à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La constante Orintia. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-constante-orintia.
1
La constante Orintia
Comedia en 3 jornadas
160
1
Desconocida Hol
La constante Orintia =
Comedia en 3 jornadas.
Legº 29
24
La famosa de la constante Orintia. Figuras:
El duque de Saboya.
El marqués de Ganes.
El conde Feliz.
Orintia.
Leonardo.
Dos criados.
El duque de la Mota.
Rosibella, hermana del duque.
Jornada primera.
Es de Matías Martínez, librero.
Jornada Primera. sale el duque con Ropa como que
se levanta de la cama con dos criados el uno vesti-
do como de cazador y otro de cavallerizo
& a Leonardo y el conde felix secretario 3
calcame
bota o zapato
zapatos. que ora sera
las diez
mi hermana do esta
fuera
ya mucho
buen Rato
como estan los perros
sanos
y los alcones
tambien
como lo hace el vayo
bien
y para
si
dadme agua manos
agua manos
vn ydalgo
dice que viene de parte
del duque de la mota a verte
di que espere que ya salgo
vn poco cazar queria
bien podrias
cuando
oy si quieres
con que
con lo que quisieres
que caza
volateria
es lexos
como una milla
no ay otra caza
si
buena
estremada
mia
agena
ola dame la Ropilla
que escribe el gobernador
de bigueras
el sosiego
cuando as de escribille
luego
A del bueno
si señor
dice que ay paz
estremada
como lo hace
contenta
paga
inpasienta
dadme la capa y la espada
Leonardo
Señor.
¿Qué has hecho?
Tu mandado.
¿Al fin la viste?
Y la hablé.
¿Qué te dijo?
Se declara.
¿Qué?
Su pecho.
Porfía.
Como primero.
¿Ha de venir?
Sí.
¿A qué hora?
A las horas.
¿Qué quiere?
Adora.
Hola, una gorra o sombrero.
Todo recado está aquí.
Dámela, y a ese criado
que del de Rota ha llegado,
decid que entre.
Que entre.
Sí.
Dice que quiere una noche
cierto negocio tratar.
Pues cuando quisiere hablar,
veníos solo, y lleva un coche;
y si con eso se mide,
solo eso prometerás,
que yo no puedo hacer más
de darle lo que me pide.
Entre el mensajero.
Mi señor, el duque, envía
a tu alteza aquesta carta.
¿Ha partido?
Antes que parta,
que respondieses querría.
Secretario, abrid y leed,
cómo queda la duquesa.
Ella con salud, y besa
tus manos por la merced.
Carta.
Del haberme escogido vuestra alteza
para tan honroso cargo, como enviarme
por su embajadora al rey de España, he colegido que ningu-
na me negará; pues la mayor
y más alta, que ya mi súplica
a vuestra alteza, me dé licencia,
para que mi hija quede en servi-
cio de mi hermana, la duquesa, porque no
quede en su estado lucida; por esto
pido un socorro, por la soledad, y
lo principal por la memoria
del empleo en tal servicio; mien-
tras en España yo estuviere,
en el de vuestra alteza, cuya perso-
na nuestro señor guarde, y su estado
aumente; de la Mota, a veinte
y cinco de setiembre.
Duque de la Mota.
Para ello era menester
que me avisara primero.
Traed papel y tintero.
Y tú puedes responder
que sea como él lo quiera,
como luego al punto parta.
Dadme, firmaré la carta
en blanco, porque voy fuera.
Firma.
Dala al mensajero.
Primero vaya a comer,
y mira si ha menester
alguna cosa o dinero.
Vase el duque.
Esperad un poco afuera,
que yo os haré dar recado.
Aquí aguardo.
¿Has empezado?
Si no has empezado, espera.
¿Qué quieres?
¿Has empezado?
No he tratado de hecho.
Quiero descubrirte un pecho
traidor pero disculpado.
Si en amor no es, no hay disculpa
que pueda dar un traidor.
No es amor.
Si no es amor,
ningún traidor hay sin culpa.
Este negocio fío de tu ánimo.
Porque si estimas fuerzas son tan viles
que nunca veréis fin de mi propósito,
ni de lícito provecho de oficios viles
veréis que son pocos y esos son inútiles,
y que el servicio agrada, es un piélago
donde se anegan muchas vidas fértiles.
Considerando estos estados míseros
y desterrar en mi patria de rey íntimo
de mis deseos y vida melancólica,
porque en lo blanco escribiré un período
en el cual te pintaré magnánimo,
y que me libra de oro grande número,
en el gobernador que, con su ejército
a engrosar, defiende tan solícito,
con esta firma, no creerá la fábula,
y pues tienes al duque tan benévolo,
tú le harás imprimir otros caracteres,
que dé al mensajero sin escándalo,
y engendrarás en mí un nuevo espíritu,
poniendo el nombre mío, y nuestro término,
por este paso a valor.
De boca que has menester
traidor me quieres hacer.
Porque quieres ser traidor,
perdona, si para ti
remedio alguno no hallo,
y agradéceme si callo
lo que buscas para mí.
Mas, culpa da a la razón,
amigo, aunque cierto es,
a aquel interés,
a mí solo haber traición,
y cuando serlo quisiera
para hacerte algún placer,
no había en mi oficio de ser
la traición, cuando la hiciera,
porque esta es la más solene,
pues el traidor sin perdón
es el que hace traición
en el oficio que tiene;
no has de tirar a este blanco
que si está blanco el papel...
blanco ha de ser fiel,
quien manchare aqueste blanco
y es veneno cruel
demostrar ese tesón
envialle en vasos de oro
y no en vaso de papel,
que el papel es vidrio bueno
del secreto y la razón,
y el vidrio es de condición
que no consiente veneno.
Pide dinero o favor,
que no sabes lo que pides
en pedir fe.
Pide dinero o favor,
si con pobreza te mides,
que no sabes lo que pides
en pedir que sea traidor.
Al conde.
No hay que temer,
que yo miraré a tu honor.
En fin, no fuiste traidor
no más de por mi poder.
Yo te miraré a la cara,
porque un pecado es trocado
que ese intento es tan pecado
como si a efecto llegara.
Vase el conde.
¡Qué mal salgo con mi intento!
Mas no ha de faltar lugar,
y entonces podré contar
las glorias del vencimiento;
que a él no se me rescata,
que si la firma me dieras
y la privanza perdieras,
con la vida que me mata.
Envidió tanto el privar
del conde y su buena suerte
que he de procurar su muerte
por quedarme en su lugar;
pero si no es por traición
mi intento no se acomoda,
que el duque, que sabe toda,
le tiene mucha afición.
Con esta firma acabara,
que la sentencia escribiera
y si a un alcalde la diera
por la firma le matara.
Tiempo es, al fin, con mudanza.
De este hoy le doy a entender
que he de emplear mi poder
en quitarle la privanza.
Sale el duque y el conde.
¿Escribiste?
Señor, sí.
¿Dijístele que viniese?
Y tan presto, que estuviese
dentro de tres días aquí.
El alma se regocija,
y toda es gloria mi vida,
conde, con esta venida
del duque, pues trae su hija,
que cuando estuve en la Mota
me quiso, y mi regalo
rendida ella se rindió,
nota esto y mi gloria nota.
Sí, pero con el intento
que le dan, que la recibes,
engañado conde vives,
no es malo mi pensamiento;
solo quiero regalarla
y agradecer lo que debo.
Sea lo que fuere, me atrevo
a servirte y no obligarla.
Entra Rosibella hermana del duque.
La duquesa mi señora.
Hermana.
Señor.
¿De do fuiste,
que tan temprano venís?
Al parque fui y vengo ahora.
¿Has cazado?
No salí
con intento de cazar
sino solo a desechar
una pena.
¿Fue así?
Sí,
ahora acabé de perder
el mal y melancolía.
¿Quién pudo darte alegría?
Quien sino tú puede ser.
Entiendes.
Ya he entendido.
Hablan de oído el duque y Leonardo.
Pues no la traigas, ni veas,
y si mi gusto deseas,
di que nunca la he querido,
que por entretenimiento
tuviese vanagloria,
pero que ya la memoria
me ofrece nuevo contento.
Aunque de esas cosas yo espero
de mi ingenio diré.
Tengo yo de tener fe
con cien mujeres si muero.
Solamente una, si tengo
y esa no se ha de partir
y si a una la he de rendir
a otras a engañar vengo.
Mi fe tengo en una parte
y a una sola la entregué,
y maldiga Dios la fe
que para dos se reparte.
Opinión harto importuna
es para el tiempo.
¿Por qué?
Porque un hombre no se ve
que trate solo con una,
pues para los demás es
tiempo notable errar;
ninguna sabe de amar
que no quiera a unos o seis.
Vamos, hermana, de este
lo que él de Mota procura.
¿No va a España por ventura?
No es eso, ven y hablaré.
Éntranse y queda el conde solo.
Clamor y clamor y mil contrarios
hacen en mi fiel pecho mortal guerra
el amor al honor ya le destierra,
mas al honor son todos tributarios,
y como enemigos tan astutos,
cada uno por sí quiere la tierra,
hacen de aqueste modo efetos varios,
la duquesa me quiere y si no hago
lo que su noble fe y amor merece
es por tener al duque por hermano,
con aquella lealtad le satisfago,
y en no admitir lo que su hermana ofrece
por ser honrado habré de ser tirano.
Entra Rosibela sola.
Deseo de hablarte he tenido,
y aunque el duque me llevó,
apenas él me dejó
cuando a buscarte he venido;
que como tengo en ti parte,
todo me has entretenido;
agora que le has perdido,
es razón que ande a buscarte.
¿Posible es, conde, que en mí
tu hielo sea viva brasa,
y que aqueso que me abrasa
hielo ha de ser para mí?
¿Por qué mi afición no precias,
adórote y no me quieres,
qué es esto, quién soy, quién eres,
que así mi valor desprecias?
Soy cuando mucho nada,
que por tu merced soy algo,
el cual es un pecho y valgo
a un alma desamparada;
soy, si a lo que soy atiendo,
lo que menos que puedo ser,
soy no más de un parecer
que soy algo no lo siendo;
soy, si matarlo deseas,
todo aire, todo viento,
mas soy formado elemento
solo para que me veas;
soy quien en nada se trueca,
y junto ansí se deshace,
soy flor que sin tiempo nace,
y que contigo se seca;
y soy amparo que sube
de la humidad de mi suelo
a los claros de tu cielo
y en el aire hace nube;
soy quien te tiene añublada,
que soy mucho siendo aquello,
todo ello soy sin todo ello,
vengo a resumirme en nada;
si esto soy y tú lo quieres,
que en valor y calidad,
discreción, talle y bondad
a los nacidos prefieres,
por qué pretendes hacer
que decaiga un bien tan alto,
por qué sea mayor el salto
cuando viniese a caer?
Tú mismo anuncias tu muerte,
porque bien has de perder
a quien te ha de hacer caer
si tú no quieres caerte;
todo eso es falso argumento,
y a tu poca fe se acusa,
que es cierto donde hay excusa
haber aborrecimiento.
Soy honrado aunque tirano,
y leal aunque cruel,
pues ello es por ser fiel
a mi señor y tu hermano;
esta es la causa mayor
de darte aqueste disgusto,
y no por cumplir tu gusto
he de afrentar mi señor.
En amor buscas razón.
En pecho donde hay honor
no puede tanto el amor
que forzase a hacer traición.
¡Ah, cruel!
El duque viene.
Vete por esotra puerta.
Vase, y entra el duque y Leonardo.
Pues aquesta nueva es cierta
que salga luego conviene.
¿Qué es, señor?
El de Mota viene, el de Mota.
En un caos estoy metida,
en nombrando esa venida
el corazón se alborota;
no sé qué pueda ser esto.
A Leonardo.
Vamos, hermana, que importa
que se de a mi de la nueva corta,
ea, vaya a recebirle presto
porque ha entrado, que entra ya;
si más me detengo aquí...
Señor.
Di
a todos que salgan ya,
que yo de camino gusto
que vengan a acompañarme.
¿Y yo no podré quedarme?
No, señora.
Haré tu gusto.
Vanse, y entra el marqués de Ganes y un caballero con él.
Pedille al duque de Saboya
a su hermana por mujer,
mas fue pedirle querer
conquistar yo solo a Troya.
La duquesa lo quería
y yo lo quería también,
mas no le debió de estar bien
al duque que fuese mía,
pues, aunque es grande interés
el que en ello mi alma gana,
si ella del duque es hermana,
yo soy marqués de Ganes;
y puesto todo en juicio
de lo que debe adeudarse,
pudiera sirviendo hacerme
por mi padre y mi servicio.
¿Ausentaste por eso?
Por aquello me ausenté
y aquí en Milán estaré
mientras no haya buen suceso,
si me deja mi cuidado.
