso.

Espero yo en mi Dios que allá en el Cielo

lo habemos de ver todos claramente

cuando se corra aqueste inmortal velo.

Siendo Dios el primer inteligente

quién duda que conozca su ser mismo,

que es de todo otro ser, principio, y fuente.

Pues entendido aquel profundo abismo

donde se anega todo entendimiento

forma un vivo concepto de sí mismo.

Aqueste soberano pensamiento

es el verbo divino, el cual se llama

Hijo de Dios de eterno nacimiento.

Y como el Padre al Hijo abraza y ama,

y el Hijo al Padre con igual retorno

encienden entre sí una ardiente llama,

Un ardor infinito, un fuerte horno

que al Hijo, y Padre fragua en amor santo,

a esto debido a su infinito adorno.

Este es un lazo, y nudo sacrosanto

que indisolublemente los estrecha

este se llama el espíritu Santo.

Evandro.

Con sola una razón queda deshecha

toda esa vana, y falsa Teología,

por más que hables como en cosa hecha.

Dónde la tal natural Filosofía

ha admitido jamás que en mi concepto

sea otro que la viva imagen mía.

No ves que solamente es un efecto

de nuestro entendimiento, no sustancia

sino accidente flaco, e imperfecto.

Catalina.

No niego entre nosotros esa instancia

porque somos sujetos de accidentes

que para nuestro ser son de importancia.

Pag. 33

Catalina.

Como flacos estamos dependentes

de accidentes distintos, con los cuales

tenemos perfecciones diferentes.

Mas las cosas en Dios no han de ser tales,

ni ha de haber cosa en Dios que Dios no sea,

ni personas en Dios que no sean iguales.

Arist.

Si aquella eterna, y soberana idea

de donde a luz sacó el poder divino

cuanto la tierra, y cielo hermosea,

es verdadero Dios, ¿qué desatino

te ciega tanto, que de un hombre afirmas

ser la idea Dios que al mundo vino?

¿Qué argumento habrá, o razones firmes

con que del hombre y Dios fraguarse pruebes

un mismo ser, y en ella nos confirmes?

Tebano.

Yo no puedo entender cómo te atreves,

confesando ser hombre este tu Cristo,

que ser Hijo de Dios también apruebes.

Catalina.

En este solo fundamento insisto,

esta es la causa de la fe cristiana

y en ella sola estriba, como has visto.

Esta dificultad quita, o allana

cuando nuestro ciego entendimiento

una instancia te da común, y llana.

De esto nos es clarísimo argumento

un natural efecto que frecuente

ha hallado el sagaz experimento.

Si en un almendro en tiempo conveniente

injieres una espiga de un ciruelo

¿no es almendro, y ciruelo juntamente?

Luego si en corporal, y humano velo

se injiere el mismo Dios, será sin duda

hombre, y Dios juntamente en tierra, y cielo.

Otro más claro ejemplo nos ayuda

a desatar mejor el nudo ciego

cuya dificultad tanto os anuda,

el alma es puro espíritu.

Arist.

No niego

ser eso así.

Catalina.

Y con ella el cuerpo humano

un material compuesto fragua; luego

podrá también la omnipotente mano

unir al hombre, y Dios de tal manera

que hagan un compuesto soberano.

Tebano.

Advierte Catalina que es quimera,

cómo pueden unirse dos extremos

sin haber proporción que los refiera.

Nunca entre el hombre, y Dios hallar podemos

alguna proporción, que entre finito,

y lo infinito, proporción no vemos.

Luego no puede Dios siendo infinito

unirse con el hombre en un compuesto,

ni tal compuesto ser posible admito.

Catalina.

Para unión semejante es manifiesto

bastar la proporción de efecto, y causa,

o de naturaleza, y de supuesto.

De aquí colegirás, cómo se causa

Pag. 34

Catalina.

esta divina unión que sujeta a creello,

y así harás en tus errores pausa.

Arist.

Con todo no acabo de entendello.

Catalina.

Ni es posible entenderse claramente,

mas hay razón bastante para creello.

Si el misterio no es claro, ni evidente,

bastará no hallarle repugnancia,

ni argumento contrario concluyente.

Juntamente con ver la consonancia

de las sagradas letras, y criaturas,

que entre sí guardan firme concordancia.

Y aunque envuelto en sombras, y en figuras,

Dios dibujó el misterio al pueblo hebreo

con bosquejo de líneas nada oscuras.

Claro en vuestras Sibilas yo lo veo

en cuyas manifiestas profecías

halla satisfacción vuestro deseo.

Las horas señalaron de los días

que el cielo destinaba al cumplimiento

de cosas que sin Cristo eran vacías.

Solo él pudo acabar tan alto intento,

porque a la infinidad de la malicia

correspondiese igual merecimiento.

Y volviéndonos fácil, y propicia

su justa indignación, se puso en medio

de la misericordia, y la justicia.

Que clamando la una por remedio,

la otra por venganza, y escarmiento,

solo las pudo unir con este medio.

Catalina.

Prodigios, y milagros hay sin cuento

que esta verdad contestan, firman, sellan,

y hacen infalible su argumento.

Cuantos mártires fuertes se degüellan

en sangre derramada en su pelea,

sellan mi fe, cuando sus vidas suellan.

Evandro.

¡Oh, inmenso Dios! que nueva luz rodea

las fuerzas de mi flaco entendimiento,

y le obliga a creer lo que no apea.

¿Qué fuerza, qué poder, qué furia, o viento,

lo combaten, que así lo han arrancado

del propio quicio, y natural asiento?

¡Oh eterna luz, que así me has alumbrado,

eterno origen, y primera causa,

de todo cuanto tiene ser criado!

Desde aquí en mis errores pausa

confieso mi pecado, arrepentido

del ciego error que tantos daños causa.

Maxencio.

¡A pérfido, arrogante, fementido!

¿Así te rindes, cómo no resistes?

Evandro.

No puede tener fuerzas un rendido.

Maxencio.

¿Tan presto de la empresa te desistes?

¿Qué es de tus letras, y sabiduría?

Sabios, ¿qué es de la fe que prometistes?

Evandro.

Ciega ignorancia es mi filosofía

llena de error mortal, y así confieso,

con pecho humilde la ignorancia mía.

Maxencio.

¿Dime qué premio esperas deste exceso?

Pag. 35

Evandro.

Vida gloriosa.

Maxencio.

Más infame muerte.

Evandro.

Esta es la puerta de tan buen suceso.

Maxencio.

¿No temes una pena horrible, y fuerte?

Evandro.

Esta no será pena, sino gloria,

y para mí la más dichosa suerte.

Maxencio.

Vosotros que sentís de aquesta historia,

salid a la demanda defendiendo

de nuestros dioses la inmortal memoria.

Tebano.

¿Qué defensa haremos, señor, viendo

al más sabio de todos convencido,

su error, el nuestro, el tuyo conocido?

Maxencio.

¿Y tú, alevoso, también estás rendido

al dañoso cantar desta sirena?

Arist.

Piedra dura sería, y sin sentido,

quien a la dulce voz que fuera suena

no sintiese un latido, y sacro aliento

que a mejor bien, y gloria nos ordena.

Maxencio.

Ya falta en este caso el sufrimiento,

si no os ablanda un amoroso ruego

moveros ha la fuerza del tormento.

Plotino.

No hay hierro agudo, ni hay ardiente fuego

que rinda la virtud de un varón sabio

cuando ha reconocido su error ciego.

Maxencio.

¿Cómo no sales a mi desagravio,

Plotino amigo?

Plotino.

Empéñame el recelo

de hacerle a mi fe mayor agravio.

Catalina.

Caras almas ganadas para el cielo,

Catalina.

plantas nuevas de aquel jardín glorioso,

cuyas flores no seca el mortal yelo.

En la sazón de tiempo tan dichoso

conservad la semilla que os franquea

con larga mano un Dios tan amoroso.

No se mal logre, ni desmedro vea

por ultraje de hielo, lluvia, o viento

el fruto que se espera, y se desea.

De tan heroico, y generoso intento

no os aparte, ni espante la amenaza

de filo agudo, ni de atroz tormento.

Maxencio.

¡Que tenga tanta fuerza una rapaza

con sus encantos, y hechicerías!

Echadle en esta lengua una mordaza.

Yo te haré que tus bachillerías

te cuesten caro, cuando presto veas

mal logro eterno de tus breves días.

Colgaréte de garruchas, y poleas

donde muriendo vivas, darte he caldas

con fuego manso de inflamadas teas.

Catalina.

No volváis fuertes sabios las espaldas

al riguroso encuentro donde veo

tejerseos en el cielo las guirnaldas.

Haced sin miedo este glorioso empleo

de vuestras vidas, donde os aseguro

batalla breve, e inmortal trofeo.

Evandro.

Primero el claro sol con rayo oscuro

volverá hacia atrás los raudos ríos,

los copiosos raudales de agua. +

Pag. 36

Evandro.

Primero el sol tendrá los rayos fríos,

la tierra se caerá de sus cimientos,

los inviernos serán secos estíos.

Primero los contrarios elementos

en concordia estarán, o estando en guerra

podrán mudar su sitio, y sus asientos.

Primero subirá la grave tierra,

y el cielo bajará, y nadar en seco

los peces se verán, que el mar encierra.

Que dejen en mi pecho de hacer eco

tus divinas razones, o saber pueda

en la fe, que hoy recibo cambio, o trueco.

Maxencio.

Ya es razón que con rigor justo proceda

contra quien en errores tan profanos

de falsa religión así os enreda.

Atalde luego estas rebeldes manos,

y volved a la cárcel donde pague

la pena igual a sus intentos vanos.

No es tiempo ya que mi furor la amague,

sienta lo que es la ofensa de los Reyes

viva tal vida que mil muertes trague.

Y como transgresora de las leyes

humanas y divinas, sea azotada

con duros niervos de feroces bueyes.

Hasta que ya la sangre delicada

el cuerpo desampare, y riegue el suelo

entre filas de carne magullada.

Catalina.

Sabe mi Dios cuán grande es el consuelo

que causa en mí el rigor de la sentencia

que pronuncia el rigor de tu mal celo.

Faustina.

No llegue, señor mío, la impaciencia

de un justo celo, a ya cerrar del todo

las puertas que abre la imperial clemencia.

Que suele a veces un suave modo

un trato blando en las doncellas tiernas

el mal desarraigar de todo en todo.

No se diga en el mundo que gobiernas

como un león sangriento y carnicero

destrozando cabezas, brazos, piernas.

Maxencio.

Esto pronuncio, aquesto mando, y quiero

que sin réplica sea ejecutado.

Faustina.

¡Oh, entrañas duras más que el duro acero!

Si el tierno amor, si el nombre regalado

de cara esposa en algún tiempo valen

más que el furor de un corazón airado.

Suplícoos, señor mío, que os regalen

el duro pecho, y que el furor y saña

una espada piadosa no acicalen.

Maxencio.

No se me ha de hacer del juego maña,

no ha de poder jamás el blando ruego

moverme acá, y allá cual móvil caña.

Atad también a estos traidores luego,

y así a todos llevaldos donde paguen

su atroz delicto con ardiente fuego.

Que así es forzoso, porque más no estraguen

el mundo con su error, en vivas llamas

Pag. 37

Maxencio.

mueran, y en ellas su ira, y furor paguen.

Aristarco.

Las llamas nos serán floridas camas

y en leña colgaremos los trofeos

de nuestra gloria, como en verdes ramas.

Tebano.

Si fuéremos llevados como reos

al castigo cruel, en el tormento

cumplidos se verán nuestros deseos.

Abrácanse.

Ptolomeo.

Oh, compañeros de glorioso intento

adonde la divina providencia

nos guía por camino tan sangriento.

Pues hoy nos ha hermanado la sentencia

de un Rey para nosotros tan humano

cuanto en sí mismo ajeno de clemencia.

Trabemos juntos hoy mano con mano,

y con estrecho abrazo nos unamos

para un intento, y fin tan soberano.

Dichosa suerte, Evandro. Ea, amigos, vamos.

Maxencio.

Atadles esas manos.

Aristarco.

Libremente,

rendidas, y cruzadas se las damos.

Evandro.

Catalina pues nuestra fe consiente

que nuestro Dios, y el tuyo sea un mismo

ruégale que nos dé favor presente.

Y pues que ya del vano paganismo

abjuramos concordes, nos alcanza

que las llamas nos sirvan de bautismo.

Catalina.

No desmayéis, ni falte la esperanza

ofreced animosos vuestras vidas

que allá os veré en la bienaventuranza

con coronas de gloria esclarecidas.

Llevan a martirizar a los filósofos, a santa

Catalina a la cárcel, y los demás se entran.

Jornada tercera

Pag. 38

Actus 3. Scen. 1.

Estronius solus.

Estronio.

Siccine tam tenero durare in corpore tantis

Ictibus afflictam rigidis, dare membra (nec ulla

Carnifices membra lacerant pietate puellam)

Quae vis, o, superi, tanta! aut quod numen amicum

Virginis armavit spoliato in corpore mentem?

Invictam mentem: nihil e sceleribus ullis

Debentem, aeterno dignam quae ornetur honore.

Non precibus, non lacrymis, non illa flagellis

Concessit, ut mortis amans, ut prodiga vitae

Indignam subitura necem, dat corpora virgis

Nuda feris, divumque caput durata ferendo

Ostentat gladiis, stringunt brachia fune

Candida, sanguineis frangunt terga flagellis.

Virgineum tellus bibit indignata cruorem,

In coelum immota animum, immota ora gerebat,

Impia caedendo, cadit defessa Tyranni

Dextera, priusquam Virgo cadat devicta ferendo.

Ac velut in summis altam cum montibus ornum

Verberat infamis furibundis flatibus Eurus,

Spargit humo tremulas concusso stipite frondes,

Fixa tamen manet illa loco radicibus haerens;

Pag. 39

Estronio.

Ac pelagi ut rupes magno concussa fragore,

Mollis ubi scopulis illisa infringitur unda,

Stat tamen atque suo se pondere continet illa:

Sic Chaterina omnes invicto pectore ludit

Conatus, rigido credas adamante puellam

Excisam, aut duro tandem de robore natam.

