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Texto digital de El sol de Occidente, San Benito

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El sol de Occidente, San Benito. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-sol-de-occidente-san-benito.

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EL SOL DE OCCIDENTE, SAN BENITO

Pag. 1

El Sol de Occidente

San Benito.

Comedia famosa

de

don José de

Cañizares

y del

racionero don Pedro

Vallejo.

Pag. 2

M-176

B f

El sol del occidente, San Benito. Primera jornada.

De don Josep Cañizares.

De Carlos Vallejo, autor de comedias por su majestad.

Año de 1697.

Jesús, María, Joseph.

Jornada primera

Pag. 3

Hereje.

Córrese la cortina y descúbrese san Benito en la cueva como le pintan, vestido de monje y escribiendo.

Benito.

Ya, soberano Señor,

que después de haber dejado

en los aplausos de Efide

peligros y sobresaltos

(Efide, aquesa ciudad

donde me admitieron tanto),

Pag. 4

Benito.

el ameno caudaloso

pasé, y en ese sagrado

monasterio, que la cumbre

ocupa de ese peñasco

por estar más cerca al cielo,

a quien se le parece tanto,

tomé el hábito que visto

de Román, habiendo estado

en este áspero retiro,

cuyo agreste, oculto espacio,

aun sin el sol que lo ilustre,

me alumbra con desengaños;

y ya, en fin, que de los doce

monasterios que he fundado,

a un mismo tiempo en aquel

que huyendo mentidos faustos,

para morir a los vanos

ciegos honores del mundo,

tan vistos de sus estragos

que el que más se encumbra es solo

para caer de más alto,

Pag. 5

Benito.

Con que el Cielo, a cuyo amparo

su fábrica crece, acude

mis designios alentando,

en tiempo que todo el mundo,

poseído de tiranos

(dígalo el tenaz hereje,

el idólatra engañado,

el hebreo irreducible,

mal persuadido el pagano),

al yugo de Lucifer

mueren y viven esclavos

los más que le habitan; Cielos,

admitid en holocausto

el tierno dolor de ver

a cuántos, mi Dios, a cuántos

es desperdicio el tesoro

de vuestra sangre, aumentando

con veros a vos piadoso

el ser ellos obstinados.

Pag. 6

Benito.

siendo preciso que a daños

tan graves haya eficaz

medio para remediarlos,

la regla que con auxilio

vuestro, Señor, he empezado

para que mis nuevos hijos

en los doce ya fundados

monasterios que habitan

se gobiernen; entre tanto

que a más gloria vuestra guíe

con vuestro favor mis pasos,

he de proseguir. Pues,

quede aquí, e iré adelantando

mis descansos, que por vos

son los anhelos, hijos míos.

(Escóndese a un lado).

Demonio 1º.

Al monte.

Otro.

A la selva.

Otro.

A el llano.

Demonio 1º.

Guarda la fiera.

Doña Pompilia.

Yo sola,

aunque el seno enmarañado

la oculte, la he de dar muerte.

Demonio.

Ata, átala.

Pag. 7

(Vuelve a escribir.)

Benito.

¡Qué vagos

ecos que de venatorios

acentos se han fomentado,

llegan a este sitio, donde

solo el día entró, si acaso

buscándome! Mas, ¿qué digo?

Ya, ya penetro, ya alcanzo,

puesto que desvanecidos

tan de improviso cesaron.

Así, ¿qué logran? Que de ese

mi afán quien los ha causado,

el enemigo común,

fomenta tales engaños,

que no es la primera vez.

A la ocupación volvamos,

corazón; no os embarace

tan despreciable cuidado.

Prosigo, y sea al fin, hijos,

vuestra ocupación, orando,

templar las iras de Dios,

detener al justo brazo

el azote y apagar

vuestras lágrimas sus rayos.

Imitaréis la divina

Pag. 8

Benito.

Judit, del pueblo cristiano

que llagó al mayor gigante,

Si.

Benito.

pisar el cuello elevado

sobre tronos de tinieblas,

y en las aras del engaño

seréis imagen al fin

de.

A otro lado, dentro, música.

Música.

De Apolo al aplauso

venid, y en su templo,

en humos sagrados

de hogueras que abrasen

aromas y holocaustos,

consagrad incendios

al dios de los rayos.

Benito.

Cuando a nombrar a María

iban mis indignos labios,

segunda vez me interrumpen

sonoros acentos blandos,

que en culto de la mentida

deidad de Apolo ocultando

el tósigo en la lisonja

y el veneno en el halago,

áspid vocal su dulzura

es su tósigo, aunque en vano.

Pag. 9

no

Voces.

Por más que unidas repitan

varias voces alternando.

A un lado voces.

Voz 1.

Al monte.

Voz 2.

Al valle.

Voz 3.

A la selva.

A otro música.

Música.

De Apolo al aplauso,

venid, que en su templo

en humos sagrados

etcétera.

Al paño el Demonio vestido de pieles.

Demonio.

Válgame el infierno, mi industria.

Pablo.

Aunque en lo más oculto

de esa espesura se esconda,

te he de seguir.

Demonio.

Eso aguardo,

logre yo contigo aquello

que esas voces no lograren.

Pasa antes que levante la cabeza el Santo al otro lado del paño.

Pablo.

No busques... pero ¿qué veo?

Benito.

¿Quién?... pero ¿qué estoy mirando?

Demonio.

Mientras que su suspensión

ocasiona el embarazo

que intenté con los bandidos,

de cuyo medio me valgo,

Pag. 10

Benito.

¿De qué, Porcia, tan suspensa

quedas?

Porcia.

De tres tan extraños

accidentes como ver

que en aqueste oculto espacio,

buscando lo que persigo,

encuentre a lo que haga rato,

cuando la fiera que fue

quien hasta aquí me ha guiado,

desvanecida a su vista,

en todo el bosque no alcanzo

a verla, y lo que más forma

mi duda, ver que te hallo

cada día tan sin ti,

de ese ser desfigurado,

Benito.

Ay, Porcia, no es extrañeza

la que estás en mí notando,

Pag. 11

Benito.

Más racional soy el día

que lo desmiento, pues claro

que quien más del mundo ignora,

quien se halla desfigurado

en él sin sus honras vanas,

sin sus mentidos aplausos,

ese es solo racional;

pues, lo exterior despreciando,

ve con los ojos del alma

los disfraces de su engaño.

Y este del mismo desprecio

la cumbre va fabricando

de la virtud, de quien es

tan estrecho, porque a paso

que no le vence quien no

desprecia pompas y faustos,

que es muy áspero el camino

para andarle embarazado.

Porcia.

Con todo eso, deja, deja

se extrañe en tan bajo estado,

pues conociéndote en Roma

del linaje augusto y claro

de los Anicios, Señores

de Nursia, y a cuyos lauros

Pag. 12

Porcia.

cedió la fama sus glorias,

rindió al tiempo sus estragos,

de Erixio era propio, su padre,

las riquezas del aplauso;

que de Abundancia, su madre,

tuvo la opinión virtud.

Benito.

Dejando

porfía ese vano recuerdo

para quien quiera ser vano,

pues yo solo de esa gloria

logro aqueste desengaño,

permite con más razón

que a lo que estoy extrañando

pregunte yo; pues sabiendo

quién eres, y en este espacio,

viéndote tercera vez

de pieles con que me vistes,

doy a entender que declaro

lo que oculto en lo que muestro;

pues que voy al mismo paso

que, acreditando la forma,

el alma perfeccionando,

fuerza es que dude y que tema;

y así, pues aquí logramos

Pag. 13

Benito.

la ocasión, que allá perdimos,

por no haber nunca tocado

este punto, que el de ti

saberlo sin duda aguardo.

Dame cuenta del motivo

que aquí te conduce, en tanto

que lo que a tu voz debiere

con fieles avisos pago.

¡Oh cielo! Si su gentil copia

ciego error pudiese, incauto,

vencer, o al menos poner

el primer remedio al daño,

(que sirva de disponerla

ya que no de desecharlo).

Papa.

Es tal, Benito, el afecto

que te confieso, pisando

una línea que, sin ser

amor, viene a ser agrado;

o por decirlo mejor,

confrontación de dos astros,

que a tu respeto y al mío,

su influjo reconciliado,

parece que halla preciso

Pag. 14

Papa.

lo que adquiere voluntario

que he de obedecerte en todo.

Y pues las voces cesaron

de la música y la caza,

quizá porque dilatando

el espacio, el eco lleva

los acentos a otro espacio,

Porcia.

óyeme atento, que a ti

nada, Benito, recato.

Ya sabes cómo de Roma

soy, pues en ella estudiando

estabas cuando yo en ella

te conocí, antes que el hado

consiguiese con mi ruina

ver sus ceños fulminados.

Y ya sabes cómo en Roma

(¡ay de mí, infeliz!), logrando

con singular hermosura

aun más que común aplauso,

de Marcelino adorada

fui, ese mancebo osado

Pag. 15

Porcia.

a quien temen estos montes,

pues por sucesos extraños

bandido destas montañas

y destos bosques corsarios,

no hay flor, no hay fiera, no hay hombre

que al susto, al fuego, al estrago,

no le examine en su ruina

relámpago, trueno y rayo.

¡Oh, nunca yo, o nunca hubiera

nacido a experimentarlo,

venido para temerlo!

Aunque al soberbio, aunque al blando

halago que fue violencia

y violencia que es halago,

soy Circe, soy fiera, soy

monstruo tal, que equivocando

lo femenil en lo altivo,

lo fuerte en lo delicado,

de tal suerte he resistido,

que, una muerte amenazando,

en cada amago he sabido

vencer hasta sus amagos,

porque viven esos cielos

Pag. 16

Porcia.

que su zafir tachonado

antes vistiera con sombras,

antes luciera sin astros,

que pudiese a mí atreverse

sin hacerle mil pedazos

el aleve; mas, ¿qué digo?,

arrástrame demasiado

del afecto, mas no importa,

oye, que ya voy al caso.

Este, pues, que de mí nunca

logró más que desengaños,

una noche, cuando el triste,

negro, pavoroso manto

cubrió luceros y estrellas

quizá por considerarlos

prevenidos a vencer

con su influjo un presagio,

o por no influir al bien

ellos mismos se ocultaron,

estando en la quinta yo

de mi padre, que distando

tres millas de Roma, pudo

alentar sin su resguardo.

Pag. 17

Porcia.

la intención de Marcelino, y

Leandro, ciego y osado,

con los suyos, donde pudo,

robándome temerario,

lograr no su vil intento.

Llorar mi preciso daño,

pues trayéndome, ¡ay de mí!,

a estos montes de Sublago,

cuarenta millas de Roma

(de la provincia de Lacio,

desierto, que de una villa

toma el nombre, a quien dos lagos

que undosos unidos forman

Anieno con el Nario

se le dan), aquí, pues, digo,

me vi en tan pequeño rato

con honor y sin honor.

Con honor, pues yo le guardo;

sin honor, pues, claro está,

presumirán engañados

los que mi valor ignoran

Pag. 18

Porcia.

que no habré podido tanto.

¿Cómo defenderle en medio

de bandidos temerarios,

adonde son los insultos

las frases de los halagos?

Pag. 19

Porcia.

así en su halago he vivido,

no

Porcia.

adonde no he perdonado

fiera, flor, planta, ni ave,

que al amoroso contacto

de mi planta no haya ardido,

un Etna ardiente brotado,

un Mongibelo adquirido,

no

Porcia.

siendo en cenizas del campo

pavesas de nácar cuantas

flores le salpican, vano;

dígalo Zenón también,

enemigo declarado

de Marcelino, que apenas

me vio, sin duda ignorando

mi altivez, alarde hizo

de su amor y de mi enfado;

pues igualmente a los dos

mi pundonor despreciando,

aunque el afecto que oculto,

Aparte.

Porcia.

más a Zenón inclinado,

libre vivo, bien que atenta

Pag. 20

Porcia.

a que en semejante caso

ya no es posible volver

con mis deudos, pues juzgando

justo mi agravio, querrán

satisfacer este agravio

con mi muerte; en ese monte,

de los Farnesios, Ovando,

siguiendo, con Marcelino,

vino, que, atento al recato

mío, alienta en la esperanza

que él se finge y yo no he dado.

Y en fin, hoy en ese monte,

cuya falda el soberano

templo del divino Apolo

como archivo de sus rayos

ilustra, y cuantos afectos

en él piensan brillar astros,

se juntan cuantos bandidos

hay en él que del romano

poder huyen, y en sus aras

su deidad celebran dando

treguas a la enemistad.

Pag. 21

Porcia.

al tiempo que congregados

en él es la voz del alma

la llama del holocausto,

pues de la deidad de Apolo

no hay otro templo en Sublaco,

y así, el deponer sus iras

por entonces han tomado

por partido, cuando unidos

adoren su simulacro.

Entonces su pitonisa

Alecta descifra cuantos

sacros enigmas propone

el oráculo sagrado,

a cuya fin esas voces

que distantes resonaron

al templo llaman; y esotras,

habiéndome yo empeñado

en seguir la fiera, han sido

de los que me acompañaron,

con que de cuanto preguntas

satisfecho estás; ya cuando

Pag. 22

Porcia.

alivio que por paga,

prometiste a mi cuidado.

Benito.

La porfía del ciego error

de Marcelino he sabido,

y Zenón, que ellos han sido

los que me han dicho su amor.

Pues llegando a reprender

sus vidas me han argüido

como dándose al partido

de no poderse vencer.

Ni discreta has de eximir

oídos a un lance tal,

que en batalla desigual

solo es valor el huir.

Y aunque ves que te persuado

a que a nadie adores, hoy

de contraria opinión soy,

que un divino enamorado

así introducir intento;

mi persuasión me ha pedido

que te hable por él; advierto,

de las señas que he tomado,

superior es su grandeza,

Pag. 23

Benito.

sin límite su poder,

aunque por ti vino a saber

la inferior naturaleza

de tus dioses. Plutón

manda el abismo, Neptuno

el mar, Jove el cielo, Juno

en cada jurisdicción;

este, por iguales modos,

en dulce gloria, en paz blanda,

todo lo rige y lo manda,

¿qué mucho, si es más que todos?

Y esos, deidades fingidas,

Apolo, Jove, Cupido,

y cuantos dioses perjuros,

falsos, torpes y homicidas

fueron...

Sale al paño Marcio.

Marcio.

Aquí; mas, ¿qué escucho?

Buscando a Porcia he venido,

con Benito está, y los oídos

amor, con recelos lucho.

Pues apuremos recelos,

destas murtas ocultado,

si mi desprecio ha causado...

Pag. 24

Marcio.

Benito, despacio, celos.

Benito.

Este enamorado fiel...

Asómase Zenón.

Zenón.

Cielos, hablando enamora

Benito. ¡Fiero rigor,

hallar a Porcia con él

cuando buscando la vengo!

Si él causa en ella mi olvido,

de esta espesura escondido

a escucharle me prevengo.

Benito.

Mira si tanta fineza

le debes a su cuidado,

si en fin tan enamorado

ronda, Porcia, tu belleza.

La vida da por ti,

y si tan gustoso muere,

¿hay más que de amor se espere?

No pagues su afecto así,

corresponde agradecida,

pues te obliga y te enamora.

Porcia.

Ya mi suerte se mejora

a su intención convencida,

como ya mi pena vio,

la persuade a que me quiera.

Zenón.

Vencido a mi pena fiera...

Pag. 25

14

Porcia.

