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testo digitale di No muere quien vive en Dios. San Mercurio

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No muere quien vive en Dios. San Mercurio. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-muere-quien-vive-en-dios-san-mercurio.

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NO MUERE QUIEN VIVE EN DIOS. SAN MERCURIO

Pag. 1

Mss. 17173

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Yy 750

Mss. 17173

Pag. 3

Página en blanco.

Pag. 4

8

1/10

No muere quien vive en Dios: San Mauricio.

Comedia en tres jornadas de Don Antonio Zamora.

Con licencia

Legajo 4º

S. 6.

15

Pag. 5

n.º 7. ☩ 3.

Comedia Nueva, de

No muere quien vive en Dios,

San Mercurio

Del Autor Pedro Alonso

Juan de Cárdenas

Año

1700

Escribióla

Don Antonio de Zamora

Pag. 6

Madrid, 22 de noviembre = 700 = El Autor lleve esta Comedia al señor Inquisidor de Corte para que mande la vean si tiene algo contra la Santa fe y con lo que dijere se traiga =

Madrid 26 de noviembre de 700. Por señor Inquisidor Sernas: Vea esta Comedia el Maestro fray Francisco Palanco; y ponga su parecer. Licenciado Lermita.

He visto esta Comedia, y no hallo en ella cosa que contradiga a nuestra Santa fe, ni a las buenas costumbres, ni otra, por la cual el Santo oficio pueda prohibirla, así lo siento en este de nuestra Señora de la Victoria de Madrid a 22 de noviembre de 700. Fray Francisco Palanco calificador del Consejo y oficio de

Dase licencia para que se represente esta Comedia por lo tocante al Santo Oficio. Así lo mandó en él el señor Inquisidor don doctor Francisco de Ocio y Otero en Madrid a 23 de noviembre de setecientos años de que doy fe. Joseph de la Lana, secretario de Su Majestad y del Santo Oficio de Corte.

Jornada primera

Pag. 7

Madrid, y abril 25 de 1701.

Vean esta comedia el señor fiscal, e informen en orden a su contenido.

Ilustrísimo Señor:

Por mandado de Vuestra Señoría Ilustrísima he visto esta comedia nueva, cuyo título es No muere quien vive en Dios; y está con mucho acierto escrita, sin que tenga cosa alguna reparable contra nuestra política y buenas costumbres. Vuestra Señoría Ilustrísima mandará lo que más fuese de su agrado. Madrid, 28 de abril de 1701.

Don Pedro del Camino Sagredo

Ilustrísimo Señor:

Por mandado de Vuestra Señoría Ilustrísima he visto esta comedia en que no hay el menor reparo ni contra la presente política ni buenas costumbres. Vuestra Señoría Ilustrísima mande lo que fuere servido. Madrid, 29 de abril de 1701.

Don Francisco Bueno

+

Comedia nueva

intitulada

No muere quien vive en Dios.

Primera jornada.

Personas:

Juliano César

San Mercurio

Anzidia, sacerdotisa

Irene

Máximo

Jobiano

Tiberino, capitán

Seleuco falso (tachado)

Libia

Forlón, gracioso

8

Hidaspes, rey de Persia

San Basilio, barba

Constancia

San Miguel Arcángel

Soldados

Dos labradores

Voces dentro, y salen dos soldados con unas banderas blancas, y en ellas cruces rojas. Máximo, Jobiano, Tiberino, Irene, Libia, Constancia, Tachado: Seleuco falso todos de romanos; y detrás, Juliano con manto imperial y corona de laurel, y San Mercurio y Forlón. Quedan retirados al paño, descubriéndose una fachada de templo magnífico.

Máximo.

Nuestro augusto César viva.

Voces.

Viva, y de eternas edades

el laurel goce, diciendo

las voces y los metales:

Música.

Al ínclito Juliano,

feliz la fama cante,

de bélicas empresas,

trofeos imperiales.

Pag. 8

Voces.

Acompañen

a cítara, a tiorba, trompa y parche.

Julián.

No ya en mi aplauso prosiga

(oh reverentes leales

vasallos míos) la salva

con que fatigando el aire

las liras y las trompetas

sonorosamente hacen

que en órganos de aura silbe

y en fauces de bronce brame.

No prosiga, otra voz digo,

de los júbilos triunfales

la proclamación, a vista

de ese obelisco de jaspe

que dórico promontorio

es religioso gigante;

pues hoy el primer feliz día

que me logra por sus calles

Constantinopla, después

que conseguí que me aclame

digno sucesor, en tantos

adquiridos vasallajes,

cuantos en sus hojas ciñen

los laureles orientales,

hacer público pretendo

el intento que me trae

a este olvidado edificio,

que en las pasadas edades

templo de Mercurio que fue,

hasta que rotas sus llaves,

a nunca abrirlas, sus puertas

cerró Constantino el grande.

Constancia.

No me anuncies, corazón,

más tormentos, más pesares,

que los que padezco viendo

el áspero, el intratable

genio de mi esposo, a quien

solamente le complacen

desvanecidas memorias,

idólatras ceguedades.

Julián.

¡Máximo!

Máximo.

Señor invicto,

¿qué me mandas?

Julián.

Oye aparte.

Fortunato.

¿No llegas?

Mercurio.

No, por que solo

veros quiero, aunque distantes

de reñir en esos ojos

tantos azules volcanes.

Fortunato.

Pues con dos rayos , al verla,

brinda a su salud.

Joviano.

Dejadme,

tristes memorias, y no

me acordéis para matarme,

que en solo un día, perdí

dama, lauro a inconstante

verdad; ¿qué presto supo

tu ligereza mostrarme

que eres mujer, pues te obliga

más lo feliz, que lo amante?

Selenio.

¿No es aquel Mercurio, Irene?

Irene.

¿No lo ha dicho ya el bergante

de soploncillo que es su

señuelo sirviente?

Selenio.

A darte

el parabién de que vuelvas

Pag. 9

Selenio.

Con salud de su viaje,

se sale el alma a los ojos.

Irene.

Miren con lo que ahora sale.

Maximiano.

Todo, señor, prevenido

está como me mandaste.

Juliano.

Pues tiempo es de que respire

el disimulado áspid,

que, para que a los cristianos

infeste, atosigue y mate,

en invisible ponzoña

oculto castigo esparce.

Arborio.

Ya del César conjeturo

la intención.

Fortunato.

Qué va que hace

una buena el César, si

no me mienten las señales,

porque él es hombre que tiene

una conciencia de un sastre.

Juliano.

¡Ah, del augusto edificio,

que, a pesar del tiempo instable,

si adorno del orbe dura,

estorbo del cielo yace!

¡Y ah, del religioso trono

de Mercurio, que fue antes

ara de las primaveras

e idea de los altares,

adornando sus tarjetas

en una y en otra nave,

al fin, como insignias suyas,

caduceos y talares!

¡Ah, del templo!

Músicos dentro.

Enhorabuena

a estos sagrados umbrales,

en el cenit del oriente,

llegue la envidia de Marte.

Constanza.

¿Qué música es esta, cielos?

Fabia.

A sordos ecos suaves

dieron respuesta.

Irene.

Así lo oigo.

Valerio.

Y yo al escuchar que esparce

el aire armonías, dudo

el centro de donde nacen.

Fortunato.

Dentro del templo sonaron

las voces.

Maximiano.

Hasta que aclare

el tiempo mi duda, aguarde.

Arborio.

O qué escándalo levante

la novedad.

Juliano.

Soberanas

ninfas, divinas beldades,

¿cómo vuestro celo, al mío,

las puertas del templo no abre,

al ver que el Emperador

de Constantinopla llame?

Ninfas dentro.

Salgamos a recibirle,

ninfas, y para adularle

la salva vuelva, diciendo

júbilos y suavidades.

Ábrese el templo y salen a vista sacerdotes y ninfas.

Ellas y músicos.

Mil veces enhorabuena

a estos sagrados umbrales,

en el cenit del oriente,

llegue la envidia de Marte.

Pag. 10

Artemia.

Ya, Señor, a vuestros pies

tenéis, en lustroso alarde,

cuantas nobles hermosuras

aventajadamente

en obsequio de Mercurio

y en lisonja vuestra, saben

mostrar que aún el sol se eleva

cuando hasta el suelo se abaten.

Juliano.

Solo tu hermosa Artemia

pudieras discreta darme

tan feliz día, entre cuantos

debí al valor de tu padre

más bien en mi lucimiento

muestro, que procuro apagarle

parte de lo que le debo.

Maximiano.

Bien merecen mis lealtades

aprecio igual.

Constancio.

De confuso

aún no acierto a preguntarle

lo mismo que ignoro.

Joviano.

Hago yo

recelos, porque no es fácil

que sufra lo que malicio.

Juliano.

Qué asombrados, qué cobardes

aún no aciertan los que me oyen

al mirarme con mirarse.

Y aun a mí casi lo mismo

me sucede, pues amante

de Artemia, aún no sé

cómo sin hablar se hablen

mi amor y mi ingratitud.

Maximiano.

Mas que así ya, Señor, para que aguardes,

si abierto miras el templo,

Juliano.

A todos los que me acompañen,

nobleza y plebe, porque

sin poder alegar nadie

ignorancia, me obedezcan,

y así ordeno de mi parte

que Cónsules y Tribunos

tras mí vengan.

Fortunato.

Oiga el oráculo.

Maximiano.

Corre de lontananza a la...

el César que el cielo guarde

manda, que de ambos estados

la nobleza y populares

le sigan todos.

Fortunato.

Pues si de eso

gusta Usted, conque no canse...

Joviano.

A su orden obedecemos.

Atenodoro.

O cómo temo que alcance

en ruina el triunfo.

Irene.

Estas ninfas

me huelen a sacristanes.

Juliano.

Y propia. Ven, y en los brazos...

Constancio.

Antes mi dolor me mate

que salga cierta mi sospecha.

Joviano.

Disimulemos afanes.

Juliano.

Galileo a quien por Dios

adora ese gremio infame

de los Cristianos, en mí

empieza hoy tu formidable

azote porque se infeste

más que cuantos supo darte.

Con sangre él bebió, sino

que he de infundir sin sangre.

Pag. 11

Artem.

El canto, ninfas, prosiga.

Juli.

Prosiga, para que aclame,

en obsequio de mis laureles,

el culto de las deidades.

Mús.

Mil veces, enhorabuena.

Éntranse todos y quedan Mercurio y Forlón.

Forl.

¿No entras?

Mer.

No, que no quiero,

en desdichas tan fatales,

aunque me matan temidas,

que aunque a quedarme maten.

Forl.

Pues bien, que harto cuidado

tendrá el tiempo de acercarse

con los males, sin que tú

te adelantes a los males;

además que, habiendo sido

de los más principales

caballeros que al difunto

César sirvieron, no cae

el que, no habiéndote dado

a conocer, como hacen

todos, al presente César,

cuando vuelves a alojarte

de mandar tropas de Persia,

que de tropizón le hables

por casualidad, el día

que tienes más en qué afiance

que por él, por excelencia,

con quien pocos meses antes

que a la guerra te partieses,

sin más ni más te casaste

de secreto.

Mer.

Solo esta,

Forlón, pudiera apartarme

de mi inclinación nativa

a las empresas marciales;

y habiendo, en ausencia mía,

dispuesto (muerto su padre)

mis parientes que a servir

al Emperador entrase;

ha prevenido que Juliano,

aprovechando en encargalos

los quietos, me deje libre

para acudir sin desaire

al empeño de mi amor;

Forl.

Aunque caballero andante,

tan mirado caballero

eres, que aunque te importase

la vida, no volverías

menos airoso.

Mer.

En mi sangre

esto es preciso.

Forl.

No hablo

de tus virtudes morales,

porque eso es cuento de cuentos;

pues sabio, cuerdo, afable,

piadoso, liberal, justo,

cortés, atento y galante,

sobre todo tan buen

cristiano, que en ningún lance

te he visto tratar con los

siete pecados mortales.

Mer.

No me lisonjees,

pues sabes cuánto me cansen

mentidas adulaciones.

Forl.

No son sino muy verdades.

Pag. 12

Sorlano.

Mas dime, el papel que truje

a las ansias de una llave,

¿qué dices, pues, cuando Irene

le trujo, me le dio de parte

de mi ama y mi esposa, dio

a entender que aviso traes

de importancia?

Mercurio.

Que, en abriendo

las vagas oscuridades

a los ojos de la noche

los párpados de azabache,

entre a bulto a los jardines

que son sucursal del Parque

con la llave que trujiste,

y que en ellos me situase

hasta que a una saleta,

que para particulares

audiencias destinó el César

por ser distante paraje

de su cuarto, conducido

de Irene vaya a que trate

de nuestra dicha los medios.

Sorlano.

Pero a solas le hallaste;

cuerpo de Cristo conmigo.

Mercurio.

Sí, porque como ausentarse

me le resistiese, que apenas,

antes que el César llegase,

pude verle, no han de darse

tan extrañas novedades

lugar que no me le cause

el asombro que me añade

el ver este templo abierto.

Sorlano.

Ora, ¿quieres apostarme

la ración de cuatro reales,

al oír que enviudan antes,

resultando la moda

de las vírgenes vestales,

que anda una de mil demonios?

Mercurio.

No la malicia adelantes,

que aun es afrenta el pensarles.

[Sale Joviano de prisa.]

Joviano.

Viendo maldad execrable...

Sorlano.

¿Quién va?

Mercurio.

Joviano.

Joviano.

¿Mercurio?

Mercurio.

Pues ¿cómo del templo sales

sin el César?

Joviano.

¿Cómo, el César,

que hasta ceñir el brillante

círculo de la corona

(de quien yo pensé adornarle

en su dosel, en quien brilla

con más generoso esmalte

la sangre de Constantino)

con engaños disfraces

supo ayer pasar el César

oculto traidor dictamen

que hoy para quemar con ruinas

a Neptuno en volcanes,

y dígalo el haber dispuesto

que en este templo ocultase

para sacrificio (aunque falso)

la traidora lealtad de alguien

que en odio de nuestra ley

le aconseja, pero nadie

mejor que mi confusión

podrá (¡qué horror!) informarte.

Pag. 13

Joviano.

de mi pena, pues apenas

al altar llego, en que yace

el ídolo de Mercurio,

cuando, arrodillado ante

su estatua, en público, dijo:

Dentro.

Juliano.

Vasallos, solo es el grande

Mercurio, Dios verdadero;

y el que a Cristo confesare

reo de su culpa muera.

Forlón.

No lo oí yo.

Joviano.

Tomaréis

segunda vez pronunciada

su blasfemia; asegurarse

de mi verdad puede.

Mercurio.

¡Oh, nunca,

noble Joviano, escuchase

voz, que, áspid vocal del viento,

me da muerte, sin matarme!

Joviano.

¿Pero qué respondió el pueblo?

Si sabes que es indomable

monstruo, a quien divierten solo

desgracias y novedades,

¿cómo dudas que al oírle

en alta voz pronunciase:

Voces.

¡Mercurio y Juliano vivan!

Forlón.

Ya entrambas columnas parten,

guiados como cabezas.

Mercurio.

Pues, ¿hay qué espere, qué aguarde?

Un valiente sale del pecho,

sin que le iguale...

Joviano.

¿Qué haces?

Mercurio.

Morir por el Dios que adoro.

Joviano.

Si mi muerte asegurase

mi religión, yo el primero

le matara; pero en tales

casos, conmovido un pueblo

a hacer lo que le persuade

su rey, la prudencia es

mejor medio que el coraje;

pues quizá él mismo, el primero

será que se desengañe

del horror, y...

Forlón.

No prosigas,

porque hacia nosotros sale

el concurso.

Mercurio.

Pues, ¿qué ahora

quiero, si en la calle me halle?

Retirarme es fuerza.

Forlón.

Y yo,

quizá porque no me allane

a ver en la calle siquiera...

Mercurio.

¿Qué?

Forlón.

Que me lleven de calle.

Joviano.

Vámonos luego.

Mercurio.

¿Su aliento,

tantos peligros repare?

Joviano.

Su espada padezca quien

tanta ofensa...

Mercurio.

Pues Dios sabe

mi celo, que lo disponga.

Váyanse Mercurio y Coroliano, y sale Juliano como le pintan, una bandera pintadas las armas. Cintas altas de ellas por detrás, con las letras S. P. Q. R., y detrás de él, Festenio con cajas, y trompetas, y soldados con una estatua dorada de Mercurio, pequeña, y música.

