à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Más pesan pajas que culpas. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/mas-pesan-pajas-que-culpas.
V. Autógrafo 3
Más pesan pajas que culpas
Comedia en 3 jornadas, de don Francisco Llobregat.
(Original) con censuras
Legajo 15
13
137
La Justicia Divina
La Misericordia
El Ángel de la Guarda
San Francisco
Alberto
Ludovico
Mauricio
Tortuga
Luzbel
Laura
Ángela
Flora
Otavio, viejo
Un fraile de San Francisco
Fabricio
Ernesto
Julio
Ha de estar el tablado dispuesto en forma de monte, suena ruido de terremoto, y por un escotillón echando llamas sale Luzbel en una apariencia que sube a lo alto.
¡Ay del eterno palacio,
ay del alcázar supremo
donde tantas luces mías
infaustas amanecieron
por solo un instante, hallando
en él otro ocaso eterno!
Justicia divina, a ti
te llama Luzbel soberbio,
querubín, que mi altivez
nunca arrepentido niego.
Tuya fue la ardiente espada
que en el combate primero
le dio al triunfante caudillo
nombre de mi vencimiento.
Por ti de mi hermoso trono
bajé al tenebroso centro;
por ti entre horrorosas llamas
sin esperanza padezco;
y, no obstante, a ti te invoco;
no porque, engañado, pienso
que me ampare tu favor,
pues siempre has de verme reo,
sino porque, del linaje
humano enemigo fiero,
por ti espera la venganza.
Aunque hidrópico apetezco
más penas, pues los que habitan
en mi siempre obscuro reino,
como a príncipe me pagan
los tributos en tormentos,
oye, Justicia.
Abren las puertas del solio de Dios la Justicia y la Misericordia.
¿Qué quieres,
Luzbel?
Ofendido intento
quejas contra ti, aunque justa
a mi pesar te confieso.
¿Cómo, siendo mi nobleza
de tan altos privilegios
que fue mi cuna este globo
tachonado de luceros,
por un delito no más,
por solo un error sangriento,
contra mí este fuerte estoque
vibraste, rayo sin trueno
que aun no decía la amenaza
las advertencias del riesgo,
y con los hombres, que son
hijos del lodo y tan ciegos
te irritan en cada instante,
acumulando trofeos
a la ingratitud, suspensa
embotas el fuerte acero?
O desate la esfera
de este voraz elemento
rayos que justos castiguen
cuando se admiren severos,
o licencia me concede
para que saque la menos
ardiente centella que
víbora vive en mi pecho,
pues ella será bastante
para hacer del orbe entero
tumba infeliz de sí propio.
en vil ceniza resuelto.
Ofendida, Luzbel, siempre
justos castigos decreto,
mas por la Misericordia
ejecuciones suspendo.
Para redimir al mundo
de tu poder, di por precio
la sangre de un hombre Dios,
mira si ampararle debo.
¡Ah, Misericordia! Nunca
te busco y siempre te veo
en los hombres tan parcial.
Te has declarado por ellos.
Pero, ya que la ruina
se niega del universo
por ti a mi sangrienta rabia,
al menos, Justicia, al menos
no has de dejar de mostrarte
rigurosa contra Alberto
de Verona, pues, cristiano
conociendo en ti lo inmenso,
te irrita cuanto te ofende,
y siempre te está ofendiendo.
Mira ahora cómo airado,
bárbaro, altivo y resuelto,
comete atroces delitos,
de viles pasiones ciego.
Dentro, Alberto.
Ninguno escape con vida,
mueran todos.
Dentro voces.
¡Fuego, fuego!
Descúbrese en el tablado una sala bien adornada, y a ella salen Ángela y Flora a medio vestir, turbadas.
¡Ay de mí, Flora, ay de mí!
Huyamos, señora, presto.
Dentro, Alberto.
Ten cuenta, Enrique, que nadie
se libre, mientras yo entro
con esta luciente antorcha,
centella de tanto incendio,
a que de Ángela el robo
corone mi altivo esfuerzo.
¿Qué escucho? ¡Ay, cielos divinos!
Aun mayores males temo
que la muerte. ¡Ay, infeliz!
Que este sin duda es Alberto.
Líbrenos del fuego ahora,
y sea...
Muera primero
yo, que en su poder me vea.
Dentro, Alberto.
Caigan las puertas al suelo.
¡Qué desdicha! ¡Ay, Flora amiga!
Viva estatua soy de hielo.
Villano, ¿qué es lo que intentas?
Echando una puerta en el suelo, sale Alberto con una hacha encendida y la espada desnuda, y algunos bandoleros con él.
Yo te lo diré bien presto,
que aunque dan prisa las llamas,
es mayor la que yo tengo.
Agraviado de tu hermano,
a la quinta fuego he puesto,
creyendo que estaba en ella.
Harto el no encontrarle siento;
pero, para dar principio
a la venganza a que anhelo,
Otavio, tu padre y suyo,
con cuantos vivían dentro,
han de quedar abrasados;
solo a ti librarte quiero
para que, dama en mis brazos,
te goce, pues desatento
Mauricio, tu hermano, esposa
te negó a mi amor honesto.
¡Primero, bárbaro!...
En vano
das a las voces aliento.
¡Padre!
No puede escucharte,
que ya debe de ser muerto.
¡Cielos!
Mal pueden oírte,
que están los cielos muy lejos.
Alza la Justicia la espada.
¿No oyes, Justicia? ¿No ves
el baldón?
Ya oigo y veo
sus delitos y blasfemias.
Tente, que la enmienda espero.
Ea, llevadla, que ya
es rigor lo que antes ruego.
Al querer entrarse, sale Otavio, padre de Ángela, medio desnudo.
Aguarda, infame tirano,
que, aunque miras tan cubierto
mi valor de estas cenizas,
aun en mi pecho le tengo
para matarte o morir.
¡Qué grande placer me has hecho
en solicitarme el gusto
de la venganza tú mesmo!
¡Muere a mis manos, que así
de tu hijo a vengarme empiezo!
Teniendo los bandoleros en la una parte del tablado como presa a Ángela, en la otra riñen Alberto y Otavio hasta que muere Otavio.
¡Padre mío!
¡Ay, hija! Ya
cumplo con quien soy muriendo,
pues las fuerzas...
¡Qué desdicha!
... me faltan...
¡Grave tormento!
... porque la sangre...
¡Qué ansia!
... que por las heridas vierto
hace...
¡Soltadme, villanos!
Muere Otavio.
... que rinda mi noble acero.
Muerto soy; en la justicia
de Dios mi venganza dejo.
¡Justicia de Dios, venganza!
No os privo de ese consuelo:
pedidla cuanto quisiereis,
que yo muy poco la temo.
Vanse, llevando los bandoleros como de por fuerza a Ángela, y ciérrase el tablado como antes estaba.
¿Cómo aquesto no te irrita?
¡De mí mil veces reniego!
¡Hasta cuándo ha de durar,
Justicia, tu sufrimiento!
Para pedir de sus culpas
perdón, plazo le concedo.
Plazo tiene, pero breve.
Tocan. Ciérrase el solio divino
quien tanto me está ofendiendo.
¡Oh, pese a mí, y pese a todo
el gran poder del infierno,
pues en este hombre obran
de Dios juicios secretos!
Recíbame despechado
mi infausto albergue funesto.
Baja Luzbel como para hundirse y quédase en el tablado
Pero ¿qué miro?, ¿no en él
me ata el divino precepto
como suele? Libre estoy:
inunde pues el veneno
de mi pecho todo el mundo;
acabe mi furia. Pero
¡ay de mí!, que esta licencia
cuando yo de Dios la tengo
por justos juicios suyos
es para dar lucimiento
a algún bueno a quien persiga;
o porque en el malo, viendo
el mundo el castigo, tema
su justicia, y el ejemplo,
por una alma que se pierde,
muchas se encaminan al cielo.
Mas ¿qué ahora me acobarda?
De Alberto, sí, no recelo
que ha de salvarse, dejando
frustrados a mis deseos.
Tiemble todo este horizonte
al rigor de mi despecho,
fomentaré sus crueldades
y en sus torpes vicios, siendo
compañero de su lado,
no he de apartarme un momento.
Pero allí con su enemigo
se ha encontrado y viene huyendo
Mauricio, que aun sus desdichas
ignora.
Disparan dentro
Dentro
¡Válgame, cielos!
Dentro
Al monte, muera, seguidle,
valerosos compañeros.
En lo fragoso de tanto
bruto embarazo del viento
y en lo oscuro de la noche,
busca Mauricio su templo.
¡Qué arrestado que le sigue
Enrique! Pero ya al freno
el caballo no obedece
y ciego a su propio riesgo
de un risco se precipita.
Dentro
¡Ay de mí!
Pedazos hecho
baja a ese profundo valle.
Oculte su infausto cuerpo
la tierra, porque en su forma
asistir a Alberto quiero.
Por esta otra parte, errando,
entre padrones del tiempo
que desnudos riscos burlan
las ruinas de su imperio,
Ludovico viene, que
ya esposo de Ángela siendo
gusto enamorado y fino,
fiándose en el ligero
curso de un caballo hacer
breve el plazo del deseo.
Mi malicia hacia esta parte
guíe sus pasos inciertos.
Salen por lo alto Mauricio y Ludovico por diferentes partes y bajan al tablado cuando lo dicen los versos.
Ya libre de mi enemigo,
solo a hallar camino anhelo,
y al caballo, por inútil,
en estos peñascos dejo.
Perdido entre la aspereza
de este monte, de mi yerro
arrepentido en dejar
a mis criados, no encuentro
camino alguno, aunque a pie
buscarle procuro atento.
Aquí parece que senda
descubro.
Por aquí puedo,
si no me engaño, bajar.
De los infaustos sucesos
de entrambos agora yo
he de ser el mensajero.
Pero primero disponga
dulce voz con tiernos ecos
sus pechos a la tristeza,
que suele ser fundamento
que a la desesperación
da pie para el loco vuelo.
Cantad, gimiendo, infelices
furias del lóbrego averno.
Cantan dentro.
El que ha perdido su honor
busque en la muerte el consuelo,
que no es desesperación
el honrado sentimiento.
¿Qué dulce voz me suspende
con lastimosos acentos?
¿Qué voz tan triste es sirena
de estos bárbaros desiertos?
Cantan.
La vida solo le infama
al que agravios ofendieron,
porque no hace lo que puede
quien puede vivir con ellos.
De triste furor revienta
ya la mina de mi pecho.
Mi corazón afligido
turba ya su movimiento.
Cantan.
Si el honor sin culpa
infeliz pierdo,
no quiero tener...
la culpa viviendo,
que en agravios ciertos,
si la vida es infamia,
la muerte es remedio.
¡Oh, tú, de aquestos peñascos
o vecino o forastero!
¡Oh, tú, morador inculto
de aquestos riscos soberbios!
¿Qué honor perdido...
¿Qué agravio
lamentas?
¿Estás sintiendo?
Mas, o es del aire lisonja,
mas, o ha sido fingimiento
del deseo...
