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Digital text for La cruz en la sepultura (versión temprana)

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El texto procede de la transcripción automática del impreso conservado en la Wilson Library de la University of North Carolina at Chapel Hill, signatura PQ6217 .T444 v.10 no.13.

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La cruz en la sepultura (versión temprana). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-cruz-en-la-sepultura-version-temprana.

LA CRUZ EN LA SEPULTURA (VERSIÓN TEMPRANA)

Pag. 1

862.8 T2551 v.10 no.13

La Cruz En La Sepultura

Pag. 2

THE LIBRARY OF THE UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA LUX LIBERTAS ENDOWED BY THE DIALECTIC AND PHILANTHROPIC SOCIETIES 862.8 T255l v.10 no.13

Pag. 3

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Calderon

This book must not be taken from the Library building. OCT 25 1961 29 Dec 65 L W

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THE LIBRARY OF THE UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA

JORNADA PRIMERA.

Pag. 5

Menga. Eusebio. Teresa. Curcio, viejo. Ricardo. Un Pintor. Gil. Brás. Julia. Octavio. Alberio. Un Poeta. Lisardo. Bato. Arminda. Celio. Leoncio. Un Astrólogo.

Salen Menga, y Gil.

Menga.

Mera por do va la burru,

Gil.

Jó, dimuño, jó, malina.

Menga.

Ya verá por do camina,

arre acá, el diablo te aburra.

Gil.

No hay quien de la cola tenga,

pudiendo tenerla mil.

Menga.

Buena hacienda has hecho, Gil.

Gil.

Buena hacienda has hecho, Menga,

tú, tú la culpa tuviste,

que como ibas caballera,

que en el lodo se cayera,

al oído le dijiste,

por hacerme regañar.

Menga.

Tú, por verme caer a mí

se lo dijiste, eso sí.

Gil.

¿Cómo la hemos de sacar?

Menga.

¿Pues en el lodo la dejas?

Gil.

No puede mi fuerza sola.

Menga.

Yo tiraré de la cola,

tira tú de las orejas.

Gil.

Mejor remedio sería

hacer el que aprovechó

a un coche, que se atascó

en la Corte esotro día.

Este coche, Dios delante,

que arrastrado de dos potros,

parecía entre los otros

pobre coche vergonzante.

Y por maldición muy cierta

de sus padres (¡trance esquivo!)

iba de estribo en estribo,

ya que no de puerta en puerta.

En un arroyo atascado,

con ruegos el caballero,

con azotes el cochero,

ya de fuerza, ya de grado,

ya por gusto, ya por miedo,

que saliesen les rogaban,

por más que se lo mandaban,

mi coche, quedo, que quedo.

Viendo que no importa nada

cuantos remedios hicieron,

delante el coche pusieron

un harnero de cebada.

Los caballos por comer,

de tal manera tiraron,

que luego el coche arrancaron,

y esto podemos hacer

para que la burra salga

que tanta hambre la inquieta,

como al coche de un poeta.

Menga.

Calla, el dimuño te valga,

que nunca valen dos cuartos

tus cuentos.

Gil.

Menga, yo siento

que haya un animal hambriento,

donde hay animales hartos.

Menga.

Voy al camino a mirar,

si pasa de nuestra aldea

gente, o cualquiera que sea,

Pag. 6

porque te venga a ayudar,

pues te das tan pocas mañas.

Gil.

Vuelve, Menga, a tu porfía.

Vase.

Menga.

¡Ay burra del alma mía!

Gil.

¡Ay burra de mis entrañas!

Mas ¿qué ruido es este? Allí

de dos caballos se apean

dos hombres, y hacia mí vienen

después que atados los dejan.

Descoloridos, y al campo

de mañana, cosa es cierta,

que comen barro, y están

opilados: mas si fueran

bandoleros, aquí es ello,

de los que en esta aspereza

andan a pedir limosna

por Dios, con una escopeta.

Pero sean los que fueren,

aquí me escondo, que llegan,

que van, que vienen, que andan,

que salen, que corren, que entran.

Salen Lisardo, y Eusebio.

Lisardo.

No pasemos adelante,

que aquesta estancia encubierta,

y apartada del camino,

es para mi intento buena.

Sacad, Eusebio, la espada,

que yo de aquesta manera

a los hombres como vos

saco a reñir.

Eusebio.

Aunque tenga

bastante causa en haber

salido al campo, quisiera

saber lo que a vos os mueve,

decid, Lisardo, la queja,

que de mí tenéis.

Lisardo.

Son tantas,

que falta voz a la lengua,

razones a la razón,

y al sufrimiento paciencia.

¿Conocéis estos papeles?

Eusebio.

Arrojadlos en la tierra,

yo los alzaré.

Lisardo.

Tomad,

¿qué os suspende? ¿qué os altera?

Eusebio.

Mal haya el hombre, mal haya

mil veces aquel que entrega

sus secretos a un papel,

porque es disparada piedra,

que se sabe quién la tira,

y no se sabe a quién llega.

Lisardo.

¿Habéislo ya conocido?

Eusebio.

Todos están de mi letra,

que mal los puedo negar.

Lisardo.

Pues yo soy Lisardo, enseña,

hijo de Lisardo Curcio:

bien excusadas grandezas

de mi padre consumieron

en breve tiempo la hacienda,

pero la necesidad,

aunque ultraje la nobleza,

no excusa de obligaciones

a los que nacen con ellas.

Pero, al fin, Julia es mi hermana;

pluguiera a Dios no lo fuera,

y advertid, que no se sirven

las mujeres de sus prendas

con ilícitos recaudos,

con palabras lisonjeras,

con amorosos papeles,

ni con infames terceras.

No os culpo en el todo a vos,

que yo confieso que hiciera

lo mismo a darme una dama

para servirla licencia.

Pero culpoos en la parte

de ser mi amigo, y en esta

con mayor causa comprendo

la culpa que tuvo en ella.

Si mi hermana os agradó

para mujer, que no era

posible, ni yo lo creo,

que os atrevieseis a ella

con otro fin, ni con ese,

pues vive Dios, que quisiera

antes que con vos casada,

mirarla a mis manos muerta.

En fin, si vos la elegisteis

para mujer, bueno fuera

descubrir vuestros intentos

a mi padre antes que a ella.

Pag. 7

Este era lícito medio,

y entonces mi Padre viera

si le estaba bien el darla,

que pienso que no lo hiciera:

porque un Caballero pobre,

cuando en cosas como estas

no puede medir iguales

la calidad con la hacienda,

por no deslucir su sangre,

a una clausura encomienda

con reclusión de sus hijas,

las faltas de su pobreza.

Y porque no será bien,

que una Religiosa tenga

prendas de tan loco amor,

y de voluntad tan necia,

a vuestras manos las vuelvo,

con resolución tan ciega,

que no solo he de estorbarlas,

mas también la causa de ellas.

Sacad la espada, y aquí

el uno de los dos muera;

vos, porque no la sirváis,

o yo, porque no lo vea.

Eusebio.

Tened, Lisardo, la espada,

y pues yo he tenido flema

para oír tantos desprecios,

oídme ahora la respuesta.

Yo no sé quién fue mi Padre,

pero sé que la primera

cuna fue el pie de una Cruz,

y el primer lecho una piedra.

Rayo fue mi nacimiento,

según los Pastores cuentan,

que de esta suerte me hallaron

en la falda de esta fiera.

Tres días dicen, que oyeron

mi llanto, y a la aspereza

donde estaba, no llegaron,

por temor de tantas fieras,

y ninguna me hizo daño;

pero quién duda que era

por respecto de la Cruz,

que tenía en mi defensa?

Hallóme un Pastor, que acaso

buscó una perdida oveja

en la espesura del monte,

y trayéndome a la Aldea

de Eusebio, que no sin causa

estaba entonces en ella,

le contó mi prodigioso

nacimiento, y la clemencia

del Cielo asistió a la suya:

mandó, en fin, que me trajera

a su casa, y como a hijo

me dio la crianza en ella:

Eusebio fui de la Cruz,

y fue mi cama primera,

murió Eusebio, y yo quedé

poderoso con su hacienda.

Si prodigioso en el parto,

no lo fue menos la estrella,

que animosa me acobarda,

y piadosa me reserva.

Tierno infante era en los brazos

de una ama, cuando mi fiera

condición, bárbara en todo,

dio de sus rigores muestra,

pues con solas las encías,

no sin diabólica fuerza,

partí el pecho de quien tuve

dulce alimento, y ella

del dolor desesperada,

y de la cólera ciega,

en un pozo me arrojó,

sin que ninguno me viera,

pero oyéndome llorar,

bajaron a él, y cuentan,

que estaba sobre las aguas,

y que con las manos tiernas

tenía formada una Cruz,

y sobre los pechos puesta.

Y un día que se quemaba

la casa, y la llama fiera

cerraba el paso a la vida,

y a la salida la puerta,

entre las llamas estuve

libre, sin que me ofendieran,

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y advertí después dudando,

si hay en el fuego clemencia,

que era día de la Cruz.

Tres lustros contaba apenas,

cuando por el mar fui a Roma,

y en una fiera tormenta,

ya derrotada mi nave,

echó en una oculta peña,

en pedazos dividida,

por los costados abierta.

Abrazado de un madero

salí venturoso a tierra,

y este madero tenía

forma de Cruz. Por las sierras

de Moncayo caminaba

con otro hombre por la senda

que dos caminos partía,

una Cruz estaba puesta,

en tanto que me quedé

haciendo oración en ella,

se adelantó el compañero,

y después dándome priesa

para alcanzarle, le hallé,

a poco espacio de tierra,

agonizando en su sangre,

muerto a las manos sangrientas

de bandoleros. Un día

en una feroz pendencia,

de una estocada caí,

sin que hallase resistencia,

en el suelo, y cuando todos

pensaron hallarla ajena

de remedio, solo hallaron

señal de la punta fiera

en una Cruz, que tenía

al cuello, que en mi defensa

recibió el golpe. Cazando

un día por la aspereza

de ese monte, se cubrió

el Cielo de nubes negras,

y amenazando con truenos

al mundo espantosa guerra,

lanzas arroja en el agua,

balas disparaba en piedras.

