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Texto digital de La atalanta

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La atalanta. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-atalanta.

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LA ATALANTA

Pag. 1

Yy 200

Mss. 15509

Pag. 2

Autógrafa 4º

La Atalanta =

Comedia en 3 jornadas, por D. Gaspar de Ovando =

Leg. 3º 2 S-6.

Con censura

Pag. 3

Comedia famosa la Atalanta de Ovidio

Por D. Gaspar de Ovando

Jornada primera

Pag. 4

Rey Eneo.

Deudos, amigos, príncipes, no mira

a deudo ni amistad mi ciego enojo.

Hércules.

A lo que aspira Alcides no aspira,

sus fieros rayos por la umbra arrojo.

Jasón.

Jasón temido soy, en cuanto gira

dando a la tierra luz del cielo el sol.

Atalanta.

No me tengas, Meleagro.

Meleagro.

Tente nesta.

Atalanta.

¿Quién al valor se opone de Atalanta?

Sabéis que de mi planta delicada

ni arena se alabó de imprimir huella,

ni hierba se quejó de ser pisada,

por ser veloz como cadente estrella;

sabéis que habito el monte, de arco armada,

y cuantos guarda en él Diana bella,

o suelto gamo o saltadora corza,

venzo con planta de nevada alcorza.

Sabéis que si la flecha, que derecha

sale del arco, al blanco seguir quiero,

puedo llegar primero que la flecha,

tanto que el golpe, mientras llega, espero.

Rey Eneo.

Sabéis, poco alabaros aprovecha,

muy tierna sois, y el jabalí muy fiero;

dejad tan ardua empresa a los varones.

Atalanta.

Ni Teseos, ni Alcides, ni Jasones.

Pag. 5

Atalanta.

Llovieren las nubes cual granizo frío,

brotare la tierra como flores,

a todos sobre el caso desafío.

Meleagro.

Y a todos vencerás, pero de amores

mayor hazaña de tus ojos fío,

que despiden dorados pasadores;

mas tu hermosura mal lograr no quieras,

que no se matan con amor las fieras.

Hércules.

Yo, que a pesar del hechicero Atlante,

saqué de su jardín las pomas de oro,

regando sangre de dragón flamante

las plantas que producen tal tesoro;

del Arcadia el jabalí maté arrogante,

el león partenopeo y de Creta el toro,

y yo, que sin tener los silbos roncos,

siete dejé a la hidra cuellos troncos.

Yo, que al Cerbero con por tres gargantas

verdinegra verter le hice espuma,

acónito mortal brotando cuantas

yerbas baña su humor, su ponzoña suma;

yo, que en el orbe he hecho cosas tantas,

que no basta a la fama lengua o pluma,

matar prometo al jabalí valiente,

y al marfil de tu mano el duro diente.

Teseo.

Con qué arrogancia tu victoria narras.

Meleagro.

Con qué dulzura acalmas los venenos.

Teseo.

Si de otros domo el león desgarra,

donde Teseo está desgarra menos;

que mil victorias conseguí bizarras,

sin favor, como tú, del dios de truenos;

ni se me metió en centro ni en centauro,

y sabes que di muerte al minotauro.

Jasón.

Gracias, Teseo, al hilo delicado

de Dédalo sutil, Ariadne tierna,

que en el vientre del monstruo sepultado,

bebido hubieras ya del agua averna;

sueldo mis oídos habéis ganado,

y ambos con mi victoria fama eterna,

testigos sois de mi valor divino,

cuando a Colcos dejé sin vellocino.

Ya me vistes domar toros valientes,

cuya armazón de bronce otro temiera;

arar los campos y sembrar los dientes

que a la sierpe arranqué tremenda y fiera;

y avistes que brotando armas las gentes,

me ofreció a la batalla carnicera;

y vistes que, temblando de mis manos,

se mataron hermanos con hermanos.

Deste que a Calidonia monstruo ultraja,

a mis sienes compete la victoria.

Teseo.

Ninguno en el esfuerzo me aventaja.

Atalanta.

Contra infamia afrenta ganar gloria.

Hércules.

Ni la clava acerada se desbaja,

su fuerza con su fama hará notoria.

Meleagro.

¡hay, amor, que aun hablar no me consientes!

Rey Eneo.

Deudos, amigos, todos sois valientes,

cuando a mi reino aflige plaga tanta,

y en mi consuelo habéis todos llegado.

Pag. 6

Rey Eneo.

Jasón, Teseo, Alcides, Atalanta,

gloria a este siglo, afrenta del pasado,

tan civil diferencia se levanta

para hacer sumamente desdichado

a este afligido rey por tantos modos,

que remediar queréis y afligís todos;

sabed bajar más a la bestia fuerte

que respirando fuego el campo abrasa,

al jabalí cerdoso, cuya muerte

gloria a todos dará, que es a mi casa,

que medrosa mi gente está de suerte,

viendo que el fiero diente a todos pasa,

que ha tres años que el campo no cultiva,

ni hay planta en sus raíces rica o viva.

Para todos hay gloria en tal hazaña,

quien desea el remedio no lo impida.

Vase.

Hércules.

Aquí ha de valer fuerza, que no maña,

no encantos que Jasón a Medea pida,

ni astucia con que monstruos Teseo engaña;

fuerza ha de ser la mía, es conocida,

que desgajo las selvas ramo a ramo,

y montes sobre montes encaramo.

Salid al campo todos a envidiarme,

que con justa arrogancia me provoco,

salid a verme, pero no a ayudarme,

que solo basto a lo que el mundo es poco,

la colmilluda fiera Diana desarme,

que ni quiero su ayuda ni la invoco,

mas no digas a la bestia cuánto puedo,

que antes de verme matarala el miedo.

Vase.

Teseo.

Al mundo ha de asombrar que donde estaba,

a quien dejó Teseo, Hércules viene,

en qué ejercicio la valiente clava

sino nombrar mi fama se entretiene,

ya me enciende la honra y furia brava.

Vase.

Jasón.

No dirán que con regalos se detiene

Jasón, cuando en empresas tan honrosas

vive mi sangre en tantas bellas rosas.

Vase.

Rey Eneo.

Oh famosos varones, que hoy en tanto

que probáis la difícil aventura

y aplacáis del cielo tal espanto

los puros bríos con ofrenda pura.

Atalanta.

Porque veáis que a todos me adelanto,

ni quedo atrás de os alcanzar segura,

que si al monstruo se acerca más a un punto

no le veréis matar sino defunto.

Meleagro.

Aguarda, Atalanta.

Atalanta.

¿Cómo que aguarde?

Meleagro.

Que el fiero veloz Jasón

Pag. 7

Atalanta.

Huyes, traidor cobarde.

Meleagro.

Oye, bien mío, detén,

Atalanta.

que huirse alcanza tarde.

Suelta, mi furia no enfrenes,

que, siendo nobles despojos,

y tanto que me entretienes...

Meleagro.

Deja sentarse en los dos

que está tu enfadosa mohína.

Atalanta.

Déjame.

Meleagro.

Imposibles pides.

Atalanta.

Suelta, Meleagro, no te olvides,

mi furia veloz impides,

porque me gane el laurel

Teseo, Jasón o Alcides.

Meleagro.

Mas tu hermosura lo advierte,

que porfías por vencellos,

que no me obligó a tenerte

gana de que ganen ellos,

sino miedo de perderte.

Mataré el jabalí, ¿quieres?

Suspende un poco el rigor;

basta que tan hermosa eres,

que matas hombres de amor

y de envidia las mujeres.

Vencieron el laurel espeso

de este caso peligroso.

Pero si más gloria importa

vencido de un monstruo rabioso,

que no vencedor de un humano,

no aventures tu belleza;

queda en palacio segura,

que del vencedor conquista,

vencido de la hermosura,

vencedor de la fiereza.

Cuando mi padre llamó

tantos brazos invencibles,

no estaba en el reino yo,

sino venciendo imposibles

que aqueste brazo allanó,

toda cuenta quise darte.

Porque no pienses que ha sido

el venirme a requebrarte

ir al templo de Cupido,

huyendo el rigor de Marte,

que daré ofreciendo flores

en el sacro santo altar

que un nuevo Paris amores.

Pag. 8

Meleagro.

Bien basta para matar

monstruos y fieras mayores,

quédate, Diana honesta,

hermosísima Atalanta,

que la colmilluda fiera

rindió, pues, a tu planta

sobre aqueste pardo puerco,

y a mí, por ofrenda viva,

a tu dulce yugo atado,

que a tu condición esquiva

daré un reino libertado,

y una libertad cautiva.

Atalanta.

De un príncipe me admiro,

invencible es su poder,

pues que de hombres me retiro

sin podellos oír ni ver,

y con gusto te oigo y miro;

dulce retórico has sido,

no sé cómo te he sufrido,

con todo me has persuadido

con sutileza la vista,

con suavidad el oído,

mas, ¡hay, gallardo mancebo!

que si a quererte me atrevo

será desear mi muerte,

y medio está en rehuirte

el oráculo de Febo.

Si nunca Apolo ha mentido,

¿cómo te puedo querer,

si en mi vida ha de tener

el que escoja por marido,

o me escoja por mujer?

Con tan piadoso dolor

vivo en montes desta suerte,

donde ni veo ni me ven,

porque es condenalle a muerte

al hombre que quiero bien.

Por desdicha tuya sigo

de aquesta empresa el laurel,

deja aqueste ruego, amigo,

que serás contigo cruel

en no siéndolo conmigo.

Meleagro.

Mienta mi amor o mal hado,

tengo de ser tu marido,

mas dulce muerte he hallado

en morir favorecido.

Pag. 9

Meleagro.

que no engañan desdeñado

tuyo soy Atalanta del mal ya advierto

que no temo venga o huya

la muerte en tan dulce puerto

Atalanta.

como que al decir soy tuya

siento de haberte muerto

Meleagro.

echa al cuello un nudo fuerte

Atalanta.

Príncipe el brazo detente

y lo que te quiero advierte

pues por quererte también

aun no quisiera quererte

Meleagro.

a tan venturosos lazos

tendrá la muerte respeto

Atalanta.

qué temerosos abrazos

pues que parece que aprieto

un difunto entre los brazos

Meleagro.

aquí de la muerte apelo

Atalanta.

bien la tuya solemnizas

Meleagro.

ya no temo el mortal hielo

señora pues me eternizas

en la gloria de tu cielo

el oráculo cruel

así declararse quiere

que mi vida rinde a aquel

que de pocos días muere

al mundo y cuanto hay en él

yo no quiero más vivir

aquí mi gusto se entabla

Atalanta.

habla que dejando de oír

pienso que perdiste la habla

y que empiezas a morir

Meleagro.

Con tan funestas razones

mi boda haces funeral

Salgan Plexipo, Altea y Toxeo.

Plexipo.

así se adquieren blasones

que no en el campo marcial

con abatir leones

Meleagro.

no tienes que te admirar

Plexipo.

sobrino tu valentía

hoy hame de ella a infamar

Meleagro.

de aquestos brazos cogía

valor para pelear

Altea.

no te excuses Meleagro no me curo

mas no es razón condenar

este lazo que amor puso

y debióse de enseñar

a mujer inútil y de tal uso

Atalanta.

si es mi ejercicio tan vil

Pag. 10

Atalanta.

le diga este arco sutil,

ofreciendo en poco espacio

al umbral de su palacio

medias lunas de marfil.

Vase.

Altea.

Atrás va dejando al viento,

Plexipo.

y a este con el jabalí.

Meleagro.

Sígase mi pensamiento,

quien que se lleva tras sí

con un mismo movimiento.

Plexipo, ven, porque des

de mi valor testimonio.

Plexipo.

Tú me lo dirás después,

que al jabalí calidonio

no he de ver, si posible es.

Meleagro.

¿Temesle, Plexipo?

Plexipo.

No he de temello,

aun de su nombre me espanto.

Altea.

No, hermano, no has de ir a ello.

Plexipo.

Aunque no me ruegues tanto,

tendré cuidado de hacello.

Meleagro.

Por las ciudades dichosas

del palacio del zafir,

a qué tienes de ir

a ver si enamoras hermosas,

Meleagro.

que si las fieras herís...

Altea.

Vete, loco desbocado,

mal lograda edad lozana,

deja a mi hermano...

Meleagro.

En estado

que siempre se halla hermana

y nunca madre se ha hallado;

mas porque sé que te aflijo,

conmigo le he de llevar,

porque así te pienso dar,

ya que no llores por hijo,

hermano por quien llorar.

Altea.

Camina, joven gallardo,

¿tu sangre tratas así?

Meleagro.

Ah, verás si me acobardo;

su muerte y del jabalí

cifradas van en mi dardo.

Vanse Plexipo y Meleagro.

Altea.

¡Oh, rebelde al gusto mío,

que de crueldad usas tanta

con la madre y con el tío!

Contigo y con Atalanta

se mira sujeto y pío.

Pag. 11

Altea.

que use del mismo rigor

y el feroz Erijio monstruo,

y esa a quien tienes amor

halle su ofensa a su rostro,

porque se mate el dolor.

Tolemeo.

¿Que haya madre que tal diga?

Altea.

Mal sabes a lo que obliga

juventud desvergonzada;

ya de su madre cansada,

empiezo a ser enemiga,

su vida pienso acabar.

Tolemeo.

Aun imaginallo espanta;

antes debéis estorbar

los amores de Atalanta,

que harán de verse embarazar.

Altea.

Pues sabida su ventura,

y si Febo a su amor predijo,

dijo: "yo le estoy segura,

no puede matar a mi hijo

esta infeliz hermosura".

Tolemeo.

¿Cómo no?

Altea.

Sabe, sobrino,

que teniendo entre las manos,

tierno infante en las mantillas,

al príncipe Meleagro,

en una cuadra abrigada

ricos curiosos paños,

que de seda y oro Aracne

dejó con su émula mano,

donde la mayor deidad,

transformada en cisne blanco,

gozaba, a pesar de Juno,

de Leda favores blancos,

con todo el primor del arte

vivas entre verdes ramos

las aves, a quien espanta

disfraz que quitó el canto,

las ranas, los juncos tiernos,

el puro cristal delgado.

Pag. 12

Yole.

Los demás cisnes canoros,

el suave céfiro manso,

no dijeras, si los vieras,

que por estar dibujados

ni se movían ni cantaban,

sino de atentos al caso.

A un lado vieras la envidia

entre escollos y peñascos,

coronada de culebras

y envidiosa de regalos.

Vieras a Juno escondida

entre parrales de Baco,

con visajes pedir celos,

ya que no podía hablando.

Alcmena.

¡hay, Altea, no la nombres!

que me hizo estar de parto

siete días, porque Jove

diera fruto mal logrado.

