testo digitale di Acis y Galatea
Data di pubblicazione: 22 giugno 2026
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- Antonio de Zamora Sicuro
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Acis y Galatea. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/acis-y-galatea.
ACIS Y GALATEA
Jornada primera
Pag. 1
Dentro música, y después salen huyendo de Polifemo zagales y zagalas; Telemo deteniendo a Polifemo, que sale vestido de cíclope, con un árbol por bastón en la mano.
No hay otras iras que deban temerse
en cielo y en tierra,
que los activos incendios que exhalan
los ojos divinos de Galatea.
Pastores, huidla; zagales, temedla,
que postra y desaira, que rinde y desprecia.
Bárbara débil canalla,
que en vez de cantar proezas
de Polifemo espantoso,
voraz hijo de tierra,
triunfos cantáis de Cupido,
huid de mi airada diestra,
antes que a mi ardiente impulso
vivas cenizas del Etna
de mi pecho os lleve el aire
Pag. 2
en átomos o en pavesas.
Salen.
Huid, zagales.
Huid.
Ira de Dios, que nos pesca
el diablo del pollo enfermo.
¿Adónde iré que no tema
siempre airado mi destino?
Noble habitador del Flegra,
suspende el valiente enojo.
Altivo honor de esta excelsa
isla, reprime el impulso.
Ay, Tisbe.
¿Qué?
Que le sueltan.
Me alegraré que te agarre
y te masque las orejas.
Y di qué motivo ha sido.
Y dinos qué causa sea.
La que airando tu sosiego,
la que hiriendo tu prudencia
te reduce a tal extremo.
A tanto exceso te fuerza.
que a su despecho estremeces
esos mares y estas selvas,
siendo así que aunque entre cuantos
rigores el hado suena,
no hay otras iras que deban temerse
en cielo y en tierra.
Qué más terrible motivo
Pag. 3
ni qué causa más tremenda
queréis dar a mis rencores,
oh afeminada caterva
de infelices prisioneros
de amor, esa deidad ciega
que fabrica su dominio
solo de vuestra flaqueza?
¿Qué mayor razón queréis,
vuelvo a repetir, que tenga
lo noble de mi coraje
que escuchar las voces vuestras,
cuando, ausente de Trinacria,
primero cíclope en ella,
vuelvo a ejercer de Vulcano
la dura ardiente tarea,
y os imagino a mi cargo,
júbilos, saraos y fiestas
envueltos os hallo en torpes,
en mujeriles, en necias
supersticiones de amor,
publicando (aun se avergüenza
el ánimo que lo escucha
de que la voz lo refiera)
que no hay en el azul campo
de esas radiantes esferas,
que no hay en el verde cielo
de estas matizadas selvas
Pag. 4
brío que pueda admirarse,
valor que temerse deba?
Que los activos incendios que causan
los ojos divinos de Galatea.
¿Quién es Galatea? ¿El mar,
(por muy hermosa que sea,
si dríade de esos bosques,
si de esos mares nereida)
que un hermoso, un dulce hechizo,
cuya beldad se aprovecha
para conseguir su triunfo
de toda mi negligencia?
¿Será más que una traidora,
amable ambición que opuesta
a la universal quietud
de cuantos lleguen a verla,
para repetir trofeos,
ha de amontonar tragedias?
Pues, ¿qué vanidad, qué aplauso,
qué gloria, qué fama os deja
en servidumbre que engaña,
adoración que escarmienta?
Cuán más útil os será
convertir vuestras cadencias
en mi aplauso. Hijo soy noble
del monarca que gobierna
el tripartido tridente
con que hiere el mar las tersas
repúblicas de sus aguas,
donde logra le obedezcan
marinas tropas de dioses,
Pag. 5
bello vulgo de sirenas,
corte vaga de tritones,
que ceñidas sus cabezas
en vástagos de coral,
de albos racimos de perlas
náutica deidad le adoran,
undoso numen le inciensan.
Y cuando el ser yo quien soy
mis méritos no os dijera,
esta gigante estatura
¿no os explica mi grandeza?
Viva montaña de miembros
soy, que escalando la esfera,
a mi tocado le sirven
de plumajes las estrellas.
Yo soy aquel que si el día
tal vez a enojarme llega,
puesto en pie, a la inmensa sombra
que mi adusto cuerpo ostenta,
a medio día consigo
que dos orbes anochezcan.
Si respiro, teme el mar
que cuanto sufre perezca.
Pag. 6
que vivaz mi aliento exhala
cada soplo una tormenta.
Si me dais adoración,
temerios , nada hay que sea
difícil para vosotros;
pues si queréis que dé vuelta
el orbe, porque gocéis
la luz del sol de más cerca,
en levantando yo un brazo
esa máquina primera
del cielo desquiciaré
hasta que a mi impulso atenta
disponga a mi arbitrio el orden
de signos y de planetas.
Si os enoja ver un monte,
verde ceño de la selva,
impedir el paso al mar,
yo allanaré su ribera,
pues solo con que le huelle
la cima, a la indócil prensa
de mi bota pesadumbre,
le haré penetrar la tierra,
sumiéndose en los abismos
de sus últimas cavernas;
o arrojándole a las ondas,
haré a la naturaleza
mudar semblante, logrando
que a sola una acción se vea
brotar el mar otra isla,
formar la playa otra selva.
Nada habrá por imposible
que a vuestro juicio parezca,
que no consiga mi esfuerzo
y que mi fe no os conceda,
menos una, que es que yo
ni amar ni que améis consienta,
pues no sé que pueda haber
Pag. 7
más miserable bajeza
que en mi propio vencimiento,
aplaudir mi misma afrenta?
Y así, trocando desde hoy
el himno en lugar de aquella
delicada aclamación,
aplaudid la saña excelsa,
vanidad de mi coraje
y ostentación de mi fuerza;
pues mejor que por esotra
podéis repetir por esta:
Pastores, huidla; zagales, temedla,
que postra y desaira, que rinde y desprecia.
No solo, gigante soberbio
(que nos valga la cautela
para aplacarle es forzoso),
no solo estando en la deuda
de reconocerte dueño
de este mar y estas riberas,
Pag. 8
de reconocerte dueño
de este mar y estas riberas
el himno desterraremos
(que pudiendo a tu soberbia
generosa a una flexible
mentida deidad obsequia),
pero en primera señal
de vasallaje, en primera
debida ofrenda del culto
que rinde la atención nuestra,
postrados a tus pies todos,
de esta no pensada ofensa
te pediremos perdón
diciendo en cláusulas tiernas:
Suspende las iras
a fin de que veas
que más que el enojo
venció la clemencia.
Convenido a vuestras ansias,
desde hoy admito la enmienda
que prometéis, como ajando
de amor la vana, la ciega
supersticiosa alabanza
digáis conmigo por ella:
Ay de aquel que desprecia
el poder del amor y la belleza.
Mas tened, ¿qué osada voz
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nos interrumpe halagüeña?
Es un pastor
que de la pasión violenta
de amor arrastrado habita
frenético de estas selvas
sus bosques.
No hay que hacer caso
de sus ecos, pues sirena
de estos valles muchos días
ha que en ellos se lamenta.
Y esos ha que yo celosa
lloro de ver por quién pena.
Enamorado pastor
que oráculo a romper llega
mi voz, yo he de saber quién
es causa de su dolencia.
La misma deidad que el himno
celebraba antes que hubieras
mudádole tú.
De suerte
que el motivo es Galatea
del dolor de este zagal?
¡Que esto escuche y no fallezca!
¿Quién lo duda?
