Texto digital de Nadie diga mal del día hasta que la luz se acabe
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Nadie diga mal del día hasta que la luz se acabe. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/nadie-diga-mal-del-dia-hasta-que-la-luz-se-acabe.
NADIE DIGA MAL DEL DÍA HASTA QUE LA LUZ SE ACABE
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Cubierta del manuscrito. Etiqueta: Mss 17013. Biblioteca Nacional de España.
Pag. 2
Página en blanco o con signaturas.
Pag. 3
Página en blanco
Pag. 4
Nadie diga mal del día hasta que la luz se acabe. Comedia en tres jornadas.
Pag. 5
1
679
39
Nadie diga mal del día hasta
que la luz se acabe =
Comedia en 3 jornadas =
Leg 19
15
[Sello de la BIBLIOTECA NACIONAL]
Pag. 6
N 25 + 2
Bonita y buen caso
Nadie diga
mal del día has-
ta que la luz
se acabe
Compuesta por Francisco Mudarra,
autor de comedias por su ma-
jestad.
Alonso
Jornada primera
Pag. 7
el rei tiene el Sor maldonado.
13
Reparto: Canseco, Rey de Inglaterra, Príncipe, Severo, Lesbio, Don Juan de Aragón, Urbato, Lucrecia, Clarinda, Rosela, Dos esclavos, Un criado.
Suena dentro ruido de desembarcación, y saquen en brazos dos esclavos a Clarinda, y salga de camino bizarra, y don Juan de Aragón de camino, Canseco, lacayo, y todos los demás, y el Príncipe de luto, y Lesbio de negro.
Ruido dentro.
Amaina la cebadera,
arroja el áncora al mar,
y empiece a desembarcar
el sol que Londres espera.
Llegue a tierra la barquilla,
y a la ciudad dé salva,
si el mar de Clarinda es alba
ya llegó el sol a su orilla.
Salen todos unos por una puerta, otros por otra, y Clarinda desmayada.
Jesús, que he llegado a tierra.
El rey te está ya esperando
y el príncipe deseando
tus brazos.
Pag. 8
¿Qué nueva guerra?
Mas lo que del mar temí.
Hija, esos brazos me dad.
Y a mí, vuestra majestad,
sus manos.
Clarinda, aquí
os doy lo más que yo estimo,
que es el príncipe.
Sale el Príncipe.
Señora,
hoy con el alma os adora
mi fe y amor.
No me animo
a responderle agradando,
que lo está viendo don Juan.
Mis esperanzas están
vuestra memoria adorando.
¿Quién son estos caballeros?
Este es Urbato, almirante
de Bretaña.
Su semblante
lo muestra.
Y aun sus aceros.
Y aquél don Juan de Aragón,
un caballero de España,
que por mi padre acompaña
mi gente en esta ocasión.
¿Qué estado?
Su general
en cierta ocasión ha sido.
Él sea muy bienvenido.
No ha sido, sino muy mal.
Beso a vuestra majestad
y a vuestra alteza los pies.
No llegad, don Juan.
No es
digna, señor, mi humildad
de tus pies.
Honraros quiero,
pues más de la obligación
que tengo a vuestra nación,
se debe a tal caballero.
Salen Lucrecia y Rosela.
Clarinda hermosa, seáis
muchas veces bienvenida.
¡Qué gente tan comedida!
Mi sobrina.
Vos tengáis,
Lucrecia famosa, envidia
lo que de extremo os tenéis.
Merced, princesa, me hacéis.
¡Qué riqueza! ¡Qué grandeza!
¡Pluguiera a Dios que la nave,
en las olas sumergida,
diera al través con mi vida,
y no viera...!
Qué suave
en las palabras y el modo
de mirar y proceder.
Ella es divina mujer;
merece que el reino todo
venga a postrarse a sus pies.
Primo, gallarda señora
es Clarinda.
Calla ahora,
que ya hablaremos después.
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Hija, ya que por poderes
está hecho el casamiento
del príncipe, y el contento
que en estimarle tuvieres
mi corte ha de celebrar,
quiero que desde este día
con gusto y con alegría
dé a sus fiestas lugar.
Torneos hay publicados,
saraos, ricos, justas bellas,
porque se alegren con ellas
tan dichosos desposados.
(Aparte.)
Yo estimo merced tan alta
como de tan gran señor.
No muestra el príncipe amor
a Clarinda.
Solo falta
que de otra embarcación
descanse algunos días.
¡Descansen las ansias mías
de su eterna confusión!
Primo, ¿de qué es la tristeza,
si sabes que al alma mía
centellas de amor envía
tu peregrina belleza?
¿Cómo me puedo alegrar?
¿Qué viaje habéis tenido,
almirante?
Guerra ha habido,
señor, que poder contar.
¿De enemigos, o del viento?
De un enemigo poder.
Ya lo deseo saber.
Oídme, señor, atento.
En seis urcas y ocho naves
gallardas y prevenidas,
que sobre montañas de agua
altos montes parecían,
de las costas de Bretaña
que con las de Holanda asieran,
dando bordos y remolcos
dejamos el puerto un día,
un domingo por la tarde;
después que la artillería
nos cercó de nubes negras
y a la fortuna de envidia,
crujiendo los gallardetes,
tronando las culebrinas,
azotando el agua y viento,
rompiendo la espuma rica
sobre las azules ondas,
una armada alegre y rica
parecía con bonanza
tempestad que el cielo envía;
las banderas tremolando,
las anchas velas tendidas,
hacían rueda en nuestras naves
como pavón de las Indias;
encendidos los fanales
en tal noche parecía
el mar espejo de estrellas.
Pag. 10
El texto está escrito en dos columnas, que se transcriben seguidas.
siendo la luna, Clarinda,
mas cuando a la noche el alba
rompió velos y cortinas,
y sobre las altas gabias
rayos de oro arrojó festiva,
en media luna una escuadra
de galeras enemigas,
que andaban del turco en corso,
nuestra armada desafían;
y aunque en alta mar las ondas
sus bajeles sumergían,
que a semejantes golfos
pocas han sido atrevidas,
la calma les favorece,
y con algazara y grita
suenan jabebas y trompas,
calan remos, balas tiran.
Cerró nuestra capitana,
que a Clarinda moza mira
el bello nácar del rostro
cubrir de perlas divinas;
con el debido respeto
y esforzada valentía
las sangrientas armas toma,
furiosa guerra publica.
Los turcos dicen: "¡Amaina!",
y nuestra armada desvía,
aborda a sus marineros,
y los nuestros, a la tría,
cuando de su capitana
del cañón de la crujía
sale una furiosa bala,
desmandada y atrevida,
y dando en la gruesa entena,
delante, en mil astillas,
la deshace y la cercena
con chafaldetes y drizas,
y cuando los caporales
toda la color perdían,
el timonero se turba,
y el grumete se retira.
Vuelve la nave un costado,
enojada y ofendida,
y encapilla nuestra patrona
tempestad furiosa envía,
ciega los iguales remos
hasta la medianía,
y arrumbadas y trinquetes
rompe a braza corta y limpia.
El humo nos tenía ciegos
y sordos la artillería;
sangre de amigos, helados,
turbados, fuera de vida,
cuál dice: "¡Vuelve el timón!",
cuál hace bandera arriba,
otro el borriquete amaina,
otro el cabestrante tira.
Abordaron tres galeras,
teniendo ya por rendida
Pag. 11
nuestra fuerte capitana,
pero cuando relucían
por las bandas los alfanjes
de la confusa morisma,
y a la señora princesa
juzgábamos por cautiva,
sale por la plaza de armas,
cual el águila ofendida,
que cuantas aves encuentra
esparce y atemoriza,
el valeroso don Juan
de Aragón y de Castilla
con un peto fuerte al pecho
y con la acerada y limpia
rodela embrazada, y rompe
por entre los muertos, grita
como el lebrel enseñado
que el toro en la plaza mira.
Nuestra nave derrotada
por las bandas parecía
ciudad cercada, y almenas
sus cabezas enemigas,
cuando, como el segador
en las peinadas espigas,
esgrimiendo el corvo acero,
rubios manojos derriba,
o como el hambriento lobo
que entre las menudas crías,
en el redil enceradas,
la sangrienta parca mira,
así sus golpes, al agua,
cae confusa turba impía,
haciendo que mar y ropas
fuesen una cosa misma.
Fue a pique, fuesa tirana,
y en la nuestra se publica
por el buen don Juan, victoria
celebrada y no creída;
hundímosles seis galeras,
dejamos cuatro rendidas,
y otras veinte derrotadas
a su pesar se retiran;
reparamos nuestra nave
desde la gavia a la quilla,
las gúmenas desenroscan,
escobazan, encastillan,
arrizan la gruesa entena,
el pito retumba y silba,
los cabestrantes se enlazan,
la saloma y armonía
retumba de popa a proa;
unos corren, otros gritan,
cuál a la bomba arremete,
cuál al timón se encamina,
cuál en las hinchadas velas
la alegre victoria mira.
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Pero dejando el rigor
y empezando el alegría,
como el sol del alba,
Clarinda, hermosa y divina,
y a un tiempo toda la armada,
trompetas y chirimías,
cajas, pífanos y cazos,
retumban, suenan y tiran,
y al fin con bonanza alegre
y un celebrado día,
llegamos a la gran Londres
y dimos fondo en su orilla,
donde las hinchadas naves,
sin pesadumbre, te envían
el oro de sus entrañas
y el bello sol de Clarinda.
Nobles, pues os ha dado
Clarinda hermosa, llegad
y de nuevo me abrazad,
que con el alma he sentido
vuestro disgusto.
Mi rey,
beso por tan gran favor...
Notable ha sido el valor
del español.
¿No lo ves
en su talle y bizarría?
La gracia de esta nación
no tiene comparación.
¡Qué desdichadas suertes temía!
Clarinda me dio favores,
bonanza tuve en el mar,
y hoy en tierra, a mi pesar,
me atormentan sus rigores;
pues en otros brazos veo
rendida su voluntad.
Don Juan, amigo, llegad,
que haceros merced deseo.
Beso tus pies.
¡Quién pudiera
suspender el casamiento,
para que de este tormento
descanso el alma tuviera!
¡Ay, prima! ¡Ay, cielo! Si el mar,
en remolinos crueles,
sorbiera sus bajeles,
antes que dieran lugar
a suspender mi deseo...
Príncipe, ya estás casado.
¿Qué imaginas?
Que ha llegado
mi fin, que mi muerte veo.
Grosero el príncipe ha sido,
en poco estima mi amor.
¡Vive el cielo, que es rigor
que venga un hombre perdido,
harto de comer bohigo,
y de beber por bitoque!
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que agora no se emboque
en la taberna seguro
de tanto comedimiento.
Venid, y ya descansad.
Vamos, señor, a llorar
de mi muerte el sentimiento.
¡Si vieras de qué pavor...!
Príncipe, dad a la mano.
Sed galán y cortesano.
Désela.
Sí, señor.
Pues esclavo, señora, soy,
dame tu mano.
Temblando
tuya soy, me está mirando
mi don Juan, y asechador.
Entranse, y queda Lesbio y Canseco.
¡Hola, soldado!
