testo digitale di La espada del segundo Adán
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La espada del segundo Adán. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-espada-del-segundo-adan.
LA ESPADA DEL SEGUNDO ADÁN
Jornada primera
Pag. 1
1
Línea ondulada
Constancio, emperador
Constantino, su hijo
Elena, su madre
Zoilo, gracioso
Marco, Theófilo y Artemio, salteadores
Lucio, general
Un capitán
Un alférez
Mercurio
Sant Silvestre
Melquíades
Maxencio
Irene, su hija
Dos marineros
Lauro y Julio, soldados
Decio
Abiatar y Anás, judíos
Zambí y Simón, judíos
Jonatás, judío
Una mujer
Línea horizontal
Salgan Theófilo, Marco y Artemio salteadores, desnudos, tapados con despojos de prendas, y dicen dentro las dos personas primeras.
Acábale de matar,
no te me fíes, que es cobarde.
Antes le quise dejar
con vida, y por temerario
le di muerte a mi pesar;
tuve miedo.
Su talle,
su riqueza, su gallardía
me dio, quien en plata se halla,
y quitallo lo que tenía,
pero obligóme a matalle.
Los demás se defendieron,
pero en fin los más
murieron.
De los que escaparon...
Pag. 2
Cada uno en su aden. defendióle lo que tenía.
¿Cuántos faltan de mi gente?
Cuatro, y siete de la suya.
Oncenos, que esta mar enemiga
y mal casada nos dejan,
ensayos de oro genial,
lance que, si no se alteran
las naves de la chusma,
la gente, que se alargó
de las naos a la mar
este, que en tierra saltó,
más llevaba que dejar.
Todo lo que trujo dio.
Él una prenda traía
de oro de tanta ley,
y este joyel no sería
menos que de un hijo de un Rey.
En todo le parecía.
Pues mira esta espada.
Fiera
la presa que habemos hecho
por solo saber quién era.
Otras cartas en el pecho
le hallé, y aun se pudiera
saber de él.
Esto imagino:
es de Constancio.
Quisose ir a Maximino
a la ciudad de Bizancio
a ver hija de Constantino
que va con él.
¡Qué engaño,
terrible engaño fue el mío!
Al César le habemos dado,
por no conocerle, muerte
alevosa, a Constantino;
que iba por su mala suerte
a ser del gran Maximino
yerno, como aquí advierto.
¿Quién es Maximino?
Tiene
el Imperio de Siria y viene
hecho ya César romano
a casarse con Irene
su hija, digo.
Y vino
y llegó en hora siniestra
donde yace valiente,
más que por codicia nuestra.
Lo perdió todo la envidia.
Ya se perdió, ya está hecho.
Capitán, ¿de qué te quejas?
La queja no es de provecho,
que este consuelo nos queda;
ánimo muestra, buen pecho;
muchas hazañas has hecho.
Aunque amigo,
lo que yo siento en mi pecho...
Pues, ¿qué temes?
El castigo
de tan gravísimo exceso.
A Constancio emperador
por enemigo tenemos,
hijo es suyo, ¿qué se espera?
En estos montes tendremos
contra su enojo y rigor.
Aun bien que nos ha dejado
su hija en esta ocasión,
con que mudemos de estado.
Busquemos otra región
que es ancho el mundo y poblado.
Quédese Morien a morir,
a esperar el escarmiento
y el daño que le viniere.
Y que en tal caso gente
ligera aguarde, agüero.
Bien dices, con él andemos
a este puerto de Heraclea,
que allí nos embarcaremos
para Bizancio más aína.
Pues vamos, caminemos.
Vanse.
Sale Elena, Constantino y Zoilo.
Por tierra bien podrás ir,
por la mar yo no me atrevo.
Zoilo, ¿adónde te llevo?
No partas, te he menester;
que no porque te he criado,
y siento mucho dejarte.
Mas sentiré yo qué parte
en el buche de un pescado,
mas quiero pisar las orillas
quitando lo empastado,
y en el barco atolondrado
pidiendo agua por cuartillos.
¿Mesana yo? ¿Yo bolina?
¿Yo árboles de fortuna?
¿Yo una vez metido en una?
¿Yo en boca como sardina?
¿Yo a onzas dando vaivenes?
¡Sino caeré borracho, nadie!
¡Dios vaya en su compañía!
Buen hijo, Zoilo,
este acompañarte obliga.
Alto, que de Dios confío
te hizo a llevarte conmigo,
su mucha lealtad me obliga.
A mí me obliga no ir
los peligros de la mar;
yo estoy hecho a caminar
por ventas, bebo al salir,
llego al lugar a las dos,
ceno, y paso mi camino,
topo otra venta, contino,
almuerzo, y bebo otro poco,
llego a la noche cansado,
ceno como un descosido,
ceno, duermo, y he bebido
tanto como he caminado.
Y fuera de esto, Señora,
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Tengo un sueño muy pesado,
pienso que estoy recordando,
y me levanto a deshora.
Y tal vez me ha sucedido
salirme al campo a tirar
la barra, y sin recordar
haberme allí amanecido.
Mira tú por este estilo
si a media noche creyendo
que es venta, salgo durmiendo
donde irá el pobre Zoilo;
paréceme que amanezco
metido en una villena,
y bebiendo a boca llena,
pero no como tú dices.
¿Esos peligros recelas?
¿No te parece que son
notables, y que es razón
que de Zoilo te duelas?
Mientras embarcado vas,
deja, amigo, de beber,
que temo que has de caer,
y así no peligrarás.
La noche que me embarqué,
en la nave había bebido,
y al buque medio dormido
salí, y asomé a que
estaba en leche la mar,
casi no se meneaba.
Y yo, aunque despierto estaba,
no me dejé de acordar;
pensé que al campo salía
de una venta, golosazo,
y que era villano espantoso
todo aquello que veía.
Saqué un pie de la nao,
y si no lo hay por enojo,
una hora estuve en remojo,
pardiez, sin ser bacalao.
¿En fin te quieres quedar
pobre, y en ajena tierra?
Yo me iré a Roma, o a tierra,
y vete tú por la mar.
A lo que voy me al navío,
que acude gente a la playa;
hijo, este no te voy a dejar
sin algún socorro mío:
déjate algunos dineros
y vente luego a embarcar.
Si en tierra me has de dejar,
más que me dejes en cueros.
Yo te dejaré comprado
un bizcocho.
Huye de ahí.
¿Cuánto has menester?
Que te
estoy muy obligado.
Salen Teófilo, Artemio y Marcio.
Parece que aquel cabo
a la mar se debe hacer,
en proa luego a Javier,
para donde hace viaje.
Estos debían de ser
esclavos, a lo que juzgo.
¿Qué trae ese viejo?
¿No ves
ese hombre a quien hablo?
¿De qué esta gente se admira?
¿No ves aquel hombre? Mira
que es Constantino.
No sé,
¿no le mataste?
Eso admiro;
muerto le dejé.
Pues bien,
¿ha resucitado?
No sé cómo;
cuanto más le miro,
más me parece que es él.
Con el mismo engaño estoy;
Constantino es, como le
miro, su rostro es aquel.
Señores, ¿qué veis en mí
que os causa esa admiración?
No es su habla, aquella acción
no es suya; digo que hoy
a Constantino hablo.
Como si este es Constantino,
a nosotros nos sobró
luego, Artemio quien nos dio
y nosotros a cuchilladas
las prendas que le quitamos.
Soldados, que cierto estamos
en el monte, las cabras
no han salido, ya esperando
lo que pretenden hacer;
no acaban de conocer
de qué, quietos, están mirando
a mi amo Constantino;
él es, dejen de mirar,
y los que en gusto tengan
semejante desatino.
Zoilo,
¿No estás corrido
de que estos te miren?
No.
¿Qué importa? Sospecho yo
que a alguno soy parecido,
y eso admiran.
Constantino
dice que es, que estamos
en el monte, que dudamos
él es.
Aún lo imagino.
Zoilo, este lugar es
tanto, que os pudo engañar;
dejadme, que le he de hablar
la industria que se me ofrece,
que a todos nos ha de ser
de mucho interés; hidalgo,
bien decillo.
No sé en qué
andáis.
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Soldado, llegaos acá.
¿Qué, a mí?
Señor, óigame.
Mire si dice a mi amo.
A vos digo.
¿Qué podrá
quererme este a mí, señor?
Llega allí.
¿Es gente segura?
Llegaré.
¿Qué se aventura?
Llega.
¿Tú no irás mejor?
Que eres a quien han mirado.
En eso paro. Zoilo,
cúbrase.
Corte el hilo
a la cólera.
Soldado,
mirad que espero.
Llégase a él por hacerme a mi amo. Cúbrase.
Allá voy.
¿Qué manda vuesa merced?
Cubierto estoy.
No le dije sino se cubre;
entre amigos más llaneza,
no descubra la cabeza,
que es necia servidumbre.
De humor es.
¿Quién le ofende
a vuesa merced?
Quería
saber, si es su cortesía,
por lo que a vos se parece
este hidalgo, su nación,
su estado, y su calidad.
No hallaréis en la ciudad
dos que de eso den razón,
que yo, lo que es nacer suyo,
y aun a la madre
conozco, lo que es el padre
no lo puedo conocer,
porque no le vi engendrar,
ni el mozo sabe quién es
su padre.
Decidnos pues
qué hace en este lugar.
Seis días ha que aquí llegamos
a embarcarnos para Roma
en esta nave que toma
viento, para que salgamos.
¿Es griego?
Nación britana.
¿Pues quién le trujo a este puerto?
No sé si en decirlo acierto,
porque es una historia extraña.
A Albión, que hoy se llama
la Gran Bretaña, teniendo
Diocleciano, y Maximiano
en paz el romano imperio,
gobernaba Claudio Albino
como romano prefecto;
rebelóse por sus tiranías,
habiéndose en armas puesto
los bretones, dieron muerte
a Coel, padre de Elena,
y Orlando de aquellos tiempos.
¿Quién es esa Elena?
Madre
de mi amo. En fin, soberbio
Coel, de algunas victorias
que ennoblecieron sus hechos,
llegó a ejemplo de otros muchos,
a hacerse absoluto dueño
del Albión, digna hazaña
de aquel generoso pecho.
Coronó de oro la frente
en vez del laurel primero,
y no sin que a Roma tuviese
dudoso el dueño del cetro
llamóse Rey de Bretaña;
y en fin, con varios sucesos,
Augusto llamándose,
despertando más émulos
pasando a Bretaña Constancio
nombrado César Supremo,
no más de por su valor,
sin ser amigo ni deudo
de Diocleciano, partió
contra Coel, el cual siendo
vencido en una batalla
por Constancio, quedó preso
en sujeción algunos años;
pero Elena en este tiempo,
y de industria de Constancio,
a Constantino alumbró.
Dándole el nombre.
Hasta ahora
la madre no ha descubierto
al hijo quién es su padre,
ni el mozo sabe.
Luego infiero
que es hijo de un hombre humilde
y de una mujer encubierta.
Tuerto,
tiene el galán que le dio
al hijo, nombre tan bueno,
con que quebró la prisión
de Coel.
Huyó por su yerro;
dejó echada en esta provincia
a Elena, como en destierro,
donde murió habrá seis meses;
y ahora ambos nos venimos
a Roma a buscar la vida,
sin tener otro remedio.
Si tu amo va a Roma,
que yo del triste suceso
lastimado, su bien trato,
háblale a mi compañero.
Señor, de venida somos,
no te embarques.
¿Qué hay, Zoi?
Que él
te tiene afición aquí.
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Córtale del Rey en que suelo
tanta necia ceremonia.
Pues, ¿para qué?
Eres un necio.
Si ha de ser de manera
ya sabes que tengo ingenio
que ha lastimado de oírme;
valor, ánimo de haceros
a ti Senador de Roma
y a mí bebedor tudesco.
Sea quien fuere, un alcano
Constantino iba a ser yerno
de Maximino a Bizancio
que está cerca de este puerto;
este le parece al otro
tanto, que habiéndole muerto
seis días ha, nos tuvo
engañados y suspensos,
teniéndole por el mismo
Constantino, y aun sospecho
que son hijos de Constancio
por la relación que tengo.
¿Qué ocasión, qué fortuna
mejor pudiera ofrecernos
para quedar sumamente
de una vez ricos? Seremos,
entregado a Constantino
este mancebo
con Irene, pues como
en rostro, en talle, podemos
afirmar que es Constantino,
y más mostrando los pliegos,
los poderes y las joyas
que darán más verdadero
testimonio a Maximino
de la verdad, más pensamiento
como mío.
Industria extraña.
Pues dejadme hacer, Artemio,
la relación; he de ver
medio en este criado. No
me obligo a haceros señor
el bien más alto y supremo,
porque estoy muy lastimado
de vuestras cosas.