Todas hicieron las hojas

contra las nubes defensa,

y un rayo que fue en el viento

caliginoso cometa,

volvió en cenizas los dos

que de mí estaban más cerca.

Ciego, turbado, y confuso,

vuelvo a mirar lo que era,

y vi a mi lado otra Cruz,

que pienso que fue la mesma

que asistió a mi nacimiento,

y la que yo tengo impresa

en el pecho, porque el Cielo

me ha señalado con ella

para públicos efectos

de alguna causa secreta.

Pero aunque no sé quién soy,

tal espíritu me alienta,

tal inclinación me anima,

y tal ánimo me esfuerza,

que por mí me da valor

para que a Julia merezca.

Y pues quieres estorbar

que yo su marido sea,

aunque un Convento la guarde,

y aunque en su casa la tenga,

de mí no ha de estar segura,

y la que no ha sido buena

para mujer, lo será

para dama, así desea

desesperado mi amor,

y ofendida mi paciencia,

castigar vuestro delito,

y satisfacer mi afrenta.

Lisardo.

Eusebio, donde la espada

ha de hablar, calle la lengua,

herido estoy.

Eusebio.

¿Y no muerto?

Lisardo.

No, que en los brazos me queda

aliento para (¡ay de mí!)

faltó a mis plantas la tierra.

Eusebio.

Y falte a tu voz la vida.

Lisardo.

No me mates, por aquella

Cruz en que Cristo murió.

Eusebio.

Aquesa voz te defienda

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de la muerte, alza del suelo,

que si por la Cruz me ruegas,

falta rigor a la ira,

y falta a la mano fuerza:

alza del suelo.

Lisardo.

No puedo,

porque ya en mi sangre envuelta

voy despreciando la vida,

y el alma pienso que en ella

va a salir, porque entre tantas

no sabe cuál es la puerta.

Eusebio.

Pues fíate de mis brazos,

y arrímate, que aquí cerca

unos Religiosos santos

viven, penitentes cuevas,

donde podrán confesarte,

si vivo a sus puertas llegas.

Lisardo.

Pues yo te doy mi palabra,

por esa piedad que muestras,

que si yo merezco verme

en la Divina presencia

de Dios, pedirle que tú

sin confesarte no mueras.

(Vanse.)

(Sale Gil.)

Gil.

¿Han visto lo que le debe?

la caridad está buena,

pero yo se lo perdono,

mátale, y llévale a cuestas.

(Salen Brás, Bato, Menga, y Teresa, villanos.)

Teresa.

¿Aquí decís que quedó?

Menga.

Aquí se quedó con ella.

Bato.

Miradle allí embelesado.

Menga.

Ha Gil, ¿qué tienes?

Gil.

¡Ay Menga!

Bato.

¿Qué te ha sucedido?

Gil.

¡Ay Bato!

Teresa.

¿Qué es lo que has visto?

Gil.

¡Ay Teresa!

Brás.

¿Qué es lo que miras?

Gil.

¡Ay Brás!

no lo sé más que una bestia,

matóle, y cargó con él,

sin duda a salir le lleva.

Menga.

¿Quién le mató?

Gil.

¿Qué sé yo?

Teresa.

¿Quién cargó?

Gil.

No sé quién era.

Brás.

¿Quién le llevó?

Gil.

No sé quién.

Bato.

¿Y quién se murió?

Gil.

Quienquiera.

Pero porque lo veáis, venid todos.

Menga.

¿Do nos llevas?

Gil.

No lo sé, pero venid,

que los dos van aquí cerca.

(Vanse, y salen Julia, y Arminda.)

Julia.

Déjame, Arminda, llorar

una libertad perdida,

que donde acaba la vida,

bien es que acabe el pesar,

deja que llore el rigor

de un Padre.

Arminda.

Señora, advierte.

Julia.

¿Qué más venturosa muerte

hay que morir de dolor?

Arminda.

¿Qué novedad obligó tu llanto?

Julia.

¡Ay, Arminda mía!

cuantos papeles tenía

de Eusebio, mi hermano halló

en mi Escritorio.

Arminda.

¿Pues él

supo que estaban allí?

Julia.

Como aqueso contra mí

hará mi suerte cruel,

llegó a mí descolorido,

y entre apacible, y turbado,

me dijo que había jugado

Arminda, y que había perdido,

que una joya le prestase

para volver a jugar,

por presto que la iba a dar

no aguardó que la sacase.

Tomó la llave, y abrió

con una cólera inquieta,

y en la primera gaveta

con dos papeles topó.

Miróme, volvió a cerrar,

y sin hablar nada (¡ay Dios!)

buscó a mi Padre, y los dos

sin duda para tratar

mi muerte, gran rato hablaron,

cerrados en su aposento,

salieron, y hacia el Convento

los dos los pasos guiaron,

según Octavio me dijo,

y si lo que está trazado

hoy mi Padre ha efectuado,

con justa causa me aflijo.

Porque si de aquesta suerte,

Pag. 10

Julia.

que olvide a Eusebio desea,

antes que monja me vea,

yo misma me daré muerte.

Sale Eusebio.

Eusebio.

Ninguno tan atrevido,

sino tan desesperado,

viene a tomar por sagrado

la casa de su ofendido.

Antes que sepa la muerte

de Lisardo Julia bella,

hablar quisiera con ella,

porque a mi tirana muerte

algún remedio consigo,

si ignorando mi rigor,

puede obligarla el amor

a que se vaya conmigo.

Hermosa Julia.

Julia.

¿Qué es esto?

¿Tú en esta casa?

Eusebio.

El rigor

de mi desdicha, y tu amor

en tal estremo me han puesto.

Yo he sabido cuánto ofende

a tu padre nuestro amor,

y con violencia, y rigor,

meterte monja pretende.

Si ha sido verdad, si ha sido

amor el que me has mostrado,

si es cierto que me has amado,

si es verdad que me has querido,

vente, pues, conmigo, y piensa,

que ya en mi poder es justo,

que haga de la fuerza gusto,

y obligación de la ofensa.

Villas tengo en que guardarte,

gente con que defenderte,

hacienda para ofrecerte,

y un alma para adorarte.

¿Qué respondes? ¿Qué deseas?

Si es verdadero tu amor,

atrévete, o el dolor

hará que mi muerte veas.

Julia.

¡Ay, Eusebio!

Arminda.

Mi señor.

Julia.

¡Ay de mí!

Eusebio.

¿Pudiera hallar contra mí

la fortuna más rigor? ¿Qué haré?

Julia.

Esconderte es forzoso.

Eusebio.

¿Dónde?

Julia.

En aqueste aposento,

puesto que sus pasos siento.

Escóndese, y sale Curcio viejo.

Curcio.

Hija, si por el dichoso

estado que tú codicias,

y que ya seguro tienes,

no das a mis parabienes

la vida, y alma en albricias

del deseo que he tenido,

no agradeces el cuidado,

todo queda efectuado,

que solo falta ponerte

la más bizarra, y hermosa,

para ser de Cristo esposa,

mira qué dichosa suerte:

¿qué dices?

Julia.

¿Qué puedo hacer?

Eusebio.

Yo me doy la muerte aquí,

si ella responde que sí.

Julia.

No sé cómo responder,

pues que supiera antes yo

tu intento, ¿no fuera bien?

y que tú, señor, también

supieras mi gusto.

Curcio.

No,

que sola mi voluntad

en lo justo, o en lo injusto

has de tener por tu gusto.

Julia.

Bien sé yo la autoridad

de padre, que es preferida,

imperio tiene en la vida,

pero no en la voluntad.

Yo lo veré, y no te espante

ver qué término te pida,

que orden de toda la vida

no se toma en un instante.

Curcio.

Calla, infame, calla, loca,

que haré de aquese cabello

un lazo para tu cuello,

o arrancaré de tu boca

con mis manos la atrevida

lengua que de oír me ofendo.

Julia.

La libertad te defiendo,

señor, pero no la vida,

la libertad que me dio

el Cielo es la que te niego.

Pag. 11

Curcio.

A este punto a creer llego

lo que el alma imaginó.

Que no fue buena tu madre,

y manchó mi honor alguno,

que hoy el dolor importuno

ofende el honor a un Padre,

a quien el Sol no igualó

en resplandor, y belleza,

sangre, honor, lustre, y nobleza.

Julia.

Eso no he entendido yo,

por eso no he respondido.

Curcio.

Arminda, salte allá fuera,

y ya que mi pena fiera

tantos años he tenido

secreta de mis enojos,

la fiera pasión me obliga

a que la lengua te diga

lo que te han dicho los ojos.

La Señoría de Sena

por dar a mi sangre fama,

en su nombre me envió

a dar la Obediencia al Papa

Urbano Tercio: tu madre,

que con opinión de santa

fue en Sena común ejemplo

de las Matronas Romanas,

y de las nuestras, no sé

cómo la lengua la agravia:

mas ¡ay infeliz! tanto

la satisfacción engaña.

En Sena quedó, y yo estuve

en Roma con la embajada

ocho meses, porque entonces

por concierto se trataba,

que esta Señoría fuese

del Pontífice; Dios haga

lo que al Estado convenga,

que aquí importa poco, o nada.

Volví a Sena, y hallé en Sena

a tu madre tan preñada,

que para el infame parto

la hora infelice tarda.

