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Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La conquista de Toledo y rey Alfonso el Sexto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-conquista-de-toledo.

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LA CONQUISTA DE TOLEDO Y REY ALFONSO EL SEXTO

Stanrt

Pang. 1

1581 Comedia. La conquista de Toledo. De ocho ingenios, escrita en tres horas. La conquista de Toledo. Comedia en 3 jornadas. De ocho ingenios escrita en 3 horas. Legajo 2º 4-6

Jornada primera

Pang. 2

El rey don Alonso el Sexto.

Personas. El rey don Alonso Sexto. El conde don Pedro Ansúrez. El conde don Rodrigo. Illán Álvarez Barba. Canuto, gracioso. Ayaya, moro rey de Toledo. Un ángel. Tarif, moro general. La reina, mora. Fátima, mora. Doña Inés, dama. Nuña, criada.

Suena dentro ruido de batalla, cajas y clarines, y salen Tarif y moros con alfanjes desnudos.

Dentro.

Unos.

¡Viva Alfonso valiente!

Dentro.

Otros.

¡Moros, a cerrar al muro, al puente!

Tarif.

Valientes africanos,

pues aborta la tierra castellanos

tantos, que desde el uno al otro puente

zozobra el Tajo en olas de su fuente,

y estorbar no podemos que tan presto

tomen arriba de la plaza el puesto,

que ya van ocupando;

pues con ira y exceso

nos carga de su gente todo el grueso,

conforme va llegando,

y mal a tantos hacer frente puedo,

retirémonos todos a Toledo.

Pang. 3

Moro 1º.

Solo en esto lo acierta.

Tarfe.

Calen los rastrillos a las puertas.

Dentro.

¡Viva Alfonso valiente!

Todos.

¡A retirarse, moros, a retirar, al muro, al puente!

Salen al son de la marcha, soldados, Canuto, Rodrigo, don Pedro, y el rey don Alonso.

Don Rodrigo.

Ya no ha quedado un moro en la campaña.

Don Pedro.

Con arrogancia extraña

rompieron sus escuadras ordenadas

de vanguardia las tropas avanzadas,

pero llegando el resto de la gente

irritada, y valiente

(¡oh, Alfonso generoso,

invicto siempre, siempre victorioso!)

con ellos con tal ímpetu chocaron,

que cargados en fin se retiraron.

Canuto.

Siempre los moros tienen,

si a tales ferias vienen,

ya que no en las batallas, en mercados,

mayor ganancia, cuanto más cargados.

Rey Alfonso.

Generosos españoles,

a cuyo pecho, y a cuyo

espíritu, breve esfera

son los términos del mundo,

cuyo valor publicara

el fiero africano adusto,

si al pronunciar vuestros nombres

temerosamente mudo,

no desfalleciera vil

el aliento con el susto.

Esta ciudad de peñascos,

población de escollos rudos,

este monte de edificios,

ostentosamente incultos,

Rey Alfonso.

esta que reina de cuanto

oprime africano yugo,

bárbaramente arrogante,

se corona de sus muros;

esta que (padrón del tiempo

compitiéndole sus lustros)

intenta con lo durable,

disuadirnos lo caduco.

Es Toledo corte un tiempo

(si a su antigüedad recurro)

de gloriosos reyes godos

(¡con qué dolor lo pronuncio!),

hasta que en fin oprimida,

de aquel común infortunio,

despojo del sarraceno

fue; de cuyo altivo orgullo

es inaccesible trono;

pero ¡qué mucho, qué mucho

si esta famosa ciudad

sufriendo bárbaro yugo

por tres siglos, aún está

gloriosa con el insulto!

Mucho ha que a tan grande empresa

con mil razones procuro

persuadiros; pero ahora

de nuevo las reproduzco,

que a vista de sus almenas,

cuyo homenaje descubro,

las hará en vuestro valor

más eficaces el punto.

Tres años ha que otra vez

a Toledo cerco puso

mi ejército, y no pudiendo

lograr de su intento el fruto

Pang. 4

Rey Alfonso.

nos retiramos, rindiendo

tanta marcha en el curso

a canales, y otras plazas

siguiendo, que de antemuro

le cortan los bastimentos

impidiendo los avisos

de diferentes correrías

por uno, y por otro rumbo.

Pero ya desocupado

de los marciales tumultos

de los andaluces moros

rendidos al fuerte pulso

de Rodrigo de Bivar,

cuyo valiente valor supo

no solo triunfar del moro,

sino vencer mi disgusto

ocasionado en la Jura

de Santa Gadea de Burgos.

Desocupado, (otra vez

vuelvo a deciros) procuro

domar la rebelde frente

de este gigante membrudo

de altas rocas firme basal

de todo el imperio injusto

de África: grande es la empresa,

pero no por eso, dudo

la victoria; que el valor

que arde en incendios purpúreos

estímulo es generoso

lo difícil del asunto.

Y porque veáis cuán grande

intento es (que no mi estudio

pongo en minorar el caso,

pues prudente conjeturo,

que cuando el riesgo aniquilo

tanto valor disminuyo)

yo os describiré la plaza

como quien mirarla pudo

el tiempo que refugiada

mi persona en ella estuvo

con Almenón el moro.

(Si fue justo no disputo)

de mi hermano el Rey Don Sancho

traidoramente difunto,

Toledo que de Tubal

fue fábrica, dicen unos;

otros muchos atribuyen

su fundación a Nabuco

asirio, soberbio rey

que en España se introdujo,

y porque de varias gentes

su población se compuso

fue su nombre Toletot,

y en Toledo corrupto

voz antigua que expresaba

la confusión de su vulgo;

otros dijeron (ninguna

opinión de estas impugno)

que obra ha sido portentosa

de Tolemon, y de Bruto.

A imitación de la Ciudad

que con tanto culto

es cabeza de la Iglesia,

y lo fue a un tiempo del mundo,

yace sobre siete montes,

y siete valles ocultos

viven en el esplendor

de tantos blasones juntos,

que están en iguales grados

Pang. 5

Rey Alfonso.

lo eminente, que lo profundo.

Pardos escollos la cercan

rústicamente ceñudos

siendo el terreno fragoso

más inexpugnable muro

De ciento y cincuenta torres

el recinto se compuso

y la tira coronada

de torreones y reductos

ciñósela cerca el Tajo

cristalino foso puro

anillo siendo de plata

a tanto diamante bruto

pues rompiendo sus corrientes

eminentes riscos duros

divide el septentrión, y entra

al occidente, en dos surcos

dejándola casi aislada

vuelve a proseguir su curso,

y entra en el mar lusitano

con tan caudaloso orgullo

que parece que a sus ondas

da batalla, y no tributo.

Esta es en suma la que

yo a ocuparos conduzco,

y para que os alentéis

quiero volviendo al discurso

numerar las consecuencias

que en su asedio os aseguro

la mayor es, que si otra

vez sus almenas ocupo

cuanto el bárbaro africano

pudo usurparnos astuto

recobraremos borrando

la memoria de sus triunfos

iba a pronunciaros; pero

prudentemente lo excuso

que cuando altivo monarca

conquista lo ajeno injusto

sin más razón que las armas

que manda ambicioso impulso

no se han de llamar victorias

sino victoriosos hurtos.

Illán Pérez, a quien ya

que conoceréis presumo

uno de los principales

que entre estos bárbaros rudos

de mozárabes el nombre

conservan de antiguo indulto

dice en el último aviso

que una espía me condujo

que Hiaya, rey de Toledo,

por sus vicios e insultos

tan aborrecido vive

que con razón os anuncio

que su odio a mi victoria

puede ser feliz preludio

¡Ah, desdicha de los reyes

tiranos, si de los suyos

se han de guardar, pues si tienen

en su defensa su susto

cuanto más acompañados

estarán menos seguros!

Pang. 6

Rey Alfonso.

será que mucho el siempre tirano,

siempre iracundo,

más aprecia de valiente

que de rey, cuantos absurdos

se han podido intentar

contra reales estatutos

sujetar con lo arrogante,

quien puede con lo absoluto.

Rica es la ciudad, soldados,

pues del Tajo el curso puro

arenas prodiga de oro

pródigamente fecundo.

De sí a la fama creemos

una fuente tiene, cuyos

minerales prodigiosos

de luz ondas al murmullo

preciosos llantos crían

émulos de los carbunclos;

pero para qué, cristianos,

con numeroso discurso

sus riquezas cuando incluye

(congojo, y con pena lucho)

el más celestial tesoro

en aquel mármol eburneo

en que María sagrada

en el silencio nocturno

imprimió divinas huellas,

soberanas plantas puso?

Ea, fuertes castellanos,

en quien santas glorias fundo,

nobles leoneses, gallegos,

y asturianos, firme escudo

de nuestra fe, aragoneses,

y navarros siempre augustos,

flamencos, italianos,

y alemanes furibundos

pues a expedición tan santa

acudís, siendo el concurso

mayor que se vio hasta ahora

en ejército ninguno

comprehendiendo estas naciones

desde el Tajo hasta el Danubio:

no a conquistar esta plaza

osadamente os induzco,

a cobrar, sí, esta reliquia

que por mis pecados sumos

entre los árabes yace

negándose a nuestro culto.

Que este espíritu se inflame

del ardor heroico, y puro

de tanto deseo, y sea

religioso lo sañudo.

Nuevas máquinas, que un raro

diestro artífice dispuso,

traemos, donde no sé

con qué más temor infundo,

con lo nuevo, o lo horroroso,

con lo extraño, o lo robusto.

Caiga con ellas deshecho

lo rebelde de sus muros,

y en fuegos artificiales,

(breves cometas caducos)

ardan sus torres de suerte

que con estruendo confuso

sean obeliscos de fuego

Pang. 7

Rey Alfonso.

con pirámides de humo.

Del Tajo, que ha tantos años

que con cristiano curso

se le rinde, a su ruina

sea sediento sepulcro.

Don Pedro.

Con su presencia, señor,

todos los soldados suyos

no solo a Toledo; pero

cuando este planeta rubio

que ilumina, enciende, y dora

han de conquistar, pues dudo

que sea todo capaz el mundo

de sus plantas.

Rey Alfonso.

Don Pedro Anzures, de vos

aguardo mayores triunfos.

Don Pedro.

Poco despojo será

a mi brazo; pues arguyo

que verá el rey de Toledo

finos ahíncos de influjo,

como el laurel triunfante

es vasallo de su dueño.

Rey Alfonso.

Don Rodrigo de Cisneros,

todo de vos lo aseguro.

Canuto.

Y de mí que, una y otra vez

furioso la espada empuño,

no veré, tan a derechas

lanzada de moro zurdo,

que está hambrienta de batallas

y de acero, pues discurro

que jamás se ha visto en carnes

porque nunca la desnudo.

Rey Alfonso.

Vos, don Pedro, como quien,

siguiendo mis infortunios,

en Toledo desterrado

conmigo entonces estuvo,

de cuya causa sabéis

la lengua, y también presumo

que conocisteis a Aliaga;

como embajador seguro

habéis de entrar en Toledo,

que aunque no sea de fruto

por honestar los pretextos

siempre en la milicia es uso.

Diréis que por bien me rinda

el imperio que nos tuvo

tiranizado, y que yo

no conquisto, restituyo,

antes que arroyos de acero

vibrados de nuestro impulso

nublen de grana sus venas,

lluevan sangrientos diluvios.

(Aparte)

Don Pedro.

Albricias, amor, pues ya

ocasión con esto busco

de ver a mi prima hermosa,

del amor milagro sumo,

ídolo a quien adoro

cuando en Toledo me tuvo

el rey el feliz tiempo

de los pasados discursos.

Rey Alfonso.

¿Qué decís?

Don Pedro.

Que a obedeceros

partiré, señor, al punto;

deme alas, amor, presente.

Rey Alfonso.

Vos iréis conmigo, Canuto.

Canuto.

Yo por vuestro embajador

que

Pang. 8

Sancho.

Vaya contigo don Suero

legado a Roma, y yo

a Toledo donde hay nuncios.

Rey.

Vamos, don Rodrigo, porque

dispongamos los dos juntos

los ataques, y cuarteles.

Don Rodrigo.

Obedecerte procuro.

Rey.

Venid vos, por los despachos.

Cajas.

Obispo.