Deseo
servir tanta voluntad.
Presto veréis la que os tengo.
¿Quién sois, señores?
Criados
de Constancio que el Imperio
del mundo tiene a su cargo,
veis aquí su firma y sello;
leed todas estas cartas,
ambos de ver que habiendo
Constancio casado en Troya
a Constantino heredero,
hijo suyo con Irene,
fue por unos bandoleros
muerto, desgraciadamente
habrá seis días y menos
en esa montaña.
Caso
notable.
Éramos doscientos
juntos los que con él saltamos
en tierra, quince murieron,
los demás tres solamente
escapamos.
Ya no puedo
de lastimado escucharos
sin muchas lágrimas, siento
su muerte, como si fuera
de un hermano.
Yo os prometo
que os parecéis como hermanos
tanto, que mis compañeros
pensaron que érades vos,
habiéndole visto muerto,
y eso admirábamos tanto.
Ya yo he echado de ver el yerro.
Pues que os llamáis Constantino,
y sois su retrato mismo
y quizá su hermano, asid
esta ocasión de los cabellos,
gozad a Irene, casaros.
¿Qué decís?
Una vez hecho
cuando lo sepa, ¿qué daño
os ha de venir por ello,
si de Coel que ha de callar
hija y padre, qué remedio
tiene después, si es ella
hija de un César, vos nieto
de uno que fue Rey.
Señores,
la cortesía agradezco,
y yo soy un pobre soldado
que aun no sé el padre que tengo,
no es justo burlar a Irene
que es Reina, en fin no me atrevo.
En códices de esto
miren si yo le parezco.
¿En qué repara?
¿No veis
el peligro?
Aquí no veo
sino su gran cobardía;
también nosotros corremos
el mismo peligro.
Acaba,
¿qué dificultas?
Dineros
y joyas tendrás y feudos.
Miren si yo le parezco.
No se resuelve.
¿Es posible
que sufre engaño el respeto
de un César, la gravedad
del caso, un agravio hecho
a su hija propia, no admira,
no espanta, no os pone miedo?
No, si el mismo Constantino
volviera al mundo, no entiendo
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que se supiera cuál es
de los dos el verdadero,
y si hay peligro muy grande,
por eso es más grande el premio.
Sí, Irene, bien dices;
bájese mi madre, quiero
probar mi fortuna. Vamos.
Miren si yo le parezco.
Vanse.
Salgan Maximino, Irene y acompañamiento.
Por esta carta sé que disfrazado
partió de Roma ya.
Llegó la carta,
y él, viniendo a casarse, no ha llegado;
tibia pasión de novio.
Que se parta
luego contigo, manda.
¿Y hay más pena
que una hija de un padre así se aparte?
Aun no ha llegado y la partida ordena
al hijo, habiendo padre; que la mía
siente, por irme voy a tierra ajena.
Si supiera, señor, que así dolía
el amor de la patria regalada,
y de un padre la tierna compañía,
por la mía, la que es más deseada
en la mujer que a ser casada aspira,
hubiera eternamente despreciada.
El amor de la patria mucho tira,
mucho el del padre, pero el del marido
de los demás a todos se retira;
llegará a ser amor lo que no ha sido,
vendrá a estar en dos pechos diferentes
a una alma sola, un corazón unido.
Entonces con más graves accidentes,
para el amor que engendra el nuevo esposo,
no hay padre, no hay hermano, no hay parientes;
al yugo conyugal, dulce, amoroso,
la libertad más libre se sujeta,
ningún amor con él es poderoso.
La mudanza de estado el pecho inquieta
de la doncella honrada, que vivía
a la obediencia paternal sujeta.
No puedo hacerte alegre compañía,
hija, en esta edad tan indispuesta
para otra más amable prenda mía.
De Constancio tenemos ya respuesta;
apenas que ha partido Constantino,
tráigate Dios con un felice acierto,
y tú, devota, a Júpiter divino
importuna, entretanto que Himeneo
te colme de tus gozos, y benigno
haga que llegue a lograrse mi deseo,
colmado llegarás a ver el mío,
pues es señor del mundo en quien te empleo;
suyo es tu cargo, y de él será el suyo,
el imperio del Asia que poseo.
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Sale un paje.
Señor, albricias.
Llega.
¿Constantino es? Esto apruebo.
Señor, sí.
Alégreseos cuanto Irene.
Su vasallo yo.
Sale Teófilo.
Dámelas, magno señor.
Álzate, Teófilo.
A besarte
las manos vengo de parte
de Constantino emperador.
Carta suya.
Obedezco.
La firmación reconozco.
Obedezco.
Esta es, tan reina,
suya.
Mi firmeza le ofrezco.
A las cubiertas habla, Irene.
Deme vuestra majestad
sus reales manos.
Llegad
a mis brazos, como viene
el César, vuestro señor.
Lleno de ofrecellos,
como a gozar los trofeos
que en vos le rinden amor,
como a ver la maravilla
que se labra en vuestros ojos,
la fama, a cuyos despojos
el mundo las sienes humilla.
Bien lo habéis encarecido.
Mandó que me adelantase
porque las albricias ganase
de dar la nueva al partido.
¿Dónde queda?
En una aldea
a cuatro millas del camino.
Como para Constantino
el recibimiento sea,
Antes le tengo de avisar
que ha querido entrar disfrazado.
Está el pueblo alborotado,
se querrá recatar.
Por venir más encubierto,
y presto, a su parecer,
quiso esta jornada hacer
por mar, y a vista del puerto
de Heraclea habiendo dado
fondo en la cala la nave,
saltó en tierra como ave;
está aquel monte poblado
de salteadores, salió
una escuadra de repente,
y degollando la gente
que a tierra con él salió,
fue cautivo, y su rescate
nos costó una suma inmensa
de oro; mas al César ofensa
enorme novedad hace
el castigo. Vayan luego,
y en todo aquel horizonte,
hombres, fieras, aves, montes,
todo lo consuma el fuego.
No me allano a mis recelos,
que como ya vive en mí
fuego inhumano, sutil,
guárdame en mí desvelo.
Ya lo dejará asentado.
Pues como tan de improviso
no cura de darme aviso,
míreme aderezada. Paso.
Sale Constantino, Zoilo, Artemio, y Marcio.
Señor, vuestra alteza sea
muchas veces bien venido,
aunque notorio ha sido
cómo mi amor lo desea.
Maximino, yo no he dado
lugar al recibimiento,
porque fue siempre mi intento
llegar aquí disfrazado
fuera, diera hoy el bordón
al emperador, mi padre,
para ir a los pies de mi madre,
Y aun yo vine de rondón.
Como tuviese la nueva,
a la emperatriz Irene,
mi señora; en hora buena
llegué.
Pues ella viene.
¿Cómo?
De rigores se previene,
no asintió vuestra venida, señor,
de gusto.
Guarde mi amor
su vida, madre y señora,
como a blasón de amistad,
a los pies de su grandeza
llego, pues los venero,
al besar la majestad
de un Rey a quien adoraba.
Mano le parece en todo
del talle, el lenguaje, y modo
con que su padre y no admira.
Por vida de buena hija,
quien a Roma subiera
de mi parte que os diera
fin de esta guerra prolija;
pero yo volveré presto
a gozarlos, gran Rey.
Él sea amado Rey,
acabóse aquel felice puesto
en la cabeza.
Ay señor,
vuestra esposa os ha de hablar.
No ha de venir a mostrar
las muchas gracias que tiene,
aunque ya un retrato vuestro,
señora, os trujo
fiel pincel de los cielos
al deseo del maestro,
y en el mío os retraté
con el pincel de mi gusto.
El retrato al vivo...
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Como yo lo imagino
dad la mano y licencia
de besarosla.
Señor,
siendo vos mi emperador
y estando en vuestra presencia
yo os he de dar la mano.
No, que no, ya pensaré
que en la vuestra atadura
la fortuna de mi mano
yace.
Irene es aquella
con quien se ha de desposar
el César, y a de entregar
luego para ponella.
Claro está.
Hay ya de atreverse
a temer, pero
Pues ¿no?
miren, equivócanlo,
no más de por parecerme,
y que yo no haya topado
con hombre que me parezca,
y cuando Dios me lo ofrezca
será algún desorejado
o algún desnarigado
que por él me habrán de azotar.
Zoilo, no te alborotes,
que aunque a su amo y señor
no le parece, no están
sus espaldas de otro modo
seguras.
Antes me espanto
ah, cómo no me las dan.
Cesen la grita, os envío
acá aquesto, pienso
de espanto.
No despertéis
para más, Irene mía,
la voluntad de mi padre
a quien debo obedecer;
le fue forzoso volver
a los ojos de mi madre,
quien de mí la nueva sabe
que llegue a ver el suceso
de Heraclea, será exceso
como el dolor no la acabe.
Y nosotros, Marcio amigo,
¿cuándo nos han de azotar?
En esta razón y modo
me resuelvo en nada.
En Roma se harán las fiestas
que para allá las dejo.
Teófilo, Marcio, Artemio,
¿qué decís de mi ventura?
Señor, ninguna es segura
hasta la muerte, no hay premio.
Sin deciros, ¿no estáis contentos
de ver que gozo este bien?
Sí, señor, pero también
compensáis los tormentos.
Vos alcanzaréis las joyas
porque ninguna tengáis.
Agora, más que me hagáis
la espalda claraboyas.
A mí, como me han robado,
no tengo qué reparar.
Yo fío podré salir,
pero muy bien azotado.
Vase.
El emperador Constancio, Elena y Acompañamiento.
Todas las naves surtas que tienen
el levante a este puerto de Brundusio,
los romanos que vinieron de aprisa
prendieron sin rigor; si fueran griegos
que a avasallallos vendrán las encomiendas
mientras llega Alejandro por tierra;
las naves embargad que hay en el puerto.
En este paso llano a la venganza
del malogrado príncipe, mi hijo.
Señor, todas las naves son cincuenta
mal artilladas, todas en fin hechas
para el trato nomás y no bajeles
para embarcar soldados, y esos pocos
y mal apercibidos.
En Durazo
se busquen las demás porque hay muchas.
Sin embargo del tiempo, que es contrario,
quiero que os embarquéis luego hacia
Túnez, que los ladrones tengan tiempo
de escaparse de vos. Mirad, mi hijo,
el que vais a vengar, que desamontes,
derribas la ciudad, aras la tierra
a que el falso Furio descendía,
porque de mi venganza ejemplo sea.
Arribando un navío hallamos dentro
seis griegos, que abajo se han escondido,
y una mujer, señor, de no mal talle.
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quisiemosla traer a tu presencia
por sospecha que me han hecho testimonio.
Echadlos en la mar, quemad la nave
y todas las demás si fueren griegos
los que vienen en ellas.
Aunque ya tenías
embarcar el tesoro y la gente,
tú dices que de los griegos nos valemos,
y pretendes vengar a Constantino,
belicoso. Dame ingrato a Heraclea,
que mis montes están de osos poblados,
y no en las naves griegas.
Acá cayeron
los griegos a prisión, esta niña
con ellos en la nave, y hallóse
por no venir, señor, a tu presencia,
y no la eche en la mar, después a lastimas
pasa allí.
Di, mujer, ¿por qué rehusas
parecer ante mí, que soy contrario,
en quien hallan clemencia las mujeres?
Di, ¿te hice algún agravio?
Muchos tengo
prevenidos de ti, César inicuo.
¿Quién eres?
Ese agravio que me haces
preguntarme quién soy.
No te conozco.
También ese es agravio.
Si te he visto
no me acuerdo de ti.
Eras tan bárbaro
cuando me viste un capitán romano,
lloras ahora, emperador supremo,
ha veinte años y más que no me has visto,
no me espanto, señor, que no te acuerdes
de la infelice madre de tu hijo.
¿Eres Elena, oh prenda regalada?
Dame, Elena, los brazos, que te adoro
por la deidad de Júpiter sagrado,
que sola tú pudieras consolarme
en la ocasión de agora, y más si vienes
contigo a Constantino.
Ese consuelo
también lo hurtó el cielo.
Apenas advierte
que estoy muy lastimado, no me queda
otro entero ya agora, porque
dame primero cuenta de tu padre.
Murió Coel, el señor, dio fondo,
dichoso,
a fin a una vida de trabajos,
viéndome ya sin padre, pobre y huérfana,
en la costa hallé a Antonio
que había criado en Italia,
sin noticia de ti que eres su padre,
y por temor de mis deudos,
con él me vine al puerto de Heraclea
a embarcarme, señor, y engañado,
según supe, señor, por unos griegos,
no sé dónde se fue, no pudo darme
otra noticia de él.
¿Qué es esto, dioses?