Ya me había prevenido

por sus cautelosas cartas

esta desdicha, diciendo,

que cuando me fui quedaba

con sospechas, yo la tuve

de mis deshonras tan clara,

que discurriendo en mi agravio,

imaginé mi desgracia.

¿Qué ley culpa al inocente?

¿Qué opinión al libre agravia?

Miente la ley, que no es

deshonra, sino desgracia.

Digo que miente otra vez

mil veces, porque no iguala

los misterios al efecto

quien no previene la causa.

Bueno es, que en leyes de honor

se comprehenda tanta infamia

al Mercurio, que la roba,

como al Argos que la guarda.

¿Qué deja el Mundo, que deja,

si así al inocente agravia

de deshonra para aquel

que lo sabe, y que lo calla?

¿Yo entre desdichas tan grandes?

yo entre confusiones tantas,

ni vi regalo en la mesa,

ni hallé descanso en la cama.

Tan divertido conmigo

estuve, que me trataba

como ajeno el corazón,

y como a tirano el alma.

Y aunque a veces discurría

en mi agravio, y aunque hallaba

verisímil la disculpa,

puso en mí tanto la instancia

del pensar que me ofendía,

que con saber que fue falsa

tomé de sus pensamientos,

no de sus culpas venganza.

Y porque con más secreto

fuese, previne una caza

fingida, porque a un celoso

todo lo fingido agrada.

Llevo a Rolmira tu madre

por una senda apartada

Pag. 12

de ese bosque a cuyo albergue

el Sol ignoró la entrada,

porque se la defendían

rústicamente enlazadas,

por no decir que amorosas,

árboles, hojas, y ramas.

Solos los dos.

Sale Octavio.

Octavio.

Si el valor

que te han dado honradas canas

en la desdicha presente,

no te niego, o no te falta,

examen será el valor de tu ánimo.

Curcio.

¿Qué causa te obliga a que así interrumpas

mi razón?

Octavio.

Señor...

Curcio.

Acaba,

que más la duda me ofende,

¿por qué te suspendes? habla.

Octavio.

A Lisardo mi señor...

Curcio.

Eso solo me faltaba.

Octavio.

Bañado en su sangre traen

en una silla por andas

cuatro rústicos Pastores

(¡ay Dios!) muerto a puñaladas,

mas ya a tu presencia llega, ¿no le ves?

Salen los villanos con Lisardo en una silla muerto.

Curcio.

¡Ay Cielo! ¿tantas

pruebas para un desdichado?

Octavio.

Detente, señor.

Curcio.

Aparta.

Déjame ver ese cadáver frío,

depósito infeliz de heladas venas,

ruina del tiempo, estrago del impío

hado, retrato funesto de mis penas:

de sangriento furor (¡ay hijo mío!)

trágico monumento en las arenas

constituyó, porque hiciese quejas vanas

mortaja triste de mis tristes canas.

¿Por cuál boca fatal, por cuál herida,

el hado triste en rigurosa suerte,

el alma clara lengua de la vida,

pronunció desengaños a la muerte?

¿quién fue, amigos, el bárbaro homicida

que al sangriento furor, que al golpe fuerte

dos vidas sujetó? Pues si lo advierto,

no sé cuál es el vivo, o cuál el muerto.

Decid, decid, Pastores, que habéis sido

testigos fieles de mi triste llanto,

¿de cuál Etna cruel habéis tratado

dolor al alma, y a la vida espanto?

¿Quién fue el Autor cruel?

Menga.

Gil que escondido

estaba, lo dirá.

Gil.

Yo no sé tanto

como pescuda.

Curcio.

Di, ¿y en mis enojos

con los oídos partirán mis ojos?

Gil.

Yo, señores, no sé de fin violento,

de cadáver, estrago, ni de braga,

de ruin tiempo, infeliz, ni hado sangriento

ni para responder sé lo que haga.

Jueves Santo conozco el Monumento,

mi Autor cruel es el que me paga;

pero si me preguntas, quién ha muerto

a Lisardo, señor, esto es lo cierto.

Menga, que iba en la burra, caballera

se metió toda junta en un pantano,

fuese a llamar quien ayudar viniera,

solo quedé, salieron a lo llano:

Eusebio le llamó, no sé quién era,

mucho hablaron, metieron después mano,

dióle, cargó con él, vinieron, fuimos,

hallámosle en la ermita, y le trajimos.

Curcio.

¿Eusebio fue? Detente, no prosiga

tu lengua la sentencia de mi muerte.

Eusebio es quien me ofende, y me castiga,

destruyendo mi honor, mi sangre vierte:

mira, Julia, qué bien Eusebio obliga

a tu amor, pues tirano de una suerte,

de sangre, y honra tal poder alcanza,

que hace la ofensa, y tema la venganza.

Disculpa ahora tú de sus crueles

deseos la ambición de que concibe

casto amor, pues a falta de papeles

los torpes gustos con mi sangre escriba.

Julia.

Señor...

Curcio.

No te disculpes como sueles,

hoy a ser Religiosa te apercibe,

o apercibe también a tu hermosura

con Lisardo temprana sepultura.

Los dos a un tiempo el sentimiento esquivo

en este día sepultura intenta;

él muerto al mundo en mi memoria vivo

tú viva al mundo, en mi memoria muerta:

y en tanto que el entierro os apercibo,

porque no huyas cerraré esta puerta,

queda con él, porque de aquesta suerte

lecciones al morir te dé su muerte.

Vanse los villanos, y Curcio, y sale Eusebio.

Julia.

Mil veces procuro hablarte,

tirano Eusebio, y mil veces

el alma duda, el aliento

falta, y la lengua enmudece.

No sé, no sé cómo pueda

hablar, porque a un tiempo vienen

envueltas iras piadosas

entre piedades crueles.

Mal, Eusebio, solicitas

a mi gusto de esta suerte,

en vez de apacibles bodas,

tristes exequias me ofreces.

Qué gusto tendré en tus brazos,

si cuando llegas a verme

para casarme, tu mano

bañada en mi sangre viene?

JORNADA SEGUNDA.

Pag. 13

¿Qué dirá el mundo de mí,

sabiendo que tengo siempre,

sino presente el agravio,

quien le cometió presente?

Pues cuando el olvido quiera

sepultarlo, solo el verte

entre mis brazos, será

memoria que me lo acuerde.

Aquí acabó nuestro amor,

Eusebio, déjame, y vete

luego que hoy me perdiste,

porque quisiste perderme,

que yo haré para mi vida

una celda, prisión breve,

sino sepulcro, pues ya

mi Padre enterrarme quiere.

Allí lloraré desdichas

de un hado tan inclemente,

de una fortuna tan fiera,

de una inclinación tan fuerte,

de un amor tan obstinado,

de una estrella tan rebelde,

que me ha quitado la vida,

y no me ha dado la muerte,

porque entre tantos pesares

siempre viva, y muera siempre.

Eusebio.

Si acaso más que tus ojos

son ya tus manos crueles,

para tomar la venganza,

rendido a tus pies me tienes.

Preso me trae mi delito,

tu amor es la cárcel fuerte,

las cadenas son tus ojos

prisiones que el alma tiene.

Y diga entonces la fama

en su pregón: Este muere,

porque quiso, pues que solo

fue mi delito el quererte.

Y si quisieres matarme,

porque más tu amor se vengue,

diré a tu Padre, que estoy

en tu aposento.

Julia.

Detente,

y por última razón,

que he de hablarte eternamente,

has de hacer lo que te pido.

Eusebio.

De guardarlo te promete

el alma, que es quien te adora.

Julia.

Pues, Eusebio, al punto vete.

Eusebio.

¿Pues por dónde me he de ir?

Julia.

Esta ventana, que tiene

salida al jardín, podrá

darte paso, por ahí puedes

salir, y no esperes más

volver a hablarme, ni verme.

Eusebio.

¡Pues aquel pasado amor!

Julia.

¡Pues esta sangre presente!

La puerta abren, vete, Eusebio.

Eusebio.

Ya me voy.

Julia.

Acaba, vete.

Eusebio.

¡Que no he de volver a hablarte!

Julia.

¡Que no he de volver a verte!

Salen Eusebio, Celio, y Ricardo.

Eusebio.

Pasó el plomo ardiente

el pecho.

Celio.

Y hace el golpe más valiente,

que con su sangre la tragedia imprima

en tierna flor.

Eusebio.

Ponle una Cruz encima,

y perdónele Dios.

Ricardo.

Las devociones

nunca faltan del todo a los ladrones.

Vanse Ricardo, y Celio.

Eusebio.

Que pues mis hados fieros

me traen a Capitán de Bandoleros,

llegarán mis delitos

a ser como mis penas, infinitos.

Como si diera muerte

a Lisardo a traición, de aquesta suerte

mi Patria me persigue,

porque su furia, y mi despecho obligue

a que guarde una vida,

siendo de tantos bárbaro homicida.

Mis Villas me han quitado,

mi hacienda han confiscado,

y a tanto rigor llegan, que el sustento me niegan,

y pues le he de buscar desesperado,

no toque pasajero

el término del monte, que primero

no deje hacienda, y vida.

Sale Ric.

Ricardo.

Llegando a ver el golpe de la herida,

escucha, Capitán, el más extraño

suceso.

Eusebio.

Ya deseo el desengaño.

Ricardo.

Halléle el plomo deshecho

en este libro que tenía en el pecho,

y aquí el plomo encerrado,

ya caminante solo desmayado;

vesle aquí sano, y bueno.

Vase, y sale Alberto, Clérigo de camino.

Eusebio.

De espanto estoy, y admiraciones lleno,

¿quién es venerable

caduco, a quien los Cielos admirable

han hecho con prodigio milagroso?