Sin duda que la obligo

a que agradezca mi fe,

porque aunque es verdad que te oí

muy gustosa, extraño en ti

lo que de ti no esperé

al punto de la fe mía.

No me toques que primero

será aquella flor lucero

y será noche este día

que yo mude mi intención.

Conque así...

Zenón.

¡Cruel!

Margelí.

¡Esquiva!

Porcia.

Es fuerza que opuesta viva

en todo a su persuasión.

Benito.

Considera...

Porcia.

No lo intentes.

Benito.

Advierte que...

Porcia.

Nada advierto.

Benito.

Pues teme...

Porcia.

¿Qué?

Benito.

Tu ruina.

Porcia.

No sé qué temor has puesto

al pecho con esa voz.

Zenón.

Mucho a Benito le debo.

Pag. 26

Marcelino.

Salir pretendo a pagalle

con mis agradecimientos

lo que hace por mí, y decirle

que no se canse, pues veo

que emprende mover un monte.

Zenón.

Salir a agradecer quiero

esta fineza a Benito

y a disuadirle el empeño,

pues parar el viento intenta.

(Salen los dos, y al verse el uno al otro, echan mano a las espadas.)

Los dos.

Benito... Pero, ¿qué veo?

Zenón.

No era por mí, que, sin duda,

por Marcelino lo ha hecho.

Marcelino.

Sin duda por Zenón fue,

lo que por mí le agradezco.

Zenón.

¡Vive Júpiter, infames!

Marcelino.

¡Vive Dios, viles...!

(Deteniéndolos.)

Plácida.

Teneos.

Marcelino y Zenón.

Déjame, ingrata, que vengue

en dos traidores mis celos.

Plácida.

Déjame, que en dos infames

vengue fiera mis desprecios.

Benito.

¿Cómo vengarse, advirtiendo

que soy yo quien le defiendo?

Pag. 27

No

Echa primero mano a la espada y luego flecha el arpón.

Benito.

y antes dejaréis la vida

al impulso deste acero,

al rayo de aqueste arpón,

que un paso en su ofensa ciegos

deis contra Zenón. ¡Con qué

violencia le trato, cielos!

Benito.

Detente, Porcia, ¿qué haces?

pues el logro de mis deseos

me quitas, cuando ando yo

en busca de mis desprecios.

Llegad, ultrajadme, emplee

vuestra saña el rigor fiero,

que antes andaréis piadosos

si miráis lo que merezco.

¿Cómo os detenéis?

Marcelo.

¡Qué asombro

me infunde su voz, que un hielo

discurriendo por mis venas,

entre temor y respeto,

me embaraza las acciones!

Zenón.

¡Qué pasmo su grave aspecto,

su despreciar el peligro

me causa, que ni aun me atrevo

a ejercitar un amago!

Porcia.

Cielos, ¿cómo tan suspensos

Pag. 28

Porcia.

los dos olvidan sus iras.

Se abalanzan el uno y el otro, echan mano a las espadas.

Deteniéndolos.

Benito.

Oh, cómo estoy conociendo

en vuestro mesmo semblante

lo que siente vuestro pecho;

a vista del inocente

se halla el agresor soberbio

(si en la culpa es convencido)

pasmado, confuso y yerto.

Y así vosotros, pasando

tan de un extremo a otro extremo

sin caer en la razón,

proseguís el desacierto

de darme la muerte, intentáis

cuando yo ando ha tanto tiempo

procurándoos una vida

llena de bienes eternos.

Mal me pagáis la amistad.

Volved, pues, en vuestro acuerdo,

considerad vuestro error,

y mirad que no hay más feo,

más horroroso lunar

para un noble altivo pecho,

que la ingratitud, no haceros

por mí, por vosotros mesmos.

Pag. 29

Benito.

esta rueda a quien fueron pompa

de los matices diversos

verde que copió a la tierra,

azul que aprendió del cielo,

así vosotros al ver

que todo aquel ardimiento

ha de parar en un triste 600

sepulcro infausto, sufriendo

las huellas allí de tantos,

quien no se sufrió a sí mismo,

yo sé que ajando la pompa

al altivo pensamiento,

lo que empezó presunción

acabará en escarmiento.

(Vase Porcia.)

Benito.

Vete, Porcia, y pues mi vista

(A ellos.)

Benito.

os embarga a movimientos,

no quiero que os embarace

el considerar en esto;

quedaos, y si vuestro juicio

vuelve en su primer acuerdo,

ved que

tenéis en mí y en mi afecto

que agradecerme si ofensas

os pago con documentos.

(Vase.)

Pag. 30

Marcelino.

Aguarda, pero te digo,

si he tenido sufrimiento

dejarle sin darle muerte,

pero ya que en él no puedo,

y en ti, que eres por quien

sufro de Porcia el desprecio,

me he de vengar.

Zenón.

No es muy fácil,

que riño esta vez con celos.

Marcelino.

¿Que no te acaben mis iras?

Sale el Demonio.

Demonio.

Tened, parad los aceros,

Marcelino, Zenón.

Marcelino.

¿Quién

eres tú, de cuyo acento

es la fuerza tan activa,

Zenón.

Y yo, que atento a tu voz,

sin acción alguna quedo.

Demonio.

Porque aquí todo el abismo

se introduzca en mis acentos,

quien escuchando el asombro

Pag. 31

Demonio.

y quien la causa sabiendo

de vuestro disgusto, intenta

sacaros de un error ciego

en que estáis.

Zenón.

Prosigue, pues,

Marcela.

de tu voz estoy pendiendo.

Demonio.

De Benito presumís,

según lo que en este puesto

dijisteis, que a Porcia induce

a otro amor.

Zenón.

No hay duda.

Marcela.

Es cierto.

Demonio.

Pues vivís tan engañados

como ser él el que tierno

su belleza solicita

para sí.

Zenón.

¿Cómo, si vemos

que a otro afecto la persuade?

Demonio.

Como es él el de ese afecto

y, ¿si no visteis cómo ella

rehusándose al empeño,

aseguró que su fe se

ha de apostar con el tiempo?

Marcela, Zenón.

Sí.

Luzbel.

Pues creed lo que os digo,

Pag. 32

(Vase.)

(Aparte.)

Luzbel.

y vengad vuestro desprecio;

no engañados presumáis

que os deja el prodigio bello

de Porcia, por otro; ved

a cuánto el desdoro vuestro

llega, que por un cadáver,

por un viviente esqueleto

a quien en esta montaña

solo un tosco sayal negro

diferencia de los brutos

que habitan en sus desiertos,

os deja. ¡Vengaos en él!

Muera; así incito, así enciendo

su coraje, pues los hallo

en su primer ira ciegos.

Marcelo.

Aunque extrañe cómo puedas

saber lo que estás diciendo,

di quién seas, pues es esta

la primer vez que te veo.

No lo quiero preguntar,

pues es tal el ardor fiero

que ya en mí has introducido,

Pag. 33

Marcelo.

Contra ese vil menosprecio

de mi valor, que me agravio,

al trato que le divierto.

Demonio.

Ya el infierno de mi astucia

va fomentando otro infierno.

Zenón.

En mí no, porque aunque venganza

pensé tomar acá dentro,

tan contraria operación

con su aviso este me ha hecho,

que ya lastimado miro

al que amenacé resuelto;

y hasta que vea que es él

quien me ofende no lo creo,

que Benito por su causa

gran mal o gran bien espero.

Dentro.

Música.

Venid, venid al templo,

donde Apolo fabrica,

sombras venciendo,

en sus aras antorchas

de los afectos.

Maximiano.

Ya al templo todos acuden,

según esos dulces ecos

repetidos aseguran.

Pag. 34

Maximiano.

Apolo te guarde, y puesto

que tanto te debo, yo

pagaré cuanto te debo;

firme promete ser siempre.

Demonio.

Yo lo admito.

Marcelo.

Y yo lo ofrezco.

¿Y tú, Zenón?

(Vase.)

Zenón.

Pues ya sabes

que a los umbrales del templo

se suspenden los rencores;

después los dos nos veremos.

Zenón.

Y aunque crédito te he dado,

así asegurar pretendo

mi logro, hasta que toque

lo que afirmaste, porque esto

no he de asegurarme.

Demonio.

Pues

la palabra te doy de eso.

(Vase.)

Zenón.

Está bien.

Demonio.

Ea, Benito,

ya llegó a mi esfera el tiempo,

ya a mi furia llegó el día

en que, temores venciendo,

acredite con tu estrago

mi poder, que ya que tengo

permiso del Cielo para

contradecir tus intentos,

Pag. 35

Demonio.

he de ser, fiera, he de ser

rayo, y pues logro en aquestos

que el rencor de uno al otro

contra ti vuelva su ceño,

siente, siente tu ruina;

aunque, ¡ay de mí!, mucho temo,

mas ¿qué importa, abismo, que

implica a mi altivez, fiero,

ver que aun antes de nacer

le señale con portentos

el Cielo, dando en el vientre

de su madre, aun sin acuerdo,

al Creador alabanzas

en amantes himnos tiernos,

si aunque el Cielo le defienda,

llego a alzarme contra el Cielo?

Música

Demonio.

¿Qué importa recién nacido

que aun del primer alimento

haga abstinencia los viernes,

si gustando mis venenos

sabré yo entre las dulzuras

disfrazarle los despeños?

Magia

Demonio.

Y en fin, ¿qué importa que venga

de trece años al desierto,

después de hacer en Efide

Pag. 36

Demonio.

En la iglesia de San Pedro

el milagro prodigioso

del quebrado capisterio,

cuando Dios le muestra más

en lo que se juzga menos,

si mi furia, si mi rabia

sabrá vengar.

Sale Morondo corriendo tras Laura y Gobonio.

Morondo.

Ni por pienso

se ha de escapar.

Laura.

¿No hay, señores,

quien me ampare de un modrego?

Demonio.

Mas a esta parte se acerca

de Benito el compañero

siguiendo una mujer.

Morondo.

¿Dónde,

hermosísimo portento,

huyes de Morondo?

Laura.

Donde

encuentre quien dé almorzarte

muchos palos.

Vase.

Demonio.

Como tonto

divertido me detengo.

Iré a turbar su quietud.

Morondo.

¡Ay, Dios, señores! ¡Qué duelos

me traen...

Pag. 37

Morondo.

Con esa de esquiva y niña,

echóse a rodar el cuento.

Si ya fuere santo yo,

me lleve el diablo al suelo.

Laureta.

¡Ay de mí sola! ¡Ay, mi honor!

Morondo.

Calla, no me hagas pucheros,

mujer de dos mil demonios,

ahora te vienes con eso,

cuando das con mis virtudes

al traste con mucho menos;

mas aguarda, que he de darte

una torta que en el templo

me dio Alecta, para darla

a Benito.

Laureta.

No la quiero.

Morondo.

¿Que en fin con nada te obligo?

Laureta.

Lindo hombre para un empeño,

apártese allá.

Morondo.

¡Ay, Laureta,

que esos ojillos traidores

me están haciendo cosquillas

dentro del entendimiento

de recoger la limosna!

Pag. 38

Vando.

que todos los días llego

al desierto en que a Benito

acompaño, humilde vengo,

vile, y, siguiéndote, al fin

guiado de algún diablejo

que, sin ser Lucrecia tú,

me da tarquinos consejos,

hasta aquí he venido. Mira,

Laureta.

Al paño.

Lechuza.

Aquesta, teneos.

Vando.

Tras él, que me las ha de pagar,

pues la ha venido siguiendo.

Aparte.

Lechuza.

¡Va riesgo grave!

Lechuza, ¿qué? ¿la tenemos

doble?

Vando.

Que es doble, aún no sabes

lo que yo soy. Si me empeño,

no digo a un pobre lechuza,

pero al mismo can cerbero

no temo, antes, si me enfadare...

Sale Lechuza.

Lechuza.

¡Guárdame!

Vando.

Y vos, Laureta,

Pag. 39

Mo.

¡Ay, pobres costillas mías!

Lechuza.

Hipocritón, embustero,

zampalimosnas, menguado,

borrachón. ¡Viven los cielos,

que si os cojo...

Mo.

Me hará astillas.

Lechuza.

¿No viniste a decir aquesto?

Le echaré aquí que le merienden

los pájaros en el viento.

Mo.

No haga usté tal, que el guisado

se ha dañado en poco tiempo

y huele mal.

Laure.

Dios os pague

librarme dél.

Valdo.

¿Cómo es eso?

¿A ti se atrevió?

Vansel.

¿Qué dices?

Laure.

Atrevido a mi respeto,

intentó...

Lechuza.

¿Qué dis?

Laure.

Abrazarme.

Lechuza.

Tío Morondo, ¿es verdad esto?

Mo.

Los diablos cierren su boca,

que hace esta voz, que ningún

mal te hago. Esto conoce

Dios santo.

Pag. 40

Pónense adelante los Vándalos y Lechuza.

Morondo.

porque son gentiles ellos.

Lechuza.

Esto se ha de hacer.

Mozo.

¿Qué escucho?

Lechuza.

Seo mozondo, en breve un pleito

se ha formado desta causa;

vuestra merced es el reo,

acusante, la señora,

jueces, los tres que han dispuesto

darle a vuestra merced un sepan cuantos

desto, que es mantear en seco.

Mozo.

Apelo desa sentencia.

Lechuza y Vándalo.

Pagarán.

Mozo.

A quien venga apelo.

Laura.

Cogedme ese picarón,

y lleve.

Lechuza.

Ministros rectos,

Lechuza.

ejecútese.

Mozo.

Señores,

apelo.

Laura.

No entiendo deso.

Mozo.

Apelo.

Vándalo.

Y aprieta la mano.

Mozo.

Ay, que sin reparos quedo,

apelo, pese a mi alma.

Pag. 41

Lechuza.

Y aun ahora apele, hay derecho.

(Vanse.)

Quédase riñendo y pataleando Morondo.

Macario.

¡Ay, ay, ay!

Sale san Benito.

Benito.

¿Qué es esto?

Morondo.

¡Ay, padre,

ahora digo que es muy cuerdo

quien en pleitos no se mete!

Y así se sale de un pleito.

Benito.

¿Qué tiene?

Al paño.

Morondo.

¿No hay quien me diga

si estoy la mitad derecho?

Benito.

¿Qué dice?

Morondo.

Padre, a golpes

me han molido el fundamento.

Benito.

¿Que siempre, hermano Morondo,

esté de un humor...?

Morondo.

Yo creo

que ya no tengo mi razón.

Benito.

¿Por qué?

Morondo.

Porque a golpes fieros

me han hecho bajar abajo

todo el humor del celebro.

Benito.

Calle, y pues Dios ha querido

que, vencido a mi sosiego

el sobresalto, nos dejen

desocupado este puesto...

Pag. 42

Benito.

Los bandidos demos gracias

por tanto bien.

Mauro.

Es bien hecha,

pero había de ser en pie.

Benito.

¿Por qué?

Aparte.

Mauro.

Acá por cierto cuento,

pero, ¿hemos de rezar,

padre? ¿Antes no comeremos?

Para comérmela luego,

acomodarla pretendo.

Benito.

¿Qué oculta?

Mauro.

No es nada, padre.

Señores, malo va esto,

que me la dé por perdida.

Benito.

Acérquese.

Mauro.

Volveréme.

Benito.

¿Qué es esto?

Mauro.

Es una postema,

que en todo este lado tengo,

que ni aun resollar me deja.

Benito.

¿Desde cuándo?

Mauro.

Ha mes y medio

que la tengo ahí.

Benito.

¿Qué hace?

Mauro.

Dar...

Pag. 43

Morondo.

con la postema en el suelo.

