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testo digitale di No siempre ofenden los celos

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No siempre ofenden los celos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-siempre-ofenden-los-celos.

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NO SIEMPRE OFENDEN LOS CELOS

Jornada primera

Pag. 1

Personas

D. Gaspar de Córdoba 1º Galan

D. Fadrique de Toledo 2º

+ D. Enrique 3º

D. Pedro, 1º Barba.

+ D. Lope 2º Barba

+ Tropezón, Gracioso:

+ Martín, 2º Gracioso

+ D. Leonor Hija de D. Po Dama

+ D. Inés Hija de D. Lope Dama

Juana Criada de D. Leonor.

Flora Criada de D. Inés.

+ Un Alcalde

Ministros.

Música, y Acompañamiento.

Salen D. Gaspar, y Tropezón de camino, diciendo los dos primeros versos dentro.

Dent_ D. Gas.

Esas mulas lleva ahí

a la primera Hostería.

Sale.

Gracias a Dios, Corte mía,

que vuelvo hoy a verme en ti.

Tro.

Gracias a Dios, Corte ajena,

que me llego a ver en ti,

Pag. 2

Tropezón.

y de tal mula salí,

que en la Virgen de Almodena

me haré poner retratado

en mi mula maliciosa;

pues es cosa milagrosa

vivo en ella haber llegado.

Y pues nos vemos, Señor,

donde tanto has deseado,

y cien leguas caminado

por el logro de tu amor

de tenedores vivientes,

en que un volatín no dio

tantas vueltas, como yo,

quebrándome ojos, y dientes:

donde vive esta belleza

llegue yo a saber aquí;

pues a días, que ella es mi

quebradero de cabeza.

¿No vamos allá, Señor?

Don García.

No; porque aun es muy temprano,

y como noble, y urbano

debo mirar por su honor.

Y también intento así

(pues a su casa he llegado)

cauteloso, y recatado

ver, o escuchar desde aquí,

si alguno a sus rejas llega,

o a ellas sale una criada.

Tropezón.

Pues mientras se ve lograda

tu intención, mi fe te ruega,

me partícipes, Señor,

de este viaje el intento,

logrando mi rendimiento

merecerte este favor.

Don García.

De gran lealtad, Tropezón,

y tu fe tanto me obliga,

que es fuerza, que te lo diga.

Tropezón.

Pues vaya de relación.

Don García.

Córdoba es mi amada patria,

y a quien mi ilustre ser debo;

fortuna, que no trocara,

al más feliz nacimiento.

Córdoba, cuya nobleza

excede al Sol en reflejos,

excede al Orbe en quilates,

al Diamante en fondos tersos:

A cuya regia pureza

adornan coronas, cetros,

púrpuras, trofeos dignos

del claro esplendor excelso

Pag. 3

De sus nobles ciudadanos,

y sus ascendientes regios,

y a quien nada le compita

en el orbe todo entero

otra alguna: si bien sé,

que excederla es caso incierto.

De cuya ciudad son hijos

tantos varones excelsos,

como pueblan las historias,

para referir sus hechos,

siendo volúmenes grandes

a sus hazañas pequeños:

pues para la guerra ha dado

(a influjo de su hemisferio)

no solo un gran capitán,

grandes generales diestros,

que Alcides de nuestra España,

y Atlantes de aquestos reinos

en hombros de su lealtad

han sostenido guerreros

con sus espadas, y vidas

de estas coronas el cetro,

A pesar de tanto infiel

cobarde indigno Tifeo.

Y para la paz ha dado

muchos Sénecas discretos,

muchos Osios, y Marciales,

muchos invictos Toledos,

muchos Lucanos plausibles,

y muchos Góngoras, siendo,

de todo el mundo el aplauso

a sus méritos pequeño.

Pues hasta la fama se halla,

al publicar tantos hechos,

si gustosa, embarazada

con tanta hazaña, y progreso

De tantos invictos héroes,

ya en la campaña guerreros,

valerosos, y arrestados,

ganando provincias, reinos;

ya con la pluma en la mano

en cátedras, en congresos, en públicas conclusiones

y concilios, defendiendo

de nuestra Sagrada Ley

los soberanos preceptos

contra calvinistas, arrios,

y otros herejes protervos.

Pag. 4

Personaje.

¿Pero dónde voy osado?

Arrebatóme mi afecto,

sin reparar, que mis labios

en sus mal formados ecos,

(a ser capaz de ello) solo

su elogio la hicieran menos.

Y así advertido, y prudente

suspendo mi loco vuelo,

por no pagar abrasado

de tanto asunto al reflejo

en precisos precipicios

Ícaros atrevimientos.

Y volviendo a mi discurso

le debí la dicha al Cielo

de que en tan grande Ciudad

me diese el origen, siendo

de Córdoba ilustre casa,

mi noble apellido excelso:

grande entre todos, si bien

aunque competirse, es cierto,

que podrán, no han de excederse,

pues el que menos es Regio.

Viendo mi Padre, prudente,

que en pueriles años tiernos

ar-

arriesgan muchas crianzas

los maternales afectos,

y impío este halago suele

ocultar grandes ingenios,

sin manifestar sus fondos

los estudiosos desvelos,

(como suele a los diamantes

en tosca corteza envueltos,

a quien no pulió la mano

de algún Artífice diestro);

y que no logran laureles

en literarios progresos

los que en patricios cariños

gastan lastimoso el tiempo;

ni los que en su casa aguardan

a que los busquen los puestos

suelen conseguir felices

ningún señalado ascenso)

a estudiar a Salamanca

me envió; y en un Colegio

de los cuatro que la ilustran,

tomé la beca; y contento

seguí mis estudios hasta

el pasado año, en que un pleito

le

Pag. 5

le pusieron a mi Padre,

que por ser de sumo aprecio,

de estimación, y de honor,

me mandó, que a defenderlo

pasase a esta Corte, a donde,

flechado de ese Dios Ciego,

tan sin albedrío amé

de una Deidad todo el Cielo,

que Clicie ardiente sus rayos,

a no ser preciso empleo,

fueran de mi corazón

voluntariamente objeto.

El Cielo con su hermosura

lograra dignos reflejos,

poniendo por arcos iris

sus dos cejas: por Luceros

sus dos bellísimos ojos:

el Sol su hermoso cabello

por rubias madejas de oro;

y por rosicleres tersos

sus matizadas mejillas:

para más hermoso incendio

sus dos abrasados labios

pudiera buscar el fuego;

y por bellas perlas netas

el agua en su mar inmenso

a sus abismos vientes

custodiar pudiera atento.

Para más cándida nieve

de cristalinos reflejos

envidiar los Alpes pueden

de su garganta lo terso.

Trocar la tierra pudiera

a los Jazmines más bellos

sus hermosísimas manos,

y por sus rosas sus dedos;

y sus invisibles pies

a los átomos el viento

pudiera feriar gustoso,

para hacerlos más pequeños:

pues solo de aqueste modo

pudieran lograr el Cielo,

el Sol, la Luna, y estrellas,

Luceros, y Firmamento,

los Alpes, el mar, la tierra,

el agua, el viento, y el fuego,

en divinas perfecciones

su más digno lucimiento.

Pag. 6

Es de hermosura un prodigio,

es de belleza un portento,

es la misma perfección,

el símbolo es de lo bello.

Es Doña Inés de Moncada

(este fue encarecimiento)

pues de su hermosura, es

sola, su hermosura ejemplo.

Gozando estaba feliz

ver a mi adorado Dueño

tal noche por estas rejas

de su Jardín; pero (¡a Cielos!)

quién contra tan gran dolor

pudo allí tener aliento?

ni quién le podrá tener

al referir del suceso?

Pues una de tantas como

en este sitio asistiendo

abrasada Salamandra,

era en su Divino incendio:

era Argos de sus umbrales,

mariposa era, que el vuelo

nunca acertaba a apartar

de la luz de sus reflejos.

Estando aguardando (¡ay Dios!)

que

que mi dulce amado empleo

saliese a una reja a dar

a mi vida ser, y aliento,

se llegó ocultando un hombre,

y me dijo muy revuelto:

¿Cómo osado a aqueste sitio

se atreve a llegar? Yo (atento

de Doña Inés al decoro)

le respondí, que era cierto,

que el aguardar a un Amigo

era el casual suceso,

que allí pudo detenerme;

pero que era grave yerro,

que sin conocer a quien

tuviese el atrevimiento

de hablar me de aquella suerte.

A que sacando el acero

me respondió, que él tenía

motivo para el intento

de matar a quien tuviese

el atrevido despecho

de mirar aquellas rejas:

ya que indignado mi esfuerzo

vio la debida respuesta,

(provocado del desprecio)

mi

Pag. 7

mi espada, que, a pocos lances,

atravesándole el pecho

fue causa de que cayese

mortalmente herido al suelo:

corriendo aun peor fortuna

yo; pues también quedé muerto,

sino al golpe de su espada,

al de mi agravio, y mis celos.

Mas por no ser conocido

de los que iban ya viniendo

al ruido de las espadas,

me retiré; y a un Convento,

donde asistía un amigo,

me fui, y de él supe por cierto

el día siguiente que era

(con qué dolor lo refiero)

hermano de Doña Inés

el herido: sentimiento,

que me parte el corazón,

cuando me acuerda el suceso;

pues fue preciso ausentarme,

y padecer el tormento

de la ausencia, que trocara

a la muerte, que a D. Diego

di; pues así no viera

con tal ofensa a mi Dueño,

y a menos cruel rigor

fiara mi desconsuelo.

En fin trocando (¡Ay de mí!)

la pluma en el limpio acero,

y la beca en los adornos,

de Minerva los empleos,

en bélicos ejercicios,

y marciales instrumentos

(dejándome el alma en ella)

salí de la Corte huyendo,

deseando ya la muerte

por alivio, y por remedio:

que para no conseguirla

el dolor de tal tormento

bastó desearla solo;

porque a un infeliz los Cielos

hasta la muerte le niegan,

si la busca por consuelo.

De voluntario a servir

al augustísimo imperio

pasé, donde esta campaña

he asistido, siendo cierto,

que quien logró en tal batalla

hallarse, viendo el suceso

mayor, que la Cristiandad

Pag. 8

ha visto en siglos inmensos,

cuyas grandes consecuencias

se pierden de vista) creo,

ni puede más desear,

ni yo referir intento

las hazañas, los prodigios,

las victorias, los trofeos

de tantos invictos Héroes, gloriosos soldados

cuyos admirables hechos

más son dignos de que el mundo,

para gloria de este tiempo,

con letras de jaspe y bronce

los eternice en su centro;

siendo a la posteridad

de admiración vivo ejemplo:

que no para que mi lengua

en sus errados acentos

desluzca con su torpeza

tantos plausibles aciertos.

Acabada la campaña,

y hallándome con un pliego,

en que me avisó el Amigo,

a quien fié este secreto,

que nunca llegó a saberse

quién fue quien hirió a Don Diego,

y que sanó de la herida

en Cataluña sirviendo

se hallaba al Rey mi Señor:

con este motivo luego

me determiné a venir

a esta Corte, donde intento

ver, si hallo alivio a mis penas,

recurso a mi desconsuelo,

piedad a tanta desdicha,

clemencia a tanto tormento,

consuelo a tantas fatigas,

a tanta borrasca puerto,

en tal tempestad bonanza,

y a tanta lealtad el premio

de hallar a mi amada prenda

contra este mal que padezco

constante, firme, propicia,

afable, y benigna: siendo,

sí este todo el bien, que busco

y la gloria, que deseo;

su inconstancia todo el mal,

que por infelice temo.

Trop.

Confuso estoy, y admirado,

y no es, Señor, del suceso;

sino que de ser Macías

hagas ahora tanto aprecio:

cuando no hay Dama en el mundo,

que no te parezca un Cielo,

Pag. 9

Trop.

aunque ella Tudesca sea,

Jenízara, o de Marruecos,

Irlandesa, Ungara, o Borgoñona,

teniendo que eres tan tierno,

que a una descomunal dueña

a todas horas gruñendo,

ni a una endemoniada tía

pidiendo a diestro, y siniestro,

están seguras de que

no les digas de requiebros.

Don Gastón.

Pues qué quieres tú? que sea

tan inútil, y tan necio,

que ya por cortesana,

ya por chanza, o por cortejo,

porque estoy enamorado,

falte al reverente obsequio,

que a cualquier dama se debe

por tributo, y por respeto,

siendo lo que hoy se práctica

entre todos los discretos?

Tropezón.

Pues digo que estoy convencido.

Dentro ruido de espadas.

Dentro Don Pedro.

Vuestro infame atrevimiento

pagaréis viles cobardes.

Doña Leonor dentro.

Valedme, Divinos Cielos.

No hay quien mi vida defienda?

Don Gastón.

De mujer son estos ecos: voy a socorrer su vida.

Tropezón.

La mía está en más aprieto,

y más a mano el socorro:

aguárdate.

Don Gastón.

Padeciendo

una mujer me retienes?

Suelta villano, grosero.

Entrase sacando la espada.

Tropezón.

El Diablo, que te detenga.

Señores, tal amo tengo,

que, si afemina el rebuzno

cualquier solemne jumento,

ha de pensar, que es mujer,

y ha de ir a socorrerla.

Espadas dentro, y dice Don Gastón.

Don Gastón.

Cobardes en mi castigo

hallaréis vuestro escarmiento.

Dentro 1.

Huyamos, que son un rayo.

2.

Herido estoy.

3.

Yo estoy muerto.

Saca la espada.

Tropezón.

Todas me las den a mí.

Ya han huido; y ahora es tiempo

de un poco de patarata,

que en el mundo hay mucho de esto.

Cobardes, viles, huid,

que aquí está mi brazo diestro,

que en su vida no erró herida,

porque no se metió en eso.

Pag. 10

Dentro Don Fadrique.

Venid, que mis brazos pueden

serviros de arrimo cierto,

de que no os han de faltar,

ni reparos en tal riesgo.

Sale Don Fadrique, con Don Pedro en brazos.

Tropezón.

Con la Deidad viene en brazos.

¿Quién es el bello portento,

por quien te arriesgas, Señor?

Pero, ¿qué es lo que estoy viendo?

Peor es, que tía, y Dueña:

muy buena Deidad tenemos.

¿No lo dije yo, Señores?

Don Pedro.

Vuestra fineza agradezco

con todo mi corazón

y de ella muy bien infiero

la ilustre sangre, que adorna

vuestro esclarecido pecho.

Don Fadrique.

¿Estáis herido, Señor?

Don Pedro.

No: aunque lastimada tengo

esta pierna al duro golpe

de una piedra; si bien creo,

que no es cosa de cuidado.

Don Fadrique.

Pues de que os ate este lienzo

licencia me habéis de dar,

y que os pregunte el suceso.

Tropezón; ve tú por luz.

Busca una luz.

Tropezón.

Yo voy, Señores, corriendo

por ver bien esta Deidad.

y aunque me cueste el dinero

Don Pedro.

En todo he de obedeceros.

Pasando yo con mi Hija

de mi casa a la de un deudo,

por poco nos atropella

un pícaro de un Cochero,

a quien le dije, parase

el coche; y el desatento

no queriendo obedecerme,

me precisó a que resuelto

le diese unos cintarazos.

Los Lacayos viendo esto

desnudaron las espadas,

y otros con piedras, es cierto,

que me estrecharon de suerte,

y que a no llegar vuestro esfuerzo,

a quien le debo la vida,

sin duda me hubieran muerto.

Y así me habéis de decir

quién sois; porque pueda atento

pagar algo de lo mucho,

que confieso aquí deberos.

Don Fadrique.

Por si tenéis en qué os sirva

Don Fadrique de Toledo

es mi nombre (así ocultarme,

por lo que importare intento,

pues

Pag. 11

Don Fadrique.

pues aun no estoy bien seguro

de la herida de D. Diego)

Toledo es mi amada patria.

D. Pº.

¿Sois vos Hijo de D. Pedro

de Toledo, y Sandoval?

D. Gas.

Soy, Señor, Criado vuestro.

D. Pº.

Llegad, Fadrique, a mis brazos.

A pte.

D. Gas.

Asi mi cautela esfuerzo.

D. Pº.

Y sabed, que a vuestro Padre

le quise con raro extremo,

y, aunque cercano no es,

tengo con vos algún deudo,

de que hago gran vanidad.

D. Gas.

Yo, Señor, de serlo vuestro

la hare con justa razón,

y también de obedeceros

en cuanto gusteis mandarme;

D. Pº.

Solo aquí os pide mi ruego

me digais vuestra posada

para buscaros.

D. Gas.

Yo creo,

que no os la sabre decir,

pues no he entrado en ella; pero

permitiendome, que ahora

vaya a la vuestra sirviendoos,

la sabre, para asistiros

siempre con rendido afecto.

