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Digittol text for Más peston ptojtos que culptos

Publication date: August 22, 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Más pesan pajas que culpas. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/mas-pesan-pajas-que-culpas.

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MÁS PESAN PAJAS QUE CULPAS

Home

Ptog. 1

V. Autógrafo 3

Más pesan pajas que culpas

Comedia en 3 jornadas, de don Francisco Llobregat.

(Original) con censuras

Legajo 15

13

137

Jornada primera

Ptog. 2

Personas

La Justicia Divina

La Misericordia

El Ángel de la Guarda

San Francisco

Alberto

Ludovico

Mauricio

Tortuga

Luzbel

Laura

Ángela

Flora

Otavio, viejo

Un fraile de San Francisco

Fabricio

Ernesto

Julio

Ha de estar el tablado dispuesto en forma de monte, suena ruido de terremoto, y por un escotillón echando llamas sale Luzbel en una apariencia que sube a lo alto.

Luzbel.

¡Ay del eterno palacio,

ay del alcázar supremo

donde tantas luces mías

infaustas amanecieron

por solo un instante, hallando

en él otro ocaso eterno!

Justicia divina, a ti

Ptog. 3

Luzbel.

te llama Luzbel soberbio,

querubín, que mi altivez

nunca arrepentido niego.

Tuya fue la ardiente espada

que en el combate primero

le dio al triunfante caudillo

nombre de mi vencimiento.

Por ti de mi hermoso trono

bajé al tenebroso centro;

por ti entre horrorosas llamas

sin esperanza padezco;

y, no obstante, a ti te invoco;

no porque, engañado, pienso

que me ampare tu favor,

pues siempre has de verme reo,

sino porque, del linaje

humano enemigo fiero,

por ti espera la venganza.

Aunque hidrópico apetezco

más penas, pues los que habitan

en mi siempre obscuro reino,

como a príncipe me pagan

los tributos en tormentos,

oye, Justicia.

Abren las puertas del solio de Dios la Justicia y la Misericordia.

Justicia.

¿Qué quieres,

Luzbel?

Luzbel.

Ofendido intento

quejas contra ti, aunque justa

a mi pesar te confieso.

¿Cómo, siendo mi nobleza

de tan altos privilegios

que fue mi cuna este globo

tachonado de luceros,

por un delito no más,

por solo un error sangriento,

contra mí este fuerte estoque

vibraste, rayo sin trueno

que aun no decía la amenaza

las advertencias del riesgo,

y con los hombres, que son

hijos del lodo y tan ciegos

te irritan en cada instante,

acumulando trofeos

a la ingratitud, suspensa

embotas el fuerte acero?

O desate la esfera

de este voraz elemento

rayos que justos castiguen

cuando se admiren severos,

o licencia me concede

para que saque la menos

ardiente centella que

víbora vive en mi pecho,

pues ella será bastante

para hacer del orbe entero

tumba infeliz de sí propio.

Ptog. 4

Luzbel.

en vil ceniza resuelto.

Justicia.

Ofendida, Luzbel, siempre

justos castigos decreto,

mas por la Misericordia

ejecuciones suspendo.

Misericordia.

Para redimir al mundo

de tu poder, di por precio

la sangre de un hombre Dios,

mira si ampararle debo.

Luzbel.

¡Ah, Misericordia! Nunca

te busco y siempre te veo

en los hombres tan parcial.

Te has declarado por ellos.

Pero, ya que la ruina

se niega del universo

por ti a mi sangrienta rabia,

al menos, Justicia, al menos

no has de dejar de mostrarte

rigurosa contra Alberto

de Verona, pues, cristiano

conociendo en ti lo inmenso,

te irrita cuanto te ofende,

y siempre te está ofendiendo.

Mira ahora cómo airado,

bárbaro, altivo y resuelto,

comete atroces delitos,

de viles pasiones ciego.

Dentro, Alberto.

Alberto.

Ninguno escape con vida,

mueran todos.

Dentro voces.

Voces.

¡Fuego, fuego!

Descúbrese en el tablado una sala bien adornada, y a ella salen Ángela y Flora a medio vestir, turbadas.

Ángela.

¡Ay de mí, Flora, ay de mí!

Flora.

Huyamos, señora, presto.

Dentro, Alberto.

Alberto.

Ten cuenta, Enrique, que nadie

se libre, mientras yo entro

con esta luciente antorcha,

centella de tanto incendio,

a que de Ángela el robo

corone mi altivo esfuerzo.

Ángela.

¿Qué escucho? ¡Ay, cielos divinos!

Aun mayores males temo

que la muerte. ¡Ay, infeliz!

Que este sin duda es Alberto.

Flora.

Líbrenos del fuego ahora,

y sea...

Ángela.

Muera primero

yo, que en su poder me vea.

Dentro, Alberto.

Alberto.

Caigan las puertas al suelo.

Ángela.

¡Qué desdicha! ¡Ay, Flora amiga!

Viva estatua soy de hielo.

Villano, ¿qué es lo que intentas?

Echando una puerta en el suelo, sale Alberto con una hacha encendida y la espada desnuda, y algunos bandoleros con él.

Alberto.

Yo te lo diré bien presto,

que aunque dan prisa las llamas,

es mayor la que yo tengo.

Agraviado de tu hermano,

a la quinta fuego he puesto,

creyendo que estaba en ella.

Ptog. 5

Alberto.

Harto el no encontrarle siento;

pero, para dar principio

a la venganza a que anhelo,

Otavio, tu padre y suyo,

con cuantos vivían dentro,

han de quedar abrasados;

solo a ti librarte quiero

para que, dama en mis brazos,

te goce, pues desatento

Mauricio, tu hermano, esposa

te negó a mi amor honesto.

Ángela.

¡Primero, bárbaro!...

Alberto.

En vano

das a las voces aliento.

Ángela.

¡Padre!

Alberto.

No puede escucharte,

que ya debe de ser muerto.

Ángela.

¡Cielos!

Alberto.

Mal pueden oírte,

que están los cielos muy lejos.

Alza la Justicia la espada.

Luzbel.

¿No oyes, Justicia? ¿No ves

el baldón?

Justicia.

Ya oigo y veo

sus delitos y blasfemias.

Misericordia.

Tente, que la enmienda espero.

Alberto.

Ea, llevadla, que ya

es rigor lo que antes ruego.

Al querer entrarse, sale Otavio, padre de Ángela, medio desnudo.

Otavio.

Aguarda, infame tirano,

que, aunque miras tan cubierto

mi valor de estas cenizas,

aun en mi pecho le tengo

para matarte o morir.

Alberto.

¡Qué grande placer me has hecho

en solicitarme el gusto

de la venganza tú mesmo!

¡Muere a mis manos, que así

de tu hijo a vengarme empiezo!

Teniendo los bandoleros en la una parte del tablado como presa a Ángela, en la otra riñen Alberto y Otavio hasta que muere Otavio.

Ángela.

¡Padre mío!

Otavio.

¡Ay, hija! Ya

cumplo con quien soy muriendo,

pues las fuerzas...

Ángela.

¡Qué desdicha!

Otavio.

... me faltan...

Ángela.

¡Grave tormento!

Otavio.

... porque la sangre...

Ángela.

¡Qué ansia!

Otavio.

... que por las heridas vierto

hace...

Ángela.

¡Soltadme, villanos!

Muere Otavio.

Otavio.

... que rinda mi noble acero.

Muerto soy; en la justicia

de Dios mi venganza dejo.

Ángela.

¡Justicia de Dios, venganza!

Alberto.

No os privo de ese consuelo:

pedidla cuanto quisiereis,

que yo muy poco la temo.

Vanse, llevando los bandoleros como de por fuerza a Ángela, y ciérrase el tablado como antes estaba.

Luzbel.

¿Cómo aquesto no te irrita?

¡De mí mil veces reniego!

¡Hasta cuándo ha de durar,

Justicia, tu sufrimiento!

Misericordia.

Para pedir de sus culpas

perdón, plazo le concedo.

Justicia.

Plazo tiene, pero breve.

Ptog. 6

Tocan. Ciérrase el solio divino

Luzbel.

quien tanto me está ofendiendo.

¡Oh, pese a mí, y pese a todo

el gran poder del infierno,

pues en este hombre obran

de Dios juicios secretos!

Recíbame despechado

mi infausto albergue funesto.

Baja Luzbel como para hundirse y quédase en el tablado

Luzbel.

Pero ¿qué miro?, ¿no en él

me ata el divino precepto

como suele? Libre estoy:

inunde pues el veneno

de mi pecho todo el mundo;

acabe mi furia. Pero

¡ay de mí!, que esta licencia

cuando yo de Dios la tengo

por justos juicios suyos

es para dar lucimiento

a algún bueno a quien persiga;

o porque en el malo, viendo

el mundo el castigo, tema

su justicia, y el ejemplo,

por una alma que se pierde,

muchas se encaminan al cielo.

Mas ¿qué ahora me acobarda?

De Alberto, sí, no recelo

que ha de salvarse, dejando

frustrados a mis deseos.

Tiemble todo este horizonte

al rigor de mi despecho,

fomentaré sus crueldades

y en sus torpes vicios, siendo

compañero de su lado,

no he de apartarme un momento.

Pero allí con su enemigo

se ha encontrado y viene huyendo

Mauricio, que aun sus desdichas

ignora.

Disparan dentro

Dentro

Mauricio.

¡Válgame, cielos!

Dentro

Bandolero.

Al monte, muera, seguidle,

valerosos compañeros.

Luzbel.

En lo fragoso de tanto

bruto embarazo del viento

y en lo oscuro de la noche,

busca Mauricio su templo.

¡Qué arrestado que le sigue

Enrique! Pero ya al freno

el caballo no obedece

y ciego a su propio riesgo

de un risco se precipita.

Dentro

Enrique.

¡Ay de mí!

Luzbel.

Pedazos hecho

baja a ese profundo valle.

Oculte su infausto cuerpo

la tierra, porque en su forma

asistir a Alberto quiero.

Por esta otra parte, errando,

Ptog. 7

Luzbel.

entre padrones del tiempo

que desnudos riscos burlan

las ruinas de su imperio,

Ludovico viene, que

ya esposo de Ángela siendo

gusto enamorado y fino,

fiándose en el ligero

curso de un caballo hacer

breve el plazo del deseo.

Mi malicia hacia esta parte

guíe sus pasos inciertos.

Salen por lo alto Mauricio y Ludovico por diferentes partes y bajan al tablado cuando lo dicen los versos.

Mauricio.

Ya libre de mi enemigo,

solo a hallar camino anhelo,

y al caballo, por inútil,

en estos peñascos dejo.

Ludovico.

Perdido entre la aspereza

de este monte, de mi yerro

arrepentido en dejar

a mis criados, no encuentro

camino alguno, aunque a pie

buscarle procuro atento.

Mauricio.

Aquí parece que senda

descubro.

Ludovico.

Por aquí puedo,

si no me engaño, bajar.

Luzbel.

De los infaustos sucesos

de entrambos agora yo

he de ser el mensajero.

Pero primero disponga

dulce voz con tiernos ecos

sus pechos a la tristeza,

que suele ser fundamento

que a la desesperación

da pie para el loco vuelo.

Cantad, gimiendo, infelices

furias del lóbrego averno.

Cantan dentro.

Músicos.

El que ha perdido su honor

busque en la muerte el consuelo,

que no es desesperación

el honrado sentimiento.

Mauricio.

¿Qué dulce voz me suspende

con lastimosos acentos?

Ludovico.

¿Qué voz tan triste es sirena

de estos bárbaros desiertos?

Cantan.

Músicos.

La vida solo le infama

al que agravios ofendieron,

porque no hace lo que puede

quien puede vivir con ellos.

Mauricio.

De triste furor revienta

ya la mina de mi pecho.

Ludovico.

Mi corazón afligido

turba ya su movimiento.

Cantan.

Músicos.

Si el honor sin culpa

infeliz pierdo,

no quiero tener...

Ptog. 8

Músicos.

la culpa viviendo,

que en agravios ciertos,

si la vida es infamia,

la muerte es remedio.

Mauricio.

¡Oh, tú, de aquestos peñascos

o vecino o forastero!

Ludovico.

¡Oh, tú, morador inculto

de aquestos riscos soberbios!

Mauricio.

¿Qué honor perdido...

Ludovico.

¿Qué agravio

Mauricio.

lamentas?

Ludovico.

¿Estás sintiendo?

Mauricio.

Mas, o es del aire lisonja,

Ludovico.

mas, o ha sido fingimiento

del deseo...

Mauricio.

O he escuchado,

aunque imposible lo creo,

a Ludovico.

Ludovico.

O la voz

de Mauricio oí.

Mauricio.

Yo quiero

llamarle ya. ¡Ludovico!

Ludovico.

¡Mauricio!

Mauricio.

¡Feliz acierto!

Ludovico.

