> Дата публикации: 22 августа 2026 г.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Santa Catalina Virgen, la rosa de Alejandría, y la disputa que tuvo con los doctores. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/santa-catalina-virgen-la-rosa-de-alejandria-y-la-disputa-que-tuvo.
TRAGICOMEDIA, de Santa Catalina Virgen y Mártir, y de la disputa que tuvo con los Filósofos. PERSONAS. Maxencio Emperador. Porfirio. Nicandro. Ctonio. Sacerdos. Dúo sacrificuli. Santa Catalina. Custos carceris. Tres Ángeles. Evandro. Tebano. Aristipo. Plotino. Filósofos. Faustina Emperatriz. Delia su dama. Dos guardas de la cárcel.
Sello: Biblioteca Nacional de España
Prólogo. El rojo Apolo, y las hermanas nueves, que en el sagrado monte de dos cumbres en torno la divina frente cercan; y bañando los labios en sus ondas, con voces, e instrumentos acordados, hace del monte cielo su armonía. Terpsícone que mueve los afectos, que causa el blando toque de las liras: Euterpe, que con mano artificiosa, entona regalados instrumentos: déjenlos para el fin de nuestra historia: cuando vieren salir la blanca leche del blanco cuello, de la tierna Virgen, y vieren recibir el alma santa, en las palmas de Espíritus con alas de color, variadas de sus nubes y ponerla en el tálamo divino, en el alcázar de su tierno esposo. A ti llamo Melpómene admirable que con el verso, y trágico ornamento autorizado en hábito, y palabras diste espíritu, a Sófocles, y a Séneca, ambos gloria de Griegos, y Latinos. Y a ti Talía que ha de ser forzoso tomar alguna parte de tu estilo porque aquel gozo, que las almas mueve, a mostrar por de fuera sus afectos; De 107 110 De manera ha de ser que nos obligue, a usar de algunos cómicos discursos; vuestra virtud socorra mis conceptos. Escúsase el autor desta Comedia si no es traje de Comedia la que viéredes, usar del argumento separado, como en puras Comedias se acostumbra. que la Tragedia antigua era un sujeto no desconforme a la verdad heroica, adonde se introducen grandes príncipes, famosos, y guerreros Capitanes, Ciudades, y Castillos arruinados, desmantelados muros, fuego, y sangre, muertes, y parricidios, y destierros, incendios, epitafios, y funestas exequias, llantos, mensajeros tristes. Pues en gentilidad supersticiosa con representación grave, y calzado, bajaban de los Cielos estrellados a sus fingidos Dioses, y salían de los cuatro elementos las Deidades y a los más escondidos semideos sacan de los árboles, y montes, hasta hacer salir otra vez de los abismos a gozar otra vez del aire claro a los Héroes, e ilustres que en el mundo fueron por sus virtudes adorados. A los principios siempre que la Tragedia muy grave en el estilo, culto, y fasto,
y lleno de palabras escogidas reducidas a verso numeroso del popular lenguaje retirada, nada vulgar, sujeta en todo a leyes, historia de verdad, do se retienen los verdaderos nombres de personas en ella introducidas, porque todo lo que en ella se trata es muy creíble. Y si estas son las leyes de Tragedia, ¿qué nos puede faltar en nuestra obra? ¿Qué ejemplo podrá haber para la vida de los que caminan para el Cielo, como la que veréis representada de Catalina célebre en la Iglesia Católica, Romana cuya fiesta este Colegio con razón celebra? ¿Qué más alto sujeto que esta Virgen, descendiente de Reyes cuya mano no quiso dar de esposo al Rey del suelo, por no negársela a su esposo Cristo, en quien los ojos de su cuerpo, y alma puso, sin los quitar de tal objeto? En esta se introduce el verdadero Dios inmortal, criador del Cielo, y tierra Jesucristo su Hijo, y Catalina Virgen, su esposa. Cuyo amor fue tanto, su fortaleza, y varonil constancia que no la puso miedo el cruel Tirano, las amenazas dél, ni los tormentos, ni las ruedas con fierro barreadas, con 105 111 con sierras, y cuchillos guarnecidas, las unas en las otras encontrándose echando mil centellas, e infernales heridas en los duros corazones, o pedernales de sus inventores. Destrozada esta machina por mano del que arrojó los ángeles del Cielo, y con ellos los ásperos verdugos que todo se acabó con fuego, y sangre. ¿Pero quién ha de ser tan observante que por guardar las leyes de Tragedia, que acaba con un suceso desastrado deje de rematar tan alta historia con el premio que Dios omnipotente recompensó a la Virgen Catalina, sacando de su muerte vida nueva, y dando a sus tormentos nueva gloria, y a su virginidad segura palma, con júbilos, y cantos celestiales? La Tragedia es en todo semejante a la buena pintura que aunque imita a las buenas figuras naturales, los pintores las sacan más curiosas, no pudo el escritor con su cuidado (aunque de señalarse deseoso) significar con arte, y con estudio desta sagrada Virgen sus primores. De dotes soberanos ilustrada, solo el que la pintó tan pura, y bella, y le dio perfección en cuerpo, y alma,
matices, y colores de virtudes imitando a su madre gloriosa podrá pintar al vivo a Catalina. Quisiera yo para alegrar su fiesta tener aquel donaire de Laberio que con sola pureza, y elegancia vencida tuvo a Italia, o la de Publio, que con sola su gracia incomparable, a Grecia despojó de su alabanza. Cisnes de Betis caudaloso río que en esta gran Ciudad merecéis las plumas volando al firmamento, y en el canto grave, y artificioso dais al mundo muestras de aquellos dones, que os dio el Cielo, derramad vuestros versos soberanos mezclados con elogios inmortales, en honra de esta Virgen Catalina defensa, y protección de los estudios, Patrona de las artes, y de las ciencias, que en este su Colegio se ejercitan y estad atentos a su sacra historia.
ACTUS. I. SCE. I.
Maxen., Porphy., Nicandro., Estronio.
Ergo agite, o Proceres! rite urbibusque omnia nostris
Sunt optata Diis, Martique adolentur honores,
Numinibusque Superum.
Cuncta sic altaria multo
Thure calent, centumque boves ad templa appinquant,
Vittis, et secta redemiti cornua fronde,
Infula, et in morem felici comptus oliva,
Pro templis castus, puraque in veste sacerdos
Expectat, dum sacra piis altaria donis
Ornant, tepidum iam bibitura cruorem.
Sponte sua coeunt urbes, populique frequentes
Muneribus, sertisque sacris delubra coronant.
Sacra Diis fiant, quae iuste incepta parantur,
Atque sacerdotes pateris altaria libent,
Et pecudes sacro profuso flumine, castos
Sanguine perfundent, quos rite sacravimus ignes;
Nos ante ora Deûm pingues venerabimur aras,
Atque diem faustis saepe instaurabimus extis.
Non posthac divina modo immortalia vivent,
Perpetuis signata notis, monumenta Deorum
Sed tua; quae his tremulis mactantur victima flammis,
Immortale tuum facient tibi Numina nomen
Et cui flammosas conflagrant thura per auras,
Huius in accenso gliscenti pectore flamma
Vivit amor verus, sacroque cremabitur igni.
Qualis ubi tenuis spatiosa per aethera sursum
It fumus, gratique procul spirantur odores,
Haud secus auratis fertur tua gloria pennis
In coelum: terraeque bono complentur odore
Numinis, et coepti pro religione laboris.
Vix hominum capit stipata frequentia templis.
Personat hinc surdum spatiosa per atria murmur,
Hinc mittunt duplices demissi ad sydera palmas.
Supplicat haec Veneri pars, et pars altera Baccho,
Extollunt alii Martem, Divumque parentem
Elato clamore Jovem, turbamque Deorum.
Stat gladiis cincta cohors feritura iuvencos,
Dumque ensem vibrat, ferrumque in viscera condit,
Vacca ruens moribunda suum bibitura cruorem,
Purpureamque animam moriens per vulnera fundit.
Confusi reboant stagnantes sanguine Campi,
Mugitus tauri tollunt, nemusque omne resultat,
Flagrant thura focis, crepitantque altaribus ignes,
It fumus, celerique fuga glomeratur in altum,
Et qua fulgenti radiabant Sydera Coelo,
Prorsus odoratis conduntur tecta tenebris.
O, felix, faustumque piis mortalibus omen!
Ergo? quas valet pia mens persolvere grates,
O, Juvenes? mecum divinas dicite laudes:
Nec fas est tacito sepeliri pectore, tantum
Munus, et immerito mutam compescere linguam?
Te pater omnipotens, summi moderator Olympi
Obtestor, sanctumque tuum nunc invoco numen:
Te quoque Phoebe parens, et te Saturnia Juno,
Vos gemini fratres, clarissima Sydera Coeli,
Sacra Jovis proles, te pharetrata Minerva,
Te Bellona potens, te Mars, pater inclyte Belli,
Saturnum, Veneremque voco, sacramque Dianam,
Cesserit usque piis, si sors mihi prospera votis:
Mox ego dum monear stare Sic ad templa ministros,
Ter denos, centumque, simul mactabo iuvencos.
Scen. 2. Sacerdos. Sacrificuli duo.
Salve princeps optime, en tibi iussu tuo
Parantur plurimi Diis mactandi boves.
Adsunt ministri, imperium qui praestent tuum.
Parata sunt omnia, nudusque ensis micat.
Heu quoties segetes pascebant alacres
Ore comas famelico tondente arborum,
Luent piacula suo iam sanguine,
Et quae voravit sata, aperto vomet vulnere.
Quas possum referam gratias vobis Diis
Has ego vobis immortales semper agam.
Nostra item res agitur Princeps inclyte,
Quare age, quae praestanda cupis nobis dicito.
Scias oportet, quas tibi velint Dii
Mactari victimas, et quae petunt sacra:
Aegyptii vaccam, Cypri mactant Deae
Immanibusque placantur porcis sacri lares
Eumenidum matri Volucris Tytania placet,
Equis exultat Phoebus, tauris Cynthia,
Agna Juno, columba candenti Venus.
Audisse gaudeo, quas velint victimas
Dii immortales, complete dicta modo opere
Pro viribus, ego curabo, ut semper animis
Nostris vigeat, integra Deorum religio.
Scio quibus magis gaudent Hostiis,
Non sue, non capris, non tauris, non aliis
Quae numeravimus donis, humani sibi volunt
Mactari sanguinem.
Factum pulcherrimum.
Heu cuiusnam, nunquid erit iste meus?
Immo aliud.
O Dii quid aliud summe? Restat aliud!
Dii boni cohibete iram, cedam vobis taurum modo.
Siste, puer.
Christianusne es?
Apage malum.
Gaudent cristiano superi sanguine.
Mortalis exulet hinc religio Dei,
et procul amandetur infame caput.
Nunquamne qua luant poenas fulget dies,
Christicolae? Nunquam qua Christi Dii exterminent?
Haud foret hoc nunquam victa dextera tua,
nostris procul finibus iste exulet Deus!
Plectantur capite tale qui volunt caput.
Ita fiet: modo mactemque Numini boves,
nostris ut iterum coeptis Dii annuant:
vos sacrum properate templum alacres. Eo.
Scena 3ª
Santa Catalina virgen entra, saliéndole al encuentro.
Detente, Emperador, enfrena el paso
con que a tu perdición ligero vuelas,
en medio de la luz, de luz escaso.
Amaina, amaina las hinchadas velas
que al ciego pueblo engolfan en su daño,
¿no ves su riesgo, ni su mal recelas?
Abre los ojos, mira el desengaño,
¿por qué en tan ciego horror los apacientas?
¿por qué los abres a tan claro engaño?
Suspende el sacrificio en que hoy presentas
por sacra ofrenda ciento y treinta bueyes
sobre las aras con tu don sangrientas.
Que no permite el Cielo que los Reyes
que autores deben ser de la justicia
establezcan al mundo nuevas leyes.
Bellísima doncella, pues malicia
reinar no puede en corazón divino,
si eres diosa inmortal, sé nos propicia.
Que el resplandor del rostro cristalino
descubre en el semblante soberano
no sé qué de deidad que en ti imagino.
Que no puede caber en pecho humano
tan gran valor, ni presumir defensa
contra el poder de aqueste cetro, y mano.
Y si en ti cabe la deidad inmensa
de alguna diosa a quien la tierra adora
de tu grandeza injusta recompensa.
El velo corre, y luego al punto, y hora
pondré a tus huellas mi real corona
seré tu esclavo, y tú serás señora.
El ánimo invencible es de Belona,
de la Reina de Chipre la belleza,
de Cloris la frescura, o, de Pomona.
Un solo Dios, una suprema alteza,
una sola deidad, una hermosura,
un bien del Cielo y tierra, una grandeza.
Si en dicha igual, y celestial ventura
cupiese vuestra, que una muestra diese
de un claro rayo, de una lumbre pura.
Ay Dios, y cómo, aunque pequeña fuese
los ojos luz, cobrase el alma vida,
y mil bienes, si bienes mil quisiese.
Así es verdad, mas quien la esclarecida
luz tuya viere, la estrellada frente,
y en el marfil la púrpura extendida.
Quien de tus labios el coral luciente,
quien la columna de alabastro pura,
quien de tu faz el rostro transparente.
No digas más, que tenebrosa, y dura
cárcel del alma es todo y aun infierno
hay quien la llame, y triste sepultura.
Mas quien puede negar que del interno
divino resplandor, se muestra afuera
tan claro rayo, y claro rayo eterno.
De alguna más que humana primavera
tan rico mayo y tan vistoso prado
de flores lleno se descubre afuera.
Al mayo abrasa un solo viento airado,
y en tierna edad las olorosas flores
el tiempo gasta, y el color rosado.
Tanta belleza, y tantos resplandores
un día los enciende, y los apaga,
un día ofrece, y roba los colores.
Cuán poco, y mal de tanto bien se paga.
El verdadero bien es el del alma,
mas el del cuerpo, cuerpo y alma estraga.
Fue cuando la hermosa, e ilustre palma
las diosas, y aunque diosas pretendieron
teniendo todas hermosura en calma.
Pues siendo diosas ignorar pudieron
de su valor al justo los cabales,
o el justo precio de ella no tuvieron.
Contáronla los sabios en los males
que más ofenden con dorado engaño,
con muestra igual, con obras desiguales.
Es un bien frágil que en su mismo daño
crece para acabarse, y cuando tarde
ofrece a mayor costa el desengaño.
Apágase la luz cuando más arde,
y se amortaja el campo seco, y cano
que ayer de su hermosura hizo alarde.
El vicio, lustre, y fuerza del verano
despoja, y roba el riguroso hielo,
y el árbol se carcome más lozano.
Las nubes teme el más abierto cielo
el sol se eclipsa cuando más hermoso,
y en sus cenizas se sepulta el fuego.
Supremo Emperador muy sospechoso
es este razonar de esta doncella
de extraña secta, y parecer dañoso.
Libre, atrevida, sí discreta y bella
se muestra al parecer en sus razones.
Si razón, o fuerza al fin podrán vencella.
No venda por razón sus sinrazones.
Más que mármol no ablandan en un pecho
ruegos, amenazas, halagos, dones.
Un corazón en sacro amor deshecho,
escudo firme forjará en su fuego
para cualquier glorioso, heroico hecho.
Al fuego de oro cualquier otro es fuego.
No el del Señor a quien humilde adoro,
si bien lo es el rapaz desnudo, y ciego.
Para adorar el mármol, plata, y oro,
con título de Dioses levantado,
no hay huir gasto, ni excusar tesoro.
Al alto templo, y al lugar sagrado,
al ara sacra y simulacro santo
con justas ceremonias dedicado,
justamente se ofrece, y debe cuanto
la aurora coge, y la oriental ribera
para el adorno de su ropa, y manto.
Y si mi ofrenda fuere la primera,
la tuya escoge, adorna, ciñe, enrama,
que no has de ser en la ofrecer postrera.
Las aras ceñiré de casta grama,
y tú con pura mano el don sabeo,
ofrece, y quema en la piadosa llama.
Donosa ofrenda, ¡qué gentil empleo
de un alma ilustre, y pecho generoso,
postrarse a piedras que las toco, y veo!
A Cristo eterno, y celestial esposo
de mí le hago humilde sacrificio,
don que en sus ojos es el más precioso.
Si perseveras en tan loco intento,
tu vida mal lograda será al mundo
ejemplo nuevo, a todos escarmiento.
Escucha, y examina en qué me fundo.
Será de bueyes en la sacra ofrenda
el don primero, y tú serás segundo.
Y porque mi intención mejor se entienda
harase aqueste examen más de espacio,
y porque el error tuyo no se enmienda
aquí me espera dentro en mi palacio.
Vanse todos. Queda la Santa sola.
Escena 4.
Rex deum, divumque pater, quo príncipe mundi
Stat moles, medioque gravior iacet aere tellus,
Salve dive parens, salve Rex inclyte Regum
Alme deus, Jesu dulcis, spes unica vitae:
Salve meis gratum rebus solamen, in arctis,
Tu clypeus, tu tela mihi, tu certa salutis
Anchora, securi tu spes placidissima portus,
Ancipiti fer opem pugnanti, praelia Marte:
Tu mihi munus eris, sine te mihi cuncta nocebunt,
Te sine dulce nihil, tecum mihi cuncta voluptas,
Una salus, ac unus amor, spes una tuorum,
Ergo age propitiusque meis nunc annue cœptis.
Escena 5.
Tres Ángeles.
Ilustrísima doncella,
a quien tanto Dios previno
que en tu rostro cristalino
los ardientes rayos sella
de su resplandor divino.
El mismo Dios nos envía
a estar en tu compañía
para que el mundo no ofenda
aquella preciosa prenda
que de otras manos no fía.
Ya el mundo como envidioso
y enemigo de lo bueno
enturbia el cielo sereno
turbando el nuevo reposo
de este noble, y casto seno.
Mas doncella generosa
para salir victoriosa,
de nuevo espíritu armaos
y con denuedo aprestaos
a guerra tan peligrosa.
Que ya el mundo toca al arma,
ya tremola su bandera,
ya se apresta, y acelera,
ya todo el infierno se arma
para batalla tan fiera.
No permitáis ser vencida
del engaño que os convida,
mirad que es guerra dudosa,
y tanto más peligrosa
cuanto menos conocida.
Catalina pues tenéis
de Dios tan segura prenda
de que en cualquiera contienda
la victoria alcanzaréis
sin que el tirano os ofenda.
Desechad el temor vano
del brazo, y poder tirano
que pues se encarga de vos
el brazo del mismo Dios
él os terna de su mano.
Fuerte brazo, y poderoso
de amigo dulce, y fiel
quien jamás se valió dél
que en el trance más dudoso
no saliese bien con él.
En él pondré mi esperanza
sin jamás temer mudanza
en su socorro, y favor,
que en prendas de tanto amor
bien fío mi confianza.
Prenda de esposo os daré
porque en virtud de tal prenda,
si os vieren en sacra ofrenda
Dale un anillo.
morir por amores del
ser vuestro esposo se entienda.
Él este anillo os presenta
y con él os representa
su abrasado y tierno amor.
Bésale.
Este divino favor
lo asentaré por mi cuenta.
Y pues que así su clemencia
me ofrece seguridad
de dulce fidelidad,
hallará correspondencia
en mí de igual lealtad.
Reverénciolo y adoro
como al más rico tesoro
de mayor precio y valor,
pues no es menos que su amor
el que se muestra en el oro.
Así no habrá torbellino,
viento, ni furor que baste
dar con tu firmeza al traste,
porque el corazón divino
es la piedra de su engaste.
Así que con gran razón,
poniendo en él tu afición,
de este anillo que hoy te da,
el propio asiento será
el dedo del corazón.
Soberano y dulce esposo,
con tal don, cual hoy me has fecho,
mi corazón satisfecho
arde en tu pecho amoroso,
y el tuyo arderá en mi pecho.
Divino esposo del alma,
pon el turbio mar en calma;
o, no me dejes a solas
en medio de tantas olas,
porque no se pierda esta alma.
A ti, buen Jesús, consagro
cuanto puedo consagrarte;
de mí no reservo parte
y seré al mundo milagro
cuando yo de ti me aparte.
Y pues yo me entrego así,
quede el cargo solo a ti,
y en esta fe de virgo
que si yo amare otro esposo
no vea gozo de mí.
A su eterno amor se debe
este amor, y mucho más,
y así no permitirás
que otro alguno parte lleve
de la prenda y fe que hoy das.
Esta sola pide en ti,
y pues dicen, y es ansí,
que es piedra imán el amor,
del amor el que es mayor
se lleve el menor tras sí.