Pag. 14

Cons.

Señor.

Selen.

Señor.

Juli.

Nadie me hable

en razón de que no sea

Mercurio el dios venerado

de mi imperio; pues mi airado

ceño su cólera emplea

en negar, como habéis visto,

en toda Asia del hebreo

cultos al de Galilea,

a quien suelen llamar Cristo.

Las cruces, que antes banderas

divisa eran de mi imperio,

rotas, por más vituperio,

al aire vuelan ligeras,

pues al aire las envío,

sucediéndolas ufanas

las cuatro letras romanas.

Cons.

¡Quién mayor desdicha!

Pues, esposa de un tirano,

apóstata, monstruo, infiel,

es fuerza vivir con él.

Jul.

No me ha de quedar cristiano

vivo yo, a quien no destruya

mi saña; y si no los mato

desde ahora, es porque trato

que en la desventura suya,

para más largo castigo,

esclavos míseros sean.

Tod.

Así, dioses, que tal vean.

Arrodíllase.

Juli.

Parte, Tiberino amigo,

con los edictos que yo

a este efeto te daré,

y en todo mi imperio ve

fijándolos, porque no

quede ignota parte en que no adquiera

de nuestra gentilidad

cada pueblo su deidad;

pues si quise lo que fuera

Mercurio la deidad mía,

es porque, Dios de las ciencias,

me diste las providencias

en bien de mi monarquía.

Y para que lleves camino,

halles presto en mi favor,

hecho vas gobernador

de Cesárea.

Tiber.

Si el destino

me favorece tan presto,

quedo siendo ufano,

y por la honra que me das,

una y muchas veces, pues,

así a los pies beso, señor,

sus plantas.

Selen.

¡Oh, qué bien

me ha aconsejado el desdén!

Pues, aun cuando de mi honor

no fuese justo el desvío,

con que al César he tratado,

parece que adivinado

hubo el alma el pesar mío;

porque entre Mercurio y él,

persuadido mi rigor,

eligiese lo mejor.

Pag. 15

Juliano.

Pues a mi sacro laurel,

porque a más alto trofeo

vuele en todo singular,

sus alas le han de prestar

las sierpes del caduceo.

Conmigo, Aricida, ven

donde a ese ídolo dorado

en el dosel colocado

de mi palacio, le den

rendidas adoraciones,

al ver que a su sacro bulto

para el acierto consulto

todas mis resoluciones.

Ya, Constancia, pues viste

cuán interesado soy

en los cultos que le doy,

no llorosamente triste

muestres tales sentimientos,

pues, aunque ame tu belleza,

podrá ser que en tu llaneza

estrene los escarmientos.

Constancia.

Por más que injusto poder

me amenace, hasta morir

no he de dejar de sentir.

Juliano.

¿Cómo lo he de aborrecer?

¡Ay, dulcísimo dueño

de idolatrada deidad!

¡Ay, desmentida clemencia!

Aricida.

Empezad,

ninfas, a dar al vacío

hueco del aire, las voces

en feliz aplauso ufano

de Mercurio y de Juliano.

Ninfas.

Ya nuestros ecos veloces

te obedecen.

Juliano.

Pues venid

a mi palacio, y en culto

de ese venerado bulto

una y otra vez decid:

A 2. Música.

Música.

Al sacro planeta,

al hijo de Jove,

nuncio de la esfera,

y amparo del orbe,

cantad el aplauso, porque él solo logre

el título excelso de Dios de los dioses.

Septimio.

Cielos, en pena tan mucha

valor o piedad me dé.

Joviano.

Que viva quien esto ve.

Mercurio.

Que aliente quien esto escucha.

Tiberino.

Libre del concurso, retirado,

allí a Mercurio he advertido,

mas, pues él no hablarme, ando

de su extrañeza cuidado.

Lo mismo hacer determino,

Joviano.

porque, estándose de acecho,

¿veis, amigo tan estrecho,

no os ha hablado, a Tiberino?

Mercurio.

Luego le responderé.

Juliano.

Venid, vasallos, conmigo,

pues hago al cielo testigo

de que de esta errada fe

del galileo, a mi ardor

ceniza no ha de quedar.

Pag. 16

Música.

Ninfas, volved a cantar

para adularle mejor.

Tachado: Musi. al sacro planeta sol

Con esta repetición de música y clarines se levantan, quedando solos Mercurio, Tobiano y Forlón.

Tobiano.

¿A ídolo visto?

Mercurio.

Como es fácil

que haberlo visto confiese,

bien que en defensa gloriosa

de mi ley una y mil veces

pusiese a riesgo mi vida.

Tobiano.

Bien del ánimo valiente

que en las fronteras de Persia

te adquirió tantos laureles,

unido al celo con que haces

vanidad tan justamente

de seguir la ley de Cristo.

¡Oh, noble Mercurio! Coraje

tan católico, envidiado

a amante despecho, puede...

Forlón.

En él no es mucho; en mí sí,

pues siendo un solo pobrete,

desde que oí que traía

para andar secretamente

la muerte su zapatilla

picada, como refiere

cierto cantar, no he embestido

a persona que trujese

zapato picado, solo

por parecerse a la muerte;

y no obstante ser gallina,

de estar ahora tan en cierne

de cristiano, que aun no

me crucifico los dientes,

consentiré por mi ley

que los zapatos me aprieten,

que una puta gallofa me saque,

y un barbero me desuelle.

He dicho algo.

Mercurio.

Forlón,

no es tiempo de chanzas este.

Tú, Tobiano, pues sabes

cuánto nuestra amistad cueste,

de igualar a los aplausos

de Pílades y de Orestes,

dame palabra (si acaso

algún vaivén de la suerte

hoy disponga, me buscase

a fin de que me despeñe)

de ampararme, pues en fin

aunque la fortuna altere,

te burle el laurel, te dio

las prendas con que te adquieres

tantos parciales afectos.

Tobiano.

Juramento hago solemne

a nuestro Dios, que es quien vive

y vivirá para siempre,

de que en cualquiera fortuna

partiré la que me diese

el cielo contigo, y porque

vernos hablar, no despierte

alguna malicia, adiós.

Pag. 17

Mercurio.

Él te guarde.

Folón.

Llama ardiente,

que entre volcanes purpúreos

guardas pavesas celestes,

déjame olvidar que fuiste

cuando Constanza se pierde,

propio fracaso de tantas

altas confianzas. Perder...

Folón.

Ahora, señor, en tan varias,

atropelladas especies,

como el amor de tu esposa,

el aviso del billete,

el despecho de Juliano,

la novedad de la plebe,

y el miedo de Folón, ¿qué hemos

de hacer, ya que al verte niegues

al emperador?

Mercurio.

Sufrir,

callar y morir, pues tienen

tan unidos los pesares.

Folón.

En eso de morir, vete

más despacio, o vete solo,

porque yo, cuanto pudiere,

he de huir de que me oigan

misa de cuerpo presente.

Mercurio.

Necio estás, mas pues la tarde

tan poco de vida tiene,

vámonos hacia el jardín

retirándonos, porque entre

luego que tienda la noche

su manto negro...

Folón.

Y ¿qué quieres

hacer con eso?

Mercurio.

Saber

lo que mi esposa resuelve

para que sepa mi dueño,

si es que vive, o si es que muere.

Folón.

¿Valerte de Maximio

no fuera bueno, puesto a hacer

medio su amistad?

Mercurio.

No, que aunque

fue hasta aquí mi amigo, hoy temo

el ser mi enemigo, pues

por humanos intereses

mentidos dioses admite.

Folón.

¡Cuántos hay que por hacerse

personas, llaman deidades

a los que son mequetrefes!

Mas vamos allá.

Mercurio.

Dios quiera,

pues sabe cuánto conviene

darme camino, de que

tanta ofensa suya vengue.

Folón.

Dios quiera que yo sea vivo,

que soy Folón flamante.

(Échase la cortina.)

(Vanse, y salen Constanza llorando; Irene, Libia y damas, cantando.)

(Canta.)

Irene.

Corazón, ¿qué ardes y lloras?

Libia.

Alma, ¿qué aspiras y temes?

Irene.

Pena, ¿qué afliges y alivias?

Libia.

Amor, ¿qué olvidas y quieres?

Las dos.

Sufra quien penas tiene,

que tiempo tras tiempo viene.

Constanza.

No cantéis, que mi dolor

Pag. 18

Constanza.

ningún alivio consiente;

y al pecho del que me aflige,

es solo el que me divierte;

mas proseguid, que es el canto

dulce, si del contento alegre

lográis, que aun más que me alivie

la música me atormente;

bien es que apuren el daño

las cláusulas del deleite,

viviendo en fe de la vana

esperanza, que prometen.

Mús.

Corazón, &c.

Paseándose un rato.

Libia.

Cesa de llorar.

Cons.

¿Por qué pretendes,

Libia, que a esta sola fácil

defensa de las mujeres

quite la acción, o sea ella,

en tan airados vaivenes,

quien a volcanes me abrase

cuando a diluvios me anegue?

Ire.

Las armas de la hermosura

dicen que es el llanto.

Cons.

Irene,

¿cómo de mí retirado

Juliano, a estos vergeles

niega su presencia?

Ire.

Como

cerrado en su cuarto, desde

que del nuevo sacrificio

volvimos, todo es hacerse

rajas, a gemir y a andar

dando por esas paredes;

pero luego que anochezca,

discurro que, como suele,

bajará, mas será a ver

si a la desgraciada Irene

ve, o a Mercurio dulce,

a quien ama.

Cons.

No procede

su pesar de mi pesar;

justo es en pena tan fuerte,

pues su dolor nos maltrata,

que un alivio nos consuele.

Al paño Libia.

Libia.

Aquí está la Emperatriz,

y por lo que nos detiene

importará esta lisonja.

Cons.

¿En un sitio en el retrete

de la galería baja

de este jardín, falso huésped,

la estatua está de Mercurio?

Libi.

Allí en tanto que previene

digna basa en que se coloque,

ordenó que la pusiese

tu esposo.

Cons.

Que esté tan cerca,

mis cóleras agradecen,

porque algún desperdiciado

suspiro mío, ya que me...

Libi.

Si esto supiera Juliano.

Al paño con bastón Juliano.

Juli.

O mi deseo me miente,

o está aquí la hermosa causa

de mi mal; ¡oh, si pudiese

hablarla!

Pag. 19

Cons.

Venid y vuelva

a gemir acordemente

el aire.

Damas.

Ya obedecemos.

Jov.

Llegaré.

Libe.

Justo es que llegue.

Jov.

Mas Liberino, las ramas

me oculten.

Salen ambos y Joviano se vuelve a retirar.

Cons.

¿Quién es?

Libe.

Quien viene

gran señora, a suplicaros,

que permitáis, que la breve

estampa de vuestra planta

la adore, si no la bese.

Cons.

Alzad.

Jov.

¡Que el llegar a hablarla

me embarace este accidente!

Vuelve a rodillarse.

Libe.

El emperador, señora,

me manda, que diligente

a las distantes provincias

que poderosa contiene

en su círculo dorado

la diadema del Oriente,

a publicar los edictos

de las leyes que establece

en gloria de las deidades

me parta, volviendo alegre

después a gozar el premio

que a mis méritos previene,

en el bastón de estratego;

y para que más me premie

esta honra que a aquel agravia,

vengo, señora, a ponerme

a esos pies, porque comigo

la ventura que me ofrece

venir la mano a que os bese.

Cons.

¿Mi mano mereces?

Jov.

¿Quién merece,

mejor que yo, honor tan grande?

Cons.

Cualquiera que no atreviese

tan mal como vos.

Jov.

Joviano

solo de su arbitrio pende,

y mi influjo...

Cons.

No, influjo

cuando a tal horror le mueve,

es tan traidor como el dueño;

pues persuade ciegamente

un culto, que es idolatría,

una libertad que es muerte,

una deidad que es mentira,

y un dominio, que finalmente

en cuyo derecho injusto

son sacrilegios las leyes.

Libe.

¿Quién os dijo que yo...

Cons.

Calla,

y idos antes que me vengue

de vos, haciendo (porque

al campo más brevemente

podáis salir) que por uno

de esos balcones os echen.

Libe.

Sí haré, aunque con el pesar

de que creáis que os ofenden

mis lealtades; mas de esto,

y un celo que viniere...

Vase.

Pag. 20

Cons.

mucho el imperial decoro

hoy me ha debido en no hacerle

más pedazos que...

sale Jovia.

Jovia.

Pues si eso

solo, señora, os detiene,

aquí está un esclavo vuestro

que sabrá rendidamente

serviros en castigarle.

Cons.

¡Qué presto hubo de ponerse

en mis penas lo que se ama

junto a lo que se aborrece!

Jobi.

¿No respondes?

Cons.

¿Quién os dijo

que para que le escarmente

no basta un enojo mío?

Job.

Nadie, pero aunque

lo hubiese,

¿quién probara cuánto fingen

no solo vuestros rencores,

sino vuestras esquiveces?

a las damas

Cons.

¿Con cuál de vosotras habla,

Joviano?, porque parezca

que de algún desdén herido

se queja.

Zun.

Mío al menos,

señora, no; aun muerto, a nadie.

Libi.

Nunca a mí, ni aun por juguete

me ha dicho: este afecto es mío.

Cons.

No me admira que lo niegues

una atención, porque aquí

aun se niegan los desdenes;

lo que me admira solo

es, que las muchas veces

oí afirmar a quejarse

delante de quien porque se

jactase, de esas timideces,

(corazón, no sé si miente)

aun callará que al aire

por delirio se queje.

Poned a otra voz las voces, / músicos, ecos alternos.

Jobi.

Que entre morir de amante

o morir de delincuente,

¿qué medio podrá elegir

quien siempre ha de morir?

Cons.

Este.

Canta músi.

Corazón que ardes y lloras,

alma que aspiras y temes,

pena que alivias y afliges,

amor que olvidas y quieres,

repare quien penas tiene

que tiempo tras tiempo viene.

Vase Consa. música, y detiene Jobiano a Libia.

Jobi.

Libia mía.

Libi.

Ya te entiendo;

pues que te ponga pretendes

en parte donde a tu salvo

suspires y lagrimees,

pues yerras en mí.

Jobi.

Si eso haces,

no habrá premio equivalente

a tu fineza.

Libi.

Pues ya...

Pag. 21

Libi.

La noche nos favorece,

no te pares.

Párase.

Jobates.

Amor, haz

que, a la que a mover no acierte

su desdén, pueda a lo menos

decir mis penas a trueque

solo de que las escuche

quien me aconseja que espere.

Vase y, corriéndose una cortina, se descubre un bufete con una sobremesa rica, y encima la Estatua de Mercurio, y sale Selenisa.

Medrosa.

Desde dentro sonará a lo lejos el trueno.

Selenisa.

Noche, cuyas lobregueces

o bien los aires empañen

o bien los campos acerquen,

de negro azabache cubren

zafiros y doseles,

pues, si a un infeliz te busco

favorable, mueve, mueve

a un negro anhelo suyo,

aunque acongoje el ambiente,

ráfagas que de los troncos

las vagas hojas inquieten,

porque entre su rudo estruendo

vea mi amor si desmiente

o los suspiros que trunca

o los pasos que entorpece.

Sola parece que está

la galería, en que viene

a esperar mi fe a Mercurio;

claro está, pues si estuviese

ya en ella, supiera en mi bulto

adivinando su suerte.

¡Ah, con qué temor, Fortuna,

pisa la torpe y la débil

planta, de quien temerosa

solo animosa se atreve!

¿Por cuál, Cielos, de las dos

puertas, querrá blanda o fiera

suerte, vendrá Irene por la misma que

Irene con la misma llave, y sale Irene guiando a Mercurio.

Irene.

Ea,

con tiento, pues el cadente

rumor, que distante suena,

muestra que en los vergeles

aun la Emperatriz se queda.

Mercurio.

No poca dicha fue, haberse

retirado el Senador

para que al abrir no oyese

el ruido que hizo la llave.

Selenisa.

Pasos siento.

Irene.

Ya entró, Señora.

Selenisa.

¿Irene?

Irene.

Pues ya

he cumplido con ponerte

al enemigo en campaña,

voyme, porque no me echen

menos allá.

Vase.

Mercurio.

Dónde, hermoso

dueño mío, estás, que al verme

tan feliz, creyendo que es

sombra de mi dicha esta, y

aun primero del nombrarte

estoy temiendo perderte.