No hay celos como los suyos,

con puro incienso no aplaco

su enojo después que vio

a Júpiter en mis brazos.

¿Quién sino ella echó en la cuna

de Hércules el áspid bravo,

que llegando a darle el pecho,

se le halle muerto en la mano?

Ella los peligros busca,

gracias a Júpiter santo,

que saca gloria de todos.

Altea.

Digo, pues, volviendo al caso...

Pag. 13

Altea.

envolviendo, pues, el niño

en la cuadra que le contuvo,

con un brasero delante

que ardía sabeos palos,

volviendo al tapiz los ojos

y rubio incienso quemando,

dije: "¡Oh, cisne, dios supremo,

a quien este humo consagro,

así los huevos, tus hijos,

veas luminosos astros;

que de aquesta infancia tierna

hagas dichosos los años,

como mi deseo felices,

como tu eternidad largos!"

La breve oración materna

apenas acabé cuando

del tejido cisne el pico

dijo: "El príncipe Meleagro

vivirá mientras el fuego

no consumiere ese palo

en que me ofreciste incienso".

Calló, y al momento alargo

la mano y saco del fuego

el tizón medio quemado.

Este, mira si soy madre,

debajo de llave guardo,

y para que arder no pueda

cada día en agua baño.

Mas pues no puede ofendelle

de Atalanta el triste hado,

porque está, como has oído,

su vida y muerte en mi mano.

Ya que me perdió el respeto,

verás que el tizón abraso.

Alcumedonte.

¡Cruel venganza y más indigna!

Altea.

Verás cuán presto lo hago.

Alcumedonte.

Oye.

Altea.

No me desconsejes.

Alcumedonte.

Aguarda.

Altea.

Gentil espacio.

Alcumedonte.

La venganza en la mujer

no admite consejos sabios.

A primera eres que toma

venganza en su mayorazgo.

Bajan.

Altea.

Calla, que no hay gusto de dioses

como el gusto de vengarnos.

Vase ascondiendo aparte el viejo, y mientras dice esto amaga la vieja a echar el tizón en el fuego con enojo, que lo ha de apagar llorando.

Vase.

Alcumedonte.

No quiero apartarme de ella,

aunque sé que si echa el palo

en el fuego con enojo,

que lo ha de apagar llorando.

Dentro ruido de caza.

Dentro.

Cercadle todos, jóvenes gallardos,

no se nos vaya el jabalí cerdoso

por cuantos rompe arrojadizos dardos.

Salgan Pelagón y Polemo, dos pastores, 1 y 2.

Pelagón 1.

De aquí verás el trance peligroso,

sube, Polemo, sobre aquesta peña.

Polemo 2.

Aun en las nubes estaré medroso.

Pelagón 1.

¡Qué feroces colmillos les enseña!

Pag. 14

Pelagón.

Y qué espumas cuajadas que vomita.

Polemo.

De lanzas que le tiran hace leña;

Pelagón.

no es Trinaldo a quien la vida quita

o atrevido mancebo sin ventura.

Polemo.

Ya en desdichado Filemón le imita.

Dentro.

Teseo.

La osadía perdona, Diana pura,

de esta lanza veloz que Teseo arroja.

Pelagón.

Hinco dos brazas en la peña dura.

Polemo.

Cuanto más acosado, más se enoja;

por los ojos y voca lanza fuego,

y en sangre agena verdes yervas moja.

Dentro.

Hércules.

Ninguno tire, en tanto que a él me llego.

Polemo.

No es Hércules aquel.

Pelagón.

Si ya comete,

como si entrara en un festivo juego,

mucho su atrevimiento nos promete.

Polemo.

Huyó el monstruo de un brinco, el golpe siente

y asta el puño la claba en tierra mete.

Pelagón.

Con la bestia feroz a brazos cierra;

brava osadía o gloria de valientes.

Polemo.

No esperó, el jabalí temió la guerra,

y en Mopso, ¡hay triste!, ejercitó los dientes.

Cuanto cadáuer desangrado miro

de amigos conocidos y parientes.

Pelagón.

Jasón tiró su dardo, y erró el tiro.

Polemo.

¿Quién es aquella de hermosura tanta,

cuya velocidad gallarda admiro?

Pelagón.

Hera la sin ygual bella Atalanta.

Polemo.

Con valiente donayre el arco flecha.

Pelagón.

El puerco atrabesó por la garganta.

Salgan Meleagro y Plexipo.

Meleagro.

Brazo diestro, ¡oh venturosa flecha!,

que al monstruo hiziste la primer sangría,

de estrellas quedes en los cielos hecha.

Meleagro.

¿Viste, Plexipo, aquella valentía?

Plexipo.

Confieso que miralla no quisiera.

Meleagro.

Pues mira su discípula esta mía.

Plexipo.

Recibe mi venablo, bestia fiera.

Meleagro.

En tierra el jabalí dejas cosido,

con amor y vergüenza ¿qué no hiziera?

Pelagón.

¡Viba Meleagro!, alzad el alarido.

Polemo.

Por largos siglos Meleagro viba,

que de la patria librador a sido.

Vanse Polemo y Pelagón.

Pelagón.

Ven, Polemo, a cortar laurel y oliva;

coronemos la frente victoriosa

del que de tanto miedo el reino priva.

Salgan Atalanta, Jasón, Teseo, Hércules.

Atalanta.

Si otro me hurtara la victoria honrrosa,

vieras en mí otra fiera, Meleagro.

Meleagro.

Fiera a mis ojos es la más hermosa,

ídolo, tu bellísimo milagro,

a quien con alma y vida los despojos

de la victoria y vencedor consagro,

pues me infundieron el valor tus ojos.

Pag. 15

Teseo.

Con razón, bella Atalanta,

gracia el príncipe os ha hecho

del jabalí, pues con tanta

herís un gallardo pecho

y una soberbia garganta,

pues con unos pasadores

herís dos con un intento:

de muerte uno, otro de amores,

báñase uno en río sangriento

y otro en mares de favores.

Jasón.

Con mucha razón se os debe,

señora, el laurel triunfal,

pues con arco y flecha leve

sacáis fuente de cristal

con suave mano de nieve,

y ya con envidia notoria,

doy parabién a los dos

de tan insigne victoria,

de los despojos a vos,

y al príncipe de la gloria.

Hércules.

Gozo y vergüenza me ha dado

no acertar al jabalí,

vergüenza en haberle errado;

gozo en que mejor que en mí

la victoria se ha empleado.

Gocéisla un siglo felice,

pues para vos se guardaba;

que aunque me faltó la clava,

todo lo que pude hice,

sino lo que deseaba.

Meleagro.

Una la victoria ha sido

y todos me la habéis dado.

Plexipo.

Matar un monstruo afligido,

por Hércules fatigado,

y por Atalanta herido,

no ha sido tan grave hazaña

que la pudiera él acabar

un niño que al tiempo engaña

haciendo el trompo bailar,

y subido en bordón de caña.

Atalanta.

Su pecho la envidia enflama.

Meleagro.

Unos trofeos peregrinos

tu lengua cobarde infama.

Plexipo.

Fama ganaste, si hay fama,

con ayuda de vecinos;

a solas quisiera ver

cómo ejecutas los bríos.

Meleagro.

Tío, farásme...

Plexipo.

¿Qué has de hacer?

Hércules.

Estrella de malos tíos

debe ahora de correr:

persígueme a mí Euristeo,

Pelias al fuerte Jasón,

Plexipo a ti, y a Teseo

Lidio, y más que tíos son

furias del infierno feo.

Plexipo.

Desta hazaña sois testigos,

no hagamos de ella milagro,

acabarála Meleagro

sino con fuerza de amigos.

Meleagro.

Víbora de envidia cruel,

que entre tantos parabienes

solo tú marchitar tienes

mi siempre verde laurel;

vierte de envidia venenos,

con este golpe porfías.

Pag. 16

Meleagro.

que no dijo mal quien dijo

que de enemigos los menos.

Teseo.

Repórtate.

Meleagro.

Ya no puedo.

Atalanta.

Tente.

Jasón.

Huye su crueldad.

Plexipo.

Seré en la velocidad

otra Atalanta de miedo.

Vase Plexipo.

Meleagro.

Mi puñal correrá más

hasta que tu vida prive,

que el cobarde da y recibe

las heridas por detrás.

Dentro.

Plexipo.

¡Oh, enemigo!

Atalanta.

Hasta el pomo

le lleva en el hombro hincado.

Jasón.

Sus pies truecan de turbado

la velocidad en plomo.

Teseo.

A un tiempo tienen de entrar

de tus padres por la sala

la buena nueva y la mala,

con alegría y pesar.

Meleagro.

Siempre a mis cosas les den,

por suceso desdichado,

el pésame tan menguado,

tan crecido el parabién.

Hércules.

Jamás en ajeno brío

pensé hallar que envidiar,

y solo en vos puedo hallar

el saber dar muerte a un tío.

Atalanta.

Tu gloria has hecho funesta.

Meleagro.

Tal pensamiento destierro,

que antes, Atalanta, si esta,

serán luces de ese entierro

luminarias de mi fiesta.

Salgan Villanos con música y ramos de laurel.

Villano 1.

Vaya la bestia delante

con su difunta crueldad.

Villano 2.

Bailad todos, la plebe cante,

y entremos en la ciudad

con el príncipe triunfante.

Cantando esto bailen cuatro.

Cantan.

Solenice la fama por siglos largos

la bella Atalanta y el fuerte Meleagro.

La dama con flechas,

el joven con dardo,

de Marte y Diana

ofrecen retratos;

tiernos en amores,

fuertes en el campo;

envidia de amantes

y gloria de bravos;

la ninfa lozana,

el mozo gallardo,

el tiempo y la muerte

perdonen sus años.

Solenice la fama.

Meleagro.

A vuestra alabanza debo

tanto, que a la bestia fiera

de nuevo vida le diera

para matalla de nuevo.

Villanos.

Pon, venturoso mancebo,

sobre nuestro hombro los pies.

Hércules.

Eso a nuestro cargo es.

Toma mis hombros.

Meleagro.

Recelo

llegar con la frente al cielo

si me levantáis los tres.

Pag. 17

Jasón.

Porque no pueda infamar

ninguno el hecho bizarro

sirviendo los tres de carro

se tiene de celebrar.

Meleagro.

Muy de honrados es honrar,

y de tan honroso laurel

mostráis que el peligro cruel

fue digno de más asombros,

pues menos que en tales hombros

no pudiera salir dél.

Teseo.

Más por humilde mereces

de la honra que te damos,

pues aunque te entronizamos

no vano te desvaneces.

Atalanta.

¡hay, dichosa yo mil veces

si falta la profecía

de Febo en tanta alegría!

Mas ¡hay que mi triste suerte

ha de hacer que honras y muerte

se celebren en un día!

(Vanse cantando.)

Salgan Altea y Iole con prisiones.

Yole.

Gracias al cielo santo

que loca estás de gozo y regocijo,

como de enojo fiera te estabas,

y con extremo tanto

que el tizón y la vida de tu hijo

sin que valiese ruego al fuego dabas.

Altea.

El celo materno

cuando más se ejecuta es con regalo;

picaban las espuelas de la ira

del freno del gobierno

mandaba amor.

Yole.

Yo vi que el fatal palo

diste atrevida a la incendiosa pira.

Altea.

También, hermana, viste

que por quitarle, me entregaba al fuego,

castigando la mano en el verdugo

de ejecución tan triste,

verdugo de la vida que más quiero.

Yole.

Bien vi que arremetiste

no sin daño a la brasa, a la ceniza,

y en llanto bañas el fatal madero;

pero si tales nuevas

dignas de albricias son, da la que os plazca.

Altea.

Pide, lo que deseamos, Iole, sabes.

Yole.

Pues porque no te atrevas

sin consejo, del príncipe a la vida

guardemos en un cofre de dos llaves

el tizón; tendrás una

y yo la otra; porque si enojada

le quieres abrasar, yo te reporte.

Altea.

No tengas pena alguna,

que madre obre con ira acelerada

que el cuello amado de los hijos corte.

Yole.

Yo te di buen consejo.

Salga el rey Eneo acompañado.

Rey Eneo.

Gracias a las celestes deidades,

que alentáis a la mano del castigo,

Pag. 18

Rey Eneo.

Venturoso viejo,

que si en tu reino as visto mortandades,

también de su remedio eres testigo.

Dichosa vos, señora,

que tan gallardo fruto y tan valiente

medisteis en el príncipe Meleagro.

Su mano vencedora

nos a librado del hambriento diente,

ira del cielo a quien su horror consagro.

Ea, mi alegre corte,

venza la fea noche en luminarias.

que arromático humo al cielo embíen;

el gasto no se acorte.

Sepan mi gozo las naciones varias,

por más que de mi tierra se desvíen.

Y nosotros en tanto

que los toros pintados ciento a ciento

humedezcan de Júpiter las aras,

démosle incienso sancto,

que nos dio libertad y rico instrumento

de ella, las prendas de mi alma caras.

Criado.

Ya para el sacrificio

tienes aquí el brisero y los aromas.

Altea.

Y el príncipe en palacio está triunfando.

Entren con el triunfo cantando. Sale Meleagro.

Rey Eneo.

¡Oh, qué alegre bullicio!

Tierno mancebo, que los monstruos domas,

con alas de la fama vas volando.

A mis brazos te derriba,

hijo en quien mis glorias fundo.

Altea.

Gallarda coluna altiba,

que por lo menos estriba

sobre las vassas del mundo.

Meleagro.

Aunque es imposible aver

trono que tanto me quadre,

caer quiero, que caer

en los brazos de tal padre

es tomar de nuebo ser.

Altea.

Mil alegres parabienes

te daré, y dos mil abrazos.

Rey Eneo.

Por que no te agas pedazos,

ya que de tan alto vienes,

ya quiero verte en los brazos.

Jasón.

Entre alegría y pesar

de que el alma viene llena,

no sé si podré acertar

a daros la norabuena,

pero Dios la podrá dar.

Teseo.

Aunque al cielo agradecido

por tan alegre suceso

gracias doy y albricias pido,

no quisiera aver venido,

veys, con tanto contrapeso;

pero la fortuna fiera

quiso dar el gusto aguado.

Pésame, rey, que os a pesado.

Altea.

¡hay de mí, el pecho se altera!

Teseo.

Cuente solo lo que a pasado.

Rey.

¿Qué hay que contar? ¿no está aquí

Meleagro y a vencido

el sobervio javalí?

Altea.

Plexipo falta, ¡hay de mí!

si queda muerto o erido.

Pag. 19

Hércules.

