Texte numérique de El mayor monstruo del mundo (primera versión)
Date de publication: 2 novembre 2026
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- El texto procede de la transcripción de la primera redacción incluida en la Segunda parte de las comedias de don Pedro Calderón de la Barca (Madrid, Carlos Sánchez, 1641), conservada en la Biblioteca Nacional de España, signatura TI/17, fols. 145r–167v, reproducida por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mayor monstruo del mundo (primera versión). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/mayor-monstruo-del-mundo-el.
EL MAYOR MONSTRUO DEL MUNDO (PRIMERA VERSIÓN)
Primera jornada
Pag. 1
El Tetrarca; Otaviano, Aristóbolo, Filipo. Tolomeo. Capitán, Malacuca. Dos soldados. Mariene. Fileno. Libia. Arminda.
Salen los músicos cantando, y el Tetrarca detrás.
La divina Mariene,
el Sol de Jerusalén,
por divertir sus tristezas,
vio el campo al amanecer.
Las aves, fuentes, y flores
le dan dulce parabién,
repitiendo por servirla
todos juntos de una vez,
Sea triunfo de sus manos
lo que es pompa de sus pies;
fuentes, sus espejos sed,
corred, corred, corred,
Aves, su luz saludad,
volad, volad:
Flores paso prevenid,
vivid, vivid.
Pag. 2
Hermosa Mariene,
a quien el Orbe de zafir previene
ya soberano asiento,
como estrella añadida al firmamento:
no con tanta tristeza
turbes el rosicler de tu belleza;
¿Qué deseas? ¿Qué quieres?
¿Qué envidias? ¿Qué te falta? ¿Tú, no eres
querida gloria mía?
¿Reina en Jerusalén? Su monarquía,
en cuanto tiñe el Sol, el mar abarca,
¿no me aclama su ínclito monarca?
como dan testimonio
letras de Marco Antonio,
y firmas de Otaviano:
porque los dos intentan, aunque en vano,
repetir el Imperio
que dilata, y estiende su Hemisferio,
desde el Tíber al Nilo,
y yo con cauto pecho, y doble estilo
de Antonio, no defiendo
la parte, porque ansí turbar pretendo
la paz, y que la guerra
dure, porque después cuando la tierra
de tus huestes padezca atormentada,
y el mar cansado de una, y otra armada,
pueda yo declararme,
y en Roma tú a mi lado coronarme,
¿tu hermano, y Tolomeo,
no son a quien les fío mi deseo,
y ley de mi albedrío?
pues con los dos socorro a Antonio envío,
y en tanto, oh cielo hermoso,
que al triunfo llega el día venturoso,
¿no estás de mí adorada?
¿de mis gentes no estás idolatrada?
¿no vives esta quinta,
que sobre el mar de Jasé el cielo pinta?
pues no tan fácilmente,
se postre todo el Sol a un accidente
liberal restituya tu alegría
Pag. 3
su luz al Alba, su esplendor al día,
su fragrancia a las flores,
al campo sus colores,
sus matices a Flora,
sus perlas al Aurora,
su música a las aves,
mi vida a mí, pues con discursos graves,
a celos me ocasionan tus desvelos,
no sé qué más decir, ya dije celos.
Tetrarca generoso,
mi dueño amante, y mi galán esposo,
ingrata al cielo fuera,
y a mi ventura ingrata, si rindiera
el sentimiento mío
a pequeño accidente su albedrío:
La pena que me aflige,
de causa, ¡ay cielos!, superior se rige;
tanto, que es todo el cielo
depósito infeliz de mi desvelo,
pues todo el cielo escribe
mi desdicha, que en el granada vive,
en papel de cristal con letras de oro,
no con causa menor mi muerte lloro.
Menos entiendo agora yo, y más dudo
el mío, y tu dolor; y si es que pudo
tanto mi amor contigo,
hazme ya de tu mal, mi bien testigo,
sepa tu pena yo, porque la llore,
y más tiempo no ignore,
muerte que ya con mis sentidos lucha.
Nunca pensé decirlo, pero escucha,
Un doctísimo Hebreo
tiene Jerusalén, cuyo deseo,
siempre ha sido estudioso,
apresurar al tiempo presuroso,
la edad, como si fuera
menester acordarle que corriera.
Este pues, vigilante,
en láminas leyendo de diamante,
caracteres de estrellas,
hoy los futuros contingentes dellas,
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a todos adelanta,
tanta es la fuerza de su estudio, tanta,
que es oráculo vivo
de todo ese cuaderno fugitivo,
que en círculos de nieve,
un soplo inspira, y un aliento bebe.
Yo que mujer nací, con esto digo,
que amigo de saber docto testigo,
le hice de tu fortuna, y mi fortuna;
porque viendo, que al orbe de la Luna
hoy empinas la frente,
el futuro previne contingente.
Con el mío juzgó tu nacimiento,
y a los delirios de la suerte atento,
halló, aquí el labio mío
torpe, muda la voz, el pecho frío,
se desmaya, se cansa, y desfallece,
y aquí todo mi cuerpo se estremece:
halló en fin, que sería
trofeo injusto, yo que tiranía
de un monstruo el más cruel, horrible y fuerte
del mundo, halló también que daría muerte,
que daño no se teme prevenido.
Ese puñal que agora te has ceñido,
a lo que más en este mundo amares,
mira, si tales penas, si pesares
tan grandes, es forzoso,
que tengan mis discursos temeroso,
muerta la vida, y vivo el sentimiento,
pues infaustos los dos con fin sangriento,
por ley de nuestros hados,
vivimos a desdichas destinados,
tú, porque ese puñal será homicida,
de lo que más amares en tu vida,
y yo siendo con llanto tan profundo,
trofeo del mayor monstruo del mundo.
Bellísima Mariene,
aunque ese libro inmortal,
en once hojas de cristal
nuestros discursos contiene;
dar crédito no conviene
a los secretos que encierra,
que es ciencia, que tanto yerra,
que en un punto solamente
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mayores distancias miente,
que hay desde el cielo a la tierra
Desa ciencia singular,
solo se debe saber
el mal que se ha de temer,
mas no el que se ha de esperar.
Sentir, padecer, llorar
desdichas que no han llegado,
ya lo son, pues tu cuidado
no puede haberte oprimido,
después de haber sucedido,
a más que haberlas llorado.
Y si agora tu desvelo,
lo que ha de suceder llora,
tú haces tu desdicha agora,
mucho primero que el cielo.
Que llorar con desconsuelo,
que por imaginarla, o dicha,
o la desdicha, o la dicha,
ya es hacer cara en rigor,
pues no hay desdicha mayor,
que es esperar la desdicha.
Con otro argumento yo,
vencer tu dolor quisiera,
si ventura acaso fuera
la que el Astrólogo vio,
diérasla crédito, no,
ni le estimaras ni oyeras.
Pues ¿por qué en nuestras quimeras
han de ser escrupulosas,
las venturas mentirosas,
las desdichas verdaderas?
Dé crédito el llanto igual
al favor como al desdén,
ni aquel dudes por ser bien,
ni este creas porque es mal.
Y si en argumento tal,
no estás satisfecha, mira
otro cual discurso admira,
esta predista crueldad,
o es mentira, o es verdad,
dejémosla si es mentira,
pues nada nos asegura,
y aunque sea verdad vamos,
porque siéndolo arguyamos,
que es el saber la ventura.
Ninguna vida hay segura
un instante, cuantos viven,
en su principio aperciben
tan contados los alientos,
que se cumplen por momentos
los números que reciben.
Yo en aqueste instante no,
si, si mi cuenta cumplí,
ni si la vi, yo a tu sí
a quien el cielo guardó,
para un monstruo, luego yo
llorar debiera ignorante
mi fin, tú no, si este instante
a ser tan dichosa vienes,
que seguro el vivir tienes,
pues no está el monstruo delante,
y pasado al fundamento,
de lo que sabes de mí,
¿cómo es compatible, di,
que aqueste puñal sangriento
dé en ningún tiempo violento
muerte a otro que yo más quiero?
y así un monstruo ver no espero
cosa de mí más querida,
luego amenazan tu vida,
aquel monstruo, y este acero.
Pues si hoy el hado importuno,
que es de los Gentiles Dios,
te ha amenazado con dos
fines, no temas ninguno.
no hay más rigor para el uno,
que para el otro piedad:
Luego será necedad
temer alguna mentira,
cuando es fuerza que uno mienta,
que el otro diga verdad.
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Y porque veas aquí
cómo mienten las estrellas,
y que triunfar puedo dellas:
mira el puñal
¡ay de mí!
tente señor.
¿De qué ansí
tiemblas?
Mi muerte, advierte,
mirarle en tu mano fuerte.
Pues porque no temas más,
desde hoy inmortal serás:
yo haré imposible tu muerte,
sea el mar campo de hielo,
sea el orbe de cristal,
deste funesto puñal
monstruo acerado, del suelo
sepulcro.
Dentro Tolomeo.
¡Válgame el cielo!
¡Oh, qué voz tan triste he oído!
Aire, y agua han respondido
con asombro, o con desmayo.
El trueno fue de aquel rayo
un lastimoso gemido.
¡qué mucho que a mí me asombre
acero tan penetrante,
que hace heridas en las ondas,
y impresiones en los aires!
Los pequeños accidentes
anucian prodigios grandes,
acaso la voz se queja:
y porque, te desengañes,
iré a saber lo que ha sido,
penetrando a todas partes
las entrañas de los montes,
los combates de los mares.
Vase el Tetrarca, Filipo, y Malacuca.
Toda soy horror,
El mar
es monumento inconstante
de mísero, que tendido
entre sus espumas trae.
Ya tu esposo el gran Tetrarca
movido el bajel humano,
puerto ha tomado en la margen.
El puñal, que fue cometa
de dos esferas errantes,
arpón del arco del cielo,
clavado en un hombro trae;
¡Tolomeo es, ay de mí!
mas bastaba ser mi amante,
para ser tan infelice;
¡qué prodigio tan notable!
¡qué espectáculo tan triste!
¿qué asombro tan admirable?
vamos de aquí, que no tengo
ánimo para mirarle.
Vanse.
Ya del mar estáis seguro
infelice navegante,
así la mortal herida
diera treguas a mis males.
Detente, señor, detente,
ese puñal no me saques,
porque al ver la puerta abierta
sus espíritus, no exhale
el alma, ya que los cielos,
solamente en esta parte
son piadosos, pues me dan
para verte, y para hablarte
tiempo, no se pierda el tiempo,
mi muerte, y la tuya sabe.
Tolomeo.
Sí señor.
Llevalde de aquí, llevalde
a curar.
Aqueso no,
que cuando el riesgo es tan grande
menos importa mi vida
que la tuya: y así antes
que acabe mi poco aliento,
desdichas que son tan grandes.
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Oye las tuyas, señor,
y cuando helado cadáver
me falte el tiempo, al decirlas,
al saberlas, no te falte.
Otaviano en tierra, y mar,
ondas ocupando y valles,
llegó al Piro, salió Antonio
con tu socorro a buscarle,
De Cleopatra acompañado,
en el Bucentoro, nave
que labró para el Cleopatra,
de marfiles, y corales.
A los principios fue nuestra,
¡suerte pena! ¡injusto trance!
la vitoria: pero cuando
estaba firme un instante.
Enojáronse las ondas,
y el mar Nembrot de los aires,
montes puso sobre montes,
ciudades sobre ciudades.
La armada del enemigo,
como estaba hacia la parte
del puerto abrigada en él,
quiso el cielo que se ampare.
Mas la nuestra dividida,
desecha, y sin orden sale
a la campaña del mar,
donde impelida mi nave:
caballo fue desbocado,
que no hay freno que le pare.
Atormentada en efeto,
desmantelado el velamen,
los árboles destroncados,
enmarañados los cables;
y trayendo, finalmente,
arena, y agua por lastre,
A vista ya de las torres
de Jerusalén la grande,
fue ruina de un escollo,
y aquí una tabla a los aires
repetidos, fue Delfín
enseñado a sus piedades.
Quién creerá, que la fortuna
era un hombre, que se vale
de la piedad de un fragmento,
pudiera hacer otro lance.
Yo lo afirmo, pues yo vi
de acero un cometa errante,
contra este humano bajel,
correr la esfera del aire.
Este pues, que de mi vida
tasando está los instantes,
solo el decir no permite,
que tu enemigo triunfante
queda en Egipto, y Antonio,
o rendido, o muerto yace,
que de Aristóbolo hermano
de tu esposa no se sabe:
y en fin, que tus esperanzas,
como el humo se deshacen.