Benito.

¿Qué postema? Esta no es torta.

Morondo.

La que ella misma me ha hecho,

viendo que una torta de

pan pintado se me ha vuelto.

Benito.

Quiere ver cuál es la astucia

del fiero enemigo nuestro.

Llena de tósigo viene.

Morondo.

¿De tósigo? Aun peor es eso,

que me quedo sin probarla.

Benito.

No la toque.

Morondo.

No la llego,

que ya sé que mata tanto

como un doctor un veneno.

Benito.

En nombre de Dios, de cuantas

aves pueblan esos vientos,

una lleve este pan donde

nadie le encuentre.

Baja un cuervo rápidamente y arrebata el pan.

Morondo.

¿Qué veo?

Padre, que el veneno lleve,

eso sí, pero el pan, niego.

Benito.

Obedeció.

Morondo.

Eso, volando;

no lo hiciera yo tan presto.

Pag. 44

Mauro.

Mas solo en lo que reparo

que está trocado el estremo,

a otros un cuervo les trae,

siendo santos, el sustento,

y a los dos un cuervo quita

un solo pan que tenemos.

Benito.

De gracias, hermano, a Dios

y ruéguele que lo quiera.

(Vase.)

Mauro.

Eso sí haré,

tengo de ir a ver si encuentro

otro pan que no haga en él

ni milagros ni venenos.

Benito.

¡Oh, gran Dios, oh, sumo bien!

Y cómo sabéis, Señor,

hacer remedio el dolor,

seguridad del vaivén;

alabanzas siempre os den

los hombres, al advertir

lo liberal que a medir

llegan los bienes, y a dar

más que se pudo desear

quien os los llegó a pedir.

Pag. 45

Benito.

gracias, Señor infinito,

os da el corazón amante,

cuando en su llama constante

muera fénix solícito,

sea de mi afecto...

Sale un niño de peregrino.

Niño.

Benito.

Benito.

¿Quién mi voz interrumpió?

¿Quién es quien me llama?

Niño.

Yo.

Benito.

¿Y quién sois? Decidme, ¿quién,

bello peregrino ?

Niño.

Bien

mi traje lo declara,

en el mundo forastero

soy, aunque en él me he criado;

de alto país he bajado

y en todos soy el primero;

que tú me guíes espero,

pues me perdí en la aspereza

deste monte.

Benito.

¡Qué belleza!

Venid, la senda os diré.

Niño.

Oye, que antes quiero que

Pag. 46

Niño.

Sea por otros su fineza.

Benito.

Pues ¿qué queréis, niño hermoso,

todo de misterios lleno?

Niño.

Que por el camino bueno

procures, tú, cuidadoso,

quitar a aquel tan airoso

que tu voz oiga este día;

tuya es ya la causa mía,

tu Señor Benito soy,

vuelve por tu Señor hoy,

destruye la idolatría.

Vuela rápidamente.

Benito.

Divino señor amado,

aguardad; pero ¿qué digo,

si cuando menos le obligo

le tengo más a mi lado?

Nada, Señor, he anhelado

sino obedeceros, puesto

que mi bien consiste en esto.

Sale Morón con un pan.

Morondo.

Padre mío, ¿dónde va?

Benito.

Venga, hermano, y lo verá.

Morondo.

Mire aquí pan.

Benito.

Venga presto.

Vanse.

Pag. 47

Descúbrese una fachada de templo, y en lo interior un pedestal con un sol, y van saliendo asustados, mientras cantan, Marcelino, Zenón, Porcia, Laureta, los dos bandoleros y Lechuga, y detrás Alecta suelto el cabello con muestras de sentimiento, y suena terremoto al mismo tiempo.

Música.

Hombres, fieras y troncos,

temed la deidad irritada de Apolo.

Porcia.

¡Qué susto!

Zenón.

¡Qué horror!

Laureta.

¡Qué miedo!

Marcelino.

¡Qué pasmo, cielos!

Zenón.

¡Qué asombro!

Porcia.

Divina sacerdotisa

Zenón.

de la deidad de este misterioso templo.

Marcelino.

Alecta soberana,

Porcia.

¿no nos dirás, cuando noto

que en muestras de sentimiento,

de tus cabellos hermosos

despedazado el ofir,

maltrataste el tesoro,

qué motivo tiene el ceño

de la gran deidad de Apolo,

por cuya causa repite

el infausto acento sonoro?

Alecta y Música.

Hombres, fieras y troncos,

temed, etc.

Alecta.

Si mis voces y admiraciones

no os lo han dicho,

Pag. 48

Ahora se descubre el sol.

Apolo.

con mudas voces no ha hablado

delante de él estáis todos,

donde veréis que repite,

por si interpretarle logro:

Dentro el demonio (terremoto).

Américo. Dentro.

Causa mi ruina,

vengadme de él.

Alejandro.

esto solo,

esto que a Apolo motiva,

pues tiranos indevotos

a su deidad dais lugar

a que adquiera fuerza el polvo,

tenga presunción la nada,

contra un Dios tan poderoso.

Vosotros, que de los dioses

amados fuisteis, vosotros

con los romanos tratáis

y lo que es más (casi logro

obedecer su deidad),

Pag. 49

Sale el Demonio vestido con tonelete y manto como para el papel de Apolo.

Aparte.

Demonio.

Divino asombro,

déjame que yo prosiga,

pues nada, que le emprende, ignora.

(Sin que me conozcan, dando,

con mi acento, más apoyo,

más fuerza a la persuasión,

los irritaré de modo

que me vengue); yo pues, digo,

aunque soy de estos contornos

forastero, he procurado,

más que todos, religioso,

inquirir cuál es la causa

de que padezcamos todos;

cuando a vivir reducidos

en esta espesura, o ignoto,

adonde sin más amparo

que el auxilio poderoso

Pag. 50

Demonio.

De vuestros dioses os falta

este también, pues es solo

motivo de vuestras penas,

causa de vuestros ahogos,

es Benito aquesta fiera,

ese que, racional monstruo,

vuestras deidades ultraja,

cuando, remisos vosotros,

ni atendéis a vuestra causa

ni miráis por su decoro.

No os han de amparar los dioses,

y en vez de su altivo solio,

cuyo vibrará los rayos

con que explique sus enojos.

Mas si dais muerte a Benito,

yo os prometo logréis todos

la quietud, y vuestras penas

tendrán desde hoy fin dichoso.

Sacrificalde en sus aras,

manche de corales rojos

el altar, víctima sea

rindiendo ritos de Apolo.

(Vuela.)

Aurelio.

Oye.

Marcelo.

Aguarda.

Pag. 51

Sí.

Plácida.

¡Qué prodigio!

Laura.

Yo me pasmo.

Lechuza.

Y yo me embobo.

Héctor.

Embajador de los dioses

es sin duda el que tan pronto

piélagos del viento mide.

Sí.

Plácida.

¿Qué hago

entre religión y afecto?

Héctor y Marco.

¿Qué os detenéis?

Todos.

¿Dónde hallaremos más pronto

a Benito?

(Salen Benito y Morondo.)

Benito.

Aquí está.

Héctor.

¿Qué miro?

Morondo.

Y también don fray Morondo.

Benito.

¿Dónde ibais?

Pag. 52

Majencio.

¡Zofique, Cielos!

¿Qué es esto?, ni una voz formo.

Zenón.

Por verdad a este hombre asiste

que, helado el rencor furioso,

ni aun a mirarle me atrevo.

Todos.

Lo mismo pasa a nosotros.

Fitonisa.

¿Cómo os detenéis, cobardes?

¿es esto lo que animosos

prometisteis? Dalde muerte,

o temed que el justo Apolo

sobre vosotros envíe,

desencajando esos polos,

más rayos que infames miedos

tenéis.

Benito.

Calla, calla, monstruo,

no eres tú la fitonisa

que, ministra del demonio,

destos míseros cegando

con tus asombros

al abismo los conduces,

pues no solo a mí, no solo,

me han de ofender, asidos

de Dios, pero aquí a mis ojos

caiga ese infiel simulacro

con sus aras hecho trozos.

Pag. 53

Benito.

siendo en su infame ruina

monumento de sí propio,

en nombre de Dios su pompa

pase a ser inútil polvo.

(Caen las zarzas. Cae el paredón de temblores . Solo altos ruidos y tocan al mismo tiempo cajas y clarines.)

Todos.

¡Qué horror!

(Cajas.)

Dentro.

¡Cércalos y mueran!

Zerón y Maxencio.

¡Otro estruendo!

Laureta y Lechuga.

¡Otro alboroto!

Hechicero.

Matadle, que sin encantos

cuantos veis...

Sale un vándalo.

Vándalo.

Acudid todos,

que de tropas de caballos

romanos, un numeroso

grueso viene a nuestra gente

en ese vecino soto

cercada.

Maxencio.

¿Qué dices? Vamos

a socorrerla.

Zerón.

Animosos

penetremos su espesura.

Maxencio.

Síguenos.

Porcia.

A nosotros.

Fraile.

Así lo haré,

pues es fuerza.

Lechuza.

Ven, Laureta.

Laureta.

¡Ay Dios, qué ahogo!

Pag. 54

Sí.

Laureta.

que a todos han de matarnos.

Mele.

¡Ah, si vengasen mis lobo-

perros! Y cómo me holgara.

Alete.

Yo os seguiré, pues logro

huir de este hombre, en cuya

presencia tal temor cobro.

Dentro.

Músicos.

Al monte, amigos, al monte,

y huid a su centro umbroso,

puesto que a todos nos buscan,

y nos ampare.

Dentro.

Voces.

Al monte todos.

Mauro.

Padre, y con toda esta bulla

nos hemos quedado solos.

Benito.

Sí, hermano, y dando a Dios gracias

de que nos libre a nosotros

de inquietudes, sobresaltos

tales, cuando victorioso

por su causa, obedeciendo

y destruyéndole al demonio

poder y astucia, despreciando

instrumento de sus obras.

Mauro.

Ya, aunque simple, lo conozco.

Pag. 55

Benito.

Pero a grande fasto se ve

dos paraninfos canoros,

que en dos transparentes nubes

pueblan el suave contorno

de aromas y de reflejos.

Mauro.

Yo nada veo, ni oigo.

Bajan en dos nubes dos Ángeles cantando con dos antorchas.

Ángel 1.

Benito, Dios desde el alto cielo,

capa de estrellas fabrica su velo,

manda que a Sublago dejes,

y en él de tu Regla el principio glorioso.

Ángel 2.

Manda que a Casino vayas

adonde guiando tus pasos nosotros

destierres, Sol de la Iglesia,

idolatrías sombrías de cultos impropios.

Los dos.

Sigue, sigue las voces y luces,

que en ecos brillantes,

que en rayos sonoros,

llegarán a ser en tus glorias piedad,

pues ser conseguiste en virtudes asombro.

Pag. 56

Benito.

Señor, hoy en mi obediencia

me ensalzo cuando me postro,

pues ser de vuestras grandezas

humilde instrumento logro.

Guiad pasos, niños bellos.

Mauro.

Padre, allá marchamos todos,

¿adónde va y a quién sigue,

pues yo a los dos miro solos?

Benito.

Al monte Casino vamos,

sígame.

Mauro.

Sigo, y acato.

Los Ángeles.

Repitiendo al mirar cuánto

te debes al Poderoso,

sigue, sigue las voces y luces

que en ecos brillantes,

que en rayos sonoros

seguirán a tus glorias prodigios,

pues la conseguiste, envidia de asombros.

Van guiando los ángeles a San Benito por un monte que habrá a un lado del tablado y da fin la jornada.

Jornada segunda

Pag. 57

Salen Alecta y el Demonio.

Alecta.

¿Dónde me llevas?

Demonio.

En este

hermoso espacio agradable

que del convento en que asiste

Benito y en ese valle

ha fundado, dista poco;

aquí pues, hermoso atlante

de la idolatría, intento,

dando alivio a mis pesares,

(aunque no puedo vencerle, y así

disponer el cómo atajen

nuestros discursos aquesta

traidora semilla infame

de los cristianos) no intentes,

sabia Alecta, preguntarme

quién soy, baste que te diga

que soy más que imaginaste;

pues ya en el templo me vistes

medir la región del aire.

Tan solo soy quien viendo

cuán ajada está tu grande

autoridad, pues debiendo

por tu cargo venerarte

como gran sacerdotisa

de Apolo, pudo en tu ultraje

un advenedizo monstruo

el sacro templo admirable

destruir con sus encantos,

en su estrago, y arruinarles

a los dioses en el monte.

Pag. 58

Q.

Demonio.

Aras, templos y altares

asegura que habiendo

también, para saquearlo

en él, pues huyendo todos

las fieras hostilidades

de la justicia romana,

los opuestos y parciales

bandos de soslayo vienen

a estos montes a ampararse;

aquí has de vengarte dél,

y lo que es fuerza ayudar

por precepto de los dioses,

y serás furia y asombro.

Si obediente a mi dictamen

eres rayo que fulmina

la nube de mi coraje,

y ansí este es tu designio,

responde que a esto te trae

a este retiro mi saña,

donde contigo descargue

y la venganza que haremos

de los dioses inmortales.

Alecta.

De tal suerte me precisan,

con lo que me persuaden,

religión, honor, precepto,

que retórico enlazase,

que, sin que dél examinen

más que lo que me explican,

me rindo, por no inquirir

misterios de las verdades;

Pag. 59

Alecta.

por ídolo al sucio Júpiter

es del humano osadía

y es de la deidad desaire.

Tan joven afeminada

esta condición, que mandes

espero lo que yo debo

ejecutar.

Demonio.

Que no es fácil

lograr dar muerte a Benito

por ahora, que cobardes

Marcelino y Zenón nombre

dan por redimir su ultraje

de respeto al que es temor

sino de solicitarlos

medios con que el honor pierda,

Marcelino, que de Porcia

sigue porfiado amante

la hermosura, persuadido

está a que el desprecio nace

en ella de que a Benito

idolatra, y el no darle

hasta ahora la muerte, mas

lo atribuyo a que el examen

poco asegurado, como

no ha visto claras señales

Pag. 60

Demonio.

De su agravio hasta encontrarlos

ha suspendido el vengarse;

pero así a su misma vista

les da celos, y es constante

que con evidentes celos

nadie puede ser cobarde.

El lograr nuestras iras,

ansí de mágicas artes

valiéndonos, podrá hacerse;

finja de Brita la imagen,

yo la de Benito, y puedes

prevenirle a Leda antes,

como en este mismo sitio

hacia esa gruta (a quien hace

de bruta esmeralda el monte

bella guarnición salvaje)

con la extrañeza de peña

que piedra en piedra se engaste,

por ir a Benito ocultar,

y tú puedes seña darle

que convenga; allí las sombras,

que juzgaba realidades,

darán la fuerza a mi pecho

que ha menester su coraje,

y declarando la vil

hipocresía ignorante

de ese Benito, que solo

maldito debe llamarse,

de su ciego error saldrán

los cristianos miserables

que engañados de sus falsas

tentaciones infernales

le siguen; pero ¿qué miro?

Marcelino hacia esta parte

viene. Quédate, que yo

Pag. 61

Demonio.

Me voy porque sola le hables.

Haz lo que te digo.

Vase.

Alecto.

Dioses,

qué instrumento me hacéis

vuestro rigor, infundid

en mí lo que en mí faltare

para obedeceros.

Sale Marcelo.

Marcelo.

Viendo,

bella Alecto, que este parque

retrataba en sus flores

tanta púrpura fragrante,

imaginé le pisabas,

y no me engañé al mirarle,

pues donde asiste tu cielo

nada puede ser cadáver.

