testo digitale di La cruz en la sepultura (versión temprana)
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- Pedro Calderón de la Barca Sicuro
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La cruz en la sepultura (versión temprana). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-cruz-en-la-sepultura-version-temprana.
LA CRUZ EN LA SEPULTURA (VERSIÓN TEMPRANA)
Pag. 1
862.8 T2551 v.10 no.13
La Cruz En La Sepultura
Pag. 2
THE LIBRARY OF THE UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA LUX LIBERTAS ENDOWED BY THE DIALECTIC AND PHILANTHROPIC SOCIETIES 862.8 T255l v.10 no.13
Pag. 3
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00188
Calderon
This book must not be taken from the Library building. OCT 25 1961 29 Dec 65 L W
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THE LIBRARY OF THE UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA
JORNADA PRIMERA.
Pag. 5
Menga. Eusebio. Teresa. Curcio, viejo. Ricardo. Un Pintor. Gil. Brás. Julia. Octavio. Alberio. Un Poeta. Lisardo. Bato. Arminda. Celio. Leoncio. Un Astrólogo.
Salen Menga, y Gil.
Mera por do va la burru,
Jó, dimuño, jó, malina.
Ya verá por do camina,
arre acá, el diablo te aburra.
No hay quien de la cola tenga,
pudiendo tenerla mil.
Buena hacienda has hecho, Gil.
Buena hacienda has hecho, Menga,
tú, tú la culpa tuviste,
que como ibas caballera,
que en el lodo se cayera,
al oído le dijiste,
por hacerme regañar.
Tú, por verme caer a mí
se lo dijiste, eso sí.
¿Cómo la hemos de sacar?
¿Pues en el lodo la dejas?
No puede mi fuerza sola.
Yo tiraré de la cola,
tira tú de las orejas.
Mejor remedio sería
hacer el que aprovechó
a un coche, que se atascó
en la Corte esotro día.
Este coche, Dios delante,
que arrastrado de dos potros,
parecía entre los otros
pobre coche vergonzante.
Y por maldición muy cierta
de sus padres (¡trance esquivo!)
iba de estribo en estribo,
ya que no de puerta en puerta.
En un arroyo atascado,
con ruegos el caballero,
con azotes el cochero,
ya de fuerza, ya de grado,
ya por gusto, ya por miedo,
que saliesen les rogaban,
por más que se lo mandaban,
mi coche, quedo, que quedo.
Viendo que no importa nada
cuantos remedios hicieron,
delante el coche pusieron
un harnero de cebada.
Los caballos por comer,
de tal manera tiraron,
que luego el coche arrancaron,
y esto podemos hacer
para que la burra salga
que tanta hambre la inquieta,
como al coche de un poeta.
Calla, el dimuño te valga,
que nunca valen dos cuartos
tus cuentos.
Menga, yo siento
que haya un animal hambriento,
donde hay animales hartos.
Voy al camino a mirar,
si pasa de nuestra aldea
gente, o cualquiera que sea,
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porque te venga a ayudar,
pues te das tan pocas mañas.
Vuelve, Menga, a tu porfía.
Vase.
¡Ay burra del alma mía!
¡Ay burra de mis entrañas!
Mas ¿qué ruido es este? Allí
de dos caballos se apean
dos hombres, y hacia mí vienen
después que atados los dejan.
Descoloridos, y al campo
de mañana, cosa es cierta,
que comen barro, y están
opilados: mas si fueran
bandoleros, aquí es ello,
de los que en esta aspereza
andan a pedir limosna
por Dios, con una escopeta.
Pero sean los que fueren,
aquí me escondo, que llegan,
que van, que vienen, que andan,
que salen, que corren, que entran.
Salen Lisardo, y Eusebio.
No pasemos adelante,
que aquesta estancia encubierta,
y apartada del camino,
es para mi intento buena.
Sacad, Eusebio, la espada,
que yo de aquesta manera
a los hombres como vos
saco a reñir.
Aunque tenga
bastante causa en haber
salido al campo, quisiera
saber lo que a vos os mueve,
decid, Lisardo, la queja,
que de mí tenéis.
Son tantas,
que falta voz a la lengua,
razones a la razón,
y al sufrimiento paciencia.
¿Conocéis estos papeles?
Arrojadlos en la tierra,
yo los alzaré.
Tomad,
¿qué os suspende? ¿qué os altera?
Mal haya el hombre, mal haya
mil veces aquel que entrega
sus secretos a un papel,
porque es disparada piedra,
que se sabe quién la tira,
y no se sabe a quién llega.
¿Habéislo ya conocido?
Todos están de mi letra,
que mal los puedo negar.
Pues yo soy Lisardo, enseña,
hijo de Lisardo Curcio:
bien excusadas grandezas
de mi padre consumieron
en breve tiempo la hacienda,
pero la necesidad,
aunque ultraje la nobleza,
no excusa de obligaciones
a los que nacen con ellas.
Pero, al fin, Julia es mi hermana;
pluguiera a Dios no lo fuera,
y advertid, que no se sirven
las mujeres de sus prendas
con ilícitos recaudos,
con palabras lisonjeras,
con amorosos papeles,
ni con infames terceras.
No os culpo en el todo a vos,
que yo confieso que hiciera
lo mismo a darme una dama
para servirla licencia.
Pero culpoos en la parte
de ser mi amigo, y en esta
con mayor causa comprendo
la culpa que tuvo en ella.
Si mi hermana os agradó
para mujer, que no era
posible, ni yo lo creo,
que os atrevieseis a ella
con otro fin, ni con ese,
pues vive Dios, que quisiera
antes que con vos casada,
mirarla a mis manos muerta.
En fin, si vos la elegisteis
para mujer, bueno fuera
descubrir vuestros intentos
a mi padre antes que a ella.
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Este era lícito medio,
y entonces mi Padre viera
si le estaba bien el darla,
que pienso que no lo hiciera:
porque un Caballero pobre,
cuando en cosas como estas
no puede medir iguales
la calidad con la hacienda,
por no deslucir su sangre,
a una clausura encomienda
con reclusión de sus hijas,
las faltas de su pobreza.
Y porque no será bien,
que una Religiosa tenga
prendas de tan loco amor,
y de voluntad tan necia,
a vuestras manos las vuelvo,
con resolución tan ciega,
que no solo he de estorbarlas,
mas también la causa de ellas.
Sacad la espada, y aquí
el uno de los dos muera;
vos, porque no la sirváis,
o yo, porque no lo vea.
Tened, Lisardo, la espada,
y pues yo he tenido flema
para oír tantos desprecios,
oídme ahora la respuesta.
Yo no sé quién fue mi Padre,
pero sé que la primera
cuna fue el pie de una Cruz,
y el primer lecho una piedra.
Rayo fue mi nacimiento,
según los Pastores cuentan,
que de esta suerte me hallaron
en la falda de esta fiera.
Tres días dicen, que oyeron
mi llanto, y a la aspereza
donde estaba, no llegaron,
por temor de tantas fieras,
y ninguna me hizo daño;
pero quién duda que era
por respecto de la Cruz,
que tenía en mi defensa?
Hallóme un Pastor, que acaso
buscó una perdida oveja
en la espesura del monte,
y trayéndome a la Aldea
de Eusebio, que no sin causa
estaba entonces en ella,
le contó mi prodigioso
nacimiento, y la clemencia
del Cielo asistió a la suya:
mandó, en fin, que me trajera
a su casa, y como a hijo
me dio la crianza en ella:
Eusebio fui de la Cruz,
y fue mi cama primera,
murió Eusebio, y yo quedé
poderoso con su hacienda.
Si prodigioso en el parto,
no lo fue menos la estrella,
que animosa me acobarda,
y piadosa me reserva.
Tierno infante era en los brazos
de una ama, cuando mi fiera
condición, bárbara en todo,
dio de sus rigores muestra,
pues con solas las encías,
no sin diabólica fuerza,
partí el pecho de quien tuve
dulce alimento, y ella
del dolor desesperada,
y de la cólera ciega,
en un pozo me arrojó,
sin que ninguno me viera,
pero oyéndome llorar,
bajaron a él, y cuentan,
que estaba sobre las aguas,
y que con las manos tiernas
tenía formada una Cruz,
y sobre los pechos puesta.
Y un día que se quemaba
la casa, y la llama fiera
cerraba el paso a la vida,
y a la salida la puerta,
entre las llamas estuve
libre, sin que me ofendieran,
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y advertí después dudando,
si hay en el fuego clemencia,
que era día de la Cruz.
Tres lustros contaba apenas,
cuando por el mar fui a Roma,
y en una fiera tormenta,
ya derrotada mi nave,
echó en una oculta peña,
en pedazos dividida,
por los costados abierta.