Pues mirad
a qué deidad las ofrendas
consagrabais; ved si os dice
mal aquel que os aconseja
Pag. 10
que huyáis de ese bello monstruo.
Vive el cielo que aunque sea
con su muerte he de librar
a Trinacria de esta fiera.
Aquí se acerca.
Dejadle
llegar, y al ver que lamenta
su dolor, solo el desprecio
logre en todos por respuesta.
Oh qué mal, aunque me agravia,
llevo el que haya quien le ofenda.
Ay de aquel que desprecia
el poder del amor y la belleza,
pues si le conocen
las aves, los brutos, estrellas y flores,
son muchos errores
querer que se venzan
las flores, los brutos, las plantas y estrellas.
Ay de aquel...
Yo fui, zagales bellos,
de las tinarias selvas
un pastor atrevido
que burlaba en la aljaba de Cupido
el rigor de sus armas halagüeñas.
Jamás de sus incendios
examiné en la hoguera
la llama sucesiva,
más amorosa mientras más activa,
menos sensible mientras menos lenta.
Ay de aquel...
Pisaba el mar un día
cuando vi de su esfera,
por campañas de hielo,
Pag. 11
salir en vago trono undoso cielo,
mejor sol en el sol de Galatea.
Y así, pues en su busca
huello esta rubia arena,
decidme...
¿Qué he de decirte,
mísero esclavo de aquella
torpe deidad alevosa
de quien engañarte dejas?
¿Qué he de decirte sino
que huyas a donde no seas
injuria de nuestros ritos?
Vase.
Pues yo las costumbres vuestras
¿en qué las mancho?
En rendirse
a una falaz influencia.
¿Cómo falaz, si no has visto
la beldad de Galatea?
Respóndeme.
¿A un loco quién
quieres que dé más respuesta
que volverte la espalda
lastimando su tragedia?
Vase. Vanse los zagales.
¿Qué es esto, cielos, de mí?
Todos se burlan. Espera.
Pag. 12
Vaya enhoramala.
No es él quien sigue la secta
endemoniada de amar,
con marchitísima fineza,
una mujer, sea quien fuere.
Sí, pero esa es culpa.
Horrenda,
pues cuando en desengañarlas
debe dar la gente cuerda,
con su llanto el majadero
trabaja en desvanecerlas.
Quítese de ahí.
Vase.
Partirá Acis.
Apolo le provea,
hermano, que una ignorancia
no merece más audiencia.
Vase.
Calla, vil pastor,
el labio y la indócil pena
que por él se vierte al aire
no inficione su pureza.
¿Quién eres tú que, sin que
me conozcas, me desprecias
más que nadie?
Soy el alto
numen, soy la deidad nueva
que desde hoy Trinacria adora.
Las undosas aras deja
de Galatea por ti?
Yo de esa indigna miseria
la he librado.
Ay de vosotros
Pag. 13
de ti, si llegas a verla,
y de ellos si ella se enoja.
Vivo yo que si no viera
que, a efecto de tu delirio,
rabia en ti tu inadvertencia,
en castigo de tu arrojo,
arrancando aquella peña
de su asiento,
Ay de mí triste.
Te sepultara con ella,
porque exprimido al adusto
peso de su corpulenta,
robusta máquina...
Tente,
calla, calla, que ya tiembla
el espíritu y fallece,
pues desatadas mis venas
en líquido cristal bañan
las mismas flores que asientan.
Ya imagino que ese amago
es realidad.
En tu idea
frenesí tras frenesí
sucede, infeliz. Alienta,
que siendo imposible que ame
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Lo imposible es que suceda,
ni castigar tu presagio,
ni satisfacer mi ofensa.
Galatea en busca tuya
voy, a que el mundo me crea
monstruo en todo, pues grosero
y cruel con la belleza,
nada esperen que perdone
quien lo hermoso no reserva.
Vase.
Todos me vituperan. ¿A quién,
cielos, iré que se duela
de mí?
A mí pudieras ir
si tan aleve no fueras,
que adoras los imposibles
y desairas las finezas.
¡Oh ingrata! ¿Aquí estabas tú?
Aquí estoy viendo tu afrenta:
mira cuánto tus extremos
te ultrajan, te vilipendian
para con todos y más
para conmigo, pues dejas
firme amor por ciego antojo.
No, injusta Doris, pretendas
que te acuerde tus traiciones
por justificar mis quejas:
yo te amé mientras no supe
que, ninfa de estas riberas,
distes en ellas oídos
a otro amor, a otra fineza.
Pag. 15
¿A otro amor?
Glauco lo diga,
hermano de Galatea,
pues por ti deidad del golfo
sé que en sus ondas se quema.
¿Y el que él me adore, oh tirano,
es forzosa consecuencia
de amarle yo?
¿Quién lo duda?
¿Quién sabe que tu cautela
quiere autorizar mi infamia
para encubrir su bajeza?
Y pues ya desengañada
no habrá razón de que atienda
a quien indigno me agravia
con celos y con ofensas,
esta joya, prenda tuya,
que únicamente reserva
mal escarmentada el ansia
de que a mis cariños vuelvas,
esta, en fin, que dentro incluye
tu retrato, por defuera
disimulado en dos conchas
que salpicadas de perlas
injustamente engastaron
la mudanza en la firmeza,
te restituyo porque
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declarándome mi queja,
desde hoy enemiga tuya,
no quiero ver que me queda
tu copia, a que mudamente
todo lo que finge mienta:
tómala, y a esa que logra
mejor lugar en tu idea
que yo, la puedes feriar.
Porque de mí no se entienda
que permití recobrarla
ni que dejé poseerla
a otra que a ti, vaya al mar.
¿Qué haces, ingrato?
Que veas
con cuánta facilidad
satisfago tus sospechas.
Ah traidor, que envías la copia
al mar por ser en su esfera
donde está su original.
No creo que tú te quedas
en el bosque.
Al valle, al soto,
a la cumbre, a la ribera.
Los zagales a la caza
dan principio.
En la maleza
pienso esconderme del monte.
Ay amor, si es que son estas
tus dichas.
Si estas, Cupido,
son las venturas que ferias,
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si estas, Cupido,
son las venturas que ferias.
Al valle, al soto, a la cumbre,
a la falda, a la ribera.
Sale Galatea y el coro de sus ninfas. Nerea canta y bailando.
Sientan los acentos
de amor la crueldad,
que no puede en hielo
prender su volcán.
Resuene en el mar.
Resuene en el mar
el precioso nombre de la libertad.
El precioso...
Jáctense las ondas, viendo que sabrán
el tema de amor en nieve y nácar.
Ríanse las ondas de ver a un rapaz
haciendo de aljaba flechas y arcas .
Resuene en el mar.
En el dulce flujo de esta blanda paz
nazca del desprecio la seguridad.
Y pues ellos mismos quieren abrazar
en un bien mentido un forzoso mal.
Resuene en el mar.
Libres nereidas mías,
pues alegres trocáis
por tapetes de rosa
retretes de cristal,
aplaudid, celebrad
en júbilo festivo
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los lazos esquivos que gozáis.
De amor con los desprecios
no solo me aduláis,
mas quien le agravia menos
esa me ofende más.
Reprehended, injuriad
a un bárbaro deseo,
a un dios que hace su imperio su impiedad.
No, no, no hagáis tal,
que si hoy el amor os permite reír,
mañana es posible que os haga llorar.
Resuene en el mar.
No suene en el mar
el precioso nombre de la libertad.
Ya no, Galatea, no, hermana,
presumas que ha de bastar
contra un milagroso impulso
un olvido natural.
Pues presto verás
que es para vivir forzoso el amar.
