testo digitale di El mártir de Etiopía
Data di pubblicazione: 3 settembre 2026
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- El texto procede de la transcripción multimodal, revisada página por página contra el ejemplar de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, A 076(241)/035, incluido en Rimas varias y tragi-comedia del mártir d'Ethiopia (Ruan, Lorenzo Maurry, 1646), digitalizado por Internet Archive.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mártir de Etiopía. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-martir-de-etiopia.
EL MÁRTIR DE ETIOPÍA
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EL MÁRTIR DE ETIOPÍA
TRAGICOMEDIA
DEL CAPITÁN MIGUEL
BOTELLO DE CARVALLO.
Representola Antonio de Prado.
Don Esteban de Gama, gobernador de la India.
Don Cristóbal, su hermano.
Don Juan de Meneses.
Martín, su lacayo.
Don Luis de Noroña.
Doña Leonor, dama.
Flora, su criada.
El embajador de Etiopía.
La reina.
Un criado de Don Esteban.
Alí, general del turco.
Tres capitanes turcos.
Un soldado.
La Fama.
Jornada 1
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Salen don Juan y Martín.
La ocasión no puede ser
más a gusto del deseo,
lo que estoy viendo no creo.
Poco llegan a valer
los consejos que te doy.
No tienes que aconsejarme
si procuras apartarme
de lo que adorando estoy,
de la beldad que conquisto
hecha de rosa y jazmín,
del más bello serafín,
que humanos ojos han visto.
Detente, señor, espera,
advierte,
No hay que advertir,
Pag. 3
A Leonor he de seguir;
es Leonor la propia esfera
adonde amor me subió:
quiero a Leonor más que a mí.
¿Sabe que la adoras?
Sí.
¿Hablaste con ella?
No.
Mira lo que dices;
Digo,
que bien sabe, no hay dudar,
que a su beldad singular
siendo mi afición testigo,
siendo mis ojos jueces,
rendí el alma por despojos.
¿Quién se lo ha dicho?
Mis ojos,
se lo han dicho muchas veces;
¿no es divina su hermosura?
Mira que viene con ella
su hermano, y mira.
¿No es bella?
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No es su rostro,
¡Qué locura!
¿El retrato más lozano
de los más floridos meses?
Mas si eres portugués Meneses,
considera que su hermano,
es portugués y es Noroña.
Es noble y tiene valor
que puede ser (sí, señor,)
que vuelto en viva ponzoña,
arrojando vivo fuego,
de su honor escrupuloso,
tire revés de celoso,
como porrazo de ciego.
Ve llegando poco a poco
no repare en ti su hermano,
Quien ama recela en vano.
Por eso el amor es loco,
¡Loco el amor!
No lo ves.
Discreto serás si amares.
Deseo que me declares
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tres cosas.
Pregunta pues.
¿Por qué le suelen pintar
niño al amor, siendo viejo?
Porque no admite consejo,
cuando se empeña en amar,
sufriendo penas y enojos,
padeciendo, y suspirando;
¿Y por qué tan ciego, cuando
penetran tanto sus ojos?
Porque de amor la afición,
nunca el desengaño ve.
¿Y tan desnudo por qué?
Porque lo está de razón.
No has dicho mal, pero no
es bien que te acerques más.
¡Qué muerto de miedo estás!
¿Yo muerto de miedo, yo,
puedo estar de temor muerto?
¿Soy portugués?
¿Quién lo duda?
¿Eres mi amo?
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No hay duda.
¿Llamome Martín?
Es cierto.
¿Cómo ha de temer un hombre,
que al fin tu criado es,
un hombre, que es portugués,
y tiene de Marte el nombre;
siendo juntamente loco
pues no sabe qués amor?
Sale doña Leonor y Flora con mantos y con ellas don Luis.
¡Qué bella sale Leonor!
Bella solamente es poco.
No hay belleza que la iguale.
Eso no negaré yo;
¿Cómo dirás que salió?
Como cuando el alba sale,
rompiendo el velo nocturno,
y diciendo al día amores,
bañada en agua de olores,
desde el cabello al coturno.
Dichoso en amarla fuiste,
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ya siento lo que es amor.
¿Qué te pareció, Leonor,
lo que de la ciudad viste?
Un trasunto milagroso
del Cielo, un retrato breve,
compuesto de rosa y nieve,
en quien el arte famoso
quiso postrar, poner quiso
lo natural a sus pies;
la gloria del mundo es,
de la tierra el Paraíso,
el que en ella resplandece
con pompa y con majestad,
es la más bella ciudad.
Bien la fama la engrandece,
pues con retumbantes ecos
publica que en Asia es Goa,
como en Europa Lisboa,
como en África Marruecos.
¿Qué te parece el palacio
del Gobernador?
Me avisa,
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que no he de juzgar deprisa,
lo que he de admirar despacio.
Fábrica tan eminente,
se alaba cuando se admira.
De sus bellos ojos mira
la beldad resplandeciente,
verás, que dejando ciego
al sol el ardiente ensayo,
desafían rayo a rayo,
oscurecen fuego a fuego.
Encarecimiento extraño.
En esta espléndida sala,
que a la más vistosa iguala,
florida estación del año,
que con fragancia más tierna,
hace del adorno alarde,
ha de hablar aquesta tarde,
el Gama, que nos gobierna,
al Embajador que vino
del Preste Juan.
Quien miró
tal bizarría, quien vio
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sujeto tan peregrino.
Y porque obligado estoy,
acompañarle cortés,
no es bien, que siendo quien es,
falte, Leonor, a quien soy.
Queda con Dios.
Vase don Luis.
Él te guarde.
Don Juan está aquí, señora.
Agora puedes, agora,
haciendo vistoso alarde,
exagerar tu afición,
su deseo engrandecer,
agora puedes coger,
del copete la ocasión.
Llega, pues, no estés turbado.
Que viene hablarme sospecho.
Si amor que asiste en el pecho
en vivo fuego abrasado,
Proseguid; turbado llega.
Lo que he de decir no sé,
Hablad pues,
¿cómo podré,
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si ese resplandor me ciega.
Si me ofende el sol que sale,
por entre esa nube oscura,
y si aquesa mano pura
no me ampara, ni me vale.
Si lo que el alma pretende,
por impedir se desvela,
si aquese fuego me hiela,
cuando esa nieve me enciende.
¿Qué pretende el alma ver?
El rostro más soberano,
si agora esa blanca mano
llega la nube a romper.
Si de un rostro celestial,
que cubren nubes espesas,
deshacen la sombra aquesas
cinco flechas de cristal.
Si mirando habéis de arder,
y si ardiendo habéis de helar,
¿quién os obliga a mirar,
si os ha de abrasar el ver?
De que os espantéis me espanto.
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¿Quién puede obligaros, quién?
La fuerza de un querer bien.
¿Tanto queréis?
Quiero tanto,
que absorto me considero,
metido en mil confusiones,
si en algunas ocasiones
quiero saber cuánto quiero.
Tanto, que si el pecho apura
lo que la memoria siente,
el cuidado se arrepiente,
si el sentido se asegura.
Tanto, que absorto el sentido,
y suspendido el cuidado,
no vivo de asegurado,
ni muero de arrepentido.
Si lo que decís hacéis,
si estimáis lo que sentís,
si amáis como repetís,
dulcemente padecéis.
Así el alma lo pregona.
En la estacada me espera
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la ferviente compañera,
si es guerra amor, que aprisiona
los sentidos dulcemente,
por que no llegue a turbarme,
quiero animoso ensayarme,
galante, airoso y valiente;
fijar la planta animoso,
tentar valiente el acero,
poner galante el sombrero,
y terciar la capa airoso.
Quien vio finezas mayores.
Muy bien la ocasión logramos
de amor.
Mientras nuestros amos
están hablando de amores.
¿Qué procuráis?
Merecer
hablar, señora, con vos.
No parezcamos los dos,
vos muda, siendo mujer,
yo cartujo, sin ser monje;
¿qué decís?, ¿qué respondéis?
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¿No me habláis?
Não vos chegueis
tão perto, falai de longe.
Falarei, minha señora,
e será de amor também.
Vós de amor, quem sois?
Sou quem
soube de amor inda agora.
Quem desses belos cabelos,
nas prisões se quis meter,
quem deseja de colher,
nesses vossos olhos belos,
de sua esperança o fruito,
quem, rendido a vossos pés,
há pouco que he Português,
sendo Português, há muito.
Saber quisera.
Prosiga,
cierre la puerta al temor.
A quien debo tanto amor.
¿Quiere que el nombre la diga
antes que la deuda cobre?
Si puedo obligarle a tanto,
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el nombre tengo del santo
que dio media capa al pobre.
Media capa,
sí señora,
qué piedad y qué nobleza.
era entonces la probreza
socorrida, pero agora,
no solo no se remedia,
aunque alguna capa sobre,
dándole la media al pobre,
quítanle al pobre la media.
Su nombre he sabido ya
yo agora.
prosiga, acabe.
Quiero saber a qué sabe,
la respuesta que me da
es vuestro amor peregrino
escuche y sabrá quién soy.
tan enamorado estoy,
como el sujeto es divino.
Tiene su heroico valor,
de mi libertad la llave.
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Premia vuestro amor
no sabe,
lo que os responda mi amor.
Si me mira tiernamente,
de su amor haciendo alarde,
tiranamente cobarde,
de mirarme se arrepiente.
Ofendido, y obligado,
siento con igual partido,
muestras de favorecido,
con asomos de olvidado.
Si de quejarme me alejo,
de acreditarme no acabo,
ni de querido me alabo,
ni de olvidado me quejo.
La que os mira vergonzosa,
por afición se gobierna,
quien duda si os mira tierna,
que os estima desdeñosa.
Eso decís
quien lo ignora,
pues de su mirar se infiere,
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que si cuando os mira os quiere,
cuando no os mira os adora.
Que si los ojos retira,
es de vergüenza, en rigor,
que al fin os mira de amor,
si el general no viniera,
y de vergüenza no os mira.
Sujeto a vuestra razón,
a vuestra beldad rendido,
dueño del alma querido,
manifieste el corazón,
que no puede desear
más gloria, que enloquecer,
con lo que ha llegado a ver,
con lo que pudo escuchar.
Un mes habrá Dueño amado,
que aprendí a sufrir (ay Dios)
aquel disfavor, que en vos,
imaginaba el cuidado.
Ya no sé lo que sufrí,
ni lo que he aprendido sé;
En un momento olvidé
lo que en un mes aprendí.
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que un pecho que sabe amar
en la gloria de un momento,
no solo un mes de tormento,
mil siglos suele olvidar.
Si temí vuestro rigor
desculparéis mis desvelos,
ques batalla de recelos,
cuando es perfeto el amor.
Cómo he de poder negaros,
llegando tanto a deberos,
la estimación de quereros,
la obligación de estimaros.
Poned a la gloria pausa.
Cómo he de negar que siento
más que propio, aquel tormento,
que sufristeis por mi causa.
Que un ánimo, que merece
sí, Don Juan, nombre de honrado,
más siente la que ha causado,
que la pena que padece.
Tantos favores me avisan
que procure en dichas tantas.
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¿Qué intentáis puesto a mis plantas,
besar la tierra que pisan?
Si olvidareis tanta fe,
tarde olvida quien bien ama.
Flora dice que se llama.
Descúbrese.
¿De qué se espanta, de qué?
Aparte.
Si es flor, marchita estará,
bien es que se llame Flora,
quien tanta gracia atesora,
quien resplandeciendo está
con pompa tan soberana;
quien del jardín del amor,
es la más hermosa flor,
compuesta de nieve y grana.
Adiós, don Juan.
Si me dais
licencia,
¿qué pretendéis?
Cuando obligado me veis,
que os acompañe extrañáis;
no estimáis la compañía.
Conmigo iré muy segura.
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No deje vuestra hermosura,
quejosa la cortesía,
no rompa el urbano trato,
que os acompañe dejad.
Rómpase la urbanidad,
no se oscurezca el recato;
que si alguno ha de ofenderse,
es mejor (no hay que dudarse)
la urbanidad estragarse,
que el recato oscurecerse.
Siendo así quedarme quiero.
Adiós, pues.
Adiós.
Ven, Flora.
¿Qué es lo que sientes, señora?
Vase.