Abrazado de un madero
salí venturoso a tierra,
y este madero tenía
forma de Cruz. Por las sierras
de Moncayo caminaba
con otro hombre por la senda
que dos caminos partía,
una Cruz estaba puesta,
en tanto que me quedé
haciendo oración en ella,
se adelantó el compañero,
y después dándome priesa
para alcanzarle, le hallé,
a poco espacio de tierra,
agonizando en su sangre,
muerto a las manos sangrientas
de bandoleros. Un día
en una feroz pendencia,
de una estocada caí,
sin que hallase resistencia,
en el suelo, y cuando todos
pensaron hallarla ajena
de remedio, solo hallaron
señal de la punta fiera
en una Cruz, que tenía
al cuello, que en mi defensa
recibió el golpe. Cazando
un día por la aspereza
de ese monte, se cubrió
el Cielo de nubes negras,
y amenazando con truenos
al mundo espantosa guerra,
lanzas arroja en el agua,
balas disparaba en piedras.
Todas hicieron las hojas
contra las nubes defensa,
y un rayo que fue en el viento
caliginoso cometa,
volvió en cenizas los dos
que de mí estaban más cerca.
Ciego, turbado, y confuso,
vuelvo a mirar lo que era,
y vi a mi lado otra Cruz,
que pienso que fue la mesma
que asistió a mi nacimiento,
y la que yo tengo impresa
en el pecho, porque el Cielo
me ha señalado con ella
para públicos efectos
de alguna causa secreta.
Pero aunque no sé quién soy,
tal espíritu me alienta,
tal inclinación me anima,
y tal ánimo me esfuerza,
que por mí me da valor
para que a Julia merezca.
Y pues quieres estorbar
que yo su marido sea,
aunque un Convento la guarde,
y aunque en su casa la tenga,
de mí no ha de estar segura,
y la que no ha sido buena
para mujer, lo será
para dama, así desea
desesperado mi amor,
y ofendida mi paciencia,
castigar vuestro delito,
y satisfacer mi afrenta.
Eusebio, donde la espada
ha de hablar, calle la lengua,
herido estoy.
¿Y no muerto?
No, que en los brazos me queda
aliento para (¡ay de mí!)
faltó a mis plantas la tierra.
Y falte a tu voz la vida.
No me mates, por aquella
Cruz en que Cristo murió.
Aquesa voz te defienda
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de la muerte, alza del suelo,
que si por la Cruz me ruegas,
falta rigor a la ira,
y falta a la mano fuerza:
alza del suelo.
No puedo,
porque ya en mi sangre envuelta
voy despreciando la vida,
y el alma pienso que en ella
va a salir, porque entre tantas
no sabe cuál es la puerta.
Pues fíate de mis brazos,
y arrímate, que aquí cerca
unos Religiosos santos
viven, penitentes cuevas,
donde podrán confesarte,
si vivo a sus puertas llegas.
Pues yo te doy mi palabra,
por esa piedad que muestras,
que si yo merezco verme
en la Divina presencia
de Dios, pedirle que tú
sin confesarte no mueras.
(Vanse.)
(Sale Gil.)
¿Han visto lo que le debe?
la caridad está buena,
pero yo se lo perdono,
mátale, y llévale a cuestas.
(Salen Brás, Bato, Menga, y Teresa, villanos.)
¿Aquí decís que quedó?
Aquí se quedó con ella.
Miradle allí embelesado.
Ha Gil, ¿qué tienes?
¡Ay Menga!
¿Qué te ha sucedido?
¡Ay Bato!
¿Qué es lo que has visto?
¡Ay Teresa!
¿Qué es lo que miras?
¡Ay Brás!
no lo sé más que una bestia,
matóle, y cargó con él,
sin duda a salir le lleva.
¿Quién le mató?
¿Qué sé yo?
¿Quién cargó?
No sé quién era.
¿Quién le llevó?
No sé quién.
¿Y quién se murió?
Quienquiera.
Pero porque lo veáis, venid todos.
¿Do nos llevas?
No lo sé, pero venid,
que los dos van aquí cerca.
(Vanse, y salen Julia, y Arminda.)
Déjame, Arminda, llorar
una libertad perdida,
que donde acaba la vida,
bien es que acabe el pesar,
deja que llore el rigor
de un Padre.
Señora, advierte.
¿Qué más venturosa muerte
hay que morir de dolor?
¿Qué novedad obligó tu llanto?
¡Ay, Arminda mía!
cuantos papeles tenía
de Eusebio, mi hermano halló
en mi Escritorio.
¿Pues él
supo que estaban allí?
Como aqueso contra mí
hará mi suerte cruel,
llegó a mí descolorido,
y entre apacible, y turbado,
me dijo que había jugado
Arminda, y que había perdido,
que una joya le prestase
para volver a jugar,
por presto que la iba a dar
no aguardó que la sacase.
Tomó la llave, y abrió
con una cólera inquieta,
y en la primera gaveta
con dos papeles topó.
Miróme, volvió a cerrar,
y sin hablar nada (¡ay Dios!)
buscó a mi Padre, y los dos
sin duda para tratar
mi muerte, gran rato hablaron,
cerrados en su aposento,
salieron, y hacia el Convento
los dos los pasos guiaron,
según Octavio me dijo,
y si lo que está trazado
hoy mi Padre ha efectuado,
con justa causa me aflijo.
Porque si de aquesta suerte,
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que olvide a Eusebio desea,
antes que monja me vea,
yo misma me daré muerte.
Sale Eusebio.
Ninguno tan atrevido,
sino tan desesperado,
viene a tomar por sagrado
la casa de su ofendido.
Antes que sepa la muerte
de Lisardo Julia bella,
hablar quisiera con ella,
porque a mi tirana muerte
algún remedio consigo,
si ignorando mi rigor,
puede obligarla el amor
a que se vaya conmigo.
Hermosa Julia.
¿Qué es esto?
¿Tú en esta casa?
El rigor
de mi desdicha, y tu amor
en tal estremo me han puesto.
Yo he sabido cuánto ofende
a tu padre nuestro amor,
y con violencia, y rigor,
meterte monja pretende.
Si ha sido verdad, si ha sido
amor el que me has mostrado,
si es cierto que me has amado,
si es verdad que me has querido,
vente, pues, conmigo, y piensa,
que ya en mi poder es justo,
que haga de la fuerza gusto,
y obligación de la ofensa.
Villas tengo en que guardarte,
gente con que defenderte,
hacienda para ofrecerte,
y un alma para adorarte.
¿Qué respondes? ¿Qué deseas?
Si es verdadero tu amor,
atrévete, o el dolor
hará que mi muerte veas.
¡Ay, Eusebio!
Mi señor.
¡Ay de mí!
¿Pudiera hallar contra mí
la fortuna más rigor? ¿Qué haré?
Esconderte es forzoso.
¿Dónde?
En aqueste aposento,
puesto que sus pasos siento.
Escóndese, y sale Curcio viejo.
Hija, si por el dichoso
estado que tú codicias,
y que ya seguro tienes,
no das a mis parabienes
la vida, y alma en albricias
del deseo que he tenido,
no agradeces el cuidado,
todo queda efectuado,
que solo falta ponerte
la más bizarra, y hermosa,
para ser de Cristo esposa,
mira qué dichosa suerte:
¿qué dices?
¿Qué puedo hacer?
Yo me doy la muerte aquí,
si ella responde que sí.
No sé cómo responder,
pues que supiera antes yo
tu intento, ¿no fuera bien?
y que tú, señor, también
supieras mi gusto.
No,
que sola mi voluntad
en lo justo, o en lo injusto
has de tener por tu gusto.
Bien sé yo la autoridad
de padre, que es preferida,
imperio tiene en la vida,
pero no en la voluntad.
Yo lo veré, y no te espante
ver qué término te pida,
que orden de toda la vida
no se toma en un instante.
Calla, infame, calla, loca,
que haré de aquese cabello
un lazo para tu cuello,
o arrancaré de tu boca
con mis manos la atrevida
lengua que de oír me ofendo.
La libertad te defiendo,
señor, pero no la vida,
la libertad que me dio
el Cielo es la que te niego.
Pag. 11
A este punto a creer llego
lo que el alma imaginó.
Que no fue buena tu madre,
y manchó mi honor alguno,
que hoy el dolor importuno
ofende el honor a un Padre,
a quien el Sol no igualó
en resplandor, y belleza,
sangre, honor, lustre, y nobleza.
Eso no he entendido yo,
por eso no he respondido.
Arminda, salte allá fuera,
y ya que mi pena fiera
tantos años he tenido
secreta de mis enojos,
la fiera pasión me obliga
a que la lengua te diga
lo que te han dicho los ojos.
La Señoría de Sena
por dar a mi sangre fama,
en su nombre me envió
a dar la Obediencia al Papa
Urbano Tercio: tu madre,
que con opinión de santa
fue en Sena común ejemplo
de las Matronas Romanas,
y de las nuestras, no sé
cómo la lengua la agravia:
mas ¡ay infeliz! tanto
la satisfacción engaña.
