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testo digitale di Nadie diga mal del día hasta que la luz se acabe

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Comedia
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Citazione suggerita

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Nadie diga mal del día hasta que la luz se acabe. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/nadie-diga-mal-del-dia-hasta-que-la-luz-se-acabe.

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NADIE DIGA MAL DEL DÍA HASTA QUE LA LUZ SE ACABE

Pag. 1

Cubierta del manuscrito. Etiqueta: Mss 17013. Biblioteca Nacional de España.

Pag. 2

Página en blanco o con signaturas.

Pag. 3

Página en blanco

Pag. 4

Nadie diga mal del día hasta que la luz se acabe. Comedia en tres jornadas.

Pag. 5

1

679

39

Nadie diga mal del día hasta

que la luz se acabe =

Comedia en 3 jornadas =

Leg 19

15

[Sello de la BIBLIOTECA NACIONAL]

Pag. 6

N 25 + 2

Bonita y buen caso

Nadie diga

mal del día has-

ta que la luz

se acabe

Compuesta por Francisco Mudarra,

autor de comedias por su ma-

jestad.

Alonso

Jornada primera

Pag. 7

el rei tiene el Sor maldonado.

13

Reparto: Canseco, Rey de Inglaterra, Príncipe, Severo, Lesbio, Don Juan de Aragón, Urbato, Lucrecia, Clarinda, Rosela, Dos esclavos, Un criado.

Suena dentro ruido de desembarcación, y saquen en brazos dos esclavos a Clarinda, y salga de camino bizarra, y don Juan de Aragón de camino, Canseco, lacayo, y todos los demás, y el Príncipe de luto, y Lesbio de negro.

Ruido dentro.

Uno.

Amaina la cebadera,

Otro.

arroja el áncora al mar,

y empiece a desembarcar

el sol que Londres espera.

Otro.

Llegue a tierra la barquilla,

Uno.

y a la ciudad dé salva,

si el mar de Clarinda es alba

ya llegó el sol a su orilla.

Salen todos unos por una puerta, otros por otra, y Clarinda desmayada.

Clarinda.

Jesús, que he llegado a tierra.

Urbato.

El rey te está ya esperando

y el príncipe deseando

tus brazos.

Pag. 8

Clarinda.

¿Qué nueva guerra?

Rey de Inglaterra.

Mas lo que del mar temí.

Hija, esos brazos me dad.

Clarinda.

Y a mí, vuestra majestad,

sus manos.

Rey de Inglaterra.

Clarinda, aquí

os doy lo más que yo estimo,

que es el príncipe.

Sale el Príncipe.

Príncipe.

Señora,

hoy con el alma os adora

mi fe y amor.

Clarinda.

No me animo

a responderle agradando,

que lo está viendo don Juan.

Mis esperanzas están

vuestra memoria adorando.

Rey de Inglaterra.

¿Quién son estos caballeros?

Clarinda.

Este es Urbato, almirante

de Bretaña.

Rey de Inglaterra.

Su semblante

lo muestra.

Clarinda.

Y aun sus aceros.

Y aquél don Juan de Aragón,

un caballero de España,

que por mi padre acompaña

mi gente en esta ocasión.

Rey de Inglaterra.

¿Qué estado?

Clarinda.

Su general

en cierta ocasión ha sido.

Rey de Inglaterra.

Él sea muy bienvenido.

Clarinda.

No ha sido, sino muy mal.

Don Juan de Aragón.

Beso a vuestra majestad

y a vuestra alteza los pies.

Rey de Inglaterra.

No llegad, don Juan.

Don Juan de Aragón.

No es

digna, señor, mi humildad

de tus pies.

Rey de Inglaterra.

Honraros quiero,

pues más de la obligación

que tengo a vuestra nación,

se debe a tal caballero.

Salen Lucrecia y Rosela.

Lucrecia.

Clarinda hermosa, seáis

muchas veces bienvenida.

Canseco.

¡Qué gente tan comedida!

Rey de Inglaterra.

Mi sobrina.

Clarinda.

Vos tengáis,

Lucrecia famosa, envidia

lo que de extremo os tenéis.

Lucrecia.

Merced, princesa, me hacéis.

Don Juan de Aragón.

¡Qué riqueza! ¡Qué grandeza!

¡Pluguiera a Dios que la nave,

en las olas sumergida,

diera al través con mi vida,

y no viera...!

Severo.

Qué suave

en las palabras y el modo

de mirar y proceder.

Canseco.

Ella es divina mujer;

merece que el reino todo

venga a postrarse a sus pies.

Príncipe.

Primo, gallarda señora

es Clarinda.

Lesbio.

Calla ahora,

que ya hablaremos después.

Pag. 9

Rey.

Hija, ya que por poderes

está hecho el casamiento

del príncipe, y el contento

que en estimarle tuvieres

mi corte ha de celebrar,

quiero que desde este día

con gusto y con alegría

dé a sus fiestas lugar.

Torneos hay publicados,

saraos, ricos, justas bellas,

porque se alegren con ellas

tan dichosos desposados.

(Aparte.)

Clarinda.

Yo estimo merced tan alta

como de tan gran señor.

No muestra el príncipe amor

a Clarinda.

Rey.

Solo falta

que de otra embarcación

descanse algunos días.

Clarinda.

¡Descansen las ansias mías

de su eterna confusión!

Lucrecia.

Primo, ¿de qué es la tristeza,

si sabes que al alma mía

centellas de amor envía

tu peregrina belleza?

Príncipe.

¿Cómo me puedo alegrar?

Rey.

¿Qué viaje habéis tenido,

almirante?

Almirante.

Guerra ha habido,

señor, que poder contar.

Rey.

¿De enemigos, o del viento?

Almirante.

De un enemigo poder.

Rey.

Ya lo deseo saber.

Almirante.

Oídme, señor, atento.

En seis urcas y ocho naves

gallardas y prevenidas,

que sobre montañas de agua

altos montes parecían,

de las costas de Bretaña

que con las de Holanda asieran,

dando bordos y remolcos

dejamos el puerto un día,

un domingo por la tarde;

después que la artillería

nos cercó de nubes negras

y a la fortuna de envidia,

crujiendo los gallardetes,

tronando las culebrinas,

azotando el agua y viento,

rompiendo la espuma rica

sobre las azules ondas,

una armada alegre y rica

parecía con bonanza

tempestad que el cielo envía;

las banderas tremolando,

las anchas velas tendidas,

hacían rueda en nuestras naves

como pavón de las Indias;

encendidos los fanales

en tal noche parecía

el mar espejo de estrellas.

Pag. 10

El texto está escrito en dos columnas, que se transcriben seguidas.

Almirante.

siendo la luna, Clarinda,

mas cuando a la noche el alba

rompió velos y cortinas,

y sobre las altas gabias

rayos de oro arrojó festiva,

en media luna una escuadra

de galeras enemigas,

que andaban del turco en corso,

nuestra armada desafían;

y aunque en alta mar las ondas

sus bajeles sumergían,

que a semejantes golfos

pocas han sido atrevidas,

la calma les favorece,

y con algazara y grita

suenan jabebas y trompas,

calan remos, balas tiran.

Cerró nuestra capitana,

que a Clarinda moza mira

el bello nácar del rostro

cubrir de perlas divinas;

con el debido respeto

y esforzada valentía

las sangrientas armas toma,

furiosa guerra publica.

Los turcos dicen: "¡Amaina!",

y nuestra armada desvía,

aborda a sus marineros,

y los nuestros, a la tría,

cuando de su capitana

del cañón de la crujía

sale una furiosa bala,

desmandada y atrevida,

y dando en la gruesa entena,

delante, en mil astillas,

la deshace y la cercena

con chafaldetes y drizas,

y cuando los caporales

toda la color perdían,

el timonero se turba,

y el grumete se retira.

Vuelve la nave un costado,

enojada y ofendida,

y encapilla nuestra patrona

tempestad furiosa envía,

ciega los iguales remos

hasta la medianía,

y arrumbadas y trinquetes

rompe a braza corta y limpia.

El humo nos tenía ciegos

y sordos la artillería;

sangre de amigos, helados,

turbados, fuera de vida,

cuál dice: "¡Vuelve el timón!",

cuál hace bandera arriba,

otro el borriquete amaina,

otro el cabestrante tira.

Abordaron tres galeras,

teniendo ya por rendida

Pag. 11

Almirante.

nuestra fuerte capitana,

pero cuando relucían

por las bandas los alfanjes

de la confusa morisma,

y a la señora princesa

juzgábamos por cautiva,

sale por la plaza de armas,

cual el águila ofendida,

que cuantas aves encuentra

esparce y atemoriza,

el valeroso don Juan

de Aragón y de Castilla

con un peto fuerte al pecho

y con la acerada y limpia

rodela embrazada, y rompe

por entre los muertos, grita

como el lebrel enseñado

que el toro en la plaza mira.

Nuestra nave derrotada

por las bandas parecía

ciudad cercada, y almenas

sus cabezas enemigas,

cuando, como el segador

en las peinadas espigas,

esgrimiendo el corvo acero,

rubios manojos derriba,

o como el hambriento lobo

que entre las menudas crías,

en el redil enceradas,

la sangrienta parca mira,

así sus golpes, al agua,

cae confusa turba impía,

haciendo que mar y ropas

fuesen una cosa misma.

Fue a pique, fuesa tirana,

y en la nuestra se publica

por el buen don Juan, victoria

celebrada y no creída;

hundímosles seis galeras,

dejamos cuatro rendidas,

y otras veinte derrotadas

a su pesar se retiran;

reparamos nuestra nave

desde la gavia a la quilla,

las gúmenas desenroscan,

escobazan, encastillan,

arrizan la gruesa entena,

el pito retumba y silba,

los cabestrantes se enlazan,

la saloma y armonía

retumba de popa a proa;

unos corren, otros gritan,

cuál a la bomba arremete,

cuál al timón se encamina,

cuál en las hinchadas velas

la alegre victoria mira.

Pag. 12

Almirante.

Pero dejando el rigor

y empezando el alegría,

como el sol del alba,

Clarinda, hermosa y divina,

y a un tiempo toda la armada,

trompetas y chirimías,

cajas, pífanos y cazos,

retumban, suenan y tiran,

y al fin con bonanza alegre

y un celebrado día,

llegamos a la gran Londres

y dimos fondo en su orilla,

donde las hinchadas naves,

sin pesadumbre, te envían

el oro de sus entrañas

y el bello sol de Clarinda.

Rey de Inglaterra.

Nobles, pues os ha dado

Clarinda hermosa, llegad

y de nuevo me abrazad,

que con el alma he sentido

vuestro disgusto.

Clarinda.

Mi rey,

beso por tan gran favor...

Rosela.

Notable ha sido el valor

del español.

Lucrecia.

¿No lo ves

en su talle y bizarría?

Rosela.

La gracia de esta nación

no tiene comparación.

Príncipe.

¡Qué desdichadas suertes temía!

Clarinda me dio favores,

bonanza tuve en el mar,

y hoy en tierra, a mi pesar,

me atormentan sus rigores;

pues en otros brazos veo

rendida su voluntad.

Rey de Inglaterra.

Don Juan, amigo, llegad,

que haceros merced deseo.

Don Juan de Aragón.

Beso tus pies.

Príncipe.

¡Quién pudiera

suspender el casamiento,

para que de este tormento

descanso el alma tuviera!

¡Ay, prima! ¡Ay, cielo! Si el mar,

en remolinos crueles,

sorbiera sus bajeles,

antes que dieran lugar

a suspender mi deseo...

Lucrecia.

Príncipe, ya estás casado.

¿Qué imaginas?

Príncipe.

Que ha llegado

mi fin, que mi muerte veo.

Clarinda.

Grosero el príncipe ha sido,

en poco estima mi amor.

Canseco.

¡Vive el cielo, que es rigor

que venga un hombre perdido,

harto de comer bohigo,

y de beber por bitoque!

Pag. 13

Canseco.

que agora no se emboque

en la taberna seguro

de tanto comedimiento.

Rey de Inglaterra.

Venid, y ya descansad.

Clarinda.

Vamos, señor, a llorar

de mi muerte el sentimiento.

¡Si vieras de qué pavor...!

Rey de Inglaterra.

Príncipe, dad a la mano.

Príncipe.

Sed galán y cortesano.

Lucrecia.

Désela.

Príncipe.

Sí, señor.

Pues esclavo, señora, soy,

dame tu mano.

Clarinda.

Temblando

tuya soy, me está mirando

mi don Juan, y asechador.

Entranse, y queda Lesbio y Canseco.

Lesbio.

¡Hola, soldado!

Canseco.

¿Qué manda?

Que tengo mucho que hacer.

Lesbio.

¿Sois acaso...?

Canseco.

¿Qué he de ser?

Lesbio.

¿Sois de Bretaña o de Holanda?

Canseco.

Para eso son tales prisas;

su respuesta ha satisfecho.

