帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No siempre ofenden los celos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-siempre-ofenden-los-celos.
D. Gaspar de Córdoba 1º Galan
D. Fadrique de Toledo 2º
+ D. Enrique 3º
D. Pedro, 1º Barba.
+ D. Lope 2º Barba
+ Tropezón, Gracioso:
+ Martín, 2º Gracioso
+ D. Leonor Hija de D. Po Dama
+ D. Inés Hija de D. Lope Dama
Juana Criada de D. Leonor.
Flora Criada de D. Inés.
+ Un Alcalde
Ministros.
Música, y Acompañamiento.
Salen D. Gaspar, y Tropezón de camino, diciendo los dos primeros versos dentro.
Esas mulas lleva ahí
a la primera Hostería.
Gracias a Dios, Corte mía,
que vuelvo hoy a verme en ti.
Gracias a Dios, Corte ajena,
que me llego a ver en ti,
y de tal mula salí,
que en la Virgen de Almodena
me haré poner retratado
en mi mula maliciosa;
pues es cosa milagrosa
vivo en ella haber llegado.
Y pues nos vemos, Señor,
donde tanto has deseado,
y cien leguas caminado
por el logro de tu amor
de tenedores vivientes,
en que un volatín no dio
tantas vueltas, como yo,
quebrándome ojos, y dientes:
donde vive esta belleza
llegue yo a saber aquí;
pues a días, que ella es mi
quebradero de cabeza.
¿No vamos allá, Señor?
No; porque aun es muy temprano,
y como noble, y urbano
debo mirar por su honor.
Y también intento así
(pues a su casa he llegado)
cauteloso, y recatado
ver, o escuchar desde aquí,
si alguno a sus rejas llega,
o a ellas sale una criada.
Pues mientras se ve lograda
tu intención, mi fe te ruega,
me partícipes, Señor,
de este viaje el intento,
logrando mi rendimiento
merecerte este favor.
De gran lealtad, Tropezón,
y tu fe tanto me obliga,
que es fuerza, que te lo diga.
Pues vaya de relación.
Córdoba es mi amada patria,
y a quien mi ilustre ser debo;
fortuna, que no trocara,
al más feliz nacimiento.
Córdoba, cuya nobleza
excede al Sol en reflejos,
excede al Orbe en quilates,
al Diamante en fondos tersos:
A cuya regia pureza
adornan coronas, cetros,
púrpuras, trofeos dignos
del claro esplendor excelso
De sus nobles ciudadanos,
y sus ascendientes regios,
y a quien nada le compita
en el orbe todo entero
otra alguna: si bien sé,
que excederla es caso incierto.
De cuya ciudad son hijos
tantos varones excelsos,
como pueblan las historias,
para referir sus hechos,
siendo volúmenes grandes
a sus hazañas pequeños:
pues para la guerra ha dado
(a influjo de su hemisferio)
no solo un gran capitán,
grandes generales diestros,
que Alcides de nuestra España,
y Atlantes de aquestos reinos
en hombros de su lealtad
han sostenido guerreros
con sus espadas, y vidas
de estas coronas el cetro,
A pesar de tanto infiel
cobarde indigno Tifeo.
Y para la paz ha dado
muchos Sénecas discretos,
muchos Osios, y Marciales,
muchos invictos Toledos,
muchos Lucanos plausibles,
y muchos Góngoras, siendo,
de todo el mundo el aplauso
a sus méritos pequeño.
Pues hasta la fama se halla,
al publicar tantos hechos,
si gustosa, embarazada
con tanta hazaña, y progreso
De tantos invictos héroes,
ya en la campaña guerreros,
valerosos, y arrestados,
ganando provincias, reinos;
ya con la pluma en la mano
en cátedras, en congresos, en públicas conclusiones
y concilios, defendiendo
de nuestra Sagrada Ley
los soberanos preceptos
contra calvinistas, arrios,
y otros herejes protervos.
¿Pero dónde voy osado?
Arrebatóme mi afecto,
sin reparar, que mis labios
en sus mal formados ecos,
(a ser capaz de ello) solo
su elogio la hicieran menos.
Y así advertido, y prudente
suspendo mi loco vuelo,
por no pagar abrasado
de tanto asunto al reflejo
en precisos precipicios
Ícaros atrevimientos.
Y volviendo a mi discurso
le debí la dicha al Cielo
de que en tan grande Ciudad
me diese el origen, siendo
de Córdoba ilustre casa,
mi noble apellido excelso:
grande entre todos, si bien
aunque competirse, es cierto,
que podrán, no han de excederse,
pues el que menos es Regio.
Viendo mi Padre, prudente,
que en pueriles años tiernos
ar-
arriesgan muchas crianzas
los maternales afectos,
y impío este halago suele
ocultar grandes ingenios,
sin manifestar sus fondos
los estudiosos desvelos,
(como suele a los diamantes
en tosca corteza envueltos,
a quien no pulió la mano
de algún Artífice diestro);
y que no logran laureles
en literarios progresos
los que en patricios cariños
gastan lastimoso el tiempo;
ni los que en su casa aguardan
a que los busquen los puestos
suelen conseguir felices
ningún señalado ascenso)
a estudiar a Salamanca
me envió; y en un Colegio
de los cuatro que la ilustran,
tomé la beca; y contento
seguí mis estudios hasta
el pasado año, en que un pleito
le
le pusieron a mi Padre,
que por ser de sumo aprecio,
de estimación, y de honor,
me mandó, que a defenderlo
pasase a esta Corte, a donde,
flechado de ese Dios Ciego,
tan sin albedrío amé
de una Deidad todo el Cielo,
que Clicie ardiente sus rayos,
a no ser preciso empleo,
fueran de mi corazón
voluntariamente objeto.
El Cielo con su hermosura
lograra dignos reflejos,
poniendo por arcos iris
sus dos cejas: por Luceros
sus dos bellísimos ojos:
el Sol su hermoso cabello
por rubias madejas de oro;
y por rosicleres tersos
sus matizadas mejillas:
para más hermoso incendio
sus dos abrasados labios
pudiera buscar el fuego;
y por bellas perlas netas
el agua en su mar inmenso
a sus abismos vientes
custodiar pudiera atento.
Para más cándida nieve
de cristalinos reflejos
envidiar los Alpes pueden
de su garganta lo terso.
Trocar la tierra pudiera
a los Jazmines más bellos
sus hermosísimas manos,
y por sus rosas sus dedos;
y sus invisibles pies
a los átomos el viento
pudiera feriar gustoso,
para hacerlos más pequeños:
pues solo de aqueste modo
pudieran lograr el Cielo,
el Sol, la Luna, y estrellas,
Luceros, y Firmamento,
los Alpes, el mar, la tierra,
el agua, el viento, y el fuego,
en divinas perfecciones
su más digno lucimiento.
Es de hermosura un prodigio,
es de belleza un portento,
es la misma perfección,
el símbolo es de lo bello.
Es Doña Inés de Moncada
(este fue encarecimiento)
pues de su hermosura, es
sola, su hermosura ejemplo.
Gozando estaba feliz
ver a mi adorado Dueño
tal noche por estas rejas
de su Jardín; pero (¡a Cielos!)
quién contra tan gran dolor
pudo allí tener aliento?
ni quién le podrá tener
al referir del suceso?
Pues una de tantas como
en este sitio asistiendo
abrasada Salamandra,
era en su Divino incendio:
era Argos de sus umbrales,
mariposa era, que el vuelo
nunca acertaba a apartar
de la luz de sus reflejos.
Estando aguardando (¡ay Dios!)
que
que mi dulce amado empleo
saliese a una reja a dar
a mi vida ser, y aliento,
se llegó ocultando un hombre,
y me dijo muy revuelto:
¿Cómo osado a aqueste sitio
se atreve a llegar? Yo (atento
de Doña Inés al decoro)
le respondí, que era cierto,
que el aguardar a un Amigo
era el casual suceso,
que allí pudo detenerme;
pero que era grave yerro,
que sin conocer a quien
tuviese el atrevimiento
de hablar me de aquella suerte.
A que sacando el acero
me respondió, que él tenía
motivo para el intento
de matar a quien tuviese
el atrevido despecho
de mirar aquellas rejas:
ya que indignado mi esfuerzo
vio la debida respuesta,
(provocado del desprecio)
mi
mi espada, que, a pocos lances,
atravesándole el pecho
fue causa de que cayese
mortalmente herido al suelo:
corriendo aun peor fortuna
yo; pues también quedé muerto,
sino al golpe de su espada,
al de mi agravio, y mis celos.
Mas por no ser conocido
de los que iban ya viniendo
al ruido de las espadas,
me retiré; y a un Convento,
donde asistía un amigo,
me fui, y de él supe por cierto
el día siguiente que era
(con qué dolor lo refiero)
hermano de Doña Inés
el herido: sentimiento,
que me parte el corazón,
cuando me acuerda el suceso;
pues fue preciso ausentarme,
y padecer el tormento
de la ausencia, que trocara
a la muerte, que a D. Diego
di; pues así no viera
con tal ofensa a mi Dueño,
y a menos cruel rigor
fiara mi desconsuelo.
En fin trocando (¡Ay de mí!)
la pluma en el limpio acero,
y la beca en los adornos,
de Minerva los empleos,
en bélicos ejercicios,
y marciales instrumentos
(dejándome el alma en ella)
salí de la Corte huyendo,
deseando ya la muerte
por alivio, y por remedio:
que para no conseguirla
el dolor de tal tormento
bastó desearla solo;
porque a un infeliz los Cielos
hasta la muerte le niegan,
si la busca por consuelo.
De voluntario a servir
al augustísimo imperio
pasé, donde esta campaña
he asistido, siendo cierto,
que quien logró en tal batalla
hallarse, viendo el suceso
mayor, que la Cristiandad
ha visto en siglos inmensos,
cuyas grandes consecuencias
se pierden de vista) creo,
ni puede más desear,
ni yo referir intento
las hazañas, los prodigios,
las victorias, los trofeos
de tantos invictos Héroes, gloriosos soldados
cuyos admirables hechos
más son dignos de que el mundo,
para gloria de este tiempo,
con letras de jaspe y bronce
los eternice en su centro;
siendo a la posteridad
de admiración vivo ejemplo:
que no para que mi lengua
en sus errados acentos
desluzca con su torpeza
tantos plausibles aciertos.
Acabada la campaña,
y hallándome con un pliego,
en que me avisó el Amigo,
a quien fié este secreto,
que nunca llegó a saberse
quién fue quien hirió a Don Diego,
y que sanó de la herida
en Cataluña sirviendo
se hallaba al Rey mi Señor:
con este motivo luego
me determiné a venir
a esta Corte, donde intento
ver, si hallo alivio a mis penas,
recurso a mi desconsuelo,
piedad a tanta desdicha,
clemencia a tanto tormento,
consuelo a tantas fatigas,
a tanta borrasca puerto,
en tal tempestad bonanza,
y a tanta lealtad el premio
de hallar a mi amada prenda
contra este mal que padezco
constante, firme, propicia,
afable, y benigna: siendo,
sí este todo el bien, que busco
y la gloria, que deseo;
su inconstancia todo el mal,
que por infelice temo.
Confuso estoy, y admirado,
y no es, Señor, del suceso;
sino que de ser Macías
hagas ahora tanto aprecio:
cuando no hay Dama en el mundo,
que no te parezca un Cielo,
aunque ella Tudesca sea,
Jenízara, o de Marruecos,
Irlandesa, Ungara, o Borgoñona,
teniendo que eres tan tierno,
que a una descomunal dueña
a todas horas gruñendo,
ni a una endemoniada tía
pidiendo a diestro, y siniestro,
están seguras de que
no les digas de requiebros.
Pues qué quieres tú? que sea
tan inútil, y tan necio,
que ya por cortesana,
ya por chanza, o por cortejo,
porque estoy enamorado,
falte al reverente obsequio,
que a cualquier dama se debe
por tributo, y por respeto,
siendo lo que hoy se práctica
entre todos los discretos?
Pues digo que estoy convencido.
Dentro ruido de espadas.
Vuestro infame atrevimiento
pagaréis viles cobardes.
Valedme, Divinos Cielos.
No hay quien mi vida defienda?
De mujer son estos ecos: voy a socorrer su vida.
La mía está en más aprieto,
y más a mano el socorro:
aguárdate.
Padeciendo
una mujer me retienes?
Suelta villano, grosero.
Entrase sacando la espada.
El Diablo, que te detenga.
Señores, tal amo tengo,
que, si afemina el rebuzno
cualquier solemne jumento,
ha de pensar, que es mujer,
y ha de ir a socorrerla.
Espadas dentro, y dice Don Gastón.
Cobardes en mi castigo
hallaréis vuestro escarmiento.
Huyamos, que son un rayo.
Herido estoy.
Yo estoy muerto.
Saca la espada.
Todas me las den a mí.
Ya han huido; y ahora es tiempo
de un poco de patarata,
que en el mundo hay mucho de esto.
Cobardes, viles, huid,
que aquí está mi brazo diestro,
que en su vida no erró herida,
porque no se metió en eso.
Venid, que mis brazos pueden
serviros de arrimo cierto,
de que no os han de faltar,
ni reparos en tal riesgo.
Sale Don Fadrique, con Don Pedro en brazos.
Con la Deidad viene en brazos.
¿Quién es el bello portento,
por quien te arriesgas, Señor?
Pero, ¿qué es lo que estoy viendo?
Peor es, que tía, y Dueña:
muy buena Deidad tenemos.
¿No lo dije yo, Señores?
Vuestra fineza agradezco
con todo mi corazón
y de ella muy bien infiero
la ilustre sangre, que adorna
vuestro esclarecido pecho.
¿Estáis herido, Señor?
No: aunque lastimada tengo
esta pierna al duro golpe
de una piedra; si bien creo,
que no es cosa de cuidado.
Pues de que os ate este lienzo
licencia me habéis de dar,
y que os pregunte el suceso.
Tropezón; ve tú por luz.
Busca una luz.
Yo voy, Señores, corriendo
por ver bien esta Deidad.
y aunque me cueste el dinero
En todo he de obedeceros.
Pasando yo con mi Hija
de mi casa a la de un deudo,
por poco nos atropella
un pícaro de un Cochero,
a quien le dije, parase
el coche; y el desatento
no queriendo obedecerme,
me precisó a que resuelto
le diese unos cintarazos.
Los Lacayos viendo esto
desnudaron las espadas,
y otros con piedras, es cierto,
que me estrecharon de suerte,
y que a no llegar vuestro esfuerzo,
a quien le debo la vida,
sin duda me hubieran muerto.