¿Qué manda?
Que tengo mucho que hacer.
¿Sois acaso...?
¿Qué he de ser?
¿Sois de Bretaña o de Holanda?
Para eso son tales prisas;
su respuesta ha satisfecho.
Ver que no soy de provecho
para cuellos ni camisas.
Con extremo ha respondido.
No imaginas, considera
que si yo de Holanda fuera,
que ya me hubieran cosido.
Muy bien.
Yo se lo voto,
a más, a qué responder,
si no le pudieron coser
del tacón el lienzo roto
bretones.
No lo ha pensado.
Y verá que no le miento,
pues en Cuaresma ni Adviento
no me he visto emparedado.
Ahora escúcheme de veras.
Díganos, ¿qué causa ha habido
que don Juan haya venido
de tierras tan extranjeras
a acompañar la princesa?
De una vez daré razón
de todo, con condición,
pues ven que voy tan de prisa,
que no ha de haber más rigor
en esto de preguntar,
porque martirio es penar
un largo preguntador.
Mi amo, señor, nació
en Zaragoza de España,
y por una honrosa hazaña
en que su valor mostró
le fue forzoso dejar
la patria, fue a Barcelona,
y en una nave bretona
vueltas por las ondas del mar
hizo en ella su viaje.
Pag. 14
cuando a Bretaña llegó,
el Rey de él se aficionó
por su persona y linaje,
su general le eligió.
Mostró en servirle lealtad,
y en prueba de su amistad
con Clarinda le envió,
púsola aquí como han visto,
el Rey se lo ha agradecido,
si no estaba en él condido,
remediélo Jesucristo.
¿Y él quién es?
De tía mía fuera,
no lo preguntara junto
un hombre casi difunto.
Se acobarde.
¡Válgame el cielo!
Su amigo y su criado he sido,
es mi apellido Canseco,
y en uno y otro embeleco
le ha acompañado y seguido;
de Aragón es, mi señor,
y ahora en Londres habita.
¡Adiós, que Canseco soy,
y me voy a remozar!
Vase.
¡El audaz gentilhombre!
¡Y aleado!
Con razón ofendido y enojado,
que no de preguntar un rato ha sido,
menos dificultoso que acertado.
No es discreción saber.
Siempre lo ha sido,
pero quien en preguntar cansado,
pregunte a un libro, a un mapa, a quien no siente,
y no a quien de cansado engaña y miente.
Dejad, Severo, bien...
Lesbio, Rosela,
a quien sabéis que con el alma adoro,
hoy de nuevo me inquieta y me desvela,
sus desdenes siento y sus mudanzas lloro.
Anoche, cual perdida centinela,
contra el amparo de un persa o moro,
adonde en su calle contemplo sus rejas,
sembrando rabias y publicando quejas,
como es dama en palacio, y de Lucrecia,
sobrina de mi rey, estrecha amiga,
aunque servicios míos no desprecia,
a un recatado y necio amor me obliga;
y si el ingrato hado a pulso arrecia,
nombre de desleal y de enemiga.
Yo fuera Paris, aunque en pechos humanos
viera incendios de griegos y troyanos.
Anoche, pues, cuando la luna deja
de juntar a las estrellas la hermosura,
y al ocaso ayudándome se aleja,
pues es capa de amor la noche oscura,
llegando a contemplar la ingrata reja
donde cifró mi suerte mi ventura,
al revolver los ojos desvelados
veo llegar dos hombres rebozados.
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del modo que el reloj las ruedas bate
cuando en concierto suena el armonía,
así siento crujir, ¡qué disparate!,
la malla que en sus brazos relucía.
El uno dice: "¿Quieres que le mate?",
ved qué favores espera el alma mía,
y el otro dice: "Dejad el paso franco",
cuando furioso de la espada arranco.
O si viera a Rosela a la ventana
para que Marte en mi terrible esfera
tardóse al fin, y con violencia ufana
el uno dice: "¡Dale!", el otro: "¡Muera!"
Meto el broquel, y cuando fiera gana
él desta mano que ofender me espera,
en el arco del acero reparada,
por tres partes quebró la infame espada.
Este se retiró, y el otro osado
por entre arnés y arnés dos puntas mete,
recibíle tendiendo el brazo airado,
sin que su furia mi rigor respete;
y cuando se acercó desatinado,
sobre la ceja le acerté un piquete,
que aunque no le asenté, no fue tan quedo
que no vio con la sangre el rostro al miedo.
El otro que buscaba por la tierra
villanas armas, viéndole turbado,
por quitarle la espada con él cierra,
pero yo, más veloz que descuidado,
por dar fin a su infame y necia guerra
un golpe le acerté en el diestro lado,
con que de su desgracia satisfecho
hizo reparo con la espalda al pecho.
Dejélos, porque tengo por costumbre
no seguir al que huye, si estoy sano,
cuando viendo en las rejas una lumbre
que Rosela sacó en la blanca mano,
como el sol cuando raya en alta cumbre,
la juzgué; pero dijo el tardo ufano
que es grande valentía haber seguido
a un hombre sin espada y a un rendido.
En la razón que me conoce, veo,
cuando de un golpe cierra la ventana,
quedé en la calle sin sentido, creo,
aunque para reñir con mejor gana;
previne su partida más liviana,
volviendo al mundo de tan breve olvido,
sano en mi casa entré, pero rendido.
Tres pedazos ya por la tierra arrojo,
las puertas rompo, porque mi cuidado
no daba, con su rabia y fiero enojo,
lugar al tardo y tímido criado;
cercado de su furia y deste antojo,
quise dormirme, pero fue escusado,
pues la salva de unos extranjeros
me avisa que a la plaza salga a veros.
Corrido estoy que en ocasión tan fuerte
os dejase esta noche de mi lado.
Agora mi desdicha, Lesbio, advierte,
si Rosela la gente había llamado.
Pag. 16
¿A qué? Porque me deis fiera muerte,
o por dar a su amor nueva osadía.
Mas temor, que quien quiere bien no crea,
ni en mil sospechas que verdad no sea.
Saber tengo quién son estos cobardes,
y el fin que ha de tener la inquietud mía,
y seguir la mañana, y las tardes.
A Dios id a [...],
qué necia gallardía,
si hacéis con tanto amor necios alardes,
a más desdén provoca esa porfía.
Si los favores que me ha dado olvida
con dar los favores prendida
Vanse. Rosela y Lucrecia salen.
Bien me aconsejas.
Segura
estás de mi voluntad.
Agradarme mi cordura,
saber mi enfermedad,
y así aciertas en la cura;
en España, mi Rosela,
se engendró la gallardía
que por todo el mundo vuela,
y hoy fiada en el alma mía,
de apacible centinela.
Y al fin, hoy por esforzar
de Clarinda el casamiento
con el Príncipe, he de dar
a mi nuevo pensamiento
si no tengo lugar.
Pues casados por poderes
con Clarinda ha ofrecido
a disolver pareceres.
Amores [...],
el mes persigue que aquí crees,
pero digo que ya con
hubo para que contase
su guerra y su embarcación,
sin que mi muerte excusase
este almirante bretón.
Y qué razón puede haber
para dejar de pensar
que Clarinda al fin mujer,
viendo a Don Juan pelear
no se rindió a su poder.
Si dentro en mi alma está
desde el punto que le vi,
y nueva guerra me da
por lo que contar oí,
ella que lo vio, ¿qué hará?
¿No ves que una y otra nació,
y que ser esposa espera
del Príncipe?
Es error uno,
yo juzgo lo que yo hiciera
pues no es más noble que yo.
Lo que has hecho has de decir.
Bien dices, bien me parece,
no te lo puedo encubrir,
mas gran peligro se ofrece.
Salen Clarinda y Don Juan.
Pag. 17
¿Dónde vas?
Voy a morir.
Los favores de la mar
ya no pasan en la tierra
porque me diste lugar,
si pides de mí destierro,
cuando te empecé a adorar.
Mi muerte buscas.
Señora,
¿qué has de hacer de mi vida?
Ay, que mi alma la adora;
aun no es todo, don Juan, pérdida;
eso juzga clemencia y no hora,
navegante es que airado,
que viendo roto el bajel
el oro al templo ha ofrecido
pero en librándose de él
pone la ofrenda en olvido.
Mas ¿qué principio es de amar [?]
pues bien deja ya de mí
que yo por ti a mi pesar
un infierno viven en mí
donde glorias pensé hallar;
no desesperes tu amor.
Ay, que no sé lo que digo,
ve extraño, que es un rigor,
si tienes que hablar conmigo
a mi cuarto, que valor
de princesa el mismo día
que a desposarme entro
no bajes.
Señora mía,
este es el ofrecimiento
de aquel venturoso día.
¿Estas las promesas son?
¿Esta la fineza ha sido?
Tienes, mi don Juan, razón,
mas no la eches en olvido
que esta es brava confusión.
Lucrecia está aquí, desvía,
que no acabarás de hablar
en su corazón desvía [?]
a no llegarla a estorbar
la fuerza de su porfía.
Princesa...
Lucrecia amada,
no seas ya de este amor...
Yo estoy, princesa, obligada
a teneros la mayor.
Por vuestra humilde criada
me tened, princesa.
¿Es mi camarera?
Nací para besarte los pies.
Yo os sabré estimar.
Aquí viene don Juan, ¿no lo ves?
Hoy, ¿qué le han de ver,
si le tiene amor?
Yo creo
que es bien fácil de entender.
Llegad, don Juan, que deseo
conoceos.
Yo he de ser
criado vuestro, señora.
Vos sois discreto y galán;
ya que en la corte ahora...
Pag. 18
Página 18 del manuscrito
tan breve invención te dan.
Eso mi humildad ignora.
Como cuerdo habéis hablado;
sois en efeto español,
donde el fuego es tan cifrado
como en los rayos del sol.
Con que mi pecho ha abrasado
espuelas pone a mi amor,
rienda a su desconsuelo,
celos me ha dado y temor;
si más le escucho recelo
que haré mi daño mayor.
Ves si lo siente.
Yo creo
que estáis burlando de mí,
mas que lo que decís veo,
y más que veo creo,
y más que creo deseo,
que en esta corte mostréis
que os estoy aficionada.
Merced, señora, me hacéis.
Perdida está y turbada.
Voyme, señora. ¿Queréis
que os acompañe?
¡Qué necia!
Con el rey tengo que hablar.
Mi conversación desprecia,
téngote de acompañar.
Quedaos, quedaos con Lucrecia.
Venid, Rosela.
Perder
tengo el juicio.
Vase la princesa y Rosela.
Si me dan
esta ocasión, ¿qué he de hacer?
A los rayos de don Juan
mal le podré yo valer.
Y si en esta imaginación
tuviera de declarar
esta amorosa pasión,
que los tuvo no hay dudar,
y ciertas mis sospechas son.
¡Pobre príncipe engañado
de una extranjera mujer!
Pero pues se ha declarado,
remedio pienso poner
para atajar mi cuidado.
Don Juan, ¿de qué es la tristeza?
Ésta quiere descubrir
con engaño y agudeza
mi amor, y quiero fingir
otro engaño a vuestra alteza.