D. Pº.

Yo no lo he de permitir,

ni tampoco ir con vos puedo,

porque mi Hija Leonor

con cuidado estara, viendo

mi dilación; y aunque a casa

se retiraria luego,

ir a avisarla es preciso.

Apte. a D. Gas.

An.

Aquí esta la luz: que veo?

Rucia es sobre rodada

la tal deidad. Por un viejo

te matas asi, Señor?

D. Gas.

Aparta, que eres un necio.

Dame la luz.

An.

Que? lo sientes?

Pues dile cuatro requiebros.

D. Gas.

Venid, Señor, por mi vida,

que os he de llegar sirviendo

a vuestra casa.

D. Pº.

Ya es fuerza

no resistirme.

Vanse

D. Gas.

Fiel Anton,

quedate, por si a esas rejas ..

alguien llegare.

An.

Es muy cierto,

Pag. 12

Aro.

que mi amo deja aquí

un valeroso sujeto

para de noche, y a oscuras,

y con muchísimo miedo,

por centinela de rejas

donde hay Hermanos tan fieros.

Salen Leonor, y Joana con mantos asustadas

Leo.

Vámonos a casa ya,

Joana, pues todo está quieto.

Aro.

Hacia acá vienen dos bultos:

valedme, Señor S. Telmo,

pues os hacen Abogado

de los que tienen mi miedo,

y aquí escondido libradme

de la Hermandad, que recelo,

que an de venir los Hermanos

a llevarme antes de muerto.

D. Leo.

Pregunta, si vio a mi Padre

a ese hombre.

Joa.

Caballero.

Saca la esp.

Aro.

Mujeres son vive Dios.

Pues aquí de mis alientos:

ténganse allá voto a Cristo:

ninguno intente resuelto

pasar por aquella calle,

que la defiende mi aliento.

Ténganse, o los mataré,

aunque fueran ochocientos.

Joa.

No ve, que somos mujeres?

téngase Usted, Caballero.

Aro.

Solo el nombre de mujeres

pudiera templar lo fiero

de mi condición; y os mato,

si no lo decís tan presto.

Joa.

El hombre está hecho un Demonio.

Aro.

Soy Colérico en estremo.

Yaora tuve una pendencia,

por favorecer a un viejo,

en que maté seis, o siete,

y heriría hasta unos ciento,

y me huyeron los demás:

que no se escaparan ellos

a no ser así; pues soy

enojado hombre tan fiero,

y un conmigo vino mandrio

que Goliat, y Fierabrás

son hembras y yo le temo.

Joa.

Fuisteis vos, a quien debimos,

que nos librase del riesgo

de lacayos.

Aro.

Oye Usted Señora? Quedo;

y de gente tan honrada

hable bien, si sabe, presto,

Pag. 13

Aro.

que aquí me debe la vida.

Leo.

Este es gran bufón; y creo,

que debe de ser criado

del que llegó a socorrernos.

Deja esas chanzas, y dime,

quién es aquel forastero,

que a mi padre socorrió

con brío a su lado puesto,

y a nosotras nos libró?

Dónde a mi padre hallaremos?

Si fue con él a buscarnos?

Dinos cuál es tu intento

en detenernos aquí?

Aro.

Ven aquí un modo bien nuevo

de preguntarle muy mucho

a quien, sin darle tormento,

cantará cuanto supiere.

Y así respondo, que tengo

por mi amo a un don Gaspar

de Córdoba, hombre tan necio,

que de aquí trecientas leguas

por un amoroso empleo

ha venido, y se apea

casi en este sitio mismo,

y así que os oyó chillar

es tan grande majadero,

que

que como si a cenar fuese

a algún banquete, o festejo,

se fue a matar temerario;

y aquí cansado volviendo

de un viejo más guapo que él,

después de sus cumplimientos,

se fueron hacia su casa.

Pero qué es lo que estoy viendo?

Un hombre está allí parado.

D. Gas.

Tres bultos hacia allí veo.

Recatado aguardaré

a que se retiren.

Joa.

Miedo

tiene ahora el gran bribón?

Vaya a ver quién es.

Aro.

No es eso

cortesía: y de tenerla

en estos casos me precio.

Joa.

Pues mire, que acá se acerca.

Aro.

Pues yo me retiro.

Joa.

Bueno.

Es ese el valor, que tuvo,

cuando hirió a aquellos ciento,

cuando mató a aquellos siete,

cuando los demás huyendo

a violencias de su brío

se le escaparon?

Aro.

Por cierto,

que, a no templar mi furor,

que

Pag. 14

A parte

Aro.

quedara el mundo muy bueno:

pues enojado un instante

matara más de ochocientos,

y es verdad por vida mía;

mas fueran de pensamiento.

Y si la cólera pasa

soy más blando, que un buñuelo.

D. Gas.

¿Quién va? ¿Quién es?

A parte

Aro.

Mi amo es.

Pues patarata, y a ello:

Téngase allá, y no pregunte,

que aun de día es muy mal hecho.

D. Gas.

Tente, loco.

Aro.

¿Cómo es loco?

Que no ha de pasar le advierto,

porque guardo yo la calle,

y mi amo quiere aquesto;

y los mataré a él, al Cid,

y a otros veinte; y...

D. Gas.

Bueno, bueno.

Aro.

¿Eres tú, Señor?

D. Gas.

Yo soy.

Aro.

Si no hablas, estás ya muerto:

que la furia a borbotones

me iba a la posta viniendo.

D. Gas.

¿Quién está contigo aquí?

D. Le.

Es quien su agradecimiento

desea manifestaros,

reconociendo deberos

su vida, y la de su Padre.

D. Gas.

La nuestra por su respeto

está referida siempre

del amago más ligero,

siendo quien por su hermosura,

tiene dominio, y imperio

en todas; y por dichosa,

se aclamará desde luego

la mía, si os mereciere,

que de ella seáis, el Dueño.

Aro.

¿A oscuras vio, que es hermosa?

Señores, ¿quién sufra esto

habrá?

D. Le.

Señor Don Gaspar

de Córdoba, yo no intento

quitar esa dicha a quien,

es Dueño de vuestro afecto;

ni dilatar le tampoco

la que le espera deberos,

ni embarazaros a vos,

Señor D. Gaspar, el tiempo

de que logréis el trabajo,

que habéis tenido, viniendo

trecientas leguas de aquí,

por ver el digno sujeto,

que os merece esta fineza.

Pag. 15

A pte.

D. Gas.

Tropezón a dicho esto.

A pte.

Tro.

Habladorcita es la niña?

A pte.

D. Gas.

Mas remediar lo pretendo.

A pte.

Tro.

Si yo le hubiera cascado

dos cuchilladas, es cierto,

que no fuera tan parlera.

D. Gas.

Este criado es un necio,

y un bufón. Y así, Señora,

no lo creáis; y supuesto,

que nunca estuve en Madrid,

conoceréis, cuan incierto

es lo que os puede haber dicho.

D. Le.

No es para este sitio eso.

Y así quedaos con Dios.

D. Gas.

Dos cosas mi rendimiento

os a de deber aquí:

la una es, que de iros sirviendo

licencia me habéis de dar;

y la otra mereceros

pa-

palabra, de que otra vez

me ponga yo a los pies vuestros.

Vase.

D. Le.

Estando mi casa cerca,

que vais con migo no aceto,

porque no nos vea mi Padre;

pues de él entendiendo

esto, que a casarme ido,

y la turbación, y el miedo

hizo, que me retirase

a aquel portal; y ahora viendo,

que en casa no estoy, habrá

ya de ella a buscarme vuelto;

y que no os tope con migo

es lo que atenta recelo.

Y en cuanto a querer me hablar

segunda vez, os prometo

no tiene facilidad;

pero me valdré del medio

de enviar esta Criada

a saber de vos, supuesto,

que vuestra gran bizarría,

vuestro valor, y denuedo

dejan oy muy obligado

todo mi agradecimiento.

Pag. 16

Don Gaspar.

¿Y dónde la aguardaré?

Joa.

Señor mío, ¿no ve, que eso

solo a las fámulas toca ?

Venga mañana a ese templo,

Aro.

Porte a la primer palabra

viene a ser casi lo mismo,

que al primer tapón zurrapas.

Joa.

Poco a poco, seor sargento.

Aro.

A Dios so Alcalá de Henares.

Vase.

Joa.

A Dios so trasto, embustero.

Le casca.

Don Gaspar.

Ven acá, pícaro aleve,

¿sabes traidor lo que has hecho?

Aro.

Tú no lo sabes, señor,

pues de esta suerte me has muerto.

Don Gaspar.

¿Cómo dijiste quién soy,

traidor, infame , sabiendo

cuánto me importa ocultarme,

ni si tengo galanteo;

cuando que a su Padre dije, que era

Don Fadrique de Toledo,

con cuyo supuesto nombre

intento estar encubierto

hasta averiguar las dudas

de mi pasado suceso,

siendo me aquello muy fácil

pues sabes corrió, que muerto

ha quedado Don Fadrique

en la batalla; y que el deudo,

la amistad, y la llaneza,

con que nos tratamos; siendo

tantas veces Huésped suyo,

me ha dado conocimiento

de su casa, y su familia,

para este nombre supuesto?

Aro.

Pues si eso yo no sabía,

¿en qué pudo estar mi yerro?

¿Conque yo vengo a pagar,

que tú seas embustero?

Don Gaspar.

Pícaro, pues el decirle,

que trescientas leguas vengo

de aquí por ver a mi Dama,

¿no sabías, que es secreto,

que debes guardar, traidor?

Aro.

Sí, señor. Pero el enredo

de hacerte tú Don Fadrique,

siendo Don Gaspar?

Pag. 17

D. Gas.

Ya ves

no pudiste prevenirlo;

y no tiene otro remedio,

sino que sepas, que soy

Don Fadrique de Toledo.

Con su Padre de Leonor;

y con ella va; supuesto,

que si llegare a saberse,

podrá disculpar mi intento

para esta suposición

el gran motivo, que tengo.

Tro.

Y a los demás quien diré,

que eres?

Instrum.tos dent.ro

D. Gas.

Ya estás necio.

Di, que no sabes mi nombre.

Pero aguarda, escucha atento,

que de Inés en el jardín

se oyen tocar instrumentos.

Lleguémonos a las rejas.

Tro.

Lleguémonos.

D. Gas.

Pisa quedo.

Dentr.

D. In.

Canta, Flora, alguna letra,

que alivie mi sentimiento.

a la reja

Fl.

Ya sé, que solo te gustan

letras de ausencia, supuesto,

Fl.

que ella es de día, y de noche

tu llanto, y tu desconsuelo.

D. Gas.

Oyes esto, Tropezón?

Tro.

Sí, Señor: lo oigo, y lo veo.

D. Gas.

Hombre más feliz, que yo

en el mundo pudo haberlo?

Tro.

El tiempo nos lo dirá

dice un famoso proverbio.

Canta

Fl.a.

En llanto intenta anegar

de una ausencia el sentimiento

Filis; y buscando alivio,

lo que encuentra es fatigas, y tormentos.

D. In.

Proseguid pues: que esa letra,

explica el mal, que padezco.

D. Gas.

Proseguid, que a un desengaño,

como el que aquí toco, y veo,

todo el mal convierto en bien,

toda mi pena en consuelo.

Canta

Fl.a.

Ansias la afligen mortales,

que aun le niegan el aliento

de suspirar: que en los males

de una ausencia el alivio es el desvelo.

D. In.

Proseguid: cantad mi pena;

porque el viento lleve en ecos

de mi corazón las ansias

al

Pag. 18

D. In.

al dueño de mi tormento.

D. Gas.

Proseguid, cantad las glorias,

que en tal fineza contemplo;

y pues no me ha muerto el gusto,

que el gusto no mata es cierto.

Aro.

Proseguid, cantad, que la hambre,

la sed, cansancio, y el miedo,

cantar mal, y porfiar

no matan, pues no me han muerto.

Canta -

Fatigas sin esperanza

le anegan en llanto inmenso:

que para hacer más su pena

ni aun le permite la esperanza el Cielo.

D. In.

Ahógueme ya mi llanto

pues no hay en mi mal remedio.

D. Gas.

Fortuna, detén tu rueda,

en tan feliz movimiento.

Aro.

Hambre, detén la guadaña.

Largo, vive Dios, va el cuento.

Desengañala, Señor,

que no es de casta de Hebreos.

D. Gas.

Déjame gozar las dichas,

que felizmente poseo.

Sale D. Enrique

D. En.

La seña me avisa ya,

de la Música en sus ecos.

D. Gas.

Un hombre pasa: y así

es bien, que nos retiremos

de este sitio.

Aro.

Tú te engañas:

que no pasa, a lo que veo,

pues se viene hacia la reja.

D. Gas.

Cómo ha de ser eso?

Aro.

Siendo.

Ves lo allí como él lo hace.

D. Gas.

Estás loco?

Aro.

Lo parezco

en que digo las verdades

D. Gas.

Mortal estoy, y suspenso.

Dent. D. In.

Cierra, Flora, esas ventanas,

y vamos a recogernos.

Vase

Aro.

Déjame, iré por detrás

y le daré un sopla muertos.

D. Gas.

Aparta: que cauteloso

quiero ver cuál es su intento.

Dent. Flo.

Por el postigo llegad,

y os hablaré: ya está abierto.

Apartase de la reja.

D. Gas.

Has oído lo que hablaron?

Pag. 19

Aro.

No lo oí; pero lo infiero,

que, como son sus pecados,

los dijeron en secreto.

Arrancando la espada D. Gas.

D. Gas.

Yo le abriré tantas bocas

en su vil infame pecho,

que le arranque el corazón

a pedazos, y se el dueño

de tan vil ofensa vengue

allí su indigno despecho.

A este tiempo entra D. Enrique cerrando el postigo.

Aro.

Por eso él se puso en salvo,

y se ha metido allá dentro.

D. Gas.

Romperé la puerta, si ella

de bronce fuera, o de acero.

Aro.

Repara, señor, que arriesgas

todo su honor y respeto.

D. Gas.

¿Quién repara en nada, cuando

está rabiando de celos?

Aro.

Si tú no aguardaras tanto

tu desengaño, o tu infierno,

nos abrieran a nosotros,

y no sucediera esto.

D. Gas.

¿Te burlas de mi pasión,

pícaro, di?

Aro.

No por cierto;

pero siento, que tu gloria

se nos convirtió en infierno.

D. Gas.

Llega aquí, rompe esta puerta.

Sale D. Enrique con la espada desnuda por el postigo.

D. En.

¿Quién tiene el atrevimiento

de llegar a este postigo

a detenerme?

Dent.

Flora.

¡Jesús mil veces! Yo cierro.

D. Gas.

Quien te quitará mil vidas.

Aro.

Sin reñir estoy yo muerto.

Señores, ¿que sin espada

mate de esta forma el miedo?

Dent.

1.

Ruido de espadas se oye.

D. En.

Gente viene, y el respeto

de D. Inés solo puede

ser de retirarme el medio.

D. Gas.

¡A cobarde aleve, así

de mi furia vas huyendo?

D. Enrique se retira dentro, y el otro entra acuchillándolo.

D. En.

De una dama a retirarme

me obliga amor, y respeto.

D. Gas.

Siguiéndote yo, no habrá

ese, ni otro algún recelo

para matarte, traidor.

Dent.

D. En.

Eso es lo que yo pretendo.

Vase tras el D. Gaspar.

Salen tres con espadas desnudas.

1.

Caballeros, no haya más.

2.

Repórtese Usted, le ruego.

Aro.

Más pacífico estoy yo,

que novio en casa del suegro

la noche de desposado,

y más si es muy pobre el yerno.

1.

Deje las chanzas ahora.

2.

¿No estaban aquí riñendo?

Aro.

La pendencia va adelante;

y así Ustedes vayan presto,

Pag. 20

Aro.

porque si matan a alguno,

no se halle sin metemuertos.

Vanse.

Dentro Don Lope.

Sacad una luz aquí.

Sale, y un Criado con luz.

Don Lope.

Téngase Usted, Caballero.

Aro.

¿Qué es téngase? Vive Dios,

que ni me tengo, ni puedo.

Don Lope.

¿Pues cómo saliendo yo

se me responde a mí eso?

Aro.

Porque, si Usted fuera el Cid,

le respondiera lo mesmo

en la ocasión, vive Dios,

que me hallo en nota, o le aprieto.

Don Lope.

¿Pues cómo?

Aro.

Porque no como,

y de hambre me estoy cayendo;

y sin darme algo que cene

tenerme a Usted yo no puedo,

ni aunque fuera a la Justicia.

Don Lope.

