à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de En el martirio el descanso y en el descanso la muerte, San Vicente mártir. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/en-el-martirio-el-descanso-y-en-el-descanso-la-muerte-san-vicente.
Comedia Nueva. En el martirio el descanso, y en el descanso la muerte. San Vicente mártir. De un ingenio murciano. Personas que hablan en ella.
Vicente. Valerio, arzobispo de Zaragoza. Silote, gracioso cristiano. Daciano, prefecto de Roma. Octavio, capitán. Sulvio, gracioso gentil. Soldados romanos. Fenis, dama. Julia, dama. Leonor, criada. Claudio, galán. Un paje del obispo. Dos ángeles.
Suena clarín y tambor, y dicen dentro.
Los dioses vivan, y Diocleciano,
y su prefecto fiel, el gran Daciano.
Sale Daciano, Octavio y soldados.
Vivan los dioses, repetid atentos,
y del romano imperio los portentos;
logrando sumergir en crudo abismo,
a la secta fatal del cristianismo;
en cuyos individuos, mis rigores,
desean ver saciados sus ardores.
¡Viva el romano imperio, viva...!
¡Viva!
Y el gran Diocleciano, en quien estriba
el régimen de Roma, y aun del mundo,
siendo primero en todo, sin segundo,
Dios visible en lo humano.
Los Dioses vivan, y Diocleciano.
Como su Adelantado, y su Prefecto,
obediente a sus órdenes, y recto,
prometo perseguir todo cristiano,
que secta enseñan.
¡Viva Daciano!
Pues porque nadie alegue de ignorancia,
de Zaragoza, en toda la distancia,
fíjense edictos, y publique el Bando,
como el Romano Imperio cedió el mando
en mí, para extinguir cristianos ritos
... o castigar delitos.
De Roma los peritos Parlamentos,
confieren a mi celo sus acentos:
pues me decretó su adelantado,
soy yo...
por quien de la grey de... Jesús...
suene animado el bronce belicoso,
y el parche en su susurro oficioso,
contra la pravedad infiel villana,
de la reproba gente vil cristiana:
deponiendo sus ciegas falsedades
y tributando incienso a mis Deidades.
Y porque no haya instante en que el acento,
no le dé timbres al Romano intento,
repetid siempre audaces,
que muera Jesucristo, y sus secuaces.
Muera todo cristiano,
y viva nuestro Imperio, y Diocleciano.
Corra por Aragón, y toda España,
publicación de mi rigor, y saña:
y los Dioses, testigos
serán de los castigos,
que vibre mi fiereza,
a la pérfida, bárbara entereza,
de cristianos blasones,
si a los Dioses no dan adoraciones:
y al sumo Emperador Diocleciano
absoluto Señor.
¡Viva Daciano!
Vanse los de vestirlo pronto
Y yo protesto con protesta ufana,
tocar a las cristianas la Pavana;
y a todos los cristianos,
que a Baco no ofrezcan muy humanos,
en sacrificio cruento,
los disciplinaré con un sarmiento:
y en la áspera prisión de jaraíces,
les daré con un cepo en las narices:
y en una mesa de lagar cogidos,
entre tablero, y pleitas oprimidos,
apretaré las tuercas de tal modo,
que en cada vello, les llore un codo,
si no es que en cada vello,
haya remedio, para garrotillo.
A cristianos viles,
atizad del Dios Baco los candiles,
y tributadle adoración en tragos,
si no queréis indignación, y estragos:
Y mientras trueco a prácticas intentos,
decid que viva el Dios de los sarmientos.
Y allá en los tabernáculos invictos,
del gran Dios Baco fijen los edictos.
Advirtiendo el reclamo,
donde no hay vino, no se ponga ramo:
que es delito indino,
apunte el ramo, y no deslumbre el vino.
Vase. Salen Vicente, el Arzobispo Valero, y algunos cristianos de la militante iglesia.
Demuestre Dios la Ley viva,
y la fe de Jesucristo.
Viva, reine, triunfe, y venza,
por los siglos de los siglos.
Oíd, nobles soldados,
con la sangre redimidos
de aquel que nació, y murió,
para redimir cautivos:
leones (vuelvo a decir)
alzad hasta el cielo el grito,
no os embarace el temor,
no os acobarde el suplicio,
que morir en la defensa,
de nuestra Ley, y sus ritos,
es desalvar a el infierno,
y es gratular a el empíreo.
Y vos, heroico Valero,
insigne, regio Arzobispo
de Zaragoza, prelado,
en virtudes esclarecido,
(con cuya licencia, a el pueblo
fortalezco en el aprisco,
aunque me contemplo indigno
de ejercer tal magisterio)
hoy, más que nunca, rendido,
a tus religiosas plantas,
con fiel ansia te suplico,
padre amado, te retires,
de tan próximo peligro,
que pues tengo tu licencia
y tu diácono, me miro:
yo resistiré la furia,
de este idiota basilisco,
de este azote de cristianos,
de este adversario de Cristo.
Siempre que hable el Arzobispo ha de manifestar balbucencia.
Vicente, ¿qué es lo que dices?
¿qué pronuncias, hijo mío?
¿Yo me había de ausentar?
pues ¿no contempla tu juicio,
que si el pastor se retira,
van los rebaños perdidos?
Padre, maestro, y señor,
bien que te ausentes indico,
por el inmenso amor,
que te profeso.
Colijo
de tu fineza el exceso:
pero siendo el caudillo
de esta diócesi, y cabeza,
de todos sus individuos,
¿qué ejemplo, Vicente, diera
con la fuga?
Padre mío,
con lo mismo que me arguyes,
la conclusión examino.
La ausencia nos asegura,
tu persona, y del retiro,
se sigue evitar el riesgo
de que bárbaro cuchillo,
corte su vida, y su muerte,
embote villanos filos.
Y no es dado no, señor,
ver postrado el caudillo,
o verle muerto, pues muerto,
se aumentan los peligros,
los que pueden repararse
ausente, por estar vivo.
Las mismas sagradas letras,
te instruyen en este aviso,
pues dice el texto sagrado,
que luego que a Jesucristo,
en el huerto le prendieron,
apóstoles, y discípulos,
dieron a huir.
¡Ay, Vicente!,
todo eso estaba previsto:
y en ese mismo ejemplar,
hallo mayor incentivo,
para imitar a Jesús,
a quien consagro y dedico
en oblaciones rendidas,
las potencias, y sentidos.
Dices bien, sagrado padre,
que una cosa es el camino,
y otra la Ley, y la fe,
de nuestro Dios, uno, y trino,
que en dichoso carácter,
en el bautismo adquirimos,
cuyo cristiano renuevo
nos viste el divino espíritu,
denudando de las almas
originales delitos.
Y así, esforzado Valero,
no me opongo a tus designios;
antes a tan santo ejemplo,
mis afectos reducidos,
es mi voluntad tan tuya,
que a tus órdenes me alisto.
Suena clarín, y dicen dentro.
No quede esquina, ni plaza,
del zaragozano circo,
sin que se promulgue el bando,
y se fijen los edictos.
Todos dentro
¡Viva el gran Diocleciano,
y extíngase el cristianismo!
¡Oh errados ciegos gentiles!
Vuestra es la causa, Dios mío;
¡oh, quién mil vidas tuviera,
que dar por vos al martirio!
¡Oh, quién, en la misma muerte,
hallara nuevos arbitrios
de vivir, para ofrecerse,
nuevamente al sacrificio!
¡Oh, quién como otro Jonás,
en la ballena metido,
se hallara, y lo vomitara,
en el país Ninivito!
Pues, Vicente, a pelear,
contra este escuadrón nocivo.
Pues, señor, a contener,
y destruir enemigos.
Pues tu licencia obtengo,
en evangélicos trinos,
seré clarín de la fe,
publicando guerra activo,
contra los monstruos que a Dios
niegan, y usurpan dominios.
Pues para que a la defensa,
se dé acertado principio,
vamos al templo, Vicente,
a implorar de Dios auxilios.
Vamos, que Cristo amoroso,
a su sol mismo sigo:
y para agradar a Dios,
y obligarle a un tiempo mismo,
en la contraposición,
del gentílico bullicio,
digamos con reverencia,
aterrando al gentilismo:
¡De nuestro Dios la ley triunfe,
y viva la fe de Cristo!
¡Viva, reine, triunfe, y venza,
por los siglos de los siglos!
Vanse, y se queda Sifón
Tocan clarín
¡Viva, reine, triunfe, y venza,
por los siglos de los siglos!
Buen católico me hallo,
y mal cristiano me miro.
Si yo obrara como creo,
cierto que fuera un bendito.
Yo creo en Dios grandemente,
pero le amo muy poquito,
que las pasiones me traen,
siempre como remolino.
Si es el juego me estimula,
me hace cosquillas el vino,
el ocio es mi profesión,
y la pereza es mi asilo,
y lo que más me combate,
es el sexo femenino,
y en fin soy un seminario,
o sementero de vicios.
¡Oh, pasiones! ¡Oh, pasiones!
¡Oh, pensamientos malditos!
Si la fe es muerta sin obras,
yo debo de estar precito.
Muerta está mi fe sin duda,
y uno casi lo mismo.
Ea, fe a resucitar,
que ha venido un asesino,
de cristianos, y de fieles,
que antecede al Anticristo.
Dicen que Diego Daciano,
(que es emperador impío)
le envía con comisión
de ser un rompe gaznates,
un sangrador de gargantas,
un enjalmador de hocicos,
un santiguador de espaldas,
un viviente tabardillo,
una prolija terciana,
un pérfido garrotillo,
un quitador de pellejos,
un proveedor de grillos,
un desollador de nalgas,
un salteador de orificios,
un pirata del resuello,
un señor de colodrillos,
un esfinge, un panteón,
un farón, un cocodrilo,
un dragón, un serpentín,
un zirotaco, un, un,
¡válgame San Agapito!
¡Viva el gran Diocleciano,
y extíngase el cristianismo!
¡Sí, malhaya Diego Daciano,
y quien su nombre ha traído!
De esta vez en mi garganta,
se ejecutan aforismos,
el mártir de Zaragoza,
me contemplo, y examino,
mas seré mártir purgado,
según lo que yo destilo.
¡Venza de Dios la ley viva,
y la fe de Jesucristo!
¡Viva, reine, triunfe, y venza,
por los siglos de los siglos!
Con estos cristianos ecos,
me conformo, y regocijo,
yo me voy a incorporar,
con nuestro Santo Obispo,
o a su diácono Vicente,
que en tropas distribuidos,
van animando a los fieles,
a la fe de Jesucristo.
Vase.
Suena clarín, y tambor, sale Octavio, y algunos Soldados.
En la puerta de este templo
póngase también edicto,
que así lo manda Daciano,
por nuestro César invicto;
y prosígase la marcha,
a cumplir lo prohibido,
sin que cesen los acentos,
de decir alternativos:
¡Viva el gran Diocleciano,
y extíngase el cristianismo!
Repiten los Soldados: ¡Viva, etc.
Salen el Arzobispo, Vicente y algunos cristianos.
De nuestro Dios la ley viva,
y la fe de Jesucristo.
Viva, reine, &c.
Pues llegamos al templo
después de haber conmovido
los fieles a la constancia
de ofrecerse a los martirios,
en defensa de la ley,
y de nuestro Dios: rendidos
ante divina presencia,
con afectos encendidos,
hagamos protestación,
de sacrificarnos.
Ese es de agradar al cielo
el verdadero camino;
que con la resignación,
de un ferviente espíritu,
el más áspero rigor,
parecerá bien tranquilo.
Descúbrese un altar y en él colocadas una imagen de un crucifijo, y otra de María Santísima del Pilar; arrodillado el Arzobispo, arrodíllense todos los demás a su imitación de rodillas.
Soberano Dios y hombre,
Señor humano y divino,
por vuestro pueblo mirad,
atended a vuestro aprisco,
llenadlos de vuestra gracia,
colmadlos de vuestro auxilio,
porque vuestra fe se exalte,
y vuestra ley logre vistos,
y pues sois sol de justicia,
dadnos luz en tal conflicto:
Y pues sois sin sombra luna,
oh piadosa, dirigidnos.
Amparando,
protegiendo,
a vuestro pueblo afligido.
Que yo, aunque indigno pastor,
Que yo, aunque levita indigno,
Cual Moisés comandante,
Cual David enardecido,
Me opondré a este Faraón,
protector del gentilismo.
Venceré a este filisteo,
desviando sus designios.
Se inclinan a María Santísima.
Y vos, divino milagro,
Y vos, celestial hechizo,
De las virtudes emporio,
De las gracias prototipo,
Asumpto de privilegios,
De las piedades archivo,
Hija del Eterno Padre,
Madre del Eterno Hijo,
Del Espíritu Santo esposa,
Símbolo del uno y trino.
Pues sois de clemencia madre,
Pues sois madre de afligidos,
Amparadnos piadosa.
Dadnos vuestro patrocinio.
Contra esta invasión tirana,
Contra este monstruo nocivo,
Porque la ley de Dios triunfe.
Y venza la fe de Cristo.
Viva, reine, triunfe, &c.
Levántanse, y corren cortinas.
Ya ves, Vicente amado,
y discípulo querido,
que padezco balbucencias,
y que el aliento oprimido,
aunque el pecho brote ardores,
no puedo lo que concibo,
dar a luz, por la torpeza,
que padezco en el sentido.
A mi corazón, y al tuyo
se le han de ver los efectos,
para predicar la fe,
y la ley de Dios; peregrino,
de las calles, y las plazas
ocupa público sitio.
Insinuando la constancia,
en los preceptos divinos,
y en la fe, como otro Pablo,
siendo su voz ejecutivo,
a que se ofrezcan gustosos,
los fieles al sacrificio.
Con el alma, con la vida,
con potencias, y sentidos,
con ansiosa voluntad,
protesto, juro, y afirmo,
sin reparar en los riesgos,
atropellando peligros,
no tan solo predicar,
en doctrinal ejercicio,
el evangelio Santo,
en caso de ser preciso,
para dar ejemplo a todos,
yo voluntario al martirio.
Y yo ansioso de imitar,
tus modales fijo mío,
revistiendo mi flaqueza,
de los católicos bríos,
Argos de la honra de Dios,
y Pastor aún a un tiempo mismo,
iré animando a los fieles,
con palabras, y con signos,
y metante, predicando,
con atentos repetidos
de nuestro Dios la ley viva,
y la fe de Jesucristo.
Viva, reine, &c.
Viva el gran Diocleciano,
y extíngase el cristianismo.
Salen Gilete afligido, y asustado.
¡Oh quién pudiera esconderse,
en el vientre de un mosquito!
¿A dónde vas tan asustado?
¿A dónde vas tan afligido?
Ilustrísimo Señor,
de Zaragoza Arzobispo,
noble Diácono Vicente,
¿dónde he de ir? fugitivo.
Por que sino lo hago así,
está mi vida en un hilo.
Y para esto, dicho fiscal,
hay tijeras, hay cuchillos,
hay hogueras, hay tenazas,
hay parrillas, hay martillos,
hay garfios, sogas, cordeles,
hay disciplinas, silicios,
hay verdugos, hay sayones,
hay chuzos, lanzas, palillos,
hay un gran ciego capitán
que comanda los ministros,
que hieren, que despedazan,
(con las órdenes del Decio)
a todo aquel que profesa,
la ley, y la fe de Cristo.
Yo para ser cristiano,
y fino del catolicismo,
no necesito morir,
sin calentura, ni frío,
con los brazos aserrados,
y tronchados los tobillos;
yo no me atrevo a aguardar,
porque soy muy mal sufrido.
Vase Gilote.
Aguarda.
¿Qué he de aguardar, padre mío?
¿He de aguardar me suceda,
lo que a otros ha sucedido?
Cuando por calles, y plazas
por arrabales, y ejidos,
no se ven sino mondongos,
de hombres, mujeres, y niños?
Sin cuento que vi quemar,
arrastrar ochenta y cinco
atenazar cuatrocientos,
y en fin en todo el recinto
de Zaragoza, no hay,
o apenas se hallará sitio
donde la muerte no ponga
en ejecución su oficio.
Y sobre todo, señor,
lo que más me ha confundido
me ha erizado, y me apasma
en las tragedias que he visto,
fue el ver capar a sesenta
que de contarlo tirito.
Benditos sean de Dios,
los incomprensibles juicios
Dios que da lugar al daño,
dará lugar al alivio.
Gilote; no te confundas,
ríndele a Dios tu albedrío
no te retires, ni ausentes,
ese es espíritu maligno,
que te impele, ofrécete,
con designación propicio,
(en defensa de la ley)
si te conviene al martirio.