Siento que de amores muero,
que voy de amores celosa,
que loca y perdida voy,
siento que sintiendo estoy,
que es todo una misma cosa.
¿Cómo sin hablar te vas?
Desta suerte,
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Oye, espera.
¿Qué quieres?
Saber quisiera
si has de olvidarme.
Jamás.
Dichoso amante seré,
pues no he de ser olvidado.
Vase.
Si de ti no me he acordado,
¿cómo olvidarte podré?
¡Ay, tan extraño rigor!
¿Puede haber crueldad tan rara?
Habla más bajo, repara
que sale el gobernador
llevando a todos la palma.
Y con un hombre a su lado
de azabache fabricado,
si hay azabache con alma.
Salen el gobernador don Esteban de Gama y a su lado el embajador de Etiopía, y de la otra parte don Luis de Noroña con acompañamiento. Caminando los dos despacio.
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hacia donde estará un dosel con dos sillas iguales y solo el embajador ha de estar cubierto delante del gobernador.
mucho el Gama le respeta.
Del rey de Etiopía es,
embajador el que ves.
Es de la noche estafeta,
siendo de su esfera propia,
ques lo mismo, según creo,
ser de la noche correo,
que embajador de Etiopía.
Bien puede aqueste decir,
aunque neglo somos gente,
sin duda qués descendiente
del rey, que quiso seguir,
de la estrella el arrebol,
que llevó con grave ensayo,
una estrella por lacayo,
saliendo a buscar el sol.
De límite justo pasa
la gravedad que ha mostrado,
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Siéntanse los dos.
¡Vive Dios, que se ha sentado,
como pudiera en su casa!
Vamos, pues, sin escuchar
lo que intenta proponer.
Vanse.
Si en arábigo ha de ser,
¿de qué sirve el esperar?
Valeroso don Esteban,
cuyas insignes victorias
las mayores tiranizan
de los césares de Roma.
Hijo del segundo Ulises,
primero Jasón de Europa,
del que agora inmortal vive,
pisando estrellas agora.
Sabiendo el rey de Abasia,
emperador de Etiopía,
que los soberbios humillas,
y que los humildes honras,
perseguido injustamente,
del Otomán, que a su costa,
mil trofeos acredita,
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que sus Esperanzas logran.
Me manda a que te refiera,
lo que su soberbia apoya,
atemorizando aquella
cristiandad tan lastimosa,
que asombrada de su furia,
apenas aliento cobra,
para tornar a sombrarse,
corto alivio del que torna;
Cual suele encendido fuego
en quien el Aquilón sopla,
que vivas centellas cría,
que fúlgidas sierpes forma.
con que injuria, con que abrasa,
la república olorosa,
regalo de la espesura,
y del Céfiro lisonja.
Aquella que escurecía,
de Pancaya las aromas,
de Bisnagá los Diamantes,
y de Persia las alfombras,
aquella que atesoraba
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Las lágrimas del aurora,
repetidas hilo a hilo,
y apuradas gota a gota.
No de otra suerte los Turcos,
escureciendo la gloria
de aquel soberano imperio,
(¡oh, cuánto el alma lo llora!),
atemorizan, ¡qué pena!,
acometen, ¡qué deshonra!,
asaltan, ¡qué desventura!,
desbaratan, ¡qué congoja!,
quedando más abrasada
más ardiente la Etiopía
que cuando, ¡ay, cielos!, se vio
toda escura y negra toda;
en aquel infausto día,
en aquellas tristes horas,
que Faetonte, de su padre
rigió la ardiente carroza:
No solo añadir pretenden
(¿quién vio arrogancia tan loca?)
al Otománico Imperio,
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la etiópica corona,
pero también las ciudades
del Asia, las fuerzas propias,
que con prodigios extraños,
con hazañas milagrosas,
ganaron los portugueses,
desde Mascate a Camboja,
desde Ceilán a Bengala,
y desde Malaca a Goa.
Viendo mi rey, Gama excelso,
que con muestras generosas
lo liberal y lo afable
en tu pecho se conforman,
a suplicarte me envía
que piadoso le socorras,
que generoso le ayudes,
que si aqueste bien le otorgas,
con tu ejército valiente,
con tu gente vencedora,
espera humillar las huestes,
vencer espera las tropas
con que Alí, que de Amurates
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el primer bajá se nombra
destruyendo el Abasia
salió de Constantinopla.
No será la vez primera,
que a las quinas vencedoras
se postren las medias lunas,
eclipsadas y medrosas;
Ya lo estuvieron en esta
ciudad, de la India joya,
en este Emporio del Asia,
y del mundo Babilonia;
Cuando el famoso Albuquerque
poniendo el sello a sus obras,
escritas con letras de oro
en adamantinas hojas,
ganando a Goa dos veces,
dos veces triunfando en Goa,
como Aníbal en Cartago
y como Cipión en Roma,
fue ruina de los turcos,
que a las almenas se arrojan
para defender la entrada
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que a pesar del Asia otorgan.
Siendo en ambos universos
tan patente, tan notoria,
del Luso la valentía,
¿quién no alcanza, quién ignora,
que con aquel valor mismo,
con aquella misma gloria,
con que ganan las ajenas,
defienden las fuerzas propias?
Bien lo sintieron los turcos,
cuando con soberbia loca
llegando a cercar la fuerza
de Dio, a poblar la costa
de janízaros la una,
y de galeras la otra,
de galeras, que aperciben,
de janízaros, que exhortan,
el invencible Silveira,
cuya fama generosa,
compite con las estrellas,
a quien el vuelo no estorba
el escandaloso tiempo,
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ni la Envidia rigurosa,
ni la llama de la Envidia,
ni la hoguera de las horas.
Más Otomanos envía,
a las infernales sombras,
que visten flores los campos,
que arden en el Cielo antorchas,
que recibe el mar de arroyos,
que ámbares envuelve en ondas,
que corales cría en grutas,
que aljófares guarda en conchas.
Ya parece que tus huestes,
en quien, con fama notoria,
el pelear y el vencer,
fue siempre una misma cosa,
después de haber sacudido,
el yugo que oprime agora,
a la Etiopía, volviendo,
en jactancia su deshonra,
asombrando toda el Asia,
temblando el África toda
en las almenas de Egipto,
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el estandarte enarbolan.
Ya me parece que veo,
que del bravo Nilo asombran
el precipitado imperio,
la corriente escandalosa.
Que el Nilo se atemoriza,
siendo ya del mar lisonja,
si agora serpiente airada,
muerde al mar con siete bocas.
Ampara (Cristiano Atlante)
un Rey, que con fe piadosa,
adora la ley que sigues,
siguiendo la ley que adoras.
Para que pueda alentar
la reputación honrosa,
que tan a su costa mira,
casi en la postrer congoja,
y cuando muera, venciendo
primero enemigas tropas,
sembrando primero el campo,
de adargas, y de marlotas,
En los anales del mundo
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de las quinas el escudo
en Jerusalén.
No dudo,
que tan alta empresa esté,
con el debido decoro,
para su esfuerzo guardada.
Sale un Criado.
Don Cristóbal, cuya espada
ha sido espanto del moro,
tu hermano, que vino agora
vencedor del Malabar,
los pies te quiere besar;
Entre mi hermano en buen hora;
salga del pecho el cuidado
que me causaba su ausencia.
Sale don Cristóbal vestido a lo soldado con bastón de General.
Deme los pies Vueselencia.
No esté a mis plantas postrado,
quien porque el mundo se asombre,
al Malabar ha tenido
a sus pies, quien ha subido
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a las estrellas su nombre;
quien, con espanto tan mucho
fue del moro estrago fuerte.
Oíd, señor, de qué suerte.
Atentamente os escucho.
Cuando el alba gentil, llena de amores,
vistiendo abriles y calzando mayos,
amanecía en tálamo de flores,
brujuleaba matutinos rayos.
Cuando a pesar de débiles temores,
a despecho de lánguidos desmayos,
por entre nubes de hojas descubría
el dudoso crepúsculo del día.
Árbitro de confusos arreboles
miré de Cananor el alto cerro,
penetrando aquel mar en cuatro soles
después que de Cochín levanté ferro.
Con la presente luz de los faroles,
del venidero sol en el destierro,
el alarde gentil ver determino,
del velero escuadrón, de errante pino.
Quince navíos eran los que alados
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ocupaban del mar poco destrito,
si bien a castigar siempre enseñados,
quedaba siendo el número infinito.
Del piélago en las nubes colocados
adonde su valor quedaba escrito,
las bravas ondas, que de envidia ardían,
procuraban borrar lo que escribían.
De la que devisé peña eminente
a quien el ancho mar besa la falda,
coluna del Olimpo transparente
el velero escuadrón cerca la espalda.
Y cuando el claro sol puro y luciente
arrojando en los campos de esmeralda,
de sus aljabas la mejor saeta
los que habitó pastor, honró planeta.
Al pie de la montaña aparecía
del Malabar el escuadrón lucido,
a quien la fuerte amarra detenía
a pesar de Neptuno embravecido.
Un Mongibel atado parecía,
a la tranquilidad solo ofrecido,
pero luego a reñir todo entregado,
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un volcán parecía desatado.
Asegurando aplausos de la suerte,
regía el bravo Musa las hileras
Musa, que tantas veces vio la muerte
en fieros golpes, en batallas fieras.
Constaba el escuadrón soberbio y fuerte
de setenta parós, y diez galeras,
a confundir el piélago bastantes,
bravos aquellos, y estas arrogantes.
Desplegando las velas encogidas
comienza el enemigo de levarse;
vense las dos escuadras divididas,
en un instante llegan a juntarse.
Ya las moriscas flechas sacudidas
de los arcos, empiezan a clavarse
por los navíos, que con tanta pluma,
rayos de nieve son, cisnes de espuma.
Riñen con gran valor los escuadrones
infundiendo terror de polo a polo,
cubren el mar las velas y pendones
en quien sin descansar soplaba Eolo.
Al paso que laboran los cañones
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empieza a desmayar el claro Apolo,
el gran Neptuno titubea entonces,
tiemblan los polos, al bramar los bronces.
Ganando el barlovento a las hileras,
apretamos los remos gemidores,
echando luego a pique seis galeras
y catorce parós de los mayores.
Con gritos rompe el moro las esferas,
pero no se atrevían los clamores,
con los agravios, a correr parejas,
eran más los agravios, que las quejas.
Izan a topetar desconfiados
aun de poder huir los malabares,
quedando en las espumas sepultados
tanto número en fin, tantos millares.
Referir lo que obraron mis soldados
las hazañas que hicieron singulares,
fuera manifestar, publicar fuera,
lo que la admiración solo pudiera.
Dando de su valor claras señales
peleando valientes como diestros,
rendieron los espíritus vitales
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un Capitán y diez soldados nuestros.
Porque fuesen sus nombres inmortales
a pesar de los hados más siniestros,
porque en efeto sus divinos nombres
ocupasen las lenguas de los hombres.
En mármol y en acero rubricado,
el triunfo es este, que la fama estima,
en mármol del cincel acuchillado,
en acero mordido de la lima.
Aquel que ha de aplaudir eternizado
suspire el pedernal, o el hierro gima:
Aquel que ha de llevar perpetuamente,
de región en región, de gente en gente.
Quién vio tan heroica hazaña.
Volved de nuevo abrazarme
pues sois el que pudo honrarme
con victoria tan extraña.
El que serviros profesa.
No sé lo que miro en vos
pensando, que os guarda Dios
para alguna grande Empresa.
Si fuere de su servicio
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él conoce de mi fe,
la voluntad con que haré
de la vida sacrificio.
¿Qué más bien puedo alcanzar?
No hay más bien que alcanzar pueda.
Absorto el corazón queda
llegando a considerar,
que es de Marte afrenta propia
aquel César portugués.
¿Este etíope quién es?
Embajador del Etiopía.
Bien merecido laurel,
Bizarra presencia tiene.
A pedir socorro viene,
para resistir con él
la furia del otomano,
que intenta con bravo empeño
hacerse absoluto dueño
de aquel reino soberano;
mas puesto que más lo intente,
su deseo he de impedir,
que procure sacudir
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el yugo de aquella gente.
El Rey mi señor me escribe,
me ordena su majestad,
igualando la piedad
con el celo que en él vive;
Siendo con igual partido
de ambos mundos venerados.