Y ya que de tus desdichas,
siendo el todo, no soy parte,
dale sepulcro a las mías,
aunque las mías son tales,
que ellas se harán su sepulcro,
pues tienen para labrarle
sangre, y acero, y podrá
enternecer un diamante,
que aun los diamantes se rinden
al acero, y a la sangre.
Ser un hombre desdichado,
todos han dicho, que es fácil,
y yo digo, que es difícil,
porque es estudio tan grande
aqueste de las desdichas,
que no le ha alcanzado nadie.
Quitadme ese asombro, ese
funesto horror de delante,
llevalde donde le curen,
Llévanle.
y aquese puñal guardadle,
que importa saber, que debo
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hacer de él, que ya él me hace
tenerle por prodigioso.
¡Ay Filipo!, hagan alarde
mis suspiros de mis penas,
mis lágrimas de mis males.
Señor, los grandes sucesos
para los sujetos grandes
se hicieron, porque el valor
es de la fortuna examen.
Ensancha el pecho, que en él
cabrán todos tus pesares,
sin que a la voz, ni a los ojos
se asomen.
Ay, que no sabes
Filipo, cual es mi pena.
pues quieres darle esa cárcel.
Sí sé, pues sé que has perdido
tal República de naves.
No es su pérdida la mía.
Seralo, el mirar triunfante
a tu enemigo.
No tengo
miedo a las adversidades.
De Aristóbolo tu hermano,
ni de Marco Antonio sabes.
Cuando sepa que murieron,
tendré envidia a bien tan grande.
Los prodigios del puñal
preñeces son admirables.
Al magnánimo varón,
no hay prodigio que le espante.
Pues si prodigios, fortunas,
pérdidas, y adversidades
no te rinden, ¿qué te rinde?
¡Ay Filipo!, no te canses
en adivinarlo, puesto,
que mientras adivinares,
que el amor de Mariene
todo es discurrir en balde,
todos mis intentos son
entrar con ella triunfante
en Roma, porque no tenga
que envidiar mi esposa a nadie;
porque ha de gozar belleza,
que no hay otra que la iguale,
error del mérito, un hombre,
que hay otro que le aventaje.
Piérdase la armada, muera
el César, Antonio falte,
Aristóbolo Otaviano
de un Polo a otro Polo mande,
contra frías prevenciones
hoy los cielos me amenacen.
Vuelva el prodigioso acero
a mi poder, que a postrarme
nada basta, nada importa,
siempre con igual semblante,
sino solamente el ver,
que yo no ha sido bastante
a hacer Reina a Mariene,
del mundo, y ya en esta parte
dirás, y diranlo todos,
que es locura, no te espantes,
que cuando amor no es locura
no es amor, y el mío es tan grande
que temo, advierte Filipo,
que pasando los umbrales
de la vida y que llegando
de la muerte a esotra parte,
ha de quedar en el mundo
por un prodigio admirable
de las fortunas de amor
a las futuras edades.
Vanse.
Salen soldados y Otaviano.
Felice es la suerte mía,
pues de Egipto, vitorioso
dilato la Monarquía
de Roma, dueño famoso
de los términos del día.
Cante pues, vitoria tanta
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la fama, y en testimonio
de que a todas se adelanta,
sea triunfo de un planeta
hoy Cleopatra, y Marco Antonio,
Presos a los dos procura
llevar mi heroica ventura,
porque lidiador bizarro,
sean fieras de mi carro,
el poder, y la hermosura.
Salen Malacuca y Aristóbolo, y un Capitán.
Aunque habemos discurrido
de Cleopatra el gran Palacio,
hallarla no hemos podido,
ni a Antonio porque su espacio
laberinto de oro ha sido.
Solamente hemos hallado
a Aristóbolo, cuñado
del que hoy en Jerusalén
Tetrarca asiste, de quien
nos informó este criado.
Tu contrario fue y ansí
porque averigües aquí
tus disignios, le traemos
de la parte en que le habemos
hallado, llega.
¡Ay de mí!
¡cuál diablo me metió, cuál
cielos, en engaño igual!
¿no son notables errores,
que otros vivan de traidores,
y yo muera de leal?
Si a mí la vida me das,
no temas, seguro estás,
que yo a ti te la daré:
disimula.
Yo lo haré
hasta que no pueda más.
Grande César Otaviano,
cuyo renombre inmortal
el tiempo asegura ufano,
en láminas de metal,
que intenté tomar en vano.
No manches, no, riguroso,
los aplausos que has tenido
con sangre, que es ser piadoso
vencedor con el vencido,
ser dos veces vitorioso.
Aunque pudiera, oh valiente
Aristóbolo vengarme
en tu vida dignamente,
de ti y tu hermano, mostrarme
quiero piadoso, y clemente.
Álzate del suelo, y pues
el fin de mis glorias es
entrar en Roma triunfante,
con Marco Antonio delante,
y con Cleopatra a los pies:
dime dónde están, que no
he sabido dellos yo,
desde que aquel Bucentoro,
armada nave de oro,
de la batalla salió.
Yo de los dos te dijera,
si yo de los dos supiera,
pues por mis discursos hallo,
que hiciera más en callallo:
yo, que en decírtelo hiciera:
mas desde que llegué aquí
nunca más a los dos vi.
Eso no es agradecer
mi piedad yo he de saber
dellos, y ha de ser ansia,
¿hola?
¿Si no?
Al Infante
Aristóbolo, llevad
a una torre, y ni un instante
goce de la claridad,
del Sol, su noche le espante
de su noche.
Aquí llegó,
señor, de tu engaño el fin.
Sufre.
corre este rayo
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Llevalde.
El demonio sin
duda me Aristoboló,
que yo.
Calla.
¿Qué es callar?
vive Baco, que he de hablar,
yo, príncipe, muy errado,
muy errado, y muy culpado
soy.
¿Qué tenéis que esperar?
y el criado primero
padezca un tormento fiero,
o muera en él de leal.
¿Qué es tormento? Mal por mal
torre pido noche quiero:
vamos a la torre, yo
soy Aristóbolo, no
Príncipe errado, Sigon
decid, sin duda algún
Ángel me Aristoboló.
Enfrena un poco el rigor,
sabrás de los dos señor,
y de mi voz advertido,
oirás, que los dos han sido
funestos triunfos de amor.
Apenas rota tu armada
vio Antonio, cuando la hallada
nave, haciéndose a la vela,
nada, pensando que vuela,
vuela, pensando que nada,
pues con ligereza suma,
pez sin escama nadaba,
ave volaba sin pluma,
tan veloz, que aun no dejaba
un solo rizo a su espuma.
A Menfis en fin llegó
donde rehacer se pensó
de la pérdida, y tornar
a la campaña del mar,
que tantas desdichas vio,
mas viendo que le seguías
hoy a Menfis, y que traías
de tu parte a la fortuna,
pues al orbe de la Luna,
con alas tuyas subías,
lamentando mal y tarde
la pérdida de su gente,
sin que a ser despojo aguarde
del estremo de valiente,
dio al estremo de cobarde,
pues ciego, y desesperado,
al Panteón colocado,
a Egipcios Reyes entró,
y una sepultura abrió,
donde vivo y enterrado,
dijo, sacando el acero,
nadie ha de triunfar primero
de mí, que yo mismo así
triunfo, yo mismo de mí,
pues yo mismo mato, y muero.
Cleopatra que le seguía,
viendo, que ya agonizaba,
bañado en su sangre fría,
cuyo aliento pronunciaba
más, cuanto menos decía.
Muera dijo, yo también,
pues por piedad, o por ira,
no cumple con menos, quien
llega a querer bien, y mira
muerta a la que quiso bien,
ya siendo un áspid mortal
de las flores de un jardín,
dijo, si a otro de metal
dio Antonio trágico fin,
tú serás vivo puñal
de mi pecho, aunque sospecho,
que no moriré a despecho
de un áspid, pues en rigor,
no hay áspid, como el amor,
y ha días que está en mi pecho:
Y él contra sed venenosa
hidrópicamente bebe,
cebado en Cleopatra hermosa,
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cristal que esprimió la nieve,
sangre que esprimió la rosa.
Yo lo vi todo, porque
así como aquí llegué,
el Palacio examinando,
a Aristóbolo buscando,
hasta el sepulcro me entré,
donde él, rendido al valor,
y ella postrada al dolor,
yacen, porque desta suerte,
aun no divide la muerte
a dos que junta el amor.
Aquí dio fin mi esperanza,
aquí murió mi alabanza,
pues por asombro tan fuerte,
no ha de pasar mi venganza
los umbrales de su muerte.
Ya triunfar dellos no espero,
que yo solamente quiero
saber, ¿qué intento ha obligado
al Tetrarca tu cuñado,
para que sañudo, y fiero,
te enviase contra mí?
Si tú estás diciendo aquí,
que es cuñado, no es error
preguntarme qué es, señor,
su intento, pues dice ansí,
que lo que a esto le ha obligado,
es el verme desta suerte,
pues solo me habrá enviado,
a que tú me des la muerte,
propia alhaja de un cuñado.
Si examinar su intención
quieres, yo te la diré,
pues con aquesta ocasión
este cofre les quité,
joyas, y papeles son
las que hay en él.
Muestra a ver,
cifra es del mayor poder,
su inestimable riqueza,
mas la pintada belleza
de una extranjera mujer,
es la más noble, y mejor
joya la de más valor.
No vi más viva hermosura,
que es alma de la pintura.
Atento el Emperador
mira el retrato: fiel;
mas ¡ay fortuna cruel!,
ver los papeles porfía,
mal haya el hombre que fía
sus secretos a un papel.
Lee.
En esta facción está el fin de mis deseos, pues no espero para declararme Emperador de Roma, sino que Otaviano rendido, o preso.
¿Qué tengo que saber más?
y pues sospechoso estás,
y aun convencido conmigo,
mientras pienso tu castigo,
en una torre estarás.
No son buenos pensamientos
andar pensando tormentos:
¿no será mucho mejor,
que no castigos, señor,
pensar gustos, y contentos?
Llevalde de aquí.
Escuchar debes, que:
No hay que aguardar.
Sí hay.
Di.
Solamente digo,
que no hay que esperar castigo;
pues no me dejas hablar.
Vanse.
Tú partirás al momento
con gente, y armas, y atento
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a mi Cesárea obediencia,
traerás preso a mi presencia
al Tetrarca que es mi intento,
que como a César me dé
del tiempo que ha gobernado
residencia, y tú, porque
en efecto eres criado
en quien tal lealtad se ve,
darte libertad espero;
pero por rescate quiero
que ya liberal me des,
el decirme, cúyo es
este retrato.
Aquí muero
de confusión, si le digo
quién es, a amarla le obligo;
desesperalle es mejor,
halle imposible su amor,
al principio, ansí consigo
su quietud, esa pintura,
sombra ya de una escultura,
ceniza de un rayo ardiente,
es memoria solamente
de una difunta hermosura.
¿Muerta es esta mujer?
Sí.
¡Para qué amor, ay de mí,
sin esperanza la veo!
Bien se logró mi deseo.
Libre estás, vete de aquí.
La muerte, y el amor, una lid dura
Tuvieron, sobre cuál era más fuerte,
Viendo que a sus arpones, de una suerte
Vida mi libertad vivió segura.
Una hermosura amor, divina, y pura
Perfección, donde su triunfo advierte,
Pero borrando tanto Sol la muerte,
Triunfó así del amor, y la hermosura.
Viéndose amor entonces excedido,
La deidad de una lámina apercibe,
A quien borrar la muerte no ha podido.
Luego bien el Laurel amor recibe,
pues de quien vive y muere dueño ha sido,
y la muerte lo es solo de quien vive,
Sale Libia sola por una puerta.
Por las faldas lisonjeras
destos elevados riscos,
que son del puerto de Jafa
enamorados Narcisos.
A divertir mis pesares
melancólica he salido,
por no escuchar los ajenos,
pudiendo llorar los míos;
Sola estoy, salga del pecho
en acentos repetidos,
mi dolor, ¡ay Tolomeo!
en tanto que lloro y gimo,
desdichas tuyas, admite
este llanto que te envío,
bastaba quererte bien
para que, ¡rigor impío!
te sucediese mal todo,
tropezando en tus peligros,
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cuando vitorioso, ¡ay triste!,
te esperaba el pecho mío,
dulce fin de tus amores,
muerto has llegado, y vencido.
Casta Venus destos montes,
si a divertir has venido
con la música, las flores,
los ojos, y los oídos.
La atención vuelve, y la vista
a ese bruto cristalino,
pues son flores sus celajes,
y música sus bramidos.
Nada puede para mí
servir, Sirene, de alivio.
Salen Felipe, y el Tetrarca.
Este es, señor, el puñal,
que ya una vez despedido
de tu mano, vuelve a ella.
