à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Florida senectud y honestidad defendida. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/florida-senectud-y-honestidad-defendida.
La florida senectud y honestidad defendida =
Comedia en 3 jornadas, de Castro y Vega.
(Original)
Legº 11
Compuesta por un ingenio aragonés, natural de la fidelísima e imperial ciudad de Zaragoza.
Al licenciado don Andrés Álvarez del Puerto, comisario del Santo Oficio en la Suprema y General Inquisición y cura rector de la parroquial de Navalredonda y Barajas, su anexo.
Deseando (íntimo amigo y señor mío) que esta comedia tuviese (en la acepción de los apasionados) buen acogimiento, y a que no padezca mengua (por ser nueva), determiné para su resguardo el buscarle firme asilo; y habiendo puesto los ojos en v. m., en quien siempre los afligidos hallan seguro reparo, ando yo embebido, el más interesado, revolviendo a la imaginación lo que a un piloto, que viéndose en el anchuroso mar engolfado, soplando contrarios los vientos, se ve en azules
junto a, y casi sepultado, que es ver cómo azota el airado Noto las velas. Crujen las jarcias, falsean las entenas, trónchanse los árboles, trastórnase la aquilla; y, en fin, toda aquella fábrica, que duró de hacerse tanto tiempo, se ve a pique de aniquilarse en un soplo. Pero el piloto diestro procura buscar el norte para que su nave no peligre; y en tan conocido naufragio anhela dirigir la nave al puerto, y en él, echando áncoras a fondo, se ve segura de cualquier riesgo, descansando en el del pasado infortunio. Naufragio ha padecido este parto de mi entendimiento. Viole zozobrar en los bajíos de la censura de ajenos discursos. El docto le corrige como sabio, el prudente le tolera como atento y el ignorante le calumnia como necio. (Vientos todos que bastan a echar a pique al más afianzado discurso en su conocimiento propio). Y porque no fluctúe con el huracán desatado, he buscado diestro el puerto, que allí es cierto que con su protección tendrá seguro amparo. Siempre me prometí en la elección seguro acierto, porque (como dijo un docto: Tiraq. tract. lib. 1 Cap. dicuntur 2. dub. Nobilis anasundo et dicuntur). Cuán manifiesto es el resplandeciente sol de la persona de vuestra merced y la esclarecida luz de su antigua e ilustre sangre, que desde la eminente cumbre del cielo de su nobleza se está mostrando a todos por ver dadero hijo de tales padres y abuelos, cuales las edades pasadas vieron y las venideras no verán mejores. Cuyas esclarecidas hazañas en servicio de su rey, que con sus armas ampliaron los reales cetros y coronas, no tengo para qué darlas a conocer al mundo, cuando la fama las tiene estampadas en la rueda de su fortuna. Cuya casa parece ostentara, quien con palabras, quisiera vuestra merced conocida. Porque si al sol no es necesaria otra luz que la suya para no estar escondido, siendo como la luz panegirista de su claridad, pues ella misma se derrama por no hallar otro mejor coronista que ella propia. Tampoco la ilustre casa de vuestra merced, cuyo fecundo y soberano tronco de los Muñices, que dieron por hermosas ramas los Bernados, y por verdes pimpollos los Carioses; hasta que la fortuna, envidiosa de tanta dicha, hizo falsear los ejes de su rueda a pesar de la fama. Y como el oro, que avara la tierra le oculta en sus entrañas, así se yacía oculto (por un caso adverso) al principal ascendiente en un puerto. Y por redimir su vejación y agravio, se apellidó de su nombre, valiéndole el puerto de indulto para evadirse del contrario. Y hízose este vástago con la viuda Leonela y de ella (como de la de Engaddi) produjo tantos y hermosos frutos que no hay suma para contarlos; entre los cuales fueron los Valcárceles, Álvarez, Quiñones y Cevallos. Cuyas plantas son de la meseta de Casalla, cuyo rico tesoro tiene en su centro la montaña, no como la tierra avara, sí gozosa de tan ilustre prenda. Pues así no ha menester su casa de vuestra merced ajena pluma para acreditar su nobleza, cuando su claridad (como la luz) la hace por sí misma conocida, que viene a glosar bien con ella lo que dijo Ovidio: Clara domus satis haec nobilitate sua est. Bastante resplandeciente era la luz de aquesta antorcha para mostrarme agrade cido en esta empresa, cuando no hubiera otra en tanto grado que el de vuestra merced. Se puede decir sin lisonja, lo que con tanta se dijo de un sabio antiguamente, como refiere Plutarco,
Et geminas animi nobilitate genus. Sería faltar también a mi sangre, si para conseguir mi intento buscara otro menos seguro asilo, que siempre las aguas vienen a terminar al puerto, adonde corriendo sus líquidos cristales, apeteciendo el centro, ansiosas buscan el marítimo golfo. Sírvame en esta acción de premio el haberlo intentado, que como dijo Propercio: In magnis voluisse, satis. Bástame el haberlo emprendido, para que se juzgue por alcanzado. Porque aspirar a descifrarlo sería asir por las alas al cielo. Y de aquella agudeza de mi deseo nacidos, de justa obligación no pueden llegar a más que a ofrecer el trabajo. Vuestra merced le reciba, aceptando la voluntad, que dejo para empleos de mayores servicios. Y halle en su protección esta obra (del locuaz) segura defensa. Y el cielo prospere su vida de vuestra merced. Y con los aumentos que merece su persona, que si se miden los años por el afán, el de mis deseos serán sin duda dilatados. B. l. m. de v. m. su más aficionado amigo y servidor, [Rúbrica]
Comedia famosa La florida senectud y honestidad defendida Compuesta por un ingenio aragonés, natural de la imperial ciudad de Zaragoza. Dedícala al licenciado don Andrés Álvarez del Puerto, comisario del Santo Oficio en la Suprema y General Inquisición y cura rector de la parroquial de Navarredonda y Barajas, su anexo.
Personas Joaquín. Susana. Helcías. Astiages, rey. Fenisa. Daniel. Matusalén. Nicanoro. Cobertera. Matatías. Baltasar. Música.
Salen el Rey, Helcías, Baltasar, Nicanoro, y Susana con Fenisa.
Ya, Helcías, en vuestra casa
como amigo me tenéis;
decidme, ¿qué me queréis?
Deciros lo que me pasa.
Oponeme un gran cuidado,
y como a mi Rey Señor,
en cuyo brazo y valor
Babilonia se ha librado
de las fuertes invasiones
que han hecho a sus altos muros,
viéndose hoy ya seguros
sus más fuertes torreones;
y pues sois, Señor, el dueño
de la vida y de la hacienda,
de una amorosa contienda
solo es vuestro el desempeño.
Nicanoro y Baltasar,
que aquí los tenéis presentes,
entrambos son pretendientes
que desean enlazar
en el sagrado himeneo,
para gloria soberana,
con la mano de Susana,
cada cual su ardiente empleo.
Ambos en sangre y nobleza,
os prometo, son iguales.
Téngolos por muy leales,
dignos de aquesta fineza.
Y en cualquiera de los dos
estará muy bien empleada
la belleza dotada
de la gran mano de Dios.
No la caséis a disgusto,
ni la fuerce o violente,
porque vendrá a ser tormento
lo que en sí debe ser gusto;
que violentar la mujer
que por fuerza tome estado
es como el plomo encerrado
en el cañón, que al arder
con la pólvora la mina,
cuanto más fuerte se atraca,
o bien revienta o la saca
del muro hasta la ruina.
Aqueste es mi parecer,
paréceme que lo acierto.
Sería gran desacierto,
Señor, el no obedecer.
La voluntad de Susana
en mí está resignada.
Procede en fin como honrada.
Todo reclamo lo allana.
Ambos, Señor, la ponemos
con gusto y con lealtad
en vuestra Real voluntad,
en cuya prudencia vemos
tendrá esto fin dichoso,
siendo por vos dirigido,
pues el que fuere servido
será de Susana esposo.
A esto llego a vuestros pies,
pidiendo aquesta merced,
que es vuestra, Señor, creed,
Susana, y mía no es.
Y porque en tiempo ninguno
de mí se quejen los dos,
casádmela, Señor, vos,
y no habrá quejoso alguno.
Porque casándola vos,
será justo que les cuadre
que no la case su padre
sino el Rey, que es como Dios.
Helcías, cierto estimaré
que de tan grave cuidado
me dierais por excusado.
La fortuna nos guiará
en un decoroso empleo
de tan honrosa elección,
y no tendrá un Rey razón
en violentar un deseo.
Que las hijas son
del limpio cristal espejos,
siendo puros sus consejos,
no con dañada intención.
Pues que me habéis elegido
por vuestro casamentero,
atento, Helcías, os quiero,
y a vos un consejo os pido:
Si os queréis excusar, ¿mejor
supuesto que ha de casarse,
que ella venga a declararse
en quién ha puesto su amor?
Porque haberos excusado
de carga tanta, es querer
que en la que ha de recaer
sea yo solamente el culpado.
Y admito en fin la elección
que vos de mí habéis hecho.
¿Os daréis por satisfecho
de cualquier resolución
que tomare en este caso?
Nunca, Señor, fui escaso
en esta proposición.
¿Daréis por bien empleada
la elección que yo hiciere?
Si lo contrario sintiere,
aquí tenéis esta espada;
quitad la vida con ella
cuando a vuestro gusto elija,
y de casar a mi hija
formaré nunca querella.
¿En fin que aqueste favor
queréis vos que yo le dé,
y que en mi Real mano esté
darla esposo?
Sí, Señor.
¿Y si acaso algún capricho
mal de aquesto sintiere,
y por la cara os lo diere
sin razón?
Lo dicho, dicho.
En notable empeño estoy
en esta causa metido,
pues tengo de dar marido
a Susana; y esto hoy.
Pero en aquesta porfía
para no formar querella
¿no es mejor lo diga ella?
Mi voluntad, nunca es mía.
A tan grave resistencia
pues, señor, de suponer
que si yo he de responder
ha de ser con la obediencia.
¡Qué mujer tan singular!
Y si acaso yo lo errase,
y vuestro amor no acertase,
¿os pondréis?
No hay que hablar.
A los dos aquí habéis visto.
A esta amorosa propuesta...
Mi vida está en la respuesta.
Un imposible conquisto.
Señor, vuestra Majestad
haga justa la elección,
que mi amorosa pasión
la ha servido con lealtad.
El continuo galanteo
que yo en su calle he tenido
solo se ha dirigido
del casto amor al deseo.
Yo quedé, señor, quejoso
de Nicanoro preferido,
que a más de quedar sentido
será dejarme celoso.
Que a Susana, a quien adora,
la vida en ardiente llama
solo vive cuando la ama,
y muere si no la enamora.
Y así en tan penosa calma
habéis, señor, de advertir
que es Susana mi vivir,
pues en ella tengo el alma.
Esto digo en conclusión
firme como enamorado;
que siendo yo despreciado
alentará el corazón
de aquesta causa la ofensa,
pues que pueden concurrir
alientos para morir
y valor en la defensa.
Vuestra Majestad lo mire
con su piedad y clemencia,
dando a Baltasar licencia,
señor, para que se retire.
Porque de no la alcanzar,
deseándola servir,
más quiero, señor, morir
que para siempre penar.
El amoroso conceto
que en vuestro pecho se encierra
está publicando guerra
vuestro brazo en secreto.
Diga ahora Nicanoro
su lícita pretensión,
manifieste su pasión.
Señor, a Susana adoro.
Sin género de interés
mi amoroso norte sigo,
solo porque va conmigo
mi esperanza: esto es
servirla con el amor
que sus grandes prendas piden,
que mis gustos no se miden
recibiendo algún favor.
Que en aqueste trato el premio
seamos, si bien se advierte,
mucho más que de la muerte,
quedar un amante cautivo.
Y sería, vive Dios,
un caso muy importuno,
siendo yo esclavo de uno,
hacerme cadena a dos.
Así pretendo sin dudar
el que, este gran señor,
si no soy merecedor
dádsela a Baltasar.
Igualmente hemos nacido,
en sangre somos dichosos,
pero en aquesto de esposos
uno ha de ser preferido.
Vuestra Majestad es padre
de Susana, esta ocasión
siga, señor, la razón
y dádsela a quien le cuadre.
Y a pesar de la malicia,
se la lleve Baltasar,
es porque, vérsela dar
a otro será sin justicia.
Aquesto mi pecho advierte,
señor, como enamorado,
y si acaso hubiere errado,
de vos espero la muerte.
Lo que aquí, señor, me resta
para cernir la palma,
es estar pendiente el alma
de buena o mala respuesta.
Atentamente a los dos
con gran gusto os he escuchado;
muy bien habéis relatado;
cierto que fuera ser Dios
(bien se ve que es imposible)
para poder contentaros
y a ambos juntos pagaros
con un premio indivisible.
Bien se ve el dificultoso
el que entrambos la gocéis,
supuesto que no podéis
el ser a un tiempo su esposo.