En Sena quedó, y yo estuve
en Roma con la embajada
ocho meses, porque entonces
por concierto se trataba,
que esta Señoría fuese
del Pontífice; Dios haga
lo que al Estado convenga,
que aquí importa poco, o nada.
Volví a Sena, y hallé en Sena
a tu madre tan preñada,
que para el infame parto
la hora infelice tarda.
Ya me había prevenido
por sus cautelosas cartas
esta desdicha, diciendo,
que cuando me fui quedaba
con sospechas, yo la tuve
de mis deshonras tan clara,
que discurriendo en mi agravio,
imaginé mi desgracia.
¿Qué ley culpa al inocente?
¿Qué opinión al libre agravia?
Miente la ley, que no es
deshonra, sino desgracia.
Digo que miente otra vez
mil veces, porque no iguala
los misterios al efecto
quien no previene la causa.
Bueno es, que en leyes de honor
se comprehenda tanta infamia
al Mercurio, que la roba,
como al Argos que la guarda.
¿Qué deja el Mundo, que deja,
si así al inocente agravia
de deshonra para aquel
que lo sabe, y que lo calla?
¿Yo entre desdichas tan grandes?
yo entre confusiones tantas,
ni vi regalo en la mesa,
ni hallé descanso en la cama.
Tan divertido conmigo
estuve, que me trataba
como ajeno el corazón,
y como a tirano el alma.
Y aunque a veces discurría
en mi agravio, y aunque hallaba
verisímil la disculpa,
puso en mí tanto la instancia
del pensar que me ofendía,
que con saber que fue falsa
tomé de sus pensamientos,
no de sus culpas venganza.
Y porque con más secreto
fuese, previne una caza
fingida, porque a un celoso
todo lo fingido agrada.
Llevo a Rolmira tu madre
por una senda apartada
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de ese bosque a cuyo albergue
el Sol ignoró la entrada,
porque se la defendían
rústicamente enlazadas,
por no decir que amorosas,
árboles, hojas, y ramas.
Solos los dos.
Sale Octavio.
Si el valor
que te han dado honradas canas
en la desdicha presente,
no te niego, o no te falta,
examen será el valor de tu ánimo.
¿Qué causa te obliga a que así interrumpas
mi razón?
Señor...
Acaba,
que más la duda me ofende,
¿por qué te suspendes? habla.
A Lisardo mi señor...
Eso solo me faltaba.
Bañado en su sangre traen
en una silla por andas
cuatro rústicos Pastores
(¡ay Dios!) muerto a puñaladas,
mas ya a tu presencia llega, ¿no le ves?
Salen los villanos con Lisardo en una silla muerto.
¡Ay Cielo! ¿tantas
pruebas para un desdichado?
Detente, señor.
Aparta.
Déjame ver ese cadáver frío,
depósito infeliz de heladas venas,
ruina del tiempo, estrago del impío
hado, retrato funesto de mis penas:
de sangriento furor (¡ay hijo mío!)
trágico monumento en las arenas
constituyó, porque hiciese quejas vanas
mortaja triste de mis tristes canas.
¿Por cuál boca fatal, por cuál herida,
el hado triste en rigurosa suerte,
el alma clara lengua de la vida,
pronunció desengaños a la muerte?
¿quién fue, amigos, el bárbaro homicida
que al sangriento furor, que al golpe fuerte
dos vidas sujetó? Pues si lo advierto,
no sé cuál es el vivo, o cuál el muerto.
Decid, decid, Pastores, que habéis sido
testigos fieles de mi triste llanto,
¿de cuál Etna cruel habéis tratado
dolor al alma, y a la vida espanto?
¿Quién fue el Autor cruel?
Gil que escondido
estaba, lo dirá.
Yo no sé tanto
como pescuda.
Di, ¿y en mis enojos
con los oídos partirán mis ojos?
Yo, señores, no sé de fin violento,
de cadáver, estrago, ni de braga,
de ruin tiempo, infeliz, ni hado sangriento
ni para responder sé lo que haga.
Jueves Santo conozco el Monumento,
mi Autor cruel es el que me paga;
pero si me preguntas, quién ha muerto
a Lisardo, señor, esto es lo cierto.
Menga, que iba en la burra, caballera
se metió toda junta en un pantano,
fuese a llamar quien ayudar viniera,
solo quedé, salieron a lo llano:
Eusebio le llamó, no sé quién era,
mucho hablaron, metieron después mano,
dióle, cargó con él, vinieron, fuimos,
hallámosle en la ermita, y le trajimos.
¿Eusebio fue? Detente, no prosiga
tu lengua la sentencia de mi muerte.
Eusebio es quien me ofende, y me castiga,
destruyendo mi honor, mi sangre vierte:
mira, Julia, qué bien Eusebio obliga
a tu amor, pues tirano de una suerte,
de sangre, y honra tal poder alcanza,
que hace la ofensa, y tema la venganza.
Disculpa ahora tú de sus crueles
deseos la ambición de que concibe
casto amor, pues a falta de papeles
los torpes gustos con mi sangre escriba.
Señor...
No te disculpes como sueles,
hoy a ser Religiosa te apercibe,
o apercibe también a tu hermosura
con Lisardo temprana sepultura.
Los dos a un tiempo el sentimiento esquivo
en este día sepultura intenta;
él muerto al mundo en mi memoria vivo
tú viva al mundo, en mi memoria muerta:
y en tanto que el entierro os apercibo,
porque no huyas cerraré esta puerta,
queda con él, porque de aquesta suerte
lecciones al morir te dé su muerte.
Vanse los villanos, y Curcio, y sale Eusebio.
Mil veces procuro hablarte,
tirano Eusebio, y mil veces
el alma duda, el aliento
falta, y la lengua enmudece.
No sé, no sé cómo pueda
hablar, porque a un tiempo vienen
envueltas iras piadosas
entre piedades crueles.
Mal, Eusebio, solicitas
a mi gusto de esta suerte,
en vez de apacibles bodas,
tristes exequias me ofreces.
Qué gusto tendré en tus brazos,
si cuando llegas a verme
para casarme, tu mano
bañada en mi sangre viene?
JORNADA SEGUNDA.
Pag. 13
¿Qué dirá el mundo de mí,
sabiendo que tengo siempre,
sino presente el agravio,
quien le cometió presente?
Pues cuando el olvido quiera
sepultarlo, solo el verte
entre mis brazos, será
memoria que me lo acuerde.
Aquí acabó nuestro amor,
Eusebio, déjame, y vete
luego que hoy me perdiste,
porque quisiste perderme,
que yo haré para mi vida
una celda, prisión breve,
sino sepulcro, pues ya
mi Padre enterrarme quiere.
Allí lloraré desdichas
de un hado tan inclemente,
de una fortuna tan fiera,
de una inclinación tan fuerte,
de un amor tan obstinado,
de una estrella tan rebelde,
que me ha quitado la vida,
y no me ha dado la muerte,
porque entre tantos pesares
siempre viva, y muera siempre.
Si acaso más que tus ojos
son ya tus manos crueles,
para tomar la venganza,
rendido a tus pies me tienes.
Preso me trae mi delito,
tu amor es la cárcel fuerte,
las cadenas son tus ojos
prisiones que el alma tiene.
Y diga entonces la fama
en su pregón: Este muere,
porque quiso, pues que solo
fue mi delito el quererte.
Y si quisieres matarme,
porque más tu amor se vengue,
diré a tu Padre, que estoy
en tu aposento.
Detente,
y por última razón,
que he de hablarte eternamente,
has de hacer lo que te pido.
De guardarlo te promete
el alma, que es quien te adora.
Pues, Eusebio, al punto vete.
¿Pues por dónde me he de ir?
Esta ventana, que tiene
salida al jardín, podrá
darte paso, por ahí puedes
salir, y no esperes más
volver a hablarme, ni verme.
¡Pues aquel pasado amor!
¡Pues esta sangre presente!
La puerta abren, vete, Eusebio.
Ya me voy.
Acaba, vete.
¡Que no he de volver a hablarte!
¡Que no he de volver a verte!
Salen Eusebio, Celio, y Ricardo.
Pasó el plomo ardiente
el pecho.
Y hace el golpe más valiente,
que con su sangre la tragedia imprima
en tierna flor.
Ponle una Cruz encima,
y perdónele Dios.
Las devociones
nunca faltan del todo a los ladrones.
Vanse Ricardo, y Celio.
Que pues mis hados fieros
me traen a Capitán de Bandoleros,
llegarán mis delitos
a ser como mis penas, infinitos.
Como si diera muerte
a Lisardo a traición, de aquesta suerte
mi Patria me persigue,
porque su furia, y mi despecho obligue
a que guarde una vida,
siendo de tantos bárbaro homicida.
Mis Villas me han quitado,
mi hacienda han confiscado,
y a tanto rigor llegan, que el sustento me niegan,
y pues le he de buscar desesperado,
no toque pasajero
el término del monte, que primero
no deje hacienda, y vida.
Sale Ric.