Ya con asombro le miro
como a fatal instrumento:
mas di, ¿cómo se ha sentido
Tolomeo?
No es la vida,
señor, de tanto peligro,
como la falta de sangre.
¿Mariene?
¿Esposo mío?
Girasol de tu hermosura
la luz de tus rayos sigo,
bien como la flor del Sol,
cuyos celajes, y visos,
iluminados a rayos,
tornasolados a giros
le va siguiendo, porque
imán del fuego atractivo,
le hallan su vista, o su ausencia,
ya luciente, o ya marchito.
Ya que del fuego te vales,
sea amor, o sea artificio,
yo también, pues como aquella
ave, que tuvo por nido,
y por sepulcro la llama,
enamorando el peligro,
bajel de púrpura, y oro
bate los remos de vidro:
ansí yo, que a tantos rayos
vida muriendo recibo,
hasta que abrasada muera,
me parece que no vivo.
Vanse todos.
Dejadnos solos ya pues,
que serán mudos testigos
de mis lágrimas, y voces,
estos mares, y estos riscos.
Salgan, Mariene hermosa,
afectos del pecho mío,
en lágrimas a las ondas,
y a las peñas en suspiros.
Este sangriento puñal,
sacre de acero bruñido,
que no con poca razón
sacre de acero le digo;
pues cuando desembrazado
de mi mano le despido,
con la presa vuelve a ella,
de sangre, y de horror temido.
Es aquel que la Duquesa
ciencia de un Astro previno,
para homicida de quien
más adoro, y más estimo.
Y aunque es verdad, que constante
a peligrosos juicios,
no doy crédito, y desprecio
los contingentes delirios
del hado, y de la fortuna,
Dioses que coloca el vicio:
no sé qué nuevo temor
en mi pecho ha introducido
verle volver a mi mano,
que ya le temo, y le admiro;
y entre el miedo, y el valor,
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ya cobarde, ya atrevido,
sitiado dentro de mí,
me quiero dar a partido;
porque aunque bien, yo no creo
los acasos prevenidos.
No los dudo, que no ignoro,
que este estrellado Zafiro,
República de Luceros,
vulgo de Astros, y designios.
A quien le sabe leer,
es encuadernado libro,
donde están nuestros alientos
asentados por registro.
Y ansí, ni dudando bien,
ni bien creyendo imagino,
que el perfeto varón debe
a los sucesos previstos.
Darlos al crédito en una
parte, y en otra al olvido,
aquí para no esperarlos,
y allí para prevenirlos.
Pues señor de las Estrellas
por leyes de su albedrío,
previniéndose a los riesgos,
puede hacer virtud del vicio.
Yo pues, entre dos afectos,
vacilante, y discursivo,
ni creyendo, ni dudando,
el puñal a tus pies rindo.
Tú eres bellísima Hebrea
la luz hermosa que sigo,
la beldad que sola adoro,
la imagen que sola admiro.
No es posible que yo quiera,
si inmortal al tiempo vivo,
otra cosa más que a ti,
tanto, que mil veces digo,
que el mayor monstruo del mundo,
que te amenaza prodigios,
es mi amor, pues por quererte
a tantas cosas aspiro,
que temo, que él ha de ser
ruina tuya, y blasón mío,
pues si lo que yo más quiero
eres tú, y el cielo mismo,
no puede ser que no seas,
sin borrar lo que ya hizo.
Tú eres a quien amenaza
este hermoso basilisco,
que en tus pies se disimula,
entre dos cándidos lirios.
Yo quise hacer imposible
tu muerte, cuando atrevido
arrojé al mar el puñal:
pero habiendo una vez visto,
que aun él no está seguro,
pues por casos esquisitos
podrá llegar, donde estés
siempre ignorando el peligro
para más seguridad
tuya, cuerdo he prevenido,
que tu arbitrio de tu vida
traigas tu muerte contigo.
¿Qué mayor felicidad,
nadie en el mundo ha tenido,
que ser a pesar de hado,
el juez de su vida él mismo?
La parca que nuestras vidas
tiene pendientes de un hilo,
para que el tuyo no cortes,
pone en tu mano el cuchillo.
En tu mano está tu suerte,
vive tú sola a tu arbitrio,
pues al cercarse el aliento
podrás embotarte el filo.
Si es verdad, o si es mentira,
el hado no lo averiguo,
mas prevengo los dos males;
pues prudente, y advertido,
si es mentira la sospecha,
de que la temas te alivio,
si es verdad, con la razón
Pag. 15
a hacerla mentira aspiro.
Luego mentira, o verdad
para todo prevenido:
yo no puedo darte más
que tu vida, esa te rindo.
Este acero, y ese amor
son hoy tus dos enemigos,
pues mientras yo te corono
de mil laureles, y arbitrios,
triunfa tú dese, y al fin
dueño tú de tu albedrío,
guárdate tu vida tú,
húyete tú, tu peligro,
hazte tú, tu duración,
lábrate tú tus disinios,
cuéntate tú, tus alientos,
y vive al fin tantos siglos,
que este amor, y ese puñal
triunfen de muerte, y olvido.
Oye, señor, oye, espera,
que aunque agradezco, y estimo
el don que a mis plantas pones,
ni le aceto, ni le admito,
que de púrpura manchado,
y entre flores escondido,
tanto me estremezco, tanto
en verle me atemorizo,
que muda, y helada creo,
torpe el labio, el pecho frío,
que soy de aquestos jardines,
estatua de mármol vivo.
Mas rompiendo a mi silencio
las prisiones, y los grillos,
con que en cárceles de hielo
el temor los ha tenido,
quiero declararme, y quiero
argüirte, que no ha sido
cuerda determinación,
si bien de tu amor indicio,
la que contigo has tomado,
y ejecutando conmigo,
dejo a una parte, si es bien
el darse por entendido
hoy mi amor, de que yo sea
del tuyo sujeto digno,
y creyéndote cortés,
pues por amante, y marido,
me está también el creerlo:
en mi argumento prosigo,
sin tocar si es bien, o mal,
tampoco haberlo creído,
pues por verdad, o mentira,
ya tú en esta parte has dicho,
que el prevenirle es cordura,
esperarlo desatino,
y providencia discreta,
no esperarlo, y prevenirlo.
Y así esto aparte dejando,
vuelvo a mi argumento, y digo:
Si ese sangriento puñal,
es el que cruel, y esquivo,
el hado esquivo, y cruel
contra mi pecho previno,
¿quién te persuadió, Tetrarca,
quién te informó, quién te dijo,
que era la seguridad
de mi vida, traer conmigo
la ejecución de mi muerte,
y que podrán ser amigos,
ni hacer buena compañía
la vida, y el homicidio?
Si este mi suerte amenaza,
con asombros, ¿es arbitrio
para escusar que se encuentren,
hacer que anden un camino
los dos, siguiéndose siempre
el acaso, y el peligro?
¿Fuera buena prevención
en el humano sentido,
para estorbar que se abrase
Pag. 16
este supremo edificio,
acompañarle del fuego?
¿fuera acierto conocido,
para escusar que un espejo
no se quiebre junto a él mismo;
poner piedras en que tope?
pues piensa que es esto mismo
lo que intentas, pues intentas
que nunca estén divididos
este puñal, y este pecho,
y han de ser siempre enemigos
por más que juntos los veas,
seguridad, y peligro,
vida, muerte, y impiedad,
sombra, y Sol, virtud, y vicio,
homicidio, y homicida,
torre, y fuego, piedra, y vidro.
Confieso, que la razón
es fuerte, cuando advertido
dices, que no es ocultalle
remedio, pues ya le vimos
volver del mar a tu mano,
y que será gran martirio
confieso también, estar
dudando siempre afligido
un pecho, ¿quién será agora
dueño de los hados míos?
pero entre apartarle tanto,
que ignore quién habrá sido;
y acercarle tanto, que
sepa que viene conmigo:
hay un medio, que es ponerle
con tal dueño, y en tal sitio,
que le sepa, y no le tema:
tú le has de traer ceñido,
pues si del juicio me acuerdo;
el Mágico no me dijo,
que dudarías la muerte
a lo que más has querido
con él, sino que con él
moriría, y pues colijo,
que otro podrá aborrecer
lo que tú quieres, delito
fuera, echándole de ti,
dar armas a tu enemigo,
pues podrá venir a manos
de quien me haya aborrecido:
Y así, señor, yo te ruego,
y así, señor, te suplico,
que tú Alcaide de mi vida,
traigas el puñal contigo.
Con eso seguramente
sabré, que aquel tiempo vivo
que tú le tienes, que escuches
el argumento te pido.
O tú me quieres, o no;
si me quieres, no peligro,
pues a lo que tú más quieres,
no has de dar muerte tú mismo:
si no me quieres, no soy
a quien arrastra el destino
de tu amor, y al mismo instante
de la amenaza me libro.
Luego, olvidada, o querida,
mi seguridad te pido,
mis temores desvanezco,
mis quietudes facilito,
mis deseos aseguro,
mis contentos solicito;
mis recelos acobardo,
mis esperanzas animo,
cuando tu amor, y mi vida,
te infunde muerte, y olvido.
Tanto tu vida deseo,
que a ser tu Alcaide me obligo:
ojalá fuera verdad,
no prevención este estilo;
para que nunca murieras,
y así a tus voces movido,
en tu nombre Irene hermosa
Pag. 17
segunda vez me le ciño.
Cajas.
Pero válganme los cielos,
¿qué alboroto, qué ruido
es este?
El cielo parece
que se hunde de sus quicios.
¡Qué asombro!
¡Qué confusión!
Sale Filipo.
¿Señor?
¿Señora?
Filipo, ¿qué es esto?
¿Qué es esto Libia?
No sé, si sabré decirlo.
Gente del Emperador,
Otaviano tu enemigo
a Jerusalem ocupa,
y ya todos sus vecinos,
sabiendo que Antonio es muerto,
parciales, y divididos
te buscan para prenderte,
diciendo a voces, que has sido
la causa de sus traiciones.
¡Ay de mí!
Pierdo el sentido.
Huye, señor, ese monte
sea tu sagrado asilo;
porque mejor las desdichas
se vencen en los principios.
¿Qué es huir? Viven los cielos
que tengo de recebirlos.
Mira, señor.
Qué he de ver.
Que es un vulgo.
Ya lo miro.
alborotada
¿Qué importa?
Tu vida.
Mi vida libro.
¿Cómo?
Poniéndome.
¿Dónde?
Delante de él.
Es desvarío.
No es.
¿Por qué?
Porque con verme
verás que su orgullo rindo.
Tocan.
A Dios, que ya
segunda vez dan aviso
las cajas.
Tente.
¿Qué temes?
Temo, señor, tu peligro,
que vas solo.
No voy tal,
tú vas, señora, conmigo,
y este acero que resbala,
si es de la muerte ministro
a dar asombros al mundo,
a dar al cielo prodigios.
SEGUNDA JORNADA.
Pag. 17
Salen dos soldados con un retrato grande de Mariene.
Pongamos Licio el retrato
sobre el marco desta puerta;
porque cuando entre, y salga
el Emperador le vea.
Que el más perfecto de cuantos
de la lámina pequeña
se ha copiado, el Liste, ponle
presto, que pienso que llega,
con la prisa que me das,
no sé si bien puesto queda.
Pag. 19
Póngale colgado sobre una puerta, y sale Otaviano.
Mal se rinde una pasión,
mal se vence una tristeza:
¡Que tantos triunfos, que tantos
laureles parte no sean
a echar de mí una memoria,
tan imposible, y tan necia!
Como mandaste, señor,
hice luego se hicieran
deste pequeño retrato
mil copias, mas solo esta
ha salido parecida.
Perfecta está, no pudiera
haberla mejor copiado,
cuando ingenioso corriera
los rasgos, y los bosquejos,
al lienzo, desde la idea:
¿Que nunca me hayáis sabido,
o con maña, o con cautela,
de Aristóbolo, quién fue
alma desta sombra muerta?
Con ese intento mil veces
a la torre que le encierra
entré, pero nunca pude
saberlo, que de manera
Aristóbolo ha perdido
el juicio, desde que en ella
está, que es en vano ya,
que hable en razón, ni de veras.
¿qué dices?
que todo el día,
desatinos dice, y piensa
solamente.
no me espanto,
si la causa que le fuerza
a perder el juicio ha sido,
el perder esta belleza,
¿cómo es compatible, di,
que hoy un mismo efeto sientan
dos; uno, porque te halle;
y el otro porque te pierda?
qué mal hice cuando necio
de amor, y de su violencia,
culpé a Antonio, que adoraba
aquella Gitana, aquella
que en los teatros del mundo,
hizo la mayor tragedia,
¡oh qué bien vengado está
de mi altivez, y soberbia,
pues para mayor trofeo
con instrumentos se venga,
tan fácil con un retrato,
y este de una beldad muerta!
mas válgame el cielo, cuando
repito con tal tristeza,
muerta beldad me responden
Tocan cajas destempladas.
las cajas, y las trompetas
destempladas, si los cielos
cuando mi voz les acuerda,
que muerta beldad, piadosos,
confusamente celebran
desta difunta hermosura,
las honras, y las exequias.