Cada uno representa
la acción, que en aquesto tiene,
a mí solo me conviene
el dar del negocio cuenta
a mi alma, lo primero
regulando mi conciencia
para que sin diferencia
no me arguyan de severo.
Pero solo me dejad
para pensarlo despacio,
salid los dos de palacio.
Vanse.
Guarde Dios a tu Majestad.
Ya que los dos han salido,
es razón, prudente Helcías,
que se acaben las porfías
dando a Susana marido.
Decidme ahora, por Dios,
cuál de los dos os agrada.
Mi voluntad es pagada
con cualquiera de los dos.
Nicanoro, ¿no es galán,
noble, rico y muy discreto?
Partes de un rey en efeto.
en él concurriendo están.
Baltasar por lo sincero
no es digno de mi tamaño.
Es señor, un primo hermano,
gran disimulo caballero.
En caso tan importuno,
procediendo como sabio,
¿a quién he de hacer agravio
de los primos?
A ninguno.
Pues en caso tan severo
solos habéis de quedar,
y no os habéis de casar
Susana, porque no quiero.
Si aquisto a Baltasar
y la do a Nicanoro,
vengo a padecer desdoro,
y así no os quiero casar.
Y pues que de mi elección
ha de estar que a solo uno,
con no dársela a ninguno
salgo de esta confusión.
Y lo declaro por fin
de razones tan molestas.
Tocan cajas y sale Joaquín con bastón de general y Cobertera con una corona como una fuente.
Señor, que viene Joaquín
de la armada victorioso.
Él me asegura el laurel
por las partes que hay en él
de feliz y valeroso.
A vuestras plantas, señor,
tenéis quien os obedece.
Solo sois vos quien merece
el premio por el valor.
Alzad, y con el contento
que os espero en mi memoria
mereceréis la victoria.
Pues escuchad.
Va de cuento.
De la grande Babilonia,
cuando el Apolo ilustre
coronaba con sus rayos
montes, valles y cumbres,
y como superior planeta
y archivo de todas luces,
les repartía alimentos
a aquestos orbes azules;
a las seis de la mañana,
sin que temores me asusten,
partimos yo y tus banderas
contra las rebeldes suertes
que tiranizando estaban
este reino y sacro numen.
A las orillas del Tigris
mis escuadrones compuse
esperando al enemigo;
y apenas noticia tuve
que iba en mi busca, cuando
los capitanes dispuse,
previniendo todas armas,
picas, flechas, arcabuces,
con la grande artillería
que al cielo sus ecos suben.
Sobre un bruto nevado
que nieve ostenta y fuego encubre,
hermano del impío Belo,
hijo del Jordán, bien pude
dar la batalla animoso;
pues sin que lo dificulte,
parecía el bruto alado
cuando el penacho sacude,
grifo volante con alas
y ave, que los vientos pule;
tan soberbio al acicate
que al viento le consume,
arrojando por la boca
humo, alquitrán y azufre.
Para templar el ardor
que le ocasiona a que sude
de la espuma que le corre
bebe, porque no se aduste,
siendo aquel sudor salado
agua para él muy dulce,
viniendo a ser refrigerio
lo que le abrasa y consume.
Al doblar los pies y manos,
tan iguales los sacude,
que parece se levanta;
o que viviente volumen
muros desgarra y sacude,
si se detiene se zurre,
tan soberbio en la fiereza
que antes que el silbo escuche,
armándose de coraje
tan a sí mesmo se une,
que un lince se le parece
(si es que al zumbido se ajuste),
o que es hijo del abismo,
o aborto de alguna nube.
En bien compuestas hileras
con mis soldados anduve
por espacio de aquel día
(la dicha, hoy nota, obtuve).
Llegó el enemigo en fin;
aquí pido que me escuches
con atención, gran señor,
sin que te canse y disguste.
Con tan numeroso ejército
venía el persa, que infunde
temor, señor, al contallo;
pues, sin que la verdad usurpe,
ni en ajustar relación
al caso nada le hurte,
las campañas del Éufrates
la infantería las cubre.
Ciento y veinte mil caballos
trae, porque el sol se ofusque,
tan sedientos del viaje
que anhelan, sirviendo ocupan
cuantos líquidos raudales
doradas arenas pulen.
Pues cuando beben, señor,
aunque el cristal los murmure,
agotan lo caudaloso;
porque el aliento disculpe
a tanta abundancia de agua
tan fuertes preñadas nubes.
No hay fuente, río ni arroyo
que, bebiendo, no le enjugue.
el numeroso tropel,
de los caballos asirios.
La infantería, señor,
a punto no se reduce,
pues cubriendo la campaña
al sol hacen que se anuble.
Viéronse, pues, los dos campos,
y al son de los sacabuches,
de los clarines sonoros,
de los parches y adufes,
se presentó la batalla.
De Marte la pesadumbre
tembló; y también temblaron
de tierra los baluartes.
Falsearon de sus ejes
los polos; los orbes crujen.
Únense ambas armadas,
y entre fieros acebuches,
que su faz se fecunda aleve,
vistióse el sol de capuces,
obligando al claro día
que negra bayeta enlute.
Retumba la artillería,
disparan los arcabuces,
aceradas flechas vibran,
y no hay ninguno que apunte
que no se lleve una vida,
y en la ajena la sepulte.
Victoria, dicen, de Persia;
y yo, antes que se asusten
con zozobra mis soldados,
hice que el acero empuñen,
apellidando victoria.
Por tu ejército desnuden,
dije, todos los aceros:
¿cómo la nobleza sufre
que el enemigo cante
la victoria? Ataúdes
han de ser estas riberas
en que sus vidas sepulte.
Los valientes soldados,
hijos de Marte, no os turbe
de tan numeroso ejército
la infinita muchedumbre.
Cobre aliento el valor,
que si la fortuna acude,
despojo de aqueste brazo
serán, forzando a que luchen
brazo a brazo, con la muerte
haciéndoles que tributen
en encendido holocausto
sus vidas entre perfumes.
Esto dicho, a mis soldados
así el valor les infunde
más valor, que les parece
que el ánimo les arguye
tratándolos de cobardes,
pues el valor sustituyen
por la infame cobardía
que los ánimos confunde.
Bizarramente se arrojan
al batallón, tan ilustres
que menosprecian las vidas,
anhelando se fecunde
la verde yerba del campo
con su sangre; y que tributen
gajes al carmín bizarros,
dando a la esmeralda lustre.
Como el león que en el monte
buscando a su prenda ruge,
sin que en la selva haya planta
que no tronche o desmenuce;
tienen las uñas puñales
que su venganza ejecuten.
Como la hoz acerada
(sombra de la Parca inmune)
siega los cuellos dorados
haciendo que se desnuden
de la pompa y vanidad,
que heredaron del octubre,
y vistió de gala el mayo
obligando a que se frustre
su descollada soberbia
y la obediencia tributen
a aquel instrumento corvo,
que sombra de justicia cumple.
¿O has visto el plomo pesado,
que entre las ondas azules
apeteciendo su centro,
naturalmente se hunde,
haciendo calle en las olas,
sin que le dificulten
ciudadanos de Neptuno
el camino, y se resume
a pesar de la violencia
con notable pesadumbre
penetrar el centro oscuro
de los delfines y atunes?
Así tu ejército, rey,
por el contrario discurre,
esgrimiendo los aceros
que Marte fraguó en su lumbre.
Pues como fieros leones
e insaciables avestruces,
rayos del cielo airados,
y plomo, que en el mar se hunde,
cortan, hieren, despedazan,
desgarran, matan, destruyen,
encienden, queman, abrasan.
Sin que vida se asegure.
Que si vieras, gran señor,
la llama que al cielo sube,
el humo que se condensa,
balas que el cañón escupe,
pólvora que el aire enciende
y voces que se confunden.
La multitud de penachos
que bellas celadas cubren,
y las volantes garzotas
que en los yelmos desvanecen,
a denegridas pavesas
voraz el fuego las reduce.
Viendo yo, pues, que se tarda
la victoria, me expuse
al más conocido riesgo:
mandando que el campo ocupe
conmigo su general;
para ver si se concluye
con los dos aquesta empresa
o cuáles son los que huyen.
Sobre un monte de azabache
venía el persa, bien pude
en el triunfo asegurarme;
pues las señales que inducen
en lo negro del caballo
el oscuro manto y lúgubre,
símbolo, en fin, de la muerte,
en lo trágico y lo fúnebre.
Pónese la cinta a la cabeza.
A media vuelta las cargas
dimos, sin que se junten
a la mano los ginetes;
y en caracoles sirvieren
de Amaltea los ropajes,
sin que entre lazos se cruce
ni una punta, que le ofenda,
ni un asombro, que le ofusque.
Colérico, y enfadado
de que tanto el duelo dure
sacando el último esfuerzo
hago, que las sedas empuje,
y jugando de revés
este damasceno lustre
que sirvió de escudo a Palas
dándole Vulcano lumbre
le partí media celada,
sin que nadie me ayude
dándole un tajo cortante
que de los cielos se apuren
le hice caer del caballo:
haciendo que los dos purguen
por el campo de la muerte
sus ya desmayadas luces.
Huyó en fin el persiano,
y su ejército, capuces,
viste de mediano luto
por faltar quien le ayude.
Victoria cantan los nuestros
con que forzoso caduque
del persiano la soberbia,
y tú cobres mayor lustre.
Los despojos de la guerra
no hay guarismo, que los sume,
ni discurso, que los alcance
ni luz, que los obre y juzgue.
Toma el persiano laurel
que yo te prometo darte
lo que durare mi brazo.
Mandé al instante se curen
treinta mil heridos nuestros.
Huyeron de los asirios
infantes ducientos mil,
personas de mucho fuste.
Hasta ochenta mil caballos
hoy a tu corte te truje
que con saber que son tuyos
diré, que son andaluces.
Esta es, señor, mi victoria
el lenguaje, tú lo suple:
solo es mi intento, señor,
que en tu corona vincules,
cuanto en varios dilatados
dora el sol, y quedó inulto
tu heroico brazo la fama
y tu imperio asegure.
Que si tu sombra me ampara
haré, señor, que dibuje
en el bastidor del mundo
tu nombre el sol; que fluctúen
erizados, austro, y noto;
haré, que el cielo se turbe,
el mar en crespado brame
las nubes cristales suden
el fuego, que arroje rayos
el Éufrates, que se enjugue
todo el orbe, que me tiemble
que todo el infierno luche,
y en fin que aqueste mi seno
la obediencia te tribute;
desde que el Apolo nace
entre bordados balustres
hasta que muere en la cuna
de Neptuno: Insinúen
esta victoria los orbes,
supuesto que gala esculpen
silentes ríos, valles, montes,
sierras, mares, puertos, cumbres,
signos, rayos, y planetas,
estrellas, antorchas, luces,
cielo, tierra, infierno, muerte,
luna, sol, esferas, lumbre
picas, pólvora, cañones,
flechas, alquitrán, y azufre.
Grande gusto he recibido
de tan peregrina historia.
Tuya es señor la victoria.
Quedo muy agradecido.
Y en fe del agradecimiento
pues triunfador hoy venís
y a Joaquín he elegido
premio, que quedéis contento.
Senador, que puede daros
mi liberal mano ufana
es que logréis de Susana
la belleza, con casaros.
Estimad mi bizarría
en dicha tan soberana,
pues doy la mano a Susana
en fin como prenda mía.
Resuelto, y solo yo
sois su elector en fin
y nadie, sino es Joaquín
la merece, y yo os lo fío.
No me parece a mí ver
que mayor mi amor daros pudo.
Ni lo dudo, ni lo dudo,
pero dudo el merecer.
Dadle a Susana la mano.
¡Oh ventura, tan sin par!
Feliz me puedo llamar
con favor tan soberano.
Solo me tiene el contento,
de tan hermosa tragedia.
Esta es la primer comedia
que empieza con casamiento.
¿Quién sois?
Señor, un hombre
a látere como faltriquera.
¿Cómo os llamáis?
Cobertera.
¿Cobertera? Extraño nombre.
Fue mi abuelo Cobertor
de Venus, y en corchete
se apellidó mi linaje
con nombre de Cobertor.
Y así en la edad primera
Cobertor se intituló
mi linaje; pero yo
ya me llamo Cobertera.
¿Qué hazañas habéis hecho
de provecho en esta guerra?
No he hecho, mi bien, se encierra
no he hecho cosa de provecho.
Pero estad con atención
y escuchad, mis valentías.
Él dirá mil boberías.
¿Qué ha de decir un bufón?
A la campaña salí
conociendo a mi señor,
y puedo blasonar aquí
que grandes bofetones
fui a dar por estar de allí.
Con dos mangas que salieron
acometí de intubión.
Nunca más, señor, las vieron.
Pues pregunto, ¿qué hicieron?
Quedarse a mi jubón.
Los que en estas emboscadas
o en las mangas panzudas
quieren dar facilidades,
vienen a ser de importancia
aunque son mangas perdidas.