Alberto.

Yo soy (¡oh Capitán!) el más dichoso

de cuantos hombres hay que he merecido

ser Sacerdote indigno, paso a Roma

a ciertas pretensiones, mas tu saña atrevida

quita el hilo a mi suerte, y a mi vida.

Eusebio.

¿Qué libro es este, Padre?

Alberto.

Este es el fruto

Pag. 14

que rinden mis estudios por tributo.

Tratado verdadero,

de aquel Divino, y Celestial Madero,

de aquel Madero fuerte,

con que peleando Dios, venció a la muerte:

el libro, en fin, se llama Origen de la Cruz.

Eusebio.

Qué bien la llama

de aquel plomo inclemente

mas que la cara se mostró obediente.

Pluguiera a Dios mi mano

antes que blanco ese papel hiciera,

y mi brazo inhumano

entre las llamas vivamente ardiera.

Llevad, Padre, el dinero,

y la vida, este libro solo quiero

para consuelo mío.

Alberto.

Iré rogando

al Señor, te dé luz para que veas

el error en que vives.

Eusebio.

Si deseas

mi bien, pídele a Dios no me permita

muera sin confesión.

Alberto.

Yo te prometo

de ser ministro en tan piadoso afecto,

y te doy mi palabra

(tanto en mi pecho tu clemencia labra)

que si me llamas en cualquiera parte,

seré a tus voces cierto para ir a confesarte,

Sena mi Patria es, mi nombre Alberto.

Eusebio.

Tal palabra me das?

Alberto.

Y la confieso

con la mano.

Eusebio.

Otra vez tus plantas beso.

Vase Alberto, y sale Leoncio bandolero.

Leoncio.

Hasta llegar a hablarte,

el monte atravesé de parte a parte.

Eusebio.

Leoncio, ¿qué hay de nuevo?

Leoncio.

Dos nuevas harto malas.

Eusebio.

A mi dolor el sentimiento igualas,

di presto.

Leoncio.

Que al Padre de Lisardo

han dado.

Eusebio.

Acaba que el efecto aguardo.

Leoncio.

Comisión de prenderte, o de matarte.

Eusebio.

Qué poco eso me espanta!

Leoncio.

Pues no es nada, señor, prisión o muerte,

viniendo contra ti con gente tanta,

como ya convocando en las Aldeas,

huye si verte destruido no deseas.

Eusebio.

Esotra nueva temo;

mas porque ya con un confuso extremo

al corazón parece que camina,

toda el alma adivina de algún futuro daño

que ha sucedido.

Leoncio.

Julia.

Eusebio.

No me engaño

en prevenir tristezas

si para ver mi fin por Julia empiezas.

En fin, Julia, prosigue.

Leoncio.

Que ya seglar en un Convento vive,

entre tanto que el hábito recibe.

Eusebio.

Que el Cielo me castigue

con tantas fieras venganzas

de muertas esperanzas

que de los mismos Cielos

por quien me deja, vengo a tener celos?

Mas yo tan atrevido que viviendo matando,

me sustento robando,

no puedo ser peor de lo que he sido:

asaltaré el Convento que la guarda,

ningún grave delito me acobarda.

Llama a Celio, y Ricardo: amando muero!

Leoncio.

Yo voy por ellos.

Eusebio.

Diles, que aquí espero.

Vase Leoncio, y sale Menga, y Gil.

Menga.

Mas que topamos con él,

según mezquina nací.

Gil.

Menga, ¿yo no voy aquí?

no temas ese cruel

Capitán de buñuleros,

ni el toparle te alborote,

que honda llevo yo, y garrote.

Menga.

Temo, Gil, sus hechos fieros,

o sino a mirarlo ponte:

de Teresa se contó,

que doncella al monte entró,

y salió dueña del monte.

Gil.

De ese peligro te pesa?

Menga.

Y aun por eso lo confieso.

Gil.

Ay Menga! y aun por eso

al monte vino Teresa.

Ha señor, que va perdido,

señor, eche por aquí,

que anda Eusebio por ahí.

Eusebio.

Estos no me han conocido,

y quiero disimular.

Menga.

Señor, vuelva por acá.

Gil.

Señor, eche por allá.

Eusebio.

Con qué os podré yo pagar

el aviso?

Gil.

Con huir

de ese bellaco, si os coge,

señor, aunque no le enoje,

ni vuestro hacer, ni decir,

luego os matará, y creed,

que con poner tras la ofensa

una Cruz encima, piensa

que os hace mucha merced.

Sale Ricardo, y Leoncio.

Ricardo.

Dónde le dejaste?

Leoncio.

Aquí.

Gil.

Es un ladrón, no le esperes.

Ricardo.

Eusebio, Eusebio.

Eusebio.

Qué quieres?

Gil.

Eusebio le llamó?

Eusebio.

Sí,

Eusebio soy, ¿quién os mueve

contra mí? ¿no hay quién responda?

¿no tienes garrote, y honda?

Gil.

Tengo el diablo que me lleve,

Sale Celio.

Celio.

Por los apacibles llanos

Pag. 15

que hace de ese mar la falda,

a quien guarda el mar la espalda,

de un escuadrón de villanos,

que armado contra ti viene,

según tu gente imagina,

que así Curcio determina

la venganza que previene.

Mira qué piensas hacer,

junta tu gente, y salgamos.

Eusebio.

Mejor es que ahora huyamos,

que esta noche hay más que hacer.

Celio.

Mira que habrán ya llegado.

Eusebio.

Villanos, vida tenéis

sólo porque le llevéis

a mi enemigo un recado.

Decid que es vana ocasión

buscarme de aquesta suerte,

pues no di a Lisardo muerte

con engaño, o con traición.

Cuerpo a cuerpo le maté,

sin ventaja conocida,

y antes de acabar la vida,

en mis brazos le llevé a donde se confesó

digna acción para estimarse,

y que si quiere vengarse,

que he de defenderme yo.

Y ahora, porque no vean

aquellos por donde entramos,

atados entre dos ramos,

paredes sus hojas sean,

porque no huyan.

Leoncio.

Aquí traigo un cordel.

(Atanlos.)

Celio.

Llegad presto.

Gil.

De San Sebastián te han puesto.

Menga.

¿De San Sebastián a mí?

(Vanse los Bandoleros.)

Eusebio.

Pues la noche es tan oscura

tendiendo su negro velo,

Julia, aunque te guarde el Cielo,

he de gozar tu hermosura.

Gil.

¿Quién habrá que ahora nos vea,

Menga, aunque caro nos cueste,

que no crea que es aqueste

Peralvillo del Aldea?

Menga.

Vete llegando hacia mí,

Gil, que yo no puedo andar.

Gil.

Venme, Menga, a desatar,

yo te desataré a ti luego al punto.

Menga.

Ven primero,

Gil, que ya estás importuno.

Gil.

Es decir, que vendrá alguno.

¡Qué falta hace un Arriero

hoy en aqueste camino,

lo que en ninguno faltó!

mas la culpa tendré yo.

(Dice dentro.)

Curcio.

Hacia esta parte imagino

que oigo la voz, llegad presto.

Gil.

Señor, en buena hora acuda

a desatar una duda,

en que ha rato que estoy puesto.

Menga.

Si acaso tenéis, señor,

necesidad de un cordel,

yo os podré servir con él.

Gil.

Éste es más fuerte, y mejor.

Menga.

Yo por ser mujer espero

remedio en las ansias mías.

Gil.

No repare en cortesías

desáteme a mí primero.

(Salen Curcio, Octavio, y los villanos.)

Curcio.

Hacia aquesta parte suena la voz.

Gil.

Que te quemas.

Bato.

Gil, ¿qué es esto?

Gil.

El diablo es sutil, desata, Bato, y mi pena

te diré después.

Curcio.

¿Qué es esto?

Gil.

Venga en buen hora, señor,

a castigar un traidor.

Curcio.

¿Quién de esta suerte os ha puesto?

Gil.

Eusebio aquí nos ató,

más ha de cuarenta horas.

Bato.

Pues dime, Gil, ¿de qué lloras

si aquí a Menga te dejó?

Gil.

Causa hay, Bato, de que tenga pena.

Bato.

Yo la causa ignoro:

mas ¿qué causa?

Gil.

Pues no, ¿si lloro

de que no se llevó a Menga?

Cuando no hay mujer segura,

lo está la mía; pues ¿no

es bien que llore?

Curcio.

¡Quién vio

tan notable desventura!

Pag. 16

¿qué habrá cosa que no intente?

Octavio.

Señor, ¿qué nueva pasión

causa mi imaginación?

Curcio.

Rigores, que el alma siente

son, Octavio, mis enojos

por no descubrir mi mengua,

como lo niego a la lengua,

me van saliendo a los ojos.

Ah, Octavio, di que me deje

solo esa gente que sigo,

porque aquí de mí, conmigo,

solo a los Cielos me queje.

Octavio.

¡Ah, soldados, despejad!

Brás.

¿Qué decís?

Bato.

¿Qué pretendéis?

Gil.

¿Despiojar no lo entendéis?

que nos vamos a espulgar.

Vanse todos, y queda Curcio.

Curcio.

¿A quién no habrá sucedido

tal vez lleno de pesares,

descansar consigo a solas,

por no descubrirse a nadie?

Yo a quien tantos sentimientos

a un tiempo afligen, que hacen

con lágrimas, y suspiros

competencia al Sol, y al aire,

compañero de mí mismo

en las mudas soledades,

con la pasión de mis bienes,

quiero divertir mis males.

Teatro este monte fue

del suceso más notable,

que entre prodigios de celos

cuentan las antigüedades.

De una inocente la tuve,

pero ¿quién podrá librarse

de sospechas en quien son

mentirosas las verdades?