Con la ausencia olvidarás,
y libre del vivirás
más alegre y descansado
que mil tienen voluntad
y padecen en presencia,
que, olvidando una ausencia,
gozan de su libertad.
Eso tengo de negar,
porque el que ausente olvidó
es imposible que amó
todo lo que pudo amar;
y por proballo arguyo
en la materia que toco,
que amó querido poco
el que muy presto olvidó.
Si se olvida el pensamiento
y pena de la memoria,
luego es ausencia gloria,
pues que da fin al tormento.
Ello es falso, porque muere
quien bien quiere en pena tal,
porque es un dolor mortal
no ver lo que bien se quiere.
En quien el amor no ha sido,
todo aquello puede ser,
tiene la ausencia poder
y viene a causar olvido;
mas en mí no podrá hacer
que obre su poder ansí,
que es el alma más en mí
que en el ausentarme el poder.
¿Eres como amas querido?
El amador nunca deja,
aunque más pena y se queja,
de entender que es admitido.
Creo que soy bien pagado.
¿Hay obras?
Ninguna vez.
Pues sin vellas nunca creo
sino que estás engañado,
y aquí en Milán se usa aquello.
Al conde don Félix quiero
ir a escribir.
Donde espero.
En tu casa.
Pues de presto.
Entranse, y salen de acompa- ñamiento los que pudieron de camino. Y luego el duque y el Rosimundo, y Rosibella y Orin- tia de las manos, y allí junto el conde. Y, entrando, luego, arri- ba, cae Orintia, y dale la mano el conde.
Dios guarde a su señoría.
De la muerte de mis ojos,
aunque lleva allá en despojos
mi alma, que llámelos,
piedad cruel vas mostrando;
defiéndesme y dasme vida,
ruegas a Dios por mi vida,
y estas me la vas quitando.
Dudo, señor, que haya quien
sea como tú.
Mucho más.
Otra vez turbado estás.
No hay mal que no se aproveche.
Que te ofendí de recelo,
pues me fuerza la razón
a que te pida perdón
las rodillas por el suelo.
Yo lo estoy, pues que caí
sin que pueda levantarme,
pero tú quieres alzarme,
pues te levantas por mí,
que aunque quien cae se levanta,
tú no, que tan alta estás
que no pueden crecer más
ramos de tan bella planta;
y así, Orintia, no te espante
si tú caíste y subiste,
porque tú sola caíste
para que yo me levante.
Por mil cosas de importancia
te envió por embajador
dignísimo. Vale a tu alteza mejor,
que ir a con los de Francia.
Cae Rosimundo.
Ya la princesa deshace.
¿Tú también burlas de mí?
Secretario, ponte aquí
a mi lado.
Que me place.
No basta mirar como aquí
oriéntesle por liviano.
Fáltame para esta mano
como para esta a ti.
Más alta mano se aproveche
que la que peso su tonto.
También hago yo esa cuenta,
que esta es mi mano derecha.
Es el francés tan fiel.
Fue la caída ligera.
Pluguiera al cielo que fuera
la caída de Luzbel.
nunca de mi mal peligro
ni he soñado mi caída,
mas las tuyas a mi vida
han puesto en mucho peligro.
Aquesa merced recibo
y pésame que por mí
tengas tal pena.
Poca,
muero.
Por ti vivo.
¿Estaremos mucho tiempo
aquí?
El duque lo sabe.
Cuanto esta visita acabe
presto irá que a revienta tiempo.
Pues vámonos a comer
y escribiré y partirás.
No es detenerme más
ni me quiero detener,
que bien sé que importa aquello.
Pues, ¿vase ya su señoría?
Sí, señora.
Sí, hija mía.
¿Dejarme quiere tan presto?
Yo por padre serviré
y entraremos acá en palacio
os despediréis despacio.
Vaya tu alteza.
Yo iré.
Aquí voy por si a caer
vuelve.
Será de provecho,
muy buenas obras me has hecho.
Mejores las pienso hacer.
Éntranse y queda Leonardo.
Como a los celos el amor engendra,
hacen tal relación que en ningún tiempo
puede decirse amor sin decir celos,
ni celos sin amor, ¡oh mal terrible!
Apenas en mi alma amor se siente
cuando siente y padece un mal celoso,
apenas vivo por quien en mí arde
cuando de otras sospechas me dan muerte,
y apenas en prisión me veo cautivo
cuando de verme libre desespero.
Veniste, Orintia, y en viniendo a ver
y el verte y el rendirme fue un instante.
Llámese lazo de tus bellos ojos,
no resistiendo las agudas flechas
que dellos amor tira y deja el alma
en un irremediable cautiverio.
Mas el conde don Félix, o me engaño
pluguiera a Dios que engaño mío fuera,
me ha de quitar el bien de mi esperanza.
¡Oh rabia, oh celos, oh llaga intratable,
oh contrapeso de las muchas glorias
al que es aborrecido por otro hombre,
y no puede olvidar a quien le agravia!
Entra un criado.
¿Ya tengo de irme ahora con el duque?
Pues que ya se va aderezar luego
y venga tras nosotros a buen paso.
¿Hase ido el duque?
Ya es partido.
¿No le podré alcanzar?
Si no te tardas.
¿Vas donde está?
Allá camino.
Vamos,
porque antes que vaya quiero verle.
Vanse y sale el duque y el conde.
Pues secretario te he hecho
de lo que tú no deseas,
también será razón que seas
secretario de mi pecho;
pero el secreto es de suerte
que no le quieras saber,
pues has de venir a ser
secretario de mi muerte.
Sabes que mi bien ha sido
esta venida.
Sí sé.
¿Sabes que a Orintia entregué
el alma?
Ya lo he sabido.
¿Sabes cómo atrás dejé
el querer bien?
Señor, sí.
¿Sabes que pasé de allí
a la adorar?
Ya lo sé.
¿Sabes lo que hace un temor
en quien adora?
También.
¿Por dudoso?
Sí, señor.
Conde, pues si sabes esto
de mi fe y de mi temor,
considera mi dolor,
que basta decirte aquesto.
Dudando de tu remedio
estás, porque Orintia está
en parte que no podrá
darse, señor, algún medio,
porque se deja entender
que con tu hermana ha de estar.
Si es ansí, ¿quién la ha de hablar
donde aun no se puede ver?
No había de quién fiarse
este secreto.
De mí,
porque allá un secreto vi
entre dos que se guardase.
Tú te sentencias a ti,
yo me ofrezco a su remedio,
porque este ha de ser el medio
de poder yo hablar por mí.
Dificultad mucha nace,
y en la duda que se ofrece,
la persona que padece
ha de ser también la que hace.
¿Pues cómo?
Como la puerta
a ti no se ha de negar,
y para salir y entrar
siempre la tienes abierta,
y como estás en lugar
de visita o otra cosa,
la entrada no es sospechosa
y la podrás ver y hablar,
y no es mucho, pues pereces
con tan encubiertas llagas,
que seas tú quien lo hagas,
pues eres tú quien padeces.
¿Quiéreste escusar ansí
de ayudarme?
Ten por cierto
que, bien o mal, vivo o muerto,
he de ser quien siempre fui;
antes iré desde aquí
si puedo a ver dónde está
y a hablarla, porque me va
mucho más, amigo, a ti;
que con tu mal y tormento
mi tormento y muerte está,
y ansí más que a ti me va,
pues que más que tú lo siento;
y si agora te satisfago,
no me alabes ni encarezcas,
ni me pagues ni agradezcas,
porque yo por mí lo hago.
Tus tormentos en mí copio
y tanto soy yo también,
que en sentir tu mal o bien,
soy yo más que tú propio;
y ansí cuando yo partí,
a Orintia mi boca abra,
no podré decir palabra
que no la diga por mí.
Eres verdadero amigo.
Soy un vasallo leal.
Yo te estimaré por tal.
Yo cumpliré lo que digo.
Entra Rosibela y Orintia.
El tiempo cura sus males.
Siente del duque la ausencia,
siempre causa esa dolencia
el amor en sujetos tales;
en mi señora habéis ganado
más de lo que habéis perdido,
que si el vuestro padre es ido,
yo seré padre y criado.
Yo lo soy de vuestra alteza.
Desde agora busco ocasión
para decir la pasión
que tengo por su belleza.
Venías acá con brevedad,
¿fuistes lejos?
Legua y media.
Orintia, el mal se remedia
del todo con soledad.
No hay medio que mejor cuadre
que de allanar su fatiga,
y el conde por que lo diga
el recado de su padre...
Hízolo en eso al contrario.
Pues perdiste a él el respeto,
porque viniese secreto
se lo dijo al secretario.
Éntranse el duque y su hermana,
y quedan los dos.
No es por padre la pasión,
sino por ti, inhumano,
que cuando te asió la mano,
me asiste tú el corazón.
Híncase el conde de rodillas.
Levántate.
No hay poder
en mí para remediarme,
ni ha de poder levantarme
sino quien me hizo mal caer.
A tus pies me he de humillar
si no te alzas.
¿A mis pies?
Sí.
Pues por que a mis pies no estés,
no quiero a tus pies estar.
Si de aquesa caída fuera,
porque yo te levantara.
10
y mi obligación pagara
sin obligación lo hiciera
pues quiero me ahora humillar
para ver si me levantas
levántate, que esas plantas
sobre mi frente han de estar
mal su valor adivinas,
que las plantas son del suelo
y para pisar un cielo
han de ser plantas divinas
yo cayendo fui una planta
que cortan porque ha tardado,
y después que la han cortado
con mayor fuerza levanta
tu fe tuve temor
y como el temor cortalle
tanto ha crecido la fe
que estoy a fruto y flor
tú en humillar tus rodillas
más que ganaste perdiste,
pues que de lo que es más caíste
y a lo que es menos te humillas
que a tus pies es interés
caer la mayor grandeza,
pues subes a la cabeza
a los que caen a tus pies
caer es por estar tan bajo
sin caer no te iguale
cayendo me levanté
tanto que ya me aventajo
y así si yo caí por mejor
pues que me levanté tanto
que a ser mayor me levanto
de quien no tiene mayor
¿a quién para mayor señalas?
a la que mi alma adora
la Duquesa, mi señora
no vuelan tanto mis alas
¿quién será?
quien mi alma trata
¿quién la trata?
quien me olvida
¿quién es?
quien me da la vida
¿quién te la da?
quien me mata
¿quién puede ser? no adivino,
¿quién te mata?
quien me ofende
¿quién es?
quien no me entiende
¿sábeslo bien?
y imagino
¿qué?
que no quiere de mí
entender que ella es mi ser,
porque a quererme entender
no preguntara por sí
¿quién era, te pregunto?
una vez que hablé con ella
¿y qué respondiste?
que ella
¿entendióte?
creo que no
es discreta
más que hermosa
es hermosa
es la hermosura
declárate
la ventura
mentiste
en ninguna cosa
porfías
aunque me ofende
pretendes
no la merezco
no te remedia
padezco
daldo a entender
y no entiende
eres firme
y no lo precia
apúntaslo
y me enflaquece
adórasla
y me aborrece
estímasla
y me desprecia
pues no se puede saber
quién tanto te hace penar
amor me manda callar,
si amor me manda atrever
¿por qué callas?
por temor
a lo que soy enviado
oye
¿cúyo es el recado?
es del Duque, mi señor
pues ¿qué dice?
que en la Mota
que Rincón te ha querido,
doyte pena, que has sentido
que el color se te alborota.