Con tantas veras me ha honrado,
que cuando yo la tuviera,
fuera necio y mal criado
si aquí no la suspendiera.
Quedamente los dos.
Sois, como discreto,
honrada burlalla.
Mirad que habéis variado,
acertadala muy bien,
y que no os pondrá en olvido.
Si fueseis dama a quien
en mi idea he concebido,
dicho se fuera mi suerte,
pero no nací tan igual.
Es de esta tierra.
Y de suerte
su belleza, que es mortal.
Pag. 19
Encendió mi amor con verte,
que como no ha de parar
de los labios este amor,
el alma va a tal lugar;
mas los ojos para irse
en llanto quieren trocar.
Ese amor, don Juan, no creo
que tan presto se engendró.
Fue un gigante mi deseo,
y en el punto que nació
con grande poder le veo.
¿Y no puedo yo saber
quién es?
Muy bien, pero yo
dúdolo.
No puede ser.
A mí, que soy prima...
No, que es muy principal mujer.
¿Es Clarinda?
¡Santo cielo!
Eso había de imaginar,
que si esa honestidad que el suelo
bien sabe disimular,
que es de su suerte el desvelo.
Que no será muy honesta
eso ya que vos queréis;
si Clarinda está dispuesta
a casarse como veis,
no digo mal.
Casi os puedo disculpar,
mas también esotra dama
quizá se quiere casar,
no me lo ha dicho la fama.
Soy de nuevo aquí;
no hay dudar.
Luego ya ¿a quiénes sabéis
la que yo adoro?
Sospecho,
por el discurso que hacéis,
y sé que estáis en su pecho
muchos años ha que ardéis.
Vuestra amiga debe ser.
Y muy estrecha lo soy,
y no tengo qué temer,
pues en la memoria estoy
de tan principal mujer.
Y quisiera poderla hablar
para rogarla que diera
a mi cuidado lugar.
Yo haré que su mano os quiera.
Los pies os quiero besar,
que tercera tan honrada
jamás el mundo la vio.
Ella está determinada,
y así, en hablándola yo,
no tenéis qué temer nada.
Alma confusa, quimera,
si es ella o alguna amiga
que a que me favorezca espera,
pues que el amor me obliga.
Pag. 20
El texto comienza a mitad de un diálogo.
... y de mí misma soy tercera,
y así se pondrá en razón
de la princesa el engaño,
del príncipe la ficción,
de mi amor el desengaño,
y de don Juan la intención.
Así pienso desvelar
a Lucrecia el pensamiento,
¿cuándo la podré hablar?
Yo sé que os dará lugar,
con qué de temores lucho,
y entre bravos desvelos...
Declaraos, que ya os escucho.
Dejad, que no me dé celos,
que a fe que lo sienta mucho.
No dará, que es bien nacida.
¿Si es ella?
¿Si lastima?
Y por vos su vida olvida;
mirad que si se le olvida,
quizá os costará la vida.
¡Ay, que por Clarinda muero!
Aunque cien mil aventuras
yo de pasarme primero,
mi desdicha me asegure
mi fin violento y fiero.
Fuera mi dicha mayor.
Bloque de líneas tachadas con una gran X:
Línea tachada: que tiene
Línea tachada (Príncipe): ¿Tenéis, huyendo
Línea tachada: de Clarinda,
Línea tachada: no buen tiento?
Línea tachada (Lucrecia): Que dejando en un momento,
Línea tachada: pienso que a un hombre ofendo.
Línea tachada (Príncipe): Mira que es aquí don Juan.
Línea tachada (Lucrecia): Cesa, ¿me quieres decir...?
Línea tachada (Príncipe): Cuando a la fin se ha de ver.
Línea tachada (Lucrecia): Cuando mi muerte verán
Línea tachada (Príncipe): días y dos con mi vida.
Doy en volver a querer,
y son mil veces sus cielos
que a mis glorias impida.
Lucrecia divina, ahora
que a solas puedo hablarte,
cuando llego al postrer punto
que al fin quieren casarme,
cuando el yugo y nudo severo
que por orden de mi padre
a intereses de sus guerras
hace con mi muerte paces;
cuando pierdo los sentidos,
que como loco y no amante
vive, sí, mirando en medio
tanta fiera y tantos males;
y al fin, cuando ya me queda,
para no poder gozarte,
la postrera expiración,
tan peligrosa y tan fácil,
vengo a pedirte consejo,
Pag. 21
Vengo al fin a declararme,
vengo a tiempo que mi amor,
si tu agrado me vale,
gobierno de estas razones;
no permitas que me saquen,
que por fieros de la suerte
a muerte han de condenarme.
Los años a que te adoro,
sin que faltase un instante
de tu lado, de tu mesa,
cuerdo o necio, y si cansé,
el trato, la crïanza mía,
notables efetos hace.
Vivir sin ti no es posible,
¿qué he de hacer?
Príncipe, tarde
busca remedio tu amor,
y enmienda tu disparate;
antes de dar a Clarinda
el sí, pudieras hallarle,
pero ya será imposible.
¿Qué dices?
Que no te canses.
¿Quieres que la corte altere,
que tú me postras, que iguales
a mis propios pensamientos,
o que rompiendo los mares,
me arroje perdido y loco
por sirtes tan inconstantes
como lo ha sido tu amor?
Todo, Príncipe, el cansarte.
No quiero a Clarinda, y digo
que me prendan, que me maten,
que me tengan por crüel,
que me ofendan, que me infamen,
que no se han de hacer las bodas;
oye porque no se alcance
la desdicha a que dices
y tan ciego intento atajes,
sabe que yo soy...
Detente,
que ya soy...
Calla, no hables,
que si por la boca arrojas
que has estimado a otro amante,
que has rendido tu belleza,
que otro amor te satisface,
daré voces a los cielos
que a Londres y al mundo espanten.
Dilas tú cuando te dejen
el sí dar de condenarme,
de casarte con Clarinda.
No, porque la dio mi padre.
También mi padre mi gusto,
y he de hacer lo que él me mande,
pues sin licencia del Rey
¿quién, quién puede sujetarse?
Como a ti no te sujeta,
que el que quiere que toca ser
condesa con tu gusto.
De eso a ti pueden culparte.
También de mi amor a ti,
pues tú de ofenderme fuiste la parte,
a que yo elija el mío.
Pag. 22
¿Quién hay que pueda igualarse?
Si no soy yo en el valor,
¿quién con mis gustos se iguale?
Porque en calidad y ser
¿qué tendrá a que le baste?
¿Pues esa venganza intentas?
De ti pretendo vengarme.
Casarme tengo, cruel,
y tu intento he de estorbarte,
aunque aventure mil vidas,
aunque rigurosas muertes cause.
Venga Clarinda, que muero
por sus ojos celestiales.
Y al despertar del sueño,
que ciego pudo estorbarme,
lastimar su belleza
a la del sol semejante,
peleando en mi memoria
estaban dos voluntades:
Clarinda con su belleza,
Lucrecia con ser constante.
Venció Clarinda victoria,
que ya como reina sale
por mis palacios alegre,
robando las voluntades.
Para gozar su belleza
pienso que tiempo me falte,
que cada momento es siglos,
y eternidad un instante.
Hoy se haga el desposorio.
Pero ¿qué digo tan tarde?
He de gozar su belleza.
Denme prisa, no me mate.
No quiero mejor indicio
para mejor olvidarte,
que lo que en un punto he visto
de tu condición mudable.
Esto puede la razón.
Sale Rosela.
Príncipe, ¿qué es de saber
el ruido que sospecho
de los extremos que hacéis,
que ha llegado a mis orejas?
¿Qué suceso puede darme
disgusto a mí, si Clarinda,
con los rayos fulminantes
de su divina hermosura
que por mi sentido se esparce,
está alegre y yo dichoso,
ella firme y yo constante?
Oye, Príncipe, y escucha
el caso más admirable
que jamás los hombres vieron.
Dilo presto, no me mates.
Pag. 23
Clarinda, señor...
Di, triste.
Está indispuesta, no sale.
Aquí se hagan las bodas
suspendiólas mi padre
claramente, ¡qué hado!
Si malas nuevas mi trae
de salud de su gusto,
calla, que puedes matarme.
Gran fineza.
Señor,
si no está en Londres, ¿qué parte
soy yo para darte nuevas
que te ofendan ni te cansen?
Pues, ¿se ha vuelto a embarcar?
Antes no quiso embarcarse
para venir a servirte.
No te entiendo.
No, pues sabe
que no es Clarinda, señor,
esta mujer, y a engañarte
su padre se determina.
¿No es Clarinda? No te espantes.
Falsa, loca, mala pérfida,
con tanto absurdo y tan grave,
gobernada y presumida,
se juntó para engañarme.
Ya entiendo tu pensamiento,
que su perfidia por vengarse
ha buscado esta invención;
pero no ha de aprovecharle.
Las dos buscáis mi disgusto,
las dos queréis engañarme.
Señor, ¡qué mal lo entiendes!
El tiempo sabrá mostrarte
si a tu voluntad me atrevo.
Aparte.
Clarinda para casarse
con don Juan hace este enredo,
que al fin es mujer y amante;
pero aquí callar importa,
que yo haré cómo estorbarle
su deseo y su intención.
Con estos enredos sale.
No vine ni nací yo
a suceso semejante,
cuando creyó el concierto.
Dicen que la que te traen
es parecida a Clarinda.
¡Vive Dios, que has de pagar
estos enredos, Rosela!
Mal mi intención satisface.
El deseo de servirte.
Aquí con tu padre sale.
Pag. 24
Salga el rey, Clarinda, don Juan, almirante, Severo, Lesbio, Canseco.
Príncipe, ¿qué es esto agora
que, esperan todos los grandes
con fiestas, regocijos
que en diversas partes hacen
tu desposorio, te escondes?
Yo me escondo, señor, antes
con el alma lo deseo.
Que mi industria no me vale,
que dejar hay a su mujer
y don Juan ha de dejarme
entre fieros enemigos
y contrarias voluntades.
Estos galdos, santos cielos,
si el casamiento se hace,
don Juan ha de ser mi esposo.
Vamos, que no es bien que pare
hoy la fiesta y desposorio.
¿Qué me dice el almirante?
Ver las fiestas y volvernos.
Bien mi intención satisface.
Mucho al almirante mira
Rosela.
¿Qué disparate?
Si es extranjero no es fuerza
que todos anden a mirarle.
El Príncipe divertido,
mirando a diversas partes,
no está con gusto. ¿Qué es esto?
¿Qué causa puede estorbarle
el querer mujer tan bella?
Pero todo ha de acabar
con hacer su casamiento.
Caballeros, no se alargue
más la fiesta, vamos luego.
Yo a morir.
He de contarle
a mi padre lo que ha sido,
mas será disparate,
si es invención de Lucrecia,
que ha ordenado por vengarse,
a venganza lo que puede.
Caminen todos delante.
Dadme esa dichosa mano,
bella esposa, y perdonadme
si en algo fui descortés.
Vuestra grandeza es bastante
a suplir cualquier defecto
que mi extrañeza causare.
Que ha llegado a ver mi muerte,
que a quererla me obligaste,
y hoy se casa y me aborrece.