Haz reflexión amorosa,
de que piadoso, y benigno,
Jesús cordero inocente,
(Señor en todo infinito)
por el pecado de Adán,
en que fuimos comprendidos,
por ti, y por mí, se ofreció,
grata ofrenda, al sacrificio:
que siendo Señor de todo,
con universal dominio,
se hizo hombre, y padeció,
intemperies, desabrigos,
persecución, desamparo,
hambre, sed, calor, y frío:
que fue preso, maltratado,
atropellado, oprimido,
injuriado, blasfemado,
y como esclavo vendido:
que se sujetó a miserias,
que negó a los alivios,
que quiso ser sentenciado,
que pagó el mal que no hizo.
Y en fin afrentosamente
en un público suplicio,
padeció muerte de cruz,
con voluntad, y amor fino,
por librarnos del demonio
y sus tartáreos abismos;
cerrando así los infiernos,
y abriendo así el Paraíso.
Haz reflexión juntamente
de aquellos crueles cuchillos,
que el corazón de María,
(Emperatriz del Empíreo)
pasaron, y penetraron;
en cuyo dolor activo,
a no conservarla Dios,
falleciera entre suspiros,
viendo a su hijo padecer,
por los ajenos delitos.
Contempla la gran fineza
del Padre eterno, que al hijo,
lo entrega a la crueldad,
para vernos redimidos.
Atiende a las singulares
finezas de Jesucristo,
pues te dio ingreso a la Iglesia
por las puertas del Bautismo.
En fin, advierte, examina,
que te crio, que te hizo
su imagen, y semejanza
que te dio cinco sentidos
y que ilustró con potencias
lo racional de tu espíritu.
Mira que todo cristiano
está sentado en el libro,
de la cristiana milicia:
donde está su nombre escrito,
con la sangre de Jesús:
Gilote, no reducido
a cobardía te borres,
debiendo estar advertido,
que solo aquel que pelea
es de la corona digno.
Estas, y otras reflexiones
hicieron dejar el siglo,
(a la Tebaida poblando)
varones esclarecidos.
Con estas meditaciones,
escuadrones infinitos,
de cristianas gentes, fueron
a entregarse a los martirios,
en defensa de la ley:
pues ¿cómo tú en advertido,
das la cara a los temores,
y la espalda al enemigo?
Pertréchate de fervores,
contempla a la fe castillo
inexpugnable; no temas,
ardides del gentilismo.
Toque al arma tu esperanza,
la caridad frague tiros,
la constancia erija muros,
cale el desvelo rastrillos,
la estacada encubierta formen,
los mentales ejercicios:
y atendiendo siempre al foso
(estanque de los perdidos)
el corazón centinela,
de todo riesgo dé aviso:
para que en la plaza de armas
que es el alma, muy altivos,
los afectos valerosos,
en su Dios contemplativos,
enarbolen de Jesús,
el estandarte divino,
que es la soberana cruz.
Pero si acaso el destino
(por justos juicios del cielo)
diese lugar, y permiso,
a que las tiranías suertes,
(con cruento rigor impío)
abrasen, triunfen, devoren,
los racionales castillos:
armados de fiel paciencia,
de constancia revestidos,
teniendo a Dios por objeto,
su ley, y su fe, rendidos,
a su inmutable decreto:
con místico regocijo,
sacar de las penas, gozos,
de los tormentos, alivios,
de las congojas, consuelos,
de los afanes, deliquios,
de las fatigas, trofeos,
laureles de los cuchillos,
de las ansias, bríos,
coronas, de los castigos,
de lo temporal, lo eterno,
banquetes de los suplicios,
de los rigores, las palmas,
y gloria de los martirios:
para que triunfe la fe,
y viva su autor invicto.
Viva, reine, triunfe Cristo.
Bendita sea tu boca,
bendito sea tu pico,
bendita sea tu lengua,
y tus acentos benditos.
Maldito sea el demonio,
que me influía maldito,
que me ausentara, y huyera,
de tanto bien como has dicho:
perdóname, lo rebelde,
admite, lo arrepentido:
tus consejos, son de Dios,
y con ellos me resigno.
Ya se fueron los temores,
las tibiezas, ya se han ido,
católicamente estoy
a padecer convenido;
porque tu voz, es volcán,
que trocó en fuego, mi frío.
Ármese una encamisada,
y démosle a la fe un vítor.
Dentro
Pagarás tu atrevimiento,
con la vida...
¡Jesús mío,
recibe mi alma en tus manos!
Sale un paje del arzobispo
Valor falta en los sentidos.
¿Qué te aflige?
Una desdicha
sobre las muchas que he visto.
Mal dije, en decir desdicha,
pues ya el caso sucedido,
lo que infortunio es del cuerpo,
es triunfo para el espíritu.
Del palacio episcopal,
para buscaros salimos,
los capellanes, y pajes:
y al mirar unos edictos,
en las paredes del templo,
fijados, cuyo esculpido
en bárbaros caracteres
menos prestó al cristianismo:
de la honra de Dios, llevado,
tu capellán Evaristo,
edictos iba rompiendo:
a cuyo tiempo un ministro,
(de ese bárbaro Daciano)
sacando un alfanje, dijo,
pagarás tu atrevimiento,
con la vida... y él rendido
más a la fe, que al rigor,
pronunciando, Jesús mío,
recibe mi alma, en tus manos
dio la cerviz a los filos.
¡Oh dichoso capellán!
¡Y feliz soldado de Cristo!
Pues aún quedan en el templo,
edictos; que uno distingo
en el pórtico fijado.
¡Qué sacrílego delito!
Si a las consagradas manos
de Oza, no fue permitido
llegar a tocar el arca,
y se quedó de improviso,
por su osada inadvertencia,
a cadáver reducido?
¿Cómo a sacrílegas manos,
Señor, habéis permitido,
que ultrajen vuestro decoro:
y con impulso atrevido,
adonde vos residís,
tan lealmente efectivo,
con impuro atrevimiento,
deroguen cristianos ritos?
¡Pero sois incomprensible
Dios inmenso, e infinito!
Llega al papel y quítale, con furia
Lee:
Rompe el papel.
Tú, papel mal logrado,
cuyo sacrílego escrito,
en fiel contrato, dictó,
ciego, cerrado, obscuro juicio,
tus inmundos caracteres
ahora leer solicito,
para en luz, oponerme,
a tu diabólico aborto.
Por el Imperio Romano,
Daciano, Primado digno,
prefecto, y subdelegado,
que obtiene todo dominio:
de parte de Diocleciano
Rector César: soy íntimo
a todos cuantos seguís
los dogmas, frases, y hechizos,
de ese que adoráis Dios hombre,
que unos llaman Jesucristo,
otros le nombran Mesías,
y otros Rey de los Judíos,
siendo solo un malhechor,
hombre falso, Dios fingido...
Tósigo, veneno, cisma,
ponzoña, error inaudito,
que en átomos doy al viento,
escándalo del oído:
falso papel mentiroso,
que la vista no ha podido,
finalizar tu contexto,
al ver tales desatinos.
Todo cuanto decir puedes,
lo desprecio, y desestimo,
y para más ultrajarte,
te vitupero, y repito.
Y a permitírmelo Dios,
ejecutara lo mismo
con quien te mandó fijar.
Ilustrísimo Arzobispo,
Católicos veteranos,
del ejército de Cristo,
el daño no admite treguas,
a reparar los perjuicios,
a volver por nuestra fe,
a destruir enemigos.
El clarín del Evangelio,
toque a marcial desafío.
La ley presente batalla,
la fe divina los tiros.
Seguidme, nobles soldados,
Católicos.
Ya seguimos
tus pisadas, y tu ejemplo,
Vicente, diciendo unidos:
de nuestro Dios la ley viva,
y la fe de Jesucristo.
Yéndose
Viva, reine, viva.
Viva el gran Diocleciano,
y extíngase el cristianismo.
Salen Fénix y Lise
La obscuridad de la noche,
nos sea amparo, y asilo,
en la fuga que intentamos.
Dios nos dé su patrocinio.
Dos de tristes de nosotras,
en tan fatal laberinto,
¿podremos estar exentas
de tan bárbaros peligros?
En las orillas que el Ebro,
con su curso cristalino,
baña sienes y ocultos sotos,
estaremos más seguras:
y aquí le envié (a su primo
con Leonor) a decir
nos hallaría.
Destino
infeliz nos domina.
El cielo sea propicio
a mis intentos.
¿Qué, lloras?
El corazón oprimido,
cuando con voces no puede,
suele explicarse en gemidos,
y en ayes.
Ten confianza
que el cielo siempre benigno,
nos ha de franquear el paso,
y facilitar camino.
De las piedades del cielo,
ni dudo, ni desconfío:
pero a vista del rigor,
de estos gentiles malignos,
¿qué corazón no fallece?,
¿qué valor, no se halla tibio?
No me opongo a tu razón,
pues el pueblo dividido
en bandos, unos por Dios,
y otros, por el gentilismo,
trae muy malas consecuencias,
de muchos daños precisos,
en almas, honras y vidas.
Dios auxiliador divino,
mire por la cristiandad.
Salen Claudio, y Leonor
Zaragoza es un abismo,
de tiranías, y muertes.
Es de lástimas guarismo.
Y no fue, poca fortuna,
en tan confuso bullicio,
hallarte.
Desesperado,
si no te encuentro, me obligo,
pues como a Fénix buscaba,
y encontré su domicilio
abandonado, llegué,
a inferir infortunio,
de los muchos que suceden.
Pasos siento. ¿Ruido?
Si no me engaño, cerca.
Escóndense
Estos lauros, y estos mirtos,
nos oculten hasta oír,
si es Leonor, y mi primo.
¿Dónde te dieron razón
que esperaban?
De este sitio
en lo más enmarañado:
que como es pensil florido,
aunque frondoso, se tienen
bien hollado y bien medido.
Rama a rama, planta a planta,
examinaré el distrito.
Albricias,
que según lo que distingo,
por el eco de la voz,
que es mi primo he conocido.
Salgamos prima a el encuentro.
Dos bultos, Leonor, diviso.
Sin duda mi prima, y Nise,
serán.
Albricias te pido
que ya hemos dado con ellas.
¿Señora? ¿Nise?
¿Qué he oído?
Por ser dicha, aun no la creo.
Permite bello prodigio,
que en albricias de encontrarte,
dé mi labio, a tus vestigios.
Mis brazos sean el trono,
a tu fineza, debido.
Lazos son donde vincula,
los afectos el cariño.
Nise, yo celebro verte.
Feliz sea tu arribo.
Estos novios de futuro,
¿en qué pensarán Dios mío?
Que se ponen a coloquios,
en un tiempo tan prolijo,
que un instante, es de otro instante,
encadenado peligro.
En próximo riesgo estamos,
y pues el cielo ha querido,
dar lugar, a que estas uniones,
huyamos del enemigo,
el mejor medio es la fuga.
Y pues el nocturno abrigo,
con su tenebroso velo,
nos ampara; antes que el rico
fanal de luces, del orbe,
dé de su fulgor indicios,
caminemos a ocultarnos,
en las grutas de esos riscos.
Y si no mañana, el otro,
que lleguemos determino
a una quinta mía, donde,
algunos vasallos míos,
nos asistan, y conduzcan,
a el más cómodo camino,
de la estancia que elijan.
Es acuerdo peregrino:
que así huimos la invasión
tirana, y a un tiempo mismo,
los laureles, que Himeneo,
nos tenía prevenidos,
formarán la diadema,
de nuestro lazo.
Dedico,
mi esperanza, a tu dictamen.
Ustedes señores míos,
no piensen ahora en eso,
sino quieren verse fritos.
Vámonos que es lo que importa.
Vamos Nise.
Mi destino,
servirte es, y acompañarte.
Tan noble fineza estimo.
Ella fuera más gustosa,
si llevara otro marido,
o premisas de encontrarle,
en uno de esos cortijos.
Vamos Feniso.
Claudio vamos.
Y quiera el hado propicio:
Y quiera feliz sino:
protegernos,
y dirigirnos.
Nise dame acá esa mano,
nos serviremos de arrimo,
una, a otra, y si caemos
Dios nos guarde los hocicos.
(Vanse, y sale Diocleciano.)
Ya de mí la Proserpina,
oculta el pálido ceño,
corrida de los anuncios,
de los radiantes de Febo.
Ya el matutino arrebol,
embajador de luz; velo
descorre, y el luminar,
va desterrando a Morfeo.
Y ya anticipadamente,
buscando el descanso al lecho,
vistiéndome de cuidado,
a mi obligación atento,
salgo a animar a mis huestes:
y a saber al mismo tiempo,
qué prisiones, qué castigos,
han practicado en los reos.
No puedo admitir descanso,
es un Vesubio mi pecho,
que no se podrá templar,
lo voraz de sus incendios,
sino es viendo aniquilado,
y extinto el cristiano gremio.
(Dentro)
¡Viva el César Diocleciano!
¡Y viva el romano imperio!
¡Qué bien le suenan a mi oído,
que en reiterados acentos,
del imperio victoriosos,
ya al César rindan obsequios!
¡Ah de mi guardia!
(Sale un soldado)
Señor, ¿qué ordenas?
¿Sabes qué es eso?
Según lo que los soldados,
van, publicando, yo pienso,
que es conducir al cadalso,
algunos cristianos réprobos,
y otros a prisión, porque
los hallan algo perplejos,
que ni bien a su Dios niegan,
ni confiesan a los nuestros.
Eso es cumplir propiamente
el orden que dado tengo.
Con los rebeldes, rigor
a rigor, siempre añadiendo,
hasta que la contumacia,
fallezca con el aliento.
Aquellos que indiferentes,
o del castigo por miedo,
ni bien a su Dios confiesan,
ni del César los preceptos:
en apacible prisión,
mandé se pusiesen presos:
pues con los que se obstinan
en su ley, lo justiciero
a tiránico pasara,
a no concederles tiempo,
para que catequizados,
rindan al romano imperio,
y a los dioses obediencia,
observando sus decretos:
y hecho vigoroso examen,
los que se hallasen protervos,
pasarán desde la cárcel,
al suplicio.
Justo acuerdo.
El escrutinio se hará
hoy sin falta, porque intento,
hacer la marcha a Valencia,
donde me llaman empeños
de mi César, y el Senado:
y anoche recibí pliego,
que acelera más la marcha,
la que hoy no pongo en efecto,
hasta asegurar las cosas
de Zaragoza, y sus pueblos
circunvecinos, adonde,
celosamente establezco,
los ritos, y adoraciones,
a nuestros dioses supremos.
Ya tengo distribuido,
el régimen, y gobierno;
y así, solo resta ahora
dar la orden a los sargentos,
que avisen los centuriones,
y antes que volteen reflejos
de claridad, las legiones
se pongan en movimiento,
para Valencia.
Dentro Vicente
La fe,
suaviza los tormentos,
y el padecer por Jesús,
es la escala para el cielo.
Católicos al martirio.
Triunfe la Iglesia.
¿Qué es esto?
Sale Octavio
¿Qué ha de ser noble Daciano,
qué ha de ser, regio prefecto?
De los dioses inmortales,
injurias, y menosprecios;
de nuestro César, ultrajes;
del Senado, vilipendio;
de nuestra ley, vejaciones;
de los edictos, desprecio;
de sus soldados, ruina;
atraso de sus progresos;
eclipse de sus proezas;
y ocaso de sus luceros.
Esas voces, esos gritos,
(¡oh laberinto de acentos!)
los ocasiona, y motiva
un temerario mozuelo,
que de diácono vestido,
con audacia, y con denuedo,
ya por las calles, y plazas,
predicando el Evangelio
de su Dios, Iglesia, y ley,
y de su fe los misterios.
Ni lo suave de Arión,
ni lo canoro de Orfeo,
equivalen al encanto,
al hechizo, y embeleso,
que esparce en sus dulces voces;
pues el que le oye, resuelto,
(aunque estaba algo tibio)
sigue de su tema el texto.
Y esa inopinada nube,
que escandalizando el viento,
para abortar sus horrores,
atemoriza con truenos,
cuyo estrépito, aun pasado,
suena en el monte por ecos:
pues así su locución,
su fervor, y su ardimiento,
hubo forma con su voz,
truenos forma con su aliento,
con tal ímpetu, tal furia,
que su inimitable estruendo,
si en lo cercano es oído,
resuena el eco en lo lejos.
De lo que nace, que todos,
tan libres, como prisioneros,
de su doctrina instruidos,
promulgando privilegios
de la fe, y la cristiandad,
con católicos esfuerzos,
le imitan, siguen, y aplauden,
los temores deponiendo.
Tales ánimos infunde
en uno, y en otro sexo,
que sin mostrar timidez,
a los castigos violentos,
muchos se van al suplicio,
muy gozosos, y resueltos.