¿qué ignoro que se señalen
estas colores? ten cuento,
porque más salen de afrenta
de ver que a amarte salen.
bien entendí que yo era
a quien dices te has rendido,
mas si quieres ser querido,
cómo ruegas que a otro quiera,
a pasión de muchos años
me tenías con fe obligada,
mas ya estoy desengañada
de que me obliguen engaños,
y pésame que veniste
siendo en mi voto el primero
a caer en el tercero
do el primero pretendiste,
mas pues tú mismo te ofreces
a tomar el tercer grado,
sin duda que has considerado
que el primero no mereces;
no es de duquesa el brío
decirle que si la quieres,
y en ser amor primero eres
mal podrás serlo conmigo,
no te digo como hoy
porque a decir lo que siento
subieras el pensamiento
a entender que tuya soy
solo te digo y concluyo
ques muy necio enamorado
el que da de otro Recado
y deja de dar el suyo
oye
por el dugº. digo
digo
ques por el
dilo q. quieres
de su ffee y de como muere
me presenta por testigo
bien es porq. soys amigos
o algun ynteres te da
porq. me an dicho q. ya
se vsa a conprar los testigos
ay los como tu amañadas
y aun por q. ay tales testigos
ay ay cuerpos sin castigos
y no ay ciencias castigadas
a que no te enbie otra vez
vn otro tan falso presente
quel si es falso pretendiente
que yo no soy falso juez
y pues te presento a ti
para abonar en su fee
y a ti tan falso te halle
todos soys falsos aqui
falsa hace la información
o tu le eres falso amigo
pues por ser falso testigo
haces falsa avia ficion
bien veo dulce enemigo
que no es demasiado error
quel q. asido falso autor
se haga falso testigo
y pues tu te as entregado
a ser del tu mal testigo
Racon es darte el castigo
en lo propio q. as pecado
ve al dugº. y di ques verdad
q. yo en la mota le ame
que le quise y le Rogue
y le di mi libertad
que le amo y que le quiero
que le sigo y que le adoro
que por verme con el lloro
y que por estar con el muero
ques mi gloria y mi alegria
mi ydolo y mi consuelo
mi alma mi vida y cielo
mi sol mi luna mi dia
mi bien mi sangre mi ser
mi luz mi guia mi señor
mis entrañas y mi amor
y mas sumas puede ser
dile aquesto no lo olvides
ni tu te agravies de aquello
pues vienes a pedirme e llo
y te doy lo q. me pides
si yo
e d escuchar
oye
nada lo Remedia
una palabra
ni media
mira
no quiero mirar
morire
muera quien teme
que no oyras
al dugº. si
y ami no
vete de ay
escucha
sale Rosibella
calla o yreme
mucho se detiene el conde
y no lo tengo por bueno
q. vn Recado si es ageno
presto se da y se Responde
nunca se acaua de hacer
esta quenta
enfado asido
q. de enfado e Respondido
mas q. pense Responder
pues por q. te as enfadado
por largos y porq. querria
ver al q. el Recado enuia
mas q. al q. trae el Recado
q. te a echo
que me a echo
pues q. me podra el hacer
antes a pensado ser
mas de lo q. sea deshecho
en fin ase ya acabado
ya el Recado se acabo
pues vete q. tengo yo
q. tomar otro Recado
[Vase]
voy me pues q. soy tercera 11
y con tu primera estas
hazla q. con este. as.
tienes pasante primera
fue de ynportancia el Recado
antes creo no a ynportado
pues tan mal le Recibio
sino es q. porquien le dio
en tan poco le a estimado
pues porquien le dio porq.
no era Racon sino fue
conde porq. disfrazado
con mascara del Recado
entraste a mostrar tu fee
antes sucedio ansi
pues cuando me descubri
gusto destar a mi lado
y en viendome en mascarado
deseo verse sin mi
que tanto es lo q. la agradas
mas es lo q. tu me enfadas
y ella no te agrada
si.
porq. al fin mis prendas vi
con las suyas ygualadas
estamos en vn compas
y es gran bien si en ello estas
cuando aya desasosiego
ver q. no se pierde el fuego
porq. no ubo punto mas
en fin yo te e de perder
porque quieres conocer
que tengo ese punto mas
q. confiado que estas
en que no e de aborrecer
Si veo mis gustos ajenos
y pierdo con puntos menos,
y aunque como mal se declare,
dime, cruel, ¿qué ganaré
si tuviera un punto menos,
si más no ha de provechar
ni menos que ha de faltar?
Pues por tamaño es en vano,
¿qué mal ganaré por mano,
si no hay mano que ganar?
La mía ya está ganada,
la tuya tan conquistada,
mal, conde, la ganaré.
Si a quien das palabra y fe
le tienes la mano dada,
no es mucho, siendo tan diestro,
que ganes como maestro
a quien menos puntos das;
a mí sí, pues siendo más,
por menos que tú me envuelves.
Y mira lo que me debes,
si acaso a ganar te atreves,
que tengo con qué ganar
y no lo quiero mostrar,
porque el interés te lleves;
olvida el ser engañar,
que quiero barajar yo,
y volviéndote a dar mano,
te juzgaré soberano,
si me otorgares quién soy.
No me agrada ese cuadro adonde
tanta fullería se esconde,
que aunque ahí me pierdas y engañes,
entre duque y rey me busques,
no he de hallarme sino conde.
Y ya te he dicho mil veces
que por lo más que mereces,
y por ser del duque hermana,
y mi calidad tan llana,
aquese dolor padeces.
Yo no puedo ser traidor
ni quiero de nadie amor,
si ha de ser mi igual no se abaja,
que una mujer con ventaja
quiere esclavo y no señor.
Y aunque yo esclavo he de ser,
en firmeza de querer,
adonde yo sea el señor;
porque peligra el amor
donde es el señor la mujer.
De mi alma y de mi fe
señor y dueño te haré.
Es en mi daño ese asalto,
que si caigo de tan alto,
sin mí y sin ti quedaré.
Peligra mucho mi vida,
que si siento en la subida
sin igual gloria y contento,
sin igual será el tormento
que sentiré en la caída.
Porque si el bien es preciado
y a ningún bien comparado,
el mal por el consiguiente,
pues que tanto el mal se siente
cuanto el bien será estimado.
Y no ignoro en caso igual
que quien sube a cumbre tal
juntas dos glorias estén:
la una gozar del bien,
la otra salir del mal.
Y el que cae de tanto bien
tiene solo un mal también,
pero es en fin mal mortal;
y este es quedarse en el mal
habiéndose visto en bien.
Pues si mi pobreza llana
a vuesa merced ufana
sube y ninguno la ataja,
y luego el bien pierde y baja,
más se pierde que se gana.
Y ansí vengo a responder
para estar siempre en placer,
que se ha de evitar y huir
el contento de subir
por la pena del caer.
Entra Leonardo.
El duque te quiere hablar.
¿A mí?
Sí, y te envía a buscar.
Fuiste tú quien le avisó
para que en viniendo yo
te entrase luego a llamar.
Terrible duquesa estás.
Tú, conde, y mi rey, lo más.
Dame licencia.
Anda, ve,
que yo iré tras ti y sabré
por quién y con quién te vas.
Leonardo 12
Señora...
El conde,
¿adónde va ahora?
Adónde...
El duque le envió a llamar.
No es de importancia el negar,
que a mí nada se me esconde.
Ni hay que se pueda esconder,
esto es verdad.
Pues ve a ver
adónde entra y dónde va,
y dime con quién está,
porque si importa saber,
y si le vieres hablar
con Orintia, de avisar
todo, y sobre todo cargo,
pero mira que te encargo
con el hacer el callar.
Pues quiere de Orintia ser.
No es más, quiero saber
si es aquese su cuidado,
porque la traeré a mi lado
donde aun no la pueda ver.
Quédate y guarda secreto.
Vase.
Descuide, que yo prometo
de no descuidarme un punto;
todo el bien me viene junto,
y mi pasión hace efeto.
Al duque voy y le digo
que el conde le está conmigo.
Quien su amor le hace trayción
que la Razón y pasione
le forzaron al castigo
heredare su fabor
y ablare auirtiame por
en mis tormentos y amores
pues de dos competidores
venga aquitar el mayor
(Vase)
fin dela primera Jornada
dela Constante Orintia
Jornada Segunda entra el duq y leonardo &a
tal intento. tal a dicho
como vide quien te informase
por testigo me inbiaste
y con de no te en su dicho
y es tan buena información
la que de a questo presento
q palacio ay mas de ciento
q mormuran su pasion
mill recados me an aydo
y por su causa e abla do
y por su causa e go cado
fabores q pretendido
ni en ella e uisto des den
tierna señal des trane ca
q poco saue mal seco
de a cha ques de quererme
como se lle ua el amor
no mas de alo que de seas
leonardo as ta que lo veas
no creas q el con de es traydor
pues a mi parecer
como a quien la muer te jiere
q le di cen que se muere
y no lo quiere cre er
pues primero que mas pene
cual seca se q de en cal ma
or de ne el vien de su alma
para que no se con de ne
Cuando un me di co a si gura
de q los re me dios ma tan
de curar el al ma tra tan
y el en fer mo es que se cura
y que me de bo a firmar
quen tu enfermedad no ay medio
procura a tu al ma el Remedio
por q tu te as de curar
yo are Remedio poner
tal que a ta je su aficion
q aun q me ace pas cion
mas por que no no es mu jer
ahora no lo creo y luego
en un mo men to lo afirmo
que de ueces lo confirmo
y que de ueces lo niego
Cruel tosigo e ue ui do
tal q aun q mi fe mereciera
en ol ui do no qui siera
su mu dan za haber sauido
que nun ca fal ta un parlero
q a dar dis gus to se atreua
mal para una mala nueua
cuando fal to men sajero
= entra el conde =
apenas pudiera allar te
segun es tas es con di do
conde se as vien ve ni do
q tengo q pre gun tar te
pa ra ver si es co mo ymajino
sabras lo lue go de mi
quieres uien a orin tia
si
que tan to a
des de q vi no
as te da do ya a enten der
no por que ella me enten dio
¿Y piensas dejarla?
No.
¿Y ella quiérese?
Es mujer.
Muy libre, conde, has estado.
No lo tengo, duque, a mal,
quiero ser culpado y leal,
y no traidor disculpado.
Antes que de ti supiese
que era de veras tu amor,
dio materia a mi dolor,
porque el tuyo no creyese.
No de esto pido mi culpa,
porque nunca me atreví;
mas preguntado de ti,
mi confesión me disculpa;
y así, no he sido traidor,
mas sin disculpa lo fuera,
si agora te lo encubriera,
y no atajara mi amor.
La traición es el mentir,
bien me puedes perdonar,
que ni lo puedo dejar
ni te lo quiero encubrir.
(Creílo agora.)
Ya lo creo;
y agora, Leonardo, digo
que tengo en ti un gran amigo.
De servirte un gran deseo,
mira qué pongas remedio.
En lo general remediar.
A Orintia vengo a gozar,
si doy en su muerte medio.
Dime: si la visitabas
por ti o por mi causa, y si
no eres traidor, pues mentías
en decir que por mía hablabas;
Bien he dicho que, cuando fui
de tu parte a visitarla,
ni de mi pasión hablarla,
que la aborrecí siempre por ti,
y aun porque una bestia hable,
y dije lo que entendí,
vine yo a perder por mí
más que por ti ganaré.
A ti, conde, que tú eres
el que ha llave en mi pecho,
mírate a ti en lo que has hecho,
verás lo que te he querido,
pues no castigo tu pecho;
quiero me apartar de ti
antes que dentro en mi pecho
enojo de lo que has hecho
venza al amor que hay en mí,
y expresamente te mando
que no entres en su aposento,
ni fuera del un momento
estés con Orintia hablando;
y teme de mi aspereza,
y no te fíes de mí,
porque, no lo haciendo así,
te cortaré la cabeza.
Y así, Leonardo, doy cargo
de tener con esto cuenta;
mira, mi tan fiel conde me afrenta,
y aun más que a otro lo encargo
por tenerte voluntad;
con mal se empieza encelando,
decir que imaginando
miente, o saca verdad;
es Leonardo quien me ha hecho
esta merced de avisarte,
que no puedo preguntarte
desta manera, sospecho,
y invención discreta y alta
el querer en esta obra
juntar de lo que me sobra
por cumplir lo que a él le falta;
aunque no es para admirar,
quien mi honra viste y ordene,
a quien hacienda no tiene
no es mucho que venga a hurtar;
y aunque a otro le porfíen,
pedir o hurtar le conviene.
Mejor hurtar que pedir.
Sí, mal te va...
He de hallarlo,
que yo te he vengado.
Yo soy, duque, el agraviado,
que de hacer el desagravio
que en el conde no se esconde;
porque Conde de tanto honor,
ni a mí me falta valor
para un duelo de conde.
Paso, que no soy tan manco
para no mirar por mí,
ni aun me matarás ansí,
si hubiera una firma en blanco.
¿Qué firma?
No has entendido,
no te está bien entender.
Ni aun a ti no conocer
cómo a mí te has atrevido;
a venir te atreves...
Sí,
que tan cruel agravio
ha de ser el desagravio
también delante de él.
No estés más en mi presencia
hasta que yo te lo mande;
quede tu locura grande,
esto te doy por sentencia;
y aunque la satisfacción
de aquel don no me recibas,
porque vas de compás
del premio de mi afición.
Orintia es quien me ha contado
del modo que la persigues,
y ansí quiero que me castigues
este amor desenfrenado;
Leonardo, vente conmigo,
que el vengarte a mí me va,
y en breve tiempo verás
tu venganza y mi castigo.
Luego volveré a buscarte,
aunque más valor te sobre,
y entonces verás si el pobre
tiene a quien dar que prestarte.
Vanse, y queda el Conde.
Yo acepto mi desafío,
aunque no temo su brío,
porque tengo el pecho tal
que ya no hay mal que sea mal
en comparación del mío;
padecer el sentimiento,
la pena, rabia y tormento
que deste caso me avino,
fuera de aquel que adivino,
o que es poco lo que siento.