Ver que no soy de provecho

para cuellos ni camisas.

Lesbio.

Con extremo ha respondido.

Canseco.

No imaginas, considera

que si yo de Holanda fuera,

que ya me hubieran cosido.

Lesbio.

Muy bien.

Canseco.

Yo se lo voto,

a más, a qué responder,

si no le pudieron coser

del tacón el lienzo roto

bretones.

Canseco.

No lo ha pensado.

Y verá que no le miento,

pues en Cuaresma ni Adviento

no me he visto emparedado.

Lesbio.

Ahora escúcheme de veras.

Díganos, ¿qué causa ha habido

que don Juan haya venido

de tierras tan extranjeras

a acompañar la princesa?

Canseco.

De una vez daré razón

de todo, con condición,

pues ven que voy tan de prisa,

que no ha de haber más rigor

en esto de preguntar,

porque martirio es penar

un largo preguntador.

Mi amo, señor, nació

en Zaragoza de España,

y por una honrosa hazaña

en que su valor mostró

le fue forzoso dejar

la patria, fue a Barcelona,

y en una nave bretona

vueltas por las ondas del mar

hizo en ella su viaje.

Pag. 14

Canseco.

cuando a Bretaña llegó,

el Rey de él se aficionó

por su persona y linaje,

su general le eligió.

Mostró en servirle lealtad,

y en prueba de su amistad

con Clarinda le envió,

púsola aquí como han visto,

el Rey se lo ha agradecido,

si no estaba en él condido,

remediélo Jesucristo.

Severo.

¿Y él quién es?

Canseco.

De tía mía fuera,

no lo preguntara junto

un hombre casi difunto.

Lesbio.

Se acobarde.

Canseco.

¡Válgame el cielo!

Su amigo y su criado he sido,

es mi apellido Canseco,

y en uno y otro embeleco

le ha acompañado y seguido;

de Aragón es, mi señor,

y ahora en Londres habita.

¡Adiós, que Canseco soy,

y me voy a remozar!

Vase.

Lesbio.

¡El audaz gentilhombre!

Severo.

¡Y aleado!

Con razón ofendido y enojado,

que no de preguntar un rato ha sido,

menos dificultoso que acertado.

Lesbio.

No es discreción saber.

Severo.

Siempre lo ha sido,

pero quien en preguntar cansado,

pregunte a un libro, a un mapa, a quien no siente,

y no a quien de cansado engaña y miente.

Lesbio.

Dejad, Severo, bien...

Severo.

Lesbio, Rosela,

a quien sabéis que con el alma adoro,

hoy de nuevo me inquieta y me desvela,

sus desdenes siento y sus mudanzas lloro.

Anoche, cual perdida centinela,

contra el amparo de un persa o moro,

adonde en su calle contemplo sus rejas,

sembrando rabias y publicando quejas,

como es dama en palacio, y de Lucrecia,

sobrina de mi rey, estrecha amiga,

aunque servicios míos no desprecia,

a un recatado y necio amor me obliga;

y si el ingrato hado a pulso arrecia,

nombre de desleal y de enemiga.

Yo fuera Paris, aunque en pechos humanos

viera incendios de griegos y troyanos.

Anoche, pues, cuando la luna deja

de juntar a las estrellas la hermosura,

y al ocaso ayudándome se aleja,

pues es capa de amor la noche oscura,

llegando a contemplar la ingrata reja

donde cifró mi suerte mi ventura,

al revolver los ojos desvelados

veo llegar dos hombres rebozados.

Pag. 15

Don Juan.

del modo que el reloj las ruedas bate

cuando en concierto suena el armonía,

así siento crujir, ¡qué disparate!,

la malla que en sus brazos relucía.

El uno dice: "¿Quieres que le mate?",

ved qué favores espera el alma mía,

y el otro dice: "Dejad el paso franco",

cuando furioso de la espada arranco.

O si viera a Rosela a la ventana

para que Marte en mi terrible esfera

tardóse al fin, y con violencia ufana

el uno dice: "¡Dale!", el otro: "¡Muera!"

Meto el broquel, y cuando fiera gana

él desta mano que ofender me espera,

en el arco del acero reparada,

por tres partes quebró la infame espada.

Este se retiró, y el otro osado

por entre arnés y arnés dos puntas mete,

recibíle tendiendo el brazo airado,

sin que su furia mi rigor respete;

y cuando se acercó desatinado,

sobre la ceja le acerté un piquete,

que aunque no le asenté, no fue tan quedo

que no vio con la sangre el rostro al miedo.

El otro que buscaba por la tierra

villanas armas, viéndole turbado,

por quitarle la espada con él cierra,

pero yo, más veloz que descuidado,

por dar fin a su infame y necia guerra

un golpe le acerté en el diestro lado,

con que de su desgracia satisfecho

hizo reparo con la espalda al pecho.

Dejélos, porque tengo por costumbre

no seguir al que huye, si estoy sano,

cuando viendo en las rejas una lumbre

que Rosela sacó en la blanca mano,

como el sol cuando raya en alta cumbre,

la juzgué; pero dijo el tardo ufano

que es grande valentía haber seguido

a un hombre sin espada y a un rendido.

En la razón que me conoce, veo,

cuando de un golpe cierra la ventana,

quedé en la calle sin sentido, creo,

aunque para reñir con mejor gana;

previne su partida más liviana,

volviendo al mundo de tan breve olvido,

sano en mi casa entré, pero rendido.

Tres pedazos ya por la tierra arrojo,

las puertas rompo, porque mi cuidado

no daba, con su rabia y fiero enojo,

lugar al tardo y tímido criado;

cercado de su furia y deste antojo,

quise dormirme, pero fue escusado,

pues la salva de unos extranjeros

me avisa que a la plaza salga a veros.

Lesbio.

Corrido estoy que en ocasión tan fuerte

os dejase esta noche de mi lado.

Don Juan.

Agora mi desdicha, Lesbio, advierte,

si Rosela la gente había llamado.

Pag. 16

Clarinda.

¿A qué? Porque me deis fiera muerte,

o por dar a su amor nueva osadía.

Severo.

Mas temor, que quien quiere bien no crea,

ni en mil sospechas que verdad no sea.

Saber tengo quién son estos cobardes,

y el fin que ha de tener la inquietud mía,

y seguir la mañana, y las tardes.

Príncipe.

A Dios id a [...],

qué necia gallardía,

si hacéis con tanto amor necios alardes,

a más desdén provoca esa porfía.

Severo.

Si los favores que me ha dado olvida

con dar los favores prendida

Vanse. Rosela y Lucrecia salen.

Lucrecia.

Bien me aconsejas.

Rosela.

Segura

estás de mi voluntad.

Lucrecia.

Agradarme mi cordura,

saber mi enfermedad,

y así aciertas en la cura;

en España, mi Rosela,

se engendró la gallardía

que por todo el mundo vuela,

y hoy fiada en el alma mía,

de apacible centinela.

Y al fin, hoy por esforzar

de Clarinda el casamiento

con el Príncipe, he de dar

a mi nuevo pensamiento

si no tengo lugar.

Rosela.

Pues casados por poderes

con Clarinda ha ofrecido

a disolver pareceres.

Lucrecia.

Amores [...],

el mes persigue que aquí crees,

pero digo que ya con

hubo para que contase

su guerra y su embarcación,

sin que mi muerte excusase

este almirante bretón.

Y qué razón puede haber

para dejar de pensar

que Clarinda al fin mujer,

viendo a Don Juan pelear

no se rindió a su poder.

Si dentro en mi alma está

desde el punto que le vi,

y nueva guerra me da

por lo que contar oí,

ella que lo vio, ¿qué hará?

Rosela.

¿No ves que una y otra nació,

y que ser esposa espera

del Príncipe?

Lucrecia.

Es error uno,

yo juzgo lo que yo hiciera

pues no es más noble que yo.

Rosela.

Lo que has hecho has de decir.

Lucrecia.

Bien dices, bien me parece,

no te lo puedo encubrir,

mas gran peligro se ofrece.

Salen Clarinda y Don Juan.

Pag. 17

Clarinda.

¿Dónde vas?

Don Juan de Aragón.

Voy a morir.

Los favores de la mar

ya no pasan en la tierra

porque me diste lugar,

si pides de mí destierro,

cuando te empecé a adorar.

Clarinda.

Mi muerte buscas.

Don Juan de Aragón.

Señora,

¿qué has de hacer de mi vida?

Clarinda.

Ay, que mi alma la adora;

aun no es todo, don Juan, pérdida;

eso juzga clemencia y no hora,

navegante es que airado,

que viendo roto el bajel

el oro al templo ha ofrecido

pero en librándose de él

pone la ofrenda en olvido.

Mas ¿qué principio es de amar [?]

pues bien deja ya de mí

que yo por ti a mi pesar

un infierno viven en mí

donde glorias pensé hallar;

no desesperes tu amor.

Ay, que no sé lo que digo,

ve extraño, que es un rigor,

si tienes que hablar conmigo

a mi cuarto, que valor

de princesa el mismo día

que a desposarme entro

no bajes.

Don Juan de Aragón.

Señora mía,

este es el ofrecimiento

de aquel venturoso día.

¿Estas las promesas son?

¿Esta la fineza ha sido?

Clarinda.

Tienes, mi don Juan, razón,

mas no la eches en olvido

que esta es brava confusión.

Lucrecia está aquí, desvía,

que no acabarás de hablar

en su corazón desvía [?]

a no llegarla a estorbar

la fuerza de su porfía.

Lucrecia.

Princesa...

Clarinda.

Lucrecia amada,

no seas ya de este amor...

Lucrecia.

Yo estoy, princesa, obligada

a teneros la mayor.

Rosela.

Por vuestra humilde criada

me tened, princesa.

Clarinda.

¿Es mi camarera?

Rosela.

Nací para besarte los pies.

Clarinda.

Yo os sabré estimar.

Lucrecia.

Aquí viene don Juan, ¿no lo ves?

Hoy, ¿qué le han de ver,

si le tiene amor?

Rosela.

Yo creo

que es bien fácil de entender.

Lucrecia.

Llegad, don Juan, que deseo

conoceos.

Don Juan de Aragón.

Yo he de ser

criado vuestro, señora.

Lucrecia.

Vos sois discreto y galán;

ya que en la corte ahora...

Pag. 18

Página 18 del manuscrito

Lucrecia.

tan breve invención te dan.

Don Juan.

Eso mi humildad ignora.

Lucrecia.

Como cuerdo habéis hablado;

sois en efeto español,

donde el fuego es tan cifrado

como en los rayos del sol.

Clarinda.

Con que mi pecho ha abrasado

espuelas pone a mi amor,

rienda a su desconsuelo,

celos me ha dado y temor;

si más le escucho recelo

que haré mi daño mayor.

Lucrecia.

Ves si lo siente.

Don Juan.

Yo creo

que estáis burlando de mí,

Lucrecia.

mas que lo que decís veo,

y más que veo creo,

y más que creo deseo,

que en esta corte mostréis

que os estoy aficionada.

Don Juan.

Merced, señora, me hacéis.

Clarinda.

Perdida está y turbada.

Lucrecia.

Voyme, señora. ¿Queréis

que os acompañe?

Clarinda.

¡Qué necia!

Con el rey tengo que hablar.

Lucrecia.

Mi conversación desprecia,

téngote de acompañar.

Clarinda.

Quedaos, quedaos con Lucrecia.

Venid, Rosela.

Príncipe.

Perder

tengo el juicio.

Vase la princesa y Rosela.

Clarinda.

Si me dan

esta ocasión, ¿qué he de hacer?

A los rayos de don Juan

mal le podré yo valer.

Canseco.

Y si en esta imaginación

tuviera de declarar

esta amorosa pasión,

que los tuvo no hay dudar,

y ciertas mis sospechas son.

Rey.

¡Pobre príncipe engañado

de una extranjera mujer!

Pero pues se ha declarado,

remedio pienso poner

para atajar mi cuidado.

Don Juan, ¿de qué es la tristeza?

Don Juan.

Ésta quiere descubrir

con engaño y agudeza

mi amor, y quiero fingir

otro engaño a vuestra alteza.

Con tantas veras me ha honrado,

que cuando yo la tuviera,

fuera necio y mal criado

si aquí no la suspendiera.

Quedamente los dos.

Lucrecia.

Sois, como discreto,

honrada burlalla.

Mirad que habéis variado,

acertadala muy bien,

y que no os pondrá en olvido.

Don Juan.

Si fueseis dama a quien

en mi idea he concebido,

dicho se fuera mi suerte,

pero no nací tan igual.

Canseco.

Es de esta tierra.

Don Juan.

Y de suerte

su belleza, que es mortal.

Pag. 19

Don Juan de Aragón.

Encendió mi amor con verte,

que como no ha de parar

de los labios este amor,

el alma va a tal lugar;

mas los ojos para irse

en llanto quieren trocar.

Lucrecia.

