testo digitale di Nuestra Señora de la Candelaria
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Nuestra Señora de la Candelaria. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/nuestra-senora-de-la-candelaria.
NUESTRA SEÑORA DE LA CANDELARIA
Pag. 1
Nuestra Señora de la Candelaria y sus milagros, y Guanchos de Tenerife =
Comedia en 3 jornadas. -
(En la cubierta pone: De Lope de Vega)
Leg. 8
S-7
Pag. 2
Comedia famosa de Nuestra Señora de la Candelaria y sus milagros y guanches de Tenerife de Lope de Vega +
Co.
Pag. 3
Comedia famosa de los Guanches de Tenerife y aparecimiento y milagros de nuestra señora de la Candelaria
Figuras
Bencomo
Acaymo
Gaiocan
Guacoldo
Libio
Cinocasio
Orodante
Artabano
Guayamo
Sancho de Herrera
Lisidauro
Rosamiro
Castillo
Doristo, pastor
Un piloto
Ruindo, pastor
Diego de Herrera
Jornada primera
Pag. 4
Acto primero. Salen Bencomo, Acaymo, Garocán, Cinocafio, Lino, Orodante, Guacoldo, Lisidauro, Artabano. Todos nueve vestidos de pellejos, unas varas cortadas en las manos a manera de dardos. Dice Bencomo:
Rey he de ser, sujeto a todo el orbe,
pues que la herencia de derecho es mía.
Seráslo cuando no haya quien lo estorbe;
deja, Bencomo, hermano, la porfía;
no causes que te pongan en aprieto
los que tienen tu lado y compañía.
Que contra mí sois todos, en efeto,
que a aquel que de todos es mayor hermano
perdáis desvergonzados el respeto.
Modérate en hablar, blanda la mano,
que no es mucho ser todos en la ofensa,
y contra todos quieres ser tirano.
No soy tirano; la deidad inmensa
que sustenta la máquina del cielo
y en uno y otro clima dispensa
Pag. 5
me abata y me destruya si es mi intento
mandar en cosa más de lo que es mío.
Di en qué manera, a ver.
Dilo.
Díjelo,
no penséis que me mueve mi albedrío;
sosegaos y las armas alteradas,
hermanos, amainen su orgulloso brío.
Ya las armas tenemos sosegadas
y estamos sosegados, habla luego.
¡Oh mocedades mal consideradas!
¡Y cómo os vence el encendido fuego,
sin mirar la razón que ha sido efeto,
para dejar con mayor sosiego,
qué novedad! Decidme, don Inquieto,
ya del difunto padre el mandamiento
y del reino la ley, ¿no se respeta?
Aquel que a estas islas al primero asiento
con principio mandó que se guardase
la misma ley que yo guardo y sustento,
y fue la ley que el hijo quedase
al muerto padre, poseyese el mando,
y el reino, como suyo, administrase;
y este tal, en muriendo y acabando,
si tiene hermanos, a su hijo denegó,
el hermano segundo entre heredando;
y, en muriendo el segundo, tras dél venga
el otro que le sigue, y de esta suerte
entre todos este orden se mantenga
hasta que ya entregados a la muerte
los hermanos, que subiera el mayor hijo
del mayor que heredó, vuelva la suerte;
esta ley me dejaron, esta elijo.
Su hermano nuestro mismo padre amado
el reino heredó dél, por él me dijo
cuando de esta vida haya pasado:
«a mis reinos irme vosotros sucediendo
como el legislador dejó ordenado».
El que hizo esa ley, según yo entiendo,
nunca pensó que hubiera hermanos nueve
que fuesen unos de otros pretendiendo,
quién habrá que lo tal por bueno apruebe,
que perezca cuando menos el postrero
o al otro que la muerte se los lleve,
siendo hermanos yo y el primero
pudiera con tu muerte en algún día,
mas ya no he de pasar por tan mal fuero,
por cierto vuestra ley buena sería,
que por reinar este yo deseando
la muerte tuya y los demás la mía.
En nombre de los ocho te demando
que el reino en nueve partes le dividas,
y gocemos cada cual de cetro y mando.
Primero costará más de una vida,
que el reino es mío solo de derecho
por justa herencia y ley establecido.
Habráslo de sacar a tu despecho.
¡Muera el traidor, hermanos, y Acaymo
viva, pues busca el general provecho!
Villanos y traidores que en nada estimo,
de todos ocho el altivo término insolente,
pues yo a lo justo y ley me arrimo.
Sale Guayama y Casón.
Pag. 6
Genios e infantes suben como gente
que en nos se tiene
del Cadori guayamo.
El que en el alma esta discordia siente,
que siendo agora vuestro mal reclamo
cese, por Dios, pendencia. Son deudos
que a todos os adoro, quiero y amo.
El Reino, y no lo tengáis dividido,
pues que sois de una sangre descendientes,
que todos sois un cuerpo y una vida;
que yo os anuncio que de extrañas gentes
será muy presto esta pequeña isla
sujeta a otras leyes diferentes.
Reñís por ella y con rigor pedíslo
el uno al otro y con armada mano
como enemigos fieros combatidlo;
pues no penséis que pelearéis en vano,
que un reino con ella será eterno
que acabarse tiene, y asaz temprano.
Bien pensáis que otro reino sin gobierno
no hay en el mundo sino el vuestro solo,
pues muchos cubre el cielo sempiterno.
Vosotros no sabéis más de este polo
y menos lo sé yo, mas adivino
lo que es verdad sin fraude o dolo.
Ya sabéis que me dio el dador divino
gracia en adivinar en lo futuro
y que os declaro la verdad contino.
Pues como siempre vuestro bien procuro,
me puse a adivinar, y adivinando
hallo que os amenaza el hado duro.
De la parte de oriente, el mar surcando,
no sé cómo ni en qué barca, una gente
que os quitará el gobierno, cetro y mando.
Si es vuestro, ha de ser así formidablemente;
gozad del Reino en paz, mientras que el cielo
que lo gocéis con libertad consiente.
A Canari Guayamo, yo recelo
que la verdad nos has pronosticado,
por las razones que contó mi abuelo.
Yo fui, queriendo, un día preguntando
por el origen nuestro y descendencia
y qué principio tuvo nuestro estado.
Dijo que por cuidado y diligencia
de hombres y por ser inquiridores
del pasado, tienen experiencia;
supieron de mayores a mayores
que setenta hombres y mujeres solas
fueron de aquesta isla fundadores.
Pero de qué parte, tierra, ni qué polos,
ni cómo el mar surcaron no sabían,
porque al olvido el largo tiempo diolos.
Estos hicieron su habitación y nido,
en esta isla de ellos descendemos
sin que otro mundo hayamos conocido.
Pues si estos, cuyo origen no sabemos,
vinieron, no sé cómo o por cuál arte,
porque aquí solo cielo y agua vemos,
más mundo debe haber en otra parte;
verdad nos has contado, bien aciertas
por las gracias que el cielo en ti reparte.
Yo quiero, amigos, hacer cosas ciertas,
repartirnos este Reino y de modo
que acaben nuestras guerras y reyertas.
Pag. 7
Y si alguno viniere a darnos guerra
defienda cada uno por su cabo,
pues que le toca el término que encierro.
Bizarro parecer.
Consejo bravo.
Dame tus brazos, a Bencomo señor,
que tu valor y discreción alabo;
desde agora confieso que te gana,
desde aquí nuestra sangre se renueva.
Reparte tú los reinos por tu mano.
Pues por si acaso esta gente de levante
viniere a conquistarnos, a cuidarnos,
a remediar, hermanos, lo importante,
las tierras y lugares repartamos,
repartálas queramos, como digo.
¿Gustáis todos dello?
Sí, gustamos.
Tomad, pues, cada cual vuestros asientos
en esas piedras, sitio acomodado
para elecciones juntas y contentos.
Su asiento cada cual tiene tomado;
toma tu el tuyo, amigo, y dote oficio.
Mi oficio no requiere estar sentado;
el que gobierna el cielo sea propicio
en tu favor, pues es la intención mía
quitaros de contienda y de porfía
que igual la mía vea por Codicio.
Respondiendo todos juntos.
En nombre del que sustenta,
desde su coro estrellado,
el agua, el cielo y la tierra
y cuantos él mismo ha crïado,
comience el repartimiento.
Ya a Bencomo el mayorazgo,
como a mayor y primero,
le doy por su reino a Tauro,
y mover la rambla y aguas
vertientes al mar salado,
de quien se intitule y nombre
rey solo supremo y alto,
a quien por ser mayor deis
vasqueneys coronados
de reyes, como a superior
consulto y respeto hallo.
Si lo dicho os satisface
sabréis todos de jurallo.
Sí, juramos.
Sí, juramos.
Pues vaya tras de Bencomo,
pues es el segundo hermano,
el valeroso Acaymo,
el cual renombro y declaro
rey de Güímar, las albaras
at guaycna at bits cabzo.
Queda confirmalo todos
jurándolo.
Sí, juramos.
Vaya Güacoldo el tercero,
pues tiene el tercero grado,
y sea de Tacoronte
rey electo y coronado;
y por el mismo tenor
sea Aguayocoan el cuarto,
y este sea rey de Abona;
y el quinto, que es Litidauco,
sea rey de Naga y Lebio;
el sesto, que es Peli señor,
reine en Tegueste, y el sétimo
sea el fuerte Cincocafio
y sea rey de Icode;
y sea Orodante el octavo
deste reino en Daute; y sea
nono y último Atabano,
y sea su reino Adeje,
con que de nombrar acabo
nueve reinos, nueve reyes,
nueve amigos, nueve hermanos.
Y para que sea más firme
lo repartido y tratado,
por ser usanza del reino
desde su principio sacro,
del que es de aqueste asiento
de Bencomo el rey más alto,
un queso que fue del rey
que dio principio a este estado,
deste habéis de jurar todos,
y tomándolo y tocándolo
sobre las cabezas vuestras,
habéis de decir juramos,
por el día con que te viste,
grande rey en todo cuanto
se descubre y divisa
desde el monte nevado
por quien se dijo nevarios
el distrito que pisamos,
de guardar y de cumplir
lo que los reyes pasados
guardaron en este reino
no cediendo o traspasarlo.
Pag. 8
la ley que en su dispensar
juráis lo ansí.
Sí, juramos.
Y aunque ignoréis
las leyes a que obligados
estáis de guardar, oídme,
que os las refiero y declaro.
La primera es conocer
a Dios sumo y soberano,
por sustentador de todo,
por sublime, grande y alto.
La segunda ley que vale
y debe guardarse, es cuando
quisiere casarse alguno
con cualquier mujer, llegando
a sus padres a pedillos,
y habiéndosela entregado
con consentimiento dellos,
y della quedan casados
sin que de otras ceremonias
se use más necesario;
y que no se ponga coto
en una, ni en tres, ni en cuatro,
ni en cuantas quiera que en esto
no hay número limitado.
Y en disgustando el marido
de la mujer, o al contrario
ella y el marido, puedan
repudialla o repudiallo,
y él con otra, o con otro ella,
pueda casarse a su salvo;
y si deste matrimonio,
de reñidos y apartados,
hubiesen hijos, quedan
por no legítimos dados;
y que se puedan casar
con la mujer de su hermano,
con su sobrina o prima,
y las demás estando
solas, madre, suegra, hijas;
solo el rey pueda, no hallando
igual mujer con quien case,
usar con su hermana casados.
Ley tercera es que en naciendo
el hijo o hija la hemos
alguna mujer de algunas
que suelen hacer este acto,
y esta venida le ha de echar
a la muchacha o muchacho
agua sobre la cabeza,
porque ansí siempre lo usaron
los antepasados nuestros;
aunque la causa ignoramos,
mas pues ellos lo hicieron,
justa causa es que lo hagamos.
Ley cuarta, con esta y tal,
que al niño haya echado
agua en la cabeza, queden
compadres aparentados,
y que parientes sean
tan conjuntos y allegados,
que de los tales no puedan
unos con otros casados;
también es ley que en muriendo
hombre o mujer sea llevado
el cuerpo del que muriese
y lavándole, dejen echando
por la boca una mixtura
de manteca de ganado
puerco, tabaco y de miera
y cáscara de pino blanco;
y hecho, un día o dos,
y esto por tiempo y espacio
de quince días, le ponen
al sol del uno y otro lado
hasta que el difunto cuerpo
queda bien seco, y estando
en este estado, le cosen
con pieles de gamuzados,
y desta suerte le llevan
y en algún risco tajado
o en una cueva le dejan
escondido y encerrado,
y solo llorar le pueden
los parientes, y entre tanto
que duran los quince días,
mas después no hay más llorarlo.
También es ley que los hombres
en la población o el campo
si se encuentren con mujer sola,
no puedan en bien ni en malo
hablalla sin que primero
ella le haya hablado;
por excusar muchos males
que nacen desto, y por que
se ordenaron estas leyes.
Dice Rosa, mira adentro.
¿Y qué de dar voces suelen,
pues no hacen caso de mí?
¿Qué es esto? ¿Qué voces son
las que dieron?
Sale Juana también vestida de pieles.
¡Y a la de Dios, tengo razón,
y tengo mucha razón!
La fama llegó a mí hoy de
que el reino habéis repartido
entre todos nueve hermanos;
mal dije nueve tiranos,
hijos de un padre ofendido,
y a la codicia, tiranos,
porque sabéis y teméis que nos
aplaque su furia, ufano;
y habéis partido las tierras
sin dar tierra a vuestra hermana.
Si aquel que fue solo dueño
de todo este reino isleño
a todos nos engendró,
¿cómo para mí faltó
siquiera un lugar pequeño?
No quiero ya hermandad,
que en una mesma ciudad,
por ventura yo hallaré
alguno que guerra os dé,
porque yo herede a mitad.
Pag. 9
Mi querida Rosamira,
mi bella hermana y señora,
que en una sangre miró
que cada uno te adora
y esto a dejarlo aspiro.
La suerte me cupo a mí
de Icode, la Rambla y Taoro,
sírvete dello y de mí,
que el Reyno, corona y llaves
todo lo renuncio en ti.
Hermana, si repartimos
sin ti el Reyno, no entiendo
que hubieras mirado en punto;
todo es tuyo, y todos juntos
te amamos y serviremos.
Ese enojo que en ti mora
es contra justa ley,
pues si cada cual agora
de un Reyno pequeño es Rey,
tú serás de todos señora.
Todo está a tu gusto y mando;
ese rostro afable y blando
vuelve, bellísima hermana.
Soy mujer y soy hermana,
y como hermana me ablando,
bien que me habéis agraviado,
pues en que estuve ausente
del Reyno habéis dispuesto;
mas una humildad presente
vence el agravio pasado,
y ya mi enojo se acabó.
Contadme lo que pasó,
porque gustaré de oírlo.
Guayamo podrá decillo,
que él los Reinos repartió.
Luego lo podréis saber,
en cuanto aviso a los Reyes
de lo que deben hacer.
¿Hay más fueros y más leyes
que hayamos de obedecer?
Estos señores de Reinos
hacen mañana gran fiesta,
hacer grande el deleite,
hacer un convite honrado.
Pues como ya os lo apresto,
que yo os lo he de hacello,
y cuanto ganado tengo
quiero que se coma en ello.
Sale Doristo, pastor, turbado.
¿Dónde vas, Doristo?
Vengo
buscando a la infanta bella
para avisalla de un puerco.
Vengo de contento loco,
y un verraco, ¡cielo!, que he visto.
¿Qué has visto, amigo Doristo?
Vide...
Vete poco a poco.
Es, escúcheme, asuso,
que vi junto al arroyuelo
un corrio, un corrio.
¿Un corrio?
Como calléis, direlo.
Pues como yo no os muerdo,
a fe que es algo bellaco
el pastor.
Vide un verraco.
Un puerco quieres decir,
y ese es grande.
Es sin mentir,
como ver, mas no es tan flaco.
Para principio de fiesta
bueno es esto.
No es muy malo.
Muestra un poquito,
tomar su lanza de palo
y esconderse allí en la cuesta
de la punta del pinar,
que salió a bañarse al mar
y ha de volver por allí.
