testo digitale di La dama comendador
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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- Pedro Lanini y Sagredo Probabile
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La dama comendador. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-dama-del-comendador.
LA DAMA COMENDADOR
Pag. 1
Jornada 1
D 47- 99 1 454 Comedia Nueva I La dama comenda- dor. La dama comendador (Comedia en 3 actos) De Don Pedro Francisco Lanini Sagredo. Legajo 13. 6 6-7
Pag. 2
Comedia Nueva La Dama comendador De Don Pedro Francisco Lanine Sagredo
Jornada primera
Pag. 3
Comedia
La dama Comendador
En 30 de setiembre de 1663
Personas
Don Carlos
Don Juan de Leiva
Don Félix viejo
Don Diego
Toquete
Mendrugo
Aurora
Doña Casandra
Leonor
Sale Aurora vestida de hombre con hábito de Calatrava, y Mendrugo.
A esos árboles copados,
Mendrugo, los brutos atar.
Atarlos es patarata
cuando vienen tan atados;
mas mi mula porfiada,
que no la conocéis, ha dado
en decir, pues no la he echado
ha un mes paja ni cebada:
«Coman, pues que no se pierde,
verde, que es muy buen color;
pajico es muy mal favor».
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Conténtense con lo verde
pues la amistad se conserva
si los convido a comer
o penitencia han de hacer
hártense ustedes de yerba.
Con la noche nuestra estrella
el camino perdió ya.
La culpa toda en ti está
porque jugaste con ella.
Y si la noche con arte
hemos de pasar aquí
saco la espada y ansí
pásola de parte a parte.
Que a esta intrincada maleza
nos condujese el destino.
Lo que más me desatino
que gaste tanta aspereza,
mas si la suerte dispensa
con nosotros este azar
no nos trujese a parar
donde hubiese una despensa;
fueran menores mis males,
y en ella me consolara,
aunque por comer pagara
los chorizos a dos reales.
No aquí que con mil excesos,
si queremos murmurar,
ha de venir a parar
en solo roer los huesos.
Aurora riendo.
Pero pues la lengua tiene
dos oficios a mi ver
que es hablar y comer
según la razón previene.
Y en tan prolijo pesar
que al mío, señora, excedes,
darla de comer no puedes,
déjala siquiera hablar.
Y que preguntarte intente
sin hacer ninguna pausa
de tus suspiros la causa
si la causa lo consiente.
Y ansí dime qué dispones
o qué enigma viene a ser
por qué ese hábito te pones
ganas da el saberlo, prometo,
que es imposible querer
siendo como eres mujer
el que guardes tu secreto.
Aunque es falsa esa objeción,
puesto que eres compañero
de mi mal, decirte quiero
con mi pena mi intención,
que aunque mi desdicha miro
sin remedio por atroz,
pasarle quiero a la voz
el oficio del suspiro,
pues repetido un agravio
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es veneno que da muerte,
morir quiero desta suerte
comunicándole al labio;
mas, ¡ay!, que mi pesar cruel,
aunque es veneno violento,
no me mata, hecho sustento,
porque me crié con él.
Y ansí, si tu discreción
la atención aquí apercibe,
sabrás cuánto dentro vive
o muere en mi corazón.
Aunque tu esclava me labra,
la atención no te daré,
mas yo te la prestaré
aquí sobre tu palabra.
Supuesto aqueso, sabrás
que al gran precursor de Cristo,
Juan, que con solo su nombre
sus alabanzas publicó;
porque no borre el pincel
de mi labio sus prodigios,
que es mejor el confesar
la ignorancia que el delito.
La gran villa de Madrid,
corte del magno Filipo,
cuarto planeta del orbe,
cuyos rayos atractivos
al ver su grandeza ciegan,
cuando alumbran tan propicios,
que encontrando en sus acciones
lo severo y lo benigno,
equivocar supo sabio
lo humano con lo divino.
Una fiesta celebraba
cuyo asunto o regocijo
eran tres toros, donde
culpado el descuido vimos
de los nobles, pues no hubo
quien con cortesano brío
diestro pusiese a los brutos
blancas garrochas de pino;
y sabiendo que faltaba
aquel rato entretenido
donde el valor y destreza
apetecen el peligro,
cuya gloria es la alabanza
o la envidia, que es antiguo
premiar el mérito a veces
los hombres con este vicio.
Yo y otras amigas mías
bajar al río quisimos
por no malograr la tarde,
que es ocioso desvarío
ir a ver correr a un hombre
que hace gala del delirio,
pues que fía su valor
de un animal sin distinto,
cuando midiendo el espacio
de un laberinto florido,
de cuyas confusas calles
es hilo de plata el río,
un caballero me vio
que iba en un bruto morillo.
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Por lo negro y lo ligero,
del viento de la noche hizo
todo un monte de azabache;
de ébano el cabello en rizos,
carbón que encendió su fuego
y apagó su viento mismo,
que es propio en los elementos
ser contrarios siendo amigos.
Tan asentado en la silla,
que iba con arte y atino,
muy galán sin presunción,
que es ser galán y entendido;
y no ignores que el cuidado,
cuando tan galán le pinto,
pues con el mérito intento
a disculpar mi delirio,
que es el rendimiento ciego
delito del albedrío;
y llegándose turbado
a mí, no sé qué me dijo,
que antes supe de sus ojos
que de su labio remiso,
siendo intérprete mi vista,
que se entienden los sentidos.
Despidióle la atención,
aunque a verdad te digo,
acá dentro de mi pecho
me lo tenía el cariño;
pues ya era desasosiego
lo que cuidado al principio.
Obedeció tan atento,
que siguiendo el coche, fino,
mariposa fuese, sabía
en mis ojos su peligro.
Cuando, habiendo ya surcado
aquella playa de vidrio,
que cualquier estorbo abolla
y quebrarla no ha podido,
pretendimos merendar
lo que el descuido previno,
y para mejor lograrlo
dejar el coche dijimos,
por un verde prado, que,
atento, ameno y rico
de sus esperanzas propias,
estrado al descanso mismo.
Y apenas pudo la planta
rústica ajar lo florido
del albergue, cuando un toro
que se fue, según supimos,
de la vacada aquel día
de algunos mozos corrido,
esgrimiendo el medio globo,
colérico y vengativo,
hizo instrumento su agravio
para vengarse ofendido.
Neutrales quedamos todas
al ver riesgo tan preciso,
sobrando el susto en las más,
mucho para el parasismo;
pero yo queriendo huir,
tropecé en mi miedo mismo,
y viniéndose a mí el toro,
el caballero que he dicho
Pag. 7
que haciendo unas ramas biombo
logrando el mirar me quiso
que aprovechase la vista
la falta de otros sentidos.
Sacó valiente la espada
y embistiendo el bruto altivo
solo aprovechó su saña
a su mismo precipicio,
pues con sangre su escarmiento
en la arena dejó escrito
que si hay iras también hay
muertes para un atrevido;
y pasando a socorrerme,
con respeto enternecido
retiraba las palabras
y acercaba los cariños,
que las pasiones del alma
se entienden con los indicios.
Yo al favor agradecida,
volviéndole el rostro mío,
la vergüenza sus colores
con voces muy del sentido
le confesó el rendimiento,
la vida por sacrificio.
Desde entonces el amante
yo obligada y él rendido,
mi amor cera, él su fuego,
amantes los dos pudimos
confirmar con las caricias
lo que la influencia hizo,
hasta que le di licencia
que una noche en un florido
jardín a verme viniese
por más señas que estuvimos
junto a una fuente sonora
que arpa de cristal con ruidos
celebraba nuestro amor
sin murmurar el delito,
porque es propio en la lisonja
aplaudir siempre los vicios;
donde medianero el ruego,
el amor más atrevido,
la ocasión más peligrosa,
el fuego más encendido,
toda yo sin libertad,
el corazón sin dominio,
con una palabra vana
que creyó amor al proviso,
se pudo vencer el alma.
Aquí la memoria aflijo
mas ¿para qué ando buscando
razones al dolor mío
para pronunciar mi agravio
si la vergüenza lo ha dicho?
Cuando en copa de claveles
bebía el aliento mío
mi esposo, turbó el placer
un lance no prevenido;
mas es propio en la desdicha
el nacer junto al peligro,
pues un caballero que
siendo mi amante y mi primo
festejaba mis rigores
y lograba mis desvíos
Pag. 8
sobornando una criada
en el jardín escondido
estaba cuando llamado
de la desdicha, y el ruido
y guiado de las voces
halló a mi amante conmigo
y colérico y celoso
viendo que era su enemigo
causa de que no pagase
de sus amantes suspiros
tan ciego contra su pecho
bríos el acero ofendido
que entrándose por el riesgo
vino a hallar el precipicio
pues llave de acero abrió
en el pecho puerta el brío
y sobrándole el aliento
le faltó el aliento mismo
y entre el llanto y la congoja
dio el último parasismo
que del nacer y el morir
son las señas los gemidos
vino mi padre a las voces
yo la fuga solicito
siguiendo también mi amante
las huellas de mi destino
amparéme de una amiga
y él tomando por asilo
de un embajador la casa
vernos y hablarnos pudimos
hasta que una noche amante
y más que otras noches fino
vino de mí a despedirse
con sentimientos fingidos
diciendo a una diligencia
llegaba a un lugar vecino
respondíle con el llanto
que el corazón vaticinio
viendo el mal que ya tan cierto
el sentimiento previno
fuese y dejome llorando
cuando aqueste tiempo mismo
murió de sentir su agravio
mi padre viendo ofendido
que aunque a fuego su enojo
eran de hielo sus bríos
adormecióse mi mal
de tanto dolor movido
que el golpe más fiero
y entre el llanto y el suspiro
halló la razón su remedio
mas la pena agostó
con el llanto y el suspiro
encontrando la razón
a que fue aquel mal preciso
pues llevarse lo que es suyo
es de la muerte ejercicio
pero viendo que mi amante
se tardaba, ya por siglos
no pudo sufrirlo el alma
e informándose el cariño
supe que el mal no se ignora
que a Sevilla se había ido
a casar con una dama
mortal me dejó el aviso
pero volviendo del susto
a cobrarse los sentidos
viendo que el honor me falta
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Y que convida a morir,
que hace inmortales la pena,
para lograr el martirio,
la venganza de mi honor
a mi brazo solo libro,
y adornándole a mi pecho
deste hábito y vestido,
fingiré el que soy don Juan
de Leiva, mi hermano mismo;
pues que olvidó los papeles
de la merced que le hizo
Su Majestad, con que es fácil;
y más cuando dél no había
noticias habrá diez años.
Con que transformada en él
que resucite imagino
para cobrar la venganza
en mí su aliento y su brío,
y así a Sevilla a buscar
voy a mi aleve enemigo;
pues si a traiciones hay muerte,
si a ofensas hay cuchillos,
si atrevimientos venganzas,
si a enojos hay martirios,
si instrumentos faltare,
a mi fuego lo remito,
que abrasará cuanto encuentre,
claro a mi enojo encendido.
Admirado me han dejado
tus sucesos, y ahora digo
al mirar tu tierno llanto
que no te quejas de vicio.
Dentro Casandra.
¡Ay de mí!
Pero, ¿qué escucho?
¡Válgame aquí San Patricio!
Muertos que andan en los montes
sin duda son campesinos.
¡Qué queja tan lastimosa!
A pecho con sus conflictos
le ha lastimado la voz,
cuando asustado te he oído.
Aqueste muerto sin duda,
si no es tu padre, es tu primo,
pues con aquesta llaneza
a hablarte viene contigo.
Calla, necio, que esta voz
de cuerpo viviente ha sido.
Señora, ¿en qué lo conoces?
En que no habla como un muerto,
pues se queja con chillidos.
Dentro Casandra.
¡Ay de mí!
Segunda vez
con su queja el viento ha herido;
como son de mis penas
consecuencia los gemidos,
está dudando el dolor
si son los ecos mismos.
Pag. 10
Que aquel que al mal está sujeto
siempre teme el vaticinio.
No te quedes, aunque estés
en el purgatorio mismo,
muerto; pues no nos quejamos
los que estamos en el siglo,
andando el pan por el suelo
y por las nubes el vino,
la sed matando a traición
los taberneros malinos.
Busquemos de aquestas quejas
la causa, Mendrugo amigo;
que es de los tristes lisonja
amparar los afligidos.
¿Cómo habemos de buscarla?
Por la voz.
Es desatino,
que es tiple y no tiene cuerpo
esta voz.
Vente conmigo,
que habla claro, y podremos
verla mejor, mas ¿qué miro?
Aquí un arruinado templo
se mira, cuyo edificio
ha ido derribando el tiempo
y sepultando el olvido.
El que a edificarle vuelvan
ya no es fácil, que en el siglo
que corre nadie levanta
de piedad a los caídos.
Dentro Casandra.
Traidor, si es que has de matarme,
no esté tu rigor remiso.
Mátame, sálvome el hado
o me excusará el martirio.
Aquí la voz se ha escuchado,
si no miente el oído,
es de mujer.
Es verdad;
de alguna fea habrá sido,
porque a matar a las fieras
se tiene por ejercicio.
Ya a la escasa luz que da
el farol nocturno, he visto
aquí una boca por donde
bosteza aqueste edificio.
Pues dile que se haga cruces,
que yo también me persigno.
Aquesta piedra apartemos,
que aquí las quejas han sido.
No está a diente aquesta boca,
pues del canto nos ha mordido.
Y pues tiene apartamiento
que salga libre, la digo.
Oh tú, cualquiera que seas,
sal, que a ampararte ha venido
quien, condolido a tu llanto,
darte pretende el alivio.