Y lo que es más, (¡oh altos dioses!,
aquí falta el sufrimiento,
y la paciencia) que algunos,
infieles soldados nuestros,
faltos de atención, y fe,
a los dioses y a su dueño,
traidores, y rebelados,
al sacro romano imperio,
de su atractivo llevados,
dando fe, a sus embelesos,
piden el bautismo a voces,
y de su bando se han hecho.
Este diácono, o levita,
discípulo de Valero,
de Zaragoza obispo,
a lo que entendido tengo,
llaman Vicente, y sus padres,
Eutiquio, y Enola fueron:
aquél oriundo de aquí,
y ésta oriunda de un pueblo
que llaman Huesca; y en entrambos,
en la cristiandad profesos,
de quien nació Vicente,
y ha salido tan experto,
en las divinas y humanas
letras, que a noble y plebeyo,
ha robado la atención.
Y añaden también a esto,
que le agregó el arzobispo
a su familia, y que dentro
de su palacio le tiene
con el asignado empleo
de que al pueblo le predique,
en su fe y ley instruyendo.
Es sabido juntamente,
que es sobrino de Lorenzo,
aquel valiente español,
que arcediano y tesorero,
fue del papa Sixto en Roma:
El que con bizarro esfuerzo,
al César (que entonces era
el gran Valeriano el Vecto)
mostró su valor:
pues estando a fuego lento,
puesto sobre unas parrillas,
asándole; con aliento,
y una arrogancia española,
pronunció en tanto tormento:
vuélveme de este otro lado,
que de este ya estoy asado.
En fin, Vicente es enigma,
que no alcanzo, ni penetro,
pues es monstruo, que deroga
nuestra ley, con detrimento
del Imperio, de los dioses
y los romanos decretos.
Por los inmortales dioses,
deidades que reverencio,
de cuyas deíficas plantas,
son estrellas y luceros
alfombras; que he de hacer,
ejemplares tan sangrientos,
que a la posteridad deje,
anticipado escarmiento.
Y tú, Octavio, no te cortes
de referir el suceso,
sin traerme la cabeza,
de ese Vicente, primero:
pues según lo que ponderas,
(que aun con oírlo no lo creo)
los ánimos se atenuarán,
en viendo a Vicente muerto.
Pero no, no le matéis,
venga a mi presencia preso,
ese levita rebelde,
ese diácono guerrero.
Aprehendase juntamente,
a ese decrépito viejo
del arzobispo, con él,
y ambos en prisión ponerlos
por esta noche, y mañana,
a pie, y cargados de hierro,
con escolta de soldados,
irán los dos prisioneros
a Valencia: y los demás
católicos, viles reos,
que no hubiesen hecho fuga
de la ciudad, o estén presos,
sin un instante de treguas,
se les dé la muerte luego.
Sin discrepar de la orden,
se observarán tus preceptos.
Arda Zaragoza, arda,
segunda Troya en incendios:
ya a los dioses cendras
las costas del mar Egeo
fueron depósito; acá,
sean riberas del Ebro.
¡Oh diácono! ¡Oh levita!
¡Oh Vicente! ¡Oh monstruo fiero!
en qué cuidado me pones,
y en qué confusión me has puesto.
Vanse. Salen Vicente, el arzobispo Valero, y algunos cristianos.
Felices de Dios, gran Iglesia,
en cuyo místico solio
pensil, plantas fecundadas,
con la sangre del cordero,
(desde la nada) crecéis,
hasta penetrar los cielos.
Apostólicos cristianos,
felices dichosos miembros,
de aquel cuerpo que compone,
de la Iglesia el feliz cuerpo:
cuya cabeza invisible
es Cristo, y visible a un tiempo
su vicario, que es el papa:
noble católico gremio,
de la milicia de Cristo,
Dios, y hombre verdadero:
para ahora es el valor,
desterrad todos los miedos,
que el mundo es una apariencia,
y realidad, lo eterno.
La vida es flor que se ajea,
con cualquier mortal viento,
y por limitadas penas,
se adquieren bienes inmensos.
No temáis del gentilismo,
baterías, ni bloqueos,
que aunque las vidas perezcan,
para las almas no hay riesgo,
pues en el mismo naufragio,
está más seguro el puerto,
y entre los mismos castigos,
tiene su origen el premio.
Mirad de los santos padres
las doctrinas, y consejos,
y la infalible verdad,
observad del evangelio.
El símbolo de la fe,
entronizad en los pechos,
y con recíprocas ansias,
y con leales afectos,
en vida, y muerte ligados,
de la cruz, al dulce leño,
en este mar de turbaciones,
y este golfo de tormentos,
cada cual místico Ulises,
despreciar cantos sirenos,
y con armas de la fe,
triunfar de ese Polifemo.
Las gentílicas astucias,
nunca sean instrumento,
pasa prevaricación,
en lo impío, o halagüeño:
antes bien, fortalecidos,
teniendo a Dios por objeto,
y su ley; del rebelión,
de gentiles, triunfaremos:
Pues de Jesús el amparo,
cuando su fe defendemos,
fuerzas comunicará,
contra rigores adversos.
Y así, con cristiano orgullo,
y con católico celo,
dando timbres a la Iglesia,
y baldones al Infierno:
Defendiendo la ley santa,
con almas, vidas, y pechos,
digamos que viva Cristo,
Dios, y hombre verdadero.
¡Viva Cristo, y su fe viva!
Y al irse, sale Octavio, Csiviro, y soldados.
Bárbaros locos, teneos.
Asegurados llevadlos
a la prisión.
Es superfluo:
pues con toda voluntad,
por nuestro pie nos iremos:
y aun al suplicio también.
Falsos hipócritas necios.
Ea, llevadlos.
Agárranlos.
Cristianos,
hoy conquistamos el cielo
muriendo por Jesucristo,
y su fe.
Anda, embustero.
y todos los que le imitan,
y le siguen, vayan presos.
Hágase la voluntad
de Dios.
Llévanlos. Vanse. Quedan Gilos y Csiviro, que saca un cordel.
¿De Dios? Esto es hecho.
Encase aquí las dos manos,
y aquí los pies.
Voy por ellos.
Parece bobo.
Y aun el mondongo traeré,
y las morcillas.
¡Ah, perro...!
Ásele.
Date a prisión, o este alfanje
te bordará ese pescuezo.
Gentil señor, poco a poco,
señor sayón, quedo, quedo,
no pida usted, pies y manos:
en mi casa han muerto un puerco,
yo traeré manos y pies,
y los lomos. Voy corriendo.
Corriendo irá, mas será
donde le peguen quinientos.
¿Qué, qué, señor don romano?
Ya le contarán un cuento.
Vamos, ande.
Hombro del diablo,
si los pies, y manos tengo
atados, ¿cómo he de andar?
Arrastrando.
Mal agüero.
¿Antes de ser sentenciado,
arrastrado? A Dios apelo.
Ea, ande el socarrón,
ande, ande.
¡Válgame el cielo!
Cascándole se entran, saliendo
Salen Daciano, y soldados de marcha.
En esta espesa alameda,
(en cuyo florido claustro,
ingreso no goza el sol,
por lo espeso de sus ramos)
para alivio de la marcha,
descansarán los soldados.
Alto, y corra la palabra.
Hagan las legiones alto.
Y luego que del zenit,
el ardor haya templado,
con el vespertino fresco,
y anticipado descanso,
a Valencia arribaremos,
pues tan próximos estamos.
Como lo ordenas.
Vase.
No sosiega mi cuidado,
hasta mirar destruida,
la vil grey de los cristianos.
Y lo que más me desvela,
(¡oh inmortales dioses sacros!)
es el levita Vicente,
por lo que me dijo Octavio:
aunque en parte me consuela,
saber que vienen marchando,
presos (como lo ordené)
él, y el obispo: ¡oh, cuánto,
su castigo será visto,
para el Imperio romano!
Para los dioses obsequio,
y triunfo a Diocleciano.
Sale Octavio de marcha.
Dame tu mano a besar,
invictísimo Daciano.
Capitán tan valeroso,
granjea trono en mis brazos.
¿Qué hay de nuevo?
Gran prefecto,
y de Roma, adelantado:
Ya sabes que a ejecuciones,
trascendieron tus mandatos;
pues practiqué la aprehensión,
de esos ciegos obstinados,
(el arzobispo, y Vicente)
que a no saber tu decretado,
viniesen presos, y vivos,
fueran de la Parca estrago.
Sabes también que marchaste
de Zaragoza, dejando
orden, que fuesen espías,
y soldados de llamados,
por bosques, valles, y quiebras,
por montes, huertas, y campos,
a los prófugos siguiendo.
Pues yo que deseo tanto,
a los dioses complacer,
dando timbres al Senado;
de unos soldados seguido,
y de otros acompañado,
cuando tú, para Valencia,
seguías su rumbo cristiano:
pues formó una media luna,
dando la espalda al Moncayo,
y la frente a las montañas
de Jaca; midiendo prados
del Ebro, con intención
de ir senos especulando,
por si de los fugitivos
encontraba algunos: cuando
(respecto de que ya el sol,
se iba esplendorizando)
pudo distinguir la vista,
que en lo más enmarañado
del soto, se hallaban ramas
cortadas, que daban paso,
a quien ellas lo impedían.
Y aplicando con reparo,
la vista al suelo, advertí,
indicios de muchos pasos,
en la confusión de huellas:
de cuyo racional rastro,
seguí el norte, al contemplar,
hora reciente lo hollado.
No bien caminé seis millas,
cuando favorable el hado,
nos avivaba con dudas,
la dulzura del hallazgo.
Porque llegando a un arroyo,
y pasando al otro lado,
me hallé sin indicio alguno
de señas, evidenciando,
que las fugitivas plantas,
el arroyo no vadearon.
Volví otra vez a informar,
con atención el cuidado,
y advierto, que las pisadas,
(la menuda yerba ajando
del margen) al agua aún
proseguían. Irritado,
(al ver que se me dilata,
lo que ansioso voy buscando)
sigo la ribera, y mudo,
solícito, sus espacios
centinela perspicaz,
y celosísimo Argos.
A poco trecho distingo,
(por celosías de ramos)
unas hermosas matronas,
que practicaban descanso:
en tapetes de Amaltea,
y de Flora en los regazos.
Impongo silencio a todos,
coloco algunos soldados
en varios puestos, y yo,
tan celoso, como osado,
aviso con las espuelas,
el descuido del caballo:
y por gozar de una esfera
poco monstruosa, el Pegaso
aún no tuvo la noticia,
cuando se presumió alado.
Esparcí acentos, diciendo,
viva Roma, y Diocleciano:
y sin poder eximirse,
ni de prisión, ni de asalto,
tres mujeres aprendimos;
(mal digo) dos, y un milagro
de belleza y perfección,
símil sin duda, y dechado,
de Pandora, aquella diosa,
que formó diestro Vulcano,
por acuerdo de los dioses,
y blasón del triunvirato.
De miedo y susto asaltada,
fuga intentó, mas fue en vano,
respecto, que en un instante,
advirtió el sitio cercado:
de cuya infausta advertencia
(para mí feliz) a ocaso,
tocó el sol de su belleza,
en el cénit de sus rayos.
Las rosas y los claveles,
que en su rostro regentaban,
a jazmines y azucenas,
el dominio permutaron.
El racional edificio
fue trofeo de un desmayo:
y al ver que yerta disfruta
tanta deidad de alabastro,
del caballo me desmonto,
por darle culto en mis brazos.
Desde la yerba y la arena
a mi pecho la traslado,
y salpicando con perlas
de cristal, el terso campo
de los Alpes de su cara,
empezó a mover los labios
(que fue partir un clavel)
y entre el sollozo y el llanto
pronunció con un suspiro;
¿dónde estás, esposo amado?
Claudio, primo, Rufiniana,
me defienda de un tirano.
Tirano me llamas (dije)
cuando deidad te idolatro.
Recóbrate, dulce hechizo,
alienta divino encanto,
¿tirano me nombras, siendo,
el más rendido vasallo,
que al imperio de tus ojos,
es humilde tributario?
Sin duda creció su pena,
con la expresión de mi halago,
pues volvió a eclipsar sus luces
y confuso, y lastimado,
la entregué a sus compañeras
las que con sumo recato
practicaron diligencias
con que la vivificaron.
Vuelta en sí y recuperada,
acechando a todos lados,
lanzando tiernos suspiros,
(como quien está esperando
algún socorro, y se tarda)
daba fomento al llanto.
Supliqué a sus compañeras
la consolasen, estando
ciertas, de que mi atención
y respetoso cuidado,
por mujeres y señoras,
de mí, y todos los soldados,
obsequiadas y atendidas
serían, y el orden dando
de marchar, hice traer
acémilas y aparatos
para acomodar en ellas
las matronas, y dejando
De Zaragoza, el terreno,
para Valencia marchando,
vengo siguiendo tus tropas,
donde estoy a tu mandato.
Esta hermosa prisionera,
(según lo que han declarado
las otras) con un pariente,
que se intitula don Claudio
de Contamina, con quien,
esponsales ha tratado:
de Zaragoza salieron,
siéndoles la noche amparo,
huyendo de la invasión.
Y el haberse separado,
(dejándolas en el bosque)
fue por ser grande el quebranto
de Fénix, (que así se llama)
el asombro que te traigo.
Y fue a buscar (según dicen)
a unos leales vasallos,
de un señorío que goza,
entre Jaca, y el Moncayo,
para transportar a Fénix,
donde tenía acordado,
celebrar su matrimonio:
a cuyo feliz acaso,
debí hacerla prisionera,
y a tus plantas la consagro.
Que aunque es deidad,
tú eres Dios,
pues representas, bizarro,
a los dioses, al imperio,
y al césar Diocleciano.
Tu fineza, y lealtad,
estimo.
Salen Fénix, N. y Gl.
Suspende el labio,
que antes que me des audiencia
la licencia me he tomado.
Que como será consiguiente
a todo lo que ha expresado
ese centurión, mandar
que entrase, me he adelantado
a desmentir con mi vista,
todo cuanto ha ponderado,
con frases, que desestimo.
Y supuesto gran Daciano,
que tienes todo el dominio,
de tu César, en tus manos,
obra como generoso,
acredita en mí tu garbo,
y reverberen tus prendas,
en concederme tu amparo.
Por mujer, por prisionera
confío, espero, y aguardo,
me otorgues, y me concedas,
un favor.
Bello milagro,
que pedirá lo divino,
que no conceda lo humano?
Pues en fe de esa palabra,
te pido, que lo inhumano,
del rito que me domina,
conviertas en feliz hado.
Pues puedo yo en las lites
disponer?
Sí, en este caso.
Cómo es dable?
Haciéndome
de infeliz, feliz.
No alcanzo,
los enigmas que propones.
Pues yo te lo diré claro.
La única infelicidad,
es estar entre contrarios,
de la fe de Cristo.
Síguese a esta el quebranto,
de carecer de mi esposo.
Que así se van aumentando,
demás infelicidades,
los auges. Si cortesano,
político, atento, y noble,
sin embarazar el paso,
nos concedes libertad,
para ir peregrinando
hasta encontrar con mi primo,
(a quien de corazón amo,
por esposo, y por amante)
hallo lo adverso trocado
a favorable; y así,
deponiendo tú embarazos,
y dándonos libertad,
que es cosa, que está en tu mano:
de infeliz, me haces feliz.
Venciendo así los reparos,
de las dudas que a tu mente
se ofrecían.
Raro encanto
advierto en tus perfecciones.
Y ahora nuevo centro hallo,
en tus palabras, y acciones.
Vuelvo a decirte, que el labio
selles, y nada pronuncies,
que concediendo, o negando,
no sea lo que te pido:
Si concedes, victorioso,
seré de agradecimiento:
si niegas, está enterado,
que cualquier fineza tuya,
obligación, y agasajo,
despreciaré rigurosa.
Lo mismo digo, si acaso,
a las leyes, o a los ritos,
de tus dioses siempre falsos,
intentases reducirme,
por rigor, o por agrado.
Y así prefecto de Roma,
(o imperfecto adelantado)
está entendido, que siempre,
diré con celo cristiano,
en defensa de mi ley,
y mi decoro preclaro,
mi alma sola es de Dios,
y mi albedrío de Claudio.
Antes te contemplé Venus,
y ahora Diana te aclamo,
sino es, que eres de una y otra,
emulación, o traslado.
Omite Daciano elogios,
que de mí son despreciados,
y publica, el sí, o el no.
Mira, que el que está admirado,
hasta que en sí se establece,
no se halla deliberado:
y por ahora, me examino,
indeciso, y limitado;
déjame hacer reflexión,
porque estoy premeditando,
que si doy el sí, me pierdo,
y si doy el no, me gano:
y luchan el sí, y el no,
conmigo, en extremo tanto,
que ha de vencer el no, al sí,
O han de estar equivocados,
sin saber lo que pronuncio.