Híncase de rodillas la Santa.
Hoy tu valor tanto crece
que el alto Dios te mejora
en la ciencia que atesora,
y así esta borla te ofrece
con el grado de Doctora.
Cuyo color, por ser blanco,
denota que será el blanco
de mil tiros de mil sabios,
a quien cerrarás los labios
dejándoles siempre en blanco.
Su precio y valor excede
al mayor merecimiento,
que es su divisa su ornamento
del que ab eterno procede
del divino entendimiento.
Hinca en tierra las rodillas.
Dios, ante quien te arrodillas,
hoy honra así tu cabeza,
y tanto más la endereza
cuanto más bajo la humillas.
En sus hilos blandos, tiernos
hallo mil lazos de amor,
mas en el blanco color
contemplo rayos eternos
del divino resplandor.
Ya sin temor ni recelo
podré entrar en el duelo
de humana sabiduría,
pues me hallo aqueste día
graduada por el cielo.
¿Queréis, sabia Catalina,
militar como guerrera
debajo de la bandera
de la milicia divina?
Sí quiero, y es bien que quiera.
¿Proponéis de pelear,
y con valor conquistar
por la fe de Jesucristo?
Sí propongo, y no resisto,
a elección tan singular.
¿Para cualquier conquista
os disponéis?
Sí dispongo.
¿Ponéis el hombro?
Sí pongo.
¿Como escrita en esta lista,
lo proponéis?
Sí propongo.
Abraza la espada.
Pues esta espada os entrego
templada en divino fuego,
que es la palabra de Dios,
y si della os valéis vos
venceréis todo error ciego.
Que la palabra divina
es espada aguda y fuerte,
que en todo sabe ser fuerte,
sobre todo predomina,
aun sobre la misma muerte.
Hagaos Dios feliz guerrera
en la lucha que os espera,
y recebid este abrazo,
de aquel poderoso brazo
que vuestro esfuerzo prospera.
A ti, grande Dios, consagro
con devoción animosa
esta diestra valerosa,
que para trance tan agro
armo la tuya gloriosa.
Y cuando en guerra trabada
esgrima esta ardiente espada,
saltarán tales centellas,
que quede a la lumbre de ellas
toda luz vana eclipsada.
Graves golpes os dispensa
la divina providencia
por la tirana inclemencia,
mas tendréis fuerte defensa
si el escudo es de paciencia.
Y así embrazad este escudo
en cuyo temple no dudo
que la más furiosa espada
se quiebre, o quede mellada
si tira a herir de agudo.
Trueque dichoso será
y de mi inestimable precio,
pues si mi vida desprecio
mi sangre a Dios comprará
por menos del justo precio.
Rompa pues la dura espada
mi carne a Dios dedicada,
que si en ella hace presa
romperá también la presa
que el amor tiene cercada.
Bien podéis darme este escudo.
Yo aunque el pecho no revoque,
también os pido el estoque.
Yo os seré paje de escudo.
Yo también paje de estoque.
Vamos, que el rey obstinado
viene en su mal acordado.
Vanse los ángeles.
Teniendo a Dios en el alma,
yo me llevaré la palma,
y él quedará despojado.
Escena VI.
Maximiliano, Porfirio, Nicomedes, Sacerdote, Centurión, Catalina.
¡Cuán desdeñosa y esquiva
es la frágil hermosura,
cuán atrevida, cuán dura,
cuán temeraria y altiva
es la mujer sin cordura!
Volvamos a ver a aquella
honestísima doncella
tan sabia cuanto elocuente,
tan bella cuanto prudente,
tan altiva cuanto bella.
Sin duda que persevera
en error tan obstinado,
pues como fuerte soldado
con tanto denuedo espera
firme en el puesto aplazado.
¡Qué empresa tan generosa,
qué suerte tan venturosa
será, si alcanzo victoria
desta, que hará la historia
de tus hechos más gloriosa!
Doncella noble, y cortés,
no estimes por favor vano,
el que hago pues me allano
a oírte.
Beso los pies
de quien me da tanta mano.
Levanta, que no es razón
que tan rara perfección
digna de estar en el cielo
se humille, y postre en el suelo
con tan grande sumisión.
Y pues tu sabio lenguaje,
y semblante muestra que eres
gloria, y precio de mujeres
bien será que en tu linaje,
patria, y nombre nos enteres.
Cuanto a mi ser natural,
mujer soy flaca, y mortal,
y mi nombre Caterina,
mi nación Alejandrina,
y mi linaje real.
Yo desciendo de los reyes
que en Egipcia monarquía
sin fuerza de tiranía
establecieron las leyes
que hoy conserva Alejandría.
Soy hija, y no la menor
del gran Costo, Emperador
que, gobernando este imperio,
fue en el real ministerio
tu postrero antecesor.
Mi ejercicio es estudiar
lógica, y filosofía,
retórica, geometría
con deseo de alcanzar
perfecta sabiduría.
Mi religión no es profana,
ni mi fe, ni mi ley vana,
pues como he dicho, y has visto,
soy sierva de Jesu Cristo,
y así en profesión cristiana.
Esta divisa gloriosa
es mi gloria, y mi tesoro,
a solo este Dios adoro
que me eligió por esposo
dándome este anillo de oro.
Apolo te dé su luz.
a ti la de el buen Jesús.
No seas tan necia y loca
que oses tomar en la boca
aquese que murió en cruz.
Si murió por mí y por vos,
pero, señor, no os asombre
que tenga inmortal renombre
quien murió no en cuanto Dios,
sino solo en cuanto hombre.
No voy por ciego camino,
ni penséis que desatino,
porque sé que es hombre y Dios
con naturalezas dos
en un supuesto divino.
No lo entiendo.
Ni me espanto,
porque a tal punto no llega
la razón que al fin es ciega
cuando el Espíritu Santo
su luz y favor le niega.
Qué vanamente te ciegas,
pues de mis dioses reniegas
teniendo ser inmortal
por un Dios que fue mortal,
como tú misma no niegas.
No sirvas, doncella hermosa,
a ese Dios que es de palo,
pues que por injusto y malo
le dieron muerte afrentosa
colgado de un tosco palo.
Ni el ciego error se desmande
a enseñar que rija y mande
en el mundo un solo Dios,
que son muy poco, uno y dos
para un mundo eso tan grande.
Porque como se divide
en aire, mar, cielo y tierra,
cada cual su imperio cierra
en la parte que preside
sin hacerle a otro Dios guerra.
Júpiter tiene en el cielo
su cristalino escabelo;
al aire preside Juno,
las aguas rige Neptuno,
Plutón los senos del suelo.
Mira el hijo de Latona
que, rigiendo el carro de oro
desde el estrellado coro,
dora, alegra y perfecciona
al mundo con su decoro.
Con los influjos vitales
de sus rayos celestiales
todo lo cría y sustenta,
y con su calor fomenta
aves, plantas y animales.
En sola su bella hermana
verás un sagrado terno,
pues que en este cielo eterno
es luna, en montes Diana,
Proserpina en el infierno.
Y con su virtud quilata
las venas de fina plata
y el néctar lúcida acendra
las netas perlas que engendra
en que el oriental contrata.
Mira el fortísimo Marte,
cuyo valor nos defiende
del furor que nos ofende,
y con su rojo estandarte
mi imperio y reinos extiende.
Mercurio el ingenio aviva,
Pallas nos da verde oliva,
la gran Ceres rubio trigo,
y Baco vital abrigo
con las vides que cultiva.
Mira este claro Lucero
de Venus.
No digas más,
que vas fuera de compás
al ciego despeñadero
donde ciegamente das.
Que estos dioses que has nombrado
no merecen este grado
pues hombres mortales fueron,
y como tales murieron
sujetos al duro hado.
¿Y tu Cristo no murió?
Sí murió, y pagó de hecho
este voluntario pecho,
mas luego resucitó,
lo cual tus dioses no han hecho.
Enclavado estaba en cruz
mi dulce esposo Jesús,
y el sol en señal de lloro
enlutaba el carro de oro
negando al suelo su luz.
El mundo se quedó a oscuras,
los elementos temblaron,
las piedras se quebrantaron,
y abriendo sus sepulturas
los muertos resucitaron.
Dime ahora si en la muerte
del más poderoso y fuerte
de estos tus dioses se ha visto
como en la muerte de Cristo
sentimiento de esta suerte.
Responde, rey, ¿estás mudo,
o te falta la ciencia?
Yo pido al cielo paciencia
que me sea arnés y escudo,
para sufrir tu insolencia.
¿No ves, doncella, que sales
al encuentro de tus males?
Mira las obras perfectas
que escribieron los poetas
de los dioses inmortales.
Mi fe en esto no se empacha,
yo admito aquellos testigos,
que aunque son vuestros amigos
no quiero ponerles tacha
por ser de mi fe enemigos.
Que el dicho de ellos condena
el error, que os encadena,
y así contra el barbarismo
de tan ciego paganismo,
tengo probanza bien llena.
Porque el gran poeta Homero
de ese Júpiter famoso
a quien llamáis poderoso
dice que fue un lisonjero,
engañador, mentiroso.
Este sus vicios pregona,
blasfema, acusa, y baldona,
mil vituperios le dice,
y a cada paso maldice
su poder, cetro, y corona.
Y con la dorada hebra
de versos tan bien compuestos
canta sus torpes incestos,
sus adulterios celebra,
y sus tratos deshonestos.
Por cierto muy grande gloria
le resulta de la historia,
que con tan infames nombres
hoy conserva entre los hombres
larga, y perpetua memoria.
En vuestros poetas fundo
vuestro error, y mi derecho,
pues mil veces con despecho
llaman a Marte iracundo,
vengativo, de mal pecho.
Y aun Plutarco considera,
haber sido gran ceguera
y error del ciego vulgacho
tener por Dios a un borracho,
y por diosa una ramera.
¿Qué dices, Rey, que enmudeces?
tú mismo serás testigo
de la verdad que te digo.
¡Ah, loca! Y, ¿cómo te ofreces
al riguroso castigo?
No seas tan atrevida,
tan necia, y desconocida,
deja esas bachillerías,
no quieras en pocos días
malograr tu edad florida.
Que te echaré cien mordazas
en esa blasfema lengua,
que tan libre se deslengua.
La fe no teme amenazas,
ni con tormentos se mengua.
¿Cómo no te pone horror
mi poder, saña, y rigor
para que en algo te ablande?
No habrá tormento tan grande,
que yo no sufra mayor.
Que ni razón te convence,
ni amor, ni favor te allana,
ni amenaza te amilana.
Con ningún ardid se vence
ni rinde la fe cristiana.
Dime, ¿en qué fuerzas confías
cuando así me desafías?
¿Quién te ha dado tanto brío?
Aqueste valor no es mío,
ni aquestas fuerzas son mías.
¿Pues cuyas son?
Son de Cristo,
que es mi verdadero esposo.
¿Que osas nombrarlo?
Sí oso,
pues con la gracia resisto
a tu orgullo riguroso.
¿Habrá potencia tan rara
que así resista a la vara
de un rey airado y sañudo?
La paciencia es el escudo
que tales golpes repara.
Aunque tu pecho se esfuerza
a padecer y sufrir,
fuerza te habrá de rendir.
A quien puede rendir fuerza
aún no sabe qué es morir.
Echarte he por estos lodos,
y buscaré nuevos modos
con que temas mi poder.
Gran fortaleza es vencer
aquellos que temen todos.
Alta soberbia, rapaza,
cesen razones, y a la obra
que ya la paciencia sobra,
cuando ni amor, ni amenaza,
vergüenza, ni temor obra.
Atárese con fuertes cuerdas
para que de nuevo pierdas,
con que mi celo provocas,
porque semejantes locas
por la pena han de ser cuerdas.
Ponedle duras esposas
en las manos.
No resisto,
porque sé que quiere Cristo
maniatadas sus esposas,
y maniatada conquisto.
¿Oyes, Estronio?
Señor.
Para que purgue su error
esta rebelde doncella
ponla en la cárcel, que vella
le cause grima y horror.
Su guarda y prisión te encargo,
y esto tendrás por indicio
de que me tienes propicio.
Y así quedará a mi cargo
galardonar tu servicio.
Acepto, rey, el partido
con ánimo agradecido,
y en nuestros dioses confío
que el deseo tuyo, y mío
tendrá el suceso debido.
Llévala Estronio presa. quédanse los
demás. y buelve Estronio.
Scan. 7.
Maximo. Porfirio. Nicomedes. Sacerdote. Estronio.
Aethereos liquisse lares fulgentis Olympi
In nostras remeasse putem iam Pallada sedes.
Hanc ego, qui vicit Troiano iudice credam
Esse Deam, niveo tantum decus emicat ore.
Non Tritonaea Virgo, sacri ingenii parentis
Doctaque coniunctos anteiret voce Minerva
Tam dulces fudere modos, tam dulcia verba
Non qui dulciloquo fertur modulamine cantus
Indomitos quondam sensus movisse ferarum
Ipse Didimaeus Catherinae cedit Apollo.
Aspice quam placido prodat se gratia vultu,
Aurati ut ludunt per candida colla capilli,
Spicula contorquent quoquo vaga lumina flectit
Mollia et Sarmatis fixit praecordia telis.
Qualis ubi incertus qua sit, sibi nescit eundum
Ancipiti lassus cum substat corde viator,
Prospectat hinc inde viam, campumque parentem,
Fluctuat, et dubius nec se committit aperto
Ille viae; Variis sic stant mihi pectora curis.
Attrahet inde decus, retrahet mox gloria vires,
Et pia Relligio aequo certamine pugnat.
Dumque amor, et pietas aequo se Marte lacessunt,
In dubio ancipites volvuntur pectore fluctus.
Quid dubitas afferre Diis pia sacra puellam?
Polluis atque tuam exitiali crimine dextram?
Siccine, ut immerita potiatur faemina vita
Coelicolas merito iniuste frauderis honore?
Esto, divinum referat Catherina decorem,
Lacteque exsurgat tenero de corpore candor,
Stringat et auratos stellata corona capillos
Grata minus superis; ideo pia victima divis
Mactetur; praeciosa Diis sunt munera cordi.
Ergo age fulmineo subsit Catherina mucroni,
Et iugulata sacras virgo procumbat ad aras.
Siste, quid infensis pia mens hoc arrogat armis.
Haud fas est mentem moderari legibus hisce,
Intima mortifero rumpantur viscera ferro.
Et meritas sceleris virgo luat impia poenas.
Inspice coelicolis referat si faemina laudes,
Solemnesque Iovi succedant thura per auras
Ultima, ni faciat, subeat discrimina vitae.
Circumspecta placet cunctis prudentia rebus
Est mihi; sic iubes vestra sacra sententia cordi.
Blandis saepe solent mulceri pectora verbis:
Si lubeat verbis animum blandire puellae
Mollibus, illa tuis poterit concedere dictis.
Sin gravis accenso scintillat pectore vultus
Victa manus dederit, peraget mandata iubentis.
Corde tenax nunquam succumbet femina verbis
sævis, nec dulces debellant pectora voces,
quæ facundo suo armavit thorace Minerva,
Undique si placet coetus huc siste Sophorum,
Cunctarum, quos clara armet sapientia rerum,
Mox ubi consertis nunc hinc, nunc vocibus illinc
Æra crepent, doctæque sonent sacra Pallados arma,
Belligera devicta dabit sua corda Minervæ.
Ergo age tu cunctas fac nostri edicta per urbes
Imperii, nostraque manu signata ferantur.
Ut quos Palladia decorant sacra munera Divæ
Et Sophia quicunque vigent insignibus, omnes
Acciti huc properent, doctis atque artibus istam
Frangant elata sedentem mente puellam.
Exequar, extemploque tuis quæ ingentia terris
Regna patent, mandata dabo, cunctasque per urbes
Dimittentur, erit fidis mora nulla ministris.
ACTUS 2us
Scæn. 1.
Evand. Theba. Aristi. Ploti. cæteri phili.
Dii faveant nobis, ut bene siet
Semperque fausto huc incedamus pede
Alexandriam appulsi iam feliciter.
Cæcubi insigni urbe non læta redeat
Fortuna.
Nobis hinc si augurari licet,
Prospera cuncta fluent, læta omnia evenient.
Certe ego admiror urbis magnitudinem,
Mænia, domus, turres, atque palatia,
Immo quæ solo erecta minatur polo.
Architecto si credamus Dynocrato
Miro, qui illam mensus est ingenio,
Millium extendit passuum quindecim
Una urbis per quam magnifica laxitas
Ad Macedonicæ clamydis confecta effigiem,
Orbe gyrato liciniosam suo
Procursu anguloso, læva, atque dextera.
Mareotis lacus aspiciens meridiem
Euripio, qui se ostio immittit canopæo
Illam fructuum reddit feracissimam,
Scatet vernante solo inclytis fontibus,
Benigno semper fæcundata sydere.
Nec solum amænitate viget illa fructuum
Acerrimis pollet, floretque ingeniis.
Scholas habet artium liberalium
Ubique olim terrarum celeberrimas,
Frequenti nobilitatas concursu gentium.
Vestrum licet videar sermonem abrumpere,
Vobis ego prodigiosum omen proferam,
Quod ad urbis huius laudem pertinet.
Gratas dabimus aures, si lubet, dicito.
Huic cum mænia propter gypsi inopiam
Pinguis frumenti farina describeret.
Aves hinc, inde volitantes omnigenae
Vicinis protendere horreum gentibus
Futuram urbem rebus subvenientem omnibus.
Saepe solent huiusmodi auspicarier aves,
Infausta licet illae quandoque nuncient.
Sed exprime nobis, quid hac de re sentias,
Audiemus omnes libenter te modo.
Fallunt haec nempe, et sapientes decent.
Ex avibus quasdam scimus augures,
Quasdam vero notant itidem praepetes,
Cantu illae, volatu istae, cuncta nuntiant.
Aquila aut si ex parte volitet dextera,
Felix omen facit, et laeta plurima
Protendit alis, si volet stridentibus.
Non sic Tarquinio superbo, cui exilium
Fuit, atque regni praedicta amissio,
Implumes cum foetus Vultur occiderit,
Privaverit esca nidos, atque everterit.
Simile quid audivi de Dionisio,
Cuius cum iaculum extorsisset de manibus
Aquila satellitum, mersissetque pelago,
Exilium, regnumque, simul abrogari
Et alias praedixit calamitates miseriarum.
Felix Tarquinius Priscus, cuius pileum
Sublatum rostro, cum abstulisset Aquila,
Posuissetque suo deinceps capiti
Regnum illi perpetuum ominata ferunt.
Haud malis reor Alexandria conditam
Avibus, quae tot felix affluit copiis
Ingeniorum, divitiarum, atque fructuum
Quos plena parturit manu ferax ager.
Sed heus vos; quis ille est qui ad nos properat?
Salutatum obviam eamus, si lubet.
ACT. 2. SCA. 2.
Estronius, et iidem Philosophi.
Salvere te omnes optamus, optime vir.
Quis huc vos appulit ventus, ante oculis
Urbis perlustretis magnificentiam
Eiusque praeclaras perscrutemini opes.
Quinimo, ut Regis sequamur imperium,
Modo qui nos ad se huc venire iubet.
Ecquid causam adventus nostri esse putas,
Rumor ne quisque ad aures pervenit tuas?
Ut certa liceat coniectura hoc assequi,
Me fieri a vobis oportet conscium,
Quam profiteamini artem, cui et muneri
Vestram vos de more navetis operam.
Sapientiae toto incumbimus pectore,
Omniumque artium procreatrici Philosophiae
Nostrique ingenii lumine Eloquentiae
Omnibus nos inservimus conatibus.
Ni fallor magna vos expectat provincia,
Rem magni momenti vestris imponet humeris,
Qui vos ad se de longissimis oris vocat,
Et tam difficiles peragere iubet vias.
Omni disciplinarum excultos genere,
Ipse ni fallor Imperator advenit.
Ut ista quae vos agitat cura liberet,
Ipse est, eamus omnes ocyus obviam.
Sca. 3. Maxe. Porph. Nican.
Sacer. Theb. Philo. Evan.
Salutem peroptamus tibi maximam
Obsequio nos addicti semper tuo.
Tandem ego precor inmortales Deos,
Vobis inpertiri, ut velint liberaliter.
En tua quo nos maiestas venire iubet,
Adsumus parati, quod velis, exequi.
Ecquid tibi a nobis faciendum cupis?
Impera Rex inclyte, faciemus quod velis
Gratissimo quod fieri poterit animo.
Vestra, meo dum pareatis imperio,
Res item agitur, ingenio nunc est opus,
Arte, religione, et sapientia.
