à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Venganzas hay si hay injurias. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/venganzas-hay-si-hay-injurias.
Vv - 77
+
Bo Sor 6
Comedia
intitulada
Venganzas hay si hay injurias Original de Alfonso de Batres.
Comedia intitúlase Venganzas hay si hay injurias de Alfonso de Batres.
El Duque de Milán. Fadrique. Alejandro, galán. Casandra, dama. Isabela, dama. Rosaura, criada. Federico, padre de Alejandro. Rodulfo, criado. Roberto, criado. Turín, gracioso.
Salen Casandra y Isabela.
Lástima el ver a Fadrique,
más que a mí te diera, prima.
Solo a mí no me lastima
el ver que su pena explique.
Que su amor te comunique
como amiga me encargo,
y lo que más me empeño
para que por él lo hiciese
fue el ver que antes que se fuese
tú le amaste y él te amó.
Si a tu queja, o a la suya
ninguna disculpa diera,
con razón culpada fuera,
y así es bien que te concluya;
pues para que no se arguya
de mí que fácil te olvido,
digo que no le he tenido
amor, que aunque soy mujer,
si le llegara a querer,
siempre le hubiera querido.
Aun más que en lo desdeñado
me habló en lo favorecido
Si por haberme asistido,
por su gusto, enamorado,
dice que está bien premiado,
esa es paga de su acción;
pues dándole yo la ocasión
de amarme, no me enojaba,
creyendo que me miraba
solo para adoración.
Pero Fadrique será
satisfecho enamorado
que, por dicha, mi cuidado
piensa que en el suyo está,
y así quejas formará
de que rasgué su papel,
por no amarle soy cruel.
Luego sabré ser mi enemigo;
no puedo estar bien conmigo
sin que mal esté con él.
Y cuando bien le quisiera,
prima, cuando se ausentó,
viendo que no me buscó
para que yo lo impidiera,
desengañada me tuviera,
y ya le hubiera olvidado,
porque en tan necio cuidado
fuera amar la grosería.
y suele la cortesía
andar con lo enamorado.
No, Isabela, riguroso
siempre hallará mi semblante,
que no es bueno para amante
quien no embaraza quejoso;
solo amor poderoso
del Duque temo, por quien
me ofendo en mirarle bien
y en no mirarle, le ofendo;
que un poderoso, en quiriendo,
no llama honor al desdén.
Que de aprisa bien te ofendas.
El Duque, Isabela, oí
que el Duque me quiere a mí,
que su apetito le enciende;
con rigores no retienen
corazones naturales;
a mí me estará muy mal,
aunque al Duque amando ande,
que el Duque es amigo grande
de mi hermano a quien yo agravie.
Amo a tu hermano y estoy
con tu padre, y con mi tío
conservando el honor mío,
reconociendo quien soy.
Y cuando el alma le doy
a Alejandro, y él me ordena
que viva con alma ajena,
y a mi amor el suyo iguala,
si era mucho en ser mala,
y no hago nada en ser buena,
con esto pagada estoy
y de Fadrique olvidada.
Aparte.
Y yo más enamorada
de Fadrique, a quien le doy
el alma.
Y pues que soy
la misma que consideras,
ni de Fadrique las veras
me acuerdes, ni al duque, amiga.
Aparte.
No hayas miedo que te diga,
Casandra, que a nadie quieras;
no, al menos, a Fadrique
mi hermano. Viene.
En buen hora.
Sale Alejandro y Turín.
Aquí están. Bella Isabela,
¿cómo estáis, Casandra hermosa?
Buena estoy para serviros.
Tened salud, que me importa
vuestra vida.
Dios os guarde.
Y deseo hallar, señora,
que entre el morir y no veros
es la distancia muy corta.
Yo vivo de haberos visto,
Alejandro. (¡Celos, cuán dichosa
que fuera yo en mis amores
si escuchara de la boca
de Fadrique las finezas
con que Alejandro enamora!).
Pues como dentro del alma
las especies no se borran
que percibieron los ojos,
en vuestra ausencia me informan;
y así llego a sustentarme
de veros con la memoria.
Adonde estáis tan conformes,
más que conciertan, estorban
los terceros. Adiós, prima.
No quieres, mi amor (¡bien haces!),
que entre la nieve se esconda
de mis palabras mis fuegos,
sino que el silencio rompa.
Con abrasada fatiga,
el dardo el alma viene rota,
y todo cuanto enajena
con todo a quejarse animó.
Conque eres igual cuidado,
riendo se fue con prisa.
Hacéis contrato de amor,
y para él dice qué importa.
Después, conde, me hallaré,
para los envié y pésame.
Vuélvase a solas la acción,
sabe tu pasión de cuidado.
Solamente allá quedó,
porque quien te envía deudora,
por amor más te lo compra.
De ver defiende os golosa.
Quiero dejarte a solas,
porque es niño amor, y tiene
resolución vergonzosa.
Vase Isabela.
Qué discreta, qué advertida.
Permite, Casandra hermosa,
que lo que debo a Isabela,
hoy que mis dichas se logran,
con demostraciones mías
tus plantas lo reconozcan.
Primero, Alejandro mío,
deja que mis labios ponga
adonde pisan las tuyas.
Excusa esas carantoñas.
Mira, señor, que pareces,
de la suerte que enamoras,
más que galán, bailarín,
que para andar tierra poca,
antes que al extremo llegue,
se va haciendo jerigonzas,
y así es más lo que rodea
con saltos y cabriolas
que lo que va recta vía.
Vete al caso, y, pues te importa
ser volatín del amor,
en llegando a la maroma
sin torcerte a ningún lado,
pon en los fines la proa.
Notables locuras piensas.
Y tú notables tramoyas.
Mi bien, intento abrasarme,
y soy como mariposa
que esas luces galantes,
como ella su llama, ronda.
Y así en llegar me detengo.
Cuando en mi llama amorosa,
mariposa te acabaras,
dándote mi vida propia,
como fénix renacieras,
que estoy de saber gustosa
que es mi fuego de materia
que puede enmendar tu forma.
¡Oh bellísima Casandra,
sol que a desatar las sombras
de mis dudas amaneces,
siendo de ti misma aurora,
porque no pueden tus luces
deber su noticia a otras;
sola esta vez mi cuidado
tanta piedad generosa
te agradece, la primera
que tus rigores no cortan,
cuanto en mí no se defiende;
pero mi amor te perdona,
porque ofende tu belleza
con armas que desengañan.
¡Oh hermosura, cuánto puedes!
El alma, primo, te adora,
aun más que de agradecida,
de enamorada; él responda
a lo que decir no puedo
por mí el silencio, y que informan
al alma tan de improviso
tus palabras, que me estorba
la turbación de las dichas
a que mis afectos oigas.
Suplan, Alejandro mío,
donde las palabras sobran,
el silencio la fineza,
la turbación la lisonja.
Yo te estimo.
Y yo te adoro,
y ya para nuestras bodas,
Casandra, mi padre espera
la dispensación de Roma;
hará inseparable nudo
nuestra paz, unión dichosa.
Para que eterno viváis,
Alejandro, en mi memoria.
Para que el tiempo los ignore
por triunfos de sus victorias.
Hazlo, amor, pues eres Dios.
Hazlo, amor, pues que me importa.
Loco estoy.
Vase Casandra.
Y aun lo pareces,
en que nada te reportas.
¡Que te enloquezca el favor!
Sí, Turín, lo que se compra
por lo que vale un cuidado,
con tanto extremo se logra.
¡Oh, quién amado se supiera
desde que, oh Casandra hermosa,
en el umbral de la vida
pisé la primer aurora!
¡Oh, quién pudiera juntar
de muchos siglos las horas,
para amarte en un instante!
¡Y cuánto el morir nos estorba!
Ama, señor.
Pues, ¿qué hago?
Escucha y sabráslo agora.
El cura allá en mi lugar
un convidado tenía,
el cual a todo no hacía
sino comer y callar;
y tanta priesa se daba
el convidado inhumano,
con una y con otra mano,
que sin mascar lo tragaba.
«Coma, amigo», le decía
el cura, y él, no pudiendo
responder, iba engullendo,
creyendo que obedecía.
«Coma», le volvió a decir
el cura, y hecho el estrago,
le respondió: «¿pues qué hago?»,
y el cura dijo: «engullir».
Vete despacio, señor,
pues eres el escogido,
desta vez que te ha cabido
ser convidado de amor.
Turín, no puedo excusar
esta prisa de querer,
pues por más que llegue a hacer
aún me queda más que amar.
Vanse Turín y Alejandro. Salen el Duque de Milán, Fadrique y algún acompañamiento.
Después que recién venido
a Milán, Fadrique, tienes
(logrando mil parabienes)
aplausos de bien querido,
ofendes mi voluntad,
pues verte no me has dejado.
Otra vez de bien hallado
los pies, grande, me dad,
que mi voluntad procura
en ellos de Vuestra Alteza
reconocer su grandeza
y confesarme su hechura.
Abrázale el Duque.
Mejor, Fadrique, en mis brazos
estarás.
Señor, ¿qué haces?
Aparte.
De nuestro enojo las paces
y un cuerpo con estos lazos.
Y el alma, (en que ya no vengo)
darte quisiera, (¡ay de mí!)
mas de no dártela aquí
infiere que no la tengo.
¿Qué tenéis, señor?
Fadrique,
tratemos de tu venida.
Vuestra Alteza, por su vida,
su cuidado comunique,
con quien descansar podrá.
Cuéntame, ¿cómo te ha ido?
que mi amor, aunque ofendido,
de ti satisfecho está.
Pues partir sin mi licencia
pudiera tenerme airado,
mas ya lo tengo olvidado;
así hiciera mi dolencia.
España, en fin, ¿cómo queda?
Ilustre y rica, señor,
que, aunque el natural amor
hace que alabarla pueda,
yo, que en Milán me crie,
sola esta vez la vi;
lo que en ella conocí,
¿cómo negarlo podré?
Lindo cielo, hermosas damas,
las más de rostros divinos,
los ingenios peregrinos,
dignos de inmortales famas.
¿Alábaslos?
Sí, señor,
porque en España olvidados,
y tan solamente envidiados,
están ingenio y valor.
Qué le parece al que sabe
la facultad que profesa,
que en él la noticia cesa
y que en otro ser no cabe.
Pues si el ser único es gloria,
me parece que ha de ser
algo después de vencer
a quien cante la victoria,
y así a los sabios condeno
aunque a ninguno me igualo,
que tengan ellos por malo
lo que mereció ser bueno.
Fadrique, en cualquier nación
es la envidia de tal suerte
que no la acaba la muerte,
ni la vence la razón.
¡Oh, qué en vano a llevar pruebo
por otro camino el gusto!
Yo pudiera (aunque es injusto),
pues a mí sin mí me llevo.
Fadrique, ¡ay de mí!
Señor,
¿qué tenéis?
Mi mal empieza,
dejadnos solos.
Su Alteza,
¿qué tiene?
¡Ay, Fadrique! Amor.
Vanse los dos, solo Fadrique queda.
Dentro de este cuidado
tengo tanto en que entender
que lo menos viene a ser
el estar enamorado;
pues no alcanzar un favor
de lo que se quiere bien
hace gustoso el desdén
y moderado el rigor.
Aparte.
Pero estar enamorado
de Casandra, cuando esquiva
ya no es posible que viva,
tiene en otro su cuidado.
Es tener envidia y celos,
sí, esto solo puede ser
o procurar detener
el movimiento a los cielos.
La pena, señor, reporta,
menos de quejarte trata.
Solo el silencio me mata
y así descansar me importa.
¿Viste el líquido cristal
que luego que nace fuente,
desatado en su corriente,
suave lleva el raudal,
tanto que cualquiera mano
leyes a ponerle viene,
poca arena le detiene
y correr intenta en vano
a pocos pasos después,
y que manso humedece y riega,
si más caudal se le llega
mayor su violencia es?
Con que menos apacible
discurre, y pararse no deja,
corre como que se queja,
y es detenerle imposible;
así al nacer mi cuidado
cuando a los labios venía,
fácilmente le tenía
de mi silencio enfrenado;
Mas creciendo su congoja
con celos, penas, y enojos,
por la lengua, y por los ojos
precipitado se arroja;
y así al arroyo en crecer
de nada le diferencio,
pues lleva tras sí el silencio
sin poderle detener.
Ver a Casandra pretendo.
¿Cómo, señor?
En su casa,
porque el fuego que me abrasa
quiere ver donde le enciendo,
pues cuando su padre intente
esta visita culpar,
yo me sabré disculpar
por amigo, y por pariente.
Muerto soy.
Fadrique, ¡qué bien
parece que te ha pesado
de que estés enamorado!
Vase el Duque.
¡Ay adorado desdén!