Muerte de amor son los celos,

que no perdonando a nadie,

ni por humilde le dejan,

ni le respetan por grave.

El alma tiembla en decirlo;

pues no hay flor que no me ultraje,

peñasco que no me asombre,

ni monte que no me espante.

Aquí mi mujer me dijo:

Si acaso, esposo, llegaste

a creer flaquezas mías,

justo será que me mates.

Pero esta Cruz

prosiguió diciendo: Sea

en mi condenación parte,

si en mi vida, si jamás

supe ofenderte, ni agraviarte.

Yo la dije: en tus entrañas

como la víbora traes

a quien te ha de dar la muerte,

testigo ha sido bastante.

Bien quisiera entonces yo,

arrepentido arrojarme

a sus pies, porque se veía

su inocencia en su semblante.

Pero ya (¡qué necedad!)

porque viva no quedase,

por no publicar mi afrenta,

me pareció que importase,

que el que intenta una traición,

antes mire lo que hace,

porque una vez intentada,

aunque ninguna culpa halle,

por decir que tuvo causa,

la ha de llevar por delante.

Yo saqué la daga entonces,

tirando por varias partes

mil heridas, pero solo

las ejecuté en el aire.

Por muerta al pie de la Cruz

quedó, y queriendo escaparme,

volví a casa por las joyas,

y al entrar por sus umbrales

para llevarlas, la hallé

con más belleza que sale

el Alba, cuando en sus brazos

nos presenta al Sol infante.

Ella en los suyos tenía

a Julia, divina imagen

de hermosura, y discreción,

Pag. 17

que en el campo aquella tarde,

nació aquella niña hermosa,

y díjome que mirase

cómo Dios la defendía

de sus recelos mortales.

Pero que tanto placer

templaba el que se quedase

otra criatura en el monte,

que ella en peligros tan grandes

sintió haber parido dos,

yo entonces...

(Sale Octavio.)

Octavio.

Por el valle

atraviesa un escuadrón

de bandoleros, y antes

que cierre la noche oscura,

será bien, señor, que bajes

a buscarlos, no oscurezca,

porque ellos el monte saben

y nosotros no.

Curcio.

Pues junta

la gente, vaya adelante,

que no ha de haber gusto en mí

hasta que llegue a vengarme.

(Vanse, y salen Eusebio, Celio y Ricardo.)

Ricardo.

Ya son las doce.

Eusebio.

Pues pon

a esta parte las escalas;

Ícaro seré sin alas,

sin lumbre seré Faetón;

estas las paredes son

de la huerta del convento,

hoy tocar al cielo intento,

y si me quiere ayudar

amor, tengo de pasar

más allá del pensamiento.

Amor, ser tirano enseña,

en entrando yo, quitad

las escalas, y aguardad

hasta que os haga una seña.

Quien subiendo se despeña,

suba yo, y baje atrevido

en pedazos convertido,

que la pena del bajar

no será parte a quitar

la gloria de haber subido.

¡Oh, qué notable rigor!

Ricardo.

¿Qué recelas de esta traza?

Eusebio.

¿No ves cómo me amenaza

un vivo fuego?

Ricardo.

Señor,

fantasmas son del temor.

Eusebio.

¿Yo temor?

Ricardo.

Sube.

Eusebio.

Ya llego,

aunque a tantos riesgos ciego,

por las llamas he de entrar,

que no me puede estorbar

de todo el infierno el fuego.

Celio.

Atrevimiento fue entrar.

Ricardo.

Pon, Celio, un sello a la boca,

porque aquí solo nos toca

obedecer y callar.

(Vanse, y sale Eusebio por abajo.)

Eusebio.

Por todo el convento he andado,

sin ser de nadie sentido,

y por cuanto he discurrido

de mi destino guiado,

a mil celdas he llegado

de religiosas que abiertas

tienen las pequeñas puertas,

y en ninguna a Julia vi.

¿Dónde me lleváis así,

esperanzas siempre inciertas?

¡Qué horror! ¡Qué silencio mudo!

¡Qué oscuridad tan funesta!

Luz hay aquí, celda es esta,

y en ella Julia: ¡qué dudo!

Tan poco el valor ayudo,

que ahora en nombrarla tardo:

¿qué es lo que espero? ¿qué aguardo?

Mas con impulso dudoso,

si me animo venturoso,

animoso me acobardo.

Mas belleza, la humildad

de aquel traje la asegura,

que en la mujer la hermosura

es mayor la honestidad:

su peregrina beldad

de mi torpe amor objeto,

vive en mí con más efecto,

que a un tiempo a mi amor imito

con la hermosura apetito,

con la honestidad respeto.

Pag. 18

Abre una Celda donde está Julia sentada en una silla durmiendo.

Eusebio.

Julia, Julia.

Julia.

¿Quién me nombra?

Mas Cielos, ¿qué es lo que veo!

¿eres sombra del deseo,

o del pensamiento sombra?

Eusebio.

¿Tanto el mirarme te asombra?

Julia.

Pues ¿quién no habrá que no intente

huir de ti?

Eusebio.

Julia, tente.

Julia.

¿Qué quieres sombra fingida?

¿qué quieres voz repetida

solo a la vista aparente?

¿Eres para muerte mía

retrato de la ilusión,

voz de la imaginación,

fantasma en la noche fría,

cuerpo de la fantasía?

Eusebio.

Julia, escucha, Eusebio soy,

que vivo a tus pies estoy,

que si el pensamiento fuera

siempre contigo estuviera.

Julia.

Desengañándome voy

con oírte, y considero,

que mi recato ofendido,

más te quisiera fingido,

Eusebio, que verdadero;

donde yo viviendo muero,

donde yo vivo penando:

¿qué quieres? ¡estoy temblando!

¿qué buscas? ¡estoy temiendo!

¿qué intentas? ¡estoy muriendo!

¿qué emprendes? ¡estoy dudando!

¿cómo has entrado hasta aquí?

Eusebio.

En busca tuya he venido

para despertar tu olvido,

mas no te quejes de mí,

si yo, Julia, te advertí, que no tenías segura

en el mundo tu hermosura,

pues mira ya atropellado

el respecto del sagrado,

y la ley de la clausura.

Julia.

Dices bien, pero ya aquí,

aunque no soy Religiosa,

a Cristo de ser su esposa,

mano, y palabra le di:

no te acuerdes más de mí,

no me mate tu rigor

para que te cause horror,

que fui Religiosa piensa.

Eusebio.

Cuanto es mayor tu defensa,

es mi apetito mayor:

ventes conmigo, o diré,

que me has tenido encerrado

en tu celda muchos días;

hoy, pues las desdichas mías

me han puesto en tan triste estado

daré voces: sepa:

Julia.

Tente,

Eusebio, mira (¡ay de mí!

ruido siento, y por aquí

al Coro atraviesa gente)

entra en mi celda, y en ella

estarás; pues, atropella

un temor a otro temor.

Eusebio.

¡Qué poderoso es mi amor!

Julia.

¡Qué rigurosa es mi estrella!

Vanse, y salen Ricardo, y Celio.

Ricardo.

Ya son las tres.

Celio.

Mucho tarda

el que goza su ventura.

Ricardo, en la noche obscura,

nunca el claro Sol aguarda.

Ricardo.

Yo apostaré, que parece

que nunca el Sol madrugó

tanto, y que hoy apresuró

su curso.

Celio.

Siempre amanece

más temprano al que desea

que el Sol su licencia aguarde.

Ricardo.

Y a quien espera más tarde:

¡que tan larga, Celio, sea

esta noche!

Celio.

Yo he llegado,

Ricardo, a sospechar,

que Julia le envió a llamar.

Ricardo.

Pues si no fuera llamado,

¿quién a escalar se atreviera

un Convento?

Celio.

¿No has sentido

hacia esta parte ruido?

Ricardo.

Sí.

Celio.

Pues llega la escala.

Eusebio, y Julia en lo alto.

Eusebio.

Déjame, mujer.

Julia.

Pues cuando

Pag. 19

obligada de tus ruegos,

de tu llanto enternecida,

dos veces a Dios ofendo,

como amigo y como esposo;

mis brazos dejas, haciendo

burla de las esperanzas,

de la posesión desprecios,

antes de tenerla.

Eusebio.

Julia,

déjame, que voy huyendo

de tus brazos, porque he visto

no sé qué deidad en ellos,

que me obliga a que respete

tu honor, y no te desprecio,

pues más ahora te estimo, más te adoro.

Julia.

Tente, Eusebio, no me dejes desta suerte,

o llévame allá.

Eusebio.

No puedo:

¡válgame Dios!

Ricardo.

¿Qué ha sido?

Eusebio.

Volver a mi propio centro,

porque baje tan humilde

el que subió tan soberbio.

Celio.

¿Qué ha sucedido?

Ricardo.

¿Qué tienes?

Eusebio.

¿No ves la esfera del viento

poblada de ardientes rayos?

¿No miras sangriento el Cielo,

que airado sobre mí viene?

Divina Cruz, yo os prometo,

y os hago solemne voto

con cuantas cláusulas puedo,

de en cualquier parte que os vea,

las rodillas por el suelo,

rezar un Ave María,

porque de este atrevimiento

merezca tener perdón.

Baja.

Julia.

Turbada y confusa quedo,

¿aquestos fueron, tirano,

tus regalos? ¿Estos fueron

los estremos de tu amor,

o son de mi amor estremos?

¿De aquesta suerte me dejas?

¡Muerta soy, airados Cielos!

¿Que os conjuréis contra mí,

porque introdujo venenos

naturaleza, si había

para dar muerte desprecios?

Cuando Eusebio me rogaba

con mis lágrimas sus ruegos,

le despreciaba, y ahora,

porque me deja le quiero.