Y así me habéis de decir
quién sois; porque pueda atento
pagar algo de lo mucho,
que confieso aquí deberos.
Por si tenéis en qué os sirva
Don Fadrique de Toledo
es mi nombre (así ocultarme,
por lo que importare intento,
pues
pues aun no estoy bien seguro
de la herida de D. Diego)
Toledo es mi amada patria.
¿Sois vos Hijo de D. Pedro
de Toledo, y Sandoval?
Soy, Señor, Criado vuestro.
Llegad, Fadrique, a mis brazos.
A pte.
Asi mi cautela esfuerzo.
Y sabed, que a vuestro Padre
le quise con raro extremo,
y, aunque cercano no es,
tengo con vos algún deudo,
de que hago gran vanidad.
Yo, Señor, de serlo vuestro
la hare con justa razón,
y también de obedeceros
en cuanto gusteis mandarme;
Solo aquí os pide mi ruego
me digais vuestra posada
para buscaros.
Yo creo,
que no os la sabre decir,
pues no he entrado en ella; pero
permitiendome, que ahora
vaya a la vuestra sirviendoos,
la sabre, para asistiros
siempre con rendido afecto.
Yo no lo he de permitir,
ni tampoco ir con vos puedo,
porque mi Hija Leonor
con cuidado estara, viendo
mi dilación; y aunque a casa
se retiraria luego,
ir a avisarla es preciso.
Apte. a D. Gas.
Aquí esta la luz: que veo?
Rucia es sobre rodada
la tal deidad. Por un viejo
te matas asi, Señor?
Aparta, que eres un necio.
Dame la luz.
Que? lo sientes?
Pues dile cuatro requiebros.
Venid, Señor, por mi vida,
que os he de llegar sirviendo
a vuestra casa.
Ya es fuerza
no resistirme.
Vanse
Fiel Anton,
quedate, por si a esas rejas ..
alguien llegare.
Es muy cierto,
que mi amo deja aquí
un valeroso sujeto
para de noche, y a oscuras,
y con muchísimo miedo,
por centinela de rejas
donde hay Hermanos tan fieros.
Salen Leonor, y Joana con mantos asustadas
Vámonos a casa ya,
Joana, pues todo está quieto.
Hacia acá vienen dos bultos:
valedme, Señor S. Telmo,
pues os hacen Abogado
de los que tienen mi miedo,
y aquí escondido libradme
de la Hermandad, que recelo,
que an de venir los Hermanos
a llevarme antes de muerto.
Pregunta, si vio a mi Padre
a ese hombre.
Caballero.
Saca la esp.
Mujeres son vive Dios.
Pues aquí de mis alientos:
ténganse allá voto a Cristo:
ninguno intente resuelto
pasar por aquella calle,
que la defiende mi aliento.
Ténganse, o los mataré,
aunque fueran ochocientos.
No ve, que somos mujeres?
téngase Usted, Caballero.
Solo el nombre de mujeres
pudiera templar lo fiero
de mi condición; y os mato,
si no lo decís tan presto.
El hombre está hecho un Demonio.
Soy Colérico en estremo.
Yaora tuve una pendencia,
por favorecer a un viejo,
en que maté seis, o siete,
y heriría hasta unos ciento,
y me huyeron los demás:
que no se escaparan ellos
a no ser así; pues soy
enojado hombre tan fiero,
y un conmigo vino mandrio
que Goliat, y Fierabrás
son hembras y yo le temo.
Fuisteis vos, a quien debimos,
que nos librase del riesgo
de lacayos.
Oye Usted Señora? Quedo;
y de gente tan honrada
hable bien, si sabe, presto,
que aquí me debe la vida.
Este es gran bufón; y creo,
que debe de ser criado
del que llegó a socorrernos.
Deja esas chanzas, y dime,
quién es aquel forastero,
que a mi padre socorrió
con brío a su lado puesto,
y a nosotras nos libró?
Dónde a mi padre hallaremos?
Si fue con él a buscarnos?
Dinos cuál es tu intento
en detenernos aquí?
Ven aquí un modo bien nuevo
de preguntarle muy mucho
a quien, sin darle tormento,
cantará cuanto supiere.
Y así respondo, que tengo
por mi amo a un don Gaspar
de Córdoba, hombre tan necio,
que de aquí trecientas leguas
por un amoroso empleo
ha venido, y se apea
casi en este sitio mismo,
y así que os oyó chillar
es tan grande majadero,
que
que como si a cenar fuese
a algún banquete, o festejo,
se fue a matar temerario;
y aquí cansado volviendo
de un viejo más guapo que él,
después de sus cumplimientos,
se fueron hacia su casa.
Pero qué es lo que estoy viendo?
Un hombre está allí parado.
Tres bultos hacia allí veo.
Recatado aguardaré
a que se retiren.
Miedo
tiene ahora el gran bribón?
Vaya a ver quién es.
No es eso
cortesía: y de tenerla
en estos casos me precio.
Pues mire, que acá se acerca.
Pues yo me retiro.
Bueno.
Es ese el valor, que tuvo,
cuando hirió a aquellos ciento,
cuando mató a aquellos siete,
cuando los demás huyendo
a violencias de su brío
se le escaparon?
Por cierto,
que, a no templar mi furor,
que
A parte
quedara el mundo muy bueno:
pues enojado un instante
matara más de ochocientos,
y es verdad por vida mía;
mas fueran de pensamiento.
Y si la cólera pasa
soy más blando, que un buñuelo.
¿Quién va? ¿Quién es?
A parte
Mi amo es.
Pues patarata, y a ello:
Téngase allá, y no pregunte,
que aun de día es muy mal hecho.
Tente, loco.
¿Cómo es loco?
Que no ha de pasar le advierto,
porque guardo yo la calle,
y mi amo quiere aquesto;
y los mataré a él, al Cid,
y a otros veinte; y...
Bueno, bueno.
¿Eres tú, Señor?
Yo soy.
Si no hablas, estás ya muerto:
que la furia a borbotones
me iba a la posta viniendo.
¿Quién está contigo aquí?
Es quien su agradecimiento
desea manifestaros,
reconociendo deberos
su vida, y la de su Padre.
La nuestra por su respeto
está referida siempre
del amago más ligero,
siendo quien por su hermosura,
tiene dominio, y imperio
en todas; y por dichosa,
se aclamará desde luego
la mía, si os mereciere,
que de ella seáis, el Dueño.
¿A oscuras vio, que es hermosa?
Señores, ¿quién sufra esto
habrá?
Señor Don Gaspar
de Córdoba, yo no intento
quitar esa dicha a quien,
es Dueño de vuestro afecto;
ni dilatar le tampoco
la que le espera deberos,
ni embarazaros a vos,
Señor D. Gaspar, el tiempo
de que logréis el trabajo,
que habéis tenido, viniendo
trecientas leguas de aquí,
por ver el digno sujeto,
que os merece esta fineza.
A pte.
Tropezón a dicho esto.
A pte.
Habladorcita es la niña?
A pte.
Mas remediar lo pretendo.
A pte.
Si yo le hubiera cascado
dos cuchilladas, es cierto,
que no fuera tan parlera.
Este criado es un necio,
y un bufón. Y así, Señora,
no lo creáis; y supuesto,
que nunca estuve en Madrid,
conoceréis, cuan incierto
es lo que os puede haber dicho.
No es para este sitio eso.
Y así quedaos con Dios.
Dos cosas mi rendimiento
os a de deber aquí:
la una es, que de iros sirviendo
licencia me habéis de dar;
y la otra mereceros
pa-
palabra, de que otra vez
me ponga yo a los pies vuestros.
Vase.
Estando mi casa cerca,
que vais con migo no aceto,
porque no nos vea mi Padre;
pues de él entendiendo
esto, que a casarme ido,
y la turbación, y el miedo
hizo, que me retirase
a aquel portal; y ahora viendo,
que en casa no estoy, habrá
ya de ella a buscarme vuelto;
y que no os tope con migo
es lo que atenta recelo.
Y en cuanto a querer me hablar
segunda vez, os prometo
no tiene facilidad;
pero me valdré del medio
de enviar esta Criada
a saber de vos, supuesto,
que vuestra gran bizarría,
vuestro valor, y denuedo
dejan oy muy obligado
todo mi agradecimiento.
¿Y dónde la aguardaré?
Señor mío, ¿no ve, que eso
solo a las fámulas toca ?
Venga mañana a ese templo,
Porte a la primer palabra
viene a ser casi lo mismo,
que al primer tapón zurrapas.
Poco a poco, seor sargento.
A Dios so Alcalá de Henares.
Vase.
A Dios so trasto, embustero.
Le casca.
Ven acá, pícaro aleve,
¿sabes traidor lo que has hecho?
Tú no lo sabes, señor,
pues de esta suerte me has muerto.
¿Cómo dijiste quién soy,
traidor, infame , sabiendo
cuánto me importa ocultarme,
ni si tengo galanteo;
cuando que a su Padre dije, que era
Don Fadrique de Toledo,
con cuyo supuesto nombre
intento estar encubierto
hasta averiguar las dudas
de mi pasado suceso,
siendo me aquello muy fácil
pues sabes corrió, que muerto
ha quedado Don Fadrique
en la batalla; y que el deudo,
la amistad, y la llaneza,
con que nos tratamos; siendo
tantas veces Huésped suyo,
me ha dado conocimiento
de su casa, y su familia,
para este nombre supuesto?
Pues si eso yo no sabía,
¿en qué pudo estar mi yerro?
¿Conque yo vengo a pagar,
que tú seas embustero?
Pícaro, pues el decirle,
que trescientas leguas vengo
de aquí por ver a mi Dama,
¿no sabías, que es secreto,
que debes guardar, traidor?
Sí, señor. Pero el enredo
de hacerte tú Don Fadrique,
siendo Don Gaspar?
Ya ves
no pudiste prevenirlo;
y no tiene otro remedio,
sino que sepas, que soy
Don Fadrique de Toledo.
Con su Padre de Leonor;
y con ella va; supuesto,
que si llegare a saberse,
podrá disculpar mi intento
para esta suposición
el gran motivo, que tengo.
Y a los demás quien diré,
que eres?
Instrum.tos dent.ro
Ya estás necio.
Di, que no sabes mi nombre.
Pero aguarda, escucha atento,
que de Inés en el jardín
se oyen tocar instrumentos.
Lleguémonos a las rejas.
Lleguémonos.
Pisa quedo.
Dentr.
Canta, Flora, alguna letra,
que alivie mi sentimiento.
a la reja
Ya sé, que solo te gustan
letras de ausencia, supuesto,
que ella es de día, y de noche
tu llanto, y tu desconsuelo.
Oyes esto, Tropezón?
Sí, Señor: lo oigo, y lo veo.
Hombre más feliz, que yo
en el mundo pudo haberlo?
El tiempo nos lo dirá
dice un famoso proverbio.
Canta
En llanto intenta anegar
de una ausencia el sentimiento
Filis; y buscando alivio,
lo que encuentra es fatigas, y tormentos.
Proseguid pues: que esa letra,
explica el mal, que padezco.
Proseguid, que a un desengaño,
como el que aquí toco, y veo,
todo el mal convierto en bien,
toda mi pena en consuelo.
Canta
Ansias la afligen mortales,
que aun le niegan el aliento
de suspirar: que en los males
de una ausencia el alivio es el desvelo.
Proseguid: cantad mi pena;
porque el viento lleve en ecos
de mi corazón las ansias
al
al dueño de mi tormento.
Proseguid, cantad las glorias,
que en tal fineza contemplo;
y pues no me ha muerto el gusto,
que el gusto no mata es cierto.
Proseguid, cantad, que la hambre,
la sed, cansancio, y el miedo,
cantar mal, y porfiar
no matan, pues no me han muerto.
Canta -
Fatigas sin esperanza
le anegan en llanto inmenso:
que para hacer más su pena
ni aun le permite la esperanza el Cielo.
Ahógueme ya mi llanto
pues no hay en mi mal remedio.
Fortuna, detén tu rueda,
en tan feliz movimiento.
Hambre, detén la guadaña.
Largo, vive Dios, va el cuento.
Desengañala, Señor,
que no es de casta de Hebreos.
Déjame gozar las dichas,
que felizmente poseo.
Sale D. Enrique
La seña me avisa ya,
de la Música en sus ecos.
Un hombre pasa: y así
es bien, que nos retiremos
de este sitio.
Tú te engañas:
que no pasa, a lo que veo,
pues se viene hacia la reja.
Cómo ha de ser eso?
Siendo.
Ves lo allí como él lo hace.
Estás loco?
Lo parezco
en que digo las verdades
Mortal estoy, y suspenso.
Cierra, Flora, esas ventanas,
y vamos a recogernos.
Vase
Déjame, iré por detrás
y le daré un sopla muertos.
Aparta: que cauteloso
quiero ver cuál es su intento.
Por el postigo llegad,
y os hablaré: ya está abierto.
Apartase de la reja.
Has oído lo que hablaron?
No lo oí; pero lo infiero,
que, como son sus pecados,
los dijeron en secreto.
Arrancando la espada D. Gas.
Yo le abriré tantas bocas
en su vil infame pecho,
que le arranque el corazón
a pedazos, y se el dueño
de tan vil ofensa vengue
allí su indigno despecho.
A este tiempo entra D. Enrique cerrando el postigo.
Por eso él se puso en salvo,
y se ha metido allá dentro.
Romperé la puerta, si ella
de bronce fuera, o de acero.
Repara, señor, que arriesgas
todo su honor y respeto.
¿Quién repara en nada, cuando
está rabiando de celos?
Si tú no aguardaras tanto
tu desengaño, o tu infierno,
nos abrieran a nosotros,
y no sucediera esto.
¿Te burlas de mi pasión,
pícaro, di?
No por cierto;
pero siento, que tu gloria
se nos convirtió en infierno.
Llega aquí, rompe esta puerta.
Sale D. Enrique con la espada desnuda por el postigo.
¿Quién tiene el atrevimiento
de llegar a este postigo
a detenerme?
Dent.
¡Jesús mil veces! Yo cierro.
Quien te quitará mil vidas.
Sin reñir estoy yo muerto.
Señores, ¿que sin espada
mate de esta forma el miedo?
Dent.
Ruido de espadas se oye.
Gente viene, y el respeto
de D. Inés solo puede
ser de retirarme el medio.
¡A cobarde aleve, así
de mi furia vas huyendo?
D. Enrique se retira dentro, y el otro entra acuchillándolo.
De una dama a retirarme
me obliga amor, y respeto.
Siguiéndote yo, no habrá
ese, ni otro algún recelo
para matarte, traidor.
Dent.
Eso es lo que yo pretendo.
Vase tras el D. Gaspar.