Guía, que ya voy tras ti,
que yo lo podré matar.
Sígueme, pues.
Yo te sigo.
Quedad, Reyes, en buen hora.
Vaya Guayamo contigo.
¿Quieres que vaya, señora?
Sí, Guayamo, ven conmigo.
¿Y nosotros qué esperamos?
Como a convidar nos vamos
al convite que se ordene,
nuestra gente...
En hora buena.
Vamos luego.
Vamos.
Vamos.
Cante 9. Sale Lucindo, pastor, de dentro.
Aparta de lo sembrado,
¡fuego, amén, queme el cabrío!
Echa por el otro lado,
por el vao o por el río,
guía al prado, guía al prado.
Sale Rosamira, Cahori, Doristo y Lucindo.
Calla, Lucindo, en mal hora,
no des voces, que señora
a matar un jabalí
viene tras mí, y está aquí,
por do ha de pasar agora.
No daré voces, y el ganado
en este uno y otro cerro,
aunque es pasto vedado...
¿Es este el paso del puerco?
Sí, señora, a aqueste lado,
y por si le has de esperar,
que por aquí salió al mar
de entre estos pinos mayores.
Ya en buen hora aquí estoy,
que yo sola me he de quedar.
¿Pues sola ha de quedar sola?
Guayamo queda conmigo.
Contra el puerco y el amigo
a tiralle de la cola.
En tanto que al puerco espero...
Pag. 10
ya que amigo me has avisado
deste reino el triste agüero
con lo demás que has garla do
rogarte una sola quiero
como rogarme mides
serán grandes si concedes
que pueda servirte en algo
pues si algo contigo valgo
ahora mostrar lo quieres
tu conoces cuán curiosas
algunas mujeres son
por saber de algunas cosas
son de aquella condición
contino las más sesudas
ya entiendo que por saber
lo que te ha de suceder
acertaste castor claro
toma mirame esta mano
mano no la semenees
ese es engaño vulgar
muy usado en todo el suelo
pues no hay para que tomar
la mano el que dio el cielo
gracia para adivinar
destas razones infiero
ser eso así
pues ya quiero
solo toquese alguna parte
decir mas temo enojarte
a que lo digas espero
hallo que has de ser casada
con un esclavo de aquellos
por quien será conquistado
esta tierra
los cabellos
se me erizan ¡ay, cuitada!
con nombre de estraña tierra
y que han de asaltar con guerra
este reino has de sanar
aguazame esa boca ciexo
déjame vete de aquí
no sea causa tu presencia
para saber mas de ti
por cumplir con la obediencia
que te debo me base ansi
y al mar a pescar me voy
adonde sabrás que estoy
hasta que licencia tenga
vase
vete a la muerte te doy
no suele suceder
a los que quieren saber
lo que el cielo solo sabe
mas también en dios cabe
que tal debo yo creer
vaya que es desvarío
que sepa un hombre mortal
lo por venir no lo creo
y apara bien deste mal
que venga el puerco deseo
Dice de dentro Gonzalo del castillo responde un piloto
llega llega el barco a tierra
que quiero saltar y ver
lo que su distrito encierra
pues saltar quieres a ver
presas que te hagan quiero
valgame dios quien serán
los que tales voces dan
de lenguaje tan extraño
ya me temo de algun daño
pero que bullen estan
segun la vista me enseño
junto al mar en la salida
dela caleta pequeña
quiero des de aquí escondida
en aqueste risco o breña
estar callando y mirando
lo que es o y si han llegado
alguno ofenderme quiere
cuando coger me quisiere
uno me alcanzará el ando
Salen fuera
al fin quisiste saltar
en tierra
y antes que el sol
se ponga pienso tornar
él habrá camino del ariol
solo te quiero rogar
que me esperes con cuidado
por que si acaso forzado
de alguna causa corriere
a embarcarme y fuere
halle el barquillo aprestado
no tengo de aso aloscoro
vuélvete y no procures
esperarme que yo entiendo
que he de contarte en volviendo
alguna buena aventura
vete con esto grande cuento
al barco me voy rogando
a dios te libre de afrenta
vase
el se viene acercando
temiendo estoy no me siento
válgame Dios ya me fundo
que sin este ay otro mundo
y que de allá debe de ser
esta gente
y ol he de ver
si el ánimo de que habiendo
descubre en ella malicia
sea hombre fiera o tal bas(.)
que habite en esta aspereza
que estraña lengua que talle
que hermosa naturaleza
quien pudiera entender
la lengua para saber
quienes
y o voy por aquí
el va deber me ay de mi
si a de querer ofenderme
quiero con aqueste dardo
matarle mas quiero
la causa que me acobardo
quiero huir mas tarde he yo
Pag. 11
A Dios y a ventura aguardo.
Parece que oigo rumor
por aquí cerca.
Señor,
me da este asombro.
¡Santo cielo!
Salvaje es aquel gesto.
Desde más cerca mejor.
Como no tengo experiencia,
ni sé si es mujer ni monstruo,
bella faz, bella presencia,
ángel parece en el rostro
y salvaje en la apariencia.
Ángel, salvaje o mujer,
llega acá. Dame a entender
qué tierra es esta que piso,
que diré que paraíso,
si tardas en responder.
Que no me entiende recelo.
Quiero la llamar por señas.
Por señas me llama. ¡Cielos!
Es ángel el que me enseñas;
que esta lengua no es del suelo,
pues que yo la entiendo y sé.
Hombre ángel, quiero yo
te quiero entender, amigo.
Bendigo el rostro y maldigo
la habla y quien la enseñó,
pues pierdo por no entendella
de saber y conocer,
mujer tan extraña y bella.
Dame esa mano, mujer.
Dice de dentro Doristo.
¡Hola, mueran! Que de ellos
mato y al punto... ¡mas, mas!
Que es esto, que jamás
vi hombre tan extraño.
Gente suena, de algún daño
me temo.
Vuelvo atrás
a decir a los hermanos
que la tiene de las manos
un hombre de extraño talle.
Vase.
Sale el Pito.
Huyamos, mira qué valle
de salvajes y humanos
está lleno, y te podrán
prender sus fieras.
Están cerca.
Cerca están,
amigo.
A esta he de llevar conmigo.
No, no, que te alcanzarán.
Huyamos presto de aquí.
¿Qué conciertan? ¡Ay de mí!
Que acá me querrán prender.
Tengo de irme sin saber
qué tierra es esta.
Ve
donde el barco está escondido,
uno de aquestos pescando
y estaba embebido,
que no me vio, bien estando,
y si de ello sois cogido,
te podremos llevar preso.
Salvaje bella, confieso
que voy preso de tu amor.
Huyamos, mira, señor,
que vienen.
Voy sin seso.
Vase.
Cómo se fueron tan presto,
no sé qué diga y, mas sino
que, por ventura, algo de esto
lo que dijo el adivino
en gran confusión me ha puesto.
¡Ah, sin duda, quiero bien
al extraño! ¡Ay, cielo!, ¿quién
tuviera otra vez a vello?
¡Qué talle, qué rostro bello!
¡Bendígalo el cielo, amén!
Salen los hermanos y Doristo.
¿Qué nos dijo este pastor,
hermana?
No sé qué ha sido.
Robado tiene el sentido,
acaso de temor le habrá perdido.
De amor, dijeras mejor.
Yo no he visto en mis días
tal hombre.
Dice de dentro el Tahozí.
¡Que los extraños
me llevan socorro, amigos!
Y son, sin duda, que ya enemigos,
y a mi limpio amor daños.
Vamos presto a alcanzallo.
Vamos todos.
Vanse.
Acayo y Golando.
Que mientras vaya a caballo,
quiero quedar aguardando
a mi hermana, mi ángel bello.
¿Qué fue aquesto, hermana amada?
Dime, hermano, he salteado
de un hombre noble cristiano,
sino es que su nombre engañó,
que de él pude ser robada.
Cuando yo ya entendía
que en cautiverio cruel
llevarme con él quería,
vino acaso otro con él
y se fue en su compañía.
Nunca entendí su lenguaje,
que extraño como el traje.
Mas de su presencia fundo
que hay muy pocos de él en el mundo.
Obediencia y vasallaje,
sin duda que te dejó
rendida con su valor.
Hermano, rendida yo
del hombre extraño, su amor
me rindió, prendió y mató.
Hermana, ¿sabes acaso
qué es amor?
Pag. 12
No he hecho caso
de su mal ni de su bien,
aunque le guardo bien,
y ansí, sin saber lo paso.
Y quisiera que lo supieras.
Pues si es de alguna importancia,
¿qué es lo que te dice?
Que eres tú de tanta ganancia
su dueño.
¿De qué te alteras?
De que me diste gran cuidado
con ello.
Si yo te guardo
dije que amo, en qué te ofendo?
Que si por ti estoy muriendo
no fue el alterarme justo;
si cada vez que te veo
de considerarte y verte
crece en mí un justo deseo
de gozarte y de tenerte.
Conmigo en sacros yugos
fue mucho que me alterase.
Y fue mucho que ignorase
la causa por quien suspiras,
si a quien como amante miras
como a hermano te mirase.
No creí de tu valor
que en la vida me mostraras
otro que hermanable amor.
¿Y si caen, que te varas?
Conmigo tanto rigor
quien mejor que yo merece
tanto bien ni quien padece
tanto como yo por ti.
Ni quien mejor, también di,
que ya ese amor aborrece
tu vida esa pretensión,
que es en vano presumir
que en mi reino ese afición.
Mire que siento gemir
gente y trueco la razón.
Salen todos.
Al fin fue que, a mi pesar...
¿Qué dices?
Lo que oyes digo.
¡Oh desgraciado suceso!
Más agravios, cruda y fiera,
después de la amistad profesa
por donde, hermanos, se fueron,
dentro del mar se metieron
en un barco, como artesa
que corta el mar tan deprisa
que de vista le perdieron
en cuanto me estás oyendo.
¿Sabes qué y masi...
Sí.
¿Qué son los que van huyendo?
Los que dijo el Catari.
Y también lo mismo entiendo,
triste del que adivina
mal, desventura y no
pudo adivinar la suya,
ora en él se envuelva y concluya
el mal que pronosticó.
Hermanos, determinó
que cada cual tome luego
para su reino el camino,
que el descuido y el sosiego
daña a los hombres continuos.
Junte cada cual la gente
que para el uso de guerra
le parezca conveniente,
que amparados de la tierra
veo y hay cobardes y valientes.
Vamos, pues a qué aguardamos,
por diversos caminos
a nuestras sierras nos vamos,
hay en diversos desatinos
quiere el cielo que entendamos.
Ay bello hermano querido
te lleve en palmas vestido
la queja que húmedas.
Ay cielos, no veré más
al extraño de mi vida.
Vas conmigo, o qué miras,
que te es mucho menester.
A mi reino, Rosa mía,
aquí no podrá ser.
Que y no sé la intención mía.
Y en qué importaría podría.
Por Dios que no lo he de hacer,
déjala en mi compañía,
y aunque seas más valeroso.
No ha de ser tal por vida mía,
yo soy del todo superior
y a quien le estará mejor
tenerla siempre a su lado.
Que le soy aficionado
y siendo hermano mayor,
ya viéndome desposar
con mujer noble doncella
la cual no he podido hallar
quiero casarme con ella
pues la ley me da lugar.
Ese mismo pensamiento
tengo y si en casamiento
ha de ser de algún hermano
yo te ganaré la mano
pues lo he dicho ya, mi intento.
¿Tal pensamiento de ti creo?
Yo digo, que prometo y juro
por el cielo y por la tierra
que no has de vivir seguro
si en vicio amarte quiero
y agradece al juramento
aunque en el repartimiento
os jure a todos por reyes
que por las antiguas leyes
pagaréis... los ochocientos.
Ven acá, hermana conmigo,
que en mi reino has de reinar.
Digo que no ha de ir contigo.
Digo que la he de llevar.
Que no has de llevarla digo.
Hermanos, ¿qué furia es esta?
Pag. 13
Mal unos, mal otros, y
en caso que no sea justo
licencia de hacer su gusto
libre nací, libre soy,
no miráis qué necedad
remitidlos por aquellos
que en ajena voluntad
consiste el efeto dello,
no os alteréis, sosegad
de que deba el casamiento
hacerse a gusto y contento
nos da el cielo testimonio
pues no es justo el matrimonio
si falta el consentimiento
y pues los falta en mí
pondré paz en vuestra guerra
con ausentarme de aquí.
¿Adónde vas?
A la sierra.
Vase.
Por ti se fue.
Mas por ti,
que mi justa pretensión
nunca la diera ocasión
de tan repentina ausencia,
fue por tu impertinencia.
Esa misma es mi razón,
vete de aquí, hermano, y justo
que tu rey impide el lauro
a mi tan decente gusto.
Voyme, a mi rey no de Tauro
y del presente disgusto
yo me vengaré, villano,
ay de dicha algún señor
que venga en mi compañía.
Toda esa gran fantasía
no te la entregué en la mano.
Pues desde este punto juro
a todos los villanos
declarar por enemigos,
y mi honor mis hermanos,
entraré en las cuevas vuestras
destruyendo y asolando
las partes donde habitáis,
porque no tengáis reparo,
talaré vuestras mieses
y a todos vuestros canosos
mataré sin perdonar,
robaré vuestro ganado,
las mujeres de los vuestros
servirán a mis vasallos
como sujetas y esclavas
sin premio y sin salarios,
y después que a todos haya
hecho todo el mal y daño
que el más extraño enemigo
pueda hacer al más extraño,
y en premio de vuestro yerro
os haré mis tributarios
con juramento inviable,
porque en los futuros años
se diga por excelencia
que Bencomo rey de Tauro
tuvo a los reyes sujetos
ocho reyes por vasallos
y a la hermana mi enemiga,
si puedo habella a las manos,
la haré esclava de aquellos
con quien yo fuere casado,
todo lo cual enemiga
tengo dentro de un año
suceder en daño vuestro
y en venganza de mi agravio.
Vase Bencomo.
Válgame el sustentador
de la sierra y cielo santo,
qué sentencia tan estraña,
y qué castigo tan extraño
nos promete este arrogante,
vamos a buscar, hermano,
a mi bella Rosamira,
medio y fin de mis cuidados,
que como ella no me asconda
la vista de su sol claro,
y más con la ayuda vuestra
de un arrogante señor,
refrenaré la locura,
y un rey afable y bardo
venga a demandar perdón
a los que dejó agraviados,
vamos antes que se ponga
mi bello sol, que un turbio rayo
veo del umbral seguido.
Sea de Dios, lo sigamos.
Vanse diciendo Doro y Acaimo.
Guía por esa sendilla
que ya es hora que el ganado
deje de la mar la orilla
que en aquel monte encumbrado
hay yerba que maravilla.
Echa por este barranco
que por aquí hay paso franco
por entre una y otra peña.
Hoy de puta, y calla dueña
y como falto de un tranco
me arrojó la bota honda
y pues como se arredra
si se levanta una onda
y pongo en ella una piedra
y en la arena se le asconda,
no quiero yo pues yo la saco
este bofetón de tabaco,
no te ahogues con tantos remates
de qué te espantas, aquel mancebo,
mal lobo le ronca el saco.
Lo que respondo es por tal.
No sé, cosa es que me admira,
corre tú, velo a mirar.
Todo el hato se retira,
ninguno quiere pasar.
Si hay, sin duda algún ladrón
metido en algún rincón.
Desas peñas
luego voy yo a vello
llega, llega acá, Doramas.
Oh, calla, de admiración.
Pag. 14
Descúbrese nuestra Señora abriéndose una peña en dos partes
Una mujer es, Lucindo,
de extraño traje, y en brazos
tiene un muchacho tan lindo.
Guarte de sus embarazos,
ríndele al rey.
Si me rindo,
pardiez, si no me avisáis,
y la salvaja
dello se quejara al rey,
como lo manda la ley,
se ahorcara ya cabañas.
Yo te agradezco el aviso,
pues que tal tengo por ti;
mas si aquesta es la salida
del ganado y se está allí
guardando, y no te convida,
¿qué haremos, pues el hablalle
nos veda el rey?