Eso es ir aumentando,
a mis infelicidades,
de tus rigores, los grados.
Tu resolución imploro,
atendiendo a que lo humano,
obedece a lo divino,
según dijisteis.
En raro
empeño me constituyes,
el haberlo pronunciado.
Pero también me exonera,
de obligación el contrato,
al ver que ultrajas las leyes
del Imperio, blasfemando
contra los Dioses, pues dices,
que a no valerte el indulto,
de la palabra que he dado,
ya por el viento te hubieras
en cenizas exhalado.
Y así para no injuriarte,
ni agraviarme, atiende Octavio,
y aun de respuesta sirva,
lo que oigas. Con cuidado
como hasta aquí, estas matronas,
las iras acompañando
hasta Valencia, y se hospeden,
en lo mejor del Palacio,
donde yo he de residir,
cuidando de su regalo,
conveniencia, y diversión,
con todos los aparatos,
que se merecen sus prendas.
Y en habiendo descansado,
de intemperies de la marcha,
y a tener determinado,
(a mi pesar) darte el sí,
que de cumplir no me aparto
la palabra que contraste.
Esto así queda ordenado.
(Así ordene mi destino,
lo que llevo, imaginado,
con esta hermosa mujer)
Y pues ya el sol en ocaso,
quiere celebrar exequias
de sus luces, marche el campo
para el ingreso en Valencia.
Dentro: Soldados vamos marchando. Suena clarín, y tambor, y Pase dent.
Lice, Leonor, ¿qué rigores,
contra nosotras los Hados
libran?
Dios nos favorezca.
Ea, suspended el llanto.
Déjanos señor llorar,
porque con razón lloramos,
al mirarnos prisioneras,
y mujeres, entregadas,
adonde no están seguras,
las vírgenes de arañazos.
Suaves fueran mis penas,
si me acompañara Claudio.
Pero me las aumenta,
el estar considerando,
cuando con el alimento,
ansioso volvió a buscarnos,
al verse solo, e indicios,
(de nuestras prisiones) claros,
qué extremos, qué sentimientos
no haría, que lastimado,
al aire daría ecos,
y lágrimas a los prados:
con puestas a perder la vida,
celoso, y desesperado.
¡Ay dueño del alma mía!
Ay, y a mí, el cielo santo,
pues nos unió en matrimonio,
no nos tenga separados,
si vives. Pero si vives,
que a no vivir tú será llano,
teniéndote yo en el alma,
que ya hubiera yo espirado,
pues eres mi vida tú,
y por ti aliento restauro.
Ya oíste el orden,
que el prefecto me ha insinuado.
Y así cuando seas gustosa,
marcharemos.
Lice, vamos,
a morir en la defensa,
de mi honor, y mi recato.
Así hago homenaje al cielo.
Yo me temo algún quebranto,
puede ser que muera mártir,
mas virgen lo estoy dudando.
Vamos, pues, que yo aseguro,
serviros.
A formar paso
no acierto, que en cada huella,
parece nace un espanto.
El cielo nos patrocine.
El cielo nos dé su amparo.
Y a mí también, me dé el cielo
para flaquezas reparos.
Vanse
Salen Ciotro, y Gilote maniatado, y con una soga en cada pie
Ciotro ten piedad, que más no puedo.
Eso es poca vergüenza, y mucho miedo,
porque al tosco Gilote,
le santiguo la espalda, y el cogote.
Roncha llevo de a palmos.
(Pégale)
Pues entone la antífona, y yo el salmo.
Sayón vil zurraposo,
sobre traerme atado como oso,
cargado de prisiones,
jugando palos, entre mojicones:
sin comer un bocado,
que no sea maldito, y amasado,
de lo que a ti te sobra:
aun me pones los huesos en zozobra.
Verdugo ingrato arriero tan ladino,
que a mí da a beber agua, y él el vino,
Sin mirar de mi estómago lo flaco.
Si beber quiere, dele culto a Baco.
(Vuélvele a pegar)
¡Qué Baco, ni qué baca!
el truhán se vayan a la caca.
¡Cómitre de pensado, y de repente!
Ya llegan, su arzobispo, y subteniente,
y sabe que delante,
vamos siempre los dos.
Gentil andante,
un poco ten paciencia.
Si está cansado ande, que en Valencia,
encontrará descanso,
de una mazmorra, en el fatal remanso.
¡Ay mísero silote!
(Vuelve a pegarle)
Callar la boca, y entonar el trote.
Vanse, y salen el Arzobispo y Vicente con cadenas, y soldados
Permitid tome aliento.
¡Válgale el diablo! tanto paramento,
nos dilata la ausencia,
y ya están las legiones en Valencia.
Ande o irá arrastrado.
El respeto, y piedad, señor soldado,
a esta edad, y a estas canas es debido;
pues años, y prisión, le traen rendido.
Ya me espantaba yo, que el tal levita,
tardara en predicar.
Si esto te irrita,
como el que no camine mi prelado,
tu rigor sacia en mí.
Amoinado me trae la hipocresía,
de este predicador, de noche, y día.
Yo siento la molestia que os he dado.
Miren como el buen viejo se ha excusado.
El caduco, no gasta cumplimientos.
A Dios consagro todos mis tormentos.
No puedo más, hermanos.
Pues ahora tronará nube de manos,
que acabará en granizo de patadas.
¡Vaya, levántese!
(Al querer castigar al arzobispo, se pone Vicente en medio de rodillas)
Vuestras airadas
iras, en mí emplead, siendo el estrago,
centella para mí, para él amago.
Vicente, ¿de qué tienes el pellejo?
Pues has llevado felpas, por el viejo,
de Zaragoza aquí, que dieran susto
en las ancas del asno más robusto.
¿No ves que por mis culpas, lo merezco?
Esa es la causa, porque yo apetezco
el castigo, y vigor de vuestra mano,
y a este inocente anciano,
aliviarle en las penas,
pues trae la sangre, helada ya en las venas.
Raro hombre seréis, Vicente,
gran corazón en una edad reciente;
si tú a los dioses sacros confesaras,
y al Imperio Romano dedicaras,
culto debido, obsequio soberano,
fueras el todo con Diocleciano.
Es de inferir así; pues por experto,
el césar confiriera a ti, su acierto,
y oráculo te vieras del Senado.
¡Oh, pensamiento indigno, y depravado!
El César, el Imperio, Roma, y todo,
es más que corrupción, ceniza, y lodo,
y sus dioses fingidos,
son más que unos oráculos mentidos.
A el Dios de los ejércitos cristianos,
rendiré, y rindo cultos soberanos,
por único Señor Omnipotente,
de los cielos, y tierra; y juntamente,
a mi Jesús, de cuyo nombre,
tiembla el Infierno, siendo Dios, y hombre,
y a el Espíritu Divino,
uno en esencia, y en personas trino.
Este sí que es Senado,
a quien desde mi Oriente consagrado,
estoy, y estaré siempre constante,
Alcides de su ley, de su fe Atlante.
Marchemos, compañero,
que si empieza a charlar el boringlero,
hacer que va de la blasfemia alarde.
Por eso, y por que es tarde,
es razón que marchemos,
pues a cuestas la noche, ya tenemos.
De rodillas Vicente
Levanta padre amado.
Yo le haré levantar.
Levántase
Señor soldado,
la caridad le cuadre,
pues es propio ayudar un hijo, a un padre.
Ánimo padre mío.
Aunque fuerzas no tengo, sí albedrío
que consagrar a Dios, en cada instante.
Callar, y caminar, o andará el guante.
Vanse
Padre amado, paciencia,
que el cielo premiará tanta inocencia.
Sale Claudio.
¿A dónde, ay de mí triste,
sin alivio, y consuelo,
me conduce el destino
cercado de miserias, y tormentos?
¿A dónde, cielo santo,
va mi desasosiego,
acumulando penas,
por más atesorar desabrimientos?
Errante peregrino,
sin más norte que el ciego,
desde el más alto monte,
hasta el más hondo prado descendiendo.
Cuatro auroras, y orientes,
he logrado de Febo,
cuyas radiantes luces,
solo me sirven de quedarme ciego.
Buscando voy mis bienes,
y los males encuentro,
y ya desesperado
de hallar mi dulce prenda,
me contemplo.
Con mis tristes suspiros
doy auges a los vientos,
y a los arroyos creces,
con incesantes
lágrimas que vierto.
De mis ardientes ansias,
erguido Mongibelo,
en Vesubio incesante,
y Etna voraz,
se ha transformado el pecho.
A los montes fatigo,
a sus montañas trepo,
repitiendo mis voces
en los valles, por riberas, y por cerros:
¿A dónde se coloca,
la deidad que venero,
Fénix querida prenda,
mira que seré mísero,
y por ti muero.
Y mis prolijas ansias,
consiguen solo en esto,
duplicación de penas,
pues a las ansias
da respuesta el eco.
Si como tu traslado,
Fénix está en mi pecho,
el original viera,
¡qué júbilo! ¡qué gozo!
¡qué contento!
¡Mas ay de mí infelice!
que para más tormento,
y doblarme la pena,
del hado lo fatal,
infiel, y adverso:
guiando mis pasos,
conduciéndome al centro,
donde depositado,
quedó el sol de mi fénix,
y su cielo.
En este mismo sitio,
descansó, y cobró aliento,
logrando de sus plantas,
las plantas,
y las flores aumentos.
Aquí de las dríadas,
y náyades, a un tiempo,
la contemplé obsequiada.
Digna Diana, y emulada Venus.
Aquí; mas de qué sirven,
reflexiones, y acuerdos,
si no es de ser verdugos,
que aprietan los cordeles,
de los celos?
Oh Fénix soberana,
qué impulso tan grosero,
(pirata de belleza)
se atrevió a los candores,
de tu cielo!
Ni de Eurídice el robo,
que practicó Aristeo,
ocasionó más ansias,
que las que yo practico,
al dulce Orfeo.
Ni cuando a Deyanira,
robó el centauro Neso,
pudo causar más pena,
en el celoso Alcides,
que padezco.
Pero si estos celosos
amantes, dan ejemplo,
uno vibrando clavas,
y otro bajando,
de Plutón al centro:
Cómo no los imito?
Y vomitando incendios,
no talo, no devoro,
cuanto miran
los sacros paralelos?
Espera monstruo aleve,
aguarda ladrón fiero,
que mis furias te siguen,
hasta darte la muerte.
Mas qué veo?
Del gentil uniforme,
entre la yerba advierto
un casacón, sin duda,
de los soldados,
que a mi bien prendieron.
Si acaso las estrellas,
querrán por este medio,
facilitar camino;
permitiéndome luz,
de lo que anhelo!
Vístome de soldado,
mis ropas deponiendo,
pues para introducirme,
es el único arbitrio,
que prevengo.
Y cuando no lo logre,
abre puerto los medios,
cumpliendo con mis ansias,
con mi fineza,
y con mi amor cumpliendo.
Aunque uniforme visto
de gentil; mis afectos,
de la fe están vestidos,
que esto lo hago,
por mi hermoso dueño.
No se me ofrece duda,
que Fénix fue trofeo,
de la aprehensión tirana;
y que por resistirse,
a infiel intento:
estará prisionera,
por bárbaro decreto,
y no muerta; que a estarlo,
siendo mi vida,
yo, estuviera muerto.
Ea pues, Fénix bella,
a buscarte me apresto,
corriendo mi esperanza,
a expensas favorables,
de los cielos.
Vase.
Salen Daciano, Octavio, y soldados.
Qué mal sosiega tu cuidado,
cuando tiene duplicadas,
ocupaciones de estado,
y acometen fieles ansias.
Hoy a un tiempo desvelado,
me trae amor, y venganzas;
venganza contra un levita,
amor, para una bizarra
cristiana: cuya belleza,
si mi amor, y ley contrastan,
entre mis mayores timbres,
colocaré por hazaña,
a la diosa del amor
vida, corazón, y alma.
Después que como mandaste,
del palacio, en las estancias,
(más decentes) las dejé,
fielmente depositadas
asistidas, y servidas,
de criados, y criadas:
aunque otras veces he vuelto,
no he conseguido el hablarlas;
pues aun de los que las sirven,
retiradas se recatan:
Y aunque ayer les di recado,
que intentaba visitarlas,
salió Leonor, diciendo,
que estaban accidentadas
del quebranto del camino;
que mi cuidado estimaban,
y atención, mas no podían,
recibirme, por que estaban
en el lecho.
Pues Octavio
repitiendo con instancia
política, harás por verlas,
y de camino insinuarlas
de mi parte, que pretendo,
ponerme luego a las plantas
de Fénix; por que saber quiero,
inquirir si algo les falta,
que es razón, que las asista,
pues empeñé mi palabra.
Esto es lo que manda amor,
voy a lo que la ley manda.
Infórmate, en qué prisión,
el Diácono se halla,
y su Arzobispo; y los dos,
haz que el alcaide los traiga
a mi presencia; y que vengan,
con alguna retaguardia
de soldados, que es razón
que arguye suma importancia
para el castigo, el examen,
de sus personas, y caras,
y otras cosas que yo observo.
Y con diligencia extraña,
pasa a dar este recado,
a esa deidad soberana.
Con fineza puntual,
tu orden será practicada.
Archivo de piedad, y de entereza,
veo a mi corazón, en dos mitades,
a el levita, vibrando crueldades,
y a una mujer rindiendo fiel fineza:
Amar a esta, tengo por proeza,
como a aquel castigar, con impiedades:
miro a Fénix deidad, de las deidades,
y a ese monstruo Vicente con fiereza.
Uno, y otro, contemplo simpatía,
uno, y otro del astro, es raro efecto,
decir Fénix, despierta mi alegría,
decir Vicente, me sabe crudo, y recto,
luchando así en mi pecho, noche, y día,
entereza, y rigor, amor, y afecto.
Salen soldados el alcaide, Vicente, y el arzobispo
Solo tu licencia aguardan,
el alcaide, y los dos presos,
para entrar.
Salen Silote, y Civirro, que trae a Silote con cordeles en p[ie] y m[ano]
Diles que entren.
Permite, heroico prefecto
de Roma, tus plantas bese.
Villano alcaide qué es esto?
no te advirtió el centurión,
que con estos viles reos,
menos quitarles las vidas,
usases todos los medios,
de rigor, y tiranía?
Sí señor, y así lo he hecho.
Pues les doy mucho castigo
y muy escaso alimento.
Y yo lo mismo executo,
con este maldito perro
pues anda el palo sobrado
y poco pan.
Que ni por pienso.
Alcaide eso es agraviar,
a el cesar, y sus decretos.
Señor, cómo cabe en mí
discrepar de sus preceptos?
yo cumplí mi obligación,
en darles mal tratamiento.
Pues qué se podrá inferir,
cuando sus rostros advierto,
con tan perfectos colores,
y tan briosos los cuerpos?
los que en áspera prisión
están, salen macilentos
sin fuerzas, y sin colores,
y más si falta el sustento.
Esto el alcaide que tú,
(o por soborno, o coecho,
en desdoro de los Dioses)
interesado, y grosero,
procedes.
No te impacientes,
contra el pobre carcelero:
ni le atribuyas la culpa,
de beneficios, que a el cielo
a Dios, y su providencia,
se deben.
Calla embustero.
pues cómo sin mi licencia,
intentas formar acento?
ignoras que soy Daciano,
y que a el cesar represento,
y que defiendo a los Dioses,
y que sus causas protexo?
pues cómo sin mi permiso,
y beneplácito, necio
te atreves a hablar osado?
Porque yo licencia obtengo
de quien tiene más dominio,
que tú y el cesar.
Blasfemo
qué pronuncias?
Lo que oyes,
y a todo trance defiendo.
Mi Dios en todo infinito,
sabio, incomprensible,
inmenso,
(de cuya magestad tiemblan,
las potestades, y cetros)
me tiene dada licencia,
en público, y en secreto,
para hablar; no digo a ti,
(que serás juez a lo que entiendo
de comisión) sino a el cesar,
y a todo el romano imperio.
Esto es en cuanto a mi Dios,
que es en mí el primario objeto.
Después por la comisión;
que mi arzobispo Valero,
(que es el que tienes presente,
y a quien yo reverencio)
me concedió, desde el punto,
que me confirió el empleo
de diácono; el que yo,
sin mérito alguno exerzo.
Y sobre todo, Daciano,
Jesús único maestro,
(que no puede errar) me enseña
en plana del evangelio,
y por pluma de San Marcos,
que por todo el universo,
predique a todas las gentes,
en cuanto es el mundo entero.
Mira si tengo licencia,
siendo Jesús, rey supremo,
e infinito, para hablar,
con la monición cumpliendo.