¡Gran dicha!

Mauricio.

Bajad al valle.

Ludovico.

Yo a daros los brazos llego.

Mauricio.

¡Hermano!

Ludovico.

¡Hermano!

Mauricio.

Mi dicha

con vuestros brazos celebro.

Ludovico.

De este bien a mi fortuna

obligado me confieso.

Luzmán.

Yo trocaré bien aprisa

en rabias vuestros contentos.

Mauricio.

¿Cómo hallaros he podido

en tan solitario puerto?

Ludovico.

En esta parte de vos

llego yo a admirar lo mesmo.

Mauricio.

Viniendo esta noche solo

a mi quinta con recelos

de Alberto, que es mi enemigo,

porque yo a su mentís necio

di por respuesta poner

la mano en su rostro...

Ludovico.

Tengo

de todo noticia ya,

aunque siento tanto empeño.

Mauricio.

Ruido de gente y de armas

advertí desde algo lejos;

no me engañé, porque él era,

con más de cien bandoleros

de quien anda acompañado.

Tan grande ventaja viendo,

di de espuelas al caballo;

conocióme y, sin efeto,

disparando sus pistolas

me siguió. Yo, disponiendo

mi sagrado de este monte,

me libré, donde con nuevo

asombro gustoso os hallo,

fiel de mi borrasca puerto.

Ludovico.

Habiendo a efeto feliz

pasado nuestros conciertos,

Ptog. 9

Ludovico.

pues que de Ángela hermosa,

vuestra hermana, soy ya dueño

en virtud de los poderes

que en Nápoles dejó hechos

cuando se volvió, impaciente.

Mas la dilación sintiendo

del camino, cuando más

cerca me vi de sus bellos

ojos, hice de mis ansias

a un veloz bruto tercero.

La aspereza de este monte

me descaminó, y acierto

le reconozco, pues ya

con vos ningún pesar siento.

Luzbel.

Forma de un tosco villano

resuelvo tomar, supuesto

que el dar unas malas nuevas

es propio de lo grosero.

Vase.

Mauricio.

Ya la aurora obscuras sombras

con luces puras venciendo,

del imperio de la noche

el triunfo anticipa a Febo.

Dentro Luzbel.

Luzbel.

¡Ay, infelice hermosura,

ay, noble Octavio!

Mauricio.

¿Qué es esto?

Ludovico.

¿Qué escucho?

Mauricio.

¡Ay de mí!, sin alma

estoy.

Ludovico.

Y yo sin aliento.

Vuelve a salir Luzbel, vestido de villano.

Luzbel.

A tirano que manchaste

el honor más puro y terso...

Mauricio.

¿Qué dices, hombre, qué dices?

Ludovico.

Acaba, el sentido pierdo.

Luzbel.

Alberto, monstruo en crueldad,

fuego a la quinta poniendo

de Octavio esta noche...

Mauricio.

¿Qué oigo?

Ludovico.

Muerto estoy.

Luzbel.

... entró resuelto,

y a su hija hermosa...

Ludovico.

¡Ay de mí!

Luzbel.

... Ángela, bello portento

de estos montes, robó aleve.

Mauricio.

¿Qué escucho?

Ludovico.

Rabiando muero.

Luzbel.

Si oyerais cómo afligida

favor pedía a los cielos,

destroncando sus razones

ayes y gemidos tiernos;

si el suelo sembrado vierais

del oro de sus cabellos,

que ya fértil le previno

de sus lágrimas el riego,

y cómo, cuando tal vez

piadoso el desmayo, siendo

de su sentimiento escudo

y de sus sentidos velo,

le daba de aquel tirano

en los duros brazos lecho,

estatua de nieve...

Ludovico.

Calla,

villano.

Luzbel.

Y el noble viejo...

Ptog. 10

Luzbel.

su padre intentó osado

defensa, aunque sin provecho,

por víctima se ofreció

de Alberto al cuchillo fiero.

Si le vierais cuando iba

por las heridas perdiendo

el aliento, sustentarse

la una rodilla en el suelo,

el rostro pálido ya

de rojo coral cubierto,

hasta que las venas todas

con sangre coger quisieron

la que en el suelo sobraba,

donde el inhumano Alberto,

al noble anciano rendido,

mil ignominias diciendo,

hizo a golpes de sus pies

dar el aliento postrero.

Mauricio.

Calla, calla, que tus voces

son puñales en mi pecho.

Ludovico.

Huye, villano, si quieres

librarte de un mongibelo.

Vase.

Lucio.

Ya me voy, que no pensaba

que yo os ofendiese en eso.

A Alberto voy a asistir

con Enrique, que no quedo

hacer aquí falta alguna,

pues hay agravios y hay celos.

Mauricio.

Áspides viste mi rabia.

Ludovico.

Todo mi enojo es venenos.

Mauricio.

Ludovico, hermano, amigo,

las vanas quejas dejemos,

y vamos a la venganza.

Amigos tantos y deudos

he de juntar hoy que pueda

mostrar mi noble ardimiento,

matando a Alberto con cuantos

sé que le están asistiendo

en su casa, que aunque fino

a Laura su hermana quiero,

cede el amor al agravio,

y cuando frustre mi intento

la desdicha, moriré

cumpliendo con lo que debo;

si el honor sin culpa

infelice pierdo,

no quiero tener

la culpa viviendo.

¿No me seguís?

Ludovico.

No.

Mauricio.

¿Por qué?

Ludovico.

Porque otra cosa resuelvo.

Mauricio.

¿Qué intentáis?

Ludovico.

Ir a la casa

de Alberto.

Mauricio.

Aqueso es perderos.

Ludovico.

No importa.

Mauricio.

Pues ¿no es mejor

el perdernos como cuerdos?

Ptog. 11

Mauricio.

cuando así sea, pues gente

con que a la suya oponernos

podremos juntar.

Ludovico.

Será

con pensión de mucho tiempo,

y no admiten un instante

ya mis rabiosos extremos.

De nadie ser conocido

puedo aquí, sino de aquellos

que con mi esposa, ¡ay de mí!,

y vuestro padre vinieron

a Nápoles, donde yo

logré los favores vuestros,

y estos de Alberto en la casa

que no han de verme es muy cierto.

El traje pienso mudar

y el nombre en el de Marcelo,

un bandolero que allá

es horror de pasajeros,

diciendo que él soy seguro.

De Alberto amparo tengo,

con que hallar presto ocasión

para la venganza espero.

Mauricio.

¿Y si a Marcelo allí alguno

conoce?

Ludovico.

No mira el riesgo

cuando se arresta el honor.

Mauricio.

El peligro es manifiesto.

Ludovico.

Si el honor sin culpa

infelice pierdo,

no quiero tener

la culpa viviendo.

Mauricio.

Pues yo parto a juntar gente,

ya que os miro tan resuelto.

Ludovico.

A la venganza o morir.

Mauricio.

Morir o matar emprendo.

Los dos.

Que en agravios ciertos,

si la vida es infamia

la muerte es remedio.

Vanse.

Salen Fabricio y Tortuga.

Fabricio.

Hablemos claro, buitre.

Señor Tortuga, pretende

a Flora, y aun pienso que

también con Juana me ofende,

diga la verdad.

Tortuga.

Sí haré.

Las dos bien me han parecido,

sin que nada menoscabe

la una a la otra lo querido;

todo en el partido cabe,

siendo mi amor tan partido;

conque no puedo dejar

de ser de las dos amante.

Fabricio.

Pues me intentas irritar

hablando tan arrogante,

conmigo te has de matar.

Tortuga.

Fieros, mal por eso esperas

que hallaste buenos terceros.

Ptog. 12

Tortuga.

si hermosas las consideras,

pues solo para las fieras

pueden ser buenos los fieros.

Fabricio.

Al campo conmigo ven,

porque allá te desafío,

adonde, por cierto, ten

que te he de mostrar mi brío.

Tortuga.

Soy yo tu amigo, y no es bien

reñir, ni con razón puedo.

Fabricio.

Eso es quererte excusar.

Tortuga.

Mucho apuras.

Fabricio.

Y tan gran miedo

a todos pienso contar;

pues ya por gallina...

Tortuga.

Quedo.

Enrique viene, y aunque

de ser bandolero trata,

si que voy a reñir ve,

paz pondrá y la patarata

de valiente lograré.

Pues no quieres advertir

que a nuestra amistad atiendo

para excusar el reñir,

darte la muerte pretendo.

Sale Luzbel de bandolero, y de aquí adelante se llama Enrique.

Enrique.

Para visible asistir

a Folberto, forma he tomado

de Enrique.

Fabricio.

Vamos, ¿qué aguardas?

Tortuga.

Vamos, que el valor osado

te mostraré.

Fabricio.

Mucho tardas.

Tortuga.

Vive Dios que está elevado,

y en mi disgusto no advierte.

A Dios, Enrique.

Enrique.

Él te guarde.

Tortuga.

¡Que esto pueda!... La muerte

voy a dar a este cobarde.

Enrique.

¿Está bien?

Tortuga.

¡Infeliz suerte

tengo! A reñir los dos vamos.

Enrique.

Id norabuena.

Tortuga.

El juicio

he de perder.

Fabricio.

¿Qué aguardamos?

Tortuga.

Yo quiero sacar, Fabricio,

para que iguales riñamos,

padrino.

Fabricio.

¡Qué desatino!

Y a decírselo a Enrique voy,

así obligarle imagino.

Enrique.

Enrique.

Ya al cabo estoy,

yo seré vuestro padrino.

Tortuga.

Hombre, estás endemoniado.

Enrique.

Ea, venid, que os prometo

que el que fuere desgraciado

en morir, en lo secreto

quede del monte enterrado.

Yo solamente he de ver

vuestra bizarría y brío.

Tortuga.

Ya mudé de parecer.

Enrique.

¿Qué dices?

Tortuga.

Que el desafío

muy mal contado ha de ser.

Enrique.

Advierte que con el miedo

Ptog. 13

Enrique.

publicas en caso tal

que eres cobarde.

Tortuga.

Bien quedo.

Enrique.

Digo que quedas muy mal.

Tortuga.

Digo que muy bien me quedo.

Enrique.

A reñir te llevaré,

pues yo de incitarte trato

aunque no quieras.

Tortuga.

Porque,

sobre que yo no me mato,

se está matando busté.

Sale Alberco.

Alberto.

¿Qué es esto?

Enrique.

No permitir

que el que asiste a nuestro lado

cobarde tema el reñir.

Tortuga, desafiado,

no quiere al campo salir.

Alberto.

Pues, infame, ¿de esta suerte

usas tan viles extremos?

Que tú has de reñir advierte.

Tortuga.

Otro demonio tenemos.

Alberto.

O te daré yo la muerte.

Tortuga.

Fabricio rabia, señor,

porque tengo amor, y fuera

sin razón que él con furor

conmigo airado riñera

riñendo yo con Amor.

Alberto.

En vano excusarte esperas

con burlas tan enfadosas.

Si mi enojo consideras,

Tortuga.

yo, señor, en estas cosas

siempre me burlo de veras.

Alberto.

Aguarda.

Vase.

Fabricio.

Pues yo al gallina

buscarle solo sabré

y mi enojo vengaré.

Vase.

Tortuga.

Pues procuras mi mohína,

si me hallas me perderé.

Alberto.

Enrique, mucho cuidado

me causasteis cuando os vi

seguir a Mauricio osado,

porque el caballo creí

que os había despeñado.

Enrique.

De este Olimpo, que eminente

cielo se hacen tantas flores

como coronan su frente

estrellas que en sus colores

deben al sol lo luciente,

que quise osado, es verdad,

tocar su cumbre mayor

con soberbia vanidad;

pero el castigo en su horror

halló mi temeridad.

En fin, yo me despeñé,

por señas que de sus bellas

flores muchas arranqué,

con que, tras mí, sus estrellas

puedo decir que llevé.

Ptog. 14

Enrique.

Pero ya en vuestra presencia

libre, el deseo en serviros

ha de mostrar la experiencia,

pues que fundo en asistiros

agora mi conveniencia.

Sale Fabricio.

Fabricio.

De Nápoles un bandido

valeroso, que se llama

Marcelo, bien conocido

en Italia, pues la fama

nombre le da de atrevido,

licencia de verte espera.

Alberto.

Dile que entre.

Enrique.

Disfrazado

pretende de esta manera

Ludovico como honrado

lograr su venganza fiera:

yo ayudaré su intención.

Pues ya su valor sabéis,

él viene en buena ocasión.

Alberto.

Que así lo entiendo veréis

en mi mucha estimación.

Sale Ludovico vestido de bandolero.

Ludovico.

Dadme, generoso Alberto,

la mano.

Alberto.

Los brazos míos

aseguren esta dicha.

Ludovico.

¡Quién pudiera, ay hado impío,

ahogarte en ellos!

Alberto.

