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Digittol text for Vengtonztos htoy si htoy injuritos

Publication date: August 22, 2026

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Alonso de Btotres
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Comedito
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Venganzas hay si hay injurias. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/venganzas-hay-si-hay-injurias.

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VENGANZAS HAY SI HAY INJURIAS

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Ptog. 1

Vv - 77

+

Bo Sor 6

Comedia

intitulada

Venganzas hay si hay injurias Original de Alfonso de Batres.

Jornada primera

Ptog. 2

Comedia intitúlase Venganzas hay si hay injurias de Alfonso de Batres.

El Duque de Milán. Fadrique. Alejandro, galán. Casandra, dama. Isabela, dama. Rosaura, criada. Federico, padre de Alejandro. Rodulfo, criado. Roberto, criado. Turín, gracioso.

Salen Casandra y Isabela.

Isabela.

Lástima el ver a Fadrique,

más que a mí te diera, prima.

Casandra.

Solo a mí no me lastima

el ver que su pena explique.

Isabela.

Que su amor te comunique

como amiga me encargo,

y lo que más me empeño

Ptog. 3

Isabela.

para que por él lo hiciese

fue el ver que antes que se fuese

tú le amaste y él te amó.

Casandra.

Si a tu queja, o a la suya

ninguna disculpa diera,

con razón culpada fuera,

y así es bien que te concluya;

pues para que no se arguya

de mí que fácil te olvido,

digo que no le he tenido

amor, que aunque soy mujer,

si le llegara a querer,

siempre le hubiera querido.

Isabela.

Aun más que en lo desdeñado

me habló en lo favorecido

Ptog. 4

Casandra.

Si por haberme asistido,

por su gusto, enamorado,

dice que está bien premiado,

esa es paga de su acción;

pues dándole yo la ocasión

de amarme, no me enojaba,

creyendo que me miraba

solo para adoración.

Pero Fadrique será

satisfecho enamorado

que, por dicha, mi cuidado

piensa que en el suyo está,

y así quejas formará

de que rasgué su papel,

por no amarle soy cruel.

Luego sabré ser mi enemigo;

no puedo estar bien conmigo

sin que mal esté con él.

Y cuando bien le quisiera,

prima, cuando se ausentó,

viendo que no me buscó

para que yo lo impidiera,

desengañada me tuviera,

y ya le hubiera olvidado,

porque en tan necio cuidado

fuera amar la grosería.

Ptog. 5

Casandra.

y suele la cortesía

andar con lo enamorado.

No, Isabela, riguroso

siempre hallará mi semblante,

que no es bueno para amante

quien no embaraza quejoso;

solo amor poderoso

del Duque temo, por quien

me ofendo en mirarle bien

y en no mirarle, le ofendo;

que un poderoso, en quiriendo,

no llama honor al desdén.

Isabela.

Que de aprisa bien te ofendas.

Casandra.

El Duque, Isabela, oí

que el Duque me quiere a mí,

que su apetito le enciende;

con rigores no retienen

corazones naturales;

a mí me estará muy mal,

aunque al Duque amando ande,

que el Duque es amigo grande

de mi hermano a quien yo agravie.

Amo a tu hermano y estoy

con tu padre, y con mi tío

conservando el honor mío,

reconociendo quien soy.

Ptog. 6

Casandra.

Y cuando el alma le doy

a Alejandro, y él me ordena

que viva con alma ajena,

y a mi amor el suyo iguala,

si era mucho en ser mala,

y no hago nada en ser buena,

con esto pagada estoy

y de Fadrique olvidada.

Aparte.

Isabela.

Y yo más enamorada

de Fadrique, a quien le doy

el alma.

Casandra.

Y pues que soy

la misma que consideras,

ni de Fadrique las veras

me acuerdes, ni al duque, amiga.

Aparte.

Isabela.

No hayas miedo que te diga,

Casandra, que a nadie quieras;

no, al menos, a Fadrique

mi hermano. Viene.

Casandra.

En buen hora.

Sale Alejandro y Turín.

Alejandro.

Aquí están. Bella Isabela,

¿cómo estáis, Casandra hermosa?

Casandra.

Buena estoy para serviros.

Alejandro.

Tened salud, que me importa

vuestra vida.

Casandra.

Dios os guarde.

Alejandro.

Y deseo hallar, señora,

que entre el morir y no veros

Ptog. 7

Alejandro.

es la distancia muy corta.

Casandra.

Yo vivo de haberos visto,

Alejandro. (¡Celos, cuán dichosa

que fuera yo en mis amores

si escuchara de la boca

de Fadrique las finezas

con que Alejandro enamora!).

Alejandro.

Pues como dentro del alma

las especies no se borran

que percibieron los ojos,

en vuestra ausencia me informan;

y así llego a sustentarme

de veros con la memoria.

Isabela.

Adonde estáis tan conformes,

más que conciertan, estorban

los terceros. Adiós, prima.

Casandra.

No quieres, mi amor (¡bien haces!),

que entre la nieve se esconda

de mis palabras mis fuegos,

sino que el silencio rompa.

Ptog. 8

Alejandro.

Con abrasada fatiga,

el dardo el alma viene rota,

y todo cuanto enajena

con todo a quejarse animó.

Conque eres igual cuidado,

riendo se fue con prisa.

Vi.

Hacéis contrato de amor,

y para él dice qué importa.

Después, conde, me hallaré,

para los envié y pésame.

Vuélvase a solas la acción,

sabe tu pasión de cuidado.

Solamente allá quedó,

porque quien te envía deudora,

por amor más te lo compra.

De ver defiende os golosa.

Isabela.

Quiero dejarte a solas,

porque es niño amor, y tiene

resolución vergonzosa.

Vase Isabela.

Turín.

Qué discreta, qué advertida.

Alejandro.

Permite, Casandra hermosa,

que lo que debo a Isabela,

hoy que mis dichas se logran,

con demostraciones mías

tus plantas lo reconozcan.

Casandra.

Primero, Alejandro mío,

deja que mis labios ponga

adonde pisan las tuyas.

Turín.

Excusa esas carantoñas.

Ptog. 9

Casandra.

Mira, señor, que pareces,

de la suerte que enamoras,

más que galán, bailarín,

que para andar tierra poca,

antes que al extremo llegue,

se va haciendo jerigonzas,

y así es más lo que rodea

con saltos y cabriolas

que lo que va recta vía.

Vete al caso, y, pues te importa

ser volatín del amor,

en llegando a la maroma

sin torcerte a ningún lado,

pon en los fines la proa.

Alejandro.

Notables locuras piensas.

Turín.

Y tú notables tramoyas.

Alejandro.

Mi bien, intento abrasarme,

y soy como mariposa

que esas luces galantes,

como ella su llama, ronda.

Y así en llegar me detengo.

Casandra.

Cuando en mi llama amorosa,

mariposa te acabaras,

dándote mi vida propia,

como fénix renacieras,

que estoy de saber gustosa

que es mi fuego de materia

que puede enmendar tu forma.

Ptog. 10

Alejandro.

¡Oh bellísima Casandra,

sol que a desatar las sombras

de mis dudas amaneces,

siendo de ti misma aurora,

porque no pueden tus luces

deber su noticia a otras;

sola esta vez mi cuidado

tanta piedad generosa

te agradece, la primera

que tus rigores no cortan,

cuanto en mí no se defiende;

pero mi amor te perdona,

porque ofende tu belleza

con armas que desengañan.

¡Oh hermosura, cuánto puedes!

Casandra.

El alma, primo, te adora,

aun más que de agradecida,

de enamorada; él responda

a lo que decir no puedo

por mí el silencio, y que informan

al alma tan de improviso

tus palabras, que me estorba

la turbación de las dichas

a que mis afectos oigas.

Casandra.

Suplan, Alejandro mío,

donde las palabras sobran,

el silencio la fineza,

la turbación la lisonja.

Ptog. 11

Casandra.

Yo te estimo.

Alejandro.

Y yo te adoro,

y ya para nuestras bodas,

Casandra, mi padre espera

la dispensación de Roma;

hará inseparable nudo

nuestra paz, unión dichosa.

Casandra.

Para que eterno viváis,

Alejandro, en mi memoria.

Alejandro.

Para que el tiempo los ignore

por triunfos de sus victorias.

Casandra.

Hazlo, amor, pues eres Dios.

Alejandro.

Hazlo, amor, pues que me importa.

Loco estoy.

Vase Casandra.

Turín.

Y aun lo pareces,

en que nada te reportas.

¡Que te enloquezca el favor!

Alejandro.

Sí, Turín, lo que se compra

por lo que vale un cuidado,

con tanto extremo se logra.

¡Oh, quién amado se supiera

desde que, oh Casandra hermosa,

en el umbral de la vida

pisé la primer aurora!

¡Oh, quién pudiera juntar

de muchos siglos las horas,

para amarte en un instante!

¡Y cuánto el morir nos estorba!

Turín.

Ama, señor.

Alejandro.

Pues, ¿qué hago?

Turín.

Escucha y sabráslo agora.

Ptog. 12

Turín.

El cura allá en mi lugar

un convidado tenía,

el cual a todo no hacía

sino comer y callar;

y tanta priesa se daba

el convidado inhumano,

con una y con otra mano,

que sin mascar lo tragaba.

«Coma, amigo», le decía

el cura, y él, no pudiendo

responder, iba engullendo,

creyendo que obedecía.

«Coma», le volvió a decir

el cura, y hecho el estrago,

le respondió: «¿pues qué hago?»,

y el cura dijo: «engullir».

Vete despacio, señor,

pues eres el escogido,

desta vez que te ha cabido

ser convidado de amor.

Ptog. 13

Alejandro.

Turín, no puedo excusar

esta prisa de querer,

pues por más que llegue a hacer

aún me queda más que amar.

Vanse Turín y Alejandro. Salen el Duque de Milán, Fadrique y algún acompañamiento.

Duque.

Después que recién venido

a Milán, Fadrique, tienes

(logrando mil parabienes)

aplausos de bien querido,

ofendes mi voluntad,

pues verte no me has dejado.

Fadrique.

Otra vez de bien hallado

los pies, grande, me dad,

que mi voluntad procura

en ellos de Vuestra Alteza

reconocer su grandeza

y confesarme su hechura.

Abrázale el Duque.

Duque.

Mejor, Fadrique, en mis brazos

estarás.

Fadrique.

Señor, ¿qué haces?

Aparte.

Duque.

De nuestro enojo las paces

y un cuerpo con estos lazos.

Y el alma, (en que ya no vengo)

darte quisiera, (¡ay de mí!)

mas de no dártela aquí

infiere que no la tengo.

Ptog. 14

Fadrique.

¿Qué tenéis, señor?

Duque.

Fadrique,

tratemos de tu venida.

Fadrique.

Vuestra Alteza, por su vida,

su cuidado comunique,

con quien descansar podrá.

Duque.

Cuéntame, ¿cómo te ha ido?

que mi amor, aunque ofendido,

de ti satisfecho está.

Pues partir sin mi licencia

pudiera tenerme airado,

mas ya lo tengo olvidado;

así hiciera mi dolencia.

España, en fin, ¿cómo queda?

Fadrique.

Ilustre y rica, señor,

que, aunque el natural amor

hace que alabarla pueda,

yo, que en Milán me crie,

sola esta vez la vi;

lo que en ella conocí,

¿cómo negarlo podré?

Lindo cielo, hermosas damas,

las más de rostros divinos,

los ingenios peregrinos,

dignos de inmortales famas.

Duque.

¿Alábaslos?

Fadrique.

Sí, señor,

porque en España olvidados,

y tan solamente envidiados,

están ingenio y valor.

Qué le parece al que sabe

Ptog. 15

Fadrique.

la facultad que profesa,

que en él la noticia cesa

y que en otro ser no cabe.

Pues si el ser único es gloria,

me parece que ha de ser

algo después de vencer

a quien cante la victoria,

y así a los sabios condeno

aunque a ninguno me igualo,

que tengan ellos por malo

lo que mereció ser bueno.

Duque.

Fadrique, en cualquier nación

es la envidia de tal suerte

que no la acaba la muerte,

ni la vence la razón.

¡Oh, qué en vano a llevar pruebo

por otro camino el gusto!

Yo pudiera (aunque es injusto),

pues a mí sin mí me llevo.

Fadrique, ¡ay de mí!

Fadrique.

Señor,

¿qué tenéis?

Duque.

Mi mal empieza,

dejadnos solos.

Fadrique.

Su Alteza,

¿qué tiene?

Duque.

¡Ay, Fadrique! Amor.

Vanse los dos, solo Fadrique queda.

Fadrique.

Dentro de este cuidado

tengo tanto en que entender

que lo menos viene a ser

el estar enamorado;

pues no alcanzar un favor

de lo que se quiere bien

hace gustoso el desdén

y moderado el rigor.

Ptog. 16

Aparte.

Fadrique.

Pero estar enamorado

de Casandra, cuando esquiva

ya no es posible que viva,

tiene en otro su cuidado.

Duque.

Es tener envidia y celos,

sí, esto solo puede ser

o procurar detener

el movimiento a los cielos.

Fadrique.

La pena, señor, reporta,

menos de quejarte trata.

Duque.

Solo el silencio me mata

y así descansar me importa.

¿Viste el líquido cristal

que luego que nace fuente,

desatado en su corriente,

suave lleva el raudal,

tanto que cualquiera mano

leyes a ponerle viene,

poca arena le detiene

y correr intenta en vano

a pocos pasos después,

y que manso humedece y riega,

si más caudal se le llega

mayor su violencia es?

Con que menos apacible

discurre, y pararse no deja,

corre como que se queja,

y es detenerle imposible;

así al nacer mi cuidado

cuando a los labios venía,

fácilmente le tenía

de mi silencio enfrenado;

Ptog. 17

Duque.

Mas creciendo su congoja

con celos, penas, y enojos,

por la lengua, y por los ojos

precipitado se arroja;

y así al arroyo en crecer

de nada le diferencio,

pues lleva tras sí el silencio

sin poderle detener.

Ver a Casandra pretendo.

Fadrique.

¿Cómo, señor?

Duque.

En su casa,

porque el fuego que me abrasa

quiere ver donde le enciendo,

pues cuando su padre intente

esta visita culpar,

yo me sabré disculpar

por amigo, y por pariente.

