testo digitale di La conquista de Toledo y rey Alfonso el Sexto
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La conquista de Toledo y rey Alfonso el Sexto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-conquista-de-toledo.
LA CONQUISTA DE TOLEDO Y REY ALFONSO EL SEXTO
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1581 Comedia. La conquista de Toledo. De ocho ingenios, escrita en tres horas. La conquista de Toledo. Comedia en 3 jornadas. De ocho ingenios escrita en 3 horas. Legajo 2º 4-6
Jornada primera
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El rey don Alonso el Sexto.
Personas. El rey don Alonso Sexto. El conde don Pedro Ansúrez. El conde don Rodrigo. Illán Álvarez Barba. Canuto, gracioso. Ayaya, moro rey de Toledo. Un ángel. Tarif, moro general. La reina, mora. Fátima, mora. Doña Inés, dama. Nuña, criada.
Suena dentro ruido de batalla, cajas y clarines, y salen Tarif y moros con alfanjes desnudos.
Dentro.
¡Viva Alfonso valiente!
Dentro.
¡Moros, a cerrar al muro, al puente!
Valientes africanos,
pues aborta la tierra castellanos
tantos, que desde el uno al otro puente
zozobra el Tajo en olas de su fuente,
y estorbar no podemos que tan presto
tomen arriba de la plaza el puesto,
que ya van ocupando;
pues con ira y exceso
nos carga de su gente todo el grueso,
conforme va llegando,
y mal a tantos hacer frente puedo,
retirémonos todos a Toledo.
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Solo en esto lo acierta.
Calen los rastrillos a las puertas.
¡Viva Alfonso valiente!
¡A retirarse, moros, a retirar, al muro, al puente!
Salen al son de la marcha, soldados, Canuto, Rodrigo, don Pedro, y el rey don Alonso.
Ya no ha quedado un moro en la campaña.
Con arrogancia extraña
rompieron sus escuadras ordenadas
de vanguardia las tropas avanzadas,
pero llegando el resto de la gente
irritada, y valiente
(¡oh, Alfonso generoso,
invicto siempre, siempre victorioso!)
con ellos con tal ímpetu chocaron,
que cargados en fin se retiraron.
Siempre los moros tienen,
si a tales ferias vienen,
ya que no en las batallas, en mercados,
mayor ganancia, cuanto más cargados.
Generosos españoles,
a cuyo pecho, y a cuyo
espíritu, breve esfera
son los términos del mundo,
cuyo valor publicara
el fiero africano adusto,
si al pronunciar vuestros nombres
temerosamente mudo,
no desfalleciera vil
el aliento con el susto.
Esta ciudad de peñascos,
población de escollos rudos,
este monte de edificios,
ostentosamente incultos,
esta que reina de cuanto
oprime africano yugo,
bárbaramente arrogante,
se corona de sus muros;
esta que (padrón del tiempo
compitiéndole sus lustros)
intenta con lo durable,
disuadirnos lo caduco.
Es Toledo corte un tiempo
(si a su antigüedad recurro)
de gloriosos reyes godos
(¡con qué dolor lo pronuncio!),
hasta que en fin oprimida,
de aquel común infortunio,
despojo del sarraceno
fue; de cuyo altivo orgullo
es inaccesible trono;
pero ¡qué mucho, qué mucho
si esta famosa ciudad
sufriendo bárbaro yugo
por tres siglos, aún está
gloriosa con el insulto!
Mucho ha que a tan grande empresa
con mil razones procuro
persuadiros; pero ahora
de nuevo las reproduzco,
que a vista de sus almenas,
cuyo homenaje descubro,
las hará en vuestro valor
más eficaces el punto.
Tres años ha que otra vez
a Toledo cerco puso
mi ejército, y no pudiendo
lograr de su intento el fruto
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nos retiramos, rindiendo
tanta marcha en el curso
a canales, y otras plazas
siguiendo, que de antemuro
le cortan los bastimentos
impidiendo los avisos
de diferentes correrías
por uno, y por otro rumbo.
Pero ya desocupado
de los marciales tumultos
de los andaluces moros
rendidos al fuerte pulso
de Rodrigo de Bivar,
cuyo valiente valor supo
no solo triunfar del moro,
sino vencer mi disgusto
ocasionado en la Jura
de Santa Gadea de Burgos.
Desocupado, (otra vez
vuelvo a deciros) procuro
domar la rebelde frente
de este gigante membrudo
de altas rocas firme basal
de todo el imperio injusto
de África: grande es la empresa,
pero no por eso, dudo
la victoria; que el valor
que arde en incendios purpúreos
estímulo es generoso
lo difícil del asunto.
Y porque veáis cuán grande
intento es (que no mi estudio
pongo en minorar el caso,
pues prudente conjeturo,
que cuando el riesgo aniquilo
tanto valor disminuyo)
yo os describiré la plaza
como quien mirarla pudo
el tiempo que refugiada
mi persona en ella estuvo
con Almenón el moro.
(Si fue justo no disputo)
de mi hermano el Rey Don Sancho
traidoramente difunto,
Toledo que de Tubal
fue fábrica, dicen unos;
otros muchos atribuyen
su fundación a Nabuco
asirio, soberbio rey
que en España se introdujo,
y porque de varias gentes
su población se compuso
fue su nombre Toletot,
y en Toledo corrupto
voz antigua que expresaba
la confusión de su vulgo;
otros dijeron (ninguna
opinión de estas impugno)
que obra ha sido portentosa
de Tolemon, y de Bruto.
A imitación de la Ciudad
que con tanto culto
es cabeza de la Iglesia,
y lo fue a un tiempo del mundo,
yace sobre siete montes,
y siete valles ocultos
viven en el esplendor
de tantos blasones juntos,
que están en iguales grados
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lo eminente, que lo profundo.
Pardos escollos la cercan
rústicamente ceñudos
siendo el terreno fragoso
más inexpugnable muro
De ciento y cincuenta torres
el recinto se compuso
y la tira coronada
de torreones y reductos
ciñósela cerca el Tajo
cristalino foso puro
anillo siendo de plata
a tanto diamante bruto
pues rompiendo sus corrientes
eminentes riscos duros
divide el septentrión, y entra
al occidente, en dos surcos
dejándola casi aislada
vuelve a proseguir su curso,
y entra en el mar lusitano
con tan caudaloso orgullo
que parece que a sus ondas
da batalla, y no tributo.
Esta es en suma la que
yo a ocuparos conduzco,
y para que os alentéis
quiero volviendo al discurso
numerar las consecuencias
que en su asedio os aseguro
la mayor es, que si otra
vez sus almenas ocupo
cuanto el bárbaro africano
pudo usurparnos astuto
recobraremos borrando
la memoria de sus triunfos
iba a pronunciaros; pero
prudentemente lo excuso
que cuando altivo monarca
conquista lo ajeno injusto
sin más razón que las armas
que manda ambicioso impulso
no se han de llamar victorias
sino victoriosos hurtos.
Illán Pérez, a quien ya
que conoceréis presumo
uno de los principales
que entre estos bárbaros rudos
de mozárabes el nombre
conservan de antiguo indulto
dice en el último aviso
que una espía me condujo
que Hiaya, rey de Toledo,
por sus vicios e insultos
tan aborrecido vive
que con razón os anuncio
que su odio a mi victoria
puede ser feliz preludio
¡Ah, desdicha de los reyes
tiranos, si de los suyos
se han de guardar, pues si tienen
en su defensa su susto
cuanto más acompañados
estarán menos seguros!
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será que mucho el siempre tirano,
siempre iracundo,
más aprecia de valiente
que de rey, cuantos absurdos
se han podido intentar
contra reales estatutos
sujetar con lo arrogante,
quien puede con lo absoluto.
Rica es la ciudad, soldados,
pues del Tajo el curso puro
arenas prodiga de oro
pródigamente fecundo.
De sí a la fama creemos
una fuente tiene, cuyos
minerales prodigiosos
de luz ondas al murmullo
preciosos llantos crían
émulos de los carbunclos;
pero para qué, cristianos,
con numeroso discurso
sus riquezas cuando incluye
(congojo, y con pena lucho)
el más celestial tesoro
en aquel mármol eburneo
en que María sagrada
en el silencio nocturno
imprimió divinas huellas,
soberanas plantas puso?
Ea, fuertes castellanos,
en quien santas glorias fundo,
nobles leoneses, gallegos,
y asturianos, firme escudo
de nuestra fe, aragoneses,
y navarros siempre augustos,
flamencos, italianos,
y alemanes furibundos
pues a expedición tan santa
acudís, siendo el concurso
mayor que se vio hasta ahora
en ejército ninguno
comprehendiendo estas naciones
desde el Tajo hasta el Danubio:
no a conquistar esta plaza
osadamente os induzco,
a cobrar, sí, esta reliquia
que por mis pecados sumos
entre los árabes yace
negándose a nuestro culto.
Que este espíritu se inflame
del ardor heroico, y puro
de tanto deseo, y sea
religioso lo sañudo.
Nuevas máquinas, que un raro
diestro artífice dispuso,
traemos, donde no sé
con qué más temor infundo,
con lo nuevo, o lo horroroso,
con lo extraño, o lo robusto.
Caiga con ellas deshecho
lo rebelde de sus muros,
y en fuegos artificiales,
(breves cometas caducos)
ardan sus torres de suerte
que con estruendo confuso
sean obeliscos de fuego
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con pirámides de humo.
Del Tajo, que ha tantos años
que con cristiano curso
se le rinde, a su ruina
sea sediento sepulcro.
Con su presencia, señor,
todos los soldados suyos
no solo a Toledo; pero
cuando este planeta rubio
que ilumina, enciende, y dora
han de conquistar, pues dudo
que sea todo capaz el mundo
de sus plantas.
Don Pedro Anzures, de vos
aguardo mayores triunfos.
Poco despojo será
a mi brazo; pues arguyo
que verá el rey de Toledo
finos ahíncos de influjo,
como el laurel triunfante
es vasallo de su dueño.
Don Rodrigo de Cisneros,
todo de vos lo aseguro.
Y de mí que, una y otra vez
furioso la espada empuño,
no veré, tan a derechas
lanzada de moro zurdo,
que está hambrienta de batallas
y de acero, pues discurro
que jamás se ha visto en carnes
porque nunca la desnudo.
Vos, don Pedro, como quien,
siguiendo mis infortunios,
en Toledo desterrado
conmigo entonces estuvo,
de cuya causa sabéis
la lengua, y también presumo
que conocisteis a Aliaga;
como embajador seguro
habéis de entrar en Toledo,
que aunque no sea de fruto
por honestar los pretextos
siempre en la milicia es uso.
Diréis que por bien me rinda
el imperio que nos tuvo
tiranizado, y que yo
no conquisto, restituyo,
antes que arroyos de acero
vibrados de nuestro impulso
nublen de grana sus venas,
lluevan sangrientos diluvios.
(Aparte)
Albricias, amor, pues ya
ocasión con esto busco
de ver a mi prima hermosa,
del amor milagro sumo,
ídolo a quien adoro
cuando en Toledo me tuvo
el rey el feliz tiempo
de los pasados discursos.