A Enrique

conoced, que por mi amigo

mayor estimo.

Ludovico.

El valor

suyo bien lo ha merecido.

Enrique.

Yo, del vuestro aficionado,

solo pretendo serviros.

Alberto.

De conoceros me alegro.

¿Qué causa aquí os ha traído?

Ludovico.

De vuestro valor la fama,

pues envidioso de oírlo,

para poder imitarle

asistiros solicito.

Alberto.

Yo soy quien puedo aprender

de vos.

Ludovico.

El favor estimo.

Alberto.

En Nápoles, vuestra patria,

¿conocéis a Ludovico

Salviati?

Ludovico.

Por mí pregunta.

Aunque con él no he tenido

amistad, le oí nombrar

tal vez por ser noble y rico.

Alberto.

¡Oh, quién pudiera quitarle

la vida!

Ludovico.

¿En qué os ha ofendido?

Nada mi valor altera.

Si él aquí, a lo que imagino,

nunca ha estado.

Alberto.

Así es verdad,

mas fue causa que Mauricio

me ofendiese, y a vengarme

de todos airado aspiro.

Ludovico.

Muy bien hacéis.

Alberto.

Y aunque ya

os habrá la fama dicho

Ptog. 15

Alberto.

el agravio que padecen

mis pundonores altivos.

Oídle ahora, pues siempre

que le acuerdo o le repito,

nuevamente mi valor

para la venganza indigno.

En este rústico alcázar,

cuyo neutral edificio

es, por lo alegre, alquería

y, por lo fuerte, castillo,

negado de las ciudades

al ocio, siempre he vivido

pasando el tiempo gustoso

en el robusto ejercicio

de la caza y en mostrar

lo valiente de mis bríos

en algunas travesuras

que otros llamaban delitos,

pues, sin tener mayor causa

que mi gusto, tanto al vicio

de la crueldad inclinado,

hacía que este florido

piélago de verdes plantas

inundasen rojos ríos

de sangre humana a mi vista,

solo objeto apetecido,

y de las serranas que

en esos pueblos vecinos

limpias bellezas ostentan

entre groseros aliños.

A pesar robaba algunas

de padres y de maridos,

sin que más de Amor la llama

ardiese en mi pecho frío,

que, mientras el material

consumía al apetito.

Y un día que, por la falda

de este monte, cuyos riscos

atalayas de dos polos

son de los cielos registros,

seguía un corzo ligero,

me perdí en lo entretejido

de su intrincada maleza,

donde los arroyos limpios,

que al valle bajan modestos,

son de plateados hilos

que a dar salida se ofrecen

al oscuro laberinto.

De mi inclinación llevado

proseguir quise atrevido,

cuando robó mi atención

de ninfas coro festivo,

entre ellas, como Diana

en el tesalio distrito,

Ptog. 16

Alberto.

de las castas hermosuras

se ostentó mayor prodigio

Ángela, pero que en vano

pintárosla solicito

con hipérboles de amante,

que como en mi pecho animo

rigores solos, muy mal

de afectos tiernos me visto.

Desde entonces pues quedé

triunfo de Amor vengativo,

hallando solo al desdén

cuando a tal beldad rendido

solicitaba su agrado,

pesar que hería en lo vivo

de mi sentimiento, haciendo

que perdiese mis sentidos.

Mas dio vida a mi esperanza

saber que, fino, Mauricio

servía a mi hermana Laura,

pensando (amante delirio)

que haría la conveniencia

lo que el afecto no hizo.

Los dos a este mismo tiempo

en Verona concurrimos,

con ocasión de unas fiestas,

y un día que el regocijo

común nos juntó en la plaza

le propuse mis designios,

ofreciendo por su hermana

darle a Laura, porque el mismo

lazo de Himeneo a entrambos

fuera coyunda y alivio.

Respondióme que estimaba

tan ventajoso partido

y que sentía en el alma

el no poder admitirlo

porque ya su hermana estaba

casada con Ludovico.

Y aunque después supe ser

verdad lo que me había dicho,

y que era de Ángela hermosa

Ludovico amante fino

desde que fue con su padre

a Nápoles en servicio

del grande Carlos octavo,

rey de Francia siempre invicto,

y ella le correspondía

dando evidentes indicios

de su amor, yo entonces, ciego,

creyendo en agravio mío

que le daba otra razón

para excusarse motivo,

le dije que tal desaire

solo habría merecido

Ptog. 17

Alberto.

por quererle hacer honores

de que él era tan indigno.

Respondióme ya irritado

que tan noble había nacido

como yo. «Mentís», le dije,

y apenas, sin alma vivo,

dio el mentís pronunciado,

cuando en mi rostro, ¡ah, divinos

cielos!, sin verme vengado,

como mi agravio repito,

su mano...

(Dentro.)

Ángela.

Déjame, Laura.

Laura.

Detente.

Floro.

Advierte.

Ángela.

Oprimido

un rayo queréis tener.

Alberto.

Esta es Ángela, y estimo

que, cuando repito agravios,

salga este triunfo al camino.

Ludovico.

Quién soy ha de publicar,

si me ve tan de improviso,

su turbación. Pues yo, Alberto,

allá fuera me retiro,

que lástimas de mujeres

siempre escucho compasivo.

Alberto.

Id con Dios, que ya no siento

los pesares que no olvido.

(Retírase al paño Ludovico.)

Ludovico.

Escondido desde aquí

podré escuchar sus designios,

y, matando, morir cuando

manchar quiera mi honor limpio.

Enrique.

Qué bien se dispone el riesgo

que de todos solicito.

Ángela.

Bárbaro, cruel, tirano,

traidor, pero mal consigo

con la infamia de estos nombres

ofenderte, pues, indigno

del de hombre, aspirando a fiera,

haces gala de ellos mismos.

Si pretendes que mi vida,

de tu crueldad sacrificio,

sea en aras de tu infamia

a tu enojo vengativo,

¿a qué aguardas?, ya tu acero

mi pecho espera atrevido,

que tímido no rehúsa

los rigores del destino.

Mas si villano imaginas

a mi honor, intacto armiño,

manchar, en mi propia sangre

te has de ver antes teñido.

Yo te aborrezco de suerte

que aunque valerosa aspiro

a darte muerte, y pudiera

fingiendo tiernos cariños

para ejecutar el golpe

asegurarte rendido,

Ptog. 18

Ángela.

gustoso aquel tiempo breve

del engaño era preciso

que te mirase, y la rabia

que dentro en mi pecho animo

sería contra mi vida

áspid, veneno y cuchillo,

tropezando mi venganza

en mis tristes parasismos.

Y así, resuelta y honrada

y valerosa, te aviso

que solo espero en tu muerte

hallar a mi pena alivio.

Ludovico.

Heroica resolución.

Alberto.

¿No has visto, Ángela, no has visto

algún enfermo sediento

con el rigor excesivo

del accidental calor

solicitar con suspiros

el agua, y después que ya

el cristal apetecido

se le concede, y gustoso

se ve en vaso cristalino,

que antes que al labio permita

el idolatrado vidrio

mirándose dueño del

lisonjero de sí mismo

a la vista le concede

breve rato suspendido?

Así yo, de amor enfermo,

sedientas llamas respiro

por tu hermosura; mas ya

que a mi valor he debido

ser dueño de ella, a pesar

de tus ingratos desvíos,

por lisonjearme solo

la dicha que he apetecido,

como en mi mano la veo,

dilatarla determino.

Ángela.

Primero, bárbaro, que

triunfes de mi honor invicto

has de ver humilde valle

la alta cumbre del Olimpo;

primero...

Alberto.

No, no prosigas,

que solo porque imagino

que ya eres mía, suspendo

la ejecución a que aspiro;

y si me haces que lo dude,

verás como lo consigo.

Mas porque de vanas quejas

puedas gozar el alivio,

te dejo sola, y advierte

que ser tu dueño es preciso,

y lo que ha de ser por fuerza

no quiera tu pecho esquivo.

Ptog. 19

Alberto.

que por fuerza sea. Vamos,

que tengo que hablar contigo,

hermana.

Laura.

Que aquí me deje

con Ángela te suplico.

¡Ay, Mauricio!, a mis finezas

cómo se opone el destino.

Alberto.

Después volverás. Enrique,

venid también.

Vase.

Enrique.

Ya yo os sigo,

que aunque vos me lo mandarais,

no dejara de asistiros.

Ángela.

Qué afligida y qué confusa

estoy. ¡Ah, cielos benignos!,

no neguéis vuestra piedad

a mi inocente martirio.

¿Qué hará, cuando, ¡ay infeliz!,

esto sepa Ludovico?

Ludovico.

Yo, esposa, se lo diré;

arrojarase al peligro

y de él librará a su honor,

o en él morirá atrevido.

Ángela.

¿Esposo? ¿Cómo? ¡Ay de mí!

Dudando estoy lo que miro.

Ludovico.

No lo dudes, que me ofende,

cuando mi peligro elijo

por excusarle a mi honor,

no ser de ti conocido,

pues que nunca de quién soy

te he dado más claro indicio.

Ángela.

Turbada, viendo tu riesgo,

esposo y dueño querido.

Ludovico.

¡Ay, dulce prenda del alma!,

en poco mi riesgo estimo

cuando mi honor le padece.

Ángela.

Esa sí que ofensa ha sido

contra mí, pues imaginas

que no sabrá el honor mío,

por librarse de un tirano

que ofenderle intenta altivo,

darme la muerte primero.

Ludovico.

Así de ti lo confío,

mas con mi vida la tuya

asegurar solicito,

pues ya con nombre supuesto

estoy aquí introducido.

Ángela.

El cielo te libre, pero

que viene gente imagino.

Vete.

Ludovico.

¡Qué dolor!

Ángela.

¡Qué pena!

Ludovico.

Mortal aliento respiro.

Ángela.

Laura es esta, vete, esposo.

Ludovico.

Ya me voy.

Ángela.

Yo me retiro.

Ludovico.

Adiós.

Ángela.

Adiós.

Ludovico.

Contra Alberto

rayo seré vengativo.

Ángela.

Yo, a su tirana intención,

seré incontrastable risco.

Ptog. 20

Ludovico.

¡Qué tormento! Adiós, esposa.

Ángela.

El cielo ampare propicio

tu valor.

Ludovico.

Nuestro honor viva,

Ángela.

y muera nuestro enemigo.

Ludovico.

Con qué disgusto me aparto.

Ángela.

Con qué pena me retiro.

Jornada segunda

Ptog. 21

Disparan y dicen dentro, y luego salen Alberto acabando de disparar un arcabuz, Ludovico, Enrique, Toribio, Fabricio y los demás bandoleros.

Alberto.

Dejadme que el gusto goce

de verter solo su sangre.

1º.

¡Válgame el cielo!

2º.

¡Ay de mí!

3º.

Muerto soy.

Alberto.

No ha de librarse

aquel tampoco. ¡Famoso

tiro!

Ludovico.

¡Qué raras crueldades!

Alberto.

Muy buen día me prometo,

pues le doy rojos esmaltes

a la grama de este prado

con tanto humano granate.

Toribio.

Como otros de pajaritos,

tú a caza de hombres te sales,

y es tanta tu gracia que

como pajaritos caen.

Dios me libre de tu enojo.

Alberto.

Muy mal mi condición sabes,

pues no necesito yo

para matar de enojarme.

Enrique.

Que en vano temo que este hombre

pueda contrito salvarse,

siendo monstruo que componen

los vicios más detestables.

Fabricio.

Por aquella senda pasan

de San Francisco dos frailes.

Ptog. 22

Enrique.

Ahora he de hacer que el sello

eche a todas sus maldades.

¡Qué extremado tiro fuera

derribar al de delante

sin que el que le sigue y cubre

casi la bala tocase!

Alberto.

A cualquiera de estos juzgo

que la penitencia hace

amortajado en sayal

ser un viviente cadáver.

Con que el verlos ya difuntos

a dejarlos me persuade.

Enrique.

Buena devoción tenéis.

Alberto.

Os engañáis, que no caben

en mi pecho devociones.

Aunque es verdad que ese traje

tan penitente y humilde

suele respeto causarme;

pero de cristiano solo

tengo el nombre y el carácter

del bautismo, en lo demás

no hay gentil que se me iguale.

En mi vida he oído misa,

ni yo sé qué es confesarme,

dar limosna o hacer bien.

Pero dejando esto aparte,

pues importa poco, todos

atentamente escuchadme.

De mi enemigo Mauricio

por espías vigilantes

he entendido que la muerte

quiere vengar de su padre

y librar a Ángela bella

de mis prisiones amantes;

para este efecto sabiendo

que prevenido ha de hallarme,

ha juntado de sus deudos

y amigos número grande.

De más de trescientos hombres

el escuadrón arrogante

pasa, con que viene altivo

y confiado a buscarme.