El llanto, reina, detén,

no quiso el hado inhumano

sino que todos te den

el pésame en una mano

y en la otra el parabién.

Altea.

¿Que es muerto mi hermano?

Meleagro.

Sí,

este brazo le acabó.

Desmayándose Altea, se le cae y da el tizón en el brasero.

Altea.

¡Oh, cruel!

Meleagro.

Más recibí

gloria con su muerte yo

que con la del jabalí.

Rey Eneo.

Señora reina, no hay hielo

como sus nevadas manos.

Traed agua, favor, cielo.

Teseo.

¡Qué lindo ejemplo de hermanos,

y qué nos da su desconsuelo!

Rey Eneo.

Traed agua.

Vase Irene.

Irene.

El viento me presta

sus alas para volar.

Rey Eneo.

No tardes, porque a tardar,

traerás agua que a mi fiesta

le pueda servir de azahar.

Llegad todos, caballeros,

desta marmórea belleza.

Hércules.

Dejad, rey, de enterneceros.

Rey Eneo.

Vea yo que en la tristeza

tengo tales compañeros.

Atalanta.

No llegues a consolar

tu padre en tanta aflicción.

Meleagro.

Soy tierno de corazón

y no puedo ver llorar.

Atalanta.

Algo te has puesto amarillo.

Meleagro.

Cólera debe de ser

de ver embustes sacar

y desmayos de tornillo.

Las ordinarias mujeres

tienen para una ocasión

el desmayo de quita y pon

que parecen alfileres.

Cuatro versos tachados e ilegibles con la indicación "no se dice" al margen derecho.

Atalanta.

Por cierto que estás mortal

y vas perdiendo el color.

Meleagro.

Gozando de tu favor

¿qué mal me puede hacer mal?

Atalanta.

¡hay, príncipe!, no quisiera

Meleagro.

a tu vista hacer agravio.

Atalanta.

No hay lirio como tu labio,

ni como tu rostro cera.

Hércules.

Como un mármol fría está.

Teseo.

Ni alienta ni el pulso mueve.

Rey Eneo.

Hermoso bulto de nieve,

agua os dan mis ojos ya,

que tanto en traerla han tardado,

mas yo no los quiero culpar,

que se habrá secado el mar

pidiendo agua un desdichado.

Atalanta.

Bien mío, señor, ¿qué sientes,

que se eclipsa tu belleza?

Meleagro.

Una natural flaqueza

sin más causas ni accidentes.

Atalanta.

¿Quieres alguna conserva?

Meleagro.

No, amores, tus ojos son

botica del corazón

que de todo mal preserva.

Pag. 20

Meleagro.

Dame la mano, que apenas

sobre los pies me sustento,

por vida tuya, que siento

fría la sangre en las venas.

Líneas tachadas: causa que estoy matando / mirad si no hablo de veras / que el corporal edificio / se vaya desmoronando

Atalanta.

Hércules, Jasón, Teseo,

rey y señor, Meleagro.

Rey Eneo.

Calla, esposa,

qué tragedia lastimosa

es la que en mi casa veo.

Hijo.

Hércules.

Príncipe esforzado,

Teseo.

¿Qué es esto, ilustre mancebo?

Meleagro.

Un monte en la lengua muevo,

tengo en la vista un nublado.

Dote yo tiernos abrazos,

ya que no merezco verte,

quizá quedará la muerte

la inmunidad a tus brazos.

Muere. Cúbrenle el rostro.

Teseo.

Triste fin, rey.

Rey.

¡Qué gustó el cielo

que un mal tras otro me asalten!

Jasón.

Y no hay lenguas a quien no falten

palabras para consuelo.

Altea.

Ni le quiero, ni le pido,

lágrimas me dé la mar,

pues tengo más que llorar

que el pecho más afligido.

Rey.

Dulce esposa, hijo querido,

a quien dejaré mi silla,

que la muerte me anda

invisible en mis salas,

volando con negras alas

y desnuda la cuchilla.

Atalanta.

Ojos, de quien el sol tomó alegría,

en mi pecho dormid, de penas lleno.

A infinita hermosura dad veneno,

de quien en vida daros le solía.

Un consuelo me dejáis, si le hay bueno,

que no os podrá matar de vida ajeno,

y aun muerto os ha de amar el alma mía.

Mas ¡hay!, que os hallará vivo en el pecho,

y en la memoria os matará escondido,

tanto le temo, ¡hay triste!, que sospecho

que aun no me dejará muerto marido.

Y lo que en vida con amor ha hecho,

en muerte querrá hacer con el huido.

Salga Alcmena y Yole.

Alcmena.

No por poco diligente

imaginéis que he tardado,

los aljibes se han secado,

los estanques y la fuente.

Los vidrios de agua de olor

quebrados, sale y vertida

el agua.

Rey Eneo.

Deidad ofendida,

modera un poco el rigor.

Baja con la espada desnuda, pase en una nube Diana.

Diana.

Diana soy, Rey Eneo,

a quien tienes enojada.

Pag. 21

Diana.

Y está en mi luciente acero

tu castigo y mi venganza,

tres años ha que a los dioses

ofreciste en limpias aras

los más pintados becerros

y las ovejas más blancas.

No te acordaste de mí,

y en nuestras etéreas salas

juzgaron de mi poder

todas las deidades sacras.

Avergoncéme y juré

por lo más triste del agua

Estigia, que había de ser

la ruina de tu casa.

Yo el jabalí calidonio

engendré en esa montaña,

donde ha quitado más vidas

que cerdas le puse largas.

Yo al príncipe Meleagro

enamoré de Atalanta,

aunque en diferente hado

su vida o su muerte estaba.

Yo de su madre el enojo

muchas veces provocaba,

para que el fatal tizón

diera a las voraces llamas.

De la muerte de Plexipo

también he sido la causa,

y de la de su mujer,

para que el tizón se caiga

en el brasero y ardiese,

porque quien mi hermosura

ofendió pagó con la vida.

Pegósela a la barba,

y para lo que me debes

aun todo lo hecho es nada.

Si de mi ofensa advertido

mi justo rigor no aplacas.

Vase.

Rey Eneo.

¡Aguarda, Diana bella!

¡Vengativa diosa, aguarda!

Verás condenar al fuego

una hecatombe de vacas;

por quintales los aromas

del camanguián y el ámbar,

el árabe incienso rubio

y el copal que el indio gasta,

ofreceré a tu fiesta

siempre que tu hermosa cara,

por alegrar a la noche,

cierre las puntas de plata.

Teseo.

A los castigos del cielo

la paciencia sola basta.

Jasón.

¿Qué pensáis hacer, Alcides?

Hércules.

Cierta hermosura me inflama.

De mil brazos pretendida,

Teseo.

si ha de alcanzarse a puñadas,

desde luego os la concedo.

Jasón.

Yo me volveré a mi casa,

que está en mi ausencia Creusa

celosa y desesperada.

Teseo.

A las bodas de un amigo

tengo de ir.

Jasón.

Es justa causa.

Teseo.

El tiempo nos juntará

como nos junta la fama.

Jornada segunda

Pag. 22

Atalanta.

Yo porque no sean mis ojos

veneno hermoso, pues matan,

las selvas habitaré

de la gente desterrada,

escribiendo por los pinos,

por los fresnos y las hayas

el nombre de Meleagro;

a cuyas cortezas bastas

tiernos requiebros diré

porque se sequen y caigan.

Rey Eneo.

No, princesa, pues de mi hijo

hicisteis prenda tan del alma,

en mi reino quedaréis

por sucesora jurada,

que los dioses y los hados

con sacrificios se aplacan.

Hércules.

Pues fuimos carro triunfal,

sirvamos ahora de andas.

Hércules.

Cesen los llantos y quejas,

aunque haya razones tantas,

que se enojarán los dioses

si lloramos sus venganzas.

Rey Eneo.

Pues alegrémonos todos,

y ha de haber luminarias.

Alcmena.

Eso lo malogran mis desdichas.

Atalanta.

Yo lloraré mis desgracias.

Vanse.

Licas, criado de Hércules, y un paje.

Licas.

Señor hidalgo, despeje.

Paje.

Con despeje me ofendís.

Licas.

Y con lo hidalgo obligo

vuced a que no me queje,

porque en lenguaje flautado

oigo yo que despejar

debe de ser despojar,

sino que está sincopado,

y en mí no cabe pido,

ni aun, mas de medida salgo,

que merece por lo hidalgo

muy gran parte así del endoso.

Paje.

Sois hidalgo.

Licas.

De solar,

y aun de echar tacos también,

y si quiere que le den

más cuenta, oiga si ha lugar:

bien habrá oído decir

del rey Eneo.

Paje.

Sí, pues,

¿es vuestro deudo?

Licas.

No es,

ni yo tengo de mentir,

mas un su deudo cercano

pasaba con lindo brío

siempre por casa de un tío

de un cuñado de un hermano

de mi madrastra, y un día

nuestro deudo había comido

castañas, dio un ruido

y sobre si pasaría

o no, hubo muy gran pendencia.

Pag. 23

Licas.

paso, y de aquesta pasada

vino a quedar entablada

nuestra noble descendencia,

tanto, que haya santos fines,

mi padre dio en pregonar,

publicando su solar,

solar zapatos, chapines.

Pase.

Pues, con todo eso, ¿no tiene,

Licas.

de estar ahora en la sala,

este tallaco, esta gala,

que de luengas tierras viene?

Había de malograr

en aventuras de amor;

soy muy grande servidor

de damas; dadme lugar,

que si alcanzo a Deyanira

os sacaré el pie del lodo.

Pase.

¿Luego vuesa merced y todo

a la pretensión aspira?

Licas.

Y no un mesmo por de ella,

que soy muy dichoso hermano,

pues no pongo en cosa mano

que no la alcance con ella.

Tengo mil gracias secretas,

canto y bailo como un plomo,

y soy, si la pluma tomo,

non plus ultra de poetas.

Soy asombro de valientes;

en conociendo mi fama,

verásme dejar la dama

todos esos pretendientes.

Pase.

¿Sabéis quién aspira al lauro?

Licas.

Ya sé que entre mil famosos

hay valientes y hay hermosos

que la piden.

Pase.

Y un centauro.

Licas.

¿Con qué, cómo es ese nombre?

Pase.

Centauro, un monstruo feroz,

valentísimo y veloz,

medio caballo y medio hombre.

Licas.

Será figura hechiza;

muy bien le estará a una dama

medio marido en la cama

medio en la caballeriza.

Pase.

Es muy galán.

Licas.

No me asombre

con su gentileza fiera,

¿qué mujer habrá que quiera

para marido un medio hombre?

Aun enteros y cabales

no suelen estar contentas,

que hay mil que a costa de afrentas

meten en casa oficiales.

Pase.

Un etíope gallardo

también sus brazos desea.

Licas.

Serán hijos con librea

vestidos de blanco y pardo.

Pase.

De Aquelao no diréis vos

que la boda le está mal,

que es valiente y principal.

Licas.

¿No es un río?

Pase.

Y semidiós,

que mil formas de repente

muda.

Licas.

Y una dama tierna,

¿qué hará si le echa la pierna

en la cama una serpiente?

Pag. 24

Licas.

que hará si en tiernos lazos,

cuando piensa que requiebra

un galán, una culebra

se halla enroscada en los brazos.

Paje.

Y de Hércules, ¿qué diréis?

Licas.

No comparéis conmigo,

que es Hércules muy mi amigo.

Paje.

Muy buen amigo tenéis;

mas ya sale Deyanira,

señora destos estados.

Licas.

Con ojos enamorados

apostaré que me mira.

Salgan Deyanira y su padre.

Padre.

Tiempo es, Deyanira hermosa,

de que emplees tu afición,

que de tanta suspensión

está la ciudad quejosa

y de pretendientes llena.

Paje.

En tu gallardía repara.

Licas.

Por los dioses, que su cara

no pensé que era tan buena.

Paje.

Esa hermosura solene...

Licas.

Con razón el orbe admira.

Paje.

De buena gana te mira.

Licas.

Calla y déjala que pene.

Padre.

Mi gusto juntar procura,

si fuese el tuyo, hija mía,

con la mayor valentía

esa mayor hermosura.

¿No te ha parecido bien

de Hércules el ademán?

¿No es discreto? ¿No es galán?

Pues valiente, si él no, ¿quién?

Deyanira.

Aunque es libertad, repara

que a ti solo la dijera:

cuando no me mereciera,

Hércules, yo le adorara

por aquel talle bizarro

y aquella arrogancia justa;

no es de gusto quien no gusta

de una fanfarria y desgarro;

y pues gusto tuyo ha sido,

mi alma también le elige,

que, en viéndole, luego dije:

"Este ha de ser mi marido".

Licas.

De a escondidas me tiene.

"Este ha de ser mi marido",

dijo.

Paje.

Oiga, habla atrevido.

Licas.

Calla y déjala que pene.

Padre.

Daréisme nietos lozanos,

ninguno me dará guerra,

y podrá limpiar la tierra

de ladrones y tiranos;

mas porque de pretensiones

que la fama ha convocado,

no vaya alguno enojado,

remitirás tus favores

a fuerzas, pues que segura

puedes de la suya estar;

que al que se quiera probar

le mande mala ventura;

y a toda la gente prevé

que a tu pretensión aspira.

Paje.

Qué tiernamente te mira.

Licas.

Calla y déjala que pene.

Pag. 25

Salgan Niso centauro, Achelao galán, Hércules y Lambongo negro bizarro.

Deyanira.

¡Qué gentil disposición,

los ojos lleva tras sí!

Licas.

Todo lo dice por mí.

Hércules.

Amor, en tu carro pon

mi firme clava por eje.

Aquelao.

Por hermosura tan rara

no es mucho del agua clara

las diosas y ninfas deje.

Niso.

Dame esta hermosura sola

y de tu arco a la cuerda,

Amor, daré cerda a cerda,

la hermosura de mi cola.

Lambongo.

Tan diestramente tiró

Amor a mi pecho franco,

que dio en negro y en el blanco,

y acertando me herró;

tu esclavo soy de derecho

y mi fuego se declara,

teniendo el humo en la cara

y las brasas en el pecho.

Deyanira.

Si el que vence vale más,

valéis más que el Sol dorado,

pues con tu escuro nublado

al claro Sol vencerás.

Lambongo.

¿No por mi negro color

me tratas con menosprecio?

Deyanira.

Piensas que trato de precio,

porque trato de valor.

Esa color enlutada,

como a viudos, me alegra,

que afición de capa negra

promete mucho de honrada.

Lambongo.

Rey soy de Guineas y Congos

que aqueste brazo sujeta.

Licas.

Gentes con labio de jeta

y con narices de hongos.

Lambongo.