Alecto.

Cuánto siento estas lisonjas

haber solo de pagarte

con pesares.

Marcelo.

Mucho extraño

que haya para mí pesares,

que el dueño de la fortuna

un ánimo que es constante.

Alecto.

¿Adoras a Porcia?

Marcelo.

Ya

con esa pregunta haces

sentir al pecho, y te digo

que en el pecho penas caben,

pues nadie se libró de ellas

en llegando a ser amante.

Alecto.

Pues, pero ¿qué es lo que digo?

Mejor será que lo calle;

pues el que por vengar deja

de sus dioses los ultrajes

menos vengará sus celos.

Marcelo.

¿Qué dices? Tal pronunciaste...

¡Vive el cielo! que de todo

Pag. 62

Marcelo.

Tu respeto has de ampararte

para dejar que me ofenda

con presunción tan infame,

si a los dioses no he vengado

ni en la causa a letal saña;

pues a Benito le asiste,

no sé qué deidad que hace

celo mi ardor, y piedad

mi furia, haz que no le ampare.

Que se venguen las deidades.

Alecto.

Pues dándome la palabra

Marcelino de vengarse,

yo lo trazaré de suerte

que despierte su coraje.

Solo por lo que te estimo,

y no que de tus desaires

parecerme bien, diré

lo que vi, esa fuente sabe,

esas flores, esos montes,

el agravio que ignoraste,

pues Benito y Porcia, haciendo

verde pabellón suave

de estas mustias, secas flores,

siéndoles mullido catre,

mientras murmuraba el aura

con las hojas de esos sauces,

el arroyo con las fuentes,

y las fuentes con las aves,

logrando su amor.

Marcelino.

¡Espera!

No me mates, no me mates,

mas no pronuncies, aguarda,

que ya me has dicho bastante.

¡Ay de mí!, que en el oído

Pag. 63

Marcelino.

has introducido un áspid

que, al pasar al corazón,

donde el tósigo derrame,

anudado al cuello sirve

para que más presto acabe

el venenoso dogal,

quede lo que pronunciaste

ser cierto.

Alecto.

Tan cierto ando

que el querer esta tarde

venir a este sitio, donde

otra vez la seña que le hace

Porcia la quiere despreciar,

que el por su nombre llamarle

te podrá desengañar.

Marcelo.

A las voces,

al pasajero a Porcia he oído

nombrar al venir la calle,

de estos álamos que encubren

sus troncos con arrayanes,

pisando sin que me sientan,

y que por estar distante

otra voz no he percibido;

aquí escucho donde nadie

me vea, pero, ¿qué miro?

Pag. 64

Marcelino.

En este parque,

Alecta, solos hablando

en Porcia, oigamos si hablasen

en disponer algún medio

de mi muerte, por el lance

de su bayo.

Marciano.

¿Que es posible

que está convencida, aguarde

donde dices?

Alecta.

Allí a Porcia

verás que franquea amante

sus favores.

Zenón.

¡Qué oigo, celos!

Vase.

Marciano.

Loco sin mí, iré a rogarle

al sol que dé a su caballo

prisa, porque antes que bañe

en las aguas del Océano

rizado o día que esparce,

vea lo que solo puede

Alecta desengañarme.

Sale Zenón.

Zenón.

Aguarda, traidor, espera,

que antes sabré yo matarte.

Alecta.

¿Qué haces, Zenón? ¿Dónde vas?

Zenón.

Dónde he de ir, quita y no extrañes

si me impides que vengue

su irreverencia.

Alecta.

No es fácil,

así embarazo su riesgo,

pues aunque celos me causes,

Zenón.

Aun vive en mi pecho

la llama que oculta arde.

Zenón.

Déjame.

Alecta.

No has de lograrlo.

Sale Porcia.

Porcia.

¡Qué vocerío!

Pag. 65

Aleda.

Aunque trates

hacerme dos mil pedazos.

Porcia.

¡A justos cielos! ¿No es darle

los brazos a Aleda, y ella

resistirse?

Vase.

Aleda.

Y pues lograste,

no ha podido tu intención,

ni mi respeto pararte,

ando a impedir tu errada

resolución. Baste, baste,

que no ha bastado, y cuando

otra vez tal intentares

sabe que no se disculpa

lo grosero con lo amante.

Zenón.

Oye, mas ¿quién es?

Porcia.

Yo.

Laureano.

Y yo.

Zenón.

¿A falta quién ocultarse

entre estas flores y plantas

pudiera, sino es Marcia?

¿Adónde vas?

Porcia.

Donde he visto

tus traidoras falsedades,

y donde obligas al pecho

que animoso se declare

a vista de tus traiciones.

Zenón.

Bueno es querer tú quejarte

fingiendo, para que olvide

mis agravios, mis desaires.

¿Tan de improviso el amor

y los celos encontraste?

Laureano.

Es que amores y cosquillas

no se sienten hasta hallarse.

Porcia.

Cuando en furiosa tormenta

de contrarios huracanes

se pierde una nave, arrojas

Pag. 66

Porcia.

Para aligerar la nave

al mar los bienes hallando,

que en tan riguroso lance

es bien que todo se pierda

porque la vida se salve.

Zenón.

¿Qué importa, tirana fiera,

que así pretendas dorarme

el vaso con tus ficciones

en que el trago has de darme?

Pag. 67

Zenón.

Tranquilas serenidades

y del céfiro engañado,

que blandamente suave

con las flámulas travieso

ya se halaga, ya se abate,

del Noruega al profundo golfo

y apenas de sus cristales

promontorios de olas tira

la quilla que los deshace,

cuando, en un subido impulso

estimulado le trae

furioso el bóreas que embiste

con el tendido velamen,

y las alas con que vuela

es el tropiezo en que cae,

siendo tumba de sí misma

vuelva a ser impulso la nave;

así cuando oí, escuchando

tu voz, al puerto suave

de aquella noticia llego

de quien supe que me amaste.

Zenón.

En ese dulce favonio,

con cautelosos disfraces

la borrasca de mis celos

ocultas oyendo (acabe);

antes, mi vida, que espero

en el sitio que tú sabes

para gozar tus favores

contenida a sus afanes

Marcelino, y que allí sueles

verte las más de las tardes,

esto después de saber...

Pag. 68

Zenón.

que también Benito amar

logra.

Porcia.

Tente, no prosigas,

que hablas conmigo, no sabes.

¡Viven los cielos, que antes

presumía que era lograrte

una gloria, con tu muerte!

La satisfaciera el ultraje

de tu voz, pues nadie pudo,

sino es que lo soñaste,

asegurar que, más nada

oigo, no me veas, no me hables,

que bien dijo, aunque a otro intento,

la que dijo a sus ruindades

que no puede ser disculpa

de lo grosero lo amante.

Vase.

Zenón.

Oye, espera. Cielos, ¿quién

los extremos tan distantes

de infeliz y de feliz

ha unido en bienes y males?

Sino es lo correspondido,

y celoso en un instante.

Buscando iré a Marcelino

por solo desengañarme.

Vase.

Sale Morondo con un bulto.

Morondo.

Ya más relisión no quiero;

feneció la comisión;

pues en ninguna ocasión

consigo ser cocinero,

desde que vine acá, un no

donde el hábito he tomado,

hasta ahora no me han fiado,

hermano, una disciplina,

basta, sirva más otras,

ni la cocina ni el vino.

Y lo que me mata más,

no aporté por la cocina,

pues no es vida esta, señores.

Pag. 69

Benito.

para un hombre de conciencia

que matarme con evidencia

queda para los oidores.

Y así, puesto que he llegado

a este vecino prado,

adonde venir he osado

las voces que a él han venido,

libre del afán incierto

de la fábrica que tiene,

o porque así se mantiene

amigo con el desierto;

aquel vestido que pude

lograr del bandido aquí,

donde un hábito le di

por él, es bien que me mude.

Porque con este disfraz

queda con ánimo santo.

Irme, lo aseguro tanto,

haya paz, si no, haya paz.

Y pues lugar no he tenido

de verle hasta ahora, allá va.

Calzones son, bien está.

Este es tahalí guarnecido,

casaca y sombrero. ¡Muera

el mundo!, que esta es la espada;

si estará bien afilada.

Salga acá la cabellera,

que como tengo cerquillo,

para cubrirle será.

Empiezo. ¿Qué es esto, ya?

No sé cómo he de vestillo.

Pag. 70

Morondo.

Para el tahalí primero,

la bandolera va rasgada;

calzones, no me entra nada;

a ver si encaja el sombrero.

Todo, como no lo he usado,

me viene abultado y chico;

a la casaca me aplico,

¡ay, Dios, que me quedo ahogado!

Amigos, no son vestidos,

son que porque no me aleje

y a mi religión deje,

esposas me echan y grillos;

mas, ¡ay!, que Benito viene.

¿Cómo podré menearme?

¡Ay, que no puedo escaparme!

¡Ay, Dios, qué zurra previene!

Aquí de Morondo es Troya.

Sale Benito.

Benito.

Soledad vengo a buscar,

pero ¿qué es esto?

Morondo.

Esto es dar

en tierra con la tramoya.

Va a andar y cae.

Benito.

¿Para qué se ha puesto así?

Morondo.

¡Ay, padre!, que es testimonio

de un bandolero demonio

que me tienta por aquí.

Benito.

Ea, quítese al instante

eso, y penitencia aumente.

Morondo.

Padre, ¿qué más penitente

quien siempre es disciplinante?

Benito.

Vaya y en cruz...

Morondo.

¡Qué rigor!

Benito.

Esté un hora.

Pag. 71

Morondo.

Eso es moaña,

padre; si quiere reír,

en cuadro estaré mejor.

Benito.

De burlas habla. Váyase,

que toma muy mal consejo.

Morondo.

Padre, si lloro, ¿qué dejo

para cuando me azotare?

Déjeme hablar, pese a mí,

que mis azotes me cuesta

cada función como aquesta.

Benito.

Mayor simpleza no vi.

Váyase, pues.

Morondo.

Voy, si es que

me hacéis así menear,

que no supiese irme a tirar

la vez que me arremangue, pare.

Benito.

En este espacioso fiel,

donde pálida en mi pena

se asusta aquella azucena

de ver sangriento el clavel;

Aquí, pues, es donde suelo

venir a orar desde el día

que a Casino, siendo guía

de mí, inventó el cielo.

Pag. 72

Benito.

Vine porque Italia adquiera

la verdad que he publicado;

En este monte elevado

ya un convento se venera,

que aunque acabado no está,

confío en la providencia

de Dios, que con su asistencia

el fin que intento tendrá.

si

Benito.

Pues fuerza es proseguir

la regla que he comenzado,

este sitio es retirado

para poder discurrir

no

Benito.

en un designio tan grande,

que en mí del principio atento,

de que fundador he sido

de esta coyunda suave,

no

Benito.

con vuestro auxilio, mi Dios,

se alumbre mi entendimiento

de vuestra luz, pues mi intento

todo se dirige a vos.

Sale el Demonio.

Demonio.

Pues tus exteriores señas,

que algo discurres me han dicho,

designio de grande fondo

que éstas conjeturo, y digo:

para conocer del hombre

los más ocultos designios,

pronto he de estar por si puedo

embarazarlos, si han sido

hacia el aumento de aquesta

religión contra quien lidio.

Benito.

Esto ha de ser en mi regla,

he de encargar que adviertan

y examinen

Pag. 73

Demonio.

¿Qué gozo?

Benito.

Sí, quien

entrase en ella asido

con el espíritu de Dios,

huyendo del vano siglo.

Vaise, se admira.

Demonio.

No fue

vana presunción mi juicio,

pero mientras que mi astucia

va disponiendo el camino

de mi venganza, a impedir

el ánimo suyo aspiro,

porque no, discurra, no,

en su daño se deje

arrastrar de su peligro;

representaré en su idea

su linaje esclarecido,

y soberbias presunciones

en su pecho harán sus fueros

para que en su vanidad

tropezando inadvertido,

caiga en su ruina,

¡del Averno, funestos ministros,

en forma de ángel de luz

uno ejecute mi arbitrio,

mientras que, invisibles, yo

a mis victorias asisto,

y sean, en suaves acentos,

disfrazados los hechizos!

Benito.

¡Válgame el cielo!

Preséntase.

Benito.

¡Cómo el juicio confundido

de varias especies forma

un imaginario abismo!

A un lado, invisible el Demonio; un ángel cantando; y, abriéndose un peñasco, dentro del cual se verán varias figuras en forma de árbol genealógico, de emperadores, cónsules, reyes y príncipes.

Canta.

Benito, atiende al acento

que en suave concento,

halagando tu oído,

tu timbre publica, tus célebres glorias.

Pag. 74

Canta.

que al tiempo que la fama le deben los siglos,

Benito.

¿De qué me sirven las pompas

que tan propias imagino,

si han de ser todas trofeos

de la muerte y del olvido?

Aparte.

Demonio.

A mí más granjeo,

que aunque recelo castigo.

Ángel.

De augustos emperadores,

que aún hoy vencedores,

laurel adquirido

sus sienes adorna,

Benito, desciendes,

y de Austria consigues los timbres invictos.

Benito.

Ya lo veis, mas si en esto,

Señor, tanto os he debido,

del despreciarlo es pagaros;

ya lo desprecio y os sigo.

Demonio.

Y ya yo conozco cuánto

mal logra el anhelo mío,

si con el postrer esfuerzo

no le postro y no le rindo.

Ángel.

No a tu heroica grandeza

con tanta bajeza

te ultrajes a ti mismo,

que es don de los cielos, y en el desprecio

despreciar al cielo que tuyo le hizo.

Atiende a tus glorias,

pues es preciso

que tus lauros, en vez de ultrajarlos,

lograrte lucido.

Al otro lado pasa otro Ángel rápidamente, y se vuelve en otro tronco, en que descubre el tronco árbol de la vida.

Pag. 75

de santos de san Benito, al tiempo que el que tuvo arrugando el paño vuelve a bajar dejándole caer y cubriéndole

Ángel 2º.

Deja, infernal ilusión,

sepultada en el abismo...

Ángel 1º.

Huye de mí.

Demonio.

Huyendo también

de tu vista, saldré vencido.

Ángel 2º.

No podrás, que quiere Dios,

monstruo, que seas testigo

de su gloria en las grandezas

verdaderas de Benito.

Benito.

¿Quién me nombra? Mas, ¿qué veo,

que es hermoso parasismo?

¿Lo que me quieres?

Ángel 2º.

Que veas

lo que a ti Dios te ha querido;

pues, propias de la idea,

paga con triunfos sumisos,

verdaderos. Vuelve, pues,

la vista, y verás los hijos

que tendrá tu religión,

que harán más esclarecido

el linaje soberano

de tu virtud. Hallarás píos

emperadores y reyes

a que este timbre añadido

de pontífices y santos

número más excesivo.

Un Benedicto, primero,

un Bonifacio, divino,

un Gregorio, un Fausto y tantos.

Pag. 76

Ángel 2º.

De quien eres parte digna

prosigue nuestra empresa,

y vence a su enemigo

la astucia, arma contra el

campeón heroico de Cristo bueno.

Benito.

¡Oh soberano Señor!

Y cómo el brazo divino

se muestra más en lo humilde.

Demonio.

Hipócrita mal nacido,

qué importa que, no atendiendo

Dios a tus graves delitos,

no te castigue, si yo,

a pesar del cielo mismo,

te haré pedazos.

Benito.

