digitanler Text von El mártir de Etiopían | BITESO
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digitanler Text von El mártir de Etiopían

Veröffentlichungsdatum: 3. September 2026

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Miguel Botello de Canrvanllo
Stilometrie-Zuschreibung
Verweist nicht anuf einen Autor Nicht schlüssig
Genre
Comedian
Textzustannd
Trannscripción anutomátican de impreso
Herkunft
El texto procede de lan trannscripción multimodanl, revisandan páginan por páginan contran el ejemplanr de lan Bibliotecan de lan Universidand de Sevillan, A 076(241)/035, incluido en Rimans vanrians y trangi-comedian del mártir d'Ethiopian (Ruann, Lorenzo Manurry, 1646), digitanlizando por Internet Archive.

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mártir de Etiopía. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-martir-de-etiopia.

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EL MÁRTIR DE ETIOPÍA

Stanrt

Pang. 1

EL MÁRTIR DE ETIOPÍA

TRAGICOMEDIA

DEL CAPITÁN MIGUEL

BOTELLO DE CARVALLO.

Representola Antonio de Prado.

Personas

Don Esteban de Gama, gobernador de la India.

Don Cristóbal, su hermano.

Don Juan de Meneses.

Martín, su lacayo.

Don Luis de Noroña.

Doña Leonor, dama.

Flora, su criada.

El embajador de Etiopía.

La reina.

Un criado de Don Esteban.

Alí, general del turco.

Tres capitanes turcos.

Un soldado.

La Fama.

Jornada 1

Pang. 2

Salen don Juan y Martín.

Don Juan.

La ocasión no puede ser

más a gusto del deseo,

lo que estoy viendo no creo.

Martín.

Poco llegan a valer

los consejos que te doy.

Don Juan.

No tienes que aconsejarme

si procuras apartarme

de lo que adorando estoy,

de la beldad que conquisto

hecha de rosa y jazmín,

del más bello serafín,

que humanos ojos han visto.

Martín.

Detente, señor, espera,

advierte,

Don Juan.

No hay que advertir,

Pang. 3

Don Juan.

A Leonor he de seguir;

es Leonor la propia esfera

adonde amor me subió:

quiero a Leonor más que a mí.

Martín.

¿Sabe que la adoras?

Don Juan.

Sí.

Martín.

¿Hablaste con ella?

Don Juan.

No.

Martín.

Mira lo que dices;

Don Juan.

Digo,

que bien sabe, no hay dudar,

que a su beldad singular

siendo mi afición testigo,

siendo mis ojos jueces,

rendí el alma por despojos.

Martín.

¿Quién se lo ha dicho?

Don Juan.

Mis ojos,

se lo han dicho muchas veces;

¿no es divina su hermosura?

Martín.

Mira que viene con ella

su hermano, y mira.

Don Juan.

¿No es bella?

Pang. 4

Don Juan.

No es su rostro,

Martín.

¡Qué locura!

Don Juan.

¿El retrato más lozano

de los más floridos meses?

Martín.

Mas si eres portugués Meneses,

considera que su hermano,

es portugués y es Noroña.

Es noble y tiene valor

que puede ser (sí, señor,)

que vuelto en viva ponzoña,

arrojando vivo fuego,

de su honor escrupuloso,

tire revés de celoso,

como porrazo de ciego.

Ve llegando poco a poco

no repare en ti su hermano,

Don Juan.

Quien ama recela en vano.

Martín.

Por eso el amor es loco,

Don Juan.

¡Loco el amor!

Martín.

No lo ves.

Don Juan.

Discreto serás si amares.

Martín.

Deseo que me declares

Pang. 5

Martín.

tres cosas.

Don Juan.

Pregunta pues.

Martín.

¿Por qué le suelen pintar

niño al amor, siendo viejo?

Don Juan.

Porque no admite consejo,

cuando se empeña en amar,

sufriendo penas y enojos,

padeciendo, y suspirando;

Martín.

¿Y por qué tan ciego, cuando

penetran tanto sus ojos?

Don Juan.

Porque de amor la afición,

nunca el desengaño ve.

Martín.

¿Y tan desnudo por qué?

Don Juan.

Porque lo está de razón.

Martín.

No has dicho mal, pero no

es bien que te acerques más.

Don Juan.

¡Qué muerto de miedo estás!

Martín.

¿Yo muerto de miedo, yo,

puedo estar de temor muerto?

¿Soy portugués?

Don Juan.

¿Quién lo duda?

Martín.

¿Eres mi amo?

Pang. 6

Don Juan.

No hay duda.

Martín.

¿Llamome Martín?

Don Juan.

Es cierto.

Martín.

¿Cómo ha de temer un hombre,

que al fin tu criado es,

un hombre, que es portugués,

y tiene de Marte el nombre;

siendo juntamente loco

pues no sabe qués amor?

Sale doña Leonor y Flora con mantos y con ellas don Luis.

Martín.

¡Qué bella sale Leonor!

Don Juan.

Bella solamente es poco.

Martín.

No hay belleza que la iguale.

Don Juan.

Eso no negaré yo;

Martín.

¿Cómo dirás que salió?

Don Juan.

Como cuando el alba sale,

rompiendo el velo nocturno,

y diciendo al día amores,

bañada en agua de olores,

desde el cabello al coturno.

Martín.

Dichoso en amarla fuiste,

Pang. 7

Martín.

ya siento lo que es amor.

Don Luis.

¿Qué te pareció, Leonor,

lo que de la ciudad viste?

Leonor.

Un trasunto milagroso

del Cielo, un retrato breve,

compuesto de rosa y nieve,

en quien el arte famoso

quiso postrar, poner quiso

lo natural a sus pies;

la gloria del mundo es,

de la tierra el Paraíso,

el que en ella resplandece

con pompa y con majestad,

es la más bella ciudad.

Don Luis.

Bien la fama la engrandece,

pues con retumbantes ecos

publica que en Asia es Goa,

como en Europa Lisboa,

como en África Marruecos.

¿Qué te parece el palacio

del Gobernador?

Leonor.

Me avisa,

Pang. 8

Leonor.

que no he de juzgar deprisa,

lo que he de admirar despacio.

Fábrica tan eminente,

se alaba cuando se admira.

Don Juan.

De sus bellos ojos mira

la beldad resplandeciente,

verás, que dejando ciego

al sol el ardiente ensayo,

desafían rayo a rayo,

oscurecen fuego a fuego.

Leonor.

Encarecimiento extraño.

Don Luis.

En esta espléndida sala,

que a la más vistosa iguala,

florida estación del año,

que con fragancia más tierna,

hace del adorno alarde,

ha de hablar aquesta tarde,

el Gama, que nos gobierna,

al Embajador que vino

del Preste Juan.

Don Luis.

Quien miró

tal bizarría, quien vio

Pang. 9

Don Luis.

sujeto tan peregrino.

Don Luis.

Y porque obligado estoy,

acompañarle cortés,

no es bien, que siendo quien es,

falte, Leonor, a quien soy.

Queda con Dios.

Vase don Luis.

Leonor.

Él te guarde.

Flora.

Don Juan está aquí, señora.

Martín.

Agora puedes, agora,

haciendo vistoso alarde,

exagerar tu afición,

su deseo engrandecer,

agora puedes coger,

del copete la ocasión.

Llega, pues, no estés turbado.

Leonor.

Que viene hablarme sospecho.

Don Juan.

Si amor que asiste en el pecho

en vivo fuego abrasado,

Leonor.

Proseguid; turbado llega.

Don Juan.

Lo que he de decir no sé,

Leonor.

Hablad pues,

Don Juan.

¿cómo podré,

Pang. 10

Don Juan.

si ese resplandor me ciega.

Si me ofende el sol que sale,

por entre esa nube oscura,

y si aquesa mano pura

no me ampara, ni me vale.

Si lo que el alma pretende,

por impedir se desvela,

si aquese fuego me hiela,

cuando esa nieve me enciende.

Leonor.

¿Qué pretende el alma ver?

Don Juan.

El rostro más soberano,

si agora esa blanca mano

llega la nube a romper.

Si de un rostro celestial,

que cubren nubes espesas,

deshacen la sombra aquesas

cinco flechas de cristal.

Leonor.

Si mirando habéis de arder,

y si ardiendo habéis de helar,

¿quién os obliga a mirar,

si os ha de abrasar el ver?

Don Juan.

De que os espantéis me espanto.

Pang. 11

Leonor.

¿Quién puede obligaros, quién?

Don Juan.

La fuerza de un querer bien.

Leonor.

¿Tanto queréis?

Don Juan.

Quiero tanto,

que absorto me considero,

metido en mil confusiones,

si en algunas ocasiones

quiero saber cuánto quiero.

Tanto, que si el pecho apura

lo que la memoria siente,

el cuidado se arrepiente,

si el sentido se asegura.

Tanto, que absorto el sentido,

y suspendido el cuidado,

no vivo de asegurado,

ni muero de arrepentido.

Leonor.

Si lo que decís hacéis,

si estimáis lo que sentís,

si amáis como repetís,

dulcemente padecéis.

Don Juan.

Así el alma lo pregona.

Martín.

En la estacada me espera

Pang. 12

Martín.

la ferviente compañera,

si es guerra amor, que aprisiona

los sentidos dulcemente,

por que no llegue a turbarme,

quiero animoso ensayarme,

galante, airoso y valiente;

fijar la planta animoso,

tentar valiente el acero,

poner galante el sombrero,

y terciar la capa airoso.

Leonor.

Quien vio finezas mayores.

Don Juan.

Muy bien la ocasión logramos

de amor.

Martín.

Mientras nuestros amos

están hablando de amores.

Flora.

¿Qué procuráis?

Martín.

Merecer

hablar, señora, con vos.

No parezcamos los dos,

vos muda, siendo mujer,

yo cartujo, sin ser monje;

¿qué decís?, ¿qué respondéis?

Pang. 13

Martín.

¿No me habláis?

Flora.

Não vos chegueis

tão perto, falai de longe.

Martín.

Falarei, minha señora,

e será de amor também.

Flora.

Vós de amor, quem sois?

Martín.

Sou quem

soube de amor inda agora.

Quem desses belos cabelos,

nas prisões se quis meter,

quem deseja de colher,

nesses vossos olhos belos,

de sua esperança o fruito,

quem, rendido a vossos pés,

há pouco que he Português,

sendo Português, há muito.

Flora.

Saber quisera.

Martín.

Prosiga,

cierre la puerta al temor.

Flora.

A quien debo tanto amor.

Martín.

¿Quiere que el nombre la diga

antes que la deuda cobre?

Flora.

Si puedo obligarle a tanto,

Pang. 14

Martín.

el nombre tengo del santo

que dio media capa al pobre.

Flora.

Media capa,

Martín.

sí señora,

Flora.

qué piedad y qué nobleza.

Martín.

era entonces la probreza

socorrida, pero agora,

no solo no se remedia,

aunque alguna capa sobre,

dándole la media al pobre,

quítanle al pobre la media.

Flora.

Su nombre he sabido ya

Martín.

yo agora.

Flora.

prosiga, acabe.

Martín.

Quiero saber a qué sabe,

la respuesta que me da

Leonor.

es vuestro amor peregrino

Flora.

escuche y sabrá quién soy.

Don Juan.

tan enamorado estoy,

como el sujeto es divino.

Tiene su heroico valor,

de mi libertad la llave.

Pang. 15

Leonor.

Premia vuestro amor

Don Juan.

no sabe,

lo que os responda mi amor.

Si me mira tiernamente,

de su amor haciendo alarde,

tiranamente cobarde,

de mirarme se arrepiente.

Ofendido, y obligado,

siento con igual partido,

muestras de favorecido,

con asomos de olvidado.

Si de quejarme me alejo,

de acreditarme no acabo,

ni de querido me alabo,

ni de olvidado me quejo.

Leonor.

La que os mira vergonzosa,

por afición se gobierna,

quien duda si os mira tierna,

que os estima desdeñosa.

Don Juan.

Eso decís

Leonor.

quien lo ignora,

pues de su mirar se infiere,

Pang. 16

Leonor.

que si cuando os mira os quiere,

cuando no os mira os adora.

Que si los ojos retira,

es de vergüenza, en rigor,

que al fin os mira de amor,

Don Luis.

si el general no viniera,

Leonor.

y de vergüenza no os mira.

Don Juan.

Sujeto a vuestra razón,

a vuestra beldad rendido,

dueño del alma querido,

manifieste el corazón,

que no puede desear

más gloria, que enloquecer,

con lo que ha llegado a ver,

con lo que pudo escuchar.

Un mes habrá Dueño amado,

que aprendí a sufrir (ay Dios)

aquel disfavor, que en vos,

imaginaba el cuidado.

Ya no sé lo que sufrí,

ni lo que he aprendido sé;

En un momento olvidé

lo que en un mes aprendí.

Pang. 17

Don Juan.

que un pecho que sabe amar

en la gloria de un momento,

no solo un mes de tormento,

mil siglos suele olvidar.

Si temí vuestro rigor

desculparéis mis desvelos,

ques batalla de recelos,

cuando es perfeto el amor.

Leonor.

Cómo he de poder negaros,

llegando tanto a deberos,

la estimación de quereros,

la obligación de estimaros.

Don Juan.

Poned a la gloria pausa.

Leonor.

Cómo he de negar que siento

más que propio, aquel tormento,

que sufristeis por mi causa.

Que un ánimo, que merece

sí, Don Juan, nombre de honrado,

más siente la que ha causado,

que la pena que padece.

Don Juan.

Tantos favores me avisan

que procure en dichas tantas.

Pang. 18

Leonor.

¿Qué intentáis puesto a mis plantas,

Don Juan.

besar la tierra que pisan?

Leonor.

Si olvidareis tanta fe,

Don Juan.

tarde olvida quien bien ama.

Martín.

Flora dice que se llama.

Descúbrese.

Flora.

¿De qué se espanta, de qué?