Bien merecen los soldados
que al Malabar han vencido
tan grande hazaña emprender,
la flota del Malabar
puede el socorro llevar,
acostumbrado a vencer.
Cuerdamente discurrís
partid pues con brevedad,
guiad, conducid, llevad
el socorro que decís.
Defended con fe piadosa
de Cristo la santa fe,
yo entretanto quedaré
de vuestra ausencia penosa,
templando el rigor tirano,
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advirtiendo que así como,
rompiendo nubes de plomo
siendo rayo en vuestra mano,
quedó con grave altivez
con grandeza superior
vuestro acero vencedor
del fiero Turco en Suez,
y en el estrecho de Adén,
ha de quedar vuestro acero
vencedor del Turco fiero
en la Etiopía también.
Yo voy luego a obedeceros,
a embarcarme voy.
Qué avaros,
son los contentos más raros,
llegando del bien de veros
a daros los parabienes,
de ausentaros dais señales.
Qué presto llegan los males,
qué poco duran los bienes.
De vuestro esfuerzo confío
lo que el tiempo mostrará
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andad con Dios.
Ved que está
sin Capitán un Navío.
El Capitán nombraré,
dadme los brazos y adiós.
Qué tiernos que están los dos.
Presto a veros volveré.
Cómo si el bien llega tarde;
mucho siento vuestra ausencia.
Quede con Dios Vueselencia.
Vase Don Cristóbal.
Él os dé victoria y guarde.
Lo que propuesto me habéis
está decretado ya.
La resolución será
según el peligro veis,
a quien sin poder huir
un imperio está sujeto.
Consta el socorro en efeto
que mañana ha de partir,
de cuatrocientos soldados,
que aprendieron a vencer,
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tan hechos a obedecer,
como a vencer enseñados.
Aunque no es grande el socorro,
puedo afirmar con verdad,
que es grande la voluntad,
con que a vuestro Rey socorro.
Por favor tan estremado
la mano os quiero besar.
Mirad que habéis de quedar
aquesta noche embarcado.
Lo que me ordenáis haré.
A vuestro Rey declarad
el gusto, y la brevedad,
con que el socorro envié
que ha de ser placiendo a Dios,
el terror del Otomano.
Dadme a besar vuestra mano.
El cielo vaya con vos.
Vase el Embajador por la una puerta
y sale por la otra don Juan.
A don Cristóbal mi amigo
el parabién vengo a dar,
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del trofeo singular,
que alcanzó del enemigo.
La amistad que vive en mí
justo aplauso le previene.
Don Juan de Meneses viene.
Solo su hermano está aquí,
pienso que me ha visto ya.
A buena ocasión venís,
si bien, Don Juan, lo advertís.
Buena y dichosa será
si en algo puedo serviros.
No es justo, pues sé estimaros,
como General mandaros,
mas como amigo pediros;
que os obligue no me espanto,
si como amigo os obligo.
El rendirse de un amigo
al ruego, pudiendo tanto,
es, gran señor, acción propia
del ánimo más valiente.
Por General de la gente
que ha de partir a Etiopía
Pag. 42
a don Cristóbal envío,
que le acompañéis es bien,
y que os encargue también
el gobierno de un navío
que vino del Malabar
sin capitán.
¡Ay, Leonor,
no es en vano mi temor,
si he de vivir, ¡qué pesar!,
de tus favores ausente!
Bien es que siga don Juan,
tan valiente capitán,
a general tan valiente;
¿qué decís?
Que estoy sin vida.
¿Qué respondéis?
Que es muy justo,
obedecer vuestro gusto,
conociendo que es debida
la obediencia a su decoro.
Mirad que habéis de partir
mañana.
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Para sufrir
ausente del bien que adoro,
el mal que ausente recelo.
Dadme los brazos, y a Dios,
el cielo quede con vos.
Mil años os guarde el cielo.
Grave pena de amor, terrible ausencia,
monstruo infernal de horrores alimento,
de la esperanza bárbaro tormento,
martirio pertinaz de la paciencia.
Vigilar tu crueldad con diligencia,
resistir con amor tu sintimiento,
siendo la vigilancia atrevimiento,
cobardía será la resistencia.
Pero también, notable cobardía
del pensamiento sujetar la gloria,
libre de tu rebelde tiranía.
Sirva al ausente de ojos la memoria,
que si la voluntad sirve de guía,
será del alma la mayor Victoria.
Gracias a Dios que te veo.
Martín.
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¿Triste estás?
Es fuerza.
¿Has visto a doña Leonor,
hablaste otra vez con ella,
mudose acaso?
¡Ay de mí,
que ha de matarme el ausencia!
¿Qué pregunto, si estoy viendo
su mudanza en tu tristeza,
mirando al cielo, sin duda
que consultas las estrellas?
Consultarás las errantes,
pues con las fijas no aciertas.
Siempre has de estar de un humor,
siempre de una suerte mesma,
¿no estarás un hora triste?
¿Yo triste? ¡Qué gentil flema!
¿Soy yo desagradecido,
que es ser la mayor bajeza?
¿Soy por ventura envidioso,
que es la locura más necia?
¿Soy acaso presumido,
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¿He negado alguna deuda?
¿He sido soplón acaso?
¿Soy casado, tengo suegra?
Pues si nada desto tengo,
¿cómo quieres tú que pueda
estar triste, ni un instante,
cuanto y más un hora entera?
Esté triste un hombre ingrato,
si es hombre, quien hacer piensa
ostentación de la infamia
que la ingratitud engendra.
Esté triste un envidioso,
de pura tristeza muera,
pues tiene por pena propia
la felicidad ajena.
Esté triste un presumido,
siendo tan necio que, apenas
entendiendo el A. B. C.,
que es un Marco Tulio piensa.
Esté triste el que ha negado
la deuda, estando muy cerca
de negar la propia fe,
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aquel que la deuda niega.
Esté juntamente triste
el que es soplón, pues no piensa,
que de soplón a verdugo,
hay muy poca diferencia.
Esté triste el que se casa
que aunque como dicen sea
fiesta el casar; hay muy pocos,
que digan bien de la fiesta.
Esté triste el desdichado
que tiene en su casa mesma,
una suegra, que es lo propio
una suegra, que una dueña.
esté triste.
No prosigas.
esté triste.
Basta, deja
para mí el estar triste
que es en mi naturaleza.
¿De qué te afliges, qué tienes?
Dos contrarios me atormentan,
tengo un hielo que me abrasa.
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tengo un volcán que me hiela.
¿Tienes celos?
No es de celos,
mi mal.
Pues no hay mal que tengas.
¿Qué dices?
Que Dios te libre
de la infernal pestilencia
de unos celos, que unos celos,
como furias atormentan:
embisten como demonios,
arrojando, ¡qué fierezas!,
vivo fuego por los ojos,
humo denso por la lengua,
fuego que al sentido abrasa,
humo que a la razón ciega.
¿Y no hay otra pena grave,
otra desventura eterna,
que desafiar procure,
que intente correr parejas,
con el rigor de unos celos?
Otra desdicha, otra pena.
Otra pena, otra desdicha,
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¿Y cuáles?
La de una ausencia.
Esta noche he de embarcarme.
¿Esta noche?
¿Qué te alteras?
¿No me dirás quién te obliga?
El gobernador lo ordena.
Si el gobernador lo manda,
es justo que se obedezca,
que es príncipe al fin.
Bien veo
que el obedecerle es fuerza,
pero también estoy viendo
que, ausente de la belleza
de Leonor, objeto hermoso
en que mi amor se deleita,
he de perder la memoria
de puro acordarme della.
He de quedar sin sentido
de puro sentir su ausencia.
Digo que tienes razón,
que de veras titubea
ausente de lo que adora,
Pag. 49
el que tiene amor de veras.
Vamos,
¿qué piensas hacer
cuando apuestan competencia
el mar y el viento subiendo
el navío a las estrellas?
Mover con quejas las ondas
de ardientes suspiros llenas,
Templar el mar con suspiros,
el viento ablandar con quejas,
que no hay mayor fineza
que derramar de amor lágrimas tiernas.
Yo abrazando lo que fue
primero vellón, que fuera
guarda de exprimida grana,
de ajado rubí defensa,
la tormenta ablandaré
con devota diligencia,
aplicando poco a poco
a la boca el dulce néctar,
que no hay quien mejor pueda
templar el mal, que vino en la tormenta.
Fin del Acto primero.
Jornada 2
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Salen Don Luis y Doña Leonor.
Deja el pesar, cese el llanto,
no apures tanto el disgusto,
que sientas mi ausencia es justo,
mas no que la sientas tanto:
no causen al mundo espanto
los ojos soles del suelo,
siendo en tan dulce desvelo,
en tan plácidos enojos,
la imagen del mar los ojos,
que son la imagen del cielo.
Si procuras, ¡qué tormento!,
embarcarte en el armada,
que mañana, ¡ay desdichada!,
dará las velas al viento;
Pag. 51
Tan debido sentimiento
parecerá mal a quien
ignora de amor el bien,
no reconociendo igual;
mas no parecerá mal
a quien sabe querer bien.
Sufre el daño con paciencia,
porque la queja se ablande,
haciendo en daño tan grande
al tormento resistencia:
si el pesar de tanta ausencia
atormenta en el combate,
mi vida no se dilate:
máteme en daño tan fiero,
aquesta queja primero,
que aquese pesar me mate.
No puedo, Leonor, negar,
que con quedar.
¡Caso fuerte!
Aseguro el bien de verte:
mas también si con quedar
el honor se ha de arriesgar,
Pag. 52
embarcarme será justo,
que si es forzoso el disgusto
con que has de quedar, Leonor,
por no arriesgarse el honor,
no ha de asegurarse el gusto:
A embarcarme estoy dispuesto
dame los brazos y a Dios.
¿Cuándo podremos los dos
volver a vernos?
Vase.
Muy presto.
Sale Flora.
Poco el pesar manifiesto
pues no muero de pesar;
pues llorando he de quedar,
entre el pesar y el temor:
que no hay desdicha mayor,
que vivir para llorar.
Qué alegrías, qué recelos,
son los que llego a sentir,
alegrar, temer, gemir,
no puedo imaginar, cielos,
si son gustos, si dolores,
si es amor, si temor es,
Pag. 53
lo que he sentido, después,
que Martín me habló de amores.
No sé lo que el pecho siente
después que con él hablé,
siente el pecho un no sé qué,
que aflige gustosamente.
Una amargura que sabe
parecer dulce, y sabrosa,
una bonanza penosa,
y una tormenta suave.
Una pendencia felice,
que cuando asegura engaña;
Una cosa tan extraña,
que se siente y no se dice.
Que si es de amor, siendo tal,
¡quién puede decirla! ¡quién!
aquel que la dice bien,
es el que la siente mal.
Pero ¿qué estoy viendo? ¡Ay, cielo!
En vano al pesar resisto.
Bien puedo decir que he visto
derramado por el suelo,
Pag. 54
aquel luciente candor,
que el alba suele verter,
del más vivo rosicler,
al más desmayado albor.
Sin duda que el sentimiento
la vida me ha de quitar;
bien puedes, Flora, llegar
a ver el mayor tormento
de la más constante fe,
el más estraño castigo:
a ser piadoso testigo
del mayor dolor.
¿De qué
se ha causado tu pesar?
De ignorar y de saber,
de ver.
¡Qué escucho! ¡De ver!
¡De saber! ¡Y de ignorar!
De ver que don Luis se fue,
de saber que vivo ausente,
y de ignorar juntamente
cuándo a verle volveré.
Pag. 55
a la guerra se partió
volviendo su honor por sí,
y batallando, ¡ay de mí!,
con su ausencia me dejó
sintiendo la pena dura
con que atormentar me ordena.
La que tú tienes por pena,
tengo yo por gran ventura.
Si a la guerra fue tu hermano,
en la de amor quedarás
con más alivio, con más
desahogo; en el tirano
tormento, que te lastima,
no alcance menos, señora,
un amante que te adora,
que un hermano que te estima.
Que si fue a la guerra ya,
no es razón que menos pueda
un amante que se queda,
que un hermano que se va;
mira que ha de ser mayor
el gusto que has de tener
Pag. 56
que el pesar que llego a ver.