¿Qué decís?
Que a obedeceros
partiré, señor, al punto;
deme alas, amor, presente.
Vos iréis conmigo, Canuto.
Yo por vuestro embajador
que
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Vaya contigo don Suero
legado a Roma, y yo
a Toledo donde hay nuncios.
Vamos, don Rodrigo, porque
dispongamos los dos juntos
los ataques, y cuarteles.
Obedecerte procuro.
Venid vos, por los despachos.
Cajas.
Sin mí estoy en tanto gusto.
Vamos, y sean sirviendo
todos en obsequio suyo.
Viva nuestro rey Alfonso,
viva a los siglos futuros.
Al son de cajas y trompetas se entran todos, y salen Illán Pérez de Toledo, doña Helo, su hija, y Elvira, graciosa.
Ya, amada hija, llegamos
a palacio; pues es justo
condescender con el gusto
de quien sujetos estamos.
La reina mora se paga
de tu discreta hermosura,
y mi deseo procura
que a su amor le satisfagas.
Y aunque es vana religión
que sigue su error, de lo que gusta
y a preceptos no se ajusta
el poder, y corazón.
Siempre, señor, a su agrado
se dedica mi obediencia;
¡oh, rigores de la ausencia!
¡oh, injusto severo hado!
Si a mi primo, y amante
don Pedro Anzures la fe
Llegan doña Helo y Elvira a hablar aparte.
Que esté mi beldad altiva,
por falta de aventureros,
y de andante majadero
entre estos perros cautiva.
No es cosa desesperada
que mi buena condición
tenga, o no tenga razón,
aya de estas emperradas,
De mi desgracia prolija
todo el furor se mantiene.
Según mi industria previene,
oportuno gozaremos, hija,
libertad, gusto, y hacienda;
pues todo el pueblo cautivo
hace de mi pecho archivo
para que mi celo atienda,
en pasar a Alfonso avisos
que conducen a esta empresa
en que nuestra fe interesa,
sin que esta acción tenga visos
de que sea trato doble,
ni manche mi heroica fama,
pues el ardor que me inflama
alienta mi sangre noble,
a que aventure la vida
por librar el pueblo cristiano.
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Será, señor, bien perdido
por la fe; con duelo y anhelo
no dude de confianza
que afirman de mi esperanza
gire a Norte del desvelo.
Segura conviene a los dos
de las sendas del destierro
por tan extraño camino
ofreciendo a nuestro Dios
la pena, trabajo y miedo
que entre tanto padecer
la constancia se ha de ver
de Illán Pérez de Toledo.
(Dentro suena ruido de gente)
Ya van saliendo hacia acá
con algazara de voces
dejando los perros coces
cuando hacen la bulla.
(Vanse pasando a un lado del tablado los que están en él y salen el Rey moro, la Reina, Jarif y acompañamiento, y el Rey desde el paño viene hablando con Jarif)
Que al fin Alfonso soberbio
a mi furor provoque
sin temer de mi cuchilla
el corvo sañudo corte.
Señor, salí a la campaña
con algunos caballeros
a disputar que su orgullo
avanzados puestos logre
y aunque su esfuerzo advertí
infundió alientos feroces
de la multitud cargados
cedieron sus campeones
siendo forzoso que al muro
se retirasen en orden.
Vuelve, Jarif, que la gente
a las defensas convoque
que cuidadoso denuedo
recorriendo los bastiones,
fortalezas, baluartes,
fuerzas, reductos y torres.
Atento siempre estaré
a que de los agresores
el campo avanzar no puedan
de la línea que compone
solo un palmo de terreno
sin que sus vidas zozobren.
(Vase)
Si el cristiano Rey procura
de sus graves ocasiones
para antes que su intento
sus escarmientos se logren.
Dadnos, gran Señor, las plantas.
(Llegan Illán y Helo a los pies del Rey y Reina)
Alzad del suelo.
(Aparte)
¡Ay rigores!
que de un bárbaro en presencia
así mi altivez se postre.
Illán Pérez, ¿qué es lo que
solicitas?
(Aparte)
De mi orden
trae hoy su hija a Palacio
que gusto de sus primores.
¡No es sino ay de mí! que el alma
padece sustos atroces
(mal disimulo) evidencia
de que el Rey las perfecciones
suyas solicita, y quiero
que en el silencio me esconda
los indicios que la vista
averigüe, o mis temores.
En el silencio solo puede
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en cláusulas más conformes
responden por mí.
(Aparte)
¡Ay, hermoso
motivo de mis dolores!
Por quien mariposa el alma
al incendio se recoge,
y en amante giro ronda
de sus luces los ardores,
sin que a la llama esquiva,
al ardiente fuego indócil,
mis lágrimas y suspiros
la apaguen o la minoren.
Supuesto que de sus canas
debidas veneraciones
los muzárabes dominan,
adonde que no me enojen,
y con las cercanas fuerzas
que auxiliares recogen,
eviten a mi piedad
atrevidas sediciones.
(Vase)
De mi parte te lo ofrezco,
presto verán tus furores
el estrago que te espera
si los cielos me socorren.
De aquí me ausento hasta que
vuelva por mi hija la noche.
(Suena dentro un clarín)
Señora, nada os asuste,
pues de mi temor el ahogo...
pero, ¡qué clarín del viento
es consonancia discorde!
Sale Tarif.
De un bruto pardo del Betis,
a quien nevados candores
dieron forma, agora desciende
un cristiano, y que se informe
dice de quién quiere hablarse.
Decid que entre.
Confusiones
dan lugar a los discursos
si no mido los dolores.
(Sale Tarif, don Pedro, y Canuto)
Allí están Sus Majestades,
llega pues, caudillo noble.
Llega don Pedro.
Alá guarde de persona,
invicto Arrayaz; tus soles
del cuarto planeta en el día
fatal eclipse no borre.
¡Justos cielos, mi primo!
Estatua he quedado inmóvil,
al ver mi prima en Palacio,
ignoro a motivos, oyes,
¿no ves allí a doña Helo?
Doña Helo raro nombre,
pero la historia enmudece
al crítico que lo note.
No aparta de ella los ojos,
creciendo van mis temores.
¡Qué el mozo qué talle y brío!
Gallardo, valiente, joven.
(Dale una carta al Rey)
Esta, señor, de creencia
es la carta; suspensiones
dad breve tregua este rato.
¿Quién pudiera hablar al conde?
No aparta de ella los ojos,
creciendo van mis temores.
Aquí me dice el Rey que...
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Que dé acento a tus voces
granjees de mis alientos,
pendientes mis atenciones.
Toma asiento.
Siéntanse.
Atento escucha
lo que mi rey te propone.
Alfonso, rey de Castilla,
Sexto en León de este nombre,
a quien Galicia y Asturias
por absoluto origen
salud te envía por mí;
Alfonso, cuyos blasones
gloriosos, digo otra vez,
cuyo valor reconoce,
con costosas experiencias,
todo el ámbito del orbe.
No solamente supo,
en justas aclamaciones,
añadirse al de Valiente,
de Invicto el renombre.
No dio asunto a la fama,
pues métricamente acorde
no inflamaran sus alientos
el cóncavo duro bronce.
A no dar a su esfuerzo
repetidas ocasiones
ya al golpe de la cuchilla,
o ya de la lanza al bote.
Pero en vano mis acentos
atrevidamente corren
la esfera de sus hazañas,
el campo de sus blasones,
pues en campos, y en esferas
vívidamente se oyen
de cadáveres y aplausos
mudas, y sonoras voces:
y así; dejando a su fama
que mis acentos mejore
y en la lámina del tiempo
maticen de sus colores
los rasgos siempre brillantes,
la imagen que asusta, y impone
terror, asombro, y respeto,
cuando en la idea la copie
el ánimo, más furioso
y el siempre monstruo disforme
de la envidia, que alimenta
su furor de que inficiones
las más gloriosas proezas
ardientes deseos torpes;
paso a decir que Toledo
fue de los Godos real corte,
a quien infausto Rodrigo
sucedió, cuyo desorden
causa fue de los estragos
que hoy lloran sus moradores;
(¡oh, pasión de los atropellos,
oh, poder de los errores!),
como siempre se ha visto
en sus castigos atroces,
labrar del metal de un hierro
permanentes eslabones.
Y pues no ignoras que Alfonso
a Godos progenitores
por sangre que arde en sus venas
la sucesión, reconoce.
Y que a Rodrigo este reino
tiránicamente entonces,
usurpó del sarraceno
el poder injusto; oye
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en aqueste presupuesto
la razón de sus razones.
Siente mi rey que a cuanto
a sus dominios importe
esta corona, que alzar
tiranizada propone,
con los medios de la paz
o las veras suyas, porque
se vuelva a unir a la Iglesia,
que es de sus motivos norte.
Por eso se te confían,
si a alguna te resuelves,
las que de él le propusiere
dignas capitulaciones;
pero si altivos desprecian
sus parientes sus furores,
y motivan que su saña
campal insignia tremole,
a la vista de tus muros
en formados escuadrones,
que siendo de Flora envidia
son lucimientos del orbe;
y a quien de Marte las iras
son reverentes temores.
Coronará florido campo
que viste animados bosques,
dividiendo arnés trenzado,
blandiendo acerados robles,
al diestro valiente impulso
que ejecuta airados golpes,
es cada lanza un incendio,
es un rayo cada estoque,
y en emulación de Febo
crespas olas de colores,
que ricos penachos mueven,
manchando sus arreboles
en flamantes visos, hacen
a pesar de sus fulgores
sutiles ondas del cristal
en mar de plumas zozobre.
Si dejas, digo otra vez,
esgrimir airados bronces,
harás que osado, que impío,
en sustos y indignaciones
fatal eclipse a la luna
apague los esplendores.
Y así, considera, advierte,
repara, mira, conoce
el riesgo que te amenaza,
y sin dilación escoge,
o, de la paz los partidos,
o, de la guerra los choques.
Estoy corrido de oírte,
por ese estudio noble
que del rey la ambición
a su palabra antepone.
Bien las paces que juró
con Almenón reconoce,
y bien paga el hospedaje
que debió a sus atenciones.
Decir que mi rey no atiende
a su palabra, no apoyes,
pues tú mismo contradices
a lo mismo que propones.
Alfonso con Almenón,
que con el valiente joven
que es su difunto hermano
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en amigables uniones
juró mantener su reino
asegura precisa Norte
rompió él estambres a sus vidas
faltando ellos se acorte
cortó de la paz jurada
la obligación, y así rompe
los pactos que le asisten
los purpúreos esplendores,
que no es bien que su esclavo
denigrado, ni le baldones
pues lo que debe a Toledo
a Toledo reconoce
pretendiendo que dichosa
se ennoblezca, y se mejore,
que vuelva ahora a lograr
(borrando supersticiones)
de mejor albor inviernos,
de mejor luz resplandores.