Tanta subest gracili virtus in corpore, tantus

Relligionis amor, fideique innata cupido,

Christicolæ. Sed quis magna gradientis ab aula

Pone, sonat strepitus, Regina adventat, eamque.

Acto 3. Escena 2.

Faustina, Delia criada.

Faustina.

Quien leyes de amistad sabe

puede y debe en su provecho

fiar del ajeno pecho

lo que en el propio no cabe.

¡Ay, Dios! No sé, Delia amiga,

qué modo me escoja y halle,

si el caso obliga a que calle,

la amistad a que lo diga.

Pero al fin, Delia, me atrevo

a fiar de ti la llave

de un secreto que es tan grave

que fiarlo a otro no debo.

Y si la fe de amistad

me obliga a que lo descubra,

razón será que lo encubra

la ley de fidelidad.

Delia.

Faustina, señora mía,

la experiencia de mi amor

podrá quitarte el temor

que causa esta cobardía.

Reina mía, no es razón

que me encubras los enojos,

que en la frente y en los ojos

descubre ya el corazón.

Desde que hoy dejaste el lecho

te he visto andar tan inquieta,

alguna llaga secreta

tienes sin duda en el pecho.

Que este rostro generoso,

otro tiempo tan risueño,

se encapota un triste ceño

que roba el color hermoso.

Y aun en el real estrado

te vi ayer estar a solas

anegada entre las olas

de algún secreto cuidado.

Y pues daños tan molestos

alguna pena los causa,

sepa yo la oculta causa

de efectos tan manifiestos.

Faustina.

Ni cuando la noche oscura

extiende sus negras alas

Pag. 40

Faustina.

entoldando nuestras salas

con su sombra mal segura.

Ni cuando la bella aurora

corriendo el oscuro velo

siembra aljófar en el suelo

y las nubes borda y dora.

Ni cuando el sol en su coro

sus cabellos alboroza,

y el rostro desarreboza

mostrando sus rayos de oro.

La noche con sombra negra

no alivia el cuidado mío,

ni de la aurora el rocío,

ni el sol con su luz me alegra.

Delia.

Bien sabe Dios el extremo

con que yo siento esta pena,

cuéntala ya.

Faustina.

Ay, que me empena,

el mismo mal que aun no temo.

¿Dirélo? No sé, bien puedo,

fiarlo de tu amistad,

porque tu fidelidad

me asegura y quita el miedo.

Di, ¿no has visto a Catalina?

Delia.

Bien conozco esta doncella.

Faustina.

¿Qué te parece?

Delia.

Una estrella

bañada de luz divina.

Faustina.

Más dices de lo que sientes,

pero ¿habrá mujer tan tosca

que en viéndola no conozca

sus dotes tan excelentes?

Has de saber, Delia mía,

que desde que está en prisión

no ha entrado en mi corazón

solo un rayo de alegría.

Y auméntase mi tristeza

después de aquella disputa,

viendo que el rey ejecuta

su rabia con tal crueza,

que pecho tan recio y duro

no se ablanda y enternece

en las penas que padece

en un lugar tan oscuro.

Donde como en cárcel triste

rayo de sol no alegra,

y donde una sombra negra

de niebla oscura la embiste.

Y donde con furia brava

de manos tan infieles

recibe azotes crueles

como baja y vil esclava.

Que en su carne lastimada

le dejan profundos hoyos

de que van corriendo arroyos

de la sangre delicada.

Tal suerte de crueldad

a quien no le pone grima,

que corazón no lastima

tan enorme impiedad.

El que con mano inhumana

Pag. 41

Faustina.

ejecuta tales hechos

mamó sin duda los pechos

de leona, o tigre hircana.

Delia.

Este dolor tan piadoso

nacido de compasión,

es de noble corazón,

y de pecho generoso.

Faustina.

Pecho será de diamante

el que con la sangre della

no sintiere alguna mella

que le enternezca y quebrante.

Delia.

¿A quién no duelen los daños

de quien con tanto dolor

mal logra la fresca flor

de sus no maduros años?

Mas si es tal la vehemencia

del dolor que te desmaya,

sin duda pasas la raya,

y término de prudencia.

Porque al fin del pelo cuelga

cualquier ajeno quebranto,

ni es bien que tú sientas tanto

el mal de que ella se huelga.

Que sin duda es grande engaño

el pensar que está en miseria

la que ofrece y da materia

de su voluntario daño.

Si su pecho es enemigo

desta nuestra Religión

padezca con gran razón

tan digno y justo castigo.

Así, pues que sin compás

ella va, señora, vaya

por donde va, allá se lo haya

y tú vuélvete a tu paz.

Faustina.

Ningún alivio consiente

mi pena, si Dios del cielo

no me envía algún consuelo

con que serene mi frente.

Que su poder absoluto

es menester que provea

aliento con que yo vea

tanto mal con rostro enjuto.

Delia.

Más mal hay del que imagino,

hazle a Palas sacrificio

porque con rostro propicio

te mire.

Faustina.

¡Ay, que lo abomino!

Delia.

¡Ay, señora!, y cuán extrema

debe de ser tu fatiga

pues así a decir te obliga

una palabra blasfema.

Faustina.

No pienses que esto ha salido

de alguna melancolía.

Porque un celestial aliento

que está moviendo mi pecho

me obliga por su derecho

a confesar lo que siento.

Pag. 42

Faustina.

Que son estos dioses vanos

mudas, y ciegas figuras,

y mujeres, y pinturas

hechas por humanas manos.

Solo al Dios de Catalina

adoro, solo en él creo

porque él es solo en quien veo

verdad de esencia divina.

Delia.

¡Ay, señora, qué desmayo

me da! A Júpiter pluguiera

que antes que tal cosa oyera

me hubiera abrasado un rayo.

Faustina.

Dime, Delia, ¿qué te espanta?

Delia.

Paréceme que desnudo

veo ya el cuchillo agudo

que amenaza a tu garganta.

A tu mal abres la puerta,

y si en tal fin perseveras

desde hoy comienzo de veras

a llorarte como muerta.

¡Ay, imperio mal logrado!

¡Ay, corona desdichada!

¡Ay, hermosa flor helada

sin dar fruto sazonado!

¡Ay, estado, ay, gloria humana,

sujeta de mil mudanzas

que entre verdes esperanzas

florece, y al fin no grana!

Faustina.

Con traerme a la memoria

mi muerte, poco aprovechas

antes son estas endechas

pronósticos de mi gloria.

Por ningún temor desisto

que ni muerte, vida, o mundo,

ni la altura, ni el profundo

podrá apartarme de Cristo.

Ya no es razón que me acuerde

del alto estado en que vivo

que un bien breve, y fugitivo

que se pierda, ¿qué se pierde?

Delia.

¿Qué ganas?

Faustina.

Vida gloriosa.

Delia.

Mira qué gran desconcierto

trocar el bien que está cierto

por esperanza dudosa.

Faustina.

La fe sola me asegura

me sustenta, y tiene en pie;

y quien fía en esta fe

prenda tiene bien segura.

Delia.

Señora, ¿y cómo sabremos

que esta fe es la verdadera?

Faustina.

De su verdad nos entera

ver los efectos que vemos.

Contra la verdad se escuda,

y en la misma luz se ciega

quien la fe de Cristo niega

o en su verdad pone duda.

Ves que una tierna doncella

Pag. 43

Faustina.

convence tan grandes sabios,

y cerrándoles los labios

los rinde, y los atropella.

Y abjurando a su error ciego

sin rendirse a humano miedo

ofrecen con gran denuedo

las dulces vidas al fuego.

Cómo pena tan intensa

con tal valor se sufriera

si este gran Dios no tuviera

virtud, y potencia inmensa.

Dime también cómo fue

aquel caso milagroso

con que este Dios poderoso

quiso confirmar su fee.

Cuando en la hoguera ardiendo

pensaron hacelles daño,

y salieron como de un baño

sanos, alegres, riendo.

Y entre las furiosas llamas

encantados contra el fuego

estaban con gran sosiego

como en unas blandas camas.

Al fin las vidas rindieron

envueltas en fuego, y humo

no por ser el dolor sumo

mas porque morir quisieron.

Delia.

Bien veo, señora mía,

el peligro manifiesto,

y el trance duro, y molesto

con que el mundo os desafía.

Mas también conozco, y veo

las razones que tenéis

con que rendida os ponéis

a hacer tan alto empleo.

Y así con lo que contáis

siento yo en mi corazón

un latido de afición

a la fee que profesáis.

Mas ¡ay de mí!

Faustina.

Di, ¿qué sientes?

Delia.

Una terrible fatiga

de ver que esta fee me obliga

a tantos inconvenientes.

Siento mil contrarios vientos

que me acobardan, y espantan,

y acá en mi pecho levantan

tormenta de mil tormentos.

Y el mar que furioso ondea,

con sus olas desportilla

aquesta frágil barquilla

que en sus contrastes vaguea.

Faustina.

¿Qué temes?

Delia.

Temo la muerte

que es amarga, y desabrida

al que en la flor de su vida

goza de su alegre suerte.

Faustina.

Si Dios te quitase el velo

de estos oscuros antojos

Pag. 44

Faustina.

cobrarás vista en los ojos

con la nueva luz del Cielo.

Mayor gloria no sé yo

ni más bien, ni mejor suerte

que darle a Dios con la muerte

la misma vida que él dio.

A quien la fe de su luz

no rehúye la ocasión

de poner su corazón

en el lugar de la cruz.

Que aunque la sangre se exprima

en un husillo tan grave

se vuelve en vino suave

que alegra cuando lastima.

Híncase de rodillas.

Delia.

Al fin acepto el partido,

y tengo por buena suerte

acompañar en la muerte

a quien en vida he servido.

Yo dedico desde agora

mi cuello a la dura espada

siguiendo como criada

los pasos de mi Señora.

Levántase.

Dásela.

Faustina.

Oh, eterna y suma bondad,

eternas gracias te doy

que así nos descubres hoy

los rayos de tu piedad.

Y para que seamos otras

viviendo de hoy más firmes

suplícote que confirmes

lo que has obrado en nosotros.

Que no nos niegues tu amparo

ni la luz de tu gobierno

porque no lleve el infierno

lo que a ti costó tan caro.

Dame, Dalia, aquesta mano

con esta la fe me das

de nunca volver atrás

en este asunto cristiano.

Híncase de rodillas.

Delia.

Doyla, Señora, y protesto

de morir por esta fe

y que mil vidas daré

antes que apartarme desto.

Ni me apartaré de vos

Señora, sin que la muerte

nos haga de mejor suerte

compañeras a las dos.

Abrázala.

Faustina.

Ves aquí, Delia, mis brazos

y tendrás satisfacción

que te doy el corazón

junto con estos abrazos.

Oh, si alto Dios pluguiese

que en esta empresa sagrada

así contigo abrazada

Delia mía, yo muriese.

Mas, ¡ay!, ¿qué es esto?, ¿quién viene?

Delia.

Porfirio es, Señora mía.

Faustina.

Alguna melancolía

Pag. 45

Faustina.

muestra en el rostro que tiene.

Act. 3. Sca. 3. Porphy. Solus.

Porfirio.

Quis me tam saevus turbo praecipitem tulit

Nigra, qui nocte evolvit, ut talem diem

Eriperet oculis. O lucis alme diem

Qualis nunquam nitido refulsit Polo,

Illa etenim mundi colorat faciem

Efficit et rerum splendescere decus.

Hac animi nigrae diffugiunt tenebrae

Fulget et oculis paternum otium

Ubi? ubi nam te inveniam ducem meam.

Adesse, quae iam tam turpi caeno eripias!

Quid mea iam, Deus, moraris gaudia?

Ubi? ubinam sunt? Ubi? ubi illa nunc inveniam?

O mulier, non mulier, O decus poli!

O sol refulgens unus inter sydera!

Cuius in aspectu latitant oculis

Nigra quae polo micant nocte sydera

Quid mihi iam tuos abscondis radios.

Act. 3. Sca. 4. Fausti. Porph. Delia.

Faustina.

Porfirio, ¿adónde vais?

Porfirio.

Señora mía.

Faustina.

Cubríos.

Porfirio.

Caminando del cuidado

me guía por la senda más siniestra

que me pudo mostrar el duro hado.

Faustina.

En verdad que en el rostro bien se muestra

claro indicio de un pecho fatigado,

que el rostro es un espejo que descubre

lo que allá en su tesoro el alma encubre.

Pero no quiera Dios que yo pregunte

lo que contado os ha de dar más pena

puesto, que el sagaz ánimo barrunte

el mal que de vos mesmo os enajena.

Porfirio.

A quien entiende bien, basta se apunte

lo que a la cauta lengua tanto enfrena

que cuanto en su recelo está más muda

suele la misma pena ser picuda.

Faustina.

Pues dejando esto aparte, ¿no advertiste

el brío, gallardía, y agudeza

con que en el recio encuentro que ayer viste

Catalina mostró su fortaleza?

¿Qué divino furor se le reviste

que a su ingenio mortal da tal viveza?

¿Quién le daba a la mano las razones

para así convencer tales varones?

Porfirio.

¿A quién no puso admiración, y espanto

un caso tan estraño, y prodigioso?

Yo confieso que en mí lo causó tanto

cuanto decir no sé, ni contar oso.

Un dulce acento de un divino canto

ayer le dio un suceso tan glorioso

que pudo a tantos, y tan grandes sabios

cegar entendimientos, cerrar labios.

Yo no entendía bien los fundamentos

Pag. 46

Porfirio.

ni las razones, ni discursos vanos,

mas ella puso tales argumentos,

que mostró los contrarios ser livianos.

Ató con ellos los entendimientos

de aquellos sabios, que cruzadas manos

dieron al Rey, sufriendo los castigos

que fueron de su fe claros testigos.

Faustina.

¡A quién no pone espanto, a quién no admira

un hecho cuyo igual no lo celebra

la antigua historia, que la vil mentira

tenga tal fuerza, y la verdad tal quiebra!