Salen tres con espadas desnudas.
Caballeros, no haya más.
Repórtese Usted, le ruego.
Más pacífico estoy yo,
que novio en casa del suegro
la noche de desposado,
y más si es muy pobre el yerno.
Deje las chanzas ahora.
¿No estaban aquí riñendo?
La pendencia va adelante;
y así Ustedes vayan presto,
porque si matan a alguno,
no se halle sin metemuertos.
Vanse.
Sacad una luz aquí.
Sale, y un Criado con luz.
Téngase Usted, Caballero.
¿Qué es téngase? Vive Dios,
que ni me tengo, ni puedo.
¿Pues cómo saliendo yo
se me responde a mí eso?
Porque, si Usted fuera el Cid,
le respondiera lo mesmo
en la ocasión, vive Dios,
que me hallo en nota, o le aprieto.
¿Pues cómo?
Porque no como,
y de hambre me estoy cayendo;
y sin darme algo que cene
tenerme a Usted yo no puedo,
ni aunque fuera a la Justicia.
¿Dónde están los que riñendo
a la puerta de mi casa
estaban? Dígalo presto.
Tenga Usted, me acordaré.
¿Quiere morir a este acero?
No, Señor; que hambre, y preguntas
son muy bastantes instrumentos:
y así no se admire Usted
se desvanezca el celebro.
Doña Inés, y Floriana salen a la reja.
¡Jesús mil veces! ¿Mi Padre
salió a entrarse en tanto riesgo?
Deja, hombre, esas friotas,
y respóndeme.
Aparte
Así intento
desvanecer cauteloso
las sospechas de este viejo.
A mí me tocó en desgracia,
Señor, un amo, o un infierno
tan ocasionado, que ha
de hora solo cuarto, y medio,
que entró en Madrid, y ha tenido
hasta unos seis galanteos,
y ocho pendencias no más,
siendo el principio del cuento
el socorrer a una Dama,
que puso en notable riesgo
un escuadrón de lacayos,
que atrevidos, y groseros
le embistieron a su Padre
que iba a la Dama asistiendo;
y después otra pendencia
trabó sobre ciertos celos,
y si Dios no lo remedia
tendrá hoy hasta otros ciento:
pues amor, y celos son
el mismo cuento de cuentos.
Reja
Rara fortuna he tenido,
Si un arrojo, como el que he hecho,
a descubrir se no llega.
Lo conoces?
No por cierto.
Y como tu amo se llama?
Vase.
Señor mío, el pendenciero,
el enamorado, el loco,
el celoso, el majadero,
el Diablo, que se lo lleve
a él, y a vmd a los infiernos,
si me preguntare más;
y a mí me lleve con ellos,
si respondiere tan poco.
Vanse todos.
Fingióse mi recelo,
sabiendo no es de mi casa
por quien ha sido el empeño.
Salen D. Gaspar, y Tropezón.
¿Que en fin, señor, no hay quietarte,
y en tu entendimiento, y juicio
vencer aquesa pasión,
que te quita el albedrío?
Solo la muerte podrá
acabar eso conmigo.
Ven acá, dime, ¿la viste?
Sí, señor: ¿no te lo he dicho?
que fui, como me mandaste,
y con Flora introducido
mi galanteo la dije,
que con cautela, y sigilo
no lo supiese su ama.
Y ella (que es un angélico)
porque le encargué el secreto,
al punto fue, y se lo dijo;
y un mar de lágrimas hecha,
poblando el aire a suspiros
salió, que quebrar pudiera
el corazón más impío;
y al preguntarme por ti
aquel dolor tan activo
la garganta le anudó,
que
quitándole habla, arbitrio y sentido;
y por no poder con la boca,
con el corazón me dijo
entre mil amantes quejas
mil amorosos cariños.
Estando sin habla, ¿cómo?
Como yo, señor, lo finjo.
Ven acá, dime, ¿qué llora?
Sus ojos, señor, son ríos.
¿Podrá en aquel corazón
caber tan grande delito?
Que no, señor, no podrá.
¿Cómo no, infame, atrevido?
Como el delito es muy grande,
y el corazón chiquitico.
Lástima es hablar de veras
en estas cosas contigo.
Siento mucho, que te dure
aquel infesto capricho,
de pensar pudo ofenderte,
quien tales extremos hizo.
Ven acá, ¿pudo haber dudas
en lo que vimos, y oímos?
Sí, señor, que pudo.
¿Cómo?
Siendo tú, y yo antojadizos.
Tú eres un pícaro loco,
y yo más, que hablo contigo.
¿No pudo ser, que aquel hombre
fuese allí sin su permiso?
Bien pudo. Pero no pudo,
que es ficción de mi delirio.
¿Y no pudo ser acaso,
que del interés movido
algún criado, o criada
le hubiese abierto el postigo?
¿Cómo pudo aqueso ser,
si oíste, que dijo él mismo,
que a hablar la allá dentro entró?
Pues ya sé lo que esto a sido,
y la pobre está sin culpa.
¿Y qué fue?
Fueron hechizos.
Anda, pícaro, borracho.
Digo, que en ello me afirmo;
porque tiene una criada,
que, o mi ojo me a mentido,
o es grandísima hechicera.
Yo é de perder el juicio,
o no sé en qué a de parar
tal género de martirio.
Que no lo pierdas, podré
asegurarte: esto es fijo.
Porque?
Porque ya, Señor,
á mucho, que lo has perdido.
Mas, si admites un remedio,
yo te lo ofrezco.
Ya dilo.
A que te holgaras olvidarla?
Fuera mi total alivio.
Pues no te acuerdes mas de ella.
Di, como de ese capricho
el remedio.
Pues no hay otro,
como que ese amor tan fino,
que la tienes, lo repartas
entre muchas: y á poquito
es preciso, que les toque,
si ello va bien repartido;
y siendo poco el amor,
será fácil el olvido.
Ya me cansan tus frialdades.
Sale Joa.
Aquí está.
Pero que miro?
Repártele una porción,
pues la ocasión te ha venido
de ejercitar mi consejo.
Bello adorado prodigio,
corre el velo a la hermosura:
no esté el Sol sin ejercicio:
no ansí usurpéis á sus rayos
con densas nubes lo activo.
Bellamente lo repartes;
mas échale otro poquillo.
Destápase Joa.
Reservad esos primores
para otro sujeto digno
de toda aquesa atención,
ese primor, y ese estilo.
¡Ay, Señores, que es Joanilla!
Pues no es vuestro garbo digno?
A p.te
Vive Dios, que aun la enamora.
De ser de todos querido?
(Así atajo sus designios)
A p.te
Bueno está, Señor, ya basta:
que hay muchas, con quien cumplir.
Tanto, Señor, os estimo,
y aficionada os quedé,
que habiendo agora sabido,
que ha de salir mi Señora,
os vengo á dar el aviso,
para que os pongáis al paso,
y haciéndoos desentendido,
le
le digáis esos requiebros,
porque tengan Dueño digno.
A aquesta primera Iglesia
va, y el más retirado sitio
es este. Aquí la aguardad,
pues solas las dos venimos,
y a Dios.
A Tropezón
Aguardad, que quedo
sumamente agradecido,
y en algo lo he de mostrar.
Ven acá, dame ese anillo,
para darlo a esta criada,
que estoy (vive Dios) corrido
de no tener un millón
con que servirla.
Pues, digo,
¿estoy obligado a eso?
Pues no, ¿siendo punto mío?
Tan poco lo es mío darlo.
Quítale la sortija
¿Ah, punto, pícaro indigno?
Lo que mandan lo bailar,
y esto viene a ser lo mismo.
Dale la sortija a Joana
Vase Joana
Perdonadme, y admitid
aqueste corto servicio,
y creed, que me dejáis
muy obligado, y rendido.
Oyes, Joana, aguarda, mira.
Quita, pícaro, atrevido.
Señor, ajusta mi cuenta,
que no he de estar más contigo.
¿Pues y bien por qué razón?
Eso dirá un cuentecillo.
Acomodose a servir
uno a un genovés muy rico,
y el primer día a la mesa
un perdigón le ha servido.
Comenzolo por las piernas,
el amo; y el que esto ha visto
se despidió. Preguntole
el amo ¿por qué? y él dijo:
Si el perdigón empezáis
por las piernas, no está visto,
que no me dejaréis nada?
Pues aquese es el motivo.
Tú eres aquí el genovés:
yo, el criado, que te sirvo:
el perdigón son las damas:
y habiéndote, señor, visto
empezar por la criada
a comer a dos carrillos,
te digo con más razón,
que
que el otro a su amo le dijo:
aquí no hay más que esperar,
y me voy de tu servicio.
Y el perdigón costó allá
la plata a su amo: esto es fijo.
Pero la criada acá,
que me cueste a mí mi anillo
no es tolerable, señor:
a Dios, que no he de sufrirlo.
Tente, que tienes razón;
mas tú la culpa has tenido:
pues me dices, que reparta
entre todas el cariño.
Entre las amas se entiende:
no entre criadas. Y digo,
¿es repartirles amor,
o repartir anillos?
Salen Leonor, y Juana
¿Reparas quién está allí?
¿Quién?
Don Gaspar.
Sí, ya lo he visto.
Tápate, no nos conozcan,
Pobre cuitada esto es lindo,
y está avisado.
¿Son ellas?
Como tres, y dos son cinco.
Llega, y repártele ahora
cien quintales de cariño
al ama.
No podré.
¿Qué es no?
Di, que te finas de fino:
di, que la quieres, la adoras,
y dile que.
Si un rendido
os mereciere, señora,
que admitáis el sacrificio,
que gustoso el corazón
os hizo del albedrío,
será hacer dichoso a quien
hasta hoy infeliz ha sido.
Albedrío, que tan presto
se rinde, no será fino.
¿Presto os parece, señora,
lo que ha que fue tantos siglos?
La Aritmética no entiendo.
Si cursaseis la de Amor,
si cursaseis la de amor,
vierais vos en sus guarismos.
Pues si el amar despreciado
en esta ciencia es castigo,
que para el que lo padece
hace los minutos siglos;
quien lo está de vos, Señora,
y os amó desde que os vido,
si, como padece, cuenta,
habrá siglos infinitos.
No está en eso el yerro solo;
sino en que aun no me habéis visto,
y me amais ya, y padeceis.
De vuestros rayos lo activo
fuera capaz, aun sin veros,
a hacer, que el corazon mío
os adorara por fe.
Pues mirad, habiendo os visto,
y conociendo las prendas,
de que fue el Cielo servido
de dotaros, que será?
Conque en fin vos me habéis visto;
y conoceis?
Si Señora.
Os conozco, y os estimo
por prenda del corazon,
y por supremo bien mío.
Pues ya vuestro desahogo
no deja acción a mi arbitrio,
sin faltar me yo a mi propia,
para mas palabra oiros.
Deteneos, que el respeto
de ese vuestro Cielo impireo
no puede nunca ofender lo
reverente el Sacrificio.
Si es el Amor quien lo apoya
con aparentes motivos,
el que paliado sea,
no lo escusa de delito.
Cuando lo fuera, Señora,
debiera aguardar propicio
el perdón; puesque no yerra
quien yerra sin albedrío.
Eso es añadir el yerro
de obstinado al de atrevido.
No es sino desgracia mía,
y influjo de mi destino,
que hace, que el mérito tuyo
parezca delito mío.
Si eso a quien no quiere dices,
dime, qué le hubieras dicho
a la que quisieras más?
Le hubiera dicho lo mismo
con muy poca diferencia,
más, o menos bien sentido.
Pues Damas bellas alerta:
que esto es un retrato vivo
de lo que en el mundo pasa.
Aunque te haya conocido,
Señora, no te destapes.
No haré tal.
Aparte
Haz tú lo mismo.
Porque mi embuste no se funda,
no es malo este puntillo.
Sofísticos argumentos,
Señor D. Gaspar, os pido,
que excuséis, y me dejéis,
que mi honor es muy altivo,
y soy mucha mujer yo,
para que un hombre, que vino
de Madrid quinientas leguas
a ver su Dama, conmigo
se venga a gastar el tiempo.
Solo, Señor, os suplico;
(pues decís, que me estimáis)
que miréis por mi honor limpio.
Y que esta chanza, que cupo
en el político estilo
vuestro, y rebozo de un manto,
salga con ningún motivo
de vuestro pecho.
Aseguro
exactamente cumplirlo,
por la fe de Caballero,
y por lo que yo os estimo.
Salen Inés, y Fl.
En su posada no tienes
que buscarla; pues...
Qué miro?
A infame, y mal Caballero.
Tente, y pues no nos han visto,
desde este portal veamos
en qué paran.
Bien has dicho.
Me quiere Usted, o me desprecia?
Le desprecio.
Yo lo estimo,
que eso es muy puesto en razón.
Ya se ve, que si es tan fino,
como su Amo, hace bien.
Y si otras quinientas vino,
por ver su Dama,
Eso no:
que yo no he andado caminos
en mi vida por ninguna:
siempre a pie quedo he querido.
Decid al señor don Gaspar,
que en un negocio preciso
quiero hablarle una palabra.
A Tropezón.
Pues ya, señora, os he dicho,
que vuestro favor me falte,
si yo a Madrid he venido.
Este mozo quiere hablarte,
y dice, que es muy preciso.
Ya voy; retíralo allá.
Veníos, hidalgo, conmigo.
Vanse.
Y perdonadme, señora,
que al instante lo despido;
que porque en vos no repare
mas que por otro motivo
voy; y que la honra me hagáis
de esperar, señora, os pido.
Id con Dios, que no me iré.
Señora, él se fue: ¿lo has visto?
Sí; mas ¿sabes que quiero?
¿Qué?
Conocerlas.
¿Eso es fijo?
Sí.
Tápate, y vamos. Reinas,
aqueste galán lo es mío;
y después de conoceros,
me habéis de dejar el sitio.
Joana, vámonos de aquí,
¿tal mujercilla se ha visto?
Fuego de Dios en los hombres.
Mi corazón no ha mentido.
Vanse.
Agradecedle a mi ama,
que no os corto esos hocicos.
Vase.
Aguarda.
Déjalas ir.
¡Qué propio es de aquestos esto!
Señora, que viene.
Pues tápate; y hasta oírlo
no le respondas palabra.
Sale Don Gaspar.
A darme noticia vino
de un auto, que en mi favor
el Consejo ha proveído.