Tocan.
Otra vez Dioses divinos
destempladamente suenan.
Un Capitán.
¿Señor?
¿qué es aquesto?
Espántome que las señas
no te lo digan, pues es
ceremonia usada esta,
de los Bárbaros Gitanos,
siempre que rendida, o presa
alguna persona Real,
en Egipto sale, o entra.
¿Quién entra, o sale rendido?
El Tetrarca, que gobierna
a Jerusalem.
Más precio
ver prestrada esa soberbia,
que el triunfo que Egipto, y Roma
a mis vitorias celebra,
Pag. 20
entre él solo, y los demás,
queden Patricio allá fuera,
que por si acaso mi enojo
tras sí mis acciones lleva,
no quiero que nadie, airado
con un rendido me vea,
templad vos, pues sois mi espejo
mi cólera.
Allí está, llega.
Entra el Tetrarca, séntase.
Aquí es menester valor.
Aquí es menester paciencia:
Invicto Otaviano, cuyo
nombre en láminas eternas
el tiempo escriba, dictado
de las plumas, y las lenguas,
a tus pies llego ofendido;
porque para que vinieran
mi lealtad, y mi valor
a rendirte esta obediencia,
no era menester que fuesen
por mí, y el que hacer intenta
por fuerza lo que por gusto
pudo, a sí mismo se afrenta,
pues quita a la voluntad,
lo que se añade a la fuerza,
dame tus manos, mas cielos,
¡qué es esto! ¡qué miro en ellas!
Si yo de ajenos afectos,
oh Tetrarca, no estuviera
informado, a tus razones
bastante crédito diera;
pero si son destempladas
cláusulas que en ti disuenan
esta presente humildad,
con la pasada soberbia,
no violencia, ne rigor
la prevención te parezca,
que con vasallos, que son
de los que viva quien venza,
es fuerza que contra ellos
me aproveche de la fuerza.
Mortal estoy, dadme cielos
valor, que quizá no es ella,
que ahora me la ocultase,
si contra mí te aconsejas,
¿quién pretende?
no presumas
que mal informado hiciera
estremos de ti, de ti,
sé las traiciones que intentas;
estas firmas te convencen,
dellas lo sé, pues con ellas
pretendía Aristóbolo, a quien
de aqueste Palacio cierra
una torre, tuyas son,
míralas.
Ya miro al vellas
mi muerte.
Tu turbación
acredita mis sospechas.
Y tu indignación las mías.
¿Es presunción, o evidencia?
Evidencia, y presunción.
Pues cuando todo lo sean,
yo soy Otaviano, yo
soy el que en Egipto llega
a triunfar de Marco Antonio,
ese Gigante de piedra,
que el azul dosel del cielo
le abolla, si no le quiebra,
urna es breve a sus cenizas;
no mi valor, no mi fuerza
le dio muerte, el temor sí,
de haberme hecho competencia;
yo le vencí, yo triunfé
de él yo soy invicto César
de Roma, el Tíber, y el Nilo,
humildes mis plantas besan,
yo soy tu Rey, y tu dueño;
por mí Tetrarca gobiernas,
estrella eres de mi Sol,
aunque aborrecida estrella:
y así cuantos contra mí,
Pag. 21
con traiciones, con cautelas
quieran aspirar negando
a mi poder la obediencia,
haré guien cuantos Dioses
esas azules esferas
asisten, que de laurel
se coronen, porque sean
con un impulso a mis plantas,
con una acción a mis huellas,
dos trofeos de una vez,
el laurel, y la cabeza.
Va poco a poco a la parte donde está el Tetrarca.
Que esto escuché mis oídos,
y aquello mis ojos vean,
sin que el valor me despeñe:
yo he de morir, cosa es cierta,
o a sus manos, o a mis celos;
pues él a mis manos muera,
y a mis celos.
Cae el retrato, y sale Otaviano.
¿Qué es aquello?
Es un agravio, una ofensa,
un rencor, una desdicha,
un delirio, una violencia.
¿Tú con el desnudo acero,
cuando yo la espalda vuelta?
y entre tu acero, y mi espalda
esta hermosa imagen puesta;
tú turbado, yo seguro,
y ella herida, tú con muestras
de venganzas, yo de agravios,
y ella de piedad, tú muerta
la color, yo vivo, el riesgo,
y ella la deidad sujeta,
no sé, no sé cómo pueda
dejar de vengar mi ofensa;
por ti, por ella, y por mí,
pues en mi vida te vengas,
me ofendes, y si en la suya
también, luego ya a mi cuenta
corre el tomar la venganza,
o por mí, o por ti, o por ella.
Es tan noble mi dolor,
que aunque disculpar pudiera
su furia, por no dejar
de haberlo hecho, no lo hiciera
por ti, por ella, y por mí;
por ti, porque cuando intentas
mis agravios, cara a cara
también mis venganzas veas
por ella, porque no piense
de mí tan grande bajeza,
que vi dos retratos suyos,
y tuve al verlos paciencia;
por mí, porque a mi dolor,
hoy me arrastra, hoy me despeña
a hacer estremos celosos,
que han de ser en la defensa
de Mariene un asombro:
luego el haber hecho, es fuerza
tan determinada acción,
o por ti, o por mí, o por ella.
Cielos, qué es esto que escucho;
mayor confusión es esta,
Mariene es la luz una,
a quien yo adoraba muerta,
engañome aquel criado,
mudar el estilo es fuerza,
mal Tetrarca te disculpa
la piedad, o la nobleza
de tu dolor, pues sin causa
a tantos riesgos te empeñas
una belleza divina
por sí sola se respeta,
sin que haya más ocasión,
que ser divina belleza.
Con todo es mucho cuidado
tenerla en dos partes puesta,
pues como un hermoso espejo,
si está entero representa
Pag. 22
un rostro, y si está quebrado,
dos, pero de tal manera,
que se turba el uno al otro
así a que te venza, y ese
la una, si fueran uno,
fuera de su fama eterna
un cristal que retratara
sus divinas excelencias;
pero en dos partes, señor,
tengo por agüero el verla,
porque es espejo quebrado,
que pierde la luz primera,
y siempre dice desdichas
el espejo que se quiebra.
Por mi sagrado laurel,
que no supe cuyo era
el retrato de tus miedos;
bastante disculpa es esta,
así, así de mis agravios,
la tuya Tetrarca fuera,
para que no me obligara
a tu castigo mi ofensa,
pues es fuerza que este acero
que aquí horrores representa
sea, como fue instrumento
de tu atrevida violencia,
de mi piadosa venganza,
pues desde este pecho apela
a tu cuello, porque así
el que me agravia me venga.
Ya aqueste castigo tarda,
cuanto mi vida le espera.
Nunca tardan las desdichas,
presto vendrá, si lo es esta.
Plega al cielo, porque así
se desdiga, y se desmienta
el hado deste puñal.
¿Qué hado?
El que su temple encierra.
¿Qué es?
Que morirá con él.
¿Quién?
La cosa que él más quiera.
Nadie a otro más que a sí quiso,
él cumplirá su promesa,
hola, llevalde a la torre,
Soldados.
donde su hermano se encierra,
ella será su sepulcro.
Cuando mi sepulcro sea,
la vida debo a un puñal,
yo le pagaré con ella.
Y yo la mía a un retrato
yo le pagaré la deuda.
Soldados y Malacuca.
¿Grande es tu melancolía?
¿Melancolía decís?
bergantonazo, mentís.
Pues ¿qué es esto?
Hipocondría,
que un Príncipe como yo,
no había de adolecer
vulgarmente, ni tener
mal que tiene un sastre, no.
Sale el Tetrarca, y el Capitán.
¿Dónde Aristóbolo está?
¿No es el que presente tienes?
A burlas mis penas, vienes
con nuevos tormentos ya,
tú en este traje, ¿qué es esto?
Una cautela fingida,
que me ha de costar la vida.
¿Quién a todos ha propuesto
engaño tan declarado,
que este no es mi hermano?
Pues
¿quién este Príncipe es?
Es un loco su criado.
Pues ¿cómo te has atrevido
a hacer este fingimiento?
¿Quién no tendrá atrevimiento
de ser Príncipe fingido?
pues, y esto a ninguno asombre,
Pag. 23
más, en cualquiera suceso
vale ser Príncipe preso,
que pícaro libre un hombre.
Tal engaño habías de hacer.
Si tan ofendido estás,
de ser Príncipe habrá más.
¿Qué?
Que dejallo de ser.
Al César conviene dar
nuevas al instante desto,
cerrad esas puertas presto,
y solo dejad entrar
un criado, que mandó
que en la prisión asistiera
al Tetrarca, y considera
de que hoy tu vida acabo.
No quiero considerallo,
porque no me ha de obligar
nadie a mí a considerar:
en nuevas dudas me hallo,
¿quién te hizo venir así
a deshacer el Estado,
señor, de mi Principado,
pues era Príncipe aquí?
no lo hiciera yo contigo.
Esto es matar, y morir:
¿hay recado de escribir?
Sí.
Pues déjame conmigo.
Pluguiera al cielo pudiera
dejarte aquí tan dejado,
que dejara mi cuidado:
mas supuesto que allá fuera,
no puedo irme por un poco,
dentro habré de retirarme,
que no hay por donde escaparme
si no me escapo por loco.
Vase.
Sale Filipo.
Licencia, señor, de entrar
en la torre, que de guarda
tiene un criado, y de cuanto es
sombra de tu luz helada
te siguen, yo me prefiero,
porque a la lealtad agravia
el amigo de criado,
que no lo es hasta las aras.
Yo Filipo te confieso,
que si algún consuelo en tantas
fortunas pudo seguirme,
fuiste tú, si es que en ti hallan
un alivio mis desdichas.
Humilde estoy a tus plantas.
¿Harás por mí una fineza?
Doy a los Dioses palabra,
con juramento imposible
de romperla, y de quebrarla,
de dar la vida por ti.
Pues menos, menos te encarga
mis sucesos, cuanto va
de dar la vida, o quitarla.
¿Qué dices?
Que aunque debiera
pedir consejo a tus canas,
fuerzas pido, y no consejo
en mi pena, oye, y sabrasla.
Si todas cuantas desdichas,
si todas cuantas desgracias
ha inventado la fortuna,
deidad de los hombres varia,
se perdieran todas juntas,
en mi sujeto se hallaran,
que soy epílogo breve
de las miserias humanas.
Yo que ayer de Mariene,
esposo, y galán, contrarias
muestras de amor, coroné
de vitorias mi esperanza,
hoy lloro agravios, sospechas,
recelos, desconfianzas,
y celos iba a decir,
ya el imaginarlos basta.
Yo que ayer de Palestina
Pag. 24
Gobernador, y Tetrarca,
no cupe ambicioso en cuanto
el Sol dora, y el mar baña;
hoy pobre, rendido, y triste,
entre dos fuertes murallas,
aprisionándome el vuelo,
tengo batidas las alas.
Yo que del laurel sagrado
ayer pretendí las ramas,
siempre verdes, a pesar
de los rayos que las guardan
hoy, de aquel funesto acero,
que desdichas amenaza.
Ya vitorioso de mí,
tengo un hilo a la garganta;
pluguiera al hado, pluguiera
al cielo que en él para
sus prodigios, porque en mí
se desmintiera la ingrata
indignación de un destino;
pues muriendo yo a la saña
de aquel acero, pudiera
persuadir a mis desgracias;
que ya de lo que más quise
tomó la suerte venganza.
Mas ¡ay de mí! ¡ay de mí!
que no soy yo quien más ama
mi misma vida, porque
llena de cólera, y rabia
me aborrece, por ser mía,
y no porque muera paran
mis desdichas, que inmortales
más allá del morir pasan.
Otaviano adora pues
a Mariene, pintada
en su aposento gentil,
dos veces pues idolatra,
una vez a un Sol sin luz,
y otra a una beldad sin alma:
mal haya el hombre infeliz,
y otras mil veces mal haya,
el hombre que con mujer
hermosa en estremo casa,
que no ha de tener la propia
de nada opinión, pues basta
ser perfeta un poco en todo;
pero con estremo en nada,
que es armiño la hermosura,
que con su riesgo se guarda,
si no se defiende muere,
si se defiende se mancha.