¡Oh, ansí me deje y me engañe!
Pag. 25
Clarinda, ya llegó el día
en que mi muerte ordenaste.
No es de burlas, Dios te guarde.
Sosiégate, y no te apartes
un momento de mi lado.
Pues en día semejante
nadie diga mal del día
hasta que la luz se acabe.
Fin del 1.er acto.
a 6 de julio de 1617 años.
La página derecha (folio 21r) está completamente tachada y es apenas legible. Se transcribe lo recuperable a continuación.
Jornada segunda
Pag. 26
Acto 2 de Nadie diga mal del día.
Salga el Almirante y Rosela.
Crueldad, perdonad,
que me he...
Que disculpe alguna...
Mirad mi
subordinación,
que no me he atrevido
a...
El resto de la página es ilegible por la tachadura general.
Pag. 27
En la página izquierda (folio vuelto) aparecen pruebas de pluma, texto borroso y se lee vagamente "fin de el Acto 1". La transcripción se centra en la página derecha.
Salga el almirante y Rosela.
Vuestra señoría perdone
mi atrevimiento.
No veo culpa alguna.
Mi dueño,
si un bien criado mi abono,
que mientras los desposados
quieren sentarse a cenar,
le quiero comunicar
parte aquí de mis cuidados.
Que siempre los forasteros
en los casos que intentamos,
a ciegas nos arrojamos,
nos condenan por groseros.
Y pues que luce tomado
de su divina hermosura,
ya es un jardín mi ventura
Pag. 28
Pues la encontré, mi cuidado,
diré que la ocasión se ofrece,
la que mi tío ha tratado,
así dejé entendido.
A buena ocasión llegué,
él me quiere y yo le adoro,
la ocasión que yo he buscado,
mi ventura ha concertado.
Ved qué mandáis.
No ignoro
hasta el nombre de una dama
que me desvela quién fue
la que hoy a su lado fue.
¿De Clarinda?
Ésa se llama.
Rosela; su fucia ha sido
quien le ha parecido bien,
él quiere, y no ama a quien,
y que tan noble ha nacido
como cuantas en la corte
al lado de la real silla
son del mundo maravilla.
Es de la belleza norte.
¿Rosela se llama?
Sí.
Y no puede ser, cual al alba
hagan los cielos salva.
Mas no nació para mí,
pues su belleza asegura
que en lazos de sus cabellos
hará ramilletes bellos
al templo de la hermosura.
¿Tan bien os ha parecido?
Tan bien, que en parte quisiera
que menos su gracia fuera
por ser más favorecido;
que en desigual proporción
no hace el amor consonancia,
pues la desigual distancia
limita la ejecución.
Haced dos cosas por mí
que os quiero aquí suplicar,
que yo haré que dé lugar
Rosela, pues bebe en mí,
a vuestro amor recatado.
Dos mil haré, ¿qué queréis?
Que nunca a hablarla lleguéis,
si no es estando a mi lado,
porque hay un inconveniente
que mucho os puede importar.
En todo os he de agradar.
Salen por entre las ramas Severo y Lesbio.
Rosela está aquí, detente.
Y el Almirante también.
Pag. 29
encubríos entre las ramas
y escuchad.
Las fieras llamas
de mi amor en duda están;
haréis que ya aplaquen.
Sí.
Note la que ha de ver
que te llego a merecer,
que para tuya nací.
No es posible, ¡ay gloria mía!,
pues digo que recatado
siempre estaré a vuestro lado.
¿Qué me queréis?
Que me digáis si es verdad
esto que se ha murmurado.
¿Qué?
Que Clarinda ha engañado,
dizen, a Su Magestad,
y que se queda en su tierra,
y esta, que a vuestra preñez,
dizen que se le parece,
y por suspender la guerra
la envía, y quiere, entretanto,
hacer nueva prevención
para seguir su intención.
De esa novedad me espanto.
Pues inquiero verdad sea,
solo es mía el merced,
a vosola.
¿Qué decís?
Esta mi muerte desea.
Y sé que en Bretaña avía
una dama principal,
aunque no hallarán su igual,
que tanto se parezía,
que muchas veces la ablaban
por Clarinda, pero yo
salí cuando se enbarcó,
y todos la respetaban,
y como a la princesa misma,
que no se puede ser;
mas no me ha dado a entender
a mí tan confusa zisma.
Y porque si fuera traición,
yo huviera gran culpa en mí.
Esto no saldrá de aquí.
¡Qué terrible confusión!
Nos pudieron engañar,
vos en nada estáis culpado.
Muy bien has dicho embozado,
allí me quiero sentar.
Di al Almirante que soy
el Príncipe, y que quiero hablalle,
que después de examinalle
verás qué pesar le doy
y tras el pesar espero.
Pag. 30
Pues que nos viene a engañar
su amor, y le da lugar.
Apártate, caballero.
Triste, ¿quién no ha escuchado?
¿Quién llama?
El príncipe os quiere
a solas.
Nadie se altere.
¿Adónde?
Allí está embozado.
Que me place, vuestra alteza
mi inadvertencia perdone.
Galardones que os abone;
cubrid, cubrid la cabeza.
No merezco este favor.
En honraros me desvelo.
Váyase Rosela.
Retirarme quiero al cielo.
Vos le merecéis mayor;
y estoy muy agradecido
de que hayáis acompañado
a mi esposa.
A mi cuidado
y deseo han merecido
que de esa suerte me honréis;
pero las fuerzas, señor,
son humildes...
De mi amor
satisfaceros podéis.
Paréceme que han entendido
que de verla he cuidado.
El amor os ha desvelado,
engaño no ha habido.
En eso os quiero pagar
los servicios que habéis hecho;
como hidalgo y noble pecho
con ella os quiero casar.
Beso os mil veces, señor...
Los pies
con más honraros, pero
premiar tan gran caballero,
y por mostrarlo mejor
esta sortija tomad.
Escucha, ¿no oigo a alguien?
No.
Y si os envidian, lo
más asumido pensad
que es cuanto os mandan a vos
a mi voluntad medido.
Estoy tan favorecido
que me corro.
Luego iréis
enseñando a fiel tercero
que os tengo que hablar.
Pag. 31
Señor,
no merezco ese favor.
Haceros merced espero.
Salen don Juan y Canseco.
Deja ya de persuadirme,
Canseco, no me atormentes.
Señor...
Déjame, villano,
ya estoy muerto, ¿qué me quieres?
¿Sabes que me has parecido
algún paje impertinente
que, por quitar el pabilo,
mata la vela y pretende
después encenderla a soplos,
y cuando ve que no puede,
porque la virtud le falta,
corrido a encenderla vuelve?
¿Matásteme con decirme
que siempre Clarinda alegre,
como la yerba del sol
que espera cuando amanece
de sus rayos la hermosura,
y a su semejanza siempre
le va mirando a la cara
hasta que la vista pierde,
cuando Clarinda a mi amor,
que en rayos del sol convierte,
siempre le consideraba
con divinos accidentes,
y que su belleza insigne
me adoraba eternamente?
Con esto al fin me mataste
¿y agora encenderme quieres
con darme remedios de aire?
¿Qué fuerza hay que no aproveche?
Si quieres que tenga luz
más que el sol resplandeciente,
dime que no se ha casado,
que alegre a mirar me vuelve,
que está esperando mis brazos
y que al príncipe aborrece.
¿Están en las mesas?
Sí.
¿Luego a la tarde qué hay?
¿No ha de haber sarao primero?
Amigo, del alma advierte,
entra y mira si están juntas,
si dan muestras de quererse,
si han entrado en su aposento,
si está mi Clarinda alegre,
si mis ternezas escucha,
si con la vista se entienden.
Pag. 32
porque me vuelvo a embarcar
en la nave donde a veces
tiernos regalos me dio
con promesas aparentes.
Mas, ¡ay!, ¿qué será de mí
cuando aquel lugar contemple
donde de sus dulces labios
gocé esperanza tan fuerte?
Aquí diré, se sentaba
allí temerosamente
me llamaba para hablarme,
y allí al fin veré mi muerte.
¿No vas, Canseco?
Yo voy.
Pues mira, amigo, si puedes
que me traigas buenas nuevas.
Yo te diré cuanto viere.
Vase Canseco.
Pero ¿qué nuevas espero?
Loco estoy, ya me parece
que dice que está en sus brazos,
y que en los del mar mi suerte
quieren que la vida acabe.
¡Oh España, madre inclemente,
por qué de ti me arrojaste
para que de extrañas leyes
de los rigores de amor
infame sentencia cese!
Señor, escucha.
Sale Canseco.
¿Qué ha habido?
Habla de veras.
Los reyes
acaban ya de cenar,
pero he visto de repente
un caso que ha de admirarte.
Llegó ocasión que bebiese
Clarinda en un rico vaso
de oro y cristal trasparente.
Mas cuando llegó a los labios,
no sé la ocasión cuál fuese,
se le cayó de las manos
y toda el agua se vierte,
y de la boca hasta el suelo
hecho mil pedazos viene.
Perdió Clarinda el color,
pero el Príncipe se ofende,
y en otro de piedras y oro
hacerle la salva vuelven.
¿Pero no quiso beber?
Si el peligro se ofrece
entre la taza y los labios,
¿qué mucho que, antes que llegue,
Pag. 33
a las cortinas del sol,
donde Clarinda anochece
para mi desdicha triste,
y para el Príncipe alegre,
se ofrezca otro gran peligro
y en que paro.
Me parece
que irán por un sacamanchas,
porque el vestido que tiene
no quedará de provecho.
Ya a burlas con él vuelve,
que a dos nuevas semejantes,
quizá tocará la muerte
los lances de mi fortuna,
aunque rigurosa siempre.
Junto al nácar de su rostro,
¿tampoco respeto tienes?
Pero no fuiste atrevido
a mis húmedos cristales,
pues cuando priva gozar
de su belleza excelente,
hecho pedazos de penas,
y de celos impacientes,
vine cayendo a la tierra.
Otra nueva más.
Si fuese
semejante a la pasada,
será de gran gusto.
Advierte,
sacaron una empanada
entre dos nobles ingleses,
que estando en Ingalaterra,
era fuerza que lo fuesen.
Y fuela a abrir el Almirante,
que come más que un empeine,
y levantando la hojaldre,
salta un enano en pañetes,
y por la mesa dando saltos,
causó grande risa el verle;
acabó en esto la cena,
y levantáronse alegres
como unos architriclinos.
Di, ¿sin que Clarinda diese
muestra alguna de alegría?
¿Holgóse acaso de verle?
Torció un poquito los labios,
porque el Rey no se ofendiese,
que era quien lo había ordenado.
Medido a mi gusto vienes,
en llegando a sazón
que pudiese agradecerte.
Pag. 34
Las nuevas que me has traído,
pagarásme como suelen
los señores y las damas.
Pero acabado el banquete,
se tomaron de las manos
Clarinda y su esposo.
¡Triste!
Nunca hubiera escuchado
fiero áspid o serpiente,
que viva ponzoña arroja
y fuego encendido vierte.
Vete delante de mí.
¡Con qué presto se arrepiente
de hacer mercedes!
Villano,
¿con esa cara me quieres
mirar? Si quieren matarme,
mira si acostarse quieren.
