à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Gravarte. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/gravarte.
Figuras siguientes: Gravarte galán, Orilo su criado, un piloto, Tinbrano pastor, Tirseo pastor, Lucina dama, una pastora.
Entra Lucina.
Entre los que amor ha sujetado,
y en el amor tan diferente ha sido,
que me hizo dichoso y desdichado,
de un extremo y otro me ha traído.
Soy dichoso en estar bien empleado,
desdichado en no ser favorecido;
y así es mi pena y mi dolor tan fuerte,
que es menos mal el de la propia muerte.
Ha que amo una dama bien dos años
y con esperanza uno y otro día,
diese fortuna fin a tantos daños,
trocando mi dolor en alegría;
pero crecen dolores tan extraños
porque mi dama siempre me es impía;
con lo cual mi dolor es de tal suerte,
que es menos mal el de la propia muerte.
Pero paso este mal y este tormento
confiado siempre en aquesta dama,
por quien peno y siento lo que siento
y que con limpio amor me quiere y ama,
mas no se atreve a darme algún contento
con el temor de la limpieza y fama;
y así el mal que paso ya me advierte
que es menos mal el de la propia muerte.
Vengo agora a mi oficio acostumbrado,
o por mejor decir a mi ejercicio,
estando como firme enamorado
con propia voluntad a su servicio,
dándole de mis penas y cuidado
claras señales y bastante indicio,
porque entienda que es mi mal tan fuerte
que es menos mal el de la propia muerte.
Ayer tanto de mí fue perseguida
y tanto le movió su tierno pecho,
ver cuán amarga es y tan querida
de mí con los servicios que le he hecho,
que a mi tormento y pena tan crecida
y al dolor que me tiene en tanto estrecho,
dar fin porque mi vida advierte
que es menos mal el de la propia muerte.
Pase adelante.
No puedo.
¿Y quién lo estorba?
Ya que no paséis de ahí.
Vuestra belleza y mi miedo,
mas mandadme perdonar,
señora, pues que ofenderos
fue el atreverme a quereros
más quedo de esta conquista.
Decí que, aunque estoy en calma,
que el quereros es del alma
y el miraros de la vista,
y como es de más valor
el alma que no los ojos,
pierdo en veros los despojos
que gano en mi mucho amor.
Cierto, mucho me queréis
si es así como decís.
Más será si lo sentís,
como de mí lo entendéis;
que cuando me hallo en calma,
y acaso veros deseo,
a miraros voy y creo
desde el corazón al alma.
Que, para bien contemplaros,
de los ojos dos tenía
el alma, señora mía,
determino de miraros;
y esto por poder miraros
en mí cuando ausente estéis,
mi alma donde estaréis
para jamás olvidaros.
Con todo aqueso yo siento
que lo que decís, señor,
no nace tanto de amor
como de algún cumplimiento.
Señora, si aquesto fuera
cumplimiento y pasatiempo,
no pasara tanto tiempo
yo por vos pena tan fiera;
pero lo que, gloria mía,
ser fingido da a entender,
es como estar mi querer
con amor de solo un día.
De aquesto solo me temo.
El temor es desvarío,
porque el vuestro amor y el mío
son iguales en extremo;
y tened por llano y cierto
que desde el punto primero
que a vos os amo y quiero,
aunque os ha sido encubierto;
y pues agora el honor
y nobleza hace que fuerza
tuvo hasta aquí, más fuerza
en mí el temor de mi honor,
sabed que sois tan querido
de mí, que ya me sublimo
en solo decir que estimo
por tanto señora vos
no os mostréis tan desdeñosa
pues para ser piadosa
tan hermosa os hizo Dios
y seréis allá en el cielo
aunque es rey junto a la luna
más bella sin duda alguna
que mil veces en el suelo
y mis ojos de consuelo
sienten mi mal infinito
pues cuando de vos los quito
quito los ojos del cielo
y por Júpiter mi Dios
que de toda cualquier cosa
os quitaré más preciosa
para ponellos en vos
y pues vuestra perfeción
es en el mundo sin par
no tengáis en nada dar
a mi amor el galardón
tiene tal fuerza el amor
en mí que manda que os dé
el premio que vuestra fe
merece ilustre señor
mas con que me deis la mano
de que mi esposo seréis
haré cuanto me mandéis
mi bien alto y soberano
veis aquí la mano indina
justo será que temáis
pues agora a tocar vais
a la que veis que es divina
señora la mano os doy
pues que vos la habéis pedido
que seré vuestro marido
aunque dello indino soy
yo os doy la mano señor
porque estoy muy confiada
que con vos será estimada
más mi honra y mi honor
pues con esto mi señora
las naos voy a concertar
y remos a embarcar
antes que se pase un hora
y con tanto queda a Dios
Vase y sale Gravarte y Orilo su criado.