Llegando a ver el golpe de la herida,
escucha, Capitán, el más extraño
suceso.
Ya deseo el desengaño.
Halléle el plomo deshecho
en este libro que tenía en el pecho,
y aquí el plomo encerrado,
ya caminante solo desmayado;
vesle aquí sano, y bueno.
Vase, y sale Alberto, Clérigo de camino.
De espanto estoy, y admiraciones lleno,
¿quién es venerable
caduco, a quien los Cielos admirable
han hecho con prodigio milagroso?
Yo soy (¡oh Capitán!) el más dichoso
de cuantos hombres hay que he merecido
ser Sacerdote indigno, paso a Roma
a ciertas pretensiones, mas tu saña atrevida
quita el hilo a mi suerte, y a mi vida.
¿Qué libro es este, Padre?
Este es el fruto
Pag. 14
que rinden mis estudios por tributo.
Tratado verdadero,
de aquel Divino, y Celestial Madero,
de aquel Madero fuerte,
con que peleando Dios, venció a la muerte:
el libro, en fin, se llama Origen de la Cruz.
Qué bien la llama
de aquel plomo inclemente
mas que la cara se mostró obediente.
Pluguiera a Dios mi mano
antes que blanco ese papel hiciera,
y mi brazo inhumano
entre las llamas vivamente ardiera.
Llevad, Padre, el dinero,
y la vida, este libro solo quiero
para consuelo mío.
Iré rogando
al Señor, te dé luz para que veas
el error en que vives.
Si deseas
mi bien, pídele a Dios no me permita
muera sin confesión.
Yo te prometo
de ser ministro en tan piadoso afecto,
y te doy mi palabra
(tanto en mi pecho tu clemencia labra)
que si me llamas en cualquiera parte,
seré a tus voces cierto para ir a confesarte,
Sena mi Patria es, mi nombre Alberto.
Tal palabra me das?
Y la confieso
con la mano.
Otra vez tus plantas beso.
Vase Alberto, y sale Leoncio bandolero.
Hasta llegar a hablarte,
el monte atravesé de parte a parte.
Leoncio, ¿qué hay de nuevo?
Dos nuevas harto malas.
A mi dolor el sentimiento igualas,
di presto.
Que al Padre de Lisardo
han dado.
Acaba que el efecto aguardo.
Comisión de prenderte, o de matarte.
Qué poco eso me espanta!
Pues no es nada, señor, prisión o muerte,
viniendo contra ti con gente tanta,
como ya convocando en las Aldeas,
huye si verte destruido no deseas.
Esotra nueva temo;
mas porque ya con un confuso extremo
al corazón parece que camina,
toda el alma adivina de algún futuro daño
que ha sucedido.
Julia.
No me engaño
en prevenir tristezas
si para ver mi fin por Julia empiezas.
En fin, Julia, prosigue.
Que ya seglar en un Convento vive,
entre tanto que el hábito recibe.
Que el Cielo me castigue
con tantas fieras venganzas
de muertas esperanzas
que de los mismos Cielos
por quien me deja, vengo a tener celos?
Mas yo tan atrevido que viviendo matando,
me sustento robando,
no puedo ser peor de lo que he sido:
asaltaré el Convento que la guarda,
ningún grave delito me acobarda.
Llama a Celio, y Ricardo: amando muero!
Yo voy por ellos.
Diles, que aquí espero.
Vase Leoncio, y sale Menga, y Gil.
Mas que topamos con él,
según mezquina nací.
Menga, ¿yo no voy aquí?
no temas ese cruel
Capitán de buñuleros,
ni el toparle te alborote,
que honda llevo yo, y garrote.
Temo, Gil, sus hechos fieros,
o sino a mirarlo ponte:
de Teresa se contó,
que doncella al monte entró,
y salió dueña del monte.
De ese peligro te pesa?
Y aun por eso lo confieso.
Ay Menga! y aun por eso
al monte vino Teresa.
Ha señor, que va perdido,
señor, eche por aquí,
que anda Eusebio por ahí.
Estos no me han conocido,
y quiero disimular.
Señor, vuelva por acá.
Señor, eche por allá.
Con qué os podré yo pagar
el aviso?
Con huir
de ese bellaco, si os coge,
señor, aunque no le enoje,
ni vuestro hacer, ni decir,
luego os matará, y creed,
que con poner tras la ofensa
una Cruz encima, piensa
que os hace mucha merced.
Sale Ricardo, y Leoncio.
Dónde le dejaste?
Aquí.
Es un ladrón, no le esperes.
Eusebio, Eusebio.
Qué quieres?
Eusebio le llamó?
Sí,
Eusebio soy, ¿quién os mueve
contra mí? ¿no hay quién responda?
¿no tienes garrote, y honda?
Tengo el diablo que me lleve,
Sale Celio.
Por los apacibles llanos
Pag. 15
que hace de ese mar la falda,
a quien guarda el mar la espalda,
de un escuadrón de villanos,
que armado contra ti viene,
según tu gente imagina,
que así Curcio determina
la venganza que previene.
Mira qué piensas hacer,
junta tu gente, y salgamos.
Mejor es que ahora huyamos,
que esta noche hay más que hacer.
Mira que habrán ya llegado.
Villanos, vida tenéis
sólo porque le llevéis
a mi enemigo un recado.
Decid que es vana ocasión
buscarme de aquesta suerte,
pues no di a Lisardo muerte
con engaño, o con traición.
Cuerpo a cuerpo le maté,
sin ventaja conocida,
y antes de acabar la vida,
en mis brazos le llevé a donde se confesó
digna acción para estimarse,
y que si quiere vengarse,
que he de defenderme yo.
Y ahora, porque no vean
aquellos por donde entramos,
atados entre dos ramos,
paredes sus hojas sean,
porque no huyan.
Aquí traigo un cordel.
(Atanlos.)
Llegad presto.
De San Sebastián te han puesto.
¿De San Sebastián a mí?
(Vanse los Bandoleros.)
Pues la noche es tan oscura
tendiendo su negro velo,
Julia, aunque te guarde el Cielo,
he de gozar tu hermosura.
¿Quién habrá que ahora nos vea,
Menga, aunque caro nos cueste,
que no crea que es aqueste
Peralvillo del Aldea?
Vete llegando hacia mí,
Gil, que yo no puedo andar.
Venme, Menga, a desatar,
yo te desataré a ti luego al punto.
Ven primero,
Gil, que ya estás importuno.
Es decir, que vendrá alguno.
¡Qué falta hace un Arriero
hoy en aqueste camino,
lo que en ninguno faltó!
mas la culpa tendré yo.
(Dice dentro.)
Hacia esta parte imagino
que oigo la voz, llegad presto.
Señor, en buena hora acuda
a desatar una duda,
en que ha rato que estoy puesto.
Si acaso tenéis, señor,
necesidad de un cordel,
yo os podré servir con él.
Éste es más fuerte, y mejor.
Yo por ser mujer espero
remedio en las ansias mías.
No repare en cortesías
desáteme a mí primero.
(Salen Curcio, Octavio, y los villanos.)
Hacia aquesta parte suena la voz.
Que te quemas.
Gil, ¿qué es esto?
El diablo es sutil, desata, Bato, y mi pena
te diré después.
¿Qué es esto?
Venga en buen hora, señor,
a castigar un traidor.
¿Quién de esta suerte os ha puesto?
Eusebio aquí nos ató,
más ha de cuarenta horas.
Pues dime, Gil, ¿de qué lloras
si aquí a Menga te dejó?
Causa hay, Bato, de que tenga pena.
Yo la causa ignoro:
mas ¿qué causa?
Pues no, ¿si lloro
de que no se llevó a Menga?
Cuando no hay mujer segura,
lo está la mía; pues ¿no
es bien que llore?
¡Quién vio
tan notable desventura!
Pag. 16
¿qué habrá cosa que no intente?
Señor, ¿qué nueva pasión
causa mi imaginación?
Rigores, que el alma siente
son, Octavio, mis enojos
por no descubrir mi mengua,
como lo niego a la lengua,
me van saliendo a los ojos.
Ah, Octavio, di que me deje
solo esa gente que sigo,
porque aquí de mí, conmigo,
solo a los Cielos me queje.
¡Ah, soldados, despejad!
¿Qué decís?
¿Qué pretendéis?
¿Despiojar no lo entendéis?
que nos vamos a espulgar.
Vanse todos, y queda Curcio.
¿A quién no habrá sucedido
tal vez lleno de pesares,
descansar consigo a solas,
por no descubrirse a nadie?
Yo a quien tantos sentimientos
a un tiempo afligen, que hacen
con lágrimas, y suspiros
competencia al Sol, y al aire,
compañero de mí mismo
en las mudas soledades,
con la pasión de mis bienes,
quiero divertir mis males.
Teatro este monte fue
del suceso más notable,
que entre prodigios de celos
cuentan las antigüedades.
De una inocente la tuve,
pero ¿quién podrá librarse
de sospechas en quien son
mentirosas las verdades?