Y continuando agora
lo que comencé a deciros,
juro por la vida vuestra
(que más que la mía estimo)
que es incierto, que a Madrid
me traiga hoy otro motivo,
que el de este pleito, que os dije,
que ha muchos días que sigo;
y que si amé a otra ninguna,
ni la quiero, ni he querido,
ni por ella a Madrid vine,
ni...
ni sé cuánto me habéis dicho,
no me sean vuestros ojos
nunca, señora, propicios;
ni si ellos no son el norte,
que imán mi pecho ha seguido
desde que os vi, tan constante,
tan leal, amante, y fino,
que (aunque el mar de mi desgracia
quiera levantar impío
en sus bulliciosas olas
montañas de precipicios
para anegar el bajel
de la fe, con que os estimo)
permita Amor, que el rigor
de mil ondas de desvíos,
de desdenes, y desprecios,
sean escollo, y bajío,
en que zozobre mi ser,
fluctuando sin alivio,
y entre borrascas de penas
quede roto, y sumergido:
que esto podrá ser; mas no,
que, constante el pecho mío,
(aun después de muerto) os tenga
en él por su norte fijo.
Destápase doña Inés.
Mucho, don Gaspar, celebro
hallaros tan divertido.
¡Jesús mil veces! ¡San Jorge!
Y que aquí os mostréis tan fino.
Pues miráis si, que yo, cuando;
turbado estoy, y perdido.
¿Pudiera esto ser acaso,
sino fuera por hechizos?
¿Ves, como dije yo bien?
Tanto, señor, os estimo,
que el gusto, con que os hallaban,
siento a ver interrumpido.
Pues, aunque es tan contra mí,
con tanta atención os miro,
que disimulo mi ofensa,
por ser tan de vuestro alivio.
Solo el parabién os doy
del nuevo empleo, y os pido,
perdonéis, que inadvertida
incurriese en el delito
de tomarme esta licencia,
que al corazón mal creído
se la concedió en su idea
lo aparente, y fementido
de una fingida fineza,
que le formó su delirio.
y a Dios.
Mirad, deteneos.
Pensareis, que convencido
me dejais: pues no, no es cierto:
que aunque fuese en mi delito,
(que vive Dios, no lo es)
Que es delirio ya no he dicho
de mi imaginada idea,
pues hablando vos con migo,
finjo, que por otra eran
aquellos tiernos suspiros,
aquel norte, y aquel mar,
las olas, y precipicios,
que os podrán quitar la vida,
mas no que la améis tan fino,
y mi mala inteligencia
mal contra vos lo ha entendido?
No ha sido, sino buscar
medios para vuestro olvido.
Y cuando entendí topar
algún género de alivio,
solo mi desgracia encuentra
aumentos para el martirio.
Idos con Dios, y dejadme,
que ya, Señora, me rindo.
Atentas, y si eso es
hallaros ya convencido.
Vuestro delito me rinde,
que no me convence el mío.
Y así me iré, por no veros.
Yo me iré; pero advertido
quedad, que sabré sacarme
estos ojos, con que os miro,
por no volver a emplearlos
en quien es tan atrevido.
Aparte
Pues yo ingrata, falsa, y fiera
sabré ejecutar lo mismo.
No sabré, si antes mi fin
no lo acabare con migo.
Vase
No sabré, si antes la muerte
no es fin a tanto martirio.
Y vos, que decís a esto?
Digo.
Que decís?
Vase
Lo mismo.
Ves, aquí el riesgo, que tiene
el amor tan repartido.
Yo te aconsejo muy mal.
Tan bien fue, que he de seguirlo,
aun con ser tan gran locura.
Mucha esa honra te estimo.
Mas que intentas?
Determino
ir a casa de Leonor,
y saber, cómo esto ha sido;
porque yo jurara, que ella
fue, con quien hablé al principio.
Pues ay duda en que ella, y Joana
fueron, con quien estuvimos?
Y estotras cómo, o por donde
vinieron?
Por los hechizos.
Vanse.
Vamos allá, y lo sabremos
antes de perder el juicio.
Salen 2 h_o
A quien habéis de seguir es aquel soldado, el mismo
fue quien al cochero hirió; y si traéis el aviso
de donde vive o asiste, tendréis el regalo fijo.
Van los dos
Dejadlo ya por mi cuenta,
que un lince seré en seguirlo.
Sale D. P_o
A p_te
A Joana, baja a cerrar
luego al punto aquesta puerta:
no me esté un instante abierta.
De este modo he de apurar
esta vana presunción,
y la sospecha, que tengo.
Con luz sale Jo.
A p_te
A obedecerte ya vengo.
Lo maliciosos, que son
estos viejos ay que ver.
Llevas las llaves, señor?
Vase.
La de esta puerta. A Leonor
di, que se entre a recoger,
por si pudiere llegaré. Ape
Por el postigo entraré,
y en el jardín estaré,
por si algo averiguare.
Cierra Joana
Desconfianza, que igual
a esta sea, no la vi, habrá,
y en teniéndola de mí
me da gana de obrar mal.
Dent.
Ya están cerrando.
Dent.
Pues llama.
No cierres.
Quién es?
Sale Tro.
Quién? Yo.
Y el viejo, que ahora salió?
Sale D. Gas.
Sin vernos se fue. Y mi ama?
Y mi ama,
Que está hecha un Lucifer,
y no ay quien pueda sufrirla,
porque aquella mujercilla
la quiso reconocer?
Con que mientras le fui a hablar
a aquel hombre; otras llegaron?
Y tales, que nos mesaron,
y quisieron destapar.
Mira que mi ama que daría,
si sabe, que estás aquí.
Yo te he de deber a ti,
que le avises, Joana mía,
o que me la dejes ver,
y recibe este bolsico.
No haré tal.
Yo os lo suplico.
Lo tomo, y ofrezco hacer
cuanto yo puedo por ti,
que es esconderte allá dentro,
en un cuarto, que en el centro
de la casa está; y allí,
mientras que sale al jardín,
mi ama, estarás escondido:
que, en entrando, yo haré ruido,
y puedes salir: que en fin,
diciendo, que por la puerta
grande, fue por donde entraste,
y por lo que no llamaste,
por haberla hallado abierta,
que a ese intento queda así,
y que en el jardín la viste,
y que su padre, supiste,
que está bien lejos de aquí;
que esto junto con decirla,
que finísimo la quieres,
y que por ella te mueres,
quizá podrá persuadirla.
Y mucho más, si acertases
dos lágrimas a verter,
aunque fuese por fingir, o poder lo hacer
o y con cebolla te untases.
Si a la despensa, o cocina,
nos llevaras a ocultar,
se pudiera mi amo untar,
y yo hartarme de cecina,
que de hambre no puedo ver.
¿Hambre un hombre enamorado?
En mi vida lo he estado,
si en eso se echa de ver.
¿Que en cuanto hagas seas ruin?
¿En qué se me ha conocido?
En que el comer siempre ha sido
todo tu conato, y fin.
Ya no comeré en mi vida,
pues es contra el pundonor.
Vase D. Gasp.
Ven a esconderte, señor,
que, si baja, soy perdida,
y haz cuanto te he dicho yo.
¿Oyes? Si yo te comiere
la cena, y no pareciere,
di, que el gato la comió:
que el punto de caballero
a costa de no comer
yo no lo he de mantener,
Joana mía, que no quiero.
Vamos, señor Tropezón,
que,
que de eso hay mucho en el mundo;
y no en nosotros lo fundo,
sino en gente de opinión.
Vanse.
Sale Leonor
Cerraste esas puertas, Joana?
Sale Joana
No, Señora, aun no he cerrado.
Con tener mi desahogo
estoy de miedo temblando.
Pues en que te has detentio?
Ahorita se fue mi amo,
y ya iba a cerrar.
Pues cierra, y al punto vamos.
Sale Martín
Tente, Joana Hermosa, aguarda.
Quien es quien aquí se ha entrado?
Un servidor mixti fori
entre Soldado, y Lacayo,
que por su buen natural
su oficio viene ahora usando.
Martín, bien venido seas.
Señora, a esos pies postrado
una, y mil veces te beso,
no tus plantas, tus zapatos.
Y porque esta dicha quiero
la logre a quien Dios la ha dado,
te aviso, como hay a fuera
está aguardando mi Amo.
Con que vive tu Señor?
Esta el en el Setentenario
no está de las necedades.
Si yo fuera Cortesano,
dijera, que le trae muerto
el deseo de tus brazos.
Pero como no lo soy,
diré, que no es, sino un macho,
que sobre zaino, y mohino
tropieza, y tiene mal paso.
Pero lo cierto es, Señora,
que el no ha muerto, y que fue falso
cuanto por aca se ha dicho;
porque prisionero ha estado
alla en los Turcos, y viene
hecho un famoso perrazo
gordo a poder de alcuzcuz,
de palos, y de mal trato.
Es verdad, que vive, hombre?
No me estes aquí engañando.
Con mandarlo entrar, Señora,
te hubieras desengañado.
Entra Don Alonso
A tus pies esta rendido
este el mas dichoso esclavo,
que las cadenas de amor
dulcemente aprisionaron.
La dichosa soy yo sola;
llega, Señor, a mis brazos,
porque logre siempre en ellos
verte, Señor, enlazado.
Tan indisoluble, y firme
será, mi Dueño, este lazo,
que la segur de la muerte
podrá romperlo, o cortarlo;
mas no podrá disolverlo.
Otras mil veces los brazos
me dad, Señor, que aun no creo
la dicha, que estoy gozando.
Y pues mis felices ojos,
que hasta aquí muerto os lloraron,
y la dicha de adoraros;
si bien firme el corazón,
y ellos constantes dudaron,
que pudiera vivir yo,
si vos hubierais faltado.
Y pues que mi Padre a casa
no suele venir temprano.
A quien le sucede esto?
Señores, yo estoy temblando
de que salga el otro agora
que será soltarse el Diablo.
Y así voy a entretenerlo.
Ven acá, Joana, has cerrado
por de dentro aquel postigo?
Ya voy, Señora, a cerrarlo
con la aldaba: si bien dijo,
cuando salía mi amo,
vendría por la otra puerta.
Pues tú has de estar con cuidado
desde aquí, por si viniere
mi Padre, o su merced, para avisarnos;
aunque al Jardín nunca llega;
y de aquestos sobresaltos
te he de deber, que me saques,
pidiéndole tú mi mano
a mi Padre luego al punto,
pues no hay en ello embarazo.
Yo te lo ofrezco, Señora,
pues soy tan interesado
en la dicha, que me espera,
logrando favor tan alto.
No me refieres, Señor,
qué es lo que allá te ha pasado
en esta ausencia?
Lo menos
ha sido majar esparto
en la gran Constantinopla,
y servir a un renegado
perro Francés, y bermejo,
que nos reventaba a palos.
Aunque es impropio, Señora,
querer referir trabajos
a vista de los favores,
que, aunque indigno, estoy gozando;
ya te acordarás del tiempo,
que viniendo de Soldado
a pretender a esta Corte,
le debí a un feliz acaso
con la fortuna de verte,
la de adorarte: logrando
esto tan a un tiempo mismo,
que no fue en distintos actos,
pues que te amé, antes de verte,
muchas veces he pensado.
Pero qué mucho, si al Sol
de tu hermosura, y sus rayos,
al quererlos ver, cegué,
y me rendí, al contemplarlos.
Ya sé, cuanto te debí
de finezas, y agasajos,
y que dulcemente unidas
las voluntades de entrambos,
gozamos, yo de cariños:
Yo el favor de ser tu esclavo.
En cuya dichosa unión
vivía gustoso, cuando
Del Rey mi Señor bajó
un decreto soberano,
mandando a los militares.
Prosigue: que al pronunciarlo
me falta la voz, y aliento,
y soy toda hecha de mármol.
Y repara cuál sería
al padecerlo, el pasarlo.
El dolor, que el corazón
sintió al oír el mandato,
solo pudiera bien él,
como lo sentía, explicarlo.
Pues se previno saliesen
de la Corte luego cuantos
soldados en ella estaban:
siendo solo exceptuados
los impedidos; y pena
de traidor al Rey un bando
se publicó para ello:
con-
conque hallándose obligado
a obedecer lo mi punto,
aquel felice contrato
(que de nuestras voluntades
habían hecho los astros)
bien a costa de mi vida
fue preciso dilatarlo
hasta que volviese yo:
que (habiendo visto premiados
otros servicios de muchos
en deshonor de mi grado)
tomé la resolución
de ir a servir voluntario
al Augustísimo César
contra el poder Otomano.
Y, llevándote en el alma
para rendirte holocausto,
pasé a Alemania, y logré
servir debajo del mando
del Príncipe de Badén,
a cuyo invicto soldado
se le debe la victoria
más sublime, que en lo humano
vieron lograda las armas
del sacro Rey de Romanos.
En cuya función herido,
por estar con un desmayo,
y teniéndome por muerto,
con los demás me dejaron,
hasta que, entre otros heridos
de los mismos Otomanos
me retiraron: de suerte,
que les debí a los contrarios
vida, y salud, pues en breve
me hallé, aunque cautivo, sano.
Y después atento el César
(en obsequio del gran Carlos
nuestro invicto Rey Augusto,
que el Cielo guarde mil años)
mandó, que a los Españoles,
primero que a sus vasallos,
rescatasen: conque en breve
libres los dos nos hallamos.
Partí luego al punto a España,
donde he estado reputado
por muerto con gran razón,
pues tus ojos me faltaron;
Pero renaciendo ya
habiendo a tus pies llegado,
y merecido, Señora,
favores tan soberanos.
¿No suena ruido en la puerta?
La llave es la que han entrado,
y también llaman, señora:
sin duda será mi amo.
Llama.
Muerta estoy.
Dent.
No abren aquí?
Don Fadrique, retirado
te has de estar en esta cuadra,
mientras mi padre a su cuarto
pasa; y yo al mío me iré.
Solo obedecerte trato.
Yo, aunque de muy mala gana,
lo mismo, señoras, hago.
Escondense.
Luego que entre, vuelva a verte.
Abre tú Juana volando.
Vase.
Entra.
Qué tardanza es esta? Di.
Porqué estaba aquí cerrado?
Como por la puerta grande
entras, fue corto reparo.
Qué hombres eran los que aquí
estaban contigo hablando?
Conmigo aquí, señor? Nadie.
Mira, que estás engañado.
Y Leonor dónde está?
En su cuarto está rezando.
Vamos allá.
Apto.
Apto.
Estoy perdida.
Esto, señores, va malo:
Porque si mira la casa,
hallará no más de cuatro
escondidos.
Porque importa,
echad aquí la llave. Vamos,
y me la han de mirar
toda hasta el último cuarto.
Vanse con la luz.
Salen Mar. y D. Fa.
Lo has oído?
Ya lo oí.
Él trae en el cuerpo al Diablo,
y va la casa a arruinar;
pero quieres ver lo burlado?
