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testo digitale di No hay agravios como celos, si son los celos ofensa

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay agravios como celos, si son los celos ofensa. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-hay-agravios-como-celos-si-son-los-celos-ofensa.

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NO HAY AGRAVIOS COMO CELOS, SI SON LOS CELOS OFENSA

Jornada primera

Pag. 1

Personas que hablan en ella. Don Félix, galán. Roberto, galán. Resabio, gracioso. Octavio, viejo. Margarita, dama. Elvira, dama. Flora, criada. Violante, criada. Músicos.

Salen don Félix y Resabio.

Resabio.

¿Quién ha de saber de ti

cuál es tu tristeza?

Don Félix.

¿Yo?

Resabio.

¿Que no has de decirla,

creo?

Don Félix.

Solo has de sentirla.

Resabio.

¿Sí?

Don Félix.

Sí, infeliz a verme llego,

aunque muera de dolor,

sea salamandra en mi amor,

y mariposa en mi fuego.

Si es mi pena tan severa,

tan continua mi fatiga,

que el tiempo no la mitiga,

fénix en mis ansias muera.

Resabio.

De tanta pena, señor,

dale parte a tu criado;

que el mal, que es comunicado,

goza fueros de menor.

No estemos de todo ajenos

que la pena a que te das,

si es callándola es más,

no harás menos, a lo menos.

Don Félix.

Este mal, o este veneno,

que en mi corazón ha entrado,

es malo para callado,

y para dicho no es bueno.

Resabio.

Dímelo, que te prometo

el dar alivio a ese agravio,

que en efecto soy Resabio.

Pag. 2

Don Félix.

Ya está entendido el concepto.

De un pensar tan impensado

del rigor de un accidente

que sin que sea delincuente

me aflige, como aculpado

solo es antídoto igual

en cuanto mi juicio abarca,

pagar el feudo a la parca

que debe todo mortal.

Resabio.

Sabes en medio de tu ansia

lo que repara mi mente,

si de cierto es accidente

que no es cosa de sustancia

y si la muerte te espera

alíviate de esa carga

como víbora, que larga

la ponzoña antes que muera.

Don Félix.

Creo tanto por aliviarme

como por darte ese gusto

te lo diré, si es que el susto

dejare de atosigarme.

Resabio.

Sí dejará, que es cortés

y ve, que yo se lo pido

señor susto, sea servido

de irse, y no volver después.

Don Félix.

Con mil pensamientos lucha

el dolor, que me atormenta,

cuando declarase intenta.

Resabio.

¿Acaba, señor?

Don Félix.

¡Escucha!

No ignoras que a medio lustro

que a la hermosa Margarita,

imán de los corazones,

de los gustos atractiva,

símbolo de perfecciones,

archivo de maravillas,

más que Diosa, pues que goza

de dos el oficio esquiva

pues es Venus, porque hace

que su hermosura divina,

mientras que permite amarla

a expensas suyas se viva,

y Palas porque procura

que amorosa batería

siempre asaltando los pechos

ninguna vez se resistan,

y para decirlo todo,

es donde todo se cifra,

pues de todo es rico erario

y de todo fértil mina;

adoro con tanto extremo,

y con voluntad tan fina,

que desde que ese Planeta

lucero hermoso del día,

airoso Galán del Alba

dejaba el opuesto clima,

hasta que cansado luego

de la tarea precisa

mientras le avisa la Aurora

a verse con Tetis iba;

era Girasol constante

Pag. 3

Don Félix.

que tanto su luz seguía,

que inmóvil solía quedarme

mirando sus celosías

por ver si así registraba

lo que oculto me tenían

o por ver si sus paredes

me contaban lo que oían.

Era el extremo de amarla

tan extraño, que excedió

al no común, tan constante

que al instante que ponía

lo fúnebre de la noche

en parasismos el día,

era Argos de deseos

y en continua hidropesía

de anhelos, ansiaba, solo

las luces del otro día,

por recelar, que era aquel

el último de mi vida,

y que tiempo para amarla

entonces me faltaría,

y así cuantas veces, esa

antorcha, la más lucida,

por vivificar las plantas,

de Doris, se despedía

con nuevo amor, la adoraba

nuevo culto la rendía

que todo el antecedente

el día de antes parecía

y así en cada uno la amaba

como en mil siglos podría.

con que muriendo en cualquiera

nada que amar faltaría

a esta amistad generosa,

y amorosa bizarría

siempre en oriente juzgaba

nunca, a ocaso prevenida

era lo que más gloriaba mi fe

ver, que merecía

la mutua correspondencia

de tal suerte, que vivían

nuestras almas con deseos

de no animar lo que animan;

y por esto muchas veces

apetecerlo solía;

que Átropos en mi tijera

embotase su cuchilla,

por que faltase el estambre

de la vida, de mi vida,

y hechos cadáveres ambos

en su cuerpo animaría

mi alma; pasando la suya

a donde la mía habita,

si cierto fuese, lo incierto,

que Pitágoras afirma,

mas a confianza falsa

si en mujeril amor fías,

pues buscándole en la cama

se reconoce en la lira,

ya lo sé, pues miro falso

lo que verdad concebía

que es engaño de la idea,

sueño de la fantasía,

pues ayer, saliendo al soto

en donde Flora fabrica

con floridas esmeraldas

y corrientes cristalinas

para hospedaje de Venus,

Pag. 4

Don Félix.

costosa tapicería.

Hallando en el amante Dueño,

y sospechando que iría

por vanagloria de Flora,

a hacer oficio de Ninfa,

llegándome a su presencia

por hacer Idolatría

a sus dos hermosos ojos,

entonces y ahora, dos Liras.

Le dijo gustoso el labio,

como pluma que escribía,

lo que le dictaba el Alma,

aquestas razones mismas:

Puesto que como Sol, luz distribuyas

a las que flores, antes son Estrellas,

para que imiten los luceros ellas

por ver en sí imitadas luces tuyas.

Y como aquel Rosal lo constituyas

con las de Jazmín, mixtas ramas bellas,

en aurora que Aljófar y Centellas

confunde porque tu émulo, la arguyas.

Antes de haberse hallado mi desvelo,

fueron de mis sentidos lid notoria

sobre querer hacerle Cielo al suelo,

perdieron mis sentidos la Victoria

al verte, y confesaron que era Cielo

viendo en él, y la pérdida su gloria.

¿No has visto fiera Leona,

furiosa y embravecida,

que si alguno por cortejo

a festejarla se inclina,

entonces con mayor saña

toda su cólera vibra,

contra el Dueño del halago,

¿en pago de sus caricias?

Pues esto a mí me sucede

desavío, con Margarita,

porque apenas hube yo

acabado, cuando esquiva,

queriendo dejar la estancia,

y volviendo a mí la vista,

me dijo: Señor Don Félix,

la pretensión no prosiga,

que hay quien la estorbe, y no quiero

ser tan desagradecida

que un aviso no debáis

peligrando vuestra vida.

Yo le repliqué, diciendo:

en los términos implica

que sea otro el agresor,

siendo vos el homicida.

Respondió: ya son superfluas

todas las sofisterías

para el pecho, donde no hay

de vos, la menor reliquia.

Volvió con esto la espalda,

y como el Campo vivía

a expensas de lo luciente,

que esta flor le comunica,

comenzaron las demás,

a declararse marchitas,

hacer pesares de Agostos

el Abril de su alegría.

Obligado de mi amor,

me determiné a seguirla,

y al hacerlo, me fue estorbo,

Pag. 5

Don Félix.

su voz, porque enfurecida

me dijo, entre otras razones

hijas de la tiranía,

lo que os juzgáis por fineza

se os tiene por demasía.

Rabioso con tal suceso

o con tal descortesía

a la manera que el toro

su fogoso enojo vibra,

en la capa siendo el Dueño

quien a tal furor le incita

ansí yo de sus palabras

hice objeto, en quien la ira

vengó todas las afrentas

que el Dueño de ellas le hacía

porque les dije que eran

falsas, como fementidas,

aleves, como engañosas,

traidoras, como enemigas.

Pensarás tú, que es la causa

que a tanto enojo me obliga

el ver de un ingrato dueño,

mi fe, mal correspondida;

Pues no, que ya sé que es propio

de las mujeres queridas,

despreciar aquella cosa

que aborrecidas aspiran,

sino que digan, que hay otro

que merece sus caricias

que mi pretensión estorbe

y en quien mi vida peligra

saber que hay quien la merezca,

e ignorar el que la rinda:

es sobre todo, de donde

mi congoja se origina,

si con esto me dan celos

no te admires de que diga

que lo mayor de mi agravio

en solo este punto estriba

Pues si fuera tan dichoso

que llegara a mi noticia

el que goza los favores

que la fortuna me quita,

aunque este tardo elemento

que agora las plantas pisan,

atlantes montes criase

subiese a la esfera misma

para estorbarme los pasos

no bastara, ni podría

ni lo denso de sus ramas,

ni lo áspero de sus guijas,

y aunque ese salobre imperio

que el grande Neptuno tira

fuese Panteón que intentase

guardarle, no bastaría

antes su espaciosa margen

de fuerte tumba le haría

que no pudiese echar menos

los mausolos de Libia,

esta es, mi forzosa pena,

esta mi ansiosa fatiga,

esta, mi aflición quejosa,

esta mi cierta desdicha,

esta mi oculta congoja,

esta mi pasión crecida.

Pag. 6

Don Félix.

está la pública guerra

que a campal me desafía

los sentidos y potencias;

mira si es justo que diga

que es incurable mi achaque

e irremediable mi herida.

Aparte.

Resabio.

Ahora, señor, un remedio

daré a tu melancolía,

para que luego se sane.

Con esto tendrá cabida

el negocio de Roberto,

pues la paga está ofrecida.

Vamos echando la red,

mas temo que mis desdichas,

que por hacer esta pesca

no quede de mí una pizca.

Don Félix.

Di el remedio, que aunque sé

que no ha de haber medicina

para este mal, siendo tuya,

me divertirá el oírla.

Resabio.

Extráñolo, que mis obras

a costa de mis costillas,

por otras menos palabras

no las sitúas, mas las gritas;

mas a lo que importa vamos.

Yo, sin tomarte la orina,

receto, que desde luego

en amarla no prosigas,

antes, convertido en odio,

tales rencores concibas

contra ella, que la aborrezcas,

y si a esto te determinas,

trata de echarme de casa,

para que no haya quien diga,

secreta o públicamente,

que de hecho no la olvidas,

pues quede Resaurio en casa;

y así, señor, por tu vida,

que ajustemos nuestras cuentas,

y en suma cuenta las cintas,

que has dado para zapatos,

el cuerpo de la ropilla,

mas no las mangas, que eso

para mí es cosa perdida;

y volviendo a nuestro caso,

di, si al mal el remedio aplicas,

que en la buena aplicación

puede ser que el bien consista.

Don Félix.

Ay, Resaurio, bien quisiera,

conforme a lo que me inclinas,

obrar, mas no está en mi mano,

que una vez que se dedica

el albedrío al dios vendado,

en solo la suya estriba

el obrar de cada uno,

por que lo alarga o limita

con lo frecuente o lo escaso

de las saetas que tira.

Resabio.

¿Y prosigues en amarla?

Don Félix.

Claro está.

Resabio.

¡Jesús, María!

¿No ves que en desdén te paga?

Don Félix.

Con eso se purifica

más mi amor, que es el desprecio

crisol que en la llama activa

Pag. 7

Don Félix.

del pecho al Amor, que es grande,

de mayor te califica.

Aparte.

Resabio.

Ya aquí no se puede hacer

lo que pedido me había;

Roberto; pero en efeto

ocasión vendrá propicia.

Don Félix.

¿Qué dices?

Resabio.

Digo que vayas

a la primera armería

y te armes de punta en blanco,

porque con eso resistas

los combates que te hacen,

Amor, en su compañía.

Don Félix.

Amor me dé sufrimiento.

Resabio.

El diablo lleve su vida.

Don Félix.

¡Oh, Amor! ¿Que antepongas pena

a la culpa que no es mía?

¿A una imaginada ofensa

el castigo me anticipas?

Resabio.

¿Que hay hombre que a mujer quiera

conociendo sus mentiras?

Don Félix.

Ven, Resabio.

Resabio.

Voy, señor.

Don Félix.

¡Qué pena!

Resabio.

¡Qué bobería!

Salen Margarita y Flora.

Flora.

No he visto en toda mi vida

igual modo de querer,

¿te das más a aborrecer

cuando te ves más querida?

¿No te miras asistida,

y de don Félix tu amante?

¿no te visita constante?

¿no idolatra tu belleza?

¿no pagabas su fineza?

Pues ¿qué ha habido en un instante?

¿Sospechas que no te quiere?

¿Soñaste que no te ama?

¿Vístelo con otra dama

de quien el favor espere?

Dímelo, que si así fuere

diré que tienes razón;

pero con otra ocasión

resolverte a darle enojos,

o son de cristal tus ojos

o de fiera, el corazón.

Margarita.