Sale Casandra.
Hombre, a quien tanto acredita
la piedad de bien nacido,
quién eres, que aunque te invoco
no pareces mi enemigo.
Mujer hermosa, que a serlo
Pag. 11
Aunque la vista es registro,
el ser desdichada es
de tu hermosura testigo,
un hombre soy que ampararte
el acaso me ha traído.
Y así, haz que de tu cielo
embargue el tierno rocío
la queja, que aunque a ser perlas
baja tu llanto corrido,
y no le usurpes al labio
lo que das a los suspiros,
dándole fuerzas al mal
por callar el de los mismos;
que, si te fías de mí,
ya a tu hermosura vendido
y a tu piedad llevado,
ampararte solicito.
¿Te acuerdas que eres mujer?
¿Por qué lo dices?
Lo digo
porque te dejas llevar
de un ciego desvarío.
Aquesta es urbanidad
que a las damas es debido,
el rendimiento, aunque no
sea de efecto nacido.
Noble amparo de mi honor,
quien la vida te ha debido,
y dejarte la duda fuera
de mis sucesos delito,
y así pues que la atención
te debe el discurso mío,
sincopado mi pesar,
escucha.
¡Cuerpo de Cristo!
Cuéntalo en plata si puedes.
Ya te atiendo.
Pues ya digo,
mi nombre es doña Casandra,
mi apellido y mi nobleza
el detenerme a contarlo
es ociosa diligencia,
pues si la envidia la calla,
la misma fama lo cuenta.
Viendo mis padres que ya
peligraba mi belleza,
que es la hermosura una flor
que a los ojos halagüeña
el deseo la marchita
y el amor la lisonjea;
pretendieron darme estado,
buscando para esta empresa
donde el interés alumbra
y la misma pasión ciega;
a un primo mío a quien dio
la fortuna sus riquezas
y su nobleza estimación,
cuando méritos suspenda;
a quien por oculta causa
aborrezco por estrella,
que no está el bien en ser bien,
sino en que bien nos parezca.
Vino a Sevilla llamado,
porque a no venir perdiera
el pleito de un mayorazgo.
Pag. 12
que le toca por herencia,
propúsomelo mi padre,
otorgólo la vergüenza,
aunque la fuerza llore;
que mujeres de mis prendas,
cuando están sujetas, hacen
del albedrío obediencia,
sin que desta causa fuese
otra pasión medianera.
Verdad es que a un caballero
que dio en adorar mis prendas,
haciendo su voluntad
de la porfía fineza,
correspondía obligada
por no negarme a la deuda
de la vida; pues un día
que al casarse una parienta
mía concurrí a sus bodas,
fue la suerte tan adversa
que encendiéndose la casa,
abrasada Troya era;
pues lo que en llama empezó
vino a parar en pavesa.
El cual, hallándose allí
por asistir a la fiesta,
a socorrerme se anima,
y venciendo llamas fieras
me sacó en sus brazos, dende
se abrasó en me ver, o fuera
siendo allí de mi hermosura
más apasionado Eneas;
con que, por no ser ingrata
a este beneficio, ciega,
ni veía sus cariños
ni pagaba sus ternezas.
Mas sabiendo de un criado
que me casaban por fuerza,
me avisó que si quería
salirme la noche mesma
de mi casa, que sería
dueño de toda su hacienda,
que de Indias había traído,
y también de una encomienda
que en Madrid trataba, adonde
me llevaba con promesa
de que su esposa sería.
Al instante, sin que acuerde
de su ruego, y no admitía
el trato o la conveniencia,
que me había de robar
su voluntad, porque ciega
quería perder la vida
antes que a mí me perdiera.
Fue de su proposición
la omisión noble respuesta,
escarmentada de tantas
mal engañadas bellezas,
siendo su facilidad
de su desdicha tercera;
cuando a este tiempo mi primo
me divertía con fiestas,
mientras la despensación
llegaba para mi pena;
y saliendo yo a una quinta
de Sevilla cinco leguas
Pag. 13
Por lo ameno y florido
templo de la primavera
cuando apenas espiraban
de Febo las luces bellas
que aún no están siendo divinas
de ser mortales exentas
seis hombres enmascarados
en seis caballos nos cercan
tan presto que no dio el susto
lugar para la defensa
y llegándose uno a mí
me acomoda tan apriesa
en la silla que parece
que no hubo en mí resistencia
y picando el veloz bruto
todos puestos en defensa
aleccionado de rayo
corrió con tal ligereza
que del aire en la región
pudo pasar por cometa.
Y trayéndome a esta tumba,
cárcel triste de la tierra,
oscura bóveda donde
la misma noche se hospeda
con rendimiento me dijo:
"Hermosa deidad, no temas,
que quien descortés te roba,
solo servirte desea.
Y perdona que te deje
aquí sola porque quedan
arriesgados mis amigos
por habitar en aquestas
quintas mucha gente con que
están del peligro cerca."
y dejándome cerró
la puerta con esa piedra
a mis temores, adonde
plaza he pasado de muerta
sin poder determinar
si es la causa de esta ofensa
mi amante, o es la codicia
de ladrón destas piedras.
Algunos ladrones, quien
me han traído a questa cueva,
mas como de la congoja
bajadas las potencias,
no me servía el discurso,
aprovechaba las quejas,
pidiendo al cielo socorro,
al tiempo que tu nobleza
llegó a ampararme piadoso;
aquesta es toda mi pena,
esta, señor, mi desdicha,
estas mis ansias severas,
que va llorando mi llanto
cuando las dicta la lengua."
Tan suspensa me han dejado
tus penas, Casandra bella,
que amor se para a sentirlas
aún antes que a socorrerlas,
dan a Aurora el valor
para que ampararte pueda.
No era bobo el que quería
robar sus hermosas prendas
pues son todas como un oro,
pero gente anda en la selva,
sin duda son los traidores
que ocasionaron mi ofensa.
Pag. 14
Pues, ¿qué intentas?
El huir
de su crueldad.
No la temas,
¿dónde hemos de ir?
A Sevilla.
Dame, amor, esa obediencia,
ir puedes en mi caballo.
Y yo iré al pie de la letra.
De aqueste hombre la gala,
la piedad, la gentileza,
la atención me lleva toda,
y sin atención me deja.
De Casandra las desdichas
tienen el alma suspensa,
que se renuevan las propias
no viendo las ajenas.
Vanse.
Sale don Juan de Leiva y don Diego con mascarillas.
Solo, don Diego, a tu brío
es bien que tal dicha deba,
y así vamos a la cueva
adonde está el dueño mío,
que solo de tu valor
aquesta empresa he fiado,
porque me hubiera culpado
quien no sabe qué es amor.
Aquesta la cueva es,
mas, ¡ay de mí!, que han quitado
la piedra y la habrán librado.
¿Qué, qué dices?
Lo que ves.
Mira su cóncavo estrecho,
y déjame a mí arrojar,
porque ahí debe de estar,
pues no se fue de mi pecho.
Amigo, a Casandra bella
en esta cueva dejé,
como me ordenó tu fe,
pero no parece en ella.
Cielos, llenos de fulgores,
muera yo a vuestros ensayos,
y pues os sobran los rayos,
no echéis menos los rigores,
máteme el pesar violento,
o porque alcance esta gloria
a la fuerza mi memoria,
a mi mismo entendimiento,
yo perdí a Casandra bella.
Puñal sea este dolor,
pues lo que ganó el valor
lo supo perder mi estrella,
dónde hallaré su beldad,
pero si su luz perdí,
como si vive de mí
la hallará la ceguedad.
A un sentimiento es honor
que a morir se condena,
mas morirse de una pena
viene a ser poco valor.
Y si a sentir se concierta
tu pasión tan amorosa
a una pena que es dudosa,
¿qué le dejas a una cierta?
No te eches al cuello el lazo,
porque el mal la puerta cierre,
¿qué importa que el golpe yerre
cuando deja libre el brazo?
Pag. 15
Pues otra ocasión te aqueja
la suerte cuando te intima,
que aquesta espada te anima
y a tu afecto te aconseja;
no des todo a la pasión,
que harás que ciego te ofusques;
da, aunque al principio busques
otros visos de la razón.
Casandra parecerá;
que alguno que me siguió
del peligro me libró,
y ya en Sevilla estaba.
Llega mi amor a estimarla
tanto, que solo por verla
diera el pesar de perderla
por el gusto de toparla;
que, puesto que su beldad
no sabe mi atrevimiento,
remitiera el vencimiento
ya solo a mi voluntad.
Mas, ¿qué ruido es el que embarga
toda la atención...
... de aquese
monte que al cielo se empina?
Pues mariposa pretende
en sus luces abrasarse
o en sus rayos encenderse,
baja un hombre, a quien despeña
un bruto.
Voces dentro.
Cielos, valedme.
Vase.
Ampararéle, mi piedad.
El que es noble y es valiente
a la desdicha se quita
muchos triunfos desta suerte;
pero cortándole el vuelo
de la carrera la muerte,
dio al bruto, que quebrantó
el precepto inobediente
de un impulso que le manda,
y un fresno que le suspende.
Salen Don Juan y Don Félix.
Aparte.
Vuelve a cobrar el aliento,
y el pesar todo suspende,
pues siendo el monte tu ocaso,
son ya mis brazos tu oriente,
donde aunque a morir bajaste,
a vivir en mí desciendes;
siendo Arabia mi valor,
pues en él renaces Fénix,
que si forja la desdicha
en el taller de la muerte
los acasos para darlos,
también los mortales suelen.
Mas, ¿qué dudo? de Casandra
es el padre; que me encuentre
con este embozo en la cara,
de qué recatarse puede,
si fui yo quien la robó;
mas enmendarlo conviene.
Dime, noble amparo, a quien
aquesa nube escurece,
quién eres, cuando me libras
de riesgo tan evidente,
donde corría la vida
por la posta hacia la muerte,
para que mi rendimiento
agradecértelo llegue.
Mira que el afán desluces
Pag. 16
Saber mi nombre quieres,
para pagarme, pues harto
paga el que noble agradece,
pero porque mi persona
el valerse de ti quiere,
mi nombre es don Juan de Leiva,
y el hablarte desta suerte
desta máscara encubierto
es la ocasión que me tiene
aquí en empeño de honor,
que a vengarle el valor viene,
sin que a conocer se dé
mi persona, pues las leyes
mandan sea la venganza
como el agravio sucede.
Siempre que os valgáis de mí
serviros mi amor promete.
Lo cumpliréis.
¡Quién lo duda!
obligado estaré siempre,
que en un noble el ser ingrato
es la culpa más aleve.
Pues monta en aquese bruto,
copo animado de nieve,
a quien su fuego derrite
por la cola y el copete,
y vuelve a seguir tu rumbo.
Guárdete el cielo, mas tente,
que si en el riesgo te mira
el que la vida te debe
de ti, tu fuerza dejarte...
Quedarte fuera ofenderme,
pues con un amigo solo
a guardas que aquí advierte.
Vase.
Eso solo me disculpa,
y así, adiós; montes crüeles,
si es que a Casandra no hallo,
quitame la vida aleves.
¿Lo oye, don Juan, este acaso,
que un justo pesar trueque,
pues al padre de Casandra
diste la vida?
¿Quién pierde
la dicha que importa a un
que el merecimiento encuentre,
pues del mérito martirio
que la razón no le premie?
Yo espero que habéis de hallar...
Ese consuelo detiene
de mi desesperación
el curso, pues que prudente,
aún busca engaños el triste
en el mal más evidente.
Pues vamos acá, ahora,
que con haber nueve meses
que de Indias llego a Sevilla,
noticia de mí no tienen,
que ha diez años que no veo
a mi padre y hermana,
sin ir a la corte a verlos,
y desear tiernamente.
Vamos, y porque antes que
yo mis suspiros la encuentren,
aunque mayor fuerza cobre
mi fuego, el llanto me anegue,
por si esta llama del pecho...
Pag. 17
se apagare o se encendiere.
Vanse.
Sale Carlos y Casandra, Zoquete y Elena.
Parabién a tu beldad
le da mi amor desta dicha,
pues lo que de su desdicha
lloró la felicidad.
Tan corrido me hallo
al socorro de tus celos,
que te confieso los celos,
aunque la envidia te callo;
y venir con tal templanza,
ofendido, a ver tus ojos,
es que hasta ahora mis enojos
no han hallado la venganza.
Carlos, cuando de la ofensa
no se sabe el agresor,
disculpado está el valor
en lo que vengarla piensa.
Embargue atento mi labio
las voces de mis recelos,
sin que crea de mis celos
la presunción de mi agravio;
satisfágame aunque no
tengo evidente noticia,
si la robó la codicia
o el afecto la robó.
La intención de los traidores,
quién será, buena se halla;
pues entraron a roballa
con todos seis matadores,
y lo que en su juego hallo,
que les cascan en la cholla
y no se llevan la polla,
a no tener el caballo;
mas lo que siento, Elenilla,
es que tan dichosos fuesen,
que, dejándole, pudiesen
llevarla sin la mantilla.
Tú con tus bazas contadas
bien sé que les dejarías,
pues gallina no querías
ganar el triunfo de espadas.
Tu rigor siempre ha de ser
tan fiero, sin reparar
que la saña del matar
desacredita el vencer.
Ve que no es consejo sabio
el que tus crueles enojos
riñan reveses los ojos,
pudiéndolo hacer el labio;
pues que de amor la victoria
la consigue el rendimiento,
si alcanzo yo el vencimiento,
no me usurpes tú la gloria.