Oro en polvo y ámbar fina

me rinden en abundancia.

Licas.

Y aun con toda esa fragrancia

no vencerán su grajina.

Lambongo.

De mil contrarios y opuestos

sacan la naturaleza

y el arte con gran belleza

hermosísimos compuestos.

Naturaleza no ata

para criar su tesoro,

con la negra escoria el oro,

con el estaño la plata;

¿y el arte, en todo sutil,

la ataujía no ha inventado,

casando ébano tiznado

con el bruñido marfil?

Hasta la divina mano

formó esta hermosa armonía

de opuestos de noche y día,

de pesado y de liviano,

de lo frío y lo caliente,

de húmedo y seco, y también

aquestas ligas se ven

cada día entre la gente.

Pag. 26

Lambongo.

También es mi color fea.

Deyanira.

Parte de cuerpo perfeto,

no quiero hijos en efeto

de ataufía o taracea.

Rey Eneo.

Yo holgara ser vuestro suegro.

Zambongo.

Riguroso jüez.

Licas.

Fueran piezas de ajedrez

la dama blanca, el rey negro.

Niso.

Digno soy de tu favor,

pues, amando tu beldad,

la misma monstruosidad

que en cuerpo tengo, en amor.

No soy de naturaleza

aborto, descanso, sí,

que quiso mostrar en mí,

variando su belleza;

si de animal son los pies,

no desmiente mi rostro,

y es lo que tengo de mozo

tan hermoso como ves.

Hijo de las nubes soy,

y embidia de muchos buenos.

Licas.

Sus hermanos son los truenos.

Hércules.

Perdido de amor estoy,

que en un pecho tan robusto

niño amor halles posada.

Deyanira.

Soy, Niso, muy delicada,

para almohazarte el gusto;

confieso tu buena traza

digna de más alta prenda,

pero busca quien entienda

mejor que yo de almohaza.

Niso.

Si no amor mi pecho humilla,

que escuche mi ofensa

no pensé.

Deyanira.

Siempre uno piensa

el potro, y otro le ensilla.

Licas.

A mí esta pelota viene

perdida a tiempo. Pase.

Llega,

que con los ojos te ruega.

Niso.

Calla y déjala que pene.

¡Ah, mentirosa esperanza

y fugitivo contento,

que un caballo, hijo del viento,

porque huyes, no te alcanza!

Trayciones amor esfuerza,

pues vive su deydad,

que unos de voluntad

y que la ha de gozar por fuerza.

Aquelao.

Y claro en la fama, si de amores ciego,

Achelao, semidiós, sobervio río,

humilde pido, enternecido ruego,

admitas, Deyanira, el amor mío;

ardiendo salgo en amoroso fuego

del agua fresca de mi alcázar frío,

y, aunque puedo, ni quiero ni me ocupo

en vil fuerza, torpe acto, o sucio estrupo.

Como en el agua de cristal serpiente,

de bronce en tierra figurarme puedo,

y mudar tantas formas de repente,

que aun no las determine vuestro miedo.

Pag. 27

Aquelao.

Mas si por lo genial y lo valiente

al que se afama en más con mucho excede,

¿para qué he de espantaros con visiones

de toros, de culebras y dragones?

Tálamo a nuestras bodas apercibo

en cuatro perlas como globos grandes,

y de esmeraldas un delfín lascivo

en que los parques de las aguas andes.

El múrice traerán en conchas vivo

y el ámbar mis nereidas, cuando mandes

que salgan a buscarlo en las orillas,

aunque sobre en tu aliento y tus mejillas.

Divina quedarás, eterna digo,

si el dulce néctar a tus labios toca,

que la divinidad está contigo,

pues lo son cuanto bebas por la boca.

Hércules.

Cual suele en Etna arder un bosque ciego,

abrasándome estoy en ira loca.

Deyanira.

Esta arrogancia con razón alabo.

Hércules.

¿Qué ofreces tierno, si amenazas bravo?

Sierpe seas de metal, o dragón seas,

ya sé vencer serpientes y dragones.

He de ver, Aquelao, si peleas

con fuerza de retóricas razones.

Prueba la mía con tus formas feas,

y sea premio de estas conclusiones

como juez la bella Deyanira.

Deyanira.

Gallardos bríos.

Padre.

Arrogante ira.

Aquelao.

Aunque en defensa tuya Jove esgrima

las víboras de fuego, no te temo.

Luchan.

Hércules.

El fugitivo cuerpo al mío arrima.

Padre.

Valientes son los dos con todo extremo.

Aquelao.

Tampoco, Alcides, mi deidad estima.

Hércules.

¿Gustas de verme, oh Júpiter, blasfemo?

¿Cómo no puedo alzar un cuerpo humano

si el monte más pesado salto liviano?

¿Cómo entre peñas, río, te deslizas?

¿De entre los brazos, sombra, desvaneces?

Aquelao.

Tus fuerzas justamente son cenizas,

un escollo marítimo pareces;

ya mi cerdosa crin globos erizas,

mas tendrás el castigo que mereces.

Hércules.

¿Huyes, cobarde?

Vase.

Aquelao.

Tú me verás luego

sierpe de bronce vomitando fuego.

Deyanira.

Victorioso Alcides, a tu frente

sirvan mis brazos de laurel honroso.

Algazara suene.

Hércules.

Si tú me das favor, de la serpiente

mi planta pisará el cuello escamoso.

Padre.

¡Válgame el santo Jove omnipotente,

qué valiente animal y qué espantoso!

Hércules.

Quien teme en mi presencia, mi honra infama.

Veréis si rompo su acerada escama.

Dentro.

Aquelao.

Hoy a mis garras tu arrogancia acaba.

Vase.

Hércules.

Al peligro mayor mejor me arrisco.

Padre.

¿Qué ahora, qué diréis?

Licas.

Que estoy, si estaba

hecho de amor carbón, ya en puro cisco.

Pag. 28

Hércules.

Prueba los golpes de mi invicta clava.

Padre.

Pudiera hacer con él guijas un risco.

Aquelao, dentro.

Con sacrílega furia ondas barajas.

Padre.

Huyó la sierpe con las alas bajas.

Hércules.

Cobarde, espera mis calientes bríos,

si no puede por río, y por cobarde;

¿cómo vuelves atrás, que no es de ríos?

Deyanira.

Tu vida el cielo y mi esperanza guarde.

Licas.

De miedo paso fuertes calofríos.

Niso.

Y en mí el veneno de la envidia arde.

Zambongo.

Aunque te envidio a tu valor notorio,

consagraré una estatua de abalorio

por tus ojos bellísimos, que adoro.

Hércules.

Que si viera con los monstruos del infierno

batalla, conquistando su tesoro,

Padre.

gallardo Marte, sois Cupido tierno.

Salga en toro.

Licas.

Échate sombra, que te mira el toro

de grueso lomo y afilado cuerno.

Hércules.

Con figuras me espantas, Niso niño,

verás que el anfiteatro en sangre tiño.

Deyanira.

Ya baja el toro la erizada frente.

Tu ofrenda, santo Júpiter, no olvides.

Hércules.

No basta, Deyanira, estar presente,

a que imposibles mil acabe Alcides.

Aquelao, dentro.

Llega arrogante, centauro valiente,

verás que vuelas y la tierra mides.

Padre.

Los brazos le echó al cuello, Licas, tenga, apriete,

mientras hallo con qué le desjarrete.

Aquelao, dentro.

Mi agravio, si toca dioses soberanos...

Hércules.

Mirad que un fuerte bárbaro me ultraja,

tus embustes fantásticos son vanos,

al yugo de mi brazo el cuello baja.

Padre.

Huyó.

Hércules.

Dejome un cuerno entre las manos,

de punta aguda y filos de navaja.

Padre.

Terrible arma.

Licas.

Veámosla.

Hércules.

¿Qué dudas?

Licas.

Gentil jeringa para echar ayudas.

Niso.

No desesperes ya, mi amor ardiente,

de conseguir porfiando favor tierno,

y anima a la esperanza que me aliente

victoria de amor, lauro del cuerno.

Salga Acheloo en forma humana.

Vase.

Aquelao.

Triunfa de mi valor, joven valiente,

y en mi afrenta tu nombre viva eterno;

que aunque hayas conseguido mi victoria,

en competir contigo saco gloria.

Goza tu esposa con eternos loores,

que yo, de avergonzado y decorrido,

la frente cubriré de ovas y flores,

siempre en mi alcázar de cristal metido.

Llorando mi corriente disfavores,

sin parecer jamás, siempre escondido.

Hércules.

¿Qué aguarda, Padre? Arrójose a los cristales

del agua, río de plata, arcos triunfales.

Hércules.

Nunca a tus ojos, si llorar deseas,

fuentes su humor, nieve montes nieguen,

a quien espada de divorcio seas,

no consintiendo que a juntarse lleguen.

Pag. 29

Hércules.

Cometa de cristal tus aguas veas

que el campo inunden y la mies aneguen,

y porque olvides amorosas penas,

ninfas te sirvan cantando sirenas.

Padre.

Si en fortaleza, Alcides, os alabo,

no menos merecéis por cortesía;

ganado habéis por cortesano y bravo

las voluntades de mi hija y mía.

Deyanira.

Tu esclava soy.

Hércules.

Mi diosa, y yo tu esclavo;

si se entristece a alguno mi alegría,

a la demanda salga.

Licas.

Un desalmado

del infierno de tantas animado.

Zambapalo.

De vero contento estoy,

tan gozoso y satisfecho,

que bendiciones os echo

e higas de azabache os doy.

Niso.

Unas manos enlazadas

vivan más que vuestro nombre,

esto es besar manos, hombre,

que desea ver cortadas.

Licas.

Y yo, aunque vine a pretender,

desisto a la opresión,

porque solo a tal varón

pertenece tal mujer.

Hércules.

¿Quién eres?

Licas.

Un parapoco,

hombre de risa, en efeto,

pulpo en traje, ciego en seso,

ni bien bellaco ni loco.

Padre.

Y con esas partes, ¿viene

a pretensiones tan altas?

Licas.

Aun la mitad de las faltas

no ha dicho el hombre que tiene;

soy poeta de por vida.

Padre.

¿Pues poetas hay al quitar?

Mil que no quiero nombrar

por ser gente conocida.

Licas.

Pero yo sé una lista

por que ninguno se entone,

pues a hurtadillas compone

de lo que hurta a la vista.

Hércules.

Buen humor gastáis, Licas.

Licas.

Señor,

los que dan en poetizar,

por no tener qué gastar,

dinero gastan, humor;

y así desisto de amante.

Recíbeme por criado,

y cuando estés apurado

gastaré en verso flamante.

Los siguientes versos aparecen tachados en el manuscrito:

Licas.

Como el puño.

Hércules.

A eso se humilla

quien tal dama pretendió;

quede en tu escritorio yo,

como tú en su bacinilla.

Fin de versos tachados.

Hércules.

Digo que gusto de oírte,

plaza en mi casa tendrás.

Licas.

Pues en plaza do me has,

la deuda será servirte.

Hércules.

Este cuerno prodigioso,

por ser despojo de un dios,

como a simulacro hermoso

en cuya virtud vencí,

dándome licencia, esposa,

le daré a Copia la diosa.

Pag. 30

Licas.

que siempre mira por mí

cierto el don es oportuno

pero temo que esta dea

como vida eterna sea

en volver ciento por uno

Sacerdote.

Las mesas aguardan puestas

sacrificios y libaciones

Hércules.

en cumpliendo obligaciones

de ejercicios y fiestas

Señor, aunque os cause pena,

mi esposa llevando esta,

a ver a mi madre Alcmena

y a mi tío el rey Eneo,

que se gozará de ver

su donaire y mi ventura

Niso.

salteador de la hermosura

en el camino he de ser

Padre.

pesárame de perderos

pero ocasión es forzosa

Hércules.

haced mi boda dichosa

honrándola caballeros

Zambongo.

digo que soy tu vasallo

Tirso.

y yo tu amigo fiel

Licas.

a quien más caballeros que él,

pues anda a pie y a caballo

Padre.

Vamos.

Hércules.

gran dicha es la mía

Deyanira.

yo la venturosa he sido

Zambongo.

dos veces nos ha vencido

fortaleza y cortesía

Niso.

tu hermosa flecha espuela es

amor, y picado estoy

Licas.

Puse ancas, que voy

con vejigas en los pies.

Vanse todos. Salgan Hipómenes y será el que hizo a Meleagro con la misma ropa. El rey Eneo, y otra dama.

Rey Eneo.

Tanto, Hipómenes, imitas

de Meleagro el valor

que renuevas su dolor

si el deseo de verle quitas

talle, rostro y ademán

parece que le has hurtado

hoy de sobrino mi estado

que todos te le darán

pensando que Meleagro

ha vuelto de la otra vida

Hipómenes.

Naturaleza ofendida

del ordinario milagro

que hace en variar cada rato

por mi gusto y mi provecho

nuevo milagro habrá hecho

en hacerme su retrato

Rey Eneo.

como su vestido tienes

para engañar a Atalanta

es tu gentileza tanta

que con saber, Hipómenes,

que eres mi sobrino, pienso

que el príncipe que perdí

me lo vuelve a dar en ti

piadoso el cielo inmenso

y esta hermosa soberana

Pag. 31

Yole.

Porque en Sypomenes tienes

unido su talle y su cara,

como a mi primo le estimo,

y amo.

Hipómenes.

¿Por quien soy?

Yole.

Sí.

Hipómenes.

¿Tienes celos de mí?

Yole.

Solo amar en mí a tu primo

por dos títulos amor:

primo, al que te tengo llamo,

por ser el primero que amo

y por amar con primor.

Rey Eneo.

Atalanta viene, sabéis

lo que avemos concertado.

Hipómenes.

Vencerme un mármol elado

por mi gusto, que no sabéis.

[Salga Atalanta.]

Rey Eneo.

Bizarra hembra.

Hipómenes.

Es viciosa.

Yole.

Por tal se puede tener

mujer que de otra mujer

es alabada de hermosa.

Rey Eneo.

Bellíssima cazadora,

gracias al sol que al mar pasa,

pues os tray la noche casa

saliendo con el aurora.

Atalanta.

Hallo en soledad consuelo,

no hay contento para mí

como herir un neblí

encaramado en el cielo,

que es gusto ver cómo baja

de la flecha atrabesado,

más ligero que pesado,

y las plumas por mortaja.

Y en la montería es

gusto alcanzar una cierva,

que aun no lastima la yerva,

y aun no le valen los pies;

el conejuelo liviano

me quita dos mil enojos,

que apenas le ven los ojos

cuando le tengo en la mano.

Yole.