No, Flora, no te parezca

que el pagarle con rigores

sus declarados amores

es querer que me aborrezca;

antes, porque permanezca

más nuestro amor, lo hago yo;

porque, si cuando me vio

amorosa, te rendí,

quiero ver, esquiva aquí,

si allí de veras amó.

Tienes mucho aunque lo ignoras,

y no de oírlo te asombres,

que conocer en los hombres

quién son, como lo ignoras,

pásanse muchas auroras,

sale Febo, muchas veces,

entran años, salen meses,

y estando en todo constante,

en el más seguro instante

descubren sus esquiveces.

Pag. 8

Flora.

Pero dime, ¿qué consigues

con los desprecios que haces?

Margarita.

A dos intentos distintos

y del todo desiguales

mis designios se encaminan:

es el uno, ver si amante

atropellando esquiveces,

no haciendo caso de ultrajes,

desechando ingratitudes,

aun está firme en amarme;

y entonces podré segura

con mis deudos y mi Padre

declarar mi pensamiento.

Flora.

¿Y cuál es?

Margarita.

El de pagarle

con mi mano tanto amor.

Flora.

Pues, ¿que no pudieras antes

de haber usado el rigor

conocer por las señales

que firmemente te adora?

Margarita.

No, porque como en amarle

he gastado todo el tiempo,

no es fácil, no, que alcanzase

a ver que el amor que tiene

pasa el límite de grande;

que es política aun de aquellos

que reglas de amor no saben,

cuando se miran queridos,

corresponder sin que amen,

mas si el aborrecimiento

de aquel llega a apoderarse

en quien estaba el amor,

se traslucen los bastantes

indicios de que ese amor

no era amor, sino disfraces

de otra cosa, a quien el pecho

había servido de cárcel;

y así esta cautela, Flora,

es bien que deba abrazarse,

pues tienes a merecido

a la prudencia por madre.

Flora.

¿Y el otro intento cuál es?

Margarita.

El otro es, que si inconstante

pone en olvido mi amor,

tratar de determinarme

a no querer, pues en todos

puede haber mudanzas tales.

Flora.

¿Y si (lo que no suceda)

viendo rigor semejante,

hallando en ti los rigores,

busca en otra las piedades?

Margarita.

Ese es caso tan distinto

que si sucediera, darme

pudiera pena, y así

no pronostiques pesares.

Flora.

Pues, señora, por muy cierto

tenerlo puedes, Violante,

la criada de tu prima,

me dijo a mí la otra tarde

que deseaba su señora

segura ocasión de hablarle

y declararle su amor.

Margarita.

¡Ay!

No pases adelante.

Pag. 9

Margarita.

que ya sé, que decir quieres

que si ella este caso sabe,

pretenderá con más fuerza

su oculto amor declararle;

y es verdad, mas para eso

al punto, irás a llevarle

un papel, en que yo el mío

con desengaño le aclare;

mas tú allá con el primero

puedes discreta informarte,

si es que en un nicho de afectos

en su pecho está mi imagen

y si vieres que la tiene

con el aseo de amante,

poniéndole por adorno

copioso amoroso esmalte;

en que sirvan los suspiros

de marítimos corales,

y en donde oficio de perlas

entren a ejercer los ayes

se le podrás dar; mas ¿quién

viene, por aquesa parte?

Sale Resavio.

Flora.

Él lo dirá, pues ya entra.

Es Resavio.

Flora.

Dios delante.

Resabio.

Que a verte viene; porque

dice, que a tus plantas yace,

diciendo, que si a su amo

diste de mano, es constante

que le habrás de dar de pies.

Margarita.

Alza del suelo.

Resabio.

Me place.

(Aparte.)

Margarita.

Deste criado sin duda

podré más bien informarme;

¿qué se hace tu amo estos días?

Resabio.

Él no es persona que hace,

sino solo, que padece.

Margarita.

¿Y dice por quién?

Resabio.

A nadie

lo ha dicho, sino es a mí,

y eso por tan cultas frases

que una parte le entendí;

Margarita.

¿Y en ella, qué le escuchaste?

Resabio.

Escuché que amó en un tiempo

pero yo quise negarle

el supuesto, de que en tiempo

había amado, si el quejarse

era, de que el tal amor

con el tiempo fue mudable

porque esto fue, amar sin tiempo.

Margarita.

Pero dime, ¿no alcanzaste

a saber dél, si ese amor

duraba?

Resabio.

Sí, que al instante

que preguntárselo intento,

por ser santo, se deshace

con azotes de suspiros

y con cilicios de ayes,

y para que yo conozca

que es en extremo muy grande

reza el Credo muchas veces

porque acaba perdurable.

(Aparte.)

Margarita.

Para quedar satisfecha

estas razones me basten;

mientras un papel escribo

aquí puedes aguardarte,

y estad con cuidado, Flora,

Pag. 10

Margarita.

por si viniese mi padre.

Vase.

Resabio.

Pues los dos quedamos solos,

razón será que me saques

de una duda.

Flora.

Di, que al punto

tengo de ella de sacarte.

Resabio.

Flora, en Dios y en tu conciencia,

¿hasme querido?

Flora.

Vergante,

¿eso pronuncias? ¿Yo a ti?

¿Haberte querido, es fácil?

Resabio.

Pues es muy dificultoso

cuando soy en todas partes

el non plus ultra del Mundo.

¿Por tantas habilidades?

Flora.

¿Tus habilidades?

Resabio.

Pues no,

y porque más la alabes,

las referiré.

Flora.

Atención,

y verán qué disparates.

Resabio.

Es mi ingenio lo primero

tan fecundo y abundante

que para hacer diez comedias,

veinte entremeses, cien bailes,

no he menester más que un hora,

¿qué es una hora? en un instante,

mas se ha de entender, si son

las comedias, mazapanes,

bizcochos, los entremeses,

y los cien bailes, panales

y el hacerlos es comerlos,

porque para esto, ni un Ángel,

lo puede hacer más apriesa;

aunque él lo haga en el aire

en danzar, sé yo muy bien

que no hay quien se me aventaje,

que a la más fácil mujer

mudanzas puedo enseñarle.

Y yendo a las perfecciones

que en todo el cuerpo se hallen

no podrá tener caída

mi frente en cualquiera parte

puesto que consigo siempre

buenas entradas se trae.

Si faltaren azulejos

o casa de que se labren,

aunque a la cara, en mis ojos

¿no los podré dar a pares?

Las narices, Flora mía,

es muy justo que repares,

pues pudieron en la Corte

pasar con plaza de Grandes.

Considera que estos dientes,

(sin que el equívoco masques)

son tan malos por morder

que los reputan por tales;

cuando me llego a la boca

no hallo con qué compararle,

porque, señores, es mucho

lo que en esta boca cabe.

¿Mondan estas manos nísperos,

no se asimilan al jaspe?

¿Y con sus diez mandamientos

en dos, no pueden cerrarse?

Pag. 11

Resabio.

mas si la verdad confieso

que al fin debe confesarse,

por más que talle me busco

no tengo de hallarme talle.

Demos paso al pie, que es donde

será fuerza que me pare

para decir que es tan rico

que puede bien sustentarme;

pero temo que ese sea

parte, para ocasionarme

presunción, pues que no tengo

otro que más puntos gaste.

¿No te parece que quedas

obligada a enamorarte

de mi persona?

Flora.

¿Por qué?

Resabio.

Porque es fuerza que te pagues,

como las demás mujeres,

de lo peor.

Flora.

Ya baste,

si no quieres que en tu rostro

ponga del rencor señales.

Resabio.

Ya lo dejo, que esas burlas

muy a la cara me salen;

pero tu señora viene.

Flora.

Retírate allá, no extrañe

el verme junto a los hombres.

Resabio.

Sí, que es muy malo el juntarse.

Sale Margarita con un papel.

Dale un papel.

Margarita.

Éste es, Resaurio, el papel;

sin que un punto te dilates,

a tu amo se le lleva,

porque puede ocasionarse

de la detención un riesgo

que no es fácil se restaure.

Aparte. Vase.

Resabio.

A llevarlo parto luego,

pero ¿a quién voy a llevarle?

Después lo sabrán ustedes,

que ahora Dios solo lo sabe.

Margarita.

Ven, Flora, porque ya es hora

de que se venga mi padre

a recogerme, que procuro

que un instante no se falte

a su asistencia, que así

podré más bien disculparme,

si supiere que a don Félix

escribo, que venga a hablarme

esta noche, por la reja

que hacia el jardín nuevo, cae.

Flora.

Vamos, y de esa tramoya

Dios mío, con bien sacadme,

que por reja, y del jardín

muy bien puedo recatarme,

que no conozcan la flor,

y acierten por yerro a darme.

Margarita.

¿Qué te han de dar?

Flora.

Unos celos,

que decir por yerro antes

no fue por el de la reja,

que este es dicho muy tratable

en cuantas comedias veo

que por la reja se hablen;

sino porque siendo tú

la que los ocasionaste,

tienes a ser la deudora

y he de ser yo quien lo pague.

Margarita.

Graciosa estás, vamos, Flora.

Flora.

Vamos, Dios quiera librarme.

Vanse.

Sale Roberto.

Roberto.

Loco pensamiento mío,

Pag. 12

Roberto.

Errante imaginación,

necia deliberación,

poco advertido albedrío,

¿no sabéis, que es desvarío

la empresa que procuráis?

¿Imposible no miráis

tan soberana hermosura?

Sí; y por esa locura

de mirar su luz, cegáis,

no es castigo en el que ama

cegar por la cosa amada,

antes así ve premiada

toda su amorosa llama;

si padecer por la Dama

es el premio del Amor,

ya vos tenéis el mayor

pues el padecer más fuerte

es el encontrar la muerte

y esta os la da este dolor.

Pero castigo merece

querer que tanta Deidad

ensalzase mi humildad,

a silla, que desmerece;

Este yerro que apetece,

es quien culpado me hace

y aunque esta culpa no pase

su severo proceder,

y culpa me ha de oponer

ninguna le satisface.

Pero Amor, di, ¿no es mujer

esta, como las demás?

volver no hemos visto atrás

el más antiguo querer,

luego bien puedo creer

que olvidar su Amor podría

luego a otro Amor, ¿claro está?

pues si esto es así, ya espero

más piadoso lo severo

que en Margarita estará,

Quien el mayor imposible

vencer puede, es evidente

que el menor, más fácilmente

vencer podrá, es infalible,

Luego es también imposible,

que no Amar, siendo el mayor

y el menor el nuevo Amor.

puedo tener por muy cierto

que tome seguro Puerto

su combatido temor.

Al paño Presavio con el Papel.

Resabio.

Si estará Roberto en casa,

no hay que dudar, cuando espero,

de lo que traigo entre manos

por instantes, la Respuesta,

el Papel me huele a albricias

y me serán harto buenas,

si me recepta, para tantas

que le traigo, alguna letra.

Roberto.

¡Hola! ¿Quién va?

Resabio.

Yo, señor.

Roberto.

Tú eres, Presavio, entra,

que la alegría del Rostro

Pag. 13

Roberto.

me publica buenas nuevas.

Resabio.

¿Sí, más?

Roberto.

Resabio ya entiendo,

aquesta sortija sea,

no paga, a tanto servicio

sino memoria pequeña

que por lo que debo darte

no se podrá recompensa.

Dásele.

Resabio.

Pues si de cierto hay sortija

sin duda, tendremos fiesta,

este papel creo agora

que de Margarita venga,

pues que por él me ha venido

a mí, una preciosa perla.

toma el papel, mas te digo,

que es necesario, que adviertas

que en cumplir su contenido

no haya una falta siquiera,

porque sin ser a pelota

aqueste juego, a hacerla

se sigue el quedar perdido,

y no quiero que te pierdas

cuando intento, que ganado

salgas.

Roberto.

Eso deja,

y escucha, con qué razones

volverme la vida intenta

quien usurpado la había.

Vase.

Resabio.

Mas vale, que tú lo leas

allá a tus solas, que a solas

mas despacio se contempla,

que yo, señor, por agora

iré, si me das licencia,

a servir al señor don Félix,

que no es razón que me atreva

a llevarte yo demoras

cuando él me da para peras.

Ábrele.

Lee.

Roberto.

Papel hecho de triaca

o veneno, pues encierras

o lo que me alarga vida,

o lo que muerte me acerca,

harto temeroso intento

rompo tu doblada nema,

que a quien le sobra desgracia

en todo lo experimenta.

La firma en fin, dice así:

quien presto veros desea;

quiera Dios, que se me logre

felicidad tan inmensa.

Así prosigue:

Señor:

bien conozco la fineza

con que procuráis mi amor,

para dar la recompensa

que al mucho oro equivalga;

hay el sitio de la reja

de un jardín, siendo la hora

que mi cuidado demuestra

la una, y sin que aguardéis

más seña, que hallarla abierta;

¿habrá entre todos alguno

que en obra, se me prefiera?

no habrá, pues es la mayor

que gozarse puede, esta.

Polícrates desgraciado.