Querer con aquese intento
forzar una voluntad
es dar a la ceguedad
inútil conocimiento.
Valida su intento, fuerza
al camino esta verdad:
que lo que la voluntad
no hace, don Carlos, la fuerza.
Ya de verte no te humillas,
tú, Zoquete, algún favor?
Pag. 18
Los valientes de hambre
nunca gastamos cosquillas
ni la cabeza me quiebro
en gastar, aunque me sobre,
ese humor, porque de un pobre
es plata falsa un requiebro.
Son intentos escusados
si de pobre te previenes,
cuando las más noches tienes
ciertos tus cuatro ducados.
A la gura si me baja
todos me serán testigos
gasta muy pocos amigos
porque con todos es clara.
Pues bébela y no hagas ascos
que el vino causa rudeza
que tamaña la cabeza
cuando se alegran los cascos.
Y a ninguna lo perdona
pues si la ocasión la llama
cuela un cuartillo una dama
y le vacía una fregona.
No hables en esas tragedias
sabiendo que se pruebe
que tú y el señor Zoquete
os emborracháis a medias.
Sale Aurora, Mendrugo al paño.
Ya que de Casandra hermosa
habrá cobrado sus celos
las rosas que a sus mejillas
le robó su sentimiento,
vuelvo a darle el parabién
y a que su padre... mas cielos,
con un hombre hablando está.
Esa no es falta, por cierto.
No malogres de mi amor
este bien nacido incendio
que es deslucir su fatiga
que arda más y luzca menos.
Paga esta amante fineza
sin que blasone tu pecho
de que después puede ser
que se derrita a mi fuego,
pues tus ojos fueron causa
de aqueste desasosiego;
redúcete a la piedad
y has del mal dulce remedio.
Cielos, este es mi enemigo,
muera al volcán de mis celos.
¿Qué intentas?
Darle la muerte.
¿A quién, que yo no te entiendo?
A aquel honor me ha robado.
Agora sales con eso,
aguarda.
No me reportes.
Mira qué pierdes.
¿Qué pierdo?
La ocasión, pues a lograrlo
no es posible en este puerto.
Que viniese a dar la brida
a la causa de mis celos.
Lo que vuestro amor acierta
y erra vuestro entendimiento.
Pag. 19
Pues que de aquesta pasión
os dejáis llevar tan ciego.
Y son imanes tus ojos,
qué mucho que atraigan hierros.
Si los imanan bien, don Carlos,
es de diamante mi pecho,
y a la vista de sus luces
no tiene imán su imperio.
Ya es imposible sufrirlo,
muera el traidor a mi aliento.
Detente, corazón.
Qué aviso ocasionas, necio,
este rayo de mi enojo
con la armonía del trueno.
¿Qué ruido es este?
Tu padre.
Ha venido a lindo tiempo.
Suspendiéronse mis iras
a encontrar con el respeto.
Sale Don Félix.
Hija Casandra.
Señor.
Permítele a mi consuelo
que a las voces embarace
el lugar del cumplimiento,
o que para quien te dé
por señas mi gusto mesmo.
Bien mudamente acreditas,
señor, tu paterno afecto,
pues es gusto el que el placer
explica con el silencio.
Yo apostaré que es don Carlos
de aquesta fineza el dueño.
No he sido yo tan dichoso.
Pues, ¿a quién la gloria debo
para que acuda a pagarla
el gusto con rendimiento,
cuando de los salteadores
se llevó triste trofeo?
A un caballero que acaso
aquel sitio trujo el cielo,
pues llamado de mis quejas
que lastimaban el viento,
de una cueva me sacó
adonde me puso el fiero
rigor de aquellos traidores,
e igual ofreció que luego,
señor, a verte vendría.
Ahora entras tú.
No pretendo
el que don Carlos me vea
hasta que me vengue el cielo.
Pues irnos ya no es posible,
porque al salir han de vernos.
Al escuchar que otro pudo
socorrerla en tanto riesgo,
de celosa está mi fama
cuando están mis celos ciertos.
Y ha de ser conocerle,
porque se hace ingrato el pecho
que a la lisonja del bien
se niega al conocimiento,
aunque deudor de mi vida
también soy a un caballero,
pues andándote buscando...
Pag. 20
esta mañana
al descender por la falda
de un monte, o gigante fiero,
que empinándose en los hombros
sustenta esos once cielos,
faltó veloz mi caballo
a la obediencia del freno,
bruto buscando en lo altivo
su precipicio soberbio;
mas notando lo piadoso
el caballero diestro,
cercenándole las piernas
castigó su atrevimiento,
y amparándome en sus brazos,
tan valiente como cuerdo,
a mi pesar le eclipsó
el susto con el consuelo.
Su propio nombre me dijo,
aunque su rostro, cubierto
ostentó con industrias,
por pedirlo cierto empeño
de honor a que estaba allí,
y de el nombre me acuerdo,
ha de ser don Juan de Leiva.
Aparte de Casandra.
¡Don Juan de Leiva! ¡Oh, cielos!
que fue el que robarme quiso,
pues hallarse en aquel puesto,
encubierto y a tal hora,
es indicio verdadero.
Aparte de don Carlos.
Este don Juan es de quien
se han concebido mis celos,
pues de la luz de Casandra
girasol se ostenta ciego;
si será quien la roba,
pero a vengar lo prometo.
Don Juan de Leiva, ¿qué escucho?
Otro tiene el nombre mesmo,
que tomo de aquesta duda
algún acaso recelo.
Ya socorrieran a un triste
si se viera en tal aprieto.
Como en qué caer no tienen,
los pobres se libran de eso.
No hay hombre por desdichado
que no tenga su tropiezo.
No hagan cuidado a la vista,
no tropezará el deseo.
Puesto que la dicha no
te excusa el desasosiego,
vete a descansar, Casandra.
Tu gusto es en mí precepto.
Vos, Carlos, venid a mi cuarto,
que hablaros en él deseo.
Ya te sigo, dueño amado;
suspende el rigor severo,
pues te basta por venganza
ver mi humilde rendimiento.
Soy escollo y no me rindo.
Que el tiempo espero, eterno
mi amor, con la confianza
que todo lo muda el tiempo.
Mis rigores probarás.
Que los gastes apetezco.
Esa es porfía y no amor.
Este es amor verdadero.
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que este mi agravio, miradlo,
y separe el sufrimiento.
Muera a mis iras.
Don Carlos...
¿No venís?
Ya os obedezco.
Vanse don Félix y don Carlos.
Amor, pues de tus arpones
probé el amable veneno,
haz que ciega mi pasión
no se pare a hacer despecho.
Sal, que ya se han ido todos,
que yo por hablar reviento.
¿Quién es?
Sale Aurora.
Quien, a dar tus ojos,
a morir viene de verlos,
que nunca el peligro ve
el que halla agrado en el riesgo;
que, aunque sus rayos podían
acobardarme, ciego,
cede ya mi voluntad,
guía de mi entendimiento,
pues, inclinada la hallo,
divertir su afecto quiero,
porque la porfía de
don Carlos no tenga efecto,
y pues su desprecio lloro,
castíguele otro desprecio.
Amor, a quien la razón
alumbra al conocimiento,
más es discreta lisonja
que no conocido afecto;
que de la ciega pasión son
hijos propios los deseos,
y afectos de la razón
solo son los rendimientos.
Luego, ¿no es ciego el amor?
El amor torpe es el ciego.
Vendóle los ojos, sabio,
por disculparle el respecto.
No importa, cuando la vista
tiene del entendimiento.
¿No me preguntáis quién soy?
¿Quién seréis? Un escudero
de vuestro amo. Sin duda
Sancho Panza a lo moderno,
su poquito de bufón
y de alcahuete algo menos.
Y vos, ¿quién sois, socarrona,
que me honráis como merecéis?
Quien, a esas partes rendida,
debéis algunos desvelos.
¿Cómo yo no lo he sabido?
Porque es mi amor muy secreto.
¿Por dónde os enamoró
mi talle?
Por el correo,
que allí se pagan los portes.
Pues di, ¿le tengo yo bueno?
Tu porte es de cuatro cuartos.
Y que me quieres es cierto,
mas me pedirás...
Yo no,
mas quitártelo prometo.
Si soy pobre, ¿qué harás?
Bien de balde a nadie quiero,
mas para poderte ver
ponte la luz.
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eso niego,
el que tú juegues con ansias
y yo ponga mi dinero.
¿don Juan de Leiva os llamáis?
¿qué os admira?
nada, cielos,
que sea el nombre a quien amo
de aquel mismo que aborrezco,
y que del aviso sean
de castigo los dos medios.
quién creerá que este reparo
da, me cuesta algún desvelo.
Señora, tu padre sale.
Sale don Félix.
a ver a Casandra vuelvo;
pero ¿qué es esto que miro?
¿quién es este caballero?
sin duda está acatarrado
y gasta cólera el viejo.
este caballero es
don Juan de Leiva a quien debo
la vida.
al don Juan sí será,
ese el mismo que del riesgo
a mí me libró. Sí, él es,
que en el nombre otra se ve, o
el que se convienen ambos
en la estatura del cuerpo,
a dos deudas obligado,
y de dos vidas a un tiempo,
os estoy, noble don Juan,
y al ir a satisfaceros
se embaraza la razón
en el mismo rendimiento;
porque es la paga menor,
siendo tan barato el premio.
Aparte.
en vano para pagarme
buscáis agradecimientos,
pues la gloria de recibiros
es galardón que apetezco.
que soy el otro don Juan
está don Félix creyendo.
vuestra noble sangre os hace
tan valiente como atento.
quien desautoriza al uno
faltará a entrambos preceptos.
Aparte.
qué discreto que es don Juan,
amor me lo enseña cuerdo,
que aunque la razón me quita,
me deja el conocimiento;
pero mi padre ha creído
el que es mi enemigo fiero.
Señor don Juan, si serviros
en cualquiera cosa puedo,
pues me halláis tan obligado,
no me habléis con el silencio,
pronto a todo me hallaréis.
serviros solo deseo.
y esa obligación es mía.
pues mía yo la confieso.
ser prometo vuestro amigo.
yo serlo vuestro protesto.
yo os buscaré.
yo, señor,
volveré gustoso a veros.
pues, señor don Juan, a Dios.
guarde os mil años el cielo,
qué cuerdo y afable que es.
Pag. 23
Qué cortés es y discreto.
Qué galán es y bizarro.
Rendida a sus partes quedo.
De celos voy que me abraso.
Obligado me confieso.
Deséeme el cielo lograrle.
Ven, Casandra.
Ya obedezco.
Ven, Mendrugo.
Ya te sigo.
¿Qué tienes?
Tengo un incendio,
una llama en que me abraso
y unos celos que estoy viendo.
Fin de la primera Jornada.
Jornada segunda
Pag. 24
Mucho tu afecto disculpa
ser tan noble su elección,
que una buena inclinación
nadie la tiene por culpa.
Ni es error ni ceguedad
que de su fino rendimiento
haga del entendimiento
solamente voluntad.
La que a despreciar se inclina
es ser ingrata, que gana
si no es por no ser humana
de lucir el ser divina.
A don Juan debes la vida,
y pues le estás obligada,
cerca está de lo inclinada
quien no huye lo agradecida.
Doras el hierro de amor
con arte tan infinito,
que no parece delito
este afecto, siendo error.
Culpa fue del desvarío
de mi amante ceguedad
cuidar de la voluntad
y perder el albedrío.
Aunque juzgo no ha causado
el desvío esta pasión,
pues estuvo la ocasión
puesta en el mismo cuidado.
Encendió con brevedad
la llama el desasosiego,
puso la memoria el fuego...
Pag. 25
y ardió con la voluntad,
pues que ya tan ciega adoro,
que no apura mi razón
adonde está mi afición,
pues no la encuentra el decoro.
Don Juan es gran caballero,
valiente, airoso y galán;
sin interés, a don Juan,
por su criado, le quiero.
Al paño sale Aurora y Mendrugo.
A ver el sol de Casandra
me trae mi felice envidia,
porque su afecto divierta
en mis fingidas caricias.
Tú has dado en una flaqueza
que es vergüenza, por mi vida,
que haces común de dos
géneros tu pasión misma.
Digo que a don Juan el alma
está, Elena, tan rendida,
que ha dado mi libertad
en no parecer ya mía,
labrándose el cautiverio
en el gozo de la dicha.
Sale Aurora.
Sonora tu voz, al alma
atrae con tanta caricia,
que, al sentido del oír,
está envidiando la vista,
pues escucho de tus labios
el favor que más estima,
y como da cuerpo el aire
a la voz que lo publica,
salgo a embarazar al viento
el que se lleve mi dicha.
Forma y materia a las voces
les da nuestra fantasía,
pues siendo sombras alumbran,
y siendo luces abisman.
Con que, si el viento llevarlas
por su ya veloz codicia,
así, aprovechando el efecto,
poco lleva en la armonía.
Y puedo creer que constante
pagará mi pasión rendida.
A don Juan, que aunque negarlo
quiera mi atención remisa,
en vano ocultarse puede
el fuego con las cenizas,
del recato si las llamas
el mismo incendio publican.
El alma que te consagro
sea recompensa digna,
siéndolo que más vale,
y a lo menos se te rinda.
Todo a mi afecto lo debes.
Págate de mis caricias.
Tuya es ya mi libertad.
¡Quién logró tan feliz dicha!
Verás mías.
No lo dudes.
Te mudarás.
No lo digas.
Serás ingrato a mi amor.
Es mi pasión bien nacida.
Mucho el fuego se acrecienta,
y, si mi honor no le entibia,
¿dónde parará mi amor,
cuando corre tan aprisa?