Siendo tanto su interés,

¿qué animal o ave ligera

a las manos no viniera

a no alcanzarla los pies?

Las siguientes tres intervenciones están tachadas en el manuscrito

Rey Eneo.

Yo confieso que excedéis

en la fama con ser tanta,

mi sobrina es Atalanta,

en mí una sierba tenéis

para alivio de mi pena;

viene a mi palacio ahora

a servir mientras mejora

mi hermana y su tía Alcumena,

que está en la cama tullida.

Atalanta.

Es por todo estremo hermosa,

como imagen milagrosa

puede dar salud y vida.

Yole.

A tus labios debo dar

gracias, a tus ojos no:

porque el labio me alabó

y ellos no quieren mirar.

Fin del texto tachado

Rey Eneo.

Que te estás enbelezando,

que le puedes suspender.

Atalanta.

No hay a mis ojos qué ver

más de lo que estoy mirando.

Pag. 32

Atalanta.

quien ves que a mi mal das

una alegre diversión

Rey Eneo.

dejas la conversación

y a hablar con el aire vas

Atalanta.

tanto a Meleagro parece

este gallardo mancebo

que a la cortesía me atrevo

por lo que el alma enriquece

decidme luego quién es

el que engaña mi deseo

Rey Eneo.

yo, Atalanta, solo veo

que estamos aquí los tres

Yole.

pues ¿hay en la sala más

que Atalanta, yo y mi tío?

Atalanta.

pensaréis que desvarío

Rey Eneo.

casi muestra de ello das

Atalanta.

¿no veis un joven trasunto

del príncipe Meleagro?

Rey Eneo.

tu amor habrá hecho milagro

dando la vida al difunto

Atalanta.

¿cómo podrá darle vida

el mismo que le mató?

Rey Eneo.

milagro es que he visto yo

en una vela encendida

Atalanta.

mi amor quieres infamar

pues con amor le maté

si un soplo su vida fue

mi amor no lo fue en cazar

pues sabéis que con firmeza

hoy llora mi desventura

en las flores su hermosura

y en olmos su gentileza

pero más noble retrato

tendré ya para llorarle

en este gallardo talle

brío hermoso y rostro grato

Rey Eneo.

¿qué rostro, que no le vemos?

Atalanta.

imagen de mi afición

sois fantástica ilusión

Rey Eneo.

deja esos tiernos extremos

Atalanta.

¿no veis su cuerpo ufano

y su rostro natural?

Rey Eneo.

¿vesle, sobrina?

Yole.

no

Atalanta.

¡hay tal!

pues sólido es, que no es vano

a todos debe de ser

aborrecido y odioso

yo sola te amo, esposo

pues nadie te puede ver

sola mi alma te celebra

señor, a quien la rendí

Yole.

ya esta burla es contra mí

pues a Hipómenes requiebra

Atalanta.

señor, ¿cómo no me habláis?

Yole.

aparta, que es ciego antojo

Atalanta.

¿contra mí tenéis enojo

pues la habla me negáis?

Yole.

¿quieres que pierda el juicio?

basta la burla, señor

Pag. 33

Rey Eneo.

Es gusto ver de su amor

dar tan regalado indicio.

Yole.

En mí es fuego, envidia e ira.

Hipómenes.

Harto piedra vengo a ser

en resistir tal mujer

que tan tierno habla y mira,

mas por estar de por medio

el respeto que al Rey guardo,

del gusto de Iole tardo

en dar a su mal remedio.

Atalanta.

Movéis labio y no oigo voz.

Yole.

Fantasma debéis de ser;

¿queréis el juicio perder

hablando al aire veloz?

Atalanta.

Déjame ser loca yedra

abrazándote.

Yole.

Celosa

estás.

Hipómenes.

De piedra soy.

Yole.

Cosa

que se enternezca la piedra.

Yo quiero desengañarte,

Atalanta, lo que ves

un bulto mágico es,

que entiendo mucho del arte.

Con ella el cadáver frío

animado represento,

muda cosas de viento.

Unas dos líneas tachadas e ilegibles.

Rey Eneo.

Detente, que quiero ver

el hijo que tanto amé.

Yole.

¡El embuste que pensé

salió mal!

Atalanta.

Hazle volver.

Yole.

Vuelve, sombra.

Atalanta.

¡Qué obediente

a tu voluntad le tienes!

¡Vesle ahora!

Rey Eneo.

Sí, a Sipomenes.

Atalanta.

Iole hermosa, consiente

que responda, porque guste

mi oreja su dulce acento.

Yole.

Para mi mayor tormento

se me ofreció tal embuste.

Atalanta.

Ruégaselo, enternecido.

Yole.

Habla, y mira cómo habla,

que te quitaré la habla

y tornará al reino de mi olvido.

Rey Eneo.

Gallarda mágica haces,

y extremado está Sipomenes.

Atalanta.

Dime, esposo, si allá tienes

dichosas elíseas paces.

Hipómenes.

Sin ti, que abrasarme pena,

todo es tormento y dolor,

ni en el campo elíseo hay flor,

rosa, clavel o azucena,

de tan purpúrea beldad

como tu rostro.

Yole.

¡Oh, enemigo!

Hipómenes.

Verdades del alma digo,

hijas de mi voluntad.

Atalanta.

¿Bebes del agua Letea

o la ambrosía dulce y pura?

Hipómenes.

De tus labios la dulzura

es lo que el mío desea.

Yole.

No consiento...

Líneas tachadas al final de la página e ilegibles.

Pag. 34

Yole.

Aparta, Atalanta, que te fastidia.

¿Quieres que en un fuego cruel

te abrase, basta que en él

ardo en llama de la envidia?

Vete, vuelve, espíritu, al infierno

de mi rabia, que te abrase.

Hipómenes.

Tú no mandaste que hablase.

Yole.

Dije que hablases, pero no tierno.

Cuatro líneas tachadas

Atalanta.

Aguarda, espíritu puro.

Rey Eneo.

Di que vuelva.

Yole.

No hay lugar.

Atalanta.

Mándaselo.

Yole.

No hay mandar,

que ya se acabó el conjuro.

Vete y no vuelvas la cara.

Atalanta.

Terrible estás.

Yole.

Mal lo sabes.

Hipómenes.

Yo os gozara, labios suaves,

si Yole se descuidara.

Vase Sipomenes.

Rey Eneo.

La burla ha sido extremada.

Yole.

En verdad que fue de a dos.

Atalanta.

Esposo, yo iré tras vos.

Yole.

Ya no podré alcanzar nada.

Dentro.

Licas.

He de entrar.

Otro.

Si no te apartas,

mi alabarda te barrena.

Licas.

A mi señora Alcumena

le traigo de Hércules cartas.

Rey Eneo.

Abridle.

Otro.

Entrad.

Licas.

Antes irme quisiera.

Rey Eneo.

Abridle, soldado.

Salga Licas.

Licas.

Tengo piedra y soy quebrado

para que mandes abrirme.

Rey Eneo.

¿Qué me traes?

Licas.

Pareces dama

que al uso de ahora vive,

que con "¿qué me traes?" recibe

a quien dice que más ama.

Rey Eneo.

¿Tiene Hércules salud?

Licas.

Tiene.

Rey Eneo.

¿Venció los monstruos?

Licas.

Venció.

Rey Eneo.

¿Ganó honra y premio?

Licas.

Ganó.

Rey Eneo.

¿Viene con su esposa?

Licas.

Viene.

Rey Eneo.

¡Qué sucinto embajador!

Cuéntame lo que ha pasado.

Licas.

Sábelo, pues me has honrado

con plaza de embajador.

El nunca vencido Alcides,

que a los cielos puso el hombro

cuando el palanquín Atlante

no los pudo tener solo,

venciendo con varias formas,

ya de sierpe, ya de toro,

al semidiós Aquelao,

ganó a Deyanira, como

lo dirá este pergamino

adonde con letras de oro

os escribe su victoria,

coronista de sí propio,

después de honrar a los dioses

y ver del tálamo el gozo,

Pag. 35

Teyenes.

Siempre imaginado grande

y siempre gozado corto,

dispuso el viaje a veros,

y a mí, que he de ser su mozo,

aunque las canas y arrugas

nieven frente y aren rostro,

me despachó por su nuncio,

siendo en diligencia un topo.

Que topé con una escuadra

de salteadores famosos,

a lluvia de mojicones,

palos y coces me pongo

con el fieltro de paciencia,

pero aprovechóme poco,

que me llevaron atado

por una selva de olmos

al palacio de Diomedes,

que aun de nombralle me asombro.

Que a peregrinos hospedaba,

este más cruel que piadoso,

dando corta cama al largo

y larga en extremo al corto.

Mas lo que al uno sobraba

cortado infería en el otro.

Con instrumentos de fuego

y tormentos rigurosos

luego los despedazaba,

para sustento de potros.

A que yo fui condenado,

y, porque no estaba gordo,

Teyenes.

seis días que estuve preso

comí y bebí como un loco,

que duelos con pan son menos,

cuanto más con pan y lomo.

Allí invocando a los dioses,

a las diosas de los sotos,

a las ninfas de los ríos,

hasta a los marinos monstruos,

les pedí no consintiesen

que un joven como un pimpollo

cayese al pie de un caballo

hecho excremento redondo.

Ya en su caca esférica forma,

me consideraba en hombros

de un escarabajo feo,

o en buñuelos para tontos.

Mas pudieron con los dioses

las lágrimas de mis ojos

hacer no fuese mi carne

para lágrimas de esotros.

A mísera ejecución

estaba esperando, y oigo

dar voces a Alcides, que llama afrenta

al tirano poderoso.

Salió el soberbio gigante

bravo, feroz, basto, bronco,

altiva torre con pies,

fuerte semoviente escollo,

pero a dos golpes de clava

cayó el edificio tosco.

Pag. 36

Teyenes.

Y a sus caballos sirvió

de prisa el pesado plomo,

diome libertad, y al punto

las alas del aire tomo

para avisar que mañana

llegan a tu corte todos.

Yole.

Mira, ha de mejorar

mucho con nueva tan buena.

Teyenes.

Las albricias de Alcumena

tengo yo de ir a ganar.

Atalanta.

Tu amistad he de tener

siempre.

Yole.

Servirte profeso.

Atalanta.

Y muy del alma.

Yole.

Por eso

la amistad debe de ser.

Licas.

Que aun en albricias no saco,

después de haberme cansado,

un beneficio colado

en la parroquia de Baco.

Vanse.

Salgan Niso Centauro, Deyanira de camino y Hércules.

Deyanira.

No pases.

Niso.

Ni te conviene.

Hércules.

Mi valor hallará puente.

Niso.

Es tan grande la creciente

que de monte a monte viene;

en tanto que el río baja

os podéis entretener

en mi casa de placer,

rica en voluntad y alhaja.

Hércules.

Estimo el ofrecimiento,

pero el vado he de tentar.

Deyanira.

No es justo que a un vadear

no le puede el pensamiento.

Hércules.

Yo soy nadador de fama,

y de mi padre enseñado

el río pasaré a nado.

Niso.

Sobre los hombros la dama.

Si de mi velocidad

te fiaras, algo podías

desdeñar las aguas frías

sin hacer temeridad;

mas pienso que nadarás

mal.

Hércules.

¿Hay delfín como yo?

Deyanira.

Por lo enamorado no.

Hércules.

Y nadando los dos, más.

Abraza mi cuello fuerte

y todo temor olvida.

Niso.

Siendo barco de su vida,

no lo seas de su muerte;

que por servir a los dos,

en brazos la pasaré

y con aquesto os quitaré

parte del trabajo a vos.

Deyanira.

No dice mal.

Hércules.

Sea así.

Niso.

En mis brazos va segura

del río, mas su hermosura

Hércules.

No se tiene de ir de mí.

Pues alto, arrójate al río.

Niso.

El arco y las flechas mías

llevarás; que, si me fías

mujer, las armas te fío.

Hércules.

Necios venimos a ser

de conocido solar.

Pag. 37

Hércules.

pues no se pueden fiar

las armas ni la mujer.

Niso.

Hijo de Júpiter tú eres,

fíate de ropa robada.

Deyanira.

Pero ¿qué diz que es pesada

la carga de las mujeres?

Niso.

Como si eres tierna amante.

Hércules.

Y amor es fuego con alas,

en tener mi cielo igualas

con gloria mayor a Atlante.

Vase con Deyanira en brazos.

Niso.

Ea, arrójome a nadar;

veloz río, a vos me entrego,

por ver si de amor el fuego

se puede en agua templar.

Hércules.

Su velocidad espanta,

que bien el agua atraviesa,

que aún atrevida no besa

la Deyanira la planta.

Tú, oh río, cristal fugitivo,

no ofendas el blanco pie;

así a tu corriente dé

paso el monte más altivo,

entúrbiate más, así

flor a tu margen colore,

no se vea y se enamore

que me dejará por sí.

Ya contra corriente el pecho

por lo más profundo va

del río ligero, está

esponja de plata hecho.

Ya la ribera han pisado.

Deyanira, dentro.

¿Qué intentas, traidor? ¡Insulto!

Niso, dentro.

Cobrar por fuerza o por gusto

el pasaje.

Deyanira, dentro.

¡Esposo amado!

Niso, dentro.

Pues afrento la amistad,

no es mucho que la fe afrentes.

Hércules.

Júpiter, si tal consientes...

Deyanira, dentro.

¡Hércules!

Vase.

Hércules.

Detén, Niso, no abras el labio,

que enfrene mi honroso brío

la dificultad del río;

entre venganza y agravio

aquesta flecha atraviese

tu pecho, monstruo enemigo,

que tan presto estoy contigo

como ella, aunque al río pese.

Salgan Deyanira huyendo y Niso herido en el pecho.

Niso.

Tu loco amor me mató.

Deyanira.

Tu pensamiento atrevido.

Niso.

En el pecho vengo herido,

con estarlo, tanto yo,

aunque la vida concluyo,

no la siento en tanto dolor

de tu marido el rigor,

enemiga, sino el tuyo.

Y el desdén, ingrata, siento,

aunque me matáis los dos,

que castiga como Dios

tu esposo hasta el mal intento.

Deyanira.

Huye, que si el río deja

no te han de valer los pies.

Pag. 38

Niso.

Porque satisfecha estés

de amor como yo con queja,

esta mi camisa ten,

con que el alma se me arranca,

bañada en mi sangre blanca,

en que soy monstruo también.

Y si alguna vez tu esposo

(que no lo hagan los cielos)

te causare injustos celos,

amando otro rostro hermoso,

dásela, que virtud lleva

para que te quiera bien,

y aquesto más tu desdén,

quiero que a mi amor le deba.

Deyanira.