Pag. 14

Sale Aluisa y Violante con mantos

Roberto.

se veía, si considera

que esta dicha a su ventura

justamente está antepuesta,

haz, fortuna, que el impulso

de esa tu inconstante rueda,

se pare, y estando inmóvil

a mi favor esté, mientras

margarita de mi amor

se conozca satisfecha,

puntual voy a ejecutarlo,

ya que la noche despierta

mis cuidados, pero ¿quién

en esta sala se entra,

sin avisar?

Elvira.

Yo, que soy

quien se toma la licencia

que quizá se le negara

si antes de entrar se os pidiera.

Roberto.

No negara que sabéis

que jamás es poco atenta

mi persona, aun con aquellos

que por sí lo desmerezcan;

y así ved, señora, cómo

eso ahora aconteciera

con vos, siendo a quien el alma

como a su dueño venera,

por ser quien sois.

Elvira.

Y no más

que por ser quien soy.

Roberto.

No es fuerza

que no sea por otra cosa

cuando no hay amor, que pueda

mover?

Elvira.

¿Que en fin no hay amor,

señor Roberto, que os mueva,

pues, y el que os tengo?

Roberto.

¿Qué importa

si está sin correspondencia?

Elvira.

Luego ¿vos no me queréis?

Roberto.

¿Claro está?

Elvira.

Es vileza

hablar con tanto descoco

cuando estáis en mi presencia.

Roberto.

Pero ¿no es peor que el labio

diga aquello, que no sienta

el corazón?

Elvira.

No, que entonces

solo fuera lisonjera

vuestra acción; mas desta suerte

ha pasado a desvergüenza.

Violante.

Que quiera a fuerza mi ama

hacer que el otro la quiera,

repara que eso, señora,

más quiere maña, que fuerza.

Roberto.

Señora, del modo que

fuere, vuestro gusto sea,

pero con tal que llevéis

de mi poco amor certeza.

Elvira.

Sí, llevaré; pero vos

advertid, que cuando quiera

vuestra pasión amorosa

declarárseme más tierna,

ha de hallar en mí una roca

de tan extraña dureza

que ni el cariño le ablande,

Pag. 15

Elvira.

que ni el halago la venza.

Roberto.

Lo que lo hagáis os suplico

para cuando eso acontezca

que como es casi imposible

en ello nada se arriesga.

Elvira.

Pues cuenta, como os castiga

alguna vez la soberbia.

Roberto.

Si para allá lo aguardáis

tarde el castigo me espera.

Yéndose

Elvira.

Ven Violante muerta voy.

Violante.

Señora, de qué vas muerta?

no dices, que has de escribirle

a don Félix pues le deja

Margarita.

Elvira.

Dices bien,

iré a escribirle que venga

esta noche a verme; así

hoy dos cosas se granjean

la una, es solicitar

de Félix, correspondencia,

la otra, contra Roberto,

es ir haciendo materia

para que si en algún tiempo.

Margarita le desprecia,

sobre no quererle yo

haré que celos padezca

Vanse

Violante.

Ea a disponerlo vamos,

que como Félix te quiera

no siendo más el agravio

ha de ser menos tu pena.

Vase

Roberto.

Ya parece que se ha ido

esta ponzoñosa fiera

y así me voy a gozar

de mi adorada belleza.

Sale don Félix.

Don Félix.

Amor, ¿qué ha de ser de mí?

pensamiento, ¿dónde vas?

a darme la muerte irás

pues no hay sino muerte en ti

cuando yo te merecí

esta congoja, este anhelo?

este airado desconsuelo

que todo el gusto me tasa?

que me hiela siendo brasa?

y me abrasa siendo hielo?

todo amigo se me ausenta

sin ser cómplice en mi agravio,

hasta el criado Resabio

darme consuelo no intenta,

mucho el dolor me atormenta

y más el pecho adolece

de que Margarita ofrece

materia al en que me abraso

incendio, y que al mismo paso

que la quiero, me aborrece,

si piensas que a lo que digo

darle crédito no puedes

pregúntalo a tus paredes

que son de mi amor testigo,

pero qué discursos sigo

si por todos atropella

Deidad, que por ser tan bella

usas tanto de lo ingrato

que el rigor junto a su trato

es junto al sol una estrella.

Ea penas acabad,

sentimientos consumid,

Pag. 16

Don Félix.

pesadumbres, prevenid,

tormentos, a mi lealtad,

que pues a tanta verdad

crédito darte no quiere,

no será justo que espere

remedio a tanto dolor;

venga de un rayo el rigor,

si no es rayo el que me hiere.

Sale Resabio.

Resabio.

Señor, aquí está Resabio

que viene a verte, no más

que por decir que a la puerta

tapada una dama está

diciendo: «Al señor don Félix

en persona habré de hablar».

Yo le dije: «Hable en sus bienes,

que más gusto le dará».

Preguntome cuáles eran.

Respondile: «Bien y mal;

bien porque dije que tú

tienes por bien sin igual

el hablarte en Margarita».

Don Félix.

Hasta ahí acertado va,

pero lo mal ¿por qué fue?

Resabio.

Mal porque tú tal estás

por esta tal Margarita,

que yo no creyera tal.

Don Félix.

Ya disparatas, Resabio,

y así decirle podrás

a esa señora, que entre,

y tú te podrás quedar

allá fuera, porque nadie

sin aviso pueda entrar.

Resabio.

Eso es lo que yo más siento,

que así no podré escuchar

lo que se habla; paciencia,

que aquí no hay sino callar.

Vase.

Sale Violante con manto.

Violante.

De la ocasión con que vengo,

señor, te podrá avisar

mejor que yo este papel

cuya respuesta darás,

porque yo juzgo que importa.

Dásele.

Lee.

Don Félix.

Él mismo me lo dirá.

«Para que, logrando la ocasión de hablaros,

tengáis el gusto de escucharme,

os suplico me veáis esta noche

en la reja del jardín, esto baste

para decir que os importa.

Vuestra servidora,

Doña Elvira».

El que será obedecida

por respuesta llevarás,

pues si me promete gusto,

¿cómo le podré excusar?

Violante.

Con solo eso voy contenta.

Señor, con Dios os quedad.

Vase.

Don Félix.

Esto es sin duda que Elvira,

compadecida, querrá

ajustar con Margarita

esta discordia que hay,

y pues Febo ya esconder

pretende su claridad,

entre los líquidos senos

del siempre orgulloso mar,

Pag. 17

Vase.

Don Félix.

Voy a lograr esta dicha,

que siendo, la de alcanzar

la amistad de Margarita,

a la mayor llegará.

Sale Resaurio.

Vase.

Resabio.

¿Que se fuera, y que no oyera,

por más que quise escuchar,

una palabra tan sola?

Mucho da que sospechar

el no decir a Resaurio:

"¿Dónde todo estás?

¿Cómo no vienes a casa?

¿Ya no te falta el caudal?"

Y finalmente, ¿ahora irse

y no llevarme detrás?

Aquí es menester valor,

porque si ahora se va

a hablar con Margarita,

en grande peligro está

Roberto, y pues que da joyas

trataré de irle a avisar,

o por lo menos a ver

como cosa singular

cómo peleando dos vivos,

dos muertos se pueden dar.

Sale Roberto de noche.

Abren la reja.

Llega.

Roberto.

Ya el día se ha puesto luto

con el manto que le da

la noche, para que llore

la ausencia de su galán,

y yo, el reloj que molesto

del peso continuo está,

andando según que debe

todo lo que puede dar,

y ya yo he llegado al sitio

en donde juzgo gozar

o el todo de mi esperanza,

o mucha parte; ¿estará

abierta la reja? ¡Sí!

Amor, tu favor me da.

Sale don Félix de noche.

Don Félix.

Este es el puesto y la hora

en que el pecho vuelva

al regocijo, dejando

este género de afán

que le causaba la ausencia

o quiera Amor, pues sabrá

lo que me cuesta de anhelos

permitir que más leal

se me muestre Margarita.

Cúbrese.

Roberto.

Un hombre viene hacia acá,

forzoso será encubrirme.

Don Félix.

Pero, recelos, cesad,

¿no está arrimado a la reja

un hombre, que ahora vago

intentó cubrir el rostro?

Pues que tengo que esperar,

arrojaréle del puesto.

Pero más vale escuchar

si acaso viene llamado,

que imprudente acción será

antes de saber el caso

hacer otra cosa, ¡ay, más

tormentos para afligirme!

Margarita a la reja.

Margarita.

¿Mi bien, eres tú?

Roberto.

Estoy tal

cuando de ese nombre usas,

porque me miro incapaz

de recibirle, que puedo...

Pag. 18

Roberto.

decir con toda verdad

que me he pasado a ser otro.

Margarita.

Aquí ya no hay que esperar.

Don Félix.

Vive Dios, que ya que llego

a ver traición tan sin par,

que de este acero el valor

a su costa ha de probar.

Roberto.

Jesús, ¿qué es esto que miro?

Tened, señora, esperad,

que veo que descompuesto

un hombre, muestras me da

de embestirme.

Don Félix.

De mataros

mi valor os las dará.

Tíranse y ciérrase la ventana.

Aparte.

Huye.

Roberto.

Fácil fuera, cuando en mí

no hubiera tanto, que atrás

haga volver vuestro enojo,

aunque lo mejor será

volver la espalda, que así

jamás puede peligrar.

El crédito de esta dama,

ni el mío, pues el disfraz

me ha hecho desconocido.

Vase.

Don Félix.

Tu intento no te valdrá,

que aunque al mismo viento sigas,

él mismo desatará

a mi favor, lo que a Ulises

fueron contrarias.

Sale Resaurio.

Resabio.

No hay más

que venir a ver un pleito

cuando hay celoso galán.

Sale Don Félix como entró.

Dale.

Don Félix.

Aquí venderás la vida,

pues no te puedes librar.

Resabio.

Detente, que soy Resaurio,

señor, señor, no hagas tal.

Don Félix.

¿Resaurio tú aquí?

Resabio.

Yo aquí,

así pretendes pagar

a tus criados.

Don Félix.

¿No viste,

en este instante, pasar

por aquí un hombre?

Resabio.

Yo no.

Don Félix.

Pues yo le voy a buscar.

Resabio.

Aguarda, señor, espera,

si él huyendo de ti va,

cómo alcanzarle pretendes;

vete a recoger, que ya

es hora de que sosiegues.

Don Félix.

Cómo puede sosegar

quien de esta dama llamado

es solo, para escuchar

finezas a otro sujeto.

Resabio.

De ella te puedes quejar,

mas no de él, que si lo quieren,

en no querer hará mal.

Don Félix.

Cesa, Resaurio, no digas

que lo quieren, que se hará

mayor mi agravio, que es

el mayor agravio que hay

los celos.

Resabio.

No digas eso,

que mujer que celos da,

dará también otra cosa.

Pag. 19

Don Félix.

Ven, que es muy cierto el refrán

no hay agravios como celos.

Vase.

Resabio.

Pues lo llego a sospechar

que no hay celos como agravios,

vamos ahora a porfiar.

Jornada segunda

Pag. 20

Sale Don Félix.

Don Félix.

Ya parece que tímido aun el día

neutral se muestra, pues en sus albores

ni todo luces es, ni todo horrores,

en venir a alumbrar, como solía;

ya el melifluo jilguero en su armonía

(acompañado de los ruiseñores,

como músicos diestros y cantores)

hace al canario dulce compañía;

y aun de mí no se van los desconsuelos

que causa la aprehensión bien oportuna

que vieron anoche, mis recelos

que delante de mi persona alguna

pudiese haber, que para darme celos

a Doña Margarita hablase a la una.

Sale Roberto por otra puerta y dice.

Roberto.

Ya con su claridad la Aurora hermosa

ahuyentando veloz la densa sombra

que empañaba la azul del cielo alfombra

sale a gozar los créditos de airosa;

cuya venida intenta, que la Rosa,

a fuer de más lucida, (aunque esto asombra)

parezca estrella, cuando flor se nombra

hurtada de la esfera luminosa

y aun mi inquieta fatiga no me deja,

por más que apresurado a que sosiegue

antes ahora el descanso más se aleja;

y no se acercará hasta que llegue

a saber de una vez, el que a la reja

con desacato tal, así se atreve.

Don Félix.

¿Enfermedad tan extraña

cómo puede haber remedio?

Roberto.

¿Cómo se ha de poner medio

si cura a este achaque daña?

Pag. 21

Don Félix.

Allí parece que está,

si no me engaño, Roberto.

Roberto.

Allí parece que acierto

a ver, a don Félix ya.

Míranse con recato.

Don Félix.

Comunicaréle el caso.

Roberto.

Haré que sepa el suceso.

Don Félix.

Mas no, que parece exceso.

Roberto.

Pero no, que hay embarazo.

Don Félix.

Darle parte de mi agravio

a Roberto, no es razón,

pues no vengué la traición

por detenerme de sabio,

y debí como quien soy,

pues la miré comenzada,

dejarla bien acabada

o no contárselo hoy.

Roberto.

Consultar lo sucedido

con Félix, no es acertado,

supuesto, que denodado

no castigué el atrevido;

y según es mi opinión,

aunque todo se arriesgara,

debí no volver la cara

por ser tan villana acción.

Don Félix.

Pues, ¿qué he de hacer?

Roberto.

