à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El segundo David. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-segundo-david.
Auto Sacramental historial Alegórico Intitulado. El Segundo David. De Don Pedro Calderón.
Personas. David. La Humildad. El Amor Divino. San Joaquín. Santa Ana. La Soberbia. El Temor. Goliat. Un Capitán. Un Soldado. Saúl. Músicos.
Sale David y la Humildad.
Cuando, Pastor Soberano,
que este nombre os quiero dar
por Pastor que ha de librar
a todo el género humano
con la piedra de esa mano
derribaréis al cruel
gigante, viera Israel.
En traje de pastor
contemplación de mi amor
¿cuándo bajaréis por él?
La hermosa naturaleza
os está, Señor, mirando
y en su idea contemplando
vuestra divina belleza
en esta ruda aspereza.
Cantan profetas pastores
que vendréis por mis amores
y que ya se acerca el día
que vestiréis de alegría
los prados, fuentes y flores.
Muérome, dulce Señor,
por mirar vuestra hermosura,
mas ¿qué no hará la criatura
por su divino Creador?
que has de venir a ser huésped
de mi humilde cabaña
rotas de amor las entrañas,
¿qué mucho que agradecida
os rinda el alma y la vida
por tan gloriosa hazaña?
¡Oh, qué dichoso el día
que os han de ver estos ojos!
Paz de mis dulces enojos,
gloria de las penas mías,
esmalte de alegría
el campo viendo que en él
está ya su pastor fiel.
El valle de luz, el prado
la flor, el monte, el collado
den suero, leche y miel;
como mi pobre manjar
como de justo agradecida
cuán poco el daros la vida
que os tenga de costar.
Yo os prometo de estar
tan sujeta desde ahora,
puesto que mi amor no ignora
con que la vida me dais,
pues humilde me estimáis
y me queréis labradora.
Humildad, no hay para mí
cosa de tanto contento
como el agradecimiento,
solo verte rendida así.
¿Cuándo mudaré por ti
este traje de pastor,
amor, que ensaya el rigor
con que te ha de hacer mortal,
que hasta al ser natural
de Dios se atreve el amor?
Vendré, pastor extranjero,
por ti, gallarda Raquel,
donde a Labán más cruel
servir más años espero.
Pero como yo te quiero
por los hebreos engaños,
pastaré treinta y tres años,
que, para hacerte favor,
pocos los juzga mi amor,
que llama gloria a los daños.
No temeré del helado
enero la escarcha fría,
de espinas me verá el día
más que de nieve escarchado,
ni del agosto abrasado
el calor, si a verte llego,
que quien al sol deja ciego,
viendo que entre nieve estoy,
hará, cuando fuego soy,
que tiemble de verme el fuego.
Viviré por las montañas
hasta que muera por ti,
que pueda el amor en mí
hacer tan altas hazañas.
En las zafiras cabañas
de mi Padre, aunque ofendido,
tomaré mortal vestido,
trocaré el cetro en cayado,
que para ver mi ganado
bajaré de amor perdido.
¡Ay, mi bien, y mi señor!
¡Mi David y pastor mío!
¿Vos con escarcha y rocío
solicitando mi amor?
¿Vos pastor? ¿Vos labrador?
¿Vos ángel de gran consejo?
¿Vos de vuestro Padre espejo
en quien su grandeza admira?
Muero de amor, amor mira
cuán dulcemente me quejo.
Jacob sirvió catorce años
por Raquel: ¿Vos treinta y tres,
rasgando manos y pies,
para reparar mis daños?
¿Vos en países extraños
más que en la tierra oriental?
¿Vos el hijo natural
de Dios en forma de esclavo?
Por tanto a un Dios alabo,
matadme por tanto mal.
Antes quiero darte vida,
dulce humildad de mis ojos.
Penas, disgustos y enojos
por ti quiere amor que pida.
Mi alma se queja herida
de un cabello de tu frente;
no te espante que esto intente
para juntarnos los dos,
que solo un hombre que es Dios
tiene amor omnipotente.
Seré labrador galán,
venceré galas y amores
de los demás labradores
hijos de tu padre Adán.
Seré el sembrador y el pan,
Seas el trigo de Belén,
para que tengas también
(Rey, puro y limpio estarás)
alimento mientras vas
a esa mejor Jerusalén.
Y te prometo de ser,
mi bien, tan agradecida,
que no tengan alma y vida
otra vida que querer.
Y pues lo pienso ver
en estas pobres cabañas,
cielo haciendo las montañas,
que el sol con sus rayos de oro,
ya te admiro y ya te adoro
con abrasadas entrañas.
Los pastores de este valle
todos me parecen feos,
y tú solo engendras deseos.
Con tu brío, gracia y talle,
calle Jacob, José calle,
y el primero Abel también.