¡Prodigio extraño! pues si bien se mira

la verdad adelgaza mas no quiebra,

y de la mentira sus trofeos canta

rendida a la verdad sincera, y santa.

Porfirio.

La obstinación de tan rebelde tema

no del todo parece que se aleja

del verdadero blanco, de aquel tema,

que nuestros tiros flaqueando deja.

Así que no hay razón por que se tema

en los dioses del todo justa queja,

pues Catalina la deidad no niega

ni el ciego barbarismo a tanto llega.

Porfirio.

Esta verdad se infiere en su sentencia,

y ella como es claro no resiste

la razón natural con la evidencia

de cuya luz, y claridad se viste:

toda la división y diferencia

de tanta alteración solo consiste

en que dice ser ciego desatino

conceder multitud en ser divino.

Faustina.

¿Y tú qué sientes desto?

Porfirio.

Un hombre lego

dedicado al furor del fiero Marte

criado en el feroz desasosiego

y bullicio del bélico estandarte,

entre el oscuro humo, y polvo ciego

de bárbaras batallas, ¿de qué arte

podrá en esto decir su sentimiento?

Mas en verdad si causa tan dudosa

se mira, y examina con más tino

no entiendo se podrá juzgar por cosa

tan fuera de razón, y de camino.

Que si vos como Reina poderosa

sois bastante al gobierno, desatino

sería, pensar que necesarias fuesen

otras mil Reinas que con vos rigiesen.

No sé si la doctrina por ser alta,

por alta se le va a mi entendimiento,

pero si la memoria no me falta

Catalina sabía este argumento.

Si en cualquiera Dios se afirma no haber falta

de divino poder, fuerza, y talento,

Si un Dios es bastante muchos sobran,

y en vano con un Dios los muchos obran.

Faustina.

¿Qué te parece pues destas razones?

Porfirio.

A la verdad, señora, yo quisiera

que en nuestros sapientísimos varones

Pag. 47

Porfirio.

más brío, más valor, más fuerza hubiera.

¿Qué puedo yo decir si los pendones

de la filosofía más sincera

los veo al fin de tan reñida guerra

rendidos y arrastrados por la tierra?

Yo confieso de mí que si no fuera

en un ánimo noble muy gran vicio

mudarse fácilmente, o pareciera

de liviandad mostrar algún indicio,

si en tal caso de cierto no temiera

la justa indignación y deservicio

de mi Rey y Señor, sola esta culpa

me pudiera rendir con gran disculpa.

Faustina.

¿Y puede esto decirse en mi presencia?

Porfirio.

Yo, señora, respondo a tu pregunta,

aunque, si no me engaña la conciencia,

el sagaz corazón algo barrunta:

que quien con tanto ahínco y vehemencia

y tan sin ocasión tanto pregunta

esconde alguna causa en lo secreto

del corazón malsano e inquieto.

Encubrirlo, señora, ¿qué aprovecha?

Pues en tu misma frente escrito leo

que estás no bien del todo satisfecha

de no sé qué que busca tu deseo.

No sé si es temeraria mi sospecha,

pero sea o no sea, yo la creo,

y aunque el respeto y el temor me obliga

a que lo sienta y crea y no lo diga.

Faustina.

¿Y qué es lo que tu arbitrio así decreta?

Porfirio.

Valga, pues, por sospecha o desvarío:

es que osaría apostar que te inquieta

la ley del nuevo Dios.

Delia.

Y aun yo lo fío.

Faustina.

Graciosa por mi vida está esa treta,

que por tu corazón juzgues el mío,

tú estás sin duda de esa ley picado,

y quieres a mí echarme tu pecado.

Basta, Porfirio, mas como discreto

bien sabes, son curiosas las mujeres,

pesquisidoras de cualquier secreto,

y amigas de saber los pareceres.

Descúbreme tu pecho, yo prometo

de guardarte el secreto que quisieres,

y porque estés en esto más seguro

por vida de Majencio te lo juro.

Bien puedes con osada confianza

desabrochar el pecho sin recelo

de perder el favor y la privanza

de tu Rey y señor en solo un pelo.

Así que sin empacho ni tardanza

de tu pecho podrás correr el velo,

y así ternás el mío más propicio

para honrar y premiar tu buen servicio.

Porfirio.

¿Qué mármol duro o pedernal no labra

un ruego que es a premio ejecutivo,

o cómo en fe de una real palabra

mi confianza no pondrá su estribo?

Pag. 48

Porfirio.

Con tales prendas es razón que abra

las puertas del secreto con que vivo

confiado, seguro, y satisfecho

que en el tuyo estará como en mi pecho.

Digo, señora, al fin que soy cristiano,

que un solo Dios confieso, a quien adoro,

que Jesu Cristo es Dios en cuerpo humano,

que fuera dél otra Deidad ignoro:

que siendo Dios se hizo nuestro hermano

que su cruz y su sangre es el tesoro

donde el cristiano tiene su esperanza

de eterna gloria, y bienaventuranza.

Bien claro he dicho yo mi sentimiento

en lo que enseñar prueba Catalina,

y aunque yo no penetro el fundamento

desta tan alta, y celestial doctrina,

pero captiva al fin mi entendimiento

no sé qué fuerza de una luz divina

que las tinieblas todas ahuyenta

y en esta verdad sólida me asienta.

Y pues, señora, yo me he declarado

desde luego a morir estoy resuelto

por esta fe, y verdad que he confesado,

que no has de ver atrás mi rostro vuelto:

la real fe, y palabra que me has dado

liberalmente desde aquí la suelto,

díselo al Rey, y haz lo que quisieres,

yo apruebo, y doy por bien cuanto hicieres.

Faustina.

Mucho estimo, Porfirio, en mucho precio,

la confianza que hoy de mí has hecho

que en pechos nobles es de grande precio

y tiene igual retorno, y gran derecho.

Mas, mucho más estimo este desprecio

que tienes de la vida, y deste pecho,

y el valor raro con que así propones

acometer la empresa a que te opones.

Y así en retorno de tan gran contento

como hoy recibo, del feliz sucesso

te digo, que lo mismo también siento,

que solo un verdadero Dios confieso

que Jesu Cristo es Dios y hombre consiento,

y que su santa ley sigo y profeso,

y por ella daré si digna fuese,

la vida, y vidas mil, si mil tuviese.

Delia.

Mudanza de la diestra soberana

es la que en nuestros pechos hoy se ha visto,

pues dejando la secta y ley pagana

confesamos la ley de Jesu Cristo:

Una fe misma a todos nos hermana,

protesta dar la vida? no resisto,

antes tendría por gloriosa suerte

padecer por tal causa cualquier muerte.

¡O, divina bondad, piedad inmensa!

¡qué tesoros de luz has repartido

a los ojos que estaban entre ofensa

Pag. 49

Delia.

En las tinieblas ciegas de un olvido.

¿Quién podrá dar tan justa recompensa,

que iguale al beneficio recibido?

Mas bien sé que cualquier bien restituyo

con dar las gracias, y sentir que es suyo.

Faustina.

Porfirio, mi deseo se encamina

a la cárcel oscura y tenebrosa

que rodea y encierra a Catalina

en un manto de sombra tan gloriosa.

Porfirio.

El sacro instinto de la ley divina

también me pone en senda tan dichosa:

vamos luego, y haremos que la guarda

nos franquee el tesoro que allí guarda.

Act. 3. Sca. 5.ª / Fausti. / Delia. Porph. Custos carce.

Porfirio.

Huc vos adeste custodes carceris.

Custos carceris.

Hem quis modo est carceris qui pulsat fores,

Reus ne aliquis detrudendus vinculis?

Salvere te iubeo Porphyri, quid est mea

Tibi quod inserviat industria?

Porfirio.

Astrictus ego obsequio semper tuo,

quod me praestare velis libenter exequar.

Custos carceris.

Quid est opus tam officiosa verba loqui,

Astrictus ego tibi cum sim famulus,

Mandata quae velis libens sequar tua.

Porfirio.

Faustina te nunc adesse, properare iubet

Illa, quid exequi debeas, dicet tibi.

Custos carceris.

Regina me vocat? beatum nuncium!

Eamus hinc cito alacres, rumpamusque moras;

Imperio, qui celer paret, regio

Mendicitati imperat, et paret eadem

Exire procul si iubeatur foras.

Salvere iubeo felicitatem tuam,

Tibi quod velis efficiendum, impera,

Parebo, qua possum diligentia tibi.

Faustina.

Tuum, quem erga me habes perspexi animum

Servitiis confirmatum quamplurimis,

Quare quantum potero, gratiam referam.

Custos carceris.

Has tibi ego agam, semperque, habes maximas.

Faustina.

Magna tua, sed quamvis in me obsequia fient

Cum tamen eximii sit ac generosi animi,

Debere velle plurimum, cui debeas,

Multum, mihi non levius aliud conferas

Obsequium vellem, celari quod corde fluat.

Custos carceris.

Exequar lubens tua quod iubeat celsitas.

Faustina.

Catharinam vellem, ut nobis adducas modo,

Paucis ut illam licet affari mihi:

Curabo quantum potero, ne quisquam sciat.

Custos carceris.

Rem postulas Regina nobis arduam,

Duram, ac difficilem, ac supra vires meas,

Vitam optarem potius postulares mihi.

Porfirio.

Durum volenti nihil, nihil difficile

Cui quod placet facit, et gratum est sibi.

Custos carceris.

Cui esse gratum potest fideli viro

Pag. 50

Custos carceris.

Violare debitam Imperatori fidem,

Nescit mori fidem, qui potest frangere.

Faustina.

Ego si placet petam, habes veniam.

Custos carceris.

Pulchre putabit factum, istud si facias.

Pulchre putabit factum bene si faciam.

Porfirio.

Sed male cum faces, displicebo quidem.

Ecquid male est, paucis nunc velle virgine

Effari furtim, illud quin sciat aliquis.

Custos carceris.

Segnius id certe, quam mandata temnere

Eius, cuius sequi imperium debeas.

Ac multo peius, si periclitet caput.

Faustina.

Quid si sciat nemo?

Custos carceris.

Scient, recte quidem,

Et tecta nobis ruborem debent injicere

Quidquam si a nobis factum sit turpiter.

Quin et lapides hoc loquuntur tempore.

Facient, et Imperatorem conscium,

Huius quod perperam fuerit mali.

Porfirio.

Lapidibus obstruemus ora, opus si fiet,

Aureo si velis gypso, et arena aurea,

His effari poterunt ne verbum quidem.

Custos carceris.

Tanto haec si sunt obtegenda silentio

Nihil difficultatis erit, aut negotii,

Tuum modo si sequar imperium,

Parent tecta nummis, loquunturque nihil,

Aureo si linguam freno cohibeas.

Hic sale al cuello una cadena de oro.

Faustina.

Ita facto opus est.

Va por la Santa.

Custos carceris.

Adducam ergo citius.

Porfirio.

Hic interim tua expectet celsitas, eo.

Faustina.

Ecquid inausum reliquit cupiditas?

Quid praetermisit intentatum auri fames?

Ecquem non ausit laborem argenti sitis?

Faustina.

Praestringit auri flavus splendor oculos,

Obcaecat, et habet praecipitem animum,

Transversum hinc inde agit vertigine rapida,

Ignorat et fatuus suum ubi locet pedem,

Quam aut valeat certam capessere viam.

Porfirio.

Faxit Deus recto, ut incedamus pede

Nos, qui tam arduum, modo agredimur iter.

Faustina.

Bono esto animo pulchrum habemus ducem

Nos ipsa sapiens Catherina instruet,

Nos eius insistamus nunc vestigiis,

Et qui dedit illam, ut insequamur Deum,

Pervenire dabit, quo ipsa perveniet.

Act. 3. Sca. VI. Cath., Faust., Porphy., Delia.

Catalina.

¿Quién mandó abrir estas puertas

que ha cerrado la inclemencia

del que jamás a clemencia

supo tenellas abiertas?

¿Quién ha tenido memoria

de estos calabozos fieros?

Híncase de rodillas.

Faustina.

Catalina, quien con veros

vee ya prendas de su gloria.

Pag. 51

Faustina.

Afuera mundano fuero,

afuera puntos profanos,

dadme, besaré esas manos

de quien tanto bien espero.

Arrodíllanse ambas

Catalina.

Soberana Emperadora,

no es justa esta petición;

yo besaré, que es razón,

las de mi Reina y Señora.

Faustina.

Siquiera démonos brazos,

porque más mi gloria crezca;

permitid que yo merezca

recibir vuestros abrazos.

Catalina.

Mi dulce esposo Jesús

nos reciba entre sus brazos,

que para darnos abrazos

abiertos tiene en la cruz.

Faustina.

Desde hoy, Catalina mía,

comienza el fin de mis daños,

pues tras la noche de engaños

sucede tan claro día.

Ya el sol divino ha deshecho

las nubes de mis antojos,

su luz siento en mis ojos

y su calor en mi pecho.

Humildemente me postro

ante aquella luz divina

que sus rayos me encamina

por el cristal de su rostro.

Con que el Padre de las lumbres

rayando mi entendimiento,

tal luz me ha dado, que siento

de mi gloria mil vislumbres.

Desde hoy vivo, desde hoy reino,

desde hoy más me llamo Reina,

pues que Cristo vive y reina

dentro de mi nuevo reino.

Que el cetro, el mando, el gobierno

de esta vida transitoria,

como es infernal su gloria,

así es un glorioso infierno.

Navegado he ya en mi daño

en un mar de desconcierto;

mas tu cárcel es ya el puerto

de mi dulce desengaño.

Cárcel libre, prisión suelta,

libertad de mis errores,

sombra con mil resplandores,

gloria en tormentos envuelta.

Tu oscuridad no me asombra,

ni tu atrocidad no me espanta,

porque al fin tu gloria es tanta

que resplandece en la sombra.

Catalina.

Agora es menester pecho,

valor y perseverancia

cuando la fe y la constancia

Pag. 52

Catalina.

os piden este derecho.