Tu hermano soy quien le guarda
tu propio afecto tener,
hasta que su desengaño
le costó la libertad.
Pues presto verás
que a espaldas del ver abría el llegar .
Yo vi a Doris y en sus ojos
hallé un insensible imán,
en quien hasta el resistir
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se fue dejando llevar,
y presto verás
que en ti es padecer lo que antes burlar.
Y así, hermosas, no, no hagáis tal.
Como alevoso hermano,
como esclavo infeliz de aquel tirano,
ciego dios homicida,
la que fue en ti villana y mal nacida
débil inclinación quieres injusto
hacer ley en mi pena con mi susto.
Vivo yo que si nunca...
Galatea,
el que galán y hermano te desea
servir eternamente,
ni enojada te busca ni impaciente.
Yo sabré callar,
yo sabré sufrir,
hasta lograr
ni aun respirar
para sentir,
pues hecho mi pecho
a un mudo dolor,
ni el eco de amor
saldrá a publicar
tan cauto morir. Yo sabré callar.
Pues hablando a otro intento,
dime, ¿a qué me buscabas?
Viendo que dejabas
las campañas del húmedo elemento,
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a tiempo que esta concha, la más bella
que vio el cielo del mar grabada estrella,
me hallé en su centro frío.
Presentártela quiso el amor mío
para que tal primor le corresponde;
perla sin duda esconde
de precio soberano.
Yo quedo muy ufana
de que a tu gusto sea.
Tómala, pues, y deja, Galatea,
pues otro genio que tu genio sigo,
que yo me diga, pues hablo conmigo:
quien de amor se burla...
resuene en el mar...
Con esta repetición del cuarto se da en el mar y se van las ninfas.
que ha de llorar quien supiere
discretamente sacar.
Huid. Pero ¿dónde voy?
¿De qué me sirve impugnar
lo ya en mi pecho vencido?
Paremos, tirano afán,
a divertir un enfado
con una curiosidad.
Válgame el cielo, esta concha,
¿qué es lo que en sí esconderá?
¿Qué tan preciosa materia
la compone artificial?
¿Sí podré abrirla? Parece
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que no acierto; pero ya
sutil botón escondido,
que forma un rubí oriental,
violentado me franquea
lo que su concavidad
esconde. El cielo me valga,
no vi en colores jamás
ni mejor copiada luz
ni más prompta ceguedad.
Un retrato es del más bello,
del más afable zagal.
¿Qué? Pero ¿qué digo? ¿Cómo
curioso afecto no más
permito yo tan ansioso
por ver considerar?
Mas ¿cómo lo he de impedir,
si siendo el mirar imán,
lo que resisto en el ver
cedo en el considerar?
¿Volveré a mirarle? Sí.
¡Qué perfecto! ¡Qué galán!
Si no sabes defenderte,
déjate, afecto, llevar.
Muda copia que estrella enemiga
te condujo a ser fuego del mar,
dilo, pues que bien puedes hablar,
pues ¿por qué ha de negar un acento
el que sabe sin alma ni aliento
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persuadir, convencer y obligar. Muda copia...
Polifemo y Momo al paño.
No dices, rudo villano,
que en este sitio a pasar
la siesta a la verde sombra
de su afable amenidad
todas las tardes las ninfas
del mar salen.
Puede estar
su gigantidez seguro
de que le trato verdad.
Ea, monstruoso rigor,
pues vienes a asegurar
dando muerte a Galatea
los altares que te da
Trinacria, acredita que eres
tan del todo irracional
que... pero tente, villano.
Pues digo yo, ¿quién se cae?
¿No ves una ninfa?
Veo.
Que sin dejarse mirar
el rostro...
sus señas son.
Tan embebecida está...
por las veces que la he visto
la conozco.
En reparar
no sé qué cosa que mira...
Ahí es que me engañarán
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la traza y el aire,
que
parece estatua mental
de su misma suspensión?
Si no suena a indignidad
a quien se vio por delante,
conocerla por detrás,
esta es.
¿Quién es?
Galatea.
¿Qué dices? ¿Qué novedad,
cielo, causa en mí su nombre,
que casi me iba a asustar?
Sus señas son.
Pues si es ella,
ánimo, temeridad.
Villano.
Señor?
Discurre
por todo el valle a juntar
sus rústicos moradores,
que con festivo solaz
vengan a aplaudir mi triunfo.
¿Y no he de decirles cuál?
Haz lo que te mando y calla.
Será su monstruosidad
obedecido.
Ea, furia,
pues asegurada está,
sea de mi indignación
Va a darle con el puñal y al cantar se suspende.
Pag. 24
Instrumento este puñal,
el brazo suspende, tirana impiedad,
¿de qué sirve herir si un ver sin oír
me puede matar?
Válgame el cielo, ¿qué acento,
tan dulce, tan celestial,
roba al brío del herir
la acción del ejecutar?
Si acaso hablará conmigo
su armonía? Claro está,
pues labrando su defensa
de su misma suavidad,
de mí se ampara conmigo.
No acabe: sí acabe, tal
que en quien cantando da muerte
ya es nueva culpa el cantar.
El brazo suspende...
Cántase segunda vez y se le cae el puñal.
No solo a tu perfección
se ha suspendido mi aliento,
pero antes fue de tu acento
mudo ultraje mi razón.
Dos afectos, ninfa, son
los que mis ciegos enojos
han transformado en despojos,
absortos y suspendidos,
o a lo que ven mis oídos
o a lo que escuchan mis ojos.
De mi indignación guiado
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de mi indignación guiado
a vencerte había venido,
blasón desvanecido,
mas ya enmudeció postrado.
Racional monstruo indignado,
que me asombras de esta suerte,
¿qué intentas?
Trocar la suerte,
pues ya es amor mi homicida,
y pagar yo con la vida
los amagos de la muerte.
Huiré de ti a estar segura
de peligro tan feroz.
Mayor peligro es tu voz,
mayor riesgo es tu hermosura.
Mi cruel condición dura
creyó conseguir la palma
de vencerte, y en la calma
que ya siente el corazón
paga aquella presunción
todo el precio de un alma.
Déjame huir.
No te ausentes.
¿Qué intentas?
Que no te vayas,
bella ninfa, hasta que escuches
de la verdad de mis ansias.
Pues que Polifemo
todo lo avasalla,
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Sus heroicos triunfos
celebre Trinacria,
venid con aplauso
a cantar sus glorias, a ver sus hazañas.
Salen todos con música y salva.
Aquí está, pero ¿qué es esto?
Suspended las consonancias.
¡Qué asombro!
¡Qué admiración!
¿Qué os suspende?
¿Qué os espanta?
Que cuando de parte tuya,
oh Polifemo, nos llaman
a celebrar tus blasones,
te hallemos puesto a las plantas
de la deidad que desprecias.
¿No eras tú el que aconsejabas
que el templo de Galatea
a tu honor se dedicara?
¿No eras tú quien al amor
baldonaste con jactancia?
¿No era su largueza quien
nos echó dos mil fanfarrias?
Pues ¿cómo a los pies te postras
de aquello mismo que ultrajas?
¿Esta es la hazaña y el triunfo
a que nos convoca?
Basta,
basta de injurias, isleños,
que ya os confiesan mis ansias
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ya os conceden mis suspiros
que no hay deidad soberana
que merezca adoración
sino es la que la arrogancia
postró de mi vanidad.
Servidla, pues, veneradla;
mudad las voces del himno,
mientras las verdes entrañas
de este monte me sepultan,
corrido de ver que haya
poder a quien Polifemo
se rinda, cuando trocada
esa aclamación repita
en mi ultraje y su alabanza.
