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testo digitale di Gravarte

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Gravarte. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/gravarte.

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GRAVARTE

Jornada primera

Pag. 1

Figuras siguientes: Gravarte galán, Orilo su criado, un piloto, Tinbrano pastor, Tirseo pastor, Lucina dama, una pastora.

Entra Lucina.

Gravarte.

Entre los que amor ha sujetado,

y en el amor tan diferente ha sido,

que me hizo dichoso y desdichado,

de un extremo y otro me ha traído.

Soy dichoso en estar bien empleado,

desdichado en no ser favorecido;

y así es mi pena y mi dolor tan fuerte,

que es menos mal el de la propia muerte.

Ha que amo una dama bien dos años

y con esperanza uno y otro día,

diese fortuna fin a tantos daños,

trocando mi dolor en alegría;

pero crecen dolores tan extraños

porque mi dama siempre me es impía;

con lo cual mi dolor es de tal suerte,

que es menos mal el de la propia muerte.

Pero paso este mal y este tormento

confiado siempre en aquesta dama,

por quien peno y siento lo que siento

y que con limpio amor me quiere y ama,

mas no se atreve a darme algún contento

con el temor de la limpieza y fama;

y así el mal que paso ya me advierte

que es menos mal el de la propia muerte.

Vengo agora a mi oficio acostumbrado,

o por mejor decir a mi ejercicio,

estando como firme enamorado

con propia voluntad a su servicio,

dándole de mis penas y cuidado

claras señales y bastante indicio,

porque entienda que es mi mal tan fuerte

que es menos mal el de la propia muerte.

Ayer tanto de mí fue perseguida

y tanto le movió su tierno pecho,

ver cuán amarga es y tan querida

de mí con los servicios que le he hecho,

que a mi tormento y pena tan crecida

y al dolor que me tiene en tanto estrecho,

dar fin porque mi vida advierte

que es menos mal el de la propia muerte.

Lucina.

Pase adelante.

Gravarte.

No puedo.

Lucina.

¿Y quién lo estorba?

Ya que no paséis de ahí.

Gravarte.

Vuestra belleza y mi miedo,

mas mandadme perdonar,

señora, pues que ofenderos

fue el atreverme a quereros

más quedo de esta conquista.

Decí que, aunque estoy en calma,

que el quereros es del alma

y el miraros de la vista,

y como es de más valor

el alma que no los ojos,

pierdo en veros los despojos

que gano en mi mucho amor.

Lucina.

Cierto, mucho me queréis

si es así como decís.

Gravarte.

Más será si lo sentís,

como de mí lo entendéis;

que cuando me hallo en calma,

y acaso veros deseo,

a miraros voy y creo

desde el corazón al alma.

Que, para bien contemplaros,

de los ojos dos tenía

el alma, señora mía,

determino de miraros;

y esto por poder miraros

en mí cuando ausente estéis,

mi alma donde estaréis

para jamás olvidaros.

Lucina.

Con todo aqueso yo siento

que lo que decís, señor,

no nace tanto de amor

como de algún cumplimiento.

Gravarte.

Señora, si aquesto fuera

cumplimiento y pasatiempo,

no pasara tanto tiempo

yo por vos pena tan fiera;

pero lo que, gloria mía,

ser fingido da a entender,

es como estar mi querer

con amor de solo un día.

De aquesto solo me temo.

Lucina.

El temor es desvarío,

porque el vuestro amor y el mío

son iguales en extremo;

y tened por llano y cierto

que desde el punto primero

que a vos os amo y quiero,

aunque os ha sido encubierto;

y pues agora el honor

y nobleza hace que fuerza

tuvo hasta aquí, más fuerza

en mí el temor de mi honor,

sabed que sois tan querido

de mí, que ya me sublimo

en solo decir que estimo

Pag. 2

Gravarte.

por tanto señora vos

no os mostréis tan desdeñosa

pues para ser piadosa

tan hermosa os hizo Dios

y seréis allá en el cielo

aunque es rey junto a la luna

más bella sin duda alguna

que mil veces en el suelo

y mis ojos de consuelo

sienten mi mal infinito

pues cuando de vos los quito

quito los ojos del cielo

y por Júpiter mi Dios

que de toda cualquier cosa

os quitaré más preciosa

para ponellos en vos

y pues vuestra perfeción

es en el mundo sin par

no tengáis en nada dar

a mi amor el galardón

Lucina.

tiene tal fuerza el amor

en mí que manda que os dé

el premio que vuestra fe

merece ilustre señor

mas con que me deis la mano

de que mi esposo seréis

Gravarte.

haré cuanto me mandéis

mi bien alto y soberano

veis aquí la mano indina

justo será que temáis

pues agora a tocar vais

a la que veis que es divina

señora la mano os doy

pues que vos la habéis pedido

que seré vuestro marido

aunque dello indino soy

Lucina.

yo os doy la mano señor

porque estoy muy confiada

que con vos será estimada

más mi honra y mi honor

Gravarte.

pues con esto mi señora

las naos voy a concertar

y remos a embarcar

antes que se pase un hora

y con tanto queda a Dios

Vase y sale Gravarte y Orilo su criado.

Lucina.

muy dulce y querido mío

él mismo vaya contigo

y ampare siempre a los dos

alegre estoy y gozosa

mi pensamiento es dichoso

pues ya Gravarte es mi esposo

y yo también soy su esposa

la palabra le di dello

y él la mano y fe en medio

y amor fue quien lo ordenó

y ha sido tercero dello

yo me voy a aderezar

porque viniendo en un punto

mi esposo me iré a embarcar

que aunque desto no doy prueba

de mi ser y de mi honor

desculparáme el amor

pues él es el que me lleva

Gravarte.