Ese amor, don Juan, no creo

que tan presto se engendró.

Don Juan de Aragón.

Fue un gigante mi deseo,

y en el punto que nació

con grande poder le veo.

Lucrecia.

¿Y no puedo yo saber

quién es?

Don Juan de Aragón.

Muy bien, pero yo

dúdolo.

Lucrecia.

No puede ser.

A mí, que soy prima...

Don Juan de Aragón.

No, que es muy principal mujer.

Lucrecia.

¿Es Clarinda?

Don Juan de Aragón.

¡Santo cielo!

Lucrecia.

Eso había de imaginar,

que si esa honestidad que el suelo

bien sabe disimular,

que es de su suerte el desvelo.

Que no será muy honesta

eso ya que vos queréis;

si Clarinda está dispuesta

a casarse como veis,

no digo mal.

Casi os puedo disculpar,

mas también esotra dama

quizá se quiere casar,

no me lo ha dicho la fama.

Don Juan de Aragón.

Soy de nuevo aquí;

no hay dudar.

Luego ya ¿a quiénes sabéis

la que yo adoro?

Lucrecia.

Sospecho,

por el discurso que hacéis,

y sé que estáis en su pecho

muchos años ha que ardéis.

Don Juan de Aragón.

Vuestra amiga debe ser.

Lucrecia.

Y muy estrecha lo soy,

y no tengo qué temer,

pues en la memoria estoy

de tan principal mujer.

Don Juan de Aragón.

Y quisiera poderla hablar

para rogarla que diera

a mi cuidado lugar.

Lucrecia.

Yo haré que su mano os quiera.

Don Juan de Aragón.

Los pies os quiero besar,

que tercera tan honrada

jamás el mundo la vio.

Lucrecia.

Ella está determinada,

y así, en hablándola yo,

no tenéis qué temer nada.

Don Juan de Aragón.

Alma confusa, quimera,

si es ella o alguna amiga

que a que me favorezca espera,

pues que el amor me obliga.

Pag. 20

El texto comienza a mitad de un diálogo.

Lucrecia.

... y de mí misma soy tercera,

y así se pondrá en razón

de la princesa el engaño,

del príncipe la ficción,

de mi amor el desengaño,

y de don Juan la intención.

Príncipe.

Así pienso desvelar

a Lucrecia el pensamiento,

¿cuándo la podré hablar?

Lucrecia.

Yo sé que os dará lugar,

Príncipe.

con qué de temores lucho,

y entre bravos desvelos...

Lucrecia.

Declaraos, que ya os escucho.

Príncipe.

Dejad, que no me dé celos,

que a fe que lo sienta mucho.

Lucrecia.

No dará, que es bien nacida.

Príncipe.

¿Si es ella?

Lucrecia.

¿Si lastima?

Y por vos su vida olvida;

mirad que si se le olvida,

quizá os costará la vida.

Príncipe.

¡Ay, que por Clarinda muero!

Aunque cien mil aventuras

yo de pasarme primero,

mi desdicha me asegure

mi fin violento y fiero.

Lucrecia.

Fuera mi dicha mayor.

Bloque de líneas tachadas con una gran X:

Línea tachada: que tiene

Línea tachada (Príncipe): ¿Tenéis, huyendo

Línea tachada: de Clarinda,

Línea tachada: no buen tiento?

Línea tachada (Lucrecia): Que dejando en un momento,

Línea tachada: pienso que a un hombre ofendo.

Línea tachada (Príncipe): Mira que es aquí don Juan.

Línea tachada (Lucrecia): Cesa, ¿me quieres decir...?

Línea tachada (Príncipe): Cuando a la fin se ha de ver.

Línea tachada (Lucrecia): Cuando mi muerte verán

Línea tachada (Príncipe): días y dos con mi vida.

Príncipe.

Doy en volver a querer,

y son mil veces sus cielos

que a mis glorias impida.

Príncipe.

Lucrecia divina, ahora

que a solas puedo hablarte,

cuando llego al postrer punto

que al fin quieren casarme,

cuando el yugo y nudo severo

que por orden de mi padre

a intereses de sus guerras

hace con mi muerte paces;

cuando pierdo los sentidos,

que como loco y no amante

vive, sí, mirando en medio

tanta fiera y tantos males;

y al fin, cuando ya me queda,

para no poder gozarte,

la postrera expiración,

tan peligrosa y tan fácil,

vengo a pedirte consejo,

Pag. 21

Príncipe.

Vengo al fin a declararme,

vengo a tiempo que mi amor,

si tu agrado me vale,

gobierno de estas razones;

no permitas que me saquen,

que por fieros de la suerte

a muerte han de condenarme.

Los años a que te adoro,

sin que faltase un instante

de tu lado, de tu mesa,

cuerdo o necio, y si cansé,

el trato, la crïanza mía,

notables efetos hace.

Vivir sin ti no es posible,

¿qué he de hacer?

Lucrecia.

Príncipe, tarde

busca remedio tu amor,

y enmienda tu disparate;

antes de dar a Clarinda

el sí, pudieras hallarle,

pero ya será imposible.

Príncipe.

¿Qué dices?

Lucrecia.

Que no te canses.

Príncipe.

¿Quieres que la corte altere,

que tú me postras, que iguales

a mis propios pensamientos,

o que rompiendo los mares,

me arroje perdido y loco

por sirtes tan inconstantes

como lo ha sido tu amor?

Lucrecia.

Todo, Príncipe, el cansarte.

Príncipe.

No quiero a Clarinda, y digo

que me prendan, que me maten,

que me tengan por crüel,

que me ofendan, que me infamen,

que no se han de hacer las bodas;

oye porque no se alcance

la desdicha a que dices

y tan ciego intento atajes,

sabe que yo soy...

Lucrecia.

Detente,

que ya soy...

Príncipe.

Calla, no hables,

que si por la boca arrojas

que has estimado a otro amante,

que has rendido tu belleza,

que otro amor te satisface,

daré voces a los cielos

que a Londres y al mundo espanten.

Lucrecia.

Dilas tú cuando te dejen

el sí dar de condenarme,

de casarte con Clarinda.

Príncipe.

No, porque la dio mi padre.

Lucrecia.

También mi padre mi gusto,

y he de hacer lo que él me mande,

pues sin licencia del Rey

¿quién, quién puede sujetarse?

Príncipe.

Como a ti no te sujeta,

que el que quiere que toca ser

condesa con tu gusto.

Lucrecia.

De eso a ti pueden culparte.

Príncipe.

También de mi amor a ti,

pues tú de ofenderme fuiste la parte,

a que yo elija el mío.

Pag. 22

Príncipe.

¿Quién hay que pueda igualarse?

Lucrecia.

Si no soy yo en el valor,

¿quién con mis gustos se iguale?

Porque en calidad y ser

¿qué tendrá a que le baste?

Príncipe.

¿Pues esa venganza intentas?

De ti pretendo vengarme.

Casarme tengo, cruel,

y tu intento he de estorbarte,

aunque aventure mil vidas,

aunque rigurosas muertes cause.

Venga Clarinda, que muero

por sus ojos celestiales.

Y al despertar del sueño,

que ciego pudo estorbarme,

lastimar su belleza

a la del sol semejante,

peleando en mi memoria

estaban dos voluntades:

Clarinda con su belleza,

Lucrecia con ser constante.

Venció Clarinda victoria,

que ya como reina sale

por mis palacios alegre,

robando las voluntades.

Para gozar su belleza

pienso que tiempo me falte,

que cada momento es siglos,

y eternidad un instante.

Hoy se haga el desposorio.

Pero ¿qué digo tan tarde?

He de gozar su belleza.

Denme prisa, no me mate.

Lucrecia.

No quiero mejor indicio

para mejor olvidarte,

que lo que en un punto he visto

de tu condición mudable.

Príncipe.

Esto puede la razón.

Sale Rosela.

Rosela.

Príncipe, ¿qué es de saber

el ruido que sospecho

de los extremos que hacéis,

que ha llegado a mis orejas?

Príncipe.

¿Qué suceso puede darme

disgusto a mí, si Clarinda,

con los rayos fulminantes

de su divina hermosura

que por mi sentido se esparce,

está alegre y yo dichoso,

ella firme y yo constante?

Rosela.

Oye, Príncipe, y escucha

el caso más admirable

que jamás los hombres vieron.

Príncipe.

Dilo presto, no me mates.

Pag. 23

Rosela.

Clarinda, señor...

Príncipe.

Di, triste.

Rosela.

Está indispuesta, no sale.

Aquí se hagan las bodas

suspendiólas mi padre

claramente, ¡qué hado!

Si malas nuevas mi trae

de salud de su gusto,

calla, que puedes matarme.

Lucrecia.

Gran fineza.

Rosela.

Señor,

si no está en Londres, ¿qué parte

soy yo para darte nuevas

que te ofendan ni te cansen?

Príncipe.

Pues, ¿se ha vuelto a embarcar?

Rosela.

Antes no quiso embarcarse

para venir a servirte.

Príncipe.

No te entiendo.

Rosela.

No, pues sabe

que no es Clarinda, señor,

esta mujer, y a engañarte

su padre se determina.

Príncipe.

¿No es Clarinda? No te espantes.

Falsa, loca, mala pérfida,

con tanto absurdo y tan grave,

gobernada y presumida,

se juntó para engañarme.

Ya entiendo tu pensamiento,

que su perfidia por vengarse

ha buscado esta invención;

pero no ha de aprovecharle.

Las dos buscáis mi disgusto,

las dos queréis engañarme.

Lucrecia.

Señor, ¡qué mal lo entiendes!

El tiempo sabrá mostrarte

si a tu voluntad me atrevo.

Aparte.

Clarinda.

Clarinda para casarse

con don Juan hace este enredo,

que al fin es mujer y amante;

pero aquí callar importa,

que yo haré cómo estorbarle

su deseo y su intención.

Príncipe.

Con estos enredos sale.

No vine ni nací yo

a suceso semejante,

cuando creyó el concierto.

Rosela.

Dicen que la que te traen

es parecida a Clarinda.

Príncipe.

¡Vive Dios, que has de pagar

estos enredos, Rosela!

Rosela.

Mal mi intención satisface.

Lucrecia.

El deseo de servirte.

Aquí con tu padre sale.

Pag. 24

Salga el rey, Clarinda, don Juan, almirante, Severo, Lesbio, Canseco.

Rey de Inglaterra.

Príncipe, ¿qué es esto agora

que, esperan todos los grandes

con fiestas, regocijos

que en diversas partes hacen

tu desposorio, te escondes?

Príncipe.

Yo me escondo, señor, antes

con el alma lo deseo.

Clarinda.

Que mi industria no me vale,

que dejar hay a su mujer

y don Juan ha de dejarme

entre fieros enemigos

y contrarias voluntades.

Estos galdos, santos cielos,

si el casamiento se hace,

don Juan ha de ser mi esposo.

Rey de Inglaterra.

Vamos, que no es bien que pare

hoy la fiesta y desposorio.

Don Juan de Aragón.

¿Qué me dice el almirante?

Almirante.

Ver las fiestas y volvernos.

Don Juan de Aragón.

Bien mi intención satisface.

Severo.

Mucho al almirante mira

Rosela.

Lesbio.

¿Qué disparate?

Si es extranjero no es fuerza

que todos anden a mirarle.

Rey de Inglaterra.

El Príncipe divertido,

mirando a diversas partes,

no está con gusto. ¿Qué es esto?

¿Qué causa puede estorbarle

el querer mujer tan bella?

Pero todo ha de acabar

con hacer su casamiento.

Caballeros, no se alargue

más la fiesta, vamos luego.

Don Juan de Aragón.

Yo a morir.

Príncipe.

He de contarle

a mi padre lo que ha sido,

mas será disparate,

si es invención de Lucrecia,

que ha ordenado por vengarse,

a venganza lo que puede.

Rey de Inglaterra.

Caminen todos delante.

Príncipe.

Dadme esa dichosa mano,

bella esposa, y perdonadme

si en algo fui descortés.

Clarinda.

Vuestra grandeza es bastante

a suplir cualquier defecto

que mi extrañeza causare.

Don Juan de Aragón.

Que ha llegado a ver mi muerte,

que a quererla me obligaste,

y hoy se casa y me aborrece.

¡Oh, ansí me deje y me engañe!

Pag. 25

Príncipe.

Clarinda, ya llegó el día

en que mi muerte ordenaste.

No es de burlas, Dios te guarde.

Clarinda.

Sosiégate, y no te apartes

un momento de mi lado.

Don Juan de Aragón.

Pues en día semejante

Clarinda.

nadie diga mal del día

hasta que la luz se acabe.

Fin del 1.er acto.

a 6 de julio de 1617 años.

La página derecha (folio 21r) está completamente tachada y es apenas legible. Se transcribe lo recuperable a continuación.

Jornada segunda

Pag. 26

Acto 2 de Nadie diga mal del día.