A esto mitiguen las ansias
que me asisten...
Monstruo horrendo,
cuya miserable vida
será víctima y trofeo
de mis iras, calla, calla.
(¡Oh, por los claros luceros,
escabeles de los dioses!)
Mas ¿para qué me impaciento
con sujeto tan indigno,
tan vil y soez? La menos
ocasión dará más lugar
al operar más acerbo,
y más pausado castigo.
Seguidme.
Con ansia y celo.
Padre, vamos.
Vamos, hijo.
Sígalo galgo podenco.
Múdeme el sayo, y no el nombre,
el señor Lebriconexo.
Entran por una puerta y salen por otra. Córrese una cortina y se manifiesta dosel, estatua o pintura de Diocleciano. Un brasero, incienso y unas almohadas.
Ya que tu simplicidad,
o tu bárbara soberbia,
niega a lo que representa
la debida reverencia;
para más acriminar
castigos a tu entereza,
si rebelde te mantienes,
precederá la clemencia
al rigor, aunque me llame
juez de comisión tu lengua.
Esta efigie, este traslado
(que su original portento)
es del César Diocleciano
copia feliz. Su presencia
respeto intima, y a esto
sigue la obsequiosa ofrenda
de sacrificarle inciensos.
Postrad la rodilla en tierra,
practicad la ceremonia
que a los dioses representa,
que él por sí se lo merece,
porque es dios humano el César.
No dilatéis la oblación,
que es acreedor a esta
y otras muchas ceremonias.
Llegad, pues.
Da la respuesta,
Vicente, por ti y por mí,
pues sabes mi balbucencia.
¿Qué os suspende o qué os detiene?
Brote de mi pecho el Etna
volcanes con que devore
las pérfidas gentilezas.
¿Qué aguardáis, viles sofismas?
Menospreciar providencias
de tu imperio, tu senado
y de tu persona misma.
Juntos mandasteis traer
de Zaragoza a Valencia,
presos, cargados de hierro;
y fue ociosa diligencia,
pues la misma ley que allá,
aquí nuestra fe profesa:
que más Dios no conocemos
que el que los cielos y tierra
supo criar de la nada,
que es quien todo lo regenta.
A este rendimos inciensos
y consagramos ofrendas;
no a los ídolos y dioses
que la gentilidad ciega,
miserablemente errada,
con superstición venera.
Daciano, solo a este Dios,
que lo es único en esencia
y en personalidad trino,
rendimos las reverencias;
no a vuestros fingidos dioses,
que son de bronce o madera,
cuyos oráculos falsos
el demonio los alienta.
Como quieres, juez inicuo,
que una ley tan verdadera
como la que profesamos,
individual y perfecta,
derogue quien motiva,
gozoso por defenderla.
Esa estatua, esa pintura,
que entre tus dioses numeras,
¿es más que hombre corruptible,
todo sujeto a miserias,
que engañado del demonio,
su vanidad y soberbia
funda su inmortalidad
en perseguir a la Iglesia?
¿Es más que un bruto indomable
que del infierno la espuela
le impele, porque atropelle
las cristianas inocencias?
¿Es Diocleciano más
que un cocodrilo, una fiera,
que de sangre de cristianos
sin saciarse se alimenta?
¿Es más que un monstruo que da
fomentos a su fiereza,
abortando crueldades
de los rigores que engendra?
¿Es más que un gentil idiota,
cuyas acciones protervas,
escandalizando al cielo,
hacen temblar a la tierra?
Pero si es más, pues te advierto
de Nerón en la entereza,
de Vespasiano el rigor,
de Trajano la crudeza,
de Adriano y Marco Aurelio
la sacrílega violencia,
de Cómodo y Maximino
las opresiones sangrientas,
y de Decio y Aureliano
las operaciones cruentas;
pues si a estos les precedieron,
en la dignidad suprema,
de emperadores; él solo,
a todos vigor les presta,
pues es extracto de todos,
en sus infelices tragedias,
por ser verdugo inhumano,
de vidas, honras, y haciendas.
Pues ¿cómo quieres que adore,
a hombre de tan viles prendas?
¿Cómo quieres que dé inciensos,
a hombre que fulmina ofensas,
contra el cielo, contra Dios,
y la soberana Iglesia?
Si seréis prefecto Daciano,
antepón, y pospón letras,
y de prefecto, perfecto,
en tus progresos se lea:
que esto consigue el gentil,
que la ley de Dios confiesa.
Mira que Diocleciano,
aunque dominante César,
sus delitos execrables,
de la gloria le destierran:
y parará en ser esclavo,
del demonio, y sus cavernas.
Su poder es limitado,
aunque emperador le veas,
pues en llegando la muerte,
todos sus poderes cesan:
y será infeliz despojo,
de las desdichas eternas.
En fin es Diocleciano,
Dios de sus máximas necias,
siendo bárbaro mendaz.
Calla infame, y a tu lengua
pon freno, porque se judican
delitos en mi paciencia.
Si estas verdades te enojan
a mí en extremo, me alegran,
pues tu Dios todo es rigor,
y el mío todo es clemencia.
En esta suposición,
arbitra, dispón, decreta,
castigos, prisión, rigores,
tormentos, suplicios, penas,
que en obsequio de mi fe,
y de mi ley en defensa,
he de morir predicando.
Y yo con ansias muy tiernas,
te imitaré en las acciones,
ya que en las voces no pueda.
Salen
Decrépito, tú también,
mi indignación aumentas:
mas para que en dilaciones,
difiero las diligencias:
¡A de mi guardia, soldados!
¡Hola ministros!
¿Qué ordenas?
Agarran los soldados a Vicente
Sin que medie dilación,
ni un instante se difiera,
con toda aceleración,
con rigor, y con fiereza,
a ese levita villano,
por la arrogancia que muestra,
y porque de nuestros dioses,
y nuestras leyes, blasfema:
sujetadle a una coluna,
y en sus carnes manifiesta
con variados instrumentos
de fierro, mimbres, y cuerdas,
desde la planta, al cabello,
azotadle; y que esto sea,
con tal furia, tal vigor,
saña, rencor, violencia,
que los golpes se confundan,
y que dude quien lo vea,
si el azote le dio el brazo,
o el cuerpo le arrojó fuera.
Dichoso yo, que así imito,
de mi Redentor afrentas.
Y a ese viejo, en cuya edad,
los castigos no harán mella,
pues darle castigo, o muerte,
conocido alivio fuera:
sacadle de la ciudad,
y en las más ásperas quiebras,
de las más agrias montañas,
le dejad a la inclemencia:
que pues con hombres no habla,
así tratará con fieras,
hasta que pierda la vida.
Ya para mí es fineza,
pues tengo a Dios que ofrecer.
Estos lo dicen abrazados
De mi vista te destierran
¡Padre mío! oh lo que siento,
la separación y ausencia,
pues no te podré asistir.
El cielo me dará fuerzas.
Jesús nos asista a todos,
que su divina asistencia,
hace benigno, lo adverso.
¡Oh qué bárbaras ternezas!
¿Qué aguardáis, que no marcháis,
con ansiosa diligencia,
a practicar los decretos?
Venga el caduco.
Ande a fuera,
el boquinglero levita.
Padre, a Dios.
A Dios te quedas;
si yo a morir, por la fe.
Y por la ley.
Vanse y los llevan oprimidos
Andad bestias.
Dioses, volved por vosotros,
pues ultrajes aumentan,
a vuestra divinidad,
estas monstruosas fieras,
de estos pérfidos cristianos:
pero si está a las expensas,
de mi celoso cuidado,
defender vuestras empresas,
volveré por vuestras causas,
haciendo a la Iglesia guerra:
si Nerón allá en Roma,
por complacer a su idea,
imitó a Troya en incendios:
Nerón seré yo en Valencia,
pues a ella, y sus individuos,
los reduciré a pavesas,
y en fragmentos combustibles,
del furia, y más las víboras,
después de ciegos jumentos,
he de sembrar las arenas.
para lograr de escarmentos,
copiosísima cosecha.
Vase.
Ea, señor don Cipriano,
y usted avise la gresca,
y que acomoden cirotazos,
los llevan a la asamblea,
del moro, de los azotes,
y del vieso, de las culebras:
habiendo antes precedido,
esas piadosas diligencias,
que ingratos han despreciado,
por lo que les dan carena.
Ea, pues, ya, don Gilote,
es muy justo que usted atienda,
a aquel adagio vulgar,
que a los reos amonesta;
cuando la barba de tu
vecino, esté en pelambrera,
echa la tuya en remojo,
porque está el rapace cerca.
Yo, don Cipriano, aunque toque,
más refranes que hay lentejas,
con otros tantos castigos:
sus amenazas, y arengas,
no me harán peso ninguno,
siendo mi fe, contrapesa.
Pues último perentorio,
será hacer una experiencia:
sígueme, Gilote vil.
Sigo tus sucias soleras.
Entran por una puerta, y salen por otra. Córrese una cortina y se manifiesta una mesa y encima de ella, un tonel, donde estaba puesto a caballo un muñeco, que imite a Baco, coronado de uvas, en la mano derecha un sarmiento, y en la izquierda una copa. Un indio con lumbre, y un mortero, con unas sardinas.
toma el mortero en la mano
Esta es la estatua de Baco,
cuya heroica descendencia,
trae su origen de Saturno,
su abuelo por línea recta:
y de su esposa Cibeles,
que fue de Baco la abuela:
De Júpiter, y Semele,
nació en la ciudad de Tebas,
fue inventor de la ambrosía,
y establecedor del néctar.
Desde donde nace el sol,
hasta donde el sol se acuesta,
todos por Dios le conocen,
le aplauden, y victorean.
No se da, entre nuestros dioses,
otro que más templos tenga,
pues por ser innumerables,
no hay en sus ermitas cuenta.
Por timbres de sus milagros,
aunque haya nubes horrendas,
no hay ejemplar que en sus casas
caiga rayo, ni centella.
Él es un Dios para todos,
a nadie la entrada niega,
en sus tabernáculos santos.
El maná de todas musas,
el refrigerio de panzas,
de estómagos fortaleza.
Mírale, Gilote amigo,
qué atención piden sus prendas;
mira con qué frialdades,
qué cetro empuña su diestra,
y en señal de Dios benigno,
qué globo tiene en la izquierda.
Mira sus sienes ceñidas,
de fructuosa diadema:
mírale puesto a caballo,
por socorrer a cualquiera,
pues sin hipo, corre el grifo,
y acelera la carrera:
es Dios tan pródigo, en fin,
que sus entradas franquea.
Ea, pues, Gilote amigo,
a ofrecerle inciensos llega
no estés contumaz, Gilote,
hinca la rodilla en tierra,
allí hay lumbre,
aquí hay incienso,
no le dilates la ofrenda,
y en habiéndole incensado,
con profunda reverencia
diremos un himno a Baco.
Cese tu villana lengua,
de articular disparates,
que ya me causa vergüenza,
oír tales desatinos,
como tu lengua grosera
pronuncia; y porque conozcas,
que es falso lo que profesan
los errabundos gentiles,
oye. Ese dios de quimera,
como todos los demás,
que los bárbaros veneran:
es más que un hombre que hubo
(si es que hubo tal)
que en la tierra,
como otros falsantes dioses,
quiso seguir esa idea.
Esa estatua, o ese monstruo,
que a ese Baco representa,
es más que oráculo indigno,
que domina en las tabernas?
Es más que un dios de borrachos,
cuya bárbara influencia,
empezando por la panza,
prosigue en arqueadas puercas,
y luego en echar las tripas,
las entrañas, y la melsa,
a fuerza del vomitivo,
que sus influjos engendran?
Es más que un dios de los cueros,
regentador de bodegas,
que en la lengua más aguda
cría callos, y torpezas?
Es más que un dios de desorden
que en sí contiene, y encierra
privación de los sentidos,
y calma de las potencias?
Es más que un dios de letargos
o frenéticas quimeras,
que pone torpes los pies,
y echa el mal, en la cabeza.
es más que un olor putrefacto,
de inmundicia, pestilencia,
vascosidad, porquería...
Cese tu lengua bruteca,
villano, indigno, blasfemo,
de Júpiter la simpleza,
que me corro, vive Baco,
de tener tanta paciencia.
Ha de mi guardia, soldados,
hola ministros.
Salen dos soldados ridículos.
¿Qué ordenas?
Que luego, sin dilación,
sin tardanza, sin pereza,
con la sagente iracundia,
y con cólera, sin flemas,
os llevéis a este cristiano,
y le pongáis de cabeza
en el suelo, y los pies altos;
amarrado, de manera,
que no tenga movimiento,
en cuerpo, brazos, ni piernas:
y empuñando una jeringa
que para el caso está echa,
le echéis seis jeringazos,
de agua que a borbotones hierva,
mezclada con pimentón.
Y otros seis de agua muy fresca
con vinagre, y sal mezclada,
porque de Baco blasfema.
De súbito se ejecute.
Agarran a Pilote.
¡Válgame Santa Quiteria!
dejadme, pobrecitos,
toda la tiranía fementida
oficiales te destruyen
y la culata te queman.
¿Qué aguardáis tardos ministros?
Tenga el mandrugo acá fuera.
Mandingo me bandideó. ¡Cielos!
ya los baldones, empiezan.
Señor Eutico, a señor,
revoque usted, la sentencia.
¿Qué es revocar? Al instante
abra la jeringa brecha,
en su proceder circular.
¡Ay de mi triste cabeza!
pero ¿de qué me acobardo?
mi fe triunfe, mi ley venza.
Una mordaza ponedle.
Engánchese este, aquí la gasta.
Pónenle un bolo con una mano...
Morroco, que le entre en la boca.
Marchad a hacer lo ordenado.
Se hará como lo decretas.
Llévanse a Pte. atropelladamente, y va haciendo señas, y bramando.
Baco, ya veis, cuán celoso,
hoy mi desvelo se muestra,
en vuestro culto, premiad,
a un devoto, que os bendiga.
A vuestras aras me llego,
para celebrar ofrenda,
el incienso, esta sardina,
a mi paladar le sea,
y el sacrificio será,
el consumir este néctar
Al quitarle la bota del anzuelo correrá la cortina.
Salen Fenis impaciente, y Nise, y Leonor deteniéndola.
Dejadme estar prima mía,
dejadme estar Leonor.
Eso es añadir vigor,
a la infausta simpatía,
que va fulminando el hado.
Esto es, prima, el corazón,
cumplir con su obligación.
Pareceres encontrados,
tienen estas dos legistas:
una aboga por vivir
otra alega por morir.
Señora no te resistas,
a los consejos de Nise.
Templa el llanto Fenis bella.
¡Oh adversa, oh infiel estrella!
Tu misma pasión te abate,
de que te quitas la vida,
y te anticipas la muerte.
¡Qué más dicha, qué más suerte!
si logro ser mi homicida.
Eso es desesperación,
no es sí cuerda pensamiento.
Es infiel bárbaro intento.
no envidiosa vacación.
En el loco frenesí.
no es firme legal cordura.
Es sin varón es locura.
No es prudencia. ¡Ay de mí!
Señora, ciertos extremos,
que debieras evitar.
¿Cómo? Estoy en la mar,
sin timón, velas, ni remos.
En los mayores lagos,
ha de obrar la confianza.
No hay premias de bonanza,
en golfos de desvaríos.
Eso es ya desconfiar,
de los favores del cielo.
Es publicar el desvelo,
que me hace precipitar.
Eso es morir.
No lo niego.
aunque para más quebranto,
la vida que anega el llanto,
la vuelve a avivar el fuego,
del Etna de mi pasión.
Bien todas estas manías,
sin cesar noches, y días,
todo es falta de varón.
Si pareciera su primo,
a los primeros rebozos,
trocara penas, a gozos.
¡Ay Claudio! Con varón gimo.
No dirán que ando aburro
de mi mente avergonzado.
Vacilaba un matrimonio,
y no ha, por falta de uso.
Siento verla tan postrada.
La ver tan ávida, y seca,
pues ya viviera la hueca,
si divisara la viada.
No cesa de llorar Fénix.
Da treguas por un instante
a tus penas, ten reposo.
En la ausencia de mi esposo,
será mi dolor constante.
A Fénix.
Señora mía,
por Dios, por nuestro, y por mí,
que no te dejes así,
dominar de hipocondría.
Te aconseja Leonor,
lo que mi amor te aconseja.
Vase Fénix llorando.
Todo es doblarme la queja,
¡y duplicarme el dolor
que me estáis aconsejando!
Dejadme, dejadme estar,
solo es consuelo el llorar,
pues así voy liquidando,
de mis últimos alientos
las crueles opresiones,
que vocean pasiones,
de mis justos sentimientos.
Si me veo prisionera,
de un tirano pretendida,
de Claudio desposeída,
y que mi bien fue quimera:
¿cómo podré guarecer,
conocer, ni padecer?