No pues mi ambición Filipo,
no mi atrevida arrogancia,
no el ser parcial con Antonio,
no mi poder, no mis armas
le han puesto en este cuidado,
me ha puesto en esta mudanza;
el ser, sí, de Mariene
esposo, o caigan, o caigan
sobre mí mares, y montes,
aunque si de ofensas tantas
el peso no me fatiga,
no me rinde, no me cansa,
el de los montes, y mares
no me agraviara la espalda;
esta es la causa por quien
me aborrece, esta es la causa
por quien ya está de mi muerte
la sentencia declarada.
Yo viendo pues que a minutos
cuenta mi vida la parca,
viendo que a brazo partido
en esta caduca estancia,
luchando estoy de mi muerte
con las sombras, y fantasmas.
Viendo al fin, que apenas hoy
en una pública plaza
seré horror de la fortuna,
seré del amor venganza,
cuando él sea, ¡ay de mí triste!
en tálamo de oro, y grana,
heredero de mis dichas,
Pag. 25
dueño de mis esperanzas,
muero de agravios, y celos,
que matan, porque no matan,
dirasme, que qué me importa,
pues con mi vida se acaban
mis sucesos, ay Filipo,
¡cuánto esta opinión engaña!
que amor en el alma vive,
si ella los Eliseos pasa,
no muere el amor sin duda,
puesto que no muere el alma,
él vive por una estrella
ya propicia, o ya contraria,
pues ¿cómo faltara amor,
mientras la estrella no falta?
¿quieres ver cuál es la mía?
pues si pudiera apagarla,
hoy con el último aliento
lo hiciera, porque faltara
del cielo, y otro ninguno
en su Horóscopo, y desgracia,
no naciera como yo;
porque como yo no amara;
y en fin, ¿para qué discurre
mi voz, para qué se cansa?
otra pena, otro dolor,
otro tormento, otra ansia
en el corazón no llevo,
sino solo el ver que aguarda,
ser Mariene despojo
de otro amor, de otra esperanza
sea barbaridad, sea
locura, sea inconstancia,
sea desesperación,
sea frenesí, sea rabia,
sea ira, sea letargo,
o cuanto después mis ansias
quisieren, que todo quiero
que sea, que todo es nada,
como no sean mis celos:
y así, pues que la palabra
me has dado de obedecerme,
haz lo que mi amor te encarga
vuelve a Jerusalem, vuelve
a la esfera soberana
del mejor Sol de Judea,
y en diciéndote la fama
que he muerto, en el mismo instante,
con mortal eclipse, apaga
a la tierra el mejor rayo,
al cielo la mejor llama,
al campo la mejor flor,
la mejor estrella al Alba,
para Tolomeo, ya
escrita venía esta carta,
esperando que viniese
ocasión en que enviarla,
de él te fía solo, que él
te guardará las espaldas;
muera yo, y muera sabiendo,
que Mariene gallarda,
muere conmigo, y que a un tiempo
mi vida y la suya acaban;
pero no sepa que yo
soy el que morir la manda,
no me aborrezca al instante,
que pida al cielo venganza,
quién creerá que hay en el mundo
una pasión tan estraña,
que del amor al rigor,
de un estremo al otro pasa,
pues el hombre que más quiere,
más adora, y idolatra,
por no tener aun después
de muerto celos, por manda
deja de su testamento,
que muera lo que más ama,
así alivia sus desdichas,
así sus iras descansa,
así desmiente sus penas,
así deshice sus ansias,
así mejora sus miedos,
Pag. 26
así sus sospechas mata,
así finge sus temores:
y así sus celos engaña,
pues no hay marido, ni amante,
salgan todos a esta causa,
que antes más quisiera ver,
muerta, que ajena a su dama.
¡Quién pudiera responderte!
pero no puedo, que baja
mucha gente a la prisión.
Pues sal tú della, ¿qué aguardas
Filipo?
Señor.
No tienes
que decirme.
Mira.
Calla,
ya sé que tienes razón;
pero está la suerte echada.
Sí pero echada a perder.
¿No es posible remediarla?
Decidme, ¿qué debo hacer
cielos, en desdichas raras?
Vase.
Sale Malacuca.
Señores, que se anden otros
de aqueste mundo en la farsa,
haciendo Príncipes, Reyes,
Duques, Obispos, y Papas,
Marqueses, Condes, Vizcondes,
y una vez sola, y cuitada,
que hice un Príncipe yo,
me va saliendo a la cara.
¿Qué hay Capitán?
Capitán, y soldados.
Que aunque hoy
tú cauteloso callaras,
quién era aqueste villano,
lo hubiera dicho una carta
que Otaviano ha recebido,
en que le dicen, que anda
Aristóbolo moviendo
de Jerusalem las armas,
para darte libertad,
cuya novedad estraña
su indignación ha crecido
de tal manera, que manda,
que aqueste loco que fue
de su libertad la causa,
den cuatro tratos de cuerda.
Pésame de que tal haya
mandado su Majestad.
Y que pendiente en la plaza
esté un día.
¿Qué es pendiente?
Vamos de aquí.
El Turco vaya,
vive Dios, que han de llevarme
que es necedad muy usada,
el irse uno por su pie,
donde la muerte le aguarda,
pendiente el alma de un hilo,
si estar es desdicha estraña,
¿qué será de una maroma,
pendiente el cuerpo, y el alma?
¿Y qué rumor es aquel
de trompetas, y de cajas?
Vase.
Tocan.
Que Otaviano con su gente,
hoy a Jerusalem marcha,
a donde quiere, que tú
preso en una nave vayas.
Vase.
A Jerusalem el César,
donde, ¡los cielos me valgan!
halle a Mariene viva,
quien la idolatró pintada,
él vitorioso, yo preso,
y ella amada, ¡oh suerte ingrata!
él amante, yo marido,
y ella hermosa, ¡oh pena airada!
él poderoso, yo pobre,
y ella mujer, pues ¿qué aguarda
un rayo, que de una nube
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aborto de luz no rasga,
siendo víbora de fuego,
una nube las entrañas?
¿no hay un rayo para un triste,
pues si agora no lo gastas,
para cuándo, para cuándo
son Júpiter tus venganzas?
Vase.
Salen soldados y todas las mujeres, Aristóbolo, y Mariene detrás marchando.
Dadme otra vez los brazos,
porque coronen tan hermosos lazos
hoy la vitoria mía.
Mi vida hermano a tu valor se fía,
publiquen tus memorias,
que vitorias de amor son mis vitorias.
La palabra te he dado,
y otra vez te la doy determinado
de morir animoso,
o traerte libre a tu adorado esposo.
Oh, cúmplamela el cielo,
y pues el campo de cristal, y hielo,
de aquí a Egipto es tan breve,
por ese pasadizo, que de nieve,
o se encrespa, o se eriza,
cuando el copete de su frente riza,
presto la nueva espero,
de quien mi amor desempeñó tu acero.
Si tu amor va conmigo,
fácil empresa, fácil triunfo sigo.
Ya el campo cristalino,
tanto pez de madera, ave de lino
admite en sus esferas,
que parecen las ondas lisonjeras
por estos Horizontes,
una baja República de montes.
Tú fuerte Tolomeo,
en tanto que me aclama este trofeo,
aquí es bien que te quedes,
donde guardarme las espaldas puedes.
Obedecerte espero.
Y yo veros partir a todos quiero,
porque os den para iros,
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agua mis ojos, viento mis suspiros.
Quedan Libia, y Tolomeo.
Permita la ocasión a mi deseo.
que ya de tu salud, oh Tolomeo,
el parabién te dé, si bien pudiera
recebirle mejor, pues de manera
yo tu pena he sentido,
que más, que darte el parabién le pido.
Yo agradezco, señora,
a esa beldad mi vida desde agora,
y ya como a milagro
suyo, mi vida a tu deidad consagro,
pues mi muerte sentía,
no Libia hermosa, no, porque moría,
sino porque sin verte,
pagaba con dos vidas una muerte.
Responderte quisiera,
mas la Reina que ocupa la ribera
me echará menos, solo te prevengo,
que ya ganada para hablarte tengo
de esos jardines llave,
que ser ladrón amor de casa sabe.
Dame esa llave agora,
y agora desdoblar verás, señora,
la falda, que arrugó la noche fría,
sobre la hermosa variedad del día,
cuando entre en el jardín serán sus flores
testigos mudos, pues de tus favores
siendo en esferas bellas,
de noche flores, y de día estrellas.
Has de advertir, que si entras, mas no puedo
proseguir, adiós, pues.
Confuso quedo
sin oírte.
Pues espera en esta parte,
que aquí de todo volveré a avisarte.
Vase.
Aunque en la paz me quedo,
tener más guerra en mis sentidos puedo,
que tienen mar, y tierra.
pues se incluye más guerra,
que en el mar, y en la tierra, en el cuidado
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de un pecho enamorado,
que Cid como un deseo
yo adoro a Libia hermosa.
Dentro Filipo.
Tolomeo.
Cielos ¿llamáronme?
Sí.
¿Quién?
Un hombre que ha llegado
en un bajel que ha volado
desde el mar de Egipto aquí,
y tiene a solas que hablaros.
Pues bien solo me tenéis,
¿quién sois?
Después lo sabréis.
¿Quién vio sucesos más raros?
Seguidme, donde ninguno
me vea hablando con vos.
Solos estamos los dos,
y el sitio es tan oportuno,
que es apartado lugar.
Pues leed este papel,
que en viendo lo que hay en él,
tenemos mucho que hablar.
Cada punto, cada instante
añadís al corazón
otra nueva confusión.
Pues más quedan adelante,
leed, que más daño os espera.
Por piadoso, o por cruel
del Tetrarca es el papel.
Oculto desta manera
descubriré su intención,
lo que hay en él he de ver,
por ver lo que yo he de hacer.
¡Qué notable confusión!
Lee.
A mi servicio conviene,
a mi honor, y a mi respeto,
que muerto yo, con secreto
deis la muerte a Mariene,
hombre que de asombros lleno
en una carta sucinta,
traes con papel, pluma, y tinta
rosa, áspid, y veneno,
si conjuración ha sido
el desta temeridad,
y a examinar mi lealtad
desta manera has venido,
no solo rigor previene
este acero; pero piensa,
que he de morir en defensa
de mi Reina Mariene,
traidor eres vive Dios,
que el rostro no te encubrieras,
si leal y noble fueras,
y cuerpo a cuerpo los dos
te tengo de hacer pedazos
entre mis brazos.
No harás
que yo no esperaba más,
para darte mil abrazos.
Filipo, ¿qué es lo que veo?
tú desta suerte, ¿qué miro?
ya con más causa me admiro,
ya con más causa lo creo.
El Tetrarca para ti
con este papel me envía,
que de nuestra lealtad fía,
la traición que viene ahí,
muerto él, nos manda que muera
Mariene; pero ya
que de tu valor está,
vista la fe verdadera,
quédese el caso encubierto,
que si él vive, así está bien,
y si acaso muere, ¿quién
ha de obedecer a un muerto?
Mucha es mi confusión, mucha
mi pena, dime, ¿qué es esto?
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¿quién en tal error le ha puesto?
Si quieres saberlo escucha,
Otaviano, enamorado,
de un retrato que.
Detente,
que por aquí viene gente.
Pues a los dos ha importado
que no me vea: y así
por desmentir la sospecha,
quédate a hacer la deshecha,
y vente después tras mí,
que en ese monte te espero,
y mil prodigios sabrás.
Vase.
¿Qué tengo que saber más,
si ya de pensarlos muero?
la Reina era, y ya torció
a los jardines el paseo,
y yo suspenso del caso
que me ha sucedido, no
sé de mí, ilusión cruel,
¡qué de cosas anticipo!,
mas seguir quiero a Filipo,
volviendo a leer el papel.
Sale Libia.
Discurriendo esta ribera
del Mayo florido albergue,
registrando de las flores,
Sol suyo anda Mariene,
Tolomeo, y pues me da
lugar el amor, advierte,
que para entrar.
¡Ay de mí!
Mas di, ¿qué papel es ese,
que con tanta turbación
de mí ocultar le pretendes?
No es nada Libia.
Con eso
me das más gana de verle.
Tú ofendes así mi amor.
Y tú un papel me defiendes,
cuando yo de mi albedrío
las llaves te doy dos veces.
No es de amores vive Dios.
Ello dirá.
No has de leerlo.
Tú conmigo tan cruel.
Tú conmigo tan aleve.
Suelta el papel.
Sale Mariene.
¿Qué papel?
Grave mal.
Desdicha fuerte.
Qué pudiste engendrar Libia,
sino venenos crueles.
Es verdad, que engendré celos.