muy dulce y querido mío
él mismo vaya contigo
y ampare siempre a los dos
alegre estoy y gozosa
mi pensamiento es dichoso
pues ya Gravarte es mi esposo
y yo también soy su esposa
la palabra le di dello
y él la mano y fe en medio
y amor fue quien lo ordenó
y ha sido tercero dello
yo me voy a aderezar
porque viniendo en un punto
mi esposo me iré a embarcar
que aunque desto no doy prueba
de mi ser y de mi honor
desculparáme el amor
pues él es el que me lleva
Orilo si estás obligado
el que es amigo leal
a sentir el bien o mal
de su amigo en igual grado
será justo que conmigo
sientas mi bien y contento
que dentro del alma siento
como vasallo y amigo
señor Gravarte no espero
más para que yo lo sienta
sino que me des la cuenta
de lo que es por entero
porque prometo a fe
que si me lo descubrieres
del mal o bien que sintieres
yo por mío lo tendré
Lucina amigo a quien quiero
la amo con tan gran querer
pues no te oso encarecer
pues sabes mi amor sincero
ha olvidado su dureza
dando el paso a mi afición
midiendo la condición
con su hermosura y belleza
agora me ha prometido
que de su casa saldría
conmigo y más que se iría
donde yo fuese servido
ansí caro amigo mío
porque esté mi bien más cierto
quiero que llegues al puerto
y conciertes un navío
en el cual nos embarquemos
los tres y luego al momento
alcemos velas al viento
y a su tiento caminemos
Vase Orilo y queda Gravarte.
si en esto te doy contento
tan obligado te soy
que a hacer lo que mandas voy
tan ligero como el viento
pues quedo aguardando la figura
de aquella que en natura
excede y oscurece
al luminoso sol que resplandece
porque da tanta luz a los mortales
y más que dan los dioses inmortales
Asómase a una ventana Lucina.
Por fin veré si merezco
lo que me ha prometido,
Lucina, o si me ha puesto en olvido.
Vuestra palabra nunca será vana,
porque es diosa y no mujer humana.
¿Quién es?
Quien sin vos no es nada,
y quien es algo con veros,
y quien, si no es el quereros,
todo lo demás le enfada.
Bajad, ya que esto se afea,
que de tan altos despojos
gocen los indignos ojos,
sino el alma que os desea.
Salid, señora, de impía
no deis ahora la muestra.
Yo iré, porque el alma vuestra
goce lo que de esta mía.
Mas, ¿qué es lo que he de hacer?
Sacarme de tal penar
como es el desesperar,
pues está en vuestro querer.
Acabad, tal bien de darme.
Es cierto que soy quien
os puede dar algún bien.
Sí, señora, y remediarme.
Mas, mi alma, si queréis
cumplir la palabra y fe
que me distes, ¿para qué
tanto tiempo os detenéis?
Por tanto, salid y daréis
fin a mi pena crecida,
si no, hallaréis me sin vida,
podrá ser cuando acordéis.
Salid, pues mostráis amarme,
que si un momento tardáis,
podrá ser cuando volváis
al remediarme, llorarme.
Señor, poned en olvido
eso, que tan vuestra soy
que luego al momento voy
a cumplir lo prometido.
Pues mis deseos cumplidos
son y mi intento amoroso,
podré llamarme dichoso
más que cuantos son nacidos.
Mi bien y gloria, ya vengo.
Yo con veros, tal me veo
que tan grande bien no creo,
señora mía, que tengo.
Mas porque cosa ninguna
sientan, vamos, que me atrevo
a decir que, pues os llevo,
que no temo a la fortuna.
Los trances de fortuna variable
si se cotejan con los de Cupido
son menos, y fortuna tan estable,
que este ciego amor loco y perdido,
y a un punto me ha traído miserable,
que yo mismo me veo tan oprimido,
que la lealtad y fe me hace que tuerza,
y el propio, para ser traidor, me esfuerza.
Pasó mi alma con su flecha airada,
de tal suerte, que quiso la entregase
a Lucina, a quien ya la tengo dada,
y que por causa de ella así penase;
ella es de mí querida y tan amada,
que si por dicha acaso la topase,
entiendo no había cosa poca,
contemplarla con alma, ojos y boca.
Bien sé que de Gravarte soy amado,
y de otra parte de valor tan poco
que no podré, por firme enamorado,
alcanzar esta empresa que ahora toco.
Pero con todo, estoy determinado
a ser traidor, que amor me tiene loco.
Un piloto, mi amigo, es el que viene,
tratarlo con él mucho me conviene.
Aguardadme en el batel,
que luego quiero tornarme.
Para poder embarcarme,
aguardando quedo en él.
Señor Leocato, piloto amigo,
¿a quién vienes a buscar?
Solo a ti, para tratar
cierto negocio contigo.
Tú sabrás que un caballero,
a quien sirvo de criado,
de una dama enamorado
está, que en el alma quiero.
Y él me mandó que viniese
aquí al punto y que buscase
un navío en que pasase
a Trento, si viento hubiese.
Porque yo y él y la dama
vamos, según os lo digo,
pero entiende, caro amigo,
que me abraso en viva llama.
Y si es que no tienes fletado
tu navío, dilo luego,
porque ha de ser remediado
por ti mi amoroso fuego.
Pues somos amigos, demos
orden, pues amor me inflama,
que yo quede con la dama
y al caballero matemos.
Tienes me tan obligado,
carísimo amigo, cierto
en haberme descubierto
tu grave pena y cuidado.
según que te amo y quiero,
pues dices al caballero
y ha de ser de aquesta suerte,
que en mi navío os llevaré
y, estando dentro en la mar,
sin que se pueda escapar,
la muerte allí le daré.
Y así te podrás quedar
con la dama; por si eso conviene,
mas el caballero viene
y ella, cúmplenos callar.
Alargad el tardo paso,
que no es larga la jornada;
y si a dicha vais cansada,
del temor no hagáis caso,
que en un pecho enamorado
parece mal el temor.