Orilo si estás obligado

el que es amigo leal

a sentir el bien o mal

de su amigo en igual grado

será justo que conmigo

sientas mi bien y contento

que dentro del alma siento

como vasallo y amigo

Orilo.

señor Gravarte no espero

más para que yo lo sienta

sino que me des la cuenta

de lo que es por entero

porque prometo a fe

que si me lo descubrieres

del mal o bien que sintieres

yo por mío lo tendré

Gravarte.

Lucina amigo a quien quiero

la amo con tan gran querer

pues no te oso encarecer

pues sabes mi amor sincero

ha olvidado su dureza

dando el paso a mi afición

midiendo la condición

con su hermosura y belleza

agora me ha prometido

que de su casa saldría

conmigo y más que se iría

donde yo fuese servido

ansí caro amigo mío

porque esté mi bien más cierto

quiero que llegues al puerto

y conciertes un navío

en el cual nos embarquemos

los tres y luego al momento

alcemos velas al viento

y a su tiento caminemos

Vase Orilo y queda Gravarte.

Orilo.

si en esto te doy contento

tan obligado te soy

que a hacer lo que mandas voy

tan ligero como el viento

Gravarte.

pues quedo aguardando la figura

de aquella que en natura

excede y oscurece

al luminoso sol que resplandece

porque da tanta luz a los mortales

y más que dan los dioses inmortales

Pag. 3

Asómase a una ventana Lucina.

Gravarte.

Por fin veré si merezco

lo que me ha prometido,

Lucina, o si me ha puesto en olvido.

Vuestra palabra nunca será vana,

porque es diosa y no mujer humana.

Lucina.

¿Quién es?

Gravarte.

Quien sin vos no es nada,

y quien es algo con veros,

y quien, si no es el quereros,

todo lo demás le enfada.

Bajad, ya que esto se afea,

que de tan altos despojos

gocen los indignos ojos,

sino el alma que os desea.

Salid, señora, de impía

no deis ahora la muestra.

Lucina.

Yo iré, porque el alma vuestra

goce lo que de esta mía.

Mas, ¿qué es lo que he de hacer?

Gravarte.

Sacarme de tal penar

como es el desesperar,

pues está en vuestro querer.

Acabad, tal bien de darme.

Lucina.

Es cierto que soy quien

os puede dar algún bien.

Gravarte.

Sí, señora, y remediarme.

Mas, mi alma, si queréis

cumplir la palabra y fe

que me distes, ¿para qué

tanto tiempo os detenéis?

Por tanto, salid y daréis

fin a mi pena crecida,

si no, hallaréis me sin vida,

podrá ser cuando acordéis.

Salid, pues mostráis amarme,

que si un momento tardáis,

podrá ser cuando volváis

al remediarme, llorarme.

Lucina.

Señor, poned en olvido

eso, que tan vuestra soy

que luego al momento voy

a cumplir lo prometido.

Gravarte.

Pues mis deseos cumplidos

son y mi intento amoroso,

podré llamarme dichoso

más que cuantos son nacidos.

Lucina.

Mi bien y gloria, ya vengo.

Gravarte.

Yo con veros, tal me veo

que tan grande bien no creo,

señora mía, que tengo.

Mas porque cosa ninguna

sientan, vamos, que me atrevo

a decir que, pues os llevo,

que no temo a la fortuna.

Orilo.

Los trances de fortuna variable

si se cotejan con los de Cupido

son menos, y fortuna tan estable,

que este ciego amor loco y perdido,

y a un punto me ha traído miserable,

que yo mismo me veo tan oprimido,

que la lealtad y fe me hace que tuerza,

y el propio, para ser traidor, me esfuerza.

Pasó mi alma con su flecha airada,

de tal suerte, que quiso la entregase

a Lucina, a quien ya la tengo dada,

y que por causa de ella así penase;

ella es de mí querida y tan amada,

que si por dicha acaso la topase,

entiendo no había cosa poca,

contemplarla con alma, ojos y boca.

Bien sé que de Gravarte soy amado,

y de otra parte de valor tan poco

que no podré, por firme enamorado,

alcanzar esta empresa que ahora toco.

Pero con todo, estoy determinado

a ser traidor, que amor me tiene loco.

Un piloto, mi amigo, es el que viene,

tratarlo con él mucho me conviene.

Piloto.

Aguardadme en el batel,

que luego quiero tornarme.

Grumete.

Para poder embarcarme,

aguardando quedo en él.

Orilo.

Señor Leocato, piloto amigo,

¿a quién vienes a buscar?

Solo a ti, para tratar

cierto negocio contigo.

Tú sabrás que un caballero,

a quien sirvo de criado,

de una dama enamorado

está, que en el alma quiero.

Y él me mandó que viniese

aquí al punto y que buscase

un navío en que pasase

a Trento, si viento hubiese.

Porque yo y él y la dama

vamos, según os lo digo,

pero entiende, caro amigo,

que me abraso en viva llama.

Y si es que no tienes fletado

tu navío, dilo luego,

porque ha de ser remediado

por ti mi amoroso fuego.

Pues somos amigos, demos

orden, pues amor me inflama,

que yo quede con la dama

y al caballero matemos.

Piloto.

Tienes me tan obligado,

carísimo amigo, cierto

en haberme descubierto

tu grave pena y cuidado.

Pag. 4

Piloto.

según que te amo y quiero,

pues dices al caballero

y ha de ser de aquesta suerte,

que en mi navío os llevaré

y, estando dentro en la mar,

sin que se pueda escapar,

la muerte allí le daré.

Y así te podrás quedar

con la dama; por si eso conviene,

mas el caballero viene

y ella, cúmplenos callar.

Gravarte.

Alargad el tardo paso,

que no es larga la jornada;

y si a dicha vais cansada,

del temor no hagáis caso,

que en un pecho enamorado

parece mal el temor.

Si el andar no da dolor

al rico pie delicado,

porque con tanta afición

os quiero, si me queréis,

que a do vos ponéis los pies

pongo yo mi corazón.