¿Qué hacer puedo?

Don Félix.

¿Irme, y no hablarle? Eso no.

Roberto.

¿No hablarle e irme? No, yo...

Don Félix.

¿Qué es cólera?

Roberto.

¿Qué es denuedo?

Don Félix.

¿Qué haré de pasión tan fuerte?

A ocultarla no me atrevo,

manifestarla no debo;

no es vida esto, aquello es muerte.

Roberto.

¿Qué he de hacer, si mi fatiga

es de forma tan extraña

que el no decirla me daña,

y es de daño que se diga?

Don Félix.

Pues no desdoro al honor

que de esta verdad se oculta,

pues con esto se sepulta

entre el temor y el valor.

Roberto.

Pues el honor no embarazo,

excusaré el referirlo,

cuando es querer no decirlo

ocultar un caso, acaso.

Don Félix.

Y más, cuando he reparado

que divertido entre sí

aún no ha reparado en mí;

seguro va mi cuidado.

Vase.

Roberto.

Y más, cuando ya se ha ido;

y hacer lo propio procuro,

pues que con eso aseguro

el no haberme conocido.

Vase.

Sale Margarita.

Sale Elvira por la otra puerta, y dice:

Margarita.

Ya se compone el alba su cabello

en los espejos, que le ofrece undosos

el prado ameno, y ellos vergonzosos

corridos huyen, al llegar a verlos;

mostrando allí el primor todo su vello

en las verdes verduras que copiosos

los laureles y mirtos olorosos,

apuestan a lucir con lo más bello,

y aun no se ha sosegado mi cuidado,

ni saber ha podido el que atrevido,

llegase hasta mi reja, y allí osado

en sus intentos muy descomedido

a Félix retirase sin que dado

le hubiese la razón para mi olvido.

Elvira.

Ya viene del Antártico a este polo

sembrando luces, y quitando horrores

a dar con su color vida, a las flores

ese de luz pirámide, ese Apolo,

Pag. 22

Elvira.

preeminencia imperial que goza él solo,

de tal suerte, que si sus resplandores

dejaran de esparcirle sus ardores

quedaran en funesto mausoleo.

Y yo de mi cuidado no he salido,

ni alcanzar he podido qué causa hubiese

que ocasionar pudiese tanto ruido

como hubo anoche, antes que yo saliese

a ver si había don Félix ya venido

ni por cuál ocasión el pleito fuese.

Margarita.

Pero, ¿no es Elvira aquella?

Diréle mi mal ahora.

Elvira.

Mi mal diré (pues lo ignora),

¿pues es Margarita bella

la que miro?

Margarita.

Pero no,

que no es crédito el decirlo.

Elvira.

Pero no, que en referirlo

mi opinión expongo yo.

Margarita.

Que le diga el caso a Elvira

tengo por nada acertado,

pues el pleito ocasionado

por mí sin duda se mira,

porque si creye mi olvido,

ignorando la verdad,

dirá que es facilidad

lo que ahora ha sucedido.

Vase.

Elvira.

Pero me importa declarar

mi amor aquí a Margarita,

porque se imposibilita

de poderlo continuar;

antes sin que lo declare,

le diré a Félix me vea,

y la llave falsa sea

la que la entrada le aclare;

así le diré mi pena

sin ningún inconveniente,

porque cualquier accidente

a ansia mayor me condena.

Y pues en mí no repara,

iréme sin que me vea,

lo que tanto se desea

esta vez, amor, declara.

Margarita.

Ya pienso se ha ido Elvira,

y más aliviado el pecho,

contra quien el mal le ha hecho

quejas tan solo respira.

A Félix avisaré

venga a tomar desengaños

de un engaño, solo daño

para mí, que lo inventé,

y con el otro cuidado

solo adquiere mi desvelo;

y con esto su recelo

quedará desengañado.

Sale Desavio con un lienzo atado a la cabeza, sin ver a Margarita.

Resabio.

Ya el que fue de la aurora fiel lacayo,

y que honrándole más, le hizo cochero,

está limpiando el carro, que ligero

no deja de correr de mayo a mayo,

que el detenerse ha sido porque un rayo

a una rueda quebró, y eje trasero,

y antípoda, que anduvo tan grosero

que se quiso venir con él por río,

y yo de mi cabeza no estoy sano,

que fue el golpe de mi amo muy terrible,

con habérselo hallado tan a mano,

solo sé yo, que en lance tan horrible,

Pag. 23

Resabio.

hiciera, sí, lo propio con su hermano

y aun con su propia madre, es muy posible;

Margarita.

¿No es el que miro Resabio?

Con él le podré avisar.

Resabio.

Que la cabeza ha de estar

abierta, y cerrado el labio.

Margarita.

Llegaréle a hablar.

Resabio.

En vano

será, que me dé disculpas,

pues ninguna de sus culpas

es ahora sobre sano,

y así tratemos ahora

de ir a Margarita a ver,

quizás habrá menester

un mozo aquella señora,

si hubiese determinado

que mi amo Félix la vea,

que aunque mala nueva sea

yo la pondré a buen recado.

Al irse a entrar encuentra con Margarita.

Margarita.

Resabio.

Resabio.

Señora mía.

Margarita.

A muy buen tiempo has llegado.

Resabio.

Que ya era deseado

yo muy bien me lo sabía.

Margarita.

A tu amo puedes decirle

que el que me vea, procuro,

que esta tarde, le aseguro

en mi casa, y adviértele

que el recato, es muy forzoso,

que vale mucho mi honor,

que es muy grande este favor

y sobre todo que es mozo.

Resabio.

Así lo haré, ya obedezco,

quien alas tomar pudiera

quien de Delos hijo fuera,

solo ahora lo apetezco,

mas esta ansia solo es

por decírselo a Roberto

que como a él me he descubierto

anda conmigo cortés.

Vase.

Margarita.

Pues, Resabio, parte luego.

Resabio.

Al instante partiré

y a mi amo le daré

mas será, palo de ciego

que no es bien que a su criado

se los dé, por cosa poca,

y que este cierre la boca

porque él estuvo cerrado.

Vase.

Sale Don Félix.

Don Félix.

Gracias te doy, rapaz, vendado niño,

pues que con tal destreza, y tal aliño,

de tu carcaj la flecha disparaste

que al punto traspasaste

el corazón, que ya para el olvido

parece que se hallaba persuadido.

Gracias te doy, Cupido, que he alcanzado,

el ser de Margarita ya llamado,

pero con tal recato

que ese pequeño rato

en que apagar el corazón pretende

este volcán de amor, que el pecho enciende

ha de ser en el cuarto de su prima,

que ya será esta enigma

por huir el concurso de la casa,

pues ha sido mi dicha

hasta aquí escasa.

Sale Roberto.

Roberto.

Ciego Dios, para mí, no has sido ciego,

pues que viste lo intenso de mi fuego

y según que su llama conociste

así para apagarla, el agua diste,

Pag. 24

Roberto.

mucho pudo tu flecha, pues que pudo,

disparada de aqueste arpón agudo,

hacer con Margarita que piadosa

hoy haga mi ventura, venturosa,

que vaya a verla, dice, y con recato

y lo de obedecerla solo trato,

y así entre por la nunca usada puerta

que me dijo Ascanio, estaba abierta,

en la sala, que pasa a esta antesala,

quedaré haciendo del rebozo gala,

por no ser conocido

de alguno de la casa, que atrevido

quiera reconocerme,

y como entonces no podré valerme

del acero, si estoy en tal sagrado.

Tenga por acertado

usar de aqueste medio,

que es para cualquier lance buen remedio.

Sale Octavio.

Octavio.

Honor, mucho hay que temer,

vejez, mucho hay que penar,

ojos, mucho que llorar,

pecho, más que padecer.

Mi hija, que había de ser,

quien mirase por mi honor,

no ha sido causa menor

para la pena que lloro,

pues que contra su decoro

dicen, causó aquel rumor,

los vecinos lo murmuran,

y porque el caso miraron

la por quien ellos pelearon

que fue mi hija aseguran;

mas la paciencia me apuran,

con esta noticia, que

aunque yo el caso no sé,

pudiera decir muy cierto

que para este desacierto

mi hija parte no fue,

mejor aseguraría

si esto no me aseguraran

los que en mis rejas reparan,

que mi sobrina sería;

que en efecto ya algún día,

yo mismo le reprehendí

desaciertos, que la vi

en angustia tan prolija

que el dolor le hace que aflija

no sé qué ha de ser de mí,

llamarélas que en efecto

al ver húmedos mis ojos

reprimirán los antojos

de su apetito imperfecto;

y si no surtiere efecto

el consejo que les diere

y la ejecución no viere,

no sé qué remedio ponga

que no hay cosa que se oponga

a la mujer, si no quiere.

Hijas mías, que en lugar

de tales a ambas os tengo.

Sale Margarita.

Margarita.

Ya yo a obedecerte vengo.

Sale Elvira.

Elvira.

Ya yo vengo a ejecutar

lo que mandarme gustaréis.

Aparte.

Octavio.

Si una y otra me escucharéis

atentas; veréis que estimo

a entrambas, y no me eximo

por esto, de ser cruel,

¡ay, que es caso tan infiel!

que a decirle, no me animo.

Margarita.

Mucho sentiré que venga

Pag. 25

Margarita.

Feliz, sin que se haya ido

mi padre, por si ha sabido

quien de esto la culpa tenga.

(Aparte.)

Elvira.

Quiera Amor que se detenga

Feliz, mientras está aquí

mi tío, para que así

de liviana no me note

y la casa se alborote

porque yo la causa di.

Vase.

Octavio.

Anoche dicen que hubo

en la calle una pendencia,

no digo a vuestra inocencia

que de esto la causa tuvo,

pero por si acaso estuvo

alguien de casa en la reja,

será fuerza que mi queja

os dé, como padre yo,

supuesto que sucedió

de alguna parte más leja.

Yo os ruego como a mis hijas,

pues os portáis como hermanas,

no frecuentéis las ventanas,

que es muy justo que colijas,

y no por esto te aflijas,

Margarita, que un rumor

descompone el pundonor,

y baste para formarlo

el que llegues a mirarlo

desde cualquier corredor.

Yo me voy, y sabe el cielo

que del suceso pasado

estoy tan apesarado

que no pienso hallar consuelo.

Reparad que miráis celo

lo que anoche se vio,

y que al celo consumó

el sol, mas con sus calores,

reprimid vuestros ardores

si queréis que viva yo.

Margarita.

Elvira, ¿qué te parece

del enojo de mi padre?

Que es fuerza que no le cuadre

el mirar lo que acontece.

(Aparte.)

Elvira.

¡Bien sé que tuve la culpa!

(Aparte.)

Margarita.

¡Bien sé que la causa di!

Elvira.

¡Con mucho susto me vi!

Margarita.

¡Yo no encontrara disculpa!

Tú, Elvira, andarás sagaz,

que si mi padre da en esto

te servirá de pretexto

para todo lo demás.

(Aparte.)

Vase.

Elvira.

No tengo de qué guardarme,

mas con todo, desde ahora

no me verá sol ni aurora,

voy a mi cuarto a encerrarme.

No voy sino es a esperar

a don Feliz que ya tarda,

y para aquella que aguarda

no es sino desesperar.

Vase y sale Roberto como recelándose.

Margarita.

Ya parece se fue Elvira;

corazón, anima el pecho,

que hoy se mirará deshecho,

tanto mal como conspira.

Entraré a ver si ha venido

don Feliz, pues es ya hora.

Roberto.

Solo de tu imán, señora,

soy de esta suerte traído,

y pues que nadie me ha visto

en esta sala ocultarme,

podré, hasta que salga a darme

Pag. 26

Roberto.

su luz el sol a que asisto.

Escóndese, y salen Margarita y Flora.

Margarita.

Mucho don Félix se tarda.

Flora.

Parece que ruido siento.

Margarita.

Pues, Flora, de ese aposento

entrambas puertas me guarda,

que sin duda Félix es.

Vase Flora, y sale don Félix.

Don Félix.

Claro está que lo será.

Margarita.

Desengañado estará

ya, vio. Amor, de esta vez.

Sale Flora.

Flora.

Para si tu padre viene

que la puerta ha de guardarse

¿no dices? Pues ya excusarse

puede, pues que no conviene.

Margarita.

¿Por qué lo dices?

Flora.

¿Por qué?

Por que sube la escalera.

Margarita.

Un grande daño me espera.

¿Cómo lo remediaré?

Flora.

Esconderle es lo mejor.

Don Félix.

Yo no tengo de esconderme.

Margarita.

Aqueso será ofenderme,

¡mira, Félix, por mi honor!

Don Félix.

Solo ese me hará esconder,

aunque sea contra mi gusto,

según he cobrado el susto

de él, no tengo de volver.

Escóndese donde está Roberto, y sale Octavio.

Octavio.

Vuélveme el desasosiego,

hija mía, a consultarte

lo que he discurrido ahora.

Ruido de espadas dentro.

Don Félix.

¿No podrás sin que te mate

salir de aquí?

Roberto.

Sí podré,

si mi destreza me vale.

Octavio.

