à> Date de publication: 22 août 2026
Métàdonnées de l'œuvre
Avis
Il peut contenir des erreurs ou omissions. Si vous disposez d’une meilleure édition, nous vous remercions de nous contàcter àfin que nous puissions intégrer des mises à jour.
Licence
Ce contenu est proposé sous licence Creàtive Commons CC BY-NC 4.0. Réutilisàtion àutorisée àvec citàtion ; usàges commerciàux non àutorisés.
<à clàss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tàrget="_blànk" rel="noopener noreferrer" àrià-làbel="Voir les détàils de là licence Creàtive Commons CC BY-NC 4.0">Citàtion suggérée
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La atalanta. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-atalanta.
Yy 200
Mss. 15509
Autógrafa 4º
La Atalanta =
Comedia en 3 jornadas, por D. Gaspar de Ovando =
Leg. 3º 2 S-6.
Con censura
Comedia famosa la Atalanta de Ovidio
Por D. Gaspar de Ovando
Deudos, amigos, príncipes, no mira
a deudo ni amistad mi ciego enojo.
A lo que aspira Alcides no aspira,
sus fieros rayos por la umbra arrojo.
Jasón temido soy, en cuanto gira
dando a la tierra luz del cielo el sol.
No me tengas, Meleagro.
Tente nesta.
¿Quién al valor se opone de Atalanta?
Sabéis que de mi planta delicada
ni arena se alabó de imprimir huella,
ni hierba se quejó de ser pisada,
por ser veloz como cadente estrella;
sabéis que habito el monte, de arco armada,
y cuantos guarda en él Diana bella,
o suelto gamo o saltadora corza,
venzo con planta de nevada alcorza.
Sabéis que si la flecha, que derecha
sale del arco, al blanco seguir quiero,
puedo llegar primero que la flecha,
tanto que el golpe, mientras llega, espero.
Sabéis, poco alabaros aprovecha,
muy tierna sois, y el jabalí muy fiero;
dejad tan ardua empresa a los varones.
Ni Teseos, ni Alcides, ni Jasones.
Llovieren las nubes cual granizo frío,
brotare la tierra como flores,
a todos sobre el caso desafío.
Y a todos vencerás, pero de amores
mayor hazaña de tus ojos fío,
que despiden dorados pasadores;
mas tu hermosura mal lograr no quieras,
que no se matan con amor las fieras.
Yo, que a pesar del hechicero Atlante,
saqué de su jardín las pomas de oro,
regando sangre de dragón flamante
las plantas que producen tal tesoro;
del Arcadia el jabalí maté arrogante,
el león partenopeo y de Creta el toro,
y yo, que sin tener los silbos roncos,
siete dejé a la hidra cuellos troncos.
Yo, que al Cerbero con por tres gargantas
verdinegra verter le hice espuma,
acónito mortal brotando cuantas
yerbas baña su humor, su ponzoña suma;
yo, que en el orbe he hecho cosas tantas,
que no basta a la fama lengua o pluma,
matar prometo al jabalí valiente,
y al marfil de tu mano el duro diente.
Con qué arrogancia tu victoria narras.
Con qué dulzura acalmas los venenos.
Si de otros domo el león desgarra,
donde Teseo está desgarra menos;
que mil victorias conseguí bizarras,
sin favor, como tú, del dios de truenos;
ni se me metió en centro ni en centauro,
y sabes que di muerte al minotauro.
Gracias, Teseo, al hilo delicado
de Dédalo sutil, Ariadne tierna,
que en el vientre del monstruo sepultado,
bebido hubieras ya del agua averna;
sueldo mis oídos habéis ganado,
y ambos con mi victoria fama eterna,
testigos sois de mi valor divino,
cuando a Colcos dejé sin vellocino.
Ya me vistes domar toros valientes,
cuya armazón de bronce otro temiera;
arar los campos y sembrar los dientes
que a la sierpe arranqué tremenda y fiera;
y avistes que brotando armas las gentes,
me ofreció a la batalla carnicera;
y vistes que, temblando de mis manos,
se mataron hermanos con hermanos.
Deste que a Calidonia monstruo ultraja,
a mis sienes compete la victoria.
Ninguno en el esfuerzo me aventaja.
Contra infamia afrenta ganar gloria.
Ni la clava acerada se desbaja,
su fuerza con su fama hará notoria.
¡hay, amor, que aun hablar no me consientes!
Deudos, amigos, todos sois valientes,
cuando a mi reino aflige plaga tanta,
y en mi consuelo habéis todos llegado.
Jasón, Teseo, Alcides, Atalanta,
gloria a este siglo, afrenta del pasado,
tan civil diferencia se levanta
para hacer sumamente desdichado
a este afligido rey por tantos modos,
que remediar queréis y afligís todos;
sabed bajar más a la bestia fuerte
que respirando fuego el campo abrasa,
al jabalí cerdoso, cuya muerte
gloria a todos dará, que es a mi casa,
que medrosa mi gente está de suerte,
viendo que el fiero diente a todos pasa,
que ha tres años que el campo no cultiva,
ni hay planta en sus raíces rica o viva.
Para todos hay gloria en tal hazaña,
quien desea el remedio no lo impida.
Vase.
Aquí ha de valer fuerza, que no maña,
no encantos que Jasón a Medea pida,
ni astucia con que monstruos Teseo engaña;
fuerza ha de ser la mía, es conocida,
que desgajo las selvas ramo a ramo,
y montes sobre montes encaramo.
Salid al campo todos a envidiarme,
que con justa arrogancia me provoco,
salid a verme, pero no a ayudarme,
que solo basto a lo que el mundo es poco,
la colmilluda fiera Diana desarme,
que ni quiero su ayuda ni la invoco,
mas no digas a la bestia cuánto puedo,
que antes de verme matarala el miedo.
Vase.
Al mundo ha de asombrar que donde estaba,
a quien dejó Teseo, Hércules viene,
en qué ejercicio la valiente clava
sino nombrar mi fama se entretiene,
ya me enciende la honra y furia brava.
Vase.
No dirán que con regalos se detiene
Jasón, cuando en empresas tan honrosas
vive mi sangre en tantas bellas rosas.
Vase.
Oh famosos varones, que hoy en tanto
que probáis la difícil aventura
y aplacáis del cielo tal espanto
los puros bríos con ofrenda pura.
Porque veáis que a todos me adelanto,
ni quedo atrás de os alcanzar segura,
que si al monstruo se acerca más a un punto
no le veréis matar sino defunto.
Aguarda, Atalanta.
¿Cómo que aguarde?
Que el fiero veloz Jasón
Huyes, traidor cobarde.
Oye, bien mío, detén,
que huirse alcanza tarde.
Suelta, mi furia no enfrenes,
que, siendo nobles despojos,
y tanto que me entretienes...
Deja sentarse en los dos
que está tu enfadosa mohína.
Déjame.
Imposibles pides.
Suelta, Meleagro, no te olvides,
mi furia veloz impides,
porque me gane el laurel
Teseo, Jasón o Alcides.
Mas tu hermosura lo advierte,
que porfías por vencellos,
que no me obligó a tenerte
gana de que ganen ellos,
sino miedo de perderte.
Mataré el jabalí, ¿quieres?
Suspende un poco el rigor;
basta que tan hermosa eres,
que matas hombres de amor
y de envidia las mujeres.
Vencieron el laurel espeso
de este caso peligroso.
Pero si más gloria importa
vencido de un monstruo rabioso,
que no vencedor de un humano,
no aventures tu belleza;
queda en palacio segura,
que del vencedor conquista,
vencido de la hermosura,
vencedor de la fiereza.
Cuando mi padre llamó
tantos brazos invencibles,
no estaba en el reino yo,
sino venciendo imposibles
que aqueste brazo allanó,
toda cuenta quise darte.
Porque no pienses que ha sido
el venirme a requebrarte
ir al templo de Cupido,
huyendo el rigor de Marte,
que daré ofreciendo flores
en el sacro santo altar
que un nuevo Paris amores.
Bien basta para matar
monstruos y fieras mayores,
quédate, Diana honesta,
hermosísima Atalanta,
que la colmilluda fiera
rindió, pues, a tu planta
sobre aqueste pardo puerco,
y a mí, por ofrenda viva,
a tu dulce yugo atado,
que a tu condición esquiva
daré un reino libertado,
y una libertad cautiva.
De un príncipe me admiro,
invencible es su poder,
pues que de hombres me retiro
sin podellos oír ni ver,
y con gusto te oigo y miro;
dulce retórico has sido,
no sé cómo te he sufrido,
con todo me has persuadido
con sutileza la vista,
con suavidad el oído,
mas, ¡hay, gallardo mancebo!
que si a quererte me atrevo
será desear mi muerte,
y medio está en rehuirte
el oráculo de Febo.
Si nunca Apolo ha mentido,
¿cómo te puedo querer,
si en mi vida ha de tener
el que escoja por marido,
o me escoja por mujer?
Con tan piadoso dolor
vivo en montes desta suerte,
donde ni veo ni me ven,
porque es condenalle a muerte
al hombre que quiero bien.
Por desdicha tuya sigo
de aquesta empresa el laurel,
deja aqueste ruego, amigo,
que serás contigo cruel
en no siéndolo conmigo.
Mienta mi amor o mal hado,
tengo de ser tu marido,
mas dulce muerte he hallado
en morir favorecido.
que no engañan desdeñado
tuyo soy Atalanta del mal ya advierto
que no temo venga o huya
la muerte en tan dulce puerto
como que al decir soy tuya
siento de haberte muerto
echa al cuello un nudo fuerte
Príncipe el brazo detente
y lo que te quiero advierte
pues por quererte también
aun no quisiera quererte
a tan venturosos lazos
tendrá la muerte respeto
qué temerosos abrazos
pues que parece que aprieto
un difunto entre los brazos
aquí de la muerte apelo
bien la tuya solemnizas
ya no temo el mortal hielo
señora pues me eternizas
en la gloria de tu cielo
el oráculo cruel
así declararse quiere
que mi vida rinde a aquel
que de pocos días muere
al mundo y cuanto hay en él
yo no quiero más vivir
aquí mi gusto se entabla
habla que dejando de oír
pienso que perdiste la habla
y que empiezas a morir
Con tan funestas razones
mi boda haces funeral
Salgan Plexipo, Altea y Toxeo.
así se adquieren blasones
que no en el campo marcial
con abatir leones
no tienes que te admirar
sobrino tu valentía
hoy hame de ella a infamar
de aquestos brazos cogía
valor para pelear
no te excuses Meleagro no me curo
mas no es razón condenar
este lazo que amor puso
y debióse de enseñar
a mujer inútil y de tal uso
si es mi ejercicio tan vil
le diga este arco sutil,
ofreciendo en poco espacio
al umbral de su palacio
medias lunas de marfil.
Vase.
Atrás va dejando al viento,
y a este con el jabalí.
Sígase mi pensamiento,
quien que se lleva tras sí
con un mismo movimiento.
Plexipo, ven, porque des
de mi valor testimonio.
Tú me lo dirás después,
que al jabalí calidonio
no he de ver, si posible es.
¿Temesle, Plexipo?
No he de temello,
aun de su nombre me espanto.
No, hermano, no has de ir a ello.
Aunque no me ruegues tanto,
tendré cuidado de hacello.
Por las ciudades dichosas
del palacio del zafir,
a qué tienes de ir
a ver si enamoras hermosas,
que si las fieras herís...
Vete, loco desbocado,
mal lograda edad lozana,
deja a mi hermano...
En estado
que siempre se halla hermana
y nunca madre se ha hallado;
mas porque sé que te aflijo,
conmigo le he de llevar,
porque así te pienso dar,
ya que no llores por hijo,
hermano por quien llorar.
Camina, joven gallardo,
¿tu sangre tratas así?
Ah, verás si me acobardo;
su muerte y del jabalí
cifradas van en mi dardo.
Vanse Plexipo y Meleagro.
¡Oh, rebelde al gusto mío,
que de crueldad usas tanta
con la madre y con el tío!
Contigo y con Atalanta
se mira sujeto y pío.
que use del mismo rigor
y el feroz Erijio monstruo,
y esa a quien tienes amor
halle su ofensa a su rostro,
porque se mate el dolor.
¿Que haya madre que tal diga?
Mal sabes a lo que obliga
juventud desvergonzada;
ya de su madre cansada,
empiezo a ser enemiga,
su vida pienso acabar.
Aun imaginallo espanta;
antes debéis estorbar
los amores de Atalanta,
que harán de verse embarazar.
Pues sabida su ventura,
y si Febo a su amor predijo,
dijo: "yo le estoy segura,
no puede matar a mi hijo
esta infeliz hermosura".
¿Cómo no?
