> Дата публикации: 22 августа 2026 г.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No muere quien vive en Dios. San Mercurio. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-muere-quien-vive-en-dios-san-mercurio.
Mss. 17173
Yy 750
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No muere quien vive en Dios: San Mauricio.
Comedia en tres jornadas de Don Antonio Zamora.
Con licencia
Legajo 4º
S. 6.
15
n.º 7. ☩ 3.
Comedia Nueva, de
No muere quien vive en Dios,
San Mercurio
Del Autor Pedro Alonso
Juan de Cárdenas
Año
1700
Escribióla
Don Antonio de Zamora
Madrid, 22 de noviembre = 700 = El Autor lleve esta Comedia al señor Inquisidor de Corte para que mande la vean si tiene algo contra la Santa fe y con lo que dijere se traiga =
Madrid 26 de noviembre de 700. Por señor Inquisidor Sernas: Vea esta Comedia el Maestro fray Francisco Palanco; y ponga su parecer. Licenciado Lermita.
He visto esta Comedia, y no hallo en ella cosa que contradiga a nuestra Santa fe, ni a las buenas costumbres, ni otra, por la cual el Santo oficio pueda prohibirla, así lo siento en este de nuestra Señora de la Victoria de Madrid a 22 de noviembre de 700. Fray Francisco Palanco calificador del Consejo y oficio de
Dase licencia para que se represente esta Comedia por lo tocante al Santo Oficio. Así lo mandó en él el señor Inquisidor don doctor Francisco de Ocio y Otero en Madrid a 23 de noviembre de setecientos años de que doy fe. Joseph de la Lana, secretario de Su Majestad y del Santo Oficio de Corte.
Madrid, y abril 25 de 1701.
Vean esta comedia el señor fiscal, e informen en orden a su contenido.
Ilustrísimo Señor:
Por mandado de Vuestra Señoría Ilustrísima he visto esta comedia nueva, cuyo título es No muere quien vive en Dios; y está con mucho acierto escrita, sin que tenga cosa alguna reparable contra nuestra política y buenas costumbres. Vuestra Señoría Ilustrísima mandará lo que más fuese de su agrado. Madrid, 28 de abril de 1701.
Don Pedro del Camino Sagredo
Ilustrísimo Señor:
Por mandado de Vuestra Señoría Ilustrísima he visto esta comedia en que no hay el menor reparo ni contra la presente política ni buenas costumbres. Vuestra Señoría Ilustrísima mande lo que fuere servido. Madrid, 29 de abril de 1701.
Don Francisco Bueno
+
Comedia nueva
intitulada
No muere quien vive en Dios.
Primera jornada.
Personas:
Juliano César
San Mercurio
Anzidia, sacerdotisa
Irene
Máximo
Jobiano
Tiberino, capitán
Seleuco falso (tachado)
Libia
Forlón, gracioso
8
Hidaspes, rey de Persia
San Basilio, barba
Constancia
San Miguel Arcángel
Soldados
Dos labradores
Voces dentro, y salen dos soldados con unas banderas blancas, y en ellas cruces rojas. Máximo, Jobiano, Tiberino, Irene, Libia, Constancia, Tachado: Seleuco falso todos de romanos; y detrás, Juliano con manto imperial y corona de laurel, y San Mercurio y Forlón. Quedan retirados al paño, descubriéndose una fachada de templo magnífico.
Nuestro augusto César viva.
Viva, y de eternas edades
el laurel goce, diciendo
las voces y los metales:
Al ínclito Juliano,
feliz la fama cante,
de bélicas empresas,
trofeos imperiales.
Acompañen
a cítara, a tiorba, trompa y parche.
No ya en mi aplauso prosiga
(oh reverentes leales
vasallos míos) la salva
con que fatigando el aire
las liras y las trompetas
sonorosamente hacen
que en órganos de aura silbe
y en fauces de bronce brame.
No prosiga, otra voz digo,
de los júbilos triunfales
la proclamación, a vista
de ese obelisco de jaspe
que dórico promontorio
es religioso gigante;
pues hoy el primer feliz día
que me logra por sus calles
Constantinopla, después
que conseguí que me aclame
digno sucesor, en tantos
adquiridos vasallajes,
cuantos en sus hojas ciñen
los laureles orientales,
hacer público pretendo
el intento que me trae
a este olvidado edificio,
que en las pasadas edades
templo de Mercurio que fue,
hasta que rotas sus llaves,
a nunca abrirlas, sus puertas
cerró Constantino el grande.
No me anuncies, corazón,
más tormentos, más pesares,
que los que padezco viendo
el áspero, el intratable
genio de mi esposo, a quien
solamente le complacen
desvanecidas memorias,
idólatras ceguedades.
¡Máximo!
Señor invicto,
¿qué me mandas?
Oye aparte.
¿No llegas?
No, por que solo
veros quiero, aunque distantes
de reñir en esos ojos
tantos azules volcanes.
Pues con dos rayos , al verla,
brinda a su salud.
Dejadme,
tristes memorias, y no
me acordéis para matarme,
que en solo un día, perdí
dama, lauro a inconstante
verdad; ¿qué presto supo
tu ligereza mostrarme
que eres mujer, pues te obliga
más lo feliz, que lo amante?
¿No es aquel Mercurio, Irene?
¿No lo ha dicho ya el bergante
de soploncillo que es su
señuelo sirviente?
A darte
el parabién de que vuelvas
Con salud de su viaje,
se sale el alma a los ojos.
Miren con lo que ahora sale.
Todo, señor, prevenido
está como me mandaste.
Pues tiempo es de que respire
el disimulado áspid,
que, para que a los cristianos
infeste, atosigue y mate,
en invisible ponzoña
oculto castigo esparce.
Ya del César conjeturo
la intención.
Qué va que hace
una buena el César, si
no me mienten las señales,
porque él es hombre que tiene
una conciencia de un sastre.
¡Ah, del augusto edificio,
que, a pesar del tiempo instable,
si adorno del orbe dura,
estorbo del cielo yace!
¡Y ah, del religioso trono
de Mercurio, que fue antes
ara de las primaveras
e idea de los altares,
adornando sus tarjetas
en una y en otra nave,
al fin, como insignias suyas,
caduceos y talares!
¡Ah, del templo!
Enhorabuena
a estos sagrados umbrales,
en el cenit del oriente,
llegue la envidia de Marte.
¿Qué música es esta, cielos?
A sordos ecos suaves
dieron respuesta.
Así lo oigo.
Y yo al escuchar que esparce
el aire armonías, dudo
el centro de donde nacen.
Dentro del templo sonaron
las voces.
Hasta que aclare
el tiempo mi duda, aguarde.
O qué escándalo levante
la novedad.
Soberanas
ninfas, divinas beldades,
¿cómo vuestro celo, al mío,
las puertas del templo no abre,
al ver que el Emperador
de Constantinopla llame?
Salgamos a recibirle,
ninfas, y para adularle
la salva vuelva, diciendo
júbilos y suavidades.
Ábrese el templo y salen a vista sacerdotes y ninfas.
Mil veces enhorabuena
a estos sagrados umbrales,
en el cenit del oriente,
llegue la envidia de Marte.
Ya, Señor, a vuestros pies
tenéis, en lustroso alarde,
cuantas nobles hermosuras
aventajadamente
en obsequio de Mercurio
y en lisonja vuestra, saben
mostrar que aún el sol se eleva
cuando hasta el suelo se abaten.
Solo tu hermosa Artemia
pudieras discreta darme
tan feliz día, entre cuantos
debí al valor de tu padre
más bien en mi lucimiento
muestro, que procuro apagarle
parte de lo que le debo.
Bien merecen mis lealtades
aprecio igual.
De confuso
aún no acierto a preguntarle
lo mismo que ignoro.
Hago yo
recelos, porque no es fácil
que sufra lo que malicio.
Qué asombrados, qué cobardes
aún no aciertan los que me oyen
al mirarme con mirarse.
Y aun a mí casi lo mismo
me sucede, pues amante
de Artemia, aún no sé
cómo sin hablar se hablen
mi amor y mi ingratitud.
Mas que así ya, Señor, para que aguardes,
si abierto miras el templo,
A todos los que me acompañen,
nobleza y plebe, porque
sin poder alegar nadie
ignorancia, me obedezcan,
y así ordeno de mi parte
que Cónsules y Tribunos
tras mí vengan.
Oiga el oráculo.
Corre de lontananza a la...
el César que el cielo guarde
manda, que de ambos estados
la nobleza y populares
le sigan todos.
Pues si de eso
gusta Usted, conque no canse...
A su orden obedecemos.
O cómo temo que alcance
en ruina el triunfo.
Estas ninfas
me huelen a sacristanes.
Y propia. Ven, y en los brazos...
Antes mi dolor me mate
que salga cierta mi sospecha.
Disimulemos afanes.
Galileo a quien por Dios
adora ese gremio infame
de los Cristianos, en mí
empieza hoy tu formidable
azote porque se infeste
más que cuantos supo darte.
Con sangre él bebió, sino
que he de infundir sin sangre.
El canto, ninfas, prosiga.
Prosiga, para que aclame,
en obsequio de mis laureles,
el culto de las deidades.
Mil veces, enhorabuena.
Éntranse todos y quedan Mercurio y Forlón.
¿No entras?
No, que no quiero,
en desdichas tan fatales,
aunque me matan temidas,
que aunque a quedarme maten.
Pues bien, que harto cuidado
tendrá el tiempo de acercarse
con los males, sin que tú
te adelantes a los males;
además que, habiendo sido
de los más principales
caballeros que al difunto
César sirvieron, no cae
el que, no habiéndote dado
a conocer, como hacen
todos, al presente César,
cuando vuelves a alojarte
de mandar tropas de Persia,
que de tropizón le hables
por casualidad, el día
que tienes más en qué afiance
que por él, por excelencia,
con quien pocos meses antes
que a la guerra te partieses,
sin más ni más te casaste
de secreto.
Solo esta,
Forlón, pudiera apartarme
de mi inclinación nativa
a las empresas marciales;
y habiendo, en ausencia mía,
dispuesto (muerto su padre)
mis parientes que a servir
al Emperador entrase;
ha prevenido que Juliano,
aprovechando en encargalos
los quietos, me deje libre
para acudir sin desaire
al empeño de mi amor;
Aunque caballero andante,
tan mirado caballero
eres, que aunque te importase
la vida, no volverías
menos airoso.
En mi sangre
esto es preciso.
No hablo
de tus virtudes morales,
porque eso es cuento de cuentos;
pues sabio, cuerdo, afable,
piadoso, liberal, justo,
cortés, atento y galante,
sobre todo tan buen
cristiano, que en ningún lance
te he visto tratar con los
siete pecados mortales.
No me lisonjees,
pues sabes cuánto me cansen
mentidas adulaciones.
No son sino muy verdades.
Mas dime, el papel que truje
a las ansias de una llave,
¿qué dices, pues, cuando Irene
le trujo, me le dio de parte
de mi ama y mi esposa, dio
a entender que aviso traes
de importancia?
Que, en abriendo
las vagas oscuridades
a los ojos de la noche
los párpados de azabache,
entre a bulto a los jardines
que son sucursal del Parque
con la llave que trujiste,
y que en ellos me situase
hasta que a una saleta,
que para particulares
audiencias destinó el César
por ser distante paraje
de su cuarto, conducido
de Irene vaya a que trate
de nuestra dicha los medios.
Pero a solas le hallaste;
cuerpo de Cristo conmigo.
Sí, porque como ausentarse
me le resistiese, que apenas,
antes que el César llegase,
pude verle, no han de darse
tan extrañas novedades
lugar que no me le cause
el asombro que me añade
el ver este templo abierto.
Ora, ¿quieres apostarme
la ración de cuatro reales,
al oír que enviudan antes,
resultando la moda
de las vírgenes vestales,
que anda una de mil demonios?
No la malicia adelantes,
que aun es afrenta el pensarles.
[Sale Joviano de prisa.]
Viendo maldad execrable...
¿Quién va?
Joviano.
¿Mercurio?
Pues ¿cómo del templo sales
sin el César?
¿Cómo, el César,
que hasta ceñir el brillante
círculo de la corona
(de quien yo pensé adornarle
en su dosel, en quien brilla
con más generoso esmalte
la sangre de Constantino)
con engaños disfraces
supo ayer pasar el César
oculto traidor dictamen
que hoy para quemar con ruinas
a Neptuno en volcanes,
y dígalo el haber dispuesto
que en este templo ocultase
para sacrificio (aunque falso)
la traidora lealtad de alguien
que en odio de nuestra ley
le aconseja, pero nadie
mejor que mi confusión
podrá (¡qué horror!) informarte.
de mi pena, pues apenas
al altar llego, en que yace
el ídolo de Mercurio,
cuando, arrodillado ante
su estatua, en público, dijo:
Dentro.
Vasallos, solo es el grande
Mercurio, Dios verdadero;
y el que a Cristo confesare
reo de su culpa muera.
No lo oí yo.
Tomaréis
segunda vez pronunciada
su blasfemia; asegurarse
de mi verdad puede.
¡Oh, nunca,
noble Joviano, escuchase
voz, que, áspid vocal del viento,
me da muerte, sin matarme!
¿Pero qué respondió el pueblo?
Si sabes que es indomable
monstruo, a quien divierten solo
desgracias y novedades,
¿cómo dudas que al oírle
en alta voz pronunciase:
¡Mercurio y Juliano vivan!
Ya entrambas columnas parten,
guiados como cabezas.
Pues, ¿hay qué espere, qué aguarde?
Un valiente sale del pecho,
sin que le iguale...
¿Qué haces?
Morir por el Dios que adoro.
Si mi muerte asegurase
mi religión, yo el primero
le matara; pero en tales
casos, conmovido un pueblo
a hacer lo que le persuade
su rey, la prudencia es
mejor medio que el coraje;
pues quizá él mismo, el primero
será que se desengañe
del horror, y...
No prosigas,
porque hacia nosotros sale
el concurso.
Pues, ¿qué ahora
quiero, si en la calle me halle?
Retirarme es fuerza.
Y yo,
quizá porque no me allane
a ver en la calle siquiera...
¿Qué?
Que me lleven de calle.
Vámonos luego.
¿Su aliento,
tantos peligros repare?
Su espada padezca quien
tanta ofensa...
Pues Dios sabe
mi celo, que lo disponga.
Váyanse Mercurio y Coroliano, y sale Juliano como le pintan, una bandera pintadas las armas. Cintas altas de ellas por detrás, con las letras S. P. Q. R., y detrás de él, Festenio con cajas, y trompetas, y soldados con una estatua dorada de Mercurio, pequeña, y música.