Si el andar no da dolor
al rico pie delicado,
porque con tanta afición
os quiero, si me queréis,
que a do vos ponéis los pies
pongo yo mi corazón.
Ya, señor, he concertado
la nao, embarcaré luego,
que la mar está en sosiego
y el tiempo manso y templado.
Con esto contento voy.
Embarquémonos, mi bien.
Vanse, y queda el piloto solo.
Sale Orilo.
Pues embarcaos vos también,
que luego al momento voy.
¿Quién me vido no ha una hora
libre, contento y quieto,
y quien cautivo y sujeto
me ve del amor agora?
¿Quien ha tenido valor
de sufrir en la importuna
mar mil golpes de fortuna
no sufra uno de amor?
Y para dar a entender
lo que digo y aclararme,
ha venido a sujetarme
a tal punto una mujer.
Aquesta es la dama bella
de quien está enamorado
Orilo, y ha concertado
dar muerte a su amo por ella.
En fin, yo la quiero y amo,
pienso con mi brazo fuerte
a Orilo darle la muerte
después de muerto su amo.
Y pues él a su señor
quiere ser facineroso,
a un traidor otro alevoso,
y si no, dos al traidor.
Vase Orilo, y salen el piloto y Lucina.
¡Cómo podré contar la triste suerte
que la nao do venía ha contrastado!
Pues mil veces en manos de la muerte
me he visto en el mar casi ahogado.
Una tormenta tan feroz y fuerte
nos levantó en la mar, tan fiero airado,
que entiendo no podrá nadie creello
si el que por su mal se halló en ello.
Y embarcando de salir del puerto
dando las velas al feroz viento,
como nunca su bien sea estable y cierto,
y el mar con gran borrasca y turbulento,
de un torbellino el cielo fue cubierto.
Se comenzó a trocar en un momento
la mar, el cielo, y los vientos braman,
y con gran furia contrarios se inflaman.
Y eran de la mar las olas tan extrañas
que la nao en las nubes levantaban,
del agua se formaban mil temores
que hasta las nubes vide que llegaban.
De lástima quebraban las entrañas
Lucina, a quien valía, que lloraba,
tan desmayada estaba y afligida,
que mil veces la muerte visto había.
Y de un golpe sola de la mar airada
el mástil nos llevó con el espiga.
Entonces la tormenta fue doblada
y por esto nos fue más enemiga.
Creció el dolor, la fuerza fue doblada,
a sufrir muerte cada cual se obliga.
El piloto no daba orden alguna,
que también andaba contra la fortuna.
Y del mástil que cayó tomé un pedazo,
y asime fuerte dél con una mano,
y ansí nadando con el cuerpo y brazo
me libré del furor, y mar insano.
Pero este mal suceso y triste caso
ordenó el alto cielo soberano
porque con mi traición yo no saliese
ni a Gravarte, mi amo, muerte diese.
Mas yo bien merecí aquel castigo
porque fue la fortuna tan impía
contra Gravarte, y el cielo su enemigo
quitándole a su dama y gloria mía.
Pero pues que me veo sin abrigo
y junto de la mar sin compañía,
quiero saber do estoy, quizá los hados
me echan donde pague mis pecados.
Agora, dama, podéis
conocer con grato pecho
lo que yo por vos he hecho,
y más lo que me debéis.
pero no espero otra paga,
sino que entendáis mi intento,
porque el mal que por vos siento
en algo se satisfaga.
Vuestro intento yo bien veo,
señor, que ha sido conmigo
tal cual nunca podré, amigo,
pagarlo como deseo;
porque es cierto que la vida
que agora poseo y tengo,
por vos solo la sustengo,
que ya la tenía perdida.
Y a tan grande beneficio,
si al premio ha de igualar,
la paga será emplear
mi vida en vuestro servicio.
Y pues me distes allí
la vida después de Dios,
no es mucho gastar por vos
la vida que tengo aquí.
Y esto con buena intención
digo, y ello me vale,
porque lo que digo sale
del alma y el corazón.
Yo tengo de vos segura
la paga, dama, que quiero,
si fuere tal como espero
de esa beldad y hermosura.
Y así por paga no os pido
yo, señora, vuestra vida,
sino que sea entendida
la voluntad que he tenido,
que, pues que otra vez salí
libre de la mar esquiva,
y para sacaros viva
della otra vez volví,
y así el cielo fue servido
que saliese sin dolor
de aquesto, y mi mucho amor
la paga, señora, os pido.
Ya yo conozco, señor,
la deuda a que estoy obligada,
la cual os será pagada
con sencillo y propio amor.
Por eso, mirad de mí
qué paga, señor, queréis,
mi corazón que tenéis,
y la libertad que os di.
Solos estamos los dos,
bien sabéis lo que padezco,
la paga que yo merezco
no sea sino cual vos.
Mirad lo que hice, pues,
por vos y mi mucho amor;
esto no fue amor, señor,
y si en la mar os cansastes
y algún peligro os pusistes,
por vuestro interés lo hicistes,
pues la paga demandastes.
Interés, señora, fuera
si cuando os entré a sacar
de la peligrosa mar,
yo sin peligro lo hiciera.
Pero pues por vos mi vida
me vi a punto de perder,
amor lo hizo hacer,
esto es cosa conocida.
Por tanto, a este firme amor
dad la paga que merece,
pues tal soledad se ofrece
para apagar mi dolor.
Yo, señor, os desengaño
que, antes que a tal vileza,
en la mar con gran fiereza
me echaría a mayor daño.