Con tu hermosura, mi bien,
que solo tú, mi pastor,
eres la gala y la flor
de los prados de Belén.
Sale el Temor de villano.
Desalentado a buscarte,
pastor soberano, vengo.
¿Qué hay, Temor?
Vengo temblando,
que, sobre temor, soy miedo.
Ya que te miro zagal,
ya que pastor te contemplo
en metáfora y figura,
como ya se acerca el tiempo,
quiere amor que en este traje,
que los profetas dijeron,
en cuya conformidad
te llamarás pastor bueno,
te imagine todo el valle
desde el fértil Idumeo.
de palma hasta el frondoso
Líbano de verdes cedros.
Que, puesto que no has venido,
no puedo pintarte menos
que en figura de pastor,
disfraz de tu ser eterno.
No hallo a David en sus salmos,
señor del David terreno,
con el óleo santo ungido,
contra su enemigo fiero
de ti, segundo David,
cantó aquel divino verso
que del Espíritu Santo
fue la unción, por quien entiendo
plenitud de gracia en Cristo,
rey y sacerdote nuestro.
Pues por Ezequiel dijiste
tres veces Pastor Supremo,
que a defender el ganado
bajarías de tu imperio,
pastor te llamó Isaías;
con este llamarte quiero,
que admirable capitán
para otra ocasión lo dejo.
Zacarías te llamó
Oriente, o sol verdadero,
y Malaquías también
el ángel del testamento.
Señor, Justo, Jeremías,
altos nombres todos estos,
comprenden el de Jesús,
Dios, pastor, salvador nuestro.
Pero ahora el de David
con el oficio queremos
que tengas, y que defienda
los montes, valles y cerros.
David andaba en los prados
su ganado defendiendo
de los sangrientos leones,
a quien con los brazos tiernos
y las presas les quitaba.
los inocentes corderos,
a mi segundo David,
que nos defiendas queremos.
De un león que anda en las selvas
desde que era niño el tiempo,
véncele, pastor divino,
y quítale los trofeos
que a tantos zagales quita.
Ya le conozco, y deseo
la ocasión.
En la esperanza
sustenta, David, tu pueblo.
Yo hallaré una fuente humilde
después que es la de mi pecho,
de agua y sangre en que se laven
las manchas que les ha puesto.
Ya desciende a Nazareth.
Pero no basta diciendo,
por devorar el ganado
y los primados corderos,
señala los niños que nacen,
porque dicen que en naciendo
así les pone las uñas,
que como si fueran sello
queda el golpe de su mano
en los muchachos impreso.
Cuentan que aqueste león
tuvo principio en el huerto
donde el serafín echó
con el venablo de fuego
a nuestros primeros padres.
Los labradores primeros
que perdieron la hidalguía
en que Dios les había puesto
por quererse rebelar
a sus divinos preceptos.
Por ellos nos hace esclavos.
¿Y su nombre? Ya me acuerdo:
el pecado original.
Porque a cuantos descendieron
de Adán viene haciendo estragos.
¡Oh, fiero león sangriento!
Previo lo que a Jeremías
santifiqué: quiero y puedo
santificar al Bautista
luego que se acerque el tiempo;
Bautista, aquel primo mío,
mi precursor, el lucero
del sol, el grande, y de quien
haré (cielo y tierra atentos)
el más levantado elogio
que de hombre mortal se ha hecho.
¿Es posible que pastor
ninguno pueda en naciendo,
en todo el valle del mundo,
librarse de aqueste fiero?
¿Todos, David celestial,
han de salir con su sello?
¿Desde Caín a Noé,
aquel famoso arquitecto,
y desde Noé a Abraham?
Que vuestros claros abuelos
Isaac, Jacob y José
entre sus penas se vieron.
Disparad, pastor divino,
la honda que ciñe el cuerpo
que habéis de tomar, Señor,
de aquel purísimo pecho.
Dad un silbo, pastor mío,
espantadle: vase huyendo
desde los montes humanos
hasta los valles leteos.
Mas, ¿quién son estos que aquí
se ven con amor tan tierno
dándose dulces abrazos?
¡Oh, cuánto, Humildad, me huelgo
de ver que hayan hecho paces
mis dos amados abuelos!
Aparece la Puerta Dorada y en ella
San Joaquín y Santa Ana y un ángel en lo alto los junta conforme se pintan.
Ana, dulce esposa mía,
esta es voluntad de Dios.
Procederá de los dos
mi dulce madre María.
Su ángel me ha dado aviso
de que aquí te venga a ver.
Quiero adorar, quiero hacer
reverencia al paraíso
donde ha de nacer la planta
de tan soberana flor.