Teniendo nuestra espada
iba un tercio derrotado
de jarretes a estocadas.
¡Fuerte brazo!
Aparte.
Camarada,
el tercio era de pescado.
Con más furia que un pajarraco,
más valor que de león,
dio en otro tercio bizarro.
¿Qué hizo en el grande desgarro?
De talones.
La batalla se perdiera
si no fuera por mi espada,
porque mi Joaquín venciera,
si un persiano no muriera
yo no lo hiciera.
¿Qué?
Nada.
¿De qué premio es el valor?
Valga la obligación mi causa.
No sea el premio Fenisa.
Por vida vuestra, Rey!
¿Así le pagáis la fe
que fina a vos ha tenido?
¿Yo de Fenisa marido?
Líbranos, Domine.
¿Qué siente de dicho charlatán
que yo de él me hacía caso?
Fenisa, yo no me caso
contigo; vade Satan.
No hagáis que me precipite,
dense la mano los dos.
Que no quiero, voto a Dios.
Mi señora, maldite.
Fenisa os estima a vos,
que yo os quiero y no pido nada.
Señora, si que me agrada
cogedme los padrinos.
con voluntad muy sincera
te doy la mano de esposa.
Fenisa, no sea cosa
que seáis olla, y Cobertera.
Abrázanse ambos.
Porque veáis el placer
y el gusto grande que tengo
desde ahora me prevengo
que he de ser padrino yo.
Aquí quedaos con Dios.
Vase.
Guarde el cielo a vuestra alteza.
Lo que yo al fin de mi día
pues esta dicha he tenido.
¿Susana, tan buen marido?
pues ya, ¿qué te falta, Helcías?
Testigos son estos dos
que demuestran mi alegría.
¡Oh, feliz suerte la mía!
Fortuna, no des enojos;
ni la desgracia aquí pueda
tal contento barajar,
y por que no triunfe el azar
de tu esfuerzo a tu rueda.
Venid, mis hijos, pedazos
del alma, y en conclusión
recibid mi bendición,
dándome entrambos los brazos.
Arrodíllanse los dos.
De Isaac la bendición
que a Jacob dio (¡feliz lance!)
hijos míos, os alcance;
y en vuestra generación,
por muchos siglos prolijos
dichas y más dichas broten,
y de entrambos troncos broten
verdes pimpollos en hijos.
La abundancia de este suelo
os comunique la tierra;
siempre en paz y nunca en guerra
os tenga, hijos, el cielo.
Alzaos; quedaos los dos,
y regocijaos despacio,
que yo me llego a palacio.
Adiós, padre.
Hijos, adiós.
Vase.
Duda la lengua, encarece
lo que el labio no ha podido
de haber sido tan dichosa
sin merecimiento mío.
En mi pecho leal tendréis
vuestro retrato esculpido
que quien sacarle pretenda
para entibiar mis cariños
será forzoso que saque
del pecho el corazón mismo.
La suerte, bella Susana,
soy yo aquel que la ha tenido,
y quien a fuerza del astro
vuestra mano ha conseguido.
En lo oculto de mi pecho
está señora escondido
y estampado vuestro amor;
y hasta los futuros siglos
conservaré la firmeza,
puesto que el cielo propicio
con vos me hizo feliz
a pesar de mi destino.
Dadme los brazos agora.
Guardad para otra ocasión.
¿Y si quedo en mi fortuna?
Poco importa si te estimo.
¿Si da vuelta la rueda?
Seré yo el clavo fijo.
¿Y si se cansa el amor?
De mi parte está Cupido.
¿Que he de tenerte en mis brazos?
Que te he de ver en los míos.
Loco estáis.
El juicio pierdo.
¿Me estimarás?
Ya lo he dicho.
Antorcha del cielo ardiente,
Febo, que el dorado imperio
en tachonada carroza
corres veloz el camino,
apresura tus caballos,
y del celeste zafiro
apresuren la carrera
hasta el golfo cristalino.
Ardiente farol del día,
que en pasos volantes giros
desprendiendo hebras de oro
te devanas a ti mismo,
aligera la carrera,
y entre nocturnos suspiros
tengan tumba tus caballos
en panteón cristalino.
Para que logren mis brazos,
para que gocen los míos,
lo que mi estrella ha alcanzado,
y mi suerte ha conseguido.
Vanse.
Solos habemos quedado,
Fenisa, y será preciso
que te dé algunos avisos.
Primeramente, querida,
aunque lo murmures y rías,
y te zurre algún sábado,
no ha de haber en casa ocio.
Ítem, que en tu cara rasa
el solimán no haga nido,
que no quiero emparentar
con un moro, pelinque y judío.
Ítem, que al salir de casa
no has de poner pie en estribo
de coche, ni de carroza;
porque no diga algún lindo
que tu donaire le traigo
en una caja metido.
Ítem, no has de salir tapada,
que será seguro indicio
de que reina Capricornio:
y no has de querer, tú, bien mío,
ser mozo de la cara,
dar disgusto a tu marido.
No me has de dar pesadumbres,
aunque veas que te riño,
que será hacerme pesado
cuando ligero me miro;
que con estas condiciones
desde luego me aplico
a entregarte mi cuerpo
con donación inter vivos.
Atentamente he estado
oyendo tus desvaríos.
Llamarme a mí cara rasa
de buena gana lo admito,
que la abstengo de cinabro
y nunca dos caras pinto.
Y que a todos hagas cara
es de lo que me lastimo.
De que yo vaya en carroza
nada os importa, marido,
que por eso no verán
los pisaverdes bonitos
de los bajos, que desean
de mí siquiera un tobillo.
Solo por que no vieran
fuera cosa, o qué bellido
tenía el juanete, por eso
vos, prudente y advertido,
habíades de permitir
que aqueste mi piecito
fuera como en algodones
en cajita metidito.
Pero dejando esto aparte,
vuestro gusto será el mío.
¿Serás firme?
Aparte.
Como lana.
¿Me ablandarás?
Aparte.
Como a un higo.
Sol, que corres a caballo...
En rocín, que no en borrico.
Date gran prisa en correr.
Vete un poco más pasito.
Para que pueda gozar...
Deste mi novel marido.
Desensilla los amores.
Porque a pesar del olvido,
será Fenisa mi esposa.
Cobertera mi bonito.
Yo la vaca desta boda.
Y yo seré el novillo.
Vanse.
Salen Nicanoro y Baltasar.
No he sabido en qué ha parado
de Susana el casamiento.
Nicanoro, me me parece
que quedando el Rey suspenso
de Susana en la elección,
tengo por seguro y cierto
que a ninguno de los dos
nos la han de dar, según creo.
Yo, fuera, vive Dios,
escalar los altos cielos,
querer vencer imposibles,
arrojar dardos sin trueno,
querer apagar la luz
deste encanto en mi deseo.
No tengo por acertado,
Nicanoro, bobo empeño,
porque el amante más fino
considerar debe cuerdo
(ciega cae la cordura
en quien de amor está ciego)
que los logros de mi dicha
nunca estuvieron sujetos
a humanas cavilaciones,
sino al discurso del tiempo.
Querer vos con amenazas
conquistar el bello cielo
y hermosura de Susana
os calificará de necio.
Supuesto que, temerario,
trocáis amantes requiebros
por atrevidos desgarros,
sin razón y sin respeto.
Lo que colijo de aquí,
que sacaréis del empeño,
a no ser favorecido,
solo por el atrevimiento.
Si no considerara
que el amor os tiene ciego,
y que como tal me dais
pareceres tan siniestros,
sin aguardar más respuesta
ni escuchar más consejo,
te hubiera por desbocado
aquí a mis plantas muerto.
¿Cómo te atreves, oh loco,
bárbaramente necio,
de mi justa pretensión
impedirme los intentos?
Y si quieres obrar bien,
no se hable más en ello:
que si prosigues serás,
sin que lo estorben los cielos,
viva cometa del aire
y escándalo de los vientos.
Pues tan alto has de subir,
pisando celestes velos,
que te puedas calentar
allá en la región del fuego;
y luego de la caída...
ha de bajar tan ligero
que del centro de la tierra
hay de ocupar hondo seno.
Nunca, primo, me espantaron
amenazas de soberbios,
lo que yo digo es verdad,
y eficaz este argumento:
esto os propone el discurso
y aunque amante, está sordo.
Tocan.
Déjame, no me aconsejes,
que por vida del infierno
que no soy elegido
de Susana en casamiento.
Por el gran Dios de Israel,
cuya ley sigo y venero,
que a pedazos lo haré.
¡Qué hado!
Sonoros instrumentos
que hacia este jardín vienen
con amorosos acentos
acompañando a Joaquín
y a Susana, que hechura del cielo
dos estrellas trae por orla,
y una estatua soy de hielo.
Salen Astiages, rey, Joaquín, Helcías, Susana, Fenisa, y Cobertera y canta la Música.
A las bodas, que alegres celebran
los dos desposados Susana y Joaquín,
Babilonia concurre gustosa
al desposorio a verles lucir.
El amor como es ciego niño
hoy los conduce a aqueste jardín
porque vean las hermosas flores
que sale Susana hoy a competir.
En aqueste ameno sitio
donde preside Favonio
y a las flores ya difuntas
las resucita en un soplo.
Aquí donde de Amaltea
es verde y florido folio,
quiero, Susana y Joaquín,
celebrar los desposorios
siendo de entrambos padrino.
Y para que con más gozo
se puedan regocijar
a Baltasar y Nicanoro
he llamado, que estén presentes.
Aparte.
Llegó de mi dicha el colmo.
Aparte.
Próspera está mi fortuna.
Aparte.
Y mi hado es venturoso.
Aparte.
Estatua de piedra soy.
Aparte.
Veneno vierten mis ojos.
Los dos sí que nos queremos
sin aquestos bullicios.
¿Me quieres?
Como a mi alma.
¿Y tú a mí?
Como a mis ojos.
Aquí están mis sobrinos.
Astiages, Rey poderoso,
a vuestras plantas tenéis
a Baltasar, que gozoso
está de vuestra elección,
pues el no haber sido dichoso
en la mano de Susana,
y Joaquín el venturoso,
de mi contraria fortuna
solamente estoy quejoso.
También, gran señor, tenéis,
en vuestros pies a Nicanoro,
que contento
(¡Oh, duro lance!)
de la elección
(¡Fuerte potro!)
de Joaquín
(¡Rabiando muero!)
y de Susana
(¡Un escollo
tengo metido en el alma!)
que aunque no he sido dichoso
en conseguir
(¡Pena grave!)
la mano
(¡Oh, hado riguroso!)
de Susana
(¡Suerte infeliz!)
cuando considero y noto
en tan acertado empleo,
en caso tan prodigioso
os habéis de alzar, señor,
con el renombre de heroico.
Pensaréis los dos, ahora
que en este pleito amoroso
me he portado justiciero,
antes, si bien lo noto,
no como Rey, sino padre
he sido misericordioso.
Con cualquiera de los dos
Susana (es caso notorio)
estuviera bien empleada;
por nobles, por valerosos,
e iguales en merecerla;
pero yo no he hallado modo
como contentar a entrambos:
y así resuelto
de no dársela a ninguno,
y hacerme yo dueño propio
desta prenda, reservando
la dicha en tener esposo
en la cuenta del astro
sea dilatado o corto.
Proveyó pues la fortuna
que en un trance tan penoso
viniese de la campaña
triunfador y victorioso
Joaquín, y pareciome
que se ajustaba todo
dando a la bella Susana
palabra y mano de esposo.
Ejecútelo al instante
aunque hubiese algún estorbo.
Ellos están muy contentos
y yo quedo más gozoso.
Quien lo contrario sintiere,
oscureciendo el decoro
de cualquiera de los tres,
(o bien amante, o celoso)
sabrá como el Rey lo ha hecho,
y que sabe riguroso
con verdugo, dividir
la cabeza de los hombros.
La toga de magistrado
tenéis Joaquín: abrazaos,
llegad, dadle el parabién
a Susana, y a su esposo.
Aparte.
(Joaquín, por largas edades
disimular es forzoso
el tósigo, que en el pecho
me está hirviendo de enojos.)
Os gocéis, y tantos hijos
produzcan aquestos troncos,
que ni se sumen las ramas
ni se cuenten los pimpollos.
Mil siglos, primo, viváis.
Lo mismo digo, Nicanoro.
A pesar de la fortuna
el cielo os haga dichosos
y os propague tan fecundos
a fuerza de venturosos,
que le sirva de fastidio
a la fortuna, a la envidiosa.
Mucho, Baltasar, lo estimo.
En todo tengáis buen logro.
Llega, Cobertera, tú.
¿Llegue ella? ¿qué, yo bobo
quiero sacar como el gato
la brasa con mano de otro?
Señor, mil siglos viváis
en matrimonio amoroso,
aunque el maldiciente pueda
poner a la dicha estorbos.
Yo premiaré tu lealtad:
toma este anillo de oro,
toma, y con él podrás
un vestido hacer costoso
para el día de tu boda.