Muerte de amor son los celos,
que no perdonando a nadie,
ni por humilde le dejan,
ni le respetan por grave.
El alma tiembla en decirlo;
pues no hay flor que no me ultraje,
peñasco que no me asombre,
ni monte que no me espante.
Aquí mi mujer me dijo:
Si acaso, esposo, llegaste
a creer flaquezas mías,
justo será que me mates.
Pero esta Cruz
prosiguió diciendo: Sea
en mi condenación parte,
si en mi vida, si jamás
supe ofenderte, ni agraviarte.
Yo la dije: en tus entrañas
como la víbora traes
a quien te ha de dar la muerte,
testigo ha sido bastante.
Bien quisiera entonces yo,
arrepentido arrojarme
a sus pies, porque se veía
su inocencia en su semblante.
Pero ya (¡qué necedad!)
porque viva no quedase,
por no publicar mi afrenta,
me pareció que importase,
que el que intenta una traición,
antes mire lo que hace,
porque una vez intentada,
aunque ninguna culpa halle,
por decir que tuvo causa,
la ha de llevar por delante.
Yo saqué la daga entonces,
tirando por varias partes
mil heridas, pero solo
las ejecuté en el aire.
Por muerta al pie de la Cruz
quedó, y queriendo escaparme,
volví a casa por las joyas,
y al entrar por sus umbrales
para llevarlas, la hallé
con más belleza que sale
el Alba, cuando en sus brazos
nos presenta al Sol infante.
Ella en los suyos tenía
a Julia, divina imagen
de hermosura, y discreción,
Pag. 17
que en el campo aquella tarde,
nació aquella niña hermosa,
y díjome que mirase
cómo Dios la defendía
de sus recelos mortales.
Pero que tanto placer
templaba el que se quedase
otra criatura en el monte,
que ella en peligros tan grandes
sintió haber parido dos,
yo entonces...
(Sale Octavio.)
Por el valle
atraviesa un escuadrón
de bandoleros, y antes
que cierre la noche oscura,
será bien, señor, que bajes
a buscarlos, no oscurezca,
porque ellos el monte saben
y nosotros no.
Pues junta
la gente, vaya adelante,
que no ha de haber gusto en mí
hasta que llegue a vengarme.
(Vanse, y salen Eusebio, Celio y Ricardo.)
Ya son las doce.
Pues pon
a esta parte las escalas;
Ícaro seré sin alas,
sin lumbre seré Faetón;
estas las paredes son
de la huerta del convento,
hoy tocar al cielo intento,
y si me quiere ayudar
amor, tengo de pasar
más allá del pensamiento.
Amor, ser tirano enseña,
en entrando yo, quitad
las escalas, y aguardad
hasta que os haga una seña.
Quien subiendo se despeña,
suba yo, y baje atrevido
en pedazos convertido,
que la pena del bajar
no será parte a quitar
la gloria de haber subido.
¡Oh, qué notable rigor!
¿Qué recelas de esta traza?
¿No ves cómo me amenaza
un vivo fuego?
Señor,
fantasmas son del temor.
¿Yo temor?
Sube.
Ya llego,
aunque a tantos riesgos ciego,
por las llamas he de entrar,
que no me puede estorbar
de todo el infierno el fuego.
Atrevimiento fue entrar.
Pon, Celio, un sello a la boca,
porque aquí solo nos toca
obedecer y callar.
(Vanse, y sale Eusebio por abajo.)
Por todo el convento he andado,
sin ser de nadie sentido,
y por cuanto he discurrido
de mi destino guiado,
a mil celdas he llegado
de religiosas que abiertas
tienen las pequeñas puertas,
y en ninguna a Julia vi.
¿Dónde me lleváis así,
esperanzas siempre inciertas?
¡Qué horror! ¡Qué silencio mudo!
¡Qué oscuridad tan funesta!
Luz hay aquí, celda es esta,
y en ella Julia: ¡qué dudo!
Tan poco el valor ayudo,
que ahora en nombrarla tardo:
¿qué es lo que espero? ¿qué aguardo?
Mas con impulso dudoso,
si me animo venturoso,
animoso me acobardo.
Mas belleza, la humildad
de aquel traje la asegura,
que en la mujer la hermosura
es mayor la honestidad:
su peregrina beldad
de mi torpe amor objeto,
vive en mí con más efecto,
que a un tiempo a mi amor imito
con la hermosura apetito,
con la honestidad respeto.
Pag. 18
Abre una Celda donde está Julia sentada en una silla durmiendo.
Julia, Julia.
¿Quién me nombra?
Mas Cielos, ¿qué es lo que veo!
¿eres sombra del deseo,
o del pensamiento sombra?
¿Tanto el mirarme te asombra?
Pues ¿quién no habrá que no intente
huir de ti?
Julia, tente.
¿Qué quieres sombra fingida?
¿qué quieres voz repetida
solo a la vista aparente?
¿Eres para muerte mía
retrato de la ilusión,
voz de la imaginación,
fantasma en la noche fría,
cuerpo de la fantasía?
Julia, escucha, Eusebio soy,
que vivo a tus pies estoy,
que si el pensamiento fuera
siempre contigo estuviera.
Desengañándome voy
con oírte, y considero,
que mi recato ofendido,
más te quisiera fingido,
Eusebio, que verdadero;
donde yo viviendo muero,
donde yo vivo penando:
¿qué quieres? ¡estoy temblando!
¿qué buscas? ¡estoy temiendo!
¿qué intentas? ¡estoy muriendo!
¿qué emprendes? ¡estoy dudando!
¿cómo has entrado hasta aquí?
En busca tuya he venido
para despertar tu olvido,
mas no te quejes de mí,
si yo, Julia, te advertí, que no tenías segura
en el mundo tu hermosura,
pues mira ya atropellado
el respecto del sagrado,
y la ley de la clausura.
Dices bien, pero ya aquí,
aunque no soy Religiosa,
a Cristo de ser su esposa,
mano, y palabra le di:
no te acuerdes más de mí,
no me mate tu rigor
para que te cause horror,
que fui Religiosa piensa.
Cuanto es mayor tu defensa,
es mi apetito mayor:
ventes conmigo, o diré,
que me has tenido encerrado
en tu celda muchos días;
hoy, pues las desdichas mías
me han puesto en tan triste estado
daré voces: sepa:
Tente,
Eusebio, mira (¡ay de mí!
ruido siento, y por aquí
al Coro atraviesa gente)
entra en mi celda, y en ella
estarás; pues, atropella
un temor a otro temor.
¡Qué poderoso es mi amor!
¡Qué rigurosa es mi estrella!
Vanse, y salen Ricardo, y Celio.
Ya son las tres.
Mucho tarda
el que goza su ventura.
Ricardo, en la noche obscura,
nunca el claro Sol aguarda.
Yo apostaré, que parece
que nunca el Sol madrugó
tanto, y que hoy apresuró
su curso.
Siempre amanece
más temprano al que desea
que el Sol su licencia aguarde.
Y a quien espera más tarde:
¡que tan larga, Celio, sea
esta noche!
Yo he llegado,
Ricardo, a sospechar,
que Julia le envió a llamar.
Pues si no fuera llamado,
¿quién a escalar se atreviera
un Convento?
¿No has sentido
hacia esta parte ruido?
Sí.
Pues llega la escala.
Eusebio, y Julia en lo alto.
Déjame, mujer.
Pues cuando
Pag. 19
obligada de tus ruegos,
de tu llanto enternecida,
dos veces a Dios ofendo,
como amigo y como esposo;
mis brazos dejas, haciendo
burla de las esperanzas,
de la posesión desprecios,
antes de tenerla.
Julia,
déjame, que voy huyendo
de tus brazos, porque he visto
no sé qué deidad en ellos,
que me obliga a que respete
tu honor, y no te desprecio,
pues más ahora te estimo, más te adoro.
Tente, Eusebio, no me dejes desta suerte,
o llévame allá.
No puedo:
¡válgame Dios!
¿Qué ha sido?
Volver a mi propio centro,
porque baje tan humilde
el que subió tan soberbio.
¿Qué ha sucedido?
¿Qué tienes?
¿No ves la esfera del viento
poblada de ardientes rayos?
¿No miras sangriento el Cielo,
que airado sobre mí viene?
Divina Cruz, yo os prometo,
y os hago solemne voto
con cuantas cláusulas puedo,
de en cualquier parte que os vea,
las rodillas por el suelo,
rezar un Ave María,
porque de este atrevimiento
merezca tener perdón.
Baja.
Turbada y confusa quedo,
¿aquestos fueron, tirano,
tus regalos? ¿Estos fueron
los estremos de tu amor,
o son de mi amor estremos?
¿De aquesta suerte me dejas?
¡Muerta soy, airados Cielos!
¿Que os conjuréis contra mí,
porque introdujo venenos
naturaleza, si había
para dar muerte desprecios?