Pag. 22

Selenisa.

Mi bien, mi esposo, señor,

Aparte Juliano.

Juliano.

¿qué he escuchado?

Selenisa.

¿Cómo vienes?

Mercurio.

Como quien de la distante

región donde estuvo ausente

de tus ojos, a adorarlos

en hora dichosa vuelve.

Selenisa.

Solo mía es la ventura

que de ese mismo accidente

si fallecí salamandra,

ya he demostrado fénix.

Juliano.

¿De Selenisa esta

voz, hombre, o mi oído miente,

la que en amantes requiebros

te responde?

Selenisa.

¿Cuándo alegre

llegará el día

Selenisa.

en que premie

la fortuna con tus brazos

mi amor?

Mercurio.

Aunque lo impidiese

el mundo, pues para mí

no hay humano inconveniente,

mi amor, mi fe, mi denuedo

sabrán, bien mío, ponerte

en libertad.

Juliano.

¿Habrá susto

más vil, dolor más aleve

que estar oyendo sus celos?

Selenisa.

Cuanto, amante, me prometes,

tu afecto me lo asegura.

Mercurio.

El tuyo me lo merece,

y no ha de ser siempre el hado

tan adverso, que me fuerce

a que disfrazando amor

tan noble, fe tan ardiente,

solo entre sombras, bien mío,

a gozar tus brazos entre.

Y pues en sabiendo que

soy tu esposo, y que me debe

el César cuantas victorias

dan verde sombra a mis sienes,

¿quién duda que la fortuna

su airada cabeza temple?

Juliano.

¿Quién será el traidor que logre

cuanto mi cariño pierde?

Pero ¿a qué aguardo, que no,

aunque mil vidas arriesgue,

me arrojo a saberlo?

Selenisa.

Solo

de esa esperanza, pendiente

estuvo hasta ahora mi vida.

Mas déjame que recele,

según soy de desdichada,

que haya quien osado intente

estorbarlo.

Mercurio.

Si te adoro,

en vano temes.

Saca Juliano la espada, Mercurio la empuña y ella le detiene.

Juliano.

No, teme,

pues no solo quien lo estorbe

hay, sino quien os dé muerte.

Selenisa.

¿Qué es esto, cielo?

Pag. 23

Mer.

Mi espada

responderá bravamente.

Selen.

Advierte que de esta vez

nos perderá.

Mer.

¿Cómo quieres

que me detenga?

Selen.

Sintiendo

que, según la voz me advierte,

es Juliano.

Juli.

¡Luces, hola!

Mer.

¿Y qué he de hacer?

Selen.

Vete, vete

por donde viniste, antes

que, trayendo luces, se eche

de ver el fallo.

Mer.

Pues, ¿cómo

te has de quedar?

Selen.

No te empeñes

tú, que no me faltará

disculpa que el yerro enmiende,

si acaso nos oyó.

Vase. Cúbrese.

Mer.

¡Oh, cuánto

en un pecho noble puede

el decoro de las damas

y el respeto de los reyes!

Juli.

¿Dónde estás, cobarde?

Selen.

Cielos,

guiadme vosotros en este

abismo de sombras.

Juli.

¡Rufio!

¡Máximo!

Selen.

Pena inclemente.

Juli.

¿Nadie me oye?

Selen.

Duro trance.

Dentro.

Maxi.

Venid tras mí.

Selen.

Dolor fuerte.

Sale Máximo y Parola con una hachera encendida.

Maxi.

Señor, ¿qué es esto?

Juli.

No sé,

mas sí sé, puesto que así,

el paso a que fallecí

y la luz a que cegué.

Aparte.

Selen.

Ésta, la deidad mentida,

es del templo; si supiera

que había de hallarla, perdiera

antes que entrase la vida.

Juli.

Cuando vengo a consultar

con el ídolo mis males,

hallo junto a él, inmortales,

un pesar y otro pesar.

Maxi.

¿Selenissa aquí?

Selen.

Señor,

sí, yo, cuando...

Juli.

No prosigas,

que no es menester que finjas,

mi sentimiento y tu yerro,

para que crea que, viendo

queda estancia que fue ara

de mi deidad, con tan rara

maldad profanada, haciendo

que sea testigo mudo

de tu amor; mas dime, ¿dónde

el osado esposo se esconde?

Selen.

Todo lo veo, pues ¿qué dudo?

Que, declarada con él,

no hago alarde del valor...

Pag. 24

Juliano.

Habla, ¿qué esperas?

Selenisa.

Señor,

verdad es que amante fiel

de mis luces...

Juliano.

Calla, calla,

que esa pena, a dura estrella,

no hay valor para sabella,

si le hubo para dudalla.

¿Te adoraba?

Selenisa.

Ay, ansia mía.

Juliano.

¿De otro que yo?

Selenisa.

Infiel, bárbaro.

Juliano.

Pues, ¿quién, el dichoso, es quién?

Selenisa.

Solo sé que en mi porfía

Mercurio...

Juliano.

¿Qué es lo que he oído?

Selenisa.

mi esposo.

Juliano.

Duda severa.

Selenisa.

Esta noche, yo vi...

Juliano.

Espera,

que, aunque sé que te he perdido,

he hallado a mi mal consuelo.

¿Mercurio es tu esposo?

Selenisa.

Sí.

Juliano.

Pues, ¿con quién hablaste aquí?

Selenisa.

Con él.

Juliano.

Sin duda del cielo

enamorada deidad

bajó a hablarte en el bulto

del ídolo a quien doy culto,

respiró su voluntad.

Máximo.

Pues, ¿qué, señor, dudas ya,

si de esa suerte pasó

por verse a quien adoró?

Selenisa.

¿Cómo, si celoso está,

su enojo rompió tan presto?

Juliano.

Cuando con ecos veloces,

aliento tal, estatua en voces,

sin duda dijo por esto

que de distante región

a adorar sus ojos vino.

Selenisa.

¿Qué respondes?

Juliano.

Fiel destino

de su nueva perfección

tan feliz te hizo mujer

que eres de Mercurio esposa;

ya como adorada diosa

de mi cetro y mi poder

te miro solo, que en fin

hoy compites soberana

a Venus, Juno y Diana.

(Ruido de espadas)

Dentro Sobino.

No has de salir del jardín

sin que te conozca.

Mercurio.

En vano

lo intentas, pues de este modo

solo te ha de responder

mi valor.

Selenisa.

¡Qué nuevo asombro

es este!

Juliano.

Máximo Jove,

pues tan cerca de nosotros

aceros y voces suenan,

sepamos de este alboroto

la causa, y de a quién son voces.

Pag. 25

Juliano.

La con más razón adoro

aquí me espera.

Vanse los 3.

Max.

Contigo

vamos.

Sefor.

¿A quién, en tan corto

espacio habrán sucedido,

divinos cielos piadosos,

tan continuados los sustos,

siendo ahora el mayor de todos

creer que oculto en el jardín

hayan hallado a mi esposo?

mas pues morir a su lado

en mi cariño es forzoso

en su busca he de ir.

Dentro Consta., Irene., Libia., Ismenia.

Entrase Seforosa, y por la puerta contraria sale Mercurio con la espada desnuda.

Tropieza en el bulto de Flaco con la estatua.

Merc.

Aunque el enojo

de quien conocerme quiso

presuma vanaglorioso

que de temor me he escondido

tropezando en mil estorbos

que hasta aquí han ido poniendo

en cada rama un escollo,

sin saber adonde entro

de la obscuridad me acojo

de esta cuadra, por si en ella

estar escondido logro

hasta que el cielo me valga,

pues ciego, helado y absorto,

aun sin saber de mí mismo,

voy tropezando en mi propio...

Jovi.

Dentro de la galería

se oyó el ruido.

Merc.

Ea, animoso

espíritu, muchos te buscan

pero al fin todos son pocos.

Salen por una puerta Jovi., Const. y Dam. con luces, y por la otra Maxi., Julia y sold.

Maxi.

Aquí está. ¡Un hombre!

Jovi.

Ninguno

le ofenda, hasta que su rostro

quien es el traidor declare.

Juli.

Apartad, porque yo solo

lo he de averiguar.

Const.

¿Quién pudo

tan bárbaramente loco

profanar los jardines?

Libi.

Si es Joviano, yo me escondo.

Vanse.

Iren.

Si es Mercurio, yo me escapo,

mas dicho y hecho.

De la estatua.

Juli.

Hombre o monstruo

que de las sombras valido

osaste, mas ¿cómo, cómo,

viendo por el suelo ese

vivo simulacro de oro,

quien eres dudo, pues bien

de tan sacrílego arrojo

se arguye que vil Cristiano

eres, cuyo infiel encono

entró a unir en una acción

mi inobediencia y su oprobio;

mas por el mismo...

Se desvía y descubre a Flaco.

Jovi.

No antes

decida de tal enojo

todo el fuego...

Pag. 26

Selen.

de las lágrimas que lloro

premio su vida.

Juli.

Pues tú

¿no dijiste en este propio

sitio, que eras de Mercurio

esposa?

Selen.

Y a él le reconozco

por dueño, y en esta fe

rendida a tus pies me postro.

Juli.

Hombre, ¿quién eres?

Jovi.

Mercurio,

el capitán más glorioso

que vos halláis del imperio.

Juli.

De corrido y de celoso

apenas a hablar acierto.

Pero, ¿cómo me reporto?

¡Hola!

Max.

Señor.

Juli.

A la obscura

estancia de un calabozo

le llevad; que ha de adorar

mi deidad, o de los hombros

le he de quitar la cabeza.

Mer.

Vamos, que por más que tu odio

me amenace, en Dios confío.

Selen.

No le llevéis.

Juli.

Como ocioso

está el coraje; llevadle.

Mer.

Selene, adiós.

Selen.

Mis ojos

te respondan.

Const.

Por no ver

suceso tan lastimoso

me retiro.

Jovi.

Pues le puse

en el peligro, mi heroico

Pag. 27

Iren.

Valor te sacará dél.

papel, tercería y soplo,

muy buena cuenta hemos dado.

Juli.

Albricias, Amor, que a corto

plazo será su hermosura

de mi porfía despojo,

pues ya es mujer .

Idol.

Y yo, fiera, rayo, aborto,

cometa, furia y centella,

que desde un polo a otro polo

guerra hago al Cielo. ¡Cristianos!

Mús.

¡Ay, míseros de vosotros!

Fin de la primera jornada.

Jhs

Jornada segunda

Pag. 28

Jornada Segunda

No muere quien vive en Dios

Por Antonio de Zamora

Texto desvaído e ilegible en el resto de la plana.

Pag. 29

En el margen superior se lee: +

Segunda jornada

Por un lado salen Constancia, y por otro Libia y Joviano.

Constancia.

¿Llamaste a Joviano?

Libia.

Aquí,

tu orden aguardando está.

Constancia.

Pues dile que entre, y tú ya,

que a este empeño me arrojo,

podrás estar advertida

de avisarme, si alguien viene.

Libia.

Nadie más cuidado tiene

en servirte.

Constancia.

¡Ay de mi vida!

Vase.

Libia.

Llegad.

Joviano.

Ya extrañando llego,

qué motivo os fuerza ahora

a que se acuerde, señora,

de mi fe, vuestro desapego.

Constancia.

Ya os he dicho, que esta no

es plática para mí.

Joviano.

¿Cómo gustáis, si os perdí,

que halle quien os perdió?

No siento, no, que al laurel

no pueda aspirar jamás,

pues no fuera con él más;

sé lo que he sido sin él,

solo siento que padezca

una ira con tal desdoro

Pag. 30

Joviano.

que siendo quien os adoro

sea otro quien os merezca,

añadiéndome el pesar

de que vos así deseéis

la que me hagáis padecer

y no me dejéis quejar.

Constancia.

Ya, Joviano,

solo vuestra fe, dudo, sí,

se ha de acordar aquí

digna esposa de Juliano.

Advirtiendo en la inconstante

lucha de una ansia amorosa

que decir que soy su esposa

no es decir que soy su amante.

Pues al ver que culto ofrece

a los dioses, su malicia,

es mi honor quien te acaricia

y mi fe quien le aborrece.

Y puesto que habéis venido

(que mal se finge un desdén

con el que se quiere bien)

de mi precepto traído

y una fineza por mí

aún de hacer.

Joviano.

Nada habrá

que por vos no haga, si ya

no es olvidar lo que fui.

(Vase)

Constancia.

Artemisa, infausta esposa

de Mercurio, a quien hoy preso

el César tiene, en aquella

torre que de aquí no lejos,

sobre este jardín descuella

su altiva fábrica al viento,

viendo cuán poco su llanto

hasta ahora ha podido, y viendo

que no inventar el alivio

es flaqueza del aliento,

me ha empeñado en que de vos

(pues sois todo el valimiento

del César, con quien no vale

mi intercesión, ni su ruego)

fíe la acción, de que cuando

a estos jardines amenos

pase esta tarde, Mercurio

logre con cualquier pretexto

echarse a sus pies, a fin

de que en lo que no pudieron

ni las porfías del llanto

ni las perezas del tiempo

veamos si le mueve más

quien le debe obligar menos.

Para esto os he llamado,

Joviano, y pues para hacerlo,

demás de mandarlo yo,

tenéis la causa que tengo,

siendo (quien por nuestra ley

mísero, abatido, y preso

a morir de una injusticia)

viviendo está de su desprecio,

ved cómo habéis de lograrlo

cuando os llaman a emprenderlo

obligaciones de amigo

y leyes de caballero.

Joviano.

Quién creyera que lo que el desear

Pag. 31

Joviano.

me ha mandado, sea lo mismo

que la emperatriz me manda;

mas ¿qué discurro, si puedo

solo con una obediencia

facilitar dos obsequios?

Y bien extraño...

Sale Juliano, Jobiano.

Joviano.

Gran señor, cuando te veo

me rebosan por los ojos

las llamas que hay en el pecho.

Juliano.

En tanto que los despacho,

con Máximo, a quien espero,

unas consultas, esperas,

pues al jardín saldré luego

ejecutar mi mandato;

que con pausas pretendo, yo,

dar libertad a Mercurio.

Aparte.

Joviano.

Verás cómo te obedezco.

Ya no por ti, sino solo

por aquel tirano bello,

dulce veneno por quien

fiero rigor por quien muero.

Vase, y sale Máximo con unas cartas abiertas y un librito pequeño en la mano.

Juliano.

Ya que para la victoria

a que enamorado anhelo

no bastan con rebeldías,

finezas ni vencimientos,

basten traiciones y engaños,

que en amor no vale menos

que una rendida paciencia,

un cauteloso despecho.

Y a solas con él.

Máximo.

Señor.

En el margen superior derecho: 2 y 3

Juliano.

Y en que estamos solos, di,

Máximo, ¿qué traes de nuevo?

Máximo.

Cartas son cuyas noticias

son de importancia.

Juliano.

Primero

me dirás la que mandé,

por estar ya en mi gobierno,

dirigir a Iberino

para lograr mis intentos:

¿escribiste?

Máximo.

Solo falta,

para partir el correo,

que la firme vuestra alteza,

pasando a informarse luego

de las grandes novedades

que ocurren.

Juliano.

Nada mi pecho,

Máximo, altera, que soy

viviente muro de acero;

y pues nada importa más

a mi venganza y mis celos,

que castigar de Mercurio

el arrojo, a cuyo efeto

escribir mandé esa orden,

muestra, que firmarla quiero.

Máximo.

Esta es; ¡que no hagan los dioses

de tu pasión tal escarmiento!

Fírmala y lee.

Pag. 32

Juli.

Lo he firmado.

Firma.

Max.

Aunque en quitarle

la vida haces presupuesto

que en la religión del gusto

te has ofendido, no comprendo

con qué motivo, a Cesárea

le has de enviar estando preso

en la torre de Palacio,

como han dicho, resuelto

a morir mil veces, antes

que confesar por supremo

otro Dios, que al que él adora.

Juli.

Prevenida industria tengo

con qué brindarle el castigo

entre el embozo del premio;

pues con fingir que el bastón

de que ahora está depuesto

le restituyo, podrá

ejecutar mi decreto

Tiberino, pues es fuerza

que yendo a servir el puesto

haya de entrar en Cesárea,

conque en una acción adquiero

mi venganza, y mi victoria;

pues la rendiré, si espero

persuadir a Selenisa.

Maxi.

Pues ha de decirlo el tiempo,

ocurramos a lo que ahora

pide más pronto remedio.

Juli.