El cielo os llene de gozo.
Ya no falta, más que yo,
mas qué digo, ¡voto al soto!
que a doscientas boberías,
lo sufro, como a lobos.
Vivid, y bebed los dos
tanto tiempo, y tantos años,
que dure, mientras duraren
para los gaznates rotos
las viñas, cubas, tinajas,
lagares, uvas, y mosto;
y que veáis de los dos
nietos, biznietos, y choznos.
Yo os ofrezco de portero
con doscientas doblas de oro
tenéis de renta.
¿Qué hay?
Más siglo, que el capricornio,
más años, que el cancerbero,
más días, que un suegro tonto.
Ea, volved a cantar
a los nuevos desposados,
cantadles dulces elogios.
Canta la música, lo de antes, y vanse diciendo cada uno su verso al entrar.
De la elección, la fortuna
mostróse propicia en todo.
Vase.
No vieron siglos pasados
otro que yo, más dichoso.
Vase.
En tanto golfo de dicha
no sé cómo no me ahogo.
Vase.
Y yo en piélago tan feliz
no podré hallarle el fondo.
Vase.
Aunque he sido desgraciado
no puedo ser envidioso.
Vase.
Pues he visto a mi agravio
hacerme el abismo todo.
Vase.
Deste empeño, la fiesta
yo sola fui, que la forjo.
Yo casado con Fenisa,
qué aguardo, si no me ahorco.
Salen Matatías, y Matusalén viejos.
De Babilonia el senado
muy prudente en la elección
por digno Juez de sus causas
a vos os eligió.
Porque es tanta la prudencia,
sabiduría, opinión
que no cumpliera el senado
con tan grande obligación.
Si de vuestra gran cabeza
no hubiera hecho elección,
para Juez de Babilonia,
de las leyes defensor.
De tan soberano acierto,
los parabienes os doy,
que le gocéis muchos años;
y en la mesma ocupación
me ha puesto también a mí;
con que ayudados los dos,
llevaremos bien el peso
de tan grande estimación
que el senado discreto
por agasajo nos dio.
Asegúroos, Matatías,
que me hizo gran favor
el senado, pues atento
a vuestra gran discreción:
prudentemente advertido
por su Juez os eligió.
Gozad feliz la garnacha
y tan alto grado,
a pesar de la fortuna,
que lleguéis, do no llegó
la pluma más remontada:
siendo en aquesta ocasión
en prudencia Abigail,
y en la ciencia Salomón.
Gobernando los dos juntos
seremos en la ocasión
del cielo de Babilonia,
en la silla de Nembrot,
dos planetas, que en él brillen
sin ninguna oposición.
Siendo sol y luna fría
en fin como astro inferior;
y vos seréis Matatías,
en aqueste cielo el sol
que continuamente alumbre
como planeta mayor.
La toga de magistrado
parece que el Rey la dio
a vos, en justo premio
de que vino vencedor
el juntarse con Susana
toda su dicha logró,
enlazando en dulces lazos
alma, vida, y corazón.
De tanta dicha, Joaquín,
siempre fue merecedor:
vamos ambos, si os parece,
a darle parabienes, os
que a más de ser ya su estado
es del estado razón.
Vamos, muy enhorabuena.
No perdamos la ocasión.
Pues, adiós, Matusalén.
Gran Matatías, adiós.
Vanse.
Salen Joaquín, Susana y Fenisa.
Tanto es el gusto que tengo,
el contento, la alegría,
En veras, Susana mía:
que siguiendo el norte vengo
de mi pasión amorosa
de quien vos sois clara estrella,
por refulgente, por bella,
por bizarra, y por hermosa.
De llamarme Norte, infiero
un amoroso ademán,
pues siendo yo vuestro imán
venís vos a ser el hierro.
En lo que más mi amor medra
siendo yo vuestra consorte,
es que siendo vos mi Norte
sea yo de imán la piedra:
que si en amor de prudencia,
sin que un amante se tuerza
los atraigo a vos por fuerza
y vos a mí sin violencia.
Con vuestra ciencia sacad
un amoroso argumento
que venga igual al intento
sin defraudar la verdad.
Arrastrar la voluntad
a un amante con rigor
no viene aquí a ser favor,
pues en amorosa llama
fácil venirle el que ama
sin arrastrar al amor.
Luego en la amorosa calma
quien atrae sin violencia
saca por consecuencia
de que se lleva la palma.
Vos me atraéis el alma
solamente por amor,
y yo a vos por rigor
y así es fuerza que se entienda
que en la amorosa contienda
vos sois solo el vencedor.
Ese amoroso argumento
que hace vuestra belleza,
mas consiste en agudeza
que no en el fundamento.
Mas, ¡ay de amor!, es portento,
aquel que arrastra amante,
pues aunque sea constante
y le quiera aborrecer
le ha de venir a vencer
siendo en belleza gigante.
Luego del empleo amante
en su amoroso vergel
vos os ceñís el laurel,
saliendo en todo triunfante.
Y en Cupido militante
vuestra hermosura ponéis
y a todas las excedéis
con excelencia y primor.
Mucho puede un ciego amor,
supuesto que me vencéis.
Sale Cobertera.
Dos hombres de barba cana
y de loables consejos,
o unos prudentes que viejos
vienen a ver a Susana.
¿Diré que entren aquí
para admitir la visita
y que el festín se repita
de vuestro casamiento?
Sí.
Salen los dos viejos.
Aquí están.
Mis dichos crecen.
El cielo guarde a los dos
para servicio de Dios.
Aparte.
Canos lagartos parecen.
Aparte.
Cumpliendo la obligación,
que debo a entrambos, Joaquín,
vengo a daros parabienes.
Seáis, Joaquín, tan feliz,
que predominéis naciones;
pero, ¿qué amoroso ardid
es el que el pecho me enciende
sin poderlo sacudir?
En el rostro de Susana
veo una amorosa lid,
que aunque soy frío Diciembre
me ha convertido en Abril.
¡Oh, qué hielo, qué me abrasa!
Aparte.
Como es Susana candil,
pegó fuego a las estopas.
Aparte.
¡Niño, socorres aquí
a un volcán, un Mongibelo,
que en las entrañas de sí
nieve muestra, y fuego esconde!
De ambos vea producir
el fruto de bendición,
tan dichosos y tan feliz,
que los anales del tiempo
aún no lo puedan escribir.
¡Qué es aquesto, cielo santo!
¿que sea tan infeliz
que la vista de Susana
me haya podido rendir?
Felices os vea yo,
¡Cielos, yo no estoy en mí!
(¡Válgame Dios, qué hermosura!
¡quién la podrá competir!)
A obligación tan precisa
me es forzoso acudir
para ser agradecido
a vuestro aumento, Joaquín.
Aparte.
Y vos, hermosa Susana,
de aqueste bello jardín
cándida y blanca azucena,
purpúrea rosa y jazmín,
quien de las flores campea,
cual bizarra flor de lis:
gocéis en dulces lazos
pasados siglos de mil.
Sin que el áspid de los celos
(como villanos, en fin)
en vuestra quietud dichosa
levanten algún motín.
Veáis en verdes botones
tantos hijos producir,
que no quepan en la fama
ni los estampe el buril.
¡Hermosa sois por extremo!
No me deis envidia a mí.
El sabañón de los celos
le ha picado a Joaquín.
¡Válgame Dios!, ¿qué es aquesto?
¿qué veneno tan sutil
es este que me penetra
que no lo puedo sufrir?
Esta montaña nevada,
del cierzo escándalo, en fin,
ha brotado amor, verdores
Aparte.
que no los puedo encubrir.
Nadie se fije en las canas
porque el apetito vil
aún lo amortiguado enciende,
deseando competir
con los más floridos años
de aqueste humano pensil.
¡Muchos años, y qué abrazo
sin poderlo reprimir!
Tengas contento, Susana,
con tu marido Joaquín.
Aquí, siendo vos contento,
juzgaremos lo civil
y criminal de las causas,
dando a los negocios fin.
Vengáis muy enhorabuena.
Dicha será para mí.
Adiós, hermosa Susana.
Adiós, dichoso Joaquín.
Un Etna llevo en el alma.
Un volcán me abraza a mí.
Aparte.
Apuesto que tenemos
alguna de San Quintín.
Vaya, un álamo nada,
y seis libras de pernil,
que los celos no se pasan
a veinte y cuatro de abril.
Aparte.
¡Qué presto, ay Dios, te cansaste,
fortuna, para el bien seguir!
Muy suspenso está mi amo.
Fenisa, vamos de aquí,
porque temo que algún rayo
furioso ha de despedir,
el nublado de mi amo;
y dando fuego al polvorín,
saltaremos como bala
por boca del esmeril.
Pues, ¿de qué temes ahora,
sabiendo tú que hay en mí
para escudarlo defensa,
siendo para te encubrir
hoy, Fenisa, tu laurel?
Para escabecharme, sí.
Siempre has de ser malicioso,
criado a lo pastoril
entre montes y ganados.
Lo perdido estoy por ti;
pero tú me harás ganado
muy manso, si antes cerril.
Ya venid, mi borrego.
¿Que esto, carnero, decís?
Pues, y aparéjese, que apunto
los largos de Miedellín.
Vanse.
¡Qué discretamente sabios
te pintaron inconstante,
fortuna, en tu débil rueda!
Pues a los primeros lances
de lo excelso de tu cumbre
al abismo me arrojaste.
¡Que hay nombre de mujer,
que es lo mesmo que variable!
¡Que al menor soplo del viento
la vuelve y hace mudable!
¿Qué es esto? ¿Qué es lo que pasa?
Joaquín, mi esposo, mi amante,
mi bien, mi dueño, ¿qué es esto?
¿Toda mi dicha cansarse?
¿Qué temores os asaltan?
¿Qué zozobras os combaten?
¿Qué molestias os afligen?
¿Quién os causa estos pesares?
¡Ser, Susana, desdichado!
Quítale la daga a Joaquín.
¿A causa de declararse
que tienes suspensa el alma
y el corazón en dos partes?
¿Ha podido, mi bien,
ocasionar tantos males,
que, nube densa, ha podido
ponerse a los quilates
del alba, por quien los visos
tiranamente eclipsaste?
¿Acaso os cansa, señor,
de Susana el maridaje?
Muera yo por infeliz
y por desdichada, antes
que os vea penar a vos;
y a vuestras plantas reales
rinda a la parca la vida,
y escríbase en los anales
que muero por desdichada,
no por mujer, ni variable.
Pero si acaso, señor,
es causa de aqueste ultraje
alguna pasión de celos,
y mi pureza inviolable
con el erizado hielo
han pretendido apostarle.
Por el gran Dios de Israel,
y por Abraham, mi padre,
que esferas celestes pisa
entre lúcidos celajes,
que he de saber la ocasión,
y yo mesma he de matarme
con la punta de este acero.
Y en holocausto agradable
sacrificarte la vida
a quien no supe estimarle.
¿Qué se dirá en Babilonia,
cuando saben por las calles
mi honestidad, y pureza,
lo noble de mi linaje,
lo ilustre de mi prosapia,
y que has podido mancharle
un mal fundado pretexto
de aquestos celos infames?
Susana soy, Joaquín,
y Helcías es mi padre,
mi esposo tú, yo tu esposa;
yo te quiero, tú me abates,
yo me humillo, tú te ensalzas
con tan subidos quilates,
que no dejas al discurso
razón para que la alcance.
La satisfacción espero,
si es que la hay bastante
para celos mal fundados,
que los desvanece el aire.
¿No me respondes, señor?
¡Ay, más penoso lance!
No entiendas, bella Susana,
que han podido inquietarme
las razones que tú dices;
trátame bien, de aplacarte,
que lo que tengo es tristeza,
la causa tú no la sabes,
y yo, Susana, la ignoro.
Lo que puedo asegurarte
que no he ofendido tu decoro,
quitándote algún esmalte,
que a mí sería lo mesmo
ofenderte que matarme.
Aparte.
Aquesto es cierto, mi bien.
Vieron bonanzas los mares
después de tantas tormentas
con tan fieros huracanes.
Suspended, fatigas fieras,
si no queréis disgustarme,
procurando divertiros
en este bello paraje,
bella lisonja del mayo,
a quien rinden vasallaje
las odoríferas flores,
que ámbar respiran fragante,
dulce objeto de la vista,
pues cuando el ámbar esparcen
son recreo en el olfato
tantos aromas suaves.
En aquesta estancia amena
te suplico que descanses,
borrando de la memoria
las lisonjeras verdades,
que procuraron aleves
oscurecer tu semblante.
Mira el risueño arroyuelo
que sesgo tiende cristales
sobre doradas arenas;
por aquella verde margen,
tan humilde, que se corre
de que así le vea nadie.
Joaquín, le mira, murmura,
y riéndole al arrogante,
aprende aquesto de mí,
y enseñándole a humildad,
atiende cómo se postra
muy risueño y agradable,
que depone su grandeza
besando los pies a un sauce.