¡Que no sea padecer!
¡Y que no sea morir!
Y así vete, Leonor,
dejadme estar en mis penas,
con los grillos, y cadenas,
que me fabricó el dolor.
Y si merece piedad,
de vuestra fiel atención,
dejad a mi corazón,
que muera en su soledad.
Vase.
Espera, Fénix, aguarda.
Vamos en su seguimiento,
Leonor.
Voy al momento,
estas, sirve tú un rato de guarda,
ya me falta la paciencia,
el valor, y el sufrimiento
con mi señora; no hay fuerzas
que domen sus sentimientos.
Si ha de comer un bocado,
le cuesta dos mil gemidos,
si se ha de acostar lo mismo,
aunque no conoce al sueño.
Todo es suspirar, llorar,
sin salir de su aposento.
Está mi ama, como flor
de secano, y no de riego,
que en el estío se agosta,
y está en simiente el invierno,
sino es que diga, que está,
(no extrañéis el pensamiento)
como la gallina clueca,
antes de ponerla en huevos.
Esta noche será Troya,
que Daciano está resuelto,
(según dijo el Centurión)
a verla; y estoy temiendo,
que el esperar la visita,
le causa esos aspavientos:
por no ser razón negarse,
a debidos cumplimientos:
que aunque es tirano Daciano
no falta a lo caballero,
asistiéndonos en todo:
y es en Fénix mal agüero,
(siquiera de prespectiva)
no deponer ceño, y ceño.
En fin pasará la noche,
sino es que aborte sucesos,
que a nuestro, a Fénix, y a mí,
nos pongan a sangre, y fuego.
Yo voy a prevenir luces,
porque no me falte tiempo
a servir de centinela
al militar llamamiento.
Sale Claudio vestido de soldado.
¡Feliz, y favorable,
hasta aquí del destino la influencia,
en mi ansia lamentable,
me conduxo propicia a esta Valencia
de gentil revestido,
pero a mi fe, y mi ley, siempre vendido.
Las astucias, y ardides,
del desvelo incesante que practico,
solo acumulan lides,
porque penas, apenas, más duplico:
y en agitarte calma,
lo que el sentido busca, no halla el alma.
Inútil diligencia,
hasta aquí desfruto mi fiel cuidado,
pues de toda Valencia,
calles, plazas, y ejidos he rondado,
y en mi ansioso exercicio,
de la luz de mi sol, no encontré indicio.
Sale un soldado con alabarda.
Señor soldado, a la puerta
se encamine de Palanto,
porque le toca esta noche,
y ir de ronda con Daciano.
Está bien, señor sargento.
Vamos a cuartel, soldados.
Vase el sargento.
Si todos estos desvelos,
ansias, penas y trabajos
que dedico y sacrifico
a la deidad que idolatro
se lograran: con su encuentro
todo se había trocado
en gozos, dichas, placeres,
con los bienes del hallazgo.
¡Ay, adorada belleza!
¡Ay, esposa! ¡Ay, dulce encanto!
Pues es mi pecho tu templo,
a él venga tu simulacro.
¡Ay, bella prenda perdida!
A este verso salen Ciriaco y Gore, de soldado romano ridículo, con un mortero en forma de incensario y un cesto con sardinas, y una bota colgada al cuello, y empinándola dice:
¡Ay, dulce licor hallado!
¡Te gané para perderte!
¡Te hallé para mi regalo!
Cielos, en tanto conflicto,
dispensadme vuestro amparo.
Vase Claudio.
Ya si lo te bebes, mi amigazo,
pues que quieres voluntario,
con todas las circunstancias,
hacer sacrificio a Baco.
Bebe.
Aparte.
No es para menos el lance,
que si un instante me tardo
en decir que Baco viva,
al verme desatacado,
y alistada la obispa
y los demás aparatos,
ya el gaznate estuviera,
y lo demás de su barrio,
con pimentón y agua hirviendo
lindamente embalsamado,
para conservarme muerto.
Mas quiero pasar a tragos
la vida, que no de una
ver por mi ojo el estrago.
Que yo confío de Dios
que se mude este teatro,
y si hoy pío como pollo,
cacarearé como gallo
mañana. Señor Ciriaco,
ya me tiene a su mandado,
y al de Baco juntamente.
Eso te vale, amigazo,
porque si no, a la hora esta
ya estuvieras desosado.
San Baco sea conmigo.
A sus reliquias me agarro.
Vuelve a beber.
Pues vamos a dar gracias
y harás sacrificio.
Vamos.
¡Cata con toda pureza!
¿Pureza? Me amarga aguado.
¿Y vienes bien prevenido?
Aquí viene el incensario,
el incienso y la ambrosía,
y estoy muy bien ensayado.
Oye, amigo, me obligas.
A mí me obliga un trancazo
por vivir, pues la morada
de mis aposentos bajos
ya estuviera arruinada,
hecha infinitos trozos,
en fragmentos atenuados.
Vamos con gran reverencia.
Proceso de ir incensando.
Vanse, y Gore empinando la bota.
Sale Leonor con luz.
Según la hora citada,
por la relación de Octavio,
no tardará la visita
del Prefecto, y yo me hallo
corredora de aposentos
y clavera de estos cuartos,
para abrir al primer golpe:
que estoy con ansia rabiando
por ver un hombre y hablarle;
y esta noche he de lograrlo:
pues Daciano ha de traer,
sin dificultad, criado.
De las tripas, corazón,
mi ama vaya formando;
pues ruegue, y yo hemos podido
convencerla: y que disuadan
Audiencia, y le recomponga
al señor adelantado
con la palabra que dio:
y en esto fenezco acusada
aunque violenta, con que,
voto a Dios, se ha logrado,
pues así podré charlar
un rato con un barbado,
de lo que resultar puede,
un chichisbeo soldado.
Vase con la luz.
Salen Daciano, Octavio, Claudio y soldados de noche.
Repetida experiencia,
declaran las quietudes de Valencia:
pues mi celo importuno
no puede divisar cristiano alguno:
por más que la paseo.
Aparte.
En mí saciar pudieras tu deseo.
Que muchos hay, es cierto,
mas que Cipriano, no estaba encubierto,
por conservar la vida!
Pues por más que se oculten, homicida,
(por muy extraños modos)
tengo de ser de todos,
pues no faltará maña,
en que trofeos sean, de mi saña.
La pasión, los placeres te limita,
pues de Fenise, te espera la visita.
Cielos qué es lo que he oído!
Visita, y Fenise dijo! estoy perdido.
No pierde mi memoria
el esencial objeto de su gloria:
que esto es cumplir ansioso,
con las mis obligaciones oficioso.
Oh adversa! oh infiel suerte!
que buscando la vida, hallé la muerte.
Mis ansiosos, solícitos desvelos,
se reducen a rabia, pena, y celos.
Aunque ronde los patios,
no se mudará Fenise, ni Palatio,
y quiero ir algo tarde.
El corazón se abrasa, el pecho arde.
(Llama un soldado)
Antes que con mi afecto,
con el rigor he de cumplir mis efectos,
pues venir por aquí no es accidente
que me trae el Diácono Vicente,
Por ver, si su delirio,
pausa con los rigores del martirio.
Y pues de la prisión esta es la puerta,
llamad aprisa, pues.
Señor, abierta está la puerta ya.
(Éntranse todos menos Cleanto)
Entremos dentro,
lisonjearé mi furia, en este centro.
(el corazón palpita)
Ya en la prisión entraron,
y a mí preso en desdichas me dejaron.
Qué es esto suerte impía?
Ser desdicha, y ser mía:
que aun cosa oportuna,
ya me la dilatara la fortuna.
No dijo Octavio
pues de Fenise te espera la visita?
E infiel Daciano, tirano inicuo, y vario,
no se mudará Fenise, ni Palatio!
Qué más claro escrutinio,
ni qué más vaticinio,
puedo hallar en mi suerte?
pues buscando la vida, hallé la muerte.
Qué es esto Cielo Santo?
es este el galardón de mi quebranto?
Sin duda Fenise bella,
su decoro atropella,
pues admite a Daciano!
Oh rigor inhumano!
y él por correspondido, se ve favorecido,
Pues Dios que no pierde su memoria,
el esencial decreto de su gloria.
¡Oh, adversa, oh, infiel suerte!
que buscando la vida, halle la muerte.
¿Así, tirana, premias mis desvelos?
Mis ansias, mis anhelos.
Corriendo peregrino,
sin norte, sin destino,
explorador ansioso
de su resplandor fénix luminoso.
¿Es posible que fénix se ha vencido?
¿Y que a un tirano injusto sea vendido?
No es dable, no es posible,
que es fénix en decoro inaccesible.
¿Si acaso habrá otro fénix en Valencia?
Qué mala consecuencia,
aplico yo a los celos,
y a las furias que agitan mis desvelos.
¡Oh, adversa, oh, infiel suerte!
que buscando la vida, halle la muerte.
¡Oh, malévola estrella!
no hay que dudar es ella,
ella es, que convencida,
es de mi honor, y juicio, la homicida.
No hay para mí reposo,
al mirarme ofendido, y tan celoso:
que larga es la distancia,
de pronunciar, a practicar constancia.
Quitar la vida incauto
a Daciano, magno, no es pensamiento
cuerdo en esta ocasión; primero es justo,
con audacia sagaz, y ánimo augusto,
examinar la esfera,
que en el palacio ocupa aquesta fiera.
Fingiréme enviado de Daciano,
y supondré recado cortesano,
y en tan terrible trance,
un lance, me abrirá paso a otro lance.
Ellos parece, que salir retardan,
pues ¿qué esperan mis celos? ¿a qué aguardan?
que si me culpan por echarme menos,
senos tiene la tierra, y el mar senos,
donde precipitado,
de una vez se concluya, mi cuidado.
Fénix voy a buscarte,
para entre mis volcanes abrasarte.
¡Oh, adversa! ¡oh, infiel suerte!
que buscando la vida, halle la muerte.
Vanse, y salen Daciano, soldados y el Alcaide, y descubre el Santo atado a la coluna azotado, y muy gozoso, y risueño. Al entrar Daciano, se quedan los verdugos con la acción de que le azotan.
¿Que un hombre de juicio quiera
ser de las iras trofeo?
¡Oh, Daciano! ¿Aquí estás tú?
Mucho tu visita aprecio.
Pues yo me irrito de verte,
porque al mirarte risueño,
indica que los azotes,
son de amigo a lo que entiendo.
Ya reprehendí a los verdugos,
varias veces eso mismo,
pues no cumplen con el orden
del tenor de tu decreto:
pues flojos, y negligentes,
dan el castigo a mi cuerpo.
Rendido estoy de azotarle.
Y a mí me falta el aliento.
(quita Daciano el azote a los verdugos, y los castiga)
A mí me falta paciencia,
de lo que examino, y veo.
Villanos inobedientes,
piadosos con los reos,
al castigo perezosos:
ya a castigar os enseño,
pues por el propio castigo,
aprehenderéis el ajeno,
sirviéndoos esta lección,
de instrucción, y documento.
Daciano, ¿qué es lo que haces?
tus finezas agradezco:
verdugo de mis verdugos,
en esta ocasión te advierto.
Es eso doler por mí,
como amigo verdadero,
azotando a quien me azota?
Todavía estás a tiempo
de que seamos amigos:
pues con tributar inciensos
al César Diocleciano,
te tributaré yo afectos.
Más en varón, y más justo,
es que quemes el incienso,
y que católico fiel,
confieses al Dios Supremo,
y olvides los falsos Dioses:
que mi Dios te dará premio,
y los tuyos engañosos,
te conducen al infierno.
En este caso verás,
cómo te aplaudo, y obsequio
y de amistad, y cariño,
un vínculo fundaremos,
queriéndonos en mi Dios,
con filial, y mutuo afecto.
Ea Daciano, seamos
amigos, ¿ves todo esto,
que yo con delicias sufro,
y con placeres padezco?
Son favores, son mercedes,
que me dispensan los Cielos;
pues me dan eternos bienes,
por momentáneos tormentos.
Y tú infeliz, engañado,
mendaz, obstinado, ciego,
errado, y supersticioso,
sin Dios, sin Ley...
No tu acento
al furor de mis iras,
con desatinos parleros,
intente añadir más llama:
Vicente vuelve en tu acuerdo,
da muestras de racional,
pues tienes entendimiento.
Di que viva Diocleciano,
aplaude al Romano Imperio.
a sus Dioses victorea,
que te aseguro, y prometo,
(por la antorcha luminar,
que es fanal del firmamento
y por las sacras Deidades,
que rigen sus paralelos)
de ampararte, y protegerte
en todo.
¿Qué quieras necio
persuadir a los errores
(con ofertas que desprecio)
a quien diera muchas vidas
a tenerlas, defendiendo
a su Dios, su fe, y su ley.
Inventa nuevos tormentos.
Vístete de rigores,
brote tu ardor Mongibelos,
discurra tu crueldad
los arbitrios, y los medios
más rígidos, más tiranos,
al castigo, que primero,
te cansarás tú en mandarlos,
que yo en estarlos sufriendo.
A todo esto el Santo risueño -
Ea calla
bárbaro, monstruo protervo.
Al instante, luego al punto,
sin dilación, al momento
refrendad esas heridas,
reiterando el esfuerzo
con los azotes, y sean
con disciplinas de hierro,
y con acerados garfios.
Eso es lo que yo pretendo.
Escándalo de mi vida,
y tósigo de mi pecho,
de los castigos te ríes,
cuando yo me irrito?
Eso,
es lo mismo que te he dicho:
pues primero tus tormentos
faltarán que mi alegría.
(aparte)
Rabio de cólera, y tiemblo.
Otro partido he de hacerte
porque en vencerte me empeño.
Ea Vicente, no insto,
en que consagres inciensos,
y sacrificio a los Dioses,
y al César, supla por esto,
el que me entregues los libros,
que enseñan los documentos,
de tu religión, y así,
Sin derogar mis decretos,
podré darte libertad,
como con otros lo he hecho.
Eso fuera ser traidor,
a Dios, a su ley, y al cielo.
De mi religión los libros,
¿entregarte? me avergüenzo,
que me propongas a mí,
tan indigno pensamiento.
¿De mi religión los libros?
ya penetro tus intentos,
para quemarlos? pues antes,
te abrase a ti eterno fuego.
Desátanle
Pues por fuego tu castigo,
ha de ser también blasfemo.
Desatadle, y conducidle
al ecúleo, y en él puesto,
con hachones encendidos,
en los costados, y pecho,
le atormentad, muy despacio,
agregando al fuego lento,
la incesante disciplina,
y garfios al mismo tiempo.
Que así a lo que el yerro labre
le dé la llama cauterio.
Todo esto lo dice mirando al cielo, y vigorizándose
Dichoso, y felice soy
mi buen Jesús, pues merezco,
consagrarte en mis fatigas,
mis resignados alientos.
hacen que le llevan
Que un rapaz, pueda apurar
mi paciencia, y sufrimiento,
queriendo el atormentado
él se ría, y yo padezco!
Su valor admiración
me causa. Alegre, y risueño
cuando yo por castigarle
estoy pensativo, y serio!
Ea qué esperáis, llevadle
pero esperad, porque quiero
ampliaros más el orden.
Ejecutad lo dispuesto,
y luego desde el ecúleo,
le llevad con vilipendio;
y desnudo le pondréis,
en una cama de yerro,
cuyos colchones serán,
buidas puntas de acero:
donde echado, le echaréis
fuego por bajo, y a esto,
se ha de seguir, por encima,
de su desangrado cuerpo,
echar lardo derretido.
y en estos lances veremos,
si su valor, y su risa
continúa.
Con exceso
me hallarás siempre gozoso
y en el castigo halagüeño
cuantos rigores arbitres,
ni los extraño, ni temo:
que hay otro dentro de mí,
otro yo: que con esfuerzo,
él se va resfocilando,
con lo que desmaya el cuerpo.
Con este acabar podrás,
que es vaso frágil, y térreo;
pero el otro es inmortal
y se ríe del tormento:
y como acrecienta gozos,
sale el júbilo, a lo externo.
Y así de ti, y tus rigores,
(que con gusto los padezco)
me reiré.
Calla monstruo,
que me admiras. presto presto,
ejecutad lo ordenado.
Dios mío todo soy vuestro.
Agárranle los verdugos y dicen yéndose, y el Santo desde el paño
Quitadle de mi presencia
Yo aseguro...
Yo prometo...
Que los azotes...
Los golpes...
Que me sacudió el prefecto...
Que me dio el adelantado
Le salgan caros.
Y recios.
Ea, qué esperáis llevadle.
