testo digitale di El sol de Occidente, San Benito
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El sol de Occidente, San Benito. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-sol-de-occidente-san-benito.
EL SOL DE OCCIDENTE, SAN BENITO
Pag. 1
El Sol de Occidente
San Benito.
Comedia famosa
de
don José de
Cañizares
y del
racionero don Pedro
Vallejo.
Pag. 2
M-176
B f
El sol del occidente, San Benito. Primera jornada.
De don Josep Cañizares.
De Carlos Vallejo, autor de comedias por su majestad.
Año de 1697.
Jesús, María, Joseph.
Jornada primera
Pag. 3
Hereje.
Córrese la cortina y descúbrese san Benito en la cueva como le pintan, vestido de monje y escribiendo.
Ya, soberano Señor,
que después de haber dejado
en los aplausos de Efide
peligros y sobresaltos
(Efide, aquesa ciudad
donde me admitieron tanto),
Pag. 4
el ameno caudaloso
pasé, y en ese sagrado
monasterio, que la cumbre
ocupa de ese peñasco
por estar más cerca al cielo,
a quien se le parece tanto,
tomé el hábito que visto
de Román, habiendo estado
en este áspero retiro,
cuyo agreste, oculto espacio,
aun sin el sol que lo ilustre,
me alumbra con desengaños;
y ya, en fin, que de los doce
monasterios que he fundado,
a un mismo tiempo en aquel
que huyendo mentidos faustos,
para morir a los vanos
ciegos honores del mundo,
tan vistos de sus estragos
que el que más se encumbra es solo
para caer de más alto,
Pag. 5
Con que el Cielo, a cuyo amparo
su fábrica crece, acude
mis designios alentando,
en tiempo que todo el mundo,
poseído de tiranos
(dígalo el tenaz hereje,
el idólatra engañado,
el hebreo irreducible,
mal persuadido el pagano),
al yugo de Lucifer
mueren y viven esclavos
los más que le habitan; Cielos,
admitid en holocausto
el tierno dolor de ver
a cuántos, mi Dios, a cuántos
es desperdicio el tesoro
de vuestra sangre, aumentando
con veros a vos piadoso
el ser ellos obstinados.
Pag. 6
siendo preciso que a daños
tan graves haya eficaz
medio para remediarlos,
la regla que con auxilio
vuestro, Señor, he empezado
para que mis nuevos hijos
en los doce ya fundados
monasterios que habitan
se gobiernen; entre tanto
que a más gloria vuestra guíe
con vuestro favor mis pasos,
he de proseguir. Pues,
quede aquí, e iré adelantando
mis descansos, que por vos
son los anhelos, hijos míos.
(Escóndese a un lado).
Al monte.
A la selva.
A el llano.
Guarda la fiera.
Yo sola,
aunque el seno enmarañado
la oculte, la he de dar muerte.
Ata, átala.
Pag. 7
(Vuelve a escribir.)
¡Qué vagos
ecos que de venatorios
acentos se han fomentado,
llegan a este sitio, donde
solo el día entró, si acaso
buscándome! Mas, ¿qué digo?
Ya, ya penetro, ya alcanzo,
puesto que desvanecidos
tan de improviso cesaron.
Así, ¿qué logran? Que de ese
mi afán quien los ha causado,
el enemigo común,
fomenta tales engaños,
que no es la primera vez.
A la ocupación volvamos,
corazón; no os embarace
tan despreciable cuidado.
Prosigo, y sea al fin, hijos,
vuestra ocupación, orando,
templar las iras de Dios,
detener al justo brazo
el azote y apagar
vuestras lágrimas sus rayos.
Imitaréis la divina
Pag. 8
Judit, del pueblo cristiano
que llagó al mayor gigante,
Si.
pisar el cuello elevado
sobre tronos de tinieblas,
y en las aras del engaño
seréis imagen al fin
de.
A otro lado, dentro, música.
De Apolo al aplauso
venid, y en su templo,
en humos sagrados
de hogueras que abrasen
aromas y holocaustos,
consagrad incendios
al dios de los rayos.
Cuando a nombrar a María
iban mis indignos labios,
segunda vez me interrumpen
sonoros acentos blandos,
que en culto de la mentida
deidad de Apolo ocultando
el tósigo en la lisonja
y el veneno en el halago,
áspid vocal su dulzura
es su tósigo, aunque en vano.
Pag. 9
no
Por más que unidas repitan
varias voces alternando.
A un lado voces.
Al monte.
Al valle.
A la selva.
A otro música.
De Apolo al aplauso,
venid, que en su templo
en humos sagrados
etcétera.
Al paño el Demonio vestido de pieles.
Válgame el infierno, mi industria.
Aunque en lo más oculto
de esa espesura se esconda,
te he de seguir.
Eso aguardo,
logre yo contigo aquello
que esas voces no lograren.
Pasa antes que levante la cabeza el Santo al otro lado del paño.
No busques... pero ¿qué veo?
¿Quién?... pero ¿qué estoy mirando?
Mientras que su suspensión
ocasiona el embarazo
que intenté con los bandidos,
de cuyo medio me valgo,
Pag. 10
¿De qué, Porcia, tan suspensa
quedas?
De tres tan extraños
accidentes como ver
que en aqueste oculto espacio,
buscando lo que persigo,
encuentre a lo que haga rato,
cuando la fiera que fue
quien hasta aquí me ha guiado,
desvanecida a su vista,
en todo el bosque no alcanzo
a verla, y lo que más forma
mi duda, ver que te hallo
cada día tan sin ti,
de ese ser desfigurado,
Ay, Porcia, no es extrañeza
la que estás en mí notando,
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Más racional soy el día
que lo desmiento, pues claro
que quien más del mundo ignora,
quien se halla desfigurado
en él sin sus honras vanas,
sin sus mentidos aplausos,
ese es solo racional;
pues, lo exterior despreciando,
ve con los ojos del alma
los disfraces de su engaño.
Y este del mismo desprecio
la cumbre va fabricando
de la virtud, de quien es
tan estrecho, porque a paso
que no le vence quien no
desprecia pompas y faustos,
que es muy áspero el camino
para andarle embarazado.
Con todo eso, deja, deja
se extrañe en tan bajo estado,
pues conociéndote en Roma
del linaje augusto y claro
de los Anicios, Señores
de Nursia, y a cuyos lauros
Pag. 12
cedió la fama sus glorias,
rindió al tiempo sus estragos,
de Erixio era propio, su padre,
las riquezas del aplauso;
que de Abundancia, su madre,
tuvo la opinión virtud.
Dejando
porfía ese vano recuerdo
para quien quiera ser vano,
pues yo solo de esa gloria
logro aqueste desengaño,
permite con más razón
que a lo que estoy extrañando
pregunte yo; pues sabiendo
quién eres, y en este espacio,
viéndote tercera vez
de pieles con que me vistes,
doy a entender que declaro
lo que oculto en lo que muestro;
pues que voy al mismo paso
que, acreditando la forma,
el alma perfeccionando,
fuerza es que dude y que tema;
y así, pues aquí logramos
Pag. 13
la ocasión, que allá perdimos,
por no haber nunca tocado
este punto, que el de ti
saberlo sin duda aguardo.
Dame cuenta del motivo
que aquí te conduce, en tanto
que lo que a tu voz debiere
con fieles avisos pago.
¡Oh cielo! Si su gentil copia
ciego error pudiese, incauto,
vencer, o al menos poner
el primer remedio al daño,
(que sirva de disponerla
ya que no de desecharlo).
Es tal, Benito, el afecto
que te confieso, pisando
una línea que, sin ser
amor, viene a ser agrado;
o por decirlo mejor,
confrontación de dos astros,
que a tu respeto y al mío,
su influjo reconciliado,
parece que halla preciso
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lo que adquiere voluntario
que he de obedecerte en todo.
Y pues las voces cesaron
de la música y la caza,
quizá porque dilatando
el espacio, el eco lleva
los acentos a otro espacio,
óyeme atento, que a ti
nada, Benito, recato.
Ya sabes cómo de Roma
soy, pues en ella estudiando
estabas cuando yo en ella
te conocí, antes que el hado
consiguiese con mi ruina
ver sus ceños fulminados.
Y ya sabes cómo en Roma
(¡ay de mí, infeliz!), logrando
con singular hermosura
aun más que común aplauso,
de Marcelino adorada
fui, ese mancebo osado
Pag. 15
a quien temen estos montes,
pues por sucesos extraños
bandido destas montañas
y destos bosques corsarios,
no hay flor, no hay fiera, no hay hombre
que al susto, al fuego, al estrago,
no le examine en su ruina
relámpago, trueno y rayo.
¡Oh, nunca yo, o nunca hubiera
nacido a experimentarlo,
venido para temerlo!
Aunque al soberbio, aunque al blando
halago que fue violencia
y violencia que es halago,
soy Circe, soy fiera, soy
monstruo tal, que equivocando
lo femenil en lo altivo,
lo fuerte en lo delicado,
de tal suerte he resistido,
que, una muerte amenazando,
en cada amago he sabido
vencer hasta sus amagos,
porque viven esos cielos
Pag. 16
que su zafir tachonado
antes vistiera con sombras,
antes luciera sin astros,
que pudiese a mí atreverse
sin hacerle mil pedazos
el aleve; mas, ¿qué digo?,
arrástrame demasiado
del afecto, mas no importa,
oye, que ya voy al caso.
Este, pues, que de mí nunca
logró más que desengaños,
una noche, cuando el triste,
negro, pavoroso manto
cubrió luceros y estrellas
quizá por considerarlos
prevenidos a vencer
con su influjo un presagio,
o por no influir al bien
ellos mismos se ocultaron,
estando en la quinta yo
de mi padre, que distando
tres millas de Roma, pudo
alentar sin su resguardo.
Pag. 17
la intención de Marcelino, y
Leandro, ciego y osado,
con los suyos, donde pudo,
robándome temerario,
lograr no su vil intento.
Llorar mi preciso daño,
pues trayéndome, ¡ay de mí!,
a estos montes de Sublago,
cuarenta millas de Roma
(de la provincia de Lacio,
desierto, que de una villa
toma el nombre, a quien dos lagos
que undosos unidos forman
Anieno con el Nario
se le dan), aquí, pues, digo,
me vi en tan pequeño rato
con honor y sin honor.
Con honor, pues yo le guardo;
sin honor, pues, claro está,
presumirán engañados
los que mi valor ignoran
Pag. 18
que no habré podido tanto.
¿Cómo defenderle en medio
de bandidos temerarios,
adonde son los insultos
las frases de los halagos?
Pag. 19
así en su halago he vivido,
no
adonde no he perdonado
fiera, flor, planta, ni ave,
que al amoroso contacto
de mi planta no haya ardido,
un Etna ardiente brotado,
un Mongibelo adquirido,
no
siendo en cenizas del campo
pavesas de nácar cuantas
flores le salpican, vano;
dígalo Zenón también,
enemigo declarado
de Marcelino, que apenas
me vio, sin duda ignorando
mi altivez, alarde hizo
de su amor y de mi enfado;
pues igualmente a los dos
mi pundonor despreciando,
aunque el afecto que oculto,
Aparte.
más a Zenón inclinado,
libre vivo, bien que atenta
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a que en semejante caso
ya no es posible volver
con mis deudos, pues juzgando
justo mi agravio, querrán
satisfacer este agravio
con mi muerte; en ese monte,
de los Farnesios, Ovando,
siguiendo, con Marcelino,
vino, que, atento al recato
mío, alienta en la esperanza
que él se finge y yo no he dado.
Y en fin, hoy en ese monte,
cuya falda el soberano
templo del divino Apolo
como archivo de sus rayos
ilustra, y cuantos afectos
en él piensan brillar astros,
se juntan cuantos bandidos
hay en él que del romano
poder huyen, y en sus aras
su deidad celebran dando
treguas a la enemistad.
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al tiempo que congregados
en él es la voz del alma
la llama del holocausto,
pues de la deidad de Apolo
no hay otro templo en Sublaco,
y así, el deponer sus iras
por entonces han tomado
por partido, cuando unidos
adoren su simulacro.
Entonces su pitonisa
Alecta descifra cuantos
sacros enigmas propone
el oráculo sagrado,
a cuya fin esas voces
que distantes resonaron
al templo llaman; y esotras,
habiéndome yo empeñado
en seguir la fiera, han sido
de los que me acompañaron,
con que de cuanto preguntas
satisfecho estás; ya cuando
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alivio que por paga,
prometiste a mi cuidado.
La porfía del ciego error
de Marcelino he sabido,
y Zenón, que ellos han sido
los que me han dicho su amor.
Pues llegando a reprender
sus vidas me han argüido
como dándose al partido
de no poderse vencer.
Ni discreta has de eximir
oídos a un lance tal,
que en batalla desigual
solo es valor el huir.
Y aunque ves que te persuado
a que a nadie adores, hoy
de contraria opinión soy,
que un divino enamorado
así introducir intento;
mi persuasión me ha pedido
que te hable por él; advierto,
de las señas que he tomado,
superior es su grandeza,
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sin límite su poder,
aunque por ti vino a saber
la inferior naturaleza
de tus dioses. Plutón
manda el abismo, Neptuno
el mar, Jove el cielo, Juno
en cada jurisdicción;
este, por iguales modos,
en dulce gloria, en paz blanda,
todo lo rige y lo manda,
¿qué mucho, si es más que todos?
Y esos, deidades fingidas,
Apolo, Jove, Cupido,
y cuantos dioses perjuros,
falsos, torpes y homicidas
fueron...
Sale al paño Marcio.
Aquí; mas, ¿qué escucho?
Buscando a Porcia he venido,
con Benito está, y los oídos
amor, con recelos lucho.
Pues apuremos recelos,
destas murtas ocultado,
si mi desprecio ha causado...
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Benito, despacio, celos.
Este enamorado fiel...
Asómase Zenón.
Cielos, hablando enamora
Benito. ¡Fiero rigor,
hallar a Porcia con él
cuando buscando la vengo!
Si él causa en ella mi olvido,
de esta espesura escondido
a escucharle me prevengo.