Señor.
Señor.
Nadie me hable
en razón de que no sea
Mercurio el dios venerado
de mi imperio; pues mi airado
ceño su cólera emplea
en negar, como habéis visto,
en toda Asia del hebreo
cultos al de Galilea,
a quien suelen llamar Cristo.
Las cruces, que antes banderas
divisa eran de mi imperio,
rotas, por más vituperio,
al aire vuelan ligeras,
pues al aire las envío,
sucediéndolas ufanas
las cuatro letras romanas.
¡Quién mayor desdicha!
Pues, esposa de un tirano,
apóstata, monstruo, infiel,
es fuerza vivir con él.
No me ha de quedar cristiano
vivo yo, a quien no destruya
mi saña; y si no los mato
desde ahora, es porque trato
que en la desventura suya,
para más largo castigo,
esclavos míseros sean.
Así, dioses, que tal vean.
Arrodíllase.
Parte, Tiberino amigo,
con los edictos que yo
a este efeto te daré,
y en todo mi imperio ve
fijándolos, porque no
quede ignota parte en que no adquiera
de nuestra gentilidad
cada pueblo su deidad;
pues si quise lo que fuera
Mercurio la deidad mía,
es porque, Dios de las ciencias,
me diste las providencias
en bien de mi monarquía.
Y para que lleves camino,
halles presto en mi favor,
hecho vas gobernador
de Cesárea.
Si el destino
me favorece tan presto,
quedo siendo ufano,
y por la honra que me das,
una y muchas veces, pues,
así a los pies beso, señor,
sus plantas.
¡Oh, qué bien
me ha aconsejado el desdén!
Pues, aun cuando de mi honor
no fuese justo el desvío,
con que al César he tratado,
parece que adivinado
hubo el alma el pesar mío;
porque entre Mercurio y él,
persuadido mi rigor,
eligiese lo mejor.
Pues a mi sacro laurel,
porque a más alto trofeo
vuele en todo singular,
sus alas le han de prestar
las sierpes del caduceo.
Conmigo, Aricida, ven
donde a ese ídolo dorado
en el dosel colocado
de mi palacio, le den
rendidas adoraciones,
al ver que a su sacro bulto
para el acierto consulto
todas mis resoluciones.
Ya, Constancia, pues viste
cuán interesado soy
en los cultos que le doy,
no llorosamente triste
muestres tales sentimientos,
pues, aunque ame tu belleza,
podrá ser que en tu llaneza
estrene los escarmientos.
Por más que injusto poder
me amenace, hasta morir
no he de dejar de sentir.
¿Cómo lo he de aborrecer?
¡Ay, dulcísimo dueño
de idolatrada deidad!
¡Ay, desmentida clemencia!
Empezad,
ninfas, a dar al vacío
hueco del aire, las voces
en feliz aplauso ufano
de Mercurio y de Juliano.
Ya nuestros ecos veloces
te obedecen.
Pues venid
a mi palacio, y en culto
de ese venerado bulto
una y otra vez decid:
A 2. Música.
Al sacro planeta,
al hijo de Jove,
nuncio de la esfera,
y amparo del orbe,
cantad el aplauso, porque él solo logre
el título excelso de Dios de los dioses.
Cielos, en pena tan mucha
valor o piedad me dé.
Que viva quien esto ve.
Que aliente quien esto escucha.
Libre del concurso, retirado,
allí a Mercurio he advertido,
mas, pues él no hablarme, ando
de su extrañeza cuidado.
Lo mismo hacer determino,
porque, estándose de acecho,
¿veis, amigo tan estrecho,
no os ha hablado, a Tiberino?
Luego le responderé.
Venid, vasallos, conmigo,
pues hago al cielo testigo
de que de esta errada fe
del galileo, a mi ardor
ceniza no ha de quedar.
Ninfas, volved a cantar
para adularle mejor.
Tachado: Musi. al sacro planeta sol
Con esta repetición de música y clarines se levantan, quedando solos Mercurio, Tobiano y Forlón.
¿A ídolo visto?
Como es fácil
que haberlo visto confiese,
bien que en defensa gloriosa
de mi ley una y mil veces
pusiese a riesgo mi vida.
Bien del ánimo valiente
que en las fronteras de Persia
te adquirió tantos laureles,
unido al celo con que haces
vanidad tan justamente
de seguir la ley de Cristo.
¡Oh, noble Mercurio! Coraje
tan católico, envidiado
a amante despecho, puede...
En él no es mucho; en mí sí,
pues siendo un solo pobrete,
desde que oí que traía
para andar secretamente
la muerte su zapatilla
picada, como refiere
cierto cantar, no he embestido
a persona que trujese
zapato picado, solo
por parecerse a la muerte;
y no obstante ser gallina,
de estar ahora tan en cierne
de cristiano, que aun no
me crucifico los dientes,
consentiré por mi ley
que los zapatos me aprieten,
que una puta gallofa me saque,
y un barbero me desuelle.
He dicho algo.
Forlón,
no es tiempo de chanzas este.
Tú, Tobiano, pues sabes
cuánto nuestra amistad cueste,
de igualar a los aplausos
de Pílades y de Orestes,
dame palabra (si acaso
algún vaivén de la suerte
hoy disponga, me buscase
a fin de que me despeñe)
de ampararme, pues en fin
aunque la fortuna altere,
te burle el laurel, te dio
las prendas con que te adquieres
tantos parciales afectos.
Juramento hago solemne
a nuestro Dios, que es quien vive
y vivirá para siempre,
de que en cualquiera fortuna
partiré la que me diese
el cielo contigo, y porque
vernos hablar, no despierte
alguna malicia, adiós.
Él te guarde.
Llama ardiente,
que entre volcanes purpúreos
guardas pavesas celestes,
déjame olvidar que fuiste
cuando Constanza se pierde,
propio fracaso de tantas
altas confianzas. Perder...
Ahora, señor, en tan varias,
atropelladas especies,
como el amor de tu esposa,
el aviso del billete,
el despecho de Juliano,
la novedad de la plebe,
y el miedo de Folón, ¿qué hemos
de hacer, ya que al verte niegues
al emperador?
Sufrir,
callar y morir, pues tienen
tan unidos los pesares.
En eso de morir, vete
más despacio, o vete solo,
porque yo, cuanto pudiere,
he de huir de que me oigan
misa de cuerpo presente.
Necio estás, mas pues la tarde
tan poco de vida tiene,
vámonos hacia el jardín
retirándonos, porque entre
luego que tienda la noche
su manto negro...
Y ¿qué quieres
hacer con eso?
Saber
lo que mi esposa resuelve
para que sepa mi dueño,
si es que vive, o si es que muere.
¿Valerte de Maximio
no fuera bueno, puesto a hacer
medio su amistad?
No, que aunque
fue hasta aquí mi amigo, hoy temo
el ser mi enemigo, pues
por humanos intereses
mentidos dioses admite.
¡Cuántos hay que por hacerse
personas, llaman deidades
a los que son mequetrefes!
Mas vamos allá.
Dios quiera,
pues sabe cuánto conviene
darme camino, de que
tanta ofensa suya vengue.
Dios quiera que yo sea vivo,
que soy Folón flamante.
(Échase la cortina.)
(Vanse, y salen Constanza llorando; Irene, Libia y damas, cantando.)
(Canta.)
Corazón, ¿qué ardes y lloras?
Alma, ¿qué aspiras y temes?
Pena, ¿qué afliges y alivias?
Amor, ¿qué olvidas y quieres?
Sufra quien penas tiene,
que tiempo tras tiempo viene.
No cantéis, que mi dolor
ningún alivio consiente;
y al pecho del que me aflige,
es solo el que me divierte;
mas proseguid, que es el canto
dulce, si del contento alegre
lográis, que aun más que me alivie
la música me atormente;
bien es que apuren el daño
las cláusulas del deleite,
viviendo en fe de la vana
esperanza, que prometen.
Corazón, &c.
Paseándose un rato.
Cesa de llorar.
¿Por qué pretendes,
Libia, que a esta sola fácil
defensa de las mujeres
quite la acción, o sea ella,
en tan airados vaivenes,
quien a volcanes me abrase
cuando a diluvios me anegue?
Las armas de la hermosura
dicen que es el llanto.
Irene,
¿cómo de mí retirado
Juliano, a estos vergeles
niega su presencia?
Como
cerrado en su cuarto, desde
que del nuevo sacrificio
volvimos, todo es hacerse
rajas, a gemir y a andar
dando por esas paredes;
pero luego que anochezca,
discurro que, como suele,
bajará, mas será a ver
si a la desgraciada Irene
ve, o a Mercurio dulce,
a quien ama.
No procede
su pesar de mi pesar;
justo es en pena tan fuerte,
pues su dolor nos maltrata,
que un alivio nos consuele.
Al paño Libia.
Aquí está la Emperatriz,
y por lo que nos detiene
importará esta lisonja.
¿En un sitio en el retrete
de la galería baja
de este jardín, falso huésped,
la estatua está de Mercurio?
Allí en tanto que previene
digna basa en que se coloque,
ordenó que la pusiese
tu esposo.
Que esté tan cerca,
mis cóleras agradecen,
porque algún desperdiciado
suspiro mío, ya que me...
Si esto supiera Juliano.
Al paño con bastón Juliano.
O mi deseo me miente,
o está aquí la hermosa causa
de mi mal; ¡oh, si pudiese
hablarla!
Venid y vuelva
a gemir acordemente
el aire.
Ya obedecemos.
Llegaré.
Justo es que llegue.
Mas Liberino, las ramas
me oculten.
Salen ambos y Joviano se vuelve a retirar.
¿Quién es?
Quien viene
gran señora, a suplicaros,
que permitáis, que la breve
estampa de vuestra planta
la adore, si no la bese.
Alzad.
¡Que el llegar a hablarla
me embarace este accidente!
Vuelve a rodillarse.
El emperador, señora,
me manda, que diligente
a las distantes provincias
que poderosa contiene
en su círculo dorado
la diadema del Oriente,
a publicar los edictos
de las leyes que establece
en gloria de las deidades
me parta, volviendo alegre
después a gozar el premio
que a mis méritos previene,
en el bastón de estratego;
y para que más me premie
esta honra que a aquel agravia,
vengo, señora, a ponerme
a esos pies, porque comigo
la ventura que me ofrece
venir la mano a que os bese.
¿Mi mano mereces?
¿Quién merece,
mejor que yo, honor tan grande?
Cualquiera que no atreviese
tan mal como vos.
Joviano
solo de su arbitrio pende,
y mi influjo...
No, influjo
cuando a tal horror le mueve,
es tan traidor como el dueño;
pues persuade ciegamente
un culto, que es idolatría,
una libertad que es muerte,
una deidad que es mentira,
y un dominio, que finalmente
en cuyo derecho injusto
son sacrilegios las leyes.
¿Quién os dijo que yo...
Calla,
y idos antes que me vengue
de vos, haciendo (porque
al campo más brevemente
podáis salir) que por uno
de esos balcones os echen.
Sí haré, aunque con el pesar
de que creáis que os ofenden
mis lealtades; mas de esto,
y un celo que viniere...
Vase.
mucho el imperial decoro
hoy me ha debido en no hacerle
más pedazos que...
sale Jovia.
Pues si eso
solo, señora, os detiene,
aquí está un esclavo vuestro
que sabrá rendidamente
serviros en castigarle.
¡Qué presto hubo de ponerse
en mis penas lo que se ama
junto a lo que se aborrece!
¿No respondes?
¿Quién os dijo
que para que le escarmente
no basta un enojo mío?
Nadie, pero aunque
lo hubiese,
¿quién probara cuánto fingen
no solo vuestros rencores,
sino vuestras esquiveces?
a las damas
¿Con cuál de vosotras habla,
Joviano?, porque parezca
que de algún desdén herido
se queja.
Mío al menos,
señora, no; aun muerto, a nadie.
Nunca a mí, ni aun por juguete
me ha dicho: este afecto es mío.
No me admira que lo niegues
una atención, porque aquí
aun se niegan los desdenes;
lo que me admira solo
es, que las muchas veces
oí afirmar a quejarse
delante de quien porque se
jactase, de esas timideces,
(corazón, no sé si miente)
aun callará que al aire
por delirio se queje.
Poned a otra voz las voces, / músicos, ecos alternos.
Que entre morir de amante
o morir de delincuente,
¿qué medio podrá elegir
quien siempre ha de morir?
Este.
Corazón que ardes y lloras,
alma que aspiras y temes,
pena que alivias y afliges,
amor que olvidas y quieres,
repare quien penas tiene
que tiempo tras tiempo viene.
Vase Consa. música, y detiene Jobiano a Libia.
Libia mía.
Ya te entiendo;
pues que te ponga pretendes
en parte donde a tu salvo
suspires y lagrimees,
pues yerras en mí.
Si eso haces,
no habrá premio equivalente
a tu fineza.
Pues ya...
La noche nos favorece,
no te pares.
Párase.
Amor, haz
que, a la que a mover no acierte
su desdén, pueda a lo menos
decir mis penas a trueque
solo de que las escuche
quien me aconseja que espere.
Vase y, corriéndose una cortina, se descubre un bufete con una sobremesa rica, y encima la Estatua de Mercurio, y sale Selenisa.
Medrosa.
Desde dentro sonará a lo lejos el trueno.
Noche, cuyas lobregueces
o bien los aires empañen
o bien los campos acerquen,
de negro azabache cubren
zafiros y doseles,
pues, si a un infeliz te busco
favorable, mueve, mueve
a un negro anhelo suyo,
aunque acongoje el ambiente,
ráfagas que de los troncos
las vagas hojas inquieten,
porque entre su rudo estruendo
vea mi amor si desmiente
o los suspiros que trunca
o los pasos que entorpece.
Sola parece que está
la galería, en que viene
a esperar mi fe a Mercurio;
claro está, pues si estuviese
ya en ella, supiera en mi bulto
adivinando su suerte.
¡Ah, con qué temor, Fortuna,
pisa la torpe y la débil
planta, de quien temerosa
solo animosa se atreve!
¿Por cuál, Cielos, de las dos
puertas, querrá blanda o fiera
suerte, vendrá Irene por la misma que
Irene con la misma llave, y sale Irene guiando a Mercurio.
Ea,
con tiento, pues el cadente
rumor, que distante suena,
muestra que en los vergeles
aun la Emperatriz se queda.
No poca dicha fue, haberse
retirado el Senador
para que al abrir no oyese
el ruido que hizo la llave.
Pasos siento.
Ya entró, Señora.
¿Irene?
Pues ya
he cumplido con ponerte
al enemigo en campaña,
voyme, porque no me echen
menos allá.