Mucho me empeña tu afecto,
y si mi pasión envidia
Pag. 26
Se quiere llegar al cierzo,
de la razón se desvía.
Despliega el clavel parado,
háblame, Elena divina,
y tu lengua calabaza
no hagas a puro pepita,
adónde tienes el habla,
que las voces no ejecutas.
En el pico de la lengua
está por una pajita,
no te pedí un abanico.
Eso es tirarme varillas,
yo no de próspero tengo.
Ya es tramoya o mentira,
pues andas en apariencias.
Ya están pintando las niñas.
Las que se precian de serlo,
para fingirlo se pintan.
¿Celos tú, Don Juan, de quién,
cuando mi afecto te estima?
Carlos, Casandra, es quien puede
ser causa de mi desdicha.
Si mi pasión te aborrece.
Venceráte la porfía.
Tengo amor y nací noble.
Tu padre hará que le elijas.
Sabréme matar.
Ya hará
la razón que te corrijas.
No hay razón donde hay amor.
Aparte.
Mucho importa disuadirla
del afecto de don Carlos.
Mucho estimo el verte fina.
Que en fin te parezco hermosa.
Para rendir con la vista
tienes dos mil gracias bobas.
¡Buena lisonja, a fe mía!
Cura piedad a lo que hiere
tu belleza; por piedad,
si quieren dello sanar,
manifiéstenme la herida.
Sana, médico, mi mal.
Si me pagas las visitas.
Yo no gasto cumplimientos,
¿cómo curarme querías?
Haciéndote de taberna,
del arca algunas sangrías,
sacándote ciertas onzas
de sangre de avaricias.
Pues para que de tu primo
conozcas la alevosía,
robó don Carlos aleve
a una dama bien nacida
en Madrid.
¿Qué es lo que dices?
Burláronla sus mentiras.
¡Gran mal, señora, don Carlos!
¿Qué dices? Estoy perdida.
Al verme esforzado, cielos.
Don Juan, ¿a quién te retiras?
Aunque estoy deseando,
la cautela es bien que finja;
mi valor nunca se esconde.
Mira que mi honor peligra.
Vanse.
Si está loca esta mujer,
a escondernos ven aprisa.
Que a estorbar venga don Carlos
desta gloria apellidos,
pero cuando no es de mi bien
consecuencia la desdicha.
Sale don Carlos.
Tras sí me trae la pasión
a ver amante a mi prima,
mas aquí está dueño hermoso
en cuyas luces divinas
salamandra se alimenta,
quien en tu llama se anima.
Pag. 27
esquiva cuanto tirana
y tirana cuanto esquiva
que en fabricarte imposibles
diste al amor más codicia
si el adorarte te ofende
cúlpate el nacer tan linda
de que ciego de lo hermoso
fue el matar con queridas
que mal me suena su afecto
que celosa está mi envidia
lumbre dan los celos pues
mi ama está echando chispas
esos afectos don Carlos
que la voluntad os dicta
gastadlos en otra parte
adonde tengan más dicha
que está el mérito demás
cuando al premio no se aspira
eso fuera ir a lograrlos
que amor solo a ti se inclina
con la dama que en Madrid
burló vuestra atención
cumpla vuestra obligación
don Carlos sin deslucirla
y no busque nuevo engaño
el que una deuda le obliga
quién le puede haber contado
esto a Casandra mi prima
cuando yo por olvidado
casi yo no lo sabía
ese fue un divertimiento
de el deseo culpa indigna
adonde la voluntad
se hizo cautela fingida
confesar el rendimiento
fuera aquí descortesía
nunca la quiso mi afecto
que la rindió la porfía
fuego que encendió el amor
siempre deja las cenizas
pues sino la voluntad
la memoria se habilita
olvidóla mi deseo
que el deseo luego olvida
era una sombra fingida
y tu sol en que me abraso
que estén ociosas mis iras
viendo mi desprecio a el juez
muere pues al pecho incitas
aguarda
el desafiallo
mira que te precipitas
mi señor sale
qué dices
que siempre mi enojo impida
Sale don Félix.
Carlos, Casandra, a los dos
os vengo a pedir albricias
pues la dispensación
ha llegado apetecida
con que casaros podéis
llegó el plazo a mis desdichas
llegó el bien que deseaba
yo haré que no se consiga
dando muerte a mi enemigo
aquí mi muerte es precisa
pues de la sangre está ya
la dificultad vencida
antes que el acaso o el
pueda esta dicha impedirla
el que sean luego quiero
vuestras bodas
tan aprisa
sí porque en la detención
es dar logro a la malicia
que monstruo de las acciones
anda mordiendo su envidia
la intermisión no dilates
al punto lo determina
aquesta noche ha de ser
eternas edades vivas
mira señor
qué me dices
Pag. 28
El aliento no respiras.
El decoro la enmudece.
Y a mi venganza esperanzas.
Mielgo, con estas bodas,
intenta darse un buen día.
Don Carlos, a disponerlo.
Amor, a lograrlo aspiras.
Yo a facilitar la boda,
Casandra está prevenida.
Yo muero de imaginarlo.
Mi Dios, Casandra, olvida,
que si ajena te hacía hermosa,
propia no te hace ofendida.
No me culpes los efectos,
si la causa no me quitas.
¿Cuál es?
Que te aborrezco.
Mi rendimiento te obliga.
Antes mi enojo provocas.
Cuando ofende quien se humilla.
Cuando la porfía es necia.
Esa culpa es tuya misma,
pues la voluntad me dejas
y de la razón me privas.
¿No venís, Carlos?
Señor,
ya te obedezco. ¡Ay, enemiga!
Vanse.
Sale Aurora, a ella.
Ya que en mí el pesar me ha dejado,
ya es tiempo de que prosiga
mi intención, y hasta cobrar
voz y una fama perdida;
antes, Casandra, que logre
mi enemigo aquesta dicha
de que goce tu belleza
o tus caricias consiga,
pues que te pierde mi amor
sin esperanza marchita,
se ha de convertir a fuego,
de mis celos encendida.
Aguarda.
No me detengas.
¿Cuándo he de perderte?
Mira
que es imposible.
Mi voluntad te lo afirma.
Tienes dueño que te adora.
Yo dudo desto rendida.
Al precepto de tu padre.
Mi libertad siempre es mía.
Forzaráte a que lo hagas.
Sabré matarme a mí misma.
Aparte.
Yo sé solo que te pierdes.
Fingimientos, ¡oh fingida!,
que cuando el valor me llama,
se detenga mi osadía.
No te has de ir, Aurora, aguarda.
Suelta, Casandra divina.
No me detienes a mí,
vengo a cosas de comida.
¿Si vas a matar, qué cosas?
El hambre canina.
¿No te detiene mi afecto?
¿No ves que mi amor peligra?
Señora, don Carlos viene.
A esconderte vuelve aprisa.
Sí.
Si mi honor os lo ruega.
Aquí, para con mí, obligas.
A qué llega, mas don Juan es
de Rivas.
Mayor desdicha.
Sale don Juan y don Diego a visitar a don Félix.
A visitar a don Félix
la urbanidad me encamina.
A ver al sol de Casandras.
Mas la voluntad me guía.
Pero allá la esperanza
Ha de ser conducida.
¡Qué atrevimiento es aquel!
Pag. 29
Don Juan de Leiva os anima.
¿Aqueste es don Juan de Leiva?
No sé qué el alma me avisa.
Tus ojos, divino dueño,
dan a mi afecto osadía,
que como el riesgo no ve
ciega la vista, peligra.
Si es delito adorarte,
pues tu desdén lo castiga.
Yo te perdono el rigor
con que mi culpa permitas,
no seas ingrata a mis quejas,
y si acaso te lastiman,
como echas mano al desprecio,
echa mano a la caricia.
A vista de mi decoro
vuestras voces no prosigan,
que si le falta el respeto
la pasión las anima.
Si es culpa el ser yo tu amante,
culpa es ser tú tan esquiva.
Mídeme mi atrevimiento,
y olvida tus tiranías.
Yo no es posible quereros.
Muévete compadecida,
que si la materia diste
el alivio es bien permitas.
Sale Don Carlos.
Al salir del cuarto de
don Félix vi que subía
un hombre por la escalera,
mas, ¿qué es lo que el alma admira?
¿Don Juan aquí con Casandra?
Ya parece demasía
aquesta desatención.
Deja la vista corrida.
Deja que bese tu mano,
parto de la nieve fría,
porque se apague este ardor.
Primero que lo consigas,
la has de mirar a tus ojos
en rojo coral teñida.
Al sufrimiento es bastardo,
Saca la espada.
Ora el valor asiste, castiga
atrevimientos villanos
de tu infame alevosía.
Estorbóme la ocasión,
cielos, a mayor desdicha.
Mi espada con la venganza
satisfacerte imagina.
Sin estar en las pendencias
oculto a ver cómo se tiran.
En gran empeño me ha puesto
mi atención, y mi fe misma,
pues no ayudar a mi amante
es rigor, y si se anima
a arriesgarle al baldón,
queda la opinión mal vista
de Casandra, que ante los...
Estarte afuera, que digan.
Dentro don Félix.
Quien con escándalo tal
mi fama desautorizas.
Este, cielos, es mi padre.
Don Félix turbó mi ira,
que por no ahorcarse aquí de penas
excuse al viejo la vista.
Vase.
Una cólera de engaños
trae el viejo a toda prisa.
Que se resista a mi enojo.
Que a mis celos se resista.
Sale Félix.
¿Qué es esto, sobrino Carlos?
¿Esto a tu fama?
Pues muera
quien se atrevió a conseguirla.
Mira que el valor agravias,
matándole ambos.
Pues quita,
que yo solo le mataré.
Esa acción es solo mía.
Pag. 30
Vení ambos, que la muerte
os dará mi bizarría.
Mas mirad, señor don Félix,
a que me debéis la vida.
Yo os debo la vida,
cuando a despeñaros iba
aquel bruto.
No os conozco
por dueño de acción tan pía.
Acordaos por estas señas,
que con un disfraz traía
oculto el rostro, porque
al empeño que asistía
el no dar a conocer
mi persona convenía.
Y os di un bruto blanco, que era
monte de nieve a la vista,
tan sediento en el correr
que hasta el viento se bebía.
Si es él, me están confundiendo
tan evidentes noticias.
El que a Casandra libró,
¿no es a quien debo la vida?
Aunque el discurso me ofusca,
me desengaña la vista.
Y que me disteis palabra
que si valerme quería
de vos en cualquiera lance,
obligado os hallarías.
Y que os dije mi nombre, que es
don Juan de Leiva.
Me admiran
tantas señas.
¿Qué intentáis?
Si está mi fama ofendida,
mataros, pues no hay palabra
habiendo agravio.
¿Qué diría
tu valor para que vea
que no fue cobardía
satisfacerte no habiendo
agravio?
Pues tu voz diga
la ocasión de aqueste empeño.
Y apenas a la vista de verlas,
viniendo ahora a buscaros,
mi atención, que prevenida
no pretendió más lograr
de conoceros la dicha,
para que mi rendimiento
con más afectos os sirva,
encontré con esa dama,
a cuya luz peregrina
reparó la admiración,
turbada en la vista misma.
Y preguntando por vos,
con voces enternecidas,
que lo desdicen de lo hermoso,
y no hablarles con la caricia,
llegó aqueste caballero,
y de celos o de envidias
sacó sin duelo la espada,
y a la venganza se anima,
sin ser otra la ocasión
deste empeño.
Aunque es fingida
la causa que ha dado, quiero
con la cautela admitirla,
por vengar solo este agravio,
yendo a buscarle mis iras.
Yo confieso de mi enojo
la temeridad por mía.
Aunque dudo si es don Juan
de Leiva por las noticias,
o si el engaño es mayor,
pues que Carlos se apacigua,
cordura es, cuando esta noche
se ha de casar con mi hija,
y escándalos escusar,
sin encender las rencillas,
y dejaros lo que después
Pag. 31
le buscará mi osadía.
Señor don Juan, la razón
es de vuestra cortesía,
cuando la temeridad
de don Carlos, mas no admira,
que habiendo de ser esposo
esta noche de mi hija,
ocasionase el acaso
sucesos a demasía.
¿Qué es lo que escucho? ¿Su esposo?
Antes perderé la vida.
No resuelve el diaquilón
mejor que el viejo marino.
Ya disculpad su enojo;
en mi obligación vendida,
de la deuda que os confieso
la paga os ofrezco digna.
Solo serviros deseo;
no disgustaros querría.
Yo, don Juan, os buscaré.
Esa obligación es mía
de buscaros.
Pues, adiós.
Vase.
Dios os guarde. (¡Qué desdichas!
¿Ése es perder a Casandra
y quedarse con la vida?)
Antes que intentes, mi enojo,
de mis ojos te retira,
hija aleve.
Su rigor
estoy temblando afligida.
De ver que quede escondido
don Juan, mas yo haré que aprisa
Elena le saque, porque
no sucedan más desdichas.
Métense.
Retirémonos, señora,
no nos encuentre sujetos
aquí, para vengarse mis celos
darán la salida.
A irle siguiendo intento.
¿Adónde vas, Carlos?
Iba
a disponer lo que ordenas.
Conmigo ven.
Que me impida
mi venganza, ¡vive cielos!
Repórtate, necesita
la razón.
¿Sabiendo esto?
La ocasión sabré inquirir,
y la venganza; baste.
Si vengarme agora quitan,
mi rencor le buscará.
Pues lo harás.
Pues la ira
de un noble nunca se apaga.
