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testo digitale di El mudable arrepentido

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mudable arrepentido. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-mudable-arrepentido.

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EL MUDABLE ARREPENTIDO

Pag. 1

Ms. 1513

Pag. 2

Tr-160

Mss. 15135

Ms 15135

Pag. 3

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Pag. 5

k

601,

El mudable arrepentido o el ingrato agradecido.

Comedia.

3. jornadas.

De don Juan de Matos Fragoso. Autógrafa.

Legajo 20.

14

36

Jornada primera

Pag. 6

Jesús, María, Joseph, San Antonio. M 74, 2, número 61.

La gran comedia, El mudable arrepentido, de don Juan de Matos Fragoso.

Personas de ella.

Elena. Isabela. Carlos. Criados y músicos.

Lucrecia. El duque de Ferrara. Fabio.

Daría. Enrico. Pasquín.

Salen los músicos y Lucrecia, criada.

Lucrecia.

Cantad por estos jardines,

hoy quiere bajar su alteza

a divertir su tristeza,

dando vida a los jazmines;

despertad los clarines,

la música acompañemos,

y conformes celebremos

su hermosura singular,

pues gusta de oír cantar.

Músico.

Ya, señora, obedecemos.

Cantan, y sale Elena, ida, oyendo cantar.

Músico.

O el mal ha de acabarse

en sí, de su mayor fin,

que en la naturaleza

no hay cosa que no acabe de sí misma.

Pero mi pena es tanta

que, para más fatiga,

con ser tan poderosa,

acaba todo lo que no es la vida.

Elena.

¡Bien encareció Séneca,

quien en cláusulas tan breves

se queja de su fortuna!

Letra y tono diferente;

diles, Lucrecia, que canten.

Pag. 7

Músico.

Cuyos números concuerden

con un corazón amante,

y así muero, y no se entiende.

Cantan otra canción.

Lucrecia.

Ya lo han entendido, pues.

Elena.

Cesen.

Desengaña tus enojos

y ven a mirar las

fuentes,

árboles, flores y plantas

que con silencio elocuente

dais motivo a la memoria

para que mi mal se alegre,

que mudo el pecho padece,

pues tan ciego pesar de ale-

gría

es de amoroso accidente,

que muere de lo que vive

y vive de lo que muere.

Músico.

Quiero y no saben que quiero

y solo sé que me muero,

qué es lo que tiene de amor

que no te llego a entender,

pues me enoja tu placer

y me agrada tu rigor,

y entre uno y otro temor

ni desconfío ni espero,

quiero y no saben que quiero

y solo sé que me muero.

Elena.

Cantad, proseguid, no cese

canción que mejor me suene;

de suerte es mi mal, que ignoro

si al considerar me obliga,

si es descanso la fatiga,

si es fatiga el reposo,

y entre el mal y el bien dudoso

me hallo libre y prisionero,

quiero y no saben que quiero

y solo sé que me muero.

Lucrecia.

Bien explica su mal quien

se queja tan tiernamente.

Elena.

No cantéis más, que tal vez

me han despertado, de suerte

la memoria de sus casos,

me turban y me entristecen.

Lucrecia.

Estos amenos jardines,

estos cuadros, estas fuentes,

rica guarnición de plata

de tanta faceta verde,

templan tu melancolía,

divierten tu mal.

Elena.

No pueden,

Lucrecia, cortos alivios

templar grandes accidentes.

Lucrecia.

Desde que tu padre el Duque

de Ferrara vive ausente,

por amparar solo a porfía

aquesta de Milán, siempre

te he visto triste, y no alcanzo

los motivos, pues no tienes

razón de vivir quejosa.

Que firme me asombra,

galán, discreto y valiente

es Enrico, a quien

tu padre

dejó por lugarteniente

en Nápoles gobernando.

Elena.

Pues todos saben que Enrico,

mi primo, glorioso y fiel,

sirvió a mi padre en la guerra,

y Nápoles le debe

victorias y aclamaciones,

pues contra infames rebeldes

fue su acero en la campaña.

Pag. 8

Elena.

del rayo a la opresión ardiente,

que, perdonando lo frágil,

a lo más robusto ofende.

Lucrecia.

Y también que de la envidia

derribó sus altiveces;

y en desgracia del Archiduque

estuvo, y tú mil veces,

intercediendo por él,

fuiste causa que volviese

al agrado de tu padre;

y que todo él se te debe,

pues por ti a lograr estados,

títulos y otras mercedes

que al valimiento acompañan

y es la acción de los reyes.

Elena.

De habernos criado juntos

esta inclinación procede,

y también porque la sufre,

me obliga a favorecerle.

Lucrecia.

Pues no, ¿por qué te afliges, triste,

si a la afición que le tienes

corresponde agradecido?

Elena.

No es lo que el alma siente.

Lucrecia.

No te entiendo.

Elena.

Qué mal sabes

de amor, mi padre pretende

darme estado y darme esposo

de príncipes diferentes

que solicitan mi mano

o por amor o intereses.

Que no alcanzo, y como estoy

vencida de este vehemente

afecto que me avasalla,

dudo si he de resolverme

a ser firme con Enrico

o con mi padre obediente;

mira si es bastante causa,

Lucrecia, de entristecerme,

viendo el discurso en batalla

de dos contrarios tan fuertes.

Lucrecia.

Ahora no, mas aguarda,

que pienso que Enrico viene.

Elena.

Callemos, amor, ahora,

si el amor callar puede.

Sale Enrico.

Enrico.

No como gobernador

entro aquí, sino vasallo

de vuestra alteza, en quien hallo

asegurado el favor;

después que el rey, mi señor,

fui a la hora de obediencia,

que la vuestra, y más precisa,

lo que de común acuerdo

Elena.

¿Y qué?

Enrico.

Ha de ser aparte.

Elena.

Déjanos solos, Lucrecia.

Vase Lucrecia.

Enrico.

Divina Elena, la gente

dice, y toda la familia,

que el infante de Sicilia

es tu esposo.

Elena.

Poco siente

alma que da fácilmente

crédito con ligereza

a mi mudanza o tibieza;

poco siente el mal que peno

quien, creyendo su recelo,

pone duda en mi firmeza.

Si alguno de ti dijera

lo que de mí te han mentido,

Pag. 9

Elena.

que no lo hubiera creído,

o si acaso lo creyera,

con mismos celos rompiera,

con ansias, mi sentimiento;

e igualara a mi tormento

y quejas diera más bellas,

con suspiros, llanto y voces,

al fuego, al aire y al viento;

y a estas fuentes y a las flores,

despiertan con dulce estruendo;

su nombre estoy repitiendo,

contando estoy mis amores;

y a los de los ruiseñores

mejor decirlo pudiera,

y de mi voz aprendiera,

que eso bien podrás pensar

cómo se puede callar

quien ama desta manera.

Enrico.

No es preguntar bastantemente

solo amor a lo que ignoro;

¿no viste un dolor inmenso

pasmado de repente?

Parece que no se siente,

porque haciendo suspensión

en el alma la pasión,

los efectos se pasmaron

y ni los ojos lloraron

ni suspiró el corazón.

Así con el sobresalto,

cuando halle dicha, ¿qué mucho?

de puro sentirla mucho,

de sentimiento estoy falto,

porque el extremo dio más alto.

Causa un dolor inmortal

en la porción material

es llorar, que quien se queja

alivio en el alma deja,

porque exhala fuera el mal.

Elena.

Que me he de casar me notó.

Enrico.

¿Y quiere el rey?

Elena.

Que lo ejecute,

y ahora de efeto ha de ser.

En aquellos quilates veas

de mi amor, y si deseas

mis amorosos favores,

pierde, Enrico, los temores,

que tuyos son, y soy mía.

Enrico.

Y tu imperio porfía.

Elena.

Hace finezas mayores.

Enrico.

Muchas ha hecho por mí,

pues siendo un pobre soldado,

si bien de sangre adornado,

pues que de un primo nací,

su amor a tanto subió,

a la privanza en que estoy;

ya duque de Urbino soy,

y a la divina hermosura

que así esmalta ventura,

¡oh, qué va de ayer a hoy!

Elena.

Por mí llegaste a tener

valimiento, el rico estado,

y apoyo que te he dado;

más finezas he de hacer

por ti, Enrico, y tú por mí

no me podrás vencer de celos.

Fuentes, flores, aves, cielos,

sed testigo de que yo

de Enrico he de ser siempre.

Enrico.

Y que doy...

Pag. 10

Enrico.

así mismo lo ordinario

no aplaca a un amor bastante

Elena.

toda el alma lo agradece

el amor solo apetece

verse a su bien semejante

amor busca al que es amante

Enrico.

y el cual no tiene mi fe.

Sale Lucrecia.

Lucrecia.

señora, albricias.

Elena.

¿de qué?

Lucrecia.

el rey ha venido ya

por este parque, que entraba

aquí de caza.

Lucrecia.

galeras se han descubierto

los castillos hacen salva.

Elena.

y para mí salió el alba.

Enrico.

a recibirle voy al puerto

¿me das licencia?

Elena.

advierte

que amas, Enrico.

Enrico.

no hay cosa

a mis ojos tan hermosa.

¡oh, cómo es esquiva y fiera

tu condición!, no quisiera

a mujer tan amorosa.

Vase.

Lucrecia.

otras nuevas te he callado

aunque el duque se ofrece.

Elena.

¿y cuáles son?

Lucrecia.

decirte:

a Nápoles ha llegado

el infante disfrazado

de Italia para verte.

Elena.

¡qué alegre estás desta suerte!

de mi pena y mi pesar

si no me quiero casar

nombrarle es darme la muerte.

qué importa que venga a verme

si Elena Carlos me halla

qué amor, Sirena, calla

el amor basilisco duerme.

no empieces a revolverme

la vida con tus pasiones

dificultades me pones

el ánimo de Enrico su-

fre el ver porqué ansí

de un laurel me coroné

montes me tienen en medio

aquí el alma se me parte.

Lucrecia.

busca el remedio con arte

olvídate de ese remedio

ahora no hay otro medio

ponte de modo que sea

fuerza cuando te vea

el infante.

Elena.

es ocioso

porque siempre el más hermoso

es bello si se desea.

Lucrecia.

pues otro arbitrio llanamente

discurrido a mi ver

mucho mejor para hacer

que no te quiera el infante.

Elena.

dime cuáles.

Lucrecia.

el desprecio

desatento o desatendido

rústico y presumido

háblale y hácete necia

que no te querrá.

Elena.

me agrada

Lucrecia, tu pensamiento

y en mí no será violento

que en eso no finjo nada.

Pag. 11

6 7

Lucrecia.

Válgame Dios, y qué modo

de modestia tan profundo,

cuando alaba todo el mundo

tu ingenio; pero con todo

hácese boba, y sin juicio

no venza lo que se quiere,

y si esta lumbre no hiere,

poco importa el desperdicio

del tiempo, en esta enfadosa

lición, que ha de entretenerse.

Elena.

No lo juzgo de suerte

que me tenga por hermosa.

Lucrecia.

Envidia dio el papel,

por si importa a la maraña.

Elena.

Yo no sé qué arte, con maña,

y con qué papel con él;

mas el clarín es aqueste

que de tan cerca escuchamos.

Lucrecia.

Entreveo entre los ramos.

Elena.

Sin duda que ha de ser él.

Lucrecia.

Es verdad, que con su aliento

la música prevenida,

dándole la bienvenida,

al dador del elemento.

Sale la música delante y después de cantar sale el Rey; por sí y los que le acompañan.

Músico.

Sea bienvenido a dar

a Nápoles alegría,

el monarca que en un día

supo vencer y reinar.

Para su dicha aclamar,

fuentes, corred, corred,

aves, volad, volad,

aquellas en el viento,

estas en el cristal,

de Marte celebrando

el triunfo singular,

porque el contento ha de ser

se participe igual.

Corred, corred, corred,

volad, volad, volad.

Elena.

Sea muy bienvenido, vuestra alteza,

para que mi fineza

anticipadas logre los favores.

Duque.

Mi Elena, entre las flores

que pudiera yo hallar, sino las rosas

de sus mejillas cándidas y hermosas.

Hija, dame los brazos,

que al amor paternal son dulces lazos.

Elena.

Dadme, señor, su mano esclarecida.

Duque.

En quien, con nuevo ser, logro otra vida.

Elena, ya que el príncipe, mi hermano,

partimos a Milán, donde oprimida

con fuerzas de Venecia a porfía estaba,

y mi favor su ejército esperaba;

pero tan felizmente

pisé del mar el húmedo tridente,

que a la heroica invasión de mis galeras

se vieron derrotadas sus banderas.

Ajustose la paz, mi hermano queda

gobernando el estado

que su prima ha heredado.

La tía a Sforcia que tiene

por cariño, por triunfo y pasatiempo,

a alegrarse algún tiempo

en Nápoles, contigo.

Elena.

Por mi alma

me dará alegría,

asimismo de ella bienvenida sea,

porque mi amor con mis abrazos vea.

Pag. 12

Porcia.

Mi venturosa suerte

me ha conducido, prima, sola a verte

para que en mis deseos

partan con tu hermosura los trofeos.

Duque.