Señalalle
desde afuera, haciendo señas
que se vaya a estotras peñas,
pues hay hartas en el valle,
y deje el paso al ganado,
porque de vella se espanta.
Haz de señas, hazte a un lado.
Pardiez, cómo esta me espanta;
ya tengo el brazo cansado
de hacer señas, y en la peña
se está queda.
Pues cada uno,
si no se quiere apartar,
yo la haré sin más hablar
quitarse una piedra entera,
y verás como a la fiera
la hago quitar de allí.
Toma.
Daca y mira.
Miro;
no le has dado.
¡Ay de mí!
¿Cómo no acaba el tiro?
Tira.
No lo puedo hacer.
Pues ¿quién te quita el poder?
¡Ay, Doristo!, que en el brazo
siento no sé qué embarazo,
que no le puedo mover.
¡Oh terrible confusión!
Sin duda la forastera
te ha hecho alguna maldición,
que esto fuera si ella subiera a
obrado.
Tienes razón,
¿sabes, Lucindo, qué siento?
Que el mal te ha venido a cuento,
pues puesto en alto lugar
te habías de señalar
de qué parte corre el viento.
¡Ah, traidor y desesperado!
¿Le espantas a donde hay tu bien?
Espantajo de higuera,
nos puedes servir también,
pues ya te has de hacer quejoso,
por ti quiero aventurar
la vida, y quiero hablar
a esta mujer por saber
si ella te pudo ofender,
si no la llegas a enojar.
¡Qué borrasca te ha sucedido!
¡O lo que a mí me ha sucedido!
Ya me admiro y certifico de
qué rostro tiene tan lindo,
qué serena está y qué quieta,
qué muchacho tan bonito,
desnudo, y un pajarito
tiene en la mano dorado.
Un niño tan encarnado,
regalado y ternecito,
¿para qué le tiene en cueros?
Dígame, señora hermosa,
que el sol de aquestos oteros
y la noche tenebrosa
con serenos y ventisqueros
su belleza han de ofender.
No me quiere responder,
pierde el seso en verdad.
Yo he de llegar a tocalla.
Tócala
De piedra debe de ser,
quiero con mi pedernal
cortalle un dedo y veré
si vive o está mortal.
¡Ay, mi dedo me corté!
Dale.
Que en el suyo hay coto igual,
segunda vez le he de dar
si le corto qué placer
ya me...
Dale otra herida, dale,
sea a tus faldas tendida,
sálgate Dios por mujer,
dale.
Cinco dedos me tiré
y ella no ha sentido nada.
No te avisé.
Sale Rosamiro
¡Ay, mujer, desventurado!
En que contra el cielo he errado,
el amor de vuestro asido,
y de hermanos perseguido,
en que depara mi suerte.
Nuestra ama es aquella, advierte.
Ella sea bien venida,
pues por ella el rey sabrá
lo que con esta mujer
pasado a todos nos ha.
Nuestra ama, si quiere ver
cosa nueva, allegue acá.
Dices bien, que no te da
la majestad y gravedad
que antes en el mundo visto.
Sale Acaymo y Lirdimas, hermanos
Nunca la perdí de vista,
mira si ha dicho verdad,
o mi Rosamiro, hermano.
Pag. 15
Sol que al mundo admiró,
a quien la adora desdeñó.
Déjate de agravios y mira
lo que hay sobre esta peña.
Pues el sol divino celo
que en ver que en mi reino tienes
osado de encubrir cosas
extrañas y prodigiosas,
gran bien, o gran mal recelo.
No sé a qué me lo atribuya.
Mira cuál está mi brazo,
y detén la mano tuya.
¡Ay, pavor! ¡Qué furia!
Este es mi brazo.
Calla, ¡ah cielos! te destruyo,
no le des ese apellido.
Lo que nos ha sucedido,
señor, te quiero contar,
ya pudieras empezar.
A que me quisieses oír.
Viniendo, no ha mucho rato,
los dos con nuestras ovejas
a entrar por este barranco
que es paso de estas selvas,
vimos que el manso, y con él
las ovejas delanteras,
se espantaban recelando
a la entrada de las peñas;
y pensando que serían
ladrones, que entre estas quiebras
suelen esconderse a veces
por hurtar alguna oveja.
Pasamos los dos delante,
y vimos sobre esta peña
esta mujer celestial
que no es cosa de la tierra.
Y como a incursos reyes
nos mandas por leyes tuyas
que aquel que hablare en el campo
con mujer la vida pierda,
si ella nos habló primero,
llegué yo, saqué la seña
sin osar hablar palabra
por no incurrir en la pena,
creyendo que se quitase
del paso de las ovejas.
Como no se movía,
tomó Lucindo una piedra
y yendo a tirar, quedó
tieso el brazo, y mano tiesa.
Y yo también quise escarmentar,
que pudiera esta cabeza asomar
llegué a tocalla por ver
si era cosa viva o muerta,
y con una piedra aguda
quise, lo que no debiera,
cortarla por ver si siente;
y en vez de cortarla a ella,
un dedo una vez y otra
cortaba mi mano mesma.
Esto es, señor, lo que pasa,
agora tu alteza vea
si es de la tierra o del cielo
la que ha hecho estas dos pruebas.
Del cielo es, dices verdad,
que de tierra es imposible
tal belleza y majestad
que rostro tan apacible.
Qué talle, qué suavidad,
qué graciosos y qué bellos,
qué rubicundos cabellos,
con cuánta gracia y compás
los tiene vueltos atrás.
Señas sois, ramalles dellos.
Válgate Dios, por chiquito,
qué graciosito es y bonito,
con cuánta gracia y donaire
parece asida al aire
su dorado pajarito,
que parece hechura del sol.
Pues que no puede parecer
que está claro y manifiesto
que es obra de su saber
ha quitado el cielo el resto.
¿Sabéis, hermanos, qué quiero?
A una contra todos fue
vencimos, enojado y fiero
que no ha de quedar de pie
de tan milagroso agüero
como he querido y son
que venga a vernos de paz,
que vayan todos bien a alcanzallo,
corriendo a todos llamallo
llenos de gusto y solaz.
Bella hermana, Rosa, mira
por qué tan callando estás,
llega, y estas gracias mira.
Y a la de más y cuantas más
la contemplo más me admiro.
Con que tanta reverencia
la tengo por la excelencia
que siento de su valor
que no dejéis de amor
porque estoy en su presencia.
Sin duda de remediar
mi brazo tieso y la mano
deste que ves desangrar.
Antes lo más acertado
será haceros castigar
por el descomedimiento
de tirarla y de tocallo.
Nunca yo quise enojallo,
mal haya tu pensamiento.
Señora, piedad te mueva
de los dos.
En esta cueva
a estar presos os condeno,
mientras yo traygo y ordeno
qué castigo darse os deba;
y de ciegos y no salgáis dello
sin que yo lo ordene y mande.
Nuestra ama, gracia tan bella
suplico que os ablande
quisto y más. Saca pecho.
Yo os daré todo el favor
que pudiere, id sin temor,
que yo a mi cargo lo tomo.
Pag. 16
Sale Guaicoldo y Bencomo.
Ya viene de paz Bencomo,
que aquí cerca alrededor
con mucha instancia buscaba
lo que del saber podréis.
Buscando a mi hermana andaba;
de paz vengo adonde estás,
aunque ya de guerra estaba.
Ya Guaicoldo me contó
lo que suerte os descubrió
el cielo en la joya bella;
y díjome por vella,
según lo que della oí,
que por cierto quise yo
quitarme ensaño y atropello;
pues que tú, viéndola allá,
me enviaste a llamar de paz,
y yo de paz vengo a vella.
Dichoso tú, que mereces
tener del cielo una prenda
con que tu reino ennobleces
y de honor, valor y aumento
te mejoras y engrandeces.
Gran cuenta con ella ten,
que tú la conoces bien;
y me dice el corazón
que verán por su ocasión
estos reinos mucho bien.
¿Quieres hacer que demos
orden que destas
todos por igual gocemos?
¿En qué manera?
Que agora
a tu reino la llevemos
y seis meses estará
contigo, y conmigo acá;
o haz, Rey, deste modo:
se ponga en uso todo,
medio año cada uno.
Estimo el ofrecimiento,
aunque el efeto rehúso,
pues no admito ni consiento
que a mi reino desde el tuyo
se haga ese mudamiento;
que si ella gustara dél,
en mi reino de aparecer
pudiera darte yo el reino,
mas pues pareció en tu reino,
tú la debes merecer.
Yo vendré, que es más llano,
siempre que tenga ocasión,
a visitalla en tu tierra.
Gran nobleza en ti se encierra,
cumple con tu obligación;
y si te parece a ti
que joya tan estimada
debe mudarse de aquí
al lugar de mi morada,
llévese y póngase allí.
Has dado muy bien orden,
pues le das también lugar
que se lleve enhorabuena;
mas, ¿quién la osará tocar,
Vase Guaicoldo.
temerosos de la pena?
Que como castigar pudo,
valor para eso no dudo
que ansí castigará también;
espera, verás cuán bien
tal remedio se me acude.
Trae, Guaicoldo, a los pastores
que dentro esa cueva están,
que estos como malhechores
al peligro se pondrán
so pena de sus terrores,
y si algo les sucediere
el daño que les viniere
depende deserviros.
Muy bien ordenado está.
Salen Doristo, Caurido y Guaicoldo.
Qué castigo darnos quieras,
estamos ya sentenciados,
Señora.
No tengáis pena,
que antes os haya perdonado.
¡Bien haya su vista buena!
Llegad, corderos, por los lados
y cargad desta Señora,
que al lugar donde el Rey mora
queremos llevarla.
Vamos.
Perdone si la enojamos,
Señora castigadora,
que de agora es mandado
del Rey, y asentado.
¡Ay, Dios soberano!
¡Sano del brazo me siento!
Y yo también de mi mano,
sano y recio y contento.
¡Oh misterio celestial,
que en tocando sanó el mal
de un pasmado y otro manco!
Así es clemente y liberal.
¡Qué joya tan rica y bella
me diste, que estoy ufano
y glorioso en poseella!
Llegad, Reyes; llega, Ben;
carguémonos todos della,
que una carga tan de estima
indigna de pastores, arrima
tu hombro, y la llevaremos.
Mejor será que asiremos
estas varas y ella encima,
será muy mejor que vaya,
y dos de uno y otro lado
la tendrán porque no caya.
Bien es, manos a lo trazado.
¿Han visto qué bien lo ensayo?
Bueno es, echa agora, sabes.
Destos, quien cosas graves
sabe del Rey Bencomo mucho.
Suenan dentro chirimías.
Pag. 17
Oíd, que esto que escucho,
¿qué son, instrumentos tan suaves?
Que de divinas señales
nos muestra el cielo en señal
de sus tesoros liberales.
Decid, prenda celestial,
¿qué músicas celestiales
os van, señora, sirviendo?
Tú y yo la asiremos temiendo,
andad poco a poco, hermanos.
cielo, en tus manos
mi pecho y vida encomiendo.
Rúbrica.
Rúbrica.
Jornada segunda
Pag. 18
Sale Rosamira sola
Árboles, prados, sotos y sombríos,
arroyos claros, fuentes de aguas llenas,
aves, cuyas arpadas cantilenas
hieren los pechos de pasión vacíos;
hermosos cisnes de los mansos ríos,
tórtolas viudas, dulces filomenas,
que agora sois testigos de mis penas,
y ya lo fuistes de placeres míos.
Doleos de mi dolor, sentid mi pena,
pues sentistes los gustos que sentía
antes que me entregase a un mal tan fuerte.
Que es tanto el mal que mi desdicha ordena,
que excede al bien que antes poseía
y solo habrá remedio con mi muerte.
¡Oh rigurosa suerte!
¡Oh pena rigurosa,
vida costosa, y larga !
Sustento de una carga
de ausencia tan confusa y tan dudosa,
pues muero ausente y no sé por quien muero,
y esperando imposibles desespero.
Cielo, pues que a un cahorí
le diste gracia y saber
que adivinase de mí
lo que me ha de suceder,
¿qué tardanza es esta, di?
Si han de venir los extraños,
¿cómo tardan tantos años?
Que por un extraño muero.
Pag. 19
aunque por un bien que espero
espera el Reyno mil daños.
Mas si en mi pecho encierro
mil daños ha amor de un daño,
nacido, que los causó
la vista de aqueste extraño,
muera el Reyno, y viva yo.
Mueran en resolución
los que mis hermanos son
con todo el isleño bando,
pues me están martirizando
con su pesada afición.
Mas no mueran, que soy dellos
uña, y carne, y si ha de ser
que extraños han de ofendellos,
sangre mía ha de verter
el golpe que diere en ellos.
Que bien puede el santo Cielo,
movido del justo celo
con que quiero al bello extraño,
hacerle bien, sin que daño,
le venga a mi patrio suelo.
Salen los dos Reyes Acaymo, y Bencomo
Dices, hermano, muy bien.
Llega, o lleguemos los dos.
Sépase por qué, o por quién
nos niega.
Guárdete Dios.
Y a ti te guarde también.
Visto, hermana, la crueldad
con que pagas la amistad
de cada cual de por sí,
los dos venimos a ti
juntos de conformidad.
Para averiguar recelos,
que nos haces padecer
tan por un compás los duelos,
que ya es necedad tener
el uno del otro celos.
Y el ver que gastas tantos años
en términos tan extraños
para decir la verdad,
ni sé si es honestidad,
si es locura, o son engaños.
Pues vemos que se te pasa
toda la flor, que la vida
da a la juventud, por tasa,
y que de hombres perseguida
ninguno tu pecho abrasa.
Funda tu causa en razón,
y si acaso es presunción,
advierte que hombres tan buenos
te piden, y cuando menos
tan buenos como tú son.
Si la leona arrogante,
por ser cosa natural,
se rinde al león su amante,
y al fin cualquier animal
se junta a su semejante.
¿Por qué siendo tú mujer,
y habiendo tomado el ser
conforme a Naturaleza
del hombre, es tal tu dureza,
que no te dejas vencer?
¿Hay a dicha en la isla toda
algún hombre de valor,
que en dulce tálamo o boda
Pag. 20
merezca gozar tu amor
si tu gusto se acomoda
a hombre que te merezca
no por nosotros carezcas
de cumplimiento tu gusto
porque hallarás siendo justo
en mí quien te favorezca.
Yo también confirmo y digo
lo que mi hermano Bencomo
y si hay quien valga contigo
más que yo, a mi cargo tomo
socorrerle, y serle amigo.
Que con condición que sea
en quien se ocupa, y emplea
ese altivo pensamiento
hombre de merecimiento
en buen hora te posea.
Mas si es a quien das la mano
indigno de merecerte
habréis trabajado en vano
porque os daremos la muerte
como a villana y villano.
Y si de los dos que estamos
quieres alguno, juramos
por la potencia, y amor
del sol, sustentador
que honramos, y veneramos.
Que al uno apenas tendrás
la palabra prometida
de que su esposa serás
cuando el otro se despida
de importunarte jamás.
Abre aquesa boca y cierra
la puerta al rigor que atierra
de dos reyes el valor
que manifestar tu amor
es la paz de nuestra guerra.
Aunque quiera anteponeros
alguna razón que sea
bastante a satisfaceros
temiendo que no se crea
no quisiera responderos.
Por ventura, ¿hay ley que ordena
que si a la amorosa pena
no da mi pecho lugar
tenga por fuerza de amar?
Si de esto hay ley, no es ley buena.
Que si es amor voluntad
pendiente del corazón
donde se cría la amistad
y los matrimonios son
amor, y conformidad;
y está de los dos vacío
mi pecho, libre albedrío
tengo para que mi gusto
disponga de todo, ¿es justo
que se fuerce el gusto mío?
Si acaso tenéis recelo
que tengo otro amor, yo os juro
por el que sustenta el cielo
que ningún hombre procuro
de todo el isleño suelo.
Que en todo nuestro distrito
solo os dirán que ejercito
la caza por serle amiga
y si no, ved si hay quien diga
que amor de hombre humano admito.
Pag. 21
de que la edad se me pase
de que no tenga afición,
de que envejezca y no case,
si es que estos mis gustos son,
nadie la vida me tase.