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Dos hijos me quitáis a un mismo tiempo
y ambos en gracia; pues me disteis
el Imperio del mundo, dadme un hijo
que me suceda en él. ¿De qué han servido
tantas victorias que memoria dejan,
que llorarás por mí llamarme padre,
pues no son glorias las que no se heredan?
Tenéis para embarcaros
mayor ocasión, buscadme a Constantino,
o que por un hijo muerto os envidiaba.
En medio del invierno acompañado
de veinte mil soldados, ya os envío
por un hijo. Como que de acaso
vino me lo traéis, y le daré en premio
a Constancia, mi hija, y por esposa.
Para mí vendrá a ser suerte dichosa,
saldré luego a buscar a Constantino,
aunque en la mar me pierda.
Partíos luego,
mujer dichosa, vivas por tu hijo,
y vente conmigo a Roma.
A tal suceso
dichosa viuda ya.
Serás dichosa
al tener por tu hijo a ser mi esposa.
Vanse. Salen Teófilo, Artemio y Marcio.
Muy a propósito vino
la tempestad, y encalló
la nave a tierra salva
con Irene y Constantino,
con poca gente, señal
ocasión de ejecutar
mientras se ocupa en lastrar
las naves la chusma vil,
matémoslos.
Es rigor
para dar más sospecha.
La traición después de hecha,
¿para qué es bueno el traidor?
Bien se ha holgado, deje el nombre
de César, abuso es,
vuelva al suyo, basta un mes
de Rey.
Bien ha hecho el hombre
su personaje, y no hay ley
para que muera por ello.
Ya es tiempo de hacerello,
desnudémosle de sus
joyas si su vida te agrada,
dejémosle despojado
del bien que goza prestado
en esta isla despoblada.
Piadosa sentencia ha sido,
así con las naves se alzarán
Persio, Julio y Valeriano,
pues a tierra no han salido.
Quedáronse a ejecutar
el orden que allá tuvimos.
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15
Salen Irene, Constancio y Zoilo.
que mientras acá embestimos
ellos allá se han de alzar,
esto es mar, pese al mar
y al primero que empezó
a navegarlo, pues dio
principio a tanto de errar,
y agua, en fin, mi mortal
enemigo; miren quién
había de hacerme bien,
no en balde la quiero mal.
Goza esta playa, mi Irene,
olvida el mar espantoso.
Toda mi gloria y reposo
en tierra solo de ti me viene;
del peligro en que me vi
ya no me acuerdo del hado.
Siempre el peligro pasado
todos lo olvidan así.
Rota la nave al cielo,
la tabla al Templo, el Piloto
vuelve menos devoto
al peligro que dejó,
que en fin, como el mar es loco,
todos son locos en él.
Lleguemos ya de tropel.
Calla, sosiégate un poco.
Acuérdome, Irene mía,
siempre que a la mar me embarco,
del filósofo Aristarco,
que riendo de un loco decía:
No nos podemos fiar
en la tierra por ventura,
¿quién es el que se asegura?
¡Oh, tres locos en la mar!
Loca la mar que se altera
sin tener jamás reposo;
loco el viento que furioso
y vario de una manera
jamás le han visto correr;
y loco el piloto mismo,
que en aquel golfo o abismo
nunca está de un parecer.
Por eso yo siempre voy
del parecer de Aristarco,
que pues por fuerza me embarco,
forzado a ser loco soy.
Voces dentro.
¡A una de tierra, canalla!
¡Ríndanse o mueran!
¿Qué es esto?
Pendencia.
Temo el suceso,
no es sino fiera batalla.
Artemio, Marcio, ¿aquí estáis?
Acudid, mirad quién causa
este alboroto.
La causa
es nuestra.
Pues, ¿qué intentáis?
Despojaros.
Es traición.
¿Y la tuya qué es?
Tanta, no ando;
buen trato habéisme vendido.
Pues que era su prevención,
conservarte Rey no es
posible, porque es osadía
el tener final, sin duda,
como todo lo que ves.
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16
Acabóse aquí su imperio
menos el de Otón duro.
No miráis a quién soy, vos,
sino que es un vituperio
de Irene a quien no se debe
agravio, a usar de clemencia
os mueva el yerro e inocencia
si sus lágrimas no os mueve.
El consuelo en la caída
de los hombres suele ser,
Constantino, la mujer,
compañera de la vida.
Ésta sirves, y un casado
como Coilo, de quien tiene
para su mal Irene,
estaréis acompañado.
Puebla esta isla que está
desierta, el mundo empezó
con menos hombres, creció
y hoy aumentándose va;
multiplicad por entero,
pues sois dos.
No puede ser
que el hombre sin la mujer
es como cuenta sin cero,
si se ha de multiplicar
la isla, dejadnos madres.
Como los primeros padres
desnudos habéis de andar.
Desnudas.
Constantino,
¿tal sufres y amando estoy?
Traidores, ¿sabéis que soy
hija del gran Maximiliano?
Pues que ya lo mismo es
que verlos de esas montañas,
de un monstruo en las entrañas,
a las voces que aquí doy,
ni lágrimas, ni gemidos
hallarán sordas piedras
en nosotros, entregad
las joyas y los vestidos.
Vaya Marcio, a Irene quita
las joyas.
Haré que entregues
tu vida, empieza y no llegues
a rematalle.
No lo permita
el cielo venturoso.
¿No es mejor sufrir la muerte
que estos agravios?
Advierte
que muere con riesgo aquí
mi honor, prenda suya y mía;
desta isla inhabitable
dulce me será, si amable,
estando con tu compañía.
Obedece al tiempo, entrega
el sufrimiento al poder;
todo lo quiere perder
quien algo al tirano niega.
Y tú también.
Obedezco;
ya ves que es por demás,
y en las desdichas, nomás,
luego a otro me parezco.
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Vanse.
Temo que en fin me han dejado
en tierra de Amal el moro,
fui a embarcar a mi amo.
Señor, habemos quedado,
no te culpo, pues yo fui
quien te animó para el daño
en que te ves.
El engaño
bien castigado está en mí,
pero, Irene, tu mal siento
más que el mío.
Yo con verte,
mi bien, el mal de la muerte
no me causará tormento.
Vase.
A mí me lo da mortal
el ver que en monte ni en llano
no hay un peral ni manzano,
ni un pámpano por señal;
todo es agua, agua, y tristes
arroyos, fuentes, y dan
agua, y más agua, verán,
yo de hidrópico no muero.
La tierra quiero correr,
quizá hallaré algún socorro,
o me andaré a un cerro;
pasto se puede comer.
Mi don Constantino, ¿qué tienes?
no estés triste, ánimo, todo
pasa. ¡Ay!
Vida le sobra
al que le faltan los bienes.
¿Qué falta, ay de mí, pues que hallaste,
mi bien, la hacienda perdida;
no hay bienes como la vida,
ni mal como el de la muerte;
procura vivir, que el mundo
es de tu padre, y ventura
asegura.
No será,
que un otro engaño segundo,
en que estás, Irene mía,
como debajo del cielo
ni más bien ni más consuelo,
no más hacienda tenía
que la que nos dio mi padre.
¿Qué dices?
Yo soy un hombre
pobre, sin renta ni nombre,
hijo de una humilde madre.
No me engañes, ¿no eres hijo
de Costancio, di, mi bien?
No, mi Irene.
Pues, ¿de quién?
De un hombre, según colijo,
tan bajo, que no se atreve
mi madre a decir quién es.
Ya me has dicho; después
de ser tuya, más te debe
la fortuna por osado,
y más merece que a Irene
un hombre humilde que tiene
pensamiento tan honrado.
Seas quien fueres, ya di
el alma, en cualquier fortuna
buena o mala ha de ser una
la suerte, y aunque nací
pobre, moriré contenta
si vivo en tu compañía.
Pag. 14
En lo alto, Coilo.
Ese ánimo, Irene mía,
augusto mi pecho alienta.
La mar se vuelve a alterar.
Albricias, señor.
¿De qué?
De que los agravios de
los tuyos quiere vengar,
¿no son dos las naves?
¿Sí?
Ya no parecen las dos,
y vaise aquella.
¿Qué Dios
a través vuelve por mí?
La nave en que ibas va
a fondo clara y distinta,
y parece otra, ésta a la pinta,
no parece nave ya,
que se parece, señor,
si te embarcas.
¡Qué desdicha!
Desdicha, sí, cruel piadosa.
Mal por mal, estás mejor.
No hay mal que venga por bien,
de este mal por bien ando.
Algún dios te ha defendido,
que te sacará también
de este peligro, buen pecho.
Buenas nuevas.
¿Qué es?
Una nave, ¿no la ves?,
pasa con soplo derecho
a vista de tierra.
Llama,
hazle señas con los lienzos.
Arrima a tierra.
Y comienza
a dar de su vuelo fama.
Si de esta escapo, ha de ser
mi vida un prodigio extraño
de fortuna.
Ya quedas,
después del susto que temes.
La han visto, y endereza
la proa a tierra el navío,
y por la boca del río
ha entrado a subir, empieza;
ya echan al agua el esquife,
ya en él se ven ir saltando,
ya bogan, ya van tomando
tierra por el arrecife.
Allá voy.
Vase.
Ya se han templado
los peligros que recelo.
Para algo me guarda el cielo,
pues de tantos me ha sacado.
Salen 2 marineros y Coilo.
¡Qué Dios airado os echó
aquí en esta soledad!
Más apiadada deidad,
que por aquí os apartó.
¿A muchos que estáis aquí?
De esas naves que a anegar
pudisteis ver, y escapar
pudimos los treinta.
Toda a un tiempo ha corrido.
Pag. 15
tormenta, o ya sean temores,
a Italia allá os llevaremos.
Milagro del cielo ha sido;
para allá nos embarcamos.
Allá iréis. Venid.
Amigos,
¿es griego?
Sí.
No digo,
sino el vino que llevamos.
Griego es también.
¿También?
¿No habláis griego?
¿Yo hablar griego?
¿Qué me da a mí ser el gallego?
Mejor que aqueste lo hablo.
Jornada segunda
Pag. 16
Sale el divo Constancio y Costolo.
¡Oh, mundo, nada hay en ti
seguro! Ya yo he entendido
(luego que en tierra me vi
que de peligros salía,
porque a la mar salí)
peligro en la mar, perdida
la esperanza de llegar a tierra,
y hay peligro allí metido;
a Italia en bandos, en guerra,
todo es peligros la vida.
Que así
no podrás
llegar a Roma.
¿Por qué?
Luego en las manos darás
de Constancio.
¿Cuya fue
la gente que quedó atrás?
¿O de Majencio, hijo tirano
del cruel Maximiano?
¿Quién se queja?
Allí se ven
tres hombres.
Dentro.
Muera también,
pues confiesa que es cristiano.
Un hombre está degollado
en tierra.
¿Qué puede ser?
Entre dos, viene otro atado.
Pag. 17
La causa quiero saber.
Aún ninguna te han dado,
¿dónde vas?
Vase.
Déjame, Irene,
venga a esta sinrazón,
que es noble mi pecho y tiene
generoso el corazón.
Nunca un mal sin otro viene,
sigámosle.
Vase.
No podrás
alcanzar su ligereza.
Salen Fausio y Julio y traen atado a San Silvestre.
Sale Constanciano.
Camina.
No puedo más,
que tropiezo en la cabeza
que dejo cortada atrás.
Esperad, ¿por qué traéis
ese buen hombre, y por qué
murió aquel?
Por un exceso
muy grave.
¿Qué exceso fue?
Quien te ha de dar cuenta de eso.
Vosotros.
¿Quién eres?
Yo.
Fausio, dile la verdad,
no sé qué reconoció
el alma en él, de deidad,
que luego se acobardó.
Lo mismo en él considero.
¿Por qué va preso, villano?
Porque es cristiano.
Yo quiero
saber qué llamáis cristiano.
20
Es ser ladrón, hechicero,
homicida, es una gente
que niegan la adoración
a los dioses, solo sienten
que hay un Dios.
Si es opinión, vanamente,
que ellos siguen,
¿qué daño nos puede hacer?
Adoren a un Dios y sea
el Dios que hubiere de ser,
¿qué importa que este no crea
lo que yo quiero creer?
Soltadle.
Es orden, señor,
de Majencio.
No hay aquí
quien la guarde.
¿Su rigor
no temes?
Huyen a cuchilladas.
No, que nací
sin género de temor.
Huyeron, huye también,
libre estás, la vida escapa.
Déjame el último bien,
al vicedios, al que es papa
de su iglesia en Roma.
¿Quién?
A Melquíades, señor,
quisiera dar sepultura.
¿Era aquel? Yo haré mejor
eso fío yo, asegura
la vida, huye el rigor.
Pag. 18
Tiran una cortina y aparece degollado Melquíades.