Vase Canseco.
Mi amo quiere morir
en semejante accidente,
con todos sus sacramentos.
Sale Canseco.
Ya no hay bien que no aproveche.
De la cena me salí
porque no me conociesen
en el rostro mi desdicha,
y en mi desdicha mi muerte.
¿De qué te sirvió, enemiga,
decirme que no dijese
mal del día, si la luz
el alma y la vida pierde?
Aguardé al ponerse el sol,
aguardé que anocheciese,
y tan ciego tus palabras
y mi esperanza me tienen,
que espero a la medianoche,
hasta que las luces dejen
de brillar en los diamantes
que tu garganta guarnece;
que no fuera firme amante
si un instante que tuviese
mi amor de esperanza en ti
diese ocasión de perderle.
Pues soy como el desahuciado,
que hasta que la vida pierde,
se alimenta respirando
si algún milagro se ofrece.
Golpes me da el corazón,
sin duda avisarme quiere,
que es leal de mi desdicha.
Gran ruido en la sala tienen.
¿Qué será? ¡Válgame el cielo!
¡Ay, señor!
¿Qué me quieres?
El palacio se alboroza,
que dos condes, un marqués,
a tu amigo el almirante...
Pag. 35
Dicen que a matarle vienen.
Dime por qué.
Por traidor,
y el Rey y toda su gente
corriendo al torneo salen.
Qué me dices.
No lo entiendes,
el Príncipe va tras ellos,
que a hablar con él no le quieren.
Esta es gallarda ocasión,
qué puedo hacer.
Esconderte,
hasta ver en lo que para.
Qué dices, yo he de esconderme,
a su lado he de morir.
Oye, que Clarinda viene,
que en esta puerta te ha visto.
Esto basta a detenerme.
Salga Clarinda alborotada.
Quién está aquí.
Quien no vive.
Quién responde.
Quien no siente.
Eres don Juan.
Él he sido.
Qué aguardas aquí.
Mi muerte.
Ay, don Juan, grande desdicha.
En mi memoria revuelves
a tu amigo el Almirante.
Pienso que a matarle quieren
y así furiosa te busco
a donde podré esconderte.
Por qué, señora.
Su Alteza,
que por el Príncipe muere,
dice que no soy Clarinda,
y que es engaño aparente,
que por burlarse del Rey
mi padre ha inventado.
Qué quieres,
que vaya a morir con él.
No, don Juan, que desta suerte
se estorbará el casamiento
con que mi ventura ofenden,
que yo también di ocasión
que en la corte se dijese
que no soy Clarinda yo.
Porque el camino quiere,
señora, verme morir.
Pues qué hiciera yo en quererte,
si puedes estimarme a mí,
si al peligro que se ofrece
no pusiéramos el pecho.
Pues lo que has de hacer advierte.
Fortuna, mi duda ayuda.
Pag. 36
Salen Lucrecia y Rosela.
Esta es, aquí detente.
Señora mía.
Sola.
A buena ocasión vienes.
Mira en qué puedo servirte.
Harásme grandes mercedes.
Don Juan, aqueste español
que acompañándome viene,
está escondido en esta sala,
dize que matarle quieren.
Porque en este enredo es parte,
y de que esto engaño fuese
nadie como vos lo sabe.
¿Qué quieres?
Que te sirvieses,
pues eres noble y tu valor
tan grande y tan excelente,
de esconderle en parte oculta
hasta que deste accidente
se acabe el fiero rigor;
que es hombre a quien oy le debe
mi padre mi vida, y yo
grandes servicios.
Advierte,
Clarinda, que estoy corrida
de que tanto me exageres
lo que yo haré con el alma,
y tengo a dichosa suerte.
Rosela.
Señora mía.
En aquel retrete entiendes.
Cerca de la galería,
nadie en las llaves se entregue
sino tú.
Jesús, señora.
Llegad, don Juan, mas cual fuere.
¿Qué me mandas?
Que Lucrecia
te lleve a esconder de suerte
que nunca te viese más.
Venid, don Juan.
Mas no tiene
otro remedio mi amor,
ni otro camino mi suerte.
Voy do ciego camina.
Seguidla, don Juan.
Parece
que en este abismo de males
mi vida y gloria fenece.
¿Dónde voy?
Donde te llevan,
ve callando y no te alteres.
Si está dentro de mi alma,
no haré mucho en esconderle.
Morir tengo, y ser su esposa.
Pues mi fortuna lo quiere,
ventura tuve en guardarle.
Pag. 37
Ventura tuve en quererte.
Salen metiendo mano Severo y Lesbio contra el almirante.
Caballeros, ¿de esta suerte,
dos hombres tan principales,
y en la calidad iguales,
a uno solo dais la muerte?
Detente, Lesbio, es razón
que, con tan resuelto engaño,
a burle un rey.
Caso extraño.
Yo le ofendo.
Y con traición.
Villanos, dadme la muerte,
con armas y campo igual,
y a un hombre tan principal
no le tratéis de esa suerte.
Y que yo soy leal, y aquí,
si se ofrece algún engaño,
para mi memoria extraño,
también me lo han hecho a mí.
Ahora aguarda, es razón.
Detente. Habiendo sido
quien por Clarinda ha traído
otra dama, ¿qué ocasión
hay para que entre las damas,
tan gallardo, hayáis querido
mostraros, favorecido,
ponzoña y celos derramas?
Por eso has mostrado aceros;
recibí el nombre, mi cuidado.
¡Muera luego!
Salga el Rey y el Príncipe y acompañamiento.
Soy honrado.
Aquí está el rey, caballeros.
Deténganse. ¿Qué hay que hacer?
A estorbar su muerte viene.
Quien riñe hablando, no tiene
mucha gana de ofender.
En mi palacio, ¿qué es esto,
caballeros? Almirante,
¿quién ha sido el arrogante
que ha andado tan descompuesto,
que cuando estoy celebrando
las bodas de mi heredero
me altera el palacio?
Espero
ver lo que estoy deseando.
¿Con quién reñís?
Con quien viene
solo a serviros, señor.
Los dos, extraño rigor.
Oye y sabrás si conviene.
Manda, señor, que se aparte
tu gente, y escucha.
Di.
Apartaos.
Yo salí aquí...
Pag. 38
Por servirte y agradarte
decía, porque...
que un almirante
esta dama te ha dado
por Clarinda, y ofendido
con enredo semejante
a tu reino y tu grandeza
y principalmente a ti.
Yo, que un engaño entendí,
he querido que primero
que se llegue a consumar
el matrimonio, advertirte,
con mandarle yo morir
o el enredo declarar
el engaño que te han hecho,
y por no hacerlo, ignorando,
le estaba aquí examinando
con la espada pecho a pecho.
¿Quién te lo ha dicho?
Una dama
de palacio ha descubierto
esta verdad que te advierto,
fuera de que ya la fama
casi lo había declarado,
y se hace al momento
que aquí llegó el casamiento
y él lo encubre y te ha engañado.
Ten silencio y no se diga
hasta haberle examinado,
que a obrar tan injusto estado
mi queja y razón no obliga;
y advierta a lo que dijere,
no te altere tu razón,
que por ninguna ocasión
así mi corte se altere.
Quítale luego la espada,
y esté en una torre preso.
Salen Lesbio y el Príncipe.
¡Ay, tan extraño suceso!
¿Qué es esto, señor?
No es nada.
Yo he de saber este enredo,
que un rey con tal prevención
no inventará esta traición.
Casi me acobarda el miedo.
Almirante.
Gran señor.
Idos libre a descansar,
que en todo os tengo de honrar.
De mi infinito valor
que como el sol resplandece
la claridad me asegura.
Con sosiego y con cordura
sane el daño quien le ofrece,
que estando aquel en su prisión
y este en mi tierra y poder,
sin que nota alguna dé,
tomar la satisfacción
y lo que conviene aquí.
Pag. 39
es que el Príncipe no entienda
el caso y que te suspenda,
aunque es imposible, di,
¿dónde está Clarinda?
Al punto
que el alboroto sintió,
hasta la puerta salió
el color casi difunto.
Príncipe.
Señor.
Conviene
que con digna prueba
sepas cierto si lo está,
porque la culpa que tiene
es grande y quiero fiar
su seguridad de ti.
Vase el Príncipe.
Harélo, señor, ansí.
En esto lo he de dejar
mientras de Clarinda advierto
y examino la verdad,
quien, viendo mi autoridad
y que aquel peligro es cierto,
se me podrá averiguar
si de ella engañado soy.
Llama a Clarinda.
Yo voy.
Confusa vida es reinar,
envidia el labrador al ciudadano,
el ciudadano el príncipe murmura,
el príncipe subir a más procura
aunque el mundo se muda con su mano;
y cuantos triunfos, soberano,
temiendo su fortuna, porque dura
a más grados de gloria y de ventura
aspira, y muere la esperanza en vano.
Silla inquieta de envidiados reyes,
estado de los hombres deseado,
con tanta sed de triunfos y de leyes;
más inquieto, más vario y más pesado
que el que siguiendo dos cansados bueyes
en corvo leño rige el corvo arado.
Sale Clarinda sola.
Confusa, aunque a ruego vengo
a hablar al rey, pues mi vida
está en que mi boda impida,
y en la culpa que hoy le tengo;
mi muerte ¿qué puedo hacer?
Pero si resuelta estoy,
y a don Juan mi vida doy,
no hay peligro que temer.
¿Qué manda tu majestad?
Hermosa Clarinda, (¡cielos!),
y el alma llena de recelos,
que en tan honesta deidad
pueda haber engaño (no,
que este algún enredo ha sido).
Pag. 40
Para servirte más pido,
bella Clarinda, de ti,
¿óyenos alguien?
Señor,
solos habemos quedado.
De no, pues que un cuidado
para mi afrenta el mayor
que se pudo imaginar,
y que por vos se me ha hecho,
me descubra vuestro pecho
sin dar a engaños lugar;
que si la verdad aquí
por vos queda declarada,
mi enojo y mi furia airada
suspenderé.
No hay en mí
sombra, rastro de imaginación,
aunque me dieras la muerte,
en que yo pueda ofenderte.
¡Qué terrible confusión!
¿Que lo habré yo sabido,
si no es que estoy engañado,
que habiendo nombre tomado
de Clarinda, habéis venido
a mi corte? Este suceso
no es para disimular,
y ansí quiero examinar
esta culpa y grave exceso.
Que si de sangre real
en pecho se alimenta,
retirad de cualquiera afrenta
el hidalgo natural.
Señor, ayúdeme el cielo,
solo te pido perdón,
que de la satisfacción
no quedarás con recelo
si me escuchas.
A ninguna
verdad moveré los labios.
Pues escucha en mis agravios
lo que ordenó la fortuna.
En las gruesas naves,
como ya has sabido,
a tu insigne corte
alegres partimos.
Turcos nos asaltan,
¿quién creyera esto?
Las doradas galas
sirviendo de nidos
entre escollos pardos
y ocultos bajíos,
de los revoltosos
libres pececillos,
porque se acabaran
en un tiempo mismo.
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mi vida y mi engaño
cierto y no entendido.