Llévanse al Santo delante de los verdugos
En ti confío, y espero,
Jesús mío, dueño amado,
de mis placeres objeto.
A padecer los portáis
pero no estar padeciendo,
es omisión muy culpable
no malogremos el tiempo.
Escandalizado estoy,
Octavio, de este mancebo.
Su valor me causa ira,
pues con inmutable esfuerzo,
perjudicando a los dioses,
a los cristianos da ejemplo.
Me irrito, al considerar,
la risa, con el despejo,
que manifiesta en su rostro.
Pero para qué me inquieto,
cuando en rigor, y castigo,
será ejemplar de escarmientos.
Su inimitable constancia
a cuantos le ven, suspensos
tiene.
Por catequizarle
a mi ley, el mundo entero
diera; pues vencido él,
cuantos cristianos contemplo
públicos, y ocultos, todos
dieran a los dioses feudos.
No hay duda, que fuera así.
Pues todo es poner los medios,
a el fin con los castigos.
De palacio estamos lejos,
y con tus celosas iras
olvidas tiernos afectos.
Dices bien; vamos, Octavio:
y pues no es mucho que quiero
que esta parte de ciudad
de camino la rondemos.
Alcaide, si los verdugos
no cumplen, como he dispuesto,
los castigos de ese monstruo,
que se ejecuten en ellos.
Está bien, señor.
Éntrase el Alcaide por donde entró el Santo y vanse Daciano y Octavio y sale Claudio como receloso.
¡Oh, dioses!
mirad por vuestros progresos.
Sale Leonor con luz.
Permita una vez el hado,
deponer la adversidad,
concediendo una piedad,
a mi penoso cuidado:
según las señas me han dado
de Fénix la habitación
es esta; qué confusión
padezco, en mi sentimiento
para ahora es el aliento
anímate, corazón.
El examen riguroso,
que solicita mi ardor,
será doblarme el dolor,
y aumentarme lo celoso:
Fénix, ya llega tu esposo,
a tu presencia a morir:
¿qué la he de ver, y he de oír?
¡Oh, fatal, oh, adversa suerte!
Ven apresurada muerte,
que no puedo resistir.
Pero, ¿cómo en dilaciones,
gasto tiempo tan escaso,
y en diligencias me atraso?
Amor, entre tus blasones,
hoy brillaran mis acciones.
Torné resuelto a llegar,
mas, ¿qué es esto? Sin llamar
se franquea ya la puerta?
Sí, que es valor esté abierto,
si el entrar me ha de acabar.
Apenas pasos sentí,
y murmullo en el salón,
cuando he abierto.
Corazón,
desmiente, tu frenesí,
y tu desdicha. ¡Ay de mí!
¡Oh, lo que puede el amor!
¡Oh, lo que puede el rigor!
Esta es noche de mi dicha.
Que más ciertas mis desdichas,
pues la que abrió, es Leonor!
que esta noche con barbado,
he de estar chichisbeando?
Que se vaya aumentando,
de tal suerte mi cuidado!
Sin duda, que este es criado,
pues tanto tarda en llegar.
A Fénix tengo que dar
un recado del prefecto.
¿Y para mí habrá un afecto?
Lo preciso es disimular.
Habrá un afecto inmutable,
lleno de mil rendimientos,
el cielo conceda alientos,
a mi pena insoportable.
Todo soldado es amable,
el amor me tiene absorta.
Hablar a Fénix importa,
porque a esto soy enviado.
No estéis tan embozado,
que yo no soy nada corta.
Dar el recado no admite,
instante de dilación.
Gente entra por el salón.
Generosa mujer, permite,
que esconderme solicite,
pues si me encuentra el prefecto,
que él es, sin duda, tan recto,
que castigue mi omisión.
Escóndese Don Claudio y salen Daciano, y Octavio.
Pues logra aquí la ocasión,
y en ti vuelve mi afecto.
La tropa de los soldados,
que han hecho ronda conmigo
se vayan a los cuarteles;
excepto aquellos precisos,
que te parezcan, Octavio.
Da la orden.
Claudio entre cortinas
Ya le ha oído
el sargento, y la ejecuta,
como tú lo has referido.
¡Qué de mi ofensa, y mi agravio,
oiga decir yo testigo!
Leonor bella, en albricias,
de que estas estancias piso,
sírvete de ese diamante,
colocado entre zafiros.
Mi muerte se va ordenando.
Tan grande fineza estimo.
Llegó el caso, Leonor,
de que ese bello prodigio
de Fénix, a mi fineza
le concediese permiso,
de consagrarme a mis glorias.
Ya sé, y hoy hemos conseguido,
que reciba tu visita.
Albricias, corazón mío.
que aminoran mis males,
con lo que Leonor ha dicho.
Señor, no extrañes su rebeldía,
pues desde el instante mismo,
que la hicieron prisionera,
y careció de su primo,
don Claudio, (que será su esposo)
su corazón afligido,
no fue capaz de consuelo,
ni placer ha conocido.
Bien haya, Leonor, tu boca.
Oh, quién se hallara tan digno,
como su primo, y su esposo,
a disfrutar su cariño.
Oh, quién se hallara sin riesgo,
en tan próximos peligros,
de Fénix, para matarte.
Pues Leonor, oprimido
me tiene el gozo, entra, y dila,
que estoy amante, y rendido,
y que espero su licencia.
Salen Nise, y Fénix vestida de negro.
Apenas hube tenido
de tu llegada a palacio,
algún género de indicio,
cuando por el cumplimiento
que a tu persona es debido,
salgo a ver lo que me mandas.
Fénix, tu atención estimo.
Oír a Fénix, y verla
sin culpa; ¡qué rigoroso!
Noble prefecto de Roma,
y su adelantado invicto;
y de las romanas tropas
Alcides, Marte, y caudillo
a cuyo garbo, y acciones,
está el pecho agradecido:
antes que nada pronuncies,
me has de prestar grato oído.
No quiero, no, molestarte,
con los acuerdos prolijos
de mi prisión, a tus plantas
en el lance referido:
entre cuyas circunstancias
si bien afable, ni impío
me concediste palabra
de libertad; cuyo asilo,
motivó indulto a mis ansias
en la ausencia del bien mío,
digo mi primo don Claudio.
Esto supuesto, y que miro,
esta noche tu persona,
favorecer mi retiro:
por si vienes a cumplir,
lo que tienes ofrecido,
anticipadas las gracias,
te tribuyo, y te dedico,
por cuyo motivo salgo
al encuentro, que no es digno
siendo yo la interesada
no mostrar lo agradecido.
Pero si acaso Daciano,
te traen otros desvaríos,
(que yo llego a discurrir,
aunque no he dado motivo)
de parte de mi nobleza,
y mi honor a un tiempo mismo,
es necesario formar,
escrito contra tus juicios.
Las repetidas instancias,
que Nise me ha referido
de tu parte, y Leonor,
(a quien Octavio las dijo)
en orden a visitarme,
y a que yo me he resistido:
no lo atribuyas prefecto,
en los procederes míos,
a grosería, sino,
a no tener albedrío,
pues mi albedrío es de Claudio,
esté muerto, o esté vivo.
Yo, Daciano te agradezco,
la asistencia, el domicilio,
y todas cuantas finezas,
tus prendas me han concedido.
Ya invictísimo héroe,
no me retardes los brillos,
de tu generosidad,
válgame tu patrocinio.
Dispénsame, a Zaragoza
volver, muéstrate propicio,
revocando, de la estrella
que me domina, lo impío,
encamíname a mi centro.
Ser con mujeres benigno,
es muchas veces ser noble,
ea adelantado invicto,
por mujer, por prisionera,
y por todos los motivos,
con que se puede argüir,
a tu garbo el llanto mío,
rendida a tus nobles plantas,
imploro, impetro, y suplico,
con ansia, con voluntad,
con sollozos, con gemidos,
con afectos, con ternezas,
con afanes, y suspiros,
me dispenses libertad.
Pero si cruel, e impío,
de tus ideas dictado,
te ofuscan torpes designios:
aunque vibres más tormentos,
y ejecutes más castigos,
que llevas ejecutados,
con tanto mártir de Cristo
Vase llorando.
Por mi Dios, y por mi ley,
por mi honor, y por mi primo,
diera (a tenerlas) mil vidas,
al verdugo, y los cuchillos;
y en el interín que llega,
el deseado suplicio,
consúmame, mi dolor,
ahógueme, el llanto mío.
Anímese mi valor,
y déte aliento mi brío.
Temo su vida peligre.
No faltarán parasismos.
Conserve su vida el cielo.
Vase.
Señor prefecto, el permiso
me da para socorrerla,
pues estaba sin sentido,
por privarse a cada instante,
con cualquier leve motivo.
Los dioses la fortalezcan.
Vamos, Octavio: corrido
voy de ver tales desprecios
y tan tiranos desvíos.
Ya te habías desengañado,
de lo mismo que te he dicho.
Vanse Daciano y Octavio.
Vanse.
No necesitaba examen,
de este hermoso basilisco.
Octavio, preciso es,
andar aquí algo remiso,
yo me vengaré más breve.
Ven, Octavio.
Al revestido
manifiesta que ha juzgado,
y que lo han hecho mohíno,
engañar una partida.
Ea, señor escondido,
ya puede dejar rincones,
salga a parlar un poquito.
Vase.
No puede ser, reina mía,
que soy soldado elegido,
para guardia de Daciano,
y estoy en grave peligro,
si me echan menos; lo que
te advierto, encargo, y suplico,
es que consueles a Fenis;
y por templar su conflicto,
le dirás, como don Claudio,
su esposo, su amante, y primo,
es cierto que ha estado muerto
y sepultado en abismos
de ausencias, penas, y celos,
pero que está bueno, y vivo,
y en Valencia; y para que
no dude lo que te digo,
dale este diamante a ella,
y toma tú este cintillo;
y que mañana a la noche,
con recato y con sigilo,
volveré, que aunque soldado
soy, de Claudio muy amigo,
y le diré dónde está,
tan constante como él mismo.
A Dios, Leonor, a Dios,
sin duda me ha conocido.
Vase, y salen Liberto y Ginesillo, en la misma forma que antes.
Tan pasmada me ha dejado
lo que he escuchado, y he visto,
que no tengo movimiento.
Este es mi amo, y lo confirmo,
del recato, y del recelo,
de que ha estado revestido.
¿Mas qué tengo que dudar?
sobre haberle conocido.
¡Válgame Dios, qué dirá,
de todo cuanto le he dicho!
Pero yo lo soldaré.
Voy ahora correndito,
a consolar a mi ama.
Poco a poquito, a poquito,
lo que pasa, ¿qué diría?
le quitará el gozo, el juicio.
Buenas albricias me esperan,
ya que, quedó mi apetito
con la gana de beber-
borreca, y comprar pepinos.
Después que de nuestro Baco,
con la ronda hemos cumplido,
siendo fieles salamandras:
Más bien dijeras mosquitos,
pues no ha quedado taberna,
donde no haya sacrificio.
Esas son muy malas frases,
a un Dios tan esclarecido.
Pues yo te advierto muy turbio,
al rematar un cuartillo,
por ser suelo de tinaja.
Filote amigo es preciso,
irnos a dormir un poco.
Un mucho dirás, crivillo.
Pues vamos, y poco a poco;
porque a lo que yo imagino,
estoy algo encandilado.
Todo cuanto hable Liberto ha de ser con acciones, y señales de borracho.
Yo creo que estoy lo mismo.
Ya logré lo que quería,
pues el vino lo ha tollido:
ahora me vengaré yo,
de los oprobios de Grivito.
A Filote, acércate,
arrímate Gilosico,
y ayúdame a caminar.
Él me quiere faravillo.
Vámonos allá al cuartel.
Se emborrachó el angélico.
Qué asco, y qué sudor que tengo.
Subió a predicar el vino,
y como el sermón es largo
estas de sermón ayto.
eso te causará bascas.
A espacio, Gilote mío.
Y apliqué al puerco mayor,
que hay en todo este distrito,
para el logro de mi idea.
¡Qué gargajos pegadizos!
Esos son pollos con sarro.
¿Parece que amaneciendo?
Ha sido una exhalación.
Una exhalación, ¡qué bárbaro!
Que a este lado de la calle,
por donde vamos, Civivio,
aquí encima de nosotros,
a una ventana ha salido
una hembra, como cien soles,
que es de hermosuras Céfiro.
¿Quieres que hablemos con ella?
No estoy para hablar, amigo.
Ha de ir delante Gilote, y finge la voz siempre que convenga.
Este otro está embriagado,
mas no le falta el sentido,
que para chasquearle bien,
es lo que yo necesito.
Conocióte la muchacha,
¿no oyes que te llama?
¡Civivio!
¡Qué quieres, hermoso sol!
Tengo que explicar contigo.
¿Conmigo, reina? ¿A qué fin?
Porque te tengo cariño.
Guárdalo para tu día,
porque ahora voy aturdido
del sereno... anda, Gilote.
Ese es un grosero, Civivio.
¿Que me quiera esta mujer...
¡Embustes!
Hombre, a lo que yo colijo,
según los extremos hace,
tenerte un amor garifo.
Válgate el diablo por embustero.
No creyera tus desvíos.
Vaya mujer, que me quiere.
Que te quedes solo, Civivio,
y bajaré a abrir la puerta,
y entrarás en mi cubierto.
¿A dónde iré, Gilote?
¡Embuste!
Según lo que yo averiguo,
te quiere solo, y a solas,
por lo que será preciso
retirarme.
Hombre del diablo,
yo no estoy para cumplidos.
Las mujeres de mi prenda
no quieren tener testigos,
en sus comunicaciones;
solo has de quedar, Civivio.
Lances de amor semejantes
entre amantes se han visto.
Civivio, quédate solo,
que voy a abrir, dueño mío.
Esto no tiene remedio.
Pues, amigo, me retiro.
Déjame en la misma puerta.
Vase, y sale Fénix con una bujía que pondrá en una mesa.
Ya he logrado mi designio,
pues a un lagar de inmundicias,
le dejaré tan propincuo,
que al primer paso que dé,
se estercolen los hocicos.
¡Suerte mía,
que en la noche infeliz,
concedes día,
que publica piedades,
para la unión feliz,
de voluntades!
Y dispensa fulgores,
que el cielo me concede,
en sus favores.
¡Oh, soberanos cielos!
Las gracias os tributan,
mis desvelos.
No es de Leonor capricho,
cuanto de Claudio,
me ha contado, y dicho:
pues lo expresa brillante,
en caracteres
este fiel diamante,
que en señal de firmeza
mi fineza le dio,
a su fiel fineza.
En viendo yo a mi esposo,
tan firme, y amoroso,
como lo considero;
no temo de Daciano,
el vigor fiero:
pues entre tantas lides,
seré su Deyanira,
y él mi Alcides:
que triunfará constante
(siendo amoroso atlante)
del monstruo de Daciano
burlando nuestra astucia
a ese tirano.
Y pues que ya la aurora,
en catre de su albor
es precursora,
del astro rutilante,
y su globo radiante,
va estableciendo el día,
paréntesis la luz,
de mi alegría,
será, hasta que la noche,
sepulte en sombras
el dorado febeo coche.
Ya pausarán mis penas,
rompiendo las cadenas,
que forjó el sentimiento
y eslabonó el rigor
y sufrimiento.
y calmaban los mares,
que fluían
en los golfos de pesares.
Logrando mi esperanza
en el mismo naufragio,
la bonanza.
Vase.
Sale Daciano, el Alcaide y soldados con luces.
¿Qué es lo que dices, Alcaide?
Señor, lo mismo que he visto;
pues luego que vio Vicente
los asadores encendidos,
se fue a el lecho risueño,
tan afable, tan benigno,
como si fuera a lograr
placeres y regocijos.
Después, como lo ordenaste,
ahumado, denegrido,
azotado y arañado:
con un valeroso espíritu,
apenas la cama vio
preparada a mis delitos,
cuando se fue placentero,
y echándose en ella, dijo:
«Ejecutad lo que manda
vuestro prefecto, ministros».
Y revolviéndose en ella,
como en colchones mullidos,
sin reparar en las puntas
del ardiente acero e impío;
recibiendo al mismo tiempo
incesante derretido
lardo, no se le escuchó
ni un sollozo ni un gemido.
Antes mostrando placeres
en potencias y sentidos,
todo era a los verdugos
culpar de tardos y omisos.
¡Por los soberanos dioses,
que me tiene confundido
su valor y su constancia!
Y con risueño delirio,
a todos los que le cercan,
subministrando el castigo,
los exhorta y amonesta
a la fe de Jesucristo.
En fin, ya de castigarle,
estando todos tan rendidos,
que publican desmayados
lo que él siente prevenido.