¿Qué ruido es este que escucho?

Margarita.

De todo estoy ignorante,

de esta vez creeré el enojo

que ha concebido mi padre.

Salen don Félix y Roberto riñendo, y cubriéndose Roberto siempre el rostro.

Roberto.

Aunque la vida peligre,

y aunque el esfuerzo me falte,

no me habéis de ver el rostro.

Don Félix.

¿Cuando el pecho en dos mitades

os divida lo veré?

Saca la espada.

Octavio.

¡Ea, caballeros, baste,

que contra entrambos pretendo

de tanto agravio vengarme,

pues en mi casa atrevidos

a mis fueros desleales,

os miro tan descompuestos!

Vase.

Roberto.

Pues yo no llego a agraviarte,

podrás de ese caballero

tomar informe bastante.

Don Félix.

¡Que se vaya este traidor

y no pueda ir en su alcance!

Octavio.

Decid, ¿qué causa o motivo

es el vuestro para entrarse

profanando este sagrado,

sin licencia, a ocasionarme

que el acero, que en un tiempo

hizo temblar los alfanjes

de africanos, que valientes

pretendieron rebelarse

contra mi valor, esgrima

para saber los ultrajes

que sospecho que ocasiona,

vuestro proceder infame?

Aparte.

Margarita.

¿Qué puede haber sido esto?

Mucho el corazón me late,

si la disculpa de Félix

será para mí culpable.

Don Félix.

En mucho aprieto estoy puesto.

Pag. 27

A la puerta.

Resabio.

Hacia aquí ruido he sentido

quiera Dios, que quien lo cause

no sea yo, porque el recado

le di a Roberto.

Don Félix.

Ya acabe,

pero no.

Octavio.

¿Qué os detenéis?

Hablad.

Repara Félix en Resalio.

Don Félix.

¡Qué apretado trance

me sucede!

Resabio.

Mi señor

no hace, sino mirarme

todo lo sabe sin duda.

Octavio.

Muy mucha culpa es la vuestra

pues no llega a disculpable.

Resabio.

Desta vez él, lo confiesa

y a mí mandan empalarme.

Don Félix.

Antes por no tener culpa

no hallo de que ha de darse

la disculpa, mas con todo

puesto que lo ignoras sabe

que un criado mío...

Resabio.

Aquí

todo el edificio yace.

Don Félix.

Anduvo tan desatento.

Resabio.

A Dios requiescant in pace.

Don Félix.

Que sin mirar que es su amo

a quien toca lo que él hace.

Hace que se va.

Resabio.

Todo lo que pasa dice

así tengo de escaparme.

Don Félix.

¡Hola, Resalio!

Resabio.

¿Señor?

Don Félix.

Ven donde puedan mirarte

dio ocasión.

Resabio.

¿Peor es esto?

Don Félix.

A que ahora en tu misma calle

ese hombre desconocido

de esta suerte le vejase

yo, que llegue en este tiempo

quise, que se apaciguase;

pero él dijo unas razones.

Don Félix.

Que pudieron obligarme

a que respondiese yo

con el acero, que en lances

en que peligra el honor

este es el mejor lenguaje.

El que él no ser conocido

se lo debe a sus disfraces

y no a poca diligencia,

pues la mía fue bastante;

se valió de lo que suelen

usar, los que son cobardes,

que fue de volver la espalda.

Yo entonces más arrogante

Pag. 28

Don Félix.

le seguí, tan encendido

en furor, que con entrarse

en vuestra casa, intenté

de dentro de ella sacarle.

Acosado de mi espada

se entró por aquesta parte

hasta llegar a tus pies.

Aparte.

Margarita.

Bien finge, en fin es amante,

yo satisfaré los celos

que pueden ocasionarse;

pues la verdad me disculpa.

Don Félix.

Ya ellos puesto, he de rogarte

que de tanto desacierto

si alguna parte equivale,

el no haberle más seguido

porque tú por medio entraste;

que se minore el enojo,

que se reprima el coraje,

que la cólera sea menos

y después de perdonarme,

que me deis licencia os ruego,

para poder ausentarme

de tu vista.

Aparte.

Resabio.

Según esto

y la relación que hace

nada sabe de mi cuento,

yo no sé este hombre qué trae

con este enredo.

Octavio.

Os la doy,

mas con circunstancias tales,

que habéis de dar permisión

para que yo os acompañe

hasta vuestra casa.

Don Félix.

Eso,

señor, es mucho obligarme.

Octavio.

Esto es recelar que puede

este hombre que de aquí sale,

esperaros, y a traición

como quisiere vengarse.

Don Félix.

Si así me honráis no replico.

Octavio.

Honra no acostumbro darles

a personas a quien miro,

de recibirla incapaces.

Don Félix.

¿Y lo soy yo?

Octavio.

De esta suerte:

un vidrio, a quien los cristales

llegan hasta los extremos

que le permiten lo grande,

que incapaz se mira dicen,

(si más quieren aplicarle)

de más cantidad, y así

si tenéis la honra, que os baste,

supuesto que vuestro estilo

de ella os declara abundante,

es consecuencia, que de esto

legítimamente sale,

que de recibir la más

incapaz estáis.

Aparte.

Don Félix.

No darte

la razón en todo, fuera

de imprudente acreditarme;

bien de este aprieto he salido;

ahora falta que se entable

cómo daré a Margarita

queja de agravios tan graves.

Aparte.

Vanse con cortesías.

Octavio.

Ea, venid, caballero,

que ya es razón se descanse.

¿Qué es esto que me sucede?

Ea recelos, dejadme,

que yo solicitaré,

que de mi parte os aparten.

Aparte.

Vase.

Resabio.

A mí me importa el huir,

no sea que mi amo dilate

para mejor ocasión

el vengarse, y el vengarme.

Pag. 29

Margarita.

Tal me ha dejado el suceso

que me embaraza el que mande

las acciones, y el aliento

a poder de fuerzas arde,

cuanto más discurro el modo

con que pudo ocasionarse

caso que me puso a mí

en aprieto semejante,

menos le encuentro, si no es

que pienso que más estable

Roberto, aun en los amores

de mi prima, pudo entrarse

a hablarla, bien pudo ser;

y así es, así irremediable

es para mí, pues si yo

pretendo ahora culparle

esta acción, dirá que mira

en mí lo mismo que hace,

y que de esta suerte, quiera

que parezcamos iguales,

porque si un espejo, Apeles

del que en él llega a mirarse,

hace un poco más hermosa

de lo que debía la imagen,

el original pretende

componerse de tal arte,

que a pocos pasos se mira

en nada desemejante;

yo soy espejo de Elvira

en mí llegó a retratarse,

vio en mí de más que le daba

entrada, a Félix mi amante,

y entonces, para que no

parezcamos desiguales

llamó a Roberto, y le dio

la propia entrada, pesares

pues que yo tengo la culpa,

razón será que la calle,

que ella parece que viene,

¿penas habéis de dejarme?

Sale Elvira.

Aparte.

Elvira.

Allí parece que miro

a Margarita, aclararle

fuera bien, que fue por ella

la pendencia, que es constante

que era Roberto el oculto,

mas no, más vale callarlo,

quéjeme yo de mi suerte

pues que no pudo lograrse

la ocasión de hablar a Félix;

ahora lo más importante,

es hacer que ignoro todo,

y desentendida hablarle

que después buscaré modo

de que mi pecho descanse.

El susto de la pendencia

prima, ha llegado a postrarme

de calidad, que parece

que algún venenoso áspid

después de pasarme el pecho

ha llegado a apoderarse

de mis acciones.

Aparte.

Margarita.

¡Ay Elvira!

¿no es el caso tan notable

para que así lo ponderes?

porque dime; ¿que se entrasen

uno corriendo tras otro,

dos hombres desde la calle

con los aceros desnudos

no es un caso que es tan dable,

que sucede cada día,

y lo que es más, cada instante?

con fingir de esta manera

intento mejor librarme

si no es que lo ha conocido.

Pag. 30

Margarita.

Elvira ya, en mi semblante.

Aparte

Elvira.

Prima sí pero también

es forzoso que repares

lo muy medrosa, que soy,

y si tu amiga lo sabes,

repara que ver dos hombres

tan a riesgo de matarse,

entrarse por nuestras puertas,

susto pudiera causarle

al pecho más varonil.

Si ella finge, disparate

es, no fingir de esta suerte.

Margarita.

Está bien, mas recobrarte

puedes, pues que ya pasó.

Elvira.

Sí lo haré, mas si tú darme

quieres, para ello licencia.

Margarita.

Tomarla pudieras antes

pues que sabes, que domina

sobre tus acciones nadie.

Vase.

Elvira.

Queda a Dios.

Vase.

Margarita.

Contigo vaya.

No es poco en mí, que tratase

de calidad la materia

que se obligara a dejarme

mi prima Elvira, yo misma

dudo, en caso semejante

suponiendo que el enojo

a mi padre se le pase

cómo puedo yo a don Félix

satisfacerle, ni darle,

disculpas de tanta fuerza,

que equivalgan a quitarle

las aprehensiones hechas

imputándome de fácil

lo he de atropellar por todo

que más vale declararme

con mi padre, que no que

al más impensado instante

haya sustos ni fatigas,

penas, congojas, pesares,

disgustos, y sentimientos,

pues si mi padre, ha de darme

estado, que sea conforme

a lo que yo me inclinare;

diciéndole que a don Félix

tengo yo como carácter

impreso en el alma, puede

muy bien con él desposarme,

pues que no lo desmerecen

ni su hacienda, ni sus partes,

voy pues, a esperar que vuelva

y a decirle mi dictamen

Félix lo que tú me cuestas

quiera Amor, que me lo pagues.

Roberto.

Acá dentro de mí mismo

consultando al corazón

las fatigas que le cuesta

de Margarita el amor,

conozco que las finezas,

con que le venero yo,

de cierto serán finezas,

pero con imperfección

que en mi concepto sería

sobre todas la mayor

reparar los muchos riesgos

a que expone tal acción

como la de entrar a verla

mientras que la confusión

de su padre, y demás gente

del todo no sosegó

de la inquietud, que cobraron

con el suceso anterior

discurramos otro modo,

Pag. 31

Roberto.

ya que el de hasta aquí se erró

para que mi amor se ponga

en más alta perfeción,

solicite mi cuidado

hablar a su padre hoy;

pues si le merezco el sí,

declarada mi intención;

veré puesto en Himeneo;

lo que se solicitó

por extraviados caminos,

esto ha de ser lo mejor.

Que si la de Margarita

conozco la inclinación,

no hay que temer que al saberlo,

corresponda con rigor.

Vase.

Sale Octavio.

Al irse, sale Roberto y le detiene.

Octavio.

Cuando pretendo salir

del desvelo, y del dolor,

que la pendencia pasada

en mi calle ocasionó,

entro en mayor desconsuelo

siento pena más atroz,

pues que dentro de mi casa,

la vista experimentó

lo que quizás no creyera

oído, de ajena voz,

para remedio bastante

no puede haber discreción

que cualquiera es limitado,

y la pena que causó

el caso, es casi infinito

présteme el valor, valor,

juzgo que más acertado

que sea perpetua prisión,

la clausura de un convento,

para que allí mi opinión

se asegure de recelos,

y no recele el rumor

del que dirán, que este a muchos

ha quitado el pundonor.

para alivio de mis canas

bien sé, que fuera mejor

buscar otra voluntad

y hacer de ellas tal unión

que una sola parecieran

cuando a la verdad son dos.

Pero en el tiempo presente

sino es para desdichón

no tengo medios bastantes

lo mejor disponga Dios.

Aparte.

Roberto.

Éste es su padre, a las manos

se me viene la ocasión.

Despacio quisiera hablaros,

si me perdonáis señor?

el yerro de deteneros

si es deteneros error.

Octavio.

Cuando son los que detienen

caballeros como vos,

de tales partes, y prendas,

no se tiene a agravio, no

sino a favor; proseguid,

que a todo os daré atención.

Roberto.

Señor Octavio, ya ha días

que los reflejos de un sol

que tenéis en vuestra casa.

Aparte.

Octavio.

Deteneos que es error

hablar en esas materias; en la calle,

adentro podréis entrar

y decirlo sin temor

venid a casa conmigo.

denme los cielos favor

Aparte.

Roberto.

O quiera Amor, de que sea

Margarita mía, ay.

FIN.

Jornada tercera

Pag. 32

Jornada Tercera.

Sale Margarita y Flora, y canta la música a una parte.

Música.

Habremos de averiguar

cómo podrá acontecer

que quiera ahora olvidar,

si olvida para querer.

Canta la música a otra parte.

Música.

Habremos de pretender

el cómo se pueda dar

que quiera para querer,

si quiere para olvidar.

Margarita.

¿Habremos de averiguar

cómo podrá acontecer

que quiera ahora olvidar

si olvida para querer?

Muy contrario viene a ser

si también llego a escuchar.

¿Habremos de pretender

el cómo se pueda dar,

que quiera ahora olvidar

si quiere, para querer?