Mira si tanta fineza
le debes a su cuidado,
si en fin tan enamorado
ronda, Porcia, tu belleza.
La vida da por ti,
y si tan gustoso muere,
¿hay más que de amor se espere?
No pagues su afecto así,
corresponde agradecida,
pues te obliga y te enamora.
Ya mi suerte se mejora
a su intención convencida,
como ya mi pena vio,
la persuade a que me quiera.
Vencido a mi pena fiera...
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Sin duda que la obligo
a que agradezca mi fe,
porque aunque es verdad que te oí
muy gustosa, extraño en ti
lo que de ti no esperé
al punto de la fe mía.
No me toques que primero
será aquella flor lucero
y será noche este día
que yo mude mi intención.
Conque así...
¡Cruel!
¡Esquiva!
Es fuerza que opuesta viva
en todo a su persuasión.
Considera...
No lo intentes.
Advierte que...
Nada advierto.
Pues teme...
¿Qué?
Tu ruina.
No sé qué temor has puesto
al pecho con esa voz.
Mucho a Benito le debo.
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Salir pretendo a pagalle
con mis agradecimientos
lo que hace por mí, y decirle
que no se canse, pues veo
que emprende mover un monte.
Salir a agradecer quiero
esta fineza a Benito
y a disuadirle el empeño,
pues parar el viento intenta.
(Salen los dos, y al verse el uno al otro, echan mano a las espadas.)
Benito... Pero, ¿qué veo?
No era por mí, que, sin duda,
por Marcelino lo ha hecho.
Sin duda por Zenón fue,
lo que por mí le agradezco.
¡Vive Júpiter, infames!
¡Vive Dios, viles...!
(Deteniéndolos.)
Teneos.
Déjame, ingrata, que vengue
en dos traidores mis celos.
Déjame, que en dos infames
vengue fiera mis desprecios.
¿Cómo vengarse, advirtiendo
que soy yo quien le defiendo?
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No
Echa primero mano a la espada y luego flecha el arpón.
y antes dejaréis la vida
al impulso deste acero,
al rayo de aqueste arpón,
que un paso en su ofensa ciegos
deis contra Zenón. ¡Con qué
violencia le trato, cielos!
Detente, Porcia, ¿qué haces?
pues el logro de mis deseos
me quitas, cuando ando yo
en busca de mis desprecios.
Llegad, ultrajadme, emplee
vuestra saña el rigor fiero,
que antes andaréis piadosos
si miráis lo que merezco.
¿Cómo os detenéis?
¡Qué asombro
me infunde su voz, que un hielo
discurriendo por mis venas,
entre temor y respeto,
me embaraza las acciones!
¡Qué pasmo su grave aspecto,
su despreciar el peligro
me causa, que ni aun me atrevo
a ejercitar un amago!
Cielos, ¿cómo tan suspensos
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los dos olvidan sus iras.
Se abalanzan el uno y el otro, echan mano a las espadas.
Deteniéndolos.
Oh, cómo estoy conociendo
en vuestro mesmo semblante
lo que siente vuestro pecho;
a vista del inocente
se halla el agresor soberbio
(si en la culpa es convencido)
pasmado, confuso y yerto.
Y así vosotros, pasando
tan de un extremo a otro extremo
sin caer en la razón,
proseguís el desacierto
de darme la muerte, intentáis
cuando yo ando ha tanto tiempo
procurándoos una vida
llena de bienes eternos.
Mal me pagáis la amistad.
Volved, pues, en vuestro acuerdo,
considerad vuestro error,
y mirad que no hay más feo,
más horroroso lunar
para un noble altivo pecho,
que la ingratitud, no haceros
por mí, por vosotros mesmos.
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esta rueda a quien fueron pompa
de los matices diversos
verde que copió a la tierra,
azul que aprendió del cielo,
así vosotros al ver
que todo aquel ardimiento
ha de parar en un triste 600
sepulcro infausto, sufriendo
las huellas allí de tantos,
quien no se sufrió a sí mismo,
yo sé que ajando la pompa
al altivo pensamiento,
lo que empezó presunción
acabará en escarmiento.
(Vase Porcia.)
Vete, Porcia, y pues mi vista
(A ellos.)
os embarga a movimientos,
no quiero que os embarace
el considerar en esto;
quedaos, y si vuestro juicio
vuelve en su primer acuerdo,
ved que
tenéis en mí y en mi afecto
que agradecerme si ofensas
os pago con documentos.
(Vase.)
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Aguarda, pero te digo,
si he tenido sufrimiento
dejarle sin darle muerte,
pero ya que en él no puedo,
y en ti, que eres por quien
sufro de Porcia el desprecio,
me he de vengar.
No es muy fácil,
que riño esta vez con celos.
¿Que no te acaben mis iras?
Sale el Demonio.
Tened, parad los aceros,
Marcelino, Zenón.
¿Quién
eres tú, de cuyo acento
es la fuerza tan activa,
Y yo, que atento a tu voz,
sin acción alguna quedo.
Porque aquí todo el abismo
se introduzca en mis acentos,
quien escuchando el asombro
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y quien la causa sabiendo
de vuestro disgusto, intenta
sacaros de un error ciego
en que estáis.
Prosigue, pues,
de tu voz estoy pendiendo.
De Benito presumís,
según lo que en este puesto
dijisteis, que a Porcia induce
a otro amor.
No hay duda.
Es cierto.
Pues vivís tan engañados
como ser él el que tierno
su belleza solicita
para sí.
¿Cómo, si vemos
que a otro afecto la persuade?
Como es él el de ese afecto
y, ¿si no visteis cómo ella
rehusándose al empeño,
aseguró que su fe se
ha de apostar con el tiempo?
Sí.
Pues creed lo que os digo,
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(Vase.)
(Aparte.)
y vengad vuestro desprecio;
no engañados presumáis
que os deja el prodigio bello
de Porcia, por otro; ved
a cuánto el desdoro vuestro
llega, que por un cadáver,
por un viviente esqueleto
a quien en esta montaña
solo un tosco sayal negro
diferencia de los brutos
que habitan en sus desiertos,
os deja. ¡Vengaos en él!
Muera; así incito, así enciendo
su coraje, pues los hallo
en su primer ira ciegos.
Aunque extrañe cómo puedas
saber lo que estás diciendo,
di quién seas, pues es esta
la primer vez que te veo.
No lo quiero preguntar,
pues es tal el ardor fiero
que ya en mí has introducido,
Pag. 33
Contra ese vil menosprecio
de mi valor, que me agravio,
al trato que le divierto.
Ya el infierno de mi astucia
va fomentando otro infierno.
En mí no, porque aunque venganza
pensé tomar acá dentro,
tan contraria operación
con su aviso este me ha hecho,
que ya lastimado miro
al que amenacé resuelto;
y hasta que vea que es él
quien me ofende no lo creo,
que Benito por su causa
gran mal o gran bien espero.
Dentro.
Venid, venid al templo,
donde Apolo fabrica,
sombras venciendo,
en sus aras antorchas
de los afectos.
Ya al templo todos acuden,
según esos dulces ecos
repetidos aseguran.
Pag. 34
Apolo te guarde, y puesto
que tanto te debo, yo
pagaré cuanto te debo;
firme promete ser siempre.
Yo lo admito.
Y yo lo ofrezco.
¿Y tú, Zenón?
(Vase.)
Pues ya sabes
que a los umbrales del templo
se suspenden los rencores;
después los dos nos veremos.
Y aunque crédito te he dado,
así asegurar pretendo
mi logro, hasta que toque
lo que afirmaste, porque esto
no he de asegurarme.
Pues
la palabra te doy de eso.
(Vase.)
Está bien.
Ea, Benito,
ya llegó a mi esfera el tiempo,
ya a mi furia llegó el día
en que, temores venciendo,
acredite con tu estrago
mi poder, que ya que tengo
permiso del Cielo para
contradecir tus intentos,
Pag. 35
he de ser, fiera, he de ser
rayo, y pues logro en aquestos
que el rencor de uno al otro
contra ti vuelva su ceño,
siente, siente tu ruina;
aunque, ¡ay de mí!, mucho temo,
mas ¿qué importa, abismo, que
implica a mi altivez, fiero,
ver que aun antes de nacer
le señale con portentos
el Cielo, dando en el vientre
de su madre, aun sin acuerdo,
al Creador alabanzas
en amantes himnos tiernos,
si aunque el Cielo le defienda,
llego a alzarme contra el Cielo?
Música
¿Qué importa recién nacido
que aun del primer alimento
haga abstinencia los viernes,
si gustando mis venenos
sabré yo entre las dulzuras
disfrazarle los despeños?
Magia
Y en fin, ¿qué importa que venga
de trece años al desierto,
después de hacer en Efide
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En la iglesia de San Pedro
el milagro prodigioso
del quebrado capisterio,
cuando Dios le muestra más
en lo que se juzga menos,
si mi furia, si mi rabia
sabrá vengar.
Sale Morondo corriendo tras Laura y Gobonio.
Ni por pienso
se ha de escapar.
¿No hay, señores,
quien me ampare de un modrego?
Mas a esta parte se acerca
de Benito el compañero
siguiendo una mujer.
¿Dónde,
hermosísimo portento,
huyes de Morondo?
Donde
encuentre quien dé almorzarte
muchos palos.
Vase.
Como tonto
divertido me detengo.
Iré a turbar su quietud.
¡Ay, Dios, señores! ¡Qué duelos
me traen...
Pag. 37
Con esa de esquiva y niña,
echóse a rodar el cuento.
Si ya fuere santo yo,
me lleve el diablo al suelo.
¡Ay de mí sola! ¡Ay, mi honor!
Calla, no me hagas pucheros,
mujer de dos mil demonios,
ahora te vienes con eso,
cuando das con mis virtudes
al traste con mucho menos;
mas aguarda, que he de darte
una torta que en el templo
me dio Alecta, para darla
a Benito.
No la quiero.
¿Que en fin con nada te obligo?
Lindo hombre para un empeño,
apártese allá.
¡Ay, Laureta,
que esos ojillos traidores
me están haciendo cosquillas
dentro del entendimiento
de recoger la limosna!
Pag. 38
que todos los días llego
al desierto en que a Benito
acompaño, humilde vengo,
vile, y, siguiéndote, al fin
guiado de algún diablejo
que, sin ser Lucrecia tú,
me da tarquinos consejos,
hasta aquí he venido. Mira,
Laureta.
Al paño.
Aquesta, teneos.
Tras él, que me las ha de pagar,
pues la ha venido siguiendo.
Aparte.
¡Va riesgo grave!
Lechuza, ¿qué? ¿la tenemos
doble?
Que es doble, aún no sabes
lo que yo soy. Si me empeño,
no digo a un pobre lechuza,
pero al mismo can cerbero
no temo, antes, si me enfadare...
Sale Lechuza.
¡Guárdame!
Y vos, Laureta,
Pag. 39
¡Ay, pobres costillas mías!
Hipocritón, embustero,
zampalimosnas, menguado,
borrachón. ¡Viven los cielos,
que si os cojo...
Me hará astillas.
¿No viniste a decir aquesto?
Le echaré aquí que le merienden
los pájaros en el viento.
No haga usté tal, que el guisado
se ha dañado en poco tiempo
y huele mal.
Dios os pague
librarme dél.
¿Cómo es eso?
¿A ti se atrevió?
¿Qué dices?
Atrevido a mi respeto,
intentó...
¿Qué dis?
Abrazarme.
Tío Morondo, ¿es verdad esto?
Los diablos cierren su boca,
que hace esta voz, que ningún
mal te hago. Esto conoce
Dios santo.
Pag. 40
Pónense adelante los Vándalos y Lechuza.
porque son gentiles ellos.
Esto se ha de hacer.
¿Qué escucho?
Seo mozondo, en breve un pleito
se ha formado desta causa;
vuestra merced es el reo,
acusante, la señora,
jueces, los tres que han dispuesto
darle a vuestra merced un sepan cuantos
desto, que es mantear en seco.
Apelo desa sentencia.
Pagarán.
A quien venga apelo.
Cogedme ese picarón,
y lleve.
Ministros rectos,
ejecútese.
Señores,
apelo.
No entiendo deso.
Apelo.
Y aprieta la mano.
Ay, que sin reparos quedo,
apelo, pese a mi alma.
Pag. 41
Y aun ahora apele, hay derecho.
(Vanse.)
Quédase riñendo y pataleando Morondo.
¡Ay, ay, ay!
Sale san Benito.
¿Qué es esto?
¡Ay, padre,
ahora digo que es muy cuerdo
quien en pleitos no se mete!
Y así se sale de un pleito.
¿Qué tiene?
Al paño.
¿No hay quien me diga
si estoy la mitad derecho?
¿Qué dice?
Padre, a golpes
me han molido el fundamento.
¿Que siempre, hermano Morondo,
esté de un humor...?
Yo creo
que ya no tengo mi razón.
¿Por qué?
Porque a golpes fieros
me han hecho bajar abajo
todo el humor del celebro.
Calle, y pues Dios ha querido
que, vencido a mi sosiego
el sobresalto, nos dejen
desocupado este puesto...
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Los bandidos demos gracias
por tanto bien.
Es bien hecha,
pero había de ser en pie.
¿Por qué?
Aparte.
Acá por cierto cuento,
pero, ¿hemos de rezar,
padre? ¿Antes no comeremos?
Para comérmela luego,
acomodarla pretendo.
¿Qué oculta?
No es nada, padre.
Señores, malo va esto,
que me la dé por perdida.
Acérquese.
Volveréme.
¿Qué es esto?
Es una postema,
que en todo este lado tengo,
que ni aun resollar me deja.
¿Desde cuándo?
Ha mes y medio
que la tengo ahí.
¿Qué hace?
Dar...
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con la postema en el suelo.
¿Qué postema? Esta no es torta.
La que ella misma me ha hecho,
viendo que una torta de
pan pintado se me ha vuelto.
Quiere ver cuál es la astucia
del fiero enemigo nuestro.
Llena de tósigo viene.