Vase.
Dónde, hermoso
dueño mío, estás, que al verme
tan feliz, creyendo que es
sombra de mi dicha esta, y
aun primero del nombrarte
estoy temiendo perderte.
Mi bien, mi esposo, señor,
Aparte Juliano.
¿qué he escuchado?
¿Cómo vienes?
Como quien de la distante
región donde estuvo ausente
de tus ojos, a adorarlos
en hora dichosa vuelve.
Solo mía es la ventura
que de ese mismo accidente
si fallecí salamandra,
ya he demostrado fénix.
¿De Selenisa esta
voz, hombre, o mi oído miente,
la que en amantes requiebros
te responde?
¿Cuándo alegre
llegará el día
en que premie
la fortuna con tus brazos
mi amor?
Aunque lo impidiese
el mundo, pues para mí
no hay humano inconveniente,
mi amor, mi fe, mi denuedo
sabrán, bien mío, ponerte
en libertad.
¿Habrá susto
más vil, dolor más aleve
que estar oyendo sus celos?
Cuanto, amante, me prometes,
tu afecto me lo asegura.
El tuyo me lo merece,
y no ha de ser siempre el hado
tan adverso, que me fuerce
a que disfrazando amor
tan noble, fe tan ardiente,
solo entre sombras, bien mío,
a gozar tus brazos entre.
Y pues en sabiendo que
soy tu esposo, y que me debe
el César cuantas victorias
dan verde sombra a mis sienes,
¿quién duda que la fortuna
su airada cabeza temple?
¿Quién será el traidor que logre
cuanto mi cariño pierde?
Pero ¿a qué aguardo, que no,
aunque mil vidas arriesgue,
me arrojo a saberlo?
Solo
de esa esperanza, pendiente
estuvo hasta ahora mi vida.
Mas déjame que recele,
según soy de desdichada,
que haya quien osado intente
estorbarlo.
Si te adoro,
en vano temes.
Saca Juliano la espada, Mercurio la empuña y ella le detiene.
No, teme,
pues no solo quien lo estorbe
hay, sino quien os dé muerte.
¿Qué es esto, cielo?
Mi espada
responderá bravamente.
Advierte que de esta vez
nos perderá.
¿Cómo quieres
que me detenga?
Sintiendo
que, según la voz me advierte,
es Juliano.
¡Luces, hola!
¿Y qué he de hacer?
Vete, vete
por donde viniste, antes
que, trayendo luces, se eche
de ver el fallo.
Pues, ¿cómo
te has de quedar?
No te empeñes
tú, que no me faltará
disculpa que el yerro enmiende,
si acaso nos oyó.
Vase. Cúbrese.
¡Oh, cuánto
en un pecho noble puede
el decoro de las damas
y el respeto de los reyes!
¿Dónde estás, cobarde?
Cielos,
guiadme vosotros en este
abismo de sombras.
¡Rufio!
¡Máximo!
Pena inclemente.
¿Nadie me oye?
Duro trance.
Dentro.
Venid tras mí.
Dolor fuerte.
Sale Máximo y Parola con una hachera encendida.
Señor, ¿qué es esto?
No sé,
mas sí sé, puesto que así,
el paso a que fallecí
y la luz a que cegué.
Aparte.
Ésta, la deidad mentida,
es del templo; si supiera
que había de hallarla, perdiera
antes que entrase la vida.
Cuando vengo a consultar
con el ídolo mis males,
hallo junto a él, inmortales,
un pesar y otro pesar.
¿Selenissa aquí?
Señor,
sí, yo, cuando...
No prosigas,
que no es menester que finjas,
mi sentimiento y tu yerro,
para que crea que, viendo
queda estancia que fue ara
de mi deidad, con tan rara
maldad profanada, haciendo
que sea testigo mudo
de tu amor; mas dime, ¿dónde
el osado esposo se esconde?
Todo lo veo, pues ¿qué dudo?
Que, declarada con él,
no hago alarde del valor...
Habla, ¿qué esperas?
Señor,
verdad es que amante fiel
de mis luces...
Calla, calla,
que esa pena, a dura estrella,
no hay valor para sabella,
si le hubo para dudalla.
¿Te adoraba?
Ay, ansia mía.
¿De otro que yo?
Infiel, bárbaro.
Pues, ¿quién, el dichoso, es quién?
Solo sé que en mi porfía
Mercurio...
¿Qué es lo que he oído?
mi esposo.
Duda severa.
Esta noche, yo vi...
Espera,
que, aunque sé que te he perdido,
he hallado a mi mal consuelo.
¿Mercurio es tu esposo?
Sí.
Pues, ¿con quién hablaste aquí?
Con él.
Sin duda del cielo
enamorada deidad
bajó a hablarte en el bulto
del ídolo a quien doy culto,
respiró su voluntad.
Pues, ¿qué, señor, dudas ya,
si de esa suerte pasó
por verse a quien adoró?
¿Cómo, si celoso está,
su enojo rompió tan presto?
Cuando con ecos veloces,
aliento tal, estatua en voces,
sin duda dijo por esto
que de distante región
a adorar sus ojos vino.
¿Qué respondes?
Fiel destino
de su nueva perfección
tan feliz te hizo mujer
que eres de Mercurio esposa;
ya como adorada diosa
de mi cetro y mi poder
te miro solo, que en fin
hoy compites soberana
a Venus, Juno y Diana.
(Ruido de espadas)
No has de salir del jardín
sin que te conozca.
En vano
lo intentas, pues de este modo
solo te ha de responder
mi valor.
¡Qué nuevo asombro
es este!
Máximo Jove,
pues tan cerca de nosotros
aceros y voces suenan,
sepamos de este alboroto
la causa, y de a quién son voces.
La con más razón adoro
aquí me espera.
Vanse los 3.
Contigo
vamos.
¿A quién, en tan corto
espacio habrán sucedido,
divinos cielos piadosos,
tan continuados los sustos,
siendo ahora el mayor de todos
creer que oculto en el jardín
hayan hallado a mi esposo?
mas pues morir a su lado
en mi cariño es forzoso
en su busca he de ir.
Dentro Consta., Irene., Libia., Ismenia.
Entrase Seforosa, y por la puerta contraria sale Mercurio con la espada desnuda.
Tropieza en el bulto de Flaco con la estatua.
Aunque el enojo
de quien conocerme quiso
presuma vanaglorioso
que de temor me he escondido
tropezando en mil estorbos
que hasta aquí han ido poniendo
en cada rama un escollo,
sin saber adonde entro
de la obscuridad me acojo
de esta cuadra, por si en ella
estar escondido logro
hasta que el cielo me valga,
pues ciego, helado y absorto,
aun sin saber de mí mismo,
voy tropezando en mi propio...
Dentro de la galería
se oyó el ruido.
Ea, animoso
espíritu, muchos te buscan
pero al fin todos son pocos.
Salen por una puerta Jovi., Const. y Dam. con luces, y por la otra Maxi., Julia y sold.
Aquí está. ¡Un hombre!
Ninguno
le ofenda, hasta que su rostro
quien es el traidor declare.
Apartad, porque yo solo
lo he de averiguar.
¿Quién pudo
tan bárbaramente loco
profanar los jardines?
Si es Joviano, yo me escondo.
Vanse.
Si es Mercurio, yo me escapo,
mas dicho y hecho.
De la estatua.
Hombre o monstruo
que de las sombras valido
osaste, mas ¿cómo, cómo,
viendo por el suelo ese
vivo simulacro de oro,
quien eres dudo, pues bien
de tan sacrílego arrojo
se arguye que vil Cristiano
eres, cuyo infiel encono
entró a unir en una acción
mi inobediencia y su oprobio;
mas por el mismo...
Se desvía y descubre a Flaco.
No antes
decida de tal enojo
todo el fuego...
de las lágrimas que lloro
premio su vida.
Pues tú
¿no dijiste en este propio
sitio, que eras de Mercurio
esposa?
Y a él le reconozco
por dueño, y en esta fe
rendida a tus pies me postro.
Hombre, ¿quién eres?
Mercurio,
el capitán más glorioso
que vos halláis del imperio.
De corrido y de celoso
apenas a hablar acierto.
Pero, ¿cómo me reporto?
¡Hola!
Señor.
A la obscura
estancia de un calabozo
le llevad; que ha de adorar
mi deidad, o de los hombros
le he de quitar la cabeza.
Vamos, que por más que tu odio
me amenace, en Dios confío.
No le llevéis.
Como ocioso
está el coraje; llevadle.
Selene, adiós.
Mis ojos
te respondan.
Por no ver
suceso tan lastimoso
me retiro.
Pues le puse
en el peligro, mi heroico
Valor te sacará dél.
papel, tercería y soplo,
muy buena cuenta hemos dado.
Albricias, Amor, que a corto
plazo será su hermosura
de mi porfía despojo,
pues ya es mujer .
Y yo, fiera, rayo, aborto,
cometa, furia y centella,
que desde un polo a otro polo
guerra hago al Cielo. ¡Cristianos!
¡Ay, míseros de vosotros!
Fin de la primera jornada.
Jhs
Jornada Segunda
No muere quien vive en Dios
Por Antonio de Zamora
Texto desvaído e ilegible en el resto de la plana.
En el margen superior se lee: +
Segunda jornada
Por un lado salen Constancia, y por otro Libia y Joviano.
¿Llamaste a Joviano?
Aquí,
tu orden aguardando está.
Pues dile que entre, y tú ya,
que a este empeño me arrojo,
podrás estar advertida
de avisarme, si alguien viene.
Nadie más cuidado tiene
en servirte.
¡Ay de mi vida!
Vase.
Llegad.
Ya extrañando llego,
qué motivo os fuerza ahora
a que se acuerde, señora,
de mi fe, vuestro desapego.
Ya os he dicho, que esta no
es plática para mí.
¿Cómo gustáis, si os perdí,
que halle quien os perdió?
No siento, no, que al laurel
no pueda aspirar jamás,
pues no fuera con él más;
sé lo que he sido sin él,
solo siento que padezca
una ira con tal desdoro
que siendo quien os adoro
sea otro quien os merezca,
añadiéndome el pesar
de que vos así deseéis
la que me hagáis padecer
y no me dejéis quejar.
Ya, Joviano,
solo vuestra fe, dudo, sí,
se ha de acordar aquí
digna esposa de Juliano.
Advirtiendo en la inconstante
lucha de una ansia amorosa
que decir que soy su esposa
no es decir que soy su amante.
Pues al ver que culto ofrece
a los dioses, su malicia,
es mi honor quien te acaricia
y mi fe quien le aborrece.
Y puesto que habéis venido
(que mal se finge un desdén
con el que se quiere bien)
de mi precepto traído
y una fineza por mí
aún de hacer.
Nada habrá
que por vos no haga, si ya
no es olvidar lo que fui.
(Vase)
Artemisa, infausta esposa
de Mercurio, a quien hoy preso
el César tiene, en aquella
torre que de aquí no lejos,
sobre este jardín descuella
su altiva fábrica al viento,
viendo cuán poco su llanto
hasta ahora ha podido, y viendo
que no inventar el alivio
es flaqueza del aliento,
me ha empeñado en que de vos
(pues sois todo el valimiento
del César, con quien no vale
mi intercesión, ni su ruego)
fíe la acción, de que cuando
a estos jardines amenos
pase esta tarde, Mercurio
logre con cualquier pretexto
echarse a sus pies, a fin
de que en lo que no pudieron
ni las porfías del llanto
ni las perezas del tiempo
veamos si le mueve más
quien le debe obligar menos.
Para esto os he llamado,
Joviano, y pues para hacerlo,
demás de mandarlo yo,
tenéis la causa que tengo,
siendo (quien por nuestra ley
mísero, abatido, y preso
a morir de una injusticia)
viviendo está de su desprecio,
ved cómo habéis de lograrlo
cuando os llaman a emprenderlo
obligaciones de amigo
y leyes de caballero.
Quién creyera que lo que el desear
me ha mandado, sea lo mismo
que la emperatriz me manda;
mas ¿qué discurro, si puedo
solo con una obediencia
facilitar dos obsequios?
Y bien extraño...
Sale Juliano, Jobiano.
Gran señor, cuando te veo
me rebosan por los ojos
las llamas que hay en el pecho.
En tanto que los despacho,
con Máximo, a quien espero,
unas consultas, esperas,
pues al jardín saldré luego
ejecutar mi mandato;
que con pausas pretendo, yo,
dar libertad a Mercurio.
Aparte.
Verás cómo te obedezco.
Ya no por ti, sino solo
por aquel tirano bello,
dulce veneno por quien
fiero rigor por quien muero.
Vase, y sale Máximo con unas cartas abiertas y un librito pequeño en la mano.
Ya que para la victoria
a que enamorado anhelo
no bastan con rebeldías,
finezas ni vencimientos,
basten traiciones y engaños,
que en amor no vale menos
que una rendida paciencia,
un cauteloso despecho.
Y a solas con él.
Señor.
En el margen superior derecho: 2 y 3
Y en que estamos solos, di,
Máximo, ¿qué traes de nuevo?
Cartas son cuyas noticias
son de importancia.
Primero
me dirás la que mandé,
por estar ya en mi gobierno,
dirigir a Iberino
para lograr mis intentos:
¿escribiste?
Solo falta,
para partir el correo,
que la firme vuestra alteza,
pasando a informarse luego
de las grandes novedades
que ocurren.
Nada mi pecho,
Máximo, altera, que soy
viviente muro de acero;
y pues nada importa más
a mi venganza y mis celos,
que castigar de Mercurio
el arrojo, a cuyo efeto
escribir mandé esa orden,
muestra, que firmarla quiero.
Esta es; ¡que no hagan los dioses
de tu pasión tal escarmiento!
Fírmala y lee.
Lo he firmado.
Firma.
Aunque en quitarle
la vida haces presupuesto
que en la religión del gusto
te has ofendido, no comprendo
con qué motivo, a Cesárea
le has de enviar estando preso
en la torre de Palacio,
como han dicho, resuelto
a morir mil veces, antes
que confesar por supremo
otro Dios, que al que él adora.
Prevenida industria tengo
con qué brindarle el castigo
entre el embozo del premio;
pues con fingir que el bastón
de que ahora está depuesto
le restituyo, podrá
ejecutar mi decreto
Tiberino, pues es fuerza
que yendo a servir el puesto
haya de entrar en Cesárea,
conque en una acción adquiero
mi venganza, y mi victoria;
pues la rendiré, si espero
persuadir a Selenisa.
Pues ha de decirlo el tiempo,
ocurramos a lo que ahora
pide más pronto remedio.
Di, ¿qué hay de Persia?