Sin mí estoy en tanto gusto.

Don Rodrigo.

Vamos, y sean sirviendo

todos en obsequio suyo.

Todos.

Viva nuestro rey Alfonso,

viva a los siglos futuros.

Al son de cajas y trompetas se entran todos, y salen Illán Pérez de Toledo, doña Helo, su hija, y Elvira, graciosa.

Illán.

Ya, amada hija, llegamos

a palacio; pues es justo

condescender con el gusto

de quien sujetos estamos.

La reina mora se paga

de tu discreta hermosura,

y mi deseo procura

que a su amor le satisfagas.

Y aunque es vana religión

que sigue su error, de lo que gusta

y a preceptos no se ajusta

el poder, y corazón.

Helo.

Siempre, señor, a su agrado

se dedica mi obediencia;

¡oh, rigores de la ausencia!

¡oh, injusto severo hado!

Si a mi primo, y amante

don Pedro Anzures la fe

Llegan doña Helo y Elvira a hablar aparte.

Elvira.

Que esté mi beldad altiva,

por falta de aventureros,

y de andante majadero

entre estos perros cautiva.

No es cosa desesperada

que mi buena condición

tenga, o no tenga razón,

aya de estas emperradas,

Helo.

De mi desgracia prolija

todo el furor se mantiene.

Illán.

Según mi industria previene,

oportuno gozaremos, hija,

libertad, gusto, y hacienda;

pues todo el pueblo cautivo

hace de mi pecho archivo

para que mi celo atienda,

en pasar a Alfonso avisos

que conducen a esta empresa

en que nuestra fe interesa,

sin que esta acción tenga visos

de que sea trato doble,

ni manche mi heroica fama,

pues el ardor que me inflama

alienta mi sangre noble,

a que aventure la vida

por librar el pueblo cristiano.

Pang. 9

Helo.

Será, señor, bien perdido

por la fe; con duelo y anhelo

no dude de confianza

que afirman de mi esperanza

gire a Norte del desvelo.

Illán.

Segura conviene a los dos

de las sendas del destierro

por tan extraño camino

ofreciendo a nuestro Dios

la pena, trabajo y miedo

que entre tanto padecer

la constancia se ha de ver

de Illán Pérez de Toledo.

(Dentro suena ruido de gente)

Elu.

Ya van saliendo hacia acá

con algazara de voces

dejando los perros coces

cuando hacen la bulla.

(Vanse pasando a un lado del tablado los que están en él y salen el Rey moro, la Reina, Jarif y acompañamiento, y el Rey desde el paño viene hablando con Jarif)

Rey Moro.

Que al fin Alfonso soberbio

a mi furor provoque

sin temer de mi cuchilla

el corvo sañudo corte.

Jarif.

Señor, salí a la campaña

con algunos caballeros

a disputar que su orgullo

avanzados puestos logre

y aunque su esfuerzo advertí

infundió alientos feroces

de la multitud cargados

cedieron sus campeones

siendo forzoso que al muro

se retirasen en orden.

Rey Moro.

Vuelve, Jarif, que la gente

a las defensas convoque

Rey Moro.

que cuidadoso denuedo

recorriendo los bastiones,

fortalezas, baluartes,

fuerzas, reductos y torres.

Jarif.

Atento siempre estaré

a que de los agresores

el campo avanzar no puedan

de la línea que compone

solo un palmo de terreno

sin que sus vidas zozobren.

(Vase)

Reina.

Si el cristiano Rey procura

de sus graves ocasiones

para antes que su intento

sus escarmientos se logren.

Los dos.

Dadnos, gran Señor, las plantas.

(Llegan Illán y Helo a los pies del Rey y Reina)

Rey.

Alzad del suelo.

(Aparte)

Helo.

¡Ay rigores!

que de un bárbaro en presencia

así mi altivez se postre.

Rey.

Illán Pérez, ¿qué es lo que

solicitas?

(Aparte)

Reina.

De mi orden

trae hoy su hija a Palacio

que gusto de sus primores.

¡No es sino ay de mí! que el alma

padece sustos atroces

(mal disimulo) evidencia

de que el Rey las perfecciones

suyas solicita, y quiero

que en el silencio me esconda

los indicios que la vista

averigüe, o mis temores.

Helo.

En el silencio solo puede

Pang. 10

Helo.

en cláusulas más conformes

responden por mí.

(Aparte)

Rey Moro.

¡Ay, hermoso

motivo de mis dolores!

Por quien mariposa el alma

al incendio se recoge,

y en amante giro ronda

de sus luces los ardores,

sin que a la llama esquiva,

al ardiente fuego indócil,

mis lágrimas y suspiros

la apaguen o la minoren.

Supuesto que de sus canas

debidas veneraciones

los muzárabes dominan,

adonde que no me enojen,

y con las cercanas fuerzas

que auxiliares recogen,

eviten a mi piedad

atrevidas sediciones.

(Vase)

Illán.

De mi parte te lo ofrezco,

presto verán tus furores

el estrago que te espera

si los cielos me socorren.

De aquí me ausento hasta que

vuelva por mi hija la noche.

(Suena dentro un clarín)

Rey Moro.

Señora, nada os asuste,

pues de mi temor el ahogo...

pero, ¡qué clarín del viento

es consonancia discorde!

Sale Tarif.

Tarif.

De un bruto pardo del Betis,

a quien nevados candores

dieron forma, agora desciende

un cristiano, y que se informe

dice de quién quiere hablarse.

Rey Moro.

Decid que entre.

Helo.

Confusiones

dan lugar a los discursos

si no mido los dolores.

(Sale Tarif, don Pedro, y Canuto)

Tarif.

Allí están Sus Majestades,

llega pues, caudillo noble.

Llega don Pedro.

Don Pedro.

Alá guarde de persona,

invicto Arrayaz; tus soles

del cuarto planeta en el día

fatal eclipse no borre.

Helo.

¡Justos cielos, mi primo!

Don Pedro.

Estatua he quedado inmóvil,

al ver mi prima en Palacio,

ignoro a motivos, oyes,

¿no ves allí a doña Helo?

Canuto.

Doña Helo raro nombre,

pero la historia enmudece

al crítico que lo note.

Don Pedro.

No aparta de ella los ojos,

creciendo van mis temores.

Rey Moro.

¡Qué el mozo qué talle y brío!

Gallardo, valiente, joven.

(Dale una carta al Rey)

Don Pedro.

Esta, señor, de creencia

es la carta; suspensiones

dad breve tregua este rato.

Helo.

¿Quién pudiera hablar al conde?

Reina.

No aparta de ella los ojos,

creciendo van mis temores.

Rey Moro.

Aquí me dice el Rey que...

Pang. 11

Rey Moro.

Que dé acento a tus voces

granjees de mis alientos,

pendientes mis atenciones.

Toma asiento.

Siéntanse.

Don Pedro.

Atento escucha

lo que mi rey te propone.

Alfonso, rey de Castilla,

Sexto en León de este nombre,

a quien Galicia y Asturias

por absoluto origen

salud te envía por mí;

Alfonso, cuyos blasones

gloriosos, digo otra vez,

cuyo valor reconoce,

con costosas experiencias,

todo el ámbito del orbe.

No solamente supo,

en justas aclamaciones,

añadirse al de Valiente,

de Invicto el renombre.

No dio asunto a la fama,

pues métricamente acorde

no inflamaran sus alientos

el cóncavo duro bronce.

A no dar a su esfuerzo

repetidas ocasiones

ya al golpe de la cuchilla,

o ya de la lanza al bote.

Pero en vano mis acentos

atrevidamente corren

la esfera de sus hazañas,

el campo de sus blasones,

pues en campos, y en esferas

vívidamente se oyen

de cadáveres y aplausos

mudas, y sonoras voces:

y así; dejando a su fama

que mis acentos mejore

y en la lámina del tiempo

maticen de sus colores

los rasgos siempre brillantes,

la imagen que asusta, y impone

terror, asombro, y respeto,

cuando en la idea la copie

el ánimo, más furioso

y el siempre monstruo disforme

de la envidia, que alimenta

su furor de que inficiones

las más gloriosas proezas

ardientes deseos torpes;

paso a decir que Toledo

fue de los Godos real corte,

a quien infausto Rodrigo

sucedió, cuyo desorden

causa fue de los estragos

que hoy lloran sus moradores;

(¡oh, pasión de los atropellos,

oh, poder de los errores!),

como siempre se ha visto

en sus castigos atroces,

labrar del metal de un hierro

permanentes eslabones.

Y pues no ignoras que Alfonso

a Godos progenitores

por sangre que arde en sus venas

la sucesión, reconoce.

Y que a Rodrigo este reino

tiránicamente entonces,

usurpó del sarraceno

el poder injusto; oye

Pang. 12

Embajador.

en aqueste presupuesto

la razón de sus razones.

Siente mi rey que a cuanto

a sus dominios importe

esta corona, que alzar

tiranizada propone,

con los medios de la paz

o las veras suyas, porque

se vuelva a unir a la Iglesia,

que es de sus motivos norte.

Por eso se te confían,

si a alguna te resuelves,

las que de él le propusiere

dignas capitulaciones;

pero si altivos desprecian

sus parientes sus furores,

y motivan que su saña

campal insignia tremole,

a la vista de tus muros

en formados escuadrones,

que siendo de Flora envidia

son lucimientos del orbe;

y a quien de Marte las iras

son reverentes temores.

Coronará florido campo

que viste animados bosques,

dividiendo arnés trenzado,

blandiendo acerados robles,

al diestro valiente impulso

que ejecuta airados golpes,

es cada lanza un incendio,

es un rayo cada estoque,

y en emulación de Febo

crespas olas de colores,

que ricos penachos mueven,

manchando sus arreboles

en flamantes visos, hacen

a pesar de sus fulgores

sutiles ondas del cristal

en mar de plumas zozobre.

Si dejas, digo otra vez,

esgrimir airados bronces,

harás que osado, que impío,

en sustos y indignaciones

fatal eclipse a la luna

apague los esplendores.

Y así, considera, advierte,

repara, mira, conoce

el riesgo que te amenaza,

y sin dilación escoge,

o, de la paz los partidos,

o, de la guerra los choques.

Rey.

Estoy corrido de oírte,

por ese estudio noble

que del rey la ambición

a su palabra antepone.

Bien las paces que juró

con Almenón reconoce,

y bien paga el hospedaje

que debió a sus atenciones.

Don Pedro.

Decir que mi rey no atiende

a su palabra, no apoyes,

pues tú mismo contradices

a lo mismo que propones.

Alfonso con Almenón,

que con el valiente joven

que es su difunto hermano

Pang. 13

Don Pedro.

en amigables uniones

juró mantener su reino

asegura precisa Norte

rompió él estambres a sus vidas

faltando ellos se acorte

cortó de la paz jurada

la obligación, y así rompe

los pactos que le asisten

los purpúreos esplendores,

que no es bien que su esclavo

denigrado, ni le baldones

pues lo que debe a Toledo

a Toledo reconoce

pretendiendo que dichosa

se ennoblezca, y se mejore,

que vuelva ahora a lograr

(borrando supersticiones)

de mejor albor inviernos,

de mejor luz resplandores.

Rey.

No prosigas que mi fama

tanto queda corrida

que amenaza prevenida

de mayor valor disfama!

pues no obra tanto la ofensa

contra aquel que no la ignora,

que la amenaza mejora

los medios de la defensa

vuélvete, y dile a tu Rey

que no temo su denuedo

que defender a Toledo

me toca por justa ley

que pues de la fe jurada

Rey.

con mi padre se apartó

para defenderme no

faltan filos a mi espada

dile que las amenazas

aquí vienen a sobrar

que a los moros se ha de dar

espadas, flechas, y mazas.

Don Pedro.

Esa respuesta me das.

Rey.

Esta respuesta te doy.

Reina.

¡Ay de mí, que escucharla estoy!

Capitán.

Don Pedro.

Presto te arrepentirás.

Tarif.

Cristiano, cuando el Rey fuera

menos de lo que has notado

Tarif, que es tan arrojado

solo podrá defenderla.

Don Pedro.

Ya conozco tu valor,

y sabes también el mío

Rey.

Conde, Tarif, ese brío

en la campaña es mejor

vos, conde, esperad aquí

para que llevéis respuesta

de la carta.