O he escuchado,
aunque imposible lo creo,
a Ludovico.
O la voz
de Mauricio oí.
Yo quiero
llamarle ya. ¡Ludovico!
¡Mauricio!
¡Feliz acierto!
¡Gran dicha!
Bajad al valle.
Yo a daros los brazos llego.
¡Hermano!
¡Hermano!
Mi dicha
con vuestros brazos celebro.
De este bien a mi fortuna
obligado me confieso.
Yo trocaré bien aprisa
en rabias vuestros contentos.
¿Cómo hallaros he podido
en tan solitario puerto?
En esta parte de vos
llego yo a admirar lo mesmo.
Viniendo esta noche solo
a mi quinta con recelos
de Alberto, que es mi enemigo,
porque yo a su mentís necio
di por respuesta poner
la mano en su rostro...
Tengo
de todo noticia ya,
aunque siento tanto empeño.
Ruido de gente y de armas
advertí desde algo lejos;
no me engañé, porque él era,
con más de cien bandoleros
de quien anda acompañado.
Tan grande ventaja viendo,
di de espuelas al caballo;
conocióme y, sin efeto,
disparando sus pistolas
me siguió. Yo, disponiendo
mi sagrado de este monte,
me libré, donde con nuevo
asombro gustoso os hallo,
fiel de mi borrasca puerto.
Habiendo a efeto feliz
pasado nuestros conciertos,
pues que de Ángela hermosa,
vuestra hermana, soy ya dueño
en virtud de los poderes
que en Nápoles dejó hechos
cuando se volvió, impaciente.
Mas la dilación sintiendo
del camino, cuando más
cerca me vi de sus bellos
ojos, hice de mis ansias
a un veloz bruto tercero.
La aspereza de este monte
me descaminó, y acierto
le reconozco, pues ya
con vos ningún pesar siento.
Forma de un tosco villano
resuelvo tomar, supuesto
que el dar unas malas nuevas
es propio de lo grosero.
Vase.
Ya la aurora obscuras sombras
con luces puras venciendo,
del imperio de la noche
el triunfo anticipa a Febo.
Dentro Luzbel.
¡Ay, infelice hermosura,
ay, noble Octavio!
¿Qué es esto?
¿Qué escucho?
¡Ay de mí!, sin alma
estoy.
Y yo sin aliento.
Vuelve a salir Luzbel, vestido de villano.
A tirano que manchaste
el honor más puro y terso...
¿Qué dices, hombre, qué dices?
Acaba, el sentido pierdo.
Alberto, monstruo en crueldad,
fuego a la quinta poniendo
de Octavio esta noche...
¿Qué oigo?
Muerto estoy.
... entró resuelto,
y a su hija hermosa...
¡Ay de mí!
... Ángela, bello portento
de estos montes, robó aleve.
¿Qué escucho?
Rabiando muero.
Si oyerais cómo afligida
favor pedía a los cielos,
destroncando sus razones
ayes y gemidos tiernos;
si el suelo sembrado vierais
del oro de sus cabellos,
que ya fértil le previno
de sus lágrimas el riego,
y cómo, cuando tal vez
piadoso el desmayo, siendo
de su sentimiento escudo
y de sus sentidos velo,
le daba de aquel tirano
en los duros brazos lecho,
estatua de nieve...
Calla,
villano.
Y el noble viejo...
su padre intentó osado
defensa, aunque sin provecho,
por víctima se ofreció
de Alberto al cuchillo fiero.
Si le vierais cuando iba
por las heridas perdiendo
el aliento, sustentarse
la una rodilla en el suelo,
el rostro pálido ya
de rojo coral cubierto,
hasta que las venas todas
con sangre coger quisieron
la que en el suelo sobraba,
donde el inhumano Alberto,
al noble anciano rendido,
mil ignominias diciendo,
hizo a golpes de sus pies
dar el aliento postrero.
Calla, calla, que tus voces
son puñales en mi pecho.
Huye, villano, si quieres
librarte de un mongibelo.
Vase.
Ya me voy, que no pensaba
que yo os ofendiese en eso.
A Alberto voy a asistir
con Enrique, que no quedo
hacer aquí falta alguna,
pues hay agravios y hay celos.
Áspides viste mi rabia.
Todo mi enojo es venenos.
Ludovico, hermano, amigo,
las vanas quejas dejemos,
y vamos a la venganza.
Amigos tantos y deudos
he de juntar hoy que pueda
mostrar mi noble ardimiento,
matando a Alberto con cuantos
sé que le están asistiendo
en su casa, que aunque fino
a Laura su hermana quiero,
cede el amor al agravio,
y cuando frustre mi intento
la desdicha, moriré
cumpliendo con lo que debo;
si el honor sin culpa
infelice pierdo,
no quiero tener
la culpa viviendo.
¿No me seguís?
No.
¿Por qué?
Porque otra cosa resuelvo.
¿Qué intentáis?
Ir a la casa
de Alberto.
Aqueso es perderos.
No importa.
Pues ¿no es mejor
el perdernos como cuerdos?
cuando así sea, pues gente
con que a la suya oponernos
podremos juntar.
Será
con pensión de mucho tiempo,
y no admiten un instante
ya mis rabiosos extremos.
De nadie ser conocido
puedo aquí, sino de aquellos
que con mi esposa, ¡ay de mí!,
y vuestro padre vinieron
a Nápoles, donde yo
logré los favores vuestros,
y estos de Alberto en la casa
que no han de verme es muy cierto.
El traje pienso mudar
y el nombre en el de Marcelo,
un bandolero que allá
es horror de pasajeros,
diciendo que él soy seguro.
De Alberto amparo tengo,
con que hallar presto ocasión
para la venganza espero.
¿Y si a Marcelo allí alguno
conoce?
No mira el riesgo
cuando se arresta el honor.
El peligro es manifiesto.
Si el honor sin culpa
infelice pierdo,
no quiero tener
la culpa viviendo.
Pues yo parto a juntar gente,
ya que os miro tan resuelto.
A la venganza o morir.
Morir o matar emprendo.
Que en agravios ciertos,
si la vida es infamia
la muerte es remedio.
Vanse.
Salen Fabricio y Tortuga.
Hablemos claro, buitre.
Señor Tortuga, pretende
a Flora, y aun pienso que
también con Juana me ofende,
diga la verdad.
Sí haré.
Las dos bien me han parecido,
sin que nada menoscabe
la una a la otra lo querido;
todo en el partido cabe,
siendo mi amor tan partido;
conque no puedo dejar
de ser de las dos amante.
Pues me intentas irritar
hablando tan arrogante,
conmigo te has de matar.
Fieros, mal por eso esperas
que hallaste buenos terceros.
si hermosas las consideras,
pues solo para las fieras
pueden ser buenos los fieros.
Al campo conmigo ven,
porque allá te desafío,
adonde, por cierto, ten
que te he de mostrar mi brío.
Soy yo tu amigo, y no es bien
reñir, ni con razón puedo.
Eso es quererte excusar.
Mucho apuras.
Y tan gran miedo
a todos pienso contar;
pues ya por gallina...
Quedo.
Enrique viene, y aunque
de ser bandolero trata,
si que voy a reñir ve,
paz pondrá y la patarata
de valiente lograré.
Pues no quieres advertir
que a nuestra amistad atiendo
para excusar el reñir,
darte la muerte pretendo.
Sale Luzbel de bandolero, y de aquí adelante se llama Enrique.
Para visible asistir
a Folberto, forma he tomado
de Enrique.
Vamos, ¿qué aguardas?
Vamos, que el valor osado
te mostraré.
Mucho tardas.
Vive Dios que está elevado,
y en mi disgusto no advierte.
A Dios, Enrique.
Él te guarde.
¡Que esto pueda!... La muerte
voy a dar a este cobarde.
¿Está bien?
¡Infeliz suerte
tengo! A reñir los dos vamos.
Id norabuena.
El juicio
he de perder.
¿Qué aguardamos?
Yo quiero sacar, Fabricio,
para que iguales riñamos,
padrino.
¡Qué desatino!
Y a decírselo a Enrique voy,
así obligarle imagino.
Enrique.
Ya al cabo estoy,
yo seré vuestro padrino.
Hombre, estás endemoniado.
Ea, venid, que os prometo
que el que fuere desgraciado
en morir, en lo secreto
quede del monte enterrado.
Yo solamente he de ver
vuestra bizarría y brío.
Ya mudé de parecer.
¿Qué dices?
Que el desafío
muy mal contado ha de ser.
Advierte que con el miedo
publicas en caso tal
que eres cobarde.
Bien quedo.
Digo que quedas muy mal.
Digo que muy bien me quedo.
A reñir te llevaré,
pues yo de incitarte trato
aunque no quieras.
Porque,
sobre que yo no me mato,
se está matando busté.
Sale Alberco.
¿Qué es esto?
No permitir
que el que asiste a nuestro lado
cobarde tema el reñir.
Tortuga, desafiado,
no quiere al campo salir.
Pues, infame, ¿de esta suerte
usas tan viles extremos?
Que tú has de reñir advierte.
Otro demonio tenemos.
O te daré yo la muerte.
Fabricio rabia, señor,
porque tengo amor, y fuera
sin razón que él con furor
conmigo airado riñera
riñendo yo con Amor.
En vano excusarte esperas
con burlas tan enfadosas.
Si mi enojo consideras,
yo, señor, en estas cosas
siempre me burlo de veras.
Aguarda.
Vase.
Pues yo al gallina
buscarle solo sabré
y mi enojo vengaré.
Vase.
Pues procuras mi mohína,
si me hallas me perderé.
Enrique, mucho cuidado
me causasteis cuando os vi
seguir a Mauricio osado,
porque el caballo creí
que os había despeñado.
De este Olimpo, que eminente
cielo se hacen tantas flores
como coronan su frente
estrellas que en sus colores
deben al sol lo luciente,
que quise osado, es verdad,
tocar su cumbre mayor
con soberbia vanidad;
pero el castigo en su horror
halló mi temeridad.
En fin, yo me despeñé,
por señas que de sus bellas
flores muchas arranqué,
con que, tras mí, sus estrellas
puedo decir que llevé.
Pero ya en vuestra presencia
libre, el deseo en serviros
ha de mostrar la experiencia,
pues que fundo en asistiros
agora mi conveniencia.
Sale Fabricio.
De Nápoles un bandido
valeroso, que se llama
Marcelo, bien conocido
en Italia, pues la fama
nombre le da de atrevido,
licencia de verte espera.
Dile que entre.
Disfrazado
pretende de esta manera
Ludovico como honrado
lograr su venganza fiera:
yo ayudaré su intención.
Pues ya su valor sabéis,
él viene en buena ocasión.
Que así lo entiendo veréis
en mi mucha estimación.
Sale Ludovico vestido de bandolero.
Dadme, generoso Alberto,
la mano.
Los brazos míos
aseguren esta dicha.
¡Quién pudiera, ay hado impío,
ahogarte en ellos!
A Enrique
conoced, que por mi amigo
mayor estimo.
El valor
suyo bien lo ha merecido.