No rehuséis la pelea,

que contra vos se pregona

pues no merece corona

sino aquel que bien pelea.

Seguid, seguid la victoria,

que si la alcanzáis no dudo

que ennoblezcáis vuestro escudo

con coroneles de gloria.

Para un designio tan santo

mirad si os sentís con brío.

Faustina.

En solo Cristo confío,

que sin él no puedo tanto.

Catalina.

Si Majencio os amenaza

con esposas, con cordeles,

y con azotes crueles

¿podréis sufrir la amenaza?

Faustina.

A pequeño mal me aplaza

sintiendo vigor, y aliento

para sentir el tormento,

cuanto más las amenazas.

Alegre daré los brazos

a durísimos cordeles,

el cuerpo a azotes crueles,

a la cruz dos mil abrazos.

Ningún tormento me espanta

cualquiera pena es ligera,

y ojalá yo ya viera

el cuchillo a mi garganta.

Que si así Dios me corona

cuando ya mi sangre salte

será el rosicler que esmalte

el oro de mi corona.

Y mi púrpura real

cuando el cuerpo se desangre

recibirá con mi sangre

tinte, y color celestial.

Catalina.

Felicísima señora

que envidia tengo de vos

a quien se ha visto que hoy Dios

en sus favores mejora.

Pues ya el Cielo os adereza

una guirnalda de gloria

que en premio de tal victoria

ha de honrar vuestra cabeza.

Que en este punto estoy viendo

un celestial cortesano

que con su gloriosa mano

alegre os la está poniendo.

En trabajar sois postrera

mas es Dios tan liberal

que al repartir del jornal

en la paga sois primera.

Pag. 53

Catalina.

Y sin duda será así,

que a vos junto con Porfirio

os dará Dios el martirio

tres días antes que a mí.

Soberana Emperadora,

pues subís primera al Cielo

con tan generoso vuelo,

sed vos mi aposentadora.

Subid muy en hora buena

a aquella feliz región,

y tomad la posesión

del Reino que a vos se ordena.

Faustina.

¡Oh alegre y dichosa nueva,

oh empresa de empleo justo,

para mí de tanto gusto

cuanto deseada y nueva!

Fiel amigo Porfirio,

si en este asunto estáis firme,

bien podéis darme y pedirme

las albricias del martirio.

Porfirio.

Yo ruego a Dios no se impida

esta venturosa suerte,

y si Dios quiere mi muerte,

desde aquí ofrezco la vida.

Solo pido un pecho justo

al divino mandamiento,

porque a mí me da contento

lo que a Dios le diere gusto.

Mas decidme, Catalina,

qué premio o sueldo granjea

el soldado que pelea

en la milicia divina?

Catalina.

¿Por ventura no has visto

los libros de los cristianos?

Porfirio.

Nunca jamás a mis manos

estos libros han venido.

Desde mis años primeros

siempre he vivido en la guerra,

echando muros por tierra,

matando enemigos fieros.

Con el bélico bullicio

entre cajas y atambores,

y entre los roncos clamores

del militar ejercicio.

Catalina.

Mal puede oírse la voz

y aquel silbo delicado,

que en el rincón sosegado

suena, cuando habla Dios.

Porfirio.

A los que hazañas han hecho,

mil veces con gran denuedo,

venciendo temor y miedo,

lado puse mi pecho;

y en batalla peligrosa

con valor no temerario,

al ejército contrario

puse en huida afrentosa.

Dos mil veces procuré

Pag. 54

Porfirio.

en asalto mal seguro

subir el primero al muro

y en el afirmar el pie.

Catalina.

¿Y qué ha sido tu deseo?

Porfirio.

Servir al Emperador

por alcanzar el honor

y la gloria en que hoy me veo.

Catalina.

¡Oh, mundo vano, engañoso,

cuán caro vendes tu gloria,

dando baja y vil escoria

por un precio tan costoso!

Das las guirnaldas tejidas

de unas tiernas florecitas

que al momento son marchitas

a peso de sangre y vida.

Si un soldado que es leal

pone por dichosa suerte

haberse puesto a la muerte

por un señor temporal,

¿qué es lo que debe hacer

y con qué valor y amor

por un eterno Señor

de inmenso y sumo poder?

Mas Dios así nos gobierna,

que sin fuerza y sin apremio

nos llama y convida al premio

de gloria y corona eterna.

A unos bienes celestiales

tales cuales nunca vieron

ni oírlos jamás pudieron

ojos y oídos mortales.

Faustina.

¡Ay, Dios, quién no se aficiona

a tan soberanos bienes,

dichosas aquellas sienes

que ciñeren tal corona!

Si en el bien que Dios reparte

es tan liberal y rico,

con esto me certifico

que me cabrá alguna parte.

Catalina.

Es largueza manirrota

la que en nuestro Dios se ve,

que por más y más que dé

nunca se acorta ni agota.

Que su fuerte mano topa

en un tesoro infinito,

y cuanto da el bien finito,

que no lo mengua ni apoca.

Abrázanse.

Faustina.

Caterina, quién pudiera

gozar este bien de espacio,

mas temo que ya en palacio

el Rey, mi señor, me espera.

Antes que alguno me vea

me voy, quédate con Dios.

Catalina.

El mismo vaya con vos

y el amparo vuestro sea.

Id, tierna, dichosa, en paz,

y este consuelo tendremos,

que en el Cielo nos veremos

si acá no me vieres más.

Pag. 55

Queda Catalina con dos Ángeles y el Carcelero.

Actus 3. Scaena 7.

Catalina. duo Angeli. Custos Carceris.

Catalina.

Summe Deus, qui cuncta regis, cui cuncta ministrant,

cui mare, cui tellus, obtemperat ignea coeli

sydera, cui parent, operosaque machina mundi,

quas tibi pro tanto persolvi munere grates

posse reor, ut equas valeam tibi reddere laudes.

En tibi se subdunt hominum fera corda veneno,

anguis pestiferi iacto trucis ore mariti,

haud trepidat regina sui, tua iussa capessit

laeta animo, temnitque aras, cultusque deorum

infandos, tu dona hilari pater accipe vultu.

Faustina, devota venit, quae in carceris umbras,

exacuat licet usque graves Maxcentius iras

saevus, et obiciat flammas, et tela minister,

intentetque minas necquicquam, ensesque minaces.

Ángel 1º.

Haud nunquam cessura truci Catherina furori

aethereos comites placido nos accipe vultu,

sume animos, placidasque cape in fera proelia vires,

obviaque infestis interrita pectora telis.

Obice perpetuum capiti diadema coruscans,

imminet interea meritisque parantur honores.

Ángel 2º.

Magna manent tua facta polo, teque optima virgo

pingnora magna manent, diras si capere poenas

constanti tuleris animo, neque viribus ullis

succumbas, sed forte Dei stet robore pectus.

Catalina.

Fas mihi, sponse sacer, tua dum mandata fideli

mente colo, rigidas Erebi postrare cavernas.

Custos carceris.

Ingredere, o, virgo, ne ianua carceris atri

dum reserata patet, Maxentius suscitet iras,

ingredere ut facto cuncti celemur inulto.

Catalina.

Ergo praei, celerique sequar vestigia gressu.

Jornada cuarta

Pag. 56

Actus 4. Scaena 1.

Maxentius. Porphyrius. Nicanor. Estion.

Maxencio.

Quid vos poli numina execrandum scelus

relinquitis inultum? Ubi iam fulmina

sanguinea Iovis vibrata dextera,

fragoreque horrifico vibrata solo

celsa quatiunt moenia, atque in horridas

cuncta redigentia favillas hominum

atrociter impia scelera vindicant.

Siccine piam Faustina iam spernat

divum amens religionem superum,

et Christianorum infandum colat Deum!

Estronio.

Sic fertur.

Maxencio.

O crimen inexpiabile,

o, facinus horrendum, o, caeca impietas!

Ardet et dolore percito ira pectore,

et quae furoris flamma gliscit animo

compressa, iam gestit ore prorumpere.

Porfirio.

Istam quaeso deponito mentem modo

Pag. 57

Porfirio.

Rex summe, nullo istaec iactant capite,

Nam mulierum licet sit, sententia

Crebra sicut aëris vagi mutatio,

Eo ut ferantur saepe transversa undique

Levibus obsecundatae tempestatibus,

Quo ventus efflare validior solet,

Pollet tamen firmo Faustina pectore

Nec se tam impio polluet illa scelere

Mactet Dijs ut alienis victimas.

Maxencio.

Ita est aequum, fore votis si annuat

Faustina nostris, si vel ardens fulgeat

Caeleste Divorum suo pectore iubar:

Sed quae crebris iactarier dictis solet,

Vel scita habet, vel parum abest ut siet,

Sed ego meam superis constringo fidem,

Haud abituram impune Reginam, fore

Si tam sacrilegum illa patiatur scelus.

Nicandro.

Infaustum avertat magnum omen, Júpiter

Tanto ut se inficiat Faustina crimine,

Vix capio, in tantum devenire dedecus

Regale sceptrum, diademaque nobile

Manere absque capite, sed hoc gaudeo

quod te tam pio in superos cernam animo

Illis ut sancta connubiis iungis faedera.

Maxencio.

Immane de me supplicium sumerem

Si tantum, tamque impium patrassem scelus,

Vigeat Divorum religio, atque caetera

quae ad hominum spectant vitam, abeant procul.

Porfirio.

Unius Dei vigeat immortale decus,

Nec se alii nobis obtrudant superi,

Quos caeca adorat superstitio hominum.

Maxencio.

Mulierum sunt ista non hominum

Videre qualem nobis fingat Deum?

Nicandro.

O sors acerba, dira, miseranda, horrida,

Cur caecos homines praecipites agis,

Tetraque nube obvolvis, ut tantum nefas

Committere audeant, falsa ut numina colant,

Haud credo Rex in tantum Faustina malum

Tam diro devenisse Fato. Eia, ne dubita,

Oculato si adhibenda est testi fides,

Idem ipse qui vidit nunciavit mihi.

Maxencio.

Proh deûm atque hominum fidem, quid modo ais?

Dubiumne, et incertum suspicabor loqui

O semper dira Alexandrina foemina!

Neque tuis solum adversans bonis,

Sed in alios virus eructans letiferum:

Quid cohibeo manus? quid furentes impetus?

Quid in Deos tantum inultum fero scelus?

Porfirio.

Cur pectus atroci excandescens rabie

Et fluctuans caeco furiarum turbine

Eructat irarum furibundas minas

Siste, non est tam cito adhibenda fides.

Aut si sient haec vera non continuo

Ad iura oportet inimica recurrere.

Nicandro.

Nihil gratius Dijs, nihil atque aequius

Te crede facturum Imperator inclyte,

Pag. 58

Nicandro.

Quam iure, si stricto divos vindices

cultum, Faustina licet, fundas sanguine,

est quidem pium, sat in te esse crudelem.

Act. 4. Scæ. 2. Sacerdos, et

iidem qui supra.

Sacerdote.

Rey alto, y podero, qué cautela

pones al reino que con tal sosiego

mirando estás, al mal que no recela

el pueblo asegurado en su error ciego?

La centella infernal emprende, y vuela,

crece la llama, va cundiendo el fuego,

que furioso discurre, ardiente abrasa

la humilde choza, y la soberbia casa.

Yo en vivo celo ardiendo me consumo

con el justo dolor que al alma llega

viendo que el daño, y mal llega a lo sumo

con el furioso incendio que se pega:

do la llama no sube, alcanza el humo

que al miserable pueblo ofusca, y ciega,

turba los celestiales resplandores,

tu reino envuelve en míseros errores.

Apaga, apaga Rey, esta centella

que emprende en lo florido de la tierra,

muera esta rebeldísima doncella

que a tu imperio feliz hace tal guerra:

Tus leyes pisa, tus edictos huella,

síguela el pueblo, y con seguilla yerra:

sin duda cesaría tan gran daño

si muriese la autora deste engaño.

Maxencio.

Mayor mal, mayor daño se machina

Sacerdote.

Cómo, Señor?

Maxencio.

Que la furiosa llama

a mi real palacio se avecina,

y al casto lecho de mi ebúrnea cama:

mi cara esposa sigue a Caterina,

y está enredada en esta mesma trama:

Oh fortuna cruel! Oh hado esquivo!

si tal permito injustamente vivo.

El copioso raudal del ancho Nilo

cuando con furia de creciente llena

deja en su cuerpo el ordinario hilo

y rompe las trincheas de su arena:

cuando guardando el natural estilo

el león celestial lo desenfrena,

lavar no puede tan enorme culpa

que por ser de Faustina es sin disculpa.

Indigno soy de púrpura, y corona,

el sol me resplandece injustamente

mal represento la real persona

si en mis leyes tal culpa se consiente:

Mientras más pienso en ello más se encona

la llaga que ha causado mi accidente

crece la llama en mi desconfianza

Pag. 59

Maxencio.

y solicita el pecho a la venganza.

El tierno corazón del dulce esposo

en duro pedernal vuelto en mi pecho

al eslabón de celo riguroso

responde con centellas de despecho.

No tendré quietud, paz ni reposo,

si venganza no tomo de tal hecho,

ora con el rigor de duro filo,

o con el bronce ardiente de Perilo.

Sabios varones, cuyo buen consejo

en el caso más arduo, más dudoso

tengo, y estimo por un claro espejo

de cualquier trance adverso y peligroso:

pues solo con vosotros me aconsejo

¿qué haré como Rey? ¿qué como esposo?

que tienen en los pechos de los Reyes

la Justicia y amor contrarias leyes.

Nicandro.

Has puesto en nuestra confianza

un negocio tan arduo y de tal peso

que la prudencia humana en su balanza

no puede darle igual ni justo peso.

El cielo inclina el fiel a la venganza,

mas la piedad se opone en contrapeso,

y la razón dudosa puesta en medio

no halla en este caso corte o medio.