¿Dónde están los que riñendo

a la puerta de mi casa

estaban? Dígalo presto.

Aro.

Tenga Usted, me acordaré.

Don Lope.

¿Quiere morir a este acero?

Aro.

No, Señor; que hambre, y preguntas

son muy bastantes instrumentos:

y así no se admire Usted

se desvanezca el celebro.

Doña Inés, y Floriana salen a la reja.

Doña Inés.

¡Jesús mil veces! ¿Mi Padre

salió a entrarse en tanto riesgo?

Don Lope.

Deja, hombre, esas friotas,

y respóndeme.

Aparte

Aro.

Así intento

desvanecer cauteloso

las sospechas de este viejo.

A mí me tocó en desgracia,

Señor, un amo, o un infierno

tan ocasionado, que ha

de hora solo cuarto, y medio,

que entró en Madrid, y ha tenido

hasta unos seis galanteos,

y ocho pendencias no más,

siendo el principio del cuento

el socorrer a una Dama,

que puso en notable riesgo

un escuadrón de lacayos,

que atrevidos, y groseros

le embistieron a su Padre

que iba a la Dama asistiendo;

y después otra pendencia

trabó sobre ciertos celos,

y si Dios no lo remedia

tendrá hoy hasta otros ciento:

pues amor, y celos son

el mismo cuento de cuentos.

Reja

Floriana.

Rara fortuna he tenido,

Pag. 21

Si un arrojo, como el que he hecho,

a descubrir se no llega.

D. Lope.

Lo conoces?

Trap.

No por cierto.

D. Lope.

Y como tu amo se llama?

Vase.

Trap.

Señor mío, el pendenciero,

el enamorado, el loco,

el celoso, el majadero,

el Diablo, que se lo lleve

a él, y a vmd a los infiernos,

si me preguntare más;

y a mí me lleve con ellos,

si respondiere tan poco.

Vanse todos.

D. Lope.

Fingióse mi recelo,

sabiendo no es de mi casa

por quien ha sido el empeño.

Jornada segunda

Pag. 22

Salen D. Gaspar, y Tropezón.

Tropezón.

¿Que en fin, señor, no hay quietarte,

y en tu entendimiento, y juicio

vencer aquesa pasión,

que te quita el albedrío?

D. Gaspar.

Solo la muerte podrá

acabar eso conmigo.

Ven acá, dime, ¿la viste?

Tropezón.

Sí, señor: ¿no te lo he dicho?

que fui, como me mandaste,

y con Flora introducido

mi galanteo la dije,

que con cautela, y sigilo

no lo supiese su ama.

Y ella (que es un angélico)

porque le encargué el secreto,

al punto fue, y se lo dijo;

y un mar de lágrimas hecha,

poblando el aire a suspiros

salió, que quebrar pudiera

el corazón más impío;

y al preguntarme por ti

aquel dolor tan activo

la garganta le anudó,

que

Pag. 23

Aro.

quitándole habla, arbitrio y sentido;

y por no poder con la boca,

con el corazón me dijo

entre mil amantes quejas

mil amorosos cariños.

D. Gar.

Estando sin habla, ¿cómo?

Aro.

Como yo, señor, lo finjo.

D. Gar.

Ven acá, dime, ¿qué llora?

Aro.

Sus ojos, señor, son ríos.

D. Gar.

¿Podrá en aquel corazón

caber tan grande delito?

Aro.

Que no, señor, no podrá.

D. Gar.

¿Cómo no, infame, atrevido?

Aro.

Como el delito es muy grande,

y el corazón chiquitico.

D. Gar.

Lástima es hablar de veras

en estas cosas contigo.

Aro.

Siento mucho, que te dure

aquel infesto capricho,

de pensar pudo ofenderte,

quien tales extremos hizo.

D. Gar.

Ven acá, ¿pudo haber dudas

en lo que vimos, y oímos?

Aro.

Sí, señor, que pudo.

D. Gar.

¿Cómo?

Aro.

Siendo tú, y yo antojadizos.

D. Gar.

Tú eres un pícaro loco,

y yo más, que hablo contigo.

Aro.

¿No pudo ser, que aquel hombre

fuese allí sin su permiso?

D. Gar.

Bien pudo. Pero no pudo,

que es ficción de mi delirio.

Aro.

¿Y no pudo ser acaso,

que del interés movido

algún criado, o criada

le hubiese abierto el postigo?

D. Gar.

¿Cómo pudo aqueso ser,

si oíste, que dijo él mismo,

que a hablar la allá dentro entró?

Aro.

Pues ya sé lo que esto a sido,

y la pobre está sin culpa.

D. Gar.

¿Y qué fue?

Aro.

Fueron hechizos.

D. Gar.

Anda, pícaro, borracho.

Aro.

Digo, que en ello me afirmo;

porque tiene una criada,

que, o mi ojo me a mentido,

o es grandísima hechicera.

D. Gar.

Yo é de perder el juicio,

o no sé en qué a de parar

tal género de martirio.

Pag. 24

Aro.

Que no lo pierdas, podré

asegurarte: esto es fijo.

D. Gas.

Porque?

Aro.

Porque ya, Señor,

á mucho, que lo has perdido.

Mas, si admites un remedio,

yo te lo ofrezco.

D. Gas.

Ya dilo.

Aro.

A que te holgaras olvidarla?

D. Gas.

Fuera mi total alivio.

Aro.

Pues no te acuerdes mas de ella.

D. Gas.

Di, como de ese capricho

el remedio.

Aro.

Pues no hay otro,

como que ese amor tan fino,

que la tienes, lo repartas

entre muchas: y á poquito

es preciso, que les toque,

si ello va bien repartido;

y siendo poco el amor,

será fácil el olvido.

D. Gas.

Ya me cansan tus frialdades.

Sale Joa.

Joa.

Aquí está.

Aro.

Pero que miro?

Repártele una porción,

pues la ocasión te ha venido

de ejercitar mi consejo.

D. Gas.

Bello adorado prodigio,

corre el velo a la hermosura:

no esté el Sol sin ejercicio:

no ansí usurpéis á sus rayos

con densas nubes lo activo.

Aro.

Bellamente lo repartes;

mas échale otro poquillo.

Destápase Joa.

Joa.

Reservad esos primores

para otro sujeto digno

de toda aquesa atención,

ese primor, y ese estilo.

Aro.

¡Ay, Señores, que es Joanilla!

D. Gas.

Pues no es vuestro garbo digno?

A p.te

Aro.

Vive Dios, que aun la enamora.

D. Gas.

De ser de todos querido?

(Así atajo sus designios)

A p.te

Aro.

Bueno está, Señor, ya basta:

que hay muchas, con quien cumplir.

Joa.

Tanto, Señor, os estimo,

y aficionada os quedé,

que habiendo agora sabido,

que ha de salir mi Señora,

os vengo á dar el aviso,

para que os pongáis al paso,

y haciéndoos desentendido,

le

Pag. 25

Joa.

le digáis esos requiebros,

porque tengan Dueño digno.

A aquesta primera Iglesia

va, y el más retirado sitio

es este. Aquí la aguardad,

pues solas las dos venimos,

y a Dios.

A Tropezón

D. Gas.

Aguardad, que quedo

sumamente agradecido,

y en algo lo he de mostrar.

Ven acá, dame ese anillo,

para darlo a esta criada,

que estoy (vive Dios) corrido

de no tener un millón

con que servirla.

Tro.

Pues, digo,

¿estoy obligado a eso?

D. Gas.

Pues no, ¿siendo punto mío?

Tro.

Tan poco lo es mío darlo.

Quítale la sortija

D. Gas.

¿Ah, punto, pícaro indigno?

Tro.

Lo que mandan lo bailar,

y esto viene a ser lo mismo.

Dale la sortija a Joana

Vase Joana

D. Gas.

Perdonadme, y admitid

aqueste corto servicio,

y creed, que me dejáis

muy obligado, y rendido.

Tro.

Oyes, Joana, aguarda, mira.

D. Gas.

Quita, pícaro, atrevido.

Tro.

Señor, ajusta mi cuenta,

que no he de estar más contigo.

D. Gas.

¿Pues y bien por qué razón?

Tro.

Eso dirá un cuentecillo.

Acomodose a servir

uno a un genovés muy rico,

y el primer día a la mesa

un perdigón le ha servido.

Comenzolo por las piernas,

el amo; y el que esto ha visto

se despidió. Preguntole

el amo ¿por qué? y él dijo:

Si el perdigón empezáis

por las piernas, no está visto,

que no me dejaréis nada?

Pues aquese es el motivo.

Tú eres aquí el genovés:

yo, el criado, que te sirvo:

el perdigón son las damas:

y habiéndote, señor, visto

empezar por la criada

a comer a dos carrillos,

te digo con más razón,

que

Pag. 26

Tro.

que el otro a su amo le dijo:

aquí no hay más que esperar,

y me voy de tu servicio.

Y el perdigón costó allá

la plata a su amo: esto es fijo.

Pero la criada acá,

que me cueste a mí mi anillo

no es tolerable, señor:

a Dios, que no he de sufrirlo.

Don Gaspar.

Tente, que tienes razón;

mas tú la culpa has tenido:

pues me dices, que reparta

entre todas el cariño.

Aro.

Entre las amas se entiende:

no entre criadas. Y digo,

¿es repartirles amor,

o repartir anillos?

Salen Leonor, y Juana

Juana.

¿Reparas quién está allí?

Leonor.

¿Quién?

Juana.

Don Gaspar.

Leonor.

Sí, ya lo he visto.

Tápate, no nos conozcan,

Juana.

Pobre cuitada esto es lindo,

y está avisado.

Don Gaspar.

¿Son ellas?

Aro.

Como tres, y dos son cinco.

Llega, y repártele ahora

cien quintales de cariño

al ama.

Don Gaspar.

No podré.

Aro.

¿Qué es no?

Di, que te finas de fino:

di, que la quieres, la adoras,

y dile que.

Don Gaspar.

Si un rendido

os mereciere, señora,

que admitáis el sacrificio,

que gustoso el corazón

os hizo del albedrío,

será hacer dichoso a quien

hasta hoy infeliz ha sido.

Doña Leonor.

Albedrío, que tan presto

se rinde, no será fino.

Don Gaspar.

¿Presto os parece, señora,

lo que ha que fue tantos siglos?

Doña Leonor.

La Aritmética no entiendo.

Don Gaspar.

Si cursaseis la de Amor,

si cursaseis la de amor,

Pag. 27

Don Gaspar.

vierais vos en sus guarismos.

Pues si el amar despreciado

en esta ciencia es castigo,

que para el que lo padece

hace los minutos siglos;

quien lo está de vos, Señora,

y os amó desde que os vido,

si, como padece, cuenta,

habrá siglos infinitos.

D. Le.

No está en eso el yerro solo;

sino en que aun no me habéis visto,

y me amais ya, y padeceis.

D. Gar.

De vuestros rayos lo activo

fuera capaz, aun sin veros,

a hacer, que el corazon mío

os adorara por fe.

Pues mirad, habiendo os visto,

y conociendo las prendas,

de que fue el Cielo servido

de dotaros, que será?

D. Le.

Conque en fin vos me habéis visto;

y conoceis?

D. Gar.

Si Señora.

Os conozco, y os estimo

por prenda del corazon,

y por supremo bien mío.

D. Le.

Pues ya vuestro desahogo

no deja acción a mi arbitrio,

sin faltar me yo a mi propia,

para mas palabra oiros.

D. Gar.

Deteneos, que el respeto

de ese vuestro Cielo impireo

no puede nunca ofender lo

reverente el Sacrificio.

D. Le.

Si es el Amor quien lo apoya

con aparentes motivos,

el que paliado sea,

no lo escusa de delito.

D. Gar.

Cuando lo fuera, Señora,

debiera aguardar propicio

el perdón; puesque no yerra

quien yerra sin albedrío.

D. Le.

Eso es añadir el yerro

de obstinado al de atrevido.

D. Gar.

No es sino desgracia mía,

y influjo de mi destino,

que hace, que el mérito tuyo

parezca delito mío.

Tro.

Si eso a quien no quiere dices,

Pag. 28

Tro.

dime, qué le hubieras dicho

a la que quisieras más?

D. Gas.

Le hubiera dicho lo mismo

con muy poca diferencia,

más, o menos bien sentido.

Fro.

Pues Damas bellas alerta:

que esto es un retrato vivo

de lo que en el mundo pasa.

Joa.

Aunque te haya conocido,

Señora, no te destapes.

D. Le.

No haré tal.

Aparte

Joa.

Haz tú lo mismo.

Porque mi embuste no se funda,

no es malo este puntillo.

D. Leo.

Sofísticos argumentos,

Señor D. Gaspar, os pido,

que excuséis, y me dejéis,

que mi honor es muy altivo,

y soy mucha mujer yo,

para que un hombre, que vino

de Madrid quinientas leguas

a ver su Dama, conmigo

se venga a gastar el tiempo.

Solo, Señor, os suplico;

(pues decís, que me estimáis)

que miréis por mi honor limpio.

Y que esta chanza, que cupo

en el político estilo

vuestro, y rebozo de un manto,

salga con ningún motivo

de vuestro pecho.

D. Gas.

Aseguro

exactamente cumplirlo,

por la fe de Caballero,

y por lo que yo os estimo.

Salen Inés, y Fl.

Fl.

En su posada no tienes

que buscarla; pues...

In.

Qué miro?

A infame, y mal Caballero.

Fl.

Tente, y pues no nos han visto,

desde este portal veamos

en qué paran.

In.

Bien has dicho.

Fro.

Me quiere Usted, o me desprecia?

Joa.

Le desprecio.

Fro.

Yo lo estimo,

que eso es muy puesto en razón.

Joa.

Ya se ve, que si es tan fino,

como su Amo, hace bien.

Y si otras quinientas vino,

por ver su Dama,

Fro.

Eso no:

que yo no he andado caminos

Pag. 29

Un Criado.

en mi vida por ninguna:

siempre a pie quedo he querido.

Decid al señor don Gaspar,

que en un negocio preciso

quiero hablarle una palabra.

A Tropezón.

Don Gaspar.

Pues ya, señora, os he dicho,

que vuestro favor me falte,

si yo a Madrid he venido.

Tropezón.

Este mozo quiere hablarte,

y dice, que es muy preciso.

Don Gaspar.

Ya voy; retíralo allá.

Tropezón.

Veníos, hidalgo, conmigo.

Vanse.

Don Gaspar.

Y perdonadme, señora,

que al instante lo despido;

que porque en vos no repare

mas que por otro motivo

voy; y que la honra me hagáis

de esperar, señora, os pido.

Doña Leonor.

Id con Dios, que no me iré.

Florencia.

Señora, él se fue: ¿lo has visto?

Doña Inés.

Sí; mas ¿sabes que quiero?

Florencia.

¿Qué?

Doña Inés.

Conocerlas.

Florencia.

¿Eso es fijo?

Doña Inés.

Sí.

Florencia.

Tápate, y vamos. Reinas,

aqueste galán lo es mío;

y después de conoceros,

me habéis de dejar el sitio.

Doña Leonor.

Joana, vámonos de aquí,

¿tal mujercilla se ha visto?

Fuego de Dios en los hombres.

Mi corazón no ha mentido.

Vanse.

Joana.

Agradecedle a mi ama,

que no os corto esos hocicos.

Vase.

Florencia.

Aguarda.

Doña Inés.

Déjalas ir.

¡Qué propio es de aquestos esto!

Florencia.

Señora, que viene.

Doña Inés.

Pues tápate; y hasta oírlo

no le respondas palabra.

Sale Don Gaspar.

Don Gaspar.

A darme noticia vino

de un auto, que en mi favor

el Consejo ha proveído.

Y continuando agora

lo que comencé a deciros,

juro por la vida vuestra

(que más que la mía estimo)

que es incierto, que a Madrid

me traiga hoy otro motivo,

que el de este pleito, que os dije,

que ha muchos días que sigo;

y que si amé a otra ninguna,

ni la quiero, ni he querido,

ni por ella a Madrid vine,

ni...

Pag. 30

Don Gaspar.

ni sé cuánto me habéis dicho,

no me sean vuestros ojos

nunca, señora, propicios;

ni si ellos no son el norte,

que imán mi pecho ha seguido

desde que os vi, tan constante,

tan leal, amante, y fino,

que (aunque el mar de mi desgracia

quiera levantar impío

en sus bulliciosas olas

montañas de precipicios

para anegar el bajel

de la fe, con que os estimo)

permita Amor, que el rigor

de mil ondas de desvíos,

de desdenes, y desprecios,

sean escollo, y bajío,

en que zozobre mi ser,

fluctuando sin alivio,

y entre borrascas de penas

quede roto, y sumergido:

que esto podrá ser; mas no,

que, constante el pecho mío,

(aun después de muerto) os tenga

en él por su norte fijo.