Si ha de arriesgarse el honor
por el gusto, siendo injusto,
quédate a considerar
si será justo arriesgar
el pundonor por el gusto.
En tal ocasión, señora,
el arriesgar no es perder.
Si no es perder, es poner
la fama a peligro, Flora.
¿Qué ha de hacer, señora, quien
le abrasa en tal ocasión?
Vase.
Templar la ardiente pasión
con el hielo del desdén,
encubrir de amor la llama,
conociendo que es mejor
disimularse el amor,
que aventurarse la fama.
Tus deseos se aperciben
con aplauso riguroso.
Sale Martín.
Aqueste es el cielo hermoso,
esta la esfera en quien viven,
Pag. 57
las dos estrellas de Flora;
Que para que el sol se empache,
con centellas de azabache,
a emulación del aurora
están al mundo alumbrando;
alegrando al mundo están.
El criado de don Juan
viene por la sala entrando.
Flora está aquí, llegar quiero.
Pienso que me quiere hablar;
A despedirme, a probar
de amor el tormento fiero,
el mayor mal de la vida,
la mayor pena de amor,
a examinar el dolor
que causa una despedida.
¿Qué hay, Martín?
Si he decir
lo que he llegado a pensar,
hay poco bien que esperar,
y hay mucho mal que sentir,
hay valientes oprimidos,
Pag. 58
hay cobardes ensanchados,
hay necios acreditados,
hay discretos desvalidos,
hay costumbres depravadas,
hay visitas afrentosas,
hay mentiras venturosas,
hay verdades desdichadas,
hay virtudes encogidas,
hay desenfrenados vicios,
hay temerarios juicios,
hay amistades fingidas,
hay premio para delitos,
hay servicios mal premiados,
hay hambre para soldados,
hay pagas en los garitos;
para estafermos mirones
hay,
No prosigas.
¿Qué has visto?,
reventaré, vive Cristo,
si me atajas las razones:
El escucharme te enfada,
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ay,
detente, baste agora,
Baste, que tu gusto, Flora,
es lo que hay, que más me agrada,
tu deseo he de adorar,
tu gusto he de obedecer.
Muriendo estoy por saber,
no mueras sin preguntar.
¿A qué has entrado hasta aquí?
A ver el dolor cruel
de amor, a dolerme dél,
a despedirme de ti,
a sentir, querida Flora,
aquel mal que siente quien
se despide de aquel bien
que perfetamente adora;
Si es que alguno como yo
siente, Flora de mi vida,
el mal de una despedida.
No vengo a decirte, no,
aquellas lisonjas vanas,
que repite al despedirse
Pag. 60
de quedarse y departirse,
lisonjas que peinan canas.
He venido a declararte
que voy, sí...
Prosigue, pues.
a ser Marte portugués,
a ser asombro de Marte,
subiendo a su esfera propia,
a escurecer su valor;
voy con don Juan, mi señor,
a libertar a Etiopía
con esfuerzo soberano,
a ser con fatal desvelo
del etíope consuelo,
asombro del otomano.
¿Quieres al fin ausentarte?
No acabes de entristecerte;
oye lo que he de traerte,
porque empieces de alegrarte.
Poco alegrarme podré
si es mi tristeza tan mucha.
Lo que he de traerte escucha,
Pag. 61
para el de tus brazos, que
causa a la nieve desmayos,
bello animado cristal;
del más precioso metal,
que engendran del sol los rayos,
doce manillas perfetas.
Para esa garganta hermosa,
compuesta de nieve y rosa,
un hilo de perlas netas:
perlas tan resplandecientes,
tan alegres, tan risueñas,
como las que agora enseñas
mostrando esos blancos dientes,
por entre esos labios rojos;
de tan rara perfeción
que puedan decir, que son
hijas del sol de tus ojos.
Que digan llegando a verlas
con tan luciente arrebol,
que concebiendo del sol
parió la garganta perlas.
Que han de ser tan excelentes
Pag. 62
Sí, Flora, prosigo al fin,
¿Qué más?
Para el palanquín
dos turcazos tan valientes,
que en sus hombros, si importare,
asombrando el horizonte,
pasando un monte a otro monte,
(si estuviere el que pasare
por ventura o por desgracia
pintado en algún retablo)
puedan llevar a san Pablo
Nuestra Señora de Gracia,
tan fuertes esclavos.
Quedo,
no me los pintes tan bravos,
que harán vistos los esclavos,
si pintados ponen miedo.
Sale doña Leonor.
No estés, Flora, tan cobarde
no habiendo visto a los dos.
Dame los brazos, y adiós,
adiós, Flora.
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Dios te guarde.
Válgame el cielo, ¿qué vi?
Detente, detente, Flora.
¿Qué es lo que mandas, señora?
¿Tú de esa suerte?
¡Ay de mí!
Con qué de tormentos lucho.
En brazos de un hombre puesta,
la mujer que poco honesta
llega a mirarse...
¿Qué escucho?
De un hombre...
Estoy sin sentido.
En brazos.
¡Triste suceso!
O ha a perdido Flora el seso,
o la vergüenza ha perdido.
¡Ay, tan extraño pesar!
La que es honesta mujer
solamente al que ha de ser
su marido, ha de abrazar.
Según eso, bien se ve
Pag. 64
que no fue hazaña tan fea,
que bien puede ser que sea,
mi marido el que abracé.
Buenos tus intentos van,
tú misma me desculpaste.
Y ¿quién es el que abrazaste?
El criado de don Juan
a decirme vino agora,
¡qué nuevas tan infelices!
que también don Juan,
¿Qué dices?
dejando a tu amor, señora,
sin esperanza ninguna,
de tus ojos se destierra:
también se parte a la guerra.
Echó el resto la fortuna
opuesta a mi amor, poniendo
mi voluntad a sus pies.
Don Juan viene.
Vete pues.
Obedecerte pretendo.
Vase por la una puerta y sale
Pag. 65
Don Juan por la otra.
No vengo, no, Leonor bella,
puesto que el dolor me asalte,
lastimado a socorrerme,
afligido a consolarme,
quejoso a decir finezas,
pensativo a ver piedades,
a olvidar penas confuso,
y triste a templar pesares.
De nadie espero favores,
que no es justo que acompañen
a un desdichado, que un triste
espere favor de nadie.
Vengo solo a que me escuches,
porque veas que mis males
no son de aquellos que a veces
se alivian con escucharse.
Si entré sin licencia a verme
en tus ojos celestiales,
fue por saber que tu hermano
iba, Leonor, a embarcarse.
Si piedades examinas
Pag. 66
será el perdonarme fácil,
que facilita perdones,
quien examina piedades.
Oblíguente, si es posible,
mis pesares a escucharme,
cuando no porque son míos,
por extraños mis pesares.
El gobernador, que ignora
lo que padece un amante,
ausente del bien que estima,
debiendo tanto estimarse,
quiere, ¡ay, dueño de mi vida!,
que me atormenten saudades,
quiere, ¡ay, dulce prenda mía!,
Deja la dulzura aparte,
si dicen que suele haber
rigurosas suavidades,
y que hay suaves rigores,
comienza a decir tus males
por lo riguroso, cuando
lo riguroso es suave,
por lo afable no comiences
Pag. 67
cuando es penoso lo afable.
El gobernador
prosigue
que agora,
pasa adelante;
Ha nombrado,
cobra aliento;
A su hermano,
no desmayes;
Por general del socorro
de Etiopía;
No señales
antes el dolor, que el daño.
A donde piensa encontrarse,
con el general del Turco
con Alí, que es de Amurates
el soldado más soberbio,
y el mayor de los bajaes.
Quiere, mira qué desdicha,
que al general acompañe,
entregándome un navío,
no es bien que llegue a culparle,
Pag. 68
pues ignora lo que cuesta,
a quien ama, el ausentarse,
pues que mi afición ignora,
pues no sabe, pues no sabe,
con qué afición lo publico,
pues no ve que ha de costarme,
con qué amor lo considero,
la vida el acompañarle;
Pues.
No prosigas, bien puedes
embarcarte, o sepultarme,
que pienso que todo es uno,
pero si importa embarcarte
en la nave que te espera,
mis suspiros no lo atajen,
no sean, no, mis suspiros,
la rémora de la nave.
No es bien que tu honor se arriesgue
sufra mi amor; que más vale
padecer mi amor, que no,
que tu honor pueda arriesgarse.
Tu fama no titubee
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puesto que mi amor se abrase,
no corra riesgo tu fama,
puesto que mi amor no sane
del achaque, con que intenta
el ausencia atormentarle,
quede tu fama sin riesgo,
sufra mi amor el achaque.
Plegue a Dios que si tuviere
pensamiento de dejarte,
corazón para ofenderte
ánimo para embarcarme,
corra tan grande tormenta,
tal huracán se levante,
que el mísero bajel pierda
la esperanza de salvarse.
Plegue a Dios, que si pudiere
de la tormenta librarme,
si escapare por ventura,
si por desdicha escapare,
si llegare vivo al puerto
el triste, que ha de ausentarse
de quien adora, dejando
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tan gran bien por mal tan grande,
que siendo su pecho el blanco
en quien los turcos disparen
de los truenos de la tierra
las centellas fulminantes,
las balas de los mosquetes,
que arrojan llamas voraces,
pruebe en las balas rigores,
si halló en las olas piedades.
Si antes las olas quisieron
a un infeliz perdonarle,
hagan las balas lo que
no hicieron las olas antes.
Y plegue a Dios...
¡Ay, don Juan!
No prosigas en echarte
más maldiciones, si quieres
que mi vida no se acabe.
Si no quieres que me ahogue,
si no quieres que me mate,
que con esa misma daga
yo misma el pecho me saque.
Yo misma si...
No prosigas,
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no es bien que adelante pases,
mi Leonor, señora mía,
mi dueño, mi gloria, ángel,
tú con mi daga, ¡ay de mí!
Puesto que la desnudase
para ejecutar el golpe,
no pudiera ejecutarle;
que como en mi corazón
vive esculpida tu imagen,
cuando para dar la herida
tuviera el brazo en el aire,
no hay duda, no, que quedando,
trémulo el brazo cobarde,
porque la imagen no hiriese,
el golpe no ejecutase.
¡Oh, cuánto llego a deberte!
¡Quién lo alcanza!
Amor lo sabe.
¿Qué piensas hacer?
Partirme,
¿y tú, mi bien?
Lastimarme.
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Vete pues, sirvan a un triste,
las desdichas de puñales,
el ausencia de verdugo,
y la tristeza de cárcel.
Partamos los dos a un tiempo,
yo del tormento a quejarme,
de la vida a despedirme,
y tú, don Juan, a embarcarte.
Y después que lo estuvieres,
después que al viento entregares
de los portátiles troncos
el descogido velamen,
plegue al cielo, que el navío
sin hallar en el viaje
quien le detenga confuso,
ni quien le asuste cobarde;
caminando viento en popa
rompa ufano, y surque grave,
campos de zafir deshecho,
montes de líquido jaspe,
hasta que llegue a dar fondo
en el puerto favorable,
Pag. 73
siendo ya seguro bosque,
lo que fue selva inconstante.
Del contento con que llegue,
haciendo espantoso alarde,
el desesperado bronce,
con lenguas de fuego brame.
Cubierto el mar de centellas
el viento y la tierra pasmen,
mirando los dos que el fuego
ardiendo en el agua yace.
Pasado el fatal estruendo,
tan brioso desembarques,
tan invencible te muestres,
y tan bravo te señales;
que acredites grandemente
los adornos militares,
siendo portugués Adonis,
con las insignias de Marte.
Los fieros turcos embistas
con esfuerzo tan notable,
con tan peregrino esfuerzo,
y con tan bravo coraje,
Pag. 74
que sin reñir titubeen,
que sin pelear desmayen,
los que matares mirando,
los que asombrando matares.
Jamás a tu pecho acierten
los que apuntando disparen,
sin teñir el aire, entonces
hieran solamente el aire.
A los que quedaren vivos
tanto el ánimo les falte,
que las espaldas te vuelvan,
y las huestes desamparen.
Honrando con la victoria,
el lusitano estandarte.