Mas quien con luz más clara y verdadera

pesa mejor los bienes y los males,

si el pro y el contra en todo considera

verá las dos balanzas desiguales:

que al fin en cualquier caso prepondera

la honra de los Dioses inmortales,

de cuyas francas manos recibimos

el aliento vital con que vivimos.

Sacerdote.

Rey alto, si tu esposa y mi Señora

ha caído en el yerro de tal vicio,

si tu real corona así desdora,

si a Cristo ofrece humilde sacrificio,

indigna es ya de ser Emperadora,

indigna mucho más de ver propicio,

antes con triste y grave sobrecejo

el rostro que solía ser su espejo.

Que el ser esposa tuya nada excusa

la culpa atroz de tan indigno hecho

solo la agrava más, eso la causa

y a tu rigor le da mayor derecho.

Nicandro.

¿Quién podrá con razón dar justa excusa

a la injusticia del piadoso pecho,

si vieren que en tu casa no condenas

lo que castigas tanto en las ajenas?

Si das lugar, Señor, en tus entrañas

a aquel blando licor que amor derrama

será un borrón escuro en las sábanas

Pag. 60

Nicandro.

que al mundo intima tu gloriosa fama.

Dirá que son tus leyes telarañas

en cuya flaca red, y blanda trama

aunque el flaco mosquito más se enrede

al fin las rompe quien más vale, y puede.

Maxencio.

Aunque es indigno de imperial historia

tomar venganza de mujer culpada

aunque es ignominiosa tal victoria,

y como tal del mundo reprobada:

conseguirá en tal caso mayor gloria

el resplandor de mi luciente espada

si tomare la justa recompensa

de quien hace a los Dioses tal ofensa.

Corte el agudo filo al cuello hermoso,

derrame apriesa aquel sangriento riego

que con arroyos de caudal copioso

limpie la tierra, y mate el vivo fuego.

Y en el Elíseo albergue venturoso

dará a los míos inmortal sosiego

quien podrá con tal suerte de victoria

causar en ellos más descanso, y gloria.

Porfirio.

Si el dilatar los plazos, de clemencia

indicio suele ser de pecho cuerdo,

madura, oh, ínclito Rey con tu prudencia

la ejecución del repentino acuerdo.

Nicandro.

Donde sobra razón falta paciencia.

Maxencio.

Yo en este caso con razón la pierdo,

el delicto acelera a la venganza

por temerse peligro en la tardanza.

Porfirio.

El celoso rigor que en ti derrama

la ponzoña cruel a manos llenas,

él mismo, oh Rey, el corazón me inflama,

y esparce su veneno por mis venas:

mas es justo vencer la ardiente llama

pensando bien el fin de lo que ordenas,

porque siendo tu enojo satisfecho

no te aflija el pesar de haberlo hecho.

Alivien todos primero el sentimiento

que causa en ti de esposa la ternura.

Y que a tu esposa esperas, muda intento

para darle a su mal más fácil cura.

Maxencio.

En balde es alterar mi pensamiento,

condene el mundo mi sentencia dura,

diga que entre las fieras fui criado

y en el horrible Cáucaso engendrado.

Piensas que acaso yo, o por accidente

me determino a tan crueles males,

sabe que al tiempo cuando el sol ausente

la noche da sosiego a los mortales;

mi desventura tengo yo presente

todo ocupado en pensamientos tales,

sin que el sueño en mis ojos halle entrada,

Pag. 61

Maxencio.

que mal reposa una alma fatigada.

Miro, y revuelvo, si hallaré otro medio

en tanto mal, o, si podré escusallo,

que estando el ser mi esposa de por medio,

quien como yo debiera procurallo?

mas no hallando al daño otro remedio

bastante escusa en mi defensa hallo,

y cuando falte, no seré el primero

que haya dado a su esposa el fin postrero.

Pudo Egnacio Micencio el brazo fuerte

armar de un grande esfuerzo repentino,

para dar a su esposa cruda muerte

por solo haber gustado un dulce vino,

de tan amargo dejo, y fue de suerte

que jamás se juzgó por desatino,

antes en sacro acuerdo fue resuelto

que debía en tal caso ser absuelto.

Puede por justa ley cualquier marido

vengar de su mujer el adulterio

con que su casto lecho es ofendido,

(que esta apostema pide tal cauterio)

y solo a quien el cielo ha concedido

todo el gobierno del Egypcio Imperio

no ha de poder vengar por modos tales

la ofensa de los Dioses inmortales.

Porfirio.

Bien sé que otra ocasión jamás habría

que diese a tu rigor mayor derecho,

mas no debe una súbita agonía

negar reportación a un justo pecho.

no digan que fue ley de Tiranía

o, súbito furor de algún despecho,

falta de amor, o, saña de malicia

el no guardar los plazos de justicia.

Mira Señor los títulos gloriosos

que engrandecen tu fama, y claro nombre

premio justo de hechos valerosos

que a su autor dan clarísimo renombre:

no quieras que blasones tan famosos

los borre un hecho tal que al mundo asombre,

y que las furias en su oscuro templo

al lado de Nerón pongan tu ejemplo.

Podrás Señor con mano rigurosa

ensangrentar los filos de tu espada

en la cerviz gallarda, y generosa

de mi Señora, y de tu esposa amada?

Cúbrese el rostro llorando.

Maxencio.

Faustina mía dulce, y cara esposa

antes valida, ya tan rebelada!

Sacerdote.

Qué súbita mudanza oh Rey es esta

que a tu pecho real así molesta?

Estronio.

Qué nuevo pensamiento se ha ofrecido

que así el dolor, y lágrimas te aumentan?

Nicandro.

El efecto de cólera ha crecido

que aun hasta por los ojos se revienta.

Sacerdote.

Estoy para perder casi el sentido,

tu nueva pena, gran Señor, nos cuenta

Pag. 62

Sacerdote.

que más tememos sola esta tardanza

que la dificultad de toda la mudanza.

Maxencio.

Entre furiosas olas contrastado

se aniega mi afligido pensamiento,

donde hallar no puede pie ni vado.

Rebeldes soplos de contrario viento,

que combatís mi frágil navecilla,

tended las riendas del furor violento.

Esquivos hados que en mortal cuadrilla

venís contra mi cetro conjurados,

muévaos mi gran dolor a igual mancilla.

Cuidados con el reino vinculados,

teneos un poco, dad algún reposo

a aquestos flacos miembros fatigados.

¿Que se de segar con golpe riguroso

el cuello de marfil en que anudaba

sus tiernos brazos el amante esposo?

¡Oh culpa grave, oh mancha que no lava

agua ninguna, donde se permite

que muera así una reina como esclava!

¿Cómo podré yo echar en un envite

el resto de mi gloria y mi contento

sin reservar caudal que me desquite?

¡Y que el furor de un ánimo sangriento

ejecute aquel fatal castigo

que a mí me ha de causar mayor tormento!

¡Oh dura suerte, oh caso atroz! ¿Qué digo?

muera Faustina, muera, mas no muera,

que no debe una reina estar sujeta

a leyes de sentencia tan severa.

¿Qué vano pensamiento me inquieta?

¡Ay, que el amor me engaña y sobresana

la llaga que en mi pecho está secreta!

¡Oh reina vil, emperatriz villana!

¿Piensas que el ciego amor o blando ruego

hará disimular tu culpa insana?

De la fe conyugal desde hoy reniego

por no negar la de los dioses altos;

muera luego Faustina, muera luego.

¡Oh tierno amor, cuán duros son los saltos

que haces por momentos en un pecho,

que turbas con tan tristes sobresaltos!

Perdona, esposa mía, que el despecho,

causado de tan súbita mudanza,

a mi piedad negaba su derecho.

Con todo, sé tomar de ti venganza;

no diga el mundo ya que mi justicia

las cosas pesa en desigual balanza.

Ni quedará sin pena la malicia

de una culpa tan grave y tan enorme

cuando no aprovechare la caricia.

Podrá ser que este daño se reforme

si el castigo y rigor de mi sentencia

a culpa tan atroz fuere conforme.

Pag. 63

Maxencio.

No hay aguardar más plazos de clemencia,

id, Porfirio y Nicandro, venga luego

esta Reina cruel a mi presencia.

Y si el halago de amoroso ruego

no ablandare su pecho de diamante,

habrá de ser la guerra a sangre y fuego.

Van por la Reina.

Porfirio.

Serena, Rey, tu frente y real semblante,

porque ningún desordenado afecto

sienta la Reina cuando esté delante,

y el Cielo nos dará dichoso efecto.

Acto 4. Escena 3. y demás qui supra.

Maxencio.

Nos tamen interea expansis ad sydera palmis

Aethereumque Jovis solium radiantis Olympi

Sacratas venerari aras, ipsumque precari

Est aequum, ut coelo tandem miseratus ab alto

Faustinae infaustae depellere nubila caeca

Mente velit, quam nunc picea caligine tectam

Impietas sprevisse Deos male sana coëgit.

Si tamen abnuerit meritas mihi sanguine poenas

Improba persolvet.

Sacerdote.

Pone hanc de pectore curam

Inclyte rex, laetum superos tibi reddere finem

Spero equidem, nec vana fides, tu cuncta deorum

Interea delubra adeas, divumque parenti

Thura crema, vigili quae rite paraveris igne,

Ipse ego luminibus sacris bene olentia certe

dona ferens onerabo focos, ne absiste precando.

Maxencio.

Vix mihi venturae spes jam manet ulla salutis.

Sacerdote.

Spem cape, ne dubita, superi fortasse benigni

Cras meliora dabunt, varium et mutabile pectus

Faemineum est. Illa utinam vertat modo Jupiter omen

In melius, facilisque mihi pia vota secundet.

Faustina infelix, quae te dementia, quae te

Impulit in facinus rabies, qua saeva cupido

Praecipitem trahit? et scelerum revolubile pondus?

Quo peritura ruis? quo te miserabilis heu

Error agit? quid non mortalia pectora cogit

Vana superstitio, caecumque cupidine pectus.

Acto 4. Escena 4. idem. Faustina. Delia, et custodes.

Faustina.

¡Oh, alegre y dichoso día,

que con luz clara y serena

anuncias mi dicha buena,

principio de mi alegría,

fin de mi tristeza y pena!

Alegre por mi interés

me presentaré esta vez

en tribunal riguroso,

no como ante dulce esposo,

mas como ante acerbo juez.

Rey y Señor poderoso,

el que con mano sagrada

Pag. 64

Faustina.

mueve la esfera estrellada

rija tu cetro glorioso.

Maxencio.

Seáis reina bien llegada.

Faustina.

Señor mío, ¿qué despecho

os ha conducido a estrecho

de tan súbita mudanza

que ha turbado la bonanza

deste generoso pecho?

Maxencio.

Entre las dudosas olas

de mi congoja, y cuidado

me siento tan anegado

que ya con mis fuerzas solas

no puedo salir a vado.

Con pecho, y brazos forcejo

en el mar donde proejo

al viento, y contra marea

sin determinar cuál sea

el más prudente consejo.

Mas la luz clara, y serena

Faustina de vuestros ojos

do cuelga amor sus despojos

el turbio golfo serena

de mis cuidados y antojos.

Porque son sus luces bellas

las dos lucientes estrellas

de los dos hijos de Leda,

que de la estrellada rueda

arrojan claras centellas.

Vuestra presencia se ofrece

y presenta a mi memoria,

como cuando con victoria

el claro sol resplandece

entre arreboles de gloria.

Que rompiendo el negro velo

regala el más duro yelo,

alegra al florido prado,

deshace el denso nublado,

serena la faz del cielo.

Faustina.

Bien claros son los efectos

de vuestro dolor cruel

sepa yo la causa dél,

pues nunca esconde secretos,

el amor cuando es fiel.

Si en vuestro pecho hidalgo

vale, y puede señor algo

el dulce nombre de esposo

muevaos esto, que yo no oso

viendo lo poco que valgo.

Maxencio.

Mis fuertes brazos no doma

rigor de poder divino

ni otro valor peregrino,

ni la potencia de Roma

ni fuerzas de Constantino.

No es la furiosa Belona

la que mi cetro abandona,

la que mis crestas humilla,

Pag. 65

Maxencio.

la que trastorna mi silla,

la que abolla mi corona.

La que del mundo me arredra

es un gusano que come

y ocultamente carcome

el corazón de mi yedra

porque yo alivio no tome.

¿En qué pondré mi esperanza

si en medio de mi pujanza

una flaca mujercita

es la que seca y marchita

las flores de mi esperanza?

Que se oponga Catalina

contra mi gusto y querer,

contra mi fuerza y poder,

no sé qué diga Faustina,

no sé qué deba saber.

Vos viendo mi mal terrible

fuistes allá, y es creíble

que fuistes a reducilla,

a convencella y rendilla

que otra cosa no es posible.

Decidme por vida mía,

querida esposa Faustina,

¿qué os pasó con Catalina?

¿Está acaso todavía

firme en su errada doctrina?

Faustina.

Mil razones delicadas

y como el oro acendradas

con sus labios se declaran,

y ojalá todas quedaran

en mi corazón selladas.

Que ha sido tal el provecho

que en mí con ellas se ha visto

que rendida no resisto

a que se grabe en mi pecho

el sello de Jesucristo.

A solo este Dios conozco

y a los demás desconozco,

abjuro de mi error ciego

y de la deidad reniego

que en ellos no reconozco.

Con la luz que el cielo muestra

segura el alma camina

con esta bella Catalina,

y ella ha sido mi maestra

en la ley y fe divina.

Maxencio.

Son burlas.

Faustina.

No, sino veras.

Maxencio.

Dejad, reina, estas quimeras,

que por vida de los dos

no puedo entender de vos

que digáis eso de veras.

Esta cosa sola os pido

por recompensa de amor.

Pag. 66

Maxencio.

que os apartéis de este error

si acaso lo habéis tenido

a mengua de vuestro honor.

Salid de esta vil cadena,

mirad que esta ley no es buena

ni a los príncipes agrada,

antes como reprobada

todo el mundo la condena.

Y si en esto que demando

no viniéredes, yo os juro,

que aunque mi gusto aventuro,

cuanto he sido esposo blando

tanto os he de ser Rey duro.