Pues que Galatea todo lo avasalla
y hasta Polifemo la sirve y la ama,
venid con aplauso, con música y salva,
a cantar sus glorias, a ver sus hazañas.
A tus plantas, Galatea,
te pide perdón Trinacria.
De ser traidores diréis.
No es traición una ignorancia,
Polifemo.
Polifemo
no os librará de mi saña,
y así, pues tan fácilmente
os muda vuestra inconstancia,
no os debo más atención
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que volveros las espaldas.
Vase.
Enojada nuestra diosa
se ausenta a desagraviarla.
Venid conmigo.
Volad,
y a ver si a vencerla bastan.
Venid con aplauso, con música y salva,
a cantar sus glorias y a ver sus hazañas.
Tisbe, quédate conmigo.
¿A qué, señora?
A que haya,
pues hay quien glorias ajenas
cante, vos que propias ansias
llore; ay, Iris fementido.
Ahora has dado en esa gracia
de hacerme que gorgorite
cuando tengo menos gana.
La ausencia que han hecho todos
de esta florida campaña,
este mar y esta ribera,
en su deleitosa estancia,
está convidando a que,
pues sabes cuanto me agrada,
aquella canción repitas.
Vaya, pues que tú lo mandas.
Recitado.
Confiado jilguero,
mira cómo importuna
de tu estado primero
Pag. 29
te derribó el amor y la fortuna,
y el bien que tan ufano presumiste
aún no le hallaste cuando le perdiste.
Si de rama en rama,
si de flor en flor
y vas saltando, bullendo y cantando,
dichoso quien ama
las ansias de amor.
Advierte que aprisa
es llanto la risa
y el gusto es dolor. Si de rama...
Ay, qué cadena te labra tu error,
y en tus mismos ayes
le vas añadiendo eslabón a eslabón.
Dentro Glauco.
Pues que yo lo siento,
explíquelo yo,
que al ver tus desprecios, oh Doris ingrata,
te pago un desvío con un corazón.
¿Qué es esto? ¿Quién desde el mar
mi quietud interrumpió?
Sale Glauco.
¿Quién quieres, bella ninfa,
que ofenda con su voz,
sino es un desgraciado
que agravia con la misma adoración?
¿Qué es esto, Glauco, aún porfías
en el malogrado error
de amar un pecho insensible?
Ay, tirana, ¿por qué no?
Pag. 30
con qué extremo mi pena
se acredita mejor
de pasión verdadera
que haciendo la fineza obstinación.
Ay, qué cadena...
Por mí esta voz te responde,
diciéndote cuanto es hoy
ciego tu afecto, pues labra
de su gusto su prisión.
¿Qué importa, si al concepto
con que me respondió
no solo no le impugno,
mas le alienta diciendo mi pasión:
pues que yo lo siento, explíquelo yo,
que al ver tus desprecios, objeto adorado,
te pago un desvío con un corazón.
A tenacidad tan ciega
huirla es medio mejor.
¿Qué importa si he de seguirte?
Mira que diciendo voy.
Entranse y salen Galatea y Tisbe, cada uno por su puerta, cantando a dúo: Ay, qué cadena.
A mí esta voz se dirige.
Conmigo habla esta canción.
Pues dejando aquella tropa...
Pues huyendo aquel rumor...
Por ir tras mi fantasía...
Por adular mi aprensión...
Pag. 31
Me vuelvo a la playa,
mas que viendo estoy
quién, cielos, tan presto
mi idea abultó.
Teniendo que yo lo!
Dejando: ¡qué ardor!
El alma suspensa, absorta la vida,
pasmada la acción.
Divina Galatea,
pues hoy el primer día
es que dichosa fue la pena mía,
viendo la amada gloria que deseo
segunda vez después que enamorado
ha sentido, ha querido y ha callado,
atienda tu esquivez benignamente
a quien ama, a quien calla y a quien siente.
Ten, ninfa, piedad de un fino pastor,
que muere de tu crueldad y renace de su amor.
Yo vi tu deidad y fuime traidor,
vendiendo mi libertad a precio de tu rigor.
Joven galán a quien miré copiado
en el muerto matiz que mi cuidado
examinó tan vivo,
que en mí lo atento desairó lo esquivo,
¿quién eres?
Acis soy de esta ribera
Pag. 32
habitador, y de tu luz hermosa
constante mariposa,
desde que me rendiste en su esfera.
Ya son para que muera
las flechas dos que fulminó Cupido,
lo enamorado y lo correspondido.
Pues del culto la deidad
no se llega, no, a ofender;
no encarezcas la crueldad,
que esta es la primer piedad
que he sabido conceder.
Dentro Acis.
Con que en tu nobleza
esperar podré
este permitir
un compadecer.
No sé qué os responda,
pero solo sé
que ya entre los dos
trueco lo cruel.
Porque...
porque en mí
emplear sabré
todo el resistir.
O no haya poder.
O no haya entereza
en ti, para que
correspondas mal
al que ama también.
Momo al paño.
En busca de Acis
vengo, mas no es él.
Pag. 33
vengo, mas no es él
quien con Galatea
está hablando; a fe
que tengo de oír
solo por saber.
Acis.
Galatea.
Al llano.
Por aquí, por aquí fue.
Mis ninfas son estas
que me buscan, y es
forzoso seguirlas.
Confuso tropel
también de zagales
por mí viene.
Pues
al paso salgamos.
El curso detén,
y antes que me ausente
logre merecer
siquiera una voz
que aliente mi fe.
Bastará que sepas
que en ti solo hallé
razón que ha deshecho
la de mi esquivez.
Estos me parecen,
si mal no escuché,
requiebros amantes.
Pag. 34
Déjame creer
que aunque tan dudoso
favor puede ser
una suspensión
de tanto desdén.
Ay amor aleve.
Ay rapaz infiel.
Cómo ferias dichas.
Cómo glorias des.
No, no, no, no me quejaré
de un mal que me mata y me muero por él.
No, no, no me quejaré,
pues amar, sentir, penar y temer,
en quien quiere bien,
en fin es pesar que sabe a placer.
No me quejaré
de un mal que me mata y me muero por él.
Sale Momo.
Y yo que ya tengo
chisme con que hacer
algún buen enredo
que saldrá después,
no, no, no me quejaré
de que por lo menos todo no lo sé.
Fin de la primera jornada.
Jornada segunda
Pag. 35
Salen Momo y Tisbe después de cantar el cuatro. Tisbe cubierta con un velo.
Al aire de los suspiros
en la hoguera del deseo
pues los afectos se abrasan
labrense los pensamientos.
Ya que se ha hecho
la de Vulcano fragua
de amor y celos.
Estrafalaria deidad,
que con tan raro silencio,
en figura de fantasma,
me traes por estos desiertos
con cuarenta sustos mas
y con veinte piernas menos,
¿Tráesme a casa buena?
Si.
¿De aparato tenemos
de nuevas armas de amor
entre los graciosos puesto?
No.
Pues di que significa
ese pedazo encubierto
de rostro, que pues se oculta
no debe de ser muy bueno.
Dasme palabra de hablar
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verdad a cuanto mi acento
te requiere?
Sí doy.
Jurad.
A fe de camueso.
¿Por Baco?
Por Baco juro,
o llegue a ese dios añejo
que jamás atizar logre
las lámparas de su templo,
si mintiere en cuanto diga.
Pues, Momo, domina y tiembla;
ya me ves de par en par
y mientras te caes muerto
abrirás las orejas
y escúchame con los dedos.
Válgame Dios, a gran cosa
de poquísimo provecho
debe de ser mi llamada.