De un mozo no se entibia.
Sale Elena mirando a otro lado del vestuario.
Cae Elena sin sentido.
Me llama este amante, pobrete,
me manda echar de prisión;
adiós, quiebre la ocasión
tropezando en un zoquete.
Me tienen sus ojos yerto,
porque sus hados me han muerto,
y nunca me han ofendido.
Mas, ¿qué espero que me riñas,
porque te he de hallar celosa,
pues ves que no hago otra cosa
sino andarme tras dos niñas?
¡Ah, válame, rara piedad!
Porque está aquí muy cruel;
y hay bien cerca quien por él
pierde mucha libertad.
Si es desgraciarme quererme,
y luego ausente adorarme,
di, ¿para qué he de ausentarme?
Pag. 32
Sí, al instante he de volverme.
Si a servirme está dispuesto,
haga una cosa por mí
que quiero mandarle.
Sí.
Pues, es que se vaya presto.
Si obedezco con disgusto,
no hay duda que lo seréis,
necia, al primero que
te estimó, cuando se dejó.
Y en un galán viene a ser
muy grande descortesía,
pudiendo hacer compañía,
dejar sola a una mujer.
Demás que el vulgo, muy vano,
me dirá, sin que le importe,
aunque soy sano en la corte,
que no voy cortesano.
Dale.
¿Y a queja a mí te llegas
desta suerte?
¡Ay, enemiga ciega!
eso es querer que yo diga
que al más amigo la pegas;
pero aunque quieras, cruel,
dejar mi honra manchada,
no harás, que esta bofetada
fue con mano de papel.
Ya yo, que llevo mi recado,
no me diera por sentido
si como el rostro batido
viera yo el papel cortado.
No se muestre tan tirano,
pues que le pago su amor,
que en mí viene a ser favor
dar a cualquiera una mano.
Yo te estimara en el alma,
y diera por recibido,
viniendo a otro tu partido,
que me des a mí la palma.
Demás que es acción muy loca
cuando a callar esto se echa,
sin pedirte yo cohecho,
que es taparme la boca;
y luego, si se repara
a mi modo de entender,
no se debe agradecer
lo que a un hombre se da en cara.
No quiero agradecimiento,
ni que meta el pleito a voces,
porque pienso hacer que a coces
se vaya luego al momento.
No es ese agravio de peso,
ni me causa confusión,
que aunque te sobre razón
te falta pie para eso.
Mas tuviste en declarar
desacertado capricho,
pues palabra no me ha dicho
que no sea con dos caras;
pero vete, que yo haré
contigo en particular,
que halle en mí tu amor lugar,
y de ti me acordaré.
¿Quieres más?
En realidad,
no me contenta esa historia,
porque el libro de memoria
no es de la voluntad.
Pues, ¿no vas favorecido?
Vase.
Sí; y perdonará mi agrado
que no andando yo arrojado
me has hecho ser sacudido.
Gracias a Dios que se fue.
Vamos pues desencerrando
de su atada prisión
a estos dos pobres cuitados,
a depósitos del miedo.
Bien podéis salir entrambos,
pues que ya de vuestro susto
he traído el desembargo.
Sale Mendrugo, y luego Aurora.
¿Es posible que de un salto
Pag. 33
goce Elena de su mano
teniendo por un soquete,
un Mendrugo arrinconado.
¿Posible es,
Aurora, que a deshora
ha habido algún embarazo
que da Casandra con susto?
¿Su padre ha sabido algo?
Dame algunas buenas nuevas,
porque me tiene penando
el verte callar, y el ver
a aleve enemigo Carlos
en el pecho el corazón
padeciendo sobresaltos.
Muy bien puedes sosegarte,
que no ha habido nada.
¡Oh, ingrato!
No ha de casarte si el cielo
me favorece y los hados
me son propicios, porque
tengo de vengar mi agravio
y conseguir que seas mío,
que tu valor empeñado
estará en hacerlo, y si
sale de esta nube airado,
serás tú el tronco soberbio
que ha de quedar arruinado.
Por Dios, señor, que al momento
de aquesta casa nos vamos,
y dejemos soliloquios,
porque estoy todo temblando,
y es que, como soy Mendrugo,
temo que me roan.
Paso,
que siento venir al viejo.
Con todo, al traste hemos dado.
¿Qué hemos de hacer?
Escondernos.
Retíranse.
En todo soy desdichado,
cuando oigo que un arcabuz
no me sucede otro tanto,
y ahora sin saber cómo
veo que doy en el blanco.
Sale Félix, y Elena.
Señor, ¿qué mandas?
¿Con quién estabas hablando?
¿Yo? Con nadie.
No es posible.
Señor, si hemos de hablar claro,
ha diez meses que te sirvo,
y no he recibido un cuarto,
sino es un vestido y cosas
de ocho pares de zapatos;
y estaba haciendo la cuenta
de lo que en casa he quebrado,
que son cuarenta escudillas,
veinte ollas, nueve jarros,
y estaba diciendo ahora:
seguro está mi salario,
pues cuanto ha que no recibo
jamás he quebrado un plato.
¿Y dabas para eso voces?
Sí, señor, no es milagro,
que si al alcance me aguardo
es preciso el hablar alto,
demás que hablando...
Sale Casandra.
Conmigo, que la he mandado,
como curiosa, que vaya
a prevenir los tocados
de rosas, ricos y plumas
para la boda.
Volando
haz lo que manda Casandra,
Elena.
¿Quién vio tal caso,
que con los pasos el viejo
no me ha cogido en el lazo?
Pag. 34
Ap.
Tú, prevénte al momento,
que voy a buscar a Carlos,
que esta noche los conciertos
han de quedar efectuados,
porque temo que a mi honor
le venga otro sobresalto.
¿Esta noche?
Sí, señora.
¡Ah, amante traidor, ingrato!
¿Dama en Madrid? ¿A tu prima
solicitas con engaños?
¿Quién declararte pudiera?
Vase.
Viuda, la tiene el recato,
siendo con su propio primo,
es mi hija, no me espanto.
Sale Aurora.
Casandra, cuanto te ha dicho
tu padre, he estado escuchando.
¡Oh, pues te pierdo esta noche!
Llegue de mi vida el plazo,
¿para cuándo es el veneno?
¿o un acero para cuándo?
¿De qué me sirve la vida,
si no consigo estorbarlo?
Mas, ¿cómo he de conseguirlo?
¡Ah, traidor, aleve Carlos,
si por ti estoy sin aliento,
y a mi honor ha espirado!
Cese, don Juan, el enojo,
pues que ves que te idolatro,
que cualquiera riesgo vence
amor por lo voluntario.
Ap.
Hable manchado mi honor
por la parte de un ingrato,
en los principios tan fino,
como en los fines tan falso.
Poco importa que mi padre
quiera casarme con Carlos,
cuando a pesares le debo
darle muchos agasajos.
A mentira le favorezco,
porque solo a ti te amo;
a mentira le diré esposo,
y, oh esposo, a ti te idolatro.
A mi padre doy gusto,
a mí busco desaparto,
porque he visto qué finezas,
de quien es de timbre alto,
qué hace debiendo una vida,
en pagar con una mano.
Cierto que ha hablado Casandra
como quien es; y mi amo,
si fuera hombre para hacerlo...
Ap.
Buen medio he hallado a las dos.
Y así, seguir el engaño
me conviene, porque hoy
no quede mi honor burlado.
Tanto, Casandra, estimo
estos favores que alcanzo,
siendo mis merecimientos
tan cortos, y ellos tan altos,
que solo con admitirlos
es lo que puedo pagarlos;
y con esto adiós, que, bien mío...
Pues, don Juan, ¿en qué quedamos?
Ap.
Que he de ser tu esposo hasta la muerte,
(¡ay de mí!) a don Carlos.
Sale Elena con luces.
Señora,
cuando sacaba las luces,
vi subir aprisa...
Malo.
Pues pon sobre ese bufete
esa luz, y ve volando,
y retira en esa pieza
a los dos.
Dentro don Feliciano.
En este cuarto
no pongan luces, si no es
en la sala del estrado.
Peor es esto, que don Felis...
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Viene por el otro lado
y es imposible aguardarlos
de verlos.
Pues que estorbarlo
es muy fácil.
¿De qué modo?
Desta suerte.
Saca la espada y mata las luces.
Estoy temblando.
Sale don Carlos y queda a la puerta.
Algún agravio recelo,
pues que las luces mataron
al verme; pero mi brío
cerrará a esta puerta el paso.
¡Ay, infelice de mí!
¿Quién hallará ahora a Carlos?
Sale don Félix con la espada desnuda.
Pero, ¿qué alboroto es este,
que se atreve al sagrado
de mi casa? En este acero
brío hallará reservado
para quitarle la vida.
Sígueme, Aura, a mi cuarto.
Ya torpes muevo los pies.
Van.
Métese Mendrugo debajo de un bufete con carpeta, donde ha de estar un vestido de mujer.
Un bufete, y dome a gatas,
que no es el primer mendrugo
que se habrá visto debajo.
La puerta halló mi ventura.
Traidor, si pretendes paso,
solicítale de veras,
lo que te cueste.
¡Ah, tirano!
Más precio darte estos celos,
a no costarles tan caros
a Casandra (que la muerte
muere aleve ha de contagio),
para que sepas con eso
si pesa mucho un agravio.
Que no encuentre a mi enemigo
para hacerle mil pedazos...
Ya ausentarme es forzoso,
porque no me vea Carlos,
y el peligro de Casandra
me llama por otro lado;
pero, yéndome, le dejo
la duda de si, sobre falso,
no es evidencia; y así,
yo juzgo que se allane,
que el casamiento esta noche
se dilate.
¡Aura, este cuarto,
traed luz, hola!
Siento que vea este agravio
don Félix; pero, primero,
ha de morir a mis manos
el traidor.
Aleve, muere.
Saca luz Mendrugo.
Aquí hay luces.
¡Félix!
¡Carlos!
¿Contra quién el limpio acero?
El lance ignoro, en tu amparo
le desnudé.
Faltas a fueros,
o si ignorara su agravio,
como si en el tuyo yo
le desnudé.
En el mío, ¿cuándo?
Cuando irritado llego.
Yo fui aquel todo irritado.
Yo al entrar vi el cuarto a oscuras.
Yo vi a oscuras el cuarto.
Yo a ti te oí dando voces.
Yo a ti te hallé voces dando.
Yo fui quien llegó al ruido.
Al ruido llegué llamado.
Hasta donde equivocados...
Hasta donde equivocados.
Mi ceguedad...
Y mi arrojo
los dos pudo hacer creer a entrambos,
si tu peligro a mí...
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A mí, mudo.
Él disimula su agravio.
Él disimula su ofensa,
mas yo quedaré vengado,
pues sé que don Juan de Leiva
era el que estaba en mi cuarto,
que no son malos indicios
ver a la puerta el criado,
hallar esta sala a oscuras,
don Félix alborotado,
buscar yo a don Juan y no
poder hallarle, y osado
quien tuvo un atrevimiento,
si se precia de bizarro,
ha de querer conseguirlo
si no le cortan los pasos.
Mucho Carlos se suspende,
como yo, él disimulado;
pero, pues sé que Casandra
es el instrumento claro
de esta ofensa, inquiriré,
como amante, con halagos,
como padre, con rigores,
el agresor de este agravio;
que ya este segundo susto
me causa mil sobresaltos.
Y este fingido don Juan
sin duda se habrá cansado
al punto que se dispuso
a entrar en mi casa, el llano
que fue en fe de la licencia
de que solo es dueño Carlos;
o en fe de que aquesta pena
nos cueste el honor a entrambos.
Carlos.
Señor.
Ya parece
que os habéis desengañado.
¿De qué?
De vuestra sospecha.
Este, señor, fue un acaso
que yo por mí y vos por vos
tuvimos.
Lo que os encargo
es que no sepa Casandra
nada de esto, al desdichado
lo peor es que no lo ignoras.
Digo que es justo ocultarlo
de su noticia, señor.
Y si habéis de desposaros
esta noche, ved qué hora...
Vase.
Aunque el mayor agasajo
viene a ser en eso el gusto,
es razón que dispongamos,
yo de mi parte a lo menos,
pues vengo a ver el que gano,
con más cuidado las cosas,
que no es bueno en tales casos,
por un día más o menos,
vernos todos censurados.
¡Ay de mí!, por qué rodeos
vino a declararse Carlos,
que no bastó mi prudencia
a desmentirle su agravio.
¡Ingrata, tú verás cómo
el corazón a pedazos
te arranca del corazón,
forjando en el mío rayos!
¡Siendo, por cobrar mi honor,
en lo furioso y osado ,
áspid oprimido el cuello,
oso en el circo acosado,
león herido y sangriento,
can de la rabia irritado,
mar en tormenta deshecho,
y un padre al fin agraviado,
que ha de bastar, hija, el ser
para hacerte mil pedazos!
Pag. 37
Asómase Mendrugo.
Pónesela.
Pónesele.
Fueronse, sí, ya se fueron;
escapóseme de buenas,
señor Mendrugo. Mas mire
que no ha salido allá fuera.
¿Cómo me iré yo de aquí
agora, sin que me vean,
pues que de los dos lances
me he librado a mesa a cuestas?
Si yo encuentro con don Carlos
es fuerza que me defienda,
y con don Félix no puedo,
porque es clara consecuencia
que ninguno siente tanto
tener una muerte vieja;
pero agora este vestido
me ha de valer, va de veras,
que puede ser que peor
salgamos; es cosa cierta,
esta basquiña parece
que a mi medida está hecha;
mas si en saliendo a la calle
me halla la ronda con ella,
por mujer de contrabando
¡qué fuera que me prendieran!
