Texto digital de El mudable arrepentido
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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- Antonio Mira de Amescua Probable
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mudable arrepentido. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-mudable-arrepentido.
EL MUDABLE ARREPENTIDO
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Ms. 1513
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Tr-160
Mss. 15135
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k
3ª
601,
El mudable arrepentido o el ingrato agradecido.
Comedia.
3. jornadas.
De don Juan de Matos Fragoso. Autógrafa.
Legajo 20.
14
36
Jornada primera
Pag. 6
Jesús, María, Joseph, San Antonio. M 74, 2, número 61.
La gran comedia, El mudable arrepentido, de don Juan de Matos Fragoso.
Personas de ella.
Elena. Isabela. Carlos. Criados y músicos.
Lucrecia. El duque de Ferrara. Fabio.
Daría. Enrico. Pasquín.
Salen los músicos y Lucrecia, criada.
Cantad por estos jardines,
hoy quiere bajar su alteza
a divertir su tristeza,
dando vida a los jazmines;
despertad los clarines,
la música acompañemos,
y conformes celebremos
su hermosura singular,
pues gusta de oír cantar.
Ya, señora, obedecemos.
Cantan, y sale Elena, ida, oyendo cantar.
O el mal ha de acabarse
en sí, de su mayor fin,
que en la naturaleza
no hay cosa que no acabe de sí misma.
Pero mi pena es tanta
que, para más fatiga,
con ser tan poderosa,
acaba todo lo que no es la vida.
¡Bien encareció Séneca,
quien en cláusulas tan breves
se queja de su fortuna!
Letra y tono diferente;
diles, Lucrecia, que canten.
Pag. 7
Cuyos números concuerden
con un corazón amante,
y así muero, y no se entiende.
Cantan otra canción.
Ya lo han entendido, pues.
Cesen.
Desengaña tus enojos
y ven a mirar las
fuentes,
árboles, flores y plantas
que con silencio elocuente
dais motivo a la memoria
para que mi mal se alegre,
que mudo el pecho padece,
pues tan ciego pesar de ale-
gría
es de amoroso accidente,
que muere de lo que vive
y vive de lo que muere.
Quiero y no saben que quiero
y solo sé que me muero,
qué es lo que tiene de amor
que no te llego a entender,
pues me enoja tu placer
y me agrada tu rigor,
y entre uno y otro temor
ni desconfío ni espero,
quiero y no saben que quiero
y solo sé que me muero.
Cantad, proseguid, no cese
canción que mejor me suene;
de suerte es mi mal, que ignoro
si al considerar me obliga,
si es descanso la fatiga,
si es fatiga el reposo,
y entre el mal y el bien dudoso
me hallo libre y prisionero,
quiero y no saben que quiero
y solo sé que me muero.
Bien explica su mal quien
se queja tan tiernamente.
No cantéis más, que tal vez
me han despertado, de suerte
la memoria de sus casos,
me turban y me entristecen.
Estos amenos jardines,
estos cuadros, estas fuentes,
rica guarnición de plata
de tanta faceta verde,
templan tu melancolía,
divierten tu mal.
No pueden,
Lucrecia, cortos alivios
templar grandes accidentes.
Desde que tu padre el Duque
de Ferrara vive ausente,
por amparar solo a porfía
aquesta de Milán, siempre
te he visto triste, y no alcanzo
los motivos, pues no tienes
razón de vivir quejosa.
Que firme me asombra,
galán, discreto y valiente
es Enrico, a quien
tu padre
dejó por lugarteniente
en Nápoles gobernando.
Pues todos saben que Enrico,
mi primo, glorioso y fiel,
sirvió a mi padre en la guerra,
y Nápoles le debe
victorias y aclamaciones,
pues contra infames rebeldes
fue su acero en la campaña.
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del rayo a la opresión ardiente,
que, perdonando lo frágil,
a lo más robusto ofende.
Y también que de la envidia
derribó sus altiveces;
y en desgracia del Archiduque
estuvo, y tú mil veces,
intercediendo por él,
fuiste causa que volviese
al agrado de tu padre;
y que todo él se te debe,
pues por ti a lograr estados,
títulos y otras mercedes
que al valimiento acompañan
y es la acción de los reyes.
De habernos criado juntos
esta inclinación procede,
y también porque la sufre,
me obliga a favorecerle.
Pues no, ¿por qué te afliges, triste,
si a la afición que le tienes
corresponde agradecido?
No es lo que el alma siente.
No te entiendo.
Qué mal sabes
de amor, mi padre pretende
darme estado y darme esposo
de príncipes diferentes
que solicitan mi mano
o por amor o intereses.
Que no alcanzo, y como estoy
vencida de este vehemente
afecto que me avasalla,
dudo si he de resolverme
a ser firme con Enrico
o con mi padre obediente;
mira si es bastante causa,
Lucrecia, de entristecerme,
viendo el discurso en batalla
de dos contrarios tan fuertes.
Ahora no, mas aguarda,
que pienso que Enrico viene.
Callemos, amor, ahora,
si el amor callar puede.
Sale Enrico.
No como gobernador
entro aquí, sino vasallo
de vuestra alteza, en quien hallo
asegurado el favor;
después que el rey, mi señor,
fui a la hora de obediencia,
que la vuestra, y más precisa,
lo que de común acuerdo
¿Y qué?
Ha de ser aparte.
Déjanos solos, Lucrecia.
Vase Lucrecia.
Divina Elena, la gente
dice, y toda la familia,
que el infante de Sicilia
es tu esposo.
Poco siente
alma que da fácilmente
crédito con ligereza
a mi mudanza o tibieza;
poco siente el mal que peno
quien, creyendo su recelo,
pone duda en mi firmeza.
Si alguno de ti dijera
lo que de mí te han mentido,
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que no lo hubiera creído,
o si acaso lo creyera,
con mismos celos rompiera,
con ansias, mi sentimiento;
e igualara a mi tormento
y quejas diera más bellas,
con suspiros, llanto y voces,
al fuego, al aire y al viento;
y a estas fuentes y a las flores,
despiertan con dulce estruendo;
su nombre estoy repitiendo,
contando estoy mis amores;
y a los de los ruiseñores
mejor decirlo pudiera,
y de mi voz aprendiera,
que eso bien podrás pensar
cómo se puede callar
quien ama desta manera.
No es preguntar bastantemente
solo amor a lo que ignoro;
¿no viste un dolor inmenso
pasmado de repente?
Parece que no se siente,
porque haciendo suspensión
en el alma la pasión,
los efectos se pasmaron
y ni los ojos lloraron
ni suspiró el corazón.
Así con el sobresalto,
cuando halle dicha, ¿qué mucho?
de puro sentirla mucho,
de sentimiento estoy falto,
porque el extremo dio más alto.
Causa un dolor inmortal
en la porción material
es llorar, que quien se queja
alivio en el alma deja,
porque exhala fuera el mal.
Que me he de casar me notó.
¿Y quiere el rey?
Que lo ejecute,
y ahora de efeto ha de ser.
En aquellos quilates veas
de mi amor, y si deseas
mis amorosos favores,
pierde, Enrico, los temores,
que tuyos son, y soy mía.
Y tu imperio porfía.
Hace finezas mayores.
Muchas ha hecho por mí,
pues siendo un pobre soldado,
si bien de sangre adornado,
pues que de un primo nací,
su amor a tanto subió,
a la privanza en que estoy;
ya duque de Urbino soy,
y a la divina hermosura
que así esmalta ventura,
¡oh, qué va de ayer a hoy!
Por mí llegaste a tener
valimiento, el rico estado,
y apoyo que te he dado;
más finezas he de hacer
por ti, Enrico, y tú por mí
no me podrás vencer de celos.
Fuentes, flores, aves, cielos,
sed testigo de que yo
de Enrico he de ser siempre.
Y que doy...
Pag. 10
así mismo lo ordinario
no aplaca a un amor bastante
toda el alma lo agradece
el amor solo apetece
verse a su bien semejante
amor busca al que es amante
y el cual no tiene mi fe.
Sale Lucrecia.
señora, albricias.
¿de qué?
el rey ha venido ya
por este parque, que entraba
aquí de caza.
galeras se han descubierto
los castillos hacen salva.
y para mí salió el alba.
a recibirle voy al puerto
¿me das licencia?
advierte
que amas, Enrico.
no hay cosa
a mis ojos tan hermosa.
¡oh, cómo es esquiva y fiera
tu condición!, no quisiera
a mujer tan amorosa.
Vase.
otras nuevas te he callado
aunque el duque se ofrece.
¿y cuáles son?
decirte:
a Nápoles ha llegado
el infante disfrazado
de Italia para verte.
¡qué alegre estás desta suerte!
de mi pena y mi pesar
si no me quiero casar
nombrarle es darme la muerte.
qué importa que venga a verme
si Elena Carlos me halla
qué amor, Sirena, calla
el amor basilisco duerme.
no empieces a revolverme
la vida con tus pasiones
dificultades me pones
el ánimo de Enrico su-
fre el ver porqué ansí
de un laurel me coroné
montes me tienen en medio
aquí el alma se me parte.
busca el remedio con arte
olvídate de ese remedio
ahora no hay otro medio
ponte de modo que sea
fuerza cuando te vea
el infante.
es ocioso
porque siempre el más hermoso
es bello si se desea.
pues otro arbitrio llanamente
discurrido a mi ver
mucho mejor para hacer
que no te quiera el infante.
dime cuáles.
el desprecio
desatento o desatendido
rústico y presumido
háblale y hácete necia
que no te querrá.
me agrada
Lucrecia, tu pensamiento
y en mí no será violento
que en eso no finjo nada.
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6 7
Válgame Dios, y qué modo
de modestia tan profundo,
cuando alaba todo el mundo
tu ingenio; pero con todo
hácese boba, y sin juicio
no venza lo que se quiere,
y si esta lumbre no hiere,
poco importa el desperdicio
del tiempo, en esta enfadosa
lición, que ha de entretenerse.
No lo juzgo de suerte
que me tenga por hermosa.
Envidia dio el papel,
por si importa a la maraña.
Yo no sé qué arte, con maña,
y con qué papel con él;
mas el clarín es aqueste
que de tan cerca escuchamos.
Entreveo entre los ramos.
Sin duda que ha de ser él.
Es verdad, que con su aliento
la música prevenida,
dándole la bienvenida,
al dador del elemento.
Sale la música delante y después de cantar sale el Rey; por sí y los que le acompañan.
Sea bienvenido a dar
a Nápoles alegría,
el monarca que en un día
supo vencer y reinar.
Para su dicha aclamar,
fuentes, corred, corred,
aves, volad, volad,
aquellas en el viento,
estas en el cristal,
de Marte celebrando
el triunfo singular,
porque el contento ha de ser
se participe igual.
Corred, corred, corred,
volad, volad, volad.
Sea muy bienvenido, vuestra alteza,
para que mi fineza
anticipadas logre los favores.
Mi Elena, entre las flores
que pudiera yo hallar, sino las rosas
de sus mejillas cándidas y hermosas.
Hija, dame los brazos,
que al amor paternal son dulces lazos.
Dadme, señor, su mano esclarecida.
En quien, con nuevo ser, logro otra vida.
Elena, ya que el príncipe, mi hermano,
partimos a Milán, donde oprimida
con fuerzas de Venecia a porfía estaba,
y mi favor su ejército esperaba;
pero tan felizmente
pisé del mar el húmedo tridente,
que a la heroica invasión de mis galeras
se vieron derrotadas sus banderas.
Ajustose la paz, mi hermano queda
gobernando el estado
que su prima ha heredado.
La tía a Sforcia que tiene
por cariño, por triunfo y pasatiempo,
a alegrarse algún tiempo
en Nápoles, contigo.
Por mi alma
me dará alegría,
asimismo de ella bienvenida sea,
porque mi amor con mis abrazos vea.
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Mi venturosa suerte
me ha conducido, prima, sola a verte
para que en mis deseos
partan con tu hermosura los trofeos.
Refiéreme, si bien ha gobernado,
pero dejando aparte
los accidentes bélicos de Marte,
Enrico en esta ausencia, o si ha faltado
en algo a la justicia,
que es distinta la paz de la milicia.