Vase.
A ver a Casandra iré
con el duque, y ver mi muerte,
mas si he de morir de verte
del remedio moriré;
que siendo mi pena tal,
y no pudiendo vivir,
de tu mal quiero morir,
y no vivir de mi mal.
Salen Federico, Alejandro, Turín y Rodulfo, criado.
Alejandro, el señor sea como en espejo,
se mira un padre viejo,
en un hijo tan cuerdo, y retrata
(en poca edad) hasta la rica plata,
que en mis canas nevaron tantos años,
que es cuerdo antes de ver los desengaños.
Y de Alejandro espero,
dispensación, con que mañana infiero
que habéis de ser, en yugo el más sabroso,
de vuestra prima, de Casandra, esposo.
Señor, cuando yo obediente deba seros,
de camino que voy a obedeceros,
hallo en lo que mandáis por ser tan justo,
que en la obediencia está también mi gusto.
Y así, por lo que gano,
padre y señor, os besaré la mano.
Lo que adora le dan, y lo que espera
no es nada, luego a mí me sucediera.
¡Ah, fortunilla! Ser bella vuestra esposa,
o a lo menos en ella ser hermosa,
y será bien estar cuando casado,
también como marido enamorado.
Y aunque, padre, mi cuidado empieza,
sino ya de mis hombros la flaqueza
a sacudir el peso.
Y que me carga menos, y confieso,
Alejandro, después que me parece
que por mi gusto el vuestro me obedece.
A Isabela (mitad del alma mía),
vuestra hermana, querría
esposo dar que merecerla pueda.
tendrá mi vida el tiempo que le queda
(siendo feliz empleo)
cumplido bien el último deseo.
Deudo me reconozca el duque, y fuera
razón que de su mano recibiera
Isabela marido.
Mientras vivir, señor, ocioso ha sido,
hablar en el remedio de Isabela.
Soy padre, y padre a quien honor desvela
y al cuidado menor encomendado,
lo mismo debo hacer por un criado.
Y así, a Rodulfo, porque me ha servido,
premiar he querido.
Aparte.
¿Con mandarme, señor?
¡Con linda cosa!
¡Cuánto es mejor tener la vida ociosa!
No, que ya de un castillo la tenencia
hoy para vos me ha dado Su Excelencia.
Id a besar su mano.
No estoy a vuestros pies menos ufano
por la merced, señor, que me habéis hecho.
Huélgome de teneros satisfecho.
Y yo de que a Rodulfo hayáis premiado,
porque como conmigo se ha criado,
me tiene amor, y así, su bien deseo.
Vamos, que la ciudad me aguarda y creo
que he de acabar un parecer que sigo.
Quedaos, y tú, Rodulfo, ven conmigo.
Vase Federico con Rodulfo; quedan Alejandro y Turín.
Contento estarás agora
con el fin de tu esperanza.
Sí, Turín.
Y yo también,
porque tamañito estaba
de verte casar, señor,
y que a tu hermana casaban,
temiendo no me casasen,
porque si se encarnizara
tu padre, talle tenía
de dar un verde a sus canas.
Y casarte, ¿fuera malo?
Fuera echarme enhoramala.
Cásate tú enhorabuena,
que con tu prima te casas,
noble, virtuosa y rica,
y de tan hermosa cara,
que, con ser belleza antigua,
tiene la edad de muchacha.
Horra de padre y hermanos,
y huérfana sin hermanas,
moza de madre y de tías,
de parientes cercenada.
¡Oh, mujer casi divina!
Es de los cielos tu patria,
sí, que eres sol en ser una,
como el fénix en su Arabia.
Con esta casarte quieren,
y te parece que tardan;
sabes bien que la deseas.
Pero si yo me casara,
caso negado, saliera
la novia con tantas faltas
que comparada con ella
fuera hermosa la Tarasca,
y tuviera madre y tía
que a las orejas ladraran
siendo por siempre jamás
dos perpetuas arracadas.
Yo no me quiero casar,
Turín, que nadie se casa.
No me casan, mas pudieran;
que una boda imaginada
quita el juicio cuando menos.
No, señor, guarda la cara,
¿soy lacayo de comedia,
que porque el galán se casa
me tengo yo de casar
porque importe a la maraña?
Turín, de Casandra hablemos.
Pues hablemos de Casandra.
¿No es hermosa?
Y muy hermosa.
¿No es muy discreta?
Y bien habla.
¿Parécete que es muy firme?
Más que la peña de Martos.
Deja las burlas, Turín,
mira que mi amor agravias.
De Martos iba a decir,
y dije, por la consonancia,
¿Casandra, mudanza?
Ruego a Dios que no lo haga,
que poder meterse a tonto...
¿Para qué me desengañas,
Turín? De aquellos no seas
que de las ajenas galas,
sin pedirles parecer,
primero que se sacaran,
cuando remedio no tienen,
llegan a ponerles faltas.
Yo, Turín, estoy vestido
del afecto de Casandra,
hábito que con la muerte
solamente se desata;
y quiero, Turín, que digas
que es de buen gusto esta gala,
y en cosa que tanto dura,
hacer mal y poner faltas.
Porque dije que podían
olvidarte; ¡cosa extraña!
Notables veras profesas;
¿no te parece que anda
nuestro amor muy parecido,
el mío y el de Casandra?
Sí, señor; mas muchas veces
la vista nos desengaña.
Una vez en un torneo
un caballero llevaba
en el escudo un enigma
con una testa cornuda
del bruto feroz que pace
las riberas de Jarama,
y en acabando la fiesta,
al aventurero abraza.
Un hidalgo que decía
entre corteses palabras:
primo, pariente, señor.
Como el otro extrañaba
el parentesco, le dijo:
¿A qué título me llama
vuestra merced su pariente?
Y respondió: Por las armas
Cabeza de Vaca soy.
Pues yo no, usted se engaña,
dijo, que aquesta es de toro
y no Cabeza de Vaca.
Y así, señor, muchas cosas
de firmeza y de mudanza
nunca son lo que parecen,
aunque parezcan más claras.
Aquí tampoco, Turín,
pues yo tengo confianza
en que Casandra me estima
aun más de lo que declara.
Nada temo, aunque pudiera,
pues que sé del duque la gracia
tiene Fadrique, y valerle
pudiera el favor con Casandra;
que la quiso bien un tiempo
y podrá ser no olvidarla,
pero en vano mis recelos
turban la quietud del alma.
Si quien las nuevas trae,
Turín amigo, llegara...
Si vienen con tu deseo,
ya me parece que tardan.
No tienen fin mis dichas,
y esa es de tardar la causa.
Vase Alejandro.
Para cobrar una deuda,
comer, beber, dar mohatras,
y muchas cosas que son
a los hombres de importancia,
luego han de ver, que se pierde
ocasión en la tardanza.
Espero para casarte,
lo mismo es hoy que mañana.
Vase; salen Casandra e Isabela.
Hoy, que con gusto celebras,
Casandra, tu casamiento,
(aun antes de haber llegado)
yo, que no menor me huelgo,
mil parabienes te doy.
Bien, prima, te los merezco,
y solamente tu hermano
en los aplausos primeros
de nuestro amor, no me debe
tan conocidos extremos.
¿Por qué?
Porque de un amor
el adorado sujeto
de suerte se ha de querer
(siendo de amor verdadero)
que excusarle los cuidados,
Isabela, es lo de menos,
y yo voy con Alejandro
muy escrupulosa en eso:
menos quiero que me quiera.
¿Menos, prima?
Prima, menos.
¿En qué lo fundas? Que son
sofísticos argumentos
cuantos defenderte quedan.
Bien sé que así no le ofendo,
y aun no sé por qué das lugar
con ese extraño deseo
a que despierte una queja
tu amoroso pensamiento.
Esto me pide mi amor.
No pide amor ruin en eso,
mas merece quien más ama.
Pues yo merecer quiero,
porque dentro de amar mucho
consiste el desasosiego.
¿No será mejor que yo
padezca cualquier tormento
de parte de lo que adoro,
pues todo lo que padezco
por quererle bien, le quito
de cuidados y recelos;
luego a los dos nos importa,
que quiera yo más, y él menos.
Sí, mas no adviertes...
Sale Rosaura, criada.
Señora,
con grande acompañamiento
el Duque, de su carroza,
se apea.
Pues ¿a qué efecto
vienes a decirlo aquí?
Porque...
¿Pasará allá dentro
a visitar a mi padre?
No lo crea, que aquí no,
como llega...
¿Dónde le crees
que a las puertas...
Malas nuevas
os traigo.
Salen el Duque Fadrique y acompañamiento.
Los deseos
que de veros he tenido
mucho han tardado en hacello.
¿Tenéis salud, Isabela?
Y para serviros la tengo,
alegre de haberos visto.
Y vos, Casandra, ¿estáis buena?
Aparte.
¡Yo muero!
Con salud
para serviros.
Aparte.
¡Ah, cielos!
Testigo soy de mi agravio.
Mas, ¿cómo, príncipe excelso,
vuestra grandeza olvidando,
hacéis tan grandes excesos?
Aparte.
Y para que Fadrique vea
mis cobardes pensamientos,
padezca de no atreverme.
Porque muchas cosas tengo,
Casandra, que hablar con vos.
Aparte.
Si fuese en el casamiento
de Alejandro, mi señor...
Decirlas, ¿qué es?
Aparte.
Mal empiezo,
todo amor es turbaciones,
de fuego soy y de hielo.
Salíos todos allá fuera.
Contra mi honor no consiento,
ni Vuestra Alteza le hará
tan desacordado yerro;
tampoco debe a mi sangre...
Hacen que se van.
Ya, señor, te obedecemos.
Que solo Fadrique se quede.
Nadie se vaya, que luego
se quiere volver el Duque;
quedar solos cría voz.
Aparte.
Con Isabela pretendo
fingir, o por dar cuidado,
o por templar el que siento.
¿Tampoco debe a mi sangre,
(otra vez que se lo acuerdo)
Vuestra Alteza, que no puede
la Majestad, deponiendo,
honrarme, sin que lo estorben
los halagos? ¡No merezco
estos aplausos, señor!
Aparte.
Ni me entiende, ni la entiendo.
Del mundo cuantas naciones
registra el dorado Febo
presentes tener quisiera,
porque a vuestras plantas puesto,
siendo yo dueño absoluto,
sola vos fuerais el dueño
para deciros mi amor.
Quise quedarme en secreto.
Aparte.
Y yo, para no escucharle,
quise tomar este acuerdo.
Pues haced esto por mí.
Váyase.
Aparte.
Mejor lo haré por mis celos.
¿Qué decís, Fadrique, que el encargaros
a Isabela, con secreto,
mi voluntad, y pediros
que a Casandra, en mi desvelo,
hablaredes, fue cuidado
de mi amoroso deseo,
porque Casandra os dijese,
con el último desprecio,
que soy suyo, y puedo darme
para su esposo y dueño?
vuestro soy.
Aparte.
Mal me asegura,
Fadrique, el engaño vuestro.
No se canse Vuestra Alteza,
y mire que en pie le tengo
porque se vaya.
Quisiera...
Pues, ¿a qué aguarda?
No puedo,
que estoy muriendo de amor.
Y yo de pena muriendo.
Verdades, señora, os digo.
Aparte.
¡Ay, si llegasen a serlo!
Mas si he de disimular,
amor, la pena que siento
por el honor, que me importan
correspondidos deseos.
Todo esto han de haber hablado los dos a otro lado desviados.
Sale Turín, y quédase Alejandro en el paño sin que le vean el Duque ni los demás.
Hasta el cuarto de Casandra.
Detiénele Roberto.
¿A dónde vais?
Eso es bueno.
¿No sabéis que he de entrar?
Esperad, que diga al alabardero.
¿Qué ruido es ese?
Turín,
que es de Alejandro un escudero,
entrábase y le detuvimos.
Porque su amor conocemos,
no quiero pasar de aquí,
que desde aquí verlos quiero.
El Duque está con Casandra,
¡oh, qué mal oír los puedo!
Turín.
Sí, que con ser de casa,
del rigor no me defiendo
del Duque y sus criados.
Linda priesa, ¿qué es aquesto?
Llégase a Casandra.
Aparte.
Mi muerte.
Turín.
Señor.
Pues nada,
nuestros negocios van buenos.
Isabela con Fadrique,
con Casandra el Duque: ¿crees
que llegarme yo a Rosaura
será acertado?
Yo llego.
Desgracias, madre Rosaura.
¡Oh, qué devoto requiebro!
¡Ay, locutorio!
¿Qué dices,
Turín, que yo no te entiendo?
Que como a monja te trato
por no hablarte en casamiento.
Sin duda que por Fadrique
habla el Duque, yo soy muerto.