Cuando Eusebio me rogaba
con mis lágrimas sus ruegos,
le despreciaba, y ahora,
porque me deja le quiero.
Tales somos las mujeres,
que contra nuestro contento,
aun no queremos dar gusto,
con lo mismo que queremos.
Pero ¿qué me estoy cansando?
¿Qué es lo que miro? ¿qué pienso?
¿No saltó Eusebio por mí
las paredes del Convento?
¿No me holgué de verle yo
en tanto peligro puesto
por mi causa? Pues ¿qué haré
en salirle yo siguiendo?
Detente, imaginación,
no te despeñes, que creo,
que si llego a consentir,
a hacer el delito llego,
por aquí cayó, y tras él
me arrojaré, mas ¿qué es esto?
¿Esta no es escala? Sí;
¡qué terrible pensamiento!
Demonio soy, que caí
desterrado de aquel Cielo.
Ya estoy fuera de sagrado,
apenas las plantas puedo
mover, que el alma me cubre
un terrible horror y miedo.
El pecado que antes era
quien me animaba soberbia,
es quien me detiene ahora;
volverme quiero al Convento
antes que amanezca el día:
yo me vuelvo, pues que creo,
que no hay rayos en el Sol,
no hay átomos en el viento
de los pecados que sabe
Dios perdonar; mas ¡qué es esto!
gente suena, hacia esta parte
me retiro, que no quiero
que me conozca quien es.
Sale Ricardo.
Con el espanto de Eusebio
allí se quedó la escala,
JORNADA TERCERA.
Pag. 20
y de aquí quitarla quiero,
no aclare el día, y la vean
a esa pared.
(Vase.)
Ya se fueron.
Ahora podré subir
sin que me vean: ¿qué es esto?
no es aquesta la pared
de la escala? pero creo
que hacia esotra parte está,
ni aquí está tampoco: Cielos,
¡cómo he de subir sin ella!
mas ya mi desdicha entiendo.
De esta suerte me negáis
la entrada vuestra, pues veo,
que cuando quiero subir
arrepentida, no puedo.
Pues si ya me habéis negado
vuestra clemencia, mis hechos
de mujer desesperada
darán asombros al Cielo,
darán espantos al mundo,
admiración a los tiempos,
horror al mismo pecado,
y terror al mismo infierno.
(Sale Gil lleno de cruces, y una muy grande al cuello.)
Por leña a este monte voy,
que Menga me lo ha mandado,
y para ir seguro he hallado
una brava invención hoy.
De la Cruz devoto es
Eusebio, antes que se enoje,
llevo aquesta que me coge
de la cabeza a los pies.
Dicho, y hecho: este es pardiez,
adonde esconderme puedo,
que si me mira no quedo
de provecho aquesta vez?
¡O quién zafarse pudiera!
esconderme hacia este lado
quiero ahora; ya he hallado
por guarda una cambronera
para meterme; no es nada,
tanta púa la más chica:
pléguete Cristo, mas pica:
que perder una trocada;
pero habréla de sufrir.
(Sale Eusebio.)
Larga vida un triste tiene,
que nunca la muerte viene
a quien le cansa el vivir.
Julia, yo me vi en tus brazos
cuando tan dichoso era,
que de mis brazos pudiera
formar amor nuevos lazos.
Por gozarte, al fin, dejé
la gloria que yo tenía,
pero no fue culpa mía,
causa más oculta fue,
causa superior ha hecho
que yo respete en tu pecho
la Cruz que tengo en el mío.
Mucho pica, ya no puedo
sufrirlo, aunque me resista;
¡ay! que vuelve ya la vista,
yo tengo terrible miedo.
Un hombre a un árbol atado,
y una Cruz al cuello tiene,
cumplir mi voto conviene
por la tierra arrodillado.
¿A quién, Eusebio, enderezas
tu corazón? ¿de qué tratas
si me adoras que me atas?
¿Quién eres?
¿No me conoces
desde que con el recado
aquí me dejaste atado,
no han aprovechado voces
para que alguien (¡qué rigor!)
me llegase a desatar.
Pues ¿es aqueste lugar
donde te dejé?
Señor,
es verdad, que yo que vi
que nadie pasaba, he andado
de árbol en árbol atado,
hasta haber llegado aquí.
Aquesta la causa fue
de suceso tan extraño,
Pag. 21
Este es simple, y de mi daño
cualquier suceso sabré,
con hacerme ahora su amigo,
pues podré saber aquí
cuánto trata contra mí
en mi agravio mi enemigo.
Gil, yo te tengo afición
desde que otra vez te vi,
¿quiéreste quedar aquí?
Pardiez, que tiene razón,
quédome acá, que diz que es
holgada vida, y no andar
todo el año a trabajar.
Quédate conmigo, pues.
Salen Ricardo, y Julia de hombre, un Pintor, un Poeta, y un Astrólogo.
En lo bajo del camino,
que esa montaña atraviesa,
ahora hicimos esta presa,
que según es, imagino que te dé gusto.
Está bien, después de ella trataremos,
sabe ahora que tenemos
un nuevo soldado.
¿Quién?
¿No me ves?
Este villano,
aunque parece inocente,
conoce notablemente
esta tierra, monte, y llano.
En él será nuestra guía,
fuera de esto al campo irá
de mi enemigo, y será
en él mi perdida espía.
Vestido le podéis dar,
y armas también.
Ya está aquí.
Tengan lástima de mí,
que me quedo a bandolear.
¿Quién eres tú?
Yo, señor,
soy de nación genovés,
paso a Florencia, y es
mi ejercicio el de Pintor.
Llevo a Celio Batistela,
un florentín poderoso,
aqueste retrato hermoso,
que es de Madama Florela,
que él me mandó que lo hiciese.
¡Muestra haber hermosa dama!
¿Cómo dice aquí Madama Florela?
Oye el cuento, es este
de un Pintor que hizo un retrato
de un gato, y porque supiese
de quién era quien le viese,
puso abajo: Aquesto es gato.
No es defecto en la pintura
traer escrito su nombre,
que nadie habrá que no asombre
esta imitada pintura.
Y soy yo el que a pintar
enseño los naturales
árboles, y frutas tales,
que se pueden admirar
los hombres, pues, cuando imito
la variedad, y la veo,
queda sin hambre el deseo,
sin deseo el apetito.
Si en tu perfección tan bella
ha alcanzado la pintura,
gran género de locura
es no aprovecharte de ella.
Atadle aquí, y si mirare
la variedad de las flores,
dadle puntas, y colores,
coma de lo que pintare.
Vamos.
Llevad de camino
aquesta epigrama brava.
Hizo un ingenio divino,
galanes, damas hermosas
baratas sueles vender,
saliendo de mi poder
estas, y otras muchas cosas:
Fabio, con mano no escasa
pon tu mujer en la tienda,
que aunque mil veces se venda,
siempre te se queda en casa.
Y tú, ¿quién eres?
Yo he sido
Astrólogo.
Buen oficio.
Aunque se tiene por vicio,
pero ahora a Francia voy
a enseñar Astrología.
Y tú, ¿la sabes?
Yo he sido
Pag. 22
quien los pasos ha medido
al Sol, que ilumina el día.
Si pudo tu ciencia ver
tanto, ¿por qué no previno
lo que en aqueste camino
te había de suceder?
Ya tenía yo mirado,
que en el camino que sigo
había de topar contigo.
Pues dime, ¿qué has alcanzado
de lo que he de hacer por ti?
Ya he visto en efectos llanos,
que he de morir a tus manos.
Vete libre, porque así
conozcas de tu ignorancia
el error, que desde el suelo
no se ha de medir el Cielo,
que hay infinita distancia.
Escúchame: A un Licenciado
en estrellas, mató un día
una bestia, así decía
adonde estaba enterrado.
Yace un Astrólogo, cuya
ciencia a todos anunciaba
la suerte, y nunca acertaba
a pronosticar la suya:
un cadáver vio en cenizas
su cadáver, que desvelo
tal entender pudo el Cielo,
mas no a las caballerizas.
¿Y tú?
Español es mi ejercicio
hacer versos, soy Poeta
en efecto, que esta secta
algunos la han hecho oficio.
Muchos he oído decir
que ocupan aquesta parte.
Como se escribe sin arte,
son fáciles de escribir.
¿Qué más arte ha de tener,
señor, que haber de agradar
entero a todo un lugar,
pues Jueces vienen a ser
el discreto, el ignorante,
que juzgan sin atención
de mirar a cuyas son,
pues quieren que un principiante
tenga el mismo estilo, y ciencia
que un anciano, sin mirar,
que a eso se han de aventajar
ochenta años de experiencia.
En tus razones se ve,
que siempre en vosotros lidia
envidia, y pasión.
Si envidia
quien no tiene para qué,
déjame envidiar a mí.
Con irte vivo, y dejarte,
tu envidia ha de castigarte.
Copia hay también para mí.