Orilo.

Ya, señor, he concertado

la nao, embarcaré luego,

que la mar está en sosiego

y el tiempo manso y templado.

Gravarte.

Con esto contento voy.

Embarquémonos, mi bien.

Vanse, y queda el piloto solo.

Sale Orilo.

Piloto.

Pues embarcaos vos también,

que luego al momento voy.

¿Quién me vido no ha una hora

libre, contento y quieto,

y quien cautivo y sujeto

me ve del amor agora?

¿Quien ha tenido valor

de sufrir en la importuna

mar mil golpes de fortuna

no sufra uno de amor?

Y para dar a entender

lo que digo y aclararme,

ha venido a sujetarme

a tal punto una mujer.

Aquesta es la dama bella

de quien está enamorado

Orilo, y ha concertado

dar muerte a su amo por ella.

En fin, yo la quiero y amo,

pienso con mi brazo fuerte

a Orilo darle la muerte

después de muerto su amo.

Y pues él a su señor

quiere ser facineroso,

a un traidor otro alevoso,

y si no, dos al traidor.

Vase Orilo, y salen el piloto y Lucina.

Orilo.

¡Cómo podré contar la triste suerte

que la nao do venía ha contrastado!

Pues mil veces en manos de la muerte

me he visto en el mar casi ahogado.

Una tormenta tan feroz y fuerte

nos levantó en la mar, tan fiero airado,

que entiendo no podrá nadie creello

si el que por su mal se halló en ello.

Y embarcando de salir del puerto

dando las velas al feroz viento,

como nunca su bien sea estable y cierto,

y el mar con gran borrasca y turbulento,

de un torbellino el cielo fue cubierto.

Se comenzó a trocar en un momento

la mar, el cielo, y los vientos braman,

y con gran furia contrarios se inflaman.

Y eran de la mar las olas tan extrañas

que la nao en las nubes levantaban,

del agua se formaban mil temores

que hasta las nubes vide que llegaban.

De lástima quebraban las entrañas

Lucina, a quien valía, que lloraba,

tan desmayada estaba y afligida,

que mil veces la muerte visto había.

Y de un golpe sola de la mar airada

el mástil nos llevó con el espiga.

Entonces la tormenta fue doblada

y por esto nos fue más enemiga.

Creció el dolor, la fuerza fue doblada,

a sufrir muerte cada cual se obliga.

El piloto no daba orden alguna,

que también andaba contra la fortuna.

Y del mástil que cayó tomé un pedazo,

y asime fuerte dél con una mano,

y ansí nadando con el cuerpo y brazo

me libré del furor, y mar insano.

Pero este mal suceso y triste caso

ordenó el alto cielo soberano

porque con mi traición yo no saliese

ni a Gravarte, mi amo, muerte diese.

Mas yo bien merecí aquel castigo

porque fue la fortuna tan impía

contra Gravarte, y el cielo su enemigo

quitándole a su dama y gloria mía.

Pero pues que me veo sin abrigo

y junto de la mar sin compañía,

quiero saber do estoy, quizá los hados

me echan donde pague mis pecados.

Piloto.

Agora, dama, podéis

conocer con grato pecho

lo que yo por vos he hecho,

y más lo que me debéis.

Jornada segunda

Pag. 5

Piloto.

pero no espero otra paga,

sino que entendáis mi intento,

porque el mal que por vos siento

en algo se satisfaga.

Lucina.

Vuestro intento yo bien veo,

señor, que ha sido conmigo

tal cual nunca podré, amigo,

pagarlo como deseo;

porque es cierto que la vida

que agora poseo y tengo,

por vos solo la sustengo,

que ya la tenía perdida.

Y a tan grande beneficio,

si al premio ha de igualar,

la paga será emplear

mi vida en vuestro servicio.

Y pues me distes allí

la vida después de Dios,

no es mucho gastar por vos

la vida que tengo aquí.

Y esto con buena intención

digo, y ello me vale,

porque lo que digo sale

del alma y el corazón.

Piloto.

Yo tengo de vos segura

la paga, dama, que quiero,

si fuere tal como espero

de esa beldad y hermosura.

Y así por paga no os pido

yo, señora, vuestra vida,

sino que sea entendida

la voluntad que he tenido,

que, pues que otra vez salí

libre de la mar esquiva,

y para sacaros viva

della otra vez volví,

y así el cielo fue servido

que saliese sin dolor

de aquesto, y mi mucho amor

la paga, señora, os pido.

Lucina.

Ya yo conozco, señor,

la deuda a que estoy obligada,

la cual os será pagada

con sencillo y propio amor.

Por eso, mirad de mí

qué paga, señor, queréis,

mi corazón que tenéis,

y la libertad que os di.

Solos estamos los dos,

bien sabéis lo que padezco,

la paga que yo merezco

no sea sino cual vos.

Mirad lo que hice, pues,

por vos y mi mucho amor;

esto no fue amor, señor,

y si en la mar os cansastes

y algún peligro os pusistes,

por vuestro interés lo hicistes,

pues la paga demandastes.

Piloto.

Interés, señora, fuera

si cuando os entré a sacar

de la peligrosa mar,

yo sin peligro lo hiciera.

Pero pues por vos mi vida

me vi a punto de perder,

amor lo hizo hacer,

esto es cosa conocida.

Por tanto, a este firme amor

dad la paga que merece,

pues tal soledad se ofrece

para apagar mi dolor.

Lucina.

Yo, señor, os desengaño

que, antes que a tal vileza,

en la mar con gran fiereza

me echaría a mayor daño.

Piloto.

Con eso me desconsuelo,

será mi dolor crecido,

que negarme lo que os pido,

todo bien me quita el cielo.

Y pues mi firme afición,

siendo de tanta estrañeza,

no ablanda vuestra dureza,

mis males infiernos son.