¿De tósigo? Aun peor es eso,
que me quedo sin probarla.
No la toque.
No la llego,
que ya sé que mata tanto
como un doctor un veneno.
En nombre de Dios, de cuantas
aves pueblan esos vientos,
una lleve este pan donde
nadie le encuentre.
Baja un cuervo rápidamente y arrebata el pan.
¿Qué veo?
Padre, que el veneno lleve,
eso sí, pero el pan, niego.
Obedeció.
Eso, volando;
no lo hiciera yo tan presto.
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Mas solo en lo que reparo
que está trocado el estremo,
a otros un cuervo les trae,
siendo santos, el sustento,
y a los dos un cuervo quita
un solo pan que tenemos.
De gracias, hermano, a Dios
y ruéguele que lo quiera.
(Vase.)
Eso sí haré,
tengo de ir a ver si encuentro
otro pan que no haga en él
ni milagros ni venenos.
¡Oh, gran Dios, oh, sumo bien!
Y cómo sabéis, Señor,
hacer remedio el dolor,
seguridad del vaivén;
alabanzas siempre os den
los hombres, al advertir
lo liberal que a medir
llegan los bienes, y a dar
más que se pudo desear
quien os los llegó a pedir.
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gracias, Señor infinito,
os da el corazón amante,
cuando en su llama constante
muera fénix solícito,
sea de mi afecto...
Sale un niño de peregrino.
Benito.
¿Quién mi voz interrumpió?
¿Quién es quien me llama?
Yo.
¿Y quién sois? Decidme, ¿quién,
bello peregrino ?
Bien
mi traje lo declara,
en el mundo forastero
soy, aunque en él me he criado;
de alto país he bajado
y en todos soy el primero;
que tú me guíes espero,
pues me perdí en la aspereza
deste monte.
¡Qué belleza!
Venid, la senda os diré.
Oye, que antes quiero que
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Sea por otros su fineza.
Pues ¿qué queréis, niño hermoso,
todo de misterios lleno?
Que por el camino bueno
procures, tú, cuidadoso,
quitar a aquel tan airoso
que tu voz oiga este día;
tuya es ya la causa mía,
tu Señor Benito soy,
vuelve por tu Señor hoy,
destruye la idolatría.
Vuela rápidamente.
Divino señor amado,
aguardad; pero ¿qué digo,
si cuando menos le obligo
le tengo más a mi lado?
Nada, Señor, he anhelado
sino obedeceros, puesto
que mi bien consiste en esto.
Sale Morón con un pan.
Padre mío, ¿dónde va?
Venga, hermano, y lo verá.
Mire aquí pan.
Venga presto.
Vanse.
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Descúbrese una fachada de templo, y en lo interior un pedestal con un sol, y van saliendo asustados, mientras cantan, Marcelino, Zenón, Porcia, Laureta, los dos bandoleros y Lechuga, y detrás Alecta suelto el cabello con muestras de sentimiento, y suena terremoto al mismo tiempo.
Hombres, fieras y troncos,
temed la deidad irritada de Apolo.
¡Qué susto!
¡Qué horror!
¡Qué miedo!
¡Qué pasmo, cielos!
¡Qué asombro!
Divina sacerdotisa
de la deidad de este misterioso templo.
Alecta soberana,
¿no nos dirás, cuando noto
que en muestras de sentimiento,
de tus cabellos hermosos
despedazado el ofir,
maltrataste el tesoro,
qué motivo tiene el ceño
de la gran deidad de Apolo,
por cuya causa repite
el infausto acento sonoro?
Hombres, fieras y troncos,
temed, etc.
Si mis voces y admiraciones
no os lo han dicho,
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Ahora se descubre el sol.
con mudas voces no ha hablado
delante de él estáis todos,
donde veréis que repite,
por si interpretarle logro:
Dentro el demonio (terremoto).
Causa mi ruina,
vengadme de él.
esto solo,
esto que a Apolo motiva,
pues tiranos indevotos
a su deidad dais lugar
a que adquiera fuerza el polvo,
tenga presunción la nada,
contra un Dios tan poderoso.
Vosotros, que de los dioses
amados fuisteis, vosotros
con los romanos tratáis
y lo que es más (casi logro
obedecer su deidad),
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Sale el Demonio vestido con tonelete y manto como para el papel de Apolo.
Aparte.
Divino asombro,
déjame que yo prosiga,
pues nada, que le emprende, ignora.
(Sin que me conozcan, dando,
con mi acento, más apoyo,
más fuerza a la persuasión,
los irritaré de modo
que me vengue); yo pues, digo,
aunque soy de estos contornos
forastero, he procurado,
más que todos, religioso,
inquirir cuál es la causa
de que padezcamos todos;
cuando a vivir reducidos
en esta espesura, o ignoto,
adonde sin más amparo
que el auxilio poderoso
Pag. 50
De vuestros dioses os falta
este también, pues es solo
motivo de vuestras penas,
causa de vuestros ahogos,
es Benito aquesta fiera,
ese que, racional monstruo,
vuestras deidades ultraja,
cuando, remisos vosotros,
ni atendéis a vuestra causa
ni miráis por su decoro.
No os han de amparar los dioses,
y en vez de su altivo solio,
cuyo vibrará los rayos
con que explique sus enojos.
Mas si dais muerte a Benito,
yo os prometo logréis todos
la quietud, y vuestras penas
tendrán desde hoy fin dichoso.
Sacrificalde en sus aras,
manche de corales rojos
el altar, víctima sea
rindiendo ritos de Apolo.
(Vuela.)
Oye.
Aguarda.
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Sí.
¡Qué prodigio!
Yo me pasmo.
Y yo me embobo.
Embajador de los dioses
es sin duda el que tan pronto
piélagos del viento mide.
Sí.
¿Qué hago
entre religión y afecto?
¿Qué os detenéis?
¿Dónde hallaremos más pronto
a Benito?
(Salen Benito y Morondo.)
Aquí está.
¿Qué miro?
Y también don fray Morondo.
¿Dónde ibais?
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¡Zofique, Cielos!
¿Qué es esto?, ni una voz formo.
Por verdad a este hombre asiste
que, helado el rencor furioso,
ni aun a mirarle me atrevo.
Lo mismo pasa a nosotros.
¿Cómo os detenéis, cobardes?
¿es esto lo que animosos
prometisteis? Dalde muerte,
o temed que el justo Apolo
sobre vosotros envíe,
desencajando esos polos,
más rayos que infames miedos
tenéis.
Calla, calla, monstruo,
no eres tú la fitonisa
que, ministra del demonio,
destos míseros cegando
con tus asombros
al abismo los conduces,
pues no solo a mí, no solo,
me han de ofender, asidos
de Dios, pero aquí a mis ojos
caiga ese infiel simulacro
con sus aras hecho trozos.
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siendo en su infame ruina
monumento de sí propio,
en nombre de Dios su pompa
pase a ser inútil polvo.
(Caen las zarzas. Cae el paredón de temblores . Solo altos ruidos y tocan al mismo tiempo cajas y clarines.)
¡Qué horror!
(Cajas.)
¡Cércalos y mueran!
¡Otro estruendo!
¡Otro alboroto!
Matadle, que sin encantos
cuantos veis...
Sale un vándalo.
Acudid todos,
que de tropas de caballos
romanos, un numeroso
grueso viene a nuestra gente
en ese vecino soto
cercada.
¿Qué dices? Vamos
a socorrerla.
Animosos
penetremos su espesura.
Síguenos.
A nosotros.
Así lo haré,
pues es fuerza.
Ven, Laureta.
¡Ay Dios, qué ahogo!
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Sí.
que a todos han de matarnos.
¡Ah, si vengasen mis lobo-
perros! Y cómo me holgara.
Yo os seguiré, pues logro
huir de este hombre, en cuya
presencia tal temor cobro.
Dentro.
Al monte, amigos, al monte,
y huid a su centro umbroso,
puesto que a todos nos buscan,
y nos ampare.
Dentro.
Al monte todos.
Padre, y con toda esta bulla
nos hemos quedado solos.
Sí, hermano, y dando a Dios gracias
de que nos libre a nosotros
de inquietudes, sobresaltos
tales, cuando victorioso
por su causa, obedeciendo
y destruyéndole al demonio
poder y astucia, despreciando
instrumento de sus obras.
Ya, aunque simple, lo conozco.
Pag. 55
Pero a grande fasto se ve
dos paraninfos canoros,
que en dos transparentes nubes
pueblan el suave contorno
de aromas y de reflejos.
Yo nada veo, ni oigo.
Bajan en dos nubes dos Ángeles cantando con dos antorchas.
Benito, Dios desde el alto cielo,
capa de estrellas fabrica su velo,
manda que a Sublago dejes,
y en él de tu Regla el principio glorioso.
Manda que a Casino vayas
adonde guiando tus pasos nosotros
destierres, Sol de la Iglesia,
idolatrías sombrías de cultos impropios.
Sigue, sigue las voces y luces,
que en ecos brillantes,
que en rayos sonoros,
llegarán a ser en tus glorias piedad,
pues ser conseguiste en virtudes asombro.
Pag. 56
Señor, hoy en mi obediencia
me ensalzo cuando me postro,
pues ser de vuestras grandezas
humilde instrumento logro.
Guiad pasos, niños bellos.
Padre, allá marchamos todos,
¿adónde va y a quién sigue,
pues yo a los dos miro solos?
Al monte Casino vamos,
sígame.
Sigo, y acato.
Repitiendo al mirar cuánto
te debes al Poderoso,
sigue, sigue las voces y luces
que en ecos brillantes,
que en rayos sonoros
seguirán a tus glorias prodigios,
pues la conseguiste, envidia de asombros.
Van guiando los ángeles a San Benito por un monte que habrá a un lado del tablado y da fin la jornada.
Jornada segunda
Pag. 57
Salen Alecta y el Demonio.
¿Dónde me llevas?
En este
hermoso espacio agradable
que del convento en que asiste
Benito y en ese valle
ha fundado, dista poco;
aquí pues, hermoso atlante
de la idolatría, intento,
dando alivio a mis pesares,
(aunque no puedo vencerle, y así
disponer el cómo atajen
nuestros discursos aquesta
traidora semilla infame
de los cristianos) no intentes,
sabia Alecta, preguntarme
quién soy, baste que te diga
que soy más que imaginaste;
pues ya en el templo me vistes
medir la región del aire.
Tan solo soy quien viendo
cuán ajada está tu grande
autoridad, pues debiendo
por tu cargo venerarte
como gran sacerdotisa
de Apolo, pudo en tu ultraje
un advenedizo monstruo
el sacro templo admirable
destruir con sus encantos,
en su estrago, y arruinarles
a los dioses en el monte.
Pag. 58
Q.
Aras, templos y altares
asegura que habiendo
también, para saquearlo
en él, pues huyendo todos
las fieras hostilidades
de la justicia romana,
los opuestos y parciales
bandos de soslayo vienen
a estos montes a ampararse;
aquí has de vengarte dél,
y lo que es fuerza ayudar
por precepto de los dioses,
y serás furia y asombro.
Si obediente a mi dictamen
eres rayo que fulmina
la nube de mi coraje,
y ansí este es tu designio,
responde que a esto te trae
a este retiro mi saña,
donde contigo descargue
y la venganza que haremos
de los dioses inmortales.
De tal suerte me precisan,
con lo que me persuaden,
religión, honor, precepto,
que retórico enlazase,
que, sin que dél examinen
más que lo que me explican,
me rindo, por no inquirir
misterios de las verdades;
Pag. 59
por ídolo al sucio Júpiter
es del humano osadía
y es de la deidad desaire.
Tan joven afeminada
esta condición, que mandes
espero lo que yo debo
ejecutar.
Que no es fácil
lograr dar muerte a Benito
por ahora, que cobardes
Marcelino y Zenón nombre
dan por redimir su ultraje
de respeto al que es temor
sino de solicitarlos
medios con que el honor pierda,
Marcelino, que de Porcia
sigue porfiado amante
la hermosura, persuadido
está a que el desprecio nace
en ella de que a Benito
idolatra, y el no darle
hasta ahora la muerte, mas
lo atribuyo a que el examen
poco asegurado, como
no ha visto claras señales
Pag. 60
De su agravio hasta encontrarlos
ha suspendido el vengarse;
pero así a su misma vista
les da celos, y es constante
que con evidentes celos
nadie puede ser cobarde.
El lograr nuestras iras,
ansí de mágicas artes
valiéndonos, podrá hacerse;
finja de Brita la imagen,
yo la de Benito, y puedes
prevenirle a Leda antes,
como en este mismo sitio
hacia esa gruta (a quien hace
de bruta esmeralda el monte
bella guarnición salvaje)
con la extrañeza de peña
que piedra en piedra se engaste,
por ir a Benito ocultar,
y tú puedes seña darle
que convenga; allí las sombras,
que juzgaba realidades,
darán la fuerza a mi pecho
que ha menester su coraje,
y declarando la vil
hipocresía ignorante
de ese Benito, que solo
maldito debe llamarse,
de su ciego error saldrán
los cristianos miserables
que engañados de sus falsas
tentaciones infernales
le siguen; pero ¿qué miro?
Marcelino hacia esta parte
viene. Quédate, que yo
Pag. 61
Me voy porque sola le hables.
Haz lo que te digo.
Vase.
Dioses,
qué instrumento me hacéis
vuestro rigor, infundid
en mí lo que en mí faltare
para obedeceros.
Sale Marcelo.
Viendo,
bella Alecto, que este parque
retrataba en sus flores
tanta púrpura fragrante,
imaginé le pisabas,
y no me engañé al mirarle,
pues donde asiste tu cielo
nada puede ser cadáver.
Cuánto siento estas lisonjas
haber solo de pagarte
con pesares.
Mucho extraño
que haya para mí pesares,
que el dueño de la fortuna
un ánimo que es constante.
¿Adoras a Porcia?
Ya
con esa pregunta haces
sentir al pecho, y te digo
que en el pecho penas caben,
pues nadie se libró de ellas
en llegando a ser amante.
Pues, pero ¿qué es lo que digo?