Mira esa fuente sonora
que en blanca taza de jaspe,
ostentándose luciente,
le comunica raudales.
Bulliciosamente corre,
y los fluidos cristales
sirven de tersos espejos
para que pueda mirarse.
Contemplándose hermosa
y procurando aquietarle
que no intente un precipicio
cuando quiere despeñarse.
Y aunque se mire primero
en el espejo radiante,
mira entre esas blancas piedras
que ligera corre al valle,
dejando en la felpa verde
de su ausencia las señales,
dando a entender en la espuma
de que gozosa se parte.
Mira ese rosal florido,
como entre verdes sitiales
la rosa muestra triunfante
a la azucena los plumajes.
El clavel muestra el carmín,
y el alhelí rozagante
al sol atiende gustosa
como verdadera amante,
sin olvidar su presencia
siquiera un pequeño instante,
mira los azules lirios,
(símbolo de celo infame)
cómo a la blanca mosqueta
espeso dosel le hacen
y a vista del sol se encubren
por ser en palacio grandes.
Mira la yedra bizarra
cómo se enreda en la zarza,
con aquel peñasco duro
anhelando el cariciarle.
Ansiosa trepa al peñasco,
en cuyo amoroso alcance
aunque es el amante duro
ella hace que se ablande.
Mira aquel bello laurel
que desabotonado esparce
aromas, por festejar
a la flora, que es su amante;
y ella ya de agradecida
una verde concha abre
en que recíproca admite
con un amor insaciable
de su amante las finezas,
deseando gusto darle,
y de puro vergonzosa
el nácar al rostro sale.
Mira esas parras fecundas,
cómo enseñan vigilantes
a finos amartelados;
y por más ejemplo darles
se les cuelgan de los cuellos
a los olmos; de la margen
sobre alfombras de esmeralda
de los jardines, pasaje,
asisten las florecillas
ostentando en el semblante
ser meninas de su reina,
vistiendo el color de pajes.
Mira aquellas florecillas
deste verde, fresco esmalte,
con azules campanillas,
que antes que el sol se adelante,
por indicios del aurora
campanas al alba tañen.
Mira aquel blanco narciso
cómo procura apartarse
al cristal que fue su muerte,
solamente por mirarse.
Atiende a aquellas puntas
de los espinos cobardes
que aunque llevan fruto vil
se arman para guardarle.
No hay flor en este pensil,
ni regalos vientos que
ni corre mares el pez,
ni bruto habita los valles,
que insaciable no pretenda
amar a su semejante.
Ya cese la tristeza,
la melancolía pase,
cese la pena, el contento
solamente se dilate.
tomad ejemplo, señor,
en el animal que pace,
en el pájaro que vuela,
en el pez que surca mares;
en la flor, que en los jardines
es del amor viva imagen.
Plantas, flores, arroyuelos,
fuentes, espinos y sauces
te dicen: querido amante,
que te amo firme
y vive constante.
No hay, ¿qué más consuelo, un triste,
que aquel que triste yace
de la pena en lo funesto
y del dolor en lo grave?
Si solamente Susana
es quien puede consolarme,
pues es blanco de mi dicha
de donde el consuelo nace.
Afligía mi discurso
un pensamiento ignorante,
fundado en falsos principios,
y así fue fuerza falsease
y, por malos fundamentos,
dio con la fábrica al traste.
¿Con qué aprisa, mi bien,
aqueste jardín pintaste
dirigido solamente
a enlazar dos voluntades?
Siéntate, que en tu regazo
quiero un poco reclinarme
por poder romper el sueño.
Mira aquestos arrayanes,
son árboles del amor,
aquí duerme y de aquí sale.
Échase en los brazos de Susana.
Joaquín, soñando.
Duerme y descansa, mi bien,
y al sueño le paga gajes,
que mientras tú duermes, yo
seré Argos vigilante.
Duerme, pues, y al dulce son
que forman, de jaspe en jaspe,
aquesas fuentes sonoras
en burlas y pasacalles,
descansa hasta que la aurora
nos corone de diamantes.
Tú, pájaro, que en el viento
formas acentos suaves,
y con tu acordado pico
vas enamorando al aire,
suspende un poco tu canto,
mira que duerme mi amante.
Arroyuelo fugitivo
que por correr te deshaces,
de la argentada vena
quiebra los dorados trastes
parando el curso sonoro
de tus plateados compases.
Durmióse, en fin, en mis brazos.
Dejadme, celos, dejadme.
Entre sueños está hablando,
aún no le dejan los males.
No serás menos traidora,
que de tan infame sangre
beberán estos arroyos
que de aquellas peñas caen.
Despierta Joaquín.
Joaquín, esposo, mi bien,
¿que hasta en sueño me maltrates?
Levántase.
¡Qué es esto que me sucede!
Aquí no nos oye nadie;
¿pues no es mejor que os haga
de mis celos cargo, examen?
Sí, porque aunque aquellos sueños
son de la muerte imagen,
nadie dudó que la muerte
enseñara sabias verdades.
¿Aqueste premio le da,
Joaquín, el rey Astiages
cuando del persa y del medo
tornó a su vista triunfante?
Ya es tiempo que de mi pena
alcances, Susana, parte,
y del dolor que me aflige
partamos en dos mitades.
Casóme contigo el rey.
Sale Helcías.
Hijo, Joaquín, ¿qué haces?
Tiempo ha que no te veo,
que para mí son edades.
¿Cómo te va con Susana?
¡Que venga ahora a estorbarme!
Gracias os doy infinitas
de que viniese mi padre
a ocasión tan oportuna.
Por cierto, hijo, no en balde
está el jardín tan ameno,
pues cuando los pies estampen
sobre las verdes alfombras,
será por esto que saquen
de cada estampa una flor
que en vuestras plantas renace.
¿No estás, hijo, muy contento?
Con las entrañas de padre
deseo que entre los dos
se unan las voluntades,
que, aunque de esto yo lo cierto
me reconozco, en escucharte
un sí, que el alma me alegra
por ver el gozo tan grande.
Por cierto, padre y señor,
no bastará mi lengua
retóricamente muda
para poder explicarte
lo infinito que a Susana
estimo; y en esta parte
excusada es la pregunta,
cuando vuestra noble sangre
nunca le pagó tributo
a la noble de Astiages.
Estaba, Joaquín, dudoso
de si aquellos dos rapaces
de mis sobrinos han hecho
atrevidas mocedades,
que a vos os desacrediten
y oscurezcan mi linaje.
Cuando ellos se atrevieran
a ejecutar liviandades,
supiera prudente yo
a los dos aconsejarles
la obligación que tenían
para poder respetarme.
y el decoro de mi esposo
como han de venir a vella.
Esto digo porque el rey,
si a saberlo alcanzase,
recibiría disgusto,
por haber sido la llave
que abrió a su hijo el camino
para que con vos casase.
Aparte.
Esto solo me faltaba.
¡Ay, para desesperarme!
¡No en vano son mis celos!
Vamos, hijos, que es ya tarde,
y el sol esconde sus rayos
entre dorados celajes.
Parece que no estáis gustosos.
Aqueste disgusto nace
de causas más superiores
de que estáis vos ignorante.
Procurad el divertiros.
El cielo quiera ampararme.
Aparte.
Vanse.
Tenéis, mi padre, razón,
que en tristeza semejante
es triaca el divertirse
y el olvido el alegrarse.
Un Etna llevo en el pecho.
en abrasados volcanes.
Vase.
Jehová, Dios de Israel,
que poderoso sacaste
del tirano cautiverio
a tu pueblo, y le pasaste
a pie enjuto por el mar,
sirviéndole sus cristales
de fortísimas murallas
para que no peligrase.
Sacad, Señor, de Joaquín
aquel venenoso áspid,
que en lo oculto de su pecho
tiene asiento y hospedaje.
Hija soy de Abraham
de tanta nación el padre,
que como arenas del mar
o del cielo astros radiantes,
del campo yerbas silvestres,
su prosapia sublimaste;
No sea el borrón Susana
que aquesta progenie manche,
sino que primero dé
la garganta a un duro alfanje.
Vuelve, Señor, por tu sierva,
así como lo juraste
al Padre de los Profetas
para que tus glorias cante.
Sale Fenisa.
No creyera que mi ama
fuese tan poco discreta,
pues por picar en honrada
ha dado en hacerse necia.
¿Que tenga celos Joaquín
y cada día en contiendas
estén ambos a matar?
Digo, señores, ¿no fuera
mejor dejarse servir?
y no como otra Lucrecia,
que a manos de su latino
fue forzada por violencia?
Perdóneme la lealtad,
que las criadas caseras
siempre acordaron las bromas.
sirviendo ellas de terceras.
Nicanoro y Baltasar
se mueren por su belleza,
y ella es quien no los quiere.
Pues yo he de hacer de manera
que a manos de su pasión
gocen su bella presencia.
Aquí traigo dos papeles,
que han de servir de saetas
en que ella misma se clave
sin rumor de la Ballesta.
Salen Nicanoro y Baltasar.
Fenisa, ¿no será tiempo
que yo gozoso te vea?
Con esta he de armar lazo
si no se rompe la cuerda.
Pues, ¿qué se ofrece, Fenisa,
en que yo servirte pueda?
Bien se conoce, señores,
que pasó la primavera
y se pasaron los higos,
hasta que vengan las brevas.
¡Vive Dios, que no te entiendo!
No me entienden, Dios me entienda.
Habla y declara tu pecho.
Sea instrumento la lengua
que te deseamos rendir
Siempre soy criada vuestra;
pero, dejando esto aparte,
os daré una buena nueva
si me dais buenas albricias.
Por Dios, que la nueva es buena
cuando a Susana perdemos.
Pero sea lo que sea,
yo de mi parte las mando.
Toma este anillo en prendas.
Aparte.
Dales los billetes y lee cada uno para sí.
Este sí que silbará.
con el silbote de feria
pues que ha alargado el cuarto.
Susana triste y suspensa
amargamente llorando
su mala fortuna queda.
Para poder desahogar
la tristeza que encierra.
Para los dos escribió
estas cartas; estafeta
de confianza soy yo:
dadme luego la respuesta.
Igualmente están escritos.
Susana escribe, enfadada.
¿Así es Susana agraviada?
Buenos van los mocelitos.
De aqueste papel, Fenisa
No esperéis la respuesta,
sino diréis a Susana
que considere discreta
que es esposa de Joaquín;
que sea casta y honesta,
y no dé lugar a que yo
ponga en este caso enmienda.
Y olvidad lo que habéis visto:
cómo el papel hice piezas,
aunque no fuese cortesía,
y os partáis de nuestra presencia.
Vase.
Alivia, alma, que ya
pasó del mar la tormenta,
y después de noche obscura
ahuyentó el sol las tinieblas.
Dame los brazos, Fenisa,
por tan singulares nuevas;
abrázame, aprieta bien.
Abrázala y Cobertera está al paño.
¡Bravo paso de comedia!
Vive Dios, que he caminado
de posta muchas leguas,
pues me apeé en Babilonia
y voy a dar en la tierra
sobre el cuerno de la luna.
Tengo cierta mi asistencia.
Toma aquesta sortija
en albricias.
¡Mala hembra,
y tanto tienes que dar
que no basta Cobertera
para tapar tu puchero?
Calla, y no te dé pena,
que en cuanto se vaya el huésped
comeremos gallo y clueca.
¿Es posible que he de ver
en mis brazos la belleza
que tanto tiempo he querido?
Eso, como si lo vieras.
¡Y estoy propiamente a hacer
sin la huéspeda la cuenta!
¡Ay, desgraciada de mí!
Calla, Fenisa, no temas,
que yo hablaré a tu marido.
Vase.
¡Ah, infame, estas ofensas
se hacen a un hombre honrado!
Ten, Cobertera, paciencia.
No sé qué hombre en el mundo
que yo más paciente sea.
Fenisa, yo he determinado,
pues me has dado en la mollera
y Nicanoro en la suya,
darte a solas una vuelta,
para ver si acaso atada
andas con esta revuelta.
¿A qué vino Nicanoro?
La verdad sé confesora,
porque si mientes, te ahorco,
que aquí traigo aquesta cuerda.
La verdad has de saber,
no me azotes, Cobertera.
A Baltasar y Nicanoro
tornas sus amadas prendas,
traje papeles para entrambos;
la verdad, marido, es esta.
¡Vil, infame, mujer,
borrón de todas las hembras,
que no te bastase ser puta
sino también alcahueta!
Ea, disponte a morir.
Pues, dime, ¿qué culpa es esa?
Sí, que quiero darte soga,
por ti pierdes la paciencia.
¿A una dama de Susana
de aquesta manera afrentas?
Fenisa, fuereis mondonga,
y tanto de ello te precias,
que de mala a hacer callos
de fregar tantas cazuelas.
Dama de escalera arriba,
Fenisa, en palacio eras,
ahora de escalera abajo,
y que lo seas es fuerza.