Destápase doña Inés.

Doña Inés.

Mucho, don Gaspar, celebro

hallaros tan divertido.

Tronera.

¡Jesús mil veces! ¡San Jorge!

Doña Inés.

Y que aquí os mostréis tan fino.

Don Gaspar.

Pues miráis si, que yo, cuando;

turbado estoy, y perdido.

Tronera.

¿Pudiera esto ser acaso,

sino fuera por hechizos?

¿Ves, como dije yo bien?

Doña Inés.

Tanto, señor, os estimo,

que el gusto, con que os hallaban,

siento a ver interrumpido.

Pues, aunque es tan contra mí,

con tanta atención os miro,

que disimulo mi ofensa,

por ser tan de vuestro alivio.

Solo el parabién os doy

del nuevo empleo, y os pido,

perdonéis, que inadvertida

incurriese en el delito

de tomarme esta licencia,

que al corazón mal creído

se la concedió en su idea

lo aparente, y fementido

de una fingida fineza,

que le formó su delirio.

Pag. 31

Doña Inés.

y a Dios.

Don Gastón.

Mirad, deteneos.

Pensareis, que convencido

me dejais: pues no, no es cierto:

que aunque fuese en mi delito,

(que vive Dios, no lo es)

Doña Inés.

Que es delirio ya no he dicho

de mi imaginada idea,

pues hablando vos con migo,

finjo, que por otra eran

aquellos tiernos suspiros,

aquel norte, y aquel mar,

las olas, y precipicios,

que os podrán quitar la vida,

mas no que la améis tan fino,

y mi mala inteligencia

mal contra vos lo ha entendido?

Don Gastón.

No ha sido, sino buscar

medios para vuestro olvido.

Y cuando entendí topar

algún género de alivio,

solo mi desgracia encuentra

aumentos para el martirio.

Idos con Dios, y dejadme,

que ya, Señora, me rindo.

Doña Inés.

Atentas, y si eso es

hallaros ya convencido.

Don Gastón.

Vuestro delito me rinde,

que no me convence el mío.

Y así me iré, por no veros.

Doña Inés.

Yo me iré; pero advertido

quedad, que sabré sacarme

estos ojos, con que os miro,

por no volver a emplearlos

en quien es tan atrevido.

Aparte

Don Gastón.

Pues yo ingrata, falsa, y fiera

sabré ejecutar lo mismo.

No sabré, si antes mi fin

no lo acabare con migo.

Vase

Doña Inés.

No sabré, si antes la muerte

no es fin a tanto martirio.

Aro.

Y vos, que decís a esto?

Flora.

Digo.

Aro.

Que decís?

Vase

Flora.

Lo mismo.

Aro.

Ves, aquí el riesgo, que tiene

el amor tan repartido.

Yo te aconsejo muy mal.

Don Gastón.

Tan bien fue, que he de seguirlo,

aun con ser tan gran locura.

Aro.

Mucha esa honra te estimo.

Mas que intentas?

Pag. 32

D. Gas.

Determino

ir a casa de Leonor,

y saber, cómo esto ha sido;

porque yo jurara, que ella

fue, con quien hablé al principio.

Tro.

Pues ay duda en que ella, y Joana

fueron, con quien estuvimos?

D. Gas.

Y estotras cómo, o por donde

vinieron?

Tro.

Por los hechizos.

Vanse.

D. Gas.

Vamos allá, y lo sabremos

antes de perder el juicio.

Salen 2 h_o

1_o.

A quien habéis de seguir es aquel soldado, el mismo

fue quien al cochero hirió; y si traéis el aviso

de donde vive o asiste, tendréis el regalo fijo.

Van los dos

2_o.

Dejadlo ya por mi cuenta,

que un lince seré en seguirlo.

Sale D. P_o

A p_te

D. P_o.

A Joana, baja a cerrar

luego al punto aquesta puerta:

no me esté un instante abierta.

De este modo he de apurar

esta vana presunción,

y la sospecha, que tengo.

Con luz sale Jo.

A p_te

Jo.

A obedecerte ya vengo.

Lo maliciosos, que son

estos viejos ay que ver.

Llevas las llaves, señor?

Vase.

D. P_o.

La de esta puerta. A Leonor

di, que se entre a recoger,

por si pudiere llegaré. Ape

Por el postigo entraré,

y en el jardín estaré,

por si algo averiguare.

Cierra Joana

Joa.

Desconfianza, que igual

a esta sea, no la vi, habrá,

y en teniéndola de mí

me da gana de obrar mal.

Dent.

Tro.

Ya están cerrando.

Dent.

D. Gas.

Pues llama.

Tro.

No cierres.

Joa.

Quién es?

Sale Tro.

Tro.

Quién? Yo.

Joa.

Y el viejo, que ahora salió?

Sale D. Gas.

D. Gas.

Sin vernos se fue. Y mi ama?

Joa.

Y mi ama,

Que está hecha un Lucifer,

y no ay quien pueda sufrirla,

porque aquella mujercilla

la quiso reconocer?

D. Gas.

Con que mientras le fui a hablar

a aquel hombre; otras llegaron?

Joa.

Y tales, que nos mesaron,

y quisieron destapar.

Mira que mi ama que daría,

si sabe, que estás aquí.

D. Gas.

Yo te he de deber a ti,

que le avises, Joana mía,

Pag. 33

D. Gas.

o que me la dejes ver,

y recibe este bolsico.

Joa.

No haré tal.

Tro.

Yo os lo suplico.

Joa.

Lo tomo, y ofrezco hacer

cuanto yo puedo por ti,

que es esconderte allá dentro,

en un cuarto, que en el centro

de la casa está; y allí,

mientras que sale al jardín,

mi ama, estarás escondido:

que, en entrando, yo haré ruido,

y puedes salir: que en fin,

diciendo, que por la puerta

grande, fue por donde entraste,

y por lo que no llamaste,

por haberla hallado abierta,

que a ese intento queda así,

y que en el jardín la viste,

y que su padre, supiste,

que está bien lejos de aquí;

que esto junto con decirla,

que finísimo la quieres,

y que por ella te mueres,

quizá podrá persuadirla.

Y mucho más, si acertases

dos lágrimas a verter,

aunque fuese por fingir, o poder lo hacer

o y con cebolla te untases.

Tro.

Si a la despensa, o cocina,

nos llevaras a ocultar,

se pudiera mi amo untar,

y yo hartarme de cecina,

que de hambre no puedo ver.

Joa.

¿Hambre un hombre enamorado?

Tro.

En mi vida lo he estado,

si en eso se echa de ver.

D. Gas.

¿Que en cuanto hagas seas ruin?

Tro.

¿En qué se me ha conocido?

D. Gas.

En que el comer siempre ha sido

todo tu conato, y fin.

Tro.

Ya no comeré en mi vida,

pues es contra el pundonor.

Vase D. Gasp.

Joa.

Ven a esconderte, señor,

que, si baja, soy perdida,

y haz cuanto te he dicho yo.

Tro.

¿Oyes? Si yo te comiere

la cena, y no pareciere,

di, que el gato la comió:

que el punto de caballero

a costa de no comer

yo no lo he de mantener,

Joana mía, que no quiero.

Joa.

Vamos, señor Tropezón,

que,

Pag. 34

Joa.

que de eso hay mucho en el mundo;

y no en nosotros lo fundo,

sino en gente de opinión.

Vanse.

Sale Leonor

Leonor.

Cerraste esas puertas, Joana?

Sale Joana

Joana.

No, Señora, aun no he cerrado.

Con tener mi desahogo

estoy de miedo temblando.

Leonor.

Pues en que te has detentio?

Joana.

Ahorita se fue mi amo,

y ya iba a cerrar.

Leonor.

Pues cierra, y al punto vamos.

Sale Martín

Martín.

Tente, Joana Hermosa, aguarda.

Joana.

Quien es quien aquí se ha entrado?

Martín.

Un servidor mixti fori

entre Soldado, y Lacayo,

que por su buen natural

su oficio viene ahora usando.

Doña Leonor.

Martín, bien venido seas.

Martín.

Señora, a esos pies postrado

una, y mil veces te beso,

no tus plantas, tus zapatos.

Y porque esta dicha quiero

la logre a quien Dios la ha dado,

te aviso, como hay a fuera

está aguardando mi Amo.

Joana.

Con que vive tu Señor?

Martín.

Esta el en el Setentenario

no está de las necedades.

Si yo fuera Cortesano,

dijera, que le trae muerto

el deseo de tus brazos.

Pero como no lo soy,

diré, que no es, sino un macho,

que sobre zaino, y mohino

tropieza, y tiene mal paso.

Pero lo cierto es, Señora,

que el no ha muerto, y que fue falso

cuanto por aca se ha dicho;

porque prisionero ha estado

alla en los Turcos, y viene

hecho un famoso perrazo

gordo a poder de alcuzcuz,

de palos, y de mal trato.

Doña Leonor.

Es verdad, que vive, hombre?

No me estes aquí engañando.

Martín.

Con mandarlo entrar, Señora,

te hubieras desengañado.

Entra Don Alonso

Don Alonso.

A tus pies esta rendido

este el mas dichoso esclavo,

que las cadenas de amor

dulcemente aprisionaron.

Doña Leonor.

La dichosa soy yo sola;

llega, Señor, a mis brazos,

Pag. 35

Doña Leonor.

porque logre siempre en ellos

verte, Señor, enlazado.

D. Fa.

Tan indisoluble, y firme

será, mi Dueño, este lazo,

que la segur de la muerte

podrá romperlo, o cortarlo;

mas no podrá disolverlo.

D. Le.

Otras mil veces los brazos

me dad, Señor, que aun no creo

la dicha, que estoy gozando.

Y pues mis felices ojos,

que hasta aquí muerto os lloraron,

y la dicha de adoraros;

si bien firme el corazón,

y ellos constantes dudaron,

que pudiera vivir yo,

si vos hubierais faltado.

Y pues que mi Padre a casa

no suele venir temprano.

Joa.

A quien le sucede esto?

Señores, yo estoy temblando

de que salga el otro agora

que será soltarse el Diablo.

Y así voy a entretenerlo.

D. Le.

Ven acá, Joana, has cerrado

por de dentro aquel postigo?

Joa.

Ya voy, Señora, a cerrarlo

con la aldaba: si bien dijo,

cuando salía mi amo,

vendría por la otra puerta.

D. Le.

Pues tú has de estar con cuidado

desde aquí, por si viniere

mi Padre, o su merced, para avisarnos;

aunque al Jardín nunca llega;

y de aquestos sobresaltos

te he de deber, que me saques,

pidiéndole tú mi mano

a mi Padre luego al punto,

pues no hay en ello embarazo.

D. Fa.

Yo te lo ofrezco, Señora,

pues soy tan interesado

en la dicha, que me espera,

logrando favor tan alto.

D. Le.

No me refieres, Señor,

qué es lo que allá te ha pasado

en esta ausencia?

Mar.

Lo menos

ha sido majar esparto

Pag. 36

Mar.

en la gran Constantinopla,

y servir a un renegado

perro Francés, y bermejo,

que nos reventaba a palos.

D. Fa.

Aunque es impropio, Señora,

querer referir trabajos

a vista de los favores,

que, aunque indigno, estoy gozando;

ya te acordarás del tiempo,

que viniendo de Soldado

a pretender a esta Corte,

le debí a un feliz acaso

con la fortuna de verte,

la de adorarte: logrando

esto tan a un tiempo mismo,

que no fue en distintos actos,

pues que te amé, antes de verte,

muchas veces he pensado.

Pero qué mucho, si al Sol

de tu hermosura, y sus rayos,

al quererlos ver, cegué,

y me rendí, al contemplarlos.

D. Le.

Ya sé, cuanto te debí

de finezas, y agasajos,

y que dulcemente unidas

las voluntades de entrambos,

gozamos, yo de cariños:

D. Fa.

Yo el favor de ser tu esclavo.

En cuya dichosa unión

vivía gustoso, cuando

D. Le.

Del Rey mi Señor bajó

un decreto soberano,

mandando a los militares.

D.ª Leo.

Prosigue: que al pronunciarlo

me falta la voz, y aliento,

y soy toda hecha de mármol.

Y repara cuál sería

al padecerlo, el pasarlo.

D. Fa.

El dolor, que el corazón

sintió al oír el mandato,

solo pudiera bien él,

como lo sentía, explicarlo.

Pues se previno saliesen

de la Corte luego cuantos

soldados en ella estaban:

siendo solo exceptuados

los impedidos; y pena

de traidor al Rey un bando

se publicó para ello:

con-

Pag. 37

D. Fa.

conque hallándose obligado

a obedecer lo mi punto,

aquel felice contrato

(que de nuestras voluntades

habían hecho los astros)

bien a costa de mi vida

fue preciso dilatarlo

hasta que volviese yo:

que (habiendo visto premiados

otros servicios de muchos

en deshonor de mi grado)

tomé la resolución

de ir a servir voluntario

al Augustísimo César

contra el poder Otomano.

Y, llevándote en el alma

para rendirte holocausto,

pasé a Alemania, y logré

servir debajo del mando

del Príncipe de Badén,

a cuyo invicto soldado

se le debe la victoria

más sublime, que en lo humano

vieron lograda las armas

del sacro Rey de Romanos.

En cuya función herido,

por estar con un desmayo,

y teniéndome por muerto,

con los demás me dejaron,

hasta que, entre otros heridos

de los mismos Otomanos

me retiraron: de suerte,

que les debí a los contrarios

vida, y salud, pues en breve

me hallé, aunque cautivo, sano.

Y después atento el César

(en obsequio del gran Carlos

nuestro invicto Rey Augusto,

que el Cielo guarde mil años)

mandó, que a los Españoles,

primero que a sus vasallos,

rescatasen: conque en breve

libres los dos nos hallamos.

Partí luego al punto a España,

donde he estado reputado

por muerto con gran razón,

pues tus ojos me faltaron;

Pero renaciendo ya

habiendo a tus pies llegado,

y merecido, Señora,

favores tan soberanos.

D. Le.

¿No suena ruido en la puerta?

Joa.

La llave es la que han entrado,

Pag. 38

Joa.

y también llaman, señora:

sin duda será mi amo.

Llama.

D. Le.

Muerta estoy.

Dent.

D. P.

No abren aquí?

D. Le.

Don Fadrique, retirado

te has de estar en esta cuadra,

mientras mi padre a su cuarto

pasa; y yo al mío me iré.

D. Fa.

Solo obedecerte trato.

Mar.

Yo, aunque de muy mala gana,

lo mismo, señoras, hago.

Escondense.

D. Le.

Luego que entre, vuelva a verte.

Abre tú Juana volando.

Vase.

Entra.

D. P.

Qué tardanza es esta? Di.

Porqué estaba aquí cerrado?

Jua.

Como por la puerta grande

entras, fue corto reparo.

D. P.

Qué hombres eran los que aquí

estaban contigo hablando?

Jua.

Conmigo aquí, señor? Nadie.

Mira, que estás engañado.

D. P.

Y Leonor dónde está?

Jua.

En su cuarto está rezando.

D. P.

Vamos allá.

Apto.

Apto.

Jua.

Estoy perdida.

Esto, señores, va malo:

Porque si mira la casa,

hallará no más de cuatro

escondidos.

D. P.

Porque importa,

echad aquí la llave. Vamos,

y me la han de mirar

toda hasta el último cuarto.

Vanse con la luz.

Salen Mar. y D. Fa.

Mar.

Lo has oído?

D. Fa.

Ya lo oí.

Mar.

Él trae en el cuerpo al Diablo,

y va la casa a arruinar;

pero quieres ver lo burlado?

D. Fa.

Cómo ha de ser?

Mar.

De esta suerte.

Aquí la llave no traigo,

que del postigo tenías

antes de irte, y con cuidado

la dejaste a guardar,

y esta noche reventando

por ella me hiciste ir

hasta casa de Don Pedro?

Pues con abrir, y salir,

volviendo a dejar cerrado,

lo dejas con más narices,

que le pintan a S. Carlos.

D. Fa.

Gran fortuna ha sido cierto.

Abre pues.

Mar.

Ya voy tentando;

que lo oscuro de la noche,

o el miedo me han deslumbrado.

Sa-

Pag. 39

Salen D. Gas. y Tro.

Cae tropezando

D. Gas.

Pisa quedo: que, aunque ruido

a que se oye grande rato,

ecos de algún hombre son,

o el oído me a engañado,

y no quisiera, que fuesen,

o su Padre, o los criados.

D. Fa.

Ruido sonó.

D. Gas.

Que fue eso?

Tro.

Haber el nombre trocado

de Tropezón en caída,

porque lo quieren los Diablos.