Notable fue mi dolor
de ver que con furia tanta
me arrojase el sacerdote
del templo: sin esta furia
ver que con pública injuria
por hombre estéril me note,
y me maldiga la ley.
Y quien la ley estableció
la deroga, que soy yo,
y soy de las leyes ley.
El apartarnos los dos
procedió de esta aspereza.
Sabe Dios cuántas tristezas
he padecido sin vos.
Por eso, entre mi ganado,
con tal soledad vivía.
Ya, Joaquín, en alegría
mi tristeza se ha mudado.
Ciérrase la apariencia.
Tiempo, apresura las plantas;
a la fe, Pastor Divino,
que nuestro bien imagino
de estas amistades santas;
apresura, sol, los días;
cúmplanse los nueve meses.
Ay, tiempo, si tú supieras
las tristes congojas mías,
corre con ligeras alas,
cálzate el viento en los pies,
tú solo te luces, ves,
y su ligereza igualas.
Dame, sol, la primavera
donde ha de nacer la rosa
que ha de ser mi madre hermosa,
siempre virgen, siempre entera.
Dame la divina puerta
de Ezequiel, venga ya,
pues que solamente está
para mi paso abierta.
Dame la hermosa coluna,
del cedro palma y ciprés,
a cuyos hermosos pies
sirve de estrado la luna.
La majestad de las flores,
la azucena ilustre y bella,
porque nazca y salga de ella
el lirio de dos colores.
Guarda el furioso león
que baja de la montaña.
Él desciende a la cabaña
de Joaquín. (¡Qué confusión!)
Ay, soberano David,
el león dicen que viene,
la ley en las manos tiene,
en el peligro advertid.
Mostrad vuestra valentía
contra la ley general,
que el pecado original
quiere emprender a María.
Humildad, no tengas pena,
sin mancha saldrá mi madre,
que la ha formado mi Padre
para ser de gracia llena.
En esa ley general
no se ha de comprender.
Sale un león.
La que ha de venir a ser
reina empírea y celestial,
la mancha de Adán no quiero
que llegue al pellico mío.
¿Dónde vas? Detén el brío,
que eres animal fiero.
¿No ves que estoy a la puerta
de la casa de Joaquín?
Más ardiente serafín
guarda esta cerrada puerta.
Vase luchando con el león.
Pardiez, que le desquijara.
Luchando se van los dos.
¿Tomaros queréis con Dios
como otra vez cara a cara?
Vos, ¿no debéis de saber
quién es David? No hay pastor
que tenga tanto valor.
Sale David.
Humildad, si quieres ver
a los pies de la doncella
rendido el león cruel,
vuelve los ojos a él.
En él
pone el pie la blanca estrella.
Descúbrese un resplandor y una niña con el león a los pies.
Así sabe defender
David de aquestas montañas
las tres famosas cabañas.
¿Quién, si no vos, puede ser?
¿No entendéis que Jeremías
que ya le santifiqué?
Y aún más preheminente haré
al hijo de Zacarías,
que le pienso anticipar
el entendimiento el día
que, haberme visto en María,
pueda saltando mostrar
su placer, dirá que ha visto
a Dios en carne mortal
que por cielo de cristal
bien puede Juan ver a Cristo.
Ciérrase la apariencia.
En fin, señor, ¿el León
no entró en casa de Joaquín?
Ya dije, Humildad, en fin,
la justa y santa ocasión
a Jeremías y a Juan
hará ventaja María,
pues la preservó este día
de la esclavitud de Adán;
esta fue preservación,
santificación aquella.
Honra la ilustre doncella
la humana generación,
bien haya tan linda flor
de quien tal fruto se espera.
Suena un clarín.
¿Qué es esto, que en la ribera
suena?
¿Qué temes, Temor?
De esa parte del Jordán
dos ejércitos asoman.
Bien dices; las armas toman,
hoy la batalla se dan.
Al rey Saúl, al rey mundo
un gigante desafía.
Humildad, la empresa es mía,
que soy el David segundo,
no me debe de impedir
al Goliat infernal
soberbia y locura igual.
Mi bien, ¿ya os queréis partir?
Dame tus brazos, que quiero
al rey mostrar mi valor.
¿Dónde vais, tierno pastor,
contra un gigante tan fiero?
¿Pues quieres tú que consienta
a este blasfemo atrevido?
Ya se le olvidó que he sido
un rayo de lo que intenta.
No sabe el necio gigante
que precipitado corre
pues cuando labró la torre
como Nembrot arrogante,
le deshice y confundí
con ser gigante tan alto
que al cielo tentaba asalto
donde otra vez le vencí.
¿No sabe que los gigantes
gimen debajo del agua
si mi mano rayos fragua?
Son por extremo arrogantes.
Pero vos, mi luz, mi vida,
sois tierno para sufrir
su golpe.