Aparte.
Fingirme del que adora ahora pienso
disimulando así mi amor inmenso,
enojado me tiene,
y decirte la causa no conviene
porque no le maltrates.
Dímela, pues, y no me la recates.
Dos cosas le pedí, y ninguna hizo.
¿Cuáles son, que fue notable exceso?
Que perdonase a un paje suyo preso
por causa bien ligera,
y a cierto homicida concediera
la libertad.
En eso mostró Enrico
su experiencia y valor justificado,
por culpa tan ligera un confiado
ejemplo y escarmiento
será de los demás, y anduvo atento;
y en cuanto al delincuente inadvertido
juzgó mejor, que nunca han merecido
la piedad de un príncipe, homicidas,
aunque haya intercesiones prevenidas
de damas como mi querida Elena;
el delito se ataja con la pena.
Porque se alegre con sus damas todas,
y a honrar viene sus bodas
con Carlos, el infante de Sicilia.
Sale Enrico.
Va a servir a mi prima en esta fiesta,
y ha de dejar para mi pasión funesta
su poderosa mano,
a un vencido sea
alivio, que con ansias le desea.
Enrico, en lealtad y agradecido
al cuidado y prudencia,
que enseñas mil finezas, no habéis temido
amaros o dejaros,
quien merece
tanto amor sin balanza?
Ya supe de la infanta, y de Elena he sabido
la integridad del ánimo severa;
fineza dura, pues no es la primera.
Hablad, Enrico, a Porcia mi sobrina,
y dad en voz mi amor y mi esperanza.
Voy a besar, señora, de esa mano
al que humilde os mira
de ser más generosa;
Confiando vivos méritos a Enrico,
tendrá su majestad nombre glorioso;
en vuestra lealtad hoy se asegura
soberana deidad, rara hermosura,
la fama fue envidiosa
cuando de Porcia dijo que era hermosa;
divina la pintura,
llamar por la pintura su alabanza,
ésta la vez primera.
La pureza de mi amor permite
un tercero, si divide un tormento,
que se admire Enrico tan atento.
El genio más altivo de esta hermosura
suspende y arrebata
los ánimos, mejor que la blandura;
la piedad y el amor que os alcanza.
Pag. 13
Línea superior tachada: mi condición a mi su semejanza
La duquesa vendrá del mar cansada,
del parque no le enfada,
a su cuarto la lleva Elena mía,
el mar a quien canto en tu compañía;
entra, Porcia, conmigo,
porque veas mi amor.
Si son ciertos cuidados y recelos
que llaman los amantes celos.
(Vanse las damas.)
Estrellas, suspended vuestra influencia,
no confrontéis mi sino con la suya;
qué beldad tan divina
matar podrá después, si agora inclina.
(Aparte.)
Enrico, aquí te ha de ver lo que quiero,
yo deseo casarte
con la duquesa Porcia, y tú primero
la tienes de servir solicitando
ganar su voluntad.
(Vase.)
Ya vas dudando,
de modo que no siento
cómo sinificar mi perdimiento.
Aquí es menester agora
que me deis, ¡oh, corazón!,
el consejo y elección
que mi entendimiento ignora;
mi amor a Elena enamora,
vino, Porcia, y de manera
me agradó la vez primera
esta divina mujer,
me pareció que ha de ser
la segunda y la tercera.
Su gala me ha admirado,
que da el amarse después;
Elena, que un ángel es,
para hacerme afortunado;
mas haré, si no me engaño,
quiero dejar al destino
y al amor que ambos a una
me dispongan mi fortuna,
mientras no me determino.
(Vase, y salen Carlos y Pasquín.)
Lindo palacio.
¡Ah, señor!
mas, ¿qué duda el pensamiento?
mejor de todos, aunque despecho,
el de Adilia.
Lo asiento,
si ella ha de venir a ser,
y el duque con su poder
se ofrece a ayudar mi intento.
Siempre pareció mejor
lo viejo; y ansí arguyo
que madre pariendo con roqueya,
¿veréis fiera más hermosa?, si a porfía
dejó a Celio, y se fue con la cría,
a costa horrible y fiera resolución,
contento el que no vive lo que ha hecho,
imaginando que escribe con Elena, de mi fe,
mejores versos que Homero de su pecho.
No hablo yo de las cosas
que de nosotros proceden,
pues con amor propio pueden
parecernos más hermosas;
en los bienes exteriores
mi proposición se ve,
pues aquel que los desea,
parecen siempre mayores.
De esa manera, señor,
porque vienes encubierto
a ver a Elena, es cierto
que lo ajeno causa amor,
mientras casado no hay
que apetecer, te sea.
Pag. 14
y cuando su esposa sea
buena, a las otras más.
Eres agudo sofista,
pues escucha atentamente:
la hermosura solamente
se percibe con la vista;
la de Elena vi, y formé
de ella en la mente una idea;
basta que conozca y vea
si es perfecta, y verdad fue,
admitiré el deseo,
amando lo que imagino,
con que este amor peregrino
o crecerá si la veo,
o vendrá a menos; y ansí,
sin darme a conocer,
a Elena pretendo ver;
para aquesto me fingí
mi crïado, y a él le imito.
Cartas mi hermano me da.
Y todo al fin parará,
como farsa, en casamiento,
y más comedia de España
donde estos sucesos pasan.
¿Cómo son?
Todos se casan,
acabada la maraña.
Uno oí de un prelado anciano,
que oyéndolas se dormía,
y en despertando solía
preguntar al más cercano:
«¿Diga, ora hanse ya casado
esos amantes?» Y ansí
te ha de suceder a ti
cuando estés enamorado.
No puede ser que no sea
hermosa, cual dicen.
No;
se errará
aquel ingenio necio,
e imposible ser fea.
¿No ves cómo resplandece
entre esos montes el mar,
o el cielo en este lugar?
Pues si tan bien te parece,
entra a Nápoles, llama,
y de aquí licencia toma.
Estoy muy cerca de Roma,
y como Pasquín me llamo,
perder las narices temo,
y sátiras no me placen.
Pues múdate el nombre.
Eso hacen
españoles con extremo,
que un padre, un hijo querido
a la patria se le va,
para el camino le da
un don y un buen apellido.
El que Ponce se ha llamado,
viejo, se añade León;
el que es Guevara, Ladrón,
y Mendoza el Hurtado.
Yo conocí un tal por cual,
que de galopín servía,
y Sotillo se decía;
creció un poco su caudal,
salió de mísero y roto,
hizo una ausencia de un mes,
encontróle yo después,
y ya se llamaba Soto.
Vino a fortuna mejor,
eran sus nombres de dones,
llegó a ser rico, y entonces...
Pag. 15
Se llamó Sotomayor.
Tus cuentos me han divertido;
avisa, pues, al portero
que dar unas cartas quiero
a Su Alteza.
Conocido
serás luego.
Desconozcan-
me, que el Infante soy,
si a conocer no me doy,
¿qué me importa que me conozcan?
Aquí ha salido una dama
para saber lo que quieres.
Sale Lucrecia.
¿Quién diré a la infanta seré?
Un marqués que Celio se llama,
a llevar cartas aquí
de Sicilia.
Aparte.
¡Ay, patria mía!
Obre aquí la industria mía.
¿Sois vos de Sicilia?
Sí,
con natural amor
que a mis príncipes les debo,
de preguntaros me atrevo
si el Infante, mi señor,
que casa con Elena,
es discreto y gentilhombre
que acá es tenido.
Y un hombre
de opinión y fama buena,
no hay partes que no le acompañen,
su cordura y su talento.
Oídme a solas. Yo siento
que a mis príncipes engañen;
bien le podéis avisar
que aunque es muy hermosa Elena,
¿Para un discreto no es buena?
¿Qué defectos pueden dar
mancha a la luz de los días?
Digo, a mí me parece ingrata,
que es necia, vana y sinsata,
y dice mil boberías.
Mas cosas son que sabe Dios;
dije mal, yo lo confieso.
No nos metamos en eso,
allá se avengan los dos.
Al momento,
aquí, señor, esperad.
Vase.
¿Cómo puede haber
beldad donde falta
entendimiento?
¿De qué te admiras ahora?
Yo te lo diré después.
Salen Elena y Lucrecia.
Aparte.
El Infante Carlos es,
disimula bien, señora.
¡Qué raro talle, belleza
y donaire miro en él!
¿Es posible que el pincel
la diosa Naturaleza,
cuando esta imagen formaba,
permitiendo que un borrón
cayese en la discreción...?
Pag. 16
que su hermosura animaba
dando quiebros por tanticos,
a una alma pobre, y que sea
tan hermosa, el paje asea
cuanto me debes en capote.
Sois el marqués Héctor?
Mi
gran señora.
Quién me ha escrito?
Celia.
Qué es esto? No permito...
Aquí.
Viene por ti.
[Adelante.]
Y esto mando yo.
Que de rostro tan soberano.
Sois vos Héctor el troyano?
[Aparte.]
No, señora, ese murió
allá en las guerras de Grecia,
la dama le ha enamorado,
vive Dios que se ha juntado
el ser hermosa y ser necia,
como esta mi prima.
[Dale una carta.]
Buena
está para vos. Tomad.
Es tan linda como yo?
Mira qué dice Elena.
No, señora, que el día
con sus rayos de luz pura,
sombra de vuestra hermosura...
Eso ya me lo sabía.
[Aparte.]
De Carlos enamorada,
por Dios, estoy muy alterada.
Que a esto me incline mi estrella,
podré asegurar ya ora,
sus imaginaciones adora
por do ves vivir en ella.
Oyes, Pasquín?
Sí, señor.
Vivo admirado y confuso,
que criara tan buen pulso
joya de poco valor
naturaleza.
Qué error,
los que no saben de amor,
dijeran, ¡oh, Lucrecia!
Amas?
Sí.
Pues de ese modo
prosigues.
La de un entendido
e ignorante?
He pretendido
saber...
No lo saben todos?
Dicen que es grande poeta.
Parecemos en eso,
que yo también lo profeso,
porque estoy muy discreta.
Holgaráme de llevar
sonetos de vuestra alteza,
Pag. 17
Uno tengo de cabeza,
oíd, que os ha de agradar.
Por eso al dios de amor le pintan ciego,
sin embargo de que, tira y acierta,
pues por una mujer o bizca o tuerta
suele vivir un hombre sin sosiego;
Ardiente en almas pone helado fuego,
y no vi por amor mujer discreta
ser necia, y al revés, que un hombre necio
con el amor le he visto ser poeta.
Hablar no puedo de risa.
¿No es valiente?
Ved si afloja,
de ocho en ocho la jabona,
cásate, señor, apriesa
pues Elena es tan discreta,
no pierdas lances tan buenos.
No alabéis versos ajenos,
sin duda que sois poeta.
Soy muy menos, vuestra alteza
vea la carta y me dé
su respuesta.
Sí daré;
porque excusa mi jaqueca
en el escribir, mi prima.
(Aparte)
Que el cuerpo de esta mujer
perfecto no pueda ser
para el alma que le anima
organizado instrumento.
Dichosos mis años fueran
si entre sí correspondieran
su rostro y entendimiento.
Prima, se...
(Lee mal.)
Vive Dios, que leer no sabe.
(Aparte)
Bella imagen, deidad grave,
más te valiera ser fea.
Prima y señora...
Después
la veremos más despacio,
pues bajabais al palacio;
volved por acá, marqués.
(Aparte)
Más que ha quedado corrido
de vuestra alteza como un perro.
El ofendido amor, pero,
uno por otro he fingido.
Entre sombras se entremete,
claras memorias da.
Cuando enteras pagará
las finezas que me debe.
(Vanse las dos.)
¡Qué ignorancia, es locura!
Bien dice un sabio que son
la soberbia y presunción
desdichas de la hermosura.
Con su belleza absoluta,
el alma más advertida,
mirándola, da la vida,
pero oyéndola me mata.
Contrarios los dos sentidos,
gloria dan, y dan enojos:
y el bien que quisieran los ojos,
me le roban los oídos.
No me acabo de admirar;
con ella me sucedió,
lo que al otro que se vio
en la ribera del mar:
sobre la arena formaba
letras, que amor le decía,
y apenas las escribía,
cuando el mar se las borraba.