Que Ydaspes
su nombre niega los feudos
que como colonia suya
siempre ha pagado al Imperio;
al mismo fin reclutando
sus tropas quiere, soberbio,
disputarlo en la campaña.
A él le pesará bien presto;
pues en persona he de ir yo
a hacer guerra, a cuyo efecto
dispondrás lo necesario.
Tiberino en este pleito
se ha visto como Basilio,
sin que le reporte el freno
de esta amenaza, a quien más
a sus órdenes opuesto
favorece a los cristianos.
¿Qué hombre es ese?
Según ellos,
el que más con su Dios vale;
según los vanos portentos
que por él obra, dice ser,
aunque pobre, enfermo y ciego,
Obispo actual de Cesárea.
Poco ese enemigo temo;
pues sin mi enojo, aun
va amenazando el tiempo.
La noticia que la carta
incluye, trujo un correo
de Susa, acompañada
de un librillo pequeño.
por ser de grande importancia
la mañana dejé, creyendo
que querrás tú leerla.
Lee.
Muestra.
Letra es de Rubén Hebreo,
y dice así: Al ver el libro
todo me he cubierto en hielo.
Pues yo lo sabré después,
lee para ti, porque creo,
según el ruido, que alguien
nos pueda oír.
Sale Fortún con un memorial en la mano.
Ya que tengo
llave de entrada, mediante
la introducción del gracejo,
de que la emperatriz gusta,
a hablar al césar me atrevo,
y valga lo que valiere.
Admirado está leyendo,
¿qué será lo que la carta
incluye?
Raro portento.
El criado de Mercurio
es el que ha entrado.
¡Qué miedo,
cielos, es este, que en mí
ha causado el ver que dentro
de este libro, con tanta alma
me amague tan poco cuerpo!
Mas vete sin remitir
esa carta, ni un momento
de tiempo pierdas, pues voy
cuanto he de ver, haciendo
después que a Nisidia vengo
a palacio, porque quiero
que al fin como profecía
de los dioses, los misterios
de este libro me descifre
el día que el nuevo templo
que en palacio he fabricado
a nuestra deidad ofrezco
con himnos y sacrificios.
Alas le pediré al viento
para obedecerte.
Vase y por el otro lado sale Fortún.
Ya
que está perdido el dinero
de mis raciones, veamos
si los servicios que le he hecho
premia este hombre.
Con qué susto
te abro, para ver si venzo
este asombro.
Abre el libro.
En la ceniza
hemos dado con los huevos.
Evangelia Jesuchristi
Secundum Joannem.
Lo llego.
El primer párrafo
a andares.
Dice: In principio erat verbum
et Deus erat, mas ¿quién
está aquí?
Arrodíllase.
Un soldado viejo,
ético de desazones.
y baldado de pregunticos.
¿Qué pretendéis?
Yo, señor,
he servido como un perro
a Vuestra Alteza, y en fuerza
de mis servicios, pretendo
un tercio.
Mucho pedís.
No mucho, que con dos tercios
empecé a ganar mi vida.
¿Cómo?
Como he sido arriero.
¿De dónde sois?
De Tetuán.
Y vine entre un surgimiento
de monos, a ver si acá
valen algo más los gestos.
¿Vuestro nombre?
Forloncillo.
Trasto que se introdujeron
los doctores, para ir
a visitar el invierno.
Y si quiere Vuestra Alteza
saber mi abolorio, presto
le oirá en términos.
Decid,
que mal mis penas advierto.
Don Coche Zumbón, que hoy goza
privilegio tan altivo
como ir dos en cada estribo,
casó con Doña Carroza.
Éstos, de su vida al fin,
una hija tuvieron, que es
Doña Calesa, que después
casó con Don Carrocín.
Un Carrocín que viudo era
de la amada esposa suya,
tuvo a Don Coche de Rúa
en una Doña Litera.
Este Rúa, en conclusión,
casó de allí a dos veranos
con Doña Silla de Manos,
en quien tuvo a Don Forlón,
que soy yo, y yo en quien hoy cela
familia tan peregrina.
Viudo de Doña Berlina,
casé con Doña Calesa,
de quien tengo, porque amante
premie mis finezas raras,
una niña de dos varas
que es Doña Silla Volante.
Buen humor gastáis.
Con vos
tener otro, fuera en vano.
Y decidme, ¿sois cristiano?
Sí, por la gracia de Dios.
¿Qué decís?
Que en lo que hablo
os mintió mi miedo vil.
Según eso, sois gentil.
Sí, por la culpa del diablo.
Cristiano y gentil, espero
saber cómo se ha juntado.
Soy cristiano arrastrado
como perro perdiguero.
Decid.
La Soberana Virgen
me dio esta fe, indecente
de ser venerados Numenes.
Sale Mercurio, y Juliano.
Aquí este Juliano llega.
En fin pretendes, Joviano,
que a un Rey tirano, así de mí
ruegue indignamente?
Sí,
que este Rey, aunque es tirano...
Mercurio, estás aquí?
Él, entonces,
desgracias lo negará,
que yo no sé dónde está,
mas ay de mí.
A estas plantas.
Pues, cómo? Vos?
Si esta es culpa,
solo mi amistad padezca
el castigo, pues yo fui
quien, porque de su clemencia...
Bien está.
Él es, vive Cristo.
Quitaos de mi presencia,
que a no daros tanta mano
mi favor, quizá no os diera
mi favor tanta osadía.
Señor.
Idos.
Aunque sea
fuerte esta ira, me atreva
el hacer de complacerla.
Vase.
Mas Joviano, por qué vas,
si para cobrar mi hacienda
me da algún medio...
Vase.
Soldados,
prendedle después.
Norabuena.
Aunque se...
Cuidado a tus iras.
Que de la prisión estrecha,
en que animado cadáver
viví a merced de mis penas,
inútilmente me saca
la esperanza de piedad,
en ensordecer su venganza
los gritos de mi inocencia;
no obstante, a fortuna infausta,
porque no tenga mi estrella
vanidad de absoluta
en los decretos de Astrea,
mísero, abatido y pobre,
me arrojo, señor, a las
veneradas plantas tuyas,
no porque cobarde intente
mi vida, huir del sangriento
precipicio que la espera,
sino porque de mi honor
la trémula luz funesta
ni perturbada vacile,
ni anochecida fallezca,
mi esposa, señor...
Mercurio,
alza a mis brazos, que es fuerza,
ya que nadie nos escucha,
hablarte de otra manera.
Al paño Selenida y Constanza cada una por su lado.
¿Qué es lo que miro, fortuna?
Cielos, ¿qué mudanza es esta?
¿El César habla a Mercurio?
¿A Mercurio abraza el César?
¿En qué parará esta dicha?
¿Adónde irá esta cautela?
Oír lo que hablan importa.
Alta voz, el fin atienda.
Ya sé que has anticipado
en las fronteras de Persia
el Imperio, más victorias
que hay puntas en su diadema.
El Hidaspes, pretendiendo
sacudir de mi obediencia
el yugo, reduce el pleito
al tribunal de la guerra;
mis tropas, que en la ciudad
de Cesarea se acuartelan,
solo aguardan que haya quien
las mande para que venzan.
Pues ¿quién sino tú podría
en tan arriesgada empresa
ennobleciendo mis armas
avasallar su soberbia?
Ya eres general altivo
de mis tropas, ya te entrego
mi amistad, fiando
el bastón, que de tu diestra
solo digna insignia puede
infundir espanto al persa.
Pues si mi amor por ti hace
tan singulares finezas,
¿qué harás tú por mí, en borrar
de tu errada ley...?
Espera,
que todo me sobra
si quieres que mi ley pierda.
¡Qué poco duró mi gozo!
¡Qué presto llegó mi pena!
¿Qué dices?
Que si el dominio
de dos mundos, redujeras
al Pastor lindo, después
tachonándole de estrellas;
si de tu laurel augusto
al sacro círculo encierras
cuantas triunfantes coronas
el Imperio respeta;
para coronar con ellas
mis sienes, no solo de ellas
desprecio hiciera mi fe,
sino que a mis plantas puestas,
para no dejar memorias,
las redujera a pavesas.
¿Yo por un premio caduco
dejar una vida eterna?
¿Yo por complacer a un tirano,
desenfrenada violencia,
ofender al verdadero
Dios, que confieso, la inmensa
majestad con que Uno y Trino
por siglos de siglos reina?
No, rey, que...
Calla, villano.
Que de vivo yo me pesa
de haberse manifestado
aun sin vida mi clemencia.
¿No eres mi vasallo?
Sí.
¿En quien de leal se precia
no es la obediencia precisa?
No, si es culpa la obediencia.
¿Sabes que puedo quitarte
la vida?
Y ¿sabes que anhela
mi constancia a eternizarla
con solo saber perderla?
¿Cómo, traidor?
Advirtiendo
que en la gloria que me espera
no muere quien vive en Dios.
Tírale al suelo y salen las dos.
Ya es delirio mi paciencia
a vista de tu locura.
Bárbaro, y para que veas
que de ese error solamente
coges el fruto en afrentas,
en el suelo, humana alfombra
de mis plantas, entre ofensas
sirvas, quien...
¡Ay de mí!
No le pises.
No le ofendas.
Antes me da muerte a mí.
O antes en mi vida estrenas
el rigor.
Con vuestros ruegos,
en vez de aplacarse el ira
de mi enojo, cada soplo
le despierta una centella.
¡Mercurio, señor!
Ingrata,
¿dónde vas?
A donde pueda,
si le maltrata tu enojo,
aliviarle mi fineza.
No será mientras mis celos
duran, y para que adviertas
a quien engañada adoras
y a quien esquiva desprecias,
mírale segunda vez
ultrajado en tu presencia.
Písale a Mercurio, quiere levantarse y vuelve a caer.
¿Qué ceguedad?
¿Qué insolencia?
Que esto mi valor consienta
sin que anime a mi agravio.
Pero, señor, vengan, vengan
más injurias, si el sufrirlas
mérito es de padecerlas.
¿Conoces ya mi poder?
Sí, pero no me escarmienta,
por más que decir escuche...
¿Qué?
Venid, venid, bellezas,
y al nuevo templo dad nuevas ofrendas.
¿Qué es esto?
Sale Maximiano.
Que ya, señor,
conduciéndose a la esfera
del templo que en tus jardines...
Solenisa, me enterneces,
pues solo tu pena siento.
¿Cómo quieres que no sienta
el alma, en raudales, viendo
mi desdicha, su bajeza?
Padecer por Dios es dicha,
y por si esta es la postrera
vez que nos vemos, los brazos
me da, y adiós.
Abrázanse.
Él te vuelva,
aunque infeliz, a mi amor.
Ven, Mercurio.
Tú me llevas.
Sí, mas será para que
al instante que anochezca
te ponga en libertad.
A él.
Vamos.
No por huir la daré
a mi fe, sino por vengar
los oprobios de la secta.
Vanse los dos y queda sola Solenisa.
¿Es posible, corazón,
que a vista de tan violenta
inundación de pesares,
osadamente conserves
las alas con que palpitas,
los espíritus con que alientas?
Si de este golpe no mueres,
inmortal serás, a pique
de injurias que, atropelladas,
unas con otras se encuentran,
si no es que al verme...
Sale Irene.
Señora,
¿no vienes a ver la fiesta?
que en el nuevo sacrificio
suspenda, infame, la lengua,
y pues lo muero de fina,
no me mates tú de necia.
Vase.
Fuese; pero ¿qué me importa
que se vaya o que se venga,
para que yo en el festejo
estrene esta escarapela,
vestido erizo de cinta,
azul, lechuga, de seda?
Y pues ya está de aquí lejos,
pies, para qué os quiero, aunque ella
menos me eche en la posada
de nuestra guardilla vieja.
Apare.
Descúbrese un altar suntuoso en que estará la estatua de Mercurio, delante un ara con fuego; por el lado diestro salen Juliano, Constancia y Libio, y por el siniestro Máximo, Artidia y ninfas coronadas de flores con unos canastillos en las manos con flores, palomas y otros dones, y mientras cantan los ofrecen al ídolo.
El imperio del Oriente,
a su deidad soberana
religiosamente postre
las víctimas y las palmas;
porque en sus aras
las unas luzcan y las otras ardan.
La bellísima Artidia,
que con la hermosa y ufana
tropa de ninfas ilustra
la vanagloriosa estancia
de este templo, que, añadido
alcázares de mi alcázar,
y la que en rendidos dones
ante su divina estatua
dais materia reverente
a las encendidas llamas
de esa pira, en cuyo fuego
hasta el corazón se abrasa;
oíd el intento a que hoy,
no sin gran causa, te llama
mi asombro, para que, en fin,
como profetisa sabia
de los dioses, las tinieblas
despejes de mi ignorancia.
Si tantas veces por mí
revelaron sus sagradas
voces los altos misterios
que avisan con lo que fallan,
con razón de mí confías
la solución.
¿Qué me dará
el riesgo de mi pesar,
el ceño de mi desgracia?
Líbreme Dios a la hora
de ver qué ha habido de nuevo.
Nada;
más presto lo sabrá.
Vasallos,
oíd a nuestro monarca.
Más, que es otra novedad,
aún peor que la pasada.
De aquel portento del siglo,
de aquel asombro del Asia,
de aquel, pues, que templo augusto.
De la presunción judaica
fue de Vespasiano y Tito
arruinado triunfo, a causa
de querer que sus cenizas
publicasen su venganza,
dando a entender que fue injusta
(¡cuánto la aprehensión engaña!)
la muerte del Galileo,
ese a quien por Dios aclaman
los cristianos; los persigue
la cólera de mi espada.
Y queriendo el afán hebreo
reedificar a mi instancia
la antigua pompa, en desprecio
de la vanidad romana,
apenas en sus cimientos
dio el primer golpe la azada
cuando, enojado el cielo,
a impulsos de una borrasca,
suspiró truenos, y ardientes
sus inmensas cataratas,
por abrasar lo que mojan,
llovieron fuego en vez de agua.
En cuyo espanto, rompiendo
las preñeces de una zanja
oscura boca, por quien
polvo escupe y humo exhala,
les obligó a que por ella
descendiese a registrarla
un esclavo, el cual saliendo,
a pesar de tanta infausta
niebla, informándose de ella,
salió trayendo (que había
hurtado al genio este libro,
sin que se lo embarazara
la profunda transparencia
de un estanque, en cuya vaga
inquietud, era una piedra
el trono que le guardaba,
sin que el agua le humedezca
ni el peñasco le deshaga),
este, pues, en cuyas hojas
los evangelios se guardan
de Juan, discípulo amado
de ese hombre, que en la cruzada
ara de un leño, veneran
las ceguedades cristianas,
es el que hoy desde Judea
(como asegura esta carta)
a mis manos llegó, y pues
solo quiero que informada
de su contexto, me expliques
los misterios que recata,
o mal leí de ese primer
capítulo, en que ofuscada
mi ciencia, en cada renglón
muchos laberintos halla,
los misterios me descifra
y las tinieblas me aclara.