Yo, del vuestro aficionado,
solo pretendo serviros.
De conoceros me alegro.
¿Qué causa aquí os ha traído?
De vuestro valor la fama,
pues envidioso de oírlo,
para poder imitarle
asistiros solicito.
Yo soy quien puedo aprender
de vos.
El favor estimo.
En Nápoles, vuestra patria,
¿conocéis a Ludovico
Salviati?
Por mí pregunta.
Aunque con él no he tenido
amistad, le oí nombrar
tal vez por ser noble y rico.
¡Oh, quién pudiera quitarle
la vida!
¿En qué os ha ofendido?
Nada mi valor altera.
Si él aquí, a lo que imagino,
nunca ha estado.
Así es verdad,
mas fue causa que Mauricio
me ofendiese, y a vengarme
de todos airado aspiro.
Muy bien hacéis.
Y aunque ya
os habrá la fama dicho
el agravio que padecen
mis pundonores altivos.
Oídle ahora, pues siempre
que le acuerdo o le repito,
nuevamente mi valor
para la venganza indigno.
En este rústico alcázar,
cuyo neutral edificio
es, por lo alegre, alquería
y, por lo fuerte, castillo,
negado de las ciudades
al ocio, siempre he vivido
pasando el tiempo gustoso
en el robusto ejercicio
de la caza y en mostrar
lo valiente de mis bríos
en algunas travesuras
que otros llamaban delitos,
pues, sin tener mayor causa
que mi gusto, tanto al vicio
de la crueldad inclinado,
hacía que este florido
piélago de verdes plantas
inundasen rojos ríos
de sangre humana a mi vista,
solo objeto apetecido,
y de las serranas que
en esos pueblos vecinos
limpias bellezas ostentan
entre groseros aliños.
A pesar robaba algunas
de padres y de maridos,
sin que más de Amor la llama
ardiese en mi pecho frío,
que, mientras el material
consumía al apetito.
Y un día que, por la falda
de este monte, cuyos riscos
atalayas de dos polos
son de los cielos registros,
seguía un corzo ligero,
me perdí en lo entretejido
de su intrincada maleza,
donde los arroyos limpios,
que al valle bajan modestos,
son de plateados hilos
que a dar salida se ofrecen
al oscuro laberinto.
De mi inclinación llevado
proseguir quise atrevido,
cuando robó mi atención
de ninfas coro festivo,
entre ellas, como Diana
en el tesalio distrito,
de las castas hermosuras
se ostentó mayor prodigio
Ángela, pero que en vano
pintárosla solicito
con hipérboles de amante,
que como en mi pecho animo
rigores solos, muy mal
de afectos tiernos me visto.
Desde entonces pues quedé
triunfo de Amor vengativo,
hallando solo al desdén
cuando a tal beldad rendido
solicitaba su agrado,
pesar que hería en lo vivo
de mi sentimiento, haciendo
que perdiese mis sentidos.
Mas dio vida a mi esperanza
saber que, fino, Mauricio
servía a mi hermana Laura,
pensando (amante delirio)
que haría la conveniencia
lo que el afecto no hizo.
Los dos a este mismo tiempo
en Verona concurrimos,
con ocasión de unas fiestas,
y un día que el regocijo
común nos juntó en la plaza
le propuse mis designios,
ofreciendo por su hermana
darle a Laura, porque el mismo
lazo de Himeneo a entrambos
fuera coyunda y alivio.
Respondióme que estimaba
tan ventajoso partido
y que sentía en el alma
el no poder admitirlo
porque ya su hermana estaba
casada con Ludovico.
Y aunque después supe ser
verdad lo que me había dicho,
y que era de Ángela hermosa
Ludovico amante fino
desde que fue con su padre
a Nápoles en servicio
del grande Carlos octavo,
rey de Francia siempre invicto,
y ella le correspondía
dando evidentes indicios
de su amor, yo entonces, ciego,
creyendo en agravio mío
que le daba otra razón
para excusarse motivo,
le dije que tal desaire
solo habría merecido
por quererle hacer honores
de que él era tan indigno.
Respondióme ya irritado
que tan noble había nacido
como yo. «Mentís», le dije,
y apenas, sin alma vivo,
dio el mentís pronunciado,
cuando en mi rostro, ¡ah, divinos
cielos!, sin verme vengado,
como mi agravio repito,
su mano...
(Dentro.)
Déjame, Laura.
Detente.
Advierte.
Oprimido
un rayo queréis tener.
Esta es Ángela, y estimo
que, cuando repito agravios,
salga este triunfo al camino.
Quién soy ha de publicar,
si me ve tan de improviso,
su turbación. Pues yo, Alberto,
allá fuera me retiro,
que lástimas de mujeres
siempre escucho compasivo.
Id con Dios, que ya no siento
los pesares que no olvido.
(Retírase al paño Ludovico.)
Escondido desde aquí
podré escuchar sus designios,
y, matando, morir cuando
manchar quiera mi honor limpio.
Qué bien se dispone el riesgo
que de todos solicito.
Bárbaro, cruel, tirano,
traidor, pero mal consigo
con la infamia de estos nombres
ofenderte, pues, indigno
del de hombre, aspirando a fiera,
haces gala de ellos mismos.
Si pretendes que mi vida,
de tu crueldad sacrificio,
sea en aras de tu infamia
a tu enojo vengativo,
¿a qué aguardas?, ya tu acero
mi pecho espera atrevido,
que tímido no rehúsa
los rigores del destino.
Mas si villano imaginas
a mi honor, intacto armiño,
manchar, en mi propia sangre
te has de ver antes teñido.
Yo te aborrezco de suerte
que aunque valerosa aspiro
a darte muerte, y pudiera
fingiendo tiernos cariños
para ejecutar el golpe
asegurarte rendido,
gustoso aquel tiempo breve
del engaño era preciso
que te mirase, y la rabia
que dentro en mi pecho animo
sería contra mi vida
áspid, veneno y cuchillo,
tropezando mi venganza
en mis tristes parasismos.
Y así, resuelta y honrada
y valerosa, te aviso
que solo espero en tu muerte
hallar a mi pena alivio.
Heroica resolución.
¿No has visto, Ángela, no has visto
algún enfermo sediento
con el rigor excesivo
del accidental calor
solicitar con suspiros
el agua, y después que ya
el cristal apetecido
se le concede, y gustoso
se ve en vaso cristalino,
que antes que al labio permita
el idolatrado vidrio
mirándose dueño del
lisonjero de sí mismo
a la vista le concede
breve rato suspendido?
Así yo, de amor enfermo,
sedientas llamas respiro
por tu hermosura; mas ya
que a mi valor he debido
ser dueño de ella, a pesar
de tus ingratos desvíos,
por lisonjearme solo
la dicha que he apetecido,
como en mi mano la veo,
dilatarla determino.
Primero, bárbaro, que
triunfes de mi honor invicto
has de ver humilde valle
la alta cumbre del Olimpo;
primero...
No, no prosigas,
que solo porque imagino
que ya eres mía, suspendo
la ejecución a que aspiro;
y si me haces que lo dude,
verás como lo consigo.
Mas porque de vanas quejas
puedas gozar el alivio,
te dejo sola, y advierte
que ser tu dueño es preciso,
y lo que ha de ser por fuerza
no quiera tu pecho esquivo.
que por fuerza sea. Vamos,
que tengo que hablar contigo,
hermana.
Que aquí me deje
con Ángela te suplico.
¡Ay, Mauricio!, a mis finezas
cómo se opone el destino.
Después volverás. Enrique,
venid también.
Vase.
Ya yo os sigo,
que aunque vos me lo mandarais,
no dejara de asistiros.
Qué afligida y qué confusa
estoy. ¡Ah, cielos benignos!,
no neguéis vuestra piedad
a mi inocente martirio.
¿Qué hará, cuando, ¡ay infeliz!,
esto sepa Ludovico?
Yo, esposa, se lo diré;
arrojarase al peligro
y de él librará a su honor,
o en él morirá atrevido.
¿Esposo? ¿Cómo? ¡Ay de mí!
Dudando estoy lo que miro.
No lo dudes, que me ofende,
cuando mi peligro elijo
por excusarle a mi honor,
no ser de ti conocido,
pues que nunca de quién soy
te he dado más claro indicio.
Turbada, viendo tu riesgo,
esposo y dueño querido.
¡Ay, dulce prenda del alma!,
en poco mi riesgo estimo
cuando mi honor le padece.
Esa sí que ofensa ha sido
contra mí, pues imaginas
que no sabrá el honor mío,
por librarse de un tirano
que ofenderle intenta altivo,
darme la muerte primero.
Así de ti lo confío,
mas con mi vida la tuya
asegurar solicito,
pues ya con nombre supuesto
estoy aquí introducido.
El cielo te libre, pero
que viene gente imagino.
Vete.
¡Qué dolor!
¡Qué pena!
Mortal aliento respiro.
Laura es esta, vete, esposo.
Ya me voy.
Yo me retiro.
Adiós.
Adiós.
Contra Alberto
rayo seré vengativo.
Yo, a su tirana intención,
seré incontrastable risco.
¡Qué tormento! Adiós, esposa.
El cielo ampare propicio
tu valor.
Nuestro honor viva,
y muera nuestro enemigo.
Con qué disgusto me aparto.
Con qué pena me retiro.
Disparan y dicen dentro, y luego salen Alberto acabando de disparar un arcabuz, Ludovico, Enrique, Toribio, Fabricio y los demás bandoleros.
Dejadme que el gusto goce
de verter solo su sangre.
¡Válgame el cielo!
¡Ay de mí!
Muerto soy.
No ha de librarse
aquel tampoco. ¡Famoso
tiro!
¡Qué raras crueldades!
Muy buen día me prometo,
pues le doy rojos esmaltes
a la grama de este prado
con tanto humano granate.
Como otros de pajaritos,
tú a caza de hombres te sales,
y es tanta tu gracia que
como pajaritos caen.
Dios me libre de tu enojo.
Muy mal mi condición sabes,
pues no necesito yo
para matar de enojarme.
Que en vano temo que este hombre
pueda contrito salvarse,
siendo monstruo que componen
los vicios más detestables.
Por aquella senda pasan
de San Francisco dos frailes.
Ahora he de hacer que el sello
eche a todas sus maldades.
¡Qué extremado tiro fuera
derribar al de delante
sin que el que le sigue y cubre
casi la bala tocase!
A cualquiera de estos juzgo
que la penitencia hace
amortajado en sayal
ser un viviente cadáver.
Con que el verlos ya difuntos
a dejarlos me persuade.
Buena devoción tenéis.
Os engañáis, que no caben
en mi pecho devociones.
Aunque es verdad que ese traje
tan penitente y humilde
suele respeto causarme;
pero de cristiano solo
tengo el nombre y el carácter
del bautismo, en lo demás
no hay gentil que se me iguale.
En mi vida he oído misa,
ni yo sé qué es confesarme,
dar limosna o hacer bien.
Pero dejando esto aparte,
pues importa poco, todos
atentamente escuchadme.