Que indiferente cuidado
está mi pecho ocupado,
¿de qué a los dos os fatiga?
Dejadme o ¿qué queréis que diga?
¿Que queréis mi amor forzado?
Con esto acabó de echar
a su ingratitud el sello.
No es mujer, déjala estar,
que aunque agora dijo aquello,
presto la verás mudar.
Antes se mudará el fuego
de su esfera, y verá el ciego
las olas del mar arder.
Pues una cosa has de hacer
por nuestra paz y sosiego.
Cuanto me queráis mandar
haré, con tal que no sea
lo que es mi gusto forzar.
Porque cada cual desea
poder de tu amor gozar,
y porque aunque el desengaño
nos da tu término extraño,
suelen los tiempos mudarse
y en un momento acabarse
lo que no pudo en un año.
Hagamos los dos trazado
para que no nos ofenda
de celos el mal pesado,
que cada cual te pretenda
por modo y término honrado.
Y esto sin darte disgusto,
ni acometer hecho injusto,
sino solo en confianza
que el tiempo con su mudanza
hará mudanza en tu gusto.
Y será con condición
que cuando el uno estuviere
contigo en conversación,
el que segundo acudiere
deje gozar su ocasión
al otro, y podrá mirarte
cuando otra vez pueda hablarte
a solas como el primero;
y aunque se esté un día entero,
a enojarlo, ni a enojarte
no llegue el otro, y se entienda
que ha de ser lo que te hablare
cosa con que no te ofenda,
porque no resulte o pare
tu enojo en nuestra contienda.
Y aquel a quien más amiga
te mostrares, ese diga
el bien que le prometieres,
y si la mano le dieres,
el cielo se la bendiga.
¿Gustas que esto quede así?
Si está en eso la paz vuestra,
nunca la perdáis por mí.
Dame, Acaymo, esa diestra
por firmeza.
Vesla aquí.
Pag. 22
Y como quien soy prometo
que si en público o secreto
hablando acierto a hallaros
de volverme y de dejaros
Yo también lo mismo acepto.
Salen el Cahorí, que desde aquí se llama Antón
Bellido de cristiano, y Castillo vestido de guancho
como que trae preso al Cahorí.
Mira que no me conoces.
Digo que tienes de ir preso.
¿Qué es esto, quién da estas voces?
Extraño y nuevo suceso.
Si me enojo irás a coces.
¡O soberana deidad!
Haz mi sospecha verdad,
y así como el traje veo
vea el fin de mi deseo.
Aquí está su Majestad.
Mas sus Majestades dos,
que de haber llegado a vellos
doy muchas gracias a Dios.
¿Piensas con eso movellos?
¿Quién es él o quién sois vos?
Denos el uno razón,
que estamos en confusión
de ver con extraño traje
hombre de nuestro lenguage.
Dadme, Reyes, atención.
Yo soy un isleño pobre
que en la parte más remota
nací de los reinos vuestros,
aunque agora poco importa
que sepáis mi nacimiento
ni el discurso de mi historia.
Soy al fin un cazador,
que de unas partes en otras
ejercitando la caza
suelo andar la isla toda,
ya por los espesos montes,
ya por las marinas rocas.
Y llegando a orilla del mar
habrá poco más de un hora,
en seguimiento de un puerco,
vi por donde el sol asoma,
cuando al despuntar el día
nos muestra su cara hermosa,
dos hombres dentro de un vaso
de pino y tablas gordas,
a modo de otro que ha días
que apareció en nuestra costa
cuando al Cahorí Guayamo
prendieron gentes remotas.
Saltó éste en tierra, y el otro
al momento el mar acota
con dos palos, que como alas
los bate y el agua azota.
Y yo creyendo que es éste
por las señas de la ropa
el que a Guayamo prendió,
le prendí y le traygo agora
para que le deis castigo
que iguale a sus falsas obras.
Pag. 23
que si agora le soltáis,
bien podrá una vez y otras,
como prendió al Cahorí,
llevar de presos gran copia,
que el que a ser ladrón se atreve
no lo es una vez sola.
¿Tú qué respondes a esto?
¿A qué venís a esta tierra?
Danos la respuesta presto.
¿Eres de paz o de guerra?
Haz tu intento manifiesto,
y advierte que, de negar,
ningún fruto has de sacar,
que aunque soy rey justiciero,
sabré, si eres verdadero,
ser piadoso y perdonar.
¡Ríeste, galano cuento!
Algún loco debe ser,
pues que eso muestra contento.
Ríome, señor, de ver
tu poco conocimiento.
Pues si ha gran tiempo que mora
este que tu vista ignora
fuera de tu compañía,
la cara que antes tenía
esa misma tiene agora,
que aunque de traje mude,
no de facciones. Mas yo
siempre os tuve, y tengo, fe;
pero en vosotros faltó
el tiempo que yo falté.
Y si a mí vuestra presencia
me faltó, vuestra presencia
siempre ha hecho asiento en mí,
y en vosotros se ve aquí
que causó el olvido ausencia;
y a que en el alma os estimo
no os olvido porque os amo,
de Benco mío y de Caymo,
mas vosotros a Guayamo
casi negáis vuestro arrimo.
Pues presente le tenéis,
y ya no le conocéis.
¡O, cielos, piadosos y santos!
Pues tras de disgusto tanto,
tal gusto dado me habéis.
¡O, mi Guayamo querido!
Dame tus brazos.
Señor,
tus pies para besar pido.
Daréte abrazos de amor,
a destajo lo has pedido,
de los que de ti también yo
mil abrazos.
Yo soy quien,
por gozar de abrazos tales,
pasara infinitos males,
siendo el premio tanto bien.
También estoy yo a la mira,
y quiero darte mis brazos.
¡O, mi infanta Rosamira!
Dichoso el que tus abrazos
viene a gozar.
Quien tal mira,
¡o, belleza la mayor
que ha visto humano amador,
rosa del alma mía!
¿Y cuándo será aquel día
que semejante favor...
Pag. 24
Goce yo entre bellos brazos
cuando, ¡ay Dios!, me enlazare
en tan soberanos lazos.
Dichoso el mar que pasé,
dichosos los embarazos
y peligro en que estoy puesto,
pues es claro y manifiesto
que, aunque me vuelva a perder,
gano en haber vuelto a ver
de tanta belleza el resto.
¡Ay, Guayamo, y cuántos años
la falta de tu presencia
se ha sentido!
¿Cuántos daños
he visto yo en vuestra ausencia?
Casos habrás visto extraños,
que quien otro mundo vio,
diverso del que nació,
mucho pudo ver y oír.
Agora podré decir
que soy hombre, que antes no.
Emprendido y descubierto,
he visto, estando cautivo,
tanto que afirmo, y es cierto,
que agora soy hombre vivo,
que antes era animal muerto.
Pues comiénzalo a contar,
que para ver o escuchar
cosa que de nuevo venga,
ya sabes que no hay quien tenga
paciencia para esperar.
Una cosa me has pedido
de tal peso y gravedad,
que turba a cualquier sentido,
pero no hay dificultad
en cosa que me has pedido.
Solo en cuento que es tan grave
no sé en qué empiece o acabe.
Sí harás, pues tanto penetras.
Quiero empezar por las letras,
que son del todo la llave.
Hay en ese mundo ignoto,
a los que en esta comarca
hacéis vuestra habitación,
diversas cosas y extrañas;
y porque sepáis el cómo
las supe y puedo contallas
todas sin haberlas visto,
del modo que os satisfaga,
sabed que hay allá unas hojas
delgadas, lisas y blancas,
cuadradas, de buena mano,
ni muy chicas ni muy largas.
Estas se llaman papel,
labradas por una traza
que os la contaré después,
que agora no es de importancia.
Hay una mixtura negra,
que de ciertos polvos y agua
se hace y se llama tinta.
Con esta y plumas cortadas,
pintan en el papel unas
que por allá letras llaman,
con rasgos, cifras y puntos
de mil diferentes trazos;
aquesas, sin ser personas,
y sin tener lenguas, hablan,
pues que se entiende por ellas
cuanto en todo el mundo pasa.
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escrito por hombres sabios
con cuidado y vigilancia,
que en sucediendo una cosa
la apuntan, y la retratan.
Los que aquesta ciencia aprenden
con gran facilidad hallan
cuanto ha pasado en la tierra
y aun cosas del cielo alcanzan.
Esta ciencia aprendí yo
en esta mi ausencia larga,
por do supe lo que agora
contaré en breves palabras.
El mundo, a quien los antiguos
pusieron por nombre máquina,
es lo que consta del cielo,
fuego, aire, tierra y agua.
Dividiéronle en dos partes
por ser distintas entrambas,
una celestial región,
otra elemental nombrada.
La celestial, que es primera,
como más suprema y alta
se divisa en once cielos:
los diez que se mueven y andan
por natural movimiento
que nunca jamás descansan
el onzeno en cuanto a no,
y primero allá se llama
Cielo Empíreo, y este es fijo
donde las benditas almas
de los bienaventurados
gozando de Dios descansan.
El primero de los diez
primero móvil se llama,
a quien los nueve que restan
siguen, y por él se mandan.
Esta es del mundo una parte
y en la segunda que falta
está sucesivamente
la región del fuego, y pasan
de allí a la región del aire
que está en parte algo más baja,
y en lo más bajo de todo
están la tierra y el agua
entrambos casi mezclados
por ser cosa necesaria.
A la tierra los antiguos
dividieron su distancia
en tres partes que llamaron
África, Europa y Asia.
El Asia, que es la mayor,
contiene en sí bien pobladas
cuarenta y ocho provincias,
que la menor es más larga
que todos los nueve reinos
que esta isla de Nivaria.
Y por el mismo tenor
doce provincias tiene África.
En la Europa hay treinta y cuatro
provincias; de Europa España
se dice la más famosa
del mundo en religión y armas,
que en sí contiene once reinos
gobernados de un monarca
que es el cuarto don Enrique
a quien el Doliente llaman.
Y un Diego de Herrera noble,
vasallo del rey de España,
es señor de la conquista.
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de las Indias de Canaria
bien cercanas a esta nuestra,
con el cual desde su patria
vino en su favor y ayuda
un caballero de fama
que es Gonzalo del Castillo,
hombre noble en sangre y casta.
El cual, estando una tarde
con un dueño de una barca
pescando, de un viento recio
las olas del mar hinchadas,
sin pensarlo los trajeron
a descubrir nuestras playas
y hallome en ellas pescando
y en un barco me arrebata.
Llevome a Fuerte Ventura
y allí me enseña y declara
una ley que los cristianos
mantienen, que ansí se llaman
estos españoles fuertes,
cuya ley es justa y santa.
Tornome cual el cristiano
y Antón es mi nombre y gracia.
Castillo, como mi amo,
al fin su ley, letras y habla
aprendí en mi larga ausencia
y quiriendo ver mi patria
licencia le demandé
y fue su nobleza tanta
que envió conmigo un hombre
surcando en un barco el agua;
trújome, dejóme en tierra,
volvióse, y en esta playa
este cazador hallome,
y viendo la ropa estraña
me prendió y trújome preso,
con que mi cuento se acaba.
Suspenso y embelesado,
Antón, o Guayamo amigo,
me deja lo que has contado.
Y yo su tardanza maldigo.
Yo sin sentido he quedado.
Yo ni me espanto de oíllo,
ni, de su cuento, al decillo,
pude en nada reparar
hasta que le oí nombrar
el noble español Castillo.
¡Ah, Guayamo! si acabaras
tu cuento, y conmigo solo
del español me contaras.
Y tú, la que al mesmo Apolo
como Dafne enamoraras,
¡quién pudiera a solas verte
por ver si es de vida o muerte
el tema de mis locuras!
¿Qué es lo que entre sí murmura?
Murmuro mi mala suerte,
que trabóse de los pies,
pensando que daba alcance
a algún lance de interés,
y paréceme que el lance
movió mi suerte al revés.
Antes de entender no acabas
tu suerte, que si esperabas
interés de la prisión,
tienes mejor ocasión.
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que la que tener pensabas,
que siendo el preso enemigo
aspiraban tus codicias
a la paga, y siendo amigo
será en vez de paga albricias.
Pide, que a dallas me obligo.
También de mi parte fía
que las daré.
Y de la mía,
que también las mando yo.
Ya tu suerte se trocó,
mete en tu casa el buen día.
Pues, señores, lo que agora
para en albricias codicio,
con que mi suerte mejora,
que me admita en su servicio
Rosamira, mi señora;
pues como soy cazador,
y ella sabe esto mejor
que nadie en este horizonte,
andando con ella al monte
sabré más con su calor.
Él ha pedido muy bien.
Yo lo otorgo.
Yo lo acepto.
Yo tengo al voto también
mi gusto en este sujeto.
Viváis mil años, amén.
Yo desde aquí afirmar oso
que cazador más famoso
en la isla donde estamos
no le habrá.
El nombre sepamos.
Yo me llamo Venturoso,
y aunque antes se me llamó
por cierta ocasión, creed,
que agora se confirmó
con esta nueva merced
donde mi dicha empezó.
Todo de tu bien holgamos.
¿Cómo, hermano, no le damos
a nuestro Antón, pues lo ignora,
noticia de la señora
cuyas mercedes gozamos,
que quien vido, y sabe tanto,
bien podrá ser conozella?
Corre esa cortina o manto;
verás la cosa más bella
que se ha visto.
Corren una cortina y aparece una imagen, y híncanse de rodillas todos.
¡Oh cielo santo!
¡Qué divinas maravillas
veo! Hincad las rodillas
ante el valor sin segundo
de aquella que fue en el mundo
limpia de todas mancillas,
de aquella puerta del cielo,
de aquella escalera santa
por quien bajó Dios al suelo,
y al hombre sube y levanta
hasta el mismo Dios su vuelo;
de aquella perla preciosa,
más que el sol y luna hermosa,
hija del eterno Padre,
del Hijo del eterno madre,
del Santo Espíritu esposa;
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De la que parió doncella,
de la que de Dios a nos
trujo paces, y de aquella
que decir Madre de Dios
no hay más como, engrandecella.
Si tantas gracias contiene
que la pidamos conviene,
perdón con alma y con boca
de la reverencia poca
que se le ha tenido y tiene.
¿Qué dices que esta Señora
es madre de aquel que mora
en la celestial región,
por quien gobernados son
luna, sol, cielo, y aurora?
Sí, señor, esta es su Madre.
Advierte que me has de dar
razón que lo dicho cuadre,
si Dios es solo y sin par,
si él solo es principio, y Padre
de cuanto él mismo crio,
¿cómo mujer le parió
quien de principio carece?
Decir que nació parece
oscuro.
Aclararlo he yo.
Es Dios Padre, y es Dios hijo,
y Espíritu Santo inmenso,
un Creador trino en personas,
y un solo Dios verdadero.
El Padre, que es quien se nombra
en la Trinidad primero,
por la gran fecundidad
de su alto entendimiento
una noticia engendró,
no como nosotros vemos
accidentes, mas substancia,
y tan bueno como el mismo.
Este engendrado es el hijo,
no que el Padre sea más viejo
que el hijo, que entre los dos
no hay primero, ni hay postrero.
Estas divinas personas
mirándose, se unieron
en sí tanto amor de verse,
que de su amoroso fuego
se produjo una substancia,
un amor puro y perfecto,
que es el Espíritu Santo,
y tan igual Dios como ellos.
No que se entienda que son
tres dioses, que aqueste es yerro,
sino una voluntad sola,
un amor solo, un gobierno,
tres personas, y una esencia.
Por tan divino misterio,
que él solo se entiende a sí,
y nadie basta a entendello.
Este Dios, que es uno y trino,
perdurable y sempiterno,
ha más de siete mil años
que crio la tierra y cielo.
Luego que el cielo crio,
fue todo de ángeles lleno,
que son unas criaturas
hermosas tan por extremo,
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que no sé con qué igualarlas,
solo sé decir que fueron
tales como convenía
para servirse Dios dellas.
De aquellos ángeles uno,
el más grave y el más bello,
el que entre todos tenía
más cerca de Dios su asiento,
reinando soberbio en él,
quiso y pretendió de hecho
igualarse a su Criador;
soberbio y notable yerro.