Hasta morir
déjame, humildad querida,
no bañes con perlas bellas
el prado, que pensarán
las flores que ya las dan
en vez de mudas estrellas.
Yo volveré victorioso
antes del día tercero;
ir al ejército quiero.
¿Si os tardáis, mi dulce esposo?
Debesme el ser tan leal.
En mi pastor, que no en vos,
darán los golpes, que es Dios
impasible e inmortal.
Vase.
Sale Goliat armado y la Soberbia por padrino y tocan cajas.
Solo en mis fuerzas me fundo.
Soberbia, déjame entrar.
Desde aquí puedes hablar
al ejército del mundo.
Hijos del villano Adán,
hombres formados de tierra,
nietos del viento y del polvo.
En la confusión primera,
labradores de Caín,
sucesión maldita en pena
de soberbias y de envidias,
de muertes e inobediencias.
Traidores al mismo Dios,
canalla a morir sujeta
al sudor y al azadón,
aunque cetro de oro sea.
Estadme atentos, oíd
de mi soberbia trompeta
el rey de armas, el orgullo,
la fama, el valor, las nuevas.
El infernal filisteo
Goliat, hombres, os reta
de cobardes y traidores
a la Majestad inmensa;
porque si yo me atreví
a la eternidad suprema,
fue gran disculpa tener
tan soberana belleza.
Mirad mi cuerpo y mi rostro,
quién me viera y no dijera
que era bueno para Dios,
¿luego la disculpa es cierta?
Reto a Adán por la locura
de su amor, y reto a Eva
porque inobediente y fácil
madre, a la común flaqueza.
A Caín por fratricida,
y a los hijos de la bella
estirpe de Set que dieron
(presos de humana belleza)
a los gigantes principios,
que con tan grandes ofensas
infamaron atrevidos
la humana naturaleza.
Y a Lot porque dio la causa
el sueño a sus hijas necias,
porque pensaron que el mundo
hallaba principios en ellas.
a Sem, a Cam, y Jafet
por la risa y la insolencia
de ver desnuda a su padre,
aunque el uno no lo sea;
a Abraham porque encubrió
que Sara su mujer era;
y a Isaac por mal advertido,
pues lo son más los que ciegan,
dando al menor bendición;
por la mentira a Rebeca,
y a Jacob porque tan caras
vendió a Esaú las lentejas;
a sus diez hijos, por ser
los cómplices de la venta
de José, y a José reto
porque les dio tanta pena
a Benjamín y a su padre
con el hurto y con la ausencia;
a Dina porque salió
adonde Sichem la viera;
a Moisés por homicida
de aquel gitano que entierra;
a Aarón por aquel becerro,
y a toda la gente hebrea
por los ídolos extraños;
a Abimelech porque reina
matando setenta hermanos;
a Jepté porque pudiera
hacer más cuerdo aquel voto
sin degollar la doncella;
al nazareno Sansón
porque amó la filistea;
a Helí por amar sus hijos,
a Samuel el profeta
porque los tuvo tan malos;
y a ti, Saúl, porque llegas
con ejército arrogante
de la humana soldadesca
a dar la batalla al mío
sin desplegar las banderas.
De soberbia, ira y lujuria,
envidia, gula y pereza,
si hay alguno de vosotros
que cuerpo a cuerpo me quiera,
salga al campo, aquí le aguardo.
Vente conmigo, Soberbia.
Vanse.
Sale Saúl, que es el Mundo, y un Capitán.
En grande confusión nos pone a todos.
Dicen, señor, que en su valor se fía,
su estatura es mayor que de seis codos,
excediendo la humana simetría.
Con qué afrentosos, con qué bajos modos
el gigante Luzbel nos desafía.
No ha salido del centro del Lethes
más robusto y gallardo filisteo.
Después que Dios nos dio la hermosa tierra
de promisión, por las promesas, digo,
de Abraham y Jacob, tras tanta guerra
del ingrato Israel, justo castigo,
y prometió que cuanto bien se encierra
partiría con ellos y conmigo,
que soy el Mundo y el linaje humano,
Saúl que tiene el cetro de su mano.
Cubrir he visto montes los ganados,
nacida miel en robles, leche en fuentes,
montes de lana cándida nevados,
racimos de los pámpanos pendientes,
las palmas con los dátiles dorados,
despojo de sus torres eminentes;
mas no aquel duque y capitán que hacía
grande a Belén; pues no ha llegado el día.
Si fueran ya los términos cumplidos
de Daniel y del mundo los deseos,
no fueran, como son, tan atrevidos
con el arca de Dios los filisteos.
Los hijos de la tierra, mal nacidos,
pirámides levantan y trofeos,
faltando el Capitán, cuya tardanza
desmaya con la vida la esperanza.