De mi enemigo Mauricio
por espías vigilantes
he entendido que la muerte
quiere vengar de su padre
y librar a Ángela bella
de mis prisiones amantes;
para este efecto sabiendo
que prevenido ha de hallarme,
ha juntado de sus deudos
y amigos número grande.
De más de trescientos hombres
el escuadrón arrogante
pasa, con que viene altivo
y confiado a buscarme.
Ya reconozco que somos
en número desiguales,
pues no llegamos a ciento
para poder esperarle
en campaña, y que es preciso
que lo fuerte nos ampare
de mi casa; aquí revientan
de mi pecho los volcanes,
pues de venganza sediento
solo anhelo a que su sangre
la vil mancha de su mano
en mi noble rostro lave.
y encerrado a vil fortuna
será fuerza que le aguarde
cuando él me busca, añadiendo
a mi valor nuevo ultraje.
Mas porque logre mi enojo
algún desahogo en parte,
divídase nuestra gente
luego en tres trozos iguales.
Con el uno quede Enrique
para que la casa guarde
y asegure el retirarnos
cuando el enemigo cargue;
valiente y fuerte Marcelo
guíe el otro, y acompañe
el mío, con que saldré
a la campaña a encontrarle,
para que al pisar la inculta
esmeralda de estos valles
sepa que debe en tributo
pagar líquidos corales.
Esto en cuanto a que no gima
hoy nuestro altivo coraje
del carro de la razón
atado al yugo triunfante.
Y para que nuestra gente
pueda en número igualarse
a la suya y la ventaja
nuestros pechos no acobarde,
viendo que exhausta mi hacienda
para el gasto no es bastante
y que ya no me es posible
de tanto empeño apartarme,
a todos los que me sigan
campaña franca he de darles.
Ea, amigos, publicad
para que más gente llame
la libertad, que permito
el robo; ninguno pase
por estos contornos que
con su vida miserable
no deje la hacienda; sean
despojo los caminantes
de nuestro valor; tributen
estos vecinos lugares
nuestro sustento; no importa
que por cruel la fama grabe
en el padrón de la infamia
mi nombre, logre el vengarme
y más que horror se publique
en las futuras edades.
¡Viva Alberto! ¡Alberto viva!
Viva más que diez linajes
de suegras.
Y vos, Marcelo,
¿qué decís?
Puesto que nace
del honor vuestro delito
mal parecerá culpable.
Así espero conseguir
poder la vida quitarle,
pues es preciso que yo
tal vez solo le acompañe.
Enrique, ¿cómo calláis?
Si licencia queréis darme
para decir lo que siento.
Decid.
Parece notable
rigor quitarles las vidas
a los pasajeros, baste
que la hacienda les quitemos,
porque es de Dios la más grande
ofensa matar a un hombre
que al fin se crio a su imagen,
y a la justicia divina
irritáis con las crueldades.
Cuando el diablo nos predica,
malo.
Permitid que extrañe,
Enrique, que andéis ahora
con escrúpulos, pues antes
erais quien nos incitaba.
Solo por hacer más grave
la culpa se la propongo,
cuando se va a despeñarse,
en ella ciego camina,
que vuestro perdón alcance
merece mi buen deseo.
En vano es aconsejarme,
solo lisonja a mi vista
serán las atrocidades.
Pues mueran todos, ninguno
piedad en nosotros halle,
que yo, Alberto, no pretendo
de serviros excusarme.
Así me obligáis, las sendas
y los caminos reales
corred, amigos.
Vase.
Ninguno
de nuestro furor se escape.
Vase.
Lloren todos nuestras iras.
Vase.
No he de perdonar a nadie,
y a Tortuga buscaré
solo, para castigarle.
A tu lado voy, Enrique,
para lograr un buen lance,
llevando una buena lanza
que me sirva de montante.
¿Qué dices?
Que de hoy acá
el color perdido traes,
y por ir con un perdido
me pones tan mal semblante,
a todo lo que es mal hecho
hallarle buen color sabes.
y eres tan dichoso que
a la cara no te sale.
¡Villano! ¿Pues tú conmigo?
Enrique, no has de enojarte,
que soy tu amigo de veras
y hablo de burlas.
Cobarde,
¿tú mi amigo, y más sin honra?
¿Sin honra?
Sí, y sin que mates
a Fabricio, no la tienes;
y cuando el valor te falte
para reñir cuerpo a cuerpo,
como amigo aconsejarte
debo, que como pudieres,
siquiera porque no hable
en tu mengua, le des muerte.
¡Qué buena alma tiene el ángel!
Y si nunca puedo yo...
Quedarás por un infame.
Mas porque te quiero bien,
hoy por ti la más notable
fineza he de hacer.
No sea
hacer que me descalabren.
Una cédula conmigo
traigo, de virtud tan grande
por sus caracteres, que
en la espada puesta, hace
que me tiemble el enemigo,
y esta determino darte.
¡Oh, pues si haces que me tiemblen,
yo seré dos mil Roldanes!
Y aunque crédito no he dado
nunca a embustes semejantes,
me acuerdo que muchas veces
miedo te he tenido y nace
de la cédula sin duda;
y con que por ella alcance
que a mí me tema Fabricio
otro tanto, es muy bastante.
Aun más miedo te tendrá;
tómala, pero has de darle
la muerte.
Da Enrique un papel, y él le ata en el puño de la espada.
Deja que aquí,
porque no la pierda, la ate.
Y advierte también que todo
el encanto se deshace
si la rasgas, aunque sea
no más de solo un carácter,
o si a Fabricio no matas,
que entonces yo por vengarme
te la rasgaré irritado
de que a la palabra faltes.
En todo vengo, ¿hay más que
guardar la cédula y darle?
Pues ya viene allí Fabricio.
no hayas miedo que me alcance.
¿dónde vas?
a huir, no más,
que parece lo más fácil.
asegúrate que es cierto
lo que digo.
¿y cuán distante
la cédula empieza a obrar?
en viéndola.
no me engañes,
¿es a letra vista?
sí.
pues yo haré que me la pague.
yo me voy.
vete, que él viene.
invisible he de quedarme
aquí para que, incitado,
este a su contrario mate.
Sale Fabricio.
¡Fabricio!
¿qué?, mas que miedo
me causa solo el mirarle.
él se turba, ¡vive Dios
que el diablo en el cuerpo trae
la cedulilla! ¿dónde ibas?
yo..., porque..., no acierto a hablarle.
ello es cierto. ¡Qué contento!
Saca la espada, cobarde.
Arrodíllase Fabricio.
yo, señor, estoy rendido
a sus pies.
¡Qué bravo lance!
no sé lo que me sucede.
pues ¿cómo hoy tan arrogante
hablaba el picaronazo?
mi mucho valor no sabe,
el infamón, el gallina,
el tontonazo, el salvaje,
el sucio, el puerco, el bribón,
el malacaca, el bergante?
Deme luego aquesta espada.
no me atrevo a replicarle,
tome usted.
¡Famosa fiesta!
¿Y ha de querer el vinagre
más a Flora?
no, señor.
pues ese dedo levante
por Flora, por Juana y otro,
más arriba, más, más, baste,
y estése así mientras yo
cuatro mil palos cabales
le doy.
use de piedad,
señor Tortuga.
sea calle
y cuente bien.
¡ay, ay!
bueno,
no me los cuente por ayes,
lo que el demonio me tienta,
para que con la del martes
le dé, mas yo no cometo
destos pecados mortales,
digo.
¿qué manda busté?
dígame si cantar sabe.
no, señor.
aprenda, pues
yo le llevo los compases.
¡Ay, tan gran gusto!
su pecho
Señor Tortuga, le ablande
mi humildad.
Es caramelo.
Rasga Enrique la cédula a Tortuga, levántase Fabricio y dale.
La cédula he de rasgarle,
pues que por el pacto puedo,
para que Fabricio, que arde
en enojo, le dé muerte.
Mas ¿qué miro? Ya a turbarme
empiezo, porque se ha roto
la cédula.
En este instante
el miedo se me ha quitado.
Ahora verás, infame.
Fabricio, todo lo veo.
Aguarda.
El diablo que aguarde.
A bofetadas y a coces
has de pagar mi desaire.
¿No hay quien por aquesta paga
su socorro quiera darme?
Salen Alberto, Ludovico y bandoleros.
Tened, ¿qué es esto?
A un menguado
castigar por atrevido.
Porque pegarle he querido,
a mí mismo me he clavado.
De todos ya verme dejo
en la forma que elegí.
La culpa fue tuya.
Sí,
pero fue tuyo el consejo.
Daos la mano al instante.
Siempre te obedezco yo.
Ya él la mano me asentó,
y esto digo salvo el guante.
¡Que nunca se haya apartado
hoy Alberto de su gente,
para que mi enojo ardiente
lograra el verme vengado!
Amigos, ya a incendio pasa
el calor que nos molesta,
y así, en tan prolija siesta,
retirémonos a casa,
puesto que de aquí no vemos
pasajero o enemigo.
Siempre yo tu gusto sigo.
Y todos te obedecemos.
De Ángela en los bellos ojos
buscaré incendio mejor.
Si no hay más medio a mi honor,
la vida daré en despojos;
pues volviendo a casa Alberto,
que ha de ocasionarme es llano.
Vanse.
Que bien a los dos ufano
llevo al precipicio cierto.
Oye, castigo mayor
tendrá si otra vez me enfada.
Vanse.
No quiero contigo nada,
que eres hombre moledor.
Salen Laura, Ángela, Flora y Juana, y vanse luego las criadas.
Allá dentro os retirad.
Las dos.
Ángela, en quien cifran
los cielos las perfecciones
iguales a las desdichas;
si a pesar del tiempo breve
mi voluntad se acredita
de fina contigo y pueden
pasar plaza de caricias
los deseos de servirte,
las atenciones debidas
te ruego que algunas treguas
concedas a tus fatigas,
divierte la vista un rato
desde aquesta galería
en ese jardín ameno
cuyas flores...
¡Ay, amiga!
¡Ay, Laura hermosa, que mal
puede introducir la vista
con vanas amenidades
consuelo a la alma afligida!
¡Que mal los ojos podrán,
cuando distancias terminan
las lágrimas, mirar flores!
Déjalos, Laura, que rindan
arroyos tributo al mar
de mis pesares, no impidas
el triste remedio que
desahoga, si no alivia.
Sus rigores contra mí
también la fortuna obstina,
y para que admires cuánto
he recatado advertida
un dolor que en mí no cede
al imperio de los días,
escucha, pues mi secreto
ya de tu atención se fía.
Yo obligada a las finezas,
no digo bien, persuadida,
de tu hermano, mas porque
injustamente remita
busco disculpa al amor
si es él la disculpa misma.
Yo quiero bien a Mauricio,
y cuando le adoro fina
experimento en su amor
falsedades, pues te esquiva;
pues si él a mí me quisiera
no la flor recién nacida
de la esperanza dejara
su misma mano marchita.
Sin razón se culpa a quien
la fortuna necesita
solo a un medio, y ya empeñado
Mauricio otro no tenía.