A lado están el Duque y Casandra, e Isabela con Fadrique, en secreto.
Si quisiere, señora,
haciendo el permiso Vuestra Alteza,
hiciera este casamiento.
Digo, Casandra, de mi mano
daros esposo pretendo,
que a algún caballero
(nuestro Rey), o a pariente
suyo, y ya se averigüe,
puesto que sois viuda.
Fadrique.
Señor, que es tarde,
vamos a palacio luego.
Isabela, Dios os guarde.
Adiós, Casandra.
¿Qué es esto?
Nada menos he escuchado ,
mas esto quieren mis celos.
Enojado se va el Duque,
yo me asusto y con aquel dudo
que si ha de dar aquí el rayo
Vase el Duque.
No será malo estar lejos.
Mirad que habéis de quererme.
Mucho puede amor y el tiempo,
y fío que se cansará
para su mudanza el tiempo.
Guarde Dios a vuestra alteza.
Vase el Duque y Fadrique.
Ven, Casandra, por tu vida.
¿Adónde vas?
A mi aposento.
¡Oh, qué mal rato he tenido!
¡Y yo le he tenido bueno!
Entranse por un lado, y salen por otro Alejandro y Turín.
¿Por qué te quedaste fuera
viéndome entrar allá dentro?
Que por poco te llamara,
así como te eché menos,
hasta que caí, ¡por Dios!,
en que no fue sin misterio.
¿Por qué te excusas del Duque?
¡Que este agravio me haya hecho
Fadrique: a ver a Casandra,
queriendo el Duque, mi deudo,
y mi gusto, su honor y el mío
quisiese poner a riesgo!
Más, ¿qué mucho, si soy yo,
si soy yo quien más lo siento,
y para ofender a un triste
son precisos los sucesos;
mas para estorbarse el mal,
todo es poco y nada es bueno.
+ es de mi amor el remedio.
si se fía Casandra a los brazos / ha de enlazar otro cuello / antes me mate el [...] / si me ha de matar es bueno
¿O qué culpa tiene Casandra?
¿Qué culpa? La que yo tengo
es mayor, y estoy, Turín,
que perder la vida temo.
No me repliques, Turín,
que para nada es bueno.
Y aquí, en mi cuarto, me esperas,
y prevén en mi aposento
recado para partirme.
A obedecerte me quedo.
Vase Alejandro.
Amor, ten de mí piedad,
que voy muriendo de celos.
Cuando pensé que mi amo,
víspera del casamiento,
nuevo me diera un vestido,
me vengo a poner el viejo.
Las botas y las espuelas,
y a pique de andar con fieltro.
¡Oh, pesia quien sirve a amantes!
Pues luego será muy bueno,
y, de prevenir su viaje,
vayan por el zapatero,
está el vestido acabado,
vayan por mi ropa luego,
y estará a lavar por dicha.
Mas esto tiene remedio;
pero que tenga mi amo
solo un amor para vernos,
sin tener que remudar;
Viniendo dos, por lo menos,
tuviera que se poner
como camisa a tiempos,
el uno en la lavandera
y el otro entretanto puesto.
Vase Casandra.
¿Dónde está, Turín, tu amo?
Yo no lo sé, aquí le espero,
y si no se ha vuelto loco,
pienso que vendrá muy presto,
porque desde aquí se parte.
¿Dónde, Turín?
Al infierno,
diz que donde...
¡Triste yo!
¿Dónde le hallarás? ¡Ah, cielos!
¿Quieres buscarle, Turín?
Que no piensa mi deseo
que he de volver a verle
(y aun con mi daño lo creo);
agora verle quisiera,
aunque se partiera luego.
Mira si está con mi tío,
haz, por Dios, lo que te ruego.
Yo voy, señora, a buscarle.
¡Mira, Turín, cómo quedo!
Vase Turín.
Soneto.
Adolecer, sentir, dejar la vida
en manos del dolor, ¡oh mal extraño!
Ser lisonja morir, y de un engaño
para tener seguro el homicida,
tener una pasión al alma asida
y en el remedio de la ajena el daño,
amar y aborrecer el desengaño,
quejarse, halagar con una herida,
esto es amor, Amor, que mal hacemos,
viendo que solo a padecer convides,
en seguir de dolor tantos extremos,
si del menor el alma nos divides;
mas eres Dios, y aunque un engaño vemos,
negar al desengaño nos impides.
Salen Fadrique y Roberto.
En casa debe de estar,
que está abierto el cuarto, y todo
hasta su aposento.
¿A qué
vuelves? ¿A qué, si ha tan poco
que saliste?
Vuelvo a ver
a Casandra.
Peligroso
intento.
Vuelve a ver a Casandra y ella le ve.
Calla, Roberto,
que industria habrá para todo.
Aquí está Casandra.
¡Ay, triste,
que me faltaba solo!
Casandra, por Alejandro
vine aquí.
Cielos piadosos,
mi mal. Fadrique, volveos,
que Alejandro...
Dueño hermoso,
ya los hallé donde quedan.
Matarme quiere; es lo propio
no volveros.
Conseguir
que me escuchéis en mi abono
sola esta vez.
Aparte.
No, Fadrique,
mirad que vendrá mi esposo.
¿Qué es esto? Que traiga un daño
prevenido siempre otro.
El destino a Roberto
Escuchadme, dueño mío.
Mirad que os vais poco a poco,
que me quitaré la vida
por ver que con esto compro
mi muerte y vuestro disgusto.
¿Y a mí, pues?
él, aunque se fue celoso.
Bien os oigo,
porque os vais, y porque quiero,
en ocasión que es forzoso
que venga Alejandro, hacerle
favor en lo que os respondo;
pues, en tanto que os vais
que he de volver y escuchar
un vuestro agravio y su abono,
con que él y yo sacaremos:
él, no estar escrupuloso,
y yo, una fineza más;
pues, como digo, le adoro.
Decid, pues.
Pues reportad
el semblante, y riguroso.
Las puericias de mi amor,
que coronaron mi voto,
de aquellas primeras flores,
verdes a pesar de agosto.
A ser vuestro me incliné;
y no fue, como es forzoso,
el mandarlo las estrellas,
sino el mirar vuestros ojos,
que con tanto imperio graves,
Como honestamente hermosos
me obligaron, y fue el veros
el amaros uno todo,
gustoso de no ser mío
ya como ajeno me nombro.
Ni me defiendo atrevido,
ni me atrevo de medroso;
solo en mi dolor consiento,
porque la causa conozco,
que es gala del que padece
saber acertar el modo.
No tuve amor hasta veros,
ni atrevimiento tampoco
de veros para no amaros,
precisamente os adoro.
Dicha fue que el primer lazo
que pude romper de loco,
vuestra mano me le echase
por castigo o por adorno.
Dicha fue que vuestros rayos
bebiese en giros y tornos,
por ser mariposa en ellos
y antes que fénix en otros.
Por donde se manda el alma
en los lances amorosos,
si en los mismos desaciertos
en que me pierdo me cobro,
tan modestamente ajeno.
que yo cuando más me aflijo,
suspiros, pero no quejas,
llantos, pero no sollozos.
Entonces, Casandra, entonces,
aunque ahora no lo ignoro,
dudé el ser favorecida,
hasta tenerme por otro.
Que como tuve las dichas
sin esperarlas, medroso
(que es muy cobarde el respeto)
casi todas las malogro.
¡Ah, cómo no siempre es bueno
el desconfiar!, y cómo
ofenden las desesperanzas
a amantes escrupulosos.
Supe (¡ay de mí!, mas no supe,
perdonadme, si el decoro
vos perdiere acreditando
un atrevimiento heroico)
que me amabais, no fue mucho,
generoso, que lo hermoso,
y sobre divina, os pudiera
disculpar de hacer quejosos;
pues cuando yo os mereciera,
halla en opinión de todos,
no siempre con las deidades
fue sacrílego el soborno;
una piedad me valieron
las quejas que no reporto.
Pero a vos la vanidad
de hacer un triste disgusto,
se hace capaz el alma
de lo que por vos la informo,
el sospechado veneno,
y de esta vez bebióle todo.
Viví amante, duré firme,
hasta que del pecho borró
aquellas seguridades
que lisonjean el gozo,
salta, que nació grosero,
por mi mal de entre nosotros,
y del temor y la dicha
aquel invisible monstruo
de los celos, que irritando
(o la novedad, o el modo)
mi paciencia, ofendido,
la quieta paz interrumpo,
y despertando una queja
que pudo ser en mi abono,
no quise más que sentirla,
sin dar lugar a mi enojo;
que, estando de amor muriendo,
no deja de ser gustoso;
por no estragar la fineza,
de los achaques mejoro,
y arrimando a mi cuidado
frágil vida y flacos hombros,
llevarlos conmigo intento.
Hasta el clima más remoto
partime, dando el primero
indicio de amaros poco,
pues no escusando mi muerte,
que me matéis os estorbo.
No me fue bien con partime,
porque es el irse un celoso
sacar contra sí la espada,
para matarse a sí propio.
No para sembrar codicia
quise arar el campo undoso,
ni me despeñó engañado
la piel luciente de Colcos.
A conquistar un olvido
desesperado me arrojo,
sin temor de los piratas,
sin horrores de el golfo,
antes temerario intento
despreciar lo peligroso,
anegar en fuego el agua,
y ser del contrario asombro;
que cuando no lo intentara
con la ocasión que supongo,
¿quién más armado que un triste?
¿quién más temido que un loco?
Al sol de vuestra hermosura
inclinado siempre el rostro,
jamás le perdí de vista
aunque el Occidente toco;
bien como la flor hermosa
que enamorada de Apolo,
desde la cuna al sepulcro
le bebe lo luminoso.
que me dejó del arpón,
y a la mano, y a lo roto,
lo suave agradecido,
sin acción lo venenoso.
Pues como aquel que recibe
un dolor, y mueve poco
el bulto, cuando no sea
adonde le siente solo.
Yo que de mejor herida,
de golpe más piadoso,
muero de vos; a vos sola
me consagro, y me dispongo.
Yo que cuando apenas supe
qué era amor, mi daño propio
conociendo, bien os quise,
y si este mérito es corto
para un cargo, celos tuve,
y con silencio brioso,
pues al hablar obedezco
cuando de respeto me postro.
Si con generosa fe,
amo, sufro, siento, lloro,
dudo, temo, desconfío,
y teniendo el pecho roto,
guardo, encubro, disimulo,
con el semblante engañoso,
la mano, el golpe, la herida,
creyendo en mi desahogo.
aventurar la fineza
siempre atento y cuidadoso,
a no dar paso que fuese
contra el amor que os propongo;
y vos, cuando yo pensaba
que con pecho generoso
solo estéis agradecida,
estáis ofendida solo.
No siento haber padecido,
niño amor, celos, enojos,
ni del mar las inclemencias,
ni las injurias del Noto,
las sangrientas amenazas
de instrumentos belicosos
en la campaña esperando
a tanto enemigo plomo,
como el desdén que me hacéis,
pues tengo la pena en poco,
cuando lo siente la vida
sin sentirlo el alma, y todo.
Eso, Fadrique, no es quejas;
Alejandro es ya mi esposo,
lo que entonces no pudisteis
ya no es tiempo, mal reporto
mi temor; adiós, Fadrique.
Ahora me pregunto yo
Y os dije mi mal agora.
¡Qué mal se aleja un celoso!
Hace seña de entrar a los dos.
Casandra, pasa afuera
a Tomás.
Por muy dichoso
me tengo en que hayáis venido
tan presto, Alejandro. ¿Cómo?
Yo cuando el Duque salía
de recatar el rostro,
y aun turbado, y conociendo
que sois mi amigo, forzoso
me pareció que os debía
buscar para lo propio
que el Duque, y es que a Isabela,
vuestra hermana, a quien adoro
por milagro de hermosura,
solicito para esposo.
El Duque a pedirla vino
por honrarme, y con decoro,
por no hallaros, visitó
sus parientes.
Porque presto
volviste sin entrar,
y a advertiros vine
a vuestro cuarto.
Que como Casandra
sola quedaba en él,
A su juicio dieron soborno
con lágrimas y suspiros.
De mi dolor le informo
para que a buscaros fuese;
quedeme aquí cuidadoso
de su amor y vuestra pena.
Fadrique a buscaros solo
vino aquí, y en lo que advierte
me hablaba cuando...
Conozco,
Fadrique, vuestra amistad,
ambas finezas abono;
el satisfacer mis celos
y la pretensión de esposo
de mi hermana, con mi padre
tratarlo será forzoso;
yo veré al Duque.
¿Qué haré yo?
Aparte.
Alto.
Ay, que he de morir de enojo,
para que juegue en esto la vida.