Este manto, manto mío,
quiera el cielo que no seas
tu cama de enfermedad,
cuando las busco de ausencia.
Hágome por de medio ojo,
pues de aquesta manera
bien puedo andar por las calles
con mi cara descubierta;
vamos. Mas, ¡ay, infelice!
¿Todos en la casa a cuestas?
Escóndese.
Sale don Juan.
Sabiendo que aquesta noche
se casa Casandra bella,
sin reparar el peligro
que en esta ocasión me cerca,
que nunca mira en sus daños
el que idolatra de veras,
por las tapias del jardín
he entrado hasta aquesta pieza
resuelto y desesperado,
a envidiar dichas ajenas,
y a ver si soy tan felice
que aquí me mata la pena,
a verla en ajenos brazos,
pues justo que el pecho sienta
perderla, cuando nacido
para colmo de sus bellezas.
¡Ay, Casandra de mi vida!
Ciego tu amor me despeña,
sin saber de qué ocasión
o para qué me aborrezcas;
y al mirarte tan esquiva,
suspensa el alma me dejas.
Ver que delitos de amor
castigues con tanta fuerza,
yo tengo determinado
a publicarte mis quejas.
Mas si mi razón no vale,
poco importa que la tengas.
No quiero creer que te casas,
porque es temeridad necia,
cuando es mi amor, quien lo duda,
querer que el alma lo crea;
aquí tengo de aguardar,
a que tu sol me amanezca.
Pero estas luces me dicen
que no está salva mudanza,
o pueden ser equivocados
o tus glorias o mis penas,
que pues han de condenarme,
fuerza es oír la sentencia;
pero hacia aquí viene gente,
retirado a estotra pieza
veré quién es.
Retírase.
Sale Casandra y don Félix con la daga desnuda.
El honor manda que mueras.
Suspende el golpe, señor.
Dime el dueño de mi afrenta.
Yo, cuando...
Acaba, traidora.
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Habla más, detén la lengua,
que acepte o trate una infamia
que todo el honor me cuesta;
quiero morir de ignorarlas,
primero que de saberlas.
Cielos, aquesta es Casandra,
pues, ¿lo que su padre intenta?
Máteme el dolor a trizas,
antes que el agravio sepas
de mi agravio.
¡Ay, infelice!
¡Qué desdicha!
¡Qué tragedias!
Aquí es preciso librarla,
o morir en su defensa.
Apuremos el veneno
de una vez, que ya atormenta
tanto al discurso la duda,
como al alma la evidencia.
Dime, mi mal, hija aleve,
no enmudezcas, no enmudezcas,
que no me encubras tu infamia,
pues todos han de saberla.
Si suspendes, padre mío,
el enojo que te ciega,
verás que no es la que imaginas
tan grande como tú piensas.
¡Si esto fuera verdad!
¡Cómo yo te agradeciera
el susto de imaginarla,
por seguro de saberla!
Sabrás, pues, que mi delito
es de amor.
Mal empieza.
Con estos segundos celos
se va aumentando mi pena.
Yo, señor, a un caballero
no galán, pero de prendas,
que no ha menester más gala
un hombre que su nobleza,
amaba, que de un lance
aquel, si bien te acuerdas,
quien de aquellos bandoleros
quiso mi honor en defensa,
logrando adoraciones,
porque más presto sosegues.
Yo tengo gran odio a Carlos,
mira ahora lo que intentas;
pues solamente ha de ser
mi esposo don Juan de Luna.
¿Quién, ingrata?
Sale Don Suero.
Yo, señor;
que pues Casandra confiesa
que así paga las acciones
que en mi obligación son deudas,
admitiendo este favor,
que tanto el alma desea,
que se efectúe, o aquí
solo aguarda tu licencia,
rendido como tu esclavo,
para que mejor veas
que te adoro como padre,
y que tu gusto desea
el alma, para que obres
lo que mejor te parezca;
hallarás que siempre estás,
mi vida, a tus plantas puestas.
¿Qué es esto, traidora hija?
Desmentir las evidencias;
que este no es don Juan, señor.
¡Pluguiera a Dios no lo fuera!
¿Cómo? Si lo has confesado,
traidora, ¿ahora le niegas?
Como no es este mi esposo.
¡Mayor mal!
¡Terrible pena!
¿Pues no es don Juan?
Sí, señor.
¿Qué confusiones son estas?
¿No es don Juan a quien amabas?
Muda, el alma lo confiesa.
Pues, ¿cómo ahora lo dudas?
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hablad vos,
nada hay que entienda.
habla tú.
solo don Juan
es dueño de mi belleza.
pues ¿no es este don Juan?
sí,
mas ¿qué importa que lo sea,
si le aborrezco también?
aquí es mayor la sospecha.
aborrecerle, y amarle,
¿cómo?
como el alma tierna
a quien solicita amante,
es solo a don Juan de Leiva.
yo don Juan de Leiva, ¡ay!
sí, pero es justo que advierta...
a qué he de advertir, a una mal...
¡ay tal linaje de penas!
que, aunque es aqueste don Juan,
es otro don Juan de Leiva.
ya lo sé, que aquí, sin duda,
este me miente las señas
que hasta aquí disimulaba,
y ahora averiguar es fuerza.
¿qué? ¿cómo, señor don Juan,
estabais en esta pieza?
arrastrado de un amor
que tengo a Casandra bella.
quítateme de delante.
el susto me lleva muerta.
sabiendo que esta noche
era preciso perderla,
pues con Carlos se casaba,
vine a morir de mi pena.
de verla en ajenos brazos
al tiempo que tu violencia
hallé que la preguntabas
quién era, y quién en tu ofensa
movido, la ha obligado,
aunque ación que es fuerza,
aunque todo he de callarlo,
y así lo que fuere, sea;
que delitos de mujeres
en hombres de mi nobleza
están, aunque más se asgan,
libres de que se refieran.
a este tiempo llegué, cuando
oí de su boca mesma
que solo a mí me adoraba,
y amor que nada reserva
me hizo publicar por mía
una gloria que no es cierta.
¡Cielos! ¿qué penas, qué ansias
por tantas partes me cercan?
pues, ¿lo que yo debo hacer
en una ación como esta?
aqueste don Juan me agravia
a un tiempo que otro me afrenta;
el uno en fe de su amor,
y otro en fe de sus licencias,
que a no deberle la vida,
nunca yo le concediera.
pues, ¿vende este por suyas
una ación que es tan ajena?
el quitársela yo ahora
no tengo por ación cuerda.
yo he de vengar este agravio
sin que don Carlos lo sepa,
y aunque aquí lo ejecuto,
es fuerza que Carlos venga,
con que buscarles a entrambos.
suspenso, don Feliz, Cielos,
qué será lo que concierta.
pero finjamos ahora.
don Juan.
señor.
Pag. 40
Evidencia
es que adoráis a Casandra
y que os aborrece ella.
¿No es esto así?
Así lo juzgo.
Pues Casandra ha de ser vuestra.
Haréisme, señor, dichoso.
Aparte.
Y así, para esta materia,
aguardadme en vuestra casa,
que quiero hablaros en ella.
Con aquesto le aseguro.
Alto.
Y beso las plantas vuestras.
¡Muera quien así me infama!
¡Viva quien así me premia!
¡Quien mil vidas le quitara!
¡Quien dos mil vidas le diera!
¡Oh, qué dolor siente el pecho!
¡Qué contento el pecho muestra!
¡Odio!
¡Amor!
¡Ira!
¡Alegría!
¡Pesar!
¡Placer!
¡Cielos!
¡Estrellas!
¡Decid todos...!
¡Decid todos
que Félix viva!
¡Y don Juan muera!
Fin de la segunda.
La Dama Comendadora
Jornada tercera
Pag. 41
Sale Mendrugo vestido de mujer.
Mendrugo, agudo has andado
en ponerte este vestido,
porque si no, aún no has salido
ni pienses que te has librado.
Pero el peligro es mayor
según yo lo considero,
que este hábito no es seguro
de malo para fiador.
Mas aquí si se repara
viéndome en aqueste traje,
qué fuera que algún salvaje
viniera y me galanteara.
Ya pues me libré de buena,
voyme volando,
¡ay de mí!
Párase y sale Roquete.
Válgame Dios, por aquí,
aquestas horas Elena,
o sin duda estoy dormido,
o es ella, que estoy dudando,
para qué me estoy mareando
si lo dice su vestido,
ella es, no hay que dudar,
que aunque viene disfrazada
bien conoces a la taimada
en el modo del andar,
y a tal prisa, a lo imagino.
Por Dios, en aqueste caso
Pag. 42
que para salir de paso
se ha vestido de camino,
ahora la ha de pagar;
yo daré al traste con todo,
que yo sé que deste modo
no viene ella de rezar,
ya que a mi casa ha llegado.
Descúbrese.
Salto y brinco de contento.
Quítome el manto al momento.
¡Oye!
Aún falta otro pecado.
¡Oye!
¡Ay, Jesús, que es Zoquete!
Perdido estoy si me ve.
¿Acaso le sobra a ucé
amor para otro pobrete?
Que no dejará, sin duda,
de sobrarla a mi entender,
que me parece mujer
poco firme, digo, es muda.
¿Dice que sí? Pues yo haré
que hables, traidora enemiga,
y que así tu voz me diga
con qué ocasión, para qué
saliste tan de mañana;
mas ya se deja inferir
siendo divina el salir
que fue para ser humana.
Mas ¿qué dinero granjeado
me traes ahora al descuido?
Habla, que yo estoy perdido,
y quiero ver tu ganado;
del rostro ese velo quita.
No me mates, mas, Elena,
si dijera más, tendrá pena
de mirarle hermafrodito.
Sale Elena con el vestido de camino.
Qué prestos mis pasos van,
con qué grande contento
traigo siempre en un momento
los papeles a don Juan;
y más este que le avisa
Casandra su grave empeño,
que es bien si ha de ser su dueño
que ponga el remedio a prisa.
Acaba, mi bien.
¿Qué es esto?
Dale a Zoquete.
Da a Mendrugo.
¿Zoquete con otra dama?
Así mi hermosura infama.
Probará mi furia presto,
traidor, infame, atrevido;
así me das con enojos
estos celos a mis ojos
viendo lo que te he querido.
Tú, pícara, verás.
¡Que ha de haber mil desbarradas!
Pues cuando estáis enojadas
es cuando nos peláis más.
Elena, que yo no empaño
de tu amor el dulce hechizo,
y así tus manos de erizo
no ofendan a este castaño.
Pues si yo en aqueste traje
te veo hablar con Zoquete,
teniéndole amor, pobrete,
¿no es preciso que te ultraje?
Mi causa en conclusión
padece por su desvelo.
Pag. 43
Usad en la mediapelo
para tanto repelón.
Digo.
Calle.
Elena, ¿ves
un estilo muy grosero,
que solo que me des quiero,
mas no quiero que me des?
Como mi manto y basquiña
es la que trae...
¡Santos cielos!
Mayores son mis desvelos,
pues empieza aquí otra riña.
Por turbada te he conocido,
le llegué a hablar, cosa es clara.
Las que tienen mala cara
engañan con el vestido.
Yo le haré al punto dejar
aquí el vestido a estocadas,
lo que las piezas son quitadas
y no las ha de guardar.
Dale a Mendrugo.
A tener espada infiero
que anduvieras más medido,
pues tu cuerpo guarnecido
fuera de puntas de acero.
No la trae porque se queda,
según se deja inferir,
pero si quiere venir
véngase hacia la alameda.
¡Oh, qué picados están ya!
Pues espere, que allá iré.
Vamos.
Luego volveré
con el papel de don Juan.
Vamos, que por tu despejo
voy, Elena, enfurecido;
mas ¿quién te dio ese vestido?
Mi ama, que en ella ya es viejo.
Vanse los dos.
Yo, ofendido de un aleve,
vil y traidor, mala entraña,
que se ha llevado la polla
por tener juego de espada,
yo sé que tuvieras presto,
zoquetillo de nonada,
como te haga mil astillas,
aunque tú me hagas miajas,
y apedace su broquel
de corcho al golpe de caja,
y caigas como colmena,
que no viene a ser infamia,
pues con ventaja me ofendes,
vengarme yo con ventaja.
Sale Aurora.
¡Válgame Dios, qué de penas,
qué confusiones, qué ansias
me están oprimiendo!, unas
por el riesgo de Casandra,
y otras por el de mi honor;
mas pues evidencia es clara
que por el lance de anoche
no estará ahora casada,
buscarme conviene a Carlos
y declararle mis ansias,
no es mi desatino, como
quien se arroja despechada
a restaurar con su muerte
honor, vida, ser y fama.
Señora.
¿Cómo, Mendrugo?
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Agora vienes a casa.
No pude más.
¿Qué hay de nuevo?
Cuerpo de Dios con mi alma,
hay ochocientas mil cosas.
Pues acaba de contarlas.
Ay, lo primero de todo,
que no se casa Casandra;
lo segundo, que su padre
la dio mil amenazas;
lo tercero, que don Juan
de Leiva estaba en su casa;
lo cuarto, que dice a voces
ella que a ti solo ama;
lo quinto, que por Elena
voy esta tarde a campaña;
lo sexto, díganlo ellos,
pues sobre eso anda la danza;
lo séptimo, que me pague
de aquí en cuatro semanas;
y por si en el desafío
doy a cuya es el alma,
quiero llevar prevenido
de camino mi mortaja
que me la han de poner nueva;
lo octavo, qué enredos,
y no hay cosa más usada.