Fadrique.

Muerto soy.

Duque.

Fadrique, ¡qué bien

parece que te ha pesado

Fadrique.

de que estés enamorado!

Vase el Duque.

Duque.

¡Ay adorado desdén!

Vase.

Fadrique.

A ver a Casandra iré

con el duque, y ver mi muerte,

mas si he de morir de verte

del remedio moriré;

que siendo mi pena tal,

y no pudiendo vivir,

de tu mal quiero morir,

y no vivir de mi mal.

Salen Federico, Alejandro, Turín y Rodulfo, criado.

Ptog. 18

Federico.

Alejandro, el señor sea como en espejo,

se mira un padre viejo,

en un hijo tan cuerdo, y retrata

(en poca edad) hasta la rica plata,

que en mis canas nevaron tantos años,

que es cuerdo antes de ver los desengaños.

Y de Alejandro espero,

dispensación, con que mañana infiero

que habéis de ser, en yugo el más sabroso,

de vuestra prima, de Casandra, esposo.

Alejandro.

Señor, cuando yo obediente deba seros,

de camino que voy a obedeceros,

hallo en lo que mandáis por ser tan justo,

que en la obediencia está también mi gusto.

Y así, por lo que gano,

padre y señor, os besaré la mano.

Turín.

Lo que adora le dan, y lo que espera

no es nada, luego a mí me sucediera.

¡Ah, fortunilla! Ser bella vuestra esposa,

o a lo menos en ella ser hermosa,

y será bien estar cuando casado,

también como marido enamorado.

Federico.

Y aunque, padre, mi cuidado empieza,

sino ya de mis hombros la flaqueza

a sacudir el peso.

Y que me carga menos, y confieso,

Alejandro, después que me parece

que por mi gusto el vuestro me obedece.

A Isabela (mitad del alma mía),

vuestra hermana, querría

esposo dar que merecerla pueda.

Ptog. 19

Federico.

tendrá mi vida el tiempo que le queda

(siendo feliz empleo)

cumplido bien el último deseo.

Deudo me reconozca el duque, y fuera

razón que de su mano recibiera

Isabela marido.

Alejandro.

Mientras vivir, señor, ocioso ha sido,

hablar en el remedio de Isabela.

Federico.

Soy padre, y padre a quien honor desvela

y al cuidado menor encomendado,

lo mismo debo hacer por un criado.

Y así, a Rodulfo, porque me ha servido,

premiar he querido.

Aparte.

Rodulfo.

¿Con mandarme, señor?

¡Con linda cosa!

¡Cuánto es mejor tener la vida ociosa!

Federico.

No, que ya de un castillo la tenencia

hoy para vos me ha dado Su Excelencia.

Id a besar su mano.

Rodulfo.

No estoy a vuestros pies menos ufano

por la merced, señor, que me habéis hecho.

Federico.

Huélgome de teneros satisfecho.

Alejandro.

Y yo de que a Rodulfo hayáis premiado,

porque como conmigo se ha criado,

me tiene amor, y así, su bien deseo.

Federico.

Vamos, que la ciudad me aguarda y creo

que he de acabar un parecer que sigo.

Quedaos, y tú, Rodulfo, ven conmigo.

Vase Federico con Rodulfo; quedan Alejandro y Turín.

Ptog. 20

Turín.

Contento estarás agora

con el fin de tu esperanza.

Alejandro.

Sí, Turín.

Turín.

Y yo también,

porque tamañito estaba

de verte casar, señor,

y que a tu hermana casaban,

temiendo no me casasen,

porque si se encarnizara

tu padre, talle tenía

de dar un verde a sus canas.

Alejandro.

Y casarte, ¿fuera malo?

Turín.

Fuera echarme enhoramala.

Cásate tú enhorabuena,

que con tu prima te casas,

noble, virtuosa y rica,

y de tan hermosa cara,

que, con ser belleza antigua,

tiene la edad de muchacha.

Horra de padre y hermanos,

y huérfana sin hermanas,

moza de madre y de tías,

de parientes cercenada.

¡Oh, mujer casi divina!

Es de los cielos tu patria,

sí, que eres sol en ser una,

como el fénix en su Arabia.

Con esta casarte quieren,

y te parece que tardan;

Ptog. 21

Turín.

sabes bien que la deseas.

Pero si yo me casara,

caso negado, saliera

la novia con tantas faltas

que comparada con ella

fuera hermosa la Tarasca,

y tuviera madre y tía

que a las orejas ladraran

siendo por siempre jamás

dos perpetuas arracadas.

Alejandro.

Yo no me quiero casar,

Turín, que nadie se casa.

Turín.

No me casan, mas pudieran;

que una boda imaginada

quita el juicio cuando menos.

No, señor, guarda la cara,

¿soy lacayo de comedia,

que porque el galán se casa

me tengo yo de casar

porque importe a la maraña?

Alejandro.

Turín, de Casandra hablemos.

Turín.

Pues hablemos de Casandra.

Alejandro.

¿No es hermosa?

Turín.

Y muy hermosa.

Alejandro.

¿No es muy discreta?

Turín.

Y bien habla.

Alejandro.

¿Parécete que es muy firme?

Turín.

Más que la peña de Martos.

Alejandro.

Deja las burlas, Turín,

mira que mi amor agravias.

Turín.

De Martos iba a decir,

y dije, por la consonancia,

Alejandro.

¿Casandra, mudanza?

Turín.

Ruego a Dios que no lo haga,

que poder meterse a tonto...

Ptog. 22

Alejandro.

¿Para qué me desengañas,

Turín? De aquellos no seas

que de las ajenas galas,

sin pedirles parecer,

primero que se sacaran,

cuando remedio no tienen,

llegan a ponerles faltas.

Yo, Turín, estoy vestido

del afecto de Casandra,

hábito que con la muerte

solamente se desata;

y quiero, Turín, que digas

que es de buen gusto esta gala,

y en cosa que tanto dura,

hacer mal y poner faltas.

Turín.

Porque dije que podían

olvidarte; ¡cosa extraña!

Alejandro.

Notables veras profesas;

¿no te parece que anda

nuestro amor muy parecido,

el mío y el de Casandra?

Turín.

Sí, señor; mas muchas veces

la vista nos desengaña.

Una vez en un torneo

un caballero llevaba

en el escudo un enigma

con una testa cornuda

del bruto feroz que pace

las riberas de Jarama,

y en acabando la fiesta,

al aventurero abraza.

Ptog. 23

Turín.

Un hidalgo que decía

entre corteses palabras:

primo, pariente, señor.

Como el otro extrañaba

el parentesco, le dijo:

¿A qué título me llama

vuestra merced su pariente?

Y respondió: Por las armas

Cabeza de Vaca soy.

Pues yo no, usted se engaña,

dijo, que aquesta es de toro

y no Cabeza de Vaca.

Y así, señor, muchas cosas

de firmeza y de mudanza

nunca son lo que parecen,

aunque parezcan más claras.

Alejandro.

Aquí tampoco, Turín,

pues yo tengo confianza

en que Casandra me estima

aun más de lo que declara.

Nada temo, aunque pudiera,

pues que sé del duque la gracia

tiene Fadrique, y valerle

pudiera el favor con Casandra;

que la quiso bien un tiempo

y podrá ser no olvidarla,

pero en vano mis recelos

turban la quietud del alma.

Si quien las nuevas trae,

Turín amigo, llegara...

Turín.

Si vienen con tu deseo,

ya me parece que tardan.

Ptog. 24

Alejandro.

No tienen fin mis dichas,

y esa es de tardar la causa.

Vase Alejandro.

Turín.

Para cobrar una deuda,

comer, beber, dar mohatras,

y muchas cosas que son

a los hombres de importancia,

luego han de ver, que se pierde

ocasión en la tardanza.

Espero para casarte,

lo mismo es hoy que mañana.

Vase; salen Casandra e Isabela.

Isabela.

Hoy, que con gusto celebras,

Casandra, tu casamiento,

(aun antes de haber llegado)

yo, que no menor me huelgo,

mil parabienes te doy.

Casandra.

Bien, prima, te los merezco,

y solamente tu hermano

en los aplausos primeros

de nuestro amor, no me debe

tan conocidos extremos.

Isabela.

¿Por qué?

Casandra.

Porque de un amor

el adorado sujeto

de suerte se ha de querer

(siendo de amor verdadero)

que excusarle los cuidados,

Isabela, es lo de menos,

y yo voy con Alejandro

muy escrupulosa en eso:

menos quiero que me quiera.

Isabela.

¿Menos, prima?

Casandra.

Prima, menos.

Isabela.

¿En qué lo fundas? Que son

sofísticos argumentos

cuantos defenderte quedan.

Ptog. 25

Casandra.

Bien sé que así no le ofendo,

y aun no sé por qué das lugar

con ese extraño deseo

a que despierte una queja

tu amoroso pensamiento.

Carlos.

Esto me pide mi amor.

Isabela.

No pide amor ruin en eso,

mas merece quien más ama.

Casandra.

Pues yo merecer quiero,

porque dentro de amar mucho

consiste el desasosiego.

¿No será mejor que yo

padezca cualquier tormento

de parte de lo que adoro,

pues todo lo que padezco

por quererle bien, le quito

de cuidados y recelos;

luego a los dos nos importa,

que quiera yo más, y él menos.

Isabela.

Sí, mas no adviertes...

Sale Rosaura, criada.

Rosaura.

Señora,

con grande acompañamiento

el Duque, de su carroza,

se apea.

Isabela.

Pues ¿a qué efecto

vienes a decirlo aquí?

Rosaura.

Porque...

Isabela.

¿Pasará allá dentro

a visitar a mi padre?

Rosaura.

No lo crea, que aquí no,

como llega...

Casandra.

¿Dónde le crees

que a las puertas...

Rosaura.

Malas nuevas

os traigo.

Salen el Duque Fadrique y acompañamiento.

Ptog. 26

Duque.

Los deseos

que de veros he tenido

mucho han tardado en hacello.

¿Tenéis salud, Isabela?

Isabela.

Y para serviros la tengo,

alegre de haberos visto.

Duque.

Y vos, Casandra, ¿estáis buena?

Aparte.

Casandra.

¡Yo muero!

Con salud

para serviros.

Aparte.

Fadrique.

¡Ah, cielos!

Testigo soy de mi agravio.

Casandra.

Mas, ¿cómo, príncipe excelso,

vuestra grandeza olvidando,

hacéis tan grandes excesos?

Aparte.

Fadrique.

Y para que Fadrique vea

mis cobardes pensamientos,

padezca de no atreverme.

Duque.

Porque muchas cosas tengo,

Casandra, que hablar con vos.

Aparte.

Astolfo.

Si fuese en el casamiento

de Alejandro, mi señor...

Casandra.

Decirlas, ¿qué es?

Aparte.

Duque.

Mal empiezo,

todo amor es turbaciones,

de fuego soy y de hielo.

Salíos todos allá fuera.

Casandra.

Contra mi honor no consiento,

ni Vuestra Alteza le hará

tan desacordado yerro;

tampoco debe a mi sangre...

Hacen que se van.

Roberto.

Ya, señor, te obedecemos.

Duque.

Que solo Fadrique se quede.

Casandra.

Nadie se vaya, que luego

se quiere volver el Duque;

quedar solos cría voz.

Ptog. 27

Aparte.

Fadrique.

Con Isabela pretendo

fingir, o por dar cuidado,

o por templar el que siento.

Casandra.

¿Tampoco debe a mi sangre,

(otra vez que se lo acuerdo)

Vuestra Alteza, que no puede

la Majestad, deponiendo,

honrarme, sin que lo estorben

los halagos? ¡No merezco

estos aplausos, señor!

Aparte.

Duque.

Ni me entiende, ni la entiendo.

Del mundo cuantas naciones

registra el dorado Febo

presentes tener quisiera,

porque a vuestras plantas puesto,

siendo yo dueño absoluto,

sola vos fuerais el dueño

para deciros mi amor.

Quise quedarme en secreto.

Aparte.

Casandra.

Y yo, para no escucharle,

quise tomar este acuerdo.

Duque.

Pues haced esto por mí.

Váyase.

Aparte.

Fadrique.

Mejor lo haré por mis celos.

Duque.

¿Qué decís, Fadrique, que el encargaros

a Isabela, con secreto,

mi voluntad, y pediros

que a Casandra, en mi desvelo,

hablaredes, fue cuidado

de mi amoroso deseo,

porque Casandra os dijese,

con el último desprecio,

que soy suyo, y puedo darme

para su esposo y dueño?

Ptog. 28

Fadrique.

vuestro soy.

Aparte.

Isabela.

Mal me asegura,

Fadrique, el engaño vuestro.

Casandra.

No se canse Vuestra Alteza,

y mire que en pie le tengo

porque se vaya.

Duque.

Quisiera...

Casandra.

Pues, ¿a qué aguarda?

Duque.

No puedo,

que estoy muriendo de amor.

Casandra.

Y yo de pena muriendo.

Fadrique.

Verdades, señora, os digo.

Aparte.

Isabela.

¡Ay, si llegasen a serlo!

Mas si he de disimular,

amor, la pena que siento

por el honor, que me importan

correspondidos deseos.

Todo esto han de haber hablado los dos a otro lado desviados.

Sale Turín, y quédase Alejandro en el paño sin que le vean el Duque ni los demás.

Turín.

Hasta el cuarto de Casandra.

Detiénele Roberto.

Roberto.

¿A dónde vais?

Turín.

Eso es bueno.

¿No sabéis que he de entrar?

Roberto.

Esperad, que diga al alabardero.

Duque.

¿Qué ruido es ese?

Roberto.

Turín,

que es de Alejandro un escudero,

entrábase y le detuvimos.

Alejandro.

Porque su amor conocemos,

no quiero pasar de aquí,

que desde aquí verlos quiero.

El Duque está con Casandra,

¡oh, qué mal oír los puedo!

Casandra.

Turín.

Turín.

Sí, que con ser de casa,

del rigor no me defiendo

del Duque y sus criados.

Duque.

Linda priesa, ¿qué es aquesto?

Llégase a Casandra.

Aparte.

Casandra.