Mi Dios te ampare, y confía
que este favor que hoy nos das,
lo tendrás otro algún día.
Vase.
Siendo caridad, jamás
le faltó a nadie la mía.
Aquel es el cuerpo, quiero,
pues prometí darle tierra,
llevarle sobre mis hombros
a parte donde la tenga.
Constantino, oye primero.
¡Ay!, ¿quién habló aquí?
La cabeza
de Melquíades, no dudes;
Dios es quien habla en mi lengua.
Aunque está sin luz de fe,
tiene con Dios tanta fuerza
la caridad, que has podido
agradar a Dios con ella.
Por premio te da el imperio
del mundo, y quiere que seas
el primer emperador
que su ley guarde y defienda.
El mártir postrero soy
de la primitiva iglesia,
que de hoy más no se verá
mártir pontífice en ella.
Treinta y tres el divino
Cristo, y somos también yo
y tres los que habemos hecho
cumplida esta edad perfecta.
En su muerte se ha fenecido
alguna edad primera.
La iglesia, ten, Constantino,
otra edad felice empieza,
dichoso será tu imperio;
tu nombre el magno, y enseña
la cruz que en Jerusalén
hallará tu madre Elena.
¡Oh, emperador!, que a los reyes
que esta cosa me revelas,
¿cuándo empiezo a ser dichoso?
Si eres Dios, dame una seña.
Será el día que te vieres
todo cubierto de lepra.
Esa es dura servidumbre,
obedezco tu sentencia.
Córrese la cortina, y vase con estos versos, y sale huyendo Irene, y detrás Licinio y soldado.
¿Dónde huyes, fugitiva?
Dafne, no hay laurel aquí
que en sus ramos te aperciba,
un corazón tierno
que en los brazos te reciba.
¿Dónde voy?
Sigo mi estrella,
por el Dios que el laurel
adoro, en una ninfa bella,
que no fue tan tierno él,
ni tampoco nada ella.
¡A Constantino!
¿A Constantino
llamas? Un cuerpo podre
darte nivel que imagino.
¡Ay!, ¿le han muerto?
Antes vengué
su muerte en Tracia.
Éste vino
conmigo de allá, es mi esposo.
Pag. 19
En el margen superior izquierdo hay una palabra tachada, parece: Dagorais
Y agora iré. ¿Qué de aquí,
qué es de Corlo?
Furioso
soy aquel. ¿Pues aún
dejé de venir a los...
Sale Corlo.
O lo que corre, no sé
cómo le pude alcanzar;
sabes en qué le hallé
ocupado, en enterrar
un cuerpo, quién parece, no sé.
Soldados dicen que son
de ese ejército arrogante
que pasa marchando al son
de las cajas.
Adelante.
Va el escuadrón.
Soldados, cargad con ella.
No es bien hecho no esperar,
aquí vine a defendella.
Llama a tu señor, Corlo.
Llorando al sol enamoras;
mira, hermoso cocodrillo,
que son perlas las que lloras.
Ya viertes hilos a hilos.
Sale Celio.
¿En qué se ocupa, señor?
¿Qué hay, Celio?
Que a Epiro marches,
te manda el emperador.
¿Que a Epiro?
Veloz. ¿Parches,
no ibas oyendo el clamor?
Margen superior derecho: Mss/14793 y el número 22
Toca a marchar. Parches y rebato.
Celio, esta mujer te encargo.
Todos, mi orden dejo, puesto
en tus manos va su cargo.
Llevadla.
No llevarán.
Sale Constantino.
¿Qué es esto?
Con tu mujer,
estos soldados, señor.
¿Y quién la ha de defender?
Constantino.
Calla, Irene.
Dadme luego esta mujer.
¿Quién sois?
El dueño que tiene.
Matadle.
Si yo os enseño
las manos en la ocasión,
veréis cómo las empeño.
Muerto soy.
A tal rigor
no me mates.
Voces dan.
Sale Liciano.
¿Qué ha habido?
Solo a su dueño
busca.
¿Qué haces, hombre,
al capitán?
A Celio ha muerto este traidor.
¡A Celio! ¡Ayuda aquí, tened!
Cercadle, dadle a prisión,
mira que estoy yo presente.
¿Quién eres?
El general.
Pag. 20
23
Toma las armas, y escucha
la ocasión de tanto mal.
Ahorcadle; tu culpa es mucha,
y ha de ser la pena igual:
a un árbol ahorcadlo, a un pino.
A Melchíades yerró,
juzga no es cierto adivino;
al cuello se le bajó
la corona a Constantino.
Morirás por ser honrado.
General, espera, advierte,
que das muerte al que es mi vida.
Pues de una y otra suerte
la mía tengo perdida,
fuera, digo.
El César sale.
Sale el emperador.
¿Qué es esto?
Un hombre desesperado
que ya a morir se ha dispuesto.
Constancio César Augusto,
piadoso escucha la voz
de una mujer que agraviada
se queja a un emperador.
Iba con mi esposo a Roma,
Y conmigo, porque no...
Topamos en el camino
a su gran competidor,
Majencio. Pasamos libres
por medio de un escuadrón;
pero apenas a los suyos,
brillando a trechos nos dio
en las lucientes cuchillas
confusa noticia el sol,
cuando una voz lastimosa
que entre estos montes se oyó,
a mi piadoso marido,
llegó con paso veloz.
Dejóme sola. Paraba
su campo, inventó Amor
hacer...
Prosigue;
no temas; ¿quién te agravió?
Tu general...
¿Licinio?
La hermosura de la ocasión,
de hallarla sola, rindiera
un pecho de más valor.
Vencido el mío, que no fue
menor hazaña, pasó
Celio, desde en su guarda,
salió del monte feroz
un hombre que le dio muerte,
mandado en conclusión,
a un pino ahorcarle por ello,
y porque resistió...
Por ambas cosas es digno
de muerte. La ejecución
se suspenda por agora.
Y este hombre, ¿qué cometió?
Metió mano contra mí.
Ahorcadle.
Señor...
Sale Elena.
¿Quién da aquí voces?
Señora...
Hijo...
Yo las doy.
Pag. 21
6 / 24
Coilo, ¿aquí vas,
y no lo he sabido yo?
¿Y tu amo?
Muere, pienso;
le llevan a ahorcar.
¿Quién dio
tal sentencia?
El General.
¿A un natural señor,
traidor, al hijo de César,
condena a muerte atroz?
Señora, yo he condenado
a un hombre que a otro mató;
si es Júbilo, no lo supe.
Pase.
Pobre de mí, por él voy.
Elena, escucha: Júbilo,
Constantino ya es dado,
es el condenado a muerte.
Señor, sí.
Temblando estoy.
Coilo, dile quién eres,
no sea este engaño peor
que el de mi padre. No es este
tu hijo, César.
¿Cómo no?
Señora, aunque es mi marido,
la verdad es que murió
Constantino, y él, tomando
los poderes, siendo autor
de este engaño, este criado
y otros de su profesión,
se casó en nombre del otro
con Irene, que soy yo.
¿Tú eres Irene, la hija
de Maximino?
Yo soy.
Así, tal suceso
causa pavor.
Salen Júbilo y Constantino.
Quise dar a madre un hombre
condenado a muerte,
en vos
era mi vida.
Mirad
quién engañáis.
Hijo soy
del emperador.
Amigo,
este es engaño, yo soy
tu hijo, Constantino.
Hijo de mi vida.
Emperador,
este es tu hijo.
Ya, Elena,
me lo ha dicho el corazón;
hijo, a arrimarte a mi pecho.
A su precepto, y mejor,
Tocan cajas.
hijo, si no, mirad qué encierra
ese retrato.
Paso,
Majestad, a ocupar la falda
de ese monte.
Ha sido error
dejarle pasar delante;
sigámosle, esta ocasión,
hijo, es vuestra, y mi demanda
a tiempo gozarla vos.
Pag. 22
No es de menos que el Imperio
de Roma el ganarla ansí,
y para que os sigan todos
digan todos a una voz:
¡Viva Constantino,
César Augusto!
Tocan cajas.
Dame, Señor,
las manos.
Hijo invicto,
es agora este varón.
Ya ahora empiezo a ser dichoso,
día de Melquíades hoy,
que venza, aunque venza y reintegra,
diré que por su favor.
Vanse, y sale Majencio, y Fabio.
No es mi padre Maximiano,
ni el de que tengo miedo.
En Constancio renunció
Jovio el Imperio romano,
ansí tiranía de Diocleciano.
Por mal padre le condeno,
¿para qué puede ser bueno?
O ¿qué obligación le queda
de padre, al que destierra
su hijo por dar asenso
matalle?
Advierto, señor,
que es padre.
Yo sé el remedio,
no hay más padre para mí
que este brazo vencedor
que me ha hecho emperador.
Dar a su padre la muerte,
señor, vive Dios que es fuerte
resolución, no la apruebo.
Y a sujetar en señal
de mi devoción a fe,
a los cristianos haré
sacar bando general.
Sin excepción morirán
de persona, los que han dado
la honra al Crucificado
y a los dioses no la dan.
De esto enojados están,
y mi padre Maximiano
mientras del pueblo romano
enemigo se mostró,
glorioso su Imperio vio
con la paz de Octaviano.
Sale Julio.
¡Majencio, albricias!
¿Qué habrá
de mi enemigo?
Señor,
¿qué nueva espera mejor?
Dilo aprisa.
Que murió
ya Constancio, tu enemigo.
¿Cómo murió?
Ya es sabido,
dicen que hubo de ser
de gozo, señor, al ver
un hijo que había perdido;
porque habiéndole traído
por todo el campo imperial
a caballo y con igual
pompa y rienda coronado,
cayó en tierra arrebatado
de un accidente mortal.
Pag. 23
Julio, si deja heredero,
competencia me ha de hacer,
y así será menester
meterme en Roma primero.
Ya va tarde, a mi intento,
la empresa conquiste;
que tiene la mayor parte
de su estado ya en Roma.
Mientras él la puerta toma,
ganaré yo el baluarte.
Vase y salen Reina Elena, Irene y Licio.
Roma quiere conocer
a su emperador, Irene;
y salga en público y frene
del imperio su poder.
Las puertas de la ciudad
alegre el pueblo ha roto,
y como entrar no le vio,
teme alguna novedad
del suceso lastimoso;
y el padre ha muchos dado
que temer.
No se ha mostrado
al pueblo, que devoto
está de verle.
¿Qué tiene
el césar de ayer acá?
Después de su padre muerto,
anoche cuando volvió,
dice que luego se halló
todo de lepra cubierto.
Está tullido, no puede
tenerse en pie.
Salen los soldados.
Voces dentro.
Sale Constantino con un báculo como que sale enfermo.
Queremos ver,
si como césar procede,
salga en público.
Aquí estoy,
a todos muy obligado
que me queréis. Un soldado
pobre como todos soy;
no porque humilde me veis
altivo me habéis de ver,
soberbio. Siempre he de ser
tan pobre como me veis;
no quiero riquezas, no,
ni más bien quiero soldados,
que dineros bien pagados;
que ansí están ricos y yo.
El rey, que solo es señor,
del hierro que ha devorado
a la estatua es comparado
de Nabucodonosor.
Cuerpo es el reino, el rey es
cabeza, que lo hermosea.
¿Qué importa que de oro sea
si son de barro los pies?
Riquezas, ahí en la casa
de mi padre, rica está
dellas, yo no he ido allá
ni sé lo que en oro pasa.
Id en buena hora a tomar
todo lo que allí os tenía
guardado; andad, que otro día
me lo daréis a ganar.
¡Viva Constantino, en todo!
Pag. 24
A Alejandro.
Andad, ¿qué hacéis?
y mirad que me dejéis
sino solas las paredes.
Hijo, mira lo que das.
Lo doy, lo que no entendéis;
si lo hubiera poseído
quizás sintiera más.
Hoy no hayas miedo que huya
ningún soldado.
Vendrán.
Cargaré
y pelearán
por mi hacienda y por la tuya.
¿Y a mí qué me da?
¿Aquí
te has quedado?
¿No lo ve?
aguardando a que me des
algo, ¿tienes para mí?
Eres criado veloz.
Pardiez, cuando ayer te vi
emperador coronar,
que luego me hiciera rey;
¿no hay una isla que darme?
No, porque quiero tenerte
cerca de mí.
De esa suerte
la sarna querrás pegarme.
Armadme una tienda aquí.
Iré.
Entra en Roma.
Agora no;
Roma ha de entender que yo
la defiendo, y no ella a mí.
¿Qué escuadrones son aquellos
que pasan ahí ordenados?
Señor, parecen soldados.
Traedme aquí alguno dellos.
Malo me siento, e insufrible
mi mal vendrá a ser; traidora
de mi vida aborrecible.