Con eso me desconsuelo,
será mi dolor crecido,
que negarme lo que os pido,
todo bien me quita el cielo.
Y pues mi firme afición,
siendo de tanta estrañeza,
no ablanda vuestra dureza,
mis males infiernos son.
Y así con justa razón
diré por vos, bella dama,
pues que me abrasáis el alma,
que es de fuego el corazón.
Y mi último consuelo
será no esperar jamás,
pues él es mal sin compás,
y la esperanza de hielo.
Pero ya el amor me esfuerza,
de quien me veo inflamado,
pues que no queréis de grado,
dármelo habéis por fuerza.
¡Ay, cielo, ayúdame agora
con tu poder y valor!
Más ayudará a mi amor
que a otra crueldad, señora;
pues como el cielo es piadoso,
y vos sois tan fiera y dura,
ayuda en tal coyuntura
a mi deseo amoroso.
Ya que el piadoso cielo
no me da ningún favor,
a compasión mi dolor
te mueva y mi desconsuelo;
duélate verme penar.
Entra Orilo.
Dama, cesen tus enojos,
porque convidan tus ojos
a los míos a llorar.
¡Oh, cuán dichosa es la suerte
y cuán grande mi ventura,
pues que en esta coyuntura,
señora, he venido a verte!
Vienes a tan sola parte
que, aunque esté agora conmigo,
aqueste es tan mi amigo
que me dejará gozarte.
Oye, Orilo, lo que digo:
que si en aquesta ocasión
piensas hacer tal traición,
lo tienes de haber conmigo.
Porque eres contra mi amigo.
Pues tú contra tu señor
eres agora traidor;
no quieres que sea contigo.
Pues con palabras te armas,
conmigo ven a los brazos,
que entre ellos te haré pedazos,
aunque no tenemos armas.
Sea ansí, pues tú lo quieres;
yo lo quiero y de tal suerte
que antes llevarás la muerte
que della favor esperes.
Aquí te has de acabar.
Tus fuerzas vas perdiendo;
pues yo escaparme pretendo,
quiérame el cielo ayudar.
Pongamos al reñir pausa,
no por el miedo que tengo,
sino que a entender vengo
que la pendencia es sin causa.
Pues ya la dama se ha ido;
por cierto, muy necios fuimos,
pues en ello no caímos;
bien lo hemos merecido.
¿Qué os parece que hagamos?
Que, porque no haga ausencia,
dejemos nuestra pendencia
y luego a buscarla vamos.
Y si la hallare alguno,
la traiga a este lugar,
donde la pueda gozar
de entrambos a dos el uno,
y será el que la quisiere.
Y cuando no, la batalla
se acabará, y el gozalla
será de aquel que venciere.
Vanse y sale Gravarte.
Sea ansí; al punto podemos
ir tras la dama bella,
y aquí con ella o sin ella
será bien que nos juntemos.
Entra Orilo.
Muévate a compasión, airado cielo,
mi grave mal y estraña desventura
y mi desgracia grande y triste suerte;
vuélveme mi consuelo,
y si no, dame la furiosa muerte,
que al hombre desdichado
morir es bien y no vivir penado.
Si de mi bien estabas envidioso,
dieras fin a mi enojosa vida,
y en mí solo tu rabia la vengaras;
y aqueste rostro hermoso
de mi ninfa querida
me mostraras y no me la negaras;
que al hombre desdichado
morir es bien y no vivir penado.
Si acaso se ahogó mi ninfa bella,
injusto cielo, porque la luz suya
a la que das al mundo oscurecía,
dime luego della,
porque la mía concluya,
yéndose tras ella el alma mía;
que al hombre desdichado
morir es bien y no vivir penado.
Mas ¿por qué de la fortuna
me quejo? Aquesto es muy grande desvarío,
sino de mí, que por salvar mi vida,
siéndome importuna,
porque aqueste amor mío
duró poco, y es cosa conocida,
que el hombre desdichado
morir es bien y no vivir penado.
¿Qué más, como amante, no hiciera
si como mi ninfa al fiero mar me echara,
procurando a nado salvarme?
Y si a dicha muriera,
con ella me llevara,
porque veo por mí muy claramente
que al hombre desdichado
morir es bien y no vivir penado.
Por toda aquesta marina
mi bella dama he buscado;
triste, que no la he hallado,
y así voy do me encamina
mi triste y contrario hado.
Orilo, Orilo, señor, ¡ay, cielo!
Haz que tenga alguna nueva
de mi bien y mi consuelo.
¿Dónde vas, Orilo? ¿Dónde me lleva
mi desgracia y triste duelo?
Pues que el cielo permitió
darte la vida y saliste
libre del mar, di si viste
mi ninfa o si se ahogó.
No me preguntes, señor,
nada de tu ninfa bella,
que si te doy nuevas della,
será darte más dolor,
porque ya no podrás vella.
Di lo que tu triste suerte
y mi desgracia tan fuerte
me da ya a entender que es muerta,
y si ello es cosa cierta
yo mismo me daré muerte.
Dígote, señor, que vi,
cuando de la mar salí,
a tu ninfa caer vi,
y así a sacar la volví,
pero fue muy excusado,
que antes que llegase yo,
vide que el mar la sorbió.
¿Qué dices? ¡Oh adverso hado,
que ya mi ninfa murió!
¡Oh dioses falsos, tiranos,
pues fuisteis tan inhumanos,
bajad al suelo y veréis
si defenderos podéis
de mis poderosas manos!