No temo,

serpiente feroz, tus silbos,

cocodrilo, tus acentos,

fiero león, tus bramidos;

pues, asistido de Dios,

antes te daré el castigo

que merece tu osadía

en impedir mis designios,

encaminados a él.

Demonio.

¡Que esto sufro! Etnas, Vesubios...

Benito.

Inútiles amenazas

son las tuyas, bien vencido,

y habrás de mudar, si no

desistes de tu capricho.

Demonio.

¿Tú me amenazas?

Benito.

Sí, yo,

infeliz desconocido.

Pag. 77

Benito.

Padre al fin de las tinieblas,

siendo de las luces hijo,

soberbia fiera,

Demonio.

Sin duda

ignoras el poder mío,

pues a mí te atreves.

Benito.

Yo

solo sé que el tuyo ha sido

limitado, y está en manos

de quien amo y a quien sirvo.

Y en contentándole a él,

que te desprecie es preciso,

pues de mi parte está el juez

y así no temo al ministro.

Vase.

Demonio.

Pues porque veas si puedes

temerme ahora, voy, Benito,

a matarte un monje.

Benito.

Espera,

que antes, príncipe maligno

de la culpa, a embarazarte

iré...

Sale Morondo.

Morondo.

¡Ay, padre, qué conflicto!

¡Socorredle!

Benito.

Fray Morondo,

¿qué dice?

Morondo.

Que ahora ha caído

toda una pared entera

encima de aquel novicio

que entró anteyer, y le ha hecho

toda la cabeza añicos.

Vase.

Benito.

¡Ah, fiera cruel, mas yo

sabré domarte los bríos!

Morondo.

Desde aquí se ve ahora donde

brama el pobrecito.

Pag. 78

Morondo.

en la obra del convento,

pero ¿qué es esto, por Cristo?

Que echando la bendición

el abad, ¡ay qué prodigio!

se ha levantado el difunto.

¡Ay, señores, que está vivo!

¡Milagro, milagro!

Sale Alecto aquí.

Alecto.

Si no me engaño, es el sitio

donde aquel joven a quien

por soberano he tenido

me dijo que acudiría

a vengarnos de Benito.

Sin duda algún dios será

de los que en el sacro Olimpo

asisten, quien por la causa

vuelve de todos.

Morondo.

¿Qué miro?

Doime un moquete en los ojos,

que aun aquí estos demonillos

no me dejen.

Alecto.

Aquí está uno

a los que siguen perdidos

a Benito.

Morondo.

Irme quisiera,

que el diablo me pone grillos.

Alecto.

Hoy la venganza llegó,

dioses, que llegó el castigo

de esta fiera, pues dispuesto

se encarga a vosotros mismos.

Quién duda que será mar...

Pag. 79

Alecto.

Aquel joven, pues, alabo,

hace suya la victoria,

pero no Mercurio ha sido,

pues con astucias la alienta.

O Jove, pues a mi arbitrio

afirma tener los rayos,

o Plutón, pues los abismos,

más fiero, han de obedecerle;

mas todo lo sé, si averiguo

qué en valor su amenaza.

Sale San Benito y trae al demonio atado con una cadena.

Benito.

Ven, bestia fiera.

Alejandro.

¿Qué miro?

¿No es aqueste? (Sí, pues ¿cómo

aprisionado, vencido

le trae?).

Demonio.

¡Suelta, suelta, o teme

que desencaje los quicios

del cielo, y que, hechos pedazos,

caigan sus azules vidros

a tan gentiles fragmentos

que, átomos del volcán, o

llegará a ser cielo la tierra

y a ser nubes los zafiros!

Benito.

Tus vanos designios respondes

viendo al cielo ofendido,

preso con esta cadena

has de estar.

Demonio.

¡Pese a mis oídos

que tal escuche!

¿No es este

el que vi en Sublago, amigo?

Mozo.

¿Cómo va?

Demonio.

Venenos vierto.

Mozo.

Fuego de Dios en nosotros.

Pag. 80

Demonio.

Aleta, ¿cómo consientes

Aleta.

mi afrenta?

monstruo, que has sido

de los dioses el estrago,

para serlo de ti mismo,

¿cómo a ofenderles te atreves,

cuando profanas, atrevido,

sus ministros?

Benito.

Engañada,

mísera ciega, deja a Pluto;

pues a sus ministros postro,

a ver qué pueden las mentiras

de sus dioses mentirosos.

Demonio.

Déjame.

Morondo.

¡Zape, qué brinco!

Benito.

Que es fuerte en esta gruta

que su propio albergue ha sido,

por su libre obscuridad,

triste imagen del abismo,

preso has de estar.

Demonio.

¡Al cielo!

¿Cómo poder has tenido

siendo inferior a mí, Satán?

¿No eres un advenedizo

al mundo, espíritu, yo

que al lado de Dios abrió

luciente poner mi silla,

pues cómo, si como indigno

hoy a dominarme te atreves,

a mi poder?

Benito.

Con permiso

de Dios, que es quien mi soberanía...

Pag. 81

Benito.

no

castiga.

Demonio.

Vanos respiros,

líbrame Alecta.

Alecta.

Si tú,

que mágicas artes sabes

tejer, más que esto imagino,

que muerdes el aire altivo,

no puedes, ¿cómo podré

yo, que al asombro que he visto,

pasmada entre furia y miedo,

nada intento, nada elijo?

Demonio.

Pues huye de mí, que vive

el infierno, en quien animo

que te haga dos mil pedazos.

Vase.

Alecta.

Así lo haré, confundido

mi dictamen, por si puedo

imaginar el camino

de librarte.

Demonio.

No lo intentes,

que antes el veneno mío,

atosigando este valle,

muerte dará al que el distrito

pisare, de donde pueda

ver mi afrenta y mi delirio.

Benito.

En ese centro has de estar

mientras mi intento prosigo.

Demonio.

¡Calla, calla!

Morondo.

Oiga, se queja;

¿le dan al señorito

caza de balde?

Demonio.

No importa,

que aun aquí estando impedido

mi coraje, si no puede

las sujeciones quebrar,

quitarme, y más cuando dejo

Pag. 82

Demonio.

Cerbero rabioso, el seno

de este valle abrigado.

Con la espuma que he vertido

Benito.

todas tus furias reduzcas

a amenazas. Ea, el frío

pavoroso centro ocupa.

Baja y calla.

Demonio.

Hasta que haya visto

ocasión, yo callaré,

mas temedme, aunque oprima.

Morondo.

¿Qué es temer? Démosle, padre,

dos zurras de a veinticinco

si chistare.

Benito.

Oh, Señor, cuánto

os debe este siervo indigno.

Sale Porcia y Laura.

Porcia.

Benito, en tu busca vengo,

pues solo tú eres mi alivio,

a referirte mis penas.

Laura.

Y aun ambas a dos venimos.

Morondo.

Ay, que allí diviso a Laura.

Laura.

Allí al modregón he visto.

Porcia.

Qué enfado.

Morondo.

Qué tentación.

Benito.

Di, que ya te oigo.

Demonio.

En abismo

lascivas flechas abrasen

tu corazón, pues ha sido

quien en mi furia motiva

que arda yo.

Benito.

Cielos divinos,

qué nuevo incendio en el alma

el acento ha introducido

de Porcia.

Porcia.

¿No me respondes?

Pag. 83

Benito.

Cuando el pesar de haber visto

traidor a Zenón, del de

que, mintiendo Marcelino,

infame mi honor, pues dice

que de él oyó el que me rindo;

así, a fe, do te declaro,

poco te debo, qué juicio

hace de mi suerte monstruos,

que de riesgos tan distintos

compuesto, mi ruina intenta

el infierno que he vencido.

Morondo.

El Padre, ¡oalla!, mal año.

Benito.

Cada vez es más activo

este fuego. No hallo voz

que no llame a un precipicio.

Demonio.

Rendirle, acordarle quiero

cómo soy yo quien le rindo.

Éntrase y dice dentro de la cueva.

Voz.

¡Benito!

Benito.

Qué triste voz,

de este obscuro laberinto,

de esa pavorosa mansión,

fúnebre y ronca ha salido,

asustando el corazón,

martiriza los oídos.

Morondo.

Más que el atado mancebo

se nos vuelve duendecico.

Lauro.

¡Ay, qué miedo, en cuatro leguas

no paro!

Fuese.

Morondo.

¡Ay, Dios mío!

Benito.

La porfía ya de ese acento

mi suspensión ha podido

convencerse al ver que trueco

una amenaza en aviso;

soberbia habla, y yo respondo

castigándome a mí mismo.

Pag. 84

Benito.

y amonestándome así

que es cumplir con dos afectos,

su vista porfía que nunca

me agravió esos basiliscos

que en mis visuales rayos

el corazón ha encendido,

mas ya que la culpa per-

donas también el castigo,

esos cambriones de espinas

me reciban donde caído

apague un golfo de sangre

los ardores que reprimo,

satisfaciendo la forma

los errores del sentido.

Éntrase como que se arroja.

Floro.

¡Válgame el cielo, en la zarza

se arroja! Rigor impío,

iré a asir y impedirlo quedo.

Demonio.

¡A pese a mí, qué mal lidio

con su virtud! Sepúltense

la luz del sol, mis suspiros.

Morondo.

Si yo hubiera hecho otro tanto

cuando vi aquellos ojillos

de marras, yo me librara

de haber mascado tomillo;

pero, por Dios, que en lo más

profundo de ese vecino

valle, que es todo de zarzas,

puerco espín, si hay espín limpio,

Benito está, quien salía

desgarrados los hocicos.

No es posible que se pueda

desenredar.

Sale Marcelino y Lechuza.

Marcelino.

Este sitio

es, Lechuza, si las señas

de grutas y de monte miro.

Pag. 85

Marcelino.

adonde se juntan, Poncia,

y Benito.

Lechuza.

Eso hecho y dicho.

Morondo.

Que aqueste es su compañero.

¡Ay, Dios, que allí está el partido!

Alar.

Aquí dijo Aleda que era,

y ser la seña me dijo

llamarle ella por su nombre.

Va saliendo el demonio escuchando.

Entrase cerrando la puerta.

Demonio.

Por su nombre; pues si finjo

la voz de Poncia, un engaño

en su deshonor movido

acreditaré; y la cueva,

cerrando el peñasco mismo

que abortó a impulso, la selle,

dará el engaño a crédito.

Vase.

Morondo.

Escapóme, que de verlos

me tiemblan ambos tobillos.

Lechuza.

Fuese Morondo, y temió.

Marcelo.

¡Vive el cielo, si examino

mi agravio, si por mi ofensa

las traiciones averiguo

de un Moro y de una tirana,

lo haré, que en su sangre tinto

quede este valle! Pues luego...

El demonio desde la cueva con la voz de Poncia.

Porcia.

¿Vienes, Benito?

Marcelo.

¿Qué he oído?

Ésta no es la voz de Poncia;

vuelvo a oír.

Porcia.

¿Vienes, Benito?

Marcelo.

Verdad es, y suena dentro

de la cueva, donde dijo

Aleda, como pudiera,

arrancando de su quicio

este peñasco, entrar donde

con su muerte dar a un impío...

Pag. 86

Marcelo.

escarmiento al otro encan-

to intento a pese a su brí-

o, pues no basta a obedecer

mi furor.

Porcia.

¿Vienes, Benito?

Arario.

La voz infame, no el que lla-

sino el que sabrá ofendido

vengarse.

Lechuza.

Aprieta, quien

desencaja los colmillos

al peñasco, él abrirá

más boca que yo.

Dale.

Arario.

¡Atrevido

villano, de burlas me ha-

bláis!

Lechuza.

¡Ay, mis muelas! ¡Sa y o el vi!

¿Qué me has hecho de ese gol-

pe toda la boca portillo?

Porcia.

Pues ya por la culpa que has

tenido en traerme asido,

dueño de mi honor, ¿no inten-

tas darme muerte?

Arario.

¿Qué, qué he oído?

Dueño de vos, ¿no es? ¡Qué va!

¡Darla muerte! ¡Qué deliro!

Mas iré a ver.

Al quererse ensangrentar a su lado le vocea San Benito.

Benito.

¡Cielos, piedad!

Arario.

¡Qué lastimoso gemido!

Mas, ¿qué veo? ¿Es ilusión?

¡Sacros dioses! ¿Es delirio?

¿No es Benito aquel que ahora

que entre esas zarzas heri-

do sangriento se lamenta?

Pag. 87

Marcelo.

Pues como aquella voz dijo:

«Benito, no me des muerte».

Benito.

¡Piedad, cielos divinos!

Marcelo.

¿Puede asistir en dos partes?

No, pues mi vista ha podido

engañarse; no es posible,

ni tampoco mis oídos,

que como en distintas voces

este amor en mí ha infundido,

furia aquella, esta piedad,

aquella coraje, y brío,

entre dos afectos tales

ambos dejo, ambos admiro,

huyendo dél, pues no pude.

Sale Porcia.

Porcia.

Embarazarte he venido,

mas, ¿qué veo?

Marcelo.

No te turbes,

que huyendo de que atrevido

no te dé Benito muerte,

sin que embaraces, tal digo,

tu deshonor a este valle,

sales del oculto sitio

de esa cueva, por la puerta

oculta que antes has dicho.

¡Ah, traidora!

Porcia.

¿Estás en ti?

¿Qué dices?

Marcelo.

Vil, lo que he oído,

lo que vengaré, pues ya

que cortesano no obligo,

siendo en ti para mi honor

lo que para otros ha sido

facilidad, de que es que

logre lo que no consigo.

Pag. 88

Marcelo.

de tu afeito, con tu muerte

vengaré el agravio mío.

Porcia.

Repara...

Saliceno.

Seguidme,

que la electa a Marcelino

Porcia le espera en aqueste

espacio; pero, ¿qué he visto?

¿Aquí están?

Marcelino.

Esto ha de ser.

Forcejando a Porcia.

Porcia.

No será, antes el cuchillo

ensangrienta, y no a mi honor

te atrevas.

Marcelino.

A todo aspiro.

Zenón.

Que antes te dará mi brío

mil muertes.

No será fácil traición.

Dale una puñalada.

Marcelino.

¡Ay, infeliz!

Sale san Benito ensangrentado el rostro, tropezando, y detiene a Zeno.

Benito.

Tente. Basta haberle herido,

no le des muerte.

Marcelino.

Traidor,

yo me vengaré.

Zenón.

¿Qué miro?

¿Quién eres, hombre horroroso?

Benito.

La imagen de tu delito,

la sombra de tu crueldad,

y pues que pequé, pierdido,

detén la cuchilla airada,

y mira que vengativo

el brazo justo de Dios

espera que tus delitos

llenen el número para

hacer contra ti lo mismo,

para que en segunda muerte

sepultándote, el abismo

para siempre, para siempre

pases tormento infinito.

Zenón.

¿Qué es esto, Cielos? Parece...

Pag. 89

Zenón.

que en cada acento que he oído

una flecha al corazón

has vibrado.

Porcia.

Y más, Benito,

al ver cárdeno y sangriento

tu rostro; a que compasivo

el corazón a pedazos,

latiendo asustado y vivo,

Benito.

Atended a mi aviso:

considerad cuántos riesgos

tiene este mísero siglo,

donde no hay seguridad

que no se funde en peligro;

y porque de vuestro engaño

salgáis viendo al fin que ha sido

mi Dios verdadero, y falsos

vuestros dioses, ese risco

rasgando su centro muestre

al que en él está escondido,

y en la forma que en el templo

de Apolo asombró su hechizo.