Declaró su intento a todos,
y con ser maldito intento,
siguió su parcialidad
de los ángeles el tercio.
Dividióse el cielo en bandos,
y entre malos y entre buenos
hubo una campal batalla,
y al fin los buenos vencieron.
Luzbel, que así se decía
este capitán soberbio,
fue con todos sus parciales
arrojado en el infierno,
y los que antes ser solían
ángeles hermosos, fueron
en demonios convertidos
y padecen fuego eterno.
Luego para reparar
Dios de aquellos que cayeron
los asientos que ocupaban,
quiso, y acudió al remedio:
que a imagen y semejanza
suya a Adán, hombre primero,
fue de la tierra formado,
que Dios más puede hacer que esto.
Púsole en el paraíso,
un jardín tan bello y fresco
que fuera cielo en la tierra
si hubiera en la tierra cielo.
Dióle mando sobre todos
los animales terrenos;
púsoles a todos nombres,
quedando por señor dellos.
Y pareciéndole a Dios
que el animal de más precio,
que era el hombre, estaba mal
sin compaña a su modelo,
infundió un sueño en Adán,
y en lo que duró este sueño
de una costilla del hombre
hizo al animal más bello
del mundo, que es la mujer.
Despertó Adán, y despierto
le dio Dios por compañera
la que es hueso de sus huesos.
Creced y multiplicad,
les dijo, y porque ello, siendo
criaturas, y el Criador
reconozca el su imperio,
un precepto que guardasen
les dio, bien fácil precepto,
y fue que de todas frutas
de aquel paraíso o huerto
quedan a su voluntad
tocar y comer, excepto
de un árbol que les vedó,
y con pena que comiendo
de aqueste árbol les pondría
en un destierro perpetuo.
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y de inmortales serían
a muerte y dolor sujetos.
Pues Lucifer invidioso
de ver que el hombre fue hecho
para gozar de las sillas
que él y los suyos perdieron.
En forma de una culebra
subió en el árbol, a tiempo
que la mujer de curiosa
llegó donde estaba a verlo.
Y pudo con sus astucias
tanto con Eva, que luego
comió la fruta vedada,
y aun no paró el daño en esto,
que incitando ella al marido
también comió, por do fueron
echados del Paraíso,
morada y gracia perdiendo.
De estos dos fue luego el mundo
multiplicando y creciendo,
hasta henchir aquellas partes
que dije en el otro cuento.
Hay junto al Infierno velado,
que se dice el Limbo o Seno
de Abraham, que es un lugar
que ni es gloria ni es tormento.
El cual Seno era un presidio
de las almas de los buenos,
aquí las benditas almas
cinco mil y setecientos
años y más, de la vista
del sumo Dios carecieron,
y no se halló en todo el mundo
quien satisfaga por ellos,
que en ser Dios el ofendido
descuento humano es pequeño.
Al fin la Deidad inmensa,
movida de tantos tiempos
de oír humanos gemidos,
misericordia pidiendo,
en su tribunal sagrado
se determinó que el Verbo,
en la Trinidad Segundo,
bajase del cielo al suelo,
y tomando carne humana,
satisfaga humano yerro.
Pues como para humanarse
ha de haber mujer por medio,
tendió Dios la vista al mundo
y vio en Judea en un pueblo
que se llama Nazaret,
del término galileo,
una preciosa doncella,
noble en sangre, santa en hechos,
que fue la Virgen María,
cuyo traslado estáis viendo,
y siendo cual convenía
para el humano remedio,
despachó del real alcázar
un alado mensajero,
llamado Gabriel; hallola
retirada en su aposento
en santa contemplación
entró, y hablola diciendo:
"Sálveos Dios, llena de gracia,
con vos sea el Señor nuestro;
bendita entre las mujeres
sois". Mas la Virgen oyendo
Pag. 31
del Ángel tal embajada,
se turbó, y el Ángel viendo
su turbación, replicóla:
"No temáis, Virgen, que vengo
a daros esta embajada
de parte del Rey del Cielo.
Habéis hallado su gracia,
y quiere que su Unigénito
encarne en vos, y que nazca,
y en naciendo llamaréislo
Jesús". Respondió la Virgen:
"Ángel, ¿cómo ha de ser esto,
que no conozco varón?"
Pero el Ángel, respondiendo,
dijo: "El Espíritu Santo,
Señora, sobreviniendo
en vos, os dará su gracia,
y la virtud del Supremo
os alumbrará entre tanto".
Quedó la Virgen con esto
satisfecha, y respondió:
"Su sierva soy, hágase luego
en mí la voluntad suya".
Y dando el consentimiento,
encarnó el Hijo de Dios.
Y a nueve meses de tiempo
le parió, y quedó del parto
tan Virgen como primero.
Bien pudiera desde aquí
empezar de nuevo el cuento,
y no acabar en un año
según hay que decir de eso,
basta deciros que Cristo,
en cuanto humano creciendo,
a edad de treinta y tres años,
preso, atormentado y muerto
en una cruz por el hombre,
satisfizo al Padre Eterno.
Bajó glorioso a las almas
que su santo advenimiento
esperaban, y sacólas
de aquel penoso destierro.
Y al tercer día de su muerte
esta alma vuelta al cuerpo
del sepulcro donde estaba
resurgió de entre los muertos;
y dentro en cuarenta días
subió el alma y cuerpo al cielo,
de donde vendrá a juzgar
a los vivos y a los muertos,
dando a los buenos cristianos
que guardan sus mandamientos
su gloria en premio, y por pena
a malos perpetuo infierno.
¿Veis aquí por dónde es Madre
de Dios la Reina del Cielo,
con que de la duda vuestra
sé que os dejo satisfecho?
Yo estoy satisfecho, y tanto,
que envidio tu cautiverio
dichoso, tú, pues en cuanto
duró tu ausencia, un misterio
supiste tan alto y santo.
¿Qué digo, hermano Acaymo,
cuanto en el nuevo cristiano,
por gracia de Dios, y arrimo
de la que a Dios hizo humano?
Pag. 32
pudo alcanzar a saber
esto, y puédese creer
que sin don particular
ni él lo supiera contar
ni nosotros entender.
Virgen, aunque ofensa os hace,
quien lugar tan pobre os da,
si un sano celo os aplace
servíos del mío, pues ya
sabéis que del alma nace;
que en esta barbaridad
no hay cosas de gravedad,
como se ha visto en la prueba,
que aquí quien tiene una cueva
es el de más calidad.
En esta cueva podéis
reinar, estar y mandar
del modo que vos gustéis,
y del reino de Güímar,
que es vuestro, reina seréis.
Y aunque sois reina del cielo,
y lo que os ofrezco es suelo,
todo lo que tengo os doy;
y si es poco y poco soy,
sabéis que es grande mi celo.
Con lo que ofrecido has
no debes más ofrecer,
pues que cuanto tienes das,
pero yo pienso le hacer
servicio que importe más.
Quiero una fiesta ordenar,
que, si puedo, ha de durar
lo que de la vida resta,
y que se haga esta fiesta
en este mismo lugar.
Por espacio de ocho días
porque tus gentes y mías,
y las de los reinos todos,
por muy diferentes modos
hagan fiestas y alegrías
en honor desta señora,
y que cada año sucedan,
comenzando desde agora,
tres fiestas, y porque puedan
los que a nuestra emperadora
vinieren a visitar,
el tiempo que aquí han de estar
tener la comida a basto,
quiero que les haga el gasto
de renta que la he de dar.
Seiscientas reses de cría
les señalo las mayores
de toda la hacienda mía,
y tu hermano a tus pastores
que las traigan luego envía,
que los señalo a los dos
para guardarlas, pues Dios
la mostró a los dos primero.
Bello y celestial lucero,
recibid mi oferta vos,
y con lo multiplicado
los mantendréis, que con ello
bastimento habrá sobrado.
Dios le inspiró en todo aquello
Pag. 33
que es muy justo, y acertado
que la que el cielo sustenta
de almas, por cuya cuenta
Dios les da el bien que esperamos
cuando a sus fiestas vengamos
nos sustente con su renta.
Y pues que todos le dan
y no puedo yo ofrecer
renta. y Rey no me verán
de hoy más en su casa hacer
oficio de sachristan.
A mi mesmo le daré
y con ella me estaré
a servirla, y venerarla
barrer su casa, y limpiarla
con amor, lealtad, y fe.
Y será de mucho efeto
Antón que asistas con ella
porque en las fiestas o aprieto
de gente que acuda a verla
no se le pierda el respeto.
Que tan alto entendimiento
el cielo a estos brutos dé
Señor del celeste asiento
redúcelos a tu fe
que buen principio, y cimiento
llevan siendo medianera
tu Madre.
De que manera
vino este reino a gozar
desta joya.
Junto al mar
quiso Dios que apareciera.
De que suerte apareció
Sabráslo de los pastores
Lucindo, y Doristo
Yo
gustare de ver Señores
el lugar donde se hallo
y a esos dos quisiera ver
para inquirir, y saber
notando el modo, o la parte
porque modo, o por cual arte
su aparezion pudo ser
Vamos pues
yo quedo aquí
sola a ver, y contemplar
esta Virgen
Sea así
guia al mar
Vamos al mar
Venturoso ven tras mi
que un poco te he menester
quien te deve obedecer
seguirte será razón
Ven despues a verme Antón
Despacio te vendre a ver.
Vanse todos, y queda Rosamira sola.
Solas quedamos las dos
Virgen, si cuando ignoraba
que erais Madre de Dios
y hablaba, y comunicaba
todas mis cosas con vos
ahora con más razón
pediré en esta ocasión
de vuestra divina mano
socorro pues es Cristiano
Pag. 34
en quien puse mi afición
dadme favor, dadme ayuda
haciendo que mi español
presto a remediarme acuda
y vos Niño Dios que al Sol
dais la luz a quien sin duda
confiesa por Dios del Cielo
amparad mi justo celo
pues pretendo en casamiento
a un hombre que fue instrumento
de a vos levantar mi vuelo
Por él vine a conoceros
por él vine a confesaros
por él pienso mereceros
y por él vengo a rogaros
que de mis hermanos fieros
me libréis dando ocasión
como en dulce paz y unión
según vuestra ley seamos
casados porque os sirvamos
con fruto de bendición
Parece que me miráis
y que a mi ruego os movéis
y con risa me otorgáis
lo que os pido, bien podéis
Virgen como vos queráis
Ya el corazón me adivina
buen suceso, la cortina
quiero echar que no es razón
que humana conversación
enfade a Reina divina
Vase.
Echan la cortina y salen Bencomo asido de Castillo empuñando una vara para dalle.
Traidor, ¿qué es lo que mi hermano
trataba a solas contigo?
Detén, mi señor, la mano,
no tanto rigor conmigo,
que a tu servicio estoy llano.
¿Tú a mi servicio, traidor?
¡Vive Dios!
Ten, mi señor,
que si atento me escuchares
haré cuanto me mandares.
Y te estará muy mejor.
Yo quiero darte aquí
lo que pides, mas querría
primero saber de ti
si por ventura algún día
en secreto de ti a mí
algo se me encomendase,
¿qué harías?, ¿que lo contase
si te disgustaba en ello?
Basta, no quiero sabello
aunque mucho me importase.
Dame de amistad la mano,
que ya he visto tu valor,
quiero, venturoso hermano,
valerme de tu favor.
Yo soy el que en eso gano.
Empléame en tu servicio.
¿No ves en mi rostro indicio
de lo que pedirte quiero?
Ya por las muestras espero
que pase en mi perjuicio
lo que me quieres pedir.
Apostaré que imaginas...
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Lo que yo te he de decir
es amor.
Bien lo adivinas.
Esperar, rabiar, morir,
es infierno, es padecer
por una ingrata mujer
que sin razón me ha negado;
es amor, no siendo amado,
que es cuanto mal puede ser.
Mira qué mayor querella
puede haber; y así te ruego
que, pues has de andar con ella,
procures por mí, su ciego,
procurando enternecerla.
¿Qué dices? No estés dudoso,
que el nombre de Venturoso
confirmarán mis mercedes
si de ella alcanzar me puedes
un favor.
Cielo piadoso.
Tras de tan prolija ausencia,
¿quién ha de poder sufrir
tan áspera penitencia?
¿Qué dices?
Que he de decir
que por cumplir la obediencia
que te debo, y por tu provecho,
haré lo que nunca he hecho.
Vete, que a cargo lo tomo.
Sale Acaymo.
¿En qué se tarda Bencomo?
¡Oh, Bencomo! ¿Qué te has hecho?
Que te estamos esperando
yo y Antón.
A Venturoso
le estaba, hermano, rogando,
pues es cazador famoso,
que si acaso, a caza andando,
puede rendir una fiera
que en esta playa, o ribera,
suele andar, la traiga viva.
Sale Rosamira.
Esa fiera es muy altiva,
no se rendirá, aunque muera.
Aquí estás tú.
Aquí estoy yo.
Que vengo de andar con ella.
Que no ha de rendirse.
No
porfía; podrá vencerla,
que a muchas fieras venció.
Vámonos, hermano.
Vamos.
Amigo, lo que tratamos
ten en memoria.
Sí haré.
Y lo que yo te encargué.
Vanse los dos.
Pleito pendiente empezamos.
Volvió en pena amor mi gloria,
y hicieron sus falsas leyes
tragedia mi dulce historia.
Estos, cuando menos, dos reyes
aspiran a mi victoria.
Venturoso...
Mi señora.
¡Qué pena en tu pecho mora!
Un incendio, un mal rabioso,
que el nombre de Venturoso
derriba, borra y desdora.
Pag. 36
Dime tu dolor.
Dirélo,
que aunque pierda en declararme
la vida, no puede el cielo
darme más mal que matarme,
y muerte al triste es consuelo.
Yo soy aquel español,
infanta, que ha tantos años
que salté en tu playa y vi
de tu bello sol los rayos.
Yo soy quien cegué de verla,
y quien porque tus hermanos
entre sí se convinieron,
temiendo el notorio daño,
no osé robarte; y al fin,
retirándome a mi barco,
al nuevo cristiano Antón
hallé junto al mar pescando.
Prendílo, llevélo, y dél
supe tu valor y trato,
y en esta prolija ausencia,
que han sido más de diez años,
él aprendió lo que él sabe,
y yo su lenguaje extraño,
porque, sabiendo el lenguaje,
pudiese verte a mi salvo.
Y el no haber venido a verte
hasta agora lo ha causado
las guerras que se han tenido
con los isleños canarios,
que tengo a cargo una esquadra
de la gente de a caballo,
y como los cargos de honra
son carga para el honrado,
por no dar nota de mí,
he padecido y pasado
lo que el cielo solo sabe,
hasta que agora, hallando
ocasión, me aventuré,
y con el traje mudado
vine disfrazado a verte,
vine a morir disfrazado.
¿Que tú eres el español,
Castillo?
Yo soy, señora,
quien vio buelto en arrebol
el sol que se anubla agora.
Mejor dirás que eres sol.
Después que te vi y me viste
me rendí; si te rendiste,
el cielo igualarnos quiso.
Rosa de mi paraíso,
¿qué dijiste?
Lo que oíste:
que soy tuya si eres mío,
que cristiana entre cristianos
llegaré, en Dios confío.
Cielos santos soberanos,
¿duermo, sueño o desvarío?
Como estoy, el juicio pierdo
como a tanto bien recuerdo
del sueño que dejo atrás;
y pues no te vi jamás
en ocasión hombre cuerdo,
dame las manos, mi gloria.
Los brazos será mejor.
Célebre amor, mi victoria.
Pag. 37
por la más alta y mayor
que hubo en amorosa historia.
Sale Bencamo y velos abrazados.
Húrtele el cuerpo a mi hermano
por ver si, ¡mas, oh, villano,
vive Dios que la abrazó!
Desventurada fui yo,
perdidos somos, Cristiano.
Que Bencamo nos ha visto,
disimula y vuelve a darme
otro abrazo.
Tal resisto
si aquello es mas que matarme.
¿Cómo a matalla no embisto,
vive Dios, de un alevoso
que has trocado el venturoso
en desventurado agora?