¿Me atiendes?
Como estafermo.
Desgraciado gracioso,
a quien amor ha hecho
ridícula figura
de su cómico enredo,
si al punto no me hablas
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el pasado suceso
de Acis y Galatea,
no des por ti un buñuelo.
Doris sabe que juntos
en la selva estuvieron,
que tú los atisbaste
porque te vio a lo lejos.
Mira, pues, qué te importa
este chisme el sosiego:
o prevente ad parlandum,
o si no, morierer.
Ay de mí, majadero,
que si parlo o no parlo siempre muero.
Endemoniada ninfa,
que en contrario aquellos
en latín me amenazas
para aburrirme en griego.
¿Cómo quieres que hable
ese maldito cuento,
para que Galatea
me haga sardina luego?
Pues ¿qué respondes, bruto?
Que entre los dos afectos
de temor y cariño,
de lisonja y de miedo,
si lo digo me expongo
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a ser de ese elemento
o tiburón humano,
o racional cangrejo.
Si no lo digo, Doris
podrá hacer de mis huesos
una blanda tortilla
con lo duro de un leño.
Con que entre ansias, congojas,
suspiros, desalientos,
fatigas y pesares,
solo referir puedo: ¡ay de mí, majadero!
Sale Doris.
Tisbe.
Señora.
En tu busca,
penetrando el bosque, vengo,
y pues con Momo te he hallado,
ya sabrás...
Valedme, cielos.
Cuanto te encargué.
Ahora estaba
todo el caso refiriendo.
Sí, señora, y ya que Tisbe
en figura de mochuelo
he de morir de parlar,
morir cantando pretendo.
Escucha este recitado.
Acaba, pues no seas necio.
No ayer, cuando la tarde
iba diciendo al mundo Dios os guarde,
vi en la selva que el mar pule y osea,
a Acis y a Galatea
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iba diciendo al mundo Dios os guarde,
vi en la selva que el mar pule y osea
a Acis y a Galatea
decirse mil requiebros de capricho,
y pues dije requiebros, harto he dicho
para explicar que están enamorados,
contentos, satisfechos y pagados.
Hasta aquí el chisme fue, Doris discreta,
ahora encargo el secreto en la arieta.
Señora, ya que el secreto
queda entre nosotros dos,
chito, por amor de Dios,
que si se sabe en efecto
y me pillan el coleto
del catarro del aprieto,
ya me empieza a dar la tos.
Tos, tos, tos. Señora, ya.
Vase Momo.
Espera, aguarda. ¡Ay de mí!,
que si el curioso despecho
mío por saber moría,
lo que sabido me ha muerto.
Ya diera por ignorarlo
más que intenté por saberlo,
pero no diera, pues ya
el desengaño agradezco
a trueque de la venganza.
¿Qué intentas?
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moderar espero,
que satisfacer agravios
es lisonja de los celos.
Sígueme.
¿Dónde?
Pues boca
de aquel escollo soberbio,
que a un suspiro de la tierra
rasgó el profundo bostezo,
es la pavorosa cueva
del bárbaro Polifemo.
Dentro música y golpes de martillo.
Y según de aquí se deja
percibir distante el eco,
en ella cantan labrando
el feroz, el duro, el terco
metal, que a golpes de injurias
va su rudeza puliendo.
A ella camine a lograr
hacerle airado instrumento
de mis iras, pues si adoro
a Acis, que él adora es cierto
a Galatea, y son uno
sus penas y mis tormentos.
¿Tan presto el amor en odio
has trocado?
Sí, tan presto,
porque advierta el enemigo
tirano de mi sosiego,
que instantes de ofensas labran
siglos de aborrecimientos,
y así con razón por ambos
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tirano de mi sosiego,
que instantes de ofensas labran
siglos de aborrecimientos,
y así con razón por ambos
dice este tenaz estruendo.
Al aire de los suspiros...
Vase, y descúbrese la fragua en que Polifemo está labrando un tridente dorado y dos cíclopes.
Vive, Galatea,
pues amor me ha hecho
de tu hermosa ira
infeliz objeto.
Ay, tirano dueño,
más duro que el bronce
es tu ingrato pecho,
pues lo que le ablando y no te enternezco.
Como a heroica reina
del marino imperio
te labró el tridente
que será tu cetro. Ay, tirano dueño.
Muévan te mis ansias,
y al que monstruo fiero
vio la selva airado,
póstrale halagüeño. Ay, tirano dueño.
Viva Galatea y recobre
las aras que Polifemo
intentó usurparle. Viva.
Hola, cíclopes, ¿qué es eso?
Sale Acis.
Yo te lo diré bien como
apasionado y afecto,
más a tu culto que cuantos
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apasionado y afecto,
más a tu culto que cuantos
dan a su bajeza inciensos.
Esto es que inconstantes, rudos,
bárbaros, torpes y ciegos,
esos trinacrios aleves,
juzgando que hallan pretexto
bastante a que hayas cedido
a indigna deidad tu templo,
con júbilos y con fiestas,
detestando y aboliendo
tu adoración y tu aplauso,
llevan con triunfal obsequio
a su templo a Galatea,
a tiempo que por no verlo
dejó su bárbara tropa,
y a darte el aviso vengo
para que vista tu injuria
satisfagas tu desprecio.
Acaudilla, oh generoso
hijo del mar, el soberbio
escuadrón de tus valientes
adustos cíclopes fieros,
y saliéndoles al paso,
no quede...
Ten el acento.
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¿Quién te ha dicho que me ofende
acción en quien intereso,
a costa de mi baldón,
labrarme un merecimiento?
Suene en buena hora el aplauso
de Galatea: el primero
he de ser yo que porfiera
del carro de su trofeo
vaya aumentando a sus plantas
triunfos de amor y de Venus.
¿Eso dices?
Esto digo,
y porque salir pretendo
a darla la enhorabuena
más pulido o menos fiero...
Vase vistiendo como dicen los versos.
Suceda al gastado yunque
el blando guante; al tremendo
nudoso árbol, armas mías,
delicado bastón tierno.
Y por consultar si el rostro
lleva algún borrón grosero
del afán de mi tarea,
mancha que ha escupido el fuego,
mientras el pelo matizo,
que hasta aquí fue sin aseo,
negro impenetrable lima
del escollo de mi cuerpo,
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servidme, cíclopes míos,
dadme ese cóncavo espejo,
que en quien a ser galán pasa
desde monstruo no es bien hecho
que haya de entrar asustando
lo que ha de adular sirviendo.
Corrido estoy, fiero joven,
de que en ti pueda un afecto
más que una naturaleza.
Si no has amado en extremo,
no culpes lo que no sabes.
Sale Tisbe y Doris.
No parece que a mal tiempo
he llegado; mas ¿qué miro?
¿Qué espectáculo tan nuevo?
No vi gala tan corrida.
Está el gigante, por cierto,
para tarasca barbuda,
hecho un ángel del infierno.
Hasta que se quede solo
llegar a hablarle no quiero.
¡Viva Galatea, viva!
Ya después que fenecieron
la religiosa función,
dando la vuelta a este puesto,
parece que se encaminan
con mayor atrevimiento,
pues pasando por delante
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de tu habitación es cierto
que es por darte mayor pena.
Daránme el mayor contento,
y puesto que prevenida
la ofrenda a su deidad llevo,
aquí esperemos.
¿Qué miro?
Tisbe, entrambas nos mezclemos
en esta tropa que llega.
¿Para qué?
Sabráslo luego;
al ver que van en mi favor
llega ese coro diciendo.