Y así con justa razón

diré por vos, bella dama,

pues que me abrasáis el alma,

que es de fuego el corazón.

Y mi último consuelo

será no esperar jamás,

pues él es mal sin compás,

y la esperanza de hielo.

Pero ya el amor me esfuerza,

de quien me veo inflamado,

pues que no queréis de grado,

dármelo habéis por fuerza.

Lucina.

¡Ay, cielo, ayúdame agora

con tu poder y valor!

Piloto.

Más ayudará a mi amor

que a otra crueldad, señora;

pues como el cielo es piadoso,

y vos sois tan fiera y dura,

ayuda en tal coyuntura

a mi deseo amoroso.

Lucina.

Ya que el piadoso cielo

no me da ningún favor,

a compasión mi dolor

te mueva y mi desconsuelo;

duélate verme penar.

Entra Orilo.

Piloto.

Dama, cesen tus enojos,

porque convidan tus ojos

a los míos a llorar.

Pag. 6

Orilo.

¡Oh, cuán dichosa es la suerte

y cuán grande mi ventura,

pues que en esta coyuntura,

señora, he venido a verte!

Vienes a tan sola parte

que, aunque esté agora conmigo,

aqueste es tan mi amigo

que me dejará gozarte.

Piloto.

Oye, Orilo, lo que digo:

que si en aquesta ocasión

piensas hacer tal traición,

lo tienes de haber conmigo.

Orilo.

Porque eres contra mi amigo.

Piloto.

Pues tú contra tu señor

eres agora traidor;

no quieres que sea contigo.

Orilo.

Pues con palabras te armas,

conmigo ven a los brazos,

que entre ellos te haré pedazos,

aunque no tenemos armas.

Piloto.

Sea ansí, pues tú lo quieres;

yo lo quiero y de tal suerte

que antes llevarás la muerte

que della favor esperes.

Orilo.

Aquí te has de acabar.

Piloto.

Tus fuerzas vas perdiendo;

pues yo escaparme pretendo,

quiérame el cielo ayudar.

Orilo.

Pongamos al reñir pausa,

no por el miedo que tengo,

sino que a entender vengo

que la pendencia es sin causa.

Piloto.

Pues ya la dama se ha ido;

por cierto, muy necios fuimos,

pues en ello no caímos;

bien lo hemos merecido.

Orilo.

¿Qué os parece que hagamos?

Piloto.

Que, porque no haga ausencia,

dejemos nuestra pendencia

y luego a buscarla vamos.

Y si la hallare alguno,

la traiga a este lugar,

donde la pueda gozar

de entrambos a dos el uno,

y será el que la quisiere.

Orilo.

Y cuando no, la batalla

se acabará, y el gozalla

será de aquel que venciere.

Vanse y sale Gravarte.

Piloto.

Sea ansí; al punto podemos

ir tras la dama bella,

y aquí con ella o sin ella

será bien que nos juntemos.

Entra Orilo.

Gravarte.

Muévate a compasión, airado cielo,

mi grave mal y estraña desventura

y mi desgracia grande y triste suerte;

vuélveme mi consuelo,

y si no, dame la furiosa muerte,

que al hombre desdichado

morir es bien y no vivir penado.

Si de mi bien estabas envidioso,

dieras fin a mi enojosa vida,

y en mí solo tu rabia la vengaras;

y aqueste rostro hermoso

de mi ninfa querida

me mostraras y no me la negaras;

que al hombre desdichado

morir es bien y no vivir penado.

Si acaso se ahogó mi ninfa bella,

injusto cielo, porque la luz suya

a la que das al mundo oscurecía,

dime luego della,

porque la mía concluya,

yéndose tras ella el alma mía;

que al hombre desdichado

morir es bien y no vivir penado.

Mas ¿por qué de la fortuna

me quejo? Aquesto es muy grande desvarío,

sino de mí, que por salvar mi vida,

siéndome importuna,

porque aqueste amor mío

duró poco, y es cosa conocida,

que el hombre desdichado

morir es bien y no vivir penado.

¿Qué más, como amante, no hiciera

si como mi ninfa al fiero mar me echara,

procurando a nado salvarme?

Y si a dicha muriera,

con ella me llevara,

porque veo por mí muy claramente

que al hombre desdichado

morir es bien y no vivir penado.

Orilo.

Por toda aquesta marina

mi bella dama he buscado;

triste, que no la he hallado,

y así voy do me encamina

mi triste y contrario hado.

Gravarte.

Orilo, Orilo, señor, ¡ay, cielo!

Haz que tenga alguna nueva

de mi bien y mi consuelo.

¿Dónde vas, Orilo? ¿Dónde me lleva

mi desgracia y triste duelo?

Pues que el cielo permitió

darte la vida y saliste

libre del mar, di si viste

mi ninfa o si se ahogó.

Orilo.

No me preguntes, señor,

nada de tu ninfa bella,

que si te doy nuevas della,

será darte más dolor,

porque ya no podrás vella.

Gravarte.

Di lo que tu triste suerte

y mi desgracia tan fuerte

me da ya a entender que es muerta,

y si ello es cosa cierta

yo mismo me daré muerte.

Orilo.

Dígote, señor, que vi,

cuando de la mar salí,

a tu ninfa caer vi,

Pag. 7

Orilo.

y así a sacar la volví,

pero fue muy excusado,

que antes que llegase yo,

vide que el mar la sorbió.

Orilo.

¿Qué dices? ¡Oh adverso hado,

que ya mi ninfa murió!

Gravarte.

¡Oh dioses falsos, tiranos,

pues fuisteis tan inhumanos,

bajad al suelo y veréis

si defenderos podéis

de mis poderosas manos!

Crueles, facinerosos,

aleves y mentirosos,

si de mi ninfa querida

estábades envidiosos,

no la quitarais la vida.