Sabe, sobrino,
que teniendo entre las manos,
tierno infante en las mantillas,
al príncipe Meleagro,
en una cuadra abrigada
ricos curiosos paños,
que de seda y oro Aracne
dejó con su émula mano,
donde la mayor deidad,
transformada en cisne blanco,
gozaba, a pesar de Juno,
de Leda favores blancos,
con todo el primor del arte
vivas entre verdes ramos
las aves, a quien espanta
disfraz que quitó el canto,
las ranas, los juncos tiernos,
el puro cristal delgado.
Los demás cisnes canoros,
el suave céfiro manso,
no dijeras, si los vieras,
que por estar dibujados
ni se movían ni cantaban,
sino de atentos al caso.
A un lado vieras la envidia
entre escollos y peñascos,
coronada de culebras
y envidiosa de regalos.
Vieras a Juno escondida
entre parrales de Baco,
con visajes pedir celos,
ya que no podía hablando.
¡hay, Altea, no la nombres!
que me hizo estar de parto
siete días, porque Jove
diera fruto mal logrado.
No hay celos como los suyos,
con puro incienso no aplaco
su enojo después que vio
a Júpiter en mis brazos.
¿Quién sino ella echó en la cuna
de Hércules el áspid bravo,
que llegando a darle el pecho,
se le halle muerto en la mano?
Ella los peligros busca,
gracias a Júpiter santo,
que saca gloria de todos.
Digo, pues, volviendo al caso...
envolviendo, pues, el niño
en la cuadra que le contuvo,
con un brasero delante
que ardía sabeos palos,
volviendo al tapiz los ojos
y rubio incienso quemando,
dije: "¡Oh, cisne, dios supremo,
a quien este humo consagro,
así los huevos, tus hijos,
veas luminosos astros;
que de aquesta infancia tierna
hagas dichosos los años,
como mi deseo felices,
como tu eternidad largos!"
La breve oración materna
apenas acabé cuando
del tejido cisne el pico
dijo: "El príncipe Meleagro
vivirá mientras el fuego
no consumiere ese palo
en que me ofreciste incienso".
Calló, y al momento alargo
la mano y saco del fuego
el tizón medio quemado.
Este, mira si soy madre,
debajo de llave guardo,
y para que arder no pueda
cada día en agua baño.
Mas pues no puede ofendelle
de Atalanta el triste hado,
porque está, como has oído,
su vida y muerte en mi mano.
Ya que me perdió el respeto,
verás que el tizón abraso.
¡Cruel venganza y más indigna!
Verás cuán presto lo hago.
Oye.
No me desconsejes.
Aguarda.
Gentil espacio.
La venganza en la mujer
no admite consejos sabios.
A primera eres que toma
venganza en su mayorazgo.
Bajan.
Calla, que no hay gusto de dioses
como el gusto de vengarnos.
Vase ascondiendo aparte el viejo, y mientras dice esto amaga la vieja a echar el tizón en el fuego con enojo, que lo ha de apagar llorando.
Vase.
No quiero apartarme de ella,
aunque sé que si echa el palo
en el fuego con enojo,
que lo ha de apagar llorando.
Dentro ruido de caza.
Cercadle todos, jóvenes gallardos,
no se nos vaya el jabalí cerdoso
por cuantos rompe arrojadizos dardos.
Salgan Pelagón y Polemo, dos pastores, 1 y 2.
De aquí verás el trance peligroso,
sube, Polemo, sobre aquesta peña.
Aun en las nubes estaré medroso.
¡Qué feroces colmillos les enseña!
Y qué espumas cuajadas que vomita.
De lanzas que le tiran hace leña;
no es Trinaldo a quien la vida quita
o atrevido mancebo sin ventura.
Ya en desdichado Filemón le imita.
Dentro.
La osadía perdona, Diana pura,
de esta lanza veloz que Teseo arroja.
Hinco dos brazas en la peña dura.
Cuanto más acosado, más se enoja;
por los ojos y voca lanza fuego,
y en sangre agena verdes yervas moja.
Dentro.
Ninguno tire, en tanto que a él me llego.
No es Hércules aquel.
Si ya comete,
como si entrara en un festivo juego,
mucho su atrevimiento nos promete.
Huyó el monstruo de un brinco, el golpe siente
y asta el puño la claba en tierra mete.
Con la bestia feroz a brazos cierra;
brava osadía o gloria de valientes.
No esperó, el jabalí temió la guerra,
y en Mopso, ¡hay triste!, ejercitó los dientes.
Cuanto cadáuer desangrado miro
de amigos conocidos y parientes.
Jasón tiró su dardo, y erró el tiro.
¿Quién es aquella de hermosura tanta,
cuya velocidad gallarda admiro?
Hera la sin ygual bella Atalanta.
Con valiente donayre el arco flecha.
El puerco atrabesó por la garganta.
Salgan Meleagro y Plexipo.
Brazo diestro, ¡oh venturosa flecha!,
que al monstruo hiziste la primer sangría,
de estrellas quedes en los cielos hecha.
¿Viste, Plexipo, aquella valentía?
Confieso que miralla no quisiera.
Pues mira su discípula esta mía.
Recibe mi venablo, bestia fiera.
En tierra el jabalí dejas cosido,
con amor y vergüenza ¿qué no hiziera?
¡Viba Meleagro!, alzad el alarido.
Por largos siglos Meleagro viba,
que de la patria librador a sido.
Vanse Polemo y Pelagón.
Ven, Polemo, a cortar laurel y oliva;
coronemos la frente victoriosa
del que de tanto miedo el reino priva.
Salgan Atalanta, Jasón, Teseo, Hércules.
Si otro me hurtara la victoria honrrosa,
vieras en mí otra fiera, Meleagro.
Fiera a mis ojos es la más hermosa,
ídolo, tu bellísimo milagro,
a quien con alma y vida los despojos
de la victoria y vencedor consagro,
pues me infundieron el valor tus ojos.
Con razón, bella Atalanta,
gracia el príncipe os ha hecho
del jabalí, pues con tanta
herís un gallardo pecho
y una soberbia garganta,
pues con unos pasadores
herís dos con un intento:
de muerte uno, otro de amores,
báñase uno en río sangriento
y otro en mares de favores.
Con mucha razón se os debe,
señora, el laurel triunfal,
pues con arco y flecha leve
sacáis fuente de cristal
con suave mano de nieve,
y ya con envidia notoria,
doy parabién a los dos
de tan insigne victoria,
de los despojos a vos,
y al príncipe de la gloria.
Gozo y vergüenza me ha dado
no acertar al jabalí,
vergüenza en haberle errado;
gozo en que mejor que en mí
la victoria se ha empleado.
Gocéisla un siglo felice,
pues para vos se guardaba;
que aunque me faltó la clava,
todo lo que pude hice,
sino lo que deseaba.
Una la victoria ha sido
y todos me la habéis dado.
Matar un monstruo afligido,
por Hércules fatigado,
y por Atalanta herido,
no ha sido tan grave hazaña
que la pudiera él acabar
un niño que al tiempo engaña
haciendo el trompo bailar,
y subido en bordón de caña.
Su pecho la envidia enflama.
Unos trofeos peregrinos
tu lengua cobarde infama.
Fama ganaste, si hay fama,
con ayuda de vecinos;
a solas quisiera ver
cómo ejecutas los bríos.
Tío, farásme...
¿Qué has de hacer?
Estrella de malos tíos
debe ahora de correr:
persígueme a mí Euristeo,
Pelias al fuerte Jasón,
Plexipo a ti, y a Teseo
Lidio, y más que tíos son
furias del infierno feo.
Desta hazaña sois testigos,
no hagamos de ella milagro,
acabarála Meleagro
sino con fuerza de amigos.
Víbora de envidia cruel,
que entre tantos parabienes
solo tú marchitar tienes
mi siempre verde laurel;
vierte de envidia venenos,
con este golpe porfías.
que no dijo mal quien dijo
que de enemigos los menos.
Repórtate.
Ya no puedo.
Tente.
Huye su crueldad.
Seré en la velocidad
otra Atalanta de miedo.
Vase Plexipo.
Mi puñal correrá más
hasta que tu vida prive,
que el cobarde da y recibe
las heridas por detrás.
Dentro.
¡Oh, enemigo!
Hasta el pomo
le lleva en el hombro hincado.
Sus pies truecan de turbado
la velocidad en plomo.
A un tiempo tienen de entrar
de tus padres por la sala
la buena nueva y la mala,
con alegría y pesar.
Siempre a mis cosas les den,
por suceso desdichado,
el pésame tan menguado,
tan crecido el parabién.
Jamás en ajeno brío
pensé hallar que envidiar,
y solo en vos puedo hallar
el saber dar muerte a un tío.
Tu gloria has hecho funesta.
Tal pensamiento destierro,
que antes, Atalanta, si esta,
serán luces de ese entierro
luminarias de mi fiesta.
Salgan Villanos con música y ramos de laurel.
Vaya la bestia delante
con su difunta crueldad.
Bailad todos, la plebe cante,
y entremos en la ciudad
con el príncipe triunfante.
Cantando esto bailen cuatro.
Solenice la fama por siglos largos
la bella Atalanta y el fuerte Meleagro.
La dama con flechas,
el joven con dardo,
de Marte y Diana
ofrecen retratos;
tiernos en amores,
fuertes en el campo;
envidia de amantes
y gloria de bravos;
la ninfa lozana,
el mozo gallardo,
el tiempo y la muerte
perdonen sus años.
Solenice la fama.
A vuestra alabanza debo
tanto, que a la bestia fiera
de nuevo vida le diera
para matalla de nuevo.
Pon, venturoso mancebo,
sobre nuestro hombro los pies.
Eso a nuestro cargo es.
Toma mis hombros.
Recelo
llegar con la frente al cielo
si me levantáis los tres.
Porque no pueda infamar
ninguno el hecho bizarro
sirviendo los tres de carro
se tiene de celebrar.
Muy de honrados es honrar,
y de tan honroso laurel
mostráis que el peligro cruel
fue digno de más asombros,
pues menos que en tales hombros
no pudiera salir dél.
Más por humilde mereces
de la honra que te damos,
pues aunque te entronizamos
no vano te desvaneces.
¡hay, dichosa yo mil veces
si falta la profecía
de Febo en tanta alegría!
Mas ¡hay que mi triste suerte
ha de hacer que honras y muerte
se celebren en un día!
(Vanse cantando.)
Salgan Altea y Iole con prisiones.
Gracias al cielo santo
que loca estás de gozo y regocijo,
como de enojo fiera te estabas,
y con extremo tanto
que el tizón y la vida de tu hijo
sin que valiese ruego al fuego dabas.
El celo materno
cuando más se ejecuta es con regalo;
picaban las espuelas de la ira
del freno del gobierno
mandaba amor.
Yo vi que el fatal palo
diste atrevida a la incendiosa pira.
También, hermana, viste
que por quitarle, me entregaba al fuego,
castigando la mano en el verdugo
de ejecución tan triste,
verdugo de la vida que más quiero.
Bien vi que arremetiste
no sin daño a la brasa, a la ceniza,
y en llanto bañas el fatal madero;
pero si tales nuevas
dignas de albricias son, da la que os plazca.
Pide, lo que deseamos, Iole, sabes.
Pues porque no te atrevas
sin consejo, del príncipe a la vida
guardemos en un cofre de dos llaves
el tizón; tendrás una
y yo la otra; porque si enojada
le quieres abrasar, yo te reporte.
No tengas pena alguna,
que madre obre con ira acelerada
que el cuello amado de los hijos corte.
Yo te di buen consejo.
Salga el rey Eneo acompañado.
Gracias a las celestes deidades,
que alentáis a la mano del castigo,
Venturoso viejo,
que si en tu reino as visto mortandades,
también de su remedio eres testigo.
Dichosa vos, señora,
que tan gallardo fruto y tan valiente
medisteis en el príncipe Meleagro.
Su mano vencedora
nos a librado del hambriento diente,
ira del cielo a quien su horror consagro.
Ea, mi alegre corte,
venza la fea noche en luminarias.
que arromático humo al cielo embíen;
el gasto no se acorte.
Sepan mi gozo las naciones varias,
por más que de mi tierra se desvíen.
Y nosotros en tanto
que los toros pintados ciento a ciento
humedezcan de Júpiter las aras,
démosle incienso sancto,
que nos dio libertad y rico instrumento
de ella, las prendas de mi alma caras.
Ya para el sacrificio
tienes aquí el brisero y los aromas.
Y el príncipe en palacio está triunfando.
Entren con el triunfo cantando. Sale Meleagro.
¡Oh, qué alegre bullicio!
Tierno mancebo, que los monstruos domas,
con alas de la fama vas volando.
A mis brazos te derriba,
hijo en quien mis glorias fundo.
Gallarda coluna altiba,
que por lo menos estriba
sobre las vassas del mundo.
Aunque es imposible aver
trono que tanto me quadre,
caer quiero, que caer
en los brazos de tal padre
es tomar de nuebo ser.