Sí haré para que conozcas
37
A cuanto mi estudio alcance.
Mas con causa admiro el aviso
de novedad tan extraña.
Dale el libro.
Pues ¿a qué aguardas?, mis dudas
esperen en tus palabras.
Como leyendo.
En los misterios sagrados
de esta primera plana,
que en el principio era el Verbo,
dice, Juan, que el Verbo estaba
en Dios, y el Verbo era Dios.
Conque, respecto de que habla
de la eternidad divina,
de la esencia soberana,
pruebo en forma que son todas
sus proposiciones falsas,
acuso su vanidad
del espíritu que me inflama,
arguyo de esta manera...
Y empieza.
Di.
Por su causa,
vuelva el cielo, al ver cuán ciega
esta obstinación le agravia.
Como que no puede hablar.
En el principio, mas ¡dioses!,
¿qué nudo es este que me ata
la voz, que mi propio aliento
es dogal de mi garganta?
¡Ay, Irene, qué hace gestos!
¿De qué, Aricidia, te espantas,
qué te suspende?
Un horror,
un susto, un mal, una rabia;
que invisible áspid del pecho
a cuanto muerde despedaza;
mas no importa; en el principio...
Prosigue.
Cae desmayada.
¿Cómo, si el habla
torpe, ahogado el aliento,
entumecida la planta,
yerto el pulso, helado el pecho,
y, en fin, en batería tanta,
muriendo de lo que animo,
¿vivo de lo que me mata?
¡Ay de mí, infeliz!
¡Ay, Palas!
¡Hija!
Aricidia, privada
de un desmayo solamente,
con lo que firme descansa.
O si al dueño sucediese
el rayo.
Si de esta gran falta
ruina fue instrumento el libro,
presto se verá vengada;
viendo que, débil ceniza
de las encendidas aras
de esa pira, también muere.
No hará, que es Dios quien le guarda.
Al querer arrojar el libro en las llamas vuela rápidamente y, sumiéndose la pira, cae despedazada la estatua, sonando truenos y ruido grande de cadenas dentro.
¿Qué es esto, Dioses?
Volar
como quien no dice nada.
Desvanecida la esfera,
toda es humo.
Derribada
la estatua, a menudos trozos
se redujo.
De esfera, en roncos gemidos,
el toro celeste brama.
Roncos gemidos
700
¡Qué pasmo!
Retirad, ninfas,
esa beldad desmayada.
A bien que no habla conmigo,
que yo no lo soy.
Constancia.
Máximo.
Irene.
Al jardín.
Al parque.
Toma, si escampa.
(Vase.)
Huyendo voy de mí mismo.
Aun para huir me embaraza
el susto.
Dioses, piedad.
Clemencia.
Cubriéndose el templo, sale Mercurio.
El cielo me valga,
pues al estrépito horrible
del temblor que desencaja
los candados de las puertas,
los goznes de las ventanas,
la que era de mi prisión
desampararon las guardas,
no sin motivo, que vieron
que al ruido de sus aldabas
desampararon el pino
cerraduras y bisagras.
Con que puesto en libertad,
por haber hallado franca
senda a mi fuga, no sé
por dónde, para lograrla,
he de salir, pues la densa,
confusa tiniebla pasa,
oscuramente deslumbra,
tímidamente acobarda.
Dios, cuya piedad inmensa
de injusto poder me saca,
mis pasos guíe.
Joviano por el lado contrario.
Sin duda
el cielo toma venganza
hoy del bárbaro despecho
de Juliano, pues cerradas
sus puertas, para el alivio
solo con truenos habla;
mas ¿qué temo, si resuelvo
a dar esta noche llana
vida a Mercurio? ¿Qué no
lo intento, cuando me amparan
las sombras, que por lograrlo
parece que se adelantan?
Encuéntranse.
Tente, tente.
¿Quién va?
Un hombre
que, prodigio de la fama
y asombro de la fortuna,
viene a ser monstruo de entrambos.
Empuña la espada.
Nada al valor de Joviano
le asusta; tan fantasma,
hombre o monstruo, con mi acero
Detén la valiente espada,
que a ti te busco,
Mercurio.
Yo soy, ¿qué dudas?
¡Oh cuántas
son hoy mis dichas!
El cielo...
No malgastes en palabras
el tiempo, pues junto al parque
con dos caballos te aguarda
forlón, en ellos te ausenta.
¿Cómo he de volver la espada
al peligro de mi esposa?
Sabiendo que en mí la amparas.
Otro tú, y como me digas
el rumbo de tu jornada,
lo dispondré que te siga.
Respecto de que en Cesárea
acuarteladas las tropas
que mandé, están, y a mi instancia
obedientes las discurro,
de su milicia se valga
mi denuedo.
Pues, amigo,
auséntate, pero en nada
de Tiberino te fíes,
que el que a su religión falta,
que a su amistad falte es fuerza.
Dios piedades tan hidalgas
te pague.
Ven.
Celonida,
conmigo se queda el alma.
Vanse. Y cesando el terremoto, salen huyendo algunos labradores. Detrás, siguiéndolos Tiberino y soldados, y detiéndole Basilio, barba, vestido de monje Benito, con su insignia y un crucifijo y un libro pequeño en la mano.
No huyáis, hijos.
Villanos,
así pereceréis todos a mis manos.
Que la fuga nos defienda
Entranse.
nuestra planta,
libre las vidas de miseria tanta.
Oíd, aguardad, que aquesa cobardía
no es hija del valor en que confía
el celo que os instruye.
Si eres el solo amparo del que huye,
alivio espera en vano;
deja su miedo, miserable anciano,
en defensa de cólera tan justa.
Basilio el Grande soy, nada me asusta.
Ya sé quién eres, porque mal pudiera
ignorarlo mi ardor, siendo mi esfera.
hipócrita asechanza, quien porfía
en abusar de la clemencia mía.
Y aunque a veneración mi saña mueve
el peinado diluvio de esa nieve,
cualquier respeto borra el ver que necio
del decreto imperial haces desprecio,
a todos instruyendo en el cristiano
rito, a quien tanto aborreció Juliano.
Es verdad, no lo niego, ni aunque fiero
me amenace el enojo de tu acero,
ni el fuego de esa pira, que violenta
de vidas de cristianos se alimenta,
jamás lo negaré, que tu delirio
la corona me ofrece del martirio
a que constante anhelo.
Por Júpiter, mayor deidad del cielo,
una y mil veces juro
que del volcán cruel, o el metal duro,
y un agudo, otro ardiente,
te dé hoy día escarmiento
si en ese error prosiguen tus hervores;
pero, ¿a qué pienso? De esos labradores
seguid la fuga, por distintas partes,
sin que mágicas artes
de mi enojo los libren, de manera
que alguno de ellos, sea en esa hoguera
escarmiento de bárbaros excesos.
(Vanse.)
Presto a tu vista los traeremos presos.
Dichosos ellos, si su vida ofrecen
a este Señor por cuya fe padecen.
no
Sabes que de su ley en vituperio
establecida ley es del Imperio,
la que a todos os veda
aprender y enseñar, sin que os quede
destitutos de dotrina?
no
Sé que, fiando en la piedad divina,
Proheresio, insigne sátrapa de Atenas,
a quien de tantas hoy impuestas penas
exceptó el César, por que solo él fuese
el que las enseñase o aprendiese,
despreció el privilegio, haciendo alarde
de no temer sus ímpetus, cobarde,
pues respondió que hacía más aprecio
de ser cristiano, y necio
que de su fe en agravio.
no
Sabes que por no haber obedecido
al César, se miró desposeído
Athanasio del puesto que obtenía?
no
Sé que por Dios gustoso le perdía.
no
Sabes que en la Tebaida y sus desiertos
viviendo encubiertos
hasta ahora, a merced del hado vario,
la fe de Eusebio, y el amor de Hilario,
sus dos grandes amigos?
no
Sé que al cielo estimaron sus castigos,
y, en fin, sé que en cualquiera infausto extremo,
mientras yo tenga a Dios, a nadie temo.
no
ya que obstinadamente
tú en tus errores porfías,
quédate, que yo daré
al César esta noticia.
27
41
pues mal puedo, sin su orden,
castigar su rebeldía;
pero quédate sabiendo
que, porque el mirar te aflija
de tu errada ley ofensas,
de tu ciega aprehensión ruinas,
haré por continuamente
a las llamas de esa pira,
en cristianos escarmientos,
ir añadiendo cenizas;
y presto, si a esta ciudad
mi fortuna te encamina,
será Mercurio testigo
de esta verdad, pues mi dicha
cree que en hacer al César
tan grande lisonja estriba.
Vase.
Sí harás, que Dios para más
mérito de tu familia
te permite riguroso.
¡Y ojalá fuese mi vida
quien estrenase su enojo!
Pero teme su justicia,
que lo que un siglo consiente
en solo un punto castiga.
¿Adónde mis labradores,
huyendo de la enemiga
saña de quien los persigue,
habrán ido?
Sacan los soldados a empellones a Fortón y Mercurio, que salen vestidos de labradores, y Fortón con una pava de fojas, y en ella, entre otros trastos, un hacha de partir leña.
¡Ande el gallina!
¡Miente él y toda su alma,
que yo no soy sino hormiga!
¡Venga él también!
Fuerza es,
para no ser conocida
mi persona, que mi esfuerzo
estos ultrajes permita.
Ahora hemos de ver de qué
les sirvió la escapadiza.
¿Qué escapadiza, ni qué cazas?
Hombre del diablo, ¿no miras
que vengo de partir leña,
como lo dice esta hachita?
Presto puede ser que yo
te la parta en la barriga.
Hermoso tajo, y con pies.
Hijos, no temáis la esquiva
persecución que os ultraja,
que las piedades divinas,
si hacia el sentimiento os llevan,
con el galardón os brindan.
Ya a agonizantes, solo
nos faltan las campanillas.
Este sin duda es Basilio,
pues el amor a que incita
y el respeto a que provoca,
calladamente lo afirman.
Venga ante el gobernador
él, y él también, por que digan
si son cristianos.
Si tal
dijere, ni en cortesía,
me lleve el diablo.
Villano,
¿por qué niegas lo que sabías?
de publicar.
Porque temo
lo de devanar las tripas,
quemar, freír y otras cosas;
pero antes que lo consigan,
ha de haber...
¿Qué?
Lo que llaman
derrengaros las costillas.
¿Qué haces, loco?
Andan a golpes Fortunato y los soldados, y sale Tiberino.
Toma esa.
Sosiégate.
Dale guindas.
Matadle.
¿Qué ruido es este?
Sí, es una niñería.
Tiberino es, ya es forzoso
declararle mis desdichas.
Señor, como me mandaste
que a los villanos que iban
huyendo, prendiese...
Miente.
Callad.
A estos dos traía
a tu presencia, y llegando
Basilio a verlos...
Mentira.
Dejadle hablar.
Tomó este
tal ánimo con su vista
que osado...
Mentira y media.
18 42
Solo nos embistió, y...
No prosigas,
que entre muerte, más que miro,
¡Cielos!
Ya le ha visto chispas.
¿Qué dudas? Mercurio soy,
que no porque desmentida
mi nobleza, en este traje,
humildes adornos vista,
mi nombre niego.
¿Tú eres
de la sagrada milicia
de Cristo el caudillo heroico,
pues diste como publica
la fama en Constantinopla
débil blanco a la ofensa
de Juliano?
Sí, y quien besa
solo la tierra que pisas.
Mercurio, no es tiempo de eso,
pues solo es bien que colijas
el riesgo en que estás.
¿Yo riesgo?
Pásase a él Mercurio.
Esa barra te lo diga.
Padre, por amor de Dios,
que si esta gente maldita
quisiere martirizarme,
disponga que no me frían
en aceite.
¿Por qué, hermano?
Porque yo no soy torrijas.
A la vista...
Sí.
Pues para
que veas cuánto me obliga
tu amistad, como a los dioses
No prosigas, no prosigas,
que no es dádiva un favor
en cambio de una injusticia.
Pues ¿qué resuelves?
Morir.
Y a la estrella que me guía
al suplicio, debe estar
mi fineza agradecida,
pues me añade una corona
con la vida que me quita.
Buena jornada hemos hecho.
¡Oh, qué en vano solicitan
las diligencias humanas
asegurarse en sí mismas!
Pues bajel que rige el cielo,
le enseñe el norte, camina
tanto como en la borrasca,
dentro del puerto peligra.
Escuadra que disfrazada
para administrar justicia
estás en Cesarea, el César
en esta carta me envía
orden para que castigue
la sacrílega osadía
con que Mercurio a los dioses
a borrar el nombre aspira.
Y así en el común teatro
de aquella hoguera encendida,
En el margen entre columnas hay un texto vertical marcado para inserción, de difícil lectura: "que castigue el rudo arrojo insolente de la culpa y reconociendo vuestro error le deis en obediencia a mi piedad las armas para que advierta vuestra ciega ignorancia que el ardid que hace tan fiero en obrar Mercurio no es de lágrimas mas digno y a los dioses los rinde porque le defiendan."
¡Ea, mira,
Tiberino, que es desatino
del valor que honra y gala,
muera nuestro General!
Sabed que la culpa que le adjudica
es de religión y fuero,
no hay alguno que le exima
del castigo.
¿Qué causa es?
Vana ficción de la envidia.
Soldados, ved que intentáis
su libertad, y de la misma
culpa sois vos.
Nosotros
moriremos porque él viva.
¡A buenos cristianos!
Pues
solo el acero decida
la cuestión.
Tened las armas.
Ninguno el acero esgrima,
pena de traidor.
Primero que lo consigas,
hasta librarle.
Esto es
favorecer la justicia.
Matadlos. Pues descubren
los errores que patrocinan.
Van entre crueles discordias,
toda la ciudad movida,
se va el motín encendiendo.
Entranse riñendo y Tiberino deteniéndolos.
Pues en que yo muera, es
la muerte gustosa hoy.
por daros mi vida por todos ellos.
Espera la planta, suspende, y mira,
hijo, que guíe este acaso
es disposición divina.
Llégate, Padre, que es hombre
que en esa hoguera encendida
se echará como si fuera
un colchón de pluma, viva.
Tras él iré.
Vase.
Mueran todos.
Todos mueran.
Arroja la hacha, y al irse a entrar le detiene Tiberio.