De la Comedia es dudoso
el fin, que indeterminada,
lo que al ignorante agrada,
cansa al fin al ingenioso.
Busca, Lisardo, otros modos,
si fama quieres ganar,
que es difícil de cortar
vestido que venga a todos.
¿Y quién es el gentil-hombre
que el rostro cubre?
No ha sido
posible que haya querido
decir la patria, y el nombre,
porque al Capitán no más
dice que lo ha de decir.
Vanse, y quedan los dos.
Bien te puedes descubrir,
con el Capitán estás.
Eusebio, saca la espada,
pues de esta suerte te digo
que soy quien vengo a matarte.
Con la defensa resisto
el enojo, no la duda,
pues por defenderme riño,
que si te mato no sé
por qué, y sucede lo mismo
si yo muero en esta empresa:
descúbrete.
Bien has dicho,
porque en venganzas de honor,
si no consta el homicidio
al que fue ofensor, no queda
Pag. 23
satisfecho el ofendido.
¿Conocesme? ¿qué te espantas?
¿de qué te admiras?
Lo mismo
que diera por verte ahora
diera por no haberte visto.
Tú, Julia, ¿tú en este monte?
¿Tú con profano vestido?
¿Tú de esta suerte? ¿Qué es esto?
di, ¿cómo hasta aquí has venido?
Ofendida de un agravio,
haciendo torpes delitos,
por ver si con más torpezas,
que con virtudes te animo.
Y porque veas que es flecha
disparada, ardiente tiro,
veloz rayo, la mujer
que corre tras su apetito:
no solo me han dado gloria
los pecados cometidos
hasta ahora, mas también
me la da si los repito.
Tras ti salí del Convento,
y apartada del camino,
caminé varias malezas,
guiada de mi destino.
Llegué a una pobre cabaña,
a cuyo techo pajizo
juzgué pabellón dorado
en la paz de mis sentidos.
Un liberal huésped fue
bella serrana conmigo,
competiendo en la piedad
con un pastor su marido.
A la hambre, y al cansancio
dejé en su albergue vencidos
con blanda cama, aunque pobre,
manjar, aunque humilde, limpio.
Pero al despedirme de ellos,
habiendo antes prevenido,
que si me buscan, no puedan
decir, nosotros la vimos,
al cortés pastor, que al paso
salió a enseñarme el camino,
maté, y vuelvo luego a donde
hice a la mujer lo mismo.
Pero a un caminante pobre,
que cortésmente previno
a las ancas de un caballo,
a tanto cansancio alivio,
a la vista de una aldea,
porque entrar en ella quiso,
huyendo el padre, pagó
con la muerte el beneficio.
Y considerando entonces,
que era aquel pobre vestido
el que más me descubría,
mudármele determino,
y entrando en aqueste monte,
me puse aqueste vestido
de un cazador, cuyo sueño
no imagen, trasunto vivo
fue de la muerte, pasé
adelante, y mi destino
me trajo ante tu presencia:
de aquesta suerte he venido,
despreciando inconvenientes,
y atropellando peligros.
Sale Ricardo.
Prevén, señor, la defensa,
que apartados del camino,
al monte Curcio, y su gente
en busca tuya han venido;
jura llevarte en venganza
preso a Sena, muerto, o vivo.
De todas esas aldeas
tanto el número ha crecido,
que vienen hoy contra ti
viejos, mujeres, y niños.
Amigos, este es el día,
esta es la ocasión, amigos,
en que muestre el corazón
aliento, el ánimo brío.
Considerar; que seremos
en un infame suplicio
afrentados, si nos prenden,
y que nuestros enemigos
se vengarán de nosotros;
pues más vale entre estos riscos
perder la vida en defensa
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del honor: a ellos, amigos.
Dice dentro Curcio.
Cubre el rostro, que gran gente
a nosotros ha venido.
¿Adónde, Eusebio, te escondes?
No escondo, que ya te sigo.
Vanse, y sale Gil de bandolero.
Por estar seguro, apenas
soy bandolero novicio,
cuando por ser bandolero
me veo en tanto peligro.
Cuando era de los villanos,
eran ellos los vencidos,
y hoy porque soy bandolero,
va sucediendo conmigo.
Sin ser avariento, traigo
la desventura conmigo,
pues tan desgraciado soy,
que mil veces imagino,
que a ser yo judío, fueran
desgraciados los judíos.
Salen los villanos.
A ellos, que van huyendo.
No ha de quedar uno vivo.
Tened el paso, que aquí
uno se quedó escondido.
Muera, pues dadle, serranos.
Yo soy.
Ya nos ha dicho
el traje, que es bandolero.
El traje les ha mentido
como muy grande bellaco.
Dale tú.
Pégale digo.
Bien dado estoy, y pegado,
que ya no puedo sufrirlo.
Dale por ahí.
Mirad,
que soy Gil, votado a Cristo.
¿Pues no hablaras ante Gil?
¿Antes no lo hubieras dicho?
¿Qué más antes, si soy yo;
os dije, desde el principio?
¿Qué traje es este?
Es el diablo,
maté a uno, y su vestido
me puse.
Pues cómo, di,
¿no está de sangre teñido
si lo mataste?
Matéle
de hambre, y aquesto ha sido
la ocasión.
Ven con nosotros,
que victoriosos seguimos
los bandoleros, que ahora
cobarde nos han huido.
No más vestido, aunque vaya
titiritando de frío.
Vanse, y sale Eusebio, y Curcio.
Gracias al Cielo que estamos
solos en este camino.
No ha sido en esta ocasión
piadoso el Cielo contigo
en haberme hallado a mí,
pues puedo haber remitido
a ajena mano tu ofensa,
aunque si es verdad te digo,
no sé qué respecto, o miedo
me causas cuando te miro.
Nombra otro hombre, que por ti
cumpla aqueste desafío,
que tú como viejo, tienes
en mí no sé qué dominio
que me da temor.
Eusebio,
no digas en este sitio,
que te dan temor mis canas,
pues te le da el brazo mío:
el uno ha de quedar muerto,
¿qué aguardas? ¿qué es de tus bríos?
Bien te pudiera matar,
pero si verdad te digo,
la victoria que deseo,
es a tus plantas rendido,
pedirte perdón, mi espada
hoy a tus canas humillo.
Valor, Eusebio, me sobra,
no has de pensar, que me animo
a matarte con ventaja,
ven a los brazos conmigo.
Por abrazarte me atrevo.
Cielos, ¿qué es este prodigio?
que no sé, Eusebio, qué efecto has hecho
en mí, que el corazón dentro del pecho
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a pesar de venganzas, y de enojos,
en lágrimas se asoma por los ojos.
Yo en confusión tan fuerte,
quisiera, por vengarte, darme muerte,
para lo cual, rendida
a tus plantas, señor, está mi vida.
Guárdate, Eusebio, porque ya mi gente
victoriosa a la tuya va siguiendo.
Yo solamente a ti te estoy temiendo;
pues si mi brazo aquesta espada cobra,
verás cuánto valor en ti me sobra.
Sale Octavio, y los villanos.
Desde el más hondo valle,
a la más alta cumbre de este monte,
no ha quedado
un hombre solo, y se nos ha escapado
Eusebio, porque huyendo aquesta tarde.
Mientes, que Eusebio nunca fue cobarde.
Aquí está Eusebio, muera.
Detente, Octavio, aguarda, escucha,
espera.
Pues tú, señor, que habías
de animarnos, ¿ahora desconfías?
¿A un hombre, que atrevido
toda aquesta campaña ha destruido?
¿A un hombre que en tu sangre, y en tu honra
trajo a un tiempo la muerte, y la deshonra?
¿A quien en las aldeas no ha dejado
melón, doncella, y quien no haya calado,
cómo así le defiendes?
Señor, ¿qué es lo que haces?
¿Qué pretendes?
Escuchad, esperad (¡terrible exceso!)
cuánto es mejor, que a Sena vaya preso:
date a prisión, Eusebio, y te prometo,
como honrado, ampararte,
siendo abogado tuyo, aunque soy parte.
Como a Curcio no más, yo me rindiera,
mas como juez no puedo,
porque aquello es respeto, y esto es miedo.
Diremos, pues tú quieres
valerle, que a tu patria traidor eres;
en confusión tan fuerte
perdona Eusebio, porque yo el primero
tengo de ser en su infelice muerte.
Quítate delante,
señor, porque tu vista no me espante;
que viéndote, no dudo,
que traerá esa gente por escudo.
Muera, Eusebio, serranos.
Llegad, pues, al rigor de aquestas manos.
Vanse, y queda Curcio.
Apretándole van, ¡oh quién pudiera,
Eusebio, aunque la suya misma diera,
darte ahora la vida!
que aquella sangre fría,
mucho tiene de mía,
voyte a librar si puedo.
Sale Eusebio.