Ciérrase el foro de la fragua. Retírase Polifemo, y en dos fuentes llevan los cíclopes el presente y los aromas; y sale Galatea en un carro, y bailan zagales y zagalas.
Estos dulces cánticos
que repite el céfiro,
cuando el templo máximo
vuelve al primer término,
cláusulas son, Galatea divina,
júbilos son que a tu culto ofrecemos.
Vuelva a tu dominio, deidad,
el altar supremo,
y quien venció almas, mármoles,
domestique bellos.
Que estos dulces himnos,
que estos blandos versos,
cláusulas son.
Cobra en tus aromas, délfica,
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el ardor sabeo,
que en festivas nubes trémulas
ilumina el viento.
Que estos dulces himnos,
que estos blandos versos,
cláusulas son.
Y el jayán maldito sátiro
de este bosque ameno,
sin altar ni culto quédese
para chuchumeco.
Que estos dulces cánticos,
que estos blandos versos,
Llega Polifemo.
cláusulas son, Galatea divina,
de adoración que te da Polifemo.
¡Qué asombro!
¡Qué espanto!
Huyamos.
¿Adónde vais? Deteneos,
villanos.
Ay, que yo dije
mucho mal dél, y el primero
he de ser a quien engulla.
Polifemo, si tú mesmo
mandaste restituir
a Galatea su templo,
no culpes ver que nosotros
Suspende, anciano indiscreto,
Pag. 47
si temor. Volved, tinacrios,
volved a ver en mi aspecto
cuando de paz más que de guerra
os he salido al encuentro.
¿No veis vestido de gala
al que visteis, poco tiempo
ha, con feroces adornos,
hacer pompa lo sangriento?
Pues si esto que se le luce
es afeite.
Ya en mi pecho
trocó el amor las costumbres.
¡Qué oigo, ansias!
Ya os agradezco
de parte de Galatea
su aplauso y mi menosprecio,
y porque veáis que quien
sigue vuestro propio ejemplo
no culpará vuestra acción,
recibe, oh numen supremo,
de Tinacria el holocausto
que ante tu deidad ofrezco.
Y este dorado tridente,
labrado al tizón violento
del yunque de mi brazo,
te dedico, porque siendo
emperatriz de las aguas
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te sirva precioso cetro,
estas aromas que antes
lágrimas de troncos fueron,
que yo mismo fui enjugando
al ir sus venas hiriendo,
admita el gran sacerdote
tuyo para que en el fuego
de tu hoguera mis suspiros
copien, y exhalando al viento,
al influjo de tus soles,
los humos.
Baja del carro.
Ten el acento.
Ay de mí, si Galatea
no satisface mis celos.
Quiera amor que su desaire
facilite mi deseo.
Monstruo en quien ha sobrado
lo humilde y lo rendido,
pues es forzoso ser aborrecido;
culto que asombra aun solo imaginado,
¿cómo, cómo has juzgado
obsequio o beneficio
un horror que parece sacrificio?
Nada admito de ti, nada deseo
a vista de la dicha en que me empleo.
Cielos, por mí lo dice.
Que no ser infelice
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con tu vista horrorosa,
y porque me imagines más piadosa.
Oh feliz yo, pues enmendó mi daño.
Oye en esta expresión tu desengaño.
Cielo ha de ser el mar,
mar el cielo ha de ser,
el incendio ha de helar,
la nieve arder,
primero que logras
tu fino proceder,
que pueda yo estimar
horror que he de olvidar y aborrecer.
Cielo ha de ser, etc.
Hace que se va.
Me aguarda, escucha, espera.
No hagáis caso de sus ecos,
volved a cantar, villanos.
Por Dios que ha quedado fresco.
Entonad en dulce elogio.
Decid en festivo acento:
viva Galatea.
Viva,
al valle, a la cumbre, al puerto.
Estos dulces cánticos
que repite el céfiro, etc.
Con esta repetición se entran todos menos Doris.
¿Qué es esto que me sucede?
Ira, cólera, despecho,
furor, injuria, venganza.
Pag. 50
Ahora llegó a buen tiempo.
Un obsequio tan rendido,
un tan noble rendimiento
merece un público ultraje.
Sí, cuando es otro misterio
quien le motiva.
¿Qué dices, Doris?
Que a tus sentimientos
aun le falta otro dolor
que añadir.
Mal hay más fiero
que aborrecimiento amando.
Mayor pena hay, pues hay celos.
¿Celos?
Sí.
Ay de mí infeliz,
que áspid esa voz me ha muerto.
Galatea enamorada
de un pastor que iba encubierto
en esa tropa por darle
satisfacción.
Dilo presto.
Te ha desairado a su vista.
Otro logra lo que pierdo,
otro alegre de que yo
quede rabiando, otro afecto
dichoso, y yo desdichado.
Pag. 51
Dime quién es, porque ciego
vuele en su busca a que alivie
con su muerte mi tormento.
Interesada en tu enojo
acompañarte prometo,
pero no a que le des muerte;
quísele, aunque le aborrezco,
y no he de ser yo cruel
porque él sea desatento.
Pues ¿a qué he de ir?
A impedir
su cariño con su miedo.
Yo te ofrezco no matarle,
pero tu arbitrio admitiendo,
sepultar su amor sabré
donde no exhale un pequeño
suspiro.
Eso es lo que basta.
Galatea, pues has hecho
de un esclavo un enemigo,
yo vengaré mis desprecios.
Vanse y sale Glauco con casaca parecida a la de Acis.
Al ameno silencio
de este frondoso valle,
a quien sirven de espejos
marítimos cristales,
pretendo, amor, quejarme
de ver que valga en ti para la pena
Pag. 52
razón que para el mérito no vale;
apenas el enero
desnuda el verde lauro,
ay abril que le vista
de esmeralda flamante,
y solo en mí no cabe
que el tiempo mude ni la pena falte.
El arroyo que el hielo
en transparente cárcel
enmudeció suspenso,
ya alegre vuela al valle,
y solo en mí no cabe
que el yelo rompa de un desdén constante.
Todo, amada Doris,
debe a tus piedades
flores, astros y plantas,
matices y celajes,
y solo en mí no cabe
que el sol despierte y el aurora raye.
Ay de mí.
Al paño Doris.
Como tan cerca
el bosque estaba, avanzarme
quise, espía de mis celos,
a penetrar su paraje,
haciendo que Polifemo
a la entrada de él me aguarde
Pag. 53
para que, en siendo ocasión,
llegue; pero el paso errante
suspende atención, que un joven
advierto, y si las señales
distingo bien, aunque tiene
vuelto el rostro a la otra parte,
pues en busca de Acis vengo,
sin duda he dado con Acis.
Sí, que este rumbo siguió
aquel que de los zagales
dejó la tropa.
Ay, divino
motivo de mis pesares,
ay, Doris.
Pero ¿qué escucho?
A mí me nombró al quejarse.
Solo tú el arbitrio eres
de mis bienes y mis males.
¿Qué es esto, corazón mío,
que fuera que le buscase
mi cólera desatento
y le halle mi dicha amante?
¿Qué haré yo, enojado dueño,
por vencerte y obligarte?
Hasta el eco de la voz
es suyo, y como ya sabe
que estoy celosa, sin duda
Pag. 54
habla conmigo en dictamen
de darme satisfacción.
Bien hubiera mi coraje
quedado si a Polifemo
fuese.
Basten ya, basten
tus iras, amada Doris.
Ya cesan, querido Acis,
cuando digo. Pero ¿qué miro?
Vuelve Glauco.