¡Cuál ahora bien loco se ha
quedado, mozo, y
para que no me impida
el correr el peso, vayan
las alforjas a Turquía.
¿A dónde, villano, vas?
Va, descampa, y llama China.
Sale un soldado.
¡Mercurio muera!
Arrea allá.
¡Mercurio viva!
Señor, ¿qué haces?, que en tropel
ya la ciudad dividida
está a pique de perderse.
Coge la hacha.
Pues para que no se diga
que darte vida lograron,
y porque mi espada invicta
no quede de este traidor
con la vil sangre teñida,
este rústico instrumento,
con su acerada cuchilla,
pondrá paz en la discordia
y en su cancela.
¡Por San Dimas!
que con el hacha en la mano
va el hombre rompiendo cancha,
y a el paso contino rompe,
y a mi pobre amo atisba,
ya se le acerca, ya enarbola
la navaja campesina.
¡Zas! y por errar la sien,
le ha dado en las orejillas.
Dentro Mercurio.
¡Jesús mil veces!
Salen los soldados con las espadas en la mano, y Tiberio.
Ninguno
se mueva en ofensa mía
si irritar no quiere al César.
Ya que el cielo no castiga
esta maldad, y Juliano
tanta traición motiva,
salgamos de la ciudad.
Ved que os denuncia, precura,
fue este arrojo.
Toca a marcha.
Vanse.
Por no hacer la carnicería
los redimo. Voy tras ellos.
Vase.
Malos dolores de tripas
os dé Dios.
Sale Bantiro trayendo en los brazos a Mercurio con la hacha en la cabeza vertiendo sangre.
Hijo Mercurio,
pues ya la corona invicta
del martirio conseguiste,
la turbada planta anima,
porque de expirar acabes
junto al templo de María.
En su auxilio confiado
vamos hacia donde rinda
gozoso a sus pies mi último aliento.
Con su auxilio, y pues le pido,
el mi espíritu derrama.
Amo mío, ruega a Dios,
cuando allá en la gloria, a fin
que me libre de casado.
Ya espiró, mas, amigos, espera.
No muere quien vive en Dios.
Ah, señores, hasta la vista,
que en esta jornada muere
y en estotra resucita.
Tocan marcha y, por el lado diestro, salen Constancia, Irene y Libia de luto; Juliano y Máximo; por el siniestro, Tiberino y Basilio con un canastillo, y en él algunos panes, sobre unos haces de heno.
Juliano invicto, cuya heroica frente,
ceñida de los rayos del oriente,
hace que a los impulsos de Belona
soles por piedras brille la corona;
y hermosa emperatriz, en quien Bizancio
la sucesión venera de Constancio,
a vuestros pies está, quien a ellos pone,
para que al humillarse se corone
del valor que demuestra,
la lealtad mía y la grandeza vuestra;
pues de las dos asiste en tanto día,
justo es que ceda la fineza mía
insignia que en Cesárea me previno
subdelegado el mando.
Tiberino,
tu lealtad y mi amor son alusiones
a más altos favores,
pues deberá el aliento sin segundo,
en vez de una ciudad, mandar un mundo;
alza a mis brazos.
Con el favor que emplea
mi esposo en vos, mejor testigo sea
de cuanto estimo yo vuestra persona.
No hay para mí, señora, más corona
que estar a vuestras plantas, pues en ellas
me ennoblece el contacto de sus huellas.
Bella ciudad, Joviniano,
hermosa, fuerte,
los dos extremos sabe unir de suerte
que es asombro del arte,
jardín de Flora, antemural de Marte.
Mucho siento que el ansia acelerada
con que allanar procuro mi jornada
por castigar al Persa, a mi deseo
gozar me niegue su pensil sabeo.
Bien sabiendo de quedarse en ella
su esposa, en tanto que feliz mi estrella
me vuelve victorioso,
celebro que su ameno, su frondoso
deleitable país divertir pueda
mi ausencia.
(Aparte)
Mal podrá, quien sin vos queda,
alivio hallar, que acalle su tormento, si
en tanta pena, miento,
pues enemigo de la ley que sigo,
deseando huir de mi enemigo.
Ojalá en esta empresa el hado vario
vengue, flechado de marfil contrario
sobre otro pecho, porque en mis desvelos
te deje a ti sin vida, a mí sin celos.
En fin aquel traidor vasallo impuro
que de mi religión solemne rito
a las leyes faltó, murió infeliz.
Bien su culpa tu venganza dicta,
pues de su cuello al fuerte filo agudo
aun dar, señor, no pudo
más que un aliento por despojo al hado.
Siendo mi brazo quien cortó el camino
a pesar del motín, que defendía
su vida, y ciego en astucia mía
obviando el daño que su ardor previno.
Mayor lisonja, amado Joviniano,
en mi vida me has hecho.
Si adular con su ruina su despecho
a su cólera aplace,
no dejes de aquí darse
el sepulcro en que el celo religioso
de los cristianos, inmortal reposo
ha dado a sus cenizas, persuadido
errado o advertido,
a que mártir de Cristo, eternamente
ha de vivir en Dios, cuyo imprudente
juicio, dispuso que sus armas tenga
aun muerto, junto a sí, porque prevenga
A más furor su voz me precipita
que mi pasada ofensa, el ver, que aun muerto
suplica su primero desacierto.
Mas, ¿quién, dime, a ese engaño reducido,
honor ofrece a un mísero abatido
cristiano vil, entre miserias tantas?
Quien humilde, señor, besa tus plantas.
Venerable esqueleto, cuya vana
confusa forma la razón engaña,
pues confundiendo especies, talle y brío,
parece que eres sombra, y no eres sino monstruo.
¿Quién eres, di?
Quien del redil cristiano
pastor indigno en el país pagano
que nuestra ley padece, con sus quejas
consuelo es de mis tímidas ovejas.
Basilio, gran señor, a quien por santo
100
erradamente aplauden, es de tanto
continuado motín, causa primera.
Es verdad que no fuera
de nuestro Dios tan rígido el castigo
a no ser malo yo, pues si conmigo
están sus justos juicios indignados,
claro es que son la causa mis pecados.
¿Si a Mercurio, sabiendo que me ofende,
quien honrarle pretende
sepulcro honroso das?
Quien le merece.
Con más razón que el que por discípulo padece.
¿Quién por un Dios padece fabuloso,
pues muriendo en patíbulo afrentoso
con dos ladrones fue crucificado?
Demás que a un hombre bajo no le es dado
el honor de erigido Mausolo,
que a los Césares solo
concede la memoria de Artemisa.
Dios no distingue estados, la ceniza
con igual pie la muerte que destroza
el regio alcázar y la humilde choza,
aquel más fama cuando muere adquiere
que sabe renacer de lo que muere.
¿Dejará por mirarse venerado
de haber sido no más...?
¿Qué?
¿Qué? Un soldado.
No, más que le merece, ya está visto,
porque soldado fue.
¿De quién?
De Cristo.
3
Calla, caduco, y no hagas que primero
que responda mi voz, hable mi acero.
Razón es que a tus pies me halle mi muerte.
¡Qué dolor!
Que le ultraje de esta suerte.
Y si humilde, pobre ruego,
o por pobre o por humilde,
merece que el ceño airado
de tu cólera mitigues;
que recibas te suplico
el afecto que apercibe
pequeño don, en tu obsequio,
pues si una vez le recibes,
grande le hará la cesárea
dignidad de quien le admite.
No nos concede, señor,
la miseria con que viven
en tu imperio los cristianos,
que aborreces y persigues,
otro don que el de estos toscos
panes, que a nuestra infelice
desventura, quizá porque
el gusto nos mortifique,
en amasado centeno
áspero pasto permiten.
Toma, prueba, sobre estos
haces de heno en que define
Job lo breve de esta vida,
cuando agostado se mire
de cualquier cierzo el corte.
de cualquiera sol que brille,
para refrescarte, siente
en la tarea insufrible
de las marchas, nuestro atento
vasallaje se te rinde.
no solo para que a ello
aunque escasamente alivies,
sino para que conozcas
el mísero estado triste
a que reducidos.
Arroja los panes y le tira el heno a la cara.
Calla,
que para ver que prosigues,
no tendré paciencia viendo
cuán osadamente libre
de mi poder te burlas
y de mi arrojo te ríes.
Como bruto me has tratado,
caduco vil, pues me sirves
tan tosco, tan desabrido
sustento, que aun con melindre
se lo comieran mis lebreles,
cuya intención se colige
de ver que de heno corones
tantos enredados mimbres,
y aunque matarte pudiera
en castigo de que fuiste
tan bárbaramente osado,
no quiero que te castigue,
más que el desprecio de ver
que los panes desperdicio
y el heno a tu rostro arrojo,
para que cuando te tire,
diga, para el bruto vuelvo
pues para los santos, sirve.
Sabe mi Dios, que fue antes
que el irritarte, el servirte
mi intención; mas pues discurres
que como a irracional quise
tratarte, sabe, Juliano,
infiel, que aunque lo malicies,
no has errado en el concepto.
¿Cómo?
Como ser el símil
más propio del pecador
el bruto (David lo dice),
en ser bruto paras, pues
en ser pecador te vistes
la idea, sí.
Por los santos
dioses, que en la esfera asisten,
que solo por ti, en volviendo
de Persia (después que arruine
el templo de los judíos
a mi costa reedifique,
pues basta ser en ofensa
de tu Dios, para erigirle),
he de hacer que en sus altares
por víctimas sacrifiquen
vidas de cristianos, para
que de su abatida estirpe
memoria no quede al orbe.
Quizá a tan injustos fines
Atajara Dios los medios
Yaora pues para partirme
solo falta zelebrar
el sacrifizio a que vine
Con migo entrad, al glorioso
zelebrado Templo insigne
de Serapis, tu Jobiano
por que de mi apoyo cuides
quedate en zesarea, y tu
Maximo, mis armas rige
substituyendome en tanto
(ya que el camino prosiguen
mis tropas) que en un caballo
con la Jente que me asiste
te alcanzo sobre la marcha
aunque siento que me quites
el lauro, de ser yo quien
la zerbiz del Persa humille
solo obedezer me toca
Gran señor para servirte
a las le pedire al pase
en efecto te despides
de Cezarea sinque veas
aunque de verle te admires
el Sepulchro de mercurio
si, porque no se al oirte
que aun muerto guarda sus armas
que nueuo susto visite
el Corazon
pues su majia
esas aprehensiones finge.
Juli. Pues me ayudara el que viue en Cezarea daquella impuesta las diligenzias que prevengo asta conseguir que humille su vanidad
Entra en el templo y la salva de Cajas y de clarines mil veces tachado: viva el cesar repita al viento Sonoramente plausible.
Viva el zesar
al entrar
Todos. muera mas muera la secta de su cristo Y viua el cesar viva el Cesar
Señora
no me dupliques
Basilio el pesar de ver
quan poco mi ruego sirbe
Jobiano
es fiera de las fieras
nunca o tarde se corrigen
pues si humano medio no ay
que su colera mitigue
para mitigarlas, Dios
divinos medios aplique
Se descubre vn sepulcro que a un tiempo se a de abrir de en medio punto. de vn Arco bruto de peñascos, pendientes una espada, vn escudo vn zelmo de acero y salen tachado: Basilio Selemija y forlon de pobres ridiculos
este es el sitio hermanita
adonde el sepulcro yaze
de mercurio, y pues la aplaze
el hacerle una visita
llegue, que nadie la quita
que reze a ver que como yo
dichoso el, que merezio
por la gloria en que se uè
dar la vida por su fee
y dichoso el que embiudò
= Mas dígame, ¿dónde ha estado
escondida hasta este día?
Fue la Santa Compañía
de Basilio mi sagrado.
¿Si Juliano la ha encontrado,
la mata?
Saña violenta.
A Persia se fue, e intenta,
si vuelve, darnos la muerte.
Dios es vida.
De esa suerte
no se puede errar la cuenta.
La que me guio hasta aquí
dejóme sola, Forlón.
Voyme a echar en oración.
¿Tan santo está?
Hermana, sí;
pero desde que la vi
con naricilla roma,
el amor, que al santo asoma,
hace que saliva trague;
mas voyme.
Dios se lo pague.
Vase.
Y con su pan se lo coma.
Llega y se abraza del sepulcro.
Insensible piedra fría,
que porque otra vez me mates,
aunque mi vida recates,
recatas el alma mía
en tu seno, amarga agonía;
mi esposo ocultas, tirano,
con que a buscar llego, no en vano,
piedra, según eres dura,
que hicieron su sepultura
del corazón de Juliano.
= ¡Qué mal en mi amor concierto
los consuelos que cultivo,
pues te idolatraba vivo
y no te puedo ver muerto!
Rompe de ese duro, yerto
e insensible mármol, esas
frías talladas empresas,
que si en polvo te derramas,
ya que no puedo, sus llamas
abrazaré, sus pavesas.
= Mas, ¡ay!, que en la nueva palma
que amorosa he conseguido,
para llegarme el sentido
se va retirando el alma.
¡Qué nueva soporada calma
es este fiero beleño!
Entre piedad y entre ceño,
es ni bien luz ni bien rayo,
muy dulce para desmayo,
muy áspero para sueño.
= Al pie del féretro helado
rendida al cansancio quedo,
mas donde vive mi miedo
aún no sabe mi cuidado.
pues si en faltar de su lado
la fe de mi esposo injurio,
no infame temor espurio
ha de blasonar de fuerte,
de que no espere a la muerte
junto a mi esposo.
Quédase como dormida junto al sepulcro, y va poco a poco bajando San Miguel armado como le pintan, sobre un caballo blanco con alas.
Sale Mercurio.
Mercurio, adalid valiente
en las milicias de Cristo,
de quien fue triunfal adorno
la corona del martirio,
despierta a mi voz, pues Dios,
cuyo poder infinito
fía a tu valiente espada
un milagro y un castigo,
manda que, sin que lo estorbe
ese duro mármol frío,
que a mi precepto aun ignora
las duraciones del vidrio,
volviendo a vivir, respondas
a su orden.
Abriéndose rápidamente el sepulcro, se incorpora Mercurio, y mostrando el color y acciones de difunto.
Miguel divino,
general, maestre de campo
de las tropas del Imperio,
¿qué me ordenas?
Que me atiendas.
Ya obedezco.
Esposo mío,
si compadecido al ruego
amante de mi cariño
te dejas ver, muda al rostro
el pálido color frío,
válgame, que no basto
para todo lo que miro.
Bájase San Miguel.