Di, ¿qué hay de Persia?

Max.

Que Ydaspes

su nombre niega los feudos

que como colonia suya

siempre ha pagado al Imperio;

al mismo fin reclutando

sus tropas quiere, soberbio,

disputarlo en la campaña.

Juli.

A él le pesará bien presto;

pues en persona he de ir yo

a hacer guerra, a cuyo efecto

dispondrás lo necesario.

Max.

Tiberino en este pleito

se ha visto como Basilio,

sin que le reporte el freno

de esta amenaza, a quien más

a sus órdenes opuesto

favorece a los cristianos.

Juli.

¿Qué hombre es ese?

Max.

Según ellos,

el que más con su Dios vale;

según los vanos portentos

que por él obra, dice ser,

aunque pobre, enfermo y ciego,

Obispo actual de Cesárea.

Juli.

Poco ese enemigo temo;

pues sin mi enojo, aun

va amenazando el tiempo.

Max.

La noticia que la carta

incluye, trujo un correo

de Susa, acompañada

de un librillo pequeño.

Pag. 33

Max.

por ser de grande importancia

la mañana dejé, creyendo

que querrás tú leerla.

Lee.

Juli.

Muestra.

Letra es de Rubén Hebreo,

y dice así: Al ver el libro

todo me he cubierto en hielo.

Max.

Pues yo lo sabré después,

lee para ti, porque creo,

según el ruido, que alguien

nos pueda oír.

Sale Fortún con un memorial en la mano.

Fort.

Ya que tengo

llave de entrada, mediante

la introducción del gracejo,

de que la emperatriz gusta,

a hablar al césar me atrevo,

y valga lo que valiere.

Max.

Admirado está leyendo,

¿qué será lo que la carta

incluye?

Juli.

Raro portento.

Max.

El criado de Mercurio

es el que ha entrado.

Juli.

¡Qué miedo,

cielos, es este, que en mí

ha causado el ver que dentro

de este libro, con tanta alma

me amague tan poco cuerpo!

Mas vete sin remitir

esa carta, ni un momento

de tiempo pierdas, pues voy

cuanto he de ver, haciendo

después que a Nisidia vengo

a palacio, porque quiero

que al fin como profecía

de los dioses, los misterios

de este libro me descifre

el día que el nuevo templo

que en palacio he fabricado

a nuestra deidad ofrezco

con himnos y sacrificios.

Max.

Alas le pediré al viento

para obedecerte.

Vase y por el otro lado sale Fortún.

Fort.

Ya

que está perdido el dinero

de mis raciones, veamos

si los servicios que le he hecho

premia este hombre.

Juli.

Con qué susto

te abro, para ver si venzo

este asombro.

Abre el libro.

Fort.

En la ceniza

hemos dado con los huevos.

Juli.

Evangelia Jesuchristi

Secundum Joannem.

Fort.

Lo llego.

Juli.

El primer párrafo

Fort.

a andares.

Juli.

Dice: In principio erat verbum

et Deus erat, mas ¿quién

está aquí?

Arrodíllase.

Fort.

Un soldado viejo,

ético de desazones.

Pag. 34

Forl.

y baldado de pregunticos.

Juli.

¿Qué pretendéis?

Forl.

Yo, señor,

he servido como un perro

a Vuestra Alteza, y en fuerza

de mis servicios, pretendo

un tercio.

Juli.

Mucho pedís.

Forl.

No mucho, que con dos tercios

empecé a ganar mi vida.

Juli.

¿Cómo?

Forl.

Como he sido arriero.

Juli.

¿De dónde sois?

Forl.

De Tetuán.

Y vine entre un surgimiento

de monos, a ver si acá

valen algo más los gestos.

Juli.

¿Vuestro nombre?

Forl.

Forloncillo.

Trasto que se introdujeron

los doctores, para ir

a visitar el invierno.

Y si quiere Vuestra Alteza

saber mi abolorio, presto

le oirá en términos.

Juli.

Decid,

que mal mis penas advierto.

Forl.

Don Coche Zumbón, que hoy goza

privilegio tan altivo

como ir dos en cada estribo,

casó con Doña Carroza.

Éstos, de su vida al fin,

una hija tuvieron, que es

Doña Calesa, que después

casó con Don Carrocín.

Un Carrocín que viudo era

de la amada esposa suya,

tuvo a Don Coche de Rúa

en una Doña Litera.

Este Rúa, en conclusión,

casó de allí a dos veranos

con Doña Silla de Manos,

en quien tuvo a Don Forlón,

que soy yo, y yo en quien hoy cela

familia tan peregrina.

Viudo de Doña Berlina,

casé con Doña Calesa,

de quien tengo, porque amante

premie mis finezas raras,

una niña de dos varas

que es Doña Silla Volante.

Juli.

Buen humor gastáis.

Forl.

Con vos

tener otro, fuera en vano.

Juli.

Y decidme, ¿sois cristiano?

Forl.

Sí, por la gracia de Dios.

Juli.

¿Qué decís?

Forl.

Que en lo que hablo

os mintió mi miedo vil.

Juli.

Según eso, sois gentil.

Forl.

Sí, por la culpa del diablo.

Juli.

Cristiano y gentil, espero

saber cómo se ha juntado.

Pag. 35

Fortunato.

Soy cristiano arrastrado

como perro perdiguero.

Juliano.

Decid.

Fortunato.

La Soberana Virgen

me dio esta fe, indecente

de ser venerados Numenes.

Sale Mercurio, y Juliano.

Joviano.

Aquí este Juliano llega.

Mercurio.

En fin pretendes, Joviano,

que a un Rey tirano, así de mí

ruegue indignamente?

Joviano.

Sí,

que este Rey, aunque es tirano...

Juliano.

Mercurio, estás aquí?

Fortunato.

Él, entonces,

desgracias lo negará,

que yo no sé dónde está,

mas ay de mí.

Mercurio.

A estas plantas.

Juliano.

Pues, cómo? Vos?

Joviano.

Si esta es culpa,

solo mi amistad padezca

el castigo, pues yo fui

quien, porque de su clemencia...

Juliano.

Bien está.

Fortunato.

Él es, vive Cristo.

Juliano.

Quitaos de mi presencia,

que a no daros tanta mano

mi favor, quizá no os diera

mi favor tanta osadía.

Joviano.

Señor.

Juliano.

Idos.

Joviano.

Aunque sea

fuerte esta ira, me atreva

el hacer de complacerla.

Vase.

Fortunato.

Mas Joviano, por qué vas,

si para cobrar mi hacienda

me da algún medio...

Vase.

Juliano.

Soldados,

prendedle después.

Fortunato.

Norabuena.

Mercurio.

Aunque se...

Juliano.

Cuidado a tus iras.

Mercurio.

Que de la prisión estrecha,

en que animado cadáver

viví a merced de mis penas,

inútilmente me saca

la esperanza de piedad,

en ensordecer su venganza

los gritos de mi inocencia;

no obstante, a fortuna infausta,

porque no tenga mi estrella

vanidad de absoluta

en los decretos de Astrea,

mísero, abatido y pobre,

me arrojo, señor, a las

veneradas plantas tuyas,

no porque cobarde intente

mi vida, huir del sangriento

precipicio que la espera,

sino porque de mi honor

la trémula luz funesta

ni perturbada vacile,

ni anochecida fallezca,

mi esposa, señor...

Pag. 36

Juli.

Mercurio,

alza a mis brazos, que es fuerza,

ya que nadie nos escucha,

hablarte de otra manera.

Al paño Selenida y Constanza cada una por su lado.

Selen.

¿Qué es lo que miro, fortuna?

Cons.

Cielos, ¿qué mudanza es esta?

Selen.

¿El César habla a Mercurio?

Cons.

¿A Mercurio abraza el César?

Selen.

¿En qué parará esta dicha?

Cons.

¿Adónde irá esta cautela?

Selen.

Oír lo que hablan importa.

Cons.

Alta voz, el fin atienda.

Juli.

Ya sé que has anticipado

en las fronteras de Persia

el Imperio, más victorias

que hay puntas en su diadema.

El Hidaspes, pretendiendo

sacudir de mi obediencia

el yugo, reduce el pleito

al tribunal de la guerra;

mis tropas, que en la ciudad

de Cesarea se acuartelan,

solo aguardan que haya quien

las mande para que venzan.

Pues ¿quién sino tú podría

en tan arriesgada empresa

ennobleciendo mis armas

avasallar su soberbia?

Ya eres general altivo

de mis tropas, ya te entrego

mi amistad, fiando

el bastón, que de tu diestra

solo digna insignia puede

infundir espanto al persa.

Pues si mi amor por ti hace

tan singulares finezas,

¿qué harás tú por mí, en borrar

de tu errada ley...?

Mer.

Espera,

que todo me sobra

si quieres que mi ley pierda.

Cons.

¡Qué poco duró mi gozo!

Selen.

¡Qué presto llegó mi pena!

Juli.

¿Qué dices?

Mer.

Que si el dominio

de dos mundos, redujeras

al Pastor lindo, después

tachonándole de estrellas;

si de tu laurel augusto

al sacro círculo encierras

cuantas triunfantes coronas

el Imperio respeta;

para coronar con ellas

mis sienes, no solo de ellas

desprecio hiciera mi fe,

sino que a mis plantas puestas,

para no dejar memorias,

las redujera a pavesas.

¿Yo por un premio caduco

dejar una vida eterna?

¿Yo por complacer a un tirano,

desenfrenada violencia,

ofender al verdadero

Dios, que confieso, la inmensa

majestad con que Uno y Trino

por siglos de siglos reina?

No, rey, que...

Pag. 37

Juliano.

Calla, villano.

Que de vivo yo me pesa

de haberse manifestado

aun sin vida mi clemencia.

¿No eres mi vasallo?

Mercurio.

Sí.

Juliano.

¿En quien de leal se precia

no es la obediencia precisa?

Mercurio.

No, si es culpa la obediencia.

Juliano.

¿Sabes que puedo quitarte

la vida?

Mercurio.

Y ¿sabes que anhela

mi constancia a eternizarla

con solo saber perderla?

Juliano.

¿Cómo, traidor?

Mercurio.

Advirtiendo

que en la gloria que me espera

no muere quien vive en Dios.

Tírale al suelo y salen las dos.

Juliano.

Ya es delirio mi paciencia

a vista de tu locura.

Bárbaro, y para que veas

que de ese error solamente

coges el fruto en afrentas,

en el suelo, humana alfombra

de mis plantas, entre ofensas

sirvas, quien...

Mercurio.

¡Ay de mí!

Constancia.

No le pises.

Selene.

No le ofendas.

Constancia.

Antes me da muerte a mí.

Selene.

O antes en mi vida estrenas

el rigor.

Juliano.

Con vuestros ruegos,

en vez de aplacarse el ira

de mi enojo, cada soplo

le despierta una centella.

Selene.

¡Mercurio, señor!

Juliano.

Ingrata,

¿dónde vas?

Selene.

A donde pueda,

si le maltrata tu enojo,

aliviarle mi fineza.

Juliano.

No será mientras mis celos

duran, y para que adviertas

a quien engañada adoras

y a quien esquiva desprecias,

mírale segunda vez

ultrajado en tu presencia.

Písale a Mercurio, quiere levantarse y vuelve a caer.

Constancia.

¿Qué ceguedad?

Selene.

¿Qué insolencia?

Mercurio.

Que esto mi valor consienta

sin que anime a mi agravio.

Pero, señor, vengan, vengan

más injurias, si el sufrirlas

mérito es de padecerlas.

Juliano.

¿Conoces ya mi poder?

Mercurio.

Sí, pero no me escarmienta,

por más que decir escuche...

Juliano.

¿Qué?

Dentro Música.

Venid, venid, bellezas,

y al nuevo templo dad nuevas ofrendas.

Juliano.

¿Qué es esto?

Sale Maximiano.

Maximiano.

Que ya, señor,

conduciéndose a la esfera

del templo que en tus jardines...

Pag. 38

Mercurio.

Solenisa, me enterneces,

pues solo tu pena siento.

Joviano.

¿Cómo quieres que no sienta

el alma, en raudales, viendo

mi desdicha, su bajeza?

Mercurio.

Padecer por Dios es dicha,

y por si esta es la postrera

vez que nos vemos, los brazos

me da, y adiós.

Abrázanse.

Solenisa.

Él te vuelva,

aunque infeliz, a mi amor.

Joviano.

Ven, Mercurio.

Mercurio.

Tú me llevas.

Joviano.

Sí, mas será para que

al instante que anochezca

te ponga en libertad.

A él.

Soldados.

Vamos.

Mercurio.

No por huir la daré

a mi fe, sino por vengar

los oprobios de la secta.

Vanse los dos y queda sola Solenisa.

Solenisa.

¿Es posible, corazón,

que a vista de tan violenta

inundación de pesares,

osadamente conserves

las alas con que palpitas,

los espíritus con que alientas?

Si de este golpe no mueres,

inmortal serás, a pique

de injurias que, atropelladas,

unas con otras se encuentran,

si no es que al verme...

Sale Irene.

Irene.

Señora,

¿no vienes a ver la fiesta?

Pag. 39

Irene.

que en el nuevo sacrificio

Sosan.

suspenda, infame, la lengua,

y pues lo muero de fina,

no me mates tú de necia.

Vase.

Irene.

Fuese; pero ¿qué me importa

que se vaya o que se venga,

para que yo en el festejo

estrene esta escarapela,

vestido erizo de cinta,

azul, lechuga, de seda?

Y pues ya está de aquí lejos,

pies, para qué os quiero, aunque ella

menos me eche en la posada

de nuestra guardilla vieja.

Apare.

Descúbrese un altar suntuoso en que estará la estatua de Mercurio, delante un ara con fuego; por el lado diestro salen Juliano, Constancia y Libio, y por el siniestro Máximo, Artidia y ninfas coronadas de flores con unos canastillos en las manos con flores, palomas y otros dones, y mientras cantan los ofrecen al ídolo.

Músicos.

El imperio del Oriente,

a su deidad soberana

religiosamente postre

las víctimas y las palmas;

porque en sus aras

las unas luzcan y las otras ardan.

Juliano.

La bellísima Artidia,

que con la hermosa y ufana

tropa de ninfas ilustra

la vanagloriosa estancia

de este templo, que, añadido

alcázares de mi alcázar,

y la que en rendidos dones

ante su divina estatua

dais materia reverente

a las encendidas llamas

de esa pira, en cuyo fuego

hasta el corazón se abrasa;

oíd el intento a que hoy,

no sin gran causa, te llama

mi asombro, para que, en fin,

como profetisa sabia

de los dioses, las tinieblas

despejes de mi ignorancia.

Artidia.

Si tantas veces por mí

revelaron sus sagradas

voces los altos misterios

que avisan con lo que fallan,

con razón de mí confías

la solución.

Constancia.

¿Qué me dará

el riesgo de mi pesar,

el ceño de mi desgracia?

Irene.

Líbreme Dios a la hora

de ver qué ha habido de nuevo.

Libio.

Nada;

más presto lo sabrá.

Juliano.

Vasallos,

oíd a nuestro monarca.

Irene.

Más, que es otra novedad,

aún peor que la pasada.

Juliano.

De aquel portento del siglo,

de aquel asombro del Asia,

de aquel, pues, que templo augusto.

Pag. 40

Juliano.

De la presunción judaica

fue de Vespasiano y Tito

arruinado triunfo, a causa

de querer que sus cenizas

publicasen su venganza,

dando a entender que fue injusta

(¡cuánto la aprehensión engaña!)

la muerte del Galileo,

ese a quien por Dios aclaman

los cristianos; los persigue

la cólera de mi espada.

Y queriendo el afán hebreo

reedificar a mi instancia

la antigua pompa, en desprecio

de la vanidad romana,

apenas en sus cimientos

dio el primer golpe la azada

cuando, enojado el cielo,

a impulsos de una borrasca,

suspiró truenos, y ardientes

sus inmensas cataratas,

por abrasar lo que mojan,

llovieron fuego en vez de agua.