D. Gas.

Si será Leonor aquella,

que allí un bulto é divisado?

Tienta la cara a Mar

Tro.

Y si será aquesta Joana?

Hacia ella me voy llegando.

Jesús, y que bronca tez

es la de Joanilla al tacto!

Mar.

Fuiste tu, Señor?

Tro.

Jesús!

Mas bronca es la voz. S. Pablo!

D. Gas.

Mi bien, Señora, Leonor,

eres tu el Divino encanto?

D. Fa.

Soy quien te sabrá matar.

Tro.

Esto es hecho. Verbum caro!

Dentro

D. Pº.

Ruido se oye en el Jardín.

Acudid todos, criados.

Mar.

Abierto está ya el postigo.

D. Fa.

Caballero, si aquí osado

intentais venir, es cierto,

no habéis de poder lograrlo;

porque al ruido, que emos hecho,

vienen ya todos llegando.

Y así por esta razón,

como por el honor claro

de aquesta casa, es mejor,

que a la calle nos valgamos,

pues el postigo está abierto.

D. Gas.

Ya os sigo.

Vase.

D. Fa.

Pues yo os aguardo

Junto a la puerta de Atocha.

Vase.

Mar.

Acá está el postigo.

D. Fa.

Vamos.

D. Gas.

Hacia donde esta esta puerta?

Tro.

Que sé yo hacia donde Diablos

estara. Hacia el infierno,

que a de ser donde estamos.

Pues salen.

D. Gas.

Que puedo hacer,

cuando el postigo no hallo?

Tro.

Hacia aquí una puerta está.

D. Gas.

Si no conozco,

que es oscuro el quarto.

Tro.

Pues entremonos que llegan,

y no hay sino ocultarnos.

Salen D. Pº con espada, y broquel, y otros criados con armas, y Hachas encendidas. Joana, y Leonor muy asustadas.

D. Pº.

Toda la casa se mire

hasta el último aposento.

Criado 1º.

Toda se ha visto, Señor,

y no ay nadie: conque es cierto,

que antojo sería el ruido.

D. Pº.

Como? Que, viven los Cielos,

lo oí tan distintamente,

Pag. 40

D. Pº.

como agora vuestros ecos

A p.te

Joa.

Don Gaspar, y Tropezón,

Señores, que se habrán hecho,

que no los emos hallado,

aun mirando el aposento,

en que los dejé escondidos?

A p.te

D. Le.

El quarto (Valgame el Cielo)

en que D. Fadrique está,

van a mirar.

D. P.o.

Este medio

me valga contra mi ofensa.

Leonor, yo é sabido cierto,

que a pretendido tu mano

D. Fadrique de Toledo,

y a entrado y salido en casa

a verte con este intento,

y que tu le correspondes.

No te asustes, que este yerro

puede tener gran disculpa,

recayendo en un sujeto

de tan conocida sangre,

si se le aplica el remedio.

Y así no escuses decir me

donde está escondido: puesto

que aquí dentro le oí hablar,

y solo casarte quiero,

restaurando así mi honor,

que es lo que pretendo cuerdo.

Postrase

D. Le.

Ya no es posible negarte,

Señor, que con poco acuerdo

de D. Fadrique admití

el lícito galanteo,

y que abra un año algo mas,

que trato mi casamiento.

Cuya forma omito agora

del motivo de este yerro,

y paso a que fue preciso

obedecer un decreto,

que expidió su Majestad,

pena de traidor, si luego

de la Corte no salían

los militares; y atento

a su punto, y calidad,

fue preciso obedecer lo.

Y habiendo llegado agora

de la campaña resuelto

esta noche a ver me vino

con resolución, y intento

de efectuar nuestra boda

hablandote luego en ello.

Padre, y Señor, esto es

solo el Cielo quien lo a hecho;

y así no te as de oponer

a lo que dispuso el Cielo.

Su calidad no la ignoras:

y así postrada te ruego,

que, como benigno Padre,

perdones mi atrevimiento.

Pero si de tu piedad

esto, Señor, no merezco,

con la punta de esa espada

penetra mi firme pecho:

que de este modo podrás

Pag. 41

D. Le.

lograr con un golpe mesmo,

matándome a mí, matar

también a mi amado Dueño.

Dentro

Tropezón.

¿Has oído aquello, Señor?

Don Gaspar.

Ya lo oigo, y estoy suspenso,

atónito, y confundido,

y, aun viéndolo, no lo creo.

Tropezón.

A la fin del mundo es

muy parecido el suceso:

pues salen aquesta noche

a juicio hasta los muertos.

Don Pedro.

Válgame contra mi enojo

aquí la razón de cuerdo.

¿Dónde Don Fadrique está?

Doña Leonor.

Retirado está aquí dentro

Señor en aquesta cuadra.

Don Pedro.

Salga, y efectúese esto

luego sin más dilación.

Perdido honor, alentemos.

Doña Leonor.

Sal, Dueño mío, a mis brazos,

pues tan feliz me ha hecho el Cielo.

Pero, ¿qué miro? ¡Ay de mí!

Socorredme, Dios inmenso.

Salen Don Gaspar y Tropezón

Don Pedro.

Señor Don Fadrique, ¿vos

ignoráis el grande aprecio,

que de vuestra sangre, y prendas

mi amistad, y deudos han hecho?

¿Son para una casa honrada,

como la mía, estos medios

decentes para casarse?

Por vuestro punto vos mesmo

lo debierais excusar;

pues no es conforme al respeto

de vuestra crecida sangre

presumir tan poco cuerdo,

que os negara a mi Hija.

Y siendo como esto es cierto,

y que por la vuestra vos,

merecéis mucho; os prometo

(sí por Dios) que por la mía

no merezco nada menos.

Y, al fin obráis, como mozo.

Dadle la mano al momento,

y estimad mucho la dicha,

que lográis en ser mi yerno,

que vuestra boda después

todos la celebraremos.

Aparte

Don Gaspar.

¿Qué es esto, que por mí pasa?

¿Habrá quien en tal empeño

se vea? ¿Qué puedo hacer?

Casarme es tan grave yerro,

que solo el imaginarlo

es un delito tan feo,

como faltar a un amigo

(a quien gravemente ofendo)

a mi Dama, y a mi amor,

Pag. 42

Don Gaspar.

si acaso en otra me empleo:

a estotra (a quien su albedrío

precisamente violento)

a mi pundonor, mi honra,

y finalmente a mí mesmo.

Pues decir, que D. Manrique

no soy, tiene el mismo riesgo

Quererlos atropellar

yo solo a todos rindiendo,

sobre temeraria acción

es impropia, y no remedio

el decoro, ni la vida

de Leonor. Valedme, Cielos,

y en tal confusión de dudas

logre yo hallar algún medio.

A parte

D. Leonor.

Yo casarme con un hombre,

a quien ni estimo, ni quiero,

y sé, que otra Dama tiene?

Y cuando no fuese esto

(aunque perdiera mil vidas)

a D. Manrique yo puedo

negar, siendo mi marido?

Decirlo a mi Padre, es cierto,

que será perderlo todo.

D. Pedro.

Parece, que estáis suspensos?

Hija, pues que ya yo lo consiento.

A parte

D. Leonor.

Qué es esto, que me sucede?

Quién se vio en tan grande aprieto?

Por dónde este hombre vino

aquí para mi tormento?

D. Pedro.

Llegad, D. Manrique vos.

Hija no acabas? Qué es esto?

Ya mi permiso tenéis.

A parte

Jro.

Oiga lo que aprieta el Viejo!

Rabiando debe de estar

este hombre, por ser suegro.

llora

A parte

Leonor.

Solo en tanta confusión

mi muerte será el remedio.

D. Pedro.

Dime, Leonor, ahora lloras?

Con D. Manrique no es cierto,

que tú deseas casarte?

D. Leonor.

Y como que lo deseo.

D. Pedro.

Y lo que vos deseáis,

no

Pag. 43

D. Pedro.

no es, D. Fadrique, lo mesmo?

D. Fad.

Sí, Señor: lo mismo es;

pero no puede ser eso

tan luego, como queréis.

D. P.

Cómo no? Viven los Cielos,

que os mataré dos mil veces.

D. Fad.

Perdonadme, y deteneos:

que estas cosas, es razón,

que antes, Señor, las tratemos.

D. P.

Señor D. Fadrique, ya

no estamos en ese tiempo.

D. Fad.

Señor D. Pedro, mirad,

que aprendí yo de vos mismo,

que no es decente, que se hagan

así nuestros casamientos,

ni razón, que se atropelle

nuestro decoro. De tiempo

de aquí a mañana me dad,

para que a hablaros un deudo

venga en esto, y no se diga

que entro yo en cosa violento,

que tanto debo estimar,

y de que hago tanto aprecio;

pues veis, que es conforme al punto

de vuestra Hija, y respeto,

que se debe a vuestra casa.

D. P.

Pese a mí: no miráis eso,

para atropellarla vos,

cuando en ella entráis revuelto,

abandonando mi honor,

y ahora os venís muy de cuerdo

con menos razón, que amas

a querer darme consejos,

pasando a desvergüenza? Con esta edad i estas canas

Señor D. Fadrique, es cierto,

que lo que os está muy bien

es darla la mano luego

sin que haya más dilación;

que después, o del pretexto

de que ese pariente venga,

o de otro nos valdremos,

para que no se publique

lo que ha pasado aquí dentro.

D. Fad.

Entre criados, Señor,

queréis, que esto esté encubierto?

D. P.

Pues queréis vos, que lo esté

el grave atropellamiento,

que habéis intentado hacer,

de mi honor; y que suspenso

mi valor en repararlo

se

Pag. 44

D. P.

se dilate ni un momento,

cuanto mas de aquí a mañana?

Fro.

Tengase Usted; que primero

nos ha de entregar el dote.

Porque esto de prometerlo,

y la novia de contado,

es para Cristianos nuevos,

y mi amo es familiar

con pruebas de cuatro Abuelos.

D. Gas.

Quita pícaro.

Fro.

Que es quita?

si te mantienes en ello,

no la ha de querer casar,

que es muy miserable el viejo

D. P.º.

Ea, acabad D. Fadrique,

y resolveos, supuesto,

que ha de ser, y luego al punto

sin intermisión de tiempo;

o, vive Dios, que sabré

a los filos de este acero,

(matándoos a vos, y a ella,

y a cuantos cómplices fueron

en semejante delito)

dejar mas limpio, y mas terso

mi altivo honor heredado,

que los rayos del Sol mesmo.

D. Le.

Válgame Dios! Ya llegó

mi vida al último estremo.

Fr.

Válgame Dios! que entre boda,

o mortorio, no hay remedio?

Apte.

D. Gas.

Aunque pudiera tomar

el postigo, no he de hacerlo:

pues no he de volver la espalda,

dejando a Leonor en riesgo.

Y pues no hay ya que esperar,

morir matando resuelvo.

Dent. 1.º.

Donde entró fue en esta casa.

Dent. 2.º.

Este postigo está abierto.

Sale un Alcalde de Casa con Ministros.

Alcal.

Pues unos tomad las puertas,

y entrad otros acá a dentro.

vase D. Gaspar lado de D. P.º

Favor al Rey.

1.º.

Resistencia.

Alcal.

A la Justicia, que es esto

con espadas, y broqueles

teneos:

D. P.º.

Como?

que aquí somos muy Vasallos

de nuestro Rey; y el respeto,

que a la Justicia se debe,

muy

Pag. 45

D. P.º.

muy bien tenerle sabremos.

Pero, además del motivo,

extraño, que así resuelto

os arrojéis a mi casa,

allanándola.

Alc.

Os prometo,

que a no ser del Presidente

el orden, no lo hubiera hecho.

1º.

Aquel soldado es, Señor.

D. Pº.

No me diréis, a qué intento

os dio el Sor Presidente,

contra mi punto, el decreto

de que registréis mi casa?

Alc.

A que tenéis de ella dentro

un delincuente; y preciso

me es, Señor, llevarle preso.

D. Pº.

Y quién es? Porque me admira

Alc.

Es aquese Caballero,

(que aun el nombre no le sé)

y tenéis al lado vuestro.

D. Gas.

A mí no habéis de prenderme;

y así mirad, que primero.

Alc.

Caballero, reparad,

que aqueso es querer perderos;

y no teniendo delito,

le haréis muy grande, os prometo.

D. Gas.

Pues porqué razón a mí

intentáis llevarme preso?

Alc.

No ignoráis, que anoche heristeis

del Sor Nuncio un Cochero,

y a otros dos, o tres Criados

les disteis de palos. Desto,

(aunque la razón nos consta,

que tuvisteis para hacerlo)

dar mucha satisfacción,

a este Príncipe debemos.

Y el Sor Gobernador

del Consejo orden expreso

me dio, para que os pusiese

espías. Y habiéndose hecho,

este Ministro dio aviso

de que estabais aquí dentro.

Tro.

Tales soplones son todos,

que es mucha razón creerlo.

Alc.

Y así, cumpliendo este orden,

preciso es llevaros preso.

Tro.

Tenga Usted: al de la pendencia

de anoche con los Cocheros

no es a quien quiere prender?

Alc.

Aquese solo es mi intento.

Pag. 46

Aro.

Pues sírvase de llevar

Usted a este Santo Viejo,

que tiene ya mas de ochenta,

y es tan bravo pendenciero,

que, después de la de anoche,

a tenido mas de ciento.

Y agora nos tiene a todos

no con muy pequeño miedo;

y, si este no hubiera entrado,

nos había de haber muerto.

Al, bizarros agarrantes.

D. Gas.

Calla.

Aro.

Que es calla? No quiero:

que me e de vengar agora

de cuanto aquí nos a hecho.

D. P.º.

Hizo muy bien en decir,

que fui quien a los Cocheros

anoche descalabré.

Apte

D. Gas.

Perdonad, Señor D. Pedro.

Solo en un caso, como este,

deberá un hombre resuelto

la acción briosa del otro

aplicársela a si mesmo.

El delincuente soy yo,

y solo quien a de ir preso.

2.º.

Es verdad, que la pendencia

fue con el Sor D. Pedro.

Pero andando a mal traer,

llegó el otro Caballero,

y a cuchilladas los dos

nos maltrataron, y hirieron.

D. P.º.

Es verdad: asi pasó;

que yo negarlo no puedo.

Alc.

Ni, sabiéndolo, escusar me

yo a llevaros a ambos presos.

D. Gas.

Llevarme a mi solo fue,

Señor mío, vuestro intento.

No innoveis en el, suplico os,

sino es, que quereis perdernos.

Y así llevadme a mi solo;

y de no, mirad.

Alc.

Teneos;

y porque veais, que el fin

no es proceder de Juez recto,

vuestro delito es tan corto,

que solo está de por medio

la satisfacción, que al Nuncio

debemos dar. Para esto

tengo por muy conveniente,

que vos vais, Señor D. Pedro,

y le hableis en la materia,

refiriéndole el suceso,

Pag. 47

Aparte

Alc.

para que envíe un recado,

(que informado, lo hará luego)

o al Presidente, o a mí;

y en el ínterin, vos preso

vendréis, para que yo cumpla

con este orden, que tengo.

Aparte

D. Gas.

Cuanto puedo desear

es este medio propuesto.

Pues salga al fin por ahora

de esta confusión: que luego

veré lo que debo hacer.

Solo D. Fadrique siento,

que para reñir me aguarde;

mas remediarlo, no puedo.

Y antes me ofrece el acaso

con mi prisión algún tiempo,

para discurrir en él

con mi amigo verdadero,

que debo hacer en un caso,

que, sin ofenderle, ofendo;

y riñendo quedo mal,

y no riñendo, lo mesmo.

Aparte

D. P.

No pudiera desear

otro más seguro medio:

pues si delante el Juez

hago instancia al casamiento,

y por alguna razón

él lo resiste, me pierdo.

Demás que falto a mi punto,

si sacan a público esto;

y en la prisión lo aseguro.

Y pues por mi mano, es cierto,

que ha de salir, no será

sin que a mi casa primero

le traiga, y le dé la mano

a mi hija. Ya resuelto

a obedeceros estoy;

y al Sor. Nuncio, os prometo

de hablarle por la mañana,

porque se concluya esto.

Aparte

D. Le.

Para alivio a una infeliz,

abrió este camino el Cielo.

Alc.

Pues en la cárcel de Corte

me han ordenado poneros,

veníos conmigo.

D. Gas.

Ya voy.

Pero antes tomá este acero;

pues compatible no es

llevarle en la cinta un reo.

Pag. 48

Alc.

En los reos, como vos,

va mas seguro: supuesto,

que la Justicia ese mas

lleva para su respeto.

D. Ped.

Solo a mí en todo, y por todo

me toca el obedeceros.