Ya, señor, a mí me enfadan,
y puesto que viene Elena,
ella dirá lo que falta.
Sale Elena.
Señor, aqueste papel
para ti me dio mi ama.
¿Cómo queda?
En gran aprieto.
¿Hay mayor tormento?
Calla,
abre el papel y verás
si de leerle no te cansas
cómo en letra muy oscura
te dice las cosas claras.
Lee.
Mendrugo, a darme recado
de escribir ven, y tú, Elena,
espera aquí, y llevarás
a Casandra la respuesta.
¡Oh, quiera el cielo que a Carlos
primero mis ojos vean
para acabar de una vez
de vengar tantas ofensas!
Vase.
Ahora que estamos solos,
pregunto, señora Elena,
si estas tarjas que la debo,
que pienso que usted se acuerda,
¿no será bueno pagarlas
por cumplir con mi conciencia?
Aunque yo te las perdono,
¡qué liberal y discreta!
Fuego de Dios en usted,
y aun en mí, pues con simpleza...
Pag. 45
No pudiéndola haber
me voy a matar por ella.
Mendrugo, si a venir vas
ten gran valor, y no temas,
que yo prometo premiarte
como seas tú el que venzas.
Ya no quiero tus favores,
antes con grande presteza
voy a dar recado a mi amo
porque aquí no te detengas.
Vase.
¡Válgate Dios por Mendrugo,
y de qué poco se queja!
¿Qué culpa le tengo yo
de que Zoquete le ofenda?
Si él quiere tanto sus golpes
que los pone en su cabeza...
Sale Don Juan.
Esta parece la casa,
según me han dado las señas
Don Diego, de mi enemigo.
Y así es preciso que inquiera,
no siendo yo quien aquí
se llama Don Juan de Leiva,
el que a Casandra idolatra
y por quien hoy me desprecia,
y así buscándole ahora
si la pretensión no deja,
diciéndole que a mí solo
favorece su belleza,
le he de dar muerte, mas ¿cómo
en una acción como esta
pudo publicar favores
hallando contra mí ofensas?
Elena en aquesta casa,
ya es preciso que yo infiera
que reinan entre los dos
muy de asiento las finezas.
Dime, traidora, enemiga:
¿si esta peña a mi locura
el dueño de aquesta casa
un volcán el pecho alienta
donde pueda mi furor
matarle?
Detén la lengua
y escucha.
Di.
Sale Don Carlos.
A Casandra
en aquesta casa misma
me parece que vi entrar,
si no mintió mi sospecha;
y así vengo, más que miro
atrás se dice que es ella.
Acaba.
Señor Don Juan,
perdonadme porque es fuerza
el conocer esa dama
que vengo siguiendo.
Della,
no le debe de estar bien
pues que de vos se recela;
y aunque al dueño desta casa
busca, y no a mí, el defendella
es forzoso.
¡Ay infelice!
Esa es resolución necia,
y ya que por otras causas
os buscaba mi locura
mayores para mataros...
Pag. 46
Sacan las espadas y el Comendador.
Ahora bástame esta.
Puesto que sé
que tiene el cuarto otra puerta
que cae a la de la calle,
ya que tengo en mi defensa
a don Juan de Leiva aquí,
y dentro a don Juan de Leiva...
Rinde a mi valor los bríos.
En vano, Carlos, lo intentas.
Sale don Félix.
Sabiendo que aquí, don Juan,
más que ves en tu defensa
me tienes, logremos, pues,
la ocasión, el traidor muera.
Sale Aurora y Juana al paño.
No muera, pero, don Carlos,
impide el que le defienda.
Poco importa su ventaja
si es mía la razón.
Sea.
Y muere, cobarde.
Éntrase don Juan retirándose por donde está Aurora y don Carlos tras él; al entrar don Félix le detiene Aurora.
Si yo le amparo...
¿Qué intentas?
Defenderle.
¡A ti, alevoso,
busca también mi impaciencia!
Sale Elena por la otra puerta y vela don Félix.
¡Amparad, cielos, mi vida!
¡Ay, infelice!
No temas.
Pues, ¿cómo tú en esta casa,
traidora?
En vano ofenderla
intentas, si yo la libro.
Guárdame vos esta puerta,
que yo iré a ponerla en salvo.
Sale don Juan por la mesma puerta, como retirándose.
Muro seré en su defensa,
con aquesto doy lugar
aun a que Carlos no me vea.
Vanse.
Salen por la misma puerta Mendoza, deteniendo a Carlos. Sale Diego.
No me embaraces, traidor.
Mi ama la echó buena.
Ténganse, o tendréme yo,
suspended vuestras contiendas,
señores, que el Asistente
viene hacia acá a toda prisa,
del alboroto llamado,
y está tomando las puertas.
¿Qué decís, señor don Diego?
Que esta es verdad manifiesta.
Pues elija la razón
lo que la ira nos ciega.
Yo por mejor tengo ahora
que este enojo se suspenda.
Y yo también, aunque ya estaba
para pelear con mi suegra.
Pues hagan treguas las espadas;
Puesta
toda la justicia en arma,
en medio contorno, cerca
la casa, y es imposible...
Pag. 47
La salida.
No os dé pena,
que a un jardín tiene una tapia
aqueste cuarto, y por ella
podéis salir fácilmente.
Amparo de don Juan sean.
Dentro.
Abran aquí a la justicia.
Poneos vos en defensa,
que nosotros poco importa
que salgamos por la puerta,
pues siendo, como es mi deudo,
el Asistente, aquí es fuerza
que no nos impida el paso,
y, aunque lo haga, su sospecha
segura con ver la casa,
como no halle a nadie en ella.
Quedad con Dios.
Él os guarde.
Ven, Carlos.
Vamos.
Estrellas,
llama la noche, supuesto
que está mi venganza en ella.
Vanse.
Sale Casandra y Elena.
Plantas de aqueste vergel,
vistosas, considerad
cuán grande infelicidad
padece mi pecho fiel,
y pues me miráis en él
con tan loco frenesí
como el que padezco aquí,
no crezcáis tan de improviso,
o supuesto que es aviso,
aprended, flores, de mí.
Mi padre, ¡ay cielos!, intenta
con Carlos verme casada,
pero ya, al verle irritado,
su paciencia es bien que tienta,
aunque será acción violenta
si contra su gusto voy.
Mas si de Don Juan no oí,
hallo que amor me condena
a que sea mayor mi pena
lo que va de ayer a hoy.
Y pues que mi padre airado
en su casa a Elena vio,
¿cómo estaré ahora yo,
sabiendo lo que ha pasado?
Muerta me tiene el cuidado.
¡Ay, infelice de mí!
Don Juan, de saber de ti
que tu ausencia el pecho siente,
y hoy mi memoria desmiente
que ayer maravilla fui.
Mucho temo su tardanza,
por ver que alguna desdicha
me habrá quitado la dicha
en que puse mi esperanza.
Mas si por tu confianza
de aqueste riesgo en que estoy
pienso verme libre, voy
creciendo mayor mi mal,
pues fui ayer luz celestial,
y hoy sombra mía no soy.
Pag. 48
A don Juan señora mía
que le culpes no es razón
porque viendo su afición
eso es mucha demasía.
Aun no puede mas mi porfía
que como lastima tanto
amor, o dulce quebranto
porque sienta mas mis menguas
hace de los dos lenguas
para hablarle con el llanto.
Sale Aurora.
Esta es del jardín la puerta
abierta para mis males,
y al verme yo en sus umbrales
juzgo mi muerte mas cierta;
que si su clamor concierta
para darme mas desvelos,
que libre a Casandra a los cielos
venga con loca esperanza
como de sola venganza
por la causa de mis celos.
¿Quién es?
Quien viene llamado,
Casandra, de tus renglones,
atropellando desdichas
y venciendo sus horrores.
Don Juan dado os ha una menos
en mí tus estimaciones,
mas sabes que mi estrella
se ha mejorado esta noche.
La mía es la que ha podido
mejorarse, y no te asombre
pues cuando todo es tinieblas
vengo a gozar de tus soles.
Sabrás pues que te he llamado
a este sitio porque tomes
de mi padre las crueldades
y de Carlos los rigores,
que amparar a las mujeres
y mas siendo de mi porte
es deuda debida siempre
en quien ha nacido noble.
Da un conocimiento el mayor
tanto como que blasone
otro amante despreciado
tantos mentidos favores;
y pues me has dado palabra
de esposo, y pues corresponden
iguales nuestros afectos,
para que no me baldonen
tantas lenguas maldicientes
que son las piedras de toque
del honor donde cualquiera
descubren falsos errores,
pretendo que nuestras bodas
aquesta noche se logren,
con que paran mis desdichas
y cesan mis aflicciones,
porque viéndome mi padre
casada es justo que entonces
si ya no tiene remedio
que la fuerza se conforme
y admita lo que intentas
y al peligro se conoce.
Que es grande, y el mío también,
dar lo que te responde
mi voz, es que el mejor medio
Pag. 49
que podemos dar.
San Cosme,
que anda gente en el jardín.
Entre estas hiedras te esconde
y mira quién es, Elena.
Cielos, todo es confusiones,
qué puedo hacer, ay de mí,
si donde he venido, donde
quien más me quiere me ofende,
y a los casos de dolor
qué remedio puede haber.
Si el secreto el labio rompe
y me declaro a Casandra,
es querer que a Carlos goce
obedeciendo a su padre;
si el remedio no es conforme,
o sacadme, amor, de este empeño
o muera a vuestros rigores.
Sale Don Juan al paño.
En el cuarto de Don Juan
de Lerma, al ir con veloces
pasos huyendo del riesgo
de la justicia a prenderme,
de curioso me llamaron
a ver un bufete donde
hallé este papel el cual
Elena llevaba entonces
según se infiere de ver
escritos unos renglones
de respuesta suya en que
decía en calladas voces
mi enemigo, que vendría
a este sitio y porque logre
a conocerle, pues yo
a oscuras no le vi entonces,
y el ver también de camino
a Casandra el que me arroje
a no aguardar este empeño
aunque apresurado corre
el plazo de su venir
con Félix o Carlos, porque
me esperan en varias partes,
o es fuerza el ir porque tome
uno de ellos su venganza,
o yo dé satisfacciones;
pero siempre al que es amante
le vencen las impresiones
del amor tanto que siempre
por cualquier peligro rompe,
y así oculto entre estas ramas
quiero ver si se dispone
algún medio a mis venturas.
Sale Elena.
Nadie en el jardín se oye,
señora, pierde el temor,
que el viento en mudas canciones
las aves en silvestres lenguas
sin duda a hablar a las flores.
Vuelvo a cobrar el aliento.
Ésta es mi luz y mi norte,
Casandra.
Don Juan.
Bien mío.
Ya tantas tribulaciones
cesaron, pues no era nadie
quien venía, y así goce
Pag. 50
La ejecución de este medio
tan repetidos temores,
pues casi en darnos dan fin
de mi padre los rigores.
¿Qué medio es el de Casandra?
Sin duda aquestas razones,
pues dilo, que no será nadie,
son pendientes de otras voces
que embarazó mi venida;
y porque no se malogre
mi dicha, pues se ausentó
quien gozaba sus favores
que sería mi enemigo,
ya que me ayuda la noche,
tengo de hacer este robo
que amor me ofrece en su nombre.
Casandra, ¿a qué te detienes
a venir conmigo, donde,
ya que me enviaste a llamar
para ampararte, corones
mis afectos contumaces?
Ven para que nos desposen
en casa de una parienta
que tengo muy rica y noble,
donde estarás entretanto
que aplaca tu padre el golpe
de la ira, y la piedad
le mitiga los rencores.
Llévame donde quisieres,
Don Juan, pues estoy conforme
supuesto que mi albedrío
a tu imperio se conoce,
pero me has de asegurar
primero que yo me arroje
a ejecutar tal acción
que serás mi esposo, porque
si no, mi amor ofendido
envenenados arpones
vibrará contra tu pecho
con impulsos tan veloces
que el corazón en pedazos
diga tus desatenciones.
Viéndote tan rigurosa
mis afectos son mayores.
Pero de mí no te fías.
Pues, ¿qué quieres que te invoque?
Yo te hago juramento
de que antes que Febo deje
con su luz estos jardines,
y este espeso encino arroje
cielos contra mí rayos,
sepúlteme el mar salobre,
y contra mí se conjuren
todos los astros conformes,
y mi palabra y mi mano
te empeño.
Ya reconoce
el alma que les recibe
que son tus afectos nobles.
En mi mano está la dicha
ya si vienes que la logre,
si no es que por infelice
los hados así lo disponen.
Pag. 51
¡Ay de mí!, que lo que miro
no son vanos mis temores.
¡Cielos!, este no es don Juan;
¿qué puedo hacer? Si doy voces
pongo en peligro a mi amante.
Y es fuerza que se alborote
la casa. Pero si viene
mi padre, más riesgo corre
mi opinión. ¡Ah, tardes dichas!
Yo no sé qué medio tome.
Pero ahora el fingimiento
me valga; si te dispones,
noble don Juan, a llevarme,
vamos, pues; Elena, oyes,
toma aqueste puerto, y sigue
a don Juan.
Oscura noche,
ya no temo tus peligros
llevando conmigo el norte.
Por aquí truécanse Casandra y Elena.
Ven,
guía por esa parte.
¿Qué intentas?
El que tú has, y ves
mi riesgo, pues no peligras.
¿Me sigues?
Sí.
Consiguióse
mi dicha.
Vanse.
Tú verás presto
si quedas a buenas noches.