Aparte.

Martín.

Si es flor, marchita estará,

bien es que se llame Flora,

quien tanta gracia atesora,

quien resplandeciendo está

con pompa tan soberana;

quien del jardín del amor,

es la más hermosa flor,

compuesta de nieve y grana.

Leonor.

Adiós, don Juan.

Don Juan.

Si me dais

licencia,

Leonor.

¿qué pretendéis?

Don Juan.

Cuando obligado me veis,

que os acompañe extrañáis;

no estimáis la compañía.

Leonor.

Conmigo iré muy segura.

Pang. 19

Don Juan.

No deje vuestra hermosura,

quejosa la cortesía,

no rompa el urbano trato,

que os acompañe dejad.

Leonor.

Rómpase la urbanidad,

no se oscurezca el recato;

que si alguno ha de ofenderse,

es mejor (no hay que dudarse)

la urbanidad estragarse,

que el recato oscurecerse.

Don Juan.

Siendo así quedarme quiero.

Leonor.

Adiós, pues.

Don Juan.

Adiós.

Leonor.

Ven, Flora.

Flora.

¿Qué es lo que sientes, señora?

Vase.

Leonor.

Siento que de amores muero,

que voy de amores celosa,

que loca y perdida voy,

siento que sintiendo estoy,

que es todo una misma cosa.

Martín.

¿Cómo sin hablar te vas?

Flora.

Desta suerte,

Pang. 20

Martín.

Oye, espera.

Flora.

¿Qué quieres?

Martín.

Saber quisiera

si has de olvidarme.

Flora.

Jamás.

Martín.

Dichoso amante seré,

pues no he de ser olvidado.

Vase.

Flora.

Si de ti no me he acordado,

¿cómo olvidarte podré?

Martín.

¡Ay, tan extraño rigor!

¿Puede haber crueldad tan rara?

Don Juan.

Habla más bajo, repara

que sale el gobernador

llevando a todos la palma.

Martín.

Y con un hombre a su lado

de azabache fabricado,

si hay azabache con alma.

Salen el gobernador don Esteban de Gama y a su lado el embajador de Etiopía, y de la otra parte don Luis de Noroña con acompañamiento. Caminando los dos despacio.

Pang. 21

hacia donde estará un dosel con dos sillas iguales y solo el embajador ha de estar cubierto delante del gobernador.

Martín.

mucho el Gama le respeta.

Don Juan.

Del rey de Etiopía es,

embajador el que ves.

Martín.

Es de la noche estafeta,

siendo de su esfera propia,

ques lo mismo, según creo,

ser de la noche correo,

que embajador de Etiopía.

Bien puede aqueste decir,

aunque neglo somos gente,

sin duda qués descendiente

del rey, que quiso seguir,

de la estrella el arrebol,

que llevó con grave ensayo,

una estrella por lacayo,

saliendo a buscar el sol.

De límite justo pasa

la gravedad que ha mostrado,

Pang. 22

Siéntanse los dos.

Martín.

¡Vive Dios, que se ha sentado,

como pudiera en su casa!

Don Juan.

Vamos, pues, sin escuchar

lo que intenta proponer.

Vanse.

Martín.

Si en arábigo ha de ser,

¿de qué sirve el esperar?

Embajador.

Valeroso don Esteban,

cuyas insignes victorias

las mayores tiranizan

de los césares de Roma.

Hijo del segundo Ulises,

primero Jasón de Europa,

del que agora inmortal vive,

pisando estrellas agora.

Sabiendo el rey de Abasia,

emperador de Etiopía,

que los soberbios humillas,

y que los humildes honras,

perseguido injustamente,

del Otomán, que a su costa,

mil trofeos acredita,

Pang. 23

Embajador.

que sus Esperanzas logran.

Me manda a que te refiera,

lo que su soberbia apoya,

atemorizando aquella

cristiandad tan lastimosa,

que asombrada de su furia,

apenas aliento cobra,

para tornar a sombrarse,

corto alivio del que torna;

Cual suele encendido fuego

en quien el Aquilón sopla,

que vivas centellas cría,

que fúlgidas sierpes forma.

con que injuria, con que abrasa,

la república olorosa,

regalo de la espesura,

y del Céfiro lisonja.

Aquella que escurecía,

de Pancaya las aromas,

de Bisnagá los Diamantes,

y de Persia las alfombras,

aquella que atesoraba

Pang. 24

Embajador.

Las lágrimas del aurora,

repetidas hilo a hilo,

y apuradas gota a gota.

No de otra suerte los Turcos,

escureciendo la gloria

de aquel soberano imperio,

(¡oh, cuánto el alma lo llora!),

atemorizan, ¡qué pena!,

acometen, ¡qué deshonra!,

asaltan, ¡qué desventura!,

desbaratan, ¡qué congoja!,

quedando más abrasada

más ardiente la Etiopía

que cuando, ¡ay, cielos!, se vio

toda escura y negra toda;

en aquel infausto día,

en aquellas tristes horas,

que Faetonte, de su padre

rigió la ardiente carroza:

No solo añadir pretenden

(¿quién vio arrogancia tan loca?)

al Otománico Imperio,

Pang. 25

Embajador.

la etiópica corona,

pero también las ciudades

del Asia, las fuerzas propias,

que con prodigios extraños,

con hazañas milagrosas,

ganaron los portugueses,

desde Mascate a Camboja,

desde Ceilán a Bengala,

y desde Malaca a Goa.

Viendo mi rey, Gama excelso,

que con muestras generosas

lo liberal y lo afable

en tu pecho se conforman,

a suplicarte me envía

que piadoso le socorras,

que generoso le ayudes,

que si aqueste bien le otorgas,

con tu ejército valiente,

con tu gente vencedora,

espera humillar las huestes,

vencer espera las tropas

con que Alí, que de Amurates

Pang. 26

Embajador.

el primer bajá se nombra

destruyendo el Abasia

salió de Constantinopla.

No será la vez primera,

que a las quinas vencedoras

se postren las medias lunas,

eclipsadas y medrosas;

Ya lo estuvieron en esta

ciudad, de la India joya,

en este Emporio del Asia,

y del mundo Babilonia;

Cuando el famoso Albuquerque

poniendo el sello a sus obras,

escritas con letras de oro

en adamantinas hojas,

ganando a Goa dos veces,

dos veces triunfando en Goa,

como Aníbal en Cartago

y como Cipión en Roma,

fue ruina de los turcos,

que a las almenas se arrojan

para defender la entrada

Pang. 27

Embajador.

que a pesar del Asia otorgan.

Siendo en ambos universos

tan patente, tan notoria,

del Luso la valentía,

¿quién no alcanza, quién ignora,

que con aquel valor mismo,

con aquella misma gloria,

con que ganan las ajenas,

defienden las fuerzas propias?

Bien lo sintieron los turcos,

cuando con soberbia loca

llegando a cercar la fuerza

de Dio, a poblar la costa

de janízaros la una,

y de galeras la otra,

de galeras, que aperciben,

de janízaros, que exhortan,

el invencible Silveira,

cuya fama generosa,

compite con las estrellas,

a quien el vuelo no estorba

el escandaloso tiempo,

Pang. 28

Embajador.

ni la Envidia rigurosa,

ni la llama de la Envidia,

ni la hoguera de las horas.

Más Otomanos envía,

a las infernales sombras,

que visten flores los campos,

que arden en el Cielo antorchas,

que recibe el mar de arroyos,

que ámbares envuelve en ondas,

que corales cría en grutas,

que aljófares guarda en conchas.

Ya parece que tus huestes,

en quien, con fama notoria,

el pelear y el vencer,

fue siempre una misma cosa,

después de haber sacudido,

el yugo que oprime agora,

a la Etiopía, volviendo,

en jactancia su deshonra,

asombrando toda el Asia,

temblando el África toda

en las almenas de Egipto,

Pang. 29

Embajador.

el estandarte enarbolan.

Ya me parece que veo,

que del bravo Nilo asombran

el precipitado imperio,

la corriente escandalosa.

Que el Nilo se atemoriza,

siendo ya del mar lisonja,

si agora serpiente airada,

muerde al mar con siete bocas.

Ampara (Cristiano Atlante)

un Rey, que con fe piadosa,

adora la ley que sigues,

siguiendo la ley que adoras.

Para que pueda alentar

la reputación honrosa,

que tan a su costa mira,

casi en la postrer congoja,

y cuando muera, venciendo

primero enemigas tropas,

sembrando primero el campo,

de adargas, y de marlotas,

En los anales del mundo

Pang. 30

Embajador.

de las quinas el escudo

en Jerusalén.

Gobernador.

No dudo,

que tan alta empresa esté,

con el debido decoro,

para su esfuerzo guardada.

Sale un Criado.

Criado.

Don Cristóbal, cuya espada

ha sido espanto del moro,

tu hermano, que vino agora

vencedor del Malabar,

los pies te quiere besar;

Gobernador.

Entre mi hermano en buen hora;

salga del pecho el cuidado

que me causaba su ausencia.

Sale don Cristóbal vestido a lo soldado con bastón de General.

Don Cristóbal.

Deme los pies Vueselencia.

Gobernador.

No esté a mis plantas postrado,

quien porque el mundo se asombre,

al Malabar ha tenido

a sus pies, quien ha subido

Pang. 31

Gobernador.

a las estrellas su nombre;

quien, con espanto tan mucho

fue del moro estrago fuerte.

Don Cristóbal.

Oíd, señor, de qué suerte.

Gobernador.

Atentamente os escucho.

Don Cristóbal.

Cuando el alba gentil, llena de amores,

vistiendo abriles y calzando mayos,

amanecía en tálamo de flores,

brujuleaba matutinos rayos.

Cuando a pesar de débiles temores,

a despecho de lánguidos desmayos,

por entre nubes de hojas descubría

el dudoso crepúsculo del día.

Árbitro de confusos arreboles

miré de Cananor el alto cerro,

penetrando aquel mar en cuatro soles

después que de Cochín levanté ferro.

Con la presente luz de los faroles,

del venidero sol en el destierro,

el alarde gentil ver determino,

del velero escuadrón, de errante pino.

Quince navíos eran los que alados

Pang. 32

Don Cristóbal.

ocupaban del mar poco destrito,

si bien a castigar siempre enseñados,

quedaba siendo el número infinito.

Del piélago en las nubes colocados

adonde su valor quedaba escrito,

las bravas ondas, que de envidia ardían,

procuraban borrar lo que escribían.

De la que devisé peña eminente

a quien el ancho mar besa la falda,

coluna del Olimpo transparente

el velero escuadrón cerca la espalda.

Y cuando el claro sol puro y luciente

arrojando en los campos de esmeralda,

de sus aljabas la mejor saeta

los que habitó pastor, honró planeta.

Al pie de la montaña aparecía

del Malabar el escuadrón lucido,

a quien la fuerte amarra detenía

a pesar de Neptuno embravecido.

Un Mongibel atado parecía,

a la tranquilidad solo ofrecido,

pero luego a reñir todo entregado,

Pang. 33

Don Cristóbal.

un volcán parecía desatado.

Asegurando aplausos de la suerte,

regía el bravo Musa las hileras

Musa, que tantas veces vio la muerte

en fieros golpes, en batallas fieras.

Constaba el escuadrón soberbio y fuerte

de setenta parós, y diez galeras,

a confundir el piélago bastantes,

bravos aquellos, y estas arrogantes.

Desplegando las velas encogidas

comienza el enemigo de levarse;

vense las dos escuadras divididas,

en un instante llegan a juntarse.

Ya las moriscas flechas sacudidas

de los arcos, empiezan a clavarse

por los navíos, que con tanta pluma,

rayos de nieve son, cisnes de espuma.

Riñen con gran valor los escuadrones

infundiendo terror de polo a polo,

cubren el mar las velas y pendones

en quien sin descansar soplaba Eolo.

Al paso que laboran los cañones

Pang. 34

Don Cristóbal.

empieza a desmayar el claro Apolo,

el gran Neptuno titubea entonces,

tiemblan los polos, al bramar los bronces.

Ganando el barlovento a las hileras,

apretamos los remos gemidores,

echando luego a pique seis galeras

y catorce parós de los mayores.

Con gritos rompe el moro las esferas,

pero no se atrevían los clamores,

con los agravios, a correr parejas,

eran más los agravios, que las quejas.

Izan a topetar desconfiados

aun de poder huir los malabares,

quedando en las espumas sepultados

tanto número en fin, tantos millares.

Referir lo que obraron mis soldados

las hazañas que hicieron singulares,

fuera manifestar, publicar fuera,

lo que la admiración solo pudiera.

Dando de su valor claras señales

peleando valientes como diestros,

rendieron los espíritus vitales

Pang. 35

Don Cristóbal.

un Capitán y diez soldados nuestros.

Porque fuesen sus nombres inmortales

a pesar de los hados más siniestros,

porque en efeto sus divinos nombres

ocupasen las lenguas de los hombres.

En mármol y en acero rubricado,

el triunfo es este, que la fama estima,

en mármol del cincel acuchillado,

en acero mordido de la lima.

Aquel que ha de aplaudir eternizado

suspire el pedernal, o el hierro gima:

Aquel que ha de llevar perpetuamente,

de región en región, de gente en gente.

Embajador.

Quién vio tan heroica hazaña.

Gobernador.

Volved de nuevo abrazarme

pues sois el que pudo honrarme

con victoria tan extraña.

Don Cristóbal.

El que serviros profesa.

Gobernador.

No sé lo que miro en vos

pensando, que os guarda Dios

para alguna grande Empresa.

Don Cristóbal.

Si fuere de su servicio

Pang. 36

Don Cristóbal.

él conoce de mi fe,

la voluntad con que haré

de la vida sacrificio.

¿Qué más bien puedo alcanzar?

No hay más bien que alcanzar pueda.

Embajador.

Absorto el corazón queda

llegando a considerar,

que es de Marte afrenta propia

aquel César portugués.