Perdón te pido, marido,
si te he hecho alguna ofensa.
Ellas son tantas, mujer,
que no tienen par ni cuenta;
pero yo te las perdono.
Y serviré lo que deseas,
que en fin como hombre noble
has hecho.
Quiérele abrazar.
Estate queda,
que lo que yo te perdono
es solo en cuanto a las penas
que hay en el purgatorio,
por potestad suma y regia
que para esto he alcanzado
del gran Tamorlán de Persia.
Pues en fin, ¿qué he de morir?
Eso de cierto, como hay cepas,
vayamos despachando.
¿Y parece que esto va de veras?
Pues, ¿no lo ves, mujer?
Anda acá porque lo veas.
¡Joaquín! ¡Señora Susana!
¡Ea, que no te ha de valer
aunque te hagas la muerta!
Sale Susana.
¿Qué voces son estas?
¿Por qué es aqueste castigo?
Eso, que lo diga ella,
que, según es, no tendrá
para decirlo vergüenza.
Señora, unos celillos.
Miente, la infame hechicera,
que es una mujer perdida;
y porque más no se pierda
quise colgar los perniles,
y echarlos en mucha salmuera,
porque no le entre polilla
por adentro, ni por fuera.
Cobertera, yo te paso
que en cuanto a esta pendencia,
yo os daré satisfacción.
¡Cómo si ella será buena!
Fenisa se enmendará.
Espero que se enmienda
cuando críe pelo la rana
y tengan los olmos peras.
Vase.
Apártate, Fenisa, allí,
ten cuenta con esa puerta,
porque quiero un poco orar
a la majestad suprema.
Enhorabuena, mi señora.
Rey de la región etérea,
que solamente en un fíat
todos los orbes gobiernas.
Única causa sola
entre todas la primera,
que en el imperio celeste
pisas brillantes esferas.
Gracias te doy, gran Señor,
Por las mercedes inmensas
que siempre estoy continuando
con aquesta humilde sierva.
Bien sabéis vos la verdad
de mis pasadas penas
y vos como tal volviste,
Señor, por la causa vuestra.
Los celos que de Joaquín
con tirana violencia
el corazón le encendían
tanto del Señor se alejan,
que nunca más amoroso
que ahora Joaquín se muestra.
Volviste el bobo en sesudo,
y el que antes era fiera
se muestra muy apacible
deponiendo su fiereza.
Los hombres, Señor, te alaben,
y cuanto el orbe rodea
en crepúsculos de luces
aquel ardiente planeta
confiesen tu santa ley.
En los reinos de Judea
tu nombre, Señor, se ensalce
y glorificado sea.
Que yo, aunque humilde gusano,
exhalación de la tierra,
alabaré tu gran nombre
mientras duraren mis fuerzas.
Nicanoro y Baltasar,
Señora, piden licencia
para besarte la mano.
Entren muy enhorabuena.
Salen Nicanoro y Baltasar.
En fe de que he merecido
veros, hermosa Susana,
si antes para mí homicida,
ahora menos ingrata,
vengo en fin en tu presencia,
sacrificándote el alma
en las aras del amor:
merezca yo una palabra,
si ya no de agradecida,
siquiera de apasionada.
Pues he sido el dichoso
de alcanzar fortuna tanta
de aquese amoroso incendio
ser viva salamandra.
Vase.
Con diferente intención
he llegado a vuestra casa,
por quitaros la cadena
que ciegamente os arrastra.
Los hierros eslabonados
es forzoso de que hagan
mucho mayor el estruendo
por ser la cadena larga,
y aunque vos más los doréis,
hierros serán, y no plata.
Si pensáis que con Joaquín
está vuestra fe agraviada,
ponéis la mano en el pecho,
no juzgando temeraria
por una leve sospecha
una conocida infamia.
Quien os ofende, me ofende.
Si os agravia, me agravia,
y en fin que a vos os lastima
solo es el que me agrada.
Mi parecer es aqueste:
no eclipséis vuestra fama;
porque si intentáis resuelta
defenderla o mancharla,
sabrá este bruñido acero
vengarme y lavarla.
Aparte.
¡Viva estatua soy de hielo,
de piedra animada estatua,
pues aún no halla la lengua
(en medio de tantas ansias)
camino alguno por donde
pueda pronunciar palabra!
¿Pues aquesto, Nicanoro,
quién os dio licencia tanta
para que atrevido fueseis
negro borrón de mi fama?
¿Qué motivo habéis tenido
para juzgarme liviana?
¿O qué habéis visto en mí
en el tiempo de casada
para que así os arrojéis
a una empresa tan ardua
como querer conquistar
mi decoro? Mi muralla
es por fuerte inexpugnable
e incontrastable por alta.
Ni el que atrevido
quisiere manchar mi fama
ha de saber que hay en mí
gran valor para guardalla,
y al que a esto se opusiere
con intento de eclipsarla,
seré yo rayo violento,
que del cielo se desgaja,
que reduce a pavesas,
siendo mi ceño la llama,
el más altivo penacho
de la cabeza más vana.
Y no imitando a Lucrecia,
por no llorar mi desgracia,
le sabré arrancar del pecho
con la punta desta daga
el corazón a pedazos,
dejando puerta tan ancha,
que pueda muy bien salir
sin embarazo el alma.
Señora, si de Fenisa...
Ya está entendida la causa;
pero yo pondré remedio
antes que pase mañana.
¡Oh, qué bien dijo aquel sabio
que en la casa do hay criadas
es lo mesmo que tener
los enemigos en casa!
Abrir casa con dos puertas,
dificultoso es guardarla.
Solo se entiende por esta,
porque al que amante se llama
por la puerta del honor,
y aquesta la halla cerrada,
ellas procuran traerle
por su puerta, que es la falsa.
Ya habéis visto, Nicanoro,
mi resolución gallarda;
no deis lugar que otra vez
os halle en aquesta sala,
que se cumplirá por mí.
lo que por otro se canta,
a más impropio verdugo
por la más justa venganza.
Vase.
Estamos buenos, amor;
al fin de aquesta jornada,
ven acá, infame, aleve,
pícara, desvergonzada.
Sale Cobertera.
Oye usted, señor guapo:
tenga pecho y críe espalda,
que hasta ahora mi mujer
aún no está divorciada.
Vase.
Aparta allá, mentecato,
que por vida de Susana,
a quien acato y venero
por la casada más casta
que han venerado los siglos
en los libros de la fama,
que a entrambos os despedace,
cual fiero león de Albania.
Pero yo me vengaré
de vosotros, vil canalla.
Muy buenos hemos quedado,
parécele, señora honrada,
bien el que por ella
me echen a cuestas la albarda.
como a bestia, por ser ella
(si en esto verdad se trata)
la mula del arriero
que se echa con la carga.
¡Vive Dios, que has de llevar
una famosa sotana!
Te hallo ya tan graduada.
De todas eres doctora,
en Putifar licenciada,
y en fin, varonil mujer
que a nadie vuelves la cara.
Yo te prometo, marido,
ser de hoy más una santa.
Pero serás sin vigilia,
porque si bien se repara,
el día que tú caes,
cualquiera de la semana,
comen todos en ti carne,
y si a sábado pasas,
en ti tienen buen menudo,
de cabeza, manos, patas,
los entresijos, cuajares,
en callos, morcillas y panza.
¿Es posible que de mí
tú no tienes confianza?
Saca un palo y dale.
Como una caja caída
de un navío que se embarca,
promesas de un capitán
y lágrimas de una dama.
Pero vamos al negocio,
y ahorremos de palabras.
De verdad, que seré buena.
¿Y serás mujer honrada?
Un punto más que mi madre.
Esta purga es que me ablanda.
Eso, mujer, no es posible,
que aunque tienes buena casta
y a mí me saques castizo,
eres tú muy descastada.
Llora.
Esto te prometo cierto.
¡Oh, lo que puede una lágrima!
Dame los brazos, mujer.
Tómate, marido, el alma.
Vaya el diablo por puto.
Adiós con la colorada.
Salen Matatías y Matusalén.
Aparte.
En este hermoso pensil,
afrenta del mayo, lisonja del abril,
que en diversidad de flores
ostentan los dos meses sus primores;
¡Oh divino amor, y qué de gana
me heriste con la flecha de Susana!
Aparte.
En este albergue florido,
donde el áspid del amor está escondido,
en un tan breve rato
de Susana me rindió el retrato,
cantando la victoria
con el laurel y palma de su gloria.
Aparte.
¡Ay Babilonia ilustre,
ciudad entre todas, de más lustre,
¿de qué sirven tus muros,
si del amor no están seguros?
Pues el cielo de sus aras
poderosa venció la barbacana.
Aparte.
¡Oh, tú, ciudad famosa!
siempre inmortal por ser gloriosa,
que a pesar de las edades
compites con el cielo eternidades,
ya tu valor se borre,
pues venció el amor la vieja torre.
Aparte.
De mi pasión vencido,
en alas del amor aquí he venido,
en cuya estancia amena
el canto me venció de una sirena,
probando mi suerte
en buscar la vida donde hallé la muerte.
Aparte.
De mi amor forzado
vengo a este jardín, desesperado,
por ver si mi locura
logra de Susana la ventura.
y por despedida
rinda el aliento a manos de la vida.
Allí a Matusalén veo.
Vino la dicha a pedir de mi deseo.
Los dos venciendo sus porfías.
¿Matatías?
¿Matusalén?
¿Qué suspensión o tristeza
os tiene tan pensativo?
Aquesa mesma pregunta,
os quería hacer amigo
porque os miro tan suspenso
en lo ameno deste sitio
cuando el Sol os puede dar
consuelo al más afligido.
Es una pasión ciega
la que tiene mis sentidos
privados de la razón,
y en aqueste laberinto
preside la voluntad
ciega por un apetito.
Ya sabéis como Susana
aquel hermoso prodigio
que crió Naturaleza
para admiración del siglo,
cuando le di el parabién
dejome tan encendido
el pecho con su belleza,
que aunque yo más me reprimo
no puedo apagar el fuego,
que está en mi pecho escondido.
Muchos medios he buscado
para entregarlo al olvido,
y yo no hallo remedio,
con que este fuego lascivo
amortiguarle pudiera.
pero está en mí tan unido,
que el olvidarla será
ser verdugo de mi mismo.
Declararle yo mi amor
será notable delito;
no decírselo será
vivir siempre con martirio,
conseguirlo, vivir;
morir, si no lo consigo.
Amigo, esta es mi pena;
dad consuelo a un afligido
y así, como más prudente,
que me aconsejéis os pido.
Escuchado he tus razones,
tus sentimientos he oído,
y no he hallado algún medio,
que te pueda dar alivio.
Porque has de saber que yo
de aqueste amoroso hechizo,
me hallo también prendado,
pues cual cocodrilo
escondido entre las flores
en aqueste puesto mismo
me hechizo de tal manera,
que, privados los sentidos,
me quitó la libertad,
alma, vida, fuerza, y brío.
Considera, pues, ahora,
como prudente advertido,
¿qué consuelo puedo darte?
Pues si te ves sin alivio,
yo sin alivio me veo.
Si de amor estás herido,
también a mí me hirió amor;
y en fin en este conflicto
yo muero de lo que mueres
y de lo que vives vivo.
Pues, ¿qué remedio ha de haber?
Yo lo considero amigo.
Muera Joaquín.
Eso no,
que fuera grave delito.
Pues algún modo ha de haber
para poder conseguirlo.
No hay otro sino la fuerza.
¿Cómo?
En este mismo sitio.
que pues aquí nos mató
aquí sea su castigo.
Amor que suele venir,
con el calor del estío
a bañarse en esa fuente
que suda cristales limpios
Matatías, a la empresa.
Amor muéstrate propicio
y pues eres niño Dios
arroja flechas benigno.
Y favorece a los viejos
que por ti se han vuelto niños.
Espérale, que hacia aquí
parece que suena ruido.
Sin duda alguna es el rey.
Salen el rey, Helcías y Joaquín con unos memoriales.
Apacible está este sitio.
Siempre vuestra majestad,
como Monarca supremo
adonde asienta sus plantas
hace Reales sus asientos.
Siéntanse
No sin causa había elegido
para juzgar este pleito,
que, a más de ser vuestra casa,
aqueste Jardin ameno
alegremente convida
a conseguir nuestro intento.
que siempre deben hacerse
en retiro los Consejos,
porque no altere el disgusto
del Palacio los Acuerdos,
y discurre mejor
que en público, en lo secreto.
Llegad, y sentaos todos
que comunicar os quiero
cierto cuidado que tiene
muy alterado mi Reino.
Ya sabéis cómo el persiano
en el tártaro del miedo
todos tres han hecho liga
(habiendo ya cobrado esfuerzo)
a rendir a Babilonia
todos tres se resolvieron.
Mi reino se ha apretado
sin soldados, ni dinero,
y lo que más me aflige
en un caso tan adverso
es el no hallar general
que gobierne mis ejércitos.