En cuyo espanto, rompiendo

las preñeces de una zanja

oscura boca, por quien

polvo escupe y humo exhala,

les obligó a que por ella

descendiese a registrarla

un esclavo, el cual saliendo,

a pesar de tanta infausta

niebla, informándose de ella,

salió trayendo (que había

hurtado al genio este libro,

sin que se lo embarazara

la profunda transparencia

de un estanque, en cuya vaga

inquietud, era una piedra

el trono que le guardaba,

sin que el agua le humedezca

ni el peñasco le deshaga),

este, pues, en cuyas hojas

los evangelios se guardan

de Juan, discípulo amado

de ese hombre, que en la cruzada

ara de un leño, veneran

las ceguedades cristianas,

es el que hoy desde Judea

(como asegura esta carta)

a mis manos llegó, y pues

solo quiero que informada

de su contexto, me expliques

los misterios que recata,

o mal leí de ese primer

capítulo, en que ofuscada

mi ciencia, en cada renglón

muchos laberintos halla,

los misterios me descifra

y las tinieblas me aclara.

Ana.

Sí haré para que conozcas

Pag. 41

37

Max.

A cuanto mi estudio alcance.

Mas con causa admiro el aviso

de novedad tan extraña.

Dale el libro.

Juli.

Pues ¿a qué aguardas?, mis dudas

esperen en tus palabras.

Como leyendo.

Aric.

En los misterios sagrados

de esta primera plana,

que en el principio era el Verbo,

dice, Juan, que el Verbo estaba

en Dios, y el Verbo era Dios.

Conque, respecto de que habla

de la eternidad divina,

de la esencia soberana,

pruebo en forma que son todas

sus proposiciones falsas,

acuso su vanidad

del espíritu que me inflama,

arguyo de esta manera...

Juli.

Y empieza.

Max.

Di.

Cons.

Por su causa,

vuelva el cielo, al ver cuán ciega

esta obstinación le agravia.

Como que no puede hablar.

Aric.

En el principio, mas ¡dioses!,

¿qué nudo es este que me ata

la voz, que mi propio aliento

es dogal de mi garganta?

Lib.

¡Ay, Irene, qué hace gestos!

Juli.

¿De qué, Aricidia, te espantas,

qué te suspende?

Aric.

Un horror,

un susto, un mal, una rabia;

que invisible áspid del pecho

a cuanto muerde despedaza;

mas no importa; en el principio...

Juli.

Prosigue.

Cae desmayada.

Aric.

¿Cómo, si el habla

torpe, ahogado el aliento,

entumecida la planta,

yerto el pulso, helado el pecho,

y, en fin, en batería tanta,

muriendo de lo que animo,

¿vivo de lo que me mata?

¡Ay de mí, infeliz!

Ire.

¡Ay, Palas!

Max.

¡Hija!

Juli.

Aricidia, privada

de un desmayo solamente,

con lo que firme descansa.

Cons.

O si al dueño sucediese

el rayo.

Juli.

Si de esta gran falta

ruina fue instrumento el libro,

presto se verá vengada;

viendo que, débil ceniza

de las encendidas aras

de esa pira, también muere.

Voz dentro.

No hará, que es Dios quien le guarda.

Al querer arrojar el libro en las llamas vuela rápidamente y, sumiéndose la pira, cae despedazada la estatua, sonando truenos y ruido grande de cadenas dentro.

Pag. 42

Juli.

¿Qué es esto, Dioses?

Ire.

Volar

como quien no dice nada.

Const.

Desvanecida la esfera,

toda es humo.

Max.

Derribada

la estatua, a menudos trozos

se redujo.

Jul.

De esfera, en roncos gemidos,

el toro celeste brama.

Roncos gemidos

700

Todos.

¡Qué pasmo!

Juli.

Retirad, ninfas,

esa beldad desmayada.

Ire.

A bien que no habla conmigo,

que yo no lo soy.

Juli.

Constancia.

Const.

Máximo.

Iren.

Irene.

Unos.

Al jardín.

Otros.

Al parque.

Iren.

Toma, si escampa.

(Vase.)

Juli.

Huyendo voy de mí mismo.

Max.

Aun para huir me embaraza

el susto.

Dentro Juli.

Dioses, piedad.

Todos.

Clemencia.

Cubriéndose el templo, sale Mercurio.

Mer.

El cielo me valga,

pues al estrépito horrible

del temblor que desencaja

los candados de las puertas,

los goznes de las ventanas,

la que era de mi prisión

desampararon las guardas,

no sin motivo, que vieron

que al ruido de sus aldabas

desampararon el pino

cerraduras y bisagras.

Con que puesto en libertad,

por haber hallado franca

senda a mi fuga, no sé

por dónde, para lograrla,

he de salir, pues la densa,

confusa tiniebla pasa,

oscuramente deslumbra,

tímidamente acobarda.

Dios, cuya piedad inmensa

de injusto poder me saca,

mis pasos guíe.

Joviano por el lado contrario.

Jovi.

Sin duda

el cielo toma venganza

hoy del bárbaro despecho

de Juliano, pues cerradas

sus puertas, para el alivio

solo con truenos habla;

mas ¿qué temo, si resuelvo

a dar esta noche llana

vida a Mercurio? ¿Qué no

lo intento, cuando me amparan

las sombras, que por lograrlo

parece que se adelantan?

Pag. 43

Encuéntranse.

Mer.

Tente, tente.

Jovi.

¿Quién va?

Mer.

Un hombre

que, prodigio de la fama

y asombro de la fortuna,

viene a ser monstruo de entrambos.

Empuña la espada.

Jovi.

Nada al valor de Joviano

le asusta; tan fantasma,

hombre o monstruo, con mi acero

Mer.

Detén la valiente espada,

Jovi.

que a ti te busco,

Mercurio.

Mer.

Yo soy, ¿qué dudas?

Jovi.

¡Oh cuántas

son hoy mis dichas!

Mer.

El cielo...

Jovi.

No malgastes en palabras

el tiempo, pues junto al parque

con dos caballos te aguarda

forlón, en ellos te ausenta.

Mer.

¿Cómo he de volver la espada

al peligro de mi esposa?

Jovi.

Sabiendo que en mí la amparas.

Otro tú, y como me digas

el rumbo de tu jornada,

lo dispondré que te siga.

Mer.

Respecto de que en Cesárea

acuarteladas las tropas

que mandé, están, y a mi instancia

obedientes las discurro,

de su milicia se valga

mi denuedo.

Jovi.

Pues, amigo,

auséntate, pero en nada

de Tiberino te fíes,

que el que a su religión falta,

que a su amistad falte es fuerza.

Mer.

Dios piedades tan hidalgas

te pague.

Jovi.

Ven.

Mer.

Celonida,

conmigo se queda el alma.

Vanse. Y cesando el terremoto, salen huyendo algunos labradores. Detrás, siguiéndolos Tiberino y soldados, y detiéndole Basilio, barba, vestido de monje Benito, con su insignia y un crucifijo y un libro pequeño en la mano.

Bas.

No huyáis, hijos.

Tibe.

Villanos,

así pereceréis todos a mis manos.

Lab.

Que la fuga nos defienda

Entranse.

2.º.

nuestra planta,

libre las vidas de miseria tanta.

Bas.

Oíd, aguardad, que aquesa cobardía

no es hija del valor en que confía

el celo que os instruye.

Tibe.

Si eres el solo amparo del que huye,

alivio espera en vano;

deja su miedo, miserable anciano,

en defensa de cólera tan justa.

Bas.

Basilio el Grande soy, nada me asusta.

Tib.

Ya sé quién eres, porque mal pudiera

ignorarlo mi ardor, siendo mi esfera.

Pag. 44

Tib.

hipócrita asechanza, quien porfía

en abusar de la clemencia mía.

Y aunque a veneración mi saña mueve

el peinado diluvio de esa nieve,

cualquier respeto borra el ver que necio

del decreto imperial haces desprecio,

a todos instruyendo en el cristiano

rito, a quien tanto aborreció Juliano.

Basilio.

Es verdad, no lo niego, ni aunque fiero

me amenace el enojo de tu acero,

ni el fuego de esa pira, que violenta

de vidas de cristianos se alimenta,

jamás lo negaré, que tu delirio

la corona me ofrece del martirio

a que constante anhelo.

Libanio.

Por Júpiter, mayor deidad del cielo,

una y mil veces juro

que del volcán cruel, o el metal duro,

y un agudo, otro ardiente,

te dé hoy día escarmiento

si en ese error prosiguen tus hervores;

pero, ¿a qué pienso? De esos labradores

seguid la fuga, por distintas partes,

sin que mágicas artes

de mi enojo los libren, de manera

que alguno de ellos, sea en esa hoguera

escarmiento de bárbaros excesos.

(Vanse.)

Soldado.

Presto a tu vista los traeremos presos.

Basilio.

Dichosos ellos, si su vida ofrecen

a este Señor por cuya fe padecen.

no

Libanio.

Sabes que de su ley en vituperio

establecida ley es del Imperio,

la que a todos os veda

aprender y enseñar, sin que os quede

destitutos de dotrina?

no

Basilio.

Sé que, fiando en la piedad divina,

Proheresio, insigne sátrapa de Atenas,

a quien de tantas hoy impuestas penas

exceptó el César, por que solo él fuese

el que las enseñase o aprendiese,

despreció el privilegio, haciendo alarde

de no temer sus ímpetus, cobarde,

pues respondió que hacía más aprecio

de ser cristiano, y necio

que de su fe en agravio.

no

Libanio.

Sabes que por no haber obedecido

al César, se miró desposeído

Athanasio del puesto que obtenía?

no

Basilio.

Sé que por Dios gustoso le perdía.

no

Libanio.

Sabes que en la Tebaida y sus desiertos

viviendo encubiertos

hasta ahora, a merced del hado vario,

la fe de Eusebio, y el amor de Hilario,

sus dos grandes amigos?

no

Basilio.

Sé que al cielo estimaron sus castigos,

y, en fin, sé que en cualquiera infausto extremo,

mientras yo tenga a Dios, a nadie temo.

no

Libanio.

ya que obstinadamente

tú en tus errores porfías,

quédate, que yo daré

al César esta noticia.

Pag. 45

27

41

Libanio.

pues mal puedo, sin su orden,

castigar su rebeldía;

pero quédate sabiendo

que, porque el mirar te aflija

de tu errada ley ofensas,

de tu ciega aprehensión ruinas,

haré por continuamente

a las llamas de esa pira,

en cristianos escarmientos,

ir añadiendo cenizas;

y presto, si a esta ciudad

mi fortuna te encamina,

será Mercurio testigo

de esta verdad, pues mi dicha

cree que en hacer al César

tan grande lisonja estriba.

Vase.

Basilio.

Sí harás, que Dios para más

mérito de tu familia

te permite riguroso.

¡Y ojalá fuese mi vida

quien estrenase su enojo!

Pero teme su justicia,

que lo que un siglo consiente

en solo un punto castiga.

¿Adónde mis labradores,

huyendo de la enemiga

saña de quien los persigue,

habrán ido?

Sacan los soldados a empellones a Fortón y Mercurio, que salen vestidos de labradores, y Fortón con una pava de fojas, y en ella, entre otros trastos, un hacha de partir leña.

Soldado 1.

¡Ande el gallina!

Fortún.

¡Miente él y toda su alma,

que yo no soy sino hormiga!

Soldado 2.

¡Venga él también!

Mercurio.

Fuerza es,

para no ser conocida

mi persona, que mi esfuerzo

estos ultrajes permita.

Soldado 1.

Ahora hemos de ver de qué

les sirvió la escapadiza.

Fortún.

¿Qué escapadiza, ni qué cazas?

Hombre del diablo, ¿no miras

que vengo de partir leña,

como lo dice esta hachita?

Soldado 1.

Presto puede ser que yo

te la parta en la barriga.

Fortún.

Hermoso tajo, y con pies.

Basilio.

Hijos, no temáis la esquiva

persecución que os ultraja,

que las piedades divinas,

si hacia el sentimiento os llevan,

con el galardón os brindan.

Fortún.

Ya a agonizantes, solo

nos faltan las campanillas.

Mercurio.

Este sin duda es Basilio,

pues el amor a que incita

y el respeto a que provoca,

calladamente lo afirman.

Soldado 1.

Venga ante el gobernador

él, y él también, por que digan

si son cristianos.

Fortún.

Si tal

dijere, ni en cortesía,

me lleve el diablo.

Mercurio.

Villano,

¿por qué niegas lo que sabías?

Pag. 46

Mercurio.

de publicar.

Fortunato.

Porque temo

lo de devanar las tripas,

quemar, freír y otras cosas;

pero antes que lo consigan,

ha de haber...

Soldado.

¿Qué?

Fortunato.

Lo que llaman

derrengaros las costillas.

Mercurio.

¿Qué haces, loco?

Andan a golpes Fortunato y los soldados, y sale Tiberino.

Fortunato.

Toma esa.

Basilio.

Sosiégate.

Fortunato.

Dale guindas.

Soldado 1.

Matadle.

Tiberino.

¿Qué ruido es este?

Fortunato.

Sí, es una niñería.

Mercurio.

Tiberino es, ya es forzoso

declararle mis desdichas.

Soldado 1.

Señor, como me mandaste

que a los villanos que iban

huyendo, prendiese...

Fortunato.

Miente.

Tiberino.

Callad.

Soldado.

A estos dos traía

a tu presencia, y llegando

Basilio a verlos...

Fortunato.

Mentira.

Tiberino.

Dejadle hablar.

Soldado.

Tomó este

tal ánimo con su vista

que osado...

Fortunato.

Mentira y media.

18 42

Soldado.

Solo nos embistió, y...

Tiberino.

No prosigas,

que entre muerte, más que miro,

¡Cielos!

Fortunato.

Ya le ha visto chispas.

Mercurio.

¿Qué dudas? Mercurio soy,

que no porque desmentida

mi nobleza, en este traje,

humildes adornos vista,

mi nombre niego.

Basilio.

¿Tú eres

de la sagrada milicia

de Cristo el caudillo heroico,

pues diste como publica

la fama en Constantinopla

débil blanco a la ofensa

de Juliano?

Mercurio.

Sí, y quien besa

solo la tierra que pisas.

Tiberino.

Mercurio, no es tiempo de eso,

pues solo es bien que colijas

el riesgo en que estás.

Mercurio.

¿Yo riesgo?

Pásase a él Mercurio.

Tiberino.

Esa barra te lo diga.

Fortunato.

Padre, por amor de Dios,

que si esta gente maldita

quisiere martirizarme,

disponga que no me frían

en aceite.

Basilio.

¿Por qué, hermano?

Fortunato.

Porque yo no soy torrijas.

Tiberino.

A la vista...

Mercurio.

Sí.

Pag. 47

Tiberio.

Pues para

que veas cuánto me obliga

tu amistad, como a los dioses

Mercurio.

No prosigas, no prosigas,

que no es dádiva un favor

en cambio de una injusticia.

Tiberio.

Pues ¿qué resuelves?

Mercurio.

Morir.

Y a la estrella que me guía

al suplicio, debe estar

mi fineza agradecida,

pues me añade una corona

con la vida que me quita.

Folco.

Buena jornada hemos hecho.

Mercurio.

¡Oh, qué en vano solicitan

las diligencias humanas

asegurarse en sí mismas!

Pues bajel que rige el cielo,

le enseñe el norte, camina

tanto como en la borrasca,

dentro del puerto peligra.

Tiberio.

Escuadra que disfrazada

para administrar justicia

estás en Cesarea, el César

en esta carta me envía

orden para que castigue

la sacrílega osadía

con que Mercurio a los dioses

a borrar el nombre aspira.

Y así en el común teatro

de aquella hoguera encendida,

En el margen entre columnas hay un texto vertical marcado para inserción, de difícil lectura: "que castigue el rudo arrojo insolente de la culpa y reconociendo vuestro error le deis en obediencia a mi piedad las armas para que advierta vuestra ciega ignorancia que el ardid que hace tan fiero en obrar Mercurio no es de lágrimas mas digno y a los dioses los rinde porque le defiendan."

Otros.

¡Ea, mira,

Tiberino, que es desatino

del valor que honra y gala,

muera nuestro General!

Unos.

Sabed que la culpa que le adjudica

es de religión y fuero,

no hay alguno que le exima

del castigo.

Otros.

¿Qué causa es?

Tiberio.

Vana ficción de la envidia.

Soldados, ved que intentáis

su libertad, y de la misma

culpa sois vos.

Otros.

Nosotros

moriremos porque él viva.

Folco.

¡A buenos cristianos!

Unos.

Pues

solo el acero decida

la cuestión.

Mercurio.

Tened las armas.

Tiberio.

Ninguno el acero esgrima,

pena de traidor.

Otros.

Primero que lo consigas,

hasta librarle.

Unos.

Esto es

favorecer la justicia.

Tiberio.