Huye, que llega.

Dentro.

Hércules.

¡Traidor!

Deyanira.

Yo os pagaré la amistad,

más que duda su crueldad,

carta de lasto de amor.

Niso.

A morir tengo de ir

en los brazos de una encina,

siendo tu cara divina

imagen de bien morir.

Vase Niso.

Salga Hércules.

Hércules.

Aguarda, veloz caballo.

Deyanira.

En vano a cansarte vas,

que los vientos deja atrás.

Hércules.

Seré viento en alcanzallo,

tengo monstruo fugitivo

para castigar tu intento,

si trae el caballo del viento,

puesto ya el pie en el estribo.

Deyanira.

Déjale en tan triste suerte,

querido esposo, ¿no ves

cómo va dando traspiés

con las ansias de la muerte?

No temas que escape vivo;

esta partida a mi cuenta

pon.

Hércules.

En el libro de la afrenta,

señora, aquesta te escribo.

Dentro.

Niso.

¡Oh bárbaro vengativo!

Ya espero, ven a acabarme,

que muerto es fuerza quedarme,

pues partir no puedo vivo.

Niso.

Estoy de suerte

pasado de parte a parte,

que aun apenas puedo hablarte,

cuanto más volver a verte.

Deyanira.

Y con el dolor de la herida

de un risco se despeñó,

y a tu venganza ofreció

despedazada la vida.

Hércules.

Vamos, que habrá ya llegado

a la oculta una gente.

Deyanira.

Sin causa, Alcides valiente,

conmigo vas enojado.

Hércules.

No, señora, pero digo,

viendo aquesta alevosía,

que es muy gran necio quien fía

su amiga o mujer de amigo.

Vanse.

Fin de la segunda jornada.

Pag. 39

Salgan Jole y Atalanta.

Yole.

Terrible estás.

Atalanta.

No te espantes.

Yole.

¿Tan loco amor te hechizó?

Atalanta.

No hay diligencia ni hechizo

que no hagamos los amantes

por ver lo amado. No ignoras

que amó con torpe afición

un mármol Pigmalión,

Pasífe un gallardo toro;

pero nunca amor tan ciego,

que amase a difunto marido.

Atalanta.

Mi difunto deseo ver.

Yole.

Y como me has de enseñar

lo que no puedo estorbar,

me tiene de agradecer

que, o mentirá mi saber,

o tienes de hablar y ver

a Meleagro.

Yole.

Digo, Atalanta, que haré

que a tu difunto ver puedas,

con tal que un punto no excedas

del orden que te daré.

Atalanta.

Las órdenes te consagro.

Yole.

Pues lo primero ha de ser

que no tienes de creer

nada que diga Meleagro;

que es falso espíritu, mira,

que te puede hacer gran daño,

que es del reino del engaño,

cofrade de la mentira;

lo segundo, que se guarde

tu mano de llegar a él,

que entre un fuego cruel

arderás del modo que arde;

demás que a su reino escuro

al punto se volverá,

y porque apremiado está

con la fuerza del conjuro,

podrá ser que te provoque

a lascivos tiernos lazos,

pero huye de sus brazos,

ni le creas, ni te toque.

Jornada tercera

Pag. 40

Salgan Yole y Atalanta.

Yole.

Tiemblas fría.

Atalanta.

No te espantes.

¿Hay diligencias ni hechizos

que no hagamos los amantes

por ver lo amado?

Yole.

No ignoro

que amó con torpe afición

a un mármol Pigmalión,

Pasífe un gallardo toro;

pero nunca amor tan ciego

que amase a difunto ha sido,

quien, siéndolo al más querido,

le echamos de casa luego.

Atalanta.

Al príncipe deseo ver,

y tú le has de conjurar.

Yole.

Lo que no puedo estorbar

me has de agradecer.

Digo, Atalanta, que haré

que verle y hablarle puedas,

con tal que un punto no excedas

del orden que te daré.

Atalanta.

La obediencia te consagro.

Yole.

Pues lo primero ha de ser

que no tienes de creer

cosa que diga Meleagro,

que es falso y finto. Mira

que te puede hacer gran daño,

que es del reino del engaño

cofrade de la mentira.

Pag. 41

Yole.

lo segundo que se guarde

tu mano de llegar a él

que entreambos fuego cruel

arderás del modo que arde

demás que a su reino escuro

al punto se volverá

y porque apremiado está

con la fuerza del conjuro

podrá ser que te provoque

a tiernos lascivos lazos

pero huye de sus brazos

ni le creas ni te toque.

Atalanta.

Admirable ciencia tienes.

Yole.

Basta que tiene creído

que su difunto marido

Meleagro, es Hipómenes,

mas con esta prevención

enfreno deseos livianos,

como no jueguen de manos

ande la conversación.

Atalanta.

Ya le conjura, pues ver

tenéis alma y no amor

quitad paños de dolor

colgad telas de placer

Yole.

Al rey tengo de advertir

aunque vergüenza me cueste

que es Hipómenes la peste

con que Amor me hace morir

y con la conversación

se le pega.

Atalanta.

Apriesa, di

el conjuro.

Yole.

Contra mí

es tanta conjuración.

Yole.

él viene voyme a esconder

en el cancel y a escuchar

Atalanta ver y hablar

pero no tocar ni creer

Atalanta.

Parte.

Yole.

Sí.

Atalanta.

Verás que soy

más que tu precepto guarda

Salga Hipómenes.

Hipómenes.

Perdona Yole gallarda

que el alma a Atalanta doy

Atalanta.

Con un espíritu quedo

solo notable valor

no puede alentar amor

cuanto desflaquece el miedo

Hipómenes.

Gracias al cielo Atalanta

que a solas te hablaré ahora

Atalanta.

Si los ojos enamora

la imaginación espanta

Hipómenes.

No soy Meleagro, ni salgo

del infierno, como tienes

creído, soy Hipómenes

que te ofrezco cuanto valgo

el rey Eneo es mi tío

mi padre fue engendróme Megareo

un rico reino poseo

todo es tuyo por ser mío

no desdeñes un cautivo

de quien tomas trasunto

por el amado difunto

premiando un amante vivo

Atalanta.

Con gallardo embuste vienes

gracias a la prevención

Pag. 42

Atalanta.

¿Oíste, Yole, nueva traición?

¡Oh, mal nacido Sipomenes!

Hipómenes.

Por gusto del rey, señora,

toda esta ficción ha sido;

cuerpo soy, que no fingido,

ni es Yole encantadora.

Concierto fue de los tres

para consolar tu llanto,

porque me pareció tanto

al príncipe, como ves.

Pero de burlas de amor

nació el mío verdadero.

Atalanta.

¿Cómo te has hecho embustero

en el reino del dolor?

Hipómenes.

Dame esa mano gallarda,

que mil veces besaré.

Yole.

¡Ah, desleal a mi fe!

Atalanta.

No te llegues, sombra parda.

Del puesto en que estás no pases.

Hipómenes.

¿Que quien ama se resista?

Atalanta.

Y aunque regalas la vista,

no quiero que al cuerpo abrases.

Hipómenes.

Tu engaño quiero que adviertas.

Salga Hércules por la puerta donde estuviere Yole.

Hércules.

Amor me quiere premiar;

señora, pues da lugar

para que os coja entre puertas.

Yole.

Alcides gallardo, advierte...

Hércules.

No pretendo demasía;

fortaleza y cortesía

adornan mi pecho fuerte.

Luego que vi tu belleza,

y en cada labio un rubí,

al amor flaco rendí,

con gusto, mi fortaleza.

Recibe la posesión.

Yole.

El amor quiere, sin duda,

que a tu voluntad acuda,

pues has venido a ocasión

que se logre tu esperanza.

Y aunque no fueras quien eres,

pues suelen hacer mujeres

mil bajezas por venganza,

ella mis yerros permite.

Celos la ocasión han dado,

y es ventura de un picado

hallar con quien se desquite.

Hipómenes.

Ayer ofrecías despojos

que hoy no permites gozar.

Atalanta.

¿Quién se dejará llevar

del engaño de los ojos?

Hipómenes.

Déjame de esos recelos.

Yole.

Mano y vida.

Hércules.

Gran merced.

Yole.

Miradlo, alma, y arded

en el infierno de celos.

Atalanta.

Algo estoy más consolada,

que Alcides y Yole vienen,

Hipómenes.

y de las manos se tienen.

La cadena es extremada;

pero pues de mi afición

el eslabón roto está,

muy poca pena me da

que se ate en otro eslabón.

Pag. 43

Hipómenes.

fuerte y flaco se han atado,

buena labor han de hacer,

mas cual suele ha de romper

siempre por lo más delgado.

Salga el rey Eneo.

Atalanta.

¡Oh, Atalanta! Iole, el rey, no acierto

a vernos; suelta, señor.

Hércules.

El eslabón del amor

lo rompa sola la muerte.

Atalanta.

Aquí engañando el deseo

con este espíritu estoy.

Hipómenes.

No acabo de creer que soy

hijo del rey Megareo.

Rey Eneo.

A tu gusto me acomodo.

Yole.

Oye, infanta, lo que digo,

todo lo he visto enemigo.

Hipómenes.

Y yo no lo he visto todo.

Rey Eneo.

Iole, ya he conocido

que amas con intentos vanos

a Hipómenes; sois hermanos,

aunque no lo habéis sabido.

Yole.

¿Hermanos?

Rey Eneo.

Sí.

Yole.

¿Cómo?

Rey Eneo.

Advierte.

que ya es tiempo de verdad,

pues que me tiene la edad

en los brazos de la muerte;

mi hermano el rey Megareo,

que goce de paz eterna,

fue venturoso y notado

avaro en juntar riquezas;

deseó con notable extremo

sucesor varón en ellas,

tanto que sus propias hijas

las mataba por ser hembras.

Viendo Croila, su esposa,

que al fruto femíneo apenas

gozaba la luz del mundo

cuando le privaban de ella,

y que por su propia mano

dio muerte a dos niñas tiernas,

ejemplo de crueldad

y verdugo de inocencia,

pudo por estar ausente

el rey, su esposo, en la guerra,

ocultar el tercer fruto

diciendo que nació muerta,

que eres tú, Iole hermosa;

crióte una hermana nuestra,

y el sabio Néstor, a quien

por tiernos padres celebras.

Nació el gallardo Hipómenes,

y son increíbles las fiestas

que se hicieron en el reino,

los sacrificios y ofrendas;

al mismo tiempo Meleagro

nació de mi amada Altea;

crecieron tan semejantes

en el rostro y gentileza,

que el vulgo en común decía

que teníamos a medias

Pag. 44

Rey Eneo.

Un hijo entre dos hermanos

causa de muchas novelas,

murió Meleagro, has venido

a consolar mi tristeza,

y tu hermana a regalar

en su vejez a Alcumena;

hermanos sois, no es razón

que soberano amor infiera

dos ramos de un mismo tronco,

por ser la ignorancia maestra

Yole.

sobre un incendio de amor, celos.

Hipómenes.

Un monte de nieve en zendras

carámbano en mí ha envuelto

algunas cenizas frescas.

Atalanta.

Luego el consuelo fue enbuste.

Yole.

Pues, ¿cuál hay que no lo sea?

Rey Eneo.

De la burla, hermosa infanta,

pueden resultar las veras.

Atalanta.

Corrida estoy que fingís

de un espejo de firmeza.

Falsas de palacio son

lágrimas tan verdaderas.

No creáis que al príncipe hago,

ni aun con su retrato, ofensa;

por los pies me ha de alcanzar

el que mi mano pretenda,

y, si no corriere tanto,

quiero que la vida pierda.

Que, pues a todos les consta

mi inbencible ligereza,

ningún necio aventurará

tanto por tan baja prenda.

El que vbiere de pasar

a mi lado y a mi mesa

la carrera de la vida,

entre conmigo en carrera.

Vase Atalanta.

Hércules.

¡hay, cristales despeñados!

¡Sueltas de alta cumbre peñas!

¡Exhalación abrasada,

o relámpago en su esfera,

que en velocidad le yguale!

Hipómenes.

Habrá amor, que es dios y buela,

pensamiento que la siga

y razón que la detenga.

¡Aguarda, Atalanta, no huyas!

Hipómenes soy, espera;

que si huyes calzas alas,

deseando calco espuelas.

Vase Hipómenes.

Rey Eneo.

¿Dónde vas, que al viento sigues,

y un monte en cada pie llevas?

¡Ah de mi gente, seguidles!

Que en seco ramo se sienta

la tórtola, el solitario

descansa de peña en peña.

Vase el Rey.

Salga Lucas.

Hércules.

Con licencia, quiero hablarte.

Licas.

Cuando no hablas con licencia,

un relox despertador

de fama traigo en la lengua.

Pag. 45

Licas.

Sus acentos dio a mis labios,

a mi aliento su trompeta,

porque estás sordo de amor,

te la pondré en las orejas.

Hércules.

Acaba, di.

Licas.

El bravo Anteo,

hijo feroz de la tierra,

tu recámara ha robado,

ahora llegó la nueva.

Hércules.

Qué importa.

Licas.

Pesia a mi dicha,

que en el acémila negra

traía en un zurronal

la gorra y las pedorreras,

la camisa que mude,

con toda su galonera,

las polainas, el coleto,

los tiros, dos escopetas,

cinco o seis zapatos viejos,

unas botas de vaqueta,

mil trapos para remiendos,

aguja, dedal, tijeras.

Hércules.

Calla.

Licas.

No quieres que llore,

si no tengo más que pierda.

Yole.

Quién es aqueste ladrón.

Licas.

Dicen que hijo de la tierra,

mas yo le he visto, y no es hongo,

ni cosa que le parezca;

cuentan del que, por su gusto,

al pino más alto llega

y, asiéndole de la punta,

baja al suelo la cabeza,

llama luego quien le ayude,

pero al necio que lo intenta

le suelta a volar, soltando

las gafas de la ballesta.

Yole.

Digna es, valeroso Alcides,

de tu brazo tal empresa.

No ha de haber en otro tiempo

quien de tan mal se defienda.

(Vase.)

Hércules.

Mayorazgo soberbio de la tierra,

si en el materno seno te sepulta,

y a mis brazos la empresa dificulta,

celoso muro de encumbrada sierra.

A convertirte en ejércitos de guerra

escuadras rubias que produce culta

y contra mí liga común resulta

de cuanto engendra monstruo y fiera encierra.

No te puedes librar, di que prevenga

suspiros en sonoros temblores,

los ríos para lágrimas detenga.

Pida a la noche el luto de las flores

y para tumba una montaña tenga.

Que te voy a matar, muerto de amores.

Yole.

No vas a darle ayuda.

Licas.