1.º.

Y aqueste criado suyo,

Señor, no lo llevaremos?

Aro.

Señor agarrante, no:

que yo en pendencias no entro,

ni a la cárcel he de ir.

Alc.

Pues sin embargo traedlo.

D. Ped.

Suplico os por vida mía

lo dejéis.

Alc.

Ya os obedezco.

Dejadlo. Quedad con Dios.

D. Ped.

Dejadme, os iré sirviendo.

Alc.

Señor D. Pedro, quedaos.

D. Ped.

Pues como me mandáis eso?

Alc.

Yo no lo he de permitir.

D. Ped.

Esto es hacer lo que debo.

Vase.

Alc.

Bueno está por vida mía.

D. Ped.

Ya es preciso obedeceros.

Anda tu Leonor, y Joana,

retiraos allá dentro.

Vase.

D. Leo.

Mortal voy.

Vase.

Joa.

Y muerta yo,

por ver en que para esto.

D. Ped.

Encerradas han de estar

hasta que logre mi intento.

Me dirás una verdad?

Aro.

Si, Señor: os lo prometo:

aunque será la primera,

con que yo en mi vida acierte.

D. Ped.

Cuando vino D. Fadrique?

Aro.

Hará poco mas, o menos

hasta unos cuarenta años;

meses, hará unos quinientos;

semanas, hará tres mil;

y días (a lo que pienso)

hará unos veinte millares;

y horas, un cuento de cuentos.

D. Ped.

Estás loco, o desvarias?

Aro.

Digo, que aquesto es muy cierto.

D. Ped.

A Madrid, pregunto yo.

Aro.

Pues a Madrid, no me acuerdo:

que, estos días, de memoria

ando escaso.

D. Ped.

Sois un necio.

Aro.

Y los que preguntan mucho

son por ventura discretos?

D. Ped.

Pag. 49

Don Pedro.

¿Pues no, aquí en mi casa

ha entrado otra vez?

Tropezón.

No creo.

Y le estuviera muy bien

no hacer tan gran desafuero.

Don Pedro.

¿Por dónde hablaba a Leonor?

Tropezón.

¿No me dejarán ir preso,

aunque a galeras me echaran,

o aunque me dieran doscientos,

y no preguntarme tanto,

que fuera menos tormento?

Quedaos con Dios: que a la cárcel

me voy, por no responderos.

Vase.

Don Pedro.

Cerraré toda la casa,

hasta el fin de este suceso.

Vase.

Don Pedro.

¡Oh, qué padre tan amante ofendido

y obedecido por mi honor o celos!

Fin de la 2.a Jornada

Jornada tercera

Pag. 50

Salen D. Gaspar, y Tropezón.

Tropezón.

No pareces caballero

si en lo madrugador.

Don Gaspar.

Aquello es tener honor,

que si anoche el Carcelero

hacer confianza quiso

de mí, y me dejó venir:

que a la prisión vuelva a ir

en mi punto es más preciso.

Tropezón.

Señores, ¿hay tal quimera,

que la madrugada es

para irte a la cárcel?

Don Gaspar.

Pues.

Tropezón.

Lleve el Diablo quien tal fuera.

Don Gaspar.

Si a degollar sentenciado

hoy, Tropezón, estuviera,

aun con más cuidado fuera,

porque la palabra he dado

al Alcalde de volver.

Tropezón.

¿Qué tal patarata ves?

Don Gaspar.

¿Qué dices?

Tropezón.

Que lo creo:

que es cortesía creer.

Pero repara, Señor,

que a muerte vas condenado.

Pag. 51

D. Gar.

¿Cómo?

Tro.

Yéndolo a casado,

que todavía es peor.

Mas yo tengo de decillo.

Bien podrán no degollarte;

mas a suegro han de pasarte,

que aun es peor, que a cuchillo.

D. Gar.

¿Siempre estás de buen humor?

Tro.

Procuro andar bien purgado,

y así ando bien humorado;

digo, de cuanto es honor,

que na me está bien tenerlo.

D. Gar.

¿Quién en el mundo se vio

en tanto empeño?

Tro.

¿Quién? Yo,

sin comerlo, ni beberlo.

Mas pues es preciso, que haya

de diálogo un tantico,

yo, señor, te lo suplico,

y, fuera de pulla, vaya.

¿No me dirás, qué has de hacer,

si el resucitado amigo

a verse llega contigo?

D. Gar.

Pues no lo intenté ofender,

callaré.

Tro.

¿Y el desafío?

¿Qué? ¿También lo has de callar?

D. Gar.

Sí: pues ya lo fui a buscar,

cuando pude, y se había ido

de aguardar desesperado,

mientras yo a la cárcel fui.

Tro.

Y él pensaría de ti,

que lo dejabas burlado.

Mas si lo llega a saber,

o acaso nos conoció?

D. Gar.

Le diré la verdad yo.

Tro.

¿Y con Leonor qué has de hacer?

D. Gar.

No verla en mi vida más,

pues es dama de mi amigo.

Tro.

¿Y con el otro enemigo,

y con Inés qué harás?

D. Gar.

Ese solo es mi dolor,

y tormento sin remedio.

Tro.

Pues qué? ¿Para eso no hay medio?

D. Gar.

No:

pues ignoro el traidor.

Tro.

A mí se me ofrece un modo

de salir de ello.

D. Gar.

¿Cuál es?

Tro.

¿Lo digo?

D. Gar.

Dilo: ¿pues es?

Tro.

Ahorcarte, y saldrás de todo.

Pag. 52

Don Gaspar.

Al fin eres hombre bajo.

Aro.

Digo, que es bueno el consejo:

pues si ha de matarte el viejo,

le ahorrarás ese trabajo.

Don Gaspar.

Fingen conmigo.

Aro.

¿Qué? ¿Estás loco?

Al paño

Martín.

Este cuarto, dicen, que es.

Don Gaspar.

Aro, ¿a Don Fadrique no ves?

Don Gaspar.

Disimula.

Aro.

No haré poco.

Don Fadrique.

¿Está en casa?

Don Gaspar.

¿Quién? En casa está

quien en el alma os recibe

gustoso de veros ya

de tanta tragedia libre,

y en sus brazos.

Abrázanse

Don Fadrique.

¡Ay, amigo!

Libre no: que un infelice,

si de una tragedia sale,

es para otra más terrible.

A Martín

Aro.

Si es verdad, que está usted vivo,

estos brazos califiquen

nuestra amistad.

Martín.

Que me place.

Aro.

Apriete.

Martín.

No me derribe.

Don Gaspar.

¿Qué es lo que tenéis, amigo?

Decídmelo, Don Fadrique:

que quien os juzgaba muerto,

solo al veros vivo vive.

Aparte

Aro.

¿Han visto ustedes, señores,

mi amo lo bien que finge?

Don Fadrique.

Solo fuera alivio, amigo,

mi muerte en mal tan terrible.

Don Gaspar.

Comunicadme la pena,

amigo, que así os aflige:

pues comunicada es cierto

que se alivia todos dicen.

Aro.

Oiga lo que aprieta mi amo.

Don Fadrique.

Pues me lo mandáis, oídme.

Aro.

Nuestro cuento nos encaja:

vive Dios, que no es sufrible.

Don Fadrique.

Yo serví una dama, y yo

tan ciego, amigo, la quise...

Sale Flora

Dale un papel, y vase

Flora.

Señor Don Gaspar, tomad,

y a Dios, que no me es posible

detenerme.

Don Gaspar.

Perdonadme,

que para leer os suplique

me deis licencia.

Don Fadrique.

Mirad,

si en algo mi afecto os sirve.

Lee Don Gaspar

Don Gaspar.

Si las lágrimas de una infelice

pueden algo con vos, os suplica, me

ve-

Pag. 53

Don Gaspar.

veáis luego: advirtiendo, que no os busca

amante; sino Caballero: a quien empeña,

para que me ampare en el mayor conflito.

La mas infelice.

De una Dama es, a quien sirvo,

perdonadme, D. Fadrique:

que luego al punto me manda,

vaya a verla; y no es posible

excusarlo, puesque se halla

en gran conflito me dice.

Y aunque de celos ayer

tuve un lance, no es factible

excusarme Caballero,

aunque amante me retire.

Y así esperad, que ya vuelvo.

La ropa de D. Fadrique

trae, Martín, luego a mi quarto.

Vase.

Mar.

Voy, Señor.

D. Fad.

Como es posible,

que yo os deje, cuando vais

con cuidado?

A Frop.

D. Gas.

Pues seguidme:

que no es razón excusarme

a ese favor. Y tu sigue

Fro.

Andar de un suegro a otro suegro,

de un Caribe a otro Caribe,

es como de Ceca en Meca,

y por Dios, que no es sufrible.

Vanse

Salen D. Inés, y Flora, Leonor, y Joana con mantos.

D. In.

Que tienes, prima Leonor?

D. Le.

Haz, que se cierre esa puerta.

Estoy turbada: estoy muerta;

Joa.

Y yo un poquito peor.

Flo.

Ay, Señores! que dolor!

D. Le.

Mi Padre intenta matarme,

y a ese fin hizo encerrarme,

y muy temprano salí.

Joana, como pudo, abrió,

y vengo de ti a ampararme.

D. In.

Que causa a mi tío movió

a quererte así matar?

D. Le.

Lo que le pudo obligar

es ser desgraciada yo;

pues al mundo no nació,

prima, quien lo sea mas.

D. In.

A qui, Leonor, bien no estás:

a mi quarto te retira.

Flo.

Ven, y allí llora, y suspira,

y tu historia nos dirás.

Vanse

D. In.

Dicen, que el ver padecer

de alivio suele servir;

y aquí llego yo a inferir,

que hace a la pena crecer.

Pag. 54

Doña Inés.

Pues la de mi prima, al ver

cuanto lastima su honor

hace la mía mayor.

Conque no la quita

pues antes aumentará

a un dolor otro dolor.

Si llegará Don Gaspar,

que, por si acaso viniese,

dije a mi prima se fuese

a mi quarto a retirar?

La llave he de desechar.

Dent. D. Gas. Al paño todos.

Don Gaspar.

Allí os podéis detener,

que breve haré por volver.

Y tú avisa, que aquí estoy.

Antón.

Volando a servirte voy.

Don Pedro.

Siempre os he de obedecer.

Sale An.

Antón.

Aquí está mi Amo, Señora,

y aguarda a saber, si en casa

está tu Padre.

Doña Inés.

Di, que entre.

Sale D. Gas.

Don Gaspar.

Pensarás, aleve, falsa,

que has de volver a engañarme?

Qué nuevas cautelas trazas,

di, Cocodrilo engañoso?

Di lo, Sirena tirana.

Doña Inés.

Ay, Don Gaspar! Ya no es tiempo

de que esos extremos hagas,

y pues yo los disimulo

ofendida, y agraviada,

mira quál debo de estar,

y mira quál son mis ansias.

Don Gaspar, mi bien, Señor,

mi Padre casarme traza

(digo mal Señor) matarme

es solo de lo que trata.

Y antes a un cruel cuchillo

entregaré mi garganta,

que la mano a otro, que a ti,

que es a quien he dado el alma.

Tan corto plazo me da,

que solo es de aquí a mañana:

mira pues si ha de valer

contigo una ilusión vana,

a quien dio cuerpo el arrojo

de un hombre con la villana

acción cobarde, y indigna

de arrojarse me a mi casa

contra mi decoro, y punto

tan sin motivo, ni causa.

valga por disculpa mía,

Pag. 55

Doña Inés.

contrapesa las razones,

que mi inocencia declaran.

¿No me rendí a tus suspiros,

a tus ruegos, a tus instancias,

sabiendo, que es en los hombres

política la inconstancia?

¿No arriesgué todo el honor

de mi heredada prosapia,

solo por favorecerte,

rindiéndote vida, y alma?

¿Qué lágrimas no vertí

en tu ausencia dilatada?

¿Qué suspiros no di al viento?

¿Qué quejas no di a la vana

ilusión de mi deseo

en mi mentida esperanza?

¿Qué agravios no he tolerado,

que me han arrancado el alma?

¿No he faltado a la obediencia

de mi Padre, que casada

me tiene con este hombre

de todos mis males causa?

¿Qué más evidente indicio

quieres que en mi abono haya?

Contrapesa estas razones,

mis lágrimas, y mis ansias,

mis congojas, mi aflicción;

y añade a la fiel balanza

el ser yo quien soy, pues es

quien más me abona, y realza.

Y si, como amante, no,

oh, como noble, me ampara,

por quien eres, por tu honor,

por tu valor, por tu fama,

por mujer, por afligida,

por triste, y desamparada.

Y si ser esposa tuya

no mereciere, encerrada

quiero en un Convento estar,

donde llore la desgracia

de haberte querido bien,

que es en lo que estoy culpada.

Y si no bastan contigo

mi fe, mi ruego, y mi instancia,

baste saber, Don Gaspar,

que muero por ti. Pues basta

saber yo, que por ti muero,

para morir consolada;

Pag. 56

¿Y que el mundo ha de decir,

y ha de publicar la fama,

que una dama por su amante

supo morir arrestada,

cuando él no supo piadoso

defenderla, ni ampararla?

Sale asustada Flora.

Flora.

Señora, tu padre (¡Ay Dios!)

viene entrando hacia esta cuadra,

todo el color demudado,

y echando mano a la espada.

Tropezón.

¿No lo dije yo? Esto es hecho.

Mas tus hechizos nos valgan.

Haznos aquí escaparates,

o otra cosa que lo valga.

Flora.

Que llega, señora, aprisa.

Doña Inés.

Retírate allí a mi sala.

Don Gaspar.

Obedecerte es preciso.

Escóndese.

Tropezón.

¿De aquestos viejos guadañas

cuándo me veré yo libre?

Flora.

Ya se nos hundió la casa.

Sale don Lope.

Don Lope.

Dos hombres, que aquí han entrado

¿dónde están?

Doña Inés.

Yo estoy turbada.

Señor, como, cuando, yo.

Don Lope.

Dilo, aleve: infame, habla.

Aparte.

Aparte.

Doña Inés.

Válgame la industria aquí.

Haciendo labor estaba,

y vi entrarse dos mujeres;

y dos hombres, con tan rara

desatención las siguieron,

que no bastó verme airada

para dejar de seguirlas

hasta dentro de esas salas,

donde a los cuatro hallarás.

Mira, si es bastante causa

en mi modestia, y recato,

esto, para estar turbada.

¡Oh quisiera Dios, que mi prima,

lo haya oído! y remediara

una desgracia, como esta,

solo con estar tapada.

Don Lope.

Los mataré, si en el centro

de la tierra se me entraran.

Vase.

Doña Inés.

Yo me retiro hasta ver,

si hay remedio a mi desgracia.

Flora.

Y yo, por si no le hubiere,

tomar manto, y afufarlas.

Quédanse al paño.

Salen asustadas con mantos sin taparse doña Leonor, y Juana, y tras ellas don Gaspar, y Tropezón.

Doña Leonor.

¿Qué es esto, que miro, Cielos?

Don Gaspar.

¿Qué es esto, que por mí pasa?

Tropezón.

Ser tan dichoso, que suegros,

y novias a pares te hallas.

Al paño.

Don Lope.

¿Qué es esto, que miro? ¿Aquí

mi sobrina tan turbada

con don Gaspar? Pero quiero

ver oculto lo que traza,

pues que le importa a mi punto.

Doña Leonor.

¿Hombre, o sombra, no te cansas

de perseguirme? ¿Qué intentas?

No

Pag. 57

Doña Leonor.

No basta perder mi casa,

padre, marido, y honor

por ti, tirano, no basta?

Que aun no me vale el sagrado,

que de esta casa me ampara,

pues de esta forma tras mí

te arrojas, y la profanas?

Doña Inés.

Si será fingido esto?

Flora.

No lo parece en la traza.

Doña Inés.

Pues Dios, y sea lo, o no,

que al cuerpo me ha vuelto el alma.

Don Lope.

Aunque asegurado estoy

de que Inés no está culpada.

Doña Leonor.

Id os, o daré mil voces.

Don Gaspar.

Deten te, Señora, aguarda.

Sale.

Don Lope.

La honra de mi sobrina

dejaré aquí acrisolada.

Señor Don Gaspar, qué es esto?

Así mi punto abaja?

Aparte.

Don Gaspar.

Señor Don Lope.

Yo no acierto a hablar palabra.

Tropezón.

Mas que con boda nos da?

Don Gaspar.

Señor.

Don Lope.

No me habléis palabra,

que todo lo he estado oyendo;

y el remedio es, que casada

quede hoy con vos mi sobrina.

Doña Leonor.

Ay desdicha más extraña?

Don Gaspar.

Pues eso no puede ser.

Don Lope.