Mas es un mal singular
a el mal tan sin igual,
aunque el mal de mal tan fuerte,
que el mismo mal me da muerte,
porque no sienta su mal.
No más destos tormentos,
formar quejas es afrenta,
que el que nada me comunique
la propia que me ha de ser,
y aquel que a jugar se asienta,
cuanto más sino jugar,
por perdido he de juzgar,
que al fin siempre pierde y paga,
y ha de hacer tan buena cara
al perder como al ganar.
Entra Orintia.
En tan buen lugar, mi conde,
como a tanto se asconde
el bello sol que yo adoro,
el porqué, la causa ignoro,
y también ignoro a dónde.
Que en palacios no estuviste,
donde con el duque fuiste,
que cara veis él está,
quien caro a mí me cuesta
verte a mi vida tan triste.
¿Cómo no hablas?, que a mí
no estás bueno o qué sentí,
verme de contento ajena,
por graves que es mi pena,
el verte sin gloria a ti.
No me respondes, ¿qué has?,
¿por qué esos suspiros das,
y huyes de mí y no te allegas?
Si a mí, señor, me lo niegas,
¿a quién lo confesarás?
Cuando me forces o ciegas,
segura de que mi fe
a la del que ya no darías,
y si satisfecho estás
de que al duque nunca amé,
te muestras tan afligido.
Apenas hemos salido
de una mar de tantos recelos
donde no sospechas celos,
cuando en otro hemos caído.
¿Por qué su pecho suspira?
A mí, señor, vuelve y mira,
¿han te dicho algo de mí?
Si dicen que te he ofendido
por tus ojos, que es mentira.
Costárame a mí los ojos,
y no fueran mis enojos
de tanto peso y valor,
pues de todos el menor
lleva mi vida en despojos.
Ya no más, Circe engañosa,
y más mudable que hermosa,
quien llega ora a halagarme,
es procurar enredarme
en otra red más costosa.
Ya se ha acabado el dispas,
y sé que no es mi solaz,
quien Judas para mí ha sido,
pues después que me ha vendido
viene a darme la paz.
Como con mudanza tal,
bebí una purga mortal,
tan amarga y enportuna,
hazme agora esta acezuna
porque no me sepa mal.
No falsas amor te acierte,
ni te pese de mi muerte,
pues que tú la procuraste,
si mi muerte deseaste,
¿para qué lloras mi muerte?
Eres casada, traidora,
del marido que la adora,
ni mujer ni compañera,
que riendo desea que muera,
y cuando muerto le llora.
En aqueste martirio
de tu amor fingido y vano,
verme ahogar fiero intentes,
y cuando ahogado me ves,
vienes a darme la mano.
Mi bien.
El duque es tu bien,
a él esas glorias se queden,
no finjas más que perdiste
a quien lo demás dejiste,
ve y dile a que lo renueve.
Pues, ¿qué he dicho yo?
Cruel,
¿no le dijiste tú a él,
o a Leonardo que te hablaba,
por mí cuando él me miraba,
y que nunca hable por él?
¿No le dijiste que viese,
que no te hablase ni viese,
si algún día te pesó que
harto pesó que yo fues,
para que te pese que fues?
Si de celos, solo, suspiras,
reiréme si no te agravias,
que donde Leonardo está
y el duque, no faltará
quien dé enojo con mentiras.
Y el duque y ese su amigo,
como el cielo es buen testigo,
me han pretendido y amado;
porque yo los he mirado,
me ponen en mal contigo.
No creas tan falso intento,
créeme a mí que no miento,
que si quisiera ofenderte,
fuera darme a mí la muerte,
según tus heridas siento.
Yo había de mostrarme así,
yo había de ser contra ti,
y tú me habías de enfadar,
no te vengas ya a gozar
si en mi vida te ofendí.
Mírame.
Ya se pasó
ese tiempo, y bien sé yo,
aunque quejas de tener,
lo que siempre es mujer:
de la serpiente heredó,
la más firme es como caña,
la más hermosa más daña,
la más tierna más cruel.
Y más común la más fiel
y ninguna hay que no engaña.
Y pues lo que esto es ansí,
no me pidas que te crea,
que yo no te he de creer
si no has de ser mujer.
Soylo solo en la librea,
la que te socorre a ti;
si librea de mujer vestí,
mas no mi fe de mujer,
ni ven mi alma, mi vida.
Yo soy tu alma, o mi vida,
pluguiera a Dios que lo fuera,
porque en tu cuerpo estuviera
un alma tan afligida.
Entra Rosibela.
¡Oh, conde! ¿Qué causa ha habido
que con el duque has reñido?
Todo ha sido en mi provecho,
y en lo que ha hecho me ha hecho
más merced que he merecido.
Hanle dicho y sin razón
que en su amor le hago traición,
y a Orintia tiernas endechas,
que yo para tus sospechas
no es mala confirmación;
y manda que no la siga,
ni una palabra le diga,
y esto por que lo tratéis,
pues que a lo que más deseo
por fuerza el duque me obliga,
que ni la quiero ni creo,
ni la amo ni la deseo,
ni tuve pasión por ella,
ni jamás me acuerdo della
sino cuando aquí la veo.
Y nunca me ofreció fineza
que no solo no la amo,
mas aun su sombra aborrezco;
y son mis pensamientos buenos,
y de mi crianza tan llenos,
porque a dejar tesoro a ti
por Orintia fuera ansí
dejar lo más por lo menos.
Y tú eres mi bien y tesoro,
por ti, mi duquesa, lloro,
y aunque yo solo no lo merezco,
no solo no te aborrezco,
mas solo tu sombra adoro.
Sobre firme, conde, labras
aunque a mí tus labios abras
y a Orintia hoy digas cobras
porque yo sé qué arte obras
aunque no digas palabras.
Y aunque ahora afición me cobras,
y de enamorado sobras,
en arena, conde, labras,
porque me dices palabras
y nunca te reduces a obras.
Pues bien sabes que te quiero.
Yo por tu amor desespero.
Tú eres mi gusto y mi gloria.
Tú estás sola en mi memoria.
Conde, finges.
No, porque muero.
Yo a lo menos por ti lloro.
Limpia es mi fe como un oro.
¿Estás de mí satisfecho?
Estoy con tu amor deshecho.
¿Qué me quieres?
Que te adoro,
pero no me digas más,
porque está delante nos
y tenemos aquí delante
quien parlará en un instante
cuanto dijéremos dos.
Pues iré de este sagrario,
si estorbo tu bien, desvío,
y iréme, conde, al momento,
porque si noto contento,
mucho mal que el propio mío,
pero en aquesto no aciertas,
porque si me voy y adviertas
las puertas han de quedar,
y bien me puedes fiar
que resguardaré las puertas.
Y obra que yo no veré,
qué, ¿que yo lloraré?
Vive alegre que yo muero,
no me ames que yo te quiero,
y habla que yo callaré.
Si destos favores coges
no es mucho te detengas,
háblala porque la matas.
Vive Dios, si dello tratas,
No mates bien, no te enojes,
que no lo decía por tanto,
ni entendía mi pecho cuánto
te diera aquesto a entender,
porque no había de qué ser,
ser yo causa de mi llanto.
Ahora vámonos de aquí,
si quieres.
Agora darte han,
quiero al tercero tener,
que de una reja podré
despacio hablarte.
Sea ansí.
¿Vienes, Orintia, adentro?
Luego a tu cuarto entro,
que tengo un poco que hacer.
Sin duda debe de ser
esperar algún encuentro.
No temas que yo me iré,
y aumente el cielo tu fe
sin celos y sin engaños,
y al duque goces mil años
y por momentos te goce.
Vanse, y queda Orintia sola.
Tan sola pierde de constancia el premio,
que me pierda amor del mal que muero,
en fiero menosprecio penas pero
que la constancia a no olvidar me fuerza,
quiere ser libre y no quiere que sea,
quiero dejar la fe pues desespero
y no puedo dejarla aunque yo quiero.
Puede ser en el mundo mayor fuego
que ataque de ser de tanto precio,
que no puede dejar quien no es amante,
y quien saca al que ama de sus redes,
pues no es bastante fuerza de desprecio
no hay fuerza ni interés que sea bastante
a fuerza de constancia es lo que puedes.
Entra el Duque.
A no tener tal pasión,
y cegarme el afición,
mucho, mi Orintia, temiera
que algún enojo te diera
la fuerza de la razón;
porque la tengo muy grande,
que basta que no se ablande
tu pecho con mis pasiones,
sino con sinrazones
el conde más que yo mande;
bien con él te concertaste
pues que te quiso y le amaste,
que no le hables le he mandado,
lo pasado sea pasado,
y pues los pasos tomaste,
que muchas veces le he dicho
y de le adorar sospecho,
dile que no le hables más,
que si lo haces verás
ante tus ojos deshecho.
¿Quién cuenta de esto te ha dado?
No te dé de eso cuidado.
¿He te lo yo dicho, Duque?
No.
Pues por qué al conde, que es
celo, di, ¿se le has contado?
Pues eso, ¿qué importa
aún a ti?
Pues más me importa que a mí,
por ser constante y fiel,
no dejar de esto man-
cha, encubrirte esto ansí.
Verdad es que yo le amaba,
y que así prendada va,
y no de mi voluntad
te encubría aquesta verdad,
que el conde me lo mandaba;
y en el fingido favor,
y pocas muestras de amor,
que nunca tenerme llana,
y hablarte de mala gana,
lo conocieras mejor;
y si pensaste granjearme,
porque el conde ha de olvidarme
oyendo razones tales,
pues en los mayores males
con más constancia has de hallarme.
Pues por qué, si a mí me abrazas,
fingiste darme tus brazos,
si antes de estos lazos me enredo,
de modo que ya no puedo
desasirme de sus lazos;
para que disimulase,
y a su amistad me allanase,
has ganado alguna palma
en engañar a mi alma,
sin alma suya engañase.
Antes, si amado de ti,
vengo a inferir de aquí
querer tan falso y cruel,
que para quererle a él
viniste a ensayarte a mí.
Eres palma que has dado
fruto, y al que tal enredo
en las hojas la esperanza
y antes ande el frutal vana,
y las hojas gozo yo;
fui quien empezó a plantarte,
y mientras pude gozarte,
nunca dar fruto quisiste,
y en flor me satisfaciste
el trabajo del sembrarte.
Das al que te halla el tributo,
al sembrador das el luto,
pues es tanto tu rigor,
que cuando mía, diste flor,
y cuando ajena, das fruto.
Y mi fe, y alma te he dado,
pues mi poder, y mi estado
mal te lo podré negar,
pues no tiene más que dar
quien a sí propio se ha dado;
y aunque esto no es arrogancia
ni peca en esta ignorancia,
no has de mirar a quién es
el conde, ni a tu interés,
sino solo a mi constancia;
y aunque no hay quien te adelante,
y el conde es tan ruin amante,
que por enredos se olvida,
mientras yo tuviese vida,
seré en quererte constante.
Son mis deseos excesivos,
y más constantes que altivos;
en conclusión, ten por cierto,
que más quiero al conde muerto
que duque ni reyes vivos;
y que de hoy más adelante,
no habrá cosa semejante
para mí ni que sea más,
y ansí aunque muera verás
que él es muerto, y yo constante.
Entra Leonardo.
Un correo en palacio está
de España, y aguarda ya.
¿De mi padre?
Creo que sí;
no sé, en el pliego vendrá.
¿Cómo, tú a ver estas cosas,
que con más de su cuidado
pudieras estorbar?
Solo, señora, a ver;
dame esas manos hermosas,
que se las quiero besar.
Vete, Duque, a despachar.
Leonardo, quédate aquí,
y pues ves lo que amo, di.
lo que en mí causa el amor
a ver voy lo que me ruegas,
que por más mudos y ciegos
en quien ajeno consiste,
pues la forma que me diste
conoces y me la niegas.
Pues mira con mucha cuenta
de que un conde te ofenda
de que es mía en su deshonra,
pues a la legua la afrenta
cuando él allá te la aumenta.
Entrase el duque y sale el conde.
Quiero buscar a Leonardo,
porque si mucho me tardo
y al desafío no vengo,
dirá cómo me detengo
y le temo y me acobardo.
Mas a quien tal he tenido
desde aquí he de estar escondido,
tengo un rato de escuchar,
y viendo he de confirmar
las verdades que he oído.
¿A qué te quedaste aquí?
Solo a contemplar en ti,
pues no quieres que te hable,
que no puede ser mudable
al intento que hay en mí;
siempre sentirá tu pena,
añadí que todo te condena,
tu hermosura me disculpa,
y pues tú tienes la culpa,
bien es que pague la pena.