Cuyas resultas, señor,
despiertan claros indicios
de que muchos a su ley
y a su fe sean movidos:
pues como él alegre dice,
a el efecto del martirio,
que todo aquello es regalo
que le da el cielo propicio,
y que su Dios le releva
de que sienta los castigos,
y que por leves trabajos
le espera un bien infinito;
de esta expresión cariñosa,
y de su eficaz delirio,
llego a inferir de las señas
que vi en algunos ministros,
que se entienden en su ley,
y están en la nuestra tibios.
Y así, Prefecto de Roma,
e ilustre Daciano, invicto,
tan próximo daño evita
con los más prontos arbitrios.
En lo natural no cabe
todo lo que has referido;
Vicente es un hechicero,
y efectos son de su hechizo.
Alcaide, en la más obscura
prisión, más lóbrego sitio
de la cárcel, le pondrás,
y un cepo en lugar de grillos,
y sin que nadie le vea
ni le hable. Tan perdido
como admirado me hallo,
este hombre me quita el juicio.
Vase.
Voy a ejecutar, señor,
lo que ordenas.
Vase, y sale Civirro lleno de cieno, como escondiéndose.
Aturdido,
(más que de fénix rigores,
con llorar yo sus desvíos)
me tienen de este levita,
la constancia y desatinos.
A consultar con Octavio
voy. Dioses, sedme propicios;
pues hidrópico de sangre
de cristianos enemigos,
de la que beber no pueda,
fundaré en Valencia un río.
Sale Gilote acechando al sordo.
¿Que una inútil disoluta,
e imagen de Medea,
y citatuta,
pueda haberme chasqueado?
¿Y en un cieno tenerme colocado,
de digeridas coles,
como acreditan estos arreboles,
cuyo olor asqueroso,
a las narices quitan el reposo?
Ya encontré con Civirro,
de vista temo,
no se me haga un sirro.
¡Qué horroroso retablo!
Lo que no haga una hembra,
no hará el diablo.
Que quiero llegar,
la risa disimulo.
Al pensar en el lance,
me atribulo.
¿Qué es esto, Civirro amigo?
Esto es ser de albañales
un mendigo.
¿Albañales? ¿Qué dices?
Arrímate al vestido las narices,
que ellas te informarán.
¡Jesús, qué risa,
calado viene hasta la camisa!
¿Has tenido quimera?
Sí, con un albañal y una hechicera.
¿La que anoche llamaba?
Yo pienso que su susto lo soñaba;
pues donde me arrimaste,
y fiado me dejaste,
estuve más de un hora
esperando que abriera la señora.
¿Y no abrió la taimada?
Es una disoluta y descarada.
Pues ¿cómo ha sido? Enrídilo , acaba.
Como arrimado estaba
a la puerta, y no abría,
me pareció que ya llegaba el día;
y el chasco contemplando,
pues estuve clamando,
y no daban respuesta,
al mover de los pies di con la testa
en un lagar profundo,
de adonde salgo, como ves, inmundo.
¡Que a esto una hembra obligue!
Vase.
Con mala sarna Baco la castigue.
Lo que importa, Gilote,
es quitar del vestido este almodrote.
Vámonos hacia el río,
que me quiero lavar, aunque hace frío.
Vase.
Voy en tu seguimiento,
gran chasco se le espera con el cuento.
Sale don Claudio.
Planeta luminoso,
que hoy terminas a ocaso perezoso,
abrevia tu viaje,
y permite a las sombras el pasaje.
Y tú, noche prolija,
del caos y obscuridad, pálida hija,
hurta al sol lucimientos,
dándole en occidente monumentos.
Conocióme, sin duda,
Leonor, y tan muda
quedó como admirada,
al contemplar mi máxima impensada.
Como apercibía
el lance a Fénix, y con qué alegría
Fénix sus atenciones
daría a Leonor, en confusiones.
Si dispierto no sueño,
esta noche veré a mi dulce dueño,
y con ansia amorosa,
y fineza oficiosa,
en amante ejercicio,
a sus plantas seré fiel sacrificio.
Ven, noche deseada,
y la luz desterrada,
Solo brilla la estrella
que contemplo en la luz de Fénix bella.
Alimenta memoria,
a la esperanza, en tan dichosa gloria,
y ínterin mi cuidado,
obligaciones cumple de soldado.
Vase.
Salen Daciano y Octavio =
Octavio, no soy capaz,
de sosegar un instante:
ya me combate lo amante,
ya me estimula lo audaz.
Ya te he dicho mi sentir,
pues templarás tu impaciencia
usando de violencia
con Fénix; y con morir,
de una vez ese levita,
cesará tu confusión:
que uno, y otro al corazón,
los placeres te limita.
Dices bien, mi desvarío
medicino de repente,
dando la muerte a Vicente,
y triunfando de su desvío.
Como frenético, y loco,
en un cepo colocado,
y en la obscuridad postrado,
morirá, muy poco a poco:
y por lo que a Fénix mira,
trazaré con Leonor,
el que consiga mi amor,
lo que el afecto conspira.
La noche empieza a anunciar,
sus lobregueces letales,
y tenemos memoriales,
Octavio, que decretar.
Vamos, aunque mi desvelo,
me tiene desazonado.
Siempre estoy a tu mandado.
Es mi pecho un Mongibelo.
Vanse, y salen Justa, y Leonor con luz.
No ceso, prima querida,
de obsequiar tan feliz suerte.
Se ha permutado mi muerte
en una próspera vida.
Mis ansias son centinelas,
de mi dueño deseado.
Como publica su agrado,
que tendrá recado, y señas,
No pueden mentir las señas
que Leonor me ha referido.
Que es él, y lo he conocido,
están ciertas, como hay dueñas.
Y sobre todo, que es él,
Claudio mi primo, y amante,
lo publica este diamante.
Volvióse almíbar, la hiel.
Lo que importa Leonor,
pues que ya la luz se apaga,
es que estés en la antesala,
y cuando sientas rumor,
rendida, sin reparo,
conduzcas a mi retrete,
a mi esposo; vete, vete.
Porque no es dificultoso,
aunque lleguen a encontrarle,
siendo el romano soldado,
decir que trae, un recado,
de Daciano, y entra a darle.
Todo el cielo lo prospere,
que es Daciano, un alevoso.
Logre yo, ver a mi esposo,
y venga, lo que viniere.
Nos vamos las dos,
a esperar en el estrado.
¡Leonor mía cuidado!
Vanse.
¡Que se le quitó la tos,
a la buena de mi ama!
¡Que ya reza la proclama!
¡El llanto, y el sentimiento!
¡Que todo es gozo, y contento!
¡O lo que el gusto urde, y trama!
En fin yo voy a esperar,
y lo he de esperar sin luz,
que de la noche el capuz,
mi vergüenza, ha de tapar.
Vase.
Corren la cortina de en medio y se manifiesta San Vicente en prisión.
Señor omnipotente,
Soberano Dios mío,
de la gloria alegría,
que solo te defines, por ti mismo.
Consuelo de los tristes,
Júbilo de afligidos,
amparo de los pobres,
y universal, de todos, patrocinio.
A tus divinas Aras,
me consagro, y dedico,
y a tener muchas vidas,
te las rindiera en muchos sacrificios.
Jesús Amado Dueño,
Dios, y hombre Divino,
Salvador de las Almas,
y Redentor, de míseros cautivos.
En oblación Jucunda,
siempre a tu fe rendido,
sin faltar a tus Leyes,
me consagro gozoso, a los martirios.
Las afrentas, y penas,
Señor, que he padecido,
me las hace suaves,
la dulce reflexión de que soy Cristo.
Crezca Señor la ira,
en el tirano impío,
y antes que el de mi vida,
triunfe yo, de sus bárbaros
designios.
Señor, vuestro Evangelio,
celoso he defendido;
si en algo omiso estuve,
una y mil veces el perdón os pido.
Tolerad mis defectos,
fortaleced mis bríos,
que yo solo pretendo
a vuestra voluntad estar unido.
Firme, constante, estable,
venero vuestros ritos,
y con profundo obsequio
que todos los veneren solicito.
Señor, con vuestro amparo
y divinos auxilios,
es suave lo acerbo,
y se vuelven regalos los castigos.
Este lugar inmundo,
del centro horrendo sitio,
lo contemplo palacio,
pues me le asigna celestial destino.
El cepo que me oprime
(de la libertad grillos)
será desembarazo
para arribar al bello Paraíso.
Los golpes, las heridas
que por Vos he sufrido,
son galas, son adornos
que la fe y sufrimiento
me han vestido.
La espantosa tiniebla
en que estoy sumergido,
me asegura las luces
de un sol que luces da a todo
el Empíreo.
¡Oh, soberanos cielos,
ilustrad mis sentidos,
más que globos lucientes,
¡ilustrad este pavoroso sitio!
Descienden dos ángeles, cada uno por su lado, con hachas, cantando el recitado siguiente.
Español valeroso,
Alcides de la fe,
Marte glorioso.
Terror del gentilismo,
admiración y espanto
del abismo.
Ya te previene el cielo
el premio y galardón
a tu desvelo.
Pues te canta la gloria,
tuyo es el triunfo,
tuya es la victoria.
Antes del aria, se manifiesta libre el santo.
Aria a dúo.
Ya estás libre de prisión,
y más preso el corazón
en afecto y voluntad;
y de tanta confusión,
ha de ser el galardón
la feliz eternidad.
Señor, si asombra
que es grande su providencia,
como se acredita en mí,
pues vine, y vuelvo a mi silla.
Vanse, y salen Daciano, otro soldado y el alcaide.
Alcaide, esos son embustes
y de ese levita enredón.
Ni son enredos, ni embustes,
todo cuanto digo es cierto;
y los que estaban de guardia
gozaron del embeleso
de la música y las luces,
y a Vicente, con aliento,
le han visto por la prisión
pasearse libre del cepo.
Y para prueba que es
verdad lo que te refiero,
la ley de Vicente sigo,
y a su Dios amo y confieso.
Quítenle luego, al instante,
la vida a este fatuo, necio.
La vida verá lograr,
morir por Dios verdadero.
Llevan al alcaide.
Señor, por toda Valencia
está público el suceso,
pues los que estaban de guardia
se han convertido; y a esto
se seguía el que por las calles,
con alboroto y estruendo,
van dando publicación,
desde lo más a lo menos,
cuyas resultas han sido
que todos los encubiertos
cristianos (que los tenía
ocultos su justo miedo),
como hallan franca la cárcel,
están entrando y saliendo,
y a Vicente victoreando,
riéndose de los riesgos.
Confuso, absorto y turbado,
sin dirección, sin acuerdo,
torpe a la resolución,
atado a operación ciego,
este caso me ha dejado;
ya no hallo consejo
ni disposición
de admitirle; el juicio pierdo.
Octavio, formar triaca
del más nocivo veneno
nos conviene con diligencia,
y ademanes halagüeños;
pasarás a la prisión
de ese fatal hechicero,
dando a entender que permuto,
por lo afable, lo severo,
los rigores en piedad,
las iras en afectos.
Estimo tanto a Vicente,
por su valor y esfuerzo,
Que alivien la vida,
y que su salud prevenga,
haz disponer una cama,
con muchos ornatos regios,
sembrada de bellas flores,
aderezada con aseo,
y perfumada de olores:
en cuyo mullido lecho,
acostarán a Vicente,
y le darán alimentos,
exquisitos de sustancia.
Disimule lo soberbio
el corazón, y se vengue,
por máximas, mi deseo.
Daciano, lo decretado,
voy a poner en efecto.
Vase.
¡Oh, Diácono! ¡Oh, levita!
¡Oh, Vicente! ¡Oh,
yo vengaré de los dioses
los ultrajes, y desprecios.
Vanse. Salen Claudio, y Giges, con un lío de ropa.
Todo esto ha de ser paseándose.
Una, y mil veces, señor
Don Claudio, tus plantas beso,
agradeciendo al acaso,
lo que al acaso le debo:
pues hablarte, y conocerte,
Don Claudio, fue tan a un tiempo,
como seguir tus pisadas.
Vamos a palacio prestos,
que ya hablaremos de pa-
so. Este es trote cochinero.
De todo lo que me has dicho,
Don Claudio, estoy tan ajeno
que ni de Fénix, ni Nise,
(esto es andar hoy corriendo)
ni Leonor, supe cosa.
Ayude el cielo mi intento
y después de tantas ansias
logre descanso mi afecto.
No, señor, no supe cosa.
Dame alas, hermoso dueño,
que si esperas mi llegada
yo por llegar desespero.
Cierto, que no supe cosa.
Don Claudio se ha vuelto viento,
o se lo llevan los diablos.
No supe cosa, por cierto.
Que a saberlo hubiera vis-
aunque fuera con mil riesgos
a mis señoras paisanas.
Amor, préstame tus vuelos.
Que acá estaban prisioneras
yo también fui prisionero
y me convertí en gentil,
por tener los ojos buenos.
Este hombre corre la posta.
Alúmbrenme tus reflejos.
Él trota, que se las pela,
y lo que habla, no lo entiendo.
Ea, querido Giges,
ya en este palacio, entramos.
Soberanos paraninfos,
de la celestial esfera,
que os dignáis, con un indigno,
de ostentar tanta grandeza:
tributad al criador,
las gracias, por su clemencia:
pues a un gusanillo inútil,
nada, polvo, cieno, y tierra,
con delicias, y consuelos,
tanto favor le franquea.
Interín el Santo representa, van subiendo los ángeles muy despacio, sin cesar la música, y salen dos guardas, y el alcaide como asombrados, y acechando.
¡Qué armonía soberana,
me suspende, y enajena!
¿Si habrá vuelto Orfeo al mundo?
¿Si en la tierra habrá sirenas?
En la prisión de Vicente
amaneció.
El sol se ostenta
en zenit, y él está libre,
sano, y bueno, y se pasea.
Alcaide, Vicente es santo,
su ley es la verdadera,
su Dios, es Dios sobre todo.
¡Tanta honra, sin merecerla!
A este verso se corre la mutación, cesa la música, queda el Santo escondido, y el alcaide y los guardas en el tablado.
¡Qué asombro!
¡Qué admiración!
Voy a Daciano a dar cuenta
y a publicar, que Vicente
es justo, y su ley la cierta.
Nosotros también iremos,
a pregonar sus grandezas.
Vanse, córrese la cortina de en medio, y Fénix, y Leonor Nise en estrado, y lucen galas.
Nise, de tanta tardanza,
mi paciencia desespero.
Fénix, te has de hacer a cargo
que no tarda, considera,
que se halla Claudio soldado,
y es posible que no pueda,
faltar a la ocupación
de su militar tarea:
o puede también de ronda
estar.
Eso me consuela,
pero aunque lo reflexione
me estimulan impaciencias.
Claudio, y Leonor Giges salen.
Con recato, y con silencio,
ve, advierte que me trajeras,
para ver a Fénix antes
que hablarla.
Me desespera
su tardanza, prima.
Se levanta a
Los sentidos, y potencias,
al verla, quedan suspensos.
El corazón, por la lengua
suplica con los afectos.
No quiera esta su constancia
tragarse el cielo, bien mío.
A tus pies, amada prenda,
está un infeliz, feliz.
Mis brazos el lazo sean,
y vínculo a tantas dichas.
¡Cómo se abrazan, y aprietan!
Lo que puede el matrimonio.
Claudio, bienvenido seas.
Estoy a tus plantas, Nice,
fidedigna compañera
de mi esposa.
Primo mío,
que los rigores dan
vuelve a repetir los brazos.
Ya escampa, y llovían piedras.
Prima mía, dueño amado,
lo que importa es diligencia,
(sin perder de tiempo un instante)
para salir de Valencia:
que la ocasión mejorar
no se puede, pues la empresa,
de nuestra fuga esta noche,
segura se manifiesta:
respecto de que Daciano,
ocupada su fiereza
en un lance de importancia.
(que aun lo desvía)
que ha sucedido en la cárcel
y por las calles vocean,
que son blasones del cielo,
y timbres para la Iglesia.
Después os lo contaré.
Ahora, Nice, fénix bella,
lo que importa es brevedad
animaos, estad dispuestas,
que yo, posta de mis ansias,
muy breve daré la vuelta
que voy a traer vestidos
para usar del que convenga
según donde transitemos,
y caminar sin tragedia,
de los bárbaros gentiles.
A Dios.
Un instante espera.
La detención perjudica.
Aun no te veo, y ¿te ausentas?
Ausencia tan reducida,
no debe llamarse ausencia.
Tuya es la vida, y el alma.
A Dios, con brevedad te vuelve.
Mi ama creyó cenar nabo,
y se han vuelto berenjena,
pero hambre, que espera harto,
no es hambre, prestar paciencia.
Pues Nice, Leonor, a estar
prevenidas.
Dios nos quiera asistir.
Vanse Inés y Nice.