Mejor será que lo calle;
pues el que por vengar deja
de sus dioses los ultrajes
menos vengará sus celos.
¿Qué dices? Tal pronunciaste...
¡Vive el cielo! que de todo
Pag. 62
Tu respeto has de ampararte
para dejar que me ofenda
con presunción tan infame,
si a los dioses no he vengado
ni en la causa a letal saña;
pues a Benito le asiste,
no sé qué deidad que hace
celo mi ardor, y piedad
mi furia, haz que no le ampare.
Que se venguen las deidades.
Pues dándome la palabra
Marcelino de vengarse,
yo lo trazaré de suerte
que despierte su coraje.
Solo por lo que te estimo,
y no que de tus desaires
parecerme bien, diré
lo que vi, esa fuente sabe,
esas flores, esos montes,
el agravio que ignoraste,
pues Benito y Porcia, haciendo
verde pabellón suave
de estas mustias, secas flores,
siéndoles mullido catre,
mientras murmuraba el aura
con las hojas de esos sauces,
el arroyo con las fuentes,
y las fuentes con las aves,
logrando su amor.
¡Espera!
No me mates, no me mates,
mas no pronuncies, aguarda,
que ya me has dicho bastante.
¡Ay de mí!, que en el oído
Pag. 63
has introducido un áspid
que, al pasar al corazón,
donde el tósigo derrame,
anudado al cuello sirve
para que más presto acabe
el venenoso dogal,
quede lo que pronunciaste
ser cierto.
Tan cierto ando
que el querer esta tarde
venir a este sitio, donde
otra vez la seña que le hace
Porcia la quiere despreciar,
que el por su nombre llamarle
te podrá desengañar.
A las voces,
al pasajero a Porcia he oído
nombrar al venir la calle,
de estos álamos que encubren
sus troncos con arrayanes,
pisando sin que me sientan,
y que por estar distante
otra voz no he percibido;
aquí escucho donde nadie
me vea, pero, ¿qué miro?
Pag. 64
En este parque,
Alecta, solos hablando
en Porcia, oigamos si hablasen
en disponer algún medio
de mi muerte, por el lance
de su bayo.
¿Que es posible
que está convencida, aguarde
donde dices?
Allí a Porcia
verás que franquea amante
sus favores.
¡Qué oigo, celos!
Vase.
Loco sin mí, iré a rogarle
al sol que dé a su caballo
prisa, porque antes que bañe
en las aguas del Océano
rizado o día que esparce,
vea lo que solo puede
Alecta desengañarme.
Sale Zenón.
Aguarda, traidor, espera,
que antes sabré yo matarte.
¿Qué haces, Zenón? ¿Dónde vas?
Dónde he de ir, quita y no extrañes
si me impides que vengue
su irreverencia.
No es fácil,
así embarazo su riesgo,
pues aunque celos me causes,
Aun vive en mi pecho
la llama que oculta arde.
Déjame.
No has de lograrlo.
Sale Porcia.
¡Qué vocerío!
Pag. 65
Aunque trates
hacerme dos mil pedazos.
¡A justos cielos! ¿No es darle
los brazos a Aleda, y ella
resistirse?
Vase.
Y pues lograste,
no ha podido tu intención,
ni mi respeto pararte,
ando a impedir tu errada
resolución. Baste, baste,
que no ha bastado, y cuando
otra vez tal intentares
sabe que no se disculpa
lo grosero con lo amante.
Oye, mas ¿quién es?
Yo.
Y yo.
¿A falta quién ocultarse
entre estas flores y plantas
pudiera, sino es Marcia?
¿Adónde vas?
Donde he visto
tus traidoras falsedades,
y donde obligas al pecho
que animoso se declare
a vista de tus traiciones.
Bueno es querer tú quejarte
fingiendo, para que olvide
mis agravios, mis desaires.
¿Tan de improviso el amor
y los celos encontraste?
Es que amores y cosquillas
no se sienten hasta hallarse.
Cuando en furiosa tormenta
de contrarios huracanes
se pierde una nave, arrojas
Pag. 66
Para aligerar la nave
al mar los bienes hallando,
que en tan riguroso lance
es bien que todo se pierda
porque la vida se salve.
¿Qué importa, tirana fiera,
que así pretendas dorarme
el vaso con tus ficciones
en que el trago has de darme?
Pag. 67
Tranquilas serenidades
y del céfiro engañado,
que blandamente suave
con las flámulas travieso
ya se halaga, ya se abate,
del Noruega al profundo golfo
y apenas de sus cristales
promontorios de olas tira
la quilla que los deshace,
cuando, en un subido impulso
estimulado le trae
furioso el bóreas que embiste
con el tendido velamen,
y las alas con que vuela
es el tropiezo en que cae,
siendo tumba de sí misma
vuelva a ser impulso la nave;
así cuando oí, escuchando
tu voz, al puerto suave
de aquella noticia llego
de quien supe que me amaste.
En ese dulce favonio,
con cautelosos disfraces
la borrasca de mis celos
ocultas oyendo (acabe);
antes, mi vida, que espero
en el sitio que tú sabes
para gozar tus favores
contenida a sus afanes
Marcelino, y que allí sueles
verte las más de las tardes,
esto después de saber...
Pag. 68
que también Benito amar
logra.
Tente, no prosigas,
que hablas conmigo, no sabes.
¡Viven los cielos, que antes
presumía que era lograrte
una gloria, con tu muerte!
La satisfaciera el ultraje
de tu voz, pues nadie pudo,
sino es que lo soñaste,
asegurar que, más nada
oigo, no me veas, no me hables,
que bien dijo, aunque a otro intento,
la que dijo a sus ruindades
que no puede ser disculpa
de lo grosero lo amante.
Vase.
Oye, espera. Cielos, ¿quién
los extremos tan distantes
de infeliz y de feliz
ha unido en bienes y males?
Sino es lo correspondido,
y celoso en un instante.
Buscando iré a Marcelino
por solo desengañarme.
Vase.
Sale Morondo con un bulto.
Ya más relisión no quiero;
feneció la comisión;
pues en ninguna ocasión
consigo ser cocinero,
desde que vine acá, un no
donde el hábito he tomado,
hasta ahora no me han fiado,
hermano, una disciplina,
basta, sirva más otras,
ni la cocina ni el vino.
Y lo que me mata más,
no aporté por la cocina,
pues no es vida esta, señores.
Pag. 69
para un hombre de conciencia
que matarme con evidencia
queda para los oidores.
Y así, puesto que he llegado
a este vecino prado,
adonde venir he osado
las voces que a él han venido,
libre del afán incierto
de la fábrica que tiene,
o porque así se mantiene
amigo con el desierto;
aquel vestido que pude
lograr del bandido aquí,
donde un hábito le di
por él, es bien que me mude.
Porque con este disfraz
queda con ánimo santo.
Irme, lo aseguro tanto,
haya paz, si no, haya paz.
Y pues lugar no he tenido
de verle hasta ahora, allá va.
Calzones son, bien está.
Este es tahalí guarnecido,
casaca y sombrero. ¡Muera
el mundo!, que esta es la espada;
si estará bien afilada.
Salga acá la cabellera,
que como tengo cerquillo,
para cubrirle será.
Empiezo. ¿Qué es esto, ya?
No sé cómo he de vestillo.
Pag. 70
Para el tahalí primero,
la bandolera va rasgada;
calzones, no me entra nada;
a ver si encaja el sombrero.
Todo, como no lo he usado,
me viene abultado y chico;
a la casaca me aplico,
¡ay, Dios, que me quedo ahogado!
Amigos, no son vestidos,
son que porque no me aleje
y a mi religión deje,
esposas me echan y grillos;
mas, ¡ay!, que Benito viene.
¿Cómo podré menearme?
¡Ay, que no puedo escaparme!
¡Ay, Dios, qué zurra previene!
Aquí de Morondo es Troya.
Sale Benito.
Soledad vengo a buscar,
pero ¿qué es esto?
Esto es dar
en tierra con la tramoya.
Va a andar y cae.
¿Para qué se ha puesto así?
¡Ay, padre!, que es testimonio
de un bandolero demonio
que me tienta por aquí.
Ea, quítese al instante
eso, y penitencia aumente.
Padre, ¿qué más penitente
quien siempre es disciplinante?
Vaya y en cruz...
¡Qué rigor!
Esté un hora.
Pag. 71
Eso es moaña,
padre; si quiere reír,
en cuadro estaré mejor.
De burlas habla. Váyase,
que toma muy mal consejo.
Padre, si lloro, ¿qué dejo
para cuando me azotare?
Déjeme hablar, pese a mí,
que mis azotes me cuesta
cada función como aquesta.
Mayor simpleza no vi.
Váyase, pues.
Voy, si es que
me hacéis así menear,
que no supiese irme a tirar
la vez que me arremangue, pare.
En este espacioso fiel,
donde pálida en mi pena
se asusta aquella azucena
de ver sangriento el clavel;
Aquí, pues, es donde suelo
venir a orar desde el día
que a Casino, siendo guía
de mí, inventó el cielo.
Pag. 72
Vine porque Italia adquiera
la verdad que he publicado;
En este monte elevado
ya un convento se venera,
que aunque acabado no está,
confío en la providencia
de Dios, que con su asistencia
el fin que intento tendrá.
si
Pues fuerza es proseguir
la regla que he comenzado,
este sitio es retirado
para poder discurrir
no
en un designio tan grande,
que en mí del principio atento,
de que fundador he sido
de esta coyunda suave,
no
con vuestro auxilio, mi Dios,
se alumbre mi entendimiento
de vuestra luz, pues mi intento
todo se dirige a vos.
Sale el Demonio.
Pues tus exteriores señas,
que algo discurres me han dicho,
designio de grande fondo
que éstas conjeturo, y digo:
para conocer del hombre
los más ocultos designios,
pronto he de estar por si puedo
embarazarlos, si han sido
hacia el aumento de aquesta
religión contra quien lidio.
Esto ha de ser en mi regla,
he de encargar que adviertan
y examinen
Pag. 73
¿Qué gozo?
Sí, quien
entrase en ella asido
con el espíritu de Dios,
huyendo del vano siglo.
Vaise, se admira.
No fue
vana presunción mi juicio,
pero mientras que mi astucia
va disponiendo el camino
de mi venganza, a impedir
el ánimo suyo aspiro,
porque no, discurra, no,
en su daño se deje
arrastrar de su peligro;
representaré en su idea
su linaje esclarecido,
y soberbias presunciones
en su pecho harán sus fueros
para que en su vanidad
tropezando inadvertido,
caiga en su ruina,
¡del Averno, funestos ministros,
en forma de ángel de luz
uno ejecute mi arbitrio,
mientras que, invisibles, yo
a mis victorias asisto,
y sean, en suaves acentos,
disfrazados los hechizos!
¡Válgame el cielo!
Preséntase.
¡Cómo el juicio confundido
de varias especies forma
un imaginario abismo!
A un lado, invisible el Demonio; un ángel cantando; y, abriéndose un peñasco, dentro del cual se verán varias figuras en forma de árbol genealógico, de emperadores, cónsules, reyes y príncipes.
Benito, atiende al acento
que en suave concento,
halagando tu oído,
tu timbre publica, tus célebres glorias.
Pag. 74
que al tiempo que la fama le deben los siglos,
¿De qué me sirven las pompas
que tan propias imagino,
si han de ser todas trofeos
de la muerte y del olvido?
Aparte.
A mí más granjeo,
que aunque recelo castigo.
De augustos emperadores,
que aún hoy vencedores,
laurel adquirido
sus sienes adorna,
Benito, desciendes,
y de Austria consigues los timbres invictos.
Ya lo veis, mas si en esto,
Señor, tanto os he debido,
del despreciarlo es pagaros;
ya lo desprecio y os sigo.
Y ya yo conozco cuánto
mal logra el anhelo mío,
si con el postrer esfuerzo
no le postro y no le rindo.
No a tu heroica grandeza
con tanta bajeza
te ultrajes a ti mismo,
que es don de los cielos, y en el desprecio
despreciar al cielo que tuyo le hizo.
Atiende a tus glorias,
pues es preciso
que tus lauros, en vez de ultrajarlos,
lograrte lucido.
Al otro lado pasa otro Ángel rápidamente, y se vuelve en otro tronco, en que descubre el tronco árbol de la vida.
Pag. 75
de santos de san Benito, al tiempo que el que tuvo arrugando el paño vuelve a bajar dejándole caer y cubriéndole
Deja, infernal ilusión,
sepultada en el abismo...
Huye de mí.
Huyendo también
de tu vista, saldré vencido.
No podrás, que quiere Dios,
monstruo, que seas testigo
de su gloria en las grandezas
verdaderas de Benito.
¿Quién me nombra? Mas, ¿qué veo,
que es hermoso parasismo?
¿Lo que me quieres?
Que veas
lo que a ti Dios te ha querido;
pues, propias de la idea,
paga con triunfos sumisos,
verdaderos. Vuelve, pues,
la vista, y verás los hijos
que tendrá tu religión,
que harán más esclarecido
el linaje soberano
de tu virtud. Hallarás píos
emperadores y reyes
a que este timbre añadido
de pontífices y santos
número más excesivo.
Un Benedicto, primero,
un Bonifacio, divino,
un Gregorio, un Fausto y tantos.
Pag. 76
De quien eres parte digna
prosigue nuestra empresa,
y vence a su enemigo
la astucia, arma contra el
campeón heroico de Cristo bueno.
¡Oh soberano Señor!
Y cómo el brazo divino
se muestra más en lo humilde.
Hipócrita mal nacido,
qué importa que, no atendiendo
Dios a tus graves delitos,
no te castigue, si yo,
a pesar del cielo mismo,
te haré pedazos.
No temo,
serpiente feroz, tus silbos,
cocodrilo, tus acentos,
fiero león, tus bramidos;
pues, asistido de Dios,
antes te daré el castigo
que merece tu osadía
en impedir mis designios,
encaminados a él.
¡Que esto sufro! Etnas, Vesubios...
Inútiles amenazas
son las tuyas, bien vencido,
y habrás de mudar, si no
desistes de tu capricho.