Salga el Almirante y Rosela.

Urbato.

Crueldad, perdonad,

que me he...

Rosela.

Que disculpe alguna...

Urbato.

Mirad mi

subordinación,

que no me he atrevido

a...

El resto de la página es ilegible por la tachadura general.

Pag. 27

En la página izquierda (folio vuelto) aparecen pruebas de pluma, texto borroso y se lee vagamente "fin de el Acto 1". La transcripción se centra en la página derecha.

Salga el almirante y Rosela.

Don Juan de Aragón.

Vuestra señoría perdone

mi atrevimiento.

Rosela.

No veo culpa alguna.

Don Juan de Aragón.

Mi dueño,

si un bien criado mi abono,

que mientras los desposados

quieren sentarse a cenar,

le quiero comunicar

parte aquí de mis cuidados.

Que siempre los forasteros

en los casos que intentamos,

a ciegas nos arrojamos,

nos condenan por groseros.

Y pues que luce tomado

de su divina hermosura,

ya es un jardín mi ventura

Pag. 28

Rosela.

Pues la encontré, mi cuidado,

diré que la ocasión se ofrece,

la que mi tío ha tratado,

así dejé entendido.

A buena ocasión llegué,

él me quiere y yo le adoro,

la ocasión que yo he buscado,

mi ventura ha concertado.

Ved qué mandáis.

Almirante.

No ignoro

hasta el nombre de una dama

que me desvela quién fue

la que hoy a su lado fue.

Rosela.

¿De Clarinda?

Almirante.

Ésa se llama.

Rosela.

Rosela; su fucia ha sido

quien le ha parecido bien,

él quiere, y no ama a quien,

y que tan noble ha nacido

como cuantas en la corte

al lado de la real silla

son del mundo maravilla.

Almirante.

Es de la belleza norte.

¿Rosela se llama?

Rosela.

Sí.

Almirante.

Y no puede ser, cual al alba

hagan los cielos salva.

Mas no nació para mí,

pues su belleza asegura

que en lazos de sus cabellos

hará ramilletes bellos

al templo de la hermosura.

Rosela.

¿Tan bien os ha parecido?

Almirante.

Tan bien, que en parte quisiera

que menos su gracia fuera

por ser más favorecido;

que en desigual proporción

no hace el amor consonancia,

pues la desigual distancia

limita la ejecución.

Rosela.

Haced dos cosas por mí

que os quiero aquí suplicar,

que yo haré que dé lugar

Rosela, pues bebe en mí,

a vuestro amor recatado.

Almirante.

Dos mil haré, ¿qué queréis?

Rosela.

Que nunca a hablarla lleguéis,

si no es estando a mi lado,

porque hay un inconveniente

que mucho os puede importar.

Almirante.

En todo os he de agradar.

Salen por entre las ramas Severo y Lesbio.

Severo.

Rosela está aquí, detente.

Lesbio.

Y el Almirante también.

Pag. 29

Lesbio.

encubríos entre las ramas

y escuchad.

Almirante.

Las fieras llamas

de mi amor en duda están;

haréis que ya aplaquen.

Rosela.

Sí.

Almirante.

Note la que ha de ver

que te llego a merecer,

que para tuya nací.

No es posible, ¡ay gloria mía!,

pues digo que recatado

siempre estaré a vuestro lado.

¿Qué me queréis?

Rosela.

Que me digáis si es verdad

esto que se ha murmurado.

Almirante.

¿Qué?

Rosela.

Que Clarinda ha engañado,

dizen, a Su Magestad,

y que se queda en su tierra,

y esta, que a vuestra preñez,

dizen que se le parece,

y por suspender la guerra

la envía, y quiere, entretanto,

hacer nueva prevención

para seguir su intención.

Almirante.

De esa novedad me espanto.

Rosela.

Pues inquiero verdad sea,

solo es mía el merced,

a vosola.

Almirante.

¿Qué decís?

Esta mi muerte desea.

Y sé que en Bretaña avía

una dama principal,

aunque no hallarán su igual,

que tanto se parezía,

que muchas veces la ablaban

por Clarinda, pero yo

salí cuando se enbarcó,

y todos la respetaban,

y como a la princesa misma,

que no se puede ser;

mas no me ha dado a entender

a mí tan confusa zisma.

Y porque si fuera traición,

yo huviera gran culpa en mí.

Rosela.

Esto no saldrá de aquí.

Almirante.

¡Qué terrible confusión!

Rosela.

Nos pudieron engañar,

vos en nada estáis culpado.

Severo.

Muy bien has dicho embozado,

allí me quiero sentar.

Di al Almirante que soy

el Príncipe, y que quiero hablalle,

que después de examinalle

verás qué pesar le doy

y tras el pesar espero.

Pag. 30

Lucrecia.

Pues que nos viene a engañar

su amor, y le da lugar.

Lesbio.

Apártate, caballero.

Rosela.

Triste, ¿quién no ha escuchado?

Urbato.

¿Quién llama?

Lucrecia.

El príncipe os quiere

a solas.

Rosela.

Nadie se altere.

Urbato.

¿Adónde?

Lesbio.

Allí está embozado.

Urbato.

Que me place, vuestra alteza

mi inadvertencia perdone.

Severo.

Galardones que os abone;

cubrid, cubrid la cabeza.

Urbato.

No merezco este favor.

Severo.

En honraros me desvelo.

Váyase Rosela.

Rosela.

Retirarme quiero al cielo.

Severo.

Vos le merecéis mayor;

y estoy muy agradecido

de que hayáis acompañado

a mi esposa.

Urbato.

A mi cuidado

y deseo han merecido

que de esa suerte me honréis;

pero las fuerzas, señor,

son humildes...

Severo.

De mi amor

satisfaceros podéis.

Paréceme que han entendido

que de verla he cuidado.

Urbato.

El amor os ha desvelado,

engaño no ha habido.

Severo.

En eso os quiero pagar

los servicios que habéis hecho;

como hidalgo y noble pecho

con ella os quiero casar.

Urbato.

Beso os mil veces, señor...

Severo.

Los pies

con más honraros, pero

premiar tan gran caballero,

y por mostrarlo mejor

esta sortija tomad.

Escucha, ¿no oigo a alguien?

Urbato.

No.

Severo.

Y si os envidian, lo

más asumido pensad

que es cuanto os mandan a vos

a mi voluntad medido.

Urbato.

Estoy tan favorecido

que me corro.

Severo.

Luego iréis

enseñando a fiel tercero

que os tengo que hablar.

Pag. 31

Urbato.

Señor,

no merezco ese favor.

Don Juan de Aragón.

Haceros merced espero.

Salen don Juan y Canseco.

Don Juan de Aragón.

Deja ya de persuadirme,

Canseco, no me atormentes.

Canseco.

Señor...

Don Juan de Aragón.

Déjame, villano,

ya estoy muerto, ¿qué me quieres?

¿Sabes que me has parecido

algún paje impertinente

que, por quitar el pabilo,

mata la vela y pretende

después encenderla a soplos,

y cuando ve que no puede,

porque la virtud le falta,

corrido a encenderla vuelve?

¿Matásteme con decirme

que siempre Clarinda alegre,

como la yerba del sol

que espera cuando amanece

de sus rayos la hermosura,

y a su semejanza siempre

le va mirando a la cara

hasta que la vista pierde,

cuando Clarinda a mi amor,

que en rayos del sol convierte,

siempre le consideraba

con divinos accidentes,

y que su belleza insigne

me adoraba eternamente?

Con esto al fin me mataste

¿y agora encenderme quieres

con darme remedios de aire?

¿Qué fuerza hay que no aproveche?

Si quieres que tenga luz

más que el sol resplandeciente,

dime que no se ha casado,

que alegre a mirar me vuelve,

que está esperando mis brazos

y que al príncipe aborrece.

¿Están en las mesas?

Canseco.

Sí.

Don Juan de Aragón.

¿Luego a la tarde qué hay?

Canseco.

¿No ha de haber sarao primero?

Don Juan de Aragón.

Amigo, del alma advierte,

entra y mira si están juntas,

si dan muestras de quererse,

si han entrado en su aposento,

si está mi Clarinda alegre,

si mis ternezas escucha,

si con la vista se entienden.

Pag. 32

Don Juan de Aragón.

porque me vuelvo a embarcar

en la nave donde a veces

tiernos regalos me dio

con promesas aparentes.

Mas, ¡ay!, ¿qué será de mí

cuando aquel lugar contemple

donde de sus dulces labios

gocé esperanza tan fuerte?

Aquí diré, se sentaba

allí temerosamente

me llamaba para hablarme,

y allí al fin veré mi muerte.

¿No vas, Canseco?

Canseco.

Yo voy.

Don Juan de Aragón.

Pues mira, amigo, si puedes

que me traigas buenas nuevas.

Canseco.

Yo te diré cuanto viere.

Vase Canseco.

Don Juan de Aragón.

Pero ¿qué nuevas espero?

Loco estoy, ya me parece

que dice que está en sus brazos,

y que en los del mar mi suerte

quieren que la vida acabe.

¡Oh España, madre inclemente,

por qué de ti me arrojaste

para que de extrañas leyes

de los rigores de amor

infame sentencia cese!

Canseco.

Señor, escucha.

Sale Canseco.

Don Juan de Aragón.

¿Qué ha habido?

Habla de veras.

Canseco.

Los reyes

acaban ya de cenar,

pero he visto de repente

un caso que ha de admirarte.

Llegó ocasión que bebiese

Clarinda en un rico vaso

de oro y cristal trasparente.

Mas cuando llegó a los labios,

no sé la ocasión cuál fuese,

se le cayó de las manos

y toda el agua se vierte,

y de la boca hasta el suelo

hecho mil pedazos viene.

Perdió Clarinda el color,

pero el Príncipe se ofende,

y en otro de piedras y oro

hacerle la salva vuelven.

Don Juan de Aragón.

¿Pero no quiso beber?

Si el peligro se ofrece

entre la taza y los labios,

¿qué mucho que, antes que llegue,

Pag. 33

Don Juan de Aragón.

a las cortinas del sol,

donde Clarinda anochece

para mi desdicha triste,

y para el Príncipe alegre,

se ofrezca otro gran peligro

y en que paro.

Canseco.

Me parece

que irán por un sacamanchas,

porque el vestido que tiene

no quedará de provecho.

Don Juan de Aragón.

Ya a burlas con él vuelve,

que a dos nuevas semejantes,

quizá tocará la muerte

los lances de mi fortuna,

aunque rigurosa siempre.

Canseco.

Junto al nácar de su rostro,

¿tampoco respeto tienes?

Don Juan de Aragón.

Pero no fuiste atrevido

a mis húmedos cristales,

pues cuando priva gozar

de su belleza excelente,

hecho pedazos de penas,

y de celos impacientes,

vine cayendo a la tierra.

Canseco.

Otra nueva más.

Don Juan de Aragón.

Si fuese

semejante a la pasada,

será de gran gusto.

Canseco.

Advierte,

sacaron una empanada

entre dos nobles ingleses,

que estando en Ingalaterra,

era fuerza que lo fuesen.

Y fuela a abrir el Almirante,

que come más que un empeine,

y levantando la hojaldre,

salta un enano en pañetes,

y por la mesa dando saltos,

causó grande risa el verle;

acabó en esto la cena,

y levantáronse alegres

como unos architriclinos.

Don Juan de Aragón.

Di, ¿sin que Clarinda diese

muestra alguna de alegría?

¿Holgóse acaso de verle?

Canseco.

Torció un poquito los labios,

porque el Rey no se ofendiese,

que era quien lo había ordenado.

Don Juan de Aragón.

Medido a mi gusto vienes,

en llegando a sazón

que pudiese agradecerte.

Pag. 34

Príncipe.

Las nuevas que me has traído,

Canseco.

pagarásme como suelen

los señores y las damas.

Pero acabado el banquete,

se tomaron de las manos

Clarinda y su esposo.

Príncipe.

¡Triste!

Nunca hubiera escuchado

fiero áspid o serpiente,

que viva ponzoña arroja

y fuego encendido vierte.

Vete delante de mí.

Canseco.

¡Con qué presto se arrepiente

de hacer mercedes!

Príncipe.

Villano,

¿con esa cara me quieres

mirar? Si quieren matarme,

mira si acostarse quieren.

Vase Canseco.

Canseco.

Mi amo quiere morir

en semejante accidente,

con todos sus sacramentos.

Sale Canseco.

Príncipe.

Ya no hay bien que no aproveche.

De la cena me salí

porque no me conociesen

en el rostro mi desdicha,

y en mi desdicha mi muerte.

¿De qué te sirvió, enemiga,

decirme que no dijese

mal del día, si la luz

el alma y la vida pierde?

Aguardé al ponerse el sol,

aguardé que anocheciese,

y tan ciego tus palabras

y mi esperanza me tienen,

que espero a la medianoche,

hasta que las luces dejen

de brillar en los diamantes

que tu garganta guarnece;

que no fuera firme amante

si un instante que tuviese

mi amor de esperanza en ti

diese ocasión de perderle.