Su belleza y su locura,
lo mismo con mí han hecho:
amor pintaba en mi pecho
el cielo de su hermosura.
Pag. 18
y cuando con alevosía
este amor reprehendía
coronaba por ciencia
de ignorancia
de una prolija molestia
el cuello libre restauro
ella es infanta centauro
medio humana y media bestia
adiós Nápoles famosa
que no quiero verme yo
como el otro que adoró
una estatua muy hermosa
si sola mujer querías
para qué buscas letrada
aquel hombre dio en retratada
mujer con bachillerías
para criar y sufrir
solo la mujer nació
un cortesano que vio
a su mujer escribir
casi en los cascos le abolla
el tintero y dijo airado
qué es tejer un entonado
sabe guisar una olla
sabe echarme unas soletas
y no te metas en más
Pasquín enemigo serás
de las mujeres discretas
de los hombres de reporte
y en la política es
servía a cierto marqués
un lisonjero en la corte
y de ordinario decía
estando a solas los dos
quite de mis días Dios
y póngalos en Usía
sucedió que caminaban
por una sierra a los vientos
con nieves y aguas violentos
que peñascos arrastraba
y qué mal tiempo hay aquí
dijo el uno, él replicó
destos días deje yo
que me quite Dios a mí
y ponga en Vueseñoría
cómo piensas aplicar
el cuento tan vulgar
lo mismo decir podía
al revés y digo ansí
mujeres de esta belleza
quítelas Dios a su alteza
para dármelas a mí
Sale Fabio.
mal podré sosegar hoy
hasta saber si has podido
ver a la infanta
vendido
de sus lisonjas estoy
la misma hermosura hallé
en cuanto a su gran beldad
no desdijo la verdad
la fama que en bosquejo fue
de su original pintura
más cuanto a la discreción
falsa ha sido mi opinión
no pintan simple hermosura
eso dices, mira bien
si viste su luz perfecta
pero no solo es discreta
sino muy sabia también
de aquí podrás inferirlo
en las faldas de una dama
a quien hoy festeja y ama
Pag. 19
el príncipe vio un perrillo
y ella se le envió en nombre;
un soneto en papel es,
que en belleza de mujer
cabe un espíritu de hombre.
¿No veremos el soneto?
Sale con papel y lee Carlos.
De memoria no lo sé,
mas la copia te daré.
¡Qué agudo, y qué discreto!
Si guarda fiel jilguero en la clausura
de ese jardín, respirando olores,
y aprecia con sus violas los colores
de la púrpura salva y nieve pura.
Mira que Venus ya inmortal procura
robar, y Amor también, las bellas flores,
el ciego por matar mejor de amores,
la madre por tener mayor hermosura.
Tú, dulce Hebe, con su verdadero
retrato, junto al Sol no des aviso,
que ardan los rayos de quien luz espero.
O ya bruto feliz, Júpiter quiso,
como guarda el infierno el can cerbero,
que guardes tú también el paraíso.
Por lo racional, tan bella,
al sujeto satisfizo.
Elena estos versos hizo,
mira si es necia.
Si es ella
la que hablamos,
puede ser
que aquellas damas supiesen
quién eres, y te quisiesen
burlar con otra mujer.
Al pedirle la respuesta
de la carta, irás conmigo,
y verás si es ella.
Digo
que es la fama como en ella.
Vanse, y salen Isabela y Daría.
Mis astros serán felices
si junta Amor para mí
a la hermosura que vi,
la discreción que me dices.
Daría, señora, después
que saliste de Milán,
con más desvelos te miran,
muy melancólica estás.
Los que llaman a los ojos
vidrieras del cristal
por donde el alma se mira,
dijeron bien, porque están
la tristeza y la alegría,
la pasión y los demás
afectos del alma, escritos
en el semblante que da,
con sagrado lo encendido,
avisos del bien o el mal;
y supuesto que en los míos
como mostrados están,
ya te acuerdas cuando a Flor,
marquesa de Montferrat,
fui huéspeda; pues en ella
turbó el sosiego y la paz
de mis sentidos, no culpo
en esto su voluntad;
de mis ojos fue el delito,
que lloran la pena ya.
Flor, pues rompiendo el silencio
en la muda soledad
de la noche, suspiraba,
y con dos letras de más
mucho sin querer decía,
contaba mucha verdad
que llora lo que suspira.
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Saca un retrato.
amante o enfermo está,
y como el fuego oprimido
en el centro de un volcán
vomita llamas rompiendo
montañas de pedernal,
ansí en el humano pecho
aquel ciego, aquel rapaz,
peligro de la hermosura,
llamó la gentilidad,
como el amor junta el fuego
a forma piramidal,
y hechas nada al sonido
por la senda del pesar.
Rogué a Amor que me dijese
aquel dolor inmortal
que en su pecho no cabía,
por grande o por eficaz;
respondióme un tierno lloro
el nombre más singular
de Italia, por su persona;
no puedo decirte más.
Eslabón en mi cuidado,
o con una curiosidad
nacida después de ver
que deseo de llegar
a poder asegurado
con ruegos de voluntad.
Sucedió que una mañana,
entrando a la visitar,
hallé sus ojos dormidos,
que tal vez, apenas tal
da breve alivio, da treguas,
o la fuerza o la piedad
del dulce sueño; y tenía
entre un blanco tafetán
un retrato de su amante.
¡Oh distracción, oh crueldad!
dirás agora, Isabela,
que a intento desleal,
entonces a tus deseos,
después a mi libertad,
yo propia robé mi muerte,
yo propia robé mi mal.
Los ojos, la memoria,
divertía con mirar
el retrato; poco a poco
sentí un veneno mortal,
con un celo, una envidia,
una oculta calidad,
que me obligaba al deseo
de ver el original;
y como del repetir
este ver y contemplar
el retrato en mí advirtió
la imaginativa más,
vuelvo por saber quién es
sin otra dificultad;
el discurso y la memoria
atormentándome están.
Mira, Isabela, si debo
no decir, o templar,
este curioso motivo
que necio amor llamará.
Mira esta muda pintura
que diciéndonos está:
«Lengua me falta y no alma,
que callando, ¡qué galán!,
si, bien formado y bruto,
parece que ha de hablar.»
Pag. 21
el alma, y no el cuerpo, quitó
el pincel artificial!
Venciendo a naturaleza
con justa facilidad
me dejó engañar, al vella,
y pienso que quiere hablar.
Mírala bien y parece
que dice: «no me tengáis
por pintada, si estoy viva;
por viva, si muerta halláis».
Tenla contigo, Isabela,
no me la des, que querrá
de celos, de ausencia
ser alivio a tanto mal.
Líneas tachadas: amor feliz me imagino / si no favorecer das / esposo seré de Porcia / en que seré...
Sale Enrico.
Salen Elena y Pasquín al paño.
Bien hace Porcia en estar
entre fuentes y jardines,
porque debía parar
risa, beldad y colores.
Colores, risa y beldad
pueden haber aprendido
de su adorno celestial.
Ya sé que envidia de Italia
es hermosa Elena, y tal,
que es admiración del mundo,
mas...
Cuando llego a escuchar
mi alabanza, en más encuentro.
Enrico, ¿por qué calláis?
Así que ese "mas" significa
que en el dejallo más
Suspendíme, imaginando
cómo se puede expresar.
Bellas son todas las flores,
con hermosa variedad.
Bello es el clavel y el lirio,
que pinta el mejor galán,
mas igualar no se deben
a la altiva majestad
de la rosa, que fue sangre
de Venus, hija del mar,
que a las dos viene a agraviar
con su púrpura real.
Aquella flor que alumbrando
la amena capacidad
es copia del sol, que debe
el lirio nevado sudar.
Clavel, jazmín, azucena,
deponiendo su beldad,
como a reina de las flores
este vasallaje dan.
Aquella que de la aurora
es dibujo celestial,
cuando no por causas bellas,
por extrañeza nomás.
Aparte.
¡Qué mudanza, qué crueldad!
Mas, ¿para qué te canso
que queja de sí mi mal
y intenta su amor, Enrico?
Las estrellas siempre van
hurtando los rayos al sol,
con que poderse alumbrar,
y cautivo de puro amor,
bebiendo la claridad.
Pag. 22
Estrella menor no juzgo,
quien dio paso sin pesar,
oposición que a la desdicha
pasó la prosperidad.
Sale Lucrecia.
El que te trujo las cartas
de Sicilia afuera está
esperando la respuesta,
entre, si me quiere hablar.
Texto tachado en el manuscrito: Enrico vete / Duque a el que entrare / y mi respuesta escuchad.
Y mi respuesta escuchad
atentamente, que quiero
que agora de mí aprendáis
a tener firmeza y fe,
valor, amor y lealtad,
pues cuando vos me ofendéis,
en mi más fineza halláis.
Mira, Elena, que te engañas.
Sale Carlos, Fabio y Pasquín.
Dime agora, Fabio, cuál
es la infanta, para ver
si me engaño.
La de allá.
Vive Dios, que es ella misma,
llega conmigo, quizá
deslumbrado en su hermosura
o me debo de engañar.
Marqués, ¿usáis de partida?
Sí, señora, porque el mar
con dulce calma convida.
¿Vais en postas o en galeras?
Por mar he dicho que voy.
Ansí, divertirse es ya
costumbre de los señores,
no estar atentos jamás,
yo apostaré que a mi prima
encarecéis y alabáis
su discreción y hermosura.
Sí, señora, claro está.
Dadle un abrazo en mi nombre
a esta carta y no digáis
al infante que me visteis.
¿Por qué?
Porque os molestará
con preguntas y demandas,
que un pretendiente galán
y preciado de entendido
es cansado en preguntar.
Aparte.
O Elena perdió el juicio
o está necia y loca, ven,
olvidándola mis ojos,
lo advierten hoy viendo más.
¿Oyes, Fabio, aquello?
Sí,
y crédito has de dar
a la fama eternamente.
Hablan Carlos y Elena aparte.
¡Qué infeliz y singular
hermosura!
Porcia hermosa,
si te quieres admirar
mira al que habla a la infanta,
que parece original
deste retrato.
Eso mismo
estaba notando ya.
Él es, sin duda, los cielos
se quisieron hoy alegrar.
Confirámosle muy bien.
No hay misterio mayor
dado en ello.
Pag. 23
Pues pregunta
a este criado que está
junto a ti quién es.
¿A hidalgo?
¿A caballero galán?
Todos tres nombres son míos.
¿Qué señora me mandáis?
Quién es aquel caballero
que habla a la infanta.
Aparte.
Verdad.
Para que no le conozcan
de mi boca no salgáis.
Aquel se llama Pasquín
hombre raro y singular,
bufón, discreto, gracioso,
y trescientas cosas más,
hase fingido marqués
para ver y visitar
a la infanta, porque Carlos
toca del mismo metal,
es huéspeda, y yo deslumbro,
calla tú, porque dirás,
cuando nos vamos, el caso.
Vase.
Si por mi mal
con vida estaré, y sabella,
si lo que dice es verdad,
pedazos haré el retrato.
Aparte.
Pues que licencia me das
y a tus pies desengaños,
no hay aquí qué aguardar más.
Válgate Dios la hermosura
si aprendieses a callar.
Vanse los dos.
Prima, no sabes quién es.
No me ha podido engañar,
aunque marqués engañoso
bien le he conocido yo;
si no lo hubiera oído
me hiciera con él burlar
por ir por los propios pasos.
Aparte.
Rómpele.
Válgame, dijo verdad,
¡qué rato del que he dudado!
Sin conocerte, me has dado
la vida, y a mí en las manos.
Vaya el billete a la lumbre.
Válgate Dios, el talle
y qué bien calificado.
Suspenso estoy todavía,
mas aquí un hombre asombrado
hallo.
Enrico,
que con propias obras
igual ponéis al infante,
y yo por mi parte a dar
para que ambos concluyan,
y vos agora mandadme,
pues de dichoso os preciáis,
si merece atención
la ofensa que amor os causa.
A una fineza tan leal
corresponda el olvido,
del engaño y la crueldad
de la que cruel me huye,
de quien más mudo he adorado,
véngase el labio del enojo
y en su luz el ciego arrojo.