¿Tú me amenazas?
Sí, yo,
infeliz desconocido.
Pag. 77
Padre al fin de las tinieblas,
siendo de las luces hijo,
soberbia fiera,
Sin duda
ignoras el poder mío,
pues a mí te atreves.
Yo
solo sé que el tuyo ha sido
limitado, y está en manos
de quien amo y a quien sirvo.
Y en contentándole a él,
que te desprecie es preciso,
pues de mi parte está el juez
y así no temo al ministro.
Vase.
Pues porque veas si puedes
temerme ahora, voy, Benito,
a matarte un monje.
Espera,
que antes, príncipe maligno
de la culpa, a embarazarte
iré...
Sale Morondo.
¡Ay, padre, qué conflicto!
¡Socorredle!
Fray Morondo,
¿qué dice?
Que ahora ha caído
toda una pared entera
encima de aquel novicio
que entró anteyer, y le ha hecho
toda la cabeza añicos.
Vase.
¡Ah, fiera cruel, mas yo
sabré domarte los bríos!
Desde aquí se ve ahora donde
brama el pobrecito.
Pag. 78
en la obra del convento,
pero ¿qué es esto, por Cristo?
Que echando la bendición
el abad, ¡ay qué prodigio!
se ha levantado el difunto.
¡Ay, señores, que está vivo!
¡Milagro, milagro!
Sale Alecto aquí.
Si no me engaño, es el sitio
donde aquel joven a quien
por soberano he tenido
me dijo que acudiría
a vengarnos de Benito.
Sin duda algún dios será
de los que en el sacro Olimpo
asisten, quien por la causa
vuelve de todos.
¿Qué miro?
Doime un moquete en los ojos,
que aun aquí estos demonillos
no me dejen.
Aquí está uno
a los que siguen perdidos
a Benito.
Irme quisiera,
que el diablo me pone grillos.
Hoy la venganza llegó,
dioses, que llegó el castigo
de esta fiera, pues dispuesto
se encarga a vosotros mismos.
Quién duda que será mar...
Pag. 79
Aquel joven, pues, alabo,
hace suya la victoria,
pero no Mercurio ha sido,
pues con astucias la alienta.
O Jove, pues a mi arbitrio
afirma tener los rayos,
o Plutón, pues los abismos,
más fiero, han de obedecerle;
mas todo lo sé, si averiguo
qué en valor su amenaza.
Sale San Benito y trae al demonio atado con una cadena.
Ven, bestia fiera.
¿Qué miro?
¿No es aqueste? (Sí, pues ¿cómo
aprisionado, vencido
le trae?).
¡Suelta, suelta, o teme
que desencaje los quicios
del cielo, y que, hechos pedazos,
caigan sus azules vidros
a tan gentiles fragmentos
que, átomos del volcán, o
llegará a ser cielo la tierra
y a ser nubes los zafiros!
Tus vanos designios respondes
viendo al cielo ofendido,
preso con esta cadena
has de estar.
¡Pese a mis oídos
que tal escuche!
¿No es este
el que vi en Sublago, amigo?
¿Cómo va?
Venenos vierto.
Fuego de Dios en nosotros.
Pag. 80
Aleta, ¿cómo consientes
mi afrenta?
monstruo, que has sido
de los dioses el estrago,
para serlo de ti mismo,
¿cómo a ofenderles te atreves,
cuando profanas, atrevido,
sus ministros?
Engañada,
mísera ciega, deja a Pluto;
pues a sus ministros postro,
a ver qué pueden las mentiras
de sus dioses mentirosos.
Déjame.
¡Zape, qué brinco!
Que es fuerte en esta gruta
que su propio albergue ha sido,
por su libre obscuridad,
triste imagen del abismo,
preso has de estar.
¡Al cielo!
¿Cómo poder has tenido
siendo inferior a mí, Satán?
¿No eres un advenedizo
al mundo, espíritu, yo
que al lado de Dios abrió
luciente poner mi silla,
pues cómo, si como indigno
hoy a dominarme te atreves,
a mi poder?
Con permiso
de Dios, que es quien mi soberanía...
Pag. 81
no
castiga.
Vanos respiros,
líbrame Alecta.
Si tú,
que mágicas artes sabes
tejer, más que esto imagino,
que muerdes el aire altivo,
no puedes, ¿cómo podré
yo, que al asombro que he visto,
pasmada entre furia y miedo,
nada intento, nada elijo?
Pues huye de mí, que vive
el infierno, en quien animo
que te haga dos mil pedazos.
Vase.
Así lo haré, confundido
mi dictamen, por si puedo
imaginar el camino
de librarte.
No lo intentes,
que antes el veneno mío,
atosigando este valle,
muerte dará al que el distrito
pisare, de donde pueda
ver mi afrenta y mi delirio.
En ese centro has de estar
mientras mi intento prosigo.
¡Calla, calla!
Oiga, se queja;
¿le dan al señorito
caza de balde?
No importa,
que aun aquí estando impedido
mi coraje, si no puede
las sujeciones quebrar,
quitarme, y más cuando dejo
Pag. 82
Cerbero rabioso, el seno
de este valle abrigado.
Con la espuma que he vertido
todas tus furias reduzcas
a amenazas. Ea, el frío
pavoroso centro ocupa.
Baja y calla.
Hasta que haya visto
ocasión, yo callaré,
mas temedme, aunque oprima.
¿Qué es temer? Démosle, padre,
dos zurras de a veinticinco
si chistare.
Oh, Señor, cuánto
os debe este siervo indigno.
Sale Porcia y Laura.
Benito, en tu busca vengo,
pues solo tú eres mi alivio,
a referirte mis penas.
Y aun ambas a dos venimos.
Ay, que allí diviso a Laura.
Allí al modregón he visto.
Qué enfado.
Qué tentación.
Di, que ya te oigo.
En abismo
lascivas flechas abrasen
tu corazón, pues ha sido
quien en mi furia motiva
que arda yo.
Cielos divinos,
qué nuevo incendio en el alma
el acento ha introducido
de Porcia.
¿No me respondes?
Pag. 83
Cuando el pesar de haber visto
traidor a Zenón, del de
que, mintiendo Marcelino,
infame mi honor, pues dice
que de él oyó el que me rindo;
así, a fe, do te declaro,
poco te debo, qué juicio
hace de mi suerte monstruos,
que de riesgos tan distintos
compuesto, mi ruina intenta
el infierno que he vencido.
El Padre, ¡oalla!, mal año.
Cada vez es más activo
este fuego. No hallo voz
que no llame a un precipicio.
Rendirle, acordarle quiero
cómo soy yo quien le rindo.
Éntrase y dice dentro de la cueva.
¡Benito!
Qué triste voz,
de este obscuro laberinto,
de esa pavorosa mansión,
fúnebre y ronca ha salido,
asustando el corazón,
martiriza los oídos.
Más que el atado mancebo
se nos vuelve duendecico.
¡Ay, qué miedo, en cuatro leguas
no paro!
Fuese.
¡Ay, Dios mío!
La porfía ya de ese acento
mi suspensión ha podido
convencerse al ver que trueco
una amenaza en aviso;
soberbia habla, y yo respondo
castigándome a mí mismo.
Pag. 84
y amonestándome así
que es cumplir con dos afectos,
su vista porfía que nunca
me agravió esos basiliscos
que en mis visuales rayos
el corazón ha encendido,
mas ya que la culpa per-
donas también el castigo,
esos cambriones de espinas
me reciban donde caído
apague un golfo de sangre
los ardores que reprimo,
satisfaciendo la forma
los errores del sentido.
Éntrase como que se arroja.
¡Válgame el cielo, en la zarza
se arroja! Rigor impío,
iré a asir y impedirlo quedo.
¡A pese a mí, qué mal lidio
con su virtud! Sepúltense
la luz del sol, mis suspiros.
Si yo hubiera hecho otro tanto
cuando vi aquellos ojillos
de marras, yo me librara
de haber mascado tomillo;
pero, por Dios, que en lo más
profundo de ese vecino
valle, que es todo de zarzas,
puerco espín, si hay espín limpio,
Benito está, quien salía
desgarrados los hocicos.
No es posible que se pueda
desenredar.
Sale Marcelino y Lechuza.
Este sitio
es, Lechuza, si las señas
de grutas y de monte miro.
Pag. 85
adonde se juntan, Poncia,
y Benito.
Eso hecho y dicho.
Que aqueste es su compañero.
¡Ay, Dios, que allí está el partido!
Aquí dijo Aleda que era,
y ser la seña me dijo
llamarle ella por su nombre.
Va saliendo el demonio escuchando.
Entrase cerrando la puerta.
Por su nombre; pues si finjo
la voz de Poncia, un engaño
en su deshonor movido
acreditaré; y la cueva,
cerrando el peñasco mismo
que abortó a impulso, la selle,
dará el engaño a crédito.
Vase.
Escapóme, que de verlos
me tiemblan ambos tobillos.
Fuese Morondo, y temió.
¡Vive el cielo, si examino
mi agravio, si por mi ofensa
las traiciones averiguo
de un Moro y de una tirana,
lo haré, que en su sangre tinto
quede este valle! Pues luego...
El demonio desde la cueva con la voz de Poncia.
¿Vienes, Benito?
¿Qué he oído?
Ésta no es la voz de Poncia;
vuelvo a oír.
¿Vienes, Benito?
Verdad es, y suena dentro
de la cueva, donde dijo
Aleda, como pudiera,
arrancando de su quicio
este peñasco, entrar donde
con su muerte dar a un impío...
Pag. 86
escarmiento al otro encan-
to intento a pese a su brí-
o, pues no basta a obedecer
mi furor.
¿Vienes, Benito?
La voz infame, no el que lla-
sino el que sabrá ofendido
vengarse.
Aprieta, quien
desencaja los colmillos
al peñasco, él abrirá
más boca que yo.
Dale.
¡Atrevido
villano, de burlas me ha-
bláis!
¡Ay, mis muelas! ¡Sa y o el vi!
¿Qué me has hecho de ese gol-
pe toda la boca portillo?
Pues ya por la culpa que has
tenido en traerme asido,
dueño de mi honor, ¿no inten-
tas darme muerte?
¿Qué, qué he oído?
Dueño de vos, ¿no es? ¡Qué va!
¡Darla muerte! ¡Qué deliro!
Mas iré a ver.
Al quererse ensangrentar a su lado le vocea San Benito.
¡Cielos, piedad!
¡Qué lastimoso gemido!
Mas, ¿qué veo? ¿Es ilusión?
¡Sacros dioses! ¿Es delirio?
¿No es Benito aquel que ahora
que entre esas zarzas heri-
do sangriento se lamenta?
Pag. 87
Pues como aquella voz dijo:
«Benito, no me des muerte».
¡Piedad, cielos divinos!
¿Puede asistir en dos partes?
No, pues mi vista ha podido
engañarse; no es posible,
ni tampoco mis oídos,
que como en distintas voces
este amor en mí ha infundido,
furia aquella, esta piedad,
aquella coraje, y brío,
entre dos afectos tales
ambos dejo, ambos admiro,
huyendo dél, pues no pude.
Sale Porcia.
Embarazarte he venido,
mas, ¿qué veo?
No te turbes,
que huyendo de que atrevido
no te dé Benito muerte,
sin que embaraces, tal digo,
tu deshonor a este valle,
sales del oculto sitio
de esa cueva, por la puerta
oculta que antes has dicho.
¡Ah, traidora!
¿Estás en ti?
¿Qué dices?
Vil, lo que he oído,
lo que vengaré, pues ya
que cortesano no obligo,
siendo en ti para mi honor
lo que para otros ha sido
facilidad, de que es que
logre lo que no consigo.
Pag. 88
de tu afeito, con tu muerte
vengaré el agravio mío.
Repara...
Seguidme,
que la electa a Marcelino
Porcia le espera en aqueste
espacio; pero, ¿qué he visto?
¿Aquí están?
Esto ha de ser.
Forcejando a Porcia.
No será, antes el cuchillo
ensangrienta, y no a mi honor
te atrevas.
A todo aspiro.
Que antes te dará mi brío
mil muertes.
No será fácil traición.
Dale una puñalada.
¡Ay, infeliz!
Sale san Benito ensangrentado el rostro, tropezando, y detiene a Zeno.
Tente. Basta haberle herido,
no le des muerte.
Traidor,
yo me vengaré.
¿Qué miro?
¿Quién eres, hombre horroroso?
La imagen de tu delito,
la sombra de tu crueldad,
y pues que pequé, pierdido,
detén la cuchilla airada,
y mira que vengativo
el brazo justo de Dios
espera que tus delitos
llenen el número para
hacer contra ti lo mismo,
para que en segunda muerte
sepultándote, el abismo
para siempre, para siempre
pases tormento infinito.
¿Qué es esto, Cielos? Parece...
Pag. 89
que en cada acento que he oído
una flecha al corazón
has vibrado.
Y más, Benito,
al ver cárdeno y sangriento
tu rostro; a que compasivo
el corazón a pedazos,
latiendo asustado y vivo,
Atended a mi aviso:
considerad cuántos riesgos
tiene este mísero siglo,
donde no hay seguridad
que no se funde en peligro;
y porque de vuestro engaño
salgáis viendo al fin que ha sido
mi Dios verdadero, y falsos
vuestros dioses, ese risco
rasgando su centro muestre
al que en él está escondido,
y en la forma que en el templo
de Apolo asombró su hechizo.
Vuélvese a abrir el peñasco y vese el Demonio hoy en el traje que estuvo en el templo.
Benito, ¿qué me atormentas,
aun aquí preso, abatido?
¿No quieres dejarme?
¡Cielos!
¿No es este el que el trono, asilo,
midió en el templo?
¿No es este
el que embajador creímos
de los dioses?
Como atado.
Como preso.
Si os he dicho
Pag. 90
Confiesa la verdad.
Apese a tu voz, Cristo, caigo;
es solo el Dios verdadero.
Di, di.
Que le ha dado a Benito
poder para destruir
los dioses, pues son fingidos
a ídolos que tal pronuncio.