No prosigas que mi fama
tanto queda corrida
que amenaza prevenida
de mayor valor disfama!
pues no obra tanto la ofensa
contra aquel que no la ignora,
que la amenaza mejora
los medios de la defensa
vuélvete, y dile a tu Rey
que no temo su denuedo
que defender a Toledo
me toca por justa ley
que pues de la fe jurada
con mi padre se apartó
para defenderme no
faltan filos a mi espada
dile que las amenazas
aquí vienen a sobrar
que a los moros se ha de dar
espadas, flechas, y mazas.
Esa respuesta me das.
Esta respuesta te doy.
¡Ay de mí, que escucharla estoy!
Capitán.
Presto te arrepentirás.
Cristiano, cuando el Rey fuera
menos de lo que has notado
Tarif, que es tan arrojado
solo podrá defenderla.
Ya conozco tu valor,
y sabes también el mío
Conde, Tarif, ese brío
en la campaña es mejor
vos, conde, esperad aquí
para que llevéis respuesta
de la carta.
Y sé con el valor
que hay que esperar.
¡Ay de mí!
qué grande ruina se espera!
¡Oh, si en estos mudos valles
fueran menos estos males
como celos no hubiera!
Venid, señora, que aunque
al Conde le he respondido
a la carta que ha traído
responderé por más fe.
Vamos, y a la gran señora
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para la africana gloria
los dé don Alfonso victoria.
Conocerá mi valor,
¡ay, Helo, cómo he sufrido
que me quiten la ocasión
de mirarte mi atención
cuando en ti tengo el sentido!
Aparte.
Solo buscarle en campaña.
A Helo.
Vanse entrando los dos, y Helo disimula, se quedan atrás.
Vamos.
Ven, Helo.
Ya os sigo.
Aunque me detenga un rato,
hablaré al conde, mi primo,
pues la reina no lo advierte,
o que aguarde me animo.
¡Quién hablar a Helo pudiera!
Aunque ignoro un motivo,
llegaré, pues se detiene.
Helo hermosa.
Conde invicto.
Mira si nos ven, Elvira.
Todos, señora, se han ido.
A la fortuna le estoy,
prima hermosa, agradecido,
de que me trajese a donde
logre mi fe haberte visto.
Yo, aunque se enoje la reina
por haberme detenido,
no puedo dejar también
de significarte, primo,
entre mis gustos mayores
algo de verte recibo.
¿Cómo te va de mi fe,
que siempre te me es caribe,
en las penas de la ausencia
los rigores del olvido?
¡Ay, conde, si mis temores
acuerdas con lo que has dicho!
Pues me das a conocer
que eso pasa allá contigo.
En vano, en vano, rey moro,
hermoso, adorado hechizo,
pues desde que con Alfonso
estuve aquí por cautivo,
y entregué mi voluntad
a esos dos soles divinos,
tan estampada en el alma
vives siempre, y has vivido,
que no encontró la memoria
con la senda del olvido.
¡Ay, conde!, que hay gran distancia
entre los dos, pues vivimos,
tú libre en Castilla, y yo
entre tantos enemigos,
que aun el consuelo me falta
de la esperanza que admito.
Helo hermosa, porque no
oigan estos mis designios,
ve aparte.
Di, ¿qué intenta
tu alerta discreción,
que temo que vuelva el rey.
Señora Elvira, ¿ha tenido
tiempo de olvidar a Habla
desde el día en que nos vimos?
Señor Canuto, a usted
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ha olvidado ya el oficio
de resuello, y de desuello.
Mantos de humo y de soplillo.
Desde que estuve en Toledo
donde flauta hacerme quiso
Almenón de su capilla
para acompañar los himnos
de el endiablado Mahoma,
a cantos del abismo
solo he dado en sacabuche.
No entiendo aqueste ejercicio.
Es que los moros que he muerto,
por medio del buche dando
y por sacarles los buches,
sacabuches me apellido.
Yo, prima, solo esta mano
es el favor a que aspiro,
si no lo muda la suerte,
que siempre el amor más fino
la tiene contraria, y no
será en mí adorar delirio
temer que la suerte avara
quiera mudarte el designio.
Primero verás mi muerte,
primero este undoso río
que corre precipitado
volverá a ver su principio,
que yo mude mi dictamen;
puesto que a buena luz lo has visto,
esto podrá ser posible,
pero mi intento es preciso;
mas adiós, que el detenernos
corre evidente peligro.
Para partirte consuelo,
solo a un favor tuyo aspiro
que afiance mi sosiego.
Danse las manos, y al mismo tiempo sale el Rey Moro, y se detiene al paño.
Con mi mano lo confirmo.
Sale ahora.
Aparte.
La respuesta de la carta
es esta, pero ¡qué miro!
Cielos, que el conde en palacio
se dan las manos, mil tiros
a qué aguardas con no dar
a tanto atrevido castigo.
Cielos, que es cierto, y vos, conde,
a los cristianos os arrimo.
Mucho ha de ser el templarme;
cómo en palacio atrevidos
osáis romper el sagrado
de tan venerados ritos.
Aparte.
Perdida soy, que sin duda
el Rey lo que pasa ha visto.
El valor todo lo allana.
El canuto se ha rompido.
Qué es esto, digo otra vez.
Aparte.
Qué le diré, mal me animo
que invente la disculpa.
Señor, el conde es mi primo,
y en fe de este parentesco,
la sangre con el cariño
por las albricias de verle
la dio para despedirnos.
Damas que así da la mano
observa mal los estilos
de palacio, donde toda
vulgaridad
Jornada segunda
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vulgaridad es delito.
Cuando es la sangre tan alta,
y mi valor tan sabido
no consintiera en su fama
término que fuera indigno.
A fuero de embajador
os preserva del castigo
que aquí como rey pudiera
daros mi airado cuchillo.
Siempre estoy seguro yo
que está mi valor conmigo.
También sin ser rey a daros
la muerte me sobra brío;
tomad la carta, y volved
a vuestro campo advertidos
que se vengará en campaña
de vos, y Alfonso, mi brío.
Eso lo dirá el acero.
El valor ha de decirlo.
El rey se queja de mano,
nosotros la perdimos.
Ay de mí, que ni aun aliento
me queda para un suspiro.
Vos, Helo, entraos con la reina
sin procurar despediros.
Del susto de Helo me pesa.
Muerta voy.
Éntranse.
Yo voy sin tino.
Etna soy, rayos aborto.
Volcán soy, llamas respiro.
Vase.
Toca, Alamar, sepa Alfonso
el valor que hay en los míos.
Ven, Camillo, ay Helo hermosa
solo por ti, dueño mío,
será Toledo un incendio
de los aires desperdicio.
Ay Alvirilla, por ti
que vive Dios si me emberrincho
he de ser mosca en la cola
de aqueste perro morisco.
Fin de la Primera Jornada.
Jornada 2ª.
Tocan cajas a marchar, y salen el rey don Alonso, don Pedro, y Camillo.
Señor, aunque inexpugnable
hoy Toledo se resista
embarazando a sus armas
la victoria, más osada,
no habrá español que proponga
retirarse, y así ya
que primero las murallas
que su constancia escudan
a pesar del crespo undoso
cerco de ondas cristalinas
que al robusto muro forman
vaga contraescarpa riza,
aunque estén en la frente
Pag. 17
ya en ataques, ya en salidas,
a la continua tarea,
menos cabales las vidas.
Bien que son españoles,
tanta constancia acredita
pero la del moro es más,
que resistencia porfía,
y ansí del continuo afán
esta incesante fatiga.
Don Pedro, cuando no venza,
es tan natural que rinda,
pues del sol a los incendios,
y de la escarcha a las iras
son en perpetua tarea,
estrago común los días,
nuevo cuchillo en las fiebres
experimentan las vidas,
y por cada una que falta
quisiera poner la mía.
¿Quién habrá, señor, que tema
tantos peligros, a vista
de esa piedad generosa,
de ese heroico pecho digna?
no habrá soldado entre todos
que su estandarte no siga,
hasta que la altiva plaza
se sepulte en sus cenizas,
y sean de sus estragos
epitafio sus ruinas.
Que se rindan es forzoso,
pues les falta la comida,
y están tan hartos de hambre
que del ayuno se ahílan.
Tocan cajas y sale el conde Don Rodrigo.
¿Qué ruido es este?
Es, señor,
que ya han llegado a la línea
las reclutas de la gente
que para socorro envía
la reina nuestra señora,
y es de gente tan lucida,
que en la campaña parecen
móviles selvas floridas.
Mucho agradezco a la reina
la atención, y ahora me avisa
don Rodrigo de Bivar,
que victorioso acredita,
con los moros de Aragón
su valor.
También alista
la señora infanta Urraca
en Zamora sus milicias
para socorrernos.
Todo
el cielo lo facilita.
Gracias a su providencia
feliz, que en ella fía
dél, y de los dos espere
el logro de esta conquista;
pues siendo de los Cisneros,
y su estirpe esclarecida,
vos conde gloriosa rama
de árbol tan ilustre y digna,
y vos heroico don Pedro
quien con lealtad infinita
acompañó mi persona
en venturas, y en desdichas,
habéis de ser valerosos,
quien esta empresa consiga,
y pues ya baja la noche
Pag. 18
tendiendo su sombra fiera
aguardadlas en las tropas
que llegan.
Voy a asistirlas,
que el mundo, que vea en Toledo
dar nuevo imperio a Castilla.
(Vase)
Conde, yo tengo un cuidado.
¿Pues mi lealtad desconfía,
Señor, cuando alguno vio
recatarse de mí pudiera?
Ya sabéis, Conde, que vuelve
en nombre de la afligida
noble Mozárabe gente
que lamenta su desdicha
en Toledo el noble Illán
a participarme no sé qué
cosas, porque el moro pone
en las puertas estos días
más cuidado, o, por no hacer,
quien se atreva a conducirlas,
o algunos días que faltan,
y siendo cosa precisa
en la milicia saber
las máximas enemigas,
deseo que hubiese quien
a Toledo fuese.
Es dicha
el que este criado sepa
lengua, calles, y sin duda
que es hombre de gran valor.
¡Jesús, Señor, qué mentira!
pero ello debe de ser,
porque ya la valentía
de un hombre solo consiste
en que haya quien lo diga.
Llega Canuto.
¡Me lleve
el diablo!
Poco réplicas,
cuando has de ir, o, te echaré
a que en el Tajo...
(Aparte)
...¿sardinas
coma, o muera ahogado?
¡qué empedrado de gallina!
En valiente me transformo
yo mi señor, ya ninguna
ha de hacerte el zancarrón,
y al duque si me amohina.
Calla, loco.
Le daré...
¿Qué daréis?
Los buenos días.
Ya sé que tenéis valor.
Como que, en una salida
hice correr veinte moros.
¿Veinte moros?
¿Qué os admira?
¿Vos solo a tanta gente
hicisteis correr?
Que sin duda
yo los hice correr solo,
pues detrás de mí corrían.
(Aparte)
Gran ocasión se me ofrece
de lucir, amor, albricias.
Don Pedro os dará la orden,
yo el premio.