Ya reconozco que somos

en número desiguales,

pues no llegamos a ciento

para poder esperarle

en campaña, y que es preciso

que lo fuerte nos ampare

de mi casa; aquí revientan

de mi pecho los volcanes,

pues de venganza sediento

solo anhelo a que su sangre

la vil mancha de su mano

en mi noble rostro lave.

Ptog. 23

Alberto.

y encerrado a vil fortuna

será fuerza que le aguarde

cuando él me busca, añadiendo

a mi valor nuevo ultraje.

Mas porque logre mi enojo

algún desahogo en parte,

divídase nuestra gente

luego en tres trozos iguales.

Con el uno quede Enrique

para que la casa guarde

y asegure el retirarnos

cuando el enemigo cargue;

valiente y fuerte Marcelo

guíe el otro, y acompañe

el mío, con que saldré

a la campaña a encontrarle,

para que al pisar la inculta

esmeralda de estos valles

sepa que debe en tributo

pagar líquidos corales.

Esto en cuanto a que no gima

hoy nuestro altivo coraje

del carro de la razón

atado al yugo triunfante.

Y para que nuestra gente

pueda en número igualarse

a la suya y la ventaja

nuestros pechos no acobarde,

viendo que exhausta mi hacienda

para el gasto no es bastante

y que ya no me es posible

de tanto empeño apartarme,

a todos los que me sigan

campaña franca he de darles.

Ea, amigos, publicad

para que más gente llame

la libertad, que permito

el robo; ninguno pase

por estos contornos que

con su vida miserable

no deje la hacienda; sean

despojo los caminantes

de nuestro valor; tributen

estos vecinos lugares

nuestro sustento; no importa

que por cruel la fama grabe

en el padrón de la infamia

mi nombre, logre el vengarme

y más que horror se publique

en las futuras edades.

Todos.

¡Viva Alberto! ¡Alberto viva!

Eustacio.

Viva más que diez linajes

de suegras.

Alberto.

Y vos, Marcelo,

¿qué decís?

Ludovico.

Puesto que nace

Ptog. 24

Ludovico.

del honor vuestro delito

mal parecerá culpable.

Así espero conseguir

poder la vida quitarle,

pues es preciso que yo

tal vez solo le acompañe.

Alberto.

Enrique, ¿cómo calláis?

Enrique.

Si licencia queréis darme

para decir lo que siento.

Alberto.

Decid.

Enrique.

Parece notable

rigor quitarles las vidas

a los pasajeros, baste

que la hacienda les quitemos,

porque es de Dios la más grande

ofensa matar a un hombre

que al fin se crio a su imagen,

y a la justicia divina

irritáis con las crueldades.

Fortún.

Cuando el diablo nos predica,

malo.

Alberto.

Permitid que extrañe,

Enrique, que andéis ahora

con escrúpulos, pues antes

erais quien nos incitaba.

Enrique.

Solo por hacer más grave

la culpa se la propongo,

cuando se va a despeñarse,

en ella ciego camina,

que vuestro perdón alcance

merece mi buen deseo.

Alberto.

En vano es aconsejarme,

solo lisonja a mi vista

serán las atrocidades.

Enrique.

Pues mueran todos, ninguno

piedad en nosotros halle,

que yo, Alberto, no pretendo

de serviros excusarme.

Alberto.

Así me obligáis, las sendas

y los caminos reales

corred, amigos.

Vase.

Enrique.

Ninguno

de nuestro furor se escape.

Vase.

Ludovico.

Lloren todos nuestras iras.

Vase.

Fabio.

No he de perdonar a nadie,

y a Tortuga buscaré

solo, para castigarle.

Fortún.

A tu lado voy, Enrique,

para lograr un buen lance,

llevando una buena lanza

que me sirva de montante.

Enrique.

¿Qué dices?

Fortún.

Que de hoy acá

el color perdido traes,

y por ir con un perdido

me pones tan mal semblante,

a todo lo que es mal hecho

hallarle buen color sabes.

Ptog. 25

Fortún.

y eres tan dichoso que

a la cara no te sale.

Enrique.

¡Villano! ¿Pues tú conmigo?

Tortuga.

Enrique, no has de enojarte,

que soy tu amigo de veras

y hablo de burlas.

Enrique.

Cobarde,

¿tú mi amigo, y más sin honra?

Tortuga.

¿Sin honra?

Enrique.

Sí, y sin que mates

a Fabricio, no la tienes;

y cuando el valor te falte

para reñir cuerpo a cuerpo,

como amigo aconsejarte

debo, que como pudieres,

siquiera porque no hable

en tu mengua, le des muerte.

Tortuga.

¡Qué buena alma tiene el ángel!

Y si nunca puedo yo...

Enrique.

Quedarás por un infame.

Mas porque te quiero bien,

hoy por ti la más notable

fineza he de hacer.

Tortuga.

No sea

hacer que me descalabren.

Enrique.

Una cédula conmigo

traigo, de virtud tan grande

por sus caracteres, que

en la espada puesta, hace

que me tiemble el enemigo,

y esta determino darte.

Tortuga.

¡Oh, pues si haces que me tiemblen,

yo seré dos mil Roldanes!

Y aunque crédito no he dado

nunca a embustes semejantes,

me acuerdo que muchas veces

miedo te he tenido y nace

de la cédula sin duda;

y con que por ella alcance

que a mí me tema Fabricio

otro tanto, es muy bastante.

Enrique.

Aun más miedo te tendrá;

tómala, pero has de darle

la muerte.

Da Enrique un papel, y él le ata en el puño de la espada.

Tortuga.

Deja que aquí,

porque no la pierda, la ate.

Enrique.

Y advierte también que todo

el encanto se deshace

si la rasgas, aunque sea

no más de solo un carácter,

o si a Fabricio no matas,

que entonces yo por vengarme

te la rasgaré irritado

de que a la palabra faltes.

Tortuga.

En todo vengo, ¿hay más que

guardar la cédula y darle?

Enrique.

Pues ya viene allí Fabricio.

Ptog. 26

Tortuga.

no hayas miedo que me alcance.

Enrique.

¿dónde vas?

Tortuga.

a huir, no más,

que parece lo más fácil.

Enrique.

asegúrate que es cierto

lo que digo.

Tortuga.

¿y cuán distante

la cédula empieza a obrar?

Enrique.

en viéndola.

Tortuga.

no me engañes,

¿es a letra vista?

Enrique.

sí.

Tortuga.

pues yo haré que me la pague.

Enrique.

yo me voy.

Tortuga.

vete, que él viene.

Enrique.

invisible he de quedarme

aquí para que, incitado,

este a su contrario mate.

Sale Fabricio.

Tortuga.

¡Fabricio!

Fabricio.

¿qué?, mas que miedo

me causa solo el mirarle.

Tortuga.

él se turba, ¡vive Dios

que el diablo en el cuerpo trae

la cedulilla! ¿dónde ibas?

Fabricio.

yo..., porque..., no acierto a hablarle.

Tortuga.

ello es cierto. ¡Qué contento!

Saca la espada, cobarde.

Arrodíllase Fabricio.

Fabricio.

yo, señor, estoy rendido

a sus pies.

Tortuga.

¡Qué bravo lance!

Fabricio.

no sé lo que me sucede.

Tortuga.

pues ¿cómo hoy tan arrogante

hablaba el picaronazo?

mi mucho valor no sabe,

el infamón, el gallina,

el tontonazo, el salvaje,

el sucio, el puerco, el bribón,

el malacaca, el bergante?

Deme luego aquesta espada.

Fabricio.

no me atrevo a replicarle,

tome usted.

Tortuga.

¡Famosa fiesta!

¿Y ha de querer el vinagre

más a Flora?

Fabricio.

no, señor.

Tortuga.

pues ese dedo levante

por Flora, por Juana y otro,

más arriba, más, más, baste,

y estése así mientras yo

cuatro mil palos cabales

le doy.

Fabricio.

use de piedad,

señor Tortuga.

Tortuga.

sea calle

y cuente bien.

Fabricio.

¡ay, ay!

Tortuga.

bueno,

no me los cuente por ayes,

lo que el demonio me tienta,

para que con la del martes

le dé, mas yo no cometo

destos pecados mortales,

digo.

Fabricio.

¿qué manda busté?

Tortuga.

dígame si cantar sabe.

Fabricio.

no, señor.

Tortuga.

aprenda, pues

yo le llevo los compases.

¡Ay, tan gran gusto!

Fabricio.

su pecho

Ptog. 27

Fabricio.

Señor Tortuga, le ablande

mi humildad.

Tortuga.

Es caramelo.

Rasga Enrique la cédula a Tortuga, levántase Fabricio y dale.

Enrique.

La cédula he de rasgarle,

pues que por el pacto puedo,

para que Fabricio, que arde

en enojo, le dé muerte.

Tortuga.

Mas ¿qué miro? Ya a turbarme

empiezo, porque se ha roto

la cédula.

Fabricio.

En este instante

el miedo se me ha quitado.

Ahora verás, infame.

Tortuga.

Fabricio, todo lo veo.

Fabricio.

Aguarda.

Tortuga.

El diablo que aguarde.

Fabricio.

A bofetadas y a coces

has de pagar mi desaire.

Tortuga.

¿No hay quien por aquesta paga

su socorro quiera darme?

Salen Alberto, Ludovico y bandoleros.

Alberto.

Tened, ¿qué es esto?

Fabricio.

A un menguado

castigar por atrevido.

Tortuga.

Porque pegarle he querido,

a mí mismo me he clavado.

Enrique.

De todos ya verme dejo

en la forma que elegí.

La culpa fue tuya.

Tortuga.

Sí,

pero fue tuyo el consejo.

Alberto.

Daos la mano al instante.

Fabricio.

Siempre te obedezco yo.

Tortuga.

Ya él la mano me asentó,

y esto digo salvo el guante.

Ludovico.

¡Que nunca se haya apartado

hoy Alberto de su gente,

para que mi enojo ardiente

lograra el verme vengado!

Alberto.

Amigos, ya a incendio pasa

el calor que nos molesta,

y así, en tan prolija siesta,

retirémonos a casa,

puesto que de aquí no vemos

pasajero o enemigo.

Enrique.

Siempre yo tu gusto sigo.

Ludovico.

Y todos te obedecemos.

Alberto.

De Ángela en los bellos ojos

buscaré incendio mejor.

Ludovico.

Si no hay más medio a mi honor,

la vida daré en despojos;

pues volviendo a casa Alberto,

que ha de ocasionarme es llano.

Vanse.

Enrique.

Que bien a los dos ufano

llevo al precipicio cierto.

Fabricio.

Oye, castigo mayor

tendrá si otra vez me enfada.

Vanse.

Tortuga.

No quiero contigo nada,

que eres hombre moledor.

Salen Laura, Ángela, Flora y Juana, y vanse luego las criadas.

Laura.

Allá dentro os retirad.

Ptog. 28

Las dos.

Laura.

Ángela, en quien cifran

los cielos las perfecciones

iguales a las desdichas;

si a pesar del tiempo breve

mi voluntad se acredita

de fina contigo y pueden

pasar plaza de caricias

los deseos de servirte,

las atenciones debidas

te ruego que algunas treguas

concedas a tus fatigas,

divierte la vista un rato

desde aquesta galería

en ese jardín ameno

cuyas flores...

Ángela.

¡Ay, amiga!

¡Ay, Laura hermosa, que mal

puede introducir la vista

con vanas amenidades

consuelo a la alma afligida!

¡Que mal los ojos podrán,

cuando distancias terminan

las lágrimas, mirar flores!

Déjalos, Laura, que rindan

arroyos tributo al mar

de mis pesares, no impidas

el triste remedio que

desahoga, si no alivia.

Laura.

Sus rigores contra mí

también la fortuna obstina,

y para que admires cuánto

he recatado advertida

un dolor que en mí no cede

al imperio de los días,

escucha, pues mi secreto

ya de tu atención se fía.

Yo obligada a las finezas,

no digo bien, persuadida,

de tu hermano, mas porque

injustamente remita

busco disculpa al amor

si es él la disculpa misma.

Yo quiero bien a Mauricio,

y cuando le adoro fina

experimento en su amor

falsedades, pues te esquiva;

pues si él a mí me quisiera

no la flor recién nacida

de la esperanza dejara

su misma mano marchita.

Ángela.

Sin razón se culpa a quien

la fortuna necesita

solo a un medio, y ya empeñado

Mauricio otro no tenía.

Yo sé que ingrato su amor

Ptog. 29

Ángela.

aun más ofendes que olvidas.

Laura.

Yo te ofendo, ¿pues qué causa

así a culparme te obliga?

Ángela.

Ver que, siendo de Mauricio

hermana, y que en la ruina

de mi honor también el suyo

infaustamente peligra,

me guardas para que compre

seguridad con mi vida.

Laura.

Pues ¿qué puedo, ¡ay infeliz!,

más que llorar compasiva

hacer?