Cómo no?

Tropezón.

Como demanda

le tienen puesta hasta veinte,

y está en no cumplir palabra

de cuantas hubiere dado.

Don Lope.

Esto ha de ser, o mi espada.

Don Gaspar.

Mirad, que no os está bien

lo que intentáis.

Don Lope.

Por qué causa?

Tropezón.

Porque él, Señor, es casado,

y ella también, y esto basta;

pues no os está bien tener

sobrinas encorozadas.

Don Lope.

En fin no hacéis lo que os digo?

Don Gaspar.

No es posible.

Don Lope.

Pues la infamia

lavaré con vuestra sangre.

Doña Leonor.

Sígueme, y vámonos, Joana.

Vanse.

Joana.

Vámonos de aquí, Señora,

porque sin duda se matan.

Al paño.

Aparte.

Doña Inés.

Irte puedes, Don Gaspar.

que ya quedo asegurada.

Don Gaspar.

No le está bien a mi punto.

Retirándose Don Gaspar, se pone de la puerta adentro, y Don Lope en el tablado, y riñendo como están, cierra Tropezón la puerta, dejando uno dentro, y otro fuera.

Dentro.

Tropezón.

Aquí la industria me valga;

pues a este fin el Poeta

de

Pag. 58

Tropezón.

de golpe hizo esta cerraja.

D. Lo.

¿Así huyes, traidor, cobarde?

Dent.

D. Gas.

No es esto volver la espalda:

que otras razones me obligan

al respeto de esas canas.

D. Lo.

Pues esas, ni otras cautelas

has de ver, traidor, logradas:

que yo por estotra puerta

saldré, aleve, a castigarlas.

Vase.

D. In.

Gracias a Dios, que salí

de este susto.

Vase.

Flo.

Y a Dios gracias,

que yo también esta vez

salí de tanta maraña.

Vase.

Sale D. Fad.

D. Fad.

Gran ruido debe de haber:

arrimarme hacia allá quiero.

Salen Leonor, y Joana muy asustadas.

D. Le.

Caballero, Caballero,

si os merece una mujer

infeliz. Pero, ¿qué miro?

D. Fa.

Señora. Pero, ¿qué veo?

D. Le.

¿Vos aquí? Aún no lo creo.

D. Fa.

¿Tú ingrata aquí? Bien me admiro.

¿Tú de esta suerte, Leonor?

Joa.

¿Que mi ama se vea así?

D. Le.

El que me quites de aquí

me importa vida, y honor.

¿Que viva quien esto viere?

D. Fa.

Agradece a mi valor,

que te ampare.

D. Le.

Ven, señor.

Joa.

Vamos, y dé donde diere.

Vanse.

Salen D. Gaspar, y Tropezón, envainando la espada.

D. Gas.

Por más prisa que nos dimos,

Leonor, ni Juana parecen.

Tro.

¿No te he dicho yo, señor,

que de brujas algo tienen?

D. Gas.

Ni D. Fadrique está aquí.

Vamos, y la calle vuelve,

por si podemos toparle.

Tro.

Y porque también conviene,

que aqueste Héroe lampiño

del viejo no nos encuentre;

porque he presumido.

D. Gas.

¿Qué?

Tro.

Que algo a este viejo le temes:

pues, cuando cerró la puerta,

no reñiste, como sueles.

D. Gas.

Tampoco en estotra calle

de todos nadie parece.

Y pues sin duda hubo de irse

Don Fadrique, y me conviene

cumplir la palabra, voyme,

a la cárcel. Tú te vuelve

a

Pag. 59

D. Gas.

a casar, y allí me espera.

Aro.

¿Aseguras, que te deje

volver tu segundo ruego?

¿Preveniré, si te parece,

el aparato de boda?

Sale D. Enr.

D. Enr.

Aquí a solas se me ofrece,

Caballero, una palabra,

con vos.

D. Gas.

Decidme en qué tiene

que serviros mi persona?

¿Qué me mandáis?

D. Enr.

¿Conocéisme?

D. Gas.

No; sino es para serviros.

D. Enr.

Don Enrique de Meneses

soy, y quien con vos la espada

sacó, cuando bulla, y gente,

que enmedio me estorbaron.

Y por no saber quién fueseis

hasta ahora, no os busqué.

Y así, pues está pendiente,

el duelo de amor, y celos,

y a mí reñir me conviene

donde no haya quien lo estorbe;

sitio elegid competente,

para que en él os aguarde.

Y porque tercero suele

importar mucho que se halle

a todo el lance presente,

que padrino de ambos sea,

vos, D. Gaspar, escogedle.

D. Gas.

En el que vos señalareis

mi valor se compromete.

Y al prado os voy a aguardar

con mi espada solamente.

Aro.

¿Qué te quería este hombre?

D. Gas.

Me habló en un negocio. Vete,

y haz lo que te he mandado.

Vase. A pte.

Aro.

Señores, ¿quién será este,

con quien mi amo ha confesado?

¡Qué mal aquesto me huele!

Sin embargo he de seguirlo,

por ver, si acaso se puede,

que haya un lacayo leal

de tantos, como hay, infieles.

Vase.

D. Enr.

Para padrino no sé

de quién pueda aquí valerme.

Sale D. Po.

D. Po.

Tratar con estos Señores,

aun el negocio más leve,

es la vida perdurable:

no sé quién tal apetece.

Pero al fin llevo el despacho,

para que al instante suelten

a D. Fadrique; y no ha sido

Pag. 60

D. Po.

poco lograrlo tan breve.

Aparte

D. Enr.

Allí a D. Pedro Pacheco

he visto. Notable suerte

he tenido, pues podré

seguramente valerme

de quien es, pues por su sangre,

valor, y edad, le compete

esta acción. Señor D. Pedro,

un desafío pendiente

otro caballero, y yo

tenemos; y a mí, que lleve

quien sea padrino de ambos

me manda; y pues se me ofrece

la dicha de que me honréis,

veníos conmigo, y hacedme

esta honra, que os suplico,

pues de ella, D. Pedro, pende

todo mi punto, y honor,

que os fío seguramente,

debiendo este favor más

a quien tanto me protege.

D. P.

Yo, D. Enrique, os respondo,

que iré; pero eso se entiende

nombrando ese caballero

otro; pues no le conviene

a mi punto ver reñir,

sin que yo también riñese.

D. Enr.

Eso no es posible, pues

él en vos se compromete,

y por tercero os elige,

D. Pedro, tácitamente.

Mirad, si podéis faltar

a él, ni a mí, si es de esta suerte.

D. P.

¿Conque porque yo no os falte,

a él, ni a vos, aquí pretende

vuestra atención mi desaire?

Pues perdonad, y creedme,

que a ver reñir sin reñir

mi espada no se conviene.

D. Enr.

Pues quedad con Dios, que yo

me valdré de quien lo acepte,

ya que os excusáis a cosa,

que en el mundo es tan corriente.

Aparte

Aparte

D. P.

Esto es sin duda peor:

pues sin que el lance se medie,

saberlo, y no hallarme en él,

no es a mi punto decente.

Señor D. Enrique, vamos:

que vuestra razón me vence.

Sabré el caso, por si antes

mediarlos allá pudiese.

¿No me diréis el contrario,

si no tiene inconveniente?

Pag. 61

D. Enr.

D. Gaspar de Córdoba es:

noble andaluz me parece.

El motivo fue una Dama,

que amo sin corresponderme,

y más dichoso, que yo,

él sus favores merece.

Mas decid.

Sale D. Lo.

D. Lo.

Señor D. Pedro,

una palabra os suplico,

que a parte me oigáis.

(Aparte los dos.)

D. En.

Mirad,

no sepa nada mi tío

de este lance, porque importa.

(Aparte)

D. P.

Que eso me advirtáis, me admiro,

sabiendo quién soy. Andad:

que cumpliré lo que he dicho,

y sé lo que debo hacer.

(Vase.)

D. En.

Pues yo hacia allí me retiro.

(Aparte.)

D. P.

Por D. Inés mi sobrina

debe el lance de haber sido,

pues de mi primo D. Lope

es la turbación indicio.

¿Qué me mandáis?

D. Lo.

Perdonadme.

D. P.

¡Grave daño!

D. Lo.

¡Gran martirio!

D. P.

Ea, hablad, ¿qué os suspendéis?

D. Lo.

Hoy de mi casa se ha ido

con un caballero.

(Aparte.)

D. P.

¿Quién?

Ya es cierto lo que imagino.

¿Vuestra Hija?

D. Lo.

No: la vuestra:

que a mi casa había venido,

D. P.

Caiga el Cielo sobre mí.

D. Lo.

Huyendo de vos, colijo.

D. Gaspar de Córdoba es

el autor de este delito.

D. P.

¿Habrá hombre más infeliz?

¿Qué es esto, Cielos Divinos?

¿Allá D. Enrique preso,

y acá estotro? ¿Se habrá oído

de mujer de aquesta sangre

tan enorme precipicio?

D. Lo.

La causa es de ambos, D. Pedro:

muera quien nos ofendió.

D. P.

¿Qué he de hacer? Que vive el Cielo,

que estoy confuso, y sin juicio.

D. Lo.

Vamos, D. Pedro, a buscar

este traidor enemigo.

(Aparte.)

D. P.

Decís bien. (Esto ha de ser.)

Vamos por distintos sitios.

Pag. 62

Don Lope.

Vamos; y no quede alguno,

Don Pedro.

por remoto, y escondido,

Don Lope.

que no registre el valor,

Don Pedro.

y que no examine el brío.

Vase.

Don Lope.

Ármese honor mi venganza.

Vase.

Don Pedro.

Ármese honor mi castigo.

Salen Don Fadrique, Leonor, Juana y Martín.

Doña Leonor.

Cuanto te he dicho es verdad.

Don Fadrique.

¿Don Gaspar es mi enemigo?

Doña Leonor.

Pasó como te lo digo.

Martín.

Cierto que es buena amistad.

Don Fadrique.

En tu jardín, ¿cómo, di,

pudo sin tu culpa entrar?

Doña Leonor.

Yo no lo sé.

Aparte.

Juana.

Ello a parar

todo vendrá contra mí.

Don Fadrique.

En fin, Leonor, mientras voy

algún convento a buscar,

me puedes aquí esperar,

porque en él has de entrar hoy.

Doña Leonor.

¿No te satisface aquí

lo que te he dicho, señor?

Don Fadrique.

Es delicado el honor.

Doña Leonor.

Volverá el cielo por mí.

Don Fadrique.

Martín, mientras vuelvo yo,

esté esta puerta cerrada.

Martín.

¿No volveré a la posada

por la demás ropa?

Vase.

Don Fadrique.

No.

Juana.

¿Que en fin a estar encerrada

te resuelves?

Doña Leonor.

¿Qué he de hacer,

Juana, sino padecer,

pues nací tan desgraciada,

y con dicha tan escasa,

que, sin culpa haber tenido,

en un instante he perdido

padre, honor, marido, y casa?

Vase Leonor.

Juana.

No hagas tal. ¡Hado cruel!

¿Yo condenada a un encierro,

a un torno, y rejas de hierro?

Malos años para él.

Martín.

¿Podrá atreverse a la cumbre

de tu beldad mi afición?

Vase.

Juana.

¿No ves que no es ocasión,

que estamos con pesadumbre?

Martín.

Yo voy a cerrar la puerta.

Dentro Flora e Inés.

Flora.

Entra, que aquesta es la casa,

Doña Inés.

¿Qué es esto, que por mí pasa?

Yo estoy perdida.

Flora.

Yo muerta.

Doña Inés.

¿Quién se vio en tal aflicción?

Pag. 63

¿Dónde D. Gaspar está?

Mar.

A buscarlo mi amo va,

y no con buena intención;

porque con capa de Amigo,

Señora, el tal D. Gaspar

la dama le fue a soplar,

y lo llevaba consigo.

Mas por la mano mi Amo

le ganó (fue lindo cuento)

porque (sin darle tormento)

cantó, Señora, de plano.

Su padre intenta matarla;

y mi Amo a buscar salió

un Convento, y la dejó

aquí mientras va a llevarla.

D. Inés.

¡Esto me faltaba, Cielos!

Ve a buscarme a D. Gaspar.

Flo.

¿Cuál debe mi ama de estar,

pues no ha sentido los celos?

D. Inés.

Porque vayas a buscarlo

esta sortija te doy.

Mar.

¿Sortija? Digo, que voy,

y no me vendré hasta hallarlo.

Sale Joa.

Joa.

¿Quién es quien se ha entrado aquí?

¿Qué es esto? ¡Tú eres, Señora!

Flo.

¿Tú estás acá, Joana?

Joa.

¿Flora?

D. Inés.

¿Dónde está mi prima? Di.

Joa.

Ven, Señora, y la verás,

que por muerta la he tenido:

tanto el dolor la ha afligido:

entra, y la consolarás.

D. Inés.

Cierto estoy yo para eso.

(Pase

Joa.

Pues, ¿qué tiene?

Flo.

¿Qué? Matarnos,

su padre quiso, y librarnos

fue milagro: que el suceso

del amor de D. Gaspar,

y mi ama, lo ha sabido:

(Es verdad, que de mí ha sido)

Cuando él a casa volvió,

con la muerte a mí me amaga;

y puesta a cuestión de Daga,

a decirlo me obligó,

Aunque es el delito grave:

que sin ser amenazada

dice cualquiera Criada

lo que ignora, y lo que sabe.

Joa.

¿Qué es esto? ¿A tu ama también

el tal D. Gaspar la quiere?

Flo.

Querrá el otro a cuanta viere;

pero a ninguna bien.

Pag. 64

Joa.

¡Oh, qué es bravo redomado!

Flo.

Un ochavo al Don Gaspar

no le he podido sacar.

Sobre marrajo es soldado.

Joa.

Bien sabes mi habilidad.

Pues toda ella me costó

un bolsillo, que me dio,

Flora, por nuestra amistad.

Y aun temo perder la cara

por un triste dobloncillo,

que tendría.

Flo.

Sin bolsillo

a mí lo mismo me pasa.

Joa.

¿Quién sufra en el mundo habrá

a este señor Don Gaspar?

Mejor es, que a enamorar

al mismo infierno se vaya.

Vanse

Sale Don Gaspar.

Don Gas.

Aguardar a otro en el campo

para reñir, por primero

acto del valor regulan,

y ahora conozco, que es cierto:

pues con la experiencia solo

podrá cualquiera saberlo.

Pero mi contrario llega,

y con él (¿qué miro, cielos?)

viene el Don Pedro, señor.

¿Quién se vio en tan grave empeño?

Pero en todo trance yo

no dejar el puesto debo.

Sale Don Enrique, y Don Pedro.

Sacan todos las espadas.

Don En.

Aquí mi contrario está.

Don Pe.

Pero ¿qué es esto que veo?

Antes vengaré mi ofensa.

Muere, traidor.

Don En.

Deteneos:

pues ¿cómo a la confianza

faltáis, que de vos he hecho?

Don Pe.

Sabed, que esto no es faltar:

solo es hacer lo que debo,

pues hallo un traidor aquí,

que ha ofendido mi respeto.

Don Gas.

Aunque yo satisfacción

os pudiera dar, Don Pedro,

no es ocasión, por tener

en la mano ya el acero.

Don En.

Pues, aunque estéis ofendido,

por tercero aquí saliendo

de los dos, debéis dejar

fenecerse nuestro duelo;

Pag. 65

Don En.

y, después de concluido,

comenzaréis vos el vuestro.

Y así reñid, don Gaspar.

D. Pe.

Don Enrique, deteneos,

y decid: si le matáis,

con quién ha de ser mi duelo.

Yo he de reñir: perdonad,

que está mi honor de por medio;

y en contingencias no es bien

que ponga el satisfacerlo.

D. En.

Yo estoy también agraviado,

y le he sacado a este puesto,

y a vos ambos por padrinos.

Y así he de reñir primero.

D. Pe.

Mirad, que es de honor mi agravio.

D. En.

Y el mío es de honor, y celos.

D. Gas.

Si no os conformáis, reñid

ambos, que yo lo consiento.

D. En.

Yo no cometo esa infamia.

D. Pe.

Ni yo esa infamia cometo.

D. Gas.

Ya de una suerte, o de otra,

es preciso resolveros.

D. Pe.

Pues solo reñir con vos

es lo que aquí yo resuelvo,

siéntalo, o no, don Fadrique;

y así podéis defenderos.

D. En.

En este caso a su lado

me hallaréis, don Pedro, presto.

D. Pe.

¿Vos contra mí, don Enrique?

D. En.

Contra vos no; pero esto más advierto os,

que en su defensa he de estar

aquí a todo trance expuesto:

pues si llamado de mí

viene (a ley de caballero)

en cuanto reñir conmigo

no fuere, he de defenderlo.