Desaparece y ciérrase la cueva.
¿Lo habéis entrambos oído?
Ya lo escuché, y convencido
el sacro bautismo pido.
Yo también por merecer
tal piedad, monje aspiro
de tu religión.
¡Qué dicha!
¿Eso pronunciáis, amigos?
Entrad, qué placer, entrad.
Feliz soy.
Dichoso he sido.
¡Oh soberano Señor!
Solo vos, dulce Dios mío,
pudisteis hacer triaca
de un veneno tan antiguo.
Pasa un ángel en una esfera de fuego, figurando al medio un niño, midiendo la distancia en que se aparten las personas.
Benito.
¿Quién me ha nombrado?
Dios, atendiendo a los fines
que te muestra, con el día
de Martín, su grande amigo,
obispo de Capua, quiere
que volando hacia el em-
píreo gloriosa su alma
vistes espirar, y aviso
diciendo mi voz porque
cobres en tu afán alivio.
Pag. 91
Vence los riesgos,
desprecia peligros,
que a tu virtud espera
el premio mismo.
Tantos favores, Señor,
aun exclamo más que admiro,
si el mérito que en mí falta
sobra en vos, siendo infinito,
ya no es mucho que escuche
una sola vez que indigno.
Vence los riesgos,
desprecia los peligros,
que a tu virtud espera
el premio mismo.
Fin.
Debajo del texto principal se vislumbran los restos de un reparto manuscrito subyacente o borrado, con los nombres de los personajes y los actores correspondientes.
Pag. 92
Página en blanco. Solo se aprecia texto transparente del folio inverso.
Pag. 93
En el margen superior hay una palabra tachada casi ilegible, junto al número 19.
Zenón Antonio Ruiz Antes de Zenón aparece tachado "Zenón". San Benito Manuel Ángel Marcelino Joseph Garcés El Demonio Carlos Vallejo Porcia María de Navas Alecta Sabina Pascual Laureta Teresa de Robles Morondo Hipólito de Olmedo Lechuza Carlos de Villavicencio Ángel 1º Manuela de la Cueva Ángel 2º Josefa de Cisneros Escrito sobre "María de Cisneros", que está tachado. Debajo de esta última aparece "Juana de Olmedo". Ángel 3º Juana de Robles Bandolero 1º Juan de Castro Debajo aparece tachado "Gonzalo de Espinosa". Bandolero 2º Gonzalo de Espinosa 3º y cuarto bandolero Lactires y Salvador Un niño Jesús el hijo de Ventura de Castro
En el margen derecho aparecen fragmentos de palabras cortadas por la encuadernación, pertenecientes a otro folio.
Pag. 94
170 180 128 478
Jornada tercera
Pag. 95
Descúbrese el Demonio en la quebrada.
¡Benito, a pese al cielo!
¿cómo en un afán consiento, en mi desvelo,
que avise la afrenta mía
madrugue el alba, y amanezca el día?
¡Benito, a pese al sol! pues mis furores
no bastan a empañar sus resplandores,
cuando en tanto tormento
un eclipse fulmino en cada aliento.
¡Benito, a pese a mí! que siento tanto,
monarca hoy del horror y del espanto,
la luz con que me abrasa,
como aprisa la del sol no pasa,
viendo preso y atado
al lucero mayor, que fulminado
de ese globo cruel ardor conspira,
pues quien antes fue luz, rayo es e ira.
¡Yo preso, yo amarrado, yo abatido!
llene de horror el viento mi gemido.
¡Ah, quién los duros lazos
romper pudiera, y fuego hechos pedazos!
Pag. 96
En el margen izquierdo aparecen varios "no" y una línea vertical indicando la supresión de los versos desde "tantos años" hasta "borrascas cría".
sus duros eslabones
en la fragua de mi exhalación
mandó los encendieran,
para que cada uno ardiente hoguera,
vibrado cual arpón desde el oriente,
abrasase los ámbitos del mundo;
tantos años, ¡oh, infiernos!, sepultado
en este obscuro, triste, enmarañado
seno, de quien funestas dan las señas
ecos de mis gemidos esas peñas,
que caídas acompañan mis pesares,
pues aun en piedras hacen impresión
mis rabiosos lamentos,
de quien huyen a ráfagas los vientos,
porque estos en incendios cobran estragos,
y lo que en alientos borrascas cría.
Zenón a fuerza mía,
dejando a mi pesar la idolatría,
el hábito ha tomado
de Benito, y ya tanto ha aumentado
su religión (¡oh, pese a mi fatiga!)
que no hay quien convencido no le siga;
Marcelino, que ha visto
Pag. 97
en el lance quedó donde impedidos
por Benito, Zenón pudo en su suerte
embarazar le diese entonces muerte.
Sano ya y recobrado,
vengarse varias veces ha intentado,
mas no lo ha conseguido,
pues siempre de Benito es defendido.
Y Porcia, que vive retirada
en la oculta espesura enmarañada
de ese monte, al abrigo
de Benito, su amparo y mi enemigo,
Escolástica hermana
de Benito cruel, también tirana
mi muerte solicita,
pues su virtud, su religión imita.
¡Oh, Benito ofuscado! De su anhelo
¿alzaros pretendéis con todo el cielo?
pues no ha de ser, mientras la furia mía
soberbia a todo el cielo desafía.
Pues yo me he condenado,
y sois frágiles hijos del pecado,
yo os labré destruir, poniendo el medio,
aunque fue todo un Dios vuestro remedio.
Pag. 98
Benito, ven, y si presumes tanto
de querido de Dios, de humilde y santo,
armas contra mí tienes, yo te obligo,
lucha en batalla igual, lucha conmigo;
y si yo te venciere,
dame la libertad, que no se infiere
ni es verdadera gloria
cantar sin enemigo la victoria.
Ven, pues, Benito.
Salen San Benito y Morondo.
¿Qué es lo que me quieres,
bestia infernal?
Y aun diablo de mujeres,
pues como ellas con fieros tan atroces
todas sus fanfurriñas mete a voces.
Que rompas, que me quites las prisiones,
que no quedan en ser grandes mis blasones,
sino en quien contradiga mis intenciones.
No haga tal, Padre, ríase de quien es.
Sabes, monstruo infernal, que Dios eterno
me ha dado potestad contra el infierno,
y aun hay quien dice en líneas que ha sido,
quedando sobre ti cuasi absoluta.
Pues, ¿cómo me amenazas?
Pag. 99
si son vanas tus furias y tus vayas
en batalla conmigo,
pues qué victoria, qué blasón consigo,
y en vencerte, infelice desdichado,
del estar abatido, aprisionado,
no es demostrar el caso verdadero,
sino la grande potestad que adquiero
sobre ti.
Cesa, cesa,
teme al volcán que exhalo te apavese;
tal pronuncias, tal dices.
¿Cuánto va que le dé lo sin narices
al diablito? Mas no, piedra yo tomo,
que más diablo le haré si le hago romo.
No me desafiabas,
con voces arrogantes me llamabas;
pues ¿qué aguardas, supuesto que, pasando
a esotro monasterio que fundando
estoy, fijo en este monte
que llenará de horror el horizonte?
¿Qué respondes? ¿Qué dices?
¡Dura pena!
que me alargues siquiera esta cadena.
Eso haré, pero será a que veas
Pag. 100
Vistirán de luces más Febeas
las cumbres destos riscos eminentes,
pues coronando sus altivas frentes
de monasterios míos,
estos valles umbríos,
esas desnudas peñas
de la virtud de todos dan las señas,
cuando al cielo su luz encaminada,
del esplendor dejan su mansión ba[ñada],
siendo sagrados himnos y oraciones
destierran infieles abominaciones
antídoto divino,
que abren del cielo a todos el cam[ino].
Sal del eje centro obscuro,
pero hasta aquí nomás, dragón ym[puro],
del coro repetido.
Sale furioso Demonio echando víboras. Cadena.
Y oy desde aquí verás que salía
a tu ruina, a tu caída.
¡Ay, que se queja, padre de mi vida!
Mira que no se atreva
a pasar desta línea.
Malas nuevas
son estas para él,
y ya que así te quejas
afirmes en decir esta oración.
¡Toma, toma la cruz, perro tira[no]!
¡Qué es esto! ¡Sudo!
Pag. 101
Mal año, ¡qué furioso!
Toma, toma, dale a este y a golpes de los míos,
ven cómo le amanso aquellos bríos.
Oiga cuál gruñe, mal mandado y ciego.
Ver este diablo que es mozo y a legua...
Soy furia, soy infierno fulminado.
al hace.
Pues yo soy Fray Morondo, y cimientado
quiero quitale una costilla
al señor Licendiablo Almondiguilla,
Déjale, que harto daño en su soberbia
tiene.
Es un tacaño,
y por llevarle voy, si me da gana,
a un San Miguel que sirva de peana.
¡Que así me tenga el cielo!
Venga, padre, continuemos el desvelo
de visitar los monasterios donde
vamos.
Eso sí que corresponde
a la sanidad nuestra.
Quédese, pues, señor diablo, de muestra,
con cuerda, de cadena y campanilla,
en su desatinada taravilla;
que huya si pierde al golpe la destreza,
venir a darle caja en la cabeza.
Señor, ¿por qué permites
que el hombre te ofenda y me quites...
Pag. 102
Siendo, al rey, su altivez,
imagen de mi soberbia,
por solo un delito yo
mido del cielo a la tierra
inmensas distancias; y él,
con solo media, que afrenta
la distancia que ha de ser
cuando más ciego os ofendo,
pecador arrepentido,
logra aun más de lo que anhela.
Mas, ¿qué digo? ¿Cómo temo
a que pueda la grandeza
de mi poder ultrajarse,
ni rendirse a quien no sea
yo mismo? ¿A qué aguardo?
De mi astucia, de mi fuerza
será la victoria heroica
en mi ciego furor; sea
que el arco con más violencia
se sujeta o se reduce
a lo frágil de una cuerda.
Salen Zeron y el demonio.
Hacia aquí vino,
vengo a seguirle, y intenta
mi fe que de su compañía
otros bienes no desea.
¡Qué ruina, qué peligro, o
trance! ¡Qué susto se alienta
a turbarle el corazón,
tan divertido se acerca!
Pag. 103
que no me ha visto.
El engaño
conocí ya de mi idea,
en presumir de la ley
que adoras, amante tan ciega,
tan neciamente, que no hay
más suave, más perfecta,
más racional religión.
Cuando de aquellas sangrientas
víctimas en que el demonio,
tirano y cruel se ceba,
como enemigo de la
humana naturaleza,
me acuerdo, cuando imagino
supersticiones obscenas
y abominaciones tantas,
corro al mirar que quepa
en humano entendimiento
ceguedad tan manifiesta.
Arrodíllase.
¡Que también este
a atormentarme comienza!
Pena darme manifiesta;
vive el ánimo, que si
el cielo me concediera
licencia... pero, ¿qué digo
ahora? Porque mis ofensas
no repita, embarazarle
quiero. Zenón.
¿Quién intenta
nombrarme en mi ultraje, cuando
de mi nombre no se acuerda?
No solo Zenón me llamo,
Pag. 104
Que aunque no mude en la nueva
religión el nombre, porque
la memoria firme queda
de que fui ciego, y a Dios
debo el que ya no lo sea,
añadí de este el nombre antiguo,
el de Benito, que acepta
mi fe, por quien hoy le tiene
desde que sigo la regla
del mejor Benito.
Calla,
calla.
Pues ¿por qué te pesa
que le llame así?
Por ser hombre
de humildes y bajas prendas,
indigno de esta alabanza.
¿Y qué serás? Duque, intentas,
conociéndote, engañarme,
pues haciendo que te vean
Benito en aquella forma,
sin que transformarla pueda,
con que en el templo lograste
sembrar tu malicia fiera,
aun todavía porfías
a engañar, aunque te niegas,
como habitando espesura
tanto tiempo ha que te encierras,
siendo impracticable el paso
aquí, quien no sabe cuál sea
la causa, y el monte haciendo
tus destierros estas selvas,
lóbrega mansión donde
solo la noche amanece.
Bien que hoy el mirarte libra
Pag. 105
de la pasión de un necio,
y fraude me causa.
Ignorante,
crees que entrañas pueda
librarme yo de prisiones
que porque quiero me cercan,
pues que nadie es poderoso
en mí si yo no quisiera.
Sin embargo, puede mucho
Benito.
Lo que a mí o de Dios
atado, viendo solamente
ejecutando ella
quien le da la permisión
por juicios que se reserva;
que, si no, fuera así in-
vocada la fuerza siempre
como la suya.
La mía.
Sí, pues que de porfía piensas
que es verdad, sigue la ley
de los cristianos, cuando ella,
viendo que la desamparas
y cómo en poder la dejas
de Marcelino, vendida,
ya a amenazas, o a finezas,
condesciende con su amor.
Si sus engaños no hubiera
antes visto, acreditara
sus engaños con sospechas;
pero sabiendo que ya
vendida Porcia negara
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su presencia a los bandidos
que aquestos contornos pueblan
y yo con mi falso bando
Marcelino por cabeza,
caudillo suyo son
de Atalia librándolos es fuerza
que no recela que salgan
vanas las librarás demás.
Al visto asenso
llegaré a hablarle.
Sale Alecto.
Gran cielo,
la verdad quiere asegurar
como este mísero espera
no es mucho sin clemencia,
o fuerzan tu ministro
de las deidades supremas.
Vive Ninfa de aquel hado
que de este vil no se vengue
puesto que ampara a estos
los cristianos que miráis,
el demonio siendo quien
su bulto anima en la tierra
enviado de los dioses
por quien padeces en ella.
Mal persuadido imaginas
que sin que le den licencia
los dioses puede venir
estas prisiones que inventa
con sus martirios, en cuanto
poderme lisonjea atenta.
Pag. 107
persuadido, asegurando
que es mi obra de providencia
de los Dioses.