Los médicos que me vieron
cuando anoche se juntaron,
¿qué remedios aplicaron?
Como ninguno me dijeron
qué enfermedad es la mía.
Un género de males,
que curados pueden ser
con un baño solamente
de sangre humana reciente
sacada de niñez.
¿Qué enfermedad jamás fue
con sangre humana curada?
¿Sangre ha de ser derramada
para que yo sano esté?
Costosa cura y remedio
riguroso.
Agora lo es
o sin vida.
Hágase pues,
sea a mi vida remedio;
¿y de qué sangre los baños
dicen ellos que ha de ser?
De niños que han de tener
Pag. 25
No más de dos o tres años.
¿Tantos han de morir?
Cuatro mil.
¡Válgame Dios!
Hijo, tened salud ya,
que algo se ha de permitir.
Salgan Licino, Mercurio y soldados.
Aquí entra esta gente.
Amigo,
¿sois soldados?
Señor, sí.
¿Cómo aquí
os venís, siendo enemigos?
Hannos echado, señor,
del campo.
¿Cuántos seréis?
Tres mil.
Gran culpa tendréis,
pues ya de ese rigor,
que echaros no pudo ser
sin causa en esta ocasión,
y yo la quiero saber.
Acabad.
Somos cristianos.
Por los dioses soberanos,
que me digáis qué delito
es ser cristiano. ¿Esta gente
roba, mata?
Señor, no.
¿Qué daño
al Imperio, antiguamente,
estos hombres pretendieron?
¿Volver otra vez los reyes
a Roma? ¿Quitaron leyes?
Que nuevas leyes quisieron
inventar, y que a nadie hizo daño;
sencilla, humilde obediencia,
y entre ellos no se consiente
mentira, agravio ni engaño;
siempre al alba se levantan
a dar alabanza a Dios;
júntanse de dos en dos,
y rezan, himnos le cantan,
y cada uno después
se va a buscar su vida;
la gente más abatida
de la república es.
Solo por un desatino
en que dan, a no sé qué fue
muerto en una cruz, dan fe.
Ya lo supe. En el camino,
quedaos conmigo, soldados,
y al aviso estad, que entended
que por ello no seréis
de este campo desterrados;
antes bien os hacer,
¿qué daño ni vituperio?
Dios os dé victoria, amén.
Pedídsela a vuestro Dios,
que, siendo tan milagroso,
alcanzará cualquier cosa;
de un hijo favor pedís
a un niño que murió en pañales
como malhechor.
Madre debe que ser tan buena,
no puede tener dos males.
El solo Señor, que encamina
todas sus cosas de consuelo
Pag. 26
La victoria.
¿Dónde quedas,
majestad, y qué
determina?
Por el bien que nos procura,
es justo darte un aviso:
muerto serás de improviso
esta noche, si aseguras
en Roma.
¿Cómo?
Por trato
nuevo de Majencio,
supo el secreto.
¿Quién fía
la vida de un pueblo ingrato?
Una puerta han de abrir,
y sospecho que será
la que al puente Emilio va,
que por allí ha de venir,
por entre el muro y la puente,
su gente.
Dices bien.
Y por la parte también
de la ciudad hay a señal
que guarden estos traidores
aquel puesto.
Yo confío
de vosotros.
Señor mío,
por tan crecidos favores,
dejad que os bese las manos,
venza el leal vasallo
la fuerza.
Sí, que os llamáis
fieles todos los cristianos.
Alto, Licinio, mudar
el campo, y baje Constancio
entre el puente y el muro.
Dentro.
¡Constantino!
¿Quién me llama?
Debióseme de antojar.
Mala será de anunciar
la sangre que se derrama,
a estas horas, sin sospecha,
de la buena disciplina.
Dentro.
¡Constantino!
¿Qué voz divina
suena, que hiere mi oído?
En el cielo oí
—¿fue acaso, u otra ilusión?—
mi nombre.
¿Por dónde vino,
señor, la voz?
Dentro.
¡Constantino!
Y un ángel con la cruz en lo alto.
Bien estoy yo percibiendo.
¿Qué es aquella clara luz?
Una cruz resplandeciente
en el cielo, bien patente,
se me muestra allí conocer:
aquel alférez divino
de hermosura celestial.
Desaparece.
En virtud de esta señal
has de vencer, Constantino.
En virtud he de vencer
de aquella señal, así
dijo la voz, bien lo oí,
y aunque inmensa debe ser...
Pag. 27
Llamad al alférez, que él,
que os parece, símbolo da.
Que vencerá victoriosa,
y alerta a aquella señal.
Sale el alférez y Licinio.
Ya está aquí el alférez.
Lleva
una cruz por estandarte,
en vez del águila parda;
no uséis otra cosa.
Nueva
insignia, pero no honrosa;
ya quiero en salvo.
¿Por qué?
Porque la cruz siempre fue
señal de muerte afrentosa.
Este es el premio que espero
de mis servicios, Señor;
una horca por favor,
cuélgame della primero.
Haz lo que mando.
Perdona,
no te puedo obedecer,
que el águila he de traer,
símbolo de tu corona,
Vete en paz y en buen hora;
el águila no es agora
uso de hacer buena cosa.
Mi alférez prometo hacer
a quien una cruz me diere;
en la batalla no quiere
ninguno mi alférez ser.
Los cristianos podemos
tener oficios de Señor.
Y aun por eso, Señor,
del tuyo no pretendemos.
Porque no os han admitido
a oficios, cargos y honores,
todos los emperadores.
Señor, que has desterrado a ambos,
tratándola por infames.
Como también yo soy
emperador, a los dos
por invencibles os doy.
No infames
tu nombre.
Antes los admito,
en mi ejército ganado
ventajas, y honras ha tomado,
mi sello, y os habilito.
Pues ya soy noble, escrito,
pretendo que a mí me des
la insignia de alférez.
Hoy
la cruz por ello concedo,
esta noche bien veo
hallarme yo en la batalla,
que en perderla o ganalla,
madre, el imperio me va.
Dadme las armas, a Dios.
Iréme; prevenid al partir,
amigo Senado, adiós.
Vanse. Salen Majencio, Fabio, soldados, cajas.
Para más me guarde Dios.
Sin haber topado un hombre.
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habemos llegado al punto
cuyo dichoso, excelente
dio a mi tío famoso nombre,
pasemos sin ser sentidos.
No podrás, porque se ven
luces, y se oyen también
armas, estruendos y ruidos.
Al concurso festinado,
desta entre el muro y la puente,
poniéndose aprisa en orden
para acometer, si pasas
el Tíber.
En nada repares;
con orden o con desorden
pasemos.
No podrá ser
por un lugar tan estrecho,
sino gran desorden sospecho,
señor, que se ha de perder,
sin pasar a la otra parte,
en la misma puente.
El paso,
¿quién me ha de estorbar, si paso?
Pedazos haré al dios Marte;
hará seguro de mí,
sobre el hacha nada manco,
el sol, el cielo, ni cuanto
hace, en pasando de allí.
Pase el ejército y vos
quedaos orilla del Tíber.
Vamos, señor, Dios te libre.
Más mal que no me libre Dios,
dadme un caballo, el camino.
Vanse y dícese dentro.
Ruido dentro de cajas y trompetas, y dase la batalla, y salen Licinio y Constantino.
Solo a voces, guerra, guerra,
arma, arma, cierra, cierra,
vítor Constantino.
La gloria a nuestro Señor;
por vos queda la victoria
nuestra, es de Dios la gloria,
es, y de su hijo pío.
Ya Majencio, señor, es perdido,
señor, muy poca o ninguna
costa ha habido ni desgracia alguna,
sino sola una desgracia ha habido.
¿Qué hubo?
Que a los primeros
muertos que el feroz tirano
dio, hubo por señal
infausta entre otros agüeros,
porque al alzar el estandarte
del imperio entre los pies
fue arrastrado, aunque después
se mostró por otra parte
levantada sobre una asta
la cruz, que por medio el campo
de la batalla salió.
Ya sale mi alférez, basta.
¡Cómo viene!
Sale Mercurio con la cruz llena de flechas.
Gloria a Dios,
sin vida vengo ya.
La señal por que venís,
¿qué decís, Licinio, vos?
Pues como son maravillas
de que no tenemos luz,
vos ni yo, adorad la cruz,
hincad todos las rodillas,
yo, Constantino, emperador romano.
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Vencedor de Majencio, preso y roto,
por providencia del Segundo Dios, y no
no en mi virtud ni por favor humano:
sea quien fuere Señor en cuya mano
ve esta señal, protesto y hago voto
que vivo y moriré firme y devoto,
con fe de que es Dios puro y soberano.
Y tú, cruz misteriosa, insignia bella,
que servías de horca, por honrarte
te esmaltaré en la piedra de mi sello,
y en mi corona por remate della,
que en mi cabeza quiero yo llevarte,
porque todos te traigan en el cuello.
¡Qué fuego
de amor trató Dios
en la cruz con estas llagas,
sus maravillas más claras!
¿Ha admitido por vos
las que habían de venir
a vuestro pecho?
Fue escudo
de un rey blando, desnudo,
y está hecha a recibir.
¿Qué hay de Majencio?
Cayó
del caballo sobre el puente,
y allí miserablemente
atropellado murió.
Los cristianos acudimos,
y con piedras que llevamos,
tantas al cuerpo tiramos
que de piedra le cubrimos.
Quede sepultado allí,
y póngase por blasón
una cruz sobre el montón
de piedras por gran victoria,
y una letra aquí enseñe:
«De esta señal Constantino
triunfó del Majencio indigno,
castigó su inquietud».
Y en los caminos reales,
sobre montones, item,
de piedras cruces queden,
de esta victoria señales.
Y mando que las entradas
de los pueblos, en decente
lugar a la común gente,
cruces de piedra labradas.
Y si allí se acoge alguno,
mando que seguro esté,
y que de hoy más no se dé
muerte de cruz a ninguno.
Sale Corlo.
Los de fiera nación
que a esta cruz se alzarán,
hijos...
Todos morirán.
Dame a mí la comisión,
y dando a cada sitio
una cruz por donde para,
yo te la grabaré en la cara,
por un enojo mío.
Por ser ella de nuestro Dios,
que vayas, Corlo, salta.
Corlo dice que va.
¿Ha de ir a Jerusalén?
De mi parte a mi Irene
dirás que los mis amigos vamos,
tomar el baño veamos
si mi mal remedio tiene.
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Vanse. Salen Irene y Elena.
No hay quien a saberlo vaya.
¿Cómo sabéis que venció
Constantino?
Ya estaba yo
en el muro hecha atalaya.
Yo he estado esta ocasión
ocupada en buscar
los niños que lastimar
pudieran un corazón
como el de Majencio impío.
Las madres saben que vienen
a ser degollados.
Tienen
con sus lágrimas y voz
fuera de madre a un monte,
Apenino tierno ya;
no hay suspiro que dé,
que al cielo no se remonte,
ni hay niño aquí que a la puerta
no esté su madre llorando.
Trompetas se oyen.
Va entrando.
Mi bien, la victoria es cierta.
Tocan cajas; salen Constantino, Licio, Mercurio y acompañamiento.
Madre, esposa, de victoria
vengo, dadme el parabién.
Una edad dichosa, amén,
vivas, gozando esta gloria.
Y vos, ¿qué me dais, mi Irene,
por albricias de este día?
Si es también la gloria mía,
la parte que el alma tiene.
¡Emperador!
¿Qué es aquello?
Dentro voces de mujeres.
Vuélvenos a dar, Nerón,
nuestros hijos.
Quejas son
de madres.
Pésame de ello,
más siento su mal que el mío.
Despedid a esas mujeres
que me afligen.
Dentro.
Cruel, ¿tú eres
hijo de Constancio Pío?
Madre.
¡Hijo de mi vida!
Licio, salid allá.
Entra acá, madre, que va
este tirano homicida
con un cuchillo en la mano.
¡Justicia de Dios, tirano!
No hay quien valga con ellas,
dejadlas entrar.
Salen las mujeres.
Amigas,
¿qué queréis? Riguroso,
de los dioses el consejo,
y de los médicos norma,
dicen que importa a mi vida
la muerte de vuestros hijos;
bien sé que es cruel remedio,
y muy grave lo que os pido;
soy vuestro príncipe y debo
poner mi vida en peligro
por conservaros en paz;
obligados a lo mismo
dieron para el bien común
sus vidas Decio, a Camilo
las matronas, con que hicieron
dorados aquellos siglos.
Mas pudo lo que sois madres,
que os despedazáis paridas
el corazón y la niña
de los ojos, cada niño.
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Pero también hubo padres
que ofrecieron al cuchillo
por sus príncipes la amada
vida del hijo querido;
y comúnmente a las guerras
dejáis ir en beneficio
de la patria a pelear
los hijos y los maridos.