Prosigue, bien empezaste,
ingrata enemiga mía,
pasa, pues pasa adelante,
que aunque Acis no soy, soy quien
logrará desengañarse
de que tus desdenes de otro afecto nacen
que el de ser esquiva, pues eres mudable.
¿Posible es que no conoces
(forzoso es asegurarle
de su sospecha) que en mí
ha sido el descuido arte?
Arte.
Pues no lo discurres.
Al paño Acis.
Después que pude alejarme
de aquella tropa, por si
acaso del bosque sale
Galatea al llano, vengo,
Pag. 55
Pero Doris y su amante
Glauco hablando en este sitio;
haga pues curioso examen
de lo que tratan.
Y es cierto
eso a que me persuades.
Por ver si te daba susto
que ese villano nombrase,
ese frenético risa
de estos montes y estos valles
llegue invocándote.
¿A quién será a quien con tanto ultraje
trata Doris?
Que Acis nunca
mereció en mí que le trate
de otra suerte, y si tú Acis fueras,
Glauco, no estuviera en Acis
tan natural mi adversión.
Qué buen modo de enmendarte,
pues no nombrarle prometes
y no cesas de nombrarle;
y así, pues más la disculpa
irrita que persuade,
por vencer la duda sabrá mi coraje
hacer que su vida tu equívoco pague.
Detente, Glauco.
¿A qué fin?
Pag. 56
Deja que vaya a matarme.
Es verdad, porque con solo
tu muerte se satisfacen
mis agravios.
Y los míos,
que en este punto expresaste
que son.
Son correspondencias
de todas tus falsedades.
Pues porque veas que aun cuando
me maltratas agradarte,
bella Doris, solicito,
parte tú en su busca, parte,
mientras me quedo esperando
a Galatea en el margen
de estas ondas, donde ofrezco
que interponga mis afanes,
mis finezas, mis suspiros,
con su deidad, porque afable
a su hermano desenojes
y dél el perdón te alcance.
No vayas con susto.
Aleve,
tirano, cruel, infame,
espérala en hora buena;
mientras, no a lo que pensaste
iré yo, sino es de hacer,
ya que a los celos añades
las ofensas, que conozcas
que mujer celosa es áspid.
Pag. 57
que no hay flor que no inficione,
que no hay planta que no abrase.
Vase.
Qué poco a asustar llega
esa ira, esa cólera, ese amago
a una pasión que ciega
a precio de su ruina ama su estrago.
Esa furia es halago,
ese horror es dulzura,
en sabiendo hay amor que hay hermosura,
para quien mi tormento
es lisonja por ser merecimiento.
Aunque contra mí indignado
toque al arma tu desvío,
no me da mi amor cuidado,
que un afecto peregrino,
asustado,
desdeñado, maltratado,
sabe idolatrar más fino.
Sale Galatea.
Es verdad, Acis mío, lo que expresas.
Ay bien de mi albedrío,
¿no está tu corazón bien satisfecho
habitando en la esfera de mi pecho
de lo que el pecho siente?
¿Cómo has sufrido tanto estar ausente?
Pag. 58
de mis amantes lazos,
por volver a tus brazos,
y como al sol después de noche fría
gozar ansioso el rosicler del día.
Siéntase Galatea en un peñasco y Acis se recuesta en su regazo.
Ninfas alegres del vago cristal,
venid y en mis brazos al alba veréis,
tejedle coronas de rojo coral,
y en dulces cuestiones al bien de mi mal
con solo finezas le divertiréis.
¿Cuál mayor ventura ha sido?
La de amor correspondido.
¿Cuál es más dichoso estado?
El de un afecto premiado.
Alerta, cuidado, deseo rendido,
no con un olvido por ser confiado
en dicha y agrado te robe Cupido.
La de amor correspondido,
el de un afecto premiado.
Alerta, cuidado, deseo rendido.
Tanta es, Galatea hermosa,
la pasión que a ti me inclina,
que por anhelar más fina
quisiera no ser dichoso,
pero ansioso,
por tu piedad generosa,
de las dichas ha adquirido
la de amor correspondido.
Pag. 59
Tanto te adoro, bien mío,
que no basta el que poseo,
y de mi nuevo deseo
se va haciendo otro albedrío
en el mío,
que sin temor de un desvío
de sus bienes le haya dado.
El de un afecto premiado.
Salen Doris y Polifemo.
Pues de las sonoras voces
atraídos nos hallamos,
Polifemo, donde veas
tus celos al primer paso.
Aquel es Acis y aquella
Galatea.
Aguarda un rato,
porque a vista de mi injuria,
Doris, es mi enojo tanto
que creo, habiéndote dado
palabra de no matarle,
que sin hacerle pedazos
no he de cumplir con mi enojo.
Tú me ofreciste, bizarro,
sepultar la pasión suya,
mas no matarle, y me valgo
de ti mismo.
¡Oh pese a quien
ofrece! En volcanes ardo.
Pag. 60
lo que ha de cumplir muriendo.
Qué dulcísimo descanso
es este. Dueño querido,
perdona si entregado
pago a expensas de dormido
costumbres de confiado.
Como alivio tuyo sea,
duerme, mi bien, que entretanto
yo sabré guardarte el sueño.
Cantad, nereidas, tan bajo
que sea arrullo aquel rumor
que diga:
Alerta, cuidado,
deseo rendido, etc.
Sale Polifemo.
Pausad las indignas voces,
testigos de mis agravios.
Ay de mí infeliz, despierta,
Acis.
Cielo soberano,
¿qué es esto?
Espera, enemigo
dichoso, que un desdichado
vengar en ti sus desaires
pretende.
Huyamos
del furor de Polifemo.
Mientras quedo en tu resguardo
Pag. 61
a ver si templarle puedo.
Sigue esa senda, adorado.
¿Dejándote al riesgo?
Estando el mar tan cercano,
en él tomaré el asilo.
Con tal seguro.
A villano.
Guardaré mi vida.
Vase.
¿Qué importa si yo, formando
de las cimas de los montes
escalones a mis pasos,
tan presto te alcanzaré
que pueda?
Si valen algo,
Polifemo.
Quizá, aleve,
las lágrimas que derramo
contigo.
A vil ponzoñoso
cocodrilo que llorando
me das muerte.
Buena aprisa.
Sino que ha tomado
gran ventaja tu enemigo.
¿Qué te importa a ti su daño?
Tanto como a ti su vida.
Mira, advierte.
Pag. 62
más airado
viéndote llorar por otro,
te advierto.
¿Qué?
Que es en vano
que me intente hallar de cera
la que para mí fue mármol.
Vase.
Ay de mí, tú que con él
parece que puedes algo,
sigue sus huellas.
Sí haré,
pero será a que aumentando
su coraje de una vez
vengue las iras de entrambos.
¿De entrambos?
Sí, pues celosa
de Acis es interesado
también mi enojo en que nunca
puedas gozar de su halago.
Vase.
Solo me faltaban celos
sobre ansias y sobresaltos;
pero no es tiempo, dolor,
aunque todos conjurados
contra mi amor se acaudillen,
demás que de ir avisando
a Acis que huya, pues la fuga
solo puede ser su amparo.
Pag. 63
diciendo mi voz y el coro
eco del céfiro vago:
Huid de las iras del monstruo indignado.
Huid de las iras, etc.
Que Polifemo arrancando los montes,
Que Polifemo, etc.
las fieras hiriendo, los bosques talando,
Las fieras, etc.
es animada borrasca del soto,
viviente huracán de su verde océano.
Es animada, etc.
Salen huyendo Momo y Tisbe.
¿Qué demonios es esto
que anda en la selva?
El gigante que tose,
pues todo tiembla.