Tenéis, señor, que aquí está
de Joaquín un vivo aliento,
para que en vuestro servicio
y en defensa de estos Reinos
suelte su fuerte brazo
a los tiranos soberbios.
Joaquín, vos estáis casado,
y en los marciales empleos
nunca predomina Marte
cuando da querella Venus.
Señor, elegido me has,
pues no es dichoso mi yerno
de vuestra Real elección;
que aunque minoras y aviesos,
todavía me han quedado
de la juventud aceros.
Con ellos, Señor, serví
a vuestro Padre y Abuelo,
y hasta ahora no han faltado
aquellos leales alientos
que en servicios de mi Rey
admiraron nuestros tiempos.
¿Tendréis, Helcías, valor
para semejante empeño?
¿Cómo valor? Sí, Señor,
pues ayudándome el Cielo,
he de vencer al contrario,
y trayéndolo aquí preso
se ha de ver a tus plantas
por vencido, prisionero.
Mucho me huelgo de oíros.
Y yo más de obedeceros;
y mirad, que en esta empresa
el día que me detengo
es atrasarme los triunfos,
pues hacerme hombre puedo.
¿Qué os parece a los dos
en aqueste noble intento?
Señor, que fíes de Helcías
tus números y ejércitos,
que para ser general
no pudo haber más acierto.
Señor, de aquesta elección
fue muy prudente el acuerdo,
porque en el brazo de Helcías
y en la fuerza de su acero
puede vuestra Majestad
fiarle todo su imperio.
¿En fin de que va Helcías
bien entrambos en ello?
Sí, gran Señor.
Ea, pues,
Helcías, parta luego.
Vase.
Dadme, gran Señor, los pies
por el favor que me has hecho;
pues te aseguro, Señor,
que en este marcial empleo
seré rayo desgajado
a la violencia del trueno,
que destruya a quien abrase,
sin que me impidan riesgos
estos tres Reyes aliados
a tu Real Corona opuestos.
Leed ahora, Joaquín,
memoriales.
Lee.
El primero
éste, que dice así:
Otro Capitán, siguiendo
tus Reales estandartes,
ocupado en este empleo,
Señor, a más de treinta años,
dice se halla ya viejo
y muy pobre, con que pide
una ayuda de costa.
Luego
al instante se le den
mil escudos (poco premio
para quien tan bien sirvió).
Debe considerar atento
el más Supremo Monarca
que empuña Corona y Cetro,
que el Patrimonio Real
que le ha concedido el Cielo
no lo ha ganado su brazo,
ni ascendientes y Abuelos,
sino el Soldado, que supo
exponer su vida al riesgo
de una flecha acerada,
o una punta de acero.
Y así en aqueste caso
atender debe muy cuerdo
que lo que tiene no es suyo
sino del Soldado; y es cierto,
que antes que el Rey lo heredara,
él lo conquistó primero;
y en tal caso, mi Majestad
habiendo de darle premio,
pecar por carta de más
que no por carta de menos.
Una doncella se queja
que un atrevido mancebo
la forzó a los escondimientos
de la noche en el silencio.
Esperad, ¿aquel hombre
en ese lance tan feo
prometió a esa mujer
palabra de casamiento?
No lo alega, Señor.
¿Pues qué dice que es su intento?
Señor, dice que la dote,
pues violó el sagrado lecho
de su honor; pero no pide
que se case.
Resuelvo
que no tiene lugar
su pretensión, supuesto
que no aspira al matrimonio;
de que colijo e infiero,
que el haber sido violada
fue dando consentimiento
su voluntad en la acción;
y es legítimo argumento
que quien no busca su honra,
aspira solo al dinero.
¡Qué discreta conjetura!
Sale Cobertera.
¡Sapientísimo decreto!
Dios ponga tiento en mi lengua
y en el Rey no ponga tiento,
en mi memorial despache
y en aquestos oídos fío.
Los memoriales que faltan
despacharéis al momento,
que Yo me voy a Palacio.
Que me azoten si este huevo
por más que gallo enclueque
no vino a salir huero.
¿Qué pedís vos, Cobertera?
Señor, lo que pido y ruego,
es que cuando me casé
(que todo fue a gusto vuestro)
diste a esta Cobertera
para tapar un puchero
a algún que pida con algo.
Porque me falta, Señor,
para el humano sustento
un poco de aliquid amplius.
Yo haré que te den ducados.
A los dos por atrevidos,
por Dios que os brindo de coces,
allá podéis despachar
memoriales al infierno.
Digo doscientos escudos.
Cuerpo de Dios, ahora vemos,
que estaba tan confuso
y tan temeroso el cuerpo,
que os oía muy bien
como si me viera muerto:
pero pasóseme al punto
como era cosa de viento.
En aquestos memoriales
dad ajustados decretos
sin que pierda la justicia
un ápice de su derecho.
Venid conmigo, Joaquín.
Ya voy tus pasos siguiendo.
Vanse los tres y quedan los viejos.
Solos habemos quedado.
Pues a lograr nuestro intento.
Se atavía este jardín,
sus flores sean incendios.
Entre aquestas verdes ramas
bien ocultarnos podremos
para contemplar amante
aquel divino sujeto
de la hermosura, Susana.
Dices bien, aquí me quiero
esconder, está advertido,
al punto que entre aquí dentro,
mi apetito lascivo
se le ha de hacer manifiesto.
Y a aquel a quien se inclinare
será dichoso en efeto.
Pues cuidado, que ya viene.
Con grande gusto la espero.
Escóndense, y sale Susana, Fenisa, con recado de lavarse.
Supremo Dios de Israel,
gran Jehová, Dios inmenso
que solamente en un
formaste la tierra y cielo.
Gracias os den, gran Señor,
los serafines supremos,
que en acordes armonías
cantan dulces acentos.
Por las grandiosas mercedes
que me habéis, gran Dios, hecho
en haber perficionado
la hermosura de mi cuerpo.
Vos sabéis, supremo Rey,
que aqueste ejercicio honesto
solamente se dirige
al fin amable y perfecto
de dar gusto a mi marido,
en donde mi alma he puesto.
El lavarse las mujeres
con el recato modesto
que pide su castidad
es un claro manifiesto
que la hermosura del alma
corresponde a la del cuerpo.
En nombre vuestro me lavo,
y quisiera, Rey supremo,
que el lavatorio borrase
de mis pecados el hierro.
Dame recado, Fenisa,
ponme aquí esos ungüentos,
y pásame por registro
de aquese lado el espejo,
que es de las imperfecciones
amigo el más verdadero.
Vete, y ciérrame el jardín,
no entre alguien acá dentro.
No tengas miedo, señora,
que yo estaré al acecho.
Vase.
¡Válgame amor, qué hermosa!
perdido estoy, loco y ciego.
¡Qué divina beldad!
¡un Etna tengo en el pecho!
Seáis por siempre bendito,
Dios soberano y excelso,
que a esta humilde criatura
desde su maternal seno
de tanto bien la dotaste
dibujándome en el lienzo
entre todas la más bella,
solo por ser gusto vuestro.
Y ora, Señor, quisiera
pues estamos en secreto
y que aquí nadie nos oye.
¡Qué hermoso ondea el cabello,
siendo en trenzas dulces lazos
con que me trae prisionero!
¡Oh, qué grata madeja!
que rizos esparce al viento,
como cajita de flores,
siendo en aqueste suceso
Susana ángel, y yo Abacuc,
pues me trae del un cabello!
Supuesto, que sois principio,
origen y fundamento,
Señor de todos los orbes,
sumo Rey del universo,
como Señor, nos criaste.
Salen.
Deja ahora ese argumento,
hermosísima Susana.
¡Toda me cubro de hielo!
Aquí tienes quien te adora,
Susana, mi bien, mi dueño,
alma de aquestos sentidos
(pues por ti todos los pierdo)
siendo quien les comunica
de la razón alimentos.
Admite esta voluntad
casta, pues te la ofrezco:
o mátame si no quieres,
que a tus plantas estoy puesto.
Bello imposible del día,
de amor brillante lucero,
que campeas entre todos
como el sol que está entre ellos.
Aquí tienes quien te ama,
y yo soy solo quien venero
la deidad de esa hermosura,
(que a poder Susana hacerlo)
aunque idólatra era amante,
por conseguir este intento
en las aras de Cupido
fino te ofreciera incienso.
no es amante el que no es loco,
ni consiste en aquesto;
por Diosa de mi albedrío
hoy, Susana, te lo ofrezco,
y postrándome a tus plantas,
por mi Diosa te confieso.
¿Qué he de hacer yo, señor,
en tan conocido riesgo?
Lloran.
Si no te obligan, Susana,
lágrimas y sentimientos,
será forzoso el usar
de los impulsos violentos,
y que ejecute la fuerza
lo que no ha alcanzado el ruego.
Las puertas están cerradas,
nadie ha quedado acá dentro;
ríndete a la voluntad
de tan amoroso empeño.
Porque, si no condesciendes
a tan debidos afectos,
te hemos de deshonrar
delante de todo el pueblo,
diciendo cómo te hallamos
con un gallardo mancebo,
y que ambos a dos juntos
cometíais adulterio.
Susana, ¿a qué te resuelves?
Advierte ambos consejos,
que, al fin, como más ancianos,
nos han de dar mayor crédito.
En tan notable desdicha
llorad, mis ojos, llorad,
si es bastante mi llanto
para esta culpa lavar.
Cielos, ¿cómo no os caéis?
Planetas, ¿cómo no bajáis,
fulminando de los orbes
rayos, que destruyáis
el delito de estos viejos,
su apetito y ceguedad?
Señor, esta causa es vuestra,
vos defended la verdad,
acrisolando mi honor,
que es más puro que el cristal.
Hombres (si lo sois) o demonios,
que con intento infernal
de mi decoro el armiño
habéis querido manchar,
¿qué motivos habéis tenido
para querer engañar
el espejo de mi honra,
que siempre será inmortal?
Decidme, caducos viejos,
ministros de Satanás,
¿dónde está vuestro consejo?
¿La prudencia dónde está?
Las antiguas profecías
hoy en cumpliéndose van,
pues diz que de Babilonia
saldrá la iniquidad.
¡Oh Dios, qué terrible lance!
¿Que aún licencia no me dais
de quejarme?
Pues en vano
al viento te pones a quejar,
a las plantas, a las flores.
Quizá hallaré más piedad
en ellas que no en vosotros,
que a lo menos me oirán.
Si cumplo vuestro deseo
y apetito sensual,
queda sin honra Joaquín;
(que es lo que yo estimo más)
si me resisto animosa
a guardar mi honestidad,
me levantáis testimonio;
porque crédito os darán
primero a ambos que a mí,
y esto sin dificultad.
Pues muera Susana honrada,
pues es adagio vulgar:
la verdad siempre adelgaza,
mas no quiebra la verdad.
Sus, rasguen vuestras manos,
antes que yo dé lugar
a que se haga una ofensa
a la grande Majestad
del grande Dios de Israel.
Pues, ¿a qué aguardáis?
¿Que de aquí no os vais infames,
verdugos de mi lealtad?
¡Cielos, que yo os despedace,
ya que así me indignáis!
¡Hola, Fenisa, criados!
Salen Fenisa y Cobertera.
Venid, criados, acá
al jardín, a ser testigos
de semejante maldad.
¿De qué das voces, señora?
Yo os llamo porque veáis
de vuestra ama Susana
su pecado y liviandad.
Vanse.
Cuando te fuiste, Fenisa,
los dos entramos acá,
a conferir los negocios
que mandó su majestad.
Y paseando estábamos juntos,
cuando entró aquel zagal
brioso, que estaba un mancebo
con Susana; fui yo allá,
y los vi que estaban juntos
ambos en acto carnal.
Apenas, pues, que nos vieron,
empezóse a alborotar
el mancebo, con que huyó,
no pudiéndole alcanzar.
Conocerle no pudimos,
pero presto se sabrá,
que no ha de estar para siempre
encubierta la maldad.
Esto es lo que ha pasado;
el rey noticia tendrá,
y cumpliendo con las leyes
la causa sentenciará.
Dios poderoso, inmenso,
inefable, a nadie igual,
uno es solo a vos mismo
por vuestra divinidad.
Bien veis, Señor, las angustias
en que mi alma está,
y que será fuerza morir,
si vos, Señor, no libráis
a aquesta sierva vuestra
de tanta fatalidad.
Contenta, Señor, por vos muero,
suplico no deis lugar
a que el cristal de mi honor
pueda enturbiarle el raudal
de un testimonio falso
que hoy levantarme han.
En vuestras manos, señor,
mi honor y crédito están,
a vuestros pies los consagro
por poder asegurar
en mi desdicha el acierto
revelando la verdad.
¿Qué ha sido esto, Fenisa?
Vase.
Yo no lo sé.
Vase.
Pasease.
Llegar.
Que tanto vale una anega
de neguilla, como de sal.
¡Vive Dios, que no lo alcanzo!
Yo pienso que ha sido dar
los huevos en la ceniza
con el fuego en el pajar.