Más años piadoso el cielo
tu vida defienda y guarde,
que tienen días los años,
más, que tiene el día, instantes,
más lustros, que horas los meses,
más siglos, que el tiempo edades,
para que a tu gloria el mundo
en admiraciones pague,
Pag. 75
quedando en el mundo eterna;
Para que no pueda hallarse,
papel, para tanta gloria,
campo, para tanto alarde,
premio, para tanto esfuerzo,
oro, para tanto esmalte:
que si es tan raro el valor,
y si el esfuerzo es tan grande,
que con heroicas proezas
causa asombro a los mortales,
no hay campo donde ponerles
no hay oro donde esmaltarle
no hay papel, en que escribirse,
ni hay premio, con que pagarse.
Suena una pieza de leva.
Si de esa suerte me animas
habré mi bien de embarcarme,
puesto que más me atormenten,
de tu ausencia los pesares.
Y porque ya el bronce llama
los soldados a embarcarse,
y la noche envolver quiere,
Pag. 76
el día en escuridades,
dame los brazos y adiós,
adiós, Leonor.
Dios te guarde.
Muerto voy,
sin alma quedo.
Grave mal.
Vase don Juan.
Sale Flora.
Tormento grave.
¿Puede haber mayor pesar?
¿Quién vio desdicha mayor?
Sola ha quedado Leonor,
bien puedes, Flora, llegar,
ya don Juan se fue, ya, Flora,
son eternos mis enojos.
No desperdicien tus ojos
las perlas que el alba llora
cuando el sol quiere salir.
No procuren enseñar
cómo el alba ha de llorar,
cómo el sol ha de sentir.
Que no pudiendo tu llanto
ser imitado jamás,
Pag. 77
ni el sol puede sentir más,
ni el aurora llorar tanto.
Sufriendo penas y enojos
¿qué haré, Flora?
Yo sé, que
si hicieres lo que yo sé,
no han de llorar más tus ojos.
¿Qué puedo hacer si es doblado
el mal, que sintiendo están?
Puedes seguir a don Juan
en hábito de soldado;
ponerte un galán vestido,
de los que dejó tu hermano:
serás Marte lusitano
en vivo fuego encendido.
Si tu consejo abrazara
obligarme al riesgo fuera,
no fueras tú la primera,
a quien amor obligara.
Que a tanto suele obligar,
el más extraño placer,
que dificulta el temer,
Pag. 78
alcanza el aventurar.
¿Atreveraste a seguirme?
Eso preguntas de veras,
fuera contigo, si fueras,
mira qué afición tan firme,
de la Escitia helada y fría
a la Libia abrasadora,
desde el ocaso al aurora,
y del austro a mediodía,
siendo abonado testigo
de mi constante deseo.
Así de tu amor lo creo,
vamos, pues, tus pasos sigo.
Vanse y salen Alí Baxá General de los Turcos y tres Capitanes.
Valientes Capitanes
del esfuerzo mayor imagen propia,
Belerbeyes, Sultanes,
de quien está temblando la Etiopía,
tan rendida, que apenas
de Baroá se miran las almenas.
Pag. 79
de lo que obrado habéis en su hemisferio;
las gracias vengo a daros
de lo que habéis de obrar en el imperio
adonde el alba hermosa
despierta en lecho de jazmín y rosa.
Vuestra fama publica
que no solo seréis dueños famosos,
de esta provincia rica;
pero también atlantes poderosos
en quien estribe el peso
del rojo mar, al áurea Chersoneso.
No solo, ved qué espanto,
de cuanto la Etiopía engendra y cría,
sino también de cuanto,
el planeta mayor, que alumbra el día,
contando giros, raya
del reino de Sián, al de Cambaya.
De cuanto ciñe altivo
solicita galán, y adorna claro,
el Ganges fugitivo,
el Ganges, que por ser, con amor raro
de Bengala Narciso,
Pag. 80
se aleja del terreno Paraíso.
Con tan fuertes soldados
a Baroá he de causar asombros,
los muros levantados,
que sustentan los astros en los hombros,
no han de quedar seguros,
he de arrasar de Baroá los muros.
Si con soberbia altiva
son del Olimpo báculo eminente,
en quien seguro estriba;
no han de quedar en pie si lo consiente
el profeta que adoro,
por quien a Meca peregrina el moro.
Un Etna desatado,
comience a laborar el estupendo
cañón todo abrasado.
Escuchando la voz del eco horrendo,
pasmen del mar las ondas,
retumbe el eco en las cavernas hondas.
Tiemble el mar, procure en vano,
la fuerza más singular,
escaparse de tu mano.
Pag. 81
Sale un soldado del Turco.
Manda luego enarbolar
el estandarte otomano.
Viene acaso el enemigo
de su afrenta a ser testigo,
¿quién duda que puede ser?
Puede ser que venga a ser
del otomano el castigo.
A deshacerle volvamos.
Los que vienen no son eses
a quien ya desbaratamos.
Pues ¿quién son?
Los portugueses,
cuyos golpes ya probamos;
en el puerto colocaron
quince torres, que formaron
de errantes pinos altivos,
a quien los mares esquivos,
nunca las puertas cerraron,
quince navíos famosos,
que si en el puerto se ofrecen,
encogidos y medrosos,
Pag. 82
surcando el golfo parecen;
quince cisnes espumosos.
Prosigue sin que autorices
los navíos, que felices
van del ocaso al aurora.
Digo, que en la playa agora
han dado fondo.
¿Qué dices?
Que abrazaron el sosiego
del puerto, en las ondas mudo,
echando en el campo luego
más hombres, que arrojar pudo
en Troya, el caballo griego.
Que remando, fuertemente,
hizo de los leños puente
la bogadora canalla,
y que en orden de batalla
desembarcaba la gente.
De quien viene por caudillo
aquel Gama, que en Suez,
(tiembla el labio al referillo)
con orgulloso altivez,
Pag. 83
fue de los moros cuchillo:
el portugués arrogante,
que con pecho de diamante
asombrando el horizonte,
después de escalar el monte,
que es de los cielos Atlante.
El que empezando en la tierra
en el Olimpo termina,
haciendo a las nubes guerra,
aquel, que de Catalina,
el grave túmulo encierra,
pasando el estrecho arabio
temiendo el público agravio,
la Libia desierta y seca,
a la gran casa de Meca,
quiso poner.
Cierra el labio,
quien a contar te provoca,
el esfuerzo portugués,
con alabanza tan loca;
que la mayor gloria es
del enemigo en la boca.
Pag. 84
Mas si al cristiano enemigo,
de su osadía testigo,
engrandece tu porfía,
quién duda, que a su osadía,
ha de exceder el castigo.
Que no ha de ser de importancia
su soberbia exagerar,
engrandecer su jactancia,
vamos a desbaratar,
del español la arrogancia.
Veremos si el portugués,
tan fuerte soldado es,
si es tan valiente veremos.
Tus pasos siguiendo iremos.
Vamos.
Caminemos pues.
Vanse los turcos y salen don Cristóbal de Gama con el estandarte de Portugal, pintado de la una parte Cristo crucificado, y de la otra las quinas portuguesas. El Embajador. Don Juan, Martín, Doña Leonor, y Flora vestidas a lo soldado.
Invencibles
Pag. 85
Invencibles lusitanos,
portugueses valerosos,
cuyos hechos soberanos
aventajan los famosos
de los griegos y romanos.
Si a pesar de la fortuna,
sin temer mudanza alguna,
para que el mundo se asombre,
colocado vuestro nombre
sobre el cerco de la luna.
Que más cándido se ofrece
con letras de oro de Arabia;
esculpido resplandece
en papel que al Alpe agravia,
y que al Pirene escurece.
Vuestra espada vencedora
pruebe el Otomano agora,
tiemble agora el Otomano
del esfuerzo soberano
que vuestro pecho atesora.
Todos con ánimo fuerte
tu valor imitaremos.
Pag. 86
Todos de una misma suerte
tus pisadas seguiremos,
dispuestos a obedecerte.
Lo mismo digo por mí.
¿Quién eres?
Soy de aquél, sí,
el adelantado, no.
Eso no lo entiendo yo.
Yo, que sirvo, lo entendí.
¿Quién vio tan notable humor?
Fidelísimo criado,
soy de don Juan, mi señor,
y peleando a su lado
sabré imitar su valor.
Yo también.
¿Qué estoy mirando?
Imitaros procurando,
vuestras pisadas siguiendo,
sabré acometer venciendo,
sabré matar peleando.
Imitando vuestro celo
haré que el mundo se asombre.
Pag. 87
¿Qué es lo que estoy viendo, cielo?
¿Cómo os llamáis?
Es mi nombre
don Constantino de Melo.
¿Quién es vuestro capitán?
¿Qué es lo que mirando están
mis ojos?
Manuel de Acuña.
Vencedor acero empuña.
Pensativo está don Juan.
¡Es cierto lo que estoy viendo!
¿De qué te espantas?
¿No ves,
Martín?
Ya, señor, te entiendo;
no es bien que suspenso estés.
Estoy dudando y temiendo,
¿no es Leonor? Sin duda es ella.
Y el garzón, que está con ella,
no es la sombra de Leonor.
Quien bien ama, la mayor
dificultad atropella.
Pag. 88
El color se te ha mudado.
De la constancia obligado
con que a reñir me provoco.
Apartémonos un poco.
Ya se acerca aquel soldado
que a reconocer mandaste
el campo del enemigo.
Sale don Luis.
Ya hice lo que fiaste
de mi valor, como amigo,
cuando como tal me honraste.
Gran poder el bajá tiene,
con cuatro mil turcos viene,
a ofrecerte la batalla,
mira si importa acetalla
o si rehusalla conviene;
que también con furia esquiva
marchando en orden también,
opuesto a tu gente altiva,
viene el rey de Zeila, en quien
el poder del turco estriba.
Como el prado floreciente,
de bochorno el julio ardiente,
el frío enero de escarcha,
Pag. 89
así el campo con que marcha,
cubre la tierra de gente.
Del enemigo el poder
se viene acercando ya.
Embestir es menester.
Pienso que mejor será
retirar, que acometer,
solos cuatrocientos hombres
te acompañan.
Si a sus nombres
vienen dos mundos estrechos,
asómbrate de los hechos,
del número no te asombres.
Rayos son cuando pelean
puesto que tan pocos son.
Si es que acometer desean
el enemigo escuadrón,
ellos los primeros sean
que embistan al turco fiero,
que si bien lo considero
el triunfo más singular,
suelen a veces ganar
Pag. 90
los que acometen primero.
Pónense todos de rodillas.
Soldados, que hallado habéis
la ocasión que deseáis,
pelead, pues que sabéis
que por honra peleáis
deste señor que aquí veis.
Si con devotos suspiros
le pedís quiera infundiros
valor, para acreditaros,
el que murió por salvaros,
no puede dejar de oíros:
Hermosura del mundo, que arrojada,
al mar de tu pasión en él triunfaste;
Alegría del cielo, que alumbraste
entre nubes de amagos eclipsada.
Valiente piedra, piedra que clavada
en esa honrosa cruz, divino engaste,
sufriendo como piedra no anhelaste,
antes resplandeciste castigada.
Sol de justicia, que naciste hermoso,
de aquella Virgen soberana Aurora,
Pag. 91
libre de aquel error del primer hombre:
Alumbra, y ciega, blando, y riguroso,
alumbra el campo, que tu nombre adora,
y ciega el enemigo de tu nombre.
Vanse todos y salen peleando con los turcos, y moros, que serán los más que ser puedan, que se irán retirando y volverán a salir otra vez peleando con los portugueses que ha- ciendo los retirar segunda vez quedará solo el general de los turcos.
Turcos, a quien ciegamente,
el miedo infame provoca,
temiendo gente tan poca,
huís de tan poca gente.
Volved, volved, que es vergüenza,
que con honrosa fatiga,
tan poco número os siga,
tan poco número os venza.
Pero que no importa es cierto
el ver que tan pocos son,
cuando el contrario escuadrón
Pag. 92
más de mil turcos ha muerto,
llegando a desbaratar
el ejército lucido
del rey de Zeila, que herido
apenas pudo escapar.
Sale don Cristóbal.
No es este, quiero acercarme,
el que con graves fatigas,
a las huestes enemigas.
Muriendo estoy por vengarme,
ciego de cólera estoy.
Animaba en los combates,
¿quién eres?
Soy de Amurates,
diré que el general soy,
encubrir el nombre importa,
un capitán reformado.
Eres valiente soldado.