Tales somos las mujeres,

que contra nuestro contento,

aun no queremos dar gusto,

con lo mismo que queremos.

Pero ¿qué me estoy cansando?

¿Qué es lo que miro? ¿qué pienso?

¿No saltó Eusebio por mí

las paredes del Convento?

¿No me holgué de verle yo

en tanto peligro puesto

por mi causa? Pues ¿qué haré

en salirle yo siguiendo?

Detente, imaginación,

no te despeñes, que creo,

que si llego a consentir,

a hacer el delito llego,

por aquí cayó, y tras él

me arrojaré, mas ¿qué es esto?

¿Esta no es escala? Sí;

¡qué terrible pensamiento!

Demonio soy, que caí

desterrado de aquel Cielo.

Ya estoy fuera de sagrado,

apenas las plantas puedo

mover, que el alma me cubre

un terrible horror y miedo.

El pecado que antes era

quien me animaba soberbia,

es quien me detiene ahora;

volverme quiero al Convento

antes que amanezca el día:

yo me vuelvo, pues que creo,

que no hay rayos en el Sol,

no hay átomos en el viento

de los pecados que sabe

Dios perdonar; mas ¡qué es esto!

gente suena, hacia esta parte

me retiro, que no quiero

que me conozca quien es.

Sale Ricardo.

Ricardo.

Con el espanto de Eusebio

allí se quedó la escala,

JORNADA TERCERA.

Pag. 20

y de aquí quitarla quiero,

no aclare el día, y la vean

a esa pared.

(Vase.)

Julia.

Ya se fueron.

Ahora podré subir

sin que me vean: ¿qué es esto?

no es aquesta la pared

de la escala? pero creo

que hacia esotra parte está,

ni aquí está tampoco: Cielos,

¡cómo he de subir sin ella!

mas ya mi desdicha entiendo.

De esta suerte me negáis

la entrada vuestra, pues veo,

que cuando quiero subir

arrepentida, no puedo.

Pues si ya me habéis negado

vuestra clemencia, mis hechos

de mujer desesperada

darán asombros al Cielo,

darán espantos al mundo,

admiración a los tiempos,

horror al mismo pecado,

y terror al mismo infierno.

(Sale Gil lleno de cruces, y una muy grande al cuello.)

Gil.

Por leña a este monte voy,

que Menga me lo ha mandado,

y para ir seguro he hallado

una brava invención hoy.

De la Cruz devoto es

Eusebio, antes que se enoje,

llevo aquesta que me coge

de la cabeza a los pies.

Dicho, y hecho: este es pardiez,

adonde esconderme puedo,

que si me mira no quedo

de provecho aquesta vez?

¡O quién zafarse pudiera!

esconderme hacia este lado

quiero ahora; ya he hallado

por guarda una cambronera

para meterme; no es nada,

tanta púa la más chica:

pléguete Cristo, mas pica:

que perder una trocada;

pero habréla de sufrir.

(Sale Eusebio.)

Eusebio.

Larga vida un triste tiene,

que nunca la muerte viene

a quien le cansa el vivir.

Julia, yo me vi en tus brazos

cuando tan dichoso era,

que de mis brazos pudiera

formar amor nuevos lazos.

Por gozarte, al fin, dejé

la gloria que yo tenía,

pero no fue culpa mía,

causa más oculta fue,

causa superior ha hecho

que yo respete en tu pecho

la Cruz que tengo en el mío.

Gil.

Mucho pica, ya no puedo

sufrirlo, aunque me resista;

¡ay! que vuelve ya la vista,

yo tengo terrible miedo.

Eusebio.

Un hombre a un árbol atado,

y una Cruz al cuello tiene,

cumplir mi voto conviene

por la tierra arrodillado.

Gil.

¿A quién, Eusebio, enderezas

tu corazón? ¿de qué tratas

si me adoras que me atas?

Eusebio.

¿Quién eres?

Gil.

¿No me conoces

desde que con el recado

aquí me dejaste atado,

no han aprovechado voces

para que alguien (¡qué rigor!)

me llegase a desatar.

Eusebio.

Pues ¿es aqueste lugar

donde te dejé?

Gil.

Señor,

es verdad, que yo que vi

que nadie pasaba, he andado

de árbol en árbol atado,

hasta haber llegado aquí.

Aquesta la causa fue

de suceso tan extraño,

Pag. 21

Eusebio.

Este es simple, y de mi daño

cualquier suceso sabré,

con hacerme ahora su amigo,

pues podré saber aquí

cuánto trata contra mí

en mi agravio mi enemigo.

Gil, yo te tengo afición

desde que otra vez te vi,

¿quiéreste quedar aquí?

Gil.

Pardiez, que tiene razón,

quédome acá, que diz que es

holgada vida, y no andar

todo el año a trabajar.

Eusebio.

Quédate conmigo, pues.

Salen Ricardo, y Julia de hombre, un Pintor, un Poeta, y un Astrólogo.

Ricardo.

En lo bajo del camino,

que esa montaña atraviesa,

ahora hicimos esta presa,

que según es, imagino que te dé gusto.

Eusebio.

Está bien, después de ella trataremos,

sabe ahora que tenemos

un nuevo soldado.

Ricardo.

¿Quién?

Gil.

¿No me ves?

Eusebio.

Este villano,

aunque parece inocente,

conoce notablemente

esta tierra, monte, y llano.

En él será nuestra guía,

fuera de esto al campo irá

de mi enemigo, y será

en él mi perdida espía.

Vestido le podéis dar,

y armas también.

Ricardo.

Ya está aquí.

Gil.

Tengan lástima de mí,

que me quedo a bandolear.

Eusebio.

¿Quién eres tú?

Pintor.

Yo, señor,

soy de nación genovés,

paso a Florencia, y es

mi ejercicio el de Pintor.

Llevo a Celio Batistela,

un florentín poderoso,

aqueste retrato hermoso,

que es de Madama Florela,

que él me mandó que lo hiciese.

Eusebio.

¡Muestra haber hermosa dama!

¿Cómo dice aquí Madama Florela?

Gil.

Oye el cuento, es este

de un Pintor que hizo un retrato

de un gato, y porque supiese

de quién era quien le viese,

puso abajo: Aquesto es gato.

Pintor.

No es defecto en la pintura

traer escrito su nombre,

que nadie habrá que no asombre

esta imitada pintura.

Y soy yo el que a pintar

enseño los naturales

árboles, y frutas tales,

que se pueden admirar

los hombres, pues, cuando imito

la variedad, y la veo,

queda sin hambre el deseo,

sin deseo el apetito.

Eusebio.

Si en tu perfección tan bella

ha alcanzado la pintura,

gran género de locura

es no aprovecharte de ella.

Atadle aquí, y si mirare

la variedad de las flores,

dadle puntas, y colores,

coma de lo que pintare.

Ricardo.

Vamos.

Gil.

Llevad de camino

aquesta epigrama brava.

Hizo un ingenio divino,

galanes, damas hermosas

baratas sueles vender,

saliendo de mi poder

estas, y otras muchas cosas:

Fabio, con mano no escasa

pon tu mujer en la tienda,

que aunque mil veces se venda,

siempre te se queda en casa.

Eusebio.

Y tú, ¿quién eres?

Astrólogo.

Yo he sido

Astrólogo.

Eusebio.

Buen oficio.

Astrólogo.

Aunque se tiene por vicio,

pero ahora a Francia voy

a enseñar Astrología.

Eusebio.

Y tú, ¿la sabes?

Astrólogo.

Yo he sido

Pag. 22

quien los pasos ha medido

al Sol, que ilumina el día.

Eusebio.

Si pudo tu ciencia ver

tanto, ¿por qué no previno

lo que en aqueste camino

te había de suceder?

Astrólogo.

Ya tenía yo mirado,

que en el camino que sigo

había de topar contigo.

Eusebio.

Pues dime, ¿qué has alcanzado

de lo que he de hacer por ti?

Astrólogo.

Ya he visto en efectos llanos,

que he de morir a tus manos.

Eusebio.

Vete libre, porque así

conozcas de tu ignorancia

el error, que desde el suelo

no se ha de medir el Cielo,

que hay infinita distancia.

Gil.

Escúchame: A un Licenciado

en estrellas, mató un día

una bestia, así decía

adonde estaba enterrado.

Yace un Astrólogo, cuya

ciencia a todos anunciaba

la suerte, y nunca acertaba

a pronosticar la suya:

un cadáver vio en cenizas

su cadáver, que desvelo

tal entender pudo el Cielo,

mas no a las caballerizas.

Eusebio.

¿Y tú?

Poeta.

Español es mi ejercicio

hacer versos, soy Poeta

en efecto, que esta secta

algunos la han hecho oficio.

Eusebio.

Muchos he oído decir

que ocupan aquesta parte.

Gil.

Como se escribe sin arte,

son fáciles de escribir.

Poeta.

¿Qué más arte ha de tener,

señor, que haber de agradar

entero a todo un lugar,

pues Jueces vienen a ser

el discreto, el ignorante,

que juzgan sin atención

de mirar a cuyas son,

pues quieren que un principiante

tenga el mismo estilo, y ciencia

que un anciano, sin mirar,

que a eso se han de aventajar

ochenta años de experiencia.

Eusebio.

En tus razones se ve,

que siempre en vosotros lidia

envidia, y pasión.

Poeta.

Si envidia

quien no tiene para qué,

déjame envidiar a mí.

Eusebio.

Con irte vivo, y dejarte,

tu envidia ha de castigarte.

Gil.

Copia hay también para mí.

De la Comedia es dudoso

el fin, que indeterminada,

lo que al ignorante agrada,

cansa al fin al ingenioso.

