à> Date de publication: 22 août 2026
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Ce contenu est proposé sous licence Creàtive Commons CC BY-NC 4.0. Réutilisàtion àutorisée àvec citàtion ; usàges commerciàux non àutorisés.
<à clàss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tàrget="_blànk" rel="noopener noreferrer" àrià-làbel="Voir les détàils de là licence Creàtive Commons CC BY-NC 4.0">Citàtion suggérée
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Fábula de Criselio y Cleón. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/fabula-de-criselio-y-cleon.
Cubierta del manuscrito. En el lomo se lee parcialmente: FÁBULA DE Criselio Y Cleon.
Etiqueta pegada en la esquina superior izquierda: "R (Ms) 282". Anotación manuscrita a lápiz muy tenue en la parte superior derecha. Resto de la página en blanco.
Portada del manuscrito con texto muy desvanecido, un sello de biblioteca ilegible y una anotación manuscrita superpuesta en tinta negra. Fábula de Criselio y Cleón. A el Excelentísimo Señor Conde de Olivares, [Anotación manuscrita:] Sala Reservada estante 9 - 5. Gran Canciller de las Indias, Comendador mayor de Alcántara, de su Consejo de Estado, y Príncipe de [ilegible] , gentilhombre de su Cámara, y sumiller de Corps. [Sello de biblioteca ilegible] De don Diego Jiménez de Enciso y Zúñiga, [ilegible] de la Villa de [ilegible] , y Alcaide mayor de Sevilla.
Fábula Criselio y Cleón. A el Excelentísimo Señor Conde de Olivares, Duque de Sanlúcar, gran chanciller de las Indias, comendador mayor de Alcántara, de los consejos de Estado y Guerra de su Majestad, sumiller de corpus y su camarero y caballerizo mayor. Escribióla don Diego Jiménez de Enciso y Zúñiga, señor de la villa de Laguna, alguacil mayor de Sevilla.
Página en blanco.
2 Excelentísimo Señor. Esta fábula de Criselio y Cleón yacía olvidada en la lengua griega, y si bien en la castellana la traduje a los versos, desde la prosa, mas la copié historiador, fiel, que poeta licencioso. Invíola a Vuestra Excelencia para que en alguno de pocos ratos, que desp- ués de tan graves ocupaciones permite a el ocio, sirva a el ingenio de Vuestra Excelencia de entretenido divertimiento, que este fin me propuse, para escribirla con mayor gusto, y obligarme a el acierto más cui- dadoso, si de la censura de Vuestra Excelencia pa- sare a otra, ninguna debo temer, y de esta me tiene asegurado la piedad y grandeza de Vuestra Excelencia, a quien guarde Dios, como deseo, y he menester. Besa a Vuestra Excelencia los pies. Su menor criado. Don Diego Jiménez de Enciso y Zúñiga.
Página en blanco.
INTERLOCUTORES DE LA FÁBULA Júpiter. El. R. Ph. III. Criselio. El. R. Ph. IV. Cleón. El. C. D. Leucides. El. P. Ph. Alcino. El. C. D. V. M. Glauco. D. L. D. H. Tanareo. Menipo. Médico. Anfíloco. D. B. D. Z. Nais. D. A. M. M. Nerea. D. F. D. T. Cloe. D. A. D. S. Níobe. D. M. C.
Página en blanco.
En la parte superior, invocación con la letra «S». Sello circular de la Biblioteca Pública de Toledo en el margen derecho.
Escena primera del acto primero.
Anfíloco, Leucides, Nais, Glauco, Níobe, Tanareo, Cloe, Nerea, Criselio, Cleón.
Fíngese una gran tempestad de truenos y relámpagos, y aparece Anfíloco, viejo en una nube negra, y pasando por el tablado, dice los versos siguientes.
Dejad selvas y flores,
amantes locos, y guardad la vida,
que deidad ofendida
no permite esta sombra a esos amores.
Vayan saliendo las figuras y pasando por el tablado, como lo van diciendo los versos.
Huye, laurel de Apolo,
divina Nais, de Júpiter el rayo.
Leucides, tú eres solo
vital aliento a el último desmayo.
Nerea, ven conmigo.
Glauco, Nerea soy, mas ya te sigo.
Dioses, ¿qué saña es esta?
Sello circular en el margen izquierdo.
Líbrame de ti mismo, Jove eterno.
¿Qué furia de el infierno,
contra mi amor, su envidia manifiesta?
A Nerea.
Ten a Nerea.
Huye, Alcino.
Quien desea mi vida, que si puedo
librarla de los rayos, no de el miedo.
Alcino, Alcino, Alcino.
De Nerea es la voz, y todavía
no muevo el pie, que planto en el camino.
Nerea, aunque ya mía
con repetido nombre, me has llamado.
La voz escucho de el preciso Hado.
Tierra, Madre común, pues me engendraste
no hay conjuro que baste,
un monte se abrió allí, la muerte es cierta
no sé si es sepultura, o boca abierta
de vientre nunca harto,
con que vuelve a comer su mesmo parto.
¡Oh desdichada suerte
que a el llamarme Nerea, vi mi muerte!
Pero, Nerea, aguarda,
aunque el temor me yele, el Amor arda.
Que si llego a tus brazos,
¿quién es la Muerte en tan hermosos lazos?
Vuelve el ruido de la tempestad, y sale Criselio, joven, muy bizarro, y Cleón de la misma suerte, el traje a lo gentil.
¿Qué avisa el firmamento,
que da tan grandes voces? No te alteres.
Admiro el gran portento,
mas tú el mayor de los portentos eres.
Criselio, no eres hombre.
A mí no el rayo, tu valor me asombre.
Descendiente te adoro
de Jove en sangre, de inmortal decoro.
Principio, empero, de mayores bienes,
de ti mesmo le tienes.
Tan alta valentía
más es que sangre buena
alimentada en generosa vena.
Defensa era de el sol haya sombría,
si no dosel, que la Naturaleza
previno a tu grandeza:
cuando, novedad súbita, en el cielo
tejió, de oscura nube, un negro velo,
y los héroes famosos,
Huyeron, por la selva, temerosos.
Tú ves desde ti mismo,
Con tempestad, el aire, repentina
Amenazar ruina.
Cuando, revuelto el cielo, y el abismo
Es nuevo Caos, y firme no te mueves,
Esto a ti te lo debes,
Oh Causa, emulación de la primera
Que ancianidad severa
Entre juvenil brío.
Oh qué divina llama
Por tus huesos, ardiente, se derrama,
Cuando por los demás, un temblor frío.
Ya no temo, a tu lado
Tonante voz, de Júpiter airado.
Los sentidos suspenso, en dulce calma:
Porque ocupando el Alma
Toda su facultad, en admirarte
Ni el temor de los Dioses, deja aparte,
Cuán bien, desde la Cuna,
Deidad te reconoce la Fortuna.
No es, Cleón, cuál es mayor hazaña
Que yo resista, a el natural desmayo
Inmóvil contra el Rayo.
O que:
¡Oh, que tú entre el horror de tan extraña
tempestad, aunque Jove fuegos vibre,
con discurso tan libre,
y con amor tan puro,
juzgues la acción de un ánimo seguro!
Cleón, Cleón, no truenos,
a mí me temo yo, que esotro es menos.
Solo padece un sabio
dentro de sí la causa de su agravio.
No externa furia o tempestad violenta
perturba, licenciosa,
la paz de una alma exenta,
en cuyos brazos la razón, contenta,
altamente reposa.
En fin, no temes tú, ni yo he temido.
Igual aliento ha sido;
mayor prodigio fuera lo contrario.
De una causa un efecto es necesario:
nuestras vidas enlaza unión eterna,
que un spíritu mismo nos gobierna.
Mas dime, ¿en casto fuego
toda la selva ardía?
Propicio en el amor, sereno el día,
escurecióse el sol y oímos luego...
en declarada guerra,
rayos del cielo, horrores de la tierra.
Cleón, ¿a qué atribuyes
estos prodigios, que sin miedo huyes?
Fama es que, oculto, esta región habita
un insigne hechicero,
que en mentida deidad, culto primero,
émulo al gran Apolo, solicita.
Este, pues, ofendido
de que Tesalia, a su ambición opuesta,
busque en otros oráculos respuesta,
mueve, alterando el aire y el sentido,
en vapor incitado, exterior viento,
y en maleficio oculto, amor violento.
La voz es esta, la verdad ignoro,
si bien la novedad ya en mí la lloro.
Otra vez he contado
que quise un tiempo a Nais con amor loco,
que después, poco a poco,
el pecho sentí helado.
Hoy por la selva huía.
Hoy Leucides, su amante, la seguía.
Y entonces, de repente,
vi que nuevo accidente
Las cenizas sopló de antigua brasa,
y con llama secreta, ardió la casa.
Ardo, Criselio, ardo,
hoy la lloro perdida, y hoy la quiero
más que la quise, en nuestro ardor primero.
Sírvela alma gentil, joven gallardo.
Leucides, de los dioses descendiente,
yo la olvidé, padezco justamente.
Cleón, mía es tu pena,
ya la siento contigo.
Que el bien, o el mal, comunes, al amigo.
Pero si forman la fatal cadena
eslabones tan varios,
de efectos favorables y contrarios,
forzosa trabazón de esta armonía,
prometen a esta pena, tuya y mía,
suceso más dichoso.
Sé que es Leucides ramo generoso
de tronco soberano,
mas si él se extiende ufano,
¿tú qué sangre no igualas?
De ti nacieron plumas a tus alas,
con que subes al cielo,
que no en las del favor alzas el vuelo.
Esto, por tus abuelos adquirido;
pero ingenio lucido,
fineza en verdad pura,
en floreciente edad, razón madura,
fe de amistad sagrada,
en ti es nobleza propia, no heredada.
Pues si eres este, dime,
¿a quién envidiar puedes?
¿Bien, que no a todos en fortuna excedes?
¿Bien, que este engaño a la virtud oprime?
Mas sufre, ten paciencia,
si esperas, como yo, la gran herencia
que de mi padre espero.
Por ti, Cleón, me estimo su heredero.
Por ti, por ti; levanta,
hará el deseo a la esperanza santa.
Envuelve en tus favores
agravio no pequeño,
ya te tengo por dueño,
no pueden ser mayores.
De otro mal formo queja,
porque ayer dejé a Nais, y hoy me deja;
ya pago arrepentido
con ardores de amor, celos de olvido.
Mas dime, por Apolo,
Entre tantos amantes,
Que dividieron iras fulminantes,
¿Libre te gozas solo?
O dorada saeta,
Con su ponzoña, te tocó, secreta;
Porque (si no me engaño)
Toda la selva ardía,
Común fue el daño,
También el aire herido,
Formó, tuyo, aunque mal, algún gemido.
Curioso estás.
Contemplo
Los tuyos, en mis males.
Y aunque en ti, los presumo, desiguales,
Consuela el alto ejemplo.
¿Luego podrá tu pena
Consolarse en la mía?
Antes fuerza sería
Sentir esa, también, pues no es ajena.
Pues, ¿por qué lo preguntas?
Porque sientan, así, las almas juntas,
O entrambas se consuelen,
Si glorias de amor cuentan,
O ambas a un tiempo sientan
pues uno y otro mal a entrambos duelen.
En fin, ¿qué quieres?
Que el secreto digas.
Cleón, mucho me obligas,
tú eres mi amigo, mi mitad te llamo.
Quizá hallarás consuelo
en otro igual desvelo.
Yo amo también, Cleón, yo también amo.
¡Oh, ciego Amor, que a tanta deidad osas!
¿En fin rinden los dioses,
a tu yugo sus cuellos?
¿Gozas favores?
Los que da, no ingrato,
honesto amor, retrato,
papeles, bandas, cintas y cabellos.
En fin, yo tengo dichas, y tú tienes
consuelo de tus males, en mis bienes.
Así, suerte fatal a su albedrío,
reciprocando bienes, tan distantes,
nos une semejantes,
porque es tuyo mi bien, tu mal es mío.
Ya espero lo que falta.
¿Quién mereció en tu amor, dicha tan alta?
¿Dónde tan grande cabes?
¿Quién de tu voluntad fue digno objeto?
Cleón, voté el secreto,
Yo mismo no lo sé, pues no lo sabes.
Criselio, ¿así respondes?
Cleón, es sacramento.
En fin, ¿lo escondes?
¿Tú de mí recato?
¿Tu secreto conmigo?
Pasé, pasé de el crédito de amigo,
a la desconfianza de criado.
¿Te vas?
Voyme ofendido.
Sola esta vez, te vi poco advertido:
porque el amigo sabio,
nunca juzga el secreto por agravio.
Solicitar te toca
mi amistad, en mi pecho, no en mi boca.
Que si es imperfección no ser secreto,
no es amistad querer que sea imperfecto.
¡Qué ciego error! Lo que quisieres sea,
a tanto ingenio, la razón se crea.
Ahora, una cosa quiero concederte,
que adivines tú allá lo que yo callo.
¿Y cuando el nombre acierte?
Entonces, te prometo confesarlo.
¿Níobe? ¿Cleove? ¿Erífile? ¿Leucina?
No has de decir más que una.
¿Es de las cuatro alguna?
Ni eso.
Ni eso te he de decir, tú lo adivina.
A Nais tienes presente,
no pierdas la ocasión, mientras yo sigo
un ciervo, que veloz, corre a la fuente.
¿Sin tu mayor amigo?
Cleón, aunque te quedas, vas conmigo.
Vase Criselio corriendo, y quédase Cleón apartado, y sale Nais.
Ya apenas las plantas muevo.
¡Oh Júpiter soberano!
La tempestad huyo en vano,
pues dentro de mí la llevo.
Peligro antiguo renuevo,
artífice de mi error.
Fingí a Leucides amor,
tomé de Cleón venganza,
y hoy con súbita mudanza,
muero en mi misma labor.
Tal gusanillo de seda,
de nuevo ardor renacido,
a su misma muerte asido,
su propio cuidado enreda.
Muere en el trabajo, y queda
oculto, en reliquia breve
vida, que otra vez renueve;
gusanillo fue mi amor
murió, y al primer calor
con nuevo afecto se mueve.
Esta es Nais, sabia hermosura
antiguo objecto, a fe nueva
ahora dudosa prueba
y a un tiempo verdad segura.
Perdí afectos de alma pura
busco engaños de mudanza
con que desigual balanza,
pesa tiempos la ocasión,
no estimé la posesión
y hoy deseo la esperanza.
Amor, ¿no es esta que veo
la misma Nais? Cuyos ojos,
llorando ayer mis enojos
burlarán hoy mi deseo?
¿No es la misma Nais? Empleo
¿ya de Leucides? aquella,
¿a quien yo olvidé? si es ella
y mudable desmerece;
¡qué novedad me la ofrece,
en su mudanza, más bella!
Éste es Cleón, éste aquel,
en cuya fácil memoria
pintó el Amor breve gloria,
viva la mintió el pincel.
Ni aun pintada duró en él.
¡Oh, fuerza de hado preciso!
¿Quién me buscó, quién me quiso,
ni me mira ni me habla?
Ni aun de lo antiguo en la tabla
oscuras líneas diviso.
Fue violencia, fue pasión,
dejara, pues borró injusto
lo colorido del gusto,
los perfiles del borrón.
Confusa imaginación,
no me turben tus temores,
si toca antiguos ardores
en el alma oculta mano,
o se exhaló en humo vano
tanto incendio de favores.
¿Si guarda Nais escondido
en la memoria algún fuego,
para que sople mi ruego
las cenizas de su olvido?
Su primer amor he sido,
si es vano, en quien persevera,
si no la amistad, siquiera,
pues tan limpio, y puro fue,
el olor de aquella fe,
que en él se infundió primero.
Si alteró nuevo cuidado
dos almas, si como yo
se mudara, ¿por qué no
pues, de el olvido pasado?
A tal deseo ha llegado,
quejosa, de mi rigor
me puede amar, que mayor
distancia, y por más rodeo
hay de el olvido, a el deseo,
que de la queja, a el amor.
Yo llego, Nais. / Él llega, ¡oh, traidora
mal resistida pasión!
Rigor es buena ocasión
ahora, agravios, ahora.
Hermosa Nais, ¿quién ignora,
que lisonjera esperanza,
imitando tu mudanza
en tempestad, que ya cesa
con nueva luz, te confiesa,
el Iris de esa bonanza.
Hoy extrañé ver el Viento
más vario, en ramos, y flores,
más vario el campo en colores,
más varia el Ave, en su acento.
Todo en común movimiento
todo sin firmeza, en nada,
¡oh adulación afectada!
vario así se desordena
porque, en el Bosque, se suena,
que la variedad, te agrada.
Yo necio, no lisonjero,
en tristes verdades solas,
a tantas mudables Olas,
firme el serlo, persevero.
¿Quieres otra cosa?
Quiero
infamar, con fe inviolable
tu condición variable.
Yo también quiero reírme
de que te celebres firme
cuando me infamas, mudable.
Así traición simulada
de mar sosegado, pide
a la razón, que se olvide,
de la tempestad pasada:
porque otra vez embarcada
se anegue, la quietud mía.
así con loca porfía,
siempre errante, y peregrino,
mal escarmentado pino,
a otro naufragio se fía.
No, no más experiencia,
de golfo tan inconstante,
Leucides es firme amante,
memoria será su ausencia.
O vete, o dame licencia.
Aguarda.
¿Qué he de aguardar?
Vive Amor, que has de escuchar
mis agravios.
¿Tus agravios?
mal que saliere a los labios
cerca estará de sanar.
Bueno, Cleón, bueno fuera,
sanar tú, y enfermar yo.
¿Huyes, cobarde?
Eso no,
aquí es cobarde el que espera.
Aunque tu rigor no quiera
me has de oír. Si te dejé
no di,
no di a otra dama la fe,
como a otro tú el corazón.
¡Oh, qué bien! Esa, Cleón,
la mayor injuria fue.