Vuélvese a abrir el peñasco y vese el Demonio hoy en el traje que estuvo en el templo.

Demonio.

Benito, ¿qué me atormentas,

aun aquí preso, abatido?

¿No quieres dejarme?

Zenón.

¡Cielos!

¿No es este el que el trono, asilo,

midió en el templo?

Porcia.

¿No es este

el que embajador creímos

de los dioses?

Zenón.

Como atado.

Porcia.

Como preso.

Benito.

Si os he dicho

Pag. 90

Benito.

Confiesa la verdad.

Demonio.

Apese a tu voz, Cristo, caigo;

es solo el Dios verdadero.

Benito.

Di, di.

Demonio.

Que le ha dado a Benito

poder para destruir

los dioses, pues son fingidos

a ídolos que tal pronuncio.

Desaparece y ciérrase la cueva.

Benito.

¿Lo habéis entrambos oído?

Porc.

Ya lo escuché, y convencido

el sacro bautismo pido.

Zenón.

Yo también por merecer

tal piedad, monje aspiro

de tu religión.

Benito.

¡Qué dicha!

¿Eso pronunciáis, amigos?

Entrad, qué placer, entrad.

Porc.

Feliz soy.

Zenón.

Dichoso he sido.

Benito.

¡Oh soberano Señor!

Solo vos, dulce Dios mío,

pudisteis hacer triaca

de un veneno tan antiguo.

Pasa un ángel en una esfera de fuego, figurando al medio un niño, midiendo la distancia en que se aparten las personas.

Ángel 2.

Benito.

Benito.

¿Quién me ha nombrado?

Ángel 2.

Dios, atendiendo a los fines

que te muestra, con el día

de Martín, su grande amigo,

obispo de Capua, quiere

que volando hacia el em-

píreo gloriosa su alma

vistes espirar, y aviso

diciendo mi voz porque

cobres en tu afán alivio.

Pag. 91

Canta.

Vence los riesgos,

desprecia peligros,

que a tu virtud espera

el premio mismo.

Benito.

Tantos favores, Señor,

aun exclamo más que admiro,

si el mérito que en mí falta

sobra en vos, siendo infinito,

ya no es mucho que escuche

una sola vez que indigno.

Repite el Ángel cantando.

Vence los riesgos,

desprecia los peligros,

que a tu virtud espera

el premio mismo.

Fin.

Debajo del texto principal se vislumbran los restos de un reparto manuscrito subyacente o borrado, con los nombres de los personajes y los actores correspondientes.

Pag. 92

Página en blanco. Solo se aprecia texto transparente del folio inverso.

Pag. 93

En el margen superior hay una palabra tachada casi ilegible, junto al número 19.

Zenón Antonio Ruiz Antes de Zenón aparece tachado "Zenón". San Benito Manuel Ángel Marcelino Joseph Garcés El Demonio Carlos Vallejo Porcia María de Navas Alecta Sabina Pascual Laureta Teresa de Robles Morondo Hipólito de Olmedo Lechuza Carlos de Villavicencio Ángel 1º Manuela de la Cueva Ángel 2º Josefa de Cisneros Escrito sobre "María de Cisneros", que está tachado. Debajo de esta última aparece "Juana de Olmedo". Ángel 3º Juana de Robles Bandolero 1º Juan de Castro Debajo aparece tachado "Gonzalo de Espinosa". Bandolero 2º Gonzalo de Espinosa 3º y cuarto bandolero Lactires y Salvador Un niño Jesús el hijo de Ventura de Castro

En el margen derecho aparecen fragmentos de palabras cortadas por la encuadernación, pertenecientes a otro folio.

Pag. 94

170 180 128 478

Jornada tercera

Pag. 95

Descúbrese el Demonio en la quebrada.

Demonio.

¡Benito, a pese al cielo!

¿cómo en un afán consiento, en mi desvelo,

que avise la afrenta mía

madrugue el alba, y amanezca el día?

¡Benito, a pese al sol! pues mis furores

no bastan a empañar sus resplandores,

cuando en tanto tormento

un eclipse fulmino en cada aliento.

¡Benito, a pese a mí! que siento tanto,

monarca hoy del horror y del espanto,

la luz con que me abrasa,

como aprisa la del sol no pasa,

viendo preso y atado

al lucero mayor, que fulminado

de ese globo cruel ardor conspira,

pues quien antes fue luz, rayo es e ira.

¡Yo preso, yo amarrado, yo abatido!

llene de horror el viento mi gemido.

¡Ah, quién los duros lazos

romper pudiera, y fuego hechos pedazos!

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En el margen izquierdo aparecen varios "no" y una línea vertical indicando la supresión de los versos desde "tantos años" hasta "borrascas cría".

Demonio.

sus duros eslabones

en la fragua de mi exhalación

mandó los encendieran,

para que cada uno ardiente hoguera,

vibrado cual arpón desde el oriente,

abrasase los ámbitos del mundo;

tantos años, ¡oh, infiernos!, sepultado

en este obscuro, triste, enmarañado

seno, de quien funestas dan las señas

ecos de mis gemidos esas peñas,

que caídas acompañan mis pesares,

pues aun en piedras hacen impresión

mis rabiosos lamentos,

de quien huyen a ráfagas los vientos,

porque estos en incendios cobran estragos,

y lo que en alientos borrascas cría.

Zenón a fuerza mía,

dejando a mi pesar la idolatría,

el hábito ha tomado

de Benito, y ya tanto ha aumentado

su religión (¡oh, pese a mi fatiga!)

que no hay quien convencido no le siga;

Marcelino, que ha visto

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Demonio.

en el lance quedó donde impedidos

por Benito, Zenón pudo en su suerte

embarazar le diese entonces muerte.

Sano ya y recobrado,

vengarse varias veces ha intentado,

mas no lo ha conseguido,

pues siempre de Benito es defendido.

Y Porcia, que vive retirada

en la oculta espesura enmarañada

de ese monte, al abrigo

de Benito, su amparo y mi enemigo,

Escolástica hermana

de Benito cruel, también tirana

mi muerte solicita,

pues su virtud, su religión imita.

¡Oh, Benito ofuscado! De su anhelo

¿alzaros pretendéis con todo el cielo?

pues no ha de ser, mientras la furia mía

soberbia a todo el cielo desafía.

Pues yo me he condenado,

y sois frágiles hijos del pecado,

yo os labré destruir, poniendo el medio,

aunque fue todo un Dios vuestro remedio.

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Demonio.

Benito, ven, y si presumes tanto

de querido de Dios, de humilde y santo,

armas contra mí tienes, yo te obligo,

lucha en batalla igual, lucha conmigo;

y si yo te venciere,

dame la libertad, que no se infiere

ni es verdadera gloria

cantar sin enemigo la victoria.

Ven, pues, Benito.

Salen San Benito y Morondo.

Benito.

¿Qué es lo que me quieres,

bestia infernal?

Morondo.

Y aun diablo de mujeres,

pues como ellas con fieros tan atroces

todas sus fanfurriñas mete a voces.

Demonio.

Que rompas, que me quites las prisiones,

que no quedan en ser grandes mis blasones,

sino en quien contradiga mis intenciones.

Morondo.

No haga tal, Padre, ríase de quien es.

Benito.

Sabes, monstruo infernal, que Dios eterno

me ha dado potestad contra el infierno,

y aun hay quien dice en líneas que ha sido,

quedando sobre ti cuasi absoluta.

Pues, ¿cómo me amenazas?

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Benito.

si son vanas tus furias y tus vayas

en batalla conmigo,

pues qué victoria, qué blasón consigo,

y en vencerte, infelice desdichado,

del estar abatido, aprisionado,

no es demostrar el caso verdadero,

sino la grande potestad que adquiero

sobre ti.

Demonio.

Cesa, cesa,

teme al volcán que exhalo te apavese;

tal pronuncias, tal dices.

Morondo.

¿Cuánto va que le dé lo sin narices

al diablito? Mas no, piedra yo tomo,

que más diablo le haré si le hago romo.

Benito.

No me desafiabas,

con voces arrogantes me llamabas;

pues ¿qué aguardas, supuesto que, pasando

a esotro monasterio que fundando

estoy, fijo en este monte

que llenará de horror el horizonte?

¿Qué respondes? ¿Qué dices?

Demonio.

¡Dura pena!

que me alargues siquiera esta cadena.

Benito.

Eso haré, pero será a que veas

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Benito.

Vistirán de luces más Febeas

las cumbres destos riscos eminentes,

pues coronando sus altivas frentes

de monasterios míos,

estos valles umbríos,

esas desnudas peñas

de la virtud de todos dan las señas,

cuando al cielo su luz encaminada,

del esplendor dejan su mansión ba[ñada],

siendo sagrados himnos y oraciones

destierran infieles abominaciones

antídoto divino,

que abren del cielo a todos el cam[ino].

Sal del eje centro obscuro,

pero hasta aquí nomás, dragón ym[puro],

del coro repetido.

Sale furioso Demonio echando víboras. Cadena.

Demonio.

Y oy desde aquí verás que salía

a tu ruina, a tu caída.

Morondo.

¡Ay, que se queja, padre de mi vida!

Benito.

Mira que no se atreva

a pasar desta línea.

Morondo.

Malas nuevas

son estas para él,

y ya que así te quejas

afirmes en decir esta oración.

¡Toma, toma la cruz, perro tira[no]!

Demonio.

¡Qué es esto! ¡Sudo!

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Morondo.

Mal año, ¡qué furioso!

Toma, toma, dale a este y a golpes de los míos,

ven cómo le amanso aquellos bríos.

Oiga cuál gruñe, mal mandado y ciego.

Ver este diablo que es mozo y a legua...

Demonio.

Soy furia, soy infierno fulminado.

al hace.

Morondo.

Pues yo soy Fray Morondo, y cimientado

quiero quitale una costilla

al señor Licendiablo Almondiguilla,

Benito.

Déjale, que harto daño en su soberbia

tiene.

Morondo.

Es un tacaño,

y por llevarle voy, si me da gana,

a un San Miguel que sirva de peana.

Demonio.

¡Que así me tenga el cielo!

Benito.

Venga, padre, continuemos el desvelo

de visitar los monasterios donde

vamos.

Morondo.

Eso sí que corresponde

a la sanidad nuestra.

Quédese, pues, señor diablo, de muestra,

con cuerda, de cadena y campanilla,

en su desatinada taravilla;

que huya si pierde al golpe la destreza,

venir a darle caja en la cabeza.

Demonio.

Señor, ¿por qué permites

que el hombre te ofenda y me quites...

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Demon.

Siendo, al rey, su altivez,

imagen de mi soberbia,

por solo un delito yo

mido del cielo a la tierra

inmensas distancias; y él,

con solo media, que afrenta

la distancia que ha de ser

cuando más ciego os ofendo,

pecador arrepentido,

logra aun más de lo que anhela.

Mas, ¿qué digo? ¿Cómo temo

a que pueda la grandeza

de mi poder ultrajarse,

ni rendirse a quien no sea

yo mismo? ¿A qué aguardo?

De mi astucia, de mi fuerza

será la victoria heroica

en mi ciego furor; sea

que el arco con más violencia

se sujeta o se reduce

a lo frágil de una cuerda.

Salen Zeron y el demonio.

Zeron.

Hacia aquí vino,

vengo a seguirle, y intenta

mi fe que de su compañía

otros bienes no desea.

Demonio.

¡Qué ruina, qué peligro, o

trance! ¡Qué susto se alienta

a turbarle el corazón,

tan divertido se acerca!

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Demonio.

que no me ha visto.

Zenón.

El engaño

conocí ya de mi idea,

en presumir de la ley

que adoras, amante tan ciega,

tan neciamente, que no hay

más suave, más perfecta,

más racional religión.

Cuando de aquellas sangrientas

víctimas en que el demonio,

tirano y cruel se ceba,

como enemigo de la

humana naturaleza,

me acuerdo, cuando imagino

supersticiones obscenas

y abominaciones tantas,

corro al mirar que quepa

en humano entendimiento

ceguedad tan manifiesta.

Arrodíllase.

Demonio.

¡Que también este

a atormentarme comienza!

Pena darme manifiesta;

vive el ánimo, que si

el cielo me concediera

licencia... pero, ¿qué digo

ahora? Porque mis ofensas

no repita, embarazarle

quiero. Zenón.

Zenón.

¿Quién intenta

nombrarme en mi ultraje, cuando

de mi nombre no se acuerda?

No solo Zenón me llamo,

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Zenón.

Que aunque no mude en la nueva

religión el nombre, porque

la memoria firme queda

de que fui ciego, y a Dios

debo el que ya no lo sea,

añadí de este el nombre antiguo,

el de Benito, que acepta

mi fe, por quien hoy le tiene

desde que sigo la regla

del mejor Benito.

Demonio.

Calla,

calla.

Zenón.

Pues ¿por qué te pesa

que le llame así?

Demonio.

Por ser hombre

de humildes y bajas prendas,

indigno de esta alabanza.

Zenón.

¿Y qué serás? Duque, intentas,

conociéndote, engañarme,

pues haciendo que te vean

Benito en aquella forma,

sin que transformarla pueda,

con que en el templo lograste

sembrar tu malicia fiera,

aun todavía porfías

a engañar, aunque te niegas,

como habitando espesura

tanto tiempo ha que te encierras,

siendo impracticable el paso

aquí, quien no sabe cuál sea

la causa, y el monte haciendo

tus destierros estas selvas,

lóbrega mansión donde

solo la noche amanece.

Bien que hoy el mirarte libra

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Zenón.

de la pasión de un necio,

y fraude me causa.

Demonio.

Ignorante,

crees que entrañas pueda

librarme yo de prisiones

que porque quiero me cercan,

pues que nadie es poderoso

en mí si yo no quisiera.

Zenón.

Sin embargo, puede mucho

Benito.

Demonio.

Lo que a mí o de Dios

atado, viendo solamente

ejecutando ella

quien le da la permisión

por juicios que se reserva;

que, si no, fuera así in-

vocada la fuerza siempre

como la suya.

Zenón.

La mía.

Demonio.

Sí, pues que de porfía piensas

que es verdad, sigue la ley

de los cristianos, cuando ella,

viendo que la desamparas

y cómo en poder la dejas

de Marcelino, vendida,

ya a amenazas, o a finezas,

condesciende con su amor.

Zenón.

Si sus engaños no hubiera

antes visto, acreditara

sus engaños con sospechas;

pero sabiendo que ya

vendida Porcia negara

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Zenón.

su presencia a los bandidos

que aquestos contornos pueblan

y yo con mi falso bando

Marcelino por cabeza,

caudillo suyo son

de Atalia librándolos es fuerza

que no recela que salgan

vanas las librarás demás.

Zafi.

Al visto asenso

llegaré a hablarle.

Sale Alecto.

Demonio.

Gran cielo,

la verdad quiere asegurar

como este mísero espera

no es mucho sin clemencia,

o fuerzan tu ministro

de las deidades supremas.

Alect.

Vive Ninfa de aquel hado

que de este vil no se vengue

puesto que ampara a estos

los cristianos que miráis,

el demonio siendo quien

su bulto anima en la tierra

enviado de los dioses

por quien padeces en ella.

Demonio.

Mal persuadido imaginas

que sin que le den licencia

los dioses puede venir

estas prisiones que inventa

con sus martirios, en cuanto

poderme lisonjea atenta.

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Demonio.

persuadido, asegurando

que es mi obra de providencia

de los Dioses.

Alecto.