Mi muerte.

Alejandro.

Turín.

Turín.

Señor.

Alejandro.

Pues nada,

nuestros negocios van buenos.

Ptog. 29

Alejandro.

Isabela con Fadrique,

con Casandra el Duque: ¿crees

que llegarme yo a Rosaura

será acertado?

Alejandro.

Yo llego.

Desgracias, madre Rosaura.

Rosaura.

¡Oh, qué devoto requiebro!

Turín.

¡Ay, locutorio!

Rosaura.

¿Qué dices,

Turín, que yo no te entiendo?

Turín.

Que como a monja te trato

por no hablarte en casamiento.

Alejandro.

Sin duda que por Fadrique

habla el Duque, yo soy muerto.

A lado están el Duque y Casandra, e Isabela con Fadrique, en secreto.

Duque.

Si quisiere, señora,

haciendo el permiso Vuestra Alteza,

hiciera este casamiento.

Digo, Casandra, de mi mano

daros esposo pretendo,

que a algún caballero

(nuestro Rey), o a pariente

suyo, y ya se averigüe,

puesto que sois viuda.

Fadrique.

Fadrique.

Señor, que es tarde,

vamos a palacio luego.

Duque.

Isabela, Dios os guarde.

Adiós, Casandra.

Turín.

¿Qué es esto?

Alejandro.

Nada menos he escuchado ,

mas esto quieren mis celos.

Turín.

Enojado se va el Duque,

yo me asusto y con aquel dudo

que si ha de dar aquí el rayo

Ptog. 30

Vase el Duque.

Fadrique.

No será malo estar lejos.

Mirad que habéis de quererme.

Isabela.

Mucho puede amor y el tiempo,

y fío que se cansará

para su mudanza el tiempo.

Casandra.

Guarde Dios a vuestra alteza.

Vase el Duque y Fadrique.

Isabela.

Ven, Casandra, por tu vida.

Casandra.

¿Adónde vas?

Isabela.

A mi aposento.

Casandra.

¡Oh, qué mal rato he tenido!

Isabela.

¡Y yo le he tenido bueno!

Entranse por un lado, y salen por otro Alejandro y Turín.

Turín.

¿Por qué te quedaste fuera

viéndome entrar allá dentro?

Que por poco te llamara,

así como te eché menos,

hasta que caí, ¡por Dios!,

en que no fue sin misterio.

¿Por qué te excusas del Duque?

Alejandro.

¡Que este agravio me haya hecho

Fadrique: a ver a Casandra,

queriendo el Duque, mi deudo,

y mi gusto, su honor y el mío

quisiese poner a riesgo!

Más, ¿qué mucho, si soy yo,

si soy yo quien más lo siento,

y para ofender a un triste

son precisos los sucesos;

mas para estorbarse el mal,

todo es poco y nada es bueno.

Ptog. 31

Alejandro.

+ es de mi amor el remedio.

si se fía Casandra a los brazos / ha de enlazar otro cuello / antes me mate el [...] / si me ha de matar es bueno

Turín.

¿O qué culpa tiene Casandra?

Alejandro.

¿Qué culpa? La que yo tengo

es mayor, y estoy, Turín,

que perder la vida temo.

No me repliques, Turín,

que para nada es bueno.

Y aquí, en mi cuarto, me esperas,

y prevén en mi aposento

recado para partirme.

Turín.

A obedecerte me quedo.

Vase Alejandro.

Alejandro.

Amor, ten de mí piedad,

que voy muriendo de celos.

Turín.

Cuando pensé que mi amo,

víspera del casamiento,

nuevo me diera un vestido,

me vengo a poner el viejo.

Las botas y las espuelas,

y a pique de andar con fieltro.

¡Oh, pesia quien sirve a amantes!

Pues luego será muy bueno,

y, de prevenir su viaje,

vayan por el zapatero,

está el vestido acabado,

vayan por mi ropa luego,

y estará a lavar por dicha.

Mas esto tiene remedio;

pero que tenga mi amo

solo un amor para vernos,

sin tener que remudar;

Ptog. 32

Turín.

Viniendo dos, por lo menos,

tuviera que se poner

como camisa a tiempos,

el uno en la lavandera

y el otro entretanto puesto.

Vase Casandra.

Casandra.

¿Dónde está, Turín, tu amo?

Turín.

Yo no lo sé, aquí le espero,

y si no se ha vuelto loco,

pienso que vendrá muy presto,

porque desde aquí se parte.

Casandra.

¿Dónde, Turín?

Turín.

Al infierno,

diz que donde...

Casandra.

¡Triste yo!

¿Dónde le hallarás? ¡Ah, cielos!

¿Quieres buscarle, Turín?

Que no piensa mi deseo

que he de volver a verle

(y aun con mi daño lo creo);

agora verle quisiera,

aunque se partiera luego.

Mira si está con mi tío,

haz, por Dios, lo que te ruego.

Turín.

Yo voy, señora, a buscarle.

Casandra.

¡Mira, Turín, cómo quedo!

Vase Turín.

Soneto.

Casandra.

Adolecer, sentir, dejar la vida

en manos del dolor, ¡oh mal extraño!

Ser lisonja morir, y de un engaño

para tener seguro el homicida,

tener una pasión al alma asida

y en el remedio de la ajena el daño,

Ptog. 33

Casandra.

amar y aborrecer el desengaño,

quejarse, halagar con una herida,

esto es amor, Amor, que mal hacemos,

viendo que solo a padecer convides,

en seguir de dolor tantos extremos,

si del menor el alma nos divides;

mas eres Dios, y aunque un engaño vemos,

negar al desengaño nos impides.

Salen Fadrique y Roberto.

Fadrique.

En casa debe de estar,

que está abierto el cuarto, y todo

hasta su aposento.

Roberto.

¿A qué

vuelves? ¿A qué, si ha tan poco

que saliste?

Fadrique.

Vuelvo a ver

a Casandra.

Roberto.

Peligroso

intento.

Vuelve a ver a Casandra y ella le ve.

Fadrique.

Calla, Roberto,

que industria habrá para todo.

Aquí está Casandra.

Casandra.

¡Ay, triste,

que me faltaba solo!

Fadrique.

Casandra, por Alejandro

vine aquí.

Casandra.

Cielos piadosos,

mi mal. Fadrique, volveos,

que Alejandro...

Fadrique.

Dueño hermoso,

ya los hallé donde quedan.

Casandra.

Matarme quiere; es lo propio

no volveros.

Fadrique.

Conseguir

que me escuchéis en mi abono

sola esta vez.

Aparte.

Casandra.

No, Fadrique,

mirad que vendrá mi esposo.

¿Qué es esto? Que traiga un daño

prevenido siempre otro.

El destino a Roberto

Ptog. 34

Fadrique.

Escuchadme, dueño mío.

Casandra.

Mirad que os vais poco a poco,

que me quitaré la vida

por ver que con esto compro

mi muerte y vuestro disgusto.

Fadrique.

¿Y a mí, pues?

él, aunque se fue celoso.

Casandra.

Bien os oigo,

porque os vais, y porque quiero,

en ocasión que es forzoso

que venga Alejandro, hacerle

favor en lo que os respondo;

pues, en tanto que os vais

que he de volver y escuchar

un vuestro agravio y su abono,

con que él y yo sacaremos:

él, no estar escrupuloso,

y yo, una fineza más;

pues, como digo, le adoro.

Decid, pues.

Fadrique.

Pues reportad

el semblante, y riguroso.

Las puericias de mi amor,

que coronaron mi voto,

de aquellas primeras flores,

verdes a pesar de agosto.

A ser vuestro me incliné;

y no fue, como es forzoso,

el mandarlo las estrellas,

sino el mirar vuestros ojos,

que con tanto imperio graves,

Ptog. 35

Fadrique.

Como honestamente hermosos

me obligaron, y fue el veros

el amaros uno todo,

gustoso de no ser mío

ya como ajeno me nombro.

Ni me defiendo atrevido,

ni me atrevo de medroso;

solo en mi dolor consiento,

porque la causa conozco,

que es gala del que padece

saber acertar el modo.

No tuve amor hasta veros,

ni atrevimiento tampoco

de veros para no amaros,

precisamente os adoro.

Dicha fue que el primer lazo

que pude romper de loco,

vuestra mano me le echase

por castigo o por adorno.

Dicha fue que vuestros rayos

bebiese en giros y tornos,

por ser mariposa en ellos

y antes que fénix en otros.

Por donde se manda el alma

en los lances amorosos,

si en los mismos desaciertos

en que me pierdo me cobro,

tan modestamente ajeno.

Ptog. 36

Fadrique.

que yo cuando más me aflijo,

suspiros, pero no quejas,

llantos, pero no sollozos.

Entonces, Casandra, entonces,

aunque ahora no lo ignoro,

dudé el ser favorecida,

hasta tenerme por otro.

Que como tuve las dichas

sin esperarlas, medroso

(que es muy cobarde el respeto)

casi todas las malogro.

¡Ah, cómo no siempre es bueno

el desconfiar!, y cómo

ofenden las desesperanzas

a amantes escrupulosos.

Supe (¡ay de mí!, mas no supe,

perdonadme, si el decoro

vos perdiere acreditando

un atrevimiento heroico)

que me amabais, no fue mucho,

generoso, que lo hermoso,

y sobre divina, os pudiera

disculpar de hacer quejosos;

pues cuando yo os mereciera,

halla en opinión de todos,

no siempre con las deidades

fue sacrílego el soborno;

una piedad me valieron

las quejas que no reporto.

Ptog. 37

Fadrique.

Pero a vos la vanidad

de hacer un triste disgusto,

se hace capaz el alma

de lo que por vos la informo,

el sospechado veneno,

y de esta vez bebióle todo.

Viví amante, duré firme,

hasta que del pecho borró

aquellas seguridades

que lisonjean el gozo,

salta, que nació grosero,

por mi mal de entre nosotros,

y del temor y la dicha

aquel invisible monstruo

de los celos, que irritando

(o la novedad, o el modo)

mi paciencia, ofendido,

la quieta paz interrumpo,

y despertando una queja

que pudo ser en mi abono,

no quise más que sentirla,

sin dar lugar a mi enojo;

que, estando de amor muriendo,

no deja de ser gustoso;

por no estragar la fineza,

de los achaques mejoro,

y arrimando a mi cuidado

frágil vida y flacos hombros,

llevarlos conmigo intento.

Ptog. 38

Fadrique.

Hasta el clima más remoto

partime, dando el primero

indicio de amaros poco,

pues no escusando mi muerte,

que me matéis os estorbo.

No me fue bien con partime,

porque es el irse un celoso

sacar contra sí la espada,

para matarse a sí propio.

No para sembrar codicia

quise arar el campo undoso,

ni me despeñó engañado

la piel luciente de Colcos.

A conquistar un olvido

desesperado me arrojo,

sin temor de los piratas,

sin horrores de el golfo,

antes temerario intento

despreciar lo peligroso,

anegar en fuego el agua,

y ser del contrario asombro;

que cuando no lo intentara

con la ocasión que supongo,

¿quién más armado que un triste?

¿quién más temido que un loco?

Al sol de vuestra hermosura

inclinado siempre el rostro,

jamás le perdí de vista

aunque el Occidente toco;

bien como la flor hermosa

que enamorada de Apolo,

desde la cuna al sepulcro

le bebe lo luminoso.

Ptog. 39

Fadrique.

que me dejó del arpón,

y a la mano, y a lo roto,

lo suave agradecido,

sin acción lo venenoso.

Pues como aquel que recibe

un dolor, y mueve poco

el bulto, cuando no sea

adonde le siente solo.

Yo que de mejor herida,

de golpe más piadoso,

muero de vos; a vos sola

me consagro, y me dispongo.

Yo que cuando apenas supe

qué era amor, mi daño propio

conociendo, bien os quise,

y si este mérito es corto

para un cargo, celos tuve,

y con silencio brioso,

pues al hablar obedezco

cuando de respeto me postro.

Si con generosa fe,

amo, sufro, siento, lloro,

dudo, temo, desconfío,

y teniendo el pecho roto,

guardo, encubro, disimulo,

con el semblante engañoso,

la mano, el golpe, la herida,

creyendo en mi desahogo.

Ptog. 40

Fadrique.

aventurar la fineza

siempre atento y cuidadoso,

a no dar paso que fuese

contra el amor que os propongo;

y vos, cuando yo pensaba

que con pecho generoso

solo estéis agradecida,

estáis ofendida solo.

No siento haber padecido,

niño amor, celos, enojos,

ni del mar las inclemencias,

ni las injurias del Noto,

las sangrientas amenazas

de instrumentos belicosos

en la campaña esperando

a tanto enemigo plomo,

como el desdén que me hacéis,

pues tengo la pena en poco,

cuando lo siente la vida

sin sentirlo el alma, y todo.

Casandra.

Eso, Fadrique, no es quejas;

Alejandro es ya mi esposo,

lo que entonces no pudisteis

ya no es tiempo, mal reporto

mi temor; adiós, Fadrique.

Fadrique.

Ahora me pregunto yo

Ptog. 41

Alejandro.

Y os dije mi mal agora.

Fadrique.

¡Qué mal se aleja un celoso!

Hace seña de entrar a los dos.

Alejandro.

Casandra, pasa afuera

a Tomás.

Fadrique.

Por muy dichoso

me tengo en que hayáis venido

tan presto, Alejandro. ¿Cómo?

Alejandro.

Yo cuando el Duque salía

de recatar el rostro,

y aun turbado, y conociendo

que sois mi amigo, forzoso

me pareció que os debía

buscar para lo propio

que el Duque, y es que a Isabela,

vuestra hermana, a quien adoro

por milagro de hermosura,

solicito para esposo.

El Duque a pedirla vino

por honrarme, y con decoro,

por no hallaros, visitó

sus parientes.

Fadrique.

Porque presto

volviste sin entrar,

y a advertiros vine

a vuestro cuarto.

Alejandro.

Que como Casandra

sola quedaba en él,

Casandra.

A su juicio dieron soborno

con lágrimas y suspiros.

Ptog. 42

Si.

De mi dolor le informo

para que a buscaros fuese;

quedeme aquí cuidadoso

de su amor y vuestra pena.