Allá con las diosas bellas

la pusiérades con ellas,

tan hermosa pareciera

que allí las oscureciera

como el sol a las estrellas.

Mas yo sé por cosa cierta

que mi Lucina no es muerta,

porque del empíreo cielo,

con un soberano velo,

viene adornada y cubierta.

Ninfa ínclita, de hinojos

corre el alma, y con los ojos

te adoro, porque con verte

de la dolorosa muerte

triunfa, y llevas los despojos.

No me la detengáis, dioses,

ni tú, Júpiter, la goces,

que de tal no eres digno,

y que a ti y a tu ser divino

echaré en el suelo a coces.

Pero el cielo no la tiene,

porque de la fiera mar

mi ninfa nadando viene;

quiero me echar a nadar,

sacaréla, pues conviene.

No huyas, ninfa querida,

pues que ves que voy tras ti,

no seas tan endurecida;

ven, dabasme vida a mí,

y tú también tendrás vida.

No te escabullas ni escondas,

pues que de ti cerca llego,

por ti a la muerte me entrego

y así en las furiosas ondas

por causa tuya me anego.

Orilo.

¿Señor, qué estás diciendo?

Vase Gravarte y queda Orilo.

Gravarte.

Ya se salió de la mar

y comienza de volar;

ninfa, seguirte pretendo

hasta poderte alcanzar.

Que las alas tengo aquí

que de Dédalo cogí

cuando por la mar pasó,

la hora te alcanzaré yo,

no te escapas de mí.

Tú, Juno, Venus y Palas

y las demás diosas malas,

dadme mi bien y consuelo,

suba con aquestas alas.

Pues mira, dulce señora,

que tan divina hermosura

no es justo que sea tan dura

ni quieras estar ahora

en esta caverna oscura.

Que tu rostro angelical,

que es fin para los mortales,

merece, y los celestiales,

estar con los divinales,

y no con gente infernal.

Pues al infierno me iré

y porque mi amor se vea,

por lo que amado te he,

de dentro te sacaré

como Jasón a Medea.

Que si suspendió las furias

infernales con su canto,

yo pienso hacer otro tanto,

ninfa, pues así me injurias,

pero será con mi llanto.

Salen Tirseo y Tinbrano.

Orilo.

Mucho me pesa al fin ver

a Gravarte triste y loco,

por lo cual vengo a entender

por ser su seso tan poco,

porque si entrara en la mar,

dado se había de anegar;

pero pues amor me inflama,

a la mi aya y su dama

quiero tornar a buscar.

Tirseo.

Tinbrano, si del amor

algún tiempo te has hallado

cautivo y aprisionado,

ya sabes qué es el dolor

de amar y ser desamado;

será razón que conmigo

sientas, carísimo amigo,

la pena y dolor que siento,

pues mi angustia y gran tormento

comunicaré contigo.

Tinbrano.

Tirseo, yo holgara

de saber tu pena y mal,

porque te prometo a fe

que el mío te contaré,

que creo no tiene igual.

Tirseo.

Sabrás que en esta montaña

ha venido una pastora

de hermosura tan extraña

que su luz ofende y daña

a la que nos da el aurora;

en el punto que la vi,

que era Diana entendí,

humilléme y adoréla,

la vida y alma entreguéla

y mi libertad le di.

Mas mostróseme inhumana,

cruel, fiera y desdeñosa,

es en hermosura diosa

y en condición tigre hircana,

y al fin en todo hermosa.

Jornada tercera

Pag. 8

Tinbrano.

con el tal corazón,

es en balde mi afición

que tiene de mármol duro

y de acero el corazón.

Por las señas que me das

de esa belleza, que es tanta

sin decirme de ella más,

de quien el mundo espanta

su hermosura sin compás,

mas Tirseo, estáme atento,

que el mal que tú sientes, siento.

Y si amas la pastora,

también mi alma la adora,

con firme afición y intento.

Su hermosura es sin igual

y creo que no es mortal

sino una diosa divina

que anda hecha peregrina

para nuestro daño y mal.

Que Dios a tan alta y bella

ninguno merece, bella,

sino solo para amarla,

servirla y reverenciarla;

no consintió amor querella.

Pero si es mujer humana

con solo aquesto concluyo:

que mi amor excede al tuyo,

y con voluntad muy sana

yo he de ser amador suyo.

Tirseo.

Teniendo tanta amistad

los dos y siendo el primero

yo que vi de su beldad,

quererla tú es gran maldad

sabiendo que yo la quiero.

Tinbrano.

El que primero la vio

Entra Gravarte.

Tirseo.

Solo fui yo,

yo solo muero por ella.

Yo he de amarla, y querella

que no la merecéis, no.

Gravarte.

Buscando a mi Lucina

parte no me ha quedado

lo cual yo no haya andado.

Hasta el hondo infierno

y en la región malina

al príncipe dañado

está siempre mandando fuego eterno,

con llanto sempiterno,

mas no he sabido de ella.

Que Plutón me la esconde,

triste, no sé a dónde,

y diome a Proserpina en trueco de ella.

Mas por mi Lucina muero

como por su Leandro murió Hero.

Después subíme al cielo

pensando allá hallarla;

mas todo mi trabajo fue excusado,

que por darme más duelo

y por poder gozarla,

Júpiter la subió al más estrellado

coro, y fueme negado

el subir; pero en guerra,

a puñadas y a palos,

hice a los dioses malos

que por fuerza bajasen a la tierra.

Pero por ella muero.

Tirseo.

Dime, Tinbrano, ¿has notado

lo que aqueste está diciendo?

Cómo está el desventurado.

Por ver lo que está diciendo

nos apartemos a un lado.

Desnúdase el vestido.

Gravarte.

Después entré en la mar

y a sorbos agotela,

y a los peces dejé sin agua alguna;

mas no la pude hallar.