Aunque de ventura corta.
Y yo, si saber lo quieres,
soy don Cristóbal de Gama,
Ya sé que el mundo te llama
Pag. 93
inmortal, ya sé quién eres,
ya de Marte en el estruendo
le he comenzado a sentir.
Comienza, pues, a reñir,
echarás de ver sintiendo
desta espada las heridas,
que está el cielo de mi parte.
Veré, que al fin, con matarte
de las huestes ya vencidas
ardiente venganza toma
aqueste acero invencible,
de Alá centella terrible,
rayo ardiente de Mahoma.
Riñen un rato.
Pelea y calla.
Arrodíllase.
Detente,
¡ay de mí!, cierta es mi injuria,
¿quién ha de estorbar la furia
con que el acero valiente
esgrime el brazo robusto?
a tus pies tienes postrada
mi vida, detén la espada,
mas si he de vivir sin gusto,
Pag. 94
penetre el pecho la herida,
sienta el pecho el golpe fuerte,
que no hay más penosa muerte,
que una desdichada vida.
Levanta, y vuelve a medir
el tuyo, con este acero,
que darte la vida quiero
por que vuelvas a reñir.
A quedar desanimado
volverás, si aliento cobras.
¿Cómo he de ofender con obras,
a quien la vida me ha dado?
Cuando en merced tan crecida
el pecho no ha de poder
con la memoria ofender,
a quien me ha dado la vida.
Si de ese modo agradeces,
si estimas de esa manera,
darte la vida primera,
la segunda que apeteces
tienes ya bien merecida;
vete en paz, que mi piedad
Pag. 95
te ofrece la libertad,
te da la segunda vida:
De tu esfuerzo haces alarde
invencible portugués.
¿Qué aguardas? Camina, pues.
Vase por la una puerta y sale por la otra el Embajador.
Guárdete Alá.
Dios te guarde.
¿Posible es que puede haber,
en corazones humanos,
alientos tan soberanos?
¿De qué os espantáis?
De ver,
el otomano orgulloso
rendido y desbaratado,
el rey de Zeila afrentado,
malherido, y bien quejoso;
grandes son los intereses
del trofeo, que ganaron
los nuestros, a quien faltaron,
solos once portugueses.
Pag. 96
Lope de Acuña murió
y Luis Rodríguez
¿Qué escucho?
Luego según eso mucho
el vencimiento costó,
que de los once no ignoro
la pérdida, sabe Dios
que de los once los dos
eran espanto del moro.
Luis Rodríguez de Carvallo
y Lope de Acuña fueron
dos fidalgos, que pudieron,
vencello y desbaratallo,
pudieron al fin los once
llegando el campo a sembrar
de enemigo, usurpar
eternidades al bronce,
de eterna fama vestidos,
de inmortal gloria cubiertos.
Vamos a enterrar los muertos,
y a ver curar los heridos.
Vamos, que también lo estás
en la pierna, bien se ve.
Pag. 97
la herida.
Pequeña fue.
¡Quién vio tal valor jamás,
aunque poco peligroso
de un arcabuzazo ha sido
el golpe!
No lo he sintido.
Mas si de un efeto honroso,
anuncio felice fue,
¿quién ha de sintir la herida,
que honra la sangre vertida
en defensa de la fe?
¿Quién el dolor, si es mayor
el gusto que alivia el daño?
Fuerza es que bien tan estraño
quite la fuerza al dolor,
estorbe el paso al recelo.
¿Cómo ha de sintirse, cómo,
la herida que ha hecho el plomo
en el bien que ha dado el cielo?
Vanse los dos con lo que se da fin a la segunda jornada.
Jornada 3
Pag. 98
Salen Doña Leonor huyendo y Don Juan siguiéndola.
Detente, espera Señora,
Leonor, mi bien, óyeme,
no desestimas la fe,
que en mi pecho se atesora,
no huyas de quien te adora
con afición tan crecida,
quisiendo de amor su vida,
se olvida del golpe ardiente,
que ya la herida no siente;
de puro sentir la herida.
No dejes dueño adorado,
suspendiendo el horizonte,
por las piedras de aquel monte,
Pag. 99
las flores de aqueste prado;
de hermoso jazmín nevado
no apetezcan liberales
plantas, disfavores tales,
de una peña disfavores,
dejando polidas flores,
por incultos pedernales.
Escucha lo enternecido
de un pecho en amor deshecho;
no cierres, no, de tu pecho
las puertas a mi gemido.
Como el áspid el oído
al encantador, que sabe
detener sonoro y grave,
el elemento veloz,
como el áspid a la voz
del encantador suave.
Don Juan de Meneses,
en quien viendo estoy
el amor más grande,
la lealtad mayor:
Que con letras de oro
Pag. 100
la fama escribió
en limpios anales
clara emulación;
del candor alpino
en bello candor
a quien iluminan
los rayos del sol.
De tus blandas quejas,
de tu dulce voz,
huí vergonzosa,
rigurosa no.
Que mal puede ver
la cara al rigor
quien el sujetarse
tiene por blasón.
Viniendo a buscar
a quien me rindió,
mudé de vestido,
mas no de afición.
Que siendo el carácter
que el alma abrazó,
no puede mudarse
Pag. 101
ni fuera razón.
Mudase el vestido
que el gusano hiló,
pero no el carácter
que imprime el amor.
Siendo la esperanza
del pecho farol,
abrasado en fuego,
al mar se entregó.
Por ver si abrazando
aquella ocasión,
el mar se atrevía
a templar (¡ay, Dios!)
el ardor del pecho;
si mi corazón,
podía apagar
el intenso ardor.
Mas, ¡ay!, que intentando
valerme los dos,
ni el corazón pudo
ni el mar se atrevió,
Llegamos al puerto
Pag. 102
que es, y con razón,
después de la eterna
la gloria mayor.
Viéronte mis ojos,
muerta me dejó,
el gusto de verte,
aun sintiendo estoy.
Que causar no puede
tal consolación
la salud, a quien
lleno de temor,
en la enfermedad
casi que llegó,
a ver de la muerte
pálido el color:
No tanto placer
a quien consoló
la libertad dulce
a quien (si, Señor)
en prisión oscura,
en triste prisión,
abrazó pesares
Pag. 103
grillos arrastró.
Dejando el navío
entregue al rumor,
de tranquilas ondas
al blando colchón,
que meciendo estaba
el aire veloz.
El primero fui
que desembarcó,
cuando nuestro campo,
con tanto valor,
con esfuerzo tanto,
al Turco venció.
No fui yo el postrero
de nuestro escuadrón,
que en sangre enemiga
la espada tiñó;
que así como el rayo
sube exhalación
para bajar llama,
envuelta en rigor:
para ser estrago,
Pag. 104
para confusión,
del monte, que al Cielo
llegar procuró;
criminal gigante,
que con muda voz
asombró zafiros
nubes escaló.
Desta misma suerte
amor me subió
a su esfera, siendo
pequeño vapor;
donde bajé a ser
centella feroz,
fulminante llama,
rayo abrasador,
que al contrario campo
en humo volvió,
centella abrasada,
en fuego de amor;
Si el seguir tus pasos
en esta ocasión
tienes por afrenta,
Pag. 105
Yo mi don Juan, yo,
como no soy mía,
como tuya soy,
por valor lo tengo,
por grande valor,
mi afición ardiente,
mi pura afición,
me obligó a seguirte,
con paso veloz.
La disculpa admite,
que en mi abono doy,
o si no castiga,
tan gallarda acción,
culpa tan bizarra.
Haz una de dos
o el perdón elige
o abraza el rigor
rendida, bien mío,
a tus pies estoy,
castígame agora
o dame perdón.
Haz que pare la corriente
Pag. 106
de tus favores, levanta
si no quieres que a tu planta,
se arroje también.
Detente.
Quita el cambray transparente
de tus hermosas estrellas,
mira que asoman en ellas
pedazos del corazón,
que si son lágrimas, son
ardientes lágrimas bellas.
Que si al bajar se desmanda
el fuego, bajando luego,
mirando el ardor del fuego,
temo el riesgo de la Holanda:
mas si en esas manos anda,
quien a esa nieve se atreve,
leve será el daño, leve
si le ampara esa blancura,
bien puede vivir segura
de aquel fuego, en esa nieve.
Sale Don Luis.
Si tu piedad me acompaña
el sentimiento reporto.
Pag. 107
Confieso que vengo absorto
de aver visto, cosa estraña,
un soldado en la campaña
a Leonor tan parecido,
que suspendiendo el sintido,
no era lo que parecia,
cuando de sangre teñia
el acero esclarecido.
Mis rezelos buelven ya
no son vanos mis rezelos
hablando con don Juan cielos
el mismo soldado está.
Quien mi pecho sacará
de la claridad al puerto,
con esta planta cubierto
podre ver sellando el labio,
si ha sido sierto mi agrabio,
o si fué mi engaño sierto.
Como he de decir agora
¿No es esta voz de Leonor?
Lo que te estima mi amor
lo que mi aficion te adora.
Pag. 108
Yo, mi Leonor, mi señora,
¿cómo, cómo he de pagar
afición tan singular?
¡Válgame el cielo!, ¿qué escucho?
Mi sentimiento no es mucho,
pues no muero de pesar.
No son vanos mis temores,
ciertos fueron mis recelos.
Don Juan de Meneses, ¡cielos!,
a Leonor diciendo amores,
¿quién vio desdichas mayores?
¿Mi hermana, mujer liviana?
¡No es grave y cuerda mi hermana!
¿Qué importa, si el mundo sabe
que es más fácil la más grave
y la más cuerda más vana?
¡Oh, cuán poco acierta quien
pone en la de más valor
el honor, siendo el honor
del hombre el más grande bien!
¡Mal haya el primero, amén,
que tal costumbre inventó!
Pag. 109
si mi hermana delinquió
corra su honor por su cuenta,
no padezca yo la afrenta,
sin tener la culpa yo.
Padecer sin delinquir,
decreto terrible y fiero.
Mi hermano viene, irme quiero.
Tus pasos quiero seguir.
Don Juan, Don Juan, encubrirte
el pesar procuro en vano;
a solas, dolor tirano,
tengo un rato que decirte.
No puedo agora seguirte,
que me ha llamado tu hermano,
a conocerte ha llegado.
Vase Doña Leonor.
Gran daño llego a temer;
con lo que procuro hacer
saldrá el pecho de cuidado.
Presto quedaré vengado
de tu pretensión tirana,
y de una hermana liviana.
Pag. 110
Cierta mi sospecha fue.
Después que de ti lo esté,
me vengaré de mi hermana;
siendo a su osadía igual
el castigo que se acerca.
Considera que está cerca
la tienda del general.
Quien la ocasión principal
no abraza, no considera
que quien la segunda espera,
muy mal su esperanza funda;
que no estima la segunda
quien no abraza la primera.
Saca la espada y pelea.
Sacan las espadas.
Que es de buena ley no hay duda.
Está de razón desnuda,
aunque de buena ley sea.
La que sin razón se emplea
en reñir queda engañada,
aunque centella abrasada
llegue al fin a parecer
Pag. 111
que la razón ha de ser
quien ha de regir la espada.
Así lo tengo entendido,
mas también será razón
oír la satisfacción
aquel que honrado ha nacido.
No cuando a brazo partido
con su propia afrenta lucha,
cuando la afrenta es tan mucha
que deja el honor manchado;
aquel que ha nacido honrado
la satisfacción no escucha.
Es el honor blanco armiño,
a quien deslucir procura,
no solo la mancha oscura,
el más breve desaliño.
Riñe y calla.
Riñen los dos.
Callo y riño.
Tu mucha destreza alabo.
Yo de engrandecer no acabo
lo que animoso resisto.
Tan fuerte acero no he visto.
Pag. 112
No he visto acero tan bravo,
el general ha llegado.
antes que procure hacer.
Sale don Cristóbal.
¿Don Juan, qué intentáis?
Volver
por la opinión de un honrado.
¿Qué hacéis, don Luis?
Procurar
de un desdichado el consuelo.
¿Qué escucho, válgame el cielo?
¿Qué ocasión pudo obligar
a tan nobles caballeros?
Que fue bastante, creed.
¡Bastante ocasión! Volved
a la vaina los aceros.