Cómo ha de ser?
De esta suerte.
Aquí la llave no traigo,
que del postigo tenías
antes de irte, y con cuidado
la dejaste a guardar,
y esta noche reventando
por ella me hiciste ir
hasta casa de Don Pedro?
Pues con abrir, y salir,
volviendo a dejar cerrado,
lo dejas con más narices,
que le pintan a S. Carlos.
Gran fortuna ha sido cierto.
Abre pues.
Ya voy tentando;
que lo oscuro de la noche,
o el miedo me han deslumbrado.
Sa-
Salen D. Gas. y Tro.
Cae tropezando
Pisa quedo: que, aunque ruido
a que se oye grande rato,
ecos de algún hombre son,
o el oído me a engañado,
y no quisiera, que fuesen,
o su Padre, o los criados.
Ruido sonó.
Que fue eso?
Haber el nombre trocado
de Tropezón en caída,
porque lo quieren los Diablos.
Si será Leonor aquella,
que allí un bulto é divisado?
Tienta la cara a Mar
Y si será aquesta Joana?
Hacia ella me voy llegando.
Jesús, y que bronca tez
es la de Joanilla al tacto!
Fuiste tu, Señor?
Jesús!
Mas bronca es la voz. S. Pablo!
Mi bien, Señora, Leonor,
eres tu el Divino encanto?
Soy quien te sabrá matar.
Esto es hecho. Verbum caro!
Dentro
Ruido se oye en el Jardín.
Acudid todos, criados.
Abierto está ya el postigo.
Caballero, si aquí osado
intentais venir, es cierto,
no habéis de poder lograrlo;
porque al ruido, que emos hecho,
vienen ya todos llegando.
Y así por esta razón,
como por el honor claro
de aquesta casa, es mejor,
que a la calle nos valgamos,
pues el postigo está abierto.
Ya os sigo.
Vase.
Pues yo os aguardo
Junto a la puerta de Atocha.
Vase.
Acá está el postigo.
Vamos.
Hacia donde esta esta puerta?
Que sé yo hacia donde Diablos
estara. Hacia el infierno,
que a de ser donde estamos.
Pues salen.
Que puedo hacer,
cuando el postigo no hallo?
Hacia aquí una puerta está.
Si no conozco,
que es oscuro el quarto.
Pues entremonos que llegan,
y no hay sino ocultarnos.
Salen D. Pº con espada, y broquel, y otros criados con armas, y Hachas encendidas. Joana, y Leonor muy asustadas.
Toda la casa se mire
hasta el último aposento.
Toda se ha visto, Señor,
y no ay nadie: conque es cierto,
que antojo sería el ruido.
Como? Que, viven los Cielos,
lo oí tan distintamente,
como agora vuestros ecos
A p.te
Don Gaspar, y Tropezón,
Señores, que se habrán hecho,
que no los emos hallado,
aun mirando el aposento,
en que los dejé escondidos?
A p.te
El quarto (Valgame el Cielo)
en que D. Fadrique está,
van a mirar.
Este medio
me valga contra mi ofensa.
Leonor, yo é sabido cierto,
que a pretendido tu mano
D. Fadrique de Toledo,
y a entrado y salido en casa
a verte con este intento,
y que tu le correspondes.
No te asustes, que este yerro
puede tener gran disculpa,
recayendo en un sujeto
de tan conocida sangre,
si se le aplica el remedio.
Y así no escuses decir me
donde está escondido: puesto
que aquí dentro le oí hablar,
y solo casarte quiero,
restaurando así mi honor,
que es lo que pretendo cuerdo.
Postrase
Ya no es posible negarte,
Señor, que con poco acuerdo
de D. Fadrique admití
el lícito galanteo,
y que abra un año algo mas,
que trato mi casamiento.
Cuya forma omito agora
del motivo de este yerro,
y paso a que fue preciso
obedecer un decreto,
que expidió su Majestad,
pena de traidor, si luego
de la Corte no salían
los militares; y atento
a su punto, y calidad,
fue preciso obedecer lo.
Y habiendo llegado agora
de la campaña resuelto
esta noche a ver me vino
con resolución, y intento
de efectuar nuestra boda
hablandote luego en ello.
Padre, y Señor, esto es
solo el Cielo quien lo a hecho;
y así no te as de oponer
a lo que dispuso el Cielo.
Su calidad no la ignoras:
y así postrada te ruego,
que, como benigno Padre,
perdones mi atrevimiento.
Pero si de tu piedad
esto, Señor, no merezco,
con la punta de esa espada
penetra mi firme pecho:
que de este modo podrás
lograr con un golpe mesmo,
matándome a mí, matar
también a mi amado Dueño.
Dentro
¿Has oído aquello, Señor?
Ya lo oigo, y estoy suspenso,
atónito, y confundido,
y, aun viéndolo, no lo creo.
A la fin del mundo es
muy parecido el suceso:
pues salen aquesta noche
a juicio hasta los muertos.
Válgame contra mi enojo
aquí la razón de cuerdo.
¿Dónde Don Fadrique está?
Retirado está aquí dentro
Señor en aquesta cuadra.
Salga, y efectúese esto
luego sin más dilación.
Perdido honor, alentemos.
Sal, Dueño mío, a mis brazos,
pues tan feliz me ha hecho el Cielo.
Pero, ¿qué miro? ¡Ay de mí!
Socorredme, Dios inmenso.
Salen Don Gaspar y Tropezón
Señor Don Fadrique, ¿vos
ignoráis el grande aprecio,
que de vuestra sangre, y prendas
mi amistad, y deudos han hecho?
¿Son para una casa honrada,
como la mía, estos medios
decentes para casarse?
Por vuestro punto vos mesmo
lo debierais excusar;
pues no es conforme al respeto
de vuestra crecida sangre
presumir tan poco cuerdo,
que os negara a mi Hija.
Y siendo como esto es cierto,
y que por la vuestra vos,
merecéis mucho; os prometo
(sí por Dios) que por la mía
no merezco nada menos.
Y, al fin obráis, como mozo.
Dadle la mano al momento,
y estimad mucho la dicha,
que lográis en ser mi yerno,
que vuestra boda después
todos la celebraremos.
Aparte
¿Qué es esto, que por mí pasa?
¿Habrá quien en tal empeño
se vea? ¿Qué puedo hacer?
Casarme es tan grave yerro,
que solo el imaginarlo
es un delito tan feo,
como faltar a un amigo
(a quien gravemente ofendo)
a mi Dama, y a mi amor,
si acaso en otra me empleo:
a estotra (a quien su albedrío
precisamente violento)
a mi pundonor, mi honra,
y finalmente a mí mesmo.
Pues decir, que D. Manrique
no soy, tiene el mismo riesgo
Quererlos atropellar
yo solo a todos rindiendo,
sobre temeraria acción
es impropia, y no remedio
el decoro, ni la vida
de Leonor. Valedme, Cielos,
y en tal confusión de dudas
logre yo hallar algún medio.
A parte
Yo casarme con un hombre,
a quien ni estimo, ni quiero,
y sé, que otra Dama tiene?
Y cuando no fuese esto
(aunque perdiera mil vidas)
a D. Manrique yo puedo
negar, siendo mi marido?
Decirlo a mi Padre, es cierto,
que será perderlo todo.
Parece, que estáis suspensos?
Hija, pues que ya yo lo consiento.
A parte
Qué es esto, que me sucede?
Quién se vio en tan grande aprieto?
Por dónde este hombre vino
aquí para mi tormento?
Llegad, D. Manrique vos.
Hija no acabas? Qué es esto?
Ya mi permiso tenéis.
A parte
Oiga lo que aprieta el Viejo!
Rabiando debe de estar
este hombre, por ser suegro.
llora
A parte
Solo en tanta confusión
mi muerte será el remedio.
Dime, Leonor, ahora lloras?
Con D. Manrique no es cierto,
que tú deseas casarte?
Y como que lo deseo.
Y lo que vos deseáis,
no
no es, D. Fadrique, lo mesmo?
Sí, Señor: lo mismo es;
pero no puede ser eso
tan luego, como queréis.
Cómo no? Viven los Cielos,
que os mataré dos mil veces.
Perdonadme, y deteneos:
que estas cosas, es razón,
que antes, Señor, las tratemos.
Señor D. Fadrique, ya
no estamos en ese tiempo.
Señor D. Pedro, mirad,
que aprendí yo de vos mismo,
que no es decente, que se hagan
así nuestros casamientos,
ni razón, que se atropelle
nuestro decoro. De tiempo
de aquí a mañana me dad,
para que a hablaros un deudo
venga en esto, y no se diga
que entro yo en cosa violento,
que tanto debo estimar,
y de que hago tanto aprecio;
pues veis, que es conforme al punto
de vuestra Hija, y respeto,
que se debe a vuestra casa.
Pese a mí: no miráis eso,
para atropellarla vos,
cuando en ella entráis revuelto,
abandonando mi honor,
y ahora os venís muy de cuerdo
con menos razón, que amas
a querer darme consejos,
pasando a desvergüenza? Con esta edad i estas canas
Señor D. Fadrique, es cierto,
que lo que os está muy bien
es darla la mano luego
sin que haya más dilación;
que después, o del pretexto
de que ese pariente venga,
o de otro nos valdremos,
para que no se publique
lo que ha pasado aquí dentro.
Entre criados, Señor,
queréis, que esto esté encubierto?
Pues queréis vos, que lo esté
el grave atropellamiento,
que habéis intentado hacer,
de mi honor; y que suspenso
mi valor en repararlo
se
se dilate ni un momento,
cuanto mas de aquí a mañana?
Tengase Usted; que primero
nos ha de entregar el dote.
Porque esto de prometerlo,
y la novia de contado,
es para Cristianos nuevos,
y mi amo es familiar
con pruebas de cuatro Abuelos.
Quita pícaro.
Que es quita?
si te mantienes en ello,
no la ha de querer casar,
que es muy miserable el viejo
Ea, acabad D. Fadrique,
y resolveos, supuesto,
que ha de ser, y luego al punto
sin intermisión de tiempo;
o, vive Dios, que sabré
a los filos de este acero,
(matándoos a vos, y a ella,
y a cuantos cómplices fueron
en semejante delito)
dejar mas limpio, y mas terso
mi altivo honor heredado,
que los rayos del Sol mesmo.
Válgame Dios! Ya llegó
mi vida al último estremo.
Válgame Dios! que entre boda,
o mortorio, no hay remedio?
Apte.
Aunque pudiera tomar
el postigo, no he de hacerlo:
pues no he de volver la espalda,
dejando a Leonor en riesgo.
Y pues no hay ya que esperar,
morir matando resuelvo.
Donde entró fue en esta casa.
Este postigo está abierto.
Sale un Alcalde de Casa con Ministros.
Pues unos tomad las puertas,
y entrad otros acá a dentro.
vase D. Gaspar lado de D. P.º
Favor al Rey.
Resistencia.
A la Justicia, que es esto
con espadas, y broqueles
teneos:
Como?
que aquí somos muy Vasallos
de nuestro Rey; y el respeto,
que a la Justicia se debe,
muy
muy bien tenerle sabremos.
Pero, además del motivo,
extraño, que así resuelto
os arrojéis a mi casa,
allanándola.
Os prometo,
que a no ser del Presidente
el orden, no lo hubiera hecho.
Aquel soldado es, Señor.
No me diréis, a qué intento
os dio el Sor Presidente,
contra mi punto, el decreto
de que registréis mi casa?
A que tenéis de ella dentro
un delincuente; y preciso
me es, Señor, llevarle preso.
Y quién es? Porque me admira
Es aquese Caballero,
(que aun el nombre no le sé)
y tenéis al lado vuestro.
A mí no habéis de prenderme;
y así mirad, que primero.
Caballero, reparad,
que aqueso es querer perderos;
y no teniendo delito,
le haréis muy grande, os prometo.
Pues porqué razón a mí
intentáis llevarme preso?
No ignoráis, que anoche heristeis
del Sor Nuncio un Cochero,
y a otros dos, o tres Criados
les disteis de palos. Desto,
(aunque la razón nos consta,
que tuvisteis para hacerlo)
dar mucha satisfacción,
a este Príncipe debemos.
Y el Sor Gobernador
del Consejo orden expreso
me dio, para que os pusiese
espías. Y habiéndose hecho,
este Ministro dio aviso
de que estabais aquí dentro.
Tales soplones son todos,
que es mucha razón creerlo.
Y así, cumpliendo este orden,
preciso es llevaros preso.
Tenga Usted: al de la pendencia
de anoche con los Cocheros
no es a quien quiere prender?
Aquese solo es mi intento.
Pues sírvase de llevar
Usted a este Santo Viejo,
que tiene ya mas de ochenta,
y es tan bravo pendenciero,
que, después de la de anoche,
a tenido mas de ciento.
Y agora nos tiene a todos
no con muy pequeño miedo;
y, si este no hubiera entrado,
nos había de haber muerto.
Al, bizarros agarrantes.
Calla.
Que es calla? No quiero:
que me e de vengar agora
de cuanto aquí nos a hecho.
Hizo muy bien en decir,
que fui quien a los Cocheros
anoche descalabré.
Apte
Perdonad, Señor D. Pedro.
Solo en un caso, como este,
deberá un hombre resuelto
la acción briosa del otro
aplicársela a si mesmo.
El delincuente soy yo,
y solo quien a de ir preso.
Es verdad, que la pendencia
fue con el Sor D. Pedro.
Pero andando a mal traer,
llegó el otro Caballero,
y a cuchilladas los dos
nos maltrataron, y hirieron.
Es verdad: asi pasó;
que yo negarlo no puedo.
Ni, sabiéndolo, escusar me
yo a llevaros a ambos presos.
Llevarme a mi solo fue,
Señor mío, vuestro intento.
No innoveis en el, suplico os,
sino es, que quereis perdernos.
Y así llevadme a mi solo;
y de no, mirad.
Teneos;
y porque veais, que el fin
no es proceder de Juez recto,
vuestro delito es tan corto,
que solo está de por medio
la satisfacción, que al Nuncio
debemos dar. Para esto
tengo por muy conveniente,
que vos vais, Señor D. Pedro,
y le hableis en la materia,
refiriéndole el suceso,
Aparte
para que envíe un recado,
(que informado, lo hará luego)
o al Presidente, o a mí;
y en el ínterin, vos preso
vendréis, para que yo cumpla
con este orden, que tengo.
Aparte
Cuanto puedo desear
es este medio propuesto.
Pues salga al fin por ahora
de esta confusión: que luego
veré lo que debo hacer.
Solo D. Fadrique siento,
que para reñir me aguarde;
mas remediarlo, no puedo.