Don Cristóbal.

¿Este etíope quién es?

Gobernador.

Embajador del Etiopía.

Embajador.

Bien merecido laurel,

Don Cristóbal.

Bizarra presencia tiene.

Gobernador.

A pedir socorro viene,

para resistir con él

la furia del otomano,

que intenta con bravo empeño

hacerse absoluto dueño

de aquel reino soberano;

mas puesto que más lo intente,

su deseo he de impedir,

que procure sacudir

Pang. 37

Gobernador.

el yugo de aquella gente.

El Rey mi señor me escribe,

me ordena su majestad,

igualando la piedad

con el celo que en él vive;

Siendo con igual partido

de ambos mundos venerados.

Don Cristóbal.

Bien merecen los soldados

que al Malabar han vencido

tan grande hazaña emprender,

la flota del Malabar

puede el socorro llevar,

acostumbrado a vencer.

Gobernador.

Cuerdamente discurrís

partid pues con brevedad,

guiad, conducid, llevad

el socorro que decís.

Defended con fe piadosa

de Cristo la santa fe,

yo entretanto quedaré

de vuestra ausencia penosa,

templando el rigor tirano,

Pang. 38

Gobernador.

advirtiendo que así como,

rompiendo nubes de plomo

siendo rayo en vuestra mano,

quedó con grave altivez

con grandeza superior

vuestro acero vencedor

del fiero Turco en Suez,

y en el estrecho de Adén,

ha de quedar vuestro acero

vencedor del Turco fiero

en la Etiopía también.

Don Cristóbal.

Yo voy luego a obedeceros,

a embarcarme voy.

Gobernador.

Qué avaros,

son los contentos más raros,

llegando del bien de veros

a daros los parabienes,

de ausentaros dais señales.

Qué presto llegan los males,

qué poco duran los bienes.

De vuestro esfuerzo confío

lo que el tiempo mostrará

Pang. 39

Gobernador.

andad con Dios.

Don Cristóbal.

Ved que está

sin Capitán un Navío.

Gobernador.

El Capitán nombraré,

dadme los brazos y adiós.

Embajador.

Qué tiernos que están los dos.

Don Cristóbal.

Presto a veros volveré.

Gobernador.

Cómo si el bien llega tarde;

mucho siento vuestra ausencia.

Don Cristóbal.

Quede con Dios Vueselencia.

Vase Don Cristóbal.

Gobernador.

Él os dé victoria y guarde.

Lo que propuesto me habéis

está decretado ya.

Embajador.

La resolución será

según el peligro veis,

a quien sin poder huir

un imperio está sujeto.

Gobernador.

Consta el socorro en efeto

que mañana ha de partir,

de cuatrocientos soldados,

que aprendieron a vencer,

Pang. 40

Gobernador.

tan hechos a obedecer,

como a vencer enseñados.

Aunque no es grande el socorro,

puedo afirmar con verdad,

que es grande la voluntad,

con que a vuestro Rey socorro.

Embajador.

Por favor tan estremado

la mano os quiero besar.

Gobernador.

Mirad que habéis de quedar

aquesta noche embarcado.

Embajador.

Lo que me ordenáis haré.

Gobernador.

A vuestro Rey declarad

el gusto, y la brevedad,

con que el socorro envié

que ha de ser placiendo a Dios,

el terror del Otomano.

Embajador.

Dadme a besar vuestra mano.

Gobernador.

El cielo vaya con vos.

Vase el Embajador por la una puerta

y sale por la otra don Juan.

Don Juan.

A don Cristóbal mi amigo

el parabién vengo a dar,

Pang. 41

Don Juan.

del trofeo singular,

que alcanzó del enemigo.

La amistad que vive en mí

justo aplauso le previene.

Gobernador.

Don Juan de Meneses viene.

Don Juan.

Solo su hermano está aquí,

pienso que me ha visto ya.

Gobernador.

A buena ocasión venís,

si bien, Don Juan, lo advertís.

Don Juan.

Buena y dichosa será

si en algo puedo serviros.

Gobernador.

No es justo, pues sé estimaros,

como General mandaros,

mas como amigo pediros;

que os obligue no me espanto,

si como amigo os obligo.

Don Juan.

El rendirse de un amigo

al ruego, pudiendo tanto,

es, gran señor, acción propia

del ánimo más valiente.

Gobernador.

Por General de la gente

que ha de partir a Etiopía

Pang. 42

Gobernador.

a don Cristóbal envío,

que le acompañéis es bien,

y que os encargue también

el gobierno de un navío

que vino del Malabar

sin capitán.

Don Juan.

¡Ay, Leonor,

no es en vano mi temor,

si he de vivir, ¡qué pesar!,

de tus favores ausente!

Gobernador.

Bien es que siga don Juan,

tan valiente capitán,

a general tan valiente;

¿qué decís?

Don Juan.

Que estoy sin vida.

Gobernador.

¿Qué respondéis?

Don Juan.

Que es muy justo,

obedecer vuestro gusto,

conociendo que es debida

la obediencia a su decoro.

Gobernador.

Mirad que habéis de partir

mañana.

Pang. 43

Don Juan.

Para sufrir

ausente del bien que adoro,

el mal que ausente recelo.

Gobernador.

Dadme los brazos, y a Dios,

el cielo quede con vos.

Don Juan.

Mil años os guarde el cielo.

Grave pena de amor, terrible ausencia,

monstruo infernal de horrores alimento,

de la esperanza bárbaro tormento,

martirio pertinaz de la paciencia.

Vigilar tu crueldad con diligencia,

resistir con amor tu sintimiento,

siendo la vigilancia atrevimiento,

cobardía será la resistencia.

Pero también, notable cobardía

del pensamiento sujetar la gloria,

libre de tu rebelde tiranía.

Sirva al ausente de ojos la memoria,

que si la voluntad sirve de guía,

será del alma la mayor Victoria.

Martín.

Gracias a Dios que te veo.

Don Juan.

Martín.

Pang. 44

Martín.

¿Triste estás?

Don Juan.

Es fuerza.

Martín.

¿Has visto a doña Leonor,

hablaste otra vez con ella,

mudose acaso?

Don Juan.

¡Ay de mí,

que ha de matarme el ausencia!

Martín.

¿Qué pregunto, si estoy viendo

su mudanza en tu tristeza,

mirando al cielo, sin duda

que consultas las estrellas?

Consultarás las errantes,

pues con las fijas no aciertas.

Don Juan.

Siempre has de estar de un humor,

siempre de una suerte mesma,

¿no estarás un hora triste?

Martín.

¿Yo triste? ¡Qué gentil flema!

¿Soy yo desagradecido,

que es ser la mayor bajeza?

¿Soy por ventura envidioso,

que es la locura más necia?

¿Soy acaso presumido,

Pang. 45

Martín.

¿He negado alguna deuda?

¿He sido soplón acaso?

¿Soy casado, tengo suegra?

Pues si nada desto tengo,

¿cómo quieres tú que pueda

estar triste, ni un instante,

cuanto y más un hora entera?

Esté triste un hombre ingrato,

si es hombre, quien hacer piensa

ostentación de la infamia

que la ingratitud engendra.

Esté triste un envidioso,

de pura tristeza muera,

pues tiene por pena propia

la felicidad ajena.

Esté triste un presumido,

siendo tan necio que, apenas

entendiendo el A. B. C.,

que es un Marco Tulio piensa.

Esté triste el que ha negado

la deuda, estando muy cerca

de negar la propia fe,

Pang. 46

Martín.

aquel que la deuda niega.

Esté juntamente triste

el que es soplón, pues no piensa,

que de soplón a verdugo,

hay muy poca diferencia.

Esté triste el que se casa

que aunque como dicen sea

fiesta el casar; hay muy pocos,

que digan bien de la fiesta.

Esté triste el desdichado

que tiene en su casa mesma,

una suegra, que es lo propio

una suegra, que una dueña.

esté triste.

Don Juan.

No prosigas.

Martín.

esté triste.

Don Juan.

Basta, deja

para mí el estar triste

que es en mi naturaleza.

Martín.

¿De qué te afliges, qué tienes?

Don Juan.

Dos contrarios me atormentan,

tengo un hielo que me abrasa.

Pang. 47

Don Juan.

tengo un volcán que me hiela.

Martín.

¿Tienes celos?

Don Juan.

No es de celos,

mi mal.

Martín.

Pues no hay mal que tengas.

Don Juan.

¿Qué dices?

Martín.

Que Dios te libre

de la infernal pestilencia

de unos celos, que unos celos,

como furias atormentan:

embisten como demonios,

arrojando, ¡qué fierezas!,

vivo fuego por los ojos,

humo denso por la lengua,

fuego que al sentido abrasa,

humo que a la razón ciega.

Don Juan.

¿Y no hay otra pena grave,

otra desventura eterna,

que desafiar procure,

que intente correr parejas,

con el rigor de unos celos?

Martín.

Otra desdicha, otra pena.

Don Juan.

Otra pena, otra desdicha,

Pang. 48

Martín.

¿Y cuáles?

Don Juan.

La de una ausencia.

Esta noche he de embarcarme.

Martín.

¿Esta noche?

Don Juan.

¿Qué te alteras?

Martín.

¿No me dirás quién te obliga?

Don Juan.

El gobernador lo ordena.

Martín.

Si el gobernador lo manda,

es justo que se obedezca,

que es príncipe al fin.

Don Juan.

Bien veo

que el obedecerle es fuerza,

pero también estoy viendo

que, ausente de la belleza

de Leonor, objeto hermoso

en que mi amor se deleita,

he de perder la memoria

de puro acordarme della.

He de quedar sin sentido

de puro sentir su ausencia.

Martín.

Digo que tienes razón,

que de veras titubea

ausente de lo que adora,

Pang. 49

Martín.

el que tiene amor de veras.

Don Juan.

Vamos,

Martín.

¿qué piensas hacer

cuando apuestan competencia

el mar y el viento subiendo

el navío a las estrellas?

Don Juan.

Mover con quejas las ondas

de ardientes suspiros llenas,

Templar el mar con suspiros,

el viento ablandar con quejas,

que no hay mayor fineza

que derramar de amor lágrimas tiernas.

Martín.

Yo abrazando lo que fue

primero vellón, que fuera

guarda de exprimida grana,

de ajado rubí defensa,

la tormenta ablandaré

con devota diligencia,

aplicando poco a poco

a la boca el dulce néctar,

que no hay quien mejor pueda

templar el mal, que vino en la tormenta.

Fin del Acto primero.

Jornada 2

Pang. 50

Salen Don Luis y Doña Leonor.

Don Luis.

Deja el pesar, cese el llanto,

no apures tanto el disgusto,

que sientas mi ausencia es justo,

mas no que la sientas tanto:

no causen al mundo espanto

los ojos soles del suelo,

siendo en tan dulce desvelo,

en tan plácidos enojos,

la imagen del mar los ojos,

que son la imagen del cielo.

Doña Leonor.

Si procuras, ¡qué tormento!,

embarcarte en el armada,

que mañana, ¡ay desdichada!,

dará las velas al viento;

Pang. 51

Doña Leonor.

Tan debido sentimiento

parecerá mal a quien

ignora de amor el bien,

no reconociendo igual;

mas no parecerá mal

a quien sabe querer bien.

Don Luis.

Sufre el daño con paciencia,

porque la queja se ablande,

haciendo en daño tan grande

al tormento resistencia:

si el pesar de tanta ausencia

atormenta en el combate,

mi vida no se dilate:

máteme en daño tan fiero,

aquesta queja primero,

que aquese pesar me mate.

No puedo, Leonor, negar,

que con quedar.

Doña Leonor.

¡Caso fuerte!

Don Luis.

Aseguro el bien de verte:

mas también si con quedar

el honor se ha de arriesgar,

Pang. 52

Don Luis.

embarcarme será justo,

que si es forzoso el disgusto

con que has de quedar, Leonor,

por no arriesgarse el honor,

no ha de asegurarse el gusto:

A embarcarme estoy dispuesto

dame los brazos y a Dios.

Leonor.

¿Cuándo podremos los dos

volver a vernos?

Vase.

Don Luis.

Muy presto.

Sale Flora.

Leonor.

Poco el pesar manifiesto

pues no muero de pesar;

pues llorando he de quedar,

entre el pesar y el temor:

que no hay desdicha mayor,

que vivir para llorar.

Flora.

Qué alegrías, qué recelos,

son los que llego a sentir,

alegrar, temer, gemir,

no puedo imaginar, cielos,

si son gustos, si dolores,

si es amor, si temor es,

Pang. 53

Flora.

lo que he sentido, después,

que Martín me habló de amores.

No sé lo que el pecho siente

después que con él hablé,

siente el pecho un no sé qué,

que aflige gustosamente.

Una amargura que sabe

parecer dulce, y sabrosa,

una bonanza penosa,

y una tormenta suave.

Una pendencia felice,

que cuando asegura engaña;

Una cosa tan extraña,

que se siente y no se dice.

Que si es de amor, siendo tal,

¡quién puede decirla! ¡quién!

aquel que la dice bien,

es el que la siente mal.

Pero ¿qué estoy viendo? ¡Ay, cielo!

Leonor.

En vano al pesar resisto.

Flora.

Bien puedo decir que he visto

derramado por el suelo,

Pang. 54

Flora.

aquel luciente candor,

que el alba suele verter,

del más vivo rosicler,

al más desmayado albor.

Leonor.

Sin duda que el sentimiento

la vida me ha de quitar;

bien puedes, Flora, llegar

a ver el mayor tormento

de la más constante fe,

el más estraño castigo:

a ser piadoso testigo

del mayor dolor.

Flora.

¿De qué

se ha causado tu pesar?

Leonor.

De ignorar y de saber,

de ver.

Flora.

¡Qué escucho! ¡De ver!

¡De saber! ¡Y de ignorar!

Leonor.

De ver que don Luis se fue,

de saber que vivo ausente,

y de ignorar juntamente

cuándo a verle volveré.