Pues soy como el desahuciado,

que hasta que la vida pierde,

se alimenta respirando

si algún milagro se ofrece.

Golpes me da el corazón,

sin duda avisarme quiere,

que es leal de mi desdicha.

Gran ruido en la sala tienen.

¿Qué será? ¡Válgame el cielo!

Canseco.

¡Ay, señor!

Príncipe.

¿Qué me quieres?

Canseco.

El palacio se alboroza,

que dos condes, un marqués,

a tu amigo el almirante...

Pag. 35

Don Juan.

Dicen que a matarle vienen.

Dime por qué.

Canseco.

Por traidor,

y el Rey y toda su gente

corriendo al torneo salen.

Don Juan.

Qué me dices.

Canseco.

No lo entiendes,

el Príncipe va tras ellos,

que a hablar con él no le quieren.

Don Juan.

Esta es gallarda ocasión,

qué puedo hacer.

Canseco.

Esconderte,

hasta ver en lo que para.

Don Juan.

Qué dices, yo he de esconderme,

a su lado he de morir.

Canseco.

Oye, que Clarinda viene,

que en esta puerta te ha visto.

Don Juan.

Esto basta a detenerme.

Salga Clarinda alborotada.

Clarinda.

Quién está aquí.

Don Juan.

Quien no vive.

Clarinda.

Quién responde.

Don Juan.

Quien no siente.

Clarinda.

Eres don Juan.

Don Juan.

Él he sido.

Clarinda.

Qué aguardas aquí.

Don Juan.

Mi muerte.

Clarinda.

Ay, don Juan, grande desdicha.

En mi memoria revuelves

a tu amigo el Almirante.

Pienso que a matarle quieren

y así furiosa te busco

a donde podré esconderte.

Don Juan.

Por qué, señora.

Clarinda.

Su Alteza,

que por el Príncipe muere,

dice que no soy Clarinda,

y que es engaño aparente,

que por burlarse del Rey

mi padre ha inventado.

Don Juan.

Qué quieres,

que vaya a morir con él.

Clarinda.

No, don Juan, que desta suerte

se estorbará el casamiento

con que mi ventura ofenden,

que yo también di ocasión

que en la corte se dijese

que no soy Clarinda yo.

Don Juan.

Porque el camino quiere,

señora, verme morir.

Clarinda.

Pues qué hiciera yo en quererte,

si puedes estimarme a mí,

si al peligro que se ofrece

no pusiéramos el pecho.

Don Juan.

Pues lo que has de hacer advierte.

Clarinda.

Fortuna, mi duda ayuda.

Pag. 36

Salen Lucrecia y Rosela.

Lucrecia.

Esta es, aquí detente.

Clarinda.

Señora mía.

Lucrecia.

Sola.

Clarinda.

A buena ocasión vienes.

Lucrecia.

Mira en qué puedo servirte.

Clarinda.

Harásme grandes mercedes.

Don Juan, aqueste español

que acompañándome viene,

está escondido en esta sala,

dize que matarle quieren.

Porque en este enredo es parte,

y de que esto engaño fuese

nadie como vos lo sabe.

Lucrecia.

¿Qué quieres?

Clarinda.

Que te sirvieses,

pues eres noble y tu valor

tan grande y tan excelente,

de esconderle en parte oculta

hasta que deste accidente

se acabe el fiero rigor;

que es hombre a quien oy le debe

mi padre mi vida, y yo

grandes servicios.

Lucrecia.

Advierte,

Clarinda, que estoy corrida

de que tanto me exageres

lo que yo haré con el alma,

y tengo a dichosa suerte.

Rosela.

Rosela.

Señora mía.

Lucrecia.

En aquel retrete entiendes.

Clarinda.

Cerca de la galería,

nadie en las llaves se entregue

sino tú.

Rosela.

Jesús, señora.

Clarinda.

Llegad, don Juan, mas cual fuere.

Don Juan de Aragón.

¿Qué me mandas?

Clarinda.

Que Lucrecia

te lleve a esconder de suerte

que nunca te viese más.

Rosela.

Venid, don Juan.

Clarinda.

Mas no tiene

otro remedio mi amor,

ni otro camino mi suerte.

Lucrecia.

Voy do ciego camina.

Clarinda.

Seguidla, don Juan.

Don Juan de Aragón.

Parece

que en este abismo de males

mi vida y gloria fenece.

¿Dónde voy?

Clarinda.

Donde te llevan,

ve callando y no te alteres.

Lucrecia.

Si está dentro de mi alma,

no haré mucho en esconderle.

Clarinda.

Morir tengo, y ser su esposa.

Lucrecia.

Pues mi fortuna lo quiere,

ventura tuve en guardarle.

Pag. 37

Clarinda.

Ventura tuve en quererte.

Salen metiendo mano Severo y Lesbio contra el almirante.

Urbato.

Caballeros, ¿de esta suerte,

dos hombres tan principales,

y en la calidad iguales,

a uno solo dais la muerte?

Severo.

Detente, Lesbio, es razón

que, con tan resuelto engaño,

a burle un rey.

Urbato.

Caso extraño.

Lesbio.

Yo le ofendo.

Y con traición.

Urbato.

Villanos, dadme la muerte,

con armas y campo igual,

y a un hombre tan principal

no le tratéis de esa suerte.

Y que yo soy leal, y aquí,

si se ofrece algún engaño,

para mi memoria extraño,

también me lo han hecho a mí.

Lesbio.

Ahora aguarda, es razón.

Severo.

Detente. Habiendo sido

quien por Clarinda ha traído

otra dama, ¿qué ocasión

hay para que entre las damas,

tan gallardo, hayáis querido

mostraros, favorecido,

Urbato.

ponzoña y celos derramas?

Por eso has mostrado aceros;

recibí el nombre, mi cuidado.

Lesbio.

¡Muera luego!

Salga el Rey y el Príncipe y acompañamiento.

Urbato.

Soy honrado.

Uno.

Aquí está el rey, caballeros.

Deténganse. ¿Qué hay que hacer?

Severo.

A estorbar su muerte viene.

Lesbio.

Quien riñe hablando, no tiene

mucha gana de ofender.

Rey de Inglaterra.

En mi palacio, ¿qué es esto,

caballeros? Almirante,

¿quién ha sido el arrogante

que ha andado tan descompuesto,

que cuando estoy celebrando

las bodas de mi heredero

me altera el palacio?

Severo.

Espero

ver lo que estoy deseando.

Rey de Inglaterra.

¿Con quién reñís?

Urbato.

Con quien viene

solo a serviros, señor.

Lesbio.

Los dos, extraño rigor.

Severo.

Oye y sabrás si conviene.

Manda, señor, que se aparte

tu gente, y escucha.

Rey de Inglaterra.

Di.

Apartaos.

Severo.

Yo salí aquí...

Pag. 38

Severo.

Por servirte y agradarte

decía, porque...

que un almirante

esta dama te ha dado

por Clarinda, y ofendido

con enredo semejante

a tu reino y tu grandeza

y principalmente a ti.

Yo, que un engaño entendí,

he querido que primero

que se llegue a consumar

el matrimonio, advertirte,

con mandarle yo morir

o el enredo declarar

el engaño que te han hecho,

y por no hacerlo, ignorando,

le estaba aquí examinando

con la espada pecho a pecho.

Rey de Inglaterra.

¿Quién te lo ha dicho?

Severo.

Una dama

de palacio ha descubierto

esta verdad que te advierto,

fuera de que ya la fama

casi lo había declarado,

y se hace al momento

que aquí llegó el casamiento

y él lo encubre y te ha engañado.

Rey de Inglaterra.

Ten silencio y no se diga

hasta haberle examinado,

que a obrar tan injusto estado

mi queja y razón no obliga;

y advierta a lo que dijere,

no te altere tu razón,

que por ninguna ocasión

así mi corte se altere.

Quítale luego la espada,

y esté en una torre preso.

Salen Lesbio y el Príncipe.

Lesbio.

¡Ay, tan extraño suceso!

¿Qué es esto, señor?

Rey de Inglaterra.

No es nada.

Yo he de saber este enredo,

que un rey con tal prevención

no inventará esta traición.

Don Juan de Aragón.

Casi me acobarda el miedo.

Rey de Inglaterra.

Almirante.

Don Juan de Aragón.

Gran señor.

Rey de Inglaterra.

Idos libre a descansar,

que en todo os tengo de honrar.

Don Juan de Aragón.

De mi infinito valor

que como el sol resplandece

la claridad me asegura.

Rey de Inglaterra.

Con sosiego y con cordura

sane el daño quien le ofrece,

que estando aquel en su prisión

y este en mi tierra y poder,

sin que nota alguna dé,

tomar la satisfacción

y lo que conviene aquí.

Pag. 39

Rey de Inglaterra.

es que el Príncipe no entienda

el caso y que te suspenda,

aunque es imposible, di,

¿dónde está Clarinda?

Criado.

Al punto

que el alboroto sintió,

hasta la puerta salió

el color casi difunto.

Rey.

Príncipe.

Príncipe.

Señor.

Rey.

Conviene

que con digna prueba

sepas cierto si lo está,

porque la culpa que tiene

es grande y quiero fiar

su seguridad de ti.

Vase el Príncipe.

Príncipe.

Harélo, señor, ansí.

Rey.

En esto lo he de dejar

mientras de Clarinda advierto

y examino la verdad,

quien, viendo mi autoridad

y que aquel peligro es cierto,

se me podrá averiguar

si de ella engañado soy.

Llama a Clarinda.

Criado.

Yo voy.

Rey.

Confusa vida es reinar,

envidia el labrador al ciudadano,

el ciudadano el príncipe murmura,

el príncipe subir a más procura

aunque el mundo se muda con su mano;

y cuantos triunfos, soberano,

temiendo su fortuna, porque dura

a más grados de gloria y de ventura

aspira, y muere la esperanza en vano.

Silla inquieta de envidiados reyes,

estado de los hombres deseado,

con tanta sed de triunfos y de leyes;

más inquieto, más vario y más pesado

que el que siguiendo dos cansados bueyes

en corvo leño rige el corvo arado.

Sale Clarinda sola.

Clarinda.

Confusa, aunque a ruego vengo

a hablar al rey, pues mi vida

está en que mi boda impida,

y en la culpa que hoy le tengo;

mi muerte ¿qué puedo hacer?

Pero si resuelta estoy,

y a don Juan mi vida doy,

no hay peligro que temer.

¿Qué manda tu majestad?

Rey.

Hermosa Clarinda, (¡cielos!),

y el alma llena de recelos,

que en tan honesta deidad

pueda haber engaño (no,

que este algún enredo ha sido).

Pag. 40

Rey de Inglaterra.

Para servirte más pido,

bella Clarinda, de ti,

¿óyenos alguien?

Clarinda.

Señor,

solos habemos quedado.

Rey de Inglaterra.

De no, pues que un cuidado

para mi afrenta el mayor

que se pudo imaginar,

y que por vos se me ha hecho,

me descubra vuestro pecho

sin dar a engaños lugar;

que si la verdad aquí

por vos queda declarada,

mi enojo y mi furia airada

suspenderé.

Clarinda.

No hay en mí

sombra, rastro de imaginación,

aunque me dieras la muerte,

en que yo pueda ofenderte.

Rey de Inglaterra.

¡Qué terrible confusión!

¿Que lo habré yo sabido,

si no es que estoy engañado,

que habiendo nombre tomado

de Clarinda, habéis venido

a mi corte? Este suceso

no es para disimular,

y ansí quiero examinar

esta culpa y grave exceso.

Que si de sangre real

en pecho se alimenta,

retirad de cualquiera afrenta

el hidalgo natural.

Clarinda.

Señor, ayúdeme el cielo,

solo te pido perdón,

que de la satisfacción

no quedarás con recelo

si me escuchas.

Rey de Inglaterra.

A ninguna

verdad moveré los labios.

Clarinda.

Pues escucha en mis agravios

lo que ordenó la fortuna.

En las gruesas naves,

como ya has sabido,

a tu insigne corte

alegres partimos.

Turcos nos asaltan,

¿quién creyera esto?

Las doradas galas

sirviendo de nidos

entre escollos pardos

y ocultos bajíos,

de los revoltosos

libres pececillos,

porque se acabaran

en un tiempo mismo.

Pag. 41

Rosela.

mi vida y mi engaño

cierto y no entendido.

Mi nave rendida

dos horas tuvimos,

yo sola y mujer

y en tan ciego abismo,

lloraba mi muerte

y del enemigo

el triunfo en mi afrenta

grave, cierto y conocido.

Mas por mi desdicha,

sí, que desdicha ha sido,

vida y libertad

verla a un tiempo mismo.