¡Cuántas veces

me acuerdo de aquella esquiva!

que oculto, cual Mongibelo,

en el corazón revienta,

cuando me acuerdo a decir

vuelvo, de que en mí se hospeda

no sé qué afecto, que fue

llama para ser pavesa,

rayo para ser ceniza,

para ser yelo centella.

Corrida yo misma pienso

tomar venganza en mí mesma,

y así, convirtiendo en odio

el que antes afecto era,

solo con su muerte pienso

que he de quedar satisfecha

al ver que, debiendo ser

quien más mi culto engrandezca,

como gran sacerdotisa

de los Dioses, me desprecia

como a ellos y, engañado,

siguiendo la torpe y ciega

superstición de Benito...

¡Alecto!

Zenón.

Calla, Alecto,

y advierte que por serlo

sin duda el que tú piensas

deidad, contigo el infierno

solicita el que me pierda

y tú también.

A su ídolo.

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En el margen superior, recuadrado y tachado con un "no", aparece el siguiente texto: por solo seguir la vana falsedad de Poncia, siendo cristiana, en serlo se empeña; dígalo el que a ti acude siempre que

Dentro Ponci.

En vano deseas

que te siga.

Dentro Mar.

Aunque el viento preste

alas a tus ligerezas,

te he de alcanzar.

Sale Poncia asida de Marcelo; tras ella Zenón.

Poncia.

Zenón, hoy mi honor defiende,

sé amparo.

Zenón.

Tente.

Marcelo.

Traidor,

¿tú me impides? ¿No te acuerdas

del agravio? Hasta ahora

no vengué, y ¿tú, falsa, llegas

a ampararte de quien solo

siempre procuró mi ofensa?

¡Vive el cielo!

Elec.

Marcelino, advierte.

Marce.

¿Tú hablas, Alecta,

por quien injusto Zenón

vida

me ofendes de dos maneras,

infame?

Arroja en el suelo a Zenón.

Zenón.

¡Ay de mí!, porque

si en la ocasión que a venganza

la vida te perdoné,

¿me maltratas? Considera

Demonio.

¡Oh, qué vil flaqueza es esto!

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Zenón.

que es bajeza,

infamia matar así

a quien no tiene defensa.

Max.

Pues porque no la publiques

yo haré, villano, que mueras.

Felicja.

Oye.

Porz.

Advierte.

Demonio.

Que se aparten

donde el precepto (¡qué pena!)

me impide el llegar.

Porci.

Pues ya

que detenerte mis fuerzas

no pueden, valgan los cielos,

que tu mismo puñal sea

quien te dé en mi mano muerte

al tiempo que tú le hieras.

Va a darle con el puñal que le ha quitado de la cinta al tiempo que él va a herir a Zenón con la espada.

Max.

¿Qué haces, traidora?

Demonio.

Detente,

si no estorbo su sangrienta

ejecución, instrumento

a mi furor no le queda;

pues aunque la línea pase

que Benito en esta selva

tiene señalado de impedirlo.

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Salen San Benito y Morondo al tiempo de echar el paso el Demonio.

Benito.

¿Qué es esto? Apartad afuera;

en el coto que yo te puse

rompes, ya no es extrañeza,

confusiones y amenazas

donde asistes; y que sean,

según muestran las acciones,

siendo tu instrumento Alecta,

Marcelino ingrato, Parca

cruel, y Zenón en tierra

maltratado, siendo hijo

de mi religión profesa,

pisante así la cerviz.

Mas, pues tu osadía ciega

inobediente al precepto

que te puse, no respeta

la potestad que me ha dado

Dios para ajar tu soberbia,

vuelve al centro oscuro, vuelve

a la habitación funesta;

vuelve a jamás conseguir

de mí la menor licencia,

pues con esta así has usado;

y más eres vil, y extrañeza

no me causa; vuelve, digo.

Morondo.

Padre, ¿y el asarle piensa?

Entréguemele a mí atado.

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Demonio.

¿Un villano a mí te llegas?

Benito.

Sí, fiera horrible, porque

más ultrajado te veas,

vuélvele, morondo, a atar.

Mo.

Eso pido, ¿se mosquea?

Padre, haga que se esté quieto.

Demonio.

Pese a mí que esto sufra.

No

Marg.

¡Cielos! ¿Y qué veo?

Corrida queda

mi intención al ver que pudo

mi coraje, aunque me ofenda,

emplearse en un rendido.

Pacia.

Ya que de Benito puesta

al lado estoy, nada temo.

Demonio.

Que esto, Benito, consientas.

Morondo.

Venga, no sea replicón,

alza, oigan y qué mal ceda.

No

Zenón.

Ahora, ministro de Apolo,

podrás impedir mi afrenta,

pues que nadie es poderoso

en ti si tú no quisieras.

Demonio.

Son ilusiones, son encantos.

Morondo.

Vamos, no tengamos fiesta.

Zenón.

Todas son instigaciones

de tus infames violencias.

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Zenón.

las de mi ultraje que así

Marcelino al alma me

queda, porque indefenso me mira,

y más yo vengaré mi ofensa.

Morondo.

este ha menester un cepo

que no se ha de hacer carrera

con él de otra suerte.

Fles.

Dioses,

ya es esta mucha evidencia,

antes preso, hoy ultrajado,

sin que ni aun disculpas tenga

más que el ver (pero ¿qué digo?

¿quién duda que encantos sean

de los aleves cristianos,

si la ruina se me acuerda

del templo de Apolo a que

no alcanzan humana fuerza,

y en fin hasta que el postrer

desengaño me convenza

el poder deste Benito,

no he de creer que no sean

mágicos hechizos?).

Benito.

mal

obraste, aunque más te quiera

disculpar.

Marc.

cuando así solo

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Marc.

debí la vida en aquella

ocasión. Agradecerle

no debo a Zenón fineza

que reconozco por tuya,

tocándome agradecerla;

pues no el espíritu altivo

puede usurparme el que sea

atento.

Benito.

Si lo que debes

a mi amistad conocieras,

quizá el mayor bien lograras.

Mayencio.

Pues no, no me lo refieras,

que al verte debo la vida

se me olvidan mis ofensas;

pero cuando considero,

después que supe de Alecta,

que amando a Porcia lograste

lo que perdí, y que ella en esa

triste gruta te aguardaba

escuchando yo la seña,

brotándome está en el pecho

la saña; y más cuando en ella

preso, ultrajado a un ministro

de los dioses tienes; estas

las causas son que tu muerte

solicitan. Del tenerlas

Pag. 114

Mayencio.

para satisfacer motiva

ver que la vida se deba,

pero, pues verte y no darte,

o agradecido, las muestras,

o ofendido, una y mil muertes,

es imposible, dos deudas

satisfacer a un mesmo tiempo.

Con huir de tu presencia,

pues así no hallo precio

o que agravie o que agradezca.

(Vase.)

Hécate.

Yo, sí, que agraviada en todo,

proseguiré mi primera

intención en mi venganza,

ya que libertad no pueda

dar al que defiende el culto

de los dioses.

Demonio.

¡Que tal vea

mi saña, y no acabe a furias

de arrancar cuantas estrellas

no me siguieron el día

que bajé a reinar en ellas,

como apagados tizones

desa azul, brillante hoguera!

Y volví a atreverme a hablar,

corrido de ver mi afrenta,

vine al abismo.

Pag. 115

Demonio.

que parece que se hurta.

Vase adentro.

Benito.

Quien de Dios

quiere, siguiendo las huellas

de la virtud, alcanzar

la perfección que desea,

quien ser cristiana ha elegido

y su santa ley profesa,

hasta estar fortalecida

del amor que la gobierna,

no se confíe en sí propia,

huya, Porcia, la pelea,

que quien no vive segura

hace muy mal si se arriesga.

En los soldados de Cristo,

siendo el mundo la palestra,

son las armas las virtudes,

el escudo es la paciencia,

el esfuerzo es la humildad,

y en fin, porque mejor venzan,

en los peligros la fuga

es la victoria más cierta.

Huye, Porcia, pues que quieres

seguir lo que te aconseja

la verdad que en mí te habla.

Pag. 116

Benito.

Antes habita esas peñas,

mora el bárbaro desierto

desas incultas malezas

que habites con gentes

que a imitación de sus fieras

solo en la forma los puede

distinguir naturaleza.

¡Oh, qué bien dijo quien dijo

que solo del hombre era

mortal enemigo el hombre

si le imita cuanto yerra!

Aunque en el mismo veneno

hay triaca contrapuesta,

pues si hay quien vicios persuada

hay de quien virtud se aprenda.

Contigo también, Zenón,

hablo, ofrece a Dios con ciega

resignación tus desprecios,

verás que en premios se truecan.

En el aquilón furioso

de la temporal tormenta

sé humilde caña, doblando

la cerviz hasta la tierra,

que luego podrás volver

a elevar cuando se aquieta.

Pag. 117

(Vase.)

Benito.

la frente al cielo al contrario,

del huracán ronco quiebra

pompa al prado, y fabricando

tumba de sus ramas mesmas,

es racional escarmiento

su vegetal soberbia;

no advierte que Marcelino

ultrajado así, te pueda

despertar nuevos rencores,

y cuando la llama enciendas

considérate ceniza

y la lograrás pavesa;

y ahora pues asegurarte

porque como a quien se llega

a amparar me toca, ven,

que en lo inculto de esa selva,

donde mi convento está,

hay, de sus murallas cerca,

una pequeña morada,

habitar puedes en ella

mientras el cielo dispone

de otra suerte en defensa;

allí yo seré tu auxilio

pues por tal me consideras;

sígueme.

Pag. 118

Marginalia tachada e ilegible en el margen izquierdo, parece indicar una acotación: abrazándose a Zenón.

Paje.

Ya te obedezco.

Demonio.

Qué tal furia hasta él vea.

Zenón.

Todo el ardor de mi pecho

apago con su advertencia.

Morondo.

El mío no, que no se apaga

sino con azumbre y media,

y aun digo mal, que se atiza.

Demonio.

Abismos, pues solo queda,

Zenón, por introducirse

en su pecho mis centellas,

vengue en sus hijos mi rabia

la que en Benito no pueda.

Zenón.

Qué vanas te salen siempre,

monstruo, tus fieras cautelas.

Pensaste, ánimo altivo,

que de Benito granjea

mi fe postrarle.

Demonio.

No, pues

excusada diligencia

fuera la mía, bastando

un hombre a ultrajarte. Es esa

muy corta victoria, puede

ser blasón de mis empresas,

sí, que es vil trofeo de otro.

Zenón.

Qué saña, qué cruel queja,

la memoria de mi agravio

en el corazón despierta.

Pag. 119

Zenón.

mas a vengarla me animo;

y tú, que tanto te precias

de poderoso, ¿no estás

con ignominia más fiera

abatido y preso?

Demonio.

Es cierto,

mas no es esa consecuencia;

que a mí es Dios quien me aprisiona,

contra quien no bastan fuerzas,

y a ti, el mayor pecador.

Mira, hay gran diferencia

de agraviarte a ti un esclavo,

o a mí una deidad suprema.

Zenón.

Cada voz este volcán

en el alma me acrecienta.

Demonio.

Fuera de que aunque oprimido,

preso y rendido me veas,

anhelo por la venganza

que ejecutaré sangrienta

si no en Dios, en un ministro

cuya potestad granjea

para ajarme; pues Benito,

mas sin pérdida la excelsa

fama de tu gran valor

y tu superior nobleza

Pag. 120

Demonio.

Un agravio mismo consientes

y tercero de tu afrenta

te dejas atar de quien

antes tembló de tu diestra;

en alma y vida te ofende,

pues adora a Porcia bella

a quien quisiste, y aun vive

entre las cenizas muertas

alguna centella (¡al arma,

sugestiones!) de tu ofensa;

te pone el pie en la cerviz,

con que de entrambas maneras

como soberano te rinde,

como amante te sujeta,

te ultraja por verte humilde,

no extrañando lo consientas,

con que te arguye de vil,

pues pierdes sin defenderlas,

patria, vida y honra; en fin,

Dios manda que a la primera

obligación sea acudir

a sí mismo, y que se quiera

al prójimo como a sí;

pues es cumplir lo que ordena

guardarle seguridades

tomarte tú las afrentas.

Pag. 121

Demonio.

porque viva Marcelino,

que tu fama, Zenón, muera,

no ya; pues de una culpa

a costas logras; le queda

resarcir (pudiendo luego

pedir a Dios perdón de ella)

infamia, vida y honor.

Muera Marcelino, tenga

fin su traición.

Zenón.

Ya no puedo

resistir tanta violencia.

Mi religión dejaré,

vengaréme; mas, ¡qué pena!

Como si solo el decirlo

toda la vida me cuesta

yo tan sacrílego insulto...

Demonio.

Sí, que hay para él recompensa,

y para tu honor perdido

cobrar.

Zenón.

Pues el honor venza.

Muera Marcelino, haré

testigo al cielo y la tierra

de la más cruel venganza.

Morondo.

Padre, eso sí; ¡fuera, fuera!,

yo también he de seguirle,

si ser bandolero acierta...

Pag. 122

Morondo.

que estoy aquí arrepentido

del ayuno y la pajotea

y de no poder tener

inclusión con la bodega,

voy a prevenir el hato.

(Vase.)

Demonio.

Muera Marcelino.

Zenón.

Muera.

Sale San Benito.

Benito.

¿Quién ha de morir, Zenón?

Zenón.

Quien contradecirte intenta,

pues arguyéndome estaba

a que vos...

Benito.

Que te convenza.

Toma, y así, porque no

lugar de decirte tenga,

entra, ocupa el seno triste

de esa pavorosa cueva,

ciérrala y nadie te escuche.

Demonio.

¡Apese a mí, que aun no quieras

dejarme este alivio!

Benito.

No.

Demonio.

Pues sepúlteme la tierra.

Éntrase cerrando la cueva.

Zenón.

¡Válgame el cielo!

Benito.

¿Qué sientes?

Zenón.

Siento una oculta extrañeza;

disimularé mi rabia

al estar en tu presencia,

que a respeto lo atribuyo,

y en ver qué dominio tengas.

Pag. 123

Tot.

tan grande en su virtud tanta

ap[ar]te

Benito.

en su semblante su idea (

estoy leyendo pues ya

que mi presenzia te fuerza

va ese temor dezala

vase

Zenón.

asi lo are y mientras llega

la ora ire a disponer

el como vengarme pueda

dejando la Religion (

Benito.

Dios de su mano te tenga

Señor pues permitis que diera fiera

pisada la zeruiz que ynutil miro

Cada amago conuierta en un suspiro

Conque la selua ruge el mar se altera

de vos Señor de vos mi afecto espera

que en el glorioso fin a quien aspiro

si es merito el afan en que respiro

logre una dicha el mundo verdadera

todo es penas en el todo ocasiones

y en el misero golfo del engaño

tienden las velas muchas ambiziones

Tenga Señor remedio tanto daño

que podran mas que todos las pasiones

si por todos no lidia el desengaño

Pag. 124

Baja un Ángel en un águila, y encima un Sol, de cuyo centro saldrán a su tiempo tres rayos de luz, y sube el Santo en elevación.

Ángel.

Benito.

Benito.

Espíritu puro,

¿qué me ordenas y me mandas?

Ángel.

Dios, premiando tu virtud,

quiere a tus glorias se añada

la de verle, aunque mortal,

en la visión que en la sacra

esfera asiste, a la cual

tu espíritu se arrebata

en Dios, porque no te impidan

verle prisiones humanas,

diciendo en festivas voces

misteriosas consonancias.