Arte si velis uti nostra, arte excellimus.
Sapientia quoque, si sapientiam cupis.
Nostra nec est cur de religione dubites,
Fundemus, si lubeat, pro Diis animam.
Ita facto est opus, decet hoc arbitror
Tanta exornatos sapientia viros.
Ego mea quo sese clarius pietas
Effundat, animo quae compressa diu,
Nec se prodiderat in inmortales Deos,
Christicolas extirpare volui inpios,
Religionem sane evertere funditus,
Amandare procul crucifixum Deum.
Sed adest inter omnes furore percita
Ore quae polluebat victimas sacrilego
Ira scandescens Alexandrina faemina.
Age vero Imperator invictissime,
Ecquid sapientia est opus, et ingenio,
Et quid arte nobis, ut Herbam porrigat?
Sapientia illa praestat, ne dicam Magica
Arte, nisi inpiis credam agitari furiis.
Talibus est opus disciplinis imbui
Nobiscum, ut in campum audeat conscendere.
Vix toto reperies orbe, huic quem compares.
Platonem vinces divinum, sane si viceris.
Ruborem, ista dum faris, nobis iniicis,
Mitte isthaec, nostram ne temne sapientiam.
Praestat magna sperantem in parva incidere
Quam parva negligentem in magna incurrere.
Pulchram reportabis palmam in victoria:
Porro si victus a puella fueris
Infames tibi inures notas ignominiae.
Doctiori cedere viro sapientia est,
Indocto superari turpe creditur,
Puellae autem succumbere turpissimum.
Mittamus verba, ad vera veniamus cito
Sciet, quid haec sapiat dextera suo malo.
Sapientis est vincere consilio,
Non armis, non lacertis, non vi corporis.
Ita est. iube ergo ad nos venire foeminam
Nobiscum, ut te stante, in certamen veniat.
Abeunt Nicander, Porphyrius et Cithon. iussa
Regis praestaturi.
Placet, sit ita. Huc illam vos adducite,
Faustinam quoque vocate quae huic certamini
Intersit. Abite, subsellia ponite:
Nos autem hic interim expectabimus.
Exacuite iam vos linguae gladios,
Vibrate iam eloquentiae spicula.
Peracutam intendite mentis aciem,
Telis petatur eisdem mortiferis,
Bellum nobis quibus indicet impium.
Hoccine ferendum? regnare impium Deum
Sceptrum, Crucifixum, tractare manibus,
Prostratam iacere Religionem Superum,
Triumphare impiae mulieris audaciam?
O Dii immortales! quid coelites imperii,
quid scelerum dexteram omnium vindicem
Divum valeat, o vim, pietas valeat
Aetherei decus poli rectoris Iovis
Sapientis, valeat honor Mercurii,
Numinis atque vestri valeat gloria.
Procul sic amandetur mortalis Deus,
Deisque vigeat decus immortalium.
Entra Faustina Emperatriz a hallarse en
la disputa: dale cuenta el Emperador Maxencio
de la pena que le había causado un sueño, en
el cual había visto una águila que le quita-
ba a Faustina su corona real, y con ella
se subía al Cielo (que denota a Catalina que
ganó a la Emperatriz para Dios), y danle
los grandes, y el Sacerdote algunas inter-
pretaciones del sueño, la última verdadera.
Faustina. Maxencio. Nicander. Porphyrio. Sacerdote.
Soberano Emperador,
si la Majestad divina
a humanos ruegos se inclina,
le pido que dé su favor.
Oh, clara esposa Faustina,
vengáis muy en hora buena
para alivio de mi pena,
que el corazón adivina.
Porque esta bella figura
tan alegre se me ofrece
como la luna parece
detrás de la nube obscura.
Cuando corrido aquel velo
del negro y denso nublado
con el mayo sosegado
derrama plata en el suelo.
¿Qué pena tenéis, señor,
que por más que la escondáis
en verdad que la mostráis
en los ojos, y el color?
Dadme, os pido, alguna parte
del mal que el alma rehúye,
porque al fin se disminuye
si en dos pechos se reparte.
Y si el amor es fiel,
jamás sabe encubrir nada;
la pena comunicada
se hace menos cruel.
Faustina, ¿cómo diré
sin riesgo de grande error
la causa de mi dolor,
si yo mismo no la sé?
Que estoy reducido a extremo
de tan secreta postema,
que sin ver cosa que tema,
mil males recelo, y temo.
El corazón adivino
muestra dando un triste asalto,
con no sé qué sobresalto
de no sé qué, que imagino.
Que aunque tempestad no vea,
el que es sagaz marinero
reconoce un triste agüero
cuando el mar sin viento ondea.
Al fin ni en el alto muro
del artesonado techo,
ni en el más dorado lecho
se duerme sueño seguro.
Ni en el precioso tesoro
halla el corazón contento,
que cuanto está más sediento,
más ponzoña bebe en oro.
No entiendo lo que decís,
pero de vuestro temor
nace en mi pecho el dolor
que vos mismo no sentís.
Acabad ese triste ceño
y referidme de cierto
si es mal que soñáis despierto,
o agüero de algún mal sueño.
Sueño ha sido, a lo que creo,
mas hame puesto en extremo
que estando despierto temo
lo que velando no veo.
Y vi una águila caudal
que con generosas alas
volando daba en las salas
de este palacio real.
Adonde dejado el vuelo
sin respetar mi persona
me arrebató la corona
y voló con ella al Cielo.
Mi pecho no se asegura,
porque es dolor no pequeño
tener memoria del sueño,
y no saber la soltura.
Rey poderoso confía
que esta visión celestial
ha sido prenda, y señal
de grande bien, y alegría.
Que a mi ver cosa es notoria
que el Águila con tal presa
es una gloriosa empresa,
que nos declara tu gloria.
Porque el Águila es una ave
que hace divino oficio,
y a Júpiter su servicio
es agradable, y suave.
Y pues Júpiter se paga
de tan justos sacrificios
señal es que a tus servicios
quiere dar eterna paga.
Y así el sagrado misterio
que esconde con este velo
es que asienta allá en el cielo
la corona del Imperio.
Aquesta declaración
sin duda me asegurara
si otro mal no recelara,
el presago corazón.
Por bien diverso camino
me enderezaba mi Idea,
y plega a Dios no sea
el suceso que imagino.
Dilo pues Nicandro amigo
¿qué recelo te refrena?
Temo Señor daros pena
si lo que imagino, digo.
De mi pena, y sentimiento
no tengas algún temor
que no puede ser mayor
mi pena de la que siento.
La divisa Imperial
con que la soberbia Roma
al mundo sojuzga, y doma
es una águila real.
Y tu Majestad bien sabe
que el gran César Constantino
te hace guerra de contino
porque contigo no cabe.
Temo que nos abandona
la vez de la suerte humana,
y que el Águila Romana
te ha de quitar la Corona.
Con mi temor, y recelo
tu parecer bien viniera
si mi corona no tuviera
colocado allá en el cielo.
que bien podrá Constantino
por fuerza de esquiva guerra
poner mi corona en tierra,
mas no mi asiento divino.
Emperador poderoso,
si me concedes licencia
podré decir mi sentencia,
aunque es del todo dudosa.
Decid muy enhorabuena,
Porfirio amigo fiel,
que el pronóstico cruel
no puede aliviar mi pena.
Acuérdome haber leído
una sentencia excelente,
que la mujer que es prudente
es corona del marido.
Cual águila generosa
ha de dar tan alto vuelo
que pueda dar en el cielo
con mi señora y tu esposa.
¿Qué decís, Faustina mía,
de pronósticos tan fieros?
Que os dejéis, señor, de agüeros,
que causan melancolía.
Con veros huye mi pena,
sin temor de alguna ofensa,
porque la esposa es defensa
de su esposo cuando es buena.
Y si es la mujer corona
de cabeza del marido,
jamás ningún rey ha habido
que tuviese tal corona.
Act. 2. Sca. V.
Entra Ctesifonio con Santa Catalina, acompañándola dos ángeles. 1.ª disputa.
Catalina, en Dios confía,
que la providencia eterna
que nos rige y nos gobierna
nos tiene en tu compañía.
Para tan gloriosa empresa
te anima, porque a los sabios
les has de cerrar los labios
y tenerlos por tu presa.
Ni serán tus fines vanos,
porque, ganando sus almas,
les pondrás gloriosas palmas
en sus ya rendidas manos.
Segura al encuentro salgo;
en vos confío, mi Dios,
que nada temo con vos,
como sin vos nada valgo.
Decid, Ctesifonio, ¿traéis
esa rebelde doncella?
Aquí está la que atropella
las leyes que vos ponéis.
La fe que tengo me adiestra
a que parezca ante vos,
mas como presa de Dios,
que como captiva vuestra.
De tu mal eres captiva
y fueras más venturosa,
si como fuiste hermosa
no fueras también altiva.
Quitalde las ligaduras
porque al salir de su enredo
no allegue la fuerza, o miedo
de tan fuertes ataduras.
Que estos gravísimos sabios
te rendirán convencida,
y si fueres resabida
te dejarán sin resabios.
Con argumentos no vanos
te harán que no blasones,
y con fuerza de razones
te atarán de pies, y manos.
Mi corazón no recela
mantener en esta justa
porque sé que mi Dios gusta
de verme en tan justa tela.
Faustina hermana sentaos
en esta silla real.
Gozar deste tribunal
para mí serán saraos.
Los cuatro os sentad también,
que yo os hago este favor
porque así estaréis mejor,
aunque en pie estuvierais bien.
Soberana Majestad
besamos tus pies, y manos.
A tus fines soberanos
favorezca la verdad.
Catalina siéntate
pues eres mantenedora
desta tela, donde agora
no conviene estar en pie.
ACTO 2. ESCENA VI. Tócanse chirimías antes de comenzar. Ídem que supra.
Sabia doncella en quien derrama el cielo
con franca mano el colmo de sus bienes,
y a quien corona el gran Señor de Delo
con verde lauro las hermosas sienes;
de mi justo furor, y santo celo
no doy satisfacción pues ya la tienes,
bien sabe el cielo que a tan nuevo hecho
pasión, ni crueldad no mueve el pecho.
Que si a mi indignación tanto inquieta
la falsa religión de los cristianos
no es porque mi potencia esté sujeta
a la inclemencia de tiranas manos,
sino porque dejéis la vana secta
que ofende a nuestros dioses soberanos
por quien tenemos el real decoro
del cetro ilustre, y de corona de oro.
Y porque sea a todos manifiesto
nuestro pecho sincero, y sano intento,
y para más convencerte habemos puesto
en concurso de sabios tu argumento.
Y así, noble doncella, en este puesto
propón luego tu falso fundamento,
porque hoy se vea con gloriosa muestra
tu grande sinrazón, y razón nuestra.
Claro señor, yo salgo a la batalla
no rendida al temor del vano miedo,
que el corazón fiel se muestra, y halla
con claro aliento, y celestial denuedo,
armado el pecho con la fuerte malla
de aquel valor divino con que puedo
resistir al encuentro peligroso,
sacando el brazo sano, y victorioso.
Temeraria doncella, empresa es nueva
que a un valor mujeril tanto atribuyas,
y confusión es nuestra hacer hoy prueba
de nuestro ingenio, y letras con las tuyas.
¿Qué error, qué furor ciego ansí te lleva,
contra los dioses, y las leyes suyas,
donde se sufre que despreciar oses
al sacro consistorio de los dioses?
Deja esa dura, y obstinada tema,
y pues tiempo te damos oportuno
de ese tu vano error propón el tema.
Niego ser dioses Júpiter, Neptuno,
Mercurio, Palas, Marte, Baco, Apolo,
solo confieso un Dios que es trino, y uno.
¿Que solo un Dios confiesas?
cuyo inmenso poder crió, y sustenta
cuanto contiene el uno, y otro Polo.
Espera, Catalina, estame atenta,
vamos a sus profetas, y escrituras,
veamos lo que dicen.
Soy contenta.
No dijo con palabras nada oscuras
tu Dios, a su Moisés: saber te quiero
¿un Dios de Faraón?
Pues ¿qué procuras
inferir del asunto?
Lo que infiero
es haber un Dios más, un Dios segundo,
si lo que dijo es cierto, y verdadero.
Pues probando tu Dios ser mentiroso,
tu error condeno, y mi drecho fundo.
He aquí estás en trance bien dudoso,
reducida a un fortísimo dilema,
que por entrambas partes es forzoso.
¿Qué respondes?
Que quien con dura tema
se opone a la verdad sincera, y pura,
contra el viento ese tal forceja, y rema.
No puede Dios hacer que una criatura
llegue a tan alto ser que Dios sea.
ni tal jamás ha dicho la Escritura.
El sentido del texto bien se vea
que el decirle a Moisés, quiero hacerte
un Dios de Faraón, es porque crea
que sus veces le da, y poder de fuerte
que puede obrar prodigios, y señales
que descubran de Dios el brazo fuerte.
Viendo pues Faraón prodigios tales
que tiembla de Moisés, como temblara
de las divinas fuerzas inmortales.
No concluyes con esto, ten, repara,
vuelve esos ciegos ojos a nosotros
que te convenceremos a la clara.
Fuera de este lugar también hay otros,
que allá dice tu Dios por un Profeta:
yo dije así: que Dioses sois vosotros.
Luego ya hay muchos dioses.
Aprieta
veremos qué respondes.
Claramente
mostraré cómo el texto se interpreta.
Allí pretende Dios abiertamente
a los justos honrar, y engrandecellos
con renombre tan alto, y excelente.
Que la gracia de Dios bien puede hacellos
participar de la naturaleza
del mismo Dios que quiere ennoblecellos.
Extraño ingenio tiene, y agudeza.
Esperad que se ofrece otra sentencia
con que sin duda ha de mostrar flaqueza.
Acá noble doncella, dame audiencia,
mirad David de qué palabras usa
cuando alaba a tu Dios, y su potencia.
Aquí no has de tener ninguna excusa.
Segura estoy que el Dios que me guarece
jamás me dejará quedar confusa.
Grande es dice el Señor, y bien merece
sobre todos los Dioses ser loado,
luego si sobre Dioses engrandece
El poder de Dios, y principado
con evidencia ves cuán bien concluyo
haber más Dioses que este que has nombrado.
Tu réplica aunque fuerte no rehuyo,
lee bien este salmo todo entero
porque con este mismo redarguyo.
No corras por el teatro tan ligero
mira más adelante, yo te ruego,
y verás se condena tu error fiero.
Porque Demonios son añado luego
estos Dioses que adoran los gentiles
llevados de su engaño torpe, y ciego.
Todos son Dioses falsos, flacos, viles,
y solo es Dios quien fabricó este cielo.
¿Qué respuestas tan vivas, y sutiles?
Levantemos más alto nuestro vuelo
que como fingen estos su escritura
la declaran a pelo, y a pospelo.
Con razón filosófica no oscura
aquí se ha de probar con evidencia,
la verdad cuya luz nos asegura.
La mayor, y menor, y consecuencia
confirmaré con una instancia rara
que respuesta no tenga, o resistencia.
Dios es un bien perfecto.
Cosa es clara.
Cosa propia es del bien comunicarse.
La perfección del bien nunca es avara.
Luego forzoso es Dios multiplicarse.
Aquesta consecuencia es la que niego.
Es evidente, y fácil de probarse.
Vamos más poco a poco, ten sosiego,
y entenderás cuán bien se desimplica
ese que te parece nudo ciego.
Tú arguyes, todo bien se comunica,
y luego añades, Dios es bien perfecto,
infieres, luego Dios se multiplica.
¿No ves que el falso silogismo es imperfecto?
Di, ¿qué tiene que ver comunicarse,
con multiplicación que es otro efecto?
Que la virtud divina derramarse
bien puede dando el ser a las criaturas,
mas no el divino ser comunicarse.
Si enciendes una hacha estando a oscuras,
¿las tinieblas en parte no ahuyentas
volviendo a todas las cosas sus figuras?
Así es.
Si enciendes dos no acrecientas
aquella misma lumbre de manera
que cuantas más enciendes más se aumenta?
Eso todo es verdad.
Pues considera
cuán conveniente fuera, y necesario
que de lo bueno el número creciera,
y que un Dios no estuviera solitario,
sino que varios Dioses ilustraran
el vario mundo, con influjo vario.
Por cierto tus razones me eclipsarán
si hubiera muchos soles en el mundo
que con diversas luces lo alumbraran.
¿Hay ingenio en el mundo tan profundo?
¿Hase visto tan claro entendimiento?
¿Hay razonar tan dulce, y tan facundo?
Yo también pues propongo mi argumento
para que la verdad del todo quede
asentada en su basa, y fundamento.
Si ser muchos los Dioses se concede,
pregunto yo si todos son iguales,
y lo que el uno puede el otro puede?
Respondo que los Dioses inmortales
iguales son, que siendo omnipotentes
no pueden ser sus fuerzas desiguales.
Si me concedes esto, si esto sientes,
luego solo el un Dios es necesario,
y todos los demás impertinentes.
Niego la consecuencia.
Temerario
es negarla, mas probarla puedo,
porque formes juicio más plenario.
¿Los Dioses son iguales?
Sí, concedo.
¿Y cualquier Dios es todopoderoso?
Digo que sí.
Está bien, basta, ten quedo.
¿Luego en nada será defectuoso?
Concedida está ya la consecuencia,
deste paralogismo cauteloso.
Luego ya cualquier Dios terná potencia
bastante para el mundo, y en regiros
tendrá también bastante providencia.
Pues los demás, ¿de qué podrán serviros?
¿Hay más que un solo sol que alumbra al mundo,
que puede aquí faltar, sino rendiros?
¡Oh, eterno Dios, qué ingenio tan profundo!
¿Qué me respondes?
No sé qué responda:
que con esto que dices me confundo.
El juicio me trae a la redonda,
que en fondo de tan alto entendimiento
no puede el bajo mío echarle sonda.
Adelante, escuchad otro argumento,
porque he de convenceros uno a uno,
y hacer que sintáis lo que yo siento.
Sabios varones, respondedme alguno:
¿Si hay o no entre los Dioses diferencia?
Si me decís que no, eso es ser uno.
Oye, sabia doncella, mi sentencia.
también es Dios sin duda.
Paso, quedo.
¿Y el Espíritu Santo?
No resisto
de confesar que es Dios.
Espera, luego
ya confiesas tres Dioses.
Bien has visto
que tres dioses distintos saber niego,
un solo Dios confieso en tres personas.
No lo entiendo.
¿Qué puede ver un ciego?
Con esos argumentos no abandonas
la verdadera fe de un Dios que tiene
con un poder y cetro tres coronas.
Escudriñar más esto no conviene,
por ser este el misterio más profundo
que nuestra fe Católica contiene.
No puede haber principio en este mundo
que esta cierta verdad demuestre y pruebe,
y ansí en razón humana no lo fundo.
Que en tan alto misterio el hombre debe
rendir y captivar su entendimiento
si no quiere que el ciego error le lleve.
Aquí tiene la fe merecimiento
pues razón natural o humana ciencia
no pueden apear el fundamento.
Tres personas divinas y una esencia
reconoce la fe con luz obscura
donde lugar no tiene la evidencia.
Negar este misterio es gran locura.
creerlo es piedad, mas vida eterna
será el gozarlo, y verlo con luz pura.
Pues cómo tan a ciegas os gobierna
vuestro Dios, que no os da principio alguno,
para ver cómo aquesto se encuaderna.
Y que estando de toda luz ayuno
en tal caso el humano entendimiento
os obligue a creer que es trino, y uno?
Aquesta sujeción, y rendimiento
se debe a Dios como tributo, y pecho
debido a su inmortal, y eterno asiento.
Cuántos secretos guarda el cauto pecho
de un Rey mortal, que a sus vasallos pide
una fe ciega, procediendo al hecho.
Y aunque la alteza del mysterio pide
entender claramente un ser inmenso
a quien ningún espacio, y tiempo impide.
Pero con todo declararlo pienso
al modo que podemos en el suelo
donde no se declara por extenso.
Espero yo en mi Dios que allá en el Cielo
lo habemos de ver todos claramente
cuando se corra aqueste inmortal velo.
Siendo Dios el primer inteligente
quién duda que conozca su ser mismo,
que es de todo otro ser, principio, y fuente.
Pues entendido aquel profundo abismo
donde se anega todo entendimiento
forma un vivo concepto de sí mismo.
Aqueste soberano pensamiento
es el verbo divino, el cual se llama
Hijo de Dios de eterno nacimiento.