Mil alegres parabienes
te daré, y dos mil abrazos.
Por que no te agas pedazos,
ya que de tan alto vienes,
ya quiero verte en los brazos.
Entre alegría y pesar
de que el alma viene llena,
no sé si podré acertar
a daros la norabuena,
pero Dios la podrá dar.
Aunque al cielo agradecido
por tan alegre suceso
gracias doy y albricias pido,
no quisiera aver venido,
veys, con tanto contrapeso;
pero la fortuna fiera
quiso dar el gusto aguado.
Pésame, rey, que os a pesado.
¡hay de mí, el pecho se altera!
Cuente solo lo que a pasado.
¿Qué hay que contar? ¿no está aquí
Meleagro y a vencido
el sobervio javalí?
Plexipo falta, ¡hay de mí!
si queda muerto o erido.
El llanto, reina, detén,
no quiso el hado inhumano
sino que todos te den
el pésame en una mano
y en la otra el parabién.
¿Que es muerto mi hermano?
Sí,
este brazo le acabó.
Desmayándose Altea, se le cae y da el tizón en el brasero.
¡Oh, cruel!
Más recibí
gloria con su muerte yo
que con la del jabalí.
Señora reina, no hay hielo
como sus nevadas manos.
Traed agua, favor, cielo.
¡Qué lindo ejemplo de hermanos,
y qué nos da su desconsuelo!
Traed agua.
Vase Irene.
El viento me presta
sus alas para volar.
No tardes, porque a tardar,
traerás agua que a mi fiesta
le pueda servir de azahar.
Llegad todos, caballeros,
desta marmórea belleza.
Dejad, rey, de enterneceros.
Vea yo que en la tristeza
tengo tales compañeros.
No llegues a consolar
tu padre en tanta aflicción.
Soy tierno de corazón
y no puedo ver llorar.
Algo te has puesto amarillo.
Cólera debe de ser
de ver embustes sacar
y desmayos de tornillo.
Las ordinarias mujeres
tienen para una ocasión
el desmayo de quita y pon
que parecen alfileres.
Cuatro versos tachados e ilegibles con la indicación "no se dice" al margen derecho.
Por cierto que estás mortal
y vas perdiendo el color.
Gozando de tu favor
¿qué mal me puede hacer mal?
¡hay, príncipe!, no quisiera
a tu vista hacer agravio.
No hay lirio como tu labio,
ni como tu rostro cera.
Como un mármol fría está.
Ni alienta ni el pulso mueve.
Hermoso bulto de nieve,
agua os dan mis ojos ya,
que tanto en traerla han tardado,
mas yo no los quiero culpar,
que se habrá secado el mar
pidiendo agua un desdichado.
Bien mío, señor, ¿qué sientes,
que se eclipsa tu belleza?
Una natural flaqueza
sin más causas ni accidentes.
¿Quieres alguna conserva?
No, amores, tus ojos son
botica del corazón
que de todo mal preserva.
Dame la mano, que apenas
sobre los pies me sustento,
por vida tuya, que siento
fría la sangre en las venas.
Líneas tachadas: causa que estoy matando / mirad si no hablo de veras / que el corporal edificio / se vaya desmoronando
Hércules, Jasón, Teseo,
rey y señor, Meleagro.
Calla, esposa,
qué tragedia lastimosa
es la que en mi casa veo.
Hijo.
Príncipe esforzado,
¿Qué es esto, ilustre mancebo?
Un monte en la lengua muevo,
tengo en la vista un nublado.
Dote yo tiernos abrazos,
ya que no merezco verte,
quizá quedará la muerte
la inmunidad a tus brazos.
Muere. Cúbrenle el rostro.
Triste fin, rey.
¡Qué gustó el cielo
que un mal tras otro me asalten!
Y no hay lenguas a quien no falten
palabras para consuelo.
Ni le quiero, ni le pido,
lágrimas me dé la mar,
pues tengo más que llorar
que el pecho más afligido.
Dulce esposa, hijo querido,
a quien dejaré mi silla,
que la muerte me anda
invisible en mis salas,
volando con negras alas
y desnuda la cuchilla.
Ojos, de quien el sol tomó alegría,
en mi pecho dormid, de penas lleno.
A infinita hermosura dad veneno,
de quien en vida daros le solía.
Un consuelo me dejáis, si le hay bueno,
que no os podrá matar de vida ajeno,
y aun muerto os ha de amar el alma mía.
Mas ¡hay!, que os hallará vivo en el pecho,
y en la memoria os matará escondido,
tanto le temo, ¡hay triste!, que sospecho
que aun no me dejará muerto marido.
Y lo que en vida con amor ha hecho,
en muerte querrá hacer con el huido.
Salga Alcmena y Yole.
No por poco diligente
imaginéis que he tardado,
los aljibes se han secado,
los estanques y la fuente.
Los vidrios de agua de olor
quebrados, sale y vertida
el agua.
Deidad ofendida,
modera un poco el rigor.
Baja con la espada desnuda, pase en una nube Diana.
Diana soy, Rey Eneo,
a quien tienes enojada.
Y está en mi luciente acero
tu castigo y mi venganza,
tres años ha que a los dioses
ofreciste en limpias aras
los más pintados becerros
y las ovejas más blancas.
No te acordaste de mí,
y en nuestras etéreas salas
juzgaron de mi poder
todas las deidades sacras.
Avergoncéme y juré
por lo más triste del agua
Estigia, que había de ser
la ruina de tu casa.
Yo el jabalí calidonio
engendré en esa montaña,
donde ha quitado más vidas
que cerdas le puse largas.
Yo al príncipe Meleagro
enamoré de Atalanta,
aunque en diferente hado
su vida o su muerte estaba.
Yo de su madre el enojo
muchas veces provocaba,
para que el fatal tizón
diera a las voraces llamas.
De la muerte de Plexipo
también he sido la causa,
y de la de su mujer,
para que el tizón se caiga
en el brasero y ardiese,
porque quien mi hermosura
ofendió pagó con la vida.
Pegósela a la barba,
y para lo que me debes
aun todo lo hecho es nada.
Si de mi ofensa advertido
mi justo rigor no aplacas.
Vase.
¡Aguarda, Diana bella!
¡Vengativa diosa, aguarda!
Verás condenar al fuego
una hecatombe de vacas;
por quintales los aromas
del camanguián y el ámbar,
el árabe incienso rubio
y el copal que el indio gasta,
ofreceré a tu fiesta
siempre que tu hermosa cara,
por alegrar a la noche,
cierre las puntas de plata.
A los castigos del cielo
la paciencia sola basta.
¿Qué pensáis hacer, Alcides?
Cierta hermosura me inflama.
De mil brazos pretendida,
si ha de alcanzarse a puñadas,
desde luego os la concedo.
Yo me volveré a mi casa,
que está en mi ausencia Creusa
celosa y desesperada.
A las bodas de un amigo
tengo de ir.
Es justa causa.
El tiempo nos juntará
como nos junta la fama.
Yo porque no sean mis ojos
veneno hermoso, pues matan,
las selvas habitaré
de la gente desterrada,
escribiendo por los pinos,
por los fresnos y las hayas
el nombre de Meleagro;
a cuyas cortezas bastas
tiernos requiebros diré
porque se sequen y caigan.
No, princesa, pues de mi hijo
hicisteis prenda tan del alma,
en mi reino quedaréis
por sucesora jurada,
que los dioses y los hados
con sacrificios se aplacan.
Pues fuimos carro triunfal,
sirvamos ahora de andas.
Cesen los llantos y quejas,
aunque haya razones tantas,
que se enojarán los dioses
si lloramos sus venganzas.
Pues alegrémonos todos,
y ha de haber luminarias.
Eso lo malogran mis desdichas.
Yo lloraré mis desgracias.
Vanse.
Licas, criado de Hércules, y un paje.
Señor hidalgo, despeje.
Con despeje me ofendís.
Y con lo hidalgo obligo
vuced a que no me queje,
porque en lenguaje flautado
oigo yo que despejar
debe de ser despojar,
sino que está sincopado,
y en mí no cabe pido,
ni aun, mas de medida salgo,
que merece por lo hidalgo
muy gran parte así del endoso.
Sois hidalgo.
De solar,
y aun de echar tacos también,
y si quiere que le den
más cuenta, oiga si ha lugar:
bien habrá oído decir
del rey Eneo.
Sí, pues,
¿es vuestro deudo?
No es,
ni yo tengo de mentir,
mas un su deudo cercano
pasaba con lindo brío
siempre por casa de un tío
de un cuñado de un hermano
de mi madrastra, y un día
nuestro deudo había comido
castañas, dio un ruido
y sobre si pasaría
o no, hubo muy gran pendencia.
paso, y de aquesta pasada
vino a quedar entablada
nuestra noble descendencia,
tanto, que haya santos fines,
mi padre dio en pregonar,
publicando su solar,
solar zapatos, chapines.
Pues, con todo eso, ¿no tiene,
de estar ahora en la sala,
este tallaco, esta gala,
que de luengas tierras viene?
Había de malograr
en aventuras de amor;
soy muy grande servidor
de damas; dadme lugar,
que si alcanzo a Deyanira
os sacaré el pie del lodo.
¿Luego vuesa merced y todo
a la pretensión aspira?
Y no un mesmo por de ella,
que soy muy dichoso hermano,
pues no pongo en cosa mano
que no la alcance con ella.
Tengo mil gracias secretas,
canto y bailo como un plomo,
y soy, si la pluma tomo,
non plus ultra de poetas.
Soy asombro de valientes;
en conociendo mi fama,
verásme dejar la dama
todos esos pretendientes.
¿Sabéis quién aspira al lauro?
Ya sé que entre mil famosos
hay valientes y hay hermosos
que la piden.
Y un centauro.
¿Con qué, cómo es ese nombre?
Centauro, un monstruo feroz,
valentísimo y veloz,
medio caballo y medio hombre.
Será figura hechiza;
muy bien le estará a una dama
medio marido en la cama
medio en la caballeriza.
Es muy galán.
No me asombre
con su gentileza fiera,
¿qué mujer habrá que quiera
para marido un medio hombre?
Aun enteros y cabales
no suelen estar contentas,
que hay mil que a costa de afrentas
meten en casa oficiales.
Un etíope gallardo
también sus brazos desea.
Serán hijos con librea
vestidos de blanco y pardo.
De Aquelao no diréis vos
que la boda le está mal,
que es valiente y principal.
¿No es un río?
Y semidiós,
que mil formas de repente
muda.
Y una dama tierna,
¿qué hará si le echa la pierna
en la cama una serpiente?
que hará si en tiernos lazos,
cuando piensa que requiebra
un galán, una culebra
se halla enroscada en los brazos.
Y de Hércules, ¿qué diréis?
No comparéis conmigo,
que es Hércules muy mi amigo.
Muy buen amigo tenéis;
mas ya sale Deyanira,
señora destos estados.
Con ojos enamorados
apostaré que me mira.
Salgan Deyanira y su padre.
Tiempo es, Deyanira hermosa,
de que emplees tu afición,
que de tanta suspensión
está la ciudad quejosa
y de pretendientes llena.
En tu gallardía repara.
Por los dioses, que su cara
no pensé que era tan buena.
Esa hermosura solene...
Con razón el orbe admira.
De buena gana te mira.
Calla y déjala que pene.
Mi gusto juntar procura,
si fuese el tuyo, hija mía,
con la mayor valentía
esa mayor hermosura.
¿No te ha parecido bien
de Hércules el ademán?
¿No es discreto? ¿No es galán?
Pues valiente, si él no, ¿quién?
Aunque es libertad, repara
que a ti solo la dijera:
cuando no me mereciera,
Hércules, yo le adorara
por aquel talle bizarro
y aquella arrogancia justa;
no es de gusto quien no gusta
de una fanfarria y desgarro;
y pues gusto tuyo ha sido,
mi alma también le elige,
que, en viéndole, luego dije:
"Este ha de ser mi marido".
De a escondidas me tiene.
"Este ha de ser mi marido",
dijo.
Oiga, habla atrevido.
Calla y déjala que pene.
Daréisme nietos lozanos,
ninguno me dará guerra,
y podrá limpiar la tierra
de ladrones y tiranos;
mas porque de pretensiones
que la fama ha convocado,
no vaya alguno enojado,
remitirás tus favores
a fuerzas, pues que segura
puedes de la suya estar;
que al que se quiera probar
le mande mala ventura;
y a toda la gente prevé
que a tu pretensión aspira.
Qué tiernamente te mira.
Calla y déjala que pene.
Salgan Niso centauro, Achelao galán, Hércules y Lambongo negro bizarro.
¡Qué gentil disposición,
los ojos lleva tras sí!
Todo lo dice por mí.
Amor, en tu carro pon
mi firme clava por eje.
Por hermosura tan rara
no es mucho del agua clara
las diosas y ninfas deje.