Fadrique a buscaros solo

vino aquí, y en lo que advierte

me hablaba cuando...

Alejandro.

Conozco,

Fadrique, vuestra amistad,

ambas finezas abono;

el satisfacer mis celos

y la pretensión de esposo

de mi hermana, con mi padre

tratarlo será forzoso;

yo veré al Duque.

Roberto.

¿Qué haré yo?

Aparte.

Alto.

Fadrique.

Ay, que he de morir de enojo,

para que juegue en esto la vida.

Y pues le he de ver, y todo,

Roberto, y como le diga

que viniendo a sus negocios

aquesta disculpa dio,

me lo estimará; forzoso

será, Alejandro, dejaros

(aunque muera), porque solos

se conciertan dos amantes

fácilmente en sus enojos.

Quedad con Dios.

Vanse Fadrique y Roberto.

Alejandro.

Cielos guarden.

Algo mi pena reporto

con esta satisfacción

de los amantes, que propio

es el de todo adolecer

y convalecer de todo.

Ptog. 43

Casandra.

Estáis ya desconfiado.

Mirad, señor, que os adoro.

Volved, Alejandro mío.

Alejandro.

Si es delito el estar celoso,

yo cometí contra vos

el mayor.

Casandra.

Yo le perdono.

Sale Turín.

Turín.

Tengo de hacer mi maleta.

¿Qué tenemos?, ¿hay consorcio?,

¿han tocado a la queda

dos suspiros y un sollozo?

Alejandro.

No, Turín, que nos quedamos

en Milán; te digo solo

que para volar mi amor

tiene las alas de plomo.

Casandra.

Y yo la fe de diamante

en su duración, esposo.

Alejandro.

En fin, mi bien, que soy tuyo.

Casandra.

Como olvides los enojos,

el agravio sospechado

y el recelo escrupuloso.

Alejandro.

Como verdades no sean

estas sospechas, que todo

milagros hará mi amor

que es Dios, aunque riguroso.

Turín.

Que es el diablo, que los lleve,

hideputas, putos bobos.

Fin de la Primera.

Ptog. 44

Jornada segunda Salen Leonor, Carlos y Alejandro, y Leandro y Casilda. Leonor. Un despacho he recibido, que el duque, mi deudo, llega, y ha de apearse ya en casa; que os vais, y el tardar me pesa, perdonadme; no querría que mi amistad don Luis sepa, y maliciase mi ofensa, con que mi casa y hacienda, que a los dos ha de servir, tenga en disgusto a su Alteza. Carlos. El alma con vos se queda. Alejandro. Y a ver si aligero el peso de mi pena en la ausencia, yo, tu esclavo y tu rendido, primero la vida pierda que deje de ser tu esclavo, que ser a tus plantas piedra. ¡Adiós, que el dolor me fuerza! Leandro. Deja esa vana quimera, que no es bien que te detengas. Alejandro. Adiós, hermosa Leonor. Leonor. Adiós, Carlos. Adiós, Alejandro. Adiós, Leandro. Vanse los tres, y quedan Leonor y Casilda. Casilda. ¿El duque con tantas postas ha de apearse en tu casa? Leonor. El duque es mi deudo, prima, y es mi señor; ¿qué te espanta? Casilda. Que dejando su jornada, pare en una quinta tan baja. Leonor. Como viene de secreto, y ha de entrar de noche en Parma, quiere aguardar a la noche en mi quinta; y que se haga sin que lo entienda ninguno, y así a todos los despacha; porque ha de venir con él don Luis, su privado, a causa de una dama que en la corte de Milán deja burlada; y porque el duque, ofendido, no le castigue, se aparta, y en esta quinta se oculta, y en el entretanto aguarda a que se sosiegue el duque, y su enojo se aplaca.

Ptog. 45

Carlos. ¿Venís resuelto? Muy a su honor conservarlo, que echas a ver que es mi hijo. Al. Justa, señor, es tu queja, y reconozco mi yerro, y que el mayor caudal que deja sano del agravio... Ojo yo temo, señor, por mi causa, a mi mujer; y Carlos no antecederá a mi queja con suspirar, y ver qué hacer. Al. No dudo que se ha de hacer en un lance que es honor, que general asombro ha de ser. Carlos. ¿Y qué discurren tus canas? Al. Que, en viéndola, has de matarla. Carlos. ¿Cómo es eso? Que mis canas lograrán tan poco fruto, si al arrojo de un necio, que está de alborotos ciego, mate yo a quien es mi dueño, o por víbora la temo este diablo de los celos, que a veces pienso que es sueño lo que me has dicho de Carlos; tengo mil dudas y creo que su lealtad le defiende. Al. Ya has visto lo que te he dicho en el papel, y el arrojo que a mí me asombró, y el modo te ha de servir de aviso, que no hay que fiar de un mozo que ciego de su apetito atropellará el decoro y ha de perder el juicio. Carlos. Di de mi honor, que es lo mismo, que yo he de ser su castigo, pues él lo ha querido y visto con la venganza que apercibo, deje el diablo su partido, en desagravio del mío. A su sangre lo remito. Angela.

Jornada segunda

Ptog. 46

Salen Federico, padre de Alejandro, Alejandro y Casandra.

Federico.

Un despacho he recibido

que en vuestro deudo dispensa,

y a decir más, sobrina, piensa

que mi hijo es tu marido;

perdóname si he querido,

(siendo entre los dos juez,)

sentenciar aquesta vez

en mi favor y en tu daño,

cuando saco de este engaño

tener yo buena vejez.

Casandra.

El alma a mi primo estima,

y así de albricias os doy...

Alejandro.

Un esclavo, pues lo soy

de vuestra belleza, prima.

Federico.

¡Oh, nunca la edad que lima

la más fuerte juventud

se atreva a vuestra salud!

Vivid, jóvenes dichosos,

en lazos siempre amorosos,

siempre en sabrosa quietud.

Quedaos agora los dos,

y tú, Alejandro, me espera.

Ptog. 47

Federico.

Amar tarde, y si te fues

sin volverme a ver, adiós.

Vase el viejo.

Alejandro.

Solo, Casandra, de vos

esperaba a despedirme,

que a no excusar el irme

ni partirme sin quedarme,

quisiera, con apartarme,

con vuestro gusto partirme.

Casandra.

En fin, mi bien, ¿que te vas?

Alejandro.

Solo a la quinta me llego.

Casandra.

Que no te vayas te ruego,

porque tarde volverás.

Ya, sombras dejando atrás,

el sol a su ocaso llega,

y aunque su arrebol nos niega,

me dejas sin alma y ciega.

Nunca otra vez te partiste

después que mi dueño eres.

Alejandro.

Notables sois las mujeres,

¿de qué, mi bien, estás triste?

Jamás mi amor ofendiste,

ni mi voluntad podías.

¿De qué temerosa estás,

cuando sabes que te quiero

con amor tan verdadero,

siempre apostando a porfías?

Con haberte conseguido

para esposa, tan constante

viviré a la ley de amante

sin dejar de ser marido.

Ptog. 48

Alejandro.

La posesión no dice olvido,

ni yo te puedo olvidar;

antes pretende intentar

mi voluntad desta suerte,

si puede hallar con no verte

mayor firmeza en amar.

Alejandro.

Pues quien sin fuerza llegó

a lo más que pudo ser

para poderse exceder

pasos hacia atrás volvió,

eso mismo intento yo

en mi amor firme y constante,

que en la ocasión semejante

dos pasos voy a dar

por ver si puedo pasar

con mi amor más adelante.

Casandra.

Mas debo a mi voluntad,

pues siempre quisiera verte,

que aventuro con perderte

la mayor seguridad;

si de el alma la mitad

dejo detenida conmigo,

forzosamente consigo

mi muerte en verte partir,

que eso dejo de vivir

que dejo de estar contigo.

Alejandro.

Qué bien arguye tu amor.

Casandra.

Qué bien tu rigor porfía.

Alejandro.

No llames, Casandra mía,

lo que es firmeza, rigor;

si me tiene a mí el dolor,

con ser breve la partida,

casi el alma dividida,

la jornada dejaré.

Ptog. 49

Alejandro.

pues con esto quedaré

a socorrer una vida.

Alejandro.

Ni cobarde, ni atrevido,

bellísimo dueño, soy,

que en dos imanes estoy

sin voluntad, suspendido;

tuyo sí, y tuyo he sido,

y habiendo tuyo de ser,

quiero resignar mi ser

en ti, ya que te he de amar,

porque te toca el mandar

y a mi amor obedecer.

Casandra.

Ir a Peñaflor quería,

no porque a mi gusto importe,

sino por dejar la corte

si fuese posible un día,

y porque el duque me había

dicho que le acompañase

cuando esta noche rondase.

Excuséme con decir

que me había de partir

antes que la noche pase

a cierto negocio nuestro

que a los dos nos importaba,

pero aquí mi viaje se acaba

si no ha de ser gusto vuestro.

Alejandro.

Agradecido me muestro

a tal fineza, señor,

y aunque lo sienta mi amor,

ir a Peñaflor podéis,

mas mirad que no busquéis

que rondar en Peñaflor.

Ptog. 50

Sale Turín.

Turín.

Si a la noche has de volver,

y en la ciudad nos estamos,

¿para qué, señor, nos vamos

tan cerca de anochecer?

Alejandro.

Turín.

Turín.

Señor.

Alejandro.

¿Está ya

el castaño aderezado?

Turín.

Merendándose el bocado,

en ese zaguán está.

Hierro masca como heno,

después que tu flema espera;

y a ser avestruz, pudiera

haber digerido el freno.

No de fogoso relincha,

ni lozano el freno tasca,

ni los alacranes casca,

cuando los guijarros trincha.

De impaciente, como yo,

a las paredes se llega,

y se rasca o se refriega

en lo mismo que escupió.

Que querer darte a entender

que ese bruto irracional

está espumando cristal

ambicioso de correr,

es embuste, y se te borre

del casco, que es cosa clara

que revuelca cuando para

mucho más que cuando corre.

En él, señor, llevaros

ya en galope, o ya en portante,

medio caballo delante,

y otro medio por detrás,

Ptog. 51

Alejandro.

Gracioso humor.

Casandra.

Es extremado.

Turín.

Demonios debéis de ser,

pues os llegáis a entretener

cuando de un desesperado.

Acaba, señor.

Alejandro.

Quisiera

Casandra.

que te vas.

Turín.

No, sino que

Alejandro.

presto, mi bien, volveré.

Casandra.

Temerosa el alma espera.

Mucho siento tu partida.

Alejandro.

Contigo, mi bien, me quedo,

pues por engañarte un miedo

vengo a dejarte una vida.

Turín.

Vámonos, que es tarde.

Alejandro.

Adiós, mi señora.

Vase Alejandro.

Casandra.

Adiós.

Turín.

Ya llevamos entre dos

a medias un "Dios te guarde".

Casandra.

¿No te despides de mí?

Turín.

No, señora.

Casandra.

Pues, ¿por qué?

Turín.

Porque mi amo pensé

que no me olvidara así;

pues se tarda de manera

en despedirse, aunque en vano,

que por el género humano

pensé que se despidiera.

Mas ya que por pobre, en fin,

(o escondido) me ha olvidado,

a tus plantas derramado

quiero mojarte un chapín.

Casandra.

Levántate.

Turín.

No quisiera.

Casandra.

¿Qué te esperas?

Vase Turín.

Turín.

Y me holgara,

pues supiera, si esperaras,

lo que pasa quien se espera.

Ptog. 52

Casandra.

Melancólica he quedado,

que aunque el alma me llevó

Alejandro, me dejó

con los ojos, y el cuidado.

Con él, porque imaginara

con engañosa apariencia,

con ellos, porque su ausencia,

si no mi muerte, llorara.

Si por aliviar mis males,

hago fineza el dolor,

me atormento más, amor,

de qué remedios te vales.

Ya sé que debo sentir

la más templada partida,

quedando al perder la vida

con vida para sentir.

Que en un triste amor ordena,

moderado el sentimiento,

pues si da vida un contento,

podrá vivir de la pena.

Examinar es mejor,

Corazón, cuanto podemos,

que hacer sin razón extremos,

mas es flaqueza que amor.

Con mi descomodidad

pretendo tener gustosa,

la fe más escrupulosa,

la más firme voluntad.

Ptog. 53

Casandra.

no diga el alma que en mí

dejaron depositada,

que cobardemente osada

muero de lo que temí.

Vase Casandra, Marcela y Rosaura.

Isabela.

Rosaura, ¿fuese mi hermano?

Rosaura.

Si el semblante le miraras

a mi señora, tuvieras

esa pregunta escusada.

Isabela.

Notable amor.

Rosaura.

No me espanto.

Isabela.

¡Ay de mí!, que enamorada,

por no ser correspondida,

pago a mi amor con mis ansias.

¿Diste a Fadrique el papel?

Rosaura.

No, señora.

Isabela.

Le avisaba

que esta noche me viniese

a hablar por una ventana

de las de el jardín, dejando

abierta la puerta falsa

por no tenerle en la calle

contra el honor de Casandra,

que es ya esposa de Alejandro,

y el vulgo con voz tirana

tener ocasión desea

de sospechar una falta,

queriendo, en caso de duda,

como si más le importara

ser cruel que ser piadoso,

solo el veneno derrama.

¿Cómo el papel no le diste

a Fadrique?

Rosaura.

Porque estaba

fuera, y dísele a Roberto,

de quien se fía.

Isabela.

¡Ay, Rosaura!

hechos siglos los instantes,

alentando mi esperanza,

le aguardé mientras venía,

Ptog. 54

Isabela.

Y para engañar el alma,

los ojos y los oídos,

cada estatua de ramas,

cada inquietud de las hojas,

por entre las sombras pardas

que al vivo parecían;

y de esa líquida plata

las lenguas me pareció

que por el aire me hablaban.

Amor, a cuántos engaños,

a cuántas penas, a cuántos

abriste camino al cielo,

si por una vez que halagas

la vista (breve lisonja

que a ser pesadumbre pasa),

tantas veces me atormentas,

tantas veces me matas;

cuando me inclinas me llevas,

cuando me fuerzas me arrastras.

Rosaura.

Pensión es de la belleza

el ser siempre desdichada.