¡No me persigan!
¿A quién premiaréis?
(Vase)
Partíos
al punto.
¡Braba partida!
Señor, dime, ¿qué te he hecho
que de esta suerte me envías
a que, picado en gigote,
sea alcuzcuz de la morisma?
¿Si no me hacen ración,
o bellota de alguna encina?
Luego ¿pensabas ir solo?
Pag. 19
De menor gana me iría
si solo, ni acompañado
a Toledo.
¿Dónde?
A Esquivias,
a sacarles a las cubas
los secretos de las tripas.
Pues conmigo has de ir, no temas,
que poco me negará
la licencia, que irse
deja el rey de solo vicio,
y pues sabemos la lengua,
nada en esta acción peligra.
Verdad es que sé hablar moro
con elegancia tan linda
que hago como mal poeta
coplas en algarabía.
(Vase)
Vete a prevenir los disfraces;
ruégote, amor, que permitas,
pues mejor que la fortuna
a los audaces animas,
que a Toledo, y al rey, mi amor
en esta jornada sirva.
(Vase)
Oh, sancho a quien para el cielo
fueron postas las parrillas,
guarda tú mi carne, que temo
que estos perros me la asarán.
(Cantan, y sale la Reina y Fátima)
Cantad, que a la pena mía
suele ser lisonja el canto,
para llorar, pues el llanto
es de un amante armonía.
De mis suspiros al viento
crece la tormenta tanto
que ya en el mar de mi llanto
zozobra mi pensamiento.
De aquesta letra el primor
oh, qué bien a explicar viene
mi dolor, si tiene
explicación mi dolor,
ni aun el sentir su rigor
permite el decoro, cuando
consuelo encuentro en el llanto
si bien con dolor violento.
De mis suspiros al viento
crece la tormenta tanto.
Este dolor atrevido
apura mi sufrimiento,
pues cabe en el sentimiento
sin permitirse al sentido
justo mi recelo, harto
más hallar en vano intento,
aun para quejarme, aliento
en tal pena, en rigor tanto.
Que ya en el mar de mi llanto
zozobra mi pensamiento.
De ti misma te enajenas,
señora, en ese frenesí;
no te pongas contra ti
tan de parte de tu pena.
Si a sentirla me condeno,
mi tormento es el sufrir;
no me intentes persuadir
que no sienta este rigor
que antes nace mi dolor
de no atreverme a sentir.
¿Qué ocasión te mueve ahora
a que lloren tus penas
del rostro las azucenas
con perlas de tal aurora
qué males sientes, señora?
Ay, Fátima, que a saberlos,
a sospecharlos, a verlos,
que llegarás a llorarlos
celos.
Pag. 20
Celos son, que al pronunciarlos
es más dolor que el tenerlos.
El Rey por Helis abrasado
está, aunque lo ha recatado,
y más al verte divertido,
que él se pene desvelado
y pues ya te he declarado
mi dolor, deja llorar,
Fátima, tanto penar;
no me aconsejes prudencia
que al ver que tengo paciencia
me ha de hacer desesperar.
Peno, y siento este rigor,
y en tan incesante anhelo
juzgo el suspiro consuelo,
y es más que aliento dolor
pues aumenta mi furor
cuando consigo violento.
De mis suspiros al viento da al...
No cantéis, que aunque aplaudir
llega esa voz mi tormento
más aumenta el sentimiento
cuanto me ayudas a sentir;
pues halla despertador
la música a mi entereza
que sienta con más terneza;
porque aun triste la armonía
es dulce melancolía,
es una alegre tristeza.
Señora, no la aprehensión
de tu entereza te diga
que aquí solo es tu enemiga
tu misma imaginación,
pues solo sospechas son.
No pronunciéis tal discurso,
que hallan mis discursos sabios,
Fátima, que estos recelos
siendo sospechas son celos,
siendo evidencias agravios.
Sale el Rey Moro y Tarif.
¿En fin dices, Tarif, que le han llegado
nuevas tropas a Alfonso?
Ha reclutado
su ejército, Señor, y aunque la gente
es bizoña, ha causado de repente
aliento a sus soldados.
Que estaban de la empresa desmayados.
Mira que llega el Rey.
Cerrad enojos,
y negad los indicios a los dos.
En la vega han dispuesto los cuarteles.
Bien será, si no pronto receles,
que haciendo aquesta noche una salida
con la gente que de la breña venida,
experimenten luego nuestra saña
porque tomen amor a la campaña.
Con tus soldados fieles
de tocar una arma en sus cuarteles
suya será la gloria,
y en tu nombre publico la victoria;
y más cuando el socorro que previene
el Rey de Badajoz tan cerca viene.
(Vase Tarif.)
¿Aquí, Señora, vos? El cielo os guarde.
(Aparte.)
Tarde repara, quien advierte tarde.
Han estado mis pasos retirados
para no embarazar a los cuidados.
(Aparte.)
Vos los quitáis, Señora;
miente la voz que a Helis el alma adora.
(Aparte.)
Disimulad pesares, y en efeto
no venza mi dolor a mi respeto.
Estas disposiciones militares
embarazan cuidados singulares.
Pag. 21
Yo quisiera ayudarles.
Con celo guía mi amor a resguardarlos,
y pues que la criada
a fuerza de interés tiene franqueada
esta noche la puerta
sin duda mi ventura será cierta.
Venid, señora.
Su despego admiro.
Que a dar orden, y nombre me retiro.
A la aguarda, señor, va, un yo me entiendo
dejo no creer lo que estoy viendo.
Vanse. Y salen Elvira con luces, e Illán y Helia.
¡Asegúrame amor esta fortuna
o eclipsarás la gloria de mi luna!
Pon esas luces allí,
Elvira; ¡o cuánto molesta
a lo ardiente de un deseo
de una dilación la pena!
Yo, señor, bien pensariosa
de las continuas tristezas
con que te miro estos días
(pues sin duda alguna es fuerza
que entre sentimiento y mis
dos sentimientos padezcas),
te suplico que me digas
la ocasión, temple siquiera
el tormento de sentirlas
el alivio de saberlas.
¡Ay, Helia, mitad del alma!
Cómo quieres que no sienta
ver que contra la esperanza
se nos dilata la empresa
de Toledo en que aguardabas
(sobre la gloria suprema
de Alfonso, a quien guíe el Cielo
para Atlante de su Iglesia)
salir de tanta opresión
donde casi se conservan
sin lucimiento mis timbres
sin esplendor mi nobleza.
Quiera el Cielo dar a Alfonso
victoria, y el Cielo quiera
que tengan con esto fin
los pesares de esta ausencia.
La conversación va larga
plegue a Dios no se detenga
el Rey en irse a acostar
que soy perdida si entra
el Rey a quien prometí
tener franqueada la puerta.
Gracias a Dios que siempre
ha sido llave Maestra.
Pero ahora lo que más,
hija, el mal me aprieta
es no poder remitir
al invicto Alfonso ciertas
nuevas, que los asedios
de Toledo se desean
concluyan, o más alguna
que importara que la sepa,
y la detiene el no haber
persona de confidencia.
Yo me retiro a mi cuarto
a escribirle; ¡parte! encuentra
mi ventura quien le lleve
la carta, luego no sea,
que por no tenerla escrita
alguna ocasión se pierda!
Entra luces en mi cuarto
¡presto, Elvira!
¡Enhorabuena!
Pag. 22
Del temor, que del sobresalto
todas las carnes me tiemblan.
¡Ay, bolsillo, que no sé
si es que vales dos perros!
¡Tú, recógete, que es tarde!
¡Oh, Toledo, cuánto puedas
dichosa si Alfonso invicto,
triunfara de tu soberbia!
Vanse Illán y Elvira.
¡Oh, cuánto soy de mí desestimada
quedar sola, porque pueda
del pensamiento en la historia
repasar mis tristes penas!
¡Oh, cuánto de un infelice
propias son las tristezas,
pues halla en sus mismos males,
cuando atento los contempla,
una pena que le alaga,
un gusto que le atormenta!
Don Pedro, desde aquel día
¡ay, memoria, que deleitas
con lo mismo que me afliges,
pues en acciones diversas
cuando siento que lo acuerdas,
te agradezco lo que acuerdas!
Sale Hiaya.
Ya que la criada que tienes
abierta al cuarto la puerta
yo llego, que la fortuna
inconstante, vana y ciega
hija de un atrevimiento
suele ser; ¡ay, cielos, verlas!
Don Pedro, desde aquel día
vuelvo a decir; mas ¿quién entra
así en mi cuarto? ¿Quién?
Yo,
adorada hermosa prenda,
no la amorosa osadía
con que mis pasiones tiernas,
mariposa de tus luces,
blandamente las rodea,
te ofendas, que el que te ama
no es posible que te ofenda.
Vuestra Majestad, señor,
¿cómo, cuando yo estoy muerta,
qué ocasión, perdida estoy,
puede haber que mal acierta
aun para respiraciones
todo mi aliento se ofenda?
Adorado dueño mío,
sosiega el rigor.
Salen con luto don Pedro y mozos que se quedan al paño.
¿Qué intentas?
¿Eso me preguntas, cuando
consiguiendo mi cautela
introducirme en la plaza,
antes de cerrar las puertas,
y llegando hasta la casa
de mi prima, la hallo abierta,
y miro que se entra un hombre
a su cuarto?
Pues espera,
que los dos están aquí.
Adorada hermosa prenda.
¡Vive el cielo, que es el rey
que está hablando con ella!
Pues volvámonos, que temo
que aquestos perros nos huelan,
y el quehacer han de dar
con las cajas.
Nada temas.
En un asador de pino.
Vuestra Majestad se vuelva,
señor...
Pag. 23
Señor, antes que mi padre,
(¡ay de mí!) infeliz lo sienta
pues sabes que nunca dio
a tanto arrojo licencia,
¿qué hiciste? que aún me falta
el aliento a la defensa.
Cómo quieres, Helo hermosa,
que mi pasión te obedezca
si calificándome más
tu rigor, y tu aspereza
el modo con que lo mandas
me obliga a que me detenga.
¡Yo, señor, sí, fiera angustia!
¡Fuerte empeño!
Linda treta.
Si me opongo a su designio
y me conocen, es fuerza;
y averiguo, no mi vida,
que no importa que se pierda,
sino mi honor; pues mi Rey
a quien no pedí licencia
se ha de enojar, que el arrojo
es muy culpable en la guerra
donde (aunque sea cobardía)
es más valor la obediencia.
Dejar padecer mi Dama
es rigor, y esta bajeza
quien la sufre, qué valor,
ni qué honor me la aconseja.
Si tus desdenes al alma
una apacible violencia
dime, ingrata, cómo extrañas
mi rendimiento a que fuerzas?
Todo soy amor, y todo,
cuanto mi discurso piensa
son de amor dulces estragos,
y hoy les di a las centinelas
amor por nombre, ¿qué mucho
si para saber la seña
preguntaron al cuidado,
y les respondió la idea?