Y antes me ofrece el acaso
con mi prisión algún tiempo,
para discurrir en él
con mi amigo verdadero,
que debo hacer en un caso,
que, sin ofenderle, ofendo;
y riñendo quedo mal,
y no riñendo, lo mesmo.
Aparte
No pudiera desear
otro más seguro medio:
pues si delante el Juez
hago instancia al casamiento,
y por alguna razón
él lo resiste, me pierdo.
Demás que falto a mi punto,
si sacan a público esto;
y en la prisión lo aseguro.
Y pues por mi mano, es cierto,
que ha de salir, no será
sin que a mi casa primero
le traiga, y le dé la mano
a mi hija. Ya resuelto
a obedeceros estoy;
y al Sor. Nuncio, os prometo
de hablarle por la mañana,
porque se concluya esto.
Aparte
Para alivio a una infeliz,
abrió este camino el Cielo.
Pues en la cárcel de Corte
me han ordenado poneros,
veníos conmigo.
Ya voy.
Pero antes tomá este acero;
pues compatible no es
llevarle en la cinta un reo.
En los reos, como vos,
va mas seguro: supuesto,
que la Justicia ese mas
lleva para su respeto.
Solo a mí en todo, y por todo
me toca el obedeceros.
Y aqueste criado suyo,
Señor, no lo llevaremos?
Señor agarrante, no:
que yo en pendencias no entro,
ni a la cárcel he de ir.
Pues sin embargo traedlo.
Suplico os por vida mía
lo dejéis.
Ya os obedezco.
Dejadlo. Quedad con Dios.
Dejadme, os iré sirviendo.
Señor D. Pedro, quedaos.
Pues como me mandáis eso?
Yo no lo he de permitir.
Esto es hacer lo que debo.
Vase.
Bueno está por vida mía.
Ya es preciso obedeceros.
Anda tu Leonor, y Joana,
retiraos allá dentro.
Vase.
Mortal voy.
Vase.
Y muerta yo,
por ver en que para esto.
Encerradas han de estar
hasta que logre mi intento.
Me dirás una verdad?
Si, Señor: os lo prometo:
aunque será la primera,
con que yo en mi vida acierte.
Cuando vino D. Fadrique?
Hará poco mas, o menos
hasta unos cuarenta años;
meses, hará unos quinientos;
semanas, hará tres mil;
y días (a lo que pienso)
hará unos veinte millares;
y horas, un cuento de cuentos.
Estás loco, o desvarias?
Digo, que aquesto es muy cierto.
A Madrid, pregunto yo.
Pues a Madrid, no me acuerdo:
que, estos días, de memoria
ando escaso.
Sois un necio.
Y los que preguntan mucho
son por ventura discretos?
D. Ped.
¿Pues no, aquí en mi casa
ha entrado otra vez?
No creo.
Y le estuviera muy bien
no hacer tan gran desafuero.
¿Por dónde hablaba a Leonor?
¿No me dejarán ir preso,
aunque a galeras me echaran,
o aunque me dieran doscientos,
y no preguntarme tanto,
que fuera menos tormento?
Quedaos con Dios: que a la cárcel
me voy, por no responderos.
Vase.
Cerraré toda la casa,
hasta el fin de este suceso.
Vase.
¡Oh, qué padre tan amante ofendido
y obedecido por mi honor o celos!
Fin de la 2.a Jornada
Salen D. Gaspar, y Tropezón.
No pareces caballero
si en lo madrugador.
Aquello es tener honor,
que si anoche el Carcelero
hacer confianza quiso
de mí, y me dejó venir:
que a la prisión vuelva a ir
en mi punto es más preciso.
Señores, ¿hay tal quimera,
que la madrugada es
para irte a la cárcel?
Pues.
Lleve el Diablo quien tal fuera.
Si a degollar sentenciado
hoy, Tropezón, estuviera,
aun con más cuidado fuera,
porque la palabra he dado
al Alcalde de volver.
¿Qué tal patarata ves?
¿Qué dices?
Que lo creo:
que es cortesía creer.
Pero repara, Señor,
que a muerte vas condenado.
¿Cómo?
Yéndolo a casado,
que todavía es peor.
Mas yo tengo de decillo.
Bien podrán no degollarte;
mas a suegro han de pasarte,
que aun es peor, que a cuchillo.
¿Siempre estás de buen humor?
Procuro andar bien purgado,
y así ando bien humorado;
digo, de cuanto es honor,
que na me está bien tenerlo.
¿Quién en el mundo se vio
en tanto empeño?
¿Quién? Yo,
sin comerlo, ni beberlo.
Mas pues es preciso, que haya
de diálogo un tantico,
yo, señor, te lo suplico,
y, fuera de pulla, vaya.
¿No me dirás, qué has de hacer,
si el resucitado amigo
a verse llega contigo?
Pues no lo intenté ofender,
callaré.
¿Y el desafío?
¿Qué? ¿También lo has de callar?
Sí: pues ya lo fui a buscar,
cuando pude, y se había ido
de aguardar desesperado,
mientras yo a la cárcel fui.
Y él pensaría de ti,
que lo dejabas burlado.
Mas si lo llega a saber,
o acaso nos conoció?
Le diré la verdad yo.
¿Y con Leonor qué has de hacer?
No verla en mi vida más,
pues es dama de mi amigo.
¿Y con el otro enemigo,
y con Inés qué harás?
Ese solo es mi dolor,
y tormento sin remedio.
Pues qué? ¿Para eso no hay medio?
No:
pues ignoro el traidor.
A mí se me ofrece un modo
de salir de ello.
¿Cuál es?
¿Lo digo?
Dilo: ¿pues es?
Ahorcarte, y saldrás de todo.
Al fin eres hombre bajo.
Digo, que es bueno el consejo:
pues si ha de matarte el viejo,
le ahorrarás ese trabajo.
Fingen conmigo.
¿Qué? ¿Estás loco?
Al paño
Este cuarto, dicen, que es.
Aro, ¿a Don Fadrique no ves?
Disimula.
No haré poco.
¿Está en casa?
¿Quién? En casa está
quien en el alma os recibe
gustoso de veros ya
de tanta tragedia libre,
y en sus brazos.
Abrázanse
¡Ay, amigo!
Libre no: que un infelice,
si de una tragedia sale,
es para otra más terrible.
A Martín
Si es verdad, que está usted vivo,
estos brazos califiquen
nuestra amistad.
Que me place.
Apriete.
No me derribe.
¿Qué es lo que tenéis, amigo?
Decídmelo, Don Fadrique:
que quien os juzgaba muerto,
solo al veros vivo vive.
Aparte
¿Han visto ustedes, señores,
mi amo lo bien que finge?
Solo fuera alivio, amigo,
mi muerte en mal tan terrible.
Comunicadme la pena,
amigo, que así os aflige:
pues comunicada es cierto
que se alivia todos dicen.
Oiga lo que aprieta mi amo.
Pues me lo mandáis, oídme.
Nuestro cuento nos encaja:
vive Dios, que no es sufrible.
Yo serví una dama, y yo
tan ciego, amigo, la quise...
Sale Flora
Dale un papel, y vase
Señor Don Gaspar, tomad,
y a Dios, que no me es posible
detenerme.
Perdonadme,
que para leer os suplique
me deis licencia.
Mirad,
si en algo mi afecto os sirve.
Lee Don Gaspar
Si las lágrimas de una infelice
pueden algo con vos, os suplica, me
ve-
veáis luego: advirtiendo, que no os busca
amante; sino Caballero: a quien empeña,
para que me ampare en el mayor conflito.
La mas infelice.
De una Dama es, a quien sirvo,
perdonadme, D. Fadrique:
que luego al punto me manda,
vaya a verla; y no es posible
excusarlo, puesque se halla
en gran conflito me dice.
Y aunque de celos ayer
tuve un lance, no es factible
excusarme Caballero,
aunque amante me retire.
Y así esperad, que ya vuelvo.
La ropa de D. Fadrique
trae, Martín, luego a mi quarto.
Vase.
Voy, Señor.
Como es posible,
que yo os deje, cuando vais
con cuidado?
A Frop.
Pues seguidme:
que no es razón excusarme
a ese favor. Y tu sigue
Andar de un suegro a otro suegro,
de un Caribe a otro Caribe,
es como de Ceca en Meca,
y por Dios, que no es sufrible.
Vanse
Salen D. Inés, y Flora, Leonor, y Joana con mantos.
Que tienes, prima Leonor?
Haz, que se cierre esa puerta.
Estoy turbada: estoy muerta;
Y yo un poquito peor.
Ay, Señores! que dolor!
Mi Padre intenta matarme,
y a ese fin hizo encerrarme,
y muy temprano salí.
Joana, como pudo, abrió,
y vengo de ti a ampararme.
Que causa a mi tío movió
a quererte así matar?
Lo que le pudo obligar
es ser desgraciada yo;
pues al mundo no nació,
prima, quien lo sea mas.
A qui, Leonor, bien no estás:
a mi quarto te retira.
Ven, y allí llora, y suspira,
y tu historia nos dirás.
Vanse
Dicen, que el ver padecer
de alivio suele servir;
y aquí llego yo a inferir,
que hace a la pena crecer.
Pues la de mi prima, al ver
cuanto lastima su honor
hace la mía mayor.
Conque no la quita
pues antes aumentará
a un dolor otro dolor.
Si llegará Don Gaspar,
que, por si acaso viniese,
dije a mi prima se fuese
a mi quarto a retirar?
La llave he de desechar.
Dent. D. Gas. Al paño todos.
Allí os podéis detener,
que breve haré por volver.
Y tú avisa, que aquí estoy.
Volando a servirte voy.
Siempre os he de obedecer.
Sale An.
Aquí está mi Amo, Señora,
y aguarda a saber, si en casa
está tu Padre.
Di, que entre.
Sale D. Gas.
Pensarás, aleve, falsa,
que has de volver a engañarme?
Qué nuevas cautelas trazas,
di, Cocodrilo engañoso?
Di lo, Sirena tirana.
Ay, Don Gaspar! Ya no es tiempo
de que esos extremos hagas,
y pues yo los disimulo
ofendida, y agraviada,
mira quál debo de estar,
y mira quál son mis ansias.
Don Gaspar, mi bien, Señor,
mi Padre casarme traza
(digo mal Señor) matarme
es solo de lo que trata.
Y antes a un cruel cuchillo
entregaré mi garganta,
que la mano a otro, que a ti,
que es a quien he dado el alma.
Tan corto plazo me da,
que solo es de aquí a mañana:
mira pues si ha de valer
contigo una ilusión vana,
a quien dio cuerpo el arrojo
de un hombre con la villana
acción cobarde, y indigna
de arrojarse me a mi casa
contra mi decoro, y punto
tan sin motivo, ni causa.
valga por disculpa mía,
contrapesa las razones,
que mi inocencia declaran.
¿No me rendí a tus suspiros,
a tus ruegos, a tus instancias,
sabiendo, que es en los hombres
política la inconstancia?
¿No arriesgué todo el honor
de mi heredada prosapia,
solo por favorecerte,
rindiéndote vida, y alma?
¿Qué lágrimas no vertí
en tu ausencia dilatada?
¿Qué suspiros no di al viento?
¿Qué quejas no di a la vana
ilusión de mi deseo
en mi mentida esperanza?
¿Qué agravios no he tolerado,
que me han arrancado el alma?
¿No he faltado a la obediencia
de mi Padre, que casada
me tiene con este hombre
de todos mis males causa?
¿Qué más evidente indicio
quieres que en mi abono haya?
Contrapesa estas razones,
mis lágrimas, y mis ansias,
mis congojas, mi aflicción;
y añade a la fiel balanza
el ser yo quien soy, pues es
quien más me abona, y realza.
Y si, como amante, no,
oh, como noble, me ampara,
por quien eres, por tu honor,
por tu valor, por tu fama,
por mujer, por afligida,
por triste, y desamparada.
Y si ser esposa tuya
no mereciere, encerrada
quiero en un Convento estar,
donde llore la desgracia
de haberte querido bien,
que es en lo que estoy culpada.
Y si no bastan contigo
mi fe, mi ruego, y mi instancia,
baste saber, Don Gaspar,
que muero por ti. Pues basta
saber yo, que por ti muero,
para morir consolada;
¿Y que el mundo ha de decir,
y ha de publicar la fama,
que una dama por su amante
supo morir arrestada,
cuando él no supo piadoso
defenderla, ni ampararla?
Sale asustada Flora.
Señora, tu padre (¡Ay Dios!)
viene entrando hacia esta cuadra,
todo el color demudado,
y echando mano a la espada.
¿No lo dije yo? Esto es hecho.
Mas tus hechizos nos valgan.
Haznos aquí escaparates,
o otra cosa que lo valga.
Que llega, señora, aprisa.
Retírate allí a mi sala.
Obedecerte es preciso.
Escóndese.
¿De aquestos viejos guadañas
cuándo me veré yo libre?
Ya se nos hundió la casa.
Sale don Lope.
Dos hombres, que aquí han entrado
¿dónde están?
Yo estoy turbada.
Señor, como, cuando, yo.
Dilo, aleve: infame, habla.
Aparte.
Aparte.
Válgame la industria aquí.
Haciendo labor estaba,
y vi entrarse dos mujeres;
y dos hombres, con tan rara
desatención las siguieron,
que no bastó verme airada
para dejar de seguirlas
hasta dentro de esas salas,
donde a los cuatro hallarás.
Mira, si es bastante causa
en mi modestia, y recato,
esto, para estar turbada.
¡Oh quisiera Dios, que mi prima,
lo haya oído! y remediara
una desgracia, como esta,
solo con estar tapada.
Los mataré, si en el centro
de la tierra se me entraran.
Vase.
Yo me retiro hasta ver,
si hay remedio a mi desgracia.
Y yo, por si no le hubiere,
tomar manto, y afufarlas.
Quédanse al paño.
Salen asustadas con mantos sin taparse doña Leonor, y Juana, y tras ellas don Gaspar, y Tropezón.
¿Qué es esto, que miro, Cielos?
¿Qué es esto, que por mí pasa?
Ser tan dichoso, que suegros,
y novias a pares te hallas.
Al paño.
¿Qué es esto, que miro? ¿Aquí
mi sobrina tan turbada
con don Gaspar? Pero quiero
ver oculto lo que traza,
pues que le importa a mi punto.
¿Hombre, o sombra, no te cansas
de perseguirme? ¿Qué intentas?
No
No basta perder mi casa,
padre, marido, y honor
por ti, tirano, no basta?
Que aun no me vale el sagrado,
que de esta casa me ampara,
pues de esta forma tras mí
te arrojas, y la profanas?
Si será fingido esto?