Conde.

Y sé con el valor

que hay que esperar.

Reina.

¡Ay de mí!

qué grande ruina se espera!

¡Oh, si en estos mudos valles

fueran menos estos males

como celos no hubiera!

Rey.

Venid, señora, que aunque

al Conde le he respondido

a la carta que ha traído

responderé por más fe.

Reina.

Vamos, y a la gran señora

Pang. 14

Reina.

para la africana gloria

los dé don Alfonso victoria.

Rey.

Conocerá mi valor,

¡ay, Helo, cómo he sufrido

que me quiten la ocasión

de mirarte mi atención

cuando en ti tengo el sentido!

Aparte.

Zaide.

Solo buscarle en campaña.

A Helo.

Vanse entrando los dos, y Helo disimula, se quedan atrás.

Rey.

Vamos.

Ven, Helo.

Helo.

Ya os sigo.

Aunque me detenga un rato,

hablaré al conde, mi primo,

pues la reina no lo advierte,

o que aguarde me animo.

Don Pedro.

¡Quién hablar a Helo pudiera!

Aunque ignoro un motivo,

llegaré, pues se detiene.

Helo hermosa.

Helo.

Conde invicto.

Mira si nos ven, Elvira.

Elvira.

Todos, señora, se han ido.

Don Pedro.

A la fortuna le estoy,

prima hermosa, agradecido,

de que me trajese a donde

logre mi fe haberte visto.

Helo.

Yo, aunque se enoje la reina

por haberme detenido,

no puedo dejar también

de significarte, primo,

entre mis gustos mayores

algo de verte recibo.

Don Pedro.

¿Cómo te va de mi fe,

que siempre te me es caribe,

en las penas de la ausencia

los rigores del olvido?

Helo.

¡Ay, conde, si mis temores

acuerdas con lo que has dicho!

Pues me das a conocer

que eso pasa allá contigo.

Don Pedro.

En vano, en vano, rey moro,

hermoso, adorado hechizo,

pues desde que con Alfonso

estuve aquí por cautivo,

y entregué mi voluntad

a esos dos soles divinos,

tan estampada en el alma

vives siempre, y has vivido,

que no encontró la memoria

con la senda del olvido.

Helo.

¡Ay, conde!, que hay gran distancia

entre los dos, pues vivimos,

tú libre en Castilla, y yo

entre tantos enemigos,

que aun el consuelo me falta

de la esperanza que admito.

Don Pedro.

Helo hermosa, porque no

oigan estos mis designios,

ve aparte.

Helo.

Di, ¿qué intenta

tu alerta discreción,

que temo que vuelva el rey.

Canuto.

Señora Elvira, ¿ha tenido

tiempo de olvidar a Habla

desde el día en que nos vimos?

Elvira.

Señor Canuto, a usted

Pang. 15

Elvira.

ha olvidado ya el oficio

de resuello, y de desuello.

Cardona.

Mantos de humo y de soplillo.

Desde que estuve en Toledo

donde flauta hacerme quiso

Almenón de su capilla

para acompañar los himnos

de el endiablado Mahoma,

a cantos del abismo

solo he dado en sacabuche.

Álvaro.

No entiendo aqueste ejercicio.

Cardona.

Es que los moros que he muerto,

por medio del buche dando

y por sacarles los buches,

sacabuches me apellido.

Don Pedro.

Yo, prima, solo esta mano

es el favor a que aspiro,

si no lo muda la suerte,

que siempre el amor más fino

la tiene contraria, y no

será en mí adorar delirio

temer que la suerte avara

quiera mudarte el designio.

Heliodora.

Primero verás mi muerte,

primero este undoso río

que corre precipitado

volverá a ver su principio,

que yo mude mi dictamen;

puesto que a buena luz lo has visto,

esto podrá ser posible,

pero mi intento es preciso;

mas adiós, que el detenernos

corre evidente peligro.

Don Pedro.

Para partirte consuelo,

solo a un favor tuyo aspiro

que afiance mi sosiego.

Danse las manos, y al mismo tiempo sale el Rey Moro, y se detiene al paño.

Heliodora.

Con mi mano lo confirmo.

Sale ahora.

Aparte.

Rey Moro.

La respuesta de la carta

es esta, pero ¡qué miro!

Cielos, que el conde en palacio

se dan las manos, mil tiros

a qué aguardas con no dar

a tanto atrevido castigo.

Cielos, que es cierto, y vos, conde,

a los cristianos os arrimo.

Mucho ha de ser el templarme;

cómo en palacio atrevidos

osáis romper el sagrado

de tan venerados ritos.

Aparte.

Heliodora.

Perdida soy, que sin duda

el Rey lo que pasa ha visto.

Don Pedro.

El valor todo lo allana.

Cardona.

El canuto se ha rompido.

Rey Moro.

Qué es esto, digo otra vez.

Aparte.

Heliodora.

Qué le diré, mal me animo

que invente la disculpa.

Señor, el conde es mi primo,

y en fe de este parentesco,

la sangre con el cariño

por las albricias de verle

la dio para despedirnos.

Rey Moro.

Damas que así da la mano

observa mal los estilos

de palacio, donde toda

vulgaridad

Jornada segunda

Pang. 16

Rey Moro.

vulgaridad es delito.

Don Pedro.

Cuando es la sangre tan alta,

y mi valor tan sabido

no consintiera en su fama

término que fuera indigno.

Rey.

A fuero de embajador

os preserva del castigo

que aquí como rey pudiera

daros mi airado cuchillo.

Don Pedro.

Siempre estoy seguro yo

que está mi valor conmigo.

Rey.

También sin ser rey a daros

la muerte me sobra brío;

tomad la carta, y volved

a vuestro campo advertidos

que se vengará en campaña

de vos, y Alfonso, mi brío.

Don Pedro.

Eso lo dirá el acero.

Rey.

El valor ha de decirlo.

Camillo.

El rey se queja de mano,

nosotros la perdimos.

Helo.

Ay de mí, que ni aun aliento

me queda para un suspiro.

Rey.

Vos, Helo, entraos con la reina

sin procurar despediros.

Don Pedro.

Del susto de Helo me pesa.

Helo.

Muerta voy.

Éntranse.

Elvira.

Yo voy sin tino.

Rey.

Etna soy, rayos aborto.

Don Pedro.

Volcán soy, llamas respiro.

Vase.

Rey.

Toca, Alamar, sepa Alfonso

el valor que hay en los míos.

Don Pedro.

Ven, Camillo, ay Helo hermosa

solo por ti, dueño mío,

será Toledo un incendio

de los aires desperdicio.

Camillo.

Ay Alvirilla, por ti

que vive Dios si me emberrincho

he de ser mosca en la cola

de aqueste perro morisco.

Fin de la Primera Jornada.

Jornada 2ª.

Tocan cajas a marchar, y salen el rey don Alonso, don Pedro, y Camillo.

Don Pedro.

Señor, aunque inexpugnable

hoy Toledo se resista

embarazando a sus armas

la victoria, más osada,

no habrá español que proponga

retirarse, y así ya

que primero las murallas

que su constancia escudan

a pesar del crespo undoso

cerco de ondas cristalinas

que al robusto muro forman

vaga contraescarpa riza,

aunque estén en la frente

Pang. 17

Don Pedro.

ya en ataques, ya en salidas,

a la continua tarea,

menos cabales las vidas.

Rey.

Bien que son españoles,

tanta constancia acredita

pero la del moro es más,

que resistencia porfía,

y ansí del continuo afán

esta incesante fatiga.

Don Pedro, cuando no venza,

es tan natural que rinda,

pues del sol a los incendios,

y de la escarcha a las iras

son en perpetua tarea,

estrago común los días,

nuevo cuchillo en las fiebres

experimentan las vidas,

y por cada una que falta

quisiera poner la mía.

Don Pedro.

¿Quién habrá, señor, que tema

tantos peligros, a vista

de esa piedad generosa,

de ese heroico pecho digna?

no habrá soldado entre todos

que su estandarte no siga,

hasta que la altiva plaza

se sepulte en sus cenizas,

y sean de sus estragos

epitafio sus ruinas.

Sancho.

Que se rindan es forzoso,

pues les falta la comida,

y están tan hartos de hambre

que del ayuno se ahílan.

Tocan cajas y sale el conde Don Rodrigo.

Rey.

¿Qué ruido es este?

Don Rodrigo.

Es, señor,

que ya han llegado a la línea

las reclutas de la gente

que para socorro envía

la reina nuestra señora,

y es de gente tan lucida,

que en la campaña parecen

móviles selvas floridas.

Rey.

Mucho agradezco a la reina

la atención, y ahora me avisa

don Rodrigo de Bivar,

que victorioso acredita,

con los moros de Aragón

su valor.

Don Rodrigo.

También alista

la señora infanta Urraca

en Zamora sus milicias

para socorrernos.

Don Pedro.

Todo

el cielo lo facilita.

Rey.

Gracias a su providencia

feliz, que en ella fía

dél, y de los dos espere

el logro de esta conquista;

pues siendo de los Cisneros,

y su estirpe esclarecida,

vos conde gloriosa rama

de árbol tan ilustre y digna,

y vos heroico don Pedro

quien con lealtad infinita

acompañó mi persona

en venturas, y en desdichas,

habéis de ser valerosos,

quien esta empresa consiga,

y pues ya baja la noche

Pang. 18

Rey.

tendiendo su sombra fiera

aguardadlas en las tropas

que llegan.

Don Rodrigo.

Voy a asistirlas,

que el mundo, que vea en Toledo

dar nuevo imperio a Castilla.

(Vase)

Rey.

Conde, yo tengo un cuidado.

Don Pedro.

¿Pues mi lealtad desconfía,

Señor, cuando alguno vio

recatarse de mí pudiera?

Rey.

Ya sabéis, Conde, que vuelve

en nombre de la afligida

noble Mozárabe gente

que lamenta su desdicha

en Toledo el noble Illán

a participarme no sé qué

cosas, porque el moro pone

en las puertas estos días

más cuidado, o, por no hacer,

quien se atreva a conducirlas,

o algunos días que faltan,

y siendo cosa precisa

en la milicia saber

las máximas enemigas,

deseo que hubiese quien

a Toledo fuese.

Don Pedro.

Es dicha

el que este criado sepa

lengua, calles, y sin duda

que es hombre de gran valor.

Canuto.

¡Jesús, Señor, qué mentira!

pero ello debe de ser,

porque ya la valentía

de un hombre solo consiste

en que haya quien lo diga.

Don Pedro.

Llega Canuto.

Canuto.

¡Me lleve

el diablo!

Don Pedro.

Poco réplicas,

cuando has de ir, o, te echaré

a que en el Tajo...

(Aparte)

Canuto.

...¿sardinas

coma, o muera ahogado?

¡qué empedrado de gallina!

En valiente me transformo

yo mi señor, ya ninguna

ha de hacerte el zancarrón,

y al duque si me amohina.

Don Pedro.

Calla, loco.

Canuto.

Le daré...

Rey.

¿Qué daréis?

Canuto.

Los buenos días.

Rey.

Ya sé que tenéis valor.

Canuto.

Como que, en una salida

hice correr veinte moros.

Rey.

¿Veinte moros?

Canuto.

¿Qué os admira?

Rey.

¿Vos solo a tanta gente

hicisteis correr?

Canuto.

Que sin duda

yo los hice correr solo,

pues detrás de mí corrían.

(Aparte)

Don Pedro.

Gran ocasión se me ofrece

de lucir, amor, albricias.

Rey.

Don Pedro os dará la orden,

yo el premio.

Canuto.

¡No me persigan!

¿A quién premiaréis?

(Vase)

Rey.

Partíos

al punto.

Canuto.

¡Braba partida!

Señor, dime, ¿qué te he hecho

que de esta suerte me envías

a que, picado en gigote,

sea alcuzcuz de la morisma?

¿Si no me hacen ración,

o bellota de alguna encina?

Don Pedro.

Luego ¿pensabas ir solo?

Pang. 19

Cardillo.

De menor gana me iría

si solo, ni acompañado

a Toledo.

Don Pedro.

¿Dónde?

Cardillo.

A Esquivias,

a sacarles a las cubas

los secretos de las tripas.

Don Pedro.