Ya, señor, por lo menos
ya ha ido el hombre a llevar
santo, clave, y palabra
con que han de abrirse las puertas.
Que de esto consienta, mas quiero
aguardar a la respuesta
de Heloleda, ¿quién creyera
que es valor esta paciencia?
Señor, ya que (aunque turbada)
de mi honor en la defensa
el desaliento, y el susto,
es el mismo que me alienta;
vuestra Majestad repare
que mi honor...
En vano intentas
persuadir a quien rendido
a esta tirana, a esta ciega
pasión, una obstinación
acredita por firmeza
¿que no se ablanda mi ruego?
Soy a los ruegos de piedra.
¿Mi queja no te obliga?
Es ociosa la fineza.
¿Mi amor?
Busque otro objeto.
¡Que esto sufra!
El hombre aprieta.
Hazme un favor.
Daré voces.
Pues logrará la violencia,
lo que el ruego no ha podido.
Pag. 24
Ya no es posible que pueda
tolerallo, esto ha de ser.
¡Ay triste!
Repara.
¡Suelta!
¡Hola, padre, Elvira!
¿Quién
de mí habrá que te defienda?
Sale Don Pedro desnuda la espada y cubierto el rostro con una banda.
Yo.
Tío; pero mejor es
conservarme en la gatera.
Un ruido conozco sordo.
¿Socorréis, cielos? Clemencia.
¿Quién eres, mozo atrevido,
que ignoro en tal contingencia
que ofendes a mi corona?,
o a mi amor, que así quiera
no equivocar el castigo
para distinguir la ofensa.
Cielos, ¿quién será este mozo
que me turba, que me alienta?
Un hombre soy que a las voces
de esa dama a defenderla
entré, pues abierto estaba,
aún salva la sospecha
hacia el honor de mi prima.
Aparte.
Mas mi furor acrecientas,
y pues quién eres no dices,
traidor, este acero sea
quien abra en tu aleve pecho
otra boca a la respuesta.
Riñen.
No es muy fácil.
¡Qué desdichas!
Gusto es ver una pendencia
desde seguro.
Dentro.
¿En mi casa
cuchilladas?
Sale Illán con espada desnuda y Elvira.
Aquí es ella.
¿Qué es esto? ¿Cómo en mi casa
hay quien a sacar se atreva...
¡Pero, ay de mí! ¡Vos, señor!
¿La majestad descompuesta,
y la real autoridad
tan cruelmente severa
me venís a hacer visita
con tantos visos de ofensa?
La suerte está declarada.
Muda estatua soy de piedra.
¡Pobre de mí! Que ya dimos
con todo el enredo en tierra
y para hacerlos dorados
todos los doblones lleva.
¿Qué es esto, Heliodora?
Yo, señor...
Quedó a mi altivez sujeta,
pero un delito acobarda
la majestad más suprema.
Aparte.
¿No me respondéis, señor?
Mirad que el alma recela
que se hace más sospechosa
disfrazada la grandeza.
Vos, que debéis el mantener
los honores y franquezas
con que de vos los cristianos
en Toledo se conservan,
sois quien primero los rompe
como, decid, atropella
de una majestad sagrada.
Pag. 25
Los fueros de una nobleza.
Para entrar en vuestra casa,
denme los cielos paciencia,
que haya de satisfacer
a su padre, y no a mi queja,
mas sírvame de pretexto
lo que me hacéis de ofensa
para entrar en esta casa;
o este embozado.
¡Ay de mí!
¡Qué confusiones son estas!
Illán, ¿quién de vuestra casa
deslucir el lustre intenta?
¿Un mozo que se os oculta
o un rey que se os manifiesta?
¿Quién es aqueste embozado?
Hablad.
Quienquiera que seas,
di a lo que has venido, antes
que peligre mi inocencia.
En terrible empeño estoy;
si me conocen, se arriesga
Illán, cielos, y aun mi honor,
pues es preciso que sepa
Alfonso que entré en Toledo
sin obtener su licencia;
pero pues mi empeño solo
fue defender la violencia
de mi dama, con su padre
ya del rey segura queda,
esto ha de ser.
¿Qué respondes?
(Vase.)
Que no es cobardía esta.
A el acoso de mis iras,
cobarde, la fuga apelas,
aguarda.
Señor.
(Vase.)
Aparta,
si no quieres ver resuelta
al incendio que respira
su vida en fácil pavesa;
seguiréle, oh, amor fiero,
uno bastaba que a mi pena
quitases una esperanza,
sin que unos celos añadieras.
¿Que sea yo tan gallina
que a huir con él no me atreva,
y que aun para tener miedo
bastante valor no tenga?
(Vase a entrar y se encuentra con Canuto y sácale al tablado.)
¡Cielos, Elvira, qué es aquesto!
Mas no es bien que me detenga
en seguirlos, que esta niebla
que tantos rencores peina
del Mongibelo, que oculta
el incendio de mis venas.
Pero, perro, di, mozo,
¿qué haces aquí?
¡Valga flema!
Que no soy mozo, aunque soy
de la morería viejo,
como mozo, voto a Cristo,
que ninguno de mi tierra
salió, ni será mozo
aquí, ni en carnestolendas.
Canuto.
¡Ay, Dios, qué susto!
El conde sin duda eras.
Pag. 26
¿Qué haces aquí?
Yo, señor conde,
de orden de Alfonso por ciertas
noticias, y a dar cartas
venimos por la estafeta;
por el color nos sacó
el marido de la reina,
rey, o roque, que en tal caso
es para este juego pieza;
tras de nosotros se arroja
(¡plegue a Dios que me lo crea!);
mi amo al verle, tan furioso
porque no le conociera,
se caló de tafetán
por disfraz una visera;
lo demás ya dirá usted,
que estos lances de comedia,
en estando ejecutados,
se arrepienten de que vean.
Pues di, ¿por dónde entró el Rey?
Aquí entro yo.
Por la puerta,
que abierta estaba.
Pues cómo,
tan tarde, Elvira, ¿la cierras?
Señor, mi olvido.
Ea, calla.
Y ya enmendarte debieras,
viéndose cada día
aquesta inadvertencia.
¿Es posible que en Toledo
a entrar el conde se atreva?
Y aun a salir, porque tiene
en su plaza confidencia.
Ya que el cielo no sin causa
ha permitido que vengas
en ocasión en que a Alfonso
llevar mis cartas puedas,
pues te dará la salida
quien la entrada te franquea,
¿tendrás ánimo?
Sí tengo,
que a soldados de mis prendas
en materia del valor
cualquiera duda es ofensa.
Yo llevaré a Toledo
no tan solamente cartas,
mas cuantos palos los moros
me dieren a buena cuenta,
pues ya sé el nombre que invoco,
y lo que viniere venga.
(Vase.)
Pues mientras cierro la carta
aquí un instante te espera.
Oyes, Canuto.
Señora.
Escucha.
¿Qué me ordenas?
¿Qué arrojo es este del conde?
El haber hecho muy buenas.
Solo temo respeto,
porque si el Rey...
Nada temas,
que solamente por verte
se valió de esta cautela,
y para salir seguro
ya sabido el nombre lleva.
Dile, porque de mi fe
ningún escrúpulo tenga,
que de nada tengo culpa.
Y habrá de gran resistencia.
(Sale.)
Dile que otra vez escuse
arrojos de esta manera,
que en mujeres como yo,
en donde tanto se arriesga,
siendo a costa de mi honor,
son agravios las finezas.
Pag. 27
Sale Illán.
Aquí está la cuarta parte
primera en que se empeña,
porque quizás importa mucho
la nueva que va en ella,
y dile al conde Velasco
no es su suerte tan adversa
que le haya el rey encontrado
con qué cuidado me deja.
Verás con cuánto valor
me sé portar en la empresa
llevando a Alfonso; pero esto
ya lo dirán las saetas.
Con cuidado estoy del Ángel.
¡Ay amor, qué me cuestas!
Vase.
Hija, a recoger; si tantos
cuidados como nos cercan
permiten que sea el sueño
paréntesis de las penas.
Vase y sale don Pedro quitándose el traje de moro.
¿Cómo ha de buscar descanso
quien hallará en sus tristezas
solo padre al instante
que deja de padecerlas?
Las centinelas burlé
con dar el nombre, que es propio
que a quien le matan los celos
dé vida el nombre de amor.
Desta suerte Aliatar
las guardas juzgan que soy,
él sin duda está en campaña,
y pues llegar no es razón
con este traje al cuartel
aquí le dejo, que no
es bien que corriendo el campo
enemigo tan feroz
se pueda avisar asalto
los míos sin prevención.
Con la confusión del ángel
dentro cañuto quedó,
mas pues el sauce la lengua
y también el nombre oyó
se librará, y si no puede
valga que parezca yo
y de dos inconvenientes
se ha de elegir el menor.
Acuda yo a las trincheras
a recorrer la muralla,
pues ya parece que escucho
dar un ronco clamor
de el clarín.
Seguidle todos.
Hasta alcanzar al traidor
no le redima lo fuerte,
ni le salve lo veloz.
A la vega.
Al río.
Al puente.
Arma, arma.
Traición, traición.
Cielos, ¿qué es esto que escucho?
Sin duda el rey me siguió,
y con su gente me busca
por la campaña, ¡qué heroica
fue abandonar a Chispas
en tan peligrosa acción!
El Rey moro y su gente dentro digan.
Todos divididos corran
la campaña, mientras yo
en alcance del cobarde
por aquesta parte voy.
Aquí ya no hay más remedio
sino apelar al valor,
a esta parte retirado
quiero estarme porque no
Pag. 28
Defendieren este sitio,
y si llegasen, mi honor
morir matando sabrá
en peligro tan atroz.
Si a moro es el que buscas, advierto
que solo a él busco yo.
Retírase a un lado.
Sale el Rey Moro.
Por esta puerta ha salido
y el nombre dicen de Dios,
cabo es principal sin duda
de mi gente, y pues estoy
con Tarif agraviado
cuando él con tal escuadrón
de aladas armas
librado de cualquier temor
ya me he empeñado en seguirle
con la gente que se halló
en este cuerpo de guardia,
extraña resolución
puede parecer a alguno,
pero quien prudente obró
teniendo celos, que celos
áspides del alma son.
Hacia aquí distingo un bulto.
¿Si será él? ¿Quién va?
Yo soy,
que en el campo es de los nobles
solo aceros saco.
Saca la espada.
Aquí he de conocerte,
o has de morir.
Vive Dios,
que si es el Rey, y si consigo
su muerte en esta ocasión,
será sangriento trofeo
de mi Rey, y de mi amor.
¡Gran destreza!
¡Cierto brazo!
Tiran y tocan armas dentro.
Dentro.
¡Arma, armas!
¡Traición, traición!
Dentro.
A retirar, Africanos,
pues la ocasión se perdió.
Dentro.
A ellos, pues se retiran.
¿No escuchas aquel rumor?
Mi gente huye, ¿qué intentas?
¿A huir? juzga qué mozo soy,
o, si antes que se acerquen,
se acabará mi furor.
