Hombre
Figura central de la obra, deudor universal que representa a la humanidad caída, apresada por el pecado, juzgada por sus culpas y finalmente redimida por su fiador.
Francisco de Rojas Zorrilla
Date de publication du résumé: 18 juin 2026
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Citation suggérée
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un marco alegórico y atemporal de juicio espiritual, el Hombre es apresado fuera de la Iglesia por el Pecado y el Tiempo y conducido a una cárcel por las deudas que mantiene con Dios y con otros acreedores simbólicos. La acción principal pasa al tribunal del Poder divino, donde Dios, la muerte, la tierra, el cielo y Luzbel presentan sus reclamaciones, y donde la sentencia declara que el Hombre no puede pagar por sí mismo ni hallar fiador humano suficiente. Tras ser liberado provisionalmente por Emanuel, el Hombre recae en la hermosura y el deleite, pero finalmente su fiador paga con su propia pasión y muerte, cancela la deuda y le devuelve el acceso a la vida y al perdón.
La obra comienza con la prisión alegórica del Hombre por parte del Pecado y del Tiempo, después de haber salido de la nave de la Iglesia y de haber olvidado la memoria de su estado. Ambos le comunican que ha sido apresado por deudas contraídas con Dios y que la ejecución alcanza tanto a su persona como a sus bienes, que ya se hallan consumidos o embargados por el propio pecado. El Hombre intenta defenderse con diversos argumentos: desea hablar con Dios, discute que el alma deba quedar obligada con el cuerpo, alega la libertad de la voluntad y aun presenta un mandamiento de amparo fundado en la nobleza de su origen divino. Nada de esto basta, porque se trata de una deuda debida al Rey supremo. Finalmente es encerrado, y su situación se formula como un gran pleito espiritual en el que comparecen sus acreedores ante el tribunal del Poder divino y de la Justicia.
En la sala del juicio se presentan como acreedores Dios, el cielo, la tierra, la muerte y Luzbel en nombre del pecado. El Hombre, desamparado y temeroso por la ausencia inicial de la Misericordia, recusa al Poder por considerarlo inclinado al rigor, y pide que el juicio se complete con una instancia más favorable; el Poder acepta nombrar por acompañado al Amor. A partir de ahí se examinan las reclamaciones: la Justicia recuerda los grandes castigos divinos de la historia sagrada como prueba del rigor legítimo de Dios; el cielo exige gratitud por la luz recibida; la tierra reclama haber sustentado materialmente al hombre mientras este la ha explotado y maltratado; y se debate también el derecho de la muerte y del demonio. Oídas las partes, la sentencia establece un orden de pago: primero a Dios, después a la muerte, luego a la tierra, más tarde al cielo y, solo si el hombre permanece obstinado, a Luzbel. Como nadie en el mundo puede salir fiador suficiente, el Hombre queda preso hasta que aparece un fiador esperado por la profecía y la esperanza cristiana.
Ese fiador es Emanuel, Dios y hombre a la vez, que responde al llamamiento del Hombre precisamente cuando este lo invoca con el nombre de hombre. Emanuel se obliga por escritura a pagar en un plazo de treinta y tres años las deudas del Hombre con Dios, la tierra y la muerte, y consigue su liberación. Sin embargo, el Hombre, ya fuera de la cárcel, vuelve a distraerse con Hermosura, Deleite, el Tiempo y el Pecado, que lo engañan con flores y juegos que representan las edades de la vida y la fugacidad de los bienes mundanos. Cuando la Justicia le advierte de que el plazo de su fiador se cumple, el Hombre no quiere apartarse del pecado ni agradecer el beneficio recibido. Entonces se representa el pago de Emanuel: acepta ser llevado a prisión, afronta la muerte y satisface con su pasión y muerte la deuda del hombre, hasta el punto de cancelar la escritura y otorgarle perdón. Al final, además de perdonarlo, le abre el acceso al jardín de la vida mediante la cruz, el dolor y su propia pasión, de manera que la obra concluye con la redención del Hombre y con una proclamación de gloria divina y paz para la humanidad.
Figura central de la obra, deudor universal que representa a la humanidad caída, apresada por el pecado, juzgada por sus culpas y finalmente redimida por su fiador.
Fiador del Hombre y figura explícitamente divina y humana a la vez; asume las deudas del protagonista y las paga mediante su pasión, prisión y muerte.
Acreedor y captor del Hombre, responsable de su caída, de la pérdida de sus bienes espirituales y de su permanencia en la cárcel moral.
Compañero del Pecado en la prisión del Hombre, escribano del pleito y fuerza que muestra el transcurso de la vida y el vencimiento del plazo concedido al fiador.
Instancia judicial suprema que preside el proceso en nombre de Dios, escucha las alegaciones y participa en la determinación de la sentencia.
Figura judicial que expone los fundamentos del castigo, recuerda los precedentes bíblicos del rigor divino y ejecuta la obligación contra Emanuel y contra el Hombre.
Acompañado del Poder en el tribunal; inclina el proceso hacia la salvación al aceptar la lógica del pago redentor sin negar la deuda.
Acreedora material del Hombre, a quien acusa de haberse sustentado de ella mientras la explota, hiere y agota sus bienes.
Representante demoníaco que reclama en nombre del pecado y busca que, si el Hombre no paga ni se enmienda, quede definitivamente bajo su poder.
Fuerza de seducción mundana que, junto con Deleite y Pecado, contribuye a que el Hombre olvide su deuda y se aparte de la advertencia de la Justicia.
Personificación del placer sensible que distrae al Hombre tras su salida de prisión y favorece su nueva inclinación al error.
Espacio central del auto, donde se ventila el pleito de acreedores, comparecen las partes y se dicta la sentencia sobre las deudas del Hombre.
Lugar de reclusión alegórica al que es llevado por el Pecado y el Tiempo y del que solo puede salir mediante la fianza de Emanuel.
Ámbito de protección espiritual del que el Hombre ha salido al comienzo, hecho que permite su captura y desencadena toda la acción judicial.
Espacio material de la existencia humana y también acreedor personificado; funciona como lugar de sustento, trabajo, abuso y deuda corporal.
Lugar de distracción mundana en el que Hermosura, Deleite, Tiempo y Pecado engañan al Hombre mediante símbolos de las edades de la vida y de la fugacidad.
Espacio final de restauración y acceso a la salvación, abierto al Hombre tras el pago de Emanuel y vinculado a la cruz, el dolor y la pasión.
La acción entera muestra cómo el Hombre, incapaz de pagar sus deudas por sí mismo, solo puede salvarse gracias a la intervención y al sacrificio de Emanuel.
La culpa del Hombre se expresa como un pleito de acreedores en el que debe responder ante Dios, la muerte, la tierra, el cielo y el pecado por los bienes recibidos y malgastados.
El auto enfrenta la prisión causada por el Pecado con la liberación que llega por el Amor, la piedad y el perdón divino.
Las flores, la hermosura, el deleite y la intervención del Tiempo subrayan que la infancia, la juventud, la belleza y el placer son pasajeros y pueden apartar al Hombre de su obligación principal.
La obra insiste en que Dios es justo y exige satisfacción, pero también misericordioso, de modo que el castigo no anula la posibilidad del perdón y de la enmienda.
Aun después de ser fiado y liberado, el Hombre vuelve a dejarse arrastrar por el pecado, lo que acentúa la gravedad de su flaqueza y la magnitud del amor que lo rescata.