Yo sé que ingrato su amor
aun más ofendes que olvidas.
Yo te ofendo, ¿pues qué causa
así a culparme te obliga?
Ver que, siendo de Mauricio
hermana, y que en la ruina
de mi honor también el suyo
infaustamente peligra,
me guardas para que compre
seguridad con mi vida.
Pues ¿qué puedo, ¡ay infeliz!,
más que llorar compasiva
hacer?
Darme libertad.
Un imposible imaginas.
No lo será con que obrar
generosa me permitas.
Yo quisiera...
(Dentro.)
Entrad, amigos,
que no os encubro mis dichas.
Mi hermano viene.
¡A fortuna,
ya el resto has echado impía
contra mí de tus rigores!
Pues Alberto, ¡qué desdicha!,
a mi esposo por testigo
trae de su tiranía,
con que la vida es forzoso
que pierda antes que sufrirla.
Salen Alberto, Ludovico y Enrique.
Ángela, hermana...
Deshechos
los medios cuerdos que había
pensado para vengarme
de mi deshonor a vista,
solo puede ser remedio
la muerte de Alberto y mía.
El logro de mis designios,
¡qué bien así se encamina!
Pues, honrado Ludovico,
no es posible que permita
en su presencia de Alberto
las ofensas a que aspira,
con que de entrambos la muerte
ha de lograr mi malicia.
No con desdén tan altivo
quieras la cortés conquista
de mi amor desvanecer.
Débete, Ángela, a ti misma
que el ruego te rinda cuando
hacerlo el rigor podía.
Ni el rigor ni el ruego pueden
reducirme a tan indigna
bajeza. ¡Oh, qué perdido
mi esposo, ¡ay cielos!, me mira!
Ya desesperado en vano
la muerte cierta porfía
a impedir que este puñal
de Alberto en la sangre tiña.
Ea, que ya la paciencia...
tengo del todo perdida
con melindres tan cansados
y vanidad tan prolija.
La suerte está echada ya;
si se atreve...
Agradecida
siempre a tantas atenciones
que te he debido, me admira
ver que olvidado depongas
tan nobles cortesanías.
De Ángela alcaide me hiciste
mi cuarto, que ser debía
su asilo, es ya su prisión;
basta que al rigor te sirva
de que esté sin libertad
quien vive en mi compañía
sin que hacerme más desaire
a la violencia permitas.
Razón tienes, Laura. Como
el alivio no me impidas,
que en una mano...
Va a tomar Alberto la mano a Ángela y ella le quita una pistola. Ludovico desnuda el puñal y va como a matar a Alberto. Sale Tortuga, pónese en medio y todos se suspenden.
Villano.
De esta suerte...
¡Muera!
Aprieta,
señor, al arma.
¿Qué dices?
Que Mauricio, porque guía
un millón de hombres armados
de arcabuces, culebrinas,
bombas, alabardas, flechas,
lanzas, chuzos, dardos, picas,
mosquetes, espadas, dagas,
pistolas y carabinas,
para vengar sus agravios
al campo te desafía.
Que deje un acaso así
mi intención desvanecida,
reniego de mi poder.
Está bien. Mas ¿dónde ibais,
Marcelo, de vuestro rostro
toda la color perdida
y desnudando el puñal?
Ya la ocasión facilita
darte la muerte en el campo,
y también con ella misma
cesa de mi honor ahora
el riesgo. Viendo atrevida
a Ángela, de esta pistola
su diestra armar vengativa,
temiendo alguna desgracia
a socorreros venía.
Mucho estimo vuestro afecto,
mas tan lejos se imagina
mi valor de ese peligro
que, aunque imposible sería
deslucir mi fuerte brazo
vil mancha de cobardía,
temo ya porque en su mano
esta pistola se mira,
que ella faltando yo no
afrente mi bizarría,
con que en su poder la dejo
menospreciando sus iras.
Con ella pienso, tirano,
quitarte la infame vida.
Presto volveré en venciendo
a mirarte arrepentida.
Dentro.
No penséis que han de ampararos,
cobardes, de esta alquería
los muros, porque mi fuego
los resolverá en cenizas.
Mi enemigo es este. ¡Al arma,
amigos, el furor vista
nuestros ánimos bizarros,
todo el plomo le reciba
de aquestas pistolas!
¡Fuego!
¡De estos arcabuces!
¡Chispas!
Salgamos a la campaña.
Muera el que así nos irrita.
Pues en gente nos excede,
en todo el orden se siga
que hoy dispusimos.
La casa
de mí estará defendida.
Mi valor en la venganza
hoy toda su dicha libra.
Dentro.
Alberto, el que te agravió
a que te vengues te incita,
Mauricio soy, tu enemigo,
ven, si vengarte codicias.
Vase.
¡Oh, pese a todas mis rabias!
¡Oh, pese a todas mis iras!
Seguidme, amigos, seguidme,
mi pecho un volcán anima.
¿Notas cuál Alberto va
que picado parte avispas?
Vase.
Hoy su libertad mi honor,
fortuna, de ti confía.
Vase.
Eso sí, en venganzas arda
este sitio, pues se habita,
mi furor den tristes señas
de mi asistencia desdichas.
Vase.
Desde la torre he de ser
del encuentro coronista,
porque yo esta guerra la hago
solamente defensiva.
¡Ay, amiga de mis males!
Ya la hora llegó temida
pues de mi hermano o mi amante
trágico fin me destina.
Poco Mauricio te debe,
pues ahora bien podías
darme libertad.
Si fuera
posible por ti lo haría.
Dentro.
A ellos, amigos, que al bosque
ya cobardes se retiran.
De Alberto el enojo rayos
de acero en el campo vibra.
Los que en casa asisten solo
los sangrientos riesgos miran.
Por la puerta del jardín,
que al bosque se comunica,
si piadosa lo permites,
podré salir sin ser vista,
a ampararme de la gente
que allí mi hermano acaudilla.
Y si antes lo impide alguno...
No puede haber quien lo impida,
pues no imagino que en vano
armó la suerte propicia
de esta pistola mi diestra.
¿Qué disculpa habrá que admita
mi hermano?
Fácil la ofrece
la ocasión, que no cabía
el cuidado de mi guarda
en tu pecho, pues le habían
ocupado los peligros
que de su vida temías.
Vete, pues, mas di a Mauricio...
¿Qué?
Nada, ay triste, yo misma
para cumplir con mi hermano,
cuando juzgue conseguida
tu libertad, daré voces,
y a buscarte saldré altiva.
Pague el Cielo tu piedad.
Vase.
Él ampare tu osadía.
Vase.
No importa que ignore agora
mi esposo tan atrevida
resolución, pues ninguno
le ha de impedir que me siga.
Fortuna, tu amparo invoco;
sirve a mis pasos de guía.
Dentro.
No, valiente, te empeñes más, Marcelo,
que con causa recelo
que a traidora emboscada
quiere llevarnos esta retirada.
Por si alguno nos mira,
finja el acero efectos de la ira.
Ya Alberto cauteloso
su peligro adivina.
Ya es forzoso,
o pese a mi tormento,
que malogrado quede nuestro intento.
Dentro.
Socorred a Marcelo, que empeñado
no mira al riesgo, al monte, al llano, al prado.
Ya es fuerza retirarme,
pues mal agora he de poder vengarme,
supuesto que mi gente...
a las órdenes dadas obediente
con fuga cautelosa
a la emboscada corre presurosa
y sagaz advirtiendo el riesgo cierto
ya no quiere seguirla más Alberto.
Id con Dios, y en la fuente
cuya fértil corriente
de este monte la falda
guarnece de esmeralda
me podéis aguardar, que yo guiado
de mi noble cuidado
a buscaros iré, porque pensemos
el modo con que presto nos venguemos.
Pues adiós, que ya aquí mucho me tardo.
Esperadme en la fuente.
Allá os aguardo.
Hasta cuándo inoportuna
te has de mostrar, fortuna,
tirana contra mí, siempre impidiendo
la venganza que emprendo,
y de la rabia que fomento en vano
librando a este tirano
que mortal enemigo
Salen Alberto, Fabricio y bandoleros.
Aquí, señor, está Marcelo.
Amigo,
no sé cómo obligado
de miraros por mí tan empeñado
con mi enemigo, y fuerte
hacer noble desprecio de la muerte,
arrojado y sangriento
mostraros pueda mi agradecimiento.
Nada por vos obré, que de este empeño
me juzgo por tan dueño
que me afrento de ver que así dilate
la fortuna el que muera o el que mate.
Si mal yo no imagino,
Mauricio finge ahora que el camino
de retirarse sigue despechado,
creyendo que con esto descuidado
de mi casa, podrá asaltarla fuerte
esta noche y en ella darme muerte;
pero su intento frustraré advertido
porque siempre ha de hallarme prevenido.
Qué astuto de los riesgos se previene,
mas no podrá del que conmigo tiene.
Cuando al luciente coche
en cárcel de cristal cierre la noche,
Enrique con su escuadra valerosa
de mi casa atalaya cuidadosa
ha de ser, hasta tanto que vos de ella
os encarguéis, y luego hasta que bella
de nueva luz la aurora vista el prado,
por cuenta correrá de mi cuidado.
Así del riesgo a todos asegura,
igual al valor vuestro la cordura.
Mientras de la venganza que deseo
Logro la posesión que fácil creo.
En este ameno prado,
pues me siento cansado
de la fatiga, permitid que os diga,
aunque nunca me cansa la fatiga,
quiero gozar un rato el fresco viento
para templar el fuego de mi aliento.
Sentaos, Marcelo amigo.
Dejad que acabe de irse el enemigo.
Muy poco este cuidado me desvela
después que he penetrado su cautela.
Recuéstase en el suelo Alberto, y vanse Fabricio y los demás bandoleros.
A atender nuestro rancho
vamos, amigos, pues el sitio es ancho.
A Mauricio es preciso
darle esta tarde aviso
para que a la hora venga en que ha fiado
de su casa la guarda a mi cuidado.
Alberto, pues en ella fácilmente
franca la entrada le daré a mi gente.
¡Qué dulcemente el sueño
de los sentidos se introduce dueño!
Mas no rendirme sin razón procuro,
cuando sé que de todo estoy seguro.
Duérmese Alberto.
Diréle a Alberto que seguir deseo
al enemigo solo. Mas, ¿qué veo?
Parece que dormido
del cansancio, rendido
en el suelo ha quedado. Amigo Alberto,
no me responde, vive Dios que es cierto.
Sagrada la ocasión, pues oportuna
de vengarme me ofrece la fortuna.
Este enemigo fiero
rinda la vida a mi valiente acero.
Dentro Fabricio y los demás bandoleros.
Del capitán sepamos
los que al camino gusta que salgamos
a aquellos pasajeros.
Guardad, que aquí Alberto se ha entregado
al blando sueño, y cuando fatigado
con tanto afán le vemos
no es razón despertarle, pues podemos
obviar lo que yo sé que es de su gusto.
Obedecerte es justo.
Pena fuerte,
ya este acaso te libra de la muerte,
quien tu vida afianza,
hombre que así me impide la venganza,
pero que mi valor duda o recela
cuando ayudarme puede la cautela.