Pang. 55

Leonor.

a la guerra se partió

volviendo su honor por sí,

y batallando, ¡ay de mí!,

con su ausencia me dejó

sintiendo la pena dura

con que atormentar me ordena.

Flora.

La que tú tienes por pena,

tengo yo por gran ventura.

Si a la guerra fue tu hermano,

en la de amor quedarás

con más alivio, con más

desahogo; en el tirano

tormento, que te lastima,

no alcance menos, señora,

un amante que te adora,

que un hermano que te estima.

Que si fue a la guerra ya,

no es razón que menos pueda

un amante que se queda,

que un hermano que se va;

mira que ha de ser mayor

el gusto que has de tener

Pang. 56

Flora.

que el pesar que llego a ver.

Leonor.

Si ha de arriesgarse el honor

por el gusto, siendo injusto,

quédate a considerar

si será justo arriesgar

el pundonor por el gusto.

Flora.

En tal ocasión, señora,

el arriesgar no es perder.

Leonor.

Si no es perder, es poner

la fama a peligro, Flora.

Flora.

¿Qué ha de hacer, señora, quien

le abrasa en tal ocasión?

Vase.

Leonor.

Templar la ardiente pasión

con el hielo del desdén,

encubrir de amor la llama,

conociendo que es mejor

disimularse el amor,

que aventurarse la fama.

Flora.

Tus deseos se aperciben

con aplauso riguroso.

Sale Martín.

Martín.

Aqueste es el cielo hermoso,

esta la esfera en quien viven,

Pang. 57

Martín.

las dos estrellas de Flora;

Que para que el sol se empache,

con centellas de azabache,

a emulación del aurora

están al mundo alumbrando;

alegrando al mundo están.

Flora.

El criado de don Juan

viene por la sala entrando.

Martín.

Flora está aquí, llegar quiero.

Flora.

Pienso que me quiere hablar;

Martín.

A despedirme, a probar

de amor el tormento fiero,

el mayor mal de la vida,

la mayor pena de amor,

a examinar el dolor

que causa una despedida.

Flora.

¿Qué hay, Martín?

Martín.

Si he decir

lo que he llegado a pensar,

hay poco bien que esperar,

y hay mucho mal que sentir,

hay valientes oprimidos,

Pang. 58

Martín.

hay cobardes ensanchados,

hay necios acreditados,

hay discretos desvalidos,

hay costumbres depravadas,

hay visitas afrentosas,

hay mentiras venturosas,

hay verdades desdichadas,

hay virtudes encogidas,

hay desenfrenados vicios,

hay temerarios juicios,

hay amistades fingidas,

hay premio para delitos,

hay servicios mal premiados,

hay hambre para soldados,

hay pagas en los garitos;

para estafermos mirones

hay,

Flora.

No prosigas.

Martín.

¿Qué has visto?,

reventaré, vive Cristo,

si me atajas las razones:

El escucharme te enfada,

Pang. 59

Martín.

ay,

Flora.

detente, baste agora,

Martín.

Baste, que tu gusto, Flora,

es lo que hay, que más me agrada,

tu deseo he de adorar,

tu gusto he de obedecer.

Flora.

Muriendo estoy por saber,

Martín.

no mueras sin preguntar.

Flora.

¿A qué has entrado hasta aquí?

Martín.

A ver el dolor cruel

de amor, a dolerme dél,

a despedirme de ti,

a sentir, querida Flora,

aquel mal que siente quien

se despide de aquel bien

que perfetamente adora;

Si es que alguno como yo

siente, Flora de mi vida,

el mal de una despedida.

No vengo a decirte, no,

aquellas lisonjas vanas,

que repite al despedirse

Pang. 60

Martín.

de quedarse y departirse,

lisonjas que peinan canas.

He venido a declararte

que voy, sí...

Flora.

Prosigue, pues.

Martín.

a ser Marte portugués,

a ser asombro de Marte,

subiendo a su esfera propia,

a escurecer su valor;

voy con don Juan, mi señor,

a libertar a Etiopía

con esfuerzo soberano,

a ser con fatal desvelo

del etíope consuelo,

asombro del otomano.

Flora.

¿Quieres al fin ausentarte?

Martín.

No acabes de entristecerte;

oye lo que he de traerte,

porque empieces de alegrarte.

Flora.

Poco alegrarme podré

si es mi tristeza tan mucha.

Martín.

Lo que he de traerte escucha,

Pang. 61

Martín.

para el de tus brazos, que

causa a la nieve desmayos,

bello animado cristal;

del más precioso metal,

que engendran del sol los rayos,

doce manillas perfetas.

Para esa garganta hermosa,

compuesta de nieve y rosa,

un hilo de perlas netas:

perlas tan resplandecientes,

tan alegres, tan risueñas,

como las que agora enseñas

mostrando esos blancos dientes,

por entre esos labios rojos;

de tan rara perfeción

que puedan decir, que son

hijas del sol de tus ojos.

Que digan llegando a verlas

con tan luciente arrebol,

que concebiendo del sol

parió la garganta perlas.

Flora.

Que han de ser tan excelentes

Pang. 62

Martín.

Sí, Flora, prosigo al fin,

Flora.

¿Qué más?

Martín.

Para el palanquín

dos turcazos tan valientes,

que en sus hombros, si importare,

asombrando el horizonte,

pasando un monte a otro monte,

(si estuviere el que pasare

por ventura o por desgracia

pintado en algún retablo)

puedan llevar a san Pablo

Nuestra Señora de Gracia,

tan fuertes esclavos.

Flora.

Quedo,

no me los pintes tan bravos,

que harán vistos los esclavos,

si pintados ponen miedo.

Sale doña Leonor.

Martín.

No estés, Flora, tan cobarde

no habiendo visto a los dos.

Dame los brazos, y adiós,

adiós, Flora.

Pang. 63

Flora.

Dios te guarde.

Leonor.

Válgame el cielo, ¿qué vi?

Detente, detente, Flora.

Flora.

¿Qué es lo que mandas, señora?

Leonor.

¿Tú de esa suerte?

Flora.

¡Ay de mí!

Con qué de tormentos lucho.

Leonor.

En brazos de un hombre puesta,

la mujer que poco honesta

llega a mirarse...

Flora.

¿Qué escucho?

Leonor.

De un hombre...

Flora.

Estoy sin sentido.

Leonor.

En brazos.

Flora.

¡Triste suceso!

Leonor.

O ha a perdido Flora el seso,

o la vergüenza ha perdido.

Flora.

¡Ay, tan extraño pesar!

Leonor.

La que es honesta mujer

solamente al que ha de ser

su marido, ha de abrazar.

Flora.

Según eso, bien se ve

Pang. 64

Flora.

que no fue hazaña tan fea,

que bien puede ser que sea,

mi marido el que abracé.

Leonor.

Buenos tus intentos van,

Flora.

tú misma me desculpaste.

Leonor.

Y ¿quién es el que abrazaste?

Flora.

El criado de don Juan

a decirme vino agora,

¡qué nuevas tan infelices!

que también don Juan,

Leonor.

¿Qué dices?

Flora.

dejando a tu amor, señora,

sin esperanza ninguna,

de tus ojos se destierra:

también se parte a la guerra.

Leonor.

Echó el resto la fortuna

opuesta a mi amor, poniendo

mi voluntad a sus pies.

Flora.

Don Juan viene.

Leonor.

Vete pues.

Flora.

Obedecerte pretendo.

Vase por la una puerta y sale

Pang. 65

Don Juan por la otra.

Don Juan.

No vengo, no, Leonor bella,

puesto que el dolor me asalte,

lastimado a socorrerme,

afligido a consolarme,

quejoso a decir finezas,

pensativo a ver piedades,

a olvidar penas confuso,

y triste a templar pesares.

De nadie espero favores,

que no es justo que acompañen

a un desdichado, que un triste

espere favor de nadie.

Vengo solo a que me escuches,

porque veas que mis males

no son de aquellos que a veces

se alivian con escucharse.

Si entré sin licencia a verme

en tus ojos celestiales,

fue por saber que tu hermano

iba, Leonor, a embarcarse.

Si piedades examinas

Pang. 66

Don Juan.

será el perdonarme fácil,

que facilita perdones,

quien examina piedades.

Oblíguente, si es posible,

mis pesares a escucharme,

cuando no porque son míos,

por extraños mis pesares.

El gobernador, que ignora

lo que padece un amante,

ausente del bien que estima,

debiendo tanto estimarse,

quiere, ¡ay, dueño de mi vida!,

que me atormenten saudades,

quiere, ¡ay, dulce prenda mía!,

Leonor.

Deja la dulzura aparte,

si dicen que suele haber

rigurosas suavidades,

y que hay suaves rigores,

comienza a decir tus males

por lo riguroso, cuando

lo riguroso es suave,

por lo afable no comiences

Pang. 67

Leonor.

cuando es penoso lo afable.

Don Juan.

El gobernador

Leonor.

prosigue

Don Juan.

que agora,

Leonor.

pasa adelante;

Don Juan.

Ha nombrado,

Leonor.

cobra aliento;

Don Juan.

A su hermano,

Leonor.

no desmayes;

Don Juan.

Por general del socorro

de Etiopía;

Leonor.

No señales

antes el dolor, que el daño.

Don Juan.

A donde piensa encontrarse,

con el general del Turco

con Alí, que es de Amurates

el soldado más soberbio,

y el mayor de los bajaes.

Quiere, mira qué desdicha,

que al general acompañe,

entregándome un navío,

no es bien que llegue a culparle,

Pang. 68

Don Juan.

pues ignora lo que cuesta,

a quien ama, el ausentarse,

pues que mi afición ignora,

pues no sabe, pues no sabe,

con qué afición lo publico,

pues no ve que ha de costarme,

con qué amor lo considero,

la vida el acompañarle;

Pues.

Leonor.

No prosigas, bien puedes

embarcarte, o sepultarme,

que pienso que todo es uno,

pero si importa embarcarte

en la nave que te espera,

mis suspiros no lo atajen,

no sean, no, mis suspiros,

la rémora de la nave.

No es bien que tu honor se arriesgue

sufra mi amor; que más vale

padecer mi amor, que no,

que tu honor pueda arriesgarse.

Tu fama no titubee

Pang. 69

Leonor.

puesto que mi amor se abrase,

no corra riesgo tu fama,

puesto que mi amor no sane

del achaque, con que intenta

el ausencia atormentarle,

quede tu fama sin riesgo,

sufra mi amor el achaque.

Don Juan.

Plegue a Dios que si tuviere

pensamiento de dejarte,

corazón para ofenderte

ánimo para embarcarme,

corra tan grande tormenta,

tal huracán se levante,

que el mísero bajel pierda

la esperanza de salvarse.

Plegue a Dios, que si pudiere

de la tormenta librarme,

si escapare por ventura,

si por desdicha escapare,

si llegare vivo al puerto

el triste, que ha de ausentarse

de quien adora, dejando

Pang. 70

Don Juan.

tan gran bien por mal tan grande,

que siendo su pecho el blanco

en quien los turcos disparen

de los truenos de la tierra

las centellas fulminantes,

las balas de los mosquetes,

que arrojan llamas voraces,

pruebe en las balas rigores,

si halló en las olas piedades.

Si antes las olas quisieron

a un infeliz perdonarle,

hagan las balas lo que

no hicieron las olas antes.

Y plegue a Dios...

Leonor.

¡Ay, don Juan!

No prosigas en echarte

más maldiciones, si quieres

que mi vida no se acabe.

Si no quieres que me ahogue,

si no quieres que me mate,

que con esa misma daga

yo misma el pecho me saque.

Yo misma si...

Don Juan.

No prosigas,

Pang. 71

Don Juan.

no es bien que adelante pases,

mi Leonor, señora mía,

mi dueño, mi gloria, ángel,

tú con mi daga, ¡ay de mí!

Leonor.

Puesto que la desnudase

para ejecutar el golpe,

no pudiera ejecutarle;

que como en mi corazón

vive esculpida tu imagen,

cuando para dar la herida

tuviera el brazo en el aire,

no hay duda, no, que quedando,

trémulo el brazo cobarde,

porque la imagen no hiriese,

el golpe no ejecutase.

Don Juan.

¡Oh, cuánto llego a deberte!

Leonor.

¡Quién lo alcanza!

Don Juan.

Amor lo sabe.

Leonor.

¿Qué piensas hacer?

Don Juan.

Partirme,

¿y tú, mi bien?

Leonor.

Lastimarme.

Pang. 72

Leonor.

Vete pues, sirvan a un triste,

las desdichas de puñales,

el ausencia de verdugo,

y la tristeza de cárcel.

Partamos los dos a un tiempo,

yo del tormento a quejarme,

de la vida a despedirme,

y tú, don Juan, a embarcarte.

Y después que lo estuvieres,

después que al viento entregares

de los portátiles troncos

el descogido velamen,

plegue al cielo, que el navío

sin hallar en el viaje

quien le detenga confuso,

ni quien le asuste cobarde;

caminando viento en popa

rompa ufano, y surque grave,

campos de zafir deshecho,

montes de líquido jaspe,

hasta que llegue a dar fondo

en el puerto favorable,

Pang. 73

Leonor.

siendo ya seguro bosque,

lo que fue selva inconstante.

Del contento con que llegue,

haciendo espantoso alarde,

el desesperado bronce,

con lenguas de fuego brame.

Cubierto el mar de centellas

el viento y la tierra pasmen,

mirando los dos que el fuego

ardiendo en el agua yace.

Pasado el fatal estruendo,

tan brioso desembarques,

tan invencible te muestres,

y tan bravo te señales;

que acredites grandemente

los adornos militares,

siendo portugués Adonis,

con las insignias de Marte.

Los fieros turcos embistas

con esfuerzo tan notable,

con tan peregrino esfuerzo,

y con tan bravo coraje,

Pang. 74

Leonor.

que sin reñir titubeen,

que sin pelear desmayen,

los que matares mirando,

los que asombrando matares.