Mi muerte son los despojos
de tus crueldades y enojos,
mal danme tus ojos vida
si la quieres ver perdida,
no le dejes ver tus ojos;
porque si deseas mi muerte
viéndote enojada y fuerte,
presto vendré a perecer,
con que me des a beber
el veneno de mi suerte.
Con él podrás acabarme,
y no que gustes de darme
veneno con que me sanas,
que me comerá las entrañas
y no acaba de matarme.
Si sabes que te enojé,
solo por gozarte fue:
la duquesa me contó
como amabas, y yo
al duque se lo conté;
porque si al conde olvidabas
y no temedis mi afición,
admirades mi afición
mirando que a la traición,
que por mejor la premiabas,
por ella me descomedí,
al duque que me ha apremiado,
que sepas tu mal de mí
y así tanta pasión sentí
que de la suya me olvido.
Si esa traición te disculpa
porque su pecho culpa
la del conde fue más buena
ordenándote a dar pena
y a quien nunca tuvo culpa.
Que si el duque le mandó
que me hablase y me habló
y si él a mí no me amó
fue porque se lo rogué,
y no porque me rogó
si en esto le hallas culpado
del conde y le has condenado,
como tú no te condenas
ni temes las propias penas
haciendo el mismo pecado.
Siendo traidor es razón
que a otra acuses de traición,
bien parece en tu verdad
que precias de que es santidad
quien es público ladrón;
y haces tus lazos consellas,
no ves tú notas y mellas
y en otros lo ves, no tal,
mandas de aquí dar la mitad,
estando tú lleno dellas.
Si tu vida da una razón
porque la mujer de no tratar
por qué te matas aquel
porque ha y de ser fiel
si lo eres tú y no rematas,
porque en ruego semejante
por ti ni por otro amante
ni por cuanto el mundo esconde
habré de olvidar al conde,
y dejaré ser constante,
que quieres ver cuán firme estoy
y la fe que al conde doy,
aunque él me agravie y olvide,
pues con bien todo se mide
no conociendo quién soy.
Que primero ha de faltar
arena, agua en el mar,
y en el cielo resplandor,
y en mí que es más que tu amor
que al conde pueda olvidar.
(Sale)
Saca de aquí
para herirte ansí,
quizás faltará en el cielo
y si apuras en el suelo,
pero no constancia en mí;
tal constancia puede haber,
en mujer no puede ser
si sé que de engaño creo
que es firme y constante el cielo,
pero no creo que es mujer.
Orintia, pues que de ti,
y siempre aborrecido fui
tratábame un poco mejor,
que no por tenerte amor,
a lo menos que siempre en mí
si por ser mi amor mayor
era mi culpa menor,
que la que el conde tenía
porque tu fe con tu amor
era aire.
Mientes, traidor.
No puedes sin culpa estar,
y no me vuelvas a hablar;
déjate, ni te busqué,
que al duque se lo diré
para que te mueras así
y solo por mi castigo
se lo diré, te lo digo,
no por ser castigo fiero,
quien mi vida por más dinero
procura ganar amigo.
No toca en tratar malos.
que aunque para su regalo
mi corazón me abonece
al conde que le merece
y aun a otro mejor me igualo
no trates de mi valor
sino baja de mi amor
háblame claro en mi mal
pues con término fatal
es mucho más mi dolor
Si aunque más claro, lisonjero,
nada, infame parlón,
en tu mal he de hablar
que más claro te he de hablar
que diciéndote no quiero
¿cuál conde Félix te igualas?
¿de cuándo acá tienes alas
para igualarte a este hombre?
un hombre que se ha hecho hombre
con seis chismes y dos galas.
¿quién eres tú y qué mereces,
que ya al conde te pareces?
no sigas esos condados,
que el más ruin de sus criados
vale más que tú cien veces.
Y Arcelina, su amante,
y Virginea, que inconstante,
y Jofenisba, que alcance,
que por cierto poco cobro
fue más que Orintia inconstante.
Eres mujer con pasión,
tienes al conde afición,
hablas como al fin mujer,
no te puedo responder
No porque tengo razón.
Sobrada es tu libertad
para ser mi voluntad,
y aun mi poder de tal arte,
que puedo en algo forzarte
y en algo hacerte amistad.
¿Qué fuerza me has tú de hacer?
¿En qué te he yo menester?
Loco estás, no me conoces,
que hundiré el palacio a voces
para publicar tu ser,
pues tiene el duque en su casa
quien toda la honra abrasa,
quien es público traidor
en su honra y en su amor.
Paso, Orintia.
¿Qué lo paso?
¿No hay quien me pueda escuchar?
Orintia, calla.
No quiero callar, ni puedo.
Habla quedo.
Mal ves mi quedo.
No sé yo más quedo hablar;
hablo bien y hablo a pregones,
habla quedo tus razones
llenas de maldad y enredo,
porque te importa hablar quedo,
al que habla siempre traición.
No pases más adelante,
pues cata, Orintia, un instante,
siquiera a no despreciarme.
Vase Orintia y sale el conde de Rauacondi.
Mal podré en esto forzarme
si soy en esto constante.
¿Piensas que mi fe tuviste?
Que si todas partes fuiste,
engañado, infame, erraste.
Vete, pero no te juro
que daré que yo me jure
de tu lengua afeminada,
y yo me he de ver tan vengada,
que todo el mundo se asombre,
y maldito sea, amén, el hombre
que quiere tomar forzada.
Qué confusión y cuidado.
Y gran rato ha que te he buscado
y no te he podido hallar,
porque al fin deseo dar
a lo que principiado he dado,
y priesa me da el corazón
a castigar tu traición,
de ofenderte bien de mí,
que cuando salgas de aquí
has de ir sin escapazón.
Ya cato el conde ha escuchado
las voces que Orintia ha dado,
no, pues que no lo dudo,
si lo que dijo he escuchado,
viniera más enojado.
Mete luego mano.
No le quiero declarar
lo que oí ni al duque contar,
que sabido le pesará,
y si del noble es deshonra
no el noble la ha de quitar.
Espera,
y sin pasión considera
qué mal se le hacíablose,
pues sin razón me afrentaste
siendo Orintia la parlera,
que lo fuistes si no fueres,
y agora castigar quieres.
Y procuro tu castigo
por otra que no te digo,
por no decirte quién eres.
Bien quién soy puedes decir,
mas quiérote persuadir
a que no hubo culpa en mí,
y a que no estamos aquí
en lugar para reñir.
No procures excusarte,
ni con disculpas cobrarte,
que en aquello todo caigo,
mete mano, porque traigo
grande gana de matarte.
No la tengo yo menor,
porque a la causa mayor,
pues siendo tan bueno y tal
como tú, y tan leal,
me publicas por traidor.
Conoces tu baja suerte,
conócete bien y advierte,
supuesto que eres traidor,
que no tienes mal mayor
que serlo, y no conocerte.
La presunción se deseche,
pero no había fuerza que eche
tu altivo y soberbio humor
y pensamiento traidor,
si lo mamaste en la leche.
y si aquesto no lo hace,
aun más ruindad él hace,
pues de nadie lo aprendiste,
ni tú de buenos naciste,
que ser traidor de ti nace.
y no solo eres el traidor,
y de todos el mayor.
si siempre suele vencer,
la razón no es menester
procurar ser vencedor.
Echan mano, y sale Ro.
¡Haya tanto atrevimiento
aquí en el mismo aposento
del duque, a mayor honor,
Leonardo y el conde son!
¡Ay, qué mal del conde siento!
¡Hola, guardas! ¿No hay quien me oiga?
Salen dos criados.
Señora, sí.
Vaya, y llame al duque uno,
otro, no más señores.
Ninguno
llegue, ni pase de aquí,
que la muerte haré cierta
si alguno a llegar se acierta.
Pues yo tengo de llegar,
que no me puedes matar
porque ya me tienes muerta.
Tente, duquesa.
No quiero,
do tú peligras, yo muero,
en medio tengo de estar,
y los golpes reparar,
si no lo dejáis primero.
Quítese.
Ni un dedo alces,
del ruin de Leonardo advierte
el recelo de quererte,
pues ves que le desvencen
y procuras meter paz.
Entran duque y criados.
¿Qué es esto?
Andan en riña dos,
y los de guarda he llamado,
se hubieran los dos ya muerto.
Buenos criados, por cierto,
eso en mi casa criado,
de enojo estoy que reviento,
que parece atrevimiento
aún hasta reñir aquí.
Mucho os confiáis de mí,
por lo mucho que os consiento,
yo escarmentaros prometo,
que se amarren de vero
al que asiere a dos manos,
que al que mucho amó jamás
le tienen ningún respeto.
Y las espadas les quitad,
y a una pieza los llevad.
Mi ofensa, señor, mire,
pero al fin fuerza me fue
por defenderme.
Acabad,
llevadlos.
Espera, señor,
para hacerme a mí favor
se queden.
Vuestra osadía
no es castigo otro día.
Yo en esto les fiaré.
Pues yo les perdonaré
lo que han hecho contra mí,
que de reñir aquí
más lo demás no podré
mandarlos dejar, es preso
con castigar los excesos
de públicas enemistades,
y así han de ser amigos
o prender los dos presos.
Pues aquesto yo me ofrezco,
y algo con ellos merezco,
Leonardo, la mano da.
Sola tu alteza podrá
mandarlo.
Yo lo agradezco,
sola la tuya espero.
De ningún modo lo haré,
porque diera la cabeza
antes que la mano diera,
si el que la ha de recibir
fuera que se ha de curar
lo que nada ha de estimar.
Mas yo temo la he de dar,
porque la habré de cumplir,
aunque sin agravio estoy,
y en esto obligado soy
solo a lo que él se obligare,
y así mientras se guardare,
de guardarse le ha estado.
Estás pagado.
Y contento.
Perdona mi atrevimiento,
y después de perdonado
juzga desapasionado
si alguna razón sustento.
Bien está, que ni razón
más os hace compasión,
y lo que yo he sufrido
tampoco razón ha sido,
sino sobra de afición.
Bien podréis entrar; vete
donde estuviere, y advierte
que a donde Orintia no entra
ni le hables, porque será
como ya he dicho tu muerte.
A tu lado, señor, ando.
Os hace recado aquí
que quiero un despacho hacer.
Yo, señor, le iré a traer.
Saquen luces.
Ahora.
Vase el conde.
Sí,
que ya es noche.
Luces presto.
Mucho me huelgo que aquesto
también haya sucedido,
que aunque mal aparecido...
disimular tanto en esto,
mas helo disimulado;
porque, aunque no lo he mostrado,
tengo al conde mucho amor,
y es hombre de gran valor
y de poderoso estado,
y hame servido muy bien
y mucho tiempo; a quien
debo esto es principal,
por cosa tengo sin sal
hacer mal, no me está bien.
No fue poco castigado
pues que se tuvo enojado.
No hubo mucho enojo en mí,
pero cree que por ti
me mostré tan agraviado.
Beso los pies a tu alteza.
Aún más debo a tu nobleza
que a de Orintia.
Poca muestra,
porque en estos males muestra
mayor constancia y firmeza;
ni le aprovecha saber
que el conde no la ha de ver,
ni cómo fue su amante;
mas aunque está tan constante,
consuélate en que es mujer.
¿Que fue desafío?
Sí.
Mucho se ama el conde a sí,
que aunque yo se lo pidiera,
a nadie la mano diera.
Fuera por dártela a ti.
Estación en ella es esencia,
la mudanza ten por cierta.
Quien muere mal, la tendrá.
Pues no sabes en qué dio,
en qué causa su dolencia;
y que, pues te di parte,
lo que del conde entendí,
que ha de irte, qué hago
por mí, y tu gusto deshago.
Satisfecho estoy de ti.
¡Gran infame!
Como un duque de Francia,
de Francia más bien nacido,
es Leonardo, principal,
y honrado ha sido por tal
en todo lo conocido.
Mal parece de villanos
que de nobles cortesanos.
Anda, dásela y confía
en mí; pliego esta venía
para ti.
Beso tus manos.
Hermana.
¿Qué quieres?
Quiero,
si sabes, sabes que muero.
Ya lo sé.
Pues si lo sabes,
¿puedes no es bien que acaves
el mal por quien desespero?
¿Tercera he de ser?
Sí.
Yo haré cuanto fuere en mí.
Si quieres, qué podrá ser.
Pues si puedo, yo querré.
¿Qué te importa?
Por lo que me importa a mí.
¿Qué te importa?
Tu placer.
Si quisieres responder.
El sí daré luego.
Orin. se hace.
Mi rabia, conde, está en que,
pues que le está tu poder,
Entra el conde con recado de escriuir.
Aquí el recado he traído.
Sálganse todos allá.