A esta bárbara gente
a mis órdenes tengo ya obediente,
pues con pretexto que disfrace el arte
haré que se retiren a otra parte,
quede solo y despierto, o dormido,
este mostruo atrevido
que procura mi injuria,
que mal podrá librarse de mi furia.
Porque desta manera
viva intacto mi honor y Alberto muera.
Vase Ludovico y sale Ángela por otra puerta con la pistola.
¡Qué torpes muevo los pies,
que sin tino el encinar
he discurrido, mis pasos!
Piadosos cielos, guiad.
¡Qué perdida! Mas, ¿qué veo?
¿Solo aquí y dormido está
Alberto? ¡Ah, tirano! ¿Así
goza de seguridad
el que a tantos ha ofendido?
¿Así el que yo vi quitar
la vida a mi anciano padre
con tan bárbara crueldad,
descansa? ¿Cómo mi esposo,
cuando la ocasión es más
oportuna, no la logra?
Pero ella a ejecutar
la venganza me convida;
no estorbe, no, la piedad
ni el miedo, que valerosa
la consiga este volcán
artificioso que ocupa
mi diestra, rayo fatal
vibre que el villano pecho
le abrase, y con propiedad,
para dar muerte a una fiera,
sea instrumento este can.
Mientras Ángela levanta el gatillo de la pistola, sale Ludovico, vela y quiere detenerla.
Ya todos de aquí se ausentan,
con que podré ejecutar...
mas, ¿qué miro? Ángela, tente.
Quita, que resuelta ya...
Forcejeando los dos, dispárase la pistola y despierta Alberto.
Es perdernos el ruido,
y yo con este puñal...
Déjame.
Mira...
¿Qué has hecho?
¿Qué es aquesto?
Dentro Fabricio.
¡Al capitán,
acudamos presto todos!
¡Ah, villana!
Estoy mortal.
Dentro Laura.
¡Ángela, falsa, de casa
seguidla!
¡Grave pesar!
Sale Fabricio y los demás bandoleros. Sale Laura y las demás mujeres.
Señor, ¿qué es esto?
Marcelo,
mucho siempre me obligáis.
Hermano, ¿qué ha sucedido?
Yo sabré bien castigar,
¡ah, tirana!, tu osadía.
Sale Enrique.
Amigo, ¿qué novedad
es esta?
Aunque yo pudiera
lo que todos preguntáis
ignorar más que vosotros,
pues, dormido, ejecutar
tan vil traición se intentó,
gozo de evidencia tal
que, aunque quisiera, no puedo
el dueño injusto ignorar.
Esa aleve, esa tirana,
esa ingrata, ¡qué maldad!,
quiso quitarme la vida,
y lo llegara a lograr
si Marcelo generoso...
amigo, noble y leal,
ejecutar no impidiera
tan ciega barbaridad.
¿Para qué quiero la vida?
A mi esposa he de librar.
Alberto, sabed que engaño
es todo cuanto pensáis,
yo fui el que quiso atrevido
daros la muerte.
Aguardad,
que con tan bizarra acción
como intentáis a pesar
de cualquiera riesgo luce
vuestra generosidad.
Yo sola intenté matarle.
Alberto, no la creáis.
A Ángela, por ser mujer,
ya se ve queréis librar
del castigo que merece.
Ya he dicho que os engañáis,
pues fui el que quiso quitaros
la vida.
Y para matar
a Alberto aquesa pistola
que a Ángela dejé, buscáis,
baste tanta bizarría,
y vuestros brazos me dad,
que de nuestra amistad noble
lazos eternos serán,
pues que ya soy de mi vida
deudor a vuestra lealtad.
Quien con ellos de su pecho
pudiera el alma arrancar.
Enrique, ¿cómo la guarda
así de casa dejáis?
Retiróse el enemigo,
y por salir a buscar
a Ángela vine.
Está bien,
¿qué haré con ella?
Escuchad.
Mucho siento que quisieras
esta ocasión malograr,
y también tu atrevimiento,
pues con odio tan mortal
por vengarte de mi hermano
perdiste la libertad.
No aflijas, amiga, a un triste.
Siempre bien me aconsejáis.
Hermana, de tu cuidado
bien me pudiera quejar.
El de tu vida fue.
Basta,
pues que de él ya libre estás,
¿por qué otra vez a tu cuarto
no has de volverla a llevar?
Así, porque tu descuido
o tus piedades, quizá...
no le den otra ocasión
para poderse librar,
como también por si intento
sin más ruegos,
grave mal
de sus vanas altiveces
ver mis deseos triunfar,
no digas que a tu presencia
no guardo la inmunidad,
y así llevadla a mi cuarto.
Aquí morir y matar
es preciso.
Antes la muerte
has de darme.
¿A qué aguarda?
De una industria he de valerme
y en ella con novedad,
para librar a mi honor,
a mi esposa he de culpar.
Válgame aquí mi cautela.
Amigo, oíd.
¿Qué intentáis?
Si por librar de la culpa
a Ángela quise arrestar
mi honor, admitiendo noble
la infamia de la deslealtad,
habiendo obrado tan fino,
cuando os veo ejecutar
la pena a mi bizarría
muy desairada dejáis,
y así, como antes estaba,
os ruego que vuelva a estar.
Un imposible pedís,
que el amor y el odio están
conformes para vengarme.
Mal mi fineza pagáis.
Fue muy grande su delito.
Si él fue grande, fue su igual
también mi mérito, pues
si el delito fue intentar
daros muerte, vos la vida
que me debéis, confesáis.
Ea, daros gusto quiero,
pero, amigo, reparad
en que hago mucho.
Eso sí,
siempre lo sabré estimar.
A tu cuarto, Ángela, lleva,
hermana.
Ansias, respirad.
Y vos, amigo Marcelo,
ese áspid de metal
guardad, que si fatal puede
a mi vida amenazar,
estando en vuestro poder
me aseguraré inmortal.
Con razón vuestro peligro
de mi lealtad confiáis.
Volvamos todos a casa.
Aunque el cielo a mi pesar,
piadoso agora ha querido
impedirme la total
ruina de todos, pues
tanto ofendiéndole están;
de lo que prevengo espero
que librarles no querrá.
Vase.
En mí, Ángela, no pienses
que otra piedad has de hallar.
La del cielo, mi inocencia
espero que amparará.
Venid, Marcelo.
Los cielos
de ti me dejen vengar.
Mis camaradas y amigos
ya ser ladrones profesan,
oficio que les dio Alberto
por su parte y les contenta
por ser de escalera abajo,
que aborrecen escaleras.
Y aunque es menester valor
para todo, es cosa cierta
que en aquesto del robar
más vale maña que fuerza.
La que yo tengo dirá
de mi industria la experiencia,
pues para robar seguro
vengo en forma de despensa.
Hoy tengo de quedar rico,
porque he sabido que media
hora no puede tardar
en pasar por aquí cerca
sin armas un mercader,
el cual en joyas diversas
y en doblones también trae
más de un millón, gran riqueza;
para aqueste efeto yo
traigo estas alforjas llenas
de jamón y de chorizos,
queso, pan y fruta seca
y una bota cuyo vino
al más fuerte titubea;
conque haciéndome galante
adonde encontrarte pueda
llevará con la del martes
cuando se ajuste la cuenta.
Brava traza. Pero, agora...
Dentro
Ataja por la ladera
de este monte, no se escape.
¡Ay, Dios, yo la he hecho buena!
Dentro
¡Prended a este hombre o matadle!
Digo que luego me prendan
y no me maten, aunque
me prendan como a una dueña.
Salen Mauricio, Julio y Arnesto, bandoleros.
Rinda las armas al punto.
Rinda las armas o muera.
Las armas de buena gana
y cuanto rendible sea
les rindo a vuesas mercedes,
y mil gracias si me dejan.
Ea, quite las alforjas.
Aunque cargan, no me pesan,
demás que es mucha razón,
pues que son mis compañeras
cuando yo voy a montañas,
que vayan ellas a cuestas.
¿Quién eres?
Un pobre, nada,
con esto he dicho, una bestia.
Ya algo te diré.
Señor,
a este hombre es cosa cierta
que con Alberto le he visto.
Soplón, plegue a Dios te veas
en los infiernos soplado
de tías, tigres y suegras.
Espía debe de ser
sin duda, y si no confiesa
la verdad, de aquese árbol
ahorcadle al punto.
Es sentencia
injusta la que me das,
pues siempre a la horca llevan
al que confesó.
Del bosque
veo venir por la senda
a tu hermano Ludovico.
Él es. ¡Qué dichosa nueva!
A recibille en mis brazos
voy; dispón que no le vea
aquese hombre; primero
si algún papel su cautela
esconde, mirad, que yo
luego vuelvo.
Vase Mauricio.
Vusted vuelva,
y verá cómo no soy
hombre de papeles; tengan
lástima de mí, señores.
Calle, aquí una bota llena
hay de vino, y no es muy malo.
Busted lo dice y lo prueba.
Pase la palabra.
Vaya.
Pues si aquesa es vaya, venga,
que pase yo aqueste trago
cuando ellos así traguean.
Saladillo está el tocino.
No le coma.
Me contentan
los chorizos.
¡Qué rigor,
que así a un cristiano le tengan
sin comello ni bebelo!
Veamos las faltriqueras.
Miren lo que pasa.
¿Qué habla?
Digo que ustedes lo vean.
Aquí trae una baraja
de naipes.
No es cosa nueva.
¡Qué sucia está!
No podrán
jugar muy limpio con ella.
Un rosario, y es de cocos.
Será rosario de feos.
Un peine es este muy viejo.
Pues a dos dientes enseña.
¡Qué sucio está este pañuelo!
Ya no puede darme pena,
pues vuesarced me le limpia.
(Sale Mauricio.)
Miren qué joyas tan buenas;
una llave y un candado.
Con eso todo se encierra.
Ya mi venganza he dejado
con Ludovico dispuesta.
¿Hallasteis algún indicio
que confirme mi sospecha?
Nada le habemos hallado,
pero sé con evidencia
que es de la gente de Alberto.
Pues ahorcadle.
¿Que este tema
todavía dure?
Vamos.
(Échanle un cordel.)
Señor...
¡Qué donosa flema!
¿Piensan bustedes que es cosa
el ser ahorcado de veras
que se puede hacer aprisa?
Pues pido, porque lo vean,
confesión.
A Dios le diga
sus culpas, que en estas sierras
no hay más confesor.
Al menos
buste una duda me absuelva.
Diga.
¿Quién es el señor
verdugo aquí?
Yo, y cualquiera
lo sabe ser si se ofrece.
Pues a tanto no se ofrezcan;
miren que no lo he servido.
Su buen humor me contenta;
pues como el que eres, parcial
de Alberto negar intentas.
Mi amo era, y a su amo
cualquier criado le niega.
Vase Mauricio
Julio, dale libertad
a este hombre, con que no vuelva
a servir a Alberto.
Siempre
ley es en mí la obediencia.