Pues ¿qué atrevimiento es ese,
así mi luz se respeta?
¿Así mi sombra te ofende?
¿Mi decoro así se trata?
¿Y mi respeto se pierde?
¿En mi casa, y a mis ojos
vuestras acciones se atreven
a profanar un Palacio,
que es Templo de honor, y a verle
el Sol se atreve con miedo,
y entra dentro, porque viene
a traerle luz, que el Sol
aún no entra de otra suerte?
dame tú esa parte, y tú
esotra, dellas conviene
informar a mi recato.
Que es una víbora, advierte,
que dividida en mitades,
con la lengua, y cola hiere,
no le juntes, no le juntes,
que será el daño más fuerte,
vete tú Libia de aquí
ahora.
¡Ay de mí!
Y tú vete.
Si por ventura han podido
mis servicios merecerte,
alguna merced que sea
capaz de muchas mercedes,
rompe ese papel, ¡ay triste!
no le leas, mira, advierte,
que cuanto por velle agora,
darás después por no velle.
¿Por qué?
Porque ese papel
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tal veneno en sí contiene,
que matará a quien le mire,
tu vida está en que no llegues
a leerle, y es verdad,
porque en él está tu muerte.
El que advierte de un peligro
nunca suplicando advierte,
porque el beneficio manda
al superior, luego mientes,
que si estos estremos haces,
cuando me acuerdas los bienes
¿qué dejas que hacer, qué dejas,
cuando los males me acuerdes?
letra es del Tetrarca ya,
que viva, o muera he de verle.
¡Ay infelice de mí!
Dice a partes desta suerte,
muerte es la primer palabra
que he topado, honor contiene
esta, Mariene aquí
se escribe, cielos valedme,
que dice mucho en tres veces,
Mariene, honor, y muerte.
¡hay hombre más desdichado!
mas ¿qué dudo?, ya me advierte
los dobleces del papel,
a donde están los dobleces,
llamándose unos a otros.
Lee.
A mi servicio, ¡mal fuerte!
conviene, ¡estraño temor!
a mi honor, ¡hados crueles!
y a mí, ¡tiranos asombros!
respeto, ¡infelice suerte!
que muerto, ¡infeliz mujer!
yo, ¡tiranías aleves!
con riguroso precepto,
secreto, ¡estrella inclemente!
deis, ¡todo el cielo me valga!
deis la muerte a Mariene:
¿Quién este papel te dio?
Filipo, que con él viene
de Egipto; pero señora,
estar satisfecha puedes
de su lealtad, y la mía,
porque los dos.
Mientes, mientes,
que él, ni tú, no sois leales;
pues cobardes, pues aleves,
no le habéis obedecido,
¿quién es más cómplice en este
decreto?
Nadie, señora.
Pues mira lo que te advierte
mi voz, que ninguno sepa
que yo he llegado a saberle,
y vete.
Vase.
Un mármol seré.
¡Oh infelice una y mil veces
la que se ve aborrecida
de la cosa que más quiere!
¿en qué te ofende mi vida,
esposo, en qué, en qué te ofende,
que te pesa de que viva?
fuerte agravio, pena fuerte,
cuando yo tu libertad
trato, y a imperios de nieve,
doy Semíramis del agua,
Babilonias de bajeles,
cuando compitiendo a montes
iba a repetir alegres,
mas no lo son para mí
después que vives ausente,
adorando estoy tu sombra,
y a mis ojos aparente,
por burlar mi fantasía
abracé el aire mil veces,
tú en una obscura prisión,
funesto, y mísero albergue,
para abrazar mis desdichas,
estás trazando mi muerte,
o te quiero, o no te quiero,
si no te quiero, ¿qué tienes
que perder en mí, aunque mueras?;
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pues poco, o nada se pierde
en perder una mujer,
cuando ni estima, ni quiere;
si te quiero, ¿para qué
después de muerto pretendes
mi muerte?, yo sabré, ¡ay cielos!
matarme yo, si tú mueres,
sí, que quien llega a perder
lo que ama, y no lo siente
tanto que pierde la vida,
no puede decir que quiere,
luego aborreciendo yo,
o queriendo, de una suerte,
ofendes mi vanidad,
o mi ingratitud ofendes,
matarme mandas matarme,
si por influjos celestes,
el mayor Monstruo del mundo
mi vida amenaza en ese
pavimento encuadernado,
que nuestras vidas contiene
blanca beldad de los Dioses,
mentira azul de las gentes,
y tú de sus astros puros,
que solo un suspiro mueve,
cumples el rigor que anuncia,
las desdichas que prometen,
para ser tú el mayor Monstruo
repites, cuyas crueles
armas serán el fatal
acero, que al lado tienes;
¡ay de mí!, que repetido
el dolor, una y mil veces,
lo que antes fue en mis acciones,
sentimiento solamente,
se va pasando a venganza,
pues de suerte, pues de suerte,
tu desconfianza en mí
ha trocado el accidente,
que ya a pesar del amor,
los rigores, y desdenes
te quieren echar del pecho,
propio afecto de mujeres,
pasar de un estremo a otro,
en los males, o en los bienes,
mas ¿qué digo?, que no soy
yo mujer solo, que debe
la Real sangre escluirse
de lo común de las leyes:
y así en dos partes constante
dudosa, y indiferente,
como mujer ofendida,
y como Reina, prudente
mujer, cumpliré conmigo,
en quejarme, y ofenderme
Reina, cumpliré con todos
en no mostrar que lo siente
mi pecho y pues mis desdichas
fin determinado tienen,
ira, rigor, y venganza
del cielo, el hado, y la suerte,
con puñal monstruo, y veneno,
disponga, ejecute, y piense,
fortuna, amor, y desdicha,
porque siga, alcance, y llegue
de aquel Monstruo, y este acero,
esta prevenida muerte.
TERCERA JORNADA.
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Descúbrese una tienda, tocan cajas, dicen dentro, y salen después Otaviano, y soldados.
Viva Otaviano.
Viva.
Sacro el laurel pacífica, la oliva
ciña su Augusta frente.
Salve, oh tú gran Metrópoli de Oriente,
Ciudad de Asia, señora,
que en el rosado Imperio del Aurora,
con voz, y lengua muda
el Sol, en su primera edad saluda,
salve otra vez, y admire
tu César, cuyo nombre que compite
con el tiempo, y olvido,
dos veces al laurel restituido
besa tu muro, una
a pesar del poder, y la fortuna,
y otra por más blasones
a pesar de cobardes sediciones,
pues cuando presumas,
que del Romano yugo sacudas
la cerviz, con haber hoy enviado
a Aristóbolo en tanto leño alado
a librar su Tetrarca,
vengo yo, que soy brazo de la parca,
dos veces vitorioso,
donde aunque piedad el nombre generoso
de magnánimo espero,
con este que gané fatal acero,
por eso le he guardado osado, y fuerte,
dará tu vista a tu Tetrarca muerte
de ese bajel a donde
vivo, cadáver su ataúd le esconde,
le sacad, que hoy procuro
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con su cabeza saludar el muro.
Vanse.
De la ciudad abiertas
a tu nombre, señor, todas las puertas
están, y si los ojos no han mentido,
un escuadrón de damas ha salido,
y hacia tu tienda viene.
Y entre todas, ¡ay cielos!, Mariene,
más gallarda, y hermosa,
entre pálidas flores, es la rosa,
y yo a sus rayos mi temor ignoro,
mirando viva a quien pintada adoro:
Mintió el pincel aleve
ofensas deste fuego, y desta nieve.
Salen todas las mujeres que pudieren, y detrás Mariene con luto.
Turbada al César miro.
Cobarde al Sol admiro.
Que pasma su grandeza.
Que ciega su belleza.
Y ya un temor con mis sentidos lucha.
Mucha es mi turbación.
Mi pena es mucha.
Ínclito César, cuya heroica fama,
Al un cabo se estiende de la Luna,
Cuando con labio de metal te aclama
Tu Júpiter, y dios de tu fortuna:
Iris son, que serenan a su acento,
Mares de agua, y páramos de viento.
Ya que tu nombre en láminas se escribe,
Que el tiempo que más vuela, que más corre,
Ni con las torpes alas las derribe,
Ni con las plantas trágicas las borre;
Vive piadoso, generoso vive,
Y del Sol coronada la alta torre,
Que al Águila Romana le dio nido,
Prisión sea del tiempo, y del olvido.
Yo soy la desdichada Mariene,
Dijera bien, la desdichada esposa
De aquel contra quien ya tu enojo tiene
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Blandida la cuchilla rigurosa,
Si una línea de púrpura detiene
Del más noble animal, la más furiosa
Acción, detén el paso a mis enojos,
Pues son líneas de púrpura mis ojos.
Mas ¡ay!, que en vano a tus rigores pido
La vida que has de darme generoso,
Que eres Rey, y has de ser enternecido,
Que eres valiente, y has de ser piadoso,
Que eres noble, y has de ser agradecido,
Que eres tú, y has de ser tan virtuoso,
Que veas, que merece menos gloria,
El que con sangre mancha la vitoria.
No pues, el que te espera heroico asiento,
Se constituya cadalso duro, y fuerte,
No el triunfal carro, humilde monumento,
No el triunfo en ceremonias de la muerte,
No la música con mísero lamento,
No la vitoria en miserable suerte,
Las galas lutos, llanto el alegría,
No eches pues, a perder tan feliz día.
Entra triunfando, no, señor, venciendo,
Entra venciendo, no, señor, vengando,
Que más honor has de ganar, entiendo,
Perdonando, señor, que castigando:
Halle piedad la que lloró pidiendo,
Halle piedad la que pidió llorando;
Hombre eres, yo mujer que a tus pies lloro,
Otro camino de obligarte ignoro.
Bellísima Mariene,
milagro hermoso del tiempo,
ejemplo de la fortuna,
y de la belleza ejemplo.
Agravio ha sido escucharos,
porque un generoso pecho
no ha de esperar que le compren
las mercedes con los ruegos.
Mal hice en no adivinar
antes vuestros sentimientos,
que os costase la vergüenza
de decirlos el vencerlos.
No lloréis, que valen mucho
lágrimas de ojos tan bellos,
y murmurará la tierra
de ver cómo llora el cielo.
Una vida me pedís,
y aunque es verdad que lo siento,
remedie el pesar de oíros,
el gusto de obedeceros.
Si bien es error, que yo
nada os doy, señora, en esto,
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pues una vida no os doy,
sino pago otra que os debo,
que entre su acero, y mi vida
pintada os miré en un tiempo,
Mariene, pero viva
entre su vida, y mi acero,
que es más dichoso que yo,
cuando dice aquel proverbio,
de lo vivo a lo pintado,
pues vence con tanto exceso,
cuanto hay de un alma a una sombra,
cuanto hay de una vida a un lienzo.
El Tetrarca vuestro esposo
es este pálido ejemplo
de la fortuna del hado;
Sacan al Tetrarca con prisiones.
este mísero trofeo
deste pequeño bajel,
que fue su ataúd pequeño;
salía a mirar trocando
la razón, pues siempre vemos
dar el muerto al ataúd,
mas no el ataúd al muerto.
Viva, pues vos lo queréis,
y por no dejar a riesgo
vuestros ojos de que lloren,
otra vez perdón concedo
a Aristóbolo, y repito
en su honor, y en el gobierno
al Tetrarca, así le admita
Jerusalem, que no quiero
barajar a mi fortuna
tan ilustre vencimiento;
sepa él, que vive por ti,
sabe tú, que por ti muero.
Vase.
Ya no tengo que temer,
pues pidió su vida, es cierto,
que tener quiero su agravio
esta cárcel del silencio.
¡Oh humanas honras del mundo,
cuánto es vuestro lustre incierto
pues os sabéis vender honras
de los agravios a precio,
y siendo honras sois agravios!
¡cuánto mejor fuera, ah cielos!
morir, que no que pidiera
mi vida, Mariene, a trueco
de una lágrima, si bien
solo queda este consuelo.
Que pues pidió Mariene
mi vida, estará secreto
aquel monstruo de mi honor,
y prodigio de mis celos;
disimulemos desdichas.
Agravios disimulemos.
Tiempo habrá para quejarnos.
Para llorar habrá tiempo.
Aunque me has dado la vida
no sé si te la agradezco,
pues si es tuya, y tú la guardas,
nada a tus finezas debo.
Dame los brazos, en quien
pedazos, viven los cielos,
te hiciera, para que logre
mi amor tan feliz empleo.
Tuya es el alma, y la vida,
porque aquí, ingrato me veo,
te doy los brazos, que antes
pedazos te hiciera en ellos.
¿tú ofendida?
¿tú quejoso?
¿tú cruel?
¿y tú severo?