De allí salí y busquela

a do está la adversa y cruel fortuna,

y en su caverna profunda

ni en la región furiosa

de los airados vientos,

y en los cuatro elementos

no pude hallar a mi Lucina hermosa;

y así por ella muero

como por su Leandro murió Hero.

Y justo es que ya te duela,

querida ninfa mía,

mi pena, mas ya vienes transformada

en fénix de ave que vuela,

y por darme alegría,

a mi bien, volando apresurada.

¡Ah, llega, ninfa amada!

Pero tengo entendido

que de mí vas huyendo

y alcanzarte pretendo,

y desnudarme ahora este vestido.

Mas, ninfa, ya te veo,

y se cumple de todo mi deseo.

Tirseo.

¿Qué dices, hombre? ¿Estás loco?

Gravarte.

Si estoy loco es por amarte;

mas pues ya espero gozarte,

no huyas, espera un poco.

¿No me conoces, señora?

¿No me conoces, mi bien?

Tú no sabes que soy quien

te ama, quiere y adora.

Tirseo.

¡Líbreme el cielo de ti!

Gravarte.

Dime, ¿huyes todavía?

Abrázame, ninfa mía.

Tirseo.

¡Tinbrano! ¡Ayúdame aquí!

¿Qué es lo que piensas hacer?

¿No soy quien piensas, señor?

Mira que yo soy pastor,

no entiendas que soy mujer.

Gravarte.

¡ Mas qué gran necio que soy,

que junto a mí, Caterina,

y que no la conocía;

del alma y vida te doy.

Tinbrano.

Vete con el enemigo,

por Dios, que está bueno el cuento.

No aguardó, sino al momento,

en que ha de embestir contigo.

Vase Gravarte y quedan los pastores.

Gravarte.

Si no eres tú mi señora,

yo la quiero ir a buscar.

Cielos, ¿queréis me la dar,

siendo piadosos ahora?

Tirseo.

Él va muy loco y perdido

y claro, a entender, lo vio.

Pag. 9

Tirseo.

Pues se desnudó y dejó

aquí el sayo y su vestido;

yo me le quiero poner,

y quizá desta manera

mi pastora cruda y fiera

podría ser me querer.

Tinbrano.

En nuestro negocio agora,

¿qué es lo que hacer podremos?

Tirseo.

Que vamos a do entendemos

hallar la bella pastora,

y nuestra pena y tormento

le contemos, por si quiere

a alguno, y aquel que fuere

alegre viva y contento,

con que el otro sea obligado

a no invidialle su amor.

Vanse y sale Lucina.

Tinbrano.

Huélgome de eso, pastor;

vamos a buscarla al prado.

Entran Tinbrano y Tirseo.

Lucina.

¿A quién contaré mis quejas,

al aire, viento o al cielo?

Pues para aumentar mi duelo,

más me atormentan ya quejas.

Fortuna, mar y los hados,

cielo y tierra se juntaron

con el amor y ordenaron

mi mal, siendo conjurados.

Y todos de envidia mía,

para poder acabarme,

acordaron de quitarme

un solo bien que tenía.

Y el cielo que lo ordenó

trocó en grande desventura

todo aquel bien y ventura

que el secreto amor me dio.

Y aquella gloria que dio,

pensé que no me faltara;

de los ojos de la cara

fortuna me la quitó.

Que, aunque es contraria e impía,

la vil, falsa y alevosa,

me la quitó de envidiosa,

porque supo que era mía.

Mas, ¡ay, querido Gravarte!,

si anegado no estás,

dime, gloria, ¿dónde estás?,

¿en qué lugar, en qué parte?

Tinbrano.

Di, Tirseo, ¿quién creyera

que aquella hermosa pastora

fuera con los dos agora

tan inhumana y tan fiera?

Lucina.

¡Ay, mi Gravarte querido!

No sois vos quien yo entendía,

mas es cierto que traía

aqueste propio vestido.

Tinbrano.

Amigo, escúchame un poco,

aquesto ¿quién te lo dio?

Tirseo.

Señora, aquí lo dejó.

Mas ¿no ves qué bella cosa?

Tinbrano, debes creer

que la que ves no es mujer,

sino alguna altiva diosa;

que su luz pura y divina,

que agora en su rostro vemos,

merece que la adoremos,

y aun de mucho más es dina.

Tinbrano.

Divina hermosura,

cuya estraña beldad a mí me espanta,

por ser celeste y pura,

en mano y garganta,

y del cabello de oro hasta la planta.

Divina y casta diosa,

cuya hermosura alta y soberana,

sois tan alta y preciosa,

que es cosa cierta y llana

que excede a Juno, Venus y Diana.

Decláranos quién eres,

porque en lo que mereces tengamos,

que por tales te tenemos,

agora te juzgamos,

y por divina diosa te adoramos.

Tirseo.

Tu soberana vista,

por ser tan estremada y peregrina,

hace el mundo conquista;

dinos si eres divina,

que ser humana a ti no es cosa dina.

Lucina.

Sabed que soy humana,

y por tal me tened, nobles pastores,

que la fortuna insana

me trae con mil dolores,

y de mi mal la causa son amores.

Tinbrano.

Pues alto, desde agora,

pues seguir tu voluntad, Tirseo,

ama a esotra pastora,

que a la que agora veo

he puesto el corazón, alma y deseo.

Tirseo.

Pues siempre he de tenerte

por competidor mío, di, villano;

lleva en pago la muerte.

Tinbrano.

¡Ay! ¿Quién, soberano,

venganza me venga

de tal alta mano?

Tirseo.

Agora, ninfa hermosa,

por tu causa a este muerte he dado;

sé blanda y piadosa,

pues que me ves llagado

y de tan gran belleza enamorado.

Y cuando seáis tan fuerte

que no me queráis amar,

yo holgaré de gustar,

por vos, la forzosa muerte.