Faustina.

Emperador generoso,

cuyo cetro poderoso

no permite resistencia,

bien sé que os debo obediencia

como a Rey, y como a esposo.

Pero también sabéis vos

que toda la humana grey

debe más guardar la ley

que establece el sumo Dios

que no la que pone un Rey.

Maxencio.

Andad, Reina, dejaos deso.

Faustina.

Señor, en cualquier suceso

servida de mí seréis,

mas con tal que no toquéis

en esta fe que profeso.

Maxencio.

Dioses, ¿qué fuerza infernal

por mi palacio se ha entrado?

¿Quién os ha, Reina, embaucado?

Faustina, ¿qué vendaval

os dio que así os ha trocado?

Faustina.

Dejad, Rey, natales sectas

falsas, flacas e imperfectas,

sabed que el viento que corre

no puede mudar la torre

aunque mude mil veletas.

Si yo en tal yerro cayere

niégueme el cielo su ayuda,

y si en mi fe hubiere duda

la lengua que tal dijere

plega a Dios que quede muda.

Maxencio.

Esto se haga.

Faustina.

No puedo.

Sacerdote.

¿Quién ha visto tal denuedo?

Maxencio.

Como esposo os lo demando,

y como Rey os lo mando

so pena de mayor miedo.

Faustina.

La fe jamás se convence

por ningún temor humano

de brazo y poder tirano,

ni con tormentos se vence

la paciencia del cristiano.

Maxencio.

¿No temes la fuerza esquiva

y potencia ejecutiva

de un riguroso tormento?

Pag. 67

Faustina.

en él muestra el sufrimiento

cuanto puede una fe viva.

Maxencio.

Pondré tu cuerpo en cadena

en un oscuro rincón

con rigurosa prisión.

Faustina.

Allí el alma estará ajena

de ese tormento, y pasión.

Maxencio.

Aunque estás así resuelta,

yo te haré dar la vuelta

de tu error mal de tu grado.

Faustina.

Si tuviere el cuerpo atado

estará el alma más suelta.

Maxencio.

¡Oh, empedernidas entrañas!

que ningún tormento espanta,

dime, ¿qué furia te encanta?

Faustina.

La fe que allana montañas,

y humildes valles levanta.

Maxencio.

No esposo, mas carnicero,

y un león sañudo, y fiero

te seré en trance tan agro.

Faustina.

Eso no será milagro

porque en ti no es lo primero.

Maxencio.

Fortuna del bien avara,

como es tu trato villano,

pues a quien le das la mano,

y muestras alegre cara,

no le dejas hueso sano.

Tanto me abaja tu rueda,

que si no es estando queda

por fuerza ha de levantarme,

que no es posible bajarme

del punto que ahora queda.

¿Qué otro mal me puede hacer

después de tanto pesar?

ya no me puede quedar,

ni peligro que temer,

ni contento que esperar.

No sé qué haga, o, qué diga,

a esposa falsa enemiga

digna de eterno castigo.

Faustina.

De mi voluntad me obligo

a sufrir cualquier fatiga.

Maxencio.

Nueva industria, nuevo estudio

en tal caso es necesario,

¡hola, Estronio secretario!,

asentad que la repudio

conforme al fuero ordinario.

Faustina.

Tomad la pluma, y papel,

pues como esposo cruel

niegas la fe conyugal;

mas ¿quién vio ceguera tal

pedir la fe, a un infiel?

¿Dónde está, Rey, la templanza?

Pag. 68

Faustina.

La moderación do está,

a quien os oye, ¿no dará

espanto ver la mudanza

que has hecho de ayer acá?

Maxencio.

Mujer fementida y loca,

cierra esa maldita boca,

donde la lengua blasfema

con su soberbia y su tema

mi celo y saña provoca.

Faustina.

Aunque con tantos agravios

tu poder mi lengua enfrena

como con dura cadena,

no podrá cerrar los labios

del mundo que te condena.

Y cuando la atrocidad

de tu nativa crueldad

mis labios cierra en la boca,

mi alma entonces invoca

a la divina piedad.

Maxencio.

¿Qué haces? Acaba, Estionio.

Estronio.

Emperador Soberano,

la pluma tengo en la mano

para dar el testimonio

de acuerdo tan justo y sano.

Maxencio.

Acaba pues, ¿en qué andas?

Estronio.

Aquí estoy, Señor, ¿qué mandas?

Maxencio.

que siendo tal mi agonía,

haya de pasarse el día

en preguntas y demandas.

Sacerdote.

Porque se dé pena igual

a la culpa que se atreve,

ser ya despojada debe

de la corona real

como traidora y aleve.

Maxencio.

Aunque, si bien se pondera,

esa es pena muy ligera,

y así después del despojo

se satisfaga mi enojo

con que degollada muera.

Porfirio, Nicandro, amigos,

pues los dos sois el espejo

con quien siempre me aconsejo,

ved si son estos castigos

de temerario consejo.

Que para tales efectos

de vuestros pechos discretos

no me desdeño y esquivo,

pues los tengo por archivo

de mis mayores secretos.

Nicandro.

Siendo tú el supremo Rey

de toda aquesta región,

pudiera en esta ocasión

Pag. 69

Nicandro.

Solo tu gusto ha de ser ley,

¿cuánto más tanta razón?

Y aunque lleves esto al cabo

no sentirás menoscabo

en tu honor por algún modo,

que alabará el mundo todo

lo mismo que yo te alabo.

Porfirio.

Entra, Rey, en tu palacio,

donde tu furia desbrave

buscando un medio suave,

que justo es mirar despacio

negocio tan arduo y grave.

Y primero que lo lleves

al fin a que ya te atreves,

mira con menos rigor

la ley de la fe y amor

que como a esposa le debes.

Nicandro.

No hay, Señor, para qué dar

más plazos de dilación,

que es tan grande la ocasión

que no es razón des lugar

a más deliberación.

Porque la razón fiel

mide con otro nivel,

gobierna por otro norte,

tantea por otro corte,

y pesa con otro fiel.

Porfirio.

No solo aguijón cruel

ha de tener un rey justo,

ni solo un amor adusto

debe tener por nivel,

ni por ley solo su gusto.

Que en semejante ocasión

la cuerda reportación

es bien que el pecho quilate,

aunque algún tiempo dilate

la debida ejecución.

Sacerdote.

Señor, si en la recompensa

de tan manifiestos males

aguardas términos tales,

temo que haces ofensa

a los dioses inmortales.

Descubra tu justo celo

que en todo el egipcio suelo

los filos de tu cuchillo

son el amparo y caudillo

de los que están en el cielo.

Dale tinta y pluma.

Maxencio.

En un caso tan molesto

de tan enorme delicto

otros consejos no admito,

envidado vaya el resto,

mostrad, Petronio, el escrito.

Dadme luego tinta y pluma.

Pag. 70

Maxencio.

con que la compuesta suma

desta mi sentencia firme,

para que un error tan firme

se disminuya, y consuma.

Yo Emperador lo firmo

como en ella se contiene.

Sabio.

Esto es lo que conviene.

Maxencio.

Así lo doy, y confirmo

con esta firma solemne.

Tomad allá este papel

leed luego el tenor dél,

y aunque parezca crueldad

yo sé que es más piedad

ser en tal caso cruel.

Lee.

Uno.

Nos Maxencio Emperador

de todo el reino egipciano

a quien Marte soberano

como a supremo señor

ha dado el cetro en la mano.

Viendo el nuevo, y ciego error

que contra el culto, y honor

de los dioses soberanos

van sembrando los cristianos

tan sin vergüenza, y temor.

Considerando que el cielo

nos ha dado insignias tales

de armas, y fuerzas reales

para vengar en el suelo

las injurias celestiales.

Viendo también que Faustina

mi esposa se determina

a seguir tan torpe secta

por conjuración secreta

que ha hecho con Catalina.

Y que siendo amonestada

hace dello burla, y juego,

y que contra su error ciego

no han aprovechado nada

fuerza, amor, apremio, ruego.

Como todo lo miramos

maduramente, hallamos

que por lo que dicho sabemos

como aleve la debemos

condenar, y condenamos.

Y con acuerdo, y estudio

siendo el caso consultado,

desde luego la degrado

con libelo de repudio,

del imperial estado.

Que pues la cerviz sujeta

al yugo de aquesta secta

y en su lista se empadrona,

no merece la corona

que es tan alta, y tan perfecta.

Pag. 71

Uno.

y siendo así despojada

de las insignias reales

con tormentos desiguales,

pague siendo degollada

la pena de tantos males.

Que no es riguroso el mando

de un escarmiento tan blando,

pues no hay proporción igual

entre la pena, y el mal.

Maxencio.

Así lo pronuncio, y mando.

Un verdugo se depute

que con mano rigurosa

en ocasión tan forzosa

esta sentencia ejecute

en la cerviz alevosa.

Faustina.

Oigo la dura sentencia

donde mi buena conciencia

alegará en su disculpa

que no es castigo de culpa

sino rigor de inclemencia.

Si apelación no se admite

contra el poder inhumano

de este tu cetro tirano

mi conciencia se remite

al tribunal soberano.

Yo hago en mis quejas pausa

que pues mi muerte se causa

del pensar que sigo error,

allá se verán mejor

los méritos de mi causa.

Piensas que alcanzas victoria

en darme tan cruda muerte,

cuán ciego está quien no advierte

que esta es la palma de gloria

que se debe a un valor fuerte.

Si tu furor tanto excede

que no hay fuerza que lo vede,

ni potencia que lo impida

quitará al cuerpo la vida

mas la del alma no puede.

Hacen uno, y otro.

Maxencio.

Mi llaga cruel se encona

con estos dichos profanos

mas que con tus hechos vanos;

quitalde aquesta corona,

atalde luego las manos.

Faustina.

En este despojo fiero

yo siento un bien verdadero

que mi estado perficiona;

poned luego esta corona

ante los pies del cordero.

Hoy mi reino se conserva

con lustre, y gloria mayor

pues con este deshonor

Pag. 72

Faustina.

Ya me confieso por sierva

del que es mi Rey y Señor.

¡Oh, ligaduras gloriosas,

oh, manos más que dichosas,

que hoy en gloria tal se han visto,

que han merecido por Cristo

ser atadas con esposas!

Maxencio.

Llevalda luego de aquí,

y ejecútese al momento

el merecido tormento.

Faustina.

Vamos, hermanos.

Sacerdote.

Así

será eficaz su escarmiento.

Faustina.

Quédate a Dios, Delia amiga.

Delia.

Pues, señora, ¿no te obliga

tu deseo y mi razón

a que en aquesta ocasión

vaya contigo y te siga?

¿Cómo así me desamparas?

¿Cómo te vas y me dejas?

¿Cómo así de mí te alejas?

¿Cómo en mi mal no reparas?

¿Cómo no escuchas mis quejas?

Siendo tú mi capitana

en la fe que nos hermana,

no es justa prerrogativa

que tú mueras y yo viva,

siendo yo también cristiana.

Arrodíllase.

Delia.

Dame estas manos sagradas,

y en tan dichosa ocasión

las besaré, que es razón,

ya que por estar atadas

no me dan su bendición.

Faustina.

El alma queda con vos,

que a las de nosotras dos

no las divide este trance;

mi bendición os alcance,

y con ella la de Dios.

Pues vano es querer mudar

lo que ya ha dispuesto el cielo,

Delia, Dios os dé consuelo.

Delia.

Él mismo quiera esforzar

vuestro valeroso celo.

Y os dé en esta coyuntura

lo que falta a mi ventura,

que si aquesto os concediese,

yo aseguro que tuviese

del buen suceso segura.

Maxencio.

¿Qué es esto, fortuna fiera?

¿Qué dices, Delia traidora?

¿Di, qué pretendes agora?

Delia.

Que me concedas que muera

al lado de mi señora.

Que si una fe soberana

Pag. 73

Delia.

a ambas nos une, y hermana

si ser cristiana es delito

la mesma sentencia admito

porque también soy cristiana.

En tu tribunal parezco

en fe de mi buena suerte,

y así con un pecho fuerte

alegre mi vida ofrezco

a cualquier suerte de muerte.

Hácenlo.

Maxencio.

Aquí falta el sufrimiento,

amigos, ¿qué encantamiento

es este de los cristianos

que así dan todos las manos

sin temer algún tormento?

En pena de su insolencia

atalde las manos bien

lleve la misma sentencia

pues es cristiana también.

Y pues que desenfrenada

por camino, y senda errada

tan furiosa se desboca,

atalda como una loca.

Delia.

Así seré loca atada.

Porfirio.

¿Reina, y señora?

Faustina.

Porfirio,

¿qué decís?

Yéndose Fau. le habla Porf.

Porfirio.

Espera un poco,

en tanto que a Cristo invoco

para seguir tu martirio.

Maxencio.

¿También, Porfirio, estás loco?

Porfirio.

Si es locura ser cristiano

digo que soy loco insano,

mas nunca he sido tan cuerdo

pues nunca he tomado acuerdo

tan acordado, y tan sano.

Maxencio.

Quitadle luego las armas,

que es menester prevención

en tan oculta traición.

Da las armas liberalmente.

Porfirio.

Con eso, Rey, no desarmas

un cristiano corazón.

Con voluntad no forzada

las rindo, y así me agrada.

Nicandro.

El rendillas es forzoso,

porque no tenga un furioso

tan a la mano la espada.

Porfirio.

A tus pies, oh Rey, me humillo,

teniendo este trance fuerte

por la más dichosa suerte;

y así beso este cuchillo

que quiere darme la muerte.

Maxencio.

Ya todos me hacen guerra,

ya va mi Imperio por tierra.

Nicandro.

Que un hombre de tanto peso

a tal bajeza se humilla

que a un falso Dios se arrodilla.

Pag. 74

Sacerdote.

que en mujeres no haya seso

no es tan grande maravilla.

Maxencio.

¿Qué es esto, traidor malvado?

¿Cómo así te has olvidado

de tan grandes beneficios?

Porfirio.

Con otros tantos servicios

lo pagué yo adelantado.