Haced cuenta que esta es guerra
y que yo en ella peligro;
dotad de estos mi alta vida
por la vida en sacrificios.
Si tu vida se restaura
con la nuestra, unas venimos
a darte veinte años, tienen
la que menos, han vivido.
De el que más tiene, Señor,
de los niños no es de vicio.
Andad, ¿qué importa que mueran?
¿Qué de otros hijos?
Que le importa más al mundo
la vida de Constantino
que cien mil de los otros,
a que lloren unos niños.
Son hijos todos, y tanto
como quedan concebidos;
yo os confieso que en la mano
harán más falta, Licio,
los cinco dedos que el uno,
pero el dolor será mismo.
Andad, no tenéis a ello
otro remedio propicio.
Los cielos guarden tu vida.
Oídme todos, amigos,
ya sabéis que las ruinas
adelantando
las victorias en que anduvieron
todos los demás Príncipes;
también sabéis que el Autor
padre de nuestros antiguos
entre otras que hizo en la tierra
esta ley piadosa hizo
al soldado que matare
niño en la guerra, y delito
incurra luego de muerte.
Santa ley, y justo castigo.
Si yo mato cuatro mil
cuando parezca en juicio
ante el tribunal de Dios
qué pena habré cometido,
yo soy quien hace la ley
no es bien que la quiebre, no admito
para mi salud remedios
que han de ser con perjuicio,
poco importa más mi vida
que la de sangres, si miro
qué sabéis, pues hay aquí
alguno de estos más digno.
Rómulo y Remo arrojados
al campo recién nacidos
les dio pechos una loba
y con clemencia crió;
hubo en el monte una perra
que le dio leche al Rey Ciro,
quien pensara que estas vidas
de importancia hubieran sido,
tirad la cortina agora
a que Dios será propicios.
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Agradable Padre. Elena,
de este sacrificio indigno,
pues sois madre con los ojos
del alma, no con los míos
que son de hijo, mirad
el dolor de aquel cuchillo;
no quiero vivir; tomad,
mujeres, vuestros hijos.
Dentro una mujer.
¡Hijo de mi vida!
Un niño.
¡Madre!
Notable piedad ha sido.
Raro ejemplo de clemencia.
Hijo, ¿qué sientes?
Amigos,
dejadme reposar.
Vanse, y quédase en una silla, y aparécense en lo alto San Pedro y San Pablo.
Emperador, hoy comienza
a ser dichoso Constantino;
pagado de tu piedad,
por la piedad que has tenido,
manda buscar a Silvestre,
que es un médico divino,
y te dará un baño luego
con que quedes todo limpio.
¿Quién sois para que yo crea,
que seáis vosotros creídos?
Yo soy Pedro.
Yo soy Pablo.
¿Pedro y Pablo?
Desaparecen, y salen Elena, Irene, Zollo, Licinio y Mercurio.
¿A quién das gritos?
¿A quién llamas, señor?
¿Conocéis
a Silvestre?
No he tenido
noticia de él.
Que es famoso médico.
¿Quién te lo ha dicho?
Unos dioses que se llaman
Pedro y Pablo.
Sueños han sido,
no hay tales dioses.
No son dioses, aunque Cristo,
David, y otros son dioses.
¿Quién son?
Vicarios de Cristo
fue Pedro, y maestro Pablo.
¿Y quién es Silvestre?
Obispo
de Roma.
¿Es médico?
Sí,
de las almas.
Ese digo;
presto, que dándome un baño,
me dejará todo limpio.
Un gran médico será.
Id por él.
Anda escondido,
no será posible hallarle.
¿Por qué causa?
Ha puesto edictos
contra los cristianos.
¿Quién?
Zollo, y tu madre.
Yo los persigo.
Pues, porque van a decir
que es un Dios puro e infinito,
y no muchos, como dicen
los cristianos.
Yo no digo...
Pag. 33
su opinión que soy hebrea,
contraria a la ley que adopto;
aunque fue general mi padre,
mi madre, hijo Constantino,
era hebrea de nación,
y a Justina, a Pirut, mi primo,
envió para instruirme
bien en la ley dos rabinos.
Madre, agora me salís
con un cuarto de judío;
buscadme al buitre luego,
a quien le trujere, digo,
que le haré merced, y dad
un pregón en nombre mío
que quien le traiga tendrá
perdón de cualquier delito,
aunque en delito de lesa
majestad ha incurrido.
Una palabra, señor.
¿Qué hay, qué dices, Coilo?
¿Quieres trocarme a un chanflón
este cuarto de judío?
X rayas
Jornada tercera
Pag. 34
Salen Constantino, Irene y Mercurio.
Que registren todos los cristianos
manda, señor, tu madre.
No he sabido
dello nada, Mercurio,
aunque en mis manos
algunos memoriales he tenido
que he mandado romper.
Consejos vanos
pienso que son, de los que siempre han sido
contrarios duros de la diosa hebrea,
que su amor al emperador le afean.
Mi madre a los hebreos favorece,
porque aprueba su ley don Daniel se
que hace de Moisés al ángel que atreve,
la vuestra por la mano que os avece
y los demás se agravan, no se ofrece.
Ya el carnero pacífico el pellejo
lleno de lana a Júpiter, ni a Apolo
el blanco buey, a Juno el pavón solo;
están yermos los templos, y a lo oculto
no trae mojado al templo el leño roto,
ni el Délfico ministro que consulto
culpan mi tibio celo no devoto,
que hace abrazar al pueblo ajenas leyes
la poca devoción que ve en los reyes.
Llamad aquí a mi madre, sabe del cielo,
amigos, si deseáis conservaros
en vuestra religión, pero recelo
el daño que mi madre ha de agravaros,
vuestra ley aborrece por dejarla,
de la suya, y pretende desterraros.
No más a que los tiraba al desprecio
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Todas belicosas, y bravas gentes
que viven en el mundo afeminadas,
naciones, a las demás tan diferentes,
que con ninguna simbólica embajada
a vuestra majestad fuera decente
mudar el tesón por mí fundado,
la vuestra cristiandad, casta, y viera,
cuando otra excelencia no tuviera.
Sale Elena.
¿Qué tenéis, hijo?
Madre, lo permito,
la cristiandad por dentro virtuosa,
pacífica, obediente, en quien delito
no se ha visto jamás, ni habrá historia
que quejarse a mí de ella, que por dicha
publico, sí, mandar con rigurosa
pena, que se registren en su secta
sospechosos de ardid, para que fe dé.
Conviene a recios hombres comunmente,
hijo, viven en barrios apartados,
júntanse cuando quieren fácilmente
y andan de vida siempre y hermandados;
es cautelosa astucia y aparente
su virtud, por su ley mueren osados,
y matarse osarán del mismo modo
que están ansí dispuestos para todo.
Sale Licio.
Señor, Julio y Fausto, tu criado,
traen ante ti a dos humildes,
perdón esperan.
Decilde
que ya los he perdonado,
entren ayna ante mí;
y vosotros de este bien
no pedís albricias. ¿Quién
es Silvestre?
Sale Fausto y Julio y traen atados a San Silvestre.
Pasa allí,
este embustero, señor.
Apartad, Silvestre viejo,
dejad, amigo, que os bese
los pies, en mi perdón.
¡Qué recibos
tan honrados, soy hombre de villa!
Hijo, a un vil hombre se humilla
su majestad, se arrodilla.
Hincaos, señora, par Dios,
para mi alivio, quien me da
la vida, cuando no tengo
remedio humano.
Si vengo
a morir, como será,
yo venía alegre a dar
mi vida por Dios aquí.
Para que me deis a mí
salud os mandé buscar.
¿Quién os dijo que podré
daros yo salud?
Soñé yo
que Pablo y Pedro.
Si él lo dijo,
digo que yo os la daré.
Dadme las manos.
Es mía la obediencia.
¡Traidor,
atado le traéis!
Señor,
que yo a lo que sentía...
No lleguéis, que no soy digno
de tocar sus manos. Veo
qué maravilloso viejo,
con sus santos
conversa, y imagino
que otra vez a Paulo y Pedro
los vi a daros favor.
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Si no me engaño,
señor, agora os reconozco.
Bien me acuerdo de aquel día.
Paulo y Julio también fueron
los que entonces me prendieron,
que así Dios las cosas guía.
Queden luego en olvido.
Dieron muerte lastimosa
a Melquíades.
Forzosa
es la nuestra.
Pongo olvido
a mi siervo, superadlo.
Si ese es delito, el pregón
nos salva por el perdón
que prometiste.
Bellacos,
el haber armas tomado
contra mi padre en favor
de Majencio, ese traidor,
es lo que os he perdonado,
no es otro.
Señor, advierte
que nadie jamás murió
por matar cristianos.
Yo
hágoles pena de muerte.
Sí, pero agora la has hecho,
aún no habemos incurrido.
La primera ley ha sido
que se hace en nuestro provecho.
Vuestra Majestad serénese,
que está enfermo.
Voy con vos,
pero estaremos los dos
ya sentados igualmente.
Señor, no es razón,
que no hay silla.
Tomad la vuestra aquí,
sentarse puede ante mí
a quien yo hinque la rodilla.
Sentaos, Silvestre, mirad,
que ha rato que estoy en pie,
oídme agora, yo os daré
cuenta de mi enfermedad.
Amigo, anoche desvelé,
que dos venerables hombres,
Pedro y Pablo, que esos nombres
sospecho que han de tener,
llenos de luz semejante
al sol que en su rostro vi,
hablando conmigo así,
se me pusieron delante:
"Has de sanar, Constantino,
con solo un baño será,
que Silvestre te dará,
crees un médico divino".
Desperté, que no dormía,
di voces, alboroté
mi palacio, pregunté
si alguno les conocía.
Ninguno me dio razón,
sino Mercurio, que allí
andaba; "A Silvestre di,
aquel general pastor,
tienes en tu prisión", dijo,
"o a su Dios", que aquella fue
revelación. Tengo fe
que tú me has de dar salud,
Pag. 37
La que es quien te la ha de dar,
no mi ciencia, que yo no soy
médico, mas si fe doy,
el daño hoy ha de sanar.
Mira lo que dices.
Digo
que hoy sin falta sanarás.
Qué os parece.
Milagrosa
cura si es lo que ha de ser
del daño que ha de tener.
Agua pura, no otra cosa.
En agua pura te atreves
dar sano al Emperador.
En eso, Señora, sí.
Encantador,
no médico me parece.
Si solo el agua te ha de dar
salud, qué cura tan nueva.
Madre, hagan la prueba
en qué me puede engañar,
que el agua es lo que me cuesta.
Vamos luego.
Es menester
primero, Señor, saber
qué me has de dar; cura es ésta
que merece premio.
Toma
de las mías la mejor
ciudad.
No es premio, Señor,
una ciudad como Roma,
más merece tu salud.
Pide un reino, el que quisieres.
Más me has de dar.
Si me dieres
sano, será a no errar
de un emperador romano
no darte igual recompensa,
es demasiada ofensa.
Este majadero piensa,
Señor, que por verte sano
has de ofrecer la mitad
de tu imperio.
Eso no es precio
que estimo yo.
A tal desprecio,
villano sin caridad,
lo que vosotros decís
que en sanar y dar salud
al próximo no es virtud,
de esa candidez mentís;
que no sois lo que enseñáis,
sino lo que de los hombres
mormura el pueblo con nombre
de avaros, nos procuráis
quitar la paga.
No quiero
más premio de que nos dé
licencia de curar.
Di que
de predicar.
Si primero
de fianza es lo que predicas,
que en pruebas quedes mejor;
juzgo que de obras favor
tendrás, y mil joyas ricas;
parece que luego acudes
a hagas un público templo.
Muchos se harán a su ejemplo.
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¿Vences, Silvestre, ya?
Con el baño no se dilate.
Vamos, que necesario es tener
aquí hombres doctos con quien
de esta materia se trate.
¿Dónde el baño tomará?
En la pila en que se baña.
Señor, vuestra es la hazaña,
ya veis lo que en ello os va.
Vanse, y queda Elena, y sale Abiatar, judío.
Señora.
A buen tiempo vienes,
contigo un negocio tengo.
Justicia a pedirte vengo
contra un ministro que tienes.
¿Qué ministro?
El que envió
tu hijo a Jerusalén.
¿Qué ha hecho?
Agravios que se ven,
a que tú vengues.
Pienso yo
que la comisión que lleva
solo se extiende a mandar
que a ninguno podáis dar
muerte de Cruz.
Tengo nueva
que se ha extendido de modo
que no hay camino ni calle,
plaza, puente, monte o valle
que no sea un Calvario todo.
No es esa su comisión,
sino quitar la que había.