Isabela.

Casandra, Rosaura, es bella,

y es venturosa Casandra

si quiere bien a Alejandro

es de Alejandro adorada;

el Duque por ella muere,

ella a desprecios le mata;

que en el honor las crueldades

piadosas disculpas hallan,

yo quiero, a mí me aborrecen;

(si aborrece quien mal paga)

luego solo ser dichosa

es hermosura, Rosaura.

Ptog. 55

Rosaura.

Ingratos hace el favor,

olvida, pues mal te tratan,

señora.

Isabela.

Ya, ¿cómo puedo?

Rosaura.

Símbolo de la inconstancia

dicen que son las mujeres.

Isabela.

Cuando a mi gusto importara,

el honor lo defendiera,

que aun de pensarlo se agravia;

yo para amante elegí

a Fadrique, y si a otro amara,

por vengarme pareciera

más liviandad que venganza.

No, Rosaura.

Sale Casandra.

Rosaura.

Mi señora...

Casandra.

Mal reposa quien bien ama.

Isabela.

Casandra.

Casandra.

Isabel amiga,

pues ¿cómo tan mal te tratas

por recogerte a estas horas?

Isabela.

Divertida con Rosaura,

gustosa me entretenía.

Rosaura.

Hasta parar en cuñadas

notablemente se quieren.

Casandra.

Pues, ¿de qué se trataba?

Isabela.

De nuestro amor la disputa

era.

Casandra.

Cuestión extremada.

Rosaura.

Y de olvidar fácilmente.

Casandra.

Quien lo defiende se engaña,

porque no puede ser fácil

voluntad que está en el alma

echarla de allí, que Amor,

capaz de una flecha, halla

el blanco donde la tira,

y donde una vez se clava,

Ptog. 56

Casandra.

(siendo tan estrecha parte

que no deje ocioso nada)

mal puede entrar otra flecha

si la primera no sacan.

Isabela.

Tú sabes amar y olvidas.

Casandra.

¿Yo, Isabela?

Isabela.

Tú, Casandra.

Casandra.

Siempre he de ser de Alejandro.

Isabela.

Como en el tiempo que amabas

a Fadrique, lo negaste,

y cuando de amor se trata

solamente en Alejandro

se regalan tus palabras.

Casandra.

¿No has visto, cuando un pintor

del original traslada

una copia, que parece

que imita su semejanza

y todos cuantos la miran

de suerte la vista engañan

que encareciéndola, dicen

parece que no le falta

sino hablar, pero el maestro

que reconoce una falta

lo niega, hasta que le enmienda

el arte (o la confianza),

pues si él está satisfecho

de tal manera se alaba

que suple en palabras suyas

las que al retrato le faltan?

Así amor, cuando sus flechas

en mi pecho dibujaban

mi voluntad, que en bosquejo

tanto a Fadrique tiraba,

Ptog. 57

Rosaura.

Viendo que él no se parece,

a mí (aunque por él me sacan)

la similitud deshace

borrándola porque calla.

Y artífice el alma entonces

(que como es divina es sabia),

por Alejandro me copia,

también en mí le retrata,

que hasta los labios les deja

con voz, porque ya que saca

un amor tan parecido

no le han de faltar palabras;

y así el amor de Alejandro

publicaré, porque vayas

de lo vivo a lo pintado

conociendo la ventaja;

solo un amor hay perfecto,

el tuyo, o verá Casandra.

Casandra.

No es mucho que esta materia

disputéis con ignorancia,

si a tanto incendio, Isabela,

tienes condición helada,

Aparte.

Isabela.

Mal mi condición conoce.

Casandra.

para su enojo constancia,

para su imperio, una vida

a quien su poder no alcanza;

y para sus flechas de oro

tienes de diamante el alma.

Tarde parece, Isabela,

por tu vida, que te vayas

a recoger.

Isabela.

Poco importa.

Casandra.

Conmigo queda Rosaura.

Isabela.

¿No gustas que te acompañe?

Casandra.

Sí, Isabela, sí gustara,

mas es descomodidad.

Ptog. 58

Isabela.

Si no me fuera de tacha

el no obedecerte, ahora

por mi gusto me quedara.

Adiós, Cas.

Casandra.

Adiós, Isabela.

Vase Isabela.

Isabela.

Aun no pierdo la esperanza

de que ha de venir Fadrique;

abierta la puerta falsa

se queda, pero no importa,

que después iré a cerrarla.

Viene Alejandro.

Casandra.

Toma esa luz, que entretanto

que tanto calor se pasa,

quiero bajar al jardín.

Rosaura.

Tan temprana

tendrán las flores su aurora

si al jardín, señora, bajas,

porque tu llanto y tu risa,

oficio hermoso del alba,

siendo vida de las flores,

su fácil color esmalta;

entre la noche madrugas

con tus ojos la mañana

y entre el estío despiertan

la primavera tus plantas;

¿qué claveles no les deben

a tus dos labios su nácar,

y a tus mejillas, qué rosas

no deben flamante grana?,

¿qué azucenas...

Casandra.

No prosigas

con más lisonjas, Rosaura,

que podrás ser, si las creo,

consultando mi ignorancia,

qué soberbia o presumida.

Ptog. 59

Casandra.

me imagine poco amada

cuando satisfecha estoy,

sola esta vez compañera

(discreta), de que Alejandro

mi amor con el suyo paga.

Y si alguna vez quisieres

que me agraden tus palabras,

habla bien en Alejandro.

De esas lisonjas que tratas

pasen a verdades suyas;

empéñame más, Rosaura,

oiga yo méritos suyos,

y por si le hicieren falta

algunas finezas mías,

mayor vanidad le haga

ver que nadie le merece

tanto amor ni partes tantas.

¿Cuántos la nación de amor

militan cuando descansan?

Si el vencedor es vencido,

y el vencido no desmaya,

Rosaura.

pues ¿por qué tantos le siguen,

señora?

Vanse.

Casandra.

Porque, Rosaura,

es un mal que se apetece

y una injuria que regala;

y es, en fin, Rosaura mía,

un dolor, por cuya causa

es de buen aire la pena,

porque el padecer es gala;

y así, las leyes de amor

son como las leyes falsas,

que por una gloria empiezan

y por un infierno acaban.

Ptog. 60

Salen el Duque de Milán, Fadrique y criados, de noche.

Fadrique.

Toda la noche has venido

melancólico, callado;

con suspiros me has hablado,

con silencio respondido.

Dime qué tienes, señor,

pues sabes que soy tu hechura,

y que servirte procura

mi voluntad.

Duque.

Tengo amor,

y, así, mal aconsejado

de mi dolor, loco intento

por redimir un tormento,

tener tormento doblado.

Valerme quiero, ¡ay, amigo!,

esta vez de la violencia;

no se queje mi dolencia

de que yo soy su enemigo,

pues el remedio postrero

se le dejó de aplicar.

En su casa pienso entrar,

y conquistarla.

Aparte.

Fadrique.

Yo muero.

Duque de Milán naciste,

y príncipe soberano,

mas lo que no está en tu mano...

Duque.

Mal tu razón me resiste.

A mi amor es bien que tema,

que a su fuego no replico,

pues lo que no sacrifico

como víctima se quema.

Ptog. 61

Duque.

Arda voluntariamente

cuanto quisiere mi amor,

que apetecido un dolor

parece que no se siente.

Tener amando temor

es ofender la esperanza,

En el margen, tachado: Fad.

Duque.

no tenerle es confianza,

Duque.

nada muriendo es mejor.

Si teme ser conquisto

mi mal remediaré tarde

si le dejo ser cobarde,

pues un dolor no resisto.

Morir de solo callar

es ambición conocida,

pues cuando no tengo vida

no me la dejo quitar.

Y no sabiendo de vivir,

elegir quiero la herida,

que de tan bella homicida

seré dichoso en morir.

Pues de mis males yo

otro remedio no espero,

que me los escuche quiero,

que me los remedie no.

Quise a Alejandro ausentar

de su casa y de su calle,

para volver a buscalle

donde no pudiese estar.

Quedando dichoso herido

en que a su quinta se fuese,

fuera bueno que perdiese

una ocasión que he tenido.

Ptog. 62

Duque.

no es posible.

Fadrique.

Pues, señor...

Duque.

Fadrique, no me aconsejes,

por tu vida, que me dejes;

mira que tiene mi amor

sin discurso dos sentidos,

pues por darme más enojos,

con la venda de los ojos,

le taparon los oídos.

Fadrique.

Lo que no has de conseguir

solo advertirte quisiera.

Duque.

¿Qué dices?

Aparte.

Fadrique.

De esta manera

pienso mi pena encubrir.

¿Qué aventuras con entrar?

Ser de alguno conocido,

de Casandra resistido,

y no es morir sin matar.

Pues a peligro te pones

de enojarla y no vencerla,

con escándalo a perderla,

ceñido de sinrazones.

Duque.

¿Qué he de hacer? Yo he tenido

de Isabela un papel,

y me avisaba por él

de que estuviese advertido

que abierta la puerta estaba

del jardín, a cierto fin,

y que sola en el jardín

esta noche me esperaba;

y aunque es tarde, llamaremos

en la reja de Isabela,

que por mi amor se desvela,

y si está abierto, sabremos...

Ptog. 63

Duque.

Pues ¿con esto qué consigo?

Fadrique.

Señor, yo lo dispondré.

Duque.

Fadrique, piensa qué haré,

mientras que llevo conmigo

los criados, y los dejo

adonde, cuando convengan,

siendo necesario, vengan

a ejecutar tu consejo.

Fadrique.

Esta ocasión nos dará,

señor, lo que hacer podemos.

Vase el Duque.

Duque.

Pues luego aquí nos veremos,

y mira que mi vida está,

Fadrique, en tus manos puesta,

y que ya en su calle estamos.

Adiós, Fadrique. ¡Hola, vamos!

¡Oh, cuánto este amor me cuesta!

Soneto.

Fadrique.

Cuando mi presto amor pagado estaba,

cuando estaba mi fe correspondida,

lo que costaba a precio de mi vida

me pareció que nada me costaba.

La devoción de amor sacrificaba

mi voluntad de adoración vestida,

mas, confieso, de alguna vez rendida,

que más deudora del amor quedaba.

Viéndome de Casandra aborrecido,

hacerse más feliz mi amor ordena,

quedando a su rigor agradecido.

Sino porque al olvido me condena,

por tener ocasión con este olvido

de hallar merecimientos en la ajena.

Ptog. 64

Fadrique.

Ni me entiendo, ni te entiendo,

amor; que de tus razones

de estado, pues vengo a tiempo

de que engaños me sobornen.

Suspender un breve rato

al Duque, bien se conoce

que la intención no le quita

de proseguir sus amores.

Pues que al cuarto de Casandra

tan despeñado se arroje,

y que le aguarde, o le ayude,

entretanto que la goce,

eso es perderme, y perderla,

por lo que al Duque le importe,

mas, supuesto que le aguardo

para que consejo tome,

digo que robe a Casandra;

pues cuando el Duque la robe,

y si acaso se resistiere,

y mi amor premiare entonces,

podré pedírsela al Duque;

y si a fuerza de rigores

el Duque la conquistare,

fuerza es que yo no lo ignore,

y quedaré, aunque la pierda,

consolado, porque llore

Alejandro como yo;

pues, ya que yo no la goce,

por lo menos me consuelen

de Alejandro las pasiones.

Ptog. 65

Fadrique.

Ánimo, amor; venga el Duque;

de sus violencias informe

a Casandra, que ya pienso

cuando entre mis brazos llore

perdidas seguridades,

moderando sus rigores,

moverla a piedades mías;

pues, necesitando entonces

de más remedio que el mío,

apacible, blanda, dócil,

podrá ser que enmendar quiera

su fortuna a mis amores.

Y si en esto al Duque ofendo,

porque a mi amor corresponde,

a que falso amigo sea,

vengo a ser amante noble. #

Sale el Duque.

Duque.

Este Fadrique ha de ser.

Fadrique.

Hacia mí se acerca un hombre.

Duque.

¿Es Fadrique?

Fadrique.

Es Vuestra Alteza.

Duque.

Sí, Fadrique; hace tan obscura noche

que apenas le conocía;

bien que vienes solo, donde

he dejado los criados

en esotra calle, porque

para lo que sucediere

los avises.

Fadrique.

Señor, oye.

Duque.

¿Has llegado a la ventana?

Fadrique.

Con extrañas intenciones

divertido, no he llegado.

Duque.

Pues, Fadrique, ¿qué respondes

a lo que aquí te propuse?

Ptog. 66

Entreabierta la ventana.

Fadrique.

Las mismas ocasiones

son necesarias, señor,

buscar para que la goces

en su casa, que podemos

buscar para que la robes;

y así con mi parecer

quisiera, que los resplandores

de una luz por la ventana,

¡ay, Isabela!,

tiene de estar abierta

y será porque te importa.

Duque.

Pues, Fadrique, si hay lugar

más bien que yo la robe,

es menor inconveniente

que ponerme a que sus voces

hagan público mi amor.

Aparte.

Fadrique.

A Roberto, que es un hombre

de quien te puedes fiar,

y tú también, pues conoces

su valor, llevarle puedes,

Duque.

no hará mal lo que le toque.

Abriendo una ventana Isabela.

Isabela.

Gente he sentido en la calle,

si fuese Fadrique, hallome

desvelada en sus memorias,

qué mucho que se me antoje,

sin advertir que vendrá

solo a verme, y que más voces

he excusado que la suya.

Hace Isabela que cierra y llega Fadrique, escondiéndose el Duque.

Fadrique.

Quiero llegar.

Isabela.

Si el que suena llegara, voyme.

Hace Isabela que cierra.

Fadrique.

¿Es Isabela?

Isabela.

¿Es Fadrique?

Llega Fadrique.

Fadrique.

Mi bien.

Isabela.

Parecióme...

Ptog. 67

# perdonenme desde moza [ilegible]

Isabela.

que os oía, y como el alma

os estima tanto,

Aparte.

Fadrique.

¡Viose

voluntad tan mal pagada!

Isabela.

¿Qué decís?

Fadrique.

Que se corone

de nuevos triunfos mi amor,

y que nuevas glorias le adornen.

Isabela.