Maxencio.

Hoy se ha de echar todo el resto

de mi pujanza y poder

en hacerte padecer.

Porfirio.

Acaba, rey, haz de presto

esto que piensas hacer.

Que a tu poder no resisto,

ni de mi empresa desisto,

antes ya no veo la hora

que al lado de mi señora

padezca muerte por Cristo.

Maxencio.

Esta te daré tan fuerte

que tú quedes castigado,

y el mundo quede admirado.

Nicandro.

No puede ser una muerte

pena igual a tal pecado.

Maxencio.

Si en ti mil vidas tuviera

esta espada justiciera

mil veces te las quitara,

y porque tu mal durara

mil veces te las volviera.

Porfirio.

Admito esta pena fiera

sin temer tus altivezas

ni el rigor de injustos jueces,

y ojalá que yo tuviera

mil vidas que dar mil veces.

Que no pudiera haber cosa

tan alegre y tan gustosa,

ni pudiera mi deseo

haber más dichoso empleo,

ni en ocasión más dichosa.

Maxencio.

Baste, no hay que aguardar;

paguen sus intentos vanos,

atadle luego estas manos.

Custos carceris.

¿Quién, señor, las ha de atar,

si somos todos cristianos?

Todos las armas rendimos

y de rodillas pedimos.

Maxencio.

¡Oh turbios cielos airados!

¿Por qué os mostráis enemigos?

¿Cómo irán hoy sin castigos

traidores disimulados

con falso beso de amigos?

¡Ay de mí, que a mi despecho

se ha visto el aleve pecho,

la traición abierta y clara,

tu disimulada cara,

la intención vuelta al provecho!

Veome en esta fatiga

sin soldado que me guarde.

Pag. 75

Maxencio.

Ya de vencido cobarde,

do no hay mal que no me siga,

ni bien que no venga tarde.

Mas ¿para qué me fatigo,

si otro cuello enemigo

no se sujetará al yugo?

Yo mismo seré el verdugo

que ejecute este castigo.

Sacerdote.

Mueran, señor, mueran luego.

Nicandro.

Sientan, señor, la inclemencia

y rigor de tu sentencia.

Sacerdote.

En llamas de ardiente fuego

paguen todos su insolencia.

Custos carceris.

Estas llamas serán flores

de suavísimos olores,

y nosotros como incienso

que se ofrecía a Dios inmenso.

Maxencio.

Alto, mueran los traidores.

Jornada quinta

Pag. 76

ACTUS. V. Scena I.a

Sacerdos solus.

Sacerdote.

Alerta, que echa el resto la fortuna

con los presagios tristes de la muerte;

su rostro enluta, y a la blanca luna

pronóstico cruel de caso fuerte.

La corneja con voz grave infortuna

está anunciando la horrible suerte,

los cuervos y los buitres del desierto

se vienen al olor del cuerpo muerto.

El tiempo da ya un filo a su guadaña,

las Parcas arrebatan sus tijeras,

la muerte sus colmillos ya regaña,

las furias mesan negras cabelleras.

La tristeza, que al mísero acompaña,

sabe ya las exequias postrimeras,

tristes agüeros de la desventura,

que para más dañar más asegura.

¡Ay, triste Catalina, guarte, guarte,

que ya descarga el golpe riguroso

y el ronco estruendo del sangriento Marte

hace un rumor confuso y temeroso!

Fuerza no habrá que pueda ya librarte

de trance tan funesto y peligroso,

pues en tus daños hoy se han conjurado

la Parca, el tiempo, la fortuna, el hado.

Sale Nicanoro.

Nicandro.

El mísero Ixión en torno eterno

voltea con perpetuo movimiento

una ardiente rueda del infierno

que hace intolerable su tormento.

Ejemplo no hay antiguo ni moderno

que dé tanta materia de escarmiento

Pag. 77

Nicandro.

al triste cortesano miserable

que anda en torno, y rueda variable.

Es el mundo la rueda de fortuna

donde se deja atar de pies, y manos

aquel que tiene confianza alguna

en favores de reyes inhumanos.

Anda con más mudanza que la luna,

o aquel que busca paz en bienes vanos,

y así por justa ley invariable

anda en el torno, y rueda variable.

Con ánimo soberbio, y pecho altivo

Porfirio iba siguiendo su viaje

donde no recelando el mal esquivo

al rey quebró la fe de su homenaje,

Mas él al fin con pecho vengativo

ardiendo en ira, en rabia, en coraje

le dio a entender con muerte miserable

que andaba en torno, y rueda variable.

Sacerdote.

Señor Nicandro, ¿qué miseria es esta,

o cuándo tendrán fin tantos excesos?

Ya la fortuna no celebra fiesta

sino a costa de trágicos sucesos.

Todo es tristeza, todo es voz funesta,

tristes fines, los míseros progresos

do el airado cuchillo no perdona

a fiel vasallo, ni a real corona.

Nicandro.

Oh, mundo vano, quien en ti confía,

quien pone en tus favores su esperanza,

cuán ciega, y vanamente desvaría

quien piensa hallar firmeza en tu mudanza:

fortuna ayer alegre se reía

a Faustina, y Porfirio en su privanza,

y hoy les derriba desde la alta cumbre

por no hacer mudanza en su costumbre.

Mira en qué paran juventud lozana,

linaje, reino, fuerzas, hermosura,

tragedia es triste nuestra vida humana

su contento más largo poco dura.

Es sueño de placeres, sombra vana

que tiene de verdad sola figura,

y si vais a palpar lo que parece

entre las manos presto desfallece.

Las finas telas de sus dulces vidas

hiladas en el torno variable

con hilo de oro fino, iban tejidas

cuando el rey se mostraba favorable.

mas cuán presto se han visto entretejidas

con trama vil, y urdimbre miserable

y en un breve momento fue cortada

con duros filos de violenta espada.

Sacerdote.

Suele continuo dar el justo Cielo

castigo de su loco atrevimiento

a los que quieren dar más alto vuelo

que puede sustentar merecimiento:

llama el mundo con un fatal señuelo

Pag. 78

Sacerdote.

de privanzas, favores, y contento

ceba el hombre, y hace presa en ellos

y mánchase las manos por cogellos.

Va el incauto zagal embelesado

tras una mariposa, o milanillo,

y cuando piensa habello ya alcanzado

al aire vano prende por asillo;

y a veces, cuando va descuidado,

viene a dar en un hoyo el pobrecillo,

donde después que cae, y se lastima,

cae en la cuenta de su vana estima.

Entre las rocas ciegas de su engaño

nuestra Reina y Porfirio navegaban,

desplegando las velas a aquel daño

que en medio de su error no recelaban.

Mas, ¡ay!, cuán tarde vino el desengaño,

¡cuán presto llegó el mal que no esperaban!

¡Oh, triste suerte de la gloria humana,

que por más que florece nunca grana!

Nicandro.

En tanto que la trágica memoria

celebra exequias, y aun endechas canta

de la Reina, y Porfirio, cuya historia

al pueblo pone horror, y al mundo espanta,

la justicia del Rey con mayor gloria

trofeos ilustrísimos levanta,

o aquel campo tendido en sus tarjones

lo puebla con clarísimos blasones.

¿Cuál celo, o rigor se vio tal callo

en un pecho real, y generoso,

que no fueron bastantes a ablandallo

el tierno amor de regalado esposo,

ni los servicios de fiel vasallo,

ni los ruegos de amigo piadoso,

ni su propio interés, ni su provecho,

ni la inhumanidad del mismo hecho?

Sacerdote.

Si en alguna ocasión forzoso ha sido

aplacar la justicia soberana,

derramando con ánimo atrevido

sobre las santas aras sangre humana:

ningún tiempo jamás como este ha habido

cuando la nueva secta, y ley cristiana

pretende derribar de sus quiciales

a todos nuestros Dioses inmortales.

No sé qué ha sido tanta desventura,

no sé los fines del error presente,

no acabo de entender esta locura

en que hoy ha dado la cristiana gente:

que ha sido con rebeldía terca, y dura,

de duro corazón, y altiva frente,

por guardar una fe tan fementida

posponen honra, gusto, sangre, y vida.

Nicandro.

¡Viva Maxencio Emperador glorioso,

viva su reino por un siglo eterno,

Pag. 79

Nicandro.

cuyo valor, y celo religioso

lugar no han dado a algún afecto tierno:

antes con pecho, y brazo riguroso

va poblando los senos del infierno

con las cristianas almas que desata

de nobles cuerpos, que degüella, y mata.

Act. 5. Scæ. 2.

Maxen. Cithon. Nican. Sacer.

Maxencio.

Proh Superi, quantum rabidus mihi pectora rumpit

Ira, dolor! feriunt acres lacerabile pectus

Irarum stimuli; mens aestuat intus, et extra,

Scintillant oculi: superet sic foemina Regem

Debilis, invictum regem scelerata puella?

Hem quid agam? rursus ne sophos subsistere plures

Praecipiam, frustraque modos iterare priores?

Det tamen his Catherina manus, remanebit inulta,

Occiderit ferro coniunx, exarserit igne

Doctorum pars tanta virum, capitique malorum

Sic parcam? ferri lanientur viscera duri

Unguibus, et lacerum corpus, tepidumque cruorem

Ardenti sepelite rogo, cineresque per auras

Spargite, nec tanti sceleris pars ulla supersit.

Nicandro.

Imo ego (quod tacita dudum sub mente voluto)

Tormenti genus horrendum, miserabile, dirum,

Expediam.

Maxencio.

perge ergo cito.

Nicandro.

revolubilis adstat

Hic rota, quam crebro stet saeva novacula circum,

Ostentansque minans ferrum, cultrosque ruentes

Desuper in caput ipsius, mox illa trementi

Corde pavens, pia thura Diis adolebit ad aras;

Sin aliter gladiis strictam, radiisque rotatam

Impositamque super, celeri vertigine tortos

Praecipites rotet in gyros, resilire videbis

Hac, illac artus tabe, sanieque cruentos.

Maxencio.

Consilium, mentemque probo, temeraria poenas

Sat meritas mihi caede dabit Catharina cruentas.

Ferte citi, praeparate rotam, circumque, supraque

Ferratam gladiis adducite; tuque puellam

Interea mihi siste.

Cit.

sequar tua iussa libenter.

Va por ella.

Sacerdote.

Oportuna satis se via pandit, ut amens

Consilium revocare prius, nostrumque tueri

Sive metu, seu sponte velit, cum saeva futura

Instrumenta necis videat, crepitentque sonora

Aera rotis, quibus intrepidum formidine possis

Terrere aspectum, subito aut abolere nefanda

Dedecoris monumenta tui, veterumque Deorum,

Si renuat, quae sic toties ast perfida nostros

Ausa Deos foedis impune lacessere verbis.

Nicandro.

Si nolit tenera flecti prece, cuspide pectus

Flectetur, cedetque votis, quod cedere iussis

Noluit ante tuis: sed iam nova machina limen

Ingreditur. Validis circum rapiatur in orbem

Pag. 80

Trae la rueda.

Nicandro.

viribus.

Sacerdote.

Horribile ferrum stridore pavorem

incutit.

Maxencio.

Ut miserum ferrato dente minatur

interitum, dum se obliquat versatilis axis

in gyrum, rigidos qua ostentat desuper axes.

Act. 5. Sca. 3. Entra Ethonio con Catalina, 2.º Ángel. Maxen. Sacer. Nica. Custodes. 3. Ang. et alij.

Ángel 1º.

Aviva el fervoroso amor ardiente,

el varonil esfuerzo, el pecho osado,

noble doncella en la ocasión presente.

Ángel 2º.

Ejemplo tienes en el mal pasado

de nuestra ayuda, si llamarse puede

mal, el que ha sido en tanto bien trocado.

Catalina.

Ruede fortuna, que aunque inestable ruede

¿qué rumbo puede dar tan peligroso

que no se canse al fin, y a mis pies quede?

Eth.

¡Qué extraño atrevimiento, y qué furioso

y ciego error, y loca fantasía

te arroja, y ciega a trance tan dudoso!

Maxencio.

¡Oh duro pecho, oh ciega rebeldía!

que aún dura firme en su dañado intento,

que aún sigue temeraria su porfía!

Catalina.

¡Oh fiero Emperador! el nuevo aliento

que en el vigor se muestra del semblante

en doce días sin mortal sustento,

razón es que te mueva, o que te espante.

Maxencio.

¿Gentil donaire, qué patraña, o sueño

monstruoso es ese?

Catalina.

Escúchame adelante,

que ni deliro, ni durmiendo sueño,

¿quién pudo hacer esto siendo imposible?

¿quién es del orbe todo padre, y dueño?

Eth.

No tengo el hecho, o sueño, por posible.

Mas ella estriba, y de su Dios blasona

de un brazo poderoso e invencible.

Nicandro.

Tanto más finge cuanto más pregona.

Catalina.

Sus hechos en su causa son testigos.

Sacerdote.

Harto se atreve quien así se abona.

Catalina.

Mi Dios ama y regala a sus amigos

por nuevos, varios modos, y suaves

a vista de sus mismos enemigos.

Maxencio.

Tuviste, Ethonio, en tu poder las llaves

de la prisión.

Eth.

Señor, sí, y las prisiones

cuidé en que fuesen sin piedad más graves.

Catalina.

Quien dio al Profeta en cárcel de leones

ayuno, dulce pastoril comida,

¿faltarle han para en cárcel invenciones?

Eth.

No fue de humanos medios socorrida.

Catalina.

Tienes razón, porque divinos fueron,

pues siempre vivo en Dios de Dios regida.

Nicandro.

¿Qué nuevos Dioses sustentar pudieron?

Pag. 81

Nicandro.

tan tierno cuerpo sin igual sustento,

no pueden dar lo que jamás tuvieron.

Catalina.

Mi Dios en la tristeza da el contento,

en medio de la hambre más hartura,

mayor deleite en el mayor tormento.

En triste soledad, en amargura

de cuerpo, y alma, en todo desamparo

halló el Profeta alivio, pan, dulzura.