Vase.
Gracias a Dios que salí
por Elena de este empeño,
mas quién dirá que no es sueño
esto que pasa por mí.
Y en tan riguroso afán,
lo que me causa tormento
es que solamente siento
dar este susto a don Juan.
Sale don Félix al paño.
Pues de la noche pasada,
en fe de ser mi pariente,
ha quedado el asistente
fácilmente asegurado,
para dejar encerrada
a la causa de mi afrenta,
mientras que vengarla intenta,
a la hora señalada,
mi valor; pues quiero halle
en su cuarto a esta enemiga,
a venir aquí me obliga
por ver si la encontraré.
Mas hacia allí la he sentido,
no sin causa a mi entender,
bajo, y así lo he de ver
destos ramos escondido.
¿Quién llamará a mi amante,
porque será acción severa,
siendo mi pecho de cera,
que parezca de diamante?
Al paño.
Mi riesgo aquí se adelanta,
y mi confusión es mucha,
puesto que hacia allí se escucha
ruido de tímida planta.
Casandra o Elena,
sin duda alguna serán;
hacia aquí ha de estar don Juan,
si no me engaña mi pena.
Pag. 52
La causa de mis enojos
hacia esta parte se llega,
y a mi pesar se arriesga,
pues que le han visto mis ojos.
Va Casandra donde está Don Félix.
Don Juan, todo es confusión
cuanto esta noche me pasa;
y pues que falta de casa
mi padre, es buena ocasión.
Vamos, o nada te ata,
siendo mi esposo, señor,
que temo que su furor
con mi muerte lo barata.
Sale Don Félix y saca la daga.
Villana, pues consideras
en mí esa acción rigurosa,
y culpa tan afrentosa
cometes, es bien que mueras.
¡Ay, cielos!
Sale Aurora.
Tu furia airada
detén, Don Félix, y piensa
que si a vengar basta ofensa,
es el camino esta espada.
¡Ay de mí!, ya considero
aquí a mi amante empeñado,
y pues ves a mi padre airado,
huir del peligro quiero.
Vase.
Yo abriré puerta en tu pecho
que publique mi venganza.
Saca acero Don Juan y pónese por medio.
¡Oh, con qué loca esperanza
viene Don Juan satisfecho,
llegando al jardín la calle,
que, si vuelve aquí, nos advierte!
Traidor Don Juan, con tu muerte
mi honor el remedio halle.
Primero mi resistencia
has de ver.
Vente tras mí.
Si amparos tienes aquí,
quien te rinda la pendencia.
Vanse.
Dentro Don Félix.
Mucho tardas en morir.
Dentro Don Juan.
Con mi sangre has de escribir
antes tu intención traidora.
Sale Aurora, retirándose de Carlos, celosa.
Sabréme yo defender,
o sabré morir matando.
No en vano viene buscando
a Don Félix.
¿Qué he de hacer?
Este es Carlos, ¡ay, rigor!
Muere de mi furia airada,
que temas que con la espada
venceré, con el honor.
Destas yedras escondida
he de ver toda la danza.
No me quites la esperanza
de que te quite la vida.
¿Eres Félix?
¿Si eres Carlos?
¿Eres Don Juan?
Don Juan soy.
Pues vengue mi agravio hoy,
pues tratemos de matarlos.
Dentro Paje.
Pasen hacia el jardín, pues
que está mi señor riñendo.
¡Ay de mí!, si me ve Carlos.
Pag. 53
aquí se arriesga mi intento.
A cuanto aqueste alboroto
siento que baraje el duelo;
Don Carlos, de este jardín
sé que está un postigo abierto;
salgamos por él adonde
pueda yo satisfaceros,
cobrando también de vos
satisfacción de otro empeño.
¿De otro empeño?
Sí.
Vanse.
Pues vamos.
Sale Zoquete con luz.
Señor, suspende el acero,
que el Asistente te busca
y estamos todos a riesgo,
siquiera que se la pegues
de que sea deudor el deudo.
¡Que sea yo tan desdichado
que el cielo no me dé tiempo
de vengarme! Mas Don Carlos
va con su enemigo fiero,
a dos, para tomar
la venganza de sus celos.
Y así no quiero librar
a otro lance el desempeño.
¿Qué determináis?
Don Juan,
puesto que sois caballero,
este jardín tiene un cuarto
que cae al campo, y podemos,
como me esperéis en él
mientras que yo voy, y ves
al Asistente, de dar
nuestro agravio satisfecho.
Pronto me hallaréis a todo.
Vase.
Y yo a dar aviso desto
voy al punto a mi señora.
Vamos, que saber deseo
si con el temor Casandra
acaso en fuga se ha puesto.
Vanse.
Y yo a reñir con Mendrugo
voy también, aunque mi miedo
me encamina a no cumplir
con el quinto mandamiento.
Sale Mendrugo con espada y broquel.
Ya habrá un instante que espero
a Zoquete, fiero lance,
y como no viene al puesto
ya se me va haciendo tarde;
¡que haya un hombre de esperar
cuando a la campaña sale,
quien tal hace, ¡vive Dios!,
que aguardará a que le maten
con dos tretas de broquel
y una lección de montante.
Estando puestos los dos,
tres heridas he de darle
que para matar a un hombre
yo pienso que son bastantes,
demás que su paletilla
le paso de parte a parte
a un quite de a tres la vez.
Pag. 54
Por fuerza han de ser mortales
vive Dios que tarda mucho
mala obra se me hace
muy buena obra se hace
pues lo que tarda en venir
tardarán en enterarle
venga y a mis manos muera
Sale Zoquete.
quien ha de morir cobarde
quien aquí metió el miedo
un niño que tenga la sangre
un quartanario un leproso
un doctor un estudiante
y uno que esté agonizando
y un pastelero que sabe
vender pasteles de a pie
si de a caballo los hace
y un tabernero aunque siempre
nos baila el agua delante
mueran los suegros y suegras
y sobre todos un sastre
que da la palabra a muchos
y no se la cumple a nadie
pues saca la espada y riñe
traidor aleve cobarde
no puedo si mi valor
no me da poder bastante
y cumplido para hacerlo
riñe porque he de matarte
si no riñes solamente
con dos tretas generales
pues señor broquel de corcho
aquí es fuerza que me ampare
póngase recto y pelee
haré lo que yo gustare
traiga ese broquel redondo
quien esquinado le trae
métala la espada en vaina
y luego con dos compases
haciendo el primer estrecón
y echando el hincapié adelante
me coserá la flaqueza
por dónde
por cualquier parte
digo yo he venido aquí
a reñir o a licionarme
ahora lo verás, riñe
esta treta es de narices
forma un tajo y da un revés
y con otro medio salte
afuera presto Zoquete
Dale Zoquete.
aún no has de caer
aguarde
qué le duele
aquí un reparo
y vive Dios que es bien grande
pues me ha puesto en la cabeza
que esta es treta irreparable
pues vuelva a partir conmigo
haré
pasada notable
toma esta exida del negro
esta es de media sicae
Clavan las espadas en los broqueles.
que son travesadas de punta
traemos broqueles de nogales
sí señor
pues qué remedio
Pag. 55
Arrojan las espadas y los broqueles.
Echar las puntas al aire
agora.
Por nuestros puños,
hacer que el duelo se acabe.
Sale Carlos y Aurexa.
Aquí parece que hay gente.
Pues vamos más adelante.
Sale Zoguí y Mend.
¡Ay, que me has dado en un ojo
una puñada notable!
Si quieres, como bravosa,
pretendo desojarte.
¿Este mi criado es?
Y el mío estotro.
¡Cobardes!
Cayose la cara a cuestas,
pues mi ama está delante.
¿Qué haces aquí de esta suerte?
¿Yo? Nada.
Tú, di, ¿qué haces?
Ablandando este mendrugo
estaba, así Dios me guarde.
Idos al momento.
Nena
ha de decir, si lo sabe,
que aunque hemos hecho las pruebas,
no ve que es de buena sangre.
Vamos, vamos, mi señor;
advierte que anda a buscarte
la justicia, porque pienso
que ha sabido todo el lance.
Vanse.
No importa, idos, don Juan,
pues para que no nos hallen
el medio que me parece
que agora ha de ser más fácil
es volvernos al jardín,
pues quedó abierto de nantes
el postigo, y en un cuarto
que está de todos distante,
pues no podrán presumir
que pueda haber en él nadie,
concluiremos nuestro duelo.
Para todo habéis de hallarme.
Sacan las espadas.
Pues decís que un agravio
tenéis, habéis de vengarle
cuando yo me hallo de vos
ofendido en mayor parte;
pues es de celos honor
el empeño que me trae
a mataros o a morir,
sacad la espada al instante,
que ya hemos llegado donde
yo lave con vuestra sangre
mis ofensas.
Esperad,
que quiero deciros antes
por qué os pretendo dar muerte.
Ruin, que no es de escucharte,
y más estando ofendido,
porque es gastar tiempo en balde,
y en la campaña el acero
es quien mejor satisface.
Yo quiero dejar bien puesto
mi valor, y no dejarte
con la duda de mi ofensa.
Pag. 56
Pues la traza el pecho sabe
que no es más de una apariencia.
Dila, pues.
Sale Don Juan.
Que le aguardase
aquí me dijo Don Félix
para concluir el lance;
ya pienso que ha venido,
pero pretendo ver antes
quién es quien viene con él,
que se llega hacia esta parte.
La causa por qué pretendo
ahora de ti vengarme
es porque en Madrid a Aurora,
oh tirano, el honor quitaste,
siendo causa de más de eso
de que Don Pedro su padre
de noble se muriese
o la pena le matase;
la palabra de esposo
que le dio tu labio infame
no se la cumplió, dejando
burlada su noble sangre,
y ahora solo pretendo,
antes, traidor, que te cases,
que esta palabra la cumplas,
o si no aquí he de matarte.
Sale Don Juan.
Mi hermana ofendida, cielos,
ya este es empeño más grande,
apartaos, que a mí solo
me toca el desempeñarme,
pues siendo mi hermana Aurora
sabré vengar este ultraje.
Cielos, ¿qué es esto que escucho?
Primero sabré matarte.
Este es mi hermano Don Juan
quien vio más penalidades,
mas disimule mi agravio;
deteneos, Don Juan, pues sabe
vuestra nobleza que el duelo
me toca a mí, desafiante,
pues le desafié primero
y tengo de reñir antes.
Poco importa, que el honor
hace las leyes violables.
Valor tengo para todas,
ya que la pasión te hace
venir, y a ti, aparenteses.
No blasones de arrogante,
que a ti porque me ofendiste
y a ti que a mi agravio sales
he de dar aquí la muerte.
Yo también he de matarte
porque la gloria me quitas
de la venganza, mas antes
daré muerte a este enemigo.
Y yo también.
Amparadme,
cielos.
Cae Don Carlos.
Detén, Don Juan,
y aguarda que se levante.
¿Cómo, siendo tu enemigo,
di, te pones de su parte?
Aunque en el honor me ofende
Pag. 57
Es preciso que le ampare,
pues puede de mi silencio
mayor ruina ocasionarse.
¿Iguales?
La de perderte.
¿A mí?
A ti, que si eres amante
tienes mi hermano, y más quieres
delincuente confesarte
que no arriesgar vuestras vidas;
que, aunque estoy en este traje,
Aurora soy, no Don Juan,
y ya en venir a buscarle
cumplí con mi obligación,
pues he intentado matarle.
Cielos, no miente la voz,
aunque mienten los disfraces.
Una hermana tan vil borra
mis afrentas con su sangre.
Pues ya en aquesta ocasión
preciso es que yo la ampare.
Dentro, Casandra.
Detente, señor, espera,
primero que a Don Juan mates,
pásame el pecho.
Falsa, aleve,
no mi venganza embaraces;
pero, ¿qué es esto que miro?
Sale Don Félix.
Defender la ofensa en balde
el que no fuere su esposo
de mi furia.
Aún ignorante
estoy, Don Carlos, de este empeño,
ya me tienes de tu parte.
Para vengar mis enojos
a vos no sois todos bastantes.
Dentro, Zoquete.
Por aquí puede salir.
Señor Don Juan, Carlos, padre,
deteneos, ¡ay de mí!
Sale Casandra, Yelena y Zoquete con luz.
Venid, ahora cobardes.
A Zoquete.
Aurora es, no te canses,
que, ya que la he merecido,
en librarla he de empeñarme.
Qué confusiones son estas.
Deteneos y escuchadme.
Pues, ¿qué pretendes?
Saber
quién aquí puede llamarse
Aurora, y ser aquí hermana.
La que ves en este traje,
que a buscarme vino solo
con intención de vengarse
o cobrar de mí su honor.
Ya que en aqueste lance
la debo también la vida
y su afecto he de pagarle
con mi mano.
Solo así
mi enojo puede acabarse.
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Aquí es mayor el empeño,
pues queda en que no se case
de Casandra la opinión
en todas por dubitable.
Valdraste aquí de un buen medio.
Haré como sea bastante.
Pues es que Casandra con
don Juan de Leiva se case,
puesto que la ha pretendido
y él fue quien pudo ampararte
cuando defendí a Casandra
de que él mismo la robase.
Si él dio a mi padre la vida,
eso solo puede estarme
bien, debiéndotela a ti.
Yo, y nunca puede emplearse
mi mano mejor que en él,
siendo tu hermano.
Las paces
hagamos también, Elena.
Yo no pretendo casarme.
Pues así quedamos bien
todos.
Fin.
Y si acaso os agradare
la Dama Comendador,
perdonad sus yerros grandes.
Laus Deo.