Refiéreme, si bien ha gobernado,

pero dejando aparte

los accidentes bélicos de Marte,

Enrico en esta ausencia, o si ha faltado

en algo a la justicia,

que es distinta la paz de la milicia.

Aparte.

Elena.

Fingirme del que adora ahora pienso

disimulando así mi amor inmenso,

enojado me tiene,

y decirte la causa no conviene

porque no le maltrates.

Duque.

Dímela, pues, y no me la recates.

Elena.

Dos cosas le pedí, y ninguna hizo.

Duque.

¿Cuáles son, que fue notable exceso?

Elena.

Que perdonase a un paje suyo preso

por causa bien ligera,

y a cierto homicida concediera

la libertad.

Duque.

En eso mostró Enrico

su experiencia y valor justificado,

por culpa tan ligera un confiado

ejemplo y escarmiento

será de los demás, y anduvo atento;

y en cuanto al delincuente inadvertido

juzgó mejor, que nunca han merecido

la piedad de un príncipe, homicidas,

aunque haya intercesiones prevenidas

de damas como mi querida Elena;

el delito se ataja con la pena.

Porque se alegre con sus damas todas,

y a honrar viene sus bodas

con Carlos, el infante de Sicilia.

Sale Enrico.

Porcia.

Va a servir a mi prima en esta fiesta,

y ha de dejar para mi pasión funesta

su poderosa mano,

a un vencido sea

alivio, que con ansias le desea.

Daría.

Enrico, en lealtad y agradecido

al cuidado y prudencia,

que enseñas mil finezas, no habéis temido

amaros o dejaros,

quien merece

tanto amor sin balanza?

Enrico.

Ya supe de la infanta, y de Elena he sabido

Elena.

la integridad del ánimo severa;

Enrico.

fineza dura, pues no es la primera.

Elena.

Hablad, Enrico, a Porcia mi sobrina,

y dad en voz mi amor y mi esperanza.

Enrico.

Voy a besar, señora, de esa mano

al que humilde os mira

de ser más generosa;

Porcia.

Confiando vivos méritos a Enrico,

tendrá su majestad nombre glorioso;

Enrico.

en vuestra lealtad hoy se asegura

soberana deidad, rara hermosura,

la fama fue envidiosa

cuando de Porcia dijo que era hermosa;

divina la pintura,

llamar por la pintura su alabanza,

ésta la vez primera.

Elena.

La pureza de mi amor permite

un tercero, si divide un tormento,

que se admire Enrico tan atento.

Enrico.

El genio más altivo de esta hermosura

suspende y arrebata

los ánimos, mejor que la blandura;

la piedad y el amor que os alcanza.

Pag. 13

Línea superior tachada: mi condición a mi su semejanza

Duque.

La duquesa vendrá del mar cansada,

del parque no le enfada,

a su cuarto la lleva Elena mía,

el mar a quien canto en tu compañía;

entra, Porcia, conmigo,

porque veas mi amor.

Elena.

Si son ciertos cuidados y recelos

que llaman los amantes celos.

(Vanse las damas.)

Enrico.

Estrellas, suspended vuestra influencia,

no confrontéis mi sino con la suya;

qué beldad tan divina

matar podrá después, si agora inclina.

(Aparte.)

Duque.

Enrico, aquí te ha de ver lo que quiero,

yo deseo casarte

con la duquesa Porcia, y tú primero

la tienes de servir solicitando

ganar su voluntad.

(Vase.)

Enrico.

Ya vas dudando,

de modo que no siento

cómo sinificar mi perdimiento.

Aquí es menester agora

que me deis, ¡oh, corazón!,

el consejo y elección

que mi entendimiento ignora;

mi amor a Elena enamora,

vino, Porcia, y de manera

me agradó la vez primera

esta divina mujer,

me pareció que ha de ser

la segunda y la tercera.

Su gala me ha admirado,

que da el amarse después;

Elena, que un ángel es,

para hacerme afortunado;

mas haré, si no me engaño,

quiero dejar al destino

y al amor que ambos a una

me dispongan mi fortuna,

mientras no me determino.

(Vase, y salen Carlos y Pasquín.)

Carlos.

Lindo palacio.

Pasquín.

¡Ah, señor!

mas, ¿qué duda el pensamiento?

mejor de todos, aunque despecho,

el de Adilia.

Carlos.

Lo asiento,

si ella ha de venir a ser,

y el duque con su poder

se ofrece a ayudar mi intento.

Pasquín.

Siempre pareció mejor

lo viejo; y ansí arguyo

que madre pariendo con roqueya,

¿veréis fiera más hermosa?, si a porfía

dejó a Celio, y se fue con la cría,

a costa horrible y fiera resolución,

contento el que no vive lo que ha hecho,

imaginando que escribe con Elena, de mi fe,

mejores versos que Homero de su pecho.

Carlos.

No hablo yo de las cosas

que de nosotros proceden,

pues con amor propio pueden

parecernos más hermosas;

en los bienes exteriores

mi proposición se ve,

pues aquel que los desea,

parecen siempre mayores.

Pasquín.

De esa manera, señor,

porque vienes encubierto

a ver a Elena, es cierto

que lo ajeno causa amor,

mientras casado no hay

que apetecer, te sea.

Pag. 14

Pasquín.

y cuando su esposa sea

buena, a las otras más.

Carlos.

Eres agudo sofista,

pues escucha atentamente:

la hermosura solamente

se percibe con la vista;

la de Elena vi, y formé

de ella en la mente una idea;

basta que conozca y vea

si es perfecta, y verdad fue,

admitiré el deseo,

amando lo que imagino,

con que este amor peregrino

o crecerá si la veo,

o vendrá a menos; y ansí,

sin darme a conocer,

a Elena pretendo ver;

para aquesto me fingí

mi crïado, y a él le imito.

Cartas mi hermano me da.

Pasquín.

Y todo al fin parará,

como farsa, en casamiento,

y más comedia de España

donde estos sucesos pasan.

Carlos.

¿Cómo son?

Pasquín.

Todos se casan,

acabada la maraña.

Uno oí de un prelado anciano,

que oyéndolas se dormía,

y en despertando solía

preguntar al más cercano:

«¿Diga, ora hanse ya casado

esos amantes?» Y ansí

te ha de suceder a ti

cuando estés enamorado.

Carlos.

No puede ser que no sea

hermosa, cual dicen.

Pasquín.

No;

se errará

aquel ingenio necio,

e imposible ser fea.

¿No ves cómo resplandece

entre esos montes el mar,

o el cielo en este lugar?

Carlos.

Pues si tan bien te parece,

entra a Nápoles, llama,

y de aquí licencia toma.

Pasquín.

Estoy muy cerca de Roma,

y como Pasquín me llamo,

perder las narices temo,

y sátiras no me placen.

Carlos.

Pues múdate el nombre.

Pasquín.

Eso hacen

españoles con extremo,

que un padre, un hijo querido

a la patria se le va,

para el camino le da

un don y un buen apellido.

El que Ponce se ha llamado,

viejo, se añade León;

el que es Guevara, Ladrón,

y Mendoza el Hurtado.

Yo conocí un tal por cual,

que de galopín servía,

y Sotillo se decía;

creció un poco su caudal,

salió de mísero y roto,

hizo una ausencia de un mes,

encontróle yo después,

y ya se llamaba Soto.

Vino a fortuna mejor,

eran sus nombres de dones,

llegó a ser rico, y entonces...

Pag. 15

Pasquín.

Se llamó Sotomayor.

Carlos.

Tus cuentos me han divertido;

avisa, pues, al portero

que dar unas cartas quiero

a Su Alteza.

Pasquín.

Conocido

serás luego.

Carlos.

Desconozcan-

me, que el Infante soy,

si a conocer no me doy,

¿qué me importa que me conozcan?

Pasquín.

Aquí ha salido una dama

para saber lo que quieres.

Sale Lucrecia.

Carlos.

¿Quién diré a la infanta seré?

Un marqués que Celio se llama,

a llevar cartas aquí

de Sicilia.

Aparte.

Lucrecia.

¡Ay, patria mía!

Obre aquí la industria mía.

Carlos.

¿Sois vos de Sicilia?

Lucrecia.

Sí,

con natural amor

que a mis príncipes les debo,

de preguntaros me atrevo

si el Infante, mi señor,

que casa con Elena,

es discreto y gentilhombre

que acá es tenido.

Carlos.

Y un hombre

de opinión y fama buena,

no hay partes que no le acompañen,

su cordura y su talento.

Lucrecia.

Oídme a solas. Yo siento

que a mis príncipes engañen;

bien le podéis avisar

que aunque es muy hermosa Elena,

Carlos.

¿Para un discreto no es buena?

¿Qué defectos pueden dar

mancha a la luz de los días?

Lucrecia.

Digo, a mí me parece ingrata,

que es necia, vana y sinsata,

y dice mil boberías.

Mas cosas son que sabe Dios;

dije mal, yo lo confieso.

No nos metamos en eso,

allá se avengan los dos.

Al momento,

aquí, señor, esperad.

Vase.

Carlos.

¿Cómo puede haber

beldad donde falta

entendimiento?

Pasquín.

¿De qué te admiras ahora?

Carlos.

Yo te lo diré después.

Salen Elena y Lucrecia.

Aparte.

Lucrecia.

El Infante Carlos es,

disimula bien, señora.

Carlos.

¡Qué raro talle, belleza

y donaire miro en él!

¿Es posible que el pincel

la diosa Naturaleza,

cuando esta imagen formaba,

permitiendo que un borrón

cayese en la discreción...?

Pag. 16

Carlos.

que su hermosura animaba

dando quiebros por tanticos,

a una alma pobre, y que sea

Elena.

tan hermosa, el paje asea

cuanto me debes en capote.

Sois el marqués Héctor?

Carlos.

Mi

gran señora.

Elena.

Quién me ha escrito?

Carlos.

Celia.

Elena.

Qué es esto? No permito...

Aquí.

Carlos.

Viene por ti.

[Adelante.]

Elena.

Y esto mando yo.

Carlos.

Que de rostro tan soberano.

Elena.

Sois vos Héctor el troyano?

[Aparte.]

Carlos.

No, señora, ese murió

allá en las guerras de Grecia,

la dama le ha enamorado,

vive Dios que se ha juntado

el ser hermosa y ser necia,

Elena.

como esta mi prima.

[Dale una carta.]

Carlos.

Buena

está para vos. Tomad.

Elena.

Es tan linda como yo?

Lucrecia.

Mira qué dice Elena.

Carlos.

No, señora, que el día

con sus rayos de luz pura,

sombra de vuestra hermosura...

Elena.

Eso ya me lo sabía.

[Aparte.]

Elena.

De Carlos enamorada,

por Dios, estoy muy alterada.

Carlos.

Que a esto me incline mi estrella,

podré asegurar ya ora,

sus imaginaciones adora

por do ves vivir en ella.

Oyes, Pasquín?

Pasquín.

Sí, señor.

Carlos.

Vivo admirado y confuso,

que criara tan buen pulso

joya de poco valor

naturaleza.

Elena.

Qué error,

los que no saben de amor,

dijeran, ¡oh, Lucrecia!

Lucrecia.

Amas?

Elena.

Sí.

Lucrecia.

Pues de ese modo

prosigues.

Elena.

La de un entendido

e ignorante?

Carlos.

He pretendido

saber...

Elena.

No lo saben todos?

Carlos.

Dicen que es grande poeta.

Elena.

Parecemos en eso,

que yo también lo profeso,

porque estoy muy discreta.

Carlos.

Holgaráme de llevar

sonetos de vuestra alteza,

Pag. 17

Elena.

Uno tengo de cabeza,

oíd, que os ha de agradar.

Por eso al dios de amor le pintan ciego,

sin embargo de que, tira y acierta,

pues por una mujer o bizca o tuerta

suele vivir un hombre sin sosiego;

Ardiente en almas pone helado fuego,

y no vi por amor mujer discreta

ser necia, y al revés, que un hombre necio

con el amor le he visto ser poeta.

Lucrecia.

Hablar no puedo de risa.

Elena.

¿No es valiente?

Pasquín.

Ved si afloja,

de ocho en ocho la jabona,

cásate, señor, apriesa

pues Elena es tan discreta,

no pierdas lances tan buenos.

Elena.

No alabéis versos ajenos,

sin duda que sois poeta.

Carlos.

Soy muy menos, vuestra alteza

vea la carta y me dé

su respuesta.

Elena.

Sí daré;

porque excusa mi jaqueca

en el escribir, mi prima.

(Aparte)

Carlos.

Que el cuerpo de esta mujer

perfecto no pueda ser

para el alma que le anima

organizado instrumento.

Dichosos mis años fueran

si entre sí correspondieran

su rostro y entendimiento.

Elena.

Prima, se...

(Lee mal.)

Pasquín.

Vive Dios, que leer no sabe.

(Aparte)

Carlos.

Bella imagen, deidad grave,

más te valiera ser fea.

Lucrecia.

Prima y señora...

Elena.

Después

la veremos más despacio,

pues bajabais al palacio;

volved por acá, marqués.

(Aparte)

Pasquín.

Más que ha quedado corrido

de vuestra alteza como un perro.

Elena.

El ofendido amor, pero,

uno por otro he fingido.