Por don Juan de España,

bravo y atrevido,

Marte en las batallas,

rayo en los peligros,

la tuvimos todos;

y cuando, subido,

cierta la victoria,

dudoso el peligro,

llegó a consolarme,

yo, que los sentidos

perdí con el miedo,

de quien soy me olvido.

Era don Juan cercado

donde, a ver los gritos

de toda mi gente

diciendo: "¡Mataldo!",

capitán valiente,

español divino,

rayo que los aires

azota encendido,

cometa que asombra

fiero, invencible.

Llevábanle en hombros,

como agradecidos

de su brazo fuerte,

de su nombre altivo;

al fin llegó a mí

cuando había perdido

todas las potencias,

porque a un tiempo mismo

la grande tristeza

y el gran regocijo

más que yo pudieron;

disculpa he tenido.

Hícele favores,

llegamos a una isla, / ciegos anduvimos,

toméle una mano

que, por premio rico

de tan gran victoria,

Pag. 42

Rosela.

Fue preso, aunque indigno,

sentile a mi mesa,

y regalos míos

no pudo excusarlo.

Volvió cuerdo,

paso se retira

airado y prolijo,

y oí murmurar

que libre había sido

en darle favores.

Que tras el peligro

no hay pecho cobarde

ni hombre agradecido,

mas como el que suele,

después que ha huido,

volver vergonzoso

a embestir con brío,

volvió mi memoria,

cuando el enemigo

no estaba presente,

a su centro mismo;

castigué mi culpa,

mas tras el castigo

vi que no es pimpollo

rama de honor limpio,

y que no era justo,

señor, que tu hijo

si a otro di favores,

fuese esposo mío.

Clarinda.

Pues por no decir

lo que aquí te he dicho,

dije que era engaño

que mi padre hizo

a tu real corona

igual ha ceñido.

Por Clarinda yo,

que menos prolijo

parecía este engaño

que haber ofendido

con el vulgo ciego

tu nobleza en dicho.

Rey, yo soy Clarinda,

verdad lo que he dicho;

si he sido culpada,

ya espero el castigo.

Rey.

Notable disculpa has dado,

y bien fácil de creer,

eres amante y mujer,

y el serlo te ha disculpado.

Y aunque la desigualdad

de tu intención me ha ofendido,

y mi enojo has suspendido

con decirme la verdad.

Y así en tus palabras veo

que nada al juez enfadó,

suspende el castigo airado.

Pag. 43

Rey.

como la humedad del río,

mas para guardar las vidas

del Almirante y don Juan,

y suyas, pues hoy están

a mi justicia ofrecidas,

quiero que des a entender

a los que aquí han traído

que en esto engañado ando

y que no era esta mujer

que el Príncipe merecía.

Y esto tan de veras sea

que todo el mundo lo crea,

porque si en ausencia ama,

a nadie lo que hay aquí

le descubre mi rigor,

ha de suspender su amor

para que amuestran, sí,

y un hidalgo caballero

que quieres favorecer

que se lleve esta mujer,

que para desengañar

al Príncipe yo procuro

el remedio.

Clarinda.

Yo aseguro

que será fácil de hallar,

tus pies beso.

Rey.

Y el sujeto

ya a un padre ofendido

pone su enojo en olvido.

Clarinda.

Yo, gran señor, te prometo

hacer lo que me has mandado.

Sale el Príncipe.

Príncipe.

Ya le dejo en la prisión.

Rey.

¿Con guardas?

Príncipe.

Y a buen recado.

Mi Clarinda en este puesto,

mi culpa sí perdonad

que ofendió mi voluntad.

Clarinda.

No soy Clarinda.

Príncipe.

Pues esto,

¿burláisos de mí?

Clarinda.

Señor,

no soy Clarinda, esto es cierto.

Príncipe.

¡Ay, mi desengaño advierto!

Ciego me tuvo el rigor

de la venganza que fiera...

Rey.

Hijo, no has de espantar,

no es Clarinda, no hay dudar.

Príncipe.

Jesús, que a mis quimeras

tan prolijas, este engaño

haga atajo.

Rey.

Sí,

pues con el que has visto aquí

se excusa otro mayor daño.

Pag. 44

Sido.

esto hace el rey de Bretaña,

y esta dama ¿cómo es esto?

Clarinda.

¡Ay, don Juan, en qué me has puesto!

Rey.

No ofende quien desengaña.

Sido.

Manda prender a don Juan

y al almirante atrevido,

pues a engañarte han venido,

y pues en el puerto están

sus naves,

encienda ofensa fallida

a tu ofensa rigurosa.

Rey.

Haré lo que fuere justo.

Sido.

Esta dama esté en prisión

y se pague este engaño.

Rey.

Calla, que antes merece premialla.

Sido.

¿Hay tan bárbara confusión?

¿Qué dirá tu corte, el mundo,

de esta burla que te han hecho?

Rey.

Estando yo satisfecho,

solo en la verdad me fundo.

Sido.

Al conde Severo has puesto

en prisión.

Rey.

Sin causa fue;

suéltenle, que yo veré

lo que más conviene en esto.

Sido.

¿Y qué has de hacer de esta dama?

Rey.

En silencio y en cordura

que en parte estará segura

sin dar sospecha a la fama.

Sido.

Tu gusto es de hacer.

Clarinda.

Igual

es el rey con mi opinión.

Sido.

Ay, Lucrecia, en esta ocasión

traza tu amor por mi mal;

cesó mi furia airada

por un desdén atrevido,

quedo confuso y corrido,

y tú contenta y vengada.

Fin del 2º acto

Jornada tercera

Pag. 45

Acto 3º de Nadie diga mal del día hasta que la noche llegue

Salgan Rosela y Clarinda.

Clarinda.

¿Soltaron al conde ya?

Rosela.

Sí.

Clarinda.

Buen enemigo, Rosela,

en mi ofensa se desvela.

Rosela.

Como en la mía.

Clarinda.

No vi

tal necedad, tal rigor,

que haya tan ciegos amantes

que por medios arrogantes

quieren dar fuerza a su amor.

Rosela.

Si son ciegos sus efetos,

ellos también lo han de ser.

Clarinda.

No se obliga una mujer

con arrogantes efetos,

que el amor todo es blandura,

y obligar, corresponder.

Pag. 46

Clarinda.

... estimar, agradecer.

Rosela.

Y cuando para esto curas...

Clarinda.

Esa locura también

ha de ver, cómo obligada

en la firmeza fundada

por un celoso desdén;

como sorda mareta

que el mar revuelve callando,

ha de ver el firme amando

con paz oculta discreta;

mas si la espuma levanta

con la tormenta deshecha,

ni la firmeza aprovecha

ni la voluntad espanta,

antes con la furia ciega

y el encendido rigor,

en los viajes de amor

el gusto del alma anega.

Consejos para los locos

muchos saben ofrecellos,

pero aprovecharse dellos

lo saben hacer muy pocos.

Rosela, ya que el rey

mi muerte o premio suspende,

por lo que hacer pretende

de furia, justicia y ley,

ya podré a don Juan hablar,

pues tan cerca me has traído

de donde le has escondido.

Rosela.

Tiempo te daré y lugar.

Clarinda.

¡Ay, si me dieras ventura

como la que el alma espera,

y qué bien que me estuviera

gozar de la coyuntura!

Rosela.

Pero importa mi advertir

que estás, pues hay que temer,

donde no le puedes ver,

pero le puedes oír.

Clarinda.

¿Y él puédeme ver?

Rosela.

Él sí;

que abriendo un poco la puerta

de tal modo que no advierta

que quien pasa por aquí

no eche de ver el que está,

le puedes hablar un hora,

mas con recato, señora.

Clarinda.

Mira en el punto en que está,

qué he de hacer, que no te digo,

que no soy Clarinda yo;

como el rey me lo mandó,

a grande rigor me obligo,

y si al rey engaño, es

que la muerte me ha de dar;

mas, si me sabe estimar

como de mi obrar creo,

aunque diga que no soy

Clarinda, echan de ver...

Pag. 47

Príncipe.

¡Qué firme su proceder!

¡Tan blando arbitrio le doy!

Llama a la puerta.

Don Juan.

¡A don Juan!

Príncipe.

¿Es Rosela?

Rosela.

¿Quién podría

ser sino yo?

Príncipe.

Al alma mía

mil sobresaltos le dan.

Rosela.

Clarinda a verte ha llegado.

Príncipe.

¿Qué me dices?

Rosela.

Vesla aquí.

No abras la puerta.

Príncipe.

¡Ay de mí!

Clarinda.

Ponte, Rosela, a ese lado,

y perdona.

Rosela.

Esto haré.

Príncipe.

¿Estás sola?

Clarinda.

Sola he sido

entre cuantas han nacido.

Príncipe.

Como en mi suerte se ve.

Antes que diga, en firmeza,

¿haste, Clarinda, casado?

Porque esta noche he pasado

considerando a malicia

que ya velado tema

en su lecho, y no he podido

de nadie haberlo sabido.

Cuál estaba el alma mía,

por estos espacios largos,

la vi en blanco lecho.

En vez de dormir acecho,

de cada niña me encargo.

Por resquicios y agujeros

mi muerte conjeturaba,

y las cejas levantaba,

en estos hierros groseros,

si se cansaba la vista,

arrimaba los oídos.

Desvelado y rendido,

del fin de tan gran conquista,

una voz dijo al costado

cuando pronunciar el no

el eco que respondió

mi muerte había llegado.

Pero mi mal me augura,

pues contemplo en sus recelos,

si te has casado, mis celos,

y si no, mi desventura.

Por cuál camino, señora,

menos desdicha se alcanza,

por temor o por mudanza,

el alma de quien te adora.

Y por tu firmeza esta sigo,

de mi vida en aventura,

aunque mi muerte augura,

dichosa nueva será

que llegue a mí sin duelo.

Pag. 48

Clarinda.

que responder,

mayor mal;

por lo mucho que te debo

a revelarte me atrevo.

Don Juan de Aragón.

¿Pues puede haber igual?

Clarinda.

No es mayor que todos cien.

Tú, quien eres en valor,

en firmeza y en amor,

y yo una humilde mujer.

No soy Clarinda, don Juan;

esto es cierto, engaño ha sido

de un caballero atrevido

que nombre en Bretaña dan

de mayordomo mayor

del rey, que habiendo tratado

este casamiento errado,

huyó de Clarinda el rigor

tan grande, que a un convento

en religión se metió;

y ansí por él permitió

el rey este casamiento.

Yo era en palacio criada,

y hasta que en la nave entré,

este secreto ignoré,

y muda y recatada,

yo, obligada de tu amor,

al rey revelé el secreto

antes que tuviese efeto.

Don Juan de Aragón.

¡Oh desdicha mayor!

¿Burlas de Clarinda mía?

Celos son, que enojos dan.

Clarinda.

No es más clara, mi don Juan,

la luz que da el sol al día.

Celos, ¡pluguiera a los cielos,

fuera menos el rigor!

Pero si tu mal es mayor...

¿Y hay mayor mal que los celos?

Pero quiero confesarte

por lo que tu amor me precia,

que un amigo que te ofrecía

se desvela en adorarte;

y que el rey ha de querer,

cuando esté desengañado,

por lo que aquí te ha estimado,

que venga a ser tu mujer,

con suerte tan levantada

de tu fortuna dichosa,

pues no ha podido de esposa

a servirle de fiada.

Y pues ya no hay que advertirte

de mis confusos rigores,

lo que no pudieron amores

vendrá a pagarte en servirte.

Y verás que esto es verdad

en que favores te di.

Pag. 49

Continúa hablando el personaje de la página anterior, probablemente Clarinda.

Clarinda.

cuando en la nave te vi,

que ibas a ser con majestad,

no me enojara tan presto.

Príncipe.

Con eso me has convencido,

ignorante y necio ando,

y a mil desdichas dispuesto.

De que el Rey me haya engañado

es la desdicha que siento,

que cae de su nacimiento.

Señora, no me ha espantado

que quien casada se vio

con un rey, y pudo ser

que hoy día es su mujer,

pues con esto solo bastó

para ser mi igual, y agora

la quisiese engañar,

un rey la puede estimar

por esposa y por señora;

y pues a su lado y mesa

las bendiciones han dado,

para siempre ha quedado

el nombre de princesa,

que es como el capitán,

que después de reformado,

aunque esté en humilde estado,

el mismo nombre le dan,

y esta fuerza ha de estimalla

a que tu valor la adiestra,

pues ha pasado la muestra,

aunque no entraste en batalla.

Y en lo que toca a Lucrecia,

mi humilde pecho no ignora

que ella es como gran señora

en estimarme necia.

Clarinda.

No erro yo en tu pensamiento.

Príncipe.

Mayor

fue la ocasión.

Pero dime, ¿qué intención

tiene el Rey?

Clarinda.

Luego despachó a Bretaña,

y aquí las naves detiene.

Príncipe.

Por el intento que tiene,

pues no caiga el engaña.

Clarinda.

Junta la puerta, que viene.