Pag. 24
[En el margen superior izquierdo hay unos versos tachados, borrador de los versos finales de esta intervención: el alma siempre rindiendo / si de un ingrato perdona / Elena pues quiere mas / triunfo que esta por vencer / que aquel que imposible esta / pero cuando al albedrio / no arrastra la novedad. Hay también pruebas de pluma ininteligibles]
pero bien hace en no oírme,
pues grosero y desleal,
de una pasión invencible
me he dejado sujetar,
tanto que ignoro si soy
el mismo que a la deidad
de Elena me atreví ciego;
no soy yo, pues incapaz
de su divina hermosura
y en muchos es natural
es la mudanza, y no quiero
yo por política amar,
cuando es violencia y no gusto;
y porfía es mi empleo ya.
Hasta el pez, el bruto, el ave,
viendo que su libertad
se le reduce a preceptos,
rompiendo, uno, el alacrán
del freno indócil, y el otro
la red o prisión tenaz,
buscan entre elementos
espacio en que respirar.
Pero, ¿de qué sirve agora
discurrir en esto más,
que no seré yo el primero
mudable en su mocedad?
Confieso que, desatento,
faltando a la urbanidad
que debo al fuero de noble,
olvido la singular
belleza a quien debe el ser;
mas mil ejemplares hay
de que a muchos sus pasiones
hacen prevaricar.
Viva mi amor, porfía, viva,
y borre el original
de Elena, que es un bosquejo
de su luz, pues quiero más
un triunfo que está por vencer,
que aquel que posible está,
pero cuando al albedrío
no arrastra la novedad.
[Rúbrica]
Jornada segunda
Pag. 25
Segunda jornada del Ingrato agradecido.
De don Juan de Matos Fragoso.
Salen Elena y Lucrecia.
¿De qué te sirve, señora,
ser discreta y saber tanto,
si a las tristezas y al llanto
jamás usurpas un hora?
Con amor se pasa amor,
pasa olvido con olvido.
En mí olvidar lo querido
es defecto y no valor.
Si es mudable el que has de amar,
olvidarle, ¿no es venganza?
Yo sentiré su mudanza,
pero no le he de imitar;
Con porfía a su amor empeña
y del tuyo hace desprecio,
mudable, atrevido y necio,
pero Porcia le desdeña.
Es mi prima y sabe bien
lo que ha de hacer en efeto.
Juzgo que por tu respeto
le trata con más desdén;
salga de tu corazón
su memoria con porfía.
No es fácil, Lucrecia mía,
olvidarse una pasión.
Esta noche sin que él vea
quién eres, le puedes dar
la admiración con hablar,
y a fe, señora, que sea
lindo rato dar espanto
al que te tiene por necia.
Ordenado está, Lucrecia,
solo por templar mi llanto;
un papel sin firma fue
el que me ha traído aquí;
esta tarde le escribí
y a las doce le mandé
que en el parque estuviese,
para que
Pag. 26
Pues diviértete, señora.
Si a ver, Lucrecia, si agora
templar mi pena pudiese,
tan bien le di a entender
que una música sería
la seña con que podía
la rexa reconocer.
Pues vámonos a la rexa,
que a las doce darán,
en los versos cantarán,
en falso infante aconsejas,
donde pruebas con efeto,
a pesar de lo amoroso,
como se debe lo hermoso
despreciar por lo discreto.
¡Quién vio tan rara quimera!
Pues vengo a ver un amante
con quien me fingí ignorante
solo por que no me siga.
Vanse y sale Carlos y Pasquín
Que no te he de responder.
Los señores queréis ser
siempre en todo invencibles,
cuando con tanto desprecio
de Elena te vi embarcar,
zabullir o ahondar,
o arrojado, y a lo necio,
y lo remoto te agradó,
o tienes facilidad.
Si va a decir la verdad,
lo mismo he dudado yo;
hoy un papel recibí
que a esta parte me obliga
a venir.
¿Quién le escribió?
Él sin firma, dice así.
Que lo refieras te pido.
«Señor marqués, si esta dama,
por la voz de la fama,
os tiene ya conocido,
esta noche os desafía
en las ventanas del mar
a discurrir, y a parlar
de amor, y filosofía;
y porque sepáis mejor
la rexa en que he de asistir,
será la seña el oír
cantar».
Ella gasta humor.
¡Cuerpo de Dios, y qué sea!
La bellaca debe ser;
mujer sabia, no es mujer,
puerca espín, demonio sea,
duende, y nocturno encanto.
¿Quién te mete a bachillera?
Salen a una rexa Lucrecia y Elena
Tiempo era ya, quimera.
Esta novedad me espanta
a mí misma, quien solía
ver a Enrico por aquí,
que esto intente.
Ver en ti
tu mucha melancolía...
Admira mi discreción.
Admiro tu ignorancia.
Con que es quitar repugnancia,
vas a tal conversación.
Canten adentro
¡Oh, disfrazado joven!
Que de montaña en montaña,
noble, generoso, vuelas.
Pag. 27
alas de la altanería
para que abata el vuelo y no suba
al sol a solicitar la
luz que a precipicios ciega
quien de sus términos se pasa
más vale fealdad discreta
que beldad en ignorancia
que esta es prisión de los ojos
y aquella es manjar del alma
vive Dios que habla contigo
la letra
calla, repara
mi atención y mis delirios
aplaude con lo que canta
si limitada es la hermosura
el tiempo suele ultrajarla
y la discreción no tiene
jurisdicción la edad larga
jeroglífico es discreto
de que el sol anuncia para
que si hoy se entra en la noche
vuelve a renacer mañana
lo feo no enamora
al entendimiento anima
y lo airoso desmerece
el trato apacible alcanza
ama lo discreto y deja
perfecciones celebradas
que lo más hermoso es feo
si la discreción le falta
que en la beldad más rara
es defecto mayor en la ignorancia
la música me aconseja
lo mismo que imaginaba
aquí sin duda hay misterio
llegar quiero a la ventana
eres el del marqués
el mismo que habéis llamado
y el que de amor abrasado
se alienta a serviros ya
quién dudara señor mío
que habláis con vanagloria
seguro de la victoria
de aqueste mi desafío
pues como dijo Platón
aunque ha sido sin leer
el ofender la mujer
nunca iguala al varón
y más siendo singular
como el ver aunque podré
decir que os desafié
a aprender y no a enseñar
y siendo ansí no podréis
teneros por vencedor
que yo aprenderé mejor
porque vos me enseñaréis
por Dios que alega a Platón
o Galeno en sangrías
en cuatro bachillerías
le ha pegado de anfibión
el infante está aturdido
porque ni mis más razones
esfuerzos que temores
con despojos del sentido
y un infierno es celestial
porque las cosas que son
singulares y ecepción
forman regla general
hallan en mí más corriente
Pag. 28
y por esta causa fueron
las mujeres que tuvieron
admiración de las gentes,
obrando naturaleza
un milagro, dio a entender
la fuerza de su poder.
Y ¿quién dijo a Vuestra Alteza,
oiga Vuestra Señoría,
que yo ese milagro fui?
En hablando conocí
la fuerza y la valentía
del ingenio.
A lisonjero
os voy, señor, condenando,
porque quien entra alabando
sin reconocer primero
en qué méritos estriba
su alabanza, o lisonjea
o el crédito no desea
de su buena estimativa.
Decís bien, pero si vemos
que amar aquello que aplace
del conocimiento nace,
y gustando amor de extremos,
o nos mata o nos inclina
de repente, hecho instrumento,
como el rayo más violento,
la hermosura peregrina.
Claro está que si procede
de conocer el valor
del amado vuestro amor,
que en un instante se puede
reconocer los extremos
de algún sujeto excelente,
pues si amamos fácilmente
fácilmente aborrecemos.
Como filósofo habláis,
porque inferís discreto
la causa por el efeto;
pero en una cosa erráis,
que es ejemplo del amor,
que se engendra con presteza
y el sol de la belleza
que llamamos exterior
en los ojos, la perder
fácilmente, por ser mal
la belleza material,
y al momento la deshacen
los sentidos, pero aquella
hermosura consistente
en el ánimo eminente
más fondo la raíz bella
júzgala el entendimiento
con discurrir y saber,
y así no se puede ver
fácil su conocimiento;
y a diferencia del alma
da la misma razón esto,
que entre los ojos y el ver
va entre el ánimo y el alma.
¡Oh entendimiento veloz!
¡Oh dulcísima sirena!
¡Qué digo, si como Elena
se parece a vos en la voz,
se imitara en el saber!
Tu porfía con una
mujer de tan lindo pico,
un monstruo debe de ser,
o esta fue monja o ha sido
dama de algún estudiante.
Pag. 29
Hablad ora el disparate,
si el abono ha procedido
de una fuente, no ha de ser
de calidad diferente
de aquella, con la fluente
de quien suele proceder,
la hermosura corporal.
Con cierta correspondencia,
¿por qué halláis tal diferencia
entre el alma racional
y el cuerpo que anima ella?
Con un ejemplar se puede
significar; no procede
del sol la luz de una estrella.
Sí, y con más facilidad,
aunque su brillar resista,
la percibe con la vista
la humana capacidad.
Luego diferencias hallo,
pues con distinto arrebol,
con su misma luz, el sol
hace a un lucero vasallo.
Es verdad; sepamos pues
quién es la que me venció,
quién es la que me admira.
Una pobre mujer es
que por aya la han traído
de Elena, y como Isabela
tiene tan grande prudencia
y utilísima ha sido,
vana será su porfía.
Dícenme que es tan discreta
como hermosa, y aun poeta.
Diránlo por ironía;
no creáis, señor, al aire
de la lisonja; a errores
de príncipes y señores
los llama el mundo donaire;
de un átomo forma un monte
la adulación, e infelice,
divinamente lo dice
en su piedra Jenofonte.
¡Jeno-qué! Y ofendo a Dios,
que me pudro si no hablo.
Jenofonta, o Jenodiablo,
argumentemos los dos.
Si eres mondonga, bobilla,
aprende a dar perfección
a la goma o almidón
de la toca o lechuguilla,
sabe prender la balona
con treinta mil alfileres,
mezcla viento a mil mujeres
quien asiste a la persona.
Si te sirven a porfías
papavientos, lanzarotes,
vete, necia, a pensar motes
llenos de mil boberías;
siestas de vieja, pocas;
vete a coser y a labrar,
a pedir y a suspirar,
y a murmurar de las moscas;
y si eres dama, el farol
de esta visible esfera,
declárate por aurora
y te adoraremos sol,
porque...
Calla ya,
señora,
para saber y vivir.
Pag. 30
¿Podrá volveros a ver,
el grito y ofensa adora?
Siguiendo a un Dios inmortal
huyendo os gloria se alcanza,
tenga este bien semejante
con la gloria celestial
este trato sin segundo,
vida dormida desea,
tan alta gloria no es
como las breves del mundo
que cual relámpagos vienen.
¿Monstruo afligida?
Arenas
donde me cantan sirenas
ni rémora me detienen.
¿Cómo se podrán dejar?
[Vase]
Adiós a Carlos, pues
que no se case quien es
príncipe tan singular
con quien es tan ignorante,
porque una mujer hermosa,
soberbia y presuntuosa,
no es para un varón constante,
cuerdo y sabio. Adiós, mi amor,
nada, amor, que vanidad es,
y con esto a Dios, marqués,
que esta noche nos veremos.
Verdad poderosa, amor,
que fieras y sombras humillas,
y obrando maravillas,
esta ha sido la mayor,
pues siendo en ser y vida
unión de dos voluntades,
a tener me persuades
mi voluntad dividida
a la beldad peregrina
de Elena inclinarme siento
y este vano entendimiento
mas me fuerza que me inclina
la hermosura y discreción
entre uno y otro desvelo
me combaten, y ¡oh fiel cielo!
a huirse de ellas no es razón;
mas ya que no puede ser
un punto naturaleza
tal ingenio y tal belleza
en una misma mujer,
este norte elegiré,
a la discreción me atengo,
pues en esto al alma tengo
libertad para elegir.
Óyeme, Amadís, aguarda.