No lo parece en la traza.
Pues Dios, y sea lo, o no,
que al cuerpo me ha vuelto el alma.
Aunque asegurado estoy
de que Inés no está culpada.
Id os, o daré mil voces.
Deten te, Señora, aguarda.
Sale.
La honra de mi sobrina
dejaré aquí acrisolada.
Señor Don Gaspar, qué es esto?
Así mi punto abaja?
Aparte.
Señor Don Lope.
Yo no acierto a hablar palabra.
Mas que con boda nos da?
Señor.
No me habléis palabra,
que todo lo he estado oyendo;
y el remedio es, que casada
quede hoy con vos mi sobrina.
Ay desdicha más extraña?
Pues eso no puede ser.
Cómo no?
Como demanda
le tienen puesta hasta veinte,
y está en no cumplir palabra
de cuantas hubiere dado.
Esto ha de ser, o mi espada.
Mirad, que no os está bien
lo que intentáis.
Por qué causa?
Porque él, Señor, es casado,
y ella también, y esto basta;
pues no os está bien tener
sobrinas encorozadas.
En fin no hacéis lo que os digo?
No es posible.
Pues la infamia
lavaré con vuestra sangre.
Sígueme, y vámonos, Joana.
Vanse.
Vámonos de aquí, Señora,
porque sin duda se matan.
Al paño.
Aparte.
Irte puedes, Don Gaspar.
que ya quedo asegurada.
No le está bien a mi punto.
Retirándose Don Gaspar, se pone de la puerta adentro, y Don Lope en el tablado, y riñendo como están, cierra Tropezón la puerta, dejando uno dentro, y otro fuera.
Dentro.
Aquí la industria me valga;
pues a este fin el Poeta
de
de golpe hizo esta cerraja.
¿Así huyes, traidor, cobarde?
Dent.
No es esto volver la espalda:
que otras razones me obligan
al respeto de esas canas.
Pues esas, ni otras cautelas
has de ver, traidor, logradas:
que yo por estotra puerta
saldré, aleve, a castigarlas.
Vase.
Gracias a Dios, que salí
de este susto.
Vase.
Y a Dios gracias,
que yo también esta vez
salí de tanta maraña.
Vase.
Sale D. Fad.
Gran ruido debe de haber:
arrimarme hacia allá quiero.
Salen Leonor, y Joana muy asustadas.
Caballero, Caballero,
si os merece una mujer
infeliz. Pero, ¿qué miro?
Señora. Pero, ¿qué veo?
¿Vos aquí? Aún no lo creo.
¿Tú ingrata aquí? Bien me admiro.
¿Tú de esta suerte, Leonor?
¿Que mi ama se vea así?
El que me quites de aquí
me importa vida, y honor.
¿Que viva quien esto viere?
Agradece a mi valor,
que te ampare.
Ven, señor.
Vamos, y dé donde diere.
Vanse.
Salen D. Gaspar, y Tropezón, envainando la espada.
Por más prisa que nos dimos,
Leonor, ni Juana parecen.
¿No te he dicho yo, señor,
que de brujas algo tienen?
Ni D. Fadrique está aquí.
Vamos, y la calle vuelve,
por si podemos toparle.
Y porque también conviene,
que aqueste Héroe lampiño
del viejo no nos encuentre;
porque he presumido.
¿Qué?
Que algo a este viejo le temes:
pues, cuando cerró la puerta,
no reñiste, como sueles.
Tampoco en estotra calle
de todos nadie parece.
Y pues sin duda hubo de irse
Don Fadrique, y me conviene
cumplir la palabra, voyme,
a la cárcel. Tú te vuelve
a
a casar, y allí me espera.
¿Aseguras, que te deje
volver tu segundo ruego?
¿Preveniré, si te parece,
el aparato de boda?
Sale D. Enr.
Aquí a solas se me ofrece,
Caballero, una palabra,
con vos.
Decidme en qué tiene
que serviros mi persona?
¿Qué me mandáis?
¿Conocéisme?
No; sino es para serviros.
Don Enrique de Meneses
soy, y quien con vos la espada
sacó, cuando bulla, y gente,
que enmedio me estorbaron.
Y por no saber quién fueseis
hasta ahora, no os busqué.
Y así, pues está pendiente,
el duelo de amor, y celos,
y a mí reñir me conviene
donde no haya quien lo estorbe;
sitio elegid competente,
para que en él os aguarde.
Y porque tercero suele
importar mucho que se halle
a todo el lance presente,
que padrino de ambos sea,
vos, D. Gaspar, escogedle.
En el que vos señalareis
mi valor se compromete.
Y al prado os voy a aguardar
con mi espada solamente.
¿Qué te quería este hombre?
Me habló en un negocio. Vete,
y haz lo que te he mandado.
Vase. A pte.
Señores, ¿quién será este,
con quien mi amo ha confesado?
¡Qué mal aquesto me huele!
Sin embargo he de seguirlo,
por ver, si acaso se puede,
que haya un lacayo leal
de tantos, como hay, infieles.
Vase.
Para padrino no sé
de quién pueda aquí valerme.
Sale D. Po.
Tratar con estos Señores,
aun el negocio más leve,
es la vida perdurable:
no sé quién tal apetece.
Pero al fin llevo el despacho,
para que al instante suelten
a D. Fadrique; y no ha sido
poco lograrlo tan breve.
Aparte
Allí a D. Pedro Pacheco
he visto. Notable suerte
he tenido, pues podré
seguramente valerme
de quien es, pues por su sangre,
valor, y edad, le compete
esta acción. Señor D. Pedro,
un desafío pendiente
otro caballero, y yo
tenemos; y a mí, que lleve
quien sea padrino de ambos
me manda; y pues se me ofrece
la dicha de que me honréis,
veníos conmigo, y hacedme
esta honra, que os suplico,
pues de ella, D. Pedro, pende
todo mi punto, y honor,
que os fío seguramente,
debiendo este favor más
a quien tanto me protege.
Yo, D. Enrique, os respondo,
que iré; pero eso se entiende
nombrando ese caballero
otro; pues no le conviene
a mi punto ver reñir,
sin que yo también riñese.
Eso no es posible, pues
él en vos se compromete,
y por tercero os elige,
D. Pedro, tácitamente.
Mirad, si podéis faltar
a él, ni a mí, si es de esta suerte.
¿Conque porque yo no os falte,
a él, ni a vos, aquí pretende
vuestra atención mi desaire?
Pues perdonad, y creedme,
que a ver reñir sin reñir
mi espada no se conviene.
Pues quedad con Dios, que yo
me valdré de quien lo acepte,
ya que os excusáis a cosa,
que en el mundo es tan corriente.
Aparte
Aparte
Esto es sin duda peor:
pues sin que el lance se medie,
saberlo, y no hallarme en él,
no es a mi punto decente.
Señor D. Enrique, vamos:
que vuestra razón me vence.
Sabré el caso, por si antes
mediarlos allá pudiese.
¿No me diréis el contrario,
si no tiene inconveniente?
D. Gaspar de Córdoba es:
noble andaluz me parece.
El motivo fue una Dama,
que amo sin corresponderme,
y más dichoso, que yo,
él sus favores merece.
Mas decid.
Sale D. Lo.
Señor D. Pedro,
una palabra os suplico,
que a parte me oigáis.
(Aparte los dos.)
Mirad,
no sepa nada mi tío
de este lance, porque importa.
(Aparte)
Que eso me advirtáis, me admiro,
sabiendo quién soy. Andad:
que cumpliré lo que he dicho,
y sé lo que debo hacer.
(Vase.)
Pues yo hacia allí me retiro.
(Aparte.)
Por D. Inés mi sobrina
debe el lance de haber sido,
pues de mi primo D. Lope
es la turbación indicio.
¿Qué me mandáis?
Perdonadme.
¡Grave daño!
¡Gran martirio!
Ea, hablad, ¿qué os suspendéis?
Hoy de mi casa se ha ido
con un caballero.
(Aparte.)
¿Quién?
Ya es cierto lo que imagino.
¿Vuestra Hija?
No: la vuestra:
que a mi casa había venido,
Caiga el Cielo sobre mí.
Huyendo de vos, colijo.
D. Gaspar de Córdoba es
el autor de este delito.
¿Habrá hombre más infeliz?
¿Qué es esto, Cielos Divinos?
¿Allá D. Enrique preso,
y acá estotro? ¿Se habrá oído
de mujer de aquesta sangre
tan enorme precipicio?
La causa es de ambos, D. Pedro:
muera quien nos ofendió.
¿Qué he de hacer? Que vive el Cielo,
que estoy confuso, y sin juicio.
Vamos, D. Pedro, a buscar
este traidor enemigo.
(Aparte.)
Decís bien. (Esto ha de ser.)
Vamos por distintos sitios.
Vamos; y no quede alguno,
por remoto, y escondido,
que no registre el valor,
y que no examine el brío.
Vase.
Ármese honor mi venganza.
Vase.
Ármese honor mi castigo.
Salen Don Fadrique, Leonor, Juana y Martín.
Cuanto te he dicho es verdad.
¿Don Gaspar es mi enemigo?
Pasó como te lo digo.
Cierto que es buena amistad.
En tu jardín, ¿cómo, di,
pudo sin tu culpa entrar?
Yo no lo sé.
Aparte.
Ello a parar
todo vendrá contra mí.
En fin, Leonor, mientras voy
algún convento a buscar,
me puedes aquí esperar,
porque en él has de entrar hoy.
¿No te satisface aquí
lo que te he dicho, señor?
Es delicado el honor.
Volverá el cielo por mí.
Martín, mientras vuelvo yo,
esté esta puerta cerrada.
¿No volveré a la posada
por la demás ropa?
Vase.
No.
¿Que en fin a estar encerrada
te resuelves?
¿Qué he de hacer,
Juana, sino padecer,
pues nací tan desgraciada,
y con dicha tan escasa,
que, sin culpa haber tenido,
en un instante he perdido
padre, honor, marido, y casa?
Vase Leonor.
No hagas tal. ¡Hado cruel!
¿Yo condenada a un encierro,
a un torno, y rejas de hierro?
Malos años para él.
¿Podrá atreverse a la cumbre
de tu beldad mi afición?
Vase.
¿No ves que no es ocasión,
que estamos con pesadumbre?
Yo voy a cerrar la puerta.
Dentro Flora e Inés.
Entra, que aquesta es la casa,
¿Qué es esto, que por mí pasa?
Yo estoy perdida.
Yo muerta.
¿Quién se vio en tal aflicción?
¿Dónde D. Gaspar está?
A buscarlo mi amo va,
y no con buena intención;
porque con capa de Amigo,
Señora, el tal D. Gaspar
la dama le fue a soplar,
y lo llevaba consigo.
Mas por la mano mi Amo
le ganó (fue lindo cuento)
porque (sin darle tormento)
cantó, Señora, de plano.
Su padre intenta matarla;
y mi Amo a buscar salió
un Convento, y la dejó
aquí mientras va a llevarla.
¡Esto me faltaba, Cielos!
Ve a buscarme a D. Gaspar.
¿Cuál debe mi ama de estar,
pues no ha sentido los celos?
Porque vayas a buscarlo
esta sortija te doy.
¿Sortija? Digo, que voy,
y no me vendré hasta hallarlo.
Sale Joa.
¿Quién es quien se ha entrado aquí?
¿Qué es esto? ¡Tú eres, Señora!
¿Tú estás acá, Joana?
¿Flora?
¿Dónde está mi prima? Di.
Ven, Señora, y la verás,
que por muerta la he tenido:
tanto el dolor la ha afligido:
entra, y la consolarás.
Cierto estoy yo para eso.
(Pase
Pues, ¿qué tiene?
¿Qué? Matarnos,
su padre quiso, y librarnos
fue milagro: que el suceso
del amor de D. Gaspar,
y mi ama, lo ha sabido:
(Es verdad, que de mí ha sido)
Cuando él a casa volvió,
con la muerte a mí me amaga;
y puesta a cuestión de Daga,
a decirlo me obligó,
Aunque es el delito grave:
que sin ser amenazada
dice cualquiera Criada
lo que ignora, y lo que sabe.
¿Qué es esto? ¿A tu ama también
el tal D. Gaspar la quiere?
Querrá el otro a cuanta viere;
pero a ninguna bien.
¡Oh, qué es bravo redomado!
Un ochavo al Don Gaspar
no le he podido sacar.
Sobre marrajo es soldado.
Bien sabes mi habilidad.
Pues toda ella me costó
un bolsillo, que me dio,
Flora, por nuestra amistad.
Y aun temo perder la cara
por un triste dobloncillo,
que tendría.
Sin bolsillo
a mí lo mismo me pasa.
¿Quién sufra en el mundo habrá
a este señor Don Gaspar?
Mejor es, que a enamorar
al mismo infierno se vaya.
Vanse
Sale Don Gaspar.
Aguardar a otro en el campo
para reñir, por primero
acto del valor regulan,
y ahora conozco, que es cierto:
pues con la experiencia solo
podrá cualquiera saberlo.
Pero mi contrario llega,
y con él (¿qué miro, cielos?)
viene el Don Pedro, señor.
¿Quién se vio en tan grave empeño?
Pero en todo trance yo
no dejar el puesto debo.
Sale Don Enrique, y Don Pedro.
Sacan todos las espadas.
Aquí mi contrario está.
Pero ¿qué es esto que veo?
Antes vengaré mi ofensa.
Muere, traidor.
Deteneos:
pues ¿cómo a la confianza
faltáis, que de vos he hecho?
Sabed, que esto no es faltar:
solo es hacer lo que debo,
pues hallo un traidor aquí,
que ha ofendido mi respeto.
Aunque yo satisfacción
os pudiera dar, Don Pedro,
no es ocasión, por tener
en la mano ya el acero.
Pues, aunque estéis ofendido,
por tercero aquí saliendo
de los dos, debéis dejar
fenecerse nuestro duelo;
y, después de concluido,
comenzaréis vos el vuestro.
Y así reñid, don Gaspar.
Don Enrique, deteneos,
y decid: si le matáis,
con quién ha de ser mi duelo.
Yo he de reñir: perdonad,
que está mi honor de por medio;
y en contingencias no es bien
que ponga el satisfacerlo.
Yo estoy también agraviado,
y le he sacado a este puesto,
y a vos ambos por padrinos.
Y así he de reñir primero.
Mirad, que es de honor mi agravio.
Y el mío es de honor, y celos.
Si no os conformáis, reñid
ambos, que yo lo consiento.
Yo no cometo esa infamia.
Ni yo esa infamia cometo.
Ya de una suerte, o de otra,
es preciso resolveros.