Dame esta hermosura sola
y de tu arco a la cuerda,
Amor, daré cerda a cerda,
la hermosura de mi cola.
Tan diestramente tiró
Amor a mi pecho franco,
que dio en negro y en el blanco,
y acertando me herró;
tu esclavo soy de derecho
y mi fuego se declara,
teniendo el humo en la cara
y las brasas en el pecho.
Si el que vence vale más,
valéis más que el Sol dorado,
pues con tu escuro nublado
al claro Sol vencerás.
¿No por mi negro color
me tratas con menosprecio?
Piensas que trato de precio,
porque trato de valor.
Esa color enlutada,
como a viudos, me alegra,
que afición de capa negra
promete mucho de honrada.
Rey soy de Guineas y Congos
que aqueste brazo sujeta.
Gentes con labio de jeta
y con narices de hongos.
Oro en polvo y ámbar fina
me rinden en abundancia.
Y aun con toda esa fragrancia
no vencerán su grajina.
De mil contrarios y opuestos
sacan la naturaleza
y el arte con gran belleza
hermosísimos compuestos.
Naturaleza no ata
para criar su tesoro,
con la negra escoria el oro,
con el estaño la plata;
¿y el arte, en todo sutil,
la ataujía no ha inventado,
casando ébano tiznado
con el bruñido marfil?
Hasta la divina mano
formó esta hermosa armonía
de opuestos de noche y día,
de pesado y de liviano,
de lo frío y lo caliente,
de húmedo y seco, y también
aquestas ligas se ven
cada día entre la gente.
También es mi color fea.
Parte de cuerpo perfeto,
no quiero hijos en efeto
de ataufía o taracea.
Yo holgara ser vuestro suegro.
Riguroso jüez.
Fueran piezas de ajedrez
la dama blanca, el rey negro.
Digno soy de tu favor,
pues, amando tu beldad,
la misma monstruosidad
que en cuerpo tengo, en amor.
No soy de naturaleza
aborto, descanso, sí,
que quiso mostrar en mí,
variando su belleza;
si de animal son los pies,
no desmiente mi rostro,
y es lo que tengo de mozo
tan hermoso como ves.
Hijo de las nubes soy,
y embidia de muchos buenos.
Sus hermanos son los truenos.
Perdido de amor estoy,
que en un pecho tan robusto
niño amor halles posada.
Soy, Niso, muy delicada,
para almohazarte el gusto;
confieso tu buena traza
digna de más alta prenda,
pero busca quien entienda
mejor que yo de almohaza.
Si no amor mi pecho humilla,
que escuche mi ofensa
no pensé.
Siempre uno piensa
el potro, y otro le ensilla.
A mí esta pelota viene
perdida a tiempo. Pase.
Llega,
que con los ojos te ruega.
Calla y déjala que pene.
¡Ah, mentirosa esperanza
y fugitivo contento,
que un caballo, hijo del viento,
porque huyes, no te alcanza!
Trayciones amor esfuerza,
pues vive su deydad,
que unos de voluntad
y que la ha de gozar por fuerza.
Y claro en la fama, si de amores ciego,
Achelao, semidiós, sobervio río,
humilde pido, enternecido ruego,
admitas, Deyanira, el amor mío;
ardiendo salgo en amoroso fuego
del agua fresca de mi alcázar frío,
y, aunque puedo, ni quiero ni me ocupo
en vil fuerza, torpe acto, o sucio estrupo.
Como en el agua de cristal serpiente,
de bronce en tierra figurarme puedo,
y mudar tantas formas de repente,
que aun no las determine vuestro miedo.
Mas si por lo genial y lo valiente
al que se afama en más con mucho excede,
¿para qué he de espantaros con visiones
de toros, de culebras y dragones?
Tálamo a nuestras bodas apercibo
en cuatro perlas como globos grandes,
y de esmeraldas un delfín lascivo
en que los parques de las aguas andes.
El múrice traerán en conchas vivo
y el ámbar mis nereidas, cuando mandes
que salgan a buscarlo en las orillas,
aunque sobre en tu aliento y tus mejillas.
Divina quedarás, eterna digo,
si el dulce néctar a tus labios toca,
que la divinidad está contigo,
pues lo son cuanto bebas por la boca.
Cual suele en Etna arder un bosque ciego,
abrasándome estoy en ira loca.
Esta arrogancia con razón alabo.
¿Qué ofreces tierno, si amenazas bravo?
Sierpe seas de metal, o dragón seas,
ya sé vencer serpientes y dragones.
He de ver, Aquelao, si peleas
con fuerza de retóricas razones.
Prueba la mía con tus formas feas,
y sea premio de estas conclusiones
como juez la bella Deyanira.
Gallardos bríos.
Arrogante ira.
Aunque en defensa tuya Jove esgrima
las víboras de fuego, no te temo.
Luchan.
El fugitivo cuerpo al mío arrima.
Valientes son los dos con todo extremo.
Tampoco, Alcides, mi deidad estima.
¿Gustas de verme, oh Júpiter, blasfemo?
¿Cómo no puedo alzar un cuerpo humano
si el monte más pesado salto liviano?
¿Cómo entre peñas, río, te deslizas?
¿De entre los brazos, sombra, desvaneces?
Tus fuerzas justamente son cenizas,
un escollo marítimo pareces;
ya mi cerdosa crin globos erizas,
mas tendrás el castigo que mereces.
¿Huyes, cobarde?
Vase.
Tú me verás luego
sierpe de bronce vomitando fuego.
Victorioso Alcides, a tu frente
sirvan mis brazos de laurel honroso.
Algazara suene.
Si tú me das favor, de la serpiente
mi planta pisará el cuello escamoso.
¡Válgame el santo Jove omnipotente,
qué valiente animal y qué espantoso!
Quien teme en mi presencia, mi honra infama.
Veréis si rompo su acerada escama.
Dentro.
Hoy a mis garras tu arrogancia acaba.
Vase.
Al peligro mayor mejor me arrisco.
¿Qué ahora, qué diréis?
Que estoy, si estaba
hecho de amor carbón, ya en puro cisco.
Prueba los golpes de mi invicta clava.
Pudiera hacer con él guijas un risco.
Con sacrílega furia ondas barajas.
Huyó la sierpe con las alas bajas.
Cobarde, espera mis calientes bríos,
si no puede por río, y por cobarde;
¿cómo vuelves atrás, que no es de ríos?
Tu vida el cielo y mi esperanza guarde.
De miedo paso fuertes calofríos.
Y en mí el veneno de la envidia arde.
Aunque te envidio a tu valor notorio,
consagraré una estatua de abalorio
por tus ojos bellísimos, que adoro.
Que si viera con los monstruos del infierno
batalla, conquistando su tesoro,
gallardo Marte, sois Cupido tierno.
Salga en toro.
Échate sombra, que te mira el toro
de grueso lomo y afilado cuerno.
Con figuras me espantas, Niso niño,
verás que el anfiteatro en sangre tiño.
Ya baja el toro la erizada frente.
Tu ofrenda, santo Júpiter, no olvides.
No basta, Deyanira, estar presente,
a que imposibles mil acabe Alcides.
Llega arrogante, centauro valiente,
verás que vuelas y la tierra mides.
Los brazos le echó al cuello, Licas, tenga, apriete,
mientras hallo con qué le desjarrete.
Mi agravio, si toca dioses soberanos...
Mirad que un fuerte bárbaro me ultraja,
tus embustes fantásticos son vanos,
al yugo de mi brazo el cuello baja.
Huyó.
Dejome un cuerno entre las manos,
de punta aguda y filos de navaja.
Terrible arma.
Veámosla.
¿Qué dudas?
Gentil jeringa para echar ayudas.
No desesperes ya, mi amor ardiente,
de conseguir porfiando favor tierno,
y anima a la esperanza que me aliente
victoria de amor, lauro del cuerno.
Salga Acheloo en forma humana.
Vase.
Triunfa de mi valor, joven valiente,
y en mi afrenta tu nombre viva eterno;
que aunque hayas conseguido mi victoria,
en competir contigo saco gloria.
Goza tu esposa con eternos loores,
que yo, de avergonzado y decorrido,
la frente cubriré de ovas y flores,
siempre en mi alcázar de cristal metido.
Llorando mi corriente disfavores,
sin parecer jamás, siempre escondido.
¿Qué aguarda, Padre? Arrójose a los cristales
del agua, río de plata, arcos triunfales.
Nunca a tus ojos, si llorar deseas,
fuentes su humor, nieve montes nieguen,
a quien espada de divorcio seas,
no consintiendo que a juntarse lleguen.
Cometa de cristal tus aguas veas
que el campo inunden y la mies aneguen,
y porque olvides amorosas penas,
ninfas te sirvan cantando sirenas.
Si en fortaleza, Alcides, os alabo,
no menos merecéis por cortesía;
ganado habéis por cortesano y bravo
las voluntades de mi hija y mía.
Tu esclava soy.
Mi diosa, y yo tu esclavo;
si se entristece a alguno mi alegría,
a la demanda salga.
Un desalmado
del infierno de tantas animado.
De vero contento estoy,
tan gozoso y satisfecho,
que bendiciones os echo
e higas de azabache os doy.
Unas manos enlazadas
vivan más que vuestro nombre,
esto es besar manos, hombre,
que desea ver cortadas.
Y yo, aunque vine a pretender,
desisto a la opresión,
porque solo a tal varón
pertenece tal mujer.
¿Quién eres?
Un parapoco,
hombre de risa, en efeto,
pulpo en traje, ciego en seso,
ni bien bellaco ni loco.
Y con esas partes, ¿viene
a pretensiones tan altas?
Aun la mitad de las faltas
no ha dicho el hombre que tiene;
soy poeta de por vida.
¿Pues poetas hay al quitar?
Mil que no quiero nombrar
por ser gente conocida.
Pero yo sé una lista
por que ninguno se entone,
pues a hurtadillas compone
de lo que hurta a la vista.
Buen humor gastáis, Licas.
Señor,
los que dan en poetizar,
por no tener qué gastar,
dinero gastan, humor;
y así desisto de amante.
Recíbeme por criado,
y cuando estés apurado
gastaré en verso flamante.
Los siguientes versos aparecen tachados en el manuscrito:
Como el puño.
A eso se humilla
quien tal dama pretendió;
quede en tu escritorio yo,
como tú en su bacinilla.
Fin de versos tachados.
Digo que gusto de oírte,
plaza en mi casa tendrás.
Pues en plaza do me has,
la deuda será servirte.
Este cuerno prodigioso,
por ser despojo de un dios,
como a simulacro hermoso
en cuya virtud vencí,
dándome licencia, esposa,
le daré a Copia la diosa.
que siempre mira por mí
cierto el don es oportuno
pero temo que esta dea
como vida eterna sea
en volver ciento por uno
Las mesas aguardan puestas
sacrificios y libaciones
en cumpliendo obligaciones
de ejercicios y fiestas
Señor, aunque os cause pena,
mi esposa llevando esta,
a ver a mi madre Alcmena
y a mi tío el rey Eneo,
que se gozará de ver
su donaire y mi ventura
salteador de la hermosura
en el camino he de ser
pesárame de perderos
pero ocasión es forzosa
haced mi boda dichosa
honrándola caballeros
digo que soy tu vasallo
y yo tu amigo fiel
a quien más caballeros que él,
pues anda a pie y a caballo
Vamos.
gran dicha es la mía
yo la venturosa he sido
dos veces nos ha vencido
fortaleza y cortesía
tu hermosa flecha espuela es
amor, y picado estoy
Puse ancas, que voy
con vejigas en los pies.
Vanse todos. Salgan Hipómenes y será el que hizo a Meleagro con la misma ropa. El rey Eneo, y otra dama.
Tanto, Hipómenes, imitas
de Meleagro el valor
que renuevas su dolor
si el deseo de verle quitas
talle, rostro y ademán
parece que le has hurtado
hoy de sobrino mi estado
que todos te le darán
pensando que Meleagro
ha vuelto de la otra vida
Naturaleza ofendida
del ordinario milagro
que hace en variar cada rato
por mi gusto y mi provecho
nuevo milagro habrá hecho
en hacerme su retrato
como su vestido tienes
para engañar a Atalanta
es tu gentileza tanta
que con saber, Hipómenes,
que eres mi sobrino, pienso
que el príncipe que perdí
me lo vuelve a dar en ti
piadoso el cielo inmenso
y esta hermosa soberana
Porque en Sypomenes tienes
unido su talle y su cara,
como a mi primo le estimo,
y amo.
¿Por quien soy?
Sí.
¿Tienes celos de mí?
Solo amar en mí a tu primo
por dos títulos amor:
primo, al que te tengo llamo,
por ser el primero que amo
y por amar con primor.
Atalanta viene, sabéis
lo que avemos concertado.
Vencerme un mármol elado
por mi gusto, que no sabéis.
[Salga Atalanta.]