Carlos.

Entre sombras se entremete,

claras memorias da.

Elena.

Cuando enteras pagará

las finezas que me debe.

(Vanse las dos.)

Carlos.

¡Qué ignorancia, es locura!

Bien dice un sabio que son

la soberbia y presunción

desdichas de la hermosura.

Con su belleza absoluta,

el alma más advertida,

mirándola, da la vida,

pero oyéndola me mata.

Contrarios los dos sentidos,

gloria dan, y dan enojos:

y el bien que quisieran los ojos,

me le roban los oídos.

No me acabo de admirar;

con ella me sucedió,

lo que al otro que se vio

en la ribera del mar:

sobre la arena formaba

letras, que amor le decía,

y apenas las escribía,

cuando el mar se las borraba.

Su belleza y su locura,

lo mismo con mí han hecho:

amor pintaba en mi pecho

el cielo de su hermosura.

Pag. 18

Carlos.

y cuando con alevosía

este amor reprehendía

coronaba por ciencia

de ignorancia

de una prolija molestia

el cuello libre restauro

ella es infanta centauro

medio humana y media bestia

Carlos.

adiós Nápoles famosa

que no quiero verme yo

como el otro que adoró

una estatua muy hermosa

Pasquín.

si sola mujer querías

para qué buscas letrada

aquel hombre dio en retratada

mujer con bachillerías

para criar y sufrir

solo la mujer nació

un cortesano que vio

a su mujer escribir

casi en los cascos le abolla

el tintero y dijo airado

qué es tejer un entonado

sabe guisar una olla

sabe echarme unas soletas

y no te metas en más

Carlos.

Pasquín enemigo serás

de las mujeres discretas

de los hombres de reporte

y en la política es

Pasquín.

servía a cierto marqués

un lisonjero en la corte

y de ordinario decía

estando a solas los dos

quite de mis días Dios

y póngalos en Usía

sucedió que caminaban

por una sierra a los vientos

con nieves y aguas violentos

que peñascos arrastraba

y qué mal tiempo hay aquí

dijo el uno, él replicó

destos días deje yo

que me quite Dios a mí

y ponga en Vueseñoría

Carlos.

cómo piensas aplicar

el cuento tan vulgar

Pasquín.

lo mismo decir podía

al revés y digo ansí

mujeres de esta belleza

quítelas Dios a su alteza

para dármelas a mí

Sale Fabio.

Fabio.

mal podré sosegar hoy

hasta saber si has podido

ver a la infanta

Carlos.

vendido

de sus lisonjas estoy

la misma hermosura hallé

en cuanto a su gran beldad

no desdijo la verdad

la fama que en bosquejo fue

de su original pintura

más cuanto a la discreción

falsa ha sido mi opinión

no pintan simple hermosura

Fabio.

eso dices, mira bien

si viste su luz perfecta

pero no solo es discreta

sino muy sabia también

de aquí podrás inferirlo

en las faldas de una dama

a quien hoy festeja y ama

Pag. 19

Fabio.

el príncipe vio un perrillo

y ella se le envió en nombre;

un soneto en papel es,

que en belleza de mujer

cabe un espíritu de hombre.

Carlos.

¿No veremos el soneto?

Sale con papel y lee Carlos.

Fabio.

De memoria no lo sé,

mas la copia te daré.

Carlos.

¡Qué agudo, y qué discreto!

Si guarda fiel jilguero en la clausura

de ese jardín, respirando olores,

y aprecia con sus violas los colores

de la púrpura salva y nieve pura.

Mira que Venus ya inmortal procura

robar, y Amor también, las bellas flores,

el ciego por matar mejor de amores,

la madre por tener mayor hermosura.

Tú, dulce Hebe, con su verdadero

retrato, junto al Sol no des aviso,

que ardan los rayos de quien luz espero.

O ya bruto feliz, Júpiter quiso,

como guarda el infierno el can cerbero,

que guardes tú también el paraíso.

Por lo racional, tan bella,

al sujeto satisfizo.

Fabio.

Elena estos versos hizo,

mira si es necia.

Carlos.

Si es ella

la que hablamos,

Pasquín.

puede ser

que aquellas damas supiesen

quién eres, y te quisiesen

burlar con otra mujer.

Carlos.

Al pedirle la respuesta

de la carta, irás conmigo,

y verás si es ella.

Fabio.

Digo

que es la fama como en ella.

Vanse, y salen Isabela y Daría.

Carlos.

Mis astros serán felices

si junta Amor para mí

a la hermosura que vi,

la discreción que me dices.

Isabela.

Daría, señora, después

que saliste de Milán,

con más desvelos te miran,

muy melancólica estás.

Daría.

Los que llaman a los ojos

vidrieras del cristal

por donde el alma se mira,

dijeron bien, porque están

la tristeza y la alegría,

la pasión y los demás

afectos del alma, escritos

en el semblante que da,

con sagrado lo encendido,

avisos del bien o el mal;

y supuesto que en los míos

como mostrados están,

ya te acuerdas cuando a Flor,

marquesa de Montferrat,

fui huéspeda; pues en ella

turbó el sosiego y la paz

de mis sentidos, no culpo

en esto su voluntad;

de mis ojos fue el delito,

que lloran la pena ya.

Flor, pues rompiendo el silencio

en la muda soledad

de la noche, suspiraba,

y con dos letras de más

mucho sin querer decía,

contaba mucha verdad

que llora lo que suspira.

Pag. 20

Saca un retrato.

Elena.

amante o enfermo está,

y como el fuego oprimido

en el centro de un volcán

vomita llamas rompiendo

montañas de pedernal,

ansí en el humano pecho

aquel ciego, aquel rapaz,

peligro de la hermosura,

llamó la gentilidad,

como el amor junta el fuego

a forma piramidal,

y hechas nada al sonido

por la senda del pesar.

Rogué a Amor que me dijese

aquel dolor inmortal

que en su pecho no cabía,

por grande o por eficaz;

respondióme un tierno lloro

el nombre más singular

de Italia, por su persona;

no puedo decirte más.

Eslabón en mi cuidado,

o con una curiosidad

nacida después de ver

que deseo de llegar

a poder asegurado

con ruegos de voluntad.

Sucedió que una mañana,

entrando a la visitar,

hallé sus ojos dormidos,

que tal vez, apenas tal

da breve alivio, da treguas,

o la fuerza o la piedad

del dulce sueño; y tenía

entre un blanco tafetán

un retrato de su amante.

¡Oh distracción, oh crueldad!

dirás agora, Isabela,

que a intento desleal,

entonces a tus deseos,

después a mi libertad,

yo propia robé mi muerte,

yo propia robé mi mal.

Los ojos, la memoria,

divertía con mirar

el retrato; poco a poco

sentí un veneno mortal,

con un celo, una envidia,

una oculta calidad,

que me obligaba al deseo

de ver el original;

y como del repetir

este ver y contemplar

el retrato en mí advirtió

la imaginativa más,

vuelvo por saber quién es

sin otra dificultad;

el discurso y la memoria

atormentándome están.

Mira, Isabela, si debo

no decir, o templar,

este curioso motivo

que necio amor llamará.

Mira esta muda pintura

que diciéndonos está:

«Lengua me falta y no alma,

que callando, ¡qué galán!,

si, bien formado y bruto,

parece que ha de hablar.»

Pag. 21

Duque.

el alma, y no el cuerpo, quitó

el pincel artificial!

Venciendo a naturaleza

con justa facilidad

me dejó engañar, al vella,

y pienso que quiere hablar.

Mírala bien y parece

que dice: «no me tengáis

por pintada, si estoy viva;

por viva, si muerta halláis».

Tenla contigo, Isabela,

no me la des, que querrá

de celos, de ausencia

ser alivio a tanto mal.

Líneas tachadas: amor feliz me imagino / si no favorecer das / esposo seré de Porcia / en que seré...

Sale Enrico.

Salen Elena y Pasquín al paño.

Enrico.

Bien hace Porcia en estar

entre fuentes y jardines,

porque debía parar

risa, beldad y colores.

Colores, risa y beldad

pueden haber aprendido

de su adorno celestial.

Ya sé que envidia de Italia

es hermosa Elena, y tal,

que es admiración del mundo,

mas...

Elena.

Cuando llego a escuchar

mi alabanza, en más encuentro.

Enrico, ¿por qué calláis?

Así que ese "mas" significa

que en el dejallo más

Enrico.

Suspendíme, imaginando

cómo se puede expresar.

Bellas son todas las flores,

con hermosa variedad.

Bello es el clavel y el lirio,

que pinta el mejor galán,

mas igualar no se deben

a la altiva majestad

de la rosa, que fue sangre

de Venus, hija del mar,

que a las dos viene a agraviar

con su púrpura real.

Aquella flor que alumbrando

la amena capacidad

es copia del sol, que debe

el lirio nevado sudar.

Clavel, jazmín, azucena,

deponiendo su beldad,

como a reina de las flores

este vasallaje dan.

Aquella que de la aurora

es dibujo celestial,

cuando no por causas bellas,

por extrañeza nomás.

Aparte.

Elena.

¡Qué mudanza, qué crueldad!

Mas, ¿para qué te canso

que queja de sí mi mal

y intenta su amor, Enrico?

Las estrellas siempre van

hurtando los rayos al sol,

con que poderse alumbrar,

y cautivo de puro amor,

bebiendo la claridad.

Pag. 22

Enrico.

Estrella menor no juzgo,

quien dio paso sin pesar,

oposición que a la desdicha

pasó la prosperidad.

Sale Lucrecia.

Elena.

El que te trujo las cartas

de Sicilia afuera está

esperando la respuesta,

entre, si me quiere hablar.

Texto tachado en el manuscrito: Enrico vete / Duque a el que entrare / y mi respuesta escuchad.

Enrico.

Y mi respuesta escuchad

atentamente, que quiero

que agora de mí aprendáis

a tener firmeza y fe,

valor, amor y lealtad,

pues cuando vos me ofendéis,

en mi más fineza halláis.

Enrico.

Mira, Elena, que te engañas.

Sale Carlos, Fabio y Pasquín.

Carlos.

Dime agora, Fabio, cuál

es la infanta, para ver

si me engaño.

Fabio.

La de allá.

Carlos.

Vive Dios, que es ella misma,

llega conmigo, quizá

deslumbrado en su hermosura

o me debo de engañar.

Elena.

Marqués, ¿usáis de partida?

Carlos.

Sí, señora, porque el mar

con dulce calma convida.

Elena.

¿Vais en postas o en galeras?

Carlos.

Por mar he dicho que voy.

Elena.

Ansí, divertirse es ya

costumbre de los señores,

no estar atentos jamás,

yo apostaré que a mi prima

encarecéis y alabáis

su discreción y hermosura.

Carlos.

Sí, señora, claro está.

Elena.

Dadle un abrazo en mi nombre

a esta carta y no digáis

al infante que me visteis.

Carlos.

¿Por qué?

Elena.

Porque os molestará

con preguntas y demandas,

que un pretendiente galán

y preciado de entendido

es cansado en preguntar.

Aparte.

Enrico.

O Elena perdió el juicio

o está necia y loca, ven,

olvidándola mis ojos,

lo advierten hoy viendo más.

Carlos.

¿Oyes, Fabio, aquello?

Fabio.

Sí,

y crédito has de dar

a la fama eternamente.

Hablan Carlos y Elena aparte.

Carlos.

¡Qué infeliz y singular

hermosura!

Isabela.

Porcia hermosa,

si te quieres admirar

mira al que habla a la infanta,

que parece original

deste retrato.

Porcia.

Eso mismo

estaba notando ya.

Isabela.

Él es, sin duda, los cielos

se quisieron hoy alegrar.

Porcia.

Confirámosle muy bien.

Isabela.

No hay misterio mayor

dado en ello.

Pag. 23

Pasquín.

Pues pregunta

a este criado que está

junto a ti quién es.

Isabela.

¿A hidalgo?

¿A caballero galán?

Pasquín.

Todos tres nombres son míos.

¿Qué señora me mandáis?

Isabela.

Quién es aquel caballero

que habla a la infanta.

Aparte.

Pasquín.

Verdad.

Para que no le conozcan

de mi boca no salgáis.

Aquel se llama Pasquín

hombre raro y singular,

bufón, discreto, gracioso,

y trescientas cosas más,

hase fingido marqués

para ver y visitar

a la infanta, porque Carlos

toca del mismo metal,

es huéspeda, y yo deslumbro,

calla tú, porque dirás,

cuando nos vamos, el caso.

Vase.

Isabela.

Si por mi mal

con vida estaré, y sabella,

si lo que dice es verdad,

pedazos haré el retrato.

Aparte.

Carlos.

Pues que licencia me das

y a tus pies desengaños,

no hay aquí qué aguardar más.

Válgate Dios la hermosura

si aprendieses a callar.

Vanse los dos.

Lucrecia.

Prima, no sabes quién es.

Elena.

No me ha podido engañar,

aunque marqués engañoso

bien le he conocido yo;

si no lo hubiera oído

me hiciera con él burlar

por ir por los propios pasos.

Aparte.

Rómpele.

Pasquín.

Válgame, dijo verdad,

¡qué rato del que he dudado!