Dos fidalgos portugueses
así intentan deslustrar
la nobleza singular
de Noroña y de Meneses.
Cuando del turco atrevido
nos dio el cielo tal trofeo,
Pag. 113
que del humano deseo,
los límites ha excedido.
Cuando a nuestros pies postradas,
besan sus Lunas el suelo,
Y se miran en el cielo,
nuestras Quinas colocadas:
Triunfo tan soberano,
gloria tan esclarecida,
queréis eclipsar; por vida
de Don Esteban mi hermano,
que el descargo no he de oír,
que el castigo ha de probar,
el que volviere a sacar
la espada para reñir.
Si agora no le prevengo
es porque importa este día;
Advierta Vueseñoría.
Bien advertido lo tengo.
Si la razón no admitís.
Si el descargo no escucháis.
Daos las manos, ¿qué esperáis?
¿Considerad?
Pag. 114
Ya Don Luis
lo tengo considerado.
Llegad, que ciegos están.
Por fuerza llego Don Juan.
Yo también llego forzado.
Si el General no llegara.
Yo mi acero acreditara.
Yo por mi opinión volviera.
Imaginad.
Advertid.
Dejemos para después
lo demás,
callemos pues.
Don Luis de Noroña oíd,
escuchad con atención.
La gran Reina de Etiopía,
de Belona afrenta propia,
y de Marte emulación,
ha de venir con su gente
nuestro campo a visitar,
antes que bañe en el mar,
el sol su dorada frente.
Pag. 115
¿Qué me ordenáis?
Gustaré
que a recibirla salgáis,
que con la Reina volváis,
esta tarde, para que
en lugar de mi persona,
que de engrandecer no acaba
esta Semíramis brava,
esta valiente Amazona,
la mostréis, cuando el terrible
parche las esferas rompa,
el lucimiento y la pompa
de nuestro campo invencible.
Y vos, don Juan, procurad
las hileras componer,
para que, llegando a ver
el orden su majestad
de las compuestas hileras,
quede absorta de repente
cuando de la salva ardiente
titubeen las esferas.
Yo voy como lo dispones.
Pag. 116
para que pueda volver
con la Reina.
Vase don Luis por la una parte.
Yo a poner
en orden los escuadrones.
Vase por la otra don Juan.
Yo quedo tan satisfecho
como al fin agradecido,
notable ventura ha sido
volver en vínculo estrecho,
en amistad confirmada,
de los dos la diferencia;
apartar una pendencia
bien reñida y mal fundada.
Según agora imagino,
gran mal suceder pudiera
si avisarme no viniera
tan presto don Constantino.
Vase, y salen Flora y Martín siguiéndola.
No huyas, sublime gloria,
de mi afición verdadera,
detén la planta ligera,
Pag. 117
si es que tu amor la memoria
de tanta afición no pierde;
No te ausentes, dueño hermoso,
de aqueste prado oloroso,
vestido de felpa verde.
detén el airoso pie,
oye, escucha.
¿Qué me quieres,
sabes quién soy?
Sé quién eres,
pero lo que eres no sé.
El escucharte me agrada.
Y a fe que eres flor hermosa,
ya sé que eres blanca rosa,
que eres Rosa disfrazada,
con capa de lirio en fin,
capa de diamantes llena,
ya sé que eres azucena,
con cubierta de jazmín.
Que eres del amor fiel
que a tu resplandor se humilla,
en su jardín; maravilla
Pag. 118
con rebozo de clavel.
Sé que eres el mayor bien
que perfetamente adoro,
sé que eres Flora y no Floro,
que si mis ojos te ven
a lo soldado vestida
y con esa espada al lado,
que no eres Floro soldado,
y que eres Flora rompida.
Ya sé que me has conocido.
¿Eres Flora?
Así lo creo.
Saber agora deseo
si acaso has puesto en olvido
a fé que já descobriste
em meu amor tão claramente
aquela afeição ardente
que já nos meus olhos viste.
Como lo dijo primero
el que cantando encantó,
el portugués que cantó,
con la cítara de Homero,
Pag. 119
No es bien que tu amor olvide
si estimas de esa manera.
Pedirte un favor quisiera
mas la turbación lo impide;
confieso que tengo miedo
de proseguir.
¿Portugués
con miedo?
Prosigo pues,
digo que mientras no puedo
besar con turbación poca
el puro, el ardiente, y el
sabrosísimo clavel
de esa brevísima boca,
ese néctar soberano,
quisiera, en efeto, con
poquísima turbación
de esa bellísima mano
besar, si pudiera ser,
el blanquísimo jazmín.
¡Qué atrevido!
Eres al fin
Pag. 120
ingratísima mujer.
Soy doncella escrupulosa.
Doncella, extraño capricho;
considera lo que has dicho,
advierte que eres hermosa.
Mira bien lo que has hablado.
Ya lo he visto.
El labio sella,
viendo que es el ser doncella
en las hermosas, pecado.
Pues si las hermosas son,
a quien más la pasión ciega,
si el pecado a quitar llega
el que quita la ocasión,
no peques, no, de contado,
quita, quita, Flora bella,
la ocasión de ser doncella,
y quitarás el pecado.
No entiendo lo que me dices.
Pues yo entiendo, no te alteres,
que lo que dices no eres.
¿Cómo?
Pag. 121
No te escandalices,
que si lo fueras, en fin,
me pesara, que es tu cara,
para doncella muy cara.
Aunque te pese, Martín,
soy doncella, y redoncella,
redoncella soy sí, sí,
¿Qué es ser redoncella, di?
Es ser dos veces doncella.
¡Oh, qué poco lo encareces!
¿No es mucho dos veces?
No.
Doncella conozco yo
que lo ha sido cuatro veces;
y casada, no lo alabo,
que cuatro veces lo ha sido
con perdón de su marido,
poniendo su nombre un clavo,
a la rueda de fortuna,
y para que más te asombre
llegando a poner su nombre
sobre el cuerno de la luna.
Pag. 122
¡Qué tal escucho!
No dudes
lo que el labio certifica.
De las mujeres publica
las excelentes virtudes,
que en las demás considero,
no de algunas las infamias.
Si vitupero las Lamias,
las Penélopes venero.
Siendo así, no manifiestes
el escondido secreto.
Salen el general don Cristóbal y don Juan.
¿Qué te pareció, en efeto,
el adorno de las huestes,
del campo la compostura?
Notable me ha parecido,
El general ha venido,
seguir mis pasos procura,
abonando juntamente
mi afición.
Tus pasos sigo
Pag. 123
siendo de tu amor testigo.
Vanse los dos.
Si vieras la salva ardiente
con que el campo vencedor
ha recibido este día
a la Reina de Abasia,
madre del Emperador,
la que es envidia de Marte,
a la Emperatriz gentil,
que con más de cinco mil
soldados viene a buscarte,
vieras que del salitrado
polvo, el humo que asombraba,
tal escuridad formaba,
que el mismo Apolo, turbado,
cejando el ardiente coche,
parece que no sabía
si iluminaba de día,
o si esperaba la noche.
Siendo abonado testigo
de la confusión más ciega,
mira que la Reina llega.
Vete, pues.
Pag. 124
tu gusto sigo.
Vase Don Juan por la una puerta y salen por la otra la Reina vestida a lo soldado y el Embajador y Don Luis.
Aqueste es el General
del escuadrón portugués.
Aqueste aquel GAMA, es
que ha de vivir inmortal,
de la edad en los anales.
Un rato afuera esperad.
Vanse los dos.
Deme vuestra Majestad
a besar sus pies Reales.
Alzad, General valiente,
levantad, heroico GAMA,
cuya esclarecida fama
volando de gente en gente,
con aplauso peregrino,
al mundo asombra; tomad
asiento.
Que soy, mirad
de tanta grandeza indigno.
de vuestra humildad me espanto
Pag. 125
Por mi vida que os sentéis.
Siéntase la Reina.
Tanto obligarme podéis,
por vida que importa tanto.
Siéntase y cúbrese Don Cristóbal.
No hay beneficio que exceda
a valor tan soberano;
¿cómo queda vuestro hermano?
A vuestro servicio queda,
manifestando el deseo
de serviros y obligaros.
El parabién vengo a daros
del soberano trofeo,
que habéis alcanzado agora.
Mucho más, que acreditado
con el trofeo alcanzado,
queda el pecho, gran Señora,
con el parabién, ufano.
Como os doy el parabién,
rendir quisiera también
las gracias a vuestro hermano.
Justamente solicita
el bien de esta Cristiandad,
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viendo que su Majestad,
en quien la piedad habita,
de su valor acción propia,
por sus cartas le encomienda
que favorecer pretenda
la Cristiandad de Etiopía.
Tanto debe a Portugal,
que tuviera por consuelo,
después de estimar el celo
de su Majestad Real,
saber los hechos y el nombre
de los Reyes que ha tenido
aquel Reino esclarecido,
con tan augusto renombre.
No será razón que agora
vuestros deseos se atajen,
el velo corro a su imagen;
oíd, heroica Señora.
En los límites de España,
cabeza en místico cuerpo,
bañado del Océano,
yace el Lusitano Reino,
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Cuyo poder es tan grande
que ocupa del universo
las cuatro partes, pagando
a su Monarquía el feudo
las cuatro; tuvo hasta agora,
quince Monarcas, que fueron
de la Cristiandad Colunas,
en quien ha estribado el peso.
El Rey Don Alfonso Henríquez
fue de los quince, el primero
a quien ofreció por armas,
el divino Rey del Cielo
aquellas mismas, aquellas,
que recibió en el madero
precioso tálamo suyo,
soberano amparo nuestro.
Las que Alfonso recibió
de la noche en el silencio
adorando al mismo Dios,
hablando con el Dios mismo
cuando en el campo de Orique
otra vez, en la Cruz puesto,
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le dijo que vencería,
los cinco reyes, que vieron
en el estrago, que entonces
hizo el grande Alfonso en ellos
de la palabra de Dios
infalible el cumplimiento.
Hijo del primer Alfonso
fue don Sancho, que siguiendo
las pisadas de su padre,
supo imitar el esfuerzo;
haciendo tan grande estrago,
en el soberbio agareno,
que el claro Guadalquivir,
juntando a cristales tersos
líquidos rubís, quedando
confusamente soberbio,
corrió mucho tiempo sangre,
perdió el color mucho tiempo.
Heredando don Alfonso
de Portugal rey tercero
del rey don Sancho su padre
los altivos pensamientos,
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ganó a los moros de Alcázar
el inexpugnable pueblo,
que fue colonia de Roma,
cuando con ligero vuelo
sus águilas discurrían
de adonde con blando imperio
se acuesta en vidrios, adonde
despierta en jazmines Febo.
Hijo de Alfonso fue Sancho,
a quien llamaron Capelo,
heredando la corona
mas no imitando los hechos;
llegando al fin a mostrarse
tan remiso, en tanto extremo,
que don Alfonso, su hermano,
tuvo del reino el gobierno,
siendo conde de Boloña.
Murió don Sancho en Toledo,
quedando de Portugal
su hermano absoluto dueño;
a quien sucedió su hijo,
más digno de lauro eterno
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por la consorte que tuvo,
que por el sublime imperio.
Aquel, de quien fue consorte
santa Isabel, que fue un tiempo
sol de Aragón; sol que agora
luce en otro mejor Reino.
El famoso don Dionís,
aquel Alejandro nuevo,
más liberal que Alejandro,
y tan rico como Creso,
siendo de la agricultura
cuidadoso por extremo
llamaba los labradores
de la república nervios.
Apeteciendo las armas
siempre en la campaña puesto,
y quedando siempre en ella,
vencedor del Marcio juego.
Aficionado a las letras
ordenó, Marte discreto,
la academia de Coímbra,
palestra de los ingenios;
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ya sé que procuro en vano
alabar su nombre excelso,
que solo pueden los Cisnes
del cristalino Mondego.
De su padre don Dionis,
pudo alcanzar los progresos
Alfonso, llamado el bravo,
adquiriendo nombre eterno
en la gran lid del Salado;
cuando con vínculo estrecho,
unidos los dos Alfonsos,
los dos Reyes, yerno, y suegro,
siendo el Castellano asombro
de los moros, que salieron
de España, queriendo ser
otra vez tiranos dueños.
Fue ruina el Portugués
del orgulloso Agareno.