Halló su pueblo en medio del mar reparo,

en piedras agua, en noche luz, y día,

y cuanto más perseguidos, más amparo.

Sabio.

Aún obstinada persuadir porfía,

que ha sido sin sustento sustentada,

y doce días, no pudiendo un día.

Catalina.

Pues no es razón, ni sin razón pensada

que quien de nada me forjó primero

también me pueda sustentar de nada.

Maxencio.

Oh dura obstinación, oh pecho fiero

que se esfuerza a probar un imposible,

que aún dura en ella el corazón de acero.

Catalina.

No es este el Marte adúltero, terrible

en las prisiones de Vulcano asido,

ni el temeroso Júpiter horrible.

Es Cristo soberano Dios temido

de Jove, y Marte, y del Señor de Delo

a cuya voz la misma nada vido,

correr las aguas, asentarse el suelo,

bullir los peces, vaguear las fieras,

florecer campos, estrellarse el cielo.

Maxencio.

Si en este error osada perseveras

verás en tu castigo, y mi venganza

nuevas crueldades, e invenciones fieras.

Catalina.

Más de valor mi tierno pecho alcanza,

que de crueldad el tuyo riguroso

Dios es mi fortaleza, y esperanza.

Maxencio.

A mayor mal, remedio más costoso,

nuevo castigo, a nuevo atrevimiento,

no basté manso, bastaré furioso.

Guardas moved las ruedas, y el tormento,

sin duelo en ella ejecutad ligeros,

sienta en el cuerpo lo que en el alma siento.

Mostraos con una fiera también fieros,

ponedla luego.

Catalina.

Yo me voy segura.

Custos carceris.

En las navajas quiero estos aceros.

Catalina.

Esposo dulce que en la ardiente, y pura

luz celestial habitas, muestre el cielo

de estos tiranos su infernal locura.

Queriendo ponerla en las ruedas asoma por lo alto un Ángel, y arrojando un rayo con que hace pedazos las ruedas y soltando dentro un arcabuz, dice.

Ángel.

Ciegos reconoced el justo celo

Pag. 82

Ángel.

con que defiende Dios su cara esposa,

derretid a este fuego vuestro yelo.

Catalina.

Adoro el brazo, y mano poderosa

que con tan claro ejemplo me defiende,

y vuestra secta arguye ponzoñosa.

Sacerdote.

Que aun con tan gran milagro no se entiende?

Nicandro.

Que aun no la vence una merced tan rara?

Estronio.

Que aun persuadir su ciego error pretende?

Maxencio.

Tan ciega estás en una luz tan clara,

no ves de nuestros Dioses la clemencia,

que te han guardado como prenda cara.

Catalina.

Del uno, y tierno Dios la omnipotencia

fue de esta humilde fuerza firme amparo,

por él soy lo que soy en su presencia.

Sacerdote.

Señor, a tal dureza no hay reparo,

sino es que ponga el filo de la espada

fin a su vida con ejemplo raro.

Maxencio.

Desde luego la doy por condenada,

Nicandro, ejecutad mi mandamiento

rinda la infame vida mal lograda.

Vos, Sacerdote, dad este contento

a nuestros Dioses, ofreced su vida

con justo sacrificio del tormento.

Vanse Maxencio y Estromio, que-

dan los demás.

Act. 5. Sca. 4. Nican. Sacer.

Catal. duo Angel. Sacrificuli 3.

et 4. Angel.

Nicandro.

Catalina esclarecida,

la final hora es llegada

de vuestra infeliz jornada

tanto de todos temida,

cuanto de vos deseada.

Que aunque de suyo es amarga

la pena que en vos descarga

la tenéis por muy sabrosa

por ser la puerta dichosa

que abrís a pasión tan larga.

Bien sabe Dios que me llega

al alma aquesta sentencia

que con rigor de inclemencia

los plazos todos os niega,

y cierra puertas de audiencia.

Y aunque el dolor de tal hecho

aflige el piadoso pecho,

a la ejecución se esfuerza

que al fin dicen, cuando hay fuerza

se suele perder el derecho.

Bien habéis visto que el Rey

con tanto acuerdo, y prudencia

ha pronunciado sentencia

Pag. 83

Nicandro.

y que al rigor de la ley

no puede haber resistencia.

Mas siento como es razón

que della, y su ejecución

haya de ser yo el testigo

para que el duro castigo,

me parta mi corazón.

¿Habrá pecho de diamante

que en ocasión tan forzosa

de muerte tan afrentosa

no se enternezca y quebrante

con sangre tan generosa?

No conserves tus engaños

a costa de tantos daños,

ni des lugar que el rigor

de un celoso Emperador

mal logre tus tiernos años.

Catalina.

Es un bien tan soberano

el que hoy me ofrece mi suerte

que por mostrarme más fuerte

quisiera besar la mano

de quien me viene a dar muerte.

Pero si acaso en los dos

o, si quisiera en solo vos

queda rastro de clemencia,

suplícoos me deis licencia

para invocar a mi Dios.

Nicandro.

Esa justa petición

es justo se te conceda,

y podrá ser que suceda

que salgas de la oración

del engaño que te enreda.

Catalina.

Eterno, y Sumo Señor

ante cuyo resplandor

el claro Sol luce poco

a ti llamo, y a ti invoco

para que me des favor.

Inmensas gracias te doy

Jesús mío, gloria mía,

tú eres mi norte, y guía,

espérame que ya voy

a gozar tu compañía.

Espíritus Soberanos,

celestiales cortesanos

a quien el Cielo piadoso

por méritos de mi esposo

ha hecho nuestros hermanos:

Para este trance os invoco

donde estoy necesitada

de vuestra ayuda sagrada,

que sin ella quedo poco,

y sin la de Cristo nada.

En tanto que me compongo,

y que mi cerviz dispongo

para el golpe riguroso

que ha de darme fin glorioso

en vuestras manos me pongo.

Pag. 84

Ángel 1º.

Catalina, de este empleo

dar se os puede el parabién,

pues que conseguís el bien

debido a vuestro deseo.

Catalina.

Gracias a Dios, amén.

Ángel 2º.

¿Dónde pudiera el deseo

saber tan dichoso empleo,

ni tan glorioso de vos,

como el que de vos en Dios

hoy sabe el casto Himeneo?

Ángel 1º.

Hoy surgiréis con gran loa

en las riberas sagradas

de las Islas Fortunadas,

donde enderezasteis la proa

con velas tan desplegadas.

Que entre el mundano alboroto

tenéis tan cierto piloto,

que a vuestra virginal alma

sabrá darle eterna palma

después del navío roto.

Ángel 2º.

Hoy con eterno trofeo

habéis de enclavar la vira

en el blanco donde tira

el amante deseo,

pues en Dios puso la mira.

Flechad el arco de suerte,

que con brazo diestro y fuerte

hagáis un tiro certero,

cuando diere en el terrero

la flecha atroz de la muerte.

Sacrificador.

Doncella constante y fuerte,

bien sabe Dios cuánto siento

que este mi brazo sangriento

haya de ser de tu muerte

ejecutor e instrumento.

Prívame del alegría

ver que la descortesía

de mi espada rigurosa

venga a deshojar la rosa

más bella de Alejandría.

Hincad, Virgen, las rodillas

en señal de la obediencia

que tenéis a la sentencia,

y cubrid vuestras mejillas.

Arrodíllase.

Catalina.

Harelo sin resistencia.

Quítaselo.

Sacrificador.

Conviene que os sea quitado

este hermoso tocado,

que compone y adereza

vuestra dorada cabeza

con los lazos del trenzado.

Soltad el rubio cabello,

ante cuya luz os juro

que el oro fino escuro,

descubrid del blanco cuello

este marfil liso y puro.

Catalina.

Que se ejecute me agrada.

Pag. 85

Bájase el cuello.

Catalina.

que yo no resista nada,

a tu mandado obedezco,

y alegre mi cuello ofrezco

a los filos de tu espada.

Dale un crucifijo.

Ángel 2º.

Tomad, virgen, en la mano

esta celestial bandera,

donde está la verdadera

divisa del buen cristiano

para batalla tan fiera.

Si queréis coger manojos

de celestiales despojos,

mirad este crucifijo,

teniendo el corazón fijo

adonde tenéis los ojos.

Este Dios crucificado

es una águila real,

generosa y celestial,

en cuyo ardiente costado

hallaréis calor vital.

Que con generoso vuelo

y reclamo de consuelo,

desde la cruz aleteando,

hoy os está convidando

a volar consigo al cielo.

Mirad su rayo encendido

con ojos sesgos, serenos,

recogiéndoos a sus senos,

porque no os eche del nido

como a los hijos ajenos.

Y para que os satisfaga,

besad esta ardiente llaga

de este costado amoroso,

donde el soberano esposo

a sus esposas halaga.

Ángel 1º.

No temáis el trance fuerte,

porque aquí estamos los dos

acompañándoos a vos,

que después de vuestra muerte

os llevaremos a Dios.

Catalina.

Esposo del alma mía,

mi estrella, mi norte y guía,

espejo con que yo me miro,

divino blanco a do tiro,

y centro de mi alegría.

Al rayo de vuestra luz

a vos tiro en campo franco,

ni quedará el brazo manco,

cuando os tire presto en cruz

tengo enclavado mi blanco.

Que vuestra suma afición

os dio tal disposición

que con un solo suspiro

sabe el alma cierto tiro

con que os clava el corazón.

De vuestro vital aliento

dadme una prenda sabrosa

con esta boca amorosa

Pag. 86

Catalina.

que este grande atrevimiento

me da el ver que soy esposa.

Que en ese leño precioso

como en tálamo dichoso

tenéis abiertos los brazos

para darme los abrazos

de amorosísimo esposo.

Oh boca, oh labios divinos,

mucho pido, y sin razón,

perdonad a mi afición,

que amorosos desatinos

merecen algún perdón.

Siquiera divinos brazos

echadme amorosos lazos

porque ya a vosotros llego,

y así humilmente os ruego

me admitáis a esos abrazos.

Dadme vuestra bendición

en este trance postrero

que aunque estéis en el madero

el dalla de corazón

no lo impide el clavo fiero.

Y desta divina fuente

de vuestro costado fuerte

dadme un trago dulce, y largo

para endulzar el amargo

que con la muerte se siente.

Sacerdote.

Baste ya, cese el antojo

que es causa de tantos males

que estas razones son tales

que pueden causar enojo

a los Dioses inmortales.

Pues para que más propicios

miren ya nuestros servicios

nuestros Dioses soberanos,

consagremos nuestras manos

con tan nuevos sacrificios.

Toma tú el cuchillo fiero,

no se dé más dilación

a tan grande obstinación,

y dale un filo a su acero

mientras yo hago oración.

Oh, Júpiter Soberano

cuya poderosa mano

los cielos a palmos mide,

Febo cuya luz divide

el invierno del verano.

Jano cuyas puertas cierra

la paz alegre, y dichosa,

Marte que con belicosa

diestra, en la dudosa guerra

nos das victoria gloriosa.

Y todo el divino coro

Pag. 87

Sacerdote.

a quien tan humilde adoro

ante vuestro altar parezco,

y en él esta vida ofrezco

como el más rico tesoro.

Sacrificador.

Doncella, si alguna ley

de alevosía me acusa,

tengo suficiente excusa,

que el ser mando del rey

hoy me disculpa y excusa.

Perdonad el brazo aleve

que a daros muerte se atreve,

ya la ejecución se esfuerza

pues veis que es ajena fuerza

la que le rige y le mueve.

Dale el golpe y cae en tierra la Santa y bajándose como para degollarla, toma una cabeza contrahecha, y dala a Nicandro derramando leche, y dice.

Nicandro.

Oh, cabeza helada y fría,

oh, vida tan malograda

con filos de aguda espada,

oh, rosa de Alejandría

antes de sazón cortada.

¿Cuándo se vio compostura

tal en humana criatura

que su cerviz se desangre

vertiendo en lugar de sangre

leche tan blanca y tan pura.

Oh prodigio celestial,

tan nuevo en naturaleza

que por su grande extrañeza

es claro indicio y señal

de su virginal pureza.

Vanse Nicandro, Sacerdote, Sacrificador, y salen dos Ángeles.

Ángel 1º.

Espíritus soberanos,

salid alegres y ufanos

a recibir tan pura alma,

y la victoriosa palma

poned en sus castas manos.

Oh vírgenes sacrosantas,

que guardasteis con decoro

en barro vuestro tesoro,

y ya con gloriosas plantas

pisáis estas plazas de oro.

Salid, salid hoy gozosas,

esparciendo al mundo rosas,

y en estos castos jardines,

de azucenas y jazmines

tejed guirnaldas gloriosas.

Ángel 2º.

Oh, Catalina dichosa

Pag. 88

Ángel 2º.

en nuestra clara región

tomad feliz posesión

de aquella silla gloriosa

que se os debe con razón.

Gozaos en vida inmortal

en palacio celestial

sin temer mudanza alguna

poniendo sobre la luna

eterno vuestro sitial.

Salen otros dos Ángeles con una corona.

Ángel 3º.

Virgíneo cuerpo dichoso

cuya ánima generosa

en el tálamo reposa

de vuestro divino esposo

con vida eterna, y gloriosa.

Esta guirnalda os envía

el mismo que os atavía

de otras flores en el cielo

que no las marchita el yelo

de humana descortesía.

Ángel 4º.

Vuestro esposo celestial

hoy muy ufano endereza

y corona su cabeza

con la guirnalda inmortal

que él os compone, y adereza.

Y aunque en tan dichoso día

en señal de esta alegría

con mil flores la hermosea

pero entre todas campea

la rosa de Alejandría.

Aquí salen muchos Ángeles con hachas blancas encendidas, y los mártires que la Santa convirtió, esto es, los sabios, Faustina, Porphy, y Delia con sus insignias; y todos con un solemne entierro llevan la Santa hasta subir al monte Sinay, entonando entretanto la música el himno de las Vírgenes a canto de órgano, y en acabar las chirimías; y con esto se da fin a la Tragicomedia.