Está estreñido.

Yole.

Síguele.

Licas.

Es mi opinión muy diferente.

Yole.

Corre tras él.

Licas.

¿Que corra? ¿Soy yo fuente?

Yole.

No le tienes amor.

Licas.

¿Es mi marido?

Yole.

Luego te parte.

Licas.

¿Qué he de sacar partido?

Yole.

Mirar por su persona.

Licas.

Está doliente.

Yole.

No le darás favor.

Licas.

¿Es pretendiente?

Yole.

Sal luego, sal.

Licas.

Soy perro, ¿estoy podrido?

Pag. 46

Las primeras líneas de esta página están tachadas en el manuscrito.

Yole.

Ya sé que soy casta.

Licas.

Pregúntalo a un letrado.

Fite.

Quien de mala casta.

Licas.

Acaso no se cree.

Yole.

Y mala casta.

Licas.

En que no casar conmigo.

Yole.

Fiad que no hay chapines.

Fite.

Con la ayuda del amo le sirviera.

Licas.

Y al bajo juez, puso chapín porque debe nos.

Yole.

No hay que perder si Licas me pide fiado.

Licas.

Y de facto, a mí no presentarme por testigo.

Yole.

No te vea más.

Licas.

Pues sácate la ropa.

Fin del texto tachado.

Salga Sypomenes corriendo.

Hipómenes.

¿Dónde vas, Atalanta,

de la ocasión imagen fugitiva,

que aun no imprime tu planta

las que idolatra, quien te llora esquiva,

burlada mi esperanza,

que quien te sigue más, menos te alcanza?

Con viento regalado,

de la compuesta falda bien pudieras

volver yerbas del prado,

de verde vidrio alegres tembladeras.

Siquiera a mi alegría

el rastro de sembrada argentería,

respóndeme, a la fuente,

con lengua de cristal, labios de rosa,

que un relámpago ardiente

vio pasar más ligera y más hermosa.

Y aunque no ven, qué dudo,

lo aprueban ramas con aplauso mudo,

que veloz deidad mueve

el peso de tu bulto de alabastro,

que fuego te hace leve,

cómo te seguiré, sin dejar menos rastro,

dejas, que aires ave,

culebra en mármol y en el golfo nave.

Línea tachada: Atalanta repite en sus quejas

Hipómenes.

Y Eco desconsolada, así te goces

la mitad de mis quejas,

pues sabes persuadir con medias voces,

o a que vuele me enseña,

antes que de alto abajo alguna peña.

Salga Anteo.

Anteo.

Aqueste brazo fuerte

te echará a volar de un líbano agobiado,

con alas de la muerte.

Hipómenes.

Tú enseñas a volar, monstruo pesado,

siendo tan basto y bronco,

peña con alma y voz infusa en tronco.

Anteo.

A la fuerza suprema

intentas resistir del bravo Anteo.

Hipómenes.

Estampa del emblema

de un pobre ingenio en mis desdichas veo,

pues si de volar trato,

en un peñasco de miserias me ato.

Salga Hércules.

Hércules.

A cuál risco tu hermano

haces, Anteo, erario de tus vicios,

que aunque te esconda en vano

la madre coronada de edificios,

has de probar mis brazos,

si montes quizá aquí te hago pedazos.

Anteo.

¿Qué soberbia te inflama,

saber que soy el hijo de la Tierra?

Hércules.

Saber que Alcides ama,

y por su gusto amor le pide guerra.

Pag. 47

Anteo.

Madre, tu ayuda invoco,

que es muy loco quien no tiembla de loco,

con toda la jactancia

Hércules.

que al mundo ofreces, y Jove me anima,

no será de importancia.

Suene un temblor de tierra.

Hércules.

¿Tiemblas, cobarde?

Anteo.

Arroja un monte encima.

Hércules.

Al monte infame Anteo,

como a peñasco le daré un voleo.

Hipómenes.

¡Terrible terremoto!

El cielo claro en mínimos pedazos

parece que se ha roto.

Hércules.

Recibe el hijo muerto entre los brazos,

común madre afligida.

Anteo.

Nuevas fuerzas me das, y nueva vida.

Hércules.

Para más gloria mía,

de nuevo aliento Júpiter permite.

Tierra, de mí desvía,

vidas infunde que mi brazo quite.

Mostremos maravillas;

como anguillas y como encriollas huyo en dellas

segunda vez te arrojo

a la cara que arañe corvo arado,

el hijo vil despojo.

Hipómenes.

Segunda vez los bríos ha cobrado;

apenas toca al suelo

cuando es pelota que se vuelve al cielo.

Anteo.

La tierra me socorre,

burlando de tus fuerzas, arrogante.

Hércules.

Si fueras una torre,

para tenerte en brazos soy bastante.

Aquí la vida pierdes.

Anteo.

Enluta, madre, tus alfombras verdes.

Hipómenes.

Con sin igual valentía

el mayor imposible has acabado.

Hércules.

Queda, prenda mía,

con el despojo torpe y recargado.

Hipómenes.

Un monte en hombros mueves.

Hércules.

No hay cargas por amor que no sean leves.

Salgan el Rey, Yole, y Deyanira, y Licas.

Rey.

Como tirano del entendimiento

que el reino claro de razón usurpas,

engaña a tantas míseras amantes

ciego que guías los amantes ciegos,

el peligro temed de esa hermosura

Yole.

que os aventuren tantos

Rey.

Que no vean los míseros amantes

el peligro notorio de la vida;

mas si ciegos los guía otro más ciego,

no es mucho despeñarse.

Deyanira.

Que haya locos

que pretendan amor con tanto riesgo.

Yole.

Gracias al cielo, que Hipómenes falta,

que tan tierno se vio por Atalanta,

que se ha de aventurar en la carrera

con riesgo de la vida como esotros.

Licas.

Peligrosa hermosura, yo temía

de amar mujer que no puede ser firme,

porque es la misma liviandad, yo sombra

deleznable entre manos como anguilla.

Pag. 48

Licas.

ya que se ofende tanto de que la amen

que es delito de muerte, ¡oh plateadas

ninfas de chimenea, o las del humo,

gigantes fregonas que al más tosco

requiebro respondéis agradecidas,

obrad un verde aunque en mí nunca lo haya,

yo consagro mi gusto a vuestra saya.

Salga Atalanta.

Atalanta.

¿Hay algún atrevido a mi hermosura,

o por mejor decir, desesperado,

que siguiéndome llegue hasta la muerte,

como esos cuatro que en sus brazos quedan?

Deyanira.

Si los cielos te hicieron tan amable,

Atalanta.

No quiero ser amada, Deyanira.

Yole.

Si eres peña insensible, ¿cómo vuelas?

Rey.

Por sucesora el reino te ha jurado,

y no es razón que seas incasable,

dificultando pretensión tan justa.

Atalanta.

Aún resplandece el oro en mis cabellos;

dejad que el hado injusto se modere,

que esposo me dará cuando él quisiere.

Rey.

A cuantos te pretenden acobarda

el imposible de tu ligereza

y el rigor con que matan al vencido.

Yole.

¿Cuánto a la ejecución has entregado

que fuera con el peor obra dichosa?

Deyanira.

Qué mal me suena cuanto aquesta dice.

Atalanta.

Culpo su atrevimiento.

Yole.

Culpo, infanta,

esa esquiva crueldad.

Deyanira.

Yo se la alabo,

y ojalá fueran todas tan constantes,

y no algunas que al son de las lisonjas

se dejan ir cual pájaro a reclamo.

Yole.

Por mí lo dice, quiero hacerme sorda.

Licas.

Esta caza a celosía huele,

o no soy del amor perro de muestra.

Entren Hipómenes y Hércules con Anteo a cuestas.

Hipómenes.

¿Qué anfiteatro es este de palestra?

Hércules.

A tu hermoso pie, que beso,

se debe sacrificar

de este peñasco el exceso,

tan pesado que el pesar

de la tierra está suspenso;

mas el hijo corpulento

de la tierra, con quien guerra

he hecho por tu contento,

y soy en centro de la tierra,

pues que su pesar sustento,

a tus pies quiero arrojarle;

este don acepta por

de mi liberal deseo.

Deyanira.

Declarado has su afición.

Pag. 49

Licas.

Llámese a don Anteo,

Deyanira.

pues que tú le llamas don.

Tan gran don misterio encierra

y aunque es trofeo de guerra

no os desvanezcáis, advierto,

que sois tierra, porque un muerto

no se da sino a la tierra.

Quien de servir damas trata

no malogre su intención,

si hijos de la tierra mata;

mas valen, si hijos son,

para damas oro y plata.

Hércules.

La tierra mostró en temblores

que los montes precipitan

y que fue Anteo sus amores,

pues sufre cuando le quitan

oro y plata, hijos menores.

Diéralos a manos llenas,

pues mostró con tiernas penas

en el gemir y temblar

que lo deseaba comprar

con la sangre de sus venas.

Yo he de dar como quien soy

del avaro cuanto encierra;

que bien satisfecho estoy

que es lo mejor de la tierra,

pues su mayorazgo doy.

Yole.

En mi nombre se venció

y le recibo en el tuyo;

y por ambos restituyo

el cuerpo a quien le parió

por ser de derecho suyo.

Deyanira.

Llevadlo. Celosa está;

no pensáis por un falso injerto y frío

me abraso en envidias ya,

porque Alcides se le da

como en menosprecio mío.

Licas.

Como pesa, no me espanto,

si a su madre le pesó

por el parirle, yo,

para que me pese tanto...

Vase Licas con Anteo.

Deyanira.

Disimular he querido

celos, desdenes y olvido,

porque me ha de hacer amada

la dádiva en sangre bañada

del centauro agradecido.

Vase Deyanira.

Hipómenes.

Cuatro con tu loco intento

han venido a la carrera,

y de ella al final tormento,

que un veloz torbellino era

cuando ellos un blando viento.

Del amor tan necio y vano

que el riesgo notorio ves,

mi brío incitan lozano

esos que a no irse por pies

me la ganaran por mano.

Por entregalla a su amante

quisiesen cielos serenos

que en liza tan importante

sean todos punto menos

y mi Atalanta pasante.

Pag. 50

Hipómenes.

Firme amor y firme fe

dicen que corramos juntos,

que sin duda ganaré,

pues tengo de pie más puntos

para ganarte de pie.

Rey Eneo.

Perdido el juicio tienes.

Atalanta.

No quiero, ilustre Sypomenes,

ver tus años mal logrados;

enfrena tiernos cuidados

porque tu vida no enfrenes.

Hipómenes.

A morir estoy dispuesto,

bella Atalanta, supuesto

que no hay partida que pida

y una carrera es la vida,

pues pasemos la de presto.

Rey Eneo.

La tuya es muy importante

y no se ha de aventurar.

Hipómenes.

¡hay desdicha semejante!

que aun los medios de alcanzar

estorbáis a un triste amante.

Vamos, infanta, a comenzar.

Atalanta.

Mira, señor, que he de saber

por ganar cuanto pudiere,

aunque sé que el amor quiere

por no perderte perder.

Vele.

Corran, señor, que estorbar

puedes si pierde el rigor,

pues son fulleros de amor,

con ventaja han de jugar

y cada uno con su flor.

Rey Eneo.

Bien dices, corre.

Atalanta.

¿Entregallo

queréis a la muerte fiera?

Rey Eneo.

Tú sola puedes librallo.

Atalanta.

Vamos, señor, en la carrera.

Hipómenes.

Que nadie hay cuerdo a caballo.

Atalanta.

Mira, príncipe alentado...

Hipómenes.

Ya fue mirarte delito.

Atalanta.

Mucho te has obligado.

Hipómenes.

Corro con el apetito,

que es un potro desbocado.

Atalanta.

Alto, al puesto vamos pues,

ni aun de la razón te enfrenas.

Hipómenes.

Amor, que mi muerte ordenas,

pon tus alas en mis pies,

y en los suyos tus cadenas.

Salga Venus.

Venus.

Corre, que en tu ayuda tienes

a la madre del amor;

yo sé, gallardo Sypomenes,

cómo se enfrenan mejor

de las damas los desdenes.

Muy tu aficionada soy,

fía esta empresa de mí.

Hipómenes.

Mil gracias, señora, os doy,

y cual como veloz neblí

a seguir la garza voy.

(Corren, entran por una puerta y salen por otra.)

Atalanta.

Sígueme.

Hipómenes.

Ligera vas,

mas no te pido que esperes,

que el primer móvil ser es

supuesto que mi cielo eres,

y tras ti me llevarás.

Rey Eneo.

Debiera, por cortesía,

ir la infanta tropezando.

Dentro.

Hipómenes.

Y más, en tal alegría

pareces en ir volando,

no huyas, que aun no eres mía.

Pag. 51

Yole.

Al viento veloz parece.

Dentro Hipómenes, y salgan corriendo

Hipómenes.

Venus, tu favor imploro.

Venus.

Ya el príncipe desfallece,

tropieza en oro, que en oro

no hay mujer que no tropiece.

Arroja Venus una manzana

Atalanta.

¡Oh, manzana de oro fino,

a tu belleza me inclino!

Venus.

Ya la podrás alcanzar,

porque el oro hace apartar

a muchas del buen camino.

Atalanta.

Vuelas, águila real,

llevas alas en los pies.

Venus.

Corre, Hipómenes, pues ves

que echa a sus pies de cristal

grillos de oro el interés.

Hércules.

¿Qué secreta deidad

el globo de oro arrojó?

Rey Eneo.

Gallarda velocidad.

Yole.

Ya Atalanta le alcanzó.

Dentro Hipómenes

Hipómenes.

diosa del amor, piedad.

Yole.

Otra manzana han echado.

Atalanta.

¿Quién os dejara, tesoro

de mil sabios adorado?

Venus.

corre y porfía, que el oro

es discreto porfiado.

Atalanta.

Son tus esperanzas vanas,

aunque un torbellino fueras;

mas ¡hay, doradas manzanas!

que hacéis de graves, livianas,

y pesadas de ligeras.

Yole.

Segunda vez le dio alcance.

Dentro Hipómenes

Hipómenes.

Venus, que me da la vida,

haz que otra vez se abalance,

pues a tres va la vencida.

Venus.

El cebo asegura el lance.

Arroja otra manzana

Atalanta.

Luego volveré a correr,

que no es mucho si el poder

de esos dorados despojos

hacen a muchas dar de ojos,

que me hagan detener.

Venus.

Corre ahora, cobra aliento.

Éntrese Hipómenes solo

Atalanta.

Llega al puesto, el palio quita;

oro, tu poder violento,

que todo lo facilita,

ha de ser mi impedimento.