Y pues le he de ver, y todo,
Roberto, y como le diga
que viniendo a sus negocios
aquesta disculpa dio,
me lo estimará; forzoso
será, Alejandro, dejaros
(aunque muera), porque solos
se conciertan dos amantes
fácilmente en sus enojos.
Quedad con Dios.
Vanse Fadrique y Roberto.
Cielos guarden.
Algo mi pena reporto
con esta satisfacción
de los amantes, que propio
es el de todo adolecer
y convalecer de todo.
Estáis ya desconfiado.
Mirad, señor, que os adoro.
Volved, Alejandro mío.
Si es delito el estar celoso,
yo cometí contra vos
el mayor.
Yo le perdono.
Sale Turín.
Tengo de hacer mi maleta.
¿Qué tenemos?, ¿hay consorcio?,
¿han tocado a la queda
dos suspiros y un sollozo?
No, Turín, que nos quedamos
en Milán; te digo solo
que para volar mi amor
tiene las alas de plomo.
Y yo la fe de diamante
en su duración, esposo.
En fin, mi bien, que soy tuyo.
Como olvides los enojos,
el agravio sospechado
y el recelo escrupuloso.
Como verdades no sean
estas sospechas, que todo
milagros hará mi amor
que es Dios, aunque riguroso.
Que es el diablo, que los lleve,
hideputas, putos bobos.
Fin de la Primera.
Jornada segunda Salen Leonor, Carlos y Alejandro, y Leandro y Casilda. Leonor. Un despacho he recibido, que el duque, mi deudo, llega, y ha de apearse ya en casa; que os vais, y el tardar me pesa, perdonadme; no querría que mi amistad don Luis sepa, y maliciase mi ofensa, con que mi casa y hacienda, que a los dos ha de servir, tenga en disgusto a su Alteza. Carlos. El alma con vos se queda. Alejandro. Y a ver si aligero el peso de mi pena en la ausencia, yo, tu esclavo y tu rendido, primero la vida pierda que deje de ser tu esclavo, que ser a tus plantas piedra. ¡Adiós, que el dolor me fuerza! Leandro. Deja esa vana quimera, que no es bien que te detengas. Alejandro. Adiós, hermosa Leonor. Leonor. Adiós, Carlos. Adiós, Alejandro. Adiós, Leandro. Vanse los tres, y quedan Leonor y Casilda. Casilda. ¿El duque con tantas postas ha de apearse en tu casa? Leonor. El duque es mi deudo, prima, y es mi señor; ¿qué te espanta? Casilda. Que dejando su jornada, pare en una quinta tan baja. Leonor. Como viene de secreto, y ha de entrar de noche en Parma, quiere aguardar a la noche en mi quinta; y que se haga sin que lo entienda ninguno, y así a todos los despacha; porque ha de venir con él don Luis, su privado, a causa de una dama que en la corte de Milán deja burlada; y porque el duque, ofendido, no le castigue, se aparta, y en esta quinta se oculta, y en el entretanto aguarda a que se sosiegue el duque, y su enojo se aplaca.
Carlos. ¿Venís resuelto? Muy a su honor conservarlo, que echas a ver que es mi hijo. Al. Justa, señor, es tu queja, y reconozco mi yerro, y que el mayor caudal que deja sano del agravio... Ojo yo temo, señor, por mi causa, a mi mujer; y Carlos no antecederá a mi queja con suspirar, y ver qué hacer. Al. No dudo que se ha de hacer en un lance que es honor, que general asombro ha de ser. Carlos. ¿Y qué discurren tus canas? Al. Que, en viéndola, has de matarla. Carlos. ¿Cómo es eso? Que mis canas lograrán tan poco fruto, si al arrojo de un necio, que está de alborotos ciego, mate yo a quien es mi dueño, o por víbora la temo este diablo de los celos, que a veces pienso que es sueño lo que me has dicho de Carlos; tengo mil dudas y creo que su lealtad le defiende. Al. Ya has visto lo que te he dicho en el papel, y el arrojo que a mí me asombró, y el modo te ha de servir de aviso, que no hay que fiar de un mozo que ciego de su apetito atropellará el decoro y ha de perder el juicio. Carlos. Di de mi honor, que es lo mismo, que yo he de ser su castigo, pues él lo ha querido y visto con la venganza que apercibo, deje el diablo su partido, en desagravio del mío. A su sangre lo remito. Angela.
Salen Federico, padre de Alejandro, Alejandro y Casandra.
Un despacho he recibido
que en vuestro deudo dispensa,
y a decir más, sobrina, piensa
que mi hijo es tu marido;
perdóname si he querido,
(siendo entre los dos juez,)
sentenciar aquesta vez
en mi favor y en tu daño,
cuando saco de este engaño
tener yo buena vejez.
El alma a mi primo estima,
y así de albricias os doy...
Un esclavo, pues lo soy
de vuestra belleza, prima.
¡Oh, nunca la edad que lima
la más fuerte juventud
se atreva a vuestra salud!
Vivid, jóvenes dichosos,
en lazos siempre amorosos,
siempre en sabrosa quietud.
Quedaos agora los dos,
y tú, Alejandro, me espera.
Amar tarde, y si te fues
sin volverme a ver, adiós.
Vase el viejo.
Solo, Casandra, de vos
esperaba a despedirme,
que a no excusar el irme
ni partirme sin quedarme,
quisiera, con apartarme,
con vuestro gusto partirme.
En fin, mi bien, ¿que te vas?
Solo a la quinta me llego.
Que no te vayas te ruego,
porque tarde volverás.
Ya, sombras dejando atrás,
el sol a su ocaso llega,
y aunque su arrebol nos niega,
me dejas sin alma y ciega.
Nunca otra vez te partiste
después que mi dueño eres.
Notables sois las mujeres,
¿de qué, mi bien, estás triste?
Jamás mi amor ofendiste,
ni mi voluntad podías.
¿De qué temerosa estás,
cuando sabes que te quiero
con amor tan verdadero,
siempre apostando a porfías?
Con haberte conseguido
para esposa, tan constante
viviré a la ley de amante
sin dejar de ser marido.
La posesión no dice olvido,
ni yo te puedo olvidar;
antes pretende intentar
mi voluntad desta suerte,
si puede hallar con no verte
mayor firmeza en amar.
Pues quien sin fuerza llegó
a lo más que pudo ser
para poderse exceder
pasos hacia atrás volvió,
eso mismo intento yo
en mi amor firme y constante,
que en la ocasión semejante
dos pasos voy a dar
por ver si puedo pasar
con mi amor más adelante.
Mas debo a mi voluntad,
pues siempre quisiera verte,
que aventuro con perderte
la mayor seguridad;
si de el alma la mitad
dejo detenida conmigo,
forzosamente consigo
mi muerte en verte partir,
que eso dejo de vivir
que dejo de estar contigo.
Qué bien arguye tu amor.
Qué bien tu rigor porfía.
No llames, Casandra mía,
lo que es firmeza, rigor;
si me tiene a mí el dolor,
con ser breve la partida,
casi el alma dividida,
la jornada dejaré.
pues con esto quedaré
a socorrer una vida.
Ni cobarde, ni atrevido,
bellísimo dueño, soy,
que en dos imanes estoy
sin voluntad, suspendido;
tuyo sí, y tuyo he sido,
y habiendo tuyo de ser,
quiero resignar mi ser
en ti, ya que te he de amar,
porque te toca el mandar
y a mi amor obedecer.
Ir a Peñaflor quería,
no porque a mi gusto importe,
sino por dejar la corte
si fuese posible un día,
y porque el duque me había
dicho que le acompañase
cuando esta noche rondase.
Excuséme con decir
que me había de partir
antes que la noche pase
a cierto negocio nuestro
que a los dos nos importaba,
pero aquí mi viaje se acaba
si no ha de ser gusto vuestro.
Agradecido me muestro
a tal fineza, señor,
y aunque lo sienta mi amor,
ir a Peñaflor podéis,
mas mirad que no busquéis
que rondar en Peñaflor.
Sale Turín.
Si a la noche has de volver,
y en la ciudad nos estamos,
¿para qué, señor, nos vamos
tan cerca de anochecer?
Turín.
Señor.
¿Está ya
el castaño aderezado?
Merendándose el bocado,
en ese zaguán está.
Hierro masca como heno,
después que tu flema espera;
y a ser avestruz, pudiera
haber digerido el freno.
No de fogoso relincha,
ni lozano el freno tasca,
ni los alacranes casca,
cuando los guijarros trincha.
De impaciente, como yo,
a las paredes se llega,
y se rasca o se refriega
en lo mismo que escupió.
Que querer darte a entender
que ese bruto irracional
está espumando cristal
ambicioso de correr,
es embuste, y se te borre
del casco, que es cosa clara
que revuelca cuando para
mucho más que cuando corre.
En él, señor, llevaros
ya en galope, o ya en portante,
medio caballo delante,
y otro medio por detrás,
Gracioso humor.
Es extremado.
Demonios debéis de ser,
pues os llegáis a entretener
cuando de un desesperado.
Acaba, señor.
Quisiera
que te vas.
No, sino que
presto, mi bien, volveré.
Temerosa el alma espera.
Mucho siento tu partida.
Contigo, mi bien, me quedo,
pues por engañarte un miedo
vengo a dejarte una vida.
Vámonos, que es tarde.
Adiós, mi señora.
Vase Alejandro.
Adiós.
Ya llevamos entre dos
a medias un "Dios te guarde".
¿No te despides de mí?
No, señora.
Pues, ¿por qué?
Porque mi amo pensé
que no me olvidara así;
pues se tarda de manera
en despedirse, aunque en vano,
que por el género humano
pensé que se despidiera.
Mas ya que por pobre, en fin,
(o escondido) me ha olvidado,
a tus plantas derramado
quiero mojarte un chapín.
Levántate.
No quisiera.
¿Qué te esperas?
Vase Turín.
Y me holgara,
pues supiera, si esperaras,
lo que pasa quien se espera.
Melancólica he quedado,
que aunque el alma me llevó
Alejandro, me dejó
con los ojos, y el cuidado.
Con él, porque imaginara
con engañosa apariencia,
con ellos, porque su ausencia,
si no mi muerte, llorara.
Si por aliviar mis males,
hago fineza el dolor,
me atormento más, amor,
de qué remedios te vales.
Ya sé que debo sentir
la más templada partida,
quedando al perder la vida
con vida para sentir.
Que en un triste amor ordena,
moderado el sentimiento,
pues si da vida un contento,
podrá vivir de la pena.
Examinar es mejor,
Corazón, cuanto podemos,
que hacer sin razón extremos,
mas es flaqueza que amor.
Con mi descomodidad
pretendo tener gustosa,
la fe más escrupulosa,
la más firme voluntad.
no diga el alma que en mí
dejaron depositada,
que cobardemente osada
muero de lo que temí.
Vase Casandra, Marcela y Rosaura.
Rosaura, ¿fuese mi hermano?
Si el semblante le miraras
a mi señora, tuvieras
esa pregunta escusada.
Notable amor.
No me espanto.
¡Ay de mí!, que enamorada,
por no ser correspondida,
pago a mi amor con mis ansias.
¿Diste a Fadrique el papel?
No, señora.
Le avisaba
que esta noche me viniese
a hablar por una ventana
de las de el jardín, dejando
abierta la puerta falsa
por no tenerle en la calle
contra el honor de Casandra,
que es ya esposa de Alejandro,
y el vulgo con voz tirana
tener ocasión desea
de sospechar una falta,
queriendo, en caso de duda,
como si más le importara
ser cruel que ser piadoso,
solo el veneno derrama.
¿Cómo el papel no le diste
a Fadrique?
Porque estaba
fuera, y dísele a Roberto,
de quien se fía.
¡Ay, Rosaura!
hechos siglos los instantes,
alentando mi esperanza,
le aguardé mientras venía,
Y para engañar el alma,
los ojos y los oídos,
cada estatua de ramas,
cada inquietud de las hojas,
por entre las sombras pardas
que al vivo parecían;
y de esa líquida plata
las lenguas me pareció
que por el aire me hablaban.
Amor, a cuántos engaños,
a cuántas penas, a cuántos
abriste camino al cielo,
si por una vez que halagas
la vista (breve lisonja
que a ser pesadumbre pasa),
tantas veces me atormentas,
tantas veces me matas;
cuando me inclinas me llevas,
cuando me fuerzas me arrastras.
Pensión es de la belleza
el ser siempre desdichada.
Casandra, Rosaura, es bella,
y es venturosa Casandra
si quiere bien a Alejandro
es de Alejandro adorada;
el Duque por ella muere,
ella a desprecios le mata;
que en el honor las crueldades
piadosas disculpas hallan,
yo quiero, a mí me aborrecen;
(si aborrece quien mal paga)
luego solo ser dichosa
es hermosura, Rosaura.