Bizarra hembra.
Es viciosa.
Por tal se puede tener
mujer que de otra mujer
es alabada de hermosa.
Bellíssima cazadora,
gracias al sol que al mar pasa,
pues os tray la noche casa
saliendo con el aurora.
Hallo en soledad consuelo,
no hay contento para mí
como herir un neblí
encaramado en el cielo,
que es gusto ver cómo baja
de la flecha atrabesado,
más ligero que pesado,
y las plumas por mortaja.
Y en la montería es
gusto alcanzar una cierva,
que aun no lastima la yerva,
y aun no le valen los pies;
el conejuelo liviano
me quita dos mil enojos,
que apenas le ven los ojos
cuando le tengo en la mano.
Siendo tanto su interés,
¿qué animal o ave ligera
a las manos no viniera
a no alcanzarla los pies?
Las siguientes tres intervenciones están tachadas en el manuscrito
Yo confieso que excedéis
en la fama con ser tanta,
mi sobrina es Atalanta,
en mí una sierba tenéis
para alivio de mi pena;
viene a mi palacio ahora
a servir mientras mejora
mi hermana y su tía Alcumena,
que está en la cama tullida.
Es por todo estremo hermosa,
como imagen milagrosa
puede dar salud y vida.
A tus labios debo dar
gracias, a tus ojos no:
porque el labio me alabó
y ellos no quieren mirar.
Fin del texto tachado
Que te estás enbelezando,
que le puedes suspender.
No hay a mis ojos qué ver
más de lo que estoy mirando.
quien ves que a mi mal das
una alegre diversión
dejas la conversación
y a hablar con el aire vas
tanto a Meleagro parece
este gallardo mancebo
que a la cortesía me atrevo
por lo que el alma enriquece
decidme luego quién es
el que engaña mi deseo
yo, Atalanta, solo veo
que estamos aquí los tres
pues ¿hay en la sala más
que Atalanta, yo y mi tío?
pensaréis que desvarío
casi muestra de ello das
¿no veis un joven trasunto
del príncipe Meleagro?
tu amor habrá hecho milagro
dando la vida al difunto
¿cómo podrá darle vida
el mismo que le mató?
milagro es que he visto yo
en una vela encendida
mi amor quieres infamar
pues con amor le maté
si un soplo su vida fue
mi amor no lo fue en cazar
pues sabéis que con firmeza
hoy llora mi desventura
en las flores su hermosura
y en olmos su gentileza
pero más noble retrato
tendré ya para llorarle
en este gallardo talle
brío hermoso y rostro grato
¿qué rostro, que no le vemos?
imagen de mi afición
sois fantástica ilusión
deja esos tiernos extremos
¿no veis su cuerpo ufano
y su rostro natural?
¿vesle, sobrina?
no
¡hay tal!
pues sólido es, que no es vano
a todos debe de ser
aborrecido y odioso
yo sola te amo, esposo
pues nadie te puede ver
sola mi alma te celebra
señor, a quien la rendí
ya esta burla es contra mí
pues a Hipómenes requiebra
señor, ¿cómo no me habláis?
aparta, que es ciego antojo
¿contra mí tenéis enojo
pues la habla me negáis?
¿quieres que pierda el juicio?
basta la burla, señor
Es gusto ver de su amor
dar tan regalado indicio.
En mí es fuego, envidia e ira.
Harto piedra vengo a ser
en resistir tal mujer
que tan tierno habla y mira,
mas por estar de por medio
el respeto que al Rey guardo,
del gusto de Iole tardo
en dar a su mal remedio.
Movéis labio y no oigo voz.
Fantasma debéis de ser;
¿queréis el juicio perder
hablando al aire veloz?
Déjame ser loca yedra
abrazándote.
Celosa
estás.
De piedra soy.
Cosa
que se enternezca la piedra.
Yo quiero desengañarte,
Atalanta, lo que ves
un bulto mágico es,
que entiendo mucho del arte.
Con ella el cadáver frío
animado represento,
muda cosas de viento.
Unas dos líneas tachadas e ilegibles.
Detente, que quiero ver
el hijo que tanto amé.
¡El embuste que pensé
salió mal!
Hazle volver.
Vuelve, sombra.
¡Qué obediente
a tu voluntad le tienes!
¡Vesle ahora!
Sí, a Sipomenes.
Iole hermosa, consiente
que responda, porque guste
mi oreja su dulce acento.
Para mi mayor tormento
se me ofreció tal embuste.
Ruégaselo, enternecido.
Habla, y mira cómo habla,
que te quitaré la habla
y tornará al reino de mi olvido.
Gallarda mágica haces,
y extremado está Sipomenes.
Dime, esposo, si allá tienes
dichosas elíseas paces.
Sin ti, que abrasarme pena,
todo es tormento y dolor,
ni en el campo elíseo hay flor,
rosa, clavel o azucena,
de tan purpúrea beldad
como tu rostro.
¡Oh, enemigo!
Verdades del alma digo,
hijas de mi voluntad.
¿Bebes del agua Letea
o la ambrosía dulce y pura?
De tus labios la dulzura
es lo que el mío desea.
No consiento...
Líneas tachadas al final de la página e ilegibles.
Aparta, Atalanta, que te fastidia.
¿Quieres que en un fuego cruel
te abrase, basta que en él
ardo en llama de la envidia?
Vete, vuelve, espíritu, al infierno
de mi rabia, que te abrase.
Tú no mandaste que hablase.
Dije que hablases, pero no tierno.
Cuatro líneas tachadas
Aguarda, espíritu puro.
Di que vuelva.
No hay lugar.
Mándaselo.
No hay mandar,
que ya se acabó el conjuro.
Vete y no vuelvas la cara.
Terrible estás.
Mal lo sabes.
Yo os gozara, labios suaves,
si Yole se descuidara.
Vase Sipomenes.
La burla ha sido extremada.
En verdad que fue de a dos.
Esposo, yo iré tras vos.
Ya no podré alcanzar nada.
Dentro.
He de entrar.
Si no te apartas,
mi alabarda te barrena.
A mi señora Alcumena
le traigo de Hércules cartas.
Abridle.
Entrad.
Antes irme quisiera.
Abridle, soldado.
Salga Licas.
Tengo piedra y soy quebrado
para que mandes abrirme.
¿Qué me traes?
Pareces dama
que al uso de ahora vive,
que con "¿qué me traes?" recibe
a quien dice que más ama.
¿Tiene Hércules salud?
Tiene.
¿Venció los monstruos?
Venció.
¿Ganó honra y premio?
Ganó.
¿Viene con su esposa?
Viene.
¡Qué sucinto embajador!
Cuéntame lo que ha pasado.
Sábelo, pues me has honrado
con plaza de embajador.
El nunca vencido Alcides,
que a los cielos puso el hombro
cuando el palanquín Atlante
no los pudo tener solo,
venciendo con varias formas,
ya de sierpe, ya de toro,
al semidiós Aquelao,
ganó a Deyanira, como
lo dirá este pergamino
adonde con letras de oro
os escribe su victoria,
coronista de sí propio,
después de honrar a los dioses
y ver del tálamo el gozo,
Siempre imaginado grande
y siempre gozado corto,
dispuso el viaje a veros,
y a mí, que he de ser su mozo,
aunque las canas y arrugas
nieven frente y aren rostro,
me despachó por su nuncio,
siendo en diligencia un topo.
Que topé con una escuadra
de salteadores famosos,
a lluvia de mojicones,
palos y coces me pongo
con el fieltro de paciencia,
pero aprovechóme poco,
que me llevaron atado
por una selva de olmos
al palacio de Diomedes,
que aun de nombralle me asombro.
Que a peregrinos hospedaba,
este más cruel que piadoso,
dando corta cama al largo
y larga en extremo al corto.
Mas lo que al uno sobraba
cortado infería en el otro.
Con instrumentos de fuego
y tormentos rigurosos
luego los despedazaba,
para sustento de potros.
A que yo fui condenado,
y, porque no estaba gordo,
seis días que estuve preso
comí y bebí como un loco,
que duelos con pan son menos,
cuanto más con pan y lomo.
Allí invocando a los dioses,
a las diosas de los sotos,
a las ninfas de los ríos,
hasta a los marinos monstruos,
les pedí no consintiesen
que un joven como un pimpollo
cayese al pie de un caballo
hecho excremento redondo.
Ya en su caca esférica forma,
me consideraba en hombros
de un escarabajo feo,
o en buñuelos para tontos.
Mas pudieron con los dioses
las lágrimas de mis ojos
hacer no fuese mi carne
para lágrimas de esotros.
A mísera ejecución
estaba esperando, y oigo
dar voces a Alcides, que llama afrenta
al tirano poderoso.
Salió el soberbio gigante
bravo, feroz, basto, bronco,
altiva torre con pies,
fuerte semoviente escollo,
pero a dos golpes de clava
cayó el edificio tosco.
Y a sus caballos sirvió
de prisa el pesado plomo,
diome libertad, y al punto
las alas del aire tomo
para avisar que mañana
llegan a tu corte todos.
Mira, ha de mejorar
mucho con nueva tan buena.
Las albricias de Alcumena
tengo yo de ir a ganar.
Tu amistad he de tener
siempre.
Servirte profeso.
Y muy del alma.
Por eso
la amistad debe de ser.
Que aun en albricias no saco,
después de haberme cansado,
un beneficio colado
en la parroquia de Baco.
Vanse.
Salgan Niso Centauro, Deyanira de camino y Hércules.
No pases.
Ni te conviene.
Mi valor hallará puente.
Es tan grande la creciente
que de monte a monte viene;
en tanto que el río baja
os podéis entretener
en mi casa de placer,
rica en voluntad y alhaja.
Estimo el ofrecimiento,
pero el vado he de tentar.
No es justo que a un vadear
no le puede el pensamiento.
Yo soy nadador de fama,
y de mi padre enseñado
el río pasaré a nado.
Sobre los hombros la dama.
Si de mi velocidad
te fiaras, algo podías
desdeñar las aguas frías
sin hacer temeridad;
mas pienso que nadarás
mal.
¿Hay delfín como yo?
Por lo enamorado no.
Y nadando los dos, más.
Abraza mi cuello fuerte
y todo temor olvida.
Siendo barco de su vida,
no lo seas de su muerte;
que por servir a los dos,
en brazos la pasaré
y con aquesto os quitaré
parte del trabajo a vos.
No dice mal.
Sea así.
En mis brazos va segura
del río, mas su hermosura
No se tiene de ir de mí.
Pues alto, arrójate al río.
El arco y las flechas mías
llevarás; que, si me fías
mujer, las armas te fío.
Necios venimos a ser
de conocido solar.
pues no se pueden fiar
las armas ni la mujer.
Hijo de Júpiter tú eres,
fíate de ropa robada.
Pero ¿qué diz que es pesada
la carga de las mujeres?
Como si eres tierna amante.
Y amor es fuego con alas,
en tener mi cielo igualas
con gloria mayor a Atlante.
Vase con Deyanira en brazos.
Ea, arrójome a nadar;
veloz río, a vos me entrego,
por ver si de amor el fuego
se puede en agua templar.
Su velocidad espanta,
que bien el agua atraviesa,
que aún atrevida no besa
la Deyanira la planta.
Tú, oh río, cristal fugitivo,
no ofendas el blanco pie;
así a tu corriente dé
paso el monte más altivo,
entúrbiate más, así
flor a tu margen colore,
no se vea y se enamore
que me dejará por sí.
Ya contra corriente el pecho
por lo más profundo va
del río ligero, está
esponja de plata hecho.
Ya la ribera han pisado.
¿Qué intentas, traidor? ¡Insulto!
Cobrar por fuerza o por gusto
el pasaje.
¡Esposo amado!
Pues afrento la amistad,
no es mucho que la fe afrentes.
Júpiter, si tal consientes...
¡Hércules!
Vase.
Detén, Niso, no abras el labio,
que enfrene mi honroso brío
la dificultad del río;
entre venganza y agravio
aquesta flecha atraviese
tu pecho, monstruo enemigo,
que tan presto estoy contigo
como ella, aunque al río pese.
Salgan Deyanira huyendo y Niso herido en el pecho.
Tu loco amor me mató.
Tu pensamiento atrevido.
En el pecho vengo herido,
con estarlo, tanto yo,
aunque la vida concluyo,
no la siento en tanto dolor
de tu marido el rigor,
enemiga, sino el tuyo.
Y el desdén, ingrata, siento,
aunque me matáis los dos,
que castiga como Dios
tu esposo hasta el mal intento.
Huye, que si el río deja
no te han de valer los pies.
Porque satisfecha estés
de amor como yo con queja,
esta mi camisa ten,
con que el alma se me arranca,
bañada en mi sangre blanca,
en que soy monstruo también.