Con la tortilla en el suelo
y en tierra con el orinal.
Cobertera discurramos.
Porque me hace novedad,
que siendo honrada mi ama
(que la tenemos por tal)
se haya a tal desacato
podido determinar.
Voto a Dios, que no es posible,
porque no hay virgen vestal
que más guarde su decoro,
dejarase antes quemar.
De hallar los viejos aquí,
poderse el mozo escapar
sin que le conociesen...
Aquí hay maula. Voto a tal.
¡Vive Dios, que di en el punto!
Ello es, no hay que pensar.
Estos viejos del infierno
se han querido enredar
entre el azul de Susana,
queriéndola ambos gozar.
Susana se resistió;
y no pudieron lograr
su deseo, esto es así;
y para poder sanear
su crédito, dieron voces.
Con que deshonrado han
su honestidad de Susana;
y si no fuere verdad
me la claven en la frente
o me manden ahorcar.
Pero Fenisa, ¿qué es de ella?
Volaverunt, esto es mal.
Yo sé que ella no dará
aunque la quieran forzar,
porque es tan bien avenida
y tan buen natural,
que por no venir comida,
luego ha de partir de seda.
Dentro voces.
¡Muera Susana!
Esto es malo.
Luego la apedreen.
Zas.
Zape, con el zas candil
y trecientas cosas más.
Esto es tocar a degüello,
voime luego a emborrachar,
porque me coja durmiendo
la muerte.
Salen el Rey, Joaquín, los dos viejos, Susana atada las manos atrás, cubierta el rostro de luto, y Fenisa llorando.
Teneos. ¿Dónde vais?
Al infierno, por no ver
de entrambos la falsedad.
¿Eso decís?
Esto digo.
Y si no, ello dirá.
La verdad es esta, rey.
¡Muerto me tiene el dolor!
Ella cometió el error.
Cúmplase en todo la ley;
que pues Susana fue ingrata
a mi favor y clemencia,
fulminaré la sentencia,
muera quien a hierro mata.
Gran señor, si la piedad
en vos halla algún abrigo.
Yo os estimo por mi amigo;
ahora, Joaquín, callad,
que pues yo os casé con ella,
dándole noble marido,
y ella adúltera ha sido,
muy justa es mi querella.
El caso como sucedió
me referid.
Está atento.
Tocan cajas, y salen Helcías de general con Baltasar, y Nicanoro.
Pero ¿qué marcial acento
es aqueste, qué es Dios?
Señor, el pueblo gozoso,
llenos de placer y gloria,
cantando van la victoria
a Helcías victorioso.
Sale.
Vuelve a mala ocasión.
El enemigo postrado,
¿qué es esto? ¡Muerto he quedado!
Paternóster, kirieleisón.
¿Qué es esto, rey poderoso,
que aquí ejecutado habéis?
Es el premio que tenéis
cuando venís victorioso.
Si algún villano intentó
con tal infamia y deshonra
poner borrón en mi honra...
Creed, señor, que mintió.
Que en semejante zozobra
aún es, señor, de advertir
que pueden otras vivir
sin la honra que le sobra.
Si Susana, (que me aflige
y muy justo) mala fuera
yo mesmo (aunque padre) fuera
homicida de mi hija.
La presunción es vana
aunque más a vos os cuadre,
que siendo Helcías su padre,
no pudo pecar Susana.
Y dado caso que suceda
a mujer un desacierto,
tened, gran señor, por cierto
que de la sangre lo hereda.
Y pues alegar, que pecó
mi hija: en aquesto ultraje
es afrentar mi linaje,
su sangre, y quien la engendró.
Y aquí yo no he de decir
nadie, señor, con verdad.
(salvo vuestra Majestad).
No más; lo llega a sentir
Helcías, es vuestro rey,
(y con el delito, ¡qué pena!)
a apedrearla condena
nuestra inviolable ley.
¿Pues verdadero suceso?
¡Ojalá no fuera cierto!
A pesar me tiene muerto.
Leed el proceso.
Leen.
Susana, hija de Helcías,
en el jardín donde vamos
con un mancebo la hallamos
en amoroso compás.
Descubren el rostro a Susana, y ponen las manos los dos viejos en su cabeza.
Huyó luego el agresor
sin poder ser conocido,
después de haber conseguido
el fruto que da el amor.
De Susana es la culpa.
Lo que nuestra ley ordena
es apedrearla, la pena
sin admitirle disculpa.
Y así nosotros fallamos
que debe ser apedreada
por adúltera y malvada,
y mortal la sentenciamos.
Que muera yo en mi cadalso,
por no querer la ley,
pero bien sabéis vos, mi rey,
que es testimonio falso.
¡Aqueste lance es terrible!
Y la presunción es vana.
¿Que haya pecado Susana?
¡Vive Dios, que no es posible!
¿Hay quien defienda, di,
a Susana de este pecado,
que aquí te han acosado
aquestos dos jueces?
Dentro Daniel.
Sí.
¿Quién es el que responde
a delito tan atroz?
Del cielo será la voz.
Sale Daniel.
No fue eco, que soy yo.
Pues decidnos, ¿quién sois vos
que defenderla queréis?
Escuchadme y lo sabréis,
que soy profeta de Dios.
Poderoso rey Astiages,
cuyas sienes le coronen
de los augustos laureles,
que ciñen entrambos orbes.
Desde donde nace Febo
en orientales balcones,
hasta que muere gozoso
en las espumas salobres.
Gran pueblo de Babilonia
cuyos heroicos blasones,
en el libro de la fama
y en los más rebeldes bronces,
contra el pesar de los tiempos
se descubren sus renglones.
Primogénita del mundo,
ciudad de colosos, torre
que el gran Nembrot fabricó
en sus altas presunciones.
Primero que tu justicia
ejecute sus rigores,
y el estambre de la vida
sangrienta la parca corte
en esta inocente vida,
espejo y luz de los hombres.
Quiero referirte aquí,
si atentamente me oyes,
cómo está libre Susana
de los lascivos amores
que estos dos jueces le imputan.
Siendo testimonio enorme
este que le han levantado,
sacrílegamente torpes.
Y si yo no lo probare
con ellos mismos, tú entonces
podrás en mí ejecutar
los castigos más atroces
que a semejante delito
nuestras grandes leyes ponen.
¿Y si necios condenáis
a una matrona noble
en quien rasgo de la culpa
ni se oculta, ni responde?
¿Cómo juzgáis atrevidos
semejantes traiciones,
condenando a una inocente
a la piedra, al duro golpe?
Volved, volved en vosotros
a regular vuestras acciones
por el divino arancel.
No deis crédito a rumores
de dos malintencionados,
de mentidos corazones.
Este es falso testimonio
que velozmente corre
el camino de la honra,
con intento de que borre
de la sangre de Susana
los antiguos esplendores,
anhelando que en la honra
pierda el decoro su norte.
Inocente está Susana,
y para que te asombres
yo su pureza defiendo;
si alguno hay en tu corte
que alegue en ofensa suya
indecorosas razones.
Aquí estoy a defenderla
sin que me asalten temores,
y de quedar en la empresa
mi justo valor zozobre.
Ven acá, siéntate en medio
para que dichoso goces
de defensor de la honra
y de un divino renombre.
Siéntase.
Pues para que veas, rey,
el peligro en que se ponen
los ancianos que pretenden
gozar humanos fervores;
dando la nieve en las canas
patente a la vista pones,
por fuera dura nevada
y por dentro Etna monte,
que en sí el incendio encubre,
ya aunque más llamas arroje.
como está en sima la nieve
a su centro se resuelve.
Apartadme los dos jueces,
y veréis de sus pasiones
evidente el argumento
de sus malas intenciones.
Apartadme de aquí el uno,
que quiero porque se logre
de Susana la inocencia
ver si acaso están conformes.
Apartan el uno.
Ven acá envejecido,
¿posible es, que te corres
de haber hecho esta maldad
viejo abominable y torpe?
¿No sabes, di, que está escrito
en el éxodo, donde pone
Dios por su legislador
con la ley en que dispone
que al inocente y al justo
no condenéis? Di, faetonte,
que sensual pretendiste
por tus carnales pasiones
deslucir de Susana
el decoro, lustre y nombre.
Supuesto pues que la viste
con el mancebo en amores
dime ¿debajo de cuál árbol
la viste? o si en las flores...
Debajo de un lentisco.
¡Oh, qué bien se te conoce
tu aleve y falsa mentira
en tu cabeza! pues oye,
que por este testimonio
el ángel de Dios dispone
ejecutar la sentencia;
y mandará, que te corte
ese tu cuerpo por medio;
para que publique a voces
tu testimonio, y maldad
con tales demostraciones.
Vete, apártate de aquí,
sea sombra de la noche,
pues habiendo de dar luz
tuviste negros horrores;
Llevadle, y venga el otro,
para ver lo que responde.
Descendiente de Canaán
no de Judá estirpe noble:
¡la hermosura te engañó
para que lascivo y torpe
de la beldad de Susana
con acciones exteriores
deshonraras su pureza!
La que la viste entonces
aquel dulce regazo
de aquel hermoso joven.
Dime ¿debajo de cuál árbol
la viste?
Debajo de un roble.
Aquesa es grande mentira,
y dudo, que se perdone
semejante testimonio:
y así el pecado da voces
pidiendo apriesa el castigo;
y el ángel con el azote
severo de su justicia
por tu castigo dispone
el aserrarte por medio:
ya desenvaina el estoque
por poder ejecutar
de tus iras los rigores:
¿Estás satisfecho Rey?
¿La verdad no reconoces?
¿Cómo está libre Susana?
y aquestos viejos feroces,
cegados en su lascivia,
pretendieron como azores
cazar la inocente garza,
que ligera el viento corre.
Y conquistar su hermosura,
luego porque se abone
su inocencia; entre los dos
la causa en litigio ponen
para que muera inocente
Susana entre baldones.
Deja en esta causa Rey
vuestras leyes superiores,
y vuelva Susana a Joaquín
para que entrambos se gocen
a pesar de testimonios
con repetidos loores.
Y así en el camino santo
de tu regio tronco broten
nuevos pimpollos, que sirvan
de guirnalda a tus verdores.
Porque aunque armaste testimonios,
y aunque falsedad y cobren
Susana ha de ser su Venus
y Joaquín será su Adonis.
¡Confuso y absorto he quedado!
El placer me tiene inmóvil.
Oh de mis dichas halle el norte.
Alabo a Dios por la inocencia.
Bien su virtud se conoce.
Siempre mi ama fue honrada.
¿No confiesan? Acabose.
Ellos se hallan condenados.
Volvedlos dos señores,
que aquestos viejos caducos
llenos de sarna y de podre
requirieron darme verde
cuando mejor fueran unciones.
Voto a Dios, que es picardía
vergante, barba de cofre,
que hará mal el Rey, si no
manda que a algún oso ahorquen.
Desatan a Susana, y van atando a los viejos.
Quitad el cordel a Susana,
y atad esos traidores.
Venid, Susana a mis brazos
y muchos siglos te logres
con Joaquín tu amado esposo.
Por tan subidos favores,
vivid mil siglos señor.
Ya soy rico, triunfante y noble.
Del honor de su Susana,
te pido, que me perdones
el celo que de ti tuve.
Bien mi lealtad conoces.
Llega a mis brazos, Helcías,
bizarro, general valiente,
que quiero hablarte despacio
para que ufano me cuentes
de Babilonia el suceso.
Ciño el laurel tus frentes,
lo demás sabrás después.
Y Nicanoro aquí tienes
a tus reales pies, señor.
Y a Baltasar, que siempre
como noble te ha servido
haciendo en esto lo que debe.
Yo premiaré esos servicios.
Y ahora, antes que se altere
el pueblo, mandad, Helcías,
que a los dos los apedreen
por el falso testimonio,
que así disponen las leyes:
paguen pena del talión.
Cobertera ata a los viejos.
Vengan acá, vuestras mercedes,
señores viejos honrados,
¡honrados dije!, alcahuetes.
Ea, no hay sino paciencia
por si aprietan los cordeles,
que yo los he de ahorcar,
luego mis huesos apedreen.
Justamente por su causa
el Dios de Israel vuelve.
¡Vivan Susana y Joaquín!
¡Mueran los viejos aleves
por el falso testimonio!
Y aquí si perdón merece
de las faltas el poeta,
suplica a vuestras mercedes
le den, si unos no, vítores,
enseñando a que escarmienten
en levantar testimonios
y en especial a las mujeres.
Dando con esto fin dichoso
para que el mundo celebre
la florida senectud y honestidad defendida
y los dos leones jueces.
* intentando, que subiesen allí en sus escalones. fol. 24.
Sub correctione Sanctae Matris Ecclesiae Catholicae et Sancti Inquisitionis Tribunalis.
Cedat in laudem Divi Antonii de Padua, in cuius honorem hoc opus laboravi.
Finitum fuit octavo Kalendas Maias 1670.
Castro [Rúbricas y Sellos]