Música 4.

Rasgue la esfera

sus velos de nácar,

y en trono de estrellas

adonde se abrasan

Serafines que encienden,

matizan sus alas,

logre adorar Benito

a quien más le ama.

Va subiendo en elevación el Santo y, abriéndose el Sol, saldrán del centro tres rayos de luz.

Benito.

Sin mí, Señor, y con vos

logro la dicha más alta,

mas si dejo en mí la culpa

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Benito.

¡Qué mucho halle en vos, Capasia,

ahora, mi amor, que el bien

tan fuera de mí me saca,

¡oh, quién nunca en sí volviera

y el peligro no quitara!

Canta Ángel solo.

Tus mayores enemigos

o tu religión ensalzan,

triunfa de ellos, pues de Dios

tan gran potestad alcanzas.

Vencerás todos los riesgos,

y aunque el más grave te falta,

después de la gran victoria

solo a premiarte te llama,

místicas repitiendo

mis consonancias,

el velo rasgue la esfera una.

Cúbrese la apariencia.

Benito.

Aguardad, Señor, oíd,

¡oh, qué presto que se aparta!

¡Ay de mí!, que de aquel día

aún no logra el sol ser alba.

Amor, si el caso es engaño,

a qué veloz vistes alas,

pónmelas del corazón.

Pag. 126

Benito.

Volaré, mas, gloria tanta,

mas, ¡ay!, que ya todo es noche,

qué diferentes, qué vanas

son las glorias de este mundo.

¡Oh, cielos! ¡Y quién llegara,

pues ya todas sus delicias

mi feliz vista agravian!

Mas, Señor, pues me decís

que logre lo que os agrada,

que es que aun vuestros enemigos

os ensalcen de la extraña

determinación injusta;

dijeron: será triaca

el inventor del veneno.

Y así, en nombre vuestro, salga

de esa oscura gruta, y muestre,

puesto que a todos engaña,

sus errores, deteniendo

a Zenón, porque en su falta

no pierda en la religión

honor, vida, cielo y alma.

¡Ah, de esa fúnebre gruta!

Ábrese la cueva.

Demonio.

¿Qué quieres, a fiera rabia,

Benito, que me persigues?

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Benito.

que de aquesa pasión salgas,

y detengas a Zenón,

que a tus persuasiones falsas

dejar la religión quiere.

Demonio.

No me aprisionas, no me atas,

pues no quiero ahora salir

solo porque me lo mandas.

Benito.

Esto dices.

Demonio.

Esto digo,

y en esta oculta morada

me he de estar; y no te canses,

que primero esa montaña

se moverá. Tú imaginas,

di, que con tus monjes tratas.

Benito.

No solo has de salir, pero

no mostrarte en forma humana,

sino en forma de quien eres,

dragón infernal.

Demonio.

Te cansas

en vano; y pues cuando quise

que los techos me quitaras,

no quisiste, ahora que quieres

que libre a obedecer vaya

no quiero yo.

Benito.

Pues te mando

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Benito.

en virtud de la elevada

potestad que sobre ti

me ha dado el Señor, que salgas.

(Tira de la cadena y la arranca)

(Vase)

Demonio.

A pese a tu voz, a pese

de tus poderosas palabras,

yo iré, mas será a abrasar

tus monasterios.

(Vase)

Benito.

Aguarda;

mas no importa, de Dios son,

él cuidará de su casa.

Sale Morondo con una bota, medio queso y medio panecillo en unas alforjas, arremangado, los avíos.

Morondo.

En tanto que Zenón llega

a este sitio en que he esperado,

pues venía aparejado,

es muy justo, por si pega

la salida, aquí a dormir

lindamente me acomodo;

mas no, que aguardo y no es modo,

mas me vale divertir,

cansado de esperar,

y pues que para el camino

llevo queso, pan y vino,

repártolo en su lugar.

Quien de ciego el paso nota

por ver bota que no prueba,

sepa que la idea es nueva

Pag. 129

Echa la taba.

Bebe.

[Morondo.].

Aunque no es nuevo la bota,

el queso pongo a este lado

y la bota aquí. Ahora bien,

quiero jugar. ¿Y con quién,

Morondo? Ya lo he pensado:

con la bota he de jugar

y con el queso a la taba.

En este bolsillo estaba,

ea, guapos, a empezar.

Usted en perdiendo, seor queso,

ha de llevar un bocado;

señora bota, usted cuidado,

a cada perdida un beso.

Allá va, perdió usasté,

presto a pagar, mi señora.

Yo perdí, váyase ahora,

que después la pagaré.

Perdió el seor queso, a comer,

pague usted, pero quisiera

que la señora perdiera

siempre, por siempre beber.

Al paño.

Lechuza.

¿Qué veo aquí? Está Morondo

jugando está, ¡vive Dios!

Pag. 130

Morondo.

Perdió vusted, una, dos.

Ya llegamos a lo hondo.

Lechuza.

Jugando le hallo.

Morondo.

Ya escampa,

otra vez prende.

Va a beber y quítale Lechuga la bota.

Lechuza.

Eso no;

que la bota he visto yo,

señor mío, y esa estampa.

Sale Cauceta y arrebata el pan y el queso.

Morondo.

Digo, ¿y qué es esa, a mi vista?

[Cauceta.].

¿Qué es esto que llego a ver?

Mas, ¡hola!, aquí hay que comer.

Morondo.

¡Adiós todo! Prendo el tin[to].

Haciendo el borracho.

Lechuza.

Oye usted, pues aunque ciego,

conozco yo en su presona

que este vino es de Corona.

Cauceta.

Digo, y este queso es lego.

Morondo.

Señores, ¿hay más fracaso?

Yo sin beber.

Lechuza.

¿Qué es aquesto?

Cauceta.

Vente, Lechuga, anda presto.

Lechuza.

Quedo, que se vacía el vaso.

Cauceta.

¿Estás loco?

Morondo.

Pena suma,

sin beber, yo pierdo el ser.

Lechuza.

Digo, ¿quiere usted beber?

Pag. 131

Lechuza.

pues sópleme bien la espuma.

Morondo.

Sople el vengante soplón

que le ha enseñado a soplar.

Lechuza.

Que deje, quiérese acabar

en palos la comisión.

Laura.

¡Ay, no, por amor de mí,

que me moriré del susto!

Morondo.

Malo va esto, mas no es justo

el que me vengue yo aquí;

él se está cayendo todo,

y acabará aun en cabrón

de cara. Pues, corazón,

venguémonos de este modo.

Lechuza.

¿Qué dice?

Morondo.

Que es un bribón.

Lechuza.

¡Voto a...!

(Dale una puñada y cae Lechuza.)

Morondo.

Y que, si me enfada,

morirá de esta puñalada.

Lechuza.

¡Ay! ¡Confesión, confesión!

Laura.

¡Pobre de mí!

(Salen San Benito y Mauro.)

Benito.

¿Qué es aquesto?

Morondo.

Nada, que he muerto a un hombre.

Benito.

¿Qué dice?

Morondo.

Que no se asombre.

Pag. 132

Laure.

Padre, que estaba hecho un tas,

diole un golpe y se ha caído.

Morondo.

¿No le maté?

Laure.

No, menguado.

Morondo.

Según le cargué enfadado,

jurara que le había herido.

Benito.

Deje locuras, hermano,

y váyase.

Vase.

Morondo.

Así lo haré,

pero sepa, padre, que

no sabe quién es fulano.

Porci.

¿Dónde, Benito, me traes?

Benito.

¡Ay, Porcia! Pues que mereces,

la que siempre afectuosa,

la que agradecida siempre

no me ofendiste, a ti solo

te diré cómo ya tiene

mi vida cumplido el plazo

que los Cielos la conceden;

pero antes, Porcia, atendiendo

a que no es bien que se cuente

que te dejé en el peligro

sin que tú en riesgo me dejes,

te pido, te mando y ruego

Pag. 133

Benito.

que ya que el vecino albergue

que por tu morada eliges

admitiste, Porcia, aceptes

el más seguro. Mi hermana

Escolástica prudente

mi religión sigue, tú

también elegirla puedes

para que...

Porcia.

¡Ay, Benito! Si

logro que el llanto me deje,

si consigo que la pena

no me acabe, al ver que quieres

desampararnos, podré

decirte cómo solo ese

fue mi intento desde el día

que, convencida a tan fuerte

argumento, vi que era

demonio al que Dios tienen

injustos los que, infelices,

les ciega el humo que encienden,

y así podrás...

Otras voces.

¡Fuego, fuego!

Pag. 134

Sale Moro.

Morondo.

¡Ay, que me abraso! ¡Ay, que huele

el cuarto a chamusquina!

Padre, el incendio remedie.

Benito.

¿Qué incendio?

Morondo.

¿No ve el convento

cuál arde?

Benito.

¡Afuera, fuera,

enemigo! Aún no cesaron

tus astucias.

Morondo.

Me parece

que de horno conventual

seremos vivos pasteles.

¡Ay, Benito! A grasa pura

huele el humo que se prende

en la cocina. ¡Ay, mis ollas!

¡Ay, que mi carnero verde

se abrasa, que he de cenar!

Benito.

No le dé eso pena.

Morondo.

¡Pese

a mis tripas, eso dice!

Sale Lechuza.

Lechuza.

¡Por Cristo, lindo pebete

dan, desde que el ídolo echaron

en la cocina!

Benito.

Detente.

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Benito.

ídolo en el templo entró,

¿qué mucho, Glanda, si tiene

todo el fuego del infierno

hospedado? Vamos, que este

incendio, más fácil que otros,

que es fama, se desvanece.

(Vanse)

Mo.

¿A qué he de ir, que si mi olla

ha tanto tiempo que hierve,

pues no tengo que soplarla,

gran placer, todo se queme.

Pero ¿qué miro? Benito,

con la bendición que suele

hacer, va apagando el fuego.

Si esto en la corte fuese,

¡qué palancas, qué jeringas,

qué voces, campanas, gente,

y todo para en quemarse

todo lo que el fuego quiere!

Sale Alecta.

Alecta.

No habiendo hallado en la cueva

al que con cantos prende

Benito, y es de los dioses

Pag. 136

Alecta.

quien sus cultos engrandece,

quien obedece preceptos

de sus máximas celestes;

y de convenir con ello

regocijada y alegre

vengo a Zenón y a Benito,

porque vean cómo pueden,

a pesar de sus hechizos,

librarle los dioses.

Zenón.

Este

alboroto con que el fuego

clama a todos, aunque cese,

ha de ser medio de que

salir pueda antes que cierren

la portería, pues todos

acuden donde inclemente

se empezó a cebar la llama;

pero Alecto hacia aquí viene;

llegaré a la puerta, pues

la clausura impide que entre.

Morondo.

Mas que, aunque dura a Zenón

la gana de irse, se quiere

hacernos la ida de humo.

Alecto.

Mucho os hallarte agrada,

mi cuidado, por deciros

con qué ciego engaño ofende.

Pag. 137

Alecto.

a los dioses, que bien quedas,

ni a Benito, aquese aleve,

ya a pesar vuestro, el ministro

de los dioses libre.

Zenón.

Juro que ya convencido,

no sé si diga a qué vengue

mi valor aquella afrenta,

dejar mi valor pretende

esta infame opresión, esta

vil humildad la que me tiene

ultrajado.

Morondo.

Salto y brinco,

dígale usted que me lleve,

que para mozo de alforjas

valgo lo que pesan veinte.

Alejandro.

¿Qué dices, Zenón? ¿La dicha

lograste de convencerte?

Zenón.

Intento vengar mi agravio,

no otro motivo me mueve.

Morondo.

A mí sí, el ser bandolero

para hurtar muy santamente.

Alejandro.

Aunque no sea el motivo,

desdeñarte y ofrecerte

a los dioses pesarosa

Pag. 138

Alejandro.

pidiendo perdón de haberte

atrevido a sus deidades.

Con todo eso puedo alegre

reconvenir a Benito.

Ahora es tiempo que me vengue,

sepa que contra los dioses

nada los engaños pueden,

y que su contestación

a asustar el alma vuelve.

Morondo.

¿Cómo es eso? ¿Eso de dioses

en verdad que no me huele

muy bien, y ya casi casi

quiero a mi celda volver,

que yo quiero ser ladrón,

mas no idólatra.

Alejo.

¿No vienes?

Zenón.

Sí, vámonos.

Van a salir Alejo, Zenón y Morondo, y aparécese el Demonio sobre un dragón vestido de negro, echando llamas, y Morondo cae patas arriba.

Demetrio.

¿Dónde vas,

ciego engañado? Detente.

Alejo.

¡Ay, infeliz de mí!

Zenón.

Fiera horrorosa, ¿quién eres?

Morondo.

¡Ay, ay, ay! ¿No hay quien me valga

porque el diablo no me lleve?

Demonio.

Duele a mí que me obligues,

Benito, que así me sujetes

a este tormento. Zenón,

Pag. 139

truenos, húndese

Demonio.

vuelve a tu convento vuelve

que yo soy aquel ministro

de los dioses que a las gentes

engaña siendo el demonio

y si acaso no se cree

dígalo el ver que se abisma

vencido al poder que adquiere

Benito en su triste horror

me sepulta ya

Morondo.

San Lesmes

Zenón.

qué asombro

Alec.

qué confusión

Morondo.

fuego, el azufre cuál hiede

Zenón.

válgame Dios, tal intento

cupo en mí, mi llanto anegue

mi delito

Alec.

Convencida,

Zenón, a tan evidente

horroroso desengaño

que el sacro bautismo anhele

es fuerza

Morondo.

y ya yo en mi vida

intentaré, aunque me tuesten,

salir de mi religión

Salen Marcelino, Lechuga, Porcia y Laureta, y Porcia llorando.

Porcia.

ay de mí, que ya fallece

Pag. 140

Porcia.

la luz del sol.

Uno.

¿De qué nace

tu llanto, Porzia?

Porcia.

Ya muere

Benito.

Zenón.

¿Qué es lo que dices?

Porcia.

Que retirado a su breve

morada, mas pues tan cerca

está, que aquí soléis verle,

dél lo podéis ver y oír,

que a mí el llanto no me quiere

dar lugar.

Alecta y Zeno.

Sin mí he quedado.

Descúbrese San Benito en brazos de dos monjes, espirando.

Morondo.

Padre mío, no nos deje,

no desampare amoroso...

Benito.

Muéstrate, Señor, clemente,

que en tus manos encomiendo

mi espíritu.

Porcia.

¡Ay, cosa fuerte!

Ya falleció.

Uno.

Padre amado,

¿pero qué globo desciende

de luces sobre nosotros?

Porcia.

Toda la esfera celeste

se rasga,

Uno.

y de alados coros...

Pag. 141

Uno.

dulces tropas con solemne

aparato, recibiendo

su gloriosa alma que asciende,

repiten diciendo acordes,

porque su pompa se eleve:

Bajan en una tramoya dos ángeles con hachas, cantando, y suben el alma de san Benito, durando la música los versos que faltan.

Ángeles.

De Benito las glorias

la esfera celebre,

pues que de sus virtudes

al trono asciende.

De Benito, etcétera.

Zenón y Plácido.

¡Qué placer!

Macario.

¡Felice yo,

que a sus piedades le debe

las luces mi desengaño!

Todos.

Y aquí fin dichoso tiene

el patriarca san Benito,

el gran sol del occidente.

Fin. En esta comedia no hay nada contra nuestra santa fe, ni buenas costumbres. Madrid, y septiembre 29 de 1693. El doctor don Agustín Pallo Guerrero.