¿Recibistes un papel

esta tarde?

Fadrique.

Desde entonces

con él me busca Roberto,

y aunque tarde, en fin, hallóme.

Donde es razón que no falte.

Isabela.

¿A dónde, Fadrique?

Fadrique.

A donde

en vuestra calle, señora,

adorando estos balcones.

Isabela.

Tanto favor, dígolo

porque ciertas prevenciones

que os hacía, de que estaba

abierto el jardín, por donde

hablásemos, quiso amor

que en mi daño se malogren;

pues viendo que era deshora,

y que tardábadeis, voime

a cerrar, cuando Casandra

multiplicando las flores

con Rosaura está esperando

a Alejandro, ausente, con que

le dejé abierto, y volvíme.

Si entraran esta noche

lo aventuráramos todo;

pero ¿quién es ese hombre

que con vos hablando estaba?

Ptog. 68

Llégase al Duque.

Fadrique.

Es Roberto; esperad, voyme

a despedirle, señor.

La puerta falsa por donde

se manda el jardín, abierta

está, y porque no alborote

Vuestra Alteza y sus criados

a Casandra, si lo oye,

que está en el jardín, con solo

Roberto ha de entrar.

Duque.

Pues voyme

a prevenir los criados,

pero advierte que, si oyes

algún ruido, te retires.

Vase el Duque.

Vuélvese a la ventana.

Fadrique.

Mi lealtad, señor, conoces.

¿Isabela?

Isabela.

Señor mío.

Fadrique.

¿Y va el papel amoroso?

Isabela.

No me hagáis salir colores

con hacer que os le refiera.

Fadrique.

Pues yo veré sus renglones,

si me lo negáis agora

a la luz de vuestros soles.

Isabela.

Remitirélo a mis labios,

que os lo dirán, porque borren

(como el que escribe en arena)

unas con otras razones;

quedará encima que os quiero,

porque solo amor informe

la verdad, sin que el ingenio

haga más demostraciones.

Fadrique.

De nuevo empeñáis mi amor.

Ptog. 69

Fadrique.

Para que premiado adore

la deidad o el beneficio

que ya por vos reconoce.

Isabela.

Mucho me costará, Fadrique,

si no me corresponde

vuestra voluntad.

Ruido de cuchilladas dentro.

Fadrique.

Su intento

la paz del silencio rompe

un ruido de cuchilladas.

Fadrique.

El duque, mi honor, perdonen

Isabela, mis finezas,

adiós.

Isabela.

Las obligaciones

son primero, adiós, Fadrique.

Cierra la ventana, y Fadrique saca la espada, yéndose a meter dentro adonde el ruido.

Fadrique.

¡Ay, infelices amores!

Dentro Alejandro.

Alejandro.

Turín, tenme este caballo.

Sale por otro lado, sacando la espada.

Fadrique.

Matando vienen un hombre

por mi calle, él se retira,

voy a socorrerle.

Sale por donde Fadrique, retirándose de tres hombres, Gerónimo de Tabla, de Vega, y no corren, retíranlos.

Fadrique.

¡Ah, traidores!

Alejandro.

¿Qué es esto?

Dentro dice.

Voces dentro.

¿Qué aguardamos?

Salen Alejandro y Fadrique con las espadas desnudas, y apartados digan.

Fadrique.

Si tal valor le socorre...

Alejandro.

Huyeron, en fin.

Fadrique.

Es mucho

si se calzaron veloces...

Ptog. 70

Fadrique.

De la misma diligencia

con que me ayudáis, adonde

una diferencia hacéis,

pues ellos vilmente corren

huyendo el peligro, y vos

los seguisteis como noble.

Alejandro.

De vos huyeran también.

Fadrique.

Podré saber vuestro nombre.

Alejandro.

Soy forastero, y quisiera

encubrirme aquí esta noche.

Aparte.

Alto.

Fadrique.

Éste es Alejandro. ¡Cielos!

Y si acaso me conoce,

soy perdido.

Caballero,

Aparte.

Alto.

Alejandro.

Éste es Fadrique. No informe

al duque de que he venido

tan apriesa.

No os importe

el conocerme.

Fadrique.

Id con Dios.

Vase Fadrique.

Alejandro.

Él os guarde.

¿De qué esconde

Fadrique el rostro a ninguno?

Y le perdonara entonces

que me supiera conocido,

por la duda en que me pone.

¡Ay honor, ay grandeza!

Que un padre viejo nos honre

qué importa, si muchos años

son causa deste desorden.

Ptog. 71

Alejandro.

Y de mis años, ¿qué importan

cautelosas prevenciones,

si por disculpa los suyos,

que son menos, me responden?

Del viento son mis sospechas,

mas cuando a Isabela adore,

por mi honor, quien por mis celos

y en Casandra me responde.

¡Ay de mí!

Sale Turín.

Turín.

Las malas nuevas

eternamente me cogen

para estafeta.

Alejandro.

¿Quién va?

Turín.

Un ministro de la orden

de su religión.

Alejandro.

¿Turín?

Turín.

¿En qué, señor, me conoces?

Alejandro.

Algún mal temo, en un triste

cualquier diligencia rompe

los privilegios del gusto;

no doy paso en que de torpe

no tropiece en mi desdicha,

capaz de dos corazones

será mi pecho, y agora

del presagio desconforme,

apenas uno consiente

con descompasados golpes.

Ptog. 72

Alejandro.

Quisiera saber mi daño,

pero el alma se socorre

de las dudas, ¿a qué vuelves?

Turín.

Llegué...

Alejandro.

Acaba.

Turín.

No des voces;

digo que llegué a tu casa,

donde muertos los faroles

del zaguán y la antesala,

padecía segunda noche;

y llamando a los criados,

viendo que no me responden,

voy discurriendo las cuadras,

cuidando de que me informe

el primero que encontrare;

y a tan confuso desorden,

hallo a tu padre llorando

con el dolor tan conforme,

que humedeciendo el discurso

entorpecía las razones.

Hallo a Isabela turbada,

y reconociendo entonces

que saben decirlos menos

los que sienten los dolores...

Ptog. 73

Turín.

Llego a Rosaura, que en fin

es criada, y aunque llores,

nace a decir obligada

cuanto tratamos esconder;

díjome que Casandra...

Alejandro.

Calla, infame, no la nombres,

cuando culparla es forzoso,

pues si todos descomponen

los semblantes sin Casandra,

dudaré de que la abones.

Turín.

Es más de que no parece.

Alejandro.

¿Hay mayores confusiones?

Vete, villano, no aguardes

a que mi valor se enoje,

porque no me das la muerte

más que porque me deshonres.

Tur. Ahora me despachurran, ¡válgame el señor San Roque!

Alejandro.

Si sospechados los celos

pudieron matarme entonces,

si mi deshonra temida

en el recato de un hombre

matarme pudo, ¿a qué aguardan

los que me embisten de golpe?

Ptog. 74

Alejandro.

en el honor y en los celos,

averiguados baldones,

Alejandro.

como no acaban conmigo;

pero temo, ¡ay Dios!, que intentan

quitarme la vida

otros tormentos mayores.

Vase.

Turín.

ahora me despachará,

válgame el señor san Jorge.

Alejandro.

Mas si amante me buscaban,

o si me buscaban noble,

cuando ni noble, ni amante

me han dejado los rigores

de mi fortuna, bien quedo

con pensar que no me conocen.

Si me busca a mí el agravio

para que su oficio borre,

y mi vida, por ser tan fuerte,

de que celebra el bronce.

Pero si el rayo se estrecha

a que lo frágil le ignore,

y en lo que más se defiende

quiere ejecutar el golpe,

aquí se reserva el rayo

si de mi daño no rompe,

con sus mayores violencias,

mis resistencias mayores.

Ptog. 75

Alejandro.

de los alientos del Austro,

de las injurias de Jove,

tal vez vacilar se vieron

las encinas y los robres;

del que antes fue inmóvil leño

siendo después leño móvil

las tormentas imitando

de naves y galeones.

Ligero vuela el mar grave

con escándalo del monte,

y en añicos desatado,

cuando en arroyos no corre,

con su muerte (aunque insensible)

descansa de los rigores.

Y yo, siendo menos fuerte,

y los contrarios mayores,

no puedo perder la vida

porque sienta más los golpes.

Pero vivamos, honor,

que, haciendo lo que nos toque,

venganzas hay, si hay injurias

que enmiendan el ser del hombre.

Ptog. 76

3.ª jornada

Ptog. 77

Al. de los alientos del Austro, de las injurias de Jove, tal vez vacilar se vieron las encinas y los robres; del que antes fue inmóvil leño siendo después leño móvil, las tormentas imitando de naves y galeones. Ligero vuela el mar grave con escándalo del monte, y en añicos desatado, cuando en arroyos no corre, con su muerte (aunque insensible) descansa de los rigores. Y yo, siendo menos fuerte, y los contrarios mayores, no puedo perder la vida porque sienta más los golpes. Pero vivamos, honor, que, haciendo lo que nos toque, venganzas hay, si hay injurias que enmiendan el ser del hombre. Fin de la 2.ª

Jornada tercera

Ptog. 78

Salen Alejandro y su padre.

Alejandro.

Acaba (pues, señor), porque me matas

lo que en contarme la traición dilatas.

Federico.

Viendo que no venías,

y va creciendo (con las ansias mías

entre el deseo de volver a verte)

tan grave, tan mortal melancolía,

que me juzgara triunfo de la muerte,

si no supiera yo que no moría;

que un triste, en quien la pena se repite,

no acaba porque aquello más padece

que a la vida enojosa se permite,

y por que no descanse, no fallece;

retírome a mi cuarto, y poco antes

toda la casa miro

discurriendo con ojos vigilantes;

y cuando a mi aposento me retiro,

hallé que en el jardín Casandra estaba,

y por la ocasión la di que me esperaba.

Aparte.

Alejandro.

Y amándome, y sabiendo que venía,

¡quién duda, amor, que a mí me esperaría!

Federico.

Despedíme, que en vano

con Rosaura la dejé, ¡mal hice!

aunque cuando el suceso es infelice

Ptog. 79

Federico.

solo le enmienda impulso soberano,

y ser alcaide yo de su belleza,

fuera, Alejandro, diligencia vana,

que en llegando a faltar la fortaleza,

de qué puede servir la barba cana.

Poco después, según Rosaura dijo,

la puerta falsa del jardín abriendo,

como la principal al negocio,

a su prima Casandra mal creyendo,

a quien más cauteloso se llegaba,

y se acercaba también, y así le hablaba:

Alejandro, seáis muy bien venido,

¿no me habéis conocido?

Yo que os espero soy, habladme agora,

Casandra, gozadora,

es quien hace por vos esta fineza;

pero viendo que el rostro recataba

un hombre cuanto más se le llegaba,

a recularse mi Casandra empieza,

cuando él su intento menos recatando,

con otro a vuestra prima rebatando,

con tal furor y con violencia tanta

por el jardín salieron,

que nada menos que hombres parecieron.

De Casandra a las voces bien sentidas,

de Rosaura a las voces mal formadas,

sacaron los traidores las espadas

por defender el robo con las vidas.

Saliendo de casa los criados

en los que eran de escolta embaraza,

aquellos en alcanzar se detuvieron,

que los que huían menester tuvieron.

Tanta en uno hallaron resistencia,

que esperando de todos la violencia...

Ptog. 80

Federico.

Dura y resiste, ¡ay hijo!, en la refriega,

hasta que un hombre a socorrerte llega.

Alejandro.

Yo, que me quejo de fortuna airada,

cuando acudo a mi daño con mi espada.

Vase el viejo.

Federico.

Acudo, ¡ay hijo!, en vano,

que tarde llega quien nació temprano,

sin armas y sin vista; suerte airada,

¿qué mal, sin vista, conocer pudiera,

y sin armas, qué tarde que ofendiera?

Que este palo, que ciño por mis daños,

es un puntal de mis caducos años,

y si le alzara para hacerle guerra,

fuera dejar el edificio en tierra.

Esto pasa, mas yo, como también

solo tan solamente os aconsejo

que miréis al honor antepasado,

y al vuestro, que aún es más que el heredado,

yo, vuestra prima, vuestra esposa bella,

y en vuestra mano nuestro honor ponemos,

yo os quisiera vengar a vos y a ella,

pero los padres, hijo, no podemos

acudir más que al llanto y la querella.

Alejandro.

La primera luz que tengo

para que pueda vengarme,

cielos, más ciego me deja,

a imitación de esa grande

antorcha, que a quien la mira

más que alumbra daño hace.

Mi padre me ha enternecido,

heladas cenizas hace

el pecho, cuando mi enojo

entre las ofensas arde.

Ptog. 81

Alejandro.

Apenas reprimir puedo

el llanto, mas si llorare

al golpe del sentimiento

lágrimas serán de sangre.

Pésame que el corazón

a ningún dolor se ablande,

porque a las ternuras hecho

puede ser que sea cobarde,

y de suerte, que si le pide

alguna vez mi brazo

de su brío, o no le tenga,

o el que tuviere le falte.

Mas si dentro de una nube

vapor de la tierra frágil

suele engendrarse la lluvia

y el rayo suele engendrarse,

dura constelación este,

blandos aquella raudales;

bien puede mi pecho dar

(cuando lágrimas derrame,

como arbitrios diluvios)

a mi brazo tempestades,

que rojos humores desatando

vayan, y que a anegarse

la vida del que me ofende

para que mi honor se esmalte;

pero contra mí ensayado

(cuando solo ayudar sabe

a quien me agravia) mi brazo

en mi favor será tarde;

que yo ayudase a Fadrique

porque no le matasen

mis criados; su defensa

mi valor solicitase.

La noche de engaños llena,

encubridora de infames

sucesos (capaz y hábil

de traiciones y maldades).

Ptog. 82

+ Jornada

Sale Alejandro.

Alejandro.

¡Que esté la verdad dudosa,

y que las sospechas anden

dando crédito a ilusiones

solo para matarme!

¡Vengarme es dificultoso

cuando fue la injuria fácil!

Sale Turín.

Turín.

¡Ay de mí! ¡Qué bueno estaba

mi amo para acordarle

lo de la vaca y el toro,

la diferencia que hacen

las que verdades parecen

a las seguras verdades!