Ingratos hace el favor,
olvida, pues mal te tratan,
señora.
Ya, ¿cómo puedo?
Símbolo de la inconstancia
dicen que son las mujeres.
Cuando a mi gusto importara,
el honor lo defendiera,
que aun de pensarlo se agravia;
yo para amante elegí
a Fadrique, y si a otro amara,
por vengarme pareciera
más liviandad que venganza.
No, Rosaura.
Sale Casandra.
Mi señora...
Mal reposa quien bien ama.
Casandra.
Isabel amiga,
pues ¿cómo tan mal te tratas
por recogerte a estas horas?
Divertida con Rosaura,
gustosa me entretenía.
Hasta parar en cuñadas
notablemente se quieren.
Pues, ¿de qué se trataba?
De nuestro amor la disputa
era.
Cuestión extremada.
Y de olvidar fácilmente.
Quien lo defiende se engaña,
porque no puede ser fácil
voluntad que está en el alma
echarla de allí, que Amor,
capaz de una flecha, halla
el blanco donde la tira,
y donde una vez se clava,
(siendo tan estrecha parte
que no deje ocioso nada)
mal puede entrar otra flecha
si la primera no sacan.
Tú sabes amar y olvidas.
¿Yo, Isabela?
Tú, Casandra.
Siempre he de ser de Alejandro.
Como en el tiempo que amabas
a Fadrique, lo negaste,
y cuando de amor se trata
solamente en Alejandro
se regalan tus palabras.
¿No has visto, cuando un pintor
del original traslada
una copia, que parece
que imita su semejanza
y todos cuantos la miran
de suerte la vista engañan
que encareciéndola, dicen
parece que no le falta
sino hablar, pero el maestro
que reconoce una falta
lo niega, hasta que le enmienda
el arte (o la confianza),
pues si él está satisfecho
de tal manera se alaba
que suple en palabras suyas
las que al retrato le faltan?
Así amor, cuando sus flechas
en mi pecho dibujaban
mi voluntad, que en bosquejo
tanto a Fadrique tiraba,
Viendo que él no se parece,
a mí (aunque por él me sacan)
la similitud deshace
borrándola porque calla.
Y artífice el alma entonces
(que como es divina es sabia),
por Alejandro me copia,
también en mí le retrata,
que hasta los labios les deja
con voz, porque ya que saca
un amor tan parecido
no le han de faltar palabras;
y así el amor de Alejandro
publicaré, porque vayas
de lo vivo a lo pintado
conociendo la ventaja;
solo un amor hay perfecto,
el tuyo, o verá Casandra.
No es mucho que esta materia
disputéis con ignorancia,
si a tanto incendio, Isabela,
tienes condición helada,
Aparte.
Mal mi condición conoce.
para su enojo constancia,
para su imperio, una vida
a quien su poder no alcanza;
y para sus flechas de oro
tienes de diamante el alma.
Tarde parece, Isabela,
por tu vida, que te vayas
a recoger.
Poco importa.
Conmigo queda Rosaura.
¿No gustas que te acompañe?
Sí, Isabela, sí gustara,
mas es descomodidad.
Si no me fuera de tacha
el no obedecerte, ahora
por mi gusto me quedara.
Adiós, Cas.
Adiós, Isabela.
Vase Isabela.
Aun no pierdo la esperanza
de que ha de venir Fadrique;
abierta la puerta falsa
se queda, pero no importa,
que después iré a cerrarla.
Viene Alejandro.
Toma esa luz, que entretanto
que tanto calor se pasa,
quiero bajar al jardín.
Tan temprana
tendrán las flores su aurora
si al jardín, señora, bajas,
porque tu llanto y tu risa,
oficio hermoso del alba,
siendo vida de las flores,
su fácil color esmalta;
entre la noche madrugas
con tus ojos la mañana
y entre el estío despiertan
la primavera tus plantas;
¿qué claveles no les deben
a tus dos labios su nácar,
y a tus mejillas, qué rosas
no deben flamante grana?,
¿qué azucenas...
No prosigas
con más lisonjas, Rosaura,
que podrás ser, si las creo,
consultando mi ignorancia,
qué soberbia o presumida.
me imagine poco amada
cuando satisfecha estoy,
sola esta vez compañera
(discreta), de que Alejandro
mi amor con el suyo paga.
Y si alguna vez quisieres
que me agraden tus palabras,
habla bien en Alejandro.
De esas lisonjas que tratas
pasen a verdades suyas;
empéñame más, Rosaura,
oiga yo méritos suyos,
y por si le hicieren falta
algunas finezas mías,
mayor vanidad le haga
ver que nadie le merece
tanto amor ni partes tantas.
¿Cuántos la nación de amor
militan cuando descansan?
Si el vencedor es vencido,
y el vencido no desmaya,
pues ¿por qué tantos le siguen,
señora?
Vanse.
Porque, Rosaura,
es un mal que se apetece
y una injuria que regala;
y es, en fin, Rosaura mía,
un dolor, por cuya causa
es de buen aire la pena,
porque el padecer es gala;
y así, las leyes de amor
son como las leyes falsas,
que por una gloria empiezan
y por un infierno acaban.
Salen el Duque de Milán, Fadrique y criados, de noche.
Toda la noche has venido
melancólico, callado;
con suspiros me has hablado,
con silencio respondido.
Dime qué tienes, señor,
pues sabes que soy tu hechura,
y que servirte procura
mi voluntad.
Tengo amor,
y, así, mal aconsejado
de mi dolor, loco intento
por redimir un tormento,
tener tormento doblado.
Valerme quiero, ¡ay, amigo!,
esta vez de la violencia;
no se queje mi dolencia
de que yo soy su enemigo,
pues el remedio postrero
se le dejó de aplicar.
En su casa pienso entrar,
y conquistarla.
Aparte.
Yo muero.
Duque de Milán naciste,
y príncipe soberano,
mas lo que no está en tu mano...
Mal tu razón me resiste.
A mi amor es bien que tema,
que a su fuego no replico,
pues lo que no sacrifico
como víctima se quema.
Arda voluntariamente
cuanto quisiere mi amor,
que apetecido un dolor
parece que no se siente.
Tener amando temor
es ofender la esperanza,
En el margen, tachado: Fad.
no tenerle es confianza,
nada muriendo es mejor.
Si teme ser conquisto
mi mal remediaré tarde
si le dejo ser cobarde,
pues un dolor no resisto.
Morir de solo callar
es ambición conocida,
pues cuando no tengo vida
no me la dejo quitar.
Y no sabiendo de vivir,
elegir quiero la herida,
que de tan bella homicida
seré dichoso en morir.
Pues de mis males yo
otro remedio no espero,
que me los escuche quiero,
que me los remedie no.
Quise a Alejandro ausentar
de su casa y de su calle,
para volver a buscalle
donde no pudiese estar.
Quedando dichoso herido
en que a su quinta se fuese,
fuera bueno que perdiese
una ocasión que he tenido.
no es posible.
Pues, señor...
Fadrique, no me aconsejes,
por tu vida, que me dejes;
mira que tiene mi amor
sin discurso dos sentidos,
pues por darme más enojos,
con la venda de los ojos,
le taparon los oídos.
Lo que no has de conseguir
solo advertirte quisiera.
¿Qué dices?
Aparte.
De esta manera
pienso mi pena encubrir.
¿Qué aventuras con entrar?
Ser de alguno conocido,
de Casandra resistido,
y no es morir sin matar.
Pues a peligro te pones
de enojarla y no vencerla,
con escándalo a perderla,
ceñido de sinrazones.
¿Qué he de hacer? Yo he tenido
de Isabela un papel,
y me avisaba por él
de que estuviese advertido
que abierta la puerta estaba
del jardín, a cierto fin,
y que sola en el jardín
esta noche me esperaba;
y aunque es tarde, llamaremos
en la reja de Isabela,
que por mi amor se desvela,
y si está abierto, sabremos...
Pues ¿con esto qué consigo?
Señor, yo lo dispondré.
Fadrique, piensa qué haré,
mientras que llevo conmigo
los criados, y los dejo
adonde, cuando convengan,
siendo necesario, vengan
a ejecutar tu consejo.
Esta ocasión nos dará,
señor, lo que hacer podemos.
Vase el Duque.
Pues luego aquí nos veremos,
y mira que mi vida está,
Fadrique, en tus manos puesta,
y que ya en su calle estamos.
Adiós, Fadrique. ¡Hola, vamos!
¡Oh, cuánto este amor me cuesta!
Soneto.
Cuando mi presto amor pagado estaba,
cuando estaba mi fe correspondida,
lo que costaba a precio de mi vida
me pareció que nada me costaba.
La devoción de amor sacrificaba
mi voluntad de adoración vestida,
mas, confieso, de alguna vez rendida,
que más deudora del amor quedaba.
Viéndome de Casandra aborrecido,
hacerse más feliz mi amor ordena,
quedando a su rigor agradecido.
Sino porque al olvido me condena,
por tener ocasión con este olvido
de hallar merecimientos en la ajena.
Ni me entiendo, ni te entiendo,
amor; que de tus razones
de estado, pues vengo a tiempo
de que engaños me sobornen.
Suspender un breve rato
al Duque, bien se conoce
que la intención no le quita
de proseguir sus amores.
Pues que al cuarto de Casandra
tan despeñado se arroje,
y que le aguarde, o le ayude,
entretanto que la goce,
eso es perderme, y perderla,
por lo que al Duque le importe,
mas, supuesto que le aguardo
para que consejo tome,
digo que robe a Casandra;
pues cuando el Duque la robe,
y si acaso se resistiere,
y mi amor premiare entonces,
podré pedírsela al Duque;
y si a fuerza de rigores
el Duque la conquistare,
fuerza es que yo no lo ignore,
y quedaré, aunque la pierda,
consolado, porque llore
Alejandro como yo;
pues, ya que yo no la goce,
por lo menos me consuelen
de Alejandro las pasiones.
Ánimo, amor; venga el Duque;
de sus violencias informe
a Casandra, que ya pienso
cuando entre mis brazos llore
perdidas seguridades,
moderando sus rigores,
moverla a piedades mías;
pues, necesitando entonces
de más remedio que el mío,
apacible, blanda, dócil,
podrá ser que enmendar quiera
su fortuna a mis amores.
Y si en esto al Duque ofendo,
porque a mi amor corresponde,
a que falso amigo sea,
vengo a ser amante noble. #
Sale el Duque.
Este Fadrique ha de ser.
Hacia mí se acerca un hombre.
¿Es Fadrique?
Es Vuestra Alteza.
Sí, Fadrique; hace tan obscura noche
que apenas le conocía;
bien que vienes solo, donde
he dejado los criados
en esotra calle, porque
para lo que sucediere
los avises.
Señor, oye.
¿Has llegado a la ventana?
Con extrañas intenciones
divertido, no he llegado.
Pues, Fadrique, ¿qué respondes
a lo que aquí te propuse?
Entreabierta la ventana.
Las mismas ocasiones
son necesarias, señor,
buscar para que la goces
en su casa, que podemos
buscar para que la robes;
y así con mi parecer
quisiera, que los resplandores
de una luz por la ventana,
¡ay, Isabela!,
tiene de estar abierta
y será porque te importa.
Pues, Fadrique, si hay lugar
más bien que yo la robe,
es menor inconveniente
que ponerme a que sus voces
hagan público mi amor.
Aparte.
A Roberto, que es un hombre
de quien te puedes fiar,
y tú también, pues conoces
su valor, llevarle puedes,
no hará mal lo que le toque.
Abriendo una ventana Isabela.
Gente he sentido en la calle,
si fuese Fadrique, hallome
desvelada en sus memorias,
qué mucho que se me antoje,
sin advertir que vendrá
solo a verme, y que más voces
he excusado que la suya.
Hace Isabela que cierra y llega Fadrique, escondiéndose el Duque.
Quiero llegar.
Si el que suena llegara, voyme.
Hace Isabela que cierra.
¿Es Isabela?
¿Es Fadrique?
Llega Fadrique.
Mi bien.
Parecióme...
# perdonenme desde moza [ilegible]
que os oía, y como el alma
os estima tanto,
Aparte.
¡Viose
voluntad tan mal pagada!
¿Qué decís?
Que se corone
de nuevos triunfos mi amor,
y que nuevas glorias le adornen.
¿Recibistes un papel
esta tarde?
Desde entonces
con él me busca Roberto,
y aunque tarde, en fin, hallóme.
Donde es razón que no falte.
¿A dónde, Fadrique?
A donde
en vuestra calle, señora,
adorando estos balcones.