Ángela.

Darme libertad.

Laura.

Un imposible imaginas.

Ángela.

No lo será con que obrar

generosa me permitas.

Laura.

Yo quisiera...

(Dentro.)

Alberto.

Entrad, amigos,

que no os encubro mis dichas.

Laura.

Mi hermano viene.

Ángela.

¡A fortuna,

ya el resto has echado impía

contra mí de tus rigores!

Pues Alberto, ¡qué desdicha!,

a mi esposo por testigo

trae de su tiranía,

con que la vida es forzoso

que pierda antes que sufrirla.

Salen Alberto, Ludovico y Enrique.

Alberto.

Ángela, hermana...

Ludovico.

Deshechos

los medios cuerdos que había

pensado para vengarme

de mi deshonor a vista,

solo puede ser remedio

la muerte de Alberto y mía.

Enrique.

El logro de mis designios,

¡qué bien así se encamina!

Pues, honrado Ludovico,

no es posible que permita

en su presencia de Alberto

las ofensas a que aspira,

con que de entrambos la muerte

ha de lograr mi malicia.

Alberto.

No con desdén tan altivo

quieras la cortés conquista

de mi amor desvanecer.

Débete, Ángela, a ti misma

que el ruego te rinda cuando

hacerlo el rigor podía.

Ángela.

Ni el rigor ni el ruego pueden

reducirme a tan indigna

bajeza. ¡Oh, qué perdido

mi esposo, ¡ay cielos!, me mira!

Ludovico.

Ya desesperado en vano

la muerte cierta porfía

a impedir que este puñal

de Alberto en la sangre tiña.

Alberto.

Ea, que ya la paciencia...

Ptog. 30

Alberto.

tengo del todo perdida

con melindres tan cansados

y vanidad tan prolija.

Ludovico.

La suerte está echada ya;

si se atreve...

Laura.

Agradecida

siempre a tantas atenciones

que te he debido, me admira

ver que olvidado depongas

tan nobles cortesanías.

De Ángela alcaide me hiciste

mi cuarto, que ser debía

su asilo, es ya su prisión;

basta que al rigor te sirva

de que esté sin libertad

quien vive en mi compañía

sin que hacerme más desaire

a la violencia permitas.

Alberto.

Razón tienes, Laura. Como

el alivio no me impidas,

que en una mano...

Va a tomar Alberto la mano a Ángela y ella le quita una pistola. Ludovico desnuda el puñal y va como a matar a Alberto. Sale Tortuga, pónese en medio y todos se suspenden.

Tortuga.

Villano.

Alberto.

De esta suerte...

Ludovico.

¡Muera!

Tortuga.

Aprieta,

señor, al arma.

Alberto.

¿Qué dices?

Tortuga.

Que Mauricio, porque guía

un millón de hombres armados

de arcabuces, culebrinas,

bombas, alabardas, flechas,

lanzas, chuzos, dardos, picas,

mosquetes, espadas, dagas,

pistolas y carabinas,

para vengar sus agravios

al campo te desafía.

Ludovico.

Que deje un acaso así

mi intención desvanecida,

reniego de mi poder.

Alberto.

Está bien. Mas ¿dónde ibais,

Marcelo, de vuestro rostro

toda la color perdida

y desnudando el puñal?

Ludovico.

Ya la ocasión facilita

darte la muerte en el campo,

y también con ella misma

cesa de mi honor ahora

el riesgo. Viendo atrevida

a Ángela, de esta pistola

su diestra armar vengativa,

temiendo alguna desgracia

a socorreros venía.

Alberto.

Mucho estimo vuestro afecto,

mas tan lejos se imagina

mi valor de ese peligro

que, aunque imposible sería

deslucir mi fuerte brazo

vil mancha de cobardía,

temo ya porque en su mano

Ptog. 31

Alberto.

esta pistola se mira,

que ella faltando yo no

afrente mi bizarría,

con que en su poder la dejo

menospreciando sus iras.

Ángela.

Con ella pienso, tirano,

quitarte la infame vida.

Alberto.

Presto volveré en venciendo

a mirarte arrepentida.

Dentro.

Mauricio.

No penséis que han de ampararos,

cobardes, de esta alquería

los muros, porque mi fuego

los resolverá en cenizas.

Alberto.

Mi enemigo es este. ¡Al arma,

amigos, el furor vista

nuestros ánimos bizarros,

todo el plomo le reciba

de aquestas pistolas!

Fortún.

¡Fuego!

Alberto.

¡De estos arcabuces!

Fortún.

¡Chispas!

Ludovico.

Salgamos a la campaña.

Enrique.

Muera el que así nos irrita.

Alberto.

Pues en gente nos excede,

en todo el orden se siga

que hoy dispusimos.

Enrique.

La casa

de mí estará defendida.

Ludovico.

Mi valor en la venganza

hoy toda su dicha libra.

Dentro.

Mauricio.

Alberto, el que te agravió

a que te vengues te incita,

Mauricio soy, tu enemigo,

ven, si vengarte codicias.

Vase.

Alberto.

¡Oh, pese a todas mis rabias!

¡Oh, pese a todas mis iras!

Seguidme, amigos, seguidme,

mi pecho un volcán anima.

Fortún.

¿Notas cuál Alberto va

que picado parte avispas?

Vase.

Ludovico.

Hoy su libertad mi honor,

fortuna, de ti confía.

Vase.

Enrique.

Eso sí, en venganzas arda

este sitio, pues se habita,

mi furor den tristes señas

de mi asistencia desdichas.

Vase.

Fortún.

Desde la torre he de ser

del encuentro coronista,

porque yo esta guerra la hago

solamente defensiva.

Laura.

¡Ay, amiga de mis males!

Ya la hora llegó temida

pues de mi hermano o mi amante

trágico fin me destina.

Ángela.

Poco Mauricio te debe,

pues ahora bien podías

darme libertad.

Laura.

Si fuera

Ptog. 32

Laura.

posible por ti lo haría.

Dentro.

Alberto.

A ellos, amigos, que al bosque

ya cobardes se retiran.

Ángela.

De Alberto el enojo rayos

de acero en el campo vibra.

Los que en casa asisten solo

los sangrientos riesgos miran.

Por la puerta del jardín,

que al bosque se comunica,

si piadosa lo permites,

podré salir sin ser vista,

a ampararme de la gente

que allí mi hermano acaudilla.

Laura.

Y si antes lo impide alguno...

Ángela.

No puede haber quien lo impida,

pues no imagino que en vano

armó la suerte propicia

de esta pistola mi diestra.

Laura.

¿Qué disculpa habrá que admita

mi hermano?

Ángela.

Fácil la ofrece

la ocasión, que no cabía

el cuidado de mi guarda

en tu pecho, pues le habían

ocupado los peligros

que de su vida temías.

Laura.

Vete, pues, mas di a Mauricio...

Ángela.

¿Qué?

Laura.

Nada, ay triste, yo misma

para cumplir con mi hermano,

cuando juzgue conseguida

tu libertad, daré voces,

y a buscarte saldré altiva.

Ángela.

Pague el Cielo tu piedad.

Vase.

Laura.

Él ampare tu osadía.

Vase.

Ángela.

No importa que ignore agora

mi esposo tan atrevida

resolución, pues ninguno

le ha de impedir que me siga.

Fortuna, tu amparo invoco;

sirve a mis pasos de guía.

Dentro.

Alberto.

No, valiente, te empeñes más, Marcelo,

que con causa recelo

que a traidora emboscada

quiere llevarnos esta retirada.

Ludovico.

Por si alguno nos mira,

finja el acero efectos de la ira.

Mauricio.

Ya Alberto cauteloso

su peligro adivina.

Ludovico.

Ya es forzoso,

o pese a mi tormento,

que malogrado quede nuestro intento.

Dentro.

Alberto.

Socorred a Marcelo, que empeñado

no mira al riesgo, al monte, al llano, al prado.

Mauricio.

Ya es fuerza retirarme,

pues mal agora he de poder vengarme,

supuesto que mi gente...

Ptog. 33

Mauricio.

a las órdenes dadas obediente

con fuga cautelosa

a la emboscada corre presurosa

y sagaz advirtiendo el riesgo cierto

ya no quiere seguirla más Alberto.

Ludovico.

Id con Dios, y en la fuente

cuya fértil corriente

de este monte la falda

guarnece de esmeralda

me podéis aguardar, que yo guiado

de mi noble cuidado

a buscaros iré, porque pensemos

el modo con que presto nos venguemos.

Mauricio.

Pues adiós, que ya aquí mucho me tardo.

Ludovico.

Esperadme en la fuente.

Mauricio.

Allá os aguardo.

Ludovico.

Hasta cuándo inoportuna

te has de mostrar, fortuna,

tirana contra mí, siempre impidiendo

la venganza que emprendo,

y de la rabia que fomento en vano

librando a este tirano

que mortal enemigo

Salen Alberto, Fabricio y bandoleros.

Fabricio.

Aquí, señor, está Marcelo.

Alberto.

Amigo,

no sé cómo obligado

de miraros por mí tan empeñado

con mi enemigo, y fuerte

hacer noble desprecio de la muerte,

arrojado y sangriento

mostraros pueda mi agradecimiento.

Ludovico.

Nada por vos obré, que de este empeño

me juzgo por tan dueño

que me afrento de ver que así dilate

la fortuna el que muera o el que mate.

Alberto.

Si mal yo no imagino,

Mauricio finge ahora que el camino

de retirarse sigue despechado,

creyendo que con esto descuidado

de mi casa, podrá asaltarla fuerte

esta noche y en ella darme muerte;

pero su intento frustraré advertido

porque siempre ha de hallarme prevenido.

Ludovico.

Qué astuto de los riesgos se previene,

mas no podrá del que conmigo tiene.

Alberto.

Cuando al luciente coche

en cárcel de cristal cierre la noche,

Enrique con su escuadra valerosa

de mi casa atalaya cuidadosa

ha de ser, hasta tanto que vos de ella

os encarguéis, y luego hasta que bella

de nueva luz la aurora vista el prado,

por cuenta correrá de mi cuidado.

Ludovico.

Así del riesgo a todos asegura,

igual al valor vuestro la cordura.

Alberto.

Mientras de la venganza que deseo

Ptog. 34

Alberto.

Logro la posesión que fácil creo.

En este ameno prado,

pues me siento cansado

de la fatiga, permitid que os diga,

aunque nunca me cansa la fatiga,

quiero gozar un rato el fresco viento

para templar el fuego de mi aliento.

Sentaos, Marcelo amigo.

Ludovico.

Dejad que acabe de irse el enemigo.

Alberto.

Muy poco este cuidado me desvela

después que he penetrado su cautela.

Recuéstase en el suelo Alberto, y vanse Fabricio y los demás bandoleros.

Fabricio.

A atender nuestro rancho

vamos, amigos, pues el sitio es ancho.

Ludovico.

A Mauricio es preciso

darle esta tarde aviso

para que a la hora venga en que ha fiado

de su casa la guarda a mi cuidado.

Alberto, pues en ella fácilmente

franca la entrada le daré a mi gente.

Alberto.

¡Qué dulcemente el sueño

de los sentidos se introduce dueño!

Mas no rendirme sin razón procuro,

cuando sé que de todo estoy seguro.

Duérmese Alberto.

Ludovico.

Diréle a Alberto que seguir deseo

al enemigo solo. Mas, ¿qué veo?

Parece que dormido

del cansancio, rendido

en el suelo ha quedado. Amigo Alberto,

no me responde, vive Dios que es cierto.

Sagrada la ocasión, pues oportuna

de vengarme me ofrece la fortuna.

Este enemigo fiero

rinda la vida a mi valiente acero.

Dentro Fabricio y los demás bandoleros.

Fabricio.

Del capitán sepamos

los que al camino gusta que salgamos

a aquellos pasajeros.

Ludovico.

Guardad, que aquí Alberto se ha entregado

al blando sueño, y cuando fatigado

con tanto afán le vemos

no es razón despertarle, pues podemos

obviar lo que yo sé que es de su gusto.

Fabricio.

Obedecerte es justo.

Ludovico.

Pena fuerte,

ya este acaso te libra de la muerte,

quien tu vida afianza,

hombre que así me impide la venganza,

pero que mi valor duda o recela

cuando ayudarme puede la cautela.

A esta bárbara gente

a mis órdenes tengo ya obediente,

pues con pretexto que disfrace el arte

haré que se retiren a otra parte,

quede solo y despierto, o dormido,

este mostruo atrevido

que procura mi injuria,

que mal podrá librarse de mi furia.

Porque desta manera

viva intacto mi honor y Alberto muera.

Vase Ludovico y sale Ángela por otra puerta con la pistola.

Ángela.

¡Qué torpes muevo los pies,

que sin tino el encinar

he discurrido, mis pasos!

Ptog. 35

Ángela.

Piadosos cielos, guiad.