Y como el Padre al Hijo abraza y ama,
y el Hijo al Padre con igual retorno
encienden entre sí una ardiente llama,
Un ardor infinito, un fuerte horno
que al Hijo, y Padre fragua en amor santo,
a esto debido a su infinito adorno.
Este es un lazo, y nudo sacrosanto
que indisolublemente los estrecha
este se llama el espíritu Santo.
Con sola una razón queda deshecha
toda esa vana, y falsa Teología,
por más que hables como en cosa hecha.
Dónde la tal natural Filosofía
ha admitido jamás que en mi concepto
sea otro que la viva imagen mía.
No ves que solamente es un efecto
de nuestro entendimiento, no sustancia
sino accidente flaco, e imperfecto.
No niego entre nosotros esa instancia
porque somos sujetos de accidentes
que para nuestro ser son de importancia.
Como flacos estamos dependentes
de accidentes distintos, con los cuales
tenemos perfecciones diferentes.
Mas las cosas en Dios no han de ser tales,
ni ha de haber cosa en Dios que Dios no sea,
ni personas en Dios que no sean iguales.
Si aquella eterna, y soberana idea
de donde a luz sacó el poder divino
cuanto la tierra, y cielo hermosea,
es verdadero Dios, ¿qué desatino
te ciega tanto, que de un hombre afirmas
ser la idea Dios que al mundo vino?
¿Qué argumento habrá, o razones firmes
con que del hombre y Dios fraguarse pruebes
un mismo ser, y en ella nos confirmes?
Yo no puedo entender cómo te atreves,
confesando ser hombre este tu Cristo,
que ser Hijo de Dios también apruebes.
En este solo fundamento insisto,
esta es la causa de la fe cristiana
y en ella sola estriba, como has visto.
Esta dificultad quita, o allana
cuando nuestro ciego entendimiento
una instancia te da común, y llana.
De esto nos es clarísimo argumento
un natural efecto que frecuente
ha hallado el sagaz experimento.
Si en un almendro en tiempo conveniente
injieres una espiga de un ciruelo
¿no es almendro, y ciruelo juntamente?
Luego si en corporal, y humano velo
se injiere el mismo Dios, será sin duda
hombre, y Dios juntamente en tierra, y cielo.
Otro más claro ejemplo nos ayuda
a desatar mejor el nudo ciego
cuya dificultad tanto os anuda,
el alma es puro espíritu.
No niego
ser eso así.
Y con ella el cuerpo humano
un material compuesto fragua; luego
podrá también la omnipotente mano
unir al hombre, y Dios de tal manera
que hagan un compuesto soberano.
Advierte Catalina que es quimera,
cómo pueden unirse dos extremos
sin haber proporción que los refiera.
Nunca entre el hombre, y Dios hallar podemos
alguna proporción, que entre finito,
y lo infinito, proporción no vemos.
Luego no puede Dios siendo infinito
unirse con el hombre en un compuesto,
ni tal compuesto ser posible admito.
Para unión semejante es manifiesto
bastar la proporción de efecto, y causa,
o de naturaleza, y de supuesto.
De aquí colegirás, cómo se causa
esta divina unión que sujeta a creello,
y así harás en tus errores pausa.
Con todo no acabo de entendello.
Ni es posible entenderse claramente,
mas hay razón bastante para creello.
Si el misterio no es claro, ni evidente,
bastará no hallarle repugnancia,
ni argumento contrario concluyente.
Juntamente con ver la consonancia
de las sagradas letras, y criaturas,
que entre sí guardan firme concordancia.
Y aunque envuelto en sombras, y en figuras,
Dios dibujó el misterio al pueblo hebreo
con bosquejo de líneas nada oscuras.
Claro en vuestras Sibilas yo lo veo
en cuyas manifiestas profecías
halla satisfacción vuestro deseo.
Las horas señalaron de los días
que el cielo destinaba al cumplimiento
de cosas que sin Cristo eran vacías.
Solo él pudo acabar tan alto intento,
porque a la infinidad de la malicia
correspondiese igual merecimiento.
Y volviéndonos fácil, y propicia
su justa indignación, se puso en medio
de la misericordia, y la justicia.
Que clamando la una por remedio,
la otra por venganza, y escarmiento,
solo las pudo unir con este medio.
Prodigios, y milagros hay sin cuento
que esta verdad contestan, firman, sellan,
y hacen infalible su argumento.
Cuantos mártires fuertes se degüellan
en sangre derramada en su pelea,
sellan mi fe, cuando sus vidas suellan.
¡Oh, inmenso Dios! que nueva luz rodea
las fuerzas de mi flaco entendimiento,
y le obliga a creer lo que no apea.
¿Qué fuerza, qué poder, qué furia, o viento,
lo combaten, que así lo han arrancado
del propio quicio, y natural asiento?
¡Oh eterna luz, que así me has alumbrado,
eterno origen, y primera causa,
de todo cuanto tiene ser criado!
Desde aquí en mis errores pausa
confieso mi pecado, arrepentido
del ciego error que tantos daños causa.
¡A pérfido, arrogante, fementido!
¿Así te rindes, cómo no resistes?
No puede tener fuerzas un rendido.
¿Tan presto de la empresa te desistes?
¿Qué es de tus letras, y sabiduría?
Sabios, ¿qué es de la fe que prometistes?
Ciega ignorancia es mi filosofía
llena de error mortal, y así confieso,
con pecho humilde la ignorancia mía.
¿Dime qué premio esperas deste exceso?
Vida gloriosa.
Más infame muerte.
Esta es la puerta de tan buen suceso.
¿No temes una pena horrible, y fuerte?
Esta no será pena, sino gloria,
y para mí la más dichosa suerte.
Vosotros que sentís de aquesta historia,
salid a la demanda defendiendo
de nuestros dioses la inmortal memoria.
¿Qué defensa haremos, señor, viendo
al más sabio de todos convencido,
su error, el nuestro, el tuyo conocido?
¿Y tú, alevoso, también estás rendido
al dañoso cantar desta sirena?
Piedra dura sería, y sin sentido,
quien a la dulce voz que fuera suena
no sintiese un latido, y sacro aliento
que a mejor bien, y gloria nos ordena.
Ya falta en este caso el sufrimiento,
si no os ablanda un amoroso ruego
moveros ha la fuerza del tormento.
No hay hierro agudo, ni hay ardiente fuego
que rinda la virtud de un varón sabio
cuando ha reconocido su error ciego.
¿Cómo no sales a mi desagravio,
Plotino amigo?
Empéñame el recelo
de hacerle a mi fe mayor agravio.
Caras almas ganadas para el cielo,
plantas nuevas de aquel jardín glorioso,
cuyas flores no seca el mortal yelo.
En la sazón de tiempo tan dichoso
conservad la semilla que os franquea
con larga mano un Dios tan amoroso.
No se mal logre, ni desmedro vea
por ultraje de hielo, lluvia, o viento
el fruto que se espera, y se desea.
De tan heroico, y generoso intento
no os aparte, ni espante la amenaza
de filo agudo, ni de atroz tormento.
¡Que tenga tanta fuerza una rapaza
con sus encantos, y hechicerías!
Echadle en esta lengua una mordaza.
Yo te haré que tus bachillerías
te cuesten caro, cuando presto veas
mal logro eterno de tus breves días.
Colgaréte de garruchas, y poleas
donde muriendo vivas, darte he caldas
con fuego manso de inflamadas teas.
No volváis fuertes sabios las espaldas
al riguroso encuentro donde veo
tejerseos en el cielo las guirnaldas.
Haced sin miedo este glorioso empleo
de vuestras vidas, donde os aseguro
batalla breve, e inmortal trofeo.
Primero el claro sol con rayo oscuro
volverá hacia atrás los raudos ríos,
los copiosos raudales de agua. +
Primero el sol tendrá los rayos fríos,
la tierra se caerá de sus cimientos,
los inviernos serán secos estíos.
Primero los contrarios elementos
en concordia estarán, o estando en guerra
podrán mudar su sitio, y sus asientos.
Primero subirá la grave tierra,
y el cielo bajará, y nadar en seco
los peces se verán, que el mar encierra.
Que dejen en mi pecho de hacer eco
tus divinas razones, o saber pueda
en la fe, que hoy recibo cambio, o trueco.
Ya es razón que con rigor justo proceda
contra quien en errores tan profanos
de falsa religión así os enreda.
Atalde luego estas rebeldes manos,
y volved a la cárcel donde pague
la pena igual a sus intentos vanos.
No es tiempo ya que mi furor la amague,
sienta lo que es la ofensa de los Reyes
viva tal vida que mil muertes trague.
Y como transgresora de las leyes
humanas y divinas, sea azotada
con duros niervos de feroces bueyes.
Hasta que ya la sangre delicada
el cuerpo desampare, y riegue el suelo
entre filas de carne magullada.
Sabe mi Dios cuán grande es el consuelo
que causa en mí el rigor de la sentencia
que pronuncia el rigor de tu mal celo.
No llegue, señor mío, la impaciencia
de un justo celo, a ya cerrar del todo
las puertas que abre la imperial clemencia.
Que suele a veces un suave modo
un trato blando en las doncellas tiernas
el mal desarraigar de todo en todo.
No se diga en el mundo que gobiernas
como un león sangriento y carnicero
destrozando cabezas, brazos, piernas.
Esto pronuncio, aquesto mando, y quiero
que sin réplica sea ejecutado.
¡Oh, entrañas duras más que el duro acero!
Si el tierno amor, si el nombre regalado
de cara esposa en algún tiempo valen
más que el furor de un corazón airado.
Suplícoos, señor mío, que os regalen
el duro pecho, y que el furor y saña
una espada piadosa no acicalen.
No se me ha de hacer del juego maña,
no ha de poder jamás el blando ruego
moverme acá, y allá cual móvil caña.
Atad también a estos traidores luego,
y así a todos llevaldos donde paguen
su atroz delicto con ardiente fuego.
Que así es forzoso, porque más no estraguen
el mundo con su error, en vivas llamas
mueran, y en ellas su ira, y furor paguen.
Las llamas nos serán floridas camas
y en leña colgaremos los trofeos
de nuestra gloria, como en verdes ramas.
Si fuéremos llevados como reos
al castigo cruel, en el tormento
cumplidos se verán nuestros deseos.
Abrácanse.
Oh, compañeros de glorioso intento
adonde la divina providencia
nos guía por camino tan sangriento.
Pues hoy nos ha hermanado la sentencia
de un Rey para nosotros tan humano
cuanto en sí mismo ajeno de clemencia.
Trabemos juntos hoy mano con mano,
y con estrecho abrazo nos unamos
para un intento, y fin tan soberano.
Dichosa suerte, Evandro. Ea, amigos, vamos.
Atadles esas manos.
Libremente,
rendidas, y cruzadas se las damos.
Catalina pues nuestra fe consiente
que nuestro Dios, y el tuyo sea un mismo
ruégale que nos dé favor presente.
Y pues que ya del vano paganismo
abjuramos concordes, nos alcanza
que las llamas nos sirvan de bautismo.
No desmayéis, ni falte la esperanza
ofreced animosos vuestras vidas
que allá os veré en la bienaventuranza
con coronas de gloria esclarecidas.
Llevan a martirizar a los filósofos, a santa
Catalina a la cárcel, y los demás se entran.
Actus 3. Scen. 1.
Estronius solus.
Siccine tam tenero durare in corpore tantis
Ictibus afflictam rigidis, dare membra (nec ulla
Carnifices membra lacerant pietate puellam)
Quae vis, o, superi, tanta! aut quod numen amicum
Virginis armavit spoliato in corpore mentem?
Invictam mentem: nihil e sceleribus ullis
Debentem, aeterno dignam quae ornetur honore.
Non precibus, non lacrymis, non illa flagellis
Concessit, ut mortis amans, ut prodiga vitae
Indignam subitura necem, dat corpora virgis
Nuda feris, divumque caput durata ferendo
Ostentat gladiis, stringunt brachia fune
Candida, sanguineis frangunt terga flagellis.
Virgineum tellus bibit indignata cruorem,
In coelum immota animum, immota ora gerebat,
Impia caedendo, cadit defessa Tyranni
Dextera, priusquam Virgo cadat devicta ferendo.
Ac velut in summis altam cum montibus ornum
Verberat infamis furibundis flatibus Eurus,
Spargit humo tremulas concusso stipite frondes,
Fixa tamen manet illa loco radicibus haerens;
Ac pelagi ut rupes magno concussa fragore,
Mollis ubi scopulis illisa infringitur unda,
Stat tamen atque suo se pondere continet illa:
Sic Chaterina omnes invicto pectore ludit
Conatus, rigido credas adamante puellam
Excisam, aut duro tandem de robore natam.
Tanta subest gracili virtus in corpore, tantus
Relligionis amor, fideique innata cupido,
Christicolæ. Sed quis magna gradientis ab aula
Pone, sonat strepitus, Regina adventat, eamque.
Acto 3. Escena 2.
Faustina, Delia criada.
Quien leyes de amistad sabe
puede y debe en su provecho
fiar del ajeno pecho
lo que en el propio no cabe.
¡Ay, Dios! No sé, Delia amiga,
qué modo me escoja y halle,
si el caso obliga a que calle,
la amistad a que lo diga.
Pero al fin, Delia, me atrevo
a fiar de ti la llave
de un secreto que es tan grave
que fiarlo a otro no debo.
Y si la fe de amistad
me obliga a que lo descubra,
razón será que lo encubra
la ley de fidelidad.
Faustina, señora mía,
la experiencia de mi amor
podrá quitarte el temor
que causa esta cobardía.
Reina mía, no es razón
que me encubras los enojos,
que en la frente y en los ojos
descubre ya el corazón.
Desde que hoy dejaste el lecho
te he visto andar tan inquieta,
alguna llaga secreta
tienes sin duda en el pecho.
Que este rostro generoso,
otro tiempo tan risueño,
se encapota un triste ceño
que roba el color hermoso.
Y aun en el real estrado
te vi ayer estar a solas
anegada entre las olas
de algún secreto cuidado.
Y pues daños tan molestos
alguna pena los causa,
sepa yo la oculta causa
de efectos tan manifiestos.
Ni cuando la noche oscura
extiende sus negras alas
entoldando nuestras salas
con su sombra mal segura.
Ni cuando la bella aurora
corriendo el oscuro velo
siembra aljófar en el suelo
y las nubes borda y dora.
Ni cuando el sol en su coro
sus cabellos alboroza,
y el rostro desarreboza
mostrando sus rayos de oro.
La noche con sombra negra
no alivia el cuidado mío,
ni de la aurora el rocío,
ni el sol con su luz me alegra.
Bien sabe Dios el extremo
con que yo siento esta pena,
cuéntala ya.
Ay, que me empena,
el mismo mal que aun no temo.
¿Dirélo? No sé, bien puedo,
fiarlo de tu amistad,
porque tu fidelidad
me asegura y quita el miedo.
Di, ¿no has visto a Catalina?
Bien conozco esta doncella.
¿Qué te parece?
Una estrella
bañada de luz divina.
Más dices de lo que sientes,
pero ¿habrá mujer tan tosca
que en viéndola no conozca
sus dotes tan excelentes?
Has de saber, Delia mía,
que desde que está en prisión
no ha entrado en mi corazón
solo un rayo de alegría.
Y auméntase mi tristeza
después de aquella disputa,
viendo que el rey ejecuta
su rabia con tal crueza,
que pecho tan recio y duro
no se ablanda y enternece
en las penas que padece
en un lugar tan oscuro.
Donde como en cárcel triste
rayo de sol no alegra,
y donde una sombra negra
de niebla oscura la embiste.
Y donde con furia brava
de manos tan infieles
recibe azotes crueles
como baja y vil esclava.
Que en su carne lastimada
le dejan profundos hoyos
de que van corriendo arroyos
de la sangre delicada.
Tal suerte de crueldad
a quien no le pone grima,
que corazón no lastima
tan enorme impiedad.
El que con mano inhumana
ejecuta tales hechos
mamó sin duda los pechos
de leona, o tigre hircana.
Este dolor tan piadoso
nacido de compasión,
es de noble corazón,
y de pecho generoso.
Pecho será de diamante
el que con la sangre della
no sintiere alguna mella
que le enternezca y quebrante.
¿A quién no duelen los daños
de quien con tanto dolor
mal logra la fresca flor
de sus no maduros años?
Mas si es tal la vehemencia
del dolor que te desmaya,
sin duda pasas la raya,
y término de prudencia.
Porque al fin del pelo cuelga
cualquier ajeno quebranto,
ni es bien que tú sientas tanto
el mal de que ella se huelga.
Que sin duda es grande engaño
el pensar que está en miseria
la que ofrece y da materia
de su voluntario daño.
Si su pecho es enemigo
desta nuestra Religión
padezca con gran razón
tan digno y justo castigo.
Así, pues que sin compás
ella va, señora, vaya
por donde va, allá se lo haya
y tú vuélvete a tu paz.
Ningún alivio consiente
mi pena, si Dios del cielo
no me envía algún consuelo
con que serene mi frente.
Que su poder absoluto
es menester que provea
aliento con que yo vea
tanto mal con rostro enjuto.
Más mal hay del que imagino,
hazle a Palas sacrificio
porque con rostro propicio
te mire.
¡Ay, que lo abomino!
¡Ay, señora!, y cuán extrema
debe de ser tu fatiga
pues así a decir te obliga
una palabra blasfema.
No pienses que esto ha salido
de alguna melancolía.
Porque un celestial aliento
que está moviendo mi pecho
me obliga por su derecho
a confesar lo que siento.
Que son estos dioses vanos
mudas, y ciegas figuras,
y mujeres, y pinturas
hechas por humanas manos.
Solo al Dios de Catalina
adoro, solo en él creo
porque él es solo en quien veo
verdad de esencia divina.
¡Ay, señora, qué desmayo
me da! A Júpiter pluguiera
que antes que tal cosa oyera
me hubiera abrasado un rayo.
Dime, Delia, ¿qué te espanta?
Paréceme que desnudo
veo ya el cuchillo agudo
que amenaza a tu garganta.
A tu mal abres la puerta,
y si en tal fin perseveras
desde hoy comienzo de veras
a llorarte como muerta.
¡Ay, imperio mal logrado!
¡Ay, corona desdichada!
¡Ay, hermosa flor helada
sin dar fruto sazonado!
¡Ay, estado, ay, gloria humana,
sujeta de mil mudanzas
que entre verdes esperanzas
florece, y al fin no grana!
Con traerme a la memoria
mi muerte, poco aprovechas
antes son estas endechas
pronósticos de mi gloria.
Por ningún temor desisto
que ni muerte, vida, o mundo,
ni la altura, ni el profundo
podrá apartarme de Cristo.
Ya no es razón que me acuerde
del alto estado en que vivo
que un bien breve, y fugitivo
que se pierda, ¿qué se pierde?
¿Qué ganas?
Vida gloriosa.
Mira qué gran desconcierto
trocar el bien que está cierto
por esperanza dudosa.
La fe sola me asegura
me sustenta, y tiene en pie;
y quien fía en esta fe
prenda tiene bien segura.
Señora, ¿y cómo sabremos
que esta fe es la verdadera?
De su verdad nos entera
ver los efectos que vemos.
Contra la verdad se escuda,
y en la misma luz se ciega
quien la fe de Cristo niega
o en su verdad pone duda.
Ves que una tierna doncella
convence tan grandes sabios,
y cerrándoles los labios
los rinde, y los atropella.
Y abjurando a su error ciego
sin rendirse a humano miedo
ofrecen con gran denuedo
las dulces vidas al fuego.
Cómo pena tan intensa
con tal valor se sufriera
si este gran Dios no tuviera
virtud, y potencia inmensa.
Dime también cómo fue
aquel caso milagroso
con que este Dios poderoso
quiso confirmar su fee.
Cuando en la hoguera ardiendo
pensaron hacelles daño,
y salieron como de un baño
sanos, alegres, riendo.
Y entre las furiosas llamas
encantados contra el fuego
estaban con gran sosiego
como en unas blandas camas.
Al fin las vidas rindieron
envueltas en fuego, y humo
no por ser el dolor sumo
mas porque morir quisieron.
Bien veo, señora mía,
el peligro manifiesto,
y el trance duro, y molesto
con que el mundo os desafía.
Mas también conozco, y veo
las razones que tenéis
con que rendida os ponéis
a hacer tan alto empleo.
Y así con lo que contáis
siento yo en mi corazón
un latido de afición
a la fee que profesáis.
Mas ¡ay de mí!
Di, ¿qué sientes?
Una terrible fatiga
de ver que esta fee me obliga
a tantos inconvenientes.