Salen el Conde Don Rodrigo, y Cristianos de quien se viene retirando Tarif, y Moros. Mézclanse cada uno de los dos con los suyos. Dándose la batalla.
¡Seguidlos!
Perdidos somos.
Acaudille mi valor mi gente.
A ellos, amigos,
que yo a vuestro lado estoy.
Soldados, sea el efeto,
nuestro en la causa de Dios.
¡Cruel fortuna!
¡Hado tirano!
¡Qué de ira!
¡Qué rigor!
Me frustraste este deseo.
Me quitaste esta ocasión.
Pero aquí morir matando
es el remedio mejor,
si acaso no huye la muerte
de una desesperación.
Prosígamos el alcance,
mueran a mis manos hoy
todos, ninguno se libre,
que a mi ciego corazón
este furor de los celos
añade nuevo furor.
Vanse.
Fin de la segunda jornada. De la Conquista de Toledo.
Jornada tercera
Pag. 29
Sale Canuto con la carta en la mano.
(Tocan.)
Retírase a un lado.
Tocan a marchar. Salen don Rodrigo, don Pedro y el Rey, su compañía y acompañamiento.
Día más deseado
que de novia que se halla concertado,
cuando con tanta ofensa, oh, don Cupido,
la dilación asusta estar creído,
hasta cuándo, oh, su Aurora aljofarada,
aguardabas a dar la carcajada
que de la luz auroral?
Mas es cosa de risa,
querer que porque un hombre el día espera,
haya de amanecer cuando quisiere.
Válame el alma de Fas, y el turbante
que me libró del moro que arrogante,
a no ser por el trance en que me vía,
y entender yo muy bien su algarabía,
me da trescientos palos con fiereza,
y después de romperme la cabeza
fue bizarra el intento; no fue malo.
Y al fin sé de rrupán, no de su palo.
¿Qué traeré en este pliego que cerrado
Illán Pérez me dio tan encargado?
Sin duda alguna es carta de creencia,
ea Canuto, sopla a su excelencia
pues te haces porque importe
con solo este papel hombre de porte.
Qué se habrá hecho mi amo que a la hora
que de aquella señora
en el cuarto riñó el duelo
con el Rey, que su anhelo
muy tierno la decía
las apuró con grande bizarría.
Mas ¿qué me estoy aquí soliloqueando?
el Rey viene marchando,
y a su lado, si mal no brujuleo
a don Rodrigo y a mi amo veo.
¿Cómo se escaparía?
Mas ¿qué dudo de tanta valentía?
los condes son famosos matadores
clarines, y tambores
predicen ya sus triunfos, porque asombre
ea a Alfonso baste, hombre
llevándose a Toledo a sangre, y fuego
que para su valor cosa es de juego.
¿Que también en la salida
ceje el moro?
Hanlo extrañado
la mortandad de los suyos.
Pues apenas nos dio al arma
por el cuartel de la Vega,
cuando yo, que acaso de esta
fuera a romper un convoy,
en cuya acción de importancia
era mi persona, pues
se encaminaba a la plaza
a gran prisa con mayor
escolta que la ordinaria,
a la línea volviera
y viendo entonces trabada
la lid, choqué de costado
con los moros, y fue tanta
la furia con que también
los del cuartel los rechazan,
que en retirada confusa
nos volvieron las espaldas.
Siguiéndoles hasta el muro
los nuestros con tanta saña
que solo les defendió
el ceñirse de las murallas.
Pag. 30
Aparte.
Aparte.
Un prisionero asegura
que dejamos malograda
gran ocasión,
¡la fortuna!
de lograr sus esperanzas,
pues por un raro accidente
que estaba el rey en campaña.
Que se había hecho Canuto,
y temo ver declarada
mi cautela si preguntas
pone el rey; ¡pena extraña!
pues si escaparse pudiera
con el nombre bastardaba.
Eso alentará mi gente,
que tanto desesperaba
de la empresa, y ha de ser
corona suya legítima.
Sale Canuto.
Todos estamos acá.
¡Canuto!
¿Cómo me hablas?
¡Por Dios, que para un empeño
eres muy buen camarada!
¡Bien haya yo que he sabido
escaparme a cuchilladas!
Apártate antes que el rey
te conozca.
¡Qué apartar!
Antes yo le quiero hablar.
¿Qué has de decirle? Repara...
¿Qué? Traerle la respuesta
de que mi valor se encarga.
¿Qué respuesta, o qué valor?
¿Pues a mí también me engañas?
¿Qué mucho, si aun yo lo dudo?
Dame, gran señor, tus plantas.
Aparta, loco.
Dejadle,
soldado, ya os aguardaba.
¿Qué es eso?
Dale una carta.
Mensajero
que viene a dar una carta.
Él me echa a perder.
Dejadle,
que me divierte su gracia;
mucho gusto me habéis dado.
¿Sois hidalgo?
Eso la fama
lo dirá de mi apellido.
¿Cómo os llamáis?
Aquí en casa,
mi abolorio; yo Canuto
desciendo de la montaña
por el carbón de canutos.
Mi madre trajo una saya
bordada con canutillos,
y estando un día en la Mancha
un herrero que con fuelles
encendió de amor la fragua
dispuso hacerse mi padre.
Consiguiólo, y ya engendrada
mi persona, me pusieron
el nombre que me tocaba
por la saya, y por el fuelle
con que quedó encañonada
mi descendencia en Canuto,
por donde a donaire pasa.
Doyme por bien divertido
y de aqueste pliego, en paga
os mando dar al instante
doscientos escudos.
Vaya,
que a mando sin el instante,
viene un siglo de distancia.
Lee el Rey.
Señor, la ciudad espera
un socorro, en que librada
viene su gran resistencia,
Pag. 31
pues afrenta su corona
el moro de Badajoz,
que camina a largas marchas
a introducirle socorro:
Vuestra Majestad se valga
de este aviso; porque importa
prospere el cielo las armas
que tanto la Iglesia eleva
en brazo de tal Monarca.
Illán Pérez de Toledo,
Conde, de gran importancia
es este leal aviso.
Acudid con vigilancia
a reforzar las trincheras,
porque puedan hacer cara
al moro de Badajoz
si intentase penetrarlas.
(Aparte)
(Vase)
A dar las órdenes voy:
calce mi obediencia alas.
¡Ay, cielos hermosos!, ¿qué riesgo
habrá como el que me asalta,
no en temer su fe inviolable,
sino en la opresión tirana
de ese bárbaro, que el hado
le reservó de mi espada
para mi martirio; pues
las dos acciones trocadas,
si muerte me diera vida,
esta vida me mata.
(Aparte)
(Vase)
Voy, Señor, a obedecerte
con la presteza que mandas.
No sé qué nuevo pavor
afrenta mi confianza,
que me lo dice un silencio
cuando una voz me lo calla.
(Vase)
Voy a contar a mi amo
más de dos mil pataratas;
diré que por mi valor
me dieron salida franca,
porque esto de las pendencias
anda de tan mala data
que ya es valiente quien tiene
valentía en escusarlas.
(Descúbrese la tienda de campañas con una silla en que se sienta el Rey)
Solo he quedado, ¡ay de mí!,
¡qué de cuidados me asaltan!,
pues cuando a las inclemencias
del tiempo mi gente se halla
cada día más rendida,
y con las salidas varias
del moro disminuida,
nuevos refuerzos aguarda
de las auxiliares tropas;
¡oh pensión nunca escusada
de la guerra, donde siempre
entre dudas el que manda,
más que con sus enemigos
con sus discursos batalla!
Mucho este cuidado aflige;
mas, cielos, ¿cómo desmaya
mi aliento cuando la honra
de Dios y su fe sagrada
son motivo de esta empresa?
En vos, Señor, busca el alma
favor, amparo y defensa;
piedad, piedad, que no alcanzan,
sin los auxilios divinos,
triunfos las fuerzas humanas.
Ved cuán desiguales son,
las mías cuando aumentadas
las del enemigo crecen.
Si esta guerra no os agrada,
Pag. 32
por injusta, no en los míos
ejecutéis la venganza.
Muera yo, señor, pues ellos
sus vidas por mí avasallan.
Clemencia, señor, clemencia.
Un letargo me embaraza
los sentidos. ¡Oh, pensión
que a los mayores monarcas,
y a los humildes plebeyos
la muerte y el sueño igualan!
Duérmese. / Aquí baja una tramoya con un ángel cantando estos versos.
Invicto monarca, campeón generoso,
atiende a mi acento suave, sonoro,
que aunque rendirse al sueño
es de un cuidado impropio,
duerme y sosiega, caudillo heroico,
que a desvelos tan nobles, gloriosos,
felices descansos te siguen forzosos.
Sabe, monarca feliz,
que te espera victorioso
el triunfo mayor que en clarines y plumas
veloz se oirá desde un polo a otro polo.
Presto tu heroico valor
será siempre, invicto Alfonso,
eclipse fatal de las bárbaras lunas,
dejando a tu sol en Toledo su trono.
Ya por tu estoque se ven
llegar en lazos frondosos
laureles de luz que la fe te previene
por ser de la Iglesia atlante glorioso.
Tus dichas confirmará
el hispalense Isidoro;
nuncio feliz de León al prelado,
noticia dará que te avise del logro.
Confía, ¡oh, felice rey!,
pues el brazo poderoso
de Dios en tu amparo te asiste propicio.
A tanto poder ¿qué trofeo no es corto?
Desaparece el ángel.
¡Válgame Dios! ¿Qué ruido
me usurpa la dulce calma
en que estaba absorta el alma!
Córrese el bastidor, y suenan cajas y clarines, y despierta el Rey.
Sale don Rodrigo de Badajoz; huyendo el moro, y va haciendo vista descubre unos cuarteles.
Para aumentar más laureles
llegan a esta conquista.
La parte del setentrión
ocupa mi orgullo fiero.
De vos, valor espero
el triunfo en esta ocasión.
¡Felice yo, cuyo auspicio
logra entre tanto desvelo
un soñado bien, que el cielo
hoy me asegura propicio!
Vuelven a tocar cajas y clarines, y salen don Pedro y Canuto.
Gran señor, los sitiados
con el refuerzo adquirido
del socorro que han tenido
se ostentan tan alentados
que de la plaza salidos
hacen con fiero denuedo...
Si ellos tuvieran mi miedo
no salieran en sus vidas.
Del obispo de León
don Ciprián, aqueste pliego
he tenido. Leedle luego.
Dale una carta, y léela.
Ea, heroicos capitanes,
que en el día que aguarda
la Iglesia un nuevo trofeo,
y de mayor gloria España.
Aquí el obispo me avisa
bien que con modestia santa
Pag. 33
que el celestial Isidoro,
glorioso patrón de España,
se le apareció, diciendo
que el cerco no levantara
de Toledo, que ha de ser
de la fe gloriosa basa.
¡Ánimo, soldados míos,
que el mismo que en las pasadas
edades ruinas predijo
en la pérdida de España,
restauración anuncia
a mis católicas armas!