Si hubieras dado posada
a otro huésped, menor fuera,
que entonces, yo no tuviera
lugar en casa ocupada.
Pero a la calle arrojada
de una voluntad vacía,
donde el dueño me extendía,
mas no dueño, heme engañado.
Casa de que me han echado,
claro está que no era mía.
Bien ves cuán desengañadas
ya mis esperanzas dejas;
Cleón, Cleón, estas quejas
menos ofenden calladas.
No burles glorias pasadas,
no introduzgas nuevo engaño,
no esfuerces antiguo daño
ni incites alma ofendida
que ya descansa dormida
en brazos del desengaño.
Vete con Dios.
Ni te has de ir,
ni has de mandar que me vaya.
Nais, yo te adoro.
Mal haya
tanto engañar y fingir.
Cleón, no te quiero oír.
¿Tan mal mi gemido suena?
Sí, porque es voz de sirena.
Engáñase quien lo duda
o de tórtola viuda,
o de amante Filomena.
Cesó el ímpetu primero,
de antiguo ardor; volví atrás,
pero fue por correr más,
al premio de amor que espero.
Suspendió el curso ligero,
pero el mismo es que el pasado;
tal para el arroyo helado,
y no es otro, el mismo es,
volviendo a correr después
de sus hielos desatado.
Nais, el mismo soy que fui;
si en los afectos me helé,
el amor no lo dejé,
que solo lo suspendí.
Sale Menipo, de doctor.
¿Que oses engañarme así?
Ya por los ojos te enseño
el alma.
¿Lloras?
Empeño,
la mayor demostración.
Lágrimas tuyas, Cleón,
falsas serán, como el dueño.
Mas ¿qué haré?, ya me engañaste
segunda vez, tú has vencido,
por ti a Leucides olvido.
Luego, ¿es verdad que le amaste?
Bien has replicado, baste.
Digo que a Leucides dejo.
¿Eres mío?
Tuyo soy.
Ya quedo en ti, aunque me voy,
Ya estoy en ti, aunque me alejo.
Escena segunda del acto primero, Nerea, Menipo, Criselio, Alcino.
Juntando van poco a poco
tempestades contra mí,
tiempo vario, y amor loco,
unas, que en el aire vi,
otras que en el alma toco.
Es Criselio descendencia
de Júpiter, yo lo adoro,
y en común correspondencia
dudas de su amor, que lloro
remito a loca experiencia.
Repetí, porque él lo oyera
huyendo el nombre de Alcino
si no le oyó, si no altera
accidente peregrino
Cielo de luz tan severa.
Criselio helado, presumo
tu Amor, mas si no me ofende
hable el fuego, en lenguas de humo,
y probemos, si te enciende,
este en que yo me consumo.
Yo le haré a Alcino favores
y si tú celoso haces
demostraciones mayores,
con nuevo Amor, harán paces
los celos, y mis temores.
Vulgares remedios son,
pero Amor, ninguno, tiene,
como irritar la pasión,
alto pues, Menipo viene,
Un criado de Cleón.
Sale Menipo. de Doctor.
Xo, Xo, Válgate el Diablo
por Mulo:
por mula y mozo, ¿qué es esto?
¿Quién de médico me ha puesto?
¿Cómo de aforismo hablo?
¿Yo mozo, mula y gualdrapa?
¿Yo guantes, yo sortijón?
¿Yo licenciado en barbón?
¿Yo doctor en gorra y capa?
¿Yo médico sin saber de
de achaques? ¿De mal humor?
¿Necio, ignorante y doctor?
Mas dicen que puede ser.
Pero la enferma está aquí,
a quien vengo a visitar.
¿Menipo, así en tal lugar?
No soy, Nerea, el que fui.
¿Cómo?
Volé arrebatado
a una tumba allá en el viento,
oscuro, oculto aposento,
crítico albergue del hado.
Donde cercada la Muerte
de espátulas y lancetas,
de potes y de recetas,
y otras armas de esta suerte.
Y pues tu inclinación
es Algebrista y añades,
concertando voluntades,
Amor a mi obligación.
Quiero armarte caballero,
y con la borla y el grado,
de Doctor, dejarte honrado.
¿Quieres ser Doctor? Sí quiero.
¿Quieres ser Doctor? Sí quiero.
¿Quieres ser Doctor? Sí quiero.
Dijimos en un tenor,
y ella respondió con saña,
con tres golpes de guadaña:
Dios te haga buen Doctor.
Llovió y con la tempestad,
mi mula y yo en un diptongo,
me hallé Médico hongo,
que nació de la humedad.
Porque no contento el Mago,
con tantos rayos me cría
protorrayo, pues me envía
Médico a hacer más estrago.
Si Algebrista eres de Amor,
y voluntades conciertas,
cúrame, veré si aciertas
a sanar;
a sanarme, de un temor.
¿Quién lo ocasionó?
Un recelo.
Es achaque natural,
de el Amor, no es mucho el mal.
¿Hay inquietud? ¿Hay desvelo?
La orina. No me acordaba.
Soy un grosero, un tacaño,
pues tan vulgar desengaño,
en tal presunción, buscaba.
Saque la lengua. ¡Qué dura!
Hablar más, y hablará más.
¡Ay, mi doctor! Cómo vas
acertándome la cura.
Mal conoces, a el doctor
Canícula, el pulso venga.
Que cierto será, que tenga
intercadencias, de Amor.
Toma.
No me has entendido,
médico algebrista soy,
dame el pulso.
El pulso doy.
No me das, lo que te pido.
Es reloj de el corazón
el pulso, y siempre está dando
dando, curando, sanando
mis tres aforismos son.
Toma esa rosa.
¿De qué?
¿De diamantes?
Natural.
Mucho es el mal.
Frenética está, ¿qué haré?
¿Quieres un jacinto?
¿Flor?
¿O piedra?
Piedra.
Ese sí.
Tres récipes traigo aquí.
¡Qué prevenido doctor!
Récipe de Tanareo
onzas tres.
Ya me has sangrado.
Dame el jarabe.
Inflamado
sale a la boca el deseo.
Lee.
No es mucho, que un Mongibelo,
Etna, o volcán, que no cabe
en mi pecho, buen jarabe,
si fuera mi mal de hielo.
No tomalle. Otra receta.
Récipe Glauci, onzas duas.
¿Qué de cartas?
Son gangas,
y yo médico estafeta.
Lee.
Señora, lo que os suplica
puro amor, con fin honesto,
¡qué simple!
Antes es compuesto.
Mal gusto, sabe a botica.
Apostaré, que tomabas
un jarabillo de rey.
Yo enfermé de buena ley.
Yo entendí, que renegaras.
Otro recipe de Alcino.
Tómale, que quien se precia
de firme, enferma de necia.
Ya tu cura, me previno.
Lee.
Dulce formó, en tus labios, repetido
mi nombre, o propia voz, o impulso ajeno,
cuando amor, que no cupo, en pecho lleno
se vierte, a ser objeto, de tu olvido.
Vapor, así, entre nubes, oprimido
mal se contiene, en tan angosto seno.
Y si ya rayo, le publica el trueno,
rayo es mi amor, y trueno, mi gemido.
Nerea, de el incendio, en que me abraso
se exhaló, sin querer, ardiente llama.
No es acción mía, efecto fue de el caso.
Onda, que en vaso lleno, lugar ama,
de el vaso sale, y no la vierte el vaso.
Que ella, porque no cabe, se derrama.
Prosiga.
Este retrato, me inclina
este el remedio, ha de ser.
Pesiatal, eso es hacer
eficaz la medicina.
Ver quiero el medicamento.
Llama a Alcino.
¡Oh, santa ciencia!
Darame la diligencia,
por mula, mi pensamiento.
Vase Menipo.
Cansada estoy, sombra amiga,
un pensamiento celoso
pide paces, a el reposo,
o treguas, a la fatiga.
Siéntese Nerea, a el pie de un árbol y salga Criselio hablando.
Amor, si no eres ingrato,
ya, en tantas horas es justo,
que me permitas un rato,
sin limitación, el gusto,
sin ofensa de el retrato.
Fiaré a el aire mi secreto,
dirá mi amor, mis agravios,
de oprimirle, en tanto aprieto
podrá ser voz en los labios
lo que en el alma es concepto.
Diré que adoro a Nerea,
Selvas, no puedo, callad,
y dejadme, que la vea,
en la amiga Soledad
que un secreto Amor desea.
Suspiros, idle a decir,
que la busco, volad pues.
Hace que lee.
Amor, dale que sentir
a Criselio, mas él es,
Yo vuelvo a leer, y fingir.
Quiero hacer, que no lo veo,
si bien, con nuevos antojos,
tengo de alzar, mientras leo,
a cada renglón, los ojos,
a cada letra, el deseo.
Ya me ve, vuelvo al Papel.
¿Es verdad, o antojo vano?
¡Qué suspensa está, oh cruel!
con un papel en la mano,
Y con toda el Alma en él.
Si es este nuevo accidente,
¿principio de Celos, Cielos?
¿Queréis, que calle? ¿O reviente?
Bueno está, sujetaos Celos,
a Imperio, de Amor prudente.
No ofendáis la confianza
con el primer movimiento.
El que ve, y no hace mudanza,
¡o mal haya el sufrimiento,
que tanto de hielo alcanza!
Celos, no más, ved, que espero
que soseguéis el rigor
de vuestro ímpetu primero.
No, Criselio, más amor,
y menos paciencia, quiero.
Salen Alcino y Menipo.
Yo llego; mas viene Alcino.
Menipo y Alcino son.
Amor ciego erró el camino.
¡O mal lograda ocasión!
Ireme yo, pues él vino.
Mas ¿cómo me iré, sin ver
la causa, visto el efecto?
Yo me escondo, ¿qué he de hacer?
Amor, celos, y secreto,
bien tengo que padecer.
¡O santo silencio! sea
grata víctima a tu altar
que sufra, y calle, aunque vea
a Alcino en este lugar.
Vase.
Salen Alcino y Nerea.
Muerto vendrás y turbado.
Finge Nerea que lee.
Antes de amorosa lucha
vigor y aliento he sacado.
¿Que sano estás? Siempre es mucha
la salud de un confiado.
¡Oh, vulgarísimo humor!
¿Uno siempre? Indicios das
de despedir al doctor,
ni hipocondríaco estás,
nada tienes de señor.
Nerea en veloz huida
repitió mi nombre, advierte
si ama bien y tarde olvida,
que en temiendo propia muerte,
cuida allí de ajena vida.
Mas, ¡ay!, que durmiendo altera
luz con que esperaba verme,
si tiene fe verdadera,
¿cómo, mientras ama, duerme?
¿cómo, mientras duerme, espera?
Ese achaque es de entendido;
ya yo he menester curarte:
amor es haber temido.
Llega, que bien puede amarte,
y fingir, que se ha dormido.
Dama, que llamó, y durmió,
quiere, que el galán no aguarde
las dudas de el sí, o de el no,
besa esa mano, cobarde,
¿quieres que la bese yo?
Verás, cómo se la muerdo.
¿Viose ocasión semejante?
¿No llegas?
Sí, que ya pierdo
atrevimientos de amante,
entre recatos de cuerdo.
Mas, ¿si despierta ofendida?
No ofenderá, cuando advierta,
que ha sido gloria crecida
gozar gustos de despierta
con disculpas de dormida.
Llega Alcino, y despierta Nerea.
¿Señora?
¿Qué es esto, Alcino?
¿Tan mal me guardas el sueño?
¡Oh qué gentil desatino!
¡Fue despertar!
No es pequeño,
si en mis penas imagino.
Turbado.
Menipo, el papel, mi amor,
tantos días, la ventura,
de un no esperado favor.
¿Turbado estás? ¡Qué locura!
Yo agradezco tu temor.
Ven conmigo.
Estoy perdido.
Ten coraje, que no has hecho
de qué estar arrepentido.
Deja el papel.
¿Qué hará Criselio? Sospecho
que lo ve todo escondido.
Mas por si volviere aquí
con los celos del papel,
hállele a él, y no a mí.
Vase.
¡Oh suerte de amor cruel!
donde hallé el bien, le perdí.
Escena tercera del Acto primero, salen Criselio y Cleón.
Silencio, que entre oscuras
sombras, el dedo aplicas
severo el rostro, a los compuestos rayos,
en tanto que las puras
verdades comunicas
a las atentas almas de los sabios;
si diste a los agravios
Alguna vez, licencia:
Hoy apartado el dedo
Di, que quejarme puedo.
No pongas en peligro la paciencia
(La voz, si hasta allá alcanza)
Los pasos seguirá de la esperanza.
Apenas, los primeros
Pasos, sentí, de Alcino,
Cuando tu imperio veneré sagrado.
Por no violar tus fueros
¡Oh, silencio divino!
Sufrí los celos, reprimí el cuidado.
Pero quizá forzado
De Amor, que me avivaba,
Bullendo, entre las venas,
Los ojos volví, apenas,
Poco después, donde Nerea estaba.
Cuando al volverlos ciego
Vi abrasarse la selva, en mayor fuego.
¡Nerea entretenida!
Yo la vi claramente
(Si puede ser, que aunque lo vi, lo crea)
Nerea que ya olvida
A su Criselio ausente
Ahora con Alcino, se pasea.
En el margen izquierdo aparecen varias palabras y acotaciones desvaídas, posiblemente borradas por el copista: Alcino, Hablando, Nerea, Menip., Nerea, Deja el papel, Vase.
¡Alcino, con Nerea!
¡Nerea, con Alcino!
¡Y Criselio, engañado!
O fue accidente errado,
O ciego impulso, de fatal destino.
Dioses, Estrellas, Cielos,
Criselio soy, y Alcino me da celos.
Toda el alma ocupada
En su cuidado nuevo
Dejó el papel, por yerro, que leía.
Temor de averiguada
Desdicha, a ti te debo
Que aun sufra este dudar la pena mía.
Mas la noble porfía
Del desengaño, en prueba
De mis dudas y enojos,
Hizo que por los ojos,
Todo el veneno de estas letras beba.
Papel, ven a matarme:
¡Oh, si sentir supieses, y engañarme!
Sale Cleón, y dice.
Rompe el papel.
Un papel en las manos
Tiene Criselio, y mueve
La vista, entre argumentos de impaciencia.
¡Oh, despojos villanos
Del dueño:
¡De el dueño más aleve!
Haced, deshechos, causa a la insolencia.
Deshizo, con violencia,
el papel, mucho siente
pues habla de aquel modo.
No hallé, en el papel, todo,
disculpa, en su favor, ni aun aparente,
que aparente bastaba,
para quien la disculpa deseaba.
¿Criselio? ¿Qué es? ¿Qué tienes?
¿Qué más quieres que sea?
Nerea, admite, nuevo amante indigno,
ya dieron fin mis bienes,
ya Nerea, Nerea,
por Alcino me deja, por Alcino.
Nerea, a el bosque vino
a el templo de el dios Delio
y nunca fe ha votado.
Nerea me ha dejado.
Nerea, y por Alcino, ya Criselio,
así, Nerea, allana,
beldad divina, con Alcino humana.
Nerea, a Alcino oía,
y los ecos, que suenan
a Alcino, ya Nerea repitieron,
ya Nerea no es mía.
A Nerea condenan
mis ojos mismos, que a Nerea vieron,
contra Nerea fueron
testigos y jueces.
¿Nerea, amor ajeno?
¿Nerea?
Bueno, bueno,
no nombres a Nerea tantas veces,
que me quitó la gloria
de adivinarlo yo, tu nueva historia.
En fin, ¿Nerea ha sido?
Ves aquí el sello roto
del sacramento que escondiste tanto.
Cleón, quien me ha ofendido
me libró de ese voto
que antes guardé tan inviolable y santo.
Criselio, no me espanto,
debo al caso, en efecto,
lo que a la amistad pude.
Bueno es que tu fe dude,
si a mi amistad no debes el secreto,
sino a la suerte; advierte
que a la amistad le debes esa suerte.
Nerea, pues (ya sabes
este nombre), recibe
papeles:
Papeles, que yo esparzo por el suelo.
Y porque el gusto alabes,
Alcino los escribe.
¿Qué mucho, que me queje, sin recelo?
Mudo, hasta ahora (el Cielo
lo sabe, y las Estrellas),
en lo más escondido
del pecho, sin ruido
de sílabas, he dicho mis querellas.
Ya las sacó del seno
la razón propia, y el engaño ajeno.
Criselio, Amor es ciego,
y en sus mayores veras
suele correr peligro, de inconstante.
Dejarse el papel, luego
adonde tú lo vieras,
y la desigualdad, del nuevo amante:
materia dan bastante
a lo que ya sospecho.
No fue voluntad nueva:
sino costosa prueba,
que de su dicha, y de tu amor, ha hecho.
No, Cleón, tú no creas
remedio, en vano, a tanto mal deseas.
No excuso:
No excuso tus temores,
Mas hallo dos sentidos
En esta acción equivocada.
En esta
Añade a los Amores,
Que yo vi, entretenidos,
Mano, a mano, a los dos, por la Floresta.
¿Esto, tendrá respuesta?
No siempre es verdadero
Lo que la pasión mira.
Cleón, no fue mentira
Lo que previno, aquel mirar primero,
Que antes de los enojos
Libres estaban, de pasión los ojos.
Con todo es conveniente,
Que averigües la duda,
Quizá es Amor, lo que parece ofensa.
Doy, que la Vista miente,
Si los objetos muda
Cuando especies fantásticas dispensa.
Doy, que un Amante piensa
En Celos, y a estos Celos
Dio ser, la fantasía,
Que de nada, los cría,
Turbose ella la mente en sus desvelos
Mas di:
Mas, di, ¿por qué camino,
disculparemos el papel de Alcino?
¿Si quiere amartelarte?
Ya ves que es consecuencia
nuevo galán, a nuevo pensamiento.
Y no escogió, sin arte,
desigual competencia,
que después acredite el loco intento.