Sin conocerte, me has dado

la vida, y a mí en las manos.

Vaya el billete a la lumbre.

Válgate Dios, el talle

y qué bien calificado.

Enrico.

Suspenso estoy todavía,

mas aquí un hombre asombrado

hallo.

Elena.

Enrico,

que con propias obras

igual ponéis al infante,

y yo por mi parte a dar

para que ambos concluyan,

y vos agora mandadme,

pues de dichoso os preciáis,

si merece atención

la ofensa que amor os causa.

Enrico.

A una fineza tan leal

corresponda el olvido,

del engaño y la crueldad

de la que cruel me huye,

de quien más mudo he adorado,

véngase el labio del enojo

y en su luz el ciego arrojo.

Pag. 24

[En el margen superior izquierdo hay unos versos tachados, borrador de los versos finales de esta intervención: el alma siempre rindiendo / si de un ingrato perdona / Elena pues quiere mas / triunfo que esta por vencer / que aquel que imposible esta / pero cuando al albedrio / no arrastra la novedad. Hay también pruebas de pluma ininteligibles]

Enrico.

pero bien hace en no oírme,

pues grosero y desleal,

de una pasión invencible

me he dejado sujetar,

tanto que ignoro si soy

el mismo que a la deidad

de Elena me atreví ciego;

no soy yo, pues incapaz

de su divina hermosura

y en muchos es natural

es la mudanza, y no quiero

yo por política amar,

cuando es violencia y no gusto;

y porfía es mi empleo ya.

Hasta el pez, el bruto, el ave,

viendo que su libertad

se le reduce a preceptos,

rompiendo, uno, el alacrán

del freno indócil, y el otro

la red o prisión tenaz,

buscan entre elementos

espacio en que respirar.

Pero, ¿de qué sirve agora

discurrir en esto más,

que no seré yo el primero

mudable en su mocedad?

Confieso que, desatento,

faltando a la urbanidad

que debo al fuero de noble,

olvido la singular

belleza a quien debe el ser;

mas mil ejemplares hay

de que a muchos sus pasiones

hacen prevaricar.

Viva mi amor, porfía, viva,

y borre el original

de Elena, que es un bosquejo

de su luz, pues quiero más

un triunfo que está por vencer,

que aquel que posible está,

pero cuando al albedrío

no arrastra la novedad.

[Rúbrica]

Jornada segunda

Pag. 25

Segunda jornada del Ingrato agradecido.

De don Juan de Matos Fragoso.

Salen Elena y Lucrecia.

Lucrecia.

¿De qué te sirve, señora,

ser discreta y saber tanto,

si a las tristezas y al llanto

jamás usurpas un hora?

Con amor se pasa amor,

pasa olvido con olvido.

Elena.

En mí olvidar lo querido

es defecto y no valor.

Lucrecia.

Si es mudable el que has de amar,

olvidarle, ¿no es venganza?

Elena.

Yo sentiré su mudanza,

pero no le he de imitar;

Lucrecia.

Con porfía a su amor empeña

y del tuyo hace desprecio,

mudable, atrevido y necio,

pero Porcia le desdeña.

Elena.

Es mi prima y sabe bien

lo que ha de hacer en efeto.

Lucrecia.

Juzgo que por tu respeto

le trata con más desdén;

salga de tu corazón

su memoria con porfía.

Elena.

No es fácil, Lucrecia mía,

olvidarse una pasión.

Lucrecia.

Esta noche sin que él vea

quién eres, le puedes dar

la admiración con hablar,

y a fe, señora, que sea

lindo rato dar espanto

al que te tiene por necia.

Elena.

Ordenado está, Lucrecia,

solo por templar mi llanto;

un papel sin firma fue

el que me ha traído aquí;

esta tarde le escribí

y a las doce le mandé

que en el parque estuviese,

para que

Pag. 26

Lucrecia.

Pues diviértete, señora.

Elena.

Si a ver, Lucrecia, si agora

templar mi pena pudiese,

tan bien le di a entender

que una música sería

la seña con que podía

la rexa reconocer.

Lucrecia.

Pues vámonos a la rexa,

que a las doce darán,

en los versos cantarán,

en falso infante aconsejas,

donde pruebas con efeto,

a pesar de lo amoroso,

como se debe lo hermoso

despreciar por lo discreto.

Elena.

¡Quién vio tan rara quimera!

Pues vengo a ver un amante

con quien me fingí ignorante

solo por que no me siga.

Vanse y sale Carlos y Pasquín

Carlos.

Que no te he de responder.

Pasquín.

Los señores queréis ser

siempre en todo invencibles,

cuando con tanto desprecio

de Elena te vi embarcar,

zabullir o ahondar,

o arrojado, y a lo necio,

y lo remoto te agradó,

o tienes facilidad.

Carlos.

Si va a decir la verdad,

lo mismo he dudado yo;

hoy un papel recibí

que a esta parte me obliga

a venir.

Pasquín.

¿Quién le escribió?

Carlos.

Él sin firma, dice así.

Pasquín.

Que lo refieras te pido.

Carlos.

«Señor marqués, si esta dama,

por la voz de la fama,

os tiene ya conocido,

esta noche os desafía

en las ventanas del mar

a discurrir, y a parlar

de amor, y filosofía;

y porque sepáis mejor

la rexa en que he de asistir,

será la seña el oír

cantar».

Pasquín.

Ella gasta humor.

¡Cuerpo de Dios, y qué sea!

La bellaca debe ser;

mujer sabia, no es mujer,

puerca espín, demonio sea,

duende, y nocturno encanto.

¿Quién te mete a bachillera?

Salen a una rexa Lucrecia y Elena

Lucrecia.

Tiempo era ya, quimera.

Elena.

Esta novedad me espanta

a mí misma, quien solía

ver a Enrico por aquí,

que esto intente.

Lucrecia.

Ver en ti

tu mucha melancolía...

Elena.

Admira mi discreción.

Lucrecia.

Admiro tu ignorancia.

Elena.

Con que es quitar repugnancia,

vas a tal conversación.

Canten adentro

Músico.

¡Oh, disfrazado joven!

Que de montaña en montaña,

noble, generoso, vuelas.

Pag. 27

Músico.

alas de la altanería

para que abata el vuelo y no suba

al sol a solicitar la

luz que a precipicios ciega

quien de sus términos se pasa

más vale fealdad discreta

que beldad en ignorancia

que esta es prisión de los ojos

y aquella es manjar del alma

Pasquín.

vive Dios que habla contigo

la letra

Carlos.

calla, repara

mi atención y mis delirios

aplaude con lo que canta

Músico.

si limitada es la hermosura

el tiempo suele ultrajarla

y la discreción no tiene

jurisdicción la edad larga

jeroglífico es discreto

de que el sol anuncia para

que si hoy se entra en la noche

vuelve a renacer mañana

lo feo no enamora

al entendimiento anima

y lo airoso desmerece

el trato apacible alcanza

ama lo discreto y deja

perfecciones celebradas

que lo más hermoso es feo

si la discreción le falta

que en la beldad más rara

es defecto mayor en la ignorancia

Carlos.

la música me aconseja

lo mismo que imaginaba

Carlos.

aquí sin duda hay misterio

llegar quiero a la ventana

Lucrecia.

eres el del marqués

Carlos.

el mismo que habéis llamado

y el que de amor abrasado

se alienta a serviros ya

Elena.

quién dudara señor mío

que habláis con vanagloria

seguro de la victoria

de aqueste mi desafío

pues como dijo Platón

aunque ha sido sin leer

el ofender la mujer

nunca iguala al varón

y más siendo singular

como el ver aunque podré

decir que os desafié

a aprender y no a enseñar

y siendo ansí no podréis

teneros por vencedor

que yo aprenderé mejor

porque vos me enseñaréis

Pasquín.

por Dios que alega a Platón

o Galeno en sangrías

en cuatro bachillerías

le ha pegado de anfibión

el infante está aturdido

Carlos.

porque ni mis más razones

esfuerzos que temores

con despojos del sentido

y un infierno es celestial

porque las cosas que son

singulares y ecepción

forman regla general

hallan en mí más corriente

Pag. 28

Carlos.

y por esta causa fueron

las mujeres que tuvieron

admiración de las gentes,

obrando naturaleza

un milagro, dio a entender

la fuerza de su poder.

Elena.

Y ¿quién dijo a Vuestra Alteza,

oiga Vuestra Señoría,

que yo ese milagro fui?

Carlos.

En hablando conocí

la fuerza y la valentía

del ingenio.

Elena.

A lisonjero

os voy, señor, condenando,

porque quien entra alabando

sin reconocer primero

en qué méritos estriba

su alabanza, o lisonjea

o el crédito no desea

de su buena estimativa.

Carlos.

Decís bien, pero si vemos

que amar aquello que aplace

del conocimiento nace,

y gustando amor de extremos,

o nos mata o nos inclina

de repente, hecho instrumento,

como el rayo más violento,

la hermosura peregrina.

Claro está que si procede

de conocer el valor

del amado vuestro amor,

que en un instante se puede

reconocer los extremos

de algún sujeto excelente,

pues si amamos fácilmente

Elena.

fácilmente aborrecemos.

Como filósofo habláis,

porque inferís discreto

la causa por el efeto;

pero en una cosa erráis,

que es ejemplo del amor,

que se engendra con presteza

y el sol de la belleza

que llamamos exterior

en los ojos, la perder

fácilmente, por ser mal

la belleza material,

y al momento la deshacen

los sentidos, pero aquella

hermosura consistente

en el ánimo eminente

más fondo la raíz bella

júzgala el entendimiento

con discurrir y saber,

y así no se puede ver

fácil su conocimiento;

y a diferencia del alma

da la misma razón esto,

que entre los ojos y el ver

va entre el ánimo y el alma.

Carlos.

¡Oh entendimiento veloz!

¡Oh dulcísima sirena!

¡Qué digo, si como Elena

se parece a vos en la voz,

se imitara en el saber!

Pasquín.

Tu porfía con una

mujer de tan lindo pico,

un monstruo debe de ser,

o esta fue monja o ha sido

dama de algún estudiante.

Pag. 29

Carlos.

Hablad ora el disparate,

si el abono ha procedido

de una fuente, no ha de ser

de calidad diferente

de aquella, con la fluente

de quien suele proceder,

la hermosura corporal.

Con cierta correspondencia,

¿por qué halláis tal diferencia

entre el alma racional

y el cuerpo que anima ella?

Elena.

Con un ejemplar se puede

significar; no procede

del sol la luz de una estrella.

Sí, y con más facilidad,

aunque su brillar resista,

la percibe con la vista

la humana capacidad.

Luego diferencias hallo,

pues con distinto arrebol,

con su misma luz, el sol

hace a un lucero vasallo.

Carlos.

Es verdad; sepamos pues

quién es la que me venció,

quién es la que me admira.

Elena.

Una pobre mujer es

que por aya la han traído

de Elena, y como Isabela

tiene tan grande prudencia

y utilísima ha sido,

vana será su porfía.

Carlos.

Dícenme que es tan discreta

como hermosa, y aun poeta.

Elena.

Diránlo por ironía;

no creáis, señor, al aire

de la lisonja; a errores

de príncipes y señores

los llama el mundo donaire;

de un átomo forma un monte

la adulación, e infelice,

divinamente lo dice

en su piedra Jenofonte.

Pasquín.

¡Jeno-qué! Y ofendo a Dios,

que me pudro si no hablo.

Jenofonta, o Jenodiablo,

argumentemos los dos.

Si eres mondonga, bobilla,

aprende a dar perfección

a la goma o almidón

de la toca o lechuguilla,

sabe prender la balona

con treinta mil alfileres,

mezcla viento a mil mujeres

quien asiste a la persona.

Si te sirven a porfías

papavientos, lanzarotes,

vete, necia, a pensar motes

llenos de mil boberías;

siestas de vieja, pocas;

vete a coser y a labrar,

a pedir y a suspirar,

y a murmurar de las moscas;

y si eres dama, el farol

de esta visible esfera,

declárate por aurora

y te adoraremos sol,

porque...

Carlos.

Calla ya,

señora,

para saber y vivir.

Pag. 30

Carlos.

¿Podrá volveros a ver,

el grito y ofensa adora?

Siguiendo a un Dios inmortal

huyendo os gloria se alcanza,

tenga este bien semejante

con la gloria celestial

este trato sin segundo,

vida dormida desea,

tan alta gloria no es

como las breves del mundo

que cual relámpagos vienen.

Elena.

¿Monstruo afligida?

Carlos.

Arenas

donde me cantan sirenas

ni rémora me detienen.

¿Cómo se podrán dejar?

[Vase]

Elena.

Adiós a Carlos, pues

que no se case quien es

príncipe tan singular

con quien es tan ignorante,

porque una mujer hermosa,

soberbia y presuntuosa,

no es para un varón constante,

cuerdo y sabio. Adiós, mi amor,

nada, amor, que vanidad es,

y con esto a Dios, marqués,

que esta noche nos veremos.

Carlos.