Vos, generoso don Pedro,
con osadía gallarda
prevenid la infantería,
porque al asalto salgan
por la Vega a refrenar
las salidas de la plaza.
Vos, invicto don Rodrigo,
con los flecheros, que a tanta
gloriosa empresa prevengan
esas ruidosas aljabas;
y con la caballería,
que a vuestro valor se encarga,
al moro de Badajoz
haced frente, porque vaya
yo con el resto a la parte
que viere más apretada.
¡Ay, que nunca hubiera sido
tan pródigo de bravatas!
Mas buen remedio echar pies,
si hasta ahora echaba plantas.
¡Ea, invictos campeones,
y la victoria señala!
El cielo a nuestros aceros
feliz triunfo nos aguarda.
Toca al arma.
¡Al arma toca!
¡Santiago! ¡Al arma, al arma!
Tocan cajas y clarines. Vanse.
¡Al arma!
¡Señores, qué tal locura,
solo porque tengan gana
de decir al arma, al parche
le han de zurrar la badana!
Yo me quedo en este sitio;
y más que todos se vayan,
no hallaré dónde esconderme
para ver en lo que para;
pero ya un barranco miro.
¡Viva yo, mientras se matan!;
rodaré de aquesta peña,
recíbanme en sus entrañas.
Al son de cajas sale Tarif y soldados moros y el Rey Hiaya.
¡Ea, valor africano,
heroicos vasallos míos,
de cuyos ardientes bríos
tiembla el orgullo español!
Y si el felice día
que a tanto atrevimiento
conseguirá el escarmiento
la obligada bizarría
se ha de ver, pues ya avaro
en mudos ecos nos llama
ronco el clarín de la fama
para resonar más claro;
y a la vista presentes,
entre furias temerarias,
se ven las huestes contrarias,
¡ea, africanos valientes!,
conozcan vuestro ardimiento
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tantos propios estragos,
y lloren mucho castigo.
No más de en solo un aliento
en venciendo, a averiguar
vuelvo el recelo tirano,
y en Helí, y su Padre anciano
el furor he de emplear.
Ya me advierte la fortuna
que mire en esta ocasión
con la cuartana al León,
con la creciente a la Luna,
sino queda padecer menguantes.
Pues a pesar de dardillos,
se han de mirar sus castillos
coronados de turbantes;
y pues el de Badajoz
a romper la línea atiende,
y auxiliar nos pretende
entrar con fuerza veloz
nosotros a divertir
por las espaldas iremos
por donde acometeremos
luego que llegue a embestir.
En ti, noble Jarif, fío
de tanta empresa la gloria.
Tuya será la victoria,
pues es tuyo el valor mío
no hay, señor, que recelar.
Todos con tu poder
peleando hemos de vencer.
Pues a vencer, y pelear.
Lamenten su suerte esquiva
esos míseros perros.
Mueran los viles cristianos.
¡Viva África!
Éntranse desnudando las espadas.
Sale Canuto.
Cajas.
Cajas.
España, pues,
perros, que la tierra allane
cuando marlotas trastoque
que no porque yo no juegue
no he de desear que gane,
pues una cosa es el miedo
y otra la razón sincera,
ahora bien, yo bien pudiera
ser valiente, mas no puedo.
no tengo los bríos mil
que rinden sin hacerse salva
con el lucero del alba
pues yo me avengo con el candil
Pero, ¡cruel Dios, qué empresa!
trabada la escaramuza,
y el diablo del moro Muza
guarda muy bien su cabeza
por dos partes a compás
nos cercan, y nos maltratan,
nos zurran, y nos atacan
por delante, y por detrás.
Allí anda un morillo mocho
con gran valor sin que cese
cuál aprieta, dale a este
que le debe dos de a ocho;
pero hacia aquí van llegando
y a mí me tocan en su estruendo
esconder, que van viniendo
ya que nos dan, que van dando.
Vuélvome a zampar.
Escóndese, y salen peleando moros y cristianos.
Guardes,
ahora veréis mi esfuerzo,
no me asusta la ventaja,
pues aunque herido me siento
Pag. 35
la sangre que sale al rostro
dirá lo que arde en el pecho.
(Riñen)
Mal podréis.
Socorred todos
al Rey que está en grande riesgo.
Ríndete.
(Sale Don Rodrigo armado con peto y espaldar y la visera calada)
Ea, Alfonso invicto,
retírate, mientras quedo
siendo escudo a mi vida.
Preciso ha de ser hacerlo,
que acuden más enemigos.
(Entranse peleando)
A ellos, todos a ellos,
que se retiran.
(Vuelven a salir muy deprisa el Rey y Don Rodrigo)
Señor,
ya que el número que vemos
es tan grande, y a la muerte
el bruto cedió su aliento,
venid, que yo os pondré en salvo.
Gran valor.
(Vanse)
(Sale Canuto. Como el conejo vuelvo a sacar el hocico...)
Como el conejo
vuelvo a sacar el hocico.
¿Quién será este caballero,
o aqueste galán fantasma
que tan osado, y resuelto,
en defensa del Rey vino,
y sobre sus hombros puesto
en su caballo le monta?
¿Quién será que no le puedo
reconocer porque lleva
aforrado el entrecejo?
Mas vive Dios, que aún mal hago;
pues desnudando el acero
una bajada de a mano
tira, y a un bies el mesmo,
no he visto jugar de Marte
en el ajuar más ligero
sin duda es sastre, que les lleva
el rebozo a los mancebos
no se le compren, señores,
pero vive Dios que es de eso
si es sastre, que a cuchilladas
les va pegando, y abriendo
los botones a los galgos,
los ojales a los perros,
es la cuchilla, ¡a, majo!
¡Que no sepa yo hacer esto!
Pero ¿quién me mete a mí
en ruidos, quién? Yo me meto
porque con un Rey tan grande
ha sido mal miramiento
el sacarle tres jirones,
y no sacarle un pañuelo.
Pero gente viene, malo,
vuelvome a entrar.
(Escóndese, salen Don Pedro y soldados acuchillando a Tarif)
¡Morid, perros!
Cascad y zurra, gandul.
Hijos, hoy es el día.
¡Retirar!
Pues los moros
de Badajoz van huyendo,
a ellos.
Pues los africanos
que por los avisos nuestros
se retiran, y no es fácil
acudir a tanto empeño,
retirémonos nosotros.
¡Victoria, España!
(Salen)
Pag. 36
Sale Cárdenas.
Agora entro,
y salgo yo, no hay sino es
buen ánimo, mosqueteros,
porque he de hacer de las mías
como en este paso entero.
Huyendo de los demás,
saco la espada; pero esto
mejor es dejarlo ahora.
Salen por un lado el rey don Alfonso, y por otro don Pedro.
¡Viva Alfonso!
Vuelva el eco
a publicar la victoria.
Cajas y dicen dentro.
¡Victoria, España!
Don Pedro.
Señor, viendo los sitiados
enemigos que salieron
de la plaza, que el que vino
en su socorro, soberbio
rey de Badajoz, a huir
entre la fuga derecho
desamparó la campaña,
cobardes lo propio hicieron;
dejando como padrón
de tan infeliz suceso
de cadáveres rendidos
espectáculos funestos,
no se han de alabar, señor,
por esta parte.
Ni espero
que se alaben por la otra,
pues no imagino ser menos
de Badajoz el estrago,
que sin resistir el fiero
choque de nuestros caballos
sin orden, y sin concierto
en retirada confusa
desbaratados huyeron.
Vuestra Majestad, señor,
solo pudo con su aliento
tan bárbaras osadías
resistir.
Pues os confieso
que me vi en grande peligro,
y cerca estuviera desto
tanto que a no ser por un
airoso, y galán despejo
que en mi defensa se puso,
la muerte dudosa entiendo,
y rechazando el orgullo
de los enemigos, creo
que de ímpetu tan furioso
hubiera sido trofeo.
¿Y dónde está, gran señor,
ese a quien todos debemos
la libertad, y las vidas?
Os aseguro, don Pedro,
que me holgara conocerle
para honrarle, iba cubierto
con la visera, y no pude
distinguir más, que a su esfuerzo
pues dándome su caballo
con gran brío partió luego
entrándose en la batalla.
La ocasión me viene a pelo;
señor, ¿queréis que yo os diga
quién os libró?
Eso deseo.
¿Quién fue, quién me dio la vida?
Yo señor, que os corté el cuello
de la capa, y os saqué
de tres bocados.
Su humor aprecio.
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Apartaos.
Dejadle.
Señor.
Que se os dé el premio
es razón.
No pido más.
Mostrad, pues, el manto regio,
la púrpura, que procuro
feriarosla.
Yo no vuelvo
nunca, lo que una vez quito.
Acabad.
Desátase las faldriqueras.
Terrible aprieto,
ya le saco.
¿Por encima
del vestido está?
No es eso,
sino que como es sagrado,
le voy buscando con tiento.
¿Que vuestra Majestad real
a este loco?
Saca una bolsa con cuartos o testículos.
No le encuentro,
pues él no puede faltar
de aquí; este es un soneto
que a una cocinera hice;
esta la cinta del pelo
de la criada del doctor;
estos unos trapos viejos,
que son para el cordobán
escobillas del invierno.
¿Si estará en este bolsillo?
Acá, aquí ha de estar,
yo apuesto, que es lo último.
Don Rodrigo
llega, señor,
que fue siguiendo al alcaide.
Ya le espero.
Sale don Rodrigo.
A tus reales plantas puesto,
la norabuena, señor,
te da mi rendido afecto,
y yo también la recibo
por haber llegado al tiempo
que de tu real persona
escudo fuera mi pecho
contra la bárbara furia.
¿Luego vos fuisteis resuelto
a quien le debo la vida?
Yo, señor, fui el que, cumpliendo
con mi obligación, quedé
con la fortuna de haberos
librado, y en la campaña
no con menor lucimiento
que otro alguno, mas ¿qué mucho
si de esta púrpura el bello
rosicler encendido anima
al más apagado incendio?
Saca los jirones.
Dadme los brazos, ilustre
conde, valiente guerrero,
y sean de hoy más vuestras armas
tres jirones, timbre excelso
que al de Cisneros olvide
con ser tan noble Arginexos.
A mi hermana doña Sancha
hoy por esposa os concedo,
que a quien solo por mi vida,
valeroso, osado y fiero,
dio su sangre, con mi sangre
pagar solamente puedo.
¡Oh, gran monarca, que premias
aun más allá del deseo!
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no en vano, doña Casilda,
por su generoso pecho
el de la mano horadada
se aclama en común proverbio.
Muy bueno he quedado yo.
Soldado, pareció eso.
También hay reyes graciosos.
Señor, id a recogeros,
y sea de la caída
blanda suspensión al lecho,
pues que la herida fue nada.
Líbronos del susto el cielo.
Vamos, don Pedro, venid,
noble Girón.
Sus pies beso.
Juro, que no hay hombre tan
desgraciado, pues mi ingenio
no ha sabido ser dichoso
sabiendo ser embustero.