Crueles, facinerosos,
aleves y mentirosos,
si de mi ninfa querida
estábades envidiosos,
no la quitarais la vida.
Allá con las diosas bellas
la pusiérades con ellas,
tan hermosa pareciera
que allí las oscureciera
como el sol a las estrellas.
Mas yo sé por cosa cierta
que mi Lucina no es muerta,
porque del empíreo cielo,
con un soberano velo,
viene adornada y cubierta.
Ninfa ínclita, de hinojos
corre el alma, y con los ojos
te adoro, porque con verte
de la dolorosa muerte
triunfa, y llevas los despojos.
No me la detengáis, dioses,
ni tú, Júpiter, la goces,
que de tal no eres digno,
y que a ti y a tu ser divino
echaré en el suelo a coces.
Pero el cielo no la tiene,
porque de la fiera mar
mi ninfa nadando viene;
quiero me echar a nadar,
sacaréla, pues conviene.
No huyas, ninfa querida,
pues que ves que voy tras ti,
no seas tan endurecida;
ven, dabasme vida a mí,
y tú también tendrás vida.
No te escabullas ni escondas,
pues que de ti cerca llego,
por ti a la muerte me entrego
y así en las furiosas ondas
por causa tuya me anego.
¿Señor, qué estás diciendo?
Vase Gravarte y queda Orilo.
Ya se salió de la mar
y comienza de volar;
ninfa, seguirte pretendo
hasta poderte alcanzar.
Que las alas tengo aquí
que de Dédalo cogí
cuando por la mar pasó,
la hora te alcanzaré yo,
no te escapas de mí.
Tú, Juno, Venus y Palas
y las demás diosas malas,
dadme mi bien y consuelo,
suba con aquestas alas.
Pues mira, dulce señora,
que tan divina hermosura
no es justo que sea tan dura
ni quieras estar ahora
en esta caverna oscura.
Que tu rostro angelical,
que es fin para los mortales,
merece, y los celestiales,
estar con los divinales,
y no con gente infernal.
Pues al infierno me iré
y porque mi amor se vea,
por lo que amado te he,
de dentro te sacaré
como Jasón a Medea.
Que si suspendió las furias
infernales con su canto,
yo pienso hacer otro tanto,
ninfa, pues así me injurias,
pero será con mi llanto.
Salen Tirseo y Tinbrano.
Mucho me pesa al fin ver
a Gravarte triste y loco,
por lo cual vengo a entender
por ser su seso tan poco,
porque si entrara en la mar,
dado se había de anegar;
pero pues amor me inflama,
a la mi aya y su dama
quiero tornar a buscar.
Tinbrano, si del amor
algún tiempo te has hallado
cautivo y aprisionado,
ya sabes qué es el dolor
de amar y ser desamado;
será razón que conmigo
sientas, carísimo amigo,
la pena y dolor que siento,
pues mi angustia y gran tormento
comunicaré contigo.
Tirseo, yo holgara
de saber tu pena y mal,
porque te prometo a fe
que el mío te contaré,
que creo no tiene igual.
Sabrás que en esta montaña
ha venido una pastora
de hermosura tan extraña
que su luz ofende y daña
a la que nos da el aurora;
en el punto que la vi,
que era Diana entendí,
humilléme y adoréla,
la vida y alma entreguéla
y mi libertad le di.
Mas mostróseme inhumana,
cruel, fiera y desdeñosa,
es en hermosura diosa
y en condición tigre hircana,
y al fin en todo hermosa.
con el tal corazón,
es en balde mi afición
que tiene de mármol duro
y de acero el corazón.
Por las señas que me das
de esa belleza, que es tanta
sin decirme de ella más,
de quien el mundo espanta
su hermosura sin compás,
mas Tirseo, estáme atento,
que el mal que tú sientes, siento.
Y si amas la pastora,
también mi alma la adora,
con firme afición y intento.
Su hermosura es sin igual
y creo que no es mortal
sino una diosa divina
que anda hecha peregrina
para nuestro daño y mal.
Que Dios a tan alta y bella
ninguno merece, bella,
sino solo para amarla,
servirla y reverenciarla;
no consintió amor querella.
Pero si es mujer humana
con solo aquesto concluyo:
que mi amor excede al tuyo,
y con voluntad muy sana
yo he de ser amador suyo.
Teniendo tanta amistad
los dos y siendo el primero
yo que vi de su beldad,
quererla tú es gran maldad
sabiendo que yo la quiero.
El que primero la vio
Entra Gravarte.
Solo fui yo,
yo solo muero por ella.
Yo he de amarla, y querella
que no la merecéis, no.
Buscando a mi Lucina
parte no me ha quedado
lo cual yo no haya andado.
Hasta el hondo infierno
y en la región malina
al príncipe dañado
está siempre mandando fuego eterno,
con llanto sempiterno,
mas no he sabido de ella.
Que Plutón me la esconde,
triste, no sé a dónde,
y diome a Proserpina en trueco de ella.
Mas por mi Lucina muero
como por su Leandro murió Hero.
Después subíme al cielo
pensando allá hallarla;
mas todo mi trabajo fue excusado,
que por darme más duelo
y por poder gozarla,
Júpiter la subió al más estrellado
coro, y fueme negado
el subir; pero en guerra,
a puñadas y a palos,
hice a los dioses malos
que por fuerza bajasen a la tierra.
Pero por ella muero.