Tanto favor, dígolo
porque ciertas prevenciones
que os hacía, de que estaba
abierto el jardín, por donde
hablásemos, quiso amor
que en mi daño se malogren;
pues viendo que era deshora,
y que tardábadeis, voime
a cerrar, cuando Casandra
multiplicando las flores
con Rosaura está esperando
a Alejandro, ausente, con que
le dejé abierto, y volvíme.
Si entraran esta noche
lo aventuráramos todo;
pero ¿quién es ese hombre
que con vos hablando estaba?
Llégase al Duque.
Es Roberto; esperad, voyme
a despedirle, señor.
La puerta falsa por donde
se manda el jardín, abierta
está, y porque no alborote
Vuestra Alteza y sus criados
a Casandra, si lo oye,
que está en el jardín, con solo
Roberto ha de entrar.
Pues voyme
a prevenir los criados,
pero advierte que, si oyes
algún ruido, te retires.
Vase el Duque.
Vuélvese a la ventana.
Mi lealtad, señor, conoces.
¿Isabela?
Señor mío.
¿Y va el papel amoroso?
No me hagáis salir colores
con hacer que os le refiera.
Pues yo veré sus renglones,
si me lo negáis agora
a la luz de vuestros soles.
Remitirélo a mis labios,
que os lo dirán, porque borren
(como el que escribe en arena)
unas con otras razones;
quedará encima que os quiero,
porque solo amor informe
la verdad, sin que el ingenio
haga más demostraciones.
De nuevo empeñáis mi amor.
Para que premiado adore
la deidad o el beneficio
que ya por vos reconoce.
Mucho me costará, Fadrique,
si no me corresponde
vuestra voluntad.
Ruido de cuchilladas dentro.
Su intento
la paz del silencio rompe
un ruido de cuchilladas.
El duque, mi honor, perdonen
Isabela, mis finezas,
adiós.
Las obligaciones
son primero, adiós, Fadrique.
Cierra la ventana, y Fadrique saca la espada, yéndose a meter dentro adonde el ruido.
¡Ay, infelices amores!
Dentro Alejandro.
Turín, tenme este caballo.
Sale por otro lado, sacando la espada.
Matando vienen un hombre
por mi calle, él se retira,
voy a socorrerle.
Sale por donde Fadrique, retirándose de tres hombres, Gerónimo de Tabla, de Vega, y no corren, retíranlos.
¡Ah, traidores!
¿Qué es esto?
Dentro dice.
¿Qué aguardamos?
Salen Alejandro y Fadrique con las espadas desnudas, y apartados digan.
Si tal valor le socorre...
Huyeron, en fin.
Es mucho
si se calzaron veloces...
De la misma diligencia
con que me ayudáis, adonde
una diferencia hacéis,
pues ellos vilmente corren
huyendo el peligro, y vos
los seguisteis como noble.
De vos huyeran también.
Podré saber vuestro nombre.
Soy forastero, y quisiera
encubrirme aquí esta noche.
Aparte.
Alto.
Éste es Alejandro. ¡Cielos!
Y si acaso me conoce,
soy perdido.
Caballero,
Aparte.
Alto.
Éste es Fadrique. No informe
al duque de que he venido
tan apriesa.
No os importe
el conocerme.
Id con Dios.
Vase Fadrique.
Él os guarde.
¿De qué esconde
Fadrique el rostro a ninguno?
Y le perdonara entonces
que me supiera conocido,
por la duda en que me pone.
¡Ay honor, ay grandeza!
Que un padre viejo nos honre
qué importa, si muchos años
son causa deste desorden.
Y de mis años, ¿qué importan
cautelosas prevenciones,
si por disculpa los suyos,
que son menos, me responden?
Del viento son mis sospechas,
mas cuando a Isabela adore,
por mi honor, quien por mis celos
y en Casandra me responde.
¡Ay de mí!
Sale Turín.
Las malas nuevas
eternamente me cogen
para estafeta.
¿Quién va?
Un ministro de la orden
de su religión.
¿Turín?
¿En qué, señor, me conoces?
Algún mal temo, en un triste
cualquier diligencia rompe
los privilegios del gusto;
no doy paso en que de torpe
no tropiece en mi desdicha,
capaz de dos corazones
será mi pecho, y agora
del presagio desconforme,
apenas uno consiente
con descompasados golpes.
Quisiera saber mi daño,
pero el alma se socorre
de las dudas, ¿a qué vuelves?
Llegué...
Acaba.
No des voces;
digo que llegué a tu casa,
donde muertos los faroles
del zaguán y la antesala,
padecía segunda noche;
y llamando a los criados,
viendo que no me responden,
voy discurriendo las cuadras,
cuidando de que me informe
el primero que encontrare;
y a tan confuso desorden,
hallo a tu padre llorando
con el dolor tan conforme,
que humedeciendo el discurso
entorpecía las razones.
Hallo a Isabela turbada,
y reconociendo entonces
que saben decirlos menos
los que sienten los dolores...
Llego a Rosaura, que en fin
es criada, y aunque llores,
nace a decir obligada
cuanto tratamos esconder;
díjome que Casandra...
Calla, infame, no la nombres,
cuando culparla es forzoso,
pues si todos descomponen
los semblantes sin Casandra,
dudaré de que la abones.
Es más de que no parece.
¿Hay mayores confusiones?
Vete, villano, no aguardes
a que mi valor se enoje,
porque no me das la muerte
más que porque me deshonres.
Tur. Ahora me despachurran, ¡válgame el señor San Roque!
Si sospechados los celos
pudieron matarme entonces,
si mi deshonra temida
en el recato de un hombre
matarme pudo, ¿a qué aguardan
los que me embisten de golpe?
en el honor y en los celos,
averiguados baldones,
como no acaban conmigo;
pero temo, ¡ay Dios!, que intentan
quitarme la vida
otros tormentos mayores.
Vase.
ahora me despachará,
válgame el señor san Jorge.
Mas si amante me buscaban,
o si me buscaban noble,
cuando ni noble, ni amante
me han dejado los rigores
de mi fortuna, bien quedo
con pensar que no me conocen.
Si me busca a mí el agravio
para que su oficio borre,
y mi vida, por ser tan fuerte,
de que celebra el bronce.
Pero si el rayo se estrecha
a que lo frágil le ignore,
y en lo que más se defiende
quiere ejecutar el golpe,
aquí se reserva el rayo
si de mi daño no rompe,
con sus mayores violencias,
mis resistencias mayores.
de los alientos del Austro,
de las injurias de Jove,
tal vez vacilar se vieron
las encinas y los robres;
del que antes fue inmóvil leño
siendo después leño móvil
las tormentas imitando
de naves y galeones.
Ligero vuela el mar grave
con escándalo del monte,
y en añicos desatado,
cuando en arroyos no corre,
con su muerte (aunque insensible)
descansa de los rigores.
Y yo, siendo menos fuerte,
y los contrarios mayores,
no puedo perder la vida
porque sienta más los golpes.
Pero vivamos, honor,
que, haciendo lo que nos toque,
venganzas hay, si hay injurias
que enmiendan el ser del hombre.
3.ª jornada
Al. de los alientos del Austro, de las injurias de Jove, tal vez vacilar se vieron las encinas y los robres; del que antes fue inmóvil leño siendo después leño móvil, las tormentas imitando de naves y galeones. Ligero vuela el mar grave con escándalo del monte, y en añicos desatado, cuando en arroyos no corre, con su muerte (aunque insensible) descansa de los rigores. Y yo, siendo menos fuerte, y los contrarios mayores, no puedo perder la vida porque sienta más los golpes. Pero vivamos, honor, que, haciendo lo que nos toque, venganzas hay, si hay injurias que enmiendan el ser del hombre. Fin de la 2.ª
Salen Alejandro y su padre.
Acaba (pues, señor), porque me matas
lo que en contarme la traición dilatas.
Viendo que no venías,
y va creciendo (con las ansias mías
entre el deseo de volver a verte)
tan grave, tan mortal melancolía,
que me juzgara triunfo de la muerte,
si no supiera yo que no moría;
que un triste, en quien la pena se repite,
no acaba porque aquello más padece
que a la vida enojosa se permite,
y por que no descanse, no fallece;
retírome a mi cuarto, y poco antes
toda la casa miro
discurriendo con ojos vigilantes;
y cuando a mi aposento me retiro,
hallé que en el jardín Casandra estaba,
y por la ocasión la di que me esperaba.
Aparte.
Y amándome, y sabiendo que venía,
¡quién duda, amor, que a mí me esperaría!
Despedíme, que en vano
con Rosaura la dejé, ¡mal hice!
aunque cuando el suceso es infelice
solo le enmienda impulso soberano,
y ser alcaide yo de su belleza,
fuera, Alejandro, diligencia vana,
que en llegando a faltar la fortaleza,
de qué puede servir la barba cana.
Poco después, según Rosaura dijo,
la puerta falsa del jardín abriendo,
como la principal al negocio,
a su prima Casandra mal creyendo,
a quien más cauteloso se llegaba,
y se acercaba también, y así le hablaba:
Alejandro, seáis muy bien venido,
¿no me habéis conocido?
Yo que os espero soy, habladme agora,
Casandra, gozadora,
es quien hace por vos esta fineza;
pero viendo que el rostro recataba
un hombre cuanto más se le llegaba,
a recularse mi Casandra empieza,
cuando él su intento menos recatando,
con otro a vuestra prima rebatando,
con tal furor y con violencia tanta
por el jardín salieron,
que nada menos que hombres parecieron.
De Casandra a las voces bien sentidas,
de Rosaura a las voces mal formadas,
sacaron los traidores las espadas
por defender el robo con las vidas.
Saliendo de casa los criados
en los que eran de escolta embaraza,
aquellos en alcanzar se detuvieron,
que los que huían menester tuvieron.
Tanta en uno hallaron resistencia,
que esperando de todos la violencia...
Dura y resiste, ¡ay hijo!, en la refriega,
hasta que un hombre a socorrerte llega.
Yo, que me quejo de fortuna airada,
cuando acudo a mi daño con mi espada.
Vase el viejo.
Acudo, ¡ay hijo!, en vano,
que tarde llega quien nació temprano,
sin armas y sin vista; suerte airada,
¿qué mal, sin vista, conocer pudiera,
y sin armas, qué tarde que ofendiera?
Que este palo, que ciño por mis daños,
es un puntal de mis caducos años,
y si le alzara para hacerle guerra,
fuera dejar el edificio en tierra.
Esto pasa, mas yo, como también
solo tan solamente os aconsejo
que miréis al honor antepasado,
y al vuestro, que aún es más que el heredado,
yo, vuestra prima, vuestra esposa bella,
y en vuestra mano nuestro honor ponemos,
yo os quisiera vengar a vos y a ella,
pero los padres, hijo, no podemos
acudir más que al llanto y la querella.
La primera luz que tengo
para que pueda vengarme,
cielos, más ciego me deja,
a imitación de esa grande
antorcha, que a quien la mira
más que alumbra daño hace.
Mi padre me ha enternecido,
heladas cenizas hace
el pecho, cuando mi enojo
entre las ofensas arde.
Apenas reprimir puedo
el llanto, mas si llorare
al golpe del sentimiento
lágrimas serán de sangre.
Pésame que el corazón
a ningún dolor se ablande,
porque a las ternuras hecho
puede ser que sea cobarde,
y de suerte, que si le pide
alguna vez mi brazo
de su brío, o no le tenga,
o el que tuviere le falte.
Mas si dentro de una nube
vapor de la tierra frágil
suele engendrarse la lluvia
y el rayo suele engendrarse,
dura constelación este,
blandos aquella raudales;
bien puede mi pecho dar
(cuando lágrimas derrame,
como arbitrios diluvios)
a mi brazo tempestades,
que rojos humores desatando
vayan, y que a anegarse
la vida del que me ofende
para que mi honor se esmalte;
pero contra mí ensayado
(cuando solo ayudar sabe
a quien me agravia) mi brazo
en mi favor será tarde;
que yo ayudase a Fadrique
porque no le matasen
mis criados; su defensa
mi valor solicitase.
La noche de engaños llena,
encubridora de infames
sucesos (capaz y hábil
de traiciones y maldades).
+ Jornada
Sale Alejandro.
¡Que esté la verdad dudosa,
y que las sospechas anden
dando crédito a ilusiones
solo para matarme!
¡Vengarme es dificultoso
cuando fue la injuria fácil!
Sale Turín.
¡Ay de mí! ¡Qué bueno estaba
mi amo para acordarle
lo de la vaca y el toro,
la diferencia que hacen
las que verdades parecen
a las seguras verdades!
Señor.
Ven acá, Turín.
En fin, que cuando dejaste
ayer, cuando visitó
el duque a Casandra... aguarda,
que he de preguntallo:
¿viste bien que se enfadase
con Casandra el duque?