Yo tengo razón.
yo no,
porque más que razón tengo.
cielos, ¿qué es esto que escucho?
¿Qué es esto cielos que veo?
¡Tened el curso desdichas!
¡Fortunas, parad el vuelo!
Que dice mucho callando.
Que dice mucho sintiendo.
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Vuelve por la otra puerta.
¡Oh ejemplo de la hermosura,
y qué soberano imperio
es el tuyo, pues que obligas
al más generoso pecho
a tu obediencia, que en ti
es valor el rendimiento!
Sale Malacuca con muletas, y manco.
Señor, ya que tu piedad
con todos cuantos tuvieron
parte en estos alborotos,
es tan liberal, te ruego,
que mandes, que se me quiten
los tratos que se me dieron,
que son muy bellacos tratos.
Aparta de aquí.
¿qué es eso?
No es nada.
¿No es sino mucho?
¿Quién sois?
Un Príncipe güero,
un Capitán de la legua,
un Caballero de viejo,
en efeto, soy un
Aristóbolo contrahecho,
que sin haberme mojado,
a enjugar estuve puesto,
en tal maroma, que apenas
me vio levantar del suelo,
que siempre yo me levanto
a semejantes sucesos,
cuando rechinó entre sí,
como quien dice, yo quiero
hacerle a aqueste una burla,
y se quebró, dicho, y hecho,
con que después de sacarme
los brazos por el pescuezo,
me hizo quebrar las piernas,
y en dos muletas parezco
al tiempo, y bien parecido,
según que anda ruin el tiempo.
Yo he usado de mi piedad,
si padecisteis primero,
quejaos de vuestra fortuna.
He aquí señor, que me quejo
y no me sirve de nada.
Sale Aristóbolo.
Humilde a tus plantas llego,
a donde a los Dioses juro,
que la vida que te debo
siempre viva agradecida
a la piedad de tu pecho.
Que este, por decir, que era
yo, se está tan sano, y tan bueno,
y yo por decir, que era él,
me estoy agora muriendo,
¡oh vil fortuna!
Levanta
Aristóbolo del suelo,
que si hubiera de vengarme
del daño que tú me has hecho,
no bastaran muchas vidas.
Yo te perdono, que quiero
vivir antes bien quejoso,
que mal vengado.
no entiendo
tus razones.
Son enigmas
que las descifro yo mesmo.
Vase Otaviano.
¿Señor?
¿Quién llama?
tu estatua.
Pues Malacuca, ¿qué es esto?
Una gran superchería
es, que contigo se ha hecho
por debajo de la cuerda,
y por encima del viento,
y no la siento por mí,
que por ti solo la siento,
pues conmigo no se hizo,
no sino contigo esto.
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porque yo hacía tu papel.
Pues si conmigo se ha hecho,
yo se lo perdono así,
que tú no te quejas dellos.
Sí, pero duéleme a mí,
y por aqueso me quejo.
Luego no se hizo conmigo.
Vase.
Probado está el argumento:
Tahures, los que pedís
monedas, ved en mi ejemplo
una suerte que troqué,
de qué manera me ha puesto.
Salen todas las damas el Tetrarca, y Mariene.
Después de dar mala vida,
que yo tan a costa compro
de los agravios que callo,
de las desdichas que lloro,
torciendo las blancas manos,
humedeciendo los ojos,
turbada la voz del pecho,
pálido el color del rostro,
hasta el Palacio has llegado,
y en él a lo más remoto
de sus cuartos, pues ¿qué es esto?
mira que es afecto impropio
del beneficio, cobrarle
tan presto, no riguroso
tu pecho aquel bruto sea,
que viendo el veloz arroyo
de una fuente, inficionado
del áspid, noble y piadoso
le enturbia, porque no beba
el caminante, que absorto
de ver enturbiar la plata
que le brindó con sonoro
acento, a beber cristal
en penada copa de oro.
Maldice al bruto ignorando
el favor, y así dudoso
no agradeceré la vida,
si con agravios la logro,
que es turbar los beneficios
embozarlos con enojos.
ya hemos llegado hasta el cuarto
prevenidos, salíos todos.
Vanse todos.
Tú tenme abierta esta puerta,
en tanto que yo dispongo
cerrar estotra.
Fortuna,
¿qué es esto?
Ya estamos solos.
¿Qué miras?
Miro el puñal,
que del reloj presuroso
de mi vida fue el volante.
En un peligro notorio
le perdí.
Pues oye.
Ya te oigo.
Bien pensarás, oh cobarde
amante, oh tirano esposo,
aleve, cruel, sangriento,
bárbaro, atrevido, y loco.
Bien pensarás, que pedir
a aquel Monarca famoso,
a aquel valiente Romano,
a aquel Capitán heroico,
en cuya vida el ave sea
el sagrado Mausóolo,
nace, vive, dura, y muere,
hijo, y padre de sí propio,
la tuya comprando a precio
de suspiros, y sollozos,
ha sido piedad y amor
de mi pecho generoso.
Pues no ha sido, no piedad
ni amor afecto rabioso,
y venganza sí, porque
no hay otro estilo, no hay otro
camino de castigar
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un ingrato pecho, como
pagarle con beneficios
cuando ofende con enojos,
que merced hecha a un ingrato,
más que merced, es oprobio.
No pues por librarte, no,
del veneno riguroso,
turbé el cristal, aprendiendo
piedades del Unicornio,
antes para que le bebas
te le enturbié con embozos,
y al revés de la piedad
de aquel animal piadoso
procedí, pues él cubrió
el beneficio de polvo.
Y yo de halagos la ofensa,
mira lo que hay de uno a otro,
que desdora las piedades,
y yo las crueldades doro.
No me diera, no, venganza
verte morir, cuando noto,
que es la muerte en los afanes
última línea de todos,
verte vivir, sí, ofendido,
aborrecido quejoso;
porque en el mundo no hay
castigo más riguroso
para un ingrato, que verse
olvidado de lo propio,
que se vio amado, el que llega
a esto, ¿cómo vive, cómo?
fuera desto, por mí misma,
por mi honor, por mi decoro
pedí tu vida, encubriendo
las causas con que me enojo,
que saben todos quién soy,
y quién eres uno solo,
y no por ganar con uno,
había de perder con todos.
Tu vida pedí en efeto,
porque sepas que no ignoro,
que has vivido en esta ausencia
de mi muerte cuidadoso,
este papel, esta firma
te convenza, ¿con qué asombro
le miras, quedando viva
estatua de nieve, y plomo?
en mi mano está, no tienes
que examinar estudioso
cómo vino a ella, porque
la tierra viendo el adorno,
y la hermosura que debe
a ese cristalino globo,
que parte la Luna a giros,
que el Sol ilumina a tornos,
le ofreció de no encubrirle
nada en su centro más hondo,
que aun los cielos, con ser cielos,
dan las mercedes a logro.
Tú eres aquí de mi aliento
tu desmayo al primer soplo,
con mis lágrimas me anego,
con mis suspiros me ahogo,
de Jerusalem Tetrarca.
Tú eres rama de aquel tronco,
que dice bien, el que dice,
que eres bajo, y afrentoso
Idumeo, cuya cuna
bárbara es, que más apoyo
desta opinión, que tus celos
infames, como alevosos.
¿Qué fiera la más cruel,
qué bruto el más riguroso,
qué pájaro el más aleve,
qué bárbaro el más ignoto,
mató muriendo?, pues antes
de hombres, fieras, y aves oigo,
que mueren dando la vida:
dígalo en bramidos roncos
la víbora, que mordiendo
sus entrañas, poco a poco
se despedaza, sacando
Pag. 40
muchas vidas de un aborto.
Dígalo el ave, que muestra
el pecho en mil partes roto,
y por dar la vida muere
desangrado entre sus pollos.
Dígalo el bárbaro, pues
que al peligro más notorio,
espuesto el pecho a su espalda,
pone a su esposa, y piadoso
es escudo de su vida
contra la pluma, y el plomo:
mas tú, más que todos, fiero,
mas tú, más bruto que todos,
mas tú, bárbaro en fin,
no solo apenas, no solo
favoreces lo que amas;
pero avaro de los gozos,
a un marido no los dejas,
bien como el que codicioso
amante de sus riquezas,
porque no las goce otro,
manda, que después de muerto
le entierren con su tesoro;
supuesto que fue fineza
este decreto, supongo,
que fue con celos, que nada
quiero dejarte en tu abono,
quien muriendo, pues previno
avariento, o cauteloso,
llevar desde aqueste mundo
prevenciones para el otro.
Si es nuestra vida una flor,
sujeta al más fácil soplo
de los alientos del Austro,
de los suspiros del Noto,
que en espirando ella espira
todo cuanto vemos, todo
cuanto goza, mas ¿qué error
dispuso que tú celoso,
qué hazaña de amores esta?
Y pues examino, y toco,
que podrá vivir mi pecho
más seguro, y más dichoso,
aborrecido que amado.
Desde aquí a mi cargo tomo
el hacer que me aborrezcas,
que aunque pudiera con otro
medio huir de ti, y vivir
en el clima más remoto,
donde el Sol avaramente
dispensa sus rayos rojos,
o donde pródigo abrasa,
menudas arenas de oro,
más feliz sin ti, no
ha de dar con tal divorcio,
que decir al mundo, y esto
se quedará entre nosotros.
En tu vida, ni en mi vida
me has de mirar sin enojos,
me has de hablar sin sentimientos
me has de escuchar sin oprobios
ver sin suspiros los labios,
ver sin lágrimas los ojos,
y este obscuro velo puesto
siempre delante del rostro,
estorbará el que te vea,
siendo mis Reales adornos
eternamente este luto,
y en aqueste cuarto solo
viviré con mis mujeres,
guardando viudez en todo,
y nunca me entres en él,
que por los Dioses que adoro,
que de la más alta almena,
me arroje al sepulcro undoso
del mar, donde dividida
de mi muerte en breves trazos
a los átomos, que son
jeroglíficos del ocio,
y no me sigas, porque
te miro con tanto asombro,
con tanto temor te hablo,
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con tanto pavor te oigo,
que pienso que ya se cumple
de aquel judiciario docto,
echado pues, si él me dijo,
que tu acero prodigioso,
y el mayor monstruo del mundo
me amenazan, hoy conozco
la verdad, pues si entras dentro
huyendo del uno al otro,
o me ha de matar tu acero,
o el mar, que es el mayor monstruo.
Vase.
hasta aquí pudo, hasta aquí
llegar un hado cruel,
el papel mismo, el papel
que con Filipo escribí
a Tolomeo, ¡ay de mí!
tiene Mariene, ¡fuerte
dolor! y ella, ¡injusta suerte!
de mi rigor ofendida,
me ha dilatado la vida,
por dilatarme la muerte.
No me quejo del rigor
con que se queja a los cielos,
bien lo merecen mis celos,
bien lo merece mi amor.
Mas quéjome de un traidor
tan aleve, y tan cruel:
mas ¡ay de mí!, que no es de él
la culpa, que solo es mía,
que esto merece quien fía
sus secretos de un papel.
Ni sé qué hacer, ni decir,
que entre uno, y otro pesar,
ya ni me puedo quejar,
ni dejarlo de sentir:
desenojarla, es mentir;
porque es mi amor de manera,
mi pasión tan dura, y fiera,
que si en tanta confusión,
hoy volviera a la prisión,
hoy al delito volviera.
Porque ella al fin no ha de ser;
ni vivo, ni muerto yo,
de otro nuevo dueño, no:
y si alguno quiere ver
lo estremo deste querer,
en parte gusto me ha dado;
el que se haya declarado,
pues en esta ocasión ya,
sin escándalo estará
siempre este cuarto cerrado:
Cerrarele por defuera,
y yo mismo no entraré
en él, porque yo aún no sé
si a mí otros celos me diera:
y si hiciera, sí, si hiciera,
pues si a mirarme llegara
a sus brazos, y pensara
que era tan dichoso allí
me desconociera a mí,
y que era otro imaginara.
De suerte, que mis desvelos
enseñados a desdichas,
tuviera miedo a mis dichas,
pues ellas me dieran celos:
¿quién sin estos desconsuelos?
¿quién es aqueste rigor?
¿cuya pena, cuyo horror
que no es discurso prolijo,
ni envidia, ni amor, es hijo
de la vida y del amor?
Hecho de heridos despojos
tiene de sirena el canto,
y de cocodrilo el llanto,
del basilisco los ojos,
los oídos para enojos
del áspid, luego bien fundo,
siendo monstruo sin segundo
esta rabia, esta pasión
de celos, que celos son
el mayor monstruo del mundo.
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Sale Filipo, y Tolomeo.
Cómo te daré, señor,
el parabién de tu vida.