En medio de este pesar,

por quien apenas respiro,

un imposible que miro

Margarita y Música.

habremos de averiguar;

y de no hallar o alcanzar

razón, mi mal entender

para este punto, el saber

qué he de hacer de mí afligida.

Margarita y Música.

Habremos de pretender;

dudan, cuando por querer

con Cupido uno se alista,

que de su amor se desista.

Pag. 33

Margarita y Música.

¿Cómo podrá acontecer,

si se deja conocer

que este amor no ha de durar

y que su perseverar

aun no pasará de un mes?

Digo lo que aquesto es.

Margarita y Música.

¿El cómo se puede dar,

mas si fui firme en amar,

como en sí un inaccesible

monte, parece imposible

Margarita y Música.

que quiera agora olvidar?

Antes siendo tan sin par

que más no puede crecer

mi amor, bien se deja ver

(aunque entero todo el orbe

hoy mi pretensión estorbe)

Margarita y Música.

que quiera agora querer,

que olvido llegase a haber

concedo, aunque no olvidé,

mas conocerse que fue

Margarita y Música.

sí olvido para querer.

¿Por qué no he de conceder,

cuando ha sido singular

el extremo de mi amar

que alguna muestra me dio

de qué sospecha que fue?

Margarita y Música.

Sí quise, para olvidar.

Margarita.

Pues que de estas razones

con evidencia colijo,

que por fuerza habré de amar

a Félix, me determino

a arbitrar modo, con que,

hacer pueda, que el designio

de Roberto, vuelva atrás,

pues si lo hago, consigo,

que condescienda mi padre

en que tome por marido

a Félix.

Flora.

Dime Señora,

¿no adviertes, que es desvarío

juzgar, cuando te pretende

Roberto con tanto ahínco,

que dejará el casamiento?

Margarita.

Calla Flora, que el arbitrio

que he discurrido, hacer puede

que se vea convertido

en ira, en furor, en odio,

lo que hasta aquí se ha visto,

fineza, amor, y constancia;

Flora.

Ahora me querrás decillo

para que yo entre a la parte

de ese pensado embolismo.

Margarita.

Claro está, pues has de ser

de quien agora me fío,

y has de llevarle un papel

diciéndole que en el sitio

que acostumbra, que es la reja,

me vea, cuando dormido

de la gente esté el cuidado.

Flora.

¿A quién?

Margarita.

A Roberto mismo.

Flora.

¿A Roberto?

Margarita.

Sí, a Roberto.

Flora.

¿Señora, has perdido el juicio?

¿no dices que has de casarte

con Don Félix?

Margarita.

Sí, yo digo.

Flora.

Pues Señora, si confiesas

que es verdad, que tú lo has dicho,

¿qué puede tener que ver

eso con aqueste aviso?

Pag. 34

Flora.

Yo no te entiendo, señora.

Margarita.

Entenderaslo al oírlo,

tú te has de fingir Violante

en la voz y en el vestido,

y le has de dar el papel

a Roberto.

Flora.

Ya imagino

que en un mar de confusiones

te has entrado, en un abismo

de enredos.

Margarita.

Flora, obedece,

ya que solo ese es tu oficio.

Flora.

Pues ya que con mi obediencia

mi humildad te sacrifico,

me partiré a obedecerte,

siempre entera en tu servicio.

Margarita.

Si de esta vez no se logran

los varios discursos míos

puedo apelar a la muerte,

o al más enorme suplicio

que no será muy difícil

hallar el mayor, si miro

entregada a otro que a Félix

mi mano, que este castigo

ni tendría equivalencia,

ni merecería alivio.

Vamos, y hasta que llegue

la que es del sol parasismo,

la opuesta a la claridad

y de las sombras archivo,

suframos de este tormento

el acíbar, que si cifro

el consuelo en que convenga

Roberto, con lo que aspiro

del aumento del dolor

en que no crea lo que digo,

después que tenga el papel

que tú has de llevar escrito,

será muy bien que aquel tiempo

que se interpone prolijo,

se consuma en discurrir

el modo de persuadirlo.

Vanse, y salen Elvira y Violante con un papel.

Violante.

Señora, a mucho te atreves.

Elvira.

No es mucho cuando lo activo

de la llama que me abrasa

atropella los peligros.

Violante.

A servirte me consagro.

Dásele.

Elvira.

Pues sabes que si conquisto

lo que intento de este modo,

de mis afanes me libro,

haz bien el papel, Violante.

Vase.

Violante.

En eso no habrá descuido,

que como es fingir y yo

soy mujer, lo haré a lo vivo.

Elvira.

Parecerá atrevimiento

y con gajes bien crecidos

de locura, el que yo llame

a Félix, cuando el indicio

de no haber logrado lance

de los que dio mi amor fino,

me pudiera persuadir

a que sería lo mismo

en el que tengo trazado;

pero en aqueste confío,

que por llamarle en el nombre

de Margarita, benigno

demuestre amor, y piadoso

se declare más propicio;

hablaréle en nombre suyo,

que si el discurso que sigo

no me sale vano, pienso

que desta vez persuadido,

Pag. 35

Elvira.

quedará Félix, y lo

de una vez, si el continuo

desasosiego que traigo,

si es que hay disgusto traído,

porque lo juzgo que todos

se vienen por sí, ellos mismos.

Y entretanto que se acerca

lo que ansiosamente pido,

que es la negación de luces,

dejo por otro, este sitio,

quizás por ir a pensar

el más eficaz motivo

para persuadir a Félix

por si este incendio mitigo.

Vase, y salen don Félix, Roberto y Desvío.

Don Félix.

El reposo en mí, Roberto,

parece que calza plumas

para ausentarse, y que hallo

la causa alta de su fuga.

Roberto.

Pues en mí, Félix, el gozo

para asistirme madruga.

Don Félix.

Merécelo, el que merece

favores, de una hermosura.

Roberto.

Sí, pero lo malográis

con que vuestra lengua muda

esté, para referirme,

esa pena que os asusta.

Don Félix.

Ya en otra ocasión os dije

que el comunicarlo, indulta

el rigor del mal, y así

cállelo mi desventura.

Aparte.

Resabio.

Cada vez que esta materia

a mis oídos se articula,

entiendo que la sentencia

de mi muerte, se pronuncia

entre todos mis delitos

solo de traidor me acusan

que estoy, en balanzas

todo cristiano lo juzga

y no hay uno que por fiel,

me tenga, Jesús me acuda.

Roberto.

Pues esa misma razón

de decirlo no os excusa,

si habéis dicho que se hace

menor salida una angustia.

Don Félix.

Es verdad; mas en aquesto

hay circunstancias que induzcan,

a que enmudecido el labio

quede la congoja oculta.

Roberto.

Si ahora es mucha la aflicción

y la pasada fue mucha,

y en entrambas de sujeto

al decirla no se muda,

como allí no se dudó

decirla, y aquí se duda.

Don Félix.

Porque allí Roberto había

aunque algo pequeña, alguna

esperanza del remedio

pero aquí se dificulta;

además, que publicarlo

cuando sois vos, quien la escucha,

en lugar de hacerse menos

a más creciese su furia.

Aparte.

Roberto.

Solo con esas razones

dejáis el alma confusa

bien sé, que su mal procede

de que no mira sañuda

a Margarita conmigo;

mal su pasión disimula,

yo aunque conoce la mía

haré, que ignoro la suya.

Don Félix.

De qué os suspendéis

Pag. 36

Roberto.

¿De qué?

Con mucha razón se turba

el aliento, si decís

con cláusulas bien incultas

que puedo hacer yo mayor

ese pesar, que os asusta.

Don Félix.

Claro está, y eso se deja

bien entender, cuando es una

la por quien, vos estáis ciego,

y la que a mí me deslumbra.

Roberto.

Por eso no puede haber

jamás en mí alguna culpa

pues puede una cosa sola

ser atractivo a muchas

y más cuando concurrido

han, más personas juntas

a toros, cañas, saraos,

academias, y justas.

Aparte.

Resabio.

De mala data va el duelo

y según que se barrunta

temo que uno por su muerte

el duelo me substituya.

Y en verdad que sentiré

que sin ser yo, quien arguya

me den capuz, y que yo

a lágrimas lo reduzca.

Don Félix.

Pues por esa razón misma

es mi queja más que justa

pues no os hubiera faltado

a haber vos querido, astucia

para saber que yo amaba

antes que vos.

Roberto.

Esto en suma

señor don Félix; mas quien

hasta esta parte, procura

llegar, poniendo al cristal

negro velo?

Sale Violante con el vestido de Flora con manto tapada, y un papel.

Violante.

¿Quién os busca?

Aparte.

Resabio.

Para Félix el papel

es, mas pues no se disgusta

cuando en Roberto la hablo

es señal de que le dura

el rigor, con que la flecha

Cupido, a su pecho apuntó;

de que es fuerza, que yo infiera

que ella de este amor, bien gusta

pues dice no tiene dejo.

Roberto.

Parece que se atribulan

sino viene la tapada

y la materia se apura

muy a cara descubierta.

Se dirán dos medias puntas.

Don Félix.

¿A quién de los dos buscáis

que es equívoco entre dos

decir solamente a vos

si a ninguno señaláis?

Violante.

Porque mejor me entendáis

os lo diré de esta suerte.

Si en esa duda se advierte

vengo, Roberto, a entregaros

este papel para daros.

Roberto.

A mi vida.

Apártase con el papel que le da Violante tapada.

Don Félix.

Y a mi muerte,

porque si yo no me engaño,

y no dudo lo que veo

es aquella la criada

de Margarita, tormentos.

Pag. 37

Don Félix.

Venid, venid, todos juntos,

y no os andéis dividiendo

pues juntos os satisfago

una vez solo, muriendo

mas divididos os doy

la vida cada momento,

cuanto más quiero dudarlo

más cerca estoy de creerlo,

pues ni las señas me engañan

ni de Roberto el contento;

yo soy quien tengo la culpa

de lo que está sucediendo

pues si no hubiera imitado

al avaro, que sediento

del tesoro, es este mismo

el que le quitó el aliento

nunca fuera mi homicida

el amor, que costó al pecho

tantas ansias, y fatigas,

tantos suspiros, y anhelos,

y aunque quisiera vengarme

también errara en hacerlo

como si acaso intentara

el espinoso, y ligero

espín, seguir a la corza

que vive en otro elemento;

que Margarita no vive

o no habita acá en el suelo

en región más superior

su morada le contemplo

y según lo que me abraso

debe de ser la del fuego;

pues si me niegan lo más

que es decir, que esto en el cielo

no me han de contradecir,

que está cerca por lo menos,

pero qué discurso sigo

si para darme consuelo

no me importa, no me importa,

hacer discursos tan necios.

Resabio.

¿Han visto cuál anda mi amo

pensando, en esto, y aquello?

Vamos a cenar, que yo

no como, con esos piensos.

Roberto.

Por respuesta, solo os doy

que he de ir, a servirla atento

que hacer otra cosa, fuera

profanarle su respeto.

Vase.

Violante.

Bien hemos salido de esta,

que soy liviana confieso,

pues que para una salida

mucho más valgo que peso.

Roberto.

Ayer en lo que quedamos

solamente, Félix vuelvo.

Don Félix.

Quedamos en que yo os dije,

que había sido muy mal hecho

sin haber antes si amaba.

Hablan Roberto y don Félix, y sale Flora con manto y vestido de Violante tapada, y un papel.

Flora.

Aquí he de excusar enredos

pues conozco que mi ama

ha dirigido su intento

a que Roberto le trate

con olvido, o con desprecio

para con más desahogo

verse puesta en Himeneo

con la voluntad de Félix,

que será mejor entiendo

el darle el papel, a él mismo,

Pag. 38

A ellos.

Flora.

pues que consigo con esto

echar por otro camino,

pero no andar con enredos;

y supuesto que se quieran,

hagan ellos sus conciertos

y cásense, ya que gustan.

Licencia el señor Roberto

dará, para que yo os hable,

señor Feliz, en secreto.

Roberto.

Solo por la cortesía

acepto ese cumplimiento,

pues sobre el señor don Feliz

jamás he tenido imperio.

Apártanse a hablar don Feliz y Flora, que se destapa a don Feliz solamente al darle el papel.

Roberto.

Pero ¿no es esto Violante?

Que dudo, si lo estoy viendo,

y puede más que el tapado

mi mejor conocimiento.

Sin duda, el papel será

de Elvira, el galán de nuevo,

que como muda de estado,

muda de divertimentos.

Don Félix.

Aquesto es ya haber llegado

de las bonanzas al puerto,

y de una grande borrasca

no experimentar el riesgo;

que vaya a verla me dice,

Margarita, no lo creo,

que lo contemplo imposible

al paso que lo deseo.

En fin, Flora, di que yo,

como mi ventura tengo

en verla, iré a que dichoso

me haga tan feliz suceso.

Vase Flora.

Resabio.

Que es locura, que de un loco

cualquiera pobre, es muy cierto,

pues las niñas no me buscan

porque no tengo talento.

Aparte.

Don Félix.

Respirad con desahogo,

multitudes de recelos

que a reputaros por uno

veníades ciento en ciento.