Cuando de la vida incierto
me despeña la más alta
cumbre, creo que me falta
tierra donde caiga muerto;
pero si en mi culpa advierto,
pena que es tan merecida,
no el ver la vida perdida
me atormenta, sino el ver
cómo ha de satisfacer
tantas culpas una vida.
Ya me vuelve a perseguir
este escuadrón vengativo,
pues no puedo quedar vivo
he de matar, y morir;
aunque mejor será ir
donde al Cielo perdón pida;
pero mis pasos impida
la Cruz, porque de una suerte
ellos me den breve muerte,
y ella me dé eterna vida.
Árbol donde el Cielo quiso
dar el fruto verdadero
contra el bocado primero,
flor del nuevo Paraíso,
arco de luz, cuyo aviso
en piélago más profundo,
la paz publicó del mundo,
planta hermosa, fértil vid,
Jonath del nuevo David,
tabla del Moisés segundo.
Pecador soy, tus favores
pido por justicia yo,
pues Dios en ti padeció
por todos los pecadores;
a mí me debes loores,
pues Dios en ti no muriera,
si yo pecado no hubiera;
luego eres tú, Cruz, por mí,
que Dios no muriera en ti,
si yo pecador no fuera.
Mi natural devoción
siempre os pidió con fe tanta,
no permitierais, Cruz Santa,
muriera sin confesión:
¿no será el primer ladrón,
que en vos se confiesa a Dios?
Y pues que ya somos dos,
y yo no te he de negar,
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tampoco me ha de faltar
redención que se obra en vos.
Lisardo, cuando en mis brazos
pude ofendido matarte,
lugar di de confesarte,
antes que en tan breves plazos
se deshiciesen los lazos
mortal, y eterno, y si advierto
en aquel santo, aunque muerto,
piedad de los dos aguardo,
mira, que muero, Lisardo.
Eusebio, rinde la espada.
¿A quién?
A Curcio.
Esta es,
y yo también a tus pies
de aquella ofensa pasada, pido perdón.
Será en ella de provecho
remedio humano.
Sospecho,
que la mejor medicina
es la del alma divina.
¿Dónde es la herida?
En el pecho.
Déjame poner en ella
la mano, a ver si resiste
el aliento; ¡ay de mí triste!
¿qué señal hermosa, y bella
es esta, que al conocerla
toda el alma se alteró?
Son las armas que me dio
esta Cruz, a cuyo pie
nací, porque más no sé
de mi nacimiento yo.
Mi Padre, que no señalo,
aun la cuna me negó,
que sin duda imaginó,
que había de ser tan malo,
aquí nací.
Y aquí igualo
la pena con el dolor,
con el contento el amor,
efectos de un hado impío,
y agradable (¡ay hijo mío!)
pena, y gusto en verte siento.
Tú eres, Eusebio, mi hijo,
si en tantas señas advierto,
que para llorarte muerto,
con justa causa me aflijo:
de tus razones colijo
la verdad que lloré ya,
tu Madre aquí te dejó
cuando naciste, y airado,
donde cometí el pecado
el Cielo me castigó.
Bien mi desdicha previene
información de mi error;
pero ¿qué señal mejor,
que ver que esta Cruz conviene
con otra, que Julia tiene,
que de aquesta suerte el Cielo
os señaló, porque al suelo
fueseis prodigios los dos?
No puedo hablar, Padre, a Dios,
porque ya de un mortal velo
se cubre el alma, y la muerte
negó pasando veloz,
para responderte voz,
vida para conocerte,
alma para obedecerte:
ya llegó el golpe más cierto.
Advierto, que hoy lloro muerto
a quien aborrecí vivo.
¡Oye, Alberto!
¡Trance esquivo!
¡suerte injusta!
Alberto, Alberto.
Ya con el último acento
rindió el vital aliento:
¿por qué así en mis blancas canas
causaste tanto dolor?
mas ya son mis quejas vanas.
Sale Octavio.
Señor, no te maltrates desa
suerte.
Hoy, Curcio, advierte
la fortuna en los males de tu estado,
cuantos puede sufrir un desdichado.
El Cielo sabe cuánto hablarte
siento,
Julia falta, señor, hoy del Convento.
El mismo pensamiento no pudiera
con el discurso hallar pena más fiera:
no, que es mi suerte avara,
sucedida peor, que imaginada.
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Aqueste cuerpo, ese cadáver frío,
este que veis, Octavio, es hijo mío;
mirad si basta en confusión tan fuerte
cualquiera pena de estas a una muerte.
Sale Gil.
Señor.
¡Ay más dolor!
Los bandoleros
que fueron castigados,
en busca tuya vuelven animados
de un demonio de un hombre,
que encubre de ellos mismos rostro,
y nombre.
¡Cuántas penas recibo!
entrar a Eusebio mientras vamos
al lugar, donde con honra le enterramos.
Quien de esa suerte ha muerto,
digno sepulcro sea este desierto.
¡Oh villana venganza,
tanto rigor en ti la ofensa alcanza,
que en confusión tan fuerte
pasas de los umbrales de la muerte!
Mejor será que hagamos
rústica sepultura de estos ramos.
Tú, Gil, aquí te queda,
porque tus voces avisarnos puedan
si alguna gente viene.
Vanse todos, y queda Gil.
Antes, si ser pudiera,
excusar esta comisión quisiera.
¿Qué es esto? ¿aquí han enterrado
a Eusebio, y aquí solo me han dejado?
Señor Eusebio, acuérdese le digo,
que un tiempo fui su amigo;
pero mi miedo grande culpa tiene,
o grande multitud de gente viene.
Sale Alberto.
Viniendo de Roma, dejo
perdido el camino, y voy
solo por aqueste monte
en la muda confusión
de la noche; este lugar
es aquel donde me dio
vida Eusebio, bandoleros
vienen aquí: qué temor
me cubre de horror, y miedo
el alma! ¡qué confusión!
Alberto.
¡Ay triste de mí!
Cielos, ¡qué tremenda voz
es esta que escucho!
Alberto.
Mas otra vez pronunció
mi nombre: ¡válgame el Cielo!
Voz que discurres veloz
mi nombre, ¿quién eres?, di.
Llégate, que Eusebio soy
llega, levanta estos ramos,
no temas.
No temo yo;
ea, ya estás descubierto,
dime de parte de Dios,
¿qué me quieres?
De su parte
mi fe, Alberto, te llamó,
para que antes de morir
me oyeses de confesión;
gran rato ha que hubiera muerto,
pero libre se quedó
mi espíritu en el cadáver
antes que muriese yo,
que tanto con Dios alcanza
de la Cruz la devoción.
Pues yo cuantas penitencias
he hecho hasta aquí, te doy,
para que en tus culpas sean
de alguna satisfacción.
Por Dios que va por su pie,
sepan todos de mi voz
este milagro tan grande,
a decirlo a todos voy.
Vase, y sale Julia, y los bandoleros.
Ahora que descuidado
la victoria los dejó
entre los brazos del sueño,
os dan bastante ocasión.
Si has de salirles al paso,
por aquí será mejor,
que ellos salen por aquí.
(Dentro)
A ellos que pocos son.
Salen Curcio y Gil.
Gente hay a todas partes,
¡qué terrible confusión!
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de donde estaba encerrado
Eusebio, se levantó,
llamando un Clérigo a voces:
mas para qué cuento yo
lo que todos podéis ver,
mirad con la devoción
que está hincado de rodillas
a sus pies.
Divino Dios,
qué maravillas son estas?
Quién vio milagro mayor!
así como el Santo viejo
hizo de la absolución
la forma, segunda vez
muerto a sus plantas quedó.
Estas son grandezas vuestras,
sepa el Mundo la menor
maravilla de las vuestras,
porque se enlace tu voz.
Ay, hijo del alma mía!
no fuiste infelice, no:
así Julia conociese
sus culpas.
Qué confusión
es esta de que hoy me alumbra
el Cielo, válgame Dios!
Yo soy hermana de Eusebio,
y amante de Eusebio soy?
Yo soy Julia, yo soy Julia,
de las malas la peor.
Oh ejemplo de las maldades!
con mis proprias manos hoy
te mataré, porque sean
tu vida, y tu muerte atroz.
(Vase.)
Valedme vos, Cruz Divina,
que yo mi palabra os doy,
de que si ha sido común
mi pecado, desde hoy
lo será mi penitencia:
yo iré pidiendo perdón
al Mundo del mal ejemplo,
de la mala vida a Dios.
Fatigada de la vista
se va perdiendo, y mi amor
como puede va a buscarla.
Ve a su Convento, que hoy
será Religioso en él
con humilde contrición.
Y aquí, Senado, tendrá
(si perdonáis tanto error)
la Cruz en la Sepultura
dichoso fin, y su Autor
de las faltas que ha tenido
os pide humilde perdón.
FIN. Con Licencia. BARCELONA: Por JUAN SERRA Impresor. A Costa de la Compañía.
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LIBRARY RARE BOOK COLLECTION THE UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA AT CHAPEL HILL PQ6217 .T444 v.10 no.13