Viendo la tuya rendida
a manos de mi rigor.
¿En qué te ofendí?
traidor
poco leal, menos fiel,
qué hiciste, di, de un papel
que.
ya mis desdichas creo.
¿no era para Tolomeo?
Sí.
pues él te dirá de él.
¡Qué poco duró, ay de mí!
el secreto en la mujer.
Di tú traidor.
¿Qué he de hacer?
Un papel que te escribí,
¿qué es de él?
La verdad aquí
es la disculpa mejor:
una dama.
Di.
Señor,
a quien sirvo para esposa.
prosigue.
de mí celosa,
necios delitos de amor,
me le quitó de la mano,
y ella.
No prosigas, no,
y castigue ese error yo.
tente señor.
por mi mano
Ya esperar aquí, es en vano,
la fuga mi vida guarde.
Vase.
Huye Tolomeo.
Ah, cobarde,
si al mismo cielo te subes,
campaña serán las nubes
que hagan de mi honor alarde
¿Dónde de tanto rigor
estaré seguro?
Vase tras de él, y vuelve a salir Filipo deteniéndole.
Advierte,
que huyendo tu acero fuerte,
al campo salió, señor,
y ya del Emperador,
hasta la tienda ha llegado.
Pues valga ese sagrado
por agora, aunque no sé
cómo un punto viviré,
ofendido, y no vengado.
Vanse el Tetrarca y Filipo, salen Otaviano y Tolomeo.
hombre, que te has atrevido
hoy a penetrar mi tienda,
perdido el color, robadas
las acciones, siempre puesta
la mano en tu acero, cuando
al sueño rindo las fuerzas.
Si por dicha, o por desdicha
alguna traición intentas,
ejecútala conmigo,
solo estoy
Señor espera,
que es lealtad, y no traición
la que a este lance me fuerza.
¿quién eres?
soy un soldado
hijo infeliz de la guerra.
¿Qué pretendes?
No mi vida,
que nada me importa esta,
la de Mariene, sí,
que es mi señora, y mi Reina.
Buenas cartas de favor
traes, di, y lo que fuere sea.
El Tetrarca enamorado
tanto de su esposa bella,
que son milagro los dos
del amor, y la belleza.
Viendo que ya de su muerte
declarada la sentencia
estaba, y viendo que no
enamorado de verla
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en un retrato la amabas,
que todo aquesto me cuenta
a quien él se lo contó,
porque aun muerto él no pudieras
lograrla, mandó matarla,
si fue rigor, o fineza,
no lo sé, que en este caso
cualquiera disputa es necia:
mandómelo a mí, y la carta
que destos delitos era
cómplice, llegó a sus manos;
no importa que él, como sepas
o bien los rigores de él,
o bien los agravios della,
que esto no se han publicado,
de sus celos la violencia,
con cuyo afecto es forzoso,
sino es que el discurso mienta,
que esté a peligro su vida,
mejor lo dirán las señas,
de ver, que en un cuarto sola,
con sus mujeres la encierra,
donde apenas entra el Sol,
y entrará cuando entre apenas.
Pues eres César, señor,
y tan generoso César,
que para vitorias tuyas
faltan hoy plumas, y lenguas.
Libra, libra de un tirano
su vida, que el que en ausencia
mandaba matarla a otro,
mejor lo hará en su presencia
por su mano, ampara pues
su beldad, porque te deba
el cielo su mejor rayo,
la Aurora su mejor perla,
el Abril su mejor flor,
y el Sol su mejor estrella.
¡Expuesta pues, Mariene,
y por mi ocasión expuesta!
a tanto riesgo, qué espero,
no soy quien soy si por ella
no pierdo la vida, iré
donde más con más prudencia
lo he de mirar, que no es bien
que la información primera,
me lleve tras sí, soldado,
mira si verdad me cuentas.
Tanto, que a la misma torre
te llevaré a que la veas
afligida, y retirada,
por no decirte que presa.
¿Dentro de la torre?
Sí,
porque yo tengo.
Di aprisa.
¡Para qué de cosas hoy
sirvió mi amor! llave maestra;
con que cada noche entraba
a hablar en un jardín della,
con una dama, que fue
de todo causa primera.
Pues guíame tú, que nada
temo, ni recelo, sea
esta traición, o lealtad,
a todo mi amor se arriesga.
Y pues ya el ave noturna
estiende las alas negras,
haciendo sombras, y el Sol,
Fénix renace de estrellas,
en hogueras de zafir,
vamos Mariene bella,
a darte la vida voy,
quiera Dios que la agradezcas
Vase.
Salen todas las mujeres, y Mariene desnudándose.
dejadme morir.
advierte
que esta pena, este dolor,
más que tristeza es furor,
y más que furor es muerte.
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Es tan fuerte
este mal, es tan penoso,
que no me matara si él,
viendo él,
que ser conmigo piadoso,
no es dejar de ser cruel.
¿Quieres mientras desafía,
al Sol, resplandor tan bello,
desobligado el cabello
de las prisiones de día,
que armonía
dulce te divierte?
Yo
para desdichas nací,
viviendo así,
no he de oír músicas, no,
suspiros, y penas, sí.
Sale Tolomeo, y Otaviano.
Pisando las negras sombras,
en el silencio noturno
de la noche, has penetrado
el jardín, y hasta lo oculto
de su cuarto llegas.
Ya
de tus verdades no dudo:
retírate tú a esa puerta,
que menos ruido hará uno,
mientras de otras señas yo
más informarme procuro.
no te sientan.
no podrán
desde aquí.
pues bien seguro
quedas, a la puerta espero.
Vase.
Y yo más cobarde dudo,
si ha sido dicha, o desdicha,
tener la ocasión que busco,
porque tanto la deseo,
y tanto en ella me turbo,
que no sabré discurrir,
si este es ya pesar, o gusto:
verdad sus desdichas son,
pues que vestida de luto
está, y como de las sombras
sale el Sol más bello, y puro,
así con la oposición
del traje está tal, que juzgo,
que ha buscado su hermosura
las desdichas con estudio:
mas qué hecho, válgame el cielo
Retirándose tropieza en un bufete, y cae un azafate.
¿Qué ruido es aquel?
No escuso
ya que me vean.
Señora,
yo no sé.
Y yo apenas.
Oh, qué a punto,
para tropezar en él
aquí este bufete estuvo.
Dad voces, hola.
Detete,
no des voces.
Veloz huyo.
Llama Libia.
yo no puedo
Vanse las mujeres, dejando cada una la parte que le ha tocado de los vestidos de Mariene.
Mariene.
Oh, cielo injusto.
Segura estás.
Pena fuerte.
Que quien desta suerte pudo
entrar solo aquí, no viene
a ofenderte, mas le trujo
deseo de darte vida.
Mucho es mi temor, y mucho
mi valor, pues señor, cuando
yo, como apenas pronuncio
razón, en mi cuarto vos,
¿vos en el jardín?
Que si supo
antes de veros amaros,
después de veros bien dudo,
que dejar de amaros sepa.
no son de un César augusto
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estas hazañas.
Sí son,
que antes el César dispuso,
que en mí del daño se quede
la causa, y esto procuro
enmendando vuestro riesgo,
de que fui causa.
ya arguyo
que sois vos el que mi vida
en tantas desdichas puso,
y queréis remediarlas,
ya de todas os disculpo,
con que os vais de aquí.
sí haré,
como para blasón sumo
dejéis tocar esa mano.
Es atrevimiento injusto.
No es, sino justo deseo.
Antes a los Dioses juro,
con este puñal que ciñes,
Saca el puñal.
que ya en mi mano desnudo
está, me romperé el pecho.
Ya de verte me confundo:
Detente mujer, detente,
que eres un vivo trasunto,
que me repite a los ojos
de aquel trágico dibujo
las especies.
¡Ay de mí!
¿qué es lo que miro, qué dudo?
el puñal es este, cielos,
que siempre fatal indujo
mi estrella contra mi vida:
Déjale caer.
oh riguroso, oh sañudo
ministro, ya con más causa
de dos enemigos huyo.
Vase.
Espera, detente, aguarda,
bien sé que mi muerte busco,
pero tengo de seguirla,
ni bien vivo, ni difunto.
Vase, y sale como cayendo el Tetrarca.
¿Quién en el mundo ladrón
del mismo tesoro suyo,
quiso dentro de su casa
gozar sus bienes por hurto?
Por las tapias del jardín
he entrado, que así procuro
ver, si con amor obligo,
a quien con celos injurio.
Ofendida Mariene
de mi decreto, propuso,
que ya la tenga por muerta,
quien por perdida la tuvo:
este es su cuarto, y en él
a una escasa luz, noturno
Lucero, que late horror
en repetidos impulsos,
veo un bufete quebrado,
y por la tierra aquí juntos
de mujeriles adornos,
distintamente confusos,
lleno el suelo, mas no es este
informado, ay Dios, presumo,
que casa que se despoja
de las riquezas que tuvo,
sin orden, y sin concierto,
es materia al fuego, o injusto
pensamiento, pero ya
no dudo, ay cielos, no dudo,
ni la tormenta, ni el fuego,
siendo de los dos asunto:
la tormenta, pues que no
en sus piélagos fluctúo:
el fuego, pues que ya siento
la llama en que me consumo.
Luego hay tormenta, y hay fuego
donde hay agravio sumo,
para zozobrar suspiros,
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y para hacer llorar humo.
¿Qué es esto, ay de mí, no es este
el puñal sangriento, y duro
que previno el cielo, sí,
en los celestes coturnos,
por ministro de los Astros,
por aguja de sus rumbos?
¿No es este el que yo a Otaviano
dejé?, sí, pues ¿quién le trujo
entre pompas afectadas?
pero ¿para qué discurro,
si de un hombre desdichado
es homicida el discurso?
Tarde hemos llegado celos,
tarde, tarde, pues ya juzgo
que quien arrastra despojos,
habrá celebrado triunfos.
Pues ¿qué espero?, este puñal
mi pecho penetre agudo,
si es dichoso el desdichado,
que siéndolo, nunca supo
que lo era, nunca sepa,
ay de mí, lo que presumo,
darme muerte.
detente
señor.
¿Qué voz escucho?
Advierte.
Yo he de matarme,
antes que el intento tuyo
logres, mas ¿qué es lo que veo?
Sale huyendo, y ve al Tetrarca.
pues yo, mas ¿qué es lo que escucho?
esposo, señor.
turbado
he quedado.
Y yo confuso.
Yo confusa, y yo turbada
entre dos peligros juntos,
entre dos muertes vecinas
estoy, pues huyendo de uno
doy en otro y ya no sé
cuál dejo, ni cuál procuro,
cuál pierdo, cuál solicito,
cuál hallo al fin, ni cuál busco,
pues siempre tengo peligro,
cuando paro, y cuando huyo.
Pues no temas, que a tu honor
este pecho será muro.
No temas, que ya tu vida
este pecho será escudo.
Cumple pues lo que prometes.
Así verás si lo cumplo.
Saca la espada.
¡Ay de mí!, para salir
hoy de duelo tan injusto,
he de apagar esta luz.
Anda a cuchilladas.
¿A dónde, César perjuro
estás?
¿A dónde tirano
te ocultas?
Yo no me oculto,
búscame.
valedme cielos.
No te hallo, aunque te busco
la espada perdí, no importa,
con este puñal agudo
muere a mis manos.
Tópala.
Ay triste,
yo soy muerta, Dioses justos
tened piedad, si sois Dioses.
Dala, y cae en el suelo.
¿Qué es lo que oigo?
¿Qué escucho?
Sale toda la compañía.
Llegad presto, llegad todos.
¿Qué es esto?
Yo me confundo
con esto, ¿qué es lo que he hecho?
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Oh, aleve.
Oh fiero, oh perjuro.
la mayor belleza has muerto
Eclipsado al Sol más puro.
Yo no la he dado la muerte.
Pues ¿quién?
El destino suyo,
pues que muriendo a mis celos,
que ellos fueron los verdugos,
vino a morir a las manos
del mayor monstruo del mundo
Matalde.
No hay para qué
solicitud a ninguno
le deba aquesta venganza,
que no ha de costar estudio
mi muerte, pues que yo mismo
vengarme de mí procuro.
desta torre despeñado,
el mar será mi sepulcro,
porque los celos se acaben,
viéndome en el mar profundo,
que ellos fueron solamente
el mayor monstruo del mundo.
Vase.
Seguilde todos, seguilde.
Desesperado, y confuso
se echó al mar.
Retirad todos
aquese cielo caduco
donde sea un monumento
para los siglos futuros,
desengaño de que son,
o ya justos, o ya injustos,
los celos, dígalo yo,
el mayor monstruo del mundo.