Señor, pues así te vas...
Calle.
Así...
¿De qué se queja?
Vaya, queda perdonado.
Aleluya.
Y que le advierta
que me dijo que si otra vez
por aquí cerca le encuentra,
mandará ahorcarle al punto
sin valerle su clemencia.
A España me voy, ya miento,
que a casa volver es fuerza.
Quítale el cordel.
San Cosme,
salto y brinco.
Aprisa, ea,
por esta parte se vaya.
Vaya antes esta floreta
con su cabriola al canto.
Buen humor.
La noche cierra
ya, con que me vuelvo a casa
dando a este bosque la vuelta.
Adiós, señores verdugos.
¡Ah, pícaro, aguarda!
Vanse
Espera.
Salen Ludovico y Ángela
Solamente de tu vida
el peligro temo, esposo.
De esta noche en el reposo
la libertad conseguida
has de ver.
¿Cómo?
La muerte
en ella a Alberto he de dar
y tanto agravio vengar.
¿De qué suerte?
De esta suerte.
Salen Enrique y Alberto al paño
A Ángela vi, y a Marcelo
hablar de secreto aquí,
con que a darte aviso fui
que alguna traición recelo.
Siempre tu cuidado es mucho
y te estimo, pero digo
que es Marcelo buen amigo.
Esposo, mi bien.
¿Qué escucho?
Ludovico...
¡Ay tal engaño!
Que en fin mi hermano vendrá
esta noche y logrará
la venganza...
De mi daño
ya me avisas, ¡ah traidora!
No dudes, esposa.
¡Ay cielos!
Deja tan vanos recelos,
que él vendrá a la misma hora
según quedó concertado,
en que de casa confía
la guarda a mi bizarría.
Alberto y a mi cuidado.
(Ludovico)
¡Ay tal maldad!
Y a su gente
franca la entrada daré
con que luego triunfaré
de tantas vidas, valiente.
Con eso seré dichosa.
Espéralo en mi valor.
Salen Alberto y Enrique desnudando las espadas.
No lo lograrás, traidor.
No lo verás, alevosa.
Muerta soy.
Perdiose todo,
pues tú lo has llegado a oír,
y, pues sé que he de morir,
ha de ser de aqueste modo.
Dispara Ludovico una pistola, no da lumbre; arrójala y saca la espada.
Faltó la pistola, mas
no le faltará el valor
al pecho, ni a mi furor
esta espada.
Mal podrás
verte libre.
Ya lo sé.
Ríndete, pues.
Eso no;
no me rindo a morir yo;
como quien soy moriré.
Sale Tortuga, quítale Ángela la espada y pónese al lado de Ludovico.
Que me suceda el venir...
Suelta, villano, la espada.
Suelta.
Vela ahí, soltada;
por eso no he de reñir.
Ya, esposo, a tu lado fuerte,
resuelta a morir estoy.
Aun en eso infeliz soy.
Prendedles, no les deis muerte,
que es castigo a su traición
corto el matarles agora.
Este hombre a mí me enamora,
que enamora de aluvión.
Sale Laura.
¿Qué es esto? Mas ¿contra quién
se irrita tanto mi hermano?
¡A traidores!
¡A villanos!
Abrázanse los bandoleros con Ludovico, forcejean y préndenle, y también a Ángela.
Rinde la espada.
También
pido la mía.
¡Soltad,
villanos!
Con fuertes lazos
aprisionadle los brazos.
¡Ah, fortuna!
¡Qué impiedad!
Ludovico, tu altivez,
mi enojo vengar espera
de espacio, que piedad fuera
que murieras de una vez.
Que mi enemigo vendrá
a matarme es evidente,
pero él y toda su gente
muerte infeliz hallará,
y, después que mi rigor
te le enseñe hecho pedazos,
verás a Ángela en mis brazos;
y, ¡qué triunfo de tu honor...!
¿No me respondes, los labios...?
te muerdes, al Cielo miras,
aún no has muerto, pues suspiras,
poco sientes tus agravios.
Y tú, alevosa...
Villano,
pues que te ampara tu suerte,
bien puede ser que des muerte
a mi esposo y a mi hermano;
mas antes que los supremos
rayos de mi altivo honor
eclipses de mi valor...
Basten tan locos extremos.
A aqueste traidor llevad
donde bien asegurado
le guarde vuestro cuidado;
en ninguno halle piedad.
Y Ángela, que tan airada
desatenciones acredita,
para ver si las limita
quede en mi cuarto encerrada.
¡Ah, Cielos!
¡Esposo!
Ea,
llevadlos.
Rigor extraño.
De su traición y su engaño
el fruto su muerte sea.
Hermana, tú ahora llanto
desperdicias.
La ocasión
de saber tan gran traición
contra ti pudo en mí tanto.
Cielos, templad vuestra ira,
haced que Mauricio no
muera, o antes muera yo.
A tu cuarto te retira,
y haz que tus criadas vengan,
porque canten mientras ceno
y el tiempo que ya condeno
por perezoso, entretengan;
y si acaso alguna espía
enemiga a oíllo alcanza,
vea cómo su venganza
desprecia mi bizarría.
Vase.
Luego a obedecerte voy,
y a morir, que es lo más cierto.
No sé cómo os diga, Alberto,
lo alborozado que estoy
de ver que os hayáis mostrado
tan atento y tan valiente,
no faltando a lo prudente
estando tan irritado;
que bien hecho fue prender
a Ludovico y no darle
muerte entonces, pues librarle
era de más padecer.
De Mauricio triunfad antes
y también de Ángela hermosa,
porque en vida tan penosa...
sean muertes los instantes.
¿Visteis tan grande maldad?
Aun no acabo de creella.
Bien se disculpa con ella
cualquiera rara crueldad.
¿Qué pistola es esa?
(Toma Alberto la pistola a Tortuga, que arrojó Ludovico.)
Es
la que impaciente arrojó
Ludovico y guardé yo
para dártela después.
Parecerá que avisarte
de aquesta traición ha sido
solo el haber pretendido
de tanto riesgo librarte;
pero no, que en mi malicia
tal no caben los delitos.
Allá donde están escritos
de la divina justicia,
si la plana cierran ya,
son el peligro más cierto.
Delitos cometa Alberto,
que el riesgo no faltará,
pues poco puede importar
el cautelarse advertido
el pecador, si ofendido
Dios le quiere castigar.
Ésta es la misma que dudo
que a Ángela dejé ofendida,
y dos veces ya a mi vida
amenazar fatal pudo.
Cosa rara, y descargada
Ludovico la traía;
sin duda que olvidaría
su furia precipitada,
que así la halló; mas mi pena
con ella pienso vengar,
pues la muerte le he de dar.
(Sacan la mesa.)
Ya está aquí, señor, la cena.
¡Qué gran palabra!
(Siéntanse.)
Cenemos,
Enrique amigo, aquí agora.
Os sentad, pues aún no es hora
de que a Mauricio esperemos.
Señor...
¿Qué quieres?
Que, aunque
sabe tu crueldad extraña
todo el mundo, un religioso
de San Francisco con tanta
porfía ha insistido en que
le pida que halle en tu casa
albergue esta oscura noche,
que amenaza cruel borrasca,
que me ha obligado a venir
con pretensión que es tan vana.
Un grande gusto me has hecho,
dile que entre.
Cosa rara.
¡Qué bueno!
Pues, ¿de qué, Enrique?
os reís.
Pensando estaba
que esto no es en vos piedad,
sino dar alguna traza
de buen gusto, porque así
burlado este motilón salga
y otro no, mañana no venga
con la misma patarata.
¿Es posible que tan malo
soy que de mí eso pensabais?
Mirad, Enrique, del ser
mal cristiano hay gran distancia
al no ser cristiano, y cierto
que el que atrevido maltrata
a un religioso parece
que totalmente se aparta
de ser cristiano, y más de estos
de la familia sagrada
de aquel serafín humano,
de Dios hombre viva estampa.
¡Oh, pese a mí, de ira rabio!
Solo aquesto me faltaba,
que tal fuera que a este hombre
esta devoción librara
de mis valientes cadenas
que por sus culpas arrastra.
Sale un Religioso de San Francisco y levántanse Alberto y Enrique; bésale Alberto el hábito.
Señor, en ti me confío.
Dios sea en aquesta casa.
Siéntanse.
quién le dio licencia tanta,
siéntese y calle, que mucho
ya sus razones me cansan.
Sea Dios siempre alabado.
¡Qué humildad tan afectada!
Enrique, si así el respeto
con quien yo venero os falta,
voto a Dios que la amistad
perderemos.
Mucho agravia
sus culpas el que por cosas
jura de poca importancia.
Demás que si honrar pretende
este hábito se engaña
si piensa que lo consigue
el que a Dios jurando agravia.
¿También sufrís que os predique?
Gusto de oír sus palabras.
¡O, pese...!
La bendición...
Aquí no se usa, vaya
a echarla allá al refitorio.
Ceremonia tan cristiana
en cualquiera parte debe
usarse.
Si todo os cansa,
Enrique, idos, que insufrible
estáis.
No sufro tan vanas
devociones, claro está,
porque al valor son contrarias.
Levántase furioso Enrique, tropieza con Tortuga y échale a rodar.
¡Qué tal es el Enriquillo!
¿Quién pudiera darle...?
¡Aparta!
Muerto soy, no mirara
vuesa merced cómo mata.
La bendición eche, padre,
pues gusto yo que lo haga.
En nombre del poderoso
Padre y del Hijo, que humana
carne tomó por nosotros
en virginales entrañas,
y del Espíritu Santo,
que es la Trinidad sagrada,
sea bendita esta mesa.
Volcanes mi pecho exhala.
Ya temo, ay de mí, ya temo
que ha de librárseme esta alma;
pero asistiré aunque
tanto tormento me causa
este fraile. Porque extraño
no digáis que soy, sin gana
de cenar vuelvo a la mesa.
Más que el diablo le llevara.
Cantad, porque sienta menos...
lo que tarda mi venganza,
y también por si nos oye
alguna espía admirada
al enemigo refiera
cuánto desprecio su saña,
pues con músicas espero
todo el furor de sus armas.
Cantan.
Aquel arroyuelo hermoso,
hijo de aquesta montaña,
si soberbio se despeña,
humilde besa sus plantas.
De beber. Nadie me oye.
Tortuga...
Ya aparejada
tienes la bebida aquí.
Brindis, padre.
Con desgracia
acepta, tome su esencia.
Mas, ¿qué hace? ¿Solo agua
bebe?
Sin necesidad,
beber vino es destemplanza.
Beberéle yo, pues que
mi necesidad es harta.
¿Por qué no cantan?
Señor,
destemplose la guitarra.
No importa cómo estuvieren,
canten.
¿No lo oyen, que aguardan?
Cantan.
Quitan lo que hay en la mesa, dejan las luces, y quedan solos sentados Ludovico, Enrique y el religioso.
Al mar presuroso corre,
donde sus aguas amargas
cobran el fatal tributo
que con su vida les paga.
Qué bien ese arroyo hermoso
la vida humana retrata:
todo es correr a la muerte,
donde solamente para.