Porque será argumento
que en su favor concluya,
si ya te desengaña
ser imposible hazaña
querer a Alcino, en competencia tuya.
Pues, Cleón, ¿qué remedio?
Que entre los dos extremos, busques medio.
Si ella con nuevo amante
prueba tu amor, conviene
que por los filos que te hirió, la hieras.
No pases adelante,
ni el mal remedio tiene,
ni es posible fingir, ni amar de veras.
¡Yo aprobar sus quimeras!
¡Yo hablar con otra dama!
¡Yo fingir ese enredo!
Porque:
¡Por que la amé! No puedo.
Luego pues ella finge, no me ama.
Fingir, cosa es sabida,
Que no es amar, fingir es ser fingida.
Fingir, por ser amada,
Es amor evidente,
De el fin, toman su especie, las acciones.
Ningún fingir me agrada,
Y amor que lo consiente
Se fía a peligrosas ocasiones.
Porque entre esas ficciones
Tal vez se vio, atrevido
Un afecto ligero,
Que blando, y lisonjero
Como Sirena, adormeció el sentido.
Y en brazos de ese sueño
Pasó la burla, a obligación de empeño.
Ese nuevo accidente,
Efecto fue de el caso,
Que no de la intención de el que fingía.
Si el daño es contingente,
Amor retira el paso:
Porque su afecto, que le impele, y guía
De el riesgo le desvía.
Si más:
Si más amor, fingiendo,
Da fe a dudosa prueba.
¿Y a ese riesgo le lleva
Su impulso natural? Eso no entiendo.
Que todo ser se inclina
A su conservación, no a su ruina.
Amor, que sea ventura,
Es acto de albedrío,
Que con más libre indignación desea.
¿Luego no es verdad pura
Que es Hado el amor mío?
¿Luego por elección amé a Nerea?
Eso es notorio.
Sea.
¿Qué he de hacer?
Ser sufrido,
Y fingir nuevo gusto
A el afecto robusto
De la razón, no a flaco amor rendido.
Dispón lo que quisieres.
Hazlo, y harélo yo, que otro yo eres.
Pues importa a el suceso
Dar más fuerza a tu engaño,
Que a el suyo dio.
¿Luego es engaño el suyo?
¿Ahora estás en eso?
Cleón, no es mayor daño
¿Que abrace yo lo mismo de que he huido?
Has de fingir.
Concluyo.
Tú me fuerzas.
Elige
la dama. Considera
la hermosura primera
que, dignamente, tus acciones rige.
Digo que en lo aparente
parezca que la eliges dignamente.
Si es elección, sea tuya.
Nais tiene una amiga,
Nais, a quien el alma toda debo,
que ya volvió a ser suya,
esta selva lo diga
testigo de fe antigua, en amor nuevo.
Como en mí, y en ti pruebo,
que no hay firmeza en nada,
ni es bien el que se muda,
ni mal el que está en duda.
Esto anunció la tempestad pasada.
En fin me has consolado.
No soy, si eres dichoso, desdichado.
Cloe es amiga estrecha
de Nais, Cloe divina
será sujeto que tu fe acredite.
Fingirás, sin sospecha,
Y Amor que lo encamina
Hará, que Nais lo ayude, y solicite.
Luego mi mal admite
Parte, en tu bien? advierte
Como es suerte de Amigo
Pues la partes conmigo.
Y no siendo así, no fuera suerte.
Por larga edad lo sea.
Ya vive Nais
Ya murió Nerea.
Scena quarta de el Acto primero. Cloe. Nais
Níobe, Cleón.
Salen Cloe, y Nais.
Dices tú, que es dicha amar
pues yo el parabién te doy
Nais, de que pongas hoy
tu fe, en su antiguo lugar.
Amas de nuevo, a Cleón,
y él te paga, por bien sea,
que esta dicha, ni aun su Idea
finge, mi imaginación.
Cloe, que libre te hallas,
no sé si es valor, o suerte,
no haber podido vencerte
Amor en tantas batallas,
de tantos héroes, ninguno.
El Sol entre las estrellas
que siendo, infinitas ellas,
el Sol (Cloe) no es más que uno,
deja a Criselio, que es trono
de más alta jerarquía,
que aunque, sin lisonja mía,
merece Cleón tu abono.
Déjale aparte también.
Nais, muy curiosa estás.
Cloe, ¿cuál de los demás,
te ha parecido más bien?
Pregúntalo a quien los mira,
con cuidado.
Cloe, guarda
que a libertad tan gallarda,
suelen los Dioses ser ira.
Eurídamas, ¿no merece
poner su yugo en tu cuello?
Ni aun he discurrido en ello.
¿Y Emolpo, qué te parece?
No hay cosa en él que me cuadre.
Dauno es galán.
Aunque sea.
¿Tenareo?
Ese pleitea
Y en tribunal de mi padre
pídeme para mujer.
¿Leucides?
Muy otro está,
pues era tu dueño, y ya
lo va dejando de ser.
Yolco es valiente.
Otra vez
lo oí decir.
¿Glauco?
Es feo,
sobre blanco, y rubio.
¿Anceo?
Discreción, con altivez.
¿Acasto?
No es para mí,
soy muy presumida yo.
¿Quiéreste a ti misma?
No.
¿Ya Nais tampoco?
Eso sí.
Níobe es esta.
Sale Níobe.
Otra vida
libre a la mesa, y a el sueño.
Otra hermosura, sin dueño.
¡Níobe! seas bien venida.
Armada, ¿contra qué olvido
previenes flechas, y enojos?
blanda victoria, es tus ojos,
violenta guerra, Cupido.
Que, airosamente, suspensa:
(vengue ofendida un asombro)
la aljaba fiáis a el hombro.
Que olvido en mí no es ofensa.
Huía, mortal, el rayo,
tan triste, que a dura pena
pedí piedad, y en risueña
fuente, agua dio a mi desmayo.
Cuando, envidiosas corcillas,
alteraron, de repente,
mucho cristal a la fuente,
poca rosa a mis mejillas.
Turbóme el caso, y después
restituida a mi aliento,
colérica, seguí el viento
disimulado en sus pies.
Mas burlada en mi carrera,
pedí a Diana favor,
y un niño.
¿Si era el Amor?
Corriendo, no vi quién era.
Arco y flechas me dio, cuando
entre la umbrosa espesura
paró cansada, o segura
una corcilla, anhelando.
Deténgome, escucho, miro,
corvo el arco, doy la flecha,
y entre las ramas, derecha,
dudó el blanco, acertó el tiro.
Cayó, y celebrando ufana
su engañada ligereza,
quise cortar su cabeza,
para ofrecerla a Diana.
No pude, ni osé, y Cleón,
que del tiro fue testigo,
dio a la corza más castigo,
y al pecho más corazón.
Llevóla al templo, y rendido
te busca, doyte la palma,
vencí una corza, tú un alma,
mayor tu victoria ha sido.
¿Cleón la ha llevado al templo?
Sin duda el niño era Amor,
nadie huyó de su rigor,
sea tu descuido ejemplo.
No es destino la porfía
de amor.
Cleón viene.
Ya sé
que es acreditar su fe,
por asegurar la mía.
Cleón, ¿búscasme?
¿Quién duda,
hermosa Nais, que no puedo
vivir sin ti, que en ti quedo
con alma?
con alma, que no se muda,
En fin, Cleón, ¿tú veniste?
¿y yo hablarte he prometido?
No viene, quien no se ha ido,
no se va, quien siempre asiste.
Óyeme, aparte, que tengo
un secreto, que fiarte.
¡Qué tiernos!
Apártense Cloe, y Níobe.
Óyeme aparte,
que otro secreto prevengo.
Apártense Cleón y Nais.
¿Quieres bien?
¿Qué es quieres bien?
Esto que llaman Amor,
pienso que ajeno favor
es en ti, propio desdén.
Forzoso es, sentir las llamas,
no rendir el Corazón.
Partes confieso en Cleón.
Eso es decir que le amas.
No digo tal, solo digo,
las ventajas, que en él veo;
mas si se atreve el deseo,
rigurosa, le castigo.
Si Nais te oyera, dichosa
yo, que ni amagos padezco:
¡De tanto mal! obedezco
ley al natural forzoso.
Dame esas flechas, a ver
con qué armas mata Amor.
Dale las flechas, hiérese Cloe en un dedo, y vuélveselas.
Toma.
¡Villano rigor!
Aun burlando es padecer.
Piquéme, sangre me he hecho.
¿Sangre?
Sí, pero no es nada.
Mira no quedes picada.
Aun no lo siente mi pecho.
Si ha de ser la tempestad
conjunción magna, en efectos
temerse pueden sujetos
los que hoy gozan libertad.
Dios sobre todo.
Cleón,
ardid peligroso intenta
Criselio.
Toma a tu cuenta
el ayudar la ocasión,
y deja el caso a la mía.
Temo a Cloe.
Es gran sujeto
Criselio.
Hablarla prometo,
mas ¿si no quiere?
Porfía.
Es terrible.
Ello ha de ser,
pues es fingir y no amar.
y si hay Montes, que allanar,
eso es, lo que tú has de hacer.
Llama a Cloe.
Cloe, a Níobe entretén,
que allí se desmiente humana,
y no lleves, a Diana
su caza, aunque tires bien.
Habla Cleón a Níobe.
¿Burlaste Níobe hermosa?
Cleón, Cleón, ya de tu contienda
lo que fue voto, es ofrenda,
en el Templo de la Diosa.
Mas la fe, que el don, obliga,
si tu piedad lo asegura.
No te entiendo.
Cloe procura
mostrar hoy que eres mi amiga.
Criselio amaba a Nerea
mudose ella, y él ahora,
quiere fingir, que te adora,
de modo que ella lo crea.
Por eso te escoge a ti,
que acredites, su afición,
esto has de hacer, por Cleón,
y por Criselio, y por mí.
¿Nais qué dices? ¿estás loca?
ni yo sé amar, ni fingir.
¿Sabes lo que va a decir,
de el corazón a la boca?
Son, Cloe, muy diferentes
desdichas propias, o ajenas,
sentir ansias, sentir penas,
o pronunciar que las sientes.
Qué ventura hay semejante,
como en burla concertada,
gozar favores de amada,
sin inquietudes de amante.
Antes será conocida
por loca, la que sufriere
descréditos de que quiere,
sin efectos de querida.
Bien habré medrado así,
cuando haya fingido, y sea
el amor para Nerea,
y la fama para mí.
Cloe amiga, ese es error,
que no hay peligro en la fama,
siendo Criselio, el que ama,
y tú, su fingido amor.
Quien, de veras, quiere bien,
da que ver a ajenos ojos,
A Cloe.
porque ve mal, con antojos,
y así no ve, que le ven.
Pues si el Amor de quien quiere
da que ver por ciego, luego
Amor, que no fuere ciego,
antes cegará al que viere.
Habla a Níobe.
No pretende esa frialdad
Criselio, sino un fingir,
que sepa, airoso, vestir
apariencias de verdad.
Eso ha de ser, con Nerea.
¡Qué ocasión, para lograda
solos, o es muy confiada
Nais, o Níobe muy fea!
Que a tener yo algún secreto
buen lugar nos había dado.
No obligo yo a más cuidado.
Esto has de hacer, en efeto.
Ay amiga, cómo quieres
echarme a perder.
Bien veo,
que estorbo aquí, y más deseo
hacer, que quitar placeres.
Voyme, y déjote en despojos
las armas, con que maté
la corza;
La corza, si el tiro fue
de tan buen aire, a tus ojos.
Esto, Nais, con tu licencia,
que estas prendas tuyas son.
Toma arco y flechas, Cleón,
ya tardas en la obediencia.
Pero por mí les dirás
a esas manos generosas,
que las flechas son ociosas,
si son para herirme más.
Dale las flechas a Cleón y vase Níobe.
En mí lo serán también.
Pues darélas a Diana
o a quien quisieres.
¡Qué ufana
de un tiro, que acertó bien!
¿Qué dice Cloe?
Dudosa
teme, pero hará mi gusto.
No has de mandarme lo injusto.
La obediencia, aquí, es forzosa.
Fuerte estás.
No hay resistencia.
Ahora bien, quede sabido
que ha de ser Amor fingido.
Solo ingenio y apariencia.
Pues comienza, desde luego.
Dale un recaudo a Cleón,
para Criselio.
Aunque son
burlas, enséñame el juego.
Pues, Cloe, aprende a fingir,
dile que te venga a ver
esta noche.
Y, ¿qué ha de haber
más que el decirlo?
El venir.
Eso no es ficción.
Sí es,
pues, aunque venga, es fingida
la causa de esta venida.
Dale el recaudo.
Digo pues,
que a Criselio le dirás...
Nais, ya se me ha olvidado
cómo ha de ser el recaudo,
enseña, enséñame más.
Dile a Criselio que quiero
verle esta noche.
Ya digo.
Dile a Criselio, tu amigo,
¿qué?
Que esta noche le espero.
Advertid que burlas son.
Burlas son, y está advertido.
¡Ay triste, que fue el herido
el dedo del corazón!
Dale el recaudo.
Sí haré.
Di a Criselio, que le aguardo,
y que, dudosa, acobardo,
la esperanza, no la fe.
Dile, que lo llora, ausente
el Alma, que ya no es mía,
y que en verlo, veré el día
a media noche, en su Oriente.
Si entonces, como Sol muestra
sus rayos, en este Valle.
Vamos, que ya tienes talle
de enseñar a la Maestra.
Fin de el Acto primero.
Página con texto muy desvanecido y mucha tinta traspasada del reverso. El texto directo es apenas legible.
Pues Cloe, ya me [ilegible]
A la gruta te [ilegible]
otra [ilegible]
[ilegible]
Bien me [ilegible]
pues, aunque [ilegible]
la [ilegible]
duele el [ilegible]
Que a Criselio [ilegible]
Yo seré tu cuidado.
Dile a Cleón, que [ilegible]
Pues se halla libre, le digo,
entre Nais su castigo,
que es el fin de la riqueza.
Demuestra que burlas son.
Burlas son [ilegible]
Ay triste, que ya el [ilegible]
[ilegible] de todo mi corazón.
Dale el remedio.
Le haré.
Adiós.
Nerea, Alcino, Criselio, Cloe.
Sale Nerea sola.
Salga de el pecho la queja,
que crece más, detenida,
mientras Criselio me olvida,
o me aborrece, o me deja.
Ni me busca, ni se aleja.
¿Si le muda, o le divierte
lo que heredó, con la muerte,
de su padre? Solo sé,
que anda en peligro la fe,
en las manos de la suerte.
Cuán turbadas fantasías
solicitan las memorias
de aquellas pasadas glorias
mudables, porque eran mías.
Cuán vanas son las porfías
de ocasionarle desvelos,
y oponer contra sus celos
desigual competidor,
pues no hay sin celos amor
ni paciencia donde hay celos.
Peligrosa es la aventura,
mas yo he de dar causa nueva
a estos celos, y a esta prueba
de fe tan poco segura.
Sale Alcino.
Pensamiento, aunque es locura,
libre echaros de la mano,
desde hoy, por el aire vano
subid, con soberbio vuelo,
que quiero hacer, en el Cielo
presa, de Amor soberano.
Nerea es la garza bella,
mi pensamiento el neblí,
este vuela sobre sí,
sobre las nubes, aquella.
Ella sube, y él tras de ella,
ya le da alcance, ya es mía,
mas, ¡ay!, loca fantasía,
que en llegando a poseer,
menos ciego, echo de ver
que es todo volatería.
¡Oh fuerza del pensamiento!
¡oh imaginación activa!
donde la sueño, y en viva
imagen, la represento.
Tal vez imagino atento,
que veo, en brazos de Alcino
aquel objeto divino.
¡Mas oh engañado deseo!
imagino que lo veo,
y veo que lo imagino.
¡Oh Alcino! ¿en qué te entretienes?
Vengo de ver a Cleón,
cuyas nuevas dichas son
lauro que ciñe sus sienes.
La autoridad, y los bienes
de su gran padre, heredó
Criselio, y a Cleón dio
tal parte en su voluntad,
que no a unión, sino a unidad,
nueva amistad los juntó.
Criselio pues, heredado,
como es divo descendiente
del gran Jove, y en su frente
oro reluce sagrado:
los que ven siempre a su lado
a Cleón, y los favores
más públicos:
más públicos y mayores,
ya sacrificios le ofrecen,
mas con él solo merecen
ofrendas de fe mejores.
Esto, como yo, lo sabes.
Dime tú lo que yo ignoro,
mientras, sin ti, canto y lloro
endechas de amor suaves.
Alcino, ambos somos aves
en la liga de un favor,
imitando a el ruiseñor,
que entre estos árboles canta
con quiebros de su garganta
y requiebros de su amor.
Vuela, pues tan bien yo vuelo,
llora, pues lloro también,
mil males cuestan un bien,
no es fácil subir a el cielo.
¿Vuelas y lloras? Recelo
que es por más alta región.
¡Ay, Nerea! ¿En qué ocasión
quieres poner mi cuidado?
No ames tan acomodado,
debate algo tu pasión.
Sale Criselio.
Cuando tan pródigamente
Amor sus glorias me daba,
dichoso me imaginaba.
¡Qué engaño tan evidente!
De mi desdicha presente
colijo no haberme dado,
por mi bien, el bien pasado,
sino porque fue forzoso
haber sido tan dichoso
para ser tan desdichado.
Burlando un fingido amor
hablé a Cloe, mas ya veo
que entre las burlas deseo
las veras de algún favor;
y apenas antiguo ardor
se va helando, cuando pruebo
principios de otro ardor nuevo;
finge Cloe y yo fingí,
y hoy la dijera, ¡ay de mí!,
verdades, y no me atrevo.
Sale Cloe.
Dulce aduerme una sirena,
a quien su engaño no sabe,
dulce a su lira suave
le suspende y enajena.
y cuando más dulce suena
esa música, que alaba,
es lo mismo que le acaba.