Al principio así lo hacía,
pero mudó de opinión;
a cada judío ha puesto
una cruz dentro en su casa,
y otra a la puerta.
No pasa
del tal agravio.
Es inmenso.
Con gravísimas penas amenaza
que la cabeza humillemos
a la Cruz cuando pasemos,
mira qué dolor, que adoremos.
No es la pena que se muestra
la que os puede dar ahora
costo.
Pues qué hay, señora,
siendo vos amparo nuestro.
Vio a mi hijo inclinado
a los cristianos, y teme,
por quien se dice comúnmente
milagros vemos que ha obrado;
y rebelde con un baño
de agua promete, en virtud
de Dios, darle salud.
Ese es conocido engaño,
cristiano le quiere hacer,
quiere darnos en el bautismo,
que el lavarse a sí mismo,
con todo el que lo ha de ser.
¿Qué dices?
Digo que lleva
intención de bautizar
al César.
Calle, Abiatar,
no hayas miedo que se atreva.
Vieron que de ellos temieron
morir.
No está en eso el daño,
sino si en virtud del baño
ellos la salud le dieron.
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que aunque en ruina le veas
y con peligros también,
no le dejes hacer bien
por el mal que le deseas;
pero yo luego que vi
el engaño conocido,
el peligro he prevenido,
y el remedio que hallo aquí.
¿Hay alguna?
Sí, poner
la ley en disputa junta;
los sabios busca, pregunta
y mira qué hoy ha de ser,
antes que se determine
el César, que es peligrosa
la ocasión.
Y venturosa
esta señora en que viene.
Si venimos a disputa
de leyes notoriamente,
vencen más que Israel, gente,
o milagros inventaron;
los discípulos de Cristo
eran pescadores mudos,
no retóricos agudos,
que entre ellos jamás ha habido.
Por vana su ley no admite
retórica artificiosa,
ni el arte de hablar curiosa;
y así luego se remite
a milagros el cristiano.
Hoy conviene echar el resto.
No dudes, señala el puesto.
Las termas de Diocleciano,
allí os habéis de juntar.
Para el baño sale Irene
¡Ah, alegres nuevas!
Mas, ¿quién viene
a darme la nueva, Irene?
Albricias te pido.
Dadas;
ya me has dado su alegría
con la salud que ha dejado
aquel dueño regalado
de su vida, que es la mía.
Ya llegamos.
De mi alborozo
abrevia, di lo demás,
que lo que me turbas más
tengo yo menos de gozo.
En fin, habiendo llegado
un varón Silvestre santo,
mientras el César quedó
de su ropa despojado,
púsose Silvestre en pie,
al emperador bendijo,
dirigió su prece, y dijo
las palabras, no sé.
Y metiéndole en la pila,
le lavó cabeza y frente
con el agua solamente
que un aguamanil destila;
no hubo agua en la pila,
no hubo para que le bañe,
que solo un paño mojase,
con la que de él deriva,
para que al punto volase;
milagro, se le cayera
la lepra, y luego se viera
limpio y sano como viene.
Salen vistiendo a Constantino, y con él Silvestre, Mercurio y Livio.
¡Abrazadme, hijo!
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Conmigo
viene Silvestre. Viendo
sus manos, madre, llegad,
y parad el llanto ciego.
Madre, que habéis de salir
a besar los mismos umbrales
cuando él entra, ¡qué hombres tales
besan de necedad!
Señor, la que es vuestra madre
no puede humillarse tanto.
Vos sois mi padre y un santo,
y os honro por santo y padre.
Madre, ¿qué aguardáis? Llegad,
y pues ya sano me veis,
favor es que le beséis
la mano a un sanado.
A mí, señor, ¿para qué?
A vos, sí, César romano.
Y a mí me besan la mano,
yo haré que os besen el pie.
Dadme las vuestras, Silvestre,
por el bien que me habéis hecho.
La fe os daré de mi pecho,
para que mi amor se muestre.
Silvestre, pues sois cristiano,
también yo lo quiero ser,
que para mí no ha de haber
más prueba que verme sano.
Después que te bautice,
que en las cristianas advierte,
para buen cristiano hacerte
documentos te daré.
Solo has de guardar dos leyes
que se concluyen en dos.
Si no fuere la de Dios,
no hay más ley para los Reyes.
Leyes llamo yo, señora,
los preceptos que en la nuestra
guardamos.
Regla es la vuestra
fundada en razón agora,
severa, pero sospecho
que vuestra ley nos pone
en disputa aunque la abone
el milagro que habéis hecho.
¿Cómo una ley disputa
después que la predican
los milagros que se han visto?
Eso quiero pedir guía
con mis sabios.
¿Dónde están?
En las termas.
Hoy verán
si mi fe admite disputa.
Vamos luego,
claro está, Silvestre, vos...
No vencerá, sino Dios.
Vamos, allá lo veréis.
Vanse y salen Abia- tar y Zambri Judíos
Con lugares y pruebas de la escritura
que contradicen a la ley de Cristo
habemos de vencer sus argumentos;
ya os tengo yo apuntado, mas de lo
que, si pidiere milagro, lo mostraré,
y hacer que un toro bravo presente
a los ojos del César con espanto,
y daño general de todo el pueblo,
y en medio de su furia sin peligro...
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De un toro fiero llegaré a la oreja
y diciéndole allí ciertas palabras
muerto le dejaré.
Zambri, ¿qué dices?
Ya sabéis que no supo de la mágica
lo que yo Zoroaste.
Anás viene.
Sale Anás.
¿Qué traes, Anás, de qué vienes tan triste?
¿Conocéis a Silvestre, que es o se llama
obispo, que hace oficio de pontífice?
Bien conozco a Silvestre.
¿Habéis sabido
que al César milagrosamente ha dado
salud con bautizalle?
¿Quién os ha dicho
que le ha dado salud?
El César viene.
Él os dirá, Zambri, cómo la tiene.
Salgan Constantino, Irene, Elena, siéntense Silvestre apartado y los judíos en un banco.
Aquí están esperando los hebreos.
Sentaos todos, y argüid, que es hora.
Los cristianos tenéis por fe, Silvestre,
que hay en Dios tres personas, lo contrario
por el Deuteronomio claro os consta:
mirad que yo soy Dios, dice, y no hay otro
sino yo; dice el mismo, luego es falso
decir que hay tres; decís también de Cristo
que es Dios por sus milagros, y también hubo
quien hizo en nuestra ley muchos milagros,
pero no se atrevió a usurpar el nombre
de Dios, como hizo Cristo. ¿Qué respondéis?
Engañáisos, judíos, los cristianos
adoramos un Dios y confesamos
tres personas en el de vuestros libros;
os constará que hay padre; David dice:
«Él me llamó: tú, mi padre», y decía
que hay hijo, el mismo dice: «eres mi hijo,
yo te engendré», en el salmo ochenta y ocho.
Y el mismo hablando de Espíritu Santo
dice: «toda virtud de ellos procede
y emana del espíritu de su boca»;
y cuando quiso Dios hacer el hombre,
como os consta del Génesis, judíos,
dijo: «hagamos el hombre», donde hablando
de plural infirió las tres personas,
y la unidad al fin dio puro en esencia
y sustancia, ansí aquí se manifiesta
en estos tres dobleces de la capa,
que son tres dobleces, y tirando
veis aquí cómo son un mismo paño;
decís que otros han hecho, como Cristo,
milagros, sin osar llamarse dioses;
¿cómo es posible hacerse Dios sin serlo
y hacer milagros? No sabéis, judío,
que Dios, como a Datán, castiga luego
a pena rigurosa a los soberbios.
Si Cristo no era Dios, ¿cómo no tuvo
castigo? Antes le...
Estuvo acompañado
de una gracia infinita de milagros
y una eficacia grande en sus virtudes.
Ya que fue justificado Abrahán, varones,
por la circuncisión, siendo sus hijos
también justificados; quien recibe
circuncisión se justifica; luego,
si no la recibís vosotros, síguese
que no podéis justificaros.
Niego.
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O no la circuncisión hubo en gracia,
y fue amigo de Dios, luego no vino
por la circuncisión, no como tú dices,
por Samuel y Jacob, su justicia
ya fue grande que hubo chico tanto,
ni término de circuncisión entonces
para hacer diferencia de las gentes;
y si que pues que no era necesaria
para agradar a Dios, y dar, nosotros
esta fe en el Bautismo profesamos.
Escúchame otro punto, y veamos
como tu Cristo es Dios, dime, Silvestre,
nació de una mujer, y fue entre-
gado, atado, azotado, y puesto
en cruz donde murió, y fue finalmente
sepultado, estas cosas, di, Silvestre,
pueden caber en Dios.
Con vuestras armas
os tengo de vencer, todo eso trata
profetizado en vuestros libros
que vosotros leéis; dice Isaías:
concebirá una virgen, y prosigue,
un hijo parirá que tenga nombre
de Emanuel, que es lo mismo que Dios hombre.
Lo de su tentación en Zacarías
hallamos, que Josué era gran sacerdote
en presencia del Ángel y a su diestra
estaba Satanás. De su venta
dice David: el que mi pan comía
vendrá a hacerme traición, y también
en este: repartieron mis vestidos,
le humillaron a un leño. ¿Qué más clari-
-dad puede haber, la circunstancia de la muerte
de Cristo, hijo de Dios?
Silvestre, advierte
que todas esas cosas se refieren
por otro y no por Cristo.
Dadme ahora
vosotros otro Dios y hombre nacido
de virgen, que haya sido atormentado,
que bebió aquel brebaje, y que echasen
suertes por sus vestidos, que muriese
crucificado y fuese sepultado,
que haya resucitado al día tercero,
y que él por su virtud se haya subido
al cielo, donde está sentado a la diestra
de su Padre, y diremos llanamente
que no es el Dios que habemos predicado,
sino que nos habemos engañado.
Concluido está, Anás, proponga otro,
porque en esto se ha dicho, y finalmente
desé por concluido.
Anás, ¿qué esperas?
Digo que yo me doy por concluido.
Espera, Anás, que a mí no me ha vencido.
Di, Silvestre, ¿qué parió María
siendo virgen?, y si dices que atiende
aquel lugar que citas de Isaías,
dinos las maravillas de su parto,
que gustaré saberlas.
Que me place,
si vuestra duda así se satisface;
la tierra de quien crió
Dios al hombre, virgen era,
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Incorrupta, hasta entonces
no estaba arada ni abierta,
que del segundo Adán, que el Cristo,
naciese encarnado en ella,
para que así como el otro,
que nació de virgen tierra,
fue vencido por la astucia
de la serpiente, así fuera
ella vencida por quien
nació de una virgen bella;
porque quiso el nuevo Adán
ayunando que se venza
con industria, la que comiendo
venció al primer Adán con ella.
Pregunto, ¿cómo es posible
que la humanidad padezca
y que con la divinidad
juntos, contigo que absuelvas
esta duda espero?
La misma naturaleza
de Dios, si estaba allí unida,
¿cómo no padece ofensa?
Con dos ejemplos respondo
a mi duda.
La púrpura que el rey viste,
la cual es lana perfecta
de los reyes solamente,
fuérzase también en ella;
pero la color, pregunto,
de la púrpura que lleva,
y aunque se fuerce la lana,
fuércese también con ella.
Claro está que la color,
aunque acompañe en la tela
a la lana, no se tuerce
de la misma manera;
con la Cruz acompañó
la Divinidad inmensa
del Padre a la humanidad,
sin recibir daño en ella;
quiero decir que la color
de púrpura no se afuerza
juntamente con la lana.
Otro conveniente ejemplo:
pues en un árbol cubierto
del sol, que el rústico intenta
cortar, viene en el tronco,
pero al resplandor no llega;
así tuvo la persona
de nuestro Padre cubierta,
a su herida, sin tocar
al resplandor de la eterna.
Voces dentro. Sale un paje.
Señor, que no hay quien se atreva
por su fiereza a matalle.
Sálvese de la braveza
de aquel toro, pues ya se
le dio un nombre, que en tierra
muerto lo derribare.
Díselo, digo, a las rejas,
porque es de santa eficacia
que no sufra la dureza,
ni a diamante su virtud.
Luego, di, por Dios confiesas
en virtud de este milagro.
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a Cristo a mi bien pudiera
en virtud de este adorarme.
Cambrio, el nombre manifiesta.
Ninguno le puede oír
que con su virtud no muera.
¿Cómo a ti no te dio muerte
cuando le oíste, y aun niegas
haberle oído? Pregunto:
¿cómo es posible que pueda
ninguno aprender un nombre
si no se le...
Pues me aprietas,
digo que eres mi enemigo,
y no quiero que lo sepas.
Llega a ver.
Te le han atado.
No hay para qué.
Llega.