D. Pe.

Pues si es preciso vengarme;

y oponiendo a vos a ello,

me obligáis a que atropelle

respeto, amistad, y deudo.

Y así reñiré con ambos,

pues tengo para ello aliento.

Pásase al lado de D. Pe.

D. Gas.

¿Cómo queréis, que permita

yo ese tan indigno medio?

Vos solo sois mi contrario,

y con vos reñir intento;

y si otra cosa quisiereis,

al lado estoy de don Pedro.

D. En.

Pues reñiré yo con ambos.

D. Pe.

Pues yo a mi lado no os quiero:

que

Pag. 66

D. Pe.

que lo que quiero es mataros.

D. En.

Que eso no ha de ser, supuesto,

pues no lo he de permitir,

entremos en un convenio.

D. P.º.

¿Y es?

D. En.

Que de los dos elija

al que quisiere.

D. P.º.

Eso es bueno.

Si vos le habéis ofendido,

y él a mí, ¿no es caso cierto,

que a vos os escogerá,

y no a mí, que no le ofendo?

Mas que materias de honor

fuera indispensable yerro

ponerlas en compromiso.

Y así el único remedio

es, que riñáis, D. Gaspar.

D. En.

Siendo conmigo, lo acepto,

y con vos lo contradigo.

D. P.º.

Conmigo ha de ser.

D. Gas.

Teneos:

pues ya la casualidad

ha dado el único medio.

Que a un íntimo amigo mío

llegarse a nosotros veo,

y con ponerse a mi lado,

tendrá fin aqueste duelo.

Sale D. Fa.

D. Fa.

Allí acompañado está;

mas retirarme no puedo:

pues, demás de haberme visto,

estando los tres riñendo,

me es preciso ya llegar.

D. Gas.

D. Fadrique, a muy buen tiempo

llegáis: pues los dos pretenden

reñir conmigo; y atentos

uno a otro se embarazan

por verme solo. Poniéndoos

vos conmigo, lograrán

(estando iguales) su intento.

Va a reñir con él.

D. Fa.

Yo a vuestro lado, traidor,

falso amigo, ingrato, y fiero,

cuando el buscaros solo es,

para mataros?

D. En.

¿Qué es esto?

Pues ¿no miráis, que los dos

solicitamos lo mesmo,

y para matarlo es fuerza

ahora ir a defenderlo?

D. Fa.

Pues reñiré con los tres.

D. Gas.

No será; porque yo puesto

a vuestro lado estaré,

Pag. 67

D. Enrique.

D. Enrique a defenderos.

Pónese a su lado.

D. Fa.

Ya os he dicho, que a mi lado,

ni por mi amigo os quiero.

D. En.

Elegid de los tres uno.

D. P.º.

Ya os he dicho, que no aceto

ese partido?

D. Fa.

Ni yo:

pues que él no me elija es cierto.

Sale D. Lo.

D. Lo.

Aquí está. Muere, traidor.

Unos.

Reportaos.

Otros.

Deteneos.

D. Lo.

¿Vos me detenéis, Enrique?

¿Vos también, señor D. Pedro,

cuando topo aquí un traidor,

que le ha perdido el respeto

a mi casa, y me ha sacado

a mi hija de ella?

D. En.

¿Qué es esto,

que he oído, aleve traidor,

que ya dos veces me has muerto?

D. Gar.

Si con la espada en la mano

no estuviera, satisfechos

os dejara a todos cuatro.

Al paño Fro.

Fro.

Martín, ¿qué es esto, qué veo?

Al paño Mar.

Mar.

Que se matan nuestros amos.

Fro.

Pues yo le pondré remedio.

Voces dent.º

Voces dent.º.

¡Favor al Rey; que se matan;

llegad todos, llegad presto.

Cercad el prado, Ministros,

y a todos los llevad presos.

Sale Fro.

Fro.

¡Gran desdicha!

Sale Mar.

Mar.

¡Gran desgracia!

Fro.

Escapar de preso, o muerto

es imposible, señor.

Mar.

Porque esos caminos llenos

vienen todos de Ministros.

D. Gas.

¿Qué dices?

Fro.

Señor, que es cierto;

y la Corte alborotada

está con este suceso.

D. Fa.

Si nos hallan, no será

posible lograr mi intento.

Ap.te

D. Gas.

Yo arriesgo punto, y palabra,

si me hallan, estando preso;

y nadie podrá pensar,

que la cara vuelvo al riesgo,

pues no es posible reñir

con tanto tropel de empeños.

Y así para otra ocasión

quede remitido el duelo.

Vase.

Pag. 68

Vase.

D. Di.

Yo, sin perder lo de vista,

le quise preseguir; y aunque el centro

de la tierra lo ocultase,

ha de quedar satisfecho

mi honor, casada mi Hija,

o, ha de morir a este acero.

Vase.

D. Lo.

O ha de casar con mi Hija,

o ha de vengarse mi esfuerzo.

Aro.

Plegue a Dios, que ya

hartos os vea de cuernos.

Vase.

D. En.

Yo buscare la ocasión

de vengar mi agravio, y celos.

Vase

D. Fa.

Si antes que todo es la Dama,

a Leonor en un Convento

pondre; y después matare

a aqueste enemigo fiero.

Aro.

Vean Ustedes de que

sirve el obrar bien, supuesto,

que tanto enemigo tiene

mi amo, sin ofenderlos.

Oyes, Martín, bien salimos,

Amigo, de nuestro cuento.

Mar.

No tan bien; porque ahora reparo,

que de mi amo es el duelo,

porque en casa de Leonor

os entrasteis desatentos.

Y por lo que mira a Joana,

aun no estoy yo satisfecho.

Sacad la espada, y reñid,

que el sitio convida a ello.

Aro.

Que convite, o que Demonio?

Por cierto, que es buen almuerzo

para el que convida al sitio.

Mar.

Que? No reñis?

Aro.

No por cierto.

Mar.

Porque?

Aro.

Porque soy tu amigo,

y tengo propósito hecho

de no reñir con amigos.

Mar.

Desde luego os lo dispenso.

Aro.

Pues sois Papa vos acaso?

Mar.

No lo soy; pero bien puedo

dispensar en este caso,

por ser conmigo.

Aro.

Eso niego.

Y antes de reñir, es fuerza

que probeis el argumento.

Saca la espada.

Mar.

Yo lo pruebo de esta forma.

Pag. 69

Ea, sacad el acero.

Tienta la espada

Tro.

Aguardad.

Mar.

Qué? No acabáis?

Tro.

Ya lo ando aquí disponiendo.

Mas la llave dejé en casa:

iré por ella, y ya vuelvo.

Mar.

Cómo es iros? Vive Dios,

que os mataré yo primero.

Tro.

Diga el Diablo, y lo que aprieta.

Así: agora que me acuerdo

ya no es posible reñir.

Mar.

Porqué?

Tro.

Porque en penitencia,

que no riñese, me dieron,

por un cruel desafío,

que tuve no ha mucho tiempo,

en que maté tres, o cuatro.

Conque viendo el grave riesgo,

en que cualquiera se pone

de quedar muerto en el puesto,

por evitar el gran peligro

de que lo mate, lo han hecho.

Hora pues mirad vos bien,

quieres morir hombre?

Mar.

Sí quiero.

Tro.

Pues yo no quiero matarte

solo porque dais en eso.

Mar.

Sois un pícaro.

Tro.

Eso importa

muchísimo en estos tiempos.

Vení acá: no os ha hecho fuerza

lo que he dicho?

Mar.

No por cierto.

Tro.

Pues yo sé lo que os la hará.

Mar.

Qué?

Tro.

El saber, que este es precepto.

Mar.

De quién?

Tro.

De quién? Del Poeta,

que es quien así lo ha dispuesto;

y nos está allá aguardando,

para acabar el enredo.

Vanse.

Mar.

A eso no hay que replicar.

Digo, que envaino, y Laus Deo.

Salen Flora, y Joana de noche.

Flo.

Yo estoy muerta, Joana mía.

Joa.

Yo no sé, qué hemos de hacer.

Pag. 70

Ya es de noche, y nadie viene.

Flo.

Ni yo tan poco lo sé.

Estas dos pobres Señoras

se han de morir esta vez

de puro llorar.

Joa.

Por cierto

no siento yo eso.

Flo.

Pues qué?

Joa.

Mi desgracia es la que siento;

y que solicite, es bien,

su remedio.

Flo.

Si le hallas.

Joa.

Buscarle procuraré.

Flo.

Con la mía haré lo mesmo.

Sale D. Gas.

Aparte

D. Gas.

Sin luces todo se ve,

y parece, que oigo hablar.

Sale D. Fa.

Aparte

D. Fa.

Gente aquí debe de haber,

D. Gas.

Y no distingo la voz,

D. Fa.

Y no conozco quién es.

Flo.

Hacia allí he sentido un hombre:

quiero llegarme hacia él,

por si fuese Tropezón.

Joa.

Un bulto hacia allí se ve;

y, por si fuese Martín,

quiero llegarme.

Flo.

Quién es?

D. Gas.

Válgame Dios. Aquí Flora?

La voz disimularé

hasta que sepa su intento.

Flo.

Eres tú, Tropezón?

D. Gas.

Él.

Joa.

Eres tú, Martín?

D. Fa.

Yo soy.

De aquesta forma sabré,

ocultándome, qué intenta.

Flo.

Tropezón, tú has de saber,

que aquí con gran riesgo estoy, por

que a D. Enrique llevé

mil recados, y papeles

respuestos de D. Inés

mi Señora; y como el D. Pe

casarla quería con él,

y ella lo aborrece tanto,

por si podría vencer

su aversión, aquella noche,

que llegasteis, le cité,

y abrí el postigo de casa,

para que la entrase a ver;

Pag. 71

Flo.

(sin que ella supiese cosa)

moviéndome el interés

de una nada, que me dio,

a tal desdicha, y tropel

de penas, y pesadumbres,

como padecer me ves.

Y pues es preciso ahora,

antes que mi ama lo sepa,

el tuyo, su padre, o él,

y que todos, o cualquiera

fieros, crueles la muerte me den,

has de llevarme de aquí.

Quiérese hablar con ella aparte

D. Gas.

Dichoso mil veces, quien

tan gran desengaño toca.

Mas su intento esforzaré.

D. Fad.

¿Qué me dices?

Joa.

Lo que oyes:

que yo fui quien los entré

en casa, sin que mi ama

nada supiese; porque él

me obligó con un bolsillo:

que es tal diablo el interés,

que a todas las tambalea;

y a la que no hace caer,

por firme que esté, le mueve,

así un tantico, los pies.

Yo estoy aquí con gran riesgo:

pues, si lo llega a saber,

o mi señora, o tu amo,

soy perdida; y antes que

se sepa, me quiero ir.

Aparte

D. Fa.

¿Tu ama le quiere bien,

(Así apuro mis cautelas)

a D. Gaspar?

Joa.

¿Qué es querer?

De ella no ha visto otra cosa,

que un desdén, y otro desdén.

D. Fa.

Pues para ese galanteo

¿qué motivo tuvo él?

Joa.

¿Eso qué te importa a ti?

Ya no te he dicho, que fue

la introducción la pendencia;

y como por muerto a él,

y a ti, Martín, te tuvimos,

este yerro ejecuté?

Y así has de ampararme ahora,

pues que mi inocencia ves.

D. Fa.

Dichoso mil veces yo,

que un desengaño logré,

con

Pag. 72

D. Fa.

con que he cobrado feliz

alma, vida, honor, y ser.

En albricias de mi dicha

te perdono.

Joa.

Pues quién es?

Sale

Tro.

Quién aquí dentro se ha entrado?

Pero yo por luz iré.

Vase.

Flo.

Con quién estaba yo hablando,

que esta voz sin duda es

de Tropezón?

Sale D. Leo.

D. Leo.

Ruido he oído,

y salgo a reconocer

quién le ocasiona.

D. Fa.

Quién va?

D. Gas.

Quién ha entrado aquí? Quién es?

Retírase al paño.

D. Fa.

Luces traen; y retirado

detrás de aqueste cancel

estaré, hasta averiguar,

D. Gaspar qué intenta hacer.

Sale.

Tro.

Aquí las luces están.

Sale.

Mar.

Aquí está la luz también.

D. Le.

Válgame Dios! Caballero,

sois mi sombra, o pretendéis,

siguiéndome de esta suerte,

acabarme de perder?

Al paño

D. In.

Si será este D. Gaspar,

y mi desgracia esta vez

tendrá fin? Pero qué miro?

Hablando a mi prima es

Don Gaspar quien allí está.

Desde aquí lo escucharé,

por ver, qué intentan los dos:

que después salir podré.

D. Gas.

Oíd, Señora, y perdonadme:

que si rendido os amé,

fue, sin saber que os servía

D. Fadrique. Esto creed;

y que es mi mitad del alma,

y soy su amigo tan fiel,

que si yo lo presumiera,

no intentara descortés

atreverme a imaginarlo

por mí, por vos, y por él.

Joa.

Oiga, que, sobre dar poco,

es hablador su merced.

Tro.

Eso aprendimos de ti.

Dent.

D. Lo.

Entrad todos: que esta es

la casa de este Traidor.

Pag. 73

Dent.

D. P.

Quien se a atrevido a ofender

nuestro honor, muera: matadlo.

Sale D. Fa.

D. Fa.

La voz de D. Pedro es.

Ya es fuerza salir de aquí.

D. Leo.

Cielos que veo? Ay mujer

tan infeliz?

D. Gas.

Don Fadrique?

D. Le.

Señor.

D. Fa.

La voz suspended:

que los favores, que os debo,

y a vos la amistad, bien sé.

Y así puesto a vuestro lado

mi vida sabré perder

en defensa de las vuestras.

D. Gas.

Dime, Flora, D. Inés

donde está?

Flo.

Aquí retirada.

D. Gas.

Pues a postrarme a sus pies

iré, y pedirle perdón

de haber creído, que infiel

fuese quien es tan Divina.

Sale D. In.

D. In.

Pues yo no os perdonaré

hasta que estéis advertido

de lo que debéis creer

de una mujer, como yo.

Flo.

Ea, depon el desdén.

D. In.

Pero (ay Dios mío!) mi Padre.

Sale D. P., D. Enrique, D. Lope, y todos.

D. P.

Aquí está: matadlo pues.

D. Lo.

Muera.

D. P.

Muera.

D. Fa.

Deteneos.

D. P.

Vos a su lado os poneis?

D. En.

Y yo: pues a mi enemigo

deberé aquí defender,

reservándole la vida,

para matar lo después.

D. P.

Pues mueran todos: matadlos.

D. Fa.

Ea: el acero tened;

y mirad, que la prudencia

suele gobernar mas bien

estos lances; y algún medio.

D. P.

Medio no lo puede haber,

si no casa con mi Hija.

D. Lo.

Y si marido no es

de mi Hija, no habrá medio.

Aro.

Que han dado los dos en que

al yerno han de encorozar?

Pag. 74

D. Gas.

Don P.º lo que queréis,

no es, que case nuestra Hija

con D. Fadrique?

D. P.º.

Eso es.

D. Gas.

Y que a vuestra Hija yo

la mano de esposo dé,

no es lo que intentáis, D. Lope?

D. Lo.

Sí.

D. P.º.

Pues cómo puede ser?

D. Fa.

De aquesta suerte. Leonor,

esta es mi mano.

D. Le.

Mi bien,

llega a mis dichosos brazos.

D. Fa.

A ellos feliz llegaré,

para ser tu humilde esclavo.

D. Gas.

Y yo a los tuyos, Inés,

a lograr favor tan alto.

D. In.

Dichosa mil veces quien

esta fortuna ha logrado!

Todos 4 despos.

Y todos a vuestros pies

aguardamos el perdón.

D. P.º y D. Lo.

Alzad, que ya lo tenéis.

Llegad, Hijos, a mis brazos.

D. En.

Pues libre os llego ya a ver,

nuestro duelo concluyamos.

Fro.

Deje Usted eso. No ve,

que es tarde, y se quiere ir

la gente? Fuera de que

mi amo os remite el duelo;

y allá con Flora os lo aved,

que fue quien os engañó.

Y no nos embaracéis

celebrar las bodas hechas,

y cuatro, que se han de hacer.

Vos con la hermana de mi amo

(si él quisiere) os casaréis.

Yo me casaré con Flora.

Martín con Juana también.

Y los dos Señores barbas

(porque se cumplan a seis

los casamientos, que se hagan)

también las manos se den,

por ver si se hartan de bodas.

Todos en ello vendréis?

Todos.

Todos en ello venimos.

Y el Autor segunda vez

os pide atento, y rendido,

que sus yerros perdonéis.