Dime, Tinbrano, ¿has notado
lo que aqueste está diciendo?
Cómo está el desventurado.
Por ver lo que está diciendo
nos apartemos a un lado.
Desnúdase el vestido.
Después entré en la mar
y a sorbos agotela,
y a los peces dejé sin agua alguna;
mas no la pude hallar.
De allí salí y busquela
a do está la adversa y cruel fortuna,
y en su caverna profunda
ni en la región furiosa
de los airados vientos,
y en los cuatro elementos
no pude hallar a mi Lucina hermosa;
y así por ella muero
como por su Leandro murió Hero.
Y justo es que ya te duela,
querida ninfa mía,
mi pena, mas ya vienes transformada
en fénix de ave que vuela,
y por darme alegría,
a mi bien, volando apresurada.
¡Ah, llega, ninfa amada!
Pero tengo entendido
que de mí vas huyendo
y alcanzarte pretendo,
y desnudarme ahora este vestido.
Mas, ninfa, ya te veo,
y se cumple de todo mi deseo.
¿Qué dices, hombre? ¿Estás loco?
Si estoy loco es por amarte;
mas pues ya espero gozarte,
no huyas, espera un poco.
¿No me conoces, señora?
¿No me conoces, mi bien?
Tú no sabes que soy quien
te ama, quiere y adora.
¡Líbreme el cielo de ti!
Dime, ¿huyes todavía?
Abrázame, ninfa mía.
¡Tinbrano! ¡Ayúdame aquí!
¿Qué es lo que piensas hacer?
¿No soy quien piensas, señor?
Mira que yo soy pastor,
no entiendas que soy mujer.
¡ Mas qué gran necio que soy,
que junto a mí, Caterina,
y que no la conocía;
del alma y vida te doy.
Vete con el enemigo,
por Dios, que está bueno el cuento.
No aguardó, sino al momento,
en que ha de embestir contigo.
Vase Gravarte y quedan los pastores.
Si no eres tú mi señora,
yo la quiero ir a buscar.
Cielos, ¿queréis me la dar,
siendo piadosos ahora?
Él va muy loco y perdido
y claro, a entender, lo vio.
Pues se desnudó y dejó
aquí el sayo y su vestido;
yo me le quiero poner,
y quizá desta manera
mi pastora cruda y fiera
podría ser me querer.
En nuestro negocio agora,
¿qué es lo que hacer podremos?
Que vamos a do entendemos
hallar la bella pastora,
y nuestra pena y tormento
le contemos, por si quiere
a alguno, y aquel que fuere
alegre viva y contento,
con que el otro sea obligado
a no invidialle su amor.
Vanse y sale Lucina.
Huélgome de eso, pastor;
vamos a buscarla al prado.
Entran Tinbrano y Tirseo.
¿A quién contaré mis quejas,
al aire, viento o al cielo?
Pues para aumentar mi duelo,
más me atormentan ya quejas.
Fortuna, mar y los hados,
cielo y tierra se juntaron
con el amor y ordenaron
mi mal, siendo conjurados.
Y todos de envidia mía,
para poder acabarme,
acordaron de quitarme
un solo bien que tenía.
Y el cielo que lo ordenó
trocó en grande desventura
todo aquel bien y ventura
que el secreto amor me dio.
Y aquella gloria que dio,
pensé que no me faltara;
de los ojos de la cara
fortuna me la quitó.
Que, aunque es contraria e impía,
la vil, falsa y alevosa,
me la quitó de envidiosa,
porque supo que era mía.
Mas, ¡ay, querido Gravarte!,
si anegado no estás,
dime, gloria, ¿dónde estás?,
¿en qué lugar, en qué parte?
Di, Tirseo, ¿quién creyera
que aquella hermosa pastora
fuera con los dos agora
tan inhumana y tan fiera?
¡Ay, mi Gravarte querido!
No sois vos quien yo entendía,
mas es cierto que traía
aqueste propio vestido.
Amigo, escúchame un poco,
aquesto ¿quién te lo dio?
Señora, aquí lo dejó.
Mas ¿no ves qué bella cosa?
Tinbrano, debes creer
que la que ves no es mujer,
sino alguna altiva diosa;
que su luz pura y divina,
que agora en su rostro vemos,
merece que la adoremos,
y aun de mucho más es dina.
Divina hermosura,
cuya estraña beldad a mí me espanta,
por ser celeste y pura,
en mano y garganta,
y del cabello de oro hasta la planta.
Divina y casta diosa,
cuya hermosura alta y soberana,
sois tan alta y preciosa,
que es cosa cierta y llana
que excede a Juno, Venus y Diana.
Decláranos quién eres,
porque en lo que mereces tengamos,
que por tales te tenemos,
agora te juzgamos,
y por divina diosa te adoramos.
Tu soberana vista,
por ser tan estremada y peregrina,
hace el mundo conquista;
dinos si eres divina,
que ser humana a ti no es cosa dina.
Sabed que soy humana,
y por tal me tened, nobles pastores,
que la fortuna insana
me trae con mil dolores,
y de mi mal la causa son amores.
Pues alto, desde agora,
pues seguir tu voluntad, Tirseo,
ama a esotra pastora,
que a la que agora veo
he puesto el corazón, alma y deseo.
Pues siempre he de tenerte
por competidor mío, di, villano;
lleva en pago la muerte.
¡Ay! ¿Quién, soberano,
venganza me venga
de tal alta mano?