Ya os
dije que se despidió al desgaire,
sin saber con quién ni cómo;
vi solamente...
Mal hace
mi curiosidad, Turín,
de inquirir remedios tales.
¿El duque mi agravio? No,
no es posible; pues mudarse
Casandra y ser en mi agravio
alevosamente parte,
no puede ser. Pero abrir
la puerta con una llave
Fadrique, ¿cómo es posible
sin tener quien le ayudase?
Pero llaves hay maestras.
¿Y pudo con una llave
entrar en mi casa? ¡Cielos,
o los discursos quitadme,
o quitadme aquí la vida
para que yo no me mate!
¿Ser Fadrique quien la lleva,
y Fadrique quien quedase
a defenderle, es posible?
Sí, pues con eso alejarse
pudo bien quien la llevaba.
Del alevoso fiarle
lo que le importaba más,
esto fue; mas ¡qué cobarde
en no quitarse la vida!
¡Qué necedades
que ensarta con la locura,
que nadie quiere matarse!
¿Qué es lo que dices, Turín?
Señor, que a los amantes
llaman al vivir fineza,
y las descomodidades,
con las calzas atacadas,
vinieron ya a descansarse.
Sin vida, Turín, estoy,
de sola una causa hacen
tan diferentes efectos,
que así pudiese matarme
Casandra, y darme la vida.
Será, señor, no te espantes,
Casandra como Leonida,
una dama de un romance
muy celebrado en España,
que diz que le presta al valle
dos estrellas que le ilustren,
y dos rayos que le abrasen.
Conque dirá, digo yo
(o será muy bobo el valle),
que le perdonara el bollo
por el coscorrón que hace;
que le guste el que le alumbren,
cuando menos, el quemarse.
Y así a Casandra, señor,
bien pudieras perdonarle
el que la vida te diera,
por el daño que te hace.
No es tiempo, Turín, ahora
de escuchar tus necedades;
quisiera te divertir.
mal podrás (y has de excusarme,
de que hablemos en el robo
de Casandra); porque sabe
el que sirvió a mi señora...
¡dime presto lo que sabes!
no querría que el silencio
me rompas, que te encargaré.
antes perderé mil vidas
que me acabas, ¡no me mates!
pues, dónde está Casandra...
ya parece que deshace
la tiniebla del engaño
la luz de alguna verdad,
y dónde Casandra está,
tanto bien no me dilates.
ya sabes cómo Rodrigo,
aquel que sirvió a tu padre,
vive el castillo de Rota
con la tenencia de alcaide.
ya lo sé bien; y pues ahora
escucha lo que no sabes:
digo que, viniendo yo
a la vuelta de esa calle,
se me hizo encontradizo
(¿quién duda?) para contarme,
cómo Casandra al caballo
la llevaron poco antes.
que en nueva luz el alba
las montañas coronase,
y que a él se la entregaron
para que fiel la guarde,
por orden de un Venturín
de Fadrique, hábil y infame,
luego me diera lugar
sin ocasión a quejarme.
Díjome también don Rufo,
que si yo te lo contase,
te dijera que en Milán
públicamente se sabe,
porque de él no se entendiera
que ha podido revelarme
secretos que le encargaron.
Solo pudiendo importarle
a mi venganza, dijera
lo que me pides que calle.
¿Hay más modos de tormentos?
¿Hay más géneros de males?
¿Hay de penas más caminos?
¿De agravios más linajes?
No puede ser que los haya,
o el cielo me desengañe.
¡Ay de mí!, que fuera injusto
que los haya y que me falten.
Agora conozco, agora,
que el duque fue a conquistarle,
A Casandra que me asegura
de esta desdicha lo fácil.
Ayer, cuando en mi aposento
dijo que volvió a buscarme,
por decirme que quisiera
con Laura casarse,
por ver a Casandra fue.
Esto puede comprobarse
con que no habló más en ello
al duque, a mí, ni a mi padre.
Bien averiguo mis celos,
que mal pueden olvidarse
las circunstancias menores,
siendo en mi daño el achaque.
Mortal estoy, no quisiera
que la vida me quitase
primero que me vengara
de esta pena inexorable.
Permítelo, honor fiero,
la noche testigo tarde
en un dichoso suceso
de un estrago miserable;
no muera yo del remedio,
ni lo que puede sanarme
matarme quiera, que yo,
entre confusiones tales,
loco y sin honor llevado
de la fortuna inconstante,
triunfo tomar la venganza
de quien la injuria me hace.
Vase.
Y si Dios no lo remedia,
de este caballero andante
pienso ser el Sancho Panza.
Dios de esta vida me saque,
o mal hayan estos duelos,
que quiera mi amo andarse
por quítame allá esa mosca
haciendo mil necedades.
Miren qué palos le dieron,
qué bofetada en la calle,
más que llevarle a la cama
para qué quiera cargarse;
si fuera juez sentenciara
a pagar de mi linaje
que el cargado es quien la lleva,
y quien la lleva, el infame.
Por esto matarle quiere,
no hayan miedo que le mate.
Voy a avisar a su hermana,
voy a avisar a su padre,
para que estorbarlo puedan.
Y al Turco fuera a avisarle
cuando supiera que el Turco
fuera en estorbarlo parte.
Vase Turín.
Salen el Duque en su casa, y Fadrique, y solos.
En la ventana quedé
hablando con Isabela,
y al ruido de las espadas
dejé, gran señor, la reja.
saqué la espada, llegué
a resistir las primeras
sin saber que te ayudase,
tan remiso en la pendencia,
que no fuera entonces mucho
que al contrario socorriera.
Como Alejandro lo hizo,
cuando yo, por mi defensa,
me retiré de su gente,
pues me ayudó de manera,
sin conocerme, que fue
quien solicitó su ofensa.
Yo con Casandra salí
y del jardín a la puerta,
a Roberto la entregué,
que conmigo entró por ella,
y ya tan arrepentido
Fadrique, que si pudiera,
después de habernos sentido,
dar con Casandra la vuelta,
de mi piedad no se dude
que de lástima lo hiciera;
porque quien ama, Fadrique,
y tiene para las quejas
rigor, hombre no se llame,
nombre merece de fiera.
Oh, mas ¿qué hacer pude entonces?
Esto mi amor te confiesa.
fue no darme a conocer
por no aumentarle la pena
porque como me aborrece
me pareció que sintiera
aun más el que yo la alabe
que la intención de su ofensa,
que en no querer las mujeres
desta manera se vengan.
No
Anticipó con su llanto
el aurora, y las tinieblas
creyeron que amanecía
si no vieran sus estrellas.
De los ojos a los labios,
de los labios a la tierra,
No
perlas y aljófar lloró
dos veces con diferencia,
pues lo que perdió en sus luces
aljófar menudo viera,
que al contacto de su boca
lo cobró la tierra en perlas,
las que no enjugó el consuelo
del sol, sí, de su belleza,
en favor de sus mejillas
sobre su rostro se quedan.
Y sus mejillas quedaron
como cuando se despliegan
las flores, porque en sus hojas
guarden del aurora el néctar.
hasta que ajeno descuido
o cuidado ajeno llega,
aquel sin querer las toque,
este queriendo le vierta.
Como el llanto derrame
la flor, aunque no se queja,
parece dio ocasión
la mano del que la lleva.
Con el llanto y la congoja
hermosa quedó la bella
más que la madre de amor
cuando en Chipre se lamenta.
En mi pena divertido,
o cuidadoso en su pena
pasé, Fadrique, dos calles
hasta que de ti me acuerda
mi voluntad, y llegando
a los que a Casandra llevan,
entre los dos a buscarte
echo de ver que te quedas.
Y acuérdome que al volver
por la esquina, en mi defensa
saliste, encargo a Roberto
el que a buscarte volviera.
Y pareciéndome entonces,
que haciendo la diligencia
te pudieran conocer,
yo mismo dando la vuelta
que llevasen a Casandra.
Os digo, y hallando quieta
la calle, voy a palacio
tan perezosa, tan queda
mi persona, que advertida
(como si remedio fuera)
daba pasos mi valor
como si el temor los diera;
y antes de llegar me hallaba
como agora, que me dejo
triste y sin vida.
Señor,
¿de qué tienes la tristeza
cuando a Casandra consigues,
pues a tu casa la llevan
y ya en tu poder la tienes?
Fadrique, en siendo mal hechas
las cosas, nos viene luego
arrepentimiento de ellas.
De parte de mi piedad
es humana diligencia,
mas de mi amor no es posible
que, viviendo, me arrepienta.
Por tu vida, que te vayas
antes que ninguno sepa
adónde Casandra está,
Fadrique, a verte con ella,
y, su rigor moderando,
la dirás que voy a verla.
amante y compadecido
de ver que mi amor la ofenda,
Aparte.
No es menester,
señor, que nada me adviertas.
Lograr pienso esta ocasión.
Vase el Duque.
Mira que no te detengas,
y que de ser que Alejandro,
donde está Casandra, llega,
es principal, y ofendido
amante, y así cualquiera
destas cosas es bastante
a que estorbar mi amor pueda.
Vase.
A ver a Casandra iré
en esta ocasión, la primera
que tengo para mi intento,
y pienso lograr sin perderla.
Disculpe Amor mi traición,
que pues lo que al Duque ofenda
primero ha de ser mi vida
que su gusto con mi ofensa.
Sale Alejandro y Rodulfo en el castillo de la Mota.
Rodulfo, solo he venido
a ver a Casandra bella,
y cuando vengo por ella,
que me la enseñes te pido.
Haz esto por mí, pues sabes
que tienes obligación.
Entrase.
Ya conozco que es razón
servirte en cosas más graves,
mas no sé cómo ha de ser,
señor, porque no quisiera
que Fadrique lo supiera,
pues si lo llega a saber,
siendo del Duque valido,
mi deslealtad culpará,
cuando en este caso está
del Duque favorecido.
A Casandra me entregaron
porque lo mandó Fadrique,
y no es bien que yo publique
lo que callar me mandaron.
Lo que puedo hacer, señor,
es llegar a disponer
que a Casandra puedas ver
sin ser en esto traidor;
pues cuando yo, no obligado
de ti, al Duque sirviendo,
pienso que a ti no te ofendo
con parecer buen criado.
Aquí puedes esperar.
Aquí, Rodulfo, te espero,
pero yo, ¿para qué quiero
otros medios intentar?
El Duque se ha de ofender
de tener un mal criado;
yo puedo ser engañado
habiéndole menester.
Casi pienso que es mejor
(esto mi discurso alcanza)
que no cueste mi venganza
hacer a nadie traidor.
No es bien que a Rodulfo aguarde;
manos y una daga tengo,
y honor, todo lo prevengo,
que nada me acobarde.
Las tapias pienso saltar,
con este puñal subir,
aunque me cueste morir
con intención de matar.
Altas están, mas no importa,
pues que lo imposible fuera
más que posible lo hiciera
esta razón que me exhorta.
Éntrase por un lado Alejandro y sale por otro Rodulfo.
Vase.
Señor, aquí le dejé,
dije que luego salía,
mas que la ocasión sería
por que Alejandro se fue.
Él ha de estar allá afuera,
allá le voy a decir
que no le puedo servir,
y aunque servir le quisiera...
Dentro por una parte donde salió Pedro y a buscarle Luis con grande espada, dice Alejandro.
Dentro.
Muerto soy.
Sale muy lleno de polvo.
Pero no vivo he quedado,
porque no muere desto un desdichado.
Esperar no he querido
a que el jardín Rodulfo me enseñase,
que no quiere el honor del ofendido
que por ajena diligencia pase,
solamente la suya
tome satisfacción, porque concluya
con quien hizo agravio al que,
que el honor quien le pierde ha de cobrarle.
Yo solo basto, yo, pues cuando pruebo
a mover mi persona en mi defensa
como cargado estoy, un monte muevo,
y que me ayuda quien me carga pienso.
Mi espíritu valiente,
pero mi condición no lo consiente,
pues como estoy celoso y agraviado
con ambos accidentes animosos,
sobra lo honrado de que soy celoso
y lo celoso de que soy honrado.
Así dichoso como amante fuera,
y así ventura como honor tuviera.
Y desesperado Cristóbal, y creyendo que solo en darle vida es matarle a él.
mas si bárbaramente conducido
de mi loca pasión fui llevado,
donde, teniendo el daño repetido,
¡ay de mí!, no pudiese ser vengado,
ni tampoco a Casandra ver pudiese,
o nuevo mal, primero que otro, cese.
Amor, ¿qué no podrás? tú solo hiciste
extremos cobardes y animosos,
tú solo hacer pudiste
que se envilezcan pechos generosos,
por tener en tu cuidado parte
que llore Alcides y llorase Marte.