Pues solo reñir con vos
es lo que aquí yo resuelvo,
siéntalo, o no, don Fadrique;
y así podéis defenderos.
En este caso a su lado
me hallaréis, don Pedro, presto.
¿Vos contra mí, don Enrique?
Contra vos no; pero esto más advierto os,
que en su defensa he de estar
aquí a todo trance expuesto:
pues si llamado de mí
viene (a ley de caballero)
en cuanto reñir conmigo
no fuere, he de defenderlo.
Pues si es preciso vengarme;
y oponiendo a vos a ello,
me obligáis a que atropelle
respeto, amistad, y deudo.
Y así reñiré con ambos,
pues tengo para ello aliento.
Pásase al lado de D. Pe.
¿Cómo queréis, que permita
yo ese tan indigno medio?
Vos solo sois mi contrario,
y con vos reñir intento;
y si otra cosa quisiereis,
al lado estoy de don Pedro.
Pues reñiré yo con ambos.
Pues yo a mi lado no os quiero:
que
que lo que quiero es mataros.
Que eso no ha de ser, supuesto,
pues no lo he de permitir,
entremos en un convenio.
¿Y es?
Que de los dos elija
al que quisiere.
Eso es bueno.
Si vos le habéis ofendido,
y él a mí, ¿no es caso cierto,
que a vos os escogerá,
y no a mí, que no le ofendo?
Mas que materias de honor
fuera indispensable yerro
ponerlas en compromiso.
Y así el único remedio
es, que riñáis, D. Gaspar.
Siendo conmigo, lo acepto,
y con vos lo contradigo.
Conmigo ha de ser.
Teneos:
pues ya la casualidad
ha dado el único medio.
Que a un íntimo amigo mío
llegarse a nosotros veo,
y con ponerse a mi lado,
tendrá fin aqueste duelo.
Sale D. Fa.
Allí acompañado está;
mas retirarme no puedo:
pues, demás de haberme visto,
estando los tres riñendo,
me es preciso ya llegar.
D. Fadrique, a muy buen tiempo
llegáis: pues los dos pretenden
reñir conmigo; y atentos
uno a otro se embarazan
por verme solo. Poniéndoos
vos conmigo, lograrán
(estando iguales) su intento.
Va a reñir con él.
Yo a vuestro lado, traidor,
falso amigo, ingrato, y fiero,
cuando el buscaros solo es,
para mataros?
¿Qué es esto?
Pues ¿no miráis, que los dos
solicitamos lo mesmo,
y para matarlo es fuerza
ahora ir a defenderlo?
Pues reñiré con los tres.
No será; porque yo puesto
a vuestro lado estaré,
D. Enrique a defenderos.
Pónese a su lado.
Ya os he dicho, que a mi lado,
ni por mi amigo os quiero.
Elegid de los tres uno.
Ya os he dicho, que no aceto
ese partido?
Ni yo:
pues que él no me elija es cierto.
Sale D. Lo.
Aquí está. Muere, traidor.
Reportaos.
Deteneos.
¿Vos me detenéis, Enrique?
¿Vos también, señor D. Pedro,
cuando topo aquí un traidor,
que le ha perdido el respeto
a mi casa, y me ha sacado
a mi hija de ella?
¿Qué es esto,
que he oído, aleve traidor,
que ya dos veces me has muerto?
Si con la espada en la mano
no estuviera, satisfechos
os dejara a todos cuatro.
Al paño Fro.
Martín, ¿qué es esto, qué veo?
Al paño Mar.
Que se matan nuestros amos.
Pues yo le pondré remedio.
Voces dent.º
¡Favor al Rey; que se matan;
llegad todos, llegad presto.
Cercad el prado, Ministros,
y a todos los llevad presos.
Sale Fro.
¡Gran desdicha!
Sale Mar.
¡Gran desgracia!
Escapar de preso, o muerto
es imposible, señor.
Porque esos caminos llenos
vienen todos de Ministros.
¿Qué dices?
Señor, que es cierto;
y la Corte alborotada
está con este suceso.
Si nos hallan, no será
posible lograr mi intento.
Ap.te
Yo arriesgo punto, y palabra,
si me hallan, estando preso;
y nadie podrá pensar,
que la cara vuelvo al riesgo,
pues no es posible reñir
con tanto tropel de empeños.
Y así para otra ocasión
quede remitido el duelo.
Vase.
Vase.
Yo, sin perder lo de vista,
le quise preseguir; y aunque el centro
de la tierra lo ocultase,
ha de quedar satisfecho
mi honor, casada mi Hija,
o, ha de morir a este acero.
Vase.
O ha de casar con mi Hija,
o ha de vengarse mi esfuerzo.
Plegue a Dios, que ya
hartos os vea de cuernos.
Vase.
Yo buscare la ocasión
de vengar mi agravio, y celos.
Vase
Si antes que todo es la Dama,
a Leonor en un Convento
pondre; y después matare
a aqueste enemigo fiero.
Vean Ustedes de que
sirve el obrar bien, supuesto,
que tanto enemigo tiene
mi amo, sin ofenderlos.
Oyes, Martín, bien salimos,
Amigo, de nuestro cuento.
No tan bien; porque ahora reparo,
que de mi amo es el duelo,
porque en casa de Leonor
os entrasteis desatentos.
Y por lo que mira a Joana,
aun no estoy yo satisfecho.
Sacad la espada, y reñid,
que el sitio convida a ello.
Que convite, o que Demonio?
Por cierto, que es buen almuerzo
para el que convida al sitio.
Que? No reñis?
No por cierto.
Porque?
Porque soy tu amigo,
y tengo propósito hecho
de no reñir con amigos.
Desde luego os lo dispenso.
Pues sois Papa vos acaso?
No lo soy; pero bien puedo
dispensar en este caso,
por ser conmigo.
Eso niego.
Y antes de reñir, es fuerza
que probeis el argumento.
Saca la espada.
Yo lo pruebo de esta forma.
Ea, sacad el acero.
Tienta la espada
Aguardad.
Qué? No acabáis?
Ya lo ando aquí disponiendo.
Mas la llave dejé en casa:
iré por ella, y ya vuelvo.
Cómo es iros? Vive Dios,
que os mataré yo primero.
Diga el Diablo, y lo que aprieta.
Así: agora que me acuerdo
ya no es posible reñir.
Porqué?
Porque en penitencia,
que no riñese, me dieron,
por un cruel desafío,
que tuve no ha mucho tiempo,
en que maté tres, o cuatro.
Conque viendo el grave riesgo,
en que cualquiera se pone
de quedar muerto en el puesto,
por evitar el gran peligro
de que lo mate, lo han hecho.
Hora pues mirad vos bien,
quieres morir hombre?
Sí quiero.
Pues yo no quiero matarte
solo porque dais en eso.
Sois un pícaro.
Eso importa
muchísimo en estos tiempos.
Vení acá: no os ha hecho fuerza
lo que he dicho?
No por cierto.
Pues yo sé lo que os la hará.
Qué?
El saber, que este es precepto.
De quién?
De quién? Del Poeta,
que es quien así lo ha dispuesto;
y nos está allá aguardando,
para acabar el enredo.
Vanse.
A eso no hay que replicar.
Digo, que envaino, y Laus Deo.
Salen Flora, y Joana de noche.
Yo estoy muerta, Joana mía.
Yo no sé, qué hemos de hacer.
Ya es de noche, y nadie viene.
Ni yo tan poco lo sé.
Estas dos pobres Señoras
se han de morir esta vez
de puro llorar.
Por cierto
no siento yo eso.
Pues qué?
Mi desgracia es la que siento;
y que solicite, es bien,
su remedio.
Si le hallas.
Buscarle procuraré.
Con la mía haré lo mesmo.
Sale D. Gas.
Aparte
Sin luces todo se ve,
y parece, que oigo hablar.
Sale D. Fa.
Aparte
Gente aquí debe de haber,
Y no distingo la voz,
Y no conozco quién es.
Hacia allí he sentido un hombre:
quiero llegarme hacia él,
por si fuese Tropezón.
Un bulto hacia allí se ve;
y, por si fuese Martín,
quiero llegarme.
Quién es?
Válgame Dios. Aquí Flora?
La voz disimularé
hasta que sepa su intento.
Eres tú, Tropezón?
Él.
Eres tú, Martín?
Yo soy.
De aquesta forma sabré,
ocultándome, qué intenta.
Tropezón, tú has de saber,
que aquí con gran riesgo estoy, por
que a D. Enrique llevé
mil recados, y papeles
respuestos de D. Inés
mi Señora; y como el D. Pe
casarla quería con él,
y ella lo aborrece tanto,
por si podría vencer
su aversión, aquella noche,
que llegasteis, le cité,
y abrí el postigo de casa,
para que la entrase a ver;
(sin que ella supiese cosa)
moviéndome el interés
de una nada, que me dio,
a tal desdicha, y tropel
de penas, y pesadumbres,
como padecer me ves.
Y pues es preciso ahora,
antes que mi ama lo sepa,
el tuyo, su padre, o él,
y que todos, o cualquiera
fieros, crueles la muerte me den,
has de llevarme de aquí.
Quiérese hablar con ella aparte
Dichoso mil veces, quien
tan gran desengaño toca.
Mas su intento esforzaré.
¿Qué me dices?
Lo que oyes:
que yo fui quien los entré
en casa, sin que mi ama
nada supiese; porque él
me obligó con un bolsillo:
que es tal diablo el interés,
que a todas las tambalea;
y a la que no hace caer,
por firme que esté, le mueve,
así un tantico, los pies.
Yo estoy aquí con gran riesgo:
pues, si lo llega a saber,
o mi señora, o tu amo,
soy perdida; y antes que
se sepa, me quiero ir.
Aparte
¿Tu ama le quiere bien,
(Así apuro mis cautelas)
a D. Gaspar?
¿Qué es querer?
De ella no ha visto otra cosa,
que un desdén, y otro desdén.
Pues para ese galanteo
¿qué motivo tuvo él?
¿Eso qué te importa a ti?
Ya no te he dicho, que fue
la introducción la pendencia;
y como por muerto a él,
y a ti, Martín, te tuvimos,
este yerro ejecuté?
Y así has de ampararme ahora,
pues que mi inocencia ves.
Dichoso mil veces yo,
que un desengaño logré,
con
con que he cobrado feliz
alma, vida, honor, y ser.
En albricias de mi dicha
te perdono.
Pues quién es?
Sale
Quién aquí dentro se ha entrado?
Pero yo por luz iré.
Vase.
Con quién estaba yo hablando,
que esta voz sin duda es
de Tropezón?
Sale D. Leo.
Ruido he oído,
y salgo a reconocer
quién le ocasiona.
Quién va?
Quién ha entrado aquí? Quién es?
Retírase al paño.
Luces traen; y retirado
detrás de aqueste cancel
estaré, hasta averiguar,
D. Gaspar qué intenta hacer.
Sale.
Aquí las luces están.
Sale.
Aquí está la luz también.
Válgame Dios! Caballero,
sois mi sombra, o pretendéis,
siguiéndome de esta suerte,
acabarme de perder?
Al paño
Si será este D. Gaspar,
y mi desgracia esta vez
tendrá fin? Pero qué miro?
Hablando a mi prima es
Don Gaspar quien allí está.
Desde aquí lo escucharé,
por ver, qué intentan los dos:
que después salir podré.
Oíd, Señora, y perdonadme:
que si rendido os amé,
fue, sin saber que os servía
D. Fadrique. Esto creed;
y que es mi mitad del alma,
y soy su amigo tan fiel,
que si yo lo presumiera,
no intentara descortés
atreverme a imaginarlo
por mí, por vos, y por él.
Oiga, que, sobre dar poco,
es hablador su merced.
Eso aprendimos de ti.
Dent.
Entrad todos: que esta es
la casa de este Traidor.
Dent.
Quien se a atrevido a ofender
nuestro honor, muera: matadlo.
Sale D. Fa.
La voz de D. Pedro es.
Ya es fuerza salir de aquí.
Cielos que veo? Ay mujer
tan infeliz?
Don Fadrique?
Señor.
La voz suspended:
que los favores, que os debo,
y a vos la amistad, bien sé.
Y así puesto a vuestro lado
mi vida sabré perder
en defensa de las vuestras.
Dime, Flora, D. Inés
donde está?
Aquí retirada.
Pues a postrarme a sus pies
iré, y pedirle perdón
de haber creído, que infiel
fuese quien es tan Divina.
Sale D. In.
Pues yo no os perdonaré
hasta que estéis advertido
de lo que debéis creer
de una mujer, como yo.
Ea, depon el desdén.
Pero (ay Dios mío!) mi Padre.
Sale D. P., D. Enrique, D. Lope, y todos.
Aquí está: matadlo pues.
Muera.
Muera.
Deteneos.
Vos a su lado os poneis?
Y yo: pues a mi enemigo
deberé aquí defender,
reservándole la vida,
para matar lo después.
Pues mueran todos: matadlos.
Ea: el acero tened;
y mirad, que la prudencia
suele gobernar mas bien
estos lances; y algún medio.
Medio no lo puede haber,
si no casa con mi Hija.
Y si marido no es
de mi Hija, no habrá medio.
Que han dado los dos en que
al yerno han de encorozar?
Don P.º lo que queréis,
no es, que case nuestra Hija
con D. Fadrique?
Eso es.
Y que a vuestra Hija yo
la mano de esposo dé,
no es lo que intentáis, D. Lope?
Sí.
Pues cómo puede ser?
De aquesta suerte. Leonor,
esta es mi mano.
Mi bien,
llega a mis dichosos brazos.
A ellos feliz llegaré,
para ser tu humilde esclavo.
Y yo a los tuyos, Inés,
a lograr favor tan alto.
Dichosa mil veces quien
esta fortuna ha logrado!
Y todos a vuestros pies
aguardamos el perdón.
Alzad, que ya lo tenéis.
Llegad, Hijos, a mis brazos.
Pues libre os llego ya a ver,
nuestro duelo concluyamos.
Deje Usted eso. No ve,
que es tarde, y se quiere ir
la gente? Fuera de que
mi amo os remite el duelo;
y allá con Flora os lo aved,
que fue quien os engañó.
Y no nos embaracéis
celebrar las bodas hechas,
y cuatro, que se han de hacer.
Vos con la hermana de mi amo
(si él quisiere) os casaréis.
Yo me casaré con Flora.
Martín con Juana también.
Y los dos Señores barbas
(porque se cumplan a seis
los casamientos, que se hagan)
también las manos se den,
por ver si se hartan de bodas.
Todos en ello vendréis?
Todos en ello venimos.
Y el Autor segunda vez
os pide atento, y rendido,
que sus yerros perdonéis.