Un consejo quiero darte,
con ambas puedes casarte;
y poniendo en una jaula
de papagayo a que sea
bachillera, cogerás
la voz a Elena y tendrás
junto ansí cuanto de ella
un buen gusto.
Adúltera
de las voces sonorosas
es una de cuatro cosas
que del entonar motiva,
con voz y vocablo humano,
dice Ovidio que bastar,
y en ellos suele causar
efectos más soberanos,
siendo ansí la suavidad
de la habla de esta mujer.
Pag. 31
me dice que ha de tener
grande parte en la beldad.
Esa dulce voz que dices,
tendrá efectos milagrosos,
con dos solos faroles
y unas manos de narices.
Vive el cielo, que si mi ama
mujer tan discreta fuera,
que con ella no durmiera
por el pensar de su fama.
Muero
desde hoy, Pasquín, por saber
el nombre de esta mujer.
Si fue ramera...
Amor, en tiempo sucinto,
oigo, y amo, adoro, y veo,
y no sé lo que deseo;
mi amor es un laberinto.
Vanse, y sale Enrico y Fernando.
Darme consejo, Fernando,
aprender, bien hay a amar,
que puede considerar
hombre que padece amando.
Mas porque el duque me casa
con Isabela,
con fuego Elena me hiela,
porfía, con yelo me abrasa.
Ya de Elena la pasión
no me inquieta, que te asombre,
porque un amante es hombre
sin la misma condición.
Pues Elena te ha obligado,
no le pagues con olvido
a lo que es agradecido.
Sino por enamorado,
si con su industria y favor
eres en dos meses breve
conde, y de Urbino señor,
el ser, primero, señor,
si la ambición te contrasta
con la que amor te convida.
La que de deidades altivas,
de palacio es menester
gravedades que suelen ser,
calladas y vengativas.
A Elena, de amante, dijiste;
y pues el amor obliga,
y prospera grandeza,
la más áspera al decreto.
A tu padre, sin alterar el respeto,
Si a Isabela mirarla te atreviste,
que el cuidado en ti, y en mí,
pedirte que fácilmente
ofendiendo a la blancura
de perlas, que su pureza
perdiendo la esperanza.
Que de más se ha de alcanzar
del ingenio; y cuando amor
que Elena consiente todo
despechada, ha de darnos
que el mismo rey no la ofende
con pistola ha de ser.
Pag. 32
Disparada al aire, engaño,
en consiste el remedio
de lo que pretendo hacer.
Aun menos la cautela
con que intentas desmentir
a Elena, y te ha de servir
sola porque me desvela
al que te lo ordene.
Vase.
Con industria y maña buena
por si así, a pesar de Elena,
Daría, recelosa
de Elena,
que aun de mí su hermosura
recatada, pena le causa;
que sería acuerdo más sabio
el no mostrar, señor, la
fuerza de mi pensamiento,
porque a sus ojos me
mire, y se engañe
al fin de lograr
mi fe.
¡Ay desdicha! ¡Ay rigor!
Que en su hermosura
Elena me ofende amando
y por Daría está tratando
torpe y ingrato a mi amor.
Sale Elena.
Enrico.
Señora mía.
¿Todo ese manso semblante?
Y preguntaba, Elena mía,
si a mi amor un pecho me debe,
que respondió el viento leve
entre flores, rama suave,
que tristes, sin colores,
ni piedad a la blanca nieve;
y a mí mis penas me obligan,
quien y en Dios que digan
las cosas inanimadas
mientras que en el alma
finezas imaginadas
no te las sabrá decir.
Y a las aves con
de flores y fuentes bellas,
en ellas prendiendo de ellas
el murmurar veloz.
¿El Rey mi señor?
Que por su causa me lastima,
intenta darme a su prima,
a Daría.
¿Y vos?
¿Qué es lo que he de hacer?
Debo estar agradecido;
si lo acepto, mi sentido
al fin de amarte ofendido
pueda haber de mí...
Al cielo se han atrevido.
Falsa fe, y rostro enmascarado,
dispara una pistola, que
al descender de su arzón
pague un alevoso así
con la vida el error; pero
de su delito
yo muero,
que es lo que me voy de mí
como ansí ofendida
el dar el amor la vida,
infame ley prevenida,
a través del
y agradecido
en ley
Pag. 33
perdiendo juntas dos vidas.
Quien divide las envidias,
voces al cielo daré,
padre, Duque, justicia, gente.
Escuchad mi voz doliente,
huye, ignorando mudanzas
o venganzas e injurias,
esas flores de esa fuente.
Váyase, y sale por una puerta.
Si la industria al amor vale,
cual a Paris la hermosa,
entre las deas, es diosa,
como el alba cuando sale
coronada de oro
Vanse. Sale el Duque, Daría e Isabela.
y de plata,
el ardiente afán que ofrece
el amor en mi pecho crece,
y podrá ser que trueque agora
a una mujer que me adora
a un ángel que me aborrece.
No me dejen, por vida mía,
sola a Elena, ni a dos solas,
que aumenta la soledad
melancólicas pasiones.
Siempre, señor, la acompaño,
y ahora sentí sus pasos
entre estos cuadros que forman
los árboles y las sombras,
que en sus hojas ahora tiemblan
al céfiro manso y leve.
y las aguas, cuando corren,
como las músicas, suelen,
en los afectos mayores,
dar al alegre, alegría,
tristeza al triste conforma;
hallan el alma, la divierten
de otras nuevas impresiones,
antes que pase otras fuentes.
Vase Elena. Sale Isabela.
Ya asistí en aquel jardín,
en que un genio discurrió
con otra las razones,
y apercibido, advierte,
espera, y oye, y conoce
que un despropósito dice;
unas veces blasones,
me dan aliento a mi ofensa,
y por esto el viento rompe,
con sus lástimas y quejas.
Con piadosa propone,
que del dicho a los efectos,
y cuando me reconozca,
se suspende, y a su mitad,
la piedad vuelve en rigores,
pidiendo de mi afrenta,
venganza, y satisfacciones.
Fingiendo sus agravios,
diciendo sus falsedades,
que con atrevimiento
la causa de que se enoje
con mis locos pensamientos,
gobernando su norte
a mal toca, y replique,
alientas intercesiones
tanto al fin apadrina,
que a su beldad corresponde
un corazón de mármol.
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de las prisiones y enojos, con que
trata, señor, de casar,
estado felice tome
de un Infante de Sicilia,
que es nota más que se asombre
la novedad, la altivez,
de las bodas con un Fabio,
tan faltas de concertarse
en mejores atenciones,
y con las muchas bondades
hallará el gusto conforme
el deseo que merecen
tus excesivas perfecciones.
Aun de los días que fuimos felices,
pasamos esta pensión:
la desdicha mal que trata,
puede en los altos blasones
parar el destino en hitos.
Razón será que te informes
si es verdad que está el infante
disfrazado en esta corte.
Aquí estaba, y yo le vi.
Inmediato prevéngase
a marañas y arbitrios
a las capitulaciones
deste casamiento.
Voy
a sabello, y pues conoces
mis lealtades que ofrezco,
a tu hechura no perdonen
la ocasión que, consintiendo
cuerda que a mis pasiones
admita a mi esperanza,
pues esto le propones,
un esclavo que la sirva
y un esposo que la adore.
Mientras a buscarlo torno,
te aumento...
(Vase.)
nuevas prisiones
das al alma, que a sus cielos
de su eclipse corre.
Inquieto, por ver la causa
de las tristezas y pasiones
y melancolías de Elena,
que sabe a mal, y dispone
el ser de Enrico...
usemos de mejores
medios para su pasión,
y hablaremos de esto entonces.
Sale Elena.
Padre y señor, hoy la fama
el tiempo venera en bronce,
pues son tus altas virtudes
nueva admiración del orbe,
honra y gloria de justicia;
pues mezclando con rigores
la piedad, ganas el valor
heroico de eterno nombre.
Piedad y rigor te pido,
porque labra de rigores,
da la piedad a las fieras
y a las montañas, veis,
en estos amenos cuadros, veis,
donde los cristales corren
pidiendo venganzas, pagando su caudal
al mar.
De dos infames traidores,
Enrico pide venganza,
pues de una pistola el golpe
fatal, entre paroxismos,
da su vida a eterna noche,
da su espíritu a los cielos.
Pag. 35
A cada instante a las flores
dio asombros a quien la infamia,
abre el horror, el pecho rompe
más leal, más generoso,
muy magnánimo, y más noble;
que vio Italia, pues sus hechos
aplauden en aclamaciones.
A los cincuenta hijos
del triste Duque, los coros
de piadoso y justiciero
merecen alto renombre.
¿Cómo, viendo los despojos,
tienes el pecho de bronce?
¿Que ni un suspiro te indigna,
ni lastima un ay mi boca,
cómo, con esta noticia,
estás como estatua inmoble,
cuando del eco ofendidos
han sabido sentir los montes?
De este error perdona,
si a dar mis prevenciones
de este fatal suceso
fue tu indignación el móvil
de desdicha y de dolor;
que si tienes de roble,
aunque lloren las entrañas,
y los ojos se los vuelven
de lástima.
Hija mía,
moderen tus pasiones
la discreción y cordura,
que adviertan y borren
esas especies de ira
por dos constelaciones.
De melancólica sangre
las memorias no te enojen
de Enrico, pues fue prudente
cuando, opuesto a tus favores,
¿Qué se debe a su justicia?
Aquel amor corresponda
a tus palabras, allí
verás el cúmulo pobre
de un valido, mas eres
hombre al fin, y desconoces
lo mismo que bien quisiste.
Qué penas, qué confusiones
suspiras, serán mías,
si a desengaños mayores
no me trajera el amor.
Prima mía, no te enojes;
llóralos con memorias
y con imaginaciones
de una errada fantasía,
que tal aliento alivia el dolor.
Sale Carlos.
¡Válgame Dios, estáis locas!
¡Pues hoy no os disponéis
de ser de ellas solas dueños!
¡Fieras plantas, afables flores,
tened piedad, pues que falta
en humanos corazones!
Ya el señor Duque Carlos
se disimula y esconde
para ver mejor a Elena.
Pag. 36
los hermosísimos soles
si te parece que sepa
y has de hospedarle en palacio
visitaréle en tu nombre
Que viene adonde Carlos se esconde.
celos, desdicha mía,
juntas, oh, para mi daño
la ingratitud, el engaño,
el desdén, la alevosía,
la que de su amor se fía
el bien de esta ofensa aguarde
llegó el desengaño tarde
para causar mayor furia
venganza pide esta injuria
en el pecho más cobarde
cuando mis ojos le pisen
entre sangre y confusión
bueno está, milagros son
que mis desdichas avisen
infames delirios fueron
todo, oh, desdichado amor,
que me estuviera mejor
la muerte, pues le he mirado
cuando muero, enamorado
y cuando vivo, traidor
entre tantas falsedades
y despechos me detienen
todos por loca me tienen
invento dificultades
digo quejas y verdades
pues no hay desdicha que tema
traidor
ya vuelve a su tema
siempre estéis como yo triste
vengaré lo que fingiste
sin duda, sin desconfianza,
tan hidalga confianza
con traición te corresponde
si pide el humor, responde,
dándole satisfacción
dame, señora, perdón
pues yo sé jamás erré
pues mi culpa solo fue
examinar la fineza
con que pasaba tu alteza
los rigores de mi fe
quien examina el amor
de su dueño y más pretende
su duda, amando, no ofende
fingir por ver, no es error
parece que está mejor
alégrate, Elena mía,
porque haya de hoy a el día
de tu boda en esta casa
y también porque se casa
con Enrico, da alegría
a tu triste corazón
porque veas que, como dices,
que se casan
sí, y felices
vivirán en tal unión
porque la misma traición
de Enrico y su esperanza
no imita a su confianza
ni él consiente que ser suyo
del menor defecto huyo
es ser la propia mudanza
por lástima o locura
Pag. 37
El corazón me enternece.
Señor, su delirio crece.
Llega y templarla procura.
Sale Enrico con bastón.
Señora, su majestad,
tanto ha querido valerme,
que de Porcia quiere asirme.
Permita su voluntad
mi bien y generosidad,
será dar para este efeto
la licencia que deseo.