¡Oh nubes celestiales, venga el día
y mueva el Justo vuestro fértil seno
y en el virgíneo claustro de María
blando toisón de oro, y perlas lleno,
salten mejor los montes de alegría
que los corderos en el prado ameno,
pues por abrir el mar varios caminos
se cercan de canceles cristalinos.
Entretanto prometo al que venciere
este fiero gigante el reino mío,
mi cetro, mi laurel, mi fuerza espere
si derriba su loco desvarío,
y fuera de la gloria que se infiere
de rendir su soberbia en desafío,
le daré de mis hijas la más bella
y siendo rey le casaré con ella.
Sale un soldado.
Apenas se dio el pregón
y respondieron los ecos
del valle del Terebinto
a sus sonoros acentos,
cuando entre armadas escuadras
que a los rigores del cielo
eran pabellón de lanzas
con las banderas cubierto,
rompe un mancebo pastor
el concertado silencio,
diciendo a los capitanes
que él se opone al filisteo,
blanco y hermoso de rostro,
el cabello rubio y crespo,
y aunque ha parecido a muchos
que es temerario el mancebo,
la gravedad y hermosura
le juzga prudente y cuerdo,
y así quiere que le veas.
Tengo a notable suceso
que tiemblen valientes hombres
de ese monstruo, de ese portento,
de ese parto de la tierra,
y que se oponga sin miedo
un pastorcillo a sus armas.
Ya llega.
Ya le contemplo.
Sale David.
Prospere el cielo tu vida
y de tus gloriosos hechos,
famoso linaje humano,
más eternidad que al tiempo.
Dame tus pies generosos.
Eso no, porque tu cuello
quiero honrar con estos brazos,
dignos de tu buen deseo.
¿Quién eres?
Soy lo que ves,
y lo que no ves, que pienso
que es más de lo que imaginas,
pues aun no lo sabe el cielo.
¿Tu nombre?
David me llamo,
mas mi nombre verdadero
es Jesús.
¡Qué dulce nombre!
Aquí le traigo encubierto.
¿Qué David?
El que es segundo,
que esto de segundo tengo
en el cielo y en la tierra,
porque soy de entrambos reinos.
No tengo en la tierra padre
y tengo padre en el cielo;
aquí tengo madre, allí
solo mi padre poseo;
allí sin tiempo nací,
aquí con tiempo, que el tiempo
no comprehende en mi edad,
ni hace en mis años efecto.
Extrañas son tus respuestas;
confieso que no te entiendo,
y que entenderte quisiera.
No podrás.
Así lo creo.
¿Vencerás este gigante
soberbio?
Pienso que puedo.
Desigual me has parecido.
Por lo exterior lo parezco,
Pero de hombre me llaman
los que saben que le excedo
en el cuerpo y en las fuerzas.
¿En fin te atreves?
Me atrevo.
Traed las doradas armas
con que igual al sol me muestro
cuando trocamos los rayos,
pues los que me da le vuelvo.
Sale el Soldado con las armas.
Aquí las tienes, señor.
Armadle.
Ármanle.
De aqueste peto
puede estar bien seguro.
Dadme la gola.
En tu cuello
pongo las mejores armas
que cubrieron mortal pecho,
aunque entren las de Alejandro,
porque con aqueste acero
no compiten los diamantes.
Aprieta hebillas y pernos.
Esperad, no apretéis tanto.
Pues, ¿qué sientes, David?
Siento
(como no estoy enseñado)
flaqueza hay en el pecho.
Yo nací pobre y desnudo
como pastor en el hielo
de la más temida noche
que tuvo el lluvioso invierno;
no tuve más que unas pajas
por abrigo, y aun del heno
que daba a dos animales
más que sustento, deseo.
Estos me dieron calor,
que se halla mejor en estos,
tal vez, que en los mismos hombres;
pues que ningunos me dieron,
tenían cuevas y nidos.
todos cuantos cubre el cielo,
aves y fieras, y solo
en un pesebre desierto
no tenía en qué pudiera,
en medio de tantos hielos,
ni aun declinar la cabeza.
Solo mi desnudo cuerpo
con sus tocas abrigaba
una Virgen, a quien debo
nombre de madre, que basta
por alto encarecimiento,
hasta que corona el sol
me ciñó de sus cabellos.
Y vi por su celosía
al mundo de engaños lleno;
lloré (¿quién imaginara
que Dios llorara?) y riyeron
los ángeles de mi llanto,
guardando para otro tiempo
las lágrimas, que el nacer
causa general contento,
no el morir, y el morir Dios
entristece a tierras y cielos,
el sol se cubre de luto
fúnebre, tocando a muerto
las piedras, y del altar
haciéndose dos el velo,
no que la Divinidad
se apartase de mi cuerpo
que como en arco rompido
la cuerda asió los extremos.