Verdad poderosa, amor,

que fieras y sombras humillas,

y obrando maravillas,

esta ha sido la mayor,

pues siendo en ser y vida

unión de dos voluntades,

a tener me persuades

mi voluntad dividida

a la beldad peregrina

de Elena inclinarme siento

y este vano entendimiento

mas me fuerza que me inclina

la hermosura y discreción

entre uno y otro desvelo

me combaten, y ¡oh fiel cielo!

a huirse de ellas no es razón;

mas ya que no puede ser

un punto naturaleza

tal ingenio y tal belleza

en una misma mujer,

este norte elegiré,

a la discreción me atengo,

pues en esto al alma tengo

libertad para elegir.

Pasquín.

Óyeme, Amadís, aguarda.

Un consejo quiero darte,

con ambas puedes casarte;

y poniendo en una jaula

de papagayo a que sea

bachillera, cogerás

la voz a Elena y tendrás

junto ansí cuanto de ella

un buen gusto.

Carlos.

Adúltera

de las voces sonorosas

es una de cuatro cosas

que del entonar motiva,

con voz y vocablo humano,

dice Ovidio que bastar,

y en ellos suele causar

efectos más soberanos,

siendo ansí la suavidad

de la habla de esta mujer.

Pag. 31

Carlos.

me dice que ha de tener

grande parte en la beldad.

Pasquín.

Esa dulce voz que dices,

tendrá efectos milagrosos,

con dos solos faroles

y unas manos de narices.

Vive el cielo, que si mi ama

mujer tan discreta fuera,

que con ella no durmiera

por el pensar de su fama.

Carlos.

Muero

desde hoy, Pasquín, por saber

el nombre de esta mujer.

Pasquín.

Si fue ramera...

Carlos.

Amor, en tiempo sucinto,

oigo, y amo, adoro, y veo,

y no sé lo que deseo;

mi amor es un laberinto.

Vanse, y sale Enrico y Fernando.

Enrico.

Darme consejo, Fernando,

aprender, bien hay a amar,

que puede considerar

hombre que padece amando.

Mas porque el duque me casa

con Isabela,

con fuego Elena me hiela,

porfía, con yelo me abrasa.

Ya de Elena la pasión

no me inquieta, que te asombre,

porque un amante es hombre

sin la misma condición.

Pues Elena te ha obligado,

no le pagues con olvido

a lo que es agradecido.

Fabio.

Sino por enamorado,

si con su industria y favor

eres en dos meses breve

conde, y de Urbino señor,

el ser, primero, señor,

si la ambición te contrasta

con la que amor te convida.

La que de deidades altivas,

de palacio es menester

gravedades que suelen ser,

calladas y vengativas.

A Elena, de amante, dijiste;

y pues el amor obliga,

y prospera grandeza,

la más áspera al decreto.

A tu padre, sin alterar el respeto,

Enrico.

Si a Isabela mirarla te atreviste,

que el cuidado en ti, y en mí,

pedirte que fácilmente

ofendiendo a la blancura

de perlas, que su pureza

perdiendo la esperanza.

Fabio.

Que de más se ha de alcanzar

del ingenio; y cuando amor

que Elena consiente todo

despechada, ha de darnos

que el mismo rey no la ofende

con pistola ha de ser.

Pag. 32

Carlos.

Disparada al aire, engaño,

en consiste el remedio

de lo que pretendo hacer.

Criado.

Aun menos la cautela

con que intentas desmentir

a Elena, y te ha de servir

sola porque me desvela

al que te lo ordene.

Vase.

Carlos.

Con industria y maña buena

por si así, a pesar de Elena,

Daría, recelosa

de Elena,

que aun de mí su hermosura

recatada, pena le causa;

que sería acuerdo más sabio

el no mostrar, señor, la

fuerza de mi pensamiento,

porque a sus ojos me

mire, y se engañe

al fin de lograr

mi fe.

Enrico.

¡Ay desdicha! ¡Ay rigor!

Que en su hermosura

Elena me ofende amando

y por Daría está tratando

torpe y ingrato a mi amor.

Sale Elena.

Elena.

Enrico.

Enrico.

Señora mía.

Elena.

¿Todo ese manso semblante?

Enrico.

Y preguntaba, Elena mía,

si a mi amor un pecho me debe,

que respondió el viento leve

entre flores, rama suave,

que tristes, sin colores,

ni piedad a la blanca nieve;

y a mí mis penas me obligan,

quien y en Dios que digan

las cosas inanimadas

mientras que en el alma

finezas imaginadas

no te las sabrá decir.

Y a las aves con

de flores y fuentes bellas,

en ellas prendiendo de ellas

el murmurar veloz.

Enrico.

¿El Rey mi señor?

Que por su causa me lastima,

intenta darme a su prima,

a Daría.

Elena.

¿Y vos?

Enrico.

¿Qué es lo que he de hacer?

Debo estar agradecido;

si lo acepto, mi sentido

al fin de amarte ofendido

pueda haber de mí...

Elena.

Al cielo se han atrevido.

Falsa fe, y rostro enmascarado,

dispara una pistola, que

al descender de su arzón

pague un alevoso así

con la vida el error; pero

de su delito

yo muero,

que es lo que me voy de mí

como ansí ofendida

el dar el amor la vida,

infame ley prevenida,

a través del

y agradecido

en ley

Pag. 33

Elena.

perdiendo juntas dos vidas.

Quien divide las envidias,

voces al cielo daré,

padre, Duque, justicia, gente.

Escuchad mi voz doliente,

huye, ignorando mudanzas

o venganzas e injurias,

esas flores de esa fuente.

Váyase, y sale por una puerta.

Elena.

Si la industria al amor vale,

cual a Paris la hermosa,

entre las deas, es diosa,

como el alba cuando sale

coronada de oro

Vanse. Sale el Duque, Daría e Isabela.

Carlos.

y de plata,

el ardiente afán que ofrece

el amor en mi pecho crece,

y podrá ser que trueque agora

a una mujer que me adora

a un ángel que me aborrece.

Duque.

No me dejen, por vida mía,

sola a Elena, ni a dos solas,

que aumenta la soledad

melancólicas pasiones.

Daría.

Siempre, señor, la acompaño,

y ahora sentí sus pasos

entre estos cuadros que forman

los árboles y las sombras,

que en sus hojas ahora tiemblan

al céfiro manso y leve.

y las aguas, cuando corren,

como las músicas, suelen,

en los afectos mayores,

dar al alegre, alegría,

tristeza al triste conforma;

hallan el alma, la divierten

de otras nuevas impresiones,

antes que pase otras fuentes.

Vase Elena. Sale Isabela.

Isabela.

Ya asistí en aquel jardín,

en que un genio discurrió

con otra las razones,

y apercibido, advierte,

espera, y oye, y conoce

que un despropósito dice;

unas veces blasones,

me dan aliento a mi ofensa,

y por esto el viento rompe,

con sus lástimas y quejas.

Con piadosa propone,

que del dicho a los efectos,

y cuando me reconozca,

se suspende, y a su mitad,

la piedad vuelve en rigores,

pidiendo de mi afrenta,

venganza, y satisfacciones.

Fingiendo sus agravios,

diciendo sus falsedades,

que con atrevimiento

la causa de que se enoje

con mis locos pensamientos,

gobernando su norte

a mal toca, y replique,

alientas intercesiones

tanto al fin apadrina,

que a su beldad corresponde

un corazón de mármol.

Pag. 34

Enrico.

de las prisiones y enojos, con que

trata, señor, de casar,

estado felice tome

de un Infante de Sicilia,

que es nota más que se asombre

la novedad, la altivez,

de las bodas con un Fabio,

tan faltas de concertarse

en mejores atenciones,

y con las muchas bondades

hallará el gusto conforme

el deseo que merecen

tus excesivas perfecciones.

Duque.

Aun de los días que fuimos felices,

pasamos esta pensión:

la desdicha mal que trata,

puede en los altos blasones

parar el destino en hitos.

Razón será que te informes

si es verdad que está el infante

disfrazado en esta corte.

Enrico.

Aquí estaba, y yo le vi.

Duque.

Inmediato prevéngase

a marañas y arbitrios

a las capitulaciones

deste casamiento.

Enrico.

Voy

a sabello, y pues conoces

mis lealtades que ofrezco,

a tu hechura no perdonen

la ocasión que, consintiendo

cuerda que a mis pasiones

admita a mi esperanza,

pues esto le propones,

un esclavo que la sirva

y un esposo que la adore.

Duque.

Mientras a buscarlo torno,

te aumento...

(Vase.)

Enrico.

nuevas prisiones

das al alma, que a sus cielos

de su eclipse corre.

Duque.

Inquieto, por ver la causa

de las tristezas y pasiones

y melancolías de Elena,

que sabe a mal, y dispone

el ser de Enrico...

usemos de mejores

medios para su pasión,

y hablaremos de esto entonces.

Sale Elena.

Elena.

Padre y señor, hoy la fama

el tiempo venera en bronce,

pues son tus altas virtudes

nueva admiración del orbe,

honra y gloria de justicia;

pues mezclando con rigores

la piedad, ganas el valor

heroico de eterno nombre.

Piedad y rigor te pido,

porque labra de rigores,

da la piedad a las fieras

y a las montañas, veis,

en estos amenos cuadros, veis,

donde los cristales corren

pidiendo venganzas, pagando su caudal

al mar.

De dos infames traidores,

Enrico pide venganza,

pues de una pistola el golpe

fatal, entre paroxismos,

da su vida a eterna noche,

da su espíritu a los cielos.

Pag. 35

Elena.

A cada instante a las flores

dio asombros a quien la infamia,

abre el horror, el pecho rompe

más leal, más generoso,

muy magnánimo, y más noble;

que vio Italia, pues sus hechos

aplauden en aclamaciones.

A los cincuenta hijos

del triste Duque, los coros

de piadoso y justiciero

merecen alto renombre.

¿Cómo, viendo los despojos,

tienes el pecho de bronce?

¿Que ni un suspiro te indigna,

ni lastima un ay mi boca,

cómo, con esta noticia,

estás como estatua inmoble,

cuando del eco ofendidos

han sabido sentir los montes?

De este error perdona,

si a dar mis prevenciones

de este fatal suceso

fue tu indignación el móvil

de desdicha y de dolor;

que si tienes de roble,

aunque lloren las entrañas,

y los ojos se los vuelven

de lástima.

Duque.

Hija mía,

moderen tus pasiones

la discreción y cordura,

que adviertan y borren

esas especies de ira

por dos constelaciones.

De melancólica sangre

las memorias no te enojen

de Enrico, pues fue prudente

cuando, opuesto a tus favores,

Elena.

¿Qué se debe a su justicia?

Aquel amor corresponda

a tus palabras, allí

verás el cúmulo pobre

de un valido, mas eres

hombre al fin, y desconoces

lo mismo que bien quisiste.

Isabela.

Qué penas, qué confusiones

suspiras, serán mías,

si a desengaños mayores

no me trajera el amor.

Lucrecia.

Prima mía, no te enojes;

llóralos con memorias

y con imaginaciones

de una errada fantasía,

que tal aliento alivia el dolor.

Sale Carlos.

Elena.

¡Válgame Dios, estáis locas!

¡Pues hoy no os disponéis

de ser de ellas solas dueños!

¡Fieras plantas, afables flores,

tened piedad, pues que falta

en humanos corazones!

Ya el señor Duque Carlos

se disimula y esconde

para ver mejor a Elena.

Pag. 36

Elena.

los hermosísimos soles

si te parece que sepa

y has de hospedarle en palacio

visitaréle en tu nombre

Que viene adonde Carlos se esconde.

Elena.

celos, desdicha mía,

juntas, oh, para mi daño

la ingratitud, el engaño,

el desdén, la alevosía,

la que de su amor se fía

el bien de esta ofensa aguarde

llegó el desengaño tarde

para causar mayor furia

venganza pide esta injuria

en el pecho más cobarde

cuando mis ojos le pisen

entre sangre y confusión

bueno está, milagros son

que mis desdichas avisen

infames delirios fueron

todo, oh, desdichado amor,

que me estuviera mejor

la muerte, pues le he mirado

cuando muero, enamorado

y cuando vivo, traidor

entre tantas falsedades

y despechos me detienen

todos por loca me tienen

invento dificultades

digo quejas y verdades

pues no hay desdicha que tema

traidor

Enrico.

ya vuelve a su tema

Elena.

siempre estéis como yo triste

vengaré lo que fingiste

sin duda, sin desconfianza,

tan hidalga confianza

con traición te corresponde

Duque.

si pide el humor, responde,

dándole satisfacción

Enrico.

dame, señora, perdón

pues yo sé jamás erré

pues mi culpa solo fue

examinar la fineza

con que pasaba tu alteza

los rigores de mi fe

quien examina el amor

de su dueño y más pretende

su duda, amando, no ofende

fingir por ver, no es error

Duque.

parece que está mejor

alégrate, Elena mía,

porque haya de hoy a el día

de tu boda en esta casa

y también porque se casa

con Enrico, da alegría

a tu triste corazón

Elena.

porque veas que, como dices,

que se casan

Duque.

sí, y felices

vivirán en tal unión

Elena.

porque la misma traición

de Enrico y su esperanza

no imita a su confianza

ni él consiente que ser suyo

del menor defecto huyo

es ser la propia mudanza

por lástima o locura

Pag. 37

Daría.

El corazón me enternece.

Porcia.