¿A mí me pides licencia
para que tenga paciencia
cuando estos agravios veo,
engaños y alevosías?
Ha de vengar mi furor,
si el que me engaña es traidor,
morir a las manos mías.
Vase.
Sin duda este es frenesí,
que cada día de repente
vamos tras ella.
Detente,
que por hoy quédate aquí,
se ha de aplacar de otra suerte.
Ve al rústico,
infeliz, advierte
que es desdichada y hermosa.
Vase el Duque y Enrico.
Adiós, que Enrico es tan alevoso.
¿Qué sientes deste suceso?
Que Elena ha perdido el seso,
o es en tristes engaños.
Salen Pasquín y Carlos.
Ya entramos.
¿No os hace poco espanto?
¿De esta ciega demencia?
Su gran locura me encanta.
No me admiro que esté loca,
no me prometí yo menos,
las promesas y las muecas,
cerca están de la locura.
Restan tus ojos serenos,
del mal favor de Elena mira,
El retrato que rompiste
al decir el que figuraste,
dijeras mejor, admira
su buen talle y gentileza.
Los hombres, vil, si es verdad,
que guardo a la calidad
respetos naturaleza
severa.
Pues la quería
flor, con tan notable afán,
sin duda por extremo amarte,
quizá no le conocía.
Porque en esto he examinado...
Ya al verte se demuda.
Si es la de anoche.
Sin duda.
Bien lo dice su beldad.
¿Y perdonas en hablalle?
Aunque ha visto a un hombre vulgar,
la suerte tan singular
que le diese tan buen talle.
Pag. 38
¡Ah, señor! más que si hubiera
de Ariste, y a Platón
te dará en conversación,
ya frisado y realzado.
Como el infante lo pasa
en Nápoles disfrazado;
¿está muy enamorado
de Elena? Cuando se casa
ronda acaso las ventanas,
y mira al mediodía
de ese parque, cuando el día
se esconde entre sombras vanas;
a Virgilio y Cicerón
le habla Elena al par
de sabia.
[Aparte.]
No hay que dudar,
ellas las de anoche son.
¿Quién duda que si el infante
cuando esos millones mire
y hermosura que le admire,
y discreción que le espante,
Dos partes son soberanas
que ambas le dan alegría,
en los jardines de día
y de noche en las ventanas.
Hermosura y ingenio unidos
le dan gloriosos despojos,
las mañanas por los ojos,
las noches por los oídos;
porque están en competencia
almas, astros soberanos,
sin hallar, Paris troyano,
que deja dar la sentencia.
[Aparte.]
¡Qué bien habla!
Yo imaginéle
buen amante, y bien ahora
prometen nobleza,
amor.
Saber mil engaños suele;
no extrañes pues su oficio.
Habla, y bien.
Sabrélo ansí.
¿Cómo está Pasquín
aquí?
Señora, a vos se debe servicio;
de todo está ya informada
mi lealtad, Isabela.
Como no estoy afanada,
condición es de mujer,
adorar una imagen muda
sin saber quién es.
¿Quién duda
que el infante os querrá ver,
cuando la noche a los cielos
le viste estrellas de rubí?
¿A qué propósito a mí,
busque a Elena?
[Aparte.]
Estos son celos.
Ya que a los oídos hoy
de vuestra alteza, señora,
el que os inferior adora
ama un ciego efeto;
anoche os di tal razón,
toda el alma me llevaron,
que en mí dejaron
peregrinas impresiones,
porque llena mi memoria
de vuestra sabiduría.
Pag. 39
Estando en la alta Alemania,
a impulsos de mi bizarría,
recibí vuestro papel,
a cuya letra divina,
el alma mía adivina,
conoció vuestra alma en él;
y oyéndoos después mejor,
reconocí en gloria tanta,
siendo necia la infanta,
aquel gallardo primor,
aquel estilo ingenioso
y aquel discurso discreto;
era vuestro, y en efeto,
fui vencido y fui dichoso,
porque a mi amor ofrecía,
y el alma por ella os rendí;
después, señora, que vi
de Elena, mujer necia,
cuando marqués me he fingido
por ver a Isabela, y al fin
ha descubierto Pasquín
ser un loco y atrevido;
haberle visto hablar sin seso
la causa y la culpa fui,
llamándole, pues le di
atrevimiento con eso,
loco insolente de quien
conozco habéis aprendido,
si vos me habéis conocido,
y yo os conozco tan bien;
con atrevimiento podéis,
si de errores semejantes
suelen juzgar los infantes
de Italia, porque veis
que hace de un solo instante
al fin defienda el insulto.
¿Quién os dijo a vos
que yo soy Elena,
que a toda Italia
admira?
Salid, bárbaro, de aquí;
si nobleza hubierais,
conocierais qué mujer era
ésta...
Ya, baste, ya, el donaire;
¿Qué donaire? Que bien mereces de una
que os den por la cabeza,
que no es necia, sino alharaca de
buen aire.
El resto de la página derecha presenta un borrador extensamente tachado con trazos en zigzag, del cual solo se transcriben las dos últimas líneas válidas.
En esta casa están locos,
Pasquín, ¿qué he de creer?
Pag. 40
Que ella se finja sin traste,
hecho un retablo de duelos.
Si padecía mi necedad
Unos fieros desprecios,
agora con otro celo.
ruin estilo que Dios le dé
Haga de Pasquín el truhán,
porque no puede ser menos.
Maldita sea mi lengua,
aquí me imponga el silencio,
si el instante que lo supieron,
qué fuera de mí.
Apuremos,
Pasquín, el confuso caos
de laberinto tan ciego.
Parecía anoche por la reja
con un estilo discreto,
estuvo conmigo afable,
cortés en el tratamiento,
igual en las atenciones
y atenta en los argumentos.
Pues, ¿cómo agora tan otra,
descompuesta en el despego,
y de mi obsequio ofendida,
sin atención ni respeto,
muestra con furia enojada
la severidad y el ceño?
Pues decir que esto no tiene
algún oculto misterio,
es imposible, no hay duda.
Pero ve con presupuesto
que las que son discretas,
de pronto y sutil ingenio,
tienen el discurso al hilo.
A estas señoras de secreto
que se precian de hacer versos,
tienen el discurso al hilo
y la condición al ciego.
de templada en el despego / y de mi obsequio ofendida / y la condición al ciego
No lo alcanzo.
Yo tampoco.
Pues vete, Pasquín, que yo luego,
en medio de dos amantes,
todo el discurso suspendo;
pues con saber no le acierto,
y porfía con el ingenio,
me confunden sus engaños,
noto que aun soy bien ciego.
En aquel de donde por cierto
que aparecía incierto,
que quizá fue disimulo
demostrado de secreto,
tratar con un desengaño
para examinar mi pecho,
fingir que Elena quiso
tomarlo por costumbre
para que me desdeñase,
y con aqueste pretexto
reducirme a su cariño
para el tratado concierto.
harto me asusta / pues dime / un ... / que te he de ... / como vengo / de a que... / que no ha de ser / lo mas / pena me das / y aunque / sabe que no
Jornada tercera
Pag. 41
Salen Elena y Lucrecia.
Si tu pecho desespera
divertirse en tanto mal,
vámonos al monte Real,
pues que tu prima va
a ser la casa de placer
mejor del mundo.
Estoy aquí,
el placer aborrezco,
ya he de buscar el placer;
vamos cuando baje el sol
a ver de este mar las olas.
¿A dónde has de ir?
Vamos solas,
tapadas a lo español.
Travesura es de donaire,
mas aunque nos disfracemos
de damas, no imitaremos
de las de España el buen aire.
¿Qué dijeran en España
si oyeran que mi grandeza
intentara esta llaneza,
y lo tuvieran por patraña?
Que el alabaros me mueve
de halagos singulares,
y acá de trajes vulgares
asomamos cuando llueve.
Aunque es mayor excelencia
esta de la autoridad,
que logramos libertad
sin faltar a la decencia.
Sale Daría.
Prima, tu padre porfía
en que yo me he de casar.
Si tu pena da lugar
a que remedies la mía,
ya que ve un hombre indigno
a Enrico, mas previene
ciertas sospechas que tiene
mi corazón adivino.
Pues amaste, bien lo dices
con esta justa tristeza
de tu genio y la belleza:
siempre fueron infelices.
Aunque soberbia y altiva,
con presunción semejante,
en cuanto ha de ser amante,
Pag. 42
tengo ya por vengativa,
tomar la venganza, y intento
del enemigo mayor,
de esta mujer, del amor
trocó en aborrecimiento,
ayúdame.
De manera
me lastima tu pesar,
que en todo te he de ayudar.
De tu amistad lo espera.
Las venganzas encamina,
saliendo de hoy constante.
Vil, ingrato, amante,
aquí empiezo mi ruina,
mis desdichas solicito.
Sale el Duque.
Elena, con el cuidado
del accidente pasado
en las tristezas te imito,
¿cómo te hallas?
Muy triste.
Ya,
con una eterna inquietud,
y es tan fácil mi salud,
que en un instante consiste.
Médico y padre al fin eres,
mi vida y salud ordena,
pues no ha de entrar más pena
de aquella que tú quisieres.
¿Qué es de mí?
Señor,
por juntos dos extremos
de Enrico, y yo, no cabemos
en tu pecho en un amor;
no caben en un sujeto
dos contrarios, y es forzoso
que venza el más poderoso,
a mayor, o más perfecto,
cuando el altivo vapor
nubes húmedas disuelven,
los dos espíritus pelean
hasta que rompa el calor
con el trueno, y con la llama,
que no pudiendo sufrir
a un enemigo, al salir
se justifica en su llama.
Y siendo el amor unión
de iguales almas, de hecho,
no es bien que estén en tu pecho
mi lealtad, y su traición.
No vuelvas, hija, a ese tema,
que parecerá locura,
cuando retira hermosura
severa, y con tal rigor,
la belleza recatada,
y a su condición templada.
¿De modo que este rigor
llama Vuestra Alteza frenesí,
el más fatal para mí,
por no tocar al traidor?
pues una de dos.
Prosigue.
o a Enrico has de deshacer,
o es posible no ha de ser
sin dolor, se mire que
de dos extremos cercado,
viva el ánimo, y elija,
no sea la salud de una hija,
la vida de un privado;
pero es de pechos tiranos
no justificar sus manos.
Pag. 43
Que la hazaña no mira
a los respetos humanos.
Vivo te justifico
la causa y razón primero.
Seré padre y justiciero,
dejaré entonces a Enrico.
Dale un papel.
Lee el papel, y ofendido se levanta.
Juzguen su culpa tus ojos,
este papel me escribía;
hasta aquí callaba yo
para no causarte enojos.
De él nace el sentimiento,
que al alma misma penetra;
pues conociste su letra,
conoce su atrevimiento.
El duque permite,
sabré vencer su porfía,
porque es justa la osadía.
¿Por qué te suspendes y dudas,
y con silencios te espantas?
Si mientras más te levantas
a más soberbias llamaradas,
claro está que la tristeza
de mi prima procedió
del ver que Enrico perdió
el respeto a su grandeza,
alterándose arrogante
a festejar su hermosura,
y dejando su locura
a demostraciones de amante.
Vase.
No te ponga en suspensión
de dudar lo que has escuchado;
cualquier caso no pensado
trae consigo admiración.
Y como nunca pensó
de Enrico tal osadía,
admiración fue la mía,
dolor reprimido fue;
y el considerar la injuria,
con pausas de suspensión,
convirtió la admiración
en otro afecto que es furia.
Mas si el ver con qué belleza
sueles templar los enojos,
no quiero ver tus ojos,
dejadme solo.
Ya empieza
a sentirse arrepentida
el alma en esta venganza;
al perder la privanza
y yo perderé la vida.
En mí misma me turbé;
prima, mi amor me condena,
porque él sentirá con pena,
y yo con puñal sentiré.
Ten ánimo, ten valor,
porfía, que un grande amor
no se acaba en un día;
tarde llega el desengaño
a quien tiene amor tamaño.
Ya, ¿a dónde ha de parar este,
este enredo, más que infierno?
¿No dijiste
que le adora y aborrece?
