La obra se abre con el asedio de Buda por las fuerzas otomanas mandadas por Escanderbey, gran capitán y privado del sultán Amurates. Cuando la ciudad húngara está a punto de rendirse, una joven cristiana, Cristerna María, se presenta sola ante el vencedor para defender los umbrales de la plaza. Ella se identifica como hija de Teodoro Castrioto y descendiente de los príncipes de Albania; cuenta que su padre, nombrado gobernador de Buda, murió en la defensa de la ciudad y que, en memoria de su linaje y de la honra de Hungría, ha resuelto morir antes que consentir una rendición deshonrosa. Escanderbey, admirado por su valentía y movido por una inclinación que no acaba de comprender, renuncia a completar la conquista y devuelve Buda a sus habitantes, atribuyendo a la hazaña de la joven la restauración de la ciudad. Desde ese primer encuentro queda establecida una relación decisiva entre ambos personajes, fundada en la admiración, la deuda y una afinidad de sangre que todavía no se declara plenamente.
La acción se traslada luego a Constantinopla y al serrallo de Amurates, donde se muestra el extraordinario favor de que goza Escanderbey, albanés criado desde niño en la corte otomana y elevado a visir por sus victorias. Ese ascenso provoca la envidia de eunucos, bajás y cortesanos, mientras un cautivo español, Laín de Toledo, y el viejo jardinero Alberto observan y comentan la situación. Alberto, que llora desde hace veinte años su cautiverio, deja entrever que el origen de Escanderbey es más alto de lo que se cree. Amurates recibe al visir con muestras de afecto excesivas, pero un aviso anónimo en forma de flecha le previene contra el favorito y despierta en él sospechas de traición. Desde ese momento se alternan los extremos del amor político y del recelo: el sultán llega a creer, mientras duerme, que Escanderbey pretende matarlo, y lo humilla llamándolo esclavo villano; sin embargo, no puede prescindir de él. La fidelidad del héroe se confirma de manera pública cuando doma a un león en el serrallo y cuando defiende a Cristerna, llegada a la corte para desafiar a quien haya manchado su honra. La joven húngara, agradecida por la merced recibida en Buda, se presenta en palacio para sostener la lealtad del visir; Ceylán, eunuco poderoso y rival del privado, intenta apartarla y acrecentar los celos de Amurates, enamorado a su vez de la cristiana. En medio de esas tensiones cortesanas, Escanderbey refiere a Cristerna visiones religiosas y sueños inquietantes que anuncian una verdad oculta sobre su identidad.
El núcleo de la revelación llega cuando Alberto, cautivo albanés y único superviviente de los que fueron llevados a Constantinopla tras la caída de Albania, descubre a Escanderbey su verdadero origen: no es un simple esclavo otomano, sino Jorge Castrioto, hijo de Juan Castrioto, último rey o príncipe soberano de Albania, arrebatado de niño por Amurates y criado en su serrallo como rehén. Cristerna resulta ser además su prima. La noticia, unida a las visiones de signo cristiano y al recuerdo de su patria sometida, transforma por completo al protagonista, que recupera su nombre, su fe y su obligación dinástica. Amurates, ignorando aún el alcance de esa mudanza interior, le manda sofocar una rebelión en Albania y le ordena embarcar con una gran armada, acompañado por el traicionero Ceylán y por cautivos cristianos convertidos en tropa, entre ellos Laín. Ya ante Acroya, Escanderbey abandona la obediencia otomana, se dirige a los albaneses desde el pie de la muralla, declara públicamente que es Jorge Castrioto y llama a su pueblo a restaurar el reino y defender la fe cristiana. La ciudad lo reconoce; Carlos de Sicilia acude en su apoyo; Ceylán es derrotado, y las fuerzas turcas quedan rotas por tierra y mar. La primera parte concluye con la victoria inicial de Jorge Castrioto, la esperanza del desposorio con Cristerna y la promesa de proseguir la guerra contra el poder otomano hasta asegurar la libertad de Albania.