Jamás a tu pecho acierten

los que apuntando disparen,

sin teñir el aire, entonces

hieran solamente el aire.

A los que quedaren vivos

tanto el ánimo les falte,

que las espaldas te vuelvan,

y las huestes desamparen.

Honrando con la victoria,

el lusitano estandarte.

Más años piadoso el cielo

tu vida defienda y guarde,

que tienen días los años,

más, que tiene el día, instantes,

más lustros, que horas los meses,

más siglos, que el tiempo edades,

para que a tu gloria el mundo

en admiraciones pague,

Pang. 75

Don Juan.

quedando en el mundo eterna;

Para que no pueda hallarse,

papel, para tanta gloria,

campo, para tanto alarde,

premio, para tanto esfuerzo,

oro, para tanto esmalte:

que si es tan raro el valor,

y si el esfuerzo es tan grande,

que con heroicas proezas

causa asombro a los mortales,

no hay campo donde ponerles

no hay oro donde esmaltarle

no hay papel, en que escribirse,

ni hay premio, con que pagarse.

Suena una pieza de leva.

Don Juan.

Si de esa suerte me animas

habré mi bien de embarcarme,

puesto que más me atormenten,

de tu ausencia los pesares.

Y porque ya el bronce llama

los soldados a embarcarse,

y la noche envolver quiere,

Pang. 76

Don Juan.

el día en escuridades,

dame los brazos y adiós,

adiós, Leonor.

Leonor.

Dios te guarde.

Don Juan.

Muerto voy,

Leonor.

sin alma quedo.

Don Juan.

Grave mal.

Vase don Juan.

Sale Flora.

Leonor.

Tormento grave.

¿Puede haber mayor pesar?

¿Quién vio desdicha mayor?

Flora.

Sola ha quedado Leonor,

Leonor.

bien puedes, Flora, llegar,

ya don Juan se fue, ya, Flora,

son eternos mis enojos.

Flora.

No desperdicien tus ojos

las perlas que el alba llora

cuando el sol quiere salir.

No procuren enseñar

cómo el alba ha de llorar,

cómo el sol ha de sentir.

Que no pudiendo tu llanto

ser imitado jamás,

Pang. 77

Flora.

ni el sol puede sentir más,

ni el aurora llorar tanto.

Leonor.

Sufriendo penas y enojos

¿qué haré, Flora?

Flora.

Yo sé, que

si hicieres lo que yo sé,

no han de llorar más tus ojos.

Leonor.

¿Qué puedo hacer si es doblado

el mal, que sintiendo están?

Flora.

Puedes seguir a don Juan

en hábito de soldado;

ponerte un galán vestido,

de los que dejó tu hermano:

serás Marte lusitano

en vivo fuego encendido.

Leonor.

Si tu consejo abrazara

obligarme al riesgo fuera,

Flora.

no fueras tú la primera,

a quien amor obligara.

Leonor.

Que a tanto suele obligar,

Flora.

el más extraño placer,

que dificulta el temer,

Pang. 78

Flora.

alcanza el aventurar.

Leonor.

¿Atreveraste a seguirme?

Flora.

Eso preguntas de veras,

fuera contigo, si fueras,

mira qué afición tan firme,

de la Escitia helada y fría

a la Libia abrasadora,

desde el ocaso al aurora,

y del austro a mediodía,

siendo abonado testigo

de mi constante deseo.

Leonor.

Así de tu amor lo creo,

vamos, pues, tus pasos sigo.

Vanse y salen Alí Baxá General de los Turcos y tres Capitanes.

General.

Valientes Capitanes

del esfuerzo mayor imagen propia,

Belerbeyes, Sultanes,

de quien está temblando la Etiopía,

tan rendida, que apenas

de Baroá se miran las almenas.

Pang. 79

General.

de lo que obrado habéis en su hemisferio;

las gracias vengo a daros

de lo que habéis de obrar en el imperio

adonde el alba hermosa

despierta en lecho de jazmín y rosa.

Vuestra fama publica

que no solo seréis dueños famosos,

de esta provincia rica;

pero también atlantes poderosos

en quien estribe el peso

del rojo mar, al áurea Chersoneso.

No solo, ved qué espanto,

de cuanto la Etiopía engendra y cría,

sino también de cuanto,

el planeta mayor, que alumbra el día,

contando giros, raya

del reino de Sián, al de Cambaya.

De cuanto ciñe altivo

solicita galán, y adorna claro,

el Ganges fugitivo,

el Ganges, que por ser, con amor raro

de Bengala Narciso,

Pang. 80

General.

se aleja del terreno Paraíso.

Con tan fuertes soldados

a Baroá he de causar asombros,

los muros levantados,

que sustentan los astros en los hombros,

no han de quedar seguros,

he de arrasar de Baroá los muros.

Si con soberbia altiva

son del Olimpo báculo eminente,

en quien seguro estriba;

no han de quedar en pie si lo consiente

el profeta que adoro,

por quien a Meca peregrina el moro.

Capitán 1.º.

Un Etna desatado,

comience a laborar el estupendo

cañón todo abrasado.

Capitán 2.º.

Escuchando la voz del eco horrendo,

pasmen del mar las ondas,

retumbe el eco en las cavernas hondas.

Capitán 3.º.

Tiemble el mar, procure en vano,

la fuerza más singular,

escaparse de tu mano.

Pang. 81

Sale un soldado del Turco.

Soldado.

Manda luego enarbolar

el estandarte otomano.

General.

Viene acaso el enemigo

de su afrenta a ser testigo,

¿quién duda que puede ser?

Soldado.

Puede ser que venga a ser

del otomano el castigo.

General.

A deshacerle volvamos.

Soldado.

Los que vienen no son eses

a quien ya desbaratamos.

General.

Pues ¿quién son?

Soldado.

Los portugueses,

cuyos golpes ya probamos;

en el puerto colocaron

quince torres, que formaron

de errantes pinos altivos,

a quien los mares esquivos,

nunca las puertas cerraron,

quince navíos famosos,

que si en el puerto se ofrecen,

encogidos y medrosos,

Pang. 82

Soldado.

surcando el golfo parecen;

quince cisnes espumosos.

General.

Prosigue sin que autorices

los navíos, que felices

van del ocaso al aurora.

Soldado.

Digo, que en la playa agora

han dado fondo.

General.

¿Qué dices?

Soldado.

Que abrazaron el sosiego

del puerto, en las ondas mudo,

echando en el campo luego

más hombres, que arrojar pudo

en Troya, el caballo griego.

Que remando, fuertemente,

hizo de los leños puente

la bogadora canalla,

y que en orden de batalla

desembarcaba la gente.

De quien viene por caudillo

aquel Gama, que en Suez,

(tiembla el labio al referillo)

con orgulloso altivez,

Pang. 83

Soldado.

fue de los moros cuchillo:

el portugués arrogante,

que con pecho de diamante

asombrando el horizonte,

después de escalar el monte,

que es de los cielos Atlante.

El que empezando en la tierra

en el Olimpo termina,

haciendo a las nubes guerra,

aquel, que de Catalina,

el grave túmulo encierra,

pasando el estrecho arabio

temiendo el público agravio,

la Libia desierta y seca,

a la gran casa de Meca,

quiso poner.

General.

Cierra el labio,

quien a contar te provoca,

el esfuerzo portugués,

con alabanza tan loca;

que la mayor gloria es

del enemigo en la boca.

Pang. 84

General.

Mas si al cristiano enemigo,

de su osadía testigo,

engrandece tu porfía,

quién duda, que a su osadía,

ha de exceder el castigo.

Que no ha de ser de importancia

su soberbia exagerar,

engrandecer su jactancia,

vamos a desbaratar,

del español la arrogancia.

Veremos si el portugués,

tan fuerte soldado es,

si es tan valiente veremos.

Capitán 1.º.

Tus pasos siguiendo iremos.

General.

Vamos.

Capitán 1.º.

Caminemos pues.

Vanse los turcos y salen don Cristóbal de Gama con el estandarte de Portugal, pintado de la una parte Cristo crucificado, y de la otra las quinas portuguesas. El Embajador. Don Juan, Martín, Doña Leonor, y Flora vestidas a lo soldado.

Don Cristóbal.

Invencibles

Pang. 85

Don Cristóbal.

Invencibles lusitanos,

portugueses valerosos,

cuyos hechos soberanos

aventajan los famosos

de los griegos y romanos.

Si a pesar de la fortuna,

sin temer mudanza alguna,

para que el mundo se asombre,

colocado vuestro nombre

sobre el cerco de la luna.

Que más cándido se ofrece

con letras de oro de Arabia;

esculpido resplandece

en papel que al Alpe agravia,

y que al Pirene escurece.

Vuestra espada vencedora

pruebe el Otomano agora,

tiemble agora el Otomano

del esfuerzo soberano

que vuestro pecho atesora.

Embajador.

Todos con ánimo fuerte

tu valor imitaremos.

Pang. 86

Don Juan.

Todos de una misma suerte

tus pisadas seguiremos,

dispuestos a obedecerte.

Martín.

Lo mismo digo por mí.

Don Cristóbal.

¿Quién eres?

Martín.

Soy de aquél, sí,

el adelantado, no.

Don Cristóbal.

Eso no lo entiendo yo.

Martín.

Yo, que sirvo, lo entendí.

Don Cristóbal.

¿Quién vio tan notable humor?

Martín.

Fidelísimo criado,

soy de don Juan, mi señor,

y peleando a su lado

sabré imitar su valor.

Leonor.

Yo también.

Don Juan.

¿Qué estoy mirando?

Leonor.

Imitaros procurando,

vuestras pisadas siguiendo,

sabré acometer venciendo,

sabré matar peleando.

Imitando vuestro celo

haré que el mundo se asombre.

Pang. 87

Don Juan.

¿Qué es lo que estoy viendo, cielo?

Don Cristóbal.

¿Cómo os llamáis?

Doña Leonor.

Es mi nombre

don Constantino de Melo.

Don Cristóbal.

¿Quién es vuestro capitán?

Don Juan.

¿Qué es lo que mirando están

mis ojos?

Doña Leonor.

Manuel de Acuña.

Don Cristóbal.

Vencedor acero empuña.

Doña Leonor.

Pensativo está don Juan.

Don Juan.

¡Es cierto lo que estoy viendo!

Martín.

¿De qué te espantas?

Don Juan.

¿No ves,

Martín?

Martín.

Ya, señor, te entiendo;

no es bien que suspenso estés.

Don Juan.

Estoy dudando y temiendo,

¿no es Leonor? Sin duda es ella.

Martín.

Y el garzón, que está con ella,

no es la sombra de Leonor.

Don Juan.

Quien bien ama, la mayor

dificultad atropella.

Pang. 88

Flora.

El color se te ha mudado.

Doña Leonor.

De la constancia obligado

con que a reñir me provoco.

Flora.

Apartémonos un poco.

Embajador.

Ya se acerca aquel soldado

que a reconocer mandaste

el campo del enemigo.

Sale don Luis.

Don Luis.

Ya hice lo que fiaste

de mi valor, como amigo,

cuando como tal me honraste.

Gran poder el bajá tiene,

con cuatro mil turcos viene,

a ofrecerte la batalla,

mira si importa acetalla

o si rehusalla conviene;

que también con furia esquiva

marchando en orden también,

opuesto a tu gente altiva,

viene el rey de Zeila, en quien

el poder del turco estriba.

Como el prado floreciente,

de bochorno el julio ardiente,

el frío enero de escarcha,

Pang. 89

Embajador.

así el campo con que marcha,

cubre la tierra de gente.

Embajador.

Del enemigo el poder

se viene acercando ya.

Don Cristóbal.

Embestir es menester.

Embajador.

Pienso que mejor será

retirar, que acometer,

solos cuatrocientos hombres

te acompañan.

Don Cristóbal.

Si a sus nombres

vienen dos mundos estrechos,

asómbrate de los hechos,

del número no te asombres.

Rayos son cuando pelean

puesto que tan pocos son.

Embajador.

Si es que acometer desean

el enemigo escuadrón,

ellos los primeros sean

que embistan al turco fiero,

que si bien lo considero

el triunfo más singular,

suelen a veces ganar

Pang. 90

Embajador.

los que acometen primero.

Pónense todos de rodillas.

Don Cristóbal.

Soldados, que hallado habéis

la ocasión que deseáis,

pelead, pues que sabéis

que por honra peleáis

deste señor que aquí veis.

Si con devotos suspiros

le pedís quiera infundiros

valor, para acreditaros,

el que murió por salvaros,

no puede dejar de oíros:

Hermosura del mundo, que arrojada,

al mar de tu pasión en él triunfaste;

Alegría del cielo, que alumbraste

entre nubes de amagos eclipsada.

Valiente piedra, piedra que clavada

en esa honrosa cruz, divino engaste,

sufriendo como piedra no anhelaste,

antes resplandeciste castigada.

Sol de justicia, que naciste hermoso,

de aquella Virgen soberana Aurora,

Pang. 91

Don Cristóbal.

libre de aquel error del primer hombre:

Alumbra, y ciega, blando, y riguroso,

alumbra el campo, que tu nombre adora,

y ciega el enemigo de tu nombre.

Vanse todos y salen peleando con los turcos, y moros, que serán los más que ser puedan, que se irán retirando y volverán a salir otra vez peleando con los portugueses que ha- ciendo los retirar segunda vez quedará solo el general de los turcos.

General.

Turcos, a quien ciegamente,

el miedo infame provoca,

temiendo gente tan poca,

huís de tan poca gente.

Volved, volved, que es vergüenza,

que con honrosa fatiga,

tan poco número os siga,

tan poco número os venza.

Pero que no importa es cierto

el ver que tan pocos son,

cuando el contrario escuadrón

Pang. 92

General.

más de mil turcos ha muerto,

llegando a desbaratar

el ejército lucido

del rey de Zeila, que herido

apenas pudo escapar.