Tal fue mi pasada suerte,
que para darme la muerte,
dulcemente, me engañaba.
Con pacto, de amor, fingido,
hablé a Criselio, y ya toco
un fuego, que poco a poco
va penetrando el sentido.
Nerea duerme, en su olvido,
y el despertarla desea,
con nuevo amor, que en mí emplea,
Y yo misma, contra mí
voy, solicitando, así,
que ame Criselio, a Nerea.
Criselio viene.
No quiero
que tú te vayas, si él vino.
Nerea está con Alcino,
y Cloe allí, ¿pues qué espero?
Ya vivo en Cloe, si muero
en Nerea, mas no vivo,
pues amante, y vengativa,
miran, a un tiempo, mis ojos
en Nerea mis enojos,
en Cloe un fingir esquivo.
Allí está Alcino y Nerea,
y aquí Criselio, y así
hará finezas aquí,
porque ella las oiga y vea.
Divina Cloe, aunque sea
fingido, un favor te pido.
Aparte.
Cómo habla quedo, ni ha sido
para acreditar su enredo,
mas ¡ay! que lo dijo quedo,
porque lo llamó fingido.
Hablad alto, o no os oirá
Nerea.
Aparte.
¿Ay, rigor más fuerte?
Ella misma me lo advierte,
que libre de amor está.
Duros quiero.
¿Qué le da
Cloe a Criselio?
Dale una flor.
Una flor
bien fingida.
Solo el amor.
Y así lo son los favores,
quien coge el favor en flores
pierde el fruto de el favor.
Mas no, que el fruto esperado
como la flor cogeré,
pues quien da Amor, aunque dé,
se queda, con lo que ha dado.
Bien os habéis enmendado,
ya os oigo no decir mal,
que aunque el efecto no es tal,
si la causa es, sin sospecha,
dará una flor, contrahecha,
fruto de Amor natural.
Pondréla en el corazón,
para que no se marchite.
Aparte.
¡Que yo, contra mí, acredite
su engaño, con su ficción!
Aparte.
Ya no son dudas, ya son
certezas de fe rompida.
¡Oh, cómo estáis divertida,
cuando toda el alma os fío!
Aparte.
Mi Criselio (ojalá mío)
el dueño sois de mi vida.
Sabed, que os amo, y que es mucha
la voluntad, con que os sigo.
Pensará, que se lo digo,
porque Nerea lo escucha.
Celos, en tan fuerte lucha
quiero caer, y primero
Aparte.
quitarme el guante que quiero,
cuando Alcino me levante,
darle la mano, sin guante,
y herir, con desnudo acero.
¡Ay, Dios!
Cae Nerea, y dale Alcino la mano.
Señora, ¿qué es esto?
O es que se torció el chapín,
o amor, que luchando en fin
me ha derribado tan presto.
Vamos de aquí, ya eché el resto.
Rabió Criselio.
Vanse Nerea y Alcino y míralos ir Criselio.
¿Qué tienes?
¿Amor, entre estos desdenes?
No es amor, sino venganza.
Aparte.
¡Oh, cuán loca es la esperanza,
entre tan perdidos bienes!
¡Cloe hermosa!
Aparte.
¡Dulce dueño
de toda mi libertad!
Ojalá fuera verdad,
esto que parece sueño.
Mas ¡ay! ¿cómo así me empeño?
¿Qué dices, Cloe?
Que sea
lo que el nuevo amor desea;
mas perdona el mal fingir,
que esto no se ha de decir,
cuando no lo oye Nerea.
Pues mira, que he menester,
que muchas veces lo digas,
por ver si a Nerea obligas.
Aparte.
Por eso echélo a perder.
Con que fingido querer
busca remedio a mi daño.
Aparte hasta el fin.
Con que ingenio tan extraño
finge tener voluntad.
Aparte.
¡Ay Dios, si fuera verdad!
Aparte.
¡Ay Dios, si no fuera engaño!
Escena segunda de el acto segundo, salen Cleón, Menipo, Criselio, Nais, Cleón, Nerea. Y ahora Menipo y Cleón.
Nais que daba con Nerea,
y dice que aquí la esperes.
Aparte.
Pensamiento, ¿qué me quieres?
¿quién tiene a Nais que desea?
¡Ay, suspensiones! Si son
bostezos de voluntad.
¡Qué lasitud en verdad
que te quiere dar cesión.
El pulso tienes cubierto,
los movimientos retiras
del corazón, y suspiras;
frío estás, el mal es cierto.
Tras el frío hay calentura,
frío en Nais es evidente,
dime, ¿dónde estás caliente,
porque te acierte la cura?
¡Ay, Menipo!
¡Ay, mi Cleón!
Si hay que dar, di lo que hay,
suspírame el ay, ay, ay,
si hay en cada ay un doblón.
Los médicos y escribanos,
casi de la misma suerte,
damos la vida y la muerte
con las plumas en las manos.
Con tres plumas escribimos,
de oro, de plomo y de hueso;
las recetas son proceso,
que en todo nos parecemos.
Pluma de oro da salud,
de plomo el mal entretiene,
de hueso carne no tiene,
para en horca o ataúd.
Mas voyme, que viene allí
Criselio.
Veme esta tarde
en el campo.
Vase Menipo y sale Criselio.
Dios te guarde,
de tu pasión, y de mí.
¿Cleon?
¿Criselio?
¿Qué haces?
Conmigo estoy, repitiendo
tu desdicha, en parabienes,
que yo me doy a mí mismo.
Cleon, si una voluntad
reina, en dos almas, no hay reino
entre los dos, dividido,
dos almas somos, y un dueño.
Tú me has dado el parabién
de mi herencia, y yo celebro
alegre, como invidioso
la dulce paz, en sosiego,
con que, ya ausente Iseucides,
amas a Nais, sin recelos
de la competencia, en lazo,
de igual fe, de amor perpetuo.
Esta es dicha, que las dichas
heredadas, no pudieron
librarme, en tan gran alteza
de los:
de los males, que padezco.
Ya no me aflige Nerea,
amo a Cloe, y solo siento
que en ella, es amor fingido,
lo que en mí es tan verdadero.
¿Y luego cesarán tus males?
Linda mente, obró el remedio
Criselio; gran salud gozas.
Antes estoy más enfermo:
pues quien me curó, me mata,
y cuando aplica, fingiendo
remedios, con que más sane,
me vuelve a matar, de nuevo.
Dile al médico ese mal.
Si se lo dijera, temo
Cleon, que me desahucie,
y que me deje muriendo.
Mas quiero aparente cura,
que muerte cierta, mas quiero
vivir con estos achaques
Cleon, que morir sin ellos.
Pues Criselio, ¿qué has de hacer?
Sufrir, y callar, sufriendo.
Pues has de amar, no pagado.
Yo te dije:
Yo te diré lo que pienso.
Oiré fingidos favores
y engañaré el pensamiento,
mientras los oigo, fingidos,
con imaginarlos, ciertos.
Salen Nais, y Cloe.
Aquí tenemos a Cloe.
Tenéisme, y yo no me tengo;
pues no soy mía, y me ocupo
amando, en amor ajeno.
Cloe, eres mucha hermosura
para fingir, yo confieso,
que aquel, que contigo finge,
finge, con notable riesgo.
Porque, si entre amor fingido,
siente impulsos verdaderos,
en ambas dudas es fuerza,
fingir mal, o fingir menos.
Criselio, no más lisonjas,
ya sé, que es ponerme alientos
para que finja. Ya vine,
y haré el papel, que me dieron.
Pues sabed, que ya Nerea
pasa mil rabias, y miedos,
con celos:
con celos de Cloe.
Basta,
yo sobro aquí, según eso.
Voyme.
Ahora comienzas
tu papel. Yo represento,
contigo, mejores pasos,
pasado el acto primero.
Pues conmigo ha concertado
que ha de escucharos, y veros,
escondida.
Bien trabaja
en la comedia ese enredo.
Mira, Cloe, cómo faltan
buenos pasos, aun no has hecho
lo mejor, de tu papel.
Sí, que aun hay pasos de celos.
Y son bien representados,
donde se logran afectos,
donde la acción es más viva,
y más propio el sentimiento.
Pues, Cloe, no será malo,
que la comedia ensayemos,
si ha de haber tal auditorio.
Comienza pues.
Ya comienzo.
Vaya la primera escena.
Y para mí, ¿no habrá versos?
Cleón, ¿no habrá para mí
algún papel de por medio?
Déjame arder, dueño mío,
cual mariposa, en tu fuego,
que si me quemo las alas,
dulcemente me las quemo.
¡Qué tibiamente lo dices,
qué mariposa de hielo!
Sal a cazar esta tarde
con las demás, y hablaremos,
y en el campo.
Bien está.
Cauteloso amor, ¿qué es esto?
Vanse Nais y Cleón.
Solos estamos.
Comienza.
Amor, ayuda mi intento.
Cloe, deidad tan hermosa,
víctima de amor te ofrezco.
Y yo como sacrificio
ardo en tus aras, Criselio.
Cloe, si como yo ardieras,
fueras holocausto eterno,
que, consumiéndose todo,
se exhala como el incienso.
Fueras salamandra, Cloe,
que habi-
que habita en mortal incendio,
siempre en su fuego abrasada,
siempre viva en su elemento.
¿Querrás de este fuego mío
una centella?
¡Oh, qué bueno!
¿Centella? ¿Centella y tuya,
a quien como yo está ardiendo?
Es cada centella sola
en mí mil rayos del cielo,
cada rayo mil volcanes,
cada volcán mil infiernos.
Cada infierno...
No prosigas
y añade encarecimientos
que en el fingir cabe todo.
Fuego de Dios en el fuego.
Si tanto fuego es fingido,
¿no echas de ver que me enciendo,
en mi verdad y en tu engaño,
en mis llamas y en tus hielos?
Luego, ¿es verdad que me amas?
Más que a mi vida.
No espero
oír cosa más bien dicha.
¿Dije bien? ¿Más contento?
No se te olvide tan viva
represen-
representación. Tornemos
a decirlo.
¿Para qué?
Para estar mejor en ello.
Cloe, ¿es verdad que me quieres?
Más que a mi vida.
Más presto.
Más que a mi vida.
Otra vez.
Más que a mi vida te quiero.
¡Oh, que le has quitado ahora
toda el alma!
Pues troquemos
papeles y ensayarásme.
Verás cómo represento.
¿Quiéresme?
Más que a mi vida.
Dijístelo con extremo,
más bien sentido lo he visto,
más bien dicho no me acuerdo.
Pues vuelve a representarlo.
Mi bien, a decirte vuelvo
que eres alma de mi vida,
esto que he dicho es lo cierto.
¿Piensas que finjo? No finjo.
Sabes qué pido por premio
de todo este amor?
¿Qué pides?
Que me creas que te quiero.
¿Estás fingiendo conmigo?
Así se
¿Así se dice fingiendo?
Mira que no finjo ahora.
¿No finges?
Aparte.
Criselio,
¿no suelen decirlo así
todos los amantes? Luego,
si yo finjo que te amo,
¿diré lo que dicen ellos?
Ya deshice mi verdad.
¿Viose tal fingir? No es bueno,
que me iba engañando ya,
¿sabes que por ti me pierdo?
Pues dame esos brazos.
Toma,
¿no te llegas?
No me llego,
porque si es comedia, basta
decirlo; los brazos dejo,
y a Criselio, para las veras.
No, Cloe, no estás en ello,
si representas, lo mismo
que dices, has de ir haciendo.
Porque si no te transformas
en lo que imitas, y a un tiempo,
en virtud del propio impulso
que bulle dentro del pecho,
no acompañas las palabras
con acción...
con acción viva, y affectos
de el Corazón, no sabras
representar de provecho.
Repitamoslo, otra vez.
Abrazanse los dos.
Assi, dulze mente, tiernos
verde yedra, a seco tronco
va lazos entretexiendo.
A, de engañar a Nerea
segun lo finges. Cloe, ya veo,
que como ella este engañada,
estas tu, muy satisfecho.
Entre mis brazos, memorias
de otra Dama? en tanto aprieto
de Abrazos, cupo Nerea?
Que en un lugar tan estrecho
este Nerea a sus anchos?
Nerea? Nerea en medio
de mis brazos, y los tuyos?
Esse fingir, ya es excesso.
Que es excesso? Crisel, El fingir tanto
si pareciere que excedo
de la Comision, ay mas
que dar por nullo lo hecho.
Mirad.
Escucha Nerea a los dos.
Mirad, que viene Nerea
Aparte.
Sal a recibirla presto.
Si me abra entendido Cloe?
Aparte
Si me ha entendido Criselio?
Ea Cloe, prosigamos, q
que en el Teatro se ha puesto
Nerea. / Cloe / Otra vez Nerea?
Nerea, otra vez? / Nerea / Son Zelos
Nerea, Nerea? / Crisel / Ay Cloe!
Yo te adoro, y la aborrezco.
Mal aya, quien bien la quiere.
Sale Nerea.
Vasse Criselio poco a poco.
Esto sufro? esto consiento?
Criselio falso? / Crisel / Adios Cloe.
A Dios Cloe? y no merezco
yo, que de mi te despidas?
cuando te vas? Bien por cierto.
En viendo a Nerea, huyes?
tienen sus ojos Veneno?
soy Basilisco? Que temes?
ya temiro, y no te offendo.
Amantes Criselio, y Cloe?
Nerea olvidada? / Crisel / El tiempo
haces
hace, esos milagros, quise
a Merea, a Cloe quiero.
O ingrato Amante! Ay Amiga!
de su Tribunal apello,
a el de la Justicia, a donde
valdra la verdad, no el ruego.
Criselio es mio, quien duda,
en este amoroso Pleito,
que siendo en tiempo primera,
sere mejor en Derecho?
Déjame a Criselio, Cloe.
Llorare yo si lo dejo
como tu lloras, Merea
llora pues, yo no quiero.
Vasse Cloe, queda Merea mirandola.
Salen Cleon, y Nais.
Buena ha quedado. Mex.
Estos son
Cleon, y Nais, si abra en ellos
mas piedad, para mis males?
Cleon, a ti te presento,
por testigo, de mi causa
pedile yo, bien me acuerdo,
a Criselio, que escondiesse
de tu lealtad, mis secretos.
Yase que
Ya sé que te los ha dicho
y esto solo le agradezco,
pues me ha dado en tus noticias
intercesión, y remedio.
Cleon, Criselio me olvida,
ya vive aoe, y yo muero.
Pues guarde Dios, a los vivos,
y dé remedio, a los muertos.
Vase Cleon.
Oyerlo Nais? Que he de hacer,
para que me dejen zelos?
Tienes los? Ner. Si. Nais. Pues si quieres,
que se vayan, no tenerlos.
Vase Nais.
Todos sois crueles, todos
zelebrad, (yo os lo conzedo)
vuestras dichas; mas temed,
sus mudanzas, en mi exemplo.
Juzguéme un tiempo, dichosa
no siéndolo, ni aquel tiempo;
pues eran males, los bienes,
que a tanto mal, me trajeron.
Yo os conozco, males míos,
aunque me burláis, diziendo,
que pues me engañé, en los bienes,
quizá en los males no acierto.
Alla entre:
Allá entre confusas sombras,
sobre el Monte, desde lexos,
obscuro bulto diviso,
en figura de consuelo.
¿Es esperanza, o es Numen,
a quien, en mentido objecto,
con amagos de deidad,
quiso dar ser a el desseo?
Ea, que no ay esperanza,
Mas alevosa, a Dios ruego,
que en mudanzas de Cleon
sientas los males, que siento.
Ruego a Dios, que a Cleon zeles,
con tan vengativo affecto,
que padezcáis ambos juntos,
el tus iras, tus yelos.
Pleque a Dios, Cloe enemiga,
que cuando tu amante nuevo,
te echare a el cuello los brazos,
para enlazarte con ellos;
Portento estraño lo impida,
pues no es desigual portento,
que ponga en tu cuello el brazo,
y a mí me ahogue en tu cuello.
Y así, sigo:
Ya ti ingrato, a ti mudable,
a ti traidor, a ti, ¡ay cielos!
inspiradme maldiciones
que ruegue contra Criselio.
Vengadme de todos, dioses.
¿Qué aguardo? Yo me resuelvo.
Sea loca la venganza:
pues es loco el sentimiento.
Yo escribo a Alcino un papel,
llamándole en el del Templo,
donde mi honor inviolable,
es deidad que reverenciáis.
Sacrílega oso a sus aras,
mas será con tal ingenio,
que el mismo Criselio vea
el papel y el sacrilegio.
Scena Terzera, de el Acto Segundo. Sonenella.
Alcino, Anfiloco, Criselio, Cleon, Menipo
Niove, Thais, Cloe.
Sale Alcino.
Ciervo, que al agua corres impellido,
con ligereza de interior veneno,
que inculto bosque penetraste herido,
de negro horror, y tristes sombras lleno.
Pornopis:
Por no pisadas sendas he venido,
Y ya mis pies retarda impulso ageno,
Forma diviso allí de humano bulto,
Por los umbrales de el albergue oculto.
Pretende Alcino entrar en el bosque, y detiene
lo la voz de Amphilo, que habla dentro.
¿Quién turba en generosos corazones
La sangre, donde hierve ardor osado?
Afuera pues, fantásticas visiones.
Detente allá, mancebo desdichado,
Que en pena de tus locas presumpciones,
A vida breve te destina el hado,
Y ya tocas presagios de tu muerte,
Sentencia irrevocable de la suerte.
¡O ansias de mi vida, las postreras!
Misin anunciaron fatal portento,
Émula voz de aullidos de las fieras,
Si bien articulada en ronco accento.
Salen Criselio, y Cleon de caza. Criselio con
un venablo, y Cleon con unas flechas, y un ar-
co, que le dio Niove.
O corren las corzas más ligeras,
O es más tardo en mis pies el movimiento,
Que espera breña!