Príncipe.

¿Lucrecia a verme?

Clarinda.

No sé.

Príncipe.

¡Qué terrible confusión!

Lucrecia y Rosela.

Lucrecia.

Agora es buena ocasión

para que don Juan esté...

Pag. 50

Lucrecia.

Seguro de que le adoro,

esta dama le escondió

en el punto que me vio;

fingir tengo que lo ignoro,

que pues le dije a don Juan

que su tercero sería,

diciendo la pena mía

que la suya pensará.

¿Dejaste la puerta abierta?

Rosela.

Señora, sí.

Lucrecia.

Di que salga,

mi buena dicha me valga.

Rosela.

Es menester que le advierta

que se recate.

Lucrecia.

No importa.

Rosela.

Salid, don Juan.

Don Juan de Aragón.

Sin temor

puedo salir.

Rosela.

Sí, señor.

Salga don Juan.

Clarinda.

A suerte infeliz acorta.

Don Juan de Aragón.

Señora, aunque recatado

de mi infelice ventura,

vuestro valor me asegura.

Lucrecia.

Pues en nada estáis culpado,

como ya el rey lo ha sabido,

no os tenéis que recelar,

que nada os puede culpar

sino el estar escondido.

Don Juan de Aragón.

Con vuestro favor, yo sé

que estoy seguro.

Lucrecia.

Es así,

ya a solas dos, ¡ay de mí!

Clarinda.

Confusa mi enmienda fue,

que si viendo mi humildad

y de Lucrecia el favor,

ha de suspender su amor

y torcer la voluntad.

Lucrecia.

Ya ha los días que os dije

que una principal señora

de aquesta corte os adora...

Don Juan de Aragón.

Bien me acuerdo.

Lucrecia.

Y a mí aflige

la prisa que me está dando

porque os declare su amor,

y aunque con algún temor

siempre le voy recatando

su mucho amor, la ha obligado

que os venga a ver. Qué razón,

ya sé que en esta ocasión

también os ha disculpado

con el rey, que a no contar

las verdades que contó...

Pag. 51

Lucrecia.

tengo por sin duda yo.

Clarinda.

Por mí hablan, no hay dudar,

Lucrecia.

que os veréis en gran aprieto.

Clarinda.

Que a la verdad confiese,

aunque el rey se enoje.

Lucrecia.

Y pues que ya estáis secreto,

y ella con el rey igual

en calidad, no dudéis

en decir que la queréis,

que una mujer principal

que a quereros se ha arrojado,

aunque es temeridad la culpa,

su mucho amor la disculpa.

Clarinda.

Sin duda que me ha escuchado,

porque estas razones son

las que yo con él pasé.

Lucrecia.

¿Qué más clara le diré?

Don Juan.

Mi ciega y loca pasión,

señora, no contemplar

vuestra grandeza y cordura,

creer es pura locura;

mas, ¿cómo puedo estimar

esa dama, si no he visto

quién es, o por qué afición

de mi alta estimación

un imposible conquisto?

Lucrecia.

Tanto sabéis que le pesa

como nos lo da a entender;

ella es principal mujer,

y, en efeto, una princesa,

y en calidad como yo,

en hermosura, en riqueza,

en el modo, en la grandeza...

Clarinda.

¡Quién tanta ventura vio!

Lucrecia.

Que más claro he de decillo,

entendéisme.

Don Juan.

Sí, señora;

digo que el alma la adora.

Lucrecia.

Pues quiere agora en su bulto

para no dar qué decir...

Don Juan.

Y yo buscar en mi daño

del peligro el desengaño.

Clarinda.

Ya no lo puedo sufrir.

Muriendo,

cifras, Lucrecia, en el alma

los años de mi deseo,

pues en ti mis glorias veo

y en ti mi esperanza fundo;

y cuando merece, señora,

que tu valor me acredite

y tu agrado solicite

el gusto que mi alma adora,

y con el mismo eclipsas

y de belleza loco...

Pag. 52

Clarinda.

Besarte tengo los pies

y la tierra donde pisas.

Lucrecia.

Basta, señora, que yo

poco en esto he servido;

pues mi vida te he ofrecido,

quien tal debe, en ti reciba.

Don Juan.

Quien tal duda, en ti resabios,

si esta no es Clarinda, y celos

de qué Princesa ha pensado,

cuando, quien me ha estimado,

hay tan extraños desvelos?

Lucrecia.

Como piensa esta mujer

que yo he hablado por ella;

si su grandeza atropella,

no lo acabo de entender.

Don Juan.

A sol ella quiere engañarme

por probar mi amor, y yo,

si engañando me ofendió,

con engaño es alargarme.

Señora, por qué razón

Lucrecia ha de hablar por ti,

porque yo te respondí

otra ha sido mi intención;

sino que no hay valor para estimarte,

ni lo eres para igualarte,

tampoco le hallo en mí.

Pues en esto engañado ando.

Clarinda.

Bien dices que he pensado

con necio y libre cuidado

que, sin verlo, lo he alabado.

Lucrecia.

Como Don Juan me entendió,

no me ha querido ofender.

Clarinda.

Pero, pues, como a mujer,

mi ceguedad me engañó;

yo pondré, señor Don Juan,

remedio a mi desatino.

Don Juan.

Por este oculto camino

duda mis culpas tendrán.

Que si Lucrecia entendiese

que yo quiero a esta mujer,

por fuerza me ha de ofender.

Sale el Almirante y Canseco.

Almirante.

Mandóme el rey que trujese

a Don Juan a su presencia,

y ansí le vengo a buscar.

Canseco.

¿Dónde le piensa hallar?

Almirante.

No, que no tengo licencia

para hablarle aquí.

Canseco.

Es aquél.

Almirante.

¿No lo ves?

Canseco.

Sí, señor mío.

¿Por qué, ciego desvarío,

conmigo eres tan cruel?

¿No avisarás a un portero

que me llama, ya que he andado

como ratón chamuscado?

Pag. 53

Canseco.

Por uno y otro agujero,

y cual murciégalo rasero

dando vueltas con el viento

por uno y otro aposento

tras de ayunar el traspaso,

y que de ayer a la oración

perdido y embelesado

un viernes santo he pasado

todo por mi devoción.

Don Juan de Aragón.

La paz que vendrá, Almirante.

Almirante.

Don Juan, paciencia,

que el verme en vuestra presencia

y a vuestro aspecto que me espante.

Don Juan de Aragón.

Disimulad y hablemos

de otra cosa.

Almirante.

Sea ansí.

Don Juan de Aragón.

No mostréis temor.

Almirante.

Decid.

Don Juan, que no le mostremos,

que aquí con galantear

con estas damas mejor

se disimula el temor.

Clarinda.

Ya no me llegáis a hablar,

mucho vuestra ausencia siento,

Almirante.

Almirante.

Perdonad,

que mi mucha voluntad

y mi escondido intento

me pudiera aquí disculpar.

Lucrecia.

Ellos, y yo, ¿qué culpa

tienen en aqueste engaño?

Rosela.

Pensar tendré de su daño.

Lucrecia.

Su buen rato los disculpa.

Almirante.

Ya estáis a su lado. ¿Puedo,

señora, hablar con vos sola?

Dícese.

Rosela.

Aquí ha de entrar mi abuela,

bien podéis hablar sin miedo.

Almirante.

Que si nota mi atrevimiento,

yo os pido de v.m. perdón.

Lucrecia.

Es menester la razón.

Líneas tachadas.

Don Juan de Aragón.

¿No ves que me has engañado?

Viniste para ir a Londres.

Dícese.

Clarinda.

Pues, amante no honrado,

Don Juan de Aragón.

Calla agora, que consiente

mi vida en callar aquí,

que cuanto a Lucrecia hablare,

aunque más mi amor declare,

todo lo dice por ti.

Irán con dos sentidos

Dícese.

Almirante.

las razones que dijere.

Bien que ella no me quisiere,

mas como a los atrevidos

los suele favorecer

la fortuna en causa indigna.

Pag. 54

Príncipe.

A su belleza divina,

por fuerza me he de atrever,

yo, si ignora Rosela

como en mi memoria está

la imagen que ofrece ya

al rigor que me desvela,

Lucrecia.

grosero soy, y atrevido,

en nada lo habéis de ver,

pues sé que de tal mujer

seréis muy favorecido;

que estimar la voluntad,

y discreta diligencia,

da firme correspondencia;

y más donde hay igualdad.

Príncipe.

No digáis más, Clarinda,

que para primer favor

no se puede haber mayor

que el que Rosela te da.

Lucrecia.

Al fin, don Juan, la respuesta

de lo que os dije, primero

con mucho cuidado espero,

Don Juan de Aragón.

el alma y vida dispuesta

a vuestro gusto me remito,

y así podréis estimar

lo que os deseo agradar

con firme y noble respeto;

porque si tan firme ha sido

esta amorosa intención,

como lo es mi corazón

dichoso extranjero siendo.

Clarinda.

no distan tanto a entender,

quitad ambas ese cuidado.

Don Juan de Aragón.

lo que tiene de hacer

Lucrecia.

firme demostración

en esta amorosa llama.

Don Juan de Aragón.

que hablamos con esta dama

Clarinda.

es gallarda invención

que sufría en el rigor

a don Juan, para ascondelle,

y hallo aquí, para perdelle,

sino peligro mayor.

Lucrecia.

Mientras estáis sin armas aquí,

nadie os ha de ofender;

habladme, que podría ser

que lo que pensáis de mí

que os haga un buen favor,

que es lo demás desvarío.

Don Juan de Aragón.

Señora, de vos lo fío.

Lucrecia.

Cien ayes más me han de amar.

Clarinda.

Vuestra voluntad estimo.

Don Juan de Aragón.

¿Y adónde podré, señora,

hablar con Rosela?

Rosela.

Ahora;

pues a serviros me animo,

como dueña de la llave,

que la habléis por el jardín.

Pag. 55

Almirante.

Tendrán mis desdichas fin.

Canseco.

Con cuál destas hablaré,

mas son todas principales.

Rosela.

Ni dar celos, ni pedillos.

Canseco.

Y temo que nuestros carrillos

no toquen los atabales.

Clarinda.

¡A fortuna en que me pones!

Lucrecia.

Esta palabra te doy.

Canseco.

El primer lacayo soy

que ha quedado de nones.

Lucrecia.

Al fin, Don Juan, esta dama

segura puede quedar

que la sabéis estimar.

Don Juan.

Digo que la ardiente llama

de mi amoroso deseo

eternamente será

tan firme como lo está.

Quiero mucho que esto creo.

Canseco.

Con muy lindos empajes estamos.

Don Juan.

Porque a tan gran hermosura,

qué voluntad asegura.

Lucrecia.

¡Oh, qué bien que la engañamos!

Almirante.

Vamos, que el rey nos espera.

Lucrecia.

Para más disimular,

dale la mano al pasar.

Don Juan.

Eso no, que si me respira...

Enojarme a mí no ha de ser

semejante atrevimiento.

Lucrecia.

Darásme mucho contento.

Don Juan.

Pues muy acaso ha de ser.

Y has de hacer que no lo ves.

Lucrecia.

Sea ansí.

Rosela.

A los dos.

Almirante.

Generoso caballero.

Lucrecia.

Viose galán más cortés.

Don Juan.

Dame al descuido la mano.

Clarinda.

Ay, ¿qué me depara, qué?

Don Juan.

Porque es mi gusto.

Clarinda.

Sí haré.

Don Juan.

Aunque por Clarinda ufano

te recuestas aquí, ya se sabe,

que no lo crees será mal.

Clarinda.

Nadie diga mal del día

hasta que la luz se acabe.

Vanse y sale el Príncipe, Severo y Lesbio.

Severo.

Con causa justa vuelvo a extrañar,

agravio tan notorio y tan extraño.

Príncipe.

Ni sabio, ni coronado, ni prudente,

quien disimula tan notorio engaño;

mi padre, el rey, se enojó y se siente,

la sangre que le alienta olvida el daño,

mas yo que a ver tan grande engaño llego,

todo mi pecho es corazón de fuego.

Pag. 56

Lesbio.

Vasallos tiene buenos el Rey, y gentes

con quien tome venganza deste agravio,

que aunque su majestad es tan prudente

y disimula el daño como sabio,

la causa como injusta no consiente

que sirva al enemigo vulgo de labio.

Severo.

No siento desatar el casamiento,

la burla infame y el engaño siento,

y para que sepáis que deste enredo

pues solos me escucháis, puedo alegrarme,

y que ufano de haberle hecho quedo

aunque obligado al fin para vengarme,

y que es Lucrecia divina a quien el miedo

de perderla rompí por desdeñarme

y el alba con que el sol al alma envía

rayos, agua y fuego eterno enfría.

Saliendo a este jardín, que arroyos bellos

murmuran sus rosales corriente,

por verse en aquel cristal que en ellos

rica esmalta su peinada frente,

una tarde que el sol rubios cabellos

esparce entre arreboles del poniente,

y en este un mundo dellos mide su tasa

capa de grana con que al oro pasa.