Esta verdad más me obliga,
con que se alienta mi alma
una tímida esperanza,
que desmaya en la tardanza;
mas, ¿has visto un preso de esgrima
donde por fuerza a solas
riñen dos sombras, y cuando...
Pag. 44
a las veras van llegando
el maestro pone paz
mi enojo contra mi amante
comenzaba a prevenirse
pero al tiempo de él herirle
metió clamor el montante
Bien explicas los extremos
de mi pena y dolor
(Vanse y sale el Rey de luto.)
mejor
Señora, pues nos retiremos
Los dilatados deseos
suelen llamarse desdichas
que el otro modo de pena
una esperanza prolija
y aquel amor me levanta
si un mismo amor me permita
siendo el Rey de Dios copia del cielo
porque, Señor, que a tu luz
de mis ojos, solicita
sin que los hermosos rayos
produce sombras el día
obre tu poder milagros
ciego estoy, dame la vista
pobre estoy, dame riquezas
muerto estoy, dame la vida
(Aparte.)
(A todos.)
Aquí importa la prudencia
pues si doy aliento a la ira
el dolor, era venganza
corta el quitarle la vida
mas si miro a la fineza
con que heroica su cuchilla
defendiendo mi corona
se vio en Europa temida
se templa mi indignación
pues que armas, enemigos,
por él las mías respetan
ahora bien, partan a medias
la clemencia y el enojo
la venganza exceda o baje
de mi furor, atendiendo
a que tiene sangre mía
y que le debo lealtades
castigando su osadía
con una piedad severa
y una piadosa justicia
¿Cómo, señor, vuestra alteza
agraviándose a mis dichos
condensado silencios
los favores me limita?
¿no me respondes? ¿qué es esto
gran Señor? ¿qué oculta envidia
pudo oscurecer los rayos
de mi lealtad? ¿quién te obliga?
(Dásele.)
todo este papel en blanco,
el juez a Dios representa
y el Dios la misma justicia
como el Dios cuando nos premia
será Dios cuando castiga
en el caso de Faetonte
la griega filosofía
nos enseña que la soberbia
con una fiera ruina
atrevióse al sol, rompió
moderar la luz del día
y cayó mezclando a un tiempo
su arrogancia y sus cenizas
Pag. 45
Vase.
te juzgo
tu soberbia y osadía
no supieron gobernar
el trono de luz divina;
caíste desvanecida,
tú mismo te precipitas,
y a tu materia primera
se vuelven tus fantasías.
quien te amaba te aborrece,
esquiva y humana te niega,
quien te alentaba te olvida.
viéndose del Duque despreciado
¿Qué es esto? ¡Ay por mi pena!
Si es sueño, este desvarío,
o enigma, aun dudo lo que estoy viendo.
¡Válgame Dios! ¡Tan aprisa
vienen de tropel los males,
y tan despacio las dichas!
¿Quién dijera que en las altas
torres que fundó mi envidia,
de imaginados trofeos,
con falsas alegrías,
en la brevedad de un día,
sin aviso viene el golpe,
y sin amago la herida?
¡Qué dolor, qué fiera pena,
que del sentido me priva!
Sin exterior accidente,
así operan con tan viva
fuerza, qué efecto harán en el alma
las congojas y fatigas
deste impensado suceso,
que si la memoria mía
sentir pudiera la pena,
sin acordarse a ignominia,
no estoy conmigo, he quedado,
como el labrador que mira
descender un rayo al campo,
y sordos áspides pisa,
que por donde se echaban,
el temor no determina.
Ni la llama o relámpago
el aliento le quita,
y de Júpiter la ira,
siento el daño y no conozco
si el engaño o si es mentira,
bien como en el mar airado
roto el timón y la quilla,
del bajel que va rompiendo
montañas de espuma fría,
el mísero navegante
a medio aliento porfía,
salvar la vida dudosa
entre el agua y la herida;
no de otra suerte he quedado,
ay, cuando me precipita.
que apenas lo determina
la razón, que equivocada
en dos pasiones distintas,
con ellas desengañada,
se considera ofendida,
que la ofensa de Elena y de mí declara,
mi desgracia se origina,
no hay duda, que bruto indócil,
o la mujer fugitiva.
Pag. 46
A tu natural piadoso
excede su tiranía.
De extremo a extremo se pasa;
ni humanos ruegos la obligan,
ni la detienen halagos,
ni la enternecen desdichas.
Dejar a Nápoles quiero
y en una corta alquería
retirado...
Sale Astolfo, capitán de la guarda.
Deteneos.
Señor Astolfo, ¿qué miran
mis ojos? ¿Vos me atajáis
los pasos?
El duque me envía
a intimaros un decreto.
Ya el temor me lo decía;
publicadlo, Astolfo, y no
me deis a pausas la vida.
Me ordena,
por orden ejecutiva,
que de todos los bienes
os priven desde este día,
por causas que en sí reserva,
y que esta torre que mira
al sol, una cárcel sirva.
Bien está; de mi enemiga
fortuna no he de quejarme,
pues la tengo merecida.
Quede sin gracia mi Elena,
quien desprecia y desestima
la piedad de la constante,
por el rigor de la esquiva,
quede abatido el tirano.
Entre altivez y osadía,
por ser duque de Milán,
mira su lealtad perdida,
y como a postrer sepulcro
vuelva a su miseria antigua.
Vamos, Enrico.
Memorias,
no me atormentéis, desdichas,
no vengáis tan juntas, penas,
no os deis a matarme prisa,
logre cada cual su estrago,
ninguno perdone herida
a un infeliz, contra él todos
conjuren violentas iras,
que mientras hubiere males
que padecer, tendré vida.
Aun del culpado la queja
me enternece y me lastima;
la piedad generosa
de los delitos se olvida.
Vanse y sale por otra Lucrecia, Elena e Isabela con mantos.
Por casa de campo como esta
no se puede imaginar;
cada estanque es ancho mar,
cada calle una floresta,
cada cuadro un paraíso;
siendo aquí el agua tan bella,
más se enamorara de ella
que de sí mismo Narciso.
Sentémonos, por vida, y cante
la música, y venza así
un mal que es eterno en mí.
Oh, si viniese el infante.
¿Qué le has llamado sospecho?
Sí, llamé, mas no en tu nombre,
que deseo echar un hombre
Sello de la Biblioteca Nacional de España.
Pag. 47
Al paño, música.
Con un trato de sospecha,
arded, corazón, arded,
que yo no os puedo valer.
Y el que un imposible adora,
y vive sin esperanza
de alcanzar lo que no alcanza,
llore su mal, que bien llora,
desde la noche a la aurora;
sufra para merecer.
Arded, corazón, arded,
que yo no os puedo valer.
[Acotación tachada e ilegible]
Salen Carlos y Pasquín.
Adelante no pasemos,
porque en esta amena estancia
la música y la fragancia
me han suspendido, escuchemos.
Si no callo lo que siento,
todo crédito aventuro,
y si lo digo, procuro
la pena de un escarmiento;
¡ay de aquel que su tormento
por alivio ha de tener!
Arded, corazón, arded,
que yo no os puedo valer.
Los sentidos lisonjea.
Gente viene.
Carlos es;
tapémonos todas, pues
nadie quiero que me vea.
+
Las que están sentadas son,
por aquí Elena, sin duda.
Su perro seré de ayuda,
embiste con la ocasión,
y yo de las cuatro elijo
[Versos tachados: esta avecica que canta / la que de cantar no cesa, / oyes la primavera infanta / de riqueza / atrapada de medio ojo / y echo en favor con cuidado]
¿Cuál de las dos
responderá?
Sábelo Dios,
a qué puerta han llamado.
Piadosísimas señoras,
que por no matar un triste
los rostros escondéis,
no viva nadie de veras,
pues que sois piadosas, dadme
remedio a una pena fuerte;
buscando voy a la muerte
de agravios, rematadme.
A los de fuera no hablo.
Como tapadas estamos,
qué libertad le damos.
¿No te va agradando?
No,
pintado y vivo me ofende;
como sombra de retrato
engaña su gusto un rato.
No hay cosa que más me obligue
a pesar, que como ves
que mujer que me agrada
y hablalla tapada
con la memoria a los pies.
Pag. 48
8
+
—(Aparte.)
Esta Elena, tonta sin duda,
bien su ignorancia lo dice.
¡Oh, hermosura infelice,
por qué no naciste muda?
A otra luz celestial
vuelvo el rostro, el alma y vida.
Dadme mejor acogida,
porque a mí me tratan mal.
(Vuélvese al lado de Elena.)
¿Luz celestial esta mía?
¿qué sabéis si son tinieblas?
El sol entre pardas nieblas
no deja sin luz al día:
cuando la aurora con risa
viene al sol entre los prados,
muestra, envidiosa, aprisa
en noviembre de camisa;
y las hojas blancas y grana
con tan perlada beldad
que aquella dificultad
ya es hermosura soberana?
Cuanto más que no es mi intento
que los rayos escondidos
me arrebaten los sentidos,
¿Sino qué?
—(Aparte.)
El entendimiento;
pues ya está en vos conocer
que el efeto es singular,
que en los bajos del mar
hablar dulcemente vi;
Porcia es, sin duda, y Marcia.
Veneno de amor en mí,
Elena, infeliz de ti.
Que el influjo que hacía sombra
no libra una centella.
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Un átomo no tocaras
para que al mundo admiraras.
Sol, ilumina esta estrella;
alma, anima esta escultura;
cielo, influye en esta planta,
Porfía sana esta locura,
hace a Elena imagen clara;
prodigio fuera su prima,
si del alma que te anima
un resplandor le tocara.
¿En qué presumís que soy,
por ciego, mal conocéis?
En que no sois ni podéis
ser Elena, y en que os doy
el alma y la libertad
sin veros, que son señales
de dos dueños tan iguales
en sangre y en calidad,
que esta oculta simpatía
de la celeste influencia
promete correspondencia
no solo en el alma mía
con la otra, mas también
en la sangre a la nobleza,
que aunque puede la belleza
por sí sola causar bien
al alma, que es su prisión,
no da su divinidad
cuando falta la igualdad,
tan alta confrontación;
porque sois vos, y aunque ayer
disimulasteis conmigo,
otra sombra soy y os sigo
porque me dé forma y ser,
tan divino resplandor;
mal haya yo si no fuere
de porfía mientras viviere;
mal haya yo si el amor
de otra me hiciere despojos,
si yo rindiere mi cuello
a lazos de otro cabello,
ni a las flechas de otros ojos.
Habiendo venido amante
de Elena, a mudar ansí,
quien al lado de un rubí
mira brillar un diamante.
Si os ofrece la conquista
con tan vivos resplandores,
y os diese de sus amores
licencia, matando la vista.
Contra lo que es cristalina,
hace del rubí elección,
aunque sus reflejos son
de sangre y púrpura fina;
no temerás presto ansí,
luego es feliz, no inconstante,
amor que elige diamante
cuando buscaba un rubí.
Nos dan a ver tan temprano
el grado de bachillera,
sois hermosa, mas parlera;
vos habláis en canto llano,
bien sabéis el contrapunto,
que el contrapunto me enfada,
y la fábula me agrada
del cuclillo y ruiseñor,
porque vos bufoneáis tan bien.
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Quien sirvan, no;
¿por qué pretende
en Nápoles como duende
un infante? ¿Quiere de veras
hacer noveleras? Traía
sus truhanes y criados
a solicitar cuidados,
y él no parece de día.
Porque vive tan extraño
y ver a Elena procura.
Descubrid, señora mía,
el bello rostro que espero,
salga el sol de su hemisfero,
salga de su oriente el día,
salga ya, y merezca verla.
De ese manto luz hermosa,
de su capillo la rosa
y de su concha la perla.
Que a mí me parece
objeto de estar divino,
teniendo el sol tan vecino,
águila a su luz seré.
Y como aquel que nació
ciego, y viendo de repente,
al prodigioso accidente
mudo y absorto quedó;
así yo, que deseando
ver sujeto tan hermoso,
mudo estaré, de glorioso,
y suspenso, de admirado.
Vos, señora, interceded
en lo que ya estimo tanto.
Descúbrese Porcia.
Ya a mí me cansaba el manto,
concédole la merced.