Rayos de luz pura
Penetrarán:
penetraran apenas la espesura.
Si no es nueva ilusión, cerca he sentido
humanas plantas, lo que fuere sea.
El monte penetrar quiero escondido.
¿Quién es la muerte? ¿Quién morir desea?
Oye que alguna fiera con ruido
entre el espeso bosque se menea.
¿Tiraréla el benablo?
¿Ya tan presto
me viene a ejecutar golpe funesto?
Sale Alcino.
¿Qué brazo riguroso a pecho humano,
como a las fieras, el benablo tira?
¿Criselio?
¿Alcino, aquí? No errada mano,
secretamente a la venganza aspira.
Descendiente de Jove soberano,
rayo debió de ser de tu gran ira
tu benablo veloz.
Ahora, Alcino,
trono piadoso, Júpiter divino,
no ofendas su deidad, no te castigue,
o mate, como a fiera.
Este es aviso,
mas no hay imperio que a el amor obligue.
Quiero a Nerea, si a Nerea quiero.
Todos mis pasos, como sombras, sigue
funesto anuncio de un morir preciso.
Dame licencia.
Adiós.
Ya le avis...
Ya le avisé, mas quiera Dios, que baste.
¿Qué tienes? ¿En qué piensas, divertido?
Admiras la belleza soberana,
¿de Níove? Nais, y Cloe, ¿qué han podido
hacer, celos del campo, esta mañana?
¿Arco y flechas de Níove, has traído?
Cuando eran suyas, la envidiosa Diana
alba del campo fue, Sol de los cielos.
Divina cazadora, a quien das celos.
Nuevamente, de Nais enamorado
la querrás encender.
Antes me temo
en este amor, segunda vez helado;
porque va declinando de su extremo.
Leucides se ausentó, cesó el cuidado,
faltó al fuego materia, y no me quemo.
Cleon, ¿qué dices?
La hermosura admiro,
de Níove.
Ahora sí, que hizo buen tiro.
Sale Menipo, y habla con Cleon.
Tú me mandaste salir,
al campo, en el campo estoy,
que, aunque doctor mortal soy,
sé más matar que morir.
Al campo, pues, puntual
salgo, con todo este brío,
que siempre fue desafío
la cura de cualquier mal.
Sacar al campo a un doctor,
si no es a pacer, no sé
quién tan atrevido fue.
Récipes tengo, y valor.
Gracioso estás.
Buenos vienes.
Pienso que no tiene ahora
mi enfermedad.
Sacúdese Menipo, y echa de sí, muchos papeles, y entre ellos uno para Alcino, y prosigue.
Lee el papel:
¡Qué locura!
poca fe, en mi ciencia tienes.
Árbol, tan fecundo, soy,
que para todas congojas,
lleno recetas por hojas,
remedios, brotando, estoy.
Mira si arroja de sí
almas, rayos, una cometa,
para todos hay receta.
Pues ¿no la habrá para mí?
Padezco un nuevo accidente,
que otro antiguo, me ha curado,
no sané bien del pasado,
y enfermé mal del presente.
Al médico:
Al médico la verdad.
Y en una pasión tan loca,
Cleón, no guardar la boca,
burlabas la enfermedad.
Quiere irse.
Estoy sin habla.
Y aún más,
nada de discreto eres.
Vuelve, Menipo.
¿Qué quieres?
Saber si eres matasanos.
Receta algo de provecho,
para no ser presumido.
Eso es fácil, ¿qué entendido
vive de sí satisfecho?
¿Para sanar de ser grave?
Ese es mal de calidad,
que es locura, la verdad,
que él encubre, y otro sabe.
¿Y para no ser pudrido?
No ser necio, pues se ve,
que el mundo será el que fue,
y es hoy, el que siempre ha sido.
¿Y qué habrá para sanar,
de achaque de dadivoso?
Ese era mal peligroso;
mas ya no hay a quien sanar.
¿Y para ser docto, un lego?
¡Oh, qué vulgares primores!
Saber títulos de autores,
y decir que sabe griego.
Y ese es mucho vicio ya,
para, taz a taz. Adiós.
La purga tienen los dos
en el cuerpo, ella obrará.
Aparte, y vase Menipo.
¡Fuese! ¿Es billete, Cleón,
el que está entre esos papeles?
¿Si son anuncios fieles,
las voces del corazón?
Alza Cleón el billete del suelo y dáselo a Criselio.
Billete es, y para Alcino.
Y la letra es de Nisea.
¿Qué teme, quien no desea?
Lee el papel.
Bien el alma lo previno.
Alcino, esta noche quiero,
(en premio de tu firmeza)
que rindas la fortaleza,
donde, esta noche, te espero.
Aunque veniste más tarde,
das tú, primero el asalto.
Nisea.
Y si es el muro muy alto,
escalas hay. Dios te guarde.
Cleon, ¿tal sufren los cielos?
¿Qué no harán contra el honor
resoluciones de amor,
temeridades de celos?
Cierra el papel.
Aunque más tarde veniste,
¿das tú el asalto primero?
Por mí lo ha dicho. ¿Qué espero?
Mal la pasión se resiste.
Dice que Alcino, admitido
a su amor después que yo,
fue el postrero que llegó
y el primero que ha vencido.
Ya no por quererla bien
siento estos agravios, siento
en su loco atrevimiento
la insolencia, no el desdén.
Quiero volverlo a cerrar,
y castiguemos a Alcino.
Pon el papel, como vino,
por si le vuelve a buscar.
Aunque disponerlo así,
porque vieses tú el papel,
no ha sido:
No ha sido llamarle a él,
sino amartelarte a ti.
Prueba, muy costosa, ha sido.
Sale Menipo.
Quiero encorvarme de talle,
como que vengo a buscalle.
Menipo, seas bienvenido.
Mira que se te cayó
esta receta, importante,
para un amor ignorante,
no para quien ya olvidó.
Dile a Alcino que te dé
el hallazgo, y a Nerea,
cuan flacamente pelea
su engaño contra mi fe.
Vanse Criselio y Cleón, y dicen dentro.
Entendido ha la maraña.
¡Al monte, al monte!
Esta voz
señala un puerco feroz
que sube por la montaña.
Salen Nais, Cloe y Nieve, vestidos de campo.
Ahora estaban aquí.
Nais, Cloe y Nieve son.
Criselio ahora, y Cleón,
en busca de un jabalí,
Por esta montaña van.
¡Qué caza tan peligrosa!
Si hoy Venus no es tan hermosa,
Adonis no es tan galán.
Aparte.
¿Cómo, mi bien, no aguardó,
diciéndole que viniera?
Y Cleón contra esa fiera,
Menipo, ¿qué armas llevó?
Un arco y flechas, no más.
¿Arco y flechas?
Aparte.
¿Arco y flechas?
Disimulemos sospechas.
Aparte.
Nueva vida, Amor, me das.
Qué hermosas estáis. No es ave
el pavón de tales alas.
Si sois Venus, Juno y Palas,
a mí el ser Paris me cabe.
Aunque si hay manzana bella,
de oro fino, y Paris soy,
a ninguna se la doy,
porque me quedo con ella.
Así no agravio a ninguna,
y hágome a mí gran favor.
¿Y si te obliga el favor
a escoger de las tres una?
Tampoco entonces será
la escogida, aunque más prive
quien la manzana recibe;
la escogida es quien la da.
Ni hay que darte ni hay manzana.
Déjanos, Menipo, ahora.
Vase Menipo.
Menguada ha sido esta hora,
nadie da de buena gana.
Yo llevo el billete a Alcino
y apelo a su tribunal,
que Amor siempre es liberal,
porque todo es desatino.
Cloe, ¿quieres que sigamos
alguna corza?, ¿o qué haremos?
Cansada estás, descansemos
a la sombra de estos ramos.
Fama es que cerca de aquí,
allá, al fin de la espesura,
habita una cueva oscura
aquel mago, ¿no es así?
Lleguemos allá las tres,
y sabremos cosas nuevas.
¡Ay, amiga! No te atrevas.
¿Es más que un hombre?
Más es.
¿Un hombre, que comunica
con los manes? Nuestro Apolo
es el oráculo solo,
el bien, o el mal pronostica.
Los de Tesalia consultan
esta deidad, no hechiceros,
y así sus vanos agüeros,
en olvido, los sepultan.
Volvámonos, que allí vuelan
negras aves, cuyos cantos
miedos anuncian, y espantos.
Aparte.
Ya sus horrores, me hielan.
Vamos, Nais, ¿tú temes, también?
¡Ay triste imaginación!
¿Con arco, y flechas, Cleón?
Ruego a Dios que pare en bien.
Vanse todos.
Escena cuarta, del acto segundo, hablan Nerea, Alcino, Criselio, Cleón, Nais, Cloe. Y Nerea de lo más alto de un muro dice lo siguiente.
Hagamos, amor loco,
la experiencia postrera,
que ya, no sé, qué espera
Criselio, aunque ame poco.
¿Permitirá que suba por la escala
este Ícaro infeliz, que a el otro iguala?
Ya el caso, por la suerte,
a estrecho punto vino.
¿Ha de subir Alcino
a no esperada muerte?
Criselio ha reducido a extremos tales
pasados bienes y presentes males.
Sale Alcino.
Dioses, ¿qué triste canto
de siniestra corneja
me avisa o aconseja?
Todo es horror y espanto.
Tropiezo a cada paso, y si el pie muevo,
vuelvo, otra vez, a tropezar de nuevo.
Negro can me seguía,
o son vanos antojos,
o echaba por los ojos
llamas, en que yo ardía.
Y añadiendo a el ladrar roncos aullidos,
me acompañaba en íntimos gemidos.
En entrañas abiertas
de víctima sagrada
vi que deidad airada
me dio señales ciertas.
Sueños, aves, estrellas, elementos,
multiplican prodigios, y portentos.
Esta noche, me llama
Amor, a la alta gloria
de la mayor victoria,
que mereció, quien ama.
Si contra Amor, el mismo miedo, ha osado,
yo, osaré, contra el miedo, y contra el hado.
Alcino está en el puesto.
¿Si mi Nerea, vino?
Quiero llamarle. ¿Alcino?
¿Es hora?
Aparte.
No tan presto.
¿Si Criselio vendrá? ¿Si habrá venido?
Y averigua sus celos escondido.
Salen Criselio, y Cleón.
Cleón de aquí veremos.
No pondrá tal por obra.
Haberlo dicho, sobra.
Párase.
Amor, todo es extremos,
no lo ha de ejecutar, que es imposible.
Aparte.
¡Oh noche! ¡envuelta en confusión terrible!
Sin duda cuidadoso
se esconde mi enemigo.
Yo veré si le obligo,
que reviente celoso.
Sube, Alcino, a mis brazos, por la escala.
Sube por la escala Alcino.
Haga el amor de cada pluma una ala.
Humilde yace en tierra
mi gigante deseo,
como en Flegra Tifeo,
haga a los dioses guerra.
Conquista el cielo, que esos escalones
son unos montes que sobre otros pones.
Pónese Aletio al pie de la escala.
Cleón, Alcino sube,
¡oh, cielo soberano!
¿no hay hierro en una mano,
o rayo en una nube?
Repórtate, Criselio.
¡Oh, cómo tarda!
¿Si lo verá? Mas si lo ve, ¿qué aguarda?
¿Subes, Alcino?
Acudo,
con ansias de ser ave,
esta materia grave
de que Dios me compuso.
Antes es bien que subas poco a poco,
válgame el seso en un amor tan loco.
Qué tardo soy.
Más tardo
te quiero en la subida.
Así guardas mi vida.
Aparte.
Así a Criselio aguardo.
Párase en la escala Alcino.
Para en ese escalón. ¡Ay Dios! ¿Quién sabe
si alguna dicha entre uno y otro cabe?
Cleón, ¿por qué detienes
el ímpetu furioso
de mis celos?
¿Celoso
estás? ¿Luego amor tienes?
No tengo amor, pero envidioso, o necio,
celos bastardos engendró el desprecio.
¿Qué hacéis, intentos vanos?
Alcino, aguarda.
¿Cómo,
si ya subiendo, tomo
el cielo con las manos?
Aparte.
Quiero que a cada paso se detenga,
por dar lugar a que Criselio venga.
Alcino, sube ahora
otro escalón.
Permite
que la vida le quite
que la paciencia ignora
tanto sufrir.
Criselio, no te arrojes.
Si estos extremos ves, ¿qué medio escoges?
Aparte.
Dos escalones puedes
subir, no muchos juntos.
Tirano Amor, por puntos,
los términos concedes
¿Por qué ha de ser tan espacioso el vuelo?
Porque es difícil el camino del cielo.
Detenerte procuro,
Alcino, con cuidado,
porque más reportado
pongas el pie seguro.
¿Posible es que Criselio no ha venido?
Ya esto es más que impaciencia. ¿Qué habrá sido?
Ya la distancia es poca.
Criselio, dijo un sabio
que hay mucho desde el labio
al vaso que ya toca.
Y entre Alcino y Nerea quizá hay medio,
donde pueda caber algún remedio.
Cleón, tanta prudencia
quizá deja de sello.
Bueno es que el brazo al cuello
esperes con paciencia.
Por probar si te ahoga o no te ahoga,
a cuando no puedas aflojar la soga.
Bueno es que, escrupuloso,
pienses si es necesario
matar a tu contrario,
que viene a ti furioso.
Y tardo así, en manchar, el blanco acero
Le des lugar, a que él te dé primero.
Quiere poner mano a la espada.
Verás que antes que llegue,
Que de allí le derriba,
Mi mano vengativa.
Aunque tu luz me niegue
Divino Sol, en tu abrasada esfera
Deja, que suba, adonde, ardiendo, muera.
No subas más, que temo,
Que caerás, si resbalas,
Dioses, ¿qué haré?
Las alas,
Cual Ícaro, me quemo.
Mas, aunque pese a las Deidades todas,
Celebraré, entre cielo, dulces bodas.
Ya se acerca, primero
Bajará de mis brazos
Al suelo, hecho pedazos.
Cleón, matarlo quiero.
Yo le daré.
¡Ay de mí!
Cleón, Alcino.
Cae Alcino muerto.
Cae arrojado, de furor Divino.
¡Oh fuerza de Hado extraña!
No sé cuál causa sea,
Si le arrojó Nerea.
Si se mató su saña.
O si Deidad secreta, le castiga.
A tanto mal, un loco amor obliga.
¡Ay!
Dentro Alcino.
Con triste gemido,
de espíritu indignado,
dio ya, obediente a el Hado.
Pagó su atrevimiento, mas ahora
vengada la razón, la piedad llora.
Infausto joven, siento
su desdichada suerte.
Sentir debo, su muerte
si hay digno sentimiento.
Venga Criselio, o no, yo me recojo
ya arrepentida, de tan ciego antojo.
¡Ay, Dios!
De el sobresalto
desmayada, se queja
y la escala se deja
pendiente de lo alto.
Haz que la quiten luego unos criados
de los que allí dejaste retirados.
¡Oh Criselio!, no puedes
negarte a ti.
En efeto,
guardemos el respeto
debido a estas paredes.
Nerea se acabó, solo me deba
cuidar;
Cuidar que nadie a su opinión se atreva.
Salen Nais y Cloe a la ventana.
¿Qué será, Nais amiga?
Turbada estás.
¿No oíste
aquel gemido triste?
¿Si habrá quien nos lo diga?
Hombres hay en la calle.
En las ventanas
dan rayos dos bellezas soberanas.
¿Si son las dos? Lleguemos,
aunque es la noche oscura.
Sol de lumbre más pura
en otra región veemos.
Hermosa Cloe, que en el alma mía
debo a tu luz anticipado el día.
Contigo, si amanece,
Criselio, es sol de oro,
o luciente tesoro
que alumbra y enriquece.
Tú, hermosa Nais, con nuevos resplandores,
otros orbes alumbras, no inferiores.
¿Cleón?
¡Oh, dueño mío!
No por vanas sospechas
de un arco y unas flechas
(que más de ti confío)
¿Niego que eres mi sol?
Ni yo te niego,
que en mí tus rayos solos, son de fuego.
¿Cuyo fue aquel gemido,
que así nos ha turbado?
De Alcino desdichado,
que murió de advertido.
¿Alcino es muerto?
Yace en tierra dura
ya, con sola ambición de sepultura.
Matáronle tus celos.
Ay Criselio, no sea,
tanto amor a Nerea
gran ofensa a los cielos.
Piadoso, no sacrílego cuchillo
sacrificó al humilde corderillo.
Aunque oigo la sentencia,
de tu piedad la dudo,
ay Criselio, más pudo,
tu amor, que tu clemencia.
¡Oh amor cruel! ¡Oh afectos vengativos!
Bien prueba Alcino muerto, celos vivos.
Nerea tan querida,
Cloe tan engañada,
Nerea tan amada,
¡y Alcino, y yo sin vida!
Cloe.
¿Qué dices?
Eso sea
Cuando Nerea lo oiga.
¿Qué Nerea?
Pues el fingir, ¿qué vale,
si ella no está presente?
Mal finge, quien bien siente.
Deja que el alma exhale,
o mátame, también, en compañía
de Alcino, pues su muerte es, también, mía.
Ya me das pesadumbre
con tanto Alcino. Advierte
si no lloras su muerte,
que finges por costumbre.
¿Este modo es fingir, Criselio? Todo
puede fingirse bien, pero no el modo.
Celoso, has muerto a Alcino,
¿y es tiempo de ficciones?
Hablen los corazones.
Ya te sale a el camino
este, que dando saltos, en el pecho
albergue busca en ti, menos estrecho.
Cloe, tú sola eres,
mi dueño, así te llamo.
Y yo de veras amo:
mas tú, a Nerea, quieres.
Deja a Nerea, olvida agravios suyos,
si condenas mis celos en los tuyos.
Ámote:
Ámote, si la amaba,
yo no finjo, contigo,
Cloe, verdades digo.