Ya temo, ilustre mancebo,

que me tienes de vencer,

porque apenas los pies muevo;

pero ¿cómo he de poder,

si tres mundos de oro llevo?

Logran esperanzas lozanas,

pues manzanas de oro siembras

y mi voluntad allanas;

que es antiguo engaño de hembras

el del oro y las manzanas.

Dos engaños, que cualquiera

solo muy bastante fuera

a triunfar de mi decoro:

a infinitas venció el oro,

y manzana a la primera.

Pag. 52

Atalanta.

pues si dos engaños vi,

Línea tachada: ambos de... cuya fuerza escondida

Atalanta.

¿quién culpa que me rendí,

si pequeñas más fuerza unida

que la misma de por sí?

Línea y personaje tachados: Yole. Y Jano mi hermano viene

Teyenes.

Con razón Jano viene,

pues por tener de su mano

el favor divino, tiene

lauro el que estima a humanos.

Salga Ypomenes con una bandera y lanza.

Atalanta.

Al paso quiero salir,

vuelto en amor el desdén,

que este alegre parabién

es de dar y recibir.

Hipómenes.

La victoria es de tus ojos,

que en la batalla de amor

el vencido es vencedor,

pues se lleva los despojos.

Teyenes.

No es mucho quebrar las alas

de tal garza, si del cielo

amor cazador al vuelo

le tiró de oro las balas.

Atalanta.

En darte el cielo favor,

querido esposo, ha mostrado

que la desdicha del hado

hizo curso en su rigor;

no temo el hado inhumano,

pues el cielo me da en ti

al príncipe que perdí

y un esposo de su mano.

Por tan altos beneficios

id a hacer sacrificios

en este templo de Cibeles,

que al monte de los laureles

da corona de edificios,

en tanto que fiestas varias

se previenen y alegrías,

que al daño venzan porfías,

y a ellos con luminarias.

Atalanta.

Vamos al templo.

Hipómenes.

Augusto

soy sujeto, señora,

novia encantadora

Hércules.

del corazón más robusto.

Yole.

Vamos, que de tu placer

nada quiero perdonar.

Atalanta.

Adelante, ver y hablar,

pero no tocar ni creer.

Yole.

Ya para todo hay licencia.

Hércules.

Porque amor y fuerza muestre,

no ha de haber fiera silvestre

que no lleve a tu presencia.

Vanse todos.

Venus.

De quien tanto bien te hizo

has hecho tan poca cuenta;

religioso en la tormenta

y en el puerto olvidadizo,

todo en amor elevado,

sin darme gracias te vas.

Vengaréme, y habré dado,

si como a ti a los demás

me volviera manifestado,

a vosotros, héroes beatos;

de esta ingratitud apelo,

pero, ya muy hecho el cielo

a sufrir hombres ingratos,

por mi mano he de tomar

venganza; a Venus temed.

Pag. 53

Venus.

que quien recibe mercedes

no la tiene de olvidar.

Salgan Deyanira y Licas.

Deyanira.

Aguarda.

Licas.

Despacio estás.

Deyanira.

Pues, ¿qué priesa ahora tienes?

Licas.

Fue mi amo con Hipómenes,

Deyanira.

mas con Yole.

Licas.

Juras,

y en su seguimiento voy.

Deyanira.

Luego puedes ir, que sabes

de...

Licas.

La razón no acabes,

que en todo ignorante soy.

Ni sé armas, ni me acomodo

a letras, ni a mercancía,

solo sé de poesía,

que es como ignorallo todo.

Deyanira.

No digo de eso.

Licas.

Pues que

de casa un hidalgo salgo,

déjame, que tarde salgo

y a mi amo no alcanzaré.

Deyanira.

De su pecho te pregunto,

¿qué sabes?

Licas.

Que es muy bien hecho,

robusto, de pelo en pecho,

tetialzado y pelijunto.

Deyanira.

Que eres muy fiel confieso.

Licas.

Sí, señora, muchos días

serví en las carnicerías

de fiel en el repeso.

Deyanira.

¿No te ha dicho a quién adora?

Licas.

Habla claro y te diré

que sí, a quién, cómo y por qué.

Deyanira.

Pues dímelo todo ahora.

Licas.

Que ama, digo, y yo lo vi,

como casi a obscura,

porque por su hermosura...

Deyanira.

Y ¿a quién?, dime a quién.

Licas.

A ti.

Deyanira.

Acaba, loco.

Licas.

¿Que acabe

en tan mal estado quieres?

Deyanira.

Archivo de secreto eres.

Licas.

Sí, y Alcides trae la llave.

Deyanira.

No quiero apretar el caso.

Licas.

Sepa que por su daño juzga.

Deyanira.

Si es tan amarga la purga,

locura es lamer el vaso.

Toma, aunque vayas de prisa,

que Alcides no ha de volver

mañana, y no ha de traer

dos días una camisa.

Licas.

Aquesta le llevarás,

al fin su regalo eres,

ni camisas ni mujeres

tenían de servir más

de un día y es demasía,

y aun era mucho servir

porque no se ha de dormir

con la que se trae de día.

Deyanira.

Llévala y vete con Dios.

Licas.

Perdida la sucia sabe

por ponérsela, aunque esté

lastimada.

Aparte.

Deyanira.

Por

amor, si eres dios Cupido,

deja al veneno obrar,

que no hay dolor tan crecido

como verse despreciar

la mujer de su marido.

Vase Deyanira.

Licas.

Lástima tengo a esta dama

que ni goza ni se alegra.

Pag. 54

Licas.

se hace esclava de su suegra

que está tullida en la cama,

y a él desentretenido

con su ángel el gusto emplea;

quiera el cielo no lo sea

en caer, sino lo asido

que muestran tanto placer

cayendo estos serafines,

que pienso que usan chapines

por la ocasión de caer.

Tres versos tachados: hay linda dama libre y bella / pues quiero solo en ella / si no se ayuda a caer.

Licas.

Mi poco a poco he llegado

hasta el templo de Cibele;

suena el regocijo, y huele

el puro incienso quemado.

Salgan villanos bailando, y Hipómenes, Atalanta, Yole y Hércules.

Cantan.

La garza y el garzón,

paran en uno son;

la tórtola viuda

y el pulido azor;

la blanca paloma

y el neblí veloz,

cónyugos dichosos

los crea el amor.

Durmiendo en un nido

los contrarios dos,

las plumas se peinan

al rayo del sol,

y dan con arrullos

desprecios, y unión,

paran en uno son.

Yole.

Siempre de la mano, hermano,

has de estar con tu mujer.

Aun no debes de creer

con tenella de la mano,

la tienes en tu poder.

Hipómenes.

Esa divina blancura

mil veces besar quisiera.

Hércules.

Tenelda bien, que es cordura,

que mujer y tan ligera

ni aun asida está segura.

Atalanta.

Con gusto en el yugo suave

del amor estoy atada,

y no es razón que se alabe

mujer que ya está casada

de ligera, sino grave.

Hércules.

Con tu bella esposa, grata,

en el templo te retira,

que ya las sombras desata

la noche, y el cielo mira

con el antojo de plata.

Y a daros alojamiento,

lograd tan dichoso empleo,

que en novios el cumplimiento,

para cumplir su deseo,

viene a ser impedimento.

Hipómenes.

Alabo tu discreción.

Yole.

Yo su fortaleza y talle.

Hércules.

Y en paz, y el sol los halle

en géminis de afición.

Vanse Hipómenes y Atalanta, y villanos cantando "paran en uno son".

Yole.

Dame esos brazos honestos,

que pide aquí la noche

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Yole.

Que si de aquí los celos

no porque se gocen fue,

sino por gozarme en ellos.

Licas.

Ya la gente se retira,

bien puedo llegar ahora.

Deyanira, mi señora...

Hércules.

¿Qué nombras a Deyanira?

Licas.

Esta camisa me dio,

de que su limpieza infiero.

Hércules.

Por ser suya no la quiero.

Yole.

Quiero vestírosla yo.

Hércules.

De una mano divina

no es tal favor de perder,

de Júpiter podéis ser.

Yole.

Gran sumiller de cortina

solo en serviros me fundo,

a pesar de envidia y celos.

Hércules.

¡Oh, hermosura de los cielos!

Yole.

¡Oh, valentía del mundo!

Vanse todos.

Salgan Deyanira y el Rey Eneo, acompañamiento.

Rey Eneo.

Mi hermana está sin riesgo, al cielo gracias,

y es razón que te alegres, Deyanira;

veamos cómo va a los dos amantes

y hallémonos también al sacrificio.

Deyanira.

Solo a tu lado a tanto me atreviera,

que bien sé que he de ser mal recebida.

Rey Eneo.

Al enojo de Alcides será escudo

el respeto que guarda a mi presencia.

Deyanira.

Y cuando no, mi escudo de paciencia.

Rey Eneo.

Cuéntame el sueño de que estás medrosa.

Deyanira.

Recia cosa me mandas. Vi a mi Alcides,

si mío es bien que llame a quien me olvida,

en un funesto fuego que enviaba

pirámides de llamas, y colunas

de humo al cielo, en cuyas claraboyas

a Júpiter, su padre, vi aguardando

que la carne mortal se consumiese;

y cuando la osamenta quedó pura,

vi que alargando Júpiter la mano,

al cielo se llevó su amado hijo,

y quedó entre los dioses colocado.

Rey Eneo.

La fama que eterniza los valientes

en aquesa visión me significas.

Salga Hércules furioso.

Hércules.

Licas infame, mal nacido Licas,

si a la mar te arrojas, si a los cielos vuelas,

has de pagar el daño que me has hecho.

Salga Licas huyendo.

Licas.

Tierra piadosa, escóndeme en tu centro.

Deyanira.

¿Qué es esto, Licas?

Licas.

Está furioso tu marido,

los riscos y las peñas despedaza,

y si te halla, ha de hacer lo mismo;

escóndete, por Dios, que yo quisiera

no haber nacido.

Dentro Hércules.

Hércules.

¡Infame Deyanira!

Deyanira.

¡Triste de mí! Esta cueva sea mi amparo.

Licas.

Cubridme, cielos, de ñublado escuro,

en estotra me escondo mal seguro.

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Salgan Yole, y Hércules furioso.

Yole.

Mi bien, señor, mi gloria, mi alegría.

Hércules.

Aun tu vista, señora, no me enfría.

Yole.

Su desventura siento con extremo.

Hércules.

Que me abraso, deidades, que me quemo.

Guardia trifauce del palacio triste,

que en rizados de víboras plumajes

son tus mayores galas,

ya en mí el infierno asiste.

Si de tu infame plaza quieres gajes,

bate las negras serpentinas alas,

y vomitando balas

de fuego, hambre, guerras y pestilencia,

en mi boca blasfema haz asistencia;

pues ya de los Cíclopes el martillo

suena en el ronco pecho,

que fragua y yunque el corazón han hecho

con imposible golpe de sufrillo,

forjando rayos para el dios supremo.

Que me abraso, deidades, que me quemo.

Mas, Hércules valiente, muerde el labio,

en tanto que alimentas basiliscos;

no infamen viles quejas

tu honor invicto y sabio.

Pagad los rotos a mis manos riscos,

excelsos pinos y carrascas viejas.

Tú, de largas orejas,

Eco, que en tantas cóncavas responde,

en cual Licas el pérfido se esconde.

¿De qué ballena (o mar) ocupa el seno?

¿O vientre de qué nube

que exentos grifos aparentes sube?

¡Vaya, será mi enojo, mi Dios, trueno,

y borrasca del agua cada paso!

Que me quemo, deidades, que me abraso.

Yole.

¿Sabes la causa de dolor tan grave?

Una camisa que vistió, teñida,

regalo de su esposa,

al parecer suave...

Licas.

Conviérteme en tu forma, peña helada.

Hércules.

Descubre a Licas, tierra cavernosa,

pesadumbre vistosa,

piernas sacáis.

Rey.

Como de pluma leve

rompe los riscos, los escollos mueve.

Hércules.

La peña animas, fementido Licas.

Licas.

Mira furioso a Alcides...

Hércules.

Miraré cómo en piezas te divides,

de mis desdichas prodigioso cuerpo.

Licas.

Las mías lloro y tu locura temo.

Hércules.

Que me abraso, deidades, que me quemo.

Torpe ministro del rabioso fuego,

que no vejigas, sino bombas brota,

al líquido zafiro

tu cuerpo infame entrego.

Sal de mis brazos, infernal pelota.

Yole.

Al mar llegó con él.

Rey.

¡A bravo tiro!

Yole.

Con más razón me admiro,

viendo le endureció el aire de suerte

que en el agua cayó peñasco fuerte.

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Hércules.

Y el mar en espumas albas quedó hirviendo.

Meguera, no te alabes

de mi victoria, que antes que la acabes,

al prevenido fuego me encomiendo.

Vase.

Yole.

En él se lanza.

Rey.

Lastimoso caso.

Dentro Hércules.

Hércules.

¡Que me quemo, deidades, que me abraso!

Deyanira.

De tus cóncavas entrañas,

oh piadosa madre, salgo,

a solo hacer experiencia

si estoy convertida en mármol.

Rey Eneo.

Deyanira, a no servir

el dolor de desengaño,

pudiéramos dudar todos.

Deyanira.

¡Oh, fementido centauro!

Yole.

¡Qué de lástimas crueles,

siendo la autora del daño!

¿Cómo en venganza de tu hijo

no llueves, Júpiter, rayos?

Pero ya el rostro del cielo

para en luminoso carro:

¡prodigiosa maravilla!

Salga Júpiter en una nube.

Júpiter.

¿De qué os afligís, humanos?

Que ya el hijo de Alcmena

está en estos senos claros.

No es Deyanira culpada,

que amó su esposo gallardo,

mas fue fácil en creer

al ofendido centauro,

en cuya camisa blanca

iba el veneno encerrado.

Pensó provocar amor,

y la muerte ha provocado;

que, con venganza de Juno,

levantó el soberbio brazo,

pero, a su pesar, subirá

entre luminosos astros.

De Atalanta y Hipómenes

dará más lástima el caso,

que, en leones convertidos,

ya se requiebran bramando;

por haber hecho del templo,

para sus amores, tálamo,

Venus a los dos castiga

por haberle sido ingratos,

y todo el cielo, por ser

de mis casas profanos.

¡Miserables, respetad

a los divinos sagrarios!

Y agradeced las mercedes;

que, si disimula agravios,

el cielo nunca veréis

que deja de castigarlos.

Yole.

Vamos a ver los leones.

Rey.

Tu amor, Deyanira, alabo;

y aunque a nadie cansa Ovidio,

porque estaréis ya cansados,

pone a estas fábulas fin

su autor, cuyo nombre callo.

Finis.