¡Cuántas veces
me acuerdo de aquella esquiva!
que oculto, cual Mongibelo,
en el corazón revienta,
cuando me acuerdo a decir
vuelvo, de que en mí se hospeda
no sé qué afecto, que fue
llama para ser pavesa,
rayo para ser ceniza,
para ser yelo centella.
Corrida yo misma pienso
tomar venganza en mí mesma,
y así, convirtiendo en odio
el que antes afecto era,
solo con su muerte pienso
que he de quedar satisfecha
al ver que, debiendo ser
quien más mi culto engrandezca,
como gran sacerdotisa
de los Dioses, me desprecia
como a ellos y, engañado,
siguiendo la torpe y ciega
superstición de Benito...
¡Alecto!
Calla, Alecto,
y advierte que por serlo
sin duda el que tú piensas
deidad, contigo el infierno
solicita el que me pierda
y tú también.
A su ídolo.
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En el margen superior, recuadrado y tachado con un "no", aparece el siguiente texto: por solo seguir la vana falsedad de Poncia, siendo cristiana, en serlo se empeña; dígalo el que a ti acude siempre que
En vano deseas
que te siga.
Aunque el viento preste
alas a tus ligerezas,
te he de alcanzar.
Sale Poncia asida de Marcelo; tras ella Zenón.
Zenón, hoy mi honor defiende,
sé amparo.
Tente.
Traidor,
¿tú me impides? ¿No te acuerdas
del agravio? Hasta ahora
no vengué, y ¿tú, falsa, llegas
a ampararte de quien solo
siempre procuró mi ofensa?
¡Vive el cielo!
Marcelino, advierte.
¿Tú hablas, Alecta,
por quien injusto Zenón
vida
me ofendes de dos maneras,
infame?
Arroja en el suelo a Zenón.
¡Ay de mí!, porque
si en la ocasión que a venganza
la vida te perdoné,
¿me maltratas? Considera
¡Oh, qué vil flaqueza es esto!
Pag. 109
que es bajeza,
infamia matar así
a quien no tiene defensa.
Pues porque no la publiques
yo haré, villano, que mueras.
Oye.
Advierte.
Que se aparten
donde el precepto (¡qué pena!)
me impide el llegar.
Pues ya
que detenerte mis fuerzas
no pueden, valgan los cielos,
que tu mismo puñal sea
quien te dé en mi mano muerte
al tiempo que tú le hieras.
Va a darle con el puñal que le ha quitado de la cinta al tiempo que él va a herir a Zenón con la espada.
¿Qué haces, traidora?
Detente,
si no estorbo su sangrienta
ejecución, instrumento
a mi furor no le queda;
pues aunque la línea pase
que Benito en esta selva
tiene señalado de impedirlo.
Pag. 110
Salen San Benito y Morondo al tiempo de echar el paso el Demonio.
¿Qué es esto? Apartad afuera;
en el coto que yo te puse
rompes, ya no es extrañeza,
confusiones y amenazas
donde asistes; y que sean,
según muestran las acciones,
siendo tu instrumento Alecta,
Marcelino ingrato, Parca
cruel, y Zenón en tierra
maltratado, siendo hijo
de mi religión profesa,
pisante así la cerviz.
Mas, pues tu osadía ciega
inobediente al precepto
que te puse, no respeta
la potestad que me ha dado
Dios para ajar tu soberbia,
vuelve al centro oscuro, vuelve
a la habitación funesta;
vuelve a jamás conseguir
de mí la menor licencia,
pues con esta así has usado;
y más eres vil, y extrañeza
no me causa; vuelve, digo.
Padre, ¿y el asarle piensa?
Entréguemele a mí atado.
Pag. 111
¿Un villano a mí te llegas?
Sí, fiera horrible, porque
más ultrajado te veas,
vuélvele, morondo, a atar.
Eso pido, ¿se mosquea?
Padre, haga que se esté quieto.
Pese a mí que esto sufra.
No
¡Cielos! ¿Y qué veo?
Corrida queda
mi intención al ver que pudo
mi coraje, aunque me ofenda,
emplearse en un rendido.
Ya que de Benito puesta
al lado estoy, nada temo.
Que esto, Benito, consientas.
Venga, no sea replicón,
alza, oigan y qué mal ceda.
No
Ahora, ministro de Apolo,
podrás impedir mi afrenta,
pues que nadie es poderoso
en ti si tú no quisieras.
Son ilusiones, son encantos.
Vamos, no tengamos fiesta.
Todas son instigaciones
de tus infames violencias.
Pag. 112
las de mi ultraje que así
Marcelino al alma me
queda, porque indefenso me mira,
y más yo vengaré mi ofensa.
este ha menester un cepo
que no se ha de hacer carrera
con él de otra suerte.
Dioses,
ya es esta mucha evidencia,
antes preso, hoy ultrajado,
sin que ni aun disculpas tenga
más que el ver (pero ¿qué digo?
¿quién duda que encantos sean
de los aleves cristianos,
si la ruina se me acuerda
del templo de Apolo a que
no alcanzan humana fuerza,
y en fin hasta que el postrer
desengaño me convenza
el poder deste Benito,
no he de creer que no sean
mágicos hechizos?).
mal
obraste, aunque más te quiera
disculpar.
cuando así solo
Pag. 113
debí la vida en aquella
ocasión. Agradecerle
no debo a Zenón fineza
que reconozco por tuya,
tocándome agradecerla;
pues no el espíritu altivo
puede usurparme el que sea
atento.
Si lo que debes
a mi amistad conocieras,
quizá el mayor bien lograras.
Pues no, no me lo refieras,
que al verte debo la vida
se me olvidan mis ofensas;
pero cuando considero,
después que supe de Alecta,
que amando a Porcia lograste
lo que perdí, y que ella en esa
triste gruta te aguardaba
escuchando yo la seña,
brotándome está en el pecho
la saña; y más cuando en ella
preso, ultrajado a un ministro
de los dioses tienes; estas
las causas son que tu muerte
solicitan. Del tenerlas
Pag. 114
para satisfacer motiva
ver que la vida se deba,
pero, pues verte y no darte,
o agradecido, las muestras,
o ofendido, una y mil muertes,
es imposible, dos deudas
satisfacer a un mesmo tiempo.
Con huir de tu presencia,
pues así no hallo precio
o que agravie o que agradezca.
(Vase.)
Yo, sí, que agraviada en todo,
proseguiré mi primera
intención en mi venganza,
ya que libertad no pueda
dar al que defiende el culto
de los dioses.
¡Que tal vea
mi saña, y no acabe a furias
de arrancar cuantas estrellas
no me siguieron el día
que bajé a reinar en ellas,
como apagados tizones
desa azul, brillante hoguera!
Y volví a atreverme a hablar,
corrido de ver mi afrenta,
vine al abismo.
Pag. 115
que parece que se hurta.
Vase adentro.
Quien de Dios
quiere, siguiendo las huellas
de la virtud, alcanzar
la perfección que desea,
quien ser cristiana ha elegido
y su santa ley profesa,
hasta estar fortalecida
del amor que la gobierna,
no se confíe en sí propia,
huya, Porcia, la pelea,
que quien no vive segura
hace muy mal si se arriesga.
En los soldados de Cristo,
siendo el mundo la palestra,
son las armas las virtudes,
el escudo es la paciencia,
el esfuerzo es la humildad,
y en fin, porque mejor venzan,
en los peligros la fuga
es la victoria más cierta.
Huye, Porcia, pues que quieres
seguir lo que te aconseja
la verdad que en mí te habla.
Pag. 116
Antes habita esas peñas,
mora el bárbaro desierto
desas incultas malezas
que habites con gentes
que a imitación de sus fieras
solo en la forma los puede
distinguir naturaleza.
¡Oh, qué bien dijo quien dijo
que solo del hombre era
mortal enemigo el hombre
si le imita cuanto yerra!
Aunque en el mismo veneno
hay triaca contrapuesta,
pues si hay quien vicios persuada
hay de quien virtud se aprenda.
Contigo también, Zenón,
hablo, ofrece a Dios con ciega
resignación tus desprecios,
verás que en premios se truecan.
En el aquilón furioso
de la temporal tormenta
sé humilde caña, doblando
la cerviz hasta la tierra,
que luego podrás volver
a elevar cuando se aquieta.
Pag. 117
(Vase.)
la frente al cielo al contrario,
del huracán ronco quiebra
pompa al prado, y fabricando
tumba de sus ramas mesmas,
es racional escarmiento
su vegetal soberbia;
no advierte que Marcelino
ultrajado así, te pueda
despertar nuevos rencores,
y cuando la llama enciendas
considérate ceniza
y la lograrás pavesa;
y ahora pues asegurarte
porque como a quien se llega
a amparar me toca, ven,
que en lo inculto de esa selva,
donde mi convento está,
hay, de sus murallas cerca,
una pequeña morada,
habitar puedes en ella
mientras el cielo dispone
de otra suerte en defensa;
allí yo seré tu auxilio
pues por tal me consideras;
sígueme.
Pag. 118
Marginalia tachada e ilegible en el margen izquierdo, parece indicar una acotación: abrazándose a Zenón.
Ya te obedezco.
Qué tal furia hasta él vea.
Todo el ardor de mi pecho
apago con su advertencia.
El mío no, que no se apaga
sino con azumbre y media,
y aun digo mal, que se atiza.
Abismos, pues solo queda,
Zenón, por introducirse
en su pecho mis centellas,
vengue en sus hijos mi rabia
la que en Benito no pueda.
Qué vanas te salen siempre,
monstruo, tus fieras cautelas.
Pensaste, ánimo altivo,
que de Benito granjea
mi fe postrarle.
No, pues
excusada diligencia
fuera la mía, bastando
un hombre a ultrajarte. Es esa
muy corta victoria, puede
ser blasón de mis empresas,
sí, que es vil trofeo de otro.
Qué saña, qué cruel queja,
la memoria de mi agravio
en el corazón despierta.
Pag. 119
mas a vengarla me animo;
y tú, que tanto te precias
de poderoso, ¿no estás
con ignominia más fiera
abatido y preso?
Es cierto,
mas no es esa consecuencia;
que a mí es Dios quien me aprisiona,
contra quien no bastan fuerzas,
y a ti, el mayor pecador.
Mira, hay gran diferencia
de agraviarte a ti un esclavo,
o a mí una deidad suprema.
Cada voz este volcán
en el alma me acrecienta.
Fuera de que aunque oprimido,
preso y rendido me veas,
anhelo por la venganza
que ejecutaré sangrienta
si no en Dios, en un ministro
cuya potestad granjea
para ajarme; pues Benito,
mas sin pérdida la excelsa
fama de tu gran valor
y tu superior nobleza
Pag. 120
Un agravio mismo consientes
y tercero de tu afrenta
te dejas atar de quien
antes tembló de tu diestra;
en alma y vida te ofende,
pues adora a Porcia bella
a quien quisiste, y aun vive
entre las cenizas muertas
alguna centella (¡al arma,
sugestiones!) de tu ofensa;
te pone el pie en la cerviz,
con que de entrambas maneras
como soberano te rinde,
como amante te sujeta,
te ultraja por verte humilde,
no extrañando lo consientas,
con que te arguye de vil,
pues pierdes sin defenderlas,
patria, vida y honra; en fin,
Dios manda que a la primera
obligación sea acudir
a sí mismo, y que se quiera
al prójimo como a sí;
pues es cumplir lo que ordena
guardarle seguridades
tomarte tú las afrentas.
Pag. 121
porque viva Marcelino,
que tu fama, Zenón, muera,
no ya; pues de una culpa
a costas logras; le queda
resarcir (pudiendo luego
pedir a Dios perdón de ella)
infamia, vida y honor.
Muera Marcelino, tenga
fin su traición.
Ya no puedo
resistir tanta violencia.
Mi religión dejaré,
vengaréme; mas, ¡qué pena!
Como si solo el decirlo
toda la vida me cuesta
yo tan sacrílego insulto...
Sí, que hay para él recompensa,
y para tu honor perdido
cobrar.
Pues el honor venza.
Muera Marcelino, haré
testigo al cielo y la tierra
de la más cruel venganza.
Padre, eso sí; ¡fuera, fuera!,
yo también he de seguirle,
si ser bandolero acierta...
Pag. 122
que estoy aquí arrepentido
del ayuno y la pajotea
y de no poder tener
inclusión con la bodega,
voy a prevenir el hato.
(Vase.)
Muera Marcelino.
Muera.
Sale San Benito.
¿Quién ha de morir, Zenón?
Quien contradecirte intenta,
pues arguyéndome estaba
a que vos...
Que te convenza.
Toma, y así, porque no
lugar de decirte tenga,
entra, ocupa el seno triste
de esa pavorosa cueva,
ciérrala y nadie te escuche.
¡Apese a mí, que aun no quieras
dejarme este alivio!
No.
Pues sepúlteme la tierra.
Éntrase cerrando la cueva.
¡Válgame el cielo!
¿Qué sientes?
Siento una oculta extrañeza;
disimularé mi rabia
al estar en tu presencia,
que a respeto lo atribuyo,
y en ver qué dominio tengas.
Pag. 123
tan grande en su virtud tanta
ap[ar]te
en su semblante su idea (
estoy leyendo pues ya
que mi presenzia te fuerza
va ese temor dezala
vase
asi lo are y mientras llega
la ora ire a disponer
el como vengarme pueda
dejando la Religion (
Dios de su mano te tenga
Señor pues permitis que diera fiera
pisada la zeruiz que ynutil miro
Cada amago conuierta en un suspiro
Conque la selua ruge el mar se altera
de vos Señor de vos mi afecto espera
que en el glorioso fin a quien aspiro
si es merito el afan en que respiro
logre una dicha el mundo verdadera
todo es penas en el todo ocasiones
y en el misero golfo del engaño
tienden las velas muchas ambiziones
Tenga Señor remedio tanto daño
que podran mas que todos las pasiones
si por todos no lidia el desengaño
Pag. 124
Baja un Ángel en un águila, y encima un Sol, de cuyo centro saldrán a su tiempo tres rayos de luz, y sube el Santo en elevación.
Benito.
Espíritu puro,
¿qué me ordenas y me mandas?