Señor.

Alejandro.

Ven acá, Turín.

En fin, que cuando dejaste

ayer, cuando visitó

el duque a Casandra... aguarda,

que he de preguntallo:

¿viste bien que se enfadase

con Casandra el duque?

Turín.

Ya os

dije que se despidió al desgaire,

sin saber con quién ni cómo;

vi solamente...

Alejandro.

Mal hace

mi curiosidad, Turín,

de inquirir remedios tales.

Ptog. 83

Alejandro.

¿El duque mi agravio? No,

no es posible; pues mudarse

Casandra y ser en mi agravio

alevosamente parte,

no puede ser. Pero abrir

la puerta con una llave

Fadrique, ¿cómo es posible

sin tener quien le ayudase?

Pero llaves hay maestras.

¿Y pudo con una llave

entrar en mi casa? ¡Cielos,

o los discursos quitadme,

o quitadme aquí la vida

para que yo no me mate!

¿Ser Fadrique quien la lleva,

y Fadrique quien quedase

a defenderle, es posible?

Sí, pues con eso alejarse

pudo bien quien la llevaba.

Del alevoso fiarle

lo que le importaba más,

esto fue; mas ¡qué cobarde

en no quitarse la vida!

Casandra.

¡Qué necedades

que ensarta con la locura,

que nadie quiere matarse!

Ptog. 84

Alejandro.

¿Qué es lo que dices, Turín?

Turín.

Señor, que a los amantes

llaman al vivir fineza,

y las descomodidades,

con las calzas atacadas,

vinieron ya a descansarse.

Alejandro.

Sin vida, Turín, estoy,

de sola una causa hacen

tan diferentes efectos,

que así pudiese matarme

Casandra, y darme la vida.

Turín.

Será, señor, no te espantes,

Casandra como Leonida,

una dama de un romance

muy celebrado en España,

que diz que le presta al valle

dos estrellas que le ilustren,

y dos rayos que le abrasen.

Conque dirá, digo yo

(o será muy bobo el valle),

que le perdonara el bollo

por el coscorrón que hace;

que le guste el que le alumbren,

cuando menos, el quemarse.

Y así a Casandra, señor,

bien pudieras perdonarle

el que la vida te diera,

por el daño que te hace.

Ptog. 85

Alejandro.

No es tiempo, Turín, ahora

de escuchar tus necedades;

Turín.

quisiera te divertir.

Alejandro.

mal podrás (y has de excusarme,

de que hablemos en el robo

de Casandra); porque sabe

Turín.

el que sirvió a mi señora...

Alejandro.

¡dime presto lo que sabes!

Turín.

no querría que el silencio

me rompas, que te encargaré.

Alejandro.

antes perderé mil vidas

que me acabas, ¡no me mates!

Turín.

pues, dónde está Casandra...

Alejandro.

ya parece que deshace

la tiniebla del engaño

la luz de alguna verdad,

y dónde Casandra está,

tanto bien no me dilates.

Turín.

ya sabes cómo Rodrigo,

aquel que sirvió a tu padre,

vive el castillo de Rota

con la tenencia de alcaide.

Al.

ya lo sé bien; y pues ahora

escucha lo que no sabes:

digo que, viniendo yo

a la vuelta de esa calle,

se me hizo encontradizo

(¿quién duda?) para contarme,

cómo Casandra al caballo

la llevaron poco antes.

Ptog. 86

Turín.

que en nueva luz el alba

las montañas coronase,

y que a él se la entregaron

para que fiel la guarde,

por orden de un Venturín

de Fadrique, hábil y infame,

luego me diera lugar

sin ocasión a quejarme.

Díjome también don Rufo,

que si yo te lo contase,

te dijera que en Milán

públicamente se sabe,

porque de él no se entendiera

que ha podido revelarme

secretos que le encargaron.

Alejandro.

Solo pudiendo importarle

a mi venganza, dijera

lo que me pides que calle.

¿Hay más modos de tormentos?

¿Hay más géneros de males?

¿Hay de penas más caminos?

¿De agravios más linajes?

No puede ser que los haya,

o el cielo me desengañe.

¡Ay de mí!, que fuera injusto

que los haya y que me falten.

Agora conozco, agora,

que el duque fue a conquistarle,

Ptog. 87

Alejandro.

A Casandra que me asegura

de esta desdicha lo fácil.

Ayer, cuando en mi aposento

dijo que volvió a buscarme,

por decirme que quisiera

con Laura casarse,

por ver a Casandra fue.

Esto puede comprobarse

con que no habló más en ello

al duque, a mí, ni a mi padre.

Bien averiguo mis celos,

que mal pueden olvidarse

las circunstancias menores,

siendo en mi daño el achaque.

Mortal estoy, no quisiera

que la vida me quitase

primero que me vengara

de esta pena inexorable.

Permítelo, honor fiero,

la noche testigo tarde

en un dichoso suceso

de un estrago miserable;

no muera yo del remedio,

ni lo que puede sanarme

matarme quiera, que yo,

entre confusiones tales,

loco y sin honor llevado

de la fortuna inconstante,

triunfo tomar la venganza

de quien la injuria me hace.

Vase.

Ptog. 88

Turín.

Y si Dios no lo remedia,

de este caballero andante

pienso ser el Sancho Panza.

Dios de esta vida me saque,

o mal hayan estos duelos,

que quiera mi amo andarse

por quítame allá esa mosca

haciendo mil necedades.

Miren qué palos le dieron,

qué bofetada en la calle,

más que llevarle a la cama

para qué quiera cargarse;

si fuera juez sentenciara

a pagar de mi linaje

que el cargado es quien la lleva,

y quien la lleva, el infame.

Por esto matarle quiere,

no hayan miedo que le mate.

Voy a avisar a su hermana,

voy a avisar a su padre,

para que estorbarlo puedan.

Y al Turco fuera a avisarle

cuando supiera que el Turco

fuera en estorbarlo parte.

Vase Turín.

Salen el Duque en su casa, y Fadrique, y solos.

Fadrique.

En la ventana quedé

hablando con Isabela,

y al ruido de las espadas

dejé, gran señor, la reja.

Ptog. 89

Fadrique.

saqué la espada, llegué

a resistir las primeras

sin saber que te ayudase,

tan remiso en la pendencia,

que no fuera entonces mucho

que al contrario socorriera.

Como Alejandro lo hizo,

cuando yo, por mi defensa,

me retiré de su gente,

pues me ayudó de manera,

sin conocerme, que fue

quien solicitó su ofensa.

Duque.

Yo con Casandra salí

y del jardín a la puerta,

a Roberto la entregué,

que conmigo entró por ella,

y ya tan arrepentido

Fadrique, que si pudiera,

después de habernos sentido,

dar con Casandra la vuelta,

de mi piedad no se dude

que de lástima lo hiciera;

porque quien ama, Fadrique,

y tiene para las quejas

rigor, hombre no se llame,

nombre merece de fiera.

Oh, mas ¿qué hacer pude entonces?

Esto mi amor te confiesa.

Ptog. 90

Duque.

fue no darme a conocer

por no aumentarle la pena

porque como me aborrece

me pareció que sintiera

aun más el que yo la alabe

que la intención de su ofensa,

que en no querer las mujeres

desta manera se vengan.

No

Duque.

Anticipó con su llanto

el aurora, y las tinieblas

creyeron que amanecía

si no vieran sus estrellas.

De los ojos a los labios,

de los labios a la tierra,

No

Duque.

perlas y aljófar lloró

dos veces con diferencia,

pues lo que perdió en sus luces

aljófar menudo viera,

que al contacto de su boca

lo cobró la tierra en perlas,

las que no enjugó el consuelo

del sol, sí, de su belleza,

en favor de sus mejillas

sobre su rostro se quedan.

Y sus mejillas quedaron

como cuando se despliegan

las flores, porque en sus hojas

guarden del aurora el néctar.

Ptog. 91

Duque.

hasta que ajeno descuido

o cuidado ajeno llega,

aquel sin querer las toque,

este queriendo le vierta.

Como el llanto derrame

la flor, aunque no se queja,

parece dio ocasión

la mano del que la lleva.

Con el llanto y la congoja

hermosa quedó la bella

más que la madre de amor

cuando en Chipre se lamenta.

En mi pena divertido,

o cuidadoso en su pena

pasé, Fadrique, dos calles

hasta que de ti me acuerda

mi voluntad, y llegando

a los que a Casandra llevan,

entre los dos a buscarte

echo de ver que te quedas.

Y acuérdome que al volver

por la esquina, en mi defensa

saliste, encargo a Roberto

el que a buscarte volviera.

Y pareciéndome entonces,

que haciendo la diligencia

te pudieran conocer,

yo mismo dando la vuelta

Ptog. 92

Duque.

que llevasen a Casandra.

Os digo, y hallando quieta

la calle, voy a palacio

tan perezosa, tan queda

mi persona, que advertida

(como si remedio fuera)

daba pasos mi valor

como si el temor los diera;

y antes de llegar me hallaba

como agora, que me dejo

triste y sin vida.

Fadrique.

Señor,

¿de qué tienes la tristeza

cuando a Casandra consigues,

pues a tu casa la llevan

y ya en tu poder la tienes?

Duque.

Fadrique, en siendo mal hechas

las cosas, nos viene luego

arrepentimiento de ellas.

De parte de mi piedad

es humana diligencia,

mas de mi amor no es posible

que, viviendo, me arrepienta.

Por tu vida, que te vayas

antes que ninguno sepa

adónde Casandra está,

Fadrique, a verte con ella,

y, su rigor moderando,

la dirás que voy a verla.

Ptog. 93

Duque.

amante y compadecido

de ver que mi amor la ofenda,

Aparte.

Federico.

No es menester,

señor, que nada me adviertas.

Lograr pienso esta ocasión.

Vase el Duque.

Duque.

Mira que no te detengas,

y que de ser que Alejandro,

donde está Casandra, llega,

es principal, y ofendido

amante, y así cualquiera

destas cosas es bastante

a que estorbar mi amor pueda.

Vase.

Federico.

A ver a Casandra iré

en esta ocasión, la primera

que tengo para mi intento,

y pienso lograr sin perderla.

Disculpe Amor mi traición,

que pues lo que al Duque ofenda

primero ha de ser mi vida

que su gusto con mi ofensa.

Sale Alejandro y Rodulfo en el castillo de la Mota.

Alejandro.

Rodulfo, solo he venido

a ver a Casandra bella,

y cuando vengo por ella,

que me la enseñes te pido.

Ptog. 94

Alejandro.

Haz esto por mí, pues sabes

que tienes obligación.

Entrase.

Rodulfo.

Ya conozco que es razón

servirte en cosas más graves,

mas no sé cómo ha de ser,

señor, porque no quisiera

que Fadrique lo supiera,

pues si lo llega a saber,

siendo del Duque valido,

mi deslealtad culpará,

cuando en este caso está

del Duque favorecido.

A Casandra me entregaron

porque lo mandó Fadrique,

y no es bien que yo publique

lo que callar me mandaron.

Lo que puedo hacer, señor,

es llegar a disponer

que a Casandra puedas ver

sin ser en esto traidor;

pues cuando yo, no obligado

de ti, al Duque sirviendo,

pienso que a ti no te ofendo

con parecer buen criado.

Aquí puedes esperar.

Alejandro.

Aquí, Rodulfo, te espero,

pero yo, ¿para qué quiero

otros medios intentar?

Ptog. 95

Alejandro.

El Duque se ha de ofender

de tener un mal criado;

yo puedo ser engañado

habiéndole menester.

Casi pienso que es mejor

(esto mi discurso alcanza)

que no cueste mi venganza

hacer a nadie traidor.

No es bien que a Rodulfo aguarde;

manos y una daga tengo,

y honor, todo lo prevengo,

que nada me acobarde.

Las tapias pienso saltar,

con este puñal subir,

aunque me cueste morir

con intención de matar.

Altas están, mas no importa,

pues que lo imposible fuera

más que posible lo hiciera

esta razón que me exhorta.

Éntrase por un lado Alejandro y sale por otro Rodulfo.

Vase.

Rodulfo.

Señor, aquí le dejé,

dije que luego salía,

mas que la ocasión sería

por que Alejandro se fue.

Él ha de estar allá afuera,

allá le voy a decir

que no le puedo servir,

y aunque servir le quisiera...

Ptog. 96

Dentro por una parte donde salió Pedro y a buscarle Luis con grande espada, dice Alejandro.

Dentro.

Alejandro.

Muerto soy.

Sale muy lleno de polvo.

Alejandro.

Pero no vivo he quedado,

porque no muere desto un desdichado.

Esperar no he querido

a que el jardín Rodulfo me enseñase,

que no quiere el honor del ofendido

que por ajena diligencia pase,

solamente la suya

tome satisfacción, porque concluya

con quien hizo agravio al que,

que el honor quien le pierde ha de cobrarle.

Yo solo basto, yo, pues cuando pruebo

a mover mi persona en mi defensa

como cargado estoy, un monte muevo,

y que me ayuda quien me carga pienso.

Mi espíritu valiente,

pero mi condición no lo consiente,

pues como estoy celoso y agraviado

con ambos accidentes animosos,

sobra lo honrado de que soy celoso

y lo celoso de que soy honrado.

Así dichoso como amante fuera,

y así ventura como honor tuviera.

Ptog. 97

Y desesperado Cristóbal, y creyendo que solo en darle vida es matarle a él.

Alejandro.

mas si bárbaramente conducido

de mi loca pasión fui llevado,

donde, teniendo el daño repetido,

¡ay de mí!, no pudiese ser vengado,

ni tampoco a Casandra ver pudiese,

o nuevo mal, primero que otro, cese.

Amor, ¿qué no podrás? tú solo hiciste

extremos cobardes y animosos,

tú solo hacer pudiste

que se envilezcan pechos generosos,

por tener en tu cuidado parte

que llore Alcides y llorase Marte.

Pero en mí, que tengo honor y celos,

nada puede amor. ¡Viven los cielos,

que, aunque pierda a Casandra, noble y bella,

(que es forzoso perdella),

con esta daga intento

que sea de mi venganza el instrumento,

de hoy más a ser empieza,

dejando en estas tapias mi bajeza,

cuando por ellas mi valor desciendo;

quitar la vida a quien mi honor ofende,

y en el quitar quisiera

la vida del cualquiera

que sintiera la pena merecida,

que sin venganza advierte,

para crecer el número a la muerte,

porque con una herida

sienta cada dolor un homicida.