Mi nave rendida
dos horas tuvimos,
yo sola y mujer
y en tan ciego abismo,
lloraba mi muerte
y del enemigo
el triunfo en mi afrenta
grave, cierto y conocido.
Mas por mi desdicha,
sí, que desdicha ha sido,
vida y libertad
verla a un tiempo mismo.
Por don Juan de España,
bravo y atrevido,
Marte en las batallas,
rayo en los peligros,
la tuvimos todos;
y cuando, subido,
cierta la victoria,
dudoso el peligro,
llegó a consolarme,
yo, que los sentidos
perdí con el miedo,
de quien soy me olvido.
Era don Juan cercado
donde, a ver los gritos
de toda mi gente
diciendo: "¡Mataldo!",
capitán valiente,
español divino,
rayo que los aires
azota encendido,
cometa que asombra
fiero, invencible.
Llevábanle en hombros,
como agradecidos
de su brazo fuerte,
de su nombre altivo;
al fin llegó a mí
cuando había perdido
todas las potencias,
porque a un tiempo mismo
la grande tristeza
y el gran regocijo
más que yo pudieron;
disculpa he tenido.
Hícele favores,
llegamos a una isla, / ciegos anduvimos,
toméle una mano
que, por premio rico
de tan gran victoria,
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Fue preso, aunque indigno,
sentile a mi mesa,
y regalos míos
no pudo excusarlo.
Volvió cuerdo,
paso se retira
airado y prolijo,
y oí murmurar
que libre había sido
en darle favores.
Que tras el peligro
no hay pecho cobarde
ni hombre agradecido,
mas como el que suele,
después que ha huido,
volver vergonzoso
a embestir con brío,
volvió mi memoria,
cuando el enemigo
no estaba presente,
a su centro mismo;
castigué mi culpa,
mas tras el castigo
vi que no es pimpollo
rama de honor limpio,
y que no era justo,
señor, que tu hijo
si a otro di favores,
fuese esposo mío.
Pues por no decir
lo que aquí te he dicho,
dije que era engaño
que mi padre hizo
a tu real corona
igual ha ceñido.
Por Clarinda yo,
que menos prolijo
parecía este engaño
que haber ofendido
con el vulgo ciego
tu nobleza en dicho.
Rey, yo soy Clarinda,
verdad lo que he dicho;
si he sido culpada,
ya espero el castigo.
Notable disculpa has dado,
y bien fácil de creer,
eres amante y mujer,
y el serlo te ha disculpado.
Y aunque la desigualdad
de tu intención me ha ofendido,
y mi enojo has suspendido
con decirme la verdad.
Y así en tus palabras veo
que nada al juez enfadó,
suspende el castigo airado.
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como la humedad del río,
mas para guardar las vidas
del Almirante y don Juan,
y suyas, pues hoy están
a mi justicia ofrecidas,
quiero que des a entender
a los que aquí han traído
que en esto engañado ando
y que no era esta mujer
que el Príncipe merecía.
Y esto tan de veras sea
que todo el mundo lo crea,
porque si en ausencia ama,
a nadie lo que hay aquí
le descubre mi rigor,
ha de suspender su amor
para que amuestran, sí,
y un hidalgo caballero
que quieres favorecer
que se lleve esta mujer,
que para desengañar
al Príncipe yo procuro
el remedio.
Yo aseguro
que será fácil de hallar,
tus pies beso.
Y el sujeto
ya a un padre ofendido
pone su enojo en olvido.
Yo, gran señor, te prometo
hacer lo que me has mandado.
Sale el Príncipe.
Ya le dejo en la prisión.
¿Con guardas?
Y a buen recado.
Mi Clarinda en este puesto,
mi culpa sí perdonad
que ofendió mi voluntad.
No soy Clarinda.
Pues esto,
¿burláisos de mí?
Señor,
no soy Clarinda, esto es cierto.
¡Ay, mi desengaño advierto!
Ciego me tuvo el rigor
de la venganza que fiera...
Hijo, no has de espantar,
no es Clarinda, no hay dudar.
Jesús, que a mis quimeras
tan prolijas, este engaño
haga atajo.
Sí,
pues con el que has visto aquí
se excusa otro mayor daño.
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esto hace el rey de Bretaña,
y esta dama ¿cómo es esto?
¡Ay, don Juan, en qué me has puesto!
No ofende quien desengaña.
Manda prender a don Juan
y al almirante atrevido,
pues a engañarte han venido,
y pues en el puerto están
sus naves,
encienda ofensa fallida
a tu ofensa rigurosa.
Haré lo que fuere justo.
Esta dama esté en prisión
y se pague este engaño.
Calla, que antes merece premialla.
¿Hay tan bárbara confusión?
¿Qué dirá tu corte, el mundo,
de esta burla que te han hecho?
Estando yo satisfecho,
solo en la verdad me fundo.
Al conde Severo has puesto
en prisión.
Sin causa fue;
suéltenle, que yo veré
lo que más conviene en esto.
¿Y qué has de hacer de esta dama?
En silencio y en cordura
que en parte estará segura
sin dar sospecha a la fama.
Tu gusto es de hacer.
Igual
es el rey con mi opinión.
Ay, Lucrecia, en esta ocasión
traza tu amor por mi mal;
cesó mi furia airada
por un desdén atrevido,
quedo confuso y corrido,
y tú contenta y vengada.
Fin del 2º acto
Jornada tercera
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Acto 3º de Nadie diga mal del día hasta que la noche llegue
Salgan Rosela y Clarinda.
¿Soltaron al conde ya?
Sí.
Buen enemigo, Rosela,
en mi ofensa se desvela.
Como en la mía.
No vi
tal necedad, tal rigor,
que haya tan ciegos amantes
que por medios arrogantes
quieren dar fuerza a su amor.
Si son ciegos sus efetos,
ellos también lo han de ser.
No se obliga una mujer
con arrogantes efetos,
que el amor todo es blandura,
y obligar, corresponder.
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... estimar, agradecer.
Y cuando para esto curas...
Esa locura también
ha de ver, cómo obligada
en la firmeza fundada
por un celoso desdén;
como sorda mareta
que el mar revuelve callando,
ha de ver el firme amando
con paz oculta discreta;
mas si la espuma levanta
con la tormenta deshecha,
ni la firmeza aprovecha
ni la voluntad espanta,
antes con la furia ciega
y el encendido rigor,
en los viajes de amor
el gusto del alma anega.
Consejos para los locos
muchos saben ofrecellos,
pero aprovecharse dellos
lo saben hacer muy pocos.
Rosela, ya que el rey
mi muerte o premio suspende,
por lo que hacer pretende
de furia, justicia y ley,
ya podré a don Juan hablar,
pues tan cerca me has traído
de donde le has escondido.
Tiempo te daré y lugar.
¡Ay, si me dieras ventura
como la que el alma espera,
y qué bien que me estuviera
gozar de la coyuntura!
Pero importa mi advertir
que estás, pues hay que temer,
donde no le puedes ver,
pero le puedes oír.
¿Y él puédeme ver?
Él sí;
que abriendo un poco la puerta
de tal modo que no advierta
que quien pasa por aquí
no eche de ver el que está,
le puedes hablar un hora,
mas con recato, señora.
Mira en el punto en que está,
qué he de hacer, que no te digo,
que no soy Clarinda yo;
como el rey me lo mandó,
a grande rigor me obligo,
y si al rey engaño, es
que la muerte me ha de dar;
mas, si me sabe estimar
como de mi obrar creo,
aunque diga que no soy
Clarinda, echan de ver...
Pag. 47
¡Qué firme su proceder!
¡Tan blando arbitrio le doy!
Llama a la puerta.
¡A don Juan!
¿Es Rosela?
¿Quién podría
ser sino yo?
Al alma mía
mil sobresaltos le dan.
Clarinda a verte ha llegado.
¿Qué me dices?
Vesla aquí.
No abras la puerta.
¡Ay de mí!
Ponte, Rosela, a ese lado,
y perdona.
Esto haré.
¿Estás sola?
Sola he sido
entre cuantas han nacido.
Como en mi suerte se ve.
Antes que diga, en firmeza,
¿haste, Clarinda, casado?
Porque esta noche he pasado
considerando a malicia
que ya velado tema
en su lecho, y no he podido
de nadie haberlo sabido.
Cuál estaba el alma mía,
por estos espacios largos,
la vi en blanco lecho.
En vez de dormir acecho,
de cada niña me encargo.
Por resquicios y agujeros
mi muerte conjeturaba,
y las cejas levantaba,
en estos hierros groseros,
si se cansaba la vista,
arrimaba los oídos.
Desvelado y rendido,
del fin de tan gran conquista,
una voz dijo al costado
cuando pronunciar el no
el eco que respondió
mi muerte había llegado.
Pero mi mal me augura,
pues contemplo en sus recelos,
si te has casado, mis celos,
y si no, mi desventura.
Por cuál camino, señora,
menos desdicha se alcanza,
por temor o por mudanza,
el alma de quien te adora.
Y por tu firmeza esta sigo,
de mi vida en aventura,
aunque mi muerte augura,
dichosa nueva será
que llegue a mí sin duelo.
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que responder,
mayor mal;
por lo mucho que te debo
a revelarte me atrevo.
¿Pues puede haber igual?
No es mayor que todos cien.
Tú, quien eres en valor,
en firmeza y en amor,
y yo una humilde mujer.
No soy Clarinda, don Juan;
esto es cierto, engaño ha sido
de un caballero atrevido
que nombre en Bretaña dan
de mayordomo mayor
del rey, que habiendo tratado
este casamiento errado,
huyó de Clarinda el rigor
tan grande, que a un convento
en religión se metió;
y ansí por él permitió
el rey este casamiento.
Yo era en palacio criada,
y hasta que en la nave entré,
este secreto ignoré,
y muda y recatada,
yo, obligada de tu amor,
al rey revelé el secreto
antes que tuviese efeto.
¡Oh desdicha mayor!
¿Burlas de Clarinda mía?
Celos son, que enojos dan.
No es más clara, mi don Juan,
la luz que da el sol al día.
Celos, ¡pluguiera a los cielos,
fuera menos el rigor!
Pero si tu mal es mayor...
¿Y hay mayor mal que los celos?
Pero quiero confesarte
por lo que tu amor me precia,
que un amigo que te ofrecía
se desvela en adorarte;
y que el rey ha de querer,
cuando esté desengañado,
por lo que aquí te ha estimado,
que venga a ser tu mujer,
con suerte tan levantada
de tu fortuna dichosa,
pues no ha podido de esposa
a servirle de fiada.
Y pues ya no hay que advertirte
de mis confusos rigores,
lo que no pudieron amores
vendrá a pagarte en servirte.
Y verás que esto es verdad
en que favores te di.
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Continúa hablando el personaje de la página anterior, probablemente Clarinda.
cuando en la nave te vi,
que ibas a ser con majestad,
no me enojara tan presto.
Con eso me has convencido,
ignorante y necio ando,
y a mil desdichas dispuesto.
De que el Rey me haya engañado
es la desdicha que siento,
que cae de su nacimiento.