Ya has salido, corazón,

también del desasosiego

que causó el no conocer

que no era Flora a quien ciego,

por tal reputó la vista.

Aparte.

Roberto.

Pues que la certeza leo,

que este papel a los ojos

me presenta, hacer intento

todo lo que en él se manda

a Feliz, satisfaciendo.

Porque llamarme esta noche

Elvira, sé yo por cierto

que es para que Margarita

pueda quitar los recelos,

que ocasionó la tibieza

con que respondió a mi fuego.

Y esto mismo se confirma

con que sirvió de correo

su misma criada Flora,

y así a hablar a Feliz llego.

Aparte.

Don Félix.

Para conseguir mejor

el fin de lo que pretendo,

habremos entre los dos

de dar un seguro medio.

Roberto.

Yo deste modo lo trazo.

Don Félix.

Yo desta suerte lo ordeno.

Roberto.

Yo estoy en que es acertado.

Don Félix.

A mí me parece bueno.

Pag. 39

Roberto.

Que nuestro duelo se acabe.

Don Félix.

Que se acabe nuestro duelo,

Roberto.

Y pues el juez de esta causa

Don Félix.

Y pues quien hará el decreto

Roberto.

Habrá de ser Margarita.

Don Félix.

Ha de ser mi hermoso dueño.

Roberto.

Dejemos a su elección

Don Félix.

Que ella elija dejemos.

Roberto.

Por inocente el que libra;

Don Félix.

Y a quien condena por reo;

Roberto.

Lo que había de ser ruina,

Don Félix.

Lo que había de ser pleito,

Roberto.

En que hablasen las espadas,

Don Félix.

En que hablasen los aceros.

Roberto.

Todo se verá apacible.

Don Félix.

Se mirará todo quieto,

Roberto.

Que bien puede Margarita

con una palabra hacerlo.

Don Félix.

Yo, en fin, la resolución

muy favorable la espero

si de este papel las voces

me animan con el silencio.

Roberto.

Estos caracteres dicen,

que con mucha razón debo

esperar que victorioso salga,

y con bien de este encuentro.

Don Félix.

Solo os digo que hay cenizas

que duran desde aquel fuego.

Roberto.

Solo os digo que aquí hay llamas

y que es muy vago este incendio.

Don Félix.

Pues a Dios, hasta que vuelva

trayendo esta empresa a veros.

Vase por una puerta.

Roberto.

Pues a Dios, hasta que os vea

cuando traiga este trofeo.

Vase por otra puerta.

Resabio.

Tengan cuenta, si no para

también esto, en otro enredo.

Aunque aquí rodado vino

nada doy por mi pellejo.

Vase.

Sale Octavio.

Octavio.

Ya los cuidados de padre

y las pensiones de viejo,

persuaden a que les busque

en mi casa su sosiego.

Confieso, que hasta que case

a Margarita, algo inquieto

anda el corazón, mas yo

me sabré buscar remedio

para mi propia inquietud,

y muy eficaz, haciendo,

que determine mi hija,

el cuándo del casamiento.

Ahora es tarde para hablarla

sobre este punto, dirélo

luego, que vuelva otra vez

a esparcir sus rayos Febo.

Hora es ya de recogerme.

¡Hola!

Dentro Margarita.

Margarita.

Flora, aquellos ecos

son de mi padre, la luz

lleva, hasta su aposento

acompañándole.

Dentro Flora.

Flora.

Así,

la señora, te obedezco.

Sale Flora con una luz.

Octavio.

El poder esta asistencia

solamente, es lo que siento.

Flora, aunque esté prevenido

ese ordinario alimento,

a mí, puedes no llevarle;

porque me siento indispuesto.

Procura no se haga ruido

que recogerme pretendo,

porque sé que a esta dolencia

solo es, antídoto el lecho.

Flora.

No es malo que se recoja

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Aparte.

Flora.

que así lograra el intento

mi señora.

Octavio.

Vamos, Flora.

Flora.

Ya te voy obedeciendo.

Vase Octavio y Flora alumbrándole y sale Roberto de noche.

Roberto.

Ya la noche da lugar

a que pueda sin recelos,

y sin susto, a Elvira hablar,

pues con aquesto han de dar

fin todos mis desconsuelos.

Que tanta guerra me hace

el ardor que el pecho alienta,

que jamás se satisface

sino es cuando se alimenta

con hacer que yo me abrase.

A la reja Elvira.

Elvira.

Ya recogido mi tío,

y habiéndosele ya dado

a Félix el papel mío,

podrá salir de cuidado

mi amoroso desvarío.

Fingirme importa que soy

Margarita, que a mi ver,

de esta suerte traza doy

a que los gustos de ayer

se reparen, gustos hoy.

Roberto.

En la reja ruido siento;

llego, que Elvira será.

De principio el fingimiento.

Llega Roberto a la reja rebozado.

Roberto.

Aquí tenéis quien atento

a oír voz estará.

Elvira.

No es poco que venga así

quien viene a oír desengaños.

Roberto.

Cielos, ¿qué es esto que oigo?

¿Aquí hay oculto algún daño,

que a Margarita oigo aquí?

Pero ¿qué daño recelo?

Pues si Elvira me llamaba

para quitar mi desvelo,

porque así solo ordenaba

el que adoro hermoso cielo,

más favor, y más fineza

es que su propia belleza

por favorecerme más

venga a hablarme; ahora verás,

Félix, si tu duda cesa.

Elvira.

Por ser este el mejor medio

que mi recato permite,

aunque razones que tengo

a hablar otra cosa obliguen,

os llamo para deciros

que juzguéis por imposible

que se os pague vuestro amor,

y esto, señor, no os admire,

cuando tengo dueño yo

a quien mi afecto se rinde;

tratad pues vos de olvidarme,

si no queréis que publique

o el desprecio que os contrasta,

o el amor que a mí me oprime;

bella es mi prima, queredla,

que no es bien se desestime

amor que ha hecho en el pecho

tantas amorosas lides;

y ahora, por no ser sentida,

fuerza será me retire,

ved este punto despacio,

y agradeced se os intime

lo que os está a vos también,

que de daros honor sirve.

Vase.

Roberto.

Tened, escuchad, señora,

pero ya no puede oírme

que se ha ido, que esto pase

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Roberto.

en las mujeres? Decidme

antes de ahora, que la adore

ahora, que la desestime;

en otra ocasión que llegue,

ahora que me desvíe,

y si siempre que la adore,

solo ahora, que la olvide?

Apelaré a la prudencia,

pues ella el caso remite

a Octavio para que haga,

que inconvenientes la eviten.

Abreviando el casamiento,

mas, ¿cómo podré decirle

a Feliz, que victorioso

salgo, cuando hallo no firme

a Margarita el remedio,

que la proporción elige?

Es no verle, hasta que hable

a Octavio, que determine

el apresurar las bodas,

pues con ellas se consigue.

De Margarita imprudente

de discursos no varíe;

pero aunque suceda caso,

que Feliz, feliz se mire,

no hay duda que mi valor

supiera hacerle infelice;

siendo parca que cortase

el aliento con que vive,

siendo tijera mi espada;

y siendo yo, quien la anime,

por de queja pasara

a celos, y es más terrible

celoso agravio que agravios

que proceden de otros fines

cuanto va de diferencia,

de un gran monte inaccesible,

al más espacioso prado;

cuanto hay del cordero al tigre,

que hay del ciprés al laurel,

del Cáucaso al más humilde

arroyuelo, y finalmente

la que el discurso percibe

entre el más robusto roble

y la caña más flexible.

Voyme pues, y mi valor

por esto no desconfíe,

que lo haré antes de mucho

que Feliz, mi dicha me envidie.

Vase.

Sale de noche Don Feliz.

Don Félix.

¿Si hora será de que salga

con los rayos que la asisten

a desechar mis temores

esta encantadora Circe?

No lo dudo, cuando ya

juzgo, que pretende abrirse

la reja por donde el sol,

que nunca padece eclipses,

de la muerte del desprecio

porque más no me lastime,

a la vida del favor

quiere hacer que resucite;

¿muerte dije? Sí, que estaba

ausente de quien me rinde,

y ausente de lo que se ama,

es cierto que no se vive.

Sale Margarita y Flora a la reja.

Margarita.

Si ya se había recogido

Flora, mi prima, ¿no viste?

Flora.

Sí, señora.

Margarita.

Vete pues, sin

que lo dicho descuides.

Ap.

Flora.

Si ellos dos no se conocen

será muy famoso chiste.

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Margarita.

Si no me mienten los ojos,

Roberto, allí se distingue.

Si sois vos, podéis llegar.

Fingiendo la voz de Elvira.

Don Félix.

Cielos, ¿la Elvira no es esta?

Margarita.

¿Cómo no dais la respuesta?

Aparte.

Don Félix.

Porque me mata un pesar;

¿a qué extremo ha de llegar

este mar de confusiones?

Si de sus propias razones

no viene esto a declararse,

será querer levantarse

dando con los tropezones.

Margarita.

Oíd más cerca.

Don Félix.

Ya llego.

Llega a la reja.

Margarita.

La causa para llamaros

es querer desengañaros,

puesto que os miráis tan ciego;

para apagar este fuego,

que os consume con su ardor,

reparad, que aquel temor,

con que os habló Margarita,

es porque así solicita

que se entibie vuestro ardor;

y para que conozcáis,

que lo hizo por desprecio,

reparad si hace aprecio

de vos, cuando la veáis.

Yo me admiro que no hagáis

aqueste discurso vos,

y que siendo tan atroz

acción, y tan importuna,

habiéndolo visto una,

aguardéis a verlo dos;

esto se os dice, mirad

si está bien a vuestro honor

que sin este, y con amor

quede vuestra vanidad.

En fin con Dios os quedad,

que es hora de recogerme,

y pues hasta ahora verme

no han podido, no es razón

que se arriesgue mi opinión

porque queráis detenerme.

Vase.

Don Félix.

No detendré, que si muerte

con cada razón me dais,

me indultas cuando te vas

lo que me agravias al verte.

¡Ay más infelice suerte!

¡Ay hombre más desgraciado!

Tronco con alma he quedado,

mármol con sentidos soy.

Con el recado, que hoy

Margarita, a Elvira ha dado.

Lo confirma, con que

quien a mí el papel me dio,

que esta pena me causó,

Flora su criada fue,

esto bien claro se ve.

Aquí no, aquí no hay engaños.

Ya estoy mirando mis daños,

ya toco el mal de que muero,

ya más de cerca, no espero

el mirar mis desengaños.

Que habló callando es verdad,

pues que de cierto colijo,

que no diciéndolo, dijo

de mi mal, la gravedad;

ni hubo no, capacidad

para poder referirle,

que como pude al oírle,

moría, solo de escucharle.

Emprendió con dilatarle

la piedad de no decirle,

tema ahora mi aflicción

pues remedio no examina,

y del temor se camina

a la desesperación,

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Don Félix.

Vénguese pues, mi pasión

de rigor tan inhumano

que me castiga tirano,

y me quita la esperanza.

Dejo no, que la venganza

es desahogo villano,

no hay remedio a que apelar

mordida de áspid parece

para quien jamás se ofrece

remedio que le aplicar.

Ya se pudiera llevar

si esta obscuridad llevara

para otra senda más clara,

mas hay tal contradición

que de una gran confusión,

me conduce a la más rara.

Dije más rara, porque

considero sin igual,

lo que ahora me pone tal,

que de mí propio no sé,

cómo salida daré

de Roberto a la promesa

cuando en lugar de fineza

experimento rigor?

Este es el punto mayor

que hacerme combate empieza

si toda mi confianza

la puse en solo un papel,

y experimento que él

me deja sin esperanza

no hay que fulminar venganza,

sea yo solo el que lo sienta,

y pues al que me atormenta

al dolor alivio no hallo,

muera yo por ocultarlo

y decirlo no consienta.

Entre sentir, y penar

la noche se me ha pasado

y sin querer he encontrado

con lo que quería buscar.

Vendrá el Sol saliendo a dar

alivio al pez, a las flores,

a los mansos ruiseñores

a los brutos con instinto

y solo a mí un laberinto

de penas, y sin sabores

y hablándolo de una vez

a darme muerte vendrá.

Pues por Amor se verá

para proseguir sin pies;

Átropos sin duda es

hoy el día, en que te pago,

si con eso satisfago,

y ya estoy pronto a pagarte,

bien pudieras reportarte

y no hacerte tanto amago.

Mas antes que muera iré

a ver entregar la mano

de un dueño que fue tirano

a mi amor, constancia, y fe

que yo me consolaré

con verlo, antes que muera

porque publicar espera

mi ardor, al llegar a ver

que el rigor de una mujer

ha excedido al de una fiera.

Vase.

Sale Octavio.

Octavio.

Las voces de mi cuidado

que mudamente me inquietan

a costa de mis fatigas

el descanso me ahuyentan,

querráme decir con esto

que para aquestas materias

no se permite a ninguno

de los sentidos, que duerma

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Octavio.

Yo los conozco, testigos

han de ser las diligencias

que para que se conozca

hoy he de hacer que se vean,

y si es hablar a Roberto

la principal y primera,

comencemos por lo más,

porque a lo menos se venga.