Matadlos. Pues descubren

los errores que patrocinan.

Van entre crueles discordias,

toda la ciudad movida,

se va el motín encendiendo.

Entranse riñendo y Tiberino deteniéndolos.

Mercurio.

Pues en que yo muera, es

la muerte gustosa hoy.

Pag. 48

Mercurio.

por daros mi vida por todos ellos.

Ban.

Espera la planta, suspende, y mira,

hijo, que guíe este acaso

es disposición divina.

Firl.

Llégate, Padre, que es hombre

que en esa hoguera encendida

se echará como si fuera

un colchón de pluma, viva.

Ban.

Tras él iré.

Vase.

Unos.

Mueran todos.

Otros.

Todos mueran.

Arroja la hacha, y al irse a entrar le detiene Tiberio.

Firl.

¡Cuál ahora bien loco se ha

quedado, mozo, y

para que no me impida

el correr el peso, vayan

las alforjas a Turquía.

Tiber.

¿A dónde, villano, vas?

Firl.

Va, descampa, y llama China.

Sale un soldado.

Dent. Unos.

¡Mercurio muera!

Firl.

Arrea allá.

Otros.

¡Mercurio viva!

Sold.

Señor, ¿qué haces?, que en tropel

ya la ciudad dividida

está a pique de perderse.

Coge la hacha.

Tiber.

Pues para que no se diga

que darte vida lograron,

y porque mi espada invicta

no quede de este traidor

con la vil sangre teñida,

este rústico instrumento,

con su acerada cuchilla,

pondrá paz en la discordia

y en su cancela.

Firl.

¡Por San Dimas!

que con el hacha en la mano

va el hombre rompiendo cancha,

y a el paso contino rompe,

y a mi pobre amo atisba,

ya se le acerca, ya enarbola

la navaja campesina.

¡Zas! y por errar la sien,

le ha dado en las orejillas.

Dentro Mercurio.

Mer.

¡Jesús mil veces!

Salen los soldados con las espadas en la mano, y Tiberio.

Tiber.

Ninguno

se mueva en ofensa mía

si irritar no quiere al César.

Sol. 1.

Ya que el cielo no castiga

esta maldad, y Juliano

tanta traición motiva,

salgamos de la ciudad.

Tibe.

Ved que os denuncia, precura,

fue este arrojo.

Sol. 1.

Toca a marcha.

Vanse.

Tiber.

Por no hacer la carnicería

los redimo. Voy tras ellos.

Vase.

Firl.

Malos dolores de tripas

os dé Dios.

Sale Bantiro trayendo en los brazos a Mercurio con la hacha en la cabeza vertiendo sangre.

Ban.

Hijo Mercurio,

pues ya la corona invicta

del martirio conseguiste,

la turbada planta anima,

porque de expirar acabes

junto al templo de María.

Merc.

En su auxilio confiado

vamos hacia donde rinda

gozoso a sus pies mi último aliento.

Pag. 49

Feliciano.

Con su auxilio, y pues le pido,

el mi espíritu derrama.

Amo mío, ruega a Dios,

cuando allá en la gloria, a fin

que me libre de casado.

Basilio.

Ya espiró, mas, amigos, espera.

No muere quien vive en Dios.

Ah, señores, hasta la vista,

que en esta jornada muere

y en estotra resucita.

Jornada tercera

Pag. 50

Tocan marcha y, por el lado diestro, salen Constancia, Irene y Libia de luto; Juliano y Máximo; por el siniestro, Tiberino y Basilio con un canastillo, y en él algunos panes, sobre unos haces de heno.

Tiberino.

Juliano invicto, cuya heroica frente,

ceñida de los rayos del oriente,

hace que a los impulsos de Belona

soles por piedras brille la corona;

y hermosa emperatriz, en quien Bizancio

la sucesión venera de Constancio,

a vuestros pies está, quien a ellos pone,

para que al humillarse se corone

del valor que demuestra,

la lealtad mía y la grandeza vuestra;

pues de las dos asiste en tanto día,

justo es que ceda la fineza mía

insignia que en Cesárea me previno

subdelegado el mando.

Juliano.

Tiberino,

tu lealtad y mi amor son alusiones

a más altos favores,

pues deberá el aliento sin segundo,

en vez de una ciudad, mandar un mundo;

alza a mis brazos.

Constancia.

Con el favor que emplea

mi esposo en vos, mejor testigo sea

de cuanto estimo yo vuestra persona.

Tiberino.

No hay para mí, señora, más corona

que estar a vuestras plantas, pues en ellas

Pag. 51

Tiberino.

me ennoblece el contacto de sus huellas.

Juliano.

Bella ciudad, Joviniano,

Joviniano.

hermosa, fuerte,

los dos extremos sabe unir de suerte

que es asombro del arte,

jardín de Flora, antemural de Marte.

Juliano.

Mucho siento que el ansia acelerada

con que allanar procuro mi jornada

por castigar al Persa, a mi deseo

gozar me niegue su pensil sabeo.

Bien sabiendo de quedarse en ella

su esposa, en tanto que feliz mi estrella

me vuelve victorioso,

celebro que su ameno, su frondoso

deleitable país divertir pueda

mi ausencia.

(Aparte)

Constancio.

Mal podrá, quien sin vos queda,

alivio hallar, que acalle su tormento, si

en tanta pena, miento,

pues enemigo de la ley que sigo,

deseando huir de mi enemigo.

Joviniano.

Ojalá en esta empresa el hado vario

vengue, flechado de marfil contrario

sobre otro pecho, porque en mis desvelos

te deje a ti sin vida, a mí sin celos.

Juliano.

En fin aquel traidor vasallo impuro

que de mi religión solemne rito

a las leyes faltó, murió infeliz.

Liberio.

Bien su culpa tu venganza dicta,

pues de su cuello al fuerte filo agudo

aun dar, señor, no pudo

más que un aliento por despojo al hado.

Joviniano.

Siendo mi brazo quien cortó el camino

a pesar del motín, que defendía

su vida, y ciego en astucia mía

obviando el daño que su ardor previno.

Juliano.

Mayor lisonja, amado Joviniano,

en mi vida me has hecho.

Artemio.

Si adular con su ruina su despecho

a su cólera aplace,

no dejes de aquí darse

el sepulcro en que el celo religioso

de los cristianos, inmortal reposo

ha dado a sus cenizas, persuadido

errado o advertido,

a que mártir de Cristo, eternamente

ha de vivir en Dios, cuyo imprudente

juicio, dispuso que sus armas tenga

aun muerto, junto a sí, porque prevenga

Juliano.

A más furor su voz me precipita

que mi pasada ofensa, el ver, que aun muerto

suplica su primero desacierto.

Mas, ¿quién, dime, a ese engaño reducido,

honor ofrece a un mísero abatido

cristiano vil, entre miserias tantas?

Basilio.

Quien humilde, señor, besa tus plantas.

Juliano.

Venerable esqueleto, cuya vana

confusa forma la razón engaña,

pues confundiendo especies, talle y brío,

parece que eres sombra, y no eres sino monstruo.

¿Quién eres, di?

Basilio.

Quien del redil cristiano

pastor indigno en el país pagano

que nuestra ley padece, con sus quejas

consuelo es de mis tímidas ovejas.

Liberio.

Basilio, gran señor, a quien por santo

Pag. 52

100

Liberio.

erradamente aplauden, es de tanto

continuado motín, causa primera.

Baní.

Es verdad que no fuera

de nuestro Dios tan rígido el castigo

a no ser malo yo, pues si conmigo

están sus justos juicios indignados,

claro es que son la causa mis pecados.

Julio.

¿Si a Mercurio, sabiendo que me ofende,

quien honrarle pretende

sepulcro honroso das?

Baní.

Quien le merece.

Con más razón que el que por discípulo padece.

Julio.

¿Quién por un Dios padece fabuloso,

pues muriendo en patíbulo afrentoso

con dos ladrones fue crucificado?

Demás que a un hombre bajo no le es dado

el honor de erigido Mausolo,

que a los Césares solo

concede la memoria de Artemisa.

Baní.

Dios no distingue estados, la ceniza

con igual pie la muerte que destroza

el regio alcázar y la humilde choza,

aquel más fama cuando muere adquiere

que sabe renacer de lo que muere.

Julio.

¿Dejará por mirarse venerado

de haber sido no más...?

Baní.

¿Qué?

Julio.

¿Qué? Un soldado.

Baní.

No, más que le merece, ya está visto,

porque soldado fue.

Julio.

¿De quién?

Baní.

De Cristo.

3

Julio.

Calla, caduco, y no hagas que primero

que responda mi voz, hable mi acero.

Baní.

Razón es que a tus pies me halle mi muerte.

Conn.

¡Qué dolor!

Jovi.

Que le ultraje de esta suerte.

Baní.

Y si humilde, pobre ruego,

o por pobre o por humilde,

merece que el ceño airado

de tu cólera mitigues;

que recibas te suplico

el afecto que apercibe

pequeño don, en tu obsequio,

pues si una vez le recibes,

grande le hará la cesárea

dignidad de quien le admite.

No nos concede, señor,

la miseria con que viven

en tu imperio los cristianos,

que aborreces y persigues,

otro don que el de estos toscos

panes, que a nuestra infelice

desventura, quizá porque

el gusto nos mortifique,

en amasado centeno

áspero pasto permiten.

Toma, prueba, sobre estos

haces de heno en que define

Job lo breve de esta vida,

cuando agostado se mire

de cualquier cierzo el corte.

Pag. 53

Baní.

de cualquiera sol que brille,

para refrescarte, siente

en la tarea insufrible

de las marchas, nuestro atento

vasallaje se te rinde.

no solo para que a ello

aunque escasamente alivies,

sino para que conozcas

el mísero estado triste

a que reducidos.

Arroja los panes y le tira el heno a la cara.

Julián.

Calla,

que para ver que prosigues,

no tendré paciencia viendo

cuán osadamente libre

de mi poder te burlas

y de mi arrojo te ríes.

Como bruto me has tratado,

caduco vil, pues me sirves

tan tosco, tan desabrido

sustento, que aun con melindre

se lo comieran mis lebreles,

cuya intención se colige

de ver que de heno corones

tantos enredados mimbres,

y aunque matarte pudiera

en castigo de que fuiste

tan bárbaramente osado,

no quiero que te castigue,

más que el desprecio de ver

que los panes desperdicio

y el heno a tu rostro arrojo,

para que cuando te tire,

diga, para el bruto vuelvo

pues para los santos, sirve.

Basilio.

Sabe mi Dios, que fue antes

que el irritarte, el servirte

mi intención; mas pues discurres

que como a irracional quise

tratarte, sabe, Juliano,

infiel, que aunque lo malicies,

no has errado en el concepto.

Julián.

¿Cómo?

Basilio.

Como ser el símil

más propio del pecador

el bruto (David lo dice),

en ser bruto paras, pues

en ser pecador te vistes

la idea, sí.

Julián.

Por los santos

dioses, que en la esfera asisten,

que solo por ti, en volviendo

de Persia (después que arruine

el templo de los judíos

a mi costa reedifique,

pues basta ser en ofensa

de tu Dios, para erigirle),

he de hacer que en sus altares

por víctimas sacrifiquen

vidas de cristianos, para

que de su abatida estirpe

memoria no quede al orbe.

Basilio.

Quizá a tan injustos fines

Pag. 54

Juli.

Atajara Dios los medios

Yaora pues para partirme

solo falta zelebrar

el sacrifizio a que vine

Con migo entrad, al glorioso

zelebrado Templo insigne

de Serapis, tu Jobiano

por que de mi apoyo cuides

quedate en zesarea, y tu

Maximo, mis armas rige

substituyendome en tanto

(ya que el camino prosiguen

mis tropas) que en un caballo

con la Jente que me asiste

te alcanzo sobre la marcha

Jobi.

aunque siento que me quites

el lauro, de ser yo quien

la zerbiz del Persa humille

solo obedezer me toca

Max.

Gran señor para servirte

a las le pedire al pase

Jobe.

en efecto te despides

de Cezarea sinque veas

aunque de verle te admires

el Sepulchro de mercurio

Juli.

si, porque no se al oirte

que aun muerto guarda sus armas

que nueuo susto visite

el Corazon

Jobe.

pues su majia

esas aprehensiones finge.

Juli. Pues me ayudara el que viue en Cezarea daquella impuesta las diligenzias que prevengo asta conseguir que humille su vanidad

Entra en el templo y la salva de Cajas y de clarines mil veces tachado: viva el cesar repita al viento Sonoramente plausible.

Todos.

Viva el zesar

al entrar

Todos. muera mas muera la secta de su cristo Y viua el cesar viva el Cesar

Basi.

Señora

Const.

no me dupliques

Basilio el pesar de ver

quan poco mi ruego sirbe

Basi.

Jobiano

Jobi.

es fiera de las fieras

nunca o tarde se corrigen

Basi.

pues si humano medio no ay

que su colera mitigue

para mitigarlas, Dios

divinos medios aplique

Se descubre vn sepulcro que a un tiempo se a de abrir de en medio punto. de vn Arco bruto de peñascos, pendientes una espada, vn escudo vn zelmo de acero y salen tachado: Basilio Selemija y forlon de pobres ridiculos

fort.

este es el sitio hermanita

adonde el sepulcro yaze

de mercurio, y pues la aplaze

el hacerle una visita

llegue, que nadie la quita

que reze a ver que como yo

Selem.

dichoso el, que merezio

por la gloria en que se uè

dar la vida por su fee

fort.

y dichoso el que embiudò

Pag. 55

Forl.

= Mas dígame, ¿dónde ha estado

escondida hasta este día?

Selen.

Fue la Santa Compañía

de Basilio mi sagrado.

Forl.

¿Si Juliano la ha encontrado,

la mata?

Selen.

Saña violenta.

Forl.

A Persia se fue, e intenta,

si vuelve, darnos la muerte.

Selen.

Dios es vida.

Forl.

De esa suerte

no se puede errar la cuenta.

Selen.

La que me guio hasta aquí

dejóme sola, Forlón.

Forl.

Voyme a echar en oración.

Selen.

¿Tan santo está?

Forl.

Hermana, sí;

pero desde que la vi

con naricilla roma,

el amor, que al santo asoma,

hace que saliva trague;

mas voyme.

Selen.

Dios se lo pague.

Vase.

Forl.

Y con su pan se lo coma.

Llega y se abraza del sepulcro.

Selen.

Insensible piedra fría,

que porque otra vez me mates,

aunque mi vida recates,

recatas el alma mía

en tu seno, amarga agonía;

mi esposo ocultas, tirano,

con que a buscar llego, no en vano,

piedra, según eres dura,

que hicieron su sepultura

del corazón de Juliano.

= ¡Qué mal en mi amor concierto

los consuelos que cultivo,

pues te idolatraba vivo

y no te puedo ver muerto!

Rompe de ese duro, yerto

e insensible mármol, esas

frías talladas empresas,

que si en polvo te derramas,

ya que no puedo, sus llamas

abrazaré, sus pavesas.

= Mas, ¡ay!, que en la nueva palma

que amorosa he conseguido,

para llegarme el sentido

se va retirando el alma.

¡Qué nueva soporada calma

es este fiero beleño!

Entre piedad y entre ceño,

es ni bien luz ni bien rayo,

muy dulce para desmayo,

muy áspero para sueño.

= Al pie del féretro helado

rendida al cansancio quedo,

mas donde vive mi miedo

aún no sabe mi cuidado.

Pag. 56

Artem.

pues si en faltar de su lado

la fe de mi esposo injurio,

no infame temor espurio

ha de blasonar de fuerte,

de que no espere a la muerte

junto a mi esposo.

Quédase como dormida junto al sepulcro, y va poco a poco bajando San Miguel armado como le pintan, sobre un caballo blanco con alas.

Sale Mercurio.

S. Mig.

Mercurio, adalid valiente

en las milicias de Cristo,

de quien fue triunfal adorno

la corona del martirio,

despierta a mi voz, pues Dios,

cuyo poder infinito

fía a tu valiente espada

un milagro y un castigo,

manda que, sin que lo estorbe

ese duro mármol frío,

que a mi precepto aun ignora

las duraciones del vidrio,

volviendo a vivir, respondas

a su orden.

Abriéndose rápidamente el sepulcro, se incorpora Mercurio, y mostrando el color y acciones de difunto.

Mer.

Miguel divino,

general, maestre de campo

de las tropas del Imperio,

¿qué me ordenas?