Agora, ninfa hermosa,
por tu causa a este muerte he dado;
sé blanda y piadosa,
pues que me ves llagado
y de tan gran belleza enamorado.
Y cuando seáis tan fuerte
que no me queráis amar,
yo holgaré de gustar,
por vos, la forzosa muerte.
Sale la pastora con los vestidos de Lucina.
Penando al fin me dejó
aquel hermoso doncel,
y mostrando ser cruel,
huyó de mí y se alejó;
y yendo en su seguimiento,
Entra Gravarte.
topé este mi vestido,
y me le puse al momento,
y no por el valor dél,
pero porque si me viese
puesto con él, me quisiese
y fuese menos cruel;
mas tengo por cosa cierta
que es ciego el dios de amor,
y por él, con gran dolor,
aunque en balde de ser muerta,
que cuando alguna quisiera
en su corte soberana,
a la alta diosa Diana
sujeta ansí la trujese.
Tirano cielo alevoso,
mi ninfa, ¿dónde la tienes?
Y tú, destas que no vienes,
ninfa, a darme algún reposo;
al infierno bravo y fiero
mil veces por ti he bajado,
y hasta la virtud ha llegado
de Aquerón, el can Cerbero;
y hasta la Estigia laguna,
donde Plutón está airado;
y de ti nunca he sabido,
ninfa, jamás cosa alguna;
y dos mil veces andado,
abrasado en fuego ardiente,
desde oriente a poniente
la fiera mar he pasado;
y después el mundo todo
andado desde el polo ártico,
perdido voy tan loco
sin hallar, hallarte en ningún modo;
y en los fieros animales
que he hallado, he mirado
por si animal te has tornado
destas conditiones tales;
pero, pues crece mi pena
y te puedo hallar,
quiérote agora buscar
en esta caliente arena.
Ya la hallé hecha mosca,
mas ¡ay! que se me ha escapado.
¿Quién la habrá en árbol tornado,
o mujer? Porque es cosa tosca.
Este hombre que está loco
es por quien me preguntaba
aquel doncel que clamaba;
escucharle quiero un poco.
Dice el eco: piedra.
Mas, ¡qué poco mi amor medra!
Dime, ¿dó podré hallarte?
¿De qué manera o qué arte
estás echa árbol o piedra?
Yedra dices que es mi estrella;
dónde está mi ninfa bella.
Ella, ha dicho, no hay dudar,
abrazo que fue con él,
me abarca y me enrama amar,
y que, ya que está con vida,
es cierto que dices, di,
y que, huyendo de mí,
está ya en la mar metida,
y de tanto se recela;
dime que no está segura
en la mar adversa dura,
dónde está, ¿qué es della? Di, la
Ela, ¿adónde o qué desgaire?
Pues, como ninfa, a diosas,
convertida en codorniz,
haciendo de mí donaire,
alto, pues, con grande prueba,
tras ti, digo, quiero volar,
y te tengo de alcanzar
hasta que te tenga presa.
Tú eres mi ninfa hermosa,
pues, ¿cómo, que me has oído?
¡Ay de mí, tú te has ido,
conmigo tan rigurosa!
Mi señor, ¿qué queréis?
Que yo no soy quien pensáis.
Muerto, que no lo seáis;
¿cómo ese traje traéis?
Yo os daré cuenta muy cierta,
que topé aqueste vestido
solo, en un valle escondido.
Sin duda mi ninfa es muerta,
porque aquesto que me dices,
el vestido y el mesura
de mi ninfa fiera y dura,
que eres ella, entiendo yo;
y que mi ninfa no eres,
a la fe, me lo pagarás,
pues la muerte dado has
a la que es flor de mujeres.
Porque este no me dé muerte,
fingir quiero una mentira.
Señor, escúchame y mira.
Dime, ¿qué es lo que quieres?
Advierte,
que tu dama tan querida
me dio su vestido a mí,
para que ella por ti
nunca fuese conocida.
Vase Gravarte y entra Tirseo.
Ansí, pues, yo voy tras ella,
que en la tierra, cielo y mar
la tengo de ir a buscar,
por poder vengarme della.
Un caso es el más extraño
que nunca en mi vida vi;
si mucho estuviera aquí,
aquel me hiciera algún daño.
Ya creo que es cumplida,
si no me engaña el deseo, ahora,
que mi ninfa querida
mandó viniese ahora,
para que de hoy más fuese mi señora,
y muy bien cumple el concierto.
y yo deseando
ésta, solo estaré siempre gozando.
Ya vengo, ninfa hermosa,
a gozar de la gloria prometida.
Yo no he prometido cosa,
pues como estás ansí vestida,
has hallado la muerte
de envidia de su gracia y hermosura;
con aqueste brazo fuerte,
en aquesta espesura,
pienso acabarte.
Entra Orilo
¡Ah, grave desventura!
Después que dejé loco
por causa mía al triste de Gravarte,
de él mucho ni poco
de ningún modo o arte
no he sabido del arte ni parte,
aquí tengo de acabarle.
Pero, ¿qué es lo que digo?
¿Éste es Gravarte y ésta Lucina?
Pues le he sido enemigo,
una herida malina
le daré que no tenga medicina.
A ello amor me inflama,
y pues ya mi traición habrá sabido,
y que quiero a su dama,
antes que de él ofendido,
pasmóme de ver a su fin venido.
¡Ah, quién me ha muerto, cielo!
¡Júpiter, en tus manos doy mi alma!