Siento mil contrarios vientos
que me acobardan, y espantan,
y acá en mi pecho levantan
tormenta de mil tormentos.
Y el mar que furioso ondea,
con sus olas desportilla
aquesta frágil barquilla
que en sus contrastes vaguea.
¿Qué temes?
Temo la muerte
que es amarga, y desabrida
al que en la flor de su vida
goza de su alegre suerte.
Si Dios te quitase el velo
de estos oscuros antojos
cobrarás vista en los ojos
con la nueva luz del Cielo.
Mayor gloria no sé yo
ni más bien, ni mejor suerte
que darle a Dios con la muerte
la misma vida que él dio.
A quien la fe de su luz
no rehúye la ocasión
de poner su corazón
en el lugar de la cruz.
Que aunque la sangre se exprima
en un husillo tan grave
se vuelve en vino suave
que alegra cuando lastima.
Híncase de rodillas.
Al fin acepto el partido,
y tengo por buena suerte
acompañar en la muerte
a quien en vida he servido.
Yo dedico desde agora
mi cuello a la dura espada
siguiendo como criada
los pasos de mi Señora.
Levántase.
Dásela.
Oh, eterna y suma bondad,
eternas gracias te doy
que así nos descubres hoy
los rayos de tu piedad.
Y para que seamos otras
viviendo de hoy más firmes
suplícote que confirmes
lo que has obrado en nosotros.
Que no nos niegues tu amparo
ni la luz de tu gobierno
porque no lleve el infierno
lo que a ti costó tan caro.
Dame, Dalia, aquesta mano
con esta la fe me das
de nunca volver atrás
en este asunto cristiano.
Híncase de rodillas.
Doyla, Señora, y protesto
de morir por esta fe
y que mil vidas daré
antes que apartarme desto.
Ni me apartaré de vos
Señora, sin que la muerte
nos haga de mejor suerte
compañeras a las dos.
Abrázala.
Ves aquí, Delia, mis brazos
y tendrás satisfacción
que te doy el corazón
junto con estos abrazos.
Oh, si alto Dios pluguiese
que en esta empresa sagrada
así contigo abrazada
Delia mía, yo muriese.
Mas, ¡ay!, ¿qué es esto?, ¿quién viene?
Porfirio es, Señora mía.
Alguna melancolía
muestra en el rostro que tiene.
Act. 3. Sca. 3. Porphy. Solus.
Quis me tam saevus turbo praecipitem tulit
Nigra, qui nocte evolvit, ut talem diem
Eriperet oculis. O lucis alme diem
Qualis nunquam nitido refulsit Polo,
Illa etenim mundi colorat faciem
Efficit et rerum splendescere decus.
Hac animi nigrae diffugiunt tenebrae
Fulget et oculis paternum otium
Ubi? ubi nam te inveniam ducem meam.
Adesse, quae iam tam turpi caeno eripias!
Quid mea iam, Deus, moraris gaudia?
Ubi? ubinam sunt? Ubi? ubi illa nunc inveniam?
O mulier, non mulier, O decus poli!
O sol refulgens unus inter sydera!
Cuius in aspectu latitant oculis
Nigra quae polo micant nocte sydera
Quid mihi iam tuos abscondis radios.
Act. 3. Sca. 4. Fausti. Porph. Delia.
Porfirio, ¿adónde vais?
Señora mía.
Cubríos.
Caminando del cuidado
me guía por la senda más siniestra
que me pudo mostrar el duro hado.
En verdad que en el rostro bien se muestra
claro indicio de un pecho fatigado,
que el rostro es un espejo que descubre
lo que allá en su tesoro el alma encubre.
Pero no quiera Dios que yo pregunte
lo que contado os ha de dar más pena
puesto, que el sagaz ánimo barrunte
el mal que de vos mesmo os enajena.
A quien entiende bien, basta se apunte
lo que a la cauta lengua tanto enfrena
que cuanto en su recelo está más muda
suele la misma pena ser picuda.
Pues dejando esto aparte, ¿no advertiste
el brío, gallardía, y agudeza
con que en el recio encuentro que ayer viste
Catalina mostró su fortaleza?
¿Qué divino furor se le reviste
que a su ingenio mortal da tal viveza?
¿Quién le daba a la mano las razones
para así convencer tales varones?
¿A quién no puso admiración, y espanto
un caso tan estraño, y prodigioso?
Yo confieso que en mí lo causó tanto
cuanto decir no sé, ni contar oso.
Un dulce acento de un divino canto
ayer le dio un suceso tan glorioso
que pudo a tantos, y tan grandes sabios
cegar entendimientos, cerrar labios.
Yo no entendía bien los fundamentos
ni las razones, ni discursos vanos,
mas ella puso tales argumentos,
que mostró los contrarios ser livianos.
Ató con ellos los entendimientos
de aquellos sabios, que cruzadas manos
dieron al Rey, sufriendo los castigos
que fueron de su fe claros testigos.
¡A quién no pone espanto, a quién no admira
un hecho cuyo igual no lo celebra
la antigua historia, que la vil mentira
tenga tal fuerza, y la verdad tal quiebra!
¡Prodigio extraño! pues si bien se mira
la verdad adelgaza mas no quiebra,
y de la mentira sus trofeos canta
rendida a la verdad sincera, y santa.
La obstinación de tan rebelde tema
no del todo parece que se aleja
del verdadero blanco, de aquel tema,
que nuestros tiros flaqueando deja.
Así que no hay razón por que se tema
en los dioses del todo justa queja,
pues Catalina la deidad no niega
ni el ciego barbarismo a tanto llega.
Esta verdad se infiere en su sentencia,
y ella como es claro no resiste
la razón natural con la evidencia
de cuya luz, y claridad se viste:
toda la división y diferencia
de tanta alteración solo consiste
en que dice ser ciego desatino
conceder multitud en ser divino.
¿Y tú qué sientes desto?
Un hombre lego
dedicado al furor del fiero Marte
criado en el feroz desasosiego
y bullicio del bélico estandarte,
entre el oscuro humo, y polvo ciego
de bárbaras batallas, ¿de qué arte
podrá en esto decir su sentimiento?
Mas en verdad si causa tan dudosa
se mira, y examina con más tino
no entiendo se podrá juzgar por cosa
tan fuera de razón, y de camino.
Que si vos como Reina poderosa
sois bastante al gobierno, desatino
sería, pensar que necesarias fuesen
otras mil Reinas que con vos rigiesen.
No sé si la doctrina por ser alta,
por alta se le va a mi entendimiento,
pero si la memoria no me falta
Catalina sabía este argumento.
Si en cualquiera Dios se afirma no haber falta
de divino poder, fuerza, y talento,
Si un Dios es bastante muchos sobran,
y en vano con un Dios los muchos obran.
¿Qué te parece pues destas razones?
A la verdad, señora, yo quisiera
que en nuestros sapientísimos varones
más brío, más valor, más fuerza hubiera.
¿Qué puedo yo decir si los pendones
de la filosofía más sincera
los veo al fin de tan reñida guerra
rendidos y arrastrados por la tierra?
Yo confieso de mí que si no fuera
en un ánimo noble muy gran vicio
mudarse fácilmente, o pareciera
de liviandad mostrar algún indicio,
si en tal caso de cierto no temiera
la justa indignación y deservicio
de mi Rey y Señor, sola esta culpa
me pudiera rendir con gran disculpa.
¿Y puede esto decirse en mi presencia?
Yo, señora, respondo a tu pregunta,
aunque, si no me engaña la conciencia,
el sagaz corazón algo barrunta:
que quien con tanto ahínco y vehemencia
y tan sin ocasión tanto pregunta
esconde alguna causa en lo secreto
del corazón malsano e inquieto.
Encubrirlo, señora, ¿qué aprovecha?
Pues en tu misma frente escrito leo
que estás no bien del todo satisfecha
de no sé qué que busca tu deseo.
No sé si es temeraria mi sospecha,
pero sea o no sea, yo la creo,
y aunque el respeto y el temor me obliga
a que lo sienta y crea y no lo diga.
¿Y qué es lo que tu arbitrio así decreta?
Valga, pues, por sospecha o desvarío:
es que osaría apostar que te inquieta
la ley del nuevo Dios.
Y aun yo lo fío.
Graciosa por mi vida está esa treta,
que por tu corazón juzgues el mío,
tú estás sin duda de esa ley picado,
y quieres a mí echarme tu pecado.
Basta, Porfirio, mas como discreto
bien sabes, son curiosas las mujeres,
pesquisidoras de cualquier secreto,
y amigas de saber los pareceres.
Descúbreme tu pecho, yo prometo
de guardarte el secreto que quisieres,
y porque estés en esto más seguro
por vida de Majencio te lo juro.
Bien puedes con osada confianza
desabrochar el pecho sin recelo
de perder el favor y la privanza
de tu Rey y señor en solo un pelo.
Así que sin empacho ni tardanza
de tu pecho podrás correr el velo,
y así ternás el mío más propicio
para honrar y premiar tu buen servicio.
¿Qué mármol duro o pedernal no labra
un ruego que es a premio ejecutivo,
o cómo en fe de una real palabra
mi confianza no pondrá su estribo?
Con tales prendas es razón que abra
las puertas del secreto con que vivo
confiado, seguro, y satisfecho
que en el tuyo estará como en mi pecho.
Digo, señora, al fin que soy cristiano,
que un solo Dios confieso, a quien adoro,
que Jesu Cristo es Dios en cuerpo humano,
que fuera dél otra Deidad ignoro:
que siendo Dios se hizo nuestro hermano
que su cruz y su sangre es el tesoro
donde el cristiano tiene su esperanza
de eterna gloria, y bienaventuranza.
Bien claro he dicho yo mi sentimiento
en lo que enseñar prueba Catalina,
y aunque yo no penetro el fundamento
desta tan alta, y celestial doctrina,
pero captiva al fin mi entendimiento
no sé qué fuerza de una luz divina
que las tinieblas todas ahuyenta
y en esta verdad sólida me asienta.
Y pues, señora, yo me he declarado
desde luego a morir estoy resuelto
por esta fe, y verdad que he confesado,
que no has de ver atrás mi rostro vuelto:
la real fe, y palabra que me has dado
liberalmente desde aquí la suelto,
díselo al Rey, y haz lo que quisieres,
yo apruebo, y doy por bien cuanto hicieres.
Mucho estimo, Porfirio, en mucho precio,
la confianza que hoy de mí has hecho
que en pechos nobles es de grande precio
y tiene igual retorno, y gran derecho.
Mas, mucho más estimo este desprecio
que tienes de la vida, y deste pecho,
y el valor raro con que así propones
acometer la empresa a que te opones.
Y así en retorno de tan gran contento
como hoy recibo, del feliz sucesso
te digo, que lo mismo también siento,
que solo un verdadero Dios confieso
que Jesu Cristo es Dios y hombre consiento,
y que su santa ley sigo y profeso,
y por ella daré si digna fuese,
la vida, y vidas mil, si mil tuviese.
Mudanza de la diestra soberana
es la que en nuestros pechos hoy se ha visto,
pues dejando la secta y ley pagana
confesamos la ley de Jesu Cristo:
Una fe misma a todos nos hermana,
protesta dar la vida? no resisto,
antes tendría por gloriosa suerte
padecer por tal causa cualquier muerte.
¡O, divina bondad, piedad inmensa!
¡qué tesoros de luz has repartido
a los ojos que estaban entre ofensa
En las tinieblas ciegas de un olvido.
¿Quién podrá dar tan justa recompensa,
que iguale al beneficio recibido?
Mas bien sé que cualquier bien restituyo
con dar las gracias, y sentir que es suyo.
Porfirio, mi deseo se encamina
a la cárcel oscura y tenebrosa
que rodea y encierra a Catalina
en un manto de sombra tan gloriosa.
El sacro instinto de la ley divina
también me pone en senda tan dichosa:
vamos luego, y haremos que la guarda
nos franquee el tesoro que allí guarda.
Act. 3. Sca. 5.ª / Fausti. / Delia. Porph. Custos carce.
Huc vos adeste custodes carceris.
Hem quis modo est carceris qui pulsat fores,
Reus ne aliquis detrudendus vinculis?
Salvere te iubeo Porphyri, quid est mea
Tibi quod inserviat industria?
Astrictus ego obsequio semper tuo,
quod me praestare velis libenter exequar.
Quid est opus tam officiosa verba loqui,
Astrictus ego tibi cum sim famulus,
Mandata quae velis libens sequar tua.
Faustina te nunc adesse, properare iubet
Illa, quid exequi debeas, dicet tibi.
Regina me vocat? beatum nuncium!
Eamus hinc cito alacres, rumpamusque moras;
Imperio, qui celer paret, regio
Mendicitati imperat, et paret eadem
Exire procul si iubeatur foras.
Salvere iubeo felicitatem tuam,
Tibi quod velis efficiendum, impera,
Parebo, qua possum diligentia tibi.
Tuum, quem erga me habes perspexi animum
Servitiis confirmatum quamplurimis,
Quare quantum potero, gratiam referam.
Has tibi ego agam, semperque, habes maximas.
Magna tua, sed quamvis in me obsequia fient
Cum tamen eximii sit ac generosi animi,
Debere velle plurimum, cui debeas,
Multum, mihi non levius aliud conferas
Obsequium vellem, celari quod corde fluat.
Exequar lubens tua quod iubeat celsitas.
Catharinam vellem, ut nobis adducas modo,
Paucis ut illam licet affari mihi:
Curabo quantum potero, ne quisquam sciat.
Rem postulas Regina nobis arduam,
Duram, ac difficilem, ac supra vires meas,
Vitam optarem potius postulares mihi.
Durum volenti nihil, nihil difficile
Cui quod placet facit, et gratum est sibi.
Cui esse gratum potest fideli viro
Violare debitam Imperatori fidem,
Nescit mori fidem, qui potest frangere.
Ego si placet petam, habes veniam.
Pulchre putabit factum, istud si facias.
Pulchre putabit factum bene si faciam.
Sed male cum faces, displicebo quidem.
Ecquid male est, paucis nunc velle virgine
Effari furtim, illud quin sciat aliquis.
Segnius id certe, quam mandata temnere
Eius, cuius sequi imperium debeas.
Ac multo peius, si periclitet caput.
Quid si sciat nemo?
Scient, recte quidem,
Et tecta nobis ruborem debent injicere
Quidquam si a nobis factum sit turpiter.
Quin et lapides hoc loquuntur tempore.
Facient, et Imperatorem conscium,
Huius quod perperam fuerit mali.
Lapidibus obstruemus ora, opus si fiet,
Aureo si velis gypso, et arena aurea,
His effari poterunt ne verbum quidem.
Tanto haec si sunt obtegenda silentio
Nihil difficultatis erit, aut negotii,
Tuum modo si sequar imperium,
Parent tecta nummis, loquunturque nihil,
Aureo si linguam freno cohibeas.
Hic sale al cuello una cadena de oro.
Ita facto opus est.
Va por la Santa.
Adducam ergo citius.
Hic interim tua expectet celsitas, eo.
Ecquid inausum reliquit cupiditas?
Quid praetermisit intentatum auri fames?
Ecquem non ausit laborem argenti sitis?
Praestringit auri flavus splendor oculos,
Obcaecat, et habet praecipitem animum,
Transversum hinc inde agit vertigine rapida,
Ignorat et fatuus suum ubi locet pedem,
Quam aut valeat certam capessere viam.
Faxit Deus recto, ut incedamus pede
Nos, qui tam arduum, modo agredimur iter.
Bono esto animo pulchrum habemus ducem
Nos ipsa sapiens Catherina instruet,
Nos eius insistamus nunc vestigiis,
Et qui dedit illam, ut insequamur Deum,
Pervenire dabit, quo ipsa perveniet.
Act. 3. Sca. VI. Cath., Faust., Porphy., Delia.
¿Quién mandó abrir estas puertas
que ha cerrado la inclemencia
del que jamás a clemencia
supo tenellas abiertas?
¿Quién ha tenido memoria
de estos calabozos fieros?
Híncase de rodillas.
Catalina, quien con veros
vee ya prendas de su gloria.
Afuera mundano fuero,
afuera puntos profanos,
dadme, besaré esas manos
de quien tanto bien espero.
Arrodíllanse ambas
Soberana Emperadora,
no es justa esta petición;
yo besaré, que es razón,
las de mi Reina y Señora.
Siquiera démonos brazos,
porque más mi gloria crezca;
permitid que yo merezca
recibir vuestros abrazos.
Mi dulce esposo Jesús
nos reciba entre sus brazos,
que para darnos abrazos
abiertos tiene en la cruz.
Desde hoy, Catalina mía,
comienza el fin de mis daños,
pues tras la noche de engaños
sucede tan claro día.
Ya el sol divino ha deshecho
las nubes de mis antojos,
su luz siento en mis ojos
y su calor en mi pecho.
Humildemente me postro
ante aquella luz divina
que sus rayos me encamina
por el cristal de su rostro.
Con que el Padre de las lumbres
rayando mi entendimiento,
tal luz me ha dado, que siento
de mi gloria mil vislumbres.
Desde hoy vivo, desde hoy reino,
desde hoy más me llamo Reina,
pues que Cristo vive y reina
dentro de mi nuevo reino.
Que el cetro, el mando, el gobierno
de esta vida transitoria,
como es infernal su gloria,
así es un glorioso infierno.
Navegado he ya en mi daño
en un mar de desconcierto;
mas tu cárcel es ya el puerto
de mi dulce desengaño.
Cárcel libre, prisión suelta,
libertad de mis errores,
sombra con mil resplandores,
gloria en tormentos envuelta.
Tu oscuridad no me asombra,
ni tu atrocidad no me espanta,
porque al fin tu gloria es tanta
que resplandece en la sombra.
Agora es menester pecho,
valor y perseverancia
cuando la fe y la constancia
os piden este derecho.
No rehuséis la pelea,
que contra vos se pregona
pues no merece corona
sino aquel que bien pelea.
Seguid, seguid la victoria,
que si la alcanzáis no dudo
que ennoblezcáis vuestro escudo
con coroneles de gloria.
Para un designio tan santo
mirad si os sentís con brío.
En solo Cristo confío,
que sin él no puedo tanto.
Si Majencio os amenaza
con esposas, con cordeles,
y con azotes crueles
¿podréis sufrir la amenaza?
A pequeño mal me aplaza
sintiendo vigor, y aliento
para sentir el tormento,
cuanto más las amenazas.
Alegre daré los brazos
a durísimos cordeles,
el cuerpo a azotes crueles,
a la cruz dos mil abrazos.
Ningún tormento me espanta
cualquiera pena es ligera,
y ojalá yo ya viera
el cuchillo a mi garganta.
Que si así Dios me corona
cuando ya mi sangre salte
será el rosicler que esmalte
el oro de mi corona.
Y mi púrpura real
cuando el cuerpo se desangre
recibirá con mi sangre
tinte, y color celestial.
Felicísima señora
que envidia tengo de vos
a quien se ha visto que hoy Dios
en sus favores mejora.
Pues ya el Cielo os adereza
una guirnalda de gloria
que en premio de tal victoria
ha de honrar vuestra cabeza.
Que en este punto estoy viendo
un celestial cortesano
que con su gloriosa mano
alegre os la está poniendo.
En trabajar sois postrera
mas es Dios tan liberal
que al repartir del jornal
en la paga sois primera.
Y sin duda será así,
que a vos junto con Porfirio
os dará Dios el martirio
tres días antes que a mí.
Soberana Emperadora,
pues subís primera al Cielo
con tan generoso vuelo,
sed vos mi aposentadora.
Subid muy en hora buena
a aquella feliz región,
y tomad la posesión
del Reino que a vos se ordena.
¡Oh alegre y dichosa nueva,
oh empresa de empleo justo,
para mí de tanto gusto
cuanto deseada y nueva!
Fiel amigo Porfirio,
si en este asunto estáis firme,
bien podéis darme y pedirme
las albricias del martirio.
Yo ruego a Dios no se impida
esta venturosa suerte,
y si Dios quiere mi muerte,
desde aquí ofrezco la vida.
Solo pido un pecho justo
al divino mandamiento,
porque a mí me da contento
lo que a Dios le diere gusto.
Mas decidme, Catalina,
qué premio o sueldo granjea
el soldado que pelea
en la milicia divina?
¿Por ventura no has visto
los libros de los cristianos?
Nunca jamás a mis manos
estos libros han venido.
Desde mis años primeros
siempre he vivido en la guerra,
echando muros por tierra,
matando enemigos fieros.
Con el bélico bullicio
entre cajas y atambores,
y entre los roncos clamores
del militar ejercicio.