No importa matar el toro,
que quiero que el César crea
que puedes hacer milagros.
Vase.
Iré, pues me das licencia.
Id, apartaos todos delante,
dejadnos ver.
Ya está cerca
del toro, y ya se arrimó,
y dale, está hablando a la oreja.
¡Ya reventó!
Sale Cambrio.
Muerto queda.
¿Qué dices de este milagro?
Habla, Silvestre, confiesa
que tengo privanza ya.
Si le has dado en virtud secreta
de Dios muerte, dale vida,
si quieres que yo lo crea;
que no dar vida y dar muerte,
eso hacen las onzas fieras,
los tigres y los leones,
y solo Dios, como muestra
se ve en el Deuteronomio,
puede dar con su potencia
muerte y vida.
Bien ha dicho
Silvestre, y de Dios era
el nombre que ha dicho al toro.
Haga con su virtud que vuelva
a tener vida.
No puedo.
Haga, veamos la prueba.
Silvestre, en nombre de Cristo,
si este Señor manifiesta
su poder, óyeme, toro:
sal, nombre fúnebre, fuera
de ese animal, nombre fiero
de muerte, y el cuerpo deja.
Yo te lo mando de parte de
Cristo Jesús que reina,
y vive al lado del Padre,
y tú, animal, a la tierra
vuelve pacífico y manso,
sin hacer a nadie ofensa.
Levántase y...
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Silvestre, yo la primera
te beso el pie, por vicario
de Cristo.
Levanta, Elena.
Sin besarte el pie primero,
no me alzaré de la tierra.
¿Qué aguardáis, perros judíos?
Salíos, que Roma pena
a muerte.
¡Guayas, cuitado!
Vanse.
Silvestre, a tu pie llego,
Irene, a ser bautizada.
Gloria a Dios.
Todos profesan
la ley de Cristo.
En memoria
de esta hazaña, aquí en las termas
de Diocleciano quiero
que haya luego una iglesia,
que la primera será,
y tú en mi silla te asienta,
cubierto con mi dosel,
que no es razón que yo tenga
mejor lugar que el Pontífice
de Cristo.
Señor, no es esa
mi presunción, ni mi oficio,
esta es una honra humana, alteza.
Silvestre, mira que es menester
tal cosa, el mundo quiero que vea,
en mejor lugar que yo,
para que al Pontífice se conceda.
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Señor, mi humildad...
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Silvestre,
no por vos, cuando os honra,
sino por la dignidad
que goza, sentaos en ella,
dadme ahora el pie a besar.
Señor, la humildad no es vuestra,
sino mía.
Hoy pensáis,
Silvestre, que el pie que os
beso, no es de Silvestre,
no es, sino de la cabeza
de la Iglesia, a quien yo doy,
como hijo, la obediencia.
Llegad, madre, llegad todos,
al Papa con la reverencia
que le es de Dios debida,
y en él lo que representa.
Tu fe admira.
Con vos quiero
partir el Imperio. Vuestro
es Roma, do estáis vos,
por mi salud. Tendrá en ella
el Pontífice de hoy más
su corte.
Hijo, ¿y la vuestra,
dónde ha de estar?
En Bizancio,
que de hoy más Roma la Nueva
se ha de llamar.
Por el nombre.
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de Constantino pudiera
llamarse Constantinopla.
Viéndose enriquecida
por donación que le hago
al Papa todas las tierras
de Italia y ambas Sicilias.
El estado de pobreza
amó Cristo, y no el profano
que consiste en las riquezas.
Sí, pero habéis menester
(que está la Iglesia muy tierna)
fuerzas para sustentalla,
que no ha de ser siempre a fuerza
de milagros. Y si agora
veréis procurar que os besa
humilde el pie, o tras mañana
vendrá que el respeto os pierda,
y más quiero, que pues Dios
nos da los frutos, que tenga
la décima parte dellos,
lo cual doy a las Iglesias
que a mi costa se han de hacer
en todo el Imperio, y sea,
porque los demás se animen,
mi Real casa la primera
Iglesia de Roma.
Ando
como tuya la promesa.
Otro palacio que tengo
consagro a la Inocencia
que adoro en el pecho mío,
la Cruz, digo, madre Elena,
a quien dejé de Sacerdotes
por no querer yo
electo fuera.
Posible hallar la disculpa
tal extremo hizo de pena
de no haberlo conservado
que diera al mundo otra vuelta.
Señora, de devoción
escondida está la prenda
agora en Jerusalén.
Yo la buscaré, promesa
hago a Dios de no volver
Silvestre, a Roma, sin ella.
Yo iré en vuestra compañía.
Y todos, porque se entienda
la fe que hay en Constantino.
Sea reliquia de Elena.
Vanse y salen Zoilo y Decio.
Buen dinero os ha valido
la comisión.
Más valiera...
¿Y de arbitrios cómo va?
Ningunos. Malos asaltos
muy a menudo doy,
pero no se aprovecha,
sospechando algo.
Hay sospecha
que sobrados arbitrios doy
como ventero y cristiano,
y siempre con vos me ven
incógnito en Jerusalén
han temido a Vespasiano.
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Un arbitrio que he pensado
de importancia puede ser,
y quiérooslo proponer,
que es el mejor que os he dado.
Estos tienen escondida
la Cruz en que padeció
muerte el Cordero que dio
con la suya a todos vida;
pregonad que manifieste
la Cruz quien sabe do está,
que ninguno lo hará
aunque la vida le cueste,
y por sospechas después
iréis prendiendo y penando
que yo os iré señalando
con el dedo a más de tres,
y si alguno por temor
descubriere donde está,
de los cristianos será
aqueste el premio mayor.
Famoso arbitrio ha de ser,
luego se ha de pregonar.
Jonatás me viene a hablar
y Simón, déjame hacer.
Salen Jonatás y Simón judíos.
El Señor con vos esté.
Y con vos venga, Simón.
Ya sabéis que Zabulón
está preso.
Ya lo sé.
Porque una cruz derribó
que estaba a su puerta, es hombre
rico de opinión y nombre.
Esos hombres busco yo.
Sabe el favor que me hacéis,
y a que os suplique me envía
que por la niñería
que os traiga, fuera le echéis.
Las piedras desta vez son
que quitan al sol la luz.
¿Que echó en el fuego la cruz?
Tengo hecha información.
¿Qué importa, si no tenía
leña que quemar? Pluguiera
a Dios que muchas tuviera
que quemar yo cada día.
Guardaos, no os encerrare a vos,
que no hay en esto amistad.
También es riguridad
prender por eso a ninguno.
¿No sabéis la comisión
que me ha venido?
¿De qué?
El César manda que dé
por todo el reino un pregón
que quien tuviere noticia
de la Cruz en que murió
Cristo lo diga.
¿Quién dio
tal arbitrio?
Esa es malicia
de alguno que está delante.
Perro judío, mentís.
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En mi presencia decís
desvergüenza semejante,
estoy por llevaros preso,
si sabéis algo, Simón,
no hay sino darme razón
que os pesará del suceso.
Vanse.
¿Qué es esto, cuándo se vio
el pueblo tan afligido?
Guayas de mí, ya sabéis
que tengo noticia yo
del lugar donde la cruz
se escondió en años pasados.
Guayas del hombre cuitado,
que de esto le han dado luz.
Jonatás, llorarme puedes.
Habla más bajo, Simón,
que los agujeros son
orejas de las paredes.
¿Quién de ella aviso te dio?
Mi abuelo, cuando murió,
que era hombre justo y profeta,
díjome que vendría
tiempo en que la cruz sería
de aquella parte secreta
sacada y puesta en altar
público en Jerusalén.
Aunque la muerte te den,
no descubras el lugar.
Guayas, ¿descubrirlo había?
Que en alto se ha de poner
donde adorada ha de ser,
tengo leída una profecía.
La cruz, enseña misteriosa,
los arcanos alcanzaron
Indios, y de allí notaron
que la señal milagrosa
con las estrellas tenía,
según geométrica ciencia,
secreta correspondencia
y notoria simpatía.
Y los egipcios, que dieron
a los hombres tanta luz,
a las letras, la cruz
al dios Serapis pusieron
en el pecho por señal
de la virtud que tenía,
que entre otros dioses sería
aquel Dios principal.
Esto es cuanto en figura,
no porque en ella murió
Cristo, esa virtud le dio.
Eso sucedió después;
que a inquirir por verdadero
si tiene, un cuento que he oído
de la cruz de Cristo ando,
misterioso aquel madero.
Pues, ¿qué has oído contar?
Que es aquel el árbol mismo
en que Adán pecó.
¿En qué abismo
se vino después a hallar,
si estaba en el paraíso
y se quedó allí encerrado?
Cuando fue Adán desterrado...
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Dicen que también Dios quiso,
que este, que le dio ocasión
de pecar, también se hiciese
para que en él se cobrase
después nuestra salvación.
Fábula es que algunos tiempos
erraron.
Yo así la llamo.
Otros dicen que fue un ramo
que de aquel árbol cortó
Set, y él después
lo plantó en la sepultura
de Adán, su padre.
Locura
de algunos cristianos, y
tanto vino a crecer
que en tiempo de Salomón
el Rey por admiración
al campo le salió a ver.
Mandóle luego cortar
para un palacio que hacía.
Pero como no cabía
por grande en ningún lugar,
la gente que trabajaba
en un arroyo le echó,
donde de puente servía
a la gente que pasaba.
Que después, cuando vino
a verse con Salomón,
la reina Sabá, Simón,
en espíritu divino,
dicen que vino a alcanzar
que en aquel leño era clavado,
verse el Verbo humanado,
y volvió sin pasar.
Por consejo de ella y de él
lo quitaron del arroyo,
y haciendo en el campo un hoyo
le sepultaron en él.
Y de aquel hoyo, imagina,
que vino a manar después
aquella fuente que hoy es
la probática piscina;
donde en virtud de aquel palo
y del ángel que movía
las aguas, salud tenía
el que entraba enfermo y malo.
Cuando el fruto que dio
llegó el tiempo deseado,
dicen que el leño pesado
sobre el agua subió.
Y habiéndole algunos visto,
el tronco a tierra sacaron,
de donde la Cruz labraron
en que pusieron a Cristo.
Sale Coilo.
Simón, amigo, he sentido
que sabes dónde está
la Cruz.
Malicia será,
jamás tal cosa he sabido.
No me enojes.
No te doy
ocasión.
Para prenderte.
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lameludas
Podrá hacerse,
y a rematalla voy.
Yo haré, perro judío,
primero abriros a azotes.
Coilo, no te alborotes,
Simón, y pariente mío,
tratadle como es razón.
¿No, sino arremeterse a mí?
Una cisterna hay allí,
y si no me da razón
de esto que aquí le pedía,
pondrélle en ella después.
No es nada.
Poca es
el agua, pero muy fría.
Coge Coilo a Simón. Sale Decio.
¿Adónde va con Simón,
Coilo?
Guayas de mí,
a echarle en un pozo.
Allí
se acaba su comisión.
¿Cómo?
Ha entrado Constantino
agora, acaba de entrar.
Las manos le iré a besar
por la ocasión en que vino.
Vanse, y sale Coilo.
Simón, cantad, como ranas
que en una cisterna estáis,
y en verdad que si cantáis
ha de ser hasta mañana.
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¿Qué hay, Coilo?
A Simón tengo
puesto en remojo una vez.
Constantino será juez
de esta causa, a daros vengo
aviso de que ha venido.
Venga en buen hora.
Allá fue Jonatás.
Yo le informaré,
que también seré creído.
Vanse, y salen Elena, Irene, Constantino, Silvestre, Jonatás.
Todo cuanto oigo son quejas
de Coilo.
Agravios son
notables.
Y quién es Simón,
cabeza de la más vieja
familia de este lugar
y quien nos rige y gobierna,
señor, y en una cisterna
le acaba agora de echar.
¿Por qué?
Porque pregona
que el que santa Cruz tuviere
de Cristo, y no descubriere
el lugar en que Adriano
la escondió, pierda la vida.
¿Que esto es revolución?
Hanle dicho que Simón
sabe dónde está escondida.
Hijo, ¿avisásteisle vos?
¿Cuándo?
Y cómo
él nos decía...
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53
Que esta orden vuestra no es mía,
amigos, sino de Dios;
y pues así lo permite
su Majestad soberana,
os permito hasta mañana
lo declaréis, pues consiste
en esto solo mi gusto;
y puesto que el cielo es justo,
él mandará tal acción.
Señor, esa pretensión
es injusta a nuestra ley.
Sale Corlo.
Corlo.
Señor.
Pues que la pretensión,
por decreto soberano
o inspiración divina,
ha gobernado tu mano
hasta ahora...
Señor, mira...
No en esto me habléis palabra,
porque la cruz soberana