La suma sabiduría
de Dios, que del nada hizo
el todo, al vocal imperio
de su sagrado dominio,
ofendida de los torpes
idólatras desvaríos
de ese monstruo del oriente,
de ese escándalo del siglo,
de Juliano, pues vano viento
azote, vaso y cuchillo
de su ley y de su iglesia,
apóstata fugitivo,
o la mancha a sacrilegios
o la persigue a delitos.
Viendo que Dios de venganzas,
que eso en lengua hebrea, quiso
decir Adonai, siendo
de su alto poder testigos
las plagas de los egiptanos,
los reales de los asirios,
quiere, porque no adelante
pase el osado delirio
de sus ceguedades, cuando
victorioso y aplaudido
vuelva de Persia a teñir
de cristiana sangre el Nilo,
que tú, como al fin soldado
suyo, no tengas remiso
tu impulso contra su vida,
tu esfuerzo contra su brío.
Y así, pues, para tan alto
no averiguado prodigio
(no muere quien vive en Dios,
pues viviendo está en Dios mismo),
glorioso mártir, sal de ese
obscuro, helado retiro
a que yo te arme, y después,
cortando la esfera a giros
sobre ese, o bruto o centella
(pues es en contrarios píos
nube en forma de caballo,
rayo en traje de hipogrifo),
yo te guiaré hasta donde
al impulso vengativo
de tu espada satisfagas
las ofensas que te hizo
ese Lucifer del Asia,
ese engendro del abismo.
Y ese, en fin, aleve amago,
en torres y en edificios
abandonadas, caducan
las cruces de Constantino.
Bello arcángel, aunque a tanto
triunfo, mi discurso indigno
en tu amparo confiado
y en el soberano auxilio
de Dios, a cuyo precepto
mi voluntad sacrifico,
yo libertaré a la Iglesia
del contagioso nocivo
veneno de ese tirano
apóstata cocodrilo,
cuyos dogmas entre halagos
desfiguran los hechizos,
pues no es la primera vez
que el poder de Dios previno
en el brazo del humilde
el estrago del altivo.
Sale del sepulcro vestido de blanco.
Llega, pues, para que, mientras
yo de estas armas te visto,
las angélicas cadencias
que para tu aplauso animo,
den en feliz anuncio
del lauro a que te destino.
Mientras le arma, cantan.
Segundo David, Mercurio,
en ruina del gentilismo,
contra segundo gigante
se arma muerto a lidiar vivo.
Mercurio, señor, ¿adónde,
ya que a mi queja te he visto
volver a vivir, te ausentas?
¿No es aquel dulce gemido,
Miguel, de mi esposa?
Sí,
pues para que con su aviso
se testifique el milagro,
la piedad ha permitido
de Dios, que en teologal sueño
se la vinculen sus juicios,
su comprobación dejando
a la virtud de Basilio.
Sea por tantas mercedes,
Señor, tu nombre bendito.
pues por el pequeño obsequio
de una vida me has sabido
recompensar con tan grandes
liberales beneficios.
Págalo el escuchar
con favores repetidos.
Al impulso de la espada
trueca de la honda el tiro,
que las piedras de un pastor
no son armas de un caudillo.
Pues ya que adornado estás
del escudo diamantino,
el plumado yelmo airoso,
el vasto estoque bruñido,
sube a mi voz obediente
sobre ese animado armiño,
en cuyo obediente vuelo
conocerás que le guío
cuando tropezando esferas
vaya rompiendo zafiros.
Sube Mercurio en el caballo.
Con mi obediencia respondo.
Yo con mi influjo te auxilio.
Si es soberano el impulso,
el vencimiento está fijo.
Que la causa de Dios vengas,
el mismo Dios va contigo.
Rayo en mi brazo es tu espada.
Trueno en mi voz es tu aviso.
Con la Música.
Clarín de tu victoria
el dulce acento que dijo:
Segundo David, Mercurio,
en ruina del gentilismo,
contra segundo gigante,
se arma muerto a lidiar vivo.
En acción de volar San Miguel, el caballo asido de la cabezada de las riendas, vuelan ambos diagonalmente y despierta Juliano.
Ve la urna.
Sombra de mi bien, espera,
y pues me diste el alivio
de ver lo que deseaba,
no tan avara conmigo
me le niegues tan aprisa;
pues cuándo, pero ¿qué digo?
sin conocer, ¡ay de mí!,
(que siempre es de un afligido
el bien sueño, el gozo sombra
y la fortuna delirio)
que como a no ser mentida
fantasma de mis sentidos,
del no ser al ser pudiese
haberse restituido
aquel helado cadáver,
cuyo polvo, más que mío,
que mío una y muchas veces
desalentado repito.
Al ver que de su sepulcro
abierto el cavado nicho
calladamente, me asombro,
está confesando a gritos...
—Cielos, ¿qué es esto? si acaso
entre el congojoso, impío
desorden, de aquel primero
relajado parasismo,
vi lo que dudo, y no creo
la verdad de lo que he visto?
Mas ya que esta implicación
de mis penas, no averiguo
sueño, desmayo y portento;
busquemos quien a mi juicio
rompa el medroso, confuso
abismo de sus abismos.
Ciudadanos de Cesarea,
soldados, guardas, amigos,
nadie me oye.
Salen por un lado Constancia, Irene, Tibia y Jobiano, y por otro Basilio, Liberino y Fostón.
¡Qué asustada
voz!
¡Qué no esperado ruido
nos arrastra con la queja!
¡nos llama con el suspiro!
Fost. e Ire. Ire: ¡Ay, que está acá mi ama! Fost: Calla, no la hagas hipócrita.
Mas, ¿cómo aquí Septimisa?
Que permitáis os suplico,
para mejor ocasión,
me informe, y dé el oído
al mayor asombro heroico.
Jobiano, docto Basilio,
(¡qué mal a esforzarme puedo!)
Tibia, Irene, Liberino,
¿no veis? ¿no veis la pesada
losa, cuyo bruto risco,
selló la urna de Mercurio,
sin más centro, más arrimo,
que el aire de quien suspensa
se balancea a prodigios?
¿No veis del difunto cuerpo
huérfano el mudo retiro
y, sin las armas, ocioso
el dintel vegetativo?
No sin susto lo reparo.
No sin asombro lo admiro.
Hermano Fostón, ¿qué es esto?
Déjame, plega a Cristo
que no me mire, que estoy
apóstata de tornillos,
madurando para mártir.
¿Qué especie de martirio
intentas buscar?
Casarme
con quien tenga muchos hijos.
Ya Septimisa, atenta,
recobrando el perdido
ánimo, aprovecha en voces
el aire de los gemidos.
¿Qué has visto, qué has escuchado?
Yo lo diré.
Ya te oímos.
A su urna asida, a mi adorado esposo,
requebraba mi amor, cuando violento
o éxtasis duro, o sueño misterioso
me entorpece la acción, me ata el aliento,
y al poder del amago riguroso
al pie caigo del frío monumento
y en nueva ruina, que su ruina copia,
muerta y dormida me enterré en mí propia.
Allí yacía, cuando miro ciega
descender a la tierra, ángel guerrero,
sobre un blanco hipogrifo, a quien anega
en lluvias de oro en piélagos de acero.
Mercurio mismo, y de la voz que entrega
al aire vago, al eco lisonjero,
una nota sorda, móvil a más medra,
resucita el cadáver, y la piedra.
Incorporado el pálido esqueleto,
de cuya vista aún tiembla la memoria,
el celestial embajador, del alto decreto,
respiró así pedazos de su gloria:
"Valiente capitán, oye el decreto
de quien fía a tu brazo su victoria,
Dios habla en mí, por él a ti te eternizo,
pues oíd la voz de Dios, ciertas cenizas.
Sabrás -prosigue- que Juliano astuto
borrar de Cristo solicita el nombre,
Juliano ese que, en términos de bruto,
a un tiempo apostató de fiel y de hombre.
Mas Dios, cuyo poder siempre absoluto
quiere que su castigo al mundo asombre,
a ti te encarga el rayo vengativo,
que el que muere por Dios, siempre va vivo.
Toma tu estoque, pues, toma tu escudo,
peto y yelmo, y sobre ese brazo hermoso
ven donde de tu espada el filo agudo
ensangrentado quede, más lustroso,
yo, cuya voz resucitarte pudo,
el laurel te aseguro victorioso,
y al bello palafrén guiando el vuelo
rompiendo iré, el azul cielo sin velo".
Armado ya al arbitrio de su mano
la silla ocupa, a penetrar la esfera
y al freno asido el soberano,
lo inmenso aseguró de la carrera,
del aire en el boreal espacio vano,
diciendo van los dos: "Juliano muera".
Y el incorpóreo volador pegaso
una región embebe en cada paso.
Lo que el portento vi, dos veces muerta
puesto a llamarle, y del temor vencida,
hallo que es nueva admiración despierta,
el nuevo pasmo que advertí dormida,
y pues el pecho helado, la voz yerta,
gozando están la vida, sin la vida,
dejad que huyendo, si es que huirle puedo,
me recate mi miedo de mi miedo.
Mas notando, que en pasmo del castigo
de ese César infiel, dueño tirano,
no publique queja por su enemigo
le desató la omnipotente mano,
y desearos, si a la sacra ley que sigo
en daño vuestro persiguió Juliano,
y amáis la fiel tranquilidad primera,
conmigo repetid: "Juliano muera".
Vase.
Queda llorando Constancia.
Mujer, oye,
espera.
Mármol helado
me deja el susto.
A mí no
el susto, sino el estrago.
¿Qué es detenerme corriendo?
Calle arriba y calle abajo
va tu niña más ligera
que un almuerzo de cristianos.
Vase.
Yo la seguiré antes que,
a mi poder solevado,
el pueblo pierda el respeto
al decoro soberano
de uso, poniendo
presa a esta mujer, que acaso
cómplice de las hadas
mágicas de los cristianos,
quiere vender por misterio
lo que quizá será encanto.
Vase.
Eso estorbará mi amor
piadosamente, no tanto
por negarla a ese peligro
cuanto porque de tan raro
prodigio, no se atribuyan
las certidumbres al engaño.
Y vos, señora, pues sois
de nuestra ley el amparo,
para abrigar esta pena
acordaos de que cuando
castiga Dios, viene envuelto
en el dolor el regalo.
Vase.
Tras él iré, porque quiero
que me dé, pues soy novato
en esto de cruz, y muy
cuantas lecciones de santo.
Si tuviera mi silencio
licencia de dar al labio
algún vaso reprimido
de este volcán disfrazado
quizá osara mi respeto
(¡ay, corazón!) preguntaros
por qué engañan vuestros
tan falsamente, que cuanto
mienten los labios afirman
los ojos contra los labios.
Si a mí también me dejara
libre mi pena, aunque tardo
algún aliento con que
poder helar ese vaso,
yo os respondiera que a vista
de aquel riesgo, si este llanto
hijo de la piedad, más
que concepto del amago...
¿No me habéis dicho vos misma
cuán odioso, cuán tirano...?
¡Ay, Joviano,
que aunque le aborrezco, siento
el motivo y no el amago!
¿Cómo?
Como, siendo efecto
su ruina de su pecado,
sin escarmientos, quisiera
que hallara los desengaños.
Y dejadme, porque aunque de
no haber muerto, y de rato
que en hablaros me detengo,
imagino que le agravio.
Habiéndoos, rey, así amado,
cuidado de mis cuidados,
¡Plaza, plaza!
En el margen izquierdo, cruzando las siguientes cinco intervenciones, hay una llave y dos indicaciones de "no".
Compañero,
¿desbéseme bien el sayo?
Y ese,
¡qué gusto de anchuras!,
no es término de palacio.
Simple, ¿pues cómo lo libre
se ha de portar sin lo ancho?
Sois un bestia.
No me admiro,
porque he nacido villano.
¿Quién creyera que tan por fuerza
disimule mi recato?
¿Quién creyera que ardo y encubro
la razón de lo que ardo?
Pero pundonor, callemos.
Pero obediencia, suframos.
Vanse. Diciendo dentro los primeros versos, sale huyendo Setenfa, y detrás Basilio y Forlón, encubriéndose el sepulcro.
Seguidla, pues con mi maña
al pueblo altero.
Pues tanto
confuso tropel te sigue
de guardas y de soldados,
persuadido a que el faltar
del rudo sepulcro helado
el cadáver y las armas
de Mercurio, es solo vano
aparente efecto de un
negro diabólico pacto,
en tanto que yo en tu ayuda
salgo a padrino al paso,
sea tu sagrado este
pobre edificio, que acaso
abierto dejó el misterio
de haber sido en nuestro amparo
templo de María, pues
aun cuando sin simulacro
está, es fuerza que lo respete
que es su dueño soberano,
madre de los afligidos,
y de los desamparados.
¿Dónde pudiera hallar puerto
el ansia de mi naufragio,
que en quien estrella del mar
asegura con sus rayos
el norte a todo viviente
naufragante buque humano?
Pues vamos, que parece chasco,
porque según andan largos
los fariseos de buscar
con pasos de convidado.
Señora, en tu auxilio fío
el logro de mi descargo.
Entrase.
Padre Basilio, ¿y yo
me escondo también?
No, hermano.
porque a él no le buscan,
pues déjeme coger dos cantos
para ahorrarle a uno que gaste
en pañuelos de saúco.
Sale Liberino y soldados
Qué ignorancia.
Por aquí
andaba, que...
Pon el paso,
Liberino, y no contra esa
afligida mujer tanto
te ensangriente la ira que hagas
del inocente el culpado.
Pues, ¿quién, Basilio, te ha dicho
que no es deuda de mi cargo
y de mi interés también?
Averiguar este engaño,
pues, ¿cómo naturalmente
es posible haber faltado
de su sepulcro el cadáver
de Mercurio, sino que osados
algunos cristianos viles
le habrán robado, afirmando
después que de propio Dios
es conocido milagro?
Siendo sobrenatural
efecto de su sagrado
poder.
Ese error pretendo
desmentiros yo, probando
que es abultada quimera
de diabólicos ensalmos
a que tú también concurres.
¡Ay, qué conocido daño
hace un rey cuando es su culpa
ejemplo de sus vasallos!
Pues cómplice en el error
suyo, quiere, temerario,
oponerse a todo el Cielo
sin advertir...
Cierra el labio
y quédate con la vida,
que o por loco o por anciano
te perdono a ser testigo
del desprecio continuado
de su ley. Venid conmigo
vosotros, que aunque en el vago
espacio del aire esa
hechicera a quien buscamos
se haya remontado pluma
o se haya deshecho rayo,
la ha de descubrir mi enojo.
Seguidme, pues.
Vanse y resta Basi.
Vamos.
¡Ay de vosotros, si a vista
del milagroso presagio
que amenaza la Corona,
no tenéis respeto al brazo!