Y si alguna vez tu esposo
(que no lo hagan los cielos)
te causare injustos celos,
amando otro rostro hermoso,
dásela, que virtud lleva
para que te quiera bien,
y aquesto más tu desdén,
quiero que a mi amor le deba.
Huye, que llega.
Dentro.
¡Traidor!
Yo os pagaré la amistad,
más que duda su crueldad,
carta de lasto de amor.
A morir tengo de ir
en los brazos de una encina,
siendo tu cara divina
imagen de bien morir.
Vase Niso.
Salga Hércules.
Aguarda, veloz caballo.
En vano a cansarte vas,
que los vientos deja atrás.
Seré viento en alcanzallo,
tengo monstruo fugitivo
para castigar tu intento,
si trae el caballo del viento,
puesto ya el pie en el estribo.
Déjale en tan triste suerte,
querido esposo, ¿no ves
cómo va dando traspiés
con las ansias de la muerte?
No temas que escape vivo;
esta partida a mi cuenta
pon.
En el libro de la afrenta,
señora, aquesta te escribo.
Dentro.
¡Oh bárbaro vengativo!
Ya espero, ven a acabarme,
que muerto es fuerza quedarme,
pues partir no puedo vivo.
Estoy de suerte
pasado de parte a parte,
que aun apenas puedo hablarte,
cuanto más volver a verte.
Y con el dolor de la herida
de un risco se despeñó,
y a tu venganza ofreció
despedazada la vida.
Vamos, que habrá ya llegado
a la oculta una gente.
Sin causa, Alcides valiente,
conmigo vas enojado.
No, señora, pero digo,
viendo aquesta alevosía,
que es muy gran necio quien fía
su amiga o mujer de amigo.
Vanse.
Fin de la segunda jornada.
Salgan Jole y Atalanta.
Terrible estás.
No te espantes.
¿Tan loco amor te hechizó?
No hay diligencia ni hechizo
que no hagamos los amantes
por ver lo amado. No ignoras
que amó con torpe afición
un mármol Pigmalión,
Pasífe un gallardo toro;
pero nunca amor tan ciego,
que amase a difunto marido.
Mi difunto deseo ver.
Y como me has de enseñar
lo que no puedo estorbar,
me tiene de agradecer
que, o mentirá mi saber,
o tienes de hablar y ver
a Meleagro.
Digo, Atalanta, que haré
que a tu difunto ver puedas,
con tal que un punto no excedas
del orden que te daré.
Las órdenes te consagro.
Pues lo primero ha de ser
que no tienes de creer
nada que diga Meleagro;
que es falso espíritu, mira,
que te puede hacer gran daño,
que es del reino del engaño,
cofrade de la mentira;
lo segundo, que se guarde
tu mano de llegar a él,
que entre un fuego cruel
arderás del modo que arde;
demás que a su reino escuro
al punto se volverá,
y porque apremiado está
con la fuerza del conjuro,
podrá ser que te provoque
a lascivos tiernos lazos,
pero huye de sus brazos,
ni le creas, ni te toque.
Salgan Yole y Atalanta.
Tiemblas fría.
No te espantes.
¿Hay diligencias ni hechizos
que no hagamos los amantes
por ver lo amado?
No ignoro
que amó con torpe afición
a un mármol Pigmalión,
Pasífe un gallardo toro;
pero nunca amor tan ciego
que amase a difunto ha sido,
quien, siéndolo al más querido,
le echamos de casa luego.
Al príncipe deseo ver,
y tú le has de conjurar.
Lo que no puedo estorbar
me has de agradecer.
Digo, Atalanta, que haré
que verle y hablarle puedas,
con tal que un punto no excedas
del orden que te daré.
La obediencia te consagro.
Pues lo primero ha de ser
que no tienes de creer
cosa que diga Meleagro,
que es falso y finto. Mira
que te puede hacer gran daño,
que es del reino del engaño
cofrade de la mentira.
lo segundo que se guarde
tu mano de llegar a él
que entreambos fuego cruel
arderás del modo que arde
demás que a su reino escuro
al punto se volverá
y porque apremiado está
con la fuerza del conjuro
podrá ser que te provoque
a tiernos lascivos lazos
pero huye de sus brazos
ni le creas ni te toque.
Admirable ciencia tienes.
Basta que tiene creído
que su difunto marido
Meleagro, es Hipómenes,
mas con esta prevención
enfreno deseos livianos,
como no jueguen de manos
ande la conversación.
Ya le conjura, pues ver
tenéis alma y no amor
quitad paños de dolor
colgad telas de placer
Al rey tengo de advertir
aunque vergüenza me cueste
que es Hipómenes la peste
con que Amor me hace morir
y con la conversación
se le pega.
Apriesa, di
el conjuro.
Contra mí
es tanta conjuración.
él viene voyme a esconder
en el cancel y a escuchar
Atalanta ver y hablar
pero no tocar ni creer
Parte.
Sí.
Verás que soy
más que tu precepto guarda
Salga Hipómenes.
Perdona Yole gallarda
que el alma a Atalanta doy
Con un espíritu quedo
solo notable valor
no puede alentar amor
cuanto desflaquece el miedo
Gracias al cielo Atalanta
que a solas te hablaré ahora
Si los ojos enamora
la imaginación espanta
No soy Meleagro, ni salgo
del infierno, como tienes
creído, soy Hipómenes
que te ofrezco cuanto valgo
el rey Eneo es mi tío
mi padre fue engendróme Megareo
un rico reino poseo
todo es tuyo por ser mío
no desdeñes un cautivo
de quien tomas trasunto
por el amado difunto
premiando un amante vivo
Con gallardo embuste vienes
gracias a la prevención
¿Oíste, Yole, nueva traición?
¡Oh, mal nacido Sipomenes!
Por gusto del rey, señora,
toda esta ficción ha sido;
cuerpo soy, que no fingido,
ni es Yole encantadora.
Concierto fue de los tres
para consolar tu llanto,
porque me pareció tanto
al príncipe, como ves.
Pero de burlas de amor
nació el mío verdadero.
¿Cómo te has hecho embustero
en el reino del dolor?
Dame esa mano gallarda,
que mil veces besaré.
¡Ah, desleal a mi fe!
No te llegues, sombra parda.
Del puesto en que estás no pases.
¿Que quien ama se resista?
Y aunque regalas la vista,
no quiero que al cuerpo abrases.
Tu engaño quiero que adviertas.
Salga Hércules por la puerta donde estuviere Yole.
Amor me quiere premiar;
señora, pues da lugar
para que os coja entre puertas.
Alcides gallardo, advierte...
No pretendo demasía;
fortaleza y cortesía
adornan mi pecho fuerte.
Luego que vi tu belleza,
y en cada labio un rubí,
al amor flaco rendí,
con gusto, mi fortaleza.
Recibe la posesión.
El amor quiere, sin duda,
que a tu voluntad acuda,
pues has venido a ocasión
que se logre tu esperanza.
Y aunque no fueras quien eres,
pues suelen hacer mujeres
mil bajezas por venganza,
ella mis yerros permite.
Celos la ocasión han dado,
y es ventura de un picado
hallar con quien se desquite.
Ayer ofrecías despojos
que hoy no permites gozar.
¿Quién se dejará llevar
del engaño de los ojos?
Déjame de esos recelos.
Mano y vida.
Gran merced.
Miradlo, alma, y arded
en el infierno de celos.
Algo estoy más consolada,
que Alcides y Yole vienen,
y de las manos se tienen.
La cadena es extremada;
pero pues de mi afición
el eslabón roto está,
muy poca pena me da
que se ate en otro eslabón.
fuerte y flaco se han atado,
buena labor han de hacer,
mas cual suele ha de romper
siempre por lo más delgado.
Salga el rey Eneo.
¡Oh, Atalanta! Iole, el rey, no acierto
a vernos; suelta, señor.
El eslabón del amor
lo rompa sola la muerte.
Aquí engañando el deseo
con este espíritu estoy.
No acabo de creer que soy
hijo del rey Megareo.
A tu gusto me acomodo.
Oye, infanta, lo que digo,
todo lo he visto enemigo.
Y yo no lo he visto todo.
Iole, ya he conocido
que amas con intentos vanos
a Hipómenes; sois hermanos,
aunque no lo habéis sabido.
¿Hermanos?
Sí.
¿Cómo?
Advierte.
que ya es tiempo de verdad,
pues que me tiene la edad
en los brazos de la muerte;
mi hermano el rey Megareo,
que goce de paz eterna,
fue venturoso y notado
avaro en juntar riquezas;
deseó con notable extremo
sucesor varón en ellas,
tanto que sus propias hijas
las mataba por ser hembras.
Viendo Croila, su esposa,
que al fruto femíneo apenas
gozaba la luz del mundo
cuando le privaban de ella,
y que por su propia mano
dio muerte a dos niñas tiernas,
ejemplo de crueldad
y verdugo de inocencia,
pudo por estar ausente
el rey, su esposo, en la guerra,
ocultar el tercer fruto
diciendo que nació muerta,
que eres tú, Iole hermosa;
crióte una hermana nuestra,
y el sabio Néstor, a quien
por tiernos padres celebras.
Nació el gallardo Hipómenes,
y son increíbles las fiestas
que se hicieron en el reino,
los sacrificios y ofrendas;
al mismo tiempo Meleagro
nació de mi amada Altea;
crecieron tan semejantes
en el rostro y gentileza,
que el vulgo en común decía
que teníamos a medias
Un hijo entre dos hermanos
causa de muchas novelas,
murió Meleagro, has venido
a consolar mi tristeza,
y tu hermana a regalar
en su vejez a Alcumena;
hermanos sois, no es razón
que soberano amor infiera
dos ramos de un mismo tronco,
por ser la ignorancia maestra
sobre un incendio de amor, celos.
Un monte de nieve en zendras
carámbano en mí ha envuelto
algunas cenizas frescas.
Luego el consuelo fue enbuste.
Pues, ¿cuál hay que no lo sea?
De la burla, hermosa infanta,
pueden resultar las veras.
Corrida estoy que fingís
de un espejo de firmeza.
Falsas de palacio son
lágrimas tan verdaderas.
No creáis que al príncipe hago,
ni aun con su retrato, ofensa;
por los pies me ha de alcanzar
el que mi mano pretenda,
y, si no corriere tanto,
quiero que la vida pierda.
Que, pues a todos les consta
mi inbencible ligereza,
ningún necio aventurará
tanto por tan baja prenda.
El que vbiere de pasar
a mi lado y a mi mesa
la carrera de la vida,
entre conmigo en carrera.
Vase Atalanta.
¡hay, cristales despeñados!
¡Sueltas de alta cumbre peñas!
¡Exhalación abrasada,
o relámpago en su esfera,
que en velocidad le yguale!
Habrá amor, que es dios y buela,
pensamiento que la siga
y razón que la detenga.
¡Aguarda, Atalanta, no huyas!
Hipómenes soy, espera;
que si huyes calzas alas,
deseando calco espuelas.
Vase Hipómenes.
¿Dónde vas, que al viento sigues,
y un monte en cada pie llevas?
¡Ah de mi gente, seguidles!
Que en seco ramo se sienta
la tórtola, el solitario
descansa de peña en peña.
Vase el Rey.
Salga Lucas.
Con licencia, quiero hablarte.
Cuando no hablas con licencia,
un relox despertador
de fama traigo en la lengua.
Sus acentos dio a mis labios,
a mi aliento su trompeta,
porque estás sordo de amor,
te la pondré en las orejas.
Acaba, di.
El bravo Anteo,
hijo feroz de la tierra,
tu recámara ha robado,
ahora llegó la nueva.
Qué importa.
Pesia a mi dicha,
que en el acémila negra
traía en un zurronal
la gorra y las pedorreras,
la camisa que mude,
con toda su galonera,
las polainas, el coleto,
los tiros, dos escopetas,
cinco o seis zapatos viejos,
unas botas de vaqueta,
mil trapos para remiendos,
aguja, dedal, tijeras.
Calla.
No quieres que llore,
si no tengo más que pierda.
Quién es aqueste ladrón.
Dicen que hijo de la tierra,
mas yo le he visto, y no es hongo,
ni cosa que le parezca;
cuentan del que, por su gusto,
al pino más alto llega
y, asiéndole de la punta,
baja al suelo la cabeza,
llama luego quien le ayude,
pero al necio que lo intenta
le suelta a volar, soltando
las gafas de la ballesta.
Digna es, valeroso Alcides,
de tu brazo tal empresa.
No ha de haber en otro tiempo
quien de tan mal se defienda.
(Vase.)
Mayorazgo soberbio de la tierra,
si en el materno seno te sepulta,
y a mis brazos la empresa dificulta,
celoso muro de encumbrada sierra.
A convertirte en ejércitos de guerra
escuadras rubias que produce culta
y contra mí liga común resulta
de cuanto engendra monstruo y fiera encierra.
No te puedes librar, di que prevenga
suspiros en sonoros temblores,
los ríos para lágrimas detenga.