Mig.

Que me atiendas.

Merc.

Ya obedezco.

Artem.

Esposo mío,

si compadecido al ruego

amante de mi cariño

te dejas ver, muda al rostro

el pálido color frío,

válgame, que no basto

para todo lo que miro.

Bájase San Miguel.

Miguel.

La suma sabiduría

de Dios, que del nada hizo

el todo, al vocal imperio

de su sagrado dominio,

ofendida de los torpes

idólatras desvaríos

de ese monstruo del oriente,

de ese escándalo del siglo,

de Juliano, pues vano viento

azote, vaso y cuchillo

de su ley y de su iglesia,

apóstata fugitivo,

o la mancha a sacrilegios

o la persigue a delitos.

Viendo que Dios de venganzas,

que eso en lengua hebrea, quiso

decir Adonai, siendo

de su alto poder testigos

las plagas de los egiptanos,

los reales de los asirios,

quiere, porque no adelante

pase el osado delirio

de sus ceguedades, cuando

victorioso y aplaudido

vuelva de Persia a teñir

de cristiana sangre el Nilo,

Pag. 57

Miguel.

que tú, como al fin soldado

suyo, no tengas remiso

tu impulso contra su vida,

tu esfuerzo contra su brío.

Y así, pues, para tan alto

no averiguado prodigio

(no muere quien vive en Dios,

pues viviendo está en Dios mismo),

glorioso mártir, sal de ese

obscuro, helado retiro

a que yo te arme, y después,

cortando la esfera a giros

sobre ese, o bruto o centella

(pues es en contrarios píos

nube en forma de caballo,

rayo en traje de hipogrifo),

yo te guiaré hasta donde

al impulso vengativo

de tu espada satisfagas

las ofensas que te hizo

ese Lucifer del Asia,

ese engendro del abismo.

Y ese, en fin, aleve amago,

en torres y en edificios

abandonadas, caducan

las cruces de Constantino.

Mercurio.

Bello arcángel, aunque a tanto

triunfo, mi discurso indigno

en tu amparo confiado

y en el soberano auxilio

de Dios, a cuyo precepto

mi voluntad sacrifico,

yo libertaré a la Iglesia

del contagioso nocivo

veneno de ese tirano

apóstata cocodrilo,

cuyos dogmas entre halagos

desfiguran los hechizos,

pues no es la primera vez

que el poder de Dios previno

en el brazo del humilde

el estrago del altivo.

Sale del sepulcro vestido de blanco.

Miguel.

Llega, pues, para que, mientras

yo de estas armas te visto,

las angélicas cadencias

que para tu aplauso animo,

den en feliz anuncio

del lauro a que te destino.

Mientras le arma, cantan.

Música.

Segundo David, Mercurio,

en ruina del gentilismo,

contra segundo gigante

se arma muerto a lidiar vivo.

Selena.

Mercurio, señor, ¿adónde,

ya que a mi queja te he visto

volver a vivir, te ausentas?

Mercurio.

¿No es aquel dulce gemido,

Miguel, de mi esposa?

Miguel.

Sí,

pues para que con su aviso

se testifique el milagro,

la piedad ha permitido

de Dios, que en teologal sueño

se la vinculen sus juicios,

su comprobación dejando

a la virtud de Basilio.

Mercurio.

Sea por tantas mercedes,

Señor, tu nombre bendito.

Pag. 58

Mercurio.

pues por el pequeño obsequio

de una vida me has sabido

recompensar con tan grandes

liberales beneficios.

Págalo el escuchar

con favores repetidos.

Música.

Al impulso de la espada

trueca de la honda el tiro,

que las piedras de un pastor

no son armas de un caudillo.

Miguel.

Pues ya que adornado estás

del escudo diamantino,

el plumado yelmo airoso,

el vasto estoque bruñido,

sube a mi voz obediente

sobre ese animado armiño,

en cuyo obediente vuelo

conocerás que le guío

cuando tropezando esferas

vaya rompiendo zafiros.

Sube Mercurio en el caballo.

Mercurio.

Con mi obediencia respondo.

Miguel.

Yo con mi influjo te auxilio.

Mercurio.

Si es soberano el impulso,

el vencimiento está fijo.

Miguel.

Que la causa de Dios vengas,

el mismo Dios va contigo.

Mercurio.

Rayo en mi brazo es tu espada.

Miguel.

Trueno en mi voz es tu aviso.

Con la Música.

Los dos.

Clarín de tu victoria

el dulce acento que dijo:

Segundo David, Mercurio,

en ruina del gentilismo,

contra segundo gigante,

se arma muerto a lidiar vivo.

En acción de volar San Miguel, el caballo asido de la cabezada de las riendas, vuelan ambos diagonalmente y despierta Juliano.

Ve la urna.

Juliano.

Sombra de mi bien, espera,

y pues me diste el alivio

de ver lo que deseaba,

no tan avara conmigo

me le niegues tan aprisa;

pues cuándo, pero ¿qué digo?

sin conocer, ¡ay de mí!,

(que siempre es de un afligido

el bien sueño, el gozo sombra

y la fortuna delirio)

que como a no ser mentida

fantasma de mis sentidos,

del no ser al ser pudiese

haberse restituido

aquel helado cadáver,

cuyo polvo, más que mío,

que mío una y muchas veces

desalentado repito.

Al ver que de su sepulcro

abierto el cavado nicho

calladamente, me asombro,

está confesando a gritos...

—Cielos, ¿qué es esto? si acaso

entre el congojoso, impío

desorden, de aquel primero

relajado parasismo,

vi lo que dudo, y no creo

la verdad de lo que he visto?

Mas ya que esta implicación

Pag. 59

Juliano.

de mis penas, no averiguo

sueño, desmayo y portento;

busquemos quien a mi juicio

rompa el medroso, confuso

abismo de sus abismos.

Ciudadanos de Cesarea,

soldados, guardas, amigos,

nadie me oye.

Salen por un lado Constancia, Irene, Tibia y Jobiano, y por otro Basilio, Liberino y Fostón.

Constancia y Jobiano.

¡Qué asustada

voz!

Liberino y Basilio.

¡Qué no esperado ruido

Constancia y Jobiano.

nos arrastra con la queja!

Liberino y Basilio.

¡nos llama con el suspiro!

Fost. e Ire. Ire: ¡Ay, que está acá mi ama! Fost: Calla, no la hagas hipócrita.

Constancia.

Mas, ¿cómo aquí Septimisa?

Septimisa.

Que permitáis os suplico,

para mejor ocasión,

me informe, y dé el oído

al mayor asombro heroico.

Jobiano, docto Basilio,

(¡qué mal a esforzarme puedo!)

Tibia, Irene, Liberino,

¿no veis? ¿no veis la pesada

losa, cuyo bruto risco,

selló la urna de Mercurio,

sin más centro, más arrimo,

que el aire de quien suspensa

se balancea a prodigios?

¿No veis del difunto cuerpo

huérfano el mudo retiro

y, sin las armas, ocioso

el dintel vegetativo?

Constancia y Jobiano.

No sin susto lo reparo.

Basilio y Tibia.

No sin asombro lo admiro.

Irene.

Hermano Fostón, ¿qué es esto?

Fostón.

Déjame, plega a Cristo

que no me mire, que estoy

apóstata de tornillos,

madurando para mártir.

Irene.

¿Qué especie de martirio

intentas buscar?

Fostón.

Casarme

con quien tenga muchos hijos.

Basilio.

Ya Septimisa, atenta,

recobrando el perdido

ánimo, aprovecha en voces

el aire de los gemidos.

Septimisa.

¿Qué has visto, qué has escuchado?

Septimisa.

Yo lo diré.

Todos.

Ya te oímos.

Septimisa.

A su urna asida, a mi adorado esposo,

requebraba mi amor, cuando violento

o éxtasis duro, o sueño misterioso

me entorpece la acción, me ata el aliento,

y al poder del amago riguroso

al pie caigo del frío monumento

y en nueva ruina, que su ruina copia,

muerta y dormida me enterré en mí propia.

Allí yacía, cuando miro ciega

descender a la tierra, ángel guerrero,

sobre un blanco hipogrifo, a quien anega

en lluvias de oro en piélagos de acero.

Mercurio mismo, y de la voz que entrega

Pag. 60

Constancia.

al aire vago, al eco lisonjero,

una nota sorda, móvil a más medra,

resucita el cadáver, y la piedra.

Incorporado el pálido esqueleto,

de cuya vista aún tiembla la memoria,

el celestial embajador, del alto decreto,

respiró así pedazos de su gloria:

"Valiente capitán, oye el decreto

de quien fía a tu brazo su victoria,

Dios habla en mí, por él a ti te eternizo,

pues oíd la voz de Dios, ciertas cenizas.

Sabrás -prosigue- que Juliano astuto

borrar de Cristo solicita el nombre,

Juliano ese que, en términos de bruto,

a un tiempo apostató de fiel y de hombre.

Mas Dios, cuyo poder siempre absoluto

quiere que su castigo al mundo asombre,

a ti te encarga el rayo vengativo,

que el que muere por Dios, siempre va vivo.

Toma tu estoque, pues, toma tu escudo,

peto y yelmo, y sobre ese brazo hermoso

ven donde de tu espada el filo agudo

ensangrentado quede, más lustroso,

yo, cuya voz resucitarte pudo,

el laurel te aseguro victorioso,

y al bello palafrén guiando el vuelo

rompiendo iré, el azul cielo sin velo".

Armado ya al arbitrio de su mano

la silla ocupa, a penetrar la esfera

y al freno asido el soberano,

lo inmenso aseguró de la carrera,

del aire en el boreal espacio vano,

diciendo van los dos: "Juliano muera".

Y el incorpóreo volador pegaso

una región embebe en cada paso.

Lo que el portento vi, dos veces muerta

puesto a llamarle, y del temor vencida,

hallo que es nueva admiración despierta,

el nuevo pasmo que advertí dormida,

y pues el pecho helado, la voz yerta,

gozando están la vida, sin la vida,

dejad que huyendo, si es que huirle puedo,

me recate mi miedo de mi miedo.

Mas notando, que en pasmo del castigo

de ese César infiel, dueño tirano,

no publique queja por su enemigo

le desató la omnipotente mano,

y desearos, si a la sacra ley que sigo

en daño vuestro persiguió Juliano,

y amáis la fiel tranquilidad primera,

conmigo repetid: "Juliano muera".

Vase.

Queda llorando Constancia.

Joviano.

Mujer, oye,

espera.

Constancia.

Mármol helado

me deja el susto.

Basilio.

A mí no

el susto, sino el estrago.

Fortunato.

¿Qué es detenerme corriendo?

Pag. 61

Fortunato.

Calle arriba y calle abajo

va tu niña más ligera

que un almuerzo de cristianos.

Vase.

Tiburcio.

Yo la seguiré antes que,

a mi poder solevado,

el pueblo pierda el respeto

al decoro soberano

de uso, poniendo

presa a esta mujer, que acaso

cómplice de las hadas

mágicas de los cristianos,

quiere vender por misterio

lo que quizá será encanto.

Vase.

Basilio.

Eso estorbará mi amor

piadosamente, no tanto

por negarla a ese peligro

cuanto porque de tan raro

prodigio, no se atribuyan

las certidumbres al engaño.

Y vos, señora, pues sois

de nuestra ley el amparo,

para abrigar esta pena

acordaos de que cuando

castiga Dios, viene envuelto

en el dolor el regalo.

Vase.

Fortunato.

Tras él iré, porque quiero

que me dé, pues soy novato

en esto de cruz, y muy

cuantas lecciones de santo.

Joviano.

Si tuviera mi silencio

licencia de dar al labio

algún vaso reprimido

de este volcán disfrazado

quizá osara mi respeto

(¡ay, corazón!) preguntaros

por qué engañan vuestros

tan falsamente, que cuanto

mienten los labios afirman

los ojos contra los labios.

Constanza.

Si a mí también me dejara

libre mi pena, aunque tardo

algún aliento con que

poder helar ese vaso,

yo os respondiera que a vista

de aquel riesgo, si este llanto

hijo de la piedad, más

que concepto del amago...

Joviano.

¿No me habéis dicho vos misma

cuán odioso, cuán tirano...?

Constanza.

¡Ay, Joviano,

que aunque le aborrezco, siento

el motivo y no el amago!

Joviano.

¿Cómo?

Constanza.

Como, siendo efecto

su ruina de su pecado,

sin escarmientos, quisiera

que hallara los desengaños.

Y dejadme, porque aunque de

no haber muerto, y de rato

que en hablaros me detengo,

imagino que le agravio.

Pag. 62

Jovi.

Habiéndoos, rey, así amado,

cuidado de mis cuidados,

Abda.

¡Plaza, plaza!

En el margen izquierdo, cruzando las siguientes cinco intervenciones, hay una llave y dos indicaciones de "no".

Iren.

Compañero,

¿desbéseme bien el sayo?

Sol.

Y ese,

¡qué gusto de anchuras!,

no es término de palacio.

Iren.

Simple, ¿pues cómo lo libre

se ha de portar sin lo ancho?

Sol.

Sois un bestia.

Iren.

No me admiro,

porque he nacido villano.

Const.

¿Quién creyera que tan por fuerza

disimule mi recato?

Jovi.

¿Quién creyera que ardo y encubro

la razón de lo que ardo?

Const.

Pero pundonor, callemos.

Jovi.

Pero obediencia, suframos.

Vanse. Diciendo dentro los primeros versos, sale huyendo Setenfa, y detrás Basilio y Forlón, encubriéndose el sepulcro.

Dent. Abe.

Seguidla, pues con mi maña

al pueblo altero.

Basi.

Pues tanto

confuso tropel te sigue

de guardas y de soldados,

persuadido a que el faltar

del rudo sepulcro helado

el cadáver y las armas

de Mercurio, es solo vano

aparente efecto de un

negro diabólico pacto,

en tanto que yo en tu ayuda

salgo a padrino al paso,

sea tu sagrado este

pobre edificio, que acaso

abierto dejó el misterio

de haber sido en nuestro amparo

templo de María, pues

aun cuando sin simulacro

está, es fuerza que lo respete

que es su dueño soberano,

madre de los afligidos,

Forl.

y de los desamparados.

Seten.

¿Dónde pudiera hallar puerto

el ansia de mi naufragio,

que en quien estrella del mar

asegura con sus rayos

el norte a todo viviente

naufragante buque humano?

Forl.

Pues vamos, que parece chasco,

porque según andan largos

los fariseos de buscar

con pasos de convidado.

Seten.

Señora, en tu auxilio fío

el logro de mi descargo.

Entrase.

Forl.

Padre Basilio, ¿y yo

me escondo también?

Basi.

No, hermano.

Pag. 63

Basi.

porque a él no le buscan,

Fol.

pues déjeme coger dos cantos

para ahorrarle a uno que gaste

en pañuelos de saúco.

Sale Liberino y soldados

Basi.

Qué ignorancia.

Libe.

Por aquí

andaba, que...

Basi.

Pon el paso,

Liberino, y no contra esa

afligida mujer tanto

te ensangriente la ira que hagas

del inocente el culpado.

Libe.

Pues, ¿quién, Basilio, te ha dicho

que no es deuda de mi cargo

y de mi interés también?

Averiguar este engaño,

pues, ¿cómo naturalmente

es posible haber faltado

de su sepulcro el cadáver

de Mercurio, sino que osados

algunos cristianos viles

le habrán robado, afirmando

después que de propio Dios

es conocido milagro?

Basi.

Siendo sobrenatural

efecto de su sagrado

poder.

Libe.

Ese error pretendo

desmentiros yo, probando

que es abultada quimera

de diabólicos ensalmos

a que tú también concurres.

Basi.

¡Ay, qué conocido daño

hace un rey cuando es su culpa

ejemplo de sus vasallos!

Pues cómplice en el error

suyo, quiere, temerario,

oponerse a todo el Cielo

sin advertir...

Libe.

Cierra el labio

y quédate con la vida,

que o por loco o por anciano

te perdono a ser testigo

del desprecio continuado

de su ley. Venid conmigo

vosotros, que aunque en el vago

espacio del aire esa

hechicera a quien buscamos

se haya remontado pluma

o se haya deshecho rayo,

la ha de descubrir mi enojo.

Seguidme, pues.

Vanse y resta Basi.

Solda. varios.

Vamos.

Basi.

¡Ay de vosotros, si a vista

del milagroso presagio

que amenaza la Corona,

no tenéis respeto al brazo!