De aquella Ciudad famosa
paraíso del universo
del Rey de aquella Granada
a quien siempre está sirviendo,
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de corona el santo monte,
el claro Genil de espejo.
Fue de don Alfonso el bravo
hijo, el bravo rey don Pedro,
a quien llamaron cruel,
siendo solo justiciero.
Vengando la injusta muerte
del idolatrado dueño,
sin extremos de crueldad,
haciendo de amante extremos.
Compitiendo en don Fernando,
que fue su hijo heredero,
el valor con la prudencia
y la piedad con el celo.
A quien sucedió don Juan,
de aqueste nombre el primero,
don Juan, hijo natural
del famoso rey don Pedro;
dio batalla al de Castilla
en Aljubarrota, haciendo
estrago en los castellanos,
con admirables progresos.
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habiendo de la batalla
sustentado el grave peso,
obrando heroicas hazañas,
y maravillosos hechos;
El famoso Condestable,
aquel de quien descendieron
tantos Príncipes y Reyes:
aquel que honrando el Carmelo,
por el blando escapulario
trocó el acerado peto.
El morrión por la capilla,
por el bordón el acero.
Haciendo en tanta clausura
tanta abstinencia, que siendo
ejemplo de valentía,
fue de santidad ejemplo.
Del famoso Rey Don Juan
empuñó el Augusto cetro
el prudente Don Duarte;
quedando su nombre impreso
en los libros, que escribió:
siendo parto de su ingenio.
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el consejero fiel,
que ha de serlo el consejero;
Fue su hijo el quinto Alfonso,
a quien con felice acuerdo
llamaron el Africano,
de quien ganó mil trofeos;
teniendo de sus pasados
la dicha y el valor, siendo
aquel para conquistarlos,
esta para merecerlos.
Del quinto Alfonso fue hijo
aquel rey, piélago inmenso
de la prudencia, en quien siempre
reinó el agradecimiento.
El rey don Juan el segundo,
que fue singular modelo
de la liberalidad,
sin pender de arbitrio ajeno;
Los servicios que le hacían
remuneraba tan presto,
que a los servicios parece
que anticipaba los premios.
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En la batalla de Toro
quedó vencedor, trayendo
el Católico Fernando
toda la flor de su Reino.
Pero lo mismo quedara,
si veniera a socorrerlo
no solo su Reino todo,
si viniera el mundo entero.
Al invencible don Juan
sucedió en el trono regio,
el felice don Manuel
el que al Asia puso freno;
Dando al cielo tantas almas,
como al mundo espantos, siendo
mi padre el conde Almirante
el milagroso instrumento,
siendo el Jasón, a quien Marte
y Neptuno obedecieron.
Temiendo aquel, de mirarlo
este, temblando de verlo.
Hijo del gran Emanuel
Príncipe Augusto, y Rey nuestro,
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que agora gobierna en paz,
es don Juan, que guarde el cielo.
Esta la genealogía
ha sido, aqueste el compendio
de los reyes portugueses,
cuyos memorandos hechos,
a pesar del tiempo sabio,
y del olvido indiscreto,
han de quedar reservados
de la memoria en el templo,
llegando a saber el mundo,
que no pudo más el tiempo,
no alcanzó el olvido más,
ni el valor mereció menos.
Tan absorto ha dejado,
tan mudo al corazón lo relatado,
por estilo elocuente;
que referir no puede la que siente
esclarecida gloria,
de haber oído en suave historia,
en bellas digresiones,
de tan grandes monarcas las acciones.
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Muchísimo gustara
que mi hijo también las escuchara;
vendrá sin duda alguna,
las mejoras a ver de su fortuna,
a volver por su fama
a libertar contigo, heroico Gama,
el reino de Etiopía,
a ser del enemigo afrenta propia.
A juntarse contigo,
que si el poder temió del enemigo,
cerca deste hemisferio,
viene marchando, con que ya su imperio,
estando de su parte,
tu lucido escuadrón, portugués Marte,
no teme la ruina,
puesto que el rey de Zeila determina
acometer valiente,
el escuadrón de tu lucida gente;
de nuevo esfuerzo armados,
en tu valor estriban mis soldados,
que te obedezcan quiero,
que con tal capitán vencer espero.
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la arrogancia del moro,
cristiana soy, la ley de Cristo adoro.
El soberano cielo
ampare tu valor, premie tu celo,
que con tu fe compite.
Quédate agora pues.
Deja, permite,
que te acompañe agora.
Que en tu tienda te quedes,
¡gran señora!
quiero agora pedirte.
No me quites la dicha de servirte.
Si la dicha merece,
quien sirve con lealtad, el que obedece
no hay premio que no aguarde.
El cielo te acompañe.
Vase la Reina.
Dios te guarde.
¿Qué importa que el moro osado,
entre agravios que repite,
la venganza solicite
con tan ardiente cuidado,
pues no quedara vengado
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si trujera el que asombraba
del mar la campaña brava
ejército numeroso,
con que Jerjes animoso
el Helesponto pasaba.
Los triunfos soberanos
del portugués no eclipsara,
cuando estos campos cuajara
de alárabes inhumanos;
cuando de más otomanos
aquestas selvas, que en ellas
de galantes hojas bellas
vertiendo el abril olores,
esparce en cielo de flores,
derrama en jardín de estrellas.
Siendo con sabroso empeño
el descanso apetecible,
y siendo el sueño apacible
del mejor sentido dueño,
entregar procuro al sueño
el sentido, que es más fuerte,
ya parece que divierte.
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la pena al cuidado asida,
que es descanso de la vida,
siendo imagen de la muerte.
Siéntase a dormir en una silla y apa- rece en lo alto del tablado la Fama en una tramoya.
Valeroso lusitano,
cuyos progresos altivos
han de quedar rubricados
del cielo en el pergamino.
Eternos han de quedar
en aquel luciente libro,
cuyas hojas son diamantes,
cuyas letras son zafiros.
Oye lo que en tu favor
decreta el cielo divino.
¿Quién eres?
La Fama soy;
atiende a lo que te digo.
Ya te escucho.
Quiere el cielo
que a tus hechos peregrinos
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este venturoso día
ponga el sello tu martirio.
¿Yo mártir, qué es lo que escucho?
Los turcos tus enemigos
al tirano rey de Zeila
te han de presentar cautivo:
el cual, procurando luego,
ya con afables cariños,
ya con fuertes amenazas
que dejes la ley de Cristo,
sabiendo que no te mueven,
a su fortaleza asido,
la blandura del halago,
ni el asombro del castigo,
mandará que te atormenten,
siendo él mismo, siendo él mismo
el ministro de tu muerte,
siendo el bárbaro ministro
el verdugo, que arrogante
la cabeza (Gama invito)
te ha de cortar con su acero
en tu sangre esclarecido.
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Mas luego en aquel lugar,
honroso con tu martirio,
brotará el suelo una fuente
que siendo claro testigo
de que ha sentido tu muerte
dará con divino auxilio
vista a ciegos, y habla a mudos
manos y pies a tullidos;
hasta las silvestres plantas,
quieren los cielos divinos
que muestren a este suceso
el sentimiento debido.
Del jardín de un monasterio
un árbol, dosel altivo,
sintiendo tu injusta muerte
se arrancará por sí mismo
talando el ameno campo,
siendo del jardín florido
ruina lo que fue amparo
y opresión lo que fue alivio.
Hasta que el rey de Etiopía,
de tu gente socorrido
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llegue a cortar la cabeza
al de Zeila su enemigo,
que siendo apenas cortada
volverá el árbol marchito
de improviso a su lugar
y a florecer de improviso.
Y para que Portugal
quede honrado con tal hijo,
ufano con tal amparo,
con tales despojos rico,
parte de tu cuerpo santo
traerá de Goa consigo,
el cuarto Conde Almirante,
tu sobrino don Francisco,
después de haber gobernado
con aplauso peregrino
el Imperio del Oriente;
cuando vuelva de haber sido
Viso Rey segunda vez
aquel Catón Censorino,
aquel César español,
aquel lusitano Livio.
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Desaparece la fama y despierta don Cristóbal.
Si lo que escuché soñando,
si lo que durmiendo he visto
fue ilusión, pero ¿qué dudo?
Tanto bien no he merecido
yo, tan venturoso, yo.
Sale el Embajador.
¿Qué aguardas en este sitio,
cuando ya los atambores
se escuchan del enemigo?
Con más de veinte mil hombres
el rey de Zeila ha venido;
tres mil turcos le acompañan
en dos tropas divididos.
No se vengara el de Zeila
cuando trujera consigo
más otomanos que arenas
tiene ese golfo de vidro.
Ya se empieza la batalla,
ya los golpes repetidos
asombran los horizontes.
Vamos, pues.
Tus pasos sigo.
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Vanse los dos y sale el General de los Turcos.
Ea, jenízaros fuertes,
agora sí que atrevidos
podéis tomar la venganza
que a vuestro esfuerzo remito.
Salen peleando los cristianos y los turcos, y entrando dentro, vuelven a salir don Juan, doña Leonor y Flora.
Detente, Leonor, no pases
adelante.
No hay peligro
que contigo no sujete,
que no atropelle contigo.
Sale Martín.
No puedo hallar a mi amo,
puesto que el campo he corrido
como arroyo, no en lo claro
mas solo en lo fugitivo;
señor.
¿De qué te suspendes?
Turbado el gusto público,
ya te juzgaba por muerto.
Gracias a Dios que estás vivo.
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Salen la Reina y el Embajador.
¿Qué intenta tu majestad?
Ser de los turcos cuchillo,
ser estrago de los moros.
No los sigas, fuerte asilo
de la etíope corona;
detente, rayo encendido,
envaina el ardiente acero
en sangre enemiga tinto.
Sale don Luis.
Reina insigne de Etiopía,
terror de los enemigos,
embajador valeroso,
portugueses no vencidos,
oíd el más triste caso
que en el mundo ha sucedido,
el más trágico suceso
que humanos ojos han visto:
a don Cristóbal de Gama,
en aqueste mismo sitio,
habiendo muerto más moros
que ostenta el cielo zafiros,
mató el Rey de Zeila. ¡Ah, cielos!
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con qué dolor lo publico,
con qué pena lo exagero
y con qué angustia lo afirmo,
y viendo que apenas muerto
(quien vio tan raro prodigio)
brotó el suelo lastimado
un arroyo cristalino
que su crueldad publicaba,
huyó el bárbaro ministro
temiendo de un cuerpo muerto,
acciones de un hombre vivo;
mirad todos el que goza
de Dios el bien infinito
que alcanza quien por él muere
con fe pura, y pecho limpio.
Córrese la cortina del tablado y aparece dentro encima de un bufete la cabeza de Don Cristoval ensangrentada.
Invencible Don Cristoval,
cuyo valor peregrino
aun después de muerto al mundo
espanto del moro ha sido;
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para que vengue tu muerte
a tu hermano daré aviso,
pues como propia la siento
y como ajena la envidio.
Vuélvese a cerrar la cortina.
Dad licencia, gran señora,
que pueda llevar conmigo
esta emulación de Marte,
este asombro de Cupido,
que obligada de mi amor
siguiendo mis pasos vino.
Estimad amor tan grande.
Como amante agradecido
y como esposo obligado.
Danse las manos.
Fueron los astros propicios
a mi afición.
Favorables
fueron al crédito mío.
Abrazad a vuestra hermana.
Si a perdonarme te obligo,
no hay ventura que no aguarde.
Los yerros de amor son dignos
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Vivas inmortales siglos.
Apostaré que no abrazas
a Martín.
Martín amigo
levanta:
Pedirte quiero,
que me cases.
¿Con quién? Dilo.
Con Flora.
Siendo su gusto.
Tu gusto señora estimo,
¿Qué aguardas?
Mi mano es esta,
si es que con ella te sirvo.
Bien he menester la mano
pues que todo el resto envido.
¡Todo el resto!
No te espantes,
por eso Flora se ha dicho,
buen envite a buena mano,
y a buen bocado buen grito.
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vamos a dar sepultura,
con ánimo agradecido,
al general que ha de ser
deste Imperio patrocinio.
Acabando aquí la historia
de aquel Gama esclarecido;
favoreced el poeta
por que se anime a serviros.
Fin de la Tragi-Comedia del Mártir de Etiopía.