Sale Flora.

Flora.

Señor, para entrar a hablarte

solo espera tu licencia

Roberto, pues que la aguarda

ya en nuestra misma escalera.

Octavio.

¿Qué dices? ¿Roberto, Flora?

Bien da a entender que desea

aquello mismo que a mí

tantos anhelos me cuesta.

Dile que entre, y a tu ama

(que claro es que viene a verla)

dila que esté prevenida

que ha de salir acá fuera.

Vase Flora, y sale Roberto.

Aparte.

Roberto.

Aquesta pasión que el alma

tan de veras atormenta,

burlándole su dominio

de esta suerte se remedia.

Octavio, de esta visita

solo sea la recompensa

el hacer que vuestro gusto

con el mío condescienda.

Octavio.

Yo os lo prometo, tomad

esa silla, porque pueda

a corteses ceremonias

dar satisfacción entera.

Siéntanse.

Roberto.

Jamás he visto a ninguno

que de un achaque adolezca

que el remedio que le sane

no busque con diligencia;

vos bien veis por los indicios

cuál anda mi vida enferma,

que está en vos la medicina

también es cosa muy cierta,

y ansí, tratad de aplicarla

y sanaréis mi dolencia.

Ansí remedias mi vida

y con esto mismo cesan

inconvenientes que a vos

a los oídos no os llegan.

Pero como en vos asiste

de ordinario la prudencia,

solo con considerarla

la conocéis de más cerca.

Octavio.

La misma causa que a vos

os mueve, es bien que me mueva,

y si os obliga a pedirla

me obliga a mí concederla.

Y para no interponer

razones que sean superfluas,

he de llamar a mi hija

porque os ponga la promesa

que os hice yo, que esto basta,

para que padezca deuda.

¡Flora!

Sale Flora.

Octavio.

Llama a Margarita,

y tú, las demás doncellas

con Elvira, os prevenid,

que saldréis después de ella.

¿Estás en esto?

Flora.

Señor,

harase como lo ordenas.

Vase.

Roberto.

Aunque lo busco, no encuentro

modo con que os agradezca

tan grandes demostraciones

y tan llenas de finezas.

Octavio.

Bastante satisfacción

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Octavio.

dais, con hacer que os merezca

Margarita por esposo.

Sale Margarita.

A Octavio.

Aparte.

Margarita.

La tienes en tu presencia

como tu esclava se muestra;

mas, ¿qué miro? ¡Aquí, Roberto!

Vana fue mi diligencia.

Salen al paño Elvira, Flora y Violante.

Flora.

Pues que ya entró Margarita

en esta parte te queda

que por si viniere alguien

voy a aguardar la otra puerta.

Vase, y pónese a otra puerta, y sale al paño don Félix y Resoluto.

Señala a Margarita.

Resabio.

Señor, todas esas cuadras

por donde venimos a esta

es cierto que son famosas

pero esta, es muy linda pieza.

Don Félix.

Para ver cómo la traza

para mi muerte, se ordena

me conduce hasta esta sala,

mi irremediable tristeza.

Octavio.

Aquí no hay más que aguardar

este matrimonio sea

corriendo, que indisoluble

os dure edades eternas.

¿Cómo tan tibios estáis?

¿Qué confusión es aquesta?

Margarita.

El corazón por salir,

dentro del pecho revienta.

Roberto.

Esta, señor, que miráis

no la juzguéis por tibieza

cuando es una suspensión

que es fuerza que yo la tenga;

que si en horrible borrasca

o peligrosa tormenta

no se ve ya esto mismo

la serenidad le muestra

en señal de que ha librado,

a la bonanza por señas,

y aun mirando las señales

duda, si es cierta, o no es cierta;

yo así que me miro libre

de las ansias, de las penas,

de los sustos, y congojas,

dudaba si era de veras

la bonanza de mis dichas

temiendo saliendo incierta

mas pues vos lo aseguráis

esta es mi mano.

Toma Octavio la mano a Margarita para darla a Roberto y ella se resiste.

Octavio.

¿Y aquesta

es, la que os da Margarita?

Resabio.

Aquí acaba la comedia

pues que se toman las manos

ordinaria menudencia.

Don Félix.

Y aquí sin duda, traspasa

mi pecho, la última flecha.

Violante.

Señora, ya está cumplido

tu intento, no te entristezcas.

Elvira.

Cierto lo mira la vista

falso el alma lo contempla.

Resabio.

Ahora sí que veré toros

muy puesto de talanquera.

Margarita.

Primero daré la vida

de la parca a la tijera.

Octavio.

¿Pues cómo tú, Margarita,

haces esta resistencia?

Aparte.

Margarita.

Por esto. Señor, escucha

piérdase lo que se pierda

que una vez precipitada

no es fácil, tener la rienda.

Resabio.

Sin duda esta es relación

y así a todos se amonesta

que la escuchen, que no es

de ciego, sino de ciega.

Pag. 46

Don Félix.

Quiera Amor, sea favorable;

Elvira.

Quiera Amor, que por bien sea.

Margarita.

Pues que se ha llegado el caso,

fuerza será, que os refiera.

Lo que juzgué que callado

mejor salida tuviera.

Ya sabéis, que Dios a todos

una voluntad les deja

libertada, y en fin solo

al albedrío sujeta,

lo que me vi con la mía

luego traté, de usar de ella

haciendo que se alistase

debajo de las banderas

de un capitán valeroso,

tan valiente, que las fuerzas

de los héroes más bizarros,

de las más castas doncellas,

dispuestas en escuadrones

que llen toda la tierra,

todo lo vence, derriba,

postra, rinde, y con violencia,

a que sigan sus escuadras

sus designios endereza,

y es capitán tan famoso

que a mí, me recibió a ciegas

por que el verme le vedaba

una azul hermosa venda,

que los ojos, le cubría,

o por castigo, o por pena,

de que todo el mal que hace

por aquel sentido entra,

en fin señor, quise bien,

que es ignorante imprudencia

cuando hay seguro camino

el irse, por las veredas.

Fue mi amor correspondido

y como si no lo fuera,

quise hacer, mujer curiosa,

de su firmeza experiencia.

Pero para esto, valíme

de imprudente estratagema

pues al dueño a quien el alma

como señor reverencia,

al paso que lo adoraba

de aborrecerlo di muestras,

reconoció mis desvíos;

pero su afición perfecta

hidrópica de mi amor

se declaró más sedienta.

Yo, que para asegurarme

vi, que sobraban cautelas

quise volver a la antigua

gustosa correspondencia,

que se lograba, cuando ese

señor, de la cuarta esfera

(con su dorado vestido

fabricado de la tela

que en el fondo de sus rayos

sirven sus cabellos de hebras)

hacía parar los caballos

cansados de la carrera,

y el entretanto de Doris

lograba la vista bella.

Mas estorbólo mi dicha,

que desde entonces adversa,

ni ha permitido el hablarle,

ni ha dejado, que me vea,

y por esto le escribí

viniese a verme a la reja

del jardín, así lo hizo

y a ese tiempo una pendencia

estorbó que mis disculpas

llegasen, a sus orejas,

viendo yo, que no cumplía

con lo dicho, que viniera

Pag. 47

Margarita.

le avisé, a verme en mi casa,

mas al instante que entra

entrasteis vos; yo turbada

de todo remedio ajena,

solo encontré, el de esconderle,

y él allá dentro, se encuentra

con; mas para qué lo digo,

si esto pasó en tu presencia,

paso a más mi desvarío,

pues pasando de lijera

al tratarme el casamiento,

instancia os hice, yo misma.

Bien sabe Dios, y sé yo,

que solo fue mi inocencia,

quien rogó a otro cuidado,

que el desposado trajera.

Que como solo adoraba

al que, aun no ha dicho la lengua

juzgo temerario juicio,

que aquel que quería, fuera;

pero viendo lo contrario,

luego al silencio se apela;

también esto sabéis vos

lo que ignoráis se os refiera.

Mi pasión, que más la avisa

con lo que le dan que muera,

creció con los sinsabores,

se aumentó con las tristezas;

yo viéndome en este estado

invención fabriqué nueva

para libertar la vida

entre las congojas presa,

fue la más proporcionada

el decirte, que suspenda

a Roberto sus fatigas.

mas tomé para esta empresa

la voz de Elvira, y en nombre

suyo, hice yo; esta advertencia,

no me valió pues que miro

a Roberto en tu presencia,

quizás haciéndote instancia

en esta misma materia.

No podéis vos, como padre

hacer casarme por fuerza

pues pecáis en darme estado

que contra mi gusto sea;

y más cuando mi marido

es don Félix de Cabrera,

pero si queréis obrar

contra la naturaleza,

haréis que a otro dé la mano

cuando hagáis que mi cabeza

o la divida un cuchillo,

o un cordel la desvanezca.

Ved señor que resolvéis

mi resolución es esta,

pues con esto determino

que en las historias se lea

este ejemplo más, que doy

de mi constancia, y firmeza.

Resabio.

Albricias señor, albricias,

Don Félix.

Yo te las prometo buenas

Elvira.

Qué piélago de pesares.

es este, que me rodea?

Ap.

Roberto.

Qué ponto de adversidades

es aqueste que me cerca?

Aparte.

Octavio.

Entre una, y otra congoja

la voz, a salir no acierta.

Roberto.

Crédito pudiera darse

si relación tan molesta,

con evidencia bien clara

engaño no padeciera.

Margarita.

Cuál engaño.

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Roberto.

El de decir

que me hablasteis en la reja

en nombre de vuestra prima,

y me hablasteis por vos mesma.

Y para que conozcáis

si es verdad, os doy por señas;

que me dijiste vos mesma

bella es mi prima, queredla.

Sale Elvira.

Elvira.

Esas son razones mías

empero, fueron dispuestas

para Feliz, a quien yo

escribí a verme viniera.

Roberto.

¿Cómo a Feliz?

Sale Volante.

Violante.

Sí, mas yo

pareciéndome que hiciera

mejor servicio, le di

a Roberto.

Elvira.

¡Ay desvergüenza

semejante!

Luego yo

que hablaría es cosa cierta

a Feliz con voz de Elvira.

Sale Flora.

Flora.

Eso entenderse se deja

si el papel que tú me diste

para que a Roberto diera

se lo di a Feliz.

Octavio.

¿Qué Feliz?

es este, que nos inquieta

Sale Feliz.

Don Félix.

Él que puesto a vuestras plantas

seguro a pediros llega

el perdón, si ha habido culpa,

que la gracia, os desmerezca,

Roberto.

Deponed las sumisiones

excusad las reverencias

que hay mucho que averiguar

aunque es cosa manifiesta.

Octavio.

Qué tenéis que replicar,

si no ha de haber, quien os crea.

Roberto.

Que se vea si es engaño

este papel de su letra.

Saca el primer papel, y muéstrale.

Margarita.

Este es el que di a Resabio

para su amo.

Roberto.

Si estuviera

él delante, procurara

saberlo.

Flora.

Ya está a la puerta.

Don Félix.

Pues Resabio como ahora

tú te quedas, y no entras.

Sale Resabio.

Resabio.

Porque señor mío, al fin

es donde Resabio queda.

Roberto.

Dime Resabio tú mismo

este papel.

Resabio.

¿Das licencia

para que se pueda hablar

todo aquello que se sepa?

Roberto.

Ya la tienes.

Resabio.

Pues escucha:

Ese papel, que pleiteas

no era tuyo, y te le di

porque, ¿qué animal, o fiera

no te procurara esposa

si tú, le dabas cadena.

Octavio.

Pues aquí no hay que aguardar

da Margarita, entrega

la mano de esposa a Feliz.

Margarita.

Y el alma, y vida con ella.

Danse las manos.

Roberto.

Señor porque a mis desdichas

se dé en algún modo treguas

haced que Elvira.

Elvira.

No hagáis

que no es bien que yo consienta

el sujetar mi albedrío,

cuando no hay amor, que os mueva.

Roberto.

¿Y el amor mío?

Elvira.

No importa

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Elvira.

que está sin correspondencia,

y si para aquí lo aguardo,

tarde el castigo me espera.

Roberto.

Eso es decir lo que os dije.

Elvira.

Esto es querer que se infiera

que vos me habéis agraviado,

y despreciaros es fuerza.

Roberto.

Yo, esa consecuencia niego.

Elvira.

Yo la probaré con que

me disteis celos,

Roberto.

¿Y esa

es razón, Elvira?

Elvira.

Y mucha,

porque es muy cierta problema

no hay agravios como celos,

si son los celos ofensa.

Vase.

Resabio.

No se quiebren la cabeza,

que la señora letrada

que aun apenas deletrea

queda con textos, dirá,

y es que entonces da de testa,

y pues que ya no es del uso,

como ni guantes ni ruecas,

darse mano los casados

en el fin de las comedias;

solo pregunto por qué

tiene por título esta,

no hay agravios como celos,

si son los celos ofensa.

Y metiéndome allá dentro

no vuelvo por la respuesta.

Todos.

Y aquí, Senado discreto

da fin, aquesta comedia

no hay agravios como celos

si son los celos ofensa.