(Vanse, y salen a una azotea doña Helena y Elvira)
Señora, de esta azotea
lograremos fácilmente
(de las voces que la gente
esparcir al aire deja)
informarnos del estado
de la batalla.
¡Ay, Elvira,
qué grande temor conspira
contra mi amante cuidado,
y mi temor corresponde
al susto que me turbó,
pues ignoro en qué paró
el lance del rey y el conde!
La ciudad es un Babel,
y entre tanta confusión
la gente anda sin razón,
entra, y sale de tropel.
(Suena una sordina)
¿Mas qué trompa destemplada,
melancólica resuena?
No es esta música buena
para los moros.
Armada
gente (al compás) aquí
llega en desorden confusa.
Entréguese la ciudad,
pues la defensa es ninguna.
¿Qué es esto que oigo? ¡Ay, Elvira,
aquí de otro lado se escuchan
voces que a mi corazón
generosamente adulan!
Todos son indicios claros
de que los cristianos triunfan.
Pluguiera a los cielos.
Ya
aquí se acercan.
(Salen todos los moros)
¡Qué sufra
mi coraje tanta afrenta
como esas voces perjuras
me ocasionan! pues no basta
en considerada turba
que en una, y otra batalla
venza el cristiano (¡qué angustia!),
sino que a partido (¡qué ira!)
me dé; en vano lo procura
vuestra cobarde impaciencia,
no siempre, no, la fortuna
airada conmigo puede
acreditarse de injusta,
ni con su voluble enojo
mi constante enojo frustra.
Dentro.
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Entréguese la ciudad,
pues la defensa es ninguna.
¡Ah cobardes, que el cielo
con la llama sañuda
de mi rencor, en cenizas
vuestra inconstancia reduzca!
Mi sobresaltado pecho
por instantes se asegura.
Señor, advertirte debo
que el pueblo el clamor funda
en la necesidad
que ha ocasionado la mucha
resistencia continuada,
mantenerse dificulta
la ciudad, que en tal estado
se halla, que de la suma
fatal miseria rendidos...
Calla, calla, ¡ah suerte dura!
¿Que mi soberbia ha de darse
a partido?
¿Qué rehúsas
el capitular? ¿No adviertes,
señor, que a la veloz furia
del desesperado pueblo
la circunstancia se junta
de no haber socorro alguno,
pues en vergonzosa fuga
vencido el de Badajoz
a su tierra se apresura,
y el tumulto va creciendo
en la ciudad?
Tal pronuncias,
pues ¿cómo? (¡ay triste!) pues ¿cómo
a mi decoro se ajusta?
La clemencia del cristiano
nuestras vidas asegura.
¡Oh pueblo infame! Tarif, parte,
parte luego, (¡pena injusta!)
al rey Alfonso, no sé
lo que digo, y capitula
que; pero torpe mi labio,
y balbuciente, rehúsa
deciros que...
(Vase.)
De mí fía,
señor, que con él concluya
decorosas condiciones
a su majestad augusta,
mas la brevedad conviene,
y pues la plebe importuna
insiste en el motín, dame
licencia, para que acuda
a apagar la eficaz, fácil,
voraz llama de su furia,
porque ya en la dilación
su respeto se aventura.
Espera, ¡ay de mí!
Del rey
Tarif se apartó.
¿Qué dudas?
Vencidos vienen, ¿no ves
del rey en la catadura,
y en el ademán, que todos
han llevado en caperuza?
¡Muera yo a tanto despecho,
tanto baldón, tantas injurias,
a viles vasallos ya
condesciendo en que se cumpla
sus deseos a pesar
de tanta pena confusa,
ruego, que más quisiera
que esas desmandadas turbas
atropellasen mi vida
para ser mi sepultura!
Pag. 40
que rendirme; pero, cielos,
que a mi desprecio concurra
yo, por fuerza, y no me acabe
el dolor? ¿Que así presuma
este desbocado bruto
del pueblo que su fortuna
se mejore, sujetando
su libertad a la dura
prisión de extraño dominio?
Si salió de la consulta
que nos empalen.
Ya
todo mi aliento caduca,
ya no soy Rey de Toledo
y a mi valor no divulga
la fama, ya mi glorioso
nombre, el olvido sepulta,
ya no resplandece aquella
luz de mi flamante luna
y muero, pero no muero
que morir fuera ventura,
y aun le niega a mi deseo
este alivio la fortuna.
¿No ves los gestos que hace
el Rey?
Calla, no descubras
que estoy aquí.
Para fiestas
está el mozo.
Que ahora suba
a Palacio es fuerza a dar
la última orden, ni una
hora he de estar en Toledo
e irme a Valencia, ¡oh, nunca
de varia ciudad su Rey
hubiese yo sido!
¡Porra,
lo que se enfurece ahora!
Maligna es la calentura,
pero en el ladrar se infiere
que tiene rabia perruna.
(Vase con los demás moros.)
Antes que Febo en el mar
su antorcha apague, fecunda
para dejar a la noche
el humo con que se enluta,
he de partirme a Valencia;
ea, Alfonso, triunfa, triunfa,
en Toledo; ya a su pro
la heroica ciudad es tuya,
pero ¡ay de mí! la memoria
nuevamente me atribula
en ver la casa de aquella
deidad que amé, si la culpa
de Illán me informara a ser
ocasión de que mi furia
lugar diese a otro cuidado
que el principal; ojos puros
que sois testigos de tanta
fatal triste desventura
tened piedad de mí, si es
que un infeliz halla alguna.
Ya se fueron, a mi padre
vase a buscar, procura
mi cuidado, por si acaso
a su noticia se junta
la que de mi amante el alma
espera, que en mar de dudas
hasta verle en dulce puerto
Pag. 41
míseramente fluctúa.
Por esto a mí, el Canuto
ningún cuidado me asusta,
pues ya sabe en las batallas
ponerse en parte segura.
Sale Canuto solo.
Gracias a Dios, que podré
sin que haya dificultad
entrar siempre en la ciudad
donde a Elvira hallare,
pues habiendo concedido
al moro las condiciones
que en sus capitulaciones
nuestro Rey ha pedido,
dicen que sin dilación
de Toledo ha de salir,
y tal van a prevenir
los moros la función
solemne que ya se aguarda,
y que al tiempo ha de admirar;
pero aquí me quiero estar,
que ya despeja la guarda.
¡Oh, qué famosa paliza!
Lugar se hace entre la gente,
mas sufrir no me es decente
una alabarda rolliza;
ya resuenan los timbales,
y haciendo muchas corbetas
en sus mulas los trompetas
chiflan sonoros metales;
y el séquito de chiquillos
llega tras ellos corriendo,
a ver que vienen vertiendo
vino por los carrillos;
la puerta de la ciudad
los moros llegan a abrir,
ya el Rey debe de venir.
¡Qué pompa, qué majestad!
Los mozárabes en tropas
quieren sin duda cantar;
yo me quiero retirar,
que hoy ha de haber brava sopa.
Salen por un lado descubriéndose la fachada de una puerta todos los mozárabes, Dioso, y Elvira; Tarife con las llaves en una fuente, y detrás el Rey moro, y la Reina, y por el patio, a caballo los condes, y el Rey, y soldados a pie.
Para lustre de la fama,
y para gloria del tiempo
en el Sexto Alfonso sean
sin número los trofeos,
y al católico gremio
feliz se restituya la gran Toledo.
Aquí se para el caballo del Rey como que no quiere pasar adelante.
En vano, arrogante bruto,
opones a mi precepto
tu orgullo, por más que intentes
suspender el movimiento.
Pero, ¿qué es esto que admiro?
¿Algún oculto misterio
que sin duda, en este sitio
no reparará el portento
de detenerse el caballo
siempre inmóvil resistiendo
el aviso de la espuela
y la obediencia del freno?
Admiramos el prodigio
todos.
¿Qué es aquello?
El caballo se detiene
del cristiano.
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Investiguemos
de tanto efecto la causa.
Pared, ábrete.
Apeándose el Rey suena ruido dentro, y cayendo un lienzo de la muralla se descubrirá entre las ruinas un Santo Cristo, y una Imagen de la Señora con una lucerna antigua encendida.
A cielos respondes a todos.
¡Qué miro!
¡Qué prodigio!
¡Qué portento!
¡Gran suceso!
¡Gran milagro!
Suben al tablado.
Este tesoro encubierto
la vieja pared tenía.
Tu piedad, Señor inmenso,
alabe Cielo, y la tierra,
y vos Aurora del bello
Sol, que a un lado influyes
sacros divinos alientos
recibid en sacrificio
santos píos afectos.
¡Qué ventura!
¡Qué alborozo!
Soldados, este deseo
religioso ha merecido
la gloria de tanto premio.
Tanto premio digno es solo
de tu católico celo.
La circunstancia admirable
de estar esa luz ardiendo
preservándose ignorada
añade flamante incendio
pues permanente holocausto
durar pudo contra el tiempo
(testimonio de la fe)
por espacio de trescientos
y setenta, y nueve años
pues no es dudable que el celo
cristiano los dos preciosos
simulacros del desprecio
preservó de los infieles,
y aquí los dejó encubiertos.
De esta Imagen soberana
peregrino cognomento
sea de hoy más el de nombre
de la luz, y a los dos bellos
simulacros porque quede
a los siglos venideros
la memoria de este caso
he de fabricar un templo
sin dilación, en su culto
soberano, y dejar quiero
en el pendiente, mi escudo
para memoria del tiempo.
Extraño prodigio.
Yo
ni lo dudo, ni lo creo;
ya Invicto Alfonso, a fortuna
rendido (¡ay de mí!) te ofrezco
las llaves de esta ciudad,
que en sí mejoran de dueño.
Yo las recibo, y los brazos,
heroico Hiaya, a mi pecho
te trasladen, que no pueden
impedir nunca en lo negro
afectos.
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los cortesanos afectos.
Y vos, señora, admitid,
también a mi rendimiento
la atención.
A la Reina
Alá prospere
vuestra fortuna, que en esto,
para tan mísera afrenta,
me guardáis la vida. ¡Cielos!
Un hora dichosa llegue,
amado Príncipe excelso,
a vuestros pies.
A mis brazos
llegad, Ilián de Toledo.
¿Y vuestra hija?
Ya está a vuestras
plantas.
Del suelo
alzad, señora.
¡Oh, ingrata!
Mas ya de quejas no es tiempo.
Pues en albricias, señor,
de tan gran suceso tengo,
una merced que pediros.
Decid, pues.
De doña Helo-
-desa, señor, la mano,
que la pidáis os ruego
a don Ilián.
¿Qué decís?
Que responda mi silencio,
y mi alborozo.
Pues yo
a ser Padrino me ofrezco.
¿Esto más, fortuna injusta?
Marcho a Valencia, que espero...
¡Qué venturosa esperanza!
Apenas mis dichas creo.
Vos a Valencia pasad,
y prosiga el triunfo.
Primero
falta pedir el perdón.
Con la música
Pidámosle, repitiendo
que al católico gremio
feliz se restituya la gran Toledo.
Fin de la comedia! De la Conquista de Toledo