Señor, su delirio crece.

Duque.

Llega y templarla procura.

Sale Enrico con bastón.

Enrico.

Señora, su majestad,

tanto ha querido valerme,

que de Porcia quiere asirme.

Permita su voluntad

mi bien y generosidad,

será dar para este efeto

la licencia que deseo.

Elena.

¿A mí me pides licencia

para que tenga paciencia

cuando estos agravios veo,

engaños y alevosías?

Ha de vengar mi furor,

si el que me engaña es traidor,

morir a las manos mías.

Vase.

Porcia.

Sin duda este es frenesí,

que cada día de repente

vamos tras ella.

Duque.

Detente,

que por hoy quédate aquí,

se ha de aplacar de otra suerte.

Ve al rústico,

infeliz, advierte

que es desdichada y hermosa.

Vase el Duque y Enrico.

Daría.

Adiós, que Enrico es tan alevoso.

Daría.

¿Qué sientes deste suceso?

Porcia.

Que Elena ha perdido el seso,

o es en tristes engaños.

Salen Pasquín y Carlos.

Carlos.

Ya entramos.

Pasquín.

¿No os hace poco espanto?

Carlos.

¿De esta ciega demencia?

Pasquín.

Su gran locura me encanta.

Carlos.

No me admiro que esté loca,

no me prometí yo menos,

las promesas y las muecas,

cerca están de la locura.

Pasquín.

Restan tus ojos serenos,

del mal favor de Elena mira,

Porcia.

El retrato que rompiste

al decir el que figuraste,

dijeras mejor, admira

su buen talle y gentileza.

Isabela.

Los hombres, vil, si es verdad,

Porcia.

que guardo a la calidad

respetos naturaleza

severa.

Fabio.

Pues la quería

flor, con tan notable afán,

sin duda por extremo amarte,

quizá no le conocía.

Porcia.

Porque en esto he examinado...

Pasquín.

Ya al verte se demuda.

Carlos.

Si es la de anoche.

Pasquín.

Sin duda.

Bien lo dice su beldad.

Isabela.

¿Y perdonas en hablalle?

Porcia.

Aunque ha visto a un hombre vulgar,

la suerte tan singular

que le diese tan buen talle.

Pag. 38

Pasquín.

¡Ah, señor! más que si hubiera

de Ariste, y a Platón

te dará en conversación,

ya frisado y realzado.

Porcia.

Como el infante lo pasa

en Nápoles disfrazado;

¿está muy enamorado

de Elena? Cuando se casa

ronda acaso las ventanas,

y mira al mediodía

de ese parque, cuando el día

se esconde entre sombras vanas;

a Virgilio y Cicerón

le habla Elena al par

de sabia.

[Aparte.]

Carlos.

No hay que dudar,

ellas las de anoche son.

Porcia.

¿Quién duda que si el infante

cuando esos millones mire

y hermosura que le admire,

y discreción que le espante,

Carlos.

Dos partes son soberanas

que ambas le dan alegría,

en los jardines de día

y de noche en las ventanas.

Hermosura y ingenio unidos

le dan gloriosos despojos,

las mañanas por los ojos,

las noches por los oídos;

porque están en competencia

almas, astros soberanos,

sin hallar, Paris troyano,

que deja dar la sentencia.

[Aparte.]

Porcia.

¡Qué bien habla!

Isabela.

Yo imaginéle

buen amante, y bien ahora

prometen nobleza,

amor.

Porcia.

Saber mil engaños suele;

no extrañes pues su oficio.

Habla, y bien.

Isabela.

Sabrélo ansí.

¿Cómo está Pasquín

aquí?

Carlos.

Señora, a vos se debe servicio;

de todo está ya informada

Pasquín.

mi lealtad, Isabela.

Porcia.

Como no estoy afanada,

condición es de mujer,

adorar una imagen muda

sin saber quién es.

Carlos.

¿Quién duda

que el infante os querrá ver,

cuando la noche a los cielos

le viste estrellas de rubí?

Porcia.

¿A qué propósito a mí,

busque a Elena?

[Aparte.]

Carlos.

Estos son celos.

Ya que a los oídos hoy

de vuestra alteza, señora,

el que os inferior adora

ama un ciego efeto;

anoche os di tal razón,

toda el alma me llevaron,

que en mí dejaron

peregrinas impresiones,

porque llena mi memoria

de vuestra sabiduría.

Pag. 39

Carlos.

Estando en la alta Alemania,

a impulsos de mi bizarría,

recibí vuestro papel,

a cuya letra divina,

el alma mía adivina,

conoció vuestra alma en él;

y oyéndoos después mejor,

reconocí en gloria tanta,

siendo necia la infanta,

aquel gallardo primor,

aquel estilo ingenioso

y aquel discurso discreto;

era vuestro, y en efeto,

fui vencido y fui dichoso,

porque a mi amor ofrecía,

y el alma por ella os rendí;

después, señora, que vi

de Elena, mujer necia,

cuando marqués me he fingido

por ver a Isabela, y al fin

ha descubierto Pasquín

ser un loco y atrevido;

haberle visto hablar sin seso

la causa y la culpa fui,

llamándole, pues le di

atrevimiento con eso,

loco insolente de quien

conozco habéis aprendido,

si vos me habéis conocido,

y yo os conozco tan bien;

con atrevimiento podéis,

si de errores semejantes

suelen juzgar los infantes

de Italia, porque veis

que hace de un solo instante

al fin defienda el insulto.

Elena.

¿Quién os dijo a vos

que yo soy Elena,

que a toda Italia

admira?

Salid, bárbaro, de aquí;

si nobleza hubierais,

conocierais qué mujer era

ésta...

Carlos.

Ya, baste, ya, el donaire;

Pasquín.

¿Qué donaire? Que bien mereces de una

que os den por la cabeza,

que no es necia, sino alharaca de

buen aire.

El resto de la página derecha presenta un borrador extensamente tachado con trazos en zigzag, del cual solo se transcriben las dos últimas líneas válidas.

Carlos.

En esta casa están locos,

Pasquín, ¿qué he de creer?

Pag. 40

Pasquín.

Que ella se finja sin traste,

hecho un retablo de duelos.

Si padecía mi necedad

Carlos.

Unos fieros desprecios,

agora con otro celo.

ruin estilo que Dios le dé

Pasquín.

Haga de Pasquín el truhán,

porque no puede ser menos.

Maldita sea mi lengua,

aquí me imponga el silencio,

si el instante que lo supieron,

qué fuera de mí.

Carlos.

Apuremos,

Pasquín, el confuso caos

de laberinto tan ciego.

Parecía anoche por la reja

con un estilo discreto,

estuvo conmigo afable,

cortés en el tratamiento,

igual en las atenciones

y atenta en los argumentos.

Pues, ¿cómo agora tan otra,

descompuesta en el despego,

y de mi obsequio ofendida,

sin atención ni respeto,

muestra con furia enojada

la severidad y el ceño?

Pues decir que esto no tiene

algún oculto misterio,

es imposible, no hay duda.

Pasquín.

Pero ve con presupuesto

que las que son discretas,

de pronto y sutil ingenio,

tienen el discurso al hilo.

A estas señoras de secreto

que se precian de hacer versos,

tienen el discurso al hilo

y la condición al ciego.

de templada en el despego / y de mi obsequio ofendida / y la condición al ciego

Carlos.

No lo alcanzo.

Pasquín.

Yo tampoco.

Carlos.

Pues vete, Pasquín, que yo luego,

en medio de dos amantes,

todo el discurso suspendo;

pues con saber no le acierto,

y porfía con el ingenio,

me confunden sus engaños,

noto que aun soy bien ciego.

En aquel de donde por cierto

que aparecía incierto,

que quizá fue disimulo

demostrado de secreto,

tratar con un desengaño

para examinar mi pecho,

fingir que Elena quiso

tomarlo por costumbre

para que me desdeñase,

y con aqueste pretexto

reducirme a su cariño

para el tratado concierto.

harto me asusta / pues dime / un ... / que te he de ... / como vengo / de a que... / que no ha de ser / lo mas / pena me das / y aunque / sabe que no

Jornada tercera

Pag. 41

Salen Elena y Lucrecia.

Lucrecia.

Si tu pecho desespera

divertirse en tanto mal,

vámonos al monte Real,

pues que tu prima va

a ser la casa de placer

mejor del mundo.

Elena.

Estoy aquí,

el placer aborrezco,

ya he de buscar el placer;

vamos cuando baje el sol

a ver de este mar las olas.

Lucrecia.

¿A dónde has de ir?

Elena.

Vamos solas,

tapadas a lo español.

Lucrecia.

Travesura es de donaire,

mas aunque nos disfracemos

de damas, no imitaremos

de las de España el buen aire.

¿Qué dijeran en España

si oyeran que mi grandeza

intentara esta llaneza,

y lo tuvieran por patraña?

Que el alabaros me mueve

de halagos singulares,

y acá de trajes vulgares

asomamos cuando llueve.

Aunque es mayor excelencia

esta de la autoridad,

que logramos libertad

sin faltar a la decencia.

Sale Daría.

Daría.

Prima, tu padre porfía

en que yo me he de casar.

Si tu pena da lugar

a que remedies la mía,

ya que ve un hombre indigno

a Enrico, mas previene

ciertas sospechas que tiene

mi corazón adivino.

Pues amaste, bien lo dices

con esta justa tristeza

de tu genio y la belleza:

siempre fueron infelices.

Elena.

Aunque soberbia y altiva,

con presunción semejante,

en cuanto ha de ser amante,

Pag. 42

Elena.

tengo ya por vengativa,

tomar la venganza, y intento

del enemigo mayor,

de esta mujer, del amor

trocó en aborrecimiento,

ayúdame.

Daría.

De manera

me lastima tu pesar,

que en todo te he de ayudar.

Elena.

De tu amistad lo espera.

Daría.

Las venganzas encamina,

saliendo de hoy constante.

Elena.

Vil, ingrato, amante,

aquí empiezo mi ruina,

mis desdichas solicito.

Sale el Duque.

Duque.

Elena, con el cuidado

del accidente pasado

en las tristezas te imito,

¿cómo te hallas?

Elena.

Muy triste.

Ya,

con una eterna inquietud,

y es tan fácil mi salud,

que en un instante consiste.

Médico y padre al fin eres,

mi vida y salud ordena,

pues no ha de entrar más pena

de aquella que tú quisieres.

Duque.

¿Qué es de mí?

Elena.

Señor,

por juntos dos extremos

de Enrico, y yo, no cabemos

en tu pecho en un amor;

no caben en un sujeto

dos contrarios, y es forzoso

que venza el más poderoso,

a mayor, o más perfecto,

cuando el altivo vapor

nubes húmedas disuelven,

los dos espíritus pelean

hasta que rompa el calor

con el trueno, y con la llama,

que no pudiendo sufrir

a un enemigo, al salir

se justifica en su llama.

Y siendo el amor unión

de iguales almas, de hecho,

no es bien que estén en tu pecho

mi lealtad, y su traición.

Duque.

No vuelvas, hija, a ese tema,

que parecerá locura,

cuando retira hermosura

severa, y con tal rigor,

la belleza recatada,

y a su condición templada.

Elena.

¿De modo que este rigor

llama Vuestra Alteza frenesí,

el más fatal para mí,

por no tocar al traidor?

pues una de dos.

Duque.

Prosigue.

Elena.

o a Enrico has de deshacer,

o es posible no ha de ser

sin dolor, se mire que

de dos extremos cercado,

viva el ánimo, y elija,

no sea la salud de una hija,

la vida de un privado;

pero es de pechos tiranos

no justificar sus manos.

Pag. 43

Duque.

Que la hazaña no mira

a los respetos humanos.

Elena.

Vivo te justifico

la causa y razón primero.

Duque.

Seré padre y justiciero,

dejaré entonces a Enrico.

Dale un papel.

Lee el papel, y ofendido se levanta.

Elena.

Juzguen su culpa tus ojos,

este papel me escribía;

hasta aquí callaba yo

para no causarte enojos.

De él nace el sentimiento,

que al alma misma penetra;

pues conociste su letra,

conoce su atrevimiento.

El duque permite,

sabré vencer su porfía,

porque es justa la osadía.

¿Por qué te suspendes y dudas,

y con silencios te espantas?

Si mientras más te levantas

a más soberbias llamaradas,

claro está que la tristeza

de mi prima procedió

del ver que Enrico perdió

el respeto a su grandeza,

alterándose arrogante

a festejar su hermosura,

y dejando su locura

a demostraciones de amante.

Vase.

Duque.

No te ponga en suspensión

de dudar lo que has escuchado;

cualquier caso no pensado

trae consigo admiración.

Y como nunca pensó

de Enrico tal osadía,

admiración fue la mía,

dolor reprimido fue;

y el considerar la injuria,

con pausas de suspensión,

convirtió la admiración

en otro afecto que es furia.

Mas si el ver con qué belleza

sueles templar los enojos,

no quiero ver tus ojos,

dejadme solo.

Elena.

Ya empieza

a sentirse arrepentida

el alma en esta venganza;

al perder la privanza

y yo perderé la vida.

En mí misma me turbé;

prima, mi amor me condena,

porque él sentirá con pena,

y yo con puñal sentiré.