¡Qué frialdad! ¿Hay quien que hay muerte
ignore?
Mas esto espanta:
que no habiendo quien la ignore,
no hay cosa más olvidada;
y muy poco se distinguen
el olvido y la ignorancia.
No canten más. Diga, padre.
Aquí de todas mis ansias.
A un sabio le preguntaron,
enseñándole una estatua
de madera, cuánto humo
tendría; pregunta rara;
pesarla al punto mandó,
y observó lo que pesaba;
al fuego la entregó luego;
después sus cenizas blancas
pesando, también notó
lo que al peso le faltaba
primero; y dijo, lo que
en cenizas no se halla,
todo era humo; de aquí
bien importante se saca
la moralidad, pues vemos
que aun el más grande monarca
en cenizas se resuelve,
en ellas su pompa acaba,
con que todo lo demás
humo fue sin duda y nada.
Dichoso aquel que desprecia
las vanidades pesadas
de esta vida, y a Dios pide
de sus culpas inhumanas,
arrepentido, perdón.
¿Y el que le pide le alcanza?
Al más grande pecador
nunca Dios niega su gracia,
si como debe la busca.
Y si hubiesen sido tantas
las culpas de un pecador,
que obra que no fuese mala
no hubiese hecho en su vida,
padre mío, ¿la alcanzara?
Eso ignora, si más culpas
que arenas el mar abraza,
rayos de luz viste el sol
y átomos en ellos nadan,
cometer pudiera un hombre...
¡Todo el infierno me valga!
para la misericordia
de Dios era perdonarlas
fácil, porque es infinita,
cuando ellas son limitadas.
Es verdad.
Esa doctrina
a mí me parece falsa.
¿Cómo?
A la misericordia
la justicia no la iguala.
¿Quién lo duda?
Luego es
infinita.
Cosa es llana.
Luego la misma razón
con que nos prueba que basta
para perdonar las culpas
por infinita, se halla
para que deba también
la justicia castigarlas.
Bien dice.
Con ese engaño
las tristes almas enlaza
el enemigo común,
para que desesperadas
no pidan perdón, y sean
condenadas, ¡qué desgracia!
Como un madero es la culpa,
que mientras el golfo nada
de esta vida fácilmente
cualquier impulso la aparta,
pero en llegando a tocar
la triste y tremenda playa
de la muerte, y en la tierra
de la sepultura encalla.
Ya no hay hombros tan valientes
que puedan sufrir su carga.
Mientras que dura la vida,
¡oh bondad inmensa!, llama
la misericordia misma
porque vayan a buscarla.
Esto es lo cierto; Enrique, acabemos
de entendernos, la contraria
sigo ya, que de esta suerte
siempre mi malicia se arma:
siendo la misericordia
de Dios, como nos declara,
tan grande para salvarnos,
ella solamente basta.
Dios para criarme no tuvo
menester que yo algo obrara;
luego salvarme podrá
sin que obre cosa, es clara.
Ya por herética tiene
esta opinión condenada
la Iglesia en muchos concilios;
las obras buenas o malas
son las que el cielo y infierno
de aquel Justo Juez alcanzan.
¡Cómo la verdad mis fuerzas
de mi enemigo desmaya!
Padre mío, si yo agora
arrepentido tratara
de confesarme, ¿pudiera
volver de Dios a la gracia?
Sí, hijo mío, con los brazos
abiertos sé que te aguarda.
Levántanse.
Perdido soy. Ya la noche
con esto, Alberto, se pasa,
y sin duda perderéis
el lograr vuestra venganza.
Bien decís, ya es hora, padre,
de recogerse, la cama
aquí hallará prevenida.
Ya alientan mis esperanzas.
Mas cama mi religión
no permite en su observancia,
que el suelo y en él, tal vez,
por regalo, algunas pajas.
No quiero, pues, que por mí
deje devoción tan santa;
yo las pajas le traeré.
¿Qué hacéis, Alberto? ¿No basta,
ya que en esto dais agora,
el que un criado las traiga?
Dejadme, Enrique, que quiero
que siquiera una obra haya
buena que escribir adonde
de mi vida hay culpas tantas.
Vase.
Mal haya mi furia, pues
tan inútilmente vana
la reduce el cielo. ¡Oh, quién
licencia de él alcanzara
para volver en pavesas
cuanto vive esta comarca!
Sale Alberto con las pajas, hace la cama al religioso, y él se entra, y cierran con una cortina.
Ya las pajas tiene aquí,
padre, y quiero acomodarlas
yo mismo porque repose.
De Dios espere la paga.
Padre, encomiéndeme a él.
Sí haré de muy buena gana.
Aquí de mi industria. Alberto,
viendo en vos tanta mudanza,
no sé si querréis vengaros
o quedaros con la infamia
de un bofetón recibido,
dejando mal castigada
también la aleve traición
de Ludovico, y que salga
a gozar...
¡Ay de mí!
... alegre
de su esposa, que inhumana
quiso quitaros la vida.
¡Oh, cómo ya me acobarda
el cometer más delitos!
¿Qué respondéis?
Que mi fama
es primero, mueran todos
cuantos soberbios me agravian.
Eso sí.
Confieso, temo,
bien si pudiera dejara
de vengarme; vos, señor,
alentad mis fuerzas flacas.
Esa pistola parece
que la traéis descargada.
Es verdad, y esta es la misma
que dos veces amenaza
fatal de mi vida ha sido,
pero a mi valor no espanta
nada, con ella vengarme
determino.
Ya levanta
el gatillo; ya, olvidado,
después de dejar cebada
la pistola del fogón,
tan solo el rastrillo baja,
que posible es que él mismo
se dé muerte; ¡ah, si dejara
que obrase yo la justicia!
Pero ya, ya no me ata
su poder, ¡oh, cuántos de estos
que acasos el mundo llama
de la justicia de Dios!
la mano obra soberana.
Enrique, mas ya se fue.
Todo confuso me espanta.
Ya tiene las balas puestas,
y ya yo que una impensada
acción suya le dé muerte
dispongo. Muera en desgracia
de Dios el que vive en ella
y en sus culpas idolatra.
Llégase el Demonio a Alberto, dispárase la pistola y cae.
¡Ay de mí!
Ya lo logré,
pero ¿cómo tanto tarda
en salir el alma, pues
ya la herida destroncada
la unión con el cuerpo tiene?
Justicia divina, manda
que se me dé esta alma, pues
es mía por tantas causas.
Descúbrese el tribunal de Dios como al principio, pónese Alberto de rodillas, córrese la cortina de donde está el Religioso como en sueños viendo el Juicio y sale el Ángel Custodio.
Alberto, ven a Juicio.
Temblando obedece el alma.
¡Oh, cuán terribles, Señor,
son tus juicios!
Aguarda,
Luzbel, que esta alma no es tuya.
¿Por qué no?
Porque en su casa
ha hospedado a un religioso
de Francisco.
Y eso basta...
Ya él parece a defender
esta causa.
Y ya me ultraja.
Aparece San Francisco en una tramoya.
Señor, pues vos me ofrecisteis
que el que devoto amparara
a mis religiosos libre
estaría de las llamas
eternas, salvad a este hombre,
que agora os pido la palabra.
Francisco, Francisco, en vano
en pretenderlo te cansas.
¿Por qué, Luzbel?
Porque aquí
recta justicia se guarda.
Fue pecador y las obras
buenas que hizo en dos balanzas
se han de pesar; si en su vida
obra buena no se halla,
¿cómo igualarse podrá
a la balanza colmada
de delitos? Mas es fuerza
que pese tan grave carga.
Estas pajas en que agora
mi religioso descarga
a todas sus graves culpas
bastan a contrapesarlas.
¿Cómo es posible que pesen
más que las culpas las pajas?
Custodio, tú las presenta
para que al reo le valgan
ante la misericordia.
Suben en dos tramoyas al tribunal divino el Ángel con las pajas por donde está la Misericordia, y el Demonio por donde está la Justicia con un memorial, y bajan luego.
También serán presentadas
sus culpas a la Justicia
por mí, y ha de castigarlas.
Señor, mis humildes ruegos
logren tu divina gracia.
Francisco, porque sabía
que tú, que tanto me agradas,
habías de interceder
por esta alma, que dejara
el cuerpo no permití
para que capaz de una alta
contrición lavar pudiera
con ella sus torpes manchas;
y ahora por ti eficaz
el auxilio de mí alcanza.
Señor, pequé.
Ya con esto
las celestiales moradas
puede subir a gozar;
y pues solo le sufragan
estas pajas, la Justicia
también, como yo, declara:
Rasga la Justicia el memorial que le dio el Demonio.
Más pesan pajas que culpas
si Francisco las ampara.
Tú, príncipe, al infierno ya,
a tus calabozos baja
con más tormento, porque
a lo infinito se añada.
Húndese.
Y ahora, espíritus puros,
cantando por mí alabanzas
a Francisco, esta alma suba
al empíreo en vuestras alas.
Solo a ti, Señor, se deben
de todo infinitas gracias.
En el tribunal de Dios,
donde justicia se guarda,
más pesan pajas que culpas
si Francisco las ampara.
Ciérranse las apariencias, despierta el Religioso y sale al tablado.
¡Oh, inmenso Señor piadoso,
a quien siempre se le alaba...!
Dicen dentro, y luego sale huyendo la gente de Alberto tras ella; Mauricio con la espada desnuda y sus bandoleros.
Sal, Alberto.
Enrique...
Señor...
Mueran todos.
Que me matan.
¿Qué confusión...?
A ninguno
ha de perdonar mi espada.
Reportaos, caballero.
¿Quién con tanto imperio manda
mis acciones, que ya apenas
confuso muevo las plantas?
Sale Julio.
Ludovico viene alegre
a verte, que preso estaba.
Sale Ludovico.
¡Qué dicha!
Hermano...
Los brazos
me dad. ¿Dónde está mi hermana?
Aquí el tirano la tiene,
las puertas a pedazos caigan.
Sale Ángela.
Esposo...
Dueño querido.
Sale Laura.
Qué ruido, pero...
Laura,
que soy tu amiga has de ver.
Busquemos a Alberto, que hasta
vengarme no he parar.
Suspended todos las armas,
que ya Alberto murió.
¡Ay, triste!
El diablo halló buena maula.
Corre una cortina y enseña a Alberto difunto.
Miradle aquí ya difunto.
¡Qué desdicha!
Mas su alma
ya goza de Dios.
¿Qué dice,
padre? ¿El que murió con tantas
culpas salvarse ha podido?
Solo porque me hospedaba
en su casa, que, aunque indigno,
visto este sayal, su causa
defendió mi grande padre
San Francisco; y estas pajas
pesaron más que sus culpas,
con que goza eterna palma.
A vista de tal milagro
quién no deja sus venganzas.
Hermano, a Laura te debo.
Y yo le ofrezco por paga
mi mano.
Alegre la acepto.
Y aquí la comedia acaba
de este caso que refiere
la corónica sagrada
de San Francisco; al poeta
perdonad sus muchas faltas.