Sale don Cristóbal.

Don Cristóbal.

No es este, quiero acercarme,

el que con graves fatigas,

a las huestes enemigas.

General.

Muriendo estoy por vengarme,

ciego de cólera estoy.

Don Cristóbal.

Animaba en los combates,

¿quién eres?

General.

Soy de Amurates,

diré que el general soy,

encubrir el nombre importa,

un capitán reformado.

Don Cristóbal.

Eres valiente soldado.

General.

Aunque de ventura corta.

Don Cristóbal.

Y yo, si saber lo quieres,

soy don Cristóbal de Gama,

General.

Ya sé que el mundo te llama

Pang. 93

General.

inmortal, ya sé quién eres,

ya de Marte en el estruendo

le he comenzado a sentir.

Don Cristóbal.

Comienza, pues, a reñir,

echarás de ver sintiendo

desta espada las heridas,

que está el cielo de mi parte.

General.

Veré, que al fin, con matarte

de las huestes ya vencidas

ardiente venganza toma

aqueste acero invencible,

de Alá centella terrible,

rayo ardiente de Mahoma.

Riñen un rato.

Don Cristóbal.

Pelea y calla.

Arrodíllase.

General.

Detente,

¡ay de mí!, cierta es mi injuria,

¿quién ha de estorbar la furia

con que el acero valiente

esgrime el brazo robusto?

a tus pies tienes postrada

mi vida, detén la espada,

mas si he de vivir sin gusto,

Pang. 94

General.

penetre el pecho la herida,

sienta el pecho el golpe fuerte,

que no hay más penosa muerte,

que una desdichada vida.

Don Cristóbal.

Levanta, y vuelve a medir

el tuyo, con este acero,

que darte la vida quiero

por que vuelvas a reñir.

A quedar desanimado

volverás, si aliento cobras.

General.

¿Cómo he de ofender con obras,

a quien la vida me ha dado?

Cuando en merced tan crecida

el pecho no ha de poder

con la memoria ofender,

a quien me ha dado la vida.

Don Cristóbal.

Si de ese modo agradeces,

si estimas de esa manera,

darte la vida primera,

la segunda que apeteces

tienes ya bien merecida;

vete en paz, que mi piedad

Pang. 95

Don Cristóbal.

te ofrece la libertad,

te da la segunda vida:

General.

De tu esfuerzo haces alarde

invencible portugués.

Don Cristóbal.

¿Qué aguardas? Camina, pues.

Vase por la una puerta y sale por la otra el Embajador.

General.

Guárdete Alá.

Don Cristóbal.

Dios te guarde.

Embajador.

¿Posible es que puede haber,

en corazones humanos,

alientos tan soberanos?

Don Cristóbal.

¿De qué os espantáis?

Embajador.

De ver,

el otomano orgulloso

rendido y desbaratado,

el rey de Zeila afrentado,

malherido, y bien quejoso;

grandes son los intereses

del trofeo, que ganaron

los nuestros, a quien faltaron,

solos once portugueses.

Pang. 96

Embajador.

Lope de Acuña murió

y Luis Rodríguez

Don Cristóbal.

¿Qué escucho?

Luego según eso mucho

el vencimiento costó,

que de los once no ignoro

la pérdida, sabe Dios

que de los once los dos

eran espanto del moro.

Luis Rodríguez de Carvallo

y Lope de Acuña fueron

dos fidalgos, que pudieron,

vencello y desbaratallo,

pudieron al fin los once

llegando el campo a sembrar

de enemigo, usurpar

eternidades al bronce,

de eterna fama vestidos,

de inmortal gloria cubiertos.

Vamos a enterrar los muertos,

y a ver curar los heridos.

Embajador.

Vamos, que también lo estás

en la pierna, bien se ve.

Pang. 97

Embajador.

la herida.

Don Cristóbal.

Pequeña fue.

Embajador.

¡Quién vio tal valor jamás,

aunque poco peligroso

de un arcabuzazo ha sido

el golpe!

Don Cristóbal.

No lo he sintido.

Mas si de un efeto honroso,

anuncio felice fue,

¿quién ha de sintir la herida,

que honra la sangre vertida

en defensa de la fe?

¿Quién el dolor, si es mayor

el gusto que alivia el daño?

Fuerza es que bien tan estraño

quite la fuerza al dolor,

estorbe el paso al recelo.

¿Cómo ha de sintirse, cómo,

la herida que ha hecho el plomo

en el bien que ha dado el cielo?

Vanse los dos con lo que se da fin a la segunda jornada.

Jornada 3

Pang. 98

Salen Doña Leonor huyendo y Don Juan siguiéndola.

Don Juan.

Detente, espera Señora,

Leonor, mi bien, óyeme,

no desestimas la fe,

que en mi pecho se atesora,

no huyas de quien te adora

con afición tan crecida,

quisiendo de amor su vida,

se olvida del golpe ardiente,

que ya la herida no siente;

de puro sentir la herida.

No dejes dueño adorado,

suspendiendo el horizonte,

por las piedras de aquel monte,

Pang. 99

Don Juan.

las flores de aqueste prado;

de hermoso jazmín nevado

no apetezcan liberales

plantas, disfavores tales,

de una peña disfavores,

dejando polidas flores,

por incultos pedernales.

Escucha lo enternecido

de un pecho en amor deshecho;

no cierres, no, de tu pecho

las puertas a mi gemido.

Como el áspid el oído

al encantador, que sabe

detener sonoro y grave,

el elemento veloz,

como el áspid a la voz

del encantador suave.

Leonor.

Don Juan de Meneses,

en quien viendo estoy

el amor más grande,

la lealtad mayor:

Que con letras de oro

Pang. 100

Leonor.

la fama escribió

en limpios anales

clara emulación;

del candor alpino

en bello candor

a quien iluminan

los rayos del sol.

De tus blandas quejas,

de tu dulce voz,

huí vergonzosa,

rigurosa no.

Que mal puede ver

la cara al rigor

quien el sujetarse

tiene por blasón.

Viniendo a buscar

a quien me rindió,

mudé de vestido,

mas no de afición.

Que siendo el carácter

que el alma abrazó,

no puede mudarse

Pang. 101

Leonor.

ni fuera razón.

Mudase el vestido

que el gusano hiló,

pero no el carácter

que imprime el amor.

Siendo la esperanza

del pecho farol,

abrasado en fuego,

al mar se entregó.

Por ver si abrazando

aquella ocasión,

el mar se atrevía

a templar (¡ay, Dios!)

el ardor del pecho;

si mi corazón,

podía apagar

el intenso ardor.

Mas, ¡ay!, que intentando

valerme los dos,

ni el corazón pudo

ni el mar se atrevió,

Llegamos al puerto

Pang. 102

Leonor.

que es, y con razón,

después de la eterna

la gloria mayor.

Viéronte mis ojos,

muerta me dejó,

el gusto de verte,

aun sintiendo estoy.

Que causar no puede

tal consolación

la salud, a quien

lleno de temor,

en la enfermedad

casi que llegó,

a ver de la muerte

pálido el color:

No tanto placer

a quien consoló

la libertad dulce

a quien (si, Señor)

en prisión oscura,

en triste prisión,

abrazó pesares

Pang. 103

Leonor.

grillos arrastró.

Dejando el navío

entregue al rumor,

de tranquilas ondas

al blando colchón,

que meciendo estaba

el aire veloz.

El primero fui

que desembarcó,

cuando nuestro campo,

con tanto valor,

con esfuerzo tanto,

al Turco venció.

No fui yo el postrero

de nuestro escuadrón,

que en sangre enemiga

la espada tiñó;

que así como el rayo

sube exhalación

para bajar llama,

envuelta en rigor:

para ser estrago,

Pang. 104

Leonor.

para confusión,

del monte, que al Cielo

llegar procuró;

criminal gigante,

que con muda voz

asombró zafiros

nubes escaló.

Desta misma suerte

amor me subió

a su esfera, siendo

pequeño vapor;

donde bajé a ser

centella feroz,

fulminante llama,

rayo abrasador,

que al contrario campo

en humo volvió,

centella abrasada,

en fuego de amor;

Si el seguir tus pasos

en esta ocasión

tienes por afrenta,

Pang. 105

Leonor.

Yo mi don Juan, yo,

como no soy mía,

como tuya soy,

por valor lo tengo,

por grande valor,

mi afición ardiente,

mi pura afición,

me obligó a seguirte,

con paso veloz.

La disculpa admite,

que en mi abono doy,

o si no castiga,

tan gallarda acción,

culpa tan bizarra.

Haz una de dos

o el perdón elige

o abraza el rigor

rendida, bien mío,

a tus pies estoy,

castígame agora

o dame perdón.

Don Juan.

Haz que pare la corriente

Pang. 106

Don Juan.

de tus favores, levanta

si no quieres que a tu planta,

se arroje también.

Doña Leonor.

Detente.

Don Juan.

Quita el cambray transparente

de tus hermosas estrellas,

mira que asoman en ellas

pedazos del corazón,

que si son lágrimas, son

ardientes lágrimas bellas.

Que si al bajar se desmanda

el fuego, bajando luego,

mirando el ardor del fuego,

temo el riesgo de la Holanda:

mas si en esas manos anda,

quien a esa nieve se atreve,

leve será el daño, leve

si le ampara esa blancura,

bien puede vivir segura

de aquel fuego, en esa nieve.

Sale Don Luis.

Doña Leonor.

Si tu piedad me acompaña

el sentimiento reporto.

Pang. 107

Don Luis.

Confieso que vengo absorto

de aver visto, cosa estraña,

un soldado en la campaña

a Leonor tan parecido,

que suspendiendo el sintido,

no era lo que parecia,

cuando de sangre teñia

el acero esclarecido.

Mis rezelos buelven ya

no son vanos mis rezelos

hablando con don Juan cielos

el mismo soldado está.

Quien mi pecho sacará

de la claridad al puerto,

con esta planta cubierto

podre ver sellando el labio,

si ha sido sierto mi agrabio,

o si fué mi engaño sierto.

Leonor.

Como he de decir agora

Don Luis.

¿No es esta voz de Leonor?

Leonor.

Lo que te estima mi amor

lo que mi aficion te adora.

Pang. 108

Don Juan.

Yo, mi Leonor, mi señora,

¿cómo, cómo he de pagar

afición tan singular?

Don Luis.

¡Válgame el cielo!, ¿qué escucho?

Mi sentimiento no es mucho,

pues no muero de pesar.

No son vanos mis temores,

ciertos fueron mis recelos.

Don Juan de Meneses, ¡cielos!,

a Leonor diciendo amores,

¿quién vio desdichas mayores?

¿Mi hermana, mujer liviana?

¡No es grave y cuerda mi hermana!

¿Qué importa, si el mundo sabe

que es más fácil la más grave

y la más cuerda más vana?

¡Oh, cuán poco acierta quien

pone en la de más valor

el honor, siendo el honor

del hombre el más grande bien!

¡Mal haya el primero, amén,

que tal costumbre inventó!

Pang. 109

Don Luis.

si mi hermana delinquió

corra su honor por su cuenta,

no padezca yo la afrenta,

sin tener la culpa yo.

Padecer sin delinquir,

decreto terrible y fiero.

Doña Leonor.

Mi hermano viene, irme quiero.

Don Juan.

Tus pasos quiero seguir.

Don Luis.

Don Juan, Don Juan, encubrirte

el pesar procuro en vano;

a solas, dolor tirano,

tengo un rato que decirte.

Don Juan.

No puedo agora seguirte,

que me ha llamado tu hermano,

a conocerte ha llegado.

Vase Doña Leonor.

Doña Leonor.

Gran daño llego a temer;

con lo que procuro hacer

saldrá el pecho de cuidado.

Don Luis.

Presto quedaré vengado

de tu pretensión tirana,

y de una hermana liviana.

Pang. 110

Don Juan.

Cierta mi sospecha fue.

Don Luis.

Después que de ti lo esté,

me vengaré de mi hermana;

siendo a su osadía igual

el castigo que se acerca.

Don Juan.

Considera que está cerca

la tienda del general.

Don Luis.

Quien la ocasión principal

no abraza, no considera

que quien la segunda espera,

muy mal su esperanza funda;

que no estima la segunda

quien no abraza la primera.

Saca la espada y pelea.

Sacan las espadas.

Don Juan.

Que es de buena ley no hay duda.

Don Luis.

Está de razón desnuda,

aunque de buena ley sea.

La que sin razón se emplea

en reñir queda engañada,

aunque centella abrasada

llegue al fin a parecer

Pang. 111

Don Luis.

que la razón ha de ser

quien ha de regir la espada.

Don Juan.

Así lo tengo entendido,

mas también será razón

oír la satisfacción

aquel que honrado ha nacido.

Don Luis.

No cuando a brazo partido

con su propia afrenta lucha,

cuando la afrenta es tan mucha

que deja el honor manchado;

aquel que ha nacido honrado

la satisfacción no escucha.

Es el honor blanco armiño,

a quien deslucir procura,

no solo la mancha oscura,

el más breve desaliño.

Don Juan.

Riñe y calla.

Riñen los dos.

Don Luis.

Callo y riño.

Don Juan.

Tu mucha destreza alabo.

Don Luis.

Yo de engrandecer no acabo

lo que animoso resisto.

Don Juan.

Tan fuerte acero no he visto.

Pang. 112

Don Luis.

No he visto acero tan bravo,

Don Juan.

el general ha llegado.

Don Luis.

antes que procure hacer.

Sale don Cristóbal.

Don Cristóbal.

¿Don Juan, qué intentáis?

Don Juan.

Volver

por la opinión de un honrado.

Don Cristóbal.

¿Qué hacéis, don Luis?

Don Luis.

Procurar

de un desdichado el consuelo.

Don Cristóbal.

¿Qué escucho, válgame el cielo?

¿Qué ocasión pudo obligar

a tan nobles caballeros?