Siendo así que en tal pobreza
tuve amigos en naciendo,
y que muerto la mortaja
de limosna me pidieron,
¿cómo queréis que me ponga
armas del mundo? si pienso
armarme en la sepultura,
no como los Macabeos
adorando a Salomón
y aquel suntuoso templo.
sino de corona y clavos
y cruz de mi imperio y cetro.
David, pastor celestial,
cuán poco mi entendimiento
de tus enigmas penetra.
Parte al campo, que no quiero
detener con mis palabras
(aunque es de agradecimiento)
el valor con que acometes
a ese gigante soberbio.
Dios te dé victoria y Dios
libre contigo su pueblo,
que ya el laurel apercibo,
riquezas, esposa y reino.
(Vanse, y queda David, y aparece un ángel con un cáliz, y tocan dentro chirimías.)
Padre, pase de mí siendo posible
la batalla feroz de este gigante,
que, siendo solo del infierno atlante,
no ha de mostrarse en mi valor terrible.
Tú, Dios, tú gran Señor, tú inaccesible,
tú incircunscripto, tú de quien delante
tiembla, armado de piedra, de diamante,
aquel alado ejército invencible,
anima el Unigénito engendrado
de ti mismo a la muerte, si a la gloria
de esta empresa mortal me has enviado.
Caiga Nembroth, y con eterna gloria
quede sobre los cielos levantado
el blasón de tu amor y mi victoria.
(Sale la Humanidad.)
Aquí le tengo de hallar,
que ya dicen que partía
del ejército, y que iría
a su enemigo a buscar.
Árboles, dadme lugar,
desviaos, plantas y flores,
que voy a ver mis amores
que salen a la batalla.
Detente, arroyuelo, y calla,
harás los ecos mayores,
hijas de Jerusalén.
¿Dónde está mi esposo amado?
Si como Isaac ha llevado
cruzada leña, mi bien,
¡oh, padre!, el brazo detén.
Ángeles, tenedle en tanto
que llego deshecha en llanto.
No llegue sin que le vea
la humilde que le desea,
pues su amor le enlaza tanto.
¿Dónde está mi dulce amor?
Sonorosos arroyuelos,
mirad que me matan celos
de mi divino Pastor.
No hay hierba, cristal ni flor
donde no le esté acechando.
Pero, ¿qué mucho?, si cuando
contemplo sus partes bellas,
ángeles, sol, luna, estrellas
están sus pies adorando.
¡Qué dulces son sus amores!
Siendo él rey, siendo yo esclava,
por canceles me miraba
y yo le miro por flores.
Si para hacerme favores
vino a servir a mi aldea,
no me niegue que le vea.
Y, puesto que negra soy,
por mirar su sol lo estoy,
mas no le parezca fea.
Oigo la voz de mi esposa,
y a escucharla me detengo.
¿A qué, Humildad, vienes?
Vengo
a verte, mi prenda hermosa.
Esta batalla enojosa
a tus brazos me ha traído.
Constante mujer has sido.
Pero no tengas temor,
que yo saldré vencedor,
pues estoy de amor vencido.
Desde lejos vi al gigante,
el disforme filisteo.
Valiente mancebo te veo,
no hay fiereza que me espante;
la celada, que un diamante
parece al sol y le ciega,
con el peso a pesar llega;
mil libras la fuerte lanza,
al árbol que más le alcanza
grueso y ventaja le niega.
Pero tú le vencerás,
puesto que viene el temor
a las espaldas de amor,
por no faltarle jamás.
Celosa en vano estás,
Humildad querida mía,
que puesto que desafía
a todo el género humano,
ya tiembla a mi fuerte mano
su fingida valentía.
Saúl el mundo pensó
que con sus armas saliera;
probélas, mas no pudiera
sufrirlas, Humildad, yo.
Otras armas me vistió
la niña hermosa María,
que viste el dichoso día
que el león puse a mis pies,
en que se verán después
las de la victoria mía.
Espera, mi bien, que voy
por la espada que dé muerte
a aqueste bárbaro fuerte.
Temiendo y amando estoy.
¡Ay, mi David!, tuya soy,
tuya soy, David querido.
Vase.
Suéltame, no me despido,
no voy más de por la espada.
Toda me dejas turbada.
Vuélveme, amor, el sentido,
dulce señor de mis ojos.
La espada me promete
que has de pasarme con siete.
y con siete mil enojos
el corazón por despojos,
del alma la misma vida
dádome ha mortal herida.
No son lejos los amores
que me cubrieron de flores
a los desmayos rendida.
Aquí me quiero sentar,
que ya no puedo sufrir
pensar que vais a morir,
aunque a vencer y matar.