Pida a la noche el luto de las flores
y para tumba una montaña tenga.
Que te voy a matar, muerto de amores.
No vas a darle ayuda.
Está estreñido.
Síguele.
Es mi opinión muy diferente.
Corre tras él.
¿Que corra? ¿Soy yo fuente?
No le tienes amor.
¿Es mi marido?
Luego te parte.
¿Qué he de sacar partido?
Mirar por su persona.
Está doliente.
No le darás favor.
¿Es pretendiente?
Sal luego, sal.
Soy perro, ¿estoy podrido?
Las primeras líneas de esta página están tachadas en el manuscrito.
Ya sé que soy casta.
Pregúntalo a un letrado.
Quien de mala casta.
Acaso no se cree.
Y mala casta.
En que no casar conmigo.
Fiad que no hay chapines.
Con la ayuda del amo le sirviera.
Y al bajo juez, puso chapín porque debe nos.
No hay que perder si Licas me pide fiado.
Y de facto, a mí no presentarme por testigo.
No te vea más.
Pues sácate la ropa.
Fin del texto tachado.
Salga Sypomenes corriendo.
¿Dónde vas, Atalanta,
de la ocasión imagen fugitiva,
que aun no imprime tu planta
las que idolatra, quien te llora esquiva,
burlada mi esperanza,
que quien te sigue más, menos te alcanza?
Con viento regalado,
de la compuesta falda bien pudieras
volver yerbas del prado,
de verde vidrio alegres tembladeras.
Siquiera a mi alegría
el rastro de sembrada argentería,
respóndeme, a la fuente,
con lengua de cristal, labios de rosa,
que un relámpago ardiente
vio pasar más ligera y más hermosa.
Y aunque no ven, qué dudo,
lo aprueban ramas con aplauso mudo,
que veloz deidad mueve
el peso de tu bulto de alabastro,
que fuego te hace leve,
cómo te seguiré, sin dejar menos rastro,
dejas, que aires ave,
culebra en mármol y en el golfo nave.
Línea tachada: Atalanta repite en sus quejas
Y Eco desconsolada, así te goces
la mitad de mis quejas,
pues sabes persuadir con medias voces,
o a que vuele me enseña,
antes que de alto abajo alguna peña.
Salga Anteo.
Aqueste brazo fuerte
te echará a volar de un líbano agobiado,
con alas de la muerte.
Tú enseñas a volar, monstruo pesado,
siendo tan basto y bronco,
peña con alma y voz infusa en tronco.
A la fuerza suprema
intentas resistir del bravo Anteo.
Estampa del emblema
de un pobre ingenio en mis desdichas veo,
pues si de volar trato,
en un peñasco de miserias me ato.
Salga Hércules.
A cuál risco tu hermano
haces, Anteo, erario de tus vicios,
que aunque te esconda en vano
la madre coronada de edificios,
has de probar mis brazos,
si montes quizá aquí te hago pedazos.
¿Qué soberbia te inflama,
saber que soy el hijo de la Tierra?
Saber que Alcides ama,
y por su gusto amor le pide guerra.
Madre, tu ayuda invoco,
que es muy loco quien no tiembla de loco,
con toda la jactancia
que al mundo ofreces, y Jove me anima,
no será de importancia.
Suene un temblor de tierra.
¿Tiemblas, cobarde?
Arroja un monte encima.
Al monte infame Anteo,
como a peñasco le daré un voleo.
¡Terrible terremoto!
El cielo claro en mínimos pedazos
parece que se ha roto.
Recibe el hijo muerto entre los brazos,
común madre afligida.
Nuevas fuerzas me das, y nueva vida.
Para más gloria mía,
de nuevo aliento Júpiter permite.
Tierra, de mí desvía,
vidas infunde que mi brazo quite.
Mostremos maravillas;
como anguillas y como encriollas huyo en dellas
segunda vez te arrojo
a la cara que arañe corvo arado,
el hijo vil despojo.
Segunda vez los bríos ha cobrado;
apenas toca al suelo
cuando es pelota que se vuelve al cielo.
La tierra me socorre,
burlando de tus fuerzas, arrogante.
Si fueras una torre,
para tenerte en brazos soy bastante.
Aquí la vida pierdes.
Enluta, madre, tus alfombras verdes.
Con sin igual valentía
el mayor imposible has acabado.
Queda, prenda mía,
con el despojo torpe y recargado.
Un monte en hombros mueves.
No hay cargas por amor que no sean leves.
Salgan el Rey, Yole, y Deyanira, y Licas.
Como tirano del entendimiento
que el reino claro de razón usurpas,
engaña a tantas míseras amantes
ciego que guías los amantes ciegos,
el peligro temed de esa hermosura
que os aventuren tantos
Que no vean los míseros amantes
el peligro notorio de la vida;
mas si ciegos los guía otro más ciego,
no es mucho despeñarse.
Que haya locos
que pretendan amor con tanto riesgo.
Gracias al cielo, que Hipómenes falta,
que tan tierno se vio por Atalanta,
que se ha de aventurar en la carrera
con riesgo de la vida como esotros.
Peligrosa hermosura, yo temía
de amar mujer que no puede ser firme,
porque es la misma liviandad, yo sombra
deleznable entre manos como anguilla.
ya que se ofende tanto de que la amen
que es delito de muerte, ¡oh plateadas
ninfas de chimenea, o las del humo,
gigantes fregonas que al más tosco
requiebro respondéis agradecidas,
obrad un verde aunque en mí nunca lo haya,
yo consagro mi gusto a vuestra saya.
Salga Atalanta.
¿Hay algún atrevido a mi hermosura,
o por mejor decir, desesperado,
que siguiéndome llegue hasta la muerte,
como esos cuatro que en sus brazos quedan?
Si los cielos te hicieron tan amable,
No quiero ser amada, Deyanira.
Si eres peña insensible, ¿cómo vuelas?
Por sucesora el reino te ha jurado,
y no es razón que seas incasable,
dificultando pretensión tan justa.
Aún resplandece el oro en mis cabellos;
dejad que el hado injusto se modere,
que esposo me dará cuando él quisiere.
A cuantos te pretenden acobarda
el imposible de tu ligereza
y el rigor con que matan al vencido.
¿Cuánto a la ejecución has entregado
que fuera con el peor obra dichosa?
Qué mal me suena cuanto aquesta dice.
Culpo su atrevimiento.
Culpo, infanta,
esa esquiva crueldad.
Yo se la alabo,
y ojalá fueran todas tan constantes,
y no algunas que al son de las lisonjas
se dejan ir cual pájaro a reclamo.
Por mí lo dice, quiero hacerme sorda.
Esta caza a celosía huele,
o no soy del amor perro de muestra.
Entren Hipómenes y Hércules con Anteo a cuestas.
¿Qué anfiteatro es este de palestra?
A tu hermoso pie, que beso,
se debe sacrificar
de este peñasco el exceso,
tan pesado que el pesar
de la tierra está suspenso;
mas el hijo corpulento
de la tierra, con quien guerra
he hecho por tu contento,
y soy en centro de la tierra,
pues que su pesar sustento,
a tus pies quiero arrojarle;
este don acepta por
de mi liberal deseo.
Declarado has su afición.
Llámese a don Anteo,
pues que tú le llamas don.
Tan gran don misterio encierra
y aunque es trofeo de guerra
no os desvanezcáis, advierto,
que sois tierra, porque un muerto
no se da sino a la tierra.
Quien de servir damas trata
no malogre su intención,
si hijos de la tierra mata;
mas valen, si hijos son,
para damas oro y plata.
La tierra mostró en temblores
que los montes precipitan
y que fue Anteo sus amores,
pues sufre cuando le quitan
oro y plata, hijos menores.
Diéralos a manos llenas,
pues mostró con tiernas penas
en el gemir y temblar
que lo deseaba comprar
con la sangre de sus venas.
Yo he de dar como quien soy
del avaro cuanto encierra;
que bien satisfecho estoy
que es lo mejor de la tierra,
pues su mayorazgo doy.
En mi nombre se venció
y le recibo en el tuyo;
y por ambos restituyo
el cuerpo a quien le parió
por ser de derecho suyo.
Llevadlo. Celosa está;
no pensáis por un falso injerto y frío
me abraso en envidias ya,
porque Alcides se le da
como en menosprecio mío.
Como pesa, no me espanto,
si a su madre le pesó
por el parirle, yo,
para que me pese tanto...
Vase Licas con Anteo.
Disimular he querido
celos, desdenes y olvido,
porque me ha de hacer amada
la dádiva en sangre bañada
del centauro agradecido.
Vase Deyanira.
Cuatro con tu loco intento
han venido a la carrera,
y de ella al final tormento,
que un veloz torbellino era
cuando ellos un blando viento.
Del amor tan necio y vano
que el riesgo notorio ves,
mi brío incitan lozano
esos que a no irse por pies
me la ganaran por mano.
Por entregalla a su amante
quisiesen cielos serenos
que en liza tan importante
sean todos punto menos
y mi Atalanta pasante.
Firme amor y firme fe
dicen que corramos juntos,
que sin duda ganaré,
pues tengo de pie más puntos
para ganarte de pie.
Perdido el juicio tienes.
No quiero, ilustre Sypomenes,
ver tus años mal logrados;
enfrena tiernos cuidados
porque tu vida no enfrenes.
A morir estoy dispuesto,
bella Atalanta, supuesto
que no hay partida que pida
y una carrera es la vida,
pues pasemos la de presto.
La tuya es muy importante
y no se ha de aventurar.
¡hay desdicha semejante!
que aun los medios de alcanzar
estorbáis a un triste amante.
Vamos, infanta, a comenzar.
Mira, señor, que he de saber
por ganar cuanto pudiere,
aunque sé que el amor quiere
por no perderte perder.
Corran, señor, que estorbar
puedes si pierde el rigor,
pues son fulleros de amor,
con ventaja han de jugar
y cada uno con su flor.
Bien dices, corre.
¿Entregallo
queréis a la muerte fiera?
Tú sola puedes librallo.
Vamos, señor, en la carrera.
Que nadie hay cuerdo a caballo.
Mira, príncipe alentado...
Ya fue mirarte delito.
Mucho te has obligado.
Corro con el apetito,
que es un potro desbocado.
Alto, al puesto vamos pues,
ni aun de la razón te enfrenas.
Amor, que mi muerte ordenas,
pon tus alas en mis pies,
y en los suyos tus cadenas.
Salga Venus.
Corre, que en tu ayuda tienes
a la madre del amor;
yo sé, gallardo Sypomenes,
cómo se enfrenan mejor
de las damas los desdenes.
Muy tu aficionada soy,
fía esta empresa de mí.
Mil gracias, señora, os doy,
y cual como veloz neblí
a seguir la garza voy.
(Corren, entran por una puerta y salen por otra.)
Sígueme.
Ligera vas,
mas no te pido que esperes,
que el primer móvil ser es
supuesto que mi cielo eres,
y tras ti me llevarás.
Debiera, por cortesía,
ir la infanta tropezando.
Dentro.
Y más, en tal alegría
pareces en ir volando,
no huyas, que aun no eres mía.
Al viento veloz parece.
Dentro Hipómenes, y salgan corriendo
Venus, tu favor imploro.
Ya el príncipe desfallece,
tropieza en oro, que en oro
no hay mujer que no tropiece.
Arroja Venus una manzana
¡Oh, manzana de oro fino,
a tu belleza me inclino!
Ya la podrás alcanzar,
porque el oro hace apartar
a muchas del buen camino.
Vuelas, águila real,
llevas alas en los pies.
Corre, Hipómenes, pues ves
que echa a sus pies de cristal
grillos de oro el interés.
¿Qué secreta deidad
el globo de oro arrojó?
Gallarda velocidad.
Ya Atalanta le alcanzó.
Dentro Hipómenes
diosa del amor, piedad.
Otra manzana han echado.
¿Quién os dejara, tesoro
de mil sabios adorado?
corre y porfía, que el oro
es discreto porfiado.
Son tus esperanzas vanas,
aunque un torbellino fueras;
mas ¡hay, doradas manzanas!
que hacéis de graves, livianas,
y pesadas de ligeras.
Segunda vez le dio alcance.
Dentro Hipómenes
Venus, que me da la vida,
haz que otra vez se abalance,
pues a tres va la vencida.
El cebo asegura el lance.
Arroja otra manzana
Luego volveré a correr,
que no es mucho si el poder
de esos dorados despojos
hacen a muchas dar de ojos,
que me hagan detener.
Corre ahora, cobra aliento.
Éntrese Hipómenes solo
Llega al puesto, el palio quita;
oro, tu poder violento,
que todo lo facilita,
ha de ser mi impedimento.
Ya temo, ilustre mancebo,
que me tienes de vencer,
porque apenas los pies muevo;
pero ¿cómo he de poder,
si tres mundos de oro llevo?