Busca, Lisardo, otros modos,

si fama quieres ganar,

que es difícil de cortar

vestido que venga a todos.

Eusebio.

¿Y quién es el gentil-hombre

que el rostro cubre?

Ricardo.

No ha sido

posible que haya querido

decir la patria, y el nombre,

porque al Capitán no más

dice que lo ha de decir.

Vanse, y quedan los dos.

Eusebio.

Bien te puedes descubrir,

con el Capitán estás.

Julia.

Eusebio, saca la espada,

pues de esta suerte te digo

que soy quien vengo a matarte.

Eusebio.

Con la defensa resisto

el enojo, no la duda,

pues por defenderme riño,

que si te mato no sé

por qué, y sucede lo mismo

si yo muero en esta empresa:

descúbrete.

Julia.

Bien has dicho,

porque en venganzas de honor,

si no consta el homicidio

al que fue ofensor, no queda

Pag. 23

satisfecho el ofendido.

¿Conocesme? ¿qué te espantas?

¿de qué te admiras?

Eusebio.

Lo mismo

que diera por verte ahora

diera por no haberte visto.

Tú, Julia, ¿tú en este monte?

¿Tú con profano vestido?

¿Tú de esta suerte? ¿Qué es esto?

di, ¿cómo hasta aquí has venido?

Julia.

Ofendida de un agravio,

haciendo torpes delitos,

por ver si con más torpezas,

que con virtudes te animo.

Y porque veas que es flecha

disparada, ardiente tiro,

veloz rayo, la mujer

que corre tras su apetito:

no solo me han dado gloria

los pecados cometidos

hasta ahora, mas también

me la da si los repito.

Tras ti salí del Convento,

y apartada del camino,

caminé varias malezas,

guiada de mi destino.

Llegué a una pobre cabaña,

a cuyo techo pajizo

juzgué pabellón dorado

en la paz de mis sentidos.

Un liberal huésped fue

bella serrana conmigo,

competiendo en la piedad

con un pastor su marido.

A la hambre, y al cansancio

dejé en su albergue vencidos

con blanda cama, aunque pobre,

manjar, aunque humilde, limpio.

Pero al despedirme de ellos,

habiendo antes prevenido,

que si me buscan, no puedan

decir, nosotros la vimos,

al cortés pastor, que al paso

salió a enseñarme el camino,

maté, y vuelvo luego a donde

hice a la mujer lo mismo.

Pero a un caminante pobre,

que cortésmente previno

a las ancas de un caballo,

a tanto cansancio alivio,

a la vista de una aldea,

porque entrar en ella quiso,

huyendo el padre, pagó

con la muerte el beneficio.

Y considerando entonces,

que era aquel pobre vestido

el que más me descubría,

mudármele determino,

y entrando en aqueste monte,

me puse aqueste vestido

de un cazador, cuyo sueño

no imagen, trasunto vivo

fue de la muerte, pasé

adelante, y mi destino

me trajo ante tu presencia:

de aquesta suerte he venido,

despreciando inconvenientes,

y atropellando peligros.

Sale Ricardo.

Ricardo.

Prevén, señor, la defensa,

que apartados del camino,

al monte Curcio, y su gente

en busca tuya han venido;

jura llevarte en venganza

preso a Sena, muerto, o vivo.

De todas esas aldeas

tanto el número ha crecido,

que vienen hoy contra ti

viejos, mujeres, y niños.

Eusebio.

Amigos, este es el día,

esta es la ocasión, amigos,

en que muestre el corazón

aliento, el ánimo brío.

Considerar; que seremos

en un infame suplicio

afrentados, si nos prenden,

y que nuestros enemigos

se vengarán de nosotros;

pues más vale entre estos riscos

perder la vida en defensa

Pag. 24

del honor: a ellos, amigos.

Dice dentro Curcio.

Julia.

Cubre el rostro, que gran gente

a nosotros ha venido.

Curcio.

¿Adónde, Eusebio, te escondes?

Eusebio.

No escondo, que ya te sigo.

Vanse, y sale Gil de bandolero.

Gil.

Por estar seguro, apenas

soy bandolero novicio,

cuando por ser bandolero

me veo en tanto peligro.

Cuando era de los villanos,

eran ellos los vencidos,

y hoy porque soy bandolero,

va sucediendo conmigo.

Sin ser avariento, traigo

la desventura conmigo,

pues tan desgraciado soy,

que mil veces imagino,

que a ser yo judío, fueran

desgraciados los judíos.

Salen los villanos.

Menga.

A ellos, que van huyendo.

Bato.

No ha de quedar uno vivo.

Brás.

Tened el paso, que aquí

uno se quedó escondido.

Menga.

Muera, pues dadle, serranos.

Gil.

Yo soy.

Brás.

Ya nos ha dicho

el traje, que es bandolero.

Gil.

El traje les ha mentido

como muy grande bellaco.

Menga.

Dale tú.

Bato.

Pégale digo.

Gil.

Bien dado estoy, y pegado,

que ya no puedo sufrirlo.

Menga.

Dale por ahí.

Gil.

Mirad,

que soy Gil, votado a Cristo.

Menga.

¿Pues no hablaras ante Gil?

Bato.

¿Antes no lo hubieras dicho?

Gil.

¿Qué más antes, si soy yo;

os dije, desde el principio?

Menga.

¿Qué traje es este?

Gil.

Es el diablo,

maté a uno, y su vestido

me puse.

Menga.

Pues cómo, di,

¿no está de sangre teñido

si lo mataste?

Gil.

Matéle

de hambre, y aquesto ha sido

la ocasión.

Menga.

Ven con nosotros,

que victoriosos seguimos

los bandoleros, que ahora

cobarde nos han huido.

Gil.

No más vestido, aunque vaya

titiritando de frío.

Vanse, y sale Eusebio, y Curcio.

Curcio.

Gracias al Cielo que estamos

solos en este camino.

Eusebio.

No ha sido en esta ocasión

piadoso el Cielo contigo

en haberme hallado a mí,

pues puedo haber remitido

a ajena mano tu ofensa,

aunque si es verdad te digo,

no sé qué respecto, o miedo

me causas cuando te miro.

Nombra otro hombre, que por ti

cumpla aqueste desafío,

que tú como viejo, tienes

en mí no sé qué dominio

que me da temor.

Curcio.

Eusebio,

no digas en este sitio,

que te dan temor mis canas,

pues te le da el brazo mío:

el uno ha de quedar muerto,

¿qué aguardas? ¿qué es de tus bríos?

Eusebio.

Bien te pudiera matar,

pero si verdad te digo,

la victoria que deseo,

es a tus plantas rendido,

pedirte perdón, mi espada

hoy a tus canas humillo.

Curcio.

Valor, Eusebio, me sobra,

no has de pensar, que me animo

a matarte con ventaja,

ven a los brazos conmigo.

Eusebio.

Por abrazarte me atrevo.

Curcio.

Cielos, ¿qué es este prodigio?

que no sé, Eusebio, qué efecto has hecho

en mí, que el corazón dentro del pecho

Pag. 25

a pesar de venganzas, y de enojos,

en lágrimas se asoma por los ojos.

Eusebio.

Yo en confusión tan fuerte,

quisiera, por vengarte, darme muerte,

para lo cual, rendida

a tus plantas, señor, está mi vida.

Curcio.

Guárdate, Eusebio, porque ya mi gente

victoriosa a la tuya va siguiendo.

Eusebio.

Yo solamente a ti te estoy temiendo;

pues si mi brazo aquesta espada cobra,

verás cuánto valor en ti me sobra.

Sale Octavio, y los villanos.

Octavio.

Desde el más hondo valle,

a la más alta cumbre de este monte,

no ha quedado

un hombre solo, y se nos ha escapado

Eusebio, porque huyendo aquesta tarde.

Eusebio.

Mientes, que Eusebio nunca fue cobarde.

Octavio.

Aquí está Eusebio, muera.

Curcio.

Detente, Octavio, aguarda, escucha,

espera.

Octavio.

Pues tú, señor, que habías

de animarnos, ¿ahora desconfías?

Brás.

¿A un hombre, que atrevido

toda aquesta campaña ha destruido?

Bato.

¿A un hombre que en tu sangre, y en tu honra

trajo a un tiempo la muerte, y la deshonra?

Gil.

¿A quien en las aldeas no ha dejado

melón, doncella, y quien no haya calado,

cómo así le defiendes?

Octavio.

Señor, ¿qué es lo que haces?

Brás.

¿Qué pretendes?

Curcio.

Escuchad, esperad (¡terrible exceso!)

cuánto es mejor, que a Sena vaya preso:

date a prisión, Eusebio, y te prometo,

como honrado, ampararte,

siendo abogado tuyo, aunque soy parte.

Eusebio.

Como a Curcio no más, yo me rindiera,

mas como juez no puedo,

porque aquello es respeto, y esto es miedo.

Octavio.

Diremos, pues tú quieres

valerle, que a tu patria traidor eres;

en confusión tan fuerte

perdona Eusebio, porque yo el primero

tengo de ser en su infelice muerte.

Eusebio.

Quítate delante,

señor, porque tu vista no me espante;

que viéndote, no dudo,

que traerá esa gente por escudo.

Octavio.

Muera, Eusebio, serranos.

Eusebio.

Llegad, pues, al rigor de aquestas manos.

Vanse, y queda Curcio.

Curcio.

Apretándole van, ¡oh quién pudiera,

Eusebio, aunque la suya misma diera,

darte ahora la vida!

que aquella sangre fría,

mucho tiene de mía,

voyte a librar si puedo.

Sale Eusebio.

Eusebio.