Pero en mí, que tengo honor y celos,
nada puede amor. ¡Viven los cielos,
que, aunque pierda a Casandra, noble y bella,
(que es forzoso perdella),
con esta daga intento
que sea de mi venganza el instrumento,
de hoy más a ser empieza,
dejando en estas tapias mi bajeza,
cuando por ellas mi valor desciendo;
quitar la vida a quien mi honor ofende,
y en el quitar quisiera
la vida del cualquiera
que sintiera la pena merecida,
que sin venganza advierte,
para crecer el número a la muerte,
porque con una herida
sienta cada dolor un homicida.
Ruido parece que siento;
aquí me pienso esconder.
Entrase detrás de unas murtas del jardín,.
y por el otro lado sale Casandra.
No morir de padecer,
siendo tal mi sentimiento,
en lo inmortal de este tormento
mi vida debe de estar,
aunque por saber amar
(cuando me aflige esta pena)
el vivir con alma ajena
es la causa de durar.
Lo que por remedio apruebo
también resulta en mi daño,
poco le debo a mi engaño,
nada a mi elección le debo,
si acaso los ojos muevo
solo mi mal llego a ver,
solo en mí viene a ser
lo mismo ver que mirar,
porque no pueda faltar
ocasión de padecer.
Aquel tronco levantado,
de fértiles parras feo,
en su amoroso trofeo,
de pámpanos coronado,
Dos tórtolas, un cuidado
tienen, cualquiera amar sabe,
viviendo un yugo suave
y yo tengo en pena tanta
menos dicha que una planta
y menos dicha que un ave.
Aves y plantas agora
¿cómo a verlas llego? ¿Cómo?
cuando las ignora el plomo
y la segur las ignora,
y aunque así no se mejora
su suerte en mi pena grave
y en mi sentimiento fuerte,
que no viva en pena tanta
sin envidia de una planta
y sin envidia de un ave.
Y si mi suerte quisiera
que mi daño se acabara
en mí, yo me consolara
aunque yo sola muriera;
pero cuando considera
el alma que mi dolor
viene a ser mucho menor
que el que a Alejandro padece
que no siento me parece
pues no me muero de amor.
¡Oh, quién se pudiera ver
desenojado, primero
que tanto rigor severo
me pudiese a mí ofender!
Pero quisiera saber
después de haberle avisado.
si de su padre templado,
si de Isabela advertido
estará de mí ofendido
cuando puede enamorado.
Escondido.
Aquí sin saber estoy
la causa de mal tan grave.
Su mal, dice, que no sabe,
yo quien le padece soy.
¡Albricias, amor, te doy!
¡Ay, Alejandro!
Quiere salir y suena ruido, y retírase.
¿Qué espero?
Salir, pues me nombra, quiero,
pero ruido siento.
Ruido de llave.
¡Amor,
para aumentarme el dolor,
abren la puerta, yo muero,
y estoy como el delincuente
la sentencia escuchando,
que muere aquello más que vive!
Sale Fadrique por la puerta, y llega a abrir.
Un monte muevo en mis pasos,
mas si a ser traidor camino,
¿qué mucho?, ¡ay!, no fueron vanos
mis recelos.
Bien mi ofensa
voy, honor, averiguando.
Yo llego, ¿en qué me detengo?
¡Ah, cielos!
Llégase.
¡Raro milagro
de belleza, dueño hermoso!
Aparte.
¡Cómo vivo, que sufro tanto!
Ahora es el tiempo, ahora,
que, mi voluntad premiando,
vivirá en los dos un alma.
Primero verás, villano,
tu muerte.
Casandra hermosa,
¿no respondes?
Si escucharos
en mi agravio viene a ser...
y en agravio de Alejandro
y os escucho, bien veréis
que no es poco lo que hago.
Eso sí, Casandra mía.
Ya que me estáis escuchando
quiero mi pena deciros.
Y yo, que de vos no aguardo
novedad, os lo excusara
si me escucharais un rato,
puesto que no habéis podido
jamás tomarme una mano,
y antes perdiera mil vidas.
Bien. Amor me satisface.
Tened lástima de mí.
La solicitáis en vano,
porque mi honor es primero
y después el de Alejandro,
y no es bien cuando le adoro
y cuando me estimo tanto
que una piedad malnacida
a los dos nos haga daño.
Cuando me costáis la vida.
Dícese.
¡Ah! Cómo que ha de costaros
por mis celos; bien pudiera
darle muerte, pero aguardo,
pues le mato de celoso,
matarle también de honrado.
Necedad el que os estime.
Porque ahora le alabe,
recelaré como ofendida.
A los dos procurará
desengañar a Fadrique,
que a los dos ha de ofender;
loca estoy si lo consiento;
en mi ofensa manos daros.
Yo os he de sacar de dudas.
En lo que son agravios,
dadme mis celos, no más.
Solamente quisiera
que me estuviera escuchando
Alejandro.
Ya te escucho.
Viera que no le agravio,
(¡Fiera, ay, querido dueño!)
contra mi vida irritado.
A lo de menos hablemos.
Más de vuestro amor me canso,
pues queréis favoreceros.
Líneas tachadas en la parte superior, ilegibles.
Todo el texto desde "Vuestro gusto solicito" hasta "que afloja la cuerda al arco" está enmarcado con una línea y bucles en los márgenes, indicando supresión.
Vuestro gusto solicito
y quisiera, por no daros
esta pena, que cupiera
dentro de la fe que os guardo
el poderos persuadir
que amarades a Alejandro.
Esto solo hacer no puedo.
¡Oh, si viniese entretanto
Isabela con mi tío,
que ya los tengo avisados!
Líneas tachadas e ilegibles.
Hacerme podéis dichoso.
Mirad que solos estamos.
Yo no, cuando estoy conmigo.
Y cuando yo te acompaño.
Mirad que soy poderoso.
Y yo soy mujer amando.
¿Qué perdéis en darme vida?
Sin ser mi gusto, ¿qué gano?
La gloria de un rendimiento,
triunfo de amor el más alto.
¿Qué gloria como rendirme
a lo que estoy adorando?
Cae.
Sin vida estoy
, ya parece
que afloja la cuerda al arco.
En el margen derecho: Vase Fadrique (tachado), sale.
Pues en el amor del Duque
hasta agora no he tratado
antes que venga quisiera.
Lo que no pueden los años,
lo que mi amor no ha podido
a la violencia fiarlo,
la ocasión me da lugar,
el respeto se ha enojado,
un desprecio me ocasiona.
Cuando con estilo ingrato
de mi amor se desobliga
Casandra, pues ¿a qué aguardo?
Conozco lo que aventuro.
Aparte.
¡Oh, si se fuere!
Vuélvese a Casandra.
Mi daño
nunca puede ser mayor
que, padeciendo y amando,
muera y huya de mí mismo,
si favorece, traidor,
la fortuna. ¿Cómo pierdo
lo que atreviéndome gano?
Casandra, yo me resuelvo
a que pueda más que el trato
la fuerza, y que la razón
mi corazón obstinado.
Si lo intentas... ¡no prosigas!,
que primero de mi mano
pienso recibir la muerte.
Llégase a ella, quiérele sacar la daga.
Vendrás primero a mis brazos.
Con esta daga primero...
Sale Alejandro.
Primero con este rayo,
que ya mi valor esgrime,
pienso matarle.
Retirándose Fadrique en viéndole por la puerta que él mismo abrió.
¡Alejandro!
¡Muerto soy!
¡Dad voces, amigos,
esposo, señor, criados
del Gran Duque de Milán.
Si lo habrá todo escuchado,
Alejandro.
Sale por la misma puerta el Duque retirándose delante de él Alejandro, y échase a sus pies. Sale Isabela, Federico, Turín, Rosaura y Rodulfo a las voces de Casandra.
¿Qué es aquesto?
Si Vuestra Alteza me escucha,
Abrazoos, don Fadrique;
callad, y a los pies de su Alteza.
Para satisfacción,
el alma tengo confusa.
Ya, señor, os di a entender
que hay venganzas si hay injurias;
si os ofendí, siendo culpa,
dadme, dadme aquesos brazos,
porque toda esta confusa
de turbaciones y ciega
tempestad aquí concluya,
y a confirmallos vamos.
Pudo el trato con Casandra
lo que ha podido con muchas.
Correspondióme, tratamos
hacer de dos almas una,
y en tanto que en nuestro deudo
dispensación se procura,
vino de España Fadrique,
amante a Casandra busca.
Por vos pudo visitarla.
Aparte.
Esto también me disculpa.
Pero yo solo a ofenderme
de la desvergüenza suya,
ayer estando en mi cuarto,
aquesto también se ajusta,
esperándome Casandra,
entró quedo con astucia,
y después aseguróme,
diciéndome que procura
ser de mi hermana marido,
de que vuestra Alteza gusta;
y aunque no me estaba bien,
me sosegué, porque me asegura
mis celos, que los amantes
esto solamente buscan.
Anoche (como sabéis
que me valí de la excusa
de ausentarme, y no asistir
en alguna travesura),
entró por la puerta falsa
de mi jardín con alguna
gente que, para su daño,
asistieron en su ayuda,
y a Casandra me robó.
Sale delante Alejandro galán, con daga.
Y no porque yo lo arguya
de haberle favorecido
en su vergonzosa fuga,
por vencido quise darme;
y aguardo a que se descubra
la verdad; noticia tuve
que ese castillo la oculta,
y que Rodulfo la tiene,
gran señor, con orden suya.
Vengo al castillo animoso,
con esta acerada punta,
esas tapias salto y facilito
sin resistencia ninguna,
y por ruido en el jardín,
escóndome entre esas murtas.
Sale Casandra, y escucho
entre la ignorancia suya
en mi favor mil finezas
que piadosos me procuran.
La primera vez, señor,
parecerá su disculpa,
quien a las desdichas es
tan sujeta a la fortuna;
y aunque Casandra se turba,
bien advertida le escucha.
Animosa se resiste;
mas el que su daño duda,
A mis brazos se atrevió,
y ambos con violencia mucha,
él solicitó mi ofensa,
yo mi resistencia justa;
en esto salió Alejandro,
y con la daga desnuda
Di, señor, a entender
que hay venganzas, si hay injurias.
Aparte.
Dicha ha sido que Alejandro
los celos solo descubra
de Fadrique, y aun merezco
que no conozca mi culpa
Alejandro, porque ya
de mi piedad no se duda
que estuviese arrepentido.
Pero Fadrique, si enojado
vuestro valor se disgusta,
dadme, dadme aquí la muerte,
porque, borrada la ofensa
de mi fama, no tengáis
vos conmigo a un tiempo
miserable sepultura.
Líneas tachadas: así Alejandro me excusa / de dar afrenta al ejemplo / cuando el secreto descubra. / escándalo a mis vasallos / que formarán quejas justas / de que se fíe mi pecho / a quien alevoso busca / mi daño con su ruina, / y así de la muerte suya / quiero sacar mi escarmiento.
Yo tengo poca ventura,
al Duque temo enojado.
Nada mi dolor excusa.
Bien sé que de no lograrme
en nada he tenido culpa.
Paréceme...
Y a mí que se encubran.
De él tomar satisfacción
merece.
Si me preguntas
si te perdono, Alejandro,
nada en mi favor te acusa.
En el margen superior izquierdo, líneas tachadas: Plantas / A. deja que por amor cese... / y...
Al margen izquierdo, tachado: Alejandro.
Al margen derecho: Que ya no es Alejandro.
Tienes perdón de tu culpa,
pero tienes un cuñado
en mí, que aunque sea algunas
veces visité tu casa,
que fue de mi amor industria,
porque a Casandra amaba,
y así, si de princesa gustas,
dale luego la mano.
Bien, señor, hallando en lugar
que esto es enmendar mi suerte
y hacerme ya mi fortuna,
que fabrique lo ingrato
del sentimiento me excusa.
Aparte.
Loco de contento estoy,
porque no se presuma
de mí que tiene otro amor,
a Alejandro el Duque cura,
a los dos hoy va casando.
Dale la mano, y pues gustas,
a Casandra, y pues es llana
la diligencia injusta
de quien la robó, no tuvo
Casandra de parte suya
culpa...
Dé la prenda a este señor.
Ya se la doy, y las de mis triunfos,
pues se la doy con el alma.
Así, nuestro amor concluya.
Dale tú a Rosaura
la mano, y mi hermano cumpla.
No me lo mandes, señor,
que no ha sido mi ofensa causa.
Digo que se la quiero dar.
Apetezco las clausuras,
que ofrezco hacer por ellas
(porque no parezca excusa)
el amarla en la primer parte
y casarme en la segunda.
Aquí, senado, se acaba
la comedia que se intitula
Venganzas hay si hay injurias.
Fin de la comedia.
Alonso de Batres
Alabado sea el Santísimo Sacramento.