Don Luis.

Que fue bastante, creed.

Don Cristóbal.

¡Bastante ocasión! Volved

a la vaina los aceros.

Dos fidalgos portugueses

así intentan deslustrar

la nobleza singular

de Noroña y de Meneses.

Cuando del turco atrevido

nos dio el cielo tal trofeo,

Pang. 113

Don Cristóbal.

que del humano deseo,

los límites ha excedido.

Cuando a nuestros pies postradas,

besan sus Lunas el suelo,

Y se miran en el cielo,

nuestras Quinas colocadas:

Triunfo tan soberano,

gloria tan esclarecida,

queréis eclipsar; por vida

de Don Esteban mi hermano,

que el descargo no he de oír,

que el castigo ha de probar,

el que volviere a sacar

la espada para reñir.

Si agora no le prevengo

es porque importa este día;

Don Luis.

Advierta Vueseñoría.

Don Cristóbal.

Bien advertido lo tengo.

Don Luis.

Si la razón no admitís.

Don Juan.

Si el descargo no escucháis.

Don Cristóbal.

Daos las manos, ¿qué esperáis?

Don Luis.

¿Considerad?

Pang. 114

Don Cristóbal.

Ya Don Luis

lo tengo considerado.

Llegad, que ciegos están.

Don Luis.

Por fuerza llego Don Juan.

Don Juan.

Yo también llego forzado.

Si el General no llegara.

Don Luis.

Yo mi acero acreditara.

Don Juan.

Yo por mi opinión volviera.

Don Luis.

Imaginad.

Don Juan.

Advertid.

Don Luis.

Dejemos para después

lo demás,

Don Juan.

callemos pues.

Don Cristóbal.

Don Luis de Noroña oíd,

escuchad con atención.

La gran Reina de Etiopía,

de Belona afrenta propia,

y de Marte emulación,

ha de venir con su gente

nuestro campo a visitar,

antes que bañe en el mar,

el sol su dorada frente.

Pang. 115

Don Luis.

¿Qué me ordenáis?

Don Cristóbal.

Gustaré

que a recibirla salgáis,

que con la Reina volváis,

esta tarde, para que

en lugar de mi persona,

que de engrandecer no acaba

esta Semíramis brava,

esta valiente Amazona,

la mostréis, cuando el terrible

parche las esferas rompa,

el lucimiento y la pompa

de nuestro campo invencible.

Y vos, don Juan, procurad

las hileras componer,

para que, llegando a ver

el orden su majestad

de las compuestas hileras,

quede absorta de repente

cuando de la salva ardiente

titubeen las esferas.

Don Luis.

Yo voy como lo dispones.

Pang. 116

Don Luis.

para que pueda volver

con la Reina.

Vase don Luis por la una parte.

Don Juan.

Yo a poner

en orden los escuadrones.

Vase por la otra don Juan.

Don Cristóbal.

Yo quedo tan satisfecho

como al fin agradecido,

notable ventura ha sido

volver en vínculo estrecho,

en amistad confirmada,

de los dos la diferencia;

apartar una pendencia

bien reñida y mal fundada.

Según agora imagino,

gran mal suceder pudiera

si avisarme no viniera

tan presto don Constantino.

Vase, y salen Flora y Martín siguiéndola.

Martín.

No huyas, sublime gloria,

de mi afición verdadera,

detén la planta ligera,

Pang. 117

Martín.

si es que tu amor la memoria

de tanta afición no pierde;

No te ausentes, dueño hermoso,

de aqueste prado oloroso,

vestido de felpa verde.

detén el airoso pie,

oye, escucha.

Flora.

¿Qué me quieres,

sabes quién soy?

Martín.

Sé quién eres,

pero lo que eres no sé.

Flora.

El escucharte me agrada.

Martín.

Y a fe que eres flor hermosa,

ya sé que eres blanca rosa,

que eres Rosa disfrazada,

con capa de lirio en fin,

capa de diamantes llena,

ya sé que eres azucena,

con cubierta de jazmín.

Que eres del amor fiel

que a tu resplandor se humilla,

en su jardín; maravilla

Pang. 118

Martín.

con rebozo de clavel.

Sé que eres el mayor bien

que perfetamente adoro,

sé que eres Flora y no Floro,

que si mis ojos te ven

a lo soldado vestida

y con esa espada al lado,

que no eres Floro soldado,

y que eres Flora rompida.

Flora.

Ya sé que me has conocido.

Martín.

¿Eres Flora?

Flora.

Así lo creo.

Martín.

Saber agora deseo

si acaso has puesto en olvido

a fé que já descobriste

em meu amor tão claramente

aquela afeição ardente

que já nos meus olhos viste.

Como lo dijo primero

el que cantando encantó,

el portugués que cantó,

con la cítara de Homero,

Pang. 119

Flora.

No es bien que tu amor olvide

si estimas de esa manera.

Martín.

Pedirte un favor quisiera

mas la turbación lo impide;

confieso que tengo miedo

de proseguir.

Flora.

¿Portugués

con miedo?

Martín.

Prosigo pues,

digo que mientras no puedo

besar con turbación poca

el puro, el ardiente, y el

sabrosísimo clavel

de esa brevísima boca,

ese néctar soberano,

quisiera, en efeto, con

poquísima turbación

de esa bellísima mano

besar, si pudiera ser,

el blanquísimo jazmín.

Flora.

¡Qué atrevido!

Martín.

Eres al fin

Pang. 120

Martín.

ingratísima mujer.

Flora.

Soy doncella escrupulosa.

Martín.

Doncella, extraño capricho;

considera lo que has dicho,

advierte que eres hermosa.

Mira bien lo que has hablado.

Flora.

Ya lo he visto.

Martín.

El labio sella,

viendo que es el ser doncella

en las hermosas, pecado.

Pues si las hermosas son,

a quien más la pasión ciega,

si el pecado a quitar llega

el que quita la ocasión,

no peques, no, de contado,

quita, quita, Flora bella,

la ocasión de ser doncella,

y quitarás el pecado.

Flora.

No entiendo lo que me dices.

Martín.

Pues yo entiendo, no te alteres,

que lo que dices no eres.

Flora.

¿Cómo?

Pang. 121

Martín.

No te escandalices,

que si lo fueras, en fin,

me pesara, que es tu cara,

para doncella muy cara.

Flora.

Aunque te pese, Martín,

soy doncella, y redoncella,

redoncella soy sí, sí,

Martín.

¿Qué es ser redoncella, di?

Flora.

Es ser dos veces doncella.

Martín.

¡Oh, qué poco lo encareces!

Flora.

¿No es mucho dos veces?

Martín.

No.

Doncella conozco yo

que lo ha sido cuatro veces;

y casada, no lo alabo,

que cuatro veces lo ha sido

con perdón de su marido,

poniendo su nombre un clavo,

a la rueda de fortuna,

y para que más te asombre

llegando a poner su nombre

sobre el cuerno de la luna.

Pang. 122

Flora.

¡Qué tal escucho!

Martín.

No dudes

lo que el labio certifica.

Flora.

De las mujeres publica

las excelentes virtudes,

que en las demás considero,

no de algunas las infamias.

Martín.

Si vitupero las Lamias,

las Penélopes venero.

Flora.

Siendo así, no manifiestes

el escondido secreto.

Salen el general don Cristóbal y don Juan.

Don Juan.

¿Qué te pareció, en efeto,

el adorno de las huestes,

del campo la compostura?

Don Cristóbal.

Notable me ha parecido,

Martín.

El general ha venido,

seguir mis pasos procura,

abonando juntamente

mi afición.

Flora.

Tus pasos sigo

Pang. 123

Flora.

siendo de tu amor testigo.

Vanse los dos.

Don Juan.

Si vieras la salva ardiente

con que el campo vencedor

ha recibido este día

a la Reina de Abasia,

madre del Emperador,

la que es envidia de Marte,

a la Emperatriz gentil,

que con más de cinco mil

soldados viene a buscarte,

vieras que del salitrado

polvo, el humo que asombraba,

tal escuridad formaba,

que el mismo Apolo, turbado,

cejando el ardiente coche,

parece que no sabía

si iluminaba de día,

o si esperaba la noche.

Siendo abonado testigo

de la confusión más ciega,

mira que la Reina llega.

Don Cristóbal.

Vete, pues.

Pang. 124

Don Juan.

tu gusto sigo.

Vase Don Juan por la una puerta y salen por la otra la Reina vestida a lo soldado y el Embajador y Don Luis.

Don Luis.

Aqueste es el General

del escuadrón portugués.

Embajador.

Aqueste aquel GAMA, es

que ha de vivir inmortal,

de la edad en los anales.

Reina.

Un rato afuera esperad.

Vanse los dos.

Don Cristóbal.

Deme vuestra Majestad

a besar sus pies Reales.

Reina.

Alzad, General valiente,

levantad, heroico GAMA,

cuya esclarecida fama

volando de gente en gente,

con aplauso peregrino,

al mundo asombra; tomad

asiento.

Don Cristóbal.

Que soy, mirad

de tanta grandeza indigno.

Reina.

de vuestra humildad me espanto

Pang. 125

Reina.

Por mi vida que os sentéis.

Siéntase la Reina.

Don Cristóbal.

Tanto obligarme podéis,

por vida que importa tanto.

Siéntase y cúbrese Don Cristóbal.

Reina.

No hay beneficio que exceda

a valor tan soberano;

¿cómo queda vuestro hermano?

Don Cristóbal.

A vuestro servicio queda,

manifestando el deseo

de serviros y obligaros.

Reina.

El parabién vengo a daros

del soberano trofeo,

que habéis alcanzado agora.

Don Cristóbal.

Mucho más, que acreditado

con el trofeo alcanzado,

queda el pecho, gran Señora,

con el parabién, ufano.

Reina.

Como os doy el parabién,

rendir quisiera también

las gracias a vuestro hermano.

Don Cristóbal.

Justamente solicita

el bien de esta Cristiandad,

Pang. 126

Don Cristóbal.

viendo que su Majestad,

en quien la piedad habita,

de su valor acción propia,

por sus cartas le encomienda

que favorecer pretenda

la Cristiandad de Etiopía.

Reina.

Tanto debe a Portugal,

que tuviera por consuelo,

después de estimar el celo

de su Majestad Real,

saber los hechos y el nombre

de los Reyes que ha tenido

aquel Reino esclarecido,

con tan augusto renombre.

Don Cristóbal.

No será razón que agora

vuestros deseos se atajen,

el velo corro a su imagen;

oíd, heroica Señora.

En los límites de España,

cabeza en místico cuerpo,

bañado del Océano,

yace el Lusitano Reino,

Pang. 127

Don Cristóbal.

Cuyo poder es tan grande

que ocupa del universo

las cuatro partes, pagando

a su Monarquía el feudo

las cuatro; tuvo hasta agora,

quince Monarcas, que fueron

de la Cristiandad Colunas,

en quien ha estribado el peso.

El Rey Don Alfonso Henríquez

fue de los quince, el primero

a quien ofreció por armas,

el divino Rey del Cielo

aquellas mismas, aquellas,

que recibió en el madero

precioso tálamo suyo,

soberano amparo nuestro.

Las que Alfonso recibió

de la noche en el silencio

adorando al mismo Dios,

hablando con el Dios mismo

cuando en el campo de Orique

otra vez, en la Cruz puesto,

Pang. 128

Don Cristóbal.

le dijo que vencería,

los cinco reyes, que vieron

en el estrago, que entonces

hizo el grande Alfonso en ellos

de la palabra de Dios

infalible el cumplimiento.

Hijo del primer Alfonso

fue don Sancho, que siguiendo

las pisadas de su padre,

supo imitar el esfuerzo;

haciendo tan grande estrago,

en el soberbio agareno,

que el claro Guadalquivir,

juntando a cristales tersos

líquidos rubís, quedando

confusamente soberbio,

corrió mucho tiempo sangre,

perdió el color mucho tiempo.

Heredando don Alfonso

de Portugal rey tercero

del rey don Sancho su padre

los altivos pensamientos,

Pang. 129

Don Cristóbal.

ganó a los moros de Alcázar

el inexpugnable pueblo,

que fue colonia de Roma,

cuando con ligero vuelo

sus águilas discurrían

de adonde con blando imperio

se acuesta en vidrios, adonde

despierta en jazmines Febo.

Hijo de Alfonso fue Sancho,

a quien llamaron Capelo,

heredando la corona

mas no imitando los hechos;

llegando al fin a mostrarse

tan remiso, en tanto extremo,

que don Alfonso, su hermano,

tuvo del reino el gobierno,

siendo conde de Boloña.

Murió don Sancho en Toledo,

quedando de Portugal

su hermano absoluto dueño;

a quien sucedió su hijo,

más digno de lauro eterno

Pang. 130

Don Cristóbal.

por la consorte que tuvo,

que por el sublime imperio.

Aquel, de quien fue consorte

santa Isabel, que fue un tiempo

sol de Aragón; sol que agora

luce en otro mejor Reino.

El famoso don Dionís,

aquel Alejandro nuevo,

más liberal que Alejandro,

y tan rico como Creso,

siendo de la agricultura

cuidadoso por extremo

llamaba los labradores

de la república nervios.

Apeteciendo las armas

siempre en la campaña puesto,

y quedando siempre en ella,

vencedor del Marcio juego.

Aficionado a las letras

ordenó, Marte discreto,

la academia de Coímbra,

palestra de los ingenios;

Pang. 131

Don Cristóbal.

ya sé que procuro en vano

alabar su nombre excelso,

que solo pueden los Cisnes

del cristalino Mondego.

De su padre don Dionis,

pudo alcanzar los progresos

Alfonso, llamado el bravo,

adquiriendo nombre eterno

en la gran lid del Salado;

cuando con vínculo estrecho,

unidos los dos Alfonsos,

los dos Reyes, yerno, y suegro,

siendo el Castellano asombro

de los moros, que salieron

de España, queriendo ser

otra vez tiranos dueños.