Cuando de la vida incierto

me despeña la más alta

cumbre, creo que me falta

tierra donde caiga muerto;

pero si en mi culpa advierto,

pena que es tan merecida,

no el ver la vida perdida

me atormenta, sino el ver

cómo ha de satisfacer

tantas culpas una vida.

Ya me vuelve a perseguir

este escuadrón vengativo,

pues no puedo quedar vivo

he de matar, y morir;

aunque mejor será ir

donde al Cielo perdón pida;

pero mis pasos impida

la Cruz, porque de una suerte

ellos me den breve muerte,

y ella me dé eterna vida.

Árbol donde el Cielo quiso

dar el fruto verdadero

contra el bocado primero,

flor del nuevo Paraíso,

arco de luz, cuyo aviso

en piélago más profundo,

la paz publicó del mundo,

planta hermosa, fértil vid,

Jonath del nuevo David,

tabla del Moisés segundo.

Pecador soy, tus favores

pido por justicia yo,

pues Dios en ti padeció

por todos los pecadores;

a mí me debes loores,

pues Dios en ti no muriera,

si yo pecado no hubiera;

luego eres tú, Cruz, por mí,

que Dios no muriera en ti,

si yo pecador no fuera.

Mi natural devoción

siempre os pidió con fe tanta,

no permitierais, Cruz Santa,

muriera sin confesión:

¿no será el primer ladrón,

que en vos se confiesa a Dios?

Y pues que ya somos dos,

y yo no te he de negar,

Pag. 26

tampoco me ha de faltar

redención que se obra en vos.

Lisardo, cuando en mis brazos

pude ofendido matarte,

lugar di de confesarte,

antes que en tan breves plazos

se deshiciesen los lazos

mortal, y eterno, y si advierto

en aquel santo, aunque muerto,

piedad de los dos aguardo,

mira, que muero, Lisardo.

Curcio.

Eusebio, rinde la espada.

Eusebio.

¿A quién?

Curcio.

A Curcio.

Eusebio.

Esta es,

y yo también a tus pies

de aquella ofensa pasada, pido perdón.

Curcio.

Será en ella de provecho

remedio humano.

Eusebio.

Sospecho,

que la mejor medicina

es la del alma divina.

Curcio.

¿Dónde es la herida?

Eusebio.

En el pecho.

Curcio.

Déjame poner en ella

la mano, a ver si resiste

el aliento; ¡ay de mí triste!

¿qué señal hermosa, y bella

es esta, que al conocerla

toda el alma se alteró?

Eusebio.

Son las armas que me dio

esta Cruz, a cuyo pie

nací, porque más no sé

de mi nacimiento yo.

Mi Padre, que no señalo,

aun la cuna me negó,

que sin duda imaginó,

que había de ser tan malo,

aquí nací.

Curcio.

Y aquí igualo

la pena con el dolor,

con el contento el amor,

efectos de un hado impío,

y agradable (¡ay hijo mío!)

pena, y gusto en verte siento.

Tú eres, Eusebio, mi hijo,

si en tantas señas advierto,

que para llorarte muerto,

con justa causa me aflijo:

de tus razones colijo

la verdad que lloré ya,

tu Madre aquí te dejó

cuando naciste, y airado,

donde cometí el pecado

el Cielo me castigó.

Bien mi desdicha previene

información de mi error;

pero ¿qué señal mejor,

que ver que esta Cruz conviene

con otra, que Julia tiene,

que de aquesta suerte el Cielo

os señaló, porque al suelo

fueseis prodigios los dos?

Eusebio.

No puedo hablar, Padre, a Dios,

porque ya de un mortal velo

se cubre el alma, y la muerte

negó pasando veloz,

para responderte voz,

vida para conocerte,

alma para obedecerte:

ya llegó el golpe más cierto.

Curcio.

Advierto, que hoy lloro muerto

a quien aborrecí vivo.

Eusebio.

¡Oye, Alberto!

Curcio.

¡Trance esquivo!

¡suerte injusta!

Eusebio.

Alberto, Alberto.

Curcio.

Ya con el último acento

rindió el vital aliento:

¿por qué así en mis blancas canas

causaste tanto dolor?

mas ya son mis quejas vanas.

Sale Octavio.

Octavio.

Señor, no te maltrates desa

suerte.

Curcio.

Hoy, Curcio, advierte

la fortuna en los males de tu estado,

cuantos puede sufrir un desdichado.

Octavio.

El Cielo sabe cuánto hablarte

siento,

Julia falta, señor, hoy del Convento.

Curcio.

El mismo pensamiento no pudiera

con el discurso hallar pena más fiera:

no, que es mi suerte avara,

sucedida peor, que imaginada.

Pag. 27

Aqueste cuerpo, ese cadáver frío,

este que veis, Octavio, es hijo mío;

mirad si basta en confusión tan fuerte

cualquiera pena de estas a una muerte.

Sale Gil.

Gil.

Señor.

Curcio.

¡Ay más dolor!

Gil.

Los bandoleros

que fueron castigados,

en busca tuya vuelven animados

de un demonio de un hombre,

que encubre de ellos mismos rostro,

y nombre.

Curcio.

¡Cuántas penas recibo!

entrar a Eusebio mientras vamos

al lugar, donde con honra le enterramos.

Brás.

Quien de esa suerte ha muerto,

digno sepulcro sea este desierto.

Curcio.

¡Oh villana venganza,

tanto rigor en ti la ofensa alcanza,

que en confusión tan fuerte

pasas de los umbrales de la muerte!

Octavio.

Mejor será que hagamos

rústica sepultura de estos ramos.

Tú, Gil, aquí te queda,

porque tus voces avisarnos puedan

si alguna gente viene.

Vanse todos, y queda Gil.

Gil.

Antes, si ser pudiera,

excusar esta comisión quisiera.

¿Qué es esto? ¿aquí han enterrado

a Eusebio, y aquí solo me han dejado?

Señor Eusebio, acuérdese le digo,

que un tiempo fui su amigo;

pero mi miedo grande culpa tiene,

o grande multitud de gente viene.

Sale Alberto.

Alberto.

Viniendo de Roma, dejo

perdido el camino, y voy

solo por aqueste monte

en la muda confusión

de la noche; este lugar

es aquel donde me dio

vida Eusebio, bandoleros

vienen aquí: qué temor

me cubre de horror, y miedo

el alma! ¡qué confusión!

Eusebio.

Alberto.

Alberto.

¡Ay triste de mí!

Cielos, ¡qué tremenda voz

es esta que escucho!

Eusebio.

Alberto.

Alberto.

Mas otra vez pronunció

mi nombre: ¡válgame el Cielo!

Voz que discurres veloz

mi nombre, ¿quién eres?, di.

Eusebio.

Llégate, que Eusebio soy

llega, levanta estos ramos,

no temas.

Alberto.

No temo yo;

ea, ya estás descubierto,

dime de parte de Dios,

¿qué me quieres?

Eusebio.

De su parte

mi fe, Alberto, te llamó,

para que antes de morir

me oyeses de confesión;

gran rato ha que hubiera muerto,

pero libre se quedó

mi espíritu en el cadáver

antes que muriese yo,

que tanto con Dios alcanza

de la Cruz la devoción.

Alberto.

Pues yo cuantas penitencias

he hecho hasta aquí, te doy,

para que en tus culpas sean

de alguna satisfacción.

Gil.

Por Dios que va por su pie,

sepan todos de mi voz

este milagro tan grande,

a decirlo a todos voy.

Vase, y sale Julia, y los bandoleros.

Julia.

Ahora que descuidado

la victoria los dejó

entre los brazos del sueño,

os dan bastante ocasión.

Octavio.

Si has de salirles al paso,

por aquí será mejor,

que ellos salen por aquí.

(Dentro)

Curcio.

A ellos que pocos son.

Salen Curcio y Gil.

Gil.

Gente hay a todas partes,

¡qué terrible confusión!

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de donde estaba encerrado

Eusebio, se levantó,

llamando un Clérigo a voces:

mas para qué cuento yo

lo que todos podéis ver,

mirad con la devoción

que está hincado de rodillas

a sus pies.

Julia.

Divino Dios,

qué maravillas son estas?

Curcio.

Quién vio milagro mayor!

así como el Santo viejo

hizo de la absolución

la forma, segunda vez

muerto a sus plantas quedó.

Alberto.

Estas son grandezas vuestras,

sepa el Mundo la menor

maravilla de las vuestras,

porque se enlace tu voz.

Curcio.

Ay, hijo del alma mía!

no fuiste infelice, no:

así Julia conociese

sus culpas.

Julia.

Qué confusión

es esta de que hoy me alumbra

el Cielo, válgame Dios!

Yo soy hermana de Eusebio,

y amante de Eusebio soy?

Yo soy Julia, yo soy Julia,

de las malas la peor.

Curcio.

Oh ejemplo de las maldades!

con mis proprias manos hoy

te mataré, porque sean

tu vida, y tu muerte atroz.

(Vase.)

Julia.

Valedme vos, Cruz Divina,

que yo mi palabra os doy,

de que si ha sido común

mi pecado, desde hoy

lo será mi penitencia:

yo iré pidiendo perdón

al Mundo del mal ejemplo,

de la mala vida a Dios.

Curcio.

Fatigada de la vista

se va perdiendo, y mi amor

como puede va a buscarla.

Alberto.

Ve a su Convento, que hoy

será Religioso en él

con humilde contrición.

Y aquí, Senado, tendrá

(si perdonáis tanto error)

la Cruz en la Sepultura

dichoso fin, y su Autor

de las faltas que ha tenido

os pide humilde perdón.

FIN. Con Licencia. BARCELONA: Por JUAN SERRA Impresor. A Costa de la Compañía.

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LIBRARY RARE BOOK COLLECTION THE UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA AT CHAPEL HILL PQ6217 .T444 v.10 no.13