¿Mataste a Alcino?
Acaba.
No son celos matalle.
No por cierto.
Los celos son que tú los sientas, muerto.
Sin duda lo querías,
pues tan tierna le lloras.
No, Criselio, no ignoras
estas verdades mías.
Bien es que os vais.
Criselio, brevemente,
que se va convocando mucha gente.
Adiós.
Amar de veras.
¡Ay, Cloe! ¿Si me engañas?
¡Ay, si en limpias entrañas
mi amor sencillo vieras!
Y todas las pasadas falsedades,
te las vuelvo a decir como verdades.
Fin de el Acto segundo.
Página en blanco. El texto visible es el trasluz de la página anterior.
Criselio, Cleon, Nais, Cloe, Nieve.
Salen Cleon, y Criselio.
En fin, ¿tú estás declarado,
con Cloe, y ella contigo?
Ya, sin equívocos digo
mi amor, de otro igual, pagado.
Ya, Cleon, gozo el favor
de el amar, en dulce calma,
aunque en alientos de el alma,
sopla blandamente Amor.
Tranquilo el mar, claro el cielo,
todo en bonanza.
¿Y Nerea?
Contra las ondas, pelea
roto, el frágil navichuelo.
¿Qué rumbo, no ha navegado?
¿Qué derrota, no ha seguido?
En la de el papel perdido
y en la de Alcino anegado.
Siempre errante, y todavía
no escarmentando, bajel
sulcó otro golfo, y en él
se entregó, a nueva porfía.
Mintiendo Amor aparente,
en fe a verdad semejante,
burló a Glauco, nuevo amante,
de los dioses descendiente.
Mas no duró en sus desvelos;
porque vio que aquel favor
no era afecto de su amor,
sino ambición de sus celos.
Al mismo tiempo alentaba
falso espíritu, igual fuego,
en Tanareo, tan ciego
que la luz le deslumbraba.
Este, bisoño en la ciencia
de amor, si en su fuego hacía
alguna experiencia, ardía
mariposa en la experiencia.
Bien que cuando la verdad
desmentía a la esperanza,
tal vez la desconfianza
amagó a la libertad.
Mas ella en esta ocasión,
dando más fuerza a su enredo,
decía astuta: eso es miedo
de Criselio y de Cleón.
Y él, o ya por deshacer
la sospecha, o ya engañado,
remaba, como forzado,
entre el amar, y el temer.
Siendo así, según mudanza
de el tiempo, entre sus recelos,
ya, instrumentos de sus celos,
ya, ocasión de su venganza.
Y ella, cuando así presume,
que fuego apagado, enciende,
ajenos celos pretende,
y en los proprios, se consume.
Gran dicha, ¿estás sin Nerea?
¿Que ya te cansó y te llamas
dueño de Cloe? ¿A quién amas?,
triste el que teme, y desea.
Lo que te ha pasado a ti,
con Nerea, y Cloe, holgara,
Criselio, que me pasara,
con Nais, y Níobe, a mí.
¿Cómo?
Nais escondida.
La ocasión convida,
pues juntos los dos están.
¡Ay, celos!, ¿de qué hablarán?
Quiero escuchar escondida.
Hasta aquí, ya lo sabías.
Di lo demás.
Yo confieso
que Amor es niño y travieso.
Veras son, sus niñerías.
Hirióme, sin advertir,
las flechas que iban derechas.
En travesura de flechas,
¿qué pudo hacer, sino herir?
Jugando, entre ellas, andaba
entretenido el deseo,
sin miedo de Amor, y creo
que eran flechas de su aljaba.
Y en aquel juego, yo, acaso,
me hice una picadura.
¡Qué sangrienta travesura!
¿Burlaste? Pues yo me abraso.
Heríme, y ponzoña luego,
de yerba no conocida,
comunicó, por la herida,
a las venas, dulce fuego.
Flechas, travesura, Amor,
celos, ¿en qué ha de parar?
Y en fin, ¿qué quieres?
Amor
a el dueño de este favor.
¿No es Níobe el dueño?
Oculto
fue el veneno, a Amor hurtó
las flechas, que a mí me dio.
¿Celos, ya que dificulto?
¿No os contentáis con lo oído?
Golpe es de Amor, no hay reparo.
¿Celos, queréislo más claro?
¿Disculpas busca tu olvido?
¿Mal pagas a Nais?
¿Por mí
vuelve Criselio?
Este amor
será secreto.
¡Oh, traidor!
Tú has de ayudar.
¿Cómo así?
Porque yo la he de querer
dando tú la intercesión
de Cloe.
¿Cómo, Cleon?
¿no ves que no puede ser:
porque si Nais es el medio
de hablar yo a Cloe, y sin ella,
ni hablarla podré, ni vella,
siendo este solo el remedio.
Es fuerza, si Nais lo sabe,
perder yo a Cloe, de modo
que es aventurado todo.
No temas, que Nais se acabe,
que si por:
Que si por dicha se alcanza,
algo de esto, ya se vee
que en ti, no es culpa, ni fue
grave en mí, pues no es mudanza.
Que la he de hablar, todavía,
por lo que a los dos, os toca.
¿Por eso solo? Estoy loca.
Deja el caso, a cuenta mía.
Procuro, Cloe, el efecto
que Nais, no lo ha de saber.
Antes, no sé si ha de ser
seguro, en Cloe, el secreto.
¿Quieres, que ella se lo diga?
¿Que Niove, corresponda
y que el caso se le esconda
a Nais, que es su estrecha amiga?
Temo algún nuevo accidente.
Saca un papel.
Antes como Cloe quiera
ser con Niove, tercera
se salva, ese inconveniente.
Pues será fuerza, que calle
como cómplice, y así
no perdamos tiempo, aquí,
traigo, un papel, que has de dalle.
Yo hablaré:
Yo hablaré a Cloe.
Tan bien
Criselio, amigo de amigo,
¿hablarásla en fin?
Ya digo
que sí.
Está bien, está bien.
Dame el papel.
Dale el papel.
Claro está
que querrá, lo que quisieres.
Alma en sus acciones eres.
¡Qué viento en popa que va!
Veete, pues, que Cloe viene,
y la quiero hablar.
Adiós.
¿Si será, como en los dos,
falsa, la fe, que ella tiene?
Sale Cloe.
¿Mi Criselio?
¿Cómo suena,
más bien ahora, ese mío?
Ya voz de libre albedrío
burló la antigua cadena.
Ya se libró la verdad
de aquella injusta prisión,
si bien, está el corazón
captivo, en su libertad.
No más términos fingidos;
ya, con amor verdadero,
podré decir, que te quiero,
sin equivocar sentidos.
Criselio, ¡cuán dulcemente
oirá tu voz quien te adora!
Loca es quien no se enamora
del bien que tiene presente.
Eres mío, y tuya soy.
Pues, Cloe, si eso es así,
haz una cosa por mí.
En grande peligro estoy.
Níove, no sin cuidado,
hizo a Cleón un presente
de flechas.
Mas que se siente
Cleón muy enamorado.
Recibiólas sin indicio
del veneno que trujeron,
y, en fin, las flechas le hirieron.
Son flechas y hacen su oficio.
Tú le has de dar, por mi gusto,
a Níove este papel.
¡Oh, mensajero cruel!
¿Qué dices? ¡Imperio injusto!
¿Si Nais lo viene a saber?
Callando tú, ¿de qué suerte?
Saca un papel.
Mira que es mi amiga, advierte
que la habemos menester.
¿Quién quieres que se lo diga?
Y, en fin, Cloe, yo deseo
dar gusto a Cleón.
Bien veo.
Ten firme, si eres mi amiga.
Bien veo que ofendo a tu amor
cuanto tardo en la obediencia.
Ya es flaca la resistencia.
Hazme, Cloe, este favor.
¿Es tu gusto? Dame luego
el papel.
¡Ah, desleal!
Verásla en amor igual
rendida a importuno ruego.
Haz cuenta que ya le adora,
aunque se muestre al encanto
un áspid Níobe, tanto
puede tu gusto.
¡Oh, traidora!
Haz luego la diligencia,
y adiós, Cloe.
Él te me guarde.
Dale Criselio el papel, y vase.
Témplese el amor cobarde
con animosa paciencia.
¡Falsa amiga! ¡Amante infiel!
Disimular me conviene;
¿cómo sabré qué contiene
lo secreto del papel?
¿Amiga Cloe?
¿Nais amiga?
¿Hay algo de nuevo?
Nada.
¿Nada? Cloe, ahora veo
cuán loca es la confianza.
Mas cuidadosa estoy yo
de ti, que tú misma.
Bastan
prólogos, ¿por qué lo dices?
Contemplo historias pasadas.
El mundo será, el que ha sido,
¿dónde hay fe? ¿Dónde se halla
verdad? ¿O amistad segura?
¡Ay, Cloe! En lo mejor falta.
Discreta Nais, la elocuencia
aquí, es ociosa, a luz salga,
sin más dolores, el parto,
de razones tan preñadas.
Cloe, no hay de quien fiar.
Criselio, en un tiempo amaba
a Nerea, y como sabes,
sigue al Amor la mudanza.
Ya están Criselio, y Nerea
divididos, Nais, no hagas,
ni en relación, esa junta.
Como eres sencilla.
Acaba.
Criselio y Nerea, Nais,
(¡ay, celos!) equivocada
por ¡ay, cielos!, dije ¡ay, celos!,
ruego a Dios que no los haya.
Quiso a Nerea y mudose,
quísote a ti, todo pasa,
quedó burlada Nerea,
y tú, Cloe, más burlada.
Has de saber que Criselio
ama a Níobe y te engaña.
Nais, ¿qué dices?
¿Ves aquí
por qué al principio fui larga?
Porque temí darte pena,
que nuevas tan desdichadas
se deben dar poco a poco.
Antes, sin piedad me matas.
Los males muy prevenidos,
con advertencia se aguardan,
y cuanto más advertidas,
tanto más sienten las almas.
¿Criselio a Níobe?
Cloe,
bien que te olvida y te agravia;
pero es mayor que imaginas
su traición y tu desgracia.
Cleon, con mil sacramentos
me contó lo que pasaba,
y como amiga te fío
secretos de esta importancia.
¿No dices que mi desdicha
aún es mayor?
¿Sabes cuánta?
Que de tu agravio, a ti misma
te han hecho la secretaria.
Por ti estoy ciega de enojo,
mira con qué circunstancias
te ofende Criselio, amiga.
¡Ay glorias del mundo, vanas!
Sabes cuánta verdad dices,
ves aquí un papel que manda
que le dé a Níove.
Dale Cloe el papel a Nais.
¿Has visto
maldad tan extraordinaria?
Muestra el papel, y veamos
cómo el efecto, la causa.
Yo no osaré, léele tú.
Lee el papel.
Buen principio a mi venganza.
A corcilla que huye, bien previene
flechas el arco, oh Níove, derechas,
mas ¿por qué armada, como astuta, acechas
la caza, que a las manos se te viene?
Pajarillo, que preso se entretiene,
canta en su jaula sin temor de flechas,
y a mí tras de su red, cantando endechas,
blanco a sus tiros, el amor me tiene.
Pues si tus flechas de tu aljaba fueron,
¿por qué, de un golpe, cazadora bella,
en jaula y pajarillo a un tiempo dieron?
Mas si rompió la jaula, y al rompella,
puerta en mi pecho como en ella abrieron,
entra, Níobe, en él, y saldré de ella.
Ya, Cloe, habemos leído
el papel.
Estoy turbada.
Flechas de Níobe son
las que estos efectos causan.
Cleón, que es el pajarillo,
dice que endechas cantaba
en jaula de Nais sin miedo
de flechas ni de otra caza;
pero en la misma prisión
dice que flechas le alcanzan,
y con la fuerza del golpe
abrieron puerta en la jaula.
Por esta puerta saldrá
de mi poder, y en el alma
por la que en su pecho abrieron
le dará a Níove entrada.
Este, Cloe, es el papel,
esto contiene, en substancia,
ya de entre nubes, de engaños
sale la verdad, más clara.
Ya he burlado tus mentiras,
traición, con traición, se paga,
aunque no es paga bastante
una traición, contra tantas.
¿En esto paran las flechas
de Níove? ¿En esto paran
las finezas de Cleón?
¿Naís por Níove olvidada?
Criselio, que me debía
tan buena ley, ¿acompaña
a mi amiga, en la traición?
¿y a su amigo, en la mudanza?
¿Y tú, el instrumento, Cloe,
de toda esta consonancia?
¿Tú un tiempo amiga tan cuerda?
¿Tercera ahora, tan falsa?
Pues, por los dioses, que miran
desde el celestial alcázar
Con tantos ojos, estrellas
traición, tan averiguada;
que he de cercar, más furiosa
en obras, que en amenazas,
cielos, y tierra, hasta verme,
de todos juntos, vengada.
Toma tu papel, aleve,
dale a Níobe, o le guarda,
haz tu oficio.
Arrójale el papel, y vase Nais.
Decorrida
no supe hablarle palabra.
Sale Níobe.
Nais, ¿qué llevas?
Déjame.
¿Con quién va Nais enojada,
Cloe?
Este papel lo diga.
Vase Cloe, y deja el papel.
¿Luego papeles, qué habla?
Quiero ver, si preguntado
dice, cuanto las dos callan.
Decidme, papel, ¿qué ha habido?
Ya más cortés, que esperaba
me ha dicho, que de Cleón
trae amorosa embajada,
y como recién venido
se llega al pecho, y me abraza.
Papel, ¿cómo habéis llegado?
¿cómo venís? ¿qué desgracia
os sucedió?
Lee, párase.
¿Os sucedió en el camino?
A Nais y a Cloe señala.
Ellas dos le saltearon.
Papel, mi dicha os escapa
del riesgo; hablad, que ya os oigo,
dalde vida a quien os guarda.
Sale Cleón.
¡Qué astutos son, qué ingeniosos
los celos! ¿A quién no espanta
lo que de paso me dijo
Cloe, de Nais engañada!
Aquí está Niobe.
Aquel
es Cleón, necio es quien ama,
si el original presente,
los ojos pone en la tabla.
Cleón, tu papel he visto,
no sé si bien trasladadas
del corazón sus razones,
cuando yo, como de aljaba,
saqué las flechas del mío,
para herirte con las armas
que a mí me hirieron, secretas.
Guardo en el pecho las llagas.
Niobe, el papel decía
verdades examinadas,
con el crisol de aquel fuego,
con que tus flechas me abrasan.
Ponzoña oculta, traían,
pues entre mortales ansias
despido el alma, en suspiros,
¿para qué digo mis ansias?
¿Para qué cuento mis penas?
Niobe, yo te adoraba,
y te adoro, ¿mas qué importa?
¿Mas qué importa? ¿En qué reparas?
Si me quieres, yo soy tuya.
No más, no prosigas, que anda
en peligro la amistad,
sobre venturas tan altas.
Nais astuta, engañó a Cloe,
y vio este papel, la traza
dio, mi desdicha, o su ingenio,
y estando Nais agraviada
no hablara Criselio Cloe
Niobe, el hado me aparta
de ti, perdona, que solo
por Criselio, te dejara.
Déjame, Cleón.
Esfuerza.
¿Burlaste?
¡Ay Niobe!
¡Llama viva!
Pide licencia a Criselio.
¡Viva! O encendida apenas,
cuando muerta, o apagada!
Cuando me la dé, el tomarla
será sacrílega ofensa,
contra amistad, tan sagrada.
¿Luego no amarás?
No puedo.
¡Mal logradas esperanzas!
Adiós, galán imposible.
Vanse.
Adiós, imposible dama.
Escena segunda, del acto tercero.
Sale Nais furiosa. Anfíloco.
Este es el sitio, la espesura es esta,
de la selva encantada, y bosque umbroso;
ya negras aves, con canción funesta
el albergue señalan, tenebroso.
No busco ya, en su oráculo, respuesta,
a los sucesos de un furor celoso.
Venganza busco, estrellas, dioses, cielos,
celos, con rabia, son, no amor, con celos.
Tú, que en silencio, de morada oscura
habitas, soledad inaccesible,
si rayos aborreces, de luz pura,
y vives, negras sombras, invisible,
Aquí sale el Mago.
O permíteme entrar por la espesura,
o sal afuera de tu cueva horrible.
Si eres hombre mortal, si deidad eres,
acude, a quien te llama.
¿Qué me quieres,
mujer? Piadosa oreja di a tu ruego.
Tu amparo soy, Anfíloco es mi nombre.
Desde ese albergue, en sus tinieblas, ciego
deidad ignoro, a quien mi voz no asombre.
Los que habitan región, de oscuro fuego
dicen, y dicen bien, que no soy hombre.
Que si aspecto, y vejez, de hombre parecen,
no es hombre, a quien los dioses obedecen.
Mas, por fatal destino de tu suerte,
quiero, contigo, parecer humano,
pues, ardimiento, generoso, y fuerte
de espíritu, te impele, soberano.
Yo que, despojos piso, de la muerte
cual vuestro Apolo, simulacro vano,
inútil tronco, inanimado bulto,
en silencio, y olvido, me sepulto.
Así, mi potestad, desconocida,
no debe, a vuestra fe, dignos oficios
Tesalia si por ídolos me olvida,
solicitando dioses, más propicios.
Y turbará dos veces, repetida,
émula tempestad sus sacrificios,
porque me busque a mí, como a Dios solo,
y no a el ambiguo oráculo de Apolo.
Tú, pues, que en ti divino impulso sientes,
oraste a mi favor con esperanza;
tus males traspasados y presentes,
y que, a tu agravio, en mí buscas venganza,
no te espanten horrores aparentes,
habla con animosa confianza;
pues hizo ya tu singular belleza
que sienta en mí común naturaleza.
Anfíloco sabio,
cuya edad severa,
con sagrado imperio,
a los manes reina.