Mal puede oírse la voz
y aquel silbo delicado,
que en el rincón sosegado
suena, cuando habla Dios.
A los que hazañas han hecho,
mil veces con gran denuedo,
venciendo temor y miedo,
lado puse mi pecho;
y en batalla peligrosa
con valor no temerario,
al ejército contrario
puse en huida afrentosa.
Dos mil veces procuré
en asalto mal seguro
subir el primero al muro
y en el afirmar el pie.
¿Y qué ha sido tu deseo?
Servir al Emperador
por alcanzar el honor
y la gloria en que hoy me veo.
¡Oh, mundo vano, engañoso,
cuán caro vendes tu gloria,
dando baja y vil escoria
por un precio tan costoso!
Das las guirnaldas tejidas
de unas tiernas florecitas
que al momento son marchitas
a peso de sangre y vida.
Si un soldado que es leal
pone por dichosa suerte
haberse puesto a la muerte
por un señor temporal,
¿qué es lo que debe hacer
y con qué valor y amor
por un eterno Señor
de inmenso y sumo poder?
Mas Dios así nos gobierna,
que sin fuerza y sin apremio
nos llama y convida al premio
de gloria y corona eterna.
A unos bienes celestiales
tales cuales nunca vieron
ni oírlos jamás pudieron
ojos y oídos mortales.
¡Ay, Dios, quién no se aficiona
a tan soberanos bienes,
dichosas aquellas sienes
que ciñeren tal corona!
Si en el bien que Dios reparte
es tan liberal y rico,
con esto me certifico
que me cabrá alguna parte.
Es largueza manirrota
la que en nuestro Dios se ve,
que por más y más que dé
nunca se acorta ni agota.
Que su fuerte mano topa
en un tesoro infinito,
y cuanto da el bien finito,
que no lo mengua ni apoca.
Abrázanse.
Caterina, quién pudiera
gozar este bien de espacio,
mas temo que ya en palacio
el Rey, mi señor, me espera.
Antes que alguno me vea
me voy, quédate con Dios.
El mismo vaya con vos
y el amparo vuestro sea.
Id, tierna, dichosa, en paz,
y este consuelo tendremos,
que en el Cielo nos veremos
si acá no me vieres más.
Queda Catalina con dos Ángeles y el Carcelero.
Actus 3. Scaena 7.
Catalina. duo Angeli. Custos Carceris.
Summe Deus, qui cuncta regis, cui cuncta ministrant,
cui mare, cui tellus, obtemperat ignea coeli
sydera, cui parent, operosaque machina mundi,
quas tibi pro tanto persolvi munere grates
posse reor, ut equas valeam tibi reddere laudes.
En tibi se subdunt hominum fera corda veneno,
anguis pestiferi iacto trucis ore mariti,
haud trepidat regina sui, tua iussa capessit
laeta animo, temnitque aras, cultusque deorum
infandos, tu dona hilari pater accipe vultu.
Faustina, devota venit, quae in carceris umbras,
exacuat licet usque graves Maxcentius iras
saevus, et obiciat flammas, et tela minister,
intentetque minas necquicquam, ensesque minaces.
Haud nunquam cessura truci Catherina furori
aethereos comites placido nos accipe vultu,
sume animos, placidasque cape in fera proelia vires,
obviaque infestis interrita pectora telis.
Obice perpetuum capiti diadema coruscans,
imminet interea meritisque parantur honores.
Magna manent tua facta polo, teque optima virgo
pingnora magna manent, diras si capere poenas
constanti tuleris animo, neque viribus ullis
succumbas, sed forte Dei stet robore pectus.
Fas mihi, sponse sacer, tua dum mandata fideli
mente colo, rigidas Erebi postrare cavernas.
Ingredere, o, virgo, ne ianua carceris atri
dum reserata patet, Maxentius suscitet iras,
ingredere ut facto cuncti celemur inulto.
Ergo praei, celerique sequar vestigia gressu.
Actus 4. Scaena 1.
Maxentius. Porphyrius. Nicanor. Estion.
Quid vos poli numina execrandum scelus
relinquitis inultum? Ubi iam fulmina
sanguinea Iovis vibrata dextera,
fragoreque horrifico vibrata solo
celsa quatiunt moenia, atque in horridas
cuncta redigentia favillas hominum
atrociter impia scelera vindicant.
Siccine piam Faustina iam spernat
divum amens religionem superum,
et Christianorum infandum colat Deum!
Sic fertur.
O crimen inexpiabile,
o, facinus horrendum, o, caeca impietas!
Ardet et dolore percito ira pectore,
et quae furoris flamma gliscit animo
compressa, iam gestit ore prorumpere.
Istam quaeso deponito mentem modo
Rex summe, nullo istaec iactant capite,
Nam mulierum licet sit, sententia
Crebra sicut aëris vagi mutatio,
Eo ut ferantur saepe transversa undique
Levibus obsecundatae tempestatibus,
Quo ventus efflare validior solet,
Pollet tamen firmo Faustina pectore
Nec se tam impio polluet illa scelere
Mactet Dijs ut alienis victimas.
Ita est aequum, fore votis si annuat
Faustina nostris, si vel ardens fulgeat
Caeleste Divorum suo pectore iubar:
Sed quae crebris iactarier dictis solet,
Vel scita habet, vel parum abest ut siet,
Sed ego meam superis constringo fidem,
Haud abituram impune Reginam, fore
Si tam sacrilegum illa patiatur scelus.
Infaustum avertat magnum omen, Júpiter
Tanto ut se inficiat Faustina crimine,
Vix capio, in tantum devenire dedecus
Regale sceptrum, diademaque nobile
Manere absque capite, sed hoc gaudeo
quod te tam pio in superos cernam animo
Illis ut sancta connubiis iungis faedera.
Immane de me supplicium sumerem
Si tantum, tamque impium patrassem scelus,
Vigeat Divorum religio, atque caetera
quae ad hominum spectant vitam, abeant procul.
Unius Dei vigeat immortale decus,
Nec se alii nobis obtrudant superi,
Quos caeca adorat superstitio hominum.
Mulierum sunt ista non hominum
Videre qualem nobis fingat Deum?
O sors acerba, dira, miseranda, horrida,
Cur caecos homines praecipites agis,
Tetraque nube obvolvis, ut tantum nefas
Committere audeant, falsa ut numina colant,
Haud credo Rex in tantum Faustina malum
Tam diro devenisse Fato. Eia, ne dubita,
Oculato si adhibenda est testi fides,
Idem ipse qui vidit nunciavit mihi.
Proh deûm atque hominum fidem, quid modo ais?
Dubiumne, et incertum suspicabor loqui
O semper dira Alexandrina foemina!
Neque tuis solum adversans bonis,
Sed in alios virus eructans letiferum:
Quid cohibeo manus? quid furentes impetus?
Quid in Deos tantum inultum fero scelus?
Cur pectus atroci excandescens rabie
Et fluctuans caeco furiarum turbine
Eructat irarum furibundas minas
Siste, non est tam cito adhibenda fides.
Aut si sient haec vera non continuo
Ad iura oportet inimica recurrere.
Nihil gratius Dijs, nihil atque aequius
Te crede facturum Imperator inclyte,
Quam iure, si stricto divos vindices
cultum, Faustina licet, fundas sanguine,
est quidem pium, sat in te esse crudelem.
Act. 4. Scæ. 2. Sacerdos, et
iidem qui supra.
Rey alto, y podero, qué cautela
pones al reino que con tal sosiego
mirando estás, al mal que no recela
el pueblo asegurado en su error ciego?
La centella infernal emprende, y vuela,
crece la llama, va cundiendo el fuego,
que furioso discurre, ardiente abrasa
la humilde choza, y la soberbia casa.
Yo en vivo celo ardiendo me consumo
con el justo dolor que al alma llega
viendo que el daño, y mal llega a lo sumo
con el furioso incendio que se pega:
do la llama no sube, alcanza el humo
que al miserable pueblo ofusca, y ciega,
turba los celestiales resplandores,
tu reino envuelve en míseros errores.
Apaga, apaga Rey, esta centella
que emprende en lo florido de la tierra,
muera esta rebeldísima doncella
que a tu imperio feliz hace tal guerra:
Tus leyes pisa, tus edictos huella,
síguela el pueblo, y con seguilla yerra:
sin duda cesaría tan gran daño
si muriese la autora deste engaño.
Mayor mal, mayor daño se machina
Cómo, Señor?
Que la furiosa llama
a mi real palacio se avecina,
y al casto lecho de mi ebúrnea cama:
mi cara esposa sigue a Caterina,
y está enredada en esta mesma trama:
Oh fortuna cruel! Oh hado esquivo!
si tal permito injustamente vivo.
El copioso raudal del ancho Nilo
cuando con furia de creciente llena
deja en su cuerpo el ordinario hilo
y rompe las trincheas de su arena:
cuando guardando el natural estilo
el león celestial lo desenfrena,
lavar no puede tan enorme culpa
que por ser de Faustina es sin disculpa.
Indigno soy de púrpura, y corona,
el sol me resplandece injustamente
mal represento la real persona
si en mis leyes tal culpa se consiente:
Mientras más pienso en ello más se encona
la llaga que ha causado mi accidente
crece la llama en mi desconfianza
y solicita el pecho a la venganza.
El tierno corazón del dulce esposo
en duro pedernal vuelto en mi pecho
al eslabón de celo riguroso
responde con centellas de despecho.
No tendré quietud, paz ni reposo,
si venganza no tomo de tal hecho,
ora con el rigor de duro filo,
o con el bronce ardiente de Perilo.
Sabios varones, cuyo buen consejo
en el caso más arduo, más dudoso
tengo, y estimo por un claro espejo
de cualquier trance adverso y peligroso:
pues solo con vosotros me aconsejo
¿qué haré como Rey? ¿qué como esposo?
que tienen en los pechos de los Reyes
la Justicia y amor contrarias leyes.
Has puesto en nuestra confianza
un negocio tan arduo y de tal peso
que la prudencia humana en su balanza
no puede darle igual ni justo peso.
El cielo inclina el fiel a la venganza,
mas la piedad se opone en contrapeso,
y la razón dudosa puesta en medio
no halla en este caso corte o medio.
Mas quien con luz más clara y verdadera
pesa mejor los bienes y los males,
si el pro y el contra en todo considera
verá las dos balanzas desiguales:
que al fin en cualquier caso prepondera
la honra de los Dioses inmortales,
de cuyas francas manos recibimos
el aliento vital con que vivimos.
Rey alto, si tu esposa y mi Señora
ha caído en el yerro de tal vicio,
si tu real corona así desdora,
si a Cristo ofrece humilde sacrificio,
indigna es ya de ser Emperadora,
indigna mucho más de ver propicio,
antes con triste y grave sobrecejo
el rostro que solía ser su espejo.
Que el ser esposa tuya nada excusa
la culpa atroz de tan indigno hecho
solo la agrava más, eso la causa
y a tu rigor le da mayor derecho.
¿Quién podrá con razón dar justa excusa
a la injusticia del piadoso pecho,
si vieren que en tu casa no condenas
lo que castigas tanto en las ajenas?
Si das lugar, Señor, en tus entrañas
a aquel blando licor que amor derrama
será un borrón escuro en las sábanas
que al mundo intima tu gloriosa fama.
Dirá que son tus leyes telarañas
en cuya flaca red, y blanda trama
aunque el flaco mosquito más se enrede
al fin las rompe quien más vale, y puede.
Aunque es indigno de imperial historia
tomar venganza de mujer culpada
aunque es ignominiosa tal victoria,
y como tal del mundo reprobada:
conseguirá en tal caso mayor gloria
el resplandor de mi luciente espada
si tomare la justa recompensa
de quien hace a los Dioses tal ofensa.
Corte el agudo filo al cuello hermoso,
derrame apriesa aquel sangriento riego
que con arroyos de caudal copioso
limpie la tierra, y mate el vivo fuego.
Y en el Elíseo albergue venturoso
dará a los míos inmortal sosiego
quien podrá con tal suerte de victoria
causar en ellos más descanso, y gloria.
Si el dilatar los plazos, de clemencia
indicio suele ser de pecho cuerdo,
madura, oh, ínclito Rey con tu prudencia
la ejecución del repentino acuerdo.
Donde sobra razón falta paciencia.
Yo en este caso con razón la pierdo,
el delicto acelera a la venganza
por temerse peligro en la tardanza.
El celoso rigor que en ti derrama
la ponzoña cruel a manos llenas,
él mismo, oh Rey, el corazón me inflama,
y esparce su veneno por mis venas:
mas es justo vencer la ardiente llama
pensando bien el fin de lo que ordenas,
porque siendo tu enojo satisfecho
no te aflija el pesar de haberlo hecho.
Alivien todos primero el sentimiento
que causa en ti de esposa la ternura.
Y que a tu esposa esperas, muda intento
para darle a su mal más fácil cura.
En balde es alterar mi pensamiento,
condene el mundo mi sentencia dura,
diga que entre las fieras fui criado
y en el horrible Cáucaso engendrado.
Piensas que acaso yo, o por accidente
me determino a tan crueles males,
sabe que al tiempo cuando el sol ausente
la noche da sosiego a los mortales;
mi desventura tengo yo presente
todo ocupado en pensamientos tales,
sin que el sueño en mis ojos halle entrada,
que mal reposa una alma fatigada.
Miro, y revuelvo, si hallaré otro medio
en tanto mal, o, si podré escusallo,
que estando el ser mi esposa de por medio,
quien como yo debiera procurallo?
mas no hallando al daño otro remedio
bastante escusa en mi defensa hallo,
y cuando falte, no seré el primero
que haya dado a su esposa el fin postrero.
Pudo Egnacio Micencio el brazo fuerte
armar de un grande esfuerzo repentino,
para dar a su esposa cruda muerte
por solo haber gustado un dulce vino,
de tan amargo dejo, y fue de suerte
que jamás se juzgó por desatino,
antes en sacro acuerdo fue resuelto
que debía en tal caso ser absuelto.
Puede por justa ley cualquier marido
vengar de su mujer el adulterio
con que su casto lecho es ofendido,
(que esta apostema pide tal cauterio)
y solo a quien el cielo ha concedido
todo el gobierno del Egypcio Imperio
no ha de poder vengar por modos tales
la ofensa de los Dioses inmortales.
Bien sé que otra ocasión jamás habría
que diese a tu rigor mayor derecho,
mas no debe una súbita agonía
negar reportación a un justo pecho.
no digan que fue ley de Tiranía
o, súbito furor de algún despecho,
falta de amor, o, saña de malicia
el no guardar los plazos de justicia.
Mira Señor los títulos gloriosos
que engrandecen tu fama, y claro nombre
premio justo de hechos valerosos
que a su autor dan clarísimo renombre:
no quieras que blasones tan famosos
los borre un hecho tal que al mundo asombre,
y que las furias en su oscuro templo
al lado de Nerón pongan tu ejemplo.
Podrás Señor con mano rigurosa
ensangrentar los filos de tu espada
en la cerviz gallarda, y generosa
de mi Señora, y de tu esposa amada?
Cúbrese el rostro llorando.
Faustina mía dulce, y cara esposa
antes valida, ya tan rebelada!
Qué súbita mudanza oh Rey es esta
que a tu pecho real así molesta?
Qué nuevo pensamiento se ha ofrecido
que así el dolor, y lágrimas te aumentan?
El efecto de cólera ha crecido
que aun hasta por los ojos se revienta.
Estoy para perder casi el sentido,
tu nueva pena, gran Señor, nos cuenta
que más tememos sola esta tardanza
que la dificultad de toda la mudanza.
Entre furiosas olas contrastado
se aniega mi afligido pensamiento,
donde hallar no puede pie ni vado.
Rebeldes soplos de contrario viento,
que combatís mi frágil navecilla,
tended las riendas del furor violento.
Esquivos hados que en mortal cuadrilla
venís contra mi cetro conjurados,
muévaos mi gran dolor a igual mancilla.
Cuidados con el reino vinculados,
teneos un poco, dad algún reposo
a aquestos flacos miembros fatigados.
¿Que se de segar con golpe riguroso
el cuello de marfil en que anudaba
sus tiernos brazos el amante esposo?
¡Oh culpa grave, oh mancha que no lava
agua ninguna, donde se permite
que muera así una reina como esclava!
¿Cómo podré yo echar en un envite
el resto de mi gloria y mi contento
sin reservar caudal que me desquite?
¡Y que el furor de un ánimo sangriento
ejecute aquel fatal castigo
que a mí me ha de causar mayor tormento!
¡Oh dura suerte, oh caso atroz! ¿Qué digo?
muera Faustina, muera, mas no muera,
que no debe una reina estar sujeta
a leyes de sentencia tan severa.
¿Qué vano pensamiento me inquieta?
¡Ay, que el amor me engaña y sobresana
la llaga que en mi pecho está secreta!
¡Oh reina vil, emperatriz villana!
¿Piensas que el ciego amor o blando ruego
hará disimular tu culpa insana?
De la fe conyugal desde hoy reniego
por no negar la de los dioses altos;
muera luego Faustina, muera luego.
¡Oh tierno amor, cuán duros son los saltos
que haces por momentos en un pecho,
que turbas con tan tristes sobresaltos!
Perdona, esposa mía, que el despecho,
causado de tan súbita mudanza,
a mi piedad negaba su derecho.
Con todo, sé tomar de ti venganza;
no diga el mundo ya que mi justicia
las cosas pesa en desigual balanza.
Ni quedará sin pena la malicia
de una culpa tan grave y tan enorme
cuando no aprovechare la caricia.
Podrá ser que este daño se reforme
si el castigo y rigor de mi sentencia
a culpa tan atroz fuere conforme.
No hay aguardar más plazos de clemencia,
id, Porfirio y Nicandro, venga luego
esta Reina cruel a mi presencia.
Y si el halago de amoroso ruego
no ablandare su pecho de diamante,
habrá de ser la guerra a sangre y fuego.
Van por la Reina.
Serena, Rey, tu frente y real semblante,
porque ningún desordenado afecto
sienta la Reina cuando esté delante,
y el Cielo nos dará dichoso efecto.
Acto 4. Escena 3. y demás qui supra.
Nos tamen interea expansis ad sydera palmis
Aethereumque Jovis solium radiantis Olympi
Sacratas venerari aras, ipsumque precari
Est aequum, ut coelo tandem miseratus ab alto
Faustinae infaustae depellere nubila caeca
Mente velit, quam nunc picea caligine tectam
Impietas sprevisse Deos male sana coëgit.
Si tamen abnuerit meritas mihi sanguine poenas
Improba persolvet.
Pone hanc de pectore curam
Inclyte rex, laetum superos tibi reddere finem
Spero equidem, nec vana fides, tu cuncta deorum
Interea delubra adeas, divumque parenti
Thura crema, vigili quae rite paraveris igne,
Ipse ego luminibus sacris bene olentia certe
dona ferens onerabo focos, ne absiste precando.
Vix mihi venturae spes jam manet ulla salutis.
Spem cape, ne dubita, superi fortasse benigni
Cras meliora dabunt, varium et mutabile pectus
Faemineum est. Illa utinam vertat modo Jupiter omen
In melius, facilisque mihi pia vota secundet.
Faustina infelix, quae te dementia, quae te
Impulit in facinus rabies, qua saeva cupido
Praecipitem trahit? et scelerum revolubile pondus?
Quo peritura ruis? quo te miserabilis heu
Error agit? quid non mortalia pectora cogit
Vana superstitio, caecumque cupidine pectus.
Acto 4. Escena 4. idem. Faustina. Delia, et custodes.
¡Oh, alegre y dichoso día,
que con luz clara y serena
anuncias mi dicha buena,
principio de mi alegría,
fin de mi tristeza y pena!
Alegre por mi interés
me presentaré esta vez
en tribunal riguroso,
no como ante dulce esposo,
mas como ante acerbo juez.
Rey y Señor poderoso,
el que con mano sagrada
mueve la esfera estrellada
rija tu cetro glorioso.
Seáis reina bien llegada.
Señor mío, ¿qué despecho
os ha conducido a estrecho
de tan súbita mudanza
que ha turbado la bonanza
deste generoso pecho?
Entre las dudosas olas
de mi congoja, y cuidado
me siento tan anegado
que ya con mis fuerzas solas
no puedo salir a vado.
Con pecho, y brazos forcejo
en el mar donde proejo
al viento, y contra marea
sin determinar cuál sea
el más prudente consejo.
Mas la luz clara, y serena
Faustina de vuestros ojos
do cuelga amor sus despojos
el turbio golfo serena
de mis cuidados y antojos.