Sale el Temor y la Música de pastores.
Aquí la podéis cantar,
aliviaréis su dolor.
¿Qué mal tiene?
Amor.
Amor,
no tiene pequeño mal.
Vaya una canción igual
a su amor y a mi temor.
Si no sabéis de temores,
zagala, ahora veréis
que no amáis, sino teméis.
¿Dónde vais, dulce amor mío,
pues muriendo me dejáis?
¿Contra mi enemigo vais?
¡Y yo os tengo, y os envío!
¡Qué terrible desafío,
qué cuidados y dolores!
Si no sabéis de temores,
zagala, ahora veréis
que no amáis, si no teméis.
Chirimías, y se descubre en lo alto David con cruz y corona, y de los pies y manos y costado le salen cinco listones de que tire el Amor, tejiendo una honda, de rodillas a un lado.
Humildad, si ver quieres
las armas de esta célebre victoria,
despierta.
¡Ay, Dios! ¿Qué quieres,
suave voz? Pero con tanta gloria
¡Quién fuera pastor santo,
quién despertara el alma de su llanto!
De cinco trenzas mira
cómo teje mi amor la honda fuerte
que cielo y tierra admira,
con que he de dar al filisteo muerte,
dando a Israel la vida,
en fe de la palabra prometida.
Del arroyo divino
de mi costado abierto, y pies y manos,
sangriento y cristalino
cinco piedras cogí que, entre los granos
del oro de su pena,
buscó mi amor por su corriente amena.
Mira pues el cayado
que ha de llevar David al desafío;
sobre este levantado
verá Jerusalén el cuerpo mío,
al veneno tirano,
salutífera sierpe en bronce humano.
Aquesta es la arpa santa
que sola en tres clavijas sustenía
cuerdas de fuerza tanta
que sacará su dulce melodía
del espíritu fiero
al rey Saúl, que aborreciendo primero,
amó. Esta tejida,
¿la honda que ha de dar muerte al gigante
y a todo el mundo vida?
Ciérrase la apariencia.
Ya la podéis tomar para que espante,
con sonoro estallido,
la soberbia del bárbaro atrevido.
Poned al lazo fuerte
la piedra del arroyo del costado,
y mataréis la muerte,
con el feroz gigante del pecado,
valiente David mío.
Ya parto, dulce amor, al desafío.
¿Quién hay que mirar pueda
esta batalla? ¿Quién dará a mis ojos
agua que al mar exceda?
Templa, Humildad dichosa, los enojos,
pues verás victorioso
en David, tu pastor, tu dulce esposo.
Para tan dulce día
vamos a prevenir música y flores.
¡Qué gozo! ¡Qué alegría!
Se seguirá, Humildad, a mis temores,
¡ay, Dios!, cuánto deseo
ver a sus pies rendido el filisteo.
Vanse y sale la Soberbia y Goliat.
Levantemos, Soberbia, la bandera
de nuestra victoriosa valentía,
pues viendo que mi voz los vitupera,
ninguno de salir tiene osadía.
Por hoy otro más en la campaña espera
y de nuevo a los hombres desafía,
valiente filisteo.
Al mismo cielo
romperé con mi voz el azul velo.
Sienta Jerusalén ser militante,
donde está el capitán que la gobierna.
Y si el que ha de venir della triunfante
disfrace ya su majestad eterna,
sabiendo que soy yo feroz gigante,
humilde me amenaza en edad tierna.
Pues venga, ¿qué lo impide? Pero creo
que temes con ser Dios al filisteo.
Ármese de sus rayos, truene, espire
fuego, que a Sinaí temblar solía,
para que al cielo su potencia admire,
y no le temerá la diestra mía.
No su venida portentosa inspire
a los profetas; pues no llega el día
en que se cumplan tantas amenazas.
Toma el escudo que valiente embrazas,
vibra la lanza como gruesa entena,
y del campo del mundo un hombre sale.
¿Qué pífano, qué caja o clarín suena,
que los extremos de este valle iguale?
La guarnición de este arroyuelo ameno
pisa un pastor y pienso que se vale
de piedras contra ti.
¡Qué atrevimiento!
Pero vendrá con otro pensamiento.
Suena un clarín y sale David.
Aquí está el fiero gigante.
que con engañado esfuerzo
montes de blasfemias hace
para poner a los cielos
otra vez de arena escalas,
sin acordarse que fueron
ruina de sus arrogancias;
y de esta batalla ejemplo,
¿Quién como Dios? Miguel dijo,
armado de fe, y no puedo
decir lo mesmo que soy
su igual.
¿Quién eres, mancebo,
que de salir a campaña
has tenido atrevimiento?
Lástima tengo a tus años.