Pero tú tan medroso
¿de qué te afliges?
Ay Tisbe, que no hay miedo
que no me atisbe.
Cierto que con los restos
de tanto coco
el nombre se te pasa
de Momo en mono.
¿Te parece que es bella
gigantería
tener un hombre asomos
de almondiguilla?
Pag. 64
Claro está que a un bocado
tragarte es fuerza.
Este usté muy alegre
con esa nueva.
Tú serás la postrera.
¿Por qué, taimado?
Porque siempre es de postres
el manjar blanco.
Pero ay Dios, que el estruendo
se acerca y crece.
Aun yo no acierto a hallarme
para esconderme.
Acis viene corriendo
por esta parte.
Bien sabe Acis en eso
lo que se hace.
Polifemo le sigue
y a cada tranco
atraviesa una selva.
Miren qué paso.
Que Polifemo arrancando, etc.
Sale Acis.
¿A dónde, infeliz destino,
podrá huir quien en sus hados
trae consigo sus desdichas?
Este miedo es primo hermano
del nuestro.
Llámale tío, que bien puede.
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Oh villanos,
si os compadece una vida
que el cielo persigue tanto,
decid a dónde podré
esconderme del presagio
con que me amaga mi estrella.
Los dos andamos buscando
lo mismo, y en este sitio
ni gruta, choza, ni árbol
hay que os encubra.
Espera,
que en vano intentas de un rayo
esconderte.
Ay de mí triste,
que allí impidiéndome el paso
blancas rocas, que en el mar
calzan el pie de alabastros,
y aquí pelados escollos
hacen a mi sobresalto
la fuga imposible.
Y digo,
visita está en palacio.
¿A dónde estamos nosotros?
Sale Polifemo.
Ya di contigo, villano,
ahora mal podrá tu fuga
preservarte de tu estrago.
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Ya que no hay otro remedio,
corazón, misterio hagamos
la necesidad; ¿quién, monstruo,
te dice que mi bizarro
espíritu huye de ti?
Si hasta aquí te fui guiando,
fue porque no hubiera quien
el combate a que te llamo
estorbase estando solos.
Déjame, mi enojo a un lado,
reír de tu presunción;
vienes mi furia temblando
y ahora dices que a la lid
me incitas.
Llega a mis brazos,
y de quien quedare vivo
sea el divino milagro
de Galatea.
Infeliz,
miserable, afeminado
pastorcillo, aunque pudiera
en átomos mal formados
esparcirte por el viento
al primer impulso, he dado
palabra de no matarte
sino solo...
Ay, que dio un paso.
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Yo me coso con la tierra.
Malditos sean mis labios
si chistaren.
Sino es solo
sepultar tu enamorado
afecto, y así cumpliendo
con mi palabra y mi agravio,
para que, bárbara urna,
te oprima, este escollo arranco
de su asiento.
Terremoto al arrancar la peña.
Ay infeliz.
El cielo se viene abajo.
No es nada la fuercecilla.
Y sobre tu delicado
cuerpo, aunque no sea bastante
Bárbaro, cruel tirano.
a quitarte de improviso
la vida, el irla prensando
tu bulto hasta que un suspiro
en el último desmayo
acredite que he cumplido,
supuesto que no te mato,
sino tu pasión sepulto
del mejor modo que alcanzo.
Échaselo encima. Vase.
Galápago racional
deja hecho al pobre muchacho.
Vamos a gritar que vengan
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a favorecerle.
Vano.
No, espera que yo,
venciendo este desusado
peso,
Sale Galatea.
Hacia aquí alcancé a verlo.
podré; mas ay desdichado,
que la tenaz pesadumbre
de este invencible peñasco
no me deja.
Acis querido,
¿qué es esto?
Ay dueño adorado,
ay Galatea, porfía,
a ver si puedes luchando
apartar de sobre mí
este peso, que postrado
va mi vida.
Es imposible
que alcance mi esfuerzo a tanto.
Pues ya que tengo la dicha
de que oprimido a su basto
rigor me deje el aliento
a tu vista y en tus brazos,
cisne he de ser que despida
su amable vida cantando.
Oh quién en tanto dolor
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lograse un pecho de mármol.
Quédate en paz, oh divina
Galatea, que los hados
que me usurpan lo que vivo
no podrán lo que idolatro.
Eterna el alma y eterno
el amor que te consagro
llevo conmigo; pues yo,
mas ay, que al fiero obstinado
temor que me ahoga va
tan poco a poco faltando
la voz que del eco quiere
formar otro acento el labio;
y el paroxismo, el delirio,
el frenesí y el letargo,
que no pudiendo, aunque más
forcejo, aunque más batallo,
resistir a lo que siento
me sofoca lo que hablo.
Adiós, mi bien.
Ve, espera,
que pues aún no me ha faltado
en tu postrero suspiro
mi última esperanza, aguardo
vencer mi airado destino.
Númenes del mar sagrado.
¿Qué intentas, qué quieres?
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tal que el dueño que amó,
pasando a deidad del frío elemento,
en tálamo trueque el túmulo infausto.
Así lo otorgamos,
y en río que de Acis el nombre no pierda,
el golfo le admita en sus amados brazos.
Para en una tramoya y se ve el peñasco que brota un río, y Galatea en él.
Ya venturosa hermana,
Neptuno se ha dignado
de que viva tu amante,
que tanto amor merece premio tanto,
y de las rudas entrañas
de ese adusto peñasco
Acis, ya convertido,
camine al mar en río desatado.
Y pues enjuga el cielo
con cristales tu llanto,
oye festivo el coro
repetir de tus dichas en aplauso.
Así lo otorgamos.
Así dichoso, ya desvanecido
el decreto del hado,
tanta felicidad has conseguido
que al día más del orbe celebrado
tu fábula o tu historia
es aplauso en placer de tanta gloria.
Si el triunfo que ama
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veloz la fama
con bronce aclama,
pues le posee, goce
que de la España
la mayor gloria
será la hazaña
de su memoria,
cuando en Filipo su aliento emplee,
goce fiel triunfo.
Cúbrese sitio. Salen todos.
Las dulces voces sonaron.
¿Qué prodigio es el que a todos
está el aire publicando?
Es mi noble triunfo, y lleno,
pues ya dejo sepultado
mi agravio. ¿Qué miro?
Miras mi dicha y tu engaño.
Corrido de que los dioses
me afrenten así tiranos,
por no ver que haya dichoso
que goce lo que yo amo,
desampararé la isla,
siendo viviente naufragio
de las ondas, pues a pie
penetraré sus espacios.
Recibe, golfo, otro golfo
de saña y sobresaltos
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en tus húmedas cavernas.
Anda con seiscientos diablos.
Doris, el cielo dispone
premies el amor de Glauco.
A quien ha sabido amar
generoso, atento y cauto,
para premiar su esperanza
es corto premio mi mano.
Festejemos tanta dicha,
como libres del espanto
de Polifemo adquirimos.
Toca esos huesos, taimado.
Es verdad, no me acordaba
que era forzoso casarnos.
Diciendo, pues, a tal día
se debe el más soberano
elogio.
Viva quien hace
siglos de dichas sus años.
Y a sus laureles de palma y oliva
orlas formando de regio esplendor,
Marte le rinda gloriosos trofeos,
triunfos la fama y reflejos el sol.
De María Luisa y Luis los abrazos
dulces coronen al héroe mayor,
porque la dicha más noble del uno
es la fineza inmortal de los dos.
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Para que de Acis y de Galatea
dé fin la hermosa festiva invención,
todos diciendo que reine Filipo,
siendo su cetro coyunda de amor.
Fin.