Fol.

Padre, que no había querido

que en lugar de guijarros

Pag. 64

En el margen superior derecho: 15 / 59

Fol.

les mate la culpa a estos

sucesores de Pilatos.

Basilio.

Calle, que sin freno

la ermita pasan de largo;

entre a la Efesina ,

no salga de ella hasta tanto

que yo o la llame o la avise.

Focas.

Bien está, pero sepamos

qué ha de hacer Focas, si vuelve.

Basilio.

A avisarme, pues orando

me quedo aquí.

Focas.

Crea, padre,

que he de conseguir por guapo

la corona del martirio.

Vase por donde entró y Basilio.

Basilio.

¿Cuándo?

Focas.

De aquí a cincuenta años.

En una elevación que se abra junto a la cortina, sube poco a poco San Mercurio.

Marcha a lo lejos.

Basilio.

Ya, Señor, que a solas quedo

con vos, permitid que al viento

mi amante queja, viertan

suspiros enamorados;

¿a un siervo, y a un hijo,

a quien fiasteis el amparo

del católico rebaño

en el pastoral cayado

de Cesarea, ocultáis nada

que sea gloria vuestra, dando

celos a mi amor, pues otro

logra lo que yo no alcanzo?

¿Si es verdad que en honra vuestra

tenéis, Dios mío, fiado

el desempeño a Mercurio,

como lo dice callando

desvanecido el acero,

desamparado el mármol?

¿Si es verdad que en misterioso

sueño, lo sabéis revelado

a esa mujer, porque el trueno

esté previniendo el rayo

en que, Señor, os desate

mi afecto, para que airado

me neguéis el favor, solo

lengua de vuestros arcanos?

¿Pero qué es esto? La tierra,

estremecida al contacto

de mi planta, a otro elemento

la sacude, procurando

encargar al aire el peso

para parir el encanto.

Ya desde la región media

se distinguen los dos campos

frente a frente, compitiendo

en Sapor y Juliano

a los pendones de Persia

las banderas de Bizancio.

En fin, Señor, de mis quejas

conmovido o apiadado,

me hacéis testigo del triunfo,

pues, mi humildad elevando,

a tocar el florido trono

Pag. 65

Arma.

Basilio.

Al pavoroso teatro,

desde cuya altura, ¡ay cielo!,

al ver levantado el brazo

de vuestra ira contra este

emperador desgraciado,

siento el verle morir ciego,

sin que a Dios, soberano

poder, sepa merecer

un auxilio con el llanto.

Ya tocando al embestir, entre

las quiebras de los peñascos

se queja la piel herida,

resuena el bronce cavado,

y en confusas voces, dicen

ya el valor y ya el espanto.

Dentro, Idaspes.

¡Valientes persas, a ellos,

y no quede de su estrago,

por reliquia, una ceniza!

Dentro, Juliano.

Avanza por el costado,

caballería.

Todos.

Arma, guerra.

Aquí se da la batalla. De un lado, Idaspes y persas, y de otro, Juliano, Máximo y soldados.

Idaspes.

A la eminencia, soldados.

Arma.

Juliano.

Bizantinos, pues yo os rijo,

o triunfemos, o muramos.

Máximo.

¡Juliano viva!

Todos.

Arma, guerra.

60

Entranse tachado: vase... y queda solo Idaspes.

Idaspes.

¡Idaspes viva, persianos!

Unos.

¡Y los bizantinos mueran!

Arma.

Idaspes.

Qué bien suena

a un corazón esforzado

el choque de los arneses,

la vista de los caballos.

Y qué bien entre el confuso,

el ceniciento nublado

del polvo, mirarse dejan

los tremolados penachos

de mis etíopes, cuyo

valiente orgullo, al contrario,

para batirse de frente,

le rompe entrambos costados.

Parece que el enemigo,

confuso y desbaratado,

se retira, sí; pues su

general, espada en mano,

por rehacerlos, repite.

Dentro, Juliano.

¡Al riesgo, al riesgo, villanos!

ya que a mi vista huís

de morir, morid matando.

Idaspes.

¡Ya, fortuna, ahora es tiempo

de que tu inconstante, vario

influjo, a mi gente añada

este laurel!

Vase, y por el lado contrario sale como cayendo Juliano, con la espada en la mano.

Juliano.

¿Dónde, airados,

injustos dioses, me arroja

Pag. 66

Juliano.

a morir desesperado

el ceño de los astros,

el encono de los hados?

Pues muerto el caballo, apenas

me permite mi cansancio

encontrar senda a mi fuga

en tanto asombro.

Dentro Mercurio.

Mercurio.

Juliano.

Juliano.

Mi nombre escuché, sin duda

hasta el áspero, intrincado

seno del bosque, han venido

en mi alcance, procurando

que me dé a cuartel; ¡ah, cielos!,

solo para mí indignados.

Dentro Mercurio.

Mercurio.

Juliano, espera.

Sale Mercurio cubierto el rostro de una banda blanca.

Juliano.

Otra vez,

¡ay, infeliz!, me han nombrado.

Mas, ¿qué veo?, un caballero

que de la planta al penacho,

por ser todo armiño, viene

armado de punta en blanco;

es quien me sigue. Pues, ¿cómo

de un hombre solo me espanto?

Llamaréle. ¡Oh, tú, que el rostro

ocultas en el nevado

disimulo de esa banda,

llega, pues ves que te aguardo,

y di quién eres.

Mercurio.

Quien viene

a darte muerte en el campo.

Juliano.

¿La muerte a mí? Pues, ¿quién puede

haber que tan temerario

se arroje a ese empeño?

Descúbrese Mercurio.

Mercurio.

Yo.

Juliano.

¡Mercurio!

Mercurio.

Sí.

Juliano.

Dioses santos,

¿qué asombro es el que estoy viendo?

Mercurio.

Mercurio es, prodigio raro.

Juliano.

Pues cómo, si, ¡ay, infelice!,

falleciste, aliento en vano,

en Cesárea, dura pena,

al filo, pesar extraño,

del acero, mal me animo,

pretendes, todo soy mármol,

que crea que a nueva vida

renaciste para estrago

de mi vida?

Mercurio.

Como habiendo

por Dios padecido, es llano

que por Dios a vivir vuelvo.

Y pues hacerte pedazos

decreto absoluto es suyo,

saca la espada, tirano,

que aun muerto, es bien que yo lidie

cuerpo a cuerpo y brazo a brazo.

Juliano.

Si eres mentida ilusión

de mi idea, que a lo vano

aspecto has fingido el viento

para conseguir mi espanto,

déjame, porque no quiero,

siendo sombra, darte el lauro

de que burlaste mi esfuerzo.

Pag. 67

Mercurio.

Pues estoy, lidia, tirano,

pues entre batalla y muerte

no hay medio.

Juliano.

Suspende el labio,

que entre mi ira y mi paciencia

tampoco le hay, y pues basto

yo para tantos asombros,

en menosprecio de cuanto

adoran al Galileo,

embísteme.

Mercurio.

Un solo amago

basta para ruina tuya,

pero quiero ver si saco

tu vida de tu tragedia.

Vienen tocándose.

Basilio.

Señor, templad el airado

ceño vuestro, pues por él

moriréis, y entre su infausto

fin, y vuestro justo enojo,

interponed algún sacro

auxilio, que le redima

segunda vez.

Juliano.

¿Ves, villano,

cómo es inmortal mi aliento?

Mercurio.

Toda esta tregua que he dado

a tu vida, es porque yo,

que mueras, sea confesando

que Cristo es Dios verdadero.

Juliano.

Mientes, y pues por tu mano

ni aun vivir quiero, otra vez

vuelve a la lid.

Vienen, hiere.

Mercurio.

Pues cerrado

está el camino a tu enmienda,

lo que me manda Dios hago.

Juliano.

Muerto soy, ¡pese a mi furia!

pues al nocivo contagio

de su cuchilla, en mi pecho

todo el Infierno se ha entrado.

¡Rabiando muero!

Mercurio.

Aprovecha,

sombra infeliz, ese rato,

que aun puedes ser venturoso.

Juliano.

Dioses, piedad, que me abraso.

Basilio.

Juliano muere, Dios mío,

ayudadle con un rasgo

de vuestra misericordia.

Mercurio.

¿Has visto el poder que traigo

en mi acero?

Hace que tira al cielo la sangre.

Juliano.

Sí le he visto,

pero aun no le he confesado,

y antes, arrojando al cielo

la sangre que de este brazo

al suelo corre, en ofensa

de tu Dios crucificado,

de su ley blasfemo.

Dentro Unas.

El César

sin duda ha muerto, Cesáreos,

pues no parece.

Arma.

Dentro Otras.

Seguid,

y alcance antes que entrados

del bosque se amparen.

Dentro arma.

Pag. 68

Muere.

Juliano.

Pues muero desesperado,

una y mil veces mi sangre

eclipse del sol los rayos,

diciendo en el duro trance

de mi último desmayo:

¡ya venciste, Galileo!

Vase.

Mercurio.

¡Oh, mil veces desdichado

serás, pues diste en tu muerte

sin dar en tu desengaño!

Y, ya que como ministro

del enojo soberano

cumplí su orden, el misterio

dejé obrar a los acasos.

Salen Máximo y soldados.

Máximo.

Seguidme todos, que allí,

si el color no me ha engañado

de la púrpura en que visto

se dejó encender el manto,

está el César; mas, ¡ay, cielos!,

que, con su sangre bañado,

inmóble cadáver yace.

Soldados.

¡Qué horror!

Dentro, 2 voces.

2 voces.

Cortadles los pasos,

y nadie escape con vida.

Arsaces.

Antes que sobre el contrario

cante la victoria, en hombros

le llevemos, haciendo alto

en lo fragoso del monte.

2 voces.

A la espesura, soldados.

Máximo.

Muerto el César.

Todos.

Muerto el César.

Máximo.

Y, por si acaso logramos

rehacer las tropas, que vagan

al arbitrio de los hados,

toca a retirar, trompetas.

Sale Idaspe y los suyos, y los entran acuchillando y pasa la escena.

Idaspe.

Primero sabré estorbarlo,

no porque ni aun su cadáver

cobréis.

Unos.

A la cumbre.

Otros.

Al llano.

Otros.

¡Victoria por persas!

Idaspe.

A ellos.

Máximo.

Pues no hay otro medio, huyamos.

Sale frayle Padre Antonio.

Basilio.

Si supiera, Señor, el sentimiento

que había de costarme este estrago,

siendo solo testigo del amago,

no lo viniera a ser del escarmiento.

No siento aquel castigo, solo siento

que, desaprovechando aquel halago,

haya a Dios mío dado tan mal pago,

a vuestro amor su desconocimiento.

Mas, si el trágico fin a que irritada

vuestra justicia su maldad destina,

clarín queréis hacer de la victoria,

esgrimid, esgrimid la ardiente espada,

que nueva gloria mía es ya su ruina,

si de su ruina nace vuestra gloria.

Es hora de que a Forlón

le saque de guardamangel.

Pag. 69

Basilio.

Sí, hermana, y mientras yo voy

convocando el pueblo, él

conduzca en procesión

a a el sitio

en que la urna se erigió

de Mercurio.

Gorlón.

¿Qué de nuevo?

Basilio.

Que ha de haber milagros, son

del poder de Dios.

Van.

Gorlón.

Andallo,

y puesto que el ir en pos

de su virtud, a mi miedo

le está mejor que mejor,

manos a la obra.

Entrase, y diciendo dentro los primeros versos, se vuel-

ve a descubrir el sepulcro abierto, y salen Basilio con

Tachado: toda Irene, Livia, Fabiano y Liberto, y Gorlón y

se santiguan.

Dentro Basilio y coro.

Venid, venid, que mi voz

al mayor pasmo os convoca.

Voces.

Pues Basilio nos llamó,

vamos tras él.

Gorlón.

Ande, hermana.

Salen.

Constantino.

¿A dónde, insigne varón,

nos llevas?

Fabiano.

¿Qué es esto? ¿Qué intentas?

Liberto.

¿Cómo, atrevido, tu error

segundo alboroto causa?

Todos.

¿Qué es esto?

Basilio.

Que la nueva

del castigo de Juliano,

la trágica ejecución,

vuestro emperador es muerto.

Liberto.

¿Será fingida ilusión

de tu celo?

Basilio.

Verdad es,

pues arrebatado,

al paraje, trono del viento,

desde la media región

vi el trance de la batalla

en que Juliano perdió

vida y laurel.

Joviano.

¡Almas, albricias!

Bien luego del persa el valor

le dio muerte.

Basilio.

No, que aunque

fue de Dios emperador

quien triunfó Partos, no fue

el persa quien le mató.

Liberto.

Pues ¿quién? ¿hipócrita, vil?

¿Quién mágico encantador?

¿Si Partos no fue a bastar

a darle la muerte?

Baja Mercurio en el mismo caballo, trayendo la espada desnuda y ensangrentada, y dejándole en el tablado vuela.

Irene.

¿No es mi esposo? ¡Qué portento!

Constantino.

¿No es Mercurio? ¡Qué pavor!

Gorlón.

Mi amo vive, ahora cobro el

dinero de mi ración.

Mercurio.

Yo soy, yo soy quien saliendo

al precepto superior,

Pag. 70

Mercurio.

De mi Dios, de ese sepulcro

en que hasta aquí se hospedó

mi cadáver, sobre ese

cándido bruto veloz,

que ya es del cielo, del aire,

fugitiva exhalación,

partí aprisa, en cuya lid

con la espada que pendió

junto a mi sepulcro, y ya es

sangrienta comprobación

de mi verdad, a Juliano

di la muerte, porque no

de mi Dios y de mi ley,

sangriento perseguidor,

durase el rudo insulto, airada,

apóstata obstinación.

Y pues ya el orden divino

cumplí del gran Sabaot,

dejando probado que

no muere quien vive en Dios,

Nota marginal indicando inserción (+): Mercurio. Dame los brazos, Esposa, que, en premio de tus fervores, tu espíritu arrebatando a la celestial Sión, sube. Artemia. Oye, espera, escucha, aguarda, Mercurio, esposo, dueño, que de tu sepulcro al lado aunque tal vez me ocultó con mi llanto, más ardiente fiebre que helado sudor, anocheciendo la vista entorpece el corazón. Yo muero, cielos, mas muero gozosa de que logro en efecto las dos guirnaldas de mártir y de mi amor. Cae muerta. Basilio. Dichosa ella que, en rapto veloz de sus virtudes, consigue el inmortal galardón.

Baja en el sepulcro y se cierra rápidamente, atronando después del golpe, al mismo tiempo que se corre la cortina.

Mercurio.

al panteón otra vez vuelvo

de donde salí, porque hoy

muriendo segunda vez

para los hombres, mi amor

pase en más segura gloria

a vivir en el Señor.

Constancia.

¡Qué prodigio!

Basilio.

¡Qué portento!

Joviano.

¡Qué asombro!

Todos.

¡Qué admiración!

Basilio.

Y pues de tan nunca visto

suceso, testigos sois

que responderéis.

Joviano.

¿Que Joviano

sea nuestro emperador?

¿Quién os ha dicho que aspiro

yo a tan indigno blasón,

como es un cetro de Ángeles?

Admitiera, fuera solo

mudando de religión

todos vosotros.

Todos.

A vista

de este milagro, ¿quién no

confesará que Cristo es

solo el verdadero Dios?

Joviano.

Pues de esa suerte, caballeros,

desde ahora palabra os doy

de dilatar nuestro imperio

y mi fe.

Constancia.

Y mi amor

mi mano logre por premio.

Joviano.

Por boda a vuestra adoración,

a Joviano y Constancia...

Liberio.

A Dios pido.

Joviano.

De un traidor,

aun la obediencia es ultraje.

Llevadle a esa prisión,

no salga hasta que muriendo

pública satisfacción

dé al mundo.

Liberio.

Fiera envidia,

mi desgracia te perdone,

que ya el Herodes moderno...

Pag. 71

Basilio.

Pues tan feliz fin dio

nuestro Dios a tan cruel,

injusta persecución,

Todos.

las gracias le demos todos,

porque logrando el perdón,

la pluma alabe el concepto

que en esta comedia dio

bulto a la verdad de que

no muere quien vive en Dios.

Margen izquierdo: 1120

Rúbrica

Madrid y abril 22 de 1701 = Dase licencia para que se haga esta comedia intitulada No muere quien vive en Dios = [Rúbrica]

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