Logran esperanzas lozanas,
pues manzanas de oro siembras
y mi voluntad allanas;
que es antiguo engaño de hembras
el del oro y las manzanas.
Dos engaños, que cualquiera
solo muy bastante fuera
a triunfar de mi decoro:
a infinitas venció el oro,
y manzana a la primera.
pues si dos engaños vi,
Línea tachada: ambos de... cuya fuerza escondida
¿quién culpa que me rendí,
si pequeñas más fuerza unida
que la misma de por sí?
Línea y personaje tachados: Yole. Y Jano mi hermano viene
Con razón Jano viene,
pues por tener de su mano
el favor divino, tiene
lauro el que estima a humanos.
Salga Ypomenes con una bandera y lanza.
Al paso quiero salir,
vuelto en amor el desdén,
que este alegre parabién
es de dar y recibir.
La victoria es de tus ojos,
que en la batalla de amor
el vencido es vencedor,
pues se lleva los despojos.
No es mucho quebrar las alas
de tal garza, si del cielo
amor cazador al vuelo
le tiró de oro las balas.
En darte el cielo favor,
querido esposo, ha mostrado
que la desdicha del hado
hizo curso en su rigor;
no temo el hado inhumano,
pues el cielo me da en ti
al príncipe que perdí
y un esposo de su mano.
Por tan altos beneficios
id a hacer sacrificios
en este templo de Cibeles,
que al monte de los laureles
da corona de edificios,
en tanto que fiestas varias
se previenen y alegrías,
que al daño venzan porfías,
y a ellos con luminarias.
Vamos al templo.
Augusto
soy sujeto, señora,
novia encantadora
del corazón más robusto.
Vamos, que de tu placer
nada quiero perdonar.
Adelante, ver y hablar,
pero no tocar ni creer.
Ya para todo hay licencia.
Porque amor y fuerza muestre,
no ha de haber fiera silvestre
que no lleve a tu presencia.
Vanse todos.
De quien tanto bien te hizo
has hecho tan poca cuenta;
religioso en la tormenta
y en el puerto olvidadizo,
todo en amor elevado,
sin darme gracias te vas.
Vengaréme, y habré dado,
si como a ti a los demás
me volviera manifestado,
a vosotros, héroes beatos;
de esta ingratitud apelo,
pero, ya muy hecho el cielo
a sufrir hombres ingratos,
por mi mano he de tomar
venganza; a Venus temed.
que quien recibe mercedes
no la tiene de olvidar.
Salgan Deyanira y Licas.
Aguarda.
Despacio estás.
Pues, ¿qué priesa ahora tienes?
Fue mi amo con Hipómenes,
mas con Yole.
Juras,
y en su seguimiento voy.
Luego puedes ir, que sabes
de...
La razón no acabes,
que en todo ignorante soy.
Ni sé armas, ni me acomodo
a letras, ni a mercancía,
solo sé de poesía,
que es como ignorallo todo.
No digo de eso.
Pues que
de casa un hidalgo salgo,
déjame, que tarde salgo
y a mi amo no alcanzaré.
De su pecho te pregunto,
¿qué sabes?
Que es muy bien hecho,
robusto, de pelo en pecho,
tetialzado y pelijunto.
Que eres muy fiel confieso.
Sí, señora, muchos días
serví en las carnicerías
de fiel en el repeso.
¿No te ha dicho a quién adora?
Habla claro y te diré
que sí, a quién, cómo y por qué.
Pues dímelo todo ahora.
Que ama, digo, y yo lo vi,
como casi a obscura,
porque por su hermosura...
Y ¿a quién?, dime a quién.
A ti.
Acaba, loco.
¿Que acabe
en tan mal estado quieres?
Archivo de secreto eres.
Sí, y Alcides trae la llave.
No quiero apretar el caso.
Sepa que por su daño juzga.
Si es tan amarga la purga,
locura es lamer el vaso.
Toma, aunque vayas de prisa,
que Alcides no ha de volver
mañana, y no ha de traer
dos días una camisa.
Aquesta le llevarás,
al fin su regalo eres,
ni camisas ni mujeres
tenían de servir más
de un día y es demasía,
y aun era mucho servir
porque no se ha de dormir
con la que se trae de día.
Llévala y vete con Dios.
Perdida la sucia sabe
por ponérsela, aunque esté
lastimada.
Aparte.
Por
amor, si eres dios Cupido,
deja al veneno obrar,
que no hay dolor tan crecido
como verse despreciar
la mujer de su marido.
Vase Deyanira.
Lástima tengo a esta dama
que ni goza ni se alegra.
se hace esclava de su suegra
que está tullida en la cama,
y a él desentretenido
con su ángel el gusto emplea;
quiera el cielo no lo sea
en caer, sino lo asido
que muestran tanto placer
cayendo estos serafines,
que pienso que usan chapines
por la ocasión de caer.
Tres versos tachados: hay linda dama libre y bella / pues quiero solo en ella / si no se ayuda a caer.
Mi poco a poco he llegado
hasta el templo de Cibele;
suena el regocijo, y huele
el puro incienso quemado.
Salgan villanos bailando, y Hipómenes, Atalanta, Yole y Hércules.
La garza y el garzón,
paran en uno son;
la tórtola viuda
y el pulido azor;
la blanca paloma
y el neblí veloz,
cónyugos dichosos
los crea el amor.
Durmiendo en un nido
los contrarios dos,
las plumas se peinan
al rayo del sol,
y dan con arrullos
desprecios, y unión,
paran en uno son.
Siempre de la mano, hermano,
has de estar con tu mujer.
Aun no debes de creer
con tenella de la mano,
la tienes en tu poder.
Esa divina blancura
mil veces besar quisiera.
Tenelda bien, que es cordura,
que mujer y tan ligera
ni aun asida está segura.
Con gusto en el yugo suave
del amor estoy atada,
y no es razón que se alabe
mujer que ya está casada
de ligera, sino grave.
Con tu bella esposa, grata,
en el templo te retira,
que ya las sombras desata
la noche, y el cielo mira
con el antojo de plata.
Y a daros alojamiento,
lograd tan dichoso empleo,
que en novios el cumplimiento,
para cumplir su deseo,
viene a ser impedimento.
Alabo tu discreción.
Yo su fortaleza y talle.
Y en paz, y el sol los halle
en géminis de afición.
Vanse Hipómenes y Atalanta, y villanos cantando "paran en uno son".
Dame esos brazos honestos,
que pide aquí la noche
Que si de aquí los celos
no porque se gocen fue,
sino por gozarme en ellos.
Ya la gente se retira,
bien puedo llegar ahora.
Deyanira, mi señora...
¿Qué nombras a Deyanira?
Esta camisa me dio,
de que su limpieza infiero.
Por ser suya no la quiero.
Quiero vestírosla yo.
De una mano divina
no es tal favor de perder,
de Júpiter podéis ser.
Gran sumiller de cortina
solo en serviros me fundo,
a pesar de envidia y celos.
¡Oh, hermosura de los cielos!
¡Oh, valentía del mundo!
Vanse todos.
Salgan Deyanira y el Rey Eneo, acompañamiento.
Mi hermana está sin riesgo, al cielo gracias,
y es razón que te alegres, Deyanira;
veamos cómo va a los dos amantes
y hallémonos también al sacrificio.
Solo a tu lado a tanto me atreviera,
que bien sé que he de ser mal recebida.
Al enojo de Alcides será escudo
el respeto que guarda a mi presencia.
Y cuando no, mi escudo de paciencia.
Cuéntame el sueño de que estás medrosa.
Recia cosa me mandas. Vi a mi Alcides,
si mío es bien que llame a quien me olvida,
en un funesto fuego que enviaba
pirámides de llamas, y colunas
de humo al cielo, en cuyas claraboyas
a Júpiter, su padre, vi aguardando
que la carne mortal se consumiese;
y cuando la osamenta quedó pura,
vi que alargando Júpiter la mano,
al cielo se llevó su amado hijo,
y quedó entre los dioses colocado.
La fama que eterniza los valientes
en aquesa visión me significas.
Salga Hércules furioso.
Licas infame, mal nacido Licas,
si a la mar te arrojas, si a los cielos vuelas,
has de pagar el daño que me has hecho.
Salga Licas huyendo.
Tierra piadosa, escóndeme en tu centro.
¿Qué es esto, Licas?
Está furioso tu marido,
los riscos y las peñas despedaza,
y si te halla, ha de hacer lo mismo;
escóndete, por Dios, que yo quisiera
no haber nacido.
Dentro Hércules.
¡Infame Deyanira!
¡Triste de mí! Esta cueva sea mi amparo.
Cubridme, cielos, de ñublado escuro,
en estotra me escondo mal seguro.
Salgan Yole, y Hércules furioso.
Mi bien, señor, mi gloria, mi alegría.
Aun tu vista, señora, no me enfría.
Su desventura siento con extremo.
Que me abraso, deidades, que me quemo.
Guardia trifauce del palacio triste,
que en rizados de víboras plumajes
son tus mayores galas,
ya en mí el infierno asiste.
Si de tu infame plaza quieres gajes,
bate las negras serpentinas alas,
y vomitando balas
de fuego, hambre, guerras y pestilencia,
en mi boca blasfema haz asistencia;
pues ya de los Cíclopes el martillo
suena en el ronco pecho,
que fragua y yunque el corazón han hecho
con imposible golpe de sufrillo,
forjando rayos para el dios supremo.
Que me abraso, deidades, que me quemo.
Mas, Hércules valiente, muerde el labio,
en tanto que alimentas basiliscos;
no infamen viles quejas
tu honor invicto y sabio.
Pagad los rotos a mis manos riscos,
excelsos pinos y carrascas viejas.
Tú, de largas orejas,
Eco, que en tantas cóncavas responde,
en cual Licas el pérfido se esconde.
¿De qué ballena (o mar) ocupa el seno?
¿O vientre de qué nube
que exentos grifos aparentes sube?
¡Vaya, será mi enojo, mi Dios, trueno,
y borrasca del agua cada paso!
Que me quemo, deidades, que me abraso.
¿Sabes la causa de dolor tan grave?
Una camisa que vistió, teñida,
regalo de su esposa,
al parecer suave...
Conviérteme en tu forma, peña helada.
Descubre a Licas, tierra cavernosa,
pesadumbre vistosa,
piernas sacáis.
Como de pluma leve
rompe los riscos, los escollos mueve.
La peña animas, fementido Licas.
Mira furioso a Alcides...
Miraré cómo en piezas te divides,
de mis desdichas prodigioso cuerpo.
Las mías lloro y tu locura temo.
Que me abraso, deidades, que me quemo.
Torpe ministro del rabioso fuego,
que no vejigas, sino bombas brota,
al líquido zafiro
tu cuerpo infame entrego.
Sal de mis brazos, infernal pelota.
Al mar llegó con él.
¡A bravo tiro!
Con más razón me admiro,
viendo le endureció el aire de suerte
que en el agua cayó peñasco fuerte.
Y el mar en espumas albas quedó hirviendo.
Meguera, no te alabes
de mi victoria, que antes que la acabes,
al prevenido fuego me encomiendo.
Vase.
En él se lanza.
Lastimoso caso.
Dentro Hércules.
¡Que me quemo, deidades, que me abraso!
De tus cóncavas entrañas,
oh piadosa madre, salgo,
a solo hacer experiencia
si estoy convertida en mármol.
Deyanira, a no servir
el dolor de desengaño,
pudiéramos dudar todos.
¡Oh, fementido centauro!
¡Qué de lástimas crueles,
siendo la autora del daño!
¿Cómo en venganza de tu hijo
no llueves, Júpiter, rayos?
Pero ya el rostro del cielo
para en luminoso carro:
¡prodigiosa maravilla!
Salga Júpiter en una nube.
¿De qué os afligís, humanos?
Que ya el hijo de Alcmena
está en estos senos claros.
No es Deyanira culpada,
que amó su esposo gallardo,
mas fue fácil en creer
al ofendido centauro,
en cuya camisa blanca
iba el veneno encerrado.
Pensó provocar amor,
y la muerte ha provocado;
que, con venganza de Juno,
levantó el soberbio brazo,
pero, a su pesar, subirá
entre luminosos astros.
De Atalanta y Hipómenes
dará más lástima el caso,
que, en leones convertidos,
ya se requiebran bramando;
por haber hecho del templo,
para sus amores, tálamo,
Venus a los dos castiga
por haberle sido ingratos,
y todo el cielo, por ser
de mis casas profanos.
¡Miserables, respetad
a los divinos sagrarios!
Y agradeced las mercedes;
que, si disimula agravios,
el cielo nunca veréis
que deja de castigarlos.
Vamos a ver los leones.
Tu amor, Deyanira, alabo;
y aunque a nadie cansa Ovidio,
porque estaréis ya cansados,
pone a estas fábulas fin
su autor, cuyo nombre callo.
Finis.