Ten ánimo, ten valor,

porfía, que un grande amor

no se acaba en un día;

tarde llega el desengaño

a quien tiene amor tamaño.

Pasquín.

Ya, ¿a dónde ha de parar este,

este enredo, más que infierno?

¿No dijiste

que le adora y aborrece?

Elena.

Esta verdad más me obliga,

con que se alienta mi alma

una tímida esperanza,

que desmaya en la tardanza;

mas, ¿has visto un preso de esgrima

donde por fuerza a solas

riñen dos sombras, y cuando...

Pag. 44

Elena.

a las veras van llegando

el maestro pone paz

mi enojo contra mi amante

comenzaba a prevenirse

pero al tiempo de él herirle

metió clamor el montante

Daría.

Bien explicas los extremos

de mi pena y dolor

(Vanse y sale el Rey de luto.)

Elena.

mejor

Señora, pues nos retiremos

Enrico.

Los dilatados deseos

suelen llamarse desdichas

que el otro modo de pena

una esperanza prolija

y aquel amor me levanta

si un mismo amor me permita

siendo el Rey de Dios copia del cielo

porque, Señor, que a tu luz

de mis ojos, solicita

sin que los hermosos rayos

produce sombras el día

obre tu poder milagros

ciego estoy, dame la vista

pobre estoy, dame riquezas

muerto estoy, dame la vida

(Aparte.)

(A todos.)

Duque.

Aquí importa la prudencia

pues si doy aliento a la ira

el dolor, era venganza

corta el quitarle la vida

mas si miro a la fineza

con que heroica su cuchilla

defendiendo mi corona

se vio en Europa temida

se templa mi indignación

pues que armas, enemigos,

por él las mías respetan

ahora bien, partan a medias

la clemencia y el enojo

la venganza exceda o baje

de mi furor, atendiendo

a que tiene sangre mía

y que le debo lealtades

castigando su osadía

con una piedad severa

y una piadosa justicia

Enrico.

¿Cómo, señor, vuestra alteza

agraviándose a mis dichos

condensado silencios

los favores me limita?

¿no me respondes? ¿qué es esto

gran Señor? ¿qué oculta envidia

pudo oscurecer los rayos

de mi lealtad? ¿quién te obliga?

(Dásele.)

Duque.

todo este papel en blanco,

el juez a Dios representa

y el Dios la misma justicia

como el Dios cuando nos premia

será Dios cuando castiga

en el caso de Faetonte

la griega filosofía

nos enseña que la soberbia

con una fiera ruina

atrevióse al sol, rompió

moderar la luz del día

y cayó mezclando a un tiempo

su arrogancia y sus cenizas

Pag. 45

Vase.

Elena.

te juzgo

tu soberbia y osadía

no supieron gobernar

el trono de luz divina;

caíste desvanecida,

tú mismo te precipitas,

y a tu materia primera

se vuelven tus fantasías.

quien te amaba te aborrece,

esquiva y humana te niega,

quien te alentaba te olvida.

viéndose del Duque despreciado

Enrico.

¿Qué es esto? ¡Ay por mi pena!

Si es sueño, este desvarío,

o enigma, aun dudo lo que estoy viendo.

¡Válgame Dios! ¡Tan aprisa

vienen de tropel los males,

y tan despacio las dichas!

¿Quién dijera que en las altas

torres que fundó mi envidia,

de imaginados trofeos,

con falsas alegrías,

en la brevedad de un día,

sin aviso viene el golpe,

y sin amago la herida?

¡Qué dolor, qué fiera pena,

que del sentido me priva!

Sin exterior accidente,

así operan con tan viva

fuerza, qué efecto harán en el alma

las congojas y fatigas

deste impensado suceso,

que si la memoria mía

sentir pudiera la pena,

sin acordarse a ignominia,

no estoy conmigo, he quedado,

como el labrador que mira

descender un rayo al campo,

y sordos áspides pisa,

que por donde se echaban,

el temor no determina.

Ni la llama o relámpago

el aliento le quita,

y de Júpiter la ira,

siento el daño y no conozco

si el engaño o si es mentira,

bien como en el mar airado

roto el timón y la quilla,

del bajel que va rompiendo

montañas de espuma fría,

el mísero navegante

a medio aliento porfía,

salvar la vida dudosa

entre el agua y la herida;

no de otra suerte he quedado,

ay, cuando me precipita.

Duque.

que apenas lo determina

la razón, que equivocada

en dos pasiones distintas,

con ellas desengañada,

se considera ofendida,

que la ofensa de Elena y de mí declara,

mi desgracia se origina,

no hay duda, que bruto indócil,

o la mujer fugitiva.

Pag. 46

Enrico.

A tu natural piadoso

excede su tiranía.

De extremo a extremo se pasa;

ni humanos ruegos la obligan,

ni la detienen halagos,

ni la enternecen desdichas.

Dejar a Nápoles quiero

y en una corta alquería

retirado...

Sale Astolfo, capitán de la guarda.

Astolfo.

Deteneos.

Enrico.

Señor Astolfo, ¿qué miran

mis ojos? ¿Vos me atajáis

los pasos?

Astolfo.

El duque me envía

a intimaros un decreto.

Enrico.

Ya el temor me lo decía;

publicadlo, Astolfo, y no

me deis a pausas la vida.

Astolfo.

Me ordena,

por orden ejecutiva,

que de todos los bienes

os priven desde este día,

por causas que en sí reserva,

y que esta torre que mira

al sol, una cárcel sirva.

Enrico.

Bien está; de mi enemiga

fortuna no he de quejarme,

pues la tengo merecida.

Quede sin gracia mi Elena,

quien desprecia y desestima

la piedad de la constante,

por el rigor de la esquiva,

quede abatido el tirano.

Entre altivez y osadía,

por ser duque de Milán,

mira su lealtad perdida,

y como a postrer sepulcro

vuelva a su miseria antigua.

Astolfo.

Vamos, Enrico.

Enrico.

Memorias,

no me atormentéis, desdichas,

no vengáis tan juntas, penas,

no os deis a matarme prisa,

logre cada cual su estrago,

ninguno perdone herida

a un infeliz, contra él todos

conjuren violentas iras,

que mientras hubiere males

que padecer, tendré vida.

Astolfo.

Aun del culpado la queja

me enternece y me lastima;

la piedad generosa

de los delitos se olvida.

Vanse y sale por otra Lucrecia, Elena e Isabela con mantos.

Lucrecia.

Por casa de campo como esta

no se puede imaginar;

cada estanque es ancho mar,

cada calle una floresta,

cada cuadro un paraíso;

siendo aquí el agua tan bella,

más se enamorara de ella

que de sí mismo Narciso.

Elena.

Sentémonos, por vida, y cante

la música, y venza así

un mal que es eterno en mí.

Lucrecia.

Oh, si viniese el infante.

Elena.

¿Qué le has llamado sospecho?

Lucrecia.

Sí, llamé, mas no en tu nombre,

que deseo echar un hombre

Sello de la Biblioteca Nacional de España.

Pag. 47

Al paño, música.

Músico.

Con un trato de sospecha,

arded, corazón, arded,

que yo no os puedo valer.

Y el que un imposible adora,

y vive sin esperanza

de alcanzar lo que no alcanza,

llore su mal, que bien llora,

desde la noche a la aurora;

sufra para merecer.

Arded, corazón, arded,

que yo no os puedo valer.

[Acotación tachada e ilegible]

Salen Carlos y Pasquín.

Carlos.

Adelante no pasemos,

porque en esta amena estancia

la música y la fragancia

me han suspendido, escuchemos.

Músico.

Si no callo lo que siento,

todo crédito aventuro,

y si lo digo, procuro

la pena de un escarmiento;

¡ay de aquel que su tormento

por alivio ha de tener!

Arded, corazón, arded,

que yo no os puedo valer.

Carlos.

Los sentidos lisonjea.

Lucrecia.

Gente viene.

Elena.

Carlos es;

tapémonos todas, pues

nadie quiero que me vea.

+

Carlos.

Las que están sentadas son,

por aquí Elena, sin duda.

Pasquín.

Su perro seré de ayuda,

embiste con la ocasión,

y yo de las cuatro elijo

[Versos tachados: esta avecica que canta / la que de cantar no cesa, / oyes la primavera infanta / de riqueza / atrapada de medio ojo / y echo en favor con cuidado]

Carlos.

¿Cuál de las dos

responderá?

Pasquín.

Sábelo Dios,

a qué puerta han llamado.

Carlos.

Piadosísimas señoras,

que por no matar un triste

los rostros escondéis,

no viva nadie de veras,

pues que sois piadosas, dadme

remedio a una pena fuerte;

buscando voy a la muerte

de agravios, rematadme.

Lucrecia.

A los de fuera no hablo.

Elena.

Como tapadas estamos,

qué libertad le damos.

Lucrecia.

¿No te va agradando?

Elena.

No,

pintado y vivo me ofende;

como sombra de retrato

engaña su gusto un rato.

Pasquín.

No hay cosa que más me obligue

a pesar, que como ves

que mujer que me agrada

y hablalla tapada

con la memoria a los pies.

Pag. 48

8

+

—(Aparte.)

Carlos.

Esta Elena, tonta sin duda,

bien su ignorancia lo dice.

¡Oh, hermosura infelice,

por qué no naciste muda?

A otra luz celestial

vuelvo el rostro, el alma y vida.

Dadme mejor acogida,

porque a mí me tratan mal.

(Vuélvese al lado de Elena.)

Elena.

¿Luz celestial esta mía?

¿qué sabéis si son tinieblas?

Carlos.

El sol entre pardas nieblas

no deja sin luz al día:

cuando la aurora con risa

viene al sol entre los prados,

muestra, envidiosa, aprisa

en noviembre de camisa;

y las hojas blancas y grana

con tan perlada beldad

que aquella dificultad

ya es hermosura soberana?

Cuanto más que no es mi intento

que los rayos escondidos

me arrebaten los sentidos,

Elena.

¿Sino qué?

—(Aparte.)

Carlos.

El entendimiento;

pues ya está en vos conocer

que el efeto es singular,

que en los bajos del mar

hablar dulcemente vi;

Porcia es, sin duda, y Marcia.

Elena.

Veneno de amor en mí,

Elena, infeliz de ti.

Carlos.

Que el influjo que hacía sombra

no libra una centella.

Pag. 49

Carlos.

Un átomo no tocaras

para que al mundo admiraras.

Sol, ilumina esta estrella;

alma, anima esta escultura;

cielo, influye en esta planta,

Porfía sana esta locura,

Isabela.

hace a Elena imagen clara;

prodigio fuera su prima,

si del alma que te anima

un resplandor le tocara.

Elena.

¿En qué presumís que soy,

por ciego, mal conocéis?

Carlos.

En que no sois ni podéis

ser Elena, y en que os doy

el alma y la libertad

sin veros, que son señales

de dos dueños tan iguales

en sangre y en calidad,

que esta oculta simpatía

de la celeste influencia

promete correspondencia

no solo en el alma mía

con la otra, mas también

en la sangre a la nobleza,

que aunque puede la belleza

por sí sola causar bien

al alma, que es su prisión,

no da su divinidad

cuando falta la igualdad,

tan alta confrontación;

porque sois vos, y aunque ayer

disimulasteis conmigo,

otra sombra soy y os sigo

porque me dé forma y ser,

tan divino resplandor;

mal haya yo si no fuere

de porfía mientras viviere;

mal haya yo si el amor

de otra me hiciere despojos,

si yo rindiere mi cuello

a lazos de otro cabello,

ni a las flechas de otros ojos.

Elena.

Habiendo venido amante

de Elena, a mudar ansí,

quien al lado de un rubí

mira brillar un diamante.

Carlos.

Si os ofrece la conquista

con tan vivos resplandores,

y os diese de sus amores

licencia, matando la vista.

Contra lo que es cristalina,

hace del rubí elección,

aunque sus reflejos son

de sangre y púrpura fina;

no temerás presto ansí,

luego es feliz, no inconstante,

amor que elige diamante

cuando buscaba un rubí.

Pasquín.

Nos dan a ver tan temprano

el grado de bachillera,

sois hermosa, mas parlera;

vos habláis en canto llano,

bien sabéis el contrapunto,

que el contrapunto me enfada,

y la fábula me agrada

del cuclillo y ruiseñor,

porque vos bufoneáis tan bien.

Pag. 50

Pasquín.

Quien sirvan, no;

¿por qué pretende

en Nápoles como duende

un infante? ¿Quiere de veras

hacer noveleras? Traía

sus truhanes y criados

a solicitar cuidados,

y él no parece de día.

Isabela.

Porque vive tan extraño

y ver a Elena procura.

Carlos.

Descubrid, señora mía,

el bello rostro que espero,

salga el sol de su hemisfero,

salga de su oriente el día,

salga ya, y merezca verla.

De ese manto luz hermosa,

de su capillo la rosa

y de su concha la perla.

Que a mí me parece

objeto de estar divino,

teniendo el sol tan vecino,

águila a su luz seré.

Y como aquel que nació

ciego, y viendo de repente,

al prodigioso accidente

mudo y absorto quedó;

así yo, que deseando

ver sujeto tan hermoso,

mudo estaré, de glorioso,

y suspenso, de admirado.