Ptog. 98

Alejandro.

Ruido parece que siento;

aquí me pienso esconder.

Entrase detrás de unas murtas del jardín,.

y por el otro lado sale Casandra.

Casandra.

No morir de padecer,

siendo tal mi sentimiento,

en lo inmortal de este tormento

mi vida debe de estar,

aunque por saber amar

(cuando me aflige esta pena)

el vivir con alma ajena

es la causa de durar.

Lo que por remedio apruebo

también resulta en mi daño,

poco le debo a mi engaño,

nada a mi elección le debo,

si acaso los ojos muevo

solo mi mal llego a ver,

solo en mí viene a ser

lo mismo ver que mirar,

porque no pueda faltar

ocasión de padecer.

Aquel tronco levantado,

de fértiles parras feo,

en su amoroso trofeo,

de pámpanos coronado,

Ptog. 99

Casandra.

Dos tórtolas, un cuidado

tienen, cualquiera amar sabe,

viviendo un yugo suave

y yo tengo en pena tanta

menos dicha que una planta

y menos dicha que un ave.

Aves y plantas agora

¿cómo a verlas llego? ¿Cómo?

cuando las ignora el plomo

y la segur las ignora,

y aunque así no se mejora

su suerte en mi pena grave

y en mi sentimiento fuerte,

que no viva en pena tanta

sin envidia de una planta

y sin envidia de un ave.

Y si mi suerte quisiera

que mi daño se acabara

en mí, yo me consolara

aunque yo sola muriera;

pero cuando considera

el alma que mi dolor

viene a ser mucho menor

que el que a Alejandro padece

que no siento me parece

pues no me muero de amor.

¡Oh, quién se pudiera ver

desenojado, primero

que tanto rigor severo

me pudiese a mí ofender!

Pero quisiera saber

después de haberle avisado.

Ptog. 100

Casandra.

si de su padre templado,

si de Isabela advertido

estará de mí ofendido

cuando puede enamorado.

Escondido.

Alejandro.

Aquí sin saber estoy

la causa de mal tan grave.

Casandra.

Su mal, dice, que no sabe,

yo quien le padece soy.

¡Albricias, amor, te doy!

¡Ay, Alejandro!

Quiere salir y suena ruido, y retírase.

Alejandro.

¿Qué espero?

Salir, pues me nombra, quiero,

pero ruido siento.

Ruido de llave.

Casandra.

¡Amor,

para aumentarme el dolor,

abren la puerta, yo muero,

y estoy como el delincuente

la sentencia escuchando,

que muere aquello más que vive!

Sale Fadrique por la puerta, y llega a abrir.

Fadrique.

Un monte muevo en mis pasos,

mas si a ser traidor camino,

¿qué mucho?, ¡ay!, no fueron vanos

mis recelos.

Alejandro.

Bien mi ofensa

voy, honor, averiguando.

Fadrique.

Yo llego, ¿en qué me detengo?

Casandra.

¡Ah, cielos!

Llégase.

Fadrique.

¡Raro milagro

de belleza, dueño hermoso!

Aparte.

Casandra.

¡Cómo vivo, que sufro tanto!

Fadrique.

Ahora es el tiempo, ahora,

que, mi voluntad premiando,

vivirá en los dos un alma.

Alejandro.

Primero verás, villano,

tu muerte.

Fadrique.

Casandra hermosa,

¿no respondes?

Casandra.

Si escucharos

en mi agravio viene a ser...

Ptog. 101

Casandra.

y en agravio de Alejandro

y os escucho, bien veréis

que no es poco lo que hago.

Alejandro.

Eso sí, Casandra mía.

Fadrique.

Ya que me estáis escuchando

quiero mi pena deciros.

Casandra.

Y yo, que de vos no aguardo

novedad, os lo excusara

si me escucharais un rato,

puesto que no habéis podido

jamás tomarme una mano,

y antes perdiera mil vidas.

Alejandro.

Bien. Amor me satisface.

Fadrique.

Tened lástima de mí.

Casandra.

La solicitáis en vano,

porque mi honor es primero

y después el de Alejandro,

y no es bien cuando le adoro

Ptog. 102

Casandra.

y cuando me estimo tanto

que una piedad malnacida

a los dos nos haga daño.

Fadrique.

Cuando me costáis la vida.

Dícese.

Alejandro.

¡Ah! Cómo que ha de costaros

por mis celos; bien pudiera

darle muerte, pero aguardo,

pues le mato de celoso,

matarle también de honrado.

Fadrique.

Necedad el que os estime.

Casandra.

Porque ahora le alabe,

recelaré como ofendida.

Fadrique.

A los dos procurará

Casandra.

desengañar a Fadrique,

que a los dos ha de ofender;

loca estoy si lo consiento;

en mi ofensa manos daros.

Fadrique.

Yo os he de sacar de dudas.

Casandra.

En lo que son agravios,

dadme mis celos, no más.

Casandra.

Solamente quisiera

que me estuviera escuchando

Alejandro.

Alejandro.

Ya te escucho.

Casandra.

Viera que no le agravio,

Alejandro.

(¡Fiera, ay, querido dueño!)

Casandra.

contra mi vida irritado.

Fadrique.

A lo de menos hablemos.

Casandra.

Más de vuestro amor me canso,

pues queréis favoreceros.

Ptog. 103

Líneas tachadas en la parte superior, ilegibles.

Todo el texto desde "Vuestro gusto solicito" hasta "que afloja la cuerda al arco" está enmarcado con una línea y bucles en los márgenes, indicando supresión.

Fadrique.

Vuestro gusto solicito

y quisiera, por no daros

esta pena, que cupiera

dentro de la fe que os guardo

el poderos persuadir

que amarades a Alejandro.

Esto solo hacer no puedo.

Casandra.

¡Oh, si viniese entretanto

Isabela con mi tío,

que ya los tengo avisados!

Líneas tachadas e ilegibles.

Fadrique.

Hacerme podéis dichoso.

Mirad que solos estamos.

Casandra.

Yo no, cuando estoy conmigo.

Alejandro.

Y cuando yo te acompaño.

Fadrique.

Mirad que soy poderoso.

Casandra.

Y yo soy mujer amando.

Fadrique.

¿Qué perdéis en darme vida?

Casandra.

Sin ser mi gusto, ¿qué gano?

Fadrique.

La gloria de un rendimiento,

triunfo de amor el más alto.

Casandra.

¿Qué gloria como rendirme

a lo que estoy adorando?

Cae.

Fadrique.

Sin vida estoy

, ya parece

que afloja la cuerda al arco.

En el margen derecho: Vase Fadrique (tachado), sale.

Fadrique.

Pues en el amor del Duque

hasta agora no he tratado

Ptog. 104

Fadrique.

antes que venga quisiera.

Lo que no pueden los años,

lo que mi amor no ha podido

a la violencia fiarlo,

la ocasión me da lugar,

el respeto se ha enojado,

un desprecio me ocasiona.

Cuando con estilo ingrato

de mi amor se desobliga

Casandra, pues ¿a qué aguardo?

Conozco lo que aventuro.

Aparte.

Casandra.

¡Oh, si se fuere!

Vuélvese a Casandra.

Fadrique.

Mi daño

nunca puede ser mayor

que, padeciendo y amando,

muera y huya de mí mismo,

si favorece, traidor,

la fortuna. ¿Cómo pierdo

lo que atreviéndome gano?

Casandra, yo me resuelvo

a que pueda más que el trato

la fuerza, y que la razón

mi corazón obstinado.

Casandra.

Si lo intentas... ¡no prosigas!,

que primero de mi mano

pienso recibir la muerte.

Llégase a ella, quiérele sacar la daga.

Fadrique.

Vendrás primero a mis brazos.

Casandra.

Con esta daga primero...

Sale Alejandro.

Alejandro.

Primero con este rayo,

que ya mi valor esgrime,

pienso matarle.

Retirándose Fadrique en viéndole por la puerta que él mismo abrió.

Fadrique.

¡Alejandro!

¡Muerto soy!

Casandra.

¡Dad voces, amigos,

esposo, señor, criados

Ptog. 105

Casandra.

del Gran Duque de Milán.

Si lo habrá todo escuchado,

Alejandro.

Sale por la misma puerta el Duque retirándose delante de él Alejandro, y échase a sus pies. Sale Isabela, Federico, Turín, Rosaura y Rodulfo a las voces de Casandra.

Duque.

¿Qué es aquesto?

Alejandro.

Si Vuestra Alteza me escucha,

Abrazoos, don Fadrique;

callad, y a los pies de su Alteza.

Isabela.

Para satisfacción,

el alma tengo confusa.

Duque.

Ya, señor, os di a entender

que hay venganzas si hay injurias;

si os ofendí, siendo culpa,

dadme, dadme aquesos brazos,

porque toda esta confusa

de turbaciones y ciega

tempestad aquí concluya,

y a confirmallos vamos.

Ptog. 106

Duque.

Pudo el trato con Casandra

lo que ha podido con muchas.

Correspondióme, tratamos

hacer de dos almas una,

y en tanto que en nuestro deudo

dispensación se procura,

vino de España Fadrique,

amante a Casandra busca.

P.te.

Por vos pudo visitarla.

Aparte.

Duque.

Esto también me disculpa.

Alejandro.

Pero yo solo a ofenderme

de la desvergüenza suya,

ayer estando en mi cuarto,

aquesto también se ajusta,

esperándome Casandra,

entró quedo con astucia,

y después aseguróme,

diciéndome que procura

ser de mi hermana marido,

de que vuestra Alteza gusta;

y aunque no me estaba bien,

me sosegué, porque me asegura

mis celos, que los amantes

esto solamente buscan.

Anoche (como sabéis

que me valí de la excusa

de ausentarme, y no asistir

en alguna travesura),

entró por la puerta falsa

de mi jardín con alguna

gente que, para su daño,

asistieron en su ayuda,

y a Casandra me robó.

Ptog. 107

Sale delante Alejandro galán, con daga.

Duque.

Y no porque yo lo arguya

de haberle favorecido

en su vergonzosa fuga,

por vencido quise darme;

y aguardo a que se descubra

la verdad; noticia tuve

que ese castillo la oculta,

y que Rodulfo la tiene,

gran señor, con orden suya.

Vengo al castillo animoso,

con esta acerada punta,

esas tapias salto y facilito

sin resistencia ninguna,

y por ruido en el jardín,

escóndome entre esas murtas.

Sale Casandra, y escucho

entre la ignorancia suya

en mi favor mil finezas

que piadosos me procuran.

La primera vez, señor,

parecerá su disculpa,

quien a las desdichas es

tan sujeta a la fortuna;

y aunque Casandra se turba,

bien advertida le escucha.

Animosa se resiste;

mas el que su daño duda,

Casandra.

A mis brazos se atrevió,

y ambos con violencia mucha,

él solicitó mi ofensa,

yo mi resistencia justa;

en esto salió Alejandro,

y con la daga desnuda

Ptog. 108

Al.

Di, señor, a entender

que hay venganzas, si hay injurias.

Aparte.

Carl.

Dicha ha sido que Alejandro

los celos solo descubra

de Fadrique, y aun merezco

que no conozca mi culpa

Alejandro, porque ya

de mi piedad no se duda

que estuviese arrepentido.

Pero Fadrique, si enojado

vuestro valor se disgusta,

dadme, dadme aquí la muerte,

porque, borrada la ofensa

de mi fama, no tengáis

vos conmigo a un tiempo

miserable sepultura.

Líneas tachadas: así Alejandro me excusa / de dar afrenta al ejemplo / cuando el secreto descubra. / escándalo a mis vasallos / que formarán quejas justas / de que se fíe mi pecho / a quien alevoso busca / mi daño con su ruina, / y así de la muerte suya / quiero sacar mi escarmiento.

Fadrique.

Yo tengo poca ventura,

al Duque temo enojado.

Duque.

Nada mi dolor excusa.

Rodulfo.

Bien sé que de no lograrme

en nada he tenido culpa.

Rosaura.

Paréceme...

Fadrique.

Y a mí que se encubran.

Al.

De él tomar satisfacción

merece.

Duque.

Si me preguntas

si te perdono, Alejandro,

nada en mi favor te acusa.

Ptog. 109

En el margen superior izquierdo, líneas tachadas: Plantas / A. deja que por amor cese... / y...

Al margen izquierdo, tachado: Alejandro.

Al margen derecho: Que ya no es Alejandro.

Duque.

Tienes perdón de tu culpa,

pero tienes un cuñado

en mí, que aunque sea algunas

veces visité tu casa,

que fue de mi amor industria,

porque a Casandra amaba,

y así, si de princesa gustas,

dale luego la mano.

Alejandro.

Bien, señor, hallando en lugar

que esto es enmendar mi suerte

y hacerme ya mi fortuna,

que fabrique lo ingrato

del sentimiento me excusa.

Aparte.

Federico.

Loco de contento estoy,

porque no se presuma

de mí que tiene otro amor,

a Alejandro el Duque cura,

a los dos hoy va casando.

Duque.

Dale la mano, y pues gustas,

a Casandra, y pues es llana

la diligencia injusta

de quien la robó, no tuvo

Casandra de parte suya

culpa...

Ptog. 110

Ale.

Dé la prenda a este señor.

Casandra.

Ya se la doy, y las de mis triunfos,

pues se la doy con el alma.

Ale.

Así, nuestro amor concluya.

Enri.

Dale tú a Rosaura

la mano, y mi hermano cumpla.

Turín.

No me lo mandes, señor,

que no ha sido mi ofensa causa.

Rosaura.

Digo que se la quiero dar.

Turín.

Apetezco las clausuras,

que ofrezco hacer por ellas

(porque no parezca excusa)

el amarla en la primer parte

y casarme en la segunda.

Ale.

Aquí, senado, se acaba

la comedia que se intitula

Venganzas hay si hay injurias.

Fin de la comedia.

Alonso de Batres

Alabado sea el Santísimo Sacramento.

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