Hermano.
Hermana traidora,
basta, vil.
Rey poderoso,
pesar de quien me parió,
repórtate y hazte a un cabo.
Señora, que aquí estoy yo,
¿de qué estás, señor, tan bravo?
¡Quién a enojarte bastó!
¿Como quien bastó a enojarme
querrás (vive el cielo) darme
a entender que son antojos
lo que he visto por mis ojos?
¿Quieres, señor, escucharme?
¿No mandaste que por ti
hablase a tu hermana?
Sí.
Pues si ella dello gustó
y en albricias me abrazó,
¿en qué, señor, te ofendí?
Si tal premio he de sacar
de ser prompto a tu servicio,
licencia me podrás dar.
Iréme.
Pierdo el juicio
de plazer y de pesar,
de plazer por ser querido
de quien ya fui aborrecido,
de pesar por lo pasado,
pues por no haberla gozado
no quisiera haber nacido.
No te cause eso pasión,
que yo que supe ablandalla
sabré buscar ocasión
para a tu amistad tornalla.
Estoyte en obligación.
Mas a la paga me allano,
y antes que venga mi hermano,
a verme otra vez contigo
me voy.
Vete en paz.
Vase.
Amigo,
mi vida queda en tu mano.
Tu muerte dirás mejor,
mi infanta.
Mi dulce amado.
Como niego a este amor,
como quien se ve a tu lado.
Pag. 38
gozando de tu favor.
Sale Acaymo.
Díjele que,
que mi hermano
quiera ganar por la mano
en hablar a Rosamira,
sospecho
aquello te admira.
Soy soldado, y soy cristiano,
y lo engañaré mil veces
si es menester.
¿Qué es aquello?
Astuto y sabio pareces.
Quiero gozar de tu celo
la ventura que me ofreces.
Tuya soy, tu gusto estimo.
Mil glorias me da tu arrimo.
¡Val!, he visto trance fuerte.
Mi bien, repórtate, advierte
que te está viendo Acaymo.
Hagámosle el mismo engaño,
abrázame.
Que me place.
Loco advenedizo, extraño,
¿de dónde, o de qué te nace
atrevimiento tamaño?
Mas esta mujer liviana,
de reyes indigna hermana,
está desta culpa llena,
y ella ha de llevar la pena
de alevosa y de villana.
Mal, señor, lo has entendido,
pues culpas a mi señora
de haberte favorecido.
Vase.
Déjalo, que antes de un hora
lo verás arrepentido,
y yo le haré que en su daño
reconozca el desengaño,
con largo arrepentimiento,
y que el yerro de un momento
pague con pena de un año.
Enojada va,
y tiene mucha razón.
Esme el mismo Dios testigo
que basta a dar confusión
esto a un mundo, vil enemigo.
¿No ha sido delito extraño
haberla visto en mi daño,
abrazar tu cuello?
No,
¿sabes por qué me abrazó?
No lo sé.
Ahí está el engaño.
Porque llegando yo a dalla
el recado de tu parte,
cansada de importunalla,
determinada de amarte
está, pues lo estás de amalla.
Y como supo de mí
que con lealtad te serví
después de habértelo yo
importunado, me dio
dos abrazos para ti.
¡Ay mi bella Rosamira!,
del bien que me concedió
se arrepiente y se retira.
Mira, señor, que soy yo
quien a tu contento aspira.
Pag. 39
Corre tú, busca a tu hermano
y entreténle allá entretanto
que yo tu negocio allano,
ayúdete el cielo santo,
queda en paz.
Vase.
Amor tirano,
en qué ha de parar mi suerte.
Sale Rosamira.
Dulce vida de mi muerte,
cómo te va.
Gloria mía,
muy mal sin tu compañía,
y bien cuando vuelvo a verte.
Aunque soy yo a quien el cielo
porque el levantado vuelo
no viniese a despeñarme
quiso aguarme el bien con darme
pena a vueltas del consuelo,
que cuando no fuera ansí,
que el gozo el pesar aguara,
con el bien que recibí
de tu alteza, reventara
porque no cupiera en mí.
Mi español, ¿qué diré yo
del gozo que amor me dio
después que me vi contigo?
Lo que tú dijiste digo,
que el bien con el mal se aguó,
porque cuando ansí no fuera,
el demasiado plazer
de verte me enloqueciera
y ansí fue bien menester
que el bien con el mal viniera.
Y no te cause pasión
ver que tus contrarios son
dos reyes, que tus engaños
podrán sustentar mil años
en salvo nuestra afición.
Dicen dentro Sancho de Herrera y Diego de Herrera y un piloto.
Amayna, alarga el batel
y toma ese cabo en él
y en derecho de aquel cerro
fija el áncora.
Echa el ferro.
Qué ruido extraño es aquel.
Vamos, mi bien, acudamos
al puerto a saber quién son.
Ya yo sé quién son, no vamos,
que ya de nuestra aflicción
suceso alegre esperamos.
¿Son amigos o enemigos?
Son españoles y amigos,
éste es el conquistador
de Canaria, y de mi amor
él y los suyos testigos,
que sabiendo que esta tierra
tanta extrañeza y poder
en sitio tan poco encierra
quisieron venirla a ver,
mas diz que no de guerra.
Aquesto trató conmigo
el conquistador mi amigo
y aun otra cosa trató
sino que no sé si yo...
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lo podrá acabar conmigo.
No es posible que me quieres
tanto como has publicado,
pues de mi valor no infieres
que quien los brazos te ha dado
hará cuanto le pidieres.
Vida y honra está en tus manos,
dispensa en todo del arte
que quieras.
Entre cristianos
quisiera, mi bien, llevarte
a escusa de tus hermanos,
que aquí ya ves de la suerte
que se pasa.
Obedecerte
es español mi interés;
tras de cuantos pasos des
iré, aunque vaya a la muerte.
Como lo ordenes de modo
que sin peligro nos vamos,
a tu gusto me acomodo.
Salen los reyes, Antón, Sancho de Herrera,
y Diego de Herrera, su padre, y gente.
Ya que en amistad quedamos,
que es lo más cierto de todo,
vamos a dar vasallaje
a la que es causa que baje
Luzbel la soberbia frente.
¿Qué es esto? ¿Toda esta gente
sabe ya nuestro lenguaje?
De Antón lo aprendimos todos;
todos sabemos por él,
vuestra habla, usanza y modo
de vivir.
Corren la cortina y aparece la imagen.
Madre de aquel
que por darnos vida a todos,
siendo Dios se hizo humano
y so el poder de un tirano
padeció, y quiso ser muerto.
¿Quién os aportó a este puerto?
¡Qué misterio soberano
fue querer aparecer,
por manera tan extraña,
donde os saben conocer!
Vuestra ha sido aquella hazaña,
sin duda debéis querer
que por vuestra intercesión
los que en esta habitación
tan remota y escondida
pasaban silvestre vida,
gocen la cristiana unión.
Mira, señor, la manera
del vestido a lo romano,
y una vela de madera
verde y pequeña en la mano,
que es para añadir cera.
Mira el Niño desnudito
y el dorado pajarito,
como que a volar lo envía.
Toda es de masonería,
y todo el vestido escrito
de unas letras coloradas
por collar, mangas, cintura.
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por fimbria y mano sembradas
latinas son, y de hechura
tan ricas, y bien talladas
que mano humana no pudo
formar tal
qué dicen
dudo
que nadie acierte a leerlas
algún misterio hay en ellas.
Que por más, y más acudo
a leerlas, y a apuntarlas
menos las puedo leer
lo más seguro es dejarlas
que en el divino saber
solo cabe el declararlas,
Muy bien has dicho dejemos
hijo, lo que no entendemos
ha Señor,
qué hay buen Antón?
qué nombre o advocación
a esta imagen la daremos?
Que allá entre cristianas gentes
a imágenes tales dan
apellidos diferentes
según el lugar do están
o según causas decentes
como claro se averigua
por las que hay en la distancia
de la cristiandad antigua
La Iniesta, peña de Francia
y el Loreto, y la Antigua
La Charidad Monserrate,
Guadalupe el Cañabate
el Pilar de Zaragoza
sin muchas que el mundo goza
que no hay para que se trate
que es muy largo
has dicho bien
ya yo estoy considerando
nombre propio que le den
Virgen Vos le yd alumbrando
para que acierte más bien
A esta Virgen que en Nibaria
se apareció voluntaria
por la candela que tiene
en la mano, le conviene
el nombre de Candelaria,
y su fiesta, y procesión
se celebrará en el día
de la Purificación
que es lo propio, y Vos María
para más confirmación,
del sobrenombre que os di,
hace ahora alguna hazaña
dellas vuestras no por mí
mas porque esta gente extraña
que os está mirando aquí
que ya tiene fe con Vos
conozcan Madre de Dios
lo que podéis, y alcanzáis
con el hijo a quien gozáis
donde estáis juntos los dos
Canta la música dentro
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Celestial hechura
de la Virgen sacra,
bien te cuadra el nombre
de Candelaria.
Puerta de los cielos,
fresca y verde planta,
que sanó su fruto
del mundo la llaga.
Tu ab eterno hijo,
por mercedes altas,
conceda a esta isla
que la ampare y traiga
a la unión y gremio
de la Iglesia santa;
de hoy más Tenerife,
que antes fue Nivaria,
gozará el amparo
de la Candelaria.
Refiérenlo todos.
Válgame Dios, dime, Antón,
¿quién son los que esta canción
cantaron tan acordada?
De la celestial morada
ángeles sagrados son.
¡Oh, divina maravilla!
¡Oh, cristiano venturoso
que diste a la sin mancilla
el sobrenombre glorioso,
a ti mi valor se humilla!
Dame esas dichosas manos.
Hidalgo cristiano, danos
tus manos.
Yo, es más razón
que os las bese;
hay devoción,
como está entre cristianos.
¡Oh, Tenerife dichosa,
pues tanto bien cabe en ti!
Cristiano, una fiesta honrosa
que yo de hacer prometí
a nuestra Virgen preciosa,
mañana la comenzamos;
hora es que nos veamos.
Ven conmigo, en aras,
con nosotros, y estarás
a ver nuestras fiestas.
Vamos.
Entranse, aparta Castillo a Sancho de Herrera.
Mi señor Sancho de Herrera,
mi Gonzalo del Castillo,
¿qué fin tu suceso espera?
Mejor que sabré decillo
no puedo agora aunque quiera.
Mi Antón.
Mi señor.
Es hora
de vernos.
Tienes razón,
mas mira que mi señora
nos escucha.
¡Ay, mi Antón!
Y yo la adoro, me adora.
Pag. 43
Ya, Antón, su merecimiento
me rindió.
Dichoso cuento.
Madre de Dios, perdonadme,
que luego vuelvo; contadme
vuestra historia.
Sea al momento.
Vanse todos cerrando la cortina a la imagen.
Fin del segundo acto.
Jornada tercera
Pag. 44
Vanse los dos, Comedia de la Candelaria Guanches
fin del Segundo Acto
Nuestra señora de la Candelaria y sus Milagros y Guanches de Tenerife
3ª aunque los / original aunque / De BR
Nuestra señora de la Candelaria y sus milagros y Guanches de Tenerife
3ª Jornada
Joan Perez
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Sale Sancho de Herrera y un piloto.
Si tu pesadumbre topa
en que no nos embarcamos
y de la gente la tropa
se embarcó, solos quedamos
mi padre y yo.
Hay viento en popa,
y antes que el viento se acabe
quisiera sacar la nave
del puerto.
No acabará,
que antes mi padre vendrá
que bien estas cosas sabe,
que se estará despidiendo
de los Reyes.
Mientras viene,
cuéntame, señor, qué estruendo
es el que esta gente tiene,
pues que lo has estado viendo,
que en ocho días que estamos
aquí, como no saltamos
en tierra, hemos oído
grande alboroto y ruido,
pero la causa ignoramos.
Sabrás pues que en esta isla,
entre esta gente salvaje,
antes que se descubriese,
con más de diez años antes,
se apareció a dos pastores
una rica y santa imagen,
que hay opinión, y aun se cree,
que allí la hicieron los Ángeles;
pues considerando el tiempo
en que apareció, y la parte,
en la hechura hay unas letras
que no pueden declararse,
no pudo ser que la hicieren
sino obreros celestiales;
y que el haber parecido
entre estos bárbaros guanches,
que ansí les han dado nombre
a estos isleños salvajes,
es porque se sirve Dios
que por medio de su madre
vengan a conocimiento
de su fe, y porque se sabe
que ha sido siempre una gente
tan simple y tan ignorante
que ninguna idolatría
usan como en otras partes,
solo conocen y creen
a un Dios solo, sumo y grande;
estos a la Virgen sacra
han hecho acá fiestas tales
que han durado una semana.
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con músicas, saltos, bailes,
tiran, corren, hacen pruebas
de ligerezas notables,
que otro género de fiestas
no las usan, ni las saben.
Y en las noches de estos días
de las fiestas que en la parte
do está la imagen se ha visto
procesiones en los aires
con mil lumbres encendidas,
y mil divinos cantares,
hallando por las mañanas
cabos de velas en mil partes
que llevamos por reliquias,
esto es lo que preguntaste
del alboroto y el ruido
que habéis oído en la nave.
También travesando el mar
desde las celestes cumbres
vimos nosotros bajar
mucha cantidad de lumbres
que paró en este lugar.
Que las mismas que has contado
son sin duda.
Sale Diego de Herrera, y los Reyes.
Ya ha llegado
señores Reyes el día
que de vuestra compañía
me aparta mal de mi grado,
que vuestra amistad estimo
tanto que a poder hacello
asistiera en vuestro arrimo.
Y dieras gran gusto en ello
a Bencomo y a Acaymo.
Quién se honrara de serviros,
yo soy, quien por sentiros
tan gratos a cuanto os pida,
agora a la despedida
quiero una merced pediros;
y es que esta Reliquia santa
a quien con razón hacéis
tantas fiestas y honráis tanta,
si es posible, me la deis,
que una tan divina planta
de quien Dios vino a nacer,
quisiera la trasponer
Reyes, con vuestra licencia,
adonde hay más conocencia
de Dios y de su poder.
Que aunque aquí la veneráis
como yo he sido testigo,
mucho os falta que ignoráis,
Reyes dadmela, y me obligo
a daros cuanto queráis.
La paz que vine a trataros
me obligaré a confirmaros,
no tan solo con mi Rey,
mas con cuantos de mi ley
aspiren a conquistaros.
Y si algún fiero enemigo
se atreve a vuestro valor,
como confirmado amigo
defenderé vuestro honor
dando a sus Reyes castigo.
Señor Diego de Herrera,
sin apremio de obligaros
a que tanto os deis quisiera
serviros y contentaros
si con libertad pudiera.
Y aunque es verdad que en Guímar
donde yo asisto a reinar
se me mostró vuestra santuaria
la Virgen de Candelaria
por ser mío el lugar,
si pudiera de lo que es mío
como libre poseedor
disponer a mi albedrío
esto como a mi superior
por de edad y señorío
a él le toca el responder,
y si él quisiere hacer
gracia del don soberano,
sois mi amigo y es mi hermano
y así habré de obedecer.
He oído con atención
de vos, señor, la embajada,
y de la satisfacción
aunque el intento me agrada
no tiene efeto en conclusión.
No os ha lugar lo que pedís,
y en lo demás que deseáis
de confirmar la amistad
cumpliré con vuestra bondad
si lo que asentáis cumplís.
Y cuando algún enemigo
con su fuerza y presunción
quiera enemistad conmigo
como le falta razón
no le faltará castigo;
que de las causas movido
la joya que habéis pedido
a nadie la pienso dar;
que pues parece en Guímar
no sin gran misterio ha sido.
Y mal guarda el decoro
el que hallando en su reino
tan soberano tesoro
a la ajena lo destina.
Y a vos digo que no ignoro
que con más veneración
allá en vuestra religión
trataréis joya tan alta,
mas si acá de obras falta
sé que os sobra de intención.
Pedidme cuanto queráis
que todo mi reino ofrezco
para que de él os sirváis,
y que lo daré os favorezco
salvo a la Virgen me dejéis.