Porque son sus luces bellas
las dos lucientes estrellas
de los dos hijos de Leda,
que de la estrellada rueda
arrojan claras centellas.
Vuestra presencia se ofrece
y presenta a mi memoria,
como cuando con victoria
el claro sol resplandece
entre arreboles de gloria.
Que rompiendo el negro velo
regala el más duro yelo,
alegra al florido prado,
deshace el denso nublado,
serena la faz del cielo.
Bien claros son los efectos
de vuestro dolor cruel
sepa yo la causa dél,
pues nunca esconde secretos,
el amor cuando es fiel.
Si en vuestro pecho hidalgo
vale, y puede señor algo
el dulce nombre de esposo
muevaos esto, que yo no oso
viendo lo poco que valgo.
Mis fuertes brazos no doma
rigor de poder divino
ni otro valor peregrino,
ni la potencia de Roma
ni fuerzas de Constantino.
No es la furiosa Belona
la que mi cetro abandona,
la que mis crestas humilla,
la que trastorna mi silla,
la que abolla mi corona.
La que del mundo me arredra
es un gusano que come
y ocultamente carcome
el corazón de mi yedra
porque yo alivio no tome.
¿En qué pondré mi esperanza
si en medio de mi pujanza
una flaca mujercita
es la que seca y marchita
las flores de mi esperanza?
Que se oponga Catalina
contra mi gusto y querer,
contra mi fuerza y poder,
no sé qué diga Faustina,
no sé qué deba saber.
Vos viendo mi mal terrible
fuistes allá, y es creíble
que fuistes a reducilla,
a convencella y rendilla
que otra cosa no es posible.
Decidme por vida mía,
querida esposa Faustina,
¿qué os pasó con Catalina?
¿Está acaso todavía
firme en su errada doctrina?
Mil razones delicadas
y como el oro acendradas
con sus labios se declaran,
y ojalá todas quedaran
en mi corazón selladas.
Que ha sido tal el provecho
que en mí con ellas se ha visto
que rendida no resisto
a que se grabe en mi pecho
el sello de Jesucristo.
A solo este Dios conozco
y a los demás desconozco,
abjuro de mi error ciego
y de la deidad reniego
que en ellos no reconozco.
Con la luz que el cielo muestra
segura el alma camina
con esta bella Catalina,
y ella ha sido mi maestra
en la ley y fe divina.
Son burlas.
No, sino veras.
Dejad, reina, estas quimeras,
que por vida de los dos
no puedo entender de vos
que digáis eso de veras.
Esta cosa sola os pido
por recompensa de amor.
que os apartéis de este error
si acaso lo habéis tenido
a mengua de vuestro honor.
Salid de esta vil cadena,
mirad que esta ley no es buena
ni a los príncipes agrada,
antes como reprobada
todo el mundo la condena.
Y si en esto que demando
no viniéredes, yo os juro,
que aunque mi gusto aventuro,
cuanto he sido esposo blando
tanto os he de ser Rey duro.
Emperador generoso,
cuyo cetro poderoso
no permite resistencia,
bien sé que os debo obediencia
como a Rey, y como a esposo.
Pero también sabéis vos
que toda la humana grey
debe más guardar la ley
que establece el sumo Dios
que no la que pone un Rey.
Andad, Reina, dejaos deso.
Señor, en cualquier suceso
servida de mí seréis,
mas con tal que no toquéis
en esta fe que profeso.
Dioses, ¿qué fuerza infernal
por mi palacio se ha entrado?
¿Quién os ha, Reina, embaucado?
Faustina, ¿qué vendaval
os dio que así os ha trocado?
Dejad, Rey, natales sectas
falsas, flacas e imperfectas,
sabed que el viento que corre
no puede mudar la torre
aunque mude mil veletas.
Si yo en tal yerro cayere
niégueme el cielo su ayuda,
y si en mi fe hubiere duda
la lengua que tal dijere
plega a Dios que quede muda.
Esto se haga.
No puedo.
¿Quién ha visto tal denuedo?
Como esposo os lo demando,
y como Rey os lo mando
so pena de mayor miedo.
La fe jamás se convence
por ningún temor humano
de brazo y poder tirano,
ni con tormentos se vence
la paciencia del cristiano.
¿No temes la fuerza esquiva
y potencia ejecutiva
de un riguroso tormento?
en él muestra el sufrimiento
cuanto puede una fe viva.
Pondré tu cuerpo en cadena
en un oscuro rincón
con rigurosa prisión.
Allí el alma estará ajena
de ese tormento, y pasión.
Aunque estás así resuelta,
yo te haré dar la vuelta
de tu error mal de tu grado.
Si tuviere el cuerpo atado
estará el alma más suelta.
¡Oh, empedernidas entrañas!
que ningún tormento espanta,
dime, ¿qué furia te encanta?
La fe que allana montañas,
y humildes valles levanta.
No esposo, mas carnicero,
y un león sañudo, y fiero
te seré en trance tan agro.
Eso no será milagro
porque en ti no es lo primero.
Fortuna del bien avara,
como es tu trato villano,
pues a quien le das la mano,
y muestras alegre cara,
no le dejas hueso sano.
Tanto me abaja tu rueda,
que si no es estando queda
por fuerza ha de levantarme,
que no es posible bajarme
del punto que ahora queda.
¿Qué otro mal me puede hacer
después de tanto pesar?
ya no me puede quedar,
ni peligro que temer,
ni contento que esperar.
No sé qué haga, o, qué diga,
a esposa falsa enemiga
digna de eterno castigo.
De mi voluntad me obligo
a sufrir cualquier fatiga.
Nueva industria, nuevo estudio
en tal caso es necesario,
¡hola, Estronio secretario!,
asentad que la repudio
conforme al fuero ordinario.
Tomad la pluma, y papel,
pues como esposo cruel
niegas la fe conyugal;
mas ¿quién vio ceguera tal
pedir la fe, a un infiel?
¿Dónde está, Rey, la templanza?
La moderación do está,
a quien os oye, ¿no dará
espanto ver la mudanza
que has hecho de ayer acá?
Mujer fementida y loca,
cierra esa maldita boca,
donde la lengua blasfema
con su soberbia y su tema
mi celo y saña provoca.
Aunque con tantos agravios
tu poder mi lengua enfrena
como con dura cadena,
no podrá cerrar los labios
del mundo que te condena.
Y cuando la atrocidad
de tu nativa crueldad
mis labios cierra en la boca,
mi alma entonces invoca
a la divina piedad.
¿Qué haces? Acaba, Estionio.
Emperador Soberano,
la pluma tengo en la mano
para dar el testimonio
de acuerdo tan justo y sano.
Acaba pues, ¿en qué andas?
Aquí estoy, Señor, ¿qué mandas?
que siendo tal mi agonía,
haya de pasarse el día
en preguntas y demandas.
Porque se dé pena igual
a la culpa que se atreve,
ser ya despojada debe
de la corona real
como traidora y aleve.
Aunque, si bien se pondera,
esa es pena muy ligera,
y así después del despojo
se satisfaga mi enojo
con que degollada muera.
Porfirio, Nicandro, amigos,
pues los dos sois el espejo
con quien siempre me aconsejo,
ved si son estos castigos
de temerario consejo.
Que para tales efectos
de vuestros pechos discretos
no me desdeño y esquivo,
pues los tengo por archivo
de mis mayores secretos.
Siendo tú el supremo Rey
de toda aquesta región,
pudiera en esta ocasión
Solo tu gusto ha de ser ley,
¿cuánto más tanta razón?
Y aunque lleves esto al cabo
no sentirás menoscabo
en tu honor por algún modo,
que alabará el mundo todo
lo mismo que yo te alabo.
Entra, Rey, en tu palacio,
donde tu furia desbrave
buscando un medio suave,
que justo es mirar despacio
negocio tan arduo y grave.
Y primero que lo lleves
al fin a que ya te atreves,
mira con menos rigor
la ley de la fe y amor
que como a esposa le debes.
No hay, Señor, para qué dar
más plazos de dilación,
que es tan grande la ocasión
que no es razón des lugar
a más deliberación.
Porque la razón fiel
mide con otro nivel,
gobierna por otro norte,
tantea por otro corte,
y pesa con otro fiel.
No solo aguijón cruel
ha de tener un rey justo,
ni solo un amor adusto
debe tener por nivel,
ni por ley solo su gusto.
Que en semejante ocasión
la cuerda reportación
es bien que el pecho quilate,
aunque algún tiempo dilate
la debida ejecución.
Señor, si en la recompensa
de tan manifiestos males
aguardas términos tales,
temo que haces ofensa
a los dioses inmortales.
Descubra tu justo celo
que en todo el egipcio suelo
los filos de tu cuchillo
son el amparo y caudillo
de los que están en el cielo.
Dale tinta y pluma.
En un caso tan molesto
de tan enorme delicto
otros consejos no admito,
envidado vaya el resto,
mostrad, Petronio, el escrito.
Dadme luego tinta y pluma.
con que la compuesta suma
desta mi sentencia firme,
para que un error tan firme
se disminuya, y consuma.
Yo Emperador lo firmo
como en ella se contiene.
Esto es lo que conviene.
Así lo doy, y confirmo
con esta firma solemne.
Tomad allá este papel
leed luego el tenor dél,
y aunque parezca crueldad
yo sé que es más piedad
ser en tal caso cruel.
Lee.
Nos Maxencio Emperador
de todo el reino egipciano
a quien Marte soberano
como a supremo señor
ha dado el cetro en la mano.
Viendo el nuevo, y ciego error
que contra el culto, y honor
de los dioses soberanos
van sembrando los cristianos
tan sin vergüenza, y temor.
Considerando que el cielo
nos ha dado insignias tales
de armas, y fuerzas reales
para vengar en el suelo
las injurias celestiales.
Viendo también que Faustina
mi esposa se determina
a seguir tan torpe secta
por conjuración secreta
que ha hecho con Catalina.
Y que siendo amonestada
hace dello burla, y juego,
y que contra su error ciego
no han aprovechado nada
fuerza, amor, apremio, ruego.
Como todo lo miramos
maduramente, hallamos
que por lo que dicho sabemos
como aleve la debemos
condenar, y condenamos.
Y con acuerdo, y estudio
siendo el caso consultado,
desde luego la degrado
con libelo de repudio,
del imperial estado.
Que pues la cerviz sujeta
al yugo de aquesta secta
y en su lista se empadrona,
no merece la corona
que es tan alta, y tan perfecta.
y siendo así despojada
de las insignias reales
con tormentos desiguales,
pague siendo degollada
la pena de tantos males.
Que no es riguroso el mando
de un escarmiento tan blando,
pues no hay proporción igual
entre la pena, y el mal.
Así lo pronuncio, y mando.
Un verdugo se depute
que con mano rigurosa
en ocasión tan forzosa
esta sentencia ejecute
en la cerviz alevosa.
Oigo la dura sentencia
donde mi buena conciencia
alegará en su disculpa
que no es castigo de culpa
sino rigor de inclemencia.
Si apelación no se admite
contra el poder inhumano
de este tu cetro tirano
mi conciencia se remite
al tribunal soberano.
Yo hago en mis quejas pausa
que pues mi muerte se causa
del pensar que sigo error,
allá se verán mejor
los méritos de mi causa.
Piensas que alcanzas victoria
en darme tan cruda muerte,
cuán ciego está quien no advierte
que esta es la palma de gloria
que se debe a un valor fuerte.
Si tu furor tanto excede
que no hay fuerza que lo vede,
ni potencia que lo impida
quitará al cuerpo la vida
mas la del alma no puede.
Hacen uno, y otro.
Mi llaga cruel se encona
con estos dichos profanos
mas que con tus hechos vanos;
quitalde aquesta corona,
atalde luego las manos.
En este despojo fiero
yo siento un bien verdadero
que mi estado perficiona;
poned luego esta corona
ante los pies del cordero.
Hoy mi reino se conserva
con lustre, y gloria mayor
pues con este deshonor
Ya me confieso por sierva
del que es mi Rey y Señor.
¡Oh, ligaduras gloriosas,
oh, manos más que dichosas,
que hoy en gloria tal se han visto,
que han merecido por Cristo
ser atadas con esposas!
Llevalda luego de aquí,
y ejecútese al momento
el merecido tormento.
Vamos, hermanos.
Así
será eficaz su escarmiento.
Quédate a Dios, Delia amiga.
Pues, señora, ¿no te obliga
tu deseo y mi razón
a que en aquesta ocasión
vaya contigo y te siga?
¿Cómo así me desamparas?
¿Cómo te vas y me dejas?
¿Cómo así de mí te alejas?
¿Cómo en mi mal no reparas?
¿Cómo no escuchas mis quejas?
Siendo tú mi capitana
en la fe que nos hermana,
no es justa prerrogativa
que tú mueras y yo viva,
siendo yo también cristiana.
Arrodíllase.
Dame estas manos sagradas,
y en tan dichosa ocasión
las besaré, que es razón,
ya que por estar atadas
no me dan su bendición.
El alma queda con vos,
que a las de nosotras dos
no las divide este trance;
mi bendición os alcance,
y con ella la de Dios.
Pues vano es querer mudar
lo que ya ha dispuesto el cielo,
Delia, Dios os dé consuelo.
Él mismo quiera esforzar
vuestro valeroso celo.
Y os dé en esta coyuntura
lo que falta a mi ventura,
que si aquesto os concediese,
yo aseguro que tuviese
del buen suceso segura.
¿Qué es esto, fortuna fiera?
¿Qué dices, Delia traidora?
¿Di, qué pretendes agora?
Que me concedas que muera
al lado de mi señora.
Que si una fe soberana
a ambas nos une, y hermana
si ser cristiana es delito
la mesma sentencia admito
porque también soy cristiana.
En tu tribunal parezco
en fe de mi buena suerte,
y así con un pecho fuerte
alegre mi vida ofrezco
a cualquier suerte de muerte.
Hácenlo.
Aquí falta el sufrimiento,
amigos, ¿qué encantamiento
es este de los cristianos
que así dan todos las manos
sin temer algún tormento?
En pena de su insolencia
atalde las manos bien
lleve la misma sentencia
pues es cristiana también.
Y pues que desenfrenada
por camino, y senda errada
tan furiosa se desboca,
atalda como una loca.
Así seré loca atada.
¿Reina, y señora?
Porfirio,
¿qué decís?
Yéndose Fau. le habla Porf.
Espera un poco,
en tanto que a Cristo invoco
para seguir tu martirio.
¿También, Porfirio, estás loco?
Si es locura ser cristiano
digo que soy loco insano,
mas nunca he sido tan cuerdo
pues nunca he tomado acuerdo
tan acordado, y tan sano.
Quitadle luego las armas,
que es menester prevención
en tan oculta traición.
Da las armas liberalmente.
Con eso, Rey, no desarmas
un cristiano corazón.
Con voluntad no forzada
las rindo, y así me agrada.
El rendillas es forzoso,
porque no tenga un furioso
tan a la mano la espada.
A tus pies, oh Rey, me humillo,
teniendo este trance fuerte
por la más dichosa suerte;
y así beso este cuchillo
que quiere darme la muerte.
Ya todos me hacen guerra,
ya va mi Imperio por tierra.
Que un hombre de tanto peso
a tal bajeza se humilla
que a un falso Dios se arrodilla.
que en mujeres no haya seso
no es tan grande maravilla.
¿Qué es esto, traidor malvado?
¿Cómo así te has olvidado
de tan grandes beneficios?
Con otros tantos servicios
lo pagué yo adelantado.
Hoy se ha de echar todo el resto
de mi pujanza y poder
en hacerte padecer.
Acaba, rey, haz de presto
esto que piensas hacer.
Que a tu poder no resisto,
ni de mi empresa desisto,
antes ya no veo la hora
que al lado de mi señora
padezca muerte por Cristo.
Esta te daré tan fuerte
que tú quedes castigado,
y el mundo quede admirado.
No puede ser una muerte
pena igual a tal pecado.
Si en ti mil vidas tuviera
esta espada justiciera
mil veces te las quitara,
y porque tu mal durara
mil veces te las volviera.
Admito esta pena fiera
sin temer tus altivezas
ni el rigor de injustos jueces,
y ojalá que yo tuviera
mil vidas que dar mil veces.
Que no pudiera haber cosa
tan alegre y tan gustosa,
ni pudiera mi deseo
haber más dichoso empleo,
ni en ocasión más dichosa.
Baste, no hay que aguardar;
paguen sus intentos vanos,
atadle luego estas manos.
¿Quién, señor, las ha de atar,
si somos todos cristianos?
Todos las armas rendimos
y de rodillas pedimos.
¡Oh turbios cielos airados!
¿Por qué os mostráis enemigos?
¿Cómo irán hoy sin castigos
traidores disimulados
con falso beso de amigos?
¡Ay de mí, que a mi despecho
se ha visto el aleve pecho,
la traición abierta y clara,
tu disimulada cara,
la intención vuelta al provecho!
Veome en esta fatiga
sin soldado que me guarde.
Ya de vencido cobarde,
do no hay mal que no me siga,
ni bien que no venga tarde.
Mas ¿para qué me fatigo,
si otro cuello enemigo
no se sujetará al yugo?
Yo mismo seré el verdugo
que ejecute este castigo.
Mueran, señor, mueran luego.
Sientan, señor, la inclemencia
y rigor de tu sentencia.
En llamas de ardiente fuego
paguen todos su insolencia.
Estas llamas serán flores
de suavísimos olores,
y nosotros como incienso
que se ofrecía a Dios inmenso.
Alto, mueran los traidores.
ACTUS. V. Scena I.a
Sacerdos solus.
Alerta, que echa el resto la fortuna
con los presagios tristes de la muerte;
su rostro enluta, y a la blanca luna
pronóstico cruel de caso fuerte.
La corneja con voz grave infortuna
está anunciando la horrible suerte,
los cuervos y los buitres del desierto
se vienen al olor del cuerpo muerto.
El tiempo da ya un filo a su guadaña,
las Parcas arrebatan sus tijeras,
la muerte sus colmillos ya regaña,
las furias mesan negras cabelleras.
La tristeza, que al mísero acompaña,
sabe ya las exequias postrimeras,
tristes agüeros de la desventura,
que para más dañar más asegura.
¡Ay, triste Catalina, guarte, guarte,
que ya descarga el golpe riguroso
y el ronco estruendo del sangriento Marte
hace un rumor confuso y temeroso!
Fuerza no habrá que pueda ya librarte
de trance tan funesto y peligroso,
pues en tus daños hoy se han conjurado
la Parca, el tiempo, la fortuna, el hado.
Sale Nicanoro.
El mísero Ixión en torno eterno
voltea con perpetuo movimiento
una ardiente rueda del infierno
que hace intolerable su tormento.
Ejemplo no hay antiguo ni moderno
que dé tanta materia de escarmiento
al triste cortesano miserable
que anda en torno, y rueda variable.
Es el mundo la rueda de fortuna
donde se deja atar de pies, y manos
aquel que tiene confianza alguna
en favores de reyes inhumanos.
Anda con más mudanza que la luna,
o aquel que busca paz en bienes vanos,
y así por justa ley invariable
anda en el torno, y rueda variable.
Con ánimo soberbio, y pecho altivo
Porfirio iba siguiendo su viaje
donde no recelando el mal esquivo
al rey quebró la fe de su homenaje,
Mas él al fin con pecho vengativo
ardiendo en ira, en rabia, en coraje
le dio a entender con muerte miserable
que andaba en torno, y rueda variable.
Señor Nicandro, ¿qué miseria es esta,
o cuándo tendrán fin tantos excesos?
Ya la fortuna no celebra fiesta
sino a costa de trágicos sucesos.
Todo es tristeza, todo es voz funesta,
tristes fines, los míseros progresos
do el airado cuchillo no perdona
a fiel vasallo, ni a real corona.
Oh, mundo vano, quien en ti confía,
quien pone en tus favores su esperanza,
cuán ciega, y vanamente desvaría
quien piensa hallar firmeza en tu mudanza:
fortuna ayer alegre se reía
a Faustina, y Porfirio en su privanza,
y hoy les derriba desde la alta cumbre
por no hacer mudanza en su costumbre.
Mira en qué paran juventud lozana,
linaje, reino, fuerzas, hermosura,
tragedia es triste nuestra vida humana
su contento más largo poco dura.
Es sueño de placeres, sombra vana
que tiene de verdad sola figura,
y si vais a palpar lo que parece
entre las manos presto desfallece.
Las finas telas de sus dulces vidas
hiladas en el torno variable
con hilo de oro fino, iban tejidas
cuando el rey se mostraba favorable.
mas cuán presto se han visto entretejidas
con trama vil, y urdimbre miserable
y en un breve momento fue cortada
con duros filos de violenta espada.