Padre, que no había querido
que en lugar de guijarros
En el margen superior derecho: 15 / 59
les mate la culpa a estos
sucesores de Pilatos.
Calle, que sin freno
la ermita pasan de largo;
entre a la Efesina ,
no salga de ella hasta tanto
que yo o la llame o la avise.
Bien está, pero sepamos
qué ha de hacer Focas, si vuelve.
A avisarme, pues orando
me quedo aquí.
Crea, padre,
que he de conseguir por guapo
la corona del martirio.
Vase por donde entró y Basilio.
¿Cuándo?
De aquí a cincuenta años.
En una elevación que se abra junto a la cortina, sube poco a poco San Mercurio.
Marcha a lo lejos.
Ya, Señor, que a solas quedo
con vos, permitid que al viento
mi amante queja, viertan
suspiros enamorados;
¿a un siervo, y a un hijo,
a quien fiasteis el amparo
del católico rebaño
en el pastoral cayado
de Cesarea, ocultáis nada
que sea gloria vuestra, dando
celos a mi amor, pues otro
logra lo que yo no alcanzo?
¿Si es verdad que en honra vuestra
tenéis, Dios mío, fiado
el desempeño a Mercurio,
como lo dice callando
desvanecido el acero,
desamparado el mármol?
¿Si es verdad que en misterioso
sueño, lo sabéis revelado
a esa mujer, porque el trueno
esté previniendo el rayo
en que, Señor, os desate
mi afecto, para que airado
me neguéis el favor, solo
lengua de vuestros arcanos?
¿Pero qué es esto? La tierra,
estremecida al contacto
de mi planta, a otro elemento
la sacude, procurando
encargar al aire el peso
para parir el encanto.
Ya desde la región media
se distinguen los dos campos
frente a frente, compitiendo
en Sapor y Juliano
a los pendones de Persia
las banderas de Bizancio.
En fin, Señor, de mis quejas
conmovido o apiadado,
me hacéis testigo del triunfo,
pues, mi humildad elevando,
a tocar el florido trono
Arma.
Al pavoroso teatro,
desde cuya altura, ¡ay cielo!,
al ver levantado el brazo
de vuestra ira contra este
emperador desgraciado,
siento el verle morir ciego,
sin que a Dios, soberano
poder, sepa merecer
un auxilio con el llanto.
Ya tocando al embestir, entre
las quiebras de los peñascos
se queja la piel herida,
resuena el bronce cavado,
y en confusas voces, dicen
ya el valor y ya el espanto.
¡Valientes persas, a ellos,
y no quede de su estrago,
por reliquia, una ceniza!
Avanza por el costado,
caballería.
Arma, guerra.
Aquí se da la batalla. De un lado, Idaspes y persas, y de otro, Juliano, Máximo y soldados.
A la eminencia, soldados.
Arma.
Bizantinos, pues yo os rijo,
o triunfemos, o muramos.
¡Juliano viva!
Arma, guerra.
60
Entranse tachado: vase... y queda solo Idaspes.
¡Idaspes viva, persianos!
¡Y los bizantinos mueran!
Arma.
Qué bien suena
a un corazón esforzado
el choque de los arneses,
la vista de los caballos.
Y qué bien entre el confuso,
el ceniciento nublado
del polvo, mirarse dejan
los tremolados penachos
de mis etíopes, cuyo
valiente orgullo, al contrario,
para batirse de frente,
le rompe entrambos costados.
Parece que el enemigo,
confuso y desbaratado,
se retira, sí; pues su
general, espada en mano,
por rehacerlos, repite.
¡Al riesgo, al riesgo, villanos!
ya que a mi vista huís
de morir, morid matando.
¡Ya, fortuna, ahora es tiempo
de que tu inconstante, vario
influjo, a mi gente añada
este laurel!
Vase, y por el lado contrario sale como cayendo Juliano, con la espada en la mano.
¿Dónde, airados,
injustos dioses, me arroja
a morir desesperado
el ceño de los astros,
el encono de los hados?
Pues muerto el caballo, apenas
me permite mi cansancio
encontrar senda a mi fuga
en tanto asombro.
Dentro Mercurio.
Juliano.
Mi nombre escuché, sin duda
hasta el áspero, intrincado
seno del bosque, han venido
en mi alcance, procurando
que me dé a cuartel; ¡ah, cielos!,
solo para mí indignados.
Dentro Mercurio.
Juliano, espera.
Sale Mercurio cubierto el rostro de una banda blanca.
Otra vez,
¡ay, infeliz!, me han nombrado.
Mas, ¿qué veo?, un caballero
que de la planta al penacho,
por ser todo armiño, viene
armado de punta en blanco;
es quien me sigue. Pues, ¿cómo
de un hombre solo me espanto?
Llamaréle. ¡Oh, tú, que el rostro
ocultas en el nevado
disimulo de esa banda,
llega, pues ves que te aguardo,
y di quién eres.
Quien viene
a darte muerte en el campo.
¿La muerte a mí? Pues, ¿quién puede
haber que tan temerario
se arroje a ese empeño?
Descúbrese Mercurio.
Yo.
¡Mercurio!
Sí.
Dioses santos,
¿qué asombro es el que estoy viendo?
Mercurio es, prodigio raro.
Pues cómo, si, ¡ay, infelice!,
falleciste, aliento en vano,
en Cesárea, dura pena,
al filo, pesar extraño,
del acero, mal me animo,
pretendes, todo soy mármol,
que crea que a nueva vida
renaciste para estrago
de mi vida?
Como habiendo
por Dios padecido, es llano
que por Dios a vivir vuelvo.
Y pues hacerte pedazos
decreto absoluto es suyo,
saca la espada, tirano,
que aun muerto, es bien que yo lidie
cuerpo a cuerpo y brazo a brazo.
Si eres mentida ilusión
de mi idea, que a lo vano
aspecto has fingido el viento
para conseguir mi espanto,
déjame, porque no quiero,
siendo sombra, darte el lauro
de que burlaste mi esfuerzo.
Pues estoy, lidia, tirano,
pues entre batalla y muerte
no hay medio.
Suspende el labio,
que entre mi ira y mi paciencia
tampoco le hay, y pues basto
yo para tantos asombros,
en menosprecio de cuanto
adoran al Galileo,
embísteme.
Un solo amago
basta para ruina tuya,
pero quiero ver si saco
tu vida de tu tragedia.
Vienen tocándose.
Señor, templad el airado
ceño vuestro, pues por él
moriréis, y entre su infausto
fin, y vuestro justo enojo,
interponed algún sacro
auxilio, que le redima
segunda vez.
¿Ves, villano,
cómo es inmortal mi aliento?
Toda esta tregua que he dado
a tu vida, es porque yo,
que mueras, sea confesando
que Cristo es Dios verdadero.
Mientes, y pues por tu mano
ni aun vivir quiero, otra vez
vuelve a la lid.
Vienen, hiere.
Pues cerrado
está el camino a tu enmienda,
lo que me manda Dios hago.
Muerto soy, ¡pese a mi furia!
pues al nocivo contagio
de su cuchilla, en mi pecho
todo el Infierno se ha entrado.
¡Rabiando muero!
Aprovecha,
sombra infeliz, ese rato,
que aun puedes ser venturoso.
Dioses, piedad, que me abraso.
Juliano muere, Dios mío,
ayudadle con un rasgo
de vuestra misericordia.
¿Has visto el poder que traigo
en mi acero?
Hace que tira al cielo la sangre.
Sí le he visto,
pero aun no le he confesado,
y antes, arrojando al cielo
la sangre que de este brazo
al suelo corre, en ofensa
de tu Dios crucificado,
de su ley blasfemo.
El César
sin duda ha muerto, Cesáreos,
pues no parece.
Arma.
Seguid,
y alcance antes que entrados
del bosque se amparen.
Dentro arma.
Muere.
Pues muero desesperado,
una y mil veces mi sangre
eclipse del sol los rayos,
diciendo en el duro trance
de mi último desmayo:
¡ya venciste, Galileo!
Vase.
¡Oh, mil veces desdichado
serás, pues diste en tu muerte
sin dar en tu desengaño!
Y, ya que como ministro
del enojo soberano
cumplí su orden, el misterio
dejé obrar a los acasos.
Salen Máximo y soldados.
Seguidme todos, que allí,
si el color no me ha engañado
de la púrpura en que visto
se dejó encender el manto,
está el César; mas, ¡ay, cielos!,
que, con su sangre bañado,
inmóble cadáver yace.
¡Qué horror!
Dentro, 2 voces.
Cortadles los pasos,
y nadie escape con vida.
Antes que sobre el contrario
cante la victoria, en hombros
le llevemos, haciendo alto
en lo fragoso del monte.
A la espesura, soldados.
Muerto el César.
Muerto el César.
Y, por si acaso logramos
rehacer las tropas, que vagan
al arbitrio de los hados,
toca a retirar, trompetas.
Sale Idaspe y los suyos, y los entran acuchillando y pasa la escena.
Primero sabré estorbarlo,
no porque ni aun su cadáver
cobréis.
A la cumbre.
Al llano.
¡Victoria por persas!
A ellos.
Pues no hay otro medio, huyamos.
Sale frayle Padre Antonio.
Si supiera, Señor, el sentimiento
que había de costarme este estrago,
siendo solo testigo del amago,
no lo viniera a ser del escarmiento.
No siento aquel castigo, solo siento
que, desaprovechando aquel halago,
haya a Dios mío dado tan mal pago,
a vuestro amor su desconocimiento.
Mas, si el trágico fin a que irritada
vuestra justicia su maldad destina,
clarín queréis hacer de la victoria,
esgrimid, esgrimid la ardiente espada,
que nueva gloria mía es ya su ruina,
si de su ruina nace vuestra gloria.
Es hora de que a Forlón
le saque de guardamangel.
Sí, hermana, y mientras yo voy
convocando el pueblo, él
conduzca en procesión
a a el sitio
en que la urna se erigió
de Mercurio.
¿Qué de nuevo?
Que ha de haber milagros, son
del poder de Dios.
Van.
Andallo,
y puesto que el ir en pos
de su virtud, a mi miedo
le está mejor que mejor,
manos a la obra.
Entrase, y diciendo dentro los primeros versos, se vuel-
ve a descubrir el sepulcro abierto, y salen Basilio con
Tachado: toda Irene, Livia, Fabiano y Liberto, y Gorlón y
se santiguan.
Venid, venid, que mi voz
al mayor pasmo os convoca.
Pues Basilio nos llamó,
vamos tras él.
Ande, hermana.
Salen.
¿A dónde, insigne varón,
nos llevas?
¿Qué es esto? ¿Qué intentas?
¿Cómo, atrevido, tu error
segundo alboroto causa?
¿Qué es esto?
Que la nueva
del castigo de Juliano,
la trágica ejecución,
vuestro emperador es muerto.
¿Será fingida ilusión
de tu celo?
Verdad es,
pues arrebatado,
al paraje, trono del viento,
desde la media región
vi el trance de la batalla
en que Juliano perdió
vida y laurel.
¡Almas, albricias!
Bien luego del persa el valor
le dio muerte.
No, que aunque
fue de Dios emperador
quien triunfó Partos, no fue
el persa quien le mató.
Pues ¿quién? ¿hipócrita, vil?
¿Quién mágico encantador?
¿Si Partos no fue a bastar
a darle la muerte?
Baja Mercurio en el mismo caballo, trayendo la espada desnuda y ensangrentada, y dejándole en el tablado vuela.
¿No es mi esposo? ¡Qué portento!
¿No es Mercurio? ¡Qué pavor!
Mi amo vive, ahora cobro el
dinero de mi ración.
Yo soy, yo soy quien saliendo
al precepto superior,
De mi Dios, de ese sepulcro
en que hasta aquí se hospedó
mi cadáver, sobre ese
cándido bruto veloz,
que ya es del cielo, del aire,
fugitiva exhalación,
partí aprisa, en cuya lid
con la espada que pendió
junto a mi sepulcro, y ya es
sangrienta comprobación
de mi verdad, a Juliano
di la muerte, porque no
de mi Dios y de mi ley,
sangriento perseguidor,
durase el rudo insulto, airada,
apóstata obstinación.
Y pues ya el orden divino
cumplí del gran Sabaot,
dejando probado que
no muere quien vive en Dios,
Nota marginal indicando inserción (+): Mercurio. Dame los brazos, Esposa, que, en premio de tus fervores, tu espíritu arrebatando a la celestial Sión, sube. Artemia. Oye, espera, escucha, aguarda, Mercurio, esposo, dueño, que de tu sepulcro al lado aunque tal vez me ocultó con mi llanto, más ardiente fiebre que helado sudor, anocheciendo la vista entorpece el corazón. Yo muero, cielos, mas muero gozosa de que logro en efecto las dos guirnaldas de mártir y de mi amor. Cae muerta. Basilio. Dichosa ella que, en rapto veloz de sus virtudes, consigue el inmortal galardón.
Baja en el sepulcro y se cierra rápidamente, atronando después del golpe, al mismo tiempo que se corre la cortina.
al panteón otra vez vuelvo
de donde salí, porque hoy
muriendo segunda vez
para los hombres, mi amor
pase en más segura gloria
a vivir en el Señor.
¡Qué prodigio!
¡Qué portento!
¡Qué asombro!
¡Qué admiración!
Y pues de tan nunca visto
suceso, testigos sois
que responderéis.
¿Que Joviano
sea nuestro emperador?
¿Quién os ha dicho que aspiro
yo a tan indigno blasón,
como es un cetro de Ángeles?
Admitiera, fuera solo
mudando de religión
todos vosotros.
A vista
de este milagro, ¿quién no
confesará que Cristo es
solo el verdadero Dios?
Pues de esa suerte, caballeros,
desde ahora palabra os doy
de dilatar nuestro imperio
y mi fe.
Y mi amor
mi mano logre por premio.
Por boda a vuestra adoración,
a Joviano y Constancia...
A Dios pido.
De un traidor,
aun la obediencia es ultraje.
Llevadle a esa prisión,
no salga hasta que muriendo
pública satisfacción
dé al mundo.
Fiera envidia,
mi desgracia te perdone,
que ya el Herodes moderno...
Pues tan feliz fin dio
nuestro Dios a tan cruel,
injusta persecución,
las gracias le demos todos,
porque logrando el perdón,
la pluma alabe el concepto
que en esta comedia dio
bulto a la verdad de que
no muere quien vive en Dios.
Margen izquierdo: 1120
Rúbrica
Madrid y abril 22 de 1701 = Dase licencia para que se haga esta comedia intitulada No muere quien vive en Dios = [Rúbrica]
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