¡Qué perdida! Mas, ¿qué veo?

¿Solo aquí y dormido está

Alberto? ¡Ah, tirano! ¿Así

goza de seguridad

el que a tantos ha ofendido?

¿Así el que yo vi quitar

la vida a mi anciano padre

con tan bárbara crueldad,

descansa? ¿Cómo mi esposo,

cuando la ocasión es más

oportuna, no la logra?

Pero ella a ejecutar

la venganza me convida;

no estorbe, no, la piedad

ni el miedo, que valerosa

la consiga este volcán

artificioso que ocupa

mi diestra, rayo fatal

vibre que el villano pecho

le abrase, y con propiedad,

para dar muerte a una fiera,

sea instrumento este can.

Mientras Ángela levanta el gatillo de la pistola, sale Ludovico, vela y quiere detenerla.

Ludovico.

Ya todos de aquí se ausentan,

con que podré ejecutar...

mas, ¿qué miro? Ángela, tente.

Ángela.

Quita, que resuelta ya...

Forcejeando los dos, dispárase la pistola y despierta Alberto.

Ludovico.

Es perdernos el ruido,

y yo con este puñal...

Ángela.

Déjame.

Ludovico.

Mira...

Ángela.

¿Qué has hecho?

Alberto.

¿Qué es aquesto?

Dentro Fabricio.

Fabricio.

¡Al capitán,

acudamos presto todos!

Alberto.

¡Ah, villana!

Ángela.

Estoy mortal.

Dentro Laura.

Laura.

¡Ángela, falsa, de casa

seguidla!

Ludovico.

¡Grave pesar!

Sale Fabricio y los demás bandoleros. Sale Laura y las demás mujeres.

Fabricio.

Señor, ¿qué es esto?

Alberto.

Marcelo,

mucho siempre me obligáis.

Laura.

Hermano, ¿qué ha sucedido?

Alberto.

Yo sabré bien castigar,

¡ah, tirana!, tu osadía.

Sale Enrique.

Enrique.

Amigo, ¿qué novedad

es esta?

Alberto.

Aunque yo pudiera

lo que todos preguntáis

ignorar más que vosotros,

pues, dormido, ejecutar

tan vil traición se intentó,

gozo de evidencia tal

que, aunque quisiera, no puedo

el dueño injusto ignorar.

Esa aleve, esa tirana,

esa ingrata, ¡qué maldad!,

quiso quitarme la vida,

y lo llegara a lograr

si Marcelo generoso...

Ptog. 36

Alberto.

amigo, noble y leal,

ejecutar no impidiera

tan ciega barbaridad.

Ludovico.

¿Para qué quiero la vida?

A mi esposa he de librar.

Alberto, sabed que engaño

es todo cuanto pensáis,

yo fui el que quiso atrevido

daros la muerte.

Alberto.

Aguardad,

que con tan bizarra acción

como intentáis a pesar

de cualquiera riesgo luce

vuestra generosidad.

Ángela.

Yo sola intenté matarle.

Ludovico.

Alberto, no la creáis.

Alberto.

A Ángela, por ser mujer,

ya se ve queréis librar

del castigo que merece.

Ludovico.

Ya he dicho que os engañáis,

pues fui el que quiso quitaros

la vida.

Alberto.

Y para matar

a Alberto aquesa pistola

que a Ángela dejé, buscáis,

baste tanta bizarría,

y vuestros brazos me dad,

que de nuestra amistad noble

lazos eternos serán,

pues que ya soy de mi vida

deudor a vuestra lealtad.

Ludovico.

Quien con ellos de su pecho

pudiera el alma arrancar.

Alberto.

Enrique, ¿cómo la guarda

así de casa dejáis?

Enrique.

Retiróse el enemigo,

y por salir a buscar

a Ángela vine.

Alberto.

Está bien,

¿qué haré con ella?

Laura.

Escuchad.

Mucho siento que quisieras

esta ocasión malograr,

y también tu atrevimiento,

pues con odio tan mortal

por vengarte de mi hermano

perdiste la libertad.

Ángela.

No aflijas, amiga, a un triste.

Alberto.

Siempre bien me aconsejáis.

Hermana, de tu cuidado

bien me pudiera quejar.

Laura.

El de tu vida fue.

Alberto.

Basta,

pues que de él ya libre estás,

¿por qué otra vez a tu cuarto

no has de volverla a llevar?

Así, porque tu descuido

o tus piedades, quizá...

Ptog. 37

Alberto.

no le den otra ocasión

para poderse librar,

como también por si intento

sin más ruegos,

Ángela.

grave mal

Alberto.

de sus vanas altiveces

ver mis deseos triunfar,

no digas que a tu presencia

no guardo la inmunidad,

y así llevadla a mi cuarto.

Ludovico.

Aquí morir y matar

es preciso.

Ángela.

Antes la muerte

has de darme.

Alberto.

¿A qué aguarda?

Ludovico.

De una industria he de valerme

y en ella con novedad,

para librar a mi honor,

a mi esposa he de culpar.

Válgame aquí mi cautela.

Amigo, oíd.

Alberto.

¿Qué intentáis?

Ludovico.

Si por librar de la culpa

a Ángela quise arrestar

mi honor, admitiendo noble

la infamia de la deslealtad,

habiendo obrado tan fino,

cuando os veo ejecutar

la pena a mi bizarría

muy desairada dejáis,

y así, como antes estaba,

os ruego que vuelva a estar.

Alberto.

Un imposible pedís,

que el amor y el odio están

conformes para vengarme.

Ludovico.

Mal mi fineza pagáis.

Alberto.

Fue muy grande su delito.

Ludovico.

Si él fue grande, fue su igual

también mi mérito, pues

si el delito fue intentar

daros muerte, vos la vida

que me debéis, confesáis.

Alberto.

Ea, daros gusto quiero,

pero, amigo, reparad

en que hago mucho.

Ludovico.

Eso sí,

siempre lo sabré estimar.

Alberto.

A tu cuarto, Ángela, lleva,

hermana.

Ángela.

Ansias, respirad.

Alberto.

Y vos, amigo Marcelo,

ese áspid de metal

guardad, que si fatal puede

a mi vida amenazar,

estando en vuestro poder

me aseguraré inmortal.

Ludovico.

Con razón vuestro peligro

de mi lealtad confiáis.

Alberto.

Volvamos todos a casa.

Enrique.

Aunque el cielo a mi pesar,

Ptog. 38

Enrique.

piadoso agora ha querido

impedirme la total

ruina de todos, pues

tanto ofendiéndole están;

de lo que prevengo espero

que librarles no querrá.

Vase.

Laureano.

En mí, Ángela, no pienses

que otra piedad has de hallar.

Ángela.

La del cielo, mi inocencia

espero que amparará.

Alberto.

Venid, Marcelo.

Ludovico.

Los cielos

de ti me dejen vengar.

Jornada tercera

Ptog. 39

Tortuga.

Mis camaradas y amigos

ya ser ladrones profesan,

oficio que les dio Alberto

por su parte y les contenta

por ser de escalera abajo,

que aborrecen escaleras.

Y aunque es menester valor

para todo, es cosa cierta

que en aquesto del robar

más vale maña que fuerza.

La que yo tengo dirá

de mi industria la experiencia,

pues para robar seguro

vengo en forma de despensa.

Hoy tengo de quedar rico,

porque he sabido que media

hora no puede tardar

en pasar por aquí cerca

sin armas un mercader,

el cual en joyas diversas

y en doblones también trae

más de un millón, gran riqueza;

para aqueste efeto yo

traigo estas alforjas llenas

de jamón y de chorizos,

Ptog. 40

Tortuga.

queso, pan y fruta seca

y una bota cuyo vino

al más fuerte titubea;

conque haciéndome galante

adonde encontrarte pueda

llevará con la del martes

cuando se ajuste la cuenta.

Brava traza. Pero, agora...

Dentro

Julio.

Ataja por la ladera

de este monte, no se escape.

Tortuga.

¡Ay, Dios, yo la he hecho buena!

Dentro

Mauricio.

¡Prended a este hombre o matadle!

Tortuga.

Digo que luego me prendan

y no me maten, aunque

me prendan como a una dueña.

Salen Mauricio, Julio y Arnesto, bandoleros.

Julio.

Rinda las armas al punto.

Ernesto.

Rinda las armas o muera.

Tortuga.

Las armas de buena gana

y cuanto rendible sea

les rindo a vuesas mercedes,

y mil gracias si me dejan.

Julio.

Ea, quite las alforjas.

Tortuga.

Aunque cargan, no me pesan,

demás que es mucha razón,

pues que son mis compañeras

cuando yo voy a montañas,

que vayan ellas a cuestas.

Mauricio.

¿Quién eres?

Tortuga.

Un pobre, nada,

con esto he dicho, una bestia.

Ya algo te diré.

Julio.

Señor,

a este hombre es cosa cierta

que con Alberto le he visto.

Tortuga.

Soplón, plegue a Dios te veas

en los infiernos soplado

de tías, tigres y suegras.

Mauricio.

Espía debe de ser

sin duda, y si no confiesa

la verdad, de aquese árbol

ahorcadle al punto.

Tortuga.

Es sentencia

injusta la que me das,

pues siempre a la horca llevan

al que confesó.

Julio.

Del bosque

veo venir por la senda

a tu hermano Ludovico.

Mauricio.

Él es. ¡Qué dichosa nueva!

A recibille en mis brazos

voy; dispón que no le vea

aquese hombre; primero

si algún papel su cautela

esconde, mirad, que yo

luego vuelvo.

Vase Mauricio.

Tortuga.

Vusted vuelva,

y verá cómo no soy

hombre de papeles; tengan

lástima de mí, señores.

Ptog. 41

Julio.

Calle, aquí una bota llena

hay de vino, y no es muy malo.

Fortún.

Busted lo dice y lo prueba.

Arnaldo.

Pase la palabra.

Julio.

Vaya.

Fortún.

Pues si aquesa es vaya, venga,

que pase yo aqueste trago

cuando ellos así traguean.

Julio.

Saladillo está el tocino.

Fortún.

No le coma.

Arnaldo.

Me contentan

los chorizos.

Fortún.

¡Qué rigor,

que así a un cristiano le tengan

sin comello ni bebelo!

Arnaldo.

Veamos las faltriqueras.

Fortún.

Miren lo que pasa.

Julio.

¿Qué habla?

Fortún.

Digo que ustedes lo vean.

Arnaldo.

Aquí trae una baraja

de naipes.

Fortún.

No es cosa nueva.

Julio.

¡Qué sucia está!

Fortún.

No podrán

jugar muy limpio con ella.

Arnaldo.

Un rosario, y es de cocos.

Fortún.

Será rosario de feos.

Julio.

Un peine es este muy viejo.

Fortún.

Pues a dos dientes enseña.

Arnaldo.

¡Qué sucio está este pañuelo!

Fortún.

Ya no puede darme pena,

pues vuesarced me le limpia.

(Sale Mauricio.)

Julio.

Miren qué joyas tan buenas;

una llave y un candado.

Fortún.

Con eso todo se encierra.

Mauricio.

Ya mi venganza he dejado

con Ludovico dispuesta.

¿Hallasteis algún indicio

que confirme mi sospecha?

Julio.

Nada le habemos hallado,

pero sé con evidencia

que es de la gente de Alberto.

Mauricio.

Pues ahorcadle.

Fortún.

¿Que este tema

todavía dure?

Arnaldo.

Vamos.

(Échanle un cordel.)

Fortún.

Señor...

Julio.

¡Qué donosa flema!

Fortún.

¿Piensan bustedes que es cosa

el ser ahorcado de veras

que se puede hacer aprisa?

Pues pido, porque lo vean,

confesión.

Julio.

A Dios le diga

sus culpas, que en estas sierras

no hay más confesor.

Fortún.

Al menos

buste una duda me absuelva.

Julio.

Diga.

Fortún.

¿Quién es el señor

verdugo aquí?

Julio.

Yo, y cualquiera

lo sabe ser si se ofrece.

Fortún.

Pues a tanto no se ofrezcan;

miren que no lo he servido.

Mauricio.

Su buen humor me contenta;

pues como el que eres, parcial

Ptog. 42

Mauricio.

de Alberto negar intentas.

Tortuga.

Mi amo era, y a su amo

cualquier criado le niega.

Vase Mauricio

Mauricio.

Julio, dale libertad

a este hombre, con que no vuelva

a servir a Alberto.

Julio.

Siempre

ley es en mí la obediencia.

Tortuga.

Señor, pues así te vas...

Arnaldo.

Calle.

Tortuga.

Así...

Julio.

¿De qué se queja?

Vaya, queda perdonado.

Tortuga.

Aleluya.

Julio.

Y que le advierta

que me dijo que si otra vez

por aquí cerca le encuentra,

mandará ahorcarle al punto

sin valerle su clemencia.