Pues conmigo has de ir, no temas,

que poco me negará

la licencia, que irse

deja el rey de solo vicio,

y pues sabemos la lengua,

nada en esta acción peligra.

Cardillo.

Verdad es que sé hablar moro

con elegancia tan linda

que hago como mal poeta

coplas en algarabía.

(Vase)

Don Pedro.

Vete a prevenir los disfraces;

ruégote, amor, que permitas,

pues mejor que la fortuna

a los audaces animas,

que a Toledo, y al rey, mi amor

en esta jornada sirva.

(Vase)

Cardillo.

Oh, sancho a quien para el cielo

fueron postas las parrillas,

guarda tú mi carne, que temo

que estos perros me la asarán.

(Cantan, y sale la Reina y Fátima)

Reina.

Cantad, que a la pena mía

suele ser lisonja el canto,

para llorar, pues el llanto

es de un amante armonía.

Músicos.

De mis suspiros al viento

crece la tormenta tanto

que ya en el mar de mi llanto

zozobra mi pensamiento.

Reina.

De aquesta letra el primor

oh, qué bien a explicar viene

mi dolor, si tiene

explicación mi dolor,

ni aun el sentir su rigor

permite el decoro, cuando

consuelo encuentro en el llanto

si bien con dolor violento.

Ella y Músicos.

De mis suspiros al viento

crece la tormenta tanto.

Reina.

Este dolor atrevido

apura mi sufrimiento,

pues cabe en el sentimiento

sin permitirse al sentido

justo mi recelo, harto

más hallar en vano intento,

aun para quejarme, aliento

en tal pena, en rigor tanto.

Las Músicas.

Que ya en el mar de mi llanto

zozobra mi pensamiento.

Fátima.

De ti misma te enajenas,

señora, en ese frenesí;

no te pongas contra ti

tan de parte de tu pena.

Reina.

Si a sentirla me condeno,

mi tormento es el sufrir;

no me intentes persuadir

que no sienta este rigor

que antes nace mi dolor

de no atreverme a sentir.

Fátima.

¿Qué ocasión te mueve ahora

a que lloren tus penas

del rostro las azucenas

con perlas de tal aurora

qué males sientes, señora?

Reina.

Ay, Fátima, que a saberlos,

a sospecharlos, a verlos,

que llegarás a llorarlos

celos.

Pang. 20

Reina.

Celos son, que al pronunciarlos

es más dolor que el tenerlos.

El Rey por Helis abrasado

está, aunque lo ha recatado,

y más al verte divertido,

que él se pene desvelado

y pues ya te he declarado

mi dolor, deja llorar,

Fátima, tanto penar;

no me aconsejes prudencia

que al ver que tengo paciencia

me ha de hacer desesperar.

Peno, y siento este rigor,

y en tan incesante anhelo

juzgo el suspiro consuelo,

y es más que aliento dolor

pues aumenta mi furor

cuando consigo violento.

Música.

De mis suspiros al viento da al...

Reina.

No cantéis, que aunque aplaudir

llega esa voz mi tormento

más aumenta el sentimiento

cuanto me ayudas a sentir;

pues halla despertador

la música a mi entereza

que sienta con más terneza;

porque aun triste la armonía

es dulce melancolía,

es una alegre tristeza.

Fátima.

Señora, no la aprehensión

de tu entereza te diga

que aquí solo es tu enemiga

tu misma imaginación,

pues solo sospechas son.

Reina.

No pronunciéis tal discurso,

que hallan mis discursos sabios,

Fátima, que estos recelos

siendo sospechas son celos,

siendo evidencias agravios.

Sale el Rey Moro y Tarif.

Rey.

¿En fin dices, Tarif, que le han llegado

nuevas tropas a Alfonso?

Tarif.

Ha reclutado

su ejército, Señor, y aunque la gente

es bizoña, ha causado de repente

aliento a sus soldados.

Fátima.

Que estaban de la empresa desmayados.

Reina.

Mira que llega el Rey.

Cerrad enojos,

y negad los indicios a los dos.

Tarif.

En la vega han dispuesto los cuarteles.

Rey.

Bien será, si no pronto receles,

que haciendo aquesta noche una salida

con la gente que de la breña venida,

experimenten luego nuestra saña

porque tomen amor a la campaña.

Tarif.

Con tus soldados fieles

de tocar una arma en sus cuarteles

suya será la gloria,

y en tu nombre publico la victoria;

y más cuando el socorro que previene

el Rey de Badajoz tan cerca viene.

(Vase Tarif.)

Rey.

¿Aquí, Señora, vos? El cielo os guarde.

(Aparte.)

Reina.

Tarde repara, quien advierte tarde.

Han estado mis pasos retirados

para no embarazar a los cuidados.

(Aparte.)

Rey.

Vos los quitáis, Señora;

miente la voz que a Helis el alma adora.

(Aparte.)

Reina.

Disimulad pesares, y en efeto

no venza mi dolor a mi respeto.

Rey.

Estas disposiciones militares

embarazan cuidados singulares.

Pang. 21

Reina.

Yo quisiera ayudarles.

Rey.

Con celo guía mi amor a resguardarlos,

y pues que la criada

a fuerza de interés tiene franqueada

esta noche la puerta

sin duda mi ventura será cierta.

Venid, señora.

Fátima.

Su despego admiro.

Rey.

Que a dar orden, y nombre me retiro.

Reina.

A la aguarda, señor, va, un yo me entiendo

dejo no creer lo que estoy viendo.

Vanse. Y salen Elvira con luces, e Illán y Helia.

Rey.

¡Asegúrame amor esta fortuna

o eclipsarás la gloria de mi luna!

Illán.

Pon esas luces allí,

Elvira; ¡o cuánto molesta

a lo ardiente de un deseo

de una dilación la pena!

Helia.

Yo, señor, bien pensariosa

de las continuas tristezas

con que te miro estos días

(pues sin duda alguna es fuerza

que entre sentimiento y mis

dos sentimientos padezcas),

te suplico que me digas

la ocasión, temple siquiera

el tormento de sentirlas

el alivio de saberlas.

Illán.

¡Ay, Helia, mitad del alma!

Cómo quieres que no sienta

ver que contra la esperanza

se nos dilata la empresa

de Toledo en que aguardabas

(sobre la gloria suprema

de Alfonso, a quien guíe el Cielo

para Atlante de su Iglesia)

salir de tanta opresión

donde casi se conservan

sin lucimiento mis timbres

sin esplendor mi nobleza.

Helia.

Quiera el Cielo dar a Alfonso

victoria, y el Cielo quiera

que tengan con esto fin

los pesares de esta ausencia.

Elvira.

La conversación va larga

plegue a Dios no se detenga

el Rey en irse a acostar

que soy perdida si entra

el Rey a quien prometí

tener franqueada la puerta.

Gracias a Dios que siempre

ha sido llave Maestra.

Illán.

Pero ahora lo que más,

hija, el mal me aprieta

es no poder remitir

al invicto Alfonso ciertas

nuevas, que los asedios

de Toledo se desean

concluyan, o más alguna

que importara que la sepa,

y la detiene el no haber

persona de confidencia.

Yo me retiro a mi cuarto

a escribirle; ¡parte! encuentra

mi ventura quien le lleve

la carta, luego no sea,

que por no tenerla escrita

alguna ocasión se pierda!

Entra luces en mi cuarto

¡presto, Elvira!

Elvira.

¡Enhorabuena!

Pang. 22

Elvira.

Del temor, que del sobresalto

todas las carnes me tiemblan.

¡Ay, bolsillo, que no sé

si es que vales dos perros!

Illán.

¡Tú, recógete, que es tarde!

¡Oh, Toledo, cuánto puedas

dichosa si Alfonso invicto,

triunfara de tu soberbia!

Vanse Illán y Elvira.

Helena.

¡Oh, cuánto soy de mí desestimada

quedar sola, porque pueda

del pensamiento en la historia

repasar mis tristes penas!

¡Oh, cuánto de un infelice

propias son las tristezas,

pues halla en sus mismos males,

cuando atento los contempla,

una pena que le alaga,

un gusto que le atormenta!

Don Pedro, desde aquel día

¡ay, memoria, que deleitas

con lo mismo que me afliges,

pues en acciones diversas

cuando siento que lo acuerdas,

te agradezco lo que acuerdas!

Sale Hiaya.

Hiaya.

Ya que la criada que tienes

abierta al cuarto la puerta

yo llego, que la fortuna

inconstante, vana y ciega

hija de un atrevimiento

suele ser; ¡ay, cielos, verlas!

Helena.

Don Pedro, desde aquel día

vuelvo a decir; mas ¿quién entra

así en mi cuarto? ¿Quién?

Hiaya.

Yo,

adorada hermosa prenda,

no la amorosa osadía

con que mis pasiones tiernas,

mariposa de tus luces,

blandamente las rodea,

te ofendas, que el que te ama

no es posible que te ofenda.

Helena.

Vuestra Majestad, señor,

¿cómo, cuando yo estoy muerta,

qué ocasión, perdida estoy,

puede haber que mal acierta

aun para respiraciones

todo mi aliento se ofenda?

Hiaya.

Adorado dueño mío,

sosiega el rigor.

Salen con luto don Pedro y mozos que se quedan al paño.

Canuto.

¿Qué intentas?

Don Pedro.

¿Eso me preguntas, cuando

consiguiendo mi cautela

introducirme en la plaza,

antes de cerrar las puertas,

y llegando hasta la casa

de mi prima, la hallo abierta,

y miro que se entra un hombre

a su cuarto?

Canuto.

Pues espera,

que los dos están aquí.

Hiaya.

Adorada hermosa prenda.

Don Pedro.

¡Vive el cielo, que es el rey

que está hablando con ella!

Canuto.

Pues volvámonos, que temo

que aquestos perros nos huelan,

y el quehacer han de dar

con las cajas.

Don Pedro.

Nada temas.

Canuto.

En un asador de pino.

Helena.

Vuestra Majestad se vuelva,

señor...

Pang. 23

Helo.

Señor, antes que mi padre,

(¡ay de mí!) infeliz lo sienta

pues sabes que nunca dio

a tanto arrojo licencia,

¿qué hiciste? que aún me falta

el aliento a la defensa.

Hiacinto.

Cómo quieres, Helo hermosa,

que mi pasión te obedezca

si calificándome más

tu rigor, y tu aspereza

el modo con que lo mandas

me obliga a que me detenga.

Helo.

¡Yo, señor, sí, fiera angustia!

Don Pedro.

¡Fuerte empeño!

Cardenio.

Linda treta.

Don Pedro.

Si me opongo a su designio

y me conocen, es fuerza;

y averiguo, no mi vida,

que no importa que se pierda,

sino mi honor; pues mi Rey

a quien no pedí licencia

se ha de enojar, que el arrojo

es muy culpable en la guerra

donde (aunque sea cobardía)

es más valor la obediencia.

Dejar padecer mi Dama

es rigor, y esta bajeza

quien la sufre, qué valor,

ni qué honor me la aconseja.

Hiacinto.

Si tus desdenes al alma

una apacible violencia

dime, ingrata, cómo extrañas

mi rendimiento a que fuerzas?

Todo soy amor, y todo,

cuanto mi discurso piensa

son de amor dulces estragos,

y hoy les di a las centinelas

amor por nombre, ¿qué mucho

si para saber la seña

preguntaron al cuidado,

y les respondió la idea?

Cardenio.

Ya, señor, por lo menos

ya ha ido el hombre a llevar

santo, clave, y palabra

con que han de abrirse las puertas.

Don Pedro.

Que de esto consienta, mas quiero

aguardar a la respuesta

de Heloleda, ¿quién creyera

que es valor esta paciencia?

Helo.

Señor, ya que (aunque turbada)

de mi honor en la defensa

el desaliento, y el susto,

es el mismo que me alienta;

vuestra Majestad repare

que mi honor...

Hiacinto.

En vano intentas

persuadir a quien rendido

a esta tirana, a esta ciega

pasión, una obstinación

acredita por firmeza

¿que no se ablanda mi ruego?

Helo.

Soy a los ruegos de piedra.

Hiacinto.

¿Mi queja no te obliga?

Helo.

Es ociosa la fineza.

Hiacinto.

¿Mi amor?

Helo.