Dios, premiando tu virtud,
quiere a tus glorias se añada
la de verle, aunque mortal,
en la visión que en la sacra
esfera asiste, a la cual
tu espíritu se arrebata
en Dios, porque no te impidan
verle prisiones humanas,
diciendo en festivas voces
misteriosas consonancias.
Rasgue la esfera
sus velos de nácar,
y en trono de estrellas
adonde se abrasan
Serafines que encienden,
matizan sus alas,
logre adorar Benito
a quien más le ama.
Va subiendo en elevación el Santo y, abriéndose el Sol, saldrán del centro tres rayos de luz.
Sin mí, Señor, y con vos
logro la dicha más alta,
mas si dejo en mí la culpa
Pag. 125
¡Qué mucho halle en vos, Capasia,
ahora, mi amor, que el bien
tan fuera de mí me saca,
¡oh, quién nunca en sí volviera
y el peligro no quitara!
Tus mayores enemigos
o tu religión ensalzan,
triunfa de ellos, pues de Dios
tan gran potestad alcanzas.
Vencerás todos los riesgos,
y aunque el más grave te falta,
después de la gran victoria
solo a premiarte te llama,
místicas repitiendo
mis consonancias,
el velo rasgue la esfera una.
Cúbrese la apariencia.
Aguardad, Señor, oíd,
¡oh, qué presto que se aparta!
¡Ay de mí!, que de aquel día
aún no logra el sol ser alba.
Amor, si el caso es engaño,
a qué veloz vistes alas,
pónmelas del corazón.
Pag. 126
Volaré, mas, gloria tanta,
mas, ¡ay!, que ya todo es noche,
qué diferentes, qué vanas
son las glorias de este mundo.
¡Oh, cielos! ¡Y quién llegara,
pues ya todas sus delicias
mi feliz vista agravian!
Mas, Señor, pues me decís
que logre lo que os agrada,
que es que aun vuestros enemigos
os ensalcen de la extraña
determinación injusta;
dijeron: será triaca
el inventor del veneno.
Y así, en nombre vuestro, salga
de esa oscura gruta, y muestre,
puesto que a todos engaña,
sus errores, deteniendo
a Zenón, porque en su falta
no pierda en la religión
honor, vida, cielo y alma.
¡Ah, de esa fúnebre gruta!
Ábrese la cueva.
¿Qué quieres, a fiera rabia,
Benito, que me persigues?
Pag. 127
que de aquesa pasión salgas,
y detengas a Zenón,
que a tus persuasiones falsas
dejar la religión quiere.
No me aprisionas, no me atas,
pues no quiero ahora salir
solo porque me lo mandas.
Esto dices.
Esto digo,
y en esta oculta morada
me he de estar; y no te canses,
que primero esa montaña
se moverá. Tú imaginas,
di, que con tus monjes tratas.
No solo has de salir, pero
no mostrarte en forma humana,
sino en forma de quien eres,
dragón infernal.
Te cansas
en vano; y pues cuando quise
que los techos me quitaras,
no quisiste, ahora que quieres
que libre a obedecer vaya
no quiero yo.
Pues te mando
Pag. 128
en virtud de la elevada
potestad que sobre ti
me ha dado el Señor, que salgas.
(Tira de la cadena y la arranca)
(Vase)
A pese a tu voz, a pese
de tus poderosas palabras,
yo iré, mas será a abrasar
tus monasterios.
(Vase)
Aguarda;
mas no importa, de Dios son,
él cuidará de su casa.
Sale Morondo con una bota, medio queso y medio panecillo en unas alforjas, arremangado, los avíos.
En tanto que Zenón llega
a este sitio en que he esperado,
pues venía aparejado,
es muy justo, por si pega
la salida, aquí a dormir
lindamente me acomodo;
mas no, que aguardo y no es modo,
mas me vale divertir,
cansado de esperar,
y pues que para el camino
llevo queso, pan y vino,
repártolo en su lugar.
Quien de ciego el paso nota
por ver bota que no prueba,
sepa que la idea es nueva
Pag. 129
Echa la taba.
Bebe.
Aunque no es nuevo la bota,
el queso pongo a este lado
y la bota aquí. Ahora bien,
quiero jugar. ¿Y con quién,
Morondo? Ya lo he pensado:
con la bota he de jugar
y con el queso a la taba.
En este bolsillo estaba,
ea, guapos, a empezar.
Usted en perdiendo, seor queso,
ha de llevar un bocado;
señora bota, usted cuidado,
a cada perdida un beso.
Allá va, perdió usasté,
presto a pagar, mi señora.
Yo perdí, váyase ahora,
que después la pagaré.
Perdió el seor queso, a comer,
pague usted, pero quisiera
que la señora perdiera
siempre, por siempre beber.
Al paño.
¿Qué veo aquí? Está Morondo
jugando está, ¡vive Dios!
Pag. 130
Perdió vusted, una, dos.
Ya llegamos a lo hondo.
Jugando le hallo.
Ya escampa,
otra vez prende.
Va a beber y quítale Lechuga la bota.
Eso no;
que la bota he visto yo,
señor mío, y esa estampa.
Sale Cauceta y arrebata el pan y el queso.
Digo, ¿y qué es esa, a mi vista?
¿Qué es esto que llego a ver?
Mas, ¡hola!, aquí hay que comer.
¡Adiós todo! Prendo el tin[to].
Haciendo el borracho.
Oye usted, pues aunque ciego,
conozco yo en su presona
que este vino es de Corona.
Digo, y este queso es lego.
Señores, ¿hay más fracaso?
Yo sin beber.
¿Qué es aquesto?
Vente, Lechuga, anda presto.
Quedo, que se vacía el vaso.
¿Estás loco?
Pena suma,
sin beber, yo pierdo el ser.
Digo, ¿quiere usted beber?
Pag. 131
pues sópleme bien la espuma.
Sople el vengante soplón
que le ha enseñado a soplar.
Que deje, quiérese acabar
en palos la comisión.
¡Ay, no, por amor de mí,
que me moriré del susto!
Malo va esto, mas no es justo
el que me vengue yo aquí;
él se está cayendo todo,
y acabará aun en cabrón
de cara. Pues, corazón,
venguémonos de este modo.
¿Qué dice?
Que es un bribón.
¡Voto a...!
(Dale una puñada y cae Lechuza.)
Y que, si me enfada,
morirá de esta puñalada.
¡Ay! ¡Confesión, confesión!
¡Pobre de mí!
(Salen San Benito y Mauro.)
¿Qué es aquesto?
Nada, que he muerto a un hombre.
¿Qué dice?
Que no se asombre.
Pag. 132
Padre, que estaba hecho un tas,
diole un golpe y se ha caído.
¿No le maté?
No, menguado.
Según le cargué enfadado,
jurara que le había herido.
Deje locuras, hermano,
y váyase.
Vase.
Así lo haré,
pero sepa, padre, que
no sabe quién es fulano.
¿Dónde, Benito, me traes?
¡Ay, Porcia! Pues que mereces,
la que siempre afectuosa,
la que agradecida siempre
no me ofendiste, a ti solo
te diré cómo ya tiene
mi vida cumplido el plazo
que los Cielos la conceden;
pero antes, Porcia, atendiendo
a que no es bien que se cuente
que te dejé en el peligro
sin que tú en riesgo me dejes,
te pido, te mando y ruego
Pag. 133
que ya que el vecino albergue
que por tu morada eliges
admitiste, Porcia, aceptes
el más seguro. Mi hermana
Escolástica prudente
mi religión sigue, tú
también elegirla puedes
para que...
¡Ay, Benito! Si
logro que el llanto me deje,
si consigo que la pena
no me acabe, al ver que quieres
desampararnos, podré
decirte cómo solo ese
fue mi intento desde el día
que, convencida a tan fuerte
argumento, vi que era
demonio al que Dios tienen
injustos los que, infelices,
les ciega el humo que encienden,
y así podrás...
¡Fuego, fuego!
Pag. 134
Sale Moro.
¡Ay, que me abraso! ¡Ay, que huele
el cuarto a chamusquina!
Padre, el incendio remedie.
¿Qué incendio?
¿No ve el convento
cuál arde?
¡Afuera, fuera,
enemigo! Aún no cesaron
tus astucias.
Me parece
que de horno conventual
seremos vivos pasteles.
¡Ay, Benito! A grasa pura
huele el humo que se prende
en la cocina. ¡Ay, mis ollas!
¡Ay, que mi carnero verde
se abrasa, que he de cenar!
No le dé eso pena.
¡Pese
a mis tripas, eso dice!
Sale Lechuza.
¡Por Cristo, lindo pebete
dan, desde que el ídolo echaron
en la cocina!
Detente.
Pag. 135
ídolo en el templo entró,
¿qué mucho, Glanda, si tiene
todo el fuego del infierno
hospedado? Vamos, que este
incendio, más fácil que otros,
que es fama, se desvanece.
(Vanse)
¿A qué he de ir, que si mi olla
ha tanto tiempo que hierve,
pues no tengo que soplarla,
gran placer, todo se queme.
Pero ¿qué miro? Benito,
con la bendición que suele
hacer, va apagando el fuego.
Si esto en la corte fuese,
¡qué palancas, qué jeringas,
qué voces, campanas, gente,
y todo para en quemarse
todo lo que el fuego quiere!
Sale Alecta.
No habiendo hallado en la cueva
al que con cantos prende
Benito, y es de los dioses
Pag. 136
quien sus cultos engrandece,
quien obedece preceptos
de sus máximas celestes;
y de convenir con ello
regocijada y alegre
vengo a Zenón y a Benito,
porque vean cómo pueden,
a pesar de sus hechizos,
librarle los dioses.
Este
alboroto con que el fuego
clama a todos, aunque cese,
ha de ser medio de que
salir pueda antes que cierren
la portería, pues todos
acuden donde inclemente
se empezó a cebar la llama;
pero Alecto hacia aquí viene;
llegaré a la puerta, pues
la clausura impide que entre.
Mas que, aunque dura a Zenón
la gana de irse, se quiere
hacernos la ida de humo.
Mucho os hallarte agrada,
mi cuidado, por deciros
con qué ciego engaño ofende.
Pag. 137
a los dioses, que bien quedas,
ni a Benito, aquese aleve,
ya a pesar vuestro, el ministro
de los dioses libre.
Juro que ya convencido,
no sé si diga a qué vengue
mi valor aquella afrenta,
dejar mi valor pretende
esta infame opresión, esta
vil humildad la que me tiene
ultrajado.
Salto y brinco,
dígale usted que me lleve,
que para mozo de alforjas
valgo lo que pesan veinte.
¿Qué dices, Zenón? ¿La dicha
lograste de convencerte?
Intento vengar mi agravio,
no otro motivo me mueve.
A mí sí, el ser bandolero
para hurtar muy santamente.
Aunque no sea el motivo,
desdeñarte y ofrecerte
a los dioses pesarosa
Pag. 138
pidiendo perdón de haberte
atrevido a sus deidades.
Con todo eso puedo alegre
reconvenir a Benito.
Ahora es tiempo que me vengue,
sepa que contra los dioses
nada los engaños pueden,
y que su contestación
a asustar el alma vuelve.
¿Cómo es eso? ¿Eso de dioses
en verdad que no me huele
muy bien, y ya casi casi
quiero a mi celda volver,
que yo quiero ser ladrón,
mas no idólatra.
¿No vienes?
Sí, vámonos.
Van a salir Alejo, Zenón y Morondo, y aparécese el Demonio sobre un dragón vestido de negro, echando llamas, y Morondo cae patas arriba.
¿Dónde vas,
ciego engañado? Detente.
¡Ay, infeliz de mí!
Fiera horrorosa, ¿quién eres?
¡Ay, ay, ay! ¿No hay quien me valga
porque el diablo no me lleve?
Duele a mí que me obligues,
Benito, que así me sujetes
a este tormento. Zenón,
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truenos, húndese
vuelve a tu convento vuelve
que yo soy aquel ministro
de los dioses que a las gentes
engaña siendo el demonio
y si acaso no se cree
dígalo el ver que se abisma
vencido al poder que adquiere
Benito en su triste horror
me sepulta ya
San Lesmes
qué asombro
qué confusión
fuego, el azufre cuál hiede
válgame Dios, tal intento
cupo en mí, mi llanto anegue
mi delito
Convencida,
Zenón, a tan evidente
horroroso desengaño
que el sacro bautismo anhele
es fuerza
y ya yo en mi vida
intentaré, aunque me tuesten,
salir de mi religión
Salen Marcelino, Lechuga, Porcia y Laureta, y Porcia llorando.
ay de mí, que ya fallece
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la luz del sol.
¿De qué nace
tu llanto, Porzia?
Ya muere
Benito.
¿Qué es lo que dices?
Que retirado a su breve
morada, mas pues tan cerca
está, que aquí soléis verle,
dél lo podéis ver y oír,
que a mí el llanto no me quiere
dar lugar.
Sin mí he quedado.
Descúbrese San Benito en brazos de dos monjes, espirando.
Padre mío, no nos deje,
no desampare amoroso...
Muéstrate, Señor, clemente,
que en tus manos encomiendo
mi espíritu.
¡Ay, cosa fuerte!
Ya falleció.
Padre amado,
¿pero qué globo desciende
de luces sobre nosotros?
Toda la esfera celeste
se rasga,
y de alados coros...
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dulces tropas con solemne
aparato, recibiendo
su gloriosa alma que asciende,
repiten diciendo acordes,
porque su pompa se eleve:
Bajan en una tramoya dos ángeles con hachas, cantando, y suben el alma de san Benito, durando la música los versos que faltan.
De Benito las glorias
la esfera celebre,
pues que de sus virtudes
al trono asciende.
De Benito, etcétera.
¡Qué placer!
¡Felice yo,
que a sus piedades le debe
las luces mi desengaño!
Y aquí fin dichoso tiene
el patriarca san Benito,
el gran sol del occidente.
Fin. En esta comedia no hay nada contra nuestra santa fe, ni buenas costumbres. Madrid, y septiembre 29 de 1693. El doctor don Agustín Pallo Guerrero.