Tortuga.

A España me voy, ya miento,

que a casa volver es fuerza.

Julio.

Quítale el cordel.

Tortuga.

San Cosme,

salto y brinco.

Arnaldo.

Aprisa, ea,

por esta parte se vaya.

Tortuga.

Vaya antes esta floreta

con su cabriola al canto.

Julio.

Buen humor.

Tortuga.

La noche cierra

ya, con que me vuelvo a casa

dando a este bosque la vuelta.

Adiós, señores verdugos.

Julio.

¡Ah, pícaro, aguarda!

Vanse

Arnaldo.

Espera.

Salen Ludovico y Ángela

Ángela.

Solamente de tu vida

el peligro temo, esposo.

Ludovico.

De esta noche en el reposo

la libertad conseguida

has de ver.

Ángela.

¿Cómo?

Ludovico.

La muerte

en ella a Alberto he de dar

y tanto agravio vengar.

Ángela.

¿De qué suerte?

Ludovico.

De esta suerte.

Salen Enrique y Alberto al paño

Enrique.

A Ángela vi, y a Marcelo

hablar de secreto aquí,

con que a darte aviso fui

que alguna traición recelo.

Alberto.

Siempre tu cuidado es mucho

y te estimo, pero digo

que es Marcelo buen amigo.

Ángela.

Esposo, mi bien.

Alberto.

¿Qué escucho?

Ángela.

Ludovico...

Alberto.

¡Ay tal engaño!

Ángela.

Que en fin mi hermano vendrá

esta noche y logrará

la venganza...

Alberto.

De mi daño

ya me avisas, ¡ah traidora!

Ludovico.

No dudes, esposa.

Ángela.

¡Ay cielos!

Ludovico.

Deja tan vanos recelos,

que él vendrá a la misma hora

según quedó concertado,

en que de casa confía

la guarda a mi bizarría.

Ptog. 43

Ludovico.

Alberto y a mi cuidado.

(Ludovico)

Alberto.

¡Ay tal maldad!

Y a su gente

franca la entrada daré

con que luego triunfaré

de tantas vidas, valiente.

Ángela.

Con eso seré dichosa.

Ludovico.

Espéralo en mi valor.

Salen Alberto y Enrique desnudando las espadas.

Alberto.

No lo lograrás, traidor.

No lo verás, alevosa.

Ángela.

Muerta soy.

Ludovico.

Perdiose todo,

pues tú lo has llegado a oír,

y, pues sé que he de morir,

ha de ser de aqueste modo.

Dispara Ludovico una pistola, no da lumbre; arrójala y saca la espada.

Ludovico.

Faltó la pistola, mas

no le faltará el valor

al pecho, ni a mi furor

esta espada.

Alberto.

Mal podrás

verte libre.

Ludovico.

Ya lo sé.

Alberto.

Ríndete, pues.

Ludovico.

Eso no;

no me rindo a morir yo;

como quien soy moriré.

Sale Tortuga, quítale Ángela la espada y pónese al lado de Ludovico.

Tortuga.

Que me suceda el venir...

Ángela.

Suelta, villano, la espada.

Suelta.

Tortuga.

Vela ahí, soltada;

por eso no he de reñir.

Ángela.

Ya, esposo, a tu lado fuerte,

resuelta a morir estoy.

Ludovico.

Aun en eso infeliz soy.

Alberto.

Prendedles, no les deis muerte,

que es castigo a su traición

corto el matarles agora.

Tortuga.

Este hombre a mí me enamora,

que enamora de aluvión.

Sale Laura.

Laura.

¿Qué es esto? Mas ¿contra quién

se irrita tanto mi hermano?

Ludovico.

¡A traidores!

Alberto.

¡A villanos!

Abrázanse los bandoleros con Ludovico, forcejean y préndenle, y también a Ángela.

Ludovico.

Rinde la espada.

Tortuga.

También

pido la mía.

Ludovico.

¡Soltad,

villanos!

Alberto.

Con fuertes lazos

aprisionadle los brazos.

Ángela.

¡Ah, fortuna!

Laura.

¡Qué impiedad!

Alberto.

Ludovico, tu altivez,

mi enojo vengar espera

de espacio, que piedad fuera

que murieras de una vez.

Que mi enemigo vendrá

a matarme es evidente,

pero él y toda su gente

muerte infeliz hallará,

y, después que mi rigor

te le enseñe hecho pedazos,

verás a Ángela en mis brazos;

y, ¡qué triunfo de tu honor...!

¿No me respondes, los labios...?

Ptog. 44

Alberto.

te muerdes, al Cielo miras,

aún no has muerto, pues suspiras,

poco sientes tus agravios.

Y tú, alevosa...

Ángela.

Villano,

pues que te ampara tu suerte,

bien puede ser que des muerte

a mi esposo y a mi hermano;

mas antes que los supremos

rayos de mi altivo honor

eclipses de mi valor...

Alberto.

Basten tan locos extremos.

A aqueste traidor llevad

donde bien asegurado

le guarde vuestro cuidado;

en ninguno halle piedad.

Y Ángela, que tan airada

desatenciones acredita,

para ver si las limita

quede en mi cuarto encerrada.

Ludovico.

¡Ah, Cielos!

Ángela.

¡Esposo!

Alberto.

Ea,

llevadlos.

Laura.

Rigor extraño.

Alberto.

De su traición y su engaño

el fruto su muerte sea.

Hermana, tú ahora llanto

desperdicias.

Laura.

La ocasión

de saber tan gran traición

contra ti pudo en mí tanto.

Cielos, templad vuestra ira,

haced que Mauricio no

muera, o antes muera yo.

Alberto.

A tu cuarto te retira,

y haz que tus criadas vengan,

porque canten mientras ceno

y el tiempo que ya condeno

por perezoso, entretengan;

y si acaso alguna espía

enemiga a oíllo alcanza,

vea cómo su venganza

desprecia mi bizarría.

Vase.

Laura.

Luego a obedecerte voy,

y a morir, que es lo más cierto.

Enrique.

No sé cómo os diga, Alberto,

lo alborozado que estoy

de ver que os hayáis mostrado

tan atento y tan valiente,

no faltando a lo prudente

estando tan irritado;

que bien hecho fue prender

a Ludovico y no darle

muerte entonces, pues librarle

era de más padecer.

De Mauricio triunfad antes

y también de Ángela hermosa,

porque en vida tan penosa...

Ptog. 45

Enrique.

sean muertes los instantes.

Alberto.

¿Visteis tan grande maldad?

Aun no acabo de creella.

Enrique.

Bien se disculpa con ella

cualquiera rara crueldad.

Alberto.

¿Qué pistola es esa?

(Toma Alberto la pistola a Tortuga, que arrojó Ludovico.)

Tortuga.

Es

la que impaciente arrojó

Ludovico y guardé yo

para dártela después.

Enrique.

Parecerá que avisarte

de aquesta traición ha sido

solo el haber pretendido

de tanto riesgo librarte;

pero no, que en mi malicia

tal no caben los delitos.

Allá donde están escritos

de la divina justicia,

si la plana cierran ya,

son el peligro más cierto.

Delitos cometa Alberto,

que el riesgo no faltará,

pues poco puede importar

el cautelarse advertido

el pecador, si ofendido

Dios le quiere castigar.

Alberto.

Ésta es la misma que dudo

que a Ángela dejé ofendida,

y dos veces ya a mi vida

amenazar fatal pudo.

Cosa rara, y descargada

Ludovico la traía;

sin duda que olvidaría

su furia precipitada,

que así la halló; mas mi pena

con ella pienso vengar,

pues la muerte le he de dar.

(Sacan la mesa.)

Pantoja.

Ya está aquí, señor, la cena.

Tortuga.

¡Qué gran palabra!

(Siéntanse.)

Alberto.

Cenemos,

Enrique amigo, aquí agora.

Os sentad, pues aún no es hora

de que a Mauricio esperemos.

Fabián.

Señor...

Alberto.

¿Qué quieres?

Fabián.

Que, aunque

sabe tu crueldad extraña

todo el mundo, un religioso

de San Francisco con tanta

porfía ha insistido en que

le pida que halle en tu casa

albergue esta oscura noche,

que amenaza cruel borrasca,

que me ha obligado a venir

con pretensión que es tan vana.

Alberto.

Un grande gusto me has hecho,

dile que entre.

Fabián.

Cosa rara.

Enrique.

¡Qué bueno!

Alberto.

Pues, ¿de qué, Enrique?

Ptog. 46

Alberto.

os reís.

Enrique.

Pensando estaba

que esto no es en vos piedad,

sino dar alguna traza

de buen gusto, porque así

burlado este motilón salga

y otro no, mañana no venga

con la misma patarata.

Alberto.

¿Es posible que tan malo

soy que de mí eso pensabais?

Mirad, Enrique, del ser

mal cristiano hay gran distancia

al no ser cristiano, y cierto

que el que atrevido maltrata

a un religioso parece

que totalmente se aparta

de ser cristiano, y más de estos

de la familia sagrada

de aquel serafín humano,

de Dios hombre viva estampa.

Enrique.

¡Oh, pese a mí, de ira rabio!

Solo aquesto me faltaba,

que tal fuera que a este hombre

esta devoción librara

de mis valientes cadenas

que por sus culpas arrastra.

Sale un Religioso de San Francisco y levántanse Alberto y Enrique; bésale Alberto el hábito.

Religioso.

Señor, en ti me confío.

Dios sea en aquesta casa.

Ptog. 47

Siéntanse.

Enrique.

quién le dio licencia tanta,

siéntese y calle, que mucho

ya sus razones me cansan.

Religioso.

Sea Dios siempre alabado.

Enrique.

¡Qué humildad tan afectada!

Alberto.

Enrique, si así el respeto

con quien yo venero os falta,

voto a Dios que la amistad

perderemos.

Religioso.

Mucho agravia

sus culpas el que por cosas

jura de poca importancia.

Demás que si honrar pretende

este hábito se engaña

si piensa que lo consigue

el que a Dios jurando agravia.

Enrique.

¿También sufrís que os predique?

Alberto.

Gusto de oír sus palabras.

Enrique.

¡O, pese...!

Religioso.

La bendición...

Enrique.

Aquí no se usa, vaya

a echarla allá al refitorio.

Religioso.

Ceremonia tan cristiana

en cualquiera parte debe

usarse.

Alberto.

Si todo os cansa,

Enrique, idos, que insufrible

estáis.

Enrique.

No sufro tan vanas

devociones, claro está,

porque al valor son contrarias.

Levántase furioso Enrique, tropieza con Tortuga y échale a rodar.

Tortuga.

¡Qué tal es el Enriquillo!

¿Quién pudiera darle...?

Enrique.

¡Aparta!

Tortuga.

Muerto soy, no mirara

vuesa merced cómo mata.

Alberto.

La bendición eche, padre,

pues gusto yo que lo haga.

Religioso.

En nombre del poderoso

Padre y del Hijo, que humana

carne tomó por nosotros

en virginales entrañas,

y del Espíritu Santo,

que es la Trinidad sagrada,

sea bendita esta mesa.

Enrique.

Volcanes mi pecho exhala.

Ya temo, ay de mí, ya temo

que ha de librárseme esta alma;

pero asistiré aunque

tanto tormento me causa

este fraile. Porque extraño

no digáis que soy, sin gana

de cenar vuelvo a la mesa.

Tortuga.

Más que el diablo le llevara.

Alberto.

Cantad, porque sienta menos...

Ptog. 48

Alberto.

lo que tarda mi venganza,

y también por si nos oye

alguna espía admirada

al enemigo refiera

cuánto desprecio su saña,

pues con músicas espero

todo el furor de sus armas.

Cantan.

Músicos.

Aquel arroyuelo hermoso,

hijo de aquesta montaña,

si soberbio se despeña,

humilde besa sus plantas.

Alberto.

De beber. Nadie me oye.

Tortuga...

Tortuga.

Ya aparejada

tienes la bebida aquí.

Alberto.

Brindis, padre.

Tortuga.

Con desgracia

acepta, tome su esencia.

Mas, ¿qué hace? ¿Solo agua

bebe?

Religioso.

Sin necesidad,

beber vino es destemplanza.

Tortuga.

Beberéle yo, pues que

mi necesidad es harta.

Alberto.

¿Por qué no cantan?

Tortuga.

Señor,

destemplose la guitarra.

Alberto.

No importa cómo estuvieren,

canten.

Tortuga.

¿No lo oyen, que aguardan?

Cantan.

Quitan lo que hay en la mesa, dejan las luces, y quedan solos sentados Ludovico, Enrique y el religioso.

Músicos.

Al mar presuroso corre,

donde sus aguas amargas

cobran el fatal tributo

que con su vida les paga.

Religioso.

Qué bien ese arroyo hermoso

la vida humana retrata:

todo es correr a la muerte,

donde solamente para.

Enrique.