Gozad Reyes en buen hora
de la divina señora
que tenéis en posesión,
que en todo tenéis razón,
y porque dejaros es hora
licencia nos podéis dar.
Vamos, que nos convidan.
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Salga a la orilla del mar.
En buen hora, Antón, adiós.
Él os guíe.
Alto, a embarcar.
Vanse todos, quedan Antón y Castillo.
Ya, buen Antón, ha llegado
tiempo en que de ti apartado
goce el fin de mi afición.
Y perdóname, mi Antón,
por no haberte cuenta dado
que me lo estorbó quien pudo.
Con seso me dejas,
atónito, helado y mudo
pasmé al entender que te vas.
Mas, ¿cómo has de irte? Dudo,
pues sé que tu intento aspira
en llevar a Rosamira,
que es el fin de tu querella,
y los reyes de hito en ella
están contino a la mira.
Hasta agora en la ocasión
que si habíais de iros, había
de ser vuestra embarcación.
Van al mar en compañía
de los que en tu ayuda son,
y no los han de dejar
hasta verlos embarcar,
y embarcados vendrán luego
a perturbar tu sosiego
y alterar tu suerte, a caso.
Que tenemos concertado
que el conquistador Herrera,
después de haberse embarcado,
cuando ya la noche quiera
tener su manto estrellado,
y habiéndose sedado el mar,
vuelvan a desembarcar;
solo el piloto con él
en un pequeño batel,
en el cual me han de esperar
metidos en cierta parte
hasta que yo con la infanta
acuda al puerto.
De esa arte,
aunque prevención con tanta,
podrás llevarla y llevarte.
¿Y la infanta, mi señora,
dónde queda?
Haciendo ahora
que de la prenda que estimo
venga, a trueque de acá, primo,
solo mi Antón, a la obra.
A despedirme de ti.
Abrázame y ten cuidado
de rogar siempre por mí
a la Virgen.
Obligado
estás a hacer lo ansí,
pues siendo tú el instrumento,
vine en su conocimiento.
Vete, mi señor, con Dios,
antes que los reyes dos
vengan en tu seguimiento,
que me dice el corazón
que esta tu partida en duda.
Adiós, mi querido Antón.
Él te guíe y te dé ayuda
en tan dichosa ocasión.
Vase Castillo.
Dios vos bendiga, la estrella,
que guíe la infanta bella
por donde segura y clara
pues va a tornarse cristiana
y a un Cristo con ella.
Sale Diego de Herrera.
¡Antón!
Señor.
¿Y tu amo?
Agora se fue de aquí.
Corre y dile que yo le llamo.
¿Es hora ya de iros?
Sí,
de presto.
Voy como un gamo.
Vase Antón.
Virgen y madre de Dios,
solos quedamos los dos.
Ya aunque Castillo os trajo
y a mi vuelta a causa suya,
no vuelvo sino por vos.
Verdad es que prometí
volver como vuelvo agora,
por él y la infanta de aquí;
empero después, señora,
que a los reyes os pedí
y mi justa petición
negaron, la privación
de tan glorioso trofeo
causó en mí tanto deseo
que me obliga a ser ladrón.
Y a hurtaros de entre los dos,
aunque Castillo se queje
que lo dejo por llevaros,
que más justo es que lo deje
por vos, que por él dejaros.
A la infanta acudo luego.
Solo Dios pasa adelante.
Venid al cristiano suelo,
en brazos de un nuevo amante
que en hombros sustenta el cielo.
Vase con la imagen, y salen Antón y Rosamira y Castillo.
Que tan presto es la ocasión
para embarcarse, ¿volvieron?
Señor, sí.
Querido Antón,
ya que me has de perdonar
de no darte el galardón.
Que aunque de ti nos vamos,
querrá Dios que nos veamos
al tiempo que te paguemos.
Ya al lugar llegados hemos
y no vemos a quien buscamos.
Que halla el corazón
que hay alguna causa nueva
de pena y de confusión.
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Espera, veré en la cueva,
pues que está haciendo oración
sagrada madre de Dios.
Triste de mí, ¿qué es de este
reino mío esclarecido?
¿Cuál fue la mansa huida
que nos apartó a los dos?
¡Ah, caballero engañoso,
fementido español,
fementido, cauteloso,
por quien yo escapé de los
deste reino, y de su brío!
¿Qué decís del pecho extraño
que en el mío yo he dado?
Ya se ha hecho el lloro y daño.
Sabe el cielo lo mejor.
Sabe el cielo que es engaño,
y que con otro rey
la fe y amistad quebró
contigo, que es leal amigo,
conmigo, que prometió
llevarme a ser de su ley
con Antón que es cristiano,
que le encomendó mi señora
en guarda el sacro tesoro,
de todos quebró el decoro
como alevoso y villano,
y por las muestras que da,
como en sus obras se ve,
pudiera decir que ya
entre españoles no hay fe.
Mi bien, no te debe pesar
en esta ocasión llevar
del enojo que te guía,
que pues la Virgen María
dio al conquistador lugar,
debe ser de Dios servida,
y ella que dio esta ocasión
sabrá dar a la salida.
Tienes, mi señor, razón,
ya yo estoy arrepentida.
Los reyes vienen,
finjamos no saber nada.
Salen los reyes y Acaymo sin la imagen.
Ya estamos,
donde presto aclararemos.
Digo, señor, que acertamos.
¡Y terrible confusión,
pérdida que en mi cabeza!
Vamos, señor, dime Antón,
la Virgen de Candelaria,
¿dónde está? ¿quién fue el ladrón?
¿Y que nos la robó de aquí?
No sé, señor, yo sentí
que apenas de aquí falté,
cuando volví y no la hallé.
¿Qué ruido es aqueste hoy?
Suena música, vuelven los ángeles la imagen con velas encendidas en procesión.
Salve Regina celorum,
ave domina angelorum,
salve radix sancta,
ex qua mundo lux est orta.
Salve gloriosa super omnes,
speciosa vale valde decora,
et pro nobis semper Christum
exora.
Ponen la imagen en su lugar y vuelven como vinieron.
¿Qué dices de esto?
Que estoy
suspenso y embelesado,
pues por más que vengo a hoy,
no sé si he visto o soñado
el bien de que indigno soy.
¿Qué viste?
A la Virgen bella,
delante y detrás de ella
de lumbres gran procesión.
¿Y qué oíste?
Una canción,
pero no supe entendella.
¿Vosotros?
Y esta infanta,
vimos y oímos también
lo mismo.
Cosa es que espanta.
¿Y tú, Antón?
Yo entendí bien,
aunque indigno y tratante,
y debe de ser el día
que de la Virgen María
fue la purificación,
y hacen su procesión
ángeles que el cielo envía.
Y es ya costumbre ordinaria
que en España a la fiesta da
el nombre de Candelaria;
celébranla hombres allá,
y ángeles acá en Nivaria;
y como son invisibles,
y los que en cantos apacibles
honran la Virgen que honramos,
quiere Dios que los oigamos,
y no que sean visibles.
Y secretos del cielo tan
son que menos bastaría
dar a todo el mundo espanto.
Y con sagrada María,
pues es vuestro poder tanto,
y quién os bastará a guardar.
Solo os quiero suplicar,
Reina de suma clemencia,
que con castigo de ausencia
no nos queráis castigar;
y tan secos a vos vamos,
que en hora que nos faltéis
imposible es que vivamos.
Virgen, justo es que paguéis
con amor lo que os amamos.
Y este amor se ha de entender,
pues que lo sabéis hacer,
que hagáis en propia asistencia
de vuestra divina presencia
con los que os gustan de ver.
Vamos, que la Virgen tiene
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De lo que más nos conviene
el cuidado que es razón
que dese resguardar Antón
como lo mandar se ordene.
Yo con Dios.
Adiós.
[Vanse Benito y Acato.]
Vase desapareciendo la virgen.
Ya se fueron y quedamos,
Virgen, a solas yo y vos,
pues que solos estamos,
en cuenta entremos los dos.
Y ¿dónde os fuistes, Virgen pía?
¿No sabéis que desde el día
que soy de sacristán
dejado los reyes han
su guarda a cuenta mía?
Pues, ¿por qué, señora, os vais,
sabiendo, divina aurora,
el riesgo en que me dejáis?
¡Virgen, virgen, ay, señora!
¿Dónde os fuistes? ¿Dónde estáis?
Perdonad si os ofendí,
volved, Reina, haced de mí
como en pecador castigo,
si os heis fastidio conmigo.
Por la cuenta que os pedí,
robó Luis el color fuerte;
sin duda que hay ocasión,
lo habrá de ser la mi muerte.
Dentro.
No te aflijas tanto, Antón,
que presto volveré a verte.
¡Qué de tal suerte dichosa
tu voz que ha vuelto gloriosa!
Ora alma que está en pena,
id, señora, enhorabuena,
si es vía ausencia forzosa;
quiero en el santo lugar
de vía morada entrar,
donde puesto en oración
la venturosa ocasión
de veros podré esperar.
Entrase, y sale Cathico.
Que de amor pasando el mar airado,
suspirando que huye su querida,
luz le concede una pared hendida,
y de gozarle está desconfiado,
que entendimiento de la luna se enamora;
Tántalo es en el agua y la comida,
llama muerto y avariento mira,
con sus muchas riquezas ahogado;
pasará el tormento y aspereza,
que paso yo altivo en mi ruina,
la luna de mi adoración y tus bellezas
da a tus pies y de mí la fe que ciega,
el sustento que al Tántalo se admira,
moro a lo gringo, Carlos mu-
Sale Rosamira.
Mi español.
Mi infanta bella,
que estás a solas hablando
y tú una nube formando
de mi ventura que se aleja.
Que en una ocasión tan bella,
como la de tu afición,
aún no me estorva razón,
como niño cuando juega,
me da el dado que me lo niega a,
mira si rijo razón.
Pasóme a considerar
lo que concierto conmigo
el conquistador mi amigo,
que él se dispuso a forzar
que pues nos manda llamar,
con Antón es caso cierto
que a cumplir vino el concierto;
y en amor que nos llevaba,
porque el amor que enclavaba
no le fuese a miento incierto.
Paréme a pensar también
que pase d'esta ocasión
y en la tal embarcación,
donde pasaremos bien,
que no habiendo con quién,
d'esta tormenta escaparnos,
sin duda pereceremos.
Pues son pensamientos vanos
pensar gozar tan a solas
que adonde solos los gocemos,
según el mucho cuidado
aunque cada cual procura
menos cavar la ventura,
que el cielo permite a verdad
que a puertas se ha pronunciado
contigo el primer vocablo.
Cuando les ha dicho el diablo
al punto que han de acudir,
y aún no tengo de fingir,
que es por ellos lo que hago,
mi español, por quien perdí
el juicio y la libertad,
ya sé que con voluntad
pago lo que hay por mí.
Llega acá, siéntate aquí,
que, mientras nos dan lugar,
no perdamos de gozar
en dulce conversación
tan venturosa ocasión.
Parde ti me he de sentar,
pues que por mis pecados
tanta hambre he contigo,
que el más pequeño castigo
parece de nos apartados;
que no hayas miedo que acostados
estarán, porque ya es hora;
y cuando vengan agora,
a rato que tienes seso
taza va en nuestro provecho.
¿En qué manera, señora?
Con la mucha escuridad,
el que antes saliere acá,
pues el amo pensará
que es negra.
Dices verdad.
Si un cielo ha ayudado
nuestra justa pretensión,
pues si es que nuestra afición...
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A servir a Dios guiada
sentada estoy.
Hase con una acción.
Y yo sentada.
Salí, ven, caímos por un lado.
Noche de tinieblas llena,
¿dónde escondes mi lucero,
que ausente de su luz muero
a lo escuro de mi pena?
Venturoso cazador,
si habrás con ella acabado
que del enojo pasado
cese ya tanto rigor.
Mas, ¡santo Dios!, ¿qué es aquello?
¿Mi estrella enemiga allí?
Quiero cerciorar desde aquí
quién es el que está con ella.
Atiende qué hablas de suerte
que no dudarán que eres su señor.
Digo, señor.
Por acudir más temprano,
sale por otro lado Casildo.
Dime, en vano,
mi señor, este lance fuerte
ganóme la bendición.
Si habrá encontrado mi señor
la causa de mi pasión,
que aunque lo entienda quiero
pueda hablar solo con ella.
Señor, de su querella
no tengo la culpa yo.
¡Malhaya, amén, mi tardanza!
Pues tal ocasión perdí,
quiero me sentar aquí,
que goza del rocío la llanca
y en esperanza esperando
lo que perdí por tardarme.
Ahora bien, quiero sentarme,
que mi señor en empezando
no es hombre que mira ya,
que con su tardanza ofende.
Daré a apostar que entiende
que es el pérfido Acay
y con esta confianza
la molesta hasta el día.
Temo sobre el alma mía
en mi tormenta bonanza.
Un pensamiento tan fuerte
se me ha puesto por delante,
que lo que dice es bastante
a darme sobre mí la muerte,
que dice: señor pensamiento,
y que no he de gozar tu amor.
Por un falso y desleal traidor
date la muerte al momento.
¿Qué es aquello de matar?
Que si lo que dije yo de mi muerte,
lo tomaré.
Descuídate,
que mas no vuelva a reinar,
que me ofendiere si vive
más contigo.
¡Vive Dios,
mi muerte tratan los dos!
Y mi muerte allí se apresta,
en que una falsa y un traidor
traten mi muerte,
a villanos fieros
por ahí de ser a manos.
Matarlos será mejor,
voy a matarlos, mas no,
que juré de no llegar.
Si a solas los viese hablar.
Sospecho por ahí iré,
ampararé esta traición,
me la pagará el villano.
Lo que tratas, falso señor,
pondré yo en ejecución,
y que ahora por el concierto
que hemos hecho los dos
dé vida a lo que juré
no estar a mis manos muerto,
mas los dos me pagaréis
lo que en mi daño tratáis.
Lo que los dos concertáis,
puesto por obra veréis.
Miren la pena que agora
padeces por cobardía.
Plegue a Dios que algún día
se vuelva en gloria.
Asombra
que el corazón que es leal
y nunca a su dueño engaña,
me dé una sospecha extraña.
¿De qué, mi bien?
De un gran mal
y un ansia.
Pues aquesto han se dormido,
los dos que mi muerte ordenan.
Dormidos sean, pues no suenan,
ya se han ido.
Ya se han ido,
seguir los quiero por ver
en qué para este concierto.
¡Plegue a Dios que yo sea muerto!
Y el cómo quiero saber.
Ir a ellos voy.
Allá me voy.
Parece que vienes acá.
Es un hombre,
¿quién va?
¿Quién va?
Soy yo.
Pues, ¿qué tan presto?
Si eres un injusto rey,
eres un falso villano,
si eres un aleve señor.
Si eres un traidor sin ley,
A mí la muerte...
La muerte fue a mí.
Traidor fementido,
¿no fuiste hechizado?
Si yo no llegara a verte...
Falso, siendo yo el culpado
el delito me atribuyes.
Siendo tú traidor, me arguyes
de lo que nunca he pecado,
y a la aleve fementida
a su gusto te engendró.
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mi vida en que te ofendió,
que quieres quitar mi vida.
si por ti gusta de verme
esta fementida señora
y el concierto te lo allana,
Por qué ordenáis de matarme.
Por el cielo y por sus bienes,
que pierdo más la paciencia
y echas culpa a mi inocencia
que de que mi muerte ordene.
no se desquiten con la traidora
de tu hermana, y así mira
sobre aquesta peña fría
estaban, no antes ni ahora.
Cómo quieres que sea yo
quien con la alevosa estaba,
siendo yo el que os secuestraba?
Que no eres tú.
No.
Ni yo.
Qué dices?
Lo que ya digo.
Que no era tú?
No, por Dios.
Pues para cumplir los dos,
yo contigo y tú conmigo,
vamos a ver la que salga
desta duda.
En hora buena.
Es escusa que se atreva.
Pues a qué nos escondamos.
Escóndense y sale Rosamira y Castillo.
Todo está cierto sin duda,
duermen mis hermanos.