Suele continuo dar el justo Cielo
castigo de su loco atrevimiento
a los que quieren dar más alto vuelo
que puede sustentar merecimiento:
llama el mundo con un fatal señuelo
de privanzas, favores, y contento
ceba el hombre, y hace presa en ellos
y mánchase las manos por cogellos.
Va el incauto zagal embelesado
tras una mariposa, o milanillo,
y cuando piensa habello ya alcanzado
al aire vano prende por asillo;
y a veces, cuando va descuidado,
viene a dar en un hoyo el pobrecillo,
donde después que cae, y se lastima,
cae en la cuenta de su vana estima.
Entre las rocas ciegas de su engaño
nuestra Reina y Porfirio navegaban,
desplegando las velas a aquel daño
que en medio de su error no recelaban.
Mas, ¡ay!, cuán tarde vino el desengaño,
¡cuán presto llegó el mal que no esperaban!
¡Oh, triste suerte de la gloria humana,
que por más que florece nunca grana!
En tanto que la trágica memoria
celebra exequias, y aun endechas canta
de la Reina, y Porfirio, cuya historia
al pueblo pone horror, y al mundo espanta,
la justicia del Rey con mayor gloria
trofeos ilustrísimos levanta,
o aquel campo tendido en sus tarjones
lo puebla con clarísimos blasones.
¿Cuál celo, o rigor se vio tal callo
en un pecho real, y generoso,
que no fueron bastantes a ablandallo
el tierno amor de regalado esposo,
ni los servicios de fiel vasallo,
ni los ruegos de amigo piadoso,
ni su propio interés, ni su provecho,
ni la inhumanidad del mismo hecho?
Si en alguna ocasión forzoso ha sido
aplacar la justicia soberana,
derramando con ánimo atrevido
sobre las santas aras sangre humana:
ningún tiempo jamás como este ha habido
cuando la nueva secta, y ley cristiana
pretende derribar de sus quiciales
a todos nuestros Dioses inmortales.
No sé qué ha sido tanta desventura,
no sé los fines del error presente,
no acabo de entender esta locura
en que hoy ha dado la cristiana gente:
que ha sido con rebeldía terca, y dura,
de duro corazón, y altiva frente,
por guardar una fe tan fementida
posponen honra, gusto, sangre, y vida.
¡Viva Maxencio Emperador glorioso,
viva su reino por un siglo eterno,
cuyo valor, y celo religioso
lugar no han dado a algún afecto tierno:
antes con pecho, y brazo riguroso
va poblando los senos del infierno
con las cristianas almas que desata
de nobles cuerpos, que degüella, y mata.
Act. 5. Scæ. 2.
Maxen. Cithon. Nican. Sacer.
Proh Superi, quantum rabidus mihi pectora rumpit
Ira, dolor! feriunt acres lacerabile pectus
Irarum stimuli; mens aestuat intus, et extra,
Scintillant oculi: superet sic foemina Regem
Debilis, invictum regem scelerata puella?
Hem quid agam? rursus ne sophos subsistere plures
Praecipiam, frustraque modos iterare priores?
Det tamen his Catherina manus, remanebit inulta,
Occiderit ferro coniunx, exarserit igne
Doctorum pars tanta virum, capitique malorum
Sic parcam? ferri lanientur viscera duri
Unguibus, et lacerum corpus, tepidumque cruorem
Ardenti sepelite rogo, cineresque per auras
Spargite, nec tanti sceleris pars ulla supersit.
Imo ego (quod tacita dudum sub mente voluto)
Tormenti genus horrendum, miserabile, dirum,
Expediam.
perge ergo cito.
revolubilis adstat
Hic rota, quam crebro stet saeva novacula circum,
Ostentansque minans ferrum, cultrosque ruentes
Desuper in caput ipsius, mox illa trementi
Corde pavens, pia thura Diis adolebit ad aras;
Sin aliter gladiis strictam, radiisque rotatam
Impositamque super, celeri vertigine tortos
Praecipites rotet in gyros, resilire videbis
Hac, illac artus tabe, sanieque cruentos.
Consilium, mentemque probo, temeraria poenas
Sat meritas mihi caede dabit Catharina cruentas.
Ferte citi, praeparate rotam, circumque, supraque
Ferratam gladiis adducite; tuque puellam
Interea mihi siste.
sequar tua iussa libenter.
Va por ella.
Oportuna satis se via pandit, ut amens
Consilium revocare prius, nostrumque tueri
Sive metu, seu sponte velit, cum saeva futura
Instrumenta necis videat, crepitentque sonora
Aera rotis, quibus intrepidum formidine possis
Terrere aspectum, subito aut abolere nefanda
Dedecoris monumenta tui, veterumque Deorum,
Si renuat, quae sic toties ast perfida nostros
Ausa Deos foedis impune lacessere verbis.
Si nolit tenera flecti prece, cuspide pectus
Flectetur, cedetque votis, quod cedere iussis
Noluit ante tuis: sed iam nova machina limen
Ingreditur. Validis circum rapiatur in orbem
Trae la rueda.
viribus.
Horribile ferrum stridore pavorem
incutit.
Ut miserum ferrato dente minatur
interitum, dum se obliquat versatilis axis
in gyrum, rigidos qua ostentat desuper axes.
Act. 5. Sca. 3. Entra Ethonio con Catalina, 2.º Ángel. Maxen. Sacer. Nica. Custodes. 3. Ang. et alij.
Aviva el fervoroso amor ardiente,
el varonil esfuerzo, el pecho osado,
noble doncella en la ocasión presente.
Ejemplo tienes en el mal pasado
de nuestra ayuda, si llamarse puede
mal, el que ha sido en tanto bien trocado.
Ruede fortuna, que aunque inestable ruede
¿qué rumbo puede dar tan peligroso
que no se canse al fin, y a mis pies quede?
¡Qué extraño atrevimiento, y qué furioso
y ciego error, y loca fantasía
te arroja, y ciega a trance tan dudoso!
¡Oh duro pecho, oh ciega rebeldía!
que aún dura firme en su dañado intento,
que aún sigue temeraria su porfía!
¡Oh fiero Emperador! el nuevo aliento
que en el vigor se muestra del semblante
en doce días sin mortal sustento,
razón es que te mueva, o que te espante.
¿Gentil donaire, qué patraña, o sueño
monstruoso es ese?
Escúchame adelante,
que ni deliro, ni durmiendo sueño,
¿quién pudo hacer esto siendo imposible?
¿quién es del orbe todo padre, y dueño?
No tengo el hecho, o sueño, por posible.
Mas ella estriba, y de su Dios blasona
de un brazo poderoso e invencible.
Tanto más finge cuanto más pregona.
Sus hechos en su causa son testigos.
Harto se atreve quien así se abona.
Mi Dios ama y regala a sus amigos
por nuevos, varios modos, y suaves
a vista de sus mismos enemigos.
Tuviste, Ethonio, en tu poder las llaves
de la prisión.
Señor, sí, y las prisiones
cuidé en que fuesen sin piedad más graves.
Quien dio al Profeta en cárcel de leones
ayuno, dulce pastoril comida,
¿faltarle han para en cárcel invenciones?
No fue de humanos medios socorrida.
Tienes razón, porque divinos fueron,
pues siempre vivo en Dios de Dios regida.
¿Qué nuevos Dioses sustentar pudieron?
tan tierno cuerpo sin igual sustento,
no pueden dar lo que jamás tuvieron.
Mi Dios en la tristeza da el contento,
en medio de la hambre más hartura,
mayor deleite en el mayor tormento.
En triste soledad, en amargura
de cuerpo, y alma, en todo desamparo
halló el Profeta alivio, pan, dulzura.
Halló su pueblo en medio del mar reparo,
en piedras agua, en noche luz, y día,
y cuanto más perseguidos, más amparo.
Aún obstinada persuadir porfía,
que ha sido sin sustento sustentada,
y doce días, no pudiendo un día.
Pues no es razón, ni sin razón pensada
que quien de nada me forjó primero
también me pueda sustentar de nada.
Oh dura obstinación, oh pecho fiero
que se esfuerza a probar un imposible,
que aún dura en ella el corazón de acero.
No es este el Marte adúltero, terrible
en las prisiones de Vulcano asido,
ni el temeroso Júpiter horrible.
Es Cristo soberano Dios temido
de Jove, y Marte, y del Señor de Delo
a cuya voz la misma nada vido,
correr las aguas, asentarse el suelo,
bullir los peces, vaguear las fieras,
florecer campos, estrellarse el cielo.
Si en este error osada perseveras
verás en tu castigo, y mi venganza
nuevas crueldades, e invenciones fieras.
Más de valor mi tierno pecho alcanza,
que de crueldad el tuyo riguroso
Dios es mi fortaleza, y esperanza.
A mayor mal, remedio más costoso,
nuevo castigo, a nuevo atrevimiento,
no basté manso, bastaré furioso.
Guardas moved las ruedas, y el tormento,
sin duelo en ella ejecutad ligeros,
sienta en el cuerpo lo que en el alma siento.
Mostraos con una fiera también fieros,
ponedla luego.
Yo me voy segura.
En las navajas quiero estos aceros.
Esposo dulce que en la ardiente, y pura
luz celestial habitas, muestre el cielo
de estos tiranos su infernal locura.
Queriendo ponerla en las ruedas asoma por lo alto un Ángel, y arrojando un rayo con que hace pedazos las ruedas y soltando dentro un arcabuz, dice.
Ciegos reconoced el justo celo
con que defiende Dios su cara esposa,
derretid a este fuego vuestro yelo.
Adoro el brazo, y mano poderosa
que con tan claro ejemplo me defiende,
y vuestra secta arguye ponzoñosa.
Que aun con tan gran milagro no se entiende?
Que aun no la vence una merced tan rara?
Que aun persuadir su ciego error pretende?
Tan ciega estás en una luz tan clara,
no ves de nuestros Dioses la clemencia,
que te han guardado como prenda cara.
Del uno, y tierno Dios la omnipotencia
fue de esta humilde fuerza firme amparo,
por él soy lo que soy en su presencia.
Señor, a tal dureza no hay reparo,
sino es que ponga el filo de la espada
fin a su vida con ejemplo raro.
Desde luego la doy por condenada,
Nicandro, ejecutad mi mandamiento
rinda la infame vida mal lograda.
Vos, Sacerdote, dad este contento
a nuestros Dioses, ofreced su vida
con justo sacrificio del tormento.
Vanse Maxencio y Estromio, que-
dan los demás.
Act. 5. Sca. 4. Nican. Sacer.
Catal. duo Angel. Sacrificuli 3.
et 4. Angel.
Catalina esclarecida,
la final hora es llegada
de vuestra infeliz jornada
tanto de todos temida,
cuanto de vos deseada.
Que aunque de suyo es amarga
la pena que en vos descarga
la tenéis por muy sabrosa
por ser la puerta dichosa
que abrís a pasión tan larga.
Bien sabe Dios que me llega
al alma aquesta sentencia
que con rigor de inclemencia
los plazos todos os niega,
y cierra puertas de audiencia.
Y aunque el dolor de tal hecho
aflige el piadoso pecho,
a la ejecución se esfuerza
que al fin dicen, cuando hay fuerza
se suele perder el derecho.
Bien habéis visto que el Rey
con tanto acuerdo, y prudencia
ha pronunciado sentencia
y que al rigor de la ley
no puede haber resistencia.
Mas siento como es razón
que della, y su ejecución
haya de ser yo el testigo
para que el duro castigo,
me parta mi corazón.
¿Habrá pecho de diamante
que en ocasión tan forzosa
de muerte tan afrentosa
no se enternezca y quebrante
con sangre tan generosa?
No conserves tus engaños
a costa de tantos daños,
ni des lugar que el rigor
de un celoso Emperador
mal logre tus tiernos años.
Es un bien tan soberano
el que hoy me ofrece mi suerte
que por mostrarme más fuerte
quisiera besar la mano
de quien me viene a dar muerte.
Pero si acaso en los dos
o, si quisiera en solo vos
queda rastro de clemencia,
suplícoos me deis licencia
para invocar a mi Dios.
Esa justa petición
es justo se te conceda,
y podrá ser que suceda
que salgas de la oración
del engaño que te enreda.
Eterno, y Sumo Señor
ante cuyo resplandor
el claro Sol luce poco
a ti llamo, y a ti invoco
para que me des favor.
Inmensas gracias te doy
Jesús mío, gloria mía,
tú eres mi norte, y guía,
espérame que ya voy
a gozar tu compañía.
Espíritus Soberanos,
celestiales cortesanos
a quien el Cielo piadoso
por méritos de mi esposo
ha hecho nuestros hermanos:
Para este trance os invoco
donde estoy necesitada
de vuestra ayuda sagrada,
que sin ella quedo poco,
y sin la de Cristo nada.
En tanto que me compongo,
y que mi cerviz dispongo
para el golpe riguroso
que ha de darme fin glorioso
en vuestras manos me pongo.
Catalina, de este empleo
dar se os puede el parabién,
pues que conseguís el bien
debido a vuestro deseo.
Gracias a Dios, amén.
¿Dónde pudiera el deseo
saber tan dichoso empleo,
ni tan glorioso de vos,
como el que de vos en Dios
hoy sabe el casto Himeneo?
Hoy surgiréis con gran loa
en las riberas sagradas
de las Islas Fortunadas,
donde enderezasteis la proa
con velas tan desplegadas.
Que entre el mundano alboroto
tenéis tan cierto piloto,
que a vuestra virginal alma
sabrá darle eterna palma
después del navío roto.
Hoy con eterno trofeo
habéis de enclavar la vira
en el blanco donde tira
el amante deseo,
pues en Dios puso la mira.
Flechad el arco de suerte,
que con brazo diestro y fuerte
hagáis un tiro certero,
cuando diere en el terrero
la flecha atroz de la muerte.
Doncella constante y fuerte,
bien sabe Dios cuánto siento
que este mi brazo sangriento
haya de ser de tu muerte
ejecutor e instrumento.
Prívame del alegría
ver que la descortesía
de mi espada rigurosa
venga a deshojar la rosa
más bella de Alejandría.
Hincad, Virgen, las rodillas
en señal de la obediencia
que tenéis a la sentencia,
y cubrid vuestras mejillas.
Arrodíllase.
Harelo sin resistencia.
Quítaselo.
Conviene que os sea quitado
este hermoso tocado,
que compone y adereza
vuestra dorada cabeza
con los lazos del trenzado.
Soltad el rubio cabello,
ante cuya luz os juro
que el oro fino escuro,
descubrid del blanco cuello
este marfil liso y puro.
Que se ejecute me agrada.
Bájase el cuello.
que yo no resista nada,
a tu mandado obedezco,
y alegre mi cuello ofrezco
a los filos de tu espada.
Dale un crucifijo.
Tomad, virgen, en la mano
esta celestial bandera,
donde está la verdadera
divisa del buen cristiano
para batalla tan fiera.
Si queréis coger manojos
de celestiales despojos,
mirad este crucifijo,
teniendo el corazón fijo
adonde tenéis los ojos.
Este Dios crucificado
es una águila real,
generosa y celestial,
en cuyo ardiente costado
hallaréis calor vital.
Que con generoso vuelo
y reclamo de consuelo,
desde la cruz aleteando,
hoy os está convidando
a volar consigo al cielo.
Mirad su rayo encendido
con ojos sesgos, serenos,
recogiéndoos a sus senos,
porque no os eche del nido
como a los hijos ajenos.
Y para que os satisfaga,
besad esta ardiente llaga
de este costado amoroso,
donde el soberano esposo
a sus esposas halaga.
No temáis el trance fuerte,
porque aquí estamos los dos
acompañándoos a vos,
que después de vuestra muerte
os llevaremos a Dios.
Esposo del alma mía,
mi estrella, mi norte y guía,
espejo con que yo me miro,
divino blanco a do tiro,
y centro de mi alegría.
Al rayo de vuestra luz
a vos tiro en campo franco,
ni quedará el brazo manco,
cuando os tire presto en cruz
tengo enclavado mi blanco.
Que vuestra suma afición
os dio tal disposición
que con un solo suspiro
sabe el alma cierto tiro
con que os clava el corazón.
De vuestro vital aliento
dadme una prenda sabrosa
con esta boca amorosa
que este grande atrevimiento
me da el ver que soy esposa.
Que en ese leño precioso
como en tálamo dichoso
tenéis abiertos los brazos
para darme los abrazos
de amorosísimo esposo.
Oh boca, oh labios divinos,
mucho pido, y sin razón,
perdonad a mi afición,
que amorosos desatinos
merecen algún perdón.
Siquiera divinos brazos
echadme amorosos lazos
porque ya a vosotros llego,
y así humilmente os ruego
me admitáis a esos abrazos.
Dadme vuestra bendición
en este trance postrero
que aunque estéis en el madero
el dalla de corazón
no lo impide el clavo fiero.
Y desta divina fuente
de vuestro costado fuerte
dadme un trago dulce, y largo
para endulzar el amargo
que con la muerte se siente.
Baste ya, cese el antojo
que es causa de tantos males
que estas razones son tales
que pueden causar enojo
a los Dioses inmortales.
Pues para que más propicios
miren ya nuestros servicios
nuestros Dioses soberanos,
consagremos nuestras manos
con tan nuevos sacrificios.
Toma tú el cuchillo fiero,
no se dé más dilación
a tan grande obstinación,
y dale un filo a su acero
mientras yo hago oración.
Oh, Júpiter Soberano
cuya poderosa mano
los cielos a palmos mide,
Febo cuya luz divide
el invierno del verano.
Jano cuyas puertas cierra
la paz alegre, y dichosa,
Marte que con belicosa
diestra, en la dudosa guerra
nos das victoria gloriosa.
Y todo el divino coro
a quien tan humilde adoro
ante vuestro altar parezco,
y en él esta vida ofrezco
como el más rico tesoro.
Doncella, si alguna ley
de alevosía me acusa,
tengo suficiente excusa,
que el ser mando del rey
hoy me disculpa y excusa.
Perdonad el brazo aleve
que a daros muerte se atreve,
ya la ejecución se esfuerza
pues veis que es ajena fuerza
la que le rige y le mueve.
Dale el golpe y cae en tierra la Santa y bajándose como para degollarla, toma una cabeza contrahecha, y dala a Nicandro derramando leche, y dice.
Oh, cabeza helada y fría,
oh, vida tan malograda
con filos de aguda espada,
oh, rosa de Alejandría
antes de sazón cortada.
¿Cuándo se vio compostura
tal en humana criatura
que su cerviz se desangre
vertiendo en lugar de sangre
leche tan blanca y tan pura.
Oh prodigio celestial,
tan nuevo en naturaleza
que por su grande extrañeza
es claro indicio y señal
de su virginal pureza.
Vanse Nicandro, Sacerdote, Sacrificador, y salen dos Ángeles.
Espíritus soberanos,
salid alegres y ufanos
a recibir tan pura alma,
y la victoriosa palma
poned en sus castas manos.
Oh vírgenes sacrosantas,
que guardasteis con decoro
en barro vuestro tesoro,
y ya con gloriosas plantas
pisáis estas plazas de oro.
Salid, salid hoy gozosas,
esparciendo al mundo rosas,
y en estos castos jardines,
de azucenas y jazmines
tejed guirnaldas gloriosas.
Oh, Catalina dichosa
en nuestra clara región
tomad feliz posesión
de aquella silla gloriosa
que se os debe con razón.
Gozaos en vida inmortal
en palacio celestial
sin temer mudanza alguna
poniendo sobre la luna
eterno vuestro sitial.
Salen otros dos Ángeles con una corona.
Virgíneo cuerpo dichoso
cuya ánima generosa
en el tálamo reposa
de vuestro divino esposo
con vida eterna, y gloriosa.
Esta guirnalda os envía
el mismo que os atavía
de otras flores en el cielo
que no las marchita el yelo
de humana descortesía.
Vuestro esposo celestial
hoy muy ufano endereza
y corona su cabeza
con la guirnalda inmortal
que él os compone, y adereza.
Y aunque en tan dichoso día
en señal de esta alegría
con mil flores la hermosea
pero entre todas campea
la rosa de Alejandría.
Aquí salen muchos Ángeles con hachas blancas encendidas, y los mártires que la Santa convirtió, esto es, los sabios, Faustina, Porphy, y Delia con sus insignias; y todos con un solemne entierro llevan la Santa hasta subir al monte Sinay, entonando entretanto la música el himno de las Vírgenes a canto de órgano, y en acabar las chirimías; y con esto se da fin a la Tragicomedia.