Luego vuelve a la otra y hállala descubierta.
Levántanse.
¿Qué es esto, cielos? ¿Qué vi?
A tan raro y nuevo
admiración mayor debo,
si aquello prometí,
tanto este suceso llama
mis sentidos al asombro,
si yerra el entendimiento
o si los ojos se engañan.
Admírase el alma mía
y una sospecha la agravia:
Elena de noche es sabia,
Elena necia de día,
tapada Elena discreta,
necia Elena destapada.
Amor, amor, no me agrada
maravilla tan secreta,
desagradar no me quiso,
amor tiene en otra parte.
¿No acabas ya de admirarte?
Un celestial paraíso
hay mil gustos escondidos,
porque su ser excelente
penetrarse no consiente
de los humanos sentidos;
el cielo que no permite
márgenes, y apenas halla
vencer el sol batalla,
da a las aguas de Anfitrite
y descubre sus raudales...
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los vecinos labradores
de aquellos campos y flores,
mirando dos luces tales,
a la celeste armonía
esta vanidad pequeña
nuestro oído, ansí lo enseña,
la fiera filosofía.
Yo, que tal belleza vi,
y tal infierno he escuchado,
Lucrecia, es que viva admirado,
nadie vea alteza ansí;
no permitamos los dos
que esté, señor, vuestra alteza
descubierta la cabeza.
Carlos es, ¡válgame Dios!
Sale Fabio.
El duque hace fiestas
en la plaza; que te espera
alegre ha dicho.
De esa manera,
no podré encubrirme más.
Voy a palacio confuso,
me da amor historia y pena
entre Porcia y entre Elena.
¡Oh, raros milagros, vea
conmigo amor!
Y admirada,
verá el infante, de ver,
no hay sabia si ama mujer.
Y con prisión.
¡Qué cuidado!
Vanse, y sale Enrico.
Texto tachado en el original omitido aquí.
Él ansí.
Carlos pasa por aquí;
humíllate y en palacio
ampárate de este medio,
si a él le quieres persuadir.
Sale Carlos leyendo un papel.
Vengo, señor, a pedir
en mi difícil remedio,
ya, señor, que vuestra alteza
se dio a conocer a todos,
descubriendo en ambos modos
rayos de humana grandeza;
y pues tu natura llega
a próvida, sabia y fuerte,
defiende al hombre de suerte
que conservarse desea;
el huir y pelea
con la vida y con la muerte.
Enrico soy, si tu alteza
ampara, y a dar luz de su empresa
hace que el duque me apadrina,
diré que ansí es medicina,
como heroica grandeza.
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Sola una vez he pasado
a besar la mano a su majestad,
y juzgo que será en vano,
cuando con él no he tratado,
pedirle nada, y ansí,
aunque piadoso sentí
su mal, tengo respeto,
pero después yo os prometo
que hayáis padrino en mí.
La mano al duque
y recelo
que será inútil desvelo.
Vase.
Sale Porcia.
No fue mi mal solamente
haber perdido la gracia,
debió dar mayor desgracia,
es sin duda la presente.
que le ha llegado,
quien fue amparo de la gente,
a do ha de acaudalar,
el que ha sabido mandar
pide ansí? ¡Qué maravilla!
Un león ahora se humilla
a la alba frente del mar.
Porcia de su cuarto viene
al del Rey. Valdréme de ella,
que si el rigor de mi estrella
tantas desdichas previene,
que aunque es ilustre, si tiene
su pecho lástima agora,
alcance del Rey, que ignora,
dé audiencia, me quiera dar,
porque pueda disculpar
el alma de quien la adora.
Solo su favor pretendo,
para que en él esperando,
el que os obligó amando
os obligue padeciendo.
Señor, la causa no entiendo,
ni sé la razón por qué eres
tan infeliz como quieres,
porque a un desdichado juzgo
que no se atreven las mujeres.
Vase Lucrecia.
¿Qué esquivez no prometía,
más piedad, mi fe más pura,
qué desdeñosa hermosura,
¡oh hermosa tiranía!
porque habla alentando y confía
en el amor que ha tenido;
¿qué delincuente ha sabido
sin prudencia, o sin saber,
jamás se ha de atrever
a casa del ofendido?
¿Y qué hombre de ley ajeno
aquel enemigo roba?
¿Un áspid mismo no da
la triaca y el veneno?
El vaso de fierro lleno
de algún precioso licor,
tarde pierde aquel color;
ella ama, favor te ha hecho,
tarde saldrán de su pecho
los resabios del amor.
A propósito ha salido,
buen agüero vos le dejo.
Vase, y sale Elena.
¡Oh, bárbaro consejo!
burlado estoy, dolorido,
amor, aliento te pido,
temple su pecho feroz,
su deidad salva veloz,
a darme favor comienza;
si el miedo de la vergüenza
me pone freno a la voz.
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(Llega Elena.)
Espolios como solía,
soberbio y vanaglorioso,
juzgándome tan dichoso
que mi piedad merecía
traerme la desdicha mía.
Tan otro de lo que fui,
que de estar delante de ti
no me atrevo a mi retiro,
que en el espejo que miro
lo que soy y lo que fui.
No pretendo aquel estado,
en el medio de la fortuna
sobre el cristal de la luna
habiéndose derribado.
Como su luz me ha faltado,
como ya no resplandezco,
y mis desdichas padezco
en mi misma oscuridad,
conozco mi indignidad
y este bien que no merezco.
No pretendo, no, perdón,
porque ofensa hecha a mujer
divina, no ha de tener
humana satisfacción.
Ni pretendo compasión,
que amor me responderá,
que a un mudable no la da,
y en la desdicha presente
yo pretendo solamente
que me escuches.
(Vase.)
Y ya está.
(Saca unos papeles y vuelve Elena y quédase a la puerta.)
Bien está, ¡oh justos cielos!
Aun atención no me dio,
pero bien está si yo
no tengo humanos consuelos
pues amor pague con ellos.
Bien está el bien y el mal,
y andan bien para mi mal,
a que el mal se llame bien,
dando a entender que está bien
lo que también está mal.
Escucharme no ha querido,
mal dará en otra ocasión
la piedad del corazón
a quien negó la del oído.
¡Oh, victorias, que habéis sido
testigos y aún instrumentos
de mis pasados contentos!
¡Papeles falsos e ingratos,
que fuisteis amor retratos
de sus mismos pensamientos!
Morid como muero yo,
no vivan más mis glorias,
porque no quiero memorias
de la gloria que pasó.
Para no volver; si os dio
alma, vida, forma y ser
la mano de una mujer,
hoy acabáis a la mía
lo que el amor escribía
la venganza ha de romper.
Diréis que os deje vivir,
y mi fe os responderá
con tibieza, bien está,
que es lo mismo que decir
no hay remedio; es de morir.
Como el dueño de un papel,
es un tormento cruel
cuando ya pasa la gloria
que no ha de estar la memoria.
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En la parte superior hay diez líneas tachadas e ilegibles y en el margen derecho "Don Pel. en la cadena".
Quien vio en el florido mayo
una nube parda y rubia
amenazar con su lluvia
y amagarnos con su rayo,
y en el bosque un ronco ensayo
de la tempestad que ordena,
cuando más espantos truena
pasa ligera, y al fin
a verse el sol de carmín,
y el cielo a mostrar serena.
El enojo de un amante
es cual nube de verano,
amenaza y es en vano,
que rigor no pasa adelante,
que su cólera inconstante
para emendaros volví.
Hablad en público.
Ay de mí,
dudo y temo; amor prevenga
sus disculpas, porque tenga
consuelo en la muerte ansí.
En el engaño pasado
yo no ofendí a vuestra alteza,
probar quise la fineza
de su amoroso cuidado;
ya que de desengañado,
verdad, señora, confieso,
porque me quisisteis hacer,
buscasteis para borrarme?
¿De qué sirvió levantarme
si me has dejado caer?
¡Cuánto mejor me estuviera
el estado en que nací,
y a mi esfera pareciera,
su beldad a quien quisiera
amara y no padeciera
mas ansias; y por momentos,
pues al batir de los vientos
tus mudanzas arruinan
dio la torre que hacían
mis altivos pensamientos.
Líneas tachadas: Aunque, mi señor, / licencia para volver / a la esfera, a mi ser / y a mi llana condición, / por aquel lucido amor / que me mostraste primero.
Faltáis, Enrico, grosero,
al hado que os derriba;
como pobre visto viva,
si solo os duele mi vista,
¿cómo queréis que asista
a las bodas del infante,
si es fuerza estando delante
que el alma por la vista...
Cásate, no lo resista
mi desdicha, pero sea
la disculpa que afea
el olvido y de mi muerte.
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De tu boda y de mi muerte
adonde yo no lo vea.
Un punto nomás aguarda,
porque el Rey sale; encubierto
te queda en este cancel,
porque escuches sus secretos
cuando yo interceda por ti.
Escóndese y salen el Rey por una puerta, Carlos, Ludovico, Pasquín y Fabio.
Mi vida o mi muerte espero.
Que solo por ahora primero
sábese ya claramente
del infante;
¿por qué he de pedir
el mismo mal que padezco?
¿He de buscar mi desdicha?
¿He de buscar mi tormento?
Yo obedezco
sus gustos, como perdonéis
a Enrico.
Merece el dueño
que ese enojo yo remita
la causa a tu sentimiento.
Perdonado estás, Enrico.
Pónense de rodillas dentro.
Humilde, señora, beso
los pies a quien ve postrados
mi esperanza y mi deseo.
Levanta.
Dale la mano.
Si has de humana hacerte
a más rigor, si te veo
casar, ¿para qué levanta
humano mis pensamientos?
Calla, que el que confía
no siempre indicios ha de darte.
Dale ya, Elena, la mano
a Carlos.
Oye primero:
bien sabes desde que niños,
en la corte y honras que le haces,
como primos y de valor,
pues le encargas este reino,
conoces, señor, la afición
que a fuerza de nuestra estrella
se encendió, e indicios mismos
de nuestros grandes deseos.
Conque por sus aplausos,
pues por mucho que los celos
me hayan indignado a Dios,
oh, mudable y poco atento,
su afición puso en olvido.
Y aunque causa respeto,
mal castigo he de inferir
al hado me rindiendo.
Que ha de tener la corona de Ferrara
y de aqueste imperio.
Por alteza de mi sangre generosa,
mediante a que soy de aqueste imperio
notoria y viva heredera,
siquiera logre el efeto,
que perdiendo mi afición
no toleres mis afectos.
Palabra le di de esposa,
y aquésta...
Sale Enrico.
A tus plantas puesto
pido el perdón.
¡Oh, traidor!
Matalde.
Pónese delante.
No quiera el cielo
que donde pise los pies
el invencible trofeo,
por padre, tened perdón,
o mátame a mí primero.
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¿Hay lance más empeñado?
Venza tu furor mi aliento
y muestre ser padre agora,
pues tu llanto en mis afectos
la cólera ha suspendido.
Señor, ya te entiendo,
y solo un medio descubro
para ajustar el empeño,
quedando airoso en el lance
mi cuidado y tu respeto.
¿Cuál es el medio, Carlos?
El de tu piadoso pecho
Sin disgustos,
a ti la elección me quedo.
Yo siempre he querido a Carlos.
Pues llegue y logre sus gustos.
Daría, es mi mano.
Y tú, Elena,
pues te elegiste por dueño
a Enrique, con él te casa;
siendo mi amparo y deudo,
por ti le vuelvo a mi gracia
con todos los privilegios
de su adquisición primera.
Perdón a mis males, Enrique, y allego
en ellos a lograr en tus favores
la dicha mayor
de mi fortuna.
Qué consuelo.
Atenderá a las mujeres
viendo estos raros extremos.
Que el mudable arrepentido
es digno de vuestro imperio,
y yo, mi señor, confesando
que he de dar al mundo ejemplo
con enmendar mis acciones,
firme, obligado y sujeto,
para que todos conozcan
que, si de mi error venciendo,
el mudable arrepentido
ya fui, Senado discreto,
da fin de Elena y de Enrico
el suceso verdadero.
Finis.
Variante al pie: que en el mudable arrepentido / es digno de su imperio