Oye mis agravios,
escucha mis quejas,
pues piadoso y blando
me diste licencia.
Díjete mis males,
no porque los sepas,
que tú lo vees todo,
desde tus tinieblas:
sino porque el alma
exhale, en sus quejas,
veneno, que crio
dentro de mis venas.
Cleón, ya conoces,
la gran descendencia
de su ilustre casa,
su antigua nobleza,
aunque es mi enemigo,
verdades tan ciertas,
¿qué pasión, las calla?
¿qué injuria, las niega?
Este, a quien Criselio
comunica, eterna
amistad, que hizo
elección, no estrellas:
Un tiempo abrasado
con llama, secreta,
me dijo sus ansias,
y yo mis endechas.
Mas el tiempo anciano
que prudente espera
y allana los montes,
con muda paciencia,
Odió a nuestro fuego,
que como él, sin leña
el amor se apaga,
sin correspondencia.
Viéndome olvidada,
por vengar mi ofensa,
escuché a Líncidos
y con libres tibiezas.
Igualó su amor,
su sangre, y grandeza,
pudo divertirme
mas no, que le quiera.
Cleón, a este tiempo,
toda el alma exenta,
se la dio a Criselio,
porque yo la pierda.
Con él se introduce,
en fe tan severa,
que borró la fama,
de Roma, y de Grecia.
Su pecho, y el mío
guardaban, apenas,
dos centellas vivas,
en cenizas muertas.
Cuando, de repente,
tempestad violenta
sopló las cenizas,
juntó las centellas.
Ardieron, en ambos
voluntades nuevas,
sin creer al ejemplo
contra la firmeza.
Celos de Leucides,
a Cleón despiertan,
y a mí me engañaron
fingidas ternezas.
Los yelos pasados,
escarmientos eran,
mas blando Mercurio
de voz lisonjera
a la razón santa,
que es Argos, que vela,
adurmió los ojos
de las experiencias.
En vano a Neptuno,
acusa el que prueba,
segundo naufragio,
en otra tormenta.
No quiero quejarme,
que es bien que padezca
quien, en sus desdichas,
jamás escarmienta.
Yo, entonces, tenía
una amiga estrecha,
que se llama Cloe,
de extraña belleza.
Amóla Criselio,
que olvidó a Nerea,
y de estos amores
fui yo la tercera.
Amábamos todos,
logrando finezas,
en dulces abrazos
dos olmos, dos hiedras.
Cuando, por mis males,
Leucides se ausenta,
dejando a Cleón
por suya la empresa.
Y el que solo amaba
esta competencia,
ausente Leucides,
otra vez me deja.
Léele.
¡Ah, villano amante!
¿contra quién ostentas
halagos aleves,
tirana elocuencia?
¿Quién es el engaño?
Una mujer ciega,
gran triunfo, por cierto,
donde no hay defensa.
Turbadas al fin
estas paces nuestras,
Níobe a Cleón
le dio un arco y flechas.
Llevaban ponzoña
de no sé qué hierbas,
con que heridos mueren
hombres como fieras.
Cuando yo, animando
celos y sospechas,
que les di yo vida,
y me matan ellas:
alcancé un papel
con tan gran cautela,
que, engañando a Cloe,
ella me lo entrega.
Leíle, y hallé
(dudo que lo creas)
que Cleon me burla,
que Cloe me niega.
Que la mesma Cloe,
(mal dije la mesma,
pues está tan otra,
de la que antes era)
Cloe, que me debe,
que Criselio sea,
Dueño de su gusto,
me negó esta deuda.
Mi mayor amiga,
es la medianera,
de una fe rompida,
de otras paces hechas.
Criselio, que pudo
estorbar mi ofensa,
ayuda a Cleon,
y ambos la celebran.
Ya se acabó Nais,
ya Níobe reina,
ya Cleon la adore,
ya Cloe es quien tercia.
Nais, pues, ofendida,
(oh, Anfiloco) llega,
no a los pies de Apolo,
sino a tu presencia.
Tribunal severo
buscan mis querellas,
venganza con ira,
ira sin clemencia.
Convoca a los manes
y, entre sombras negras,
la voz o la vara
de tu imperio sientan.
Todas las tres furias,
en cuyas culebras,
contra tus conjuros,
no hay sordas orejas,
salgan del Leteo,
y en las almas muevan
temores, discordias,
rabias, impaciencias.
Si Níobe amare,
Cleón aborrezca,
encontrados gustos,
pero igual tristeza.
En Criselio, y Cloe
nuevo amor se encienda;
pero, aunque más hablen,
gozarse no puedan.
Todos me ofendieron,
todos pues, padezcan.
Anfíloco, ahora
se verán tus fuerzas.
Véngame de todos,
porque si me vengas
harás, que en Tesalia
tu nombre encarezcan,
Con poder de el cielo
harás, en la tierra,
que males, y bienes
digno lugar tengan.
Que la fe, se guarde,
que la verdad, venza,
que la amistad, viva,
que la traición, muera.
Que a la virtud, amen,
que a los dioses, teman,
que a mí, me conozcan,
y a ti, te obedezcan.
Has referido, tu historia,
que antes de oírtela a ti
ya dije, que para mí,
era igualmente notoria.
Propria pasión de quien ama,
repetir mucho su queja,
que el fuego exhalado deja,
menos materia, a su llama.
Tú quieres, que arrepentido
deje a Níove, Cleón.
Y ella, con ciega afición,
muera, amante de su olvido.
Quieres que no pueda hablar
Criselio, a Cloe.
Eso quiero,
y eso busco, de ti espero
venganza, a tanto pesar.
Padezca Níove, pene
Cleón, Criselio no pueda
hablar a Cloe.
Así queda.
Anfíloco, esto conviene.
No haya en Criselio esperanza
de hablar a Cloe.
Está bien
y si de paso se ven,
será mayor tu venganza.
Porque pondré entre los dos
quien sus abrazos impida.
A ti te debo la vida,
no a Apolo, y dicen que es Dios.
Ven, verás mi librería,
y cosas que admirarás,
de antigüedades, y oirás
más docta filosofía.
Diré virtudes secretas,
probaré el número cierto
de los cielos, el concierto
de los astros y planetas.
Bien tienes que oír y ver.
¡Oh, qué cansada quimera!
Que cierto es que no te oyera,
a no haberte menester.
No, no temas detenerte
en mí, no hay tiempo ni espacio.
Ya estás, Nais, en tu palacio.
¿De qué modo?
De esta suerte:
Escena tercera del acto tercero.
Criselio, Cloe, Nerea, Cleón, Nais.
Gracias, oh Amor, que en medio de la injuria
de Nais, y del rigor de su venganza,
a pesar:
A pesar de tu envidia y de su furia,
respira, en nuevo aliento, la esperanza;
estorba que te vea, a mí me injuria,
y es de Cleón, no mía, la mudanza.
Fue adulación, en su rigor me obligo,
pues venga en mí la culpa de mi amigo.
¡Cuánto debo a Cleón! ¿Con qué fineza
a Níobe dejó? ¿Níobe hermosa,
a quien, pródiga, dio naturaleza
partes que admira Venus, envidiosa?
Si me fié por él a la fineza
de una mujer, con tanto amor celosa,
él entrega al olvido su deseo,
por él te vuelvo a hablar, por él te veo.
Con qué solicitud, con qué desvelo
ganó la voluntad de la criada
de Nais, más confidente en el desvelo
de pasión, con desprecios irritada.
No quieras tanto a Nais, que sin consuelo
te lloro, a sus consejos entregada;
alma tienes, gobierna tus acciones,
y advierte en el extremo en que me pones.
Débola mucho a Nais, débola tanto
que por ella me quieres y te quiero,
Siendo mi amiga, ocasioné tu llanto,
desenojada así, rendida espero.
Miro en su lengua, con temor y espanto,
público nuestro amor, y amando muero.
Temo mi honor, excusa sus enojos,
porque hablándote estoy, cara a sus ojos.
Déjame ir, y veré, si inadvertida
puedo volverte a hablar.
¡Oh, amor cobarde!
Por ti, Criselio, perderé la vida.
Deja, siquiera, que la fama guarde.
Vuelve a aventar la llama, que encendida
de amor, en medio de tus hielos, arde.
No es hielo el mío, que también es fuego,
no dudes de mi fe, yo vuelvo luego.
Vase.
Sale Nerea.
Criselio es este, ¡Amor, yo me he perdido!
Quiero llegar. ¿Criselio?
¿Pues, Nerea?
¿Qué novedad, a verme, te ha traído?
Antes antiguo amor, que lo desea.
Nerea, todo lo entregué al olvido.
¿Qué me quieres? ¿Qué importa que te crea?
Quiero desengañarte, amarte quiero.
Escucha, pues, por nuestro amor primero.
Quísete yo, y quisísteme, y tus celos,
con más pruebas, los quise averiguados,
De Alcino lo dirán locos desvelos,
en su temeridad precipitados.
¿Ya Glauco? ¿Y Tanareo?
Ficción nueva.
Si fue ficción, costosa fue la prueba.
Criselio, a Alcino, a Glauco, a Tanareo
astuta y mentirosa entretenía,
y solo a ti buscaba mi deseo,
que por estos rodeos te seguía.
Ya he visto que me pierdo en el rodeo,
ya en ti te busca a ti nueva porfía.
Vive en mi fe, o será la vez primera
que amor a manos de los celos muera.
Con celos que no pasan de sospecha
se esfuerza amor, mas si el agravio es cierto,
la misma fuerza en él queda deshecha.
Verle aquí a manos de los celos muerto.
Pues ¿cómo, amando tú, no me aprovecha
tu agravio en mi amoroso desconcierto?
Porque eso no es amor, que en ti ha quedado
la tema sola del amor pasado.
Yo sé con la experiencia que en mí toco
cuánto es el fuego de mi amor, no niego
Que mucho agravio apaga un amor poco,
como si es mucha el agua a poco fuego;
mas con el mismo agravio, un amor loco
parece que se apaga, y crece luego.
Como también el fuego con el agua,
vulgar ejemplo tienes en la fragua.
Pues, ¿cómo, contra el fuego que en mí ardía,
juntaste un mar de agravios a Nerea?
¡Qué fuego! todo un mar no apagaría,
aunque sea un volcán, un Etna sea.
Es la esfera del fuego el alma mía,
contra quien todo el mar aun no pelea.
Arde en ti misma, si la esfera eres.
Pues haz por mí una cosa.
¿Qué me quieres?
Que a nadie des la fe que a mí me niegas,
que sola yo, con nadie te acompañes,
y si al engaño del amor te entregas,
que te engañes conmigo, o no te engañes.
Pero si a estar desengañado llegas,
aunque es tanta locura el seso extrañes,
amando loca, solicito cuerda,
que te cobres a ti, aunque a mí me pierda.
Tú, nuevo Alcides, que viniendo al mundo,
de los dioses, que son tus ascendientes,
Primero en todo, aunque en nacer segundo
Ahogaste, en la cuna, las serpientes.
Tú, que surcando, océano profundo,
Tritón te da, y Neptuno sus tridentes.
Tú, que serás de Marte obedecido
¿Sujeto a una mujer, yaces rendido?
Ya, heredaste, Criselio, obligaciones,
Que exhortan más, en tan floridos años.
Si eres Alcides, siempre hay Geriones,
Y Anteos, hoy quizá, de más engaños.
León habrá Nemeo, y aun leones.
Lernea sierpe, y monstruos más extraños.
Que a los héroes, que amó virtud divina,
A los trabajos de Hércules destina.
Por el amor, Criselio, que te tuve
Así, más dignas glorias, te procuro
Que aunque tan loca estoy, como lo estuve
Elijo de aquel fuego, lo más puro.
Sube, Criselio, sobre el hado, sube,
En ti mismo, a el lugar, que te aseguro
Que amor, en Cloe, como en mí, es veneno,
Que se introduce, blandamente, a el seno.
Llegó, Nerea, el desengaño, tarde
Estimo tus consejos; pero advierte
Que amo:
Que amó ese mismo Alcides, no cobarde
Bien, que entonces Amor era más fuerte
De Cloe soy, y un fuego, en ambos, arde.
Sale Cloe, a la puerta.
¡Esto he llegado a oír! Dichosa suerte.
Criselio, a ti te debes más decoro.
Si Alcides amó a Íole, a Cloe adoro.
Sí, mas en esos gustos, fue imperfecta
Su gloria.
Bien, Nerea, pero mira
Que murió Alcides abrasado, en Eta
Por invidioso Amor, de Deyanira.
Y en ti temo ponzoña más secreta,
Que apartarme de Cloe, es mayor ira.
No más, Criselio, busca tus antojos,
Pues te ha cerrado la pasión los ojos.
Vase Nerea. Sale Cloe.
¿Mi Criselio, con Nerea?
Contigo, con ella no.
¿Yo en Criselio?
Sí, era yo
Y soy el que te desea.
¿Podré hablarte más seguro?
Sí, que está Nais descuidada
Mira si vuelvo obligada,
De el gusto que te procuro.
Aunque tan celosa estoy
¡Oh, si me hubieras oído!
Ya te oí, y así te pido, lo
los brazos, y te los doy.
Mas, ¡ay, dioses soberanos!
¿Qué es esto? ¿qué es esto?
¡Cielos!
¿Qué sombra fría, qué hielos
tocando estoy, con las manos?
Criselio, en vano porfío.
¿Qué sombra, así, nos divide?
Quiero abrazarte, y me impide
que llegue a ti, dueño mío.
Cloe, ¿qué ilusión es esta?
Pienso que a tus brazos llego,
voy a abrazarte, huyes luego,
y abrazo sombra funesta.
Criselio, ¡ay Dios! Ya la sombra,
se desvaneció,
Ya es nada.
O estoy soñando, o turbada
imaginación, me asombra.
Ahora, Cloe, ¿no ves
el bulto negro?
Pues llega
a mis brazos.
Ya me ciega
la misma sombra, ella es.
Ahora, ahora se ha puesto
entre los dos.
Negro bulto
dónde:
¿Dónde te guardas, oculto,
que apareciste tan presto?
He de echarte mano, a ver
si teme, mas nada toco.
Yo estoy muerta.
Yo estoy loco,
Criselio, ¿qué puede ser?
¿Vees la sombra?
No la veo.
¡Oh mal logrados abrazos!
Llega, otra vez, a mis brazos,
porfíe, y venza el deseo.
La sombra, la sombra vuelve,
en medio, otra vez, se puso.
¡Qué negro horror, tan confuso,
en niebla oscura, se envuelve!
¡Ay, que me está amenazando!
¡Adiós, adiós!
Cloe, advierte,
¿cuándo he de volver a verte?
Criselio, yo no sé cuándo.
Fuerza de impulso divino
me lleva, violenta, ¡adiós!
Sombra puesta entre los dos
está, en medio del camino.
Entrase Cloe, y vaya fingiendo la voz, como quien se va alejando.
Criselio,
Cloe,
¿Qué aguardas?
Cloe, Cloe,
¿Así me dejas?
Mi bien, con razón te quejas,
tras ti voy.
Mucho te tardas.
¡Qué sombra! ¡Qué horror! ¡Qué miedo!
¿No me escuchas?
Ya te escucho.
Sígueme, sígueme.
Lucho
por ir tras ti, mas no puedo.
Adiós pues.
¡Qué despedida
tan triste! ¡Oh ciega ilusión!
Sale Cleon.
¿Criselio?
¿Cleón? ¿Cleón?
¿Qué tienes?
Estoy sin vida.
Perdí a Cloe.
¿De qué modo?
Cuanto imaginas, es nada.
Ya supe, de una criada
de Nais, la causa de todo.
Y pues aquel ciego antojo
de Niove, cesó ya,
también Nais cesará
como la causa el enojo.
La culpa tuvo el papel.
Cleón, el caso la tuvo,
no tu amistad.
Esa estuvo
más segura en ti, que en él.
Remediaremos el daño,
con facilidad, Cleon.
Con media satisfacción
envuelta en algún engaño.
Vase Crisel.
Pues habla a Nais, que allí viene.
Sale Nais.
No conviene, pensamiento.
Mas ¿cómo no, si a el intento
de mi venganza conviene?
Favoreceré atrevida
a Criselio, aunque me agravie;
padezca Cleon, y rabie
Cloe, como yo ofendida.
Pero importa a el mismo engaño
fingir, o templarme más
en mi enojo. ¿Amor, no das
otro remedio a mi daño?
¿Podrá llegar un rendido
a dar o pedir?
Cleon,
si es darme satisfacción,
es darme lo que no pido.
Si pedir que vuelva a hablarte,
pedir lo que no he de dar.
Ya sé que eres en el mar
firme escollo, sin mudarte.
Ya sé que eres arroyuelo,
hoy libre, ayer en prisión,
ya sé que hay comparación,
quejas, lágrimas, desvelo.
¿Tienes que decirme más?
Si no es ya que tu disculpa
hace dichosa tu culpa.
¡Oh, qué gracioso que estás!
¿Piensas que he tenido amor
a Níobe?
Bueno es eso.
Tu amor fue, Nais, quien travieso
buscó experiencia mayor.
Quise, pues, averiguar
si han hecho, mujer, los cielos
que por amar tenga celos,
y los sufra por amar.
Esto averiguaba yo,
y así, Nais, de celos baste,
que hasta tenerlos, amaste.
¿Luego no me has agraviado?
Eso es cierto.
¿Y por quién haces,
tan solícito, estas paces?
Porque las he deseado.
Por tu causa.
¿Por tu causa, o por la mía?
¿o porque tu amor las desea?
¿o porque, Criselio, vea
a Cloe, como solía?
Avisa a Criselio, pues,
que esta noche, puede hablar
a Cloe, que habrá lugar,
y reñiremos, después.
Yo haré, que Cloe lo espere.
Pues adiós, mi Nais.
Adiós.
Ya no hay queja, entre los dos.
Y siempre duda, quien bien quiere.