Anda acá, sentémonos,
pues la ocasión nos ayuda,
y acabemos de trazar
el fin de nuestra afición.
Bravío mal.
Brava traición.
Vete a los a asegurar.
No sé yo si algún engaño
no se escusa o usa el vario.
Por qué dure mi reposo
mas ay que privanzas dadas
para asentar mi contento.
Dame un abrazo.
Y aún ciento.
No se puede esperar más.
Villanos desta jalea,
alevoso fementido,
de qué bajezas he nacido,
a ver agravios a los Reyes.
De tantos méritos sobra,
que no sea competencia.
Y luego se mete en la paciencia.
Ángeles, demonios, en dos
a dos Reyes que ordenaste
que entregaste a un villano.
Señores.
Yo soy tu señor.
Mira.
Lo que tú miraste,
cuando ofendiste a los dos
se habrá de mirar contigo.
Vamos a darles castigo,
acaba.
Madre de Dios,
pues nuestro intento sabéis,
dadnos favor, Virgen pía.
Pues sabéis la intención mía,
socorredme.
Bien hacéis,
pedid lo que os dé favor
que habéis menester la agua.
Vamos, traed Señora y una
que y llevaréis trabajo.
Llévanlos asidos y salen Madalena y Antón, y unos pastores.
Milagrosas cosas son
las que nos habéis contado,
que en nuestra dehesa ha parado.
Y aguaja, no es Antón,
y tiene un vestido negro,
que dice que se le dio
el hombre que le vio ahora.
De cuanto dices me alegro.
Sale Antón.
Virgen, en esta ocasión
les das vida sacra aguda.
Gayarro es este, sin duda.
Y a señor, no es sino Antón.
Ya señores ha tiempo llegado
habéis
en que presentes seréis
a un daño de los mayores
que en la isla donde estamos
ha sucedido jamás.
Qué es esto, no lo dirás?
Sí diré,
pues ya sabéis amos.
Sabéis, pues, que el mesmo día
que salisteis a un paraje,
vino un cazador famoso,
nunca vi otro tal por nos,
el cual por cierta ocasión
que no sabe cuándo el cuento
a ser vino a Rosamira.
Sé que disgustando dellos,
por lo que a los dos le plugo,
la Reyes Señores míos,
y como juntos andaban
la ocasión que dio el tiempo,
y el andar cazando solos,
se encendió amor en sus pechos.
Y como andaban los Reyes
encendidos en sus celos,
espiando el uno y otro
a ver si cazan a cosos,
a no ser abrasados celos.
Y en castigo de sus yerros,
de cato monte de yerba,
dieron reno a que luego
los lleven a despeñar,
y ellos mismos van con ellos,
y a cubriendo en la falda...
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del alto monte los dejo,
que según la priesa llevan,
ya pararán cerca del puesto,
y desde el pico más alto,
ya ha de haber a sus despechos
se arrojen por que de un salto
fin a su grave y funesto
Bravo mal.
Castigo extraño.
Asoman en lo alto del monte los dos reyes con los dos presos.
Yo mesmo a despeñaros vengo,
que con hacerlo aun vengo
a lo menos que morirán de daño.
Alzad la vista a lo alto,
veréis arriba encumbrados
los amantes desdichados
esperando el mortal salto.
¡Justicia temeraria!
Sea encomendada a Dios.
Socorrednos a los dos,
Virgen de la Candelaria.
No permitáis que muramos
hasta que yo sea cristiano.
Sacra Virgen soberana,
a ti nos encomendamos.
Acabad ya, ansí falsos.
Ya los despeño.
¡Oh mano impía!
Socorro, Virgen María.
Socorro, Madre de Dios.
Al tiempo de arrojarlos ha de haber una nube detrás de ellos en que ya estaban asidos, al mismo tiempo saldrá la imagen por en manga y estando se queda, bajará la nube con ellos con que en virtud de mirar la imagen los baja la nube y puesta abajo se sube la nube y lo mismo la imagen, y dice Rosamira.
Virgen y Madre de Dios,
tan presto, Señora, os vais.
Ves, Reina, que me lleváis
el alma y el corazón con vos.
Ya resucitada amada,
¿qué sientes de esta victoria?
Bañado mi cuerpo en gloria
y mi espíritu endiosado.
Mis señores.
Claro Antón.
Mirando estoy y creo
que es fantasma que el deseo
crió en la imaginación.
¿Qué os parece?
Yo estoy dudoso, sin sentido.
Yo confieso que estoy loco.
Yo sin seso.
Y tonto y atarantado.
Salen los reyes.
¿Qué de los dos que tuvieron
tanta ventura con Dios?
¿Adónde están todos dos?
Que tanto bien merecieron, perdonadnos y abrazarnos si merecemos perdón, pues damos satisfacción. Perdón y los brazos damos. Perdónenos Dios, que por mí ya perdonados estáis.
Vos seáis perdonados.
Digo, amén, que así
en muchos años gocéis,
que pues lo permitió Dios
y bien lo merecéis los dos,
ya nosotros nos veis.
Oh, hermano, seáis bienvenidos.
Y a qué buena es la venida,
a ver esta gloria en vida
y a ser de ella enriquecidos.
El intento a que venimos
fue ver a la imagen santa,
y fue nuestra gloria tanta
que el milagro bajar vimos.
Señores, pues me ha traído
Dios a tan buena ocasión,
de cierto engaño perdón
que me concedáis os pido.
De la muerte te condenamos,
y de ella, por Dios, estás
libre aunque no lo pidieras,
cuanto te lo concedamos.
De todo tienes perdón.
Cuanto pides te otorgamos.
Con que te perdonamos.
A mira, yo ya de don...
Acaba ya de decillo.
Pues ya es tiempo que sepáis
que no soy el que pensáis
sino el español Castillo.
Todo lo demás del cuento
ya podéis considerallo.
Loco de placer me hallo
y todo yo de contento.
Quienquiera que seáis ganamos,
al doble mi fe recompenso,
que si fuerais guanches fieles,
ya todos de ello gustamos.
Y más te damos licencia
que en la primera ocasión
que se halle embarcación,
si quieres hacer ausencia
a tierra de tus cristianos,
la puedas muy bien llevar,
llevándote a tu mujer.
Unos y otros, dad las manos.
Disparan tiros y tocan trompetas con alboroto de mar, y aparécese una nao.
¿Qué armada es esta que asoma?
La primer nave, señora,
es la del conquistador
de Canaria.
Y Vera asoma,
sin que avisados seamos.
Este estrato de blandura
todos juntos a su viad.
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que no salten en tierra.
Vamos.
¿Asienta paces conmigo,
y agraviar mi tierra,
con aparatos de guerra,
armada como enemigos?
¡Vive Dios, que es deslealtad!
Y el pecho que tal consiente,
dad las voces a esa gente.
A de la armada, señores.
Sale don Diego de Herrera en lanas.
¿Quién nos da voces, amigos?
Quien quiere saber de ti,
si los que venís ahí
sois amigos o enemigos.
Somos cuantos aquí estamos
amigos, no hay que temernos,
y venimos a traeros
la reliquia que os quitamos.
Eso no lo entiendo yo,
o no se os salga acá,
ya que son os cantará
el que nos trae que robó.
Sancho, saltad y contad
lo que ha pasado.
¿Quién son?
A pararnos, ya con
viene unos dolo.
Mirad que este todo son de cuidado,
no sea algún trato doble.
No será, que os sienten solos.
Con todo, es bueno el cuidado.
Sale Sancho de Herrera.
Dadme, señores, los pies.
Buen amigo y señor,
los brazos será mejor
que te dé, más grandes.
A qué la vista habéis dado,
ofrécese en que seáis vosotros.
Mi padre a vuestros pies.
Viene, lo que se ha tratado.
Y tenémoslo en memoria,
lo que nos pudo robar.
Y pues queréislo contar,
yo se lo iré a contar.
Haced que callen. De cuando
nos partimos, yo y mi padre,
desta isla, con vosotros,
dejamos firmados pajes,
quedó mi padre picado
de ver que la santa imagen
no se le quisisteis dar;
y acordado de embarcarse,
después que os perdimos de vista,
se fue en tierra por la parte
que el mar encubierta,
y como no hubiese nadie
que le tomase, robó,
a la que de Dios es madre,
llevóla a Fuerteventura,
y allí en una yglesia grande,
llámala San Salvador.
Con solenidad y bailes,
con fiestas y regocijos,
mandó la depositasen;
y sobre el altar mayor,
que es en la parte más grave
de la yglesia, la pusieron;
y como a casa se fuesen,
y subiendo por la mañana
a ver la cativa notable,
como si no faltara a la oración,
de espaldas vuelta a la calle
y la cara a las paredes,
que hizo escandalizarse
el pueblo, tomando el caso
por presagio de sus males;
y con la humildad que aplace
que se debe en casos tales,
llegaron y la volvieron
la cara para adelante.
Pero tantas cuantas veces
la volvían no eran parte
para mudarle su osadía,
vuelta a la pared que antes.
Hiciéronse procesiones
por la yglesia, por las calles,
plegarias, votos, que hacían,
y con todo no fue bastante
para que el divino enojo
de la virgen, se aplacase;
mas antes nos invió Dios
modorras y enfermedades
con tabardillos, por do vimos
no ser gusto de su madre
que parase en Fuerteventura;
dieron orden de embarcarse
clerecía y hombres nobles
de las islas con mi padre.
Vienen a restituiros
aquel tesoro que vale
más que la tierra y el cielo,
y más que todo lo restante,
después de Dios, recebilda.
Pues ya omildes os la traen
y ya advertidos venimos.
Perdonadles, perdonadme,
que en robo tal y tan santo
le hicieran lo mismo, anjeles.
Admirado estoy de oýr
tan estrañas novedades,
que sospecho que venían
con tanta armada a mi tierra,
y sospecho que los cristianos
venían ya alzados,
sino a querer darnos guerra,
que la Virgen Candelaria
yo por mis ojos la vi,
y de vosotros de aquí
que siempre ha estado de ordinario
y en el lugar que la dimos,
pues si aquí siempre la hallamos,
como queréis que creamos
al revés de lo que vimos;
nadie procure saltar
en tierra, aquel que saltare
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morirán, si me enojare.
Hásme, rey, hecho admirar,
pues decís, como león,
que la Virgen Candelaria
asiste siempre ordinaria,
y no ha faltado de aquí.
Es contra lo que yo sé;
mas para salir de duda,
a ver la cueva se acuda.
Yo a la nave me iré,
y en la cueva no estuviere,
acá venir ha dicho,
ya vuelto.
Pues voy a la nave en tanto
que en la cueva lo miráis.
Quedad con Dios.
[Vase.]
Caso digno de espanto,
no está la Virgen aquí.
Verdad nos dijo el espía.
Rey y señor, caso es llano,
y Dios sé que pasa ansí,
y que yo la he visto faltar
y lloré.
Misterio es grave.
Alzad la vista en lo alto,
que ya os la quieren mostrar.
Tocan chirimías y enseñan la Virgen de arriba.
Vengáis muy enhorabuena,
claro lucero del día.
Bien vengáis, sol que desvía
las tinieblas de nuestra pena.
Mi luz, os seáis bienvenida,
jardín de olorosas plantas,
santa sobre las más santas
y antes santa que nacida.
Bien vengáis, madre piadosa
y consuelo de afligidos.
Amparo de los perdidos,
vengáis en hora dichosa.
Asómase Sancho de Herrera y dice:
¿Estáis ya de lo que veis
satisfechos?
Sí, lo estamos.
Licencia a todos os damos,
en tierra saltar podéis.
Pues quiero a orilla en tanto,
y guiarla en procesión.
Y se pone en ejecución.
Vuelven la imagen.
Vuelven la imagen.
Volvió a cubrirse el sol santo
y cubrió el sol su alegre cara
tras del nublado español.
Sale Diego de Herrera.
Presto os dará oro y sol
la mañana alegre y clara;
y ya os traigo lo que os hurté.
Ya, señores, restituyo
a cada cual lo que es suyo;
perdonad si en ello erré.
Ya para habernos traído
la joya que nos hacéis,
mediante ella alcanzaréis
el perdón que os es debido;
y pues que con procesión
la andan sacar, ve y apresta
acá y más alguna fiesta,
que será mucha razón.
[Vase.]
Y vos, amigo, pedid
de albricias alguna cosa.
De tu mano poderosa
siempre merced recibí,
y tendréisme a tu obediencia
siempre, en caso que sea justo;
y agora, siendo tu gusto,
quiero que me des licencia
para darte una embajada
de parte del rey de España.
No sé si ha de serte extraña.
Di, que escucharla me agrada.
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Digo, pues, que Enrique cuarto,
Rey de la indomable España,
por cuyo orden yo conquisto
las seis islas de Canaria,
gozoso de haber sabido
de aquesta isla que estaba
tan ignota y encubierta,
y habiendo oído por fama
la devoción que se tiene
con la Virgen Candelaria,
envía por mí a pediros
tres cosas en una causa:
la primera, que las paces
que tenemos asentadas
entre tú y yo, se confirmen
para jamás quebrantarlas;
la segunda, que toméis
nuestra religión cristiana,
ley que la dio el mismo Dios
y que su Iglesia la guarda,
y haréis gran servicio en ello
a la Virgen que os ampara,
pues ley, que ordenó su hijo,
bien veréis que es justa y santa;
en lo tercero, que os pido,
pues las islas comarcanas
le son a España sujetas,
que esta isla de Nivaria
se le sujete también,
y os recibirá en su gracia
y os hará muchas mercedes,
que es de condición humana;
esto me manda mi Rey,
ya te he dicho mi embajada.
Resta ahora, Rey, que tú
des respuesta a su demanda.
Pues la respuesta de todo
te daré en breves palabras,
que no soy hombre que aguardo
consultas ni arengos largos,
que mi voluntad es ley
y así, como tal, se guarda.
Digo pues que lo que pide
de la amistad con España
te confirme, y la acepto,
que es una cosa tan santa
la amistad que a ningún buen
no le está bien repudiarla;
en pediros que tomemos
vuestra religión cristiana,
es esto de tomar ley
cosa tan grave y del alma,
que se ha de mirar primero
que se determine nada.
Yo haré que lo consulten
personas doctas y sabias,
y estándome bien hacello,
digo que de buena gana
seré cristiano y sujeto
a la ley que allá se guarda;
y en lo que decís que a Enrique
me sujete, y que en su gracia
me recibirá, yo he sido
de nacimiento y crianzas...
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hombre del Rey, no súbdito,
y tendré por cosa extraña
sujetarme a extraño Rey,
pues soy supremo en mi patria,
y conocer superior
para mí es pesada carga,
y no he de poder sufrirla.
Esta es mi respuesta; dalda.
Solo pudo tu valor
responder por tan buen modo;
yo daré cuenta de todo
a Enrique, el Rey mi señor,
y con lo que allá ordenare
contigo vendré a tratallo,
que soy al fin su vasallo
y he de hacer lo que mandare.
Eres noble, y cuanto hicieres
será tal, y aquí paremos,
que de espacio trataremos
cuanto tú, amigo, quisieres,
que siento que en procesión
la Virgen quiere venir.
Pues vamosla a recibir.
Vamos, que es mucha razón.
Tocan chirimías y saldrán todos los que pudieren, así cristianos como guanches con velas encendidas y la Virgen en unas andas, los músicos delante con atabalicos bailando y cantando unos, y respondiendo otros esta letra.
Hoy que vuelve el Sol divino.
Hoy que vuelve el Sol.
Hoy que vuelve de mañana.
Hoy que vuelve el Sol.
El hijo y la Madre santa.
Hoy que vuelve el Sol.
Luna, Sol, lucero y alba.
Hoy que vuelve el Sol.
Canta, toca, salta y baila.
Hoy que sale el Sol.
Hoy les dan la bien venida
Güímar, Tagoro, y Higuina,
Garayjo y Buenavista,
toca, canta, salta, brinca.
Hoy que sale el Sol.
Brava fiesta ha sido esta.
Brava.
Pues lo que de aquí redunda,
en la comedia segunda
se dirá, que esta aquí acaba.
Finis laus Deo Virginique Mariae.