Salí por los jardines repartidos,

siendo de bellas murtas fabricados,

el conejo y la cierva suspendidos

de nuevos laberintos entrincados.

Pero aunque en verdes yerbas esparcidos

estaban sus incendios declarados,

me añade de su fuego una centella

no acertaba a salir, quedéme en ella.

Pues sin mover los pies en una fuente

que de blanco alabastro fabricada

en torno doce cisnes boca y frente

arrojan con rigor la plata helada.

Y para suspenderles la corriente

con un listón de jaspe rodeada

mide su furia aunque en un estanque

y a Lucrecia divina, que en su orilla

cercada de sus damas se bañaba

no descompuesta, que por maravilla

su planta los cristales afrentaba

el manto cubriendo la rodilla

medido con el agua deslumbraba

el hábito que al sentido significo

pesado fue y grosero aunque era rico

y quise esconderme entre las verdes ramas

cual suele el cazador que al ave tira

sintiéronme, y cacé furiosas llamas

que se merece el que curioso mira.

Pag. 57

Líneas tachadas al inicio de la página.

Severo.

Y fuime de allí, pidiendo recatado

perdón de un insolente atrevimiento;

pero, paso, aguarda, que salteado

fui, turbado, rosado y diligente,

del lance, mísero, y del cuidado,

vergüenza ofende, y no consiente

que le acompañe más; pero al dejarme,

volvió sino a quererme a contemplarme;

mas añadiendo llamas a mi fuego,

que ardiendo vuela por el pecho mío,

seis años ha que la imagino ciego,

y cual al gusto y fe de mi albedrío,

que es mayor darla celos, no lo niego

con este casamiento, o desvarío;

y soy cual tirador, formando presa,

y revienta en los ojos la escopeta,

de suerte que el no hacer el casamiento

puedo decir, que a dicha lo he tenido.

Severo.

Dile, Príncipe, que en todo el intento

esfuerza castigar.

Lesbio.

Villano ha sido.

Príncipe.

Sabrá Bretaña en mi rigor violento,

antes que el tiempo, con eterno olvido,

sepulte esta maldad, si hay quien me iguale.

Lesbio.

Todos te seguiremos.

Sale el Rey, y Almirante, y don Juan, y criados.

Príncipe.

Notable diligencia ha que aguardo

el correo, señor.

Rey de Inglaterra.

Aquí ha llegado,

con el intento y furia de mi pecho,

según la brevedad con que ha llegado.

Príncipe.

Padre y señor.

Rey de Inglaterra.

Hoy queda satisfecho,

fíalo del rigor de mi cuidado,

esta carta me escribe un rey de Bretaña,

dejadnos solos.

Lesbio.

¡Qué insolencia extraña!

Rey de Inglaterra.

Vuestra majestad, que ha dado

calidad a mi corona,

por admirar mi estado

mi sinrazón no perdona

más de a mi cuidado.

Si por poderes casé

con mi... y el viaje fue,

quien con término grosero

hace que ofendido esté,

no estará la culpa en mí,

más que en el que le ha ofendido.

Pag. 58

Severo.

Luego es la Princesa.

Rey de Inglaterra.

Sí,

y pues él la causa ha dado,

y tan desdichado fui,

digo que soy de opinión,

respondiendo a lo que has escrito,

que castigarla es razón,

pues es en ella delito

cualquier liviana intención.

El Rey responde en efeto

como rey.

Severo.

Señor, no entiendo

este enigma en este efeto.

Rey de Inglaterra.

En que el enojo suspendo

verás que he sido discreto.

Ciega es Clarinda, y amor

con violencia la ha obligado,

y porque pueda su error

dejarte desobligado,

disimularle es mejor;

que los cuerdos y los sabios,

a cuya opinión me obligo,

con un candado en los labios

forman de modo el castigo

que no altere los agravios.

Y el que mala opinión cobra,

con lo que sospecha labra

si demostración le sobra,

viene a ser lo que es de obra

lo que ha sido de palabra.

Y pues con amor te obligo

y el pesar te dé el casado,

que seas cuerdo y sabio digo,

porque de un rey enojado

una palabra es castigo.

Toma y mira este papel

cuando estés en tu aposento,

que quiero que, viendo en él

el fin de este atrevimiento,

seas más sabio que cruel.

Y vete luego, porque allí

vienen esos caballeros.

Severo.

Para servirte nací.

Salen Don Juan, el Almirante y Canseco.

Urbato.

Somos, al fin, extranjeros;

paciencia.

Don Juan de Aragón.

El Rey está aquí;

¿qué disculpa he de dar,

si ha estado conmigo enojado?

Canseco.

¿Quieren que le llegue a hablar?

Don Juan de Aragón.

Canseco, no seas cansado.

Canseco.

Con verde me han de llamar,

pues con esperanza voy

de hacer algo en tu servicio

y nunca premiado soy.

Rey de Inglaterra.

De muy noble ha dado indicio.

Pienso que engañado estoy.

Llegad, Don Juan.

Pag. 59

Don Juan.

Desbarío

ha sido llegar aquí.

Señor, de quien sois, confío,

pues no ha sido culpa en mí.

Rey.

Alzad, que el intento mío

es deshacer y hacer,

como quien soy.

Don Juan.

Tu grandeza

tenga del mundo el poder.

Rey.

Dicen que sois...

Don Juan.

Más presteza

hace temblar y temer.

Rey.

El rey de Bretaña escribe

que sois un gran caballero,

y que vuestro nombre alivie

en su memoria, y yo espero,

pues de este gusto recibe,

honraros mucho.

Don Juan.

Señor,

humildes a tus pies beso;

no me agrado de este amor,

que un tal rigor, tal suceso

hace el peligro mayor.

Rey.

¿Quién sois en España?

Don Juan.

Un hombre

del levantado linaje

y de ventura agitada.

Rey.

Es la fortuna inconstante.

Don Juan.

Del rey Abarca famoso,

que fue de Navarra un Marte,

es mi descendencia ilustre.

Rey.

Valeroso fue, adelante.

Don Juan.

Es mi casa en Aragón,

aunque hay muchas principales,

la que resplandece entre ellas.

Rey.

Bien merecéis que os alaben.

Don Juan.

Mis armas contienen rojas,

y de yedra los follajes,

tienen bandas y corona.

Rey.

Esa grandeza es bastante.

Don Juan.

Maté un conde en desafío

sobre tomar los lugares

haciendo cortes mi rey.

Rey.

Dicha fue, pues que os librasteis.

Don Juan.

Tomé puerto y embarqueme,

fui a Bretaña en una nave;

serví al rey, diome el bastón...

Rey.

Razón fue que os estimase.

Don Juan.

Y juntando caballeros

para este honroso viaje,

me embarqué, y en el camino...

Rey.

Bien, no paséis adelante.

Pag. 60

Don Juan de Aragón.

no quiere que me disculpe;

forzosos peligros nacen

de esta confusión terrible,

o ha de morir, o ha de casarse.

Rey de Inglaterra.

¿Qué hay, don Juan?

Don Juan de Aragón.

Ciega fortuna.

Almirante.

Paciencia, que un paso grave

saben los honrados pechos.

Salgan gentes, Severo y Urbato.

Severo.

Ya está lo que mandaste.

Rey de Inglaterra.

El príncipe, gran señor,

mi hijo, a mi gusto sale,

caballeros de mi corte,

y los que de varias partes

en mi palacio asistís,

oíd un caso admirable.

Yo estoy viejo, y he pensado

por ciertas dificultades

darle el reino a mi heredero

y a un convento retirarme.

Esto se ha hecho en secreto,

si no he dado a todos parte

es porque la brevedad

fue como el caso, importante.

Él tiene ya la corona,

y esposa, que al cielo alaben,

que solo falta jurarle.

Don Juan corre una cortina y descúbrese un trono con dos sillas; en la una, Clarinda muerta con una daga en los pechos, y el príncipe muy severo mirándola, y entrambos coronados, cada uno con su corona.

Don Juan de Aragón.

¡Válgame el cielo! ¿Qué miro?

Pero quiero reportarme,

que si muestro sentimiento

me han de matar al instante.

¿Qué os parece?

Almirante.

¿Qué calláis?

Rey de Inglaterra.

De esta suerte satisfacen

los reyes las leves culpas.

Canseco.

¡Qué fiereza y furor grande!

Rey de Inglaterra.

¿Qué decís de esto, don Juan?

Don Juan de Aragón.

Que su Majestad lo hace

con razón; que si no es esta

Clarinda, y por engañarle

trajeron esta mujer,

cualquier agravio deshace

la muerte, y en ella ha sido

piadoso, porque en darle

siendo humilde, la corona,

no es castigo, es premio grande.

Canseco.

Es premio de un basilisco.

Pag. 61

Rey de Inglaterra.

El desengaño es bastante,

quite y note que Clarinda

en no sentir y alterarse

muestra que no está culpado,

corre esa cortina.

Don Juan de Aragón.

Grave

es mi desdicha.

Lucrecia.

Es preciso,

que agora de don Juan hacen

aviso tanto.

Severo.

Ya yo espero

lo que dice el almirante.

Pase del trono el príncipe.

Príncipe.

Dame mi premio.

Rey de Inglaterra.

Mal has hecho.

Príncipe.

Yo he hecho lo que mandaste.

Rey de Inglaterra.

¿Leíste el papel?

Príncipe.

Leíle.

Rey de Inglaterra.

No mandé que la matases,

sino que fuese fingido,

por ver si estaba ignorante

don Juan, que en el sentimiento

es fuerza que lo mostrase.

Príncipe.

Dándole yo la corona

era justo desvelarme

en si era verdad o no.

Rey de Inglaterra.

Pues, ¿qué has de hacer, si se sabe

cómo Lucrecia lo ha dicho,

que fue engaño y disparate

que le trazaron las dos?

Príncipe.

Yo estoy satisfecho.

Salga Lucrecia y Rosela.

Rey de Inglaterra.

Baste,

llegad, amigos.

Lucrecia.

Señor...

Rey de Inglaterra.

Vuestra majestad cuadre,

señora, pongo en razón

tan ciegas dificultades.

Príncipe.

Lucrecia ha de ser mi esposa,

pues el reino me entregaste,

yo empiezo a mandar, que presto

a su gusto...

Lucrecia.

Si ha de darme

la corona, yo lo acepto;

¡ay desdicha semejante!

Príncipe.

Del mundo la mujer,

por hermosa...

Rosela.

Y por constante.

Rey de Inglaterra.

¿Qué premio das a don Juan?

Príncipe.

Agora puedes casarle

con Clarinda, pues su muerte

hizo que la repudiase.

Don Juan de Aragón.

Yo lo acepto, aunque esté muerta,

porque a un hombre muy valiente...

Príncipe.

Corre esa cortina y llega.

Corre la cortina y llega don Juan.

Don Juan de Aragón.

Agora quité el pesarme.

Pag. 62

Don Juan de Aragón.

norte y sol del alma mía,

cómo podrás alumbrarme

al cielo de tu hermosura

y a tus rayos fulminantes?

Qué es esto, señora mía?

No hay quien responda?

Canseco.

Qué talle

de casamiento es este, loco?

Diga quién es el almirante.

Don Juan de Aragón.

Qué veis, mi señora?

Clarinda.

Sí.

Don Juan de Aragón.

Quién me responde?

Clarinda.

Quien sabe

que la ha aborrecido un rey

y que sabe bien que la estimáis.

Príncipe.

Qué es esto, vasallos leales?

No mandé que la matasen?

Severo.

Señor, reporta el enojo,

que esto ha mandado tu padre.

Rey de Inglaterra.

Si a Lucrecia has querido,

no es bien que de esto te espantes;

Clarinda ha sido muy cuerda,

y pues en Lucrecia hallaste

igualdad para tu gusto,

deja de hacer disparates;

sea don Juan tu general,

y el título quiero darle

de príncipe de Plemuca.

Don Juan de Aragón.

Con buenos principales.

Dadme la mano, señora.

Severo.

Yo pido a Rosela.

Don Juan de Aragón.

Y yo.

Rey de Inglaterra.

A quién quieres?

Rosela.

Al almirante.

Rey de Inglaterra.

San Pedro se la bendiga,

que el amor no ha de forzarse.

Vuelva a gobernar sus naves.

Canseco.

Yo me he quedado de nones,

conmigo puede casarse.

Don Juan de Aragón.

Dadme la mano, señora.

Y os la doy.

Príncipe.

Muerta y constante.

Rey de Inglaterra.

No habrá Cristo en mujer.

Clarinda.

Fuerza ha sido que se halle,

porque entre valientes nobles,

cuerdos, discretos y amantes,

nadie diga mal del día

hasta que la luz se acabe.

Don Juan de Aragón.

Perdonen sus muchas faltas.

Fin.