¿Podemos estar aquí
nosotras?
Señora, sí.
Cielos, ventura, miedo,
para que este papel dé
al conde, que dé mi fe,
en él viera la inocencia.
El conde, ten advertencia
de que hables quedo.
Se hace.
Dicen que ha estado el marqués
aquí.
¿Cuál?
El de Gante.
No sé si ha de escribir;
muchos a la corte han ido.
Gran enamorado es;
por ti, Ro., sé que él se muere.
Como mi hermano no quiere
acetar que sea mi esposo,
frustre amor tan venturoso.
Luego, si el duque quisiere,
querrás tú.
Bese de oy
los pies.
Pues él entiende de ti
que le quieres.
Déjame
muda, Leonor, a la fe,
que a ella vienes, y no a mí.
Es Orintia muy constante.
No hables conmigo un instante;
en tu fe, mientra que aún
obedecerlo es peor,
por tenerte aquí delante.
Ya has dado en que a mi señor
el duque has de honrar,
y con ello has de dudar.
Mal hecho aver yo de amor
esto sobre el cuerpo echo.
De Francia no hay que dudar.
Aun, ya voy, señor, a escriuir.
No, luego te irás.
No tendré
lugar.
Yo también me iré.
¿Tan presto?, pues quiero yo
por ahora...
Presto ha de ser.
¿Dónde va Leonardo?
A hacer
traya al conde.
Para qué
Para ir a mi cuarto
Yo
hasta allá
No es menester
En sirviendo
Di
Genios placéis
Goza, ya el sol embaraza
porque me importa ocultar
este papel, y estoy
por hacerle mil pedazos
No, que entre aquí a limpiar
aquestas velas
Mandar no me lo puedes a mí
No sé, no, ya tu amis-
Yo las limpiaré
Afrentar
me quieres, yo no saldré
Va a despabilar y mata la vela
Oh, qué mal
Cierto mal fue
ni sentencias tratas
de tu rigor, pues que matas
la mucha luz de mi fe
Aprende agora de mí
Pues, ¿cómo he de hacer?
Ansí
Mata Orintia las dos velas, y da el papel al Conde
Aun me matas
Justo entiendes
pero, ¿qué extraña ofensa,
sin ver cuánto hay aquí?
¿Dónde?
En mi pecho
Meted
una hacha
luz a aquesta,
no acudís
a estas velas
No encendáis
que me quiero, pues os vais,
a oscuras quedar aquí
¿A dónde vas?
A cenar.
Pues en paz me quiero entrar
Conde, en la mañana ven
a caballo, cuenta ten
de guardarlos del calor
Bien seguro estar podréis
Muy favorecido vas
Mucho más mi alma la adora
Y nuestra gran limpiadora
de velas
Y limpia, mas
mal que piensa el Duque bueno
cuál quepo en lo que es ajeno
por la confisión que he dado;
me atrevo, a que he quedado
limpia de culpas, de pena
Señor, esa confisión
yo temo que ha de ser razón
Vamos
Entremos
Entiende que habla con él, le vende
sin dar que tuvo la intención
allá leeré su disculpa
aunque en vano se disculpa
que yo oí su confisión
y tiene mucha razón
en decir que está sin culpa
Fin de la jornada
Página en blanco
Jornada tercera.
Rosibelo y Orintia, solos.
Presto se hicieron las paces.
Pues ¿en qué lo conociste?
En lo que solías hacer,
y en lo que agora, Orintia, haces.
Estás alegre y contenta,
que no es pequeño argumento
ver en ti tanto contento.
Como el conde no me aprieta
en tenerme ya mudable,
quitóse la pena mía,
mas no es perfecta alegría
mientras no le goce y hable.
Con razón puedo quejarme,
cuando habías de remediarme
acrecientas más mis llagas,
determinad el olvidar
al conde y de dejar esto,
que tu padre viene presto
y entonces le has de dejar;
que no sirve mi afición
sino de darme a mí pena,
pues que veo mi gloria ajena
teniendo ya posesión
a costa de mi alma y ser;
tengo estas flores sembradas
y con tus manos labradas
las vienes tú a coger.
Esta razón se aproveche,
que quien por ti se dirá
que fuera algún sirviente
que de mi casa me eche.
Mucho de aquesto me pesa,
mas ya temo no es mejor,
no se haga discordia amor
entre duquesa y duquesa;
y mi alma sufra su prueba,
rogándome, me la dan;
no la tomes, oh, hijo Adán,
y el que me la dio fue Eva.
Verdad es que ya no están
las cosas para esa prueba,
que mil veces seré yo Eva
para que el conde sea Adán.
En esta fruta fui serpiente;
que eres serpiente da nota,
que la sumís venenosa,
pues el que la come, muere;
pides que deje mi amor,
y de dos lo has de alcanzar:
de mí, y de quien me hace amar,
pues a solo su señor
él me tiene esclava a ti;
si tienes con él favor,
alcánzalo tú de amor,
que yo lo alcanzo de mí;
mas cree que al conde despida,
ni a ti buena amistad,
que por esta voluntad
no lograrás en tu vida;
bien ves como al conde quiero,
más que tú, mas no te pido
que eches al conde en olvido,
por causa de que yo muero;
que tú le olvides quien pide.
irá de aborrecerme a mí,
sino ha de quererte a ti,
qué importa que yo le olvide,
ni al mal el que ya se fía,
que mi alma le siga y quiere,
y a la que Dios se le diere,
San Pedro se le bendiga.
Que confía de aquestas...
En mi fe y en mi constancia.
Vase.
En fin, solo es de importancia
que aquí le obligaré más;
quédate, que yo me obligo
desobligalle de manera
que mía ni sea ni quiera,
y crea lo que le digo.
Entra el Conde.
Fe que no me daban honor
los prometeres, y aras,
que a fe que no podías
cumplir esa obligación;
el Conde está confiado
y yo lo estoy de su fe,
y cuando al Condestable
mejor conoció mi pecho...
Respuesta a la que ha de leer
del papel, y esto decía:
que vas al fin como solía,
no me quedé a hablar ni ver.
Orintia.
Conde de mi alma,
¿viste al Duque, señor?
No.
Ahora fue de aquí.
Pues yo
vengo por acá.
Va en calma;
díjome que te dejase,
díjele que no quería,
dijo que te obligaría,
y tanto que te obligase
a olvidarme.
Si te mueres,
y temes perderme a mí,
me acusas de ¡ay de ti!,
pues poco lo que me quieres.
Quien teme a su amante firme
pierde y de esto segureza;
muy cerca está, si él la deja
de dejalle ella también.
Y si entráis en este temor,
no es mucho que os blasfeme
de su amor, porque quien teme
no tiene perfeto amor.
Que en quien le hay, nunca viene
ya perdido el temor;
mal podrá su amor perder
si dentro de sí le tiene.
Dices, mi bien, en estremo,
pues te quiero tanto a ti,
y aun muerto has de ser mi bien,
y ansi perderte no temo;
lo que temo es lo que hicieres;
que de mi bien cierta estoy;
no temo no ser quien soy,
sino que no seas quien eres.
Seré el que soy y el que fui,
y de mí no digas mal,
que aunque mucho me dio Dios,
tanto como yo te oí...
En fin, ¿qué fue menester
oírme para creerme,
que no quieres conocerme?
Conozco que eres mi ser,
y también conozco que eres,
después de Dios mi hacedor,
en constancia espejo de hombres,
y corona de mujeres;
hermoso y firme diamante,
prenda heroica inexpugnable,
laurel heroico incontrastable,
y en fin, quien la constante Orintia.
No me hagas tanto favor,
que como no lo merezco,
como ruin me ensoberbezco.
Mas dejando esto, señor,
¿cómo osaste entrar aquí?
¿Ha te visto alguno entrar?
La muerte vengo a buscar,
que gran muerte es el no verte.
¿No estaba el portero ahí?
No, dijéronme que estaba
fuera, y que habiendo dejado...
y ansi me he entrado hasta aquí;
nadie me ha visto, y advierte
moriré sin pena y llanto,
que en su ausencia paso tanto
que más descanso es la muerte.
Mira por ti, que ya lloro
al peligro que te ofreces,
si su vida aborreces,
giras a la que sola adoro;
y vete, no venga aquí
quien te vea.
Y a mí envías;
algún tiempo no solías,
Orintia, enojarme ansí;
tan presto viene a cansarte,
quédate.
Vuelve ahora.
No me tengas.
No te has de ir.
¿Qué me quieres?
No enojarte;
estate hasta cuando quieras,
este disgusto se trate,
estate conmigo, estate,
estate como no muera;
que si tú, mi bien, no mueres,
aunque a mí me hagan pedazos,
venga el Duque, vengan mil brazos,
te tendré si te lo quieres,
pues había de enojarte
a no haber este peligro.
Abrázanse.
De ningún modo peligro
teniéndote de mi parte;
dame esos hermosos brazos,
firme, si en el cielo corres,
con que a mi alma pones
y prendes en nuestros lazos.
Tente más de quien te adora.
27
Gente viene por allí,
pues yo me voy por aquí.
Adiós, mi alma.
Adiós, señora.
Vase.
¡Qué de penas y de dolor
se sigue a un gusto!
Entra Leonardo.
¡Señora!
El Duque me ha dicho agora
que me acusas de traidor.
Ya se lo dijiste.
La verdad le dije en todo,
más vale tener de modo
que no quiere creerme a mí.
Si mi amor...
Déjame aquí,
no me empieces a cansar.
¿Cómo te podré dejar?
Como te dejo yo a ti.
Vase Orintia.
Pague el Conde mi afición
como paga mi esperanza,
que si esta Orintia le alcanza
no es pequeña maldición;
y pues me olvida ansí,
por él, que decís faltar,
que ni tú le has de gozar
ni él te ha de gozar a ti.
El despacho que escribí
y dejé muy encargado,
el Duque al Conde lo ha dado,
que anoche se le perdió.
Diré al Duque que le halló
dentro del propio aposento
de Orintia; será argumento
de que el Conde hablarla entró,
pues que el papel él tenía,
seguro es todo; va tomando,
que es fácil de creer que, entrando
a hablarla, se le cayó.
De aquí voy al Duque, digo
cómo el Conde a Orintia habló,
y aun hasta su cuarto entró,
y este le doy por testigo;
que la cabeza perdida
tiene, pues que no cumplió
lo que el Duque le mandó,
cumplir pena de la vida.
Vase y entra el Duque solo.
Paso con temor, íntimo desespero,
mas no puedo hallar medio que intente,
mi estado ni mi amor el contuviese;
porque se ejecuta, pues en una
muerto me resucitas cuando espero
algún dolor, pues muerto no se siente,
porque su crueldad tanto consiente
que viva pa que sienta cómo muero,
la vida me mandas para el tormento,
porque no me la das para alegrarme,
y no viva de tantos martirios lleno.
Nunca alcance de ti, mi bien, consuelo,
porque si tengo vida, has de matarme,
y si vida me das es para pena.
Entra Leonardo.
¿Quién es?
Yo soy.
Anda, ve
y llama al Conde, Lionel,
di que traiga aquel papel.
Yo, señor, te le daré.
Vesle aquí.
¿Quién te le dio?
Hallele en el aposento
de Orintia.
¿Cómo?
No miento.
¿Pues quién allá le llevó?
Anoche cuando allá entré
con la llave a su recado,
y Orintia se había encerrado
en una sala a la calle,
nadie le podía llevar
sino el Conde que le guardó;
y al portero no le vi,
sería después de cerrar,
que como tú tienes llave
de aquellas puertas, podía
el Conde tener la suya,
pues la hechura y guardas sabe;
bien la mentira ordené.
¡Ay, traición es esta, ay!
Di que entre, y trae aquí
con qué escribir.
Sí, traeré.
Vase Leonardo.
La culpa vengo a tener
desto, pues le hice venir
dentro a palacio a vivir
por hacerle menester;
y del que el mal no previene,
¡ay de mí!, no es mucho digo
que muera; el que a su enemigo
dentro de su casa tiene.
Él viene con qué engañaste,
anoche a un hombre mata,
porque fue engaño o ingrata,
que presto el celo mostraste.
Viste el tiempo tu paño,
y como es tan gastador
gastó el pelo del amor,
mostró el hilo del engaño.
Entra el Conde y Leonardo, hablando, y a las razones hace que busca el papel cuando se le pide el Duque.
¿Qué mandas?
Ponte a escribir
que quiero aquello acabar.
No empereces.
Ya vuelvo a entrar.
¿Adónde vas?
Quiero ir
por el papel.
¿Dónde está?
En mi aposento.
Cuidado
que has tenido, a un criado
manda, y por él ven tú acá.
Pues yo no iré.
Gusto desto.
¡Hola!
Señor.