Pues en el duro suelo
sabéis que he dado en calma,
y gozaré de amor la gloria y palma.
Lucina, mi señora,
perdón pido de este mal que he hecho,
que mi alma te adora,
y ansí este fiero pecho
nació de un amoroso y limpio pecho.
Decidme, ¿por qué le distes
muerte a este triste pastor?
¡Cómo me habláis, señor!
¿Adónde me conocistes?
Pues, ¿cómo, no sois Lucina?
No soy tal.
Pues, ¿quién, señora?
Señor mío, una pastora
pobre, triste y campesina.
Pues decidme, este vestido,
¿qué mujer u hombre os le dio?
Entra el pícaro.
Mas, de que le hallé yo
en este campo escondido.
De Gravarte nos trabamos,
de la dama, y nos hallamos
de ella cada cual burlado,
y nos apartamos luego;
de ninguno no he sabido
nada, y ando yo afligido,
y abrasado en nuevo fuego.
Mas, si no me engaño, es
éste mismo, y la señora
está con él; pues yo agora
¿Qué es lo que aguardar toca, pues?
Agora le doy coyuntura,
que aqueste es merecedor
de ello y ha sido traidor;
quiero darle muerte dura,
que, muerto él, yo me ofrezco
que la dama gozaré.
Muerto soy, pero ya sé
que bien la muerte merezco.
¡Pues aquesto, cielo santo!
Que aquestos tan mal se tratan,
que unos a otros se matan,
cosa es que pone espanto.
Agora, señora mía,
pues que conmigo os veis,
de que no os escaparéis
de mí como el otro día.
Señor, decid, ¿qué queréis?
¿No sois mi ninfa querida?
Yo no os he visto en mi vida,
ni nunca visto me habéis.
Pues decid, ¿quién os ha dado
ese vestido, señora?
Entra Lucina
Yo le hallé no ha un hora
en aqueste hermoso prado.
¿Adónde estás, mi Gravarte?
¿Do te tiene el hado esquivo?
¿Adónde estás, si eres vivo?
Iré al momento a buscarte.
Doncel bello y hermoso,
huélgome veros, amigo,
para que seáis conmigo
menos fiero y mal piadoso.
Pues que te es a parecer
y el talle, a gente garzón,
da muestra de ser varón,
yo entiendo que sois mujer.
Señor, mucho me agraviáis
si por mujer me tenéis;
además me conocéis,
o al menos os engañáis.
Aunque decís que me engaño,
os engañáis más, por Dios,
pues que es ver claro vos
en mi alma el desengaño.
En balde encubro mi pecho,
en mí por ser desdichada
Entra Gravarte.
tan grande escarmiento ha hecho,
aunque agora, en tal estrecho
me hallo, vengo a entender
que en negar que soy mujer
que hubo de mí provecho.
Y, aunque es muy necio el engaño,
lo tengo de sustentar,
que hombre me he de llamar
por el miedo de mi daño.
¡Ah, cielo, cielo infame y traidor!
Envía de allá agora
a Lucina, mi señora.
Este es Gravarte.
¡Ay, mi gloria y altoria!
¿Cómo estáis? Decid, ¿qué habéis?
¿Quién sois vos?
¡Ay, vida mía!
¿No me conocéis, Gravarte?
Lucina soy.
Yo lo creo,
mas como os veo y me veo
de aquesta manera y arte
No sé más, al parecer.
Señor, loco habéis estado,
según me han declarado.
Ello ansí debe de ser,
y yo lo tengo entendido,
señora. ¿Qué he de creer,
pues nunca he podido veros
y me hallo sin sentido?
Pero decidme, mi amor,
¿cómo estáis desposeída
del roto traje, y vestida
en hábito de pastor?
Señor, no podré contar
lo que ha pasado por mí
desde el punto que os perdí
en la peligrosa mar.
Mas vos, ¿por qué habéis estado
loco?
Porque nueva cierta
me dio que érades muerta;
oílo a mi fiel criado
y sentí tanto el dolor,
que de juicio he salido.
Pues tened que os ha sido
aquese propio traidor,
que, porque os diésedes muerte,
aquello debió inventar,
y a mí me quiso forzar
con intento rudo y fuerte.
Pues, ¿cómo, ninfa querida,
salistes? ¿Quién os libró
del mar?
Este mesmo,
y por él tengo la vida,
y ansí, amigo, contaré
el grande bien que me ha hecho,
y el amor que está en tu pecho
contino lo encubriré.
Yo, amigo, mi fe te doy
que algún día el galardón
de la mucha obligación
te pagaré en que estoy.
Lo que en pago dello quiero
es que a esta dama hermosa
me la entreguéis por esposa,
que por ella peno y muero.
Que me aplace, bella dama.
Si de amor libre habéis sido,
¿queréis por vuestro marido
a aquese que os quiere y ama?
Yo huelgo que haya ocasión
tal para daros contento,
y hacer el casamiento
con tan gallardo varón;
que desde el momento
que le vi, quedé inflamada
de su amor, y tan prendada,
que ya mi alma le adora.
FINIS.
Vamos, y informarnos hemos
dónde es la parte que estamos,
y todos juntos partamos,
y alegres nos embarquemos,
pidiendo al cielo que sea
con nosotros más piadoso,
porque en estado dichoso
con vos, señora, me vea.
Y con esto juntamente
el perdón ahora pido,
por si alguna falta ha habido,
a tan sabia y noble gente.