Señora, no me ha espantado
que quien casada se vio
con un rey, y pudo ser
que hoy día es su mujer,
pues con esto solo bastó
para ser mi igual, y agora
la quisiese engañar,
un rey la puede estimar
por esposa y por señora;
y pues a su lado y mesa
las bendiciones han dado,
para siempre ha quedado
el nombre de princesa,
que es como el capitán,
que después de reformado,
aunque esté en humilde estado,
el mismo nombre le dan,
y esta fuerza ha de estimalla
a que tu valor la adiestra,
pues ha pasado la muestra,
aunque no entraste en batalla.
Y en lo que toca a Lucrecia,
mi humilde pecho no ignora
que ella es como gran señora
en estimarme necia.
No erro yo en tu pensamiento.
Mayor
fue la ocasión.
Pero dime, ¿qué intención
tiene el Rey?
Luego despachó a Bretaña,
y aquí las naves detiene.
Por el intento que tiene,
pues no caiga el engaña.
Junta la puerta, que viene.
¿Lucrecia a verme?
No sé.
¡Qué terrible confusión!
Lucrecia y Rosela.
Agora es buena ocasión
para que don Juan esté...
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Seguro de que le adoro,
esta dama le escondió
en el punto que me vio;
fingir tengo que lo ignoro,
que pues le dije a don Juan
que su tercero sería,
diciendo la pena mía
que la suya pensará.
¿Dejaste la puerta abierta?
Señora, sí.
Di que salga,
mi buena dicha me valga.
Es menester que le advierta
que se recate.
No importa.
Salid, don Juan.
Sin temor
puedo salir.
Sí, señor.
Salga don Juan.
A suerte infeliz acorta.
Señora, aunque recatado
de mi infelice ventura,
vuestro valor me asegura.
Pues en nada estáis culpado,
como ya el rey lo ha sabido,
no os tenéis que recelar,
que nada os puede culpar
sino el estar escondido.
Con vuestro favor, yo sé
que estoy seguro.
Es así,
ya a solas dos, ¡ay de mí!
Confusa mi enmienda fue,
que si viendo mi humildad
y de Lucrecia el favor,
ha de suspender su amor
y torcer la voluntad.
Ya ha los días que os dije
que una principal señora
de aquesta corte os adora...
Bien me acuerdo.
Y a mí aflige
la prisa que me está dando
porque os declare su amor,
y aunque con algún temor
siempre le voy recatando
su mucho amor, la ha obligado
que os venga a ver. Qué razón,
ya sé que en esta ocasión
también os ha disculpado
con el rey, que a no contar
las verdades que contó...
Pag. 51
tengo por sin duda yo.
Por mí hablan, no hay dudar,
que os veréis en gran aprieto.
Que a la verdad confiese,
aunque el rey se enoje.
Y pues que ya estáis secreto,
y ella con el rey igual
en calidad, no dudéis
en decir que la queréis,
que una mujer principal
que a quereros se ha arrojado,
aunque es temeridad la culpa,
su mucho amor la disculpa.
Sin duda que me ha escuchado,
porque estas razones son
las que yo con él pasé.
¿Qué más clara le diré?
Mi ciega y loca pasión,
señora, no contemplar
vuestra grandeza y cordura,
creer es pura locura;
mas, ¿cómo puedo estimar
esa dama, si no he visto
quién es, o por qué afición
de mi alta estimación
un imposible conquisto?
Tanto sabéis que le pesa
como nos lo da a entender;
ella es principal mujer,
y, en efeto, una princesa,
y en calidad como yo,
en hermosura, en riqueza,
en el modo, en la grandeza...
¡Quién tanta ventura vio!
Que más claro he de decillo,
entendéisme.
Sí, señora;
digo que el alma la adora.
Pues quiere agora en su bulto
para no dar qué decir...
Y yo buscar en mi daño
del peligro el desengaño.
Ya no lo puedo sufrir.
Muriendo,
cifras, Lucrecia, en el alma
los años de mi deseo,
pues en ti mis glorias veo
y en ti mi esperanza fundo;
y cuando merece, señora,
que tu valor me acredite
y tu agrado solicite
el gusto que mi alma adora,
y con el mismo eclipsas
y de belleza loco...
Pag. 52
Besarte tengo los pies
y la tierra donde pisas.
Basta, señora, que yo
poco en esto he servido;
pues mi vida te he ofrecido,
quien tal debe, en ti reciba.
Quien tal duda, en ti resabios,
si esta no es Clarinda, y celos
de qué Princesa ha pensado,
cuando, quien me ha estimado,
hay tan extraños desvelos?
Como piensa esta mujer
que yo he hablado por ella;
si su grandeza atropella,
no lo acabo de entender.
A sol ella quiere engañarme
por probar mi amor, y yo,
si engañando me ofendió,
con engaño es alargarme.
Señora, por qué razón
Lucrecia ha de hablar por ti,
porque yo te respondí
otra ha sido mi intención;
sino que no hay valor para estimarte,
ni lo eres para igualarte,
tampoco le hallo en mí.
Pues en esto engañado ando.
Bien dices que he pensado
con necio y libre cuidado
que, sin verlo, lo he alabado.
Como Don Juan me entendió,
no me ha querido ofender.
Pero, pues, como a mujer,
mi ceguedad me engañó;
yo pondré, señor Don Juan,
remedio a mi desatino.
Por este oculto camino
duda mis culpas tendrán.
Que si Lucrecia entendiese
que yo quiero a esta mujer,
por fuerza me ha de ofender.
Sale el Almirante y Canseco.
Mandóme el rey que trujese
a Don Juan a su presencia,
y ansí le vengo a buscar.
¿Dónde le piensa hallar?
No, que no tengo licencia
para hablarle aquí.
Es aquél.
¿No lo ves?
Sí, señor mío.
¿Por qué, ciego desvarío,
conmigo eres tan cruel?
¿No avisarás a un portero
que me llama, ya que he andado
como ratón chamuscado?
Pag. 53
Por uno y otro agujero,
y cual murciégalo rasero
dando vueltas con el viento
por uno y otro aposento
tras de ayunar el traspaso,
y que de ayer a la oración
perdido y embelesado
un viernes santo he pasado
todo por mi devoción.
La paz que vendrá, Almirante.
Don Juan, paciencia,
que el verme en vuestra presencia
y a vuestro aspecto que me espante.
Disimulad y hablemos
de otra cosa.
Sea ansí.
No mostréis temor.
Decid.
Don Juan, que no le mostremos,
que aquí con galantear
con estas damas mejor
se disimula el temor.
Ya no me llegáis a hablar,
mucho vuestra ausencia siento,
Almirante.
Perdonad,
que mi mucha voluntad
y mi escondido intento
me pudiera aquí disculpar.
Ellos, y yo, ¿qué culpa
tienen en aqueste engaño?
Pensar tendré de su daño.
Su buen rato los disculpa.
Ya estáis a su lado. ¿Puedo,
señora, hablar con vos sola?
Dícese.
Aquí ha de entrar mi abuela,
bien podéis hablar sin miedo.
Que si nota mi atrevimiento,
yo os pido de v.m. perdón.
Es menester la razón.
Líneas tachadas.
¿No ves que me has engañado?
Viniste para ir a Londres.
Dícese.
Pues, amante no honrado,
Calla agora, que consiente
mi vida en callar aquí,
que cuanto a Lucrecia hablare,
aunque más mi amor declare,
todo lo dice por ti.
Irán con dos sentidos
Dícese.
las razones que dijere.
Bien que ella no me quisiere,
mas como a los atrevidos
los suele favorecer
la fortuna en causa indigna.
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A su belleza divina,
por fuerza me he de atrever,
yo, si ignora Rosela
como en mi memoria está
la imagen que ofrece ya
al rigor que me desvela,
grosero soy, y atrevido,
en nada lo habéis de ver,
pues sé que de tal mujer
seréis muy favorecido;
que estimar la voluntad,
y discreta diligencia,
da firme correspondencia;
y más donde hay igualdad.
No digáis más, Clarinda,
que para primer favor
no se puede haber mayor
que el que Rosela te da.
Al fin, don Juan, la respuesta
de lo que os dije, primero
con mucho cuidado espero,
el alma y vida dispuesta
a vuestro gusto me remito,
y así podréis estimar
lo que os deseo agradar
con firme y noble respeto;
porque si tan firme ha sido
esta amorosa intención,
como lo es mi corazón
dichoso extranjero siendo.
no distan tanto a entender,
quitad ambas ese cuidado.
lo que tiene de hacer
firme demostración
en esta amorosa llama.
que hablamos con esta dama
es gallarda invención
que sufría en el rigor
a don Juan, para ascondelle,
y hallo aquí, para perdelle,
sino peligro mayor.
Mientras estáis sin armas aquí,
nadie os ha de ofender;
habladme, que podría ser
que lo que pensáis de mí
que os haga un buen favor,
que es lo demás desvarío.
Señora, de vos lo fío.
Cien ayes más me han de amar.
Vuestra voluntad estimo.
¿Y adónde podré, señora,
hablar con Rosela?
Ahora;
pues a serviros me animo,
como dueña de la llave,
que la habléis por el jardín.
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Tendrán mis desdichas fin.
Con cuál destas hablaré,
mas son todas principales.
Ni dar celos, ni pedillos.
Y temo que nuestros carrillos
no toquen los atabales.
¡A fortuna en que me pones!
Esta palabra te doy.
El primer lacayo soy
que ha quedado de nones.
Al fin, Don Juan, esta dama
segura puede quedar
que la sabéis estimar.
Digo que la ardiente llama
de mi amoroso deseo
eternamente será
tan firme como lo está.
Quiero mucho que esto creo.
Con muy lindos empajes estamos.
Porque a tan gran hermosura,
qué voluntad asegura.
¡Oh, qué bien que la engañamos!
Vamos, que el rey nos espera.
Para más disimular,
dale la mano al pasar.
Eso no, que si me respira...
Enojarme a mí no ha de ser
semejante atrevimiento.
Darásme mucho contento.
Pues muy acaso ha de ser.
Y has de hacer que no lo ves.
Sea ansí.
A los dos.
Generoso caballero.
Viose galán más cortés.
Dame al descuido la mano.
Ay, ¿qué me depara, qué?
Porque es mi gusto.
Sí haré.
Aunque por Clarinda ufano
te recuestas aquí, ya se sabe,
que no lo crees será mal.
Nadie diga mal del día
hasta que la luz se acabe.
Vanse y sale el Príncipe, Severo y Lesbio.
Con causa justa vuelvo a extrañar,
agravio tan notorio y tan extraño.
Ni sabio, ni coronado, ni prudente,
quien disimula tan notorio engaño;
mi padre, el rey, se enojó y se siente,
la sangre que le alienta olvida el daño,
mas yo que a ver tan grande engaño llego,
todo mi pecho es corazón de fuego.
Pag. 56
Vasallos tiene buenos el Rey, y gentes
con quien tome venganza deste agravio,
que aunque su majestad es tan prudente
y disimula el daño como sabio,
la causa como injusta no consiente
que sirva al enemigo vulgo de labio.