Ingenio, con solícitas acciones
logró, tal vez, desesperado enredo,
quede Cloe, también, como yo quedo,
pruebe el loco sentir, de estas pasiones.
También, ¡oh rabia!, a la amistad te opones
de Criselio, y Cleón, aunque con miedo
de vano porfiar, veré si puedo
dividir, tan unidos corazones.
Encantos sigo, y furias, de Medea,
piérdase la opinión, o la esperanza,
como vengada, de los tres me vea.
Ya lo he pensado todo, en fiel balanza.
Y aunque...
Y aunque el honor, tan grande peso sea,
en la mujer, más pesa la venganza.
Escena cuarta, del acto tercero. Hablan en ella Criselio, Nais, Alcino y Cleón.
Y sale Criselio solo, vestido de noche.
Noche piadosa, estas son
las paredes y las rejas,
por donde entraran las quejas
que salen del corazón.
Avisó Nais a Cleón,
y él a mí, que a Cloe puedo
ver esta noche sin miedo
de sombras, y así procuro
ver si, contento y seguro,
entre sus luces me enredo.
¡Qué obscuridad! No me asombra
noche obscura, antes me obliga.
Líbrame, pues, sombra amiga.
Cloe, Criselio te nombra.
Aviso interior te envío
del alma, ven, dueño mío,
donde ya, pues lugar tienen,
dulcemente se encadenen
los brazos:
los brazos, a su albedrío.
Sale Nais a la ventana.
Criselio ha venido, Amor
solicita su mudanza.
Lograré yo la venganza
de el más ingrato rigor.
¿Hermosa Cloe?
El temor
me hiela, el desdén me inflama.
Qué mal finge quien bien ama.
Vencidas ya las tinieblas,
como el sol, espesas nieblas,
resolvió sombras, mi llama.
Gracias a Dios, que dispuso
el verte, ya sin temores.
Ni de estimar tus favores,
ni de lograrlos, me excuso,
Criselio, el caso me expuso.
Luego ¿Nais eres? Perdona,
que Amor los yerros abona,
y el alma, aunque los condena,
en arrastrada cadena
continuos los eslabona.
¿He de hablarte? ¿He de perderme?
Mil gracias te debo dar
de que a Cloe des lugar
Nais hermosa, para verme.
Yo estoy aquí, Cloe duerme.
Si esto pasare adelante,
sin duda en mi fe constante,
hallará, Nais, su castigo.
Cleon, su mayor amigo,
Cleon, su más firme amante.
Mas huir las ocasiones
es la mayor valentía,
¡oh Amor! en desdicha mía
nuevos prodigios opones.
Criselio, si culpa pones.
Vete, que siento ruido,
y al punto, que haya venido
Cleon, diré que lo esperas.
Vase, Nais.
Desengañadas quimeras
todo lo habemos perdido.
¿Qué aguardo aquí? Mi pasión
mi propio verdugo fue.
En dudas dejo mi fe,
mi firmeza, en opinión.
Venga, o no venga Cleon,
voyme ofendida.
¿A esto llega
Amor? ¿Tan fácil se entrega?
Bien averiguado está.
¡Qué poco da, cuando da!
¡Qué poco niega, si niega!
Vil gusto, leve placer,
¡qué desengaño! ¿Qué es esto?
Nerea, otra vez, se ha puesto,
¿entre el amar y el temer?
Sin duda quiere volver
a aconsejarme, y la fama
dice, y a voces me llama,
que de sí misma se olvida
la virtud, muerta o dormida,
en los brazos de una dama.
Ganó el vellocino de oro,
gloriosamente, Jasón,
y esta es la emulación
de gloria, no de tesoro.
Criselio soy, si yo adoro
a Cloe, él quiso a Medea.
Quien ama, ¿qué no desea
lograr con tiempo el favor?
Veamos a Cloe, Amor,
y no sigamos a Nerea.
Cleón se tarda, ya es hora
de hablar a Cloe, allá suena
ruido de una cadena;
segunda vez sonó ahora.
La misma razón adora
hermosura tan gallarda.
Quiero entrar, que Cloe aguarda.
Ya se oye, más cerca, el son.
¿Si es fantástica ilusión
que mi ardimiento acobarda?
Divina Cloe, ¿qué espero,
si ya la ocasión convida?
¡Dioses, piedad, no lo impida
sombra de rigor más fiero!
¡Qué aspecto aquel tan severo!
¿Qué es esto? Horrible figura
viste amarillez obscura,
funesta sombra de Alcino,
que opuesta ya en el camino
viene a impedir mi ventura.
Salga Alcino, el rostro mortal, vestido a lo romano, que parezca viene ardiendo en llamas, con un manto largo arrastrando, la mano puesta en la espada, en cabello, y andando muy de espacio.
Criselio.
¿Qué me quieres?
¿Por qué me busca, o nombra
voz de difunta sombra?
¿Sabes quién soy, Criselio?
Alcino eres.
Yo, pues, que muerto habito
tristes lamentos de infernal Cocito,
dejo el sepulcro helado,
el cuerpo animo y obedezco al Hado.
Compulso mensajero
soy de deidad suprema,
que aquí también me quema
fuego invisible de rigor severo,
con llamas inmortales,
para que veas en eternos males,
como en temprana muerte
vivo ejemplar de desdichada suerte.
Allá, en mente divina,
que antevió el mismo efecto,
condicional decreto
a fines soberanos te destina.
Ya en tu edad se espera
emulación de la virtud primera,
que coronó las frentes;
a dichoso escarmiento
te impele ajeno daño.
No creas al engaño
de blando amor, con fácil ardimiento.
En ocio torpe yaces
entre el descanso vil de indignas paces.
Teme a los dioses, mira
en mí, como en ejemplo, su gran ira.
Yo, pues, aunque forzado
de alto imperio, te aviso
que vas al fin preciso
de igual desdicha, como yo, engañado.
Criselio, abre los ojos
a las victorias, triunfos y despojos
de que tú serás dueño
mientras los cierro yo a mi eterno sueño.
Desaparece Alcino con alguna tramoya.
Alcino, Alcino, en nada,
desvanecido el bulto,
vives, silencio oculto,
sombras habita de región helada.
Sale Cleón.
¿Criselio?
Tarde vienes,
volvámonos, Cleón.
¿Cómo? ¿Qué tienes?
Avisos son del cielo.
Bañado estás en un sudor de hielo.
¿Has visto a Cloe?
Amigo,
no la veré en mi vida,
Lloraréla perdida
en el ejemplo de un fatal castigo.
No entraste, Crisel, fuise apenas
cuando un horrible son, de unas cadenas,
no sombra, el mismo Alcino,
en proprio cuerpo, me salió al camino.
No más lascivo juego,
de amorosos placeres.
Cleón, otro yo eres,
si en llamas ardes, de amoroso fuego
yo ardo, y me consumo.
Mas arda, y calle, aunque me ahogue el humo.
Que no he de exhalar quejas
sino cerrar a Amor ojos, y orejas.
Querré mientras viviere
a Cloe, agradecido,
mas no le daré oído,
bien que de mis tesoros, si ella quiere
será, como yo, dueño.
Criselio, eso también, parece sueño.
En tanto, que te escucho,
nada te digo, por decirte mucho.
Engaño manifiesto
de vana hechicería.
Turbó tu fantasía.
Yo vi a Alcino, Cleon, no dudes de esto.
Yo soy todo de Marte,
y ocioso a Venus di la mayor parte,
y hoy con portento extraño
me amenazó divino desengaño.
Criselio, admiro el modo,
vamos a tu aposento,
cobrarás nuevo aliento,
con que discurras, más de espacio, en todo.
Bien dices, ven conmigo.
¿Cuándo has de ver a Cloe?
Ya te digo
cuál en mi fe se halla
a Cloe amalla, y no enamoralla.
Vanse los dos.
Escena quinta del acto tercero. Hablan en ella.
Menipo, Nerea, Níobe, Nais, Cleon, Cloe.
Criselio, Anfíloco, Júpiter.
Salen Menipo y Nerea.
¿No vengo galán, Nerea?
Como tú estés satisfecho
de tu gala, galán vienes,
Menipo, para ti mesmo.
Vivimos los confiados
muy holgados, muy contentos,
El pensarlo yo es lo más,
y aprobarlo tú es lo menos.
Heme vestido de gala
por adular a Criselio,
que es hoy el dichoso día
de su feliz nacimiento.
¿No será bien que en mis libros
hojee algunos remedios,
con que, desvalido, sane?
Ni hay remedio, ni lo espero.
Curástele vulgarmente
con sangrías de desprecios,
con jarabes de rigores,
con una purga de celos.
Sin ver los pulsos del gusto,
los humores del deseo,
y tu común medicina
ha dado fin del sujeto.
Pues bien, ¿qué se me da a mí?
En mí vivo, a mí me quiero.
Toda esa filosofía
es un flaquísimo esfuerzo
de tu enojo.
Ha de curarme,
o matarme el escarmiento.
¿No me das algo?
¿Qué quieres,
si no tiene cura un muerto?
Níove es esta.
Sale Níove.
Amor loco,
ya te burlo, y me divierto,
piadoso fuiste conmigo,
pues, aunque te pintan ciego,
a mí me abriste los ojos,
con que tus engaños veo.
¿Níove hermosa?
¿Menipo?
¿Es por acá de provecho
el algrevista de amor?
Amigo, buena me siento.
¿Y aquel dolor?
El dolor
se quitó.
¿Con qué remedio?
Con un emplasto de días.
Es diaquilón de los cielos.
Con todo ha de haber flaqueza,
o rastro de sentimiento.
Y apuntará el dolorcillo,
con la mudanza de el tiempo.
Cuando quedasen reliquias,
con solo buen regimiento,
convaleceré de el todo.
Nunca tu mal fue de riesgo.
Con destemplanza caliente
se relajó un pensamiento.
Desconcertose la parte,
y en estos males pequeños
basta el emplasto que dices.
Voyme, pues, aunque merezco
un doblón por la visita.
Señor doctor, no hay dinero.
Sale Nais.
Ya es esa mucha salud,
mas por vida de Galeno,
que si enfermáis otra vez...
Nais viene, a este mal me atengo.
Esta sí querrá mi álgebra,
que no hay parte en sus deseos
que no esté desconcertada.
Alevoso amor, ¿qué es esto?
Medea engañada soy,
que aunque sus hechizos pruebo,
a mi Jasón enemigo,
no lo gozo, si lo ofendo.
¿Nais?
¿Quién es?
El algebrista.
Ponzoña oculta me ha muerto.
Ineficaz será el arte
contra tan fuerte veneno.
Tú verás cómo te sano.
Si no ha de ser de provecho,
no infames la medicina,
honra tus medicamentos.
Pues págame esta visita.
No quiero, porque no quiero,
que vuelvas a visitarme.
Con un doblón me contento.
No hay doblones.
Sea un escudo.
No hay escudo.
Mas que vengo,
a ser doctor de vellón,
¡que haya quien nos dé dineros!
Salen Cleón y Cloe.
Cloe, Criselio obedece
a el pecho, que no está exento
de este yugo, el que le pone
común, sobre tantos cuellos.
Beneficio es de los dioses
que escarmiente, en el ejemplo
de Alcino.
Deja, Cleón,
para mí los escarmientos.
Yo imito a Criselio, Cloe,
y con igual juramento
los dos, él a ti, yo a Nais,
votamos amor eterno.
Sin ofensa de los dioses
terminando los deseos,
entre los límites puros
de Amor, que vive en sí mesmo.
Como el fuego, que en su esfera
inmediato, siempre, al Cielo,
dura, en sí mesmo, inmortal,
sin leña, ni otro alimento;
hoy que celebra sus años,
de parte suya, te ofrezco
su autoridad, sus tesoros.
Sin él, ¿para qué son buenos?
Dile que no le hallo a él,
en todo ese ofrecimiento,
pero si en sus desengaños
me diere parte, esa acepto.
Criselio viene, yo salgo
a recibirle.
Yo llego,
sin tu licencia, a curarte,
que estás en notable riesgo.
Dame, y pide cuanto quieras.
Doyte las ansias que tengo,
y pídote que me dejes;
vete con Dios.
Esto es hecho.
Yo me voy.
Yo me voy, no hay más fingir,
avisar al mundo quiero,
que todo álgebra es embuste,
todo médico, embeleco.
Vase Menipo.
Salen Criselio y Cleón, muy galanes, y acompañamiento, al son de muchos instrumentos.
Héroes, que a Tesalia honráis,
con glorias de ilustres hechos,
ninfas, que como a Diana
diosas, también, os respeto.
Hoy, con secretos anuncios,
repite el sol el primero
día que gocé su luz,
hoy vida y años comienzo.
Hoy, al santo desengaño
voto altar, consagro templo,
ofreced a su deidad,
sino holocaustos, deseos.
¿Al desengaño? A ti solo,
¡oh, Anfíloco!, reverencio.
¿Cómo no vengas tu agravio?
¿Cómo sufres mi desprecio?
¿Para cuándo son las furias?
¡Oh, Anfíloco del Infierno!
Tu promesa ha sido vana,
tú aseguraste mis celos.
Que Cleón olvidaría
a Níobe, y ella, ardiendo,
siempre amaría a Cleón,
y que no vería Criselio
a Cloe, sin querer yo.
Anfíloco, no lo quiero,
arda Níobe, Cleón
se hiele, y obscuro velo
divida a Criselio y Cloe;
muestra tu poder inmenso.
Alborótanse todos.
¿Qué nuevo ardor siento en mí?
Diana, aplaca este fuego.
Amor, en mi desengaño
soy firme estatua de hielo.
¿Cómo a Criselio me escondes?
Venus, ¿qué ofensa te he hecho?
¡Oh, Júpiter soberano!
¿Cómo sufres, justiciero,
que mágica hechicería
perturbe así mi sosiego?
Suene gran ruido de tempestad, y turbados todos:
Todos se han de ir, por su orden, como lo dicen los versos.
Ya comienza mi venganza.
Socorro, Cleón.
¿Qué es esto?
¿Criselio, amigo?
¡Ay de mí!
Cloe, Cleón, santo cielo,
Júpiter, venga este agravio,
muéstrate al mundo severo.
Aparece en un monte el mago Anfíloco con una vara en la mano.
Experimentad mi enojo,
pues el altar y el incienso
vuestra obstinación me niega.
Júpiter, en una nube, como le suelen pintar, con rayos en la mano, se aparezca, bajando del cielo.
¿Quién es este, que mintiendo
deidad, usurpa mis rayos?
Loco Anfíloco, soberbio,
¿así a los dioses te atreves?
¿Sacrílego? ¿Así resuelto,
a Apolo hurtas la ciencia,
y a mí los rayos y truenos?
Júpiter soy, que obligado
de los poderosos ruegos
del gran descendiente mío,
a darte castigo, vengo.
Monte, apártate, y tú mira,
ya libres de sus afectos,
a los héroes de Tesalia,
que en nuevas formas, convierto.
Suene música y ábrase un monte en dos partes, y dentro de él, aparezcan en lo más alto Criselio incorporado en un sol grande con rayos de oro en torno de él, y a su lado derecho Cloe convertida en un lucero, con rayos de plata, y al otro lado Nerea, convertida en otro lucero, con los mesmos rayos, y en lo bajo en el medio Cleón, convertido en un gran mirasol, adornado de muchas flores, mirando a Criselio, y a sus dos lados Tais, convertida en una adelfa muy florida, y Niove en una mosqueta también con muchas flores. Las damas han de estar con los cabellos sueltos, y los galanes en cabello; y detrás de todos, un celaje en lo alto, y en lo bajo un campo. Y prosigue Júpiter.
Este que de luz vestido
alumbra ambos hemisferios,
enriqueciendo las almas,
vivificando los cuerpos:
este, que en carroza de oro
tiene en su mano el gobierno,
rayando siempre virtudes,
vivo sol, este es Criselio.
Esta flor permaneciente,
de la amistad raro ejemplo,
heliotropo o miraflor,
que siempre al sol va siguiendo,
es Cleón, que por instinto
de su inclinación perpetuo,
en el mismo sol que sigue
busca esplendores eternos.
Esta, que recibe rayos
del sol, porque ya es lucero
de la mañana, es Nerea,
con limitados reflejos.
Delante del sol camina,
porque fue amada primero,
y ahora en oscuro ocaso
de justo olvido se ha puesto.
Esta, que a el Sol acompaña,
hermosa Estrella de Venus,
Lucero ya, de la tarde,
Luz, y admiración de el Cielo;
Es Cloe, que en su Horizonte
salió después Astro bello,
y permanece, en los rayos,
que está de el Sol, recibiendo.
Níobe, Candor de Nieve
breve Efímera, en su incendio,
exhalación encendida,
y apagada, a un mismo tiempo;
Es bellísima Mosqueta
que desmayada, en su aliento,
corta dicha fue, de Amor,
olor mucho, y poco esfuerzo.
Nais, altiva Competencia
de su mismo pensamiento,
envidia de su hermosura,
Emulación, de su Ingenio.
Apetecida Ponzoña
Sabia Crueldad, rigor bello,
Adelfa es ya, que en sí tiene
la hermosura, y el Veneno.
Anfíloco, ya lo has visto.
Pues, ¿qué importa? Ya lo veo.
¿Quién son los dioses conmigo?
Ahora lo verás, blasfemo.
Sírvate todo este monte,
de pesado monumento.
Ábrase el monte donde estaba Anfíloco, y tráguelo, habiendo Júpiter arrojado un rayo, precediendo el ruido de un gran trueno. Y vuélvase a cerrar el otro monte desapareciendo con gran estrépito, y cantan dentro.
Decid que Júpiter viva.
Viva Júpiter eterno.
Arrebátase Júpiter al cielo. Y se ha de advertir, que todas estas acciones se han de ejecutar a un tiempo, de modo que el mago se hunda, los transformados se encubran, y Júpiter se arrebate, y cante la música.
Fin de la fábula.