A un mi criado
que busque un papel dorado
y sin leerle venga presto.
Qué secretos estos son,
tengo tan mala opinión
deste Leonardo que entiendo
que agora me está vendiendo
o trata alguna traición.
Pues que muera.
¿Muera?
Si dicen esto por mí,
válgame Dios, qué he hecho yo.
Si sabe el duque que hablo
conmigo Orintia.
Sea ansí.
Entra un criado.
Señor, no le halla el criado.
Jesús, ¿dónde le he dejado?
Si este por hacerme mal,
como traidor, desleal,
me lo hurtó y al duque ha dado.
Creo que anoche le metí
en mi escritorio, de mi
confía que volveré,
déjame ir y le traeré.
No has de salir, quede aquí,
da la llave.
Sí, haré.
¿A quién, señor, la daré?
A Leonardo se la confía.
Démela vueseñoría.
Tómela vuesa merced
y mire que guarda llave
secreto, aunque sea muy grave,
no quiera mal imponerla
que temo que por tenerla
aprenda a parlar mi llave.
Anda, no hagas caso desto.
¿A qué me detengo? Presto.
Vase Leonardo.
Tienes razón, que tu estado
pues la lengua no he quitado
agora con tanta breve-
Puestos aquí nos veamos.
Qué culpa contra mí das,
que casi preso me tienes.
Que sin memoria que vienes.
Que sin justicia que estás.
No tengo de confesar
que he podido a Orintia hablar.
Si esto al duque le ha enojado,
este traidor lo ha intentado,
porque nadie me vio entrar.
Entra Leonardo.
No puedo hallar tal papel
en el escritorio.
En él
no ha de estar, déjame ir
y de vernos
con guardas que de venir
me obligo presto con él.
No, no has de ir, y no hables aliento.
Leonardo, ve a tu aposento,
y haz que le traigan aquí
el escritorio.
Sea ansí.
Vase Leonardo.
Buscarásle a tu contento.
Si cuando yo a Orintia hablé
aquel papel dejé
y siendo el que le alteró
que era del duque entendió
y se le ha dado, no sé.
He cientas cosas rodeo,
mas lo que dijo no creo,
que si allí se me cayese,
primero Orintia le viese,
y el papel aunque no fue
desde anoche que le hablé,
esta mañana no fue
posible que allí cayó,
que anoche se me perdió
en cualquier parte que fue.
Meten dos criados el escritorio y hácense ir los de aquí.
Más antes pónganle ahí,
sobre el bufete.
Ya está
bien puesto.
Salíos allá.
¿Tienes tú la llave?
Sí.
Da acá, yo le buscaré,
que miente aun no cree.
Déjamele a mí buscar.
Tan mal le podrás hallar
como yo, mas llegaré.
Qué grande traición es romper
los papeles de mujer,
si guardados los tuviera,
agora el duque los viera,
y más me echara a perder.
Si al que ama romper le enfada,
porque una razón le agrada
ponga el peligro delante,
que el favor del buen amante
en el alma le ha sellado.
¿No le hallas?
Otros buscaba,
que si yo no cierto estaba,
que aqueste no había de hallar
cuando entraste a Orintia a hablar.
No la he yo hablado.
Ea, calla.
Digo que no la he hablado.
Traidor, destos se han hallado
en tu sala, en su cuarto,
no trates que con tus artes,
patente de que has entrado
quien llevar a Orintia podía.
quien sino tú le tenía.
¿Y quién le halló?
Yo le hallé,
y al Duque se le mostré
sin saber cúyo sería.
Créolo.
Ansi mis puertas
entras sin estar abiertas;
dime con qué llave entraste.
¿Cuándo?
Anoche, que le hablaste.
Yo anoche, en ello no aciertas.
Daca la llave.
Se dará
si alguna llave tuviera
más de la que te di;
pero ni entré ni salí,
ni, aunque quisiera, pudiera,
que aun apenas me aparté
de ti cuando me acosté.
Bien está, deja la espada.
Cuánto el disgusto me agrada.
Y cuánto es justicia haré,
no te aviso, aquesto mandado
con pena que...
Si más culpado,
no él sea con que pene,
pues, ¿quién hay quien me condene
sino un papel olvidado?
Tan ruin descuido te admira;
perdísteleme anoche, mira,
del que le halló la bondad
que anoche le hallase es verdad
que fue allá dentro, es mentira.
Di cuanto quieres y advierte
que un preso, casi a la muerte,
a nadie agravia; me espanta
que el Duque te perdonara
para poder responderte.
De manera que sustentas
que es cierto lo que le cuentas.
Más verdad que tú pregona.
Si el Duque te cree, abona;
no es mucho Leonardo mienta.
Llévale, que desvaría.
Bien haces, de ti confía,
y haz de mis dichos donaire;
rígete por este aire,
y si por este has remiros,
oyes, te ablandas, y azas,
no seas mal fleta rasa
que algún día te quitará
el aire con que suspiras.
Perdido ha el seso.
Traidor,
de Leonardo sé el valor,
no como tú, deshonra;
tú me afrentas, él me honra,
y en todo aumenta mi honor.
Pésame que hables ansi
no por agravio que me hace,
ni a otros tan nobles criados,
y más que Leonardo honrados,
mas por agraviarte a ti;
si este aumenta tu valor
y te honra, él, tal su honor,
que no sé qué puede ser
ni qué honra puede tener
a quien se la da un traidor.
Tú mismo te has afrentado,
pues por menor te has juzgado
de quien no tiene menor,
y quieres, siendo el mayor,
honra del más deshonrado.
Un traidor es quien te honra,
de un traidor honrado estás,
esto honra, y no deshonra,
pues cuando un traidor te honra,
mira tú lo que serás.
En graciosa se ha mudado.
Ponle en prisión, que dijo
otras mil desenvolturas,
y a no creer que son locuras,
lo hubieras pagado ya.
Lo que siento he de decir,
yo no tengo de morir,
la muerte ni me has de dar,
pues vive Dios que he de hablar
si me quisieres oír;
y porque no quieres que brame,
me des con porra y te llame
injusto tirano a voces,
si mil nobles desconoces
por conocer un infame.
Cuando honra no te faltara,
supuesto que te faltara,
no tienes un criado noble,
y más que Leonardo al doble,
que toda te la entregara,
honor que crees que te prestas
no habiendo caudal en este,
que quieres ser el peor
de todo el mundo, y menor
por honrarte con aqueste;
mas pues te honras con lo menos
donde hay otros de honra llenos,
serás entre tus regalos
tal malo que te honren malos,
pues no conoces los buenos.
¡Hola!
Señor.
Lleva asido
a este traidor atrevido.
Agora confieso y digo
que será justo el castigo,
porque me he descomedido,
sé tanto y fui tal mal hable;
por advertirte el toque,
porque puedas más vivir,
y porque he de morir,
he querido hacer por qué.
En aquesto no despendes
razón, que aun antes te ofendes,
porque un alma que está ajena
de culpas no tendrá pena.
Bien dices, mas no me entiendes;
de no respetarte a ti,
quiero que haya culpa en mí
y ser de culpa notado,
que importa morir culpado
no por mí, sino por ti;
a ti te importa este hecho.
de culparme y a mi pecho
mirad este beneficio
porque es el mayor servicio
que en toda mi vida te he hecho.
morir con culpa es mi gusto
y mira quien soy pues gusto
cuando me vean condenado
que me tengan por culpado
por que te tengan por justo.
Ten, que la causa mereces
mil muertes.
Y aun no te ofreces
a conocer mi lealtad
delito haces mi bondad
sírveste y no lo agradeces
y matas mi fe, ella te ama
dasme muerte, doyte fama
doyte vida, hacesme ciego
y sácote yo del fuego
cuando me echas tú en la llama.
y del agua en que te ahogas
tu salud son mis llagas
con que vida al fin te ha dado
como leal te he servido
mal como tirano pagas
y a quien haces que no pierda
razón que alguno dijera
que mal de lo que eres quieres
tú pagas como quien eres
yo sirvo como quien era.
y por hacer yo como yo
a quien sirvo se acaba
que si yo como tú hiciera
ni yo como yo sirviera
ni dejara yo el ser yo.
Llévalde vos de su mano
aprisionadle, tirano.
de su po
Tiempo das.
Si te viere Orintia, más
Que dando este paso llano
seguro caminaré.
ahorcarte, y qué podré
tenga Orintia por notoria
fallecida que este es cierto
del conde Cleón.
Vase.
Entranse. Salen Orintia y Roger, Bellastro, y Duque de Milán apartado su padre.
Ya sabrá por cierto.
Por cierto,
presto vendrá.
Según la cuenta entrará
y si no se ha detenido.
Y no podrá ya venir
porque al duque vi decir
que le avisase del día
de la embajada que quería
salirle él a recibir.
No sé cómo salud tenga
Dios me perdone, y no venga.
No pues que no le desease
mal le debes de querer
No más de que se detenga
me holgaría.
No, confiesa
amor muda con niñeza
de quien tiene voluntad
Si ello va a decir verdad
mas que me huelgo me pesa
Porque se viene.
A causa
la embajada que llevó.
Y estaráse aquí de asiento.
Esa es mi pena y tormento.
Luego no ha de estarse.
No.
Podrá ser que se sienta
o que se queje de mí
que me pesa le decir
porque no podré servirte
tan bien allá como aquí
y siempre lo haré como pueda
mas si tu vista me veda
será dejar la mía en calma
pesaráme en el alma
si a costa acá me queda.
Yo sélo, si vuelta mía
que te holgarás mucho el día
que yo falte de Turín
pues ha de faltar en fin
quien contra tuviese porfía.
más mi amor no es de perder
bien puedo sin vida andar
pero mal amante estar
bien puede el conde a otra amar
mas yo ninguno querré.
Si te da mucho en que decir
yo me atrevo, Orintia, a hablar
un orden ya se ha de dar
tal que no puedas perder
sino mucho en que ganar.
Pues cómo.
Mi hermano está
muerto por gozarte ya
y él se paga tan de veras
y aunque quien eres no fueras
lo mismo hiciera que hace
teme la vida perder
y quiere ahora aprender
porque su mucha fe veas
no que dama suya seas
sino que seas su mujer
esto es verdad, por ti muere
no te admire solo, quiere
que de amor en lo que da
mas en esto no lo estás
ni hace mucho si bien quiere
con él te puedes casar
y aquí te quede el estar
que si tanto el ir te pesa
de laboro por duquesa
puedes, Orintia, quedar
aun antes inquieto estar
aun
y el duque quiere que en mí
este pensamiento cuadre.
Antes que venga mi padre,
me partiré yo de aquí,
ya muero por ausentarme,
y si ansí vengo a darme,
sé casar, y es de mi fe,
y en ella me quedaré,
si determino a dejarme.
Ese estar es apartarme.
Jamás por ti es estar.
Y si me ha de departir,
que si quedando me he de ir,
si me quiero por quedar.
Y también para tal señor,
es pequeño mi valor,
aunque el amor me hace tal,
quiero casar con igual,
que no lo sea por amor.
A mi pecho el amor es nota,
y con el bien se alborota,
pero si el duque con esta
de Saboya hace dequesta,
yo haré duque de la Mota.
Entra Felicio, criado.
No hallo un criado del conde,
y no está aquí.
Felicio, ¿adónde?
Del conde busco un criado.
¿Hállasle?
No le he hallado,
pues digo que se me esconde.
De su amo le quiero dar
un escrito.
Ten, aguarda,
mas pues ninguno está acá,
a la prisión donde está
se le iré al conde a llevar.
¿Cómo?
¿Qué?
¿Adónde?
¿Qué seso?
Estás loco.
¿Tienes seso?
Habla.
Di.
Acaba.
Ea.
¿Qué es todo de remenea?
Con más flema.
¿Adónde?
Preso.
¿Presa la gloria que adoro?
¿Encerrado mi tesoro?
¿Oscura mi luz y guía?
¿Noche, y ni me vio mi día?
Rabio.
Muero.
Peno.
Lloro.
Y ¿por qué fue?
Lo que en esto...
Acaba, no seas molesto.
Si acabar presto se aguarda,
yo digo que me es nada.
Mirad si acabo de presto.
Que muero.
Haslo de contar.
Sí, mas hanme de escuchar
con mucha flema.
En buen hora.
Pues sepan que como un hora
que le vi preso llevar.
Ya has dicho que preso, ¿el porqué?
te pregunto.
Eso no sé,
pero si quieres que yo
lo sepa, sabrélo.
No.
Pues ¿qué quieres?
Déjame.
Que te vayas
que me place.
Pues de aquí mi muerte nace.
Hablar al duque voy luego,
por si mi pasión y ruego
a que esta prisión deshace,
que yo le tengo de librar.
¿Quieres venirme a ayudar?