Fue ruina el Portugués

del orgulloso Agareno.

De aquella Ciudad famosa

paraíso del universo

del Rey de aquella Granada

a quien siempre está sirviendo,

Pang. 132

Don Cristóbal.

de corona el santo monte,

el claro Genil de espejo.

Fue de don Alfonso el bravo

hijo, el bravo rey don Pedro,

a quien llamaron cruel,

siendo solo justiciero.

Vengando la injusta muerte

del idolatrado dueño,

sin extremos de crueldad,

haciendo de amante extremos.

Compitiendo en don Fernando,

que fue su hijo heredero,

el valor con la prudencia

y la piedad con el celo.

A quien sucedió don Juan,

de aqueste nombre el primero,

don Juan, hijo natural

del famoso rey don Pedro;

dio batalla al de Castilla

en Aljubarrota, haciendo

estrago en los castellanos,

con admirables progresos.

Pang. 133

Don Cristóbal.

habiendo de la batalla

sustentado el grave peso,

obrando heroicas hazañas,

y maravillosos hechos;

El famoso Condestable,

aquel de quien descendieron

tantos Príncipes y Reyes:

aquel que honrando el Carmelo,

por el blando escapulario

trocó el acerado peto.

El morrión por la capilla,

por el bordón el acero.

Haciendo en tanta clausura

tanta abstinencia, que siendo

ejemplo de valentía,

fue de santidad ejemplo.

Del famoso Rey Don Juan

empuñó el Augusto cetro

el prudente Don Duarte;

quedando su nombre impreso

en los libros, que escribió:

siendo parto de su ingenio.

Pang. 134

Don Cristóbal.

el consejero fiel,

que ha de serlo el consejero;

Fue su hijo el quinto Alfonso,

a quien con felice acuerdo

llamaron el Africano,

de quien ganó mil trofeos;

teniendo de sus pasados

la dicha y el valor, siendo

aquel para conquistarlos,

esta para merecerlos.

Del quinto Alfonso fue hijo

aquel rey, piélago inmenso

de la prudencia, en quien siempre

reinó el agradecimiento.

El rey don Juan el segundo,

que fue singular modelo

de la liberalidad,

sin pender de arbitrio ajeno;

Los servicios que le hacían

remuneraba tan presto,

que a los servicios parece

que anticipaba los premios.

Pang. 135

Don Cristóbal.

En la batalla de Toro

quedó vencedor, trayendo

el Católico Fernando

toda la flor de su Reino.

Pero lo mismo quedara,

si veniera a socorrerlo

no solo su Reino todo,

si viniera el mundo entero.

Al invencible don Juan

sucedió en el trono regio,

el felice don Manuel

el que al Asia puso freno;

Dando al cielo tantas almas,

como al mundo espantos, siendo

mi padre el conde Almirante

el milagroso instrumento,

siendo el Jasón, a quien Marte

y Neptuno obedecieron.

Temiendo aquel, de mirarlo

este, temblando de verlo.

Hijo del gran Emanuel

Príncipe Augusto, y Rey nuestro,

Pang. 136

Don Cristóbal.

que agora gobierna en paz,

es don Juan, que guarde el cielo.

Esta la genealogía

ha sido, aqueste el compendio

de los reyes portugueses,

cuyos memorandos hechos,

a pesar del tiempo sabio,

y del olvido indiscreto,

han de quedar reservados

de la memoria en el templo,

llegando a saber el mundo,

que no pudo más el tiempo,

no alcanzó el olvido más,

ni el valor mereció menos.

Reina.

Tan absorto ha dejado,

tan mudo al corazón lo relatado,

por estilo elocuente;

que referir no puede la que siente

esclarecida gloria,

de haber oído en suave historia,

en bellas digresiones,

de tan grandes monarcas las acciones.

Pang. 137

Reina.

Muchísimo gustara

que mi hijo también las escuchara;

vendrá sin duda alguna,

las mejoras a ver de su fortuna,

a volver por su fama

a libertar contigo, heroico Gama,

el reino de Etiopía,

a ser del enemigo afrenta propia.

A juntarse contigo,

que si el poder temió del enemigo,

cerca deste hemisferio,

viene marchando, con que ya su imperio,

estando de su parte,

tu lucido escuadrón, portugués Marte,

no teme la ruina,

puesto que el rey de Zeila determina

acometer valiente,

el escuadrón de tu lucida gente;

de nuevo esfuerzo armados,

en tu valor estriban mis soldados,

que te obedezcan quiero,

que con tal capitán vencer espero.

Pang. 138

Reina.

la arrogancia del moro,

cristiana soy, la ley de Cristo adoro.

Don Cristóbal.

El soberano cielo

ampare tu valor, premie tu celo,

que con tu fe compite.

Reina.

Quédate agora pues.

Don Cristóbal.

Deja, permite,

que te acompañe agora.

Reina.

Que en tu tienda te quedes,

Don Cristóbal.

¡gran señora!

Reina.

quiero agora pedirte.

Don Cristóbal.

No me quites la dicha de servirte.

Reina.

Si la dicha merece,

quien sirve con lealtad, el que obedece

no hay premio que no aguarde.

Don Cristóbal.

El cielo te acompañe.

Vase la Reina.

Reina.

Dios te guarde.

Don Cristóbal.

¿Qué importa que el moro osado,

entre agravios que repite,

la venganza solicite

con tan ardiente cuidado,

pues no quedara vengado

Pang. 139

Don Cristóbal.

si trujera el que asombraba

del mar la campaña brava

ejército numeroso,

con que Jerjes animoso

el Helesponto pasaba.

Los triunfos soberanos

del portugués no eclipsara,

cuando estos campos cuajara

de alárabes inhumanos;

cuando de más otomanos

aquestas selvas, que en ellas

de galantes hojas bellas

vertiendo el abril olores,

esparce en cielo de flores,

derrama en jardín de estrellas.

Siendo con sabroso empeño

el descanso apetecible,

y siendo el sueño apacible

del mejor sentido dueño,

entregar procuro al sueño

el sentido, que es más fuerte,

ya parece que divierte.

Pang. 140

Don Cristóbal.

la pena al cuidado asida,

que es descanso de la vida,

siendo imagen de la muerte.

Siéntase a dormir en una silla y apa- rece en lo alto del tablado la Fama en una tramoya.

Fama.

Valeroso lusitano,

cuyos progresos altivos

han de quedar rubricados

del cielo en el pergamino.

Eternos han de quedar

en aquel luciente libro,

cuyas hojas son diamantes,

cuyas letras son zafiros.

Oye lo que en tu favor

decreta el cielo divino.

Don Cristóbal.

¿Quién eres?

Fama.

La Fama soy;

atiende a lo que te digo.

Don Cristóbal.

Ya te escucho.

Fama.

Quiere el cielo

que a tus hechos peregrinos

Pang. 141

Fama.

este venturoso día

ponga el sello tu martirio.

Don Cristóbal.

¿Yo mártir, qué es lo que escucho?

Fama.

Los turcos tus enemigos

al tirano rey de Zeila

te han de presentar cautivo:

el cual, procurando luego,

ya con afables cariños,

ya con fuertes amenazas

que dejes la ley de Cristo,

sabiendo que no te mueven,

a su fortaleza asido,

la blandura del halago,

ni el asombro del castigo,

mandará que te atormenten,

siendo él mismo, siendo él mismo

el ministro de tu muerte,

siendo el bárbaro ministro

el verdugo, que arrogante

la cabeza (Gama invito)

te ha de cortar con su acero

en tu sangre esclarecido.

Pang. 142

Fama.

Mas luego en aquel lugar,

honroso con tu martirio,

brotará el suelo una fuente

que siendo claro testigo

de que ha sentido tu muerte

dará con divino auxilio

vista a ciegos, y habla a mudos

manos y pies a tullidos;

hasta las silvestres plantas,

quieren los cielos divinos

que muestren a este suceso

el sentimiento debido.

Del jardín de un monasterio

un árbol, dosel altivo,

sintiendo tu injusta muerte

se arrancará por sí mismo

talando el ameno campo,

siendo del jardín florido

ruina lo que fue amparo

y opresión lo que fue alivio.

Hasta que el rey de Etiopía,

de tu gente socorrido

Pang. 143

Fama.

llegue a cortar la cabeza

al de Zeila su enemigo,

que siendo apenas cortada

volverá el árbol marchito

de improviso a su lugar

y a florecer de improviso.

Y para que Portugal

quede honrado con tal hijo,

ufano con tal amparo,

con tales despojos rico,

parte de tu cuerpo santo

traerá de Goa consigo,

el cuarto Conde Almirante,

tu sobrino don Francisco,

después de haber gobernado

con aplauso peregrino

el Imperio del Oriente;

cuando vuelva de haber sido

Viso Rey segunda vez

aquel Catón Censorino,

aquel César español,

aquel lusitano Livio.

Pang. 144

Desaparece la fama y despierta don Cristóbal.

Don Cristóbal.

Si lo que escuché soñando,

si lo que durmiendo he visto

fue ilusión, pero ¿qué dudo?

Tanto bien no he merecido

yo, tan venturoso, yo.

Sale el Embajador.

Embajador.

¿Qué aguardas en este sitio,

cuando ya los atambores

se escuchan del enemigo?

Con más de veinte mil hombres

el rey de Zeila ha venido;

tres mil turcos le acompañan

en dos tropas divididos.

Don Cristóbal.

No se vengara el de Zeila

cuando trujera consigo

más otomanos que arenas

tiene ese golfo de vidro.

Embajador.

Ya se empieza la batalla,

ya los golpes repetidos

asombran los horizontes.

Don Cristóbal.

Vamos, pues.

Embajador.

Tus pasos sigo.

Pang. 145

Vanse los dos y sale el General de los Turcos.

General.

Ea, jenízaros fuertes,

agora sí que atrevidos

podéis tomar la venganza

que a vuestro esfuerzo remito.

Salen peleando los cristianos y los turcos, y entrando dentro, vuelven a salir don Juan, doña Leonor y Flora.

Don Juan.

Detente, Leonor, no pases

adelante.

Doña Leonor.

No hay peligro

que contigo no sujete,

que no atropelle contigo.

Sale Martín.

Martín.

No puedo hallar a mi amo,

puesto que el campo he corrido

como arroyo, no en lo claro

mas solo en lo fugitivo;

señor.

Don Juan.

¿De qué te suspendes?

Martín.

Turbado el gusto público,

ya te juzgaba por muerto.

Gracias a Dios que estás vivo.

Pang. 146

Salen la Reina y el Embajador.

Embajador.

¿Qué intenta tu majestad?

Reina.

Ser de los turcos cuchillo,

ser estrago de los moros.

Embajador.

No los sigas, fuerte asilo

de la etíope corona;

detente, rayo encendido,

envaina el ardiente acero

en sangre enemiga tinto.

Sale don Luis.

Don Luis.

Reina insigne de Etiopía,

terror de los enemigos,

embajador valeroso,

portugueses no vencidos,

oíd el más triste caso

que en el mundo ha sucedido,

el más trágico suceso

que humanos ojos han visto:

a don Cristóbal de Gama,

en aqueste mismo sitio,

habiendo muerto más moros

que ostenta el cielo zafiros,

mató el Rey de Zeila. ¡Ah, cielos!

Pang. 147

Don Luis.

con qué dolor lo publico,

con qué pena lo exagero

y con qué angustia lo afirmo,

y viendo que apenas muerto

(quien vio tan raro prodigio)

brotó el suelo lastimado

un arroyo cristalino

que su crueldad publicaba,

huyó el bárbaro ministro

temiendo de un cuerpo muerto,

acciones de un hombre vivo;

mirad todos el que goza

de Dios el bien infinito

que alcanza quien por él muere

con fe pura, y pecho limpio.

Córrese la cortina del tablado y aparece dentro encima de un bufete la cabeza de Don Cristoval ensangrentada.

Don Juan.

Invencible Don Cristoval,

cuyo valor peregrino

aun después de muerto al mundo

espanto del moro ha sido;

Pang. 148

Don Juan.

para que vengue tu muerte

a tu hermano daré aviso,

pues como propia la siento

y como ajena la envidio.

Vuélvese a cerrar la cortina.

Don Juan.

Dad licencia, gran señora,

que pueda llevar conmigo

esta emulación de Marte,

este asombro de Cupido,

que obligada de mi amor

siguiendo mis pasos vino.

Reina.

Estimad amor tan grande.

Don Juan.

Como amante agradecido

y como esposo obligado.

Danse las manos.

Doña Leonor.

Fueron los astros propicios

a mi afición.

Don Luis.

Favorables

fueron al crédito mío.

Don Juan.

Abrazad a vuestra hermana.

Doña Leonor.

Si a perdonarme te obligo,

no hay ventura que no aguarde.

Don Luis.

Los yerros de amor son dignos

Pang. 149

Doña Leonor.

Vivas inmortales siglos.

Martín.

Apostaré que no abrazas

a Martín.

Doña Leonor.

Martín amigo

levanta:

Martín.

Pedirte quiero,

que me cases.

Doña Leonor.

¿Con quién? Dilo.

Martín.

Con Flora.

Doña Leonor.

Siendo su gusto.

Flora.

Tu gusto señora estimo,

Martín.

¿Qué aguardas?

Flora.

Mi mano es esta,

si es que con ella te sirvo.

Martín.

Bien he menester la mano

pues que todo el resto envido.

Flora.

¡Todo el resto!

Martín.

No te espantes,

por eso Flora se ha dicho,

buen envite a buena mano,

y a buen bocado buen grito.

Pang. 150

Reina.

vamos a dar sepultura,

con ánimo agradecido,

al general que ha de ser

deste Imperio patrocinio.

Don Juan.

Acabando aquí la historia

de aquel Gama esclarecido;

favoreced el poeta

por que se anime a serviros.

Fin de la Tragi-Comedia del Mártir de Etiopía.

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