Jornada cuarta

Pag. 10

Sale la pastora con los vestidos de Lucina.

Pastora.

Penando al fin me dejó

aquel hermoso doncel,

y mostrando ser cruel,

huyó de mí y se alejó;

y yendo en su seguimiento,

Pag. 11

Entra Gravarte.

Pastora.

topé este mi vestido,

y me le puse al momento,

y no por el valor dél,

pero porque si me viese

puesto con él, me quisiese

y fuese menos cruel;

mas tengo por cosa cierta

que es ciego el dios de amor,

y por él, con gran dolor,

aunque en balde de ser muerta,

que cuando alguna quisiera

en su corte soberana,

a la alta diosa Diana

sujeta ansí la trujese.

Gravarte.

Tirano cielo alevoso,

mi ninfa, ¿dónde la tienes?

Y tú, destas que no vienes,

ninfa, a darme algún reposo;

al infierno bravo y fiero

mil veces por ti he bajado,

y hasta la virtud ha llegado

de Aquerón, el can Cerbero;

y hasta la Estigia laguna,

donde Plutón está airado;

y de ti nunca he sabido,

ninfa, jamás cosa alguna;

y dos mil veces andado,

abrasado en fuego ardiente,

desde oriente a poniente

la fiera mar he pasado;

y después el mundo todo

andado desde el polo ártico,

perdido voy tan loco

sin hallar, hallarte en ningún modo;

y en los fieros animales

que he hallado, he mirado

por si animal te has tornado

destas conditiones tales;

pero, pues crece mi pena

y te puedo hallar,

quiérote agora buscar

en esta caliente arena.

Ya la hallé hecha mosca,

mas ¡ay! que se me ha escapado.

¿Quién la habrá en árbol tornado,

o mujer? Porque es cosa tosca.

Pastora.

Este hombre que está loco

es por quien me preguntaba

aquel doncel que clamaba;

escucharle quiero un poco.

Dice el eco: piedra.

Gravarte.

Mas, ¡qué poco mi amor medra!

Dime, ¿dó podré hallarte?

¿De qué manera o qué arte

estás echa árbol o piedra?

Yedra dices que es mi estrella;

dónde está mi ninfa bella.

Ella, ha dicho, no hay dudar,

abrazo que fue con él,

me abarca y me enrama amar,

y que, ya que está con vida,

es cierto que dices, di,

y que, huyendo de mí,

está ya en la mar metida,

y de tanto se recela;

dime que no está segura

en la mar adversa dura,

dónde está, ¿qué es della? Di, la

Ela, ¿adónde o qué desgaire?

Pues, como ninfa, a diosas,

convertida en codorniz,

haciendo de mí donaire,

alto, pues, con grande prueba,

tras ti, digo, quiero volar,

y te tengo de alcanzar

hasta que te tenga presa.

Tú eres mi ninfa hermosa,

pues, ¿cómo, que me has oído?

¡Ay de mí, tú te has ido,

conmigo tan rigurosa!

Pastora.

Mi señor, ¿qué queréis?

Que yo no soy quien pensáis.

Gravarte.

Muerto, que no lo seáis;

¿cómo ese traje traéis?

Pastora.

Yo os daré cuenta muy cierta,

que topé aqueste vestido

solo, en un valle escondido.

Gravarte.

Sin duda mi ninfa es muerta,

porque aquesto que me dices,

el vestido y el mesura

de mi ninfa fiera y dura,

que eres ella, entiendo yo;

y que mi ninfa no eres,

a la fe, me lo pagarás,

pues la muerte dado has

a la que es flor de mujeres.

Pastora.

Porque este no me dé muerte,

fingir quiero una mentira.

Señor, escúchame y mira.

Gravarte.

Dime, ¿qué es lo que quieres?

Pastora.

Advierte,

que tu dama tan querida

me dio su vestido a mí,

para que ella por ti

nunca fuese conocida.

Vase Gravarte y entra Tirseo.

Gravarte.

Ansí, pues, yo voy tras ella,

que en la tierra, cielo y mar

la tengo de ir a buscar,

por poder vengarme della.

Pastora.

Un caso es el más extraño

que nunca en mi vida vi;

si mucho estuviera aquí,

aquel me hiciera algún daño.

Tirseo.

Ya creo que es cumplida,

si no me engaña el deseo, ahora,

que mi ninfa querida

mandó viniese ahora,

para que de hoy más fuese mi señora,

y muy bien cumple el concierto.

Pag. 12

Tirseo.

y yo deseando

ésta, solo estaré siempre gozando.

Ya vengo, ninfa hermosa,

a gozar de la gloria prometida.

Pastora.

Yo no he prometido cosa,

pues como estás ansí vestida,

has hallado la muerte

de envidia de su gracia y hermosura;

con aqueste brazo fuerte,

en aquesta espesura,

pienso acabarte.

Entra Orilo

Tirseo.

¡Ah, grave desventura!

Orilo.

Después que dejé loco

por causa mía al triste de Gravarte,

de él mucho ni poco

de ningún modo o arte

no he sabido del arte ni parte,

aquí tengo de acabarle.

Pero, ¿qué es lo que digo?

¿Éste es Gravarte y ésta Lucina?

Pues le he sido enemigo,

una herida malina

le daré que no tenga medicina.

A ello amor me inflama,

y pues ya mi traición habrá sabido,

y que quiero a su dama,

antes que de él ofendido,

pasmóme de ver a su fin venido.

Tirseo.

¡Ah, quién me ha muerto, cielo!

¡Júpiter, en tus manos doy mi alma!

Orilo.

Pues en el duro suelo

sabéis que he dado en calma,

y gozaré de amor la gloria y palma.

Lucina, mi señora,

perdón pido de este mal que he hecho,

que mi alma te adora,

y ansí este fiero pecho

nació de un amoroso y limpio pecho.