No,
huyo del pedir,
porque no quiero pedir
por no me obligar a dar.
Vase Roberto y Felicio.
¿Qué pecho en padecer habrá constante
sufriendo el mal que mío sufre y siente?
Pues aunque más ajeno se acreciente,
se esconde en sufrir la más diamante.
Soy mártir de mi fe, soy un amante,
no hay quien más peso ni dolor sustente,
para saber que he sido tan valiente
basta saber que he sido tan amante.
Lo mucho que he pasado, ¿quién pasara
si quien amara lo que yo he amado,
mas quién amara lo que yo he querido?
Y pues que nadie lo que amo, amara,
nadie pasara lo que yo he pasado,
ni nadie sufriera lo que he sufrido.
Entra Leonardo.
Si no basta la pasión
y fuerza de la afición,
Orintia, que te he mostrado,
si no basta haber estado
por ti de tanta sujeción,
si no basta que me he puesto
en mil peligros por esto
si no han bastado mis ruegos,
Señora, a estas amenazas,
si no ha bastado aquesto,
ya no te pido que trates
de mi bien, ni que desates
los lazos de mi amor fuerte,
y pienso darte la muerte
primero que tú me mates.
Y pues tan mal mi esperanza
cumples, te rindo fianza
que al desamor como un fiero
porque ya de ti más no quiero
de ti amor, sino venganza.
Y ya no tengo qué esperar,
y mi padre ha de llegar,
y el duque quiere gozarte,
por mejor yo he de matarte
y a quien esperas gozar,
con hallarle encadenado
después de aprisionado,
y yo he de ser tu juez,
no le hablarás otra vez;
pues habiéndole mandado
el duque que no te hablase
ni adonde estabas entrase,
de noche se atrevió a entrar.
¿Adónde?
Contigo a hablar.
¿Qué tal maldad se provoca?
Él mismo lo dio a entender.
Que no seré yo mujer
para dar a este la muerte,
pues que de ninguna suerte
quiere el duque conocer
que es traidor y su enemigo,
y como a tal da el castigo,
que el conde ya no podrá.
Vase, sola entre sí hablando esto.
Entran Mezandro y criados.
Señora.
Mezandro amigo.
¿Qué vienes aquí a buscar?
¿alguno a quien preguntar
por qué está mi señor preso?
Yo te contaré el suceso.
Hazme un coche aderezar
sin decir adónde vas,
y en estando puesto, irás
a guardarme a la otra puerta.
¿A cuál?
A la de la huerta.
¿Qué es esto?
Allá lo verás.
Mezandro, así imagino,
el hacerse a desigualar,
mi padre no llega, y
de aquí a detenerle voy,
y yo al conde he de gozar;
porque a mi padre diré
que le di de esposa fe.
Matar a este determino,
todo tu amor imagino,
Leonardo, que faltó fe,
a quien mi considerado
que quiere en peligro a este,
por mí de perder su honor,
que me tiene mucho amor,
y como el conde ha faltado,
y al duque aborrezco tanto,
que en solo verle me espanto,
escojo por buen partido
quererte, si no es fingido
su amor, y amoroso llanto.
¿Posible es que aquesto seas?
¿es posible que te empleas
en conocer mi pasión?
¿es posible que tu afición
y ya mi bien deseas?
¿es verdadera esta historia?
¿es posible tanta gloria?
¿quieres dueño de mis ojos,
mi alma son los despojos
desta amorosa victoria?
Porque no seas increíble,
y creas como es posible,
dame, Leonardo, tus brazos.
Si te fían esos lazos
cualquier bien aceptable.
Sácale la daga Orintia, estándolo abrazando, y dale por un lado.
¡Cruel, infame!
No, que primero
que sueltes la vida quiero.
¡Traidora!
Porque lo has sido,
ese premio has merecido.
¡Ay de mí, Jesús, que muero!
Que me mata una mujer
con mis armas, que de ser
mayor mal el que padezco,
pues, traidor, bien lo merezco.
Habla con este, ha de ser,
y bien la muerte mereciste,
y tal bien en ella hallaste,
que es milagro su bondad,
pues te hace decir verdad,
y nunca tú la dijiste;
y no es mujer la que te ha dado
la muerte, ni te ha sacado
la daga sangre, y advierte
que al malo en premio la muerte
le da su mismo pecado;
y no te doy desto disculpa,
si mi bien de mal te culpa,
el matarte es obra buena,
pues que tendrás menos pena,
muriendo con menos culpa;
más que perdido has ganado,
siendo mal matado y dado,
pues que no puedes vivir,
no te pese de morir,
ni ver el cuerpo llagado;
y que te he hecho en que se sangre
mucha merced, y en verterla
pues vale más no tenerla
que tener traidora sangre.
¡Ay cruel!
Pues lo que quieres,
para que a esta llaga mueres.
viose el conde, y sacó aquel
del pozo; metiose con él.
que serán cuanto quisieres;
y quédate aquí, malhechor,
que aunque ya no eres traidor,
ni hacer podrás lo que sueles;
hasta agora aun a ello hueles,
y me ahoga el dolor.
Vanse Orintia y entran el duque y su hermano, y dice Leonardo:
Oye, señor, mis voces y mis culpas,
que con mucho dolor te las confieso.
Es imposible que de noche entrase.
Dejadlo agora y haz llamar a Orintia,
que espera el coche, y ya su padre viene
a una legua de aquí; y es bien que vamos
a recibirle.
De todo me arrepiento.
¡A Leonardo!
Señor.
¿Estás herido?
Y en el fin de mi vida.
¿Quién te ha muerto?
Orintia me mató.
¿Orintia? ¿Cómo?
Algún misterio que esta muerte tiene;
o la llamad, a Orintia andad volando,
pues ¿qué causa le diste para aquesto?
Castigar mis delitos, que son grandes.
Perdóneme vuestra alteza los agravios
que en obra y pensamiento he cometido
contra su real persona.
Sí perdono,
pero si te ha quedado alguna fuerza,
dime la causa deste nuevo caso.
Orintia quise; y por poder gozarla
se disfrazó en no cumplir su gusto
y por lo propio he puesto mal contigo
al conde, porque tu muerte le dieses,
y en la prisión que está no tiene culpa,
que no me halló el papel sino el engaño;
y porque le matases dije aquello.
Orintia, por vengarse y por vengarse,
y por vengarte a ti, quiso quererme,
diome un abrazo y con mi misma daga
del modo que me ves me dejó; y fuese
llevando las llaves de las puertas
de donde, sin por qué, el conde está preso;
perdóname, señor, estas traiciones,
y por Dios solamente te suplico
que me mandes llevar donde confiese
si da lugar la poca vida mía,
y mira.
¿Qué quies? Dilo, pide.
¡A Leonardo, Leonardo!
Él ha espirado.
Perdone Dios su alma; y la reciba.
Llevadle aqueste cuerpo; haced luego
que le entierren, y le hagan sus obsequias.
Entra un criado.
No parece, señor, Orintia en casa,
ni habemos traza en ninguna a lo que entiende.
que las guardas que al conde tenían preso
están aquí, y dicen cómo Orintia
fue con la llave diciendo que mandabas
sacar al conde, y que ella por él iba.
¡Ay, engaño y traición que a esta se iguale!
¡Que el conde lleve a Orintia!
Mándala luego,
que vayan por mil partes a buscalla.
¡Oh, cruel conde! ¡Oh, traidora Orintia!
Cuando entendí ver flor en mi esperanza,
la veo en mi propio fuego hecha ceniza.
Buena guardia por cierto ha hecho della;
buena cuenta darás della a tu padre,
y bien le pagas los servicios hechos
mostrándote en tus cosas descuidado,
pues te entregó tal prenda y la has perdido.
Mucho siento ese mal, mas mucho siento
mi pérdida y dolor, porque es al doble;
pues si su hija pierdo, yo he perdido
el alma y ser, pues no seré quien era.
Yo quiero, Roselia, ir a buscallos
por vengarme y cobrar mi alma perdida;
y antes que el duque llegue partir quiero.
Dirás que a caza Orintia y yo hemos ido,
y que por no estar buena tú no fuiste;
que yo entiendo volver presto vengado.
Pues mira si los hallas no peligren,
ni ofendas a ninguno, tráelos presos.
Adiós, hermana, que temo el duque llegue.
Entra un criado.
El duque de la Mota está en palacio.
¿Hase apeado ya?
Ya se ha apeado.
Buen galardón será de la jornada,
dalle esta nueva; hermana, vamos
a aquella sala a recebirle.
Entran el duque de la Mota y criados y el conde Félix y Orintia y el marqués.
Dame tus pies.
Estos brazos
toma, y seas muy bienvenido.
Tus manos, señor, pido.
Pues yo quiero darte brazos.
Que no me dieras lugar
de salirte a recibir.
El deseo de venir
a verte me hizo volar.
Como duque has negociado.
Muy bien, por ser para ti
cuanto mandaste pedí
y todo se me ha otorgado.
Ya por mujer te quería.
Si más por ti le dejé,
maté a Leonardo y liberé
el cuerpo del alma mía.
Gran fe por mí le dejaste.
Tu padre, en resolución,
alcanzará este perdón,
sí, pues el tuyo alcanzaste.
Después cuenta te daré
y hablaré que has de saber;
mucho ahora me has de hacer
cierta merced.
Se hace;
hágase cuanto quisieres.
Pues perdona a estos culpados
que, aunque lo son, confiados
vienen, señor, en quien eres;
que Orintia y el conde son.
A recebirme salieron
y tanto vi y tanto hicieron
que alcanzaron mi perdón;
que cuando supe el suceso,
y cómo se habían casado,
tanto enojo había cobrado
que de enojo perdí el seso;
mas soy padre y, al fin, viendo
quién el conde es, perdoné,
y que está sin culpa sé.
Y yo, duque, lo confieso.
porque el muerto en mi presencia
lo dejó más ofendido,
me tiene el haberse ido
y casar sin mi licencia
que a hablarle había quitado.
Yo le hablé, que él no me habló.
También, Orintia, me dio
hoy mucha pena y cuidado
cómo se fue y su venida;
mas holguéme que viniese
a ti y a tus manos fuese,
pues salieron de las mías.
Esta es voluntad de Dios,
y al fin contra ella no puedo,
cuanto quisiere concedo,
gozaos mil años los dos.
El cielo aumente su estado.
Dadme los pies.
Álzate,
que aún reliquias de su fe
han en mi pecho quedado.
Gracias a Dios, que sin miedo
te puedo, conde, abrazar.
Gracias a Dios, que afirmar
que hay mujer constante puedo.
Tus manos da a besarme.
Si pudieran ellas ser
ponzoña y aun acometer
a entrambos, me holgara dar;
mas ya traidores se ordena
mi venganza desde hoy.
Con tu licencia me voy.
Espera, ¿por qué te vas?
No estoy buena.
Espérate un poco, pues,
y oye lo que al duque digo.
Y es que de Milán conmigo
viene el marqués de Gonzaga,
que desde que a erro de vella
le negaste, allí se ha estado,
quejándose, desterrado
de ti, su ventura, y de ella;
y que yo os pida me pidió
lo que tanto él ha pedido,
y pues que nunca ha podido
alcanzarlo, pueda yo.
Y a mi gusto el tuyo es.
Míralo, qué la responde.
Pues que no puede ser conde,
vaya con Dios, sea marqués.
¿Adónde está?
En esta pieza.
Al marqués el parabién
recibe, y por tanto bien
las manos besa a su alteza.
¡Oh, contentos soberanos!
Déme su alteza los pies.
Brazos os daré, marqués,
y mi hermana os dará mano.
También brazos y estado
de esposa.
Yo la recibo,
y desde hoy diré que vivo,
pues soy tuyo desde hoy.
El parabién de mi parte
recibe.
Y tú de la mía.
Que traiga duquesa mía
a hablarme
y aun a abrazarte.
De aquesas bodas seré
el padrino, y eche fama
de que Leonardo en su cama
murió sin saber de qué.
Y ordénense muchas fiestas
que publiquen mi placer,
porque yo tengo de ser
quien más se señale en ellas,
cuando a la Mota te vayas.
Y haránse las fiestas todas,
y después de hechas las bodas
licencia a mí me darás
y a mis hijos.
Enhorabuena,
mas tan presto no ha de ser;
ni, con duque, pensé ver
a Orintia con mano ajena.
Pues lo demás has sabido,
aquesto puedes saber:
que la amé, y que mi mujer
fuera a no tener marido.
Su alteza habla de manera
que no lo puedo creer,
ni se lo sé agradecer;
para el conde, fiel amante,
y para mí, duro roble.
Mas es más que hermosa amante,
y gala le han de inventar;
iguala y excede ya
a quien, señores, se da
fin a la constante Orintia.