Vuélvete, vuélvete presto,
logra tu edad y hermosura,
perdonar tu engaño quiero;
no bañes tu madre en llanto,
bañando en sangre tu cuerpo.
Para saber tu valor
basta conocer tu intento.
Vuélvete, mozo, y camina,
que si a mis brazos te acercas,
te arrojaré de manera
que por la región del viento
vayas a hacerte pedazos
de otra parte del cielo.
Como yo sé tu arrogancia,
no me enojo, filisteo,
que ya sé las maldiciones,
y las blasfemias y los retos
que has dicho al pueblo de Dios,
en cuya venganza vengo
a castigar tu locura.
Mancebo, ¿quién fue tan necio
que te dio para tu mal
tan ignorante consejo?
Mas debiste de pensar
que era algún perro, pues creo
que el báculo que traes
es para ponerme miedo.
Forma del cayado una cruz.
Este cayado que vees,
de aquestos dos brazos hecho,
tiene tan grandes virtudes
que le respetan los cielos.
Es la escala de Jacob,
por quien baja Dios, subiendo
el hombre; es puente del mundo,
asilo, sagrado y templo.
Es la vara de Moisés,
es aquel divino leño
que volvió dulces las aguas
en más sediento desierto.
Es ara del santo Isaac
donde el humilde cordero
será holocausto agradable
a su Padre sempiterno.
Es el imperio del mundo,
del hijo de Dios el cetro,
que como el mayor gigante
lleva en sus hombros su imperio.
Es la espada de aquel ángel
que a los asirios soberbios
dio la muerte aquella noche,
y en virtud de este madero
cayó Luzbel finalmente
del monte del testamento.
¡Oh, cómo pienso esta vez,
viendo tus locos deseos,
dar tus carnes a las aves
y a los animales fieros!
¡Ay, atrevimiento igual!
¿A mí con cayado?
Espero
que has de conocer tu engaño
cuando no tengas remedio.
Tú con escudo y espada
vienes contra mí, yo vengo
en nombre de Dios, que da
las victorias y trofeos.
Hoy sabrá el mundo que es Dios
de toda victoria dueño,
dando a las aves y fieras
David tu arrogante cuerpo.
Hoy morirás a mis manos.
¡Pobre de ti!
Ya prevengo.
la honda, y pongo en el lazo
la piedra de tanto peso.
Dispara la honda y derriba al gigante.
Cayó de Nembroth la torre.
¡Muerto soy, labio blasfemo!
De Nabucodonosor
cayó la estatua en el suelo,
de pequeña piedra herida;
tal era su fundamento.
Cortaréle la cabeza
con su misma espada.
Sale sangre de la frente de Goliat, y cayendo en el vestuario, entra David tras él y salen Saúl, el Capitán y soldados.
Huyendo
me voy del Pastor divino.
Ya os conozco, Rey eterno;
ya sé que sois quien me pudo
arrojar del cielo al centro
de la tierra.
Vase.
¡Extraño caso,
que le ha vencido y le ha muerto!
Ya puede Mundo seguir
el alcance; pues huyendo
van sus fieros enemigos,
espíritus filisteos,
camina, Linaje Humano.
Capitán, quitarles pienso
las banderas y las vidas,
adornando el santo templo
del divino Salomón
con sus despojos soberbios;
sus celadas coronadas
de pluma que lleva el viento,
sus escudos que tenían
sus nombres en bronce impresos,
no solo han de ser tapices
que fuera honrar sus deseos,
pero alfombra de las casas,
de su pavimento y suelo.
¿Qué ruido es este?
Dentro suena grita como de baile.
Sión
y sus doncellas que han hecho
recibimiento a David,
de Jerusalén saliendo
para celebrar su triunfo
con instrumentos diversos.
Salen cantando y bailando hombres y mujeres, y entre ellas la Humildad, y David con la cabeza del gigante en la mano, lo más imitada que se pueda en una lanza, y canta la Música.
Al David segundo
la tierra alabe,
pues de amor vencido,
venció al gigante.
A ti, Mundo, a ti, Saúl,
esta cabeza presento
del fiero Luzbel, gigante,
contra los cielos blasfemo.
Ya queda libre Israel.
Por tu generoso esfuerzo,
David, Jesús, capitán
de la Iglesia del Excelso,
de este ejército que guías
contra tantos filisteos,
dame tus brazos; recibe
a Micol en casamiento.
Ya tengo a Humildad, mi esposa.
Los pies divinos os beso,
indigna de vuestra mano.
Celebrad el vencimiento,
pueblo de Dios, y triunfando
en Jerusalén entremos.
Al David segundo
la tierra alabe,
pues de amor vencido,
venció al gigante.
Con esta repetición se da fin al famoso auto del segundo David.