No siento desatar el casamiento,
la burla infame y el engaño siento,
y para que sepáis que deste enredo
pues solos me escucháis, puedo alegrarme,
y que ufano de haberle hecho quedo
aunque obligado al fin para vengarme,
y que es Lucrecia divina a quien el miedo
de perderla rompí por desdeñarme
y el alba con que el sol al alma envía
rayos, agua y fuego eterno enfría.
Saliendo a este jardín, que arroyos bellos
murmuran sus rosales corriente,
por verse en aquel cristal que en ellos
rica esmalta su peinada frente,
una tarde que el sol rubios cabellos
esparce entre arreboles del poniente,
y en este un mundo dellos mide su tasa
capa de grana con que al oro pasa.
Salí por los jardines repartidos,
siendo de bellas murtas fabricados,
el conejo y la cierva suspendidos
de nuevos laberintos entrincados.
Pero aunque en verdes yerbas esparcidos
estaban sus incendios declarados,
me añade de su fuego una centella
no acertaba a salir, quedéme en ella.
Pues sin mover los pies en una fuente
que de blanco alabastro fabricada
en torno doce cisnes boca y frente
arrojan con rigor la plata helada.
Y para suspenderles la corriente
con un listón de jaspe rodeada
mide su furia aunque en un estanque
y a Lucrecia divina, que en su orilla
cercada de sus damas se bañaba
no descompuesta, que por maravilla
su planta los cristales afrentaba
el manto cubriendo la rodilla
medido con el agua deslumbraba
el hábito que al sentido significo
pesado fue y grosero aunque era rico
y quise esconderme entre las verdes ramas
cual suele el cazador que al ave tira
sintiéronme, y cacé furiosas llamas
que se merece el que curioso mira.
Pag. 57
Líneas tachadas al inicio de la página.
Y fuime de allí, pidiendo recatado
perdón de un insolente atrevimiento;
pero, paso, aguarda, que salteado
fui, turbado, rosado y diligente,
del lance, mísero, y del cuidado,
vergüenza ofende, y no consiente
que le acompañe más; pero al dejarme,
volvió sino a quererme a contemplarme;
mas añadiendo llamas a mi fuego,
que ardiendo vuela por el pecho mío,
seis años ha que la imagino ciego,
y cual al gusto y fe de mi albedrío,
que es mayor darla celos, no lo niego
con este casamiento, o desvarío;
y soy cual tirador, formando presa,
y revienta en los ojos la escopeta,
de suerte que el no hacer el casamiento
puedo decir, que a dicha lo he tenido.
Dile, Príncipe, que en todo el intento
esfuerza castigar.
Villano ha sido.
Sabrá Bretaña en mi rigor violento,
antes que el tiempo, con eterno olvido,
sepulte esta maldad, si hay quien me iguale.
Todos te seguiremos.
Sale el Rey, y Almirante, y don Juan, y criados.
Notable diligencia ha que aguardo
el correo, señor.
Aquí ha llegado,
con el intento y furia de mi pecho,
según la brevedad con que ha llegado.
Padre y señor.
Hoy queda satisfecho,
fíalo del rigor de mi cuidado,
esta carta me escribe un rey de Bretaña,
dejadnos solos.
¡Qué insolencia extraña!
Vuestra majestad, que ha dado
calidad a mi corona,
por admirar mi estado
mi sinrazón no perdona
más de a mi cuidado.
Si por poderes casé
con mi... y el viaje fue,
quien con término grosero
hace que ofendido esté,
no estará la culpa en mí,
más que en el que le ha ofendido.
Pag. 58
Luego es la Princesa.
Sí,
y pues él la causa ha dado,
y tan desdichado fui,
digo que soy de opinión,
respondiendo a lo que has escrito,
que castigarla es razón,
pues es en ella delito
cualquier liviana intención.
El Rey responde en efeto
como rey.
Señor, no entiendo
este enigma en este efeto.
En que el enojo suspendo
verás que he sido discreto.
Ciega es Clarinda, y amor
con violencia la ha obligado,
y porque pueda su error
dejarte desobligado,
disimularle es mejor;
que los cuerdos y los sabios,
a cuya opinión me obligo,
con un candado en los labios
forman de modo el castigo
que no altere los agravios.
Y el que mala opinión cobra,
con lo que sospecha labra
si demostración le sobra,
viene a ser lo que es de obra
lo que ha sido de palabra.
Y pues con amor te obligo
y el pesar te dé el casado,
que seas cuerdo y sabio digo,
porque de un rey enojado
una palabra es castigo.
Toma y mira este papel
cuando estés en tu aposento,
que quiero que, viendo en él
el fin de este atrevimiento,
seas más sabio que cruel.
Y vete luego, porque allí
vienen esos caballeros.
Para servirte nací.
Salen Don Juan, el Almirante y Canseco.
Somos, al fin, extranjeros;
paciencia.
El Rey está aquí;
¿qué disculpa he de dar,
si ha estado conmigo enojado?
¿Quieren que le llegue a hablar?
Canseco, no seas cansado.
Con verde me han de llamar,
pues con esperanza voy
de hacer algo en tu servicio
y nunca premiado soy.
De muy noble ha dado indicio.
Pienso que engañado estoy.
Llegad, Don Juan.
Pag. 59
Desbarío
ha sido llegar aquí.
Señor, de quien sois, confío,
pues no ha sido culpa en mí.
Alzad, que el intento mío
es deshacer y hacer,
como quien soy.
Tu grandeza
tenga del mundo el poder.
Dicen que sois...
Más presteza
hace temblar y temer.
El rey de Bretaña escribe
que sois un gran caballero,
y que vuestro nombre alivie
en su memoria, y yo espero,
pues de este gusto recibe,
honraros mucho.
Señor,
humildes a tus pies beso;
no me agrado de este amor,
que un tal rigor, tal suceso
hace el peligro mayor.
¿Quién sois en España?
Un hombre
del levantado linaje
y de ventura agitada.
Es la fortuna inconstante.
Del rey Abarca famoso,
que fue de Navarra un Marte,
es mi descendencia ilustre.
Valeroso fue, adelante.
Es mi casa en Aragón,
aunque hay muchas principales,
la que resplandece entre ellas.
Bien merecéis que os alaben.
Mis armas contienen rojas,
y de yedra los follajes,
tienen bandas y corona.
Esa grandeza es bastante.
Maté un conde en desafío
sobre tomar los lugares
haciendo cortes mi rey.
Dicha fue, pues que os librasteis.
Tomé puerto y embarqueme,
fui a Bretaña en una nave;
serví al rey, diome el bastón...
Razón fue que os estimase.
Y juntando caballeros
para este honroso viaje,
me embarqué, y en el camino...
Bien, no paséis adelante.
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no quiere que me disculpe;
forzosos peligros nacen
de esta confusión terrible,
o ha de morir, o ha de casarse.
¿Qué hay, don Juan?
Ciega fortuna.
Paciencia, que un paso grave
saben los honrados pechos.
Salgan gentes, Severo y Urbato.
Ya está lo que mandaste.
El príncipe, gran señor,
mi hijo, a mi gusto sale,
caballeros de mi corte,
y los que de varias partes
en mi palacio asistís,
oíd un caso admirable.
Yo estoy viejo, y he pensado
por ciertas dificultades
darle el reino a mi heredero
y a un convento retirarme.
Esto se ha hecho en secreto,
si no he dado a todos parte
es porque la brevedad
fue como el caso, importante.
Él tiene ya la corona,
y esposa, que al cielo alaben,
que solo falta jurarle.
Don Juan corre una cortina y descúbrese un trono con dos sillas; en la una, Clarinda muerta con una daga en los pechos, y el príncipe muy severo mirándola, y entrambos coronados, cada uno con su corona.
¡Válgame el cielo! ¿Qué miro?
Pero quiero reportarme,
que si muestro sentimiento
me han de matar al instante.
¿Qué os parece?
¿Qué calláis?
De esta suerte satisfacen
los reyes las leves culpas.
¡Qué fiereza y furor grande!
¿Qué decís de esto, don Juan?
Que su Majestad lo hace
con razón; que si no es esta
Clarinda, y por engañarle
trajeron esta mujer,
cualquier agravio deshace
la muerte, y en ella ha sido
piadoso, porque en darle
siendo humilde, la corona,
no es castigo, es premio grande.
Es premio de un basilisco.
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El desengaño es bastante,
quite y note que Clarinda
en no sentir y alterarse
muestra que no está culpado,
corre esa cortina.
Grave
es mi desdicha.
Es preciso,
que agora de don Juan hacen
aviso tanto.
Ya yo espero
lo que dice el almirante.
Pase del trono el príncipe.
Dame mi premio.
Mal has hecho.
Yo he hecho lo que mandaste.
¿Leíste el papel?
Leíle.
No mandé que la matases,
sino que fuese fingido,
por ver si estaba ignorante
don Juan, que en el sentimiento
es fuerza que lo mostrase.
Dándole yo la corona
era justo desvelarme
en si era verdad o no.
Pues, ¿qué has de hacer, si se sabe
cómo Lucrecia lo ha dicho,
que fue engaño y disparate
que le trazaron las dos?
Yo estoy satisfecho.
Salga Lucrecia y Rosela.
Baste,
llegad, amigos.
Señor...
Vuestra majestad cuadre,
señora, pongo en razón
tan ciegas dificultades.
Lucrecia ha de ser mi esposa,
pues el reino me entregaste,
yo empiezo a mandar, que presto
a su gusto...
Si ha de darme
la corona, yo lo acepto;
¡ay desdicha semejante!
Del mundo la mujer,
por hermosa...
Y por constante.
¿Qué premio das a don Juan?
Agora puedes casarle
con Clarinda, pues su muerte
hizo que la repudiase.
Yo lo acepto, aunque esté muerta,
porque a un hombre muy valiente...
Corre esa cortina y llega.
Corre la cortina y llega don Juan.
Agora quité el pesarme.
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norte y sol del alma mía,
cómo podrás alumbrarme
al cielo de tu hermosura
y a tus rayos fulminantes?
Qué es esto, señora mía?
No hay quien responda?
Qué talle
de casamiento es este, loco?
Diga quién es el almirante.
Qué veis, mi señora?
Sí.
Quién me responde?
Quien sabe
que la ha aborrecido un rey
y que sabe bien que la estimáis.
Qué es esto, vasallos leales?
No mandé que la matasen?
Señor, reporta el enojo,
que esto ha mandado tu padre.
Si a Lucrecia has querido,
no es bien que de esto te espantes;
Clarinda ha sido muy cuerda,
y pues en Lucrecia hallaste
igualdad para tu gusto,
deja de hacer disparates;
sea don Juan tu general,
y el título quiero darle
de príncipe de Plemuca.
Con buenos principales.
Dadme la mano, señora.
Yo pido a Rosela.
Y yo.
A quién quieres?
Al almirante.
San Pedro se la bendiga,
que el amor no ha de forzarse.
Vuelva a gobernar sus naves.
Yo me he quedado de nones,
conmigo puede casarse.
Dadme la mano, señora.
Y os la doy.
Muerta y constante.
No habrá Cristo en mujer.
Fuerza ha sido que se halle,
porque entre valientes nobles,
cuerdos, discretos y amantes,
nadie diga mal del día
hasta que la luz se acabe.
Perdonen sus muchas faltas.
Fin.