Busque otro objeto.

Don Pedro.

¡Que esto sufra!

Cardenio.

El hombre aprieta.

Hiacinto.

Hazme un favor.

Helo.

Daré voces.

Hiacinto.

Pues logrará la violencia,

lo que el ruego no ha podido.

Pang. 24

Don Pedro.

Ya no es posible que pueda

tolerallo, esto ha de ser.

Heliodora.

¡Ay triste!

Candanoro.

Repara.

Don Pedro.

¡Suelta!

¡Hola, padre, Elvira!

Hialí.

¿Quién

de mí habrá que te defienda?

Sale Don Pedro desnuda la espada y cubierto el rostro con una banda.

Don Pedro.

Yo.

Candanoro.

Tío; pero mejor es

conservarme en la gatera.

Heliodora.

Un ruido conozco sordo.

¿Socorréis, cielos? Clemencia.

Hialí.

¿Quién eres, mozo atrevido,

que ignoro en tal contingencia

que ofendes a mi corona?,

o a mi amor, que así quiera

no equivocar el castigo

para distinguir la ofensa.

Heliodora.

Cielos, ¿quién será este mozo

que me turba, que me alienta?

Don Pedro.

Un hombre soy que a las voces

de esa dama a defenderla

entré, pues abierto estaba,

aún salva la sospecha

hacia el honor de mi prima.

Aparte.

Hialí.

Mas mi furor acrecientas,

y pues quién eres no dices,

traidor, este acero sea

quien abra en tu aleve pecho

otra boca a la respuesta.

Riñen.

Don Pedro.

No es muy fácil.

Heliodora.

¡Qué desdichas!

Candanoro.

Gusto es ver una pendencia

desde seguro.

Dentro.

Illán.

¿En mi casa

cuchilladas?

Sale Illán con espada desnuda y Elvira.

Candanoro.

Aquí es ella.

Illán.

¿Qué es esto? ¿Cómo en mi casa

hay quien a sacar se atreva...

¡Pero, ay de mí! ¡Vos, señor!

¿La majestad descompuesta,

y la real autoridad

tan cruelmente severa

me venís a hacer visita

con tantos visos de ofensa?

Don Pedro.

La suerte está declarada.

Heliodora.

Muda estatua soy de piedra.

Elvira.

¡Pobre de mí! Que ya dimos

con todo el enredo en tierra

y para hacerlos dorados

todos los doblones lleva.

Illán.

¿Qué es esto, Heliodora?

Heliodora.

Yo, señor...

Hialí.

Quedó a mi altivez sujeta,

pero un delito acobarda

la majestad más suprema.

Aparte.

Illán.

¿No me respondéis, señor?

Mirad que el alma recela

que se hace más sospechosa

disfrazada la grandeza.

Vos, que debéis el mantener

los honores y franquezas

con que de vos los cristianos

en Toledo se conservan,

sois quien primero los rompe

como, decid, atropella

de una majestad sagrada.

Pang. 25

Illán.

Los fueros de una nobleza.

Rey.

Para entrar en vuestra casa,

denme los cielos paciencia,

que haya de satisfacer

a su padre, y no a mi queja,

mas sírvame de pretexto

lo que me hacéis de ofensa

para entrar en esta casa;

o este embozado.

Illán.

¡Ay de mí!

¡Qué confusiones son estas!

Rey.

Illán, ¿quién de vuestra casa

deslucir el lustre intenta?

¿Un mozo que se os oculta

o un rey que se os manifiesta?

¿Quién es aqueste embozado?

Hablad.

Illán.

Quienquiera que seas,

di a lo que has venido, antes

que peligre mi inocencia.

Don Pedro.

En terrible empeño estoy;

si me conocen, se arriesga

Illán, cielos, y aun mi honor,

pues es preciso que sepa

Alfonso que entré en Toledo

sin obtener su licencia;

pero pues mi empeño solo

fue defender la violencia

de mi dama, con su padre

ya del rey segura queda,

esto ha de ser.

Rey.

¿Qué respondes?

(Vase.)

Don Pedro.

Que no es cobardía esta.

Rey.

A el acoso de mis iras,

cobarde, la fuga apelas,

aguarda.

Illán.

Señor.

(Vase.)

Rey.

Aparta,

si no quieres ver resuelta

al incendio que respira

su vida en fácil pavesa;

seguiréle, oh, amor fiero,

uno bastaba que a mi pena

quitases una esperanza,

sin que unos celos añadieras.

Canuto.

¿Que sea yo tan gallina

que a huir con él no me atreva,

y que aun para tener miedo

bastante valor no tenga?

(Vase a entrar y se encuentra con Canuto y sácale al tablado.)

Illán.

¡Cielos, Elvira, qué es aquesto!

Mas no es bien que me detenga

en seguirlos, que esta niebla

que tantos rencores peina

del Mongibelo, que oculta

el incendio de mis venas.

Pero, perro, di, mozo,

¿qué haces aquí?

Canuto.

¡Valga flema!

Que no soy mozo, aunque soy

de la morería viejo,

como mozo, voto a Cristo,

que ninguno de mi tierra

salió, ni será mozo

aquí, ni en carnestolendas.

Illán.

Canuto.

Canuto.

¡Ay, Dios, qué susto!

El conde sin duda eras.

Pang. 26

Illán.

¿Qué haces aquí?

Canuto.

Yo, señor conde,

de orden de Alfonso por ciertas

noticias, y a dar cartas

venimos por la estafeta;

por el color nos sacó

el marido de la reina,

rey, o roque, que en tal caso

es para este juego pieza;

tras de nosotros se arroja

(¡plegue a Dios que me lo crea!);

mi amo al verle, tan furioso

porque no le conociera,

se caló de tafetán

por disfraz una visera;

lo demás ya dirá usted,

que estos lances de comedia,

en estando ejecutados,

se arrepienten de que vean.

Illán.

Pues di, ¿por dónde entró el Rey?

Elvira.

Aquí entro yo.

Canuto.

Por la puerta,

que abierta estaba.

Illán.

Pues cómo,

tan tarde, Elvira, ¿la cierras?

Elvira.

Señor, mi olvido.

Illán.

Ea, calla.

Y ya enmendarte debieras,

viéndose cada día

aquesta inadvertencia.

¿Es posible que en Toledo

a entrar el conde se atreva?

Canuto.

Y aun a salir, porque tiene

en su plaza confidencia.

Illán.

Ya que el cielo no sin causa

ha permitido que vengas

en ocasión en que a Alfonso

llevar mis cartas puedas,

pues te dará la salida

quien la entrada te franquea,

¿tendrás ánimo?

Canuto.

Sí tengo,

que a soldados de mis prendas

en materia del valor

cualquiera duda es ofensa.

Yo llevaré a Toledo

no tan solamente cartas,

mas cuantos palos los moros

me dieren a buena cuenta,

pues ya sé el nombre que invoco,

y lo que viniere venga.

(Vase.)

Illán.

Pues mientras cierro la carta

aquí un instante te espera.

Helena.

Oyes, Canuto.

Canuto.

Señora.

Helena.

Escucha.

Canuto.

¿Qué me ordenas?

Helena.

¿Qué arrojo es este del conde?

Canuto.

El haber hecho muy buenas.

Helena.

Solo temo respeto,

porque si el Rey...

Canuto.

Nada temas,

que solamente por verte

se valió de esta cautela,

y para salir seguro

ya sabido el nombre lleva.

Helena.

Dile, porque de mi fe

ningún escrúpulo tenga,

que de nada tengo culpa.

Canuto.

Y habrá de gran resistencia.

(Sale.)

Helena.

Dile que otra vez escuse

arrojos de esta manera,

que en mujeres como yo,

en donde tanto se arriesga,

siendo a costa de mi honor,

son agravios las finezas.

Pang. 27

Sale Illán.

Illán.

Aquí está la cuarta parte

primera en que se empeña,

porque quizás importa mucho

la nueva que va en ella,

y dile al conde Velasco

no es su suerte tan adversa

que le haya el rey encontrado

con qué cuidado me deja.

Candil.

Verás con cuánto valor

me sé portar en la empresa

llevando a Alfonso; pero esto

ya lo dirán las saetas.

Illán.

Con cuidado estoy del Ángel.

Heli.

¡Ay amor, qué me cuestas!

Vase.

Illán.

Hija, a recoger; si tantos

cuidados como nos cercan

permiten que sea el sueño

paréntesis de las penas.

Vase y sale don Pedro quitándose el traje de moro.

Heli.

¿Cómo ha de buscar descanso

quien hallará en sus tristezas

solo padre al instante

que deja de padecerlas?

Don Pedro.

Las centinelas burlé

con dar el nombre, que es propio

que a quien le matan los celos

dé vida el nombre de amor.

Desta suerte Aliatar

las guardas juzgan que soy,

él sin duda está en campaña,

y pues llegar no es razón

con este traje al cuartel

aquí le dejo, que no

es bien que corriendo el campo

enemigo tan feroz

se pueda avisar asalto

los míos sin prevención.

Con la confusión del ángel

dentro cañuto quedó,

mas pues el sauce la lengua

y también el nombre oyó

se librará, y si no puede

valga que parezca yo

y de dos inconvenientes

se ha de elegir el menor.

Acuda yo a las trincheras

a recorrer la muralla,

pues ya parece que escucho

dar un ronco clamor

de el clarín.

Rey moro.

Seguidle todos.

Dentro.

Hasta alcanzar al traidor

no le redima lo fuerte,

ni le salve lo veloz.

Dentro 1.

A la vega.

Dentro 2.

Al río.

Dentro 3.

Al puente.

Dentro 1.

Arma, arma.

Dentro 2.

Traición, traición.

Don Pedro.

Cielos, ¿qué es esto que escucho?

Sin duda el rey me siguió,

y con su gente me busca

por la campaña, ¡qué heroica

fue abandonar a Chispas

en tan peligrosa acción!

El Rey moro y su gente dentro digan.

Rey moro.

Todos divididos corran

la campaña, mientras yo

en alcance del cobarde

por aquesta parte voy.

Don Pedro.

Aquí ya no hay más remedio

sino apelar al valor,

a esta parte retirado

quiero estarme porque no

Pang. 28

Don Pedro.

Defendieren este sitio,

y si llegasen, mi honor

morir matando sabrá

en peligro tan atroz.

Si a moro es el que buscas, advierto

que solo a él busco yo.

Retírase a un lado.

Sale el Rey Moro.

Rey Moro.

Por esta puerta ha salido

y el nombre dicen de Dios,

cabo es principal sin duda

de mi gente, y pues estoy

con Tarif agraviado

cuando él con tal escuadrón

de aladas armas

librado de cualquier temor

ya me he empeñado en seguirle

con la gente que se halló

en este cuerpo de guardia,

extraña resolución

puede parecer a alguno,

pero quien prudente obró

teniendo celos, que celos

áspides del alma son.

Hacia aquí distingo un bulto.

¿Si será él? ¿Quién va?

Don Pedro.

Yo soy,

que en el campo es de los nobles

solo aceros saco.

Saca la espada.

Rey Moro.

Aquí he de conocerte,

o has de morir.

Don Pedro.

Vive Dios,

que si es el Rey, y si consigo

su muerte en esta ocasión,

será sangriento trofeo

de mi Rey, y de mi amor.

Rey Moro.

¡Gran destreza!

Don Pedro.

¡Cierto brazo!

Tiran y tocan armas dentro.

Dentro.

Unos.

¡Arma, armas!

Otros.

¡Traición, traición!

Dentro.

Tarif.

A retirar, Africanos,

pues la ocasión se perdió.

Dentro.

Don Rodrigo.

A ellos, pues se retiran.

Don Pedro.

¿No escuchas aquel rumor?

Rey Moro.

Mi gente huye, ¿qué intentas?

Don Pedro.

¿A huir? juzga qué mozo soy,

o, si antes que se acerquen,

se acabará mi furor.

Salen el Conde Don Rodrigo, y Cristianos de quien se viene retirando Tarif, y Moros. Mézclanse cada uno de los dos con los suyos. Dándose la batalla.

Don Rodrigo.

¡Seguidlos!

Tarif.

Perdidos somos.

Rey Moro.

Acaudille mi valor mi gente.

Don Pedro.

A ellos, amigos,

que yo a vuestro lado estoy.

Don Rodrigo.

Soldados, sea el efeto,

nuestro en la causa de Dios.

Rey Moro.

¡Cruel fortuna!

Don Pedro.

¡Hado tirano!

Rey Moro.

¡Qué de ira!

Don Pedro.

¡Qué rigor!

Rey Moro.

Me frustraste este deseo.

Don Pedro.

Me quitaste esta ocasión.

Rey Moro.

Pero aquí morir matando

es el remedio mejor,

si acaso no huye la muerte

de una desesperación.

Don Pedro.

Prosígamos el alcance,

mueran a mis manos hoy

todos, ninguno se libre,

que a mi ciego corazón

este furor de los celos

añade nuevo furor.

Vanse.

Fin de la segunda jornada. De la Conquista de Toledo.

Jornada tercera

Pang. 29

Sale Canuto con la carta en la mano.

(Tocan.)

Retírase a un lado.

Tocan a marchar. Salen don Rodrigo, don Pedro y el Rey, su compañía y acompañamiento.

Canuto.

Día más deseado

que de novia que se halla concertado,

cuando con tanta ofensa, oh, don Cupido,

la dilación asusta estar creído,

hasta cuándo, oh, su Aurora aljofarada,

aguardabas a dar la carcajada

que de la luz auroral?

Mas es cosa de risa,

querer que porque un hombre el día espera,

haya de amanecer cuando quisiere.

Válame el alma de Fas, y el turbante

que me libró del moro que arrogante,

a no ser por el trance en que me vía,

y entender yo muy bien su algarabía,

me da trescientos palos con fiereza,

y después de romperme la cabeza

fue bizarra el intento; no fue malo.

Y al fin sé de rrupán, no de su palo.

¿Qué traeré en este pliego que cerrado

Illán Pérez me dio tan encargado?

Sin duda alguna es carta de creencia,

ea Canuto, sopla a su excelencia

pues te haces porque importe

con solo este papel hombre de porte.

Qué se habrá hecho mi amo que a la hora

que de aquella señora

en el cuarto riñó el duelo

con el Rey, que su anhelo

muy tierno la decía

las apuró con grande bizarría.

Mas ¿qué me estoy aquí soliloqueando?

el Rey viene marchando,

y a su lado, si mal no brujuleo

a don Rodrigo y a mi amo veo.

¿Cómo se escaparía?

Mas ¿qué dudo de tanta valentía?

los condes son famosos matadores

clarines, y tambores

predicen ya sus triunfos, porque asombre

ea a Alfonso baste, hombre

llevándose a Toledo a sangre, y fuego

que para su valor cosa es de juego.

Rey Alfonso.

¿Que también en la salida

ceje el moro?

Don Rodrigo.

Hanlo extrañado

la mortandad de los suyos.

Pues apenas nos dio al arma

por el cuartel de la Vega,

cuando yo, que acaso de esta

fuera a romper un convoy,

en cuya acción de importancia

era mi persona, pues

se encaminaba a la plaza

a gran prisa con mayor

escolta que la ordinaria,

a la línea volviera

y viendo entonces trabada

la lid, choqué de costado

con los moros, y fue tanta

la furia con que también

los del cuartel los rechazan,

que en retirada confusa

nos volvieron las espaldas.

Siguiéndoles hasta el muro

los nuestros con tanta saña

que solo les defendió

el ceñirse de las murallas.

Pang. 30

Aparte.

Aparte.

Don Pedro.

Un prisionero asegura

que dejamos malograda

gran ocasión,

¡la fortuna!

de lograr sus esperanzas,

pues por un raro accidente

que estaba el rey en campaña.

Que se había hecho Canuto,

y temo ver declarada

mi cautela si preguntas

pone el rey; ¡pena extraña!

pues si escaparse pudiera

con el nombre bastardaba.

Rey Alfonso.

Eso alentará mi gente,

que tanto desesperaba

de la empresa, y ha de ser

corona suya legítima.

Sale Canuto.

Canuto.

Todos estamos acá.

Don Pedro.

¡Canuto!

Canuto.

¿Cómo me hablas?

¡Por Dios, que para un empeño

eres muy buen camarada!

¡Bien haya yo que he sabido

escaparme a cuchilladas!

Don Pedro.

Apártate antes que el rey

te conozca.

Canuto.

¡Qué apartar!

Antes yo le quiero hablar.

Don Pedro.

¿Qué has de decirle? Repara...

Canuto.

¿Qué? Traerle la respuesta

de que mi valor se encarga.

Don Pedro.

¿Qué respuesta, o qué valor?

¿Pues a mí también me engañas?

Canuto.

¿Qué mucho, si aun yo lo dudo?

Dame, gran señor, tus plantas.

Don Pedro.

Aparta, loco.

Rey Alfonso.

Dejadle,

soldado, ya os aguardaba.

¿Qué es eso?

Dale una carta.

Canuto.

Mensajero

que viene a dar una carta.

Don Pedro.

Él me echa a perder.

Rey Alfonso.

Dejadle,

que me divierte su gracia;

mucho gusto me habéis dado.

¿Sois hidalgo?

Canuto.

Eso la fama

lo dirá de mi apellido.

Rey Alfonso.

¿Cómo os llamáis?

Canuto.

Aquí en casa,

mi abolorio; yo Canuto

desciendo de la montaña

por el carbón de canutos.

Mi madre trajo una saya

bordada con canutillos,

y estando un día en la Mancha

un herrero que con fuelles

encendió de amor la fragua

dispuso hacerse mi padre.

Consiguiólo, y ya engendrada

mi persona, me pusieron

el nombre que me tocaba

por la saya, y por el fuelle

con que quedó encañonada

mi descendencia en Canuto,

por donde a donaire pasa.

Rey Alfonso.

Doyme por bien divertido

y de aqueste pliego, en paga

os mando dar al instante

doscientos escudos.

Canuto.

Vaya,

que a mando sin el instante,

viene un siglo de distancia.

Lee el Rey.

Rey Alfonso.

Señor, la ciudad espera

un socorro, en que librada

viene su gran resistencia,

Pang. 31

Rey Alfonso.

pues afrenta su corona

el moro de Badajoz,

que camina a largas marchas

a introducirle socorro:

Vuestra Majestad se valga

de este aviso; porque importa

prospere el cielo las armas

que tanto la Iglesia eleva

en brazo de tal Monarca.

Rey Alfonso.

Illán Pérez de Toledo,

Conde, de gran importancia

es este leal aviso.

Acudid con vigilancia

a reforzar las trincheras,

porque puedan hacer cara

al moro de Badajoz

si intentase penetrarlas.

(Aparte)

(Vase)

Don Pedro.

A dar las órdenes voy:

calce mi obediencia alas.

¡Ay, cielos hermosos!, ¿qué riesgo

habrá como el que me asalta,

no en temer su fe inviolable,

sino en la opresión tirana

de ese bárbaro, que el hado

le reservó de mi espada

para mi martirio; pues

las dos acciones trocadas,

si muerte me diera vida,

esta vida me mata.

(Aparte)

(Vase)

Don Rodrigo.

Voy, Señor, a obedecerte

con la presteza que mandas.

No sé qué nuevo pavor

afrenta mi confianza,

que me lo dice un silencio

cuando una voz me lo calla.

(Vase)

Cardillo.

Voy a contar a mi amo

más de dos mil pataratas;

diré que por mi valor

me dieron salida franca,

porque esto de las pendencias

anda de tan mala data

que ya es valiente quien tiene

valentía en escusarlas.

(Descúbrese la tienda de campañas con una silla en que se sienta el Rey)

Rey Alfonso.

Solo he quedado, ¡ay de mí!,

¡qué de cuidados me asaltan!,

pues cuando a las inclemencias

del tiempo mi gente se halla

cada día más rendida,

y con las salidas varias

del moro disminuida,

nuevos refuerzos aguarda

de las auxiliares tropas;

¡oh pensión nunca escusada

de la guerra, donde siempre

entre dudas el que manda,

más que con sus enemigos

con sus discursos batalla!

Mucho este cuidado aflige;

mas, cielos, ¿cómo desmaya

mi aliento cuando la honra

de Dios y su fe sagrada

son motivo de esta empresa?

En vos, Señor, busca el alma

favor, amparo y defensa;

piedad, piedad, que no alcanzan,

sin los auxilios divinos,

triunfos las fuerzas humanas.

Ved cuán desiguales son,

las mías cuando aumentadas

las del enemigo crecen.

Si esta guerra no os agrada,

Pang. 32

Rey Alfonso.

por injusta, no en los míos

ejecutéis la venganza.

Muera yo, señor, pues ellos

sus vidas por mí avasallan.

Clemencia, señor, clemencia.

Un letargo me embaraza

los sentidos. ¡Oh, pensión

que a los mayores monarcas,

y a los humildes plebeyos

la muerte y el sueño igualan!

Duérmese. / Aquí baja una tramoya con un ángel cantando estos versos.

Ángel.

Invicto monarca, campeón generoso,

atiende a mi acento suave, sonoro,

que aunque rendirse al sueño

es de un cuidado impropio,

duerme y sosiega, caudillo heroico,

que a desvelos tan nobles, gloriosos,

felices descansos te siguen forzosos.

Sabe, monarca feliz,

que te espera victorioso

el triunfo mayor que en clarines y plumas

veloz se oirá desde un polo a otro polo.

Presto tu heroico valor

será siempre, invicto Alfonso,

eclipse fatal de las bárbaras lunas,

dejando a tu sol en Toledo su trono.

Ya por tu estoque se ven

llegar en lazos frondosos

laureles de luz que la fe te previene

por ser de la Iglesia atlante glorioso.

Tus dichas confirmará

el hispalense Isidoro;

nuncio feliz de León al prelado,

noticia dará que te avise del logro.

Confía, ¡oh, felice rey!,

pues el brazo poderoso

de Dios en tu amparo te asiste propicio.

A tanto poder ¿qué trofeo no es corto?

Desaparece el ángel.

Rey Alfonso.

¡Válgame Dios! ¿Qué ruido

me usurpa la dulce calma

en que estaba absorta el alma!

Córrese el bastidor, y suenan cajas y clarines, y despierta el Rey.

Sale don Rodrigo de Badajoz; huyendo el moro, y va haciendo vista descubre unos cuarteles.

Rey Alfonso.

Para aumentar más laureles

llegan a esta conquista.

Don Rodrigo.

La parte del setentrión

ocupa mi orgullo fiero.

Rey Alfonso.

De vos, valor espero

el triunfo en esta ocasión.

¡Felice yo, cuyo auspicio

logra entre tanto desvelo

un soñado bien, que el cielo

hoy me asegura propicio!

Vuelven a tocar cajas y clarines, y salen don Pedro y Canuto.

Don Pedro.

Gran señor, los sitiados

con el refuerzo adquirido

del socorro que han tenido

se ostentan tan alentados

que de la plaza salidos

hacen con fiero denuedo...

Canuto.

Si ellos tuvieran mi miedo

no salieran en sus vidas.

Don Pedro.

Del obispo de León

don Ciprián, aqueste pliego

he tenido. Leedle luego.

Dale una carta, y léela.

Rey Alfonso.

Ea, heroicos capitanes,

que en el día que aguarda

la Iglesia un nuevo trofeo,

y de mayor gloria España.

Aquí el obispo me avisa

bien que con modestia santa

Pang. 33

Rey Alfonso.

que el celestial Isidoro,

glorioso patrón de España,

se le apareció, diciendo

que el cerco no levantara

de Toledo, que ha de ser

de la fe gloriosa basa.

¡Ánimo, soldados míos,

que el mismo que en las pasadas

edades ruinas predijo

en la pérdida de España,

restauración anuncia

a mis católicas armas!

Vos, generoso don Pedro,

con osadía gallarda

prevenid la infantería,

porque al asalto salgan

por la Vega a refrenar

las salidas de la plaza.

Vos, invicto don Rodrigo,

con los flecheros, que a tanta

gloriosa empresa prevengan

esas ruidosas aljabas;

y con la caballería,

que a vuestro valor se encarga,

al moro de Badajoz

haced frente, porque vaya

yo con el resto a la parte

que viere más apretada.

Candil.

¡Ay, que nunca hubiera sido

tan pródigo de bravatas!

Mas buen remedio echar pies,

si hasta ahora echaba plantas.

Rey Alfonso.

¡Ea, invictos campeones,

y la victoria señala!

El cielo a nuestros aceros

feliz triunfo nos aguarda.

Don Pedro.

Toca al arma.

Don Rodrigo.

¡Al arma toca!

¡Santiago! ¡Al arma, al arma!

Tocan cajas y clarines. Vanse.

Todos.

¡Al arma!

Candil.

¡Señores, qué tal locura,

solo porque tengan gana

de decir al arma, al parche

le han de zurrar la badana!

Yo me quedo en este sitio;

y más que todos se vayan,

no hallaré dónde esconderme

para ver en lo que para;

pero ya un barranco miro.

¡Viva yo, mientras se matan!;

rodaré de aquesta peña,

recíbanme en sus entrañas.

Al son de cajas sale Tarif y soldados moros y el Rey Hiaya.

Rey Hiaya.

¡Ea, valor africano,

heroicos vasallos míos,

de cuyos ardientes bríos

tiembla el orgullo español!

Y si el felice día

que a tanto atrevimiento

conseguirá el escarmiento

la obligada bizarría

se ha de ver, pues ya avaro

en mudos ecos nos llama

ronco el clarín de la fama

para resonar más claro;

y a la vista presentes,

entre furias temerarias,

se ven las huestes contrarias,

¡ea, africanos valientes!,

conozcan vuestro ardimiento

Pang. 34

[Hiscam.].

tantos propios estragos,

y lloren mucho castigo.

No más de en solo un aliento

en venciendo, a averiguar

vuelvo el recelo tirano,

y en Helí, y su Padre anciano

el furor he de emplear.

Ya me advierte la fortuna

que mire en esta ocasión

con la cuartana al León,

con la creciente a la Luna,

sino queda padecer menguantes.

Pues a pesar de dardillos,

se han de mirar sus castillos

coronados de turbantes;

y pues el de Badajoz

a romper la línea atiende,

y auxiliar nos pretende

entrar con fuerza veloz

nosotros a divertir

por las espaldas iremos

por donde acometeremos

luego que llegue a embestir.

En ti, noble Jarif, fío

de tanta empresa la gloria.

Jarif.

Tuya será la victoria,

pues es tuyo el valor mío

no hay, señor, que recelar.

Un moro.

Todos con tu poder

peleando hemos de vencer.

Hiscam.

Pues a vencer, y pelear.

Lamenten su suerte esquiva

esos míseros perros.

Jarif.

Mueran los viles cristianos.

Soldados.

¡Viva África!

Éntranse desnudando las espadas.

Sale Canuto.

Cajas.

Cajas.

Canuto.

España, pues,

perros, que la tierra allane

cuando marlotas trastoque

que no porque yo no juegue

no he de desear que gane,

pues una cosa es el miedo

y otra la razón sincera,

ahora bien, yo bien pudiera

ser valiente, mas no puedo.

no tengo los bríos mil

que rinden sin hacerse salva

con el lucero del alba

pues yo me avengo con el candil

Pero, ¡cruel Dios, qué empresa!

trabada la escaramuza,

y el diablo del moro Muza

guarda muy bien su cabeza

por dos partes a compás

nos cercan, y nos maltratan,

nos zurran, y nos atacan

por delante, y por detrás.

Allí anda un morillo mocho

con gran valor sin que cese

cuál aprieta, dale a este

que le debe dos de a ocho;

pero hacia aquí van llegando

y a mí me tocan en su estruendo

esconder, que van viniendo

ya que nos dan, que van dando.

Vuélvome a zampar.

Escóndese, y salen peleando moros y cristianos.

Rey Alfonso.

Guardes,

ahora veréis mi esfuerzo,

no me asusta la ventaja,

pues aunque herido me siento

Pang. 35

Rey Alfonso.

la sangre que sale al rostro

dirá lo que arde en el pecho.

(Riñen)

Un moro.

Mal podréis.

Dentro. Don Rodrigo.

Socorred todos

al Rey que está en grande riesgo.

Uno.

Ríndete.

(Sale Don Rodrigo armado con peto y espaldar y la visera calada)

Don Rodrigo.

Ea, Alfonso invicto,

retírate, mientras quedo

siendo escudo a mi vida.

Rey Alfonso.

Preciso ha de ser hacerlo,

que acuden más enemigos.

(Entranse peleando)

Moros.

A ellos, todos a ellos,

que se retiran.

(Vuelven a salir muy deprisa el Rey y Don Rodrigo)

Don Rodrigo.

Señor,

ya que el número que vemos

es tan grande, y a la muerte

el bruto cedió su aliento,

venid, que yo os pondré en salvo.

Rey Alfonso.

Gran valor.

(Vanse)

(Sale Canuto. Como el conejo vuelvo a sacar el hocico...)

Canuto.

Como el conejo

vuelvo a sacar el hocico.

¿Quién será este caballero,

o aqueste galán fantasma

que tan osado, y resuelto,

en defensa del Rey vino,

y sobre sus hombros puesto

en su caballo le monta?

¿Quién será que no le puedo

reconocer porque lleva

aforrado el entrecejo?

Mas vive Dios, que aún mal hago;

pues desnudando el acero

una bajada de a mano

tira, y a un bies el mesmo,

no he visto jugar de Marte

en el ajuar más ligero

sin duda es sastre, que les lleva

el rebozo a los mancebos

no se le compren, señores,

pero vive Dios que es de eso

si es sastre, que a cuchilladas

les va pegando, y abriendo

los botones a los galgos,

los ojales a los perros,

es la cuchilla, ¡a, majo!

¡Que no sepa yo hacer esto!

Pero ¿quién me mete a mí

en ruidos, quién? Yo me meto

porque con un Rey tan grande

ha sido mal miramiento

el sacarle tres jirones,

y no sacarle un pañuelo.

Pero gente viene, malo,

vuelvome a entrar.

(Escóndese, salen Don Pedro y soldados acuchillando a Tarif)

Don Pedro.

¡Morid, perros!

Canuto.

Cascad y zurra, gandul.

Don Pedro.

Hijos, hoy es el día.

Dentro.

¡Retirar!

Rey Don Alfonso.

Pues los moros

de Badajoz van huyendo,

a ellos.

Horraez y Alí.

Pues los africanos

que por los avisos nuestros

se retiran, y no es fácil

acudir a tanto empeño,

retirémonos nosotros.

Dentro.

¡Victoria, España!

(Salen)

Pang. 36

Sale Cárdenas.

Cárdenas.

Agora entro,

y salgo yo, no hay sino es

buen ánimo, mosqueteros,

porque he de hacer de las mías

como en este paso entero.

Huyendo de los demás,

saco la espada; pero esto

mejor es dejarlo ahora.

Salen por un lado el rey don Alfonso, y por otro don Pedro.

Don Pedro.

¡Viva Alfonso!

Rey Alfonso.

Vuelva el eco

a publicar la victoria.

Cajas y dicen dentro.

Dentro.

¡Victoria, España!

Rey Alfonso.

Don Pedro.

Don Pedro.

Señor, viendo los sitiados

enemigos que salieron

de la plaza, que el que vino

en su socorro, soberbio

rey de Badajoz, a huir

entre la fuga derecho

desamparó la campaña,

cobardes lo propio hicieron;

dejando como padrón

de tan infeliz suceso

de cadáveres rendidos

espectáculos funestos,

no se han de alabar, señor,

por esta parte.

Rey Alfonso.

Ni espero

que se alaben por la otra,

pues no imagino ser menos

de Badajoz el estrago,

que sin resistir el fiero

choque de nuestros caballos

sin orden, y sin concierto

en retirada confusa

desbaratados huyeron.

Don Pedro.

Vuestra Majestad, señor,

solo pudo con su aliento

tan bárbaras osadías

resistir.

Rey Alfonso.

Pues os confieso

que me vi en grande peligro,

y cerca estuviera desto

tanto que a no ser por un

airoso, y galán despejo

que en mi defensa se puso,

la muerte dudosa entiendo,

y rechazando el orgullo

de los enemigos, creo

que de ímpetu tan furioso

hubiera sido trofeo.

Don Pedro.

¿Y dónde está, gran señor,

ese a quien todos debemos

la libertad, y las vidas?

Rey Alfonso.

Os aseguro, don Pedro,

que me holgara conocerle

para honrarle, iba cubierto

con la visera, y no pude

distinguir más, que a su esfuerzo

pues dándome su caballo

con gran brío partió luego

entrándose en la batalla.

Cárdenas.

La ocasión me viene a pelo;

señor, ¿queréis que yo os diga

quién os libró?

Rey Alfonso.

Eso deseo.

¿Quién fue, quién me dio la vida?

Cárdenas.

Yo señor, que os corté el cuello

de la capa, y os saqué

de tres bocados.

Rey Alfonso.

Su humor aprecio.

Pang. 37

Don Pedro.

Apartaos.

Rey Alfonso.

Dejadle.

Cantarilla.

Señor.

Rey Alfonso.

Que se os dé el premio

es razón.

Cantarilla.

No pido más.

Rey Alfonso.

Mostrad, pues, el manto regio,

la púrpura, que procuro

feriarosla.

Cantarilla.

Yo no vuelvo

nunca, lo que una vez quito.

Rey Alfonso.

Acabad.

Desátase las faldriqueras.

Cantarilla.

Terrible aprieto,

ya le saco.

Rey Alfonso.

¿Por encima

del vestido está?

Cantarilla.

No es eso,

sino que como es sagrado,

le voy buscando con tiento.

Don Pedro.

¿Que vuestra Majestad real

a este loco?

Saca una bolsa con cuartos o testículos.

Cantarilla.

No le encuentro,

pues él no puede faltar

de aquí; este es un soneto

que a una cocinera hice;

esta la cinta del pelo

de la criada del doctor;

estos unos trapos viejos,

que son para el cordobán

escobillas del invierno.

¿Si estará en este bolsillo?

Acá, aquí ha de estar,

yo apuesto, que es lo último.

Don Pedro.

Don Rodrigo

llega, señor,

que fue siguiendo al alcaide.

Rey Alfonso.

Ya le espero.

Sale don Rodrigo.

Don Rodrigo.

A tus reales plantas puesto,

la norabuena, señor,

te da mi rendido afecto,

y yo también la recibo

por haber llegado al tiempo

que de tu real persona

escudo fuera mi pecho

contra la bárbara furia.

Rey Alfonso.

¿Luego vos fuisteis resuelto

a quien le debo la vida?

Don Rodrigo.

Yo, señor, fui el que, cumpliendo

con mi obligación, quedé

con la fortuna de haberos

librado, y en la campaña

no con menor lucimiento

que otro alguno, mas ¿qué mucho

si de esta púrpura el bello

rosicler encendido anima

al más apagado incendio?

Saca los jirones.

Rey Alfonso.

Dadme los brazos, ilustre

conde, valiente guerrero,

y sean de hoy más vuestras armas

tres jirones, timbre excelso

que al de Cisneros olvide

con ser tan noble Arginexos.

A mi hermana doña Sancha

hoy por esposa os concedo,

que a quien solo por mi vida,

valeroso, osado y fiero,

dio su sangre, con mi sangre

pagar solamente puedo.

Don Rodrigo.

¡Oh, gran monarca, que premias

aun más allá del deseo!

Pang. 38

Don Rodrigo.

no en vano, doña Casilda,

por su generoso pecho

el de la mano horadada

se aclama en común proverbio.

Card.

Muy bueno he quedado yo.

Alf.

Soldado, pareció eso.

Can.

También hay reyes graciosos.

D. Ped.

Señor, id a recogeros,

y sea de la caída

blanda suspensión al lecho,

pues que la herida fue nada.

D. R.

Líbronos del susto el cielo.

Alf.

Vamos, don Pedro, venid,

noble Girón.

D. R.

Sus pies beso.

Can.

Juro, que no hay hombre tan

desgraciado, pues mi ingenio

no ha sabido ser dichoso

sabiendo ser embustero.

(Vanse, y salen a una azotea doña Helena y Elvira)

Elvi.

Señora, de esta azotea

lograremos fácilmente

(de las voces que la gente

esparcir al aire deja)

informarnos del estado

de la batalla.

Hel.