¡Qué frialdad! ¿Hay quien que hay muerte

ignore?

Religioso.

Mas esto espanta:

que no habiendo quien la ignore,

no hay cosa más olvidada;

y muy poco se distinguen

el olvido y la ignorancia.

Alberto.

No canten más. Diga, padre.

Enrique.

Aquí de todas mis ansias.

Religioso.

A un sabio le preguntaron,

enseñándole una estatua

de madera, cuánto humo

tendría; pregunta rara;

pesarla al punto mandó,

y observó lo que pesaba;

al fuego la entregó luego;

después sus cenizas blancas

pesando, también notó

lo que al peso le faltaba

primero; y dijo, lo que

en cenizas no se halla,

todo era humo; de aquí

Ptog. 49

Religioso.

bien importante se saca

la moralidad, pues vemos

que aun el más grande monarca

en cenizas se resuelve,

en ellas su pompa acaba,

con que todo lo demás

humo fue sin duda y nada.

Dichoso aquel que desprecia

las vanidades pesadas

de esta vida, y a Dios pide

de sus culpas inhumanas,

arrepentido, perdón.

Alberto.

¿Y el que le pide le alcanza?

Religioso.

Al más grande pecador

nunca Dios niega su gracia,

si como debe la busca.

Alberto.

Y si hubiesen sido tantas

las culpas de un pecador,

que obra que no fuese mala

no hubiese hecho en su vida,

padre mío, ¿la alcanzara?

Religioso.

Eso ignora, si más culpas

que arenas el mar abraza,

rayos de luz viste el sol

y átomos en ellos nadan,

cometer pudiera un hombre...

Enrique.

¡Todo el infierno me valga!

Religioso.

para la misericordia

de Dios era perdonarlas

fácil, porque es infinita,

cuando ellas son limitadas.

Alberto.

Es verdad.

Enrique.

Esa doctrina

a mí me parece falsa.

Religioso.

¿Cómo?

Enrique.

A la misericordia

la justicia no la iguala.

Religioso.

¿Quién lo duda?

Enrique.

Luego es

infinita.

Religioso.

Cosa es llana.

Enrique.

Luego la misma razón

con que nos prueba que basta

para perdonar las culpas

por infinita, se halla

para que deba también

la justicia castigarlas.

Alberto.

Bien dice.

Religioso.

Con ese engaño

las tristes almas enlaza

el enemigo común,

para que desesperadas

no pidan perdón, y sean

condenadas, ¡qué desgracia!

Como un madero es la culpa,

que mientras el golfo nada

de esta vida fácilmente

cualquier impulso la aparta,

pero en llegando a tocar

Ptog. 50

Religioso.

la triste y tremenda playa

de la muerte, y en la tierra

de la sepultura encalla.

Ya no hay hombros tan valientes

que puedan sufrir su carga.

Mientras que dura la vida,

¡oh bondad inmensa!, llama

la misericordia misma

porque vayan a buscarla.

Alberto.

Esto es lo cierto; Enrique, acabemos

de entendernos, la contraria

sigo ya, que de esta suerte

siempre mi malicia se arma:

siendo la misericordia

de Dios, como nos declara,

tan grande para salvarnos,

ella solamente basta.

Dios para criarme no tuvo

menester que yo algo obrara;

luego salvarme podrá

sin que obre cosa, es clara.

Religioso.

Ya por herética tiene

esta opinión condenada

la Iglesia en muchos concilios;

las obras buenas o malas

son las que el cielo y infierno

de aquel Justo Juez alcanzan.

Enrique.

¡Cómo la verdad mis fuerzas

de mi enemigo desmaya!

Alberto.

Padre mío, si yo agora

arrepentido tratara

de confesarme, ¿pudiera

volver de Dios a la gracia?

Religioso.

Sí, hijo mío, con los brazos

abiertos sé que te aguarda.

Levántanse.

Enrique.

Perdido soy. Ya la noche

con esto, Alberto, se pasa,

y sin duda perderéis

el lograr vuestra venganza.

Alberto.

Bien decís, ya es hora, padre,

de recogerse, la cama

aquí hallará prevenida.

Enrique.

Ya alientan mis esperanzas.

Religioso.

Mas cama mi religión

no permite en su observancia,

que el suelo y en él, tal vez,

por regalo, algunas pajas.

Alberto.

No quiero, pues, que por mí

deje devoción tan santa;

yo las pajas le traeré.

Enrique.

¿Qué hacéis, Alberto? ¿No basta,

ya que en esto dais agora,

el que un criado las traiga?

Alberto.

Dejadme, Enrique, que quiero

Ptog. 51

Alberto.

que siquiera una obra haya

buena que escribir adonde

de mi vida hay culpas tantas.

Vase.

Enrique.

Mal haya mi furia, pues

tan inútilmente vana

la reduce el cielo. ¡Oh, quién

licencia de él alcanzara

para volver en pavesas

cuanto vive esta comarca!

Sale Alberto con las pajas, hace la cama al religioso, y él se entra, y cierran con una cortina.

Alberto.

Ya las pajas tiene aquí,

padre, y quiero acomodarlas

yo mismo porque repose.

Religioso.

De Dios espere la paga.

Alberto.

Padre, encomiéndeme a él.

Religioso.

Sí haré de muy buena gana.

Enrique.

Aquí de mi industria. Alberto,

viendo en vos tanta mudanza,

no sé si querréis vengaros

o quedaros con la infamia

de un bofetón recibido,

dejando mal castigada

también la aleve traición

de Ludovico, y que salga

a gozar...

Alberto.

¡Ay de mí!

Enrique.

... alegre

de su esposa, que inhumana

quiso quitaros la vida.

Alberto.

¡Oh, cómo ya me acobarda

el cometer más delitos!

Enrique.

¿Qué respondéis?

Alberto.

Que mi fama

es primero, mueran todos

cuantos soberbios me agravian.

Enrique.

Eso sí.

Alberto.

Confieso, temo,

bien si pudiera dejara

de vengarme; vos, señor,

alentad mis fuerzas flacas.

Enrique.

Esa pistola parece

que la traéis descargada.

Alberto.

Es verdad, y esta es la misma

que dos veces amenaza

fatal de mi vida ha sido,

pero a mi valor no espanta

nada, con ella vengarme

determino.

Enrique.

Ya levanta

el gatillo; ya, olvidado,

después de dejar cebada

la pistola del fogón,

tan solo el rastrillo baja,

que posible es que él mismo

se dé muerte; ¡ah, si dejara

que obrase yo la justicia!

Pero ya, ya no me ata

su poder, ¡oh, cuántos de estos

que acasos el mundo llama

de la justicia de Dios!

Ptog. 52

Enrique.

la mano obra soberana.

Alberto.

Enrique, mas ya se fue.

Todo confuso me espanta.

Enrique.

Ya tiene las balas puestas,

y ya yo que una impensada

acción suya le dé muerte

dispongo. Muera en desgracia

de Dios el que vive en ella

y en sus culpas idolatra.

Llégase el Demonio a Alberto, dispárase la pistola y cae.

Alberto.

¡Ay de mí!

Enrique.

Ya lo logré,

pero ¿cómo tanto tarda

en salir el alma, pues

ya la herida destroncada

la unión con el cuerpo tiene?

Justicia divina, manda

que se me dé esta alma, pues

es mía por tantas causas.

Descúbrese el tribunal de Dios como al principio, pónese Alberto de rodillas, córrese la cortina de donde está el Religioso como en sueños viendo el Juicio y sale el Ángel Custodio.

Justicia.

Alberto, ven a Juicio.

Alberto.

Temblando obedece el alma.

Religioso.

¡Oh, cuán terribles, Señor,

son tus juicios!

Custodio.

Aguarda,

Luzbel, que esta alma no es tuya.

Luzbel.

¿Por qué no?

Custodio.

Porque en su casa

ha hospedado a un religioso

de Francisco.

Luzbel.

Y eso basta...

Custodio.

Ya él parece a defender

esta causa.

Luzbel.

Y ya me ultraja.

Aparece San Francisco en una tramoya.

San Francisco.

Señor, pues vos me ofrecisteis

que el que devoto amparara

a mis religiosos libre

estaría de las llamas

eternas, salvad a este hombre,

que agora os pido la palabra.

Luzbel.

Francisco, Francisco, en vano

en pretenderlo te cansas.

San Francisco.

¿Por qué, Luzbel?

Luzbel.

Porque aquí

recta justicia se guarda.

Fue pecador y las obras

buenas que hizo en dos balanzas

se han de pesar; si en su vida

obra buena no se halla,

¿cómo igualarse podrá

a la balanza colmada

de delitos? Mas es fuerza

que pese tan grave carga.

San Francisco.

Estas pajas en que agora

mi religioso descarga

a todas sus graves culpas

bastan a contrapesarlas.

Luzbel.

¿Cómo es posible que pesen

más que las culpas las pajas?

San Francisco.

Custodio, tú las presenta

para que al reo le valgan

ante la misericordia.

Ptog. 53

Suben en dos tramoyas al tribunal divino el Ángel con las pajas por donde está la Misericordia, y el Demonio por donde está la Justicia con un memorial, y bajan luego.

Justicia.

También serán presentadas

sus culpas a la Justicia

por mí, y ha de castigarlas.

San Francisco.

Señor, mis humildes ruegos

logren tu divina gracia.

Misericordia.

Francisco, porque sabía

que tú, que tanto me agradas,

habías de interceder

por esta alma, que dejara

el cuerpo no permití

para que capaz de una alta

contrición lavar pudiera

con ella sus torpes manchas;

y ahora por ti eficaz

el auxilio de mí alcanza.

Alberto.

Señor, pequé.

Misericordia.

Ya con esto

las celestiales moradas

puede subir a gozar;

y pues solo le sufragan

estas pajas, la Justicia

también, como yo, declara:

Rasga la Justicia el memorial que le dio el Demonio.

Las dos.

Más pesan pajas que culpas

si Francisco las ampara.

Justicia.

Tú, príncipe, al infierno ya,

a tus calabozos baja

con más tormento, porque

a lo infinito se añada.

Húndese.

Misericordia.

Y ahora, espíritus puros,

cantando por mí alabanzas

a Francisco, esta alma suba

al empíreo en vuestras alas.

San Francisco.

Solo a ti, Señor, se deben

de todo infinitas gracias.

Cantan.

En el tribunal de Dios,

donde justicia se guarda,

más pesan pajas que culpas

si Francisco las ampara.

Ciérranse las apariencias, despierta el Religioso y sale al tablado.

Religioso.

¡Oh, inmenso Señor piadoso,

a quien siempre se le alaba...!

Dicen dentro, y luego sale huyendo la gente de Alberto tras ella; Mauricio con la espada desnuda y sus bandoleros.

Dentro.

Sal, Alberto.

Julio.

Enrique...

Voz.

Señor...

Mauricio.

Mueran todos.

Voz.

Que me matan.

Religioso.

¿Qué confusión...?

Mauricio.

A ninguno

ha de perdonar mi espada.

Religioso.

Reportaos, caballero.

Mauricio.

¿Quién con tanto imperio manda

mis acciones, que ya apenas

confuso muevo las plantas?

Sale Julio.

Julio.

Ludovico viene alegre

a verte, que preso estaba.

Sale Ludovico.

Mauricio.

¡Qué dicha!

Ludovico.

Hermano...

Mauricio.

Los brazos

me dad. ¿Dónde está mi hermana?

Ludovico.

Aquí el tirano la tiene,

las puertas a pedazos caigan.

Sale Ángela.

Ángela.

Esposo...

Ludovico.

Dueño querido.

Ptog. 54

Sale Laura.

Laura.

Qué ruido, pero...

Ángela.

Laura,

que soy tu amiga has de ver.

Mauricio.

Busquemos a Alberto, que hasta

vengarme no he parar.

Religioso.

Suspended todos las armas,

que ya Alberto murió.

Laura.

¡Ay, triste!

Tortuga.

El diablo halló buena maula.

Corre una cortina y enseña a Alberto difunto.

Religioso.

Miradle aquí ya difunto.

Ángela.

¡Qué desdicha!

Religioso.

Mas su alma

ya goza de Dios.

Mauricio.

¿Qué dice,

padre? ¿El que murió con tantas

culpas salvarse ha podido?

Religioso.

Solo porque me hospedaba

en su casa, que, aunque indigno,

visto este sayal, su causa

defendió mi grande padre

San Francisco; y estas pajas

pesaron más que sus culpas,

con que goza eterna palma.

Mauricio.

A vista de tal milagro

quién no deja sus venganzas.

Ángela.

Hermano, a Laura te debo.

Mauricio.

Y yo le ofrezco por paga

mi mano.

Laura.

Alegre la acepto.

Ludovico.

Y aquí la comedia acaba

de este caso que refiere

la corónica sagrada

de San Francisco; al poeta

perdonad sus muchas faltas.

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