Pastora.

Decidme, ¿por qué le distes

muerte a este triste pastor?

Orilo.

¡Cómo me habláis, señor!

¿Adónde me conocistes?

Pues, ¿cómo, no sois Lucina?

Pastora.

No soy tal.

Orilo.

Pues, ¿quién, señora?

Pastora.

Señor mío, una pastora

pobre, triste y campesina.

Orilo.

Pues decidme, este vestido,

¿qué mujer u hombre os le dio?

Entra el pícaro.

Pastora.

Mas, de que le hallé yo

en este campo escondido.

Pícaro.

De Gravarte nos trabamos,

de la dama, y nos hallamos

de ella cada cual burlado,

y nos apartamos luego;

de ninguno no he sabido

nada, y ando yo afligido,

y abrasado en nuevo fuego.

Mas, si no me engaño, es

éste mismo, y la señora

está con él; pues yo agora

¿Qué es lo que aguardar toca, pues?

Agora le doy coyuntura,

que aqueste es merecedor

de ello y ha sido traidor;

quiero darle muerte dura,

que, muerto él, yo me ofrezco

que la dama gozaré.

Orilo.

Muerto soy, pero ya sé

que bien la muerte merezco.

Pastora.

¡Pues aquesto, cielo santo!

Que aquestos tan mal se tratan,

que unos a otros se matan,

cosa es que pone espanto.

Pícaro.

Agora, señora mía,

pues que conmigo os veis,

de que no os escaparéis

de mí como el otro día.

Pastora.

Señor, decid, ¿qué queréis?

Pícaro.

¿No sois mi ninfa querida?

Pastora.

Yo no os he visto en mi vida,

ni nunca visto me habéis.

Pícaro.

Pues decid, ¿quién os ha dado

ese vestido, señora?

Entra Lucina

Pastora.

Yo le hallé no ha un hora

en aqueste hermoso prado.

Lucina.

¿Adónde estás, mi Gravarte?

¿Do te tiene el hado esquivo?

¿Adónde estás, si eres vivo?

Iré al momento a buscarte.

Pastora.

Doncel bello y hermoso,

huélgome veros, amigo,

para que seáis conmigo

menos fiero y mal piadoso.

Pícaro.

Pues que te es a parecer

y el talle, a gente garzón,

da muestra de ser varón,

yo entiendo que sois mujer.

Lucina.

Señor, mucho me agraviáis

si por mujer me tenéis;

además me conocéis,

o al menos os engañáis.

Pícaro.

Aunque decís que me engaño,

os engañáis más, por Dios,

pues que es ver claro vos

en mi alma el desengaño.

Lucina.

En balde encubro mi pecho,

en mí por ser desdichada

Pag. 13

Entra Gravarte.

Piloto.

tan grande escarmiento ha hecho,

aunque agora, en tal estrecho

me hallo, vengo a entender

que en negar que soy mujer

que hubo de mí provecho.

Y, aunque es muy necio el engaño,

lo tengo de sustentar,

que hombre me he de llamar

por el miedo de mi daño.

Gravarte.

¡Ah, cielo, cielo infame y traidor!

Envía de allá agora

a Lucina, mi señora.

Lucina.

Este es Gravarte.

¡Ay, mi gloria y altoria!

¿Cómo estáis? Decid, ¿qué habéis?

Gravarte.

¿Quién sois vos?

Lucina.

¡Ay, vida mía!

¿No me conocéis, Gravarte?

Lucina soy.

Gravarte.

Yo lo creo,

mas como os veo y me veo

de aquesta manera y arte

Lucina.

No sé más, al parecer.

Señor, loco habéis estado,

según me han declarado.

Gravarte.

Ello ansí debe de ser,

y yo lo tengo entendido,

señora. ¿Qué he de creer,

pues nunca he podido veros

y me hallo sin sentido?

Pero decidme, mi amor,

¿cómo estáis desposeída

del roto traje, y vestida

en hábito de pastor?

Lucina.

Señor, no podré contar

lo que ha pasado por mí

desde el punto que os perdí

en la peligrosa mar.

Mas vos, ¿por qué habéis estado

loco?

Gravarte.

Porque nueva cierta

me dio que érades muerta;

oílo a mi fiel criado

y sentí tanto el dolor,

que de juicio he salido.

Lucina.

Pues tened que os ha sido

aquese propio traidor,

que, porque os diésedes muerte,

aquello debió inventar,

y a mí me quiso forzar

con intento rudo y fuerte.

Gravarte.

Pues, ¿cómo, ninfa querida,

salistes? ¿Quién os libró

del mar?

Lucina.

Este mesmo,

y por él tengo la vida,

y ansí, amigo, contaré

el grande bien que me ha hecho,

y el amor que está en tu pecho

contino lo encubriré.

Gravarte.

Yo, amigo, mi fe te doy

que algún día el galardón

de la mucha obligación

te pagaré en que estoy.

Piloto.

Lo que en pago dello quiero

es que a esta dama hermosa

me la entreguéis por esposa,

que por ella peno y muero.

Gravarte.

Que me aplace, bella dama.

Si de amor libre habéis sido,

¿queréis por vuestro marido

a aquese que os quiere y ama?

Pastora.

Yo huelgo que haya ocasión

tal para daros contento,

y hacer el casamiento

con tan gallardo varón;

que desde el momento

que le vi, quedé inflamada

de su amor, y tan prendada,

que ya mi alma le adora.

FINIS.

Gravarte.

Vamos, y informarnos hemos

dónde es la parte que estamos,

y todos juntos partamos,

y alegres nos embarquemos,

pidiendo al cielo que sea

con nosotros más piadoso,

porque en estado dichoso

con vos, señora, me vea.

Y con esto juntamente

el perdón ahora pido,

por si alguna falta ha habido,

a tan sabia y noble gente.