¡Ay, Elvira,

qué grande temor conspira

contra mi amante cuidado,

y mi temor corresponde

al susto que me turbó,

pues ignoro en qué paró

el lance del rey y el conde!

Elvi.

La ciudad es un Babel,

y entre tanta confusión

la gente anda sin razón,

entra, y sale de tropel.

(Suena una sordina)

Hel.

¿Mas qué trompa destemplada,

melancólica resuena?

Elvi.

No es esta música buena

para los moros.

Hel.

Armada

gente (al compás) aquí

llega en desorden confusa.

Dentro.

Entréguese la ciudad,

pues la defensa es ninguna.

Hel.

¿Qué es esto que oigo? ¡Ay, Elvira,

aquí de otro lado se escuchan

voces que a mi corazón

generosamente adulan!

Elvi.

Todos son indicios claros

de que los cristianos triunfan.

Hel.

Pluguiera a los cielos.

Elvi.

Ya

aquí se acercan.

(Salen todos los moros)

Hiaya.

¡Qué sufra

mi coraje tanta afrenta

como esas voces perjuras

me ocasionan! pues no basta

en considerada turba

que en una, y otra batalla

venza el cristiano (¡qué angustia!),

sino que a partido (¡qué ira!)

me dé; en vano lo procura

vuestra cobarde impaciencia,

no siempre, no, la fortuna

airada conmigo puede

acreditarse de injusta,

ni con su voluble enojo

mi constante enojo frustra.

Dentro.

Pang. 39

Dentro.

Entréguese la ciudad,

pues la defensa es ninguna.

Hiaya.

¡Ah cobardes, que el cielo

con la llama sañuda

de mi rencor, en cenizas

vuestra inconstancia reduzca!

Helí.

Mi sobresaltado pecho

por instantes se asegura.

Tarif.

Señor, advertirte debo

que el pueblo el clamor funda

en la necesidad

que ha ocasionado la mucha

resistencia continuada,

mantenerse dificulta

la ciudad, que en tal estado

se halla, que de la suma

fatal miseria rendidos...

Hiaya.

Calla, calla, ¡ah suerte dura!

¿Que mi soberbia ha de darse

a partido?

Tarif.

¿Qué rehúsas

el capitular? ¿No adviertes,

señor, que a la veloz furia

del desesperado pueblo

la circunstancia se junta

de no haber socorro alguno,

pues en vergonzosa fuga

vencido el de Badajoz

a su tierra se apresura,

y el tumulto va creciendo

en la ciudad?

Hiaya.

Tal pronuncias,

pues ¿cómo? (¡ay triste!) pues ¿cómo

a mi decoro se ajusta?

Dentro.

La clemencia del cristiano

nuestras vidas asegura.

Hiaya.

¡Oh pueblo infame! Tarif, parte,

parte luego, (¡pena injusta!)

al rey Alfonso, no sé

lo que digo, y capitula

que; pero torpe mi labio,

y balbuciente, rehúsa

deciros que...

(Vase.)

Tarif.

De mí fía,

señor, que con él concluya

decorosas condiciones

a su majestad augusta,

mas la brevedad conviene,

y pues la plebe importuna

insiste en el motín, dame

licencia, para que acuda

a apagar la eficaz, fácil,

voraz llama de su furia,

porque ya en la dilación

su respeto se aventura.

Hiaya.

Espera, ¡ay de mí!

Helí.

Del rey

Tarif se apartó.

Elvira.

¿Qué dudas?

Vencidos vienen, ¿no ves

del rey en la catadura,

y en el ademán, que todos

han llevado en caperuza?

Hiaya.

¡Muera yo a tanto despecho,

tanto baldón, tantas injurias,

a viles vasallos ya

condesciendo en que se cumpla

sus deseos a pesar

de tanta pena confusa,

ruego, que más quisiera

que esas desmandadas turbas

atropellasen mi vida

para ser mi sepultura!

Pang. 40

Hiaya.

que rendirme; pero, cielos,

que a mi desprecio concurra

yo, por fuerza, y no me acabe

el dolor? ¿Que así presuma

este desbocado bruto

del pueblo que su fortuna

se mejore, sujetando

su libertad a la dura

prisión de extraño dominio?

Elvira.

Si salió de la consulta

que nos empalen.

Hiaya.

Ya

todo mi aliento caduca,

ya no soy Rey de Toledo

y a mi valor no divulga

la fama, ya mi glorioso

nombre, el olvido sepulta,

ya no resplandece aquella

luz de mi flamante luna

y muero, pero no muero

que morir fuera ventura,

y aun le niega a mi deseo

este alivio la fortuna.

Elvira.

¿No ves los gestos que hace

el Rey?

Helena.

Calla, no descubras

que estoy aquí.

Elvira.

Para fiestas

está el mozo.

Hiaya.

Que ahora suba

a Palacio es fuerza a dar

la última orden, ni una

hora he de estar en Toledo

e irme a Valencia, ¡oh, nunca

de varia ciudad su Rey

hubiese yo sido!

Elvira.

¡Porra,

lo que se enfurece ahora!

Maligna es la calentura,

pero en el ladrar se infiere

que tiene rabia perruna.

(Vase con los demás moros.)

Hiaya.

Antes que Febo en el mar

su antorcha apague, fecunda

para dejar a la noche

el humo con que se enluta,

he de partirme a Valencia;

ea, Alfonso, triunfa, triunfa,

en Toledo; ya a su pro

la heroica ciudad es tuya,

pero ¡ay de mí! la memoria

nuevamente me atribula

en ver la casa de aquella

deidad que amé, si la culpa

de Illán me informara a ser

ocasión de que mi furia

lugar diese a otro cuidado

que el principal; ojos puros

que sois testigos de tanta

fatal triste desventura

tened piedad de mí, si es

que un infeliz halla alguna.

Helena.

Ya se fueron, a mi padre

vase a buscar, procura

mi cuidado, por si acaso

a su noticia se junta

la que de mi amante el alma

espera, que en mar de dudas

hasta verle en dulce puerto

Pang. 41

Helena.

míseramente fluctúa.

Elvira.

Por esto a mí, el Canuto

ningún cuidado me asusta,

pues ya sabe en las batallas

ponerse en parte segura.

Sale Canuto solo.

Canuto.

Gracias a Dios, que podré

sin que haya dificultad

entrar siempre en la ciudad

donde a Elvira hallare,

pues habiendo concedido

al moro las condiciones

que en sus capitulaciones

nuestro Rey ha pedido,

dicen que sin dilación

de Toledo ha de salir,

y tal van a prevenir

los moros la función

solemne que ya se aguarda,

y que al tiempo ha de admirar;

pero aquí me quiero estar,

que ya despeja la guarda.

¡Oh, qué famosa paliza!

Lugar se hace entre la gente,

mas sufrir no me es decente

una alabarda rolliza;

ya resuenan los timbales,

y haciendo muchas corbetas

en sus mulas los trompetas

chiflan sonoros metales;

y el séquito de chiquillos

llega tras ellos corriendo,

a ver que vienen vertiendo

vino por los carrillos;

la puerta de la ciudad

los moros llegan a abrir,

ya el Rey debe de venir.

¡Qué pompa, qué majestad!

Los mozárabes en tropas

quieren sin duda cantar;

yo me quiero retirar,

que hoy ha de haber brava sopa.

Salen por un lado descubriéndose la fachada de una puerta todos los mozárabes, Dioso, y Elvira; Tarife con las llaves en una fuente, y detrás el Rey moro, y la Reina, y por el patio, a caballo los condes, y el Rey, y soldados a pie.

Música.

Para lustre de la fama,

y para gloria del tiempo

en el Sexto Alfonso sean

sin número los trofeos,

y al católico gremio

feliz se restituya la gran Toledo.

Aquí se para el caballo del Rey como que no quiere pasar adelante.

Rey Alfonso.

En vano, arrogante bruto,

opones a mi precepto

tu orgullo, por más que intentes

suspender el movimiento.

Pero, ¿qué es esto que admiro?

¿Algún oculto misterio

que sin duda, en este sitio

no reparará el portento

de detenerse el caballo

siempre inmóvil resistiendo

el aviso de la espuela

y la obediencia del freno?

Todos.

Admiramos el prodigio

todos.

Hali y Tarife.

¿Qué es aquello?

Tarif.

El caballo se detiene

del cristiano.

Pang. 42

Rey Alfonso.

Investiguemos

de tanto efecto la causa.

Pared, ábrete.

Apeándose el Rey suena ruido dentro, y cayendo un lienzo de la muralla se descubrirá entre las ruinas un Santo Cristo, y una Imagen de la Señora con una lucerna antigua encendida.

Don Pedro.

A cielos respondes a todos.

Rey Alfonso.

¡Qué miro!

Unos.

¡Qué prodigio!

Otros.

¡Qué portento!

Unos.

¡Gran suceso!

Otros.

¡Gran milagro!

Suben al tablado.

Cándido.

Este tesoro encubierto

la vieja pared tenía.

Rey Alfonso.

Tu piedad, Señor inmenso,

alabe Cielo, y la tierra,

y vos Aurora del bello

Sol, que a un lado influyes

sacros divinos alientos

recibid en sacrificio

santos píos afectos.

Unos.

¡Qué ventura!

Otros.

¡Qué alborozo!

Rey Alfonso.

Soldados, este deseo

religioso ha merecido

la gloria de tanto premio.

Todos.

Tanto premio digno es solo

de tu católico celo.

Don Pedro.

La circunstancia admirable

de estar esa luz ardiendo

preservándose ignorada

añade flamante incendio

pues permanente holocausto

durar pudo contra el tiempo

(testimonio de la fe)

por espacio de trescientos

y setenta, y nueve años

pues no es dudable que el celo

cristiano los dos preciosos

simulacros del desprecio

preservó de los infieles,

y aquí los dejó encubiertos.

Rey Alfonso.

De esta Imagen soberana

peregrino cognomento

sea de hoy más el de nombre

de la luz, y a los dos bellos

simulacros porque quede

a los siglos venideros

la memoria de este caso

he de fabricar un templo

sin dilación, en su culto

soberano, y dejar quiero

en el pendiente, mi escudo

para memoria del tiempo.

Reina.

Extraño prodigio.

Hiaya.

Yo

ni lo dudo, ni lo creo;

ya Invicto Alfonso, a fortuna

rendido (¡ay de mí!) te ofrezco

las llaves de esta ciudad,

que en sí mejoran de dueño.

Rey Alfonso.

Yo las recibo, y los brazos,

heroico Hiaya, a mi pecho

te trasladen, que no pueden

impedir nunca en lo negro

afectos.

Pang. 43

Rey Alfonso.

los cortesanos afectos.

Y vos, señora, admitid,

también a mi rendimiento

la atención.

A la Reina

Reina.

Alá prospere

vuestra fortuna, que en esto,

para tan mísera afrenta,

me guardáis la vida. ¡Cielos!

Illán.

Un hora dichosa llegue,

amado Príncipe excelso,

a vuestros pies.

Rey Alfonso.

A mis brazos

llegad, Ilián de Toledo.

¿Y vuestra hija?

Helodesa.

Ya está a vuestras

plantas.

Rey Alfonso.

Del suelo

alzad, señora.

Azalán.

¡Oh, ingrata!

Rey Alfonso.

Mas ya de quejas no es tiempo.

Don Pedro.

Pues en albricias, señor,

de tan gran suceso tengo,

una merced que pediros.

Rey Alfonso.

Decid, pues.

Don Pedro.

De doña Helo-

-desa, señor, la mano,

que la pidáis os ruego

a don Ilián.

Rey Alfonso.

¿Qué decís?

Illán.

Que responda mi silencio,

y mi alborozo.

Rey Alfonso.

Pues yo

a ser Padrino me ofrezco.

Azalán.

¿Esto más, fortuna injusta?

Marcho a Valencia, que espero...

Don Pedro.

¡Qué venturosa esperanza!

Helodesa.

Apenas mis dichas creo.

Rey Alfonso.

Vos a Valencia pasad,

y prosiga el triunfo.

Cantor.

Primero

falta pedir el perdón.

Con la música

Todos.

Pidámosle, repitiendo

que al católico gremio

feliz se restituya la gran Toledo.

Fin de la comedia! De la Conquista de Toledo

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