Vos, señora, interceded

en lo que ya estimo tanto.

Descúbrese Porcia.

Porcia.

Ya a mí me cansaba el manto,

concédole la merced.

Luego vuelve a la otra y hállala descubierta.

Levántanse.

Carlos.

¿Qué es esto, cielos? ¿Qué vi?

A tan raro y nuevo

admiración mayor debo,

si aquello prometí,

tanto este suceso llama

mis sentidos al asombro,

si yerra el entendimiento

o si los ojos se engañan.

Admírase el alma mía

y una sospecha la agravia:

Elena de noche es sabia,

Elena necia de día,

tapada Elena discreta,

necia Elena destapada.

Amor, amor, no me agrada

maravilla tan secreta,

desagradar no me quiso,

amor tiene en otra parte.

Elena.

¿No acabas ya de admirarte?

Carlos.

Un celestial paraíso

hay mil gustos escondidos,

porque su ser excelente

penetrarse no consiente

de los humanos sentidos;

el cielo que no permite

márgenes, y apenas halla

vencer el sol batalla,

da a las aguas de Anfitrite

y descubre sus raudales...

Pag. 51

Carlos.

los vecinos labradores

de aquellos campos y flores,

mirando dos luces tales,

a la celeste armonía

esta vanidad pequeña

nuestro oído, ansí lo enseña,

la fiera filosofía.

Yo, que tal belleza vi,

y tal infierno he escuchado,

Lucrecia, es que viva admirado,

Elena.

nadie vea alteza ansí;

no permitamos los dos

que esté, señor, vuestra alteza

descubierta la cabeza.

Porcia.

Carlos es, ¡válgame Dios!

Sale Fabio.

Fabio.

El duque hace fiestas

en la plaza; que te espera

alegre ha dicho.

Carlos.

De esa manera,

no podré encubrirme más.

Voy a palacio confuso,

me da amor historia y pena

entre Porcia y entre Elena.

Porcia.

¡Oh, raros milagros, vea

conmigo amor!

Elena.

Y admirada,

verá el infante, de ver,

no hay sabia si ama mujer.

Carlos.

Y con prisión.

Porcia.

¡Qué cuidado!

Vanse, y sale Enrico.

Texto tachado en el original omitido aquí.

Enrico.

Él ansí.

Carlos pasa por aquí;

humíllate y en palacio

ampárate de este medio,

si a él le quieres persuadir.

Sale Carlos leyendo un papel.

Enrico.

Vengo, señor, a pedir

en mi difícil remedio,

ya, señor, que vuestra alteza

se dio a conocer a todos,

descubriendo en ambos modos

rayos de humana grandeza;

y pues tu natura llega

a próvida, sabia y fuerte,

defiende al hombre de suerte

que conservarse desea;

el huir y pelea

con la vida y con la muerte.

Enrico soy, si tu alteza

ampara, y a dar luz de su empresa

hace que el duque me apadrina,

diré que ansí es medicina,

como heroica grandeza.

Pag. 52

Carlos.

Sola una vez he pasado

a besar la mano a su majestad,

y juzgo que será en vano,

cuando con él no he tratado,

pedirle nada, y ansí,

aunque piadoso sentí

su mal, tengo respeto,

pero después yo os prometo

que hayáis padrino en mí.

La mano al duque

y recelo

que será inútil desvelo.

Vase.

Sale Porcia.

Enrico.

No fue mi mal solamente

haber perdido la gracia,

debió dar mayor desgracia,

es sin duda la presente.

que le ha llegado,

quien fue amparo de la gente,

a do ha de acaudalar,

el que ha sabido mandar

pide ansí? ¡Qué maravilla!

Un león ahora se humilla

a la alba frente del mar.

Porcia de su cuarto viene

al del Rey. Valdréme de ella,

que si el rigor de mi estrella

tantas desdichas previene,

que aunque es ilustre, si tiene

su pecho lástima agora,

alcance del Rey, que ignora,

dé audiencia, me quiera dar,

porque pueda disculpar

el alma de quien la adora.

Solo su favor pretendo,

para que en él esperando,

el que os obligó amando

os obligue padeciendo.

Lucrecia.

Señor, la causa no entiendo,

ni sé la razón por qué eres

tan infeliz como quieres,

porque a un desdichado juzgo

que no se atreven las mujeres.

Vase Lucrecia.

Enrico.

¿Qué esquivez no prometía,

más piedad, mi fe más pura,

qué desdeñosa hermosura,

¡oh hermosa tiranía!

porque habla alentando y confía

en el amor que ha tenido;

¿qué delincuente ha sabido

sin prudencia, o sin saber,

jamás se ha de atrever

a casa del ofendido?

¿Y qué hombre de ley ajeno

aquel enemigo roba?

Fabio.

¿Un áspid mismo no da

la triaca y el veneno?

El vaso de fierro lleno

de algún precioso licor,

tarde pierde aquel color;

ella ama, favor te ha hecho,

tarde saldrán de su pecho

los resabios del amor.

A propósito ha salido,

buen agüero vos le dejo.

Vase, y sale Elena.

Enrico.

¡Oh, bárbaro consejo!

burlado estoy, dolorido,

amor, aliento te pido,

temple su pecho feroz,

su deidad salva veloz,

a darme favor comienza;

si el miedo de la vergüenza

me pone freno a la voz.

Pag. 53

(Llega Elena.)

Enrico.

Espolios como solía,

soberbio y vanaglorioso,

juzgándome tan dichoso

que mi piedad merecía

traerme la desdicha mía.

Tan otro de lo que fui,

que de estar delante de ti

no me atrevo a mi retiro,

que en el espejo que miro

lo que soy y lo que fui.

No pretendo aquel estado,

en el medio de la fortuna

sobre el cristal de la luna

habiéndose derribado.

Como su luz me ha faltado,

como ya no resplandezco,

y mis desdichas padezco

en mi misma oscuridad,

conozco mi indignidad

y este bien que no merezco.

No pretendo, no, perdón,

porque ofensa hecha a mujer

divina, no ha de tener

humana satisfacción.

Ni pretendo compasión,

que amor me responderá,

que a un mudable no la da,

y en la desdicha presente

yo pretendo solamente

que me escuches.

(Vase.)

Elena.

Y ya está.

(Saca unos papeles y vuelve Elena y quédase a la puerta.)

Enrico.

Bien está, ¡oh justos cielos!

Aun atención no me dio,

pero bien está si yo

no tengo humanos consuelos

pues amor pague con ellos.

Bien está el bien y el mal,

y andan bien para mi mal,

a que el mal se llame bien,

dando a entender que está bien

lo que también está mal.

Escucharme no ha querido,

mal dará en otra ocasión

la piedad del corazón

a quien negó la del oído.

¡Oh, victorias, que habéis sido

testigos y aún instrumentos

de mis pasados contentos!

¡Papeles falsos e ingratos,

que fuisteis amor retratos

de sus mismos pensamientos!

Morid como muero yo,

no vivan más mis glorias,

porque no quiero memorias

de la gloria que pasó.

Para no volver; si os dio

alma, vida, forma y ser

la mano de una mujer,

hoy acabáis a la mía

lo que el amor escribía

la venganza ha de romper.

Diréis que os deje vivir,

y mi fe os responderá

con tibieza, bien está,

que es lo mismo que decir

no hay remedio; es de morir.

Como el dueño de un papel,

es un tormento cruel

cuando ya pasa la gloria

que no ha de estar la memoria.

Pag. 54

En la parte superior hay diez líneas tachadas e ilegibles y en el margen derecho "Don Pel. en la cadena".

Elena.

Quien vio en el florido mayo

una nube parda y rubia

amenazar con su lluvia

y amagarnos con su rayo,

y en el bosque un ronco ensayo

de la tempestad que ordena,

cuando más espantos truena

pasa ligera, y al fin

a verse el sol de carmín,

y el cielo a mostrar serena.

El enojo de un amante

es cual nube de verano,

amenaza y es en vano,

que rigor no pasa adelante,

que su cólera inconstante

para emendaros volví.

Hablad en público.

Enrico.

Ay de mí,

dudo y temo; amor prevenga

sus disculpas, porque tenga

consuelo en la muerte ansí.

En el engaño pasado

yo no ofendí a vuestra alteza,

probar quise la fineza

de su amoroso cuidado;

ya que de desengañado,

verdad, señora, confieso,

porque me quisisteis hacer,

buscasteis para borrarme?

¿De qué sirvió levantarme

si me has dejado caer?

¡Cuánto mejor me estuviera

el estado en que nací,

y a mi esfera pareciera,

su beldad a quien quisiera

amara y no padeciera

mas ansias; y por momentos,

pues al batir de los vientos

tus mudanzas arruinan

dio la torre que hacían

mis altivos pensamientos.

Líneas tachadas: Aunque, mi señor, / licencia para volver / a la esfera, a mi ser / y a mi llana condición, / por aquel lucido amor / que me mostraste primero.

Elena.

Faltáis, Enrico, grosero,

al hado que os derriba;

como pobre visto viva,

si solo os duele mi vista,

¿cómo queréis que asista

a las bodas del infante,

si es fuerza estando delante

que el alma por la vista...

Cásate, no lo resista

mi desdicha, pero sea

la disculpa que afea

el olvido y de mi muerte.

Pag. 55

Enrico.

De tu boda y de mi muerte

adonde yo no lo vea.

Elena.

Un punto nomás aguarda,

porque el Rey sale; encubierto

te queda en este cancel,

porque escuches sus secretos

cuando yo interceda por ti.

Escóndese y salen el Rey por una puerta, Carlos, Ludovico, Pasquín y Fabio.

Enrico.

Mi vida o mi muerte espero.

Elena.

Que solo por ahora primero

sábese ya claramente

del infante;

¿por qué he de pedir

el mismo mal que padezco?

¿He de buscar mi desdicha?

¿He de buscar mi tormento?

Yo obedezco

sus gustos, como perdonéis

a Enrico.

Duque.

Merece el dueño

que ese enojo yo remita

la causa a tu sentimiento.

Elena.

Perdonado estás, Enrico.

Pónense de rodillas dentro.

Enrico.

Humilde, señora, beso

los pies a quien ve postrados

mi esperanza y mi deseo.

Elena.

Levanta.

Dale la mano.

Enrico.

Si has de humana hacerte

a más rigor, si te veo

casar, ¿para qué levanta

humano mis pensamientos?

Elena.

Calla, que el que confía

no siempre indicios ha de darte.

Duque.

Dale ya, Elena, la mano

a Carlos.

Elena.

Oye primero:

bien sabes desde que niños,

en la corte y honras que le haces,

como primos y de valor,

pues le encargas este reino,

conoces, señor, la afición

que a fuerza de nuestra estrella

se encendió, e indicios mismos

de nuestros grandes deseos.

Conque por sus aplausos,

pues por mucho que los celos

me hayan indignado a Dios,

oh, mudable y poco atento,

su afición puso en olvido.

Y aunque causa respeto,

mal castigo he de inferir

al hado me rindiendo.

Que ha de tener la corona de Ferrara

y de aqueste imperio.

Por alteza de mi sangre generosa,

mediante a que soy de aqueste imperio

notoria y viva heredera,

siquiera logre el efeto,

que perdiendo mi afición

no toleres mis afectos.

Palabra le di de esposa,

y aquésta...

Sale Enrico.

Enrico.

A tus plantas puesto

pido el perdón.

Duque.

¡Oh, traidor!

Matalde.

Pónese delante.

Elena.

No quiera el cielo

que donde pise los pies

el invencible trofeo,

por padre, tened perdón,

o mátame a mí primero.

Pag. 56

Duque.

¿Hay lance más empeñado?

Venza tu furor mi aliento

y muestre ser padre agora,

pues tu llanto en mis afectos

la cólera ha suspendido.

Carlos.

Señor, ya te entiendo,

y solo un medio descubro

para ajustar el empeño,

quedando airoso en el lance

mi cuidado y tu respeto.

Duque.

¿Cuál es el medio, Carlos?

Carlos.

El de tu piadoso pecho

Duque.

Sin disgustos,

a ti la elección me quedo.

Daría.

Yo siempre he querido a Carlos.

Duque.

Pues llegue y logre sus gustos.

Carlos.

Daría, es mi mano.

Duque.

Y tú, Elena,

pues te elegiste por dueño

a Enrique, con él te casa;

siendo mi amparo y deudo,

por ti le vuelvo a mi gracia

con todos los privilegios

de su adquisición primera.

Elena.

Perdón a mis males, Enrique, y allego

Enrico.

en ellos a lograr en tus favores

la dicha mayor

de mi fortuna.

Duque.

Qué consuelo.

Atenderá a las mujeres

viendo estos raros extremos.

Enrico.

Que el mudable arrepentido

es digno de vuestro imperio,

y yo, mi señor, confesando

que he de dar al mundo ejemplo

con enmendar mis acciones,

firme, obligado y sujeto,

para que todos conozcan

que, si de mi error venciendo,

el mudable arrepentido

ya fui, Senado discreto,

da fin de Elena y de Enrico

el suceso verdadero.

Finis.

